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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 30 de mayo de 2026

El Teatro-Cine San Fernando, en Villanueva del Río y Minas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Teatro-Cine San Fernando, en Villanueva del Rio y Minas (Sevilla).  
     Hoy, 30 de de mayo, Fiesta de San Fernando III, rey de Castilla y de León, que fue prudente en el gobierno del reino, protector de las artes y las ciencias, y diligente en propagar la fe. Descansó finalmente en la ciudad de Sevilla (1252) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte el Teatro-Cine San Fernando, en Villanueva del Río y Minas (Sevilla).
     El edificio responde al tipo de teatro-salón con planta basilical rectangular, dos naves laterales, graderío trasero y balcón superior. Con una planta de 1.066 metros cuadrados y un aforo para 680 localidades, estaba equipado tanto para cine como para todo tipo de obras teatrales gracias a su escenario de 7,6 x 8,8 metros, su foso de orquesta y sus seis camerinos. Además del gran volumen que aportan sus dos plantas, el edificio destaca por el ritmo que le confieren a sus fachadas ciertos elementos como las barandillas en las terrazas superiores, o las dobles ventanas separadas por columnitas. Se ha restaurado en los últimos años, ya que se encontraba algo deteriorado.
     El teatro cine fue construido por la compañía M.Z.A a solicitud de los propios obreros, acabándose de construir en 1933. 
     El conjunto histórico de las Minas de la Reunión, catalogado como BIC, incluye dentro de esta declaración una serie de edificios singulares como el antiguo colegio de Hermanos Maristas, construido en el año 1926; la iglesia de San Fernando, el teatro-cine, la escuela para niñas, o el economato, entre otros, todos ellos promovidos por la compañía MZA. 
     Serán los tres primeros, en el borde oeste del barrio de Casas Nuevas, los edificios de mayor valor arquitectónico y que más contribuyen al carácter histórico-artístico del conjunto.
     También digno de mención es el equipamiento mueble urbano propio de la época, como los rótulos cerámicos identificativos en los edificios más señeros, las farolas de forja, el alcantarillado, y las fuentes y bancos pertenecientes al parque de la antigua Plaza de España. En la mayoría de ellos se encuentra presente el acrónimo de la compañía explotadora de la cuenca minera, la MZA y en otros el escudo de Ingenieros de Minas, o el de España (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).     
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Fernando, rey:
   El rey Fernando III de Castilla y de León, nacido en 1198, y muerto en Sevilla en 1252, primo hermano del rey san Luis, se convirtió en el santo nacional de España a causa de sus victorias contra los moros.
   Héroe de la Reconquista, dedicó a Jesucristo la mezquita de Córdoba. Además, es el fundador de la catedral de Burgos, y quien patrocinó y dotó el Estudio General, origen de la universidad de Salamanca. En el siglo XVIII se lo convirtió en santo patrón de la Academia de Bellas Artes de Madrid.
CULTO
   Canonizado en 1671 por el papa Clemente X, pero santificado por el pueblo a partir del siglo XIII, es el patrón de España entera, pero en especial el de Córdoba y Sevilla.
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa con manto real, la corona y el cetro. Sus atributos particulares son una llave, que alude a la toma de Córdoba y a su divisa: Dios abrirá, Rey entrará, y una estatuilla de la Virgen de marfil, que se conserva en el tesoro de la Capilla Real en Sevilla, que siempre llevaba consigo sujeta al arzón, a manera de talismán, cuando salía en campaña contra los moros (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
San Fernando en la Historia de la Iglesia de Sevilla
   San Fernando, rey de Castilla y León, tomó la ciudad de Sevilla en 1248. Restableció la sede hispalense y la dotó espléndidamente. Murió en 1252 y su cuerpo, incorrupto, se halla en la capilla real de la catedral de Sevilla.
   Fernando III nació en Valparaíso (Zamora) en 1201, hijo del rey de León, Alfonso IX (ya casado en primeras nupcias con doña Teresa de Portugal, de quien tuvo dos hijas: doña Sancha y doña Dulce, matrimonio disuelto por el papa por consanguinidad) y de doña Berenguela, hija de Alfonso VIII, rey de Castilla, y prima segunda del rey leonés, que se habían casado en octubre de 1197. Conocedores de aquel parentesco, que imposibilitaba legalmente el matrimonio eclesiástico, un grupo de obispos, conscientes de que esta unión era la única garantía de paz en Castilla y León, se encargó de presionar al papa para que concediera la dispensa. Cabía la esperanza de que Celestino III (1191-1198), que había urgido la paz con tanto empeño, entrara en el camino de las dispensas, pero no fue así. En 1198 murió Celestino III y le sucedió el enérgico Inocencio III (1198-1216), que se mostró inflexible. En mayo de 1204 tuvo lugar la separación. 
   Una serie de afortunadas circunstancias coincidieron para hacer de Fernando, el hijo de Alfonso IX y Berenguela, el heredero de ambos. La corona de Castilla había venido a recaer en Enrique I, nacido en 1203. El 6 de junio de 1217 moría en Palencia, cuando se hallaba jugando con otros muchachos. La corona pasaba a doña Berenguela que avisó secretamente a Fernando quien, sin notificar a su padre el importante suceso, se reunió con su madre en Valladolid, donde la reina simultáneamente tomó posesión y renunció al poder en su hijo, Fernando III, proclamado el 1 de julio de 1217 ante una asamblea de nobles castellanos. Los obispos de Castilla y el papa Honorio III (1216-1227) apoyaron también esta decisión.
   Desde 1224, el joven soberano, libre de conflictos internos, emprende decididamente una serie de expediciones por Andalucía. El primer período llega hasta 1230, durante el cual realiza una serie de acciones bélicas por el reino de Jaén. En 1227 ganó Baeza.
   El 24 de septiembre de 1230 murió Alfonso IX. En su testamento dejaba por herederas de la corona de León a sus hijas Sancha y Dulce y no a su hijo varón, Fernando III. Este momento peligroso para Fernando se solucionó favorablemente gracias a la habilidad política de su madre doña Berenguela. Esta se reunió con la ex-reina doña Teresa de Portugal, madre de las infantas, en Valencia de Don Juan y determinaron que las infantas renunciaran a favor de su hermano todo derecho sobre el reino de León, comprometiéndose Fernando III a pagar una renta anual de 30.000 monedas de oro. La prudencia diplomática de doña Berenguela y el apoyo de la Santa Sede, juntamente con el alto clero, coloca­ron al rey de Castilla en el trono leonés.
   La unión de Castilla y León y el pacto realizado poco después, 2 de abril de 1231, con el rey de Portugal Sancho II pusieron a la nueva potencia castellano-leonesa en las mejores condiciones para proseguir la conquista del Sur. En 1236 se tomaba por sorpresa Córdoba. En 1243 se anexionaba el reino de Murcia, que su gobernador ofrecía al rey castellano. Alfonso, el heredero de la corona, ocupo la capital murciana sin dificultad. La reconquista de Jaén se culminó en 1246 con la rendición de la ciudad.
   La última etapa de la reconquista andaluza tuvo como objetivo Sevilla. «Si no hubiera existido Sevilla, hubiera sido necesario inventarla. Y si Sevilla no hubiera sido un lugar de ilimitadas riquezas, hubiera sido preciso considerarlo como si lo fuera. Tras su prolongado y agotador empujón los cristianos necesitaban un oasis, por lo que apenas puede maravillar que el mismo Alfonso X, al cantar las excelencias del fértil valle del Guadal­quivir, produzca la impresión de que más bien está describiendo la captura de un granero que la de un reino. Era una tierra en la que manaba leche y miel, superior a todas las otras regiones de España en la abundancia de artículos exigidos por las necesidades de la vida: trigo, vino, carne, pescado y aceite, lo que se completaba con un clima perfecto. Sin embargo, lo mas importante era su autoabastecimiento» (Peter Linehan).
   Los papas ayudaron espiritual y materialmente al monarca castellano-leonés. Tanto Honorio III como Gregorio IX (1227-1241) e Inocencio IV (1243-1254) homologaron las campañas de Fernando III en Andalucía a las cruzadas de ultramar, y concedieron generosamente a los que participaron en ellas las indulgencias y otros favores espirituales conce­didos a este tipo de guerras.
   Gregorio IX e Inocencio IV permitieron a Fernando III ejercer plenamente el derecho de intervenir en las elecciones episcopales, debido a ser defensor de la tierra y de la fe; derecho que Alfonso X incluyó en la Primera Partida. Inocencio IV permitió también al rey usar los beneficios y dignidades eclesiásticas, junto con el dinero a ellas anejo, como dotaciones para sus hijos menores. Siendo todavía de tierna edad, Sancho y Felipe fueron nombrados procuradores de los arzobispados de Toledo y Sevilla respectivamente.
   A medida que avanzaba la conquista de Andalucía, la necesidad de dinero se hacía más apremiante para el rey castellano, y los bienes económicos de las iglesias le resultaban imprescindibles. Pero en lugar de apoderarse de ellos por su cuenta, Fernando prefirió guardar la legalidad, solicitándolos de la Santa Sede. Tras la conquista de Córdoba, Gregorio IX declaró que el éxito militar de Fernando había situado a la Iglesia romana en deuda con el monarca. Gregorio en compensación no autorizo a Fernando a hacer uso libremente de las «tercias» y, cuando el rey lo intentó en 1228, le reprendió severamente, pero le permitió un subsidio de 20.000 monedas de oro procedentes de las iglesias y monasterios de Castilla, y otro tanto sobre las rentas eclesiásticas de León. Unos años después, en 1247, en vísperas de la conquista de Sevilla, Inocencio IV otorgaba a Fernando las «tercias» de los diezmos eclesiásticos o dos novenas partes del total de los diezmos para sus empresas guerreras. Al principio esta contribución se establecía sólo por tres años. Pero Alfonso X y sus sucesores volverán a obtenerla con facilidad hasta convertirla prácticamente en habitual. Con el tiempo, las tercias reales se convertirán en un recurso financiero casi ordinario de la corona. Por todo ello, en 1248, las iglesias castellanas y leonesas se encontraban en un lastimoso estado. Sus aportaciones económicas a lo largo de los treinta y cinco años anteriores habían sido enormes.
   El asedio de Sevilla por las huestes de Fernando III se desarrolló a lo largo de dos años en cuatro fases. Primera: en el otoño de 1246 se talan y saquean los campos de Carmona, Jerez y el Aljarafe, con entrega sin resistencia de Alcalá de Guadaira y Marchena. Segunda: en la primavera de 1247 se talan de nuevo los campos de Carmona, ciudad que se entrega pacíficamente en seis meses; se consolida el camino desde Córdoba por el río con la toma de Tocina, Cantillana y Alcalá del Río; y se despeja el camino hacia la Sierra y Mérida con la toma de la citada Cantillana, Gerena y Guillena, dejando libre el acceso de las tropas de la orden de Santiago que se hallaban en Reina desde 1246. Por aquellas fechas remontaron el río las galeras de Ramón Bonifaz.
   Con el asedio directo de la ciudad desde finales de 1247 comienza la tercera fase. Entre agosto de 1247 y febrero de 1248 el cerco no fue todavía muy apretado. El componente cristiano se situó en Aznalfarache y Tablada. Gelves fue arrasado y los habitantes de Triana tuvieron que refugiarse en el castillo o en la ciudad. La cuarta fase se inicia con el asedio definitivo a partir de marzo de 1248. Con la llegada y ayuda del infante don Alfonso se pudieron controlar todas las salidas y puertas de la ciudad. En mayo las naves de Ramón Bonifaz rompieron el puente de barcas de Triana con lo que se bloqueó el río y se produjo el aislamiento de Sevilla. A partir de este momento se inicia la batalla contra el tiempo. El hambre atacó a los sitiados, pero el calor y las fiebres tifoideas lo hizo a los sitiadores. Como las peticiones de ayuda cruzadas por Sevilla a tunecinos y almohades no pudieron ser atendidas, en otoño comenzaron las negociaciones para la capitulación. 
  Se acordó la entrega de toda la ciudad con sus inmuebles y tierras. Los musulmanes emigraron, asegurándoles el paso hacia Jerez o Ceuta en el plazo de un mes con sus bienes muebles y semovientes, durante el cual los cristianos ocuparon el alcázar. El 23 de noviembre, fiesta de san Clemente, ondeó ya la enseña real de Fernando III en el alcázar de Sevilla. El 22 de diciembre el rey castellano hacía su entrada solemne en la ciudad aban­donada (José Sánchez Herrero, Sevilla Medieval, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992).
Conozcamos mejor la Biografía de San Fernando, rey de Castilla y de León; conquistador de Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla; santo;
   Fernando III, El Santo (Peleas de Arriba, Zamora, 24 de junio de 1201 – Sevilla, 30 de mayo de 1252), rey de Castilla (1217-1252) y de León (1230-1252); conquistador de Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla; santo.
   Cuando a fines de junio del año 1201, probablemente el día 24, festividad de san Juan, nacía el que iba a ser Fernando III de Castilla y de León en el camino de Salamanca a Zamora, en el monte al que luego se trasladaría el monasterio bernardo de Valparaíso, Castilla y León eran desde hacía cuarenta y cuatro años dos reinos distintos, separados y frecuentemente enfrentados. Fernando era hijo del rey Alfonso IX de León y de la castellana doña Berenguela, hija primogénita de Alfonso VIII de Castilla. Aunque procedente de doble estirpe regia, Fernando no nacía como heredero de ninguno de los dos tronos: en León le precedía un hermanastro suyo, nacido hacia 1194 y llamado igualmente Fernando, hijo del Rey leonés y de doña Teresa de Portugal, que ya había sido jurado como heredero del Trono de León; en Castilla el heredero era igualmente otro Fernando nacido en 1189, hijo de Alfonso VIII y hermano de doña Berenguela, la madre del Fernando nacido en 1201.
   El matrimonio de sus padres no pudo mantenerse, pues había sido contraído sin la necesaria dispensa papal del impedimento de consanguinidad, pues el padre de doña Berenguela, Alfonso VIII de Castilla, era primo carnal de Alfonso IX de León. Ante los requerimientos de Inocencio III a los cónyuges para que se separaran, éstos rompieron su convivencia, tras seis años y medio de vida matrimonial (1197-1204) en los que nacieron cinco hijos, dos de ellos varones: el futuro Fernando III y su hermano Alfonso de Molina. Rota la convivencia de los padres cuando Fernando no había cumplido aún los tres años, la educación infantil de éste corrió a cargo de su madre doña Berenguela que había regresado a Burgos con su prole; más tarde la formación y la vida del pequeño infante se repartieron entre Burgos, donde era conocido como el leonés, para distinguirlo de su tío Fernando, heredero del Trono castellano y doce años mayor, y en León al lado de su padre, donde era llamado el castellano para diferenciarlo de su hermano mayor, también homónimo y heredero de la Corona de León. Además en Burgos, había nacido ya a Alfonso VIII, el 14 de abril de 1204, otro hijo varón, Enrique, que igualmente precedía a doña Berenguela y a su hijo Fernando en el orden sucesorio.
   Mas la muerte imprevista el 14 de octubre de 1211 de Fernando, el hijo y heredero de Alfonso VIII, a los veintidós años de edad, acercó al pequeño Fernando al Trono castellano, del que sólo lo separaba su tío el infante Enrique. En agosto de 1214 otra muerte igualmente impredecible, la de Fernando, el hijo de Alfonso IX, cuando rondaba los veinte años de edad, aproximaba también al futuro Fernando III al Trono de León.
   El 6 de octubre de 1214 fallecía el rey de Castilla Alfonso VIII, el vencedor de las Navas de Tolosa, y lo sucedía en el Trono su hijo Enrique, un menor de diez años y medio de edad; veintiséis días más tarde fallecía la reina doña Leonor, por lo que recayó la tutoría y la regencia en doña Berenguela, pero al cabo de algunos meses las intrigas de los tres hermanos Lara forzaron la renuncia de la madre de Fernando y se hizo cargo de ambos oficios Álvaro Núñez de Lara. Las tensiones entre los hermanos Lara y los magnates que apoyaban a doña Berenguela se trocaron en choque armado y mientras aquéllos cercaban a doña Berenguela en Autillo (Palencia), en el palacio episcopal de Palencia un accidente de juego causaba graves heridas al rey Enrique I, a resultas de la cuales falleció el 6 de junio de 1217, cuando acababa de cumplir los trece años. En ese momento el futuro Fernando III se encontraba en Toro junto a su padre; doña Berenguela envió mensajeros para reclamar la presencia de su hijo, sin declarar nada de lo sucedido; Alfonso IX autorizó la partida del infante, que fue a reunirse con su madre.
   Los Lara levantaron el asedio de Autillo, marcharon a Palencia y con el cadáver del rey Enrique abandonaron la ciudad, seguidos a corta distancia por doña Berenguela y los suyos. Los intentos de llegar a un acuerdo entre ambos bandos fracasaron, pues los Lara exigían que les fuera entregado el infante don Fernando, que estaba por esos días a punto de cumplir los dieciséis años, y quedara sometido a su tutela.
   Doña Berenguela se estableció con su hijo en Valladolid, desde donde trataba de ganarse el apoyo de los concejos de la Extremadura castellana. Dichos concejos estaban reunidos en Segovia, deliberando para mantener una cierta unidad entre ellos, cuando, invitados por doña Berenguela, accedieron a trasladarse a Valladolid. El 2 o el 3 de julio los concejos congregados en el campo del mercado rogaron a doña Berenguela que acudiese ante ellos con sus hijos; allí tras reconocerla como reina y señora de Castilla, le rogaron que hiciese entrega del reino a su hijo mayor, al infante don Fernando, a lo que accedió en el acto la Reina, siendo así aclamado por todos Fernando III como rey de Castilla.
   La primera tarea que tuvo ante sí el joven Monarca fue la pacificación del reino, superando la rebeldía de los Lara y logrando que su padre Alfonso IX, que había penetrado en el reino castellano como aspirante también a esta Corona, se retirara pacíficamente y depusiera sus aspiraciones; ambos objetivos eran alcanzados en el transcurso de los años 1217 y 1218. Al año siguiente, el 30 de noviembre de 1219, tuvo lugar en Las Huelgas Reales de Burgos el matrimonio de Fernando III con la princesa alemana doña Beatriz de Suabia, hija de Felipe de Suabia, emperador electo de Alemania en 1198 y que falleció en 1208, sobrina del emperador Enrique VI (1190-1197) y nieta de Federico I Barbarroja. Por parte de su madre, la bizantina Irene, era también nieta del emperador de Oriente Isaac de Ángel (1185-1204) y de su esposa Margarita, hija del rey Bela de Hungría. Con la elección de esta princesa extranjera quiso sin duda doña Berenguela evitar a su hijo la triste experiencia de una anulación matrimonial, ya que estaba unido por lazos de sangre a todas las casas reinantes en España.
   Los primeros años del reinado de Fernando III transcurrieron en paz, pues desde 1214 se venían renovando las treguas firmadas por Alfonso VIII poco después de la batalla de Las Navas con los almohades, treguas que continuaron observándose durante el reinado de Enrique I (1214-1217) y los cuatro primeros años del de Fernando III, esto es, hasta 1221. En este año las treguas se renovaron hacia el mes de octubre por tres años más, por lo tanto, hasta 1224. Las treguas fueron escrupulosamente observadas por ambas partes, a pesar del clima de cruzada creado en Europa por el concilio de Letrán de 1215 y promovido por el papa Inocencio III.
   Al finalizar el mes de septiembre de 1224 expiraban las treguas suscritas entre Castilla y el Califa almohade; había que tomar una decisión que significaba la paz o la guerra, y en la toma de esta decisión quiso Fernando III que participara primero su curia ordinaria, reunida en el castillo de Muñó (Burgos) el domingo de Pentecostés, 2 de junio de 1224, y luego una curia extraordinaria de todos los magnates y prelados del reino convocada en Carrión de los Condes a principios del siguiente mes de julio. En ambas asambleas la decisión fue la misma: no renovar por más tiempo las treguas, que venían durando ya diez años completos.
   Así se cerraban los siete primeros años de reinado de Fernando III, caracterizados por la pacificación y recuperación interior, por el sometimiento de los magnates y por el robustecimiento de la autoridad regia, todo ello destinado a la creación de un reino próspero, fuerte y unido a las órdenes del Monarca. Ahora se abría otra época de su reinado de veintiocho años de duración, que sólo acabó con su muerte, durante los cuales, sin pausa ni desmayo y con el apoyo incondicional y entusiasta de su pueblo, Fernando III se consagró a extender sus fronteras a costa del enemigo musulmán hasta acabar con el poder islámico, expulsándolo hacia África o sometiendo a vasallaje al último reino mahometano que quedaba en España, el de Granada. 
    Las circunstancias no podían ser más propicias para el inicio de las operaciones militares. El 6 de enero de 1224 había muerto el califa almohade al-Mustanşir (Yūsuf II); la desaparición del Emir había dado lugar a luchas intestinas en al-Andalus, destacando entre los rebeldes el llamado al-BayasÌ, esto es, el Baezano, que, asediado en su ciudad de Baeza por el gobernador de Sevilla, no dudó en reclamar la ayuda del Rey cristiano. Respondiendo a esta llamada, el 30 de septiembre de 1224 salía de Toledo Fernando III y, unidas sus fuerzas a las del Baezano causaron grave quebranto a los enemigos, ya que conquistaron Quesada y no menos de otros seis castillos, que fueron entregados al aliado musulmán.
   Esta alianza permitió repetir la entrada en al-Andalus al año siguiente, 1225, cuando los cristianos recorriendo las comarcas de Jaén, Andújar, Martos, Alcaudete, Priego, Loja, Alhama de Granada y Granada y colocaron ya guarniciones permanentes en las fortalezas de Andújar y Martos, la primera custodiando la entrada en Andalucía por Puertollano o río Jándula, la segunda como una flecha clavada en el interior de la Andalucía islámica. La alianza con el Baezano se demostraba muy fructífera, sobre todo cuando éste, en el año 1226, logró apoderarse de Córdoba y, reconociéndose fiel vasallo del Monarca castellano, le ofreció los castillos de Salvatierra, Borjalamel y Capilla. Pero la guarnición de Capilla no obedeció las órdenes del Baezano y no entregó la fortaleza a Fernando III, por lo que a principios del verano de 1227 éste se puso en campaña para someter el castillo rebelde; estaba sitiando Capilla cuando recibió la noticia de que los cordobeses habían asesinado al Baezano, por lo que, tras rendir Capilla, pasó a Andalucía a asegurar la posesión de Baeza, Andújar y Martos. Este año y el siguiente se aceleró la desintegración del imperio almohade en la Península, dividiéndose en varios principados o reinos taifas, lo que facilitaría la conquista de al-Andalus por Fernando III.
   En el año 1228 tampoco faltó la campaña anual de quebranto y castigo del enemigo musulmán dirigida, como todas las demás, personalmente por Fernando III; al llegar a Andújar, donde se encontraba como jefe militar de todas las fuerzas de la frontera Álvar Pérez de Castro, recibió del gobernador almohade de Sevilla la oferta de 300.000 maravedís de oro, a cambio de que respetara sus tierras por un año; habiendo aceptado la oferta, Fernando III pudo talar impunemente las tierras de Jaén, que obedecían a Ibn Hūd. Al año siguiente, 1229, de nuevo el gobernador de Sevilla compró otra tregua de un año por otros 300.000 maravedís; también Ibn Hūd, imitando al sevillano, pagó otra tregua con la entrega de tres fortalezas: Saviote, Garcíez y Jódar, que vinieron a aumentar la base castellana para futuras operaciones al sur del puerto Muradal. Desde esta base, en el año 1230, intentó Fernando III apoderarse de la ciudad de Jaén, a lo que puso cerco hacia el 24 de junio, pero ante la tenaz resistencia de la plaza, que aguantó más de tres meses de duro asedio, el Rey cristiano cejó en el empeño e inició el regreso hacia Castilla.
   En el camino de retorno, al pasar por Guadalerza (Toledo), le llegó un mensajero de doña Berenguela que le anunciaba la muerte de Alfonso IX en Villanueva de Sarria el 24 de septiembre de 1230. Ante Fernando III se abría la posibilidad de acceder también al Trono leonés. Su madre salió a recibirlo a Orgaz y juntos siguieron hasta Toledo, donde madre e hijo deliberaron sobre la línea de conducta que convenía seguir. Aunque tenía a su favor la varonía, ante las reticencias de su padre y el no reconocimiento por parte de éste de su derecho a sucederlo una vez que contra los deseos paternos había alcanzado el trono castellano, don Fernando se había procurado una bula del papa Honorio III, de 10 de julio de 1218, que le declaraba legítimo heredero del Trono leonés. A su vez Alfonso IX, ignorando los derechos de su hijo, venía, desde 1218, reconociendo en reiterados documentos y actos públicos, como sucesoras suyas, a las infantas doña Sancha y doña Dulce, hijas de su primera mujer, Teresa de Portugal. El conflicto estaba servido.
   Por Ávila, Medina del Campo y Tordesillas, Fernando III se dirigió hacia el reino de León en el que entró por San Cebrián de Mazote y Villalar (Valladolid), donde fue acogido como Rey; reclamado por la ciudad de Toro fue en esta ciudad y su castillo reconocido también como Rey, lo mismo hicieron Villalpando, Mayorga y Mansilla a su llegada. En esta última villa tuvo noticias de que los obispos de Oviedo, Astorga, León, Lugo, Salamanca, Mondoñedo, Ciudad Rodrigo y Coria con sus ciudades se habían declarado por él, mientras que León se hallaba dividido en banderías; tras una espera en Mansilla, también en León triunfaban sus partidarios. Fernando III hacía su entrada en la ciudad regia, donde fue proclamado Rey, probablemente el 7 de noviembre de 1230. De este modo volvían a reunirse bajo un único Monarca los dos reinos separados setenta y tres años atrás.
   Por esos días llegaban a León mensajeros de la reina doña Teresa que, con el apoyo de Zamora, había avanzado hasta Villalobos, dieciocho kilómetros al sureste de Benavente, trayendo proposiciones de paz. Doña Berenguela y doña Teresa, ésta con sus dos hijas, se reunieron en Valencia de Don Juan el 11 de diciembre de 1230. El acuerdo logrado por ambas Reinas consistió en la renuncia de las dos infantas a sus derechos a cambio de una pensión vitalicia de 30.000 maravedís anuales. Fernando de Castilla se convertía también en rey indiscutido de León. Tras el acuerdo de Valencia de Don Juan, dedicó lo que restaba de 1230, y los dos años siguientes a visitar la Extremadura leonesa, las tierras centrales de su reino en la Meseta y Galicia, para conocer a sus nuevos súbditos y ser conocido por ellos. 
   Esta ausencia del Rey, ocupado en los asuntos leoneses, no impidió que en el año 1231 dos ejércitos castellanos penetraran en territorio musulmán; el primero, movilizado y dirigido por el arzobispo de Toledo, atacó y conquistó Quesada; el segundo, a las órdenes de Álvar Pérez de Castro, llevando consigo al infante heredero, el futuro Alfonso X, entonces de nueve años de edad, llegó en sus incursiones hasta Vejer (Cádiz). Sorprendido junto a los muros de Jerez de la Frontera por un ejército islámico muy superior en número, en una serie de ataques suicidas logró dispersarlo y aniquilarlo causando una mortandad tremenda y obteniendo un botín cuantioso. Ésta fue la última batalla campal reñida con el islam durante el reinado de Fernando III; a partir de entonces sólo se tratará de asedios de ciudades y escaramuzas durante los mismos, sin que los musulmanes osaran presentar en todo el resto del reinado fernandino una batalla en campo abierto.
   La derrota de Jerez precipitó todavía más la descomposición y desunión en el territorio musulmán; en el año 1232 se proclamó independiente el gobernador de Arjona (Jaén) MuÊammad b. Naşr al-AÊmar (MuÊammad I), fundador de la dinastía nazarí que perduró en Granada durante más de doscientos cincuenta años. En ese mismo período en el sector leonés, los freires de Santiago y la hueste del obispo de Plasencia conquistaron Trujillo.
   Unidas ya las fuerzas de Castilla y de León, en el año 1233 el rey Fernando reanudó las operaciones militares con la conquista de Úbeda, que se rindió en el mes de julio; al mismo tiempo el rey Jaime I iniciaba sus profundas incursiones en el Reino de Valencia.
   En 1234, el rey Fernando estuvo ausente de la primera línea, porque tuvo que ocuparse de las graves discordias surgidas entre la Monarquía y algunos nobles, como Lope Díaz de Haro y Álvar Pérez de Castro; esto no impidió que los caballeros de la órdenes militares conquistaran en ese verano Medellín, Santa Cruz y Alange y que toda la comarca de Hornachos se entregara a los caballeros de la Orden de Santiago.
   En 1235, resueltas las discordias nobiliarias, pudo Fernando III continuar sus campañas por Andalucía con la conquista de Iznatoraf y Santisteban; pero en ese mismo año tuvo que sufrir la pérdida de su esposa doña Beatriz, muerta en Toro el 5 de noviembre de 1235, después de dieciséis años de matrimonio bendecido con diez hijos, de los que sobrevivían ocho. Al año siguiente, 1236, se inician las grandes conquistas de Fernando III en la cuenca del Guadalquivir con las fuerzas unidas de Castilla y de León, a las que sólo pondrá fin en el año 1248 la toma de Sevilla.
   En un audaz golpe de mano, un grupo de soldados de la frontera se apoderaba en la noche del 24 de diciembre de 1235 de algunas torres y de una puerta de la muralla cordobesa, que abrieron a un destacamento cristiano que se apoderó del barrio conocido como La Ajarquía y se hizo fuerte en él. Tan pronto como le llegó la noticia de lo sucedido, Fernando III marchó lo más aprisa que pudo hacia Córdoba, al mismo tiempo que ordenaba la movilización de los concejos castellanos y leoneses más próximos; los socorros llegaron puntuales para mantener y reforzar las posiciones ya obtenidas e iniciar el asedio de la ciudad, que tuvo que rendirse el 29 de junio de 1236. En los años siguientes toda la campiña cordobesa fue entregándose a Fernando III mediante capitulaciones que permitían por primera vez la continuidad de los musulmanes en sus hogares; no así en la sierra cordobesa, que tuvo que ser conquistada militarmente, y en la que no se toleró la presencia islámica.
   Al mismo tiempo los concejos de Cuenca, Moya y Alarcón aprovechaban el derrumbamiento del reino islámico de Valencia, que se entregaba a Jaime I, para ganar para su Rey y para Castilla las villas de Utiel y Requena. En el sector de Extremadura continuaron los avances de las órdenes militares: la de Santiago ganaba y repoblaba Almendralejo y Fuentes del Maestre, mientras los caballeros de Alcántara, desde Magacela, ocupaban Benquerencia y Zalamea; en el sector de Murcia los mismos santiaguistas se instalaban en el campo de Montiel y en la sierra de Segura.
   En marzo del 1243, Fernando III, enfermo en Burgos, confiaba el mando del ejército, que como otros años se disponía a partir de Toledo hacia Andalucía, a su hijo Alfonso; todavía en Toledo el infante, llegaron mensajeros del Rey de Murcia que ofrecía un pacto de vasallaje por el que sometía su reino al Monarca de Castilla y León. El futuro Alfonso X, sin vacilar un instante, aceptó la oferta y, modificando el destino de la expedición, marchó hacia las tierras de Murcia; en Alcaraz, a principios de abril, se suscribió el pacto por el que el rey de Murcia con los arráeces de Alicante, Elche, Orihuela, Alhama, Aledo, Ricote, Cieza y Crevillente se sometían a la soberanía y autoridad del rey cristiano permaneciendo ellos en sus hogares, practicando su religión y trabajando sus heredades. En cumplimiento del pacto, el ejército de don Alfonso fue ocupando pacíficamente las villas y castillos del reino; Lorca, Cartagena y Mula que se negaron a entrar en el convenio, tuvieron que ser sometidas por la fuerza. La pacificación del Reino de Murcia ocupó también los años 1244 y 1245; y al rozar con las fuerzas de Jaime I, que estaban completando la ocupación de Valencia hubo precisión de fijar la frontera entre Castilla y Valencia, lo que se hizo el 26 de marzo de 1244 por el tratado de Almizra.
   En 1244 Fernando III duplicaba el esfuerzo de sus fuerzas bélicas; mientras una hueste operaba en tierras murcianas, otra penetraba en el reino granadino, conquistaba Arjona, Menjíbar y Pegalajar y asolaba su territorio; estas razias pretendían debilitar al reino musulmán de Granada para asestar el gran golpe contra Jaén al año siguiente. En efecto, los campos de Jaén y de las ciudades de su contorno fueron arrasados a partir de julio de 1245, para formalizar el asedio de la urbe jienense a finales de septiembre de 1245. Era el tercer sitio que sufría la ciudad. Los anteriores, de 1225 y 1230, habían fracasado; pero éste, llegado enero de 1246, proseguía con todo ahínco, por lo que el rey de Granada MuÊammad b. Naşr al-AÊmar consideró perdida la ciudad de Jaén y, deseando salvar una parte de su reino, se presentó directamente ante el rey Fernando y, entregándose a su merced, le besó la mano declarándose su vasallo para que dispusiese de él y de su tierra, cediéndole además al instante la ciudad de Jaén.
   El pacto de vasallaje obligaba no sólo a MuÊammad b. Naşr y a Fernando III, se extendía también a sus sucesores en Granada y Castilla; el Rey musulmán serviría fielmente a Fernando III en tiempo de paz, acudiendo cada año a su Corte, y en tiempo de guerra engrosaría su hueste contra cualquier enemigo del Rey castellano-leonés. El de Granada conservaría en pleno señorío todo su reino, excepto la ciudad de Jaén, bajo la protección del Monarca cristiano, al que debía abonar cada año la suma de 150.000 maravedís. La ciudad de Jaén sería entregada en el acto a Fernando III y sus habitantes debían abandonarla perdiendo casas y heredades. Establecidas estas capitulaciones, el monarca cristiano hizo su solemne entrada en Jaén comenzado ya el mes de marzo de 1246. Pocos meses después, el 8 de noviembre, sufrió don Fernando la pérdida de su madre, la reina doña Berenguela, que durante todo su reinado había sido su más íntima consejera e inspiradora, y en cuyas manos dejaba el gobierno del reino durante las largas temporadas que él pasaba en Andalucía, consagrado a las operaciones militares.
   Desde el año 1224, Fernando III venía acrecentando las fronteras de su reino, pero le faltaba todavía la joya de al-Andalus: la ciudad de Sevilla. Después de la conquista de Jaén en el mes de marzo no demoró mucho el dirigir sus armas contra la capital de al-Andalus, y ya en el mes de octubre de 1246 aparecía con una reducida hueste de trescientos caballeros e iniciaba la tala de los campos de Carmona; allí se presentó sin tardanza, como fiel vasallo, el Rey de Granada con quinientos caballeros. Desde Carmona, ambos Reyes se dirigieron contra Alcalá de Guadaira, que se entregó a Fernando III, actuando de intermediario el Rey de Granada.
   Con el invierno no interrumpió don Fernando las hostilidades contra Sevilla, pero comprendió que un verdadero asedio de la ciudad no era posible sin contar con una flota que bloquease también las comunicaciones por el río; en consecuencia, hizo acudir a Jaén, adonde se había retirado, al burgalés Ramón Bonifaz, al que ordenó preparar en el Cantábrico la flota mayor y mejor pertrechada que pudiese, de naves y galeras. Del mismo modo ordenó una movilización de las mesnadas nobiliarias y de las milicias concejiles para el siguiente verano de 1247.
   Mientras llegaba la flota, puso Fernando III sitió a Carmona, que optó por capitular ante el Rey cristiano y lo mismo hicieron Reina y Constantina. Lora del Río se rindió sin resistencia, Cantillana fue tomada por asalto, mientras Guillena se entregaba sin hacer frente; también sucumbían Gerena y Alcalá del Río. Antes de que llegara la flota ya dominaba Fernando III todo el norte y el este de Sevilla. Por fin, en la primera quincena de julio de 1247, aparecía por el Guadalquivir la esperada flota de Ramón Bonifaz, integrada por trece galeras.
   Con la llegada de las naves a Sevilla se inició una dura guerra de desgaste, de hostigamiento y destrucción de cosechas, de ataques a cualquier avituallamiento y asaltos a los arrabales, guerra que se iba a prolongar durante todo el invierno y que se trocó en un duro y ceñido asedio al fin de marzo del 1248, cuando apareció ante la ciudad el heredero de la Corona, el infante don Alfonso, con grandes contingentes de castellanos, leoneses y gallegos. Sevilla ya no tenía reservas, Castilla y León podían movilizar más y más hombres y armas. El dogal que apretaba a Sevilla era cada día más recio: en el mes de mayo ya no quedaba otra vía a los musulmanes, para recibir auxilio, que el puente de Triana. Contra este puente y las gruesas cadenas de hierro que enlazaban las barcas que lo formaban, lanzó el 3 de mayo de 1248 Ramón Bonifaz sus dos naves más pesadas; el puente cedió y Sevilla quedó aislada de Triana, cuyo castillo se rindió seguidamente. La pérdida de Triana hizo que los sitiados ofrecieran capitular, conservando la mitad de la ciudad, lo que fue rechazado; otra segunda propuesta, ahora ya de dos tercios de la ciudad, fue asimismo declinada por la firme decisión de Fernando III de tener para sí Sevilla entera libre de musulmanes. Éstos finalmente tuvieron que capitular el 23 de noviembre de 1248, entregando la ciudad entera y disponiendo de un mes para partir hacia África o hacia el Reino de Granada.
   El 22 de diciembre de 1248 hacía Fernando III su solemne entrada en Sevilla. En los meses siguientes se fueron entregando y sometiendo al castellano-leonés, mediante pactos y capitulaciones, todas las ciudades de la ribera meridional del Guadalquivir. Con la conquista de Sevilla se puede decir que la Reconquista había finalizado, pues en ese momento ya sólo quedaba a los musulmanes el Reino de Granada, como vasallo del Monarca cristiano.
   En Sevilla se asentó Fernando III los tres años y medio últimos de su vida; sólo se ausentó para un corto viaje a Jaén, de dos meses de duración, pasando por Córdoba, en febrero y marzo de 1251. En Sevilla le alcanzó la muerte el 30 de mayo de 1252, cuando estaba abrigando proyectos de continuar sus conquistas por el norte de África; a sus exequias y sepultura en la antigua mezquita, convertida en catedral, asistió el Rey de Granada.
   A partir de 1224 y hasta el fin de sus días, Fernando III concentró todos sus esfuerzos en engrandecer las fronteras de su reino y en ultimar la recuperación de todo el territorio peninsular. Había recibido de su madre un reino, el de Castilla, de unos 150.000 km2; heredó de su padre otro reino, el de León, con otros 100.000 km2; había conquistado el territorio de un tercer reino de unos 100.000 km2 más ricos y feraces. No sólo se había ocupado de conquistas, tuvo también que entregarse a la repoblación cristiana de ese tercer reino que había ganado, efectuando llamamientos a castellanos, leoneses y gallegos para que acudieran a poblar las ciudades y los campos de Andalucía, ofreciendo y realizando entre ellos los repartimientos de casas y heredades.
   Con su primera esposa, Beatriz de Suabia, Reina de 1219 a 1235, tuvo diez hijos, siete de ellos varones: Alfonso, Fadrique, Fernando, Enrique, Felipe, Sancho y Manuel, y tres hembras, dos de éstas muertas en edad infantil; la tercera, Berenguela, ingresó en Las Huelgas Reales de Burgos, donde fue designada como “señora de la casa”. Contrajo Fernando segundas nupcias en noviembre de 1237 con Juana de Ponthieu, con la que tuvo otros cinco hijos: Fernando, Leonor, Luis, Simón y Juan, pero los dos últimos murieron en su tierna infancia.
   La profunda religiosidad de don Fernando a lo largo de toda su vida, no desmentida en ningún momento, así como la memoria de su vida limpia, fueron creando en torno a su persona una fama de virtudes y santidad. El proceso de beatificación se puso en marcha en 1628, duró veintisiete años, y el 29 de mayo de 1655 fue aprobado el culto como beato, limitado a Sevilla y a la capilla de los Reyes. El 7 de febrero de 1671, el papa Clemente X extendía su culto a todos los dominios de los reyes de España y finalmente, el mismo Pontífice, lo canonizaba el 6 de septiembre de 1672 (Gonzalo Martínez Díez, SI, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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martes, 10 de febrero de 2026

Los principales monumentos (Teatro, Anfiteatro, Casa del Anfiteatro, Museo Nacional de Arte Romano, Casa del Mitreo, Circo, Acueducto de San Lázaro, Acueducto de los Milagros, Presa de Proserpina, Pantano de Cornalvo, Puente del Albarregas, Arco de Trajano, Templo de Diana, Alcazaba y Conventual, Puente del Guadiana, Conjunto de Morerías, Concatedral de Santa María, Museo de Arte Visigodo, Basílica de Santa Eulalia, y Pórtico del Foro) de la localidad de Mérida, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Teatro, Anfiteatro, Casa del Anfiteatro, Museo Nacional de Arte Romano, Casa del Mitreo, Circo, Acueducto de San Lázaro, Acueducto de los Milagros, Presa de Proserpina, Pantano de Cornalvo, Puente del Albarregas, Arco de Trajano, Templo de Diana, Alcazaba y Conventual, Puente del Guadiana, Conjunto de Morerías, Concatedral de Santa María, Museo de Arte Visigodo, Basílica de Santa Eulalia, y Pórtico del Foro) de la localidad de Mérida, en la provincia de Badajoz.
     Mérida está ubicada estratégicamente, en el centro de las comunicaciones entre el Norte y el Sur a través del Camino de la Plata. Por ello, siempre ha sido una gran ciudad en la que se edificó teatro, anfiteatro, templos, termas y un completo sistema hidráulico de abastecimiento y saneamiento que conlleva algunas de las obras públicas romanas mejor conservadas.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 685,6 Km2
     Altitud: 249 m.
     Distancia Capital: 60 Km.
     Partido Judicial: Mérida
     Comarca: Tierra de Mérida - Vegas Bajas
     Otras Entidades: Campomanes, caserío a 15 Km. de Mérida y 290 m. de altitud, Carrión, barriada a 2,5 Km. de Mérida y 250 m. de altitud, Estación de Aljucén, estación de ferrocarril a 9 Km. de Mérida y 210 m. de altitud, Estación de Carrascalejo, estación de ferrocarril a 24 Km. de Mérida y 280 m. de altitud, Miralrío, urbanización a 9 Km. de Mérida y 249 m. de altitud, El Prado, polígono industrial a 4 Km. de Mérida y 210 m. de altitud, Proserpina, colonia a 8 Km. de Mérida y 245 m. de altitud, Psiquiátrico, lugar 3,5 Km. de Mérida y 250 m. de altitud, Virgen de la Luz, urbanización a 4 Km. de Mérida y 220 m. de altitud, y El Vivero, urbanización a 5 Km. de Mérida y 240 m. de altitud.
     Gentilicio: Emeritense
Ayuntamiento de Mérida
     Plaza de España, 1
     06800 Mérida (Badajoz)
     Teléfono: 924380100
     Fax: 924380183
     Web: www.merida.es
Historia.-
    A finales del siglo I a. C. Publio Carisios, por orden del emperador Octavio Augusto, decidió asentar a los soldados veteranos de las Legiones V Alaudae y X Gemina en el año 25 a.C. sobre la antigua y estratégica población emeritense situada en el centro de la región extremeña y a orillas del río Guadiana. Dominada la península por los romanos, éstos la dividirían en tres provincias: Bética, Tarraconense y Lusitania, siendo la capital de esta última Mérida, conocida desde ese momento como Emérita Augusta.
     Durante siglos y hasta la caída del Imperio romano de Occidente, Mérida fue un importantísimo centro jurídico, económico, militar y cultural, siendo esta capital uno de los dos centros administrativos romanos más importantes del Occidente Peninsular.
     Los suevos, en el siglo V, instalaron en Mérida la capital de su reino, al igual que posteriormente lo harían los visigodos, dando con ello continuidad e importancia política, económica y cultural.
     En el siglo VI, y con Mausona de Obispo, el cristianismo en Mérida se arraiga aún más, iniciándose una fe popular en la que sobresalió Santa Eulalia, patrona de la ciudad. Mérida será Sede Metropolitana hasta 1.119 en que ésta se trasladará a Santiago de Compostela.
     La llegada de los árabes a la península y la pronta ocupación de la capital visigoda por las tropas de Muza traerá consigo el declive de la ciudad, en comparación con etapas anteriores.
     A principios del siglo XIII, en 1.230, las tropas cristianas de Alfonso IX conquistarán la ciudad y Mérida se convierte en sede del Priorato de San Marcos de León de la Orden de Santiago, junto con Llerena.
     Será en época de los Reyes Católicos cuando la ciudad inicie una recuperación política motivada por el apoyo del Maestre de Santiago don Alfonso de Cárdenas, defensor de la causa de Isabel la Católica en su lucha por la corona con Juana la Beltraneja.
     Por su situación fronteriza con Portugal, se verá envuelta en continuas refriegas y batallas en época de los Austria y Borbones, sin ningún beneficio ni político ni económico.
     La invasión francesa supondrá para Mérida una lamentable pérdida de parte de su patrimonio histórico artístico, así como el parón económico que se inició a finales del siglo XVIII.
     Finalmente, la situación como nudo ferroviario de Mérida y el paso de las décadas de este siglo, han convertido a la ciudad en un núcleo industrial y de servicio en alza, contribuyendo a su desarrollo el interés por parte de arqueólogos e instituciones regionales y provinciales en sacar a la luz la inmensa riqueza arqueológica que afortunadamente cada año se viene recuperando, dando con ello más que motivos suficientes para que su conjunto arqueológico sea declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
     Desde principios de los años 80, Mérida fue elegida capital autonómica, lo que le ha supuesto un cambio importante en infraestructuras destinadas al servicio público de los ciudadanos extremeños y para los miles de visitantes que anualmente visitan sus monumentos o asisten a los actos culturales de fama internacional (Diputación Provincial de Badajoz).
     La antigua capital de la Lusitania y una de las ciudades más brillantes del Imperio Romano, época de la que conserva un singular legado artístico, cayó posteriormente en una prolongada decadencia. En la actualidad y desde 1981, a raíz de establecerse en ella la capitalidad de Extremadura, vive un activo proceso de recuperación que se manifiesta en todos los terrenos.
Historia
     La fundación de Augusta Emérita tiene lugar el año 25 a.C. por deseo del emperador Augusto para premiar a los soldados licenciados (emeriti) de las guerras cántabras, proporcionándoles tierras en la rica vega del Guadiana. La importancia estratégica del emplazamiento, como punto de control del paso del río y encrucijada de caminos sobre la Vía de la Plata y las calzadas que unían el interior de la meseta con Lisboa, convirtió en poco tiempo a la colonia en una de las ciudades más importantes de Hispania. Centro administrativo, cultural y económico de la extensa provincia de Lusitania, canalizaba el activo comercio entre la región y la capital del Imperio. Testimonio de la riqueza alcanzada entonces es el patrimonio monumental que ha llegado a nuestros días, uno de los más completos. sólo inferior al de la propia Roma.
     Tras el edicto de Milán (313), que reconocía la práctica del cristianismo, se estableció en Mérida una de las tres sedes metropolitanas peninsulares, mantenida durante el periodo visigodo.
     El ocaso de la ciudad se inicia a raíz de la invasión musulmana, ya que las frecuentes revueltas de sus habitantes frente al poder de Córdoba provocaron duras represiones y finalmente el traslado de la capitalidad regional a Badajoz. La misma suerte correría en el aspecto religioso con la llegada de los almorávides, cuya intolerancia forzó el cambio de la sede episcopal a Santiago de Compostela medida que se rea­firmaría tras la reconquista por Alfonso IX (1230) y la posterior entrega de la ciudad a los caballeros de la Orden de Santiago. A partir de entonces cae en una larga atonía, sólo rota por el paso de reyes o ejércitos en los diversos conflictos y, ya en la edad contemporánea, por algunos hechos significativos, como la llegada del ferrocarril, que impulsó de nuevo su desarrollo como centro de comunicaciones. En la época actual, el mencionado papel de capital de la comunidad extremeña, unido a la revalorización de su legado monumental, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993, abren un panorama esperanzador.
Gastronomía
     Además de cierta tradición chacinera, pla­tos propios son las ensaladas (zarangollos, cojondongos y jilimojas), carnes de cordero asadas, caldereta de cordero, peces de río y dulces artesanales.
Artesanía
     Mérida concentra en torno al Museo Nacional de Arte Romano un buen número de tiendas, donde se dan cita los económicos souvenirs, los ricos productos gastronómicos extremeños y buena parte de la artesanía hecha en Badajoz, especialmente la cerámica de Salvatierra de los Barros. La oferta se completa con la producción local de reproducciones de bronce y la cerámica realizada en barro rojo a imitación de las piezas del museo romano (terra siggilata).
Fiestas
     La Semana Santa, declarada de Interés Turístico Regional, resulta muy emotiva cuando las imágenes pasan por puntos tan emblemáticos como el Arco de Trajano. Un reconocido y creciente prestigio internacional ha alcanzado en los últimos años la celebración del Festival de Teatro Clá­sico, en julio y agosto. Las actuaciones no se limitan a las representaciones teatrales, sino que incluyen también ballet, ópera y conciertos sinfónicos. Las extraordinarias condiciones acústicas y escenográficas del teatro romano, unidas a la calidad de los artistas que intervienen, hacen difícil asistir a los diversos espectáculos sin una reserva anticipada.
     A principios de septiembre tienen lugar las ferias y fiestas locales.
     La llamada feria de los gitanos, heredera de la antigua feria ganadera, en la actualidad se traduce en una concentración de gitanos procedentes de todo el país, que en la segunda semana de octubre transforman la ciudad en escenario de sus manifestaciones folclóricas.
     El 10 de diciembre, por último, se honra a la patrona, Santa Eulalia.
Vida urbana
    La recuperación del patrimonio histórico, con la creación de campos de trabajo a los que afluyen arqueólogos en la etapa estival, el Museo Nacional de Arte Romano y la aludida capitalidad autonómica han contribuido a revitalizar la ciudad como centro turístico de primer orden. Todo ello se refleja en una animada vida local que se concentra en torno a la plaza de España. La peatonal calle de Santa Eulalia es la vía comercial por excelencia, en tanto que la plaza de la Constitución y las calles John Lennon y Félix Valverde Lillo acogen tanto la ruta del tapeo como los locales preferidos por la juventud. Junto al Museo de Arte Romano se concentran muchos comer­cios y casas de comidas y tapas. El nuevo centro comercial El Foro ha supuesto un nuevo impulso al ocio. 
VISITA
     El esplendor alcanzado por la antigua ciudad romana es palpable, dos mil años después, tanto en la zona monumental como en otros muchos puntos del trazado urbano en los que no cesan de aflorar, en el transcurso de excavaciones o de obras, restos de esa época.
La zona del teatro
     El conjunto monumental más destacado se sitúa en la zona oriental de la ciudad, sobre una suave colina en la que destaca la presencia del teatro romano**, un espacio capaz por sí sólo de evocar el esplendor de Augusta Emérita. Erigido por Marco Agripa, yerno de Augusto y gran benefactor de la urbe, su construcción finalizó el año 15 a.C., si bien el actual frente de escena se debe a una reforma del año 105. Con una capacidad superior a los 6.000 espectadores, se mantuvo en uso hasta finales del siglo IV. Fue transformado en plaza de toros en el siglo XVIII y llegó a desaparecer al ser utilizados los sillares del graderío en otras construcciones y rellenarse con escombros la hondonada. Recuperado a principios del siglo XX, tras una minuciosa, larga y cuidada reedificación, ha vuelto a desempeñar, como marco de los Festivales de Teatro Clásico, la función para la que fue creado. Frente a la cavea, o graderío dispuesto en semicírculo y dividido en tres sectores, y tras la orchestra, destinada al coro, se encuentra el escenario. Pero el elemento más interesante arquitectónicamente es el frente de escena, compuesto por dos cuerpos de columnas corintias culminados por un entablamento con arquitrabe, friso y cornisa, bellamente adornado por esculturas de divinidades y personajes imperiales, copias de los originales conservados en el museo.
     El contiguo anfiteatro*, de trazado elíptico y grandes dimensiones, es algo poste­rior (8 a.C.) y tenía un aforo de 14.000 espectadores. El grueso de la obra, a base de mampostería y hormigón, se cubría con sillares de granito, en gran parte desaparecidos. Algunas de las salas abovedadas que aún pueden verse servían como estancia de gladiadores (spoliaria) o cubículos para las fieras (carceres) uti­lizadas en los espectáculos, presentando estas últimas las troneras por donde se les servía el alimento a los animales. Fuera del recinto del anfiteatro, pero contiguo a éste, la llamada casa del Anfiteatro es un conjunto arqueológico donde destacan la casa de la Torre del Agua, solada de mosaico geométrico, y la propia casa del Anfiteatro (siglos I-IV), donde apreciar el magnífico mosaico de la Vendimia o representación de la pisa de la uva, y el mosaico los Peces con medallones que enmarcan a distintos peces marinos.
     En este núcleo monumental se encuentra el Museo Nacional de Arte Romano**. El proyecto arquitectónico fue encomendado a Rafael Moneo, quien diseñó un edificio funcional, cómodo y luminoso, a la vez que bellamente inspirado en la arquitectura romana. El edificio, contiguo a la zona del Teatro y Anfiteatro, es una gran nave de tres alturas, alzada sobre un conjunto de ruinas romanas que se conservan en una cripta donde es posible contemplar in situ restos arqueológicos, tales como tumbas, muros de casas, un tramo de calzada, etc., algo inusual en este tipo de centros.
     En la planta baja, las salas I, II y III se dedican a exponer piezas procedentes de las excavaciones realizadas en edificios destinados a espectáculos públicos (teatro, anfiteatro, circo), correspondientes a los siglos I y II d.C. Entre la amplia colección de estatuas, bustos, máscaras, inscripciones, etc., destacan la cabeza de Augusto* retratado como sumo pontífice (siglo I d.C.) y diversos bronces relacionados con los juegos circenses. Las salas IV y V recogen piezas vinculadas a ritos religiosos en honor de diversas divinidades, procedentes de los santuarios y templos romanos existentes en la ciudad. La lápida de Proserpina, la cabeza velada del Genio de la Colonia* (siglo II d.C.) o el mosaico referido al dios Baco (siglo IV d.C.) son algunas de las obras más interesantes. A los ritos funerarios se consagra la sala VI, en a que se exhiben, perfectamente ambientados, dife­rentes tipos de enterramientos, entre ellos una sepultura en forma de cuba (cuppa) propia de la práctica incineratoria y numerosas estelas, cipos, aras, etc. La sala VII expone objetos ligados a la casa romana y en ella se ha reconstruido una habitación con valiosa decoración pictórica. Finalmente, las salas VIII, IX y X se destinan a evocar la vida en el Foro, mediante esculturas, restos de construcciones y pequeños objetos hallados en los espacios públicos cotidianos de la antigua Emérita.
     La planta primera está toda ella destinada a exponer en vitrinas las colecciones de cerámica, objetos de hueso, vidrio, numismá­tica y orfebrería que posee el museo. El recorrido comienza por las sala IX, donde se muestran piezas de cerámica común, y sigue por la sala VIII (cerámica de lujo, con ejemplos de diversos tipos de terra sigillata) y la sala VII, monográficamente dedicada a las lucernas o lámparas de aceite. La sala VI ofrece la reconstrucción hipotética de un columbario, monu­mento funerario habitual en la antigua Roma, en tanto que la sala V se refiere a la industria y artesanía del hueso (agujas de coser, espátulas, piezas de tocado femenino, cubiletes y dados, etc.) y la sala IV muestra una extensa y variada colección de objetos de vidrio. Por último, en las salas III y II se exponen monedas y objetos de orfebrería.
     La finalidad de las salas de la segunda planta es explicar facetas diversas de la vida social de Augusta Emérita. La sala I contiene piezas y esquemas relativos a la administración y organización de la ciudad, mientras que la sala II ilustra la vida en las villae o haciendas cercanas a ella. Los mosaicos y otros objetos de la sala III evidencian la importancia de los movimientos migratorios (tanto de entrada como de salida) y la sala IV muestra utensilios y documentos relacionados con las distintas profesiones y oficios, entre ellos un completo instrumental quirúrgico. Al retrato escultórico de carácter privado están dedicadas las salas V (retratos femeninos) y VI (bustos masculinos), en tanto que el arte y la cultura es el motivo general que engloba las hermosas piezas expuestas en la sala VII, entre las que destaca un mosaico incompleto, del siglo IV d.C., ilustrado con las figuras de los Siete Sabios de Grecia. La sala VIII, final­mente, se refiere a los inicios y primer desarrollo de la Mérida cristiana, a partir del siglo III, con objetos (lápidas, estelas, palomas, crismones...) que contienen símbolos cristianos y que enlazan ya con la etapa visigoda, a la que ahora se dedican monográficamente las instalaciones del antiguo convento de Santa Clara.
     Los escasos restos que se conservan del circo romano, del siglo I d.C. con reformas del siglo III, se sitúan un poco más al norte de esta zona. Su estructura alargada constaba de dos lados mayores paralelos y dos menores que envolvían la arena, dividida en dos partes por un espigón al que daban siete
vueltas los aurigas. Se destinaba principalmente a las carreras de carros y otras competiciones deportivas (incluidas, en ocasio­nes, naumaquias o combates navales) que debían de despertar un gran interés popular, a juzgar por las enormes dimensiones de la arena y el aforo, con capacidad para unos 30.000 espectadores. Pese a su estado, es el mejor ejemplo español en su género. Junto al circo, tres pilares aún en pie es cuanto sobrevive del antiguo acueducto de San Lázaro.
El centro urbano y el Guadiana
     Siguiendo la avenida de Extremadura, se llega a la iglesia de Santa Eulalia, templo construido en los siglos XIII y XIV sobre una basílica del siglo V en la que se veneraban las reliquias de la santa. Ello explica la superposición de elementos pertenecientes a épocas y estilos que van de lo romano a lo gótico pasando por lo visigótico y lo románico. En la pequeña capilla adosada al templo, el hornito de Santa Eulalia y tradicionalmente considerad como el lugar de su martirio, se emplea­ron restos de un santuario dedicado a Marte.
     Ya en el centro de la ciudad, en los alrededores de la plaza de España, se encuentran el arco de Trajano y el templo de Diana. El primero era una puerta de acceso al interior de la urbe y, aunque privado de motivos ornamentales y de los mármoles que lo cubrían, sorprende por su austera grandiosidad. En cuanto al templo, puede datarse en el siglo I d.C., y, al parecer, aunque estuvo inicialmente consagrado al divino Augusto, la denominación se cambió por error en el siglo XVIII. Trabajos recientes de restauración han dejado exentas las columnas, a las que en el siglo XVI se añadieron los muros de la casa-palacio de los condes de los Corbos. Muy cerca, en la antigua igle­sia del convento de Santa Clara, puede verse el museo de Arte Visigodo.
     Desde este punto, y bajando hacia el Guadiana, se alcanza la alcazaba árabe, considerada como la construcción musulmana más antigua de España. Fue fundada en el año 835 por el emir Abd al-Rahman II a fin de sofocar las continuas revueltas de la población. Tras la conquista cristiana de la ciudad, los caballeros de la Orden de Santiago establecen en ella su recinto conventual y realizan importantes modificaciones. De la época islámica se conservan las torres y los lienzos de muralla exteriores, así como el aljibe. Las antiguas estancias conventuales están ocupadas actualmente por la presidencia de la Junta de Extremadura.
     Desde la alcazaba se ejercía el control de paso sobre el inmediato puente romano* que, desde los tiempos de Augusto, salva el cauce del Guadiana. Por su longitud, de 792 m y 60 arcos, entre los que se intercalan aliviaderos para facilitar el desagüe en las cre­cidas y disminuir la presión sobre los pilares, figura entre los mayores del mundo de esa época, tras el del río Danubio. Junto al de Alcántara, es uno de los mejor conservados, aunque ha sufrido numerosas reformas.
     A orillas del Guadiana se encuentra el conjunto arqueológico de Morerías, con necrópolis, calzadas y casas que fueron utilizadas desde los romanos hasta los árabes.
Otros lugares de interés
     Quedan dispersos por la ciudad otros muchos lugares de época romana que merecen ser visitados, especialmente la casa del Mithreo, una residencia señorial ubicada cerca del santuario dedicado a Mithra, del que recibe su nombre, adornada con pinturas murales y mosaicos tan destacados como la imagen de Eros y el Cosmológico, donde se personifican la concepción del mundo y las fuerzas de la naturaleza; colum­barios o pequeñas necrópolis romanas, donde aparece dibujado un matrimonio romano. Asimismo, tienen cierto interés construcciones posteriores como la iglesia de Santa María (siglos XIII al XV), el convento barroco de Santo Domingo (siglo XVII), y algunas casas solariegas renacentistas -especialmente la situada en la plaza de España, convertida en hotel-, sin olvidar el puente de Lusitania, obra de Santiago Calatrava (1991).
     Saliendo de la ciudad por el noroeste, se cruza el puente sobre el río Albarregas, también romano y situado en la Vía de la Plata. Aunque de dimensiones más modestas que el del Guadiana, sus cuatro arcos de medio punto mantienen la línea original, a pesar de las restauraciones efectuadas. Desde él se contempla el acueducto de los Milagros, que conducía el agua desde el embalse de Proserpina a la ciudad. Su triple arquería y los esbeltos pilares en los que se alternan sillares graníticos y ladrillo permiten evocar, pese a su estado de deterioro, la armonía de la obra.
ALREDEDORES
     A unos 5 km. el embalse de Proserpina ofrece el interés de su entorno natural -algo degradado por el incremento de viviendas-­ la presa de construcción romana, al igual que las canalizaciones que enlazaban con el acueducto de los Milagros. En estos parajes tuvo lugar la batalla de la Albuera (1479), en la que las tropas del maestre Alonso de Cárdenas, con su victoria sobre los partidarios de la Beltraneja, decidieron el conflicto sucesorio de la corona de Castilla en favor de la reina Isabel.
Embalse y parque natural de Cornalvo
     Situado a unos 15 km al nordeste. La presa es una construcción romana que almacena las aguas del río Albarregas. El entorno, cubierto por bosques de alcornoques y encinas, está protegido como parque natural. Es muy abundante la fauna, con especies rapaces, acuáticas y colonias de cigüeña blanca (Alfredo J. Ramos, y Santiago Llorente. Guía Total, Extremadura. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2005). 

Monumentos.-

Teatro Romano.-
     Ciertamente, es el Teatro Romano el monumento más emblemático y visitado de la ciudad. Su construcción, patrocinada por Agripa, yerno de Octavio Augusto, data de casi la misma época de fundación de Emérita y su inauguración es de los años 16 y 15 a.C.
     La capacidad del Teatro era de unas 6.000 personas.
     La grada o cávea está dividida en tres tramos -Summa, Media e Inma-, que a su vez acogían a las distintas clases sociales romanas que habitaban la ciudad. Delante de la cávea inma estaba la "orchestra", semicircular, que era destinada al coro.
     En el "frons scaenae" se abren vanos para el acceso de actores (valvae). En altura, se desarrollan dos cuerpos con diferentes órdenes y estatuas en los intercolumnios.
     En la parte posterior del "frons scaenae", existen varias dependencias interesantes, que eran utilizadas por los actores, el "postcaenium", con un peristilo ajardinado y una pequeña edícula rectangular para el culto imperial.

Anfiteatro Romano.-
     Frente al teatro y a escasos metros de éste, se encuentra el Anfiteatro: recinto dedicado principalmente a espectáculos con gladiadores y animales salvajes. Su inauguración fue en el año 8 a.C. y su capacidad era de unos 14.000 espectadores.
     Es de planta elíptica y entre sus partes principales destaca la arena, donde se desarrollaban los espectáculos, y que se encuentra muy transformado al utilizarse hoy como aljibe.
     Las tres puertas monumentales al norte, sur y este, comunican el exterior del Anfiteatro con la arena. En los extremos norte y sur se encuentran diversas dependencias destinadas al uso de los gladiadores y cerramiento de fieras.
     La grada se divide, al igual que el teatro, en cáveas; en la cávea ima se disponen dos tribunas. Desgraciadamente, la media cávea está muy deteriorada y la summa cávea casi perdida.
     Fuera del recinto del Teatro y el Anfiteatro, a escasamente nos pocos metros de este último, del que toma su nombre, se encuentran los restos de unas posibles mansiones romanas, la del Anfiteatro y la de la Torre del Agua, datadas en los siglos III / IV y I, respectivamente.
     Se conservan entre las dependencias de estas mansiones algunos lienzos pictóricos de gran calidad, así como el pavimento musivo con una excelente representación de la diosa Venus con Eros, y una escena de vendimia.

Casa del anfiteatro.-
     De importancia de esta zona arqueológica, son también las dependencias termales, pozos, hornos, cocinas, peristilos, conducciones de agua, zonas ajardinadas, restos de la muralla, así como un tramo de acueducto.
     Posteriormente, esta zona fue utilizada como necrópolis a partir del siglo V.

Museo Nacional de Arte Romano.-
     El edificio, que fue inaugurado en 1.986, es obra del arquitecto Rafael Moneo Vallés, y se encuentra situado frente a la entrada del Teatro y Anfiteatro.
     El arquitecto, utilizando el ladrillo, como materia básica, ha diseñado el Museo teniendo en cuenta la finalidad para la que se destina, recordándonos sistemas de clásicos construcciones y romanas, y contando con una original y acertada iluminación natural que le da un encanto especial a la visita diurna. Se pueden contemplar los restos arqueológicos hallados sobre el solar en que fue construido el Museo, en la llamada Cripta, además de la calzada y la conducción hidráulica allí existente.
     Sin duda el carácter didáctico del Museo Nacional de Arte Romano está presente en todos las plantas del mismo, con una distribución de temas muy acertados y unas ayudas gráficas de enorme interés para el visitante.

Casa del Mitreo.-
La aparición de los restos de una casa señorial romana o domus en la misma ubicación del posible santurario mitraico, le ha dado el nombre con que actualmente es conocida esta antigua residencia de época romana, la "Casa del Mitreo".
     La casa, dispuesta en torno a tres patios, dispone de habitaciones familiares, dependencias comerciales o industriales, jardines, peristilo y termas.
     Proliferan en estas dependencias las pinturas murales y mosaicos de los que destaca el llamado "Mosaico Cosmológico", uno de los más interesantes y atractivos de los aparecidos en el Occidente Peninsular.

Circo o Hipódromo.-
     Construido probablemente en el siglo I d.C. tuvo un aforo de 30.000 espectadores, lo que le convierte en uno de los mayores del mundo romano.
     De la spina o espigón central, que mide 233 m., sólo quedan los cimientos situados bajo la arena de este extenso circo.
     Las cáveas o gradas se dividían, al igual que en los demás edificios destinados al espectáculo público, según clases sociales, reservando tribunas para el editor o persona que paga los gastos de los juegos, así como para los jueces que velaban por la "legalidad" de la competición.
     La porta pompae daba la entrada al cortejo ceremonial y en ella se han localizado las carceres o caballerizas en número de doce.

Acueducto de San Lázaro o Rabo de Buey.-
     Su construcción se realizó para poder salvar las crecidas y el valle del río Albarregas, así como para conducir las aguas de captaciones subterráneas.
     Tenía aproximadamente 1.600 m. de longitud y 16 m. de alto, y aunque más largo incluso que el de Los Milagros, hoy día sólo se conservan tres pilares unidos en la parte baja por arcos de granito y de ladrillos los de la parte alta.
     El Acueducto conducía el agua a la zona del Teatro y Anfiteatro y al centro de la ciudad por dos ramales.

Acueducto de los Milagros.-
     Fue construido para transportar el agua traída desde el embalse del lago de Proserpina a la ciudad, y salvar la depresión del río Albarregas que desemboca en el Guadiana unos metros adelante.
     Su construcción data de dos momentos diferentes; una primera fase de época de Augusto o del momento fundacional de la ciudad, (finales del siglo I a.C.) , y la segunda del siglo III.
     Es de sillares de granito de hiladas de ladrillos y núcleo de hormigón, y mide unos 830 metros, con una altura de 25 metros.

Presa Romana de Proserpina.-
     Es el embalse artificial de época romana más grande conocido en el mundo mediterráneo y distante de la ciudad unos 5 kms.
     El agua de esta presa romana llega a Mérida a través de una larga conducción hidráulica y del Acueducto de Los Milagros.

Pantano de Cornalvo.-
     Dista unos 16 km. de Mérida, después de pasar la población de Trujillanos por la N. V dirección Madrid. En un paraje natural inigualable, aún se conservan el dique, la torre de regulación de la salida de agua y parte de la conducción que llevaba el agua desde este embalse hasta la capital de la Lusitania: Emérita.

Puente Romano sobre el río Albarregas.-
Este puente, construido sobre el año 25 a. d. C. ofrece notables características de la arquitectura augustea.
     Tiene 4 arcos de medio punto con luces que van de 5,20 m. en el primero a 3,80 m. en el cuarto.
     Mide 144,35 m. de longitud, ancho de calzada de 7,90 m., y 6,5 m. de altura.

Arco de Trajano.-
     Está situado en la parte céntrica de la ciudad, con 15 m. de altura y 9 de luz, construido a base de grandes sillares y dovelas de granito, probablemente en otro tiempo recubierto de mármol.
     Muchos autores apuntan que este arco no era un arco triunfal, y que lo más probables es que éste fuera una puerta monumental, situado justamente en el "cardo máximo" de la ciudad que daría entrada al foro principal.

Templo de Diana.-
     Es en realidad un templo destinado al culto Imperial realizado a finales del siglo I a.C. e inicios de la centuria posterior.
     De los edificios arquitectónicos religiosos de época romana de la ciudad, es el único que se conserva, gracias a la magnífica restauración realizada en él y a que su estructura fue aprovechada en el siglo XVI para la construcción del palacio del Conde de los Corbos, de estilo renacentista. Su planta es rectangular, rodeada de columnas -períptero-.
     Las columnas acanaladas y de granito estaban estucadas y pintadas de rojo rematándose con capiteles de estilo corintio. No faltaba una cella, canales, estanques y galería porticada, que hablan claramente, junto con los hallazgos escultóricos, de la importancia religiosa del templo y su advocación imperial.

Alcazaba y Conventual.-
 
     En el siglo IX y probablemente en el año 835, siendo emir de Córdoba Abd-al Rhamán II, se construyó la Alcazaba árabe, junto al puente romano sobre el río Guadiana y que como recinto militar salvaguardaba la ciudad con una guarnición establecida permanentemente en ella.
     En el interior del recinto se conserva un interesante y majestuoso aljibe excavado en la roca.
     Una vez reconquistada Mérida por Alfonso IX en 1230 a los árabes, este edificio militar sería entregado, y un siglo después, -principios del XVI-, se convierte en un conventual.
     El Conventual Santiaguista, destruido con el paso de los siglos, fue reconstruido magníficamente y es actualmente sede de la Presidencia de la Junta de Extremadura.

Puente sobre el río Guadiana.-
     Es el mayor puente romano de la Península Ibérica. Tiene una longitud de 792 m., con 60 arcos. Consta de tres tramos, siendo el primero de los tres el que mejor conserva el estilo original.
     La fecha de construcción es de la misma época de fundación de la ciudad, es decir, sobre el año 25 a.C. El paso del tiempo fue obligando a una serie de modificaciones y restauraciones, de las cuales destacan las efectuadas en el siglo XIX, que le darían su último y definitivo aspecto.

Conjunto Arqueológico de Morerías.-
     Necrópolis, calzadas, murallas y casas, que nos hablan de barrios e industrias romanas, visigodas y árabes ubicados durante siglos en este lugar cercano al río y a la Alcazaba, y donde se ha conseguido adecuar notablemente, como en otros lugares de Mérida, la utilización del solar para edificios públicos y la de preservar el conjunto arqueológico para deleite de visitantes y estudios históricos.

Concatedral de Santa María.-
     Situada en plena Plaza de España, es originaria del siglo XIII, y ésta levantada, probablemente sobre el solar de la antigua Catedral de Santa María de Jerusalén.
     En su interior se conserva el cenotafio del que fuera Maestre de la Orden de Santiago, Alonso de Cárdenas, enterrado en Llerena.

Museo de Arte Visigodo.-
     Es el lugar destinado para la exposición y conservación de muchos de los objetos de época visigoda encontrados en Mérida. Está situado en el antiguo convento de Santa Clara, anterior sede del Museo Arqueológico y a escasos metros del Arco de Trajano y la Plaza de España.

Basílica de Santa Eulalia.-
     Tras la llamada "Paz de la Iglesia" en época de Constantino, en el siglo V, se construyó esta Iglesia cristiana, declarada Monumento Nacional, en la cual pudieron enterrarse los restos de la mártir Santa Eulalia, perseguida y martirizada en época de Diocleciano, y los restos de los arzobispos de la sede emeritense.
     Las mejoras y excavaciones realizadas en esta basílica desde 1990, pusieron de relieve la enorme importancia histórica y artística del edificio.
     Muestras del arte paleocristiano, visigodo, bizantino y románico, tienen un fiel reflejo entre los muros de esta Basílica, que de una forma didáctica y modélica muestra al visitante el interior y las zonas excavadas. En el exterior se conserva el famoso "hornito" construido en honor de la mártir Santa Eulalia, con los restos de lo que fuera un templo dedicado al dios Marte y que se ha convertido en auténtico centro de veneración popular cristiano.

Pórtico del Foro.-
     Erigido en el siglo I d.C., su restauración es actual, en base a algunos de los hallazgos encontrados en el lugar, muchos de los cuales se conservan en el Museo Nacional de Arte Romano.
     El monumento consta de un edificio porticado con un muro donde se albergan diversos hornacinas destinadas a estatuas encontradas en este lugar, cercano al Templo de Diana y al Museo Nacional de Arte Romano (Diputación Provincial de Badajoz).

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