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miércoles, 25 de marzo de 2026

El desaparecido Convento de la Encarnación (Agustinas)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de la Encarnación (Agustinas), de Sevilla.  
     Hoy, 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor. Cuando en la ciudad de Nazaret el ángel del Señor anunció a María: "Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo", María contestó: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que desde antes de los siglos era el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para Explicarte el desaparecido Convento de la Encarnación, de las Agustinas, de Sevilla.
     El desaparecido Convento de la Encarnación, se encontraba en la plaza de la Encarnación, s/n; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
Fundación del convento y época del patronato laico.
     El antiguo convento de la Encarnación, de monjas agustinas, estaba situado en la hoy derribada plaza de Abastos [actuales Setas] del mismo nombre y ocupaba tres cuartas partes de su solar.
     Lo funda en 1591 D. Juan de la Barrera, "noble y piadoso sevillano, que habiendo militado en sus primeros años en las conquistas de las Indias de Occidente logró sus afanes en opulentas riquezas, a que, faltándole sucesor, dió empleo en muerte, como lo daba en vida a obras pías de largueza y exemplo grande". Este "noble y piadoso sevillano" hace en testamento donación de unas casas en la plaza de S. Bartolomé para fundación de un convento. De no con­venir el lugar permite que se vendan y con su producto se edifique el convento en otro.
     En el mismo testamento ordena además que sus huesos se sepulten en la iglesia de dicho convento, en cuyo altar mayor había de ponerse la Virgen con el ángel (Anunciación). También habrá dos altares dedicados a los Santos Juanes. El convento, debe estar sujeto al Deán y Cabildo de la iglesia Mayor, y tendrá como máximo cuarenta religiosas, teniendo preferencia para entrar las familiares del fundador, que no tendrán que pagar dote.
     Este testamento fue otorgado por D. Juan de la Barrera el 20 de abril de 1591. El día 25 del mismo año y mes muere, y es su albacea y amigo D. Hernando Vallejo el encargado de cumplir su voluntad, quien decide labrar el convento en el barrio de Ponce de León, llamado así "por tener aquí su casa D. Pedro Ponce de León", progenitor de los Duques de Arcos. Antes este barrio se llamó "Barrio de Morillo", según González de León, "por estar aquí la casa de los caballeros de éste linaje". Al hacerse el convento la plaza toma el nombre de éste: Nuestra Señora de la Encarnación.
     Aunque se desconoce la fecha exacta del comienzo de las obras, éstas deben comenzar casi inmediatamente a la muerte del fundador y llevar buen ritmo, pues en 1598 está labrada su portada principal, en la que trabajan Alonso Vandelvira y los escultores Andrés Ocampo y Martín Alonso de Mesa.
     Las obras las dirige, por encargo del albacea, el maestro albañil Diego Rodríguez, así lo afirma él mismo en escritura de 28 de enero de 1603 que se guarda en los archivos del convento. Los peritos tasan la obra hecha en 45.864 reales y medio.
     Este es el dinero que dan los patronos para la edificación del convento. El resto hasta los 40.000 ducados que se emplean en su conclusión -es decir, la mayor parte- procederá de las dotes de las religiosas que van entrando, pues debido, no sabemos si a la mala administración de los patronos o al mal cálculo del fundador a la hora de dotarlo, el convento desde un principio va a pasar por estrecheces sin cuento.
     Construida la parte principal, se pide al Papa Clemente VII la aprobación de la fundación que éste concede por bula de 23 de enero de 1600. El 11 de diciembre de 1602 acepta el Cabildo su papel (el convento ha de estar sujeto a él por expresa voluntad del fundador) y este año -1602- se cierra la clausura.
     Fue preciso buscar una abadesa para el nuevo convento. Se eligió una religiosa del cisterciense de Santa Mª de las Dueñas (situado frente a la casa de los Duques de Alba -en la calle de las Dueñas- y que fue víctima de la Revolución de 1868). La elegida, Doña Beatriz de Vallejo, pariente de D. Fernando Vallejo, "patrono del convento", será abadesa durante veinticuatro años.
     Ya está pues el convento en marcha, aunque la iglesia no tiene más altar que el mayor, y éste sin retablo y la sa­cristía cuenta sólo lo imprescindible para el culto. Así se­guirá durante el tiempo que depende del patronato laico, cuya administración es desastrosa.
     D. Juan Vallejo, hijo del primer patrono D. Fernando, con pretexto del pago de ciertas deudas dejadas por el fundador hipotecará incluso las dotes de las religiosas. Y en 1693, sólo treinta y ocho años después de la fundación, debido a una demanda promovida por los acreedores, serán secuestrados todos los bienes del convento, a pesar de que en una cláusula de la fundación se decía que a estos bienes "ni el Rey ni el Papa en ningún tiempo podían darle otro destino que el que tenían por su propia voluntad".
     Se nombra un administrador judicial, que lo será hasta 1650: año en que obtiene dicha administración el patrono D. Juan Vallejo, quien, apremiado por los acreedores y por una ejecutoria del tribunal dictada en su contra, por faltarle a las religiosas los 50 ducados que tenían fijados por la Sala para alimentos, desiste de la administración, con pretexto de falta de salud. Por fin, el 14 de enero de 1656, una nueva ejecutoria del tribunal otorga al convento y a su abadesa la administración de sus bienes y rentas mientras otra ejecutoria en contra no la derogue.
Obras de mejora emprendidas por las religiosas, ad­ministradoras al fin de sus bienes (1656 a fin de siglo).
     Una vez que las religiosas se hacen cargo de la adminis­tración, parece que consiguen sanear su economía, pues pronto comienzan a restaurar el convento y mejorar la iglesia.
     Su primera obra, previa licencia del Visitador (D. Francisco Ponce de León, Arcediano de Niebla), quien la concede el 16 de febrero de 1674, será el retablo mayor de la iglesia. Lo hará Francisco Dionisio de Ribas. Por la escritura firmada el 21 de febrero de 1674 sabemos que este retablo, de madera de cedro y alijo, constaba de banco, soto­banco y dos cuerpos e incluía las siguientes imágenes: S. Agustín, S. Pedro, S. Juan Evangelista y S. Juan Bautista.
     El 22 de septiembre de 1679, a pesar de estar la obra terminada, Francisco Dionisio de Ribas declara en su testamento que se le deben seis mil reales del resto del retablo hecho para el convento. Será su viuda Laura Trujillo, quien, "como albacea del dicho mi marido y como tutora de los menores sus hijos", otorgará carta de pago al recibir "los 4.681 reales restantes". La carta -con fecha 16 de noviembre de 1679-, de la que da fe el escribano Pedro de la Riba, se guarda también en el archivo conventual.
     Además del retablo mayor, las religiosas emprenden también obras en el interior del convento: compran nuevas casas para aumentarlo, y piden presupuesto de lo que costaría reparar el claustro principal, que tiene podridas la maderas de la parte alta y baja. Esta obra se hará previo informe del maestro mayor de fábricas, Francisco Moreno, y de Juan Domínguez, maestro mayor de la S.I.C., y varios albañiles quienes fueron requeridos por el Visitador, el canónigo D. Luis de Federigui. El costo se tasa en 36.000 reales -si se hacen arcos nuevos- o 30.000 si se aprovechan los materiales­ servibles. Las religiosas lo pagan -lo afirma en su nombre D. Pedro de Vargas- pero el convento queda con las arcas vacías, teniendo incluso que echar mano de reservas hechas en testamentos de religiosas.
     Otro contratiempo hará que la comunidad tenga que meterse en nuevos gastos: la madera de alijo empleada en el retablo mayor se apolilla. El Visitador, ahora D. Antonio Flores y León, dará licencia para hacer la reparación. La hace Fernando Barahona, quien tasa la obra en 10.500 reales. Se emplearán en ella los bienes de una religiosa profesa: Dña. Juana Vaca Velázquez, que tenía en reserva 1.000 du­cados para hacerse dos celdas, alta y baja, y ofrece el dinero necesario para esta obra, ya que el convento no tiene medios para ello.
     Las condiciones que se imponen a Fernando de Barahona para hacer la reparación serán que no quede en el retablo ninguna madera de alijo, que debe ser sustituida por pino de Flandes, para lo cual debe desarmarse todo el retablo y, una vez restaurado, ha de dejarse entre la pared y el retablo un hueco para casos de emergencia.
     Terminada la obra en el plazo previsto, se completa con el dorado y estofado del retablo. Este trabajo lo hará Miguel de Parrilla, previo encargo por escritura de 5 de septiembre de 1691, el cual, una vez cumplido su cometido, otorgará carta de pago a D. José Velázquez, primo de la religiosa con cuyos bienes se costea la obra. Es dorado y estofado del retablo importan 5.000 ducados. La fecha de esta carta de pago es 16 de mayo de 1693. Estamos, pues, en los últimos años del siglo.
El siglo XVIII.
Situación económica angustiosa que lleva a las religiosas a una decisión insólita.
     Mala es en general la situación económica del país, que se verá envuelto al comenzar el nuevo siglo en la guerra de sucesión del trono. También es mala la del convento, que ha tenido que hacer una serie de gastos extraordinarios. No tendrán más alternativa las religiosas que utilizar el dinero de las dotes para alimentos e incluso tendrán que acudir al Cabildo eclesiástico, al que están sujetas, para que las socorra.
     No deben obtener las religiosas mucha ayuda y el 29 de septiembre de 1710 la abadesa y sus doce monjas llegan a una insólita decisión: precedidas de la cruz alzada, que lleva el sacristán, van a la Catedral en procesión para solicitar personalmente ayuda al Cabildo. El hecho lo narra Justino Matute en sus "Anales" (1710) y J. Muñana en su "Efemérides". De alguno de estos debió tomarlo Santiago Montoto.
     El señor Deán -sin duda alertado por alguien- interviene y ordena que se lleven las religiosas a la Sacristía Mayor. De allí el Cabildo las hace volver a su convento en coches "para evitar la curiosidad de las gentes".
     Con motivo de esta "salida" aumentarán las ayudas al convento: el Cabildo reunido acuerda dar 200 fanegas de trigo y 200 ducados, para evitar que vuelva a repetirse el hecho, que será penalizado "con pena medicinal", pues el Visitador priva a la abadesa de su cargo y a sus acompañantes de voz "activa y pasiva". El señor Arzobispo reclama para sí la competencia de la causa y hace prender al sacristán, porque, según Muñana, "no era tanta la necesidad como significaban las religiosas".
Pleito por el Patronato promovido por el Marqués de Dos Hermanas
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     Además del problema económico, van a tener otros agobios las religiosas, que comienzan también en los pri­meros años del XVIII.
     En 1705 el Marqués de Dos Hermanas, D. Pedro Manuel de Pedrosa y Vallejo, quien se considera sucesor del derecho de patronazgo por ser bisnieto de Dña. Blanca Va­llejo, hija del primer patrono, va a intentar recuperarlo alegando, aparte del parentesco con éste, el hecho de que desde la muerte de un tío de Dña. Isabel Vallejo (D. Francisco de Casaus, hermano de la madre del pretendiente), algunos años, en Semana Santa, se le ha dado a él la llave del sagrario del convento.
     La abadesa, que desde 1656 disfruta de plena autonomía frente a los patronos por una ejecutoria del Tribunal, será clara y contundente al contestar a los informes presentados por el Marqués. Sus argumentos son que puesto que los patronos, muchos años antes se habían separado y desentendido de sus obligaciones (obligaciones de construcción y dotación), si conservan el patronato, es sólo nominal, pero no real, y si en algunas ocasiones se le ha dado la llave del sagrario de la iglesia al Marqués, o algún otro familiar, "no es por el derecho que para ello tuvieran o han tenido", sino porque las abadesas los han convidado "como personas de autoridad y respeto", lo mismo que se le ha dado a otras personas de esta ciudad, y por el mismo motivo, la limosna de cera. Por último, niega la abadesa haber pedido permiso al Marqués para convidar a llevar dicha llave a otras personas o imágenes, y afirma que todo esto es la verdad bajo juramento.
     A pesar de ello, el Marqués sigue en sus trece, y aporta una serie de datos, que sería muy largo enumerar pero que lo único que prueban es que D. Juan Vallejo -su antecesor- ejerció como patrono.
     El pleito va a ser muy largo y en él declararán una a una todas las religiosas, que dirán, en resumen, que no han conocido más patronos que la abadesa y el Deán, pues los antiguos patronos no han cumplido con sus obligaciones de dotación y construcción. Ya hemos visto la necesidad extrema a que han llegado y que gran parte de lo que hay en la iglesia y convento se hizo con el dinero de las religiosas.
     La sentencia fue favorable a éstas y se le comunica al Marqués el 19 de octubre de 1718.
     A pesar de todo, treinta y cuatro años más tarde, su hijo y sucesor D. Vicente Pedrosa quiere nuevamente comenzar el pleito, alegando que tiene nuevas pruebas para hacer valer sus derechos de patrono.
     No parece sin embargo que los argumentos nuevos sean de peso, pues lo único realmente nuevo que sale a relucir son unas lápidas que estaban embutidas entre la reja de los coros alto y bajo, dedicadas a la memoria de D. Juan de la Barrera y de su fundación.
     Hasta 1757 sigue el papeleo, pero las pruebas no re­suelven la cuestión fundamental: el quid estaba en que los patronos no han cumplido con sus deberes (obligaciones de dotación y construcción) y han perdido su derecho. A partir de este momento no se guardan en el convento más papeles sobre el pleito, de lo cual se deduce que el Marqués, con­vencido al fin de grado o por fuerza de la inutilidad de su intento, desistió de sus pretensiones de patronazgo.
Los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX. 
     En el último tercio del siglo XVIII y primeros años del XIX poco hay que reseñar. Sin duda las religiosas, pasadas las angustias económicas de principio de siglo y resuelto definitivamente el problema de su desafortunado patronazgo, consiguen vivir en paz y rehacer su economía. Esto último parece deducirse por las nuevas reparaciones que hacen en el convento y la colocación de una campana en la iglesia. El dinero, como de costumbre, saldrá de las dotes de las religiosas y alguna donación de devotos del convento.
     En 1785 y gracias a la dote de una religiosa, Dña. Manuela Dherbe, se repara una pared del dormitorio particular de la comunidad. Se gastan once mil reales en la reparación. Esta pared estaba apuntalada y la autoridad civil había ordenado su derribo.
     La nueva campana de 451 libras de peso, dedicada a la Virgen de la Encarnación y S. José, se pone en 1792. Tenía grabadas una Virgen, un Crucificado y una cruz de Caravaca. La consagra el Obispo de Botra D. Agustín de Ayestán, el 28 de agosto, siendo abadesa Dña. María Ber­narda Dherbe. En este mismo año se hacen también algunas reformas interiores.
     En 1807 renovarán la custodia. Juan Ruiz, platero, hace el presupuesto de la obra cuyo costo asciende a 4.000 reales. Por este presupuesto se conoce que era una pieza de gran valor, con 332 diamantes, 88 esmeraldas y 41 piedras de color (topacios y amatistas). Era de plata y oro. Ahora, además de repararla, se le añaden dos piezas nuevas.
La entrada de los franceses y el decreto que pone punto final a la historia del convento.
     Poco va a durar la tranquilidad en el convento de la Encarnación. El 1 de febrero de 1810 entran en Sevilla las tropas francesas, y el 28 de abril se publica en "La Gazeta de Sevilla" el decreto, firmado por José Bonaparte en el Al­cázar, para la "formación de plaza pública en el terreno que ocupa la manzana comprendida entre las plazas de Regina y la Encarnación", que incluye el convento de este nombre. El mismo decreto ordena: "las monjas de la Encarnación serán trasladadas a otro convento". Ya hemos comentado este de­creto al hablar de las causas del derribo, y nuestras sospechas de razones estratégicas.
     Las monjas se trasladan al ex-convento de los Terceros, pero en un principio se piensa en unirlas a las monjas del Convento de la Paz (también de monjas agustinas y que será víctima de la desamortización en 1837). Así se deduce de la lectura de las Actas Capitulares (ya sabemos que las religiosas estaban sujetas al Deán y Cabildo). Concretamente, el acta del Cabildo ordinario del lunes 30 de abril dice:
     "El Sr. Visitador del Convento de la Encarnación presentó un oficio que le había pasado el Sr. Obispo Gober­nador sobre la traslación de las religiosas al Convento de la Paz. Y el Cabildo lo sometió a la Diputación de Hacienda para que informe en la brevedad posible".
     La Diputación de Hacienda informa:
     "Que lo que convenía era que el Sr. Visitador llevase facultades para manifestar a las monjas que hiciesen sus diligencias en orden a querer trasladarlas a otro convento por disposición del Gobierno", y añade lo que ya sabemos, que el suyo va a ser derribado con toda la manzana "para ampliar más la Plaza de la Encarnación".
     Pero se ve que las monjas no están por la unión a otro convento, y así se decide llevarlas al ex-convento de los Terceros. Para ello el Cabildo tendrá que repararlo, cormo se desprende del acta Capitular del 13 de agosto, ya trasladadas las religiosas. Este día se aprueba el gasto de la obra hecha en los Terceros, que asciende a 44 dineros y "por ahora" se suspende la obra, a pesar de que todavía faltaba por reparar la enfermería.
     El traslado se hace el día 10 de junio. Nos lo cuenta González de León en su "Crónica". Se hace con solemnidad. "Las monjas fueron en coches acompañadas del Sr. Obispo Auxiliar, del Gobernador francés, de una diputación de la Municipalidad y de muchos clérigos y personas distinguidas". Está claro que quiere subrayarse que no hay nada en contra de las monjas. Eso sí, el gasto que supone tanta solemnidad, no lo paga el Gobierno. En acta del Cabildo del lunes 4 de junio el Visitador del convento pide, al pa­recer en nombre de las religiosas, que el Cabildo dé alguna limosna, pues "se trataba de hacer la traslación con alguna magnificencia por el Administrador de Bienes Nacionales­" (los Terceros por ser ex-convento pertenecía a estos Bienes). También el Administrador de Bienes Nacionales pregunta, por boca del Visitador, qué debe hacerse "con las cenizas del Venerable Fernando de Mata", que está enterrado en el Convento de la Encarnación. El Cabildo parece que acuerda dar la limosna, previo informe, y, en cuanto a las cenizas del Venerable, deciden que sea el Obispo Gobernador quien diga lo que debe hacerse. Y lo que se hará es llevarlas a través de su éxodo: hoy están en el nuevo convento. En cambio por desgracia, no lo está el cuadro que presidía el altar bajo el cual estaba enterrado el Venerable: nada menos que un Roelas, del que hablaremos al describir la iglesia. Se ve que el cuadro, como diría el Cabildo, "le apeteció" al Gobierno
     Instaladas las monjas en los Terceros y derribado su antiguo convento (derribo que según G. de León ya había comenzado al hacerse el traslado), podemos dar por terminada la historia de éste. Sólamente añadiremos que a pesar del Memorial de Fernando VII con fecha de 11 diciembre de 1813, ordenando que se le devuelvan los bienes a los religiosos, al estar el convento derribado, no se le puede devolver, ni hay medios materiales para rehacerlo. El problema será que los Terceros reclaman su convento y hay que buscar a las monjas nuevo acomodo. Apoyadas por el Cabildo, tratan de retrasar la devolución y entretanto acuden una y otra vez al Rey para que les devuelvan lo suyo: una paja de agua, el solar del convento y lo que se sacó de la subasta de los materiales de derribo. Pero no consiguen nada y los P.P. Terceros presionan, por lo que otra vez se intentará "reunirlas" a las monjas del Convento de la Paz (agustinas también). Esta reunión no les gusta a las religiosas, pues se perdería su fundación, y piden que se les dé S. Antonio Abad, que está vacío. Pero al fin deciden labrar nuevo convento aprovechando la donación que les hace su gran benefactor, el luego Cardenal Cienfuegos, del antiguo hospital de Santa Marta, al que unen otras dos casas colindantes que también reciben de una donación particular. El traslado se hará el 20 de diciembre de 1819 y al día siguiente vuelven los Terceros a su antiguo Convento.
Descripción del edificio.
La iglesia.
     Estaba situada "hacia la parte del mediodía del convento".
PLANTA:
     "De una sola nave, muy espaciosa y elevada".
CUBIERTA:
     "De hermosa armadura de fuerte trabazón y singular labor". El "testero del crucero estaba cerrado en bóveda". En él estaba el altar mayor, que se elevaba sobre gradas de mármol.
PORTADAS:
     González de León dice: "su portada principal, muy arreglada de ladrillo cortado", y, "otra más pequeña de puerta", "que estaba junto al altar mayor, era preciosa, de mármol, con mil labores de delicado cincel".
     Ahora bien, Celestino López Martínez recoge en el Ar­chivo de Protocolos una escritura, con fecha 10 de septiembre de 1598, en la que Andrés Ocampo y Martín Alonso de Mesa se comprometen "a hazer la portada del monasterio que se está labrando en la plaza de Ponce de León". En esta escritura se describen "las figuras de talla" que se comprometen a hacer: "dos profetas de siete pies de alto, el uno David y el otro que se señalare, una historia de la Encarnación del Señor, la qual debe tener la Birgen y el Angel de tamaño natural y en el campo, el Espíritu Santo acom­pañado de nubes y seraphines fingiendo una gloria. En el frontispicio a de aver un Dios Padre de tamaño que cupiere"...
     Andrés Ocampo y Martín Alonso de Mesa dan carta de pago a D. Fernando Vallejo, con fecha 3 de diciembre de este mismo año 1598.
     Añade el citado autor que "en septiembre de 1597 se remató la construcción de la portada del convento de la Encarnación en Alonso Valdelvira. También la puso Pedro Díaz Palacios y fue su fiador Andrés Ocampo escultor". Pero no dice la fuente de esta última cita, aunque en la intro­ducción del libro afirma que los datos que éste contiene los encuentra en el Archivo de Protocolos.
     Serían, pues, los mismos autores quienes hacen la portada del convento de Santa Isabel y de la Encarnación. La primera, que se conserva, consta de un vano adintelado flanqueado por dos pares de columnas. Entre estas columnas hay cuatro hornacinas (dos entre cada par, pero una sobre otra), que están vacías (sabemos que sus esculturas se han perdido). En el ático hay un relieve que representa la Visitación a Santa Isabel y en el frontón que lo remata aparece un Padre Eterno. Vemos, pues, en el programa figurativo gran semejanza con el que contrata y hace el mismo Andrés de Ocampo para el monasterio de la Encarnación. Aquí el relieve será de la Anunciación ("la Birgen y el Angel"), y se pondrá el Padre Eterno en el frontispicio "del tamaño que cupiere". También Ocampo se compromete a hacer "dos profetas", uno David y el otro "el que señalare", que pudieron ser pensados para colocar en sendas hornacinas. En cuanto a las fechas de ambas portadas, tenemos 1598 para la del convento de la Encarnación y 1609 para la de Sta. Isabel. Es decir, la última estaría inspirada en la primera. Pero ¿dónde estaba esta portada del convento de la Encarnación?
     Hablando de la iglesia de dicho convento, González de León describe, como hemos visto, la portada principal con cinco palabras: "muy arreglada, de ladrillo cortado". No parece, pues, ser esta la portada obra de Vandelvira y Ocampo, aunque lo lógico es que ésta fuese la portada principal, como ocurre en Santa Isabel, donde por cierto la portada está labarada en piedra . Por otra parte, en las pocas líneas que dedica a describir el convento, no habla de portada alguna, cosa bastante lógica, pues es regla común en
todos ellos que el mayor esplendor se guarda para la iglesia. Así por exclusión no nos queda más portada que otra de la iglesia "más pequeña de puerta, que estaba junto al altar mayor". De ella dice "era preciosa, de mármol con mil labores­ de delicado cincel". Pero nos queda una duda: el tamaño de las figuras contratadas por Andrés Ocampo: "la Birgen y el Angel de tamaño natural", y los dos profetas "de siete pies de alto", a no ser que esta segunda portada fuera "más pequeña" que la principal, pero no tan pequeña.
COROS:
     Tenía la iglesia dos, alto y bajo, de los que no habla ningún autor, quizás por ser algo acostumbrado en toda iglesia de convento. Salen a relucir con motivo del famoso pleito por el patronazgo. En 1757 los sucesores del primer patrono invocan a su favor "unas inscripciones" de dos lápidas "que se hallan embutidas entre la reja del coro alto y bajo". Se conserva también la carta de pago que otorga el pintor y dorador de sus rejas, con fecha 29 de agosto de 1602. Dado que González de León dice que el altar de la Concepción estaba situado "frontero a la puerta principal" y ésta "en el lado del evangelio'', y "junto al altar mayor" había otra portada, es lógico suponer que ambos coros estarían situados a los pies de la iglesia.
RETABLO MAYOR:
     "Era de buena forma, de madera tallada, dividido en dos cuerpos: el primero con columnas y en el hueco prin­cipal el misterio de la Anunciación de Nuestra Señora, de escultura natural de mediano mérito". Este retablo era obra de Francisco Dionisio de Ribas, quien se obliga a hacerlo por escritura (el 10 de febrero de 1674), de la que ya hablamos en la "historia" del convento. Aparte del misterio de la Anunciación que ocupaba el hueco principal, había otras esculturas en el retablo: los Santos Juanes, S. Agustín y S. Pedro. Hoy la Anunciación, flanqueada por los dos Santos Juanes, preside el retablo mayor, neoclásico, del nuevo convento.
     Hay en la escritura de compromiso del retablo mayor una alusión al sagrario: "el banco y el sotobanco y sagrario lo he de entregar hecho y puesto en el dicho altar mayor para el día de Nuestra Señora del mes de agosto de este mismo año". Este nuevo sagrario sustituye nada menos que a otro de madera de borne, hecho por Montañés, que otorga carta de pago el 29 de noviembre de 1602. Desconocemos el paradero de este sagrario.
OTROS RETABLOS:
     Había "otros varios altares por la iglesia de que no con­servo memoria, y, al lado del evangelio, frontero a la puerta principal, había uno, dedicado a la Concepción de Nuestra Señora, muy arreglado y sencillo". En el hueco de dicho altar estaba sepultado D. Fernando de Mata, sacerdote ejemplar muerto en 1612, quien había dispuesto en su testamento ser enterrado en este convento o en el de las Mercedarias descalzas. Los albaceas disponen que sea aquí, y las monjas, cumpliendo el compromiso contraído, al ser derribado el convento, llevarán sus restos, primero a los Terceros y luego al nuevo convento construido en el Hospital de Santa Marta. Presidía este altar un magnífico cuadro de Roelas: "Nuestra Señora, a quien coronan ángeles, siendo de dicho artífice el Salvador y las pinturas de S. Juan Bautista y S. Juan Evangelista a los lados". Es curioso que los cuadros de Roelas sea lo único que llama la atención a Ponz en su visita a la iglesia del convento. También Arana de Varflora se refiere a ellas, añadiendo que en el altar del Sagrario hay pinturas de Domingo Martínez, siendo ésta por cierto la única alusión a ellas que conocemos.
     Por supuesto, González de León habla también de "cuatro pinturas del clérigo Roelas", añadiendo que "por las varias mudanzas que tuvo el convento", ignora su paradero, y da para los cuadros los mismos temas que Ponz.
     No encuentra el P. Llordén ninguna prueba documental que confirme a Roelas como autor de los cuadros citados, que cree pudieron ser los "cuadritos" de los que hablan las religiosas como lo único que el patrono deja puesto en la iglesia, al declarar en el pleito por la recuperación del patronazgo en 1718. El único Roelas seguro es el que presidía el altar bajo el que estaba enterrado el venerable Fernando de Mata. Así lo afirma Elías Tormo en 1914, quien localiza el cuadro en el Museo de Berlín. Recientemente, y con gran aparato bibliográfico, los profe­sores Valdivieso y Serrera nos dan noticia de este cuadro, de 2,79 x 1,68 mts., que figuró en París en la colección del Mariscal Soult. Hoy está en Berlín en el Staatliche Museen.
     Del resto de los cuadros atribuidos a Roelas no hay ningún rastro, aunque bien pudieran ser de dicho autor, pues éste muere en 1625, y el convento cierra su clausura en 1607. Su desaparición nada tiene de extraño en 1810. ¡Malos vientos corrían entonces para los buenos cuadros!
El convento.
     Las únicas noticias sobre él nos las proporciona González de León, quien dice que era "bastante grande, con un buen patio claustrado con columnas de mármol y arcos en los dos pisos, bajo y alto; buenos dormitorios y demás oficinas" y "su comunidad era muy numerosa, y en todos tiempos muy ejemplar y floreciente en virtudes" [Mª Luisa Fraga Iribarne, Conventos Femeninos Desaparecidos, Sevilla - Siglo XIX. Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto, Fuentes e Iconografía de la Solemnidad de la Anunciación o Encarnación del Señor;    
   La Anunciación, que también se llama la Salutación angélica, generalmente está representada en la entrada del santuario de las basílicas bizantinas, sobre los pilares del arco de triunfo y en los postigos de los retablos en la pintura occidental de finales de la Edad Media. En uno y otro caso es la visión del ángel transmitiendo a la elegida el mensaje divino que acoge a los fieles.
   Este lugar eminente que se reserva a la Anunciación en el arte cristiano se explica y justifica por el hecho de que no se trata simplemente de un episodio de la historia de la Virgen, sino del origen de la vida humana de Cristo, porque la Anunciación del ángel a María coincide con la Encamación del Redentor. Por lo tanto, se trata del primer acto o preludio de la Obra de Redención, como lo escribió Beda, el Venerable, que la calificó de exordium nostrae Redemptionis.
Culto
   La riqueza de la iconografía de la Anunciación se debe no sólo a su irnportancia doctrinaria en la economía de la Salvación, sino al culto que le ha profesado la Iglesia.
    Fijada en la fecha del 25 de marzo, exactamente nueve meses antes de la Natividad o Navidad, la fiesta de la Anunciación fue popularizada en Occidente por órdenes religiosas tales como los servitas (servidores de la Virgen) cuyas iglesias están dedicadas en Italia a la Annunziata, la orden francesa de la Santísima Anunciación (Très Sainte Annonciation) fundada en Bourges por santa Juana de Valois hija del rey Luis XI; y por órdenes de caballería como la Saboyana, que luego en Italia se llamó de la Annunziata, que data del siglo XIV, y fundó en 1360 Amadeo VI, duque de Saboya.
   La Virgen de la Anunciación era venerada en París con el nombre de Nuestra Señora de la Buena Nueva  (Notre Dame de la Bonne Nouvelle).
   Además, la Anunciación ha sido elegida como fiesta patronal por numerosas corporaciones como la de los rosarieros o fabricantes de rosarios, objetos con los cuales se recita el Ave María; la de los fabricantes de loza o porcelana, a causa del vaso de mayólica donde se erige el lirio blanco que simboliza la pureza de la Virgen; la de los carteros y mensajeros, que al igual que el ángel Gabriel distribuyen el correo.
   Los campesinos veían en la Anunciación la fiesta de la fecundidad. Ese día la tierra se abre para recibir la simiente, como la Virgen para concebir al Redentor. Es el momento propicio para cavar el primer surco, sembrar o plantar.
Fuentes canónicas y apócrifas 
     Antes de analizar las representaciones de esta escena en el arte cristiano de Oriente y Occidente, es importante precisar las fuentes.
   Es aquí donde por primera vez nos encontramos en presencia de un hecho atestiguado por los Evangelios canónicos, o más exactamente, por uno de los cuatro Evangelios, el de Lucas (1: 26: 38).
   He aquí los términos en que narra el mensaje del ángel: «...En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella, le dijo: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo ( ...) concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre ( ...)
   «Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra (Virtus Altissimi obumbrabit tibi) ...
   «Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
   El Evangelio no aclara a qué hora tuvo lugar la aparición. Es por razones litúrgicas que se la sitúa en el crepúsculo, porque es la hora del ángelus.
   Numerosos detalles del arte cristiano se han tomado de los Evangelios apócrifos, especialmente del Protoevangelio de Santiago y del Evangelio de la Natividad de la Virgen, que en Occidente fueron vulgarizados por Vicente (Vincent) de Beauvais en el Speculum Historiae, y por Santiago de Vorágine en la Leyenda Dorada. A esas dos fuentes hay que sumar el Evangelio Armenio de la Infancia, que ha tenido gran  influencia en la iconografía bizantina.
   De acuerdo con los relatos apócrifos, habría habido no una sino dos Anunciaciones de la Natividad del Señor, sin contar la de la Muerte de María.
   Según el Evangelio Armenio (cap. V), la Virgen en principio fue saludada por un ángel invisible en el momento en que salía con un cántaro para sacar agua de la fuente. Como temía una estratagema del demonio, se puso a rezar: « Dios de Israel -oró- no me entregues a las tentaciones del enemigo y a las asechanzas del Seductor; mas líbrame de las trampas y de la astucia del cazador.»
   De regreso en su casa, se puso a hilar la púrpura para el velo del Templo. El ángel Gabriel penetró una segunda vez junto a ella a través de la puerta cerrada, y aunque incorpóreo, se le presentó entonces con la apariencia de un ser de carne para anunciarle que quedaría encinta y pariría al Mesías.
   Como no podía creer que concebiría, puesto que no había conocido hombre alguno, el ángel le explicó que el Espíritu Santo descendería en ella sin desflorar su virginidad. Ella acabó por consentir. En el mismo instante el Verbo de Dios penetró en ella por su oreja e inmediatamente comenzó su embarazo.
   Se advierte cuanto agregan los Evangelios apócrifos al Evangelio de Lucas. El ángel invisible saluda una primera vez a la Virgen en el momento en que ella va a buscar agua a la fuente. Luego se presenta corporalmente frente a ella, mientras María está tejiendo el velo de púrpura para el Sancta Sanctorum.
Iconografía
El tema plástico
   A pesar de las variantes iconográficas de la Anunciación en el arte oriental y occidental, casi innumerables, sus coordenadas plásticas esenciales permanecieron inmutables en el transcurso  de las edades.
   No obstante el escaso número de personajes, que se reducen a dos, o a tres si el Espíritu Santo se agrega a la Virgen y al ángel anunciador, la Anunciación plantea problemas muy complejos desde el triple punto de vista espacial, dinámico y psicológico. La Anunciación es al mismo tiempo geometría en el espacio, conflicto de fuerzas y descenso de la gracia divina en el vaso de elección que es el cuerpo de la Virgen María.
   Lo que esencialmente diferencia a la Anunciación de temas análogos tales como la Visitación, es que los dos principales actores pertenecen a mundos diferentes. El ángel es una criatura celestial, en principio incorpórea, en cualquier caso alada e inmortal, que escapa a las leyes de la pesadez y de la muerte. La Virgen, por el contrario, es una criatura humana, infinitamente pura, pero sometida a todas las servidumbres de la condición terrenal.
   Por otra parte, los dos personajes difieren no sólo por su esencia sino por su papel: el ángel que transmite el mensaje divino es activo, la Virgen que lo recibe es pasiva. Su reacción, que no se traduce en modo alguno por un consentimiento total e inmediato, sino por una vacilación y un repliegue, en cualquier caso es muy débil.
   De allí resulta una disimetría que es inherente al tema. Los dos figuras son desigualmente expansivas: el ángel de grandes alas desplegadas exige más espacio que la Virgen amedrentada que se acurruca en un rincón del oratorio.
   Desde el punto de vista espacial. la consecuencia  es que el espacio se fracciona en dos partes desiguales y disímiles: en vez de un espacio homogéneo, de una escena al aire libre o interior, tenemos un espacio mixto, abierto y cerrado a la vez, con un afuera y un adentro. A veces, el espacio abierto no es más que un pórtico exterior adosado a la casa de la Virgen. Cuando los dos personajes están en el in­terior, el fraccionamiento del espacio subsiste, ya sea porque una columna divide la habitación en dos mitades, ya porque el ángel se destaca sobre el fondo de un paisaje al tiempo que la Virgen está en el fondo de su dormitorio.
   Esta dualidad del espacio está subrayada por la iluminación: el ángel siempre está del lado de la luz mientras que la Virgen permanece en la sombra.
   Si la Anunciación se diferencia de la Visitación por su disimetría, se distingue también por su dinamismo. El factor tiempo interviene, puesto que la escena com­porta dos momentos: en principio, el ángel entrega el mensaje; a continuación, la Virgen responde.
   De acuerdo con el temperamento de los artistas, la irrupción del ángel en el santuario virginal es más o menos violenta, ya es proyectado como un bólido «en un golpe de viento», ya, por el contrario, se desliza en silencio y en puntillas, apenas rozando el suelo. Pero su «Carga dinámica» siempre es más fuerte que la de la Virgen que constituye el otro polo. El ángel representa el puesto emisor, la Virgen el receptor; y de uno a otro polo, se sienten pasar los efluvios magnéticos, se cree oír la crepitación de una chispa eléctrica. 
 Sin embargo, esa relación de fuerzas tiende a alterarse e incluso a invertirse com­pletamente por la influencia del progreso de la mariolatría. Poco a poco el papel del ángel disminuye: en vez de presentarse como maestro y triunfador, como un embajador celestial en el cual Dios habría delegado plenos poderes, se arrodilla mo­destamente frente a la Virgen, en la cual saluda a la Madre del Hijo de su Señor, la futura reina de los ángeles. La Virgen ya no es la humilde sierva (ancilla Domini) que se inclina frente al enviado del cielo y recibe su  mensaje  como  una  gracia, sino la soberana que acepta un homenaje. Se produce una desnivelación en provecho suyo: es ella quien desde lo alto de su trono domina al ángel arrodillado, destituido del rango de embajador celestial al de mero paje.
   Al mismo tiempo, la importancia del ángel se encuentra reducida por la introducción de un tercer actor: la paloma del Espíritu Santo. La paloma, que anteriormente sólo tenía un valor simbólico, tendrá un papel activo: se convierte en la emanación directa de Dios Padre y sustituye al Anunciador, reducido al papel secundario y auxiliar de un intérprete.
   De esta manera la composición cambia de carácter: de polarizada se convierte en convergente. La Virgen, que era sólo una figura lateral, subordinada a su compañero más dinámico, tiende a convertirse en el personaje central hacia el cual convergen todos los rayos que emanan del Padre Eterno, en los cuales desciende Dios Hijo, encarnado en el Niño Jesús.
La Anunciación asociada con la Encarnación
   Desde que la Virgen ha dado su consentimiento a la misión divina que le revela el arcángel Gabriel, la Concepción virginal se opera y el Verbo se hace carne. La Encarnación de Cristo sigue inmediatamente a la Anunciación; la Conceptio y la Annuntiatio Christi son una sola.
   En las representaciones de la Anunciación que hemos estudiado hasta el momento, la idea de la Encarnación no se expresa alegórica ni explícitamente. Pero los artistas, guiados por los teólogos, debían ser conducidos con naturalidad a combinar ambos temas.
   Así se explica la aparición de dos motivos muy característicos de finales de la Edad Media: el Descenso del Niño Jesús en el vientre de María y la Caza del Unicornio que se refugia en el vientre de una virgen.
La inmersión del niño Jesús en el vientre de la Virgen
   Si se observan con alguna atención las Anunciaciones del siglo XV, con frecuencia se advierte un detalle que en principio parece sorprendente.
   Encima de la cabeza de la Virgen aparece Dios Padre haciendo un gesto de bendición. De su boca sale un haz de rayos luminosos por los cuales desciende la paloma del Espíritu Santo. Pero ella no está sola, en dicha trayectoria proyecta un niño no un embrión, sino un «homunculus» enteramente formado: es el Niño Jesús, como lo muestra la cruz que suele llevar al hombro. Ese niño concebido por el Espíritu Santo se sumerge en el vientre de la Virgen, como el polen fecundante aspirado por el cáliz de una flor.
   No hay allí, como pudiera creerse, una réplica cristiana del mito del cisne de Leda, sino la traducción de una doctrina teólogica. Se creía que Jesús, en vez de formarse «in utero» como lo hacen los hijos de los hombres, había sido lanzado por Dios desde lo alto del cielo (emissus caelitus) y había entrado completamente forma­do en el vientre intacto de la Virgen.
   ¿Por qué camino se había operado la Encarnación? Los teólogos se dividían en dos escuelas acerca de este punto. Unos sostenían que Cristo, que es el Logos (la palabra), el Verbo, había entrado por la oreja de la Virgen al mismo tiempo que el men­saje del ángel Anunciador: virgo per aurem impregnatur. Es el tema de la Conceptio per aurem. En una prosa del siglo XII se cantaba:
Gaude, Virgo, Mater Christi 
Quae per aurem concepisti.
   Pero la mayoría creía que la concepción se había realizado más normalmente por el canal uterino (Conceptio per uterum).
   El tema es sin duda de origen bizantino, porque en los iconos rusos de la Anunciación se ve al Niño Jesús ya en el vientre de la Virgen (Mladenets vo tchreve Bogomateri). Aparece en Italia a principios del siglo XIV, y  más tardíamente en Francia,  Flandes  y Alemania.
   A partir del siglo XV ya se oían protestas contra ese tema chocante. No se trataba, claro está, de defender el buen gusto ultrajado o la simple decencia, sino de la ortodoxia en peligro. El arzobispo de Florencia, san Antonino, censuraba a los pintores que representaban al Niño Jesús proyectado al vientre de la Virgen ya formado, como si su cuerpo no se hubiera alimentado de la sustancia materna.
   El concilio de Trento se unió a esta condena y el famoso teólogo Molanus de Lovaina se convirtió en su intérprete, proscribiendo del repertorio del arte católico las Anunciaciones donde se veía «Corpusculum quoddam humanum descendens inter radios ad uterum Beatissimae Virginis», como si el vientre de la Virgen -agregaba- sólo hubiese sido un simple tubo o conducto (fistula) por donde ha entrado y salido el cuerpo de Cristo formado en el cielo.
La caza del unicornio o la caza mística
   El tema de la Caza del Unicornio, cinegético y místico a la vez, mediante el cual el arte de finales de la Edad Media ha intentado expresar alegóricamente los dos misterios hermanados de la Salutación Angélica y de la Encarnación, es una amalgama del Cantar de los Cantares y del Fisiólogo  (Physiologus).
   La Virgen está, en efecto, sentada en un jardín cerrado o cercado (Hortus conclusus), o bien detrás de una puerta cerrada (porta clausa), en medio de emblemas tomados, como los de la Inmaculada Concepción, del Cantar de los Cantares: la fuente sellada (font signatus), la torre de David (turris Davidica), la torre de marfil (turris eburnea).
   Un unicornio, que en los Bestiarios es el símbolo de la Castidad, perseguido por la jauría del arcángel Gabriel llega a refugiarse en su vientre. Los cuatro lebreles que lleva atados simbolizan las Virtudes: Justitia, Misericordia, Pax, Veritas, que han decidido al Verbo a encarnarse.
   El unicornio, que sólo podía ser capturado por una virgen, es aquí la imagen de Cristo que viene a encarnarse en el vientre de María. Ésta está representada como la doncella que sirve de trampa al unicornio, atrayéndolo con el perfume de su vientre virginal. El ángel Anunciador toma la forma del montero alado que desatraílla  a los cuatro lebreles haciendo sonar el cuerno.
   Esta manera singular de simbolizar la Encarnación con una escena de caza, desconocida para el arte bizantino, gozó de los favores de Occidente desde el siglo XV hasta comienzos del XVI.
   Es en el arte alemán donde se encuentran los ejemplos más numerosos.
   El motivo no se aclimató bien en Francia, aunque tenga como fuente un sermón de san Bernardo que fue el primero que tuvo la idea de aplicar a la Anunciación las palabras del Salmo 85, 11: «Se han encontrado la piedad y la fidelidad, /se han dado el abrazo la justicia  y la paz (...)» (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de la Anunciación o Encarnación del Señor;
 Fiesta derivada del primitivo ciclo natalicio. Seguramente proceda de la conmemoración que debía hacerse en Nazaret en la Basílica de la Anunciación erigida por Santa Elena, porque en cada basílica se celebraba anualmente el misterio que allí era recordado a la par que su dedicación.
   En el siglo VI ya se encuentra algún indicio de celebración de esta fiesta, pues una de las homilías de Abrahán Obispo de Éfeso, que vivió en la época del Emperador Justiniano (mediados del siglo VI), lleva de título: En la Anunciación de la Madre de Dios.
   Fiesta de la maternidad virginal, primero se fija en los días preparatorios de Navidad, por relación con el nacimiento y por consideración a la cuaresma: la liturgia romana, el miércoles de témporas de Adviento; la ambrosiana, el IV domingo de dicho tiempo, y la hispánica, el dieciocho de diciembre (X Concilio de Toledo, 656).
   Alternó y después se complementó con una centrada ya en la concepción de Jesús, que se fija el veinticinco de marzo, una vez que se había extendido desde Roma la fiesta del veinticinco de diciembre de la Natividad del Señor, unida, por tanto, al recuerdo  festivo de la Anunciación de María (nueve meses antes), cuyo nombre recibe, llegando a oscurecerse las celebraciones de otras fechas.
   Aparte de su correlación con la Navidad, no olvidemos que coincide con el equinoccio de primavera, que se vinculaba con la creación del mundo y del hombre, y por tanto adquiere una gran carga simbólica, al celebrarse la concepción de Cristo, el Nuevo Adán, el hombre de la Nueva Creación. Posteriormente se añadió también la conmemoración de la muerte de Cristo.
   Sin ninguna duda, se celebraba, tanto en Oriente como en Occidente, en el siglo VII, y documentamos la fecha del veinticinco de marzo en el Chronicon Paschale de Alejandría del 624, que la titula Anunciación de la Madre de Dios, y en un decreto del Concilio Quinisexto Trulano (Constantinopla, 692), que ordenaba se celebrase aunque cayera en cuaresma.
   El Papa Sergio I (+701) la incluye entre las cuatro fiestas marianas en las que debía organizarse procesión; la de ésta fiesta cayó en desuso en la Baja Edad Media. Ya aparece en el Sacramentario Gelasiano y en el Gregoriano (siglo VIII).
   Originariamente del Señor, adquirió en Occidente un marcado tinte mariano, pero, a diferencia del caso de la Purificación, la figura de la Virgen resplandece con luz propia, porque en el misterio de la Encarnación no se puede prescindir de la Madre. Aunque, como es natural, la glorificación de María es a la par glorificación del Señor.
   En la reforma de 1969 se le ha devuelto su primario tinte cristológico, denominándola Anunciación del Señor, nombre que ya había recibido en los inicios de la fiesta (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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sábado, 24 de enero de 2026

El desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Paz (Agustinas)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Paz (Agustinas), de Sevilla.  
     Hoy, 24 de enero es la festividad de Nuestra Señora de la Paz, así que hoy es el mejor día, para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Paz (Agustinas), de Sevilla.
     Y que mejor día que hoy para Explicarte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Paz, de las Agustinas.
     El desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Paz, se encuentra en la calle Bustos Tavera, 15; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
Fundación e Historia.
     Afirma el P. Llordén al hablar de este convento, que es, sin lugar a duda, uno de los menos estudiados por historia­dores y cronistas. Unido esto a la pérdida de su archivo, poco es lo que sabemos de él, pese a sus doscientos sesenta y seis años de existencia.
     Situado en la calle Bustos Tavera, llamada antiguamente de los Melgarejos por tener esta familia su casa en la calle, llegaba hasta la de S. Felipe Neri, bordeando la de la Inquisición Vieja. Estas dos últimas calles son hoy Dña. María Coronel.
     Data su fundación del año 1571, cuando para este fin el sacerdote D. Andrés Segura, racionero de la Santa Iglesia Catedral compra varias casas, unas con entrada por la calle Bustos Tavera y otras por Dña. María Coronel, obteniendo la licencia de fundación del cardenal D. Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, quien participó en el concilio de Trento.
     A los pies de la iglesia y delante de lo que fue el coro bajo -que ya no existe, aunque sí la reja del alto-, se conservan dos lápidas de miembros de la familia del fundador. Bajo la primera está enterrado Diego de Segura, "patrón perpetuo de este monasterio y hermano del racionero Andrés de Segura de buena memoria fundador dél. Falleció el 6 de mayo de 1582". La segunda lápida "es de los ilustres señores Antón de Segura y Dña. Isabel de León su muger y sucesores, el qual fue patrón de esta casa"... Murió el 9 de julio de 1580.
     No concuerda totalmente el dato encontrado por el P. Llordén en el archivo municipal, de ser las fundadoras dos religiosas procedentes del también desaparecido convento cisterciense de las Dueñas, con la alusión que se hace en el libro de fundación de este último convento a la fundación del de la Paz. Se dice allí que Dña. Isabel de Mercado, su fundadora y sus compañeras, llevaron como primera abadesa a "Dña. María Sotomaior, monja nuestra, que buelta a esta casa donde después fue prelada, la llevó Nuestro Señor de edad de ciento dos años a dalla el premio de su exemplar y larga vida. Fue estimada por la muger más entendida de su tiempo". Para el P. Llordén serían Dña. Isabel de Mercado y Dña. María de Sotomayor monjas procedentes de las Dueñas. De serlo también Dña. Isabel, constaría sin duda en el libro de fundación de aquel convento.
     González de León sólo nombra a Dña. María de Sotomayor, como primera abadesa, quien, ya hemos visto, vuelve a las Dueñas, después, lógicamente, de consolidar la andadura en Sta. María de la Paz.
     Conocemos la existencia de una capellanía, fundada el año 1613 por Dña. Luisa Fernández de Colmenero, viuda del veinticuatro de Sevilla D. Hernán Ramírez de Cartagena, quien compra un altar y su bóveda para enterramiento.
     Se conserva, delante del retablo situado frente a la puerta de la iglesia que cierra el brazo de la cruz que forma su planta y en el lado de la epístola, una lápida con los nombres del veinticuatro D. Hernán Ramírez de Cartagena, su mujer y "subcesores" con la fecha: 1613. Es la única bóveda que hoy día se conserva, las demás se han ido rellenando con el paso del tiempo.
     También, y en el mismo brazo de la cruz, junto al altar de S. José, está la lápida que recuerda ser propiedad de "D. Manuel Rodríguez Díaz y Andrada y su mujer Dña. Leonor de Costa y Andrada, hijos y sucesores".
     D. Manuel Rodríguez había fundado por testamento otorgado el 30 de noviembre de 1640 un patronato. Fue padre de Dña. María y Dña. Felipa Andrada, monjas profesas en este convento, a quienes deja 600 ducados de renta con la condición de que al fallecer funden cuatro capellanías perpetuas de 362 misas por su alma, la de su mujer e hijas, debiendo trasladar a Dña. Leonor -su mujer- y un hijo, Francisco, enterrados entonces en el convento de S. Agustín, a esta bóveda. También deja 1.000 ducados a cuatro sobrinas: Dña. Magdalena, Luisa, María y Felipa de la Vega y Andrada, monjas también de la Paz, para que al fallecimiento de ellas, se funde otra capellanía más en su altar de S. José.
     No hay ya más noticias hasta el siglo XIX, y éstas a través de otros conventos. En 1815 quisieron reunir a las monjas del de la Encarnación, cuyo primitivo convento había sido derribado durante la invasión francesa en Sevilla y ocupaban el de los Terceros, suprimidos entonces como todos los frailes, pero que vuelven a recuperar sus propiedades por voluntad de Femado VII. La abadesa de la Encarnación, Sor Mª Josefa Rodríguez de León, hace entonces una "Exposición" al Nuncio para evitar la unión de ambas comunidades y alega que la Paz está la mayor parte en ruina, habiéndose desplomado en diciembre último su dormitorio. Pocos años más tarde, "el 7 de mayo de 1817 huvo una orrorosa tormenta en esta ciudad y cayó un rayo en las monjas de Sta. María de la Paz que les destrozó el campanario y partió la cruz". Ignoramos si se repararon todos estos desperfectos antes de la extinción, que fue el 11 de mayo de 1837. Caprichos de la vida, las reúnen con el convento cuya comunidad quisieron traer aquí: el convento de la Encarnación, situado ya en la plaza de Virgen de los Reyes.
     El convento se convierte enseguida en casa de vecinos, quedando la iglesia abierta al culto hasta 1868 en que cierra por orden gubernamental.
     La iglesia debió dejarse hasta esta fecha completa. Lo deducimos del siguiente dato: el 2 de enero de 1869 la abadesa del convento de la Encarnación reclama y consigue "un S. Agustín y una Virgen del Rosario" que "eran" del convento de la Paz.
     Ignoramos si la iglesia se volvió -o no- a utilizar hasta 1936. En este momento se sabe que estaba cerrada y allí concede el Arzobispado refugiarse a la Hermandad de la Sagrada Mortaja, propietaria de una capilla en la parroquia de Sta. Marina, incendiada en esta fecha. La autorización para su traslado es de 10 de noviembre de 1936. También se refugia aquí entonces la Hermandad de la Divina Pastora, procedente también del templo parroquial de Sta. Marina. Por fin, el 14 de diciembre de 1967, el cardenal Bueno Monreal firma con la Hermandad de la Sagrada Mortaja, única que ocupa ya el templo, la permuta de esta iglesia por su antigua capilla de Sta. Marina, si bien alguno de sus retablos­ los recoge previamente el párroco de S. Román, para su iglesia. Gracias a esta Hermandad, la iglesia y su compás se conservan en perfectas condiciones, para satisfacción de todos los amantes del arte y tradiciones sevillanas.
Descripción del edificio.
La iglesia.
     Original entre todas las de los conventos femeninos se­villanos de clausura, por su planta de cruz perfecta (solamente hay otra: la de las Capuchinas), se conserva en uso y buen estado gracias, repetimos, a la cofradía que la ocupa. Sólo ha perdido los coros. Del alto se conserva la reja, pero el bajo se tapió para aprovecharlo también como vivienda y así lo vio el P. Llordén cuando escribe sobre el tema. 
     En cuanto a sus retablos, cuyos autores se desconocen, parece evidente que el mayor se hizo para el lugar que ocupa. No lo describe González de León. Sólo dice de él ser, como "todos los altares que hay en ella, muy modernos, arregladitos al gusto del fin del siglo anterior". Ac­tualmente, el camarín, ocupado antes por la titular del convento, Ntra. Sra. de la Paz, lo está hoy por el grupo escultórico titular de la cofradía propietaria del templo, y Ntra. Sra. de la Paz ocupa el lugar situado encima del camarín, también en la calle central. Es una imagen de vestir, quizás anterior al retablo. Sólo conocemos del retablo al autor del camarín: Pedro de Soto, quien otorga carta de pago a las monjas de la Paz el 12 de octubre de 1703.
     Pese a que Sancho Corbacho, en una nota, dice no existir en la iglesia el único retablo cuyo contrato se conoce: encargado por Dña. Luisa Fernández Colmenero, viuda del veinticuatro de Sevilla D. Hernán Ramírez de Cartagena a Diego López Bueno en 1602, Palomero Páramo lo identifica con el que actualmente sirve de Sagrario a la Hermandad de la Sagrada Mortaja, aunque ha perdido su primitivo programa iconográfico.
     También y gracias al actual archivero de la parroquia de S. Román, sobrino del párroco que los recogió, ya fallecido, hemos podido identificar los dos retablos (de los cuatro que se le concedieron) que el párroco de S. Román pudo recoger de esta iglesia (pues la Hermandad de la Sagrada Mortaja se opuso al traslado de más). Se trata de dos pequeños retablos iguales, colocados hoy uno frente a otro en las dos naves laterales de esta parroquia, dedicados actualmente a S. José y S. Antonio. Son fechables en el primer tercio del siglo XVII. Se conservan los primitivos titulares de ambos retablos: un relieve de la Stma. Trinidad, colocado ahora sobre la puerta de la sacristía, y un S. Juan Bautista, que preside el despacho del párroco.
     Asimismo, un crucificado, situado a los pies de la iglesia, procede de la cocina de la casa de vecinos en que se convirtió el convento. Naturalmente, está ennegrecido por los humos.
El convento.
     "Era como son todos regularmente, tenía sus patios claustrados, dormitorios, enfermería, etc., pero estaba muy ruinoso y era pequeño". No nos aclara más el P. Llordén, quien lo recorre en 1944 cuando escribe su trabajo, pues dice haber sufrido el edificio "tan notables variaciones por las reformas introducidas" que es imposible reconocerlo salvo por las paredes maestras y gruesos muros exteriores. Desconocemos pues si su entrada -puerta reglar y locutorios- estaban situados en el compás, donde hoy existen varias pequeñas casas, pero totalmente rehechas, aunque conservando el recinto un aire conventual. El resto del antiguo edificio, ya ha caído bajo la piqueta hace algunos años [Mª Luisa Fraga Iribarne, Conventos Femeninos Desaparecidos, Sevilla - Siglo XIX. Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Festividad de Nuestra Señora de la Paz;
 
     Ya entre los Padres Griegos, San Epifanio exclama a María: “por Ti ha sido entregada al mundo la paz celeste”, y San Efrén la llama Paz del Mundo. En nuestra patria, en 1632, Pedro Manrique, Arzobispo de Toledo, había instituido la Fiesta de Nuestra Señora de la Paz, a la que se une la memoria de la descensión de Nuestra Señora para imponer la casulla a San Ildefonso, en honor de una imagen que había sido entronizada en una iglesia restituida al culto cristiano con la Reconquista en el 1085, lugar donde se había celebrado el IX Concilio de Toledo y que se había consagrado el primer año del reinado de Recaredo con el nombre de Sancta Maria in Cathedra. El siete de septiembre de 1658 el Papa Alejandro VII Chigi, a ruegos de Luis XIV de Francia, había así mismo concedido a su reino la Fiesta de la Virgen Reina de la Paz. Pero quien dio un impulso decidido a esta advocación fue el Papa Benedicto XV Della Chiesa con ocasión de la I Guerra Mundial: en 1915, en la felicitación de Navidad a los Cardenales conmina a orar a María, Reina de la Paz, por el cese de las hostilidades, y él mismo, el uno de mayo de 1917, añadió a las Letanías Lauretanas el título que las cierra, Reina de la Paz. Su memoria litúrgica se celebra el veinte y cuatro de enero en algunos sitios, y en otros el cuarto domingo de octubre. A este título se dedica el formulario número cuarenta y cinco para el Tiempo Ordinario del Misal de la Virgen. En palabras del Misal de la Virgen, “a causa de esa íntima y estrecha unión con Su Hijo, ‘Príncipe de la Paz’ (Is.IX,6), la Santísima Virgen ha sido venerada cada día más como Reina de la Paz: en algunos calendarios de Iglesias particulares y de Institutos Religiosos se halla la memoria de la Santísima Virgen Reina de la Paz”.
     En sus textos, tomados a excepción del prefacio del Propio de las Diócesis de Savona y Noli, “se conmemora la cooperación de la Virgen en la reconciliación o  paz” entre Dios y los hombres realizada por Cristo: en el misterio de la Encarnación [...], el el misterio de la Pasión [...], en el misterio de Pentecostés [...]. Al celebrar la memoria de la Virgen María, Reina de la Paz, la asamblea de fieles pide a Dios que, por su intercesión, conceda a la Iglesia y a la familia humana: el Espíritu de caridad [...], los dones de la unidad y de la paz [...], la tranquilidad en nuestro tiempo (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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Más sobre la calle Bustos Tavera, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 12 de junio de 2022

La Iglesia del Convento de la Santísima Trinidad (Las Descalzas), de Diego Antonio Díaz, en Carmona (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia del Convento de la Santísima Trinidad (Las Descalzas), de Diego Antonio Díaz, en Carmona (Sevilla).  
     Hoy, 12 de junio (domingo siguiente a Pentecostés), Solemnidad de la Santísima e indivisa Trinidad, en la que confesamos y veneramos al único Dios en la Trinidad de personas, y la Trinidad de Personas en la unidad de Dios [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la Iglesia del Convento de la Santísima Trinidad (Las Descalzas), en Carmona (Sevilla).
   La Iglesia del Convento de la Santísima Trinidad (Las Descalzas), se encuentra en la plazuela del Marqués de las Torres, s/n; en Carmona (Sevilla).
     Presenta planta de cruz latina con una sola nave, crucero y cabecera plana. Las bóvedas son de cañón entre arcos fajones y lunetos, situándose en el crucero una cúpula sobre pechinas, que aparecen decoradas con hojarasca, angelitos y medallones con los Evangelistas. En el muro derecho se abren dos portadas gemelas, com­puestas por un vano adintelado entre pilastras, rematado por una hornacina entre jarrones y una cruz lobulada. A los pies del mismo muro se levanta la torre, rematada por un doble campa­nario, que se decora con labores de azulejería. La construcción del convento se inició en 1718 con planos del arquitecto Diego Antonio Díaz, quien dirigió las obras hasta su finalización trein­ta años más tarde.
     El retablo mayor está sin dorar y consta de dos cuerpos de tres calles compartimentadas por estí­pites y ático. Cronológicamente se sitúa entre 1755 y 1758, y es obra de Miguel Gálvez, habiendo colaborado en él probablemente Felipe Fernández del Castillo. En el primer cuerpo figu­ran las esculturas de madera policromada de San Nicolás Tolentino y San Juan de Sahagún; en el segundo cuerpo se encuentran las de Santa Verónica y Santa Clara de Benasgo, y en el ático se sitúan las de San Joaquín y San José y un relieve de la Imposición del cíngulo a San Agustín. A ambos lados del manifestador se hallan dos pequeñas esculturas de San Pedro y San Pablo de la misma cronología que las restantes del retablo. En el lado izquierdo del crucero se sitúa un retablo sin dorar de un cuerpo de tres calles compartimentadas por columnas corintias fechable hacia 1790 y atribuible a Francisco de Acosta el mayor. En la hornacina central figura una escultura de Santa Mónica de la misma fecha que el retablo y en los laterales y en el ático se sitúan las esculturas de San Guillermo y San Federico de Ratisbona, ambas del momento del retablo, y la de San Juan de la Cruz, fechable en el siglo XVII. A continuación se halla un retablo de la primera mitad del XVIII en cuya hornacina central se sitúa una escultura de la Inmaculada de principios de ese mismo siglo. A su lado se encuentra un retablo compartimentado por estípites de la misma fecha y autor que el de Santa Mónica, en el que figuran esculturas modernas y un relieve con la Visión de San Agustín de la época del retablo. El último altar de este muro de la nave es de tipo neoclásico y de principios del  siglo XIX, situándose en él una imagen moderna.
     En el lado derecho del crucero se halla un retablo de estructura y cronología similar al frontal, también atribuible a Francisco de Acosta el mayor. En la hornacina central se sitúa una imagen de vestir de San Agustín de la misma fecha que el retablo y en las calles laterales se disponen esculturas de San Alipio y Santo Tomás de Villanueva, asimismo del momento del retablo. En el muro de la nave se encuentra un retablo de la primera mitad del siglo XVIII en cuya hornacina central se sitúa una imagen de vestir de Santa Rita de Casia y en cuyas calles laterales, compartimentadas por estípites, figuran esculturas de San Miguel y San José, todas ellas del momento del retablo. A los pies de la iglesia y en el muro izquierdo se encuentra una buena pintura de la Inmaculada, obra de Juan del Castillo. En la sacristía, cubierta por medio de una bóveda esquifada con lunetos, se encuentra un interesante sagrario de madera policromada de finales del siglo XVII que se utiliza como monu­mento en el Jueves Santo. Entre las piezas de orfebrería con que cuenta el convento hay que destacar un copón de fines del siglo XVI, un cáliz de principios del XVII y un ostensorio de fines del XVIII que presenta el punzón del platero Palomino (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El Convento de la Santísima Trinidad de Carmona se encuentra ubicado intramuros de la ciudad, frente a la iglesia de Santa María y muy cercana a la plaza mayor al que la une la calle Martín López, una de las más emblemáticas e importante de la población.
     Desde el punto de vista arquitectónico el conjunto edilicio está conformado por un grupo de edificaciones compuesto de iglesia, coro, sacristía, dependencias de la clausura, etc., todo ello en torno a un patio central, sector en el que se encuentra el cementerio, y otras construcciones ubicadas en el extremo norte que conectan con el actual huerto.
     Esta agrupación presenta una superposición de volúmenes, destacando el cuerpo y fachadas de la iglesia del conjunto del caserío, superados por la cercana iglesia de Santa María. Los volúmenes destacables corresponden al cuerpo de la iglesia, crucero con cúpula y torre, relegándose a un nivel de dos plantas el resto de los edificios conventuales. 
   La iglesia presenta planta de cruz latina con una sola nave, dividida en tres tramos, crucero y capilla mayor de cabecera plana. En los muros perimetrales de la nave se adosan pilastras cajeadas entre las cuales se abren arcosolios de medio punto que albergan retablos en el lado del Evangelio y dos vanos rectangulares, que dan acceso al templo, en el lado de la Epístola. En la zona superior de los muros perimetrales se establece un entablamento decorado con motivos almohadillados en el friso y modillones en la cornisa. Por último, la nave se cubre de bóveda de cañón con lunetos, reforzada con arcos fajones decorados con motivos geométricos.
     El crucero está cubierto de cúpula sobre tambor y pechinas, las cuales se encuentran decoradas por un medallón central con la representación en relieve de los cuatro evangelistas, rodeados de hojarascas y ángeles. Asimismo, el intradós de los cuatro arcos torales presenta molduras de formas onduladas y circulares. El interior de la cúpula se compone de ocho nervios que confluyen en un círculo central entre los cuales se abren óculos. El tambor muestra un anillo de perfil ondulado decorado con dentellones.
     La capilla mayor es de planta rectangular con testero plano y se cubre con bóveda de cañón y lunetos.
     A los pies de la nace se sitúan los coros bajo y alto, espacio rectangular que aumenta dos tramos más la planta del buque de la iglesia. El coro bajo se cubre con bóvedas baídas separadas por arcos fajones, los cuales parten de pilastras cajeadas que están adosadas a los muros perimetrales. El muro del coro presenta dos amplios vanos superpuestos que ponen en comunicación este espacio y la iglesia, ambos cerrados con rejas de hierro forjado realizadas en 1750 y protegidos con puertas de madera. Estos vanos
se encuentran flanqueados con pequeñas hornacinas en sus laterales y molduras que se desarrollan entre frontones partidos.
     De las restantes dependencias conventuales destacan la escalera, decorada con azulejos planos de los últimos años del siglo XVI, y el claustro, construido en 1700. Este tiene planta irregular y galerías porticadas cubiertas con alfarje mudéjar, cuyos frentes se componen de arcos de medio punto que descansan sobre columnas de mármol.
     La iglesia presenta la fachada principal en el lado del muro de la Epístola. En ella destacan los volúmenes del crucero y la torre-campanario, dispuestos ambos en un plano anterior de la línea de fachada. Desde la torre parte un muro coronado por merlones de capuchón que circunda la zona de los pies del templo, cerrando un recinto dedicado a cementerio.
     Entre la torre y el crucero se abren dos portadas gemelas estructuradas mediante un alzado de dos cuerpos, presentando el inferior un vano adintelado flanqueado por pilastras cajeadas, bocel mixtilíneo y frontón curvo partido, terminando en los extremos con pináculos piramidales. El cuerpo superior consta de una hornacina central con pedestal circular, flanqueada por pilastras y entablamento superior, coronado con frontón trilobulado y rematado con una cruz recercada con molduras.
     La torre tiene planta cuadrada y está compuesta de tres cuerpos y remate superior. En el primero presenta el paramento cerrado, con dos pequeñas ventanas rectangulares de iluminación, que llega en altura hasta la cornisa que soporta la cubierta de la nave de la iglesia. El segundo cuerpo se estructura a modo de arco cuadrifonte, con antepecho decorado con recuadros y un vano de medio punto por frente, flanqueados por pilastras cajeadas que sostienen una cornisa volada. Se cubre con un cuerpo piramidal decorado de cerámica en la que alternan los colores azul y blanco y remates piramidales. En cada frente del tercer cuerpo se abren vanos de medio punto flanqueados con pilastras, rematado por un cupulín coronado con una cruz de forja.
     En el exterior de la iglesia destaca también la cúpula del crucero, de planta octogonal cubierta con teja árabe. En sus frentes se abren óculos sobre los que se establece una cornisa, rematada en cada uno de sus ángulos, con pilares terminados en pináculos. Sobre la media naranja se levanta un cuerpo, a modo de linterna, en cuya base muestra jarrones sobre pedestales terminados con conos piramidales. Está cubierto con cerámica de color verde y blanco y coronado con un cuerpo troncocónico y cruz de forja.
     La fachada de los pies del templo presenta el muro de cerramiento del cementerio. Siguiendo por su costado izquierdo, continúa con una de las casas que se incorporaron al convento. Su fachada muestra las características propias de la arquitectura popular de carácter doméstico de la zona. En ella se abren tres vanos, uno que da acceso al interior y dos más pequeños ubicados en planta baja y a la altura del sobrado. Su interior se estructura mediante un patio central que distribuye la organización de la casa, en cuyo sector se ubica una escalera de ascenso a la planta superior. Esta edificación alberga algunas de las dependencias de la clausura y el pequeño compás que antecede a la portería, cuya portada de acceso se compone de un vano adintelado flanqueado por pilastras sobre basas y moldura superior.
     El punto de partida en la historia de este convento de madres Agustinas arranca en 1629, cuando mediante la donación de unas casas de su propiedad por parte de Doña Juana Camacho, esta comunidad funda una nueva sede de la Orden de las Recoletas Descalzas de San Agustín en la localidad de Carmona. Al principio, el intento que promovió la fundación de este convento fue acompañado de incidencias por parte de otras órdenes religiosas que entorpecieron la iniciativa de su apertura. Para la fundación se acomodaron a las estructuras preexistentes en las casas donadas, perpetuándose hasta la actualidad, e incorporando sistemas de comunicación internos, a la vez que se anexionaban diferentes estancias, para lograr espacios cubiertos de mayor dimensión o mediante la construcción de nuevos edificios. Casi un siglo después de la fundación del convento se llevó a cabo la edificación de la iglesia, probablemente por falta de liquidez económica y por el deseo de buscar un lugar, frente a la iglesia de Santa María, que le diese suficiente dignidad e importancia a la nueva iglesia conventual.
     La iglesia del Convento de la Trinidad responde a un esquema implantado en esta población sevillana y experimentado en otros puntos de la geografía de la provincia que adquiere más significación en el estudio del transcurso de la producción del autor que en la propia historia del arte de la ciudad.
     El arquitecto Diego Antonio Díaz, autor de extenso recorrido en su carrera arquitectónica durante los primeros cuarenta años del siglo XVIII como Maestro Mayor del Arzobispado hispalense, ensaya este esquema de templo en ejemplos anteriores que levanta de nueva planta. En 1718, Diego Antonio Díaz inicia la construcción del templo según las fuentes documentales en las que se encuentran las peticiones de las religiosas al cabildo de la ciudad y al Arzobispado. A partir de 1718 la actividad en torno a la construcción de ese templo se hace patente, prolongándose en el tiempo hasta 1748, años de su finalización según documentan las actas del Concejo de la ciudad (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El convento está ubicado en una antigua casa palacio donada por doña Juana Camacho. La Iglesia, en su conjunto, presenta una gran unidad estética propia del Barroco. Está dispuesta en planta de cruz latina, con una sola nave de cabecera plana y crucero, con cúpula de media naranja sobre pechinas, decoradas con las figuras de los Evangelistas en relieve sobre hojarascas.
     A los pies del templo se sitúan el coro y el sotocoro tras las rejas de clausura. La fachada presenta amplios volúmenes y dos puertas de acceso totalmente simétricas. A ello se suma el campanario, ornamentado con azulejos. 
     El Retablo Mayor está inconcluso en lo referente a dorado y policromía. En él se veneran los relieves con los titulares y con el obispo de Hipona recibiendo de manos de nuestra señora de la Consolación la correa o cíngulo. También aparecen los Apóstoles Pedro y Pablo, de pequeño formato junto al manifestador; y San José y San Joaquín, en el ático.
     En las entrecalles están los bienaventurados de la orden: Juan de Sahagún, Nicolás de Tolentino, Clara de Montefalco y Verónica de Binasco. 
     El Retablo de Santa Rita de Casia está ubicado bajo un relieve con la aparición de Cristo crucificado, entre las figuritas del Arcángel San Miguel y San José.
     De los muros de la Iglesia cuelgan cuatro cuadros: una Concepción, un San Juanito, y las sagradas familias de Jesús y María.
     En la Sacristía, cubierta por bóveda esquilfada con lunetos, se guarda una escultura del S.XVIII del niño Dios dormido sobre los instrumentos de la pasión. Pero sobre todas las piezas destaca el monumento pascual, obra anónima de 1690, posiblemente hecha por los hermanos Barahonda. 
1. Retablo Mayor. Diseñado por Felipe Fernández del Castillo en la segunda mitad del S.XVIII. Está dedicado a la Santísima Trinidad. 
2. Retablo de San Agustín de Hipona. Un retablo del S.XVIII con la imagen de San Agustín de Hipona, titular de la orden, donde también se veneran a Santo Tomás de Villanueva y a San Alipio.
3. Retablo dedicado a Santa Rita de Casia. Entre las dos puertas se encuentra un retablo dedicado a Santa Rita de Casia, imagen de 1720.
4. Coro. En el coro bajo hay un tabernáculo rocalla con la Virgen de Gracia y una pintura sevillana de la
Inmaculada, del primer cuarto del S.XVIII. También se encuentra un Niño Jesús y unos Ángeles Lampareros del mismo siglo, que soportan cuatro lámparas de plata de dicha época, dos de ellas con fina labor de rocalla.
5. Virgen de Guadalupe. Imagen de vestir decimonónica.
6. Retablo de San Ramón Nonato y la Inmaculada Concepción. Retablo de la primera mitad del S.XVIII. A los lados se presentan dos santos desconocidos, y en ático, una paloma que representa al Espíritu Santo.
7. Retablo dedicado a la visión de San Ignacio de Loyola y San Alfonso María de Ligorio. En este retablo también se veneran los santos redentoristas San Gerardo María Mayela y San Clemente. En el ático hay una imagen de San Juan de la Cruz del primer cuarto del S.XVII.
8. Retablo dedicado a Santa Mónica y San Juan de la Cruz. Retablo sin dorar de finales del S.XVIII. Se estructura en banco, un cuerpo de tres calles separadas por columnas corintias y ático. La figura de Santa Mónica, también del S.XVIII, está acompañada de San Guillermo y San Federico de Ratisbona.
9. Sacristía. En la Sacristía, situada junto al Retablo de Santa Mónica, hay una talla de tamaño natural de Santa Teresa de Jesús (S.XVIII) (Ayuntamiento de Carmona).
     En la actualidad existe una congregación de monjas Agustinas Descalzas Recoletas.
     Fue fundado en 1629 de modo fraudulento y contra la voluntad del Cabildo de Carmona, pero a pesar de ello, se inauguró en 1748 con solemnes fiestas. Toda la iglesia presenta una rica decoración arquitectónica propia del Barroco, que culmina en su fachada con doble portada y torre. 
     Destaca el retablo mayor inconcluso. Especial interés presenta el sagrario de la sacristía realizado en madera policromada. Antaño, cuando se realizaban procesiones de la Virgen de Gracia, entraban éstas por la portada derecha y salían por la izquierda, pasando por delante del coro, donde las monjas entonaban cánticos para la ocasión. Este edificio fue declarado Bien de Interés Cultural en 2005.
Horario
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Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad:
     El dogma de la Trinidad es relativamente reciente, no aparece en el Antiguo Testamento, aunque más tarde se haya creído reconocer una prefiguración de la Trinidad en los tres ángeles recibidos en la mesa de Abraham.
     Hasta puede decirse que es una construcción extraña al cristianismo primitivo, aunque la Trinidad se haya manifestado en el Bautismo de Jesús y éste dijera a sus apóstoles (Mt. 28): «Id, pues, adoctrinad a todos los pueblos, bautizadlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». La palabra Trinidad aparece por primera vez en Tertuliano y la creencia en Dios «uno y trino» se estableció en 325, en el concilio de Nicea.
     ¿Cómo pudo triunfar ese dogma que a muchos creyentes debió parecer una renuncia al monoteísmo hebreo y un retorno al politeísmo pagano? Debe recordarse que el número tres se consideraba sagrado. «Numero deus impare gaudet», de ahí procede el hecho de que numerosos pueblos, comenzando por los egipcios y los babilonios, adoraran grupos ternarios de divinidades. Basta recordar la triada capitolina: Júpiter, Juno, Minerva, la Triada de Palrnira y la Trimurti hindú: Brahma, Siva, Vishnú.
     Al introducir este artículo de fe en el cristianismo, los teólogos le asestaron sin vacilar un golpe fatal cuyas consecuencias desastrosas se revelaron más tarde. De allí proceden numerosos cismas que alejaron para siempre de la obediencia al papa a millones de creyentes, y se separaron las iglesias de Oriente y de Occidente. El dogma de la Trinidad, convertido por los heréticos egipcios del siglo VI en triteísmo, habría alejado a Mahoma del cristianismo y provocado, en el siglo VII, la formación estrictamente monoteísta del Islam. Cuatrocientos años después la Iglesia griega, que se califica de ortodoxa, se separó de la Iglesia católica -siglo XI- porque según los orientales el Espíritu Santo procede del Padre solo, y no del Hijo. Desde entonces, todos los esfuerzos emprendidos para restablecer la unidad de las iglesias cristianas han resultado vanos.
     Por eso la Trinidad, que desde el punto de vista  dogmático puede considerarse la piedra angular del cristianismo, desde el punto de vista histórico ha resultado más bien un escollo.
Culto
     ¿La Iglesia era consciente de las dificultades a las que se exponía? En todo caso la fiesta de la Santísima Trinidad (Festum Sanctissimae Trinitatis), fijada ocho días después de la Pentecostés, fue rechazada durante mucho tiempo por la Iglesia romana, que la introdujo en el año litúrgico tardíamente. «No es costumbre de Roma consagrar un día particular para honrar a la Santísima Trinidad puesto que en rigor ella es honrada todos los días», declaraba a finales del siglo VI el papa Alejandro II. Hubo que esperar hasta el siglo XVI para que el papado ratificara esta fiesta, reconocida oficialmente en 1334 por un papa francés de Aviñón, Juan XXII.
     Pero la piedad popular había tomado la delantera, y así como numerosas iglesias estaban consagradas a Cristo con el nombre de Santo Salvador y al Espíritu Santo con la expresión Santa Paloma, muchas, tanto en Oriente como en Occidente, fueron puestas bajo la advocación de la Trinidad.
   Una de las más antiguas de Francia era la abadía benedictina de Centula o Saint Riquier, en Picardía, que data de la época carolingia. En Normandía y en las provincias del Oeste se las encontraba en mayor número, eran la abadía de las Damas de Caén, la iglesia de Falaise, las abadías de Lessa y, Fécamp, Vendôme y Angers, dominios de dos dinastías franco inglesas de Guillermo el Conquistador y de los Plantagenet.
     Así se explica que el culto haya arraigado en Inglaterra, donde lo prueban las advocaciones de las catedrales e iglesias abaciales de Bristol, Carlisle, Ely, Gloucester, Norwich, Winchester, todas dedicadas a «The Holy and Undivided Trinity», al igual que la capilla del Trinity College de Cambridge.
     Un hecho curioso prueba la persistencia de este culto: en el siglo XVI el conde de Worcester, condenado a la decapitación, pidió a su verdugo que le concediese, como favor especial, que le cortase la cabeza  de tres golpes de espada, «en honor a la Santísima Trinidad».
     A finales de la Edad Media, la cartuja de Champmol en Dijon, fundación de los duques de Borgoña, se dedicó a la Santa y Bendita Trinidad.
     La iglesia de peregrinación de Gossweinstein (Franconia), en Alemania, está consagrada a la Santísima Trinidad. Al igual que el monasterio más célebre de la Rusia moscovita, la Laura de la Trinidad San Sergio (Troitsko Sergeivskaia Lavra).
     Además, el culto de la Trinidad fue reforzado por la orden de los Trinitarios, fundada en 1198 por san Juan de Mata, para la redención de los cautivos: todas las iglesias de la orden estaban consagradas a la Santa Trinidad.
     Una de las tres capillas del castillo de Fontainebleau está dedicada a la Trinidad porque el terreno que le servía de asiento pertenecía a los religiosos trinitarios.
     En el siglo XVII el peligro turco provocó en Austria un nuevo ascenso de la devoción a este símbolo protector de los cristianos contra el Islam y la peste.
La arquitectura trinitaria
     En la arquitectura religiosa y civil esta devoción se tradujo en plantas triangulares o trilobuladas que merecerían un estudio especial bajo el nombre de Arquitectura Trinitaria. Muchas iglesias dedicadas a la Trinidad se edificaron siguiendo la planta habitual de las basílicas; pero a veces ha surgido la idea de otorgarles una configuración especial.
     Fue así como san Angilberto hizo construir en triángulo la abadía de Centula (Saint Riquier) en Picardía. El claustro era triangular  (Claustrum  monachorum triangulum factum est) y en sus ángulos se levantaron tres iglesias atendidas por trescientos monjes. Asimismo, el monasterio benedictino de Fleury (Saint-Benoit­ sur-Loire) tenía la forma de una delta griega (ad instar trigoni). La misma planta vuelve a encontrarse en la iglesia de Planes (Pirineo Oriental).
     Esta tradición persistió en la época barroca, como lo prueba la iglesia de planta triangular de Stadl-Paura, cerca de Lambach, en Alta Austria, dedicada a la Santísima Trinidad en 1722.
     El País Vasco posee en el antiguo vizcondado de Soule, en los alrededores de Mauléon, todo un grupo de campanarios trinitarios de triple aguilón puntiagudo que no parecen anteriores al siglo XVII.
     En la arquitectura civil los ejemplos son más escasos, naturalmente. No obstante, puede citarse el palacio de Longford Castle, en Inglaterra, construido hada 1578 por John Thorpe, según una planta triangular con tres torres, cada una de las cuales llevaba el nombre de una persona de la Trinidad. El diseño de esa «symbolic House» es una auténtica profesión de fe.
     En otros lugares el culto trinitario se tradujo en presbiterios trilobulados, como en una capilla de Saint Honorat de Lérins (siglo XI) y en la iglesia de la Trinidad de Munich (1714).
Iconografía
     Nada más difícil de concebir, y en consecuencia de traducir plásticamente, que un Dios uno y trino a la vez (Deus trinus et unus), que la Trinidad en la Unidad (Trinitas in unitate). Tema ingrato entre todos, porque el espíritu choca con una contradicción, al menos aparente, que debía dejar perplejos a los artistas.
     Los propios teólogos no tenían mayor claridad. Se conoce la bonita leyenda de san Agustín y del niño de la cuchara. Un día, cuando el obispo de Hipona se paseaba por la orilla del mar meditando acerca del misterio de la Trinidad, ocurrió que en la playa se encontró con un niño pequeño que se fatigaba intentando vaciar el mar con una concha con la cual extraía agua de un pozo cavado en la arena. Él le explicó sonriente que perdía su tiempo. «No más que tú -replicó el niño, que era un ángel- cuando intentas comprender el enigma de la Trinidad».
     Dante pensaba igual cuando escribía en la Divina Comedia:
          Matto è chi spera che nostra  ragione 
          Possa trascorrer la infinita via
          Che tiene una sustanzia in tre persone.
     No debe sorprender por ello que los pobres artistas, aunque guiados por los clérigos, hayan perdido el latín ¿Cómo expresar a un tiempo, y con la misma fuerza, la unidad y la pluralidad? Si se quiere subrayar la diversidad de las tres Personas divinas ello se hará en detrimento de su unidad; si por el contrario se prefiere poner el acento en la unidad de sustancia, entonces se sacrifica la individualidad. La lengua alemana, aquí más precisa que la nuestra, dispone de dos palabras para caracterizar estas dos concepciones opuestas: es necesario elegir entre Dreieinigkeit (la unidad en la trinidad) y Dreifalligkeit (la triplicidad en la unidad). La conciliación de estas antinomias es un problema tan insoluble como la cuadratura del círculo.
     Todas las representaciones de la Trinidad que nos propone el arte cristiano -ninguna de las cuales resulta plenamente satisfactoria- se reducen a dos categorías: los símbolos geométricos y las figuras antropomorfas. Pero cada uno de estos dos tipos comporta muy numerosas variantes.
a) Símbolos geométricos
     Los jeroglíficos geométricos que parecen más apropiados para evocar la idea de unidad en la triplicidad son el triángulo y el círculo.
l. El Triángulo
     El triángulo trinitario es un triángulo equilátero inscrito en un círculo.
     El triángulo alumbrado por un ojo único fue tomado en préstamo por los franc-masones a la corporación de albañiles que estaba bajo el patronato de la Trinidad. Pero este emblema corriente en la arquitectura religiosa, desconocido en la Edad Media e incluso en el Renacimiento, apareció en el siglo XVII.
2. El Círculo
     Tres círculos concéntricos pueden también dar una idea bastante adecuada de la Trinidad. Dicho simbolismo, de origen astronómico, deriva de tres antiguas representaciones del Sol. Esta filiación aparece muy claramente en un mosaico del baptisterio de Albenga, en Liguria (siglo VI) y aún mejor en las miniaturas del Liber Scivias compuesto a mediados del siglo XII por una abadesa mística de Bingen, en Renania, santa Hildegarda, que sustituyó a Helios por el Dios de los cristianos cuya figura radiante, del color del zafiro, se inscribe en círculos de fuego. En las escenas de la Creación y del Bautismo, la Trinidad está simbolizada de manera puramente abstracta por tres círculos concéntricos: oro, plata y azul celeste.
     Los tres círculos concéntricos a veces están sustituidos por tres anillos entrelazados (Dreiringsymbol).
3. Otros Símbolos
     Además de las figuras geométricas triángulo y círculo para representar la Trinidad, también se ha  recurrido con mucho ingenio a ciertas letras del alfabeto.
     La más usual es la delta griega, que en realidad es una forma triangular. A ellas se agregaron la alfa y la omega.
     La alfa de tres trazos simboliza las tres Personas y la omega (prácticamente un círculo) su unidad. La letra "Y" también  se presta  para  la misma  interpretación. En la iconología del Renacimiento la «y» adquirió otro significado y se convirtió en signo del libre albedrío que se reserva el derecho de elegir en la encrucijada de caminos entre dos rumbos divergentes. 
   A veces, este simbolismo alfabético se complica. El crismón, que es generalmente el monograma de Cristo, se ha empleado sólo excepcionalmente para representar la Trinidad, como en el tímpano de la catedral de Jaca, en Aragón.
   La ro griega se ha confundido con la «P» latina e interpretado como la inicial de Pater, mientras que la «S» agregada designa al Espíritu Santo (Spiritus). Esta combinación arbitraria de letras griegas y latinas es un símbolo de la Trinidad.
     En el simbolismo litúrgico, la señal de la cruz tiene un sentido trinitario. Primero se persigna la frente en honor del Padre, luego el ombligo (super umbilicum) en honor del Hijo que se encarnó en el vientre de la Virgen (Descendit temporaliter in ventrem Virginis), y finalmente sobre los hombros, de izquierda a derecha, en honor del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo a la vez y que les sirve de vínculo.
     Los predicadores populares interpretaban en el mismo sentido los triforios, grupos de tres vanos abiertos en los presbiterios de las iglesias y las tres ventanas de la torre donde estuvo presa santa Bárbara.
     Entre los numerosos símbolos trinitarios que se descifran como jeroglíficos o criptogramas, se cuentan, además, el tridente de Neptuno, el barco de tres velas, el arca de Noé con tres puentes o «castillos», la columna de tres caras y el candelabro de tres brazos.
     El irlandés san Patricio había recurrido a una hoja de trébol, emblema de la verde Irlanda, para hacer comprender a su grey que 3 = l.
     Algunos de esos ingenuos símbolos podían pasar por caricaturas humorísticas de la Trinidad. Sin hablar de la Trinidad de tres caras, que pertenece a la serie de representaciones antropomórficas, en Luxeuil puede verse una clave de bóveda que representa tres peces con cabeza única, y en la casa del cardenal Jouffroy un trío de liebres cuyas orejas próximas dibujan un triángulo isósceles. El mismo criptograma gracioso se encuentra en Münster, Alemania, y en Paderborn, en el tondo de una ventana del claustro de la catedral, y en Suiza, en el convento de Muotatal. En otra versión más noble, la Trinidad se representa con tres leones de una sola cabeza.
b) Representaciones antropomórficas
     La abstracción es siempre árida y los artistas, naturalmente, debían sentirse tentados a representar la Trinidad con tres seres humanos, semejantes o no, pero unidos. El Oriente griego que siempre tuvo el gusto y el genio de la alegoría, eligió un símbolo extraído del Antiguo Testamento: los tres ángeles que recibiera Abraham. Occidente prefirió, por el contrario, representar a las tres Personas divinas no mediante la alusión sino directamente; y además, con un don de invención que contrasta con la fidelidad bizantina a los tópicos, no se contentó con un esquema único y estereotipado, y multiplicó las variaciones.
l. La fórmula bizantina: Abraham es visitado por tres Ángeles
     El tema, que también se denomina Filoxenia (hospitalidad) de Abraham o la Trinidad del Antiguo Testamento se ha tomado del Génesis (18): «Apareciósele el Señor en la encina de Mambré (...) Sucedió pues que alza ndo los ojos vio que esta ban  cerca  de él tres personajes...» .
     El relato de la Biblia ofrece los elementos de una escena de género. El patriarca hizo sentar a sus tres huéspedes a una mesa dispuesta bajo la encina de Mambré, y les preparó una comida con un becerro que hizo asar y tres tortas de flor de harina mientras su esposa Sara, curiosa y escéptica, escuchaba en la entrada de la tienda el anuncio de uno de los ángeles que predijo al viejo Abraham el nacimiento de un hijo.
     Todos los elementos narrativos son descartados cuando se trata de representar la Trinidad con esta escena cuyo significado esotérico aclara san Agustín así: Tres vidit, unum adoravit. Se elimina a Sara y al propio Abraham para no conservar más que a los tres ángeles trinitarios representados idénticos, e incluso, hasta el siglo XIV, isocéfalos.
   Los tres se consideran de la misma edad. En el contrato firmado por Enguerrand Quarton para su retablo de la Coronación de la Virgen en Aviñón, se estipuló que el artista debía representar a Abraham «adorando a tres personas de la misma edad». Los ángeles llevan generalmente el nimbo unido, pero cuando simbolizan la Trinidad tienen derecho al nimbo cruciforme.
     Hacia el final de la Edad Media los tres ángeles ya no son idénticos ni isocéfalos: el del medio, que simboliza a Dios Padre, está realzado y sus alas elevadas para destacar su presencia.
     Los ejemplos en el arte bizantino o bizantinizante, que se reparten entre los siglos V y XV, son muy numerosos.
2. Las fórmulas occidentales
     Las representaciones antropomórficas u antropozoomórficas de la Trinidad adoptadas por el arte occidental son tan diversas que resulta difícil clasificarlas. La más simple -y la menos feliz desde el punto de vista estético- es la figura única de tres cabezas o tres rostros. Las otras soluciones consisten en agrupar las tres personas de la Trinidad, distintas, pero ya semejantes, ya diferentes, sobre un plano horizontal o vertical.
     Cada una de estas fórmulas comporta variantes.
a) La Trinidad tricéfala
     Tres cabezas separadas salen de un solo tronco, la del centro está de frente, las otras dos de perfil, o bien las cabezas de las tres personas de la Trinidad están fundidas en una sola que en consecuencia tiene tres narices y tres bocas. En el primer caso tenemos una Trinidad de tres cabezas, en el segundo una Trinidad de tres rostros. 
  ¿Cuál es el origen de esta monstruosa amalgama que recuerda las proliferaciones del arte hindú? La tricefalia no es extraña a la mitología y al arte de los griegos que no temieron representar a la triple Hécate o al triple Gerión ni otorgarle tres cabezas a Cerbero, el perro guardián del Hades. Los romanos han conocido a Jano que sólo es bifronte, es decir, de dos caras, una vuelta hacia el pasado y la otra hacia el futuro. Aparece con frecuencia en los calendarios esculpidos en las catedrales para representar el mes de enero, y un vidriero de Chartres imaginó darle un tercer rostro para significar el presente.
     Pero como este motivo de la Trinidad tricéfala se habría visto aparecer por primera vez en Francia, quizá sea necesario evocar aquí las tradiciones locales precristianas. El culto de las divinidades célticas tricéfalas estaba muy difundido en la Galia y Mercurio trifronte aparece con frecuencia representado en los altares galoromanos. En Bajorrelieves de la Galia romana, Espérandieu señala el pilar sepulcral de Reims y un busto tricéfa1o de piedra encontrado en Condat (Dordoña). Sea como fuere, el tema existe en Francia desde la época romana en la escultura (capitel de Saint Révérien en Nivernais, claustro de Cadouin) y en la miniatura; en el siglo XV una de las hojas del Libro de Horas de Etienne Chevalier (Chantilly), iluminado por Jean Fouquet, muestra la Trinidad de tres cabezas apareciéndose a san Pablo en el camino de Damasco. De allí se extendió por Italia, Alemania y hasta entre los eslavos de los Balcanes.
     Italia ofrece curiosos ejemplos. La célebre familia milanesa de los Trivulzi adoptó los tres rostros (tre volti ) de la Trinidad como armas hablantes: esos escudos es­tán esculpidos sobre la tumba de los Trivulzi, en la iglesia Santa María del Popolo, en Roma. El motivo pasó a la iconografía de las Virtudes. El arte italiano del siglo XVI nos ha dejado numerosas figuras tricéfalas de la Prudencia (relicarios de san Agustín en Pavía, de san Pedro mártir en Milán, pavimento de la catedral de Siena).
     Por analogía con la Trinidad tricéfala, el Demonio, el Anticristo, considerado como la Trinidad del mal, ha sido representado también con triple rostro, por ejem­plo en un bajorrelieve de la fachada de la iglesia de San Pietro en Tuscania (siglo XII), y más tarde en un dibujo alemán atribuido a Grünewald.
     A partir de la Edad Media, la Trinidad de tres rostros había sido denunciada por el teólogo Gerson como sacrílega y monstruosa. Y soportó el ataque de san Antonino de Florencia que declaró reprensibles a los artistas que representaban la Trinidad con forma de hombre de tres cabezas. Finalmente, fue condenada en el siglo XVI por el concilio de Trento, preocupado por quitarles un motivo de escarnio a los protestantes que se burlaban de ese «Cerbero católico». En 1628, el papa Urbano VIII prohibió formalmente el tema calificado de herético e hizo quemar las imágenes de ese tipo, lo cual explica su escaso número. Benedicto XIV confirmó esa bula en 1745.
b) La Trinidad según el esquema horizontal
     Si se quiere representar aparte a las tres personas de la Trinidad, en lugar de intentar fundirlas en un conglomerado más o menos amorfo, se puede elegir entre dos sistemas de agrupación: en extensión horizontal o en altura (extensión vertical).
     La yuxtaposición destaca la diversidad de las tres personas divinas; la superposición permite mantener mejor su unidad. Es por ello que los artistas -o los teólogos que los guiaron- según quisieran subrayar la individualidad o la solidaridad de los elementos del grupo, adoptaban el esquema  horizontal o el vertical.
     Las Trinidades horizontales, cuyo arquetipo parece tomado del arte imperial romano y bizantino que con frecuencia ha representado en las monedas a dos o tres emperadores sentados uno junto al otro u otros, coronados por la Victoria, presentan tres variantes:
l. Las tres Personas, sentadas una junto a otra, son rigurosamente idénticas.
2. Las dos primeras Personas de la Trinidad son semejantes mientras que el Espíritu Santo que las une tiene la forma de una paloma.
3. Las tres Personas son diferentes.
I. Las tres personas son semejantes
   Las tres personas divinas, representadas con forma humana, están sentadas de frente, sobre el mismo plano. Son rigurosamente idénticas e intercambiables: las mismas edades, actitudes y expresiones. A veces están vestidas con el mismo manto para formar bloque. Es la traducción plástica de un versículo del símbolo Quicumque: Talis Pater, talis Filius, talis Spiritus Sanctus. 
     Los tres sosias llevan generalmente los mismos atributos: el globo cruciforme (Retablo Tüpfer de Baden, cerca de Viena), la corona y el cetro (Tapiz de Bruselas que representa la Creación, en la iglesia de Saint-Just, en Narbona ), de manera que resulta difícil distinguirlos. No obstante, a veces se introduce un ele­mento diferenciador: Dios Padre está tocado con la tiara, el Hijo se reconoce por las heridas del costado y los pies; el Espíritu Santo es alado. Puede ocurrir que cada uno de ellos tenga un atributo personal: el globo para el Padre, la cruz para el Hijo, el libro para el Espíritu Santo.
     El tema, muy semejante al motivo bizantino de los tres ángeles que se aparecen a Abraham, está documentado en Occidente a partir de finales del siglo XII; y gozó de preferencias en el siglo XV.
II. El Padre y el Hijo son semejantes, el Espíritu Santo tiene forma de paloma
     El Hijo está sentado a la derecha del Padre, como está escrito en el salmo: Dixit Dominus Domino meo: sede a dextris meis. La paloma del Espíritu Santo que sirve de vínculo, extiende las alas entre sus labios.
     Esta versión se difundió en el siglo XV junto con el tema de las tres personas idénticas. 
   En un contrato de 1453 firmado por Enguerrand Quarton para la ejecución  de la Coronación de la Virgen de Villeneuve de Aviñón, se estipula que la Santísima Trinidad debe representarse de tal manera que «entre Padre e Hijo no debe haber diferencia alguna» y que el Espíritu Santo estará «en forma de paloma». En una miniatura de la Biblioteca  Real de Bruselas, la paloma vuela con la testa hacia abajo, sobre las cabezas semejantes del Padre y del Hijo, a las que enmarca con sus alas.
     En el siglo XVI se ven aparecer variaciones:
     En una hoja del Breviario Grimani que ilustra el oficio de la Trinidad, las dos primeras Personas, idénticas, envueltas en un manto rojo, sostienen el mismo cetro por encima del cual planea la paloma del Espíritu Santo. Se los diferencia porque el Padre ejecuta un gesto de bendición con la mano derecha al tiem­po que el Hijo presenta la cruz. Se advierte que el Hijo está excepcionalmente sentado a la izquierda del Padre.
     En el tríptico de Vitteaux (Cote-d'Or), pintado en 1592 por Nicolas d'Hoey, el Padre y el Hijo, simétricamente sentados, son idénticos, pero el Padre está ves­tido, mientras que el Hijo descubre el pecho para mostrar la herida del costado. Apoyan la mano sobre un globo por encima del cual planea en un halo la paloma del Espíritu Santo.
     Estas innovaciones vuelven a encontrarse en la Trinidad de Rubens, en la Pinacoteca de Munich. Como en el Breviario Grimani, el Padre sostiene el cetro y el Hijo lleva la cruz, y ambos apoyan el pie sobre el globo del mundo. Como en Vitteaux, Cristo aparece como Intercesor, mostrando sus heridas.
III. las tres personas son diferentes, el Espíritu Santo tiene forma  humana o forma  de paloma
     Poco a poco se fueron diferenciando las tres Personas por su edad y también por sus atributos. El Padre es un anciano, el Hijo un hombre adulto y el Espíritu Santo un adolescente imberbe. Es la solución adoptada en una Coronación de la Virgen de 1457, atribuida a un maestro anónimo de la escuela francesa (Museo de Basilea).
     Señalemos, por la curiosidad del hecho, un motivo aberrante y tal vez único en las iniciales del Registro de la abadía de Tennenbach (Brisgau, Suiza; siglo XIV). En vez de estar sentados como de costumbre, Padre e Hijo, diferentes, se mantienen de pie sobre una nubecilla; en el centro, la paloma del Espíritu Santo, del mismo tamaño que ellos, se yergue sobre su cola y los envuelve con las alas.
     También es excepcional el simbolismo del pórtico románico de Champeix (Puy-de-Dôme). Sobre el dintel destaca la Mano de Dios, emblema de Dios Padre, entre los dos símbolos zoomorfos del Hijo y del Espíritu Santo: el cordero cruciforme y la paloma. El sentido trinitario de este jeroglífico se aclara mediante una inscripción en latín: Tres trinun signant: pollex, pecus al que columba.
     Condenados  por  el  concilio  de Tremo,  todos estos temas  de yuxtaposición  de las tres personas divinas, acusados de favorecer la herejía  triteísta, escasean a partir del siglo XVI.
     No obstante, Rubens vuelve a ellos todavía en 1616, en su Trinidad de la Pinacoteca de Munich, y también el escultor Paul Strudel, en la Columna de la trinidad o de la Peste (Pestsdüle, 1693) en la plaza de Graben, en Viena .
c) la Trinidad según el esquema vertical: el Trono de Gracia
     Para conferir la necesaria unidad al grupo demasiado disperso de la Trinidad, y afirmar contra los triteístas el monoteísmo de la fe cristiana, la solución más satisfactoria de este difícil problema de composición era el ordenamiento vertical. Dios Padre, sentado sobre un trono, presenta como signo de la Gracia redentora (de allí el nombre del tema: Trono de Gracia) el cuerpo de su Hijo en la cruz. La paloma del Espíritu Santo planea entre las cabezas del Padre y el Hijo de manera que las tres personas divinas, aunque sean diferentes, disímiles, se encuentran estrechamente unidas y están, por decirlo así, fundidas en una totalidad.
     Este ordenamiento, que tal vez haya sido sugerido por la iconografía del Bautismo de Cristo, no es inmutable y admite numerosas variaciones en los detalles. La cruz puede ser suprimida: entonces el cuerpo inanimado de Cristo reposa directamen­te sobre las rodillas de su Padre. Quizá se deba ver en esta disposición la influencia de los grupos de la Virgen de la Piedad, tan populares a finales de la Edad Media. Este grupo, que los rusos denominan Otetchestvo (de la palabra Otets, padre) y que es, efectivamente, una Paternidad, podría llamarse el Dios de Piedad, si tal expresión no se hubiera aplicado al Ecce Homo.
     Es sobre todo la posición de la paloma del Espíritu Santo lo que cambia. Ya planea, de acuerdo con el dogma de la «procesión», entre las cabezas del Padre y del Hijo; ya desciende de la boca del Padre hacia la cabeza de Cristo; ya asciende desde la cabeza de Cristo hacia los labios de Dios Padre de los cuales es la común emanación; ya  sobrevuela y corona el grupo. En ciertas ocasiones -escasas- está posa­da lateralmente sobre el hombro de Cristo, en el travesaño de la cruz o en el libro que sujeta Dios Padre. En este caso, el Espíritu Santo ya no parece proceder del Padre y del Hijo, simplemente completa la Trinidad.
¿Cuál es el origen del tema del Trono de Gracia?
     En otros tiempos se denominaba la Trinidad Italiana; pero no es más específicamente italiano que la Piedad, e incluso es un tema más frecuente en la Europa del Norte que al sur de los Alpes.
     Se ha señalado un ejemplo del siglo XI en una admirable miniatura anglosajo­na del Museo Británico (Ms. Harley [603] ). En ella, Dios Padre estrecha en sus brazos al Niño Jesús con el cual parece confundirse.
     Según E. Mâle, es una creación del arte francés del siglo XII. El primer germen sería la vidriera simbólica de Saint Denis concebida por el abad Suger, donde en la cuadriga de Aminadab se ve a Dios Padre presentando a Cristo en la cruz, sólo falta la paloma del Espíritu Santo.
     Esta tesis es rechazada por la escuela iconográfica alemana, que atribuye a este tipo de la Trinidad, como a la Filoxenia de Abraham, un origen bizantino. En los iconos bizantinos se ve, efectivamente, a Dios Padre sosteniendo sobre las rodillas al Niño Jesús, que a su vez sostiene la paloma del Espíritu Santo. Dicha imagen de la Trinidad derivaría de la Panagia Nikopoia  representada  con el Niño sobre las rodillas.
     El punto débil de esta argumentación radica en este hecho: en las representaciones del Trono de Gracia que se multiplicaron en Francia a partir del siglo XIII, no es el Niño Jesús quién está sobre las rodillas de Dios Padre, sino el Cristo adulto clavado en la cruz o que lleva las marcas de la Crucifixión; la diferencia es capital. Fue bajo esta nueva forma que la Sedes Gratiae pasó al arte italiano y alemán, y a este título puede decirse, con E. Mâle, que es una creación francesa sino una invención del abad Suger.
     Estas imágenes de la Trinidad inspiraban los sarcasmos irónicos de los protestantes. Pierre Dumoulin escribía en su Escudo de la fe: «Los templos de la Iglesia Romana están llenos de imágenes de la Trinidad. Se pinta un anciano sentado en una cátedra, vestido de papa con la triple corona y la capa papal con el objeto de que al menos sea respetado por sus ropas. Se le pinta también un pichón colgado de la barba y un crucifijo entre los brazos».
     A pesar de estos repudios, la Iglesia católica, que había condenado las trinidades tricéfalas y triteístas, se une oficialmente a la fórmula del Trono de Gracia (Sedes Gratiae), la única aprobada por la autoridad eclesiástica. Una bula del papa Benedicto XIV confirma este privilegio exclusivo: «Imagines S.S. Trinitatis communiter approbatae et tuto permittendae illae sunt, quae personam Dei Patris exhibent in forma viri senis, desumpta ex Daniele (7,9): antiquus Dierum sedit; in ejus autem sinu unigenitum ipsius Filium Christum videlicet Deum et horninem et ínter utrosque Paraclitum Spiritum Sanctum in specie columbae».
     Puede advertirse la extrema diversidad de las soluciones aportadas por el arte cristiano al arduo problema de la figuración plástica de la Trinidad. Representaciones geométricas (triángulos, círculos), simbólicas (los tres ángeles a la mesa de Abraham), antropomórficas (cabeza de tres rostros, similitud de las tres personas divinas), antropozoomórficas (dos personas de forma humana y la paloma, agrupadas horizontal o verticalmente): se ha intentado todo, con más ingenio que éxito.
La Virgen asociada con la Trinidad o la Cuaternidad Mariana
     El tema de la Trinidad no siempre está aislado. Hacia finales de la Edad Media aparece asociado con frecuencia a la Coronación de la Virgen.
     Al principio la Virgen está situada lateralmente, aparte del grupo divino o sentada a respetuosa distancia sobre un asiento más bajo. Pero no tarda en ganar terreno a expensas del Espíritu Santo al que tiende a desplazar.
     En una miniatura del Libro de Horas de Juan sin Miedo (principios del siglo XV), que representa la Corte Celestial, la Virgen ocupa el lugar de honor entre el Padre y el Hijo. Lleva una corona de oro semejante a la del Padre. La paloma del Espíritu Santo está relegada al círculo que rodea a los tres personajes.
     Hacia mediados del siglo XV, el pintor de Aviñón Enguerrand Quarton llegó a intercalar a la Virgen coronada entre Dios Padre y Dios Hijo bajo la paloma del Espíritu Santo que planea encima de su cabeza.
     Es la época en que se osa esculpir la Virgen abridera, que lleva en su seno vacío no al Niño Jesús, sino a la Trinidad entera que se presenta como el fruto de sus entrañas.
     Una estatuilla del siglo XVI que se conserva en la iglesia de Gaillon, representa, bajo la probable influencia del grupo trinitario de Santa Ana, la Virgen y el Niño, a la Virgen que lleva a las tres personas de la Santísima Trinidad ya no en su seno sino en los brazos. En el izquierdo tiene al Niño Jesús, en la mano derecha, el busto del Padre Eterno en una mandorla desde la cual echa a volar la paloma del Espíritu Santo.
     El grupo de la Virgen con el Niño y san José o de la Sagrada Familia, que se llamaba la Trinidad terrenal, también ha contribuido a la introducción de la Virgen en la Trinidad celestial.
   Así, a consecuencia del progreso  invasor del culto de la Virgen, el arte cristia­no tendió a ampliar la triada divina, hasta entonces exclusivamente viril, y a introducir en condiciones de igualdad una cuarta persona, una mujer: la Madre de Cristo. La Trinidad se convirtió, por decirlo así, en Cuaternidad. Concepción, sin duda poco or­todoxa, pero hacia la cual se orientó claramente la iconografía de la Trinidad en el siglo XV.
La Quintidad de Winchester
     En una miniatura del Officium trinitatis de Winchester que se puede fechar en el siglo XI, un iluminador anglosajón tuvo la audacia de sustituir la Trinidad tradicional por un grupo de cinco personas. Junto al grupo binario (Binidad) del Padre y el Hijo sentados majestuosamente sobre un arco iris, conversando, está sentada la Virgen que sostiene al Niño Jesús sobre las rodillas, y encima la paloma del Espíritu Santo que parece haber anidado en su corona. 
   Cristo resulta representado dos veces, en yuxtaposición, con sus dos aspectos, divino y humano: secundum divinitatem, junto al Padre, y secumdum humanitatem, en el seno de la Virgen. Si la paloma se cierne sobre la cabeza de la Virgen es para expresar que el Espíritu Santo ha colaborado con María en el misterio de la Encarnación. Este grupo, inscrito en un tondo, es una variación que parece única en la iconografía  de la Trinidad, y que no ha creado escuela (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Diego Antonio Díaz, arquitecto que realizó la obra reseñada;
     Diego Antonio Díaz, (Sevilla, 1667 – 1748). Arquitecto, maestro mayor de obras del arzobispado de Sevilla.
     Hijo de Fabián Díaz y María de Campos, se formó en el oficio con el arquitecto Pedro Romero, con cuya hija Juana Josefa casó en 1696. En los años siguientes trabajó como oficial albañil a las órdenes de su suegro en la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de la O de Sevilla (1697-1702). Su ascenso profesional fue muy rápido, pues ya como maestro de fábricas del arzobispado le encargó en 1711 el arzobispo Arias la conclusión de las obras de la iglesia colegial del Salvador de Sevilla.
     Fue nombrado maestro mayor de obras de la catedral de Sevilla el 24 de octubre de 1714, e incorporó en su persona los cargos de arquitecto del arzobispado y de la seo sevillana. Se le atribuye la fachada del convento de Santa Rosalía de Sevilla, edificio reconstruido bajo el patrocinio del arzobispo Palafox desde 1712. En 1717 se encarga de la reparación de la fachada principal de la parroquia de San Miguel, en Morón de la Frontera. Dos años más tarde interviene junto a Leonardo de Figueroa y Manuel de Silva, en el diseño de la iglesia del Hospital de San Antonio Abad (1719) y realiza el proyecto definitivo de la capilla paredaña a la anterior de la cofradía de Jesús Nazareno (1724). Su fama se acrecentó en las obras desempeñadas durante estos años en el arzobispado sevillano, tal como demuestra el que fuera requerida su presencia para dictaminar con famosos arquitectos como Hurtado Izquierdo y Vicente Acero sobre el diseño de José de Bada para la fachada de la catedral de Málaga. En 1725 realizó el diseño de los pórticos de acceso al coro de la catedral de Sevilla.
     Su obra más sobresaliente fue la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación de Umbrete (1725-1733) patrocinada por el arzobispo Luis de Salcedo y Azcona; la bendición del templo se produjo en el último año señalado. La iglesia formaba parte de un conjunto religioso y residencial en la localidad de descanso veraniego del arzobispo, encargándose Díaz de la construcción de un arco y pasadizo de acceso al templo desde el palacio arzobispal contiguo, que también se edificó bajo su dirección desde 1735, fábrica luego reconstruida por el también arquitecto Ambrosio de Figueroa después de su destrucción en un incendio en 1762. También se atribuyen al arquitecto Díaz la obra del convento de las agustinas de Carmona, iniciada en 1718, y el convento franciscano del Loreto de Espartinas (Sevilla), construido entre 1716 y 1732.
     Su estilo artístico supone el alejamiento de la arquitectura barroca sevillana del gusto decorativo, basado en motivos vegetales e icónicos, de Leonardo de Figueroa, para concentrar el adorno en el uso de molduras geométricas de ladrillo visto, a molde y tallado, en torno a las partes más significativas de los paramentos.
     Diego Antonio Díaz casó en dos ocasiones; una con la mencionada Juana Josefa Romero, con quien tuvo ocho hijos y de la que enviudó en 1718, y luego con Micaela Ruiz (Francisco Ollero Lobato, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia del Convento de la Santísima Trinidad (Las Descalzas), en Carmona (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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