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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 9 de agosto de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla V: desde la Puerta de la Carne hasta la Puerta de Jerez

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla V: desde la Puerta de la Carne hasta la Puerta de Jerez, de Sevilla.
     La puerta de la Carne se ubicaba sobre la cota más alta de todas las puertas de la ciudad, por lo que apenas aparecen referencias docu­mentales al ataque de las aguas, tan común al resto de las puertas de la ciudad. Se situaba en la confluencia de las calles Santa María la Blanca (la hebrea Açuayca) y Cano y Cueto hasta su derribo en 1864. Algunos autores opinan que recibió el nombre de Bab Yahwar o puerta de las Perlas cuando se levantó la cerca islámica, pero hipótesis recientes señalan que dicho topónimo corresponde más bien al postigo del Alcázar, junto a la torre del Agua, salida natural de los Alcázares hacia el área palaciega de la Buhayra. De cualquier forma, a partir de la conquista castellana, recibió el nombre de puerta de Minjohar y de la Judería, al ser la puerta principal que comunicaba la Judería y el cementerio hebreo extramuros, localizado en las obras de remodelación del antiguo cuartel de Intendencia en 1992, en diversas intervenciones en el barrio de San Bernardo y en el aparcamiento subterráneo de la calle Cano y Cueto en 1996,donde se localizaron más de 200 enterramientos según el rito hebreo, inhumados entre el siglo XIII y el XV, habiéndose reconstruido uno de ellos en el interior del aparcamiento. En la misma área excavada, los arqueólogos también identificaron una serie de tumbas con individuos de rasgos negros, probable­mente esclavos inhumados en los siglos XVI y XVII.
     El actual topónimo de puerta de la Carne se consolidó a partir del siglo XVI, por alusión al matadero extramuros (n.º 178 en el plano de Olavide), construido en 1489 por mandato de los Reyes Católicos, y cuyos restos se han descubierto recientemente en las obras de remodelación del antiguo mercado de abastos en la calle Demetrio de los Ríos. La existencia del matadero explica a su vez la presencia de actividades artesanales relacionadas con el completo aprovechamiento de las reses, como las de curtidores y zurradores en las calles cercanas a la puerta.
     En el informe de Hernán Ruiz de 1560 esta puerta figura en la relación de accesos que tenían que ser reformados, por lo que se debía eliminar el acceso en recodo protegido por barbacana. La puerta almohade fue demolida en 1576 por orden del asistente Francisco de Zapata, conde de Barajas, quien planifica una nueva puerta monumental, atribuida a Asensio de Maeda, con arco de medio punto y cuerpo superior rematado con frontón y pináculos, como podemos comprobar en las imágenes del siglo XIX previas a su derribo, en las que también se advierte la pre­sencia de edificaciones del siglo XVIII en la calle Cano y Cueto que aún se mantienen en pie. La presencia del matadero extramuros, visible en la vista de Sevilla de Hofnagel y en el plano de Olavide, explica, por un lado, la actividad ganadera en los cercanos prados de Santa Justa y de San Sebastián, así como una cierta tradición taurina en el próximo barrio de San Bernardo. Cervantes menciona este área extramuros en El coloquio de los perros, aludiendo a su marginalidad: «...tres cosas tenía el Rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la Costanilla y el matadero». Por otro lado, las reses sacrificadas se vendían para su mejor control fiscal en el interior de Sevilla, en las carnicerías reales, edificio de dos plantas y patio central en torno al cual se disponían hasta 48 puestos, y que estuvo ubicado en la actual plaza de la Alfalfa desde su cons­trucción en 1545 hasta su derribo en 1837.
     La altura de la puerta, la más baja de todas, estaba condicionada al paso del gran atanor que venía por encima de la muralla desde la puerta de Carmona y conducía el agua de los Caños hasta el cercano recinto del Alcázar por el callejón del Agua y, posteriormente, a la Fábrica de Tabacos. Precisamente, la escasa altura del vano y el obstáculo que suponía para el paso de los carros, fue el argumento principal para su derribo en 1864.
     A partir de aquí, la muralla continuaba por el tramo corto de la calle Cano y Cueto, donde podemos contemplar unos hermosos azulejos barrocos dedicados al rey san Fernando sobre un edificio del siglo XVII, quizás relacionados con la cercanía del campamento castellano en el arrabal de san Bernardo en el asedio de 1248. Esta calle era conocida anteriormente como la del Muro, por el tramo de muralla que corría en dirección sur hasta la plaza de los Refinadores, desde donde partía en época moderna una tapia que encerraba por el este la palaciega huerta del Retiro, convirtiéndose así la propia muralla urbana en un muro interior a partir de este punto, como se puede advertir en la planimetría histórica. Esta tapia se mantuvo en pie hasta 1863 cuando se inicia el expediente y proceso de demolición de la misma dentro del proceso de reordenación urbanística de la actual avenida.
     En este mismo programa urbanizador se enmarca, tras la demo­lición de la puerta de la Carne y del tramo de muralla más cercano, la construcción de la manzana conocida como "Casa Cobián" en 1893, en el espacio resultante hasta la avenida Menéndez Pelayo, frontera al antiguo cuartel de Caballería (1792), posteriormente de Intendencia y actualmente sede de la Diputación Provincial de Sevilla. El cuartel se construyó entre 1780 y 1788, probablemente diseñado por el arquitecto José Echamorro, en un área extramuros cercana al matadero y al edificio del rastro, edificación del siglo XVI que acogía el mercado de ganado menor, y que se ubicaría en el solar del actual parque de bomberos. El plano de Olavide, 1771, recoge este espacio entre el arroyo del Tagarete y las murallas de la ciudad, como un área desordenada, recubierta por auténticas montañas de basuras y desperdicios del matadero y de las industrias urbanas, descripción que se atenúa con la construcción del cuartel a finales del XVIII y la paulatina transformación urbanística que dará paso a la actual avenida Menéndez Pelayo a lo largo del siglo XIX, cuyo primer arrecife, o camino empedrado, se construyó en 1876 con el material obtenido del derribo de las murallas inmediatas.
     Lentamente, la avenida fue tomando forma. Se organizaron manzanas de viviendas entre el cauce del antiguo arroyo Tagarete (encauzado bajo tierra a partir de 1849) y la nueva ronda, entre las cuales destaca el edificio diseñado por Juan Talavera y Heredia en 1925 en la esquina con la calle Demetrio de los Ríos o la Casa Ybarra, más cerca del prado de San Sebastián, diseñada por Aníbal González entre 1928 y 1930, junto al antiguo hotel América Palace, diseñado por el arquitecto malagueño Fernando Guerrero Strachan para la Exposición Iberoamericana de 1929. Al otro lado de la ave­nida se organizarían los jardines de Murillo y el paseo de Catalina de Ribera en etapas sucesivas.
     El paseo de Catalina de Ribera se formó en 1862 tras la cesión al Ayuntamiento por parte de la Corona de una franja de terreno de la huerta del Retiro, que discurría desde el Prado hasta la puerta de la Carne, dentro del proyecto de alineación urbanística entre dicha puerta y la de San Fernando y de la instalación de la feria en el prado de San Sebastián, lo cual obligó a retranquear la vieja tapia almenada que protegía la huerta palaciega y erigir una nueva, que hay quien erróneamente confunde con la muralla medieval. En este paseo ajardinado se levantaría en 1920 la glorieta dedicada a Cristóbal Colón, según propuesta de José Laguillo y diseño de Juan Talavera y Heredia, con participación del escultor Collault Valera. El mismo arquitecto municipal es el encargado del Monumento a Catalina de Ribera, fechado en 1921, pero al que incorpora una fuente del siglo XVI procedente del Asilo de los Toribios en la plaza del Pumarejo y que fue adosada a la nueva tapia de las huertas.
     Por su parte, la formación de los jardines de Murillo es un proyecto posterior al del paseo de Catalina de Ribera, con el que suele confundirse, realizado en 1911 tras la cesión por parte de Alfonso XIII de parte de los terrenos de la huerta del Retiro, que venían siendo reclamados por la ciudad desde hacía décadas para facilitar la apertura del barrio de Santa Cruz hacia el sur y la comunicación con la nueva estación de ferrocarriles en San Bernardo, ya que los portillos abiertos en aquel sector de la muralla se habían mostrado insuficientes. La cesión real obligó a levantar un nuevo muro que aislase el recinto palaciego de los nuevos jardines públicos, pero provocó la demolición del lienzo de muralla islámica que cerraba la plaza de los Refinadores (por los afinadores de metal) y la plaza de Alfalfa, así como la apertura de la calle Nicolás Antonio, que permitió el acceso del tráfico rodado hacia la plaza de Santa Cruz, permaneciendo los restantes lienzos de muralla, con el atanor visible, y las bellas torres de tapial y verdugadas de ladrillo mirando a los jardines de Murillo. Este topónimo fue una propuesta de José Laguillo para homenajear al genial pintor barroco en su barrio con ocasión del III centenario de su nacimiento.
     A continuación, volvemos a ver la muralla medieval por el callejón del Agua (llamado así por el atanor que llevaba el agua de los Caños hasta el Alcázar), el cual se mantiene, como establecían antaño las normas municipales, sin edificaciones anexas a la muralla. Al otro lado de la cerca se encontraba la citada huerta del Retiro, un conjunto de huertas del Alcázar, que, a partir de las sucesivas ampliaciones del recinto palaciego en época cristiana, dejaron encerrada la cerca islámica original dentro de los jardines y huertas reales y con ella el postigo del Alcázar, abierto en el muro de Yahwar, bajo la imponente torre del Enlace o del Agua, al fondo de la calle Judería. El cierre de esta puerta en 1619, al convertirse en acceso a las huertas, provocó su olvido, aunque fue mencionado en la novela cervantina Rinconete y Cortadillo, como puerta que se abría hacia el prado de San Sebastián, aunque de manera errónea los azulejos cervantinos lo sigan ubicando en el arquillo de Mañara.
     Desde este postigo, la cerca hacía en dirección sur, donde aún podemos un quiebro y continuaba ver el pequeño postigo de salida al campo desde las huertas palaciegas andalusíes y una de sus torres en la huerta de la Alcoba del Alcázar, junto a los restos de un tramo de muro conservado tras el restaurante Capuccino en la calle San Fernando. En ese punto tenía lugar su encuentro con la muralla que discurría paralela al arroyo Tagarete en dicha calle, donde se labraría la última puerta de la ciudad en el siglo XVIII, la Puerta Nueva o de San Fernando.
     Así pues, dicho tramo de muralla quedó integrado en los jardines del Alcázar tras la mencionada ampliación de sus huertas en 1619, un hecho que obligó a levantar una tapia que cerraba las huer­tas desde la puerta de la Carne hasta la de San Fernando, como ya hemos mencionado anteriormente. Al quedar inutilizado dicho tramo murario en el siglo XVII, el arquitecto Vermondo Resta reci­bió el encargo de transformar gran parte del mismo en un paseo elevado, la galería de los Grutescos, un excelente mirador sobre el jardín de las Damas y de la Alcoba, y la propia huerta del Retiro, a la vez que se abría la puerta del Privilegio en la vieja muralla para comunicar huertas y jardines.
     La Puerta Nueva o de San Fernando fue la última que se incorporó al conjunto amurallado de la ciudad de Sevilla. Su origen se debe a la construcción extramuros de la Real Fábrica de Tabacos (actualmente Universidad de Sevilla) iniciada en 1725, una realización que pretendía sacar del interior de la ciudad una industria molesta ubicada en unas instalaciones estrechas e incómodas en el viejo barrio de la Morería, cuyo espacio será utilizado en el siglo XIX para reformar el área y abrir la plaza del Cristo de Burgos. Sin embargo, el impulso fundamental para la finalización del proyecto fabril se debe al reinado de Fernando VI, quien encargó al ingeniero militar Sebastián Van der Borcht la culminación del conjunto, que llegaría a ser en su momento el de mayor superficie de toda España, a la vez que una muestra singular en la arquitectura española por la disposición de su cimentación a base de arcos invertidos que le han conferido una notable estabilidad frente a la inestabilidad del suelo y los movimientos sísmicos. Su construcción (1728-1771) supuso la reforma urbanística de toda el área comprendida entre la puerta de Jerez y el prado de San Sebastián, un espacio extramuros desprotegido, por lo que se procedió a construir un foso que rodeara la nueva fábrica, al tiempo que evitaba el posible contrabando de tabaco, inundándolo con las aguas del arroyo Tagarete, que discurría a los pies de la muralla y que a partir de ahora será encauzado y abovedado en este tramo, como se observa en el plano de Van der Borcht. Una obra de esta envergadura conllevó la eliminación de la vieja cerca islámica y su sustitución por una muralla más liviana, sin torres y barbacana, en el tramo frontero a la Fábrica de Tabacos, con la que se abrió un portillo de comunicación desde la calle Nueva o de San Fernando.
     De este modo, la nueva fábrica quedaba rodeada al este y el sur por el ejido comunal del prado de San Sebastián, el quemadero de la Inquisición (n.º 175) y el convento de San Diego (n.º 32), mien­tras que por el oeste lindaba con los terrenos del antiguo Colegio de Mareantes de San Telmo (1682) (n.º 129 en el plano de Olavide) y el solar frontero a la cercana puerta de Jerez donde posteriormente se instalarían el Teatro Eslava (1887-1916) y el Hotel Alfonso XIII, obra regionalista de José Espiau para la Exposición Iberoamericana de 1929.
     La fachada principal de la fábrica, obra barroca de Cayetano Acosta, se abría al norte en el patio de la Fama frente a la mura­lla, tras la cual se abre una calle nueva a costa de los jardines del Alcázar en la huerta de la Alcoba. El objetivo de esta calle nueva era, por un lado, instalar en ella, protegidas por la muralla, las viviendas de los directivos y capataces de la Fábrica de Tabacos, algunas de las cuales aún permanecen en pie tras una serie de desafortunadas decisiones urbanísticas. Por otro lado, la calle servía de vía de conexión con el área del prado de San Sebastián, para lo cual se decidió abrir la citada Puerta Nueva en 1759, por orden del asistente Juan Rabión. Aunque hay hipótesis que consideran el origen islá­mico de la puerta, no hay referencias documentales de la misma, como se advierte en los planos anteriores a 1760. Según Suárez Garmendia, la Puerta se ejecutó en dos fases: en la primera, el ingeniero Van der Borcht realizaría la fachada interior, aprovechando una de las torres originales de la muralla medieval, por lo que se procedió a levantar una réplica de la misma que flanquease la nueva puerta; y en una segunda fase, será José Echamorro quien levante la fachada exterior, inspirándose en la puerta de Córdoba de Carmona, que él había reconstruido.
     La Puerta Nueva fue utilizada como una de las principales vías de acceso a la ciudad por el sur y tras la aprobación por Isabel II de la Feria de Abril en 1846, sirvió de portada de acceso a la misma hasta su derribo en 1868. Recordemos que, en síntesis, su demolición formó parte del conjunto de medidas urbanísti­cas tomadas por los ayuntamientos liberales españoles desde el reinado de Isabel II y culminadas a lo largo del Sexenio Democrático, los cuales justificaron el derribo de las viejas puertas y murallas medievales como un símbolo de la nueva ciudad burguesa y moderna frente al viejo orden del Antiguo Régimen, a la vez que se atendía a criterios médico-higienistas, como los del doctor Hauser, que defendían el derribo de las murallas para facilitar la ventilación de unas ciudades donde se hacinaba una población cada vez más numerosa.
     Sin embargo, años antes, en 1863, la Academia de Bellas Artes había autorizado el derribo definitivo del tramo amurallado que discurría por la actual calle San Fernando (cuyos restos se estudiaron con motivo de las obras de la línea 1 del metro en 2004), con el argumento de que la muralla encerraba a la Fábrica de Tabacos e impedía la contemplación de su fachada, lo que llevó finalmente a levantar en su lugar una reja de hierro delante de la Fábrica de Tabacos, retranqueada a su vez en 1923 para proporcionar mayor anchura al tráfico rodado de la calle. Por su parte, el derribo de algu­nas viviendas del s. XVIII en la acera frontera y la polémica formada acerca del diseño definitivo de la calle San Fernando, llevaron en 1964 a levantar una falsa muralla de ladrillo y pilares de hormigón, entre las viviendas y los jardines del Alcázar, alegando razones de seguridad para la residencia ocasional del entonces jefe del Estado, el dictador Francisco Franco.
     De este modo, y por tantos motivos expuestos, la muralla islámica de la ciudad, con sus puertas y postigos, fue derribada en gran parte, ocultada tras las viviendas anexas en la mayoría de los casos, enterrados sus cimientos en otros e indultados sus restos en una pequeña proporción, pero suficientes para mostrar la grandeza de uno de los mayores recintos amurallados que tuvo el continente europeo.
Final
     Nuestro recorrido ha concluido. El paseante curioso, después de recorrer algo más de siete kilómetros ha vuelto al punto de partida donde inició su periplo urbano y, si no ha tenido prisa en realizarlo, si su objetivo no ha pretendido agotar las informaciones recogidas en este volumen, vendrá cargado de dudas y preguntas que le exigirán ampliar su paseo y acercarse a las bibliotecas, librerías y salas de conferencias, amén de moverse en la compleja red de internet, para indagar sobre aquellos aspectos que más han despertado su interés y curiosidad. Así, dará paso y continuidad al paseo inacabado en torno al perímetro amurallado de Sevilla, por­que esta historia no ha terminado y con toda seguridad los nuevos hallazgos que no dejarán de producirse nos permitirán enriquecer nuestro conocimiento de la cerca medieval y corregirán y mejorarán la perspectiva ofrecida en este trabajo.
     De hecho, cuando la redacción del núcleo fundamental de este libro estaba alcanzando su punto final, la prensa daba a conocer los nuevos hallazgos que había proporcionado la restauración de la puerta de la Macarena y el lado interior de la muralla en ese tramo urbano, novedades que se han introducido en el capítulo correspondiente, pero al mismo tiempo se iniciaban unos trabajos idénticos en la puerta de Córdoba y en los muros exteriores y ante­ muro del citado tramo, que esperamos continúen y se extiendan a otros sectores de la muralla notoriamente deteriorados, como es el caso del área del Valle o de los jardines de Murillo. El rigor y la profesionalidad con que se están realizando estos trabajos no solo nos están permitiendo disfrutar de la cerca restaurada, sino que tam­bién nos están ofreciendo nuevos datos que en el futuro deberemos añadir al corpus de conocimientos sobre la obra urbana de arquitec­tura militar más importante de su momento. El trabajo de equipo continúa. Profesionales de la arquitectura, arqueología, geografía, historia, informática, etc., entre otros, continuarán descubriéndonos los secretos de la muralla y en un plazo no muy lejano la propia Gerencia de Urbanismo y Medio Ambiente de Sevilla ha prometido presentar sus resultados a través de una herramienta digital que nos permitirá reconstruir con bastante fidelidad el plano de la muralla islámica y sus puertas más emblemáticas, siguiendo los hallaz­gos que los equipos de profesionales vayan desvelando, siendo la reconstrucción hipotética de la puerta de Córdoba el primer ejemplo de esta importantísima labor divulgativa.
     Por otro lado, en los últimos años se está planteando, con insis­tencia pero sin consistencia en el discurso, la idea de un centro de interpretación de la muralla islámica que facilite su divulgación y ponga en valor todo su potencial explicativo, de cara a conocer la memoria de la piel amurallada que nos envuelve y se ofrezca como un recurso de atracción turística de alta calidad que diversifique la oferta de un sector que está convirtiéndose en el principal motor de la economía local, a la vez que crece la alarma por su excesiva incidencia en la personalidad de la ciudad. Con este planteamiento, desde la Casa Consistorial se han insinuado posibles ubicaciones para este centro de interpretación. En un primer momento se pensó en la torre Blanca del sector de la Macarena, idea desechada tras su restauración dadas las dificultades técnicas encontradas para este proyecto, y, con posterioridad, se ha barajado la posibilidad de la torre de la Plata o de la propia Fundición, una opción que parece contar con más probabilidades ya que está dentro del plan de reha­bilitación del antiguo corral de las Herrerías en el conjunto de la Casa de la Moneda, que con las murallas de los Reales Alcázares y la torre del Oro constituyen la trama amurallada más compleja e interesante de toda la ciudad.
     En todo caso, la puesta en marcha de este proyecto divulgativo no puede quedar aislado y desgajado del otro gran proyecto municipal que continúa en el limbo de los grandes proyectos culturales. Me refiero al Museo de Historia de la Ciudad, una propuesta recurrente en los últimos decenios y gobiernos municipales que no acaba de cuajar de manera definitiva. En mi opinión, no se debe realizar una lectura del recinto amurallado sin abordar el contexto histórico­ espacial en el que se enmarca, sobre todo, cuando estamos hablando de un territorio que ha vivido cambios de enorme calado tanto en su morfología como en su devenir a lo largo de los siglos. Hay otras murallas históricas como hay otras tantas ciudades encerradas con ellas, de modo que es necesario interpretar y divulgar con rigor científico el palimpsesto que contemplamos en la ciudad actual y que vamos descubriendo con cada excavación arqueológica en el casco histórico.
     No hay murallas sin ciudad como no hubo ciudad sin murallas, de ahí el imperativo de un ambicioso proyecto divulgador del valioso patrimonio del conjunto histórico sevillano. Se han ofrecido propuestas y espacios para este proyecto museístico, pero entre todas creo que el espacio Santa Clara, actualmente en manos del ICAS municipal, reúne las mejores condiciones para ello, dada su larga y compleja historia (palacio de D. Fadrique, convento de monjas clarisas, colección arqueológica municipal, etc.) así como sus dimensiones y posibilidades con la suma de la nave Singer en la calle Lumbreras y los espacios de la calle Becas.
     Por último, dentro de esta recapitulación de las tareas pendientes en torno al recinto amurallado, no se me escapa la tremenda importancia de las incógnitas que aún se mantienen entre nues­tros especialistas acerca del trazado de la muralla de la Hispalis romana, una cuestión que lentamente empieza a desvelarse con la prudencia necesaria y que nos permitirá ir recomponiendo el pomerium de la ciudad antigua. Asimismo, los nuevos trabajos sobre la muralla medieval deberán ir resolviendo las hipótesis que aún se mantienen acerca del origen almorávide o almohade de la cerca, así como las diferentes etapas y procesos de su construcción, entre los que no podemos olvidar una de las grandes incógnitas que aún permanecen sin suficiente confirmación arqueológica, como es el caso de las Atarazanas almohades en el interior del denominado recinto XI de los Reales Alcázares o alcazaba de Abu Hafs.
     En definitiva, como todo proceso histórico, la interpretación del perímetro amurallado de Sevilla está en permanente revisión y análisis crítico, fruto del trabajo riguroso y científico de grandes equipos de especialistas que nos está permitiendo la reconstruc­ción del apasionante pasado de nuestra ciudad, una reconstrucción que solo tendrá sentido si se divulga y se explica adecuadamente entre la ciudadanía, elemento fundamental en la eficaz protección del patrimonio. Espero que con este trabajo hayamos contribuido modestamente a esta necesaria tarea colectiva (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 30 de julio de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario, de Sevilla.
Calle Resolana
     Esta vía se formó en los años 70 del siglo XIX tras el derribo de la muralla, la cual discurría bajo las manzanas de viviendas fronteras al parque actual, aunque anteriormente ya existió un paseo de ronda extramuros. Recibió este nombre por ser un espacio abierto y soleado, tras el cual se sucedían una serie de huertas periurbanas y daba comienzo el arrabal de la Macarena. La demolición del área fortificada permitió la urbanización a comienzos del siglo XX de la antigua área intramuros más cercana, las actuales calles Conde de Mejorada y Marqués de Esquivel, formadas sobre una serie de huertas, como la de las Cadenas, que estuvieron vinculadas originalmente a la Encomienda de San Benito de la Orden Militar de Calatrava.
     A partir del patín de las Damas la muralla seguía un tramo recto en dirección este, del que se conservan restos de una torre y de la propia muralla integrados en el sótano del edificio del n.º 41 de esta calle. En este mismo sector, se abrió en 1860 una puerta que comu­nicaba con la antigua calle Linos, hoy Feria, también conocida en algunos documentos como postigo de la Basura, ya que era utilizado para sacar la basura que luego se amontonaba extramuros en la Resolana, aunque hay fuentes que consideran que en tiempos de los Reyes Católicos ya se había abierto la llamada Puerta Nueva, con la misma finalidad de extracción de las basuras, y que pudo cerrarse con ocasión de alguna medida contra la peste. En las proximidades de esta calle se ubicaban unas escaleras dobles que permitían el acceso al camino de ronda de la muralla y que aún se podían advertir en el plano que realizó el arquitecto municipal en 1873, una descripción que nos ayuda a entender la distribución de estos acce­sos intramuros a lo largo del perímetro murado.
     En 1894 la Maestranza de Caballería patrocinó la construcción de los llamados "Altos Colegios", hoy CEIP Macarena, en la esquina con la calle Feria, con un proyecto del arquitecto Francisco Aurelio Álvarez Millán, en el que destacan, entre otros aspectos relevantes, las pinturas murales didácticas realizadas por Francesco Cavallini en las aulas. Por último, el desarrollo del ferrocarril facilitó la instalación de factorías industriales a lo largo de la calle, donde destacaron el almacén de maderas de Luis Ruiz de Rebolledo en el n.º 52 o la fundición de Domingo de la Prida, así como la fundición de plomo de Manuel Mata, 1885, de la que solo permanece la llamada «Torre de los Perdigones», en la que se ha instalado recientemente una cámara oscura.
     Unos metros antes de llegar a la puerta de la Macarena, a la altura de la actual calle Muro, se abrió en torno a 1870 un hueco en la muralla para facilitar el paso hacia el centro de la ciudad de personas y mercancías, la Puerta del Cuco, llamada así por la colonia de cucos que anidaban en esta zona de la muralla.
     La puerta de la Macarena tiene la fortuna de ser la única puerta abierta que conservamos de la ciudad amurallada medieval, tras los numerosos intentos y peticiones de proceder a su derribo. Conocemos su arquitectura original gracias a la descripción realizada por el cronista Luis de Peraza, el cual nos habla de una puerta flanqueada por "dos altas y fuertes torres", precedida por la puerta del antemuro. Sin embargo, el aspecto que presenta actualmente es el fruto de diversas reformas realizadas sobre el primitivo acceso septentrional a la ciudad, la Bab Maqarunna men­cionada en el Libro del Repartimiento.
     Esta puerta debía de presentar un estado ruinoso a mediados del siglo XVI, ya que Hernán Ruiz la incluyó en el grupo de accesos que deberían ser derribados y reconstruidos de nuevo, aunque finalmente Lorenzo de Oviedo acomete la primera reforma de calado en 1588 cuando se sustituyó el acceso acodado por el eje directo que comunicaba el arrabal de la Macarena con la calle San Luis, anteriormente denominada Real, ya que era uno de los accesos principales a la ciudad desde los caminos que venían de Castilla. Por ello, esta puerta constituyó el punto de inicio del cortejo real cuando los monarcas entraban en la urbe, desde Alfonso XI en 1327 a Carlos I en 1526, tras pernoctar habitualmente en el monasterio extramuros de San Jerónimo. En la puerta los reyes eran recibidos por las autoridades municipales y aquí procedían a jurar los fueros y privilegios de la ciudad antes de recibir las llaves de la misma, como recogen algunas lápidas conmemorativas ubicadas en la puerta, las cuales, asimismo, recogen diversas normativas urbanas referidas al acceso a la ciudad. La última reforma importante sobre la puerta la realizó el arquitecto José Echamorro en 1795, quien diseña la decoración del cuerpo superior con el aspecto neoclásico que con­templamos hoy. En la actualidad, los trabajos de restauración de la puerta han sacado a la luz diversos elementos que forman parte de la historia de la puerta: restos del almenado medieval, el color ocre original, los antiguos esgrafiados y otros aspectos decorativos del siglo XVIII, así como una pequeña cámara en el interior del arco que, probablemente, serviría para el cuerpo de guardia encargado de la vigilancia y el cobro del portazgo.
     Traspasada la puerta, se iniciaba la calle San Luis, calle Real, o Hawra Majur en el nomenclátor islámico, quizás una prolongación del antiguo cardo romano a partir del siglo XI. Extramuros, se ubicaba una manzana de casas paralela a la barbacana con fachada a la calle Andueza, como podemos ver en las fotografías y postales antiguas, la cual fue demolida en 1939 dentro de los planes de la gestora municipal franquista para destruir el hábitat conflictivo del llamado «Moscú sevillano». Recientemente se ha levantado un memorial que recuerda los fusilamientos de los defensores de la legalidad republicana producidos junto a las murallas en julio de 1936, por orden del general golpista Gonzalo Queipo de Llano, como represalia por la dura resistencia frente al golpe militar ofrecida por el barrio. Fruto posterior de aquellos tiempos sería la construcción de la basílica de la Macarena en 1948, obra de Aurelio Gómez Millán y patrocinada por Queipo de Llano, sobre el solar de la taberna conocida como casa Cornelio, lugar de encuentro habitual de comunistas y sindicalistas hasta su voladura por orden gubernamental tras la huelga revolucionaria de julio de 1931.
     Frente a la puerta se encontraba la explanada frontera al Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas, actual Parlamento de Andalucía, fundación de doña Catalina de Ribera que inicia su construcción con su hijo don Fadrique en el siglo XVI, bajo la dirección de los arquitectos Martín de Gaínza, Hernán Ruiz, Benvenuto Tortello y Asensio de Maeda. A la izquierda del hospital, la actual calle Don Fadrique enmarcaba la calzada que iba en dirección a Córdoba por la orilla izquierda del Guadalquivir y cuyas primeras paradas de interés se ubicaban en el Hospital de San Lázaro y en el cercano monasterio de San Jerónimo. A la derecha del hospital se distribuía un amplio conjunto de huertas periurbanas (la Barzola, Capuchinos, San Jacinto, la Pintada, etc.) que nutrían los diferentes mercados de la ciudad.
     Desde este punto, el tramo de muralla que discurre en dirección este es el de mayor longitud conservado, tras el derribo generalizado de puertas y murallas en el siglo XIX. Este tramo se preservó gracias al rechazo de las academias sevillanas a dicha demolición, con el apoyo fundamental de la Comisión Provincial de Monumentos y las madrileñas reales academias de la Historia y Bellas Artes de San Fernando, que llevaron a su declaración de monumento nacional en 1908. Comprende 9 lienzos de muro y 7 torres, 6 cuadradas y una hexagonal, la magnífica torre de la Tía Tomasa o Torre Blanca, llamada así por la descripción que hace de ella Luis de Peraza hacia 1535, una tonalidad blanquecina fruto de la cal del tapial utilizado, que ha sido confirmado en los recientes trabajos de restauración.
     En 1870, tras el derribo generalizado de las murallas, se decidió mantener este tramo de muralla porque era el mejor conservado y como memoria histórica del pasado, además de haber sido considerado como el de mayor calidad por Richard Ford y Félix González de León en la primera mitad del s. XIX, una decisión en la que tam­bién influyó el hecho de ser un área con escasa presión urbanística hasta el momento. Este ámbito de la ciudad era un espacio apenas urbanizado, rodeado de huertas extramuros e intramuros, como era el caso de la huerta de los Toribios en la actual calle Macarena. A consecuencia de la urbanización de esta huerta, el promotor, Aniceto Sáenz, solicitó al Ayuntamiento la apertura de portillos en la muralla, que facilitasen la salida y entrada de vecinos y carruajes a las nuevas viviendas, lo que provocó la apertura de dos portillos en 1910, que comunicaban la ronda con la calle Macarena. El hecho de mantener la muralla en este área nos permite contemplar con toda facilidad el antemuro levantado por los almohades tras las Navas de Tolosa en 1212, y la liza entre este y la muralla almorávide del siglo XII, salvo en el área de San Hermenegildo, donde un vivero y un establecimiento hostelero nos lo dificultan. Estamos en la calle Muñoz León, rotulada así en recuerdo de un oficial caído en la guerra de Marruecos.
     La puerta de Córdoba recibe este nombre desde la época del repartimiento, al considerar que daba acceso al camino a Córdoba, aunque Peraza cree que el topónimo recoge la donación del área a las huestes cordobesas que acompañaron al rey Fernando III en la conquista de la ciudad. Es la única puerta que conserva un estado más cercano al original que tuvo la muralla islámica, pero, como el resto de las puertas, ha sufrido notables alteraciones con el paso de los siglos. Presenta la típica estructura de acceso acodado simple, protegido por una torre con patio interior, característica de las fortificaciones almohades, y así se mantuvo este acceso hasta 1569, cuando la Hermandad de San Hermenegildo solicitó al Cabildo municipal la cesión de la torre y puerta para levantar una ermita donde rendir culto al santo en el lugar en el que las leyen­das, erróneamente, situaban la cárcel y martirio del santo visigodo sublevado frente a su padre. Sin embargo, la estrechez del espacio inicial llevó a su sustitución por el templo actual en 1606 gracias al empeño del clérigo fundador don Cristóbal Suárez de Ribera, cuyo retrato realizado por Diego de Velázquez podemos admirar hoy en el Museo de Bellas Artes tras permanecer colgado en la nave principal del templo. El permiso de nueva construcción concedido a la hermandad anuló el acceso original de la puerta, a la vez que se procedió a demoler el antemuro y la barbacana, el rebelín citado en los textos de Rodrigo Caro y Alonso Margado. A su vez, el nuevo proyecto obligó a levantar una nueva puerta en la muralla, recogida en las litografías de B. Tovar y derribada también en el siglo XIX, de la que aún se conservan en el acerado las huellas de la misma y las cárceles para las tablazones que se colocaban ante las puertas para frenar las inundaciones.
     De este modo, la puerta original quedó integrada en el nuevo templo, ejerciendo como portada de los pies de la única nave, hasta que la restauración del espacio por Félix Hernández en 1950 liberó la puerta islámica y trasladó la espadaña del templo desde la puerta a su ubicación actual. Más tarde, la intervención municipal sobre este espacio entre 2006 y 2008 ha permitido reconstruir el perímetro de su barbacana, que también presentaba un acceso acodado que ha quedado reflejado sobre el pavimento y que hoy podemos cono­cer gracias a la recreación infográfica del sistema defensivo de la puerta realizada por la Gerencia de Urbanismo.
     Por otro lado, las intervenciones del siglo XX provocaron la desaparición de los azulejos cervantinos que estaban colocados desde 1916 sobre la fachada de los pies y que podemos ver en las fotos antiguas. Dichos azulejos, promovidos por José Gestoso y Luis Montoto para conmemorar el III centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, fueron colocados en esta ubicación para recordar el episodio del "Alamillo, próximo a este lugar, a orillas del Guadalquivir, en la comedia El rufián dichoso", sin que podamos explicarnos la razón de esta ubicación tan lejana del espacio mencionado, sin duda otro más de los errores de esta serie de azulejos cervantinos que, hasta ahora, no han sido subsanados, a pesar de las reiteradas advertencias sobre ello a la Gerencia Municipal de Urbanismo.
     Frente a la puerta de Córdoba se encuentra el convento de Capuchinos, dedicado a las Santas Justa y Rufina, fundado en 1627 en el solar donde se estableciera brevemente el convento de San Leandro en el siglo XIV. Aquí se encontraban las pinturas que B. E. Murillo realizó en torno a 1665 para el retablo mayor y laterales y que, tras la desamortización de 1836, pasarían al Museo de Bellas Artes, convirtiéndose el edificio en almacén arqueológico y albergue municipal, vendiéndose las huertas progresivamente para levantar espacios fabriles que vendrían a caracterizar esta zona de Sevilla hasta bien entrado el s. XX (Fábrica de Vidrio de la Trinidad, La María, La Unión Industrial y Comercial, Ollero y Rull, etc.), y espacios residenciales y terciarios: las casas del Monte de Piedad, de José Espiau y Muñoz; el Hospital de la Cruz Roja de Antonio Gómez Millán; el antiguo dispensario de enfermedades del tórax, etc. Este espacio extramuros de la ciudad era denominado en la Edad Moderna el «Sitio de las justas», ya que era el área donde los caballeros se ejercitaban en los torneos y juegos a caballo y a pelota. Asimismo, era una zona en la que abundaban las charcas y lagu­nas, provocadas por el desagüe de diversos husillos procedentes de tenerías y almazaras de los barrios intramuros. El tramo de mura­lla existente entre la puerta de Córdoba y la puerta del Sol se derribó en 1870, quedando visible el caserío del barrio de San Julián, el cual también resultó brutalmente demolido en los años 60 del siglo XX, hasta las inmediaciones de la antigua parroquia de Santa Lucía y el beaterio de la Santísima Trinidad, en el marco de una drástica operación urbanística que alteró de manera importante el paisaje urbano de aquella zona de la ciudad.
Puerta del Sol
     Esta puerta se conoce con este nombre desde la conquista castellana, quizás por su orientación al este, a la salida del sol, y de ahí la presencia de la ornamentación solar en el frontispicio de la puerta reformada, como se advierte en la litografía de Tovar. Según las crónicas de Peraza y Margado, era una puerta sencilla, similar a la de Córdoba, una torre-puerta con acceso acodado, cuya ruina y dificultad motivaron su reforma a finales del siglo XVI, abriéndose un acceso directo bajo la torre que le otorgaría un aspecto similar al postigo del Aceite. Fue la última puerta derribada, en torno a 1871, aunque la demolición de los tramos adyacentes había comenzado años atrás.
     En el área intramuros se encuentra, desde 1729, el beaterio de la Santísima Trinidad, una institución religiosa dedicada a la edu­cación de niñas huérfanas y pobres, mientras que extramuros se encontraba el convento de los Trinitarios Calzados, fundado en el siglo XIII en el lugar donde la leyenda situaba la cárcel de las santas Justa y Rufina. Precisamente, recientes excavaciones arqueológicas han sacado a la luz los restos de una necrópolis cristiana tardoimperial romana, integrada en el patio del número 6 de la antigua carretera de Carmona, que podría relacionarse con las leyendas, pero, sobre todo, con el área de enterramientos a lo largo de la vía que saldría de la ciudad por Santa Catalina y que tuvo continuidad durante la etapa islámica. El convento trinitario fue desamortizado y utilizado como cuartel hasta 1882, cuando pasa a convertirse en el actual Colegio de los Salesianos, el cual solo ha mantenido la igle­sia del siglo XVIII.
     También extramuros, en 1758 se fundó la Fábrica Nacional del Salitre (n.º 152 en el plano de Olavide) para la elaboración de explo­sivos, la cual va a estar en uso hasta el siglo XIX, ubicándose las viviendas y oficinas de la fábrica adosadas a la muralla, y la zona fabril en el espacio frontero a la muralla junto al cercano arroyo Tagarete, cuyo abovedamiento dará paso a la actual calle Arroyo. Con posterioridad se ubicaron allí nuevas actividades fabriles, de cuyo recuerdo aún permanecen tres naves industriales de comienzos del siglo XX, aunque dedicadas a usos terciarios en la actualidad. Así pues, la muralla, en dirección a la puerta Osario, quedaba oculta por las dependencias de la fábrica del Salitre, mientras que el área junto al arroyo Tagarete (cuyo cauce fue abovedado a lo largo del siglo XX) fue ocupado en 1858 por un espacio dedicado al mer­cado de ganado porcino y vacuno, proyectado por Balbino Marrón, conocido como el Perneo. Tras su traslado definitivo, se planificó el área con el diseño de nuevas calles y manzanas y en el solar del mercado mayorista se levantó el Laboratorio Municipal, obra del arquitecto Antonio Arévalo en 1912, un edificio que conserva una interesante colección de material e instrumental destinado al cui­dado de la salubridad de las calles de nuestra ciudad.
     Frente al espacio del Perneo, se encuentran los jardines del Valle, recuperados para uso público tras la lucha vecinal iniciada tras el derribo del antiguo colegio de las religiosas del Sagrado Corazón y los intentos de construir núcleos residenciales de nueva planta. Los jardines permiten contemplar un amplio espacio amurallado en torno a los 300 m de longitud, sin barbacana visible, que anteriormente quedaban ocultos y que muestran la peculiaridad de un ángulo de 45° en la muralla, tras el que se encontraba el convento del Valle, fundación de monjas dominicas en 1403, que pasó por varias órdenes religiosas hasta que se instalaron allí los franciscanos observantes o recoletos en 1567, desalojados a su vez por la desamortización en 1835. En 1867 la condesa de Villanueva obtuvo del Ayuntamiento la cesión de los restos del convento, donde se instaló el colegio del Valle, procediendo la comunidad religiosa del Sagrado Corazón a reconstruir la vieja iglesia franciscana en estilo neogótico en 1877, así como a abrir un portillo en la muralla para comunicar el templo con el edificio escolar levantado en los actuales jardines, aunque la idea inicial del ayuntamiento era la mejora de la comunicaciones de este sector urbano. Por último, tras la marcha de las religiosas a Mairena del Aljarafe en 1975, la Hermandad de los Gitanos obtuvo la cesión municipal del templo, adonde se trasladó tras su restauración en 1999.
     Hay diversas hipótesis relacionadas con este topónimo, que mayoritariamente relacionan la puerta con la existencia de un cementerio mudéjar extramuros, el llamado "Osario de los moros", aunque Rodrigo Caro lo relacionó con la deformación del término Onsario o Unciario, por el peso de la harina, mientras que otros recuerdan la aparición del topónimo Bib Alfar o Alfat durante la etapa almohade. En esta puerta se localizaría el llamado peso de la "harina", un instrumento de control creado por las ordenan­zas municipales para fiscalizar que volviera a la alhóndiga del pan la misma cantidad de harina que de grano había salido para su molienda en los molinos del cercano arroyo Tagarete, como el de la Florida en las huertas de Espantaperros, el último de ellos, que fue desafortunadamente derribado a finales del siglo pasado.
     Hay noticias de la destrucción de la puerta islámica y la construcción de la nueva por el conde de Barajas en 1573, como recordaba la lápida sobre el arco exterior, con sucesivas labores de restauración a lo largo del XVIII y XIX, hasta su demolición en 1868. Recientemente, tras el derribo de una vivienda en 2014, se han encontrado los restos de la puerta Osario, en la esquina de las calles Valle y Puñonrostro, aunque posteriormente una desafortunada intervención arquitectónica ha desvirtuado por completo su lectura al construirse un edificio residencial «cabalgando» sobre la propia muralla. 'I
     Los documentos hablan de una puerta poco ornamentada, con dos torreones laterales que la protegían, prácticamente una puerta de servicio, ya que por ella salían gran parte de los escombros procedentes de las obras del interior de la ciudad, escombros que daban origen a los montículos y muladares que se observan en el plano de Olavide. También era un punto de salida del alcantarillado que des­aguaba en el cercano Tagarete. La urbanización realizada a partir de 1869, tras el derribo de la puerta y las murallas, dio paso a la formación de nuevas calles y manzanas de viviendas entre la antigua muralla y la ronda, actualmente la calle Recaredo.
     A partir de aquí, la muralla discurría exenta por la acera izquierda de la actual calle Muro de los Navarros hasta la puerta de Carmona, como podemos ver en la planimetría histórica, mientras que extramuros se había ido adosando a la muralla el arrabal que acogía a la mayor parte de los esclavos negros sevillanos desde el siglo XV. A partir de los años 70 del siglo XIX el Ayuntamiento reurbanizó todo el sector extramuros y autorizó el derribo de este amplio tramo de muralla para facilitar la conexión parcelaria entre esta vía y la calle Conde Negro, desapareciendo de este modo la cerca medieval, cuyo último resto cayó al abrirse la calle Guadalupe (antigua calle de la Torre) hacia Muro de los Navarros en los primeros años del siglo XX. Hacia el final de esta última calle, antes de salir a la puerta de Carmona, podemos ver en la fachada trasera de unos edificios del callejón de Concepción, ubicado a extramuros, los restos de la muralla que dan nombre a esta vía (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 23 de diciembre de 2025

La desaparecida Puerta Nueva, o de la Basura


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta Nueva, o de la Basura, de Sevilla.
      La Puerta Nueva, o de la Basura, se encontraba en la calle Feria, en su confluencia con las calles Bécquer, y Resolana; en el Barrio de San Gil, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Muy escasas son las noticias que hacen referencia a esta puerta. Según Peraza, por ella "sacan el estiércol". Por su parte, Morgado se limita a nombrarla sin darnos detalle alguno sobre su emplazamiento y descripción. Es Palomo quien nos proporciona los únicos datos que podemos aportar al estudio de esta puerta: "situada cerca de la Macarena (...). Llamábase así a la que (...) se abrió en tiempo de los Reyes Católicos, después de la de la Almenilla (...)", por lo que creo que aproximadamente se encontraba situada donde en el siglo XIX se procedió a la apertura del postigo de la Basura, es decir al final de la calle Feria.
     Sin embargo, el dato más fiable sobre su existencia lo aporta el hecho de aparecer mencionada en la documentación del Archivo Municipal a propósito de las puertas que debían vigilarse con especial atención durante la epidemia de peste de 1582 (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
     Tuvo la muralla de Sevilla otras puertas que no dejaron recuerdo ni memoria, siquiera fuese en el habla del pueblo; tam­poco quedó retrato alguno que diera fe de su existencia. Mas existieron. Y existieron porque, como fue el caso de esta, por algún sitio había que sacar la basura.
     El evangelista san Juan concluye su relato sobre la vida de Cristo manifestando que, además de cuanto él cuenta, "hubo también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir". Con toda humildad, cabría en este caso parafrasear al cuarto evangelista para afirmar que también tuvo la muralla de Sevilla otras puertas de las que apenas se habla, pues de ellas nadie se acuerda, aunque si el pueblo hubiera guardado su recuerdo y supiera contar todo cuanto ocurrió en torno a ellas probablemente serían interminables las crónicas que podrían escribirse sobre los muchos sucedidos de que fueron testigos. Sin embargo, apenas un puñado de eruditos historiadores ha dado fe, siempre lacónicamente, de la existencia de esas otras puertas, más bien postigos, quizá meros agujeros, a través de los cuales la vida y los acontecimientos discurrían exactamente igual que bajo los monumentales vanos de otras puertas como las de Triana o Carmona. Los autores de esas citas, por otra parte muy valiosas al ser las únicas armas con las que podemos acudir a rescatar estas puertas de las garras del olvido, simplemente se limitan a apuntar su nombre y ubicación, obviando cualquier otro detalle, como si un halo de clandestinidad debiera envolverlos, cual si a lo que dieran paso fuese a cualquiera de los cientos de pasadizos secretos que las leyendas, y no pocas evidencias arqueológicas, ubican en el subsuelo de Sevilla. Lugares misteriosos de los que... mejor no hablar.
     Sucedía que, por lo general, conducían a un sitio distinto al de esa nada en la que se acaba convirtiendo todo. O ese todo que es nada cuando todo, impelido por la fuerza del sino, deviene en desperdi­cio: estercoleros, muladares, el vacío cósmico de las afueras. Ese lugar donde se reúnen todas las cosas que alguna vez fueron cuando ya no son. Allá donde se juntan los caminos de la existencia para emprender la senda final que lleva a ninguna parte.
     También debió de contribuir decisivamente a su ostracismo el hecho de que esos postigos carecieran de cualquier tipo de interés artístico, pues no eran sino meras puertas de servicio. Por esta razón su atractivo para el erudito medio resultaba nulo. Es la eterna obsesión humana por la anécdota y el ornato. Los historiadores no saben de otra cosa. Quizá, por eso, hubiera sido mejor que la historia de la muralla nos la hubieran contado los antropólogos, pues ellos podrían explicarnos mejor, por ejemplo, quienes, para qué y a qué horas entraban y salían de Sevilla a través de la puerta que se abría en la muralla al final de la calle Feria, justo donde hoy en día está el cruce con la calle Bécquer y que el pueblo conocía como el Postigo de la Basura. ¿Cómo no ha podido pasar a la historia, permanecer en el recuerdo, una puerta que llevó un nombre, aunque peyorativo, tan sonoro y contundente? Pues no ha pasado a la historia; acudamos en su rescate.
     Entre Omnium Sanctorum y el tramo norte de la muralla, la ciudad adquiría una dimensión agropecuaria, extendiéndose a través de una constelación de pequeños huertos que formaban un barrio característico en torno a la parroquia de San Gil, el cual para el común de los sevillanos de muchas épocas no presentó mayor interés que el de ser una zona de provisión y suministro de hortalizas y frutas. El barrio de San Gil y su extensión extramuros de la Macarena eran lugares remotos para el habitante de la vieja Hispalis, sitios a los que no era necesario ir, lugares de paso, si acaso, camino de ese otro sitio no demasiado agradable de visitar que fue el Hospital de la Sangre, también llamado de las Cinco Llagas. Una buena prueba de ello fue la feroz crítica del periodista Manuel Chaves Rey a la decisión del Ayuntamiento de rotular con el nombre de Bécquer la calle donde terminaba el barrio; "calle extraviada", dijo de ella.
     Pero hablemos del Postigo de la Basura, que estuvo precisamente a la altura de la calle del poeta, en su intersección con la principal, en cuanto a frecuentada y comercial, calle de la Feria. Postigo que, debido a ello, también llevó ese nombre.
     Dado el parecido fonético existente entre el nombre de esta puerta y la palabra árabe utilizada para describir el sistema de acceso en recodo dispuesto en las entradas originales de la muralla -bashura-, cabría pensar si, dado que de estiércol se trata, no pudo haberse producido también una corrupción en el término origi­nal, por otra parte bastante fácil y lógica, pero no fue el caso. Según el investigador Daniel Jiménez Maqueda, autor de un interesante estudio arqueológico sobre las puertas de la muralla que en su día publicó el Colegio de Aparejadores, la puerta de la Basura no existió en tiempos islámicos, sino que se abrió casi a última hora, en el siglo XIX. No obstante, cronistas antiguos como Palomo dan cuenta de la existencia en esta misma zona de una puerta en tiempos de los Reyes Católicos por la que, según Peraza, también "se sacaba el estiércol». En el mismo sitio y con la misma función. ¿Podríamos estar hablando de la misma puerta? ¿Pudo abrirse, ser cegada luego y reabierta posteriormente unos siglos más tarde? Difícilmente podrá venir nadie a explicárnoslo, lo que sí está claro es que basura y bashura se parecen, pero a priori da la impresión de que, aunque cueste creerlo, no tienen nada que ver.
     El Postigo de la Feria o la Basura debió de ser la puerta natural para evacuar los abundantes desperdicios generados por la intensa actividad comercial y agrícola de la collación. Al otro lado de la muralla no había más que un extenso páramo donde no existían casas pues era zona inundable y con frecuencia sufría los efectos de las crecidas del Guadalquivir; es lógico pues pensar que allí irían a parar los restos descompuestos de las hortalizas, consumidas o no, para festín y regocijo de moscas verdes y demás bichos carroñeros. Concentrándose en aquel paraje un mantillo que el río se encargaría de retirar periódicamente, cuando no de extender por los contornos y aún devolver a la ciudad en ciertos casos, contribuyendo a la gene­ración y extensión de epidemias, males e infecciones diversas entre la población. Algo que hoy no toleraría nuestro sentido drástico de la asepsia, pero que solo puede entenderse a través de un ejercicio de mentalidad histórica. En ello insisten siempre los historiadores: no puede ni debe interpretarse ningún hecho del pasado con los cri­terios actuales.
     Tal vez, en la oprobiosa y escatológica misión, aunque sin duda indispensable, a la que fue destinada estuviera la causa de que el Postigo de la Basura fuese obviado, pasado por alto o, todo lo más, mentado de refilón, en las reseñas históricas de las puertas de la muralla, donde, por el contrario, sí es referida con todo lujo de detalles la historia de otros postigos, como el del Aceite o el Carbón, cuya ubicación y función tal vez les otorgase un cierto toque aristocrático, o al menos burgués que de ninguna manera podía tener la puerta-cloaca de la calle Feria. Hay, empero, algo que no cuadra, pues si llega a entenderse que entre los postigos olvidados esté el de la Basura, difícilmente puede explicarse que también lo esté el del Jabón. ¿Paradojas de la vida? ¿Los extremos se tocan? Trataremos de averiguarlo en su momento (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024). 
        En las crónicas aparece citada en algunas ocasiones como Puerta Nueva. Estaba al final de la calle Feria. Era una puerta secundaria y además con una misión algo desagradable, pues a través de ella se sacaba de la ciudad el estiércol; de ahí que no suela aparecer en las relaciones oficiales de las puertas de la ciudad que hacen los historiadores. No consta quien mandase abrir­ la ni su autor. Sí se sabe que fue una de las puertas por las que penetró el agua durante la gran inundación de 1626, la mayor que ha sufrido Sevilla en su historia (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta de la Barqueta, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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