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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 15 de mayo de 2026

El Copón, anónimo, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Copón, anónimo, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar el Copón, anónimo, en bronce y plata sobredorados, torneado, cincelado, fundido y esmaltado, realizado en la primera mitad del siglo XVII en ¿Sevilla?, sin marcas ni inscripciones, con unas medidas de 0,34 x 0,17 x 0,17 mts., y procedente del Hospital de las Cinco Llagas.
     Basamento circular con cuerpo principal y convexo y moldura interior resaltada. Astil con tambor cilíndrico, nudo semiovoide con toro superior, caja semiesférica y cubierta convexa con cúpula rebajada culminada con cruz de sección romboidal. Decoración con 28 cabujones de esmalte opacos en colores azules y blancos. En los cuatro que articulan la copa se reproducen los escudos del Hospital de las Cinco Llagas. La estructura bien proporcionada y la corrección técnica componen una obra de calidad dentreo de la uniformidad estilística común en estas fechas. En los cabujones esmaltes con el escudo de las Cinco Llagas (María del Carmen Heredia Moreno, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Copón, anónimo, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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domingo, 10 de mayo de 2026

El Relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 10 de mayo, Memoria de San Juan de Ávila, presbítero, que, nacido en Montilla, lugar de Andalucía, en España, recorrió toda la región de la Bética predicando a Cristo, y después, habiendo sido acusado injustamente de herejía, fue recluido en la cárcel, donde escribió la parte más importante de su doctrina espiritual (1569) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Santiago [nº 061 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Ha tenido la misma advocación desde 1477, o la variante de "Santiago Matamoros", aunque alojó a las santas Justa y Rufina y al "Jesús de la Columna con la Virgen y San Pedro llorando", grupo que también rodó mucho antes de desaparecer en el siglo XIX y que había dotado el canónigo Luis de Soria en 1512; hoy muestra el relieve de la "Virgen del Cojín", una Piedad y un san Lorenzo en el ático del retablo; también fue su patrono Gonzalo Sánchez de Córdoba. En ella se enterraron los arzobispo don Alonso de Toledo y don Gonzalo de Mena, en la catedral mudéjar, y también don Femando Tello (concretamente ante el altar de santa Bárbara), por lo que también se la denominó "de los Arzobispos", como su simétrica en el costa­do meridional (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En la Capilla de Santiago de la Catedral de Santa María de la Sede encontramos el relicario de San Juan de Ávila, pieza anónima sevillana del siglo XIX, adscrita al movimiento artístico del Neoclasicismo, realizado mediante la técnica del cincelado, con unas medidas de 21 x 10 x 7,5 cms. Sobre una base de planta circular sin decoración, figura un angelote de pie que soporta en sus brazos el relicario, el cual presenta ráfagas y cruz como remate (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de San Juan de Ávila, presbítero;
     San Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía (Almodóvar del Campo, Ciudad Real, 6 de enero de 1500 – Montilla, Córdoba, 10 de mayo de 1569). Eminente predicador y promotor de la Reforma Católica en España.
     “Sus padres eran de los más honrados y ricos de este lugar, y, lo que más es, temerosos de Dios”. Se crió, pues, en un ambiente muy familiar y cristiano.
     El nombre de Juan de Ávila está unido a su obra más significativa, la célebre Audi, filia, que es libro de magisterio interior. Precede a la Filotea, obra, en cierto sentido, análoga a la de otro santo, Francisco de Sales, y a toda una gama de libros religiosos que imprimieron profundidad y sinceridad a la formación espiritual católica, desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. También en esto es maestro singular.
     En 1513 fue a estudiar Derecho a la Universidad de Salamanca, de donde regresó a los cuatro años —abandonando, como él mismo dijo, las “negras leyes”— para llevar vida retirada en su casa. Estudió Artes y Teología en la Universidad de Alcalá (1520-1526), donde tuvo por maestro al dominico Domingo de Soto y trabó íntima amistad con Pedro Guerrero, futuro padre del Concilio de Trento y arzobispo de Granada, y tan afín al espíritu y a los trabajos del maestro Ávila. Era entonces Alcalá un hervidero de ideas erasmistas, de las que Juan de Ávila pudo haberse impregnado durante los años en que allí estuvo estudiando. Erasmo, que no había aceptado la cátedra que le ofreciera Cisneros para su Universidad recién establecida, ejerció en ella un amplio magisterio a través de sus escritos. Precisamente, cuando Juan de Ávila cursó en ella los estudios teológicos, dieron a luz las prensas complutenses buena parte de la producción erasmiana. Erasmo era considerado como el maestro del humanismo cristiano, artífice de una espiritualidad interior, el profeta de una nueva “paz cristiana”, heraldo de la auténtica reforma por la que clamaban desde hacía tiempo, también en España, todos los innovadores; y dotado, para colmo, de atractivos, de un caudal nunca visto de erudición clásica, con un estilo maravillosamente moderno, al que no faltaba el saborcillo picante de la crítica del rutinarismo religioso. Alguna de estas ideas erasmistas se veían reflejadas en la obra predilecta de san Juan de Ávila, el Audi, filia.
     Ordenado sacerdote en 1526, vendió su hacienda y se ofreció como misionero para el Nuevo Mundo. Fue para ello a Sevilla, donde “vivió en unas casillas con un padre sacerdote”, dedicándose a la predicación y a dar testimonio de su vida sacerdotal. No pudo pasar a América y, por consejo del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, empezó a ejercer su ministerio por el sur de España; de aquí que en adelante le llamaban el “Apóstol de Andalucía”.
   Se dedicó a la predicación por diversas ciudades, organizando misiones populares, dirigiendo espiritualmente a muchas personas, visitando los hospitales, cárceles y escuelas, formando grupo con otros sacerdotes en una vida de estudio, oración y pobreza. Por este tiempo predicó y vivió principalmente en Écija.
    En 1531 lo denunciaron, por doctrina sospechosa, a la Inquisición de Sevilla. La vigilancia inquisitorial, alerta ante el peligro de la infiltración luterana, amparó la ocasión. Se abría el proceso informativo. Los acusadores se ratificaron, y otras acusaciones llegaron de Alcalá de Guadaira. Los inquisidores decretaron la detención del predicador y los oficiales del Santo Oficio lo llevaron preso a Sevilla. A finales de 1532, Juan de Ávila respondió hábilmente a los cargos que se le hacían. Por otro lado, la vida que llevó en la cárcel y la prudencia y ortodoxia con que respondió a dichos cargos convencieron pronto a los inquisidores de que no había razón para condenarlo. Muchas acusaciones procedían de envidias y no es menor prueba el que los testigos que declararon a su favor fueran más numerosos que los que lo hicieron en contra. No puso Ávila mucho empeño en defenderse de las acusaciones; más dedicó su tiempo a esbozar su obra escrita principal, el Audi, filia (tratado sobre la perfección cristiana) y una introducción y traducción de la Imitación de Cristo. Según su biógrafo y discípulo fray Luis de Granada, aprendió el “Misterio de Cristo” en la cárcel “en pocos días más que en todos los años de su estudio”. El 16 de junio de 1533, vistos los autos, los inquisidores absolvieron al acusado, que salió del juicio sin nota ni mancha alguna. Como aquéllos le mandaran predicar un día de fiesta en la iglesia de San Salvador de Sevilla, anotó también fray Luis que, “en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la ciudad”. En 1535 marchó a Córdoba, invitado por el obispo fray Juan Álvarez de Toledo, y allí se incardinó.
     Se encargó de la formación del clero creando dos centros de estudio, explicaba al pueblo la Escritura, y desde Córdoba organizó las célebres misiones de Andalucía (con Extremadura, parte de La Mancha y Sierra Morena). Recorrió en su predicación y apostolado las principales ciudades andaluzas. Convirtió en Granada a Juan Ciudad (san Juan de Dios), quien fue dirigido espiritual suyo. Asimismo, influyó en el cambio de vida del marqués de Lombay, duque de Gandía (san Francisco de Borja).
     Mientras tanto, el número de sus discípulos crecía con la conquista de elementos valiosos y con ellos se dispuso a llevar a cabo uno de sus principales objetivos, que era el de fundar colegios para la educación de la juventud y seminarios o convictorios para clérigos.
     Consta la fundación de quince de esos colegios, sin contar los convictorios sacerdotales. De estas fundaciones, tres eran colegios mayores o Universidades (Baeza, Jerez, Córdoba). La fundación más célebre fue la de la Universidad de Baeza, cuyos clérigos, con fama de santidad y ciencia, llegaron a casi toda España. Sus principales colaboradores en este centro fueron Diego Pérez de Valdivia (después profesor de Escritura de la Universidad de Barcelona y célebre escritor espiritual) y Bernardino de Carleval. La línea de formación que se seguía en estos colegios era la que él mismo dejó explicada en los Memoriales que escribió y mandó al Concilio de Trento.
     Fueron años de incesantes correrías apostólicas: de Granada a Córdoba, de Zafra a Baeza, de Baeza a Montilla, otra vez a Granada y a Córdoba. Aquí hubo un momento en que parece que iba a cuajar, al fin, la fundación de “una congregación de sacerdotes operarios y santos”; fue el momento en que llegó a tener juntos “más de veinte compañeros en el Alcázar viejo, para principio de una religión que quería fundar”.
     Este centro misional, creado en Córdoba, retuvo al maestro Ávila en esta ciudad, como su sede habitual, por espacio de unos ocho o nueve años, sin que tal permanencia se deba considerar como una residencia inmóvil. Solo o acompañado de sus discípulos, predicó con gran fruto, tanto en la ciudad como en los alrededores; se adelantó por la serranía cordobesa, por Fuenteovejuna, y llegó en una ocasión hasta los límites del Campo de Calatrava y arzobispado de Toledo, a la vista de Almadén. Subió hasta la ermita de Nuestra Señora del Castillo, desde donde se divisan allá lejos Sierra Nevada, el puerto del Pico, Guadalupe, etc.
     Confesó allí a muchas personas que le habían seguido desde los lugares donde había predicado. Deseó llegarse a Almadén, para hablar a aquella muchedumbre de forzados de todas partes que allí trabajaban en las minas y en los hornos. Vio algunos azogados, y se quejó de que no hubiera hospital para atenderlos. A este propósito, escribió el conocido Daniel Rops en el volumen que dedicó a La Reforma: “Tuvo como centro (la Reforma en España) a un sorprendente personaje, Juan de Ávila, autor del admirable Audi, filia, y apóstol de palabra infatigable. En las ciudades y hasta en las más pobres aldeas de Andalucía, él y sus compañeros, antecesores de nuestras misiones rurales y obreras, se entregaron sin medida, mostrando en todas partes sus sotanas raídas, sus rostros macerados de ojos ardientes, avergonzando a los cristianos por la dureza de los ricos y aun a los prelados por sus debilidades, y conduciendo en su zurrón de cazador de Cristo piezas logradas, tales como Luis de Granada, Juan de Dios y Francisco de Borja; levantando en Sierra Morena las iglesias que vemos todavía hoy verdaderos precursores que anuncian, unos quince años antes, los primeros ensayos de San Ignacio de Loyola y sus compañeros”.
     Por ciudades, pues, pueblos y aldeas fue ejerciendo el ministerio de la predicación que, con el de la pluma, fue el principal y más importante de los ministerios que ejerció en su vida. Predicaba a toda clase de personas y aprovechaba el fruto de sus sermones para la dirección espiritual. Preparaba siempre la predicación con oración y estudio. De gran contenido paulino y con expresiones profundas, muy asequibles y asimilables, los temas principales eran: el misterio de Cristo, Eucaristía, Espíritu Santo, la Virgen María y tiempo litúrgico. Formó en torno a sí una verdadera escuela de predicadores y misioneros.
     En san Juan de Ávila se encuentra una síntesis sapiencial de la doctrina de la Iglesia y de toda la labor teológica hasta su época (Escritura, padres de la Iglesia, liturgia, magisterio, autores espirituales...), con una gran apertura al futuro y con unas cualidades de actualidad todavía para nuestra época. Se puede decir, sin exageración, que conociendo a Juan de Ávila, se conoce la doctrina eclesial por entero hasta el siglo XVI, con grandes y profundas indicaciones doctrinales para una labor teológica de futuro, así como para una vivencia de la fe en sus tiempos y en los tiempos actuales.
     En efecto, la doctrina del santo maestro abarca todos los campos del saber eclesial, y aún gran parte de materias humanísticas. En todos los campos teológicos, por ejemplo, presentó una doctrina sólida, amplia, fundamentada en la revelación y en toda la historia.
     Donde podría encontrarse su especialidad sería sobre todo en el campo de la predicación (de todos los puntos del mensaje cristiano), en la doctrina espiritual y en la doctrina sobre el sacerdocio. Sus puntos de vista teológicos no pertenecen con exclusividad a una escuela particular, sino que se pueden colocar en la esfera de la sabiduría cristiana que supera toda escuela y sintetiza lo mejor de ellas. Tratándose de un sacerdote diocesano (patrono de los sacerdotes diocesanos españoles), en caso de llegar a ser declarado doctor de la Iglesia, sería el primer sacerdote diocesano que consiguiera tal título, y esto en unos momentos en que la Iglesia necesita tener a la mano, con facilidad, seguridad y profundidad, la doctrina sobre el sacerdocio.
     En Juan de Ávila se notaba una cuidada formación tanto en los aspectos humanos e intelectuales como en los espirituales y pastorales. Era gran conocedor de la Sagrada Escritura, que continuamente citaba de memoria, de los padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Estudió y difundió la doctrina de Trento para salir al paso de las opiniones de los reformadores, de las que estaba al tanto. Pero la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde encendía su ardiente corazón. El magisterio personal de san Juan de Ávila por la palabra hablada se encerró dentro de los límites de la España de su tiempo; pero su magisterio por la pluma trascendió los linderos de la nación española, y de su siglo, difundiéndose por todo el mundo y por los siglos venideros a través de sus escritos.
     Predicador incansable y director de almas incomparable, el Apóstol de Andalucía fue también fecundísimo escritor de obras ascéticas y místicas. Una edición moderna de las Obras completas de san Juan de Ávila, por L. Sala y F. Martín Hernández, fue hecha en seis volúmenes en la Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1970-1971), que ahora se acaba de reeditar, en cuatro extensos volúmenes y con nuevas aportaciones, en la misma Editorial (Madrid, BAC, 2000-2003). Se sabe que otras muchas páginas rellenó el maestro Ávila, pero sólo las que se conservan constituyen un fondo riquísimo y de un valor inapreciable.
     De sus obras se hicieron anteriormente no menos de catorce ediciones generales españolas. En otras lenguas, tres. De obras distintas son también numerosas las ediciones que se han hecho, ya en la lengua originaria, ya en versiones a distintos idiomas; pero sobre todo del Epistolario. Nada menos que nueve españolas y veintitrés extranjeras se han contado.
     La simple enumeración de estas obras, que hoy se conservan, hace concebir una idea grandiosa del maestro, del apóstol; crece este concepto, teniendo en cuenta sus numerosas ediciones y versiones a otras lenguas, junto con la calidad de los escritos. De entre ellos sobresalen las Cartas, que debieron de ser millares, a juzgar por alusiones que se hacen en los procesos de beatificación y en otros documentos y cartas hoy desaparecidas; la correspondencia epistolar fue, sin duda, una de las principales y más eficaces ocupaciones del maestro Ávila. Cuenta su amanuense el padre Juan de Villarás que, “con frecuencia, estando comiendo, llegaban cartas y consultas de diversas partes, y, en acabando de comer, sin más estudio ni más premeditación, sino sólo ex abundantia cordis, le mandaba escribir y forjaba estas cartas, que impresas ahora asombran al mundo”. Fray Luis de Granada, su admirador, escribe: “Espanta más la facilidad y presteza con que estas cartas se escribían, porque, con ser ellas tales y tan acomodadas, era tan fácil en escribirlas que, sin borrar ni enmendar nada, porque no le daban sus ocupaciones, como salían de la primera mano las enviaba”.
     Pondera el mismo padre Granada la rara virtud y especial gracia del maestro en adaptarse tan bien a todas las necesidades de las almas: “Consuela los tristes, anima los flacos, despierta los tibios, esfuerza los pusilánimes, socorre a los tentados, llora a los caídos, humilla a los que de sí presumen. Y es cosa de notar ver cómo descubre las artes y celadas del enemigo, qué avisos da contra él, qué señales para conocer los hombres su aprovechamiento o desfallecimiento, ¡Cómo abate las fuerzas de la naturaleza! ¡Cómo levanta las de la gracia! ¡Con qué palabras declara la vanidad del mundo y la malicia del pecado y los peligros de nuestra vida! ¡Cuán copioso es en exhortarnos a la confianza en la providencia paternal de Dios y en los méritos y sangre de Cristo! Concluyendo, pues, esta materia digo que cualquier hombre prudente que leyera estas cartas [...], luego entenderá que el dedo de Dios está aquí”.
   Sus cartas eran de una maravillosa variedad y de una gracia deliciosa. Consultor nato de varios prelados, como Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, y del patriarca san Juan de Ribera y de santo Tomás de Villanueva, ambos arzobispos de Valencia, no faltan cartas a prelados, a fundadores de órdenes religiosas, como san Ignacio y san Juan de Dios; a sacerdotes, religiosos, monjas, señores de título, señoras, doncellas...
     Gran empeño tenía santa Teresa en que el Apóstol de Andalucía leyera el libro de su Vida; que de hacerlo, quedaría tranquila. Juan de Ávila le escribió dos cartas, en las cuales le dio a conocer la veracidad y solidez de su doctrina. Aunque enemigo de entremeterse en negocios seculares —su epistolario es espiritual—, no falta alguna carta que pertenece al buen gobierno de la república cristiana, como la que menciona el mismo padre Granada, escrita al asistente de Sevilla, “en la cual le da tantos avisos y documentos para buen gobierno della, como si toda la vida hubiese gastado en negocios de república”.
   Junto a las cartas, los Sermones. El sermonario del maestro Ávila abarca toda clase de temas: sermones de tiempo y de los santos, dogmáticos y morales, pláticas a sacerdotes y a monjas..., pero había materias que trataba con especial cariño, y fiestas en que no dejaba de predicar por enfermo que estuviera, a no ser que la enfermedad le rindiese por completo. “Cuando venía alguna fiesta grande, particularmente del Santísimo Sacramento o de Nuestra Señora —escribe el padre Granada—, luego se levantaba de la cama [...] y predicaba de ordinario ocho sermones, uno en cada día de la Octava del Santísimo Sacramento, y esto con tan buena disposición corporal, que parecía del todo sano”.
     Hoy se puede admirar la copia y solidez de su doctrina, aquellas expresiones tan felices, tan vivas, y que son como proverbios; y saborear los dulces efectos de devoción, que brotan de las páginas de sus tratados del Santísimo Sacramento, del Espíritu Santo, de Nuestra Señora... ¿Qué sería gustarlos de la misma boca del predicador? ¡Cuántos predicadores de todo el mundo han venido a sacar agua de doctrina y afecto de corazón de estas fuentes saludables! Se puede recordar lo que de sí mismo escribió san Antonio María Claret en el siglo XIX: “He tenido mucho afán en leer autores predicables, singularmente de materia de misiones. He leído a S. Juan Crisóstomo, S. Ligorio... y el V. Juan de Ávila. De éste he leído y he anotado que predicaba con tanta claridad, que lo entendían todos y nunca se cansaban de oírle, siendo así que sus sermones duraban a veces dos horas, y era tanta la afluencia y multitud de especies que le ocurrían, que le era dificultoso ocupar menos tiempo.
     Cualquiera puede comprobar hoy la abundancia y la solidez de doctrina de este predicador evangélico, leyendo los sermones que de él se han impreso. El insigne escritor Marcelino Menéndez Pelayo, en su conocida Historia de los Heterodoxos Españoles, refiriéndose a los tiempos del padre Ávila, se expresó de esta manera: “¿Qué había de lograr el protestantismo [...], cuando recorrían los campos y ciudades misioneros como el Venerable Apóstol de Andalucía Juan de Ávila, orador de los más vehementes, inflamados y persuasivos que ha visto el mundo?”.
     Pero existe un testigo mayor de toda excepción, su discípulo el venerable fray Luis de Granada: el amor de Dios “le hacía predicar con tan grande espíritu y fervor, que movía grandemente los corazones de los oyentes; porque las palabras, que salían como saetas encendidas del corazón que ardía, hacían también arder los corazones en los otros”.
     Célebre es aquel texto de este insigne escritor ascético: “Un día oíle yo encarecer en un sermón la maldad de los que, por un deleite bestial, no dudaban en ofender a Nuestro Señor, alegando para esto aquel lugar de Hieremías: obstupescite coeli super hoc, etcétera.
     Y en verdad, cierto, que dijo esto con tan grande espanto y espíritu, que me parecía que hacía temblar las paredes de la iglesia” Pero no solamente ponía corazón y fuego en sus sermones, sino que, “como persona de letras e ingenio, llevaba el sermón muy enhilado”.
     Cierto que no manejaba muchos libros: “Estudiaba los sermones que predicaba, de rodillas puesto en oración” Él mismo confesó a fray Luis de Granada “que en el tiempo que predicaba, cercado de tantos negocios, tenía cada día dos horas de oración por la mañana, y otras dos en la noche”. “Predicar —decía el mismo maestro Ávila— no es estar razonando una hora con Dios, sino que venga el otro hecho un demonio y salga hecho un ángel”.
   Y una cosa que agranda el mérito de tan excelso predicador es que formó escuela en el arte de predicar, de la que salieron conocidos oradores sagrados. El más eminente predicador que tuvo la Compañía de Jesús en España durante el siglo XVI fue el padre Juan Ramírez.
     “Amaestrado en la predicación, antes de entrar en la Compañía, por el Maestro Juan de Ávila, comenzó muy luego a conseguir en Granada notabilísimos triunfos”.
     Su fama de “maestro” se iba acrecentando, pues, cada día más, y parecía natural, Ávila fundaba un instituto de clérigos regulares, una orden de sacerdotes apostólicos. Pero la humildad del “Apóstol”, los achaques de salud que cada día se le recrecían, la generosidad con que iba entregando, uno a uno, sus mejores discípulos a otras órdenes religiosas, especialmente a la Compañía de Jesús, hicieron irrealizable el proyecto.
     Al mismo Ávila parece que le pasó por la mente entrar él mismo en la recién fundada Compañía. Se cruzaron cartas entre san Ignacio y el maestro. Aquél se había dado cuenta del valor personal de éste y había reparado en lo semejante de las empresas que ambos tenían entre manos. Convenía, pues, inclinarle a que entrase en la Compañía, porque “traería tras sí mucha cosa el Ávila”. Pero el maestro no se decidió: tenía muchos años y muchas enfermedades, aunque siguió respondiendo con generosidad, con discípulos y con ofertas. El 6 de diciembre de 1552 escribió san Francisco de Borja a san Ignacio: “Como verá V. P. por una carta nuevamente recibida del P. Mtro. Ávila, por la cual se entiende que, estando muy enfermo, quiere dejar por heredera a la Compañía de sus discípulos en los colegios, y así, por el fruto que se espera, escribe al P. Provincial que, ‘si no puede ir en persona, envíe (otra) tan calificada cuanto el negocio requiere’”.
     Ya muy enfermo, Ávila se retiró a Montilla (Córdoba) hacia el año 1554 y allí permaneció hasta su muerte (1569), viviendo pobremente. La marquesa de Priego lo hubiese querido alojar en su palacio, pero Ávila se negó. En la calle de la Paz, n.º 8, propiedad de la marquesa, se instaló, al fin, acompañado de su fiel discípulo el padre Juan de Villarás. “Un pequeño zaguán y una habitación de no grandes dimensiones ocupan la planta baja; y en el piso superior, al que da acceso una estrecha y rústica escalera, tres modestísimas habitaciones de techo no muy alto y de rústico pavimento”.
     Aparte de una intensa vida interior, Juan de Ávila siguió, en cuanto le daban de sí las fuerzas, trabajando en sus tareas apostólicas. Visitó con mucha frecuencia, para predicar y confesar, el monasterio de Santa Clara. Escribió cartas de dirección espiritual. Recibió consultas, noticias. Revisó la edición definitiva del Audi, filia, escribió el Tratado del sacerdocio, los Memoriales al Concilio de Trento, las Advertencias al Concilio de Toledo y otros escritos menores, además de numerosos sermones. Y, sobre todo, llevó las riendas de sus colegios y de su escuela sacerdotal. Especialmente por el epistolario se relacionaron con él en demanda de consejo: santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Francisco de Borja, san Juan de Dios, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ribera, fray Luis de Granada y otros. A él se referían comúnmente con el apelativo de “Maestro Ávila”.
     San Juan de Ávila, a semejanza de san Pablo, al que se propuso seguir como modelo, fue con toda verdad un apóstol, o como se ha escrito de él, “una clara imagen de la predicación evangélica” y al mismo tiempo “una copia fiel del Santo Apóstol”. En la línea del Concilio de Trento, al que mandó sus memorables Tratados de Reforma, puso todo su empeño en la reforma de las costumbres clericales, estableciendo colegios, parecidos en alguna manera a los seminarios, y haciendo que los sacerdotes, como soldados preparados para todo, saliesen bien preparados en toda ciencia y virtud.
     Fue amigo de todos y padre en Cristo de muchos hombres de toda condición, nobles y humildes, sacerdotes y seglares; y maestro, a la vez, de santos, tales como san Juan de Dios, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara, Ignacio de Loyola, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Teresa de Jesús, quien al enterarse de su muerte, dijo, afligida, que la Iglesia “había perdido una gran columna”.
     El magisterio de Juan de Ávila no terminó con su vida. Sus abundantes escritos han influido notablemente en la historia de la espiritualidad y de la renovación eclesial. En la Biblioteca de Autores Cristianos sus obras conocidas ocupan varios volúmenes.
     Se enumeran no menos de catorce ediciones y tres en otras lenguas en distintas épocas. De obras por separado son numerosas las ediciones y versiones a distintos idiomas. De su Epistolario hay al menos veinticinco ediciones extranjeras. El tratado Audi, filia es un clásico de la espiritualidad. Se tradujo muy pronto al italiano, francés, alemán e inglés. Su influencia en el Concilio de Trento ha sido puesta de manifiesto por los especialistas. No pudo asistir a él a causa de sus enfermedades; pero allí se dejó sentir el eco de su doctrina. El papa Pablo VI pudo decir en la homilía de canonización que “el Concilio de Trento adoptó decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes”. El Maestro Ávila pertenece a ese grupo de verdaderos reformadores que intentaron e iluminaron la renovación de la Iglesia en aquellos tiempos recios del siglo XVI.
     Sus escritos fueron fuente de inspiración para la espiritualidad sacerdotal. Se le copia y se le cita, por ejemplo, en las obras del clásico Antonio de Molina; en las de san Francisco de Sales, Bérulle, los autores de los Píos Operarios Evangélicos, san Antonio M.ª Claret, beato Manuel Domingo y Sol... Ya en nuestro tiempo, Juan de Ávila ha sido una referencia continuada para el clero diocesano, no sólo en España, sino también en otros países, particularmente en América. “Maestro de evangelizadores” —Apóstol de Andalucía le llamaban, por la evangelización que en ella realizara—, Juan de Ávila puede servir de modelo para llevar a cabo la nueva evangelización que necesita nuestro mundo de hoy. En el campo de la catequesis es un buen modelo. Supo transmitir con seguridad el núcleo del mensaje cristiano y formar en los misterios centrales de la fe y en su implicación en la vida cristiana, provocó la adhesión a Jesucristo y llamó a la conversión. Respecto a la pastoral de la educación y de la cultura, Juan de Ávila fue un pionero.
     Fundó una universidad, dos colegios mayores, once escuelas y tres convictorios para formación permanente e integral de los clérigos. Varias de estas escuelas y colegios eran para niños huérfanos y pobres.
     Para dar ejemplo, él mismo encarnó en su vida la pobreza y el amor a los pobres.
     La dimensión sacramental fue central en su predicación y en sus escritos; la clave de la vida cristiana y de toda la espiritualidad la hizo consistir en la vida divina y la filiación adoptiva recibida en el bautismo.
    En medio de su actividad apostólica aparece siempre, como base, la oración. En ella templaba su alma para la predicación. La pastoral vocacional era igualmente otra de sus grandes realizaciones. Decía que la recta formación de los sacerdotes era la clave de la verdadera reforma de la Iglesia, sacerdotes a los que había que formar desde la niñez. Igualmente, se interesaba ardientemente por las vocaciones a la vida consagrada.
    Había renunciado a prebendas y obispados (Segovia y Granada), así como al capelo cardenalicio ofrecido por Pablo III. Murió en Montilla el 10 de mayo de 1569. Santa Teresa, al enterarse de su muerte, dijo: “Lo que me da pena es que pierde la Iglesia de Dios una gran columna”. Fue beatificado por León XIII el 4 de abril de 1894. Pío XII, el 2 de julio de 1946, le declaró patrono del clero diocesano español. Pablo VI le canonizó el 31 de mayo de 1970. Precisamente en la homilía de canonización hizo resaltar del nuevo santo las siguientes características: figura y doctrina sacerdotal excelsa, modelo de predicación y dirección de almas, influencia histórica, paladín de la reforma eclesiástica. Entre las afirmaciones del Sumo Pontífice resalta la siguiente: “La figura y la doctrina de San Juan de Ávila, ha dejado, pues, en la Iglesia una impronta especial y extraordinaria que hoy es reconocida por todos. Su influencia histórica sigue siendo la de una gran Maestro o Doctor, pues tal ha sido siempre el título que acompaña a su nombre desde que, todavía en vida, se lo dieron sus contemporáneos”.
     A los pocos días de su canonización, la XII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (5-11 de julio de 1970) acordó solicitar a la Santa Sede la declaración de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia Universal. Igualmente, en 1989 acuerda la LI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (20-25 de noviembre de 1989) enviar preces a la Santa Sede, acompañando a la nueva Positio que se había redactado, en la que se ponía de relieve la solidez de la doctrina de san Juan de Ávila, su rica espiritualidad y su perenne actualidad (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 23 de marzo de 2026

El Juego de Vinajeras, de Antonio Castejón, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

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     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar el Juego de Vinajeras, de Antonio Castejón, en plata dorada, repujada, cincelada, fundida y torneada, realizada en 1846, en Córdoba, con las marcas en el reverso de la base de las jarritas: 46/TORRE, CASTEJON y león rampante hacia la izquierda, y procedente del Hospital de San José, la Casa Cuna.
     Bandeja oval con cuerpo liso y orilla decorada con cenefa de hojas. Jarritas de cuerpo aovado con cuello cóncavo y asas y boca curvilíneas. Campanilla de perfil curvilíneo y mango bulboso, adornada con labores de cordoncillo y un par de cenefas vegetales muy estilizadas. A las tapas se superponen racimos de vid y espigas. Los cuerpos se decoran con gallones, ces y rosetas neoclásicas. El apellido Torre con la cronológica corresponde al marcador Marcial de la Torre que ocupó el puesto entre 1834 y 1849. La marca de A. Castejón debe pertenecer a Antonio de Castejón, el platero artífice de este conjunto. El león rampante es la marca de la localidad de Córdoba. El diseño de las jarritas y la ornamentación general muestran la cabal y correcta interpretación e incorporación del Neoclasicismo cortesano contemporáneo en los obradores cordobeses (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
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martes, 17 de marzo de 2026

El Juego de Vinajeras, de Rojas, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Juego de Vinajeras, de Rojas, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar el Juego de Vinajeras, de Rojas, en plata en su color, cincelada, troquelada fundida y grabada, realizadas ca. 1846, en Sevilla, con las marcas: NO8DO, ROJAS, PALOMINO/1846. Inscripción grabada en el cuerpo de la salvilla: "D.I.N.E", con unas medidas (las jarritas) de 10 x 4 cms, y 16 x 11 (la salvilla), y procedente del Hospital de San José, la Casa Cuna.
     Salvilla oval con el cuerpo liso y la orilla levantada con cenefa vegetal de flores y hojas. Jarritas de cuerpo aovado, cuello cóncavo y boca sinuosa. Las asas curvilíneas encierran una pequeña roseta y se perfila con troqueles de perlas. A las tapaderas se superponen una rana y un racimo de uvas, que las identifican como contenedores para el agua y el vino litúrgicos. El diseño general se aproxima al de los ejemplares de La Asunción, de Lora del Río, o del convento de Santa Inés de Sevilla, obras respectivas de los plateros hispalenses Francisco de Paula Palomino y Francisco Pérez. Sin embargo, las marcas nominativas indican que el artífice fue Rojas, un platero prácticamente desconocido, y que el marcador debió ser Manuel María Palomino de Guzmán, que desempeñó el cargo a lo largo de la década de 1840 (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
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viernes, 27 de febrero de 2026

El Incensario, de Vicente Gargallo y Alexandre, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

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     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar el Incensario, de Vicente Gargallo y Alexandre, en plata en su color, repujada, cincelada, recortada, y grabada, realizada hacia 1800, en Sevilla, con marcas en el zócalo vertical de la base: J./GARCIA, 10, NO8DO y GARGA, y procedente del Hospital de las Cinco Llagas.
     Tiene base circular, brasero semiesférico con remate cilíndrico y cuerpo de humos curvilíneo culminado en casquete esférico igual que el manípulo. Además de los gallones y hojas lanceoladas repetidas por distintas zonas, los frentes principales del cuerpo de humos reproducen cartelas coronadas entre guirnaldas de flores que representan las insignias de la hermandad de La Esclavitud de Cristo, similares a las de la naveta nº 73. Tanto el diseño como la decoración evidencian su origen sevillano igual que las marcas del platero Vicente Gargallo y Alexandre, activo entre 1782-1801, y las del contraste marcador José García Díez (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
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miércoles, 25 de febrero de 2026

El Incensario, anónimo, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Incensario, anónimo, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar el Incensario, anónimo, en plata en su color, cincelada, recortada, grabada y fundida, realizada en la primera mitad del siglo XVII, con restauraciones posteriores, en Sevilla ¿?, sin marcas ni inscripciones, y procedente del Hospital de las Cinco Llagas.
     Tiene base circular, brasero bulboso y cuerpo de humos cilíndrico con cubierta hemisférica. Decoración de gallones planos entre fondos picados de lustre y espejos ovales lisos entre hojarasca vegetal. Pieza sencilla, de proporciones correctas y apreciable calidad (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
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viernes, 13 de febrero de 2026

La Caja para llaves del Sagrario, de los Talleres Granda, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

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     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar la Caja para llaves del Sagrario, de los Talleres Granda, en plata en su color, cincelada, repujada y grabada, realizada en el primer tercio del siglo XX, en Madrid, y con unas medidas de 0,03 x 0,08 x 0,07 mts., y procedente del Hospicio de San Luis.
     Tiene forma de caja rectangular con el cuerpo bulboso sobre patas lenticulares y cubierta plana culminada en cruz. Su decoración vegetal es propia de un neobarroco muy tardío. De hecho, sus marcas confirman que se trata de la plata de ley de 916ººº que entró en vigor según una disposición madrileña de 1907 ratificada por R.O. de 28 de septiembre de 1910. Además, estas marcas concretas fueron utilizadas antes de 1935 por los Talleres de Arte Granda donde se labró la pieza (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
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miércoles, 11 de febrero de 2026

La Caja para llaves del Sagrario, de Víctor Pérez, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Caja para llaves del Sagrario, de Víctor Pérez, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar la Caja para llaves del Sagrario, de Víctor Pérez, en plata en su color, repujada, cincelada y grabada, realizada hacia 1879, en Madrid, y con unas medidas de 0,13 x 0,14 x 0,08 mts., y procedente del Hospital de Expósitos de San José, vulgo Casa Cuna.
     Simula una urna de plata de planta rectangular, cuerpo bulboso, patas de garra sobre una salvilla oval y cubierta convexa que culmina en pequeña cruz. Ornamentación vegetal neo-barroca a base de palmetas, tallos y flores sobre fondos lisos. La marca nominativa debe ser la del artífice madrileño Víctor Pérez (1820-1878). Las de Madrid Corte (castillo/79) y Madrid Villa (oso y madroño/76) confirman el lugar y la fecha de ejecución en torno a 1876 (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
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lunes, 19 de enero de 2026

El Relicario del Beato Marcelo Spínola, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario del Beato Marcelo Spínola, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.    
     Hoy, 19 de enero, Memoria en la ciudad de Sevilla, en España, del Beato Marcelo Spínola Maestre, obispo, que fundó asociaciones de trabajadores para cooperar en su desarrollo social, combatió en defensa de la verdad y de la justicia y abrió su casa a los menesterosos (1906) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relicario del Beato Marcelo Spínola en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de las Doncellas [nº 059 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; García de Gibraleón fundó, en 1535, en esta capilla de la "Anunciata", o de la Encarnación, una institución asistencial para doncellas pobres, por lo que se llamó también "de las Vírgenes" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   En la Capilla de las Doncellas de la Catedral de Santa María de la Sede encontramos el relicario del Beato Marcelo Spínola, pieza anónima sevillana datable hacia 1910, adscrita al movimiento artístico del Neobarroco, realizado mediante la técnica del cincelado, y que recuerda por su forma a un ostensorio. Sobre una base de planta circular sin decoración, se levanta el astil con nudo. La urna es de forma circular quedando rematada con ráfagas y una cruz (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor al Beato Cardenal Marcelo Spínola;
UN BEATO AL FRENTE DE LA DIÓCESIS: DON MARCELO SPÍNOLA (1896-1906)
     El 13 de febrero de 1896 hacía su entrada en Sevilla procedente de Málaga, revestido con la dignidad de arzobispo, don Marcelo Spínola y Maestre. La llegada, al margen de algún problema de protocolo entre la autoridad gubernamental y eclesiástica, fue celebrada y bien recibida por todos, dando buena muestra de ello los comentarios aparecidos tanto en la prensa católica como liberal. No era un personaje extraño a la ciudad ya que su misión pastoral en la capital andaluza le había llevado a ocupar el cargo de obispo auxiliar durante el polémico pontificado de Lluch y Garriga y, con anterioridad, durante el Sexenio, había sido párroco de San Lorenzo y canónigo sufriendo persecución al ser acusado de carlista. Incluso el gobernador civil llegó a firmar su expulsión de la provincia mediante una orden que luego sería rectificada. Las razones de tales acusaciones provenían de su entorno familiar como demuestra su correspondencia particular.
     Spínola llegaba a Sevilla a los sesenta y un años recién cumplidos, procedente de la diócesis malacitana. Su actividad pastoral le había granjeado entre sus diocesanos el apelativo de «Apóstol de Málaga». En 1885, siendo obispo de Coria, fundó junto a Celia Méndez Delgado -marquesa viuda de la Puebla de Obando- la congregación de Esclavas del Divino Corazón de Jesús y de la Virgen Inmaculada, con el fin específico de la educación cristiana de las jóvenes sin distinción social.
     Los enfrentamientos entre los católicos por cuestiones de índole política habían situado a Spínola, por intereses puramente partidistas, entre los prelados españoles comprome­tidos con el carlismo. Las acusaciones de que fue objeto durante el Sexenio y los sucesos de 1882, anteriormente reseñados, junto al interés de estos sectores políticos de contar con un prelado comprometido en la defensa de sus ideales fueron buena muestra de esa intencionalidad. Sin embargo, es preciso señalar cómo diversos documentos de personas cercanas a él nos muestran un perfil bien distinto. En relación con aquellas acusaciones del Sexenio, la correspondencia con su director espiritual, Diego Herrero, revelan un Spínola preocupado ante todo por su ministerio y por no involucrarse en materias políticas; el consejo de su director frente a la, un tanto ingenua, actitud de Spínola, era que no sólo había que serlo sino también aparentarlo. De igual manera, diversas personalidades de la vida pública sevillana coincidieron en señalar su no beligerancia política en el carlismo e inte­grismo; de hecho, sería un feroz anticarlista, el cardenal Lluch, quien le nombró obispo auxiliar. El cruce de cartas con la regente con motivo de su nombramiento como arzobispo de Sevilla son igualmente expresivas de su acatamiento de la monarquía restaurada en Sagunto.
     Fiel intérprete del pensamiento de León XIII, Spínola supo encauzar a sus diocesa­nos en la difícil tarea de atajar los «males» de la sociedad moderna. Su discurso en el Congreso Católico de Sevilla resulta bastante ilustrativo de ese pensamiento. La necesidad de la unión de todos los católicos, sin divisiones partidistas, y la utilización de los mismos medios usados por los impíos serían el camino a seguir. Llegado a Sevilla el nuevo arzobispo puso manos a la obra. Un acontecimiento, el Desastre de 1898, será el revulsivo que le ponga en marcha de inmediato a fin de «salvar» a la patria en peligro.
     El patriotismo de que Spínola hizo gala en defensa de los territorios de ultramar se plasma tanto en su prosapia como en su condición de eclesiástico. Indiquemos somera­ mente cómo influyeron estos acontecimientos en su persona. El conflicto cubano consti­tuía para Spínola un problema religioso además de militar. Desde su perspectiva, si Estados Unidos se hacía con el control de las islas caribeñas no tardaría mucho en acabar con el catolicismo de sus gentes, como había ocurrido tras el conflicto de Las Carolinas. La causa misma de la pérdida respondía -según el prelado- a un castigo divino: Dios castigaba de esta manera a los pueblos que se alejaban de su rebaño: pérdida de la unidad católica, constitución de 1876. El Desastre  era sin duda un aviso profético.
     Así pues, para recuperar la «Gracia Divina», era necesario que la España oficial se postrase ante Dios, adoptando una política católica; cuestión que no había de confundirse con una teocracia o un Estado regido por clérigos o frailes; ni con un pueblo que sólo pudiera hablar de Dios y las cosas divinas, en el que no se ventilasen más que cuestiones ascéticas o místicas, ni más monumentos que las catedrales. En el pensamiento de Spínola el espíritu cristiano no era enemigo de las libertades si éstas no subvertían el orden moral; no era contrario al progreso y la investigación siempre y cuando éstos no se salieran de la órbita que le era propia; en definitiva, el espíritu cristiano gozaría en el bienestar común y no en la opresión o tiranía.
     Spínola no decía nada nuevo con respecto a los males que padecía la Iglesia. Lo real­ mente significativo era que la realidad concreta, la pérdida de los territorios de ultramar, sirvieron para producir una honda reflexión sobre los males de España que él, desde su silla hispalense, trató de remediar en la medida de sus posibilidades. Y ello desde la idea de que la regeneración de España consistía en acabar con la división de los católicos, a fin de recuperar la grandeza de tiempos pasados. Para ello nada mejor que organizarse y disponerse a la lucha en la consecución del fin propuesto.
     a) La propaganda católica
     Las denuncias de la Iglesia durante todo el siglo XIX, referidas a los excesos de la libertad de prensa, no traspasaron la frontera de la mera denuncia hasta la llegada al pontificado de León XIII. Con su proverbial magisterio, el sucesor de Pedro trazó la norma a seguir respecto a la propaganda católica en la prensa, abriéndose paso una actitud ofensiva desde la propia institución papal en contra de las publicaciones periódicas. «Scripta scripti concursu non irnpari» sería el lema de esta obra social católica. En Sevilla esta acción se tradujo en dos realizaciones fundamentales: la fundación de El Correo de Andalucía y la creación de la «Asociación de la Buena Prensa», ambas con un funcionamiento totalmente autónomo.
     El 1 de febrero de 1899 se cumplía una de las premisas que Spínola estableció en su discurso del congreso de 1892. Ese día salía a la luz en Sevilla el diario El Correo de Anda­ lucía, con el subtítulo de «Diario Católico de Noticias». Su aparición había que entenderla en la necesidad que sentía la Iglesia sevillana de disponer de un órgano de expresión pro­ pio, distinto de aquellos otros que, aún titulándose católicos, eran, al mismo tiempo, órganos de expresión de algunas de las tendencias políticas en que se dividía el catolicismo español. De otro lado, el papa, así como sus antecesores, había mostrado en reiteradas ocasiones la necesidad de disponer de "buena prensa" para difundir las sanas doctrinas de la Iglesia. El prelado hispalense, que había sufrido en sus propias carnes los ataques de la prensa liberal en otros momentos de su vida, era consciente de esta necesidad.
     La fundación del diario tuvo lugar en los últimos días de 1898. En su gestación parti­ciparon el rector del seminario, Modesto Abín y Pinedo; el director del integrista Diario de Sevilla, Rafael Sánchez Arráiz; el magistral de la catedral, José Roca y Ponsa, además del propio prelado. Secundaron la iniciativa prestigiosos clérigos como el P. Tarín, Muñoz y Pabón, además de numerosos laicos como Luis Abaurrea, Carlos Cañal y Manuel Rojas Marcos. El diario hubo de abrirse camino en el ya de por sí saturado panorama de la prensa diaria sevillana.
     La vinculación de El Correo con el prelado era evidente: los utensilios y el mate­rial eran de su propiedad. Su relación con el arzobispado era, asimismo, clara: las mismas páginas del Boletín Eclesiástico fueron el medio utilizado para la recomendación del diario por el propio prelado, quien insistió en que era el único de su género que tenía solicitada la censura eclesiástica, lo cual era una garantía. Su primer censor fue el magistral de la catedral hispalense.
     Al ser un diario noticiero, El Correo de Andalucía tuvo que aclarar ante sus lectores su vinculación con una determinada política, algo que en aquellos momentos era la razón de existir de la mayoría de sus colegas. En este punto su orientación quedó reflejada ya en el primer editorial: «ni carlista, ni integrista», sino eminentemente católico y noticiero; y en cuanto a la política concreta, «no pertenecerá a ninguna de las agrupaciones en que los católicos españoles se dividen. De esta manera El Correo se convertía en punto de encuentro de todos los sectores católicos divididos por cuestiones partidistas y, aunque marcaba las diferencias con respecto a las dos organizaciones más importantes, no les volvía las espaldas.
     Coetáneo  con este proceso  fue la fundación  en Sevilla, en marzo de  1898, de la «Asociación Diocesana para las Buenas Lecturas», con una Liga de Oraciones en su seno, a fin de trabajar y orar en la propagación de la «buena prensa», nombre genérico con el que se venía a denominar la prensa católica. La obra de la buena prensa había comenzado algunos años antes «en una escondida ciudad andaluza donde se reunieron algunos entu­siastas propagandistas que lograron ponerse en comunicación con otros católicos de diversas regiones». El lazo de unión y alma de esta incipiente obra fue el P. Tarín, que en sus constantes misiones por Andalucía, relacionaba a todos los hombres de acción que iba encontrando en su camino. Su empresa consistía en el reparto gratuito de propaganda en cuyo contenido se reflejasen actitudes moralizantes. Como dirigentes figuraban el P. Moreno Estévez -del Oratorio de la ciudad- y el presbítero Federico Roldán, amén de otros laicos y sacerdotes.
     Puesta bajo el patrocinio de san José, la Asociación justificaba su labor en el laicismo que imperaba en la sociedad española, el fin de la unidad católica, el materialismo y la intolerancia liberal... El aliento de Spínola les servía de base para lanzarse a esa «nueva cruzada». En otro lugar hemos escrito cómo «el plan a desarrollar consistía en la creación de núcleos defensores de esta acción social en todos los puntos de España, articulándose de tal manera que, a modo de nudo de una red, pudiesen formar de esta conjunción un todo homogéneo. Constituida esta flota, el mar en el que se debía librar la batalla era el mismo en donde navegaba el enemigo: la prensa».
     Imitando modelos franceses (la obra del abate Lemci de Armentieres) y germanos (conocidos a través de la obra de Kannengieser), los promotores de la Asociación asumieron el propósito de difundir la buena prensa, utilizando inicialmente como instrumento El Correo de Andalucía, si bien constituían -hemos de insistir en ello- medios propagandísticos católicos diferentes. Habiendo solicitado León XIII que en el último año del siglo se homenajease la figura del Redentor, propusieron que el monumento que la prensa debía levantar estuviera formado por los triunfos conseguidos en la batalla contra los enemigos, utilizando sus mismas armas.
     Así pues, la unidad nuclear de acción y propaganda pasaron a constituirlo los Centros de la Buena Prensa, formados por socios honorarios y activos, en contacto directo con un Centro general. Este editaría los periódicos, libros y hojas de propaganda a distribuir por los Centros locales. Los medios para difundir la Asociación eran las misiones, las conferencias impartidas en Círculos católicos y de obreros, y los sacerdotes, quienes podían influir en el ánimo de las personas piadosas.
     Un hito en la historia de esta Asociación fue el año 1904. A finales de 1903 y en junta ordinaria del Centro de Sevilla uno de los congregados propuso la realización de algún acto con motivo del cincuenta aniversario de la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción. De ahí surgió la idea de realizar la primera asamblea de la Buena Prensa que, bendecida por el prelado y por Roma, se celebró en mayo de 1904. A pesar de todas las bendiciones hubo que superar no pocas dificultades, incluidos los propios recelos de otra prensa católica más politizada. Dado este cariz, el propio nuncio excusó su asistencia.
     En el acto de apertura Spínola pronunció las siguientes palabras de aliento:
     «Y porque la amamos, queremos que la prensa no se degrade a sí propia, como hoy con inmoral escándalo lo verifica, sino antes se enaltezca ella misma con su cordura, sus miramientos, sus respetos a todo lo respetable, y así se gane las alabanzas de los presentes y la gratitud de los venideros. Empresa en esta, Sres., nobilísima. Quién la acometa y la lleve a término merecería bien y las letras, las ciencias, la pública moralidad y la moralidad privada, la Religión y la patria le decretarán honores. Tal es el fin de esta Asamblea, poner término a un mal de todos sentido, y que de no atajarse pronto, dará al traste con la sociedad humana, y acabaría hasta con la Iglesia, si la Iglesia no fuera inmortal».
     b) El Congreso Católico de Burgos
     Para Spínola 1899 fue uno de los años más problemáticos y tristes de cuantos vivió a lo largo de su pontificado; incluso, lo fue aún más que el de 1882 cuando se vio envuelto en los sucesos del Centenario de Murillo y de la frustrada peregrinación a Roma organizada por los Nocedal. A juicio de Vicente Cárcel se produjo en 1899 «el mayor incidente entre dos prelados en España, durante el pontificado de León XIII», protagonizado por el primado, cardenal Sancha, y Spínola. Las causas hay que situarlas en los preparativos para la celebración del V Congreso Católico Nacional, a celebrar en Burgos durante el verano de 1899.
     Con el fin de que los sevillanos acudiesen al congreso, escribió Spínola una circular el 26 de abril de 1899. Pretendía con ella que sus feligreses tomasen parte activa en Burgos y que de su asistencia se derivasen buenos y provechosos resultados. A su juicio con­trastaba la labor desplegada por los enemigos de la Iglesia y la escasa atención de los cató­ licos, «débiles, flacos, cobardes», incapaces de defenderse y retrocediendo ante la mínima dificultad. Las circunstancias eran difíciles -proseguía- por cuanto la unidad católica se había perdido, existía la tolerancia religiosa y la libertad de enseñanza e, incluso, se anunciaba la fundación de Universidades protestantes. Las causas de este mal se manifestaban en la profunda división de los católicos españoles, división que no era sino consecuencia de no saber distinguir lo puramente esencial de lo meramente accidental. Siguiendo el pensamiento de papas anteriores y en lo referido a la política, entendía que las formas de gobierno no eran esenciales como tampoco lo eran las personas; sólo la causa de Jesucristo era esencial y ante ella debían de unirse todos los católicos militantes.
     La empresa no la consideraba irrealizable. Las bases eran claras al respecto y necesariamente debían ser aceptadas por todos: «en materia de dogma y moral la voz de la Igle­sia», base de la verdad; en asuntos políticos, el Syllabus, «expresión fiel de lo que nuestra madre, nuestra Maestra, nuestro oráculo sentó en este género de asuntos», pero entendido según su autor y «del insigne Pastor que a éste ha sucedido»; y en cuanto a la conducta, la dirección del papa y los obispos. Esta era en síntesis -á juicio del arzobispo de Sevilla- la empresa que estaba llamada a efectuar el Congreso Católico de Burgos y, a fin de que los resultados fuesen lo más provechoso posibles, Spínola difundió un llamamiento a los intelectuales hispalenses para que remitiesen memorias y trabajos al Congreso.
     Semanas más tarde el censor de El Correo y magistral de la hispalense -el integrista José Roca y Ponsa- explicó el contenido de las palabras de su prelado. Refugiado bajo el anonimato que implicaba su pseudónimo, Un Católico Español, escribió una colección de artículos bajo el título genérico de «La unión de los católicos». Del texto se desprendía que la unión sólo era posible entre los que verdaderamente eran católicos, y no entre los que sólo se llamaban así (excluyendo de esta forma a toda la masa de liberales que se consideraban fieles al catolicismo); insistía en que la Iglesia representaba la máxima autoridad en materia de fe y de costumbres, y que el papa y los obispos marcarían la línea de conducta a seguir sin transformar la sociedad en una teocracia. Al final de su discurso introdujo algunas alteraciones muy sutiles, pero nada despreciables, en la interpretación de las palabras de Spínola que ponían al prelado en una situación delicada, tildado cuanto menos de tradicionalista. Al mismo tiempo se extendió por toda España un folleto del cardenal primado, Sancha y Hervás, escrito en febrero de ese año. En el mismo el purpu­rado indicaba, mediante consejos, cuál debía ser la participación de los católicos en los asuntos públicos. Recordaba Sancha los llamamientos a la unión efectuados por el papa, el mensaje de acatamiento a los poderes constituidos y la aceptación de la constitución de 1876 en previsión de males mayores.
     El magistral de Sevilla, amparado en un nuevo pseudónimo, Un Ciudadano Español, publicó con licencia eclesiástica un folleto en el que se refutaban los consejos impartidos por Sancha en el capítulo XID. Entre otras razones acusaba al purpurado de pedir la unión de los católicos en el terreno constitucional, algo que no podía hacerse porque todos los que aceptaban la constitución de 1876, aceptaban igualmente el liberalismo, utilizando de esta forma -y abusando- de Spínola como arma arrojadiza frente al primado.
     Obvio es decir que los integristas llenaron de elogios y alabanzas el folleto del magistral, a la vez que era utilizado por su jefe Nocedal como un poderoso argumento para atacar al primado, cuyo pensamiento no le era favorable. Sancha, por su parte, creyó que se estaban tergiversando sus consejos y mediante una pastoral del 12 de julio, enjuició severamente a los responsables de los ataques de que había sido objeto, a la vez que advertía de haber puesto el asunto en manos de la Santa Sede. Nocedal maniobró hábilmente presentando el asunto como un pleito entre Sancha y Spínola, el primero «colaboracionis­ta» y el segundo «antiliberal».
     Todos estos acontecimientos sucedieron a la par de una serie de hechos que produje­ ron hondo malestar entre los católicos españoles. El primero de ellos ocurrió en Cádiz, aunque luego se extendió a otras provincias, donde el alcalde había ordenado retirar de las fachadas una placa con la imagen del Corazón de Jesús. El hecho dio lugar a protestas, adhesiones, desagravios e incluso a llamadas a la desobediencia a la autoridad local por considerar el hecho un atropello inaceptable. Otro punto de fricción tuvo lugar en Sevilla, donde al atravesar una procesión por la plaza del Museo, ante una iglesia protestante, las autoridades provincial y gubernativa ordenaron su cierre; el hecho provocó una interpela­ción parlamentaria del diputado electo por Valencia y gran maestre de la masonería española, Miguel Morayta, quien se convirtió en blanco de las iras de la prensa católica. Un tercer asunto fue la propia elección de Morayta como diputado. Hasta entonces la masone­ría, «responsable» -a juicio de los católicos- de todas las catástrofes habidas en la historia de España, la última la derrota de ultramar, «dirigía entre bastidores la comedia política», pero, a partir de ahora -estimaban los sectores confesionales- lo haría a cara descubierta.
     Por si estos hechos no fueran suficientes para provocar una respuesta de los cató­ licos sevillanos en defensa de la causa de la Iglesia, un nuevo conflicto hizo saltar la chispa. En el congreso de los diputados Miguel Morayta y Blasco Ibáñez efectuaron sendas proposiciones en las que solicitaban la puesta en vigor del decreto de octubre de 1868 que extinguía todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas religiosas fundadas con anterioridad al 19 de julio de 1837, y el restable­ cimiento del decreto que ordenaba la expulsión de la Compañía de Jesús.
     La reacción de Spínola no se hizo esperar. El 15 de julio de 1899 escribió una extensa pastoral a sus diocesanos que, aparte de publicarse en el Boletín del Arzobispado y en El Correo, se distribuyó por la ciudad en número superior a los veinte mil ejemplares. Con una visión apocalíptica de la situación de España, asaeteada por los ataques reseñados, subrayó que ante lo que significaba «un provocador reto a la frente de los católicos», creía necesario una actuación inmediata:
     «Unirnos en apretado haz; correr a ampararnos bajo los muros indestructibles de la Santa Iglesia, columna y firmamento de la verdad, como la ha llamado San Pablo; descargar de su electricidad las nubes de la ira celeste por medio del pararrayos y las corrientes de la oración; levantar diques, los fuertes diques contra los cuales se estrellan los impetuosos torrentes del mal, a saber, la fidelidad al deber, la constancia en la práctica de la virtud, el respeto a la legítima autoridad que de arriba procede; movemos incansables, y disputar en organizada hueste, y aún a costa de la propia vida, a la ola invasora los objetos que intenta arrastrar al abis­mo; las almas que escandaliza, el niño que destruye o pretende destruir, robándo­les primero el prestigio , y luego deshaciéndolas con la fuerza; tal es la obligación que nos imponen las circunstancias».
     Como resultado de esta pastoral se produjo una multitudinaria adhesión al prelado tanto de asociaciones y organismos religiosos como de significados tradicionalistas. Esto último exacerbó aún más los ánimos no calmados de la polémica entre Sancha y Spínola. Incluso la reina manifestó sus quejas al prelado hispalense. La prensa de Madrid llegó a afirmar que el apoyo de los liberales a Sancha había sido contestado con el de los carlistas a Spínola. En medio de tantas tergiversaciones fue un diario liberal sevillano quien dio una nota de sensatez: los carlistas eran tan hijos espirituales del prelado como los demás; el acto no tenía ningún sentido político. Y es cierto que los integristas prestaron su apoyo al prelado a la vez que lo hacían significados conservadores. Todo ello acontecía cuando el enfrentamiento entre Sancha y Spínola desbordaba su ámbito nacional e intervenía Roma ante la inminencia del comienzo del Congreso Católico de Burgos.
     Las adhesiones recibidas debieron influir en el ánimo de Marcelo Spínola cuando decidió congregar a sus feligreses para el día 20 de agosto, onomástica de León XIII. En un ambiente tenso, habiéndose acuartelado la tropa en previsión de algún enfrentamiento, gran número de católicos, presididos por Pablo Benjumea, entregaron una carta de adhesión al prelado, en la que se hacían consideraciones sobre la unión de los católicos. Spínola insistió en que el acto era ajeno a la política, quizás con la intención de dejar las cosas claras y evitar los quebraderos que le había ocasionado la visita de los carlistas el mes anterior. El acto fue considerado de inmediato como la «unión de los católicos», unión que no llegaría a buen término.
     Varios días después, el 30 de agosto, bajo la presidencia del cardenal Cascajares, se inauguró el Congreso de Burgos. Las normas dictadas en 1897 por León XIII para este encuentro apremiaban a redactar el programa de unidad del catolicismo español. Diversos discursos recogieron la postura de que la unión sólo era posible entre los verdaderos cató­ licos. El discurso del catedrático sevillano Francisco de Casso insistía en la importancia de la tradición en la Iglesia, a cuya defensa -decía- se había dedicado plenamente su prelado. La sección de propaganda se vio desbordada, por lo que se dio un voto de confianza a los prelados para que redactaran unas bases. Estas señalaban que la unión no era exclusivamente religiosa, de doctrina, sino que se establecía para la acción política. Los medios serían los que facilitase la legalidad y, en especial, la participación en la vida pública bajo la dirección de los prelados. Por primera vez éstos presentaron un programa en el que planteaban cuales eran sus reivindicaciones frente al Estado. No obstante, parecía que bases y programa correrían la misma suerte que otros documentos episcopales dados en el mismo sentido.
     c) El renacer del anticlericalismo
     En los años bisagra del tránsito al siglo XX arreciaron los enfrentamientos entre los sectores confesionales y los partidarios del sistema liberal. El profesor Cuenca ha señalado cómo las escasas diferencias en el ideario de los partidos del «tumo pacífico», conservado­ res y liberales, obligaba a los sectores del catolicismo político a establecer fronteras aun­ que sólo fueran de índole táctica. Junto a ello se insiste en cómo el positivismo pujante (a nivel de pensamiento y política) al igual que las medidas adoptadas en Francia y Portugal en materia eclesiástica, dieron al anticlericalismo un notable protagonismo en los inicios del siglo XX. En España fueron sucesos de escasa entidad, al menos individualmente con­siderados, los que actuaron como detonantes. El Gobierno proclerical del ministerio Silvela sirvió para ser calificado de «vaticanista»; pero fue en el breve Gobierno Azcárraga cuando se produjeron los hechos más graves. El estreno de «Electra» y las alteraciones de orden público que originó la celebración del Jubileo por la entrada del nuevo siglo, hicieron que la «cuestión religiosa» pasara a un primer plano de la actualidad. Recién llegado al poder Sagasta (en marzo de 1901) comprendió que su partido lograría una fuerte adhesión si enarbolaba la bandera del anticlericalismo. Así, es bastante posible que sus primeras medidas de gobierno estuvieran orientadas cara a la galería, utilizándolas hábilmente como arma política. Esto explica que la campaña para las elecciones de mayo de 1901 girara en tomo al problema religioso, asunto que pasa a segundo plano tras la celebración de las mismas y es recogido más tarde por la presión de ciertos grupos parlamentarios y por la prensa liberal, que temía una invasión de religiosos franceses tras las medidas adoptadas en Francia por Waldeck-Rousseau.
     La relativa tranquilidad de 1900 contrasta con la agitación de 1901. Los ataques, des­ de posiciones de mayores libertades a todo lo que se entendía como un recorte de las mis­ mas, dieron unas pinceladas de agitación al panorama de la capital andaluza. El Correo no se cansará de reseñar los agravios dirigidos contra la Iglesia por parte de los masones, quienes -a su juicio- eran casi sinónimo de liberales. La ofensiva de los «Poderes Ocul­tos» no era nueva, se decía, sino fruto maduro de una larga incubación durante la cual aquellos habían conseguido introducirse en todos los niveles de la organización del Estado. La Masonería se convertía así, una vez más, en la responsable de todos los disturbios que se producían en España.
     Los ataques a la Iglesia, reales o imaginarios, se producían con cualquier pretexto. Así, la boda de la princesa de Asturias con el hijo del conde de Caserta, militar carlista, acaecida en Madrid en febrero de 1901 fue otro argumento más que añadir a la ya de por sí tensa situación . El diario hispalense El Progreso , con su habitual perspicacia, señalaba cómo desde que se inició en el congreso la discusión del matrimonio se estaba más pen­ diente de lo que pudieran decir los oradores sobre los progresos y peligros del clericalismo y de los avances de los retrógrados, que de otra cosa.
     Considerando el grado de sensibilización, no es extraño que la aprobación en Francia de medidas contrarias a las asociaciones religiosas hiciera temer que algo parecido fuera adoptado en España, dado el influjo que -a juicio de El Correo- tenía siempre entre noso­tros cuanto acontecía en el país galo. En este mismo sentido, recordemos que en Portugal el Partido Republicano había desplegado una intensa campaña en la que se abogaba no sólo por la expulsión de las órdenes religiosas, sino por la separación absoluta de Iglesia y Estado, llegándose a crear una organización, el Centro Nacional, destinado a agrupar a los católicos lusos en la defensa de sus intereses. A juicio de El Correo, todas estas actuaciones obedecían obviamente a los impulsos y dictados de «la siniestra labor de las logias».
     Ante esta percepción de la realidad, tampoco es de extrañar que la subida al gobierno de Sagasta generase temores aún a mayor escala. El cambio, según la opinión católica, sig­nificaba el fracaso de los conservadores, pero también el triunfo de la masonería. No obs­tante, las primeras medidas ministeriales fueron de moderación en materia religiosa, impo­niéndose la prudencia materializada en una serie de disposiciones que hacían referencia al restablecimiento de la libertad de cátedra y la reorganización del clero castrense. Medidas que, sin embargo, tuvieron una honda repercusión en las masas católicas.
En cualquier caso, de todos los acontecimientos que estamos refiriendo el que más impactó a la opinión sevillana fue la representación en la ciudad de la obra teatral Elec­tra, de Benito Pérez Galdós. En enero de 1901 se había estrenado en Madrid, coincidiendo con el célebre «Caso Ubao». Lo que en principio era sólo un drama se convirtió en bandera para los liberales y en un grave ataque a la religión para los católicos más intransigen­ tes. La noticia de los escándalos producidos en la corte tras el estreno llegaron de inmedia­to a Sevilla, y la situación del momento convirtió este drama galdosiano en una manifestación política y en un pretexto para atacar al Gobierno conservador aún existente.
     Para el 23 de marzo, vísperas del domingo de Pasión, estaba prevista la primera representación en el Teatro San Femando de la capital andaluza. La coincidencia de fechas hizo exclamar al diario del arzobispado, quejoso ante la «bofetada dada en el rostro y con toda la mano a los sentimientos católicos de nuestro pueblo». El prelado dirigió el 15 de marzo, como era habitual en él, una circular desaconsejando la representación de dramas relativos a la pasión de Jesucristo, por estimar que era una profanación sacrílega convertir en espectáculo una cuestión tan sagrada. Al final de la circular y de pasada hizo algunas referencias a la próxima representación de la obra de Galdós. Aunque la desconocía, los comentarios que le habían llegado, procedentes -decía- de «críticas imparciales», y los sucesos acaecidos en Madrid durante su representación, entendía que eran suficientes para dar su opinión al respecto. Una opinión que consistía en considerar que «ninguna persona, pues, que a todo anteponga su respeto a la Iglesia, podrá no sólo teniendo en cuenta la idea inspirada del drama Electra que no es ni con mucho santa, sino por el escándalo que después de lo acaecido produciría su presencia en el teatro, concurrir a éste al ponerse en escena la obra de Pérez Galdós».
     La polémica estalló. El diario republicano El Baluarte censuró agriamente la prohibi­ción hecha por el prelado para asistir a una obra que ni tan siquiera había leído, a la vez que confirmaba que la obra podía ser anticlerical, pero no antireligiosa. El enfrentamiento de mayor dimensión se produjo con la edición sevillana de El Liberal, periódico que el 21 de marzo publicó un artículo con el título de «Electra y el arzobispo» en el que insistía en los mismos argumentos que el diario citado anteriormente, si bien aquí se tildaba a Spínola de ser más expeditivo que la Inquisición y la Congregación del Indice... Como era de esperar, ambos diarios suscitaron la replica de El Correo, que afirmó que nadie más cualificado que el titular de la diócesis, por la autoridad de la que estaba revestida su cargo, para seña­ lar cuál debía ser el modo de comportarse de sus feligreses e inculcar la enseñanza adecua­ da, a la vez que insistía en que el prelado no había condenado la obra sino que se había limitado a no recomendar la asistencia a su representación.
     En los días sucesivos El Correo de Andalucía continuó publicando artículos intentan­ do defender a su prelado de los ataques recibidos. A medida que pasaban los días, la cues­tión iba alcanzando repercusiones mayores, pues incluso se anunció en la prensa de Madrid que iba a producirse una entrevista del primado con Sagasta para abordar el contenido de la circular de Spínola.
     A pesar del beneficio propagandístico que, en aras de una mayor audiencia, podía ocasionar la polémica desatada, la representación en el día anunciado no llegó a traducirse en un lleno espectacular; eso sí, como era tradicional en cualquier acto teñido de anticleri­calismo, fueron cantadas durante la representación La Marsellesa y el Himno de Riego.
     La consecuencia más inmediata de esta polémica fue la organización de adhesiones mediante una recogida de firmas «de todas las clases sociales», para protestar por los ata­ques al prelado. En la adhesión, impulsada desde las columnas de El Correo, firmada por «ricos y pobres, plebeyos y nobles, niños y ancianos», los sevillanos que se sumaron decían al arzobispo: «a tu lado estamos, ordena y obedeceremos, nuestros pechos servirán de escudos a tu venerable persona, y en ellos se embotarán los dardos con que quieran herirte...». No tardaría Spínola en hacer uso del apoyo recibido.
     d) La fundación de la Liga Católica de Sevilla
     La llamada de El Correo de Andalucía, para que alguna personalidad tomase la ini­ciativa y convocase la unión de los católicos, tuvo sus efectos en los primeros días de mayo de 1901. El doctor Ramón de la Sota y Lastra enarboló la bandera desde las colum­nas del diario católico. En su adhesión recordó cual había sido su comportamiento en los momentos del Sexenio. Para que no se reprodujesen  aquellas escenas creía indispensable la unión y organización de los creyentes, quienes, utilizando todos los derechos que las leyes concedían, debían defender la religión. Los problemas que para el logro de este fin suponía la división de los católicos españoles en varios grupos, hacía puntualizar al doctor de la Sota las condiciones de esta unión. Los esfuerzos a realizar no iban encaminados a ninguna idea política en particular, ya que todas cabían dentro de la religión; la dirección de los católicos sólo la podían realizar quienes tenían autorización para ello, esto es, los prelados, garantía de que ninguna facción tomaría la religión como instrumento y la política como fin. El medio para alcanzar el triunfo de estas ideas se lograría enviando a las cor­tes representantes verdaderamente católicos, que reformarían las leyes en el sentido que marcaba el catolicismo . Había de sostener igualmente a la prensa católica; crear casinos y academias en donde se reunieran los que creían en estas mismas ideas; había que cristianizar la sociedad, el pueblo y fundamentalmente la clase obrera. Así, de esta manera, se engrandecería la patria.
     Nada nuevo venía a decir el doctor de la Sota. Palabras e ideas semejantes venían escuchándose con frecuencia en los últimos tiempos. Sin embargo, ahora, con el anticlericalismo emergente en la realidad nacional e internacional, con Sagasta en el poder y con el Partido Conservador en Sevilla en proceso de disgregación, la solicitud adquiría una dimensión distinta. De entrada, en la misma carta de la Sota emplazaba a los prelados, en general, y a Spínola, en particular, para que tomasen parte activa en la unión de los católicos.
     La idea de concentrar a los católicos fue tomando cuerpo. El 15 de mayo de 1901, en una reunión de personalidades procedentes de distintos partidos sevillanos, se acordó por unanimidad mostrarse a favor de la unión. Presentadas al prelado las bases redactadas al efecto, fueron aprobadas por éste. Ahora se trataba de organizar una junta pública en la que se expusiese su contenido.
     El emplazamiento que hizo de la Sota en su carta tuvo también un efecto inmediato. El mismo día en que El Correo informaba de la reunión anterior y de los acuerdos alcanzados, se difundía una circular de Spínola llamando a la unidad. Recordaba las muestras de adhesión recibidas en agosto de 1899 y cómo sus esperanzas de aglutinar a todos los católicos se vieron frustradas. Pero ahora, con el incremento de los peligros para la causa católica, la unión más que apremiante era necesaria, y, al igual que acontecía en otros lugares, los católicos sevillanos debían prestarse a la misma. Su actuación la justificaba por cuanto significaba inculcar a sus feligreses sus deberes en la política. Los católicos debían llevar a los centros de poder representantes «que piensen en católico y en católico sientan y en católico hablen», además de proteger a la prensa, exterminar la pornografía, la blasfemia, etc. La unión se efectuaría con orden. Por último, sin rehusar compartir los riesgos, dejaba claro que él no podía tomar parte directa en la misma, dada la índole del combate, por lo que los católicos se habrían de conformar con ser dirigidos desde lejos.
     Con el visto bueno del prelado, sólo restaba que comenzase de nuevo el salto a la arena de los partidarios de la unión. El primero de ellos fue el ex-diputado José Bares y Lledó, cuya adhesión apareció el 19 de mayo, el mismo día en que se celebraban elecciones al congreso y cuando su candidatura estaba descartada de antemano. En su adhesión se insistía en la necesidad de la unión dadas las actuales circunstancias y en la oportunidad de la voz autorizada del prelado. Para El Correo, la importancia de esta adhesión era grande: era el primero en «romper las filas del liberalismo y sus partidos» para engrosar la unión de los católicos, pues pertenecer a ésta siendo liberal era un contrasentido . El mismo diario apostillaba: «la causa católica no rechaza a ninguno de los que, aceptándola tal como es, deseen pelear los combates del Señor para que triunfando hagan la dicha de España».
     El 24 de mayo de 1901 se hacía público el Manifiesto de la unión de los católicos sevillanos al que se adjuntaban las bases del acuerdo alcanzado. La unión se consideraba necesaria a partir de dos argumentos fundamentales: la salvaguardia de los intereses reli­giosos y el deseo y amonestaciones del prelado en sus circulares. El acuerdo suscrito no significaba la fusión de los distintos partidos políticos a los que pertenecían los firmantes, sino tan sólo la constitución de una fuerza que contuviese los ataques a la religión. Por ello, no se arrogaban jefaturas de ningún tipo ni una dirección determinada. Para hacer efectivo el pensamiento de los congregados se acordaron las siguientes bases:
     "1. Pueden pertenecer a la Unión o Liga Católica, todos los católicos que acep­tando con plena y filial sumisión las enseñanzas de la Iglesia, especialmente con­ signadas en los documentos de Pío IX y León XIII condenatorios de los errores modernos, deseen trabajar y se comprometen a hacerlo en defensa de los sagrados derechos de la Religión,  siguiendo en su labor las instrucciones del papa y los obispos, y cuando otras no haya, las del propio Prelado.
     2. Sin perjuicio de coadyuvar a la acción moralizadora de la Iglesia, en todos los órdenes de la vida social, la Unión Católica se propondrá:
          a) Propagar la prensa católica, fomentándola y auxiliándola, para que se coloque a la altura conveniente.
          b) Favorecer a la clase obrera con cuantos medios sea posible, y principalmente fundando asociaciones y círculos, conforme a las enseñanzas de León XIII.
          c) Votar en las elecciones, tanto de concejales, como de diputados provinciales, diputados a Cortes y Senadores, candidatos netamente católicos, según estas mis­ mas bases.»
     El documento fue suscrito por carlistas, integristas y políticos hasta hacía muy poco influyentes en el conservadurismo local. La unión de los católicos sevillanos, que desde finales de mayo sería conocida como la «Liga Católica», comenzó a preparar un gran acto de presentación ante la opinión. En él se leerían las bases, que no admitirían discusión alguna puesto que habían sido aprobadas por el prelado, único autorizado para marcar el camino a seguir. Las bases se admitían o se rechazaban, pero no se discutían. El acto ten­ dría lugar en la Casa-Lonja, edificio situado a medio camino entre el alcázar y la catedral. La entrada sería mediante invitación personal. Según los organizadores acudirían muchos representantes de los pueblos; de hecho en Écija se publicó un Manifiesto, firmado por el arcipreste, secundando al prelado en todo lo referente a la unión de los católicos, a la vez que se anunciaba la constitución de una junta local.
     El 9 de junio de 1901 se celebró el acto. En la presidencia se encontraba Ramón de la Sota y Lastra, quien leyó la carta del papa al cardenal Benavides con motivo del Congreso Católico de Zaragoza de 1890. Junto a él se sentaron miembros de los distintos sectores políticos sevillanos. Por primera vez y en público se presentaban las bases de la unión de los católicos y la misma se hacía realidad en Sevilla. El tiempo se encargaría de demostrar el significado de un logro que, según medios informativos liberales, nacía «insuficiente­ mente cohesionado».
* * *
     Desde comienzos del nuevo siglo la diócesis de Sevilla disponía ya de medios para una acción propagandística eficaz, mediante la fundación de El Correo de Andalucía, y para la acción política y social, con la fundación de la Liga Católica. Los católicos sevillanos debían sentirse satisfechos. Sin embargo, la realidad fue bien difícil. De entrada, El Correo no terminaba de consolidarse como diario, sufriendo una fuerte competencia de la prensa liberal; la Liga Católica se presentó a las elecciones por primera vez en 1903, sien­ do derrotada por falta de experiencia y, sobre todo, porque el sistema de la Restauración no contaba con ella como organización política. Y esto, si no imprescindible, era necesario para obtener resultados positivos. Por otro lado, la gravedad de la llamada «cuestión social» se manifestaba con toda su crudeza. Esta primera década del nuevo siglo contemplaría también la transformación de los antiguos planteamientos de los Círculos Católicos de Obreros, en los que patronos y operarios participaban conjuntamente hacia la creación de auténticos sindicatos. 
   En enero de 1906, un mes después de recibir el capelo cardenalicio, fallecía en olor de santidad don Marcelo Spínola y Maestre. Su gran actividad, desarrollada con la inestimable ayuda de los hermanos Álvarez Troya, del P. Tarín, de Manuel González, y su bon­ dad, puesta de manifiesto con motivo de la hambruna de 1904, en la que el propio prelado fue postulante por las calles de la ciudad, dejaron una profunda huella que difícilmente pudo ser borrada del ánimo de quienes le conocieron. Incoado el proceso de canonización , en marzo de 1987 fue beatificado por el papa Juan Pablo II.
Obispos y Arzobispos de la Sede Hispalense:
   Marcelo Spínola y Maestre (1896-1906), párroco de San Lorenzo, canónigo, obispo auxiliar del cardenal Lluch (con el título de obispo de Milo) llegó al arzobispado proveniente de la diócesis malagueña. Fundador de las Esclavas del Divino Corazón, conocidas popularmente como las Esclavas Concepcionistas. Fundador del periódico El Correo de Andalucía. Beatificado en 1987 por Juan Pablo II.
Arzobispos de la Sede Hispalense que han ostentado el Cardenalato:
     La mayoría de ellos han sido promovidos cuando ya ocupaban la sede hispalense, y la rara excepción de algún arzobispo nombrado cardenal tras su renuncia a la archidiócesis de Sevilla. Sobre cada cardenal daremos su nombre, entre paréntesis las fechas de su permanencia en el arzobispado de Sevilla, fecha de su promoción al cardenalato con el título del mismo, fecha de su muerte, y nuevamente entre paréntesis el papa que lo ha creado cardenal.
     Marcelo Spínola y Maestre (1895 - + 1906), cardenal: 11 diciembre 1905. (Pío X). [José Leonardo Ruiz Sánchez, y Leandro Álvarez Rey, Sevilla Contemporánea, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992].      
Conozcamos mejor la Biografía del Beato Cardenal Marcelo Spínola, personaje a quien está dedicada la obra reseñada;
     Marcelo Spínola y Maestre, (San Fernando, Cádiz, 14 de enero de 1835 – Sevilla, 19 de enero de 1906). Cardenal, fundador de congregación religiosa y beato.
     Hijo de Juan Spínola Osorno, marqués de Spínola y capitán de fragata, y Antonia Maestre, también hija de marinos y nacida en El Ferrol, fue el segundo de ocho hermanos, pero a él le correspondió, como primer varón, heredar el marquesado de su padre. Bautizado al día siguiente de su nacimiento en la iglesia parroquial castrense de San Fernando, pasó en esta ciudad los primeros años de su infancia; en 1845 comenzó el bachillerato en el Colegio de Santo Tomás de Cádiz, donde sólo estuvo un año, pues en 1846 continuó sus estudios en Motril, debido al traslado sucesivo de su padre. Destinada la familia a Alicante, comenzó Marcelo sus estudios de Derecho en la Universidad de Valencia en 1849. Pasó a Sevilla en 1852, donde culminó la carrera de la abogacía con el título de licenciado, conseguido el 29 de junio de 1856.
     Destinado su padre como comandante al puerto de Huelva, Marcelo abrió un bufete de abogado en la ciudad onubense donde recibió el calificativo de “abogado de los pobres”, por su generosidad en llevar los pleitos de la gente sencilla que no podía pagarle sus honorarios; muy pronto los trabajadores pobres comenzaron a pasarse las señas de un abogado joven, que tomaba con todo interés sus conflictos, los defendía, se interesaba de paso por las angustias de cada familia y al final no cobraba.
     En junio de 1858 sintió la vocación religiosa y comenzó a estudiar teología como alumno externo del seminario hispalense —entonces se decía “por libre”—, orientado espiritualmente por el canónigo Diego Herrero y Espinosa de los Monteros, que tenía fama de asceta y santo, además de estar considerado como excelente canonista. El 29 de mayo de 1863 vistió la sotana al ser ordenado de tonsura en la iglesia de Las Dueñas de Sevilla. Un año más tarde se preparó para la ordenación sacerdotal en el Oratorio de San Felipe Neri, dirigido espiritualmente por el filipense Francisco García Tejero, fundador de dos congregaciones religiosas femeninas sevillanas. Ordenado sacerdote el 21 de mayo de 1864 por el cardenal Luis de la Lastra, arzobispo de Sevilla, celebró su primera misa en la iglesia del Oratorio el 3 de junio sucesivo, en cuya ocasión le predicó otro célebre oratoriano de aquel tiempo: el padre Cayetano Fernández, autor de las Fábulas Ascéticas. Justo el mismo día moría en la isla de Cuba su hermano Rafael Spínola, capitán de Infantería de Marina. Fue destinado un año más tarde a Sanlúcar de Barrameda como capellán de la iglesia de la Merced, y enseguida se dejó notar por su estilo pastoral caritativo, predicando, oyendo confesiones en horas interminables y visitando a los enfermos.
     En 1868 opositó a una canonjía en la Catedral de Cádiz, pero no resultó elegido pues, habiendo empatado a votos con su opositor —Fernando Hüé Gutiérrez (1834-1893), futuro obispo de Tuy—, éste le ganó por ser mayor en edad. El 17 de marzo de 1871 el cardenal De la Lastra lo nombró párroco de San Lorenzo, de Sevilla. Ocho años rigió el templo de este típico barrio sevillano en el que dejó la impronta de su espíritu sacerdotal de su caridad pastoral, centrados en la celebración del culto divino y en la atención a enfermos y necesitados. Trabajó sirviéndose de las cofradías de la Semana Santa y, en particular, de la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, de la que fue consiliario hasta su muerte, pues sólo cedió el puesto cuando estuvo de obispo en Coria y Málaga. También fue arcipreste y destacó por una serie de iniciativas apostólicas en sectores hasta entonces marginados de la sociedad, dedicadas a la formación religiosa y humana de sus feligreses, con la ayuda de un grupo de mujeres catequistas, entre las que se encuentra una futura santa: sor Ángela de la Cruz Guerrero (1846- 1932). En 1879 fue nombrado canónigo de gracia de la catedral hispalense, pero siguió trabajando pastoralmente como confesor de la parroquia de la Magdalena, situada en un rincón bastante apacible cerca del centro de Sevilla, lugar en el que pasaba largas horas dirigiendo almas y escuchando a los penitentes. Para entonces era ya popularmente conocido en toda la ciudad como “don Marcelo de Sevilla”.
     Un año más tarde, teniendo en cuenta el cardenal Joaquín Lluch, arzobispo de Sevilla, las cualidades de Spínola y las muchas relaciones que él y su familia tenían con la clase más elevada de la sociedad sevillana, lo pidió al Papa León XIII como obispo auxiliar, y en el consistorio del 16 de diciembre de 1880 fue preconizado obispo titular de Milo. Consagrado el 6 de febrero de 1881, de manos del mencionado cardenal en la Catedral de Sevilla, recorrió toda la archidiócesis, hasta que, en la cuaresma de 1882, cayó enfermo y hubo de guardar reposo. Ocurrida la muerte del cardenal, los párrocos de Sevilla, las damas de la aristocracia y muchos cabezas de familia de la sociedad más distinguida, dirigieron mensajes al nuncio para que, atendidas las grandes necesidades de aquella archidiócesis y las cualidades de Spínola, lo propusiese como sucesor del arzobispo Lluch. Sin embargo, al ser nombrado para aquella sede el dominico Ceferino González, y al resultar infructuosas las insistencias para que Spínola continuase como auxiliar del nuevo arzobispo, el 10 de noviembre de 1884 fue preconizado obispo de Coria y, aunque tuvo una estancia corta en ella, de apenas año y medio, le fue suficiente para recorrer una de las diócesis más pobre de España, en la que escribió unas ochenta cartas y exhortaciones pastorales y consagró la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús. Durante el poco tiempo que gobernó la pequeña diócesis extremeña fue muy querido por el Cabildo catedralicio, por el clero y por el pueblo porque puso los cimientos de la regeneración de Coria en el orden moral, regulando tanto la disciplina y la enseñanza en el seminario, como la administración diocesana. Pero sobre todo Coria fue la cuna de las Esclavas Concepcionistas del Divino Corazón, congregación religiosa por él fundada el 26 de junio de 1885, en compañía de la marquesa viuda de la Puebla de Obando, Celia Méndez y Delgado (1844-1908), a la que había conocido en la mencionada parroquia sevillana de San Lorenzo, quien en religión tomó el nombre de María Teresa del Corazón de Jesús. Esta institución, dividida inicialmente en dos clases, de madres y hermanas, tenía como finalidad la educación y formación de la juventud, recibió su aprobación diocesana el 17 de junio de 1887, dada por el mismo fundador, y obtuvo su aprobación definitiva en 1909.
     Preconizado obispo de Málaga el 10 de junio de 1886, Spínola destacó como uno de los obispos más insignes de su tiempo por su espíritu apostólico, preocupación por los problemas sociales y como hombre de mucha oración y mortificación, así como de una adhesión ilimitada a la Santa Sede. Siendo de constitución física muy frágil, flaco y pálido, y alimentándose poquísimo, pudo desplegar una gran actividad, predicando continuamente, recibiendo a todos y dirigiendo los asuntos de las diócesis. Fue considerado como el nuevo apóstol de Andalucía, respetado por todas las clases de la sociedad, además de querido por sus virtudes. Fomentó especialmente la enseñanza religiosa y moral de niños y jóvenes a través de las diversas instituciones y asociaciones que abundaban en aquella ciudad, muchas de las cuales fueron restablecidas después de la revolución de 1868 y otras fueron creadas y organizadas durante su episcopado. Todo esto lo consiguió con el esfuerzo casi exclusivo de su propio celo pastoral, ya que las autoridades civiles generalmente no colaboraron en sus proyectos sociales.
     Al producirse nuevamente la vacante de la sede de Sevilla, se renovaron las súplicas del clero y de la alta sociedad en favor de Spínola y el 2 de diciembre de 1895 fue nombrado arzobispo de Sevilla. Eran tiempos políticamente difíciles, en los que Spínola fue tachado de integrista y carlista, aunque nunca manifestó sus opiniones políticas y vivió ajeno a todo partido, centrado exclusivamente en su ministerio pastoral. En 1899, tras el desastre del año anterior con la pérdida de las últimas colonias de Cuba y Filipinas y en un ambiente de división política y de pesimismo en la nación, el arzobispo de Toledo publicó un texto titulado Consejos del cardenal Sancha al clero de su arzobispado. El capítulo XIII de ese documento, dedicado a la posición política de los sacerdotes y católicos ante la situación del país, fue difundido por la prensa. Desde Sevilla, el canónigo magistral José Roca y Ponsa, antiguo director de la Revista de Las Palmas, quincenal de orientación carlista, contestó al cardenal de Toledo con unas Observaciones que el capítulo XIII del Opúsculo del Señor Cardenal Sancha, Arzobispo de Toledo, ha inspirado a un ciudadano español, que contaron con la aprobación de Spínola y desataron una furiosa polémica, pues el cardenal Sancha respondió inmediatamente con una carta pastoral en la que contestó al anónimo “ciudadano español” —que era mencionado canónigo magistral— aduciendo nuevos textos pontificios en defensa de su tesis y atacando directamente al arzobispo de Sevilla por haber dado autorización eclesiástica al folleto de José Roca. En realidad, Spínola, conforme al derecho canónico, había dado la obra a un censor que no encontró en el escrito nada que atentara a la fe y costumbres. El asunto llegó a la Santa Sede, que mandó cortar la polémica y ordenó al arzobispo de Sevilla que prohibiera a Roca y Ponsa la difusión de su folleto En propia defensa. Entre tanto tuvo que acudir a Madrid como senador del reino y en la discusión de la contestación del discurso de la Corona, Spínola propuso a los demás obispos presentes la abstención de voto. Lo que fue interpretado como un gesto más de oposición al régimen constitucional, porque estaba todavía viva la polémica entre el cardenal Sancha y el canónigo Roca y Ponsa: el cardenal de Toledo proponiendo la aceptación de las instituciones políticas y el magistral de Sevilla replicando que el Papa no mandaba a los católicos que aceptasen las instituciones, sino que guardasen sumisión respetuosa. Detrás de Roca y Ponsa, en Madrid creían ver la figura de Spínola, que hizo un gesto que tampoco gustó en la Corte, pues regresó precipitadamente a Sevilla, sin haber cumplido con la visita de protocolo a la Reina Regente. Por ello, tuvo que escribir una carta, firmada en Sevilla a 8 de agosto de 1899, donde al tiempo que se excusaba con la Reina por no haber podido saludarla conforme a protocolo, reafirmó que no se consideraba hombre de partido, sino sólo un prelado de la Iglesia Católica.
     Preocupado por la formación de sacerdotes y seminaristas, logró de la Santa Sede que el seminario hispalense fuese elevado al rango de Universidad Pontificia con la facultad de conferir los grados académicos de licenciado y doctor en filosofía, teología y derecho canónico (1897) y de la duquesa de Montpensier la donación testamentaria del magnífico palacio de San Telmo, que se estrenó como seminario el curso 1901- 1902. Convencido de que la integración social se lograría por la difusión de una buena prensa, fundó El Correo de Andalucía, que salió a la calle el 1 de febrero de 1899, con un editorial en el que se decía que dicho periódico no era “ni carlista ni integrista, sino eminentemente católico y noticiero”. En 1904 celebró en Sevilla la Primera Asamblea Nacional de la Buena Prensa. En 1905, con motivo de la terrible sequía, que provocó una situación desesperante, organizó cocinas económicas que paliaron el hambre de la gente y salió a la calle, como un mendigo, pidiendo limosnas para los pobres. Ese mismo año, el 11 de diciembre, Pío X le creó cardenal y el 31 de diciembre, en Madrid, el rey Alfonso XIII le colocó la birreta. Flaco y decaído, sufrió a causa de este viaje a Madrid, que repitió el 12 de enero de 1906 para asistir en la Corte a la boda de la hermana del Rey, la infanta María Teresa. El 13 de enero, acudió al santuario de la Virgen de Regla de Chipiona para la bendición de la nueva iglesia, y falleció seis días más tarde. Fue enterrado en la capilla de Los Dolores de la catedral. Tuvo siempre fama de santo, por ello se le abrió el correspondiente proceso canónico, que culminó con la beatificación celebrada en la Basílica Vaticana el 29 de marzo de 1987.
     Destacó por la heroicidad en el cumplimiento sacrificado de sus deberes episcopales; el amor y entrega a los pobres, desde el desprendimiento y la austeridad; la preocupación por la formación de los más humildes, que le llevó a fundar la Congregación de Esclavas del Divino Corazón, para el apostolado de la educación de la juventud; su independencia eclesial, por encima de divisiones y partidos, siendo portador de paz y comprensión, a la vez que defensor de la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión sagrada; todo ello alimentado por un amor encendido a Jesucristo y revestido de una profunda humildad personal (Vicente Cárcel Ortí, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario del Beato Marcelo Spínola, en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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