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miércoles, 18 de marzo de 2026

La pintura mural de San Braulio, de Juan Antonio Rodríguez, en la Escalera principal del Palacio Arzobispal

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura mural de San Braulio, de Juan Antonio Rodríguez, en la Escalera principal del Palacio Arzobispal, de Sevilla.
     Hoy, 18 de marzo, en Zaragoza, ciudad de la Hispania Tarraconense, Memoria de San Braulio, obispo, que amigo íntimo de San Isidoro, colaboró con él para restaurar la disciplina eclesiástica en toda Hispania y fue semejante a él en elocuencia y ciencia (651) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura mural de San Braulio, de Juan Antonio Rodríguez, en la Escalera principal del Palacio Arzobispal, de Sevilla.
    El Palacio Arzobispal [nº 5 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 5 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de la Virgen de los Reyes, 1, en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
   En la segunda mitad del siglo XVII, se construyó la monumental escalera, renovándola el arquitecto Fray Manuel Ramos en los años finales del mismo siglo.
     La mencionada escalera fue revestida con pinturas entre 1778 y 1781 por Juan de Espinal.
     Las salas en donde se conservan obras de arte se disponen fundamentalmente en la parte alta del edificio, en torno al segundo patio. A estas dependencias se accede a través de la escalera principal antes citada, que es de un solo tiro y de tres tramos y que se cubre con una cúpula central decorada con pinturas de carácter arquitectónico, que fingen una gran profundidad espacial. En el centro de la cúpula aparece el escudo del arzobispo D. Antonio Paino en cuyo mandato se construyó el hueco de la escalera. La pintura de la cúpula se realizó durante el arzobispado de D. Francisco Javier Delgado y Venegas, por Juan de Espinal, artista que trabajó al servicio de este prelado. Las pinturas que figuran en las pechinas y en los espacios semicirculares son obras del presente siglo, y de secundario interés (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004).
     Se trata de uno de los medios lunetos que sustentan la cúpula en el que se representa la figura de San Braulio a modo de escultura fingida rodeada por una arquitectura también fingida. Así el santo se encuentra en el interior de una hornacina flanqueada por pilastras planas ricamente ornamentadas por una decoración de tipo vegetal que también se sitúa en la rosca del medio punto de ésta hornacina. 
     Su interior se cubre con media bóveda avenerada. Sobre el arco y rodeada por esa misma decoración, se sitúa una cartela con el nombre del santo.
     La figura se presenta de pie, de frente al espectador aunque inclina su cabeza hacia un lado. Avanza una de sus piernas en actitud de andar, movimiento que se intenta representar en los pliegues de sus vestiduras. Viste alba y capa pluvial de tonos blancos y azules con un rico broche. Lleva también una estola y una cruz a la altura del pecho. El santo se representa como un hombre de avanzada edad con barba blanca y cubre su cabeza con una mitra. De rostro sereno, dirige su mirada hacia un lado, sustentando con su mano izquierda un libro y con su mano derecha el báculo.
     La decoración pictórica de la escalera principal del Palacio Arzobispal está muy relacionada con su ejecución arquitectónica, ya que ésta fue realizada en dos fases. Una primera fase en tiempos del arzobispo Don Antonio Paino, 1663-1669, en la que se realizó la ejecución del hueco y la cubrición de la cúpula, de ahí que su escudo arzobispal figure en el centro de la cúpula. Durante la segunda fase se realizó la ejecución de la escalera propiamente dicha, en tiempos del mandato del arzobispo Don Jaime Palafox. Finalmente durante el mandato del arzobispo Don Francisco Javier Delgado y Venegas, 1771-1781, se realizaron las pinturas que decoran la cúpula encargando al pintor Juan de Espinal los catorce lienzos que decoraban las paredes de la escalera y también la decoración pictórica de la cúpula. 
     Actualmente éstos lienzos se encuentran dispersos por varias dependencias del Palacio y en la iglesia de San Juan de Aznalfarache. 
     Estas pinturas fueron desmontadas de la escalera en tiempos del Cardenal Illundain, en torno a 1930,.
A mediados del siglo XX las pechinas y lunetos de la escalera se volvieron a pintar en época del Cardenal Segura, realizándose una galería de retratos de personajes históricos y santos, realizados por el pintor Juan Antonio Rodríguez, en 1940-45 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de San Braulio, obispo; 
   Nacido hacia 585, discípulo preferido de San Isidoro de Sevilla, fue obispo de Zaragoza en la época visigótica, entre 631 y 651. Escribió la Vida de San Millán de la Cogolla.
     Canonizado hacia 1200, sus reliquias fueron depositadas bajo el altar mayor de Nuestra Señora del Pilar.
     Es patrón de Zaragoza (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Braulio, obispo;
     San Braulio de Zaragoza, (c. 585 − Zaragoza, 651). Obispo de Zaragoza (631-651), escritor y bibliófilo.
     Fue la personalidad más eminente de la Zaragoza visigoda, e incluso la más relevante de la Iglesia hispana después de la muerte de su maestro y amigo Isidoro de Sevilla. Pertenecía por nacimiento a una familia noble y episcopal de ascendencia hispanorromana, aunque vinculada con magnates visigodos por lazos de parentesco.
     Su padre, Gregorio, era obispo de Osma en 610, y tres de sus hermanos, Juan —que además le precedió en la sede episcopal de Zaragoza—, Fronimiano y Pomponia, llegaron a ser abades y abadesa, respectivamente, de otros tantos monasterios. Una cuarta hermana, Basila, también era monja. Se ignora su lugar exacto de nacimiento, aunque algunas referencias contenidas en su correspondencia apuntan a la propia Zaragoza, a Osma y Gerona como posibles patrias.
     Precisamente de su padre y, sobre todo, de su hermano Juan, de quien Ildefonso de Toledo alaba el talento, recibió su primera instrucción. Después se trasladó a Sevilla (hacia 610), con el fin de formarse en su escuela episcopal bajo la dirección de Isidoro. Fue entonces cuando Braulio sugirió a su maestro que compendiase toda su sabiduría en las Etimologías. Tras ser elegido su hermano Juan obispo de Zaragoza (619), regresó a la ciudad para auxiliarle como arcediano. A su muerte (631), le sucedió al frente de la diócesis zaragozana.
     El descubrimiento en el siglo XVIII de su Epistolario en los archivos de la catedral de León ha permitido ponderar, tanto por el contenido de la correspondencia como por los destinatarios de las misivas —entre los que se cuentan el propio Isidoro, Tajón, el papa Honorio y los reyes Chindasvinto y Recesvinto, además de obispos, presbíteros y piadosos laicos—, la relevancia política, religiosa y cultural que alcanzó durante su episcopado. En el ámbito político-religioso actuó como consejero real con Chindasvinto y Recesvinto.
     Al primero le asesoró en la preparación de la sucesión al trono (648) en beneficio de su hijo; con el segundo colaboró en la corrección del primer borrador del Liber Iudicum (Libro de los jueces). Ejerció con sutileza el poder de la influencia en la decisiva sede episcopal de Toledo, a la que Recesvinto había elevado a uno de sus discípulos predilectos, su arcediano Eugenio. Además, intervino activamente en los concilios IV (hacia 633), V (hacia 636) y VI (hacia 638) de Toledo, y dejó en las correspondientes actas la impronta de su pensamiento teológico y cristológico, incluso es posible que redactase el símbolo de fe aprobado en el último de los Concilios citados. Al concluir la asamblea episcopal fue elegido por los padres reunidos para dirigirse, en nombre de todos, al obispo de Roma, Honorio I, en defensa de los prelados hispanos, a quienes el Papa había reprochado su descuido en relación con los judíos, un encargo que pone de manifiesto la autoridad moral que ejercía en el seno de la Iglesia hispana.
     Junto al Epistolario, en el que imita brillantemente a Jerónimo, escribió varios opúsculos, entre los que sobresalen la Vita sancti Aemiliani, su mayor contribución a la liturgia de su tiempo, y Praenotatio Librorum D. Isidori, que contiene el elogio de Isidoro y un apreciado catálogo de sus obras. Pero su verdadera aportación a la historia de la cultura deriva del docto magisterio que ejerció en Zaragoza, tanto desde la biblioteca episcopal —llegó a contar con más de cuatrocientos volúmenes— como desde la formada en el monasterio de los Santos Mártires. Gracias a estos focos de saber, Zaragoza ostentó la primacía cultural en la España visigoda después del ocaso de la escuela sevillana, una vez desaparecido Isidoro. Su correspondencia con el obispo de Sevilla revela la estrecha amistad y la afinidad intelectual entre ambos, de la que es buena muestra el interés de Braulio por la magna obra enciclopédica de su maestro, que éste le envió para corregir. El mismo testimonio epistolográfico representa a Braulio empeñado en conseguir copias de obras cristianas con las que enriquecer los fondos de la biblioteca catedralicia; y a la vez respondiendo a peticiones de la misma clase, como la que le dirige Fructuoso, después obispo de Braga, desde el monasterio Peonense, que le solicitó las Colaciones de Casiano y las Vidas de los santos Honorato, Germán y Emiliano.
     Incluso es requerido como exégeta de determinados pasajes de los libros sagrados por el mismo presbítero, lo que prueba que su reputación como teólogo y biblista excedió los límites de la región.
     Finalmente, y no es su mérito menor, puso en marcha, desde el scriptorium episcopal y con la colaboración del clero a sus órdenes, un ambicioso programa de recuperación y copia de los principales textos del saber antiguo, contribuyendo así a la conservación y transmisión de la cultura clásica, de la que era un experto conocedor. Su eminencia como teólogo, canonista, erudito y hombre de la Iglesia le hizo merecedor de un capítulo de las biografías dedicadas por Ildefonso de Toledo (657-667) a Los hombres ilustres (De uiris illustribus). Murió en 651 y fue canonizado en el siglo XIII. En el martirologio romano se guarda como día de su muerte el 26 de marzo (María Victoria Escribano Paño, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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viernes, 21 de noviembre de 2025

La pintura "Presentación de la Virgen", de Matías Arteaga, en el Palacio Arzobispal

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Presentación de la Virgen", de Matías Arteaga, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.  
     Hoy, 21 de noviembre, Memoria de la Presentación de Santa María Virgen. Al día siguiente de la dedicación de la basílica de Santa María la Nueva, construida junto al muro del antiguo templo de Jerusalén, se celebra la dedicación que de sí misma hizo a Dios la futura Madre del Señor, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena su Concepción Inmaculada [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Presentación de la Virgen", de Matías Arteaga, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.
     El Palacio Arzobispal [nº 5 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 5 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de la Virgen de los Reyes, 1; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
      En una de las estancias del Palacio Arzobispal podemos contemplar esta obra pictórica, realizada en el último tercio del siglo XVII por Matías Arteaga y Alfaro, con unas medidas de 2,32 x 1,47 mts. en óleo sobre lienzo, en la que se representa el tema de la Presentación de la Virgen en el templo, siguiendo la iconografía tradicional. La escena tiene lugar en el exterior y tiene como marco un gran escenario arquitectónico en el cual se describe la entrada del templo y otras arquitecturas en perspectiva, ofreciendo a la obra un gran decorativismo, muy propio de la obra del autor. 
     En un primer plano se representa la figura de la Virgen niña vestida con una larga túnica de color blanco, que asciende sola por las escalinatas del templo, con una expresión dulce e inocente. A los pies de la misma se representan las figuras sus padres San Joaquín y Santa Ana, quienes conducen a la Virgen al templo con objeto de consagrarla a Dios. San Joaquín aparece de espaldas al espectador en un elegante escorzo, vestido con túnica y manto de color rojizo de grandes pliegues. A su lado la figura de Santa Ana que con sus manos en el pecho observa con gran expresividad, la actitud de su hija. 
     En la parte superior de la escalinata se representa la figura del sumo sacerdote Zacarías que extiende sus manos para recibir a la Virgen niña. Viste una túnica y una capa de color rojiza abrochada en el pecho con una rica joya. También se encuentra tocado con mitra. Se trata de personajes de gran expresividad, propio de las obras de Matías de Arteaga, tomados de la vida cotidiana y trasladados a escenas religiosas. 
     Enmarcando a toda la escena se representa una arquitectura rica y detallada, así destacan las escaleras circulares marmóreas negras y blancas y las grandes columnas sobre pilares decorados por figuras de atlantes que enmarcan la entrada del templo y que da una mayor riqueza y monumentalidad a la composición (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Palacio Arzobispal. Lienzo de 2,08 x 1,28 mts., atribuido a Matías de Arteaga, pintor prolífico y secundario del barroco hispalense, fallecido en 1704. Este lienzo hace juego con otro de la Purificación de Nuestra Señora, y asimismo se corresponde con un cuadro de la Visitación, todos ellos en el Palacio Arzobispal, por lo cual es lícito pensar que formaron una serie decorativa, seguramente más amplia, con otras pinturas hoy perdidas (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana. Repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Festividad de la Presentación de la Virgen en el Templo o la Virgen de la Escalera;
   El tema, tomado de los Evangelios apócrifos (Protoevangelio de Santiago, caps. VII y VIII; y Evangelio del Seudo Mateo (cap. IV), en la Edad Media fue popularizado por la Leyenda Dorada.
     Cuando María tuvo tres años, sus padres la condujeron al templo con el objeto de consagrarla a Dios. Para llegar al altar de los holocaustos que se encontraba en el exterior del santuario, era necesario ascender quince peldaños (quindecim gradus) que corresponden a los quince Salmos graduales (120-134), también llamados Cánticos de los grados (cantica graduum) porque eran cantados por el pueblo de Israel cuando ascendía en peregrinación a Jerusalén. María los subió sola, sin la ayuda de nadie, y sin volverse hacia atrás, hacia sus padres, como lo hacen normalmente los niños de esta edad. 
     Así, la Presentación de la Virgen se distingue claramente de la del Niño Jesús. María tiene más años, asciende sola los peldaños y se ofrece ella misma al Señor.
     Interpretación y culto. En el arte de la Edad Media, la Virgen presentada en el templo está prefigurada en el niño Samuel consagrado a Yavé por su madre.
     San Francisco de Sales celebra con devota suavidad el destete de «esta gloriosa Pepona, llevada al templo para ser consagrada, como Samuel, que fue conducido a ese lugar por su madre, y dedicado al Señor a la misma  edad».
     En el siglo XVII, la consagración de la Virgen en el Templo se consideró un símbolo de la vocación sacerdotal: el sacerdote ascendiendo los peldaños del altar se comparó con la Virgen subiendo la escalinata del templo.
     La fiesta de la Presentación, suprimida por Pío V pero restablecida por el papa Sixto V y fijada el 21 de noviembre, gracias a Jean Jacques Olier, que en sus escritos insiste en el «sacerdocio de la Virgen», en París se convirtió en la fiesta patronal del Seminario de Saint-Sulpice y de todo el clero francés.
Iconografía
     La niñita asciende hasta lo alto de la escalinata en cuya cima la espera el sumo sacerdote Zacarías, que a veces la abraza (miniatura de las Homilías del monje Santiago).
     En el arte bizantino (Menologio de Basilio, mosaico de Dafni), detrás de los padres de la Virgen avanza una procesión de niñas que llevan antorchas encendidas, reminiscencia del rito nupcial de la antigüedad. Ese detalle se tomó del Protoevangelio de Santiago (VII, 2), donde se dice que Joaquín hizo encender antorchas a las vírgenes sin mancha, recomendándoles que las dejaran encendidas «por miedo a que la niña se volviera atrás y que su corazón quedara cautivo fuera del templo del Señor.»
     En el cortejo de las doncellas portadoras de antorchas a veces se agrega a la tropa de los sesenta valientes armados de lanzas de la visión de Salomón (Homilías del monje Santiago).
     En Occidente, el arte prefigurativo puso el acento en el carácter simbólico de esta escena de consagración. En una miniatura del Speculum Humanae Salvationis (Munich), la niñita está sentada sobre el altar. Al mismo tiempo, el Speculum encuentra prefiguraciones de la Presentación en el Antiguo Testamento y en la mitología pagana: son el Sacrificio de la hija de Jefté y la historia contada por Valerio Máximo, de unos pescadores que extraen del fondo del mar un trípode de oro que consagran a Apolo (Mensa aurea oblita in templo).
     A partir de finales de la Edad Media, y con mayor razón en la época del Renacimiento y de la Contrarreforma, el arte ya no tiene más en cuenta la tradición fijada por los Evangelios apócrifos. Los pintores ya no se sienten obligados a representar los quince peldaños rituales de la escalinata, y reducen arbitrariamente su número. La «Niñita» no asciende sola los escalones, es ayudada por su madre o por un ángel (Tapices de Beaune y Retablo de Saluces en Bruselas). En la mitad del itinerario se vuelve hacia sus padres que la siguen con la mirada (Orcagna). La escena de separación se hace más humana, y el artista encuentra en ella la ventaja de no mostrar a la Virgen de espaldas. La psicología y la estética se coligan contra el texto y triunfan.
     El carácter religioso de esta consagración de una niña al Señor se desdibuja progresivamente. En la composición se introducen detalles pictóricos. La escalinata se presta a efectos de perspectivas; al pie de los peldaños, Tiziano acuclilla a una vendedora de huevos. Claude Vignon toma de la Presentación de Jesús el motivo de la ofrenda ritual de las dos palomas. Después del concilio de Trento, para acentuar la solemnidad, se introdujeron ángeles turiferarios (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Festividad de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María;
     Fiesta de origen oriental, probablemente jerosolimitano, quizá date de la dedicación el veintiuno de noviembre del 543 por orden del Emperador Justiniano de una iglesia en memoria de este episodio mariano transmitido por los apócrifos, sobre todo por el Protoevangelio de Santiago, de la consagración de la Virgen en el Templo a los tres años, sobre las mismas ruinas del Templo de Jerusalén, Santa María la Nueva, y que ha sido confirmada por la arqueología.  Por este origen local, la destrucción de esta iglesia por los persas en el 614 frenó por algún tiempo la extensión de la fiesta. La primera mención clara la encontramos en San Germán Patriarca de Constantinopla del 715 al 730, del que conservamos dos homilías para ella5. En la crónica del monasterio de Studio (Constantinopla) de Teodoro Estudita (+826) se habla de la celebración de esta fiesta.  A partir de Constantinopla se divulga enseguida por Oriente y genera una abundante literatura homilética; así la encontramos celebrada en el mismo día en las Iglesias siria, armenia y maronita, el veintinueve de noviembre en la etíope y el doce de diciembre en la copta. En 1143 pasó a ser de precepto en el Imperio Bizantino, y en 1166 Manuel I Commeno la señala como fiesta de precepto de primera clase. Esta fiesta cobró tal importancia en la Iglesia Bizantina que entró a formar parte del Dodecaorton o ciclo de las doce principales fiestas del año litúrgico y a considerarse de precepto, lo que se mantiene en la actualidad, y su celebración tiene vigilia y se prolonga cuatro días más en vez de ocho por estar dentro del periodo penitencial preparatorio de la Navidad que empieza el quince de noviembre. En Occidente, una vez que no fue introducida en Roma por el Papa Sergio I (+701), empezó a celebrarse en los monasterios griegos del sur de Italia, en donde ya aparece en el siglo IX. De aquí pasó a Inglaterra en el siglo XI.  Pero su lanzamiento definitivo vino de la mano del noble francés Felipe de Mazières, Canciller del Rey de Chipre que, cuando regresó de Oriente a una misión en la corte de Aviñón, trajo consigo un ejemplar del Oficio de los griegos y se lo presentó a Gregorio XI de Beaufort, quien, tras hacerlo examinar por una comisión especial, la celebró con los cardenales adaptando el Oficio griego y autorizó en 1373 su celebración en Aviñón y en algunas otras Iglesias; en el mismo 1373 fue adoptada en la Sainte Chapelle de París. Se propagó la fiesta por Occidente a finales del siglo XIV y durante el siglo XV: en 1418 se introdujo en Metz, en 1420 en Colonia. Pío II Piccolomini la concedió en 1460 con vigilia al Duque de Sajonia. En Toledo fue asignada en 1500 por el Cardenal Cisneros al treinta de septiembre.
     Sixto IV della Rovere la introdujo en Roma en 1472 con Oficio propio. Tras haber sido suprimida por San Pío V Ghislieri, por el decreto Quod a nobis de 1568, debido a su dependencia de los apócrifos, y Sixto V Peretti la restableció oficialmente en la Iglesia Latina por la Bula Intemeratae del uno de septiembre de 1585, ordenándose el Oficio de la Natividad de la Virgen, al que se le cambiaba simplemente el título. Clemente VIII Aldobrandini enriqueció el Oficio y elevó la fiesta, como otras menores de María, a la categoría de doble mayor. En la reforma del calendario de 1969 se redujo a memoria obligatoria con el Oficio del Común de la Virgen. Conmemora no sólo este hecho puntual, independientemente de su historicidad6, sino la vida de María desde su concepción inmaculada y su nacimiento hasta la anunciación, que supone un tiempo de preparación y de afianzamiento de su vocación de entrega voluntaria por completo a Dios (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
Conozcamos mejor la Biografía de Matías Arteaga y Alfaro, autor de la obra reseñada;
     Matías Arteaga y Alfaro, (Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, c. 1630 – Sevilla, 12 de enero de 1703). Pintor y grabador aguafortista.
     Hijo del grabador Bartolomé Arteaga y hermano de Francisco, desarrolló su actividad artística en Sevilla.
     En 1655 contrajo matrimonio con su primera mujer, Juana de la Vega, y tras el fallecimiento de ésta, volvió a casarse en 1681 con Juana Isidora y Valdovinos.
     Entre 1660 y 1673 estuvo vinculado a la academia fundada por Murillo en Sevilla, donde, además de asistir, contribuyó a sus gastos, fue secretario en 1666 y cónsul tres años más tarde.
     En su arte mostró singular interés por la perspectiva y los amplios escenarios. Probablemente disponía de un taller muy activo, pues son muchas las obras que, relacionadas con su estilo, tienen calidades muy dispares. Entre sus pinturas destacan ciclos importantes como los lienzos de la Vida de San Laureano de hacia 1670, en la capilla del santo de la catedral de Sevilla, y la Serie eucarística de la Hermandad Sacramental de 1690. Además pintó series sobre la Vida de la Virgen, conservadas en el Museo de Sevilla, y otra de la Vida de Jesucristo, algunos de cuyos lienzos aparecen citados en colecciones particulares de Madrid. En calidad de grabador realizó portadas e ilustraciones para libros, entre ellas las más sobresalientes son las del libro de Fernando de la Torre Farfán titulado Fiestas de la S. Iglesia metropolitana y patriarcal de Sevilla al nuevo culto del señor Rey San Fernando de 1671. Practicó el grabado de reproducción a partir de lienzos de grandes maestro sevillanos, como Murillo, Herrera, el Mozo, Alonso Cano y Valdés Leal, entre otros (Gloria Solache Vilela, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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jueves, 20 de febrero de 2025

La pintura "Retrato del Papa León XIII", anónima, en el Palacio Arzobispal

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Papa León XIII", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.     
     Hoy, 20 de febrero, es el aniversario (20 de febrero de 1878) del inicio del pontificado de León XIII como papa de la Iglesia Católica, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Retrato del Pala León XIII", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.
     El Palacio Arzobispal [nº 5 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 5 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de la Virgen de los Reyes, 1; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En una de sus dependencias encontramos un óleo sobre lienzo, con unas medidas de 1'70 x 1'00 m., obra anónima, de estilo academicista, que es el "Retrato Papa León XIII".
     Se trata de un retrato del papa León XIII (1878-1903) en el que se le representa sentado en un trono, frontal y visto hasta las rodillas, iluminado de forma lateral, dejando partes en el lado derecho en sombras. El papa aparece ataviado con los atributos papales, con la túnica blanca ceñida a la cintura por una estola blanca y con una muceta blanca que se oculta tras un largo y plegado manto rojo de seda con importantes brillos. De su cuello cuelga una cadena dorada con una cruz latina dorada de grandes proporciones con incrustaciones oscuras esmaltadas en sus brazos que terminan en extensiones vegetales. Sus manos están apoyadas la de la izquierda sobre las piernas y la de la derecha sobre el brazo del sillón. Se le representa como un hombre mayor, con pelo rizado blanco y con el bonete blanco propio de su condición papal. Su rostro es realista, mostrando un acercamiento al espectador a través de una ligera sonrisa y una mirada dulce y delicada. Del trono prácticamente tan sólo se aprecia su respaldo de terciopelo rojo con unas hileras laterales de tachuelas en forma de rosetas doradas y en la parte superior una galería con flecos, apareciendo dos pirindolas doradas en los ejes laterales que presentan un formato panzudo. El fondo del lienzo es oscuro y neutro. 
     Además, podemos apreciar como es una pintura de una paleta cromática llena de matices, donde la luz llena toda la figura de una luminosidad muy bien conseguida. También destaca la soltura de la pincelada, la cual se muestra muy precisa en lo que son los rasgos faciales del prelado, mientras que tanto en el ropaje como en los elementos secundarios como el sillón utiliza la mancha de color para insinuar la realidad. Así, podemos considerarla como una buena obra perteneciente a la escuela española, dentro del retrato realista realizado durante el último cuarto del siglo XIX.
     La obra se complementa con un marco dorado con cañas muy amplias. Éstas se inician en una moldura saliente que enmarca un fino friso cóncavo de acantos. Tras éste, otro friso de ovas, en este caso convexo, da paso a un tramo liso y ancho que desemboca en otra moldura escalonada con decoraciones granuladas en sus perfiles. En el centro de la parte inferior aparece una cartela rectangular con dos salientes triangulares en sus lados menores, que recoge la inscripción anteriormente aludida (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía del papa León XIII, personaje representado en la obra reseñada;          
     Vincenzo Gioacchino Pecci, el sexto hijo de una familia humilde, vino al mundo el 2 de marzo de 1810, en la ciudad de Carpineto, situada al sur de Roma.
     Vicenzo fue educado primero en el colegio jesuita de Viterbo (1818-24), luego en el Colegio Romano (1824-32) y posteriormente estudió en la Academia de Estudios Eclesiásticos (1832-37).
     Ordenado sacerdote del Señor en 1837, fue inmediatamente integrado al servicio papal, y como gobernador fue enviado primero a Benevento (1838-41) y luego a Perugia (1841-43). Se distinguió por ser muy capaz y justo en el gobierno de los estados pontificios a él encomendados, por lo que tuvo una reconocida popularidad. Su profunda preocupación social le llevó, entre otras iniciativas, a crear un banco para ayudar a los pobres.
     En 1843 fue consagrado obispo, siendo enviado por Su Santidad Gregorio XVI a Bélgica para asumir allí la nunciatura. Dos años más tarde, nuevamente en Italia, le era encargado el gobierno pastoral de la diócesis de Perugia. En 1853 es creado Cardenal por el Papa Pío IX.
     Durante su paternal presencia como Pastor de su diócesis, insistió mucho en fomentar una profunda instrucción religiosa de sus fieles. Para dar un fuerte impulso al estudio del tomismo, fundó en el año 1859 la Academia de Santo Tomás de Aquino.
     Cuando el año 1860 el estado pontificio de Perugia era anexado a Cerdeña, una legislación fuertemente secularista era introducida por los nuevos gobernantes —conocidos con el nombre de piamonteses—, poniendo fuertes trabas a la libertad religiosa de los fieles católicos. La situación llevó a Mons. Pecci a alzar firme su voz de protesta, siendo constante y firme en la defensa que hacía de los derechos de la Iglesia y de su grey en particular. Sin embargo, a pesar de esta actitud de oposición, supo mantener siempre una buena relación con el nuevo gobierno.
     En una serie de cartas pastorales publicadas entre 1874-77 el Cardenal Pecci hacía público su deseo de lograr un mayor acercamiento entre el catolicismo y la cultura contemporánea.
     El año 1877 es trasladado a Roma y —luego del tránsito del Papa Pío IX— es nombrado camarlengo (Cardenal que administra los asuntos de la Iglesia cuando sobreviene la vacancia de la Sede Apostólica). Será él el elegido, el 20 de febrero de 1878, para sucederle en la cátedra de Pedro.
Su pontificado
     Tras un cónclave de tres días la elección de un nuevo Pontífice recaía un tanto inesperadamente sobre el Cardenal Gioacchino Pecci, por entonces un hombre que con una salud bastante precaria llegaba a los casi 69 años. Acaso por ello pensaron algunos que se trataba de un pontificado "de transición". Sin embargo, a despecho de toda cábala humana, el Espíritu Santo elegía a este siervo suyo para guiar la Barca de Pedro por el umbral del siglo adveniente, nuestro siglo XX.
     Al asumir la misión apostólica que Dios le confiaba, la de confirmar a su hermanos en la fe, el nuevo Pontífice elegía el nombre de León. ¿Una inspiración divina para que su nombre fuese como un signo o anuncio de lo que sería la nota esencial de su pontificado? Lo cierto es que el nuevo Papa, que a más de uno habría sugerido la idea de que el suyo sería un pontificado breve, habría de guiar la barca de Pedro —con ejemplar firmeza— ¡durante casi veintiséis años! Y vaya que, cual rugido de león, haría resonar más de una vez la firme voz de la Iglesia en todo el mundo, la voz que con singular energía se alza en defensa de sus hijos, especialmente cuando ve que se maltrata y desprecia a los más débiles e indefensos.
     En este sentido, Su Santidad León XIII ha llegado a ser conocido como el primer Papa de las encíclicas. Muy prolífico en su labor magisterial —publicó alrededor de cincuenta documentos—, hizo conocer al mundo entero la enseñanza de la Iglesia iluminando con la luz del Evangelio los más diversos problemas que se iban presentando en su tiempo.
     La más importante de sus encíclicas, sin duda, es la conocida con el nombre de Rerum novarum, y fue promulgada el 15 de mayo de 1891. Con esta encíclica se iniciaba una nueva etapa conocida como Magisterio Social Pontificio, etapa que de ninguna manera desconoce sino que, todo lo contrario, hunde sus raíces en el Evangelio mismo, así como en el pensamiento y la acción social que, inspirándose en las enseñanzas evangélicas del Maestro, han acompañado a la Iglesia desde el inicio de su caminar.
     Por medio de esta encíclica el Papa de los obreros, con tono firme, hacía resonar en el mundo entero la voz de la Iglesia que, una vez más, se alzaba en defensa de los débiles, los pobres, los «sin voz». Advertía claramente de los peligros que traerían para el mismo hombre las nuevas concepciones políticas, sociales y económicas que no tomaban en cuenta a la persona humana y que, además, evadían sus responsabilidades sociales por su marcada tendencia individualista. Ciertamente, la creciente pobreza y explotación del hombre por el hombre —en el campo del trabajo— hacía necesario este llamamiento universal que, en nombre de Dios y con hondo clamor humano defendiese a los obreros.
     Al publicar la Rerum novarum, el Papa León XIII mostraba una vez más la profunda preocupación que, como Pastor Universal, movía su corazón para alzar su enérgica voz de protesta al agravarse cada vez más la llamada "cuestión social". No sin razón su encíclica ha sido llamada la «Carta Magna del Trabajo».
      Es conocido también el gran empeño que Su Santidad León XIII pusiera en favorecer la unidad entre la fe y el pensamiento. Con este fin dio un nuevo impulso a la doctrina de Santo Tomás de Aquino, proponiendo en su encíclica Aeterni Patris a este santo como modelo para los estudios filosóficos y teológicos.
     En el terreno ecuménico se dio un verdadero cambio, al menos en lo que se refiere a las relaciones con la Iglesia Oriental. El objetivo del Papa León XIII, en este sentido, era lograr la reunificación de quienes se habían separado de la Iglesia. Fruto de esos esfuerzos fueron, en 1879, el fin del cisma caldeo y del cisma armenio.
     En este mismo campo, la cosas no fueron tan bien en lo que se refiere a los anglicanos. Con ellos no sólo no se llegó a ningún acuerdo, sino que se abrió más aún la brecha cuando en 1896 una comisión pontificia, nombrada por el mismo Santo Padre con el objeto de estudiar la validez de las ordenaciones anglicanas, llegó a la conclusión que no se había dado entre ellos la continuidad de la sucesión apostólica.
     La actitud que el Papa León XIII mostró frente a las diversas ciencias fue la de un vivo interés y deseo de que se llegase siempre al conocimiento de la verdad. Entre otras cosas, fue él quien abrió las puertas del Archivo Vaticano en 1883 —de acceso muy restringido durante siglos—, dando amplias facilidades para la investigación histórica.
Relaciones internacionales
     A lo largo de su pontificado, León XIII mostró extraordinarias habilidades para el gobierno y el manejo de las relaciones internacionales con otros Estados.
     Una de las intenciones de su pontificado fue la de lograr ubicar adecuadamente a la Iglesia en la sociedad tal y como se iba perfilando por entonces. Para ello, por medio de una hábil política eclesiástica, buscó mejorar en lo posible las frágiles o quebradizas relaciones con los diversos Estados europeos.
     Para entonces las posesiones territoriales del papado —luego de serle arrebatados los estados pontificios— se reducían a un minúsculo estado: el Vaticano. Al publicar su primera encíclica, el Papa León XIII aclaraba que, en este sentido, la Iglesia jamás había perseguido el gobierno temporal por ambición o por afán de dominio, sino porque «cuando se trata del poder temporal de la Sede Apostólica, está a la vez en juego el bienestar común y la salvación de toda la sociedad humana». Se trataba de la independencia y de la libertad de la Iglesia para cumplir con su misión.
     En lo que se refiere a las negociaciones diplomáticas con el Estado italiano no se dieron frutos positivos. Tampoco fueron mayores los éxitos en las relaciones con el Estado francés, aunque con el alemán sí se dieron mejores resultados: se obtuvo la paz y tranquilidad para los católicos que por ese entonces se habían visto gravemente afectados por la "guerra religiosa" o Kulturkampf, emprendida por Bismark por medio de leyes, publicadas principalmente el año 1873, contra el clero católico y los demás fieles. Asimismo fue exitoso el arbitraje ejercido por León XIII en torno a las Islas Carolinas, cuya posesión territorial se disputaban Alemania y España.
Su legado
     El Papa León XIII sería llamado a la casa del Padre Eterno a los casi 94 años, el 20 de julio de 1903. Tras de sí había dejado un valiosísimo legado a sus hijos y a la humanidad entera.
     Sin duda, su amoroso servicio pastoral ha redundado en inmensos beneficios para la Iglesia de nuestro siglo, frutos de los que podrá cosechar la Iglesia también en los siglos venideros. Verdaderamente, como decía el Señor, uno es el que siembra, otro es el que riega, otro el que cosecha y se beneficia con los frutos... y en los sabios designios del Señor, lo que León XIII sembró, lo que el Señor mismo ha hecho crecer y madurar por la gracia de su Espíritu, eso es lo que hoy recibimos y cosechamos, los frutos de los que nos nutrimos.
     Su Santidad León XIII, con su firme y valiente defensa del hombre frente a los peligros de las erradas concepciones antropológicas que nutren las ideologías y economías de este siglo, ha hecho sentir muy fuerte en el mundo entero la voz de la Iglesia que sale en defensa de lo que para ella es lo más sagrado: el ser humano y su dignidad, dignidad que le viene de ser hijo de Dios, por quien Cristo en la cruz pagó un precio de Sangre.
     El "rugido" de León XIII sigue resonando fuerte en el corazón de la Iglesia y en el mundo entero, recordando a todos lo que casi un siglo después proclamaron los Padres conciliares: para la Iglesia «nada hay de verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Lumen gentium, 1) [www.catholic.net].
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Papa León XIII", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 26 de noviembre de 2024

La pintura Los Desposorios de la Virgen, en el Palacio Arzobispal

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura Los Desposorios de la Virgen, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.   
     Hoy, 26 de noviembre, Solemnidad de los Desposorios de Santa María Virgen con San José, en las iglesias hispanas, puesto que en el resto de la cristiandad se celebran el veintitrés de enero [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura Los Desposorios de la Virgen, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla
   El Palacio Arzobispal [nº 5 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla, y nº 5 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de la Virgen de los Reyes, 1; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En una de las estancias del Palacio Arzobispal podemos contemplar esta pintura al óleo de finales del siglo XVII, anónima italiana, y con unas medidas de 1,72 x 1,17 mts. Es una obra pictórica en la que se representa Los Desposorios de la Virgen siguiendo la iconografía habitual.
     La escena se desarrolla en el interior de una estancia enmarcada por un gran cortinaje que se recoge a la izquierda de la composición. En el centro de la misma se representan los tres protagonistas de la obra; la Virgen, a la izquierda, el sumo sacerdote, en el centro, y San José, a la derecha. Se trata de figuras de gran tamaño dispuestas de perfil que ocupan la mayor parte de la composición.
     La Virgen aparece vestida con túnica de color rosáceo cubierta por manto azul con el que también cubre su cabeza. Extiende su mano ya que es el momento en el que San José le coloca el anillo nupcial. De rostro bello y delicado, observa la escena con actitud elegante y serena.
     En el centro se encuentra la figura del sumo sacerdote, testigo de éstos desposorios. Se sitúa sobre unas pequeñas escalinatas, y viste túnica, capa y aparece tocado por una pequeña mitra. Se convierte en el eje central de la composición en la que se adopta una forma piramidal.
     A la izquierda aparece San José representado como un anciano de barba blanca y vestido con túnica y un gran manto de color amarillo anudado al pecho. Se acerca a la mano de la Virgen para situar en su dedo el anillo nupcial, y con su otra mano sustenta la vara florecida, elemento que le designó como futuro esposo de María.
     En un segundo plano aparecen una serie de personajes que observan la escena sobre un fondo neutro.
     Destaca la obra por la elegancia reflejada no sólo en las actitudes de los personajes, sino también en el tratamiento de sus ropajes (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   Lienzo de escuela barroca italiana, 1,70 x 1,18 mts. Para Valdivieso y Serrera, "es obra anónima de finales siglo XVII, que evidencia el conocimiento de su autor de los esquemas compositivos y modelos físicos de Carlo Maratta". La Virgen, figurada de perfil, tiene una enorme hermosura, siendo elegantísimo el gesto de su mano, que se tiende a a instancias del Sumo Sacerdote, para que San José le coloque el anillo (Juan Martínez Alcalde. Sevilla mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997). 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de los Desposorios de Santa María Virgen;
   Los Evangelios canónicos no dicen nada acerca de este tema. Los artistas siguen el relato de los Evangelios apócrifos y de la Leyenda Dorada.
   Cuando María, criada en el Templo, alcanza la edad de catorce años, el sumo sacerdote quiere darle un esposo para cumplir con la ley de Moisés.
   Convoca al son de la trompa a todos los descendientes de David, solteros o viudos. Aquel a quién roce su vara será el esposo de María.
   Es José el designado por el roce de su vara, sobre la cual se posa, por añadidura, la paloma del Espíritu Santo. José aduce ser muy viejo y se niega, dice que ya tiene hijos y que no desea en absoluto ser objeto de burla de los israelitas. Pero el sumo sacerdote le explica que no debe transgredir la voluntad de Dios, claramente manifestada por un milagro. «Dios te ha elegido para esposo de la Virgen. Tómala.»
   El tema a veces aparece resumido, y otras desarrollado. Cuando alcanza su pleno desarrollo, como en los manuscritos bizantinos de las Homilías del monje Santiago (siglo XII) y en el ciclo de Giotto en la Arena de Padua, se divide en tres escenas: la Prueba de los pretendientes, los Desposorios celebrados por el sumo sacerdote y el Cortejo nupcial.
A) El florecimiento de la vara de San José
   La reunión de los solteros y de los viudos se convocó al son de la trompa. Sorprendido en plena faena, José, que trabajaba en el armazón de un techo, dejó caer el hacha y descendió precipitadamente por una escalera (Homilías del monje Santiago). Los pretendientes llevan al templo cada cual su vara que depositan so­bre el altar, y se arrodillan a esperar el signo divino que señalará al elegido.
   Es la rama de almendro del viejo José la que florece. El sumo sacerdote se la alcanza, a menos que no sea designado por una paloma que se posa sobre su vara o su cabeza.
   El despecho de los jóvenes despojados por ese vejete se expresa de manera más o menos violenta: uno de ellos parte su vara sobre la rodilla; otro se adelanta con el puño levantado para golpear a su rival, más confuso que triunfal.
   La Contrarreforma rechaza el milagro de la vara florecida, tomado del repertorio del Antiguo Testamento, y que honraba al sumo sacerdote Aarón. No obstante, ese tema legendario no desapareció totalmente del arte cristiano y pueden advertirse vestigios suyos en el siglo XVII, en los bajorrelieves de las sillas del coro de Notre Dame de París.
B) Los desposorios
   José que lleva vara florecida 
   Desposa a la Virgen María
   Entre los judíos, el matrimonio era un simple contrato civil y no un rito religioso. Pero la escena está adaptada a las costumbres de Occidente, y como éstas no eran las mismas en Francia y en Italia, la ceremonia se representa de dos maneras muy diferentes.
   En el arte francés, los novios, de pie o arrodillados, se dan simplemente la mano frente al sumo sacerdote que los bendice. Es lo que se llama en derecho romano Dextrarum junctio o Conjunctio manuum, gesto simbólico de la unión conyugal.
   En el arte italiano, por el contrario, San José que tiene como cetro su vara florecida rematada con la paloma del Espíritu Santo, coloca el anillo nupcial en el dedo de la Virgen. Dicho anillo se consideraba conservado en Perussa, Italia. Por esa razón los Desposorios de la Virgen se convirtieron en uno de los temas preferidos de la escuela de Umbría, como lo prueban los cuadros de Spagna y de Rafael.
   El anillo no es de oro ni de plata u otro metal, sino tallado en una piedra preciosa ahuecada: ónix o amatista.
   El rasgo común de todas estas representaciones es que la composición tiene como eje un grupo ternario, generalmente escalonado en pirámide, con tres actores principales: el sumo sacerdote, la Virgen y José.
   Aunque la leyenda no mencione la presencia de los padres de la Virgen, Joaquín y Ana, los artistas suelen invitarlos por su propia cuenta para que asistan a la ceremonia.
   Se les agregan las compañeras de María y los pretendientes despojados.
   Aunque la ceremonia concuerde con los usos de Occidente, el decorado permanece fiel a las costumbres de los judíos para quienes el matrimonio no era un sacramento. La escena no tiene lugar en una iglesia o capilla sino al aire libre, frente al templo de Jerusalén donde la Virgen se había criado.
C) El cortejo nupcial
   La Leyenda Dorada habla de un cortejo de siete vírgenes que llevan antorchas, y de músicos que tocan trompetas y violines, y conducen a la desposada a la casa de José.
   En las Homilías del monje Santiago se ve a la pareja, muy desigual, al llegar a la casa donde la esperan los cuatro hijos de José.
   Este tema, muy infrecuente, ha sido retenido por Giotto que lo representó en la capilla de la Arena de Padua. Los esposos van precedidos por los músicos que se dirigen hacia la casa sobre cuya ventana pende una gran palma (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de los Desposorios de Santa María Virgen
     Jean Charlier, llamado Gerson, discípulo de Pierre d'Ailly, Canciller de la Universidad de París (+1420), propagador de la devoción en honor de San José por influencia de su maestro, intentó instituir una fiesta votiva especial el jueves de témporas en Adviento para conmemorar los esponsales virginales de María y José, lo que parece que logró con un legado de un canónigo de la Catedral de Chartres, Henri Chicoti, para la cual compuso un Oficio. Tras este intento medieval, pasamos al primer dato seguro de esta fiesta que data del veintinueve de agosto de 1517, también en el ámbito francés, en que León X Médici la otorgó, junto a otras nueve fiestas marianas, a las monjas de la Anunciación, fundadas por Santa Juana de Valois. Se celebraba el veintidós de octubre como doble de segunda clase. Pero ya no está centrada, como la de Gerson, en la figura de San José, sino en la de la Virgen. Con este enfoque de fiesta mariana les fue concedida a los Menores el veintiuno de agosto de 1537 para el siete de marzo como doble mayor, y por el mismo tiempo a los servitas para el día siguiente, ocho de marzo. Se recitaba el Oficio de la Natividad sustituyendo la palabra nativitas por desponsatio. Arras fue la primera diócesis que la adoptó por decreto del veintitrés de enero de 1556.  Fue compuesto un Oficio propio por el dominico Pierre Doré (+1569), confesor del Duque Claudio de Lorena. En él, volviendo a la línea de Gerson, se exaltaba la figura de José junto a la de María. En 1546 suplicó sin éxito a Paulo III Farnese la extensión de esta fiesta a toda la Iglesia Latina. A pesar de todo se siguió extendiendo. Desde que el Papa San Pío V Ghislieri abolió el Oficio de Pierre Doré e introdujo el oficio moderno, es otra vez fiesta de María. La conmemoración de San José en la Misa, laudes y vísperas sólo se puede hacer por un privilegio especial establecido en el decreto del 5 de mayo de 1736. Durante algún tiempo no se aprobó la adopción de la fiesta; así en 1655 se le negó al Rey de España. Pero se volvieron a aprobar peticiones en el último tercio del XVII: se le concedió a Austria el veintisiete de enero de 1678 para el veintitrés enero, a España el trece de julio de 1682 trasferida al veintiséis de noviembre (porque el veintitrés de enero estaba ocupado por San Ildefonso de Toledo), a todo el Imperio Germano en 1680, en 1689 a Tierra Santa, en 1702 a los cistercienses, en 1720 a la Toscana y en 1725 a los Estados Pontificios. En nuestros días se celebra el veintitrés de enero, y en los países hispanos el veintiséis de noviembre (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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viernes, 23 de agosto de 2024

La pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.  
      Hoy, 23 de agosto, es la Festividad de Santa Rosa, virgen, que, insigne desde muy niña por su austera sobriedad de vida, en Lima, en el Perú, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo. Entregada a la penitencia y a la oración, y ardiente de celo por la salvación de los pecadores y de la población indígena, aspiraba a dar la vida por ellos, sometiéndose de buena gana a toda clase de sufrimientos para ganarlos para Cristo. Su muerte tuvo lugar el día veinticuatro de agosto (1617) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.
     El Palacio Arzobispal [nº 5 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 5 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de la Virgen de los Reyes, 1; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
      En el Palacio Arzobispal podemos contemplar esta pintura al óleo anónima sevillana de mediados del siglo XVIII y con unas medidas de 2,25 x 1,45 mts. En el centro de la composición, dentro de un gran arco en forma de hornacina y adornado con bellas formas ornamentales inspiradas en rocallas y estilizadas líneas vegetales, aparece la figura de la Virgen vestida con una túnica de color rojo y con un manto color azul oscuro con bellos ramos salpicados en hilo de oro, alrededor un grueso galón dorado. En sus brazos sostiene al Niño Jesús vestido también ricamente y que sostiene en sus manos una flor, la Virgen lleva en una mano un rosario de gruesas cuentas y en su otra mano un cetro y es coronada por una pareja de ángeles. Alrededor de la figura unas ráfagas en color plata que parten de la media luna que se encuentra a sus pies.
     A los pies de la imagen se encuentra santo Domingo de Guzmán, situado a la izquierda de la composición, lleva su mano al pecho en sentido de plegaria y como acción amorosa hacia la figura de la Virgen, en su otra mano lleva un macizo de azucenas como símbolo de pureza, a sus pies se encuentra un perro, otro de sus símbolos característicos y que generalmente le acompaña, que lleva en su boca un cirio encendido, frente a él la figura de Santa Rosa de Lima abre sus brazos a la Virgen (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Rosa de Lima, virgen
   Terciaria dominica nacida en 1586 en Lima, Perú, y muerta en 1617.
   La santa llevó el ascetismo hasta el extremo de llevar una corona de espinas sobre la frente y dormir sobre un lecho de vidrios molidos.
   Según la leyenda, las flores giraban sus cálices hacia ella. El día de sus votos, habría sido elevada al cielo por la Santísima Virgen. Un ruiseñor cantaba bajo su ventana durante la cuaresma.
CULTO
   Beatificada en 1668 por el papa Clemente IX, canonizada en 1673, Santa Rosa de Lima es la primera santa del Nuevo Mundo.
   Se contaba que cuando se propuso su canonización al papa, éste respondió que no creería en la santidad de una india, incluso si lloviesen rosas. Apenas hubo pronunciado esas palabras, una lluvia de rosas cubrió el Vaticano y no cesó hasta que el pontífice decretó la canonización de la santa limeña.
   Protectora de Sudamérica, y sobre todo de Perú y de la ciudad de Lima, Santa Rosa también es patrona de las dominicas y, a causa de su nombre, de los jardineros y de los floristas.
   Se la invocaba contra la peste, a causa de una confusión con santa Rosa de Palermo.
ICONOGRAFÍA
   Al igual que su homónima, Rosa de Viterbo y como santa Teresa de Lisieux, tiene como atributo rosas que lleva en la mano o recibe de Jesús, pero lo que la distingue de las anteriores es el hábito de dominica .
   Además, a veces, como san Antonio de Padua, sostiene al Niño Jesús en los brazos. Y  al igual que santa Catalina de Siena, con la cual suele forma pareja con frecuencia, lleva sobre la frente una corona, o más exactamente, un rosario de espinas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Rosa de Lima, virgen;
     Santa Rosa de Lima, (Lima, Perú, 20 de abril de 1586 – 24 de agosto de 1617). Religiosa terciaria dominica (OP), santa.
     Hija de Gaspar Miguel Flores y de María Oliva. Su padre nació en 1525 en Puerto Rico, aunque algunos lo hagan salmantino de Béjar. En la isla borinqueña permaneció hasta 1548, fecha en que pasó a Lima. El 9 de marzo de 1557, a la edad de treinta y dos años, obtuvo plaza de alabardero en la guardia del virrey del Perú. Tenía su casa en arriendo a la espalda de lo que sería Hospital del Espíritu Santo, en la calle de Santo Domingo, donde se veneraba la imagen de Nuestra Señora del Rosario que habían llevado hasta allí los primeros dominicos que llegaron con Pizarro. De robusta salud, alcanzó la edad de ciento dos años. María Oliva, nacida en Lima de padres españoles, tenía dieciocho años cuando casó con Gaspar Flores en 1577.
     Por tanto, éste tenía cincuenta y dos y era ya suboficial de la guardia de honor del virrey. Aunque la novia casó con dote proporcionada por la Hermandad de la Caridad, el número y la categoría de los testigos de boda indican que el matrimonio no fue mal visto a pesar de la diferencia de edad y que ambos cónyuges, si bien no andaban sobrados de caudales, estaban bien relacionados con la elite limeña. Tuvieron once hijos, aunque no todos llegaron a la mayoría de edad.
     La santa fue bautizada el día de Pentecostés de 1586, en la parroquia de San Sebastián, con el nombre de su abuela Isabel, aunque su madre la llamó Rosa desde muy temprana edad. Su padre obtuvo el retiro de su plaza como arcabucero a la edad de setenta y dos años y, por intercesión del virrey, consiguió un empleo como administrador en una mina. De esta forma, en 1597, la familia se trasladó a Quive (hoy provincia de Canta, departamento de Lima), donde el arzobispo santo Toribio de Mogrovejo le administró el sacramento de la confirmación, recibiendo entonces el nombre de Rosa. De los cuatro años que residió en Quive, tres los pasó Rosa postrada en la cama, aquejada de una parálisis.
     Dedicada a educar a las niñas de las mejores familias de Lima, María Oliva dio a su hija una formación esmerada y así, Rosa aprendió canto y poesía, y a tocar el arpa, la cítara y la vihuela, adquiriendo unos conocimientos muy superiores a los habituales en una joven de su posición. Tenía, además, gran habilidad para toda clase de labores domésticas y manuales: hilaba, cosía, tejía y bordaba. Asimismo, mostraba un gran instinto para el cuidado de las plantas y flores, que cultivaba en el huerto y jardín que ella misma había plantado en el patio de su casa. Con sus labores contribuía a subvenir las necesidades de la prolija familia.
     Un testimonio recogido en la encuesta de beatificación la describe: “Era de peregrina hermosura, con brío y gala, de talle bien dispuesto, dulce de carácter y discreta [...] Tenía el rostro ovalado, sereno y apacible; pelo rubio y abundante, ojos grandes y negros, frente despejada, ceja arqueada y bordoneada, mejillas rosadas, barbilla prominente, manos blancas, pequeñitas y bien torneadas y regular estatura”. Su madre se afanó siempre en desarrollar las dotes sociales de su hija y en realzar su excepcional belleza natural, procurando con ello facilitar un futuro matrimonio de provecho que garantizara una posición social aventajada para la joven y, a la vez, sirviera de báculo en la ancianidad de su padre. Sin embargo, ya desde su infancia, Rosa reveló una actitud devota que practicaba con sus constantes visitas al templo del Convento de los dominicos cercano a su casa, donde se veneraba la imagen de la Virgen del Rosario. Este fervor religioso se proyectó en un carácter extremadamente humilde que reforzó buscando refugio en la autoridad de sus confesores, lo que le permitía eludir las intenciones de su madre. Con frecuencia, esto exasperaba el ánimo de ésta, pero la apacible mansedad de Rosa y su abnegada entrega al trabajo del hogar desarmaban todos los argumentos de reproche. El empeño de María Oliva de asegurar un futuro acomodado a su hija pudo materializarse cuando consiguió acordar un matrimonio de conveniencia para Rosa con el hijo de una de las damas limeñas que frecuentaba. Pero, entonces, la Santa desveló el voto de castidad que había formulado años antes con la aprobación de sus confesores, lo que frustró los planes de su madre y, en último término, desató su enfado. Aunque insistentemente trataron de persuadirla, Rosa manifestó el convencimiento de dedicar su vida a la oración, siguiendo el ejemplo de santa Catalina de Siena, cuya festividad se celebraba el día en que Rosa había nacido. A imitación de su santa protectora, despojó su cuerpo de la superficial belleza que la había adornado hasta entonces: se cortó la cabellera y quemó sus manos con cal viva. También a imitación de santa Catalina, acabaría vistiendo el hábito de terciaria dominica. Estas muestras de convicción terminaron por someter la voluntad de sus padres. Tras ello, santa Rosa dio un paso más en su proyecto de vida contemplativa y eremítica, y solicitó permiso para construir una celda en un rincón del huerto de la casa familiar. Inicialmente rechazado, consiguió la autorización de sus padres gracias a la intercesión del padre fray Juan de Lorenzana, que era su confesor en la iglesia del Rosario del Convento dominicano, y del influyente matrimonio amigo de la familia formado por Gonzalo de la Maza, contador de la cruzada, y María de Uzátegui. Con la ayuda de su querido hermano Fernando, construyó ella misma su celda. Su nueva morada estaba hecha de adobe y era de cinco pies de largo, por cuatro de ancho y seis de alto, tenía un pequeño altarcito con una cruz de cartón y ella la adornaba con flores. Esta especie de ermita aún se conserva como venerada reliquia en la casa natal de la santa, convertida hoy en santuario.
     Muy poco después de que Rosa comenzara a vivir encerrada en aquella celda, las damas que habían gustado de la compañía de su madre se interesaron por visitarla en su retiro.
     Probada su devoción, Rosa fue invitada a ingresar en el Convento de las clarisas que acababa de fundar en Lima María de Quiñones, sobrina del arzobispo santo Toribio de Mogrovejo. Su madre rechazó la propuesta excusando necesitar la presencia de Rosa para atender a la anciana abuela Isabel y carecer de recursos con que subvenir la dote conventual. También sus confesores le recomendaron abrazar la vida en comunidad y la observancia de una regla monástica, proponiendo en esa ocasión su ingreso en el Convento de las agustinas. Llegaron a hacerse los preparativos, pero el mismo día en que se había acordado que Rosa entrara en la casa de las agustinas, ya de camino hacia ella, entró a orar ante la Virgen del Rosario de la iglesia de los dominicos y, en el último momento, se arrepintió. Un último intento de convencerla para que siguiera la vida de monja claustral provino de Gonzalo de la Maza, quien aconsejó el ingreso en el Convento de las franciscanas descalzas, que gozaban de rigurosa fama. Esta vez, Rosa puso como excusa el parecer de sus confesores. Al parecer, de los cuatro a los que había consultado, dos le aconsejaron que permaneciera en su casa. Finalmente, quizá la intervención del dominico padre Lorenzana y de sor Catalina de Santa María y sor Francisca de Montoya, ambas terciarias de Santo Domingo, así como la devoción que sentía Rosa por la Virgen del Rosario y por santa Catalina de Siena determinaron finalmente su ingreso en la Orden Tercera de Santo Domingo, que se confirmó el 10 de agosto de 1606, en la iglesia del Convento de los frailes predicadores. A partir de aquel día, Rosa pasó a llamarse Rosa de Santa María y comenzó a ejercer el oficio de camarera de la patrona de la Orden, su santa protectora, cargo que desempeñó hasta el final de su vida, manifestando ostensiblemente su alegría y el arrobo místico que sentía al estar en presencia de la venerada imagen.
     Un rasgo característico de la vida y de la actitud espiritual de Rosa fue su constante tendencia a practicar una severa penitencia que, en muchas ocasiones, llegaba a imitar con rigor la Pasión de Jesucristo.
     En este aspecto, también seguía Rosa el ejemplo de su devocionada santa Catalina de Siena, cuyos modelos de penitencia fueron el ayuno casi permanente y, en último término, la mortificación más extrema y sangrienta. Rosa comenzó a practicar el ayuno de forma habitual desde muy niña. Se dice que ya a los seis años ayunaba a pan y agua los miércoles, viernes y sábados, y que a los quince dejó de comer carne.
     Su régimen alimenticio hubo de manifestarse en su aspecto exterior y, en definitiva, en su salud, lo que preocupaba e irritaba a su madre, que la obligaba a comer en su presencia. No obstante, Rosa se las ingeniaba como podía para porfiar en su abstinencia, a veces, con la ayuda de su confidente, la india Mariana, cocinera de la casa paterna. Otras veces, cuando la obligaban a comer, lo compensaba ingiriendo infusiones de hierbas amargas mezcladas con vinagre para remedar así a Cristo en la Cruz. Al final de su vida, el ayuno llegó a ser en ella casi permanente y durante largas temporadas se mantenía tan sólo con las especies sacramentales.
     De la misma forma que se resistía a ingerir alimento corporal, Rosa evitaba el descanso físico. Para dominar el vencimiento del sueño, Rosa empleaba métodos inauditos, como era encaramarse a una cruz de tamaño natural que había hecho colocar en su celda y que tenía dos escarpias en los brazos para asirse a ella. Otras veces permanecía por largo rato sosteniéndose sobre la punta de los pies. Cuando finalmente había de acostarse, lo hacía en una cama que era más bien potro de tortura y cuya descripción ha llenado muchas páginas de sus hagiografías. También en esta costumbre se inició Rosa desde edad temprana y también por ella entró en conflicto con su madre, que la consideraba una práctica atroz y, para disuadirla, la obligaba a dormir en su mismo lecho. Tanta preocupación llegó a sentir la madre por los padecimientos que había su hija de sufrir en la cama con la que se penitenciaba el sueño, que buscó el apoyo de sus confesores. Durante dieciséis años intentaron disuadirla, pero Rosa argumentaba con solidez su deseo de perseverar. Tan sólo tres años antes de la muerte de la santa consiguieron prohibirle este tipo de castigo, pero tanto suplicó Rosa que hubieron de concederle un nuevo permiso para reanudar su penitencia nocturna durante la cuaresma.
     La flagelación era otro de los ejemplos que encontró Rosa en santa Catalina. Con programada disciplina, se azotaba con una cadena de hierro, golpeando cada día una parte diferente de su cuerpo. Su madre buscó el amparo del padre Lorenzana para paliar al menos este sacrificio y éste le impuso reducir el número de azotes. Entonces, Rosa aplicó a sus castigos una contabilidad meticulosa. Aunque en muchas ocasiones los ruegos de su madre calaron en las recomendaciones que le hacían sus confesores sobre la necesidad de rebajar sus exageradas penitencias, Rosa siempre porfiaba en su empeño. Parecía ignorar la verdadera intención de sus confesores y se atenía a la literalidad de sus dictados, creyendo que compatibilizaba así la obediencia debida a sus directores espirituales con su propia opinión acerca de los martirios más adecuados.
     Por ejemplo, cuando más adelante se le ordenó que trocara la cadena de hierro por la disciplina de cuerda trenzada y anudada y se conformara con el uso común de su orden, Rosa tomó al pie de la letra el mandato de su confesor. En efecto, dejó de azotarse con la cadena de hierro, pero comenzó a ceñírsela a la cintura como cilicio, dándole tres vueltas alrededor de su cuerpo, cerrándola con un candado y arrojando la llave al pozo de su casa. Todo tipo de suplicios usó la santa: cotas de malla, cilicios, manojos de ortigas que se ponía sobre la piel y camisas de arpillera que le llagaban un cuerpo ya malherido. Uno de los más característicos fue la corona de espinas que comenzó a usar a los doce años. Al vestir el hábito terciario, sustituyó la que había llevado desde niña por otra confeccionada de metal y con forma de diadema para poder ocultarla bajo la toca. Durante años la llevó todos los días sin conocimiento de su familia ni confesores, hasta que por azar se descubrió. Al verla, su madre acudió al padre Juan de Villalobos, rector del Colegio de la Compañía de Jesús en Lima, uno de los confesores de Rosa, quien tan sólo consiguió convencerla para que limara un poco los clavos de su tormento. Esta misma corona sería tomada por la iconografía como atributo de su santidad.
     Hasta once confesores tuvo Rosa a lo largo de su vida —seis dominicos y cinco jesuitas—, si bien fue el padre Lorenzana el que más estrechamente dirigió su alma. Aunque Lorenzana era un prestigioso teólogo, la formación doctrinal de Rosa debía de limitarse a lo escuchado en los sermones de los frailes predicadores.
     Su biblioteca se reducía apenas a la Vida de Santa Catalina de Siena, del beato Raimundo de Capua, y a la Guía de pecadores y el Libro de oración y meditación, de fray Luis de Granada. En sus Mercedes, santa Rosa cita algunos pasajes del Cantar de los Cantares y eran conocidas las letrillas que improvisaba, muchas de ellas vueltas a lo divino de coplas ajenas.
     La caridad fue otra de las facetas de la vida de santa Rosa. Abrió un dispensario en su casa de la calle de Santo Domingo y con frecuencia visitaba el Hospital de Santa Ana que fray Jerónimo de Loaysa había fundado para las mujeres enfermas. Allí atendía a las más necesitadas, poniendo especial cuidado en aquéllas que, por sus dolencias infecciosas, infundían más rechazo y se veían, por consiguiente, más desamparadas, siguiendo una vez más el ejemplo de santa Catalina.
     Rosa ejercía de intermediaria en el reparto de cuantiosas limosnas a los pobres gracias a sus buenas relaciones con la elite limeña. Gozó de la amistad de Jerónima de Gama, María Eufemia de Pareja y Luisa de Melgarejo, que cada vez que encontraba a la santa por las calles de Lima la saludaba de rodillas y, al marcharse, besaba las huellas que dejaban sus pasos. Tanto llegó a extenderse la fama de sus virtudes que, en cierta ocasión, la virreina le pidió a Rosa, a través del padre fray Alonso Velásquez, uno de sus confesores, una de las dos matas de romero que tenía en su huerto.
     En 1614 abandonó Rosa su celda y pasó a vivir en casa de Gonzalo de la Maza y María de Uzátegui, donde confluyó todo el caudal de devociones que la santa recibía ya en vida. No relajó allí Rosa su vida de extrema penitencia, pues informaban sus protectores que la veían dormir sentada en una silla y pasar horas orando en la capilla doméstica. Fue en esta casa donde comenzó Rosa a experimentar las visiones en la que decía enfrentarse al Demonio. A lo largo de los tres años que pasó acogida por sus protectores, propuso Rosa en varias ocasiones la fundación de un convento bajo la advocación de santa Catalina. Sin embargo, no encontró eco alguno, ni siquiera en don Gonzalo, ni en el doctor Juan del Castillo ni en el padre fray Luis de Bilbao, otro de sus confesores. Dicho convento no sería finalmente fundado hasta 1622, bajo el patrocinio de Lucía Guerrero de la Daga, que ingresó en él como priora, y en el que ingresaría también la madre de Rosa, ya viuda, y la hija de su hermano Fernando.
     En julio de 1615 corrió por la ciudad la noticia de que el corsario holandés Jorge Spilbergen pretendía desembarcar en el Callao y dirigirse posteriormente a Lima con la intención de saquearla. Aunque los enemigos fueron finalmente rechazados antes de entrar en el puerto, falsos rumores provocaron el pánico de la población y prendieron en Rosa la llama de su ansiado martirio. La santa reunió a sus hermanas terciarias para velar ante el Santísimo Sacramento expuesto en la iglesia del Rosario, haciendo ostensión de su deseo de entregarse en sacrificio para proteger el altar de la profanación de los herejes. Más tarde, muchos atribuyeron que la intercesión de Rosa había conjurado aquella amenaza, por lo que la imaginería la representa portando la ciudad sostenida por el ancla.
     El momento culminante de su vida tuvo lugar en la Capilla del Rosario el Domingo de Ramos de 1617.
     Estando Rosa orando ante la Virgen, sintió ineludible la llamada del Niño Jesús. Una semana más tarde, el Domingo de Resurrección, se colocaba en el dedo el anillo que representaba su desposorio místico con Jesucristo. Sin mayor dicha que alcanzar en esta existencia, poco tiempo más habrían de prologarse los padecimientos físicos de santa Rosa. El régimen penitencial que a lo largo de su vida se impuso acabó mellando su salud. Había padecido frecuentes vómitos de sangre, gota, ciática y otros males que, unidos al ayuno y la penitencia, le produjeron un progresivo agotamiento físico que explica en parte su prematura muerte. El día 28 de julio del mismo año salió Rosa por última vez de la casa de don Gonzalo y se dirigió a la de sus padres y allí mismo comenzó a presagiar su muerte. Tras permanecer con sus padres por espacio de tres días, el 1 de agosto, dio comienzo la dolorosa enfermedad que tendría como resultado su muerte. El 21 de agosto, después de dolorosa agonía, se le administró el viático y la extremaunción y, rodeada de su familia, protectores, directores espirituales, hermanas y discípulas, murió el 24 de agosto de 1617 a la edad de treinta y un años.
     Su velatorio en el Convento dominicano fue multitudinario y acudieron el virrey, el arzobispo y las más altas dignidades de la ciudad. Para evitar el atropello de los devotos que acudían en busca de reliquias, fue necesario trasladar su cuerpo a la capilla del noviciado e inhumarlo en secreto en el claustro, difundiendo el falso rumor de que el entierro se llevaría a cabo al día siguiente. El marzo de 1619 sus restos fueron trasladados a la iglesia donde aún se venera. Abiertas las consultas informativas sobre las virtudes y milagros de Rosa a iniciativa del arzobispo Lobo Guerrero, en el proceso ordinario (1617-1618) y en el proceso apostólico (1630-1632) declararon un total de 210 testigos, la mayor parte de ellos pertenecientes a las elites criollas del virreinato del Perú. El 3 de marzo de 1637 la Sagrada Congregación de los Ritos autorizó a celebrar la misa en honor de la Sierva de Dios Rosa de Santa María durante los meses de agosto. El 2 de enero de 1668 se la nombró patrona principal de Lima y fue beatificada por Clemente IX el 12 de febrero del mismo año. Clemente X la proclamó patrona de toda la América española y posesiones oceánicas de España el 11 de agosto de 1670 y, el 12 de abril de 1671, firmó el decreto de su canonización. Su fiesta se celebra el 23 de agosto (Jaime J. Lacueva Muñoz, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
          Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 1 de agosto de 2024

La pintura "Liberación de San Pedro", anónima, en el Palacio Arzobispal

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Liberación de San Pedro", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla
      Hoy, 1 de agosto, en Roma, en el monte Esquilino, la Dedicación de San Pedro Apóstol ad Víncula, celebrada hasta febrero de 1969, cuando fue retirada del Martirologio Romano por Pablo VI.
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Liberación de San Pedro, anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.
     El Palacio Arzobispal [nº 5 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 5 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de la Virgen de los Reyes, 1; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
      En una de las dependencias del Palacio Arzobispal encontramos un óleo sobre lienzo, con unas medidas de 1'79 x 2'18 m., obra anónima, pintado en el último cuarto del siglo XVII, de estilo barroco, que representa la Liberación de San Pedro.
   Se trata de una obra en la que se representa el episodio de la liberación milagrosa de San Pedro de la prisión de Herodes por un ángel, recogido en los Hechos de los Apóstoles 12, 6-10. 
     Presenta una composición dividida en dos partes, en una aparece San Pedro y en la otra el ángel que le libera de la cárcel, ambos iluminados por una luz cenital que deja en sobras el resto de la estancia. El santo está sentado en el suelo, como si se hubiese incorporado tras la llamada del ángel, el cual le toma el brazo derecho indicándole el camino de su liberación. Viste una túnica verdosa con un manto colocado en su regazo marrón dejando ver sus piernas flexionadas en un fuerte escorzo. El rostro de Pedro, de perfil y dirigiendo su mirada hacia el ángel, sigue los cánones establecidos en su iconografía, representándose siempre como un hombre de avanzada edad, canoso, barbudo y con una pronunciada calvicie. 
     Por su parte el ángel está representado como un joven imberbe y afeminado. Aparece de pie y toma con la mano izquierda al santo y con la otra le indica la salida de la prisión como hemos dicho anteriormente. Su pose es inestable, adelantando la pierna derecha que queda desnuda, mientras que la otra aparece oculta por el movido ropaje, dejando asimismo caer su cuerpo hacia delante y mostrando así el movimiento que implica la escena milagrosa. Porta una túnica marrón que se ciñe a la cintura con un paño blanco y deja al descubierto el hombro y pecho izquierdo. Su rostro es ovalado, con rasgos amables y femeninos, delimitados por las suaves sombras, y presenta una cabellera ondulada que es iluminada por una pequeña orla de rayos dorados. Sus alas son grandes y están desplegadas. 
     La estancia se encuentra totalmente en penumbra, atisbándose sólo una lámpara en forma de plato con tres luces, situada en el lado superior izquierdo sobre la cabeza de San Pedro, y algunos elementos arquitectónicos insinuados. 
     La obra presenta una composición muy teatral, con gran gesticulación en las figuras y claro acercamiento al claroscuro tenebrista, que lo ponen en la órbita de la pintura sevillana del siglo XVII, con ciertas influencias murillescas en el tratamiento de los rostros, sobre todo en el ángel. Sin embargo, presenta una modesta calidad por lo que posiblemente fuese realizado por un pintor de segunda fila durante el último cuarto de esta centuria (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto, Iconografía y Atributos de San Pedro, apóstol:
HISTORIA Y LEYENDA
     Pescador en Cafarnaúm, Galilea, en el lago de Genezaret, él y su hermano Andrés fueron los primeros apóstoles reclutados por Jesús.
     Su verdadero nombre era Simón. Recibió de Cristo el mote arameo Kefás (gr.: Petras), para significar que sería la piedra angular de la Iglesia. Su mote ha suplantado por completo a su nombre.
     Su vida se divide en tres períodos muy claros:
     1. Envida  de Jesús, lo acompañó, con los otros discípulos, desde el co­mienzo del ministerio galileo hasta su Prendimiento en el Huerto de los Olivos, luego, después de la Resurrección, hasta la Ascensión.
     2. Después de la desaparición de su maestro, residió en Jerusalén, donde fue encarcelado por el tetrarca Herodes Agripa.
     3. Luego habría viajado a Roma de la cual fue el primer obispo. Otra vez fue encarcelado y crucificado por orden de Nerón.
     Durante el primer período, la actividad de san Pedro estuvo estrechamente ligada a la de Jesucristo, siguió tras los pasos de éste, por decirlo así. De ahí que hayamos debido remitir a la iconografía del Nuevo Testamento todas las escenas de la Vida de Jesús donde san Pedro tiene algún papel: la Vocación y la Tradición de las llaves, el Lavatorio de los pies y la Santa Cena, el Prendimiento en el Monte de los Olivos, donde corta la oreja de Malco, la Negación, la Transfiguración  y las Apariciones de Galilea. Tampoco volveremos a tratar ciertas escenas posteriores a la Ascensión de Cristo, tales como la Pentecostés y el Tránsito de la Virgen, donde él está, por fuerza. El apostolado y los milagros de san Pedro en Jerusalén y en Roma son los únicos hechos de su leyenda que comportan hagiografía propiamente dicha. Abandonamos por  ello el terreno de los Evangelios para abordar los dominios de los Hechos de los Apóstoles y de la Leyenda Dorada.
     Antes de abordar el estudio del culto y de la iconografía de san Pedro, es menester discernir entre la leyenda y la historia, exponiendo objetivamente las doctrinas contradictorias de los católicos y de los racionalistas, ya protestantes, ya agnósticos.
   Oigamos las dos campanas, porque si debemos creer en un viejo proverbio «Quien oye sólo una campana no oye más que un sonido».
l. La tradición católica
     La actividad de Pedro en Palestina después de la Ascensión de Jesús se ha­bría prolongado hasta el año 44. Fue entonces cuando, después de haber consumado numerosos milagros (Resurrección de Tabita, Curación de los en­fermos con su sombra), habría sido encarcelado por Herodes y liberado por un ángel.
   Quo vadis, Domine y éste le respondió: «Voy a Roma para ser crucificado allí otra vez». Pedro, avergonzado por su cobardía, regresó entonces a Roma donde padeció el martirio al mismo tiempo que san Pablo; pero mientras a éste, que era ciudadano romano,lo decapitaron, Pedro, que sólo era un ju­dío, fue crucificado.
     Según una tradición, venerable por su antigüedad, habría pasado en Roma los veintitrés últimos años de su vida, desde 44 hasta 67. Triunfó contra los sortilegios de Simón el Mago, favorito del emperador Nerón. Preso en la cár­cel Mamertina, se fugó con la complicidad de sus carceleros a quienes había convertido. Dándose a la fuga por temor a las persecuciones, en la Vía Apia se encontró con Cristo con la cruz a cuestas, a quien preguntó:
    Los Padres de la Iglesia enseñaban que san Pedro, que no quería  morir de la misma manera que Jesucristo, por humildad había pedido que lo crucificasen cabeza abajo. Se contaba que su cruz había sido levantada inter duas metas, es decir, entre los dos hitos del circo de Nerón. A finales de la Edad Media se creyó que se trataba de los dos hitos antiguos de Rómulo, cerca del Vaticano (Meta Romuli), y Cestio, en la puerta de San Pablo. Se buscó un sitio intermedio entre estos dos puntos de referencia, y fue así como el martirio se localizó sobre el Janículo, en el lugar donde se levanta la iglesia de San Pietro in Montorio. La disputa entre el Janículo y el Vaticano aún continúa abierta.
     A falta de testimonios que sirvan de prueba de la llegada de san Pedro a Roma, la fecha de ésta y la duración de su estadía, así como acerca del lugar en que se realizó su crufixión, los defensores de la tradición católica  recurrieron a dos argumentos indirectos: el silencio de las iglesias rivales de Oriente (Palestina o Siria) que nunca reivindicaron las reliquias del Príncipe de los apóstoles y la edificación de la Basílica Constantiniana a orillas del Tíber, sobre la colina del Vaticano.
     1. Si san Pedro estaba muerto y había sido sepultado en Jerusalén, las Iglesias orientales nunca habrían dejado de invocarlo para apoyar sus pretensiones al primado en la Iglesia cristiana. Ahora bien, nunca se produjo ninguna rei­vindicación de ese género.
     2. ¿Se habrían atrevido a construir la Basílica Constantiniana sobre el em­plazamiento de un cementerio, profanando una multitud de tumbas no sólo paganas sino también cristianas si no hubiesen  estado persuadidos de que allí se encontraba la tumba de san Pedro? Esta suposición parece también más inverosímil por cuanto la naturaleza del terreno arcilloso, sobre la ladera de una colina, impuso enormes trabajos de nivelación; se necesitaban poderosas razones para emprenderlos.
      Después de las excavaciones dirigidas por Enrico Josi bajo las grutas del Vaticano, estos argumentos fueron esgrimidos en numerosas oportunidades por G. Carcopino. Según sus propios términos, «las investigaciones de los arqueólogos han confirmado la tradición y puesto fin a las polémicas de los eruditos.  A partir de ahora queda probado que san Pedro fue inhumado  en el Vaticano. Las reliquias del Príncipe de los apóstoles habrían sido trasladadas hacia 258 ad Catacumbas, sobre la Via Apia, pero de vueltas por Constantino al Vaticano en 336».
2. La tesis protestante y racionalista
     La crítica racionalista cuestiona el valor de estos argumentos y la base en que se fundan estas tradiciones.
     Pretende que no se ha probado que san Pedro haya estado en Roma, y que en cualquier caso, la tradición acerca de su cuarto de siglo de episcopado ro­mano no reposa en fundamento histórico alguno.
     El silencio de las Iglesias de Oriente sin duda resulta impresionante, pero el argumentum e silentio del cual se ha abusado con frecuencia, a lo sumo no cons­tituye más que una presunción.
     La verdad es que ningún texto contemporáneo digno de fe menciona   el viaje de san Pedro a Roma. Los Hechos de los Apóstoles (12: 17) nos in­forman, simplemente, que después de haber dejado la prisión de Herodes, Pedro salió, yéndose a otro lugar, sin aclarar cual fuese. Aunque un proverbio dice que «todos los caminos conducen a Roma» es de desear una información más precisa. Dicho silencio es tanto más sorprendente por cuanto el autor insiste con abundancia (capítulos 27 y 28) en las peripecias del viaje de Pablo a Roma.
     La creencia en que Pedro pasó a orillas del Tíber los últimos años de su vida sólo aparece en los escritos de Ireneo y Tertuliano.
     Y hasta los católicos admiten que las fábulas populares de origen romano no pueden considerarse como pruebas.
     El arqueólogo pontificio Enrico Josi no vacila en calificar él mismo de «leyendas», el encarcelamiento de san Pedro en la cárcel Mamertina, donde habría bautizado a sus carceleros, el duelo con Simón el Mago en presencia del emperador Nerón y el diálogo con Jesucristo con la cruz a cuestas en la Vía Apia (Quo vadis).
     Estos relatos dramáticos o poéticos apuntan a acreditar la apostolicidad de la fundación de la Santa Sede, que no lo está más que la de una multitud de sedes episcopales donde no se vaciló en antidatar la fundación, a veces en muchos siglos, con el objeto de aumentar su prestigio y justificar su primado.
     Hasta el mismo hecho de la crucifixión del Príncipe de los apóstoles es dudoso. Se trataría de una falsa interpretación de las palabras: «Extenderás tus manos».
   En cuanto a su localización  en el Janículo, no fue imaginada antes del siglo XV, cuando los franciscanos de Roma quisieron justificar las pretensiones de su iglesia de San Pietro in Montorio, patrocinada por los reyes de España. El teólogo protestante Cullmann consiente en admitir la historicidad de una tardía residencia de san Pedro en Roma. Según dicho autor, el apóstol habría abandonado Jerusalén en 44, dejando al apóstol Santiago como suce­sor y jefe de la comunidad cristiana, para contentarse, como san Pablo, con el papel de misionero. Pero jamás habría ejercido funciones episcopales en la capital de los césares, de manera que los papas no pueden pretenderse sucesores suyos.
       De hecho, san Pedro nunca fue representado con el báculo, atributo episcopal por excelencia.
     Acerca de la duración de su estadía en Roma, reina la misma incertidumbre. En su Dictionnaire d'Archeologie chrétienne, el erudito benedictino Dom Henri Le clerq, admite que si la estadía de san Pedro en Roma es a sus ojos un hecho cierto «suduración no lo es».
     La fecha de su crucifixión sigue siendo problemática, o más bien, puede presumirse que se la hizo coincidir artificialmente con la decapitación de san Pablo, para asociar en la muerte a los dos Príncipes de los apóstoles. Las fechas propuestas son muy variables: 55, 58, 64, 67, tanto como decir que no se sabe nada.
     Si en la Roma del siglo IV se creía que las reliquias de san Pedro habían sido devueltas al Vaticano, sólo se trata de una tradición.
     A falta de textos habría podido esperarse que la arqueología nos deparase la solución del enigma. Desgraciadamente, las excavaciones dirigidas en 1939 y 1949 por Enrico Josi, director del Museo de Letrán y realizadas en el cementerio cristiano sobre el que se edificó la basílica de San Pedro no arrojó los resultados que se esperaban.
     No pusieron a la luz la tumba primitiva del Príncipe de los apóstoles, que se supone destruida por los vándalos. El papa Gregorio Magno la habría reemplazado en el siglo VI por un trofeo cenotafio o memorial: simple monumento conmemorativo que no contiene reliquias.
     Los resultados de las excavaciones vaticanas fueron cuestionados por Charles Delvoye (Latomus, 1954), Amable Audin (Byzantion, 1954), quien concluye que el memorial de san Pedro habría abrigado su púlpito y no su tumba. 
     Si el papa Pío XII hubiera estado convencido que los huesos del Príncipe de los apóstoles habían sido inhumados  efectivamente en las criptas de la basílica vaticana ¿no se habría apresurado a proclamar Urbi et Orbi esta feliz nue­va? ¿Si no lo hizo no fue porque su conciencia escrupulosa se lo prohibió? Para no decepcionar la esperanza de los peregrinos debió contentarse con decretar al fin del Jubileo del Año Santo de 1950, el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, en vez de promover la unión tan deseable de las iglesias cristianas, y aún a riesgo de profundizar las diferencias entre protestantes y católicos.
     En suma, ni las investigaciones arqueológicas ni los textos nos permiten hasta el presente poner fin a un debate que siempre permanece abierto, y agregar así a las afirmaciones de la fe las certezas de la ciencia.
CULTO
     Considerado muy pronto como «el Moisés de la Nueva Ley», san Pedro no es sólo un santo palestino, sino el santo universal por excelencia.
     Además, si en su condición de fundador del papado es el principal personaje de la Iglesia oficial, al mismo tiempo, a título de portero del Paraíso, es un santo eminentemente popular.
Fiestas
     Esta popularidad está probada por el número de sus fiestas que, excepcionalmente, son tres.
     l. Su natalicio, es decir, el aniversario de su muerte, que se celebra el 29 de junio.
    2. La fiesta de San Pedro ad Víncula (Petri Kettenfeier), que conmemora su liberación de la prisión, y se celebra el 1 de agosto.
     3. Finalmente, la fiesta de la Cátedra de san Pedro Apóstol (Cathedra Petri, Petri Stuhlfeier), que conmemora su primado, y que fue fijada el 22 de febrero.
Reliquias
     Roma posee las más preciosas reliquias del Príncipe de los apóstoles: sus llaves (claves), sus cadenas (vincula) y su púlpito (cathedra); pero se trata de reliquias indirectas y no corporales.
     El púlpito que Bernini introdujo en un relicario de suntuosa ejecución barroca se conserva en la basílica de San Pedro, reconstruida en el siglo XVI por Bramante y Miguel Ángel.
     Las cadenas, cuyos eslabones proceden de la cárcel de Jerusalén y de la cárcel Mamertina de Roma y que se habrían soldado milagrosamente, se veneran en la basílica de San Pietro in Vincoli. Una tercera iglesia, San Pietro in Montorio, sobre el Janículo, señalaría el lugar de su martirio.
     Su báculo milagroso, también embutido en una montura (Petrus stabhülle), se conserva en Alemania, en la catedral de Limburg del Lahn. En Venecia, en la iglesia del Redentor, se mostraba el cuchillo que usó el apóstol para cor­tar la oreja de Malco.
Lugares de culto
     En Pavía, Lombardía, debe mencionarse la iglesia romana de San Pietro in Ciel d'Oro, cuyó ábside, como el de la iglesia de la Daurade, en Toulouse, estaba cubierto de mosaicos de esmalte dorado.
     Además de protector de Roma y de Pavía, a san Pedro también se lo consideraba el de Milán, Lucca, Ancona, Orvieto, Nápoles, Calabria y Sicilia. En 1140 el rey Rogerio II de Sicilia, de origen normando, puso bajo su advo­cación la Capilla Palatina de Palermo.
      Francia tiene numerosas iglesias puestas bajo la advocación de san Pedro. Su culto fue difundido por la orden de Cluny, cuya casa matriz, y casi todos los prioratos, comenzando por el de Moissac, estaban consagrados al Príncipe de los apóstoles, primer representante del papado al cual la orden respondía  directamente, por derecho de exención.
     Entre las catedrales góticas que llevan su nombre, basta recordar las de Beauvais, Troyes, Lisieux, Nantes, Poitiers, Angulema y Montpellier. Entre las iglesias abaciales o parroquiales, cabe citar, en París, la antigua capilla de Saint Pierre aux boeufs (Capella Sanct Petri de bobus), cuya  portada decoraba la fachada de la actual Saint Severin; en Sens, la de Saint Pierre le Vif (invko); en Estrasburgo, la de Saint Pierre le Vieux y Saint Pierre le Jeune; en l'ours, la de Saint Pierre le Puellier (Monasterium S.Petri  puellarum) y Saint Pierre des Corps; en Toulouse, la de Saint Pierre des Cuisines; en Normandía, Caen y Jumieges, en las regiones de Poitou, Saintonge, Airvault, Chauvigny y Aulnay. Además, numerosas localidades se bautizaron Dompierre o Dampierre. En España, mencionemos las de San Pedro de las Puellas, en Barcelona y San Pedro el Viejo en Huesca, Aragón.
     En Suiza, la catedral de Ginebra, convertida en el santuario principal  de la Roma protestante, estaba bajo la advocación de San Pierre es Liens (ad Vincula; cast.: encadenado, encarcelado).
     En los Países Bajos, san Pedro era particularmente venerado en Lovaina, Bélgica y Maastricht,  Holanda.
     Antes de la Reforma Inglaterra no era menos devota, a juzgar por la advocación de la abadía de Westminster, y las de las catedrales de Norwich, Exxeter y Peterborough.
     Para acabar con una nomenclatura, muy incompleta ciertamente, mencionemos la célebre abadía de San Pedro de Salzburgo, en Austria, y la Peterkirche de Munich, en Baviera.
Patronazgos de corporaciones
     La popularidad del pescador de Cafarnaúm, convertido en el primero de los papas de Roma, además está probada por el gran número de corporaciones y gremios que reivindican su patronazgo: los pescadores,  pescaderos. co­merciantes de pescado, fabricantes de redes -en conmemoración de la Pesca milagrosa- albañiles -a causa del nombre del primer papa, que es la piedra viviente sobre la cual Cristo ha edificado la Iglesia; los herreros y doradores de metales, a causa de las cadenas de las cuales fue liberado; los cosechadores y cesteros porque se sirven de ligaduras; los cerrajeros, al igual que los re­lojeros quienes formaban parte de la misma corporación, porque san Pedro posee la llave del Paraíso.
     No se lo apreciaba menos como santo curador. Se lo invocaba contra la fiebre, los ataques de locura, las picaduras de serpiente. Para curar la rabia, enfer­medad contra  la cual se lo consideraba idóneo porque pusiera en fuga a los perros que lanzara contra él Simón el Mago, se aplicaba, tanto a hombres como a animales, un hierro calentado que se llamaba «llave de san Pedro».
ICONOGRAFÍA
     La iconografía del Príncipe de los apóstoles (Iconografía petriana) es de tal riqueza  que desafía todo intento de enumeración.
l. Figuras
Tipo iconográfico, vestiduras y atributos
l. Tipo

   San Pedro se caracteriza no sólo por sus atributos sino por su tipo físico que es fácilmente reconocible.
     El arte oriental le atribuyó una cabellera rizada. En Occidente, por el contrario, se lo representa calvo, con sólo un mechón de pelo sobre la frente. La tonsura recuerda que fue el primero de los sacerdotes cristianos.
     Se contaba que los judíos de Antioquía le habían tonsurado la cabeza para escarnecerlo. Tal sería el origen de la tonsura clerical, convertida en un signo de honor, porque según los simbolistas evoca la corona de espinas de Jesucristo. Esta clase de tonsura se denomina tonsura scotica porque fue pues­ta de moda entre los clérigos por los misioneros irlandeses.
     La barba rizada de san Pedro siempre es corta.
2.Vestiduras
     Su indumentaria es muy diferente, según que esté representado como após­tol o como papa.
     En el arte cristiano primitivo, como todos los apóstoles, lleva la toga anti­gua, la cabeza descubierta y los pies descalzos.
     En la Edad Media su indumentaria era la de los papas, sus sucesores. Viste el palio, y a partir del siglo X, está tocado con la tiara cónica o la triple corona (triregnum). Estos ornamentos pontificios se convirtieron en la regla en el siglo XV: «San Pedro estará vestido de papa», se lee en un contrato acor­dado con un pintor en 1452.
ATRIBUTOS
     Los atributos de san Pedro son excepcionalmente numerosos, y los lleva, ya él mismo, ya los ángeles que lo acompañan; unos le caracterizan como após­tol, otros como papa.
l. El más antiguo y difundido es la llave (clavis), que aparece por primera vez en un mosaico de mediados del siglo V, y que desde entonces se convirtió en su atributo constante. Pedro siempre es clavígero (Petrus claviger coeli).
     A veces la llave es única, pero generalmente hay dos ,una de oro y otra de plata, llaves del cielo y de la tierra que sim­bolizan el poder  de atar y desatar, de absolver y de excomulgar, que Cristo concediera al Príncipe de los apóstoles (Tibi daba claves regni coelorum). Dichas llaves están juntas porque el poder de abrir y el de cerrar es uno solo.
   A causa del pasaje del Evangelio de Mateo acerca de la «Tradición de las llaves», san Pedro, en la creencia popular, se convirtió en el portero del Paraíso (jnnitor Coeli).
     Cuando el número de llaves es tres, simbolizan el triple poder de san Pedro sobre el cielo, la tierra y el infierno.
2. La barca alude a su primer oficio, pescador, y la pequeña barca de remos, es símbolo de la Iglesia.
3. El pez tiene el mismo significado, salvo que caracteriza no sólo al pescador de peces, sino también al pescador de hombres (Menschertfischer).
4. El gallo posado sobre una columna es el emblema de la negación y de su arrepentimiento. Dicho atributo, muy tardío, se difundió con el arte barro­co del siglo XVIII.
5. Las cadenas recuerdan sus «cárceles», su triple encarcelamiento, en Antioquía, Jerusalén y Roma. La cadena partida simboliza su liberación por un ángel.
6. La cruz invertida evoca su crucifixión cabeza abajo.
7. La cruz de triple crucero,uno más que la de los arzobispos, es la insignia de la dignidad papal.
     A  estos numerosos atributos puede sumarse la imagen de Simón el Mago, padre de los simoníacos, quien le ofreciera dinero para adquirir el don del Espíritu Santo, ya quien el apóstol pisotea. A veces, aunque es muy infre­cuente, derriba al emperador Nerón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
La Fiesta de San Pedro Ad Víncula
     Propiamente hablando, esta fiesta fue establecida con motivo de la dedicación de la basílica de San Pedro en el Esquilino, donde se conservaban las cadenas (vincula) con que fue aherrojado San Pedro durante su prisión romana en la cárcel Mamertina. Pero la fiesta litúrgica, por curiosas circunstancias que después veremos, hace resaltar el prendimiento y liberación del apóstol en Jerusalén, que San Lucas nos ha transmitido en uno de los más bellos y pormenorizados episodios de su libro Hechos de los Apóstoles.
     "Por aquel tiempo —comienza el capítulo 12 de los Hechos— el rey Herodes se apoderó de algunos de la Iglesia para atormentarles."
     Este era Herodes Agripa, el tercero de tal nombre, nieto de Herodes el Grande, que diera muerte a los Inocentes. Había recibido el reino del emperador Cayo Caligula el año 40, y el suceso que ahora se refiere ocurrió el año 44.
     "Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan, y, viendo que daba gusto con ello a los judíos, llegó a prender también a Pedro. Era por los días de los ázimos."
     Santiago, puntual a la predicción del Maestro y a su propia promesa, había conseguido morir "en los días de ázimos", durante la solemnidad pascual, bebiendo de esta suerte el cáliz de la amargura por las mismas fechas en que lo apurara el Señor.
     Pedro es puesto en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de soldados, teniendo Herodes el propósito de ofrecérselo al pueblo después de la Pascua. Pero la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él.
     Se comprende la enorme emoción de la comunidad cristiana de Jerusalén con tal motivo.
     Después de la muerte del diácono Esteban, ya algo lejana, pero que tan profundamente consternados dejó a los fieles, se junta ahora la muerte de Santiago en tan señalados días, y la prisión de Pedro, que todo hacía presentir un fin trágico. Incapaz de tomar resoluciones más expeditivas y heroicas, "la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él". Oración por el Papa prisionero, con el que Herodes había extremado las precauciones, montando tan excepcional vigilancia para un solo hombre.
     Y aquí viene el contraste entre el sobresalto de la Iglesia y la paz de Pedro. Porque la noche anterior al día en que Herodes pensaba entregar su prisionero al pueblo, hallábase éste durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión con centinelas.
     Hace bien el narrador en aportar tantos detalles. La víspera de su martirio Pedro duerme tranquilamente.
     Queremos imaginarnos que su sueño sería bien distinto del de Getsemaní, la víspera del prendimiento del Señor, cuando le rendía el cansancio y la pena, no dejándole su inconsciencia presentir lo que se avecinaba. Ahora, aunque sujeto con dos cadenas que los soldados asían por los extremos, el santo apóstol duerme sosegadamente, sin importarle la incomodidad de la prisión, dejando su porvenir en las manos de Dios, ajeno al futuro, tan preñado de temores.
     Y entonces se opera el milagro.
     "Un ángel del Señor se presentó en el calabozo, que quedó iluminado, y, golpeando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo, "Levántate pronto"; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: "Cíñete tus vestidos y cálzate tus sandalias". Hízolo así. Y agregó: "Envuélvete en tu manto y sígueme". Y salió en pos de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía; más bien le parecía que fuese una visión."
     San Lucas ha sabido captar magníficamente el estado psicológico del Príncipe de los Apóstoles, y Rafael, en las "estancias" del Vaticano, supo pintar con singular maestría la "liberación de San Pedro" y las distintas fases de la luz que alumbra la escena. El prisionero despierta de su pesado sueño y obedece como un autómata. Todo es extraño y tan rápido, que no tiene tiempo de discernir el sueño de la realidad.
     "Atravesando la primera y la segunda guardia llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad. La puerta se les abrió por sí misma, y salieron y avanzaron por una calle, desapareciendo después el ángel. Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo: "Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel, y me ha arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío."
     La impresión inusitada continúa. Como por arte de encantamiento, y sin ser notados de los centinelas, atraviesan los retenes de las guardias y salen a la ciudad al abrírseles por sí sola la puerta de la cárcel. Es en la calle, al encontrarse solo, cuando Pedro advierte con toda claridad que aquello no es un sueño, sino el ángel del Señor que le ha libertado. ¿Qué hacer en tal caso? ¿Adónde dirigirse en tales horas? La noche estaba avanzada, y el día era menester que le encontrase muy lejos de Jerusalén.
     "Reflexionando, se fue a casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde estaban reunidos y orando. Golpeó la puerta del vestíbulo y salió una sierva llamada Rode, que, luego que conoció la voz de Pedro, fuera de sí de alegría, sin abrir la puerta corrió a anunciar que Pedro estaba en el vestíbulo. Ellos le dijeron: "Estás loca". Insistía ella en que era así; y entonces dijeron: "Será su ángel". Pedro seguía golpeando, y cuando le abrieron y le conocieron quedaron estupefactos."
     Esta María debía ser la madre de Marcos, el evangelista, y seguramente que su casa era el cenáculo donde acostumbraba a reunirse la Iglesia o comunidad cristiana de Jerusalén, en aquel momento, en patética asamblea de plegarias por el apóstol cautivo.
     San Lucas relata con gracia y ternura la deliciosa escena. La impresión de la criada Rode, que se olvida de abrir; la incredulidad de los reunidos, la impaciencia de San Pedro en la calle, solo y temiendo que pudieran buscarle al darse cuenta en la cárcel que el preso había escapado. Al fin le abren y, después de referir brevemente su liberación y dar algunas órdenes, "salió, yéndose a otro lugar".
     No había tiempo que perder. Con ligereza y cautela Pedro organizó su huida. El autor de los Hechos no quiso decir hacia dónde emprendió su marcha, tal vez para no traicionar su retiro. La tradición nos refiere que marchó a la misma Roma. Dejaba la capital del judaísmo por la del mundo pagano. Su misión entre los de su raza había concluido. Era el momento de llevar la Buena Nueva "hasta el último confín del mundo".
     Este es el bello relato que sirve de epístola en la misa del día y también como lecciones del primer nocturno del oficio divino. Una demostración de la Providencia divina sobre su Iglesia, que desbarata los planes de Herodes, porque todavía no era el momento en que Pedro "extendiera los brazos y otro le ciñera, llevándole adonde no quisiera ir".
     Del Príncipe de los Apóstoles celebra la Iglesia varias festividades, la de su martirio (29 de junio), las dos cátedras (18 de enero y 22 de febrero) y ésta de sus cadenas (1 de agosto).
     Desde el siglo IV existía en Roma, en el barrio aristocrático del monte Esquilino, una iglesia dedicada a San Pedro y San Pablo. Al siglo siguiente hizo una restauración a fondo de la misma el papa Sixto III († 440) con las limosnas que proporcionó el presbítero Felipe, legado suyo en el concilio de Efeso (año 431), y donde trabó amistad con la princesa Eudoxia, siendo ella quien sufragó las obras del templo, con tal esplendidez que la basílica mereció llamarse con el título de Eudoxia.
     Consta que en este templo se guardaban ya desde principios del siglo V las cadenas con que fuera aprisionado en Roma el Príncipe de los Apóstoles en tiempos de Nerón, porque el obispo Aquiles de Spoleto consiguió el año 419 algunos eslabones de la misma, que depositó en su iglesia, en cuyas paredes mandó grabar unos versos de los que son este dístico que hoy figura como antífona en el oficio litúrgico:
     Solue ivvente Deo terrarum Petre catenas
     qui facis,vt pateant caelestia regna beatis.
     "Desata, oh Pedro, por orden de Dios las cadenas de la tierra, tú que abres los reinos celestiales a los bienaventurados."
     Estas mismas ideas las expresaba el diácono Arator en el poema que declamó en la iglesia romana de San Pedro ad vincula, donde una lápida las reproduce para el visitante:
     "Estas cadenas, oh Roma, afirman tu fe. Este collar que te rodea hace estable tu salvación. Serás siempre libre, por que ¿qué no podrán merecerte estas cadenas, que han atado a aquel que todo lo puede desatar? Su brazo invencible, piadoso aun en el cielo, no permitirá que estos muros sean abatidos por el enemigo. El que abre las puertas del cielo impedirá el paso a los que te hagan guerra".
     La devoción a las cadenas de San Pedro dio pie a una fiesta que se procuró fuera muy popular, para contrarrestar con ella la memoria de otra pagana que se celebraba en la misma fecha en honor de Marte. El calendario jeronimiano la menciona con estas palabras: "En Roma, estación en San Pedro ad vincula". O en esta otra redacción: "Estación en el título de Eudoxia, donde los fieles besan las cadenas del apóstol Pedro".
     Era de tanta fama esta devoción que el propio emperador Justiniano llegó a pedir desde Constantinopla una reliquia de las cadenas del apóstol, "si era posible". Y San Gregorio Magno refiere que de todas partes ambicionaban, por lo menos, unas limaduras de dichas cadenas, con las que se fabricaban piezas de orfebrería en oro y plata, añadiéndoles dichas limaduras.
     Alguna vez se regalaron hasta eslabones, como a la catedral de Metz, que conserva uno, de suerte que la cadena guardada en el Esquilino no está completa. Comprende dos pedazos, uno de veintitrés eslabones, terminado en dos argollas semicirculares que servirían para aherrojar las manos o el cuello, y otro que sólo tiene once eslabones idénticos a los primeros y cuatro más pequeños. Son obra tosca de herrero, de la misma factura que otras cadenas antiguas que han llegado a nosotros. Pocas reliquias llegan a poseer tantos títulos de autenticidad como ésta.
     Sin embargo, la leyenda vino a hacerlas sospechosas. Siempre se pensó que tales cadenas fueron las que aprisionaron en la cárcel Mamertina a San Pedro, en la misma Roma. Pero en el siglo VII un predicador relacionó la prisión romana del Príncipe de los Apóstoles con la de Jerusalén, y en sí la idea era feliz, y pasó a la liturgia; pero, desgraciadamente se añadió como consecuencia que la cadena de Jerusalén había sido llevada a Roma por Eudoxia, la emperatriz que contribuyera a reedificar la basílica del Esquilino. En el siglo XIII se propagó la leyenda definitiva. La emperatriz Eudoxia, al ir en peregrinación a Jerusalén el año 429, recibió del patriarca Juvenal las cadenas que habían atado a San Pedro cuando la prisión de Herodes Agripa. Una parte de ellas las conservó en Jerusalén y la otra la regaló a su hija Eudoxia, que dos años antes había casado con el emperador Valentiniano III. La joven emperatriz mostró tan preciada reliquia al papa Sixto III, quien correspondió mostrando a su vez la otra cadena con que Nerón había aprisionado al santo apóstol antes de sentenciarle a muerte. Habiendo acercado el Papa una cadena a otra al instante se soldaron las dos tan perfectamente que parecían una sola.
     Como consecuencia del milagro Eudoxia habría mandado edificar la basílica de San Pedro ad vincula en honor de la preciada reliquia.
     Ya hemos visto el origen de este hermoso templo, que posteriormente fue título cardenalicio, ligado de forma tradicional a la familia florentina de los Rovere, que lo restauraron en la época del Renacimiento, dándole el aspecto actual. Posee frescos y pinturas del Pollaiolo, del Guercino, del Domenichino y del Pomarancio, y sobre todo guarda la obra cumbre de Miguel Angel, el famoso Moisés, que habría sido una de las cuarenta estatuas que decorasen el mausoleo de Julio II, el cual, sin embargo, fue enterrado en una relativamente modesta tumba.
     Las cadenas se guardan bajo el baldaquino del altar mayor, en un tabernáculo de bronce con bajorrelieves del Caradosso (1477). Se muestran al pueblo el día 1 de agosto, y la historia habla de numerosos milagros atribuidos al contacto con las mismas, sobre todo para la liberación de los posesos. Algunas de estas escenas decoran la bóveda de la nave central (Casimiro Sánchez Aliseda, en www.mercaba.org).
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