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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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martes, 10 de febrero de 2026

Los principales monumentos (Teatro, Anfiteatro, Casa del Anfiteatro, Museo Nacional de Arte Romano, Casa del Mitreo, Circo, Acueducto de San Lázaro, Acueducto de los Milagros, Presa de Proserpina, Pantano de Cornalvo, Puente del Albarregas, Arco de Trajano, Templo de Diana, Alcazaba y Conventual, Puente del Guadiana, Conjunto de Morerías, Concatedral de Santa María, Museo de Arte Visigodo, Basílica de Santa Eulalia, y Pórtico del Foro) de la localidad de Mérida, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Teatro, Anfiteatro, Casa del Anfiteatro, Museo Nacional de Arte Romano, Casa del Mitreo, Circo, Acueducto de San Lázaro, Acueducto de los Milagros, Presa de Proserpina, Pantano de Cornalvo, Puente del Albarregas, Arco de Trajano, Templo de Diana, Alcazaba y Conventual, Puente del Guadiana, Conjunto de Morerías, Concatedral de Santa María, Museo de Arte Visigodo, Basílica de Santa Eulalia, y Pórtico del Foro) de la localidad de Mérida, en la provincia de Badajoz.
     Mérida está ubicada estratégicamente, en el centro de las comunicaciones entre el Norte y el Sur a través del Camino de la Plata. Por ello, siempre ha sido una gran ciudad en la que se edificó teatro, anfiteatro, templos, termas y un completo sistema hidráulico de abastecimiento y saneamiento que conlleva algunas de las obras públicas romanas mejor conservadas.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 685,6 Km2
     Altitud: 249 m.
     Distancia Capital: 60 Km.
     Partido Judicial: Mérida
     Comarca: Tierra de Mérida - Vegas Bajas
     Otras Entidades: Campomanes, caserío a 15 Km. de Mérida y 290 m. de altitud, Carrión, barriada a 2,5 Km. de Mérida y 250 m. de altitud, Estación de Aljucén, estación de ferrocarril a 9 Km. de Mérida y 210 m. de altitud, Estación de Carrascalejo, estación de ferrocarril a 24 Km. de Mérida y 280 m. de altitud, Miralrío, urbanización a 9 Km. de Mérida y 249 m. de altitud, El Prado, polígono industrial a 4 Km. de Mérida y 210 m. de altitud, Proserpina, colonia a 8 Km. de Mérida y 245 m. de altitud, Psiquiátrico, lugar 3,5 Km. de Mérida y 250 m. de altitud, Virgen de la Luz, urbanización a 4 Km. de Mérida y 220 m. de altitud, y El Vivero, urbanización a 5 Km. de Mérida y 240 m. de altitud.
     Gentilicio: Emeritense
Ayuntamiento de Mérida
     Plaza de España, 1
     06800 Mérida (Badajoz)
     Teléfono: 924380100
     Fax: 924380183
     Web: www.merida.es
Historia.-
    A finales del siglo I a. C. Publio Carisios, por orden del emperador Octavio Augusto, decidió asentar a los soldados veteranos de las Legiones V Alaudae y X Gemina en el año 25 a.C. sobre la antigua y estratégica población emeritense situada en el centro de la región extremeña y a orillas del río Guadiana. Dominada la península por los romanos, éstos la dividirían en tres provincias: Bética, Tarraconense y Lusitania, siendo la capital de esta última Mérida, conocida desde ese momento como Emérita Augusta.
     Durante siglos y hasta la caída del Imperio romano de Occidente, Mérida fue un importantísimo centro jurídico, económico, militar y cultural, siendo esta capital uno de los dos centros administrativos romanos más importantes del Occidente Peninsular.
     Los suevos, en el siglo V, instalaron en Mérida la capital de su reino, al igual que posteriormente lo harían los visigodos, dando con ello continuidad e importancia política, económica y cultural.
     En el siglo VI, y con Mausona de Obispo, el cristianismo en Mérida se arraiga aún más, iniciándose una fe popular en la que sobresalió Santa Eulalia, patrona de la ciudad. Mérida será Sede Metropolitana hasta 1.119 en que ésta se trasladará a Santiago de Compostela.
     La llegada de los árabes a la península y la pronta ocupación de la capital visigoda por las tropas de Muza traerá consigo el declive de la ciudad, en comparación con etapas anteriores.
     A principios del siglo XIII, en 1.230, las tropas cristianas de Alfonso IX conquistarán la ciudad y Mérida se convierte en sede del Priorato de San Marcos de León de la Orden de Santiago, junto con Llerena.
     Será en época de los Reyes Católicos cuando la ciudad inicie una recuperación política motivada por el apoyo del Maestre de Santiago don Alfonso de Cárdenas, defensor de la causa de Isabel la Católica en su lucha por la corona con Juana la Beltraneja.
     Por su situación fronteriza con Portugal, se verá envuelta en continuas refriegas y batallas en época de los Austria y Borbones, sin ningún beneficio ni político ni económico.
     La invasión francesa supondrá para Mérida una lamentable pérdida de parte de su patrimonio histórico artístico, así como el parón económico que se inició a finales del siglo XVIII.
     Finalmente, la situación como nudo ferroviario de Mérida y el paso de las décadas de este siglo, han convertido a la ciudad en un núcleo industrial y de servicio en alza, contribuyendo a su desarrollo el interés por parte de arqueólogos e instituciones regionales y provinciales en sacar a la luz la inmensa riqueza arqueológica que afortunadamente cada año se viene recuperando, dando con ello más que motivos suficientes para que su conjunto arqueológico sea declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
     Desde principios de los años 80, Mérida fue elegida capital autonómica, lo que le ha supuesto un cambio importante en infraestructuras destinadas al servicio público de los ciudadanos extremeños y para los miles de visitantes que anualmente visitan sus monumentos o asisten a los actos culturales de fama internacional (Diputación Provincial de Badajoz).
     La antigua capital de la Lusitania y una de las ciudades más brillantes del Imperio Romano, época de la que conserva un singular legado artístico, cayó posteriormente en una prolongada decadencia. En la actualidad y desde 1981, a raíz de establecerse en ella la capitalidad de Extremadura, vive un activo proceso de recuperación que se manifiesta en todos los terrenos.
Historia
     La fundación de Augusta Emérita tiene lugar el año 25 a.C. por deseo del emperador Augusto para premiar a los soldados licenciados (emeriti) de las guerras cántabras, proporcionándoles tierras en la rica vega del Guadiana. La importancia estratégica del emplazamiento, como punto de control del paso del río y encrucijada de caminos sobre la Vía de la Plata y las calzadas que unían el interior de la meseta con Lisboa, convirtió en poco tiempo a la colonia en una de las ciudades más importantes de Hispania. Centro administrativo, cultural y económico de la extensa provincia de Lusitania, canalizaba el activo comercio entre la región y la capital del Imperio. Testimonio de la riqueza alcanzada entonces es el patrimonio monumental que ha llegado a nuestros días, uno de los más completos. sólo inferior al de la propia Roma.
     Tras el edicto de Milán (313), que reconocía la práctica del cristianismo, se estableció en Mérida una de las tres sedes metropolitanas peninsulares, mantenida durante el periodo visigodo.
     El ocaso de la ciudad se inicia a raíz de la invasión musulmana, ya que las frecuentes revueltas de sus habitantes frente al poder de Córdoba provocaron duras represiones y finalmente el traslado de la capitalidad regional a Badajoz. La misma suerte correría en el aspecto religioso con la llegada de los almorávides, cuya intolerancia forzó el cambio de la sede episcopal a Santiago de Compostela medida que se rea­firmaría tras la reconquista por Alfonso IX (1230) y la posterior entrega de la ciudad a los caballeros de la Orden de Santiago. A partir de entonces cae en una larga atonía, sólo rota por el paso de reyes o ejércitos en los diversos conflictos y, ya en la edad contemporánea, por algunos hechos significativos, como la llegada del ferrocarril, que impulsó de nuevo su desarrollo como centro de comunicaciones. En la época actual, el mencionado papel de capital de la comunidad extremeña, unido a la revalorización de su legado monumental, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993, abren un panorama esperanzador.
Gastronomía
     Además de cierta tradición chacinera, pla­tos propios son las ensaladas (zarangollos, cojondongos y jilimojas), carnes de cordero asadas, caldereta de cordero, peces de río y dulces artesanales.
Artesanía
     Mérida concentra en torno al Museo Nacional de Arte Romano un buen número de tiendas, donde se dan cita los económicos souvenirs, los ricos productos gastronómicos extremeños y buena parte de la artesanía hecha en Badajoz, especialmente la cerámica de Salvatierra de los Barros. La oferta se completa con la producción local de reproducciones de bronce y la cerámica realizada en barro rojo a imitación de las piezas del museo romano (terra siggilata).
Fiestas
     La Semana Santa, declarada de Interés Turístico Regional, resulta muy emotiva cuando las imágenes pasan por puntos tan emblemáticos como el Arco de Trajano. Un reconocido y creciente prestigio internacional ha alcanzado en los últimos años la celebración del Festival de Teatro Clá­sico, en julio y agosto. Las actuaciones no se limitan a las representaciones teatrales, sino que incluyen también ballet, ópera y conciertos sinfónicos. Las extraordinarias condiciones acústicas y escenográficas del teatro romano, unidas a la calidad de los artistas que intervienen, hacen difícil asistir a los diversos espectáculos sin una reserva anticipada.
     A principios de septiembre tienen lugar las ferias y fiestas locales.
     La llamada feria de los gitanos, heredera de la antigua feria ganadera, en la actualidad se traduce en una concentración de gitanos procedentes de todo el país, que en la segunda semana de octubre transforman la ciudad en escenario de sus manifestaciones folclóricas.
     El 10 de diciembre, por último, se honra a la patrona, Santa Eulalia.
Vida urbana
    La recuperación del patrimonio histórico, con la creación de campos de trabajo a los que afluyen arqueólogos en la etapa estival, el Museo Nacional de Arte Romano y la aludida capitalidad autonómica han contribuido a revitalizar la ciudad como centro turístico de primer orden. Todo ello se refleja en una animada vida local que se concentra en torno a la plaza de España. La peatonal calle de Santa Eulalia es la vía comercial por excelencia, en tanto que la plaza de la Constitución y las calles John Lennon y Félix Valverde Lillo acogen tanto la ruta del tapeo como los locales preferidos por la juventud. Junto al Museo de Arte Romano se concentran muchos comer­cios y casas de comidas y tapas. El nuevo centro comercial El Foro ha supuesto un nuevo impulso al ocio. 
VISITA
     El esplendor alcanzado por la antigua ciudad romana es palpable, dos mil años después, tanto en la zona monumental como en otros muchos puntos del trazado urbano en los que no cesan de aflorar, en el transcurso de excavaciones o de obras, restos de esa época.
La zona del teatro
     El conjunto monumental más destacado se sitúa en la zona oriental de la ciudad, sobre una suave colina en la que destaca la presencia del teatro romano**, un espacio capaz por sí sólo de evocar el esplendor de Augusta Emérita. Erigido por Marco Agripa, yerno de Augusto y gran benefactor de la urbe, su construcción finalizó el año 15 a.C., si bien el actual frente de escena se debe a una reforma del año 105. Con una capacidad superior a los 6.000 espectadores, se mantuvo en uso hasta finales del siglo IV. Fue transformado en plaza de toros en el siglo XVIII y llegó a desaparecer al ser utilizados los sillares del graderío en otras construcciones y rellenarse con escombros la hondonada. Recuperado a principios del siglo XX, tras una minuciosa, larga y cuidada reedificación, ha vuelto a desempeñar, como marco de los Festivales de Teatro Clásico, la función para la que fue creado. Frente a la cavea, o graderío dispuesto en semicírculo y dividido en tres sectores, y tras la orchestra, destinada al coro, se encuentra el escenario. Pero el elemento más interesante arquitectónicamente es el frente de escena, compuesto por dos cuerpos de columnas corintias culminados por un entablamento con arquitrabe, friso y cornisa, bellamente adornado por esculturas de divinidades y personajes imperiales, copias de los originales conservados en el museo.
     El contiguo anfiteatro*, de trazado elíptico y grandes dimensiones, es algo poste­rior (8 a.C.) y tenía un aforo de 14.000 espectadores. El grueso de la obra, a base de mampostería y hormigón, se cubría con sillares de granito, en gran parte desaparecidos. Algunas de las salas abovedadas que aún pueden verse servían como estancia de gladiadores (spoliaria) o cubículos para las fieras (carceres) uti­lizadas en los espectáculos, presentando estas últimas las troneras por donde se les servía el alimento a los animales. Fuera del recinto del anfiteatro, pero contiguo a éste, la llamada casa del Anfiteatro es un conjunto arqueológico donde destacan la casa de la Torre del Agua, solada de mosaico geométrico, y la propia casa del Anfiteatro (siglos I-IV), donde apreciar el magnífico mosaico de la Vendimia o representación de la pisa de la uva, y el mosaico los Peces con medallones que enmarcan a distintos peces marinos.
     En este núcleo monumental se encuentra el Museo Nacional de Arte Romano**. El proyecto arquitectónico fue encomendado a Rafael Moneo, quien diseñó un edificio funcional, cómodo y luminoso, a la vez que bellamente inspirado en la arquitectura romana. El edificio, contiguo a la zona del Teatro y Anfiteatro, es una gran nave de tres alturas, alzada sobre un conjunto de ruinas romanas que se conservan en una cripta donde es posible contemplar in situ restos arqueológicos, tales como tumbas, muros de casas, un tramo de calzada, etc., algo inusual en este tipo de centros.
     En la planta baja, las salas I, II y III se dedican a exponer piezas procedentes de las excavaciones realizadas en edificios destinados a espectáculos públicos (teatro, anfiteatro, circo), correspondientes a los siglos I y II d.C. Entre la amplia colección de estatuas, bustos, máscaras, inscripciones, etc., destacan la cabeza de Augusto* retratado como sumo pontífice (siglo I d.C.) y diversos bronces relacionados con los juegos circenses. Las salas IV y V recogen piezas vinculadas a ritos religiosos en honor de diversas divinidades, procedentes de los santuarios y templos romanos existentes en la ciudad. La lápida de Proserpina, la cabeza velada del Genio de la Colonia* (siglo II d.C.) o el mosaico referido al dios Baco (siglo IV d.C.) son algunas de las obras más interesantes. A los ritos funerarios se consagra la sala VI, en a que se exhiben, perfectamente ambientados, dife­rentes tipos de enterramientos, entre ellos una sepultura en forma de cuba (cuppa) propia de la práctica incineratoria y numerosas estelas, cipos, aras, etc. La sala VII expone objetos ligados a la casa romana y en ella se ha reconstruido una habitación con valiosa decoración pictórica. Finalmente, las salas VIII, IX y X se destinan a evocar la vida en el Foro, mediante esculturas, restos de construcciones y pequeños objetos hallados en los espacios públicos cotidianos de la antigua Emérita.
     La planta primera está toda ella destinada a exponer en vitrinas las colecciones de cerámica, objetos de hueso, vidrio, numismá­tica y orfebrería que posee el museo. El recorrido comienza por las sala IX, donde se muestran piezas de cerámica común, y sigue por la sala VIII (cerámica de lujo, con ejemplos de diversos tipos de terra sigillata) y la sala VII, monográficamente dedicada a las lucernas o lámparas de aceite. La sala VI ofrece la reconstrucción hipotética de un columbario, monu­mento funerario habitual en la antigua Roma, en tanto que la sala V se refiere a la industria y artesanía del hueso (agujas de coser, espátulas, piezas de tocado femenino, cubiletes y dados, etc.) y la sala IV muestra una extensa y variada colección de objetos de vidrio. Por último, en las salas III y II se exponen monedas y objetos de orfebrería.
     La finalidad de las salas de la segunda planta es explicar facetas diversas de la vida social de Augusta Emérita. La sala I contiene piezas y esquemas relativos a la administración y organización de la ciudad, mientras que la sala II ilustra la vida en las villae o haciendas cercanas a ella. Los mosaicos y otros objetos de la sala III evidencian la importancia de los movimientos migratorios (tanto de entrada como de salida) y la sala IV muestra utensilios y documentos relacionados con las distintas profesiones y oficios, entre ellos un completo instrumental quirúrgico. Al retrato escultórico de carácter privado están dedicadas las salas V (retratos femeninos) y VI (bustos masculinos), en tanto que el arte y la cultura es el motivo general que engloba las hermosas piezas expuestas en la sala VII, entre las que destaca un mosaico incompleto, del siglo IV d.C., ilustrado con las figuras de los Siete Sabios de Grecia. La sala VIII, final­mente, se refiere a los inicios y primer desarrollo de la Mérida cristiana, a partir del siglo III, con objetos (lápidas, estelas, palomas, crismones...) que contienen símbolos cristianos y que enlazan ya con la etapa visigoda, a la que ahora se dedican monográficamente las instalaciones del antiguo convento de Santa Clara.
     Los escasos restos que se conservan del circo romano, del siglo I d.C. con reformas del siglo III, se sitúan un poco más al norte de esta zona. Su estructura alargada constaba de dos lados mayores paralelos y dos menores que envolvían la arena, dividida en dos partes por un espigón al que daban siete
vueltas los aurigas. Se destinaba principalmente a las carreras de carros y otras competiciones deportivas (incluidas, en ocasio­nes, naumaquias o combates navales) que debían de despertar un gran interés popular, a juzgar por las enormes dimensiones de la arena y el aforo, con capacidad para unos 30.000 espectadores. Pese a su estado, es el mejor ejemplo español en su género. Junto al circo, tres pilares aún en pie es cuanto sobrevive del antiguo acueducto de San Lázaro.
El centro urbano y el Guadiana
     Siguiendo la avenida de Extremadura, se llega a la iglesia de Santa Eulalia, templo construido en los siglos XIII y XIV sobre una basílica del siglo V en la que se veneraban las reliquias de la santa. Ello explica la superposición de elementos pertenecientes a épocas y estilos que van de lo romano a lo gótico pasando por lo visigótico y lo románico. En la pequeña capilla adosada al templo, el hornito de Santa Eulalia y tradicionalmente considerad como el lugar de su martirio, se emplea­ron restos de un santuario dedicado a Marte.
     Ya en el centro de la ciudad, en los alrededores de la plaza de España, se encuentran el arco de Trajano y el templo de Diana. El primero era una puerta de acceso al interior de la urbe y, aunque privado de motivos ornamentales y de los mármoles que lo cubrían, sorprende por su austera grandiosidad. En cuanto al templo, puede datarse en el siglo I d.C., y, al parecer, aunque estuvo inicialmente consagrado al divino Augusto, la denominación se cambió por error en el siglo XVIII. Trabajos recientes de restauración han dejado exentas las columnas, a las que en el siglo XVI se añadieron los muros de la casa-palacio de los condes de los Corbos. Muy cerca, en la antigua igle­sia del convento de Santa Clara, puede verse el museo de Arte Visigodo.
     Desde este punto, y bajando hacia el Guadiana, se alcanza la alcazaba árabe, considerada como la construcción musulmana más antigua de España. Fue fundada en el año 835 por el emir Abd al-Rahman II a fin de sofocar las continuas revueltas de la población. Tras la conquista cristiana de la ciudad, los caballeros de la Orden de Santiago establecen en ella su recinto conventual y realizan importantes modificaciones. De la época islámica se conservan las torres y los lienzos de muralla exteriores, así como el aljibe. Las antiguas estancias conventuales están ocupadas actualmente por la presidencia de la Junta de Extremadura.
     Desde la alcazaba se ejercía el control de paso sobre el inmediato puente romano* que, desde los tiempos de Augusto, salva el cauce del Guadiana. Por su longitud, de 792 m y 60 arcos, entre los que se intercalan aliviaderos para facilitar el desagüe en las cre­cidas y disminuir la presión sobre los pilares, figura entre los mayores del mundo de esa época, tras el del río Danubio. Junto al de Alcántara, es uno de los mejor conservados, aunque ha sufrido numerosas reformas.
     A orillas del Guadiana se encuentra el conjunto arqueológico de Morerías, con necrópolis, calzadas y casas que fueron utilizadas desde los romanos hasta los árabes.
Otros lugares de interés
     Quedan dispersos por la ciudad otros muchos lugares de época romana que merecen ser visitados, especialmente la casa del Mithreo, una residencia señorial ubicada cerca del santuario dedicado a Mithra, del que recibe su nombre, adornada con pinturas murales y mosaicos tan destacados como la imagen de Eros y el Cosmológico, donde se personifican la concepción del mundo y las fuerzas de la naturaleza; colum­barios o pequeñas necrópolis romanas, donde aparece dibujado un matrimonio romano. Asimismo, tienen cierto interés construcciones posteriores como la iglesia de Santa María (siglos XIII al XV), el convento barroco de Santo Domingo (siglo XVII), y algunas casas solariegas renacentistas -especialmente la situada en la plaza de España, convertida en hotel-, sin olvidar el puente de Lusitania, obra de Santiago Calatrava (1991).
     Saliendo de la ciudad por el noroeste, se cruza el puente sobre el río Albarregas, también romano y situado en la Vía de la Plata. Aunque de dimensiones más modestas que el del Guadiana, sus cuatro arcos de medio punto mantienen la línea original, a pesar de las restauraciones efectuadas. Desde él se contempla el acueducto de los Milagros, que conducía el agua desde el embalse de Proserpina a la ciudad. Su triple arquería y los esbeltos pilares en los que se alternan sillares graníticos y ladrillo permiten evocar, pese a su estado de deterioro, la armonía de la obra.
ALREDEDORES
     A unos 5 km. el embalse de Proserpina ofrece el interés de su entorno natural -algo degradado por el incremento de viviendas-­ la presa de construcción romana, al igual que las canalizaciones que enlazaban con el acueducto de los Milagros. En estos parajes tuvo lugar la batalla de la Albuera (1479), en la que las tropas del maestre Alonso de Cárdenas, con su victoria sobre los partidarios de la Beltraneja, decidieron el conflicto sucesorio de la corona de Castilla en favor de la reina Isabel.
Embalse y parque natural de Cornalvo
     Situado a unos 15 km al nordeste. La presa es una construcción romana que almacena las aguas del río Albarregas. El entorno, cubierto por bosques de alcornoques y encinas, está protegido como parque natural. Es muy abundante la fauna, con especies rapaces, acuáticas y colonias de cigüeña blanca (Alfredo J. Ramos, y Santiago Llorente. Guía Total, Extremadura. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2005). 

Monumentos.-

Teatro Romano.-
     Ciertamente, es el Teatro Romano el monumento más emblemático y visitado de la ciudad. Su construcción, patrocinada por Agripa, yerno de Octavio Augusto, data de casi la misma época de fundación de Emérita y su inauguración es de los años 16 y 15 a.C.
     La capacidad del Teatro era de unas 6.000 personas.
     La grada o cávea está dividida en tres tramos -Summa, Media e Inma-, que a su vez acogían a las distintas clases sociales romanas que habitaban la ciudad. Delante de la cávea inma estaba la "orchestra", semicircular, que era destinada al coro.
     En el "frons scaenae" se abren vanos para el acceso de actores (valvae). En altura, se desarrollan dos cuerpos con diferentes órdenes y estatuas en los intercolumnios.
     En la parte posterior del "frons scaenae", existen varias dependencias interesantes, que eran utilizadas por los actores, el "postcaenium", con un peristilo ajardinado y una pequeña edícula rectangular para el culto imperial.

Anfiteatro Romano.-
     Frente al teatro y a escasos metros de éste, se encuentra el Anfiteatro: recinto dedicado principalmente a espectáculos con gladiadores y animales salvajes. Su inauguración fue en el año 8 a.C. y su capacidad era de unos 14.000 espectadores.
     Es de planta elíptica y entre sus partes principales destaca la arena, donde se desarrollaban los espectáculos, y que se encuentra muy transformado al utilizarse hoy como aljibe.
     Las tres puertas monumentales al norte, sur y este, comunican el exterior del Anfiteatro con la arena. En los extremos norte y sur se encuentran diversas dependencias destinadas al uso de los gladiadores y cerramiento de fieras.
     La grada se divide, al igual que el teatro, en cáveas; en la cávea ima se disponen dos tribunas. Desgraciadamente, la media cávea está muy deteriorada y la summa cávea casi perdida.
     Fuera del recinto del Teatro y el Anfiteatro, a escasamente nos pocos metros de este último, del que toma su nombre, se encuentran los restos de unas posibles mansiones romanas, la del Anfiteatro y la de la Torre del Agua, datadas en los siglos III / IV y I, respectivamente.
     Se conservan entre las dependencias de estas mansiones algunos lienzos pictóricos de gran calidad, así como el pavimento musivo con una excelente representación de la diosa Venus con Eros, y una escena de vendimia.

Casa del anfiteatro.-
     De importancia de esta zona arqueológica, son también las dependencias termales, pozos, hornos, cocinas, peristilos, conducciones de agua, zonas ajardinadas, restos de la muralla, así como un tramo de acueducto.
     Posteriormente, esta zona fue utilizada como necrópolis a partir del siglo V.

Museo Nacional de Arte Romano.-
     El edificio, que fue inaugurado en 1.986, es obra del arquitecto Rafael Moneo Vallés, y se encuentra situado frente a la entrada del Teatro y Anfiteatro.
     El arquitecto, utilizando el ladrillo, como materia básica, ha diseñado el Museo teniendo en cuenta la finalidad para la que se destina, recordándonos sistemas de clásicos construcciones y romanas, y contando con una original y acertada iluminación natural que le da un encanto especial a la visita diurna. Se pueden contemplar los restos arqueológicos hallados sobre el solar en que fue construido el Museo, en la llamada Cripta, además de la calzada y la conducción hidráulica allí existente.
     Sin duda el carácter didáctico del Museo Nacional de Arte Romano está presente en todos las plantas del mismo, con una distribución de temas muy acertados y unas ayudas gráficas de enorme interés para el visitante.

Casa del Mitreo.-
La aparición de los restos de una casa señorial romana o domus en la misma ubicación del posible santurario mitraico, le ha dado el nombre con que actualmente es conocida esta antigua residencia de época romana, la "Casa del Mitreo".
     La casa, dispuesta en torno a tres patios, dispone de habitaciones familiares, dependencias comerciales o industriales, jardines, peristilo y termas.
     Proliferan en estas dependencias las pinturas murales y mosaicos de los que destaca el llamado "Mosaico Cosmológico", uno de los más interesantes y atractivos de los aparecidos en el Occidente Peninsular.

Circo o Hipódromo.-
     Construido probablemente en el siglo I d.C. tuvo un aforo de 30.000 espectadores, lo que le convierte en uno de los mayores del mundo romano.
     De la spina o espigón central, que mide 233 m., sólo quedan los cimientos situados bajo la arena de este extenso circo.
     Las cáveas o gradas se dividían, al igual que en los demás edificios destinados al espectáculo público, según clases sociales, reservando tribunas para el editor o persona que paga los gastos de los juegos, así como para los jueces que velaban por la "legalidad" de la competición.
     La porta pompae daba la entrada al cortejo ceremonial y en ella se han localizado las carceres o caballerizas en número de doce.

Acueducto de San Lázaro o Rabo de Buey.-
     Su construcción se realizó para poder salvar las crecidas y el valle del río Albarregas, así como para conducir las aguas de captaciones subterráneas.
     Tenía aproximadamente 1.600 m. de longitud y 16 m. de alto, y aunque más largo incluso que el de Los Milagros, hoy día sólo se conservan tres pilares unidos en la parte baja por arcos de granito y de ladrillos los de la parte alta.
     El Acueducto conducía el agua a la zona del Teatro y Anfiteatro y al centro de la ciudad por dos ramales.

Acueducto de los Milagros.-
     Fue construido para transportar el agua traída desde el embalse del lago de Proserpina a la ciudad, y salvar la depresión del río Albarregas que desemboca en el Guadiana unos metros adelante.
     Su construcción data de dos momentos diferentes; una primera fase de época de Augusto o del momento fundacional de la ciudad, (finales del siglo I a.C.) , y la segunda del siglo III.
     Es de sillares de granito de hiladas de ladrillos y núcleo de hormigón, y mide unos 830 metros, con una altura de 25 metros.

Presa Romana de Proserpina.-
     Es el embalse artificial de época romana más grande conocido en el mundo mediterráneo y distante de la ciudad unos 5 kms.
     El agua de esta presa romana llega a Mérida a través de una larga conducción hidráulica y del Acueducto de Los Milagros.

Pantano de Cornalvo.-
     Dista unos 16 km. de Mérida, después de pasar la población de Trujillanos por la N. V dirección Madrid. En un paraje natural inigualable, aún se conservan el dique, la torre de regulación de la salida de agua y parte de la conducción que llevaba el agua desde este embalse hasta la capital de la Lusitania: Emérita.

Puente Romano sobre el río Albarregas.-
Este puente, construido sobre el año 25 a. d. C. ofrece notables características de la arquitectura augustea.
     Tiene 4 arcos de medio punto con luces que van de 5,20 m. en el primero a 3,80 m. en el cuarto.
     Mide 144,35 m. de longitud, ancho de calzada de 7,90 m., y 6,5 m. de altura.

Arco de Trajano.-
     Está situado en la parte céntrica de la ciudad, con 15 m. de altura y 9 de luz, construido a base de grandes sillares y dovelas de granito, probablemente en otro tiempo recubierto de mármol.
     Muchos autores apuntan que este arco no era un arco triunfal, y que lo más probables es que éste fuera una puerta monumental, situado justamente en el "cardo máximo" de la ciudad que daría entrada al foro principal.

Templo de Diana.-
     Es en realidad un templo destinado al culto Imperial realizado a finales del siglo I a.C. e inicios de la centuria posterior.
     De los edificios arquitectónicos religiosos de época romana de la ciudad, es el único que se conserva, gracias a la magnífica restauración realizada en él y a que su estructura fue aprovechada en el siglo XVI para la construcción del palacio del Conde de los Corbos, de estilo renacentista. Su planta es rectangular, rodeada de columnas -períptero-.
     Las columnas acanaladas y de granito estaban estucadas y pintadas de rojo rematándose con capiteles de estilo corintio. No faltaba una cella, canales, estanques y galería porticada, que hablan claramente, junto con los hallazgos escultóricos, de la importancia religiosa del templo y su advocación imperial.

Alcazaba y Conventual.-
 
     En el siglo IX y probablemente en el año 835, siendo emir de Córdoba Abd-al Rhamán II, se construyó la Alcazaba árabe, junto al puente romano sobre el río Guadiana y que como recinto militar salvaguardaba la ciudad con una guarnición establecida permanentemente en ella.
     En el interior del recinto se conserva un interesante y majestuoso aljibe excavado en la roca.
     Una vez reconquistada Mérida por Alfonso IX en 1230 a los árabes, este edificio militar sería entregado, y un siglo después, -principios del XVI-, se convierte en un conventual.
     El Conventual Santiaguista, destruido con el paso de los siglos, fue reconstruido magníficamente y es actualmente sede de la Presidencia de la Junta de Extremadura.

Puente sobre el río Guadiana.-
     Es el mayor puente romano de la Península Ibérica. Tiene una longitud de 792 m., con 60 arcos. Consta de tres tramos, siendo el primero de los tres el que mejor conserva el estilo original.
     La fecha de construcción es de la misma época de fundación de la ciudad, es decir, sobre el año 25 a.C. El paso del tiempo fue obligando a una serie de modificaciones y restauraciones, de las cuales destacan las efectuadas en el siglo XIX, que le darían su último y definitivo aspecto.

Conjunto Arqueológico de Morerías.-
     Necrópolis, calzadas, murallas y casas, que nos hablan de barrios e industrias romanas, visigodas y árabes ubicados durante siglos en este lugar cercano al río y a la Alcazaba, y donde se ha conseguido adecuar notablemente, como en otros lugares de Mérida, la utilización del solar para edificios públicos y la de preservar el conjunto arqueológico para deleite de visitantes y estudios históricos.

Concatedral de Santa María.-
     Situada en plena Plaza de España, es originaria del siglo XIII, y ésta levantada, probablemente sobre el solar de la antigua Catedral de Santa María de Jerusalén.
     En su interior se conserva el cenotafio del que fuera Maestre de la Orden de Santiago, Alonso de Cárdenas, enterrado en Llerena.

Museo de Arte Visigodo.-
     Es el lugar destinado para la exposición y conservación de muchos de los objetos de época visigoda encontrados en Mérida. Está situado en el antiguo convento de Santa Clara, anterior sede del Museo Arqueológico y a escasos metros del Arco de Trajano y la Plaza de España.

Basílica de Santa Eulalia.-
     Tras la llamada "Paz de la Iglesia" en época de Constantino, en el siglo V, se construyó esta Iglesia cristiana, declarada Monumento Nacional, en la cual pudieron enterrarse los restos de la mártir Santa Eulalia, perseguida y martirizada en época de Diocleciano, y los restos de los arzobispos de la sede emeritense.
     Las mejoras y excavaciones realizadas en esta basílica desde 1990, pusieron de relieve la enorme importancia histórica y artística del edificio.
     Muestras del arte paleocristiano, visigodo, bizantino y románico, tienen un fiel reflejo entre los muros de esta Basílica, que de una forma didáctica y modélica muestra al visitante el interior y las zonas excavadas. En el exterior se conserva el famoso "hornito" construido en honor de la mártir Santa Eulalia, con los restos de lo que fuera un templo dedicado al dios Marte y que se ha convertido en auténtico centro de veneración popular cristiano.

Pórtico del Foro.-
     Erigido en el siglo I d.C., su restauración es actual, en base a algunos de los hallazgos encontrados en el lugar, muchos de los cuales se conservan en el Museo Nacional de Arte Romano.
     El monumento consta de un edificio porticado con un muro donde se albergan diversos hornacinas destinadas a estatuas encontradas en este lugar, cercano al Templo de Diana y al Museo Nacional de Arte Romano (Diputación Provincial de Badajoz).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Teatro, Anfiteatro, Casa del Anfiteatro, Museo Nacional de Arte Romano, Casa del Mitreo, Circo, Acueducto de San Lázaro, Acueducto de los Milagros, Presa de Proserpina, Pantano de Cornalvo, Puente del Albarregas, Arco de Trajano, Templo de Diana, Alcazaba y Conventual, Puente del Guadiana, Conjunto de Morerías, Concatedral de Santa María, Museo de Arte Visigodo, Basílica de Santa Eulalia, y Pórtico del Foro) de la localidad de Mérida, en la provincia de Badajoz. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia pacense.

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jueves, 21 de noviembre de 2024

La pintura de la Presentación de la Virgen en el Templo, en el Retablo Mayor, de la Iglesia del Convento de Santa María del Socorro

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de la Presentación de la Virgen en el Templo, en el Retablo Mayor, de la Iglesia del Convento de Santa María del Socorro, de Sevilla.  
     Hoy, 21 de noviembre, Memoria de la Presentación de Santa María Virgen. Al día siguiente de la dedicación de la basílica de Santa María la Nueva, construida junto al muro del antiguo templo de Jerusalén, se celebra la dedicación que de sí misma hizo a Dios la futura Madre del Señor, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena su Concepción Inmaculada [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura de la Presentación de la Virgen en el Templo, en el Retablo Mayor, de la Iglesia del Convento de Santa María del Socorro, de Sevilla.
     El Convento de Santa María del Socorro (actualmente cerrado), se encuentra en la calle Bustos Tavera, 30 (aunque la entrada a la Iglesia se efectúa por la calle Socorro, 13); en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo.
     Preside la iglesia un retablo de estructura clasicista que fue contratado el 15 de abril de 1636, por doña Luisa de la Serna, abadesa del convento, con los hermanos Felipe y Gaspar de Ribas, siendo la primera obra que contrataba este taller desde su llegada a Sevilla. Fue tasado en 1.700 ducados que se repartirían de forma diferente entre ambos hermanos (Felipe cobraría 1.000 ducados y su hermano el resto). Se estipuló su realización en borne y cedro, indicándose la realización de figuras de talla en las calles centrales y de pinturas en las laterales "de las historias y santos que la abadesa y la vicaria dijeren". Debió ser repolicromado en época neoclásica, con una imitación de mármoles y jaspes que desvirtuó las formas originales de la obra. Con banco, sotobanco, dos cuerpos, tres calles compartimentadas por columnas pareadas y ático, está presidido por una excelente imagen en alabastro de la Virgen del Socorro del siglo XVI, también repolicromada posteriormente. Compone el resto del retablo un buen programa iconográfico pictórico alusivo a la vida de la Virgen, de hacia 1630, situándose las escenas de la Anunciación y la Presentación en el Templo en el primer cuerpo y el Nacimiento de la Virgen y la Circuncisión en el segundo cuerpo, obras de las que se desconoce su autoría pero que debieron realizarse de forma coetánea al retablo. Las calles se subdividen mediante columnas pareadas con decoración estriada en sus fustes apenas perceptible con la policromía neoclásica. La parte central del segundo cuerpo debió estar presidida originalmente por un manifestador, cobijando en la actualidad una talla moderna de Sor Beatriz de Silva, la santa fundadora de la Orden Concepcionista, imagen que fue colocada con motivo de su canonización en 1976. Una talla de San Francisco de Asís preside el ático, es original de Felipe de Ribas y sigue el modelo creado por Martínez Montañés en el convento de Santa Clara, una iconografía basada en las indicaciones iconográficas que realizó Francisco Pacheco en su Arte de la Pintura. Unas tarjas laterales con las cinco llagas franciscanas completan el ático del retablo (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Es una pintura realizada entre 1636-40, de autoría anónima y con unas medidas de 1,31 x 1,07 mts, en óleo sobre lienzo. Sobre una plataforma escalonada aparece la Virgen arrodillada con las manos unidas en oración ante el pecho y con la cabeza ligeramente girada hacia su derecha para mirar al Sumo Sacerdote. Éste aparece a la izquierda con su hábito y con mitra adelantando el brazo derecho hacia la Virgen. A la derecha de éste, de perfil se representa a santa Ana y san Joaquín. El lateral izquierdo de la escena aparecen dos personajes, uno de ellos que mira al espectador porta una vela. Otros dos personajes se disponen tras la figura de la Virgen, inclinando sus cabezas para mirarla; uno de ellos lleva una vela en sus manos. En el ángulo inferior izquierdo, de espaldas y solo en tres cuartos aparece una mujer con un niño, ocupando el primer plano (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Festividad de la Presentación de la Virgen en el Templo o la Virgen de la Escalera;
   El tema, tomado de los Evangelios apócrifos (Protoevangelio de Santiago, caps. VII y VIII; y Evangelio del Seudo Mateo (cap. IV), en la Edad Media fue popularizado por la Leyenda Dorada.
     Cuando María tuvo tres años, sus padres la condujeron al templo con el objeto de consagrarla a Dios. Para llegar al altar de los holocaustos que se encontraba en el exterior del santuario, era necesario ascender quince peldaños (quindecim gradus) que corresponden a los quince Salmos graduales (120-134), también llamados Cánticos de los grados (cantica graduum) porque eran cantados por el pueblo de Israel cuando ascendía en peregrinación a Jerusalén. María los subió sola, sin la ayuda de nadie, y sin volverse hacia atrás, hacia sus padres, como lo hacen normalmente los niños de esta edad. 
     Así, la Presentación de la Virgen se distingue claramente de la del Niño Jesús. María tiene más años, asciende sola los peldaños y se ofrece ella misma al Señor.
     Interpretación y culto. En el arte de la Edad Media, la Virgen presentada en el templo está prefigurada en el niño Samuel consagrado a Yavé por su madre.
     San Francisco de Sales celebra con devota suavidad el destete de «esta gloriosa Pepona, llevada al templo para ser consagrada, como Samuel, que fue conducido a ese lugar por su madre, y dedicado al Señor a la misma  edad».
     En el siglo XVII, la consagración de la Virgen en el Templo se consideró un símbolo de la vocación sacerdotal: el sacerdote ascendiendo los peldaños del altar se comparó con la Virgen subiendo la escalinata del templo.
     La fiesta de la Presentación, suprimida por Pío V pero restablecida por el papa Sixto V y fijada el 21 de noviembre, gracias a Jean Jacques Olier, que en sus escritos insiste en el «sacerdocio de la Virgen», en París se convirtió en la fiesta patronal del Seminario de Saint-Sulpice y de todo el clero francés.
Iconografía

     La niñita asciende hasta lo alto de la escalinata en cuya cima la espera el sumo sacerdote Zacarías, que a veces la abraza (miniatura de las Homilías del monje Santiago).
     En el arte bizantino (Menologio de Basilio, mosaico de Dafni), detrás de los padres de la Virgen avanza una procesión de niñas que llevan antorchas encendidas, reminiscencia del rito nupcial de la antigüedad. Ese detalle se tomó del Protoevangelio de Santiago (VII, 2), donde se dice que Joaquín hizo encender antorchas a las vírgenes sin mancha, recomendándoles que las dejaran encendidas «por miedo a que la niña se volviera atrás y que su corazón quedara cautivo fuera del templo del Señor.»
     En el cortejo de las doncellas portadoras de antorchas a veces se agrega a la tropa de los sesenta valientes armados de lanzas de la visión de Salomón (Homilías del monje Santiago).
     En Occidente, el arte prefigurativo puso el acento en el carácter simbólico de esta escena de consagración. En una miniatura del Speculum Humanae Salvationis (Munich), la niñita está sentada sobre el altar. Al mismo tiempo, el Speculum encuentra prefiguraciones de la Presentación en el Antiguo Testamento y en la mitología pagana: son el Sacrificio de la hija de Jefté y la historia contada por Valerio Máximo, de unos pescadores que extraen del fondo del mar un trípode de oro que consagran a Apolo (Mensa aurea oblita in templo).
     A partir de finales de la Edad Media, y con mayor razón en la época del Renacimiento y de la Contrarreforma, el arte ya no tiene más en cuenta la tradición fijada por los Evangelios apócrifos. Los pintores ya no se sienten obligados a representar los quince peldaños rituales de la escalinata, y reducen arbitrariamente su número. La «Niñita» no asciende sola los escalones, es ayudada por su madre o por un ángel (Tapices de Beaune y Retablo de Saluces en Bruselas). En la mitad del itinerario se vuelve hacia sus padres que la siguen con la mirada (Orcagna). La escena de separación se hace más humana, y el artista encuentra en ella la ventaja de no mostrar a la Virgen de espaldas. La psicología y la estética se coligan contra el texto y triunfan.
     El carácter religioso de esta consagración de una niña al Señor se desdibuja progresivamente. En la composición se introducen detalles pictóricos. La escalinata se presta a efectos de perspectivas; al pie de los peldaños, Tiziano acuclilla a una vendedora de huevos. Claude Vignon toma de la Presentación de Jesús el motivo de la ofrenda ritual de las dos palomas. Después del concilio de Trento, para acentuar la solemnidad, se introdujeron ángeles turiferarios (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Festividad de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María;
     Fiesta de origen oriental, probablemente jerosolimitano, quizá date de la dedicación el veintiuno de noviembre del 543 por orden del Emperador Justiniano de una iglesia en memoria de este episodio mariano transmitido por los apócrifos, sobre todo por el Protoevangelio de Santiago, de la consagración de la Virgen en el Templo a los tres años, sobre las mismas ruinas del Templo de Jerusalén, Santa María la Nueva, y que ha sido confirmada por la arqueología.  Por este origen local, la destrucción de esta iglesia por los persas en el 614 frenó por algún tiempo la extensión de la fiesta. La primera mención clara la encontramos en San Germán Patriarca de Constantinopla del 715 al 730, del que conservamos dos homilías para ella5. En la crónica del monasterio de Studio (Constantinopla) de Teodoro Estudita (+826) se habla de la celebración de esta fiesta.  A partir de Constantinopla se divulga enseguida por Oriente y genera una abundante literatura homilética; así la encontramos celebrada en el mismo día en las Iglesias siria, armenia y maronita, el veintinueve de noviembre en la etíope y el doce de diciembre en la copta. En 1143 pasó a ser de precepto en el Imperio Bizantino, y en 1166 Manuel I Commeno la señala como fiesta de precepto de primera clase. Esta fiesta cobró tal importancia en la Iglesia Bizantina que entró a formar parte del Dodecaorton o ciclo de las doce principales fiestas del año litúrgico y a considerarse de precepto, lo que se mantiene en la actualidad, y su celebración tiene vigilia y se prolonga cuatro días más en vez de ocho por estar dentro del periodo penitencial preparatorio de la Navidad que empieza el quince de noviembre. En Occidente, una vez que no fue introducida en Roma por el Papa Sergio I (+701), empezó a celebrarse en los monasterios griegos del sur de Italia, en donde ya aparece en el siglo IX. De aquí pasó a Inglaterra en el siglo XI.  Pero su lanzamiento definitivo vino de la mano del noble francés Felipe de Mazières, Canciller del Rey de Chipre que, cuando regresó de Oriente a una misión en la corte de Aviñón, trajo consigo un ejemplar del Oficio de los griegos y se lo presentó a Gregorio XI de Beaufort, quien, tras hacerlo examinar por una comisión especial, la celebró con los cardenales adaptando el Oficio griego y autorizó en 1373 su celebración en Aviñón y en algunas otras Iglesias; en el mismo 1373 fue adoptada en la Sainte Chapelle de París. Se propagó la fiesta por Occidente a finales del siglo XIV y durante el siglo XV: en 1418 se introdujo en Metz, en 1420 en Colonia. Pío II Piccolomini la concedió en 1460 con vigilia al Duque de Sajonia. En Toledo fue asignada en 1500 por el Cardenal Cisneros al treinta de septiembre.
     Sixto IV della Rovere la introdujo en Roma en 1472 con Oficio propio. Tras haber sido suprimida por San Pío V Ghislieri, por el decreto Quod a nobis de 1568, debido a su dependencia de los apócrifos, y Sixto V Peretti la restableció oficialmente en la Iglesia Latina por la Bula Intemeratae del uno de septiembre de 1585, ordenándose el Oficio de la Natividad de la Virgen, al que se le cambiaba simplemente el título. Clemente VIII Aldobrandini enriqueció el Oficio y elevó la fiesta, como otras menores de María, a la categoría de doble mayor. En la reforma del calendario de 1969 se redujo a memoria obligatoria con el Oficio del Común de la Virgen. Conmemora no sólo este hecho puntual, independientemente de su historicidad6, sino la vida de María desde su concepción inmaculada y su nacimiento hasta la anunciación, que supone un tiempo de preparación y de afianzamiento de su vocación de entrega voluntaria por completo a Dios (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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domingo, 29 de noviembre de 2020

La pintura "Jesús disputando con los doctores en el Templo", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes

   Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Jesús disputando con los doctores en el Templo", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
   Hoy, domingo 29 de noviembre, como todos los domingos, ha de considerarse como el día festivo primordial para la Iglesia. Es el primer día de cada semana, llamado día del Señor o domingo, en el que la Iglesia, según una tradición apostólica que tiene sus orígenes en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual.
   Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Jesús disputando con los doctores en el Templo", de Valdés Leal, en la sala VIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala VIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Jesús disputando con los doctores en el Templo", de Valdés Leal (1622-1690), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, realizado en 1661, con unas medidas de 1'07 x 0'80 m., siendo adquirida por el Estado en 2013.
   La escena recoge un pasaje del Evangelio de San Lucas (Lucas 2: 41-50) según el cual, en uno de los viajes que la Sagrada Familia realizaba anualmente a Jerusalén para la celebración de la Pascua Judía, Jesús desapareció siendo hallado en el templo tres días después. La obra representa precisamente ese momento en que José y María, a la izquierda de la composición, lo encuentran disputando con los doctores sobre la ley mosaica.
   Forma pareja con Las bodas de Caná, compartiendo con ella parecido en el tratamiento de la composición y en la descripción ambiental. El escenario también es una arquitectura clásica, en este caso decorada con yeserías; en una hornacina se aprecia una escultura de Moisés que simboliza la Ley Antigua, que Cristo había de sustituir por la Ley Nueva. Se asemejan también en el colorido, de tonos cálidos, en el que destaca el rojo de la túnica de Jesús y de los cortinajes; en los contraluces que crean la alternancia de planos de luz y sombra y también en la pincelada, rápida y enérgica, que otorga un carácter casi abocetado a la obra (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Juan de Valdés Leal nació en Sevilla en 1622 y en esta misma ciudad murió en 1690. Realizó su aprendizaje con un maestro desconocido y en 1647, después de contraer matrimonio, se instaló en Córdoba donde inició su carrera artística. De esta época cordobesa son importantes conjuntos pictóricos como el realizado para la iglesia de Santa Clara de Carmona y el retablo del Carmen Calzado de la ciudad de la mezquita.
   En 1656 abandonó Córdoba para regresar definitivamente a Sevilla, donde aparte de una numerosa producción de obras individualizadas realizó grandes conjuntos de pinturas, como los del Monasterio de San Jerónimo, la iglesia de San Benito de Calatrava, y la Casa Profesa de la Compañía de Jesús.
   En 1664 Valdés Leal realizó un viaje a Madrid donde conoció las colecciones pictóricas de los palacios reales y también colecciones privadas, en las que estudió obras de maestros flamencos e italianos de las que obtuvo numerosas novedades para su arte.
   En 1672 Valdés Leal ejecutó sus famosas pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla en las que representó las más impresionantes imágenes de la muerte que se han realizado en la Historia, y que han constituido la base de su fama. En los últimos años de su vida, víctima de achaques y enfermedades, sus necesidades económicas le obligaron a tener que seguir trabajando, en ocasiones en circunstancias poco favorables, subido en altos andamios para pintar bóvedas en la iglesia de la Santa Caridad, en la de los Venerables o en la del monasterio de San Clemente.
   La necesidades económicas obligaron a Valdés Leal a aceptar muchas veces trabajos a escaso precio, por lo que en ocasiones hubo de trabajar rápidamente ayudado por su hijo Lucas, lo que a veces hace que la calidad de sus pinturas se resienta y que éstas sean muy irregulares.
   El temperamento de Valdés Leal ha sido descrito como el de un hombre violento y orgulloso, amante de representar pictóricamente escenas desagradables y repugnantes. Estas descripciones son resultado de leyendas sin fundamento y tópicos generalizados sobre su persona, que sin embargo a la luz de documentos fidedignos emerge como espléndida y generosa, dotada de un talante enérgico y decidido.
   Valdés Leal practicó desde su juventud una pintura de corte naturalista y de recia expresión en la que plasmó un dibujo firme y un potente colorido; progresivamente su dibujo fue adquiriendo mayor fluidez y su colorido fue adoptando mayor riqueza de matices y llegando a adquirir transparencias. Una técnica dinámica y vitalista, merced a la aplicación de una pincelada rápida y fogosa que otorga a sus obras un sentimiento apasionado y vehemente. La emoción espiritual que reflejan sus personajes se traduce en ocasiones en expresiones bruscas y en rostros tensos y anhelantes, que incurren deliberadamente en la estética de lo feo, que otorga a sus expresiones un notorio dramatismo (Enrique Valdivieso González, Pintura, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del "Jesús en medio de los doctores";
   Esta escena, que es la última del ciclo de la Infancia de Jesús, está relatada sólo en el Evangelio de Lucas 2: 41-51. Pero también se encuentra en los Evangelios apócrifos, especialmente en el Evangelio árabe de la Infancia.
   Los israelitas estaban obligados a asistir a las grandes fiestas de Jerusalén. A los doce años de edad Jesús acompañó por primera vez a sus padres a la fiesta de la Pascua. Se sentó en el templo, en medio de los doctores de la Ley y les declaró que los tiempos se habían consumado, que el Mesías había venido como lo anunciara Isaías. Los doctores estaban estupefactos por su precoz sabiduría (Stupebant om­nes qui eum audiebant  super prudentia et responsis ejus).
   No obstante, José y María habían regresado a Nazaret sin él creyendo que él iría con otros peregrinos. Inquietos, volvieron sobre sus pasos y acabaron por encontrarle en el templo después de tres días de búsqueda. La Virgen le hizo tiernos reproches, y le preguntó: «Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote.»
   La historicidad de este episodio es sospechosa. De acuerdo con la tradición hebrea es igualmente a la edad de doce años que Moisés se separa de su familia, que Daniel se revela, que Salomón se convierte en rey y profetiza. El evangelista, que quería poblar el período vacío de la adolescencia del Salvador, sin duda se inspiró en esos precedentes para demostrar que desde la niñez Jesús había tenido consciencia de su misión.
   Los hagiógrafos copiaron a su vez ese tema bíblico en la Disputa de Santa Catalina con los doctores de Alejandría. Es el modelo de los escolares que dan lecciones a sus maestros.
Iconografía
   El relato de Lucas ha provisto el tema con tres escenas diferentes que aparecen ya separadas, ya yuxtapuestas.
l. Jesús discutiendo con los doctores.
2. Jesús perdido.
3. Jesús encontrado por sus padres.
a) El niño Jesús disputando con los doctores
   Evangelio de Tomás, cap. XIX.
   Es la primera manifestación de Cristo maestro. Jesús adolescente está sentado, sus pies descalzos descansan sobre un taburete, o está representado a medio cuerpo. Ya eleva la mano en gesto oratorio, ya cuenta sus argumentos con los dedos. Este último gesto, llamado el cómputo digital, era tradicional en las disputas teólogicas e ilustra el método de argumentación escolástica.
   Los libros a los que se refieren Jesús y los doctores son diferentes. Jesús muestra un codex al tiempo que los judíos sostienen rollos. Ellos conservaron, en efecto, la costumbre de escribir los textos santos en rollos. En ese detalle significativo puede advertirse la oposición entre el Evangelio y la Torá, entre la Antigua y la Nueva Ley. 
   Agrupados en semicírculo alrededor de Jesús, los doctores, a quienes los artistas se complacen en conferir un tipo semítico muy acentuado, se asombran por la precocidad del Niño prodigio: Sus reacciones son muy diversas: uno dirige el oído hacia él, el otro, perplejo, se lleva la mano al mentón.
   Infrecuente en el arte paleocristiano, el tema se hizo popular en la Edad Media que lo enmarcó entre dos prefiguraciones del Antiguo Testamento: José interpretando los sueños del faraón y Daniel explicando los sueños de Nabucodonosor.
   Los siglos XVI y XVII también ofrecen numerosos ejemplos. En la imaginería popular el Niño se convierte en un pequeño predicador que habla desde el púlpito.
b) El niño Jesús perdido en el templo
c) El niño Jesús hallado en el templo
   La Virgen, inquieta, regresa al templo con José y pone la mano sobre el hom­bro de Jesús.
   De acuerdo con otra versión, José habría salido solo en busca del Niño y lo habría conducido a la Virgen. Ella acoge a Jesús, que tiene el libro apretado contra el pecho, con un gesto de reproche.
   El tema, que en francés arcaico se llamaba La Recouvrance (La Recuperación), adquirió mayor popularidad a finales del siglo XV, gracias a la nueva devoción del Rosario, porque se inserta, efectivamente, igual que una  cuenta  en un  rosa rio, en el ciclo de los Siete Gozos de la Virgen. La pérdida del Niño es uno de los Siete Dolores y su regreso al hogar, uno de los Siete Gozos.
   Esta escena, que cierra el ciclo de la Infancia y que puede considerarse como la primera Predicación de Jesús, sirve de transición entre su Vida oculta y su Vida pública. Entre una y otra transcurrieron muchos años de los que no sabemos nada. Entre su duodécimo y su trigésimo año, es decir, durante más de la mitad de su vida, Jesús desaparece de la historia.
   Puede conjeturarse que durante este período fue discípulo de San Juan Bautista. Pero para que el Mesías no apareciese en una posición subordinada en relación con aquél, los evangelistas prefirieron guardar silencio acerca de ese período de aprendizaje, con el objeto de reducir al mínimo la deuda que Cristo contrajo con el Precursor (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la biografía de Valdés Leal, autor de la obra reseñada;
     Juan de Valdés Leal, (Sevilla, 4 de mayo de 1622 baut. – entre el 9 y el 15 de octubre de 1690). Pintor.
     Quien, después de Murillo, es con seguridad la segunda personalidad más importante dentro del ámbito de la pintura barroca sevillana, fue bautizado en Sevilla el 4 de mayo de 1622, hijo de Fernando de Nisa, noble portugués, y de Antonia de Valdés Leal, sevillana.
     Se ignora con quién pudo realizar su aprendizaje, que hubo de llevarse a cabo aproximadamente entre 1637 y 1642. Una vez concluida su formación marchó, a Córdoba, donde inició su carrera artística y donde en 1647 contrajo matrimonio. Allí permaneció hasta 1656, fecha en la que regresó definitivamente a su ciudad natal, y allí, pocos años después, en 1660, aparece citado entre los artistas que fundaron la academia de pintores de Sevilla, en la que llegó a ser primero diputado, y finalmente presidente.
     Referencias fidedignas indican que, en 1664, Valdés Leal viajó a Madrid, donde permaneció cerca de medio año, y donde hubo de mantener contacto con otros pintores y pudo visitar seguramente las colecciones reales, circunstancias que hubieron de repercutir favorablemente en la mejora de sus principios artísticos. Regresado a Sevilla, prosiguió su trayectoria artística, que se desarrolló siempre en un plano secundario, detrás de Murillo, con quien ingresó en 1667 como hermano de la Santa Caridad de Sevilla, institución para la que trabajó largamente hasta los momentos finales de su vida. En 1672, se sabe que realizó un viaje a Córdoba, posiblemente vinculado a encargos pictóricos.
     A partir de 1680, la salud de Valdés Leal se debilitó notablemente pero, pese a ello, como quiera que su situación económica nunca había sido boyante, hubo de ocuparse de trabajos que suponían grandes esfuerzos físicos, como la realización de decoraciones murales en el interior de recintos religiosos, subido a altos andamios. A partir de 1689, su hijo Lucas fue sustituyéndole paulatinamente en este tipo de trabajos, y finalmente, después de un ataque de apoplejía, en octubre de 1690, tuvo lugar su fallecimiento. Había redactado su testamento el 9 de octubre y el 15 siguiente fue enterrado en la iglesia de San Andrés (Sevilla).
     La historiografía del arte ha sido totalmente injusta con Valdés Leal, y al mismo tiempo ha desfigurado su personalidad, caracterizándole como una persona iracunda y orgullosa, quizás como contrapunto al carácter de Murillo, al que se presenta como hombre bueno y humilde. Sin embargo, Palomino, que le conoció personalmente dijo que “fue hombre de mediana estatura, grueso, pero bien hecho, redondo de semblante, ojos vivos y color trigueño claro [...] fue espléndido y generoso en socorrer con documentos a cualquiera que solicitaba su corrección [...] al paso que era altivo y sacudido con los presuntuosos y desvanecidos”.
     Pese a estas precisas palabras, que son las únicas contemporáneas referidas a Valdés Leal, en torno a él se ha forjado una leyenda que le define como un necrófilo, obsesionado por la muerte y por todo lo repugnante y desagradable. Estas falsas apreciaciones se deben sin duda a que se le considera como el responsable de la ideología que emana de las pinturas de Las Postrimerías de la iglesia del Hospital de la Santa Caridad, que, sin embargo, son fruto de las intenciones y del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de dicha institución en el momento en que se ejecutaron dichas obras. Pero ello no ha librado a Valdés Leal de ser llamado “el pintor de los muertos”, y a él se han atribuido sistemáticamente de forma errónea todo tipo de pinturas con tema mortuorio realizadas en la pintura barroca española. Ciertamente no fue la muerte la obsesión que agobió a Valdés Leal, sino al contrario las circunstancias de su vida, presidida siempre por los continuos problemas económicos que le acuciaban.
     No se conoce quién fue el maestro de Valdés Leal, y por lo tanto, no puede precisarse el espíritu artístico que presidió su formación. De todas formas, con quien más puntos de contacto tiene su pintura, al menos en sus inicios, es con Francisco de Herrera el Viejo, quien pudo ser su preceptor. También puede señalarse que, residiendo en Córdoba en torno a 1650, su pintura adquiriese referencias estilísticas procedentes de Antonio del Castillo.
     Progresivamente y con el paso del tiempo, el dibujo de Valdés Leal, firme y preciso, y su colorido terroso y compacto se fueron aligerando, sobre todo después de su estancia en Madrid en 1664, donde recibió influencias procedentes de la pintura veneciana y flamenca, y también de la madrileña. De esta última se constata cómo referencias pertenecientes a Ricci, Coello, y también a Herrera el Joven, incidieron en la progresiva adquisición de soltura y agilidad en su técnica.
     La pintura de Valdés Leal posee desde su época de madurez un marcado sentido de ímpetu y de fogosidad que le convierten en uno de los más aparatosos pintores de su época. Su arrebato creativo alcanza a veces a captar matices expresionistas en los gestos de sus personajes, tensos y crispados, con semblantes hoscos y anhelantes, que en ocasiones inciden de forma voluntaria en la estética de lo feo.
     La producción de Valdés Leal se inicia en Córdoba en torno a 1647, reflejándose en estos momentos una cierta rudeza en las actitudes físicas de sus personajes y una notoria solemnidad moral. Su primera obra fechada aparece en dicho año y es el San Andrés que pertenece a la iglesia de San Francisco de dicha ciudad.
     De estos años es también El arrepentimiento de San Pedro en cuya plasmación reflejó un profundo sentimiento, dramático y doliente; con este tema se conocen tres versiones casi exactas, una en la iglesia de San Pedro de Córdoba y las otras dos en Madrid, en colección particular y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En estas obras, aparte del influjo de Herrera el Viejo, se advierten también recursos técnicos derivados de José de Ribera.
     Muy importante debió de ser para Valdés Leal la obtención en 1652 del encargo de decorar con pinturas los muros laterales del presbiterio de la iglesia del Convento de Santa Clara de Carmona, conjunto actualmente disperso entre la colección March en Palma de Mallorca y el Ayuntamiento de Sevilla. En esta serie pictórica se describe la vida de Santa Clara y en sus distintos episodios se narra La profesión de Santa Clara, El milagro de Santa Clara con su hermana Santa Inés, La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma y La retirada de los sarracenos del convento de Asís, obra esta última que hay que considerar como uno de los testimonios más claros que nos ha dejado Valdés Leal en la descripción de escenas tumultuosas y caóticas; la serie finaliza con La muerte de Santa Clara.
     Del periodo cordobés de Valdés Leal es un amplio grupo de pinturas, realizado entre 1654 y 1656, entre las que figura La Virgen de los Plateros del Museo de Córdoba, obra que estuvo repintada casi totalmente y que en la actualidad presenta aún la cara de la Virgen muy desfigurada por la mano inexperta de un antiguo y vulgar restaurador. De este momento es también La Inmaculada con Felipe y Santiago, que pertenece al Museo del Louvre de París, y la pareja de los arcángeles San Miguel y San Rafael, que pertenecen a la colección Caja Sur de Córdoba. A este grupo puede añadirse una bella representación de Santa Bárbara, que pertenece al Museo Municipal de Rosario en Argentina.
     Trabajo de gran empeño por parte de Valdés Leal fue la realización entre 1655 y 1656 del retablo mayor de la iglesia de las carmelitas de Córdoba, cuyo patrono fue Pedro Gómez de Cárdenas. Este importante conjunto pictórico está presidido por una dinámica y aparatosa representación de El rapto de Elías, imbuida de un espíritu decididamente barroco. Figura también en el retablo La Virgen de los carmelitas, situada en el ático del mismo, mientras que en los laterales aparecen San Acisclo, Santa Victoria, San Miguel y San Rafael; en el banco se sitúan cuatro santas carmelitas formando dos parejas, Santa María Magdalena de Pazzis con Santa Inés y Santa Apolonia con Santa Syncletes. Completan el retablo dos cabezas cortadas de San Juan Bautista y de San Pablo más dos magníficas representaciones de Elías y los profetas de Baal y Elías y el ángel, estando estas dos últimas pinturas realizadas con posterioridad a la primera fase del retablo, puesto que ambas están firmadas y fechadas en 1658, cuando Valdés Leal residía ya definitivamente en Sevilla. 
   A partir de 1656 Valdés Leal se estableció en su ciudad natal, siendo su primer trabajo importante la realización del conjunto decorativo que recubría las paredes de la sacristía del Convento de San Jerónimo de esta ciudad, actualmente disperso. Allí se narraba la vida de San Jerónimo, y también se exaltaba a los principales religiosos de la orden, algunos de los cuales habían estado vinculados a la historia del propio convento. Así, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se guardan El Bautismo, Las Tentaciones y La flagelación de San Jerónimo. En una colección particular de Dortmund se conserva la representación de San Jerónimo discutiendo con los rabinos, mientras que otro episodio que representa La muerte de San Jerónimo se encuentra en paradero desconocido, si no es que se ha perdido.
     Un conjunto de frailes y monjas de la orden jerónima completaba la decoración de la mencionada sacristía, estando igualmente disperso en la actualidad. De él, en el Museo del Prado se conservan representaciones de San Jerónimo y de Fray Diego de Jerez; en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se exponen Fray Pedro Fernández Pecha, Fray Fernando Yáñez de Figueroa, Fray Pedro de Cabañuelas, Fray Alonso Fernández Pecha, Fray Juan de Ledesma y Fray Hernando de Talavera. En el Museo de Grenoble se encuentra Fray Alonso de Ocaña, y en el de Dresde Fray Vasco de Portugal. Las dos principales figuras femeninas de la orden jerónima, Santa Paula y Santa Eustoquio, se guardan respectivamente en el Museo de Le Mans y en el Bowes Museum de Bernard Castle.
     Hasta fechas recientes se venía creyendo que la última pintura realizada por Valdés Leal en su trayectoria artística era la representación de Cristo disputando con los doctores en el templo, obra que se conserva en el Museo del Prado y firmada en 1686. Sin embargo, el estilo de esta obra no encaja con la forma de pintar que Valdés poseía en los años finales de su vida, y por el contrario es totalmente afín al que tenía en los años inmediatos a su llegada a Sevilla, procedente de Córdoba. Esta circunstancia nos movió en 1992 a examinar detenidamente la firma y la fecha que lleva la pintura, pudiendo advertir que está totalmente repintada, y advirtiéndose de forma clara que la tercera cifra —actualmente un “ocho”—, fue inicialmente un “cinco”, con lo que la pintura posee la fecha de 1656, año justo y apropiado para situar esta obra dentro de la producción del artista.
     Otra obra de notoria calidad y empeño, ejecutada además con vibrante pincelada y espléndido colorido, fue realizada por Valdés Leal en 1657. Se trata de Los desposorios de la Virgen con San José de la catedral de Sevilla, escena en al que impera ya un marcado ímpetu barroco. De fecha aproximada es también la pintura que representa a Santa María Magdalena, San Lázaro y Santa Marta, también conservada en la catedral sevillana, y que muestra intensos y arrebatados sentimientos espirituales en la expresión de los personajes. De estos momentos es también El Sacrificio de Isaac, perteneciente en la actualidad a una colección particular madrileña, en la que el artista capta espléndidos estudios anatómicos de desnudo. Otras pinturas, fechables en torno a 1657 y 1658, son La Virgen con San Juan Evangelista y las tres Marías camino del Calvario, del Museo de Bellas Artes de Sevilla, La Piedad del Museo Metropolitano de Nueva York, El Descendimiento de la Cruz, de colección particular en Pontevedra, y La liberación de San Pedro, de la catedral de Sevilla. En todas estas obras se refleja una intensa dinámica expresiva imbuida en un profundo patetismo.
     Entre 1659 y 1660, Valdés Leal realizó un amplio conjunto pictórico para un retablo principal y dos colaterales, destinados a la iglesia de San Benito de Calatrava de Sevilla. En los retablos colaterales se disponía una sola pintura en cada uno de ellos, una monumental Inmaculada y un patético Calvario. En el retablo principal y con pinturas de mediano tamaño, figuraban, en el primer cuerpo, San Juan Bautista, San Andrés, San Sebastián y Santa Catalina, además de una representación de La Virgen con San Benito y San Bernardo que se ha perdido. En el segundo cuerpo aparecían San Antonio de Padua, San Miguel Arcángel y San Antonio Abad. Todo este conjunto pictórico se conserva actualmente en la iglesia de la Magdalena de Sevilla, en la capilla de la hermandad de la Quinta Angustia.
     Para el patio de la Casa Profesa de los jesuitas de Sevilla realizó Valdés Leal en torno a 1660 una serie de pinturas sobre la vida de San Ignacio de Loyola, que por haber estado durante dos siglos al aire libre han llegado hasta nuestros días en mal estado de conservación, por lo que han tenido que ser intensamente restauradas, a parte de que alguna de las escenas integrantes de dicha serie se ha perdido. Estas pinturas, excepto la que representa a San Ignacio convirtiendo a un pecador, que se encuentra en la iglesia del Convento de Santa Isabel de Sevilla, pertenecen actualmente al Museo de Bellas Artes de esta ciudad. Las pinturas que integran esta serie son La aparición de San Pedro a San Ignacio en Pamplona, La aparición de la Virgen con el Niño a San Ignacio, San Ignacio haciendo penitencia en la cueva de Manresa, El trance de San Ignacio en el hospital de Manresa, San Ignacio curando a un poseso, Aparición de Cristo a San Ignacio camino de Roma y San Ignacio recibiendo la bula de fundación del Papa Pablo III. La serie se completa con representaciones de San Ignacio y San Francisco de Borja contemplando una alegoría de la eucaristía y San Ignacio contemplando el monograma de la compañía de Jesús.
     En 1660 Valdés Leal realizó dos obras fundamentales dentro de la tradición española de la pintura de vanitas, en cuyo contenido manifiesta la vanidad de la existencia como consecuencia de la fugacidad del tiempo y la brevedad de la vida; alude también en estas pinturas a la inmediata llegada de la muerte, que arrebata a los humanos todo tipo de placeres y riquezas mundanas. Ante esta situación irremediable que, después de la muerte conduce a las circunstancias del juicio del alma con su dilema de salvación o condenación, es necesario llevar antes una existencia piadosa en la que la oración, la penitencia y la castidad sean méritos acumulados para poder conseguir la salvación. Estas consideraciones se recogen en dichas pinturas, que inicialmente formaban pareja, pero que en la actualidad se conservan separadas, una en el Wadsworth Ateneum de Hartford y otra en la Galería de Arte de York, representándose en ellas respectivamente La alegoría de la vanidad y La alegoría de la salvación.
     A estas dos pinturas siguieron otras no menos extraordinarias firmadas en 1661 como La Inmaculada Concepción con dos donantes, que pertenece a la Galería Nacional de Londres, donde aparte de la bella figura de la Virgen, Valdés Leal incluyó a sus pies los magníficos retratos de Un clérigo joven y de Su madre anciana, ambos de muy notable calidad. También de 1661 es La Anunciación que se conserva en el Museo de Arte de la Universidad de Michigan, obra de gran ímpetu barroco en la que contrastan la enfática e impulsiva figura del ángel con la recatada e íntima presencia de la Virgen. Otras obras importantes de 1661 son El camino del Calvario conservado en la Hispanic Society de New York y La imposición de la casulla a San Ildefonso, obra de la que el artista realizó una primera versión para ser situada en el ático de la capilla de San Francisco de la catedral de Sevilla y que debió de ser rechazada por los canónigos de la catedral por su excesiva tensión dramática y atormentada espiritualidad. Para reemplazarla Valdés Leal realizó otra versión del mismo tema más atemperada y recogida; de estas dos pinturas, la rechazada por el cabildo debe de ser probablemente la que hoy se conserva en la colección March de Palma de Mallorca.
     Poco después de 1663, también para la Catedral de Sevilla y esta vez para el retablo de la capilla de Santiago, Valdés Leal realizó un Martirio de San Lorenzo en el que acertó a describir en la figura de su protagonista una emotiva expresión en su actitud de levantar los ojos al cielo, aceptando con serenidad los tormentos de su martirio. En torno a 1663 puede fecharse también la representación de María Magdalena, que se conserva en la casa palacio de Villa Manrique de la Condesa, obra en la que Valdés Leal supo hacer gala de su destreza en la plasmación de la belleza física y espiritual.
     En los años que oscilan entre 1665 y 1670 puede situarse la ejecución de otras pinturas de Valdés Leal de notoria calidad. Son el San Antonio de Padua con el Niño que se conserva en una colección particular de Madrid y La Asunción de la Virgen que pertenece a la Galería Nacional de Washington, obra de gran ímpetu barroco plasmado en la dinámica figura de la Madre de Dios, que es impulsada hacia lo alto por ángeles de forma impetuosa y arrebatada.
     Procedentes de la iglesia del convento de San Agustín de Sevilla se conservan en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad dos excepcionales composiciones que hubieron de ser pintadas por Valdés Leal hacia 1670. Son La Inmaculada Concepción y La Asunción de la Virgen, obras ambas espectaculares y aparatosas cuando no trepidantes y convulsas, alcanzado a plasmar en ellas el máximo nivel expresivo que en el Barroco español se dio a estos temas.
     Valdés Leal es conocido de forma tópica en la historia del Arte europeo por ser el pintor de los dos famosos Jeroglíficos de las postrimerías, conservados en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. Ambas obras han forjado la leyenda de un Valdés Leal macabro, necrófilo y obsesionado por la muerte, aunque es necesario precisar que la ideología que impera en ellas es fruto del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de la Santa Caridad, quien quiso plasmar en ellas la idea de que la salvación eterna sólo es posible obtenerla a través de la renuncia de los bienes y goces terrenales que logrará en el momento del juicio del alma el beneplácito divino que otorga la salvación eterna. Estas pinturas son denominadas, merced a los rótulos que en ellas figuran In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi. En la primera un esqueleto apaga de un manotazo la vela encendida que alegoriza la existencia señalando al mismo tiempo el triunfo de la muerte sobre las complacencias mundanas. En la segunda, aparece un osario con dos cadáveres en primer plano agusanados y corroídos por repugnantes insectos, mientras esperan la hora del juicio y la decisión divina de obtener la salvación o la condenación del alma.
     Estas dos pinturas constituyen el preámbulo del mensaje que Miguel de Mañara introdujo en la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, puesto que su parte más importante se desarrolla a través de un conjunto de seis pinturas de Murillo que narran las obras de misericordia y que señalan que su práctica es indispensable para la salvación del alma. El colofón del programa de Mañara se refleja en la gran pintura realizada también por Valdés Leal en el coro alto de la iglesia en 1684. La simbología de esta pintura señala que ningún rico podrá entrar en el Reino de los Cielos, de la misma manera que el emperador Heraclio no pudo entrar en Jerusalén cuando portaba la cruz de Cristo en medio de la pompa y esplendor de su corte. Al ser Jerusalén la ciudad simbólica del Cielo, Mañara, en esta pintura, a través de Valdés Leal, insiste en señalar que los ricos habrán de emplear sus bienes en el ejercicio de la caridad, para así obtener la gloria eterna.
     Una de las obras más espectaculares de Valdés Leal, por sus dimensiones y efecto compositivo es La visión de San Francisco en la Porciúncula, firmada y fechada en 1672, que se conserva en la iglesia de los antiguos capuchinos de Cabra (Córdoba), donde alcanzó a configurar una escena imbuida en un alto nivel de dramatismo espiritual. En años sucesivos el artista realizó algunas pinturas de notable importancia como La Visitación, de colección particular de París, firmada y fechada en 1673. De esta misma fecha es el conjunto de seis pinturas que perteneció a un retablo del palacio arzobispal de Sevilla y que fue encargado por el obispo de dicha ciudad, Ambrosio de Espínola; en él se narraba la vida de San Ambrosio. Estas pinturas fueron robadas por el mariscal Soult y actualmente se encuentran dispersas entre el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Museo de Arte de Saint Louis (Estados Unidos) y el Young Memorial Museum de San Francisco (Estados Unidos). Estas pinturas, realizadas para ser vistas de cerca, muestran una técnica fogosa y vitalista y en ellas se describen personajes de vivaz expresión que se albergan bajo espectaculares fondos arquitectónicos.
     En 1674, Valdés Leal concluyó la aparatosa y triunfal representación de San Fernando ejecutada para la Catedral de Jaén, donde se conserva. El santo aparece captado de forma apoteósica y triunfal, portando atributos que le acreditan como vencedor de los musulmanes en la conquista de dicha ciudad. En torno a 1675 hubo de pintar Valdés Leal una serie de ocho representaciones de la vida de San Ignacio de Loyola que se conservan en la iglesia jesuítica de San Pedro de Lima, y que están ejecutados con la técnica suelta y deshecha que se constata en la mayoría de las pinturas realizadas en su madurez.
     En los últimos años de su vida, pese a su mal estado de salud, Valdés Leal hubo de realizar labores artísticas que, por su dificultad, mermaron paulatinamente sus facultades físicas. Se trata de pinturas realizadas al temple en lo alto de los muros de edificios religiosos sevillanos como la iglesia del Monasterio de San Clemente, la iglesia del Hospital de los Venerables y la iglesia del Hospital de la Santa Caridad. Para esta última institución, realizó también el retrato de Miguel de Mañara en actitud de estar presidiendo el cabildo de la hermandad y explicando algún pasaje de la regla de la misma. Fue esta obra, probablemente, una de las últimas que el artista realizó en su vida (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Jesús disputando con los doctores en el Templo", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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