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martes, 23 de junio de 2026

La Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.    
     Hoy, 23 de junio, es el aniversario (23 de junio de 1712) de la Bendición de la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     Formando parte de las dependencias del antiguo noviciado jesuita se encuentra la Capilla Doméstica. Consta de una sola nave, cubierta con bóveda de cañón entre arcos fajones, presentando en el presbiterio una bóveda elíptica. La sacristía se encuentra tras el altar mayor. Su retablo se debe al escultor Pedro Duque Cornejo quien lo hizo en torno a 1733 y presenta una amplia iconografía de santos jesuitas. En el banco existen dos pequeñas vitrinas con esculturas de San Francisco Javier y San Estanislao de Kostka, siendo esta última copia de la realizada por Gross para la iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma. En el Manifestador, que remata el Sagrario, se sitúa una escultura de la Inmaculada, que sigue el tipo creado por Gregorio Fernández. Ocupando las calles laterales y el ático, encontramos imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao de Kostka, San Francisco de Borja con San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Francisco Javier. En dos pequeños óvalos pintados por Domingo Martínez se representa a San Juan Bautista y San Juan Evangelista.
   Por los muros laterales de la capilla se distribuyen una serie de relicarios y de pinturas de los apóstoles, fechables a principios del siglo XVIII, así como un conjunto de cobres flamencos del XVII con escenas de la Vida de la Virgen. Para completar esta serie, Domingo Martínez realizó en el XVIII la pintura que representa el Nacimiento de San Juan Bautista. Al mismo corresponde la decoración de las bóvedas, tarea en la que debieron colaborar sus discípulos. Las pinturas situadas en el presbiterio representan la Asunción y los cuatro arcángeles, correspondiendo a alegorías marianas, las de la nave, a San Ignacio en la cueva de Manresa, la de la tribuna del coro, y una alegoría del JHS con los Evangelistas, las que ocupan la bóveda de la sacristía [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
     En contra de lo que se ha venido afirmando tradicionalmen­te, la capilla de los novicios conforma un conjunto arquitectónico y decorativo independiente que, como hemos visto, se concluyó con anterioridad a la finalización del templo principal. Está documentada su bendición el 23 de junio de 1712, y se había construido según los analistas (MATUTE, T. 1, 1997, 96) "para los ejercicios propios de su instituto y destino". La bendijo Pedro F. Levanto Vivaldo, obispo de Lacedemonia, auxiliar del arzobispado, y hermano del benefactor del centro, Francisco L. Levanto, estrenándose al día siguiente con muy solemne función.
     Las excavaciones previas a su reciente rehabilitación, dirigi­das por Marco Antonio Gavira Berdugo han demostrado, que en realidad esta pequeña capilla fue el primer templo de la institución, como sospechábamos ya en 2010, y que, como se desprende de la historia manuscrita, es el resultado de la adaptación del antiguo salón principal del palacio de los Ribera, una qubba o salón cuadrado mudéjar, luego ampliado por una de sus caras para hacerlo rectangu­lar y finalmente remodelado por Figueroa en los primeros años del siglo XVIII. Tres de los muros de la capilla aprovecharon los muros medievales y mudéjares, como se puede comprobar todavía por las celosías mudéjares de ventilación que se conservan en el dintel de la entrada.
     Esta coqueta capilla está formada por una sola nave rectangu­lar cubierta de bóveda de medio cañón con lunetos haciendo honor a su nombre con una escala pequeña tanto en extensión como en altura. Una bóveda elíptica marca el presbiterio y tras el retablo mayor transparente se encuentra la sacristía de planta rectangular y bóveda de paños. Su estructura sencilla pero muy elegante muestra unas proporciones algo limitadas, sobre todo en la vertical, debidas a la reutilización de la antigua capilla del noviciado y recuerda la estructura de la capilla de San Telmo realizada por Figueroa, que por cierto repite prácticamente las mismas proporciones. Por lo que es posible atribuir la obra de remodelación al mismo maestro que estaba ejecutando desde cimientos el templo principal. Por otra parte, la decoración de la capilla a base de reliquias, estuvo prevista desde el principio por voluntad del rector Acevedo que las trajo de Roma para disponerlas por toda la capilla, logrando que todo el recinto sea, como dice la Noticia Breve, un "Conjunto bello, noble Relicario". Su origen nos lo explica el panegirista del padre Acevedo (SÁNCHEZ, 1712. AHPCCJ, C. 185).
          Al P. Azevedo debe este noviciado muchas y preciosas alajas que solicitó para su iglesia y para la capilla de nuestros novicios y sobre todo el cuerpo de San Máximo que consiguió en Roma y colocó en la misma capilla como preciosa reliquia.
     Francisco Acevedo murió en 1712 y aunque la capilla de novicios estuviese ya inaugurada, la decoración se demoraría, al mismo tiempo las obras arquitectónicas inmediatas a esta zona del noviciado debieron realizarse en torno a de 1717, pues a la muerte del arzo­bispo Arias en esa fecha, estaba acabada una capilla de ejercitantes donde se ponía en práctica el método ignaciano. Todos estos datos apoyan una remodelación arquitectónica importante en la zona del noviciado, previa a la conclusión del templo principal.
          Al P. (Acevedo) se le debe y a su trabajo la fábrica del quarto de exercitantes que a su costa y con inimitable zelo ha fabricado nuestro grande y excelentísimo prelado el Sr. D. Manuel Arias para el mayor bien espiritual de sus ordenantes súbditos (SÁNCHEZ, 1712).
     Esta "capilla de ejercitantes" y unas dependencias propias para cuando el arzobispo quisiera retirarse a hacer ejercicios en el noviciado fueron dedicados a la formación del clero secular. Utilizando el plano de 1784 podemos precisar la localización de esta capilla de ejercicios. Debía tener acceso directo al exterior y estar comunicada con la iglesia pública. En dicho plano aparece una capilla ocupada por la orden tercera franciscana en la crujía inmediata y paralela a la calle que cumple estas condiciones, igualmente su portada aparece todavía en algunas fotografías de finales del XIX. En buena lógica debe ser la primitiva capilla de ejercitantes, por lo que podemos sospechar que en toda esta zona, crujía de la capilla y estancias anexas y fachada, deben ser fruto de la intervención inicial del tanden que formaron el rector Acevedo y el arzobispo Arias, debiéndose datar entre 1701 y 1717. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, esta capilla fue despojada de su mobiliario funcional, y de los cuadros que fueron a parar a la casa de ejercicios de los filipenses como ya comentamos. Todavía se conserva la lápida conmemorativa de tal aportación en uno de los patios del antiguo noviciado:
          Excellentiss(mus) D.D.D. Emmanuel Arias, His/ pal. Praesul./ Hos, In titulum suae, & pietatis, &muni/ficienttiae, lapides,/ Spi­ritualibus S. Ignatii Patris Nri. Exerctiis./ Eorum maxime utilitati, qui sacris/ Ordinibus initientur,/ Salubriter destinatis, erexit./ Hic non aliud, nisi Domus Dei. & Porta Coe/li conspicitur./ Anno 17.
          (El excelentísimo Sr. Dn. Manuel Arias, Arzobispo de Sevilla, en manifestación de su piedad y munificencia, construyó esta sala (li­teralmente estas piedras), para que en ella se practicaran los ejercicios espirituales de Nuestro Padre San Ignacio, de gran utilidad para los que desean ser promovidos a las sagradas ordenes, aquí no se ve otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo.....Año/ 17)
          Además, sabemos que para la inauguración de la iglesia de San Luis se trajo la Eucaristía en procesión desde esta capilla domésti­ca, lo que implicaría que estaba en uso con anterioridad, debiendo suplir las funciones de culto durante buena parte del proceso de construcción. Esta hipótesis la corroboran igualmente los rasgos estilísticos del retablo, las pinturas murales y la decoración de los relicarios de la capilla.
El retablo
     Las indudables y estrechas relaciones de este retablo con el de la Virgen de la Antigua de la Catedral de Granada (1716-19) fueron subrayadas por Taylor, Hernández y Herrera y, sin embargo, se le han otorgado cronologías distanciadas, olvidando la certera apreciación de Taylor y suponiendo que el retablo de la capilla doméstica se planteó con posterioridad a la conclusión de la iglesia principal y sus retablos. Hay razones de peso para pensar lo contrario. Gracias a una carta autógrafa conservada en el archivo diocesano de Huel­va Huelva (ADH; Justicia, An. Leg. 361, f.31) sabemos que Duque Cornejo residía en San Luis en 1716, Al parecer, tuvo ciertos problemas con la justicia por impago de un préstamo de 1000 reales a cuenta de la obra escultórica recientemente concluida de San Felipe Neri. El prepósito sevillano de la orden filipense, Juan Sedeño le reclamó los 1000 reales y al no pagarlos, la justicia ordenaba embargarle y encarcelarlo, consiguió escaparse y refugiarse en San Luis en setiembre de ese año, alegando injusticia por haber sido perdonada su deuda con anterioridad por el propio Sedeño. En la carta se queja de que no podía trabajar porque no tenía oficiales ni ayudantes, pero si podría diseñar, buen momento para hacer las trazas de este retablo, en fecha más acorde al estilo que las que se le han dado tradicionalmente (CARRASCO, 1985).
     Parece igualmente que a raíz de esta protección en San Luis se consolidó una relación que no decaería nunca y mantendría toda su vida con los jesuitas. Se había iniciado antes, con el retablo del colegio de la Concepción o de las Becas de 1709, que no se conserva, siguió con el encargo de la Inmaculada de Carmona en 1719, se continuará luego con la imagen de la Gran Madre del Colegio de San Hermenegildo fechada en 1721, las esculturas para el retablo del colegio de Córdoba en 1724 y con el diseño de las fiestas de San Estanislao de Kostka en 1727, culminándose con la traza del conjunto del templo principal de San Luis. Creemos que ya en 1716 iniciaría sus primeros bocetos y trabajos, pues no pudo estar recluido en San Luis siendo ajeno a lo que allí se estaba fraguando y no concluirá su estrecha colaboración, al menos, hasta los años 30 ó 40.
     Estilísticamente los soportes y el diseño general del retablo remiten a modelos que el artista trabajaba antes de que concluyera el primer cuarto de siglo. Bajo el amparo de los hombres de la Compañía conoció tempranamente los libros del hermano Pozzo, influjo que es evidente tanto en la traza granadina como en la sevillana. Como apuntó el profesor Herrera, ambos retablos están inspirados en la figura 71 del primer libro del hermano jesuita, en especial la distribución de los soportes y de los vanos así como su carácter de escenografía transparente y de contraluz que permite multiplicar los efectos de sorpresa y de maravilla del espectacular retablo. Además, como ya apuntó René Taylor, tanto el tipo de soporte como los elementos decorativos y el tratamiento naturalista de los adornos, hacen pensar en una ejecución temprana. Por lo que no repugna hablar de una cronología cercana a 1719-25. La rica y menuda talla, también apunta a esta cronología, es muy elegante, con temas eucarísticos, espigas y racimos, y hoja de cardo, muy detallada, próxima en cuanto a turgencia a la del retablo de la capilla sacramental de San Isidoro, aunque asumiendo ya la necesidad de una estructura arquitectónica más lógica, al estilo del retablo granadino. La vinculación de ambos retablos se nota en las calles laterales, en los tipos de estípites y en sus formas bulbosas, en las ménsulas que soportan a estos estípites, en el desarrollo de las volutas y de las cornisas y en la ubicación de las esculturas laterales, así como el remate y el pabellón central a base de cortinajes.
     Las esculturas de San Estanislao y San Luis fueron realizadas seguramente con anterioridad a la canonización de 1726, y responden a la voluntad de Tamariz y Acevedo, que fueron propagadores de la devoción a estos novicios antes de su canonización, fervor que ellos habían experimentado previamente en Roma. Son obras con reminiscencias del taller de Roldán y con un cierto aplomo que con­servan otras esculturas como las de San Felipe Neri, las de Trigueros y sobre todo las equivalentes del retablo de Granada San Cecilio y San Gregorio.
     El interés por mostrar las últimas tendencias del arte jesuítico en Roma se comprueba también en las pequeñas urnas del tránsito de Javier y Kostka, ésta una versión a pequeño formato de la que hizo Gross para San Andrés del Quirinal. Aunque donde destaca el buen hacer de Duque es en el relieve del ático y en las espléndidas figuras de las virtudes, muy cercanas a las obras realizadas en Granada con anterioridad a los años 30.
          Esquema iconográfico retablo capilla doméstica C. 1719-25 Duque Cornejo y taller.
          A) Muerte de San Francisco Javier. B) Sagrario: Niño Jesús y San Juan. C) Muerte de San Estanislao. D) San Estanislao. E) San Luis Gonzaga. F) Inmaculada / Virgen del Pópulo/ Eucaristía.
          G) San Juan Evangelista. H) San Juan Bautista. (Pinturas sobre tabla atribuidas a Duque Cornejo por Manuel García Luque).
          I) San Francisco de Borja recibe a San Estanislao en el noviciado romano.
          J) Predicación de San Francisco Javier. K) Predicación de San Francisco de Borja.
          L) Cuatro virtudes.
          M) San Joaquín. N) San José con el Niño. (Pinturas sobre tabla atribuidas a Duque Cornejo por Manuel García Luque).
La bóveda del presbiterio
     La pintura de la Asunción es probablemente la obra menos reseñada de todo el noviciado y, sin embargo, resulta ser una de las más atractivas, pues en su composición mezcla elementos de la pintura naturalista de tradición andaluza y de la cuadratura italiana, al modo como lo hizo Juan Valdés y su taller en los Venerables, fórmula que desarrollaría con acierto su hijo Lucas. Así la figura de la Virgen está cercana al modelo de la Asunción del padre que se conserva en la Galería Nacional de Washington, aunque también se vincula con la del Pozo Santo, obra de Lucas, mientras que la teoría de ángeles mancebos están en relación con la Asunción de Valdés padre procedente del convento de San Agustín, conservada en el Museo de Bellas Artes sevillano y con los del Triunfo de la Santa Cruz de los Venerables. Las figuras monumentales de los apóstoles situados en la base de la bóveda tienen la gestualidad grandilocuente, la fisonomía general del taller de Valdés y cierta dureza de dibujo propia de Lucas. Evidentemente si esta obra fue realizada o dirigida por Lucas Valdés tuvo que hacerse antes de 1719, lo que vendría a confirmar nuestras sospechas de que el edificio del noviciado inclu­yendo la capilla se reformó con el mecenazgo del arzobispo Arias y debió estar concluido al poco tiempo de su muerte.
     En el conjunto se observan rasgos de valentía compositiva, enérgica ejecución y entonaciones en la línea de Valdés hijo, incluso la composición deslavazada apuntaría a éste, aunque también hay elementos chocantes que resultan probablemente de los repintes o de la escasa pericia de los ayudantes. Hay zonas en las que se aprecia el dibujo preparatorio y se nota una ejecución apresurada, casi inacabada. El conjunto ha sido completado por cuatro arcángeles en las pechinas obras de Domingo Martínez.
La pintura y la decoración en la nave, bóveda y muros
     En contraste con la arrebatada composición del presbiterio, Domingo Martínez ha dispuesto, en la bóveda de la nave una de­coración más sosegada, con figuras en actitudes muy acompasadas y una compartimentación muy arquitectónica, con una sencilla estructura mixtilínea de trazo geométrico, orlada en su interior con roleos, y complementada con modelos decorativos a base de cartelas derivados de las yeserías seiscentistas. Aunque muestra ya un estilo perfectamente consolidado, los marcos, orlas y cartelas delatan que se trata de una obra del mismo momento que San Telmo o la Iglesia de la Misericordia. Los arcos fajones están decorados con unas divisiones geométricas y unos roleos y grutescos muy similares a los empleados en en las pilastras de San Telmo fechadas en 1723.
     El despliegue iconográfico de toda la bóveda y parte de los muros pone en evidencia la eficacia decorativa, narrativa y simbólica de la pintura de Domingo Martínez cuando iniciaba el camino de la madurez. La variedad de tipos angélicos, de composiciones, la multiplicidad de escorzos y de actitudes, evitan la monotonía de una composición basada en las letanías. Por otra parte, el encaje de las inscripciones, la perfección del dibujo hacen del conjunto una de sus obras más acabadas. Partiendo de los modelos angelicales murillescos y de la tradición de la escuela sevillana, ha creado toda una corte de príncipes del empíreo, mucho más cortesanos y dieciochescos, logrando otorgar una gran belleza y coherencia formal a todo el conjunto. Para no hacerlo monótono procura combinar los ángeles mancebos con grupos de angelotes y querubines. Algunos dibujos relacionados con la serie se encontraban en la antigua colección Brauer de Zurich. Se nota, por tanto, un empeño por hacer un trabajo muy estudiado, coherente y de gran carga simbólica que servía al mismo tiempo de recordatorio didáctico y de información patrística sobre el culto y el papel corredentor de la Virgen. No olvidemos que el rezo de las letanías era una práctica cotidiana entre los jesuitas y fundamental en la vida del novicio.
          Programa icnográfico. Pintura mural Capilla doméstica
          Bóveda elíptica (Lucas Valdés) y pechinas ( Domingo Martínez)
          l. Asunción de la Virgen. 2. Arcángel San Miguel. 3. Arcángel San Gabriel. 4. Arcángel San Rafael. 5. Ángel de la Guarda.
          Bóveda de la capilla (Domingo Martínez):
     El esquema compositivo e iconográfico se repite en los 4 tramos de la bóveda. En cada tramo la composición se centra y se origina en un círculo con el anagrama de la Virgen cuyo perímetro desarrolla una inscripción y en torno a ella se establecen otras seis, tres a cada lado por registro en dirección a los lunetos, en donde se coloca un emblema con su mote y dos ángeles mancebos que portan los atributos correspondientes a las dos inscripciones laterales.
          Primer tramo
          1. Cabezas de querubes y estrellas rodeando el Anagrama de María con inscripción: CIRCA EAM OMNIS FRECVENTIA COELESTIVM AGMINVM INVIGILABAT / VT  POTEST QVAM SVPRA SE EXALTANDAM MINIME AMBIGEBANT Ful. De Nat. V.
          A su alrededor toda la multitud de los ejércitos celestiales, no dudaban de que ella hubiera de ser elevada a lo más alto
          2. FAX FIDELIVM. Method de Hypop. Luz de los fieles. [Ángel con cirio].
          3. FONS FONTIS VIVI. S. Damián. Ser. de Nat Virg. Fuente de agua viva. [emblema: fuente flanqueada por  dos ángeles]
          4. ROSA SALVTIFERA. S. Bern. Ser. de B. V. Rosa salutífera [ángel mancebo y querubines con rosas]
          5. OLIVA SPECIOSA IN CAMPIS. Eccl. Hermoso olivo en los campos [grupo de querubines con ramas de olivo]
          6. TVRRIS SAPIENTIAE NOSTRAE. S. Ber. Nat. M. Torre de nuestra sabiduría. [emblema: torre flanqueada por dos ángeles]
          7. PLATANVS IVXTA AQVAM Ecl. 24. Plátano junto al agua. [Ángel mancebo y querubines con rama].
          Segundo tramo
          1. [grupo de querubines con palmas portando una corona de laurel con el Anagrama de María]. Leyenda: VIDEBIS IN SVNAMITE CASTRA PRO VERITATE PVGNATIVM S. Bonav. August Verás en tierra sunamita el campamento de los que luchan por la verdad. / ET NON MARCESCIT PALMA O(B)VIA(M) MARTYRI VICTORIA NON MARCESCIT. S. Ambrosius in cant. 20. Y no se marchita la palma al encuentro del mártir, la victoria no se marchita
          2. LAMPAS INEXTINGVIBILIS. S. Cyril. bom. Lámpara inextinguible. [ángel mancebo con lumbre y querubines]
          3. ARCA TESTAMENTI S. Cypr. de Coen Dom. Arca de la Alianza. Emblema: [arca, flanqueada por dos ángeles]
          4. ARCUS FOEDERIS. S. Bonav. / in Spec cap. 14. Arca del pacto. [grupo de querubines y arco iris]
          5. LILIVM CANDENS. S. Bonav in Spec. C. 10. Lirio blanco y brillante. [ángel mancebo y querubines con azucenas]
          6. PVTEVS AQVARVM VIVENTIVM. Cant. S. Jan 18. Pozo de aguas vivas. Emblema: [cartela con pozo, flanqueada por dos ángeles]
          7. CLAVIS COELORVM . S. Eubrem. Orat. Ad Virg. Llave de los cielos. [ángel mancebo con llave y querubines con flores].
          Tercer tramo
          l. Grupo de querubines que portan una corona de flores con el Anagrama de María I leyenda: DVX VIRGINITATIS MEAE TV ES. Yer 3.8. Tu eres la guía de mi virginidad. VIRGO DE CVJVS PLENITVDINE OMNES ACCEPIMVS. S. Bernard. Ser de Nativ. 27. Virgen de cuya plenitud todos hemos recibido
          2. STELLA VITAE. Hesych. Ser. 2. de Virg. Estrella de la vida [ángel mancebo con estrella y querubines]
          3. PORTA VITAE. S. Anselm. Deprac. Virg. Puerta de la vida Emblema: [cartela con una puerta, flanqueada por dos ángeles] 
          4. PALMA FLORENS. S. Bonav. in Spec. C. 2. Palma floreciente. [ángel mancebo con palma y querubines con flores] 
          5. TVRIBVLVM AVREVM. Greg Nicomed. Incensario de oro. [ángel mancebo con incensario y querubines con flores] 
          6. SCALA JACOB IN QVA DEVS REQUIEVIT. Damasc. de dormit. M. Escalera de Jacob en la que Dios ha descansado. Emblema: [cartela con una escalera, flanqueada por dos ángeles].
          7. SPECVLVM SINE MACVLA DEI MAIESTATIS. Sap.7 26.26. Espejo sin mancha de la majestad de Dios. [ángel mancebo con espejo y querubines con flores]
          Cuarto tramo
          1. [Grupo de querubines que portan una corona de flores con el Anagrama de María].: SEXAGINTA SVNT REGINAE ET ADOLESCENTVLARVM NON EST NVMERVS, VNA EST PERFECTA MEA Cant 6.7 Sesenta son las reinas e incontable la cantidad de doncellas, solo la mía es perfecta. QVAE IN COELIS REGINA SANCTORVM IN TERRIS REGINA REDEMPTORVM. Rupert. Lib. 3 in Cant. La que en el cielo es reina de los santos en la Tierra es reina de los redimidos
          2. LIBER OBSIGNATUS . Greg. Nicomed / De obit V. Libro sellado. [ángel mancebo con libro y querubines con flores]
          3. TEMPLVM PVDORIS. S. Ambros. de insti V.C.S. Templo de modestia. Emblema: [cartela con un templo, flanqueada por dos ángeles]
          4. VAS DEI ELECTVM. Ephren 30. Vaso elegido por Dios. [ángel mancebo con copa y querubines con flores]
          5. CANDELABRVM AVREVM. S. Epiph. Orat. Ad V. Candelabro de oro [ángel mancebo con candelabro y querubines con flores] 31.
          6. RVBVS ARDENS INCOMBVSTVS (Líber de Vit M.). Zarza ardiente incombustible. [zarza ardiente]
          7. COLVMBA ELECTA. Rupert. In 6 Cant. 33. Paloma elegida I
     Se trata, por tanto, de un conjunto de alabanzas o letanías dedi­cadas a la Virgen escogidas de diversos padres de la Iglesia o extractadas de diferentes libros bíblicos. No se corresponden exactamente con la Letanía Lauretana, aunque tiene algunas coincidencias, más bien constituye una selección especialmente hecha por los respon­sables del programa iconográfico con una intención didáctica. Tras esta selección debe estar uno de los eruditos padres que rigieron el noviciado, seguramente Juan de Arana, aunque pudo basarse en un esquema previo del rector Acevedo, pues fue autor precisamente de un tratado sobre la naturaleza de los ángeles, los principales compañeros celestiales de los novicios que rezaban cada día en este recinto. La división entre tramos, sectores y lunetos se ha hecho siguiendo los modelos habituales en el taller de Domínguez, fileteando la arquitectura con azul y oro y con decoración en grisalla, bastante simple, que imita las yeserías de diseño barroco todavía seiscentista. Probablemente esta serie constituya la primera aportación de D. Martínez al Noviciado y serviría de carta de presentación para su trabajo en la Iglesia principal y en la sacristía.
     El conjunto decorativo y el programa iconográfico se completan con una serie de cobres flamencos del siglo XVII enmarcados para la ocasión con marcos que narran escenas de la vida de María, alternándose con cornucopias tachonadas de reliquias. Todas las escenas están pintadas al óleo sobre cobre, salvo la escena del nacimiento de la Virgen, obra de calidad realizada por Domingo Martínez, sobre tabla para completar la serie:
          Escenas de la vida de María: l. Natividad de la Virgen, 2. Presentación de María en el templo, 3. Jesús entre los doctores, 4. Desposorios, 5. Anunciación, 6.Visitación, 7. Nacimiento del Bautista, 8. María y José buscando posada en Belén, 9. Adoración de los pastores, 10. Adoración de los Reyes, 11. Huida a Egipto, 12. El regreso de Egipto, 13. Presentación de Jesús en el templo, 14. Sagrada Familia (regreso de Jerusalén), 15. Tránsito de la Virgen, 16. Asunción.
          Bajo estos marcos y alternando con relicarios se sitúan una serie de apóstoles y Evangelistas con sus respectivas leyendas que los identifican:
          l. San Pablo, 2. San Pedro, 3. San Matías; 4. Santiago el Mayor; 5. Santo Tomás; 6. Santiago el Menor, 7. San Felipe, 8. San Bartolomé, 9. San Bernabé, 10. San Andrés, 11. San Judas Tadeo, 12. San Simón, 13. San Juan, 14. San Mateo, 15. San Marcos, 16. San Lucas.
     El apostolado de la capilla doméstica ha sido identificado como serie perteneciente al taller de Domingo Martínez, en la que se copian diseños de Rubens y Van Dyck a través de grabados. El Santiago el Mayor sigue el grabado de N. Ryckerman a partir de un original de Rubens y el San Mateo de Van Dyck. El resto de los apóstoles se basan en los modelos de Van Dyck grabados por Cornelis van Caukercken. La presencia de los apóstoles a la altura de los ojos se explica en este programa eminentemente mariano, porque son modelos para los novicios en su trabajo apostólico y en su relación de veneración y respeto hacia la Virgen a la que acompañaron hasta su tránsito.
     Todo este programa mariano se cierra con un colofón que re­ sume la actitud del novicio jesuita ante María, que debe imitar en todo a la de Ignacio de Loyola. En efecto, "la Aparición de la Virgen a San Ignacio en la cueva de Manresa" se sitúa bajo la tribuna cerrando todo el conjunto. La escena es de una gran belleza plástica y con un colorido más rico y brillante que la versión del mismo tema que se conserva, pintada sobre lienzo, en el cercano convento de Santa Isabel, procedente de la capilla de ejercicios del oratorio de los Filipenses, posiblemente uno de los lienzos que pasaron a esta orden procedente de la capilla de ejercitantes de este noviciado.
     Tanto los marcos como los relicarios que los complementan y las galerías para cortinas forman parte del mismo conjunto decorativo, cuyo diseño debió correr a cuenta del propio taller de Duque Cornejo o, en todo caso, de Domingo Martínez pues responden al mismo plan decorativo que se plasma en muros, cornucopias y retablos. Los marcos relicarios, están relacionados formalmente con las cartelas de Duque para el sagrario de San Bernardo, por lo que su ejecución debió ser relativamente temprana. Aunque durante el proceso de restauración apareció un papel que se aprovechó para fijar uno de los cristales, datado en 1752, que pudo incluirse en una restauración posterior.
     Las pinturas laterales que enmarcan dos vanos junto al presbiterio hacen alusión a la venida del Redentor.
     QVONIAM ANGELIS SVIS MANDAVIT DE TE, UT CVSTODIANT TE IN OMNIBVS. VIIS TVIS
     IN MANIBVS SVIS PORTABUNT TE, NE FORTE OFFENDAS AD LAPIDEM PEDEM EDIAN TVVM. EX SALMO 90
          Que él ha dado orden sobre ti a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos te llevarán en sus manos, para que no hagas daño a tu pie contra la piedra.
Las pinturas de la sacristía
     El noviciado de San Luis fue uno de los centros en que más tempranamente se difundió la devoción al Corazón de Jesús en España. Ya en 1736 por iniciativa del Provincial Antonio del Puerto, se impusieron una serie de prácticas propias de esta devoción en la capilla doméstica. En este contexto de innovación litúrgica y de efervescencia devocional hay que entender la pintura mural de la sacristía de la capilla, cuya bóveda de paños se decora con unas pinturas estrechamente relacionadas con la obra de Domingo Martínez, adaptándose de nuevo a las exigentes novedades de la iconografía jesuítica, en una fase más avanzada de su estilo, la década de los años 40.
     Los paños del perímetro muestran las figuras de los cuatro evangelistas y dos cartelas con leyendas alusivas al emblema central: Dos ángeles arrodillados adoran el anagrama de JHS rematado por el Corazón, coronado de espinas, y culminado por la cruz. Las leyendas alusivas se encuentran en sendas cartelas:
          BONVS THESAVRVS / COR TVVM / BONE / JESVS / S. Ber.
          (Tu corazón es un buen tesoro. Oh buen Jesús)
          RESPICE AD COR / MEVM: HOC ERIT / TIBI TEMPLVM / Liber.3 / Revel. / S. Gertr. C. 28
          (Mira mi corazón este será un buen templo para ti)
          ET DABO UOBIS / COR NOUVM / ET SPIRITVM / MEVN EFUNDAM IN MEDIO UESTRI / E. c. H. 38.16. (y os daré un corazón nuevo y derramaré un espíritu nuevo en medio de vosotros).
     En este conjunto Domingo Martínez ha querido conjugar el ilusionismo de la arquitectura que se insinúa mediante grisalla en el plano del fondo y el preciosismo de las yeserías pintadas que se plasman en primer plano, creando un conjunto de gran capacidad plástica. Los roleos se mezclan con los querubines siguiendo el esquema básico del dibujo ornamental atribuido a Martínez, que se conservaba en la antigua colección Brauer de Zurich (Archivo Mas, nº 6598). El emblema central está ilustrado con el anagrama de Jesús fundido con el corazón coronado de espinas y rematado por la cruz inflamada rodeado de cabezas de querubín posiblemente fue extraído de la portada de las "Evangelicae Historiae Imagines" de Jerónimo Nadal como apuntó la profesora Camacho. Los evange­listas centran el resto de las cartelas. La combinación de yeserías pintadas en grisallas, profusión de guirnaldas doradas y figuras po­lícromas, aproxima estas pinturas al momento de la ejecución de los últimos murales de la iglesia principal, alejándose del estilo más ordenado y perfilado de la Capilla, unos 20 años anterior (Juan Luis Ravé Prieto, San Luis de los Franceses, Arte Hispalense. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2018).
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La Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, al detalle:
Retablo Mayor
        San Luis Gonzaga

domingo, 28 de diciembre de 2025

El Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de Ordenación, del Convento de Santa Inés

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de Ordenación, del Convento de Santa Inés, de Sevilla.  
     Hoy, 28 de diciembre, Fiesta de la Sagrada Familia (domingo que cae entre la Octava de Navidad -25 de diciembre al 1 de enero-, o el 30 de diciembre, si no hay un domingo entre estos dos días), Jesús, María y José, desde la que se proponen santísimos ejemplos a las familias cristianas y se invocan los auxilios oportunos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de Ordenación, del Convento de Santa Inés, de Sevilla.
     El Convento de Santa Inés [nº 29 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 50 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Doña María Coronel, 5; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
   Al piso bajo del patio intermedio se abre la llamada sala de ordenación, estancia cuadrada rodeada por un banco corrido que vuelve a estar decorado con azulejos de tipo cuenca del siglo XVI y que sirve de transición entre los claustros. Su nombre parece aludir a otros tiempos en los que la comunidad era muy numerosa, siendo la estancia en la que se procedía a ordenar cortejos en actos comunitarios. Preside la habitación un retablo de pinturas realizado por Domingo Martínez en el siglo XVIII y relacionable con otras piezas similares del autor como las del refectorio del monasterio de San Clemente. Representa a la Sagrada Familia a cuyos pies se sitúa un angelito con una cartela y la inscripción en latín "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad". Enmarcan a la escena central, a modo de cuerpos de un retablo, las figuras de los arcángeles San Miguel, San Gabriel, San Rafael y el Ángel de la Guarda custodiando a un niño. Se corona con los escudos de la Orden Franciscana y de la Orden Dominica, coronando la estructura una representación de la paloma del Espíritu Santo. Es una de las obras más representativas de su autor, con evidentes influencias murillescas en pleno siglo XVIII, siendo poco conocida por su ubicación en la clausura conventual (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     La capilla de la Ordenación la preside el Retablo dedicado a la Virgen del Rosario, representada junto a su Sagrada Familia y custodiada por los arcángeles, fechable entre los años de 1730 y 1750, fecha discutida por Pleguezuelo debido a la decoración de la rocalla, datándolo en la segunda mitad de esa centuria. La pintura se atribuye al prolífico pintor conventual Domingo Martínez. El retablo está dividido en tres calles, siendo de mayor envergadura la central, inscritas cada una de ellas en un arco de medio punto peraltado. Su estructura, queda enmarcada por una moldura de madera de perfiles mixtilíneos, decorada con guirnaldas de flores y roleos vegetales en oro. En la calle central, se representa a la Sagrada Familia, destacando la figura de la Santísima Virgen con el Salvador entre sus brazos. A sus pies, dos ángeles portan la cartela que alude al "Gloria in Exelcis Deo et in terra Paz Hominibvs Volvntatis". En las calles laterales se disponen individualmente los arcángeles Rafael, Gabriel, Miguel y el ángel de la guarda. Bajo el retablo se ubica una tarja con la alusión a la interpretación del Belén como "casa de pan": "Bethelem Domun Panis interpretatur. Si es Belén casa de pan se verifica en María donde se amasó el pan vivo de su virginal harina. Lleguen pues las devotas con alegría a catar el pan vivo que es pan de vida" (Salvador Guijo Pérez y Estefanía Medina Muñoz, El Real Monasterio de Santa Inés de Sevilla. Notas histórico-artísticas del Monasterio y su iglesia. Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Sevilla, 2024)
     Convento de Sta. Inés. Sala llamada "de Ordenación", dentro de la clausura. Hermoso retablo de pintura atribuible al pintor sevillano del s. XVIII Domingo Martínez. Su tema principal son las figuras de la Virgen con el Niño y San José, a cuyos pies se encuentra una pareja de angelitos sujetando una cartela asimétrica de rocalla, donde figuran escritas en latín las palabras iniciales del Gloria. A los lados se disponen los tres Arcángeles y el Ángel de la Guarda. Según comenta el libro "Sevilla Oculta": "La dulzura de los rostros, especialmente de los infantiles, la suavidad del modelado y la riqueza cromática hacen de esta obra una de las más significativas de su autor, profundo conocedor y divulgador del estilo murillesco". Mide la tabla central 2,44 x 1,70 mts; y cada arcángel, 0,87 x 0,47. Nótense los escudos de la orden Franciscana y Dominicana sobre ellos (Juan Martínez Alcalde. Sevilla Mariana, Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
     El retablo presenta una protección de tres puertas de vidrio que se rematan en medio punto. A su alrededor se desarrolla un marco con rocallas. En su centro aparece una cartela en forma de pinjante con una inscripción. Sobre el retablo se ha colocado una cornisa al modo de galería posiblemente para ocultar el retablo. Las pinturas representan a la Sagrada Familia en la tabla principal y a los arcángeles en las laterales (Guía Digital del patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e  Iconografía de la Sagrada Familia;
     En el verdadero sentido de la expresión, la Sagrada Familia constituye un grupo mucho más restringido que La Parentela de María. Sólo incluye a los parientes más próximos del Niño Jesús, es decir madre y abuela o madre y padre nutricio. En los dos casos, ya sea santa Ana o san José quienes lo lleven, es un grupo de tres figuras, un grupo trinitario.
     Desde el punto de vista artístico, la disposición de esta Trinidad terrestre (Trias humana), como se la ha llamado muy justamente, plantea los mismos problemas y sugiere las mismas soluciones que la Trinidad celestial.
     No obstante, las dificultades son menores. Ya no se trata de un único Dios en tres personas del cual deba expresarse la unidad esencial al mismo tiempo que la diversidad. Los tres personajes están unidos por vínculos de sangre, ciertamente; pero no constituyen un bloque indivisible. Cada uno de ellos tiene su propia vida y pueden disociarse sin inconvenientes. Además, los tres están representados con forma humana mientras que la paloma del Espíritu Santo introduce en la Trinidad divina un elemento zoomórfico difícil de amalgamar con dos figuras antropomórficas.
1. Santa Ana con la Niña María y el Niño Jesús
     Este tipo de Sagrada Familia que agrupa a las tres generaciones, abuela, madre e hijo, está estrechamente ligado con La Parentela de María de la cual no es más que un fragmento separado.
     También ha encontrado los mayores favores en Alemania, hasta el punto que la expresión Anna selbdritt (santa Ana triple, en tres, trinitaria) se emplea corrientemente en otras lenguas para designar brevemente este grupo.
     Se encuentran ejemplos de este tipo a partir del siglo XIV; pero fue en los siglos XV y XVI cuando el tema se hizo realmente popular, no sólo en los países germánicos sino hasta en Italia y España.
      Agrupar de una manera satisfactoria dos mujeres adultas y un niño no era tarea fácil. Al igual que con la Trinidad divina, los artistas intentaron la superposición, la yuxtaposición, el agrupamiento vertical y el horizontal. En el primer caso, santa Ana lleva a la Virgen y al Niño Jesús, en el segundo, el Niño está sentado entre santa Ana y la Virgen.
   a) Santa Ana lleva a la Virgen y al niño
     Esta disposición vertical puede ser realizada de dos maneras: santa Ana de pie lleva a la Virgen y al Niño sobre cada uno de sus brazos, o bien ella está sentada y tiene sobre las rodillas a su hija que a su vez sostiene al Niño Jesús.
     El inconveniente de esta solución está a la vista: comporta una desproporción chocante entre madre e hija que normalmente deberían ser de la misma talla: la Virgen en brazos o sentada sobre las rodillas de santa Ana se encuentra reducida a la estatura de una niñita.
     Leonardo da Vinci, en su admirable cuadro del Louvre que señala el apogeo del tema, permaneció fiel a este esquema arcaico; aunque consiguió aligerarlo y animarlo. La Virgen está esviada sobre las rodillas de su madre y tiende los brazos al Niño, de pie en el suelo, a horcajadas del cordero simbólico. Esta composición en diagonal, que confiere vida a las figuras y las libera de la frontalidad, indudablemente comporta un progreso. El conjunto gana en unidad y también en dinamismo, y es una de las últimas y más bellas expresiones de un tema iniciado en Alemania que tomó forma en la Italia del Renacimiento.
   b) El niño Jesús sentado entre su madre y su abuela
     Para respetar las proporciones reales de las figuras, se imaginó sentar a las dos mujeres, madre e hija, sobre un banco, a cada lado del Niño que las separa, pero que en verdad les sirve de vínculo.
     Es cierto que ese agrupamiento horizontal es la solución más feliz desde el punto de vista estético, porque permite restablecer las proporciones y la separación bien clara de las tres figuras yuxtapuestas no presenta el mismo inconveniente que en la Trinidad divina cuyas tres personas son consustanciales. También es natural que el horizontalismo haya primado a partir del siglo XV en las representaciones de la Trinidad humana, mientras que en la Trinidad divina la Iglesia imponía el agrupamiento según el esquema vertical del «Trono de Gracia».
     Puede destacarse una variación bastante graciosa en un cuadro de Holbein el Viejo, en Augsburgo, es el Primer paso del Niño Jesús: en vez de estar tranquilamente sentado entre su madre y abuela, el Niño intenta caminar. Este matiz de intimidad es mucho más frecuente en las Sagradas Familias donde san José reemplaza a santa Ana.
     Al grupo de la Familia trinitaria se suma a veces un cuarto personaje, santa Emerenciana, madre de santa Ana. Así, se encuentran cuatro generaciones reunidas en este grupo que fue bautizado Santa Ana cuaternaria (Anna selbviert). Pero no es más que una curiosidad iconográfica uno de cuyos más notables ejemplares es un grupo escultórico en madera del Museo de Hannover.
     El arte de la Contrarreforma introdujo en este tema desgastado una última va­riante. En un cuadro de Caravaggio se ve a la serpiente aplastada al mismo tiem­po por la Virgen y por el Niño Jesús, quien apoya el pie sobre el de su madre.
     La Trinidad de santa Ana con la Virgen y el Niño Jesús está excepcionalmente asociada en un mismo cuadro con La Parentela de María o Estirpe de Santa Ana, con las dos santas María Cleofás y Salomé, sus maridos e hijos. El ejemplo más conocido de esta amalgama es el retablo de Perugino del Museo de Lyon.
2. José, la Virgen y el Niño
     Lo que comúnmente se entiende por Sagrada Familia es el grupo formado por el Niño Jesús, su madre y su padre nutricio.
     Este motivo, que se hizo tan popular a partir del Renacimiento, ya existe en germen en las Natividades de la Edad Media; pero puede decirse que resulta extraño al arte de la época que no conoció la devoción a la Sagrada Familia.
     El tema sólo se difundió en el arte de la Contrarreforma que estimuló el culto de la Trias humana, Jesús, María y José: es lo que se llama la Trinidad jesuítica.
   Las dos trinidades
     Esta Trinidad terrestre (Trinitas terrestris) está concebida según el mismo modelo que la Trinidad celestial de la cual es un reflejo. «María, Jesús y José -escribe san Francisco de Sales en sus Conversaciones espirituales- es una Trinidad en tierra que en cierta forma representa a la Santísima Trinidad.» San José es la imagen de Dios Padre, y la Virgen sustituye al Espíritu Santo del cual es el templo vivo.
     A veces la Trinidad terrestre está puesta bajo la protección de la Trinidad celeste. En el siglo XVII, el tema de las dos trinidades superpuestas era corriente en la decoración de los retablos franceses, por ejemplo en Saint Sernin de Toulouse.
     En la misma época se lo encuentra en la escuela española, en Murillo, por ejemplo, que agrupó a las dos trinidades en un cuadro expuesto en la National Gallery de Londres.
     También el arte de los Países Bajos pudo complacerse representando la unión de las dos trinidades, celestial y terrenal.
     En una xilografía de Christoffel van Sichem, el Niño Jesús es el punto de intersección de las dos trinidades. La Virgen y san José lo tienen de la mano, por encima de su cabeza planea la paloma del Espíritu Santo con las alas desplegadas, y Dios Padre extiende los brazos en doble gesto de bendición.
     Un cuadro de Jan van Cleef en Gante, combina los dos motivos de una manera aún más ingeniosa: en el centro de la composición, el Niño Jesús, desnudo, de pie sobre los peldaños, coloca una corona de rosas sobre la cabeza de san José arrodillado frente a él. A la derecha, está sostenido por la Virgen que sirve de vínculo entre ambas trinidades y eleva los ojos hacia el Espíritu Santo y hacia Dios Padre quien aparece en medio de un enjambre de ángeles para bendecir a la Sagrada Familia.
   La Sagrada Familia ampliada
     Esa Sagrada Familia trinitaria ha sido muchas veces «ampliada» por los artistas a quienes gustó agrupar alrededor de la Virgen y de Jesús a santa Isabel y al niño san Juan Bautista.
     Esta adición no está en modo alguno justificada por los Evangelios, según los cuales san Juan conoció a Cristo cuando lo bautizó en el Jordán. Pero las meditaciones del Seudo Buenaventura (cap. XI), cuentan que de vuelta en Belén, después de la Huida a Egipto, la Sagrada Familia se detuvo en casa de Isabel: «Los dos niños jugaban juntos y el pequeño san Juan, como si ya hubiera comprendido, demostraba respeto a Jesús».
     Tal es la fuente de la que derivan en el siglo XVI los idilios tan populares de Rafael: La Sagrada Familia de Francisco I, La Bella Jardinera; y en el XVII, los de Murillo y sus imitadores, con frecuencia insulsos a causa de su sentimentalismo dulzón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Domingo Martínez, autor de la obra reseñada;
    Domingo Martínez, (Sevilla, 1688 – 1749). Pintor.
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del ámbito de la pintura sevillana a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII; fueron sus maestros Lucas Valdés y Juan Antonio Osorio. Las escasas noticias biográficas que de él se poseen lo presentan como hombre de buen temperamento, ingenioso y emprendedor al tiempo que culto y estudioso, poseedor de una amplia biblioteca. Tuvo numerosos discípulos, entre los que sobresalieron Juan de Espinal, Andrés de Rubira y Pedro Tortolero.
     La labor pictórica de Martínez le revela como uno de los mejores pintores hispanos en la época en que le correspondió vivir, circunstancia que le fue reconocida en su propia existencia. En efecto, en 1733 cuando la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio dio por concluida en Sevilla una estancia que se había iniciado en 1729, Martínez fue invitado a viajar a Madrid para trabajar allí como pintor real. Esta propuesta debió de estar motivada por la estrecha amistad que Martínez mantuvo en Sevilla con el pintor francés Jean Ranc, quien debió de realizarle la oferta de trabajar en Madrid. Sin embargo, el artista sevillano declinó esta proposición y optó por continuar su actividad artística en su ciudad natal.
     El estilo artístico de Domingo Martínez presenta características perfectamente definidas y en ellas se constata en primer lugar una base fundamental que se apoya en la pervivencia en él del influjo de Murillo, que es general en todos los pintores sevillanos activos en el primer cuarto del siglo XVIII. En segundo lugar, Martínez, a partir de 1729, fue receptivo a los efluvios estilísticos que emanan de la pintura francesa con la cual conectó durante los años en que la Corte residió en Sevilla; su amistad con Ranc, con quien convivió estrechamente durante cinco años, fue fundamental en este sentido. Finalmente, en la época postrera de su vida, a partir de 1745, Martínez asimiló en su arte referencias estilísticas procedentes del estilo Rococó, que en aquellos momentos comenzaba a difundirse por España.
     Como artista prolífico que fue, se advierte en la producción de Domingo Martínez una gran diferencia entre las pinturas realizadas por él personalmente y las que ejecutó contando con la colaboración de los discípulos y ayudantes que trabajaban en su obrador.
     En las creaciones efectuadas mayoritariamente por él mismo se constata una gran facilidad compositiva, un dibujo fácil y virtuoso y un marcado dominio del color, estando todos estos factores puestos al servicio de un arte amable, vistoso y decorativo que plasma un gusto totalmente coincidente con el espíritu de su época. Dominó, además, el arte de la perspectiva, aspecto que le permitió dedicarse con éxito a la pintura mural, modalidad en la que realizó excelentes creaciones.
     La amplitud del repertorio de obras conocidas de Domingo Martínez evidencia que fue un artista prolífico, ampliamente solicitado por la clientela civil y eclesiástica sevillana y también demandado por foráneos que llevaron las obras adquiridas a lugares tan alejados de Sevilla como Madrid, Jaén, Burgos, Soria y Cuenca.
    Entre sus realizaciones artísticas más importantes destaca en primer lugar su participación en 1718, con Gregorio Espinal, en la decoración mural de la capilla sacramental de la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, donde ejecutó obras de simbología eucarística que han llegado muy mal conservadas hasta hoy. Posteriormente, en 1724 llevó a cabo el amplio conjunto pictórico que decora el interior de la capilla del colegio de San Telmo de Sevilla, entidad dedicada a educar a niños que en el futuro serían marinos de la flota española. Allí pintó, por lo tanto, un repertorio de lienzos donde los niños son protagonistas, como La presentación del Niño en el templo, Cristo discutiendo con los doctores en el templo, Cristo bendiciendo a los niños y Cristo entrando en Jerusalén.
    En 1727, Martínez aparece realizando la decoración al temple de la bóveda del presbiterio de la iglesia de la Merced de Sevilla, con personajes bíblicos y escenas alegóricas de la misión redentora de los mercedarios.
     También hacia 1727 decoró con dos grandes lienzos el presbiterio de la iglesia del convento de Santa Paula de Sevilla en los que se representa La partida de santa Paula a Oriente y La muerte de santa Paula y hacia 1733 ejecutó los treinta y dos pequeños lienzos que se integran en el retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla y también las pinturas que se encontraban en los altares laterales de la nave de la iglesia. De 1733 es también la hermosa Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lesmes de Burgos, y en torno a esta fecha realizaría también La Sagrada Familia con san Francisco y santo Domingo que fue adquirida por la reina Isabel de Farnesio, quien la donó después al convento de Santa Isabel de Madrid.
     En torno a 1735, al servicio del arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo y Azcona, ejecutó para la iglesia parroquial de Umbrete dos pinturas de excelente calidad y de gran formato en las que representó a Santa Bárbara y a San Juan Bautista. Al servicio también del mismo arzobispo, Martínez decoró también con lienzos de gran formato la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla, narrando los principales milagros que dicha Virgen había realizado durante la conquista de Sevilla por san Fernando. La vinculación de Martínez con el arzobispo Salcedo culminó con la realización por parte del artista del magnífico Retrato que representa a dicho prelado y que se conserva actualmente en el palacio arzobispal de Sevilla.
      Otras obras importantes de Martínez son La apoteosis de la Inmaculada, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, obra que puede fecharse en torno a 1735. De 1740 es la representación de La Virgen de los Reyes con san Hermenegildo y san Fernando, que se conserva en la capilla del Alcázar de Sevilla; en torno a esta misma fecha puede situarse El nacimiento del profeta Elías, que pertenece al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en Madrid. También obras importantes de esta época son la representación de San Ignacio en la cueva de Manresa, que pertenece al convento de Santa Isabel de Sevilla y La Coronación de la Virgen, que se conserva en la iglesia de la Hermandad de las Cigarreras de esta misma ciudad. Hacia 1675 finalizó en Sevilla el proceso decorativo llevado a cabo en los muros de la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se representa una Apoteosis de la Orden jesuítica y de estos mismos años debe de ser la pintura de La Divina Pastora que se guarda en el convento de los capuchinos de Sevilla.
     Obras realizadas para Jaén hacia 1745, son La Transfixión de la Virgen, conservada en la catedral de dicha ciudad y El Niño Jesús pasionario que figura en la portezuela de un sagrario en la parroquia de San Mateo de Baños de la Encina.
     Importante es también el conjunto pictórico realizado por Martínez para decorar la iglesia del Antiguo Hospital de Mujeres de Cádiz, obra ejecutada hacia 1748 y que es, por lo tanto, una de las últimas realizaciones artísticas de este pintor.
     Fue también Martínez excelente intérprete de temas profanos, como reflejo de la existencia en Sevilla en el segundo tercio del siglo XVIII de un intenso ambiente cultural que proporciona a los artistas referencias literarias o mitológicas; así lo constata el precioso conjunto de cuatro pinturas que representan las estaciones del año y que se conservan en una colección particular de Vigo, o El Niño pastor flautista, que pertenece a una colección de Hamilton (Canadá). Sin embargo, la obra culminante de asunto profano de Martínez fue la realización de ocho pinturas en las que se representan otros tantos Carros alegóricos que la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla le encargó para que sirvieran de testimonio y recuerdo de las fiestas y desfiles celebradas en esta ciudad con motivo de la exaltación al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Constituyen estas pinturas una extraordinaria aportación para el conocimiento del ambiente urbano de la Sevilla de aquella época y también de la fisonomía de las distintas clases sociales que participaron o contemplaron los citados festejos (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de la Ordenación, del Convento de Santa Inés, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 3 de diciembre de 2025

La pintura "San Francisco Javier", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Francisco Javier", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.          
     Hoy, 3 de diciembre, Memoria de San Francisco Javier, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, evangelizador de la India, el cual, nacido en Navarra, fue uno de los primeros compañeros de San Ignacio que, movido por el ardor de dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo a innumerables pueblos en la India, en las Molucas y otras islas, y después en Japón. Convirtió a muchos a la fe y, finalmente, murió en la isla de San Xon, en China, consumido por la enfermedad y los trabajos (1552) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Francisco Javier", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
        En la sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses podemos contemplar la pintura "San Francisco Javier", de Domingo Martínez (1688-1749), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco de escuela sevillana, pintada hacia 1740, con unas medidas de 1,68 x 1,23 mts., y procedente del mismo lugar que hoy ocupa.
     San Francisco Javier (1506-1552) es considerado figura exponencial del misionero católico de la Edad Moderna. Aparece representado con el hábito de la Compañía de Jesús: sotana y faja negras, y cuello doblado. Sobre los hombros la esclavina, y mientras que con su mano derecha sostiene el bordón, elementos propios del peregrinaje. La actitud de abrir su sotana en la zona del pecho alude al ardiente fuego de su corazón apostólico. Este tipo iconográfico suele ser habitual en la pintura barroca sevillana, tal y como ejemplifican el lienzo de Murillo conservado en el Wadsworth Atheneum de Hartford (1937.3).
     Partiendo de la gestualidad y la monumentalidad de las estampas rubensianas, Martínez ha sabido articular los elementos habituales de la tradición murillesca -cayado, esclavina y fisionomía-, con las referencias clásicas de la peana de ángeles y delfines, con la que otorga movimiento a la composición. La presencia de ésta última está claramente justificada: manifiesta la dimensión de su labor misionera y su patronazgo sobre los hombres del mar. Fue la vocación de crear nuevas rutas de evangelización lo que le impulsó a hacer tantos viajes, estimándose que sus desplazamientos debieron llegar a los 100.000 km, realizados tanto a pie como en modestas embarcaciones.
     De estructura más completa y barroca que el San Ignacio de Loyoa, aquí ha sabido combinar un mayor número de ángeles y querubines, tanto en el cielo como bajo los pies del santo. Ha conseguido suavizar los límites del cielo y el mar, sin dejar de crear un espacio  ideal para la glorificación del santo. El modelo utilizado para el ángel mancebo es semejante a alguno de los existentes en las bóvedas de la capilla novicia de San Luis que, al igual que los angelotes de la peana y los de la zona celestial  muestran las carnaciones nacaradas, los fondos y los azules del mar, tan propios del maestro. La tipología de los ángeles está cercana a la del lienzo de Santa Bárbara de Umbrete y a los citados de la bóveda de la capilla doméstica (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Francisco Javier, presbítero;
     El mayor santo de la orden de los jesuitas, después de San Ignacio de Loyola, apóstol de La India y Japón (Indorumac Japonum Apostolus). San Ignacio y él eran dos soles gemelos de la Compañía de Jesús (Societatis Jesu Soles gemini). Nació en 1506 en el castillo de Javier, cerca de Sangüesa, Navarra. Debió llamarse Francisco de Javier, puesto que este último es el nombre de su lugar de origen, una alteración castellana del vasco Etchaberri (Casanueva),  con­vertido en Jaberri, Javerri, Xaver, Javier.
     En París se vinculó con su compatriota, san Ignacio de Loyola, en cuyas manos prestó juramento en Montmartre.
     En 1540 fue enviado a La India como misionero, de allí viajó a Goa y a Japón, fiel a su divisa: Amplius.
     Abandonado por los portugueses (abomnibus desertus), murió en 1552 en una choza de ramas en la isla de Sancián, a la vista de la costa china (Cantón), donde se había hecho dejar por un barco mercante y mientras apretaba contra el pecho un crucifijo que le regalara san Ignacio.
     Gracias a su apostolado en el Lejano Oriente, adquirió muy pronto fama de taumaturgo, halagüeña para los jesuitas, y mucho mayor que la de san Ignacio de Loyola, cuya vida se prestaba menos para la leyenda.
     Se le atribuían numerosos milagros, sobre todo la resurrección de un muerto en La India. Pero la historia más popular es la de su crucifijo caído al mar que le fue devuelto por un cangrejo.
     Cuando san Francisco, como se dice en la bula de canonización, navegaba en el archipiélago de Las Molucas, se desató una gran borrasca. El santo hundió en el mar el crucifijo que llevaba. La fuerza de las olas se lo arrancó de las manos, y, para su gran desesperación, lo llevó a las profundidades. Pero Dios quiso devolver la alegría al alma de su siervo: después del desembarco, cuando caminaba por la orilla del mar, un enorme cangrejo salió súbitamente de las aguas y se detuvo ante los pies del santo, presentán­dole en las pinzas el crucifijo que se había abismado en las profundidades. Esta fábula derivaría de un cuento japonés recogido por Mitford en Tales of old Japan (Londres,1871).
CULTO
     Su cuerpo, transportado a Goa, fue sepultado en la iglesia del Bom Jesus. Su canonización se pronunció en 1622, tres años después de su beatificación. La primera iglesia de la orden de los jesuitas que se puso bajo su advocación es la de Burdeos. París le dedicó una iglesia moderna cerca de la Residencia de los Inválidos.
     La iglesia de Radrnirje, cerca de Gorny Grad (Oberburg) en Eslovenia, po­see una imagen milagrosa de san Francisco Javier.
     Apóstol de La India, es el patrón de los jesuitas, de los misioneros, de la Obra de la Propaganda de la Fe (De Propaganda Fide) y de los marinos que navegan en el Lejano Oriente. Se lo invocaba contra las tempestades y la peste.
ICONOGRAFÍA
     Aprieta un crucifijo contra su corazón, o entreabre la sotana para mostrar su corazón inflamado. Un cangrejo grande se arrastra a sus pies.
     A veces se lo representa en una choza, en el islote Sancián, donde murió, siguiendo con la vista una nave que se aleja.
     En la decoración de las iglesias de la orden jesuita, san Francisco Javier suele aparecer asociado con san Ignacio. Así puede verse en las iglesias de Gesu (Roma), o de Gesu nuovo (Nápoles), donde las estatuas de ambos santos for­man pareja en las fachadas. Rubens recibió el encargo de pintar dos grandes cuadros para la iglesia de los jesuitas de Amberes: los Milagros de san Ignacio y los de san Francisco Javier que se turnaban sobre el altar mayor.
     Un escultor de la orden de los jesuitas, Charles Belleville, que residió en China entre 1698 y 1708, diseñó un modelo de pirámide y un altar en forma de mausoleo para su tumba.
     En la iglesia de los jesuitas de Mendelheim (Baviera), san Francisco Javier lleva a un indio sobre los hombros, y forma pareja con Jesús, como Buen Pastor, devolviendo a la oveja descarriada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Francisco Javier, presbítero, que da título al lugar reseñado: 
      San Francisco Javier (Javier, Navarra, 7 de abril de 1506 – Shangchuan, China, 3 de diciembre de 1552). Santo, cofundador de la Compañía de Jesús (SI), misionero en Oriente.
     Nació en el castillo de Javier, ubicado en un lugar estratégico frente al reino de Aragón. Era el último hijo del matrimonio formado por el doctor Juan Jasso y María de Azpilcueta. El padre, doctor por Bolonia, era un destacado y principal servidor de la dinastía del reino de Navarra, ejerciendo el cargo de presidente del Consejo Real. Su hermana Magdalena, a la que conoció solamente de oídas, había sido dama de la reina Isabel la Católica y, antes de 1506, había ingresado en el convento de las clarisas de Gandía, donde murió en 1533. Sus hermanos mayores, Miguel y Juan, con los que se llevaba once y nueve años respectivamente, fueron muy destacados en el bando opositor a la anexión efectuada por Fernando el Católico.
     El conflicto político de Navarra se había convertido para los Jasso en familiar, viviendo la división de los navarros entre agramonteses y beamonteses.
     El rey Fernando ponía el pretexto de la necesidad de pasar por aquel viejo reino para atacar a su enemigo francés. En julio de 1512 se produjo la llamada “pacífica unión” y diez días después los monarcas navarros huyeron hacia Francia pasando antes por Javier.
     Tres años después, Navarra había desaparecido como reino independiente, tras muchos siglos de existencia, siendo incorporada a la Corona de Castilla. Poco tiempo después moría el doctor Jasso, cuando su hijo Francisco contaba con nueve años.
     En el castillo de Javier se reunieron los que “conspiraban” tras la muerte del rey Fernando en 1516.
     Fracasado el intento, el regente de Castilla, el cardenal franciscano Ximénez de Cisneros, mandó demoler parcialmente esa fortaleza donde vivía Francisco.
     Desde esos intentos por recuperar el reino, se entiende la construcción de la ciudadela de Pamplona, en cuya defensa cayó un joven vasco, vinculado al duque de Nájera, virrey de Navarra. Se llamaba Íñigo de Loyola. Por aquellos años, el futuro san Ignacio y la familia del que habría de ser san Francisco Javier, estaban enfrentadas por una cuestión de identidad nacional. Todavía los hermanos mayores de Francisco de Jasso tardaron en normalizar su situación política. Sus bienes fueron confiscados y sus personas condenadas a muerte por alta traición. Habrían de negociar una rendición honrosa, que pasaba por conservar la posesión sobre el castillo de Javier. Llegaba así, con el perdón del Emperador, el final de las consecuencias sombrías que la anexión de Navarra había ocasionado a esta familia de los Jasso.
     Tras las primeras letras a la sombra de su madre y los latines de la mano de su primo sacerdote, Miguel de Azpilicueta, en el horizonte de su formación apareció París, con su Universidad, por la cual ya habían pasado otros miembros de su familia. Hacia allí se dirigió en otoño de 1525. Se matriculó en Artes como clérigo de la diócesis de Pamplona. Empezó a vivir en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo celda con un saboyano, llamado Pedro Fabro y con un profesor, el maestro Peña. La vida colegial contaba con su propia cotidianidad, además de su método académico, el llamado “modus parisiensis”, después adoptado con matices por la propia Compañía de Jesús.
     Pero no era todo disciplina, sino que también escapadas nocturnas y vida de ocio. No obstante, a Francisco le impresionaron vivamente las marcas de sífilis que contempló en el rostro de uno de los profesores.
     En 1530, se había licenciado en Artes, obteniendo el grado de magister e incorporándose al cuerpo de docentes. Ese mismo otoño inició su vida docente, pasando al colegio de Beauvais, por lo que recibía a cambio la comida y alojamiento. Desde esa nueva posición intelectual, solicitaba al emperador Carlos el reconocimiento público de su hidalguía, junto con la de sus hermanos. Al mismo tiempo, escribía a su hermano para que le consiguiese alguna prebenda en la catedral de Pamplona. No obstante, en aquellos momentos fue cuando apareció en su vida un vasco llamado Íñigo de Loyola.
     Había llegado este último a París, tres años después de Francisco, cuando era un hombre maduro de treinta y ocho años. No contaba con muy buena fama. Unos decían que había huido de la Inquisición, tribunal que le había perseguido en las ciudades universitarias castellanas de Alcalá y Salamanca. Otros destacaban la fascinación que nacía del uso de la palabra.
     Al principio, vivió en el colegio de Monteagudo; después se acogió a la caridad en el hospital de Saint Jacques e, incluso, se decía que había viajado a Flandes y Londres en busca de la ayuda de los mercaderes españoles. Cuando inició sus estudios en Filosofía, ingresó en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo estancia y morada con el mencionado Pedro Fabro y Francisco Javier. Comprobó el maestro Peña la capacidad de atracción que demostraba aquel vasco, pues faltando a las disputas dominicales, se llevaba consigo a estudiantes, para que confesasen y comulgasen en la cartuja. Sin embargo, lo que antes fue oposición y acusaciones de “seducción de estudiantes”, concluyó en reconocimiento por parte del rector Gouvea.
     Parece ser que el encuentro entre Íñigo y Francisco puede ser definido por la indiferencia del segundo hacia el primero. Se puede decir, pues, que el maestro Francisco era recio, resistente y “duro de pelar”, pero Íñigo, a menudo, le recordaba que de nada servía al hombre triunfar en el mundo, si perdía su alma. Por fin, Francisco se unió a aquel grupo que acudía cada domingo a la cartuja, empezando a compartir ideales con unos compañeros que pensaban en la pobreza.
      Pasó por su cabeza la posibilidad de renunciar a su cátedra. Un proceso prolongado, ni momentáneo, ni espectacular, que se ha venido conociendo como conversión.
     Era la primavera de 1533.
     Si Francisco conoció una Navarra en ebullición en su infancia y adolescencia, la Europa religiosa de su tiempo era la del estallido de las diferentes reformas.
     En medio de aquellas circunstancias, el grupo de los “iñiguistas” se consolidaba. Ya eran seis: el mencionado saboyano Pedro Fabro, el navarro Francisco Javier, los castellanos Diego de Laínez, Alonso de Salmerón y Nicolás de Bobadilla y el portugués Simón Rodrigues. Todos ellos se habían acercado a Íñigo de Loyola a través de los ejercicios espirituales, siendo todos ellos seglares, salvo Fabro, que fue el primer sacerdote.
     El grupo se consagraba a la vida apostólica, aunque antes habrían de comprometerse en peregrinar a Tierra Santa, añadiendo el voto de pobreza y castidad.
     En el horizonte de Palestina, algunos de estos hombres ponían el fin de su vida, incluso a través del martirio.
     Eso sí, conociendo las circunstancias del Mediterráneo, sabían que podía ser imposible esa misión.
     Por ello, consideraron la posibilidad de que, pasado un tiempo, pudiesen ponerse a disposición del papa Pablo III en Roma y del trabajo apostólico que él considerase encomendarles. Unas decisiones que se plasmaron en el voto del día de la Asunción que pronunciaron en Montmartre, en una capilla que se llamaba, precisamente, “de los mártires”. Era el año 1534. Un gesto, intrascendente para sus contemporáneos que vivían en París en aquellos momentos pero que motivó, según subraya José Ignacio Tellechea, el nacimiento del grupo “internacional, más cohesionado afectivamente y guiado por un mismo ideal”.
     Pretendían finalizar los estudios de Teología, y así, acordaron salir de París el 25 de enero de 1537, camino de Venecia, para esperar a embarcarse hacia Tierra Santa. Este nuevo horizonte rompía las expectativas que había generado Francisco en su familia y las causas de este cambio se las detallaba en una carta que puso en manos de su hermano Juan Jasso, el propio Ignacio de Loyola cuando hubo de retirarse momentáneamente a su tierra para reponerse de su salud. Los primeros compañeros se disponían a dirigirse hacia Roma con el fin de solicitar licencia al Papa para su peregrinación. Entonces, ya eran doce, aunque Ignacio se quedó en Venecia. Francisco y los demás entraron en la Ciudad Eterna un Domingo de Ramos, 25 de marzo de 1537. Gracias al doctor Pedro Ortiz fueron recibidos en audiencia pontificia, sentándose a su mesa, donde discutieron sobre Teología con otros hombres de Iglesia. Pablo III no solamente les concedió la licencia, sino que les otorgó una limosna de 60 ducados. En el tiempo del regreso a la República Serenísima, los hagiógrafos de Francisco situaron aquel extraño sueño que le había dejado “molido” en su descanso: “Soñaba que llevaba a las espaldas un indio y que no lo podía llevar”. No solamente resulta una premonición de lo que iba a ser la memoria y la existencia de Francisco Javier, sino una muestra de que estos clérigos reformados eran hombres inquietos del Renacimiento y de sus nuevos horizontes.
     Mientras esperaban su embarque, Francisco vivía con Alonso Salmerón en Monselice, asistiendo después en el hospital de los incurables de Venecia.
     Juan III de Portugal había recibido información del rector del colegio de Santa Bárbara, Diego de Gouvea, acerca de la idoneidad de ciertos “sacerdotes reformados”, maestros parisienses, que ofrecían un apostolado activo, muy propio para los objetivos espirituales de este Monarca para con sus Indias. Con este fin, escribió a Mascarenhas, su embajador ante la Santa Sede: “De París eran partidos ciertos clérigos letrados y hombres de buena vida, los cuales por servicio de Dios tenían prometida pobreza y solamente vivir de las limosnas de los fieles cristianos y que andan predicando dondequiera que van, y hacen mucho fruto”. El papa Pablo debía conceder la licencia oportuna para permitir esta misión, aunque también consideró el Pontífice que era menester la opinión de Ignacio de Loyola. El embajador habló con él, solicitándole a seis de sus jesuitas cuando apenas habían sobrepasado la decena. La reacción fue contundente y refleja las intenciones y el proyecto con el que contaba la Compañía: “Jesús, señor embajador, y ¿qué me dejáis para el resto del mundo?”. La mies era mucha, todo el mundo geográficamente, aunque los obreros en un principio, tan escasos. Finalmente, Ignacio designó para tal misión al portugués Simón Rodrigues y al castellano Nicolás de Bobadilla.
     El primero se encontraba enfermo y, a pesar de ello, embarcó hacia Lisboa. Bobadilla se hallaba en Nápoles, afectado por las fiebres de Malta. Los médicos impidieron su salida. El único disponible en el tiempo en que el diplomático portugués emprendía camino hacia Lisboa era Francisco Javier, el cual trabajaba hasta entonces como secretario de Ignacio. Aquella escena ha sido numerosas veces recreada, por las artes plásticas, la literatura, e incluso por la ópera. Existió poco tiempo para pensar aquel ofrecimiento que le hacía quien actuaba como su superior y menos aún fue el necesario para preparar lo poco que para Francisco era imprescindible llevar. La despedida, para siempre, entre Ignacio y Francisco, se presentó como otra de las escenas más cantadas y retratadas.
     Cuando Francisco abandonó Roma, la Compañía de Jesús solamente estaba aprobada verbalmente por Pablo III. Estaban presentándose una serie de dificultades que fueron discutidas por diferentes cardenales antes de la aprobación solemne que habría de llegar por la bula que recibió el título de “Regimini militantes Ecclesiae” (1540). Con este fin, Francisco redactó dos documentos para fijar su posición en la futura Compañía: “Prometo de estar a todo aquello que ordenaren los que se pudieren juntar”. No iba a participar en el proceso de elaboración de las Constituciones, mostrando su plena confianza en lo que los demás decidiesen. Al mismo tiempo, había aprobado la permanencia en la unidad, incluso en la dispersión, dándose una cabeza de carácter vitalicia que les gobernase. Francisco, para el supuesto día de la elección, dejó también su voto escrito: “Que sea el perlado nuestro antiguo y verdadero padre don Ignacio, el cual, pues nos juntó a todos con no pocos trabajos”. 
   Emprendía camino, dentro de la comitiva del embajador Mascarenhas, hasta Lisboa, alcanzándola a finales de junio de 1540. El camino fue aprovechado para el ejercicio de sus trabajos apostólicos. Aquella ciudad era una puerta abierta hacia un mundo de comercio, de las inquietudes descubridoras, de las mercancías desconocidas. Allí se encontró con su compañero Simón Rodrigues; conoció a Juan III y a su esposa Catalina de Habsburgo, hermana pequeña del emperador Carlos V. Ya mostró el Monarca su entusiasmo por el “modo de proceder” de los maestros de París, aunque en Portugal se les conoció como los “apóstoles”. Todavía era temprana la acepción de jesuitas.
     Gozando de la protección de la Corte, desde el principio los de la Compañía trataron de romper con esa imagen de clérigos relajados, desarrollando ministerios que sorprendían: los trabajos entre los presos en las cárceles o los “herejes” de las condenas inquisitoriales.
     El invierno de 1540 lo pasaron acompañando a la Corte en Almeirim. Desde allí conocieron la aprobación pontificia de la Compañía, aunque con algunas limitaciones de número. Algunos de los cardenales que rodeaban a Pablo III desconfiaban de ciertas novedades planteadas por el documento presentado por Ignacio de Loyola, la “Fórmula del Instituto”. Limitaciones que desaparecieron posteriormente.
     El interés real se intentó canalizar en la fundación de un colegio temprano, el de Coimbra, cantera para la formación de misioneros destinados a los lejanos territorios de la metrópoli. Quizás era mejor que estos misioneros renunciasen a la empresa de Indias y se estableciesen en Portugal. Era la misma filosofía que les había planteado Pablo III cuando les había dicho que buena Jerusalén era Roma cuando aquéllos manifestaron su deseo de peregrinar a Tierra Santa.
    La pelota estaba en el tejado del monarca portugués.
     Finalmente, se decidió que Francisco Javier viajaría a India, mientras que Simón Rodrigues permanecería en Portugal con el objetivo de poner en marcha el colegio de Coimbra. El jesuita navarro había viajado mucho, había probado los caminos polvorientos de Europa, pero no se había hecho nunca a la mar, no se había enfrentado jamás a sus peligros. Le intentaron convencer a Francisco Javier que era conveniente que le fuese asignado un criado, pues éste le confería el prestigio que era menester para dirigir su palabra de predicación. Esa evangelización de la apariencia fue contestada por el jesuita navarro: “El adquirir crédito y autoridad por ese medio que V. S. dice, ha traído a la Iglesia de Dios al estado en que ahora ella está y a sus prelados”. Quizás era la misma línea de la sublimitas evangelica que había defendido Erasmo de Rotterdam, asociada a los primeros apóstoles. Un gesto que demuestra, como indica Tellechea, que Francisco Javier era un misionero y no un funcionario o un político.
     En su despedida, Juan III le entregó los breves pontificios que el jesuita le había traído desde Roma. Era su nombramiento pontificio como nuncio apostólico, con competencias sobre tierras tan amplias como desconocidas y diversas. El medio de comunicarse, tanto con el Monarca —exponiéndole sus quejas y los abusos de los portugueses— como con sus compañeros y su superior Ignacio, iba a ser a través de la carta, auténtico cordón umbilical para conseguir la unidad en la dispersión: “Escribidnos largo”. Se embarcó en el pesado galeón Santiago, en el cual iba el nuevo virrey de aquellas tierras, zarpando el 7 de abril de 1541, fecha de su trigésimo quinto cumpleaños. Le acompañaban los también jesuitas Micer Paulo y el portugués Mansilha.
     Pasó la flota por el archipiélago de las Azores, se aproximó a las costas del Brasil tomando rumbo hacia el cabo de Buena Esperanza. Daba muestras el jesuita de una actitud servicial hacia sus compañeros de navegación: atendía a los enfermos, ayudaba a morir a los que alcanzaban sus últimos instantes en alta mar, siempre aplicando ese principio de adaptabilidad a las circunstancias que le tocase vivir en cada uno de los momentos. Recalaron en Mozambique, una importante factoría portuguesa surgida en 1507.
     En medio de un clima sofocante esperaron los vientos adecuados para proseguir a India. El virrey Sousa tuvo que adelantar su viaje ante las amenazas de los turcos frente a la ciudad de Goa. Llevaría consigo al padre Francisco. Pronto descubrió el jesuita, en las escalas que realizaba, la presencia de cristianos, descendientes de aquellas cristiandades primitivas y que habían permanecido aisladas. Divisaban Goa el 6 de mayo de 1542, en la India, un año después de haber zarpado de Lisboa. “Es una ciudad toda de cristianos —escribía Francisco en la primera carta que dirigió a Roma—, cosa de ver”, sede del obispo Alburquerque, un fraile franciscano que colaboró ampliamente con el padre Francisco. Era esta ciudad el principal apoyo del imperio portugués en Asia.
     Esperando un tiempo más propicio para navegar, evitando los monzones, inició sus labores catequéticas, visitando los domingos la leprosería y haciendo una realidad la frecuencia de los sacramentos. Estaba cercano el momento, en septiembre de 1542, en que el virrey habría de mandarle entre “moros y gentiles”, para la predicación del Evangelio y con este efecto solicitaba a Roma instrucciones precisas para ello. Antes, gracias al apoyo del virrey Sousa, propició el nacimiento del colegio de los jesuitas en Goa, con la pretensión de ser un seminario para la formación del clero indígena. Su condición de misionero le hizo exigente en las cualidades que debían mostrar los jesuitas que acudiesen en un futuro a estas tierras.
     El primer destino, pensado por el virrey, era el trabajo entre los indios paravas, en el extremo sur de la India y desde el cabo Comorín. Vivían en pequeños poblados costeros, dedicados de manera temporal a la extracción de perlas en el fondo del mar. Bajo la protección de Portugal habían sido bautizados en masa y sin ninguna doctrina o catequesis previa. Al padre Francisco le acompañaban tres indios paravas que se estaban preparando para el sacerdocio en el colegio de Goa, con el fin de servirle de introductores lingüísticos en la lengua tamil. Fue recorriendo todos los poblados de la costa, hasta alcanzar la capital de la Pesquería, Tuticorín. Empezó a combatir una religiosidad del terror, dialogó con los brahmanes más formados y se percató de la repelencia que le causaba la presencia de los ídolos. Con todo, el padre Francisco no profundizó en el alma india, como asevera Tellechea. Recorriendo estos poblados, surgió también su fama de hombre milagrero. En Goa, además, había preparado un catecismo con pronunciación figurada, poniendo en marcha estrategias de catequización que alcanzarían éxito: “Muchas veces me acaece —escribe en enero de 1544— tener los brazos cansados de tanto bautizar y no poder hablar de tantas veces decir el credo y los mandamientos en su lengua de ellos”. Se lamentaba en sus cartas de las inútiles controversias en las que se enfrascaban los hombres en los ámbitos intelectuales y teológicos europeos y la falta de intención de los que no se preparaban adecuadamente: “Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!”.
     El impacto de lo que afirmaba Francisco Javier en su epistolario empezó a contar con gran repercusión en toda Europa. Sus cartas comenzaron a ser editadas, en ocasiones de manera aislada, en otras convenientemente agrupadas, lo que generó fascinación misionera en algunas vocaciones y, por tanto, prestigio, incremento y expansión en la Compañía de Jesús. La primera colección fue preparada por Tursellinus en 1596, aunque en el siglo XVII Possino reunió ya noventa de ellas. Cuando regresó a Goa, le entregaron un mazo de cartas retrasadas que le habían ido escribiendo desde Roma. Conociendo que sus compañeros habían realizado la profesión solemne, la pronunció igualmente, recortando sobre el texto latino la firma con la que Ignacio de Loyola había concluido una de sus cartas. Una copia del texto de su profesión llevó siempre colgada al cuello dentro de una bolsita, como si se tratase de una auténtica reliquia.
     Volvió a las misiones del sur mucho más acompañado.
     Pasaron por la isla de Ceilán. Después empezó a confiar misiones a sus compañeros. Mansilha, por ejemplo, fue destinado a Manapar. Les insistía en la necesidad de que el pueblo amase a los misioneros, mostrando éstos de manera constante paciencia. Conocía el padre Francisco los enfrentamientos entre los reyezuelos de la zona, provocando tanta desolación y muerte en el pueblo, lo que generaba agonía en el misionero jesuita. “Su vida —afirmaba su compañero Mansilha— era más de hombre santo que de persona humana”. Prosiguió su camino hacia la isla de Santo Tomé, cerca de la actual Madrás, donde se decía que se encontraba el sepulcro del “apóstol Mellizo”. Decidió salir hacia Malaca, al tiempo que escribía una larga carta a Juan III. Afirmaba en ella con contundencia que los mayores impedimentos para la expansión del Evangelio eran los oficiales reales portugueses.
     Era un misionero a la sombra de esa Monarquía y autoridad de Portugal, pero padecía el influjo de los malos ejemplos de los portugueses.
     Se despedía momentáneamente de la India. Le esperaba, desde la costa oriental, el destino de Malaca.
     Era ésta la capital de las posesiones de los portugueses en el ámbito malayo, donde habría de incluir las Molucas, Java, Borneo y las islas Célebes, donde se encontraba el Macassar, que era el último destino en el horizonte del misionero. Se trataba este último de un emporio, donde llegaban manufacturas muy diversas.
     Con la ayuda de algunos portugueses tradujo su catecismo a lengua malaya, aunque escrito con caracteres latinos. En enero de 1546, prosiguió su viaje a Macassar, atravesó el estrecho de Singapur, arribando tras mes y medio al sur de las Molucas. Se sintió dispuesto a acabar con la ferocidad de unos hombres que eran cazadores de cabezas humanas —los alfuros—. Estuvo apunto de ahogarse en medio de aquella tempestad que calmó con un crucifijo que llevaba colgado en el cuello, deslizándose esta pieza entre los dedos en su contacto con el agua y cayéndose en el mar. Se libraron del naufragio, pero, de repente, un cangrejo sacaba ese crucifijo tan apreciado a la playa de entre las aguas con sus patas delanteras. Pasó ocho días entre aquellos hombres, no consiguiendo ninguna conversión.
     Cuando regresó a Amboina encontró buques de guerra portugueses que conducían a ciento treinta españoles que habían sido apresados y que habían intentado llegar desde México a las Molucas en la flota de Ruiz de Villalobos. Aquellas islas eran causa de litigio tras el reparto del tratado de Tordesillas. Entre ellos se encontraba un sacerdote llamado Cosme Torres, que decidió su entrada en la Compañía. Después, sería su colaborador en la misión de Japón.
     Le hablaron del reino de Ternate —enclave para el dominio del archipiélago de las Malucas— y decidió el padre Francisco visitarlo, consiguiendo pocas conversiones, sin faltar después en las islas del Moro, en septiembre de 1546. Su viaje de regreso a la India fue muy prolongado y con etapas intermedias. En los cuatro meses que permaneció en Malaca, mercaderes portugueses le hablaron de unas islas de gran tamaño llamadas Japón y que serían muy adecuadas para la predicación del Evangelio, pobladas por “gente deseosa de saber en gran manera”, con un mundo intelectual más atractivo que el de la India. Hasta el padre Francisco llegó un japonés que le buscaba para obtener la tranquilidad espiritual. Se llamaba Angino y será después el encargado de traducir el catecismo al japonés. Pero antes de alcanzar aquel horizonte, cumpliría con labores de gobierno entre los misioneros.
     Redactó unas “Instrucciones para los que trabajan en Pesquería y Travancor”. En Goa desde abril de 1548 escribió una doctrina cristiana, una declaración de los artículos de la fe y un orden o régimen de vida cristiana que podía ser entregado a los que se confesaban.
     Su balance sobre la propagación de la fe en este imperio portugués de factorías costeras no era del todo optimista, mostrando su esperanza en el Japón para la perpetuación del cristianismo. Al padre Barzeo, enviado a Ormuz, le dirigió una instrucción, que se convirtió en un manual del misionero, reflejando en sus palabras lo que había experimentado hasta el momento.
     Sus “libros vivos” no eran otros que los hombres que se había encontrado.
     Partieron de Cochín el 25 de abril de 1549 hacia Japón. Le acompañaba el mencionado padre Cosme Torres, el hermano Fernández y tres japoneses que habían hecho los ejercicios en el colegio de Goa. Alcanzaban Japón el 15 de agosto. Habían navegado en la nao de un mercader chino, al que tuvo que obligar Francisco Javier a culminar el trayecto, ante los deseos de la marinería de invernar en el puerto chino de Cantón. Arribaron, precisamente, en la tierra del mencionado Angino, Kagoshima. En sus cartas describe con la admiración del viajero, pero sobre todo con las coordenadas del misionero, el impacto que le fue causando el mundo japonés. Se producía el primer contacto de un europeo con el shintoísmo; conocía la forma de vida de aquellos bonzos que se convirtieron en enemigos de su predicación; contactó con gobernantes locales; obtuvieron los primeros pequeños éxitos pero vivieron las burlas también de los que les oían predicar. La intención del padre Francisco era caminar hasta la ciudad de Meako —la actual Kyoto— para poderse entrevistar con el Rey, proyecto que terminó en fracaso. Ni se presentaba de manera suntuosa, ni había preparado los convenientes regalos. Atraído por las universidades que había oído que existían allí, visitó además monasterios budistas donde pudo conversar, preguntar y responder.
     Mayores éxitos cosechó en la gran ciudad de Yamaguchi, sobre todo en su segunda visita, cuando se presentó como enviado del Papa y del rey de Portugal, con las oportunas credenciales y regalos, rodeado de una pomposidad que gustaba mucho en Japón. El duque le otorgó la licencia para predicar, autorizando a los súbditos para que se convirtiesen al cristianismo.
     Los que conformaban un embrión de reducida comunidad intentaron aminorar las dificultades lingüísticas, contribuyendo a compendiar mejor la doctrina cristiana. Todavía más boato desarrolló ante la llamada del príncipe de Bungo, vistiendo una sobrepelliz blanca sobre su sotana y una lujosa y bonita estola verde para presentarse ante él. Tras dos años sin saber nada de sus compañeros en India, Malaca y Molucas, era la hora de regresar. Era mediados de noviembre de 1551.
     Al recibir noticias del cierre de China a los extranjeros, por parte del capitán Pereira, Francisco Javier empezó a soñar con este nuevo horizonte. Decidió que al año siguiente viajaría hasta allí, siempre que el mencionado Pereira fuese nombrado embajador por el virrey. De nuevo, pretendía presentarse al rey de Pekín, con el objeto de pedirle permiso para predicar el Evangelio. Existía la necesidad de poner el catecismo japonés en caracteres chinos. En Singapur, en diciembre de 1551, tuvo conocimiento por un carta retrasada firmada por Ignacio de Loyola, que había sido nombrado provincial de la India, desmembrando estos territorios de la de Portugal. En las cartas con las que respondió, el misionero se mostró entusiasmado por China, “tierra muy grande, pacífica y sin guerras”.
     En esa impaciencia constante por abrir nuevos horizontes sin haber empezado ni siquiera a culminar los anteriores se entienden los sentimientos del padre Francisco Javier. Si triunfaba en China, el futuro de la misión de Japón tornaría a mejores resultados. Mientras que confesaba su incapacidad para hacerse cargo del provincialato, consideraba que había llegado la hora de enviar jesuitas a las universidades del Japón, personas que se arriesgasen a sufrir duras persecuciones.
      Pensó, incluso, que los alemanes y flamencos que conociesen el castellano o el portugués eran los más adecuados para llevar a cabo esta misión. Pero antes de China, debía de pasar por Goa como provincial. A finales de febrero de 1552 se encontraba allí con cuarenta jesuitas, algunos obrando por su cuenta, como el padre Gomes, el cual había optado por hacer de aquel colegio una universidad al estilo de Coimbra.
     Una acción que le había condenado, por parte de este provincial, a la expulsión. Cuando Gomes trató de dar cuenta en Roma y a Ignacio de Loyola del modo que tenía Francisco Javier de gobernar, murió en un naufragio en el cabo de Buena Esperanza.
     Tras redactar instrucciones destinadas a distintos jesuitas, iniciaba su viaje hacia China en abril de 1552. Por Malaca, llevaba consigo un amplio matalotaje con numerosos regalos para ofrecer a los más distinguidos. No pudo llevar desde aquel punto a Diego Pereira como embajador, gesto que truncaba mucho los planes. Partía Francisco Javier en la nao Santa Cruz, acompañado por el hermano Ferreira, Antonio China —educado en el colegio de Goa— y el criado Cristóbal. A fines de agosto llegaban al archipiélago de Cantón, en la isla de Sanchán. En una de las chozas que habían levantado los portugueses, celebraba el padre Francisco misa a diario, adoctrinaba a los niños y esclavos e intentaba buscar comerciantes chinos que le adentrasen en su país, aunque fuese oculto. Ante la falta de resultados de sus planes, pensó en otras posibilidades, como unirse en Siam a la comitiva de la embajada que su Monarca iba a enviar a China e, incluso, intentarlo de nuevo con Diego Pereira.
     Si confiaba en un desconocido comerciante chino, movido solamente por el soborno de lo que le pagase, podía ser abandonado en medio del mar o ser engañado y padecer martirio por orden del gobernador de Cantón. Al fin llegó el esperando mercader, aunque anunciando que habían sido apresados más portugueses.
     El hermano Ferreira no se atrevió a acompañar al padre Francisco, lo que le valió la expulsión. Los portugueses abandonaban la isla de Sanchán, llevando consigo las últimas cartas que escribió el misionero jesuita.
     Todavía en ellas manifestaba su esperanza en el éxito. Quedaba solo, con la única compañía de Antonio el Chino y del mencionado criado Cristóbal, cuando llegaron a Roma sus deseos, expresados anteriormente por carta, de reunirse con sus hermanos europeos. Ignacio de Loyola le llamó a su lado en la Ciudad Eterna. Sin embargo, cuando aquella carta del superior, fechada en mayo de 1552, llegó a su destino, el padre Francisco ya había fallecido. Padeció pulmonía en los últimos días de noviembre. Agonizaba delante de las costas de China, expirando, cuando amanecía el 3 de diciembre, día en el que la Iglesia recuerda su memoria y ejemplo, desde su canonización en 1622 por Gregorio XV y tras su beatificación por Pablo V en 1619. Subía a los altares junto a san Ignacio de Loyola. Precisamente, aquella jornada, el 12 de marzo, se recuerda a través de la celebración de la “Novena de la Gracia”, rememorando además uno de sus milagros más celebrados, el obrado en 1634 sobre el padre Marcello Mastrilli, mártir después en el Japón.
     Su sepultura se fijó, al principio, en esta pequeña isla, trasladándose después a Malaca y más tarde a la India, dando muestras su cuerpo de incorrupción. Se expandió y consolidó su fama, sus milagros, sus cartas y su vida. Fue declarado por Benedicto XV en 1927 Patrono de las Misiones junto con una contemplativa, la carmelita santa Teresa de Lisieux. Cada 3 de diciembre, su tierra celebra el Día de Navarra y el castillo de Javier es la meta de las famosas marchas de la juventud conocidas como las “Javieradas” (Javier Burrieza Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Domingo Martínez, autor de la obra reseñada;
    Domingo Martínez, (Sevilla, 1688 – 1749). Pintor.
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del ámbito de la pintura sevillana a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII; fueron sus maestros Lucas Valdés y Juan Antonio Osorio. Las escasas noticias biográficas que de él se poseen lo presentan como hombre de buen temperamento, ingenioso y emprendedor al tiempo que culto y estudioso, poseedor de una amplia biblioteca. Tuvo numerosos discípulos, entre los que sobresalieron Juan de Espinal, Andrés de Rubira y Pedro Tortolero.
     La labor pictórica de Martínez le revela como uno de los mejores pintores hispanos en la época en que le correspondió vivir, circunstancia que le fue reconocida en su propia existencia. En efecto, en 1733 cuando la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio dio por concluida en Sevilla una estancia que se había iniciado en 1729, Martínez fue invitado a viajar a Madrid para trabajar allí como pintor real. Esta propuesta debió de estar motivada por la estrecha amistad que Martínez mantuvo en Sevilla con el pintor francés Jean Ranc, quien debió de realizarle la oferta de trabajar en Madrid. Sin embargo, el artista sevillano declinó esta proposición y optó por continuar su actividad artística en su ciudad natal.
     El estilo artístico de Domingo Martínez presenta características perfectamente definidas y en ellas se constata en primer lugar una base fundamental que se apoya en la pervivencia en él del influjo de Murillo, que es general en todos los pintores sevillanos activos en el primer cuarto del siglo XVIII. En segundo lugar, Martínez, a partir de 1729, fue receptivo a los efluvios estilísticos que emanan de la pintura francesa con la cual conectó durante los años en que la Corte residió en Sevilla; su amistad con Ranc, con quien convivió estrechamente durante cinco años, fue fundamental en este sentido. Finalmente, en la época postrera de su vida, a partir de 1745, Martínez asimiló en su arte referencias estilísticas procedentes del estilo Rococó, que en aquellos momentos comenzaba a difundirse por España.
     Como artista prolífico que fue, se advierte en la producción de Domingo Martínez una gran diferencia entre las pinturas realizadas por él personalmente y las que ejecutó contando con la colaboración de los discípulos y ayudantes que trabajaban en su obrador.
     En las creaciones efectuadas mayoritariamente por él mismo se constata una gran facilidad compositiva, un dibujo fácil y virtuoso y un marcado dominio del color, estando todos estos factores puestos al servicio de un arte amable, vistoso y decorativo que plasma un gusto totalmente coincidente con el espíritu de su época. Dominó, además, el arte de la perspectiva, aspecto que le permitió dedicarse con éxito a la pintura mural, modalidad en la que realizó excelentes creaciones.
     La amplitud del repertorio de obras conocidas de Domingo Martínez evidencia que fue un artista prolífico, ampliamente solicitado por la clientela civil y eclesiástica sevillana y también demandado por foráneos que llevaron las obras adquiridas a lugares tan alejados de Sevilla como Madrid, Jaén, Burgos, Soria y Cuenca.
    Entre sus realizaciones artísticas más importantes destaca en primer lugar su participación en 1718, con Gregorio Espinal, en la decoración mural de la capilla sacramental de la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, donde ejecutó obras de simbología eucarística que han llegado muy mal conservadas hasta hoy. Posteriormente, en 1724 llevó a cabo el amplio conjunto pictórico que decora el interior de la capilla del colegio de San Telmo de Sevilla, entidad dedicada a educar a niños que en el futuro serían marinos de la flota española. Allí pintó, por lo tanto, un repertorio de lienzos donde los niños son protagonistas, como La presentación del Niño en el templo, Cristo discutiendo con los doctores en el templo, Cristo bendiciendo a los niños y Cristo entrando en Jerusalén.
    En 1727, Martínez aparece realizando la decoración al temple de la bóveda del presbiterio de la iglesia de la Merced de Sevilla, con personajes bíblicos y escenas alegóricas de la misión redentora de los mercedarios.
     También hacia 1727 decoró con dos grandes lienzos el presbiterio de la iglesia del convento de Santa Paula de Sevilla en los que se representa La partida de santa Paula a Oriente y La muerte de santa Paula y hacia 1733 ejecutó los treinta y dos pequeños lienzos que se integran en el retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla y también las pinturas que se encontraban en los altares laterales de la nave de la iglesia. De 1733 es también la hermosa Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lesmes de Burgos, y en torno a esta fecha realizaría también La Sagrada Familia con san Francisco y santo Domingo que fue adquirida por la reina Isabel de Farnesio, quien la donó después al convento de Santa Isabel de Madrid.
     En torno a 1735, al servicio del arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo y Azcona, ejecutó para la iglesia parroquial de Umbrete dos pinturas de excelente calidad y de gran formato en las que representó a Santa Bárbara y a San Juan Bautista. Al servicio también del mismo arzobispo, Martínez decoró también con lienzos de gran formato la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla, narrando los principales milagros que dicha Virgen había realizado durante la conquista de Sevilla por san Fernando. La vinculación de Martínez con el arzobispo Salcedo culminó con la realización por parte del artista del magnífico Retrato que representa a dicho prelado y que se conserva actualmente en el palacio arzobispal de Sevilla.
      Otras obras importantes de Martínez son La apoteosis de la Inmaculada, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, obra que puede fecharse en torno a 1735. De 1740 es la representación de La Virgen de los Reyes con san Hermenegildo y san Fernando, que se conserva en la capilla del Alcázar de Sevilla; en torno a esta misma fecha puede situarse El nacimiento del profeta Elías, que pertenece al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en Madrid. También obras importantes de esta época son la representación de San Ignacio en la cueva de Manresa, que pertenece al convento de Santa Isabel de Sevilla y La Coronación de la Virgen, que se conserva en la iglesia de la Hermandad de las Cigarreras de esta misma ciudad. Hacia 1675 finalizó en Sevilla el proceso decorativo llevado a cabo en los muros de la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se representa una Apoteosis de la Orden jesuítica y de estos mismos años debe de ser la pintura de La Divina Pastora que se guarda en el convento de los capuchinos de Sevilla.
     Obras realizadas para Jaén hacia 1745, son La Transfixión de la Virgen, conservada en la catedral de dicha ciudad y El Niño Jesús pasionario que figura en la portezuela de un sagrario en la parroquia de San Mateo de Baños de la Encina.
     Importante es también el conjunto pictórico realizado por Martínez para decorar la iglesia del Antiguo Hospital de Mujeres de Cádiz, obra ejecutada hacia 1748 y que es, por lo tanto, una de las últimas realizaciones artísticas de este pintor.
     Fue también Martínez excelente intérprete de temas profanos, como reflejo de la existencia en Sevilla en el segundo tercio del siglo XVIII de un intenso ambiente cultural que proporciona a los artistas referencias literarias o mitológicas; así lo constata el precioso conjunto de cuatro pinturas que representan las estaciones del año y que se conservan en una colección particular de Vigo, o El Niño pastor flautista, que pertenece a una colección de Hamilton (Canadá). Sin embargo, la obra culminante de asunto profano de Martínez fue la realización de ocho pinturas en las que se representan otros tantos Carros alegóricos que la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla le encargó para que sirvieran de testimonio y recuerdo de las fiestas y desfiles celebradas en esta ciudad con motivo de la exaltación al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Constituyen estas pinturas una extraordinaria aportación para el conocimiento del ambiente urbano de la Sevilla de aquella época y también de la fisonomía de las distintas clases sociales que participaron o contemplaron los citados festejos (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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