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lunes, 22 de junio de 2026

El desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     Hoy, 22 de junio, en el monte Ararat, el triunfo de diez mil santos Mártires [entre ellos San Acacio], que fueron crucificados, según el Martirologio Romano, vigente hasta 1956.
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de San Acacio, de los Agustinos, se encontraba en la manzana formada por las calles Pedro Caravaca, Velázquez, Rioja, y Sierpes; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Los historiadores de la Orden hacen remontar sus orígenes al periodo de los ermitaños del norte de África que, aglu­tinados en torno a la figura de Agustín de Hipona, forman una pequeña comunidad, en una continuidad sin interrupción difícil de demostrar con la Orden constituida en 1256. Aurelio Agustino (354-430) nació en Tagaste, actual Túnez, hijo de un pagano, Patricio, y una cristiana, Mónica, quien ejerció sobre él una poderosa influencia. Entregado a los estudios clásicos, se adhirió a la secta de los maniqueos, tuvo una juventud licenciosa y se dedicó a la enseñanza de retórica en Cartago, Roma y Milán, donde su vida espiritual evoluciona por las plegarias de su madre y las instrucciones del arzobispo San Ambrosio, cuyo ejemplo y palabras le llevan a su conversión al cristianismo, bautizándolo el 25 de abril del 387. Deseoso de difundir la filosofía cristiana regresa a su tierra, vende sus bienes entregando el producto a los pobres y se establece en Hipona donde es ordenado sacerdote el 391 por el obispo Valerio, a quien sucederá en la cátedra episcopal en el año 395. En su abundante producción literaria expuso sus ideas filosóficas, teológicas, su antropología y su teoría del conocimiento, en una constante búsqueda de Dios a través del mundo y en un esfuerzo por incorporar el pensamiento platónico a la tradición filosófica cris­tiana; sus obras han ejercido una gran influencia en la esco­lástica, y se granjeó el título de primer legislador y patriarca del monacato latino siendo considerado uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia. La comunidad creada por San Agustín tras su conversión al cristianismo tuvo un fecundo desarrollo, propagándose por el norte del África romana rápidamente, de tal manera que a la muerte del Santo, en el 430, existían alrededor de cincuenta monasterios, incluidos los de mujeres. La invasión de los vándalos en el siglo V y de los árabes en el VII supuso una fuerte persecución de estas comunidades, pasando muchos de sus miembros al sur de Italia, Francia y España, a donde exportaron la tradición monástica agustiniana. Sin embargo, la legislación carolingia, que impuso con carácter exclusivo la profesión de la regla benedictina en todo el imperio, significó un freno a la propagación del ideario agustino. Habrá que esperar al renacimiento de la vida monástica de los siglos X y XI para asistir al resurgimiento de la Regla de San Agustín en los numero­sos eremitorios que se originaron. En 1244 el papa Inocencio IV, en un deseo de unificar a todos los ermitaños, promovió la fusión de los abundantes cenobios de dentro y fuera de Italia, en los que se incluían los de inspiración agustina, dando lugar a la llamada Gran Unión que fue confirmada el 9 de abril 1256 por el papa Alejandro IV. Se constituyó una gran familia religiosa que recibió el nombre de Orden de los Frailes Ermitaños de San Agustín, en el convento romano de Santa María del Pópulo, con un superior general al frente y una subdivisión en doce provincias, siete para Italia y las cinco restantes para Francia, Alemania, Inglaterra, Hungría y España. A fines del siglo XIII ya existían diecisiete y en 1329 el número de provincias ascendía a veinticuatro. Asimismo, la Orden adopta los ideales y organización de los mendicantes, conciliando el apostolado activo con la vida contemplativa monacal, siendo considerada la tercera de las órdenes mendicantes tras franciscanos y dominicos.
     Hay que señalar que San Agustín nunca escribió una regla monástica, son sus libros, sermones y sobre todo sus cartas en donde hablaba de la vida religiosa y el modo de practicarla, los que inspirarán un conjunto de normas y una forma de vida que serán adoptadas por numerosos institutos religiosos antiguos y modernos como guía a seguir. Las familias religiosas tituladas como Orden de San Agustín abarcarán diversos institutos de religiosos y de monjas. Entre los masculinos se hallaban los Ermitaños de San Agustín, instituidos canónicamente en 1256, que tras la reforma de 1505 son denominados Observantes; y los Ermitaños Recoletos de San Agustín, llamados Recoletos o Descalzos, surgidos en algunos conventos que desaprobaban la actividad intelectual, el estudio y la docencia universitaria, y deseaban entregarse más a la oración, a la contem­plación, a la vida retirada y recoleta como medio de santifi­cación; la nueva rama agustina fue a probada en el Capítulo General de Toledo el 3 de diciembre de 1588.
     En España se constata la presencia de eremitorios en época visigoda, en zonas de Valencia y Mérida, cuya proliferación quedó frenada con la llegada de los musulmanes a la península. Los avances de las tropas cristianas de Fernando III, Jaime I y Alfonso X, liberarán nuevos territorios en cuyas principales ciudades fundan los agustinos sus casas; en 1278 había nueve conventos y en 1300 dieciséis en España y Portugal. Con la Gran Unión de 1256 la Península se trans­forma en la Provincia Hispaniae, la que a su vez, más tarde por Capítulo reunido en Dueñas en 1527 se divide en cuatro: Lusitana, Catalano-aragonesa, Castilla, que llegaba hasta el río Tajo, y Andalucía o Bética, al sur de esta línea fluvial. Por otro lado, gracias al permiso otorgado por el papa Adriano VI a las órdenes mendicantes por el que podían pasar a las Indias para su evangelización, los agustinos llegaron a tierras americanas en 1533, en donde crearon la provincia de Nueva España, consiguiendo fundar la Universidad de México; un hito importante en su creciente expansión será la presencia de la Orden en Filipinas, a donde llegaron sus religiosos acompañando al conquistador Legazpi, fundando misiones y el colegio mayor de Iloco.
     Al igual que el resto de Europa, los conventos agustinos de España padecieron a mediados del siglo XV la relajación y deterioro de la observancia de la regla, conocida como claustra. Para atajar el mal surgió un movimiento de reforma a favor de la restauración de la disciplina monástica primitiva, siendo fray Juan de Alarcón quien desde el convento de Villanubla (Valladolid) emprenda el camino del reformismo, que será aprobado en 1438; las casas que se acogían a la reforma pasaron a denominarse Congregaciones de la Observancia, que a fines del XV eran un buen número de conventos. En este sentido, los Reyes Católicos obtienen del papado la aprobación para incorporar obligatoriamente todos los conventos agustinos a la observancia, lo que se verá cumplido en 1504, en el capítulo interprovincial cele­brado en Toledo. Por otro lado, en el último tercio del siglo XVI algunos conventos promovieron la vuelta al rigor primitivo de la Orden, desaprobando la actividad intelectual, el cultivo de los estudios y la docencia universitaria que tan intensa y efectivamente realizaban los agustinos. Este nuevo movimiento, más interesado por la vida contemplativa y la oración, dio lugar al nacimiento de la rama descalza agustina o de los Ermitaños Recoletos cuya aprobación se produjo en el capítulo provincial de Toledo del 3 de diciembre de 1588, abriéndose el primer convento en Talavera de la Reina al año siguiente, siendo elaboradas sus Constituciones por fray Luis de León. En 1605 el papa Clemente VIII autoriza la creación de la provincia de Recoletos, cuyo rápido crecimiento propició su elevación a Congregación en 1621, por bula de Gregorio XIV, celebrando en ese mismo año su primer Capítulo General en el que fue nombrado vicario general fray Jerónimo de la Resurrección y autorizándose la división en cuatro provincias: San Agustín de Castilla, Pilar de Aragón, Santo Tomás de Villanueva de Andalucía y Nicolás de Tolentino de Filipinas.
     En suma, la expansión y consolidación de la Orden en sus diferentes ramas fue constante y se mantuvo durante los siglos XVII y XVIII; una Orden que se caracterizó por la gran importancia que dio al estudio y la cultura, preocupada por la buena formación de sus religiosos bien cualificados para el apostolado y la enseñanza en sus más altos niveles, (en las universidades), con figuras tan destacadas y conocidas como fray Luis de León. La estima por el conocimiento y la cultura forjó la formación de centros docentes, los llamados Estudios Generales, adscritos a universidades, y valiosas bibliotecas conventuales que contribuyeron al progreso del saber, ganando por ello la Orden la reputación de docta. Sin embargo, este estado de cosas se vino abajo con los aconteci­mientos políticos-legislativos del XIX que culminaron en la desamortización de 1835, fecha en la que se contabilizaban en la península doscientos cinco conventos, de los que sólo quedó abierto el Colegio-Seminario de Valladolid, que por su carácter misionero quedó excluido de la desamortización por la influencia y prestigio que su trabajo misional en el extranjero daba al país.
COLEGIO DE SAN ACACIO
     Al igual que las otras grandes órdenes religiosas venían haciendo desde comienzos del siglo XVI de disponer de centros de estudios segregados del convento principal en donde mejor acomodar e instruir a sus religiosos, lo que condujo a la creación de los correspondientes colegios dedicados exclusivamente a la formación de los novicios, la Orden agustina da los pasos para proceder a la fundación de un colegio en Sevilla que albergara al ya crecido número de estudiantes que tenía la Casa Grande, en donde poder llevar a cabo los estudios y las prácticas religiosas. La primera intención fue intentar fundar en la cercana localidad de Castilleja de la Cuesta, pero parece que los escasos recursos con los que contaban para conseguir un local adecuado y medios para dotarlo, no lo hizo posible. La oportunidad para desarrollar el proyecto fundacional del colegio se materializará con la generosa aportación de la piadosa dama sevillana Leonor de Virués, viuda del veinticuatro Gaspar Ruiz de Montoya, quien en su testamento otorgado el 4 de abril de 1593 dispuso la entrega a los agustinos de unas casas con jardín, huerta y tierra calma, que su difunto marido había comprado y edificado en las afuera de la ciudad, junto a la Cruz del Campo. A lo que se sumó la asignación de dos mil ducados en metálico. La correspondiente autorización arzobispal se dio el 8 de mayo de 1593, quedando así fundado el Colegio bajo la advocación de San Acacio, uno de los legendarios mártires del monte Ararat del siglo II. Con el transcurrir del tiempo se convertiría en un acreditado centro de estudios teológicos, cuyo ingreso en sus aulas se hacía mediante rigurosa oposición según establecía en su testamento la bienhechora, quien quedó como fundadora y se reservaba para sí, su marido y herederos el derecho de enterramiento en la capilla mayor de la futura iglesia. Por su parte los religiosos se obligaban a colocar perpetuamente sobre las sepulturas un paño negro, decir cada día una misa de réquiem, hacer dos sufragios, uno en el día de la Santísima Trinidad y otro en el de San Acacio con sermón, responso cantado y aniversario por sus almas. Hay que señalar que los agustinos hubieron de sortear un ingrato trance, cuando el albacea de doña Leonor, don Miguel Jerónimo de León no cumplió con la manda testamentaria, entablándose el pleito correspondiente, que se resolvió a favor de los religiosos, a quienes se les entregó finalmente la finca, los dos mil ducados y la cosecha de trigo y cebada del año 1593 que igualmente les había donado la fundadora. Por otra parte, era condición testamentaria no poder entrar en posesión de estos bienes hasta que no estuviese colocado Santísimo en la capilla mayor en la pieza que había de servir de iglesia, pasando varios años hasta que el 12 de marzo de 1601 no se colocó el Santísimo Sacramento, siendo nombrado primer rector fray Agustín Vallejo; previamente, el 4 de marzo de ese año se había llevado en solemne procesión el Santísimo desde el convento de San Agustín, según recoge Montero de Espinosa, autor que corrige a Ortiz de Zúñiga quien da la fecha de 4 de abril pero de 1594.
     El Colegio permaneció en este lugar 32 años, pues a fines de diciembre de 1633 se trasladaron en régimen de alquiler a unas casas propiedad de don Luis de Tapia y Paredes, situadas frente al convento de jerónimas de Santa Paula, en donde estuvieron hasta el 1 de julio de 1634 en que pasaron a la céntrica calle Sierpes, a las casas compradas por 8.740 ducados a Francisco Pérez de Meñaca, según escritura pública firmada el día siguiente en que tuvo lugar la primera misa, inaugurándose de nuevo el Colegio con el mismo título, permaneciendo aquí sin ninguna otra mudanza hasta 1810, año en que fueron exclaustrados por los franceses. Según recoge Montero de Espinosa, la lejanía del lugar, los incómodos medios de comunicación para trasladarse los estudiantes a la universidad, lo insano y solitario del lugar y el estado ruinoso de la casa, fueron motivos poderosos para abandonar el sitio de la Cruz del Campo, que fue vendido al genovés Lelio Levanto, y donde posteriormente, en 1641 la Orden del Carmen Calzado fundó una casa bajo el título de Santa Teresa de Jesús.
     Sucedió en el patronato del Colegio Melchor de León Garavito, familiar inmediato del marido de la fundadora doña Leonor, quien lo siguió beneficiando con sus bienes, con cuyos recursos se llevarían a cabo la construcción de la iglesia y reorganización de la casa para centro de estudios. Parece que la dotación decayó con el tiempo, lo que frenó el desarrollo de la fundación, no concluyéndose las obras de la iglesia y colegio según Montero de Espinosa hasta 1660. El templo se convirtió, al igual que ocurriera con el de la Casa Grande, en lugar de enterramiento de varios bienhechores entre los que se encontraban Martín de Andújar y sus herederos, Cristóbal de Velasco y Mendoza, Juan de Pinares, don Pedro Agustín de Valenzuela, etc. Asimismo, se hallaba establecida en la iglesia la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Rosario, corporación que se originó en 1670 en el claustro del convento de San Francisco por unos niños que se dedicaban al rezo del rosario y que con el tiempo formaron regla, aprobada el 10 de septiembre de 1672 por el arzobispo don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán. En 1680 se traslada a San Acacio en donde los agustinos le concedieron capilla propia y lugar de enterramiento para los hermanos. Por otro lado consta la estancia en la iglesia del Colegio la Cofradía del Santo Cristo del Gran Poder y la Santísima Virgen del Traspaso, en donde permaneció provisionalmente desde 1697 a 1703 en que se trasladó a la parroquia de San Lorenzo. Otra nota religiosa del Colegio fue el rezo del santo rosario, que desde 1728 salía en las primeras horas de la noche en procesión formada sólo por hombres al que se agregarían las mujeres en 1758, en honor de Nuestra Señora del Buen Aire, imagen existente en la iglesia desde al menos 1728.
     Mención especial merece la acreditada biblioteca pública fundada a raíz de la donación realizada por el cardenal fray Gaspar de Molina y Oviedo, agustino ilustre, que al morir en 1744 dejó su abundante colección bibliográfica a San Acacio para que aquí se estableciera una biblioteca pública de la que carecía la ciudad. El Cardenal había sido religioso del Colegio, en donde estudió, detentando diversos y destacados cargos como regente de estudios, general de la Orden, obispo y cardenal, entre otros. El hecho de morir sin testar provocó un litigio entre sus parientes, la Provincia Agustina y el Cabildo municipal, por creerse todos con derecho sobre la herencia de los libros. Una vez resueltas las dificultades del legado, según la sentencia definitiva de 13 de septiembre de 1746, los días 17, 18 y 19 de octubre de ese año se firmaban las escrituras de entrega de la librería, estableciéndose el plazo de un año para traer desde Málaga los volúmenes y estantes que los contenían, labrar una sala competente donde instalarlos y establecer el equipamiento necesario para el funcionamiento de la biblioteca, quedando a cargo de ella el provincial fray Miguel de Medina. Los religiosos estaban obligados a decir una misa cantada de aniversario por el alma del Cardenal Molina, cuyo retrato de cuerpo entero presidiría la sala principal de la biblioteca. Por su parte, el Cabildo de la ciudad velaría por el cumplimiento de todo lo anteriormente expresado, aportando 1.000 ducados para ayudar al transporte de los libros, a pagar las costas del pleito y las obras del recinto. Pese a ello, el plazo establecido no se cumplió ante la carencia de medios para poner en marcha la biblioteca, que no abrió sus puertas oficialmente hasta el 6 de octubre de 1749, siendo su primer bibliotecario fray Juan del Pino y rector del Colegio fray Tomás de Yepes, quien antes de un año y ante la proverbial pobreza del Colegio, solicitaba al Cabildo municipal una asignación para compra de material como tinta, plumas, además de una retribución para sus bibliotecarios, dotarla de un mozo que cuidara de su aseo, proveerla de mesas, asien­tos, estantes y comprar algunos libros para completar y aumentar la colección, ante lo cual el Ayuntamiento por acuerdo de 5 de diciembre de 1749 resolvió entregar anualmente 150 ducados, lo que por desavenencias no siempre se llevó a efecto. La primera compra de libros data de 1757 y el primer arreglo de 1775, año en que el Cabildo nombró al Conde del Águila diputado para la biblioteca. Al año siguien­te se arreglaron más de doscientos libros que estaban apolillados, se hizo obra en la escalera de acceso, y se colocaron vidrieras y estantes, todo ello por valor de 15.000 reales. Hay que señalar que el aumento de libros se garantizaba en parte con la obligación impuesta a los editores de entregar a la biblioteca un ejemplar de cada obra impresa que hicieran. Por otra parte, las sucesivas donaciones supusieron un caudal que la enriqueció, como la donación en 1784 de los fondos pertenecientes a don Luis Germán y Ribón, la donación de doña María Antonia Indart, viuda de del Asistente Domezain, el legado de don Agustín Guerrero, y ya en el siglo XIX la biblioteca del agustino fray Antonio Fabré, desde el convento de Cádiz, entre otras, llegando a contener 7.700 volúmenes repartidos en dos salas. El Cabildo municipal intentó hacerse con los fondos bibliográficos y manuscritos de las distintas casas de la extinguida Compañía de Jesús, dirigiendo una petición en este sentido a la Academia de Buenas Letras de Sevilla en enero de 1881, lo que no tuvo efecto. Por otra parte, los trabajos de catalogación de las obras dieron como resulta­do la publicación de un Índice en 1749 de autor desconocido, del que se conservan varios ejemplares, en el que se sigue un orden alfabético de autores y dentro de éste por materias, omitiendo lugar y fecha de edición, sin embargo inserta el horario de apertura al público de la biblioteca: todos los días del año a excepción de las fiestas de precepto y Semana Santa, de siete a once de la mañana y por la tarde desde las cuatro al toque del Ave María, desde el 1 de mayo a fin de septiembre, y de 1 de octubre a final de abril de ocho a doce de la mañana y por la tarde desde las tres hasta el toque del Ave María. De 1783 consta un nuevo Índice realizado por el bibliotecario fray Pedro Garrido que solventaba las lagunas del anterior e incluía las nuevas obras que habían ingresado.
     Durante los años de ocupación francesa en que el Colegio estuvo cerrado, el entonces bibliotecario fray José Govea y el Ayuntamiento evitaron su saqueo, para lo que se nombró otro bibliotecario que recayó en el agustino fray Luis Rodríguez, que ayudase y velase por su custodia. El Colegio ya no volvió a abrir sus puertas y la biblioteca conforme pasaba el tiempo quedaba más desasistida, sin ayuda de la Orden ni del Ayuntamiento. El padre Govea se dirige al Consistorio en carta fechada el 3 de junio de 1820 solicitando ayuda para mantenerla abierta, librándose entonces 800 reales. Finalmente, la desamortización de 1835 y la exclaustración de los religiosos pusieron fin a la administración de la biblioteca de San Acacio por los agustinos. En 1878 por acuerdo del Ayuntamiento sus fondos, o lo que quedaba de ellos, pasaron a la Biblioteca de la Universidad. 
     Volviendo a lo que fue el Colegio, su actividad docente también se vio quebrada con la llegada de los franceses, quienes expulsaron a los religiosos y establecieron en el inmueble las oficinas del Crédito Público hasta 1812 en que se fueron de Sevilla. Se ponía fin a tres siglos y medio de existencia de San Acacio, pues a pesar de los decretos favorables a los religiosos promulgados por Femando VII, la comunidad agustina ya no volvió a establecerse en el Colegio, salvo alguno de sus miembros para regentar la Biblioteca que, como hemos visto, permaneció abierta algunos años más. El 10 de julio de 1813 la Regencia concede el edificio a la Escuela de las Tres Nobles Artes para sede de sus enseñanzas artísticas, tomando posesión el 9 de agosto de ese mismo año; una parte del inmueble se utilizó además como archivo de Hacienda. No obstante, los agustinos reclamaron su antiguo colegio en 1819 y 1825, pero se llegaron a acuerdos que posibilitaron la permanencia de la Escuela a la que, previa petición, se le entrega en 1821 la iglesia para servir de sala de juntas y lugar de exposición de sus obras artísticas. Hasta 1850 permaneció esta institución en San Acacio en donde posteriormente se instalarían las oficinas de Correos y Telégrafos, que se mantuvieron hasta los años veinte del siglo XX. Desde mediados de ese siglo hasta la actualidad, lo que fuera Colegio de San Acacio es sede del Círculo de Labradores, permaneciendo solamente el claus­tro principal, que está incluido dentro de Conjunto Histórico de Sevilla por Decreto de 27 de agosto de 1964.
ARQUITECTURA
     Del establecimiento primitivo de San Acacio "junto a la Cruz del Campo" no existe una referencia exacta que pueda determinar su ubicación precisa, que hubo de ser en descampado, pues las casas donadas tenían un carácter de finca semi-agrícola. Cuando en 1633 se trasladan al interior de la ciudad, se sitúa durante apenas un año en régimen de alquiler en unas casas frente al monasterio de Santa Paula. El 1 de julio de 1634 pasa a otras, compradas a Francisco Pérez de Meñaca por 8.740 ducados, situadas en la calle León o de los Leones, en la collación de la Magdalena, que iba de Sierpes a la confluencia de la calle de la Muela (actual O'Donnell) y Triperos (actual Tetuán), y que tras establecerse el Colegio comenzó a denominarse de San Acacio, como aparece en el plano de Sevilla de 1771 (hoy rotulada Pedro Caravaca). Así pues, el Colegio se insertaba en una gran manzana en pleno corazón de la ciudad, ocupando el ángulo entre Sierpes y León, por donde tenía su entrada.
     Muy poco se sabe de la configuración arquitectónica que tuvo San Acacio, cuya utilización para diversos fines, como hemos referido, dio lugar a sucesivas y variadas reformas, ventas parciales y demoliciones como la de la iglesia, que lo fueron desfigurando, conservándose en la actualidad solamente el patio principal. Por las escuetas notas que escribe González de León sabemos que al exterior sus muros eran de gran solidez, con grandes y adornados ventanales que iluminaban el interior. De la primitiva fachada a la calle San Acacio sólo se rastrean algunos moldurajes reutilizados y otros que los imitan, en la composición de la nueva crujía tras la adaptación del edificio a nuevos usos. Tanto el colegio como la iglesia eran de modestas dimensiones. En concreto sobre la iglesia señala este autor que "era pequeña y ni en su construcción ni en sus adornos tenía nada que observar con respecto a las bellas artes". El templo estuvo situado en el ángulo con la calle Sierpes por donde corría el muro del lado del evangelio, con entrada por la calle San Acacio, indicando este autor que no tenía portada. Empotrado en el muro exterior que miraba a Sierpes, a los pies de la torre se hallaba una losa sepulcral romana procedente de Itálica en posición acostada, en la que se leía la siguiente inscripción: "Q. FABIUS Q. QURIN. / FABIANUS ILURCO­ NEN / SIS IDEM PATRICIEN / SIS ANN. XXXXIIII JUST. / IN SUIS. H.S.E.S.T.T.L." (Quinto Fabio Fabiano, de la tribu Quirina, natural de Ilurco y ciudadano de Córdoba, hijo de Quinto, de edad de 44 años, junto con los suyos aquí está ente­rrado: séate la tierra ligera). En 1845 el Ayuntamiento acordó extraerla para depositarla en el Museo provincial, procediéndose a ello el miércoles 26 de marzo. La Academia de las Tres Nobles Artes que en aquel momento ocupaba el ya ex-colegio, manifestó su oposición, siendo finalmente restituida la lápida a su sitio el sábado 29 de marzo, colocándose en posición derecha para que se pudiera leer.
     Una de las escasas referencias documentales que hasta el momento existen sobre San Acacio es la firmada en julio de 1768 por el maestro carpintero de lo blanco Jacinto de Morales quien alquila por veinte años, a razón de noventa reales anuales, un solar propiedad de San Acacio situado en la calle Sierpes a espaldas del altar mayor del templo. De los datos de la escritura se desprende que hasta esa fecha los agustinos no habían podido edificar la sacristía por falta de medios económicos, "ninguna había para el uso y servicio de la referida iglesia lo qual se había tratado de hacer con el dicho Jacinto de Morales". En efecto, éste, en compensación por la parte del solar que se le otorgaba donde establecer su obrador "para su exercicio con vivienda alta y baxa", se obligaba a labrar a su costa la sacristía, en la restante parte del solar que tenía "un colgadizo y sitio cubierto con su suelo hollado de cinco a seis varas quadradas"; si verdaderamente se llegó a construir hubo de ser un rectángu­lo de ocho varas de largo por cinco de ancho y cinco de alto, con dos claraboyas con vidrio y dos puertas con sus correspondientes postigos de madera de caoba y clavos de metal, con una salida a la iglesia y otra al claustro.
     El claustro, en donde se distribuían los dormitorios y demás estancias precisas para la comunidad, es el único elemento conservado y constituye un bello y singular ejemplo de patio barroco conventual sevillano. Es obra de Leonardo de Figueroa, cuya fecha de ejecución se ha situado en torno a 1690 y cuya organización arquitectónica, elementos estructurales y decorativos recuerdan al claustro de San Pablo que por estas fechas labraba este arquitecto. Es de planta cuadrada y dos pisos de altura, el bajo presenta cuatro arcos de medio punto en cada frente sobre pilares rectangulares con pilastras de ladrillos rojizos avitolados, con decoración de mascarones en la zona superior que enmarca las enjutas del arco en las que se insertan adornos vegetales. El segundo cuerpo presenta los característicos balcones de Figueroa, ricamente decorados con guarniciones vegetales y moldurajes mixtilíneos, jarrones, ménsulas, cabezas de niños, etc.; en correspondencia con los pilares de la planta baja, los balcones se hallan flanqueados por semicolumnas con traspilastras de ladrillo avitolado, semicolumnas que son salomónicas en sus dos tercios superiores decoradas con labor de trépano y hojas de vides y laurel. Esta riqueza ornamental elaborada con ladrillo, barro cocido y yeso favorece el rico juego de texturas y colores que contrasta con el blanco de los muros, cromatismo que a su vez potencia los elementos estructurales que articulan este patio, magnífico ejemplo del barroco polícromo sevillano practica­do por Leonardo de Figueroa en sus numerosas obras, en las que el arquitecto se manifiesta como un gran decorador.
     La documentación manejada apenas trata de la configuración arquitectónica de la Biblioteca, sobre la que sólo podemos hilvanar algunos datos bastante imprecisos. La generosa donación del cardenal Molina hubo de instalarse en una sala alta del Colegio a la que el público accedía por la calle Triperos (actual Velázquez). En 1775 el Conde del Águila fue nombrado por el Ayuntamiento comisionado para la Biblioteca y gracias a sus diligencias se realizaron en ella obras de mejoras según se recogen en el reconocimiento y aprecio que el 9 de septiembre de 1776 realizaron el maestro mayor de los Alcázares Ignacio Moreno y el maestro de obras de carpintería Manuel Nicolás Vázquez. En el informe se dice haberse abierto la puerta a la calle Triperos, entrada directa a la biblioteca para el público que evitaba pasar por el interior del Colegio, "de tres varas de alto y dos tercias de ancho" y arriba de la pared "que según parece, se labró de nuevo, de tres varas de alto y cinco de ancho", se colocó el escudo de armas de la Ciudad, labrado en piedra y adornado con algunas guarni­ciones. A la derecha de esta entrada había un "lugar común de tres varas de largo y una y media de ancho con cubierta de colgadizo de madera de segura, tablazón de flandes encintado y tejado de canal y redoblón todo nuevo", a lo que seguía la caja de escalera, hecha igualmente nueva, "de nueve varas de largo y dos tercia de ancho, con media mesa en su principio y otra entera al fin, soldada con losas de Génova, y en ellas dos ventanas con sus rejas, bastidores y trece cristales, cuya escalera se compone de quince peraltes y catorce huellas". Algunas de las ventanas del refectorio quedaron tapadas con la construcción de la nueva escalera por lo que se abrieron nuevos vanos en el testero de éste que daba a la calle. Se hizo nueva la puerta de acceso a la biblioteca, situada a mano derecha del descansillo superior de la escalera, "de madera de flandes de tableros y forrada con tablas corridas y clavos de metal". En la sala principal de la biblioteca se hicieron tres claraboyas protegidas con rejillas y cristales y a la ventana que abría a la calle se le pusieron puertas de cristales; asimismo se arreglaron los estantes. Un tránsito que comunicaba con la escalera principal del colegio se aprovechó para colocar estantes y poner postigos con cristales a la ventana. A mano izquierda de esta pieza estaba el gabinete en el que se arreglaron tanto la ventana que daba a la calle como otras que quedaban en su testero derecho. El costo de la obra ascendió a un total de 14.765 reales de vellón, cantidad en la que se incluía el nuevo mobiliario compuesto por dos mesas de caoba con herrajes, nueve escaños, diecisiete sillones y dos cuadros con sus molduras, una para un lienzo de la Virgen de Guadalupe y otra para las Armas de la ciudad. (el desglose de esta cantidad era 7.320 reales por los trabajos de albañilería, 5.431 por los de carpintería y 2.014 por los muebles). Los maestros peritaron las obras como satisfactorias y propusieron ampliar la angosta escalera anexionando parte de la despensa del Colegio contiguo al lugar común, como queda recogido en el dibujo que realizaron, formando un tramo mayor con meseta en escuadra; asimismo se amplió la puerta principal de acceso de la calle Triperos, con portada con cornisa, frontón y remate, anulándose la puerta actual que se convertiría en ventana dejando el escudo donde estaba.
     En 1788 el Cabildo de la ciudad acordó comprar el sitio contiguo para realizar esta propuesta de ampliación, para lo que parece se había hecho suscripción pública, encargando al arquitecto Félix Caraza la realización del proyecto. Pero las reformas no se llevaron a cabo pues en 1790 aún se menciona la proyectada ampliación, y que parece nunca se llevó a efecto, lo que estuvo determinado por las desavenencias entre la Orden y el Ayuntamiento, que en el cabildo celebrado el 19 de octubre de 1791 acordó suspender la asignación de los ciento cincuenta ducados anuales que otorgaba para ayuda de la biblioteca y sus bibliotecarios. Este estado de cosas continuó hasta 1803 en que se reanudaron las relaciones; la biblioteca, que había permanecido cerrada, se reabrió al público, se nombró a fray Antonio Ruiz bibliotecario y se colocó el 13 de noviembre de ese año una lápida conmemorativa en la fachada con la siguiente inscripción: D.O.M. / HISPALENSI AMPLISSIMO XXIV VIRO / RUM ORDINI CL QUE FRANCISCO / MANSO MARCHIONI DE RIBAS GENE / RALI PROCURAT BIBLIOTECA AB / EMM. CARDINALI DE MOLINA ERECTA / MODO CONTENTIONIBUS INTERCLUSA / SALUBERRIMO S.C. RENOVATA LAR / GIORI­ BUS AUCTA REDITIBUS PATE FAC / TA QUE UNIU AUGUSTINIANORUM / PROVINCIA VOTI COMPOTE SIBI QUE / GRATULANTES IN CONCORDIAE PUBL. / FELICITATIS ET GRATOS ANIMORUM / TESTIMONIUN F. ANTONIUS RUIZ / BIBLIOTHECAE PRAEFECTUS HOC MO / NUMENTUM POSUIT IDIBUS NOVEMB. / ANNO M.D.CCCIII. (A Dios Óptimo Máximo. Al ilustrísimo Ayuntamiento de veinticuatros de Sevilla, y al esclarecido Francisco Manso, marqués de Rivas, su procurador mayor. La biblioteca erigida por el eminentísimo cardenal de Molina, cerrada en este tiempo por disgustos, ahora fue abierta con rentas, renovada y aumentada con dones por muy saludable acuerdo del Senado, con gozo y satisfacción de la provincia de los Agustinos, en testimonio de cuya concordia, de deseo por la pública felicidad y de su agradecimiento. Puso esta memoria el bibliotecario fray Antonio Ruiz, en 13 de noviembre de 1803).
RETABLOS Y ESCULTURAS
     No se conocen hasta el momento los retablos y esculturas que hubo de poseer, en mayor y menor medida San Acacio. Solamente hemos hallado la referencia a una Nuestra Señora del Buen Aire existente en la iglesia desde al menos 1728, imagen de vestir en cuyo honor se consagró el rezo del Rosario en pública procesión formada por hombres, en las primeras horas de la noche, a lo que se agregarían devotas mujeres en 1758, que lo rezaban todas las tarde de los días festivos. La imagen pasó en fecha desconocida a la parroquia de San Bernardo, colocándose en un retablo moderno en la nave del evangelio hasta su destrucción en el incendio de 1936.
PINTURAS
     Sobre el patrimonio pictórico del Colegio de San Acacio nada queda recogido en las obras de Antonio Ponz, Ceán Bermúdez o González de León, ni en las referencias documentales que hemos manejado. Sólo Montero de Espinosa refiere la existencia en la Biblioteca de los retratos del Cardenal Molina, de Nicolás Antonio, de Diego Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo y Juan Lucas Cortés. Salvo el último que no ha sido identificado, todos se conservan en el Ayuntamiento de Sevilla, a donde pasarían tras el cierre de la Biblioteca en 1836. A esta serie de ilustres sevillanos vinculados con las artes y las letras se añade el retrato de Diego Ortiz de Zúñiga que igualmente se halla en el consistorio. El retrato del Cardenal don Gaspar de Molina presidía la sala principal de la Biblioteca, como quedó estipulado en la donación, y está representado a tamaño natural, de pie, mirando de frente al espectador y respaldado por anaqueles repletos de libros, en clara alusión a la rica librería que llegó a reunir y que donó a la ciudad. Sostiene un papel con la mano derecha que a la vez apoya sobre una vistosa mesa que deja ver una de sus patas ricamente tallada. En el ángulo inferior derecho se sitúa una doble cartela barroca con el escudo del cardenal en la zona superior y en la inferior una larga inscripción que refiere su trayectoria vital con sus méritos y destacados cargos. La obra, cuya ejecución hay que situar a mediados del XVIII, es de correcta factura pero su dibujo seco y poco expresivo hacer pensar que sea una copia de taller del original pintado por Alonso Miguel Tovar, actualmente en paradero desconocido.
     Sobre el retrato de Juan Martínez Montañés hay que señalar que pese a no estar firmado, su atribución a Francis­co Varela resulta segura desde que ya fuera referida por el Conde del Águila, quien lo donó a la biblioteca en los años que estuvo comisionado por el Ayuntamiento para gestionarla. El escultor está representado sobre un fondo oscuro, de medio cuerpo, vuelto tres cuartos hacia la izquierda y vestido con traje negro con golilla rizada y blanca en el cuello y bocamangas. Sostiene una gubia y una pequeña estatuilla que como según manifestó el Conde del Águila, corresponde al boceto del Santo Domingo de Guzmán penitente, realizado por el artista para el convento dominico de Porta Coeli de Sevilla, obra de la que se preciaba su autor. Su rostro, con barba corta y bigote mira de frente al espectador y está realizado con el habitual dibujo firme y sobrio de expresión de Varela, recogiendo la que hubo de ser la fisonomía real del escultor. Hay que señalar que en el reverso del cuadro aparece la inscripción "Original de Varela, año de 1646", año en el que el pintor había fallecido -murió en 1645- y en el que Montañés tendría setenta y ocho. Se trata sin duda un error de transcripción de la leyenda original cuando la obra fue reentelada, en que se puso 1646 en vez de 1616, año en que se hizo el retrato y en el que efectivamente el escultor contaba con 47 años de edad, tal y como aparece recogido en la inscripción de la parte superior del lienzo. El retrato de Bartolomé Estaban Murillo es una réplica del Autorretrato original de Murillo que se conserva en la Natio­nal Gallery de Londres, en la que se ha suprimido el marco fingido en el que se inserta la figura que sostiene la paleta de pintor. Según la inscripción que se lee en el reverso del cuadro fue copiado por Domingo Martínez, si bien la endeble factura hace dudar de su adscripción a este artista, para cuya ejecución el autor anónimo hubo de valerse de la estampa grabada por R. Collins en 1682. Posee el comple­mento escrito en la parte superior que identifica al retratado; su fecha de ejecución es de mediados del XVIII.
     El bibliófilo y escritor sevillano Nicolás Antonio se halla representado de medio cuerpo, sentado en un amplio sillón y mirando al espectador. Está vestido con sotana y manto con la Cruz de Santiago bordada en el lado izquierdo, por su pertenencia a esa Orden que le fue otorgada por Felipe IV en 1645, quien además le nombró su agente en Roma. El perso­naje señala con la mano derecha una filacteria en la que se lee: "NOSCENTA EST MENSURA SUI". A la izquierda, en una mesa con tapete se disponen una campanilla y elementos alusivos a su actividad literaria como tintero, pluma y un grupo de cinco libros apilados, en cuyos lomos se leen sus títulos. La composición se completa con un cortinaje rojo recogido a la derecha, y en el ángulo superior izquierdo una puerta por la que se ve un patio en último término. El lienzo presenta unas calidades muy sumarias, de dibujo seco e inex­presivo que lleva a pensar que sea copia anónima del último tercio del XVIII de un original más antiguo. En el ángulo superior izquierdo lleva una inscripción con su nombre.
     El retrato de Diego de Silva y Velázquez es un busto de tamaño natural, copia del autorretrato del pintor que se conserva en el Museo de Valencia. Se halla representado a la edad de cuarenta años aproximadamente, con melena corta y bigote, y está vestido con traje negro y la típica golilla blanca en el cuello. Dirige su mirada directamente al espectador y en la parte superior del lienzo se lee la siguiente inscripción: "DN. DIEGO VELAZQUEZ DE SILVA CAVº / DE LA ORDEN DE SN TIAGO PINTOR DE FELIPE IV NATURAL DE SEVILLA". Es igualmente obra anónima del último tercio del XVIII.
     Por último se conserva en el Ayuntamiento, procedente de la Biblioteca de San Acacio, el retrato del analista y veinti­cuatro de Sevilla D. Diego Ortiz de Zúñiga, cuya representa­ción sigue prácticamente el esquema de los anteriores, al representarlo en busto a tamaño natural, vestido con el hábito de Santiago, con melena corta y bigote y mirando al espectador. Está inserto dentro de una gran cartela oval barroca que imita el mármol blanco, que es sostenida por dos niños, y con el escudo de su linaje en la parte superior, consistente en un lucero rodeado de rosas, partido con banda orlada de las cadenas de Navarra, sobre la cruz de la Orden de Santiago. En el pedestal aparece la siguiente inscripción: "D. DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA CAV.ro DE ORDE.n DE SANT.go 24 DE / SEV.a Y AUTOR DE LOS ANALES ECLESIAST.os Y SECUL.res DESTA CIUD.ad Y DEL / DISC.os GENEAL.cos DE LOS ORTIZES Y MANUEL.es DE SU UN.ge FALLE.do Aº. DE 1680 Alas. 44 DE EDD." En el reverso del lienzo se lee: "DON DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA. LO PUSO EN ES/TA LIBRERÍA DEL SR. SN. ACACIO. A SU COS/TA DON JOSE ORTIZ DE ZÚÑIGA. MAR / QUES DE MONTE FUERTE, 24 DE / SEVILLA. SU NIETO AÑO DE 1751", año en que se puede situar su ejecución por un maestro anónimo que se pudo basar en un probable original de Murillo (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Acacio y los diez mil mártires del monte Ararat
LEYENDA
     Centurión cristiano en Capadocia, Acacio habría sido el jefe de diez mil legionarios mártires quienes, al negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos, fueron empalados sobre el monte Ararat.
     Los emperadores Adriano y Antonino habían salido en campaña contra los rebeldes de la región del Éufrates, cuyo número alcanzaba los cien mil hom­bres, con un ejército de nueve mil, en el cual servía Acacio. La lucha era de­sigual, pero un ángel se apareció a Acacio y a sus soldados para anunciarles que si invocaban al verdadero Dios, Jesucristo, conseguirían la victoria. El pequeño ejército, dispuesto a huir, se convirtió y pudo derrotar a sus enemigos.
     El ángel los condujo al monte Ararat. Los dos emperadores, asistidos por siete reyes paganos, intentaron forzar a los nueve mil soldados cristianos a renegar de su fe. Los hicieron flagelar, coronar de espinas, lapidar; pero las piedras se volvían contra los verdugos cuyas manos se secaban. Sin dejarse espantar por las torturas, otros mil hombres de los ejércitos paganos se unieron a los mártires cuyo número alcanzó los diez mil.
     Al fin, todos fueron crucificados o empalados. Hacia la sexta hora los már­tires pidieron a Dios que todos aquellos que celebraran su memoria pudieran gozar de salud en cuerpo y alma; una voz del cielo les aseguró que su plegaria sería satisfecha. Los ángeles enterraron los cadáveres que un seísmo había hecho caer de la selva de cruces.
     La fábula de este martirio colectivo se forjó en el siglo XII, de acuerdo con el modelo de la leyenda de los mártires de la Legión de Tebas, para inspirar valor y confianza a los cruzados. Es una duplicación de la leyenda de san Mauricio y sus compañeros, e incluso forma pareja con santa Úrsula y la ma­tanza de las once mil vírgenes por los hunos.
     El nombre de Acacio explica el género de suplicio que padecieron los már­tires del monte Ararat.
     En la Edad Media esa palabra designaba al árbol espinoso que en la actualidad llamamos acacia, según una forma tomada del latín en el siglo XVII. Acacio evocaba la idea de punta, espina (griego akis). De ahí que se imaginara que el santo y sus compañeros fueran flagelados con espinas, que habían sido condenados a caminar descalzos sobre puntas de hierro y empalados sobre ramas de acacia aguzadas.
     En consecuencia, la leyenda habría sido engendrada por la etimología popular, al igual que las de san Cristóbal, san Hipólito y tantas otras.
CULTO
     Las reliquias de san Acacio y sus comártires se veneraban en Roma, Bolonia, Colonia y Praga. Pero su popularidad, que se remonta a la época de las cruzadas, alcanzó su apogeo en el siglo XV y comienzos del XVI, y está probada sobre todo en Suiza, después de las batallas de Granson y Moral, y en Alemania, donde san Acacio fue incluido entre los Catorce Intercesores (vierzehn Nothelfer), a causa de la promesa que le hiciera un án­gel en la hora de su muerte. Se lo invocaba sobre todo para socorrer a los agonizantes.
ICONOGRAFÍA
     Así se explica la riqueza de su iconografía en el arte germánico de finales de la Edad Media, sobre todo en Franconia y en Baviera, cunas del culto de los Catorce Intercesores.
     Está representado con una armadura de legionario romano o de caballero, ya con la espada y el crucifijo para señalar su condición de soldado cristiano (miles christianus), ya con una rama espinosa de acacia aguzada que se puede interpretar como armas parlantes y al mismo tiempo como el instrumento de su martirio, e incluso con una corona de espinas.
     De manera excepcional está transformado en obispo, aunque sólo se hable de su episcopado en la leyenda.
     Al margen de las representaciones aisladas de San Acacio, con frecuencia los pintores se han ocupado del martirio colectivo de los diez mil legionarios arro­jados desde lo alto de un peñón a un precipicio donde se clavan en estacas, o crucificados sobre el monte Ararat (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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domingo, 14 de junio de 2026

Un paseo por la calle Descalzos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Descalzos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Descalzos es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en los Barrios de la Alfalfa, y San Bartolomé; en el Distrito Casco Antiguo; y va de la plaza del Cristo de Burgos, a la plaza de San Ildefonso.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
      El tramo comprendido entre la plaza del Cristo de Burgos y Alhóndiga era conocido al menos desde mediados del s. XVII, por Sopa, pues los frailes del convento de los Trinitarios Descalzos acostumbraban a re­partirla entre los necesitados que se acercaban; desde mediados de la siguiente centuria recibe la denominación de Campanas o Campanas de los Descalzos, por la torre de la iglesia del convento que todavía se conserva. El segundo tramo es conocido, al me­nos desde 1575, como Sucia, nombre que compartía con otras de Sevilla, por razones que serían obvias. En 1845 ambas calles se unifican bajo la denominación que hoy conserva. Santiago Montoto recoge también las denominaciones de Zapatería Vieja y Morería, pero no ha podido ser comprobado documentalmente. La calle es estrecha y posee un irregular trazado, con frecuentes entrantes y salientes. Por su angostura generalmen­te ha estado cerrada al tráfico, pero en 1882 se eliminaron los marmolillos y se abrió al tránsito de carruajes, lo que inmediatamente suscitó la quejas del vecindario, ya que rozaban y destrozaban las fachadas. Su pavimentación es de cemento extendido directamente, carece de aceras, está cerrada al tráfico rodado por medio de marmolillos de hierro colocados a la entrada de Alhóndiga y San Ildefonso. Cuenta con farolas de brazos de fundición adosadas a las fachadas. En el primer tramo se ha procedido en buena parte a la renovación del caserío primitivo por casas de pisos de cuatro plantas, a costa de la demolición de algunas de cierto interés; en cambio, en el segundo tramo predominan las viviendas tradicionales de patio de dos y tres plantas. Al principio de la calle se conservan restos de la antigua iglesia de los Descalzos y el campanario, oculto por una construcción reciente y de difícil perspectiva debido a la estrechez de la vía. En conjunto es una calle tranquila, que cuenta incluso con poco tránsito peatonal y que no cumple otra función que la residencial [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Descalzos, 1 acc. y 3
. En estos números se conservan restos de la antigua iglesia del convento de los Descalzos, destacando la torre.
Descalzos, 4 (derribada). En esta casa existe una cancela fe­chada en 1846.
Descalzos, 6 (derribada). Esta casa posee un patio de colum­nas en planta baja, y balcones separados por pilastras en la superior.
Descalzos, 10. Casa de dos plantas y ático, de tipo popular [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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La calle Descalzos, al detalle:

miércoles, 3 de junio de 2026

La imagen de San Juan Grande, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Juan Grande, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de Sevilla
     Hoy 3 de junio, en Jerez, en la región española de Andalucía, San Juan Grande, religioso de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios, insigne por su dedicación a los cautivos, abandonados y marginados, que, cuidando de los apestados durante una epidemia, falleció al haberse contagiado (1600) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la imagen de San Juan Grande, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de Sevilla.
     La Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios, se encuentra en la plaza del Salvador, 9; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el centro del cuerpo principal del Retablo Mayor, cuyo perfil sobresale ligeramente, se coloca la hornacina donde se venera la Virgen de la Paz, flanqueándose por dos grandes columnas estriadas de orden corintio, decoradas en su parte inferior con elementos vegetales y un medallón con el escudo de la orden. En los extremos se colocan las tallas de San Juan de Dios y San Juan Grande...
   ...La primera noticia de la existencia de una efigie del por entonces beato Juan Grande nos la proporciona un inventario de 1876, situada en una mesa de altar según se entraba por la sacristía, aunque esta nada tiene que ver con la que hoy en día se venera en el retablo mayor. Conocemos la petición realizada por los hermanos al arzobispo, el 14 de marzo de 1881, por la que solicitaban que se le concediera una talla de Santo Tomás de Aquino que se localizaba en la iglesia de San Jacinto, sin tener colocación ni culto alguno; los hospitalarios quería darle culto bajo la advocación del beato Juan Grande, ya que carecían de una imagen de esta advocación. Del informe escrito  por el capellán de San Jacinto, Eusebio Ortega, fechado tres días más tarde, sabemos que se había dejado a la comunidad de San Juan de Dios para los cultos de su patrono, con la condición de que una vez concluidos se devolviera "para colocarla con San Pío 5º en dos nichos que al efecto he mandado hacer á los laterales del altar mayor que se hallan cubiertos con dos cuadros de lienzo mientras el que suscribe puede hallar medios de poderlos vestir decorosamente". El día 18 el arzobispo Joaquín Lluch rechazó la petición de los hospitalarios y ordenó que fuera trasladada y entregada al citado capellán.
     Sea como fuere, lo cierto es que al devolver al santo dominico se quedaron sin una imagen que representara al citado beato, canonizado en 1996. Así lo confirmamos en un inventario de 1890, en el que no se menciona ninguna talla de esta advocación. Es José Gestoso en el tercer tomo de su Sevilla monumental y artística, fechado en 1892, quien localiza una efigie del beato en el retablo mayor, en el mismo lugar donde todavía permanece. En el libro de cuentas de 1880 a 1901 tenemos los asientos de quinientas pesetas, en el mes de diciembre de 1894, pagadas a un escultor por empezar la efigie del beato Juan Grande; meses después, en octubre del año siguiente, se anotan mil pesetas por la escultura del citado beato. Por tanto, nos encontramos en los mismos años en que se transformó profundamente, como ya vimos, la imagen de San Juan de Dios, afianzando así la idea de que estamos ante un mismo autor. Desde luego se puede apreciar que sus hábitos siguen el mismo patrón, igualdad que si cabe es mayor en sus motivos decorativos vegetales y florales, que son exactamente los mismos. La efigie de San Juan Grande (1,69 m) es una obra de discreto interés, su rostro muestra una expresión quizás poco conseguida, basada en sus ojos de cristal, su mirada levemente alzada y su boca entreabierta, lo que permite contemplar sus dientes (Francisco Manuel Delgado Aboza, La Iglesia de Nuestra Señora de la Paz. Orden de San Juan de Dios. Arte Hispalense, 177. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2019).
Conozcamos mejor la Biografía de San Juan Grande, religioso;
     San Juan Grande Román, Juan Pecador. (Carmona, Sevilla, 6 de marzo de 1546 – Jerez de la Frontera, Cádiz, 3 de junio de 1600). Religioso hospitalario de San Juan de Dios (OH), fundador del hospital de esta ciudad y copatrón de la diócesis de Jerez de la Frontera.
     De la figura señera de san Juan Grande Román cabe destacar que surgió de la hospitalidad de Jerez de la Frontera y fue ferviente hijo de san Juan de Dios. Su vida es fiel ejemplo, vivido por los primeros hermanos de la fraternidad hospitalaria de Granada, de la escuela del fundador.
     Juan Grande Román fue bautizado a los pocos días de nacer en la parroquia de San Pedro. Fueron sus padres Cristóbal Grande e Isabel Román, humilde matrimonio cristiano. Su padre, artesano de oficio, falleció cuando Juan Grande tenía once años. Recibió una esmerada educación cristiana en el seno familiar y desde los siete años como niño de coro en la misma parroquia de San Pedro donde había sido bautizado.
     Completó su formación humana y profesional en Sevilla, aprendiendo el oficio de pañero o tejedor de telas. A los diecisiete años volvió a la ciudad natal, donde trabajó como autónomo, vendedor de telas, pero por poco tiempo, pues el mismo oficio lo hizo entrar en una profunda crisis espiritual.
     Abandonó su familia y ciudad y se retiró a una ermita de Santa Olalla (Marchena). Se dedicó a la oración, buscando con ansia cuál era la voluntad de Dios sobre su vida. En 1565 se fue a Jerez de la Frontera y allí dejó su ropa de seglar y se vistió un hábito de jerga y adoptó el sobrenombre de Juan Pecador, con el que será siempre conocido. Inició una nueva experiencia atendiendo a ancianos pobres.
     En Jerez de la Frontera, por consejo de un padre franciscano se dedicó a atender a los pobres de la Cárcel Real y a algunos enfermos convalecientes que acogía.
     Tuvo una aparición de Cristo todo ensangrentado que le impresionó mucho y marcó su alma de buen samaritano. En una sala aneja a la capilla de la Virgen de los Remedios, en un pequeño hospital con ocho camas, los acogía y para ayudarlos, atenderlos y socorrerlos pedía limosna por la ciudad.
     Poco a poco aumentaban las necesidades y determinó ampliar el local; ello le ocasionó disgustos con los cofrades de la Hermandad de la Virgen de los Remedios, que se lo impidieron. Era el año 1567. Mientras tanto, consiguió un nuevo local junto a la iglesia de San Sebastián (o Letrán), que le dejó dos enfermerías del hospital de San Sebastián y allí pudo organizar su hospital en mejores condiciones. Él seguía con la idea de crear y fundar un hospital nuevo, con avances tecnológicos, calidad en la asistencia y medicinas, con nuevos criterios y conceptos en la forma enfermerística de atender a los acogidos, con una mentalidad nueva.
     El 11 de mayo de 1572 llegó a un acuerdo con la Hermandad de Letrán que le cedió unos terrenos, parte de su camposanto, para que pudiera edificar a sus expensas un nuevo hospital, Nuestra Señora de la Candelaria, y dirigirlo por sí mismo mientras viviera; luego la construcción quedaría a disposición de la hermandad. Comenzó trabajando en solitario, pero viendo su ejemplo pronto le llegaron refuerzos para tan humanitaria labor. Firmó el acuerdo con la hermandad y se dedicó a construir el hospital. Poco a poco fueron surgiendo las enfermerías, la cocina, la despensa, los patios y demás espacios del hospital.
     Viendo tantos pobres a su alrededor, dedicó el hospital a los más necesitados, a los convalecientes, a los incurables. Su hospital estaba siempre abierto día y noche para todos, y a los que no recibían en otros hospitales de la ciudad por ser incurables, él, gustoso, los acogía para evitar el espectáculo del abandono de los mismos, que morían por las calles como perros o aparecían muertos en los portales.
     Fue ampliando su hospital en diferentes etapas. El hospital se mantenía con una pequeña renta y en su mayoría de limosna.
     La fraternidad hospitalaria fundada por san Juan de Dios, ha calado y trascendido por toda España. La caridad y hospitalidad que prodigan sus hermanos y continuadores en Granada y otros centros, es valorada y respetada en Madrid, Lucena, Córdoba. Recientemente había sido aprobada el 5 de septiembre de 1571 por san Pío V, por bula papal, como verdadera religión, lo que le daba carácter jurídico de congregación religiosa. Podían fundar otros hospitales y extenderse por todo el mundo.
     Conoció la obra fundada por Juan de Dios en Granada y continuada por sus discípulos. La visitó y se unió a ella con su hospital en 1574, acogiéndose a las reglas y aplicando su hospital y forma de vida como lo hacía Juan de Dios. De su entrega ejemplar y testimonio derivó que se fueran uniendo varios compañeros y, en consecuencia también, que pudiera con el tiempo ir ampliando su campo de acción asistencial en otras ciudades. Hizo la profesión religiosa como verdadero hermano hospitalario de Juan de Dios, y vivió los consejos evangélicos de obediencia, pobreza, castidad y hospitalidad con ejemplar entrega diaria.
     Tuvo parte activa e importante en la reducción de hospitales. El cardenal arzobispo de Sevilla le encargó que llevase a efecto esta tarea en la ciudad de Jerez.
     Suponía esta reducción la desaparición de algunos hospitales y la permanencia de unos pocos, los cuales abarcaran todas las necesidades hospitalarias del lugar.
     Se buscaba una mayor eficacia hospitalaria; pero la medida, al mismo tiempo, lesionaba otros intereses de no pocos, apegados a los hospitales no tanto para servir a los enfermos, cuanto como medio de beneficios personales y familiares. Se logró la reducción el 11 de febrero de 1593 y con ello se consiguió constituir y organizar en Jerez los tres hospitales. Esto exigió a Juan Pecador la ampliación de su hospital, con más camas, servicios y personal, y así poder atender cuantas necesidades se podían presentar.
     Juan Grande, siguiendo los estatutos de Juan de Dios, ejercía en el hospital como superior de la comunidad religiosa y como maestro de novicios, de los que querían seguir la misma vocación. Era el hermano mayor, administrador y responsable máximo del mismo, velaba para que todo fuera hecho con orden, eficacia y caridad, compartiendo con los hermanos otras responsabilidades, e incluso tenía en el hospital un mayordomo, médicos, enfermeros y sirvientes.
     Juan Pecador, se dedicó en cuerpo y alma a la tarea externa de buscar, cuidar y servir a los pobres y enfermos, a recorrer calles y pueblos buscando limosnas y a multiplicarse en multitud de obras de misericordia.
     Su labor asistencial se extendía además a los soldados enfermos, a las mujeres prostitutas e incluso a los niños enfermos y pobres, como catequista.
     Toda su vida exterior de trabajo estaba fundamentada en su vida de fe y de oración y era la clave de su espiritualidad; vivía dedicado plenamente a su comunidad y al Hospital.
     En 1600 se presentó en Jerez una epidemia de peste, durante la cual Juan Pecador se prodigó con todas sus fuerzas y generosidad, y quedó contagiado. Cayó enfermo el 26 de mayo y murió el sábado 3 de junio de 1600 en su celda del Hospital de Nuestra Señora de la Candelaria, en Jerez de la Frontera.
     Pronto comenzaron las señales de veneración, que fueron en aumento día a día, en su primitiva y humilde tumba. Tras un largo proceso, fue beatificado por Pío IX el domingo 13 de noviembre de 1853 y canonizado por Juan Pablo II el 2 de junio de 1996. Fue proclamado patrón de la diócesis de Jerez en 1980 (José Luis Martínez Gil, OH, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la Iglesia del Hospital de Nuestra Señora de la Paz, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 16 de mayo de 2026

Experiencia Explicarte Sevilla: Visita "Sevillaneando", con Amelia, Jaime, Masé, y Alfredo

     Otra Experiencia ExplicArte Sevilla de la visita organizada para Amelia, Jaime, Masé, y Alfredo, que nos contactaron por ser familia y amigos, realizando la visita por la Sevilla de los Barrios de Santa Cruz, la Alfalfa, y Santa Catalina, como regalo de cumpleaños, porque con ExplicArte Sevilla tenemos la posibilidad de organizarte la visita que tu quieras.
     La ruta, siempre enfocada en los aspectos arquitectónicos, artísticos e históricos, y por supuesto, también en los gastronómicos, se inició en la c/ Joaquín Romero Murube, y el Patio de Banderas, disfrutando de las vistas, centrándonos posteriormente en todo tipo de detalles y anécdotas de los exteriores de la Catedral, c/ Alemanes, c/ Mateos Gago, c/ Santa Teresa, c/ Lope de Rueda, plaza de los Venerables, plaza de Alfaro, plaza Santa Cruz, barreduela Carlos Alonso, c/ Ximénez de Encisoc/ Fabiola, c/ Aire, c/ Mármoles, c/ Cabeza del Rey Don Pedro,... finalizando en El Tremendo.
     Si quieres vivir una experiencia privada y personalizada a tu gusto, sólo tienes que contactar con ExplicArte Sevilla en Contacto, y a disfrutar del patrimonio e historia del lugar que elijas.










Más Experiencias ExplicArte Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

martes, 7 de abril de 2026

La lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.   
     Hoy, 7 de abril, es el aniversario del fallecimiento (7 de abril de 1877) de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea, personaje, cuyos restos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres, por lo que hoy es el mejor día para ExplicArte la lápida funeraria de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", en el Panteón de Sevillanos Ilustres, de la Iglesia de la Anunciación, de Sevilla.
     La Iglesia de la Anunciación [nº 25 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 48 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Laraña, 1; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro que se correspondería en la iglesia de la Anunciación con el del Evangelio, y a los pies del mismo, se encuentra la lápida de Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero", junto al de Amador de los Ríos. Es la última de las personalidades incorporadas al Panteón, trasladados sus restos desde el cementerio sevillano de San Fernando en mayo de 1999.
     Es una lápida muy sencilla y austera de mármol blanco, sin más comentario, en la que aparece grabado el texto:

CECILIA BÖHL DE FABER
"FERNAN CABALLERO"
+7 DE ABRIL DE 1877

Conozcamos mejor la Biografía de Cecilia Böhl de Faber "Fernán Caballero", personaje que protagoniza la lápida funeraria:
     Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea "Fernán Caballero". (Morges, Suiza, 25 de diciembre de 1796 – Sevilla, 7 de abril de 1877). Escritora.
     Es la primogénita del matrimonio formado por Juan Nicolás Böhl de Faber y Francisca Ruiz de Larrea. El padre, nacido en Hamburgo en 1770 y residente en Cádiz desde 1785 (donde su familia había establecido una casa de comercio sólida y prestigiosa), alternará su trabajo de comerciante y cónsul de las ciudades de la Hansa en Cádiz (1804) con el estudio apasionado de la cultura española. De familia protestante y educado en un ambiente liberal, se convierte al catolicismo en 1813, influido por la lectura de los místicos hispanos. El conocimiento de las obras de Schelling y de A. W. von Schlegel le inclina hacia la estética e ideología del romanticismo alemán, que constituye, junto a su fe católica, la base de su pensamiento conservador desde el que interpreta el pasado y la realidad contemporánea de la cultura y de la política españolas. En su evolución intelectual se siente influido por su mujer, Francisca Ruiz de Larrea, nacida en Cádiz en 1775 (de padre español y madre irlandesa) y con la que contrae matrimonio el 1 de febrero de 1796. Ese mismo año viajan a Alemania para visitar a la familia de Juan Nicolás. En el trayecto pasan una temporada en la aldea suiza de Morges, donde el 25 de diciembre de 1796 nace su hija Cecilia. Ya en Hamburgo, conviven con la familia de Juan Nicolás hasta el otoño de 1797, en el que vuelven a Cádiz. La crisis económica provocada por la política imperialista de Napoleón afecta negativamente al comercio gaditano, lo que mueve a los Böhl a trasladarse en 1805 a Alemania con el ánimo de quedarse indefinidamente. Pero Francisca, que no logra adaptarse al clima y ambiente germánicos, decide volver a España con dos de sus hijas, mientras el marido permanece en Alemania con sus hijos Juan Jacobo y Cecilia. Ésta, cuya educación primaria se había encomendado en un principio a una institutriz belga, ingresa en 1807 en un pensionado francés de Hamburgo, donde se imparte una formación similar a la que se daba en el Centre Saint Cyr de París a las jóvenes de la aristocracia. Esto le facilita una esmerada educación y un perfecto dominio del francés, lo que explica que algunos de sus primeros relatos, como La Gaviota, los redactara inicialmente en dicho idioma.
     Francisca, establecida en Chiclana, escribe con frecuencia a Juan Nicolás, instándole a volver a España, retorno demorado por la invasión napoleónica hasta agosto de 1813. En 1814 regresa Fernando VII, cuya ideología absolutista comparten los Böhl, que aplauden las primeras medidas tomadas por el Rey, convencidos de que la mayoría del pueblo rechaza el sistema constitucional, según proclama Francisca en un panfleto titulado Fernando en Zaragoza, que escribe ese mismo año. Cabe subrayar, a propósito de dicho texto, que Francisca poseía unas dotes literarias nada desdeñables, como lo prueban sus diarios de viajes y su redacción de tipos y cuadros de costumbres. Este ambiente intelectual y literario de los padres favorece el temprano interés de Cecilia por la lectura y la escritura, la predilección por los temas costumbristas y, también, su inclinación posterior hacia la ideología conservadora.
     En 1815 Cecilia conoce a un joven capitán, Antonio Planells, que se encontraba en Cádiz en espera de ser destinado a Puerto Rico, con el que se casa el 20 de abril de 1816; a los tres días embarcan hacia dicho país. Pero, muy pronto, les sobreviene una desgracia: “A mi marido, hermoso joven de veinticinco años, esperaba un bello porvenir, pero a los pocos meses de casado murió de repente”. Cecilia, que sufre una gran conmoción (“estuve a la muerte”), es recogida por la mujer del capitán general, y permanece en su casa hasta que, recuperada, puede volver a España el 28 de junio de 1818. De la estancia en Puerto Rico hay una alusión a la belleza del paisaje, en su novela La Farisea: “Todas las gracias de la naturaleza se aglomeran en esta isla para hacer de ella un edén”.
     En el transcurso de 1820, Cecilia entabla relación con un aristócrata liberal, Francisco Ruiz del Arco, marqués de Arco Hermoso, con quien se casa el 22 de marzo de 1822. El matrimonio, que residirá habitualmente en su palacio de Sevilla, pasa temporadas en la finca La Palma, propiedad del marqués en el pueblo sevillano de Dos Hermanas, estancia que será de gran importancia para la futura actividad literaria de Cecilia. Ésta, siguiendo el ejemplo de su padre, comienza a recoger canciones, relatos populares, cuentos, refranes y breves textos orales de folclore andaluz que escucha de viva voz a los empleados de la finca, textos que transcribe y que trasladará más tarde a sus novelas y cuentos. Es ahora cuando esboza sus primeras creaciones literarias, entre las que figuran, según J. Herrero, “cientos de descripciones, bosquejos e incluso dos largas novelas” donde se transcriben “fragmentos de diálogos campesinos” de sus criados o de vecinos del pueblo, algunos de los cuales van a servir de modelo para ciertos personajes de sus relatos: Simón Verde, Gil, el Sochantre, la tía Juana, etc. Lo mismo ocurre con determinados asistentes a la tertulia que los Arco Hermoso mantienen en su palacio de Sevilla, donde acuden representantes de la alta sociedad y personalidades extranjeras como Washington Irving, W. Stirling y el barón Taylor, que será el modelo del “barón de Maudes” en la tertulia de la marquesa de Algar en La Gaviota.
     En cuanto a Washington Irving, había llegado a Cádiz en 1828 con el objetivo de conocer in situ las gentes, las costumbres y el folclore de España, motivo por el que entró en contacto con los Böhl y su hija Cecilia, que le ayudaron en su tarea. Irving recuerda en su Diario los encuentros mantenidos con la marquesa a partir del 24 de diciembre de 1828 y añade en una carta (6 de febrero de 1829) que la escritora redactó para él una serie de “anécdotas de la vida lugareña española”. De vuelta a Estados Unidos, en respuesta a una carta de Böhl (en la que éste le felicitaba por la publicación de Los cuentos de la Alhambra, 26 de febrero de 1833), Irving alude a un manuscrito que le había dejado Cecilia y que contenía “gran variedad de apuntes y observaciones muy interesantes y características esbozadas con mucha facilidad e ingenio”, manuscrito que dice guardar “cual tesoro” (26 de abril de 1833). En su respuesta, Böhl le comunica que Cecilia sigue ocupada en “trazar algunos bosquejos de la sociedad española y sus costumbres, y [...] pintar la alta sociedad de Sevilla”.
     En 1835 aparece en El Artista su primera publicación: se trata de un relato breve titulado “Una madre o el combate de Trafalgar”. Por esas fechas, el marqués de Arco Hermoso, que desde hacía tiempo sufría una tuberculosis pulmonar, afectado gravemente por una epidemia de cólera que asoló Sevilla en 1834, muere el 17 de mayo de 1835. En marzo de 1836, Cecilia viaja a Inglaterra; durante su estancia en Londres se encuentra con un joven aristócrata inglés, Federico Cuthbert, al que había conocido en El Puerto de Santa María, y con el que vive un amor intenso, que ella mantuvo en secreto, y del que se ha tenido noticia por unas cartas de la escritora publicadas en 1953 por S. Montoto. Su contenido pone en evidencia el trasfondo autobiográfico de una de sus más importantes novelas, Clemencia, en la que su protagonista, una joven viuda, se enamora intensamente del joven aristócrata sir George Percy, “cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustración, saber y gracia” seducen a la protagonista, que, sin embargo, termina apartándose de él al constatar con profunda decepción que el joven, “hastiado de todo” y “seco de corazón”, concibe esta relación como una simple aventura. Situación novelesca que concuerda con el tremendo desencanto de Cecilia ante la actitud análoga de Cuthbert, lo que mueve a la escritora a separarse “irrevocablemente” de él. Finalmente, en el relato de ficción, Clemencia encuentra un hombre sencillo y generoso con el que termina casándose. Desenlace similar al ocurrido en la historia real de Cecilia, que, desde España, comunica en su última carta a Cuthbert la noticia de su futuro matrimonio con un hombre “cuyo corazón puro y sublime como el cielo me amó como yo misma había amado”.
     El 17 de agosto de 1837 se celebra en la intimidad el casamiento con Antonio Arrom y Morales de Ayala, un jovencísimo abogado de Ronda, de veintitrés años (ella tiene cuarenta y uno), de salud enfermiza y escasa fortuna, dotado, a juicio de Cecilia, “de grandes facultades” y de notable sensibilidad artística y cultural, que se había enamorado apasionadamente de ella. Según su confesión, Cecilia se había resistido inútilmente a esta pretensión, pero, movida por un sentimiento de ternura y compasión hacia el joven, enfermo de tuberculosis, había aceptado por fin su propuesta. El insólito casamiento parece provocar comentarios malévolos y la incomprensión de los más, según palabras de Cecilia: “Me he sacrificado al ridículo y a las denigrantes críticas [...]. No hubo quien me comprendiera más que mi excelente y generosa familia”. Arrom, que para superar las dificultades económicas de la pareja, se ocupa en comisiones de venta de vinos con poco éxito, pretende, con el apoyo de su esposa, obtener un consulado, objetivo que no consigue hasta 1853. Mientras tanto, Cecilia se vuelca en la redacción y revisión de varios de sus más importantes textos literarios y realiza algunas gestiones para su publicación. Con este objetivo se dirige a un antiguo amigo de la familia, José Joaquín de Mora, director del periódico El Heraldo, en el que se publican, a partir de 1849 y en forma de folletín, cuatro de sus novelas: La Gaviota, La familia de Alvareda, Una en otra y Lágrimas. La primera, escrita originalmente en francés, fue traducida por Mora para la edición en folletín. Un dato interesante es la ocultación del nombre de Cecilia bajo el seudónimo de Fernán Caballero, ocultación que se debe, según la autora, a la defensa de la propia intimidad, la supuesta reticencia de los lectores ante la obra de una “literata” y el temor de ser tachada de extranjera por su apellido alemán, lo que podría provocar dudas sobre su capacidad para comprender y describir adecuadamente la vida popular española (carta a Juan Eugenio Hartzenbusch, 21 de julio de 1849).
     De las cuatro novelas mencionadas, la primera que redactó es La familia de Alvareda, basada en el relato de una historia real ocurrida en el pueblo de Dos Hermanas (el asesinato del joven campesino Ventura por parte de su amigo Perico, al descubrir “la infamia” de que su mujer Rita le ha sido infiel y constatar “toda la traición del amigo”) que la autora escuchó y transcribió en 1828, relato que reelaboró entre 1829 y 1833 con materiales e informaciones recogidas entre los campesinos de dicho pueblo. En el prólogo de la obra se percibe ya una concepción realista de la novela (narración de un “hecho real”, del que es “una relación exacta en lo principal”), un realismo costumbrista (“pintar las cosas del pueblo tales cuales son”, “sus ideas, sentimientos y costumbres”), en el que perviven, no obstante, elementos de filiación romántica (la presencia del bandido generoso, el robo sacrílego de una “lúgubre capilla”, el ajusticiamiento de Perico en el “estremecedor cadalso”, etc.). Por este carácter realista, de haberse publicado la novela al terminar su redacción, hubiera sido contemporánea de las primeras novelas de Balzac, con lo que Fernán se hubiera convertido en “una gran figura de la incipiente novela europea” (J. Fernández Montesinos).
     En cuanto a La Gaviota, se trata de una novela realista de costumbres (pinta “el estado actual” de la sociedad española, “la índole, aficiones y costumbres” de sus habitantes, “con exactitud y con verdadero espíritu de observación”), con la que Fernán trata de incorporar definitivamente el roman des moeurs a la manera de Balzac, al tiempo que elabora una novela regional que, en cierto sentido, es también novela de tesis, análoga a las primeras de Pereda. Como en éstas, se recrea el viejo tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: en la primera parte se describe un cuadro idílico de la aldea de Villamar, adonde llega exhausto, huyendo de la guerra, el médico Stein, que es recogido por personas sencillas, piadosas y solidarias (la abuela María, fray Gabriel...), que habitan en un viejo convento, símbolo de un pasado edénico, no contaminado por las “luces” de la civilización; en la segunda parte se narran los avatares de la joven pareja de Stein y Marisalada (Gaviota), dotada de grandes cualidades para el canto y el baile, que ella ambiciona desarrollar con su traslado a Sevilla y a Madrid (la “corte” corruptora), lo que va a producir su degradación moral: una ciega pasión amorosa que la arrastra al adulterio y al fracaso personal y social.
     En 1849 publica también Elia, una mezcla de novela histórica y relato de costumbres, que por su temática (drama de las dos Españas: al final del relato mueren dos hermanos alistados en campos contrapuestos: Fernando —absolutista— en defensa de Fernando VII en 1822; Carlos —liberal, enamorado de Elia— luchando contra el ejército francés enviado por la Santa Alianza para acabar con el régimen constitucional en 1823) y por su género constituye un preanuncio de los Episodios nacionales de Galdós.
     La acogida favorable de la crítica a estas primeras novelas anima a Fernán a volcarse en la escritura, revisión y publicación de sus textos, de forma que entre 1849 y 1853 da a la prensa un conjunto de relatos que constituyen lo mejor de su producción narrativa. En 1854 su marido es nombrado cónsul de España en Australia con residencia en Sidney. Durante su ausencia, Cecilia cuenta con el apoyo de algunos amigos: Matilde de Pastrana (condesa de Monteagudo), Fernando de Gabriel (presidente de la Academia de Buenas Letras de Sevilla), Fermín de la Puente (corrector de sus obras), los duques de Montpensier y el secretario de éstos, Antoine de Latour, que contribuye a que la obra de Fernán sea conocida en Francia gracias a un artículo publicado en Le Correspondant de París (25 de agosto de 1857), al que seguirán los de Ch. de Mazade y A. Morel-Fatio, entre otros. En 1856 comienza la edición de sus Obras completas realizada por Mellado.
     La fama de esta amplia producción literaria llega hasta la Corte (ese año recibe una carta del rey Francisco de Asís elogiando los “cuadros fieles de nuestro carácter y de nuestras costumbres nacionales”, animados por “hermosos sentimientos religiosos y monárquicos”), sabedora de las dificultades económicas de la escritora, por lo que los Reyes le comunican que sentirán una “gran complacencia” si acepta residir en el alcázar de Sevilla en una zona reformada “según le acomode”. Cecilia acepta el ofrecimiento y en 1857 se traslada a la nueva residencia, donde continúa su labor literaria. Pero una nueva desgracia se abate sobre ella: su marido, que ha venido de Sidney a visitarla, de vuelta a Australia y cuando se dispone a embarcar en Londres recibe la noticia de que su socio se ha fugado dejándole en la ruina y con deudas. Desesperado, se quita la vida, después de escribir a su mujer la “última carta”, indicándole que con su decisión busca evitarle “nuevas pesadumbres” que habrían de amargarla el resto de su vida. Cecilia, desolada, pensó retirarse al convento de las Dueñas de Sevilla, pero las monjas y la familia le disuadieron del intento.
     Desde 1859 lleva una vida retirada, ocupándose en la lectura, la creación literaria y su abundante correspondencia epistolar, al tiempo que se siente arropada por un círculo reducido de familiares y amigos, con los que charla sobre sus temas preferidos: literatura, sociedad y política. En este último aspecto sigue con gran inquietud los acontecimientos del Sexenio Democrático, desde la caída de la Monarquía hasta su restauración, que ella festeja postrada ya en la cama por la enfermedad. El 7 de abril de 1877 muere esta insigne escritora tan admirada por el encanto de su figura física y moral (hermosa, elegante, delicada, solidaria y creyente sincera) y por su significado en la historia de las letras españolas: es obligado destacar su labor como coleccionista y estudiosa del folclore, su autoría de cuentos y relatos breves de gran calidad estética, la promoción de una incipiente literatura infantil y (no obstante ciertas limitaciones debidas a su posición conservadora: exceso de didactismo moral y religioso y evasión de la problemática social hacia el pintoresquismo) el haber sido la iniciadora de la novela moderna en España en la etapa de transición del romanticismo al realismo (Demetrio Estébanez Calderón, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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