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miércoles, 24 de enero de 2024

Un paseo por la calle Guzmán el Bueno

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Guzmán el Bueno, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 24 de enero, es el aniversario del nacimiento (24 de enero de 1256) de Alonso Pérez de Guzmán, Guzmán el Bueno, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Guzmán el Bueno, de Sevilla, dando un paseo por ella.
    La calle Guzmán el Bueno es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de las calles Abades con la calle Segovias, a la calle Mateos Gago.
   La calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la población histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde poco después de la conquista de la ciudad por Fernando III se conoció como de los Infantes o del Infante de Molina, porque allí tuvo sus casas el infante don Alfonso, hermano del rey; también se cita como barrera (barreduela) y barrio de los Castellanos. La plazuela que existe en la mediación se llamó en el s. XV de Marmolejo por la familia de caballeros de este apellido que habitó en ella. A comienzos del s. XVII ya se usaban los términos Botica y Botica de las Aguas, referidos a la calle y plaza. Se desconoce el origen de este topónimo, aunque parece ser que allí existió una farmacia o laboratorio de agua de colonia. En 1845 se rotula con la actual denominación en memoria de don Alonso Pérez de Guzmán (1256- 1309), conquistador de Tarifa.
     Es estrecha y rectilínea y hacia la mitad se ensancha dando lugar a una plaza rectangular de la que arranca la barreduela Madre Mercedes Trullas. La conformación de este espacio ha estado condicionada por la existencia de grandes casas pertenecientes a la nobleza desde poco después de la conquista. Su actual configuración aparece ya en el plano de Olavide (1771), salvo el ligero retranqueo en la confluencia con Abades, realizado en el último cuarto del s. XIX y que terminó con el estrechamiento allí existente. La plazuela tuvo probablemente su origen en un ensanche abierto para dar realce a las casas-palacio que a ella abren sus puertas. La indicada con el núm. 9 pudo pertenecer a los Ponce de León antes del s. XV y a partir de esta fecha fue residencia de la familia Marmolejo, para pasar posteriormente al mayorazgo de los marqueses de las Torres de la Pressa. La núm. 10 por su fachada y superficie denota también su origen nobiliario.
     En el s. XVII estuvo empedrada, y a comienzos del XX se adoquinó. En los anos 70 se cubrió de asfalto que aparece en la actualidad en mal estado. La acera es muy estrecha y está formada en algunos tramos sólo por el bordillo de granito. A mediados del s. XIX fue dotada de iluminación por gas y en 1941 con electricidad, que luce en farolas sevillanas de brazo adosadas en la calle y de pie en la plazuela. Esta dispone de aceras de losetas de cemento y de naranjos en alcorques.
     El conjunto de sus edificios, de noble presencia, está formado por casas de patio; al decir de Manuel Ferrand allí se encuen­tran algunas de las mejores de Sevilla. Destacan la núm. 4, con portada de mármol y patio de columnas con yeserías construida en 1560; la núm. 8, de monumental fachada avitolada y pilastras corintias; en el núm. 9, sólo queda la portada con escudo de armas de José Antonio Gómez, familiar del Santo Oficio en el s. XVIII, el resto de la casa fue derribado. Las casas fronteras son de una arquitectura mucho más modesta. Cumple funciones exclusivamente residenciales, carece de comercio, con la excepción del hor­no y panadería de Santa Cruz. En el núm. 9 estuvo instalado hasta hace poco tiempo el colegio de las Hermanas de la Doctrina Cristiana. La plazuela se encuentra ocupada por vehículos a pesar de que los vecinos disponen de apeaderos y garajes. Las referencias literarias han destacado la nobleza de sus edificios, los recuerdos históricos, su tristeza y poco tránsito, así como sus grandes patios y las "estrecheces emocionantes" en el tránsito de los pasos de la Semana Santa, según nos describen autores como R. Ford, Álvarez-Benavides, Núñez de Herrera y Ro­mero Murube entre otros [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Guzmán el Bueno, 4
. Casa de tres plantas con portada de mármol, cuyas pilastras jónicas, sobre pedestales, tienen los fustes decorados con elementos vegetales. En el dintel existe una cartela con los años 1560, 1654 y 1856 ; las dos últimas son las de las restauraciones. En el amplio zaguán existe una reja de ventana de hierro forjado de estilo plateresco y un artesonado. El patio consta de galerías de columnas con frisos y pilastras decoradas con yeserías en la planta baja y balcones en la superior. En él se encuentran dos esculturas romanas procedentes de Peñaflor y un brocal de pozo de mármol.
Guzmán el Bueno, 7. Casa de dos plantas, con patio de columnas.
Guzmán el Bueno, 8. Casa de dos plantas y entresuelo en la crujía de fachada, restaurada en el siglo XVIII. La fachada, avitolada, está dividida en calles por pilastras corintias sobre zócalo. Sobre la portada, un balcón con magnífico antepecho de hierro al igual que los he­rrajes de los restantes vanos. Tras esta crujía se abre un patio­ apeadero. En el interior, varias habitaciones poseen artesonados modernos, y en la capilla se conserva una basa árabe.
Guzmán el Bueno, 9. Esta casa perteneció en el siglo XV a la familia de los Marmolejo, pasando más tarde al segundo marqués de las Torres de la Presa. En el siglo XVIII era su propietario José Antonio Gómez, familiar del Santo Oficio, cuyo escudo se encuentra sobre el dintel de la puerta. Consta este edificio de tres plantas; la superior pro­bablemente es un añadido tardío. La portada está enmarcada por pilastras toscanas, con sus correspondientes entablamentos, que sostienen la cornisa del balcón, y éste remata en un frontón triangular. En el interior posee un patio con galerías en ambas plantas, formadas por arcos semicirculares sobre columnas con capiteles renacentistas. En uno de los án­gulos se encuentra la escalera de tres tramos y en un corredor, al fondo del edificio, se conserva una hornacina con pilastras toscanas y rematada por frontón triangular.
Guzmán el Bueno, 11. Patio con galerías en ambas plantas sobre columnas con capiteles de tipo renacentista. En uno de sus frentes se encuentra la escalera, cu­bierta con bóveda, cuyos peldaños están decorados con azulejos del siglo XVIII [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Alonso Pérez de Guzmán, Guzmán el Bueno, personaje a quien está dedicada esta vía;
     Alonso Pérez de Guzmán, Guzmán el Bueno. Señor de Sanlúcar. (León, 24 de enero de 1256 – Gaucín, Málaga, 19 de septiembre de 1309). Alcaide de Tarifa y fundador de la casa de Niebla.
     Hijo bastardo de Pedro Núñez de Guzmán, o Pedro de Guzmán, adelantado mayor de Castilla, y de una dama llamada Isabel, quien murió en el parto. Como los cronistas de la casa de Guzmán se encargaron de resaltar, los amores entre los progenitores de Alonso tuvieron lugar siendo el padre viudo de su primera esposa, y mediante promesa de matrimonio que éste no pudo cumplir por haber marchado a la conquista de Jerez de la Frontera con Alfonso X. De este modo, Andalucía aparece ya como factor determinante en la biografía del futuro Guzmán el Bueno incluso antes de su nacimiento.
     Con diecinueve años, en 1275, Alonso Pérez hizo sus primeras armas en la hueste de Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, a la que se sumó cuando se dirigía hacia Andalucía con otros caballeros e hidalgos leoneses tras la muerte en batalla de Nuño González de Lara y el derrumbe de la defensa castellana frente a benimerines y granadinos. Al llegar a Jaén, tuvieron un fuerte encuentro con los moros, que acababan de vencer y matar a Sancho, arzobispo de Toledo. Según el cronista Barrantes, el joven Alonso se portó con gran valentía en esa batalla, capturando a un notable moro por el que obtuvo un buen rescate.
     La guerra siguió hasta 1279, año en que la derrota de la flota y ejército castellanos ante Algeciras forzó a Alfonso X a solicitar la paz al emir marroquí Abū Yūsuf. Poco después, un penoso episodio cortesano cambió el destino del joven caballero: tras un torneo celebrado para festejar la firma de las paces, su hermano de padre Álvar Pérez de Guzmán aludió a su bastardía de manera despectiva ante el Rey y toda la Corte, sin que Alfonso X se lo afease. Agraviado del caso, Alonso Pérez decidió desnaturalizarse acogiéndose al viejo privilegio de los hidalgos castellanos que les posibilitaba buscar señor fuera del Reino. Con un grupo de compañeros se dirigió a Abū Yūsuf, pasando a Fez y convirtiéndose, según Barrantes, en “guarda mayor” de la casa del emir y “capitán de todos los cristianos” que estaban a su servicio. El acuerdo obligaba a Alonso Pérez a luchar contra todos los enemigos de Abū Yūsuf, excepto si fueren cristianos. Estos contratos de mercenariado habían sido en el pasado y eran por entonces muy frecuentes, recurriendo a ellos grandes caballeros e incluso algún infante de Castilla, como don Enrique el Senador, por afán de aventuras o como consecuencia de los conflictos internos del Reino. De hecho, Alonso Pérez de Guzmán encontró en Marruecos a varios cientos de combatientes cristianos al servicio del Emir.
     Tras conseguir algunas victorias sobre tribus alárabes, rebeldes al Emir, el cambio de situación política en Castilla dio oportunidad a Alonso Pérez de hacer valer la excelente posición lograda ante Abū Yūsuf.
     Al producirse el enfrentamiento entre Alfonso X y su hijo, el infante Sancho, el Rey, abandonado por casi todos y reducido al dominio de Sevilla, se vio obligado a solicitar la ayuda económica y militar del benimerín.
     Según Barrantes, Alonso Pérez habría sido requerido por Alfonso X para que mediase ante Abū Yūsuf, lo que hizo, y ello propició la primera vuelta de Guzmán a España, en 1282, portando las 60.000 doblas del préstamo negociado. En pago a tan importante servicio, Alfonso X le ofreció el casamiento con una dama sevillana, María Alonso Coronel, que, además de pertenecer a un muy noble linaje —lo que debe valorarse teniendo en cuenta el género de agravio que Guzmán recibió en la Corte—, como afirma el cronista, era “rica de hazienda, de muy gran hermosura, al paresçer de muchas virtudes y bondad, de edad de quinze años”. María aportaba una rica dote, repartida entre Castilla, León, Galicia y Portugal, pero sobre todo destacaban los bienes situados en Andalucía, especialmente en el Aljarafe sevillano y en Jerez de la Frontera. Este matrimonio sería un factor decisivo en la vida de Alonso Pérez, pues María Alonso Coronel fue el complemento más adecuado, según las pautas y valores de la época, a las capacidades del biografiado, de modo que la fuerza de la nueva Casa de Guzmán sería el resultado de la alianza perfecta de dos personajes que acabarían configurando verdaderos arquetipos.
     Pocos días después de contraer matrimonio, en marzo de 1282, regresó a África para trabajar en la movilización de las tropas con las que Abū Yūsuf pasó a España en socorro de Alfonso X. Alonso Pérez participó ese verano en la campaña de castigo contra las villas y ciudades andaluzas partidarias del infante Sancho, siempre como vasallo del Emir. Es posible que, como quiere la crónica de Barrantes, Alfonso X premiase ahora a Guzmán con el señorío de Alcalá de los Gazules, quizá con la esperanza de así retenerlo en la frontera. Pero, tras conseguir en octubre de 1283 que el Monarca le trocase la villa por los olivares jerezanos de Monteagudo, Guzmán volvió a Fez en compañía de su esposa y de su familia, naciendo cinco hijos entre 1283 y 1287.
     La muerte de Alfonso X en abril de 1284, y el acceso al trono de Sancho IV, casi coincide con este nuevo paso del Estrecho, lo que no debió ser casual. Hasta 1286 hubo guerra entre castellanos y benimerines, pero la firma de una tregua durante cinco años permitió el regreso a Sevilla de María Alonso Coronel con una parte de las riquezas acumuladas en África. En los años siguientes, Alonso Pérez siguió sirviendo a Abū Yūsuf y, muerto éste en 1286, a su hijo Abū Ya‘qūb, en sus guerras contra otros poderes musulmanes. Por medios ingeniosos consiguió burlar la vigilancia aduanera marroquí y hacer llegar importantes remesas de dinero a su esposa, que ésta invirtió en la compra de tierras y señoríos que serían el primer fundamento de la potencia económica de la casa: Ayamonte, La Algaba, Santiponce, Vado de las Estacas, olivares en el Aljarafe, casas en Sevilla y la dehesa de Villarana, en Jerez. La apuesta por Andalucía en unos momentos críticos en que se venía abajo la obra repobladora de Alfonso X en la región, sometida a una fuerte presión musulmana, fue la clave principal del éxito posterior.
     Casi todo cuanto se sabe de estos años de la vida de Alonso Pérez de Guzmán es a través de los cronistas de la casa, Pedro de Barrantes y Pedro de Medina, sin otras fuentes de verificación. Estos autores recogieron tradiciones que databan de la época del protagonista o algo posteriores, remodeladas y adaptadas a los gustos de los tiempos medievales más tardíos.
     Esto es particularmente notorio en las aventuras que le atribuyen en África en esos años en que estuvo separado de su familia, entre las que, además de grandes gestas y conquistas, destaca el “hecho de cavallería tan famoso” de la lucha contra la sierpe que aterrorizaba a los habitantes de Fez, y a la que encontró mientras ésta se enfrentaba a un león, aprovechando la buena ocasión para matarla. Con ésta y otras historias semejantes se completaba el perfil heroico de Guzmán como perfecto caballero y se adaptaban al entorno castellano y fronterizo temas entonces muy en boga pertenecientes al ciclo bretón. Como ha señalado Miguel Ángel Ladero, estas historias merecen la atención de los historiadores actuales “por la carga de elementos simbólicos e imaginarios que contienen, y por lo que ilustran sobre la difusión en la tardía Edad Media castellana de los argumentos de ficción caballeresca, mezclados con otros elementos, para fundir lo maravilloso y lo real en los orígenes de una casa noble, y conseguir así un efecto propagandístico beneficioso para su prestigio”.
     Lo cierto es que entre 1284 y 1291 permaneció en Marruecos, obteniendo enormes ganancias y fama militar, pero en un ambiente político cada vez menos favorable para él desde la muerte de Abū Yūsuf y el acceso al Trono de su hijo Abū Ya‘qūb. Esta circunstancia se unió al natural deseo de reintegrarse a su patria y a su familia, una vez alcanzados los objetivos que le llevaron a África. En julio de 1291, regresó a Sevilla, rico y heredado, sirviéndose de otra estratagema para abandonar el servicio de los benimerines y traer consigo, según la entusiasta narración de Barrantes, el importe de los tributos que el Emir le había encargado recaudar entre las tribus rebeldes del sur de Marruecos.
     Como se ha escrito, con este regreso Alonso Pérez de Guzmán vuelve a ser un personaje plenamente histórico. El momento no podía ser más oportuno, pues por entonces comenzaban los preparativos del rey Sancho para la gran campaña que se proponía en la región del Estrecho. La experiencia de Alonso Pérez entre los benimerines debió de ser altamente apreciada e incluso es posible que participase en los contactos diplomáticos con Tremecén, destinados a crear un frente africano que distrajese las fuerzas de Abū Ya‘qūb. Lo cierto es que las crónicas de la casa describen sus actividades en la Corte y en la frontera, en unos casos prestando grandes cantidades de dinero a Sancho IV —50.000 doblas garantizadas con los señoríos de Zafra, Zafrilla y La Halconera, en tierra de Badajoz—, en otros ofreciendo su concurso militar, como en el levantamiento del asedio de Vejer, a fines de 1291, y en la campaña de Tarifa, en cuya toma (agosto de 1292) se encontraba presente y a la que cooperó decisivamente con su consejo.
     La defensa de la plaza fue entregada en un primer momento a la Orden de Calatrava, con una tenencia anual de dos millones de maravedís. La enormidad de la suma atendía, sin duda, a la necesidad de reparar las fortificaciones dañadas durante el asedio y de mantener un cierto número de galeras de vigilancia en el Estrecho, así como a la presencia de una importante guarnición. El inmediato deterioro de las relaciones políticas con Granada, que aspiraba a la posesión de Tarifa, y las intenciones de Sancho IV de apoderarse de Algeciras, favorecieron la alianza granadino-marroquí en octubre de 1293. Su principal objetivo era la recuperación de Tarifa para el Islam.
     En julio de aquel año la alcaidía de la plaza había sido encomendada a Alonso Pérez de Guzmán, con sólo 600.000 maravedís de tenencia. Sancho IV aceptó así la oferta del caballero leonés, que suponía un importante ahorro para el tesoro real. La notable reducción no sólo se explica por el hecho de que una parte importante de los gastos iniciales de puesta a punto de las defensas se habría realizado ya, sino también porque el entramado económico y político que Guzmán iba tejiendo en la frontera le permitía asumir tan importante compromiso en condiciones que nadie podía igualar. Entre abril y fines de agosto de 1294, Tarifa fue duramente asediada, hasta que la acción de la flota conjunta castellano-aragonesa, mandada por Juan Mathé de Luna y Fernán Pérez Maimón, combinada con la de las tropas terrestres permitió su liberación. En esos meses, Alonso Pérez puso a prueba sus capacidades militares y, como es sabido, su concepto extremo del sentido del deber.
     Pocos días antes del levantamiento del cerco, ante los muros de la plaza, se había producido el episodio que ha sublimado a Guzmán el Bueno por encima de todos sus contemporáneos.
     Perdida la esperanza de conquistar la villa por medios militares, y tras un intento fallido de sobornar a su alcaide, los sitiadores intentaron un último e infame recurso. Entre ellos se encontraba por propia voluntad el infante don Juan, hermano de Sancho IV, gravemente enemistado con el Rey y exiliado, primero en Portugal, luego en Marruecos cuando don Dionís hubo de ceder a las presiones del monarca castellano y expulsar al infante. Ante la inminencia de la llegada de la escuadra de socorro, y el desastre que ello supondría para los benimerines si antes no lograban tomar la plaza, Abū Ya‘qūb aceptó el consejo de don Juan y amenazó a Alonso Pérez de Guzmán con degollar a un hijo suyo que tenía en su poder si no entregaba la villa. Es necesario recordar que este infante ya había procedido de la misma forma, años atrás, para hacerse con el alcázar de Zamora. En Tarifa, la negativa del alcaide, adornada por cronistas e historiadores del pasado con toda suerte de innecesarios excesos para acentuar un heroísmo que impresiona más cuanto más desnudo de oropel, fue seguida del cumplimiento de la amenaza. La tragedia tuvo lugar, como estableció Mercedes Gaibrois, durante la segunda quincena de agosto de 1294.
     La historicidad del hecho está hoy más que acreditada para la crítica, aunque se dude de la personalidad del hijo sacrificado y no se sepa cómo llegó a manos de sus asesinos. Los cronistas Barrantes y Medina afirman que se trataba de Per Alfonso, el varón primogénito, y que había sido entregado unos meses antes al infante don Juan para su traslado a Portugal, donde iba a educarse en la Corte del rey don Dionís, su pariente.
     Ortiz de Zúñiga dice que Per Alfonso fue hecho prisionero en el mismo cerco, lo que le parece más cierto a Mercedes Gaibrois. El niño tendría por entonces diez años de edad. Otros textos, editados y comentados por Miguel Ángel Ladero, abren la posibilidad de que se tratase de un hijo, o incluso de dos, que Alonso Pérez podría haber engendrado en sus años de estancia africana en una hija del emir Abū Ya‘qūb.
     La heroica defensa de Tarifa frenó el asalto benimerín sobre Andalucía y obligó a Abū Ya‘qūb a retirarse de Algeciras y regresar a toda prisa a África. Muhammad II de Granada se quedaba solo para hacer frente a las armas castellanas, pero el agravamiento de la enfermedad de Sancho IV y su muerte en abril de 1295 frustraron la campaña prevista para el verano siguiente y cuyo objetivo era Algeciras. No obstante, Alonso Pérez de Guzmán inició entonces una nueva etapa en la que iba a alcanzar el encumbramiento político y social.
     Convertido en rico hombre, máxima dignidad de la nobleza castellana, Sancho IV, en sus últimos meses de vida, y la reina viuda María de Molina hicieron de él la pieza clave de la defensa de la baja Andalucía. La muerte del Rey y el inmediato comienzo de los conflictos internos de Castilla obligaron a Guzmán a defender la frontera contra los musulmanes casi en solitario, así como a demostrar su apoyo a la reina María, asediada desde todos los frentes.
     Por otra parte, ya en 1295 Sancho IV le había concedido todas las tierras del primitivo alfoz de Cádiz al oeste de El Puerto de Santa María, que estaban despobladas después de años de terribles incursiones musulmanas. En ellas se incluía una pequeña fortaleza llamada Torres de Solúcar, origen de Sanlúcar de Barrameda. El señorío de esta villa, pronto repoblada y para la que el fundador logró dos ferias francas anuales, sería el primer título de la casa que se afirmaba ya de modo inequívoco en el panorama andaluz. En las cercanías de Sanlúcar Guzmán labró otras tres torres, inicio de otros tantos lugares: Rota, Chipiona y Trebujena. El primer documento conservado de estas mercedes es la confirmación de la donación de Sanlúcar: un privilegio rodado de Fernando IV, fechado en Toro el 13 de octubre de 1297, en el que, por cierto, se refiere con toda sobriedad el gesto heroico de don Alonso Pérez —el documento incorpora ya el tratamiento, reservado a los ricoshombres— en la defensa de Tarifa, incluyendo el detalle del lanzamiento del puñal.
     Pocos días antes, Guzmán había tenido una destacada actuación en la batalla de Arjona, contra los granadinos, en la que consiguió poner a salvo al infante don Enrique el Senador, que estaba a punto de caer en manos de los musulmanes, a costa de la pérdida de muchos de los hombres de su mesnada y de poner en grave riesgo su propia vida. Al año siguiente, continuó la guerra en la frontera, con intensa participación del señor de Sanlúcar, hasta que los granadinos solicitaron la firma de treguas. Ello permitió la ida a Castilla de Alonso en auxilio de María de Molina, con cuatrocientos caballeros. Así tomó parte en las campañas contra Juan Núñez de Lara y el infante Juan, que por entonces se hacía llamar rey de León, y en el tratado de paz de Alcañices, con Portugal. En todos estos acontecimientos, Alonso Pérez es mencionado entre los principales ricoshombres que acompañaban a María de Molina.
     En los años inmediatos, se dedicó intensamente a las tareas repobladoras y al incremento de su ya enorme patrimonio señorial, al mismo tiempo que a la guarda de la frontera. En octubre de 1299, Alonso obtuvo la merced de Conil y sus almadrabas, en la costa gaditana; poco después, en 1301, la mitad de El Puerto de Santa María que completaba la comprada al almirante Zacarías en 1295; y en mayo de 1303 recibió Chiclana, que se encontraba despoblada. Por otra parte, en 1300 estorbó las intenciones del infante Enrique de devolver Tarifa a los moros a cambio de la firma de una larga tregua con Granada. Alonso era alcaide nuevamente de la plaza y, sabedor de la maniobra a través de la reina María, llegó incluso a contactar con el rey de Aragón, entonces en guerra con Castilla, para pedir su apoyo a cambio de determinadas condiciones que el rey castellano habría de cumplir en su día: todo antes que permitir una entrega que hubiese comprometido toda su obra en la zona y hecho inútil su sacrificio. Enrique hubo de dar marcha atrás en su pretensión. La preeminencia de Alonso en Andalucía y su enorme prestigio se reflejan en el hecho de que en 1304 negociase personalmente la tregua con Granada.
     Al mismo tiempo, el señor de Sanlúcar subvenía grandemente a las necesidades económicas de la Corona.
     En 1307 Fernando IV le cedió Vejer por trueque con las aldeas pacenses de Zafra, Zafrilla y La Halconera y como devolución de 56.000 doblas de oro prestadas para el mantenimiento de castillos y flotas, pago de soldadas y coste de la legitimación pontificia de los hijos de Sancho IV y María de Molina, obtenida de Bonifacio VIII en 1301. Por entonces, aún quedaban pendientes de devolución otras 6.000 doblas por las que estaban en prenda, en poder de Alonso, Marchena y, tal vez, Medina Sidonia.
     Estos aumentos y el poder político y militar que los respaldaba, permitieron a Alonso establecer una importante red de intereses, basada en sus familiares y deudos, en la que los matrimonios de sus hijos jugaron un papel esencial. Isabel, la mayor, casó en 1303 con Fernán Pérez Ponce, hijo segundo del ricohombre homónimo que fue adelantado mayor de la Frontera hasta su muerte en 1292. La dote estuvo constituida por Rota, Chipiona, la mitad de Ayamonte y el empeño de 100.000 maravedís existente sobre Marchena, transformado en 1309 en señorío pleno sobre esta villa. Con este matrimonio se establecía en Andalucía, de la mano del señor de Sanlúcar, un linaje, el de los Ponce de León, que acabaría convirtiéndose en el gran rival de los descendientes de Alonso, pero que durante mucho tiempo aún giraría en su órbita.
     La alianza se completó con las bodas de Juan Alonso, único hijo varón y sucesor de Guzmán, con Beatriz, hermana de Fernán Pérez Ponce.
     Poco después, en 1306, Leonor, la menor de los hijos de los señores de Sanlúcar de los que llegaron a la edad adulta, casó con Luis de la Cerda, hijo del pretendiente al Trono castellano Alfonso de la Cerda, al que había renunciado en 1304. Era un enlace con un linaje de sangre real, y, por tanto, de enorme prestigio, al que correspondió una importante dote: la mitad de El Puerto de Santa María, a la que siguió, tras la muerte de María Alonso Coronel en 1330, el resto de la villa y otros bienes raíces en Jerez y el Aljarafe.
     Una última hija de Alonso Pérez de Guzmán, llamada Teresa Alfonso, habida en una doncella sevillana poco después de su regreso definitivo de África, y a la que María Alonso Coronel crio en su propia casa, fue casada, muerto ya su padre, con Juan de Ortega, al que la tradición genealógica sevillana considera hijo del almirante Juan Mathé de Luna.
     En 1307 Alonso Pérez de Guzmán estuvo en Castilla ayudando a Fernando IV en las querellas que lo oponían a algunos ricoshombres del Reino, como Diego López de Haro, señor de Vizcaya, y Juan Núñez de Lara. Alonso tuvo parte en las conversaciones que permitieron la vuelta al servicio regio de estos caballeros, al menos momentáneamente. Luego participó en las Cortes convocadas en Valladolid, y en 1308 en las de Madrid, donde Fernando IV manifestó su determinación de reanudar la guerra contra Granada.
     Para entonces, Guzmán el Bueno tenía ya más de cincuenta años, lo que podía haberle eximido de una participación directa en una campaña que, al proponerse el cerco de Algeciras, se adivinaba de gran dureza. Esta idea es la que recogió siglos después el cronista Barrantes cuando puso en labios del héroe, presto de nuevo a partir, y de su admirable esposa el siguiente diálogo: —“Paréceme, señor, que aún no son acabados los trabajos de la guerra de los moros, porque ahora tornáis, según e sabido, de nuevo a ellos”. A lo que respondió don Alonso: —“Esos trabajos, señora, no se acabarán hasta que los moros se acaben; pero los hombres como yo los han de acabar o acabar en ellos... Yo iré a la guerra, y si volviese, holgarnos hemos, y si allá quedare, pagaré la deuda que debo a Dios de la vida, al rey de las mercedes que me ha hecho y a mi honra de morir en ella”.
    En julio de 1309 salió el ejército castellano de Sevilla, llevando en su vanguardia a Alonso Pérez de Guzmán, acompañado de toda su parentela y de sus vasallos.
     El 27 de ese mes llegó a Algeciras. Al poco, decidió el Rey enviar a parte de la hueste sobre Gibraltar, cercándola por el istmo Juan Núñez de Lara y el arzobispo de Sevilla y desembarcando Alonso por el otro lado. Desde allí, tomó posiciones en el monte que domina la ciudad e infligió graves daños a los moros con dos ingenios que lanzaban grandes piedras.
     Al cabo de un mes de asedio, a principios de septiembre, Gibraltar se rindió, volviendo Guzmán al real de Algeciras. Unos días después, Fernando IV le ordenó que efectuase una incursión contra los moros de Gaucín y otros lugares de la serranía de Ronda que hostigaban a las tropas que circulaban entre Algeciras y Gibraltar. Cuando se afanaba en la persecución de un grupo de enemigos que guardaban los pasos de la sierra, se adelantó al resto de sus hombres y recibió varias saetadas, de las que murió. Era el 19 de septiembre. Desde el real de Algeciras, por Medina Sidonia, llevaron el cuerpo a Sanlúcar; y luego por el Guadalquivir hasta Sevilla, donde se le hizo un gran recibimiento antes de depositarlo en el Monasterio de San Isidoro del Campo.
     En octubre de 1298, Fernando IV había otorgado el patronato de este cenobio, que ya estaba en Sevilla la Vieja (Itálica), al ahora difunto para que lo dotase convenientemente y lo encomendase a la Orden de su elección. En febrero de 1301, Alonso y María lo entregaron al Císter, le donaron el lugar de Santiponce con su jurisdicción y tierras, y dispusieron las condiciones de su enterramiento en él. Las sepulturas debían situarse en la iglesia, entre el altar y el coro, y debían decirse diez misas diarias por sus almas y remisión de sus pecados, misas que años más tarde se elevarían a veinte por deseo de la viuda. Además, debían celebrarse doce aniversarios anuales por cada uno de ellos tras sus fallecimientos. Sobre la tumba de Guzmán el Bueno se colocó la siguiente inscripción, según Barrantes Maldonado: “Aquí yace don Alonso Perez de Guzman que dios perdone, que fue bienaventurado, e que puno sienpre en servir a dios e a los reyes, e fue con el muy noble rey don Fernando en la cerca de Algezira, y estando el rey en esta cerca fue a ganar Gibraltar, e despues que la gano, entro en cavalgada en la Sierra de Gausin, e ovo y fazienda con los moros, e mataronlo en ella viernes diez y nueve dias de setiembre era de mill e trezientos e quaranta e syete años (que fue año del señor de 1309)”.
     Durante siglos, la figura de Alonso Pérez de Guzmán el Bueno ha sido objeto de una mitificación tan interesada como explicable. Fundador de la casa más importante históricamente de la aristocracia andaluza, es lógico que su gigantesca figura fuese utilizada por sus descendientes para justificar su discutido predominio, haciendo de ella el arquetipo del perfecto caballero. Por otra parte, la lealtad a la Corona y las cualidades militares que lo adornaban, puestas al servicio de la lucha contra el enemigo por antonomasia, fueron valores fácilmente trasladables hacia contextos más amplios que el de su linaje, y hacia momentos más próximos a nosotros, lo que permitió el mantenimiento de su popularidad y de su valor ejemplificador.
     La explotación retórica y literaria del famoso gesto del puñal estuvo a punto de ahogar la dimensión histórica del personaje, hasta el punto de que algunos, quizá para valorar ésta más convenientemente, llegaron a plantear serias dudas, o incluso a negar, la veracidad de la hazaña. Aunque la más rigurosa crítica la haya admitido con argumentos hasta ahora irrebatibles, la historiografía actual prefiere dar toda su dimensión a otros aspectos de su vida: su papel protagonista en la defensa y repoblación de amplios territorios de la baja Andalucía en momentos muy difíciles y su intervención moderadora y leal en los conflictos políticos desencadenados tras la muerte de Sancho IV; finalmente, su capacidad para, aprovechando al límite los medios al alcance de los hombres de su posición y de su tiempo, erigir, desde la relativa modestia de sus comienzos, un imponente edificio económico, político, clientelar y señorial. Todo ello confirma, en el fondo, la talla excepcional de un personaje en el que la sensibilidad de cada época ha podido encontrar elementos nuevos, capaces de seguir sustentando la admiración que le tributaron las precedentes (Rafael Sánchez Saus, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Guzmán el Bueno, en detalle:
Edificio calle Guzmán el Bueno, 4
Edificio calle Guzmán el Bueno, 7
Edificio calle Guzmán el Bueno, 8
Edificio calle Guzmán el Bueno, 9
Edificio calle Guzmán el Bueno, 10 (Casa Olea).

jueves, 20 de octubre de 2022

Un paseo por la calle Argote de Molina

     Por Amor al Arte
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     Hoy, 20 de octubre, es el aniversario del fallecimiento (20 de octubre de 1596) de Gonzalo Argote de Molina, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Argote de Molina, de Sevilla, dando un paseo por ella.
    La calle Argote de Molina es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en los Barrios de la Alfalfa, San Bartolomé, y Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Manuel Rojas Marcos, a la calle Conteros.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     El primer tramo, hasta Corral del  Rey, pudo formar parte de la calle Alta (Manuel Rojas Marcos) y en el plano de Olavide (1771) figura rotulada como Estrella, aunque pudiera tratarse de un error; el segundo, hasta la confluencia de Estrella, recibía desde el s. XIV el nombre de calle del Marmolejo, o de los Marmolejos, por este linaje que tenía allí sus casas, y en 1662 es sustituido por el que hoy conserva en memoria de Gonzalo Argote de Molina (1548-1598), historiador y humanista sevillano; el siguiente tramo, hasta Placentines, es conocido a comienzos del s. XVI (1502) como calle de los Castellanos, quienes allí deberían estar establecidos, y también como calle de la Cadena; al menos desde 1631 es nombrada como calle del Horno de las Brujas, por uno que allí existía, en el mismo lugar que en el s. XV (1483) se encontraba el Horno del Águila; en 1863 se acordó rotularla del Monte Pío, según se dice, para evitar la confusión con la calle del Horno, frente a la iglesia de San Buenaventura, y en recuerdo de esta institución benéfica que tuvo sus oficinas en esta vía. El último tramo, recibía, al menos desde 1839, el nombre de calle del Ciprés, posiblemente por uno que allí habría. Finalmente, en 1868 todo ellos son unificados toponímicamente bajo la denominación de Argote de Molina.
     Es una calle larga, de amplitud variable, trazado irregular, con frecuentes entrantes y salientes, en parte resultado de los proyectos de alineación a los que ha estado sometida (1863, 1899, 1911). Hasta la confluencia de Segovias es una vía muy estrecha, pero que ha soportado un intenso tráfico de carruajes, particularmente el de los que transportaban mercancías desde los muelles a la Alhóndiga, con las consiguientes quejas del vecindario, atropellos y peticiones de que se cerrara al tráfico rodado. Desde la confluencia de Segovias es sensiblemente más ancha y rectilínea, quizás relacionado con una temprana operación de ensanche realizada en la primera mitad del s. XVIII y a los proyectos de alineación ya mencionados. Conserva una estrecha barreduela entre los núms. 24 y 30, en cuyo fondo se encuentra instalado un típico restaurante, que podría ser la antigua barreduela del Águila. Confluyen, por los pares, Estrella, y por los impares, Corral del Rey y Segovias, y es cruzada por Bamberg y Placentines. Hay noticias de su empedrado en 1631 y 1640, reiteradas peticiones de que se embaldose a mediados del s. XIX, y se adoquina en la primera década de la presen­te centuria, procediéndose asimismo a la construcción de las aceras entre 1903 y 1912. Actualmente se conserva la calzada de adoquines a comienzos de la vía, en un tramo de escaso tránsito, y el resto ha sido cubierto con asfalto, posee aceras de losetas de cemento, de desigual anchura, en función de la amplitud de la calle y se ilumina mediante farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas.
     A. Palacio Valdés decía de ella que "... está habitada, en general, por familias bien acomodadas, a juzgar por los suntuosos patios que a derecha e izquierda se ven a través de las cancelas" (La hermana San Sulpicio). En buena medida continúan predominando en su caserío, sobre todo en el tramo más angosto, estas casas de patio sevillanas, habiéndose producido en unos pocos casos su sustitución por bloques de pisos de reciente construcción; en la zona más próxima a Placentines se levantan algunas casas de escalera de principios de esta centuria, varias de ellas deshabitadas. Son de destacar las casas núms. 13 y 22, ambas del s. XVIII, de dos plantas y ático con vanos de medio punto, bien conservadas, así como las núms. 17 y 30, también del XVIII, pero en lamentable estado de abandono y semirruina. Vía céntrica, ha cumplido de forma predominante una función residencial para clases acomodadas y ocasionalmente han tenido allí su establecimiento algunas instituciones, como el Monte de Piedad a mediados del siglo pasado, el vice-consulado de Honduras hacia 1873, o un colegio de los jesuitas en las mismas fechas. Actualmente, la distinta amplitud de uno y otro tramo de la vía condiciona su funcionalidad: el más estrecho cumple casi de forma exclusiva una función residencial, en cambio en el segundo se sitúan algunos comercios y bares, estos últimos particularmente animados en las horas nocturnas. En la esquina de Placentines estuvo durante mucho tiempo situado un comercio de alimentación, anunciado por una reproducción de grandes dimensiones de una pieza de bacalao, que dio origen a que se la conociera, aún después de desaparecer comercio y anuncio, como "la esquina del bacalao". Esta misma esquina cobra particu­lar animación durante la Semana Santa al ser punto obligado de contemplación de mu­chas de las cofradías a su salida de la Catedral. 
     En la casa núm. 13 vivió el poeta Cortines Murube, la misma en la que en 1924 el Ateneo de Sevilla hizo colocar una lápida de azulejos en homenaje a Palacio Valdés, su novela La Hermana San Sulpicio y la protagonista de la misma que allí vivía. También allí situó Muñoz y Pabón el comercio del judío Isacar en el s. XV:
"Rico comerciante de sedas
Y perfume de la Arabia 
En el Horno de las Brujas 
Tiene Isacar vieja casa
Donde vende sus perfumes 
Y de sedas tiene fábricas"
(Menudencias épicas, 1897) [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Argote de Molina, 9. Casa de tres plantas, las dos supe­riores avitoladas, del siglo XVIII. La portada iba resaltada sobre medias pilastras toscanas, y sobre ella un balcón rematado por frontón recto.
Argote de Molina, 13. Casa de dos plantas y ático, del siglo XVIII.
Argote de Molina, 17. Casa situada en la esquina de calle Segovias, con  fachada de dos plantas rematadas por el mirador del ángulo, con dos arcos sobre columnas en cada frente, enmarcados por pilastras pareadas. Una vez cruzado el apeadero, donde se conserva una puerta de casetones, se llega al patio con arquerías sobre columnas en ambas plantas, de arcos semicirculares la inferior y rebajados la superior, todos inscritos en alfices. Es interesante el capitel situado en el arranque de la escalera. Se conservan varios artesonados, entre ellos el de la galería del patio, el del escritorio y el de tirantas de la planta principal.
Argote de Molina, 22. Casa del siglo XVIII, de dos plantas y ático con vanos de medio punto separados por pilastras toscanas. La fachada del segundo cuerpo está avitolada.
Argote de Molina, 28. En este número hay que reseñar los azulejos de la escalera.
Argote de Molina, 30. Casa del siglo XVIII, de dos plantas y entresuelo en la crujía de fachada, que está dividida en calles por pilastras pareadas. En uno de los extremos se encuentra la portada, que consta de dos cuerpos, el inferior con pilastras toscanas de fuste avitolado y moldura quebrada, enmarcando el vano de la puerta; en la superior, pi­lastras jónicas y frontón triangular. El patio, con arquerías sobre columnas en las dos plantas, posee una interesante colección  de capiteles [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Gonzalo Argote de Molina, personaje a quien está dedicada esta vía;
     Gonzalo Argote de Molina, Conde de Lanzarote. (Sevilla, c. 1551 – Las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas, 20 de octubre de 1596). Genealogista, historiador, poeta y bibliófilo.
     Fue hijo de Francisco de Molina, jurado de Sevilla, cuyos ascendientes por línea paterna se llamaron, según unas informaciones genealógicas, Castro y Argote, mientras que, según otras, habrían usado los apellidos de Zatico de Molina. El mismo biografiado, en las cartas dirigidas a Zurita que conserva la Real Academia de la Historia, firma en 1574 como Gonzalo Zatico de Molina, en 1575 como Gonzalo de Molina y, finalmente, en 1577, como Gonzalo Argote de Molina. Su madre, Isabel Ortiz, pertenecía también a una familia sevillana distinguida e hidalga, aunque no hay uniformidad en los apellidos de los padres de esta señora.
     Diego Ortiz de Zúñiga, el autor de los conocidos Anales, les llama Juan Ortiz y Francisca Messía de Mendoza, pero en el testamento del mencionado Francisco de Molina aparecen como Juan Ortiz de Medinilla y Francisca Mejías y Carrillo.
     Gonzalo fue el mayor de ocho hermanos, que se llamaron, según el testamento de su padre: Leonor de Molina, esposa del señor de Villanueva; Francisca Mejías, casada con Juan de Morales; María de Molina, mujer de Juan Domingo de Tudela; Rufina Argote de Molina, esposa del licenciado Hernán López de Cárdenas, cuyo hijo heredó y dejó perder la mayor parte de los manuscritos de su tío Gonzalo; Isabel; Jerónima y Juan Mejías, ciego, quizá de nacimiento.
     Gonzalo Argote de Molina dejó escrito un epitafio autobiográfico, para que su hijo lo hiciese poner en la capilla que había restaurado en la iglesia sevillana de Santiago el Viejo, cuyo patronato adquirió en 1586.
     En este texto, del que se guarda copia en la colección Salazar de la Real Academia de la Historia, después de asegurar que desciende por varón de “Hernán Martínez de Argote, señor de Lucena y Espejo, Alcaide de los Donceles”, relata los hechos de armas en que intervino en su más temprana juventud.
     Dice que se halló en la conquista del Peñón de la Gomera, en 1564, “de edad de quince años”. De aquí dedujeron algunos que Gonzalo habría nacido a fines de 1548 o en 1549, pero Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez, que le trató en Sevilla, escribe en 1599, en su Libro de descripción de verdaderos retratos, que Gonzalo tenía entonces trece años. Concuerda con una declaración del propio Argote ante la Inquisición de Canarias, que dice ser “de edad de cuarenta y dos años poco más o menos” en abril de 1593; y también con otra información practicada en 1569, en la que varios testigos declaran que su edad era de dieciocho años. La fecha de fines de 1551 (o principios de 1552) aparece, pues, como la más probable para el nacimiento de Gonzalo Argote de Molina, acaecido en la collación de Santiago y, según parece, en los edificios conocidos todavía como Corral del Conde.
     Continúa escribiendo Argote en el mencionado epitafio que en el siguiente año, que sería el de 1565, le nombró el Rey alférez mayor de la milicia de Andalucía.
    Con este cargo sirvió a las órdenes de don Juan de Austria en las galeras de la Liga contra el Turco y después, en 1569, bajo el mando de Sancho de Leyva y sin sueldo, en la vigilancia de las costas de Granada durante la sublevación de los moriscos, para impedir los desembarcos que se temían, como escribe Cabrera de Córdoba. Gonzalo Argote de Molina fue uno de los doce caballeros que eligió la ciudad de Sevilla, de la que era jurado su padre, para servir al Rey a su costa con veinte lanzas en la guerra de Navarra.
     Por estos servicios, le nombró Felipe II, en 1578, provincial de la Santa Hermandad en Sevilla y su tierra, cargo que reportaba emolumentos importantes y voz y voto en el cabildo sevillano, por lo que éste se opuso inicialmente al nombramiento. Con las gentes de la Santa Hermandad limpió de malhechores las sierras de Jerez y Ronda, apresando a cuarenta y cinco “salteadores escopeteros”, según cuenta Argote en un memorial.
     Al mismo tiempo que participaba en estas actividades de carácter militar, cultivaba con asiduidad y acierto sus inclinaciones a los libros y a las cosas bellas y curiosas, como otros espíritus selectos de su tiempo.
     Cuenta Francisco Pacheco que logró reunir Argote en su casa de la sevillana calle de Francos “(con buena elección a mucha costa suya) un famoso museo, juntando raros i peregrinos libros de Istorias impresas y de mano, luzidos i extraordinarios Cavallos de linda raça i vario pelo i una gran copia de Armas Antiguas i Modernas, que entre diferentes cabeças de animales, i famosas pinturas de Fábulas i Retratos de insignes Ombres, de mano de Alonso Sánchez Coello, hazian maravillosa correspondencia”. Tal fama alcanzó, que acudió disfrazado a visitarlo Felipe II durante su estancia en Sevilla en el año 1570. Pero entonces no estaban allí todavía las obras de Alonso Sánchez Coello, pues fue el año siguiente cuando le encargó Argote quince retratos de reyes y reinas de Castilla.
     En 1574 había terminado la primera de sus obras (impresas), la edición de El Conde Lucanor, que salió de las prensas en Sevilla en el siguiente año. El libro contiene además una Vida del excelentissimo principe Don Iuan Manuel y el primer trabajo genealógico de Argote, titulado Principio y succession de la real casa de los Manueles, donde describe la numerosa descendencia de los cinco hijos de don Juan Manuel por todas las líneas de varón y de hembra. Añade un Discurso sobre la poesía castellana y un glosario de términos antiguos con sus equivalencias.
     Anterior parece ser, de 1572, su Aparato para la historia de Sevilla, del que se conservan varias copias manuscritas.
     Probablemente se trata de un borrador o proyecto de obra que después llegaría a tener una redacción más amplia.
     Desde estos años hasta el de 1585, cuando marcha a Canarias, transcurre la etapa más fecunda de la vida de Argote en cuanto a sus trabajos históricos y genealógicos.
     Hubo de preparar por entonces sus obras más importantes y que requirieron mayor esfuerzo de investigación: Nobleza del Andalucía, Elogios de los conquistadores de Sevilla, además de las que aparecieron en 1582 y se cita más abajo. Para componer estas obras no se limitó Argote a estudiar los libros que poseía, sino que recogió noticias en muy diversos lugares con esfuerzo, perseverancia, inteligencia y espíritu crítico. Él mismo lo cuenta al comienzo de Nobleza del Andalucía: “Pues aviendo visto los archivos y sepulchros de casi toda España. Y aviendo veinte años que junto papeles. Y venido a mis manos todos los originales antiguos de estos Reynos, y particularmente los que su Magestad tiene en su real libreria de San Lorenço el Real [...]”. Y en una de las cartas dirigidas a Zurita escribe: “Yo fui a Úbeda y Baeza y Jaén y Andújar y me recibieron muy bien, y me mostraron los archivos; saqué traslado de todos los privilegios y cartas de los reyes y aún me entregaron algunos libros del cabildo, [...] donde he hallado cosas escogidísimas y muy nuevas”. Para estas búsquedas, había obtenido una orden de Felipe II para que se le franqueasen todos los archivos del reino de Jaén. Por esto, probablemente, dice al comienzo de Nobleza del Andalucía que había tomado a su cargo, con orden de Su Majestad, “escrevir el principio de la fundacion de las ciudades, villas y lugares del Andaluzia, y la sucession de los Linajes nobles, que las poblaron”.
     Compuso también Argote algunas poesías; las que hoy se conocen son “elogios”, contenidos en sus obras, dedicados a sus amigos Pedro de Aguilar y el doctor Monardes, a sus maestros Ambrosio de Morales y Jerónimo de Chaves, a Fernando III el Santo y a Alfonso el Sabio.
     Las acciones militares, las investigaciones genealógicas e históricas, las tareas literarias, la atención a su museo y biblioteca, todavía dejaban tiempo a Argote para transacciones comerciales. Se sabe, por ejemplo, que en 1582 era dueño del navío San Antonio y que efectuaba operaciones económicas diversas (obligaciones, compraventas, préstamos, comisiones...) con los condes de Lanzarote. Esta relación comercial dio origen a su casamiento.
     En 1582 hizo imprimir Argote en Sevilla otra de sus ediciones de antiguos autores, con el título de Historia del gran Tamorlan e itinerario y enarracion del viage y relacion de la Embaxada que Ruy Gonçalez de Clavijo le hizo [...] Comprende el libro dos relatos de la vida del Gran Tamorlán, debidos a Pero Mexía y a Paulo Jovio. Añade Argote de su pluma un Discurso sobre el itinerario seguido por Clavijo.
     En este mismo año dio a las prensas, igualmente en Sevilla, la tercera de estas ediciones, el Libro de la monteria que mando escrevir el muy alto y muy poderoso Rey Don Alonso de Castilla; aparte de una Egloga pastoril compuesta por Gómez de Tapia, incluye la edición un Discurso sobre la obra del que es autor Argote. 
   Hecho trascendental en la vida de Argote fue su matrimonio con Constanza de Herrera y Rojas, celebrado en Lanzarote, con singulares regocijos y fiestas públicas, el día de Santiago del año 1586. Era la novia hija natural legitimada de Agustín de Herrera y Rojas, primer conde de Lanzarote (1567) y primer marqués luego de la misma denominación (1584). No tenía éste descendencia legítima de su esposa, sino sólo dos hijas, habidas en Bernardina de Cabrera, dama casada con un genovés. De las dos, prefirió a la menor, Constanza, la esposa de Argote, “por ser hija más cierta”.
     Todos los biógrafos concuerdan en atribuir este casamiento de Argote, ya de edad para entonces madura, a un deseo de ascenso social, deseo que dejan ver bien claramente los títulos que se atribuyó en diferentes etapas de su vida, algunos de escasa consistencia, como “señor de la Torre de Gil de Olid” (1579), “señor de la Torre de Don Jofre” o “señor de Daganzuelo” (1596). En el epitafio antes mencionado recoge, en cambio, otros honores y titulaciones más sólidas, como las de “veinticuatro” de Sevilla, nombre que se daba a los regidores perpetuos de designación real, y las de gentilhombre del rey de Polonia, copero del rey de Hungría y factor del rey de Portugal don Sebastián. Este último cargo hubo de reportarle importantes beneficios económicos, pues había de gestionar todas las compras destinadas a las plazas portuguesas del continente africano. La legítima aspiración de Argote al ascenso social concuerda perfectamente, por otra parte, con su dedicación al estudio de los linajes nobles y su aprecio de la excelencia y la belleza.
     En 1585 Argote marcha a Canarias para preparar su boda, por lo que traspasó el cargo de Provincial de la Santa Hermandad en Sevilla, por un plazo de cinco años, a Pedro Rodríguez de Herrera, pariente quizá de los condes de Lanzarote. No se sabe cuál era la dote de Constanza; se ha dicho que su padre, ya marqués de Lanzarote, le habría dado el condado, con la jurisdicción alta y baja, oficios, rentas y territorios de este estado señorial. Ningún documento prueba la legalidad de tal donación, si es que existió, pero Gonzalo Argote de Molina se tituló efectivamente conde de Lanzarote, después de su casamiento, en numerosas ocasiones. Pensaba acaso que el título de conde no había cesado, sustituido por el de marqués, dos años antes, en 1584. El título aplicado a Argote aparece en el tratado que concluyó con el capitán general de Argel a poco de su boda, en las dedicatorias de la obra Nobleza del Andalucía, en el pie del retrato grabado por Matías de Arteaga que guarda la Biblioteca Nacional e incluso en documentos relativos a su hijo y hermanas, ya después de fallecido.
     Si el título condal llenó las aspiraciones de Argote, muy pronto comenzaron las desdichas que este enlace le acarreó. Como él escribe en el epitafio tantas veces citado, “[l]uego que me case vino Moratarraez Visrrey de Argel con armada del gran Turco y del Xarife sobre aquella Isla”. El desembarco en Lanzarote tuvo lugar el día 30 de julio, cinco días después de la boda.
     Argote hubo de organizar la defensa del castillo, resistiendo el ataque en la cueva de Haria, pero fueron hechas cautivas su esposa y la del marqués. Las capturas y las varias muertes por ambos lados no impedían la cortesía. Argote envió a Morath Arráez seis “turcos” que había hecho prisioneros después de matar a otro “vestidos con marlotas de tela de oro”. Por ello, Morath le hizo llegar con un cristiano una saeta de su propio arco como prenda de seguro. Acudió Argote solo a la galera del asaltante el 18 de agosto y concluyó un notable tratado el día 22, por el que rescataba a la marquesa, a la condesa y a veinte cristianos por el precio de 20.000 ducados, de los que 11.000 correspondían a la condesa y los veinte cristianos. Éstos los pagó al contado “en dinero y joyas de oro y preseas de su recamara y ruanes y otras cosas”, según se explica en el propio tratado de paz. Para el rescate de la marquesa anticipó Argote además 572.500 maravedís y por el resto dio el marqués en rehén a su hermano. Permaneció después algún tiempo en las islas, donde adquirió fincas y mucho ganado y regresó a Sevilla con el encargo de su suegro de tratar con unos mercaderes la financiación del importe del rescate del cautivo que quedaba.
     En Sevilla, el día 20 de enero de 1588 se otorga la escritura que da por terminada y liquidada la cesión temporal del cargo de provincial de la Santa Hermandad.
     Poco después se concluye la impresión de la primera parte de Nobleza del Andalucía; la dedicatoria, que firma “El conde de Lanzarote y Provincial”, lleva la fecha de 1 de abril. Ésta es la obra de Argote más importante y más divulgada. La edición comprende sólo la primera parte (cuatro libros) del plan previsto para la obra completa. A esta primera parte, dedicada al obispado de Jaén, habían de seguir otras, dedicadas a los de Córdoba y Sevilla, que nunca se dieron a la imprenta ni consta que Argote las terminase, al menos la última. De la edición dijo Montoto que “constituye un alarde de tipografía”, enriquecida con un mapa de Jaén y más de quinientos escudos de armas grabados en madera. Advierte Argote que los presenta “terciados a la Balona, imitando a los libros del cardenal Othon”. Se refiere a la obra en tres volúmenes dedicada al cardenal de Santa Balbina, obispo de Augsburgo, que pertenecieron a Felipe II y se guardan en el monasterio del Escorial, de los que poseía copia, según parece, en su biblioteca sevillana.
     Pero este mismo año de 1588 preparaba su regreso a Canarias, pues solicita de Felipe II poder ejercer allí temporalmente el cargo de provincial a cambio de servirle en la armada contra Inglaterra con un barco de 200 toneladas equipado a su costa. En el siguiente año parte, en efecto, para Canarias, después de renunciar al cargo. Ya no volvió a la Península, lo que supuso la definitiva interrupción de sus trabajos literarios e históricos.
     En Canarias tuvo graves enfrentamientos con su suegro por cuestiones económicas, por no haber cumplido el marqués ciertos ofrecimientos y lo estipulado sobre el pago de la cantidad de casi siete cuentos de maravedís que adeudaba a Argote. Las diferencias se agravaron por el fallecimiento de Constanza y el nacimiento de un hijo varón del segundo matrimonio del marqués. De 1591 a 1594 aparece en varios procesos de la Inquisición, en unos como acusado y en otros como testigo. Intervino en la defensa de las islas contra el corsario Drake en octubre de 1595 y murió el día 20 del mismo mes del año siguiente. Al otro día, el cabildo de la catedral de Las Palmas acordó dar sepultura en la capilla mayor “al provincial Argote de Molina, que falleció; conforme a la calidad de su persona, en el mejor lugar della”. Los tres hijos de Argote: Agustín de Herrera, Alonso de Saavedra e Isabel de Mendoza, volvieron a Sevilla junto a una de sus tías y murieron de corta edad “de una enfermedad pestilente” (Faustino Menéndez Pidal de Navascués, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Argote de Molina, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La calle Argote de Molina, en detalle:
Placa con escritura musulmana en fachada edificio calle Argote de Molina, 5
Edificio calle Argote de Molina, 9
Edificio calle Argote de Molina, 13
     Placa conmemorativa Armando Palacio Valdés
     Azulejo conmemorativo Armando Palacio Valdés
Azulejo Santas Justa y Rufina en fachada edificio calle Argote de Molina, 16
Edificio calle Argote de Molina, 22
Edificio calle Argote de Molina, 28
Placa con escudo de la ciudad de Sevilla
Azulejo Esperanza Macarena