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lunes, 22 de junio de 2026

El desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     Hoy, 22 de junio, en el monte Ararat, el triunfo de diez mil santos Mártires [entre ellos San Acacio], que fueron crucificados, según el Martirologio Romano, vigente hasta 1956.
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de San Acacio, de los Agustinos, se encontraba en la manzana formada por las calles Pedro Caravaca, Velázquez, Rioja, y Sierpes; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Los historiadores de la Orden hacen remontar sus orígenes al periodo de los ermitaños del norte de África que, aglu­tinados en torno a la figura de Agustín de Hipona, forman una pequeña comunidad, en una continuidad sin interrupción difícil de demostrar con la Orden constituida en 1256. Aurelio Agustino (354-430) nació en Tagaste, actual Túnez, hijo de un pagano, Patricio, y una cristiana, Mónica, quien ejerció sobre él una poderosa influencia. Entregado a los estudios clásicos, se adhirió a la secta de los maniqueos, tuvo una juventud licenciosa y se dedicó a la enseñanza de retórica en Cartago, Roma y Milán, donde su vida espiritual evoluciona por las plegarias de su madre y las instrucciones del arzobispo San Ambrosio, cuyo ejemplo y palabras le llevan a su conversión al cristianismo, bautizándolo el 25 de abril del 387. Deseoso de difundir la filosofía cristiana regresa a su tierra, vende sus bienes entregando el producto a los pobres y se establece en Hipona donde es ordenado sacerdote el 391 por el obispo Valerio, a quien sucederá en la cátedra episcopal en el año 395. En su abundante producción literaria expuso sus ideas filosóficas, teológicas, su antropología y su teoría del conocimiento, en una constante búsqueda de Dios a través del mundo y en un esfuerzo por incorporar el pensamiento platónico a la tradición filosófica cris­tiana; sus obras han ejercido una gran influencia en la esco­lástica, y se granjeó el título de primer legislador y patriarca del monacato latino siendo considerado uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia. La comunidad creada por San Agustín tras su conversión al cristianismo tuvo un fecundo desarrollo, propagándose por el norte del África romana rápidamente, de tal manera que a la muerte del Santo, en el 430, existían alrededor de cincuenta monasterios, incluidos los de mujeres. La invasión de los vándalos en el siglo V y de los árabes en el VII supuso una fuerte persecución de estas comunidades, pasando muchos de sus miembros al sur de Italia, Francia y España, a donde exportaron la tradición monástica agustiniana. Sin embargo, la legislación carolingia, que impuso con carácter exclusivo la profesión de la regla benedictina en todo el imperio, significó un freno a la propagación del ideario agustino. Habrá que esperar al renacimiento de la vida monástica de los siglos X y XI para asistir al resurgimiento de la Regla de San Agustín en los numero­sos eremitorios que se originaron. En 1244 el papa Inocencio IV, en un deseo de unificar a todos los ermitaños, promovió la fusión de los abundantes cenobios de dentro y fuera de Italia, en los que se incluían los de inspiración agustina, dando lugar a la llamada Gran Unión que fue confirmada el 9 de abril 1256 por el papa Alejandro IV. Se constituyó una gran familia religiosa que recibió el nombre de Orden de los Frailes Ermitaños de San Agustín, en el convento romano de Santa María del Pópulo, con un superior general al frente y una subdivisión en doce provincias, siete para Italia y las cinco restantes para Francia, Alemania, Inglaterra, Hungría y España. A fines del siglo XIII ya existían diecisiete y en 1329 el número de provincias ascendía a veinticuatro. Asimismo, la Orden adopta los ideales y organización de los mendicantes, conciliando el apostolado activo con la vida contemplativa monacal, siendo considerada la tercera de las órdenes mendicantes tras franciscanos y dominicos.
     Hay que señalar que San Agustín nunca escribió una regla monástica, son sus libros, sermones y sobre todo sus cartas en donde hablaba de la vida religiosa y el modo de practicarla, los que inspirarán un conjunto de normas y una forma de vida que serán adoptadas por numerosos institutos religiosos antiguos y modernos como guía a seguir. Las familias religiosas tituladas como Orden de San Agustín abarcarán diversos institutos de religiosos y de monjas. Entre los masculinos se hallaban los Ermitaños de San Agustín, instituidos canónicamente en 1256, que tras la reforma de 1505 son denominados Observantes; y los Ermitaños Recoletos de San Agustín, llamados Recoletos o Descalzos, surgidos en algunos conventos que desaprobaban la actividad intelectual, el estudio y la docencia universitaria, y deseaban entregarse más a la oración, a la contem­plación, a la vida retirada y recoleta como medio de santifi­cación; la nueva rama agustina fue a probada en el Capítulo General de Toledo el 3 de diciembre de 1588.
     En España se constata la presencia de eremitorios en época visigoda, en zonas de Valencia y Mérida, cuya proliferación quedó frenada con la llegada de los musulmanes a la península. Los avances de las tropas cristianas de Fernando III, Jaime I y Alfonso X, liberarán nuevos territorios en cuyas principales ciudades fundan los agustinos sus casas; en 1278 había nueve conventos y en 1300 dieciséis en España y Portugal. Con la Gran Unión de 1256 la Península se trans­forma en la Provincia Hispaniae, la que a su vez, más tarde por Capítulo reunido en Dueñas en 1527 se divide en cuatro: Lusitana, Catalano-aragonesa, Castilla, que llegaba hasta el río Tajo, y Andalucía o Bética, al sur de esta línea fluvial. Por otro lado, gracias al permiso otorgado por el papa Adriano VI a las órdenes mendicantes por el que podían pasar a las Indias para su evangelización, los agustinos llegaron a tierras americanas en 1533, en donde crearon la provincia de Nueva España, consiguiendo fundar la Universidad de México; un hito importante en su creciente expansión será la presencia de la Orden en Filipinas, a donde llegaron sus religiosos acompañando al conquistador Legazpi, fundando misiones y el colegio mayor de Iloco.
     Al igual que el resto de Europa, los conventos agustinos de España padecieron a mediados del siglo XV la relajación y deterioro de la observancia de la regla, conocida como claustra. Para atajar el mal surgió un movimiento de reforma a favor de la restauración de la disciplina monástica primitiva, siendo fray Juan de Alarcón quien desde el convento de Villanubla (Valladolid) emprenda el camino del reformismo, que será aprobado en 1438; las casas que se acogían a la reforma pasaron a denominarse Congregaciones de la Observancia, que a fines del XV eran un buen número de conventos. En este sentido, los Reyes Católicos obtienen del papado la aprobación para incorporar obligatoriamente todos los conventos agustinos a la observancia, lo que se verá cumplido en 1504, en el capítulo interprovincial cele­brado en Toledo. Por otro lado, en el último tercio del siglo XVI algunos conventos promovieron la vuelta al rigor primitivo de la Orden, desaprobando la actividad intelectual, el cultivo de los estudios y la docencia universitaria que tan intensa y efectivamente realizaban los agustinos. Este nuevo movimiento, más interesado por la vida contemplativa y la oración, dio lugar al nacimiento de la rama descalza agustina o de los Ermitaños Recoletos cuya aprobación se produjo en el capítulo provincial de Toledo del 3 de diciembre de 1588, abriéndose el primer convento en Talavera de la Reina al año siguiente, siendo elaboradas sus Constituciones por fray Luis de León. En 1605 el papa Clemente VIII autoriza la creación de la provincia de Recoletos, cuyo rápido crecimiento propició su elevación a Congregación en 1621, por bula de Gregorio XIV, celebrando en ese mismo año su primer Capítulo General en el que fue nombrado vicario general fray Jerónimo de la Resurrección y autorizándose la división en cuatro provincias: San Agustín de Castilla, Pilar de Aragón, Santo Tomás de Villanueva de Andalucía y Nicolás de Tolentino de Filipinas.
     En suma, la expansión y consolidación de la Orden en sus diferentes ramas fue constante y se mantuvo durante los siglos XVII y XVIII; una Orden que se caracterizó por la gran importancia que dio al estudio y la cultura, preocupada por la buena formación de sus religiosos bien cualificados para el apostolado y la enseñanza en sus más altos niveles, (en las universidades), con figuras tan destacadas y conocidas como fray Luis de León. La estima por el conocimiento y la cultura forjó la formación de centros docentes, los llamados Estudios Generales, adscritos a universidades, y valiosas bibliotecas conventuales que contribuyeron al progreso del saber, ganando por ello la Orden la reputación de docta. Sin embargo, este estado de cosas se vino abajo con los aconteci­mientos políticos-legislativos del XIX que culminaron en la desamortización de 1835, fecha en la que se contabilizaban en la península doscientos cinco conventos, de los que sólo quedó abierto el Colegio-Seminario de Valladolid, que por su carácter misionero quedó excluido de la desamortización por la influencia y prestigio que su trabajo misional en el extranjero daba al país.
COLEGIO DE SAN ACACIO
     Al igual que las otras grandes órdenes religiosas venían haciendo desde comienzos del siglo XVI de disponer de centros de estudios segregados del convento principal en donde mejor acomodar e instruir a sus religiosos, lo que condujo a la creación de los correspondientes colegios dedicados exclusivamente a la formación de los novicios, la Orden agustina da los pasos para proceder a la fundación de un colegio en Sevilla que albergara al ya crecido número de estudiantes que tenía la Casa Grande, en donde poder llevar a cabo los estudios y las prácticas religiosas. La primera intención fue intentar fundar en la cercana localidad de Castilleja de la Cuesta, pero parece que los escasos recursos con los que contaban para conseguir un local adecuado y medios para dotarlo, no lo hizo posible. La oportunidad para desarrollar el proyecto fundacional del colegio se materializará con la generosa aportación de la piadosa dama sevillana Leonor de Virués, viuda del veinticuatro Gaspar Ruiz de Montoya, quien en su testamento otorgado el 4 de abril de 1593 dispuso la entrega a los agustinos de unas casas con jardín, huerta y tierra calma, que su difunto marido había comprado y edificado en las afuera de la ciudad, junto a la Cruz del Campo. A lo que se sumó la asignación de dos mil ducados en metálico. La correspondiente autorización arzobispal se dio el 8 de mayo de 1593, quedando así fundado el Colegio bajo la advocación de San Acacio, uno de los legendarios mártires del monte Ararat del siglo II. Con el transcurrir del tiempo se convertiría en un acreditado centro de estudios teológicos, cuyo ingreso en sus aulas se hacía mediante rigurosa oposición según establecía en su testamento la bienhechora, quien quedó como fundadora y se reservaba para sí, su marido y herederos el derecho de enterramiento en la capilla mayor de la futura iglesia. Por su parte los religiosos se obligaban a colocar perpetuamente sobre las sepulturas un paño negro, decir cada día una misa de réquiem, hacer dos sufragios, uno en el día de la Santísima Trinidad y otro en el de San Acacio con sermón, responso cantado y aniversario por sus almas. Hay que señalar que los agustinos hubieron de sortear un ingrato trance, cuando el albacea de doña Leonor, don Miguel Jerónimo de León no cumplió con la manda testamentaria, entablándose el pleito correspondiente, que se resolvió a favor de los religiosos, a quienes se les entregó finalmente la finca, los dos mil ducados y la cosecha de trigo y cebada del año 1593 que igualmente les había donado la fundadora. Por otra parte, era condición testamentaria no poder entrar en posesión de estos bienes hasta que no estuviese colocado Santísimo en la capilla mayor en la pieza que había de servir de iglesia, pasando varios años hasta que el 12 de marzo de 1601 no se colocó el Santísimo Sacramento, siendo nombrado primer rector fray Agustín Vallejo; previamente, el 4 de marzo de ese año se había llevado en solemne procesión el Santísimo desde el convento de San Agustín, según recoge Montero de Espinosa, autor que corrige a Ortiz de Zúñiga quien da la fecha de 4 de abril pero de 1594.
     El Colegio permaneció en este lugar 32 años, pues a fines de diciembre de 1633 se trasladaron en régimen de alquiler a unas casas propiedad de don Luis de Tapia y Paredes, situadas frente al convento de jerónimas de Santa Paula, en donde estuvieron hasta el 1 de julio de 1634 en que pasaron a la céntrica calle Sierpes, a las casas compradas por 8.740 ducados a Francisco Pérez de Meñaca, según escritura pública firmada el día siguiente en que tuvo lugar la primera misa, inaugurándose de nuevo el Colegio con el mismo título, permaneciendo aquí sin ninguna otra mudanza hasta 1810, año en que fueron exclaustrados por los franceses. Según recoge Montero de Espinosa, la lejanía del lugar, los incómodos medios de comunicación para trasladarse los estudiantes a la universidad, lo insano y solitario del lugar y el estado ruinoso de la casa, fueron motivos poderosos para abandonar el sitio de la Cruz del Campo, que fue vendido al genovés Lelio Levanto, y donde posteriormente, en 1641 la Orden del Carmen Calzado fundó una casa bajo el título de Santa Teresa de Jesús.
     Sucedió en el patronato del Colegio Melchor de León Garavito, familiar inmediato del marido de la fundadora doña Leonor, quien lo siguió beneficiando con sus bienes, con cuyos recursos se llevarían a cabo la construcción de la iglesia y reorganización de la casa para centro de estudios. Parece que la dotación decayó con el tiempo, lo que frenó el desarrollo de la fundación, no concluyéndose las obras de la iglesia y colegio según Montero de Espinosa hasta 1660. El templo se convirtió, al igual que ocurriera con el de la Casa Grande, en lugar de enterramiento de varios bienhechores entre los que se encontraban Martín de Andújar y sus herederos, Cristóbal de Velasco y Mendoza, Juan de Pinares, don Pedro Agustín de Valenzuela, etc. Asimismo, se hallaba establecida en la iglesia la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Rosario, corporación que se originó en 1670 en el claustro del convento de San Francisco por unos niños que se dedicaban al rezo del rosario y que con el tiempo formaron regla, aprobada el 10 de septiembre de 1672 por el arzobispo don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán. En 1680 se traslada a San Acacio en donde los agustinos le concedieron capilla propia y lugar de enterramiento para los hermanos. Por otro lado consta la estancia en la iglesia del Colegio la Cofradía del Santo Cristo del Gran Poder y la Santísima Virgen del Traspaso, en donde permaneció provisionalmente desde 1697 a 1703 en que se trasladó a la parroquia de San Lorenzo. Otra nota religiosa del Colegio fue el rezo del santo rosario, que desde 1728 salía en las primeras horas de la noche en procesión formada sólo por hombres al que se agregarían las mujeres en 1758, en honor de Nuestra Señora del Buen Aire, imagen existente en la iglesia desde al menos 1728.
     Mención especial merece la acreditada biblioteca pública fundada a raíz de la donación realizada por el cardenal fray Gaspar de Molina y Oviedo, agustino ilustre, que al morir en 1744 dejó su abundante colección bibliográfica a San Acacio para que aquí se estableciera una biblioteca pública de la que carecía la ciudad. El Cardenal había sido religioso del Colegio, en donde estudió, detentando diversos y destacados cargos como regente de estudios, general de la Orden, obispo y cardenal, entre otros. El hecho de morir sin testar provocó un litigio entre sus parientes, la Provincia Agustina y el Cabildo municipal, por creerse todos con derecho sobre la herencia de los libros. Una vez resueltas las dificultades del legado, según la sentencia definitiva de 13 de septiembre de 1746, los días 17, 18 y 19 de octubre de ese año se firmaban las escrituras de entrega de la librería, estableciéndose el plazo de un año para traer desde Málaga los volúmenes y estantes que los contenían, labrar una sala competente donde instalarlos y establecer el equipamiento necesario para el funcionamiento de la biblioteca, quedando a cargo de ella el provincial fray Miguel de Medina. Los religiosos estaban obligados a decir una misa cantada de aniversario por el alma del Cardenal Molina, cuyo retrato de cuerpo entero presidiría la sala principal de la biblioteca. Por su parte, el Cabildo de la ciudad velaría por el cumplimiento de todo lo anteriormente expresado, aportando 1.000 ducados para ayudar al transporte de los libros, a pagar las costas del pleito y las obras del recinto. Pese a ello, el plazo establecido no se cumplió ante la carencia de medios para poner en marcha la biblioteca, que no abrió sus puertas oficialmente hasta el 6 de octubre de 1749, siendo su primer bibliotecario fray Juan del Pino y rector del Colegio fray Tomás de Yepes, quien antes de un año y ante la proverbial pobreza del Colegio, solicitaba al Cabildo municipal una asignación para compra de material como tinta, plumas, además de una retribución para sus bibliotecarios, dotarla de un mozo que cuidara de su aseo, proveerla de mesas, asien­tos, estantes y comprar algunos libros para completar y aumentar la colección, ante lo cual el Ayuntamiento por acuerdo de 5 de diciembre de 1749 resolvió entregar anualmente 150 ducados, lo que por desavenencias no siempre se llevó a efecto. La primera compra de libros data de 1757 y el primer arreglo de 1775, año en que el Cabildo nombró al Conde del Águila diputado para la biblioteca. Al año siguien­te se arreglaron más de doscientos libros que estaban apolillados, se hizo obra en la escalera de acceso, y se colocaron vidrieras y estantes, todo ello por valor de 15.000 reales. Hay que señalar que el aumento de libros se garantizaba en parte con la obligación impuesta a los editores de entregar a la biblioteca un ejemplar de cada obra impresa que hicieran. Por otra parte, las sucesivas donaciones supusieron un caudal que la enriqueció, como la donación en 1784 de los fondos pertenecientes a don Luis Germán y Ribón, la donación de doña María Antonia Indart, viuda de del Asistente Domezain, el legado de don Agustín Guerrero, y ya en el siglo XIX la biblioteca del agustino fray Antonio Fabré, desde el convento de Cádiz, entre otras, llegando a contener 7.700 volúmenes repartidos en dos salas. El Cabildo municipal intentó hacerse con los fondos bibliográficos y manuscritos de las distintas casas de la extinguida Compañía de Jesús, dirigiendo una petición en este sentido a la Academia de Buenas Letras de Sevilla en enero de 1881, lo que no tuvo efecto. Por otra parte, los trabajos de catalogación de las obras dieron como resulta­do la publicación de un Índice en 1749 de autor desconocido, del que se conservan varios ejemplares, en el que se sigue un orden alfabético de autores y dentro de éste por materias, omitiendo lugar y fecha de edición, sin embargo inserta el horario de apertura al público de la biblioteca: todos los días del año a excepción de las fiestas de precepto y Semana Santa, de siete a once de la mañana y por la tarde desde las cuatro al toque del Ave María, desde el 1 de mayo a fin de septiembre, y de 1 de octubre a final de abril de ocho a doce de la mañana y por la tarde desde las tres hasta el toque del Ave María. De 1783 consta un nuevo Índice realizado por el bibliotecario fray Pedro Garrido que solventaba las lagunas del anterior e incluía las nuevas obras que habían ingresado.
     Durante los años de ocupación francesa en que el Colegio estuvo cerrado, el entonces bibliotecario fray José Govea y el Ayuntamiento evitaron su saqueo, para lo que se nombró otro bibliotecario que recayó en el agustino fray Luis Rodríguez, que ayudase y velase por su custodia. El Colegio ya no volvió a abrir sus puertas y la biblioteca conforme pasaba el tiempo quedaba más desasistida, sin ayuda de la Orden ni del Ayuntamiento. El padre Govea se dirige al Consistorio en carta fechada el 3 de junio de 1820 solicitando ayuda para mantenerla abierta, librándose entonces 800 reales. Finalmente, la desamortización de 1835 y la exclaustración de los religiosos pusieron fin a la administración de la biblioteca de San Acacio por los agustinos. En 1878 por acuerdo del Ayuntamiento sus fondos, o lo que quedaba de ellos, pasaron a la Biblioteca de la Universidad. 
     Volviendo a lo que fue el Colegio, su actividad docente también se vio quebrada con la llegada de los franceses, quienes expulsaron a los religiosos y establecieron en el inmueble las oficinas del Crédito Público hasta 1812 en que se fueron de Sevilla. Se ponía fin a tres siglos y medio de existencia de San Acacio, pues a pesar de los decretos favorables a los religiosos promulgados por Femando VII, la comunidad agustina ya no volvió a establecerse en el Colegio, salvo alguno de sus miembros para regentar la Biblioteca que, como hemos visto, permaneció abierta algunos años más. El 10 de julio de 1813 la Regencia concede el edificio a la Escuela de las Tres Nobles Artes para sede de sus enseñanzas artísticas, tomando posesión el 9 de agosto de ese mismo año; una parte del inmueble se utilizó además como archivo de Hacienda. No obstante, los agustinos reclamaron su antiguo colegio en 1819 y 1825, pero se llegaron a acuerdos que posibilitaron la permanencia de la Escuela a la que, previa petición, se le entrega en 1821 la iglesia para servir de sala de juntas y lugar de exposición de sus obras artísticas. Hasta 1850 permaneció esta institución en San Acacio en donde posteriormente se instalarían las oficinas de Correos y Telégrafos, que se mantuvieron hasta los años veinte del siglo XX. Desde mediados de ese siglo hasta la actualidad, lo que fuera Colegio de San Acacio es sede del Círculo de Labradores, permaneciendo solamente el claus­tro principal, que está incluido dentro de Conjunto Histórico de Sevilla por Decreto de 27 de agosto de 1964.
ARQUITECTURA
     Del establecimiento primitivo de San Acacio "junto a la Cruz del Campo" no existe una referencia exacta que pueda determinar su ubicación precisa, que hubo de ser en descampado, pues las casas donadas tenían un carácter de finca semi-agrícola. Cuando en 1633 se trasladan al interior de la ciudad, se sitúa durante apenas un año en régimen de alquiler en unas casas frente al monasterio de Santa Paula. El 1 de julio de 1634 pasa a otras, compradas a Francisco Pérez de Meñaca por 8.740 ducados, situadas en la calle León o de los Leones, en la collación de la Magdalena, que iba de Sierpes a la confluencia de la calle de la Muela (actual O'Donnell) y Triperos (actual Tetuán), y que tras establecerse el Colegio comenzó a denominarse de San Acacio, como aparece en el plano de Sevilla de 1771 (hoy rotulada Pedro Caravaca). Así pues, el Colegio se insertaba en una gran manzana en pleno corazón de la ciudad, ocupando el ángulo entre Sierpes y León, por donde tenía su entrada.
     Muy poco se sabe de la configuración arquitectónica que tuvo San Acacio, cuya utilización para diversos fines, como hemos referido, dio lugar a sucesivas y variadas reformas, ventas parciales y demoliciones como la de la iglesia, que lo fueron desfigurando, conservándose en la actualidad solamente el patio principal. Por las escuetas notas que escribe González de León sabemos que al exterior sus muros eran de gran solidez, con grandes y adornados ventanales que iluminaban el interior. De la primitiva fachada a la calle San Acacio sólo se rastrean algunos moldurajes reutilizados y otros que los imitan, en la composición de la nueva crujía tras la adaptación del edificio a nuevos usos. Tanto el colegio como la iglesia eran de modestas dimensiones. En concreto sobre la iglesia señala este autor que "era pequeña y ni en su construcción ni en sus adornos tenía nada que observar con respecto a las bellas artes". El templo estuvo situado en el ángulo con la calle Sierpes por donde corría el muro del lado del evangelio, con entrada por la calle San Acacio, indicando este autor que no tenía portada. Empotrado en el muro exterior que miraba a Sierpes, a los pies de la torre se hallaba una losa sepulcral romana procedente de Itálica en posición acostada, en la que se leía la siguiente inscripción: "Q. FABIUS Q. QURIN. / FABIANUS ILURCO­ NEN / SIS IDEM PATRICIEN / SIS ANN. XXXXIIII JUST. / IN SUIS. H.S.E.S.T.T.L." (Quinto Fabio Fabiano, de la tribu Quirina, natural de Ilurco y ciudadano de Córdoba, hijo de Quinto, de edad de 44 años, junto con los suyos aquí está ente­rrado: séate la tierra ligera). En 1845 el Ayuntamiento acordó extraerla para depositarla en el Museo provincial, procediéndose a ello el miércoles 26 de marzo. La Academia de las Tres Nobles Artes que en aquel momento ocupaba el ya ex-colegio, manifestó su oposición, siendo finalmente restituida la lápida a su sitio el sábado 29 de marzo, colocándose en posición derecha para que se pudiera leer.
     Una de las escasas referencias documentales que hasta el momento existen sobre San Acacio es la firmada en julio de 1768 por el maestro carpintero de lo blanco Jacinto de Morales quien alquila por veinte años, a razón de noventa reales anuales, un solar propiedad de San Acacio situado en la calle Sierpes a espaldas del altar mayor del templo. De los datos de la escritura se desprende que hasta esa fecha los agustinos no habían podido edificar la sacristía por falta de medios económicos, "ninguna había para el uso y servicio de la referida iglesia lo qual se había tratado de hacer con el dicho Jacinto de Morales". En efecto, éste, en compensación por la parte del solar que se le otorgaba donde establecer su obrador "para su exercicio con vivienda alta y baxa", se obligaba a labrar a su costa la sacristía, en la restante parte del solar que tenía "un colgadizo y sitio cubierto con su suelo hollado de cinco a seis varas quadradas"; si verdaderamente se llegó a construir hubo de ser un rectángu­lo de ocho varas de largo por cinco de ancho y cinco de alto, con dos claraboyas con vidrio y dos puertas con sus correspondientes postigos de madera de caoba y clavos de metal, con una salida a la iglesia y otra al claustro.
     El claustro, en donde se distribuían los dormitorios y demás estancias precisas para la comunidad, es el único elemento conservado y constituye un bello y singular ejemplo de patio barroco conventual sevillano. Es obra de Leonardo de Figueroa, cuya fecha de ejecución se ha situado en torno a 1690 y cuya organización arquitectónica, elementos estructurales y decorativos recuerdan al claustro de San Pablo que por estas fechas labraba este arquitecto. Es de planta cuadrada y dos pisos de altura, el bajo presenta cuatro arcos de medio punto en cada frente sobre pilares rectangulares con pilastras de ladrillos rojizos avitolados, con decoración de mascarones en la zona superior que enmarca las enjutas del arco en las que se insertan adornos vegetales. El segundo cuerpo presenta los característicos balcones de Figueroa, ricamente decorados con guarniciones vegetales y moldurajes mixtilíneos, jarrones, ménsulas, cabezas de niños, etc.; en correspondencia con los pilares de la planta baja, los balcones se hallan flanqueados por semicolumnas con traspilastras de ladrillo avitolado, semicolumnas que son salomónicas en sus dos tercios superiores decoradas con labor de trépano y hojas de vides y laurel. Esta riqueza ornamental elaborada con ladrillo, barro cocido y yeso favorece el rico juego de texturas y colores que contrasta con el blanco de los muros, cromatismo que a su vez potencia los elementos estructurales que articulan este patio, magnífico ejemplo del barroco polícromo sevillano practica­do por Leonardo de Figueroa en sus numerosas obras, en las que el arquitecto se manifiesta como un gran decorador.
     La documentación manejada apenas trata de la configuración arquitectónica de la Biblioteca, sobre la que sólo podemos hilvanar algunos datos bastante imprecisos. La generosa donación del cardenal Molina hubo de instalarse en una sala alta del Colegio a la que el público accedía por la calle Triperos (actual Velázquez). En 1775 el Conde del Águila fue nombrado por el Ayuntamiento comisionado para la Biblioteca y gracias a sus diligencias se realizaron en ella obras de mejoras según se recogen en el reconocimiento y aprecio que el 9 de septiembre de 1776 realizaron el maestro mayor de los Alcázares Ignacio Moreno y el maestro de obras de carpintería Manuel Nicolás Vázquez. En el informe se dice haberse abierto la puerta a la calle Triperos, entrada directa a la biblioteca para el público que evitaba pasar por el interior del Colegio, "de tres varas de alto y dos tercias de ancho" y arriba de la pared "que según parece, se labró de nuevo, de tres varas de alto y cinco de ancho", se colocó el escudo de armas de la Ciudad, labrado en piedra y adornado con algunas guarni­ciones. A la derecha de esta entrada había un "lugar común de tres varas de largo y una y media de ancho con cubierta de colgadizo de madera de segura, tablazón de flandes encintado y tejado de canal y redoblón todo nuevo", a lo que seguía la caja de escalera, hecha igualmente nueva, "de nueve varas de largo y dos tercia de ancho, con media mesa en su principio y otra entera al fin, soldada con losas de Génova, y en ellas dos ventanas con sus rejas, bastidores y trece cristales, cuya escalera se compone de quince peraltes y catorce huellas". Algunas de las ventanas del refectorio quedaron tapadas con la construcción de la nueva escalera por lo que se abrieron nuevos vanos en el testero de éste que daba a la calle. Se hizo nueva la puerta de acceso a la biblioteca, situada a mano derecha del descansillo superior de la escalera, "de madera de flandes de tableros y forrada con tablas corridas y clavos de metal". En la sala principal de la biblioteca se hicieron tres claraboyas protegidas con rejillas y cristales y a la ventana que abría a la calle se le pusieron puertas de cristales; asimismo se arreglaron los estantes. Un tránsito que comunicaba con la escalera principal del colegio se aprovechó para colocar estantes y poner postigos con cristales a la ventana. A mano izquierda de esta pieza estaba el gabinete en el que se arreglaron tanto la ventana que daba a la calle como otras que quedaban en su testero derecho. El costo de la obra ascendió a un total de 14.765 reales de vellón, cantidad en la que se incluía el nuevo mobiliario compuesto por dos mesas de caoba con herrajes, nueve escaños, diecisiete sillones y dos cuadros con sus molduras, una para un lienzo de la Virgen de Guadalupe y otra para las Armas de la ciudad. (el desglose de esta cantidad era 7.320 reales por los trabajos de albañilería, 5.431 por los de carpintería y 2.014 por los muebles). Los maestros peritaron las obras como satisfactorias y propusieron ampliar la angosta escalera anexionando parte de la despensa del Colegio contiguo al lugar común, como queda recogido en el dibujo que realizaron, formando un tramo mayor con meseta en escuadra; asimismo se amplió la puerta principal de acceso de la calle Triperos, con portada con cornisa, frontón y remate, anulándose la puerta actual que se convertiría en ventana dejando el escudo donde estaba.
     En 1788 el Cabildo de la ciudad acordó comprar el sitio contiguo para realizar esta propuesta de ampliación, para lo que parece se había hecho suscripción pública, encargando al arquitecto Félix Caraza la realización del proyecto. Pero las reformas no se llevaron a cabo pues en 1790 aún se menciona la proyectada ampliación, y que parece nunca se llevó a efecto, lo que estuvo determinado por las desavenencias entre la Orden y el Ayuntamiento, que en el cabildo celebrado el 19 de octubre de 1791 acordó suspender la asignación de los ciento cincuenta ducados anuales que otorgaba para ayuda de la biblioteca y sus bibliotecarios. Este estado de cosas continuó hasta 1803 en que se reanudaron las relaciones; la biblioteca, que había permanecido cerrada, se reabrió al público, se nombró a fray Antonio Ruiz bibliotecario y se colocó el 13 de noviembre de ese año una lápida conmemorativa en la fachada con la siguiente inscripción: D.O.M. / HISPALENSI AMPLISSIMO XXIV VIRO / RUM ORDINI CL QUE FRANCISCO / MANSO MARCHIONI DE RIBAS GENE / RALI PROCURAT BIBLIOTECA AB / EMM. CARDINALI DE MOLINA ERECTA / MODO CONTENTIONIBUS INTERCLUSA / SALUBERRIMO S.C. RENOVATA LAR / GIORI­ BUS AUCTA REDITIBUS PATE FAC / TA QUE UNIU AUGUSTINIANORUM / PROVINCIA VOTI COMPOTE SIBI QUE / GRATULANTES IN CONCORDIAE PUBL. / FELICITATIS ET GRATOS ANIMORUM / TESTIMONIUN F. ANTONIUS RUIZ / BIBLIOTHECAE PRAEFECTUS HOC MO / NUMENTUM POSUIT IDIBUS NOVEMB. / ANNO M.D.CCCIII. (A Dios Óptimo Máximo. Al ilustrísimo Ayuntamiento de veinticuatros de Sevilla, y al esclarecido Francisco Manso, marqués de Rivas, su procurador mayor. La biblioteca erigida por el eminentísimo cardenal de Molina, cerrada en este tiempo por disgustos, ahora fue abierta con rentas, renovada y aumentada con dones por muy saludable acuerdo del Senado, con gozo y satisfacción de la provincia de los Agustinos, en testimonio de cuya concordia, de deseo por la pública felicidad y de su agradecimiento. Puso esta memoria el bibliotecario fray Antonio Ruiz, en 13 de noviembre de 1803).
RETABLOS Y ESCULTURAS
     No se conocen hasta el momento los retablos y esculturas que hubo de poseer, en mayor y menor medida San Acacio. Solamente hemos hallado la referencia a una Nuestra Señora del Buen Aire existente en la iglesia desde al menos 1728, imagen de vestir en cuyo honor se consagró el rezo del Rosario en pública procesión formada por hombres, en las primeras horas de la noche, a lo que se agregarían devotas mujeres en 1758, que lo rezaban todas las tarde de los días festivos. La imagen pasó en fecha desconocida a la parroquia de San Bernardo, colocándose en un retablo moderno en la nave del evangelio hasta su destrucción en el incendio de 1936.
PINTURAS
     Sobre el patrimonio pictórico del Colegio de San Acacio nada queda recogido en las obras de Antonio Ponz, Ceán Bermúdez o González de León, ni en las referencias documentales que hemos manejado. Sólo Montero de Espinosa refiere la existencia en la Biblioteca de los retratos del Cardenal Molina, de Nicolás Antonio, de Diego Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo y Juan Lucas Cortés. Salvo el último que no ha sido identificado, todos se conservan en el Ayuntamiento de Sevilla, a donde pasarían tras el cierre de la Biblioteca en 1836. A esta serie de ilustres sevillanos vinculados con las artes y las letras se añade el retrato de Diego Ortiz de Zúñiga que igualmente se halla en el consistorio. El retrato del Cardenal don Gaspar de Molina presidía la sala principal de la Biblioteca, como quedó estipulado en la donación, y está representado a tamaño natural, de pie, mirando de frente al espectador y respaldado por anaqueles repletos de libros, en clara alusión a la rica librería que llegó a reunir y que donó a la ciudad. Sostiene un papel con la mano derecha que a la vez apoya sobre una vistosa mesa que deja ver una de sus patas ricamente tallada. En el ángulo inferior derecho se sitúa una doble cartela barroca con el escudo del cardenal en la zona superior y en la inferior una larga inscripción que refiere su trayectoria vital con sus méritos y destacados cargos. La obra, cuya ejecución hay que situar a mediados del XVIII, es de correcta factura pero su dibujo seco y poco expresivo hacer pensar que sea una copia de taller del original pintado por Alonso Miguel Tovar, actualmente en paradero desconocido.
     Sobre el retrato de Juan Martínez Montañés hay que señalar que pese a no estar firmado, su atribución a Francis­co Varela resulta segura desde que ya fuera referida por el Conde del Águila, quien lo donó a la biblioteca en los años que estuvo comisionado por el Ayuntamiento para gestionarla. El escultor está representado sobre un fondo oscuro, de medio cuerpo, vuelto tres cuartos hacia la izquierda y vestido con traje negro con golilla rizada y blanca en el cuello y bocamangas. Sostiene una gubia y una pequeña estatuilla que como según manifestó el Conde del Águila, corresponde al boceto del Santo Domingo de Guzmán penitente, realizado por el artista para el convento dominico de Porta Coeli de Sevilla, obra de la que se preciaba su autor. Su rostro, con barba corta y bigote mira de frente al espectador y está realizado con el habitual dibujo firme y sobrio de expresión de Varela, recogiendo la que hubo de ser la fisonomía real del escultor. Hay que señalar que en el reverso del cuadro aparece la inscripción "Original de Varela, año de 1646", año en el que el pintor había fallecido -murió en 1645- y en el que Montañés tendría setenta y ocho. Se trata sin duda un error de transcripción de la leyenda original cuando la obra fue reentelada, en que se puso 1646 en vez de 1616, año en que se hizo el retrato y en el que efectivamente el escultor contaba con 47 años de edad, tal y como aparece recogido en la inscripción de la parte superior del lienzo. El retrato de Bartolomé Estaban Murillo es una réplica del Autorretrato original de Murillo que se conserva en la Natio­nal Gallery de Londres, en la que se ha suprimido el marco fingido en el que se inserta la figura que sostiene la paleta de pintor. Según la inscripción que se lee en el reverso del cuadro fue copiado por Domingo Martínez, si bien la endeble factura hace dudar de su adscripción a este artista, para cuya ejecución el autor anónimo hubo de valerse de la estampa grabada por R. Collins en 1682. Posee el comple­mento escrito en la parte superior que identifica al retratado; su fecha de ejecución es de mediados del XVIII.
     El bibliófilo y escritor sevillano Nicolás Antonio se halla representado de medio cuerpo, sentado en un amplio sillón y mirando al espectador. Está vestido con sotana y manto con la Cruz de Santiago bordada en el lado izquierdo, por su pertenencia a esa Orden que le fue otorgada por Felipe IV en 1645, quien además le nombró su agente en Roma. El perso­naje señala con la mano derecha una filacteria en la que se lee: "NOSCENTA EST MENSURA SUI". A la izquierda, en una mesa con tapete se disponen una campanilla y elementos alusivos a su actividad literaria como tintero, pluma y un grupo de cinco libros apilados, en cuyos lomos se leen sus títulos. La composición se completa con un cortinaje rojo recogido a la derecha, y en el ángulo superior izquierdo una puerta por la que se ve un patio en último término. El lienzo presenta unas calidades muy sumarias, de dibujo seco e inex­presivo que lleva a pensar que sea copia anónima del último tercio del XVIII de un original más antiguo. En el ángulo superior izquierdo lleva una inscripción con su nombre.
     El retrato de Diego de Silva y Velázquez es un busto de tamaño natural, copia del autorretrato del pintor que se conserva en el Museo de Valencia. Se halla representado a la edad de cuarenta años aproximadamente, con melena corta y bigote, y está vestido con traje negro y la típica golilla blanca en el cuello. Dirige su mirada directamente al espectador y en la parte superior del lienzo se lee la siguiente inscripción: "DN. DIEGO VELAZQUEZ DE SILVA CAVº / DE LA ORDEN DE SN TIAGO PINTOR DE FELIPE IV NATURAL DE SEVILLA". Es igualmente obra anónima del último tercio del XVIII.
     Por último se conserva en el Ayuntamiento, procedente de la Biblioteca de San Acacio, el retrato del analista y veinti­cuatro de Sevilla D. Diego Ortiz de Zúñiga, cuya representa­ción sigue prácticamente el esquema de los anteriores, al representarlo en busto a tamaño natural, vestido con el hábito de Santiago, con melena corta y bigote y mirando al espectador. Está inserto dentro de una gran cartela oval barroca que imita el mármol blanco, que es sostenida por dos niños, y con el escudo de su linaje en la parte superior, consistente en un lucero rodeado de rosas, partido con banda orlada de las cadenas de Navarra, sobre la cruz de la Orden de Santiago. En el pedestal aparece la siguiente inscripción: "D. DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA CAV.ro DE ORDE.n DE SANT.go 24 DE / SEV.a Y AUTOR DE LOS ANALES ECLESIAST.os Y SECUL.res DESTA CIUD.ad Y DEL / DISC.os GENEAL.cos DE LOS ORTIZES Y MANUEL.es DE SU UN.ge FALLE.do Aº. DE 1680 Alas. 44 DE EDD." En el reverso del lienzo se lee: "DON DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA. LO PUSO EN ES/TA LIBRERÍA DEL SR. SN. ACACIO. A SU COS/TA DON JOSE ORTIZ DE ZÚÑIGA. MAR / QUES DE MONTE FUERTE, 24 DE / SEVILLA. SU NIETO AÑO DE 1751", año en que se puede situar su ejecución por un maestro anónimo que se pudo basar en un probable original de Murillo (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Acacio y los diez mil mártires del monte Ararat
LEYENDA
     Centurión cristiano en Capadocia, Acacio habría sido el jefe de diez mil legionarios mártires quienes, al negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos, fueron empalados sobre el monte Ararat.
     Los emperadores Adriano y Antonino habían salido en campaña contra los rebeldes de la región del Éufrates, cuyo número alcanzaba los cien mil hom­bres, con un ejército de nueve mil, en el cual servía Acacio. La lucha era de­sigual, pero un ángel se apareció a Acacio y a sus soldados para anunciarles que si invocaban al verdadero Dios, Jesucristo, conseguirían la victoria. El pequeño ejército, dispuesto a huir, se convirtió y pudo derrotar a sus enemigos.
     El ángel los condujo al monte Ararat. Los dos emperadores, asistidos por siete reyes paganos, intentaron forzar a los nueve mil soldados cristianos a renegar de su fe. Los hicieron flagelar, coronar de espinas, lapidar; pero las piedras se volvían contra los verdugos cuyas manos se secaban. Sin dejarse espantar por las torturas, otros mil hombres de los ejércitos paganos se unieron a los mártires cuyo número alcanzó los diez mil.
     Al fin, todos fueron crucificados o empalados. Hacia la sexta hora los már­tires pidieron a Dios que todos aquellos que celebraran su memoria pudieran gozar de salud en cuerpo y alma; una voz del cielo les aseguró que su plegaria sería satisfecha. Los ángeles enterraron los cadáveres que un seísmo había hecho caer de la selva de cruces.
     La fábula de este martirio colectivo se forjó en el siglo XII, de acuerdo con el modelo de la leyenda de los mártires de la Legión de Tebas, para inspirar valor y confianza a los cruzados. Es una duplicación de la leyenda de san Mauricio y sus compañeros, e incluso forma pareja con santa Úrsula y la ma­tanza de las once mil vírgenes por los hunos.
     El nombre de Acacio explica el género de suplicio que padecieron los már­tires del monte Ararat.
     En la Edad Media esa palabra designaba al árbol espinoso que en la actualidad llamamos acacia, según una forma tomada del latín en el siglo XVII. Acacio evocaba la idea de punta, espina (griego akis). De ahí que se imaginara que el santo y sus compañeros fueran flagelados con espinas, que habían sido condenados a caminar descalzos sobre puntas de hierro y empalados sobre ramas de acacia aguzadas.
     En consecuencia, la leyenda habría sido engendrada por la etimología popular, al igual que las de san Cristóbal, san Hipólito y tantas otras.
CULTO
     Las reliquias de san Acacio y sus comártires se veneraban en Roma, Bolonia, Colonia y Praga. Pero su popularidad, que se remonta a la época de las cruzadas, alcanzó su apogeo en el siglo XV y comienzos del XVI, y está probada sobre todo en Suiza, después de las batallas de Granson y Moral, y en Alemania, donde san Acacio fue incluido entre los Catorce Intercesores (vierzehn Nothelfer), a causa de la promesa que le hiciera un án­gel en la hora de su muerte. Se lo invocaba sobre todo para socorrer a los agonizantes.
ICONOGRAFÍA
     Así se explica la riqueza de su iconografía en el arte germánico de finales de la Edad Media, sobre todo en Franconia y en Baviera, cunas del culto de los Catorce Intercesores.
     Está representado con una armadura de legionario romano o de caballero, ya con la espada y el crucifijo para señalar su condición de soldado cristiano (miles christianus), ya con una rama espinosa de acacia aguzada que se puede interpretar como armas parlantes y al mismo tiempo como el instrumento de su martirio, e incluso con una corona de espinas.
     De manera excepcional está transformado en obispo, aunque sólo se hable de su episcopado en la leyenda.
     Al margen de las representaciones aisladas de San Acacio, con frecuencia los pintores se han ocupado del martirio colectivo de los diez mil legionarios arro­jados desde lo alto de un peñón a un precipicio donde se clavan en estacas, o crucificados sobre el monte Ararat (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 13 de abril de 2026

La pintura "Apoteosis de San Hermenegildo", de Herrera el Viejo, en la sala V del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Apoteosis de San Hermenegildo", de Herrera "El Viejo", en la sala V del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy, 13 de abril, Memoria, en Tarragona, ciudad de Hispania, de San Hermenegildo, mártir, que, siendo hijo de Leovigildo, rey arriano de los visigodos, se convirtió a la fe católica por medio de San Leandro, obispo de Sevilla. Recluido en la cárcel por disposición del rey, al haberse negado a recibir la comunión de manos de un obispo arriano, el día de la fiesta de Pascua fue degollado por mandato de su propio (586) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Apoteosis de San Hermenegildo", de Herrera "El Viejo", en la sala V del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura titulada "Apoteosis de San Hermenegildo", de Francisco de Herrera el Viejo (c. 1590 - c. 1654), obra barroca realizada hacia 1620-24 en óleo sobre lienzo, con unas medidas de 5,23 x 3,26 m, procedente del Retablo Mayor de la Iglesia del Colegio de San Hermenegildo de Sevilla (desaparecido), tras la desamortización en 1840. 
     Se divide la composición en dos planos. En la parte superior, en el centro, aparece san Hermenegildo vestido de guerrero y con una capa roja que se ondula a su espalda. El santo se apoya sobre su pierna izquierda, posando el pie derecho sobre una nube. Se sitúa de frente al espectador y sostiene en su mano derecha un crucifijo, mientras que a su alrededor, un grupo de querubines y serafines revolotean y dos de ellos lo coronan con rosas.
     A la izquierda y derecha del santo, ángeles mancebos muestran los atributos de su martirio: el hacha y la cadena.
     En el plano inferior se representa a san Isidoro y san Leandro. Uno de ellos con su brazo levantado muestra al mártir a un niño que identificamos con el rey Recaredo, que de rodillas alza su mirada hacia éste. En el ángulo inferior derecho aparece el rey Leovigildo, que muestra en su rostro las huellas de su derrota.
     El cuadro de una grandiosidad puramente barroca destaca por la movilidad de sus ropajes y figuras tratados cada uno en diferentes posturas, así como por la riqueza del colorido (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   La fecha de nacimiento de Francisco Herrera el Viejo no está documentada aunque tuvo lugar probablemente en Sevilla en torno a 1590. Fue hijo de un pintor especializado en la ilustración de libros y se tienen testimonios de que realizó su formación con Pacheco en la primera década del siglo XVII. Comenzó a trabajar cuando cumplió los veinte años, en torno a 1610, y en 1614 ya había contratado una serie importante, como es el ciclo de la Vera Cruz para el convento de San Francisco de Sevilla. A partir de estas fechas fue uno de los principales pintores de la ciudad, situación que se consolidó desde 1625 cuando sólo tuvo como competidor en su trabajo a Francisco de Zurbarán. A partir de 1650 se trasladó a Madrid donde probablemente aspiró a ocupar una plaza de pintor real; sin embargo cuando falleció en 1654 este nombramiento no se había producido.
   La obra de juventud de Francisco Herrera muestra con claridad el espíritu del manierismo, tendencia de la que apartándose paulatinamente a medida que transcurrió la segunda década del siglo XVII. A partir de 1620 su arte fue orientando progresivamente hacia el naturalismo, siendo uno de los pintores que más se esforzó en traducir una realidad de vigorosa e intensa expresión.
     Algunas de las obras de Herrera el Viejo que se conservan en el Museo son sin duda de lo mejor de su producción. Este es el caso de El triunfo de San Hermenegildo, obra que el artista realizó hacia 1620, utilizando una composición severa y esquemática donde los personajes contraponen sus volúmenes con orden y equilibrio. La escena está dividida en dos registros de cielo y tierra respectivamente, apareciendo en el superior San Hermenegildo en actitud apoteósica rodeado de una orla de ángeles que le coronan con rosas y muestran los símbolos de su cautiverio y martirio. En el registro de tierra figuran a la derecha San Isidoro y San Leandro. El primero somete a Leovigildo y el segundo ampara al joven Recaredo, quien sucedió a San Hermenegildo después de su martirio y proclamó el catolicismo en España en el tercer Concilio de Toledo.
     Esta pintura antes mencionada supone la vinculación de Herrera el Viejo con los jesuitas ya que la pintura procede del colegio de San Hermenegildo de la compañía de Jesús en Sevilla (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Hermenegildo, mártir;
     Hijo de un rey visigodo de España que se había sumado a la herejía arriana, se convirtió al catolicismo y rechazó la comunión de manos de un obispo arriano.
     A causa de tal rechazo, en 586, su padre lo hizo encarcelar en Sevilla y decapitar luego, de un hachazo.
     Canonizado por el papa Sixto Quinto en 1585, es uno de los patrones de Sevilla. Parte de sus reliquias fueron trasladadas al palacio de El Escorial por Felipe II.
ICONOGRAFÍA
     Tiene como atributos una corona real y un cetro, insignias de su origen; cadenas y un hacha, instrumentos de su martirio.
     A sus pies, el obispo arriano que intentó sin éxito hacerle abjurar de su fe, lleva la hostia (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
San Hermenegildo en la Historia de la Iglesia de Sevilla
     San Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo, vino a Sevilla como gobernador de la Bética y aquí, convencido por su esposa y san Leandro, abandonó el arrianismo y pasó al catolicismo. Sublevado contra su padre fue encarcelado. Murió degollado en Tarragona al negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano en la pascua del año 585.
     Hasta el reinado de Teudis (531-548) no se sentirá en la Bética de una manera más real la presencia del dominio visigodo, hasta ese momento, con su capital situada en Tolosa, bastante alejada para ejercer una influencia eficiente. La población bética, y en concreto Sevilla, formada por hispano-romanos, de habla latina y de religión católica, vivían en una tierra generosa y fértil que les proporcionaba un alto nivel de vida. Precisamente Teudis casó con una noble hispano-romana, gracias a la cual, o mejor dicho, a la fortuna y tierras de su suegro, pudo reclutar en un cierto momento un ejército de dos mil lanceros.
     Esta preeminencia social le llevó al trono a la muerte de su antecesor Amalarico. Es Teudis el primer rey godo que vive ya permanentemente en España, en Barcelona y Sevilla.
     Pero una amenaza se cierne desde África. El imperio bizantino, bajo el reinado de Jus­tiniano (527-565), alimenta la esperanza de restaurar bajo su cetro el imperio romano perdi­do. El general Belisario ha derrotado a los vándalos de África y ha anexionado su territorio al imperio. Los bizantinos se hallan al otro lado del Estrecho, dispuestos a la ocupación de España. Teudis, en un ataque por sorpresa, tomó Ceuta. Pero un domingo, confiados inocentemente por el descanso dominical, fueron atacados por los bizantinos y derrotados. Poco después fue asesinado Teudis en su palacio (no se sabe dónde, tal vez Barcelona, Toledo o Sevilla) y le sustituye Teudiselo, un general libidinoso que duró en el trono un año y medio, muerto, éste sí, en su palacio de Sevilla mientras celebraba un banquete.
     Sube al trono Agila (549-554), que va a sentir los primeros brotes independentistas de los hispano-romanos del Sur. Córdoba se le hizo fuerte y no le prestó obediencia. Agila marchó sobre ella y cometió una profanación que indignó los sentimientos católicos de la población hispano-romana de la ciudad: la profanación del sepulcro del mártir san Acis­clo. Indignados los cordobeses, se levantaron contra la expedición de Agila, que derrotó. Agila huyó refugiándose en Mérida.
     Esta situación de debilidad en que se encontraba el rey godo, que no sólo perdió a su hijo, sino también el tesoro real y gran parte de su ejército, fue aprovechada por un noble llamado Atanagildo. Asentado en Sevilla, solicitó ayuda de los bizantinos, quienes vieron así la ocasión de pasar el Estrecho. Con la ayuda bizantina, Atanagildo obtuvo una resonante victoria en los campos de Sevilla sobre las huestes enviadas por Agila (552). Continuaron durante tres años las campañas guerreras, en que los godos se destrozaban en rivalidades internas con la complacencia de los bizantinos. Entonces, los partidarios  del rey Agila lo asesinaron en marzo de 555 en Mérida y proclamaron a Atanagildo. Pero cuando éste quiso alejar a los bizantinos de España porque ya habían cumplido su misión, era demasiado tarde. Habían ocupado una amplia franja costera que iba desde Sevilla hasta Cartagena. Atanagildo, convertido ya en rey de los godos, hubo de tomar a la fuerza la ciudad de Sevilla y empujar el dominio de los bizantinos un poco hacia el este, más allá de la ciudad de Carmona.
     Atanagildo fijó su residencia en Toledo, perdiendo Sevilla, por su situación fronteriza con los bizantinos, la capitalidad del reino. Contra todo pronóstico en los reyes godos, murió en su propia cama (567), aunque dejó el reino arruinado. Le sobrevivió su viuda Gogswintha, que realizará en esta historia un extraño papel.
     A Atanagildo le sigue Liuva (567-572), que asocia al trono muy pronto a su hermano Leovigildo (568-586). Y llegamos así a un momento excepcional de la historia de España y de la historia de la Iglesia de Sevilla. Leovigildo, Hermenegildo, Leandro de Sevilla, tres figuras para un momento clave en el ritmo de la historia patria: arrianismo o catolicismo, ¿qué religión predominará en el nuevo Estado?.
     Leovigildo -considerado por Isidoro de Sevilla y Juan de Bíclaro como un gran rey, a pesar de ser para ellos un adversario político- se encontró con una Hispania debilitada, aprisionada en el mediodía por la presencia bizantina, al norte por la Francia merovingia, al noroeste por el reino suevo, convertido al catolicismo, y al sur con la resistencia de las ciudades de la Bética.
     Su afán restaurador le llevó a concebir una Hispania única bajo un mismo credo religioso, el arrianismo, que profesaba el pueblo godo desde que se convirtió al cristianismo en el siglo IV bajo esta modalidad herética, que no reconocía la divinidad de Jesucristo y destruía así la Trinidad de Dios. Al mismo tiempo casó, tal vez por razones de estado, con Gogswintha, viuda de Atanagildo. Leovigildo combatió a los bizantinos, a los que arrebató importantes plazas. En la campaña de 572 se apoderó de Córdoba, que tanto hizo sufrir a Agila, y tras ella vinieron a su obediencia las demás ciudades del sur. Después marchó al norte, donde doblegó a los vascones y se apoderó de Cantabria. Cuando se hallaba en guerra con los suevos de Galicia, algo ocurre en la Bética que distrae su atención. Su hijo Hermenegildo se ha sublevado en la Bética y se ha declarado independiente.
     Motivos domésticos y no políticos impulsaron a Leovigildo a enviar a su hijo a la Bética como gobernador de la misma. Resultó que Hermenegildo casó, allá por el año 579, con la princesa franca Ingunda, de religión católica, hija de Sigeberto, rey de Austrasia (561-575) y de Brunekhilda, hija de Atanagildo y Gogswintha. Por tanto, la joven princesa Ingunda era nieta de Gogswintha, que la recibió en la corte toledana con todos los honores. Pero pronto la guapa princesa cayó en desgracia ante los ojos de Godswintha, quien según una crónica medieval era «tuerta del cuerpo y del alma».
     Godswintha, ferviente arriana, destilaba un anticatolicismo visceral y comenzó a odiar a la princesa Ingunda por ser católica. Su afán por convencerla y hacerla bautizar de nuevo bajo el rito arriano no dieron resultado. Gregorio de Tours relata los golpes que le infligió hasta hacerle sangre y la orden de ser arrojada a la piscina bautismal. Juan de Bíclaro es más comedido. Resuelve este asunto con estas dos palabras: domestica rixa, pelea de familia.
     Leovigildo, para evitar mayores males en su propia casa, envió la joven pareja a Sevilla, lejos de Toledo. Hermenegildo, asociado al trono con su padre, venía a la Bética con poder autonómico. En Sevilla se topó con una figura de extraordinaria talla: su recién consagrado arzobispo Leandro. Y las prédicas del buen arzobispo y los consejos de su esposa, convencieron a Hermenegildo, que abjuró del arrianismo y se convirtió al catolicismo, bautizándose con el nombre de Juan.
     Leovigildo, que luchaba por conseguir la unidad política y religiosa de la península bajo la fe arriana, ve que la cosa se le complica ahora con su hijo. La persuasión paterna y las llamadas al orden no surten efecto. Esto enfurece a Leovigildo que comienza una nueva persecución religiosa. Masona, obispo de Mérida, es desterrado. Lo mismo le ocurre a Leandro, que partió hacia Bizancio para interesar al emperador Mauricio de la situación de la Bética. Hermenegildo se hace fuerte en Andalucía y se proclama rey. Así lo atestiguan monedas de la época que conmemoran este hecho. La rebelión se ha consumado. Las tropas de Leovigildo llegan a las puertas mismas de Sevilla. Ya han tomado Osset (actual San Juan de Aznalfarache) y se aprestan a tomar Sevilla. Hermenegildo entrega la custodia de su esposa Ingunda y de su hijo pequeño Atanagildo a los bizantinos. Cuando Sevilla cae, Hermenegildo huye a Córdoba donde acosado se acoge al asilo de una iglesia. Corría el año 584. Su hermano Recaredo le persuade que se entregue a su padre. Así lo hace y, de prisión en prisión, un buen día del año 585 muere en Tarragona decapitado por su verdugo Sisberto al negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano. Su esposa Ingun­da y su hijo son enviados a Constantinopla por mar. Pero ella muere en un puerto de África y el niño pequeño, huérfano de padre y madre, se pierde en la corte imperial bizantina. Brunekhilda, madre de Ingunda, se preocupa por la suerte de su nieto y escribe a la empe­ratriz Constantina de Bizancio: «He perdido a mi hija; ya no me queda más que esta dulce prenda de su ternura. ¡Que no se pierda!... ¡Que mi aflicción por la muerte de mi yerno se alivie con la liberación de mi nieto!». Pero del pequeño nunca más se supo.
    No tuvo Hermenegildo buena prensa de sus contemporáneos. El mismo san Leandro, que lo convirtió, dio de esa guerra razón al padre y no al hijo. El lusitano Juan de Bíclaro, obispo de Gerona, y contemporáneo de estos hechos, escribe en su Crónica, año 579, que «reinando Leovigildo en una tranquila paz, una querella familiar perturba la seguridad de los adversarios. Pues en el mismo año su hijo Hermenegildo, asumiendo la tiranía a causa de la facción de la reina Godswintha, después de haberse rebelado, se encierra en Sevilla, e hizo que las demás ciudades y castillos se rebelasen juntamente con él contra su padre. Este hecho fue peor que una invasión de enemigos, tanto para los godos como para los romanos de España». Esta Crónica la culmina Juan de Bíclaro en el cuarto año del reinado de Recaredo, lo que podría indicar que su concisión o su silencio acerca de este tema podía estar motivado por no desagradar a Recaredo.
     ¿Le pasó lo mismo a san Isidoro? Este, sin embargo, escribe años después de la muerte de Recaredo, pero su actitud parece igualmente contraria al príncipe rebelde. En su Crónica escribe: «Los godos, divididos en dos bandos, a causa de Hermenegildo, se matan mutuamente». Y en su Historia Gothorum: «Venció, asimismo, después de someterle a un asedio, a su hijo Hermenegildo, que trataba de usurparle el mando». Para san Isidoro, Hermenegildo no fue santo de su devoción, y en la medida de lo posible trató de silenciarlo en escritos.
     Sólo el papa Gregorio Magno (590-604), amigo personal de san Leandro, contrasta con los testimonios anteriores, y en sus Diálogos glorifica a Hermenegildo como mártir y verdadero autor de la conversión  de los godos.  Sin embargo, unos años después, tras el concilio toledano, en su felicitación a Recaredo, silencia el nombre de Hermenegildo y hace recaer sobre Recaredo toda la gloria de la conversión de los godos.
     Es fuera de la Península donde a Hermenegildo se le considera mártir. Beda el Venerable (672-735) sigue en su Crónica a Gregorio Magno y considera a Hermenegildo como mártir. Pero en la Península, ni en las actas del concilio III de Toledo ni en los libros litúrgicos de la época posterior, aparece alusión alguna de san Hermenegildo mártir. Hay que situarse ya en el siglo XII, donde en la Historia Silense, en copia literal de los Diálogos de Gregorio Magno, aparece la versión  de un Hermenegildo mártir y, por tanto, santificado. Esta versión se afianza progresivamente en la España de la Reconquista. Alusiones a este tema aparecen en el Cronicón de Lucas de Tuy, llamado el Tudense, (nacido en León en la segunda mitad del siglo XII), en De rebus Hispaniae del arzobispo toledano Rodrigo Jiménez de Rada (+1247), en De preconiis Hispaniae de Gil de Zamora, y la coronación de esta tesis al ser recogida por Alfonso X el Sabio en su Crónica General. San Hermene­gildo no tuvo culto general hasta la época de Felipe II. El 14 de abril de 1585, mil años después de su muerte, fue canonizado por el papa Sixto V.
     Orlandis ofrece el siguiente juicio sobre el silencio o reticencia de las fuentes visigodas en torno a la figura de Hermenegildo. «Estos historiadores escribieron sus obras en las primeras décadas de la época visigodo-católica. La unidad religiosa se había logrado ya, por la conversión al Catolicismo de Recaredo y de los godos arrianos. En este nuevo contexto parece patente que razones de alta política impedían en España presentar a Hermenegildo -según hacían los «Diálogos» de Gregorio Magno- como el precursor en la fe de su hermano Recaredo, que había permanecido siempre fiel a Leovigildo y de éste había heredado la corona; ni considerar tampoco la rebelión romano-católica  de la Bética como un antecedente glorioso de la conversión de los gothi del reino, que la habían combatido y dominado con las armas. Esta fue seguramente la razón de que San Isidoro, en su Historia Gothorum pase como sobre ascuas en lo referente  a las luchas entre Hermenegildo y su padre, que despacha escuetamente en ocho palabras, y que al escribir en los «Varones ilustres» la biografía de su hermano Leandro no haga la menor alusión a sus relaciones con el príncipe católico. Esta parece ser también la causa del silencio, todavía más llamativo en torno a Hermenegildo en el Concilio III de Toledo, pese a que la solemne homilía ante la gran asamblea la pronunció San Leandro, que había convertido y bautizado en Sevilla a Hermenegildo y gestionado luego en Constantinopla la ayuda del Imperio. Parece claro que, a la hora de la conversión de los godos, el nombre  de Hermenegildo tenía más de recuerdo inoportuno que de precedente glorioso, para los artífices de aquella página extraordinaria de la historia española».
     Leovigildo murió en Toledo en la primavera de 876 y le sucedió pacíficamente su hijo Recaredo. Su primer acto de gobierno fue liquidar a Sisberto, verdugo de su hermano Hermenegildo (Carlos Ros, Sevilla Romana, Visigoda y Musulmana, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992).
Conozcamos mejor la Biografía de San Hermenegildo;
     San Hermenegildo (?, c. 564 – Tarragona, 585), mártir y santo.
     Es importante destacar que las fuentes para el conocimiento de la vida de Hermenegildo son escasas y en general claramente partidistas. Juan de Bíclaro e Isidoro, por el lado español, sólo se refieren a él para tratar de la conjura contra su padre y, sorprendentemente, ignoran los motivos religiosos de su muerte.
     El papa Gregorio Magno, en su libro de los Diálogos, trata de él como de un auténtico mártir, asesinado por negarse a recibir la comunión de manos arrianas. Gregorio de Tours, por su parte, detalla todas las circunstancias de su vida, sin olvidar los aspectos políticos y religiosos que se confunden en su trágica muerte.
     Se supone que Hermenegildo nació hacia el año 564, de la primera mujer de Leovigildo, asociado al trono desde el año 567 por su hermano Liuva y único Soberano tras la muerte de éste el año 573. Hacia el año 570 Leovigildo, al quedar viudo, desposó a Goswinta, viuda del rey Atanagildo. Hermenegildo casó el año 579 con una nieta de Goswinta, de nombre Ingonda, de religión católica. Su abuela intentó convertirla al arrianismo, llegando incluso a los malos tratos y a rebautizarla a la fuerza. Leovigildo, a fin de procurar la paz, alejó a la joven pareja de Toledo, encomendando a Hermenegildo el gobierno de la Bética con residencia en Sevilla. Allí, por influencia de su mujer y del obispo católico, san Leandro, se convirtió al catolicismo, lo que provocó las iras de su padre y madrastra. Fue llamado a la Corte de Toledo, pero el príncipe se negó, declarándose así en rebeldía.
     Hermenegildo, dispuesto a defender su nueva fe, pero también sus intereses políticos, buscó la ayuda de los bizantinos por el sur y de los suevos por el norte, lo que equivalía a declarar la guerra civil. Logró pronto el apoyo de ciudades como Mérida o Cáceres, pero Leovigildo contraatacó pronto. El año 580 convocó un concilio arriano en Toledo que suprimió la obligación de los católicos a rebautizarse, caso de convertirse al arrianismo, con lo que procuraba así atraerse al partido católico. Al ver el poco resultado de ésta y otras medidas de tolerancia, procedió contra los obispos católicos, deportando a muchos de sus sedes.
     En el plano militar recuperó Cáceres y Mérida el año 582, poniendo sitio a Sevilla, donde se había hecho fuerte su hijo. Dos años resistió la ciudad, pero, ante la imposibilidad de seguir aguantando el asedio, Hermenegildo huyó a Córdoba, donde fue hecho prisionero por su padre. Leovigildo lo desterró a Valencia, de donde debió de intentar huir hacia el reino franco.
     Capturado de nuevo y encarcelado en Tarragona, se negó a recibir la comunión de manos arrianas en la proximidad de la Pascua del año 585, aun sabiendo que éste era el único medio de congraciarse con su padre. En la misma cárcel fue asesinado por un tal Sisberto.
     Incomprensiblemente, la Iglesia española, aun después de la conversión al catolicismo de Recaredo, hermano de Hermenegildo, estableció una auténtica conjura de silencio sobre su figura. Su culto aparece a partir del siglo viii fuera de España e incluso es el único santo occidental venerado en el sinaxario de la Iglesia armena, pero en la Península Ibérica hay que esperar hasta el siglo xii para encontrar manifestaciones de un culto litúrgico. El papa Sixto V extendió en 1586 su culto a toda España y Urbano VIII introdujo su nombre en el Calendario de la Iglesia universal en 1636. Su fiesta se celebra el 13 de abril, día supuesto de su muerte, aunque sin fundamento alguno (Miguel C. Vivancos Gómez, OSB, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco de Herrera "El Viejo", autor de la obra reseñada;
     Francisco de Herrera "El Viejo". (¿Sevilla?, c. 1590 – Madrid, c. 1654). Pintor, grabador y arquitecto.
     El pintor, grabador y diseñador arquitectónico Francisco de Herrera el Viejo era, seguramente, natural de Sevilla, ciudad de la que fue vecino y donde desarrolló su carrera profesional durante casi toda su vida. Herrera el Viejo destaca por ser una de las tres figuras del primer naturalismo sevillano del siglo XVII, con una personalidad que le permitió imponerse en el ambiente artístico de su ciudad. Fue capaz, con la influencia de Roelas y, posteriormente, de pintores más jóvenes, de adaptar una forma de pintar totalmente retardataria a otra más naturalista y vivaz que en su madurez se acercó al pleno Barroco, sin dejar de desarrollar rasgos muy personales en la técnica de su pincelada y el nervio de sus composiciones.
     Fue hijo de un pintor de miniaturas y grabador llamado Juan de Herrera y, aunque nada seguro se sabe de su primera formación, parece lógico pensar que la profesión del padre le abrió el camino y que su aprendizaje tuvo lugar con su progenitor, aunque se le supuso discípulo de Francisco Pacheco. El primer dato conocido sobre él es el de su primera obra firmada y fechada en 1609, un grabado calcográfico para la portada de un libro, detalle que inmediatamente lo sitúa como artista vinculado a su padre, así como temprano grabador. En 1614, Herrera el Viejo contrató su primer encargo pictórico importante, una serie de lienzos destinados a la capilla de la Vera Cruz del convento de San Francisco de Sevilla, del que únicamente se conservan tres de los cuadros: La Inmaculada con monjas franciscanas, El rescate de San Luis y La visión de Constantino, que forman un ciclo dedicado a la Santa Cruz. Debía de ser, por lo tanto, un pintor ya valorado por la clientela de la ciudad y, si se ha de creer a Palomino, sería por estas fechas cuando el niño Diego Velázquez habría pasado fugazmente por su taller como aprendiz.
     Las primeras obras de Herrera demuestran que comenzó utilizando un lenguaje estilístico ligado al romanismo tardío de raíz flamenca, que era el habitual en su entorno cronológico y geográfico, vinculado especialmente a Vázquez y Pablo de Céspedes. De hecho, las pinturas del ciclo de la Vera Cruz muestran que Herrera fue en sus comienzos un pintor de estilo arcaico, anclado en un manierismo residual que, al menos, era capaz de mostrar su prometedora capacidad en el uso del color y en su técnica con el pincel, que empezaba a soltarse, detalles que había tomado de Juan de Roelas, el introductor del primer naturalismo de raíz veneciana en Sevilla. Nada en la obra de Herrera muestra ecos de caravaggismo. En 1617, firmó un lienzo con la representación de Pentecostés (Museo de El Greco, Toledo), que aún muestra bien a las claras su anclaje en la tradición manierista flamenquizante, por su composición. Otras obras de esta primera etapa son los cinco lienzos que contrató para la Merced de Huelva, que demuestran que su fama empezaba a extenderse incluso fuera de su ciudad.
   Todos los años, hasta 1619, en los que Herrera el Viejo trabajó como pintor en Sevilla, lo hizo de forma completamente irregular e ilegal, pues no había cumplido con el requisito imprescindible que exigía la organización laboral de su tiempo: el examen de maestría. Legalmente, para poder ejercer libremente como maestro pintor en la Sevilla del Seiscientos (como en otros lugares y en otras profesiones), había que pasar un examen ante representantes del gremio. Herrera había estado ejerciendo sin cumplir este requisito, por lo que en 1619 fue denunciado ante la justicia hispalense. Parece que Herrera tuvo una concepción de su profesión más moderna que la mayoría de sus compañeros y, primero, ignoró y, después, intentó evitar el control gremial, involucrando al también pintor Francisco Pacheco. Finalmente hubo de examinarse, para lo cual debió (como era habitual) realizar una “obra maestra”, y responder a varias preguntas de sus examinadores. Una vez realizado el trámite, se le expidió el correspondiente título, con el cual ejerció legalmente el resto de su carrera. El pleito no sólo habla de las nuevas ideas sobre el estatus del artista y su ejercicio en la Castilla de la época, sino también de la amistad de Herrera el Viejo con Pacheco, quien ya hemos visto que se ha venido, en ocasiones, a considerar su maestro.
     Desde 1619, tras el pleito con el gremio de pintores, Herrera entró en una fase de mucho trabajo. Hacia 1620 se le encargó una de sus obras de mayor importancia y trascendencia, el gran lienzo de la Apoteosis de san Hermenegildo, para el retablo mayor de la iglesia del Colegio de Teología de la Compañía de Jesús de Sevilla, dedicado a ese santo, seguramente junto al diseño de la decoración de las yeserías de la cúpula ovalada del mismo templo. Es una obra de gran tamaño, en la que se han separado dos registros superpuestos de un modo arcaizante, con una gloria de ángeles que evoca las de Roelas. La relación de Herrera con los jesuitas sevillanos fue bastante buena, lo que, además de esta obra, le aportó el encargo de grabados calcográficos. También en conexión con el colegio jesuita hispalense está la leyenda difundida por Palomino de que hacia 1624 Herrera el Viejo fue acusado de acuñación de moneda falsa, por lo que hubo de refugiarse en San Hermenegildo, y que fue absuelto por Felipe IV durante su visita a Sevilla en esas fechas, gracias a la habilidad de Francisco como pintor. La leyenda es seguramente una invención de Palomino, que pretendía añadir argumentos a la fama del artista como pintor y persona de carácter fuerte, se podría decir que antisocial, y a la del Rey como aficionado a la pintura. También tuvo por estos años numerosos pleitos y procesos judiciales, que en buena manera han contribuido a cimentar esa fama de persona de temperamento difícil y conflictivo. Hacia 1625, Herrera el Viejo contrajo matrimonio con María de Hinestrosa, dama de cierta alcurnia. De este matrimonio nació su hijo Francisco (1627), también famoso pintor sevillano y, según Palomino, otros dos vástagos, un varón conocido como Herrera el Rubio, también pintor, que murió muy joven, y una hija.
     En 1626 Herrera el Viejo entró en la que se puede considerar su fase más activa e importante como pintor. Realizó trazas y dibujos para la decoración de yeserías y pintura de la iglesia y coro del colegio franciscano de San Buenaventura de Sevilla, proyecto que plasmaron maestros de obras. Realizó para este conjunto las pinturas al fresco de la cúpula, las pechinas y las bóvedas del templo entre 1626 y 1627. Para esta casa religiosa hizo también cuatro lienzos del ciclo de cuadros previsto de la “Historia de san Buenaventura”, uno de cuyos originales se conserva en el Museo del Prado (Ingreso de san Buenaventura en la orden franciscana). Para el convento franciscano de Santa Inés realizó también en 1627 la pintura, dorado y estofado del retablo mayor de su iglesia. La fama de Herrera debía de ser elevada por aquel entonces, pues, además, los trinitarios de Andalucía le encargaron la estampa en folio que se ofrecería al valido, el conde duque de Olivares. También vio Herrera la aparición con fuerza de un rival profesional, Francisco de Zurbarán, con quien tuvo que compartir parte de las pinturas encargadas para San Buenaventura.
     En esta época Francisco de Herrera el Viejo estaba ya en su plena madurez como artista y, aunque muchos pintores más jóvenes ya se habían incorporado al mercado sevillano aportando novedades técnicas y estilísticas, él seguía asentado en la tradición, si bien enriquecida por un intenso y personal naturalismo, probablemente algo influido por las frescas aportaciones de sus jóvenes competidores. Los lienzos de la serie dedicada a san Buenaventura son el mejor ejemplo de esa madurez de estilo. Son composiciones de un naturalismo sobrio pero un tanto inestables y desmañadas, de colorido peculiar que busca armonías tonales de origen veneciano. Los rostros de las figuras quieren expresar individualidad —y a veces muestran fealdad—, y están realizados con amplias pinceladas sueltas, modeladoras y vibrantes. La técnica de su pincelada es tan enérgica que hizo surgir la leyenda de que pintaba con brochas, más que con pinceles.
     En 1628 Herrera el Viejo se obligaba a hacer un gran Juicio Final para un altar de la iglesia sevillana de San Bernardo. El retraso en su entrega motivó un pleito, pero la obra resultó ser un cuadro grandioso que le colmaría de gloria en su tiempo y que está en consonancia con su producción madura. En 1630 Herrera estuvo encarcelado por retrasos similares al aludido, mantuvo agrios pleitos y los problemas económicos parecían afectarle gravemente. A pesar de ello, su fama se había extendido incluso fuera de Sevilla, a juzgar por un elogio que le dedicó Lope de Vega en una de sus estancias de El Laurel de Apolo (1630).
     En 1631 murió su padre, Juan de Herrera, quien vivía con Francisco seguramente desde la muerte de la madre en 1618-1619. En esta década, en la que se constata su amistad con Alonso Cano, realizó obras diversas como el dibujo firmado y fechado de un San Miguel, quizás boceto para una pintura que se encontraba en la iglesia hispalense de San Alberto (1632), iluminó una estampa del rey san Fernando, e hizo, firmó y fechó (1636) un Santo Job (Museo de Rouen). En 1636 debió de empezar a trabajar en dos lienzos, pintura, dorado y estofado de dos retablos laterales (uno de La Venida del Espíritu Santo y otro de Santa Ana), para la iglesia del convento de Santa Inés de Sevilla, que le terminaron de pagar al año siguiente. El mismo año 1637 se comprometió con las monjas del convento de Santa Paula al dorado, estofado y encarnado de un retablo de talla que se hacía para su iglesia. El año siguiente Herrera hizo la pintura y los cuadros del retablo del altar mayor de la iglesia del convento de San Basilio Magno de la capital hispalense. Se trataba de un retablo con un ciclo pictórico completo, con varias pinturas en el banco, diez para los nichos entre pilastras laterales, dos tarjas y dos lienzos principales, de los que destaca el monumental Visión de San Basilio (Museo de Sevilla), compuesto en dos planos pero sin la rígida compartimentación de obras anteriores, resultando ser una considerable novedad, por la composición oblicua, la pincelada suelta y nerviosa, la energía en las actitudes de los personajes y en sus rostros, acercándose al pleno Barroco. Fue por estos años cuando su hijo Francisco comenzó su aprendizaje a su lado.
     En la década de 1640 realizó un grupo de obras de plena madurez, cuando su prestigio era completo y estimable su consideración social. Además de varios dibujos firmados de un apostolado, pertenecen a esta época una pintura firmada y fechada de un San José con el Niño Jesús (1645, Museo de Budapest) y un grupo de cuatro grandes lienzos que decoraron el salón principal del palacio arzobispal de Sevilla (1646-1647). Parecido a uno de ellos debe ser el Milagro de la multiplicación de los panes y los peces de Madrid. Destaca también el San José con el Niño del Museo Lázaro Galdiano (1648). 
   En septiembre de 1647, su hijo Francisco contrajo matrimonio en la iglesia de San Andrés. El enlace duró poco tiempo, terminando en pleito, divorcio y devolución de dote el año siguiente. En julio de ese año, Herrera el Viejo estaba en Madrid. Ceán ya señaló que se había trasladado a la Corte en torno a 1650, lo que se puso en relación con la peste que asoló Sevilla el año anterior, pues el pintor habría trasladado su residencia en busca de mejores perspectivas laborales. Tampoco, se suponía, habría sido ajeno a ello el fallecimiento de su esposa por estos años, ni el viaje de su hijo y homónimo a Roma tras su divorcio, siempre en relación con la fama de mal carácter del padre y con la leyenda —que no pasa de invención—, recogida por Palomino y Ceán, según la cual Herrera el Mozo, no pudiendo soportar el temperamento violento y bronco de su padre, tras robarle una abultada cantidad de dinero en complicidad con su hermana, huía del hogar paterno rumbo a Italia.
     Hoy se sabe que, con anterioridad al matrimonio del hijo, seguramente no mucho antes de julio de 1647 (aunque se ignora cuándo exactamente y por qué), Herrera el Viejo se encontraba en la Corte. En Madrid, según su contemporáneo Díaz del Valle, pintó varias obras para diversas iglesias, pero hay pocas noticias de esta fase. Según Ceán (quien sigue a sus precedentes), Herrera el Viejo falleció allí en 1656, y fue enterrado en la parroquia de San Ginés de la Villa y Corte. No se sabe la fecha cierta, pero el 29 de diciembre de 1654 un Francisco de Herrera, que murió sin testar, fue enterrado en la parroquia citada. Quizás se trate de este pintor, quien habría muerto solo, olvidado y empobrecido (Roberto González Ramos, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Apoteosis de San Hermenegildo", de Herrera "El Viejo", en la sala V del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sala V del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.