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martes, 23 de junio de 2026

La Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.    
     Hoy, 23 de junio, es el aniversario (23 de junio de 1712) de la Bendición de la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     Formando parte de las dependencias del antiguo noviciado jesuita se encuentra la Capilla Doméstica. Consta de una sola nave, cubierta con bóveda de cañón entre arcos fajones, presentando en el presbiterio una bóveda elíptica. La sacristía se encuentra tras el altar mayor. Su retablo se debe al escultor Pedro Duque Cornejo quien lo hizo en torno a 1733 y presenta una amplia iconografía de santos jesuitas. En el banco existen dos pequeñas vitrinas con esculturas de San Francisco Javier y San Estanislao de Kostka, siendo esta última copia de la realizada por Gross para la iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma. En el Manifestador, que remata el Sagrario, se sitúa una escultura de la Inmaculada, que sigue el tipo creado por Gregorio Fernández. Ocupando las calles laterales y el ático, encontramos imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao de Kostka, San Francisco de Borja con San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Francisco Javier. En dos pequeños óvalos pintados por Domingo Martínez se representa a San Juan Bautista y San Juan Evangelista.
   Por los muros laterales de la capilla se distribuyen una serie de relicarios y de pinturas de los apóstoles, fechables a principios del siglo XVIII, así como un conjunto de cobres flamencos del XVII con escenas de la Vida de la Virgen. Para completar esta serie, Domingo Martínez realizó en el XVIII la pintura que representa el Nacimiento de San Juan Bautista. Al mismo corresponde la decoración de las bóvedas, tarea en la que debieron colaborar sus discípulos. Las pinturas situadas en el presbiterio representan la Asunción y los cuatro arcángeles, correspondiendo a alegorías marianas, las de la nave, a San Ignacio en la cueva de Manresa, la de la tribuna del coro, y una alegoría del JHS con los Evangelistas, las que ocupan la bóveda de la sacristía [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
     En contra de lo que se ha venido afirmando tradicionalmen­te, la capilla de los novicios conforma un conjunto arquitectónico y decorativo independiente que, como hemos visto, se concluyó con anterioridad a la finalización del templo principal. Está documentada su bendición el 23 de junio de 1712, y se había construido según los analistas (MATUTE, T. 1, 1997, 96) "para los ejercicios propios de su instituto y destino". La bendijo Pedro F. Levanto Vivaldo, obispo de Lacedemonia, auxiliar del arzobispado, y hermano del benefactor del centro, Francisco L. Levanto, estrenándose al día siguiente con muy solemne función.
     Las excavaciones previas a su reciente rehabilitación, dirigi­das por Marco Antonio Gavira Berdugo han demostrado, que en realidad esta pequeña capilla fue el primer templo de la institución, como sospechábamos ya en 2010, y que, como se desprende de la historia manuscrita, es el resultado de la adaptación del antiguo salón principal del palacio de los Ribera, una qubba o salón cuadrado mudéjar, luego ampliado por una de sus caras para hacerlo rectangu­lar y finalmente remodelado por Figueroa en los primeros años del siglo XVIII. Tres de los muros de la capilla aprovecharon los muros medievales y mudéjares, como se puede comprobar todavía por las celosías mudéjares de ventilación que se conservan en el dintel de la entrada.
     Esta coqueta capilla está formada por una sola nave rectangu­lar cubierta de bóveda de medio cañón con lunetos haciendo honor a su nombre con una escala pequeña tanto en extensión como en altura. Una bóveda elíptica marca el presbiterio y tras el retablo mayor transparente se encuentra la sacristía de planta rectangular y bóveda de paños. Su estructura sencilla pero muy elegante muestra unas proporciones algo limitadas, sobre todo en la vertical, debidas a la reutilización de la antigua capilla del noviciado y recuerda la estructura de la capilla de San Telmo realizada por Figueroa, que por cierto repite prácticamente las mismas proporciones. Por lo que es posible atribuir la obra de remodelación al mismo maestro que estaba ejecutando desde cimientos el templo principal. Por otra parte, la decoración de la capilla a base de reliquias, estuvo prevista desde el principio por voluntad del rector Acevedo que las trajo de Roma para disponerlas por toda la capilla, logrando que todo el recinto sea, como dice la Noticia Breve, un "Conjunto bello, noble Relicario". Su origen nos lo explica el panegirista del padre Acevedo (SÁNCHEZ, 1712. AHPCCJ, C. 185).
          Al P. Azevedo debe este noviciado muchas y preciosas alajas que solicitó para su iglesia y para la capilla de nuestros novicios y sobre todo el cuerpo de San Máximo que consiguió en Roma y colocó en la misma capilla como preciosa reliquia.
     Francisco Acevedo murió en 1712 y aunque la capilla de novicios estuviese ya inaugurada, la decoración se demoraría, al mismo tiempo las obras arquitectónicas inmediatas a esta zona del noviciado debieron realizarse en torno a de 1717, pues a la muerte del arzo­bispo Arias en esa fecha, estaba acabada una capilla de ejercitantes donde se ponía en práctica el método ignaciano. Todos estos datos apoyan una remodelación arquitectónica importante en la zona del noviciado, previa a la conclusión del templo principal.
          Al P. (Acevedo) se le debe y a su trabajo la fábrica del quarto de exercitantes que a su costa y con inimitable zelo ha fabricado nuestro grande y excelentísimo prelado el Sr. D. Manuel Arias para el mayor bien espiritual de sus ordenantes súbditos (SÁNCHEZ, 1712).
     Esta "capilla de ejercitantes" y unas dependencias propias para cuando el arzobispo quisiera retirarse a hacer ejercicios en el noviciado fueron dedicados a la formación del clero secular. Utilizando el plano de 1784 podemos precisar la localización de esta capilla de ejercicios. Debía tener acceso directo al exterior y estar comunicada con la iglesia pública. En dicho plano aparece una capilla ocupada por la orden tercera franciscana en la crujía inmediata y paralela a la calle que cumple estas condiciones, igualmente su portada aparece todavía en algunas fotografías de finales del XIX. En buena lógica debe ser la primitiva capilla de ejercitantes, por lo que podemos sospechar que en toda esta zona, crujía de la capilla y estancias anexas y fachada, deben ser fruto de la intervención inicial del tanden que formaron el rector Acevedo y el arzobispo Arias, debiéndose datar entre 1701 y 1717. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, esta capilla fue despojada de su mobiliario funcional, y de los cuadros que fueron a parar a la casa de ejercicios de los filipenses como ya comentamos. Todavía se conserva la lápida conmemorativa de tal aportación en uno de los patios del antiguo noviciado:
          Excellentiss(mus) D.D.D. Emmanuel Arias, His/ pal. Praesul./ Hos, In titulum suae, & pietatis, &muni/ficienttiae, lapides,/ Spi­ritualibus S. Ignatii Patris Nri. Exerctiis./ Eorum maxime utilitati, qui sacris/ Ordinibus initientur,/ Salubriter destinatis, erexit./ Hic non aliud, nisi Domus Dei. & Porta Coe/li conspicitur./ Anno 17.
          (El excelentísimo Sr. Dn. Manuel Arias, Arzobispo de Sevilla, en manifestación de su piedad y munificencia, construyó esta sala (li­teralmente estas piedras), para que en ella se practicaran los ejercicios espirituales de Nuestro Padre San Ignacio, de gran utilidad para los que desean ser promovidos a las sagradas ordenes, aquí no se ve otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo.....Año/ 17)
          Además, sabemos que para la inauguración de la iglesia de San Luis se trajo la Eucaristía en procesión desde esta capilla domésti­ca, lo que implicaría que estaba en uso con anterioridad, debiendo suplir las funciones de culto durante buena parte del proceso de construcción. Esta hipótesis la corroboran igualmente los rasgos estilísticos del retablo, las pinturas murales y la decoración de los relicarios de la capilla.
El retablo
     Las indudables y estrechas relaciones de este retablo con el de la Virgen de la Antigua de la Catedral de Granada (1716-19) fueron subrayadas por Taylor, Hernández y Herrera y, sin embargo, se le han otorgado cronologías distanciadas, olvidando la certera apreciación de Taylor y suponiendo que el retablo de la capilla doméstica se planteó con posterioridad a la conclusión de la iglesia principal y sus retablos. Hay razones de peso para pensar lo contrario. Gracias a una carta autógrafa conservada en el archivo diocesano de Huel­va Huelva (ADH; Justicia, An. Leg. 361, f.31) sabemos que Duque Cornejo residía en San Luis en 1716, Al parecer, tuvo ciertos problemas con la justicia por impago de un préstamo de 1000 reales a cuenta de la obra escultórica recientemente concluida de San Felipe Neri. El prepósito sevillano de la orden filipense, Juan Sedeño le reclamó los 1000 reales y al no pagarlos, la justicia ordenaba embargarle y encarcelarlo, consiguió escaparse y refugiarse en San Luis en setiembre de ese año, alegando injusticia por haber sido perdonada su deuda con anterioridad por el propio Sedeño. En la carta se queja de que no podía trabajar porque no tenía oficiales ni ayudantes, pero si podría diseñar, buen momento para hacer las trazas de este retablo, en fecha más acorde al estilo que las que se le han dado tradicionalmente (CARRASCO, 1985).
     Parece igualmente que a raíz de esta protección en San Luis se consolidó una relación que no decaería nunca y mantendría toda su vida con los jesuitas. Se había iniciado antes, con el retablo del colegio de la Concepción o de las Becas de 1709, que no se conserva, siguió con el encargo de la Inmaculada de Carmona en 1719, se continuará luego con la imagen de la Gran Madre del Colegio de San Hermenegildo fechada en 1721, las esculturas para el retablo del colegio de Córdoba en 1724 y con el diseño de las fiestas de San Estanislao de Kostka en 1727, culminándose con la traza del conjunto del templo principal de San Luis. Creemos que ya en 1716 iniciaría sus primeros bocetos y trabajos, pues no pudo estar recluido en San Luis siendo ajeno a lo que allí se estaba fraguando y no concluirá su estrecha colaboración, al menos, hasta los años 30 ó 40.
     Estilísticamente los soportes y el diseño general del retablo remiten a modelos que el artista trabajaba antes de que concluyera el primer cuarto de siglo. Bajo el amparo de los hombres de la Compañía conoció tempranamente los libros del hermano Pozzo, influjo que es evidente tanto en la traza granadina como en la sevillana. Como apuntó el profesor Herrera, ambos retablos están inspirados en la figura 71 del primer libro del hermano jesuita, en especial la distribución de los soportes y de los vanos así como su carácter de escenografía transparente y de contraluz que permite multiplicar los efectos de sorpresa y de maravilla del espectacular retablo. Además, como ya apuntó René Taylor, tanto el tipo de soporte como los elementos decorativos y el tratamiento naturalista de los adornos, hacen pensar en una ejecución temprana. Por lo que no repugna hablar de una cronología cercana a 1719-25. La rica y menuda talla, también apunta a esta cronología, es muy elegante, con temas eucarísticos, espigas y racimos, y hoja de cardo, muy detallada, próxima en cuanto a turgencia a la del retablo de la capilla sacramental de San Isidoro, aunque asumiendo ya la necesidad de una estructura arquitectónica más lógica, al estilo del retablo granadino. La vinculación de ambos retablos se nota en las calles laterales, en los tipos de estípites y en sus formas bulbosas, en las ménsulas que soportan a estos estípites, en el desarrollo de las volutas y de las cornisas y en la ubicación de las esculturas laterales, así como el remate y el pabellón central a base de cortinajes.
     Las esculturas de San Estanislao y San Luis fueron realizadas seguramente con anterioridad a la canonización de 1726, y responden a la voluntad de Tamariz y Acevedo, que fueron propagadores de la devoción a estos novicios antes de su canonización, fervor que ellos habían experimentado previamente en Roma. Son obras con reminiscencias del taller de Roldán y con un cierto aplomo que con­servan otras esculturas como las de San Felipe Neri, las de Trigueros y sobre todo las equivalentes del retablo de Granada San Cecilio y San Gregorio.
     El interés por mostrar las últimas tendencias del arte jesuítico en Roma se comprueba también en las pequeñas urnas del tránsito de Javier y Kostka, ésta una versión a pequeño formato de la que hizo Gross para San Andrés del Quirinal. Aunque donde destaca el buen hacer de Duque es en el relieve del ático y en las espléndidas figuras de las virtudes, muy cercanas a las obras realizadas en Granada con anterioridad a los años 30.
          Esquema iconográfico retablo capilla doméstica C. 1719-25 Duque Cornejo y taller.
          A) Muerte de San Francisco Javier. B) Sagrario: Niño Jesús y San Juan. C) Muerte de San Estanislao. D) San Estanislao. E) San Luis Gonzaga. F) Inmaculada / Virgen del Pópulo/ Eucaristía.
          G) San Juan Evangelista. H) San Juan Bautista. (Pinturas sobre tabla atribuidas a Duque Cornejo por Manuel García Luque).
          I) San Francisco de Borja recibe a San Estanislao en el noviciado romano.
          J) Predicación de San Francisco Javier. K) Predicación de San Francisco de Borja.
          L) Cuatro virtudes.
          M) San Joaquín. N) San José con el Niño. (Pinturas sobre tabla atribuidas a Duque Cornejo por Manuel García Luque).
La bóveda del presbiterio
     La pintura de la Asunción es probablemente la obra menos reseñada de todo el noviciado y, sin embargo, resulta ser una de las más atractivas, pues en su composición mezcla elementos de la pintura naturalista de tradición andaluza y de la cuadratura italiana, al modo como lo hizo Juan Valdés y su taller en los Venerables, fórmula que desarrollaría con acierto su hijo Lucas. Así la figura de la Virgen está cercana al modelo de la Asunción del padre que se conserva en la Galería Nacional de Washington, aunque también se vincula con la del Pozo Santo, obra de Lucas, mientras que la teoría de ángeles mancebos están en relación con la Asunción de Valdés padre procedente del convento de San Agustín, conservada en el Museo de Bellas Artes sevillano y con los del Triunfo de la Santa Cruz de los Venerables. Las figuras monumentales de los apóstoles situados en la base de la bóveda tienen la gestualidad grandilocuente, la fisonomía general del taller de Valdés y cierta dureza de dibujo propia de Lucas. Evidentemente si esta obra fue realizada o dirigida por Lucas Valdés tuvo que hacerse antes de 1719, lo que vendría a confirmar nuestras sospechas de que el edificio del noviciado inclu­yendo la capilla se reformó con el mecenazgo del arzobispo Arias y debió estar concluido al poco tiempo de su muerte.
     En el conjunto se observan rasgos de valentía compositiva, enérgica ejecución y entonaciones en la línea de Valdés hijo, incluso la composición deslavazada apuntaría a éste, aunque también hay elementos chocantes que resultan probablemente de los repintes o de la escasa pericia de los ayudantes. Hay zonas en las que se aprecia el dibujo preparatorio y se nota una ejecución apresurada, casi inacabada. El conjunto ha sido completado por cuatro arcángeles en las pechinas obras de Domingo Martínez.
La pintura y la decoración en la nave, bóveda y muros
     En contraste con la arrebatada composición del presbiterio, Domingo Martínez ha dispuesto, en la bóveda de la nave una de­coración más sosegada, con figuras en actitudes muy acompasadas y una compartimentación muy arquitectónica, con una sencilla estructura mixtilínea de trazo geométrico, orlada en su interior con roleos, y complementada con modelos decorativos a base de cartelas derivados de las yeserías seiscentistas. Aunque muestra ya un estilo perfectamente consolidado, los marcos, orlas y cartelas delatan que se trata de una obra del mismo momento que San Telmo o la Iglesia de la Misericordia. Los arcos fajones están decorados con unas divisiones geométricas y unos roleos y grutescos muy similares a los empleados en en las pilastras de San Telmo fechadas en 1723.
     El despliegue iconográfico de toda la bóveda y parte de los muros pone en evidencia la eficacia decorativa, narrativa y simbólica de la pintura de Domingo Martínez cuando iniciaba el camino de la madurez. La variedad de tipos angélicos, de composiciones, la multiplicidad de escorzos y de actitudes, evitan la monotonía de una composición basada en las letanías. Por otra parte, el encaje de las inscripciones, la perfección del dibujo hacen del conjunto una de sus obras más acabadas. Partiendo de los modelos angelicales murillescos y de la tradición de la escuela sevillana, ha creado toda una corte de príncipes del empíreo, mucho más cortesanos y dieciochescos, logrando otorgar una gran belleza y coherencia formal a todo el conjunto. Para no hacerlo monótono procura combinar los ángeles mancebos con grupos de angelotes y querubines. Algunos dibujos relacionados con la serie se encontraban en la antigua colección Brauer de Zurich. Se nota, por tanto, un empeño por hacer un trabajo muy estudiado, coherente y de gran carga simbólica que servía al mismo tiempo de recordatorio didáctico y de información patrística sobre el culto y el papel corredentor de la Virgen. No olvidemos que el rezo de las letanías era una práctica cotidiana entre los jesuitas y fundamental en la vida del novicio.
          Programa icnográfico. Pintura mural Capilla doméstica
          Bóveda elíptica (Lucas Valdés) y pechinas ( Domingo Martínez)
          l. Asunción de la Virgen. 2. Arcángel San Miguel. 3. Arcángel San Gabriel. 4. Arcángel San Rafael. 5. Ángel de la Guarda.
          Bóveda de la capilla (Domingo Martínez):
     El esquema compositivo e iconográfico se repite en los 4 tramos de la bóveda. En cada tramo la composición se centra y se origina en un círculo con el anagrama de la Virgen cuyo perímetro desarrolla una inscripción y en torno a ella se establecen otras seis, tres a cada lado por registro en dirección a los lunetos, en donde se coloca un emblema con su mote y dos ángeles mancebos que portan los atributos correspondientes a las dos inscripciones laterales.
          Primer tramo
          1. Cabezas de querubes y estrellas rodeando el Anagrama de María con inscripción: CIRCA EAM OMNIS FRECVENTIA COELESTIVM AGMINVM INVIGILABAT / VT  POTEST QVAM SVPRA SE EXALTANDAM MINIME AMBIGEBANT Ful. De Nat. V.
          A su alrededor toda la multitud de los ejércitos celestiales, no dudaban de que ella hubiera de ser elevada a lo más alto
          2. FAX FIDELIVM. Method de Hypop. Luz de los fieles. [Ángel con cirio].
          3. FONS FONTIS VIVI. S. Damián. Ser. de Nat Virg. Fuente de agua viva. [emblema: fuente flanqueada por  dos ángeles]
          4. ROSA SALVTIFERA. S. Bern. Ser. de B. V. Rosa salutífera [ángel mancebo y querubines con rosas]
          5. OLIVA SPECIOSA IN CAMPIS. Eccl. Hermoso olivo en los campos [grupo de querubines con ramas de olivo]
          6. TVRRIS SAPIENTIAE NOSTRAE. S. Ber. Nat. M. Torre de nuestra sabiduría. [emblema: torre flanqueada por dos ángeles]
          7. PLATANVS IVXTA AQVAM Ecl. 24. Plátano junto al agua. [Ángel mancebo y querubines con rama].
          Segundo tramo
          1. [grupo de querubines con palmas portando una corona de laurel con el Anagrama de María]. Leyenda: VIDEBIS IN SVNAMITE CASTRA PRO VERITATE PVGNATIVM S. Bonav. August Verás en tierra sunamita el campamento de los que luchan por la verdad. / ET NON MARCESCIT PALMA O(B)VIA(M) MARTYRI VICTORIA NON MARCESCIT. S. Ambrosius in cant. 20. Y no se marchita la palma al encuentro del mártir, la victoria no se marchita
          2. LAMPAS INEXTINGVIBILIS. S. Cyril. bom. Lámpara inextinguible. [ángel mancebo con lumbre y querubines]
          3. ARCA TESTAMENTI S. Cypr. de Coen Dom. Arca de la Alianza. Emblema: [arca, flanqueada por dos ángeles]
          4. ARCUS FOEDERIS. S. Bonav. / in Spec cap. 14. Arca del pacto. [grupo de querubines y arco iris]
          5. LILIVM CANDENS. S. Bonav in Spec. C. 10. Lirio blanco y brillante. [ángel mancebo y querubines con azucenas]
          6. PVTEVS AQVARVM VIVENTIVM. Cant. S. Jan 18. Pozo de aguas vivas. Emblema: [cartela con pozo, flanqueada por dos ángeles]
          7. CLAVIS COELORVM . S. Eubrem. Orat. Ad Virg. Llave de los cielos. [ángel mancebo con llave y querubines con flores].
          Tercer tramo
          l. Grupo de querubines que portan una corona de flores con el Anagrama de María I leyenda: DVX VIRGINITATIS MEAE TV ES. Yer 3.8. Tu eres la guía de mi virginidad. VIRGO DE CVJVS PLENITVDINE OMNES ACCEPIMVS. S. Bernard. Ser de Nativ. 27. Virgen de cuya plenitud todos hemos recibido
          2. STELLA VITAE. Hesych. Ser. 2. de Virg. Estrella de la vida [ángel mancebo con estrella y querubines]
          3. PORTA VITAE. S. Anselm. Deprac. Virg. Puerta de la vida Emblema: [cartela con una puerta, flanqueada por dos ángeles] 
          4. PALMA FLORENS. S. Bonav. in Spec. C. 2. Palma floreciente. [ángel mancebo con palma y querubines con flores] 
          5. TVRIBVLVM AVREVM. Greg Nicomed. Incensario de oro. [ángel mancebo con incensario y querubines con flores] 
          6. SCALA JACOB IN QVA DEVS REQUIEVIT. Damasc. de dormit. M. Escalera de Jacob en la que Dios ha descansado. Emblema: [cartela con una escalera, flanqueada por dos ángeles].
          7. SPECVLVM SINE MACVLA DEI MAIESTATIS. Sap.7 26.26. Espejo sin mancha de la majestad de Dios. [ángel mancebo con espejo y querubines con flores]
          Cuarto tramo
          1. [Grupo de querubines que portan una corona de flores con el Anagrama de María].: SEXAGINTA SVNT REGINAE ET ADOLESCENTVLARVM NON EST NVMERVS, VNA EST PERFECTA MEA Cant 6.7 Sesenta son las reinas e incontable la cantidad de doncellas, solo la mía es perfecta. QVAE IN COELIS REGINA SANCTORVM IN TERRIS REGINA REDEMPTORVM. Rupert. Lib. 3 in Cant. La que en el cielo es reina de los santos en la Tierra es reina de los redimidos
          2. LIBER OBSIGNATUS . Greg. Nicomed / De obit V. Libro sellado. [ángel mancebo con libro y querubines con flores]
          3. TEMPLVM PVDORIS. S. Ambros. de insti V.C.S. Templo de modestia. Emblema: [cartela con un templo, flanqueada por dos ángeles]
          4. VAS DEI ELECTVM. Ephren 30. Vaso elegido por Dios. [ángel mancebo con copa y querubines con flores]
          5. CANDELABRVM AVREVM. S. Epiph. Orat. Ad V. Candelabro de oro [ángel mancebo con candelabro y querubines con flores] 31.
          6. RVBVS ARDENS INCOMBVSTVS (Líber de Vit M.). Zarza ardiente incombustible. [zarza ardiente]
          7. COLVMBA ELECTA. Rupert. In 6 Cant. 33. Paloma elegida I
     Se trata, por tanto, de un conjunto de alabanzas o letanías dedi­cadas a la Virgen escogidas de diversos padres de la Iglesia o extractadas de diferentes libros bíblicos. No se corresponden exactamente con la Letanía Lauretana, aunque tiene algunas coincidencias, más bien constituye una selección especialmente hecha por los respon­sables del programa iconográfico con una intención didáctica. Tras esta selección debe estar uno de los eruditos padres que rigieron el noviciado, seguramente Juan de Arana, aunque pudo basarse en un esquema previo del rector Acevedo, pues fue autor precisamente de un tratado sobre la naturaleza de los ángeles, los principales compañeros celestiales de los novicios que rezaban cada día en este recinto. La división entre tramos, sectores y lunetos se ha hecho siguiendo los modelos habituales en el taller de Domínguez, fileteando la arquitectura con azul y oro y con decoración en grisalla, bastante simple, que imita las yeserías de diseño barroco todavía seiscentista. Probablemente esta serie constituya la primera aportación de D. Martínez al Noviciado y serviría de carta de presentación para su trabajo en la Iglesia principal y en la sacristía.
     El conjunto decorativo y el programa iconográfico se completan con una serie de cobres flamencos del siglo XVII enmarcados para la ocasión con marcos que narran escenas de la vida de María, alternándose con cornucopias tachonadas de reliquias. Todas las escenas están pintadas al óleo sobre cobre, salvo la escena del nacimiento de la Virgen, obra de calidad realizada por Domingo Martínez, sobre tabla para completar la serie:
          Escenas de la vida de María: l. Natividad de la Virgen, 2. Presentación de María en el templo, 3. Jesús entre los doctores, 4. Desposorios, 5. Anunciación, 6.Visitación, 7. Nacimiento del Bautista, 8. María y José buscando posada en Belén, 9. Adoración de los pastores, 10. Adoración de los Reyes, 11. Huida a Egipto, 12. El regreso de Egipto, 13. Presentación de Jesús en el templo, 14. Sagrada Familia (regreso de Jerusalén), 15. Tránsito de la Virgen, 16. Asunción.
          Bajo estos marcos y alternando con relicarios se sitúan una serie de apóstoles y Evangelistas con sus respectivas leyendas que los identifican:
          l. San Pablo, 2. San Pedro, 3. San Matías; 4. Santiago el Mayor; 5. Santo Tomás; 6. Santiago el Menor, 7. San Felipe, 8. San Bartolomé, 9. San Bernabé, 10. San Andrés, 11. San Judas Tadeo, 12. San Simón, 13. San Juan, 14. San Mateo, 15. San Marcos, 16. San Lucas.
     El apostolado de la capilla doméstica ha sido identificado como serie perteneciente al taller de Domingo Martínez, en la que se copian diseños de Rubens y Van Dyck a través de grabados. El Santiago el Mayor sigue el grabado de N. Ryckerman a partir de un original de Rubens y el San Mateo de Van Dyck. El resto de los apóstoles se basan en los modelos de Van Dyck grabados por Cornelis van Caukercken. La presencia de los apóstoles a la altura de los ojos se explica en este programa eminentemente mariano, porque son modelos para los novicios en su trabajo apostólico y en su relación de veneración y respeto hacia la Virgen a la que acompañaron hasta su tránsito.
     Todo este programa mariano se cierra con un colofón que re­ sume la actitud del novicio jesuita ante María, que debe imitar en todo a la de Ignacio de Loyola. En efecto, "la Aparición de la Virgen a San Ignacio en la cueva de Manresa" se sitúa bajo la tribuna cerrando todo el conjunto. La escena es de una gran belleza plástica y con un colorido más rico y brillante que la versión del mismo tema que se conserva, pintada sobre lienzo, en el cercano convento de Santa Isabel, procedente de la capilla de ejercicios del oratorio de los Filipenses, posiblemente uno de los lienzos que pasaron a esta orden procedente de la capilla de ejercitantes de este noviciado.
     Tanto los marcos como los relicarios que los complementan y las galerías para cortinas forman parte del mismo conjunto decorativo, cuyo diseño debió correr a cuenta del propio taller de Duque Cornejo o, en todo caso, de Domingo Martínez pues responden al mismo plan decorativo que se plasma en muros, cornucopias y retablos. Los marcos relicarios, están relacionados formalmente con las cartelas de Duque para el sagrario de San Bernardo, por lo que su ejecución debió ser relativamente temprana. Aunque durante el proceso de restauración apareció un papel que se aprovechó para fijar uno de los cristales, datado en 1752, que pudo incluirse en una restauración posterior.
     Las pinturas laterales que enmarcan dos vanos junto al presbiterio hacen alusión a la venida del Redentor.
     QVONIAM ANGELIS SVIS MANDAVIT DE TE, UT CVSTODIANT TE IN OMNIBVS. VIIS TVIS
     IN MANIBVS SVIS PORTABUNT TE, NE FORTE OFFENDAS AD LAPIDEM PEDEM EDIAN TVVM. EX SALMO 90
          Que él ha dado orden sobre ti a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos te llevarán en sus manos, para que no hagas daño a tu pie contra la piedra.
Las pinturas de la sacristía
     El noviciado de San Luis fue uno de los centros en que más tempranamente se difundió la devoción al Corazón de Jesús en España. Ya en 1736 por iniciativa del Provincial Antonio del Puerto, se impusieron una serie de prácticas propias de esta devoción en la capilla doméstica. En este contexto de innovación litúrgica y de efervescencia devocional hay que entender la pintura mural de la sacristía de la capilla, cuya bóveda de paños se decora con unas pinturas estrechamente relacionadas con la obra de Domingo Martínez, adaptándose de nuevo a las exigentes novedades de la iconografía jesuítica, en una fase más avanzada de su estilo, la década de los años 40.
     Los paños del perímetro muestran las figuras de los cuatro evangelistas y dos cartelas con leyendas alusivas al emblema central: Dos ángeles arrodillados adoran el anagrama de JHS rematado por el Corazón, coronado de espinas, y culminado por la cruz. Las leyendas alusivas se encuentran en sendas cartelas:
          BONVS THESAVRVS / COR TVVM / BONE / JESVS / S. Ber.
          (Tu corazón es un buen tesoro. Oh buen Jesús)
          RESPICE AD COR / MEVM: HOC ERIT / TIBI TEMPLVM / Liber.3 / Revel. / S. Gertr. C. 28
          (Mira mi corazón este será un buen templo para ti)
          ET DABO UOBIS / COR NOUVM / ET SPIRITVM / MEVN EFUNDAM IN MEDIO UESTRI / E. c. H. 38.16. (y os daré un corazón nuevo y derramaré un espíritu nuevo en medio de vosotros).
     En este conjunto Domingo Martínez ha querido conjugar el ilusionismo de la arquitectura que se insinúa mediante grisalla en el plano del fondo y el preciosismo de las yeserías pintadas que se plasman en primer plano, creando un conjunto de gran capacidad plástica. Los roleos se mezclan con los querubines siguiendo el esquema básico del dibujo ornamental atribuido a Martínez, que se conservaba en la antigua colección Brauer de Zurich (Archivo Mas, nº 6598). El emblema central está ilustrado con el anagrama de Jesús fundido con el corazón coronado de espinas y rematado por la cruz inflamada rodeado de cabezas de querubín posiblemente fue extraído de la portada de las "Evangelicae Historiae Imagines" de Jerónimo Nadal como apuntó la profesora Camacho. Los evange­listas centran el resto de las cartelas. La combinación de yeserías pintadas en grisallas, profusión de guirnaldas doradas y figuras po­lícromas, aproxima estas pinturas al momento de la ejecución de los últimos murales de la iglesia principal, alejándose del estilo más ordenado y perfilado de la Capilla, unos 20 años anterior (Juan Luis Ravé Prieto, San Luis de los Franceses, Arte Hispalense. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2018).
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Retablo Mayor
        San Luis Gonzaga

lunes, 22 de junio de 2026

El desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     Hoy, 22 de junio, en el monte Ararat, el triunfo de diez mil santos Mártires [entre ellos San Acacio], que fueron crucificados, según el Martirologio Romano, vigente hasta 1956.
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de San Acacio, de los Agustinos, se encontraba en la manzana formada por las calles Pedro Caravaca, Velázquez, Rioja, y Sierpes; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Los historiadores de la Orden hacen remontar sus orígenes al periodo de los ermitaños del norte de África que, aglu­tinados en torno a la figura de Agustín de Hipona, forman una pequeña comunidad, en una continuidad sin interrupción difícil de demostrar con la Orden constituida en 1256. Aurelio Agustino (354-430) nació en Tagaste, actual Túnez, hijo de un pagano, Patricio, y una cristiana, Mónica, quien ejerció sobre él una poderosa influencia. Entregado a los estudios clásicos, se adhirió a la secta de los maniqueos, tuvo una juventud licenciosa y se dedicó a la enseñanza de retórica en Cartago, Roma y Milán, donde su vida espiritual evoluciona por las plegarias de su madre y las instrucciones del arzobispo San Ambrosio, cuyo ejemplo y palabras le llevan a su conversión al cristianismo, bautizándolo el 25 de abril del 387. Deseoso de difundir la filosofía cristiana regresa a su tierra, vende sus bienes entregando el producto a los pobres y se establece en Hipona donde es ordenado sacerdote el 391 por el obispo Valerio, a quien sucederá en la cátedra episcopal en el año 395. En su abundante producción literaria expuso sus ideas filosóficas, teológicas, su antropología y su teoría del conocimiento, en una constante búsqueda de Dios a través del mundo y en un esfuerzo por incorporar el pensamiento platónico a la tradición filosófica cris­tiana; sus obras han ejercido una gran influencia en la esco­lástica, y se granjeó el título de primer legislador y patriarca del monacato latino siendo considerado uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia. La comunidad creada por San Agustín tras su conversión al cristianismo tuvo un fecundo desarrollo, propagándose por el norte del África romana rápidamente, de tal manera que a la muerte del Santo, en el 430, existían alrededor de cincuenta monasterios, incluidos los de mujeres. La invasión de los vándalos en el siglo V y de los árabes en el VII supuso una fuerte persecución de estas comunidades, pasando muchos de sus miembros al sur de Italia, Francia y España, a donde exportaron la tradición monástica agustiniana. Sin embargo, la legislación carolingia, que impuso con carácter exclusivo la profesión de la regla benedictina en todo el imperio, significó un freno a la propagación del ideario agustino. Habrá que esperar al renacimiento de la vida monástica de los siglos X y XI para asistir al resurgimiento de la Regla de San Agustín en los numero­sos eremitorios que se originaron. En 1244 el papa Inocencio IV, en un deseo de unificar a todos los ermitaños, promovió la fusión de los abundantes cenobios de dentro y fuera de Italia, en los que se incluían los de inspiración agustina, dando lugar a la llamada Gran Unión que fue confirmada el 9 de abril 1256 por el papa Alejandro IV. Se constituyó una gran familia religiosa que recibió el nombre de Orden de los Frailes Ermitaños de San Agustín, en el convento romano de Santa María del Pópulo, con un superior general al frente y una subdivisión en doce provincias, siete para Italia y las cinco restantes para Francia, Alemania, Inglaterra, Hungría y España. A fines del siglo XIII ya existían diecisiete y en 1329 el número de provincias ascendía a veinticuatro. Asimismo, la Orden adopta los ideales y organización de los mendicantes, conciliando el apostolado activo con la vida contemplativa monacal, siendo considerada la tercera de las órdenes mendicantes tras franciscanos y dominicos.
     Hay que señalar que San Agustín nunca escribió una regla monástica, son sus libros, sermones y sobre todo sus cartas en donde hablaba de la vida religiosa y el modo de practicarla, los que inspirarán un conjunto de normas y una forma de vida que serán adoptadas por numerosos institutos religiosos antiguos y modernos como guía a seguir. Las familias religiosas tituladas como Orden de San Agustín abarcarán diversos institutos de religiosos y de monjas. Entre los masculinos se hallaban los Ermitaños de San Agustín, instituidos canónicamente en 1256, que tras la reforma de 1505 son denominados Observantes; y los Ermitaños Recoletos de San Agustín, llamados Recoletos o Descalzos, surgidos en algunos conventos que desaprobaban la actividad intelectual, el estudio y la docencia universitaria, y deseaban entregarse más a la oración, a la contem­plación, a la vida retirada y recoleta como medio de santifi­cación; la nueva rama agustina fue a probada en el Capítulo General de Toledo el 3 de diciembre de 1588.
     En España se constata la presencia de eremitorios en época visigoda, en zonas de Valencia y Mérida, cuya proliferación quedó frenada con la llegada de los musulmanes a la península. Los avances de las tropas cristianas de Fernando III, Jaime I y Alfonso X, liberarán nuevos territorios en cuyas principales ciudades fundan los agustinos sus casas; en 1278 había nueve conventos y en 1300 dieciséis en España y Portugal. Con la Gran Unión de 1256 la Península se trans­forma en la Provincia Hispaniae, la que a su vez, más tarde por Capítulo reunido en Dueñas en 1527 se divide en cuatro: Lusitana, Catalano-aragonesa, Castilla, que llegaba hasta el río Tajo, y Andalucía o Bética, al sur de esta línea fluvial. Por otro lado, gracias al permiso otorgado por el papa Adriano VI a las órdenes mendicantes por el que podían pasar a las Indias para su evangelización, los agustinos llegaron a tierras americanas en 1533, en donde crearon la provincia de Nueva España, consiguiendo fundar la Universidad de México; un hito importante en su creciente expansión será la presencia de la Orden en Filipinas, a donde llegaron sus religiosos acompañando al conquistador Legazpi, fundando misiones y el colegio mayor de Iloco.
     Al igual que el resto de Europa, los conventos agustinos de España padecieron a mediados del siglo XV la relajación y deterioro de la observancia de la regla, conocida como claustra. Para atajar el mal surgió un movimiento de reforma a favor de la restauración de la disciplina monástica primitiva, siendo fray Juan de Alarcón quien desde el convento de Villanubla (Valladolid) emprenda el camino del reformismo, que será aprobado en 1438; las casas que se acogían a la reforma pasaron a denominarse Congregaciones de la Observancia, que a fines del XV eran un buen número de conventos. En este sentido, los Reyes Católicos obtienen del papado la aprobación para incorporar obligatoriamente todos los conventos agustinos a la observancia, lo que se verá cumplido en 1504, en el capítulo interprovincial cele­brado en Toledo. Por otro lado, en el último tercio del siglo XVI algunos conventos promovieron la vuelta al rigor primitivo de la Orden, desaprobando la actividad intelectual, el cultivo de los estudios y la docencia universitaria que tan intensa y efectivamente realizaban los agustinos. Este nuevo movimiento, más interesado por la vida contemplativa y la oración, dio lugar al nacimiento de la rama descalza agustina o de los Ermitaños Recoletos cuya aprobación se produjo en el capítulo provincial de Toledo del 3 de diciembre de 1588, abriéndose el primer convento en Talavera de la Reina al año siguiente, siendo elaboradas sus Constituciones por fray Luis de León. En 1605 el papa Clemente VIII autoriza la creación de la provincia de Recoletos, cuyo rápido crecimiento propició su elevación a Congregación en 1621, por bula de Gregorio XIV, celebrando en ese mismo año su primer Capítulo General en el que fue nombrado vicario general fray Jerónimo de la Resurrección y autorizándose la división en cuatro provincias: San Agustín de Castilla, Pilar de Aragón, Santo Tomás de Villanueva de Andalucía y Nicolás de Tolentino de Filipinas.
     En suma, la expansión y consolidación de la Orden en sus diferentes ramas fue constante y se mantuvo durante los siglos XVII y XVIII; una Orden que se caracterizó por la gran importancia que dio al estudio y la cultura, preocupada por la buena formación de sus religiosos bien cualificados para el apostolado y la enseñanza en sus más altos niveles, (en las universidades), con figuras tan destacadas y conocidas como fray Luis de León. La estima por el conocimiento y la cultura forjó la formación de centros docentes, los llamados Estudios Generales, adscritos a universidades, y valiosas bibliotecas conventuales que contribuyeron al progreso del saber, ganando por ello la Orden la reputación de docta. Sin embargo, este estado de cosas se vino abajo con los aconteci­mientos políticos-legislativos del XIX que culminaron en la desamortización de 1835, fecha en la que se contabilizaban en la península doscientos cinco conventos, de los que sólo quedó abierto el Colegio-Seminario de Valladolid, que por su carácter misionero quedó excluido de la desamortización por la influencia y prestigio que su trabajo misional en el extranjero daba al país.
COLEGIO DE SAN ACACIO
     Al igual que las otras grandes órdenes religiosas venían haciendo desde comienzos del siglo XVI de disponer de centros de estudios segregados del convento principal en donde mejor acomodar e instruir a sus religiosos, lo que condujo a la creación de los correspondientes colegios dedicados exclusivamente a la formación de los novicios, la Orden agustina da los pasos para proceder a la fundación de un colegio en Sevilla que albergara al ya crecido número de estudiantes que tenía la Casa Grande, en donde poder llevar a cabo los estudios y las prácticas religiosas. La primera intención fue intentar fundar en la cercana localidad de Castilleja de la Cuesta, pero parece que los escasos recursos con los que contaban para conseguir un local adecuado y medios para dotarlo, no lo hizo posible. La oportunidad para desarrollar el proyecto fundacional del colegio se materializará con la generosa aportación de la piadosa dama sevillana Leonor de Virués, viuda del veinticuatro Gaspar Ruiz de Montoya, quien en su testamento otorgado el 4 de abril de 1593 dispuso la entrega a los agustinos de unas casas con jardín, huerta y tierra calma, que su difunto marido había comprado y edificado en las afuera de la ciudad, junto a la Cruz del Campo. A lo que se sumó la asignación de dos mil ducados en metálico. La correspondiente autorización arzobispal se dio el 8 de mayo de 1593, quedando así fundado el Colegio bajo la advocación de San Acacio, uno de los legendarios mártires del monte Ararat del siglo II. Con el transcurrir del tiempo se convertiría en un acreditado centro de estudios teológicos, cuyo ingreso en sus aulas se hacía mediante rigurosa oposición según establecía en su testamento la bienhechora, quien quedó como fundadora y se reservaba para sí, su marido y herederos el derecho de enterramiento en la capilla mayor de la futura iglesia. Por su parte los religiosos se obligaban a colocar perpetuamente sobre las sepulturas un paño negro, decir cada día una misa de réquiem, hacer dos sufragios, uno en el día de la Santísima Trinidad y otro en el de San Acacio con sermón, responso cantado y aniversario por sus almas. Hay que señalar que los agustinos hubieron de sortear un ingrato trance, cuando el albacea de doña Leonor, don Miguel Jerónimo de León no cumplió con la manda testamentaria, entablándose el pleito correspondiente, que se resolvió a favor de los religiosos, a quienes se les entregó finalmente la finca, los dos mil ducados y la cosecha de trigo y cebada del año 1593 que igualmente les había donado la fundadora. Por otra parte, era condición testamentaria no poder entrar en posesión de estos bienes hasta que no estuviese colocado Santísimo en la capilla mayor en la pieza que había de servir de iglesia, pasando varios años hasta que el 12 de marzo de 1601 no se colocó el Santísimo Sacramento, siendo nombrado primer rector fray Agustín Vallejo; previamente, el 4 de marzo de ese año se había llevado en solemne procesión el Santísimo desde el convento de San Agustín, según recoge Montero de Espinosa, autor que corrige a Ortiz de Zúñiga quien da la fecha de 4 de abril pero de 1594.
     El Colegio permaneció en este lugar 32 años, pues a fines de diciembre de 1633 se trasladaron en régimen de alquiler a unas casas propiedad de don Luis de Tapia y Paredes, situadas frente al convento de jerónimas de Santa Paula, en donde estuvieron hasta el 1 de julio de 1634 en que pasaron a la céntrica calle Sierpes, a las casas compradas por 8.740 ducados a Francisco Pérez de Meñaca, según escritura pública firmada el día siguiente en que tuvo lugar la primera misa, inaugurándose de nuevo el Colegio con el mismo título, permaneciendo aquí sin ninguna otra mudanza hasta 1810, año en que fueron exclaustrados por los franceses. Según recoge Montero de Espinosa, la lejanía del lugar, los incómodos medios de comunicación para trasladarse los estudiantes a la universidad, lo insano y solitario del lugar y el estado ruinoso de la casa, fueron motivos poderosos para abandonar el sitio de la Cruz del Campo, que fue vendido al genovés Lelio Levanto, y donde posteriormente, en 1641 la Orden del Carmen Calzado fundó una casa bajo el título de Santa Teresa de Jesús.
     Sucedió en el patronato del Colegio Melchor de León Garavito, familiar inmediato del marido de la fundadora doña Leonor, quien lo siguió beneficiando con sus bienes, con cuyos recursos se llevarían a cabo la construcción de la iglesia y reorganización de la casa para centro de estudios. Parece que la dotación decayó con el tiempo, lo que frenó el desarrollo de la fundación, no concluyéndose las obras de la iglesia y colegio según Montero de Espinosa hasta 1660. El templo se convirtió, al igual que ocurriera con el de la Casa Grande, en lugar de enterramiento de varios bienhechores entre los que se encontraban Martín de Andújar y sus herederos, Cristóbal de Velasco y Mendoza, Juan de Pinares, don Pedro Agustín de Valenzuela, etc. Asimismo, se hallaba establecida en la iglesia la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Rosario, corporación que se originó en 1670 en el claustro del convento de San Francisco por unos niños que se dedicaban al rezo del rosario y que con el tiempo formaron regla, aprobada el 10 de septiembre de 1672 por el arzobispo don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán. En 1680 se traslada a San Acacio en donde los agustinos le concedieron capilla propia y lugar de enterramiento para los hermanos. Por otro lado consta la estancia en la iglesia del Colegio la Cofradía del Santo Cristo del Gran Poder y la Santísima Virgen del Traspaso, en donde permaneció provisionalmente desde 1697 a 1703 en que se trasladó a la parroquia de San Lorenzo. Otra nota religiosa del Colegio fue el rezo del santo rosario, que desde 1728 salía en las primeras horas de la noche en procesión formada sólo por hombres al que se agregarían las mujeres en 1758, en honor de Nuestra Señora del Buen Aire, imagen existente en la iglesia desde al menos 1728.
     Mención especial merece la acreditada biblioteca pública fundada a raíz de la donación realizada por el cardenal fray Gaspar de Molina y Oviedo, agustino ilustre, que al morir en 1744 dejó su abundante colección bibliográfica a San Acacio para que aquí se estableciera una biblioteca pública de la que carecía la ciudad. El Cardenal había sido religioso del Colegio, en donde estudió, detentando diversos y destacados cargos como regente de estudios, general de la Orden, obispo y cardenal, entre otros. El hecho de morir sin testar provocó un litigio entre sus parientes, la Provincia Agustina y el Cabildo municipal, por creerse todos con derecho sobre la herencia de los libros. Una vez resueltas las dificultades del legado, según la sentencia definitiva de 13 de septiembre de 1746, los días 17, 18 y 19 de octubre de ese año se firmaban las escrituras de entrega de la librería, estableciéndose el plazo de un año para traer desde Málaga los volúmenes y estantes que los contenían, labrar una sala competente donde instalarlos y establecer el equipamiento necesario para el funcionamiento de la biblioteca, quedando a cargo de ella el provincial fray Miguel de Medina. Los religiosos estaban obligados a decir una misa cantada de aniversario por el alma del Cardenal Molina, cuyo retrato de cuerpo entero presidiría la sala principal de la biblioteca. Por su parte, el Cabildo de la ciudad velaría por el cumplimiento de todo lo anteriormente expresado, aportando 1.000 ducados para ayudar al transporte de los libros, a pagar las costas del pleito y las obras del recinto. Pese a ello, el plazo establecido no se cumplió ante la carencia de medios para poner en marcha la biblioteca, que no abrió sus puertas oficialmente hasta el 6 de octubre de 1749, siendo su primer bibliotecario fray Juan del Pino y rector del Colegio fray Tomás de Yepes, quien antes de un año y ante la proverbial pobreza del Colegio, solicitaba al Cabildo municipal una asignación para compra de material como tinta, plumas, además de una retribución para sus bibliotecarios, dotarla de un mozo que cuidara de su aseo, proveerla de mesas, asien­tos, estantes y comprar algunos libros para completar y aumentar la colección, ante lo cual el Ayuntamiento por acuerdo de 5 de diciembre de 1749 resolvió entregar anualmente 150 ducados, lo que por desavenencias no siempre se llevó a efecto. La primera compra de libros data de 1757 y el primer arreglo de 1775, año en que el Cabildo nombró al Conde del Águila diputado para la biblioteca. Al año siguien­te se arreglaron más de doscientos libros que estaban apolillados, se hizo obra en la escalera de acceso, y se colocaron vidrieras y estantes, todo ello por valor de 15.000 reales. Hay que señalar que el aumento de libros se garantizaba en parte con la obligación impuesta a los editores de entregar a la biblioteca un ejemplar de cada obra impresa que hicieran. Por otra parte, las sucesivas donaciones supusieron un caudal que la enriqueció, como la donación en 1784 de los fondos pertenecientes a don Luis Germán y Ribón, la donación de doña María Antonia Indart, viuda de del Asistente Domezain, el legado de don Agustín Guerrero, y ya en el siglo XIX la biblioteca del agustino fray Antonio Fabré, desde el convento de Cádiz, entre otras, llegando a contener 7.700 volúmenes repartidos en dos salas. El Cabildo municipal intentó hacerse con los fondos bibliográficos y manuscritos de las distintas casas de la extinguida Compañía de Jesús, dirigiendo una petición en este sentido a la Academia de Buenas Letras de Sevilla en enero de 1881, lo que no tuvo efecto. Por otra parte, los trabajos de catalogación de las obras dieron como resulta­do la publicación de un Índice en 1749 de autor desconocido, del que se conservan varios ejemplares, en el que se sigue un orden alfabético de autores y dentro de éste por materias, omitiendo lugar y fecha de edición, sin embargo inserta el horario de apertura al público de la biblioteca: todos los días del año a excepción de las fiestas de precepto y Semana Santa, de siete a once de la mañana y por la tarde desde las cuatro al toque del Ave María, desde el 1 de mayo a fin de septiembre, y de 1 de octubre a final de abril de ocho a doce de la mañana y por la tarde desde las tres hasta el toque del Ave María. De 1783 consta un nuevo Índice realizado por el bibliotecario fray Pedro Garrido que solventaba las lagunas del anterior e incluía las nuevas obras que habían ingresado.
     Durante los años de ocupación francesa en que el Colegio estuvo cerrado, el entonces bibliotecario fray José Govea y el Ayuntamiento evitaron su saqueo, para lo que se nombró otro bibliotecario que recayó en el agustino fray Luis Rodríguez, que ayudase y velase por su custodia. El Colegio ya no volvió a abrir sus puertas y la biblioteca conforme pasaba el tiempo quedaba más desasistida, sin ayuda de la Orden ni del Ayuntamiento. El padre Govea se dirige al Consistorio en carta fechada el 3 de junio de 1820 solicitando ayuda para mantenerla abierta, librándose entonces 800 reales. Finalmente, la desamortización de 1835 y la exclaustración de los religiosos pusieron fin a la administración de la biblioteca de San Acacio por los agustinos. En 1878 por acuerdo del Ayuntamiento sus fondos, o lo que quedaba de ellos, pasaron a la Biblioteca de la Universidad. 
     Volviendo a lo que fue el Colegio, su actividad docente también se vio quebrada con la llegada de los franceses, quienes expulsaron a los religiosos y establecieron en el inmueble las oficinas del Crédito Público hasta 1812 en que se fueron de Sevilla. Se ponía fin a tres siglos y medio de existencia de San Acacio, pues a pesar de los decretos favorables a los religiosos promulgados por Femando VII, la comunidad agustina ya no volvió a establecerse en el Colegio, salvo alguno de sus miembros para regentar la Biblioteca que, como hemos visto, permaneció abierta algunos años más. El 10 de julio de 1813 la Regencia concede el edificio a la Escuela de las Tres Nobles Artes para sede de sus enseñanzas artísticas, tomando posesión el 9 de agosto de ese mismo año; una parte del inmueble se utilizó además como archivo de Hacienda. No obstante, los agustinos reclamaron su antiguo colegio en 1819 y 1825, pero se llegaron a acuerdos que posibilitaron la permanencia de la Escuela a la que, previa petición, se le entrega en 1821 la iglesia para servir de sala de juntas y lugar de exposición de sus obras artísticas. Hasta 1850 permaneció esta institución en San Acacio en donde posteriormente se instalarían las oficinas de Correos y Telégrafos, que se mantuvieron hasta los años veinte del siglo XX. Desde mediados de ese siglo hasta la actualidad, lo que fuera Colegio de San Acacio es sede del Círculo de Labradores, permaneciendo solamente el claus­tro principal, que está incluido dentro de Conjunto Histórico de Sevilla por Decreto de 27 de agosto de 1964.
ARQUITECTURA
     Del establecimiento primitivo de San Acacio "junto a la Cruz del Campo" no existe una referencia exacta que pueda determinar su ubicación precisa, que hubo de ser en descampado, pues las casas donadas tenían un carácter de finca semi-agrícola. Cuando en 1633 se trasladan al interior de la ciudad, se sitúa durante apenas un año en régimen de alquiler en unas casas frente al monasterio de Santa Paula. El 1 de julio de 1634 pasa a otras, compradas a Francisco Pérez de Meñaca por 8.740 ducados, situadas en la calle León o de los Leones, en la collación de la Magdalena, que iba de Sierpes a la confluencia de la calle de la Muela (actual O'Donnell) y Triperos (actual Tetuán), y que tras establecerse el Colegio comenzó a denominarse de San Acacio, como aparece en el plano de Sevilla de 1771 (hoy rotulada Pedro Caravaca). Así pues, el Colegio se insertaba en una gran manzana en pleno corazón de la ciudad, ocupando el ángulo entre Sierpes y León, por donde tenía su entrada.
     Muy poco se sabe de la configuración arquitectónica que tuvo San Acacio, cuya utilización para diversos fines, como hemos referido, dio lugar a sucesivas y variadas reformas, ventas parciales y demoliciones como la de la iglesia, que lo fueron desfigurando, conservándose en la actualidad solamente el patio principal. Por las escuetas notas que escribe González de León sabemos que al exterior sus muros eran de gran solidez, con grandes y adornados ventanales que iluminaban el interior. De la primitiva fachada a la calle San Acacio sólo se rastrean algunos moldurajes reutilizados y otros que los imitan, en la composición de la nueva crujía tras la adaptación del edificio a nuevos usos. Tanto el colegio como la iglesia eran de modestas dimensiones. En concreto sobre la iglesia señala este autor que "era pequeña y ni en su construcción ni en sus adornos tenía nada que observar con respecto a las bellas artes". El templo estuvo situado en el ángulo con la calle Sierpes por donde corría el muro del lado del evangelio, con entrada por la calle San Acacio, indicando este autor que no tenía portada. Empotrado en el muro exterior que miraba a Sierpes, a los pies de la torre se hallaba una losa sepulcral romana procedente de Itálica en posición acostada, en la que se leía la siguiente inscripción: "Q. FABIUS Q. QURIN. / FABIANUS ILURCO­ NEN / SIS IDEM PATRICIEN / SIS ANN. XXXXIIII JUST. / IN SUIS. H.S.E.S.T.T.L." (Quinto Fabio Fabiano, de la tribu Quirina, natural de Ilurco y ciudadano de Córdoba, hijo de Quinto, de edad de 44 años, junto con los suyos aquí está ente­rrado: séate la tierra ligera). En 1845 el Ayuntamiento acordó extraerla para depositarla en el Museo provincial, procediéndose a ello el miércoles 26 de marzo. La Academia de las Tres Nobles Artes que en aquel momento ocupaba el ya ex-colegio, manifestó su oposición, siendo finalmente restituida la lápida a su sitio el sábado 29 de marzo, colocándose en posición derecha para que se pudiera leer.
     Una de las escasas referencias documentales que hasta el momento existen sobre San Acacio es la firmada en julio de 1768 por el maestro carpintero de lo blanco Jacinto de Morales quien alquila por veinte años, a razón de noventa reales anuales, un solar propiedad de San Acacio situado en la calle Sierpes a espaldas del altar mayor del templo. De los datos de la escritura se desprende que hasta esa fecha los agustinos no habían podido edificar la sacristía por falta de medios económicos, "ninguna había para el uso y servicio de la referida iglesia lo qual se había tratado de hacer con el dicho Jacinto de Morales". En efecto, éste, en compensación por la parte del solar que se le otorgaba donde establecer su obrador "para su exercicio con vivienda alta y baxa", se obligaba a labrar a su costa la sacristía, en la restante parte del solar que tenía "un colgadizo y sitio cubierto con su suelo hollado de cinco a seis varas quadradas"; si verdaderamente se llegó a construir hubo de ser un rectángu­lo de ocho varas de largo por cinco de ancho y cinco de alto, con dos claraboyas con vidrio y dos puertas con sus correspondientes postigos de madera de caoba y clavos de metal, con una salida a la iglesia y otra al claustro.
     El claustro, en donde se distribuían los dormitorios y demás estancias precisas para la comunidad, es el único elemento conservado y constituye un bello y singular ejemplo de patio barroco conventual sevillano. Es obra de Leonardo de Figueroa, cuya fecha de ejecución se ha situado en torno a 1690 y cuya organización arquitectónica, elementos estructurales y decorativos recuerdan al claustro de San Pablo que por estas fechas labraba este arquitecto. Es de planta cuadrada y dos pisos de altura, el bajo presenta cuatro arcos de medio punto en cada frente sobre pilares rectangulares con pilastras de ladrillos rojizos avitolados, con decoración de mascarones en la zona superior que enmarca las enjutas del arco en las que se insertan adornos vegetales. El segundo cuerpo presenta los característicos balcones de Figueroa, ricamente decorados con guarniciones vegetales y moldurajes mixtilíneos, jarrones, ménsulas, cabezas de niños, etc.; en correspondencia con los pilares de la planta baja, los balcones se hallan flanqueados por semicolumnas con traspilastras de ladrillo avitolado, semicolumnas que son salomónicas en sus dos tercios superiores decoradas con labor de trépano y hojas de vides y laurel. Esta riqueza ornamental elaborada con ladrillo, barro cocido y yeso favorece el rico juego de texturas y colores que contrasta con el blanco de los muros, cromatismo que a su vez potencia los elementos estructurales que articulan este patio, magnífico ejemplo del barroco polícromo sevillano practica­do por Leonardo de Figueroa en sus numerosas obras, en las que el arquitecto se manifiesta como un gran decorador.
     La documentación manejada apenas trata de la configuración arquitectónica de la Biblioteca, sobre la que sólo podemos hilvanar algunos datos bastante imprecisos. La generosa donación del cardenal Molina hubo de instalarse en una sala alta del Colegio a la que el público accedía por la calle Triperos (actual Velázquez). En 1775 el Conde del Águila fue nombrado por el Ayuntamiento comisionado para la Biblioteca y gracias a sus diligencias se realizaron en ella obras de mejoras según se recogen en el reconocimiento y aprecio que el 9 de septiembre de 1776 realizaron el maestro mayor de los Alcázares Ignacio Moreno y el maestro de obras de carpintería Manuel Nicolás Vázquez. En el informe se dice haberse abierto la puerta a la calle Triperos, entrada directa a la biblioteca para el público que evitaba pasar por el interior del Colegio, "de tres varas de alto y dos tercias de ancho" y arriba de la pared "que según parece, se labró de nuevo, de tres varas de alto y cinco de ancho", se colocó el escudo de armas de la Ciudad, labrado en piedra y adornado con algunas guarni­ciones. A la derecha de esta entrada había un "lugar común de tres varas de largo y una y media de ancho con cubierta de colgadizo de madera de segura, tablazón de flandes encintado y tejado de canal y redoblón todo nuevo", a lo que seguía la caja de escalera, hecha igualmente nueva, "de nueve varas de largo y dos tercia de ancho, con media mesa en su principio y otra entera al fin, soldada con losas de Génova, y en ellas dos ventanas con sus rejas, bastidores y trece cristales, cuya escalera se compone de quince peraltes y catorce huellas". Algunas de las ventanas del refectorio quedaron tapadas con la construcción de la nueva escalera por lo que se abrieron nuevos vanos en el testero de éste que daba a la calle. Se hizo nueva la puerta de acceso a la biblioteca, situada a mano derecha del descansillo superior de la escalera, "de madera de flandes de tableros y forrada con tablas corridas y clavos de metal". En la sala principal de la biblioteca se hicieron tres claraboyas protegidas con rejillas y cristales y a la ventana que abría a la calle se le pusieron puertas de cristales; asimismo se arreglaron los estantes. Un tránsito que comunicaba con la escalera principal del colegio se aprovechó para colocar estantes y poner postigos con cristales a la ventana. A mano izquierda de esta pieza estaba el gabinete en el que se arreglaron tanto la ventana que daba a la calle como otras que quedaban en su testero derecho. El costo de la obra ascendió a un total de 14.765 reales de vellón, cantidad en la que se incluía el nuevo mobiliario compuesto por dos mesas de caoba con herrajes, nueve escaños, diecisiete sillones y dos cuadros con sus molduras, una para un lienzo de la Virgen de Guadalupe y otra para las Armas de la ciudad. (el desglose de esta cantidad era 7.320 reales por los trabajos de albañilería, 5.431 por los de carpintería y 2.014 por los muebles). Los maestros peritaron las obras como satisfactorias y propusieron ampliar la angosta escalera anexionando parte de la despensa del Colegio contiguo al lugar común, como queda recogido en el dibujo que realizaron, formando un tramo mayor con meseta en escuadra; asimismo se amplió la puerta principal de acceso de la calle Triperos, con portada con cornisa, frontón y remate, anulándose la puerta actual que se convertiría en ventana dejando el escudo donde estaba.
     En 1788 el Cabildo de la ciudad acordó comprar el sitio contiguo para realizar esta propuesta de ampliación, para lo que parece se había hecho suscripción pública, encargando al arquitecto Félix Caraza la realización del proyecto. Pero las reformas no se llevaron a cabo pues en 1790 aún se menciona la proyectada ampliación, y que parece nunca se llevó a efecto, lo que estuvo determinado por las desavenencias entre la Orden y el Ayuntamiento, que en el cabildo celebrado el 19 de octubre de 1791 acordó suspender la asignación de los ciento cincuenta ducados anuales que otorgaba para ayuda de la biblioteca y sus bibliotecarios. Este estado de cosas continuó hasta 1803 en que se reanudaron las relaciones; la biblioteca, que había permanecido cerrada, se reabrió al público, se nombró a fray Antonio Ruiz bibliotecario y se colocó el 13 de noviembre de ese año una lápida conmemorativa en la fachada con la siguiente inscripción: D.O.M. / HISPALENSI AMPLISSIMO XXIV VIRO / RUM ORDINI CL QUE FRANCISCO / MANSO MARCHIONI DE RIBAS GENE / RALI PROCURAT BIBLIOTECA AB / EMM. CARDINALI DE MOLINA ERECTA / MODO CONTENTIONIBUS INTERCLUSA / SALUBERRIMO S.C. RENOVATA LAR / GIORI­ BUS AUCTA REDITIBUS PATE FAC / TA QUE UNIU AUGUSTINIANORUM / PROVINCIA VOTI COMPOTE SIBI QUE / GRATULANTES IN CONCORDIAE PUBL. / FELICITATIS ET GRATOS ANIMORUM / TESTIMONIUN F. ANTONIUS RUIZ / BIBLIOTHECAE PRAEFECTUS HOC MO / NUMENTUM POSUIT IDIBUS NOVEMB. / ANNO M.D.CCCIII. (A Dios Óptimo Máximo. Al ilustrísimo Ayuntamiento de veinticuatros de Sevilla, y al esclarecido Francisco Manso, marqués de Rivas, su procurador mayor. La biblioteca erigida por el eminentísimo cardenal de Molina, cerrada en este tiempo por disgustos, ahora fue abierta con rentas, renovada y aumentada con dones por muy saludable acuerdo del Senado, con gozo y satisfacción de la provincia de los Agustinos, en testimonio de cuya concordia, de deseo por la pública felicidad y de su agradecimiento. Puso esta memoria el bibliotecario fray Antonio Ruiz, en 13 de noviembre de 1803).
RETABLOS Y ESCULTURAS
     No se conocen hasta el momento los retablos y esculturas que hubo de poseer, en mayor y menor medida San Acacio. Solamente hemos hallado la referencia a una Nuestra Señora del Buen Aire existente en la iglesia desde al menos 1728, imagen de vestir en cuyo honor se consagró el rezo del Rosario en pública procesión formada por hombres, en las primeras horas de la noche, a lo que se agregarían devotas mujeres en 1758, que lo rezaban todas las tarde de los días festivos. La imagen pasó en fecha desconocida a la parroquia de San Bernardo, colocándose en un retablo moderno en la nave del evangelio hasta su destrucción en el incendio de 1936.
PINTURAS
     Sobre el patrimonio pictórico del Colegio de San Acacio nada queda recogido en las obras de Antonio Ponz, Ceán Bermúdez o González de León, ni en las referencias documentales que hemos manejado. Sólo Montero de Espinosa refiere la existencia en la Biblioteca de los retratos del Cardenal Molina, de Nicolás Antonio, de Diego Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo y Juan Lucas Cortés. Salvo el último que no ha sido identificado, todos se conservan en el Ayuntamiento de Sevilla, a donde pasarían tras el cierre de la Biblioteca en 1836. A esta serie de ilustres sevillanos vinculados con las artes y las letras se añade el retrato de Diego Ortiz de Zúñiga que igualmente se halla en el consistorio. El retrato del Cardenal don Gaspar de Molina presidía la sala principal de la Biblioteca, como quedó estipulado en la donación, y está representado a tamaño natural, de pie, mirando de frente al espectador y respaldado por anaqueles repletos de libros, en clara alusión a la rica librería que llegó a reunir y que donó a la ciudad. Sostiene un papel con la mano derecha que a la vez apoya sobre una vistosa mesa que deja ver una de sus patas ricamente tallada. En el ángulo inferior derecho se sitúa una doble cartela barroca con el escudo del cardenal en la zona superior y en la inferior una larga inscripción que refiere su trayectoria vital con sus méritos y destacados cargos. La obra, cuya ejecución hay que situar a mediados del XVIII, es de correcta factura pero su dibujo seco y poco expresivo hacer pensar que sea una copia de taller del original pintado por Alonso Miguel Tovar, actualmente en paradero desconocido.
     Sobre el retrato de Juan Martínez Montañés hay que señalar que pese a no estar firmado, su atribución a Francis­co Varela resulta segura desde que ya fuera referida por el Conde del Águila, quien lo donó a la biblioteca en los años que estuvo comisionado por el Ayuntamiento para gestionarla. El escultor está representado sobre un fondo oscuro, de medio cuerpo, vuelto tres cuartos hacia la izquierda y vestido con traje negro con golilla rizada y blanca en el cuello y bocamangas. Sostiene una gubia y una pequeña estatuilla que como según manifestó el Conde del Águila, corresponde al boceto del Santo Domingo de Guzmán penitente, realizado por el artista para el convento dominico de Porta Coeli de Sevilla, obra de la que se preciaba su autor. Su rostro, con barba corta y bigote mira de frente al espectador y está realizado con el habitual dibujo firme y sobrio de expresión de Varela, recogiendo la que hubo de ser la fisonomía real del escultor. Hay que señalar que en el reverso del cuadro aparece la inscripción "Original de Varela, año de 1646", año en el que el pintor había fallecido -murió en 1645- y en el que Montañés tendría setenta y ocho. Se trata sin duda un error de transcripción de la leyenda original cuando la obra fue reentelada, en que se puso 1646 en vez de 1616, año en que se hizo el retrato y en el que efectivamente el escultor contaba con 47 años de edad, tal y como aparece recogido en la inscripción de la parte superior del lienzo. El retrato de Bartolomé Estaban Murillo es una réplica del Autorretrato original de Murillo que se conserva en la Natio­nal Gallery de Londres, en la que se ha suprimido el marco fingido en el que se inserta la figura que sostiene la paleta de pintor. Según la inscripción que se lee en el reverso del cuadro fue copiado por Domingo Martínez, si bien la endeble factura hace dudar de su adscripción a este artista, para cuya ejecución el autor anónimo hubo de valerse de la estampa grabada por R. Collins en 1682. Posee el comple­mento escrito en la parte superior que identifica al retratado; su fecha de ejecución es de mediados del XVIII.
     El bibliófilo y escritor sevillano Nicolás Antonio se halla representado de medio cuerpo, sentado en un amplio sillón y mirando al espectador. Está vestido con sotana y manto con la Cruz de Santiago bordada en el lado izquierdo, por su pertenencia a esa Orden que le fue otorgada por Felipe IV en 1645, quien además le nombró su agente en Roma. El perso­naje señala con la mano derecha una filacteria en la que se lee: "NOSCENTA EST MENSURA SUI". A la izquierda, en una mesa con tapete se disponen una campanilla y elementos alusivos a su actividad literaria como tintero, pluma y un grupo de cinco libros apilados, en cuyos lomos se leen sus títulos. La composición se completa con un cortinaje rojo recogido a la derecha, y en el ángulo superior izquierdo una puerta por la que se ve un patio en último término. El lienzo presenta unas calidades muy sumarias, de dibujo seco e inex­presivo que lleva a pensar que sea copia anónima del último tercio del XVIII de un original más antiguo. En el ángulo superior izquierdo lleva una inscripción con su nombre.
     El retrato de Diego de Silva y Velázquez es un busto de tamaño natural, copia del autorretrato del pintor que se conserva en el Museo de Valencia. Se halla representado a la edad de cuarenta años aproximadamente, con melena corta y bigote, y está vestido con traje negro y la típica golilla blanca en el cuello. Dirige su mirada directamente al espectador y en la parte superior del lienzo se lee la siguiente inscripción: "DN. DIEGO VELAZQUEZ DE SILVA CAVº / DE LA ORDEN DE SN TIAGO PINTOR DE FELIPE IV NATURAL DE SEVILLA". Es igualmente obra anónima del último tercio del XVIII.
     Por último se conserva en el Ayuntamiento, procedente de la Biblioteca de San Acacio, el retrato del analista y veinti­cuatro de Sevilla D. Diego Ortiz de Zúñiga, cuya representa­ción sigue prácticamente el esquema de los anteriores, al representarlo en busto a tamaño natural, vestido con el hábito de Santiago, con melena corta y bigote y mirando al espectador. Está inserto dentro de una gran cartela oval barroca que imita el mármol blanco, que es sostenida por dos niños, y con el escudo de su linaje en la parte superior, consistente en un lucero rodeado de rosas, partido con banda orlada de las cadenas de Navarra, sobre la cruz de la Orden de Santiago. En el pedestal aparece la siguiente inscripción: "D. DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA CAV.ro DE ORDE.n DE SANT.go 24 DE / SEV.a Y AUTOR DE LOS ANALES ECLESIAST.os Y SECUL.res DESTA CIUD.ad Y DEL / DISC.os GENEAL.cos DE LOS ORTIZES Y MANUEL.es DE SU UN.ge FALLE.do Aº. DE 1680 Alas. 44 DE EDD." En el reverso del lienzo se lee: "DON DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA. LO PUSO EN ES/TA LIBRERÍA DEL SR. SN. ACACIO. A SU COS/TA DON JOSE ORTIZ DE ZÚÑIGA. MAR / QUES DE MONTE FUERTE, 24 DE / SEVILLA. SU NIETO AÑO DE 1751", año en que se puede situar su ejecución por un maestro anónimo que se pudo basar en un probable original de Murillo (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Acacio y los diez mil mártires del monte Ararat
LEYENDA
     Centurión cristiano en Capadocia, Acacio habría sido el jefe de diez mil legionarios mártires quienes, al negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos, fueron empalados sobre el monte Ararat.
     Los emperadores Adriano y Antonino habían salido en campaña contra los rebeldes de la región del Éufrates, cuyo número alcanzaba los cien mil hom­bres, con un ejército de nueve mil, en el cual servía Acacio. La lucha era de­sigual, pero un ángel se apareció a Acacio y a sus soldados para anunciarles que si invocaban al verdadero Dios, Jesucristo, conseguirían la victoria. El pequeño ejército, dispuesto a huir, se convirtió y pudo derrotar a sus enemigos.
     El ángel los condujo al monte Ararat. Los dos emperadores, asistidos por siete reyes paganos, intentaron forzar a los nueve mil soldados cristianos a renegar de su fe. Los hicieron flagelar, coronar de espinas, lapidar; pero las piedras se volvían contra los verdugos cuyas manos se secaban. Sin dejarse espantar por las torturas, otros mil hombres de los ejércitos paganos se unieron a los mártires cuyo número alcanzó los diez mil.
     Al fin, todos fueron crucificados o empalados. Hacia la sexta hora los már­tires pidieron a Dios que todos aquellos que celebraran su memoria pudieran gozar de salud en cuerpo y alma; una voz del cielo les aseguró que su plegaria sería satisfecha. Los ángeles enterraron los cadáveres que un seísmo había hecho caer de la selva de cruces.
     La fábula de este martirio colectivo se forjó en el siglo XII, de acuerdo con el modelo de la leyenda de los mártires de la Legión de Tebas, para inspirar valor y confianza a los cruzados. Es una duplicación de la leyenda de san Mauricio y sus compañeros, e incluso forma pareja con santa Úrsula y la ma­tanza de las once mil vírgenes por los hunos.
     El nombre de Acacio explica el género de suplicio que padecieron los már­tires del monte Ararat.
     En la Edad Media esa palabra designaba al árbol espinoso que en la actualidad llamamos acacia, según una forma tomada del latín en el siglo XVII. Acacio evocaba la idea de punta, espina (griego akis). De ahí que se imaginara que el santo y sus compañeros fueran flagelados con espinas, que habían sido condenados a caminar descalzos sobre puntas de hierro y empalados sobre ramas de acacia aguzadas.
     En consecuencia, la leyenda habría sido engendrada por la etimología popular, al igual que las de san Cristóbal, san Hipólito y tantas otras.
CULTO
     Las reliquias de san Acacio y sus comártires se veneraban en Roma, Bolonia, Colonia y Praga. Pero su popularidad, que se remonta a la época de las cruzadas, alcanzó su apogeo en el siglo XV y comienzos del XVI, y está probada sobre todo en Suiza, después de las batallas de Granson y Moral, y en Alemania, donde san Acacio fue incluido entre los Catorce Intercesores (vierzehn Nothelfer), a causa de la promesa que le hiciera un án­gel en la hora de su muerte. Se lo invocaba sobre todo para socorrer a los agonizantes.
ICONOGRAFÍA
     Así se explica la riqueza de su iconografía en el arte germánico de finales de la Edad Media, sobre todo en Franconia y en Baviera, cunas del culto de los Catorce Intercesores.
     Está representado con una armadura de legionario romano o de caballero, ya con la espada y el crucifijo para señalar su condición de soldado cristiano (miles christianus), ya con una rama espinosa de acacia aguzada que se puede interpretar como armas parlantes y al mismo tiempo como el instrumento de su martirio, e incluso con una corona de espinas.
     De manera excepcional está transformado en obispo, aunque sólo se hable de su episcopado en la leyenda.
     Al margen de las representaciones aisladas de San Acacio, con frecuencia los pintores se han ocupado del martirio colectivo de los diez mil legionarios arro­jados desde lo alto de un peñón a un precipicio donde se clavan en estacas, o crucificados sobre el monte Ararat (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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