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martes, 7 de abril de 2026

La lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 7 de abril, es el aniversario del fallecimiento (7 de abril de 1877) de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero", junto al de Amador de los Ríos. Es la última de las personalidades incorporadas al Panteón, trasladados sus restos desde el cementerio sevillano de San Fernando en mayo de 1999.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:

CECILIA BÖHL DE FABER
"FERNAN CABALLERO"
+7 DE ABRIL DE 1877

Conozcamos mejor la Biografía de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", personaje que protagoniza la lápida funeraria:
     Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero". (Morges, Suiza, 25 de diciembre de 1796 – Sevilla, 7 de abril de 1877). Escritora.
     Es la primogénita del matrimonio formado por Juan Nicolás Böhl de Faber y Francisca Ruiz de Larrea. El padre, nacido en Hamburgo en 1770 y residente en Cádiz desde 1785 (donde su familia había establecido una casa de comercio sólida y prestigiosa), alternará su trabajo de comerciante y cónsul de las ciudades de la Hansa en Cádiz (1804) con el estudio apasionado de la cultura española. De familia protestante y educado en un ambiente liberal, se convierte al catolicismo en 1813, influido por la lectura de los místicos hispanos. El conocimiento de las obras de Schelling y de A. W. von Schlegel le inclina hacia la estética e ideología del romanticismo alemán, que constituye, junto a su fe católica, la base de su pensamiento conservador desde el que interpreta el pasado y la realidad contemporánea de la cultura y de la política españolas. En su evolución intelectual se siente influido por su mujer, Francisca Ruiz de Larrea, nacida en Cádiz en 1775 (de padre español y madre irlandesa) y con la que contrae matrimonio el 1 de febrero de 1796. Ese mismo año viajan a Alemania para visitar a la familia de Juan Nicolás. En el trayecto pasan una temporada en la aldea suiza de Morges, donde el 25 de diciembre de 1796 nace su hija Cecilia. Ya en Hamburgo, conviven con la familia de Juan Nicolás hasta el otoño de 1797, en el que vuelven a Cádiz. La crisis económica provocada por la política imperialista de Napoleón afecta negativamente al comercio gaditano, lo que mueve a los Böhl a trasladarse en 1805 a Alemania con el ánimo de quedarse indefinidamente. Pero Francisca, que no logra adaptarse al clima y ambiente germánicos, decide volver a España con dos de sus hijas, mientras el marido permanece en Alemania con sus hijos Juan Jacobo y Cecilia. Ésta, cuya educación primaria se había encomendado en un principio a una institutriz belga, ingresa en 1807 en un pensionado francés de Hamburgo, donde se imparte una formación similar a la que se daba en el Centre Saint Cyr de París a las jóvenes de la aristocracia. Esto le facilita una esmerada educación y un perfecto dominio del francés, lo que explica que algunos de sus primeros relatos, como La Gaviota, los redactara inicialmente en dicho idioma.
     Francisca, establecida en Chiclana, escribe con frecuencia a Juan Nicolás, instándole a volver a España, retorno demorado por la invasión napoleónica hasta agosto de 1813. En 1814 regresa Fernando VII, cuya ideología absolutista comparten los Böhl, que aplauden las primeras medidas tomadas por el Rey, convencidos de que la mayoría del pueblo rechaza el sistema constitucional, según proclama Francisca en un panfleto titulado Fernando en Zaragoza, que escribe ese mismo año. Cabe subrayar, a propósito de dicho texto, que Francisca poseía unas dotes literarias nada desdeñables, como lo prueban sus diarios de viajes y su redacción de tipos y cuadros de costumbres. Este ambiente intelectual y literario de los padres favorece el temprano interés de Cecilia por la lectura y la escritura, la predilección por los temas costumbristas y, también, su inclinación posterior hacia la ideología conservadora.
     En 1815 Cecilia conoce a un joven capitán, Antonio Planells, que se encontraba en Cádiz en espera de ser destinado a Puerto Rico, con el que se casa el 20 de abril de 1816; a los tres días embarcan hacia dicho país. Pero, muy pronto, les sobreviene una desgracia: “A mi marido, hermoso joven de veinticinco años, esperaba un bello porvenir, pero a los pocos meses de casado murió de repente”. Cecilia, que sufre una gran conmoción (“estuve a la muerte”), es recogida por la mujer del capitán general, y permanece en su casa hasta que, recuperada, puede volver a España el 28 de junio de 1818. De la estancia en Puerto Rico hay una alusión a la belleza del paisaje, en su novela La Farisea: “Todas las gracias de la naturaleza se aglomeran en esta isla para hacer de ella un edén”.
     En el transcurso de 1820, Cecilia entabla relación con un aristócrata liberal, Francisco Ruiz del Arco, marqués de Arco Hermoso, con quien se casa el 22 de marzo de 1822. El matrimonio, que residirá habitualmente en su palacio de Sevilla, pasa temporadas en la finca La Palma, propiedad del marqués en el pueblo sevillano de Dos Hermanas, estancia que será de gran importancia para la futura actividad literaria de Cecilia. Ésta, siguiendo el ejemplo de su padre, comienza a recoger canciones, relatos populares, cuentos, refranes y breves textos orales de folclore andaluz que escucha de viva voz a los empleados de la finca, textos que transcribe y que trasladará más tarde a sus novelas y cuentos. Es ahora cuando esboza sus primeras creaciones literarias, entre las que figuran, según J. Herrero, “cientos de descripciones, bosquejos e incluso dos largas novelas” donde se transcriben “fragmentos de diálogos campesinos” de sus criados o de vecinos del pueblo, algunos de los cuales van a servir de modelo para ciertos personajes de sus relatos: Simón Verde, Gil, el Sochantre, la tía Juana, etc. Lo mismo ocurre con determinados asistentes a la tertulia que los Arco Hermoso mantienen en su palacio de Sevilla, donde acuden representantes de la alta sociedad y personalidades extranjeras como Washington Irving, W. Stirling y el barón Taylor, que será el modelo del “barón de Maudes” en la tertulia de la marquesa de Algar en La Gaviota.
     En cuanto a Washington Irving, había llegado a Cádiz en 1828 con el objetivo de conocer in situ las gentes, las costumbres y el folclore de España, motivo por el que entró en contacto con los Böhl y su hija Cecilia, que le ayudaron en su tarea. Irving recuerda en su Diario los encuentros mantenidos con la marquesa a partir del 24 de diciembre de 1828 y añade en una carta (6 de febrero de 1829) que la escritora redactó para él una serie de “anécdotas de la vida lugareña española”. De vuelta a Estados Unidos, en respuesta a una carta de Böhl (en la que éste le felicitaba por la publicación de Los cuentos de la Alhambra, 26 de febrero de 1833), Irving alude a un manuscrito que le había dejado Cecilia y que contenía “gran variedad de apuntes y observaciones muy interesantes y características esbozadas con mucha facilidad e ingenio”, manuscrito que dice guardar “cual tesoro” (26 de abril de 1833). En su respuesta, Böhl le comunica que Cecilia sigue ocupada en “trazar algunos bosquejos de la sociedad española y sus costumbres, y [...] pintar la alta sociedad de Sevilla”.
     En 1835 aparece en El Artista su primera publicación: se trata de un relato breve titulado “Una madre o el combate de Trafalgar”. Por esas fechas, el marqués de Arco Hermoso, que desde hacía tiempo sufría una tuberculosis pulmonar, afectado gravemente por una epidemia de cólera que asoló Sevilla en 1834, muere el 17 de mayo de 1835. En marzo de 1836, Cecilia viaja a Inglaterra; durante su estancia en Londres se encuentra con un joven aristócrata inglés, Federico Cuthbert, al que había conocido en El Puerto de Santa María, y con el que vive un amor intenso, que ella mantuvo en secreto, y del que se ha tenido noticia por unas cartas de la escritora publicadas en 1953 por S. Montoto. Su contenido pone en evidencia el trasfondo autobiográfico de una de sus más importantes novelas, Clemencia, en la que su protagonista, una joven viuda, se enamora intensamente del joven aristócrata sir George Percy, “cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustración, saber y gracia” seducen a la protagonista, que, sin embargo, termina apartándose de él al constatar con profunda decepción que el joven, “hastiado de todo” y “seco de corazón”, concibe esta relación como una simple aventura. Situación novelesca que concuerda con el tremendo desencanto de Cecilia ante la actitud análoga de Cuthbert, lo que mueve a la escritora a separarse “irrevocablemente” de él. Finalmente, en el relato de ficción, Clemencia encuentra un hombre sencillo y generoso con el que termina casándose. Desenlace similar al ocurrido en la historia real de Cecilia, que, desde España, comunica en su última carta a Cuthbert la noticia de su futuro matrimonio con un hombre “cuyo corazón puro y sublime como el cielo me amó como yo misma había amado”.
     El 17 de agosto de 1837 se celebra en la intimidad el casamiento con Antonio Arrom y Morales de Ayala, un jovencísimo abogado de Ronda, de veintitrés años (ella tiene cuarenta y uno), de salud enfermiza y escasa fortuna, dotado, a juicio de Cecilia, “de grandes facultades” y de notable sensibilidad artística y cultural, que se había enamorado apasionadamente de ella. Según su confesión, Cecilia se había resistido inútilmente a esta pretensión, pero, movida por un sentimiento de ternura y compasión hacia el joven, enfermo de tuberculosis, había aceptado por fin su propuesta. El insólito casamiento parece provocar comentarios malévolos y la incomprensión de los más, según palabras de Cecilia: “Me he sacrificado al ridículo y a las denigrantes críticas [...]. No hubo quien me comprendiera más que mi excelente y generosa familia”. Arrom, que para superar las dificultades económicas de la pareja, se ocupa en comisiones de venta de vinos con poco éxito, pretende, con el apoyo de su esposa, obtener un consulado, objetivo que no consigue hasta 1853. Mientras tanto, Cecilia se vuelca en la redacción y revisión de varios de sus más importantes textos literarios y realiza algunas gestiones para su publicación. Con este objetivo se dirige a un antiguo amigo de la familia, José Joaquín de Mora, director del periódico El Heraldo, en el que se publican, a partir de 1849 y en forma de folletín, cuatro de sus novelas: La Gaviota, La familia de Alvareda, Una en otra y Lágrimas. La primera, escrita originalmente en francés, fue traducida por Mora para la edición en folletín. Un dato interesante es la ocultación del nombre de Cecilia bajo el seudónimo de Fernán Caballero, ocultación que se debe, según la autora, a la defensa de la propia intimidad, la supuesta reticencia de los lectores ante la obra de una “literata” y el temor de ser tachada de extranjera por su apellido alemán, lo que podría provocar dudas sobre su capacidad para comprender y describir adecuadamente la vida popular española (carta a Juan Eugenio Hartzenbusch, 21 de julio de 1849).
     De las cuatro novelas mencionadas, la primera que redactó es La familia de Alvareda, basada en el relato de una historia real ocurrida en el pueblo de Dos Hermanas (el asesinato del joven campesino Ventura por parte de su amigo Perico, al descubrir “la infamia” de que su mujer Rita le ha sido infiel y constatar “toda la traición del amigo”) que la autora escuchó y transcribió en 1828, relato que reelaboró entre 1829 y 1833 con materiales e informaciones recogidas entre los campesinos de dicho pueblo. En el prólogo de la obra se percibe ya una concepción realista de la novela (narración de un “hecho real”, del que es “una relación exacta en lo principal”), un realismo costumbrista (“pintar las cosas del pueblo tales cuales son”, “sus ideas, sentimientos y costumbres”), en el que perviven, no obstante, elementos de filiación romántica (la presencia del bandido generoso, el robo sacrílego de una “lúgubre capilla”, el ajusticiamiento de Perico en el “estremecedor cadalso”, etc.). Por este carácter realista, de haberse publicado la novela al terminar su redacción, hubiera sido contemporánea de las primeras novelas de Balzac, con lo que Fernán se hubiera convertido en “una gran figura de la incipiente novela europea” (J. Fernández Montesinos).
     En cuanto a La Gaviota, se trata de una novela realista de costumbres (pinta “el estado actual” de la sociedad española, “la índole, aficiones y costumbres” de sus habitantes, “con exactitud y con verdadero espíritu de observación”), con la que Fernán trata de incorporar definitivamente el roman des moeurs a la manera de Balzac, al tiempo que elabora una novela regional que, en cierto sentido, es también novela de tesis, análoga a las primeras de Pereda. Como en éstas, se recrea el viejo tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: en la primera parte se describe un cuadro idílico de la aldea de Villamar, adonde llega exhausto, huyendo de la guerra, el médico Stein, que es recogido por personas sencillas, piadosas y solidarias (la abuela María, fray Gabriel...), que habitan en un viejo convento, símbolo de un pasado edénico, no contaminado por las “luces” de la civilización; en la segunda parte se narran los avatares de la joven pareja de Stein y Marisalada (Gaviota), dotada de grandes cualidades para el canto y el baile, que ella ambiciona desarrollar con su traslado a Sevilla y a Madrid (la “corte” corruptora), lo que va a producir su degradación moral: una ciega pasión amorosa que la arrastra al adulterio y al fracaso personal y social.
     En 1849 publica también Elia, una mezcla de novela histórica y relato de costumbres, que por su temática (drama de las dos Españas: al final del relato mueren dos hermanos alistados en campos contrapuestos: Fernando —absolutista— en defensa de Fernando VII en 1822; Carlos —liberal, enamorado de Elia— luchando contra el ejército francés enviado por la Santa Alianza para acabar con el régimen constitucional en 1823) y por su género constituye un preanuncio de los Episodios nacionales de Galdós.
     La acogida favorable de la crítica a estas primeras novelas anima a Fernán a volcarse en la escritura, revisión y publicación de sus textos, de forma que entre 1849 y 1853 da a la prensa un conjunto de relatos que constituyen lo mejor de su producción narrativa. En 1854 su marido es nombrado cónsul de España en Australia con residencia en Sidney. Durante su ausencia, Cecilia cuenta con el apoyo de algunos amigos: Matilde de Pastrana (condesa de Monteagudo), Fernando de Gabriel (presidente de la Academia de Buenas Letras de Sevilla), Fermín de la Puente (corrector de sus obras), los duques de Montpensier y el secretario de éstos, Antoine de Latour, que contribuye a que la obra de Fernán sea conocida en Francia gracias a un artículo publicado en Le Correspondant de París (25 de agosto de 1857), al que seguirán los de Ch. de Mazade y A. Morel-Fatio, entre otros. En 1856 comienza la edición de sus Obras completas realizada por Mellado.
     La fama de esta amplia producción literaria llega hasta la Corte (ese año recibe una carta del rey Francisco de Asís elogiando los “cuadros fieles de nuestro carácter y de nuestras costumbres nacionales”, animados por “hermosos sentimientos religiosos y monárquicos”), sabedora de las dificultades económicas de la escritora, por lo que los Reyes le comunican que sentirán una “gran complacencia” si acepta residir en el alcázar de Sevilla en una zona reformada “según le acomode”. Cecilia acepta el ofrecimiento y en 1857 se traslada a la nueva residencia, donde continúa su labor literaria. Pero una nueva desgracia se abate sobre ella: su marido, que ha venido de Sidney a visitarla, de vuelta a Australia y cuando se dispone a embarcar en Londres recibe la noticia de que su socio se ha fugado dejándole en la ruina y con deudas. Desesperado, se quita la vida, después de escribir a su mujer la “última carta”, indicándole que con su decisión busca evitarle “nuevas pesadumbres” que habrían de amargarla el resto de su vida. Cecilia, desolada, pensó retirarse al convento de las Dueñas de Sevilla, pero las monjas y la familia le disuadieron del intento.
     Desde 1859 lleva una vida retirada, ocupándose en la lectura, la creación literaria y su abundante correspondencia epistolar, al tiempo que se siente arropada por un círculo reducido de familiares y amigos, con los que charla sobre sus temas preferidos: literatura, sociedad y política. En este último aspecto sigue con gran inquietud los acontecimientos del Sexenio Democrático, desde la caída de la Monarquía hasta su restauración, que ella festeja postrada ya en la cama por la enfermedad. El 7 de abril de 1877 muere esta insigne escritora tan admirada por el encanto de su figura física y moral (hermosa, elegante, delicada, solidaria y creyente sincera) y por su significado en la historia de las letras españolas: es obligado destacar su labor como coleccionista y estudiosa del folclore, su autoría de cuentos y relatos breves de gran calidad estética, la promoción de una incipiente literatura infantil y (no obstante ciertas limitaciones debidas a su posición conservadora: exceso de didactismo moral y religioso y evasión de la problemática social hacia el pintoresquismo) el haber sido la iniciadora de la novela moderna en España en la etapa de transición del romanticismo al realismo (Demetrio Estébanez Calderón, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 11 de marzo de 2026

La lápida funeraria de Martín Villa, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funerario de Martín Villa, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 11 de marzo, es el aniversario del fallecimiento (11 de marzo de 1876) de Antonio Martín Villa, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Martín Villa, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y en su zona media, se encuentra la lápida funeraria de Antonio Martín Villa (1804-1876), en el mismo espacio que la lápida funeraria de Mateos Gago, y el monumento funerario de los Hermanos Bécquer.
     Antonio Martín Villa, fallecido en 1876, que fue rector de la Universidad de Sevilla, en la que introdujo importantes mejoras, y sumó a la jurisprudencia el interés por la arqueología, las ciencias naturales, la literatura y las Bellas Artes, siendo autor, entre otras obras, de una Reseña histórica de la Universidad de Sevilla y descripción de su iglesia.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, con cuatro grandes clavos de bronce dorado en los ángulos, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:

ANTONIVS · MARTIN · VILLA
ALMONTANVS
HVIVS · VNIVERSITATIS · MODERATOR
FRVGIS · MODESTVS · COMIS
QVI · A · PRIMA · VSQVE · IVVENTA
SPRETIS · IVVENILIBVS · OTIIS
SCIENTIIS · SE · TOTVM · ADDIXIT
IVRISCONSVLTVS · SAPIENTISSIMVS
SCRIPTOR · EGREGIVS
LITTERARVM · CVLTOR · INSIGNIS
RERVM · NATVRALIVM · ET · BONARVM · ARTIVM
ERVDITIONE · PRAECLARVS
DECESSIT · IV · IDVS · MARTII · ANNO · MDCCCLXXVI
HEIC · R · PRIVILEGIO · TVMVLATVS
DISCIPVLI · EIVSQVE · NECESSARII
VIRO · SPECTATISSIMO
HOCCE · GRATI · ANIMI · MONVMENTVM
COLLATIS · VNDIQVE · SVMPTIBVS
MEMORES
MDCCCXCIII
P

     Cuya traducción sería la siguiente:
     "Antonio Martín Villa, Almonteño, moderador culto de esta Universidad, modesto quien desde su primer día hasta el último se dedicó por completo a las ciencias.
     Sapientísimo jurisconsulto, excelente escritor, culto de la literatura, culto de la naturaleza, de las buenas artes y eminente erudito.
     Murió el 4 de los idus de marzo de 1876. Se enterró con el privilegio de sus necesarios discípulos para un hombre muy respetado.
     Este es un monumento a un alma agradecida. 
     Los memoriales de 1893".
Conozcamos mejor la Biografía de Martín Villa, personaje que protagoniza la lápida funeraria reseñada; 
     Antonio Martín Villa (Almonte, 1804 - Sevilla, 11 de marzo de 1876) fue secretario general (1834-1852) y rector de la Universidad de Sevilla (1854-1868).
     Fue autor de una historia de dicha institución y alcanzó gran fama como escritor, literato y jurisconsulto, contándose entre sus amigos afamados poetas (Alberto Lista y Aragón), políticos (Juan Bravo Murillo) y la propia Casa Real Española por su amistad con la Reina Isabel II. Su modestia y humildad le llevó a rechazar altos cargos en la Administración y en la Santa Sede.
     Poco antes de morir, en 1872, alcanzó el Grado de Licenciado en Filosofía y Letras, con premio extraordinario.
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Martín Villa, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 23 de febrero de 2026

El monumento funerario a Luis José Sartorius y Tapia, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el monumento funerario a Luis José Sartorius y Tapia, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 23 de febrero, es el aniversario del fallecimiento (23 de febrero de 1871) de Luis José Sartorius y Tapia, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte el monumento funerario a Luis José Sartorius y Tapia, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a continuación del crucero del mismo, se encuentra el monumento funerario de Luís José Sartorius y Tapia, conde de San Luis y vizconde de Priego (1820-1871).
     De madre española, María Joaquina Tapia Sánchez, y padre alemán, Andrés Schneider Trier, joven militar, que emigró a Cádiz tras la derrota en Jena frente al ejército de Napoleón, y que, siguiendo la tradición habitual en Alemania, latinizó el apellido Schneider (Sastre) en Sartorius, nació Luis José Sartorius y Tapia en la isla de León, San Fernando, Cádiz, en 1815, y falleció en Sevilla en 1871.Curso estudios de Filosofía y Leyes en la Universidad de Sevilla, y fue a Madrid para terminar la carrera de abogado e iniciarse en la política. Juan Bravo Murillo lo introdujo en el periodismo, inclinándose un tiempo después Luis José Sartorius por la tendencia moderada. Con el apoyo de Narváez, de la regente María Cristina y del periódico El Heraldo, órgano portavoz del partido Moderado, experimentó Luis José Sartorius una meteórica y controvertida carrera política, que le llevó a ser ministro de Gobernación y Presidente del Consejo de Ministros durante el reinado de Isabel II. En 1853, disolvió las Cámaras y gobernó bajo decreto, lo que provocó la “Vicalvarada”, que dio paso al bienio progresista. Nombrado por la reina conde de San Luis y vizconde de Priego, ejerció también como embajador en Roma. De su labor gubernamental, destaca la reglamentación de la propiedad literaria y regulación de los derechos de autor, y la implantación del sello de correos en España. Tras su muerte, en 1871, fue enterrado en la iglesia de San Lorenzo, y trasladado posteriormente sus restos a la Anunciación.
     Es un monumento al modo de un sepulcro clásico rematado con una sencilla cruz, con una enorme lápida en la parte inferior, y en el que aparece grabado el texto:

R. I. P. A.
AQUI YACEN LOS RESTOS MORTALES DEL EXCMO. SR. D. LUIS JOSÉ SARTORIUS Y TAPIA,
CONDE DE S. LUIS, VIZCONDE DE PRIEGO,
CONDECORADO CON VARIAS GRANDES CRUCES ESPAÑOLAS Y EXTRANGERAS,
PRESIDENTE QUE FUÉ DEL CONSEJO DE MINISTROS, 
DEL CONGRESO DE LAS DIPUTADOS, Y EMBAJADOR EN ROMA.
ORADOR ELOCUENTÍSIMO Y ESTADISTA INSIGNE,
LAS LETRAS HALLARON, EN SU INFATIGABLE ANHELO POR LA VENTURA DE LA PATRIA,
UN PROTECTOR ESCLARECIDO, LA AMISTAD, Y EL MÉRITO UNA MANO GENEROSA,
EL TRONO UN CONSEJERO SABIO QUE NO ADUJO NUNCA NI LE ABANDONÓ EN LA DESGRACIA.
ARDIÓ EN CELO POR LA FE CATÓLICA Y MUY NOBLES ACCIONES ILUSTRARON SU VIDA;
NINGUNA MANCHA LA OSCURECIÓ:
NI ÁUN LA ENVIDIA, ENEMIGA DE SU ALTO ESPÍRITU, LOGRÓ MANCILLARLA,
SUS AMIGOS Y ADMIRADORES CUIDARON DE ERIGIRLE ESTE MONUMENTO PARA HONRAR SU MEMORIA;
Y LA UNIVERSIDAD LITERARIA, DE QUE FUÉ ALUMNO,
LE TRAJO A ESTE TEMPLO, DONDE REPOSAN LAS CENIZAS DE SUS MÁS PRECLAROS HIJOS.
¡ LA LUZ DEL CIELO RESPLANDEZCA ETERNAMENTE EN SU ALMA !
FALLECIÓ EL DÍA 23 DE FEBRERO DE 1871.

Conozcamos mejor la Biografía de Luis José Sartorius y Tapia, personaje que protagoniza el monumento funerario reseñado;
    Luis José Sartorius y Tapia, I Conde de San Luis, I vizconde de Priego. (Isla de León, San Fernando, Cádiz, 19 de marzo de 1815 – Sevilla, 23 de febrero de 1871). Abogado, periodista, político, presidente del Gobierno y ministro.
     Perteneció a una familia aristócrata, destacando su abuelo paterno, el general barón Rossenegg, quien estuvo al servicio del emperador de Austria. Su padre, Andrés Sartorius Trier, nació en Marburgo, ciudad del Hesse-Electoral (Alemania). También fue militar de carrera, alcanzando el grado de coronel a los diecinueve años. Hombre de gran cultura, que además de saber once idiomas, tenía amplios conocimientos de Literatura y había logrado reunir cincuenta y cinco mil volúmenes. Al entrar en guerra Francia y Alemania, a finales del siglo XVIII, buscó asilo en España, fijando en ella su residencia y contrayendo matrimonio con Joaquina de Tapia Sánchez de Oviedo, natural de Puerto Rico, perteneciente a la familia de los marqueses de Castellón. Participó en la Guerra de la Independencia, quedando sordo tras un accidente militar.
     Finalizada la Guerra, en la que no alcanzó grandes ascensos por ser extranjero, en el año 1819 fue nombrado agregado al Estado Mayor en Sevilla, ciudad en la que permaneció hasta su muerte en 1838.
     Del matrimonio formado por Andrés y Joaquina, nació en la Isla de León (hoy, San Fernando) Luis José Sartorius y Tapia. La primera educación la recibió de su padre. Después estudió con los jesuitas Gramática latina y Humanidades. Inició la carrera de Jurisprudencia en la Universidad de Sevilla. A los dieciocho años se inscribió en la Milicia Nacional, siendo durante los primeros años de su juventud rieguista.
     En 1836 se trasladó a Madrid para terminar su carrera de abogado, siendo protegido por Juan Bravo Murillo, quien tuvo un gran ascendiente sobre él y le introdujo en el mundo del periodismo, ofreciéndole colaborar en el periódico La Verdad en el que escribió artículos de costumbres y de crítica literaria. Ese verano, tras conocer los sucesos que condujeron a la sublevación de los sargentos de La Granja (12 de agosto de 1836), y dudoso hacia a qué partido seguir se inclinó por el moderado aconsejado por Bravo Murillo.
     Al incorporarse a La Verdad, Juan Donoso Cortés y Dionisio Alcalá Galiano, este periódico pasó a llamarse El Porvenir, en el que Sartorius siguió colaborando con artículos de costumbres y de crítica literaria.
     Al cerrarse el periódico fundó, con Fernández de la Vega, el Liceo Artístico y Literario de Madrid, sociedad de la que fue nombrado secretario general.
     En 1838 entró como redactor en el periódico El Correo Nacional, cuyo director era el periodista moderado Andrés Borrego —su segundo protector en Madrid—, escribiendo ya artículos políticos y destacándose por su pluma ágil e incisiva. En 1840 Andrés Borrego por motivos políticos, tuvo que abandonar España por lo que nombró a Sartorius director del periódico durante su ausencia. Ocupando este cargo se encontraba cuando tuvieron lugar los sucesos del 1 de septiembre de 1840 que condujeron finalmente a la renuncia de la Regente María Cristina de Borbón.
     Desde el periódico, Sartorius participó activamente en la grave polémica abierta con motivo del exilio de la Reina Gobernadora, entre El Correo Nacional, de ideas moderadas, y su oponente El Eco del Comercio, de ideas progresistas.
     En 1841, Andrés Borrego le hizo copropietario de El Correo Nacional, que Sartorius convirtió al año siguiente, en 1842, en un nuevo periódico: El Heraldo, del que fue director y propietario. Realmente este periódico había sido fundado por Donoso Cortés con el dinero del duque de Riansares (que entonces sólo era Fernando Muñoz, esposo clandestino de la Reina Gobernadora María Cristina), y en él también colaboraba Ríos Rosas; pero un mal entendimiento entre Donoso Cortés, Ríos Rosas y Sartorius, además de problemas económicos, fueron la causa de que este último se quedara con el periódico. Desde El Heraldo, Sartorius combatió con gran éxito a Espartero y a su Gobierno, colaborando activamente desde sus páginas a liquidar la Regencia del duque de la Victoria.
     Inteligente, osado, desenvuelto y dotado de una ambición desmedida, en cinco años, desde que salió en 1836 de su Sevilla natal, Sartorius se convirtió en un prestigioso periodista y un hombre muy influyente a todos los niveles. Por eso en 1843 decidió dedicarse activamente a la política, siendo elegido diputado. A partir de este momento la pluma ágil e incisiva, fue sustituida por la palabra fogosa y contundente en su escaño en el Congreso de los Diputados.
     En una función del Liceo —del que se había hecho socio a los pocos meses de su llegada a Madrid por consejo de Bravo Murillo—, le fue presentado a la reina madre María Cristina de Borbón, comenzando aquí su buena estrella, pues en ella encontró una valiosa protectora lo mismo que en el general Narváez, que fue quien le hizo ministro por primera vez en 1847, ocupando la cartera de Gobernación desde el 4 de octubre de ese año hasta el 19 de octubre de 1849, y volviendo a ocupar la misma cartera, también siendo presidente del Gobierno el general Narváez, desde el 20 de octubre de 1849 hasta el 10 de enero de 1851.
     Su gestión como ministro de la Gobernación —que se vio recompensada por la reina Isabel II, por Real Decreto de 6 de noviembre de 1848, con el título conjunto de conde de San Luis y vizconde de Priego—, fue muy activa: fundó la Escuela de Ingenieros de Montes, fomentó la conservación y aumento del Parque forestal español, organizó el Cuerpo de Policía, proyectó una Ley para los empleados del Ministerio de la Gobernación, de forma que los destinos se lograsen por méritos, evitando así los favoritismos, protegió la Enseñanza Primaria, emprendió el ensanche de la Puerta del Sol de Madrid, la venida de aguas a la capital y la construcción del Teatro Real.
     También reglamentó la propiedad literaria que protegía a los escritores convirtiéndose en un gran mecenas de artistas y literatos.
     Sin embargo, esta gestión positiva quedó totalmente oscurecida por su actuación en las elecciones de 1850 (31 de octubre), en las que favoreció abiertamente a Narváez y sus amigos los ministeriales, obteniendo éstos una mayoría tan abrumadora (Congreso de Familia) que fue la causa de que el Gobierno Narváez se viera violentamente atacado en el Congreso de los Diputados, viéndose obligado Sartorius a dimitir como ministro de la Gobernación.
     Tres años después, el 19 de septiembre de 1853, el conde de San Luis vio cumplido su sueño: agotadas las soluciones Narváez y Bravo Murillo, y tras los Gobiernos del general Roncali y del general Lersundi —dos gobiernos de transición—, fue nombrado por la reina Isabel II, presidente del Gobierno. Tenía treinta años.
     Escéptico ante las ideas, hombre práctico y sin escrúpulos, amante de la riqueza y de la ostentación, imprudente en el manejo de los fondos públicos y con una gran capacidad para cerrar los ojos ante negocios turbios, no dudó en beneficiar con cargos y ventajas a quien le podía proporcionar beneficios económicos o políticos. El caso más escandaloso fue el trazado del ferrocarril de Madrid a Irún, pues la Compañía de Ferrocarriles del Norte indemnizaba 40.000 duros por kilómetro que la vía férrea atravesaba, resultando de ello un trazado arbitrario que a todas luces favorecía los intereses de propietarios influyentes, incluida la Casa Real.
     Esta forma de comportarse fue la causa de que sus enemigos políticos achacasen a su familia un oscuro origen y le llamasen despectivamente a él y a sus seguidores los polacos y la legión polaca y a sus decisiones las polacadas.
     Precisamente este asunto de las concesiones ferroviarias fue el que precipitó su estrepitosa caída y con ella la del Partido moderado, pues fue éste el último Gobierno de este partido, antes de la Revolución de 1854. El Gobierno Sartorius había presentado un Proyecto de Ley confirmando todas las concesiones hechas sobre las nuevas líneas de ferrocarriles y lo había enviado al Congreso de los Diputados, dirigiendo al Senado una súplica para que se inhibiese de tratar este asunto, pendiente de votación en la Cámara Alta.
     El Senado se negó a ello y se produjo la votación (9 de diciembre de 1853), siendo derrotado el Gobierno (sesenta y cinco votos a favor frente a ciento cinco en contra). Al día siguiente de perder la votación, Sartorius disolvió las Cortes y lanzándose decididamente por el camino de la arbitrariedad dictatorial, procedió a desterrar a los generales que más se habían destacado: el marqués del Duero, Infante, José de la Concha, Armero y O’Donnell y a preparar el confinamiento de los generales Zabala, Chacón, Serrano, San Miguel y Manzano, además de destituir de sus puestos en el Tribunal de Guerra y Marina, al barón de Meer, Torre Trasierra, Arteaga y Palafox, Cabrera, Moreno, Van Halen y otros. Además comenzó a gobernar por decreto, labrándose de este modo su desprestigio político, el del Partido moderado y el de la propia Corona.
     Una coalición militar —movida por un deseo unánime de salvaguardar el liberalismo y combatir el absolutismo de los polacos y de quienes en Palacio les apoyaban: la Reina Madre, el Rey consorte y la propia Isabel II—, no escatimó medios ni energía para hacer caer el Gobierno del conde de San Luis. La prensa se unió al sentimiento de los militares publicando, el 29 de diciembre de 1853, un Manifiesto al que se adhirieron en el mes de enero de 1854 escritores y políticos tanto progresistas como moderados. El Gobierno del conde de San Luis reaccionó multando y suprimiendo la prensa, dejando nada más que el periódico oficial, la Gaceta y El Heraldo, su propio periódico. La impopularidad del conde de San Luis adquirió proporciones gigantescas.
     Se empezó a gestar un gran pronunciamiento militar, siendo el alma de éste el general O’Donnell, quien se había logrado ocultar en diversos escondrijos madrileños.
     Ese gran pronunciamiento militar desembocó en la Vicalvarada (30 de junio de 1854) que no sólo derribó el Gobierno del conde de San Luis, sino que puso punto final a la Década Moderada iniciada en 1843, y dio paso a la Revolución de 1854 (17, 18, 19 y 20 de julio) y al Bienio Progresista (1854-1856).
     Iniciada la Revolución, ante el violento cariz que tomaban los acontecimientos, el día 17 de julio de 1854, Luis Sartorius presentó su dimisión a la Reina que la aceptó inmediatamente y encargó de formar nuevo Gobierno al general Fernando Fernández de Córdoba, hasta ese momento director general de Infantería.
     Nada más conocerse la noticia de la dimisión de Sartorius, la reacción de la prensa y de la calle no se hizo esperar. Los madrileños festejaron la caída del conde de San Luis con un grave estallido de violencia popular materializada en el asalto de la casa de Sartorius.
     Cuadros, muebles y otros enseres fueron arrojados por los balcones y después quemados, siguiendo la misma suerte las casas de los ministros Calderón Collantes y Domenech, y las del general conde de Vistahermosa, el banquero Salamanca y el conde de Quinto, así como el Palacio de la Calle de las Rejas, domicilio habitual de la reina madre María Cristina de Borbón y de su familia, que se tuvieron que refugiar en el Palacio Real, mientras el conde de San Luis corrió a hacerlo en la Embajada de Francia.
     Al finalizar el Bienio Progresista en 1856, Sartorius fue nombrado embajador en Roma. A su regreso a España volvió a la política como diputado moderado, siendo presidente del Congreso de los Diputados durante las últimas Cortes de Isabel II. Murió en Sevilla, el 22 de febrero de 1871 y está enterrado en el Panteón de Sevillanos Ilustres.
     El conde de San Luis contrajo matrimonio en Madrid, el 25 de agosto de 1854, con María de los Remedios Chacón y Romero de Cisneros. Tuvieron siete hijos: Isabel, Laura, Leonor, M.ª Concepción, Luis, José y Fernando. Le sucedió en el título su primogénito varón Luis en 1872, y en 1888 su hijo Fernando, que se dedicó a la política como su padre. Militó en el partido conservador y fue embajador de España en Lisboa y posteriormente ocupó la cartera de Abastecimientos, en 1920, en el Gabinete Dato. Desde la legislatura de 1922 fue senador vitalicio hasta su fallecimiento en 1926 (Trinidad Ortuzar Castañer, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el monumento funerario a Luis José Sartorius y Tapia, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 19 de febrero de 2026

El monumento funerario de Federico Sánchez Bedoya, y Regla Manjón y Mergelina, Condesa de Lebrija, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el monumento funerario de Federico Sánchez Bedoya, y Regla Manjón y Mergelina, Condesa de Lebrija, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 19 de febrero, es el aniversario del fallecimiento (19 de febrero de 1938) de Regla Manjón y Mergelina, Condesa de Lebrija, personaje, cuyos restos reposan junto a los de su esposo Federico Sánchez Bedoya, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte el monumento funerario de Federico Sánchez Bedoya, y Regla Manjón y Mergelina, Condesa de Lebrija, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el de la Epístola, y a los pies del mismo, se encuentra el monumento funerario de Federico Sánchez Bedoya y su esposa la Condesa de Lebrija, flanqueado por las lápidas de Rodrigo Caro, y de Nicolás Mª Rivero.
     De grandes dimensiones y tosca obra es el monumento funerario de  Federico Sánchez Bedoya, militar y político conservador (1844-1898), y su esposa, Regla Manjón, condesa de Lebrija (1851-1938), interesada en el arte y en la arqueología, en cuya casa palacio de la calle Cuna reunió esculturas, ánforas, columnas y extraordinarios mosaicos romanos, surgidos en el transcurso de los trabajos de excavación en las ruinas de Itálica, además de una amplia biblioteca, una apreciable pinacoteca y valioso mobiliario. Es un monumento al modo de una portada clásica con frontón triangular, en cuya hornacina destaca como elemento decorativo el escudo familia, y en el que aparece grabado el texto:

AQVI·YACEN

LOS·EXCELENTISIMOS
SEÑORES·DON·FEDERI
CO·SANCHEZ·BEDOYA
20·DE·ENERO·DE·1844
19·DE·MAYO·DE·1898·Y
SV·MVJER·DOÑA·REGLA
MANJON·Y·MERGELINA
CONDESA·DE·LEBRIJA
26·DE·OCTVBRE·DE·1851
19·DE·FEBRERO·DE·1938

R.I.P.A.

Conozcamos mejor la Biografía de Federico Sánchez Bedoya, uno de los personajes que protagoniza el monumento funerario reseñado;
    Federico Sánchez Bedoya (n. Sevilla, 1844 - † 20 de mayo de 1898).
     Importante personaje de su tiempo, culto y de ideas conservadoras, fue seguidor del régimen monárquico ideado por Cánovas del Castillo. Fue diputado a Cortes por Sevilla, vicepresidente del Congreso, y más tarde gobernador civil de Madrid.
     Casado con Regla Manjón Mergelina, condesa de Lebrija, perteneció con el grado de capitán al Arma de Artillería. Dejó la carrera militar para dedicarse a la vida pública, a caballo entre Madrid y Sevilla.
     Desarrolló una importante actividad en la enseñanza primaria y universitaria, y un especial vínculo con la Universidad de Sevilla que culmina con la donación de una importante colección de libros.
     Fue condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica.
     Sus restos mortales, juntos con los de su esposa Regla Manjón, se encuentran en el Panteón de Sevillanos Ilustres de Sevilla, bajo la cripta de la iglesia de la Anunciación.
     El ayuntamiento de Sevilla le dedicó una calle rotulada a su nombre en el centro de la ciudad.
Conozcamos mejor la Biografía de Regla Manjón y Mergelina, Condesa de Lebrija, uno de los personajes que protagoniza el monumento funerario reseñado;
     Regla Manjón Mergelina (n. Sanlúcar de Barrameda, 26 de octubre de 1851 - † Sevilla, 19 de febrero de 1938), noble, académica de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, nombrada Hija Adoptiva y Predilecta por el ayuntamiento de Sevilla.
     Regla Manjón nace en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), en el seno de una familia hacendada, hija de Pedro Manjón y Fernández de Valdespino, senador del Reino, diputado a Cortes por Cádiz, Alcalde de Sanlúcar y Caballero no profeso de la Orden de Calatrava.
     En 1895 contrae matrimonio en su localidad natal con Federico Sánchez Bedoya (1844-1898), hombre de fortuna, culto y conservador, y pasa a vivir a la ciudad de Sevilla.
     Fue una mujer culta, amante de los libros y especialmente interesada en la historia, como indican los testimonios biográficos que existen sobre ella y que coinciden en destacar su peculiar inclinación por el estudio y el arte, y que queda reflejada en sus bibliotecas, sus escritos y sus casas.
     Durante su matrimonio llevó una vida más atenta a la actividad pública de su marido, siendo a partir de su viudedad cuando, careciendo de hijos, se vuelca en su pasión por el coleccionismo. Así, en 1901 adquiere la casa-palacio de la calle Cuna que posteriormente ampliaría con propiedades adyacentes, comprando el primero de los mosaicos romanos procedentes de Itálica que pavimentan en la actualidad casi la totalidad de su planta baja. Hasta 1914 fue completando su casa, dejando siempre a disposición de los investigadores el estudio de las distintas piezas y colecciones adquiridas, generosidad que le valió a la Real Academia de las Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, en 1918, a nombrarla académica de número, siendo la primera y única mujer en muchos años en la institución.
     Con el tiempo fue convirtiendo esta casa en un museo y en un archivo. Su biblioteca, en parte donada a la Universidad de Sevilla, refleja su amor por los libros. Con frecuencia presidía, convocaba o asistía a actos benéficos y acudía a numerosas audiencias reales, participando en la vida social y cultural de la ciudad.
     En 1920 fue elegida académica de la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando de Madrid, y desde 1922 formó parte de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la Provincia de Sevilla.
     Además de su actividad en la defensa y difusión del patrimonio artístico de Sevilla, emprendió una admirable labor caritativa, especialmente entre los años 1904 y 1937, a beneficio de los niños abandonados, obra que le fue reconocida en 1938 por la Diputación Provincial de Sevilla.
     A partir de 1916 fue también vicepresidenta de la Junta de la Lucha Antituberculosa, recibiendo en ese mismo año del ayuntamiento de Sevilla el nombramiento de Hija Adoptiva y Predilecta de la ciudad.
     Con motivo de la Guerra de África se ocupó en una intensa tarea para recaudar fondos y trabajando en favor de los hospitales militares en 1921, año en el que el rey Alfonso XIII le otorgó la Gran Cruz de la Beneficencia.
     Su memoria, junto a la de su marido, se recuerda en el Panteón de Sevillanos Ilustres, que se encuentra situado en la cripta de la iglesia de la Anunciación de Sevilla.
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domingo, 8 de febrero de 2026

La lápida funeraria de Mota Salado, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Mota Salado, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 8 de febrero, es el aniversario del fallecimiento (8 de febrero de 1951) de José Mariano Mota Salado, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Mota Salado, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de José Mariano Mota Salado, entre las lápidas de José Gestoso, y la de Jorge Díez.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:
RECTOR
MOTA SALADO
+ 8 DE FEBRERO DE 1951
Conozcamos mejor la Biografía de José Mariano Mota Salado, personaje que protagoniza la lápida funeraria:
     El rector Mota Salado, que asumió el cargo en la Sevilla ocupada por el bando alzado contra el gobierno de la República, en 1936, destacando en su dilatada y compleja gestión la ayuda prestada a los estudiantes universitarios con menos recursos (Federico González Domínguez, miembro del PAS de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla).
     José Mariano Mota Salado, nombrado por Queipo rector de la Universidad de Sevilla un mes después de la ocupación militar y que mantuvo su cargo “por concesión especial” del Ministerio de Educación Nacional aun después jubilarse en 1939 y hasta su fallecimiento en 1951. Ese año fue inhumado en la cripta del Templo de la Anunciación, a la que se accede a través de la Facultad de Bellas Artes, con la autorización por aquel entonces del cardenal Pedro Segura. Catedrático de Química Orgánica, Mota murió el 8 de febrero de 1951, un mes antes que Queipo de Llano. 
     Mota Salado accedió al cargo el 14 de agosto de 1936, menos de un mes después de la ocupación de Sevilla por el bando alzado contra el gobierno de la República. Presidente de las Conferencias de San Vicente de Paúl, y vinculado a hermandades de Sevilla como la Caridad y los Estudiantes (y hermano mayor honorario de la Macarena), la ciudad lloró su muerte con grandes alabanzas a su persona, y a su gestión, como también así recogieron ampliamente los periódicos locales tras su muerte.
    También fue director de la Real Academia de las Buenas Letras y que dio nombre a un colegio público de Sevilla hasta el curso 2008/2009. Y esa característica parece que le dio pie a estar entre los sevillanos ilustres junto al humanista Arias Montano, los escritores Fernán Caballero y Mateos Gagos, el ilustrado Alberto Lista o el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, quizás el más significado de esas “personalidades señeras de la cultura y la vida política sevillana del siglo XIX y comienzos del XX”, ubicadas en el lado opuesto de la nave principal del templo donde sigue inhumado.
     Por último, el profesor de la Historia del Derecho y de las Instituciones de la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga Manuel J. Peláez dice en su publicación sobre depuración política y universitaria que Mota Salado, pese a ser un “hombre apolítico”, “prestó muchos servicios políticos al nuevo régimen totalitario desde su puesto de máxima responsabilidad universitaria”. “Mota, en cumplimiento de lo dispuesto por la Junta de Defensa, el 19 de septiembre de 1936 había elevado al Gobierno Civil de Sevilla una relación de personal docente, administrativo y subalterno de la Universidad de Sevilla, acompañado del correspondiente informe. Es asombroso que dijese de sí mismo que era 'persona de derechas, de buena conducta moral y religiosa, apolítico y cumplidor en exceso de sus obligaciones académicas'”, una “fórmula ritual que se utiliza con aquellos personajes fieles al Movimiento Nacional y a la situación creada en aquellos momento en Sevilla” (eldiario.es)
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viernes, 5 de diciembre de 2025

La lápida funeraria de Nicolás María Rivero, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Nicolas María Rivero, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 5 de diciembre, es el aniversario del fallecimiento (5 de diciembre de 1878) de Nicolás María Rivero, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Nicolás María Rivero, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el de la Epístola, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Nicolás María Rivero, junto al Sepulcro de Federico Sánchez Bedoya y su esposa la Condesa de Lebrija, y al de Rodrigo Caro.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:
NICOLAS Mª
RIVERO
+ 5 DE DICIEMBRE DE 1878
Conozcamos mejor la Biografía de Nicolás María Rivero, personaje que protagoniza la lápida funeraria:
     Nicolás María Rivero (Morón de la Frontera, Sevilla, 6 de diciembre de 1814 – Madrid, 5 de diciembre de 1878). Fundador, portavoz y figura destacada del Partido Demócrata.
     Existe incertidumbre en torno a la fecha de nacimiento de Nicolás María Rivero. En alguna publicación se recoge la noticia de que fue abandonado la noche del 3 de febrero de 1814 en la Casa de Expósitos de Morón. Por su parte, Cristóbal de Castro sostiene en su Estudio biográfico que nació en el hogar de artesanos en Sevilla el 3 de febrero del año siguiente, 1815. Atendiéndose al expediente de diputado del Archivo del Congreso, se señala la fecha del 6 de diciembre de 1814.
     A pesar de la modestia de sus orígenes familiares, Rivero realizó sucesivamente sus estudios primarios y de latinidad en el colegio Santo Tomás de Sevilla y cursó los de Medicina en la Universidad. Ante la dificultad para costearse los materiales y libros que necesitaba para sus estudios médicos, sus profesores, Porrillo y Hoyos Limón, se convirtieron en sus protectores, y Hoyos le consiguió una plaza como escribiente en la Diputación. Cuando todavía no había completado la carrera de Medicina, en 1834 la primera epidemia de cólera en España le llevó a diversos pueblos para luchar contra la enfermedad.
     Una vez licenciado, fue nombrado ayudante por uno de sus profesores, Porrúa, pero pronto abandonó la medicina para inclinarse hacia el derecho y el periodismo, vocación que nació en tertulias sobre la filosofía alemana, a la que asistían varios amigos, entre ellos Fernando de Castro. Mientras trabajaba en la Diputación e impartía clases en una academia, cursó la carrera de Derecho. La amistad con jóvenes intelectuales sevillanos —Fernando de Castro, Federico Rubio y Gali, Manuel Cantero— le orientó definitivamente hacia la política. Como apóstol del progresismo se asentó en Écija, donde conoció a su esposa, Loreto Custodio, matrimonio que solventó sus problemas económicos. En 1845 se instaló en Madrid.
     Cantero le presentó a un grupo de políticos democráticos, varios de ellos de convicciones republicanas, y Rivero empezó a ser conocido por sus colaboraciones en El Siglo y por su apasionada oratoria.
     Para la legislatura 1847-1848, decisiva por las graves circunstancias continentales, fue elegido diputado a Cortes por Écija, escaño en el que inmediatamente brilló por su elocuencia. Estaba naciendo el partido demócrata —según Hennesy, una iniciativa de Rivero—, en el cual se fusionarían los progresistas- demócratas (extrema izquierda del progresismo), los republicanos y los republicanos socialistas, defensores del cuarto estado e imbuidos de las teorías de los socialistas utópicos franceses. A raíz de los sucesos del 48 y de la represión de Narváez, Rivero apoyó un programa radical elaborado por Ordax Avecilla. Finalmente, el 6 de abril de 1849, aparecía en Madrid el manifiesto del partido demócrata (llamado inicialmente progresista-democrático), firmado por Aguilar, Ordax Avecilla, Aniceto Puig y Nicolás María Rivero, manifiesto cuyas ideas serían difundidas por periódicos como El Amigo del Pueblo, El Siglo, La Asociación, etc. El nuevo partido presentaba una declaración de derechos individuales (inviolabilidad de domicilio, libertad de conciencia, libre expresión del pensamiento, derecho de reunión y asociación), principios políticos (soberanía nacional, poder legislativo en las Cortes, independencia de jueces y magistrados y juicio por jurados, elección popular de ayuntamientos), económicos (contribución única y universal, desamortización civil y eclesiástica) y sociales (instrucción primaria universal, obligatoria y gratuita, hospitales de beneficencia, supresión de quintas, etc.). Defendido en las Cortes por los cuatro diputados que habían suscrito el manifiesto fundacional, Rivero se convirtió en cabeza y portavoz del nuevo grupo político.
     Para evitar su ilegalización, los demócratas ocultaban su tendencia republicana en la prensa pero la defendían verbalmente en los mítines celebrados en clandestinidad en locales de Madrid. Desde enero de 1854, la capital se convirtió en un centro conspiratorio casi universal contra el largo monopolio gubernamental de los moderados, conspiración en la que participaban los restantes partidos y la mayoría de los órganos de prensa. El Conde de San Luis intentó mediante una política represiva sofocar los incendios, y en febrero de 1854 fue detenido en casa de Becerra el comité democrático (Rivero, Ordax Avecilla, Sixto Cámara), no obstante Rivero aún pudo continuar desde la cárcel del Saladero su labor de proselitismo dirigido a provincias y sus contactos con los conspiradores.
     Al triunfar la Revolución de Julio, en la cual los demócratas tuvieron una participación destacada, Rivero fue nombrado gobernador de Valladolid. Dimitió de este cargo cuando fueron convocadas elecciones para Cortes constituyentes y solicitarle sus amigos de Écija que optara a diputado por el distrito. Sevilla era su bastión pero fue elegido además por Valencia, elección que demostraba su popularidad fuera de Madrid, pues recogió 7762 votos en el distrito levantino, alrededor de dos mil menos que O’Donnell. Aunque se situaba en posiciones templadas, no coincidentes siempre con los sectores republicanos, votó contra la permanencia de Isabel II en el trono en la sesión de 30 de noviembre de 1854. Bien pronto se vio que el proyecto de Constitución —la nonata de 1856— no recogía los puntos esenciales del ideario demócrata.
     Situándose en una posición crítica, fue en esta legislatura del bienio cuando Rivero exhibió sus dotes de parlamentario en su madurez, con rotundos discursos en defensa de la libertad total de la imprenta, la implantación del jurado para todos los delitos, la descentralización y el sufragio universal, discursos que lo convirtieron en el jefe del partido demócrata.
     En marzo de 1856 aparecieron dos diarios demócratas: La Asociación, dirigido por García Ruiz, y La Discusión, el más importante, rotativo que acudió ininterrumpidamente a su cita con los lectores hasta la víspera de la sublevación del cuartel de San Gil (junio de 1866), para reaparecer en octubre de 1868, tras el triunfo de la Revolución de Septiembre.
     Su fundador y primer director, Nicolás María Rivero, reunió a su alrededor desde la primera hora a un grupo de demócratas destacados: Orense, Figueras, Pi y Margall, entre otros; posteriormente aparecerían en sus páginas colaboraciones de Cristino Martos, Ruiz Pons, Sorní, prácticamente la nómina completa de la democracia. Representó este órgano de prensa una de las aportaciones más importantes de Rivero a la causa del partido demócrata. Sorteando las posiciones de los grupos más radicales, que reclamaban la República como punto primero del programa, el director imprimió a la línea editorial un sesgo que le permitiera ser puente entre los demócratas moderados y los progresistas puros, el ala izquierda del progresismo.
     En el editorial del primer número, Rivero sintetizó el programa: sufragio universal, libertad absoluta de imprenta, unidad de jurisdicción y fuero, reforma radical de las contribuciones, instrucción primaria gratuita para las clases pobres, abolición de las quintas.
     Durante el gobierno largo de O’Donnell (1858- 1863), caracterizado por una especial preocupación por la política exterior, Rivero incorporó a su actividad parlamentaria este campo, hasta entonces marginal dentro de sus intereses. Considerando inexcusable la presencia en Marruecos, exigida por la presencia francesa en Argelia: “no hay más arbitrio que, o consentir que el Mediterráneo sea un lago francés, o compartir nosotros con la Francia la dominación de África”, se opuso por el contrario a la expedición a México, con el argumento de que se romperían los “lazos de origen, de lengua, de raza, que debían unirnos [...]. Todo esto debía meditarse antes de llegar a Méjico con las armas en la mano”.
     En el inicio de la década de 1860 eran perceptibles las diferencias internas entre los demócratas, primero entre Orense y Garrido, más tarde entre Pi y Margall y Castelar. Cuando en diciembre de 1863 Castelar fundó el diario La Democracia, Rivero perdió el control y la jefatura del Partido Demócrata. Sin embargo, el deterioro del régimen isabelino se convirtió en una oportunidad de oro para un político que siempre había postulado el entendimiento entre el Partido Demócrata y el Progresista, puesto que la coalición antidinástica se inició y basó en la colaboración entre ambas fuerzas políticas. Fueron años en que el político sevillano volvió a ejercer sus habilidades de conspirador. Desde dos centros revolucionarios se orquestaba el alzamiento contra Isabel II: Bruselas, donde Prim encabezaba un comité progresista, y París, donde actuaba el comité democrático encabezado por Pi y Margall. En contacto con éste un grupo de dirigentes demócratas, animados por Rivero, alimentaban la agitación en Madrid.
     Esta actividad clandestina en el centro político de la nación lo situó en la primera fila del nuevo régimen cuando triunfó la Revolución de Septiembre (1868), que destronó a la Reina. Al entregar el poder el general Concha a Madoz, gobernador civil interino, surgieron dos juntas, una formada por progresistas y unionistas y otra por demócratas, que se fusionaron para formar una Junta Provisional de gobierno, en la cual Rivero ocupó la vicepresidencia. Resulta innegable el papel principal de Rivero en los primeros pasos de la revolución; varios de los documentos definitorios del régimen naciente se debieron a su mano —así el Manifiesto a las provincias, en el que se ensalzaban como principios irrenunciables la soberanía nacional y el sufragio universal— mientras en otros aparece entre los firmantes y redactores.
     No aceptó un puesto en el gobierno provisional presidido por Serrano porque no se le podía asignar la cartera de Gobernación, prometida a Sagasta, y porque no se incluía a más demócratas en el gabinete. En compensación se le ofreció la alcaldía de Madrid y, en su momento, la presidencia de las Cortes constituyentes.
     El primer nombramiento se hizo efectivo en la sesión de 10 de octubre de la Junta superior revolucionaria, presidida por Joaquín Aguirre. En la alcaldía, la influencia de Rivero se convirtió en determinante cuando demostró dotes de gobierno en la solución de los graves problemas que perturbaban la vida de la Villa, los más importantes la crisis de las subsistencias y el paro, solventando el abasto con importaciones de choque y el paro con un programa acelerado de obras públicas. Con el prestigio ganado en la alcaldía no le resultó difícil a Rivero revalidar el puesto en las elecciones municipales de diciembre, convocadas por sufragio universal. Pero más relevante resultó su papel en las elecciones generales de enero de 1869. Considerándose fundamental para la suerte del régimen el distrito de la capital, se formó una candidatura monárquicodemocrática, encabezada por Prim y completada por las principales figuras de la revolución, y que consiguió los siete escaños del distrito. Lo llamativo fue que Rivero, el más votado, con 34.399 votos —de un censo electoral de 82.000—, dejó a Prim, héroe de la revolución, a mil de distancia y a Serrano, presidente del gobierno provisional, a dos mil quinientos.
     Desgajados los republicanos del tronco demócrata, sus órganos de prensa atribuyeron a Rivero el triunfo gubernamental. Así lo recogía La Discusión, el otrora feudo periodístico del político: “Hay también muchos trabajadores pagados por el Ayuntamiento, y que en su mayoría han votado por el sr. Rivero, es decir por la candidatura monárquica”. Y concluía: “Hubieran votado con nosotros si el Rivero de 1868 hubiera sido consecuente con el Rivero de 1854”.
     Iniciaron su andadura las Constituyentes el 22 de febrero; la víspera fue elegida la Mesa, bajo la presidencia de Nicolás María Rivero, quien había sido propuesto el día 12. Desde el 23 de febrero de 1869 sería presidente titular de la Cámara. En la Comisión de Constitución, tarea esencial de aquellas Cortes, se integraron equilibradamente los tres partidos de la revolución: progresistas, unionistas y demócratas, con cinco miembros cada uno. Los demócratas eran amigos de Rivero, encabezados por Martos, quienes aceptaban la posibilidad de la monarquía como salida del proceso abierto en septiembre.
    En el primer gobierno del sexenio, presidido por Prim, ocupó Sagasta la cartera de Gobernación, pero en la segunda remodelación que experimentó se adjudicó esta cartera a Rivero (4 de enero de 1870). Y en este despacho le correspondió defender una severa ley de orden público, con la cual el gobierno intentaba cimentar el régimen frente a las emboscadas desde la derecha y la izquierda, llamando el ministro “parricidas de la libertad” a quienes se levantaban contra el Estado en un país con sufragio universal y reconocimiento de los derechos individuales.
     Las medidas enérgicas con que hizo frente al bandolerismo, plaga endémica del campo andaluz, provocaron repetidos debates en el hemiciclo con Cánovas y Figueras, opositores por la derecha y por la izquierda que dibujaban el sendero estrecho por el que avanzaba el proceso revolucionario. Cubierto el complicado trámite de encontrar un titular para el trono, Rivero figuró entre los ciento noventa y un diputados que votaron a favor del duque de Aosta (16 de noviembre de 1870), abriendo la puerta a la monarquía de Amadeo I.
     Durante la vigencia del régimen amadeísta, participó con Ruiz Zorrilla en la formación del partido radical. Después de acceder éste a la presidencia del gobierno, fue elegido por segunda vez presidente de las Cortes (15 de septiembre de 1872). Y en este sitial hubo de asumir la responsabilidad de la conducción de un tránsito histórico. Presentado el documento de abdicación del Monarca a Ruiz Zorrilla y Rivero, el presidente del Congreso acordó con Figuerola la reunión de diputados y senadores en Asamblea Nacional para aprobar el documento de renuncia y declarar como forma de gobierno de la nación la República (11 de febrero de 1873). Al día siguiente Rivero remitió su dimisión de presidente de las Cortes, cargo en el que fue sustituido por Martos.
     Como consecuencia de una frustrada intentona radical contra la República (23 de junio de 1873) se exilió temporalmente a Francia y se retiró de la vida política, aunque asistiría, excepcionalmente, a la reunión convocada por el general Pavía después de la disolución del Congreso el 3 de enero de 1874. Incluso se apartó de la vida social, que redujo a sus jornadas en el Ateneo, donde formó tertulia con Campoamor, Valera y Sanz del Río. Falleció en Madrid el 5 de diciembre de 1878 (Antonio Fernández García, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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