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lunes, 10 de agosto de 2026

La lápida funeraria de Rodrigo Caro, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Rodrigo Caro, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 10 de agosto, es el aniversario del fallecimiento (10 de agosto de 1647) de Rodrigo Caro, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Rodrigo Caro, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el de la Epístola, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Rodrigo Caro, junto al Sepulcro de Federico Sánchez Bedoya y su esposa la Condesa de Lebrija, y al de Nicolás María Rivero.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:
RODRIGO CARO
+ 10 DE AGOSTO DE 1647
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Caro, personaje a quien está dedicada esta lápida funeraria;
     Rodrigo Caro, (Utrera, Sevilla, 4 de octubre de 1573 – Sevilla, 10 de agosto de 1647). Sacerdote, poeta y renombrado anti­cuario.
     Rodrigo Caro nació en Utrera y fueron sus padres Bernabé de Salamanca y Francisca Caro, de la cual tomó el apellido. Comenzó los estudios de Teología en 1590 en la Facultad de Cánones de la Universidad de Osuna; posteriormente se trasladó a Sevilla y ob­tuvo el título de licenciado en 1596. Debió de orde­narse sacerdote casi inmediatamente después y regre­sar a su localidad natal, donde residía en 1598 y era beneficiado de la iglesia de Santa María. Sin embargo, siempre mantuvo una relación estrecha con Sevilla, en la que desempeñó desde 1615 una capellanía fun­dada por su tío Juan Díaz Caro, a la que renunció en 1622 a favor de su hermano Bernabé, también sacerdote. Durante los años de juventud se inició ya en él la afición por las letras, siendo autor de poemas (con la primera redacción de la Canción a las ruinas de Itálica en 1595), así como de escritos eruditos y de tema religioso; afición que se fue desarrollando a la par que continuaba su carrera eclesiástica en la capital sevillana. Así, en 1619 desempeñaba el cargo de cen­sor de libros y, en 1621, obtuvo el nombramiento de letrado de cámara del entonces arzobispo hispalense Pedro Vaca de Castro; desde el año siguiente (aun­que para otros autores ya desde 1620) desempeñó el de visitador general de parroquias y conventos de monjas fuera de Sevilla, lo que le permitió desarro­llar sus aficiones eruditas ya que recorrió el territorio del arzobispado y conoció de forma directa muchos de los yacimientos arqueológicos que estudió, de las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva, como él mismo indica en el Prólogo de sus Antigüedades..., donde dice: “[...] para escribir este tratado [...] visité personalmente los lugares de que escrivo [...] apro­vechandome assimismo de Inscripciones antiguas, y Medallas, que con estudiosa aficion he juntado [...]”. Como él mismo describe también en un romance que mandó en 1627 a su amigo Juan de Robles, se situó en ese año de forma más definitiva en la capital hispa­lense (quizás tras el primer intento fallido de traslado a Madrid), y aquel verano envió a Sevilla desde la casa de Utrera su colección arqueológica de monedas, epí­grafes y algunas estatuas, que había recogido “con estudiosa aficion”. Su carrera eclesiástica continuó con el nombramiento, en 1628, como visitador de mon­jas de Sevilla. Además, en 1630 se convirtió en vicario general y juez de testamentos, mientras que en el siguiente fue de nuevo censor de libros y consultor del Santo Oficio. El desempeño de esos nuevos cargos, en el marco del enfrentamiento entre Felipe IV y el papa Urbano VIII sobre nuevos impuestos eclesiásticos, le valió a Caro, como juez eclesiástico, un breve destie­rro de Sevilla en 1632. Al año siguiente fue letrado de fábricas y miembro de la Junta de Gobierno, hasta 1636. Llegó a disfrutar de tres capellanías en la parro­quia sevillana de San Miguel, aunque renunció a una de ellas en 1645, pero en ese mismo año se le nombró visitador de hospitales y cofradías, examinador gene­ral y miembro del consejo del arzobispado.
    Desde los años finales del siglo XVI y especialmente desde los primeros decenios del nuevo siglo, se rela­cionó con los círculos cultos sevillanos, de tertulias o academias literarias y artísticas, especialmente las desarrolladas en torno al taller del pintor Francisco Pacheco (quien pintó el más famoso retrato que se co­noce de Caro) y al palacio del tercer duque de Alcalá, con su importante colección de esculturas antiguas. De todas formas, la Sevilla contrarreformista de prin­cipios de la nueva centuria presentaba una decadencia económica y social, habiendo perdido el auge cultural de la centuria anterior, lo que trajo como consecuen­cia también la decadencia de aquellas tertulias, en las que habían destacado humanistas como, entre otros, Benito Arias Montano, Pablo de Céspedes, el licen­ciado Francisco Pacheco —tío homónimo del pintor—, Fernando de Herrera o Pedro de Valencia, dis­cípulo de Montano. El cultivo del saber universalista propio del humanismo del XVI, en el cual el pasado clásico era el paradigma de vida y estudio, dio paso a fines del siglo a un planteamiento más limitado y erudito, de corte manierista, que sirvió de transición hacia los planteamientos barrocos. En éstos el interés por el pasado clásico y el estudio de sus restos mate­riales se convierte en un argumento moralizante, en favor de planteamientos como la propaganda del im­perialismo español, ya no tan boyante, o, sobre todo, la defensa de la ortodoxia católica. De ahí el rebrote de los “falsos cronicones”, como el Dextro de Jerónimo Román de la Higuera, de las tradiciones espurias de santos y mártires o la asunción irracional de falacias histórico-religiosas, como las falsificaciones del Sacromonte granadino. Rodrigo Caro se forma y desarrolla en ese ambiente de transformación cultural y cierta decadencia, a la vez que de provinciana huella contrarreformista, y aunque lo supera en general por su alto grado de erudición y sensibilidad literaria, supone un lastre pesado. Ello se evidencia, sobre todo, en el plano histórico, en la asunción a ultranza de los falsos cronicones, como el citado Dextro, que fue de­fendido por Rodrigo Caro expresamente en una obra editada en 1627, lo que causa extrañeza en un perso­naje de su catadura intelectual. En el fondo, su obra tiene un carácter personal e intimista, con el mante­nimiento de las posturas manieristas de tradición hu­manística, en un cierto extrañamiento de los nuevos planteamientos barrocos que se iban imponiendo, en cierto modo también alentado por su alejamiento de los círculos más destacados de la corte madrileña. En efecto, frustrados fueron los diversos intentos de tras­lado a Madrid, ante la imposibilidad de acceder a un cargo conveniente. Los intentos se inician al menos en 1626, continúan en 1634 (entonces dedica sus An­tigüedades a Gaspar de Guzmán) y culminan en 1641, con la pretensión del cargo de cronista de Indias, que había quedado vacante a la muerte de Tamayo de Vargas; en las dos últimas ocasiones lo solicita al conde-duque de Olivares, a través de la recomendación de su secretario Francisco de Rioja, pero en el fondo éste frena aquellas aspiraciones de promoción de erudito sevillano, seguramente por envidias y re­celos, como le comunica expresamente a Caro el licenciado Sancho Hurtado de la Puente en una carta de 1641. Tampoco obtuvo por ese tiempo la capella­nía real que también pretendió, vedándosele en todo caso su ansiado traslado a la corte. Seguramente re­sentido, y agravada su enfermedad renal desde 1646, emitió testamento en Sevilla el 5 de agosto de 1647 y murió sólo cinco días después, con setenta y tres años, como refiere el capitular y anticuario Martín Vázquez Siruela: “Murió el Dr. Rodrigo Caro [...]. Halléme a su cabecera, envidiando la quietud de conciencia con que dejaba esta vida”. Fue enterrado en la capilla de santa Catalina de la iglesia de San Miguel, pero en 1868, destruida esa iglesia, fueron trasladados sus res­tos a la capilla de la iglesia de la Universidad.
     Desde el punto de vista de la religiosidad de Ro­drigo Caro se ha destacado que, aun no incluyéndose dentro de la tradición del movimiento erasmista es­pañol, presenta en determinadas posiciones coincidencias con el fenómeno reformista, que quedan en evidencia en algunas de sus cartas, donde se critica, por ejemplo, defectos habituales de miembros del es­tamento eclesiástico sevillano, desde el clero medio y bajo, en general mal preparado, aunque con excep­ciones (el propio Rodrigo Caro, pero también otros, como, por ejemplo, Fernando de Herrera, Alonso Sánchez Gordillo, Pablo Espinosa de los Monteros o el citado Francisco de Rioja), hasta los dignata­rios eclesiásticos, cuyos puestos eran acaparados por miembros de las principales familias, y sin olvidar a la misma dignidad arzobispal; así, frente a su respeto por la figura del arzobispo Pedro de Castro (1610-1623), criticó públicamente al cardenal Gaspar de Borja, quien durante sus trece años de arzobispado sevillano (1632-1645) no estuvo más de seis meses en la ciudad. En ese marco histórico, la postura de Caro se acerca a lo que se ha considerado como un “neoestoicismo”, con el ideal de vuelta al modelo es­toico clásico, que en cierto modo se justifica no tanto por el lógico consuelo que debería producirle ante su fracasada promoción, cuanto especialmente por una actitud personal que se manifiesta desde sus prime­ras obras, como se advierte, por ejemplo, en su visión idealizada y melancólica ante las ruinas, en una línea bien asentada durante el humanismo, o en el modelo de vida idílica del retiro al campo, en línea con la lite­ratura clásica de carácter bucólico. En efecto, las dos obras más significativas en los dos ámbitos son tempranas en su producción; la Canción a las Ruinas de Itálica la escribió por vez primera en 1595 y sus Días Geniales o Lúdricos estaba ya compuesto, como muy tarde, en 1626. En esta obra se estudian los juegos an­tiguos, pero realmente defiende y pone como modelo esa vida retirada de lo mundano para solaz del espíritu y el estudio; en su protagonista (don Fernando) posi­blemente se simbolice al propio Caro en su retiro intelectual (su finca La Maya, en el campo de Utrera).
     Las aportaciones más conspicuas de Rodrigo Caro se sitúan tanto en el campo de la poesía como en el de la prosa, más en concreto en relación con los ámbi­tos de la epigrafía y de la anticuaria, orientados hacia la historia local, en línea con los gustos del siglo ba­rroco. Junto a sus tratados eruditos sobre Utrera o Sevilla, escribió una cincuentena de poemas, usando tanto la lengua latina como la castellana. En esta úl­timo escribió, sobre todo, poemas y prosa de carácter histórico y biográfico, mientras que el latín, del que fue un refinado cultivador, lo reservó para los poemas de carácter funerario y los tratados eruditos de tipo más general, como sus notas en defensa de los croni­cones o sobre los dioses antiguos. En todo momento queda clara la consideración extrema que Caro con­cede a la sacrosanta antigüedad, pero su acercamiento al pasado clásico se hace a partir de la valoración y estudio de sus restos materiales, tan evocadores para el autor. Ello queda en evidencia en el ámbito de su poesía lírica desde su ya referida Canción a las Ruinas de Itálica —de cuya autoría no debe dudarse, frente a otras atribuciones propuestas, sobre todo adscribién­dola al citado F. de Rioja—, y que es, en efecto, claro exponente del atractivo idealizado que aquellas rui­nas arqueológicas de la antigua ciudad romana le infundieron durante su primera visita al lugar en 1595, cuando aún era estudiante en Sevilla. Existen, de he­cho, cinco versiones del famoso poema, escritas por Caro entre 1595 y 1614, y se integra perfectamente en un tipo de producción literaria propio de la Edad Moderna que tiene a la ruina arqueológica como tema evocador y de reflexión moral para el poeta o el artista. Otros poemas también reflejan la importancia concedida a los restos arqueológicos antiguos, como en su poema Cupido, escrito en 1627, a propósito de una estatuilla romana aparecida en la cercana loca­lidad sevillana de Lebrija (donde se situó la ciudad romana de Nabrissa) y que Caro había agregado a su colección particular, primero en su casa de Utrera y que precisamente en 1627 trasladó a Sevilla. Como era habitual entre los eruditos de la época, en esas co­lecciones particulares aparecían sobre todo monedas, inscripciones, esculturas y estatuillas y otras piezas ar­queológicas (lucernas, vidrios, urnas, joyas), que Caro cita en diversos trabajos. Las colecciones se integraban en las bibliotecas y también se conocen los libros que conformaban la de Caro, en que destaca el número y variedad temática de obras de que dispuso.
     Más conocida que su obra poética ha sido la rea­lizada en prosa, especialmente la de tipo histórico y epigráfico de ámbito local, si bien muchos de sus tra­bajos quedaron inéditos —han sido publicados en algún caso posteriormente—, como Inscripciones an­tiguas del arzobispado de Sevilla vistas en los años 1621-1625, De ueteribus Hispanorum Diis (manuscrito desaparecido) o Varones insignes en letras, naturales de la ilustrísima ciudad de Sevilla, a los que se une la Corres­pondencia epistolar con varios sujetos literarios. Entre las de carácter epigráfico cabe destacar su temprana obra titulada Memorial de la Villa de Utrera (1604), en que trata las antigüedades y epígrafes de su ciu­dad natal, tema que retomó en Relación de las inscrip­ciones y antigüedad de la villa de Utrera, que incluyó dentro de su Santuario de Ntra. Sra. de Consolación y Antigüedad de la villa de Utrera (1622), donde se ha­cía la historia del santuario y los milagros marianos, aunque más importancia tuvo su libro sobre las An­tiguedades y Principado... (1634), que fue el que más fama le dio y que tuvo luego unas Adiciones que que­daron inéditas. Las Antigüedades se estructura real­mente como dos libros diferentes, donde compendia, en primer lugar, el estudio histórico y arqueológico de la ciudad de Sevilla y, en segundo lugar, sus estudios sobre la historia y arqueología regionales de las principales ciudades romanas del territorio del ar­zobispado hispalense, con base en la documentación de los textos literarios antiguos (poco abundantes), el análisis de las monedas e inscripciones, sobre todo las denominadas geográficas, y el estudio de los res­tos arqueológicos, pero donde el criterio de autoridad de los autores sigue siendo argumento básico. Ade­más, en muchos casos acepta Caro sin una crítica ade­cuada inscripciones interpoladas y contenidas a ve­ces en aquellas obras pseudohistóricas que él defendía (como criticó Emil Hübner su labor epigráfica en el Corpus Inscriptionum Latinarum, II, págs. 169, 171), así como sus comentarios arqueológicos y filológicos son muchas veces incorrectos. A pesar de tales defec­tos, sus Antigüedades se convirtió en la principal obra de referencia de la anticuaria de Andalucía occidental hasta prácticamente el siglo XIX, de donde la fama de buen erudito que en general mantuvo nuestro autor. Una imagen que fue renovada a mediados del siglo XX desde el punto de vista arqueológico por la revalo­rización que llevó a cabo Antonio García y Bellido, dando nombre entonces al Instituto de Arqueología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid (José Beltrán Fortes, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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martes, 21 de julio de 2026

El Monumento funerario de Antonio de Desmaisières y Manuela Fernández de Santillán, Marqueses de la Motilla, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento funerario de Antonio de Desmaisières y Manuela Fernández de Santillán, Marqueses de la Motilla, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 21 de julio, es el aniversario del fallecimiento (21 de julio de 1834) de Antonio Desmaisières, Flores, Rasoir y Peon, y Manuela Fernández de Santillán y Baldivia, Villasís, Fernández de Córdoba y Mendoza, personajes, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte el Monumento funerario de Antonio de Desmaisières y Manuela Fernández de Santillán, Marqueses de la Motilla, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el de la Epístola, y a continuación del crucero del mismo, se encuentra el sepulcro de los Marqueses de la Motilla.
     Sepulcro parietal de los Marqueses de la Motilla, de estilo neoclásico, con unas medidas de 4,87 x 2,44 x 0,24 mts., compuesto por una gran base rectangular de escayola, decorada con motivos que derivan del candelieri renacentista. En el centro de esta base se inserta una lápida marmórea, dotada de un marco de bronce recorrido por ovas, que alberga la inscripción funeraria. Sobre la base, se dispone obelisco, centrado por el escudo nobiliario de los difuntos (los Marqueses de la Motilla) y rematado por una jarra flamígera. A ambos lados del obelisco, se ubican sendos jarrones decorativos.
     Procede del antiguo convento sevillano de San Jerónimo de Buenavista.
     Es muy similar al monumento funerario de D. Guillermo Girón, Marqués de las Amarillas, presente en esta misma cripta.
     La inscripción funeraria es la siguiente:

     AQUI YACEN LOS ILUSTRES SEÑORES
Dn. ANTONIO DESMAISIERES, FLORES, RASOIR Y PEON,
CORONEL DE INFANTERIA, CABALLERO DEL ORDEN DE SANTIAGO
Y DE LA REAL Y MILITAR DE S. HERMENEGILDO &
Y Dª. MANUELA FERNANDEZ DE SANTILLAN Y BALDIVIA, VILLASIS,
FERNANDEZ DE CORDOBA Y MENDOZA &
MARQUESES QUE FUERON DE LA MOTILLA Y DE VALENCINA, CONDES DE TORRALBA
Y DE CASA ALEGRE, BARONES DE LAS CASAS, CASTILLOS Y CUADRA DE VILLANUEVA
DE CUBELLAS, DE EMBEYA Y DE LA BLEDA, SEÑORES DE LAS VILLAS Y LUGARES
DE MOREDA, POZOBLANCO, CUATRO ENCINAS Y TORRE QUEBRADILLA, TORRALBA,
TOTANES, FINES, SOMONTIN, ALMODOVAR DEL RIO, LA REYNA,
SANTO DOMINGO DEL CAÑAVERAL, TURUMBILLO, VIURA Y SU CASTILLO, REINÉS,
CREUX, CAUDIÉS, PONTELLA Y TEZA, ALCAIDES PERPETUOS DEL CASTILLO Y FORTALEZA
DE ALMODOVAR DEL RIO,  && QUE FALLECIERON EN EL DIA 21 DE JULIO DE 1834,
DEJANDO BUENA MEMORIA DE SU MERITO Y VIRTUDES.
LOS TRASLADÓ DE SU PANTEON DE S. GERONIMO DE BUENAVISTA, Á ESTA YGLESIA,
EL RESPETO Y AMOR FILIAL D SU HIJO D. FERNANDO ACTUAL MARQUES DE LA MOTILLA Y-
DE TODOS LOS ESPRESADOS TITULOS EN 2 DE MAYO DE 1843.

Conozcamos mejor el Marquesado de la Motilla, título nobiliario que poseyeron los personajes que protagonizan el monumento funerario reseñado;
    El marquesado de la Motilla es un título nobiliario español creado por el rey Carlos II de España el 8 de octubre de 1679 a favor de Francisco Fernández de Santillán y Quesada, caballero veinticuatro de Sevilla.
     Han ostentado el título de Marqués de la Motilla las siguientes personas:
     Francisco Fernández de Santillán y Quesada, I marqués de la Motilla, señor de Motilla. Era hijo de Alonso Fernández de Santillán y Venegas, caballero de la Orden de Santiago, y de Francisca Ana de Quesada y Manuel y hermano de José Fernández de Santillán y Quesada, I conde de Casa Alegre.
     Casó con Ana Mencía de Villegas Bocanegra. Le sucedió su hijo:
     Alonso Fernández de Santillán y Villegas, II marqués de la Motilla, nacido en Sevilla.
     Casó con Mariana Lasso de la Vega y Barba, de Carmona. Le sucedió su único hijo:
     Francisco Fernández de Santillán y Lasso de la Vega (Sevilla, abril de 1679-septiembre de 1734), III marqués de la Motilla, II conde de Casa Alegre, alcalde de la Santa Hermandad por el estado noble de Huévar del Aljarafe.
     Casó, en Sevilla, el 3 de agosto de 1704, con Inés Josefa de Villacís e Irigoyen (Sevilla, 19 de noviembre de 1691-Sevilla, diciembre de 1776), hija de Pedro José de Villacís Saavedra y Cárdenas y de María Francisca de Irigoyen y Saavedra. Le sucedió su hijo:
     Alonso Fernández de Santillán y Villacis (Sevilla, 13 de noviembre de 1731-18 de mayo de 1751), IV marqués de la Motilla y III conde de Casa Alegre.
     Murió soltero sin descendencia. Le sucedió su hermano:
     Ignacio José Fernández de Santillán y Villacis (Sevilla, 5 de noviembre de 1734-28 de mayo de 1804), V marqués de la Motilla, VII marqués de Valencina, IV conde de Casa Alegre, alcalde de la Santa Hermandad por el estado noble de Huévar del Aljarafe.
     Contrajo primeras nupcias, el 30 de abril de 1753, con Mariana Pacheco Portocarrero y Córdoba, hija de Luis Pacheco Portocarrero y Vega, III marqués de la Torre de las Sirgadas, y de María de la Cabeza de Córdova Lasso de la Vega. No hubo sucesión de este matrimonio. Casó en segundas, el 29 de septiembre de 1784, con Ignacia Rafaela de Valdivia y Fernández de Córdoba, VIII condesa de Torralva, hija de Gabriel de Valdivia y Corral y de su segunda esposa, Joaquina Fernández de Córdoba Heredia y Carvajal. Le sucedió su hija:
     Manuela Joaquina Fernández de Santillán y Valdivia (Sevilla, 27 de marzo de 1791-21 de julio de 1834), VI condesa de la Motilla, VIII marquesa de Valencina, V condesa de Casa Alegre y IX de Torralva.
     Casó en Cádiz el 13 de febrero de 1810 con Antonio José Desmassières y Flórez (Pravia, 30 de septiembre de 1793-Sevilla, 22 de julio de 1834), caballero de la Orden de Santiago en 1825, hijo de Miguel Desmassières, nacido en Valenciennes, Teniente General de los Reales Ejércitos, y de su esposa, María Antonia Ignacia Flórez Peón (La marquesa falleció un día antes que su esposo, ambos víctimas de la epidemia de cólera que azotó Sevilla en esas fechas). Le sucedió su hijo:
     Fernando Desmaissières y Fernández de Santillán (Cádiz, ?-22 de abril de 1857), VII marqués de la Motilla, IX marqués de Valencina, VI conde de Casa Alegre y conde de Torralva. Fue senador vitalicio del reino. Fue el último poseedor del mayorazgo de su casa como consecuencia de la Ley desvinculadora del 11 de octubre de 1820 y a partir de entonces, el título pudo ser heredado por mujeres.
     Contrajo matrimonio, en Sevilla, el 15 de abril de 1839, con Francisca de Paula Creus y Cabrera sin que hubiese descendencia de este matrimonio. En 29 de junio de 1857, le sucedió su hermano:
     Miguel Ángel Desmaissières y Fernández de Santillán (Madrid, 15 de enero de 1816-Sevilla, 29 de noviembre de 1882), VIII de Motilla, X marqués de Valencina, VII conde de Casa Alegre y X de Torralva.
     Casó en Sevilla el 19 de agosto de 1854 con María Josefa Farina y Plasencia, viuda de Francisco Plasencia y Fuentes Calderón que fueron los padres del I conde de Santa Bárbara, Augusto Plasencia y Fariña. Era hija de Domingo Farina y Ricardo y de María Salomé Plasencia y Calderón. En 30 de octubre de 1883, sucedió su hijo:
     Miguel Desmassières y Farina (Sevilla, 26 de mayo de 1844-Sevilla, 2 de noviembre de 1927), IX marqués de la Motilla, VIII conde de Casa Alegre, capitán de fragata de la armada, senador del reino y maestrante de Sevilla.
     Contrajo matrimonio, en Sevilla, el 26 de noviembre de 1892, con María de los Dolores Salcedo Barreto, sin descendencia, en 20 de noviembre de 1928, sucedió su sobrino nieto:
     Fernando de Solís-Beaumont y Atienza (Málaga, 10 de septiembre de 1921-Madrid, 17 de noviembre de 1996), X marqués de la Motilla, XIV marqués de Valencina, IX conde de Casa Alegre y XII conde de Torralva. Hijo de Manuel de Solís y Desmassières, XII marqués de Valencina, y de María Antonia Atienza y Benjumea.
     Contrajo matrimonio, en Madrid, el 18 de junio de 1946, con Isabel Martínez Campos y Rodríguez (m. 2017), hija de Arsenio Martínez Campos y de la Viesca, II duque de Seo de Urgel, III marqués de Martínez Campos, dos veces grande de España y III marqués de Viesca de la Sierra, y de María de los Dolores Rodríguez Limón. Le sucedió su hijo:
     Miguel Ángel de Solís-Beaumont y Martínez Campos (n. 1 de mayo de 1947), XI marqués de la Motilla y XV marqués de Valencina.
     Casó, en Sevilla, el 7 de mayo de 1977, con María del Carmen Tello Barbadillo.

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miércoles, 8 de julio de 2026

La lápida funeraria de José María Izquierdo, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de José María Izquierdo y Martínez, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 8 de julio, es el aniversario del fallecimiento (8 de julio de 1922) de José María Izquierdo y Martínez, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de José María Izquierdo y Martínez, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de José María Izquierdo y Martínez, entre las de Amador de los Ríos, y José Gestoso. José María Izquierdo (1882-1922), poeta, ensayista, profesor, periodista y activo ateneísta, con una rica obra cultural, promotor, asimismo, de la popular Cabalgata de los Reyes Magos, que rindió culto y sensible homenaje a Sevilla en su obra más conocida: Divagando por la ciudad de la gracia.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:

JOSE Mª IZQVIERDO
Y MARTINEZ
+8 DE JVLIO DE 1922

Conozcamos mejor la Biografía de José María Izquierdo Martínez, personaje que protagoniza la lápida funeraria:
     José María Izquierdo Martínez, (Sevilla, 19 de agosto de 1886 – 8 de julio de 1922). Jurista y escritor.
     Escritor en la corriente del idealismo modernista, estuvo ligado al movimiento regeneracionista andaluz en su clave de regionalismo cultural y fue partidario del autonomismo progresivo y del “patriotismo ciudadano”.
     Cursó la enseñanza secundaria en el instituto provincial de Sevilla, siguiendo el preparatorio de Derecho (1901-1902), con ingreso el año académico 1902-1903 en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, donde concluyó la licenciatura (1906), con máxima calificación y premio en todas las asignaturas.
     Verificados los ejercicios para la colación del grado de licenciado en Derecho el 20 de junio de 1907, obtuvo la calificación de sobresaliente por unanimidad.
     Alcanzó el grado de doctor en Derecho con un trabajo de tesis sobre derecho en la literatura, publicado como El Derecho en el teatro español (1914), y, aunque no prosiguió la carrera académica, fue profesor auxiliar en Derecho Canónico.
     Joven ateneísta, colaboró con la institución como conferenciante: “Las leyes regias. Disertaciones de Derecho romano” (1902-1903), “La hospitalidad y el Derecho de gentes” (1906) y “Del pragmatismo” (1910). Se inició en el periodismo local con artículos en El Noticiero Sevillano, El Liberal y, especialmente, en El Correo de Andalucía, que firmó bajo los pseudónimos de Jacinto Ilusión, Iván el Imbécil, Sartus, Resartus, Alcyón y otros.
     Se sumó, a partir de 1914, al ideal de regeneracionismo transformador formulado por Blas Infante Pérez, el “renacimiento andaluz”. En realidad, Infante, en el capítulo segundo de su Ideal andaluz: varios estudios acerca del Renacimiento de Andalucía (1915), reconoce adeudar a Izquierdo el concepto de “Ideal Andaluz”, de clara resonancia krausista y elaborado por éste la primera vez en 1913, con ocasión de un comentario contenido en su obra Divagando por la Ciudad de la Gracia (1914), a la conferencia y memoria dictada por Francisco Rivera Pastor en el Ateneo de Madrid sobre Orientaciones políticas (marzo-mayo de 1913).
     Izquierdo aportó una reflexión estética y cultural, además de manifestar la “necesidad de una nueva ley que sustituya al viejo Derecho y reorganice el régimen de nuestra región” (“ideal jurídico”). Su obra De las Normas y de las Formas (1916) enmarca la construcción de esta categoría iusfilosófica, siendo influida por postulados de idealismo kantiano —mundo de la representación— y tesis de A. Schopenhauer —mundo de la voluntad—. Son claves de su tentativa la recomposición dialéctica esencial-existencial de las tensiones entre derecho objetivo (derecho-poder) y derecho subjetivo (derecho-facultad), entre “jurismo y juridicidad”, cuya síntesis resulta en grados de moralidad como Derecho-Virtud y Derecho-Norma como reconciliación entre “justicidad y juridicidad”.
     De ahí también su atención al fenómeno social y normo-espontáneo del sindicalismo —nuevo ideal de vida, norma de conducta, organización social ante la crisis de la idea de derecho subjetivo—, que recoge del solidarismo de L. Duguit. Igualmente, su interés en la promoción de un “patriotismo ciudadano” —“la ciudad es síntesis de la patria”— en línea con las teorías sobre ciudades elaboradas por el noventayochismo y la generación de 1914 (A. Ganivet, J. Maragall, E. d’Ors, J. Ortega y Gasset, etc.).
     A Izquierdo se debe la creación y organización de la primera cabalgata de Reyes Magos celebrada en Sevilla (5 de enero de 1918). En ese mismo año participó en el ciclo que, organizado por el Ateneo, se dedicó a “Los problemas que plantea la autonomía de Cataluña”, defendiendo, junto a Infante, la posición más avanzada de la corriente autonomista progresiva. Su creación literaria se inscribe en la tendencia del idealismo modernista, con rasgos de misticismo, subjetivismo e intimismo. Su prematuro fallecimiento conmovió a Eugeni d’Ors Rovira (Xènius), que le llamó “gran sevillano taciturno”. De su talante y marginalismo hizo evocación de afinidad espiritual Luis Cernuda en Ocnos (1942), quien, además, ya un artículo de 1936 titulado “Divagando sobre la Andalucía romántica”, presenta con Izquierdo coincidencia respecto de su “teoría de Andalucía”. Juan Ramón Jiménez se refirió a Izquierdo en Españoles de tres mundos (1942) como “ángel anunciador” y “maná congregado en forma de hombre”. Ateneo y Ayuntamiento de Sevilla editaron sus Obras Completas a propuesta de José Muñoz San Román, concejal, escritor y académico.
     Se conserva un retrato del año 1918, propiedad del Ateneo de Sevilla, firmado por Miguel Ángel Pino Sardá (José Calvo González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de José María Izquierdo Martínez, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 6 de julio de 2026

El túmulo funerario de Arias Montano, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el túmulo funerario de Arias Montano, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 6 de julio, es el aniversario del fallecimiento (6 de julio de 1598) de Benito Arias Montano, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte el túmulo funerario de Arias Montano, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el brazo del crucero que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el de la Epístola del mismo, se encuentra el túmulo funerario de Benito Arias Montano, en el piso, el sarcófago reconstruido con la talla en piedra de la figura yacente, de estilo renacentista.
     Benito Arias Montano, Fregenal de la Sierra, 1527, Sevilla, 1598, es representado vestido y tocado con ropaje y birrete eclesiástico, sosteniendo un libro entre las manos. El gran humanista, cuyo saber abarcó la filología semítica, griega y latina, filosofía, teología, poesía, medicina, matemáticas, biología y física, tras su destacada participación en el Concilio de Trento, fue nombrado capellán por el rey Felipe II, que le encomendó dirigir la revisión de la Biblia Políglota Complutense, promovida por el Cardenal Cisneros, un erudito y concienzudo trabajo de años, que dio como resultado la llamada Biblia Regia, o de Amberes, porque allí se realizaron los trabajos y se imprimió, en el afamado taller de Christophe Plantin, que aunaba a sus cualidades como impresor un vasto saber humanístico y profunda inquietud espiritual.
     De vuelta a España, aprovechando la experiencia y el conocimiento adquirido por Arias Montano durante su estancia en los Países Bajos, requirió el rey sus servicios como consejero en el grave conflicto con los protestantes. Le encargó, asimismo, la misión de viajar a Lisboa para convencer a su sobrino, el rey de Portugal, don Sebastián, de desistir de embarcarse en la proyectada empresa bélica marroquí, que concluyó con la desaparición del rey y la aniquilación de la flor y nata de la nobleza lusa en la batalla de Alcazarquivir, llamada de los Tres Reyes, en la que murió también el militar, gran poeta y admirador de Arias Montano, Francisco de Aldana. Otro encargo relevante fue la creación y gestión de la biblioteca del Monasterio de San Lorenzo del Escorial.
     Los numerosos trabajos encomendados dificultaban el recogimiento de Arias Montano en la peña que lleva su nombre, cercana a Alájar, ideal para la meditación y el desarrollo de su prolífica obra, en la que recibió en una ocasión la visita del monarca.
     Dos veces requerido por la Inquisición, salió Arias Montano indemne de ambos procesos, contando en el último con la defensa del padre Mariana. En 1584 renunció Montano a todos sus cargos y se retiró en Sevilla, donde fue prior del Templo de Santiago de la Espada, hasta su muerte, en 1598. Su discípulo Pedro de Valencia, defendió la memoria del maestro de las impugnaciones de heterodoxia promovidas contra él, que llevaron al jesuita Juan de Pineda, en 1607, a incluir su obra en el Índice romano, y en el español de 1612, consiguiendo finalmente su restitución.
     De entre la prolífica obra de Arias Montano, además de la dirección de la Biblia Regia, cabe destacar una traducción al latín y el griego del Nuevo Testamento (Novum Testamentum), Dictatum Christianum (Lección cristiana), nueve tomos de Antigüedades judías; el Libro de la generación de Adán, en cuya segunda parte, Naturae Historia (1594), innovó Arias Montano la biología; una Retórica; Odas e Himnos; la traducción al latín del itinerario del viajero medieval hispano-hebreo Benjamín de Tudela, así como la adquisición en Flandes de instrumental y textos científicos, y el establecimiento de contactos entre hombres de ciencia españoles con avanzados colegas flamencos.
    Se dispone en este sepulcro la figura yacente de Arias Montano (obra original del siglo XVII) sobre una urna posterior.
     Vestido con el manto de la Orden de Santiago, cuyo escudo luce en el pecho, lleva la cabeza cubierta por un birrete eclesiástico, descansando la misma sobre dos almohadones. Reposa las manos sobre un libro, que lleva la inscripción "BIBLIA REGIA", nombre con el que también es conocida la aludida Biblia de Amberes, por ser el rey Felipe II su patrocinador. El rostro del difunto acusa cierto realismo, mientras que el tratamiento de la indumentaria resulta bastante rígido y algo arcaizante. 
     Este sepulcro procede del convento sevillano de Santiago de la Espada, donde ocupó su capilla mayor, siendo entonces un sepulcro de túmulo adosado al muro. Es probable que se ejecutase, en 1606, con la intención de hacer pareja en dicho templo con la tumba de Suárez de Figueroa (de comienzos del siglo XVI), hecho que explicaría los arcaísmos que presenta esta imagen para su fecha de realización. Durante la invasión napoleónica, sus restos fueron llevados a la Catedral, después devueltos a su iglesia; tras la Desamortización, se llevó a la Anunciación.
     Aquí se ubicó inicialmente, como sepulcro adosado, en uno de los muros del crucero (lado de la Epístola), antes de ser trasladado a la cripta-panteón de sevillanos ilustres; ésta fue creada entre 1970-1972 por iniciativa de D. Florentino Pérez Embid, entonces Director de Bellas Artes. 
     Como el sepulcro de Suárez de Figueroa, al ser bajado a la cripta, se transformó en un túmulo, mostrando sendas inscripciones en sus laterales:

DEO VIVENTVM. S.
BENEDICTI ARIAE MONTANI DOCTORIS THEOLOGI, SACRO #LIB#
EX DIVINO BENEFICIO INTERPRE TISE XIMIJ. #TESTIMONIJ JESVXPI
DOMININOS TRIANVNCIATORIS SEDVLIVIRIIN COMPARABILIS TITVLIS
CVNTIS MAJORIS MONVMENTIS AVGVSTISOSSIB QINDIEM RESVRRE
CTIONIS JVSTORCVM HONOREAS SERVANDIS
DOMINVS ALFONSVS FONTIVERIVS PRIOR # CONVENTVS SANCTI
JACOB HISPALENSIS PRIORIS QVONDAN SVI OPTIME MERITI MEMORIAM
VENERATI. P.. C. AN. 1605
OBIJTAN. 1598.
AETATIS. 71.
     A DIOS VIVO. S. Benito Arias Montano, doctor en teología, del sagrado libro por beneficio divino interpretado con máximas pruebas. Jesucristo, Señor Triunfador, diligente y con títulos comparables a los de mayores monumentos augustos, especialmente en la honrosa celebración de la Resurrección de los justos. El señor Alfonso Fontiveros, prior del convento de Santiago de Sevilla, veneró la memoria de quien en su tiempo fue muy meritorio. Realizado en 1605. Falleció en 1598 a la edad de 71 años.

B · ARIAE ·MONTANI · V · C · OSSA
EX · COENOBIO · EQUESTRI · D · IACOBI
GALLIS · OCCVPANTIBVS · CIVITATEM
IN · AEDEM · MAXIMAM · TRANSEVCTA · ANN · MDCCCX ·
HOSTIBVS · FVGATIS · RELATA · DOMVM · PRISTINAM
POSTREMVM · SODALITATE · ABOLITA
HIC · INLATA · SVNT · AD · GYMNASIVM · QVOD · IVVENIS · FREQVENTARAT
XII · KAL · SEPT · ANN · MDCCCXXXVIII ·
ACADEMIA · HISPALENSIS
RELIQVIIS · ALVMNI · SVI · JURE · VINDICATIS
LOCVM · MONVMENTI · DECREVIT 
     Los huesos de Benito Ariaa Montano fueron llevados del convento de los caballeros de Santiago, ocupado por los franceses en la ciudad, a la iglesia principal en 1810, después de que los enemigos fueran derrotados, y la casa antigua entregada tras la disolución de su última asociación. Fueron trasladados aquí al gimnasio donde el joven había estudiado el 21 de agosto de 1838. La Academia de Sevilla decidió darles este lugar como monumento en honor a su antiguo alumno (Universidad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía de Benito Arias Montano, personaje que protagoniza el túmulo funerario reseñado;
     Benito Arias Montano (Fregenal de la Sierra, Badajoz, 1527 – Sevilla, 6 de julio de 1598). Hebraísta, biblista, supervisor de la Biblia Políglota de Amberes y humanista destacado de la Contrarreforma.
     Nació en el seno de una familia perteneciente a la baja nobleza, hidalga aunque empobrecida y cristiana vieja. Su padre desempeñaba el cargo de notario del Santo Oficio de la Inquisición. Un padrino suyo acomodado lo envía a estudiar a Sevilla, donde a la edad de catorce años escribe un Discurso del valor y correspondencia de las antiguas monedas castellanas con las nuevas, y por un soneto que escribe se sabe que Alonso García Matamoros, Cristóbal Valdotano y Pedro Mexía fueron sus primeros maestros.
     Con diecinueve años se matricula en la universidad sevillana en un curso de artes. Por entonces, en la ciudad del Guadalquivir florecía el erasmismo y el protestantismo español daba sus frutos a través de los sermones de Juan Gil y Constantino Ponce de la Fuente.
     Con esos conocimientos y vivencias, se traslada a Alcalá de Henares en cuya universidad (1550) y en sus destacados saberes hebraicos se matricula, impartidos por los antiguos maestros del Colegio Trilingüe. Cipriano de la Huerga, monje cisterciense, Andrés de la Cuesta y Luis de la Cadena le enseñan su método de estudio bíblico, consistente en un constante apoyarse en el texto hebreo y su confrontación con la Vulgata para revisarla y corregirla a la luz de la erudición humanística y la exégesis filológica. Será cursando sus estudios en la universidad cisneriana cuando conozca al también alumno fray Luis de León, cuya sincera amistad le acompañará toda la vida. Son por entonces los últimos años del reinado de Carlos V recorridos en el plano del pensamiento por los planteamientos erasmistas de la philosophia Christi.
     Arias Montano comienza a demostrar que es un buen poeta. Así, escribe una colección de poemas de corte horaciano no sólo contra el proceder de Lutero, sino también de encomio hacia maestros y amigos con el título de Rethorica, siendo laureado por la universidad (1552) en reñido certamen. Y por su notable conocimiento y dominio de las lenguas hebrea, caldea y siríaca comienza a llamársele el Jerónimo español.
     Viajes por Italia y España, la compra de libros a los herederos de Sebastián Fox Morcillo, y estancias en su retiro familiar de la Peña de Aracena ocupan los siguientes años a sus primeros estudios universitarios, ya que vuelve a las aulas sevillanas —en 1556 y 1558—, y decide también aprender Medicina y Botánica junto al médico Francisco de Arce. Con treinta y tres años (1560) pide ser admitido como sacerdote en la Orden de Santiago y tras una minuciosa investigación para descartar toda posible ascendencia de sangre judía, de linaje manchado, es admitido en el monasterio de San Marcos de León. Muy pronto su excepcional valía le llevará a ocupar un destacado lugar en la trama política, espiritual e intelectual de su época. El obispo Martín Pérez de Ayala lo selecciona para incorporarlo a la delegación española presente en el Concilio de Trento (1545- 1563), donde tuvo una meritoria intervención con dos discursos sobre el divorcio y sobre la comunión bajo las dos especies. De regreso a España es nombrado capellán del Rey y comienza a percibir una pensión anual por sus servicios a la Iglesia y a la Corona.
     Su obra Comentaria in XII Prophetas ocupa los años siguientes, hasta que con cuarenta años (1568) recibe el encargo más importante de su vida: ser en Amberes el supervisor real de la nueva Biblia Políglota en cinco lenguas que desde hacía unos años estaban llevando a cabo un grupo de eruditos franceses y flamencos. El contacto con la realidad política, social y religiosa de los Países Bajos, influirá decisivamente en todo su pensamiento y actitudes.
     El ambicioso proyecto bíblico había sido puesto en marcha por el impresor Plantino (1566) movido a ello por el hebraísta Andreas Masius (Maes). Sabio y erudito impresor, pero también hábil hombre de negocios, había fundado su taller (1554) gracias al dinero que mercaderes ricos pertenecientes a la secta espiritual Familia Charitatis (Familia del Amor) y discípulos del profeta Hendrik Niclaes le habían prestado, con la intención de difundir desde aquellas prensas los escritos del carismático fundador.
     La pertenencia a la secta del propio Plantino y de aquellos ricos hombres —Charles de Bomberghe, Graphaeus, Santforts, De la Faille y el banquero converso Marcos Pérez— permanecía en el más absoluto secreto. Todos ellos tuvieron activa participación en la efervescencia religiosa de los Países Bajos y mientras unos abrazaron el protestantismo, otros se hicieron calvinistas. Ante el Iconoclasmo (1566) y la llegada del duque de Alba huyeron a Alemania o a Suiza. Plantino, para salvar su negocio prefirió atraerse la voluntad de Felipe II. Buscando la protección del cardenal Granvela, escribió al secretario real Gabriel de Zayas manifestándole su profunda “ortodoxia” y adhesión a la Corona española. Su astucia dio resultado: tras consultar el Monarca a los teólogos de Alcalá y de Salamanca y obtener una respuesta afirmativa unánime, acepta el mecenazgo, recibiendo Plantino el nombramiento de “prototipógrafo del rey”.
     En cuanto a la labor de Arias Montano, ésta consistiría en revisar las pruebas y redactar unos cuantos tratados de erudición bíblica que constituirían el último volumen de la Políglota. Los cuatro años que duró esta misión fueron extraordinariamente intensos en acontecimientos públicos y privados. Al principio, Montano se muestra partidario admirador del duque de Alba y aprueba la política de Felipe II en los Países Bajos. Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba (1507-1582), había logrado terminar con la revuelta de los gueux o “mendigos”, la confederación de nobles de tendencias protestantes y calvinistas opuestos a la política real entre los que se hallaban Luis de Nassau, hermano de Guillermo de Orange —antiguo paje de Carlos I— Juan y Felipe de Marnix, Felipe Broderode, el conde de Egmont y Felipe de Montmorency, conde de Horn y almirante de Flandes. Todos ellos habían suscrito un documento llamado “Compromiso de Breda” en el que la Confederación se proponía abolir la Inquisición y conseguir la libertad de conciencia. Cuando al de Alba se le encarga la represión de la revuelta en Flandes, tenía sesenta años. Embarca en Cartagena rumbo a Génova en abril de 1567 y en Italia organiza un ejército integrado principalmente por españoles con algunos contingentes de italianos magníficamente equipados, entre los que figuraban cuerpos de mosqueteros. Apresó a los cabecillas de la rebelión, los condes de Egmont y de Horn, a sus secretarios y al burgomaestre de Amberes, Antonio de Stralen. La audacia de este golpe atemorizó a las gentes y el vencedor escribió a Felipe II: “Gracias a Dios, el país entero está tranquilo”. El duque constituyó el Tribunal de los Tumultos para juzgar a los supuestos culpables de los desórdenes, conociéndose entre el pueblo como el Tribunal de la Sangre.
     En aquellos años de completa pacificación, purgado el país de calvinistas, Arias Montano estaba entregado por completo a su trabajo de la Biblia Políglota, que sería conocida también como Biblia Regia o Biblia de Amberes. Hoy ya no cabe la menor duda de que toda la gloria de la ingente labor correspondió al espléndido equipo de sabios lingüistas y filólogos reunidos en torno al taller de Plantino y pertenecientes en secreto a la Familia del Amor. Sin embargo, su papel de supervisor y su participación —en especial en la redacción de los tratados del último volumen— en el diseño y contenido de la Políglota, fueron decisivos, con consecuencias insospechadas a favor y en contra en los círculos teológicos y humanísticos de España y Europa, lo que le acarrearía incomprensión, sospecha inquisitorial y desengaño.
     Concluida la labor filológica en mayo de 1570, Arias Montano envía su Praefatio a las Universidades de Lovaina y de París que le dan su aprobación.
     Seis meses más en la imprenta para disponer todos los textos y por fin la obra ve la luz a finales de 1571, encuadernada en ocho volúmenes. Con el texto dispuesto en dos series de columnas en cada página, los volúmenes del I al IV contienen: el texto hebreo, el mismo que figura en la Políglota de Cisneros y que editara Charles de Bomberghe en la imprenta de Félix Pratensis (1516-1517) y en Venecia en la imprenta de Ya’aqob ben Hayyim (1524-255); la Septuaginta y su traducción latina, el Targum —traducción al arameo del Antiguo Testamento con paráfrasis— casi completo y su traducción latina debida a los hebraístas judeo-conversos del Estudio Salmantino, Pablo Coronel y Alonso de Zamora, colaboradores en la Políglota de Alcalá. El volumen V contiene: el Nuevo Testamento en tres versiones, griega, latina de la Vulgata y siríaca con traducción latina de Guido (o Guy) Lefèvre de la Boderie. Los volúmenes VI, VII y VIII son conocidos como Apparatus. El volumen VI contiene: el Nuevo Testamento en griego y traducción interlineal de la Vulgata; particularidades de la lengua hebrea redactada por Arias Montano; el Antiguo Testamento y traducción latina debida a Sancte Pagnino (o Sanctes Pagninus). El volumen VII contiene: diccionario y gramática griegos, tal vez de Arias Montano; un vocabulario siríaco debido a Andreas Masius (Maes), así como una gramática siríaca; un diccionario siro-arameo debido Guido Lefèvre de la Boderie; en latín un Thesaurus hebraicae-linguae de Sanctes Pagninus y un Apéndice de Francisco Raphelengius.
     El volumen VIII contiene: dieciocho tratados filológicos y arqueológicos, varios de ellos debidos a Montano; los Prefacios de Arias Montano; los Prólogos de san Jerónimo a la Vulgata; cartas de Felipe II, del duque de Alba y de Arias Montano, y los privilegios de publicación y las censuras de Arias Montano.
     Así pues, la nueva Biblia, obra en esencia de los humanistas del norte de Europa, venía a ser una reedición, pero crítica, de la Políglota de Cisneros, empleando como ella las ediciones hebreas del Antiguo Testamento impreso en Venecia pero presentando un centenar de lecturas diferentes respecto de la cisneriana, y más cercanas a la edición veneciana. En cuanto a esa serie de gramáticas y vocabularios, la moderna investigación los considera un material bastante problemático y a veces poco preciso. Pero su gran novedad, que sería en su tiempo su gloria y su condena, fue la incorporación de la ciencia hebraica —Targum, Pesitta’—, y, por lo tanto, saber heterodoxo, sospechoso de herejía.
     Este “monumento de la Contrarreforma”, obra de intelectuales de dudosa ortodoxia católica, impresa en un taller creado en principio para publicar los escritos del líder espiritual Niclaes, cuyo impresor había pedido prestados los tipos hebreos al protestante Charles de Bomberghe, y el “supervisor” real había tenido la intención de sustituir el texto canónico de la Vulgata —al que apenas le reconocía valor filológico— por la traducción latina de la Biblia hecha por Sanctes Pagninus (Lyon, 1527), aunque al final tuvo que transigir e incluyó ambos textos, fue vista como una obra reaccionaria contra los principios del Concilio de Trento y la infalibilidad de la Vulgata de san Jerónimo. Roma tenía que juzgarla, y para defenderla se nombró al teólogo español Pedro de Fuentidueña.
     Su exposición fue inútil. Aquellas innovaciones hebreas y rabínicas, aquellas rectificaciones a la Políglota de Cisneros que era tanto como enmendar la Vulgata, suscitaron graves recelos y objeciones entre los miembros de la comisión papal que la desaprobaron.
     Ante tal fracaso, las cartas se cruzan impresiones contrariadas y los contactos políticos y diplomáticos se suceden. Arias Montano recibe el encargo real de salir inmediatamente para Roma. Felipe II escribe al duque de Alba: “Creo que podrá explicar el asunto de manera que ponga punto final a todas las dudas”. Y así fue, porque ya en Roma (1572) logra en pocos meses la ansiada aprobación, aunque provisional.
     Contribuyó a ello el sucederse de algunos acontecimientos como la subida al solio pontificio de Gregorio XIII, muy favorable a España. La victoria de Lepanto contra los turcos favoreció también el fortalecimiento de las relaciones entre el Vaticano y la Corona española. Mientras, Arias Montano se ganaba el apoyo de los cardenales de talante humanista Granvela y Sirleti.
     Pero la aprobación provisional de la Congregatio Concilii no logró acallar la polémica que se avivaba por momentos y que, en definitiva, siempre estuvo latente o manifiesta en el seno de las discusiones teológicas del siglo XVI en torno a qué texto de la Biblia, el hebraico —visto con recelo por amplios sectores—, o la traducción latina de san Jerónimo (Vulgata), era el correcto. Como escribe B. Rekers: “Arias Montano intentó aplicar un método de traducción puramente literal basado en la erudición filológica; es decir, pretendió traducir exactamente lo que estaba escrito en el texto original”. Ponía en práctica la intención de Erasmo de “predicar a Cristo desde las fuentes”. Sólo que el biblista español hacía caso omiso de toda la tradición exegética católica y su “simbolismo”, prefiriendo buscar el sentido a través de las fuentes exegéticas rabínicas, más acorde con los nuevos métodos de investigación y estudio humanísticos, que pretendían rescatar la pureza original del texto bíblico. La Iglesia era consciente de las imperfecciones de la Vulgata, y quería a toda costa evitar nuevas traducciones, y como medida “disciplinar y defensiva”, el Concilio de Trento declaró “auténtica” la Vulgata latina.
     Este sentir explica la respuesta reaccionaria a su Políglota. En los Países Bajos, Guillermo Lindano, obispo de Rurmond, arremete contra él, haciendo todo lo posible por desacreditar su labor bíblica. Por el contrario, no faltaron sabios de Lovaina y de París que se erigieron en paladines de su método, como Harlemio, Génèbrard y Francisco Lucas. La reacción española fue la más virulenta: en Castilla, en los círculos teológicos agustinos de Salamanca se alzó en contra la voz del maestro León de Castro —hermano de hábito de fray Luis de León y su delator ante el tribunal inquisitorial—, quien como tantos otros “que ponían enfermedad” en la nueva Biblia, redactó sus objeciones en seis folios que leyó en la Corte, sin mucho éxito. En su escrito argumentaba que los originales hebraicos y caldaicos estaban corrompidos por los judíos y tenían que ser corregidos a la luz de la Vulgata y no al revés, como se había hecho en la Biblia Regia.
     Esta convicción volvía sobre el viejo asunto de la hebraica veritas de la España judía y las viejas disputas del siglo XV. Y por si fuera poco, el término “judaizante” —tan lleno de tristes y no tan lejanos recuerdos— se aplicaba ahora a todo aquel que defendía la legitimidad del texto hebreo y la revisión crítica de la Vulgata.
     Los amigos de Montano, pertenecientes al ámbito universitario salmanticense, le tuvieron bien informado de las maniobras del maestro León. Fray Luis de Estrada le escribe: “Cierta persona ha querido persuadir, y por ventura tiene persuadida a casi toda España, que los originales hebraicos y caldáicos de la divina Scriptura están corrompidos por los judíos [...] que en la mesma emprenta (se refiere a la de Plantino) sin ser sentidos los herejes habían introducido traición”. Y Pedro de Fuentidueña en carta (1574) al secretario real, Gabriel de Zayas, expone: “[...] y después acá he entendido que el maestro León fue a la corte y allá trató con esos señores del consejo de la Inquisición sobre esto de la biblia de Flandes [...] y así lo da a entender a todos, tanto que ayer me dijo un maestro desta universidad que le había oído decir que si estando revestido para decir misa, lo dejase por ir a quemar a Benito Arias, le parece que haría gran servicio a N. Sr.”; Francisco de Salinas le hace saber (1574): “[Hablé] con el buen maestro León, porque es amigo muy antiguo y fue mi maestro en la niñez; el cual me dio muchas disculpas y excusas con decir que no podía dejar de estar apasionado por su madre la Iglesia, y su principal negocio, es decir que V. M. quiere destruir la Vulgata y que no sigue la interpretación de ningún santo ni le alega sino la de los rabinos”.
     En este ambiente tan tenso se alzó la palabra escrita del canónigo Juan del Caño (1575) increpando el mal entendido celo del fraile agustino que “atropella a sus próximos con voces vocalísimas y con su autoridad [...] destruye a cuantos no se guardan de trabar con V. M. disputaciones”.
     A pesar de tantos sinsabores, Arias Montano no cejó en su estudio bíblico. Fruto de ello en colaboración con la Universidad de Lovaina fue su Biblia Sacra, impresa por Plantino en 1574.
     Las circunstancias le obligan a volver a Roma para afrontar la segunda defensa de la Políglota. Intento vano, pues el maestro León había logrado atraer a su causa la opinión de la Curia Papal. Encabezada por el cardenal Belarmino se pronuncia: “Esta Congregación General ha sentenciado que nada contrario al texto latino de la Vulgata puede ser cambiado, ni siquiera una palabra, una sílaba o una letra”. Pero, como había en juego factores políticos, se aprueba toda la Biblia Políglota excepto el Apparatus, debido a Montano. Gregorio XIII prefiere dejar el dictamen final en manos de los teólogos españoles. La causa del maestro León parecía que había triunfado.
     Y Arias Montano escribe una carta en agosto de 1575 al obispo de Cuenca e inquisidor general, Pedro de Portocarrero, buscando su protección: “Cuasi por todo este postrer año que he estado en Flandes, he sentido un grande rumor que un maestro León de Castro, que vive en Salamanca, ha levantado en aquella universidad, reprendiendo y desacreditando la mayor obra que jamás en género de letras ha salido al mundo impresa, que es la biblia real [...] el asa que ha tomado para decir mal de ella, ha sido ver allí en el Aparato una parte de la biblia de Sanctes Pagnino [...] le suplico sea servido de mandarme dar aquella parte desta noticia [...] que me sea a mí útil [...] para que con brevedad y equidad [...] se deshagan con entera luz estos nublados”. La sentencia final sobre la Biblia de Amberes le correspondió al jesuita Juan de Mariana (1577). Su defensa la limpió de escrúpulos y de recelos, a pesar del intento de los dominicos de Sevilla (1579) de reavivar la polémica.
     Y en 1587 la curia romana intentará, sin mucho éxito, eliminar las variantes de los diversos textos de la Vulgata latina. Habría que esperar a la Biblia Clementina (1592) con su revisión mucho más segura del texto latino.
     Con su regreso a España (1576) como bibliotecario de El Escorial, concluyen sus densos ocho años de estancia en los Países Bajos. Se traía una desencantada visión de la política española en Flandes, que en otro tiempo admirara, y su rendida adhesión a la secta espiritual flamenca de la Familia del Amor (Familia Chraritatis), entre las posturas católica y protestante y cuyos principios —tolerancia, no violencia, paz, devoción de tendencia quietista, la “identificación personal con el ser divino”, y el alejamiento de los ritos y dogmas aunque sin romper el vínculo con la Iglesia Católica— profesaban la mayor parte de las personas cultas y de negocios de Amberes que formaban el círculo del impresor Plantino, seguidor en un principio de Niclaes, de tendencia protestante, para después preferir la doctrina simbólico-esotérica de tendencia católica del maestro Henrik Jansen Barrefelt, apodado Hiël (Luz de Dios). Como bibliotecario, elaboró la lista de todos los manuscritos existentes —superaban la cifra de cuatro mil—, inventarió los libros impresos e invirtió buena parte de los fondos puestos a su disposición en la adquisición de escritos semíticos de los que la biblioteca escurialense estaba bastante escasa: “empero de Sangrada Escritura y materia de religión tiene falta”. Esta labor la alternó con la de profesor de hebreo en el colegio del monasterio. Su sabio magisterio supo aunar la enseñanza de la lengua bíblica con la difusión entre sus discípulos de la espiritualidad de Hiël. Fray José de Sigüenza, Lucas de Alaejos, Martín de la Vera, Francisco Trujillo y Gaspar Centol, continuadores en su momento de la labor escriturística de Montano, supieron de la ideología familista y de la interpretación “visionaria”, en esta época ya aceptada por Montangal o, de los textos bíblicos. Si la Orden Jerónima había sido a lo largo del siglo XV un intenso foco de criptojudaísmo, ahora el familismo de Hiël prendía en ella a través del magisterio bíblico del sabio español.
     Él mismo no había dejado de pedir a su amigo Plantino que le enviara todos los comentarios posibles de Hiël, en especial sus comentarios al Apocalipsis.
     Como ha demostrado Sabbe, “nueve décimos del latín de Arias Montano son copia exacta de las Sendbrieffe de Hiël”.
     Después de su última misión política en asuntos relacionados con el rey Sebastián de Portugal, sobrino de Felipe II, Arias Montano pudo residir en su retiro de Extremadura (1586), y a intervalos en el convento sevillano de Santiago. En la Peña de Aracena enseñó hebreo a Pedro de Valencia, “criado a los pechos de la santa y universal doctrina de Montano” a decir de su contemporáneo Covarrubias, y que sería su secretario y el editor en Amberes de sus obras póstumas. Benito Arias Montano murió en Sevilla (1598) en casa de Ana Núñez. En la ciudad del Guadalquivir logró reunir en torno a su persona un grupo de intelectuales progresistas españoles, donde no faltaron miembros conversos como Diego y Francisco Núñez Pérez, emparentados con conversos de Amberes, que si bien no tuvieron el peso espiritual del grupo escurialense, supieron establecer vías de intercambio científico y pensamiento liberal, según el espíritu montaniano, entre las Universidades de Sevilla y Leyden (María Fuencisla García Casar, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el túmulo funerario de Arias Montano, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 25 de junio de 2026

La lápida funeraria de Jorge Díez, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Jorge Díez, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 25 de junio, es el aniversario del fallecimiento (25 de junio de 1869) de Jorge Díez, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Jorge Díez, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Jorge Díez, entre las de Mota Salado, y Antonio Lecha Marzo Martínez. Era un catedrático de Filosofía en la Universidad de Sevilla en la segunda mitad del XIX, de apreciada labor docente.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:

JORGE DÍEZ
+ 25 DE JVNIO DE 1869

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martes, 7 de abril de 2026

La lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 7 de abril, es el aniversario del fallecimiento (7 de abril de 1877) de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero", junto al de Amador de los Ríos. Es la última de las personalidades incorporadas al Panteón, trasladados sus restos desde el cementerio sevillano de San Fernando en mayo de 1999.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:

CECILIA BÖHL DE FABER
"FERNAN CABALLERO"
+7 DE ABRIL DE 1877

Conozcamos mejor la Biografía de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", personaje que protagoniza la lápida funeraria:
     Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero". (Morges, Suiza, 25 de diciembre de 1796 – Sevilla, 7 de abril de 1877). Escritora.
     Es la primogénita del matrimonio formado por Juan Nicolás Böhl de Faber y Francisca Ruiz de Larrea. El padre, nacido en Hamburgo en 1770 y residente en Cádiz desde 1785 (donde su familia había establecido una casa de comercio sólida y prestigiosa), alternará su trabajo de comerciante y cónsul de las ciudades de la Hansa en Cádiz (1804) con el estudio apasionado de la cultura española. De familia protestante y educado en un ambiente liberal, se convierte al catolicismo en 1813, influido por la lectura de los místicos hispanos. El conocimiento de las obras de Schelling y de A. W. von Schlegel le inclina hacia la estética e ideología del romanticismo alemán, que constituye, junto a su fe católica, la base de su pensamiento conservador desde el que interpreta el pasado y la realidad contemporánea de la cultura y de la política españolas. En su evolución intelectual se siente influido por su mujer, Francisca Ruiz de Larrea, nacida en Cádiz en 1775 (de padre español y madre irlandesa) y con la que contrae matrimonio el 1 de febrero de 1796. Ese mismo año viajan a Alemania para visitar a la familia de Juan Nicolás. En el trayecto pasan una temporada en la aldea suiza de Morges, donde el 25 de diciembre de 1796 nace su hija Cecilia. Ya en Hamburgo, conviven con la familia de Juan Nicolás hasta el otoño de 1797, en el que vuelven a Cádiz. La crisis económica provocada por la política imperialista de Napoleón afecta negativamente al comercio gaditano, lo que mueve a los Böhl a trasladarse en 1805 a Alemania con el ánimo de quedarse indefinidamente. Pero Francisca, que no logra adaptarse al clima y ambiente germánicos, decide volver a España con dos de sus hijas, mientras el marido permanece en Alemania con sus hijos Juan Jacobo y Cecilia. Ésta, cuya educación primaria se había encomendado en un principio a una institutriz belga, ingresa en 1807 en un pensionado francés de Hamburgo, donde se imparte una formación similar a la que se daba en el Centre Saint Cyr de París a las jóvenes de la aristocracia. Esto le facilita una esmerada educación y un perfecto dominio del francés, lo que explica que algunos de sus primeros relatos, como La Gaviota, los redactara inicialmente en dicho idioma.
     Francisca, establecida en Chiclana, escribe con frecuencia a Juan Nicolás, instándole a volver a España, retorno demorado por la invasión napoleónica hasta agosto de 1813. En 1814 regresa Fernando VII, cuya ideología absolutista comparten los Böhl, que aplauden las primeras medidas tomadas por el Rey, convencidos de que la mayoría del pueblo rechaza el sistema constitucional, según proclama Francisca en un panfleto titulado Fernando en Zaragoza, que escribe ese mismo año. Cabe subrayar, a propósito de dicho texto, que Francisca poseía unas dotes literarias nada desdeñables, como lo prueban sus diarios de viajes y su redacción de tipos y cuadros de costumbres. Este ambiente intelectual y literario de los padres favorece el temprano interés de Cecilia por la lectura y la escritura, la predilección por los temas costumbristas y, también, su inclinación posterior hacia la ideología conservadora.
     En 1815 Cecilia conoce a un joven capitán, Antonio Planells, que se encontraba en Cádiz en espera de ser destinado a Puerto Rico, con el que se casa el 20 de abril de 1816; a los tres días embarcan hacia dicho país. Pero, muy pronto, les sobreviene una desgracia: “A mi marido, hermoso joven de veinticinco años, esperaba un bello porvenir, pero a los pocos meses de casado murió de repente”. Cecilia, que sufre una gran conmoción (“estuve a la muerte”), es recogida por la mujer del capitán general, y permanece en su casa hasta que, recuperada, puede volver a España el 28 de junio de 1818. De la estancia en Puerto Rico hay una alusión a la belleza del paisaje, en su novela La Farisea: “Todas las gracias de la naturaleza se aglomeran en esta isla para hacer de ella un edén”.
     En el transcurso de 1820, Cecilia entabla relación con un aristócrata liberal, Francisco Ruiz del Arco, marqués de Arco Hermoso, con quien se casa el 22 de marzo de 1822. El matrimonio, que residirá habitualmente en su palacio de Sevilla, pasa temporadas en la finca La Palma, propiedad del marqués en el pueblo sevillano de Dos Hermanas, estancia que será de gran importancia para la futura actividad literaria de Cecilia. Ésta, siguiendo el ejemplo de su padre, comienza a recoger canciones, relatos populares, cuentos, refranes y breves textos orales de folclore andaluz que escucha de viva voz a los empleados de la finca, textos que transcribe y que trasladará más tarde a sus novelas y cuentos. Es ahora cuando esboza sus primeras creaciones literarias, entre las que figuran, según J. Herrero, “cientos de descripciones, bosquejos e incluso dos largas novelas” donde se transcriben “fragmentos de diálogos campesinos” de sus criados o de vecinos del pueblo, algunos de los cuales van a servir de modelo para ciertos personajes de sus relatos: Simón Verde, Gil, el Sochantre, la tía Juana, etc. Lo mismo ocurre con determinados asistentes a la tertulia que los Arco Hermoso mantienen en su palacio de Sevilla, donde acuden representantes de la alta sociedad y personalidades extranjeras como Washington Irving, W. Stirling y el barón Taylor, que será el modelo del “barón de Maudes” en la tertulia de la marquesa de Algar en La Gaviota.
     En cuanto a Washington Irving, había llegado a Cádiz en 1828 con el objetivo de conocer in situ las gentes, las costumbres y el folclore de España, motivo por el que entró en contacto con los Böhl y su hija Cecilia, que le ayudaron en su tarea. Irving recuerda en su Diario los encuentros mantenidos con la marquesa a partir del 24 de diciembre de 1828 y añade en una carta (6 de febrero de 1829) que la escritora redactó para él una serie de “anécdotas de la vida lugareña española”. De vuelta a Estados Unidos, en respuesta a una carta de Böhl (en la que éste le felicitaba por la publicación de Los cuentos de la Alhambra, 26 de febrero de 1833), Irving alude a un manuscrito que le había dejado Cecilia y que contenía “gran variedad de apuntes y observaciones muy interesantes y características esbozadas con mucha facilidad e ingenio”, manuscrito que dice guardar “cual tesoro” (26 de abril de 1833). En su respuesta, Böhl le comunica que Cecilia sigue ocupada en “trazar algunos bosquejos de la sociedad española y sus costumbres, y [...] pintar la alta sociedad de Sevilla”.
     En 1835 aparece en El Artista su primera publicación: se trata de un relato breve titulado “Una madre o el combate de Trafalgar”. Por esas fechas, el marqués de Arco Hermoso, que desde hacía tiempo sufría una tuberculosis pulmonar, afectado gravemente por una epidemia de cólera que asoló Sevilla en 1834, muere el 17 de mayo de 1835. En marzo de 1836, Cecilia viaja a Inglaterra; durante su estancia en Londres se encuentra con un joven aristócrata inglés, Federico Cuthbert, al que había conocido en El Puerto de Santa María, y con el que vive un amor intenso, que ella mantuvo en secreto, y del que se ha tenido noticia por unas cartas de la escritora publicadas en 1953 por S. Montoto. Su contenido pone en evidencia el trasfondo autobiográfico de una de sus más importantes novelas, Clemencia, en la que su protagonista, una joven viuda, se enamora intensamente del joven aristócrata sir George Percy, “cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustración, saber y gracia” seducen a la protagonista, que, sin embargo, termina apartándose de él al constatar con profunda decepción que el joven, “hastiado de todo” y “seco de corazón”, concibe esta relación como una simple aventura. Situación novelesca que concuerda con el tremendo desencanto de Cecilia ante la actitud análoga de Cuthbert, lo que mueve a la escritora a separarse “irrevocablemente” de él. Finalmente, en el relato de ficción, Clemencia encuentra un hombre sencillo y generoso con el que termina casándose. Desenlace similar al ocurrido en la historia real de Cecilia, que, desde España, comunica en su última carta a Cuthbert la noticia de su futuro matrimonio con un hombre “cuyo corazón puro y sublime como el cielo me amó como yo misma había amado”.
     El 17 de agosto de 1837 se celebra en la intimidad el casamiento con Antonio Arrom y Morales de Ayala, un jovencísimo abogado de Ronda, de veintitrés años (ella tiene cuarenta y uno), de salud enfermiza y escasa fortuna, dotado, a juicio de Cecilia, “de grandes facultades” y de notable sensibilidad artística y cultural, que se había enamorado apasionadamente de ella. Según su confesión, Cecilia se había resistido inútilmente a esta pretensión, pero, movida por un sentimiento de ternura y compasión hacia el joven, enfermo de tuberculosis, había aceptado por fin su propuesta. El insólito casamiento parece provocar comentarios malévolos y la incomprensión de los más, según palabras de Cecilia: “Me he sacrificado al ridículo y a las denigrantes críticas [...]. No hubo quien me comprendiera más que mi excelente y generosa familia”. Arrom, que para superar las dificultades económicas de la pareja, se ocupa en comisiones de venta de vinos con poco éxito, pretende, con el apoyo de su esposa, obtener un consulado, objetivo que no consigue hasta 1853. Mientras tanto, Cecilia se vuelca en la redacción y revisión de varios de sus más importantes textos literarios y realiza algunas gestiones para su publicación. Con este objetivo se dirige a un antiguo amigo de la familia, José Joaquín de Mora, director del periódico El Heraldo, en el que se publican, a partir de 1849 y en forma de folletín, cuatro de sus novelas: La Gaviota, La familia de Alvareda, Una en otra y Lágrimas. La primera, escrita originalmente en francés, fue traducida por Mora para la edición en folletín. Un dato interesante es la ocultación del nombre de Cecilia bajo el seudónimo de Fernán Caballero, ocultación que se debe, según la autora, a la defensa de la propia intimidad, la supuesta reticencia de los lectores ante la obra de una “literata” y el temor de ser tachada de extranjera por su apellido alemán, lo que podría provocar dudas sobre su capacidad para comprender y describir adecuadamente la vida popular española (carta a Juan Eugenio Hartzenbusch, 21 de julio de 1849).
     De las cuatro novelas mencionadas, la primera que redactó es La familia de Alvareda, basada en el relato de una historia real ocurrida en el pueblo de Dos Hermanas (el asesinato del joven campesino Ventura por parte de su amigo Perico, al descubrir “la infamia” de que su mujer Rita le ha sido infiel y constatar “toda la traición del amigo”) que la autora escuchó y transcribió en 1828, relato que reelaboró entre 1829 y 1833 con materiales e informaciones recogidas entre los campesinos de dicho pueblo. En el prólogo de la obra se percibe ya una concepción realista de la novela (narración de un “hecho real”, del que es “una relación exacta en lo principal”), un realismo costumbrista (“pintar las cosas del pueblo tales cuales son”, “sus ideas, sentimientos y costumbres”), en el que perviven, no obstante, elementos de filiación romántica (la presencia del bandido generoso, el robo sacrílego de una “lúgubre capilla”, el ajusticiamiento de Perico en el “estremecedor cadalso”, etc.). Por este carácter realista, de haberse publicado la novela al terminar su redacción, hubiera sido contemporánea de las primeras novelas de Balzac, con lo que Fernán se hubiera convertido en “una gran figura de la incipiente novela europea” (J. Fernández Montesinos).
     En cuanto a La Gaviota, se trata de una novela realista de costumbres (pinta “el estado actual” de la sociedad española, “la índole, aficiones y costumbres” de sus habitantes, “con exactitud y con verdadero espíritu de observación”), con la que Fernán trata de incorporar definitivamente el roman des moeurs a la manera de Balzac, al tiempo que elabora una novela regional que, en cierto sentido, es también novela de tesis, análoga a las primeras de Pereda. Como en éstas, se recrea el viejo tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: en la primera parte se describe un cuadro idílico de la aldea de Villamar, adonde llega exhausto, huyendo de la guerra, el médico Stein, que es recogido por personas sencillas, piadosas y solidarias (la abuela María, fray Gabriel...), que habitan en un viejo convento, símbolo de un pasado edénico, no contaminado por las “luces” de la civilización; en la segunda parte se narran los avatares de la joven pareja de Stein y Marisalada (Gaviota), dotada de grandes cualidades para el canto y el baile, que ella ambiciona desarrollar con su traslado a Sevilla y a Madrid (la “corte” corruptora), lo que va a producir su degradación moral: una ciega pasión amorosa que la arrastra al adulterio y al fracaso personal y social.
     En 1849 publica también Elia, una mezcla de novela histórica y relato de costumbres, que por su temática (drama de las dos Españas: al final del relato mueren dos hermanos alistados en campos contrapuestos: Fernando —absolutista— en defensa de Fernando VII en 1822; Carlos —liberal, enamorado de Elia— luchando contra el ejército francés enviado por la Santa Alianza para acabar con el régimen constitucional en 1823) y por su género constituye un preanuncio de los Episodios nacionales de Galdós.
     La acogida favorable de la crítica a estas primeras novelas anima a Fernán a volcarse en la escritura, revisión y publicación de sus textos, de forma que entre 1849 y 1853 da a la prensa un conjunto de relatos que constituyen lo mejor de su producción narrativa. En 1854 su marido es nombrado cónsul de España en Australia con residencia en Sidney. Durante su ausencia, Cecilia cuenta con el apoyo de algunos amigos: Matilde de Pastrana (condesa de Monteagudo), Fernando de Gabriel (presidente de la Academia de Buenas Letras de Sevilla), Fermín de la Puente (corrector de sus obras), los duques de Montpensier y el secretario de éstos, Antoine de Latour, que contribuye a que la obra de Fernán sea conocida en Francia gracias a un artículo publicado en Le Correspondant de París (25 de agosto de 1857), al que seguirán los de Ch. de Mazade y A. Morel-Fatio, entre otros. En 1856 comienza la edición de sus Obras completas realizada por Mellado.
     La fama de esta amplia producción literaria llega hasta la Corte (ese año recibe una carta del rey Francisco de Asís elogiando los “cuadros fieles de nuestro carácter y de nuestras costumbres nacionales”, animados por “hermosos sentimientos religiosos y monárquicos”), sabedora de las dificultades económicas de la escritora, por lo que los Reyes le comunican que sentirán una “gran complacencia” si acepta residir en el alcázar de Sevilla en una zona reformada “según le acomode”. Cecilia acepta el ofrecimiento y en 1857 se traslada a la nueva residencia, donde continúa su labor literaria. Pero una nueva desgracia se abate sobre ella: su marido, que ha venido de Sidney a visitarla, de vuelta a Australia y cuando se dispone a embarcar en Londres recibe la noticia de que su socio se ha fugado dejándole en la ruina y con deudas. Desesperado, se quita la vida, después de escribir a su mujer la “última carta”, indicándole que con su decisión busca evitarle “nuevas pesadumbres” que habrían de amargarla el resto de su vida. Cecilia, desolada, pensó retirarse al convento de las Dueñas de Sevilla, pero las monjas y la familia le disuadieron del intento.
     Desde 1859 lleva una vida retirada, ocupándose en la lectura, la creación literaria y su abundante correspondencia epistolar, al tiempo que se siente arropada por un círculo reducido de familiares y amigos, con los que charla sobre sus temas preferidos: literatura, sociedad y política. En este último aspecto sigue con gran inquietud los acontecimientos del Sexenio Democrático, desde la caída de la Monarquía hasta su restauración, que ella festeja postrada ya en la cama por la enfermedad. El 7 de abril de 1877 muere esta insigne escritora tan admirada por el encanto de su figura física y moral (hermosa, elegante, delicada, solidaria y creyente sincera) y por su significado en la historia de las letras españolas: es obligado destacar su labor como coleccionista y estudiosa del folclore, su autoría de cuentos y relatos breves de gran calidad estética, la promoción de una incipiente literatura infantil y (no obstante ciertas limitaciones debidas a su posición conservadora: exceso de didactismo moral y religioso y evasión de la problemática social hacia el pintoresquismo) el haber sido la iniciadora de la novela moderna en España en la etapa de transición del romanticismo al realismo (Demetrio Estébanez Calderón, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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