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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 28 de noviembre de 2025

La desaparecida Puerta del Arenal

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta del Arenal, de Sevilla.
      La Puerta del Arenal, se encontraba en la plaza Puerta del Arenal, en su confluencia con las calles Arfe, y García de Vinuesa; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Estaba situada al final de la calle García Vinuesa -antigua calle de la Mar-, en la confluencia de las calles Harinas, Federico Sánchez Bedoya -antigua Baiona-, Castelar -anteriormente Molbiedro y de la Laguna- y Arfe -antigua calle del Pescado-.
     Este topónimo no aparece documentado en las fuentes musulmanas, aunque sí en los documentos castellanos de los siglos XIII, XIV y XV.
     Esta puerta se ha identificado con la bab al-Faray de las fuentes musulmanas.
     En cuanto al origen de este topónimo, la historiografía sevillana es unánime al relacionarlo con un arenal que mediaba entre la ciudad y el río, es decir con la existencia de una playa fluvial.
     Acerca de la primitiva estructura de la puerta islámica, tenemos una noticia que figura en los Papeles del Mayordomazgo, fechada en 1386 y que hace referencia al empleo de madera en la construcción de una torre nueva, así como a la existencia de un "alcaçarejo de ençima de la puerta del arenal". Sabemos también, gracias a otro documento de los Papeles del Mayordomazgo fechado en 1403, que estaba protegida por barbacana, a la que quizás pueda identificarse con el muro, derribado en el siglo XV, que se encontraba frente a ella y le servía de defensa.
     Por lo tanto, se trataría con toda probabilidad de una torre puerta con acceso en recodo único y protegida por barbacana.
     Por otra parte, la intervención de Hernán Ruíz en esta puerta la conocemos a través de dos referencias documentales. Por una parte, la que figura en el documento de 20 de agosto de 1560, en el que se ordena que "la puerta del Arenal se alçe porque esta muy baja y angosta".
     Por otra, la que figura en la propuesta de la Comisión nombrada por el Cabildo el 7 de febrero de 1567 como respuesta a un Memorial de Hernán Ruíz, leído ese mismo día y en el que reclamaba que se le retribuyese su actividad: "Vimos en lo que se a ocupado el maestro mayor, la razon que dio para la obra de la puerta del Arenal y todo el tiempo que duro para que se fiçiese conforme a las condiciones y trazas y muestras; del metal y fierro que en la dicha puerta se puso y lo demás que enella se trabajó". En este sentido, sabemos que en estas obras intervino como "maestro mayor de la obra de cantería" un tal Juan Cabello.
     A partir de ambas referencias, así como de los testimonios iconográ­ficos, es posible concluir que las obras consistieron en la edificación de una construcción de nueva planta, que constaría de un arco de medio punto flanqueado por dos pilastras sobre las que descansaba un entablamento cuyo frontón estaría rematado por acróteras.
     En el siglo XVIII esta puerta sería objeto de dos intervenciones que conocemos a través de la historiografía y la iconografía: en 1734 y 1757.
     La intervención de Hernán Ruíz concluiría en 1566 con la colocación de dos lápidas con inscripciones: una, en latín, en honor de Felipe II en la fachada exterior, y la otra, en castellano, en conmemoración de las obras, en la interior.
     En esta puerta se colocaron otras dos inscripciones que, a través del dibujo de Tovar y la historiografía, sabemos que se encontraban en el friso del entablamento, tanto al interior como el exterior y en letras mayúsculas.
     Sin embargo, a la hora de fecharlas nos encontramos con que existe una contradicción entre iconografía e historiografía, puesto que el dibujo de Tovar lo hace en 1734, mientras que González de León en 1757. Ahora bien, el hecho de que no aparezcan recogidas en la primera edición de los Anales de Ortiz de  Zúñiga y sí en la ilustrada y corregida por Espinosa y Cárcel, podría indicamos que ambas inscripciones habrían sido colocadas en alguna de las restauraciones a las que esta puerta fue sometida en el siglo XVIII. Ahora bien, no debe descartar la posibilidad de que la exterior hubiese sido colocada en 1566, como ya observó S. Montoto.
     No he localizado noticia alguna de las inscripciones, por lo que debieron desaparecer cuando en el mes de junio de 1864 se concluyó el derribo de la puerta.
     Además, la puerta del Arenal figura también, en el documento de 1560, en la relación de aquéllas a las que Hernán Ruíz debía decorar con escudos en piedra con las armas de la Ciudad y las reales. En este sentido, sabemos, puesto que así nos lo dice Amador de los Ríos, que esta puerta estaba deco­rada con ambos escudos, a los que quizá se refieran Ortiz de Zúñiga, González de León y Álvarez-Benavides, cuando, al describir la puerta, nos dicen que estaba adornada con escudos, si bien no nos dan más detalles acerca de su tipología.
     Por lo tanto, cabría la posibilidad de que uno de los tres escudos de piedra esculpidos con las armas de la Ciudad conservados en los fondos del Museo Arqueológico Provincial corresponda al que decoraba esta puerta.
     En lo que a otros elementos decorativos se refiere, sabemos  que diversas esculturas adornaban la puerta, puesto que así lo dice la historiografía, aunque no nos proporciona detalle alguno. En este sentido, en el dibujo de Tovar figuran dos efigies de la Abundancia que descansan sobre el frontón y una de San Femando flanqueado por dos heraldos en el tímpano (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
     Tres peroles marcan sobre el plano de la ciudad los vértices de un triángulo invisible y, por tanto, mágico, en cuyo inte­rior se contenía una Sevilla empeñada en desbordar todos los demás límites, empezando por los de la moral y orden. En uno de los hirvientes ángulos de ese mundo aparte estuvo la Puerta del Arenal.
     El gran arquitecto del universo encendió tres lumbres en tres esquinas de la ciudad para marcar el recinto donde habrían de unirse, en una extraña amalgama de fronteras, el principio y el fin; lo eterno y lo mutable; lo imprescindible y lo superfluo; lo inmensa­mente valioso y lo que no vale nada; la inteligencia y la estupidez; el bien y el mal... Fue aquí precisamente donde aconteció la paradoja de este génesis apocalíptico cuyo epílogo también hemos venido a escribir a este lugar.
     Los fuegos que todavía hacen hervir los peroles de las freidurías de El Arenal y La Isla formaban, junto con el que hubo en el ya desaparecido puesto de calentitos del Postigo, un perfecto y enigmático triángulo equilátero. Si un diablo cojuelo nos llevara una noche a volar por encima de las azoteas, comprobaríamos que entre cada uno de ellos existe la misma distancia. No puede ser una casualidad. Algo parecido a la Ley de la Gravitación Universal parecía disponer hasta hace poco que las presas de pescada de La Isla flotaran sobre el abrasador aceite de los girasoles de la Bética, manteniendo una equidistancia perfecta con respecto a los calentitos de papa que hervían en el Postigo y el adobo que se doraba en El Arenal. La freiduría de La Isla está en la esquina de García de Vinuesa con Cristóbal de Castillejo, donde no hubo ninguna puerta de ninguna muralla; sin embargo, en este discreto rincón de la ciudad, donde aún existe un templo erigido en honor del moyatoso dios Baco (como se puede perfectamente considerar la tasca de Morales), vienen a confluir las fuerzas de los dos vectores que históricamente han gobernado la evolución de los acontecimientos en Sevilla: la autocomplacencia y la autodestrucción. Aunque aparentemente incompatibles, prima hermana la una de la otra. A la misma distancia de La Isla están la esquina donde estuvo la Puerta del Arenal y el lugar donde permanece en estado más o menos original una de las pocas que logro sobrevivir: el Postigo, precisamente, del Aceite. 
     Al barrio del Arenal daban tres puertas de la cerca, que en esa zona no solo defendía de los posibles ataques de algún enemigo, sino también de las crecidas del río, que solían ser frecuentes y no pocas veces mortíferas. La principal de esas puertas se hallaba al final de la calle hoy llamada García de Vinuesa, precisamente en honor del alcalde que mandó derribarla. No obstante, y siendo jus­tos, ha de decirse que don Juan José García de Vinuesa seguramente mereció tal reconocimiento. Fue, ante todo, una buena persona y un hombre inquieto que pretendió modernizar la ciudad y mejorar sus condiciones de vida, si bien no todas sus decisiones resultaron afortunadas. Después de haber ocupado el cargo de alcalde corregidor durante una primera etapa, volvió a ser designado como tal el 28 de junio de 1865. Un hecho que demuestra el reconocimiento y aprecio que tenía entre la corporación, algo que, además de su labor, generaban gestos como el que protagonizó al comienzo de este segundo mandato, cediendo a las personas necesitadas los veinticuatro mil reales anuales que le correspondían como salario. García de Vinuesa era, pues, un hombre querido por los sevillanos, que lloraron su muerte cuando, apenas unos meses después de haber vuelto a asumir la alcaldía, el 26 de octubre falleció víctima de la epidemia de cólera morbo que unas semanas antes se había declarado en Sevilla. Como homenaje póstumo a su memoria, el Ayuntamiento decidió rotular con sus apellidos la calle donde vivía, hasta entonces llamada de la Mar, al fondo de la cual estaba precisamente la Puerta del Arenal.
     En el azote recurrente de ese tipo de epidemias infecciosas que asolaban a la población, causando mortíferos estragos, se halla pre­cisamente una de las razones que llevaron a tomar la decisión de emprender las reformas urbanísticas que condujeron a la desaparición de las puertas y murallas de Sevilla. Las teorías "higienistas", surgidas en la época abogaban por despejar las ciudades, abrirlas al viento y la luz, dificultando así el trabajo a los agentes infecciosos, evidentemente, además de que ello era necesario contar con un buen sistema de alcantarillado para la evacuación de las aguas residuales y calles convenientemente pavimentadas, donde no se acumula­ran el polvo, el barro y la suciedad, cosas de las que Sevilla carecía en gran medida incluso a principios del siglo XX. Ello tuvo como consecuencia la puesta en marcha de drásticas reformas urbanas, aunque estas no siempre fueron afortunadas ni útiles para el pro­pósito que se buscaba, siendo el derribo de las puertas el ejemplo más claro de ello.
     Lamentarse por tan desafortunadas decisiones siglo y medio largo después no tiene mucho sentido. Ha pasado mucho tiempo, desde luego el suficiente para que casi nadie sepa decir hoy dónde pudo estar exactamente la Puerta del Arenal; y eso en el caso de los pocos que saben que existió. Incluso los últimos que alcanza­ron a verla antes de que cayese demolida lo que conocieron fue un arco embutido entre los dos edificios colindantes que difícilmente se podría identificar con la puerta de una muralla. Hoy, la Puerta del Arenal, como ha pasado con otras muchas, se reduce, simple­mente, a un nombre que señala un lugar: la esquina de la freiduría. Que tampoco está mal desde el punto de vista literario, pues algo de aquel pasado cervantino de pícaros, buscavidas, cortabolsas y rameras permanece literariamente en este enclave del barrio gracias a los vahos desprendidos por los peroles donde se aderezan las presas de pescado en cumplimiento de su litúrgica función. O en el letrero de la cercana «Carnecería" -como a la antigua usanza permanece escrito en su artístico y barroco frontal- del Reloj. Se nota, en fin, que la Santa Caridad coge de aquí a solo un tiro de piedra. Vamos, que se tarda en llegar un suspiro. El último, por descontado.
     En la zona llegó a existir hasta un peculiar "Barrio Rojo", como podríamos llamar al de la Laguna (no confundir con la Alameda de Hércules, que también se llamó así), que estaba en lo que hoy es la cercana plaza de Molviedro, donde abundaron las casas de citas. Se trataba de una especie de gueto dedicado a la prostitución que incluso contó con la aprobación, al menos tácita, de la Iglesia de la época, la cual según parece, también extraía de él beneficios, pues poseía casas donde se ejercía el oficio más antiguo del mundo por las que cobraba las correspondientes rentas.
     A todo esto, todavía no hemos dicho cómo era la Puerta del Arenal. Según refieren los viejos cronistas, que en virtud de la reforma que en 1566 transformó las trazas originales dadas por los almohades a todas las puertas, la del Arenal adquirió un porte grandioso, dotada de un alto frontispicio y adornada con labores, estatuas y escudos. Del año de su reforma, quedó una lápida colocada en su lado interior que rezaba así: «Siendo Asistente de esta Ciudad el muy ilustre señor Don Francisco de Castilla, del Concejo de su Magestad (sic), mandaron hacer esta obra los muy ilustres señores Sevilla (sic) con su aquerdo (sic) y parecer, siendo obrero mayor Juan Díaz Jurado y fiel executor. Acabase 1566".
     También por la parte de dentro, en el friso de la cornisa, la puerta tenía grabada la frase de Salustio: Cura Rerum Publicarum, que se puso a modo de amonestación a los gobernantes locales y cuya traducción es: «Preocúpate de los asuntos públicos", amonestación que hoy en día sigue siendo más que válida. Bajo ella se dataría más tarde la fecha de una reforma posterior, acometida en 1757. Por la parte de fuera, en la misma cornisa de la puerta podía leerse S.P.Q.H. (Senatus Populusque Hispalense) y una inscripción en homenaje al rey Felipe II. Contaba la Puerta del Arenal bajo su arco con un altar donde se veneraba a la Pura Concepción, San José y San Antonio, habiendo otro por el lado exterior dedicado a la Virgen de la Encarnación. A pesar de tan devotas presencias, la Puerta del Arenal era, eso cuentan, la más utilizada por los miembros de la sociedad de la Garduña, una suerte de mafia local que operó en Sevilla durante los siglos en que esta disfrutó de su mayor esplendor. La Garduña se organizaba al modo siciliano, y en ella posiblemente halló Cervantes la inspiración para su patio de Monipodio. Un tal Pedro Vencejo, sin duda un pájaro de bastante más cuenta y peor agüero que el de su apellido, fue el particular Vito Corleone de la Cosa Nostra del Arenal.
     El último gran maestre (que tal era el pomposo cargo con el que se denominaba al jerifalte de los facinerosos) de la Garduña se llamó Francisco Cortina, nada que ver con el prócer que da nom­bre a la costanilla de Entrecárceles, aunque acabara en una de ellas. Otro, por cierto, con apellido a propósito, pues con él se echó el telón a la sórdida historia de esta camorra hispalense el año de 1821 cuando fue ahorcado junto a quince de sus secuaces. Así de expe­ditivamente se acabó con la mafia sevillana. Si bien, habría que precisar que con "aquella mafia", pues otras está claro que siguieron operando, algunas de las cuales hasta pudieron tomar parte en algo de lo que en estas páginas nos ocupa: el derribo de las puertas y murallas.
     No es la de esta puerta la única pérdida irreparable que algunas generaciones de sevillanos lloran en este enclave. En realidad, por la puerta concretamente no queda ya nadie capaz de derramar unas lágrimas, pues de su rastro no queda ya ni el polvo. En cambio, sí hay todavía muchos que se acuerdan de las tabernas perdidas, de aquella Ruta del Estudiante que estaba en la esquina de la calle Harinas, cuando en la calle Harinas estaba aún la sede oficial del Sevilla Fútbol Club y, unos metros más allá, la de Fuerza Nueva. Una coincidencia a la que entonces nadie daba más importancia pero que en estos últimos años llamó más la atención a la vista del curso seguido por los acontecimientos y la trayectoria de según qué personas, con claro protagonismo en ambas entidades.
     La Puerta del Arenal, que entonces casi nadie llamaba así -todo era ya solo y nada más que el Arenal-, daba por aquellos años a un dionisíaco distrito donde los jóvenes de la época se estrenaban en casi todo: en la vida, en la libertad, en el amor. Siempre pasándolo todo por el tamiz etílico de una bebida iniciática denominada Postura que vendía a la vuelta de la esquina un tabernero, cómo no, de Manzanilla.
     Brillando al fondo las luces rituales de sus respectivos fogones, aquí viene a desembocar la calle que antes se llamó de la Mar, que es el morir. Por eso aquí se cierra el triángulo dentro del cual se guarda aquello que la ciudad supo proteger y el recuerdo de lo que destruyó. Esas dos Sevillas capaces de helarnos el corazón siguen de algún modo vigentes en medio de las llamas que fríen redondas presas de pescada, aunque no ya en las que doraban las ruedas de calentitos, metáforas, en cualquier caso, todas ellas de las vueltas que aquí da la vida para acabar acaso dejándonos siempre en el mismo sitio. En la misma esquina de ninguna parte (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024). 
        Se hallaba al final de la actual calle García de Vinuesa, en su confluencia con Arfe. Fue renovada en 1566. Construida en orden rústico, contaba con un alto frontispicio adornado con estatuas y escudos. En la fachada interior tenía una inscripción en el friso de su cornisamiento donde podía leerse CVRA RERVM PVBLICARVM. Y en el exterior tenía la inscripción S.P.Q.H. y una placa que rezaba así: 'Philippo II Hispaniarvm Regi Filio Qve Divi Ca­roli V Imperatori'. Fue mandada a construir por el asistente Francisco de Castilla, actuando como obrero mayor Juan Díaz Jurado. Su demolición, acometida en 1864, había sido solicitada tres años antes por una comisión de vecinos y fue aprobada por el alcalde de la ciudad Juan José García de Vinuesa, cuyo nombre se daría a la antigua Calle de la Mar, donde vivió y murió, fatalidad ocurrida en 1865 a consecuencia de la epidemia de cólera morbo que se había declarado en la ciudad. García de Vinuesa acababa de iniciar su segundo mandato y su primera decisión había sido destinar íntegramente su salario a los más necesitados. Fue un hombre apreciado por sus conciudadanos que pretendió mejorar las condiciones de vida de estos y moderni­zar la ciudad, aunque no todas sus decisiones resultaron afortunadas (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
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martes, 17 de junio de 2025

El azulejo conmemorativo a Juan de Arfe, en el pasaje de los Seises (plaza del Cabildo)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el azulejo conmemorativo a Juan de Arfe, en el pasaje de los Seises (plaza del Cabildo), de Sevilla.
     Hoy, 17 de junio, es el aniversario (17 de junio de 1987) de la colocación del azulejo conmemorativo a Juan de Arfe, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el azulejo conmemorativo a Juan de Arfe, en el pasaje de los Seises (plaza del Cabildo), de Sevilla.
    El pasaje de los Seises (plaza del Cabildo) es, en el Callejero Sevillano, una plaza que se encuentra en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo, entre la avenida de la Constitución, y las calles Almirantazgo, y Arfe.
     En la entrada al pasaje de los Seises desde la avenida de la Constitución, podemos contemplar un azulejo de 12 piezas (4 x 3), dedicado a Juan de Arfe por la Tertulia "El Candelero", decorado con el busto del orfebre y la Custodia del Corpus, entre decoración vegetal, todo ello en la parte superior, y en la inferior en la zona izquierda, un candelero, símbolo de la tertulia, todo ello centrado por un texto, al que lamentablemente le faltan dos piezas, por lo que está incompleto:
 
EN ESTAS CASAS [...]
COLEGIO DE SAN M [...]
DE SEVILLA ENTRE [...]
ARFE Y VILLAFAÑE, ESCULTOR DE ORO Y PLATA
La Tertulia Cofrade "EL CANDELERO" Conmemora
el acontecimiento en el IV Centenario de su realización.
17 de junio de 1.987 Víspera del Corpus Christi.

Conozcamos mejor a Juan de Arfe, personaje homenajeado en la obra reseñada;
     Juan de Arfe y Villafañe, (León, 1535 – Madrid, 1603). Orfebre, tratadista y escultor.
     La figura de Juan de Arfe es un referente inexcusable en la historia del Renacimiento español. Este orfebre y escultor, o bien “escultor de plata y oro”, como él se llamaba a sí mismo, ocupa un lugar clave en la segunda mitad del siglo XVI. Se trata de un orfebre de primer orden, pero también de un escultor de plata y bronce, y de un conocedor de los principios de la arquitectura clásica, como lo demuestran sus grandes custodias arquitectónicas, las imágenes que habitan en ellas, y también las esculturas en bronce, de tamaño natural, que hizo para el duque de Lerma.
     Aunque había nacido en León, su abuelo, Enrique de Arfe, era de origen alemán, probablemente formado en Colonia o en alguna ciudad importante del entorno, como Aquisgrán. Vino a España quizá acompañando a otros alemanes que trabajaron en la catedral de Burgos. Enrique de Arfe fue el más famoso platero de su tiempo, pues introdujo en España las custodias de torre, dentro del último estilo gótico, siendo sus obras clave las custodias de Córdoba y Toledo.
     Su hijo, Antonio de Arfe, nacido en León, pero asentado primero en León y luego en Valladolid, siguió la carrera de su padre, realizando las custodias de Medina de Rioseco (Valladolid) y de Santiago de Compostela, aunque su estilo corresponde ya al pleno Renacimiento. En esta tradición de grandes orfebres con referencias arquitectónicas y escultóricas se forma Juan de Arfe, hijo de Antonio y nieto de Enrique, que recibirá una mayor formación humanística que sus antecesores, y ello le permitirá escribir sobre los modelos y teorías artísticas reinantes en España durante la segunda mitad del siglo XVI, relacionadas con la escultura, la arquitectura y la orfebrería.
     Había nacido en León, hijo de Antonio de Arfe y María de Betanzos y Villafañe, pero unos diez o doce años después, según distintos investigadores, se traslada a Valladolid, ciudad que será su residencia habitual. No obstante, como casi todos los artistas del Renacimiento, se verá obligado a trasladarse y vivir, por razones de los encargos, en otras ciudades españolas, en las que conocerá nuevos modos de trabajo, nuevos estilos, y sobre todo encontrará oportunidades para ampliar sus conocimientos, e incluso publicar sus libros.
     Sus años de juventud, correspondientes a su primera formación, los pasó en Valladolid, donde su padre había instalado su taller de platería. Este traslado probablemente se debiera a que esta ciudad estaba en una etapa emergente. En estos primeros años debió aprender con su padre los principios del dibujo y las proporciones del cuerpo humano, según sus acreditados biógrafos, y probablemente interviniera en la custodia de Medina de Rioseco (Valladolid), que en esas fechas realizaba su padre, aunque no hay documentación sobre ello. Su afán por los conocimientos humanistas, y la buena posición económica de sus padres, le permitió ir a Salamanca, hacia 1555, para estudiar anatomía con el catedrático de medicina Cosme de Medina, que era también médico del Hospital del Estudio. Menos seguras sus estancias en Toledo, ciudad en la que conocería las obras de Bigarny y Berruguete, y en Madrid, donde vería las de Becerra. De todas formas hay que tener en cuenta que sus conocimientos de la arquitectura y de la escultura tenían que haber sido aprendidos en algún lugar de mayor complejidad que la del taller paterno. La perfección de los dibujos que plasmó en la Varia Commensuración, tanto en los referidos a la arquitectura, como a la anatomía del cuerpo humano, el conocimiento de los animales, de los relojes, y por supuesto de las piezas de plata, denotan una gran formación humanística y científica que naturalmente aplicaría en sus obras.
     De vuelta a Valladolid, después de sus años de estudio, contrajo matrimonio con Ana María Martínez de Carrión, de familia de plateros de oro, cuyo abuelo había sido marcador de la ciudad de Valladolid, y por este matrimonio recibió una dote de mil ducados. De esta unión nació una sola hija, Germana, que se casó también con un platero, Lesmes Fernández del Moral, burgalés, colaborador de su suegro y continuador de su obra.
     Su independencia del taller paterno debió coincidir con la vuelta de sus viajes, o quizá con su matrimonio en 1562, ya que en esas fechas, con veintisiete años, tenía edad más que suficiente para abrir su propio taller. Éste estaba dentro del área donde ejercían los plateros, en la calle de la Costanilla.
     Seguramente en estos primeros años, en los que todavía no era un platero conocido, debió hacer piezas de poca envergadura, de las que no tenemos noticias. Se le ha atribuido una cruz que hizo para la catedral de Valladolid, que hoy se encontraría en el Museo de Barcelona, pero, aunque está firmada y fechada, se duda de su autenticidad.
     No obstante, la fama de sus antecesores, sus relaciones con plateros de importancia, y probablemente alguna pieza desconocida de rara perfección debieron proporcionarle, en 1564, el contrato de su primera gran obra conocida, la custodia de la catedral de Ávila. La pieza, realizada en su taller de Valladolid, cuya marca de ciudad lleva, se terminó en 1570, pero se entregó al año siguiente, fecha que aparece en la custodia, junto con la firma del autor.
     Para este trabajo tuvo que presentar, ante el cabildo catedralicio, una maqueta de madera, y un dibujo, seguramente de tamaño natural, en pergamino. Estas condiciones eran las habituales en todas las custodias que se construían, ya que los contratantes, ante la gran envergadura de las obras necesitaba tener modelos lo más parecidos posibles a la obra final. De todos estos proyectos de la época sólo se conserva la maqueta de la custodia de la catedral de Sevilla.
     En la custodia de Ávila Arfe intenta demostrar todos sus conocimientos sobre la arquitectura y sobre la escultura que se hacían en su tiempo, edificando una pirámide calada de un metro y sesenta y cinco centímetros de altura por la que Arfe cobró casi dos millones de maravedís. Se trata de una obra de seis cuerpos decrecientes, en los que alternan las plantas circulares con las hexagonales, en las que coloca como soportes columnas y pilastras de los órdenes jónico, corintio y compuesto. En el tamaño y altura de estos cuerpos utiliza la proporción dupla-sexquilátera, es decir, que dentro de estas proporciones han de estar la altura y la base de cada uno de los cuerpos en relación con los demás. Esta proporción la utilizará en sus demás custodias. El proyecto y la realización de la arquitectura se deben enteramente a Juan de Arfe, mientras que la parte escultórica, aunque evidentemente fue realizada por el artista, su programa iconográfico fue dado por las autoridades eclesiásticas que encargaron la obra.
     El programa iconográfico de ésta y las demás custodias de su mano es bastante complicado por la gran cantidad de figuras que contiene, tanto en bulto redondo como en relieve. En realidad se trata de la expresión de las doctrinas del Concilio de Trento, en el que la exaltación de la Eucaristía fue uno de los puntos de importancia, precisamente por la negación que los Luteranos hacían de ella. Así, todas las figuras y relieves tratan de relacionar los dos Testamentos en lo relativo al origen de la Eucaristía. También estas custodias son toda una lección para los fieles, donde se les muestran las principales escenas del Antiguo Testamento, y del Nuevo, sin la Pasión de Cristo, ya que Juan de Arfe en su obra teórica dice que no ha de representarse en las custodias la Pasión, ya que la festividad del Corpus, cuando procesiona la custodia, es un día de alegría y no de tristeza.
     La obra, que aún muestra algunas reminiscencias del estilo anterior, es decir, del primer Renacimiento, es, sin embargo, plenamente de su época. Está marcada por el contraste de Valladolid de Alonso Gutiérrez Villoldo, y firmada por el autor con la siguiente leyenda: “Ioannes de Arphe legionense Faciebat hoc opus An 1571”.
     A través de la documentación conocemos algunas de sus actividades profesionales, como, por ejemplo, que fue mayordomo de la Hermandad de los Plateros de Valladolid, llamada Nuestra Señora del Val y San Eloy, en 1567. Sin embargo, lo más importante de este período es la publicación de su primera obra teórica Quilatador de oro, plata y piedras, impreso en Valladolid en 1572, y con ediciones posteriores en 1598 y 1678. Cuando Arfe publica este libro, con treinta y siete años, es todavía un hombre humilde, no se denomina todavía “escultor de oro y plata y ensayador mayor de la Casa de la Moneda de Segovia”, como hará en la segunda edición de este libro, sobre todo porque este cargo de ensayador aún no lo tenía. El libro era eminentemente técnico dirigido a los orfebres en la primera edición y, en la segunda, de 1598, se añadieron resúmenes de las leyes vigentes al respecto, así como informaciones para los ensayadores mayores de las Casas de la Moneda en España.
     Desde Valladolid se trasladó a Sevilla en 1579, para concursar a la obra de la gran custodia de la catedral de Sevilla, estableciéndose en la calle de Las Gradas, junto al colegio de San Miguel y frente a la catedral. Estas casas se las había proporcionado el cabildo catedralicio, no sólo para que viviese sino también y principalmente para que trabajase en la custodia, pagándole la mitad de la renta, que eran 120 ducados al año. No obstante, la custodia no se comenzó hasta 1580, teniendo que competir por su adjudicación con plateros de la categoría de Francisco Merino, proveniente de Toledo.
     La custodia de la catedral de Sevilla, que se terminó en 1587, supone la magna obra de Juan de Arfe, porque en ella se muestran todos los principios teológicos del Concilio de Trento, que se plasmaron por los conocimientos del humanista de Francisco Pacheco, y que realizó Juan de Arfe con la máxima perfección. No hay que olvidar que, aunque Arfe venía ya formado de Valladolid, sin embargo, el ambiente humanista de la ciudad de Sevilla se expresaba en los grandes cenáculos de la ciudad. Ésta, la más rica de España en estos momentos, alojaba a una gran cantidad de artistas de calidad, entre los que se encontraban arquitectos, pintores, escultores y orfebres, y que tuvieron que influirle favorablemente. De hecho es muy posible que su relación con los círculos humanísticos le animara a publicar su principal obra teórica De Varia Commensuración para esculptura y la architectura, publicada en Sevilla, incompleta en 1585, y completa dos años después. Ésta es una obra clave en la teoría del Renacimiento en España, pues, como se aprecia por su título, abarca todos los aspectos de las artes, que se contienen en la segunda edición completa, en la que se ocupa también de la Orfebrería, en un capítulo que él llama De la Architectura y piezas de Iglesia. En este texto, ampliamente ilustrado en todos sus capítulos se presentan dibujos que demuestran los conocimientos del autor, y precisamente un grabado de la custodia de Sevilla en la que estaba trabajando.
     La custodia, de tres metros y ochenta centímetros de altura, cuya maqueta en madera se conserva, tiene cinco cuerpos de planta circular, en los que se emplean los órdenes jónico, corintio y compuesto, y una amplísima representación escultórica. Está firmada en español con la siguiente leyenda “Joan de Arphe y Villafañe Natural de León hizo esta obra Año 1587”. Tan orgulloso debía de estar de su obra que así lo expresó en sus escritos, en los que dice “mi mayor y mejor obra”. Pero la custodia con su gran cantidad de imágenes tanto en relieve como en bulto redondo resultaba bastante incomprensible para el pueblo llano, que la contemplaba durante la procesión del Corpus, y por eso Juan de Arfe escribió un folleto con la explicación de las imágenes y de los textos que las acompañaban. Este libro se llama Descripción de la traça y ornato de la custodia de plata de la Sancta Yglesia de Sevilla, y fue publicado en la misma fecha de la terminación de la custodia. 
   Esta custodia fue reformada en 1668, y de esta reforma se conserva un grabado de Valdés Leal, que permite apreciar los cambios con respecto a la primitiva imagen, que de ella plasmó Juan de Arfe en la Varia Commensuración.
     Estando todavía en Sevilla, y sin haber terminado la custodia, se compromete a hacer una custodia para la catedral de Valladolid, pues aunque ya era un artista de prestigio en su ciudad natal, su trabajo en la catedral de Sevilla había aumentado su consideración. La custodia fue contratada en Valladolid en 1587 por el platero José de Madrid, obligándose a terminarla para antes del Corpus de 1590. La obra mide un metro y sesenta y siete centímetros de altura, tiene cuatro cuerpos en los que alternan las plantas hexagonales y circulares, y utiliza los mismos órdenes que en las otras custodias. En cuanto a la representación escultórica muestra en los relieves una influencia de la custodia sevillana, pues algunos de ellos se repiten exactamente. Va firmada “Joan de Arphe i Villafañe. MDXC”. Aunque su tamaño es semejante a la de Ávila, sin embargo el estilo es más avanzado, pues ya habían pasado veinte años desde que realizó la abulense.
     Durante su estancia en Valladolid el cabildo catedralicio de Burgos le encargó una custodia, para lo que tuvo que vivir durante algún tiempo en esta ciudad, teniendo algunos problemas con el gremio de plateros local. La custodia, que debía estar terminada en 1592, debió acabarse algo después, ya que Arfe residía aún en Burgos en 1595. Esta pieza se perdió durante la invasión francesa.
     Como se ha visto, Arfe firma sus grandes obras, además de fecharlas, y en algún caso incluso incluye su origen. Para las obras que él considera menores utiliza un anagrama que se aprecia en los bustos de El Escorial, y también en algunos de sus textos. No se le conocen marcas de platero, hecho que resulta extraño, ya que era obligatorio por ley marcar todas las obras realizadas con la marca propia de cada uno. Quizá su consideración de artista y lo orgulloso que se hallaba de sus grandes obras hizo que firmara en lugar de marcar.
     Después de la realización de las tres grandes custodias, y alternando con los trabajos de la Corte, realizó otras de menor tamaño, algunas de ellas perdidas durante la invasión francesa, como la del Burgo de Osma (Soria), otra en paradero desconocido, como la de San Sebastián de los Reyes (Madrid), y otra recuperada, como la del convento del Carmen de Valladolid, existente en la actualidad en el Museo de Santa Cruz de Toledo.
     En 1595 es nombrado ensayador mayor de la Casa de la Moneda de Segovia, y a raíz de este cargo parece ser que entra en contacto con la realeza, trasladándose a vivir a Madrid en 1596. El motivo del traslado fue la llamada de Felipe II para que retocase las tumbas reales de El Escorial, comenzadas por los Leoni unos años antes. Para la Corte realiza otras obras, como los sesenta y cuatro bustos-relicarios en chapa de cobre, que no pudo terminar, haciéndolo su yerno Lesmes Fernández del Moral, algunos de los cuales se conservan en el monasterio de El Escorial. La última obra para el Rey fue una fuente y aguamanil de plata dorada y esmaltada en 1598, piezas que no se conservan.
     Sin embargo, las obras clave de este período son las esculturas funerarias de tamaño natural que le encargó el duque de Lerma para él, para su mujer y para sus dos tíos, los arzobispos de Toledo y Sevilla. Estas tumbas, que estaban inspiradas en las de El Escorial, irían en el monasterio de San Pablo de Valladolid. Las obras se comenzaron en 1601, y Arfe realizó en Valladolid los modelos en yeso y se mandaron a Madrid para fundirlos en bronce, en el taller de Jacome Trezzo. Según documentación publicada, Arfe ya tenía hecho en cera las figuras de los dos arzobispos, pero no las de los duques; sin embargo, él probablemente no llegó a realizar más que la figura del arzobispo de Sevilla, Cristóbal de Rojas, que se halla en la colegiata de Lerma. Las figuras de los duques fueron terminadas por Lesmes Fernández del Moral, y se hallan en la ubicación para la que se pensaron, el monasterio de San Pablo en Valladolid, y la del arzobispo de Toledo no fue terminada por ellos. En 1603 moría Juan de Arfe en Madrid dejando una importante obra tanto teórica como práctica, por lo que se consideró como la primera figura de la platería española del Renacimiento (María Jesús Sanz Serrano, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el azulejo conmemorativo a Juan de Arfe, en el pasaje de los Seises (plaza del Cabildo), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 28 de noviembre de 2024

La Lonja Municipal de Artesanía "El Postigo", de Juan Talavera y Heredia

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame Explicarte la Lonja Municipal de Artesanía "El Postigo", de Juan Talavera y Heredia, de Sevilla.   
   La Lonja Municipal de Artesanía "El Postigo", se encuentran en la calle Arfe, s/n; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
     Se trata de un edificio de planta triangular achaflanada, obra del arquitecto sevillano Juan Talavera y Heredia, que se levanta exenta en la confluencia entre las calles Arfe y Dos de Mayo del barrio del Arenal.
     Como mercado de abastos cerró sus puertas en el año 1974, quedando en desuso y vacío durante algunos años, por lo que el Ayuntamiento de la ciudad llegó a plantear su demolición.
     Por entonces un grupo de artesanos propuso ubicar allí sus talleres y una escuela de artesanía, cosa que fue aceptada por el Consistorio, que en 1980 cedió su gestión y uso a la "Asociación Andaluza para la Artesanía El Postigo", que después de cinco años de obras consigue abrir la Lonja de Artesanía, en el año 1985.
     Una posterior reforma se llevó a cabo en 2009 costeada por los artesanos, en un momento en el que se crea la asociación Taller 20, integrada por por los distintos artesanos que exponen y venden sus productos de manera regular en dicho centro.
     El edificio se levanta en ladrillo visto en sus cuatro fachadas y en tres plantas de altura, una de ellas creada en semisótano, y cuenta con dos accesos desde el exterior situados en sus dos lados menores y opuestos, que se realizan a través de sendas escaleras.
     En su interior, dominado por el color blanco en todos sus paramentos, los espacios se distribuyen alrededor de las crujías perimetrales, dejando su interior libre a modo de patio central, sólo interrumpido por distintos juegos de ligeras escaleras que enlazan las distintas alturas o niveles con que cuenta el edificio. Hoy estas crujías están ocupadas por las obras de los artesanos que muestran aquí su producción artística, un marco original y atractivo donde puede encontrarse artesanía de muy distinta naturaleza.
     Al exterior destaca el estrecho y esbelto ático que asoma a la calle Arfe, con grandes óculos en su frente principal y posterior, así como el apretilado abalaustrado con el que se delimita superiormente todo el edificio, realizado en piedra blanca, que contrasta con el resto de la construcción (El Correo de Andalucía).
   La Lonja Municipal de Artesanía El Postigo es un emblemático edificio situado en el centro de la capital hispalense, junto al arco del postigo del Aceite, una de las puertas más importantes de la ciudad y a escasos metros de la Catedral y la Giralda. Acoge el singular Mercado de Artesanía El Postigo. El mercado ofrece una amplia variedad de obras (20 talleres artesanos), que abarcan desde bisutería y joyería hasta complementos de moda hechos en cuero, textil, de seda, de flores, de papel, madera… pasando por la decoración con cerámica tradicional, mosaicos, esmalte, grabados…
     El espacio se dispone a modo de galería de arte, de forma que el visitante se recrea la vista a medida que va paseando y, paralelamente, contempla el trabajo artesanal que se realiza en la antigua Híspalis. Esto se combina con una serie de creaciones contemporáneas, que ponen de manifiesto la dualidad que convive en este mercado: artesanía tradicional y diseños de vanguardia.
     900 metros cuadros repartidos en tres plantas en torno a un patio central que alberga, además, lugar de formación profesional y continua, punto de información, sala de exposiciones monográficas temporales, oficina de asesoramiento y servicios para el sector, espacio de comercialización conjunta, destino para la visita de colegios, colectivos y particulares, así como centro cultural.
     Cualquier persona que se acerque a este renovado edificio no quedará indiferente, pues estará pisando un lugar cargado de historia y, por supuesto, de arte y artesanía.
     Horario
     De lunes a domingo: de 10:00 a 20:00 (Turismo de la Provincia de Sevilla).
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viernes, 3 de noviembre de 2023

Un paseo por la calle Arfe

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Arfe, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 3 de noviembre, es el Día Internacional del Joyero y Relojero, cuyo origen es la celebración y conmemoración a Benvenutto Cellini, uno de los orfebres más destacados del Renacimiento italiano, quien nació en esa misma fecha en 1500, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Arfe, de Sevilla, dando un paseo por ella.    
     La calle Arfe es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Antonia Díaz, a la calle Dos de Mayo
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Es la unión de dos espacios diferenciados hasta el s. XIX. Uno, el formado ante la Puerta del Arenal, recibe este nombre y excepcionalmente el de plaza del Arenal (siglos XVI-XVII). El otro, hasta el Postigo del Aceite, desde fines del s. XV comienza a conocerse como Pescaderías, al instalarse éstas en las Atarazanas y, posteriormente, en esta calle. Desde comienzos del s. XVIII se la denomina del Pescado, nombre que tam­bién aparece esporádicamente en el s. XVII. Otros con los que se la conoce esporádicamente son los de Pescador y Pescadores. En 1859 se le dio el actual, en recuerdo de Juan Arfe y Villafañe (1535-1602), orfebre, autor de la monumental custodia de plata de la Catedral. Tras el derribo de la Puerta del Arenal, se incorporó este espacio a la calle Arfe. 
     Comienza su formación en el s. XIV, al aparecer a extramuros el barrio de la Carretería, en el tramo comprendido entre la Puerta del Arenal y el Postigo del Aceite. En 1482 se construyen unas carnicerías adosadas a la muralla y próximas a la puerta, que son derribadas en 1512 y sustituidas por tiendas y lonjas de pescado. A fines del s. XIV toda esta acera estaba construida; la ocupaban dichas lonjas, cuya parte alta estaba destinada a viviendas, tiendas y bodegas en la parte inmediata a la puerta. Al otro lado de ésta también se encuentran construcciones di­versas adosadas a la muralla. Desde media­dos del s. XIX ha sufrido importantes intervenciones urbanísticas. Se adquieren casas para ensancharla y regularizar su trazado, abriéndose el paso que comunica con Fede­rico Sánchez Bedoya, y se derriba la puerta. Recientemente se ha abierto un paso cubierto hacia la plaza del Cabildo. La acera de los pares conoce importantes remodelaciones, sobre todo en su inicio. El resultado actual es una calle de trazado algo curvo, con una acera de los impares alineada, mientras que la opuesta presenta un trazado más irregular, que diseña un arranque ancho por la confluencia de varias calles (Adriano, Antonia Díaz, García de Vinuesa, Castelar) [unificadas actualmente bajo el nombre de plaza Puerta del Arenal], luego se estrecha, recibiendo las de Real de la Carretería y Francisco López Borda, en el centro de la curva; a partir de aquí, vuelve a ensancharse hasta el final, en cuyo espacio central se levanta un mercado exento.
     El ser una de las salidas de la ciudad y la existencia de las lonjas de pescado hizo que contase con cierta infraestructura desde fecha temprana. Una calzada unía la puerta con el río, y la calle de la Pescadería también contó con empedrado; en el s. XIX se adoquina, sistema que parece es sustituido por pavimento asfáltico en 1907, para, posteriormente, volver al adoquinado, hasta que en la década de 1970 se echa sobre él una capa de riego asfáltico. Desde el s. XV hay noticias de husillos y sumideros, que dan salida a las aguas residuales de la ciudad y luego a las de las pescaderías. El carácter público de las antigua lonjas y los proyectos de alineación han transformado radicalmente el caserío de la acera de los impares, todo él de fines del s. XIX a nuestros días. La acera frontera conserva una parte del caserío de los siglos XVII y XVIII, aunque también hay construcciones modernas. Destaca la notable diferencia de alturas de cada una de las aceras.
     La ubicación de la Puerta del Arenal, convirtió este espacio en un punto de especial importancia, realzada por dos factores: el ser una de las pocas puertas que no se cerraba de noche y, sobre todo, por comunicar el gran centro comercial de la ciudad con el puerto sobre el Guadalquivir. La actividad comercial se constata desde el s. XV. Primero las carnicerías, luego las pescaderías, así como mesones, almacenes, tiendas, tinglados de vendedores; en el s. XVIII los almacenes de bacalao; en la segunda mitad del s. XIX se instalan diariamente vendedores ambulantes de verduras, hortalizas y otros artículos; actividad que cristaliza en la construcción en 1927 de un mercado de abastos junto al Postigo, en el centro de la calle, hoy convertido en Lonja de Artesanía. Todas las plantas bajas de las casas están ocupadas por bares y pequeños comercios, que dan a la calle una notable vitalidad y movimiento diario, incrementado por los vehículos que realizan en ella la carga y descarga y los que circulan hacia diversas zonas de la ciudad, animación que alcanza gran intensidad en Semana Santa por la popularidad de las cofradías que por ella pasan.
     En una fachada frontera al Postigo del Aceite existió a comienzos del s. XVIII un retablo con un Cristo de la Sangre, cuyos hermanos solicitaban autorización, en 1734, para construir una capilla en alto entre el Postigo y la Pescadería. Parece que la citada imagen es la talla gótica que hoy se encuentra en la Capilla del Baratillo. El monumento más notable era la propia Puerta del Arenal, aunque no debió ser la de mayor valor artístico. La primitiva, denominada en época almohade bab al-Rambla, fue demolida y sustituida por otra de estilo renacentista en 1516. Poseía en ambas fachadas retablos con pinturas que representaban diversas advocaciones de la Virgen (Concepción, Encarnación, Socorro), en torno a las cuales existen hermandades, por lo menos en el s. XVIII. A mediados del s. XIX, retablos y puerta aparecen abandonados. En 1757 y 1854 se restauró ésta, aunque, al parecer, con mal gusto; pero su degradación y las dificultades que suponía para el tráfico hizo que se derribase en 1864. Tuvo bastante protagonismo en los acontecimiento político-militares que se sucedieron a lo largo del s. XIX, a partir del ataque de las tropas francesas en 1812, al el acceso al interior de la ciudad, y por los barrios con los que comunicaba. En el otro extremo se encuentra el Postigo del Aceite, una de las pocas puertas de la ciudad que se conserva, flanqueada por una torre (Almirantazgo), junto al cual existe una antigua freiduría y puesto de calentitos [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Arfe, 25 al 29. Casa del siglo XVIII con una puerta en el centro de la fachada y dos más pequeñas en sus extremos. Reformas recientes la han alterado.
Arfe. POSTIGO DEL ACEITE. Es una de las puertas de la muralla de Sevilla, que por encontrarse en sus inmediaciones el mercado del aceite tomó dicho nombre. Conserva las dos torres de flanqueo, con las salas abovedadas, embutidas en construcciones posteriores. Por la fachada que miraba al interior de la ciudad se conserva un relieve con el escudo de la misma y una inscripción conmemorativa de su reconstrucción  en  1573. A am­bos lados del vano de la puerta se conservan todavía unos fustes con sendos canales para colocar los tablones en los períodos de avenidas del río. Junto a dicha puerta existe una capillita dedicada a la Inmaculada [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor a Juan de Arfe, personaje a quien está dedicada esta vía del callejero sevillano;
     Juan de Arfe y Villafañe, (León, 1535 – Madrid, 1603). Orfebre, tratadista y escultor.
     La figura de Juan de Arfe es un referente inexcusable en la historia del Renacimiento español. Este orfebre y escultor, o bien “escultor de plata y oro”, como él se llamaba a sí mismo, ocupa un lugar clave en la segunda mitad del siglo XVI. Se trata de un orfebre de primer orden, pero también de un escultor de plata y bronce, y de un conocedor de los principios de la arquitectura clásica, como lo demuestran sus grandes custodias arquitectónicas, las imágenes que habitan en ellas, y también las esculturas en bronce, de tamaño natural, que hizo para el duque de Lerma.
     Aunque había nacido en León, su abuelo, Enrique de Arfe, era de origen alemán, probablemente formado en Colonia o en alguna ciudad importante del entorno, como Aquisgrán. Vino a España quizá acompañando a otros alemanes que trabajaron en la catedral de Burgos. Enrique de Arfe fue el más famoso platero de su tiempo, pues introdujo en España las custodias de torre, dentro del último estilo gótico, siendo sus obras clave las custodias de Córdoba y Toledo.
     Su hijo, Antonio de Arfe, nacido en León, pero asentado primero en León y luego en Valladolid, siguió la carrera de su padre, realizando las custodias de Medina de Rioseco (Valladolid) y de Santiago de Compostela, aunque su estilo corresponde ya al pleno Renacimiento. En esta tradición de grandes orfebres con referencias arquitectónicas y escultóricas se forma Juan de Arfe, hijo de Antonio y nieto de Enrique, que recibirá una mayor formación humanística que sus antecesores, y ello le permitirá escribir sobre los modelos y teorías artísticas reinantes en España durante la segunda mitad del siglo XVI, relacionadas con la escultura, la arquitectura y la orfebrería.
     Había nacido en León, hijo de Antonio de Arfe y María de Betanzos y Villafañe, pero unos diez o doce años después, según distintos investigadores, se traslada a Valladolid, ciudad que será su residencia habitual. No obstante, como casi todos los artistas del Renacimiento, se verá obligado a trasladarse y vivir, por razones de los encargos, en otras ciudades españolas, en las que conocerá nuevos modos de trabajo, nuevos estilos, y sobre todo encontrará oportunidades para ampliar sus conocimientos, e incluso publicar sus libros.
     Sus años de juventud, correspondientes a su primera formación, los pasó en Valladolid, donde su padre había instalado su taller de platería. Este traslado probablemente se debiera a que esta ciudad estaba en una etapa emergente. En estos primeros años debió aprender con su padre los principios del dibujo y las proporciones del cuerpo humano, según sus acreditados biógrafos, y probablemente interviniera en la custodia de Medina de Rioseco (Valladolid), que en esas fechas realizaba su padre, aunque no hay documentación sobre ello. Su afán por los conocimientos humanistas, y la buena posición económica de sus padres, le permitió ir a Salamanca, hacia 1555, para estudiar anatomía con el catedrático de medicina Cosme de Medina, que era también médico del Hospital del Estudio. Menos seguras sus estancias en Toledo, ciudad en la que conocería las obras de Bigarny y Berruguete, y en Madrid, donde vería las de Becerra. De todas formas hay que tener en cuenta que sus conocimientos de la arquitectura y de la escultura tenían que haber sido aprendidos en algún lugar de mayor complejidad que la del taller paterno. La perfección de los dibujos que plasmó en la Varia Commensuración, tanto en los referidos a la arquitectura, como a la anatomía del cuerpo humano, el conocimiento de los animales, de los relojes, y por supuesto de las piezas de plata, denotan una gran formación humanística y científica que naturalmente aplicaría en sus obras.
     De vuelta a Valladolid, después de sus años de estudio, contrajo matrimonio con Ana María Martínez de Carrión, de familia de plateros de oro, cuyo abuelo había sido marcador de la ciudad de Valladolid, y por este matrimonio recibió una dote de mil ducados. De esta unión nació una sola hija, Germana, que se casó también con un platero, Lesmes Fernández del Moral, burgalés, colaborador de su suegro y continuador de su obra.
     Su independencia del taller paterno debió coincidir con la vuelta de sus viajes, o quizá con su matrimonio en 1562, ya que en esas fechas, con veintisiete años, tenía edad más que suficiente para abrir su propio taller. Éste estaba dentro del área donde ejercían los plateros, en la calle de la Costanilla.
     Seguramente en estos primeros años, en los que todavía no era un platero conocido, debió hacer piezas de poca envergadura, de las que no tenemos noticias. Se le ha atribuido una cruz que hizo para la catedral de Valladolid, que hoy se encontraría en el Museo de Barcelona, pero, aunque está firmada y fechada, se duda de su autenticidad.
     No obstante, la fama de sus antecesores, sus relaciones con plateros de importancia, y probablemente alguna pieza desconocida de rara perfección debieron proporcionarle, en 1564, el contrato de su primera gran obra conocida, la custodia de la catedral de Ávila. La pieza, realizada en su taller de Valladolid, cuya marca de ciudad lleva, se terminó en 1570, pero se entregó al año siguiente, fecha que aparece en la custodia, junto con la firma del autor.
     Para este trabajo tuvo que presentar, ante el cabildo catedralicio, una maqueta de madera, y un dibujo, seguramente de tamaño natural, en pergamino. Estas condiciones eran las habituales en todas las custodias que se construían, ya que los contratantes, ante la gran envergadura de las obras necesitaba tener modelos lo más parecidos posibles a la obra final. De todos estos proyectos de la época sólo se conserva la maqueta de la custodia de la catedral de Sevilla.
     En la custodia de Ávila Arfe intenta demostrar todos sus conocimientos sobre la arquitectura y sobre la escultura que se hacían en su tiempo, edificando una pirámide calada de un metro y sesenta y cinco centímetros de altura por la que Arfe cobró casi dos millones de maravedís. Se trata de una obra de seis cuerpos decrecientes, en los que alternan las plantas circulares con las hexagonales, en las que coloca como soportes columnas y pilastras de los órdenes jónico, corintio y compuesto. En el tamaño y altura de estos cuerpos utiliza la proporción dupla-sexquilátera, es decir, que dentro de estas proporciones han de estar la altura y la base de cada uno de los cuerpos en relación con los demás. Esta proporción la utilizará en sus demás custodias. El proyecto y la realización de la arquitectura se deben enteramente a Juan de Arfe, mientras que la parte escultórica, aunque evidentemente fue realizada por el artista, su programa iconográfico fue dado por las autoridades eclesiásticas que encargaron la obra.
     El programa iconográfico de ésta y las demás custodias de su mano es bastante complicado por la gran cantidad de figuras que contiene, tanto en bulto redondo como en relieve. En realidad se trata de la expresión de las doctrinas del Concilio de Trento, en el que la exaltación de la Eucaristía fue uno de los puntos de importancia, precisamente por la negación que los Luteranos hacían de ella. Así, todas las figuras y relieves tratan de relacionar los dos Testamentos en lo relativo al origen de la Eucaristía. También estas custodias son toda una lección para los fieles, donde se les muestran las principales escenas del Antiguo Testamento, y del Nuevo, sin la Pasión de Cristo, ya que Juan de Arfe en su obra teórica dice que no ha de representarse en las custodias la Pasión, ya que la festividad del Corpus, cuando procesiona la custodia, es un día de alegría y no de tristeza.
     La obra, que aún muestra algunas reminiscencias del estilo anterior, es decir, del primer Renacimiento, es, sin embargo, plenamente de su época. Está marcada por el contraste de Valladolid de Alonso Gutiérrez Villoldo, y firmada por el autor con la siguiente leyenda: “Ioannes de Arphe legionense Faciebat hoc opus An 1571”.
     A través de la documentación conocemos algunas de sus actividades profesionales, como, por ejemplo, que fue mayordomo de la Hermandad de los Plateros de Valladolid, llamada Nuestra Señora del Val y San Eloy, en 1567. Sin embargo, lo más importante de este período es la publicación de su primera obra teórica Quilatador de oro, plata y piedras, impreso en Valladolid en 1572, y con ediciones posteriores en 1598 y 1678. Cuando Arfe publica este libro, con treinta y siete años, es todavía un hombre humilde, no se denomina todavía “escultor de oro y plata y ensayador mayor de la Casa de la Moneda de Segovia”, como hará en la segunda edición de este libro, sobre todo porque este cargo de ensayador aún no lo tenía. El libro era eminentemente técnico dirigido a los orfebres en la primera edición y, en la segunda, de 1598, se añadieron resúmenes de las leyes vigentes al respecto, así como informaciones para los ensayadores mayores de las Casas de la Moneda en España.
     Desde Valladolid se trasladó a Sevilla en 1579, para concursar a la obra de la gran custodia de la catedral de Sevilla, estableciéndose en la calle de Las Gradas, junto al colegio de San Miguel y frente a la catedral. Estas casas se las había proporcionado el cabildo catedralicio, no sólo para que viviese sino también y principalmente para que trabajase en la custodia, pagándole la mitad de la renta, que eran 120 ducados al año. No obstante, la custodia no se comenzó hasta 1580, teniendo que competir por su adjudicación con plateros de la categoría de Francisco Merino, proveniente de Toledo.
     La custodia de la catedral de Sevilla, que se terminó en 1587, supone la magna obra de Juan de Arfe, porque en ella se muestran todos los principios teológicos del Concilio de Trento, que se plasmaron por los conocimientos del humanista de Francisco Pacheco, y que realizó Juan de Arfe con la máxima perfección. No hay que olvidar que, aunque Arfe venía ya formado de Valladolid, sin embargo, el ambiente humanista de la ciudad de Sevilla se expresaba en los grandes cenáculos de la ciudad. Ésta, la más rica de España en estos momentos, alojaba a una gran cantidad de artistas de calidad, entre los que se encontraban arquitectos, pintores, escultores y orfebres, y que tuvieron que influirle favorablemente. De hecho es muy posible que su relación con los círculos humanísticos le animara a publicar su principal obra teórica De Varia Commensuración para esculptura y la architectura, publicada en Sevilla, incompleta en 1585, y completa dos años después. Ésta es una obra clave en la teoría del Renacimiento en España, pues, como se aprecia por su título, abarca todos los aspectos de las artes, que se contienen en la segunda edición completa, en la que se ocupa también de la Orfebrería, en un capítulo que él llama De la Architectura y piezas de Iglesia. En este texto, ampliamente ilustrado en todos sus capítulos se presentan dibujos que demuestran los conocimientos del autor, y precisamente un grabado de la custodia de Sevilla en la que estaba trabajando.
     La custodia, de tres metros y ochenta centímetros de altura, cuya maqueta en madera se conserva, tiene cinco cuerpos de planta circular, en los que se emplean los órdenes jónico, corintio y compuesto, y una amplísima representación escultórica. Está firmada en español con la siguiente leyenda “Joan de Arphe y Villafañe Natural de León hizo esta obra Año 1587”. Tan orgulloso debía de estar de su obra que así lo expresó en sus escritos, en los que dice “mi mayor y mejor obra”. Pero la custodia con su gran cantidad de imágenes tanto en relieve como en bulto redondo resultaba bastante incomprensible para el pueblo llano, que la contemplaba durante la procesión del Corpus, y por eso Juan de Arfe escribió un folleto con la explicación de las imágenes y de los textos que las acompañaban. Este libro se llama Descripción de la traça y ornato de la custodia de plata de la Sancta Yglesia de Sevilla, y fue publicado en la misma fecha de la terminación de la custodia. 
   Esta custodia fue reformada en 1668, y de esta reforma se conserva un grabado de Valdés Leal, que permite apreciar los cambios con respecto a la primitiva imagen, que de ella plasmó Juan de Arfe en la Varia Commensuración.
     Estando todavía en Sevilla, y sin haber terminado la custodia, se compromete a hacer una custodia para la catedral de Valladolid, pues aunque ya era un artista de prestigio en su ciudad natal, su trabajo en la catedral de Sevilla había aumentado su consideración. La custodia fue contratada en Valladolid en 1587 por el platero José de Madrid, obligándose a terminarla para antes del Corpus de 1590. La obra mide un metro y sesenta y siete centímetros de altura, tiene cuatro cuerpos en los que alternan las plantas hexagonales y circulares, y utiliza los mismos órdenes que en las otras custodias. En cuanto a la representación escultórica muestra en los relieves una influencia de la custodia sevillana, pues algunos de ellos se repiten exactamente. Va firmada “Joan de Arphe i Villafañe. MDXC”. Aunque su tamaño es semejante a la de Ávila, sin embargo el estilo es más avanzado, pues ya habían pasado veinte años desde que realizó la abulense.
     Durante su estancia en Valladolid el cabildo catedralicio de Burgos le encargó una custodia, para lo que tuvo que vivir durante algún tiempo en esta ciudad, teniendo algunos problemas con el gremio de plateros local. La custodia, que debía estar terminada en 1592, debió acabarse algo después, ya que Arfe residía aún en Burgos en 1595. Esta pieza se perdió durante la invasión francesa.
     Como se ha visto, Arfe firma sus grandes obras, además de fecharlas, y en algún caso incluso incluye su origen. Para las obras que él considera menores utiliza un anagrama que se aprecia en los bustos de El Escorial, y también en algunos de sus textos. No se le conocen marcas de platero, hecho que resulta extraño, ya que era obligatorio por ley marcar todas las obras realizadas con la marca propia de cada uno. Quizá su consideración de artista y lo orgulloso que se hallaba de sus grandes obras hizo que firmara en lugar de marcar.
     Después de la realización de las tres grandes custodias, y alternando con los trabajos de la Corte, realizó otras de menor tamaño, algunas de ellas perdidas durante la invasión francesa, como la del Burgo de Osma (Soria), otra en paradero desconocido, como la de San Sebastián de los Reyes (Madrid), y otra recuperada, como la del convento del Carmen de Valladolid, existente en la actualidad en el Museo de Santa Cruz de Toledo.
     En 1595 es nombrado ensayador mayor de la Casa de la Moneda de Segovia, y a raíz de este cargo parece ser que entra en contacto con la realeza, trasladándose a vivir a Madrid en 1596. El motivo del traslado fue la llamada de Felipe II para que retocase las tumbas reales de El Escorial, comenzadas por los Leoni unos años antes. Para la Corte realiza otras obras, como los sesenta y cuatro bustos-relicarios en chapa de cobre, que no pudo terminar, haciéndolo su yerno Lesmes Fernández del Moral, algunos de los cuales se conservan en el monasterio de El Escorial. La última obra para el Rey fue una fuente y aguamanil de plata dorada y esmaltada en 1598, piezas que no se conservan.
     Sin embargo, las obras clave de este período son las esculturas funerarias de tamaño natural que le encargó el duque de Lerma para él, para su mujer y para sus dos tíos, los arzobispos de Toledo y Sevilla. Estas tumbas, que estaban inspiradas en las de El Escorial, irían en el monasterio de San Pablo de Valladolid. Las obras se comenzaron en 1601, y Arfe realizó en Valladolid los modelos en yeso y se mandaron a Madrid para fundirlos en bronce, en el taller de Jacome Trezzo. Según documentación publicada, Arfe ya tenía hecho en cera las figuras de los dos arzobispos, pero no las de los duques; sin embargo, él probablemente no llegó a realizar más que la figura del arzobispo de Sevilla, Cristóbal de Rojas, que se halla en la colegiata de Lerma. Las figuras de los duques fueron terminadas por Lesmes Fernández del Moral, y se hallan en la ubicación para la que se pensaron, el monasterio de San Pablo en Valladolid, y la del arzobispo de Toledo no fue terminada por ellos. En 1603 moría Juan de Arfe en Madrid dejando una importante obra tanto teórica como práctica, por lo que se consideró como la primera figura de la platería española del Renacimiento (María Jesús Sanz Serrano, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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