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sábado, 3 de mayo de 2025

La Hermandad de Santa Cruz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad de Santa Cruz, de Sevilla.      
     Hoy, 3 de mayo, la Iglesia conmemora la "Invención de la Santa Cruz", es decir el hallazgo por parte de Santa Elena, madre del emperador Constantino, de la verdadera Cruz de Jesucristo en su peregrinación a Jerusalén. Al tratarse de una fiesta relacionada con la pasión de Cristo, su Cruz, la fiesta en rito romano será de color rojo. "Invención" (del latín invenio, "descubrir") es el nombre litúrgico y oficial. En cambio Cruz de Mayo o fiesta de las Cruces es la denominación popular. Se festeja el 3 de mayo, y la Iglesia católica, según el rito romano, ha situado el hallazgo de la santa Cruz. Es una festividad muy extendida en España e Hispanoamérica. Pero tras la reforma de la liturgia romana por Juan XXIII, en 1960 con el motu proprio Rubricarum instructum, perdió importancia en el calendario romano.
      Y que mejor día que hoy, para Explicarte la Hermandad de Santa Cruz, de Sevilla.
     La Hermandad de Santa Cruz tiene su sede canónica en la Iglesia de Santa Cruz (antigua Iglesia de los Clérigos Menores) [nº 23 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 11 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], que se encuentra en la calle Mateos Gago, 34; mientras que la Casas de Hermandad se encuentra en la barreduela Carlos Alonso Chaparro, 2; ambas en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     La Ilustre y Antigua Hermandad del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de la Paz, Fervorosa Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de las Misericordias, Santa María de la Antigua y Nuestra Señora de los Dolores; es ésta una corporación fundada en 1904, con sede canónica en la iglesia parroquial de Santa Cruz, del sevillano barrio del mismo nombre, siendo sus imágenes titulares el Santísimo Cristo de las Misericordias, obra atribuida a Pedro Roldán hacia 1675-1680, Santa María de la Antigua, talla de Emilio Pizarro en 1900; Nuestra Señora de los Dolores, obra de Antonio Eslava en 1967; y Nuestra Señora de la Paz, talla atribuible a Jerónimo Hernández, en el siglo XVI.
     Tiene su origen en la desaparecida parroquia de Santa Cruz, situada en buena parte del solar que hoy ocupa la plaza de igual nombre, la cual fue derribada en 1810. No se sabe con certeza el año de su fundación, pero se puede pensar nacida como consecuencia del desarrollo devocional inspirado por Teresa Enríquez en pro de fomentar la adoración a Jesús en el santísimo sacramento del altar, allá a comienzos del siglo XVI. Diversas circunstancias que se dieron en el auge de la hermandades sacramentales sevillanas en general, pueden hacer pensar en su casi segura existencia a finales del siglo citado. Los datos fehacientes de la existencia de esta institución, se sitúan en el concreto año de 1628 en la que se dispone a la construcción de una capilla para instalar en ella el sagrario parroquial, la cual fue ampliada en 1681.
     La desaparecida iglesia de Santa Cruz se creó como ayudantía de la parroquia del Sagrario, por lo que estuvo controlada y visitada por los miembros del cabildo catedralicio. Igualmente, la sacramental, como ente indisolublemente unido a la parroquia, también lo estaría en ciertos aspectos relacionada a la sacramental del Sagrario. Su misión fundamental como todas las hermandades de su estilo, era la de dar culto al santísimo, organizar la llamada procesión de impedidos, el montaje y desmontaje del monumento del Jueves Santo, y asistir a la procesión del Corpus; además como hermandad de ánimas, había de cuidar del entierro de sus hermanos y que se le oficiaran las misas que tenían establecida para el bien de sus almas.
     Se sabe que hacia 1755 su capilla estaba en la nave del evangelio del desaparecido templo de Santa Cruz, poseyendo reja de hierro y acceso a la cripta situado ante la misma. Igualmente, se conoce la existencia de un lienzo sobre el retablo dedicado al Espíritu Santo, figurando además varios cuadros, destinados a la vida de la Virgen, a la Virgen de los Reyes, san Gregorio, la Verónica, ánimas del purgatorio, san Miguel, la Cena y otros dedicados a temas marianos. También le pertenecieron una imagen del Niño Jesús y otra de san Juan Bautista. Todas estas piezas, tanto pinturas como imágenes se fueron incorporando a los bienes de hermandad en distintas épocas. Poseía igualmente una custodia de la cual no se tienen noticias para poder describirla, y un palio procesional con sus correspondientes seis varas. Se contabiliza también dentro del ajuar un guion sacramental principal y otro secundario para uso más común, así como un juego de dos ciriales cincelados en plata que se conservan en la actualidad, y un paño mortuorio que identificamos con el que cuelga de una de las paredes de la sacristía de la actual parroquia de Santa Cruz. A juzgar por los datos que se conocen, no parece que la Sacramental de Santa Cruz fuese una institución ni de fuerte, ni tan siquiera mediana economía, pero sí con capacidad suficiente para llevar a cabo sus obligaciones con la dignidad necesaria.
     Una vieja aspiración de los hermanos que regían la hermandad a principios del siglo XVIII era trasladar el sagrario a otra capilla. Este proyecto se sustentaba en que la utilizada hasta ese momento quedaba cercana a la puerta principal del templo, de forma que los fieles que se dirigían al altar mayor a oír misa, o al rezo del Rosario, daban la espalda al sagrario. Tras estudiarse la posibilidad de trasladarse a la capilla llamada del Descendimiento, así denominada por encontrarse en ella el famoso cuadro de Pedro de Campaña, determinan el 15 de septiembre de 1709 solicitar una de las capillas laterales existentes en la nave del evangelio a su propietario Martín Auñón Torregrossa y Monsalve, quien accede a ello; sin embargo, el traslado se retrasó, no teniendo lugar al menos de forma definitiva hasta 1745, tras haber reformado la hermandad el retablo en el que se veneraba la imagen de un crucificado, para lo cual precisó la actuación del ensamblador Felipe Fernández del Castillo, el dorador Juan Moreno, y el pintor Pedro Tortolero. Fue así como la sacramental continuó su andadura en la capilla que se llamó de los Torregrossa, también de los Auñón, y también del santo cristo por el crucifijo en ella venerado.
     En tal situación siguió la hermandad sacramental hasta el derribo de la iglesia, como ya dijimos en 1810, en cuyo 11 de julio la sede parroquial fue instalada en el templo de los Clérigos Menores – actual de Santa Cruz -, el cual había sido expropiado por los franceses a dicha orden. En este templo el sagrario había estado en tiempo de los Menores en el retablo existente en testero del crucero del lado del evangelio, pero las pretensiones de la hermandad de seguir utilizando tal retablo se vieron frustradas, ya que en tal sitio se había instalado la Hermandad de la Coronación de Espinas (El Valle), por lo que obtuvo permiso para que el sagrario fuera colocado en el retablo frontero, perteneciente a la Hermandad de Nuestra Señora de la Paz, lo que aceptaron los miembros de esta hermandad sin ningún inconveniente, dado que la mayoría de sus hermanos también pertenecían a la sacramental. Al ser restituida la iglesia a sus legítimos dueños tras la expulsión de las tropas francesas, la sede parroquial se instala provisionalmente en el oratorio del Hospital de los Venerables Sacerdotes, para volver definitivamente a la antigua Iglesia de los Menores – expropiada esta vez por la desamortización de Mendizábal -, el 29 de junio de 1840. De esta forma la sacramental siempre unida a los destinos de la parroquia queda establecida en el nuevo templo, siendo su cabildo el encargado de organizar la procesión de traslado. Al haberse trasladado ya por aquel entonces la Hermandad de la Coronación de Espinas a otro templo, no hubo inconveniente para que el sagrario se instalara en el retablo antes pretendido. Con posterioridad, hacia 1880, se produjo la sustitución del antiguo retablo por el actual, procedente de la desaparecida iglesia del convento de Nuestra Señora de la Asunción.
     Al principio del siglo XX, la situación económica de la Sacramental no era desahogada; mucho menos lo era la de otra Hermandad establecida en el mismo templo de Santa Cruz: la de Nuestra Señora de la Paz. Se comienza a hablar de la posibilidad de la unión de ambas corporaciones, opción auspiciada por el Padre Arellano, Cura Párroco de Santa Cruz. Por fin, en Cabildo celebrado el 13 de Enero de 1907 con la presencia de seis hermanos, el citado Párroco da lectura al acta de fusión de las dos hermandades, que aprobado por la autoridad eclesiástica, lleva fecha de 7 de enero de 1907. De acuerdo con este decreto, el título de la corporación pasará a ser el de Hermandad del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de la Paz.
     El edificio de la antigua parroquia de Santa Cruz, del que ya dimos noticia al hablar de la hermandad sacramental, era una antigua edificación que primero se usó como mezquita y posteriormente como sinagoga, hasta que en 1391 fue erigido en templo parroquial. Se trataba pues de una construcción con problemas propios de su antigüedad. Según se cree, uno de los personajes que actuó como mecenas protector del templo fue el arzobispo de Sevilla, Pedro González de Mendoza, quien fue designado en 1474 cardenal de la sede de Toledo, bajo el título de la Santa Cruz de Jerusalén. Posiblemente no fue una casualidad la adopción de tal título, quizá por la vinculación de este prelado con la iglesia de Santa Cruz de nuestra ciudad. Desde la capital toledana, el citado cardenal hace llegar a esta parroquia una imagen de la virgen con el título de la Paz, advocación establecida en Toledo desde tiempos de Alfonso VI.
     La primera ubicación conocida de esta imagen fue en un retablo adosado al muro del templo, concretamente a la derecha del altar mayor. Con el transcurrir del tiempo, la Virgen de la Paz fue consiguiendo la devoción de los feligreses, de forma que le fue fundada un hermandad en su honor con el objeto de practicar ante ella el rezo del Rosario. Esta hermandad, es creída como fundada a principios del XVII, pero documentos que acrediten su existencia como entidad autorizada por el arzobispado no consta hasta el año de 1719, adoptando el título de Ilustre Hermandad del Santísimo Rosario de Nuestra Señora de la Paz. Esta institución resultó ser floreciente durante el siglo XVII y parte del XVIII, plateándose colocar a la imagen en un lugar más digno de la iglesia, como era la capilla del Descendimiento, para lo cual concede permiso su propietario, Nicolás de Silva. Sin embargo, ello no fue necesario ya que un hermano cuyo nombre no consta, costeó a sus expensas nueva capilla con camarín y reja en el ángulo superior del templo, colateral con el lado del evangelio del altar mayor.
     Además de la novena que se celebraba en honor de la Virgen de la Paz, y el rezo del Rosario ante su imagen, que en determinadas épocas llegó a ser diario, la hermandad realizó con frecuencia Rosarios públicos que se rezaban por las calles del barrio, para lo cual disponía de tres bellos simpecados los cuales se conservan en las dependencias de la Hermandad de Santa Cruz. Es muy posible que Nuestra Señora de la Paz fuera sacada procesionalmente en los límites de la feligresía, pero sobre este particular no se ha encontrado documentación fehaciente.
     En el año 1776 les fueron aprobadas nuevas reglas por el arzobispado hispalense, las cuales fueron ratificadas por el Consejo de Castilla el 4 de noviembre de 1788. Tras el derribo de la antigua parroquia de Santa Cruz en 1810, la hermandad intentó sin éxito acompañar a los destinos de la parroquia que se trasladó al actual templo de Santa Cruz, siendo sus deseos establecer su sede en la parroquia de Santa María la Blanca, a lo que se opuso el cabildo catedralicio, que la obligó a mantenerse unida a los destinos de la parroquia a la que siempre había pertenecido. De esta forma, acaba instalándose en la actual iglesia de Santa Cruz en 1810, ocupando el retablo ubicado en el testero del crucero perteneciente al lado de la epístola. De este edificio y por los mismos motivos que dijimos al hablar de la sacramental, se trasladó al oratorio de los Venerables Sacerdotes, donde permaneció precariamente establecida hasta el 29 de junio de 1840, formando en la procesión de traslado definitivo a la nueva sede parroquial, antigua Iglesia de los Menores, la imagen de la virgen.
     Venerada nuevamente la efigie de Nuestra Señora de la Paz en el retablo ya citado, este sufre las consecuencias de un incendio poco antes del mes de noviembre de 1874 el cual le afectó de manera importante; igualmente, se vio afectada la imagen. Para solventar la sustitución del retablo se obtiene por parte del párroco otro procedente del extinguido convento de la Asunción, que finalmente no fue utilizado para el fin que estaba pensado, sino que se colocó en otro lugar de la iglesia como ya explicamos al hablar de la sacramental. Tras tomar esta determinación, se le encarga al prestigioso Virgilio Mattoni un boceto para la construcción de un nuevo retablo hacia 1876, el cual se conserva en las dependencias de la Hermandad de Santa Cruz. También se desestimó esta posibilidad, optándose por la restauración del primitivo retablo, que es el que hoy se sigue conservando en el testero del crucero en el lado de la epístola.
     La imagen de la Virgen de la Paz, que donara el cardenal Pedro González de Mendoza, creemos que es la que hasta el momento que llevamos historiado veneró la hermandad, si bien se puede pensar que primitivamente era una efigie toda de talla, y después reconvertida para poder ser vestida. Por tanto, esta bien podría ser la imagen afectada por el incendio al que nos hemos referido. Debido a la antigüedad que presumimos para la imagen primitiva, y los daños que sufriera en el incendio, llegó a la iglesia de Santa Cruz alrededor de 1879, otra imagen de la virgen, que advocada del Rosario, se encontraba prácticamente sin culto en el templo parroquial de la Magdalena. Esta efigie sería a la que partir de ese momento veneraría la hermandad, la cual, tras una gran decadencia que comienza a finales del XIX y que continuaría en los primeros años del siglo XX, acabaría fusionándose con la hermandad sacramental de la parroquia el 7 de enero de 1907. Se desconoce el paradero de la primitiva imagen de la Virgen de la Paz, y que la bella efigie que la sustituyó recibe culto actualmente presidiendo el altar mayor de la parroquia de Santa Cruz.
     Como fruto de las inquietudes de un grupo de personas devotas de la imagen del Cristo de las Misericordias que se veneraba en la parroquia de Santa Cruz, surge la fundación de esta cofradía, que ve sus primeras reglas aprobadas en tiempos del cardenal Spínola, concretamente el 13 de septiembre de 1904. El primer cabildo celebrado tuvo lugar el 25 de octubre del citado año, siendo su primer hermano mayor Francisco Pacheco y Núñez del Prado. Estableciéndose en estos estatutos su salida en la tarde del Martes Santo, se produce su primera estación de penitencia el 18 de abril de 1905 desde el convento de Madre de Dios (calle San José), ya que el paso que le había sido prestado para la procesión –el del Duelo de la Hermandad del Santo Entierro-, no cabía por la puerta del templo de Santa Cruz. Compuesto por 111 nazarenos, salió el cortejo algo después de la siete y media de la tarde, presentándose el inconveniente de que las dimensiones del paso no le permitía transcurrir por la calle Segovia por lo que tuvieron que ser desmontados los respiraderos, y debido al retraso que ello supuso la cofradía se vio obligada a acortar el recorrido de acceso a la carrera oficial, a pesar de lo cual cuando llegó a la catedral se encontró con las puertas cerradas, por lo que volvió al convento de Madre Dios sin entrar en el templo metropolitano. En esta su primera salida contó con un solo paso en el que se contemplaba según diarios de la época el clásico Calvario, compuesto por la imagen del Cristo de las Misericordias que todos conocemos, la Virgen de los Dolores, realizada por Emilio Pizarro de la Cruz -actualmente advocada como Santa María de la Antigua-, que iba abrazada al madero, san Juan y las tres marías.
     El segundo paso utilizado – ya en 1906 -, fue el cedido por los padres Escolapios y que había sido utilizado para que procesionara san José de Calasanz, siendo en este año cuando se incorpora al cortejo la capilla musical. Pronto aparecerían los primeros problemas económicos, hasta el punto de no hacer estación en 1909, acordándose en cabildo poner a disposición del cardenal Almaraz la hermandad para que ordenase lo que estimara oportuno. La respuesta del prelado animando a la junta de gobierno a seguir adelante, hizo renacer la ilusión de un principio, y como consecuencia de ello fue posible la salida en la Semana Santa de 1910. Al año siguiente, y tras restaurar y acortar en sus dimensiones el paso del Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes adquirido a la Hermandad de la Amargura vuelve a procesionar el Martes Santo. Sin embargo, en este mismo año de 1911, fallece el único hermano Mmayor que hasta el momento había tenido la cofradía, Francisco Pacheco y Núñez del Prado, iniciándose a partir de entonces un gran declive en la corporación, que poco a poco hizo que prácticamente acabara casi extinguida.
     Ya en 1917, y viendo un grupo de feligreses la inactividad de la hermandad en todos los sentidos, deciden reorganizarla y llevarla a un estado floreciente. A la cabeza de este grupo se encontraba el sacerdote José Sebastián y Bandarán, decidiéndose en cabildo de 7 de febrero del mencionado año, que la cofradía volviera a hacer estación. Hacía algún tiempo que se había planteado la construcción de paso de palio, y siendo intención de la junta de gobierno al parecer colocar en el mismo la imagen de la Virgen de los Dolores tras serle transformado su candelero, José Sebastián y Bandarán consigue del cardenal Almaraz la cesión de la imagen de la Virgen de la Antigua Siete Dolores y Compasión, que había pertenecido a una extinguida hermandad, y que se hallaba sin culto en la Parroquia de la Magdalena. Esta imagen procesionaria a los pies del cristo de las Misericordias colocada en la delantera del paso y mirando al frente en la Semana Santa de 1920 y 1921. Posiblemente la llegada de esta imagen, según parece sin la aprobación del cabildo perceptivo – al menos en las actas no se recoge -, originó una crisis interna que dio lugar a dimisiones en cadena durante 1920, dando lugar a la creación de una “junta de emergencia” que conseguiría, no sin enormes esfuerzos, que la cofradía procesionara en 1921. Finalmente, y tras devolver la imagen de la dolorosa de la Antigua a la Magdalena, y abandonada momentáneamente la idea de hacer un paso de palio, la hermandad vuelve a la normalidad.
     Prueba de lo indicado últimamente, se estrena un magnifico paso para el Cristo de las Misericordias el Martes Santo de 1922. El boceto fue encargado al arquitecto Aníbal González y Álvarez Osorio, siendo los trabajos dirigidos por su sobrino Cayetano González Gómez, corriendo la labor de talla y ebanistería a cargo del hermano de Santa Cruz Manuel Casana, mientras que los faldones los confeccionaron los hijos de Miguel Olmo, y los candelabros de forja el taller de Magdalena y Compañía. Este paso, de estilo gótico, rodeado de pinturas alusivas a la pasión llamó poderosamente la atención en la Sevilla cofrade de la época. Coincidiendo con el estreno de las andas, se incorpora a la escenografía del paso una nueva dolorosa, cedida por un feligrés de Santa Cruz llamado Fernando Ybarra Llorente, que procesionó colocada de espaldas al crucificado en la delantera del paso. Esta imagen procesionó hasta año incierto, pero por documentación gráfica se sabe que ya había sido sustituida por la primitiva – obra de Pizarro -, en el año 1926, siendo a partir de este año aproximadamente cuando se cambia su situación en el paso, situándose mirando al crucificado, concretamente a su lado izquierdo.
     Puede decirse que a partir de 1922 comienza a consolidarse la hermandad, que con los lógicos altibajos propios de las instituciones, vive por lo general momentos de esplendor, atravesando los tiempos de la II República, Guerra Civil y posguerra sin efectos contrarios importantes. Poco a poco, la hermandad se engrandece con la incorporación de nuevos hermanos, se aumentaría el número de nazarenos, se crearía en la procesión el tramo de penitentes, y las hermanas participarían en la estación a partir de 1947, sin vestir túnica, pero llevando un escapulario del Cristo de las Misericordias. Igualmente se va enriqueciendo el patrimonio, con nuevas piezas de orfebrería e insignias, mientras que en el ánimo de distintas juntas se aplazaban proyectos por el momento irrealizables, como la construcción de un paso de palio, y el construir un retablo para poder venerar en el interior del templo a la Virgen de los Dolores, que habitualmente permanecía en casa de un hermano.
     Al poco de cumplir sus primeros cincuenta años de vida, retorna en 1957 a la hermandad aquella imagen de dolorosa de la que ya dijimos que había sido cedida en 1922 el feligrés Fernando Ibarra Llorente, y que ahora donaba para siempre. Ello supuso el guardar -en las dependencias parroquiales – la primitiva dolorosa realizada por Emilio Pizarro, pasando a ser titular la nueva imagen de la virgen que hasta entonces había sido venerada en un oratorio privado situado en la vivienda del donante. Es a partir de estos años cuando la Hermandad de Santa Cruz aprovecha para acometer nuevos proyectos, consiguiendo por fin retablo para la virgen (1959), aumentándose los cultos y la solemnidad de los mismos; se continúa con el aumento de la nómina hermanos –900 entre 1958 y 1959-, y consiguientemente se eleva el número de nazarenos que llega a alcanzar la cifra de 250 por estos años; comienzan a participar el grupo de monaguillos de manera definitiva en la estación de penitencia (1963), se crea la bolsa de caridad (1962), se fusiona con la hermandad sacramental y Nuestra Señora de la Paz (1966), se instaura la celebración del viacrucis del Cristo de las Misericordias por las calles del barrio (1971), se cuenta con la primera casa de hermandad (1968), y se inicia la edición del boletín de la hermandad, que con el título “Misericordias”, vería la luz en octubre de 1970. Pero posiblemente el hito histórico que más repercusión tuvo en la Sevilla cofrade en general y entre los hermanos de Santa Cruz en particular, fue la decisión de construir por fin el paso de palio, que realizado por Emilio García Armenta en la parte de orfebrería, –a excepción de la candelería obra del taller Angulo-, y en los bordados realizados por Guillermo Carrasquilla, esta obra de arte salió por primera vez en la Semana Santa de 1965. Como consecuencia del estreno del nuevo paso, es modificada la imagen de la Virgen de los Dolores por Juan Abascal Fuentes, y que posteriormente sería sustituida por otra, obra de Antonio Eslava Rubio que sale por vez primera el Martes Santo de 1968. La imagen de la virgen sustituida es entregada a la parroquia del onubense pueblo de Bonares, donde continúa recibiendo culto.
     En la década de los setenta sigue viviendo un buen momento, se crea la tómbola de Navidad, se celebran reuniones, tertulias y conferencias, y finalmente se llenó de vida, entusiasmo y juventud con la creación de la cuadrilla de hermanos costaleros en 1978. Igualmente se abordaron nuevos proyectos destinados a aumentar el patrimonio, acondicionándose un salón cedido por el párroco para permanente exposición de los enseres, que ya por aquel entonces – y desde algunos años antes -, comienzan a ser numerosos y valiosos. Pero sin duda, el proyecto más ambicioso de estos años fue la sustitución del antiguo paso de Cristo, que estrenado en 1922, y ampliado posteriormente, adolecía ya de los achaques del tiempo. Así pues, el Martes Santo de 1975, se estrena un nuevo paso, inspirado en el anterior, y conservándose para su iluminación los singulares candelabros de forja que se habían utilizado hasta entonces. El diseño fue de Antonio Martín, quien además hizo el trabajo de talla y dorado; Rafael Barbero Medina hizo el apostolado de las esquinas; Ignacio Gómez Millán la pintura de las tablas de las capillas representando escenas de la pasión, y las monjas del convento de Santa Isabel se encargaron de crear los bordados de los respiraderos. En 1976 el Santísimo Cristo de las Misericordias es designado para presidir el viacrucis del Consejo en la catedral. Primera vez que dicha institución organizaba tal acto. Casi al concluir la década de los setenta –en octubre de 1979-. La hermandad celebró su 75 aniversario fundacional, celebrándose entre otros actos litúrgicos y culturales, una procesión extraordinaria al convento de Madre de Dios y al San José (las Teresas), en la que participó el paso del Cristo de las Misericordias con el crucificado y arrodillada a sus pies la primitiva Virgen de los Dolores, obra de Emilio Pizarro, que fue rescatada de las dependencias parroquiales.
     En 1982 pasa a regir los destinos de la hermandad una gestora por decisión de la autoridad eclesiástica. Permanecería hasta 1986; en total cuatro años en los que los siete miembros que constituían esta junta, y con la ayuda que le prestaron los hermanos de Santa Cruz, consiguieron con acierto que la hermandad siguiera adelante hasta que se convocaron nuevas elecciones. Fue en este tiempo precisamente cuando se enriquece el formato del boletín para acercarse en su presentación al que hoy se sigue editando, se construye una nueva parihuela para el paso de palio, y se reparan los varales y la crestería de dicho paso.
     Hablando ya de tiempos recientes, se adquiere almacén para guardar los pasos y se construye la nueva casa de hermandad. Respecto al patrimonio artístico, cabe citar el cincelado de nueva candelería, llamador para el paso de cristo, y un nuevo manto de salida para la Virgen; igualmente se bordaron broches y escudos en los nuevos faldones del paso de cristo, se hizo nueva parihuela para el paso de la virgen, se cinceló en plata la nueva cruz de guía y los cuatro faroles que la acompañan, se construye nuevo retablo para Santa María de la Antigua, se adquiere una hermosa saya y manto de camarín bordados para la Virgen de los Dolores. En cuanto a la conservación del patrimonio artístico , se restauran saya, estandarte, senatus, uno de los simpecados de la Virgen de la Paz, antiguos respiraderos y maniguetas del paso de cristo, candelabros del paso de cristo, la totalidad del paso de palio, los bordados de los paños de bocina, etc. En la Acción Social se potencia la ayuda al pretaller de carpintería y al del taller de confección para mujeres necesitadas. Finalmente, en lo cultural se promocionan todo tipo de actos, desde conferencias, conciertos, y visitas culturales, todo ello sin olvidar la formación espiritual y cofrade de los hermanos. Hemos de destacar asimismo la creación del grupo de hermanos acólitos.
     En 1992 la imagen del Cristo de las Misericordias va a la catedral para estar presente durante varios meses en la exposición Magna Hispalensis, celebrada con motivo de la Expo 92. Se sometió a labor de limpieza y construcción de nuevo candelero a la imagen de la Virgen de los Dolores, y se restauró la primitiva Virgen de los Dolores, actualmente advocada de la Antigua. Se sometió a una intervención reparadora ejercida por Ricardo Comas a la efigie del Cristo de las Misericordias, para años después trasladarla al Instituto Andaluz de Patrimonio Artístico para ser restaurado. Se sufrió el cierre de la parroquial de Santa Cruz durante las importantes obras de consolidación, trasladándose la sede parroquial y la hermandad a la aneja capilla de la Escuela de Cristo. Se tomaron decisiones importantes, como devolver primero al culto, y después al paso a la primitiva imagen de la Virgen de los Dolores, incluyéndola en las reglas bajo el título de Santa María de la Antigua, reglas que fueron redactadas de nuevo, y que entre otras novedades recogía la posibilidad de efectuar la estación de penitencia de las hermanas, igualándolas además en todos los sentidos con los hermanos. Y finalmente, entre el año 2004 y 2005 se celebró el centenario fundacional de la hermandad, teniendo lugar gran cantidad de actos cultuales, tantos internos como externos, destacando como extraordinarios la salida en el llamado Santo Entierro Grande, y el devoto y solemne viacrucis del Cristo de las Misericordias que contó con el rezo de una de las estaciones ante la Virgen de los Reyes (web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Santa Cruz;
La Leyenda de la cruz
   La historia de la Santa Cruz, antes y después de la Crucifixión, dio nacimiento a un ciclo legendario que fue popularizado por Santiago de Vorágine en la Leyenda Dorada.
   Los héroes principales de esta novela piadosa que abarca varios siglos, son Adán, Salomón, la reina de Saba, el emperador Constantino, Santa Helena y finalmente Heraclio, que devuelve la Santa Cruz a Jerusalén.
La madera de la Cruz antes de la Crucifixión
   La idea central de la leyenda es la intención de vincular la Redención con el pecado Original. Se imaginó que la cruz del Gólgota se había construido con madera procedente del árbol de la Ciencia. Por ello, en los himnos litúrgicos, la cruz se invoca con el nombre de Arbor.
   ¿Qué sucesión de vicisitudes y metamorfosis permitió que la madera del árbol de la Ciencia se convirtiera en la cruz de Jesús? Se supuso que Adán había arrancado una rama antes de ser expulsado del Paraíso. Según otra versión, es el tercer hijo de Set quien habría recibido ese brote de manos del arcángel Miguel, y lo habría plantado sobre su tumba.
   Mucho tiempo después, la reina de Saba, que fue a Jerusalén para visitar a Salomón, al encontrarse frente a una viga echada sobre un arroyo a manera de puente, vio en espíritu que el Redentor sería fijado alguna vez a esa madera. Por ello se negó a pisar esa tabla sagrada y se arrodilló para adorarla.
   Salomón hizo clavar esa pieza de madera en el suelo con el objeto de que no fuese pisoteada. Por un misterioso fenómeno, apareció en la Piscina probática donde flotaba y curaba milagrosamente a los enfermos y tullidos. Los verdugos la retiraron de esa piscina y construyeron con ella la cruz de Jesús.
   Esta leyenda novelesca ha sido representada muchas veces por los pintores italianos del Trecento y del Quattrocento, sobre todo en las iglesias de los franciscanos, guardianes del Santo Sepulcro, muchas de las cuales estaban bajo la advocación de la Santa Cruz (Santa Croce).
   La escena más popular de este ciclo es el gesto de la reina de Saba al arrodillarse frente a la madera de la Santa Cruz cuando aún servía de puente sobre un arroyo.
La reina de Saba adora la madera de la Cruz
   En la vidriera de Saint Pantaléon, en Troyes, se lee esta ingenua inscripción:
          La royne de Sabba ne voulut marcher sur la dicte planche
          Pour ce qu'elle fut inspirée que sur icelle planche
          Serai crucifiçe le Rédempteur des humains.
   (La reina de Saba no quiso caminar sobre esta tabla / Porque recibió la inspiración que sobre esa misma tabla / Sería crucificado el Redentor de la humanidad.)
   De acuerdo con una leyenda popular que asimila la reina de Saba a la reina Pedauca, al retroceder para vadear el arroyo, ella mostró una pata de oca.
   Existe otra versión de esta leyenda que también reposa en la idea de la continuidad de los dos Testamentos, pero que es totalmente diferente.
   Adán, expulsado del Edén, como recuerdo del Paraíso perdido se lleva una rama del Árbol de la Ciencia que le sirvió de bastón hasta su muerte.
   Dicho bastón, que los patriarcas se transmitieron de generación en generación, fue encontrado por Jetró, el suegro de Moisés. De ese bastón colgó Moisés la serpiente de bronce, prefiguración de Cristo crucificado. Por la intermediación del traidor Judas, llegó a las manos de los verdugos de Cristo que lo utilizaron para construir la cruz.
La Invención y la Adoración de la Vera Cruz
   La historia de la Santa Cruz no se detiene en la Crucifixión. A falta de huesos de Cristo, cuyo cuerpo había subido al cielo, la devoción popular se volcó sobre el instrumento del suplicio que ocupó el primer lugar en el catálogo de las reliquias.
   Las tradiciones creadas en torno a este símbolo de la fe cristiana fueron difundidas en el siglo XIII por la Leyenda Dorada que narra detalladamente la maravillosa historia de la Búsqueda, el Descubrimiento y la Exaltación de la Santa Cruz.
1. La Invención de la Vera Cruz por santa Helena
   Después de la muerte de Cristo la cruz no se mantuvo plantada  en el Gólgota, puesto que erigían una nueva para cada ejecución. Fue enterrada con los «patibula» de los dos ladrones en una fosa común que cayó en el olvido. Ninguno de los apóstoles y evangelistas se preocupó por ello, según parece.
   Algunos siglos más tarde, Cristo se aparece en sueños al emperador Constantino y le promete que vencerá bajo el signo de la cruz. Constantino sale de Roma al encuentro del ejército de Majencio, y gracias a la cruz que resplandece en su lábaro, consigue la victoria.
   Santa Helena, su madre, decide entonces viajar a Jerusalén para encontrar la madera de la Vera Cruz. Reúne a los ancianos para indagar acerca del lugar donde está enterrada, y le informan sobre un tal Judas como único depositario del secreto.
   Éste, interrogado, finge no saber nada. Helena ordena que lo echen en una cisterna seca: después de seis días de ayuno, Judas pide que se lo perdone y promete decirlo todo. Cuando cavan en el sitio que él señala, se descubren las tres cruces del Calvario.
La identificación de la Vera Cruz
   Desgraciadamente, las tres cruces se parecían entre sí ¿Cómo distinguir entonces la Santa Cruz, la de Jesús, de las correspondientes a los Ladrones? Su autenticidad fue revelada por el milagro de un muerto que resucitó a su contacto, o bien de acuerdo con otra leyenda, por la inscripción (titulus) que permanecía fijada a la madera de la Vera Cruz.
    En medio de la alegría general, Judas se convirtió, y en su bautismo cambió su nombre malsonante por el de Ciriaco (Dominicus); y hasta llegó a ser elegido obispo de Jerusalén.
   Por pedido de Santa Helena, emprendió búsquedas complementarias en el Gólgota para encontrar los Santos Clavos, que aparecieron en la superficie tan brillantes como si fueran de oro.
   Toda esta historia ha sido inventada. No hay texto alguno que haga alusión al descubrimiento de la Vera Cruz antes de 347; ahora bien, Santa Helena murió en Nicomedia  en 327.
2. La reconquista de la Santa Cruz por el emperador Heraclio
   Las aventuras de la Santa Cruz no habían terminado.
   La preciosa reliquia, que Constantino y Helena habían enriquecido con gemas (crux gemmata), fue pillada por el rey de los persas, Cosroes II. El emperador Heraclio la reconquistó en 628 y la devolvió a Jerusalén, sólo en parte, porque uno de los brazos habría quedado en Constantinopla.
   Ese retorno de la Vera Cruz está narrado de dos maneras diferentes.
   Según la primera versión, Heraclio se había propuesto llevar personalmente sobre sus hombros la Cruz reconquistada a la cima del Calvario, y para honrarla creyó que lo mejor era vestirse con sus ornamentos imperiales. Pero cuando quiso levantar la Cruz le resultó imposible conseguirlo. El patriarca Zacarías le explicó la causa de ese prodigio: puesto que Cristo había transportado su cruz con humildad, era conveniente que un emperador cristiano hiciese otro tanto. Una vez despojado de sus ornamentos, en camisa y con los pies descalzos, pudo subir la Cruz hasta el Gólgota.
   La Leyenda Dorada introdujo una variante en esta anécdota. Heraclio quería hacer una entrada triunfal en Jerusalén; pero al llegar a Jerusalén a caballo, seguido por un brillante cortejo, debió detenerse ante la Puerta Dorada, pues la encontró cerrada. Un ángel le advirtió que debía devolver la Cruz imitando la humildad del Rey Celestial que había entrado por esa puerta montado en un asno.
   Entonces el emperador comenzó a llorar, se descalzó, se quitó sus ropas, e incluso la camisa, y tomando la Cruz del Señor llamó humildemente a la puerta que se abrió y le permitió el paso.
3. La Exaltación de la Santa Cruz
   Estos dos grandes acontecimientos de la Búsqueda y de la Reconquista de la Santa Cruz fueron conmemorados en la liturgia griega y romana.
   La fiesta de la lnventio S. Crucis recuerda el descubrimiento de la Vera Cruz por la emperatriz Helena. En cuanto a la fiesta de la Exaltatio, que tiene el sentido de elevación, de ostención ante los peregrinos, celebraba en su origen la advocación de la basílica constantiniana del Santo Sepulcro, donde se encontraba la Cruz desenterrada por la emperatriz Helena; pero más tarde se aplicó a su devolución por Heraclio, después de su victoria sobre Cosroes.
   Fue el papa Sergio, oriundo de Siria, quien introdujo en Roma a finales del siglo VII esta fiesta jerosolimitana. En el oficio de ese día, el sacerdote hace cuatro elevaciones de la cruz.
   Todos los santuarios de la cristiandad tenían como suprema ambición poseer un trozo de la Vera Cruz que los emperadores de Constantinopla  no dejaron de acuñar. Esas reliquias insignes se guardaban en las staurotecas (del griego stauros: cruz) que generalmente tienen la forma de una cruz de doble travesaño.
   Las más célebres son la del monasterio de la Sainte Croix de Poitiers, donada en 570 a Santa Radegunda por la emperatriz Sofía; las de Monza, en Lombardía y, en Hungría. La más preciosa desde el punto de vista artístico es la stauroteca de Limbourg del Lahn, adornada con magníficos esmaltes alveolados que proceden del botín robado por un caballero alemán en Constantinopla en ocasión de la cuarta Cruzada, en 1204.
Iconografía
   Hemos insistido largamente en el tema de la leyenda y el culto de la Santa Cruz, porque una y otro dieron nacimiento a numerosas realizaciones artísticas del mayor interés, algunas de las cuales, como los frescos de Piero della Francesca en Arezzo, son incomparables obras maestras.
   La mayoría de dichos ciclos, que se inspiran en la Leyenda Dorada, han sido ejecutados para iglesias de la orden de los franciscanos, con frecuencia puestas bajo la advocación de la Santa Cruz (Santa Croce).
          1. Invención e identificación de la Vera Cruz por santa Helena
          2. El emperador Heraclio, en camisa y descalzo, devuelve la Cruz a Jerusalén
   Heraclio generalmente lleva el asta o poste de la Cruz, sin el travesaño.
El culto de la Santa Cruz
   Numerosas Iglesias o abadías de toda la cristiandad estaban bajo la advocación de la Santa Cruz. En Francia, el monasterio fundado por santa Radegunda, en Poitiers. En España y Austria las abadías cistercienses de Santes Creus y de Heiligenkreuz.
Los instrumentos de la Pasión
   La Cruz no es el único objeto de veneración. La devoción de la Edad Media incluyó en el mismo culto a todos los instrumentos de la Pasión que agrupó en una especie de trofeo llamado las Armas de Cristo. Se le atribuía un poder mágico, como a la señal de la cruz.
   Este tema esencialmente popular a pesar de su carácter heráldico, suele acompañar el Cristo de la Piedad o a la Misa de san Gregorio, imágenes a las que se vinculaban numerosas indulgencias.
   Los elementos que forman parte de su composición se multiplicaron poco a poco. En el siglo XIII estaban reducidos a seis: la corona de espinas, la columna y las varas de la Flagelación, la cruz, los clavos, la esponja y la lanza de la transfixión.
   En el siglo XV el jeroglífico se complicó. Se agregaron las treinta monedas de Judas alineadas o cayendo en cascada de una bolsa invertida, la linterna de Malco y su oreja pegada al machete de San Pedro, el gallo de la Negación (gallus cantans), una cabeza que escupe (sputum infacie Christi), la mano que abofeteó a Cristo, la columna de la Flagelación, el aguamanil y la jofaina  del Lavatorio, las manos de Pilato, el velo de la Verónica, la túnica sin costuras y los dados que tuvieron para echarla a suertes, el martillo que hundió los clavos, la escalera del Descendimiento de la cruz.
   Cuando estos «Instrumentos» no están ordenados en una panoplia son transportados por ángeles que tienen el papel de tenantes de escudo de armas. En Solesmes, el ángel que lleva la bolsa de Judas, enjuga una lágrima en la comisura del ojo.
   Los ángeles presentando los Instrumentos de la Pasión suelen estar representados en los timpanos de las portadas de las catedrales, en la escena del Juicio Final.
Las cinco llagas
   Otra devoción también vinculada con la Crucifixión es la de las cinco Llagas o heridas. Se desarrolló en el siglo XV a causa de las indulgencias que atribuyó el papado a las oraciones en memoria de las cinco Llagas de Cristo que protegían contra la «muerte ruin», es decir, la muerte súbita, sin confesión, particularmente temida en tiempos de peste.
   Las procesiones expiatorias de los flagelantes se acompañaban con este refrán:
          Jhesus, par tes cinq rouges playes 
          De mort soudaine nous delayes.
          (Jesús, por tus cinco rojas llagas / Nos sustraes de la muerte súbita.)
   Esta devoción concordaría mejor con la antigua iconografía del Crucifijo, donde los pies de Cristo están separados, que con la nueva, donde los pies están superpuestos y agujereados con un solo clavo.
   En las xilografías coloreadas del siglo XV se encuentran tres formas de representar este motivo que pertenece casi exclusivamente a la imaginería popular.
     Las cinco Llagas tienen la forma de cortes horizontales de los que caen gotas de sangre y de donde emanan rayos de luz.
     Un corazón atravesado por una lanza y aplicado sobre una cruz está flanqueada por cuatro miembros cortados: dos manos y dos pies agujereados por clavos. El conjunto forma un trofeo de la Crucifixión.
     Las cinco Llagas están simbolizadas por cinco cruces sobre la mesa del altar, imagen del cuerpo de Cristo de acuerdo con la fórmula ritual del Pontifical.
   Con frecuencia los artistas se limitan a representar la herida del costado en tamaño real, que llevan dos ángeles en un cáliz.
   Además, la devoción a las cinco llagas se expresa alegóricamente mediante la representación de la Fuente de Vida, llena con la sangre de Cristo, que purifica las almas y cura los cuerpos. Esta Fuente de Remisión, asimilada a la Piscina probática de la Biblia, tiene cinco orificios que corresponden a las cinco Llagas del Redentor Crucificado.
   En la época de la Contrarreforma, un carmelita descalzo, José de Santa Bárbara, publicó en Amberes, en 1666, un tratado místico titulado Het Gheestelijk Kaertspel (El juego de cartas espiritual), donde el cinco de corazones está representado por cinco corazones dispuestos en tresbolillo alrededor de la Cruz, y en los cuales se inscriben las llagas de las manos, el costado y los pies (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Página web oficial de la Hermandad de los Estudiantes: www.hermandaddesantacruz.com

La Hermandad de los Estudiantes, al detalle:
    - Sede Canónica: Iglesia de Santa Cruz
    - Día de Salida Procesional: Martes Santo
    - Imágenes Titulares:  - Nuestra Señora de la Paz
                                        - Santísimo Cristo de las Misericordias
                                        - Nuestra Señora de los Dolores
                                        - María Santísima de la Antigua

domingo, 22 de diciembre de 2024

Un paseo por la barreduela Carlos Alonso

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la barreduela Carlos Alonso, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La barreduela Carlos Alonso es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; va de la plaza de la Escuela de Cristo a la calle Ximénez de Enciso.
     La calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 
     Algunas vías reciben una denominación diferente a la de calle, en función de características genéticas, morfológicas o funcionales. Cuando se encuentra cerrada por construcciones en uno de sus extremos se llama barreduela o adarve, y en el uso popular callejón, y a veces callejuela. Son muchas las barreduelas que se conservan en el casco histórico como herencia de la ciudad medieval, pero tampoco son infrecuentes en la periferia. Una característica peculiar de las barreduelas es que sus edificios poseen numeración correlativa, mientras que en las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
       También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Formó parte de Ximénez de Enciso, hasta que se rotuló en 1969 en memoria de Car­los Alonso Chaparro (1880-1957), director del colegio privado San Diego, que estuvo ubicado en ella, a petición fue firmada por muchos de sus discípulos "de todas las clases sociales", Hermandad de los Panaderos, Asociación de Capataces y Costaleros, parroquia de Santa Cruz, Sindicato Provincial de Ganadería, instituciones con todas las cuales estuvo en relación. No hay referencia de que haya recibido ningún otro nombre específico con anterioridad. 
     Uno de sus la­dos está ocupado por la fachada lateral de la capilla de la Escuela de Cristo. Esta congregación labró capilla en 1798, con salida a ella, en unas casas que había adquirido co­lindantes con el convento de Clérigos Regulares Menores, hoy parroquia de Santa Cruz. La calle está escalonada en descenso hacia Ximénez de Enciso, presenta buena pavimentación y las dos únicas casas que dan a ella se hallan muy abandonadas. En la esquina hay un azulejo en el que, junto con el nombre de Carlos Alonso Chaparro, fecha de nacimiento y muerte del mismo, aparece un libro, una pluma y el escudo de la ciudad. Su única función es facilitar el acceso a dependencias de la parroquia de Santa Cruz, a la capilla de la Escuela ele Cristo y a las casas existentes en la misma [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
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La barreduela Carlos Alonso, al detalle:
Capilla de la Escuela de Cristo
Placa conmemorativa a Carlos Alonso Chaparro

miércoles, 25 de diciembre de 2019

La Capilla de la Escuela de Cristo (de la Natividad)


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Escuela de Cristo (de la Natividad), de Sevilla.   
   Hoy, 25 de diciembre, Pasados innumerables siglos desde de la creación del mundo, cuando en el principio Dios creó el cielo y la tierra y formó al hombre a su imagen; después también de muchos siglos, desde que el Altísimo pusiera su arco en las nubes tras el diluvio como signo de alianza y de paz; veintiún siglos después de la emigración de Abrahán, nuestro padre en la fe, de Ur de Caldea; trece siglos después de la salida del pueblo de Israel de Egipto bajo la guía de Moisés; cerca de mil años después de que David fuera ungido como rey; en la semana sesenta y cinco según la profecía de Daniel; en la Olimpíada ciento noventa y cuatro, el año setecientos cincuenta y dos de la fundación de la Urbe, el año cuarenta y dos del imperio de César Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, concebido del Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judea, hecho hombre, de María Virgen: la Natividad de nuestro Señor Jesucristo según la carne [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de la Escuela de Cristo (de la Natividad), de Sevilla.
   La Capilla de la Escuela de Cristo (de la Natividad), se encuentra en la barreduela Carlos Alonso Chaparro, 1; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
   La iglesia más desconocida está en el barrio más turístico de la ciudad. Barrio de Santa Cruz: un azulejo con un Crucificado que no procesiona en Semana Santa nos señala los muros que acogen a la Escuela de la Natividad, una de las tres escuelas de Cristo que tuvo Sevilla. El origen de estas instituciones hay que buscarlo en la acción de San Felipe Neri, fundándose la primera escuela de nuestro país en Madrid, en febrero de 1653. Su lema se basaba en el Evangelio de Mateo: "Vuestro meastro es uno solo: Cristo", siendo por tanto un instituto de perfección cristiana que permitía la participación activa de los seglares en pleno siglo XVII. En Sevilla existió la Escuela del Espíritu Santo (1662), la de la Natividad (fundada en 1793 en el convento de San Francisco, pero trasladada poco después al lugar actual) y la Escuela de San Hermenegildo (fundada en 1798). Sus austeras reuniones eran dirigidas por un "padre obediencia", que dirigía la oración, la meditación y la mortificación de los hermanos que se sentaban frente a frente  en la oscuridad de la capilla. Según las reglas generales, el número de hermanos no podía pasar de setenta y dos, cifra que se consideraba la de los enviados de Cristo. Durante los ejercicios, presididos por un Crucificado y una imagen de la Virgen, se ponía "al pie del altar dos calaveras y huesos de muertos, y don manojos de disciplinas". La estampa de vanitas viviente la completaban "una mesa pequeña y baja con una calavera, las constituciones, las cédulas de la meditación, una pila de agua bendita, un reloj y una campanilla". Las meditaciones podían incluir el beso de la calavera y la mortificación física con flagelos.

   De esta estampa barroca, mantenida hoy sólo en la liturgia pero con las disciplinas olvidadas, la capilla de la Escuela de Cristo actúa como escondido recordatorio. Accesible por una pequeña placita anexa a la parroquia de Santa Cruz, es una pequeña capilla de fines del siglo XVIII con una sola nave y clásica portada al exterior. Fue edificada en 1798, cubriéndose con bóveda baída en la cabecera y cañón con fajones y lunetos en el resto. Tras flanquear su portada de frontón roto, en el acceso se puede contemplar en una vitrina un excelente Nacimiento cercano a la estética de Roldán o de su hija Luisa, llamando la atención un mueble ya en desuso con el organigrama de los diferentes cargos de la institución. Su austero interior está presidido por un retablo neoclásico que acoge una notable talla de Juan de Astorga, el Crucificado de la Providencia (1819-1820). Se trata de una obra de formas académicas, una talla de Cristo muerto, sin apenas signos de violencia, que sustituyó al antiguo Crucificado de los Mulatos, hoy Cristo del Calvario. A sus pies se sitúa la Mater Misericordiae, imagen de la Virgen arrodillada realizada por Cristóbal Ramos en 1798. El resto de la iglesia apenas tiene ornamentación, salvo una copia contemporánea de la Virgen de los Reyes y un recuerdo del excelente cuadro del Calvario de Lucas Cranach que fue propiedad de la institución y que hoy se expone en el Museo de Bellas Artes. Los bancos austeros en paralelo, la calavera guardada en un cajón, el solideo del cardenal Spínola (que fue padre obediencia de la institución), las reliquias, y el austero ambiente, hacen que la Escuela de Cristo sea el recuerdo más puro de la religiosidad de siglos pasados. Aunque en su oscuridad ya no se oigan los azotes... (Manuel Jesús Roldán,  Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Situada detrás de la iglesia de Santa Cruz se encuentra la Escuela de Cristo, edificio que conserva una imagen de la Dolorosa de Cristóbal Ramos en 1798 y el Cristo de la Providencia, obra de Juan de Astorga, en 1820 (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
Conozcamos mejor la Historia, Culto e Iconografía de la Festividad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo:
HISTORIA
   De acuerdo con la tradición adoptada por la Iglesia, Cristo habría nacido en Belén, un 25 de diciembre, a media noche.
   En realidad el lugar y la fecha de nacimiento son desconocidos.
   Acerca del sitio donde nació, los Evangelios profesan opiniones contradictorias. Mateo y Lucas hacen nacer a Jesús en Belén; Marcos y Juan creen que vio la luz en Nazaret.
   La tradición del nacimiento en Belén se apoya en una profecía de Miqueas (5: l). Se creía que el Mesías, descendiente del rey David, nacería como él en Belén. Pero el censo, que la historia vincula con el viaje de María y de José a este pueblo, es posterior en muchos años al nacimiento de Jesús.
   ¿El Mesías nació en Nazaret? Es lo que admitía Renan, arguyendo con el hecho de que a Jesús lo apodaran Nazareno. Los historiadores más recientes están menos seguros. El título de Nazareno, erróneamente interpretado en el sentido de hombre de Nazaret, en realidad significaría «Santo de Dios».
   En suma, nada  autoriza  a afirmar que Jesús haya nacido en Belén y no en Nazaret, o viceversa.
   La misma incertidumbre reina en torno al año de su nacimiento que no podemos fijar ni con una aproximación de quince años, ya cerca del día, fijado arbitra­riamente por la liturgia. 

   Lo que a primera vista nos asombra es el hecho de que ninguno de los evangelistas haya pensado en precisar la fecha de nacimiento del Mesías y que los apóstoles no hayan tenido la idea de celebrar el cumpleaños de su maestro desaparecido. Para comprender esta sorprendente omisión, debe recordarse que en la liturgia cristiana la única fecha importante era la de su muerte. Lo que en el Martirologio romano se llama Natalicio de un santo (dies natalis), no es, como la palabra parece indicar, el día de su nacimiento, sino por el contrario, el de su muerte. Y con Cristo pasó como con los santos. La liturgia se concentró en torno a su Resurrección. El domingo de Gloria de la Pascua relegó a la Natividad a la sombra.
CULTO
   Fijación del aniversario de la natividad
   Así, la fecha litúrgica del 25 de diciembre no reposa sobre dato histórico alguno. En los primeros tiempos cristianos la Natividad se celebraba el día de la Epifanía (6 de enero) y esa costumbre se conservó en la Iglesia de Armenia. A mediados del siglo IV, en 534, la fiesta, localizada en principio en Roma, en la basílica de Santa María la Mayor o del Pesebre (ad Praesepe), fue cambiada arbitrariamente por el papa Liberio al 25 de diciembre.
   Debe admitirse que esa fecha no concuerda con el relato de la Anunciación a los pastores, que según Lucas, supieron la buena nueva en la estación en que pasaban la noche al aire libre con sus rebaños.
   ¿Por qué se eligió esa fecha y no otra cualquiera? Porque es la del solsticio de invierno. El Mesías, en efecto, es frecuentemente comparado con el Sol: es el sol de la Nueva Ley. Por ello se hace coincidir su fiesta con el renacimiento anual del as­tro solar.
   Quizá haya que tener en cuenta la influencia de las otras religiones de la antigüedad. La fecha del 25 de diciembre coincide con la fiesta del dios solar Mithra y con las Saturnales romanas que la Iglesia tenía interés en suplantar con una fies­ta cristiana.
   Sea como fuere, la fijación de la Navidad el 25 de diciembre comportó en consecuencia la de otras muchas, establecidas en relación con la Natividad, así como las hay en función de la Pascua: la Anunciación se celebra nueve meses antes (25 de marzo), la Circuncisión ocho días después (1 de enero), la Purificación de la Virgen o Presentación de Jesús en el Templo, cuarenta días más tarde (2 de febrero).
   La fiesta de Navidad
   Esta vacilación acerca de la fecha de la Natividad explica la aparición tardía de la fiesta de Navidad.

   En Roma, no está probada con  anterioridad al siglo IV, y la misa de gallo, que el Liber Pontificalis atribuyó al papa san Telesforo que vivió en el siglo II, en verdad no fue introducida antes del siglo V, después de la fundación de Santa María la Mayor. El Oriente había sido más precoz.
   El emperador Constantino hizo edificar una basílica en el lugar de la gruta (spe­os, spelaion) donde la Virgen habría parido tras no encontrar alojamiento en la venta o caravasar. Esta iglesia, que san Jerónimo llamó «ecclesia speluncae Salvatoris», fue dotada con un pesebre de plata por santa Helena, que se convirtió en un objeto de peregrinación tan célebre como la cruz de gemas del Gólgota.
   De esa primitiva basílica no queda casi nada, porque fue reconstruida en tiempos de Justiniano que la hizo decorar con mosaicos dorados que representan de un lado a los profetas de la Encarnación, y del otro el árbol genealógico de Jesé y el misterio de la Natividad.
   Apenas instituida, la fiesta de Navidad adquirió en Bizancio una importancia preponderante entre las solemnidades del año litúrgico. San Juan Crisóstomo la glorificó como «la más venerable de las fiestas».
   En Roma, a partir del siglo V, no se contentaron con celebrar la misa de gallo, ese día los sacramentarios prescribieron tres misas (trina celebratio): por la noche, al amanecer y durante el día.
   Tres in Natali debent missae celebrari.
   He aquí como santo Tomás de Aquino interpreta y justifica simbólicamente esta triple celebración. El día de Navidad -escribió en la Suma- se celebran varias misas para recordar el triple nacimiento de Cristo. La primera es el nacimiento eterno en el seno del Padre, que para nosotros permanece invisible y oculto: por eso la misa se canta por la noche. El segundo es de orden espiritual: es el nacimiento de Jesús en nosotros, por eso se canta una misa en la aurora. El tercer nacimiento de Cristo es corporal: es el instante en que sale del vientre virginal de su madre, revestido de carne y visible para nosotros. Por ello la tercera misa se canta a plena luz, con este introito: «Puer natus est nobis
   La basílica de Santa María la Mayor, que entre sus reliquias más insignes cuenta con el Pesebre del Salvador, expuesto en la capilla subterránea del Pesebre, es el principal santuario de este culto.
   La fiesta de Navidad no es sólo una solemnidad litúrgica, es también una fiesta esencialmente popular. Numerosos cánticos en latín y en lengua vulgar, las representaciones de los autos sacramentales o Misterios, los pesebres o belenes de los cuales san Francisco de Asís ofreció el primer ejemplo en Greccio, prueban esta uni­versal popularidad que a su vez reflejan las obras de arte.
ICONOGRAFÍA
   El estudio iconográfico del tema de la Natividad se divide lógicamente en tres partes:
l. Los Preludios, es decir los episodios anteriores al nacimiento: el Viaje a Belén y el censo, la Expectación del parto.
2. La Natividad propiamente dicha.
3. Los temas complementarios de la Adoración de los Pastores y de los Reyes Magos.
   La natividad
   El Nacimiento de Cristo está relatado en el Evangelio de Lucas (2: 7) con extrema brevedad: "Y (María) dio a luz a su hijo primogénito, y envolvióle en pañales, y lo reclinó en un pesebre, porque en el mesón no había lugar para ellos". 
   La piedad popular pedía más que esa lacónica, seca información sumaria, tan desprovista de poesía como un acta de estado civil. Los Evangelios apócrifos acudieron en su ayuda bordando pintorescos adornos sobre ese cañamazo. A ellos se debe la introducción de las dos comadronas, la crédula y la incrédula. El buey y el asno, humildes compañeros olvidados por san Lucas, aunque el símbolo evangélico de éste sea precisamente un buey, tienen el mismo origen: con sus alientos cálidos que escapan como humo de sus fosas nasales, calientan la atmósfera glacial del establo y confieren a la Natividad el encanto ingenuo de una tierna leyenda franciscana.
   De acuerdo con la Leyenda Dorada, la Natividad de Jesucristo estuvo acompañada de numerosos prodigios: el milagro de los tres soles, el derrumbe del templo de la Paz, la aparición de una estrella a la sibila y al emperador Augusto, el surgi­miento de una fuente de aceite que fluyó en el Tíber.
Las dos versiones de la natividad
   Los teólogos tenían otras preocupaciones que también se reflejan en la iconografía de la Natividad. Había dos maneras de imaginar el Nacimiento de Cristo. Según unos, la Virgen habría parido con dolor; según los otros, habría tenido el privilegio de dar a luz sin sufrimiento.
   Es la segunda opinión la que acabó imponiéndose, en Oriente como en Occidente.
   En una descripción de la Natividad de Marcos Eugénicos, se dice que «la Virgen, habiendo parido sin sufrimiento, no está en absoluto fatigada ni pálida; no siente necesidad de acostarse, sino que se sienta con solemnidad como una reina y los Reyes Magos prosternados adoran al Niño Rey que sostenía en las manos».
   El concilio de Trento ratificó esa doctrina. De acuerdo con su portavoz, el jesuita flamenco Molanus, deben separarse del pesebre a las comadronas, puesto que la Virgen parió sin dolor. Y en el parto no debe representarse yacente y enferma (de­ cumbens et aegrotans), sino de rodillas, según la visión de Santa Brígida, en adoración ante el Niño.
   De esta dualidad de opiniones derivan dos tipos iconográficos enteramente diferentes.
   1. En la versión siria retomada por los bizantinos, la Natividad es un verdadero parto. La Virgen está acostada sobre un colchón, parece agotada por la fatiga, yace de costado y se vuelve hacia el Niño que una comadrona está bañando.
   2. En el arte occidental de finales de la Edad Media, la Natividad se convierte en una adoración. La Virgen, que según se ve, no ha sufrido, está arrodillada, con las manos unidas ante el Niño desnudo y luminoso, acostado sobre una gavilla de paja o sobre un pliegue de su manto.
   1. El tema bizantino del parto
La escena tiene lugar en una gruta, que sirve como establo y como habitación al mismo tiempo, como era costumbre en Palestina.
La Virgen, el Niño y san José
   La Virgen está acostada en el lecho junto al recién nacido fajado (pannis involutus) que está acostado, ya en un pesebre, ya en una cuna.
   En las miniaturas anglosajonas de la escuela de Winchester (siglos X-XI) que decoran el Benediccional de Aethelwold y el Misal de Robert de Jumieges, se ve una mujer guiada por un ángel que coloca un almohadón bajo la nuca de la Virgen. 
   A veces, a consecuencia de una contaminación con el tipo de la Virgen de la Leche, la Virgen acostada amamanta al Niño, ya fajado, ya desnudo.
   En el arte francés del siglo XII, el pesebre suele reemplazarse con un altar. Se ha explicado esta innovación por la intención de expresar simbólicamente que a partir de su nacimiento Jesús estaba destinado a sacrificarse por la salvación de los hombres. Allí debería verse más bien la influencia del drama litúrgico de Navidad, del cual sabemos que el pesebre estaba situado en mitad del altar mayor, iluminado por una estrella que se deslizaba a lo largo de una cuerda.
   José, que no cuenta para nada en el nacimiento del Niño Dios, sólo tiene el papel de un simple extra. Sentado en un rincón, enfurruñado o adormilado, descansa sobre el arreo del asno desalbardado, que le sirve de asiento.
   No obstante, a veces intenta ser útil. Lleva al Niño en brazos que le alcanza a la Virgen, a menos que sostenga un candil encendido cuya llama protege con la mano, para iluminar la oscuridad de la gruta: es un medio para señalar que es de noche.
   Los pintores alemanes del siglo XV le imponen humildes trabajos un tanto ridículos: se quita las calzas para calentar al recién nacido, o atiza el fuego con un fuelle para que se caliente la papilla. Esos detalles familiares se han tomado de los autos sacramentales.
Las dos parteras y el Castigo del incrédulo
   Según el Evangelio del Seudo Mateo (cap. XIII), fue José quien se encargó de ir a buscar a las dos parteras (obstétricas), o como se decía con mayor frescura en francés arcaico, dos vientreras, para que ayudaran en el parto de María.
   En el Protoevangelio de Santiago (cap. XIX), sólo se trata de una partera. Pero el Seudo Mateo menciona dos, de las que conoce hasta sus nombres.
   En el arte bizantino, especialmente en los frescos rupestres de Capadocia, se la llama Salomé y Maia (Mea); este último nombre, que significa simplemente «la partera» (del cual deriva la expresión maieutica, preferida por Sócrates) se convirtió en un nombre propio. El arte de Occidente distingue Zelomi y Salomé, aunque en realidad se trate del mismo nombre.
   La primera, Zelomi, después de haber examinado a la parturienta, declara sin vacilar que ésta sigue virgen después del parto: Virgo concepit, virgo peperit; post par­tum virgo permansit. La segunda, Salomé, permanece incrédula, duda de ese parto virginal, sin obra de hombre, contrario a todas las reglas; como santo Tomás, pide tocar para creer. Pero se le secan las manos: para curarse le basta tocar los pañales (fasciae) del Niño Dios que en el pasado se llamaban «las banderas de infancia» de Jesús.
   En los autos sacramentales, la Salomé de los Evangelios apócrifos fue reemplazada por Santa Anastasia, cuyo nombre se deformó en Homnestasia, Omnestasia o Netasia.
   Dicha Anastasia, a quien fue a buscar José, tenía las manos cortadas; sólo le que­ daban muñones, lo cual la volvía inepta para hacer parir a la Virgen. Pero las manos volvieron a crecerle milagrosamente, de manera que pudo asistir a María y recibir en brazos al recién nacido.
   Esta variante procede de una contaminación  con la leyenda de la partera cuyas manos resecas curan al ponerse en contacto con los pañales del Niño Jesús. A esta leyenda piadosa alude la Plegaria de Huon de Burdeos, rimada por Alexandre Arnoux:
   Seigneur Jésus qui régnez dans le ciel.../ Au même temps que la Vierge en gésinel Vous enfantait dans /'étable voisine, / Sainte Onnestase a Bethléem vivait! Qui n 'avait pas de mains ni de poignets .../ Elle vous prit , chétif sur la paille. / A ses moignons vous [Cites recueillil Et tout soudain, par volonté divine / Il lui poussa des mains droites et fines. 
   Señor Jesús  que reinas  en el cielo...
   Al mismo tiempo que la Virgen de parto
   Os daba a luz en el establo vecino,
   Santa Onnestasia que en Belén vivía 
   Y que ni manos ni muñecas tenía... 
   Os cogió, endeble, sobre la paja
   Entre sus muñones fuisteis vos recogido 
   Y de pronto, por voluntad divina
   Le crecieron manos, derechas y finas.
   San Jerónimo niega la presencia de las comadronas y afirma que María, habiendo parido sin dolor, no tuvo necesidad de ayuda alguna y fue partera y parturienta al mismo tiempo: «Maria ipsa et mater et obstetrix fuit».
   Esta protesta de un doctor de la Iglesia habría tenido algún efecto si las comadronas se hubieran introducido en la escena sólo para asistir a María durante el parto y ocuparse del recién nacido. Pero también se trataba de otra cosa. El objetivo teológico de esta leyenda era probar el parto sobrenatural de Cristo, Hijo de Dios, produciendo el testimonio de dos comadronas particularmente expertas en su oficio. La desconfianza y la incredulidad de una de ellas reforzaba su testimonio, de la misma manera que la experiencia táctil de santo Tomás introduciendo la mano en la herida de Cristo se interpretaba como la prueba más convincente de la Resurrección.
   La credulidad popular persistió por ello en confiar en el relato de los Evangelios apócrifos: la historia de la partera incrédula fue popularizada por la Leyenda Dorada, y por los autos sacramentales del teatro de los Misterios .
   En un manuscrito de los Milagros de Nuestra Señora se lee: «Salomé que no creía que Nuestra Señora hubiera parido virginalmente, sin obra de hombre, perdió las manos porque quiso comprobarlo; se arrepintió, puso las manos sobre Nuestro Señor y éstas le fueron devueltas.»
   La leyenda todavía se puso en escena en el Misterio de la Encarnación y Natividad de Nuestro Salvador Jesucristo, que fue representada en Ruán en 1474.
   En estas condiciones resultaría sorprendente que, como lo creyera E. Mâle, ese motivo que en el siglo IX vemos tratado en un fresco descubierto en 1944 en Castel Seprio, Lombardía, y en el siglo XI, sobre las puertas de bronce de Hildesheim, en los XII y XIII sobre los capiteles de Chartres y de Lyon, y las vidrieras de Laons y de Mans, desapareciera bruscamente del arte cristiano.
   «A partir de ese momento -asegura E. Mâle- la leyenda de las comadronas ya no se encuentra en nuestras catedrales, ni tampoco se la ve más en los manuscritos miniados de los siglos XIII y XIV. Parece que la extrema ingenuidad del antiguo relato haya molestado a la Iglesia. En el siglo XIII los artistas olvidaron  el motivo de las comadronas, que se remontaba a los primeros tiempos del arte cristiano.»
   Si esta afirmación es válida para el arte francés, en cambio no se aplica a las demás escuelas, porque Italia, Flandes y Alemania ofrecen, aún en las postrimerias de la Edad Media, numerosos ejemplos de este motivo arcaico.
   Italia. En su Natividad (Uffizi, Florencia) que data de 1424, Gentile da Fabriano permanece fiel a esta tradición. Otro tanto ocurre con Ottaviano Nelli en su Natividad de Foligno y con Lorenzo da Viterbo en su fresco de la iglesia de S. Maria della Verità, en Viterbo, en donde se ve a José que regresa a la gruta seguido por las dos parteras (1453).
   Países Bajos. Más típica aún es la célebre Natividad del Museo de Dijon, pintada hacia 1430, quizá para la cartuja de Champmol por el maestro llamado de Merodc o de Flémalle: las dos comadronas tocadas con turbante, como debían estarlo en la puesta en escena de los autos sacramentales tienen allí el papel principal y su diálogo está escrito sobre filacterias.
   Zelomi, arrodillada frente al Niño recién nacido, da testimonio de la virginidad milagrosa de la joven madre diciendo: Virgo peperit filium. Salomé, volviéndose hacia su comadre, hace por el contrario un gesto de incredulidad y objeta: Credam quum probavero (Lo creeré cuando tenga la prueba). Enseguida es castigada por su escepticismo, porque su mano derecha queda súbitamente paralizada. Un ángel que desciende del cielo le aconseja que toque al Niño divino: Tange puerum et sanaberis (Toca al Niño y sanarás). Ese pequeño guión prueba que los autos sacramentales habían conservado hasta esta época la popularidad de la leyenda que la Iglesia aún no pensaba  incluir en el Index.
   El mismo tema vuelve a encontrarse en una Natividad atribuida a Jacques Daret (1433), que se encuentra en la Morgan Library de Nueva York. El Breviario del du­que de Borgoña Felipe el Bueno, que se conserva en la Biblioteca de Bruselas, y cuyas miniaturas se atribuyen a Jean Tavernier de Oudenarde o a G. Vrelant de Brujas, nos ofrece otro ejemplo que puede fecharse con la mayor verosimilitud en 1445. José y la partera que éste fuera a buscar están estupefactos al ver a la Virgen de rodillas frente al recién nacido. Su asombro está bien expuesto: José levanta su caperuza roja; la comadrona Zelomi, que se disponía a intervenir y ya se había arremangado, se queda pasmada frente al milagro, con los brazos caídos.
   Por último, es un tema frecuente en los retablos de madera labrada de Flandes y de Brabante, de finales del siglo XV. Como pruebas tenemos un pequeño retablo en el Louvre, otro en el Museo de Gante, y un tercero en la colección Blair de Chicago donde, detrás de la Virgen arrodillada hay dos mujeres, una de las cuales, la partera incrédula, se mira la mano desecada.
   Alemania. Esta tradición se prolonga en Alemania, como lo atestigua el retablo de la iglesia de San Blas de Bopfingen, pintado por Friedrich Herlin en 1472. Un cuadro del Art lnstitute de Chicago, pintado hacia 1512 por Albrecht Altdorfer también muestra detrás de la Virgen adorando al Niño Jesús, a José que trae a una comadrona.
   También se han encontrado ejemplos en la escultura suaba y alsaciana. El Museo de la obra Notre Dame de Estrasburgo posee un altorrelieve de madera de tilo policromada y dorada -hacia 1480- donde la Adoración aparece acompañada por el tema de la partera incrédula.
   Por lo tanto es a partir del siglo XVI y no del XIII, cuando este motivo escabroso desaparece definitivamente del repertorio del arte cristiano. Es una de las víctimas de la depuración iconográfica del concilio de Trento.
El lavado del niño
   La función de las comadronas no se limita a dar testimonio de la realidad de la maternidad virginal de María: ellas también preparan el baño del recién nacido. En el retablo de las clarisas de la catedral de Colonia, excepcionalmente, este trabajo es realizado por la propia Virgen y por San José que vierte agua en una cubeta.
   Una de las comadronas prueba la temperatura del agua con la mano. En el arte alemán suele ser su pie descalzo lo que moja en la bañera.
   ¿Cuál es el origen de este tema que no se menciona en los Evangelios canónicos ni tampoco en los apócrifos, pero que de todas maneras es muy frecuente en el arte bizantino que lo ha transmitido a Occidente?
   Se lo ha querido explicar por un texto, como es natural, y se ha pretendido que lo introdujo en el arte el hagiógrafo griego Simeón Metafrasto (el Traductor), quien vivió en el siglo X.
   Se trata de un error, puesto que puede citarse un ejemplo del siglo IX: una pintura mural carolingia de Italia meridional, en la cripta del monasterio benedictino de San Lorenzo, en el nacimiento del río Volturno.
   Es posible que se trate, simplemente, de una copia directa de los sarcófagos paganos donde el tema  aparece esculpido con  frecuencia en las representaciones del Nacimiento de Baco.
   Es un motivo muy discutible desde el punto de vista de la ortodoxia, porque si Cristo ha nacido de una Virgen, su nacimiento ha sido tan puro como su concepción. No necesitaba ser lavado como los hijos de los seres humanos aquél que vino al mundo para lavar a la humanidad las manchas del pecado original.
   Para responder a esta objeción, los teólogos sostuvieron que el Niño sólo había sido lavado en apariencia, pero que en realidad era él quien había purificado el agua del baño. Se trataría de una prefiguración del Bautismo, y por ello los artistas de la Edad Media dan a veces a la cubeta de la ablución la forma de las pilas bautismales.
   En efecto, en el arte simbólico de la Edad Media, de la misma manera que el pesebre está asimilado al altar, la bañera se transforma en pila bautismal, salvo cuando adquiere la forma de un cáliz eucarístico.
   Los antiguos iconógrafos, poco familiarizados con el arte bizantino, no comprendían nada de esta escena que interpretaban de una manera muy extraña, como San Juan Evangelista hundido en un recipiente con aceite hirviendo.
   A finales de la Edad Media la bañera adquirió la forma de una cubeta de madera.
   La escena desapareció a partir del siglo XV por dos razones. En primer lugar, por una de carácter doctrinario: resultaba irreconciliable con la creencia en la Virgen pariendo sin dolor y de manera sobrenatural, popularizada por el tema de la Adoración que sustituyó al Parto. En segundo lugar, por una razón estética: la escena del Lavado o Baño asociada con la Natividad comportaba un desdoblamiento del Niño, representado dos veces: fajado en el pesebre y desnudo en la cubeta o bañera. Esta yuxtaposición, que resultaba chocante como un  arcaísmo, no podía subsistir en el tiempo en que el arte de Occidente, más evolucionado, buscaba la unidad de la com­posición centrada en la Adoración del Niño Jesús.
2. El tema occidental de la adoración
   El tema de la Adoración del Niño Jesús, a partir del siglo XV sustituyó al motivo bizantino del Alumbramiento.
   En vez de mantenerse acostada debajo del recién nacido fajado, a partir de entonces la Virgen permanece arrodillada «flexis genibus», con las manos unidas frente al Niño desnudo, extendido sobre un montón de heno o sobre u n pliegue de su manto. Quem genuit adoravit.
   La Natividad de Cristo se diferencia de las de la Virgen y San Juan Bautista a la primera mirada, justamente por ese rasgo.
   La genuflexión de la Virgen
   ¿Cómo explicar una transformación tan radical de la iconografía tradicional? De acuerdo con una idea muy antigua, puesto que se encuentran vestigios suyos en la mitología griega, se consideraba que la posición genuflexa facilitaba el parto. Augea, identificada con Ilicia, diosa del parto, tenia como mote «en gonasi" («de rodillas» ), porque había parido a Télefo arrodillándose.
   Sin retroceder tanto en el tiempo, se ha alegado con la doctrina teológica del Parto sin dolor favorecida por el progreso del culto mariano; pero puede advertirse la acción de influencias más claras.
   Según E. Mâle, el libro Meditaciones del Pseudo Buenaventura, un franciscano italiano del siglo XIV que se llamaba Giovanni de Caulibus, habría tenido influenciea preponderante. Pero desgraciadamente, en dicha versión la Virgen habría parido de pie cogida a una columna. «Cuando llegó a la Virgen el momento de parir, se levantó en mitad de la noche y se apoyó contra una columna que había allí (cum venisset hora partus, surgens Virgo appodiavit se ad unam colurnnam quae ibi erat).» Agrega el autor que José, para ayudar, cogió un fardo de heno del pesebre que arrojó a los pies de la Virgen, y que el Hijo de Dios, saliendo del vientre de su madre sin causarle dolor alguno, fue proyectado al instante sobre el heno, a los pies de la Virgen.
   El cambio que comprobamos en la iconografía de la Natividad del siglo XV se explica mucho mejor, como lo ha demostrado el iconógrafo sueco Henrik Cornell, por la popularidad de las Revelaciones de otra mística: Santa Brígida de Suecia.
   Cuenta Santa Brígida que durante su peregrinación a los Santos Lugares, en 1370, se le apareció la Virgen en Belén, y fiel a la promesa que le hiciera en Roma, reconstruyó ante su mirada y con los menores detalles la forma en que pariera a Jesús. La Virgen vestía una túnica transparente (subtili tunica), a  través de la cual Brígida veía claramente su carne virginal. En el momento de parir se descalzó, como Moisés ante la Zarza ardiendo, se levantó el manto blanco, se quitó el velo, dejó caer sus cabellos dorados sobre los hombros, después preparó los pañales y vendas del Niño que dejó a su lado. Cuando todo estuvo bien dispuesto, flexion ó las piernas (genuflexa est) y comenzó a orar. Mientras rezaba de esa mane­ra, con las manos elevadas, el Niño nació súbitamente, envuelto en una luz tan deslumbrante que eclipsaba completamente la del pequeño candil de José. Entonces, inclinando la cabeza y con las manos unidas, la Virgen adoró al Niño con gran respeto, y le dijo: Bene veneris, deus meus, dominus meus et filius meus. Luego lo estrechó contra su pecho, le cortó el cordón umbilical con los dedos y lo vendó con cuidado.
   Esta descripción de matrona mística, tan experta como una comadrona en materia de partos (porque había tenido muchos hijos), concuerda  muy detalladamente con la nueva iconografía. Cornell cita una serie de pinturas inspiradas en la visión de santa Brígida, la más antigua de las cuales es, posiblemente, un fresco de finales del siglo XIV que se encuentra en Santa Maria Novella de Florencia. Una pintura sobre madera del Museo Cívico de Pisa, ejecutada a principios del siglo XV por Turino Vanni y una pequeña tabla de Siena de la Pinacoteca del Vaticano, atribuida a Sano di Pietro, reproducen de la misma manera todos los detalles del relato de santa Brígida.
   La Virgen, cuyo pelo se le derrama sobre los hombros, adora de rodillas al Niño Jesús; ha puesto junto a ella el manto, los zapatos y los pañales que había preparado. La inscripción que escapa de su boca es la fórmula de bienvenida que conocemos tan bien: Bene veneris, dominus meus. Finalmente, la presencia de la mística sueca, arrodillada en un rincón, con ropas de viuda, con las manos unidas, o bien pasando las cuentas de un rosario, prueba sin lugar a dudas que esas Natividades italianas son el eco de las Revelaciones de santa Brígida.
   El arte alemán adoptó este motivo casi al mismo tiempo que el arte italiano. La Natividad suaba del Rosgarten de Constanza se remonta, aproximadamente, a 1420; la del maestro Francke, que se encuentra en la Galería de Arte de Hamburgo, pintada en 1424, es exactamente contemporánea de la Natividad de Gentile da Fabriano. Puede citarse un ejemplo aún más antiguo en la pintura franco neerlandesa de principios del siglo XV, en la cual el tema de la Adoración del Niño fue ilustrado hacia 1415 mediante una miniatura de Poi de Limbourg. Resulta evidente entonces que la visión de santa Brígida, preparada por todo un movimiento que se remonta a una época muy anterior a la del Pseudo Buenaventura, que es la de san Bernardo, ha renovado el tema de la Natividad no sólo en Italia sino en toda Europa.
   Estimamos que la creencia en la influencia de los textos sobre la iconografía no debe exagerarse, aunque consideremos válida la demostración anterior. La teoría que postula que «tanto en el siglo XV como en el XIII no hay una sola obra de arte que no se explique por un libro», amenaza con hacernos desconocer la acción no menos profunda de la vida de las formas. No se piensa lo bastante en la posibilidad de contaminaciones iconográficas entre temas tangentes o imbricados.
   Mucho antes del siglo XV el arte cristiano había representado al Niño Jesús adorado por los Pastores y los Reyes Magos, que forman parte de la escena de la Natividad. No es imposible que por un deslizamiento muy natural, la Natividad se haya convertido en una triple Adoración: las genuflexiones de los Pastores y de los tres Reyes Magos, sin contar las del buey y el asno, habrían acarreado la de la Virgen María.
El Niño luminoso
   E. Mâle también honra al arte italiano adjudicándole otro motivo muy característico de la nueva iconografía: el Niño luminoso convertido en fuente de claridad que irradia en las tinieblas como una luciérnaga. Dicho autor ve allí una invención de Correggio, y la fuente de dicho motivo sería la famosa Noche (Nochebuena) de la Galería de Dresde, pintada en 1530. «Lo que es de él -escribe literalmente- es el recién nacido radiante, que esparce la claridad en el cuadro como lleva la luz a las almas.»
   Esta reivindicación es doblemente errónea, porque ese motivo del Niño luminoso es muy anterior a Correggio y ni siquiera es de origen italiano.
   El arte bizantino ya conocía el tema del Niño iluminado desde afuera por las irradiaciones de la estrella milagrosa que guía a los Reyes Magos hacia el pesebre y les señala, como el haz de un proyector, al Niño que buscaban. En la miniatura y el mosaico pueden citarse ejemplos que se remontan al siglo XI: Menologio de Basilio, capilla Palatina de Palermo.
   Las Revelaciones de santa Brígida de Suecia hicieron pasar ese tema a Occidente a partir del siglo XIV. En efecto, la mística cuenta que el esplendor divino que emanaba del Niño Jesús anulaba totalmente la luz natural del candil que encendiera José.
   En las Horas de Étienne Chevalier, Jean Fouquet hace que el techo agujerea­do del establo sea atravesado por la luz de la estrella que alumbraba al Niño. A veces se introduce una variante: en la Natividad constelada de estrellas, pintada en 1424 por el Maestro Francke (Gal. de Arte de Hamburgo) es Dios Padre quien des­de lo alto del cielo proyecta un haz de rayos luminosos sobre el Niño Jesús desnudo. A partir de mediados del siglo XV triunfa otra concepción surgida de la primera con toda naturalidad: el foco de luz resulta introvertido: el Niño ya no es más iluminado desde afuera, sino desde adentro, su carne que se ha vuelto fosforescente irradia la luz que deslumbra el rostro extasiado de su madre.
   Fue en la escuela de los Países Bajos, en las obras del pintor eyckiano Petrus Cristus y del iluminador del Breviario del duque de Borgoña Felipe el Bueno; y posteriormente, en el artista primitivo holandés Geertgen tot Sint Jans (ant. col. von Kaufmann, Berlín), donde nació el tema que E. Mâle, erróneamente, atribuye a Correggio. El mérito de haber renovado el tema de la Natividad corresponde al «luminismo» nórdico procedente de los miniaturistas franceses, mucho más que a Correggio y a los pintores influenciados por Caravaggio. El valón J. Provost de Mons y el alsaciano Hans Baldung Grien lo tomaron a principios del siglo XVI. Pero fue la escuela holandesa del siglo XVII la que pudo captar la poesía y expresar el misterio del tema, gracias a la magia del claroscuro de Rembrandt.
Los ángeles adoradores
   Los ángeles aparecen tardíamente en la representación de la Natividad y siguen la huella del ángel Anunciador que alertara a los Pastores y a los Reyes Magos.
   El primer ángel que asiste a la Natividad es, en efecto, el ángel astroforo, cuya estrella guiara a los Reyes Magos hasta el pesebre de Belén. Después de haber mostrado el camino cumple el papel de introductor de los embajadores a quienes presenta al Niño Jesús.
   Poco a poco los ángeles se multiplican. En el siglo XV son ángeles niños que des­cendidos del cielo en enjambres se arrodillan y unen las manos ante el recién nacido, cuando no bailan una ronda aérea.
   Su alegría no sólo se manifiesta mediante gestos de adoración, sino también por un alegre concierto de voces e instrumentos que ofrecen al Niño Jesús. Inclinados sobre el techo de paja de la cabaña como una bandada de gorriones, cantan a toda voz Gloria in excelsis.
   En un bajorrelieve de la capilla Colleoni, en Bérgamo, se los ve tocar el laúd y hasta el órgano.
La mula y el buey arrodillados
   Los animales participan también en la Adoración del Niño luminoso. Igual que la Virgen y los ángeles, el buey y la mula (o el asno) caen de rodillas.
   A decir verdad, la presencia de los animales en el establo rupestre de la Natividad no se menciona en ninguna parte en los Evangelios canónicos.
   Esta tradición, probada a partir del siglo IV, está consignada por primera vez en el siglo VI, en el Evangelio apócrifo del Pseudo Mateo:
   «... salió María  de la gruta y se aposentó en un  establo. Allí reclinó al Niño  en un pesebre, y el buey y el asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: El buey conoció a su amo, y el asno el pesebre de su señor (Cognovit bos possessorem suum et asinus praesepe  domini sui).»
   De esa manera, como lo admite sin malicia el Pseudo Mateo que no ha intentado ocultar su fuente, la leyenda del buey y de la mula (o asno) se funda en un texto de Isaías (1: 3) apartado de su sentido original.
   Además se lo justifica por un texto de Habacuc interpretado de manera disparatada. Habacuc había escrito: «¡oh Yavé!, tus obras./ Dales existencia en el transcurso de los años, / manifiéstala en medio de los tiempos.» Los traductores le hacen decir: «Tú te manifestarás entre dos animales».
   Para justificar la presencia de los animales en la gruta, se imaginó que José los había llevado a Belén porque el gobernador romano había prescrito el empadronamiento no sólo de los habitantes sino también de la ganaderías. Esperaba con­tar con el asno para que sirviera de montura a la Virgen, y vender el buey para pagar el impuesto.
   En la exégesis simbólica, el buey y el asno son las prefiguraciones de los dos Ladrones entre los cuales fue crucificado Jesús, y también las de los judíos y los gentiles.
   «El buey -dijo Gregorio de Niza- es el judío encadenado por la Ley; el asno, que es una bestia de carga, lleva el pesado fardo de la idolatría. Bos judaicus populus, asi­nus gentilis
   Sin preocuparse por sutilezas de esa clase, el arte tradujo literalmente el relato del Pseudo Mateo. La alegoría se convirtió en un episodio real.
   Al reconocer la divinidad del Niño, el buey y el asno flexionan las rodillas y lo calientan con sus respiraciones.
Agnovit bos et asinus Quod puer erar Dominus.
   Según una tradición popular acadia, a media noche los bueyes se arrodillaron en los establos. No se podía turbar su adoración sin arriesgarse a la muerte.
   En los iconos rusos, el asno, animal desconocido en la antigua Rusia, está reemplazado por un caballo.
   Tales son los elementos que han enriquecido poco a poco el tema bizantino de la Natividad.
La Natividad reformada por el concilio de Trento
   Esta iconografía se ha elaborado en el transcurso de la Edad Media y no parece que el arte moderno le haya agregado nada esencial. La Contrarreforma procedió antes por eliminación que por creación original. Contra el realismo pictórico y familiar de finales de la Edad Media, reaccionó eliminando a las comadronas o parteras, el baño del Niño y también el buey y el asno a los cuales se reprochaba no sólo su condición de apócrifos, sino, sobre todo, su falta de nobleza.
   En cuanto a las innovaciones que se le atribuyen, el motivo del Niño luminoso, y el coro de ángeles músicos son en realidad, como lo hemos visto, herencia del arte del siglo XV (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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