Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 24 de abril de 2025

La Ópera "La venta de los gatos", ambientada en Sevilla, de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, y José Serrano

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la ópera "La venta de los gatos", ambientada en Sevilla, de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, y José Serrano.
     Hoy, 24 de abril, es el aniversario del estreno (24 de abril de 1943) de la ópera "La venta de los gatos", en el Teatro Principal, de Valencia (España), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la ópera "La venta de los gatos", ambientada en Sevilla, con libreto de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, y música de José Serrano.
     Ópera en dos actos; En el primero Lorenzo ama a Amparo, joven que desde la niñez vive en la sevillana Venta de los Gatos, rescatada de la inclusa por el ventero, padre de Lorenzo. El segundo es oscuro, siniestro, traspasado por el dolor y la muerte: Amparo ha sido recuperada por su padre, un noble que se vio forzado a salir de España por razones políticas; la chica añora su vida anterior y como no puede volver a ella, muere; cuando el cadáver es conducido al cementerio que se ha levantado cerca de la venta, Lorenzo lo descubre y cae en la locura.
     José Serrano Simeón nació en Sueca (Valencia), en 1873 y falleció en Madrid en 1941, fue un conocido compositor de zarzuelas, autor, entre otras,  de“ La reina mora”,” La canción del olvido”, “La dolorosa” y “Los claveles” . También es sobradamente conocido por todos los valencianos por ser el compositor del himno de la Exposición Regional Valenciana de 1909, que ha sido adoptado oficialmente como Himno de la Comunidad Valenciana, o del conocido paso doble “El Fallero”.
     En su juventud decide trasladarse a Madrid  para abrirse camino en un mundo difícil, pero gracias  entre otros motivos a que colabora con  maestro Caballero, quien padecía una ceguera progresiva,  en la composición de “Gigantes y cabezudos”, se da a conocer y los hermanos Álvarez Quintero le dan su primera oportunidad en 1900  al componer la música para su obra “El motete”.
     Animados por el éxito de la obra, los hermanos Álvarez Quintero proponen al maestro Serrano, que cree la partitura  de la ópera “la Venta de los gatos”, sobre libreto de los propios Álvarez Quintero inspirado en una narración  de Gustavo Adolfo Bécquer .
     El 25 de octubre de 1901, Manual Carretero en la revista “La Vida galante”, se hace eco de esta colaboración y habla de que la obra se encuentra ya terminada…. Pero no se llegó a estrenar  desconociéndose lo motivos.
     A lo largo de los años, la falta de estreno de la obra que se atribuía a la falta de instrumentación fue objeto de chanza en la prensa y persiguió al maestro Serrano durante toda su vida , fomentando su fama de “vago”, en la década de los años 20 y 30. Así en marzo de 1928 el El heraldo de Madrid  recoge que con ocasión del homenaje que en el Teatro Apolo se iba a efectuar a los hermanos Quintero y al objeto de realizar una broma al maestro Serrano, se pintó el telón del escenario lleno de gatos y se colocó sobre un escenario un gato “de bazar”, si bien la broma se frustró al no acudir el aludido al homenaje; en diciembre de 1934 en  Crónica se publica una entrevista al maestro Serrano en su casa de El Perello, en la que igualmente se sigue la chanza  sobre la posibilidad del estreno de la obra.
     No obstante ya en 1911 Jackson Veyán, amigo tanto del maestro Serrano como de los hermanos Álvarez Quintero, ya había publicado en el Madrid Cómico  unos versos festivos  alusivos a la cuestión y que debieron ser , sin proponérselo el origen del “escarnio público” del maestro Serrano, de un hecho que era sobradamente conocido en la profesión pero que no había trascendido al público.
     Finalmente, y después del fallecimiento de Serrano “La Venta de los gatos” se  terminó de instrumentar por el Maestro Estela, y se estrenó en el teatro Principal de Valencia el 24 de Abril de 1943.
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la ópera "La venta de los gatos", ambientada en Sevilla, con libreto de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, y música de José Serrano. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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sábado, 30 de septiembre de 2023

La localidad de Guadalema de los Quintero (Utrera), en la provincia de Sevilla

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la localidad de Guadalema de los Quintero (Utrera), en la provincia de Sevilla
     Hoy, sábado 30 de septiembre, como todos los sábados, se celebra la Sabatina, oficio propio del sábado dedicado a la Santísima Virgen María, siendo una palabra que etimológicamente proviene del latín sabbàtum, es decir sábado
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la localidad de Guadalema de los Quintero (Utrera), en la provincia de Sevilla, cuya iglesia parroquial está dedicada a Nuestra Señora de las Veredas
     Textos y fotografías recogidos de: Ricarda López González, y Rosa M. Toribio Ruiz, Los pueblos de colonización de la provincia de Sevilla. Arquitectura y Arte. Diputación de Sevilla y Colegio Oficial de Arquitectos de Sevilla. Sevilla, 2020.
    En el término municipal de Utrera, en el entorno del pantano de Torre del Águila, el INC construyó tres pueblos Trajano, Pinzón y Guadalema de los Quintero. Este último fue el primer proyecto del Instituto de la Zona Regable del Bajo Guadalquivir. El diseño del año 1955 se debe al arquitecto Aníbal González Gómez. Pertenece a la zona paisajística de la comarca de la Campiña, se construyó en la finca Mudapelo, junto a la carretera N-IV, a 20 km de Utrera y 46 de Sevilla. Guadalema llegó a tener más de 3.000 habitantes, pero hoy día no llega a los 500, ha perdido poder económico, autonomía y han desaparecido muchos servicios.
     Su nombre es un homenaje a los hermanos Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín, dramaturgos y poetas nacidos en la localidad de Utrera. Las calles y plazas del poblado reciben los nombres de obras de Los Quintero o de personajes literarios de su creación.
     Aníbal González proyecta Guadalema de los Quintero basándose en el arquetipo de pueblo andaluz creado durante la Exposición Iberoamericana de 1929. Una imagen muy castiza y tradicional, que raya lo folklórico, sus calles son de un gran tipismo costumbrista acorde con la obra de los hermanos Quintero. Las casas de paramentos blancos, ventanas cierro de ménsulas barrocas, rejas verdes y cubierta de tejas moriscas, se ven adornadas con zócalos y enmarques de vanos de color amarillo calamocha, macetas y naranjos. Prevalece totalmente la arquitectura popular sobre la racionalista.
     El arquitecto se  ha decantado por un trazado urbanístico de tipo ortogonal que quiebra sus calles para evitar las perspectivas infinitas. Ha respetado la doble circulación separando las calles de peatones de las de vehículos, carros y bestias. Está estructurado mediante grandes manzanas, delimitadas por un viario mixto, que encierran en su interior plazoletas peatonales, que facilitan la convivencia de los vecinos. Se diseñaron varios modelos de viviendas de colonos de una o dos alturas y una solo para los obreros de tipo barracón. Las casas de Guadalema son muy parecidas a las de La Barca de la Florida y Majarromaque de la provincia de Cádiz.
     La Plaza de los Quintero es el corazón del pueblo, en él se sitúan los edificios representativos del Ayuntamiento y la Iglesia, las artesanías, la escuela, las casas de los maestros, el mayoral y el dispensario médico. Son bellos los pórticos adintelados de un lateral de la plaza y los dobles pórticos de arcos que dan acceso a zonas peatonales. Hoy día, la Plaza es un espacio desestructurado, algo desangelado al estar atravesada por la carretera que comunica Guadalema con el Palmar de Troya, la instalación de una rotonda y el asolamiento del espacio, antes ajardinado. Destaca por su monumentalidad el edificio del Ayuntamiento de dos plantas, apaisado, con doble pórtico que aligera la pesadez de la fachada, reloj y espadaña de inspiración barroca con volutas.
      Pero, sin duda, el edificio más monumental y emblemático es la iglesia de Nuestra Señora de las Veredas. Su fachada sirve de fondo escenográfico a la calle Eladio del Río, la principal de acceso al pueblo. 
     Exteriormente es un edificio muy tradicional inspirado en la arquitectura barroca popular andaluza o en el estilo colonial. Su fachada con cubierta a dos aguas es muy sencilla, presenta una portada adintelada, enmarcada por baquetón mixtilíneo, flanqueada por pilastras que sostienen un pequeño entablamento, sobre el que asienta una hornacina ciega. En el hastial una espadaña eleva y estira el frontis a la vez que oculta la cubierta. Todos los elementos decorativos se resaltan con amarillo calamocha, que tanto contrasta con el blanco de sus paramentos.
     Adosada al lado del evangelio, la torre campanario de planta cuadrada, avanza hacia la plaza y parece proteger al templo de menor altura. El cuerpo de escalera de aspecto macizo y cerrado está horadado por saeteras y balcones que le aportan luz. Dos moldurones y un friso corrido en amarillo calamocha separa este primer cuerpo del de campanas, abierto a los cuatro vientos por ventanas geminadas. Se remata con pináculos y chapitel con decoración cerámica de color blanco y azul en zig-zag.
     Desde la pequeña Plaza de la Escuela podemos observar el sentido rítmico de las arcuaciones del bello pórtico de la casa rectoral y la escuela, el cimborrio que cubre el presbiterio y la portada de San Isidro, similar a la de Santa Ana en el lado de la epístola, que repiten el esquema compositivo que hemos descrito en la fachada principal. Son singulares los óculos y ventanas decorados con orejetas barrocas en amarillo calamocha.
     El interior contrasta vivamente con el exterior, el predominio del blanco es absoluto, nos sorprende por su belleza y austeridad parecida a una mezquita almohade. Aníbal González ha sabido crear un espacio de una gran plasticidad y espiritualidad. Juega con la combinación y contraste entre los arcos apuntados de los pórticos, que estructuran la nave, y los arcos formeros de medio punto que sostienen los muros. Los ventanales, cubiertos con sencillas vidrieras en forma de cruz, crean bellos efectos de luces y sombras que se refractan en paredes y bóvedas. El presbiterio, verdadera qubba, concentra la mirada de los fieles. De planta poligonal, está cubierto por una bóveda de paños, en la que se abren unos óculos que inundan de luz el espacio sagrado a través de unas sencillas vidrieras.
     Un magnífico mural en forma de tríptico pintado al óleo ocupa todo el testero poligonal del presbiterio. Representa el Sermón de la Montaña tal como lo describe el Evangelio de San Mateo, Jesús de Nazaret se dirige a sus discípulos y a una gran muchedumbre para trasmitirles el Padrenuestro y las Bienaventuranzas. Sobre un fondo paisajístico andaluz muy geométrico y esquemático, se representa a Cristo en el centro de la composición, joven e imberbe, sentado sobre una piedra, rodeado de una multitud atenta a sus palabras. Son campesinos y campesinas, que bien podrían ser retratos de los propios colonos, como hizo Manuel Rivera en el mural de la adoración a la Virgen del Pilar en Majarromaque, Cádiz. Estos rodean a Jesús en actitud orante conformando una verdadera mandorla, mientras otros se sitúan al fondo, de pie, de forma muy abigarrada. En las alas unas campesinas arrodilladas, cubiertas con largos mantos negros al estilo de las cobijadas de Vejer, cierran la composición. Esta obra, realizada al óleo sobre tabla está firmada por Santiago del Campo en 1957, artista muy polifacético conocido por el gran mural del estadio del Ramón Sánchez Pizjuán y los seis paneles de cerámica que decoran la Depuradora de Cuartillos de Jerez.
     A ambos lados del arco triunfal podemos observar las imágenes de la Virgen del Rosario y San Isidro. Situadas ante unas hornacinas ojivales decoradas con un fondo paisajístico con flores de lirios blancos para la Virgen y con espigas de trigo en el caso de San Isidro, que en cierta manera amplían y continúan el tríptico del ábside. La Virgen del Rosario es una talla aportada por los Talleres de Arte Granda, que podemos atribuir por sus similitudes formales y estilísticos a la artista Teresa Eguibar. Representada de cuerpo completo y canon alargado, posee cierto movimiento debido a un ligero contraposto, los brazos flexionados para unir sus manos en oración  rompen con la verticalidad  de las formas. Necesita una restauración que elimine los repintes y devuelva la obra a su estado original. En Torremelgarejo, Cádiz, existe una imagen similar con la advocación de María Inmaculada.
     En el lado de la epístola, San Isidro Labrador es una talla atribuida a Lorenzo Frechilla, que trabajó para los Talleres de Arte Granda, un artista, que, como muchos otros de su generación, colaboró casi de forma anónima para el INC. Originalmente sin policromar, ha sido repintada de forma tan burda que ha perdido su  belleza original. Se representa a San Isidro robusto y fuerte, con un ligero contraposto que le aporta cierto movimiento, mirada al cielo dando gracias a Dios por la buena cosecha, mientras sostiene una gavilla de trigo en la mano izquierda. Contrasta vivamente la suavidad de las formas del rostro con el geometrismo de los ropajes. Esta imagen es una de las más representadas en los pueblos de colonización tanto en Extremadura como en Andalucía, por ser un ejemplo a seguir para los campesinos.
     La iglesia de Nuestra Señora de las Veredas ha conservado de la dotación original, entregada por el Instituto, el mobiliario original, sencillos y austeros bancos, el confesionario original de puertas de cuarterones, las benditeras de cerámica verde en forma de concha, la pila bautismal situada hoy día en el presbiterio, los apliques de iluminación de hierro de bella decoración de flores horadadas, y un viacrucis realizado en placas de cerámica que narran las escenas de la pasión con un sencillo y nervioso dibujo en azul que hace juego con el zócalo que recorre toda la nave.
     Guadalema de los Quintero es una obra de Aníbal González Gómez, fruto de la empresa colonizadora franquista, que debemos preservar y poner en valor. Tarea que se ha propuesto el Ayuntamiento de  Utrera a través del PGOU, que destina un capítulo a la protección, valoración patrimonial, estado y mantenimiento de la arquitectura contemporánea de su término municipal, en la que incluye sus tres pueblos de colonización Guadalema de los Quintero, Pinzón y Trajano. Debemos seguir esta línea y difundir este patrimonio tan desconocido. Hay que preservar su bellísima iglesia, para que no pierda su sentido litúrgico y espiritual, que conserva una de las obras murales más importantes y desconocidas de Santiago del Campo, una verdadera joya de la pintura figurativa de vanguardia de los años cincuenta del siglo pasado (Ricarda López González, y Rosa M. Toribio Ruiz, Los pueblos de colonización de la provincia de Sevilla. Arquitectura y Arte. Diputación de Sevilla y Colegio Oficial de Arquitectos de Sevilla. Sevilla, 2020).
Conozcamos mejor la Biografía de Aníbal González Gómez, arquitecto y autor de las trazas de Guadalema de los Quintero;
   Aníbal González Gómez era hijo del famoso arquitecto regionalista Aníbal González Álvarez­ Osorio. Nació en 1912, se título en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid en 1940, se inscribió en el Colegio de Arquitectos de Sevilla en ese mismo año, causando baja en 1974, seguramente por fallecimiento. Fue funcionario por oposición del Instituto Nacional de Colonización desde 1948 hasta 1963.
   Aunque realizó numerosos proyectos para la ciudad de Sevilla y su área metropolitana sus obras son bastante desconocidas. De la información aportada por la fundación FIDAS podemos destacar los cines de verano Cine Ideal, Terraza Cinema y Cine Rex, hoy desaparecidos; el antiguo mercado de la Encarnación; el chalet Marymar en Nervión, las viviendas de la calle Mª Auxiliadora, 10 y 12 para Ana Gómez Millán y para el propio Aníbal y hermanos respectivamente; los proyectos realizados para Reader's Digest en la Cuesta del Rosario, 12 o para el Consulado de la República de Cuba en la Avenida de la Victoria, s/n; de las construcciones escolares el Colegio Ramón Lulio y las casas para maestros de las barriadas El Plantinar, San Jerónimo y de la Cruz patrocinadas por el Ministerio de Educación y Ciencia. Son interesantes la barriada de casas ultraeconómicas de Mairena del Alcor y las viviendas subvencionadas de Marinaleda, Mairena del Alcor, Montellano, Mairena del Aljarafe y Albaida del Aljarafe.
   El profesor Manuel Calzada Pérez en su tesis doctoral de 2006 "La Colonización Interior en la España del siglo XX. Agrónomos y arquitectos en la modernización del medio rural" recoge la información de los proyectos realizados por Aníbal González para el Instituto. No fueron construidos los pueblos de Arroyo Salado de 1948 y Esquivel de 1951, cuyo proyecto fue rechazado por José Tamés, jefe del Servicio de Arquitectura del INC, adjudicándoselo al arquitecto Alejandro de la Sota.
   Son obra ejecutada los pueblos de colonización de San Ignacio del Viar de 1954,Guadalema de los Quintero de 1955 y el adicional de El Viar de 1957 y de Esquivel de 1958. También realizó el trazado urbano de El Trobal en 1962, encargándose José Luis Fernández del Amo del proyecto de las viviendas y el centro cívico (Ricarda López González, y Rosa M. Toribio Ruiz, Los pueblos de colonización de la provincia de Sevilla. Arquitectura y Arte. Diputación de Sevilla y Colegio Oficial de Arquitectos de Sevilla. Sevilla, 2020).
Conozcamos mejor la sobre el Significado y la Iconografía de la Virgen con el Niño;
   Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
   Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
   En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
   Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
   Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
   Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
   Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
   En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón
   Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
   Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
   Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
   A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
   La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o  de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones.
   El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
   Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
   A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
   Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo del alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor.
   A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
   Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la historia de la Sabatina como culto mariano
  Semanalmente tenemos un culto sabatino mariano. Como dice el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, en el nº 188: “Entre los días dedicados a la Virgen Santísima destaca el sábado, que tiene la categoría de memoria de santa María. Esta memoria se remonta a la época carolingia (siglo IX), pero no se conocen los motivos que llevaron a elegir el sábado como día de santa María. Posteriormente se dieron numerosas explicaciones que no acaban de satisfacer del todo a los estudiosos de la historia de la piedad”. En el ritmo semanal cristiano de la Iglesia primitiva, el domingo, día de la Resurrección del Señor, se constituye en su ápice como conmemoración del misterio pascual.  Pronto se añadió en el viernes el recuerdo de la muerte de Cristo en la cruz, que se consolida en día de ayuno junto al miércoles, día de la traición de Judas. Al sábado, al principio no se le quiso subrayar con ninguna práctica especial para alejarse del judaísmo, pero ya en el siglo III en las Iglesias de Alejandría y de Roma era un tercer día de ayuno en recuerdo del reposo de Cristo en el sepulcro, mientras que en Oriente cae en la órbita del domingo y se le considera media fiesta, así como se hace sufragio por los difuntos al hacerse memoria del descenso de Cristo al Limbo para librar las almas de los justos.  
     En Occidente en la Alta Edad Media se empieza a dedicar el sábado a la Virgen. El benedictino anglosajón Alcuino de York (+804), consejero del Emperador Carlomagno y uno de los agentes principales de la reforma litúrgica carolingia, en el suplemento al sacramentario carolingio compiló siete misas votivas para los días de la semana sin conmemoración especial; el sábado, señaló la Santa María, que pasará también al Oficio. Al principio lo más significativo del Oficio mariano, desde Pascua a Adviento, era tres breves lecturas, como ocurría con la conmemoración de la Cruz el viernes, hasta que llegó a asumir la estructura del Oficio principal. Al principio, este Oficio podía sustituir al del día fuera de cuaresma y de fiestas, para luego en muchos casos pasar a ser añadido. En el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, encontramos ya un Oficio de Beata suplementario, con los textos eucológicos que Urbano II de Chantillon aprobó en el Concilio de Clermont (1095), para atraer sobre la I Cruzada la intercesión mariana.
       De éste surgió el llamado Oficio Parvo, autónomo y completo, devoción mariana que se extendió no sólo entre el clero sino también entre los fieles, que ya se rezaba en tiempos de Berengario de Verdún (+962), y que se muestra como práctica extendida en el siglo XI. San Pedro Damián (+1072) fue un gran divulgador de esta devoción sabatina, mientras que Bernoldo de Constanza (+ca. 1100), poco después, señalaba esta misa votiva de la Virgen extendida por casi todas partes, y ya desde el siglo XIII es práctica general en los sábados no impedidos. Comienza a partir de aquí una tradición devocional incontestada y continua de dedicación a la Virgen del sábado, día en que María vivió probada en el crisol de la soledad ante el sepulcro, traspasada por la espada del dolor, el misterio de la fe.  
      El sábado se constituye en el día de la conmemoración de los dolores de la Madre como el viernes lo es del sacrificio de su Hijo. En la Iglesia Oriental es, sin embargo, el miércoles el día dedicado a la Virgen. San Pío V, en la reforma litúrgica postridentina avaló tanto el Oficio de Santa María en sábado, a combinar con el Oficio del día, como el Oficio Parvo, aunque los hizo potestativos. De aquí surgió el Común de Santa María, al que, para la eucaristía, ha venido a sumarse la Colección de misas de Santa María Virgen, publicada en 1989 bajo el pontificado de San Juan Pablo II Wojtyla (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la localidad de Guadalema de los Quintero (Utrera), en la provincia de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia.

Más sobre la localidad de Utrera (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

sábado, 9 de septiembre de 2023

Un paseo por la calle Arguijo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Arguijo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 9 de septiembre es el aniversario del nacimiento (9 de septiembre de 1567) de Juan de Arguijo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Arguijo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Arguijo es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Laraña, a la calle José Gestoso.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. 
     En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Debe su nombre al noble y poeta sevilla­no Juan de Arguijo (1560-1623), autor de espléndidos sonetos y de una curiosa colección de cuentos, cuya casa solariega, ya derribada, estaba situada en el núm. 2 de esta calle.  Las primera referencias a ese espacio se remontan a la segunda mitad del s. XVI como la "calle donde bive el señor Gaspar de Arguijo" o "la calle que está enfrente de la Compañía que va de la Venera, donde bive Gaspar de Arguijo". Ya en 1767 se conoce como la calle de la Virreina, tal vez en honor de doña Ana Lorenza Centeno Herrera, que casó con el virrey de Cataluña don Francisco Velasco, muerto en Sevilla en 1706, aunque González de León lo atribuye a "una señora viuda de un virrey de América" que vivió en la casa frontera con el edificio de la Compañía de Jesús, más tarde sede de la Universidad. Ese nombre perduró al menos hasta fines del s. XVIII y quizás hasta los primeros años del XIX, pues ya en el plano de Sartorius (1848) aparece Arguijo y no don Juan de Arguijo que, según González de León, había sido el primitivo nombre de la calle, antes de que fuese sustituido por el de Virreina. En todo caso no se conoce otra documentación que avale la veracidad de este último extremo.
     Relativamente corta, ofrece más anchura en el tramo inicial, producto de alineaciones realizadas a fines del s. XIX y sobre todo de la construcción del teatro Álvarez Quintero (actual Sala Turina) en los años 50 de nuestro siglo. A partir de la casa núm.5, que forma un rincón, la calle se estrecha para volver a ensancharse de nuevo y estrecharse al final, tras el ángulo formado por 1a casa núm. 6. Su pavimento es asfáltico, con aceras de losetas, muy estrechas en algunos puntos. Está iluminada por farolas sobre brazos de fundición adosados a  las paredes, desde que en 1943 se acordara instalar en ella el alumbrado eléctrico. Destaca por su valor arquitectónico la casa que ocupa los números 3 y 5, antes conocida corno Casa de la Virreina y posteriormente colegio de la Institución Teresiana, que posee un bello patio con arquerías sobre columnas y una valiosa colección de zócalos de azulejos. Al exterior ofrece un balcón rematado por un frontón recto. El lienzo de fachada a lo largo de la calle es un buen ejemplo de arquitectura popular sevillana. También merece destacarse el lateral del núm. 13 de José Gestoso, con un interesante torreón. La calle cumple una función de tránsito peatonal entre José Gestoso y Laraña. No hay prácticamente viviendas y sirve de hecho como aparcamiento de vehículos. En el pasado debió tener, sin embargo, más actividad, a juzgar por esta curiosa gacetilla del periódico El Porvenir: "La calle de la Virreyna, principalmente por la mañana, está convertida en una verdadera "Corte de los Milagros". Cuantos cojos y tullidos existen en la provincia, otros tantos se presentan bien arrastrando o bien en burros o carros excitando los sentimientos del pueblo..." (14-Xll-1859). En Arguijo tuvo, al pa­recer, su sede en el s. XIX el llamado Liceo Filarmónico de Sevilla [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Arguijo, 3-3 A
. Casa de tres plantas, del siglo XVIII, con balcón principal decorado con molduras.
Arguijo, 5. Se conoció este edificio con el nombre de "Casa de la Virreina". Consta de tres plantas con portada enmarcada por pilastras toscanas que sostienen un entablamento. Sobre éste se abre el balcón rematado por un frontón recto. En su interior, además del patio, con arquerías sobre columnas en ambas plantas, destaca la colección de zócalos de azulejos y en especial los de la escalera. Varias salas están cubiertas por artesonados.
Arguijo, 9-9, acc. Casa de dos plantas, con ventanas voladas en la superior y mirador de esquina (José Gestoso, 13), con vanos de medio punto y pilastras [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Arguijo, a quien está dedicada esta vía;
     Juan de Arguijo, (Sevilla, 9 de septiembre de 1567 ant. – 7 de agosto de 1622). Poeta, mecenas, comerciante y veinticuatro de Sevilla.
     Hijo único de una familia cuya riqueza —sustentada por el tráfico de esclavos y el comercio con Honduras— alzó su casa-palacio en Sevilla, Juan de Arguijo habría estudiado en el colegio de los jesuitas hispalenses entre 1576 y 1580. En 1581, el padre, Gaspar de Arguijo, prestó dinero a Luis Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla, a cambio de los cargos de lugarteniente del almirante y de veinticuatro de Sevilla, y de que Enríquez y sus descendientes les abonaran a él y a su hijo, hasta la muerte de éste, una fuerte suma anual. Tesorero de las rentas reales de las islas de Canarias, Tenerife y La Palma (1580), Gaspar de Arguijo recomendó para este puesto a su hijo adolescente en 1581, pero al año siguiente lo sustituyó.
     A finales de 1584, Juan de Arguijo fue casado con la hija de Esteban Pérez, socio y amigo de su padre.
     Y en 1589, Gaspar compró para Juan el puesto de veinticuatro de Sevilla, cargo que juró en 1590. Así que desde el cabildo participó en la dirección de la ciudad, siguiendo siempre los dictados paternos.
     Apoyados política y económicamente por el asistente de Sevilla y por veinticuatros como Gaspar de Arguijo, los jesuitas habían establecido su casa profesa, terminado su templo y fundado un nuevo edificio para su colegio, llamado desde 1590 de San Hermenegildo.
     Con este motivo, la Compañía representó la Tragedia de San Hermenegildo, cuyo tercer acto escribió Juan de Arguijo. Las relaciones de éste con la Compañía fueron estrechas: entre 1587 y 1597 compuso tres poemas inspirados por jesuitas, y en 1596 actuó como correo en sus transacciones económicas entre Japón y Sevilla.
     Gaspar de Arguijo, que desde 1592 administraba la fortuna de su socio ya fallecido, guiaba la carrera política de su hijo, Juan fue nombrado llavero mayor de la ciudad (encargado del depósito de grano) en 1592; pero dos años después fue destituido del cargo al no poder justificar ciertas cuentas. Después de que, en mayo de 1594, falleciera su padre, cuya fortuna superaba los cien millones de maravedís, Arguijo presentó cuatro veces (hasta febrero de 1595) la renuncia a su veinticuatría, sin que se le aceptara.
     Como poeta público, participaba en celebraciones religiosas, como muestra la canción “En la fiesta de la canonización de san Jacinto que hicieron en Sevilla” (1595).
     Mientras que el heredero del almirante de Castilla iniciaba un largo pleito para liberarse de la obligación contraída con la familia de Juan de Arguijo, éste heredó las formidables fortunas de su padre y su suegro y, ya sin el frenético dinamismo de éstos, mantuvo actividades financieras y comerciales hasta principios del XVII. Arguijo dispuso de su amplio patrimonio como signo de distinción burguesa frente a la aristocracia, en las fiestas del Corpus de 1594 dilapidó su fortuna en lujos que llamaron la atención de toda la ciudad; cuando los ingleses abandonaron Cádiz, que habían saqueado durante dos semanas de 1596, viajó allí como representante del Cabildo sevillano y costeó con su propio dinero la reconstrucción del colegio jesuita; y en 1597 cedió su sueldo de veinticuatro al colegio de San Hermenegildo, institución a la que, entre 1600 y 1603, pagó 1.500 ducados anuales para ser reconocido como su fundador.
     Arguijo también amparaba a poetas y artistas. Su casa-palacio acogería una restringida tertulia donde el mecenas-poeta empleaba el sobrenombre de Argío.
     Pintores, eruditos, poetas asistirían a su academia, allí podía encontrarse, poco antes de morir, a Fernando de Herrera que, junto con Francisco de Medina y Francisco Pacheco el canónigo, dirigía la elite intelectual sevillana; Lope de Vega se interesó por aquel mecenas, al que elogió en el libro V de la Arcadia (1598) y en el canto VIII de La Dragontea (1598), y el ex jesuita Francisco de Medrano dedicó a su amigo Argío una de sus odes y tres sonetos. Sin escatimar gastos, hacia 1601 reformó Arguijo su casa (destruida por un incendio en 1914) y diseñó el programa iconográfico de la pintura del techo de la sala que cobijaría la academia y quizá la biblioteca, techo que se conserva hoy en el palacio sevillano de Monsalves.
     Después de octubre de 1599, Arguijo envió sus propios sonetos a Medina, cuyos Apuntamientos y notas (una copia de los cuales se conserva en el manuscrito Sesenta Sonetos de Don Juan de Arguijo Veintiquatro de Sevilla) enmiendan la colección de poemas, en buena medida dedicados a extraer lecciones morales de la historia y la mitología grecorromanas, y en cuya impecable factura formal “los dientes de la lima no hallan en qué hacer presa”. Medina trataría con Pedro de Valencia sobre la poesía del veinticuatro, pues éste le mandó una carta “en alabanza de los versos de D. Juan de Arguijo, caballero sevillano”.
     Entre 1598 y 1601, Sevilla fue duramente azotada por la peste, cuyos efectos describe Arguijo en la epístola A un religioso de Granada. Su carrera política también iba mal: elegido procurador a las Cortes de 1598, la fuerte oposición a su nombramiento le hizo renunciar al puesto. En octubre de 1599 gastó una gran suma para recibir, en su finca de Tablantes, cercana a Sevilla, a la marquesa de Denia, esposa del duque de Lerma. Durante bastante tiempo, tal agasajo fue elogiado por las crónicas y también ridiculizado en poemas, algunos de ellos de Juan de la Cueva, a quien, a pesar de todo, Arguijo recomendó para que el Cabildo costease la publicación de su Conquista de la Bética (1603). Cueva elogió luego al veinticuatro en el canto V (c. 1604-1605) que añadió al Viaje de Sannio.
     La relación más relevante del generoso mecenas con otro poeta fue la establecida con Lope de Vega, uno de cuyos primeros libros costeó el veinticuatro hispalense: La hermosura de Angélica, con otras diversas rimas [...]. A don Juan de Arguijo, veinticuatro de Sevilla (1602). Lope correspondió con cuatro dedicatorias esparcidas por la obra y con el soneto CXX de las Rimas, “A don Juan de Arguijo, viendo un Adonis, Venus y Cupido de mármol”. Lope también sometió a la censura de su mecenas El peregrino en su patria (1604), para cuyos preliminares compuso Arguijo un soneto de elogio. Alonso Álvarez de Soria se burló de Lope, pero respetó al veinticuatro: “Envió Lope de Ve- / al señor don Juan de Argui- / el libro del Peregri- / a que diga si está bue-. / Y es tan noble y tan discre-, / que estando, como está, ma-, / dice es otro Garcila- [...]”.
     La fama del veinticuatro se acrecentó con la antología Flores de poetas ilustres de España (1605), que Pedro Espinosa preparó antes de finales de 1603 y donde por vez primera se imprimieron seis sonetos de Arguijo, uno de los cuales abría este florilegio de la nueva poesía española. Bajo el auspicio de Medina, secretario del cardenal de Sevilla, y de los jesuitas, Arguijo fue invitado a participar en una celebración religiosa jerezana con la canción “En la fiesta que la ciudad de Jerez hizo a los santos mártires Honorio, Eutiquio y Esteban” (1605). Arguijo era ya una autoridad en cuanto al gusto poético: en 1604, Pedro Venegas consultó con pocas personas, entre ellas el veinticuatro, sobre sus Remedios de amor; Cristóbal de Mesa le dedicó un soneto que luego coleccionó en su Valle de lágrimas (1607), y Pablo de Céspedes envió un poema para que fuera leído y comentado en Sevilla, por lo que el jesuita Figueroa le contestaba en junio de 1605 que “don Juan [...] dirá por carta propia su sentimiento y el de su academia”; pero no llegaría a hacerlo, porque un mes más tarde quebró.
     Por sus mecenazgos laicos y religiosos, así como por la crisis económica y demográfica sevillana de principios del XVII, Arguijo había contraído numerosas deudas desde 1600. En 1604 tuvo que vender al colegio de San Hermenegildo una finca en Utrera, y en abril de 1605 pesaban ya varias hipotecas sobre el cortijo de Tablantes. En agosto de ese año se embargaron sus bienes y en diciembre de 1606 fue vendido en subasta pública su palacio. Los acreedores persiguieron al veinticuatro, quien, para evitar la cárcel, se acogió, hacia 1608 o 1609, en la casa profesa de los jesuitas sevillanos. Ni siquiera los casi cincuenta millones de maravedís que destinó ese último año a pagar sus deudas sirvieron para cancelarlas completamente.
     Antonio Ortiz Melgarejo aún dedicaba a Arguijo, en 1608, la Casa de locos de amor, y Lope lo homenajeó en el libro XIX de La Jerusalén conquistada (1609), donde achacaba a la envidia y la persecución la mala fortuna de su protector. Éste participó de incógnito, con el poema “Ya el héroe vencedor de sus deseos [...]”, en las fiestas que en 1610 celebraron la beatificación de Ignacio de Loyola. Aunque centrado desde ese año en el viejo pleito con el heredero del Almirante de Castilla, Arguijo habría tenido tiempo y ganas de corregir, de acuerdo con muchas de las enmiendas de Medina, sus sonetos, que fueron reordenados —seguramente bajo su supervisión— en el manuscrito Versos de don Juan de Arguijo. Año de mil y seiscientos y doce.
     En marzo de 1613, Arguijo ganó el demorado litigio que sostenía con el heredero del almirante.
     Las listas de poetas que iban construyendo el canon literario del XVII celebrarían la noticia: Lope de Vega en La dama boba (1613), Andrés de Claramonte en Letanía moral (1613) y Cervantes en el capítulo III del Viaje del Parnaso (1614) elogiaron al veinticuatro. Rodrigo Fernández de Ribera le dedicó la V centuria de sonetos, la “Jocosa”, de su hoy perdida Esfera poética. Pero su deudor no pagaba, y Arguijo seguía recluido con los jesuitas, hasta que en marzo de 1616 cobró gran parte de lo que le debía el almirante, tras lo cual abandonó la casa profesa y saldó a su vez casi todas sus deudas, aunque estas nunca más lo abandonaron. Rehabilitado socialmente, fue el cronista de la Relación de las fiestas de toros y juego de cañas con libreas (1617) celebradas en su ciudad.
     Arguijo, que cantó con frecuencia a la amistad en sus poemas, la cultivó durante su vida: cruzó cartas con Juan de Espinosa sobre la nueva poesía gongorizante, que el veinticuatro no entendía; Luis de Belmonte le dedicó su poema épico La Hispálica (h. 1617-1618); en 1618 se publicaron las Rimas de un buen amigo de Arguijo, Juan de Jáuregui, en cuyos preliminares figuran dos décimas del veinticuatro; su último poema conocido, escrito a medias con Jáuregui, fue un circunstancial elogio del Tratado (1619) de Francisco Morovelli, y en mayo de 1619 firmó con otros una carta dirigida a Lope de Vega para apoyar su comedia.
     Con sus amigos de Sevilla recopiló, desde 1619, los Cuentos muy mal escritos que notó don Juan de Arguijo, colección que siguió incrementándose después de la muerte del veinticuatro.
     Cuando Diego Félix Quijada y Riquelme sometió a su consideración los sonetos de sus Solíadas, Arguijo le escribió una atenta carta en que felicitaba al joven y prometedor poeta por atenerse a los principios de la estética herreriana, que el veinticuatro siempre respetó. En 1620, Quijada viajó con esa carta a Madrid, donde halló el amparo de Lope, quien escribió su epístola IX de La Filomena (1621) a Arguijo, a quien dedicó también su comedia La buena guarda, coleccionada en la Decimaquinta parte de las Comedias (1621).
     En el Encomio de los ingenios sevillanos (1623), crónica de una justa poética celebrada en 1622, Juan Antonio de Ibarra dio cuenta de la ausencia por enfermedad de Juan de Arguijo, que era el juez principal del concurso, y a quien situaba a la cabeza de los poetas hispalenses de su tiempo. En efecto, Arguijo, que en agosto de 1622 renunció a su veinticuatría, murió el día 7 de ese mes (Gaspar Garrote Bernal, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Arguijo, al detalle:
Sala Turina (antiguo Teatro Álvarez Quintero)
Edificio de la calle Arguijo, 3-3 A. 
Edificio de la calle Arguijo, 5.
Edificio de la calle Arguijo, 9-9, acc. 

miércoles, 11 de mayo de 2022

Un paseo por la calle Álvarez Quintero

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Álvarez Quintero, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 11 de mayo, es el aniversario de la inauguración (11 de mayo de 1927) de la glorieta de los Hermanos Álvarez Quintero, en el Parque de María Luisa, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle  Álvarez Quintero, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Álvarez Quintero es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en los Barrios de la Alfalfa y Santa Cruz, en el Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de la plaza del Salvador con la calle Blanca de los Ríos, a la calle Alemanes.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     A lo largo de los siglos, diversos nombres han identificado distintas partes de ella. La más inmediata al Salvador es conocida durante los s. XV y XVI como Cordoneros, por estar ubicadas allí tiendas de este oficio. Es posible que también se denomine en al­gún momento del s. XV Chapineros. La parte en que confluye la actual Entre Cárceles, aparece unas veces como sitio y otras como plaza o plazuela. En el s. XV  es conocida como Pozo o Pozo de la Cárcel, por el allí existente, junto a la cárcel del consejo; tam­bién aparece el topónimo Olmo de la Ropa­ vieja. así mismo por la existencia de este árbol. Una zona inmediata es conocida por lo menos desde comienzos del s. XIV como Ropavieja, por encontrarse en ella las tien­das de los ropavejeros. Este nombre desaparece a finales del s. XVI y es sustituido por el de Roperos, que tiene poca vigencia. Ya en esos años hace su aparición el topónimo Talabarteros, que viene a sustituir a todos los anteriores, y que se refiere a las tiendas de ciertos guarnicioneros. Durante la primera mitad del s. XVII también es conocida por plazuela de San Sebastián, nombre de un hospital allí existente. A comienzos del s. XVIII dicho tramo es denominado Polaineros, artesanos que ya estaban instalados en ella en la primera mitad del s. XVII; este topónimo alterna con el de Cruz de los Polaineros, por la que allí existía. A comienzos del s. XIX el parte inmediata a la plaza del Salvador se rotula Mercaderes, por los comerciantes de lienzos en ella establecidos, y en 1845 se extiende a la plaza de la Cruz de los Polaineros. Según la Guía General de Forasteros..., de Montero de Espinosa (l823), el tramo de Cruz de los Polaineros también se llamó de los Listoneros.
     La parte más estrecha de la calle es conocida al menos desde comienzos del s. XIV como Escobas, como recuerda un azulejo instalado en la década de 1960, hasta que en 1868 se incorporó a Mercaderes. La denominación de Escobas se atribuye a un mesón así llamado que se encontraba casi al final de la calle, lo que ocurre es que el lugar donde hoy se le sitúa llevó otros nombres en esos siglo, que son los siguientes. Al desembocar en la actual Alemanes existía un arco, que en los años inmediato a la conquista castellana se denomina Puerta de Dalcar, nombre de origen árabe. El tramo de calle que sigue es la plazuela de los Torneros, como aparece en un documento de 1433 y en varios de finales del s. XV y primer tercio del XVI; en el s. XVII es Gorreros. Ambas denominaciones refieren a tiendas de artesanos de estos oficios allí ubicados. También formó parte de Conteros desde comienzos del pasado siglo hasta la segunda mitad del actual. Finalmente, en 1910, recibe la denominación actual, para homenajear a los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, nacidos en Utrera. quienes quisieron reflejar en su teatro el ambiente andaluz. En los años sesenta se prolongó hasta Alemanes, al perder Conteros esta parte final. Otros topónimos que distintos autores han vinculado con esta calle son los de Latoneros, que se cita en la guía de Herrera Dávila (1832), Sombrereros y Valvanera o Virgen de Valvanera, éste aplicado a la confluencia de Chicarreros, por un retablo de esta advocación. Una barreduela que existe casi al comienzo, en la acera de los impares, es posible que en el s. XV se llamase de los Cordoneros, pues un documento de 1406 e refiere a una barrera de este nombre y esos artesanos se situaban en dicho tramo; debe ser la misma que en 1585 se denomina barrera del Licenciado Ruy Cerezo. Más adelante en el s. XVIII, aparece como calleja de la Avería, aunque en el XIX se la califica de plaza, al parecer porque en ella se vendían mercancías en mal estado, en este mismo siglo quedaría integrada en Mercaderes.
     Presenta una notable irregularidad, que ha sido su característica a través de los siglos. Se inicia con una anchura mediana, debida a las operaciones de retranqueo de fachadas, a partir del proyecto de ensanche de José Sáez López (1895). Al confluir Entre Cárceles, por la derecha, adquiere gran espaciosidad, para, seguidamente, estrecharse. Sigue un largo tramo estrecho y algo tortuoso, en el que desembocan por la derecha Chicarreros y Rodríguez Zapata y, por la izquierda, Chapineros. El tramo final en el que desemboca Conteros, ha experimentado importantes transformaciones. En 1499 se derribó el arco que daba a Gradas: en los siglos XVII y XVIII las callejas de la inmediata Alcaicería que tenían salida a Escobas se fueron privatizando; finalmente en la segunda mitad de la pasada centuria, desaparece el quiebro que hacia (plano de Olavide, 177l) y se aprovecha para ensanchar la calle, algo que se venía demandando de antiguo debido al tráfico. Otra de sus características es que posee una leve pendiente hacia cada uno de sus extremos. 
   A fines del s. XV ya aparece enladrillada, pero mientras Escobas se mantuvo más tiempo con este material, la parte del comienzo, que soportaba un notable tráfico de carruajes, se empedró en el s. XVI; este material se extendió a toda la calle en la siguiente centuria, y así permaneció hasta mediados del s. XIX. En 1845 hay peticiones de embaldosar una parte que no tiene tránsi­to de vehículos, y en 1894 se aprueba el adoquinado. Desde los primeros años del presente siglo alternan las partes adoquinadas con otras pavimentadas de cemento, dualidad que conserva en la actualidad, ya que sus dos extremos, que poseen circula­ción rodada, cuentan con distinto pavimento. En su parte inicial la capa asfáltica tendida en la década de 1970 ha sido levantada y restaurado el adoquinado, asimismo se han ampliado las aceras de losetas; en el otro extremo, se conserva el asfalto. Las aceras son más estrechas y están bastante degradadas; cuentan con horquillas, para evitar los aparcamientos. La mayor parte de la calle posee cemento, pero en mal estado de conservación; en el arranque de esta parte peatonal se han instalado unos macetones de cemento. En cuanto a otras dotaciones, existen referencias documentales desde el s. XVII a cañerías, y del XVIII para husillos. En la iluminación se emplean farolas de báculo al comienzo y luego otras sobre brazos de fundición adosadas a las fachadas. A finales del s. XVIII se entoldaba; en 1943, es una de las que el Ayuntamiento decide dotar de este elemento, y, en algunos tramos, esta práctica se ha restaurado. En su parte final existe una cabina telefónica. La cruz denominada de los Polaineros existía en el s. XVII. en que los vecinos decidieron sustituirla por otra de jaspe, y aquí permaneció hasta que en 1840 fue desmontada y trasladada al patio de los naranjos de la parroquia del Salvador. Contaba con una hermandad, que celebraba anualmente una fiesta, y que en 1736 pedía autorización para atajar las calles, con dicho motivo. También en una de las casas próximas existía un retablo de la Virgen del Rosario; otros retablos citados por González de León en esta calle son los de la Virgen de Valvanera, de la Palma y de Belén. En el s. XVII había otro dedicado a la Virgen de la Estrella que atraía a muchos devotos. Hasta el pasado siglo, la mayor parte de la calle contaba con soportales, generalmente de columnas, en especial los del comienzo. Estos desaparecieron con la gran transformación y la actividad constructiva que ex­perimentó en la segunda mitad de la mencionada centuria y primeras décadas de la actual, que han hecho que queden muy pocas casas anteriores, las cuales se concentran en la parte central y más estrecha, entre ellas la Rectoral del Salvador. Las alturas predominantes del caserío oscilan entre tres y cuatro plantas, aunque en el sector más ancho alcanzan las cinco. En su inicio se concentran los edificios más singulares, como el modernista, esquina a Entre Cárceles, de J. Espiau (1907); el racionalista de J. Talavera (1934); y la decoración interior "art nouveau" de la Joyería Reyes (1900), con la que entra dicho estilo en Sevilla; también es modernista el núm. 40. Destaca la rejería del núm. 30. Son numerosas las casas que se encuentran cerradas a todo lo largo de la calle.
     De la variedad de nombres de oficios con que se ha conocido su primera mitad, se deduce la importancia de la actividad económica que desarrolló desde los siglos medievales, relacionada con la fabricación y venta de ropa y complementos, fundamentalmente: cordoneros, ropavejeros y roperos, lenceros, joyeros, talabarteros, guarnicioneros, polaineros, chapineros. De casi todos estos oficios hay referencias desde el s. XV al XIX, así como de sus prácticas de colgar los artículos en los portales, embarazando el tránsito de personas y dificultando la visión en el interior de las tiendas, por cuyo motivo se prohíbe dicha practica. A comienzos del s. XVII existía también una escuela, y el maestro pedía autorización (1623) para sacar los bancos a la acera, como era costumbre en las escuelas de este momento. En el otro extremo de la calle se censan dos tabernas en 1667, una de ellas sería la que conociera Cervantes. Según una visita efectuada a las tiendas en 1679, toda la calle estaba integrada por estas, hasta un total de 62, en su gran mayoría ocupadas por lenceros, también por pañeros y sederos. Cerca de la barreduela del comienzo se fundó en el s. XIV por Arnao Tolosán el Hospital de San Sebastián, que subsiste hasta finales del s. XVI; y en una casa de esta calle nace en el pasado siglo el pintor Rafael García Martínez, uno de los dos hermanos conocidos con el sobrenombre de Hispaleto. En la segunda mitad del mismo se instaló una casa de socorro. En 1897 se establecía la Farmacia de Murillo, que aún subsiste en el núm. 2. En la actualidad, la actividad económica se concentra en sus extremos. En el comienzo, hasta Chapineros, comercios de distinto tipo, aunque predominan las tiendas de complementos, que alternan con locales cerrados. Una vez pasada dicha calle, disminuyen notablemente, aunque destaca, por su extensión, la parte posterior de los Almacenes Peyré. El ensanche final se caracteriza por la concentración de bares y restau­rantes, algunos de los cuales sacan mesa al exterior; y por el movimiento de personas, sobre todo turistas, debido a la proximidad  de la Catedral; de tratantes de antigüedades, pues proliferan las tiendas de este tipo en las calles inmediatas; y a la caída de la tarde, los que acuden a los citados bares. Aquí es donde se sitúa la taberna de la Escoba, que cuenta con varios siglos de existencia y por la que han pasado diversos autores clásicos y modernos. En la casa núm. 37 un azulejo recuerda que en ella residió durante parte de su vida el historiador Ramón Carande (+ 1986) [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Álvarez Quintero, 28. Casa de tipo popular, con una cancela de gran interés por su rica decoración.
Álvarez Quintero, 30. Casa de tres plantas, importante por la colección de herrajes, destacando la cancela y el balcón principal.
Álvarez Quintero, 31. Casa del siglo XVIII, con portada avitolada resaltada del muro de fachada. Sobre ella una gran ménsula bulbosa que sostiene la cornisa del balcón.
Álvarez Quintero, 38. Casa de dos plantas, de tipo popular.
Álvarez Quintero, 46. Casa del siglo XIX, en cuyo zaguán existe una cancela fechada en 1862.[Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de los Hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, a quienes se les dedicó esta vía del callejero sevillano
;
     Joaquín Álvarez Quintero, (Utrera, Sevilla, 21 de enero de 1873 – Madrid, 14 de junio de 1944). Escritor y dramaturgo.
     Autor dedicado especialmente al teatro, junto con su hermano Serafín, a quien sobrevivió algunos años, prolongando un tipo de literatura que nunca quiso firmar en solitario, sino manteniendo el nombre de quien fue su compañero inseparable de vida y obra.
     Todos los datos referidos a la infancia, al ámbito familiar, a la educación en Sevilla, al traslado a Madrid, a las primeras armas como dramaturgo y periodista y, en definitiva, a la vida metódica y austera que se pueden referir de Joaquín coinciden totalmente con lo reseñado en la entrada: Álvarez Quintero, Serafín.
     La soltería de Joaquín fue una de las escasas diferencias que se puede señalar frente al casamiento de escasa duración de su hermano. En todo, prácticamente, fueron como dos líneas paralelas: los documentos civiles y legales que les afectaban llevaban las firmas de ambos, así como era doble el membrete de sus cartas, y hasta en el emblema de piedra que figuraba en el dintel de la casa de recreo que poseyeron en El Escorial aparecía una nave bivelera, como símbolo de una singladura común y simultánea en el tiempo (hasta 1938 y aun después, como lo quiso la lealtad fraterna de Joaquín). No obstante, dicen los que los conocieron y trataron que si Serafín era la parte vehemente, extrovertida, acogedora de la pareja, Joaquín era más tímido, más reconcentrado y reflexivo, menos efusivo y, tal vez, de un talante más estoico que su hermano. En 1925 alcanzó, como su aquél, un sillón en la Real Academia Española, en la que fue recibido por Azorín. En el discurso de ingreso Joaquín Álvarez Quintero hizo un enjundioso ensayo sobre la figura del “dramaturgo” en el ámbito literario español, pues para él, y remendado lo dicho en un famoso artículo de Larra sobre el faccioso, “el poeta dramático es planta que nace espontáneamente, y arraiga, crece y se desarrolla en España con pasmosa facilidad. No ha menester cultivo alguno, ni la agostan o pierden rigores de sol ni del agua, cierzos ni vendavales”. Y para demostrar esa casi innata proclividad del español a escribir teatro, el menor de los Quintero esbozó un recorrido por los grandes maestros de nuestra literatura dramática, para concluir que el mayor riesgo que tiene el teatro radica en los espontáneos poetas que llaman continuamente a la puerta de empresarios, de actores y hasta de dramaturgos consagrados, pidiendo el patrocinio, la recomendación o la oportunidad para espantosos dramones que, afortunadamente, jamás habrán de representarse. Por ello mismo abundan entre sus personajes los que tienen tanto empeño en ser dramaturgos como escaso talento para ello.
     Un cáncer intestinal acabó con la vida del menor de los Álvarez Quintero. Unos meses antes de su óbito tuvo ocasión de enhebrar algunos versos que sabían a elegía personal y a recuento autobiográfico, tomando como confidente el símbolo del reloj (“El reloj del comedor”) a modo de clásico emblema de la huida de la vida por el agujero del tiempo: “Compañero incansable / amigo indiferente / que has glosado mi vida / con un tic-tac perenne; / una voz que tan sólo / mi corazón entiende / me asegura que está cerca / el punto en que te deje”. En solitario Joaquín estrenó doce comedias, algunos entremeses, una ópera y una zarzuela.
     Tras la muerte de Joaquín Álvarez Quintero, llegaron los homenajes populares y multitudinarios a los dos hermanos, empezando por una lápida del escultor Mariano Benlliure colocada en la casa madrileña en donde vivieron y costeada por suscripción popular. Pero ya en vida de ambos recibieron otros honores, como la glorieta en su honor abierta en el parque sevillano de María Luisa, y en 1934 un gran homenaje nacional que se plasmó en un espléndido álbum con pinturas y esculturas inspiradas en sus muchos personajes femeninos y cuya venta sirvió para financiar el monumento que se levantó en el madrileño parque del Retiro.
     Tal vez la nota que mejor define y más directamente caracteriza, de una rápida ojeada, el teatro de los Quintero es su “andalucismo”, que se nota por doquier a partir del entremés El ojito derecho. Y ese “andalucismo” consiste en sacar a escena personajes que claramente encarnan tipos característicos y genéricos de aquel ámbito regional, que ni el nombre propio necesitan para funcionar perfectamente del “vendedor”, del “comprador”, del “corredor”, etc. A ello se suma la utilización de un habla dialectal plagada de diminutivos, a la que les supieron sacar el máximo efectismo connotativo a través de numerosos refranes, expresivas locuciones, frases hechas, modismos, etc. Y junto a los recursos verbales (los dramaturgos insistían en la necesidad de que los actores hablasen “con pronunciación andaluza, más o menos acentuada, según su clase y condición”), los lugares en que transcurre la acción y sus ambientaciones que también contribuyen eficazmente a ese “andalucismo escénico”. El patio entre los preferidos, con su ojo al exterior, a la calle, al mundo, que es la reja. Y en la medida en que va cambiando el aspecto de ese patio es que va cambiando el paisaje anímico, interior, de sus personajes. Un ejemplo elocuente por demás y resumidor de otros muchos espacios escénicos equivalentes se encuentra en el que sirve de lugar escénico a la comedia El genio alegre. Severo, casi triste en su decoración al empezar la obra (“pocos muebles: entre ellos un arcón, un banco, dos sillones y una mesa frailuna.
     Decoran las paredes retratos al óleo de los ilustres antepasados de la familia, dos de los cuales son un fraile y una monja”), se va tornando en lugar risueño, alegre, especialmente florido como indicio del paso por allí de la optimista, joven y alegre Consolación, de modo que al empezar el último acto de la comedia se lee en la primera acotación: “Los severos sillones han sido sustituidos por sillas de paja y mecedoras de rejilla; donde estaba el arcón hay un piano; por doquiera hay plantas y flores; en los arcos, macetas colgantes. Corre el surtidor de la fuente, diciendo cosas peregrinas”. 
   Geográficamente la Andalucía recreada por los Quintero (que tiene no poco de producto de laboratorio, con su porcentaje de impostación y de pastiche) corresponde preferentemente a Sevilla y, con mayor amplitud, al valle del Guadalquivir (el triángulo Sevilla-Huelva-Cádiz), más concretamente a los pueblecitos que atraviesa la línea férrea Sevilla-Cádiz, entre los que naturalmente figura su natal Utrera, aunque en todos los casos evitan topónimos reales y los sustituyen por otros inventados y deliberadamente eufónicos, como Guadalema. Y se procura, en lógica consecuencia, que los personajes piropeen ese espacio geográfico referencial para ir poco a poco idealizándolo en un recreado locus amoenus situado en el suroeste de España. Así podía comentar el madrileño don Floro después de pasar unos días en la capital andaluza, que “estar en Sevilla y estar entre amigos, son la misma cosa. Si la amistad tuviese casa solariega, la tendría en Sevilla” (del entremés Los marchosos).
     Los Quintero quisieron construir un casticismo andaluz como Arniches lo estaba haciendo con el casticismo madrileño. Y cuando la obra que tienen entre manos se ambienta en lugar distinto al andaluz, el comportamiento y la reacción de sus personajes es similar a los que tienen los “personajes andaluces” más genuinos, de modo que los Quintero fueron “quinterianos” (valga la tautología) dentro o fuera de su ambiente más propio. Con Andalucía quisieron identificar un mundo cristianamente bien hecho; pero, desde su falso naturalismo, ignoraron a toda costa la realidad social de señoritos ociosos junto a la explotación y marginación social de jornaleros, gañanes y criados. Por ello, precisamente, hoy tiene más interés el teatro menor de los Quintero, por la gracia personal que supieron imprimir a los diálogos de los tipos que allí aparecen, que sus comedias, con argumentos, propuestas moralizantes e infantil optimismo ya anacrónicos, como señaló oportunamente Luis Cernuda.
     En esa modalidad teatral son dignos de citarse Los piropos, La zahorí, Mañana de sol, Los chorros de oro, Las buñoleras, Sangre gorda, Solico en el mundo, Rosa y Rosita, El cerrojazo, Los ojos de luto, La niña Juana, El descubrimiento de América, La sillita y un largo etcétera.
     En la “instantánea” que es, en esencia, ese tipo de pieza, tiene un total protagonismo y toda la razón de ser el cuadro costumbrista que los Quintero recuperan, parcialmente, en su teatro.
     En diversas declaraciones sobre su modo de entender y practicar la tradición del sainete, los Quintero insistían en su propósito de ser fieles, casi fotográficamente, a una serie de tipos y de ambientes existentes, documentados y observados con la misma precisión que cordialidad. “Nosotros estudiamos los tipos de la vida humana, cultivamos su amistad, los observamos y los dibujamos luego [...]. Aspiramos a llevar la verdad a la escena, sin restricciones convencionales [...].Para que las personas de una comedia interesen tanto como las de la vida es indispensable que con ellas se conozcan también la casa en que viven, las gentes que tratan, el pueblo en que luchan, el aire en que se mueven [...] Prescindir de todo esto equivale a pintar las principales figuras de un cuadro, dejando en blanco el fondo del lienzo.” Pero, pese a su declaración de principios, los textos más sobresalientes de su obra están muy lejos de ese verismo documental de que alardeaban los sevillanos; al contrario, como señaló E. García Gómez, poco hay de dramaturgos realistas en los Quintero, “sino grandes estilizadores, creadores de un mundo propio”, desrealizando, por idealista falseamiento, el principio de un teatro-espejo de realidades colectivas y de conflictos individuales. Sus comedias “son espejos de luna normal, ligeramente empañados —apostillaba García Gómez— que colocados estratégicamente para obtener una serie de refracciones y reflejos, modifican ligeramente la realidad andaluza, pero nunca en el sentido de la cruel caricatura, sino al revés, en el de la nostalgia sublimadora, hasta obtener plásticamente una imagen quintaesenciada”.
     El teatro de los Quintero junto al de Benavente y Arniches, fue durante más de veinte años, si bien con marcadas diferencias, el teatro preferido por la burguesía española y con el que mejor se identificaba. La abundante obra de los hermanos de Utrera ocupó un punto intermedio y equidistante entre el teatro benaventino y el arnichesco, sin llegar a la maestría que hay en tantas piezas de don Jacinto de los primeros años del siglo ni a la frescura de los sainetes del alicantino ni a la modernidad de sus “tragicomedias grotescas”.
     Las comedias de los Quintero ahondan mucho menos su crítica en aquella burguesía terrateniente y en buena parte ociosa como hicieron Benavente y Arniches, pues desde siempre plantearon y solucionaron los conflictos desde una posición paternalista excesivamente comprensiva y bondadosa. Es cierto que en los más de doscientos títulos de los Quintero no hay una comedia que se compare con La noche del sábado, Rosas de otoño o La Malquerida ni un sainete que se acerque a la crítica social explícita en otros sainetes de Carlos Arniches como La pareja científica, El zapatero filósofo o La risa del pueblo.
     Comedias y sainetes son las dos variedades principales en las que se diversifica la amplia producción de los Quintero, pero advirtiendo que es una diferencia más aparente que real, basada antes en lo cuantitativo que en lo cualitativo, y los primeros críticos atentos que tuvieron —como Manuel Bueno— así lo señalaron, porque la dosis de sainete que los dos hermanos pusieron en la mayoría de sus comedias largas fue muy grande, hasta el punto de que tales comedias, reducida su acción al mínimo esencial, apenas sin conflicto planteado ni desarrollado, más parecen una sucesión de situaciones entremesiles, de sucesivos sainetes zurcidos, que una comedia coherentemente planificada y desarrollada; lo que naturalmente no quiere decir que sea una regla sin excepciones (como lo vendrían a ser El genio alegre, Puebla de las mujeres, Doña Clarines o Nena Teruel). Un teatro más de contrariedades que de auténticos conflictos, un teatro que jamás se deja influir por el panorama histórico lleno de alteraciones turbulentas y dolorosas que les tocó vivir como españoles. Un teatro que parece escrito desde un gabinete con las ventanas tapiadas.
      Ya fuera en la modalidad del texto largo —comedia— ya en la del corto —sainete, juguete cómico— los hermanos Álvarez Quintero fueron madurando una fórmula teatral que, una vez encontrada y fijada (en torno a 1918 o 1920) evolucionó poco, salvo en aquellos aspectos puntuales que la afianzaban en un éxito seguro (los fracasos de sus estrenos, aunque los hubo, fueron escasos y casi siempre compensados con éxitos cuando la pieza en cuestión cambiaba de ciudad y de teatro). Lleva mucha razón el crítico Marqueríe en esta apreciación: “lo cierto es que entre el primer estreno quinteriano y los últimos no hay más diferencia sustancial que la que atañe a pequeños detalles de mecánica escénica o la superación de apartes y monólogos abusivos. Pero la fidelidad al costumbrismo naturalista se mantiene de un modo íntegro y absoluto”. Y otro observador de nuestro teatro, desde dentro y desde fuera, el dramaturgo y ensayista J. M.
     Rodríguez Méndez, se preguntaba hace algún tiempo por qué el teatro de los Álvarez Quintero alcanzó un éxito tan popular y constante durante cuarenta años largos (y todavía alguna reposición —como una reciente de Las de Caín— lo refrendó) y se respondía con el siguiente razonamiento: “es en este detallismo minucioso, puramente ornamental, en este costumbrismo meticulosamente observado, en esta trama sentimental, en la contraposición del tema doméstico al gran tema pasional, en el pintoresquismo (muchas veces abusivo) de los personajes y en el ‘lenguaje’, donde vemos las más decisivas razones del éxito popular de los hermanos Quintero”. 
   Además del teatro, los hermanos Álvarez Quintero fueron autores de una obra miscelánica en prosa y verso que se edita en el último volumen de sus Obras Completas, en donde se recopilan cuentos, cuadros de costumbres, confesiones autobiográficas, retratos de actores y actrices que representaron su teatro o de diversos autores, pintores, músicos, escultores y arquitectos; una amplia lista de artículos periodísticos, autocríticas de sus obras teatrales, diversos discursos (desde los académicos hasta los pronunciados en banquetes y homenajes propios y ajenos), argumentos de películas y un buen manojo de versos. Y para confirmar el hondo sentido de la relación fraternal que tenían estos escritores, buscaron un hueco para recoger en el final de las miles de páginas de su obra una antología de la obra literaria de un tercer hermano, Pedro Álvarez Quintero.
     La mayoría de las obras teatrales de los hermanos Álvarez Quintero se editaron, casi a la vez que se estrenaban, por la Sociedad de Autores Españoles. Sólo se recogen a continuación diversas compilaciones de este teatro y algunas ediciones recientes anotadas y comentadas de ciertas piezas (Gregorio Torres Nebrera, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Serafín Álvarez Quintero, (Utrera, Sevilla, 26 de marzo de 1871 – Madrid, 12 de abril de 1938). Escritor y dramaturgo.
     Escritor especialmente dedicado al teatro de humor y de costumbrismo andaluz, junto con su hermano, Joaquín, con el que firmó toda su producción, desde el primer título hasta su muerte, e incluso aún después de producirse el óbito, su nombre siguió figurando al lado del de su hermano por generosa decisión de éste.
     Como bien dijo Azorín en el discurso académico en el que le daba la entrada en la Real Academia Española al otro hermano, Joaquín, es “imposible separar, en el campo del arte, las vidas de los dos dramaturgos”.
     Nacido Serafín en un ambiente burgués, acomodado, pero pueblerino, a los siete años el obligado traslado familiar —por quebrantos económicos— le lleva a la capital de Sevilla (en donde él y los suyos fueron vecinos de la popular Alameda de Hércules) y a recibir allí una educación conducente a prepararle en unos gustos y unas actividades artísticas que tendrán su reflejo en una abundante obra literaria, hecha de consuno con Joaquín. Y así, en un periódico local llamado El Perecito (que dirigía Leoncio Lasso de la Vega) los dos hermanos Álvarez Quintero publicaron, firmadas por separado, sus primeras creaciones, propias de adolescentes, que consistían especialmente en atrevidillos versos festivos y circunstanciales, mientras cursaban el bachillerato en el Instituto Provincial, como este soneto “A una nariz” que es un provechoso aprendizaje en Quevedo convertido en galante piropo: “Porción divina de materia humana; / humana forma de troquel divino; / breve parte de un rostro femenino / de rosas hecha, de jazmín y grana”. Su mentor literario de aquellos comienzos juveniles se llamó Manuel Díaz Martín, periodista, bohemio y folclorista además de cronista político del periódico antes citado. Y es también el momento de iniciarse en la escritura teatral que, andando el tiempo, le daría a Serafín —como a Joaquín— gloria universal: en los meses de enero y mayo de 1888 logran estrenar en el sevillano Teatro Cervantes sendos “juguetes cómicos” titulados, respectivamente, Esgrima y amor y Belén 12, principal. Quizá las lecciones de esgrima que impartía en Sevilla el padre de Serafín para ayudar a la, entonces, menguada economía familiar pudieron influir, en alguna medida, en la situación inventada en aquella primeriza pieza teatral: el equívoco que se crea entre el pretendiente de una señorita, hija de un maestro del arte de batirse a espada, y un accidental alumno que va a aprender el modo de resolver un duelo a florete por una causa baladí. En verdad, y como lógico punto de partida, el teatro de los Quintero se aprovechaba de las situaciones básicas de enredo en que se había sustentado la comicidad del teatro de finales del siglo xix (debido a autores como los hermanos Asquerino, Rodríguez Rubí o Sánchez Pérez, que, además, ya ofrecían una Andalucía pintoresca que los autores de Utrera vendrán a depurar y perfilar con mayor gracejo) como la de confundir a una persona por otra, con los equívocos consiguientes, que es la situación motriz de esos dos primeros títulos citados y de otros varios que se nombran más adelante. En un muy breve apunte autobiográfico publicado en el número 17 de la revista Alma Española (1904) se puede leer que “de niños, alternando con los estudios y con las primeras tentativas teatrales, padecimos verdadera monomanía periodística. Fundamos periódicos de todos matices y colores, manuscritos unos, hechos otros con papel de calcar, en pasta gelatinosa otros, y otros, últimamente, impresos ya como Dios manda”.
     Y unos párrafos más adelante, en el mismo texto, han de reconocer ambos hermanos que esa irrefrenable, y adolescente, vocación periodística hizo que “cuando nos trasladamos a Madrid a pelear por la gloria y por la vida, nuestro primer acto de alguna importancia fue fundar uno [un periódico], de triste y tormentosa existencia, pero de noble y legítimo ideal”.
     En 1889 sucede el traslado de Serafín, con su familia, a Madrid, en donde él, junto con su padre y su hermano, encontrará acomodo en el Ministerio de Hacienda, rehaciéndose de esa forma, y en buena parte, la dificultosa situación de la economía familiar.
     En ese mismo año, Serafín y Joaquín entran en contacto con el actor Emilio Mesejo, a quien convencen de que les represente, ¡nada menos que en el Apolo!, el juguete cómico Gilito, obra en un acto que se estrenó el 25 de abril de 1889, aunque sólo hubo tiempo para tres representaciones. Pero con ellas bastó para que Serafín —y Joaquín— Álvarez Quintero iniciaran una larga y exitosa carrera teatral que duraría hasta mediados de los años cuarenta del siguiente siglo, si bien es cierto que, tras las representaciones del citado “juguete cómico”, hubo un paréntesis de cinco años hasta que se produjo el siguiente estreno, que llegó en la reanudación de la temporada 1893-1894, tras el obligado parón de las compañías por Semana Santa: La media naranja, otro “juguete cómico” que se representó en un teatro de mayor prestigio social como era el Lara. Mientras, en ese entreacto de silencio forzoso, fundan ambos hermanos el semanario El Pobrecito Hablador (en donde colaboraron bajo el seudónimo El Diablo Cojuelo, que abarcaba a ambos) y Serafín se ganaba unas pesetas de sobresueldo como copista y como lector de las obras del afamado sainetista y libretista de zarzuelas Miguel Ramos Carrión.
     La racha de estrenos casi ininterrumpidos se logra a partir de 1897 —El tío de la flauta, El ojito derecho y La reja—; de la penúltima pieza escribió elogios Clarín, buena opinión de aquel teatro que el severo crítico de entonces ratificó en carta personal a los autores a propósito del siguiente estreno, el sainete La buena sombra (estrenado, con música del maestro Bru, en el Teatro de la Zarzuela a comienzos de 1898: “Acabo de leer de un tirón su Buena sombra [...]. Me he reído hasta ponerme malo. Todo es graciosísimo, natural, andaluz de veras, y el segundo cuadro, sobre todo lo que dice Triquitraque al dejar la reja, cosa superior. Un sainete así honra el teatro español y el genio español. Abundancia y fuerza de ingenio, que es lo que menos se tiene hoy, son las notas principales de La buena sombra, en la que es admirable prosa y verso”. Sorprende el éxito tan considerable de un teatro tan amable como escapista, precisamente en los años preocupantes de la crisis finisecular. Los dos dramaturgos pusieron entre paréntesis el mundo circundante al escribir la mayor parte de sus obras, ya que en ellas no se advierte ni de lejos los importantes sucesos y los definitivos cambios que marcaron la vida y la historia española durante aquel primer tercio largo de siglo, desde la pérdida de las colonias ultramarinas hasta la Guerra Civil, pasando por la dictadura primorriverista o la primera Gran Guerra. Cuando, tras el dramático paréntesis del 36 al 39, vuelven los textos de los hermanos (aunque debidos ahora a una sola pluma) a las carteleras madrileñas, es como si no hubiese pasado nada, y la sociedad y los problemas que se presentan —ya sea ambientados en Andalucía o en Madrid— siguen siendo idénticos a los de 1920. Y eso que en alguna ocasión Serafín y Joaquín reconocieron que el escritor no debía dar la espalda a la inquietud o a la preocupación política, aunque no manipulada de partidismos; fue en la intervención escrita para el homenaje a Alejandro Casona con motivo del éxito de Nuestra Natacha (1936): “huir de esta política de la que nos lleva a pensar gravemente en el porvenir de nuestra patria es en los actuales momentos deserción de un deber inherente a todos, y vale tanto como querer esquivar la sombra del cuerpo”. Pero, desde luego, nunca siguieron lo predicado en su teatro.
     En 1899 muere el padre de Serafín, y al año siguiente, en el gozne de dos siglos, llega uno de sus títulos más festejados, El patio, al tiempo que se abre, entre 1900 y 1920, el período más brillante y destacado de todo el teatro de Serafín y de Joaquín, arte unido, sin indicio de distingo alguno, a los dos nombres, de forma inseparable. Ya dejó dicho en 1926 el gran hispanista francés E. Mérimée que de todos los ejemplos de colaboración entre dos autores que recoge la historia de la literatura, ésta de los Álvarez Quintero fue seguramente la más completa, la más absoluta y la más ininterrumpida. Colaboración que no se cortó en 1905, cuando Serafín decide contraer matrimonio con la señorita onubense Dolores Sánchez Mora, unión fallida pronto por ataques de celos de la esposa, seriamente enferma, y que se resuelve con el fallecimiento de la misma dos años después de las nupcias.
     El patio es una preciosa y casi eglógica pintura —se trata un teatro directamente derivado del costumbrismo decimonónico— de un típico patio sevillano y de las gentes (estereotipos por norma) que allí conviven.
     Sobre el cañamazo de una historia de desamor que sabe resolver la protagonista con la ayuda eficaz de un espacio escénico que viene a ser sucedáneo del hortus amoenus clásico, topos que Serafín y Joaquín reiterarán en no pocas obras posteriores. La cuarteta que remata los dos actos de esta comedia define muy bien su filosofía y la de buena parte del teatro quinteriano: “Ya veis que nada hay mejor / que un patio de Andalucía / para borrar en un día / desavenencias de amor”. La otra pieza igualmente celebrada de 1900 fue Los galeotes, en la que se transpone al ámbito de un quijotesco librero madrileño la historia de ingratitud y de picaresca del conocido pasaje cervantino que da título a la obra y por la que recibieron el Premio Piquer de la Real Academia Española.
     Y así, entre 1900 y 1920 se concentró la producción teatral de los Quintero (un total de ciento doce títulos, escritos preferentemente entre Fuenterrabía y El Escorial, lo que suponía un 56 por ciento de toda su bibliografía teatral que alcanzó a los doscientos títulos entre comedias, sainetes, pasos de comedia, libretos para zarzuelas, dramas, juguetes cómicos, apropósitos, etc., y hasta tres libretos para ópera) a través de una gama completa de los diversos géneros y subgéneros escénicos, pues en tan larga lista se pueden señalar melodramas como Las flores (1901; la pasión amorosa que ni el desamor puede acallar), La casa de García (1904; acerca de las desuniones familiares y, para compensar, el apoyo incondicional de quien no está obligado por exigencias de la sangre: ¿tal vez eco de El Abuelo de Galdós, autor al que tan devotamente admiraron los dos hermanos?) o Malvaloca (1912; uno de los títulos más recordados y representativos de este teatro: el amor que redime individualidades, aunque se tenga que plegar a la moral convencional o coercitiva de los otros); comedias amables, de final aleccionadoramente feliz, como La escondida senda (1908; joven descarriado que descubre en “Valle Sereno” la paz espiritual a la que aspiraba Fray Luis en su “vida retirada” y que naturalmente la encuentra en una mujer que, para los Quintero, es el emblema resumidor de la armonía consigo misma y que ayuda al varón con su beneficioso influjo —no en balde el personaje se llama María Luz—); y también Las de Caín (feliz argumento de 1908 llevado luego al cine en 1957), comedia en la que el público asiste a las simpáticas artimañas de un honrado profesor de lenguas vivas para cambiar la soltería de su dilatada prole femenina por ventajosos y felices matrimonios; una propuesta —con el enredo consiguiente— que tiene su correlato alternativo en la comedia de 1926, Las de Abel, reverso de la anterior, pues ahora es un grupo de muchachas que defienden su voluntaria soltería antes de exponerse a matrimonios de conveniencia nada fiables. Doña Clarines (1909) nos presenta uno de los mejores personajes femeninos de todo el amplio elenco ofrecido por este teatro. Una dama tan aparentemente autoritaria como profundamente tierna y comprensiva que, partiendo de desgraciadas experiencias amorosas, se erige en conciencia correctora de curiosos ámbitos comunitarios como el de Guadalema, que es la versión, más amable y costumbrista, de la Moraleda acuñada por el teatro benaventino como ejemplo de la pusilánime ciudad de provincias propicia a la intolerancia. Y es que el teatro ideado por Serafín y Joaquín Álvarez Quintero supo perfilar muy atractivos personajes femeninos, por lo que Azorín, en el ya aludido discurso académico, señalaba que “las mujeres dominan en el teatro de los Quintero.
     El corazón de la mujer está henchido de ingenuidad y de bondad. Un vivo e irreprimible sentimentalismo mueve a las mujeres. Sonríen y lloran al mismo tiempo”. Y por la misma razón fueron grandes actrices del primer tercio del siglo xx las que interpretaron muchas de estas obras: Rosario Pino, Carmen Cobeña, Lola Membrives, Carmen Díaz, Catalina Bárcena, Margarita Xirgu, Leocadia Alba, Concha Catalá, Balbina Valverde o María Gámez... y al frente de todas ellas María Guerrero que, por ejemplo, encarnó a la Malvaloca de la comedia epónima o a la inolvidable Consolación de uno de los mejores textos de estos dramaturgos, El genio alegre, estrenado en 1906 en Buenos Aires, y ambientado en el idealizado latifundio andaluz de Sacramento Alcázar. La obra es un completo ejemplo de la comedia quinteriana de caracteres, sobre todo el de la protagonista que, haciendo honor a su nombre, incide muy positivamente sobre un lugar triste, desangelado, hasta su llegada, convirtiéndolo en un lugar presidido por la risa, las flores y, consecuentemente, el amor, a partir de la frase que reitera, definiéndolo, el personaje (y que es la síntesis de una filosofía tan vitalista como ingenua de sus autores): “¡alegrémonos de haber nacido!”.
     Convencional solución de un mundo que se presenta sin conflicto alguno, cuando el ya mencionado Azorín había publicado unas crónicas periodísticas desde la población sevillana de Lebrija, en 1905 (y un lugar parecido podría haber inspirado el imaginario lugar de la acción, Alminar de la Reina), mostrando cómo el hambre y la tuberculosis hacían estragos entre los jornaleros hacinados en los arrabales, a modo de ejemplo de una “Andalucía trágica” que los hermanos Álvarez Quintero ignoraron y callaron en todo momento. Y es que una función asumida por el teatro de los hermanos fue la de tranquilizar conciencias burguesas y conservadoras como las de los personajes que sacaban a escena.
     También Serafín, con Joaquín, aportó argumentos y diálogos a los compositores de zarzuela. Suyos fueron los libretos de La patria chica (1907; partitura del maestro Chapí), La muela del rey Farfán (1909; zarzuela infantil cómico-fantástica de Amadeo Vives), o Pitos y palmas (1932, con música de Alonso).
     El amor es el gran argumento y el omnímodo recurso del mayor número de estas obras, por no decir de su totalidad. Amores y amoríos fue otro de sus títulos más afamados de 1908 (en el que se opone el sentimiento pleno y duradero del matrimonio a las aventuras ocasionales y efímeras), y por ello mismo —además de la admiración por su paisanaje— se acercaron al sentimiento de la literatura becqueriana para glosarla en varias ocasiones: en la adaptación del relato La venta de los gatos (dada a conocer en México en 1937), y en las comedias La rima eterna (1910) y El amor que pasa (1904; la comedia de la soltería forzosa, por el horror al matrimonio de los solteros de clase acomodada de Arenales) en la que se husmea tan sólo —los Quintero rara vez profundizaron en sus temas— en los pormenores de un gineceo de Andalucía la Baja, sin llegar a las lacras sociales que muchas veces quedan antes solapadas —o incluso justificadas— que expuestas y denunciadas. También la admiración por Galdós se transfirió a su actividad teatral, pues adaptaron para la escena la novela Marianela (1916) —con la Xirgu en el reparto— y acabaron una comedia póstuma de Galdós que había quedado a medias, Antón Caballero, con Borrás en el papel estelar. Un cariño y respeto por Pérez Galdós que compartieron con otro gran novelista del xix, y andaluz como ellos, y con cuya literatura debían de sentirse profundamente identificados: Juan Valera, a quien homenajearon ambos hermanos en su comedia Pepita y don Juan (1928). Y el mito donjuanesco tampoco escapó a su contribución, aportando un tenorio ya de vuelta, maduro, que recuerda nostálgico cuántas veces fue conquistado más que conquistador y que acaba convirtiéndose en protector de las mujeres que, lejos de burlarlas, vela por su dignidad y buen nombre, porque el don Juan de la Vega de los Quintero es ya Don Juan, buena persona (1918).
     En 1920, Serafín Álvarez Quintero ingresó en la Real Academia Española, y su discurso de recepción (contestado por Ricardo León) versó sobre sus ideas acerca de la escritura teatral. Se elogia allí el diálogo como el esencial constituyente de la obra dramática, de modo que el habla peculiar que se le concede a cada personaje, su particular idiolecto, es lo que verdaderamente lo crea, y en ese sentido el mayor de los Álvarez Quintero encontraba en el rico acervo de los sainetes españoles el mejor diálogo escénico de todas las épocas, y por tanto a donde acudir para aprender ese gran reto de todo dramaturgo que se precie.
     Durante los años de Guerra Civil los hermanos permanecieron en Madrid, en donde murió durante ese tiempo Serafín, y sólo estrenaron dos títulos en tierras americanas (La venta de los gatos, en México, y Los papaítos, en Uruguay; esta segunda debió de ser de las últimas piezas en cuya redacción intervino Serafín, aunque según se dice en la autocrítica de la comedia titulada Burlona, fue ése el último texto fruto de la colaboración fraternal) (Gregorio Torres Nebrera, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Álvarez Quintero, al detalle:
Edificio modernista, esquina a Entre Cárceles, de J. Espiau
Edificio racionalista
Joyería Reyes
Edificio calle Álvarez Quintero, 28
Edificio calle Álvarez Quintero, 30
Edificio calle Álvarez Quintero, 31
Edificio calle Álvarez Quintero, 38
Edificio calle Álvarez Quintero, 40
Edificio calle Álvarez Quintero, 46