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miércoles, 27 de agosto de 2025

El antiguo Palacio de los Ponce de León

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el antiguo Palacio de los Ponce de León, de Sevilla
     Hoy, 27 de agosto, es el aniversario (27 de agosto de 1492) del fallecimiento de Rodrigo Ponce de León, III Duque de Arcos, entre otros títulos nobiliarios, personaje que da nombre al antiguo Palacio de los Ponce de León, así que hoy es el mejor día para Explicarte el antiguo Palacio de los Ponce de León, de Sevilla.
     El antiguo Palacio de los Ponce de León se encuentra en la calle Escuelas Pías, 1; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo
    Las dependencias del antiguo convento de los Terceros de la Orden Franciscana están actualmente muy remodeladas debido al estado de deterioro en que se encontraban y por su adaptación al uso de oficinas, debiendo mencionarse un artesonado de casetones, procedente del palacio de los Ponce de León, que cubre un salón de reuniones situado en la crujía de fachada.
     Detrás del claustro mayor del convento se abre un patio de planta aproximadamente triangular al que dan dependencias del antiguo Palacio de los Ponce de León. De este importante inmueble persisten escasos restos: Una galería porticada de dos plantas y una torre que alberga una escalera imperial realizada en el siglo XIX reutilizando columnas renacentistas, posiblemente procedente de talleres italianos, con capiteles de gran calidad. En la actualidad, este complejo de edificaciones históricas tiene varios usos: La iglesia mantiene el religioso, con la Hermandad de la Sagrada Cena, el convento es sede de una empresa del Ayuntamiento de Sevilla y los restos del palacio están insertos en un edificio de viviendas en régimen de propiedad horizontal.
     El convento de la Orden Tercera de San Francisco, de Sevilla, es ejemplo significativo de esa tipología arquitectónica tan importante en esta ciudad. Su construcción comenzó, a principios del siglo XVII, por la iglesia, buen exponente del protobarroco, aunque serán los aditamentos de pinturas murales y yeserías, del siglo siguiente, los que configuraron su actual aspecto interior y una intervención de principios del XVIII la que la dotó de la interesante fachada que posee, con ecos del barroco hispanoamericano.
     Las dependencias conventuales se organizan en torno a dos claustros que se enlazan con uno de los elementos arquitectónicos más singulares de este conjunto: Su escalera principal, de compleja traza y, a la par, perfectamente visualizable en su desarrollo desde un solo punto de mira en el inicio de la misma.
     Después de la Desamortización de Mendizábal el convento pasó a ser cuartel y en 1952 Colegio de los Padres Escolapios. En este uso docente se unió al inmueble contiguo que fue palacio de la poderosa familia Ponce de León, duques de Arcos y de Osuna, una de las más importantes casas nobiliarias con que contó la ciudad desde el siglo XV, de la que hoy sólo quedan algunos vestigios (Guía Digital del Patrimonio Digital de Andalucía).
     El palacio Ponce de León es actualmente la sede de EMASESA (Empresa Metropolitana de Abastecimiento y Saneamiento de Agua de Sevilla) y es sin duda uno de los edificios patrimoniales más interesantes e importantes de cuantos atesora el Ayuntamiento de Sevilla. A pesar de haber formado en origen dos conjuntos monumentales independientes, el destino quiso que en el siglo XIX el palacio de los Ponce de León y el antiguo convento de los Terceros Franciscanos se convirtieran en un todo.
     El primero de los edificios que se visita es el palacio de los Ponce de León. Aunque el edificio que se conserva hoy está muy reformado, los orígenes del palacio se remontan al siglo XIV. Los Ponce de León llegan a Sevilla tras la conquista de la ciudad al ser recompensados por el rey por su ayuda en la conquista de diferentes ciudades. El rey les entregó una serie de casas situadas cerca de las murallas.
     El edificio se fue reformando con el paso de los siglos y se fue adaptando a los nuevos estilos, como por ejemplo la logia renacentista que se conserva en uno de los patios, del siglo XVI, con columnas de mármol, capiteles de moñas (muy populares en la Sevilla renacentista) y arcos de medio punto, similar a otras logias que se construyeron en la ciudad, como la de la Casa de Pilatos. Además de este patio, se conserva un interesante artesonado de madera con casetones que se recuperó en la restauración del edificio, una impresionante escalera imperial del siglo XIX que está ubicada en una de las torres del edificio y el antiguo patio principal de la casa, hoy rodeado de viviendas contemporáneas (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Ponce de León; 
     Rodrigo Ponce de León, II Marqués y I duque de Cádiz, I marqués de Zahara, III conde de Arcos, VII señor de Marchena, marqués de Marchena, de Rota, de Mairena del Alcor, y de Bailén. (Mairena del Alcor, Sevilla, 1444 – Sevilla, 27 de agosto de 1492). Noble.
     Segundo de los hijos varones de Juan Ponce de León, conde de Arcos, y de la que fue su segunda esposa, Leonor Núñez. Ésta había llegado a Andalucía como criada de Leonor de Guzmán, primera mujer de Juan Ponce, quien la hizo su amante aun a costa de la ruptura del matrimonio. Pese a que Leonor de Guzmán murió en 1441, la boda entre los padres de Rodrigo no pudo celebrarse hasta 1448 por la oposición del conde don Pedro, padre de Juan Ponce, al matrimonio de su heredero con la antigua criada. Así las cosas, el futuro marqués de Cádiz nació muy posiblemente en la heredad de la Torre de los Navarros, cerca de la localidad sevillana de Mairena del Alcor, en la que transcurrieron los primeros años de su vida.
     Hubo de pasar luego a Marchena, centro de los estados paternos, para vivir en el seno de la atípica y prolífica familia del conde, compuesta por cerca de treinta hijos habidos con al menos, ocho mujeres distintas.
     La vida del joven Rodrigo cambió drásticamente a resultas de la muerte de su hermano primogénito, Pedro, en 1459, y convertirse en heredero de la casa.
     Ello llevó al inmediato intento de anulación de su compromiso matrimonial con Beatriz Marmolejo, a la que había desposado “por palabras de presente” el 6 de febrero de 1457. Beatriz era hija de Pedro Fernández Marmolejo, señor de Torrijos, y de Alcalá de Juana Dorta, en el Aljarafe sevillano. Lo que era una buena boda para un segundón se convertía en un grave problema para la política matrimonial de Juan Ponce de León, quien ya en 1460 proponía a Juan Pacheco, marqués de Villena y poderoso valido de Enrique IV, el enlace de Rodrigo con una de sus hijas. Para ello, fue preciso conseguir la anulación de los esponsales previos, lo que, junto con los vaivenes políticos de esos años, demoró el arreglo hasta 1470.
     Ya desde su primera juventud, Rodrigo se convirtió en un importante apoyo de su padre en el gobierno de su casa y en la defensa de la frontera. En 1462 saltó a la fama por su brillante intervención, al frente de la hueste condal, en la batalla del Madroño, cerca de Teba, donde desbarató una importante cabalgada mandada por el infante granadino Muley Hacén. Rodrigo, que hacía sus primeras armas, se comportó en ella con gran valor y resolución, siendo gravemente herido en un brazo.
     Poco después, en agosto de ese año, participó en la conquista de Gibraltar, propiciada por el alcaide de Tarifa, Alfonso de Arcos, y en la que tomaron parte las milicias de Jerez y de las villas gaditanas cercanas a la plaza, además de las huestes del conde de Arcos y del duque de Medina Sidonia. La disputa que se desató entre el joven Rodrigo y el duque por entrar los primeros en la ciudad, y el intento de éste de apoderarse secretamente de la fortaleza, acabó en un grave enfrentamiento en el que los cronistas de la época vieron el preludio de los problemas posteriores entre ambas casas.
     No obstante, entre 1463 y 1467 Ponces y Guzmanes actuaron como aliados en los graves conflictos civiles que asolaron Andalucía y toda Castilla. Primero, hasta junio de 1465, apoyando a Enrique IV frente al ahora rebelde Juan Pacheco y su hermano, Pedro Girón.
     Desde esa fecha, y después de la llamada “farsa de Ávila”, en el partido del infante-rey don Alfonso y contra Enrique IV. Pese a todo, el conde de Arcos, como tantos magnates de la época, trató de mantener cierta equidistancia y aprovechar las aguas revueltas para obtener importantes recompensas de las fuerzas en lid y, sobre todo, tratar de afirmar su poder en Sevilla, donde los Guzmán gozaban de una posición muy superior. En todo ello, su hijo Rodrigo era agente principal, ya en las luchas callejeras libradas en la ciudad para expulsar a los enriquistas, primero, y luego contra Stúñigas o Saavedras, ya en la ocupación de la ciudad de Cádiz, llevada a cabo a fines de 1466. Esta acción, que se presentó como preventiva de ciertos movimientos de los enriquistas locales contra el dominio alfonsino, entregó al linaje una ciudad de gran importancia estratégica que iniciaba su auge mercantil. De hecho, existía ya una promesa o concesión condicionada de Alfonso (XII) a Juan Ponce de León por los servicios que le estaba prestando. La intervención de los Ponce se vio facilitada también por los poderes que el conde de Arcos y el duque de Medina Sidonia habían recibido en agosto de 1465 para garantizar la obediencia del Reino de Sevilla al nuevo Monarca, los cuales los constituían en auténticos virreyes.
     Aunque muy contrariado, don Alfonso hubo de respaldar el golpe de mano de los Ponce en Cádiz.
     Más tarde, una vez fallecido su hermano, Enrique IV reconoció el dominio señorial en junio de 1469 y en enero de 1471, esta vez con la concesión del título de marqués de Cádiz a don Rodrigo. Con la incorporación de Cádiz, los Ponce de León trataban de compensar los recientes éxitos de sus entonces aliados, pero siempre rivales, los Guzmanes, quienes se acababan de hacer con Gibraltar y Huelva. Esta escalada fue seguida del estallido de un episodio banderizo entre los dos linajes en 1467 y 1468 que tuvo por escenario a Sevilla y a Jerez de la Frontera, aunque la muerte del infante-rey en julio de 1468 les obligó a buscar una avenencia que permitiese a ambos afrontar sin riesgos el cambio de situación.
     La nueva adhesión de Ponces y Guzmanes a Enrique IV y la reconciliación de Juan Pacheco con el Monarca dieron nuevas alas a los proyectos matrimoniales de Rodrigo con una de las hijas del marqués de Villena. Finalmente, la designada fue Beatriz, firmándose las capitulaciones el 21 de noviembre de 1470 y celebrándose los esponsales por poderes en Segovia el 20 de marzo de 1471. La dote consistió en un millón de maravedís en heredades y metálico, medio millón más en ajuar y un juro de 150.000 maravedís anuales.
     Poco antes, a principios de ese año, había muerto el conde Juan Ponce de León, tras serle concedido el marquesado de Cádiz el día 20 de enero. La influencia de Juan Pacheco fue decisiva en esta importante merced, que confirmaba plenamente la señorialización de Cádiz, así como en otras de carácter económico que por entonces recibió Rodrigo, como la de todas las nuevas minas que se hallasen en Andalucía, o en el nombramiento como corregidor de Jerez de la Frontera, cargo obtenido en 1470.
     Todas estas ventajas tenían como contrapartida situar al marqués de Cádiz en la órbita de Pacheco y distanciarlo definitivamente del duque de Medina Sidonia, principal obstáculo en Andalucía a la hegemonía del de Villena. A este factor político nuevo hay que añadir la vieja rivalidad en Sevilla y la aversión creciente entre don Rodrigo y el nuevo pariente mayor de los Guzmán, don Enrique, joven de su misma edad.
     Todo ello abocó a un gran estallido de violencia banderiza que se extendió entre 1471 y 1474. A un primer conato, acaecido en marzo, siguió el definitivo a fines de julio. Toda Sevilla se vio involucrada en el enfrentamiento. La población se inclinó muy mayoritariamente por los Guzmán, sobre todo después del incendio del templo de San Marcos por los partidarios del marqués. Rodrigo se hizo fuerte en la collación de Santa Catalina, pero finalmente hubo de huir de la ciudad, acompañado por doscientos jinetes, para buscar refugio en Alcalá de Guadaira, de cuya fortaleza era alcaide su cuñado Fernán Arias de Saavedra.
     Las casas de los Ponce en Sevilla y las de cientos de sus allegados fueron saqueadas por la multitud.
     La reacción de Rodrigo Ponce no se hizo esperar: el 2 de agosto salió con su hueste, muy reforzada con la llegada de vasallos y aliados procedentes de la campiña sevillana, y a marchas forzadas se dirigió a Jerez de la Frontera mientras que sus enemigos le esperaban en Sevilla. Al día siguiente ocupó la ciudad, donde sus numerosos partidarios le abrieron las puertas y le entregaron el alcázar. Su cargo de corregidor, confirmado por Enrique IV pocas semanas después, dio legitimidad al dominio establecido por el marqués en Jerez.
     Con este golpe de mano, Rodrigo Ponce consiguió una sólida base desde la que hacer frente a la guerra desatada y restablecer un cierto equilibrio de fuerzas.
     Sus posiciones se extendían desde la bahía de Cádiz, donde poseía Rota y la propia ciudad gaditana, hasta el curso alto del Guadalete a través de los amplios términos de Jerez y Arcos de la Frontera. Desde aquí enlazaban con las tierras de la “banda morisca”, contigua a la frontera granadina, donde los Ponce de León, además de su antiguo señorío sobre Marchena, habían tejido una amplia red de alianzas y parentescos que incluían a los alcaides de localidades como Morón, Osuna y Estepa. Las gentes de la frontera, con una preparación militar muy superior al resto, proporcionaron al bando de Rodrigo Ponce, muy inferior en hombres y en recursos al de su rival, una superioridad táctica indiscutible.
     El marqués contaba también con el apoyo del alcaide Luis de Godoy, hombre de Pacheco, en Carmona, enfrentado al potente partido contrario en esa localidad, y con el control de los castillos serranos de Alanís y Constantina, además de núcleos de partidarios en Écija y otras localidades, así como con la alianza de Alonso de Aguilar en Córdoba.
     Con este despliegue, Rodrigo Ponce cortaba en dos las posesiones del duque de Medina Sidonia, extendidas por las actuales provincias de Huelva y Cádiz, y hacía posible el bloqueo de Sevilla. Éste fue el principal empeño de sus fuerzas, impidiendo el suministro marítimo de la ciudad en años de malas cosechas como los de 1471 y 1472, y dificultando los procedentes de Extremadura. El dominio a campo abierto de las tropas del marqués permitió a éste presentarse, antes de que terminase el verano, ante los muros de Sevilla, verdadero objetivo del conflicto, pero el temor recíproco impidió el choque. El duque replicó con un alarde paralelo ante Jerez, sin mayores efectos. En noviembre de 1471 se pactó una primera tregua por cuatro meses ante la inminencia de un viaje de Enrique IV a Andalucía, lo que hacía esperar una solución política del conflicto. La tregua fue aprovechada por el marqués para tomar la villa musulmana de Cardela, con fama de inexpugnable, lo que consolidó un prestigio militar creciente que contrastaba con la abulia guerrera atribuida al duque Enrique de Guzmán. El aplazamiento de la visita real y la reanudación de los enfrentamientos en marzo de 1472 dio paso a la etapa más dura de la guerra, en la que los sevillanos trataron de romper el dogal con un contraataque victorioso sobre Luis de Godoy en Carmona y con la toma del castillo de Alanís en enero de 1473. Además, Enrique trató de desestabilizar al bando rival captando a Manuel Ponce de León, hermano del marqués, quien intentó, sin éxito, apoderarse de Marchena el 13 de enero de 1473, y favoreciendo la recuperación de Cardela por los granadinos a mediados de agosto.
     Rodrigo respondió con contundencia a estas acciones. En marzo de 1473, organizó un ataque marítimo y terrestre contra Sanlúcar de Barrameda, pocos días después de que dos hermanos del duque muriesen y otro fuese capturado en un cruento combate de caballería en las cercanías de Alcalá de Guadaira. En abril corrió los alrededores de Sevilla, tomando Alcalá del Río y destruyendo varias torres del entorno sevillano. Sin embargo, el gran éxito del marqués no llegó hasta el 27 de diciembre de 1473, cuando Pedro de Vera, alcaide por entonces de Arcos, tomó por sorpresa Medina Sidonia, asestando un duro golpe al prestigio del duque.
     Este triunfo fue seguido de la captura de la torre de Lopera en marzo de 1474 por el mismo caballero.
     Estas victorias de los Ponce forzaron a Enrique de Guzmán a réplicas en las que puso en juego todo el poder de su casa y de Sevilla. Tras varias incursiones sobre Carmona, Alcalá del Río, Arcos y Utrera, concentró sus fuerzas ante Alcalá de Guadaira a fines de abril, estableciendo un asedio formal. El marqués acudió al socorro con todas las fuerzas que pudo movilizar, planeando de nuevo el riesgo de un choque tan decisivo como incierto.
     Para entonces, las haciendas de los contendientes estaban exhaustas y la tierra al límite tras años de rapiña y malas cosechas. Todo ello favoreció el papel mediador del conde de Tendilla y de Alonso de Velasco, hermano del conde de Haro, quienes en un tiempo brevísimo consiguieron la firma de las paces de Marchenilla el 20 de mayo de 1474. El resultado garantizaba la restitución general de bienes y el mantenimiento del statu quo político y militar, la devolución de Medina Sidonia al duque y de Castellar a Fernán Arias de Saavedra, deudo y aliado del marqués, y otorgaba poder a éste para armar almadrabas en Cádiz, lo que vulneraba el monopolio ducal. Con todo, quizá el principal éxito de los Ponce en estas paces era tratar de igual a igual a sus rivales.
     Poco después, la situación política de Rodrigo Ponce de León se agravaría considerablemente. La alianza del duque con los futuros Reyes Católicos le había obligado a profundizar su dependencia de Pacheco y de Enrique IV. Estos motivos, y la estrecha vinculación de los intereses comerciales gaditanos con Portugal y Génova, le habían arrastrado al campo favorable a la princesa doña Juana. La muerte de Pacheco en octubre de 1474 y la del Rey en diciembre lo dejaron sin apoyos, en tanto que el dominio de Sevilla por Enrique de Guzmán se hacía completo. El resultado de la batalla de Toro amenazaba con convertirlo en un rebelde, por lo que Rodrigo Ponce de León se apresuró a someterse a los Reyes. El 30 de abril de 1476 recibió garantías para su casa y estados y la confirmación de las principales mercedes recibidas, así como el perdón real por su tardía obediencia.
     La presencia de la Reina en Sevilla desde julio de 1477, seguida poco después por don Fernando, fue ocasión de una reconciliación completa, sellada por la famosa escena en el alcázar, a donde acudió el marqués solo, de noche y sin previo aviso para hincar la rodilla ante la Reina y diluir las sospechas que sobre su fidelidad extendían sus enemigos, tan poderosos en la ciudad. Poco después, los Reyes viajaron a Jerez, donde el marqués les hizo entrega del mando, como ya había hecho de las fortalezas de Alcalá de Guadaira y Constantina. Desde ese momento se convirtió en el adalid de la causa real, contribuyendo eficazmente al sometimiento del mariscal Fernán Arias de Saavedra en 1478.
     La finalización de las treguas pactadas en 1475 con Granada por tres años, aunque prorrogadas en 1478, dio paso a un período de agitación fronteriza en la que Rodrigo Ponce se sumergió de inmediato. Ya en 1477, en respuesta a la recuperación granadina de Cardela, saqueó e incendió la cercana villa de Garciago, para recobrar Ortejícar en 1478, tomada por los moros al conde de Urueña, y apoderarse luego del castillo de Montecorto, que los rondeños capturaron de nuevo a fines de 1479. En 1481 entró hasta el corazón de la Serranía, atacando Villaluenga, corriendo Ronda durante tres días y derribando la fuerte torre del Mercadillo. En este ambiente, no puede extrañar el asalto de los moros a Zahara, considerado, sin embargo, primer acto de la definitiva guerra de Granada (27 de diciembre de 1481).
     El marqués de Cádiz fue, sin duda alguna, el principal caudillo militar de la Guerra de Granada. Además, su conocimiento del terreno y sus numerosos contactos en el campo musulmán le hicieron un consejero especialmente valioso y acertado. La actividad que desarrolló a lo largo de la década de 1480 fue incansable, participando en prácticamente todas las campañas de la guerra y manteniéndose siempre alerta y sobre las armas cuando éstas llegaban a término.
     Su iniciativa y caudillaje fueron fundamentales en la toma de Alhama (28 de febrero de 1482), respuesta a lo de Zahara y golpe de grandes consecuencias desde los puntos de vista estratégico y moral.
     Aunque en 1483 conoció la amargura de la derrota en la Ajarquía (21 de marzo), donde perdió a numerosos familiares y vasallos, en octubre fue parte principal en la victoriosa batalla de Lopera, éxito de gran importancia porque quebrantó el poder de los moros de Ronda y Málaga e hizo posible la inmediata reconquista de Zahara por el mismo Rodrigo Ponce de León (29 de octubre de 1483). El impacto de esta recuperación en la frontera y aún en todo el Reino fue enorme, satisfaciendo tanto a los Reyes, que se la cedieron por juro de heredad, además de elevar su marquesado de Cádiz a ducado, incrementado con el título de marqués de Zahara.
     Excede las posibilidades de estas páginas el relato pormenorizado de los servicios del marqués en las campañas de los años siguientes, coronadas con la conquista de Ronda (22 de mayo de 1485) y su Serranía y con la de Málaga en 1487. Era costumbre del rey don Fernando enviarlo por delante del ejército con una vanguardia que tenía por objetivo aislar la plaza que se proponía cercar e impedir la llegada de refuerzos enemigos. Era ésta una operación muy peligrosa y de gran trascendencia para el buen éxito posterior, la cual Rodrigo Ponce de León siempre ejecutó con diligencia y maestría. Su prestigio era común a moros y cristianos. Aquéllos solían recurrir a él para allanar el camino de las negociaciones y tratos, pues era proverbial su fidelidad a lo pactado, además de su clemencia y generosidad. Los Reyes, por su parte, le daban muestras continuas de su aprecio. Así, en junio de 1486 doña Isabel le pidió que la escoltase en su visita a la hueste y a las plazas conquistadas en la campaña de esa primavera. Rodrigo Ponce de León salió a recibirla en la linde de la vieja frontera, en la Peña de los Enamorados, cerca de Archidona, y por Loja la llevó hasta Íllora, donde la esperaba don Fernando con todo el ejército. Del mismo modo, en el invierno de 1487 a 1488, ausente el Rey de Andalucía, le fue encargada la guarda y supervisión de toda la frontera y de las plazas conquistadas, lo que realizó personalmente, recorriéndolas desde Ronda a Alhama, por Marbella y Málaga.
     Aunque su salud empezó a resentirse hacia 1488, ello no le impidió estar presente de principio a fin en el durísimo cerco de Baza (junio-diciembre de 1489) y en las entregas de Almería y Guadix. Finalmente, y como no podía ser menos, desde abril de 1491, y tras recuperarse de una grave recaída de su enfermedad, estuvo en la Vega de Granada y en el campamento de Santa Fe, donde aún tuvo ocasión de brillar en algunos encuentros con los moros, antes de asistir a la toma de la ciudad. Para el cronista Andrés Bernáldez, “este fue el cavallero que más trabajó, de los grandes de Castilla, en la guerra, e desque Alhama tomó non ovo entrada que el rey fiziese que él no fuese en ella en todos los diez años que duró la conquista del reino de Granada. Él fizo el comienço e vido el fin, e ovo su parte de la gloria e vitoria; que él fue presente en la entrega de Granada, que fue el sello de la conquista”.
     Como subrayaron algunos cronistas de la época, Rodrigo Ponce emerge de la Guerra de Granada como un nuevo Cid. En efecto, su comportamiento durante esos años le alcanzó la admiración y estima no sólo de los Reyes, sino de toda la sociedad, como muy pronto habría de verse con ocasión de su entierro en la misma ciudad que le había expulsado en 1471. El marqués-duque de Cádiz era visto como modelo de vasallo y colaborador de la Monarquía, pero también como un capitán legendario y compendio de las virtudes de la Caballería, entre las que se incluía una religiosidad muy marcada, con especial énfasis en la devoción mariana. Es notable también la inclinación mesiánica en los últimos años de su vida, sin duda bajo la influencia de los acontecimientos políticos y militares que le había tocado vivir y, en buena medida, protagonizar, manifestada en la carta que dirigió a los nobles castellanos en 1486. En ella se profetizaba que el rey Fernando no sólo conquistaría en breve Granada, mas todo el norte de África y Jerusalén.
     Pero la rica personalidad de Rodrigo Ponce de León no se agota en el perfil militar y caballeresco. Fue también un más que estimable gobernante de sus estados, que engrandeció con las mercedes recibidas y mejoró con inteligentes medidas que aprovecharon las favorables circunstancias económicas generales de la segunda mitad del siglo XV. Así, por ejemplo, Cádiz dio pasos decisivos en su conversión en uno de los principales puertos atlánticos, cabeza del comercio africano. Chipiona fue repoblada desde 1477, Pruna adquirida en 1482 y el lugar de La Puente de Suazo, luego Isla de León y actual San Fernando, incorporado en 1490. Además, como ya se sabe, en 1484 los Reyes le cedieron Zahara, con título de marqués, y en 1490 la serranía de Villaluenga (Villaluenga, Grazalema, Benaocaz, Archite, Ubrique, Cardela y Aznalmara), a la que en 1491 se sumó Casares.
     Antes de morir en el mismo 1492, Rodrigo Ponce de León había conseguido también resolver el arduo problema de la sucesión en el mayorazgo de la casa, ya que no tuvo hijos con Beatriz Pacheco. Esta ausencia fue suplida por la mayor de las tres hijas que había tenido con Inés de la Fuente, una vecina de Marchena, antes de su matrimonio con Beatriz Pacheco.
     Francisca de León casó con su primo Luis Ponce de León, primogénito de la línea legítima del linaje más próxima, y el hijo de ambos, llamado Rodrigo como su abuelo, fue el llamado a recoger sus derechos, títulos y señoríos en el testamento de 15 de agosto de 1492. Éstos comprendían, en ese momento, las ciudades de Cádiz, con título ducal, y de Arcos, con título de conde, y las villas de Marchena, Rota, Mairena del Alcor, Bailén, Zahara —con título de marqués—, Casares, Pruna, Aznalmara y Cardela con los lugares y aldeas de la serranía de Villaluenga, y los lugares de Los Palacios, Paradas, Chipiona y La Puente de León, así como los castillos de Lopera y Gigonza; las casas principales en Sevilla, en la collación de Santa Catalina, y otras en Carmona, Málaga y Granada, además de las salinas de Tarfia, aceñas y un enorme conjunto de bienes rústicos ubicados, fundamentalmente, en las villas y lugares de su señorío. También se consignan importantes situados y participaciones en las rentas reales.
     Puesto que el nieto elegido era de muy corta edad, y aunque vivían sus padres, Rodrigo Ponce de León nombró como tutora a Beatriz Pacheco, prohibiendo expresamente que Francisca y su marido, que ya habían renunciado a cualquier derecho sucesorio sobre el mayorazgo, administrasen los bienes del heredero.
     Como herencia propia, Francisca había sido beneficiada con un mayorazgo menor basado en el castillo y heredamientos de La Monclova, que más tarde debería recaer en el titular del mayorazgo principal. Con todas estas disposiciones, Rodrigo Ponce de León pretendía blindar el mayorazgo de la casa de Arcos contra las apetencias de otros miembros del linaje con los que, no obstante, el futuro duque de Arcos hubo de pleitear años después. Entre otros, el hermano menor de Rodrigo Ponce de León, Manuel, enemistado con el pariente mayor de la casa desde 1473, que se hacía llamar “conde de Arcos” y pretendió el mayorazgo hasta la avenencia conseguida en 1515.
     Las otras dos hijas del marqués, María y Leonor, casaron respectivamente con Rodrigo Mexía, señor de Santa Eufemia, y con Francisco Enríquez de Ribera, adelantado mayor de Andalucía. Leonor fue beneficiada con un mayorazgo menor, fundado en la década de 1480, que incluía el lugar de Guadajoz y un importante lote de donadíos y tierras en Carmona y el término de Sevilla. María, en cambio, sólo recibió la dote y una suma de dinero para la adquisición de heredades.
     Rodrigo Ponce de León murió en Sevilla el 27 de agosto de 1492, sólo tres días después de que Enrique de Guzmán, su viejo enemigo, lo hiciese repentinamente en Sanlúcar. Como el cronista Andrés Bernáldez supo narrar con emoción, el pueblo se echó a la calle para acompañar el cortejo fúnebre, “e assí ivan gentes aconpañándolo y onrrándolo, como cuando fazen la fiesta del Corpus Christi en Sevilla, aunque era de noche”. Fue enterrado en la capilla mayor del Monasterio de San Agustín, panteón de su linaje. Su sepulcro, como los restantes de los Ponce de León, fue destruido durante la ocupación napoleónica.
     Andrés Bernáldez dejó una excelente descripción del aspecto físico de Rodrigo Ponce: “Era onbre de buen cuerpo, derecho, más mediano que grande; de muy rezios mienbros, braços e piernas; muy grand cavallero de la gineta. Era blanco en el cuerpo, e roxo en la cara e cabellos e pescueço, e tenía algunas pintas por el pescueço e manos. Era hermoso de gesto, la cara más larga que angosta ni luenga: no había en ella reprehensión; la habla e órgano della muy clara e muy buena; los cabellos roxos e crespos, e las barvas roxas”.
     Rodrigo Ponce de León consiguió brillar con luz propia en una generación excepcional y durante una época deslumbrante. Su talla política, como la de tantos nobles de entonces, fue aumentando con el transcurrir de los años y en la medida en que fue haciendo suyos los proyectos e ideales de la Monarquía. De hombre de bandería, destinado a la continua emulación de sus rivales y al incremento de fortuna y poder a toda costa, creció hasta convertirse en un verdadero mito, en un nuevo Cid, un héroe de leyenda que se extinguió al mismo tiempo que lo hacía la frontera a la que debió su fama y en la que encontró ocasión de realizar la vida de caballero para la que había nacido. Esta celebridad guerrera en un medio en el que sus antepasados ya habían destacado, le convirtió también en auténtico refundador de su linaje, sustituyendo otras referencias pertenecientes a un pasado remoto y emancipando su memoria de la sombra proyectada por el linaje rival de los Guzmán, al que los Ponce de León debían su primera fortuna en Andalucía. Además, el magnífico mayorazgo fundado en 1492 identificaría durante siglos a la casa de Arcos y le ofrecería las bases materiales para que su descendencia pudiera instalarse perdurablemente entre la más alta nobleza española (Rafael Sánchez Saus, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la calle Escuelas Pías, en ExplicArte Sevilla.

lunes, 25 de agosto de 2025

Un paseo por la calle Escuelas Pías

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Escuelas Pías, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 25 de agosto, Memoria de San José de Calasanz, presbítero, que promovió escuelas populares para la formación de los niños y adolescentes en el amor y en la sabiduría del Evangelio, y fundó en Roma la Orden de Clérigos Regulares de las Escuelas Pías (1648) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la calle Escuelas Pías, puesto que dicha institución la fundón San José de Calasanz, presbítero.
     La calle Escuelas Pías es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo; va de la confluencia de las plazas Ponce de León, y Padre Jerónimo de Córdoba, a la confluencia de las calles Matahacas, Pinto, y Puerta del Osario.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Al menos desde 1665 recibió el nombre de calle de la Luna, sin que se disponga de otra información que la que da González de León (1839) cuando afirma que en un antiguo repartimiento de Santa Catalina ha en­contrado citada la "casa principal de la Luna"; conserva dicha denominación hasta 1914 en que se le da la de Escuelas Pías, por el colegio de esta congregación que se levantaba entre esta calle y la plaza de Ponce de León. En 1931 se volvió a la primitiva denominación de Luna, pero se restituyó la de Escuelas Pías en 1954. Según Santiago Montoto también llevó el nombre de Peso de la Harina.
     Calle relativamente estrecha en relación al intenso tráfico de entrada que registra desde la "ronda" hacia el casco; a partir de 1859 se realizan varios proyectos de ensanche con idea de crear un eje oeste-este de penetración en la ciudad histórica desde Puerta del Osario a la Campana y que incluye a Escuelas Pías. Entre 1907 y 1912 el Ayuntamiento procederá a la adquisición de varias fincas con objeto de ensanchar la calle y en 1948 volverá a retomarse el provecto inconcluso. El resultado es un trazado rectilíneo en la acera de los impares, salvo la barreduela que se conserva en el núm. 17, de poca profundidad como consecuencia del retranqueo general; en cambio en la de los pares, sólo la línea de fachada del núm. 10 da idea de la amplitud que se le quería dar a la calle. El pavimento es de adoquines y de losetas de cemento las aceras; delante de la finca núm. 10, para evitar el aparcamiento de vehículos, se ha elevado el pavimento con una capa de asfalto. La iluminación se apoya en farolas con brazos de fundición adosados a las fachadas. En la edificación predominan las casas de escalera de tres plantas, de principios de siglo levantadas a raíz del ensanche, pero también se conservan otras de fechas anteriores, de dos plantas y en mal estado de conservación; en algunos casos se ha procedido a su sustitución por casas de pisos de nueva planta, siendo de destacar la que ocupa el lugar donde se levantaba el colegio de los Escolapios.
     Como queda dicho, sin duda su principal función ha sido y es la de tránsito: por ella pasaba una de las principales líneas del tranvía y, debido a la estrechez de la calle y a algún accidente, en 1904 se disponía que "los carruages, al pasar por la calle citada, fueran al paso, y el cobrador delante a pie, para evitar toda imprudencia o descuido..." (Sec. 10, 1904); y actualmente forma parte del trayecto de varias líneas de autobuses municipales que se dirigen a la Encarnación. También hubo en esta calle una fábrica de sebo refinado, de cuyo "endemoniado y nauseabundo olor" se quejaban los vecinos a mediados del siglo pasado (1855); denominada más tarde de forma eufemística "fábrica de bujías esteáricas", fue pasto de las llamas en 1883. A principios del s. XIX (1821) Blanco White da noticias de la existencia de una hospedería en el núm. 6. Vivió allí el escultor Sánchez Cid. En el núm. 4, que anteriormente fue cuartelillo de la Policía Municipal, tiene su sede la institución literaria Noches del Baratillo; esta tertulia fue fundada en un local del Arenal por Florencio Quintero, y en ella sus asiduos conservan la tradición de las lecturas poéticas como una de las actividades más características [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San José de Calasanz, presbítero
   Fundador de la congregación de los piaristas, también llamados escolapios, porque estaban consagrados gratuitamente a la educación de los niños pobres en las escuelas piadosas.
   Moribundo, de todas maneras se arrastraba para asistir a misa en la capilla de la comunidad que había puesto bajo la protección de un icono bizantino de la Virgen.
   Falleció en 1648, a los noventa y dos años de edad, y fue canonizado en 1767.
ICONOGRAFÍA
La escena más popular es su última Comunión (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Escuelas Pías, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La calle Escuelas Pías, en detalle:
antiguo Palacio de los Ponce de León
Edificio c/ Escuelas Pías, 10.

lunes, 8 de julio de 2024

Los principales monumentos (antiguas Escuelas Pías, Ermita del Nazareno, Iglesia de Santa Ana, Castillo Árabe, y Ermita-Mezquita de la Virgen de Gracia) de la localidad de Archidona (III), en la provincia de Málaga

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Málaga, déjame ExplicArte los principales monumentos (antiguas Escuelas Pías, Ermita del Nazareno, Iglesia de Santa Ana, Castillo Árabe, y Ermita-Mezquita de la Virgen de Gracia) de la localidad de Archidona (III), en la provincia de Málaga.


Antiguas Escuelas Pías

      Obra civil de promoción eclesiástica, el inmueble es fruto de tres etapas constructivas sucesivas que no le han restado unidad estilística. El punto de arranque parte de 1757, cuando el presbí­tero archidonés Salvador Delgado de Urbaneja obtuvo del duque de Osuna permiso para traer hasta la ciudad a la congregación de las Escuelas Pías, prestigiosa institución docente fundada por San José de Calasanz, así como la donación de la ermita del Nazareno y la casa del capellán, por parte del obispado, y el generoso testamento de Leonor Félix de Morales y Cárdenas. Una vez llegados los religiosos se procedió a adaptar los edificios bajo la dirección del hermano Blas del Espíritu Santo.
     La segunda etapa transcurrió entre 1765 y 1776 y en ella se construyó el sector del edificio comprendido entre la calle Pilarejo y la esquina del arco. La tercera y última, entre 1776 y 1779, terminó el edificio levantando la parte comprendida entre el arco y la calle Carrera, incluyendo la realización de la portada, el patio de la fuente y la torre. La portada trasera, en la calle Pilarejo, luce una inscripción que menciona la fecha de 1798 como de terminación del edificio, aunque debe referirse a reformas en este sector concreto. Tras la marcha de los escolapios, el Ministerio de Educación dedicó el inmueble, en 1956, a instituto de bachillerato con el nombre del poeta archidonés Luis Barahona de Soto, reformado en el 2004 para adaptarlo a las exigencias de la nueva legislación educativa.
     Cuenta con dos núcleos, estructurados mediante crujías, en torno a otros tantos patios, uno cuadrado y el otro más irregular. El primero lo circunda, a modo de claustro, una galería cubierta de bóvedas de arista y arcos que apean sobre placas recortadas. En el centro se dispone una fuente de mármol con pilón octogonal y fuste abalaustrado con doble taza. Entre ambos núcleos discurre una calle pública y se comunican mediante un pasadizo elevado sobre bóveda de cañón, heredero de las algorfas musulmanas.
     El desnivel del terreno se solventa mediante la disimetría de su altura: dos pisos en la calle Carrera y tres en la trasera, cuya composición es más regular, pero en ambas se hace uso de la bicromía mediante la combinación del muro encalado y el ladrillo visto, y los vanos rebajados que disminuyen con la altura. En la calle Carrera se encuentra la portada principal, muy similar a la del Pósito, realizada en Estepa en piedra caliza blanca entre 1776 y 1778, con dos columnas toscanas sobre altos plintos que flanquean  un arco de medio punto. En el segundo cuerpo un frontón curvo se rompe para dejar paso a una cartela con el escudo de la congregación circundada por placas recortadas y protegida bajo una moldura mixtilínea a modo de alero. La puerta, de madera y doble hoja, se decora con rocalla. A la izquierda se erige la torre campanario, de ladrillo, sección cuadrada y dos cuerpos, que se corona con chapitel poligonal de tejas vidriadas dispuestas en escamas (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     Las Escuelas Pías son un inmueble de uso educativo (inicialmente bajo la tutela de los escolapios) situadas en el casco histórico de la ciudad, junto a la Iglesia de Jesús Nazareno. Ambos edificios sirven en la actualidad como centro de enseñanza secundaria.
     Las escuelas fueron fundadas en 1757 y la construcción del edificio comenzó en 1759, al mando del maestro alarife Blas del Espíritu Santo. Las obras finalizaron en noviembre de 1794. En sus comienzos el alumnado procedía mayormente de la comarca, aunque poco tiempo después de su inauguración el centro se convirtió en uno de los centros educativos más prestigiosos de Andalucía, atrayendo a estudiantes de diversos lugares. El alumno más conocido fue Blas Infante (conocido como padre de la patria andaluza), que estudió en Archidona entre 1896 y 1900.
     Clasificado como monumento de interés histórico artístico, el edificio ocupa un solar de 2736 metros cuadrados, distribuidos en dos manzanas incluyendo la iglesia adjunta. El inmueble funcionó como Colegio de las Escuelas Pías hasta el año 1950 y, desde entonces, alberga el Instituto de Enseñanza Secundaria Luis Barahona de Soto (Diputación Provincial de Málaga).

Ermita del Nazareno

      En este emplazamiento debió existir otro edi­ficio anterior donde se daría culto a la imagen del Nazareno, pero el actual fue realizado hacia 1688 y reformado en 1778, renovándose las bóvedas y ampliándose el altar de la sacristía. Posteriormente, al construirse las Escuelas Pías, la ermita, inicialmente exenta, quedó integrada en éstas, desempeñando la función de capilla del centro, razón por la que el escudo de la congregación luce en el púlpito. A comienzo de la década de los años noventa del siglo XX se renovó su cubierta. La portada ha sido realizada hace unas décadas con un criterio historicista que provoca cierta confusión, y la puerta de madera de doble hoja es obra de la Escuela Taller de la localidad, elaborada entre 1993 y 1994.
     Presenta planta de cajón al que se adosa por la cabecera el camarín polilobulado, cuyo volumen trasdosa al exterior, tras recientes obras que lo han dejado visible. Se cubre con bóveda de ca­ñón con lunetos con óculos igualmente trebolados, y el presbiterio con cúpula semiesférica sobre pechinas decorada con yeserías, que por su mayor rigidez sugiere la posibilidad de que sean anteriores a las de la nave, donde una cornisa con triglifos es rematada con placas recortadas recorriendo el perímetro interior del templo. En una de las ventanas han aparecido restos de pin­turas dieciochescas con motivos florales.
     En el exterior, el empleo combinado de mampostería y ladrillo visto armoniza con el aparejo utilizado en las Escuelas Pías, en cuyo edificio se integra la ermita.
     Un retablo rococó circunda el camarín en el que recibe culto la talla de Jesús Nazareno, aunque provisionalmente se ha trasladado a la parroquia de Santa Ana, mientras duran las obras de restauración del templo. Esta imagen, de gran calidad, muestra gran similitud formal e iconográfica con el Nazareno de la Sangre de Antequera -ambos han estado atribuidos al granadino Pablo de Rojas-, aunque recientes investigaciones han per­mitido atribuir ambas tallas, con fundamento, al escultor Diego de Vega, quien realizaría este de Archidona hacia 1580 con un mayor nivel artístico en la talla y el minucioso plegado de la túnica, que apunta hacia una transición desde el manie­rismo hacia el protobarroco.
     Junto al Nazareno también se han trasladado a Santa Ana la Virgen del Amor y de la Sangre -advocación que alude al hospital que hubo donde hoy está la ermita-, talla de candelero del siglo XVII, cuyas manos se sustituyeron en 1963 por Tello de Andrés. Se han mantenido en el presbiterio otras piezas, como dos lienzos del XVIII, uno de la Virgen del Carmen y otro de San Juan Nepomuceno. En el lado del Evangelio hay un retablo neogótico con una Inmaculada de escuela granadina, óleo de la Virgen de Gracia en retablo policromado con fondo azul y talla dorada, del siglo XVIII, altar de San José de Calasanz y retablo blanco y dorado con lienzo de La Aparición de la Virgen a San Juan de la Cruz, ambos del siglo XVIII. En el lado de la Epístola, un lienzo del Descendimiento, retablo rococó blanco y dorado con columnas salomónicas de la Virgen de la Sangre -ahora transitoriamente vacío-, altar del Cristo de la Expiración, Crucificado de talla del siglo XVIII, retablo neogótico decimonónico y Piedad de escuela andaluza, de la segunda mi­tad del siglo XVII (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     La ermita es de una sola nave con bóveda de medio cañón dividida por arcos fajones presentando lunetos. Una cornisa con triglifos corre a todo lo largo del muro y de ella penden placas recortadas. La capilla mayor se cubre con bóvedas sostenida por pechinas decoradas con yeserías del siglo XVII. El camarín del altar mayor resulta obra inacabada del siglo XVIII; presenta planta polilobulada y no se llegó a decorar de yeserías.
     El exterior, de mampostería y verdugadas de ladrillo, ha sido recientemente restaurado, habiendo quedado el camarín destacado.
     La actual puerta de acceso a la ermita, metálica y de grandes dimensiones, desentona del conjunto (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Edificio construido a finales del siglo XVII, con importantes reformas en el XVIII. Formaba parte del Colegio de los Padres Escolapios.
     Entre otras interesantes imágenes y retablos, destaca el retablo central, de la segunda mitad del siglo XVIII, con doble columnata a los lados que da paso al camarín de bóveda de media esfera que contiene la imagen del Nazareno (patrón de Archidona), de finales del siglo XVI y principios del XVII, obra atribuida al maestro granadino Pablo de Rojas.
     La ermita es actualmente sede de la Cofradía de Jesús Nazareno y María Santísima de la Sangre. Forman parte de ella los pasos de Cristo de la Expiración con la Magdalena, Virgen de la Sangre y el Nazareno (Diputación Provincial de Málaga).

Iglesia de Santa Ana

      Consecuencia del desplazamiento de la población desde la villa alta a una cota inferior es la construcción de este templo -probablemente sobre un oratorio musulmán-, y la erección de la parroquia en 1505, aunque las obras debieron terminarse hacia mediados del siglo XVI. Durante el siglo XVII se realizaron intervenciones menores en la cubierta y portada, pero por la pobreza de los materiales empleados hubo que reedificar la nave entre 1700 y 1785, concluyéndose el coro. Tantas reformas y aña­didos restarían solidez a la fábrica que llegó a estar en ruina, por lo que en 1883, con el mecenazgo del archidonés Carlos Sánchez de la Fuente Escobar, se elevó la nave central, se añadieron las laterales y se recubrieron los soportes hasta convertirlos en los pilares actuales de sección cuadrada.
     Tiene tres naves y cabecera poligonal. Las diferentes actuaciones le han restado unidad estilística, pues la cabecera se cubre con bóveda gótica de terceletes, la central con crucerías góticas y los nudos resaltados con yeserías barrocas, y las late­rales también con bóvedas cuyos nervios apean sobre placas recortadas. Los arcos formeros apuntados recuerdan el origen gótico del tem­plo. En el exterior, la escalinata con la que se salva el desnivel del terreno contribuye a dotar de mayor empaque al edificio, solemnizando las procesiones y actos religiosos que parten desde la iglesia. La portada debió realizarse a finales del siglo XVIII, pues muestra analogías con el estilo desarrollado por el círculo del arquitecto Antonio Matías de Figueroa. Realizada en már­mol rojo, muestra arco carpanel flanqueado por columnas dóricas que sustentan frontón mixtilíneo con un escudo pontificio flanqueado por los florones que rematan los ejes de las columnas. En la cabecera se trasdosan los contrafuertes y emerge el volumen prismático de su torre triangular -en la provincia solo existe otra en Coín-, en ladrillo y coronada por chapitel de teja vidriada, único elemento constructivo que permanece sin alterar desde la primera construcción.
     En el interior, el monumental retablo de la capilla mayor, circundado de telas encoladas, doradas y policromadas a modo de dosel, lo sitúan en la misma línea de monumentalidad de otros grandes retablos de la provincia, como el del Carmen de Antequera. Ejecutado a media­dos del siglo XVIII, emplea estípites como so­portes, pero la estructura arquitectónica queda diluida entre su prolijidad decorativa. En la calle central, ocupando el manifestador eucarístico, figura la virgen del Rosario con una media luna de plata a los pies -talla del XVII proceden­te de Santo Domingo-, flanqueada por las tallas de menor tamaño de San Juan y la Virgen; en una hornacina superpuesta se sitúa el excelente grupo escultórico de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen. En el ático, la paloma del Espíritu Santo entre angelitos en dinámica actitud, y en las calles laterales, otras dos hornacinas acogen a San Pedro y San Pablo, tallas policromadas y esgrafiadas.
     En derredor y en varias ubicaciones del presbi­terio, cuatro están en la sacristía, se distribuyen los sitiales del coro, 24 en total, de gran calidad, tallados en madera durante la primera mitad del siglo XVIII. En el testero del lado del evange­lio del altar mayor llama la atención un óleo de grandes dimensiones, Lamentación sobre Cristo Muerto, pintado por el artista local Eugenio Lafuente en 1927 durante su estancia en Roma como becario del Instituto Español. Un hábil uso de la luz hace destacar la figura del yacente in­crementando el dramatismo de la escena. Junto al mismo, otras pinturas representando a Santa Catalina de Alejandría, la virgen de las Angustias y la virgen de los Dolores. Bajo el presbiterio y cerca de la nave de la epístola, un blandón para el cirio pascual de grandes dimensiones y base de trípode, decorado con relieves de angelitos y querubines, se usa para el oficio de tinieblas del Sábado Santo. Es obra renacentista interesante, que requiere una restauración. En el extremo opuesto, el púlpito es de factura neoclásica aña­dido tras la ampliación de la iglesia. Repartidos en toda la longitud de la nave central se dispone un apostolado de talla policromada y las imágenes de San Francisco de Paula, Santa Bárbara, San Miguel y San Nicolás de Bari, en el lado de la epístola, y San Antonio, San Lorenzo, San Ra­fael y San Sebastián en el lado del evangelio, integrando una nueva serie. También en la nave central y en las enjutas de los arcos figura una serie de pinturas sobre lienzo de forma oval representando a los Apóstoles, la Virgen y el Salvador, de mediana calidad artística.
     En el sotocoro, en el lado del evangelio, un pequeño retablo acoge a la imagen de Jesús atado a la Columna, ésta última dórica y de carácter bastante clásico, realizada en plata en 1899, aunque la original debió ser de fuste alto. Fechable hacia el último tercio del siglo XVI, esta espléndida imagen fue trasladada hasta la parroquia cuando se demolió la ermita de su  advocación que se situaba en los Cuatro Cantillos. Su autoría, en torno al círculo de Pablo de Rojas o sus discípulos, no descarta a Diego de Vega, que realizó imágenes procesionales para Archidona en torno a estas fechas. El retablo de la virgen de la Merced, blanco y dorado, nos presenta a una virgen en posición sedente vestida con telas encoladas, ambos de mediados del siglo XVIII.
     El retablo de la Virgen de los Dolores, del XVIII y rematado con un airoso penacho y ángel turiferario, estaba dedicado anteriormente a San Pedro, cuyo altorrelieve se ha trasladado al muro de enfrente. A ambos lados de la hornacina, pin­turas de San Antonio de Padua y Santo Domingo. La imagen mariana, de candelero y del siglo XVII, ostentaba otra advocación cuando se hallaba en la demolida ermita de la Columna, donde recibía culto por la desaparecida orden tercera de servitas, pasando luego a propiedad de la cofradía de la Soledad aunque desde 1930 es la titular mariana de la hermandad de la Humildad.
     En el siguiente tramo de la nave del evangelio, flanqueado por las tallas de San Juan Evangelista y San Roque, dispuestos sobre peanas, se sitúa el retablo de la Virgen de Gracia, de talla dorada sobre fondo blanco y con estípites, del siglo XVIII. Junto a la pintura de la Virgen, pequeñas tallas de San Jerónimo y San Rafael. El retablo del Cristo Crucificado y la virgen de la Soledad, es obra documentada de Dionisio y Juan de la Rosa, de 1738, dorado por Pablo Durán Domínguez en 1784. Muestra cartelas con símbolos pasionistas en derredor de la hornacina y grandes cruces de Jerusalén en el ático. El Crucificado, obra documentada de Diego de Vega de 1578, es una talla de gran mérito artístico, singularizada por tener articulados los brazos para integrar a la imagen en la escenificación del Sermón del Descendimiento o de las Siete Palabras del Viernes Santo, posibilitando también su uso procesional como Cristo yacente. La Virgen de la Soledad es talla de candelero de la misma fecha y autor, aunque en el siglo XVIII se le renovaron las ma­nos y ha experimentado varias restauraciones.
     A continuación, el retablo de la Inmaculada, con estípites y talla dorada sobre fondo blanco, consta que se doró en 1779. La imagen princi­pal, de madera tallada y policromada con ves­tiduras muy decoradas a pincel y esgrafiado, es también del siglo XVIII salvo la corona de plata, documentada en 1874. A los lados dos bustos­ relicario de San Zenón y Santa Palidata, patronos de Archidona. Un segundo retablo, marfil y dorado con estípites, acoge otra Inmaculada, de terracota policromada, del siglo XIX, restaurada en el 2005.
     En el lado de la Epístola, en el sotocoro se abre la puerta del archivo -decorada con magníficos relieves de los evangelistas-, y en el muro lienzo de la Virgen con el Niño, y al fondo de la primera capilla, un tríptico representando la Deesis -Crucificado, la Virgen y San Juan- y Santa Úr­sula y las once mil vírgenes. Asimismo dos pintu­ras sobre tabla: Santa Lucía y la Magdalena, que hacen pareja. En un retablo neogótico, la imagen de talla policromada de la virgen de la Candelaria y el Niño, del siglo XVIII procedentes de la iglesia de la Columna. En este tramo, adosado al pilar, se ha instalado recientemente una impre­sionante talla policromada de Cristo recogiendo las vestiduras -Jesús del Mayor Dolor-, con el cuerpo lacerado por impresionantes heridas; obra del siglo XVIII, procedente de la iglesia de la Columna, permaneció en un domicilio particular hasta que recientemente ha sido trasladada a la iglesia. No es el caso de la pequeña y hermosa talla del Niño de la Bola, imagen alegórica del Niño Jesús portando la bola del mundo en una mano y una canastilla con los atributos de la Pasión en la otra; obra del siglo XVIII, que destaca por su singular iconografía, se guarda en un domicilio particular hasta la mañana del Viernes Santo, en que se procesiona con la Cofradía del Dulce Nombre.
     En el testero de la epístola, el primer altar es el de Jesús de la Humildad, procedente del convento de Santo Domingo, como confirma el em­blema dominico del ático de este retablo del siglo XVIII. La imagen muestra a Cristo lacerado sentado en un risco en actitud de meditar y es obra de comienzos del XVII. Sobre peana, una talla de San Antonio Abad y enfrente lienzo de un Crucificado, en mal estado, procedente de una casa particular. En el tramo siguiente, entre las imágenes de talla sobre peanas de San Francisco de Paula y el beato mínimo italiano Nicolás Saggio, se emplaza el retablo de San Pedro, con columnas torneadas y tiara papal en el remate del ático. La figura principal, de talla policromada, es, como el retablo, del siglo XVIII. La flanquean pequeñas imágenes de terracota policromada de la Inmaculada y San Sebastián. En el otro tramo se repite fórmula de intercalar imágenes de santos sobre peanas adosadas al muro a uno y otro lado de cada retablo. En este caso son San Lorenzo y San Francisco de Asís y el retablo de la virgen del Carmen. Igualmente de talla dorada obre fondo blanco y con estípites, luce en el remate del ático el escudo carmelitano y muestra a la imagen titular, de talla policroma­da y en posición sedente, ambos de mediados del s. XVIII. Pequeñas tallas policromadas de San Francisco de Asís y San Antonio de Padua flanquean la hornacina central acristalada.
     Con las mismas características y cronología del altar anterior, separados ambos por la talla de San Miguel, el retablo de San José se remata con una custodia y acoge a la imagen titular, de calidad, flanqueada por San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola. En el último tramo de la nave de la Epístola, el más cercano a la cabecera, el altar del Sagrado Corazón, con retablo blanco y dorado, de 1708, procede del desamortizado convento de Santo Domingo, que primitivamen­te fue de Jesús de la Humildad. Integra pinturas con símbolos pasionistas y la imagen principal, de talla policromada, es bastante posterior.
     En la sacristía se conservan algunos lienzos de valor artístico no muy destacado, como el de Jesús abrazando la cruz, la Santísima Trinidad o el retrato de Carlos Sánchez de la Fuente Escobar bienhechor del templo, así como los ropajes li­túrgicos y una custodia de plata blanca del siglo XIX. La cruz parroquial, también de plata, se expone normalmente en el altar mayor. Otras piezas de platería destacadas son la custodia napolitana del siglo XVIII, con  incrustaciones de coral y esmaltes -expuesta en el Museo Munici­pal-, o la corona de la virgen del Rosario, por­taviáticos y bandeja petitoria, del siglo XVIII, y un copón de planta hexagonal y pie lobulado, de escuela sevillana de hacia 1560, y la custodia de templete del siglo XVI, guardados todos ellos en la casa parroquial. En el coro alto y el archivo se conservan otras tallas de santos de tamaño medio y pinturas sobre lienzo, algunos de ellos procedentes de templos desamortizados o desaparecidos (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     La portada de piedra, situada a los pies del templo, es obra del último tercio del siglo XVIII, se compone de arco carpanel flanqueado de columnas toscanas sobre plintos, rematándose de un frontón en cortina con jarrones a ambos lados. El resto de la fachada denota las antedichas reformas decimonónicas, que desentonan con la portada descrita.
     Es muy interesante asimismo la torre de ladrillo, que ya aparece en un grabado del siglo XVI; presenta una curiosa planta triangular y remate de cerámica de muy acusada pendiente.
     Su construcción corresponde al primer cuarto del siglo XVI, momento al que se deben la Capilla Mayor (poligonal y cubierta con bóveda de terceletes) y los haces de columnillas que separan los tramos de la nave central. En el periodo 1.883-1.885 sufrió el templo una importante reforma, elevando la nave central y añadiéndose las laterales, dentro de un estética neogótica, que venía marcada por la obra primitiva del templo y por el momento de la citada reforma (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En el año 1462 las tropas cristianas conquistan Archidona, estableciéndose en el recinto de la ciudad islámica, y adaptan la mezquita como nueva iglesia bajo la advocación de Santa María.
     A partir del siglo XVI, al aumentar la población, se ocupa la falda del cerro, formándose la denominada Villa Baja, núcleo de la actual Archidona. Para atender las necesidades religiosas de la población no bastaba con la iglesia de la Villa Alta y a comienzos del siglo XVI, en uno de los arrabales de la ciudad, se edifica la iglesia de Santa Ana, en un espacio abierto donde también se construyó el Ayuntamiento, convirtiéndose la zona en el centro de la vida pública de la ciudad.
     La iglesia de Santa Ana se construye en estilo gótico flamígero, y constaba de una sola nave cubierta con bóvedas nervadas góticas, hoy desaparecidas. La cabecera, uno de los pocos elementos conservados de esta primera edificación, es de planta poligonal cubierta con bóveda estrellada.
     En el siglo XVIII se añadió la sacristía, adosada a la cabecera; es de planta cuadrada con un pilar central de donde arrancan arcos de medio punto que apoyan en las pilastras de los muros. También en el último tercio del siglo XVIII se construyó el coro, a los pies de la nave central y elevado sobre bóveda de medio cañón. Sin embargo en 1883 el templo estaba en estado ruinoso y, como consta en la lápida conmemorativa que se conserva en la sacristía, el archidonés Carlos Sánchez de la Fuente y Escobar sufraga importantes obras que transformaron por completo el cuerpo de la iglesia. Se añadieron dos naves laterales cubiertas con bóvedas de nervios que recuerdan al estilo gótico primitivo de la iglesia. Se elevó la nave central al nivel de la cabecera, perdiéndose por ello la cubierta gótica original; para elevar la nave se refuerzan los pilares que se hacen cuadrados quedando embutidos en ellos los haces de columnillas de las primitivas bóvedas nervadas, convertidos en elementos decorativos.
     En el interior de la iglesia destaca el gran retablo del altar mayor similar a obras de la primera mitad del siglo XVIII, aunque éste posiblemente se realizara a final del siglo cuando se levantó el coro. Está construido en madera dorada y policromada con motivos asimétricos. Presenta tres calles separadas por estípites que recuerdan a los retablos del Convento del Carmen de Antequera. El entablamento soporta un gran arco, muy decorado, apuntado para adaptarse a la estructura gótica de la cabecera.
     El programa iconográfico es muy sencillo: En la parte superior la paloma del Espíritu Santo asiste a la instrucción de María - Niña por su madre Santa Ana, titular de la iglesia, representadas en el pequeño grupo escultórico del siglo XVI, reutilizado en este retablo, y situado en la hornacina central. Abajo se abre un pequeño templete para contener la Eucaristía, ocupado en la actualidad por la Virgen del Rosario. A ambos lados se exponen las esculturas sobre peanas de los apóstoles Pedro y Pablo como testigos de esta obra redentora. Rodea todo el conjunto un dosel de tela encolada que ocupa todo el espacio de la capilla, pintado con motivos geométricos y florales.
     Al exterior sobre la cabecera, apoyado en contrafuertes, se levanta un singular campanario triangular de ladrillo, correspondiente a la primera obra del siglo XVI. Presenta dos cuerpos separados por impostas y se cubre con tejas con mucha pendiente. La portada en piedra, del último tercio del siglo XVIII, es de gran sencillez. Se abre un arco carpanel entre columnas dóricas apoyadas en altos basamentos que sostienen un frontón en penacho con un escudo papal. Este frontón está rematado a los lados por pináculos y en el centro por una cruz. Completan la fachada unos óculos y en la parte superior una pequeña ventana geminada que recuerda a las ventanas góticas (Diputación Provincial de Málaga).

Castillo Árabe

      Construido en el siglo IX, quizás integrando materiales de época anterior, se rehízo en el siglo XIII, durante el reinado de Alhamar, primer rey de la dinastía nazarita. De sus tres líneas de murallas, sólo se conservan las dos superiores, circundando los lados Sur y Este del cerro de la Virgen, pues por el lado de La Hoya un brusco corte del terreno constituye una defensa natural inexpugnable. Las murallas se conservan de forma discontinua y aún se observan vestigios de las edificaciones que se le adosaban cuando este espacio era la Villa Alta. Como refuerzo se le adosan de tanto en tanto torres cuadradas o semicirculares macizas aunque con estancia superior, la mayoría parcialmente derruidas. El acceso se verificaba mediante dos puertas en recodo con habitación superior para el cuerpo de guardia, la de la Ciudad -en muy mal estado-, y la del Sol, mejor conservada como consecuencia de unas obras de restauración realizadas en los años setenta del siglo XX. Especial mención merece el aljibe, en el punto más alto de la fortificación, y elemento mejor conservado del castillo. Constituye una estancia rectangular de unos 30 metros cuadrados cubierta por bóveda de cañón reforzada con fajones. Dos aberturas en la clave permitían extraer el agua de la lluvia acumulada y almacenada. El castillo es BIC con categoría de Monumento por la Ley del Patrimonio Histórico Español y durante los últimos años la Escuela Taller de Archidona ha venido realizando meritorios trabajos de mejora y acondicionamiento de los accesos (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     En las murallas de la medina destacan diversas puertas-torreones, así como un aljibe en su parte más elevada junto a la mezquita, hoy convertida al culto cristiano y denominada Santuario de la Virgen de Gracia.
     Se encuentra coronado el Cerro de la Virgen de Gracia de un doble recinto amurallado, aunque bastante destrozado en muchos de sus tramos. El anillo exterior conserva varios torreones cilíndricos, interceptados por torres cúbicas, que servirían de puertas de acceso. Este complejo defensivo se alza solamente en la ladera Sur de la Sierra, pues la otra vertiente, cortada a pico, constituye por sí misma una fortaleza natural. El camino de acceso a la Ermita pasa junto a una de estas puertas mencionadas; la Puerta del Sol, abierta hacia levante, con acceso en recodo y un segundo piso. El aparejo es de mampostería, reforzadas sus esquinas de ladrillo; recientemente ha sido reconstruida en buena parte.
     Otra puerta, llamada de la Ciudad, muy destrozada, presenta también entrada en recodo y restos de un piso alto.
     En lo más alto de la Sierra, otro anillo de murallas con torreones macizos con base de sillares, alternan con otros de ladrillo. En esta zona se encuentra el aljibe, un recinto de 6 x 5 metros, cubierto con bóveda de medio cañón y seis arcos fajones. Las paredes se recubren de estuco amarillento. Este aljibe era imprescindible en una sierra sin manantiales naturales, y situado en el lugar más inexpugnable, lo que permitió su defensa durante siglos.
     Los restos de sillares en lo alto de la cumbre hablan de una primera fortaleza romana sobre la que se levantaría en el siglo IX la musulmana, coincidiendo con los días de esplendor como capital de la Cora Rayya. En el siglo XIII fueron rehechas sus torres por Alhamar, primer rey nazarí, utilizando un aparejo irregular de piedras unidas con barro cubiertas después con un muro que alterna piedra y ladrillo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Aunque construido en el s. IX, fue reedificado por los nazaríes en el s. XIII. La medina llegó a tener tres murallas, pero en la actualidad solo se aprecian dos, conservándose en la exterior varios torreones cilíndricos interceptados por torres cúbicas, donde se ubican las puertas de acceso
     En las murallas de la medina destacan diversas puertas-torreones, así como un aljibe en su parte más elevada junto a la mezquita, hoy convertida al culto cristiano y denominada Santuario de la Virgen de Gracia.
     Se encuentra coronado el Cerro de la Virgen de Gracia de un doble recinto amurallado. El anillo exterior conserva varios torreones cilíndricos, interceptados por torres cúbicas, que servirían de puertas de acceso. Este complejo defensivo se alza solamente en la ladera Sur de la Sierra, pues la otra vertiente, cortada a pico, constituye por sí misma una fortaleza natural.
     El camino de acceso a la Ermita pasa junto a una de estas puertas mencionadas; la Puerta del Sol, abierta hacia levante, con acceso en recodo y un segundo piso. El aparejo es de mampostería, reforzadas sus esquinas de ladrillo; recientemente ha sido reconstruida en buena parte.
     Otra puerta, llamada de la Ciudad, presenta también entrada en recodo y restos de un piso alto.
     En lo más alto de la Sierra, otro anillo de murallas con torreones macizos con base de sillares, alternan con otros de ladrillo. En esta zona se encuentra el aljibe, un recinto de 6 x 5 metros, cubierto con bóveda de medio cañón y seis arcos fajones. Las paredes se recubren de estuco amarillento. Este aljibe era imprescindible en una sierra sin manantiales naturales, y situado en el lugar más inexpugnable, lo que permitió su defensa durante siglos.
     Aunque construido en el s. IX, fue reedificado por los nazaríes en el s. XIII. La medina llegó a tener tres murallas, pero en la actualidad solo se aprecian dos, conservándose en la exterior varios torreones cilíndricos interceptados por torres cúbicas, donde se ubican las puertas de acceso.
     Uno de los primeros pueblos de los que se tiene noticia que se instalaron en su término fueron los túrdulos, en el año 1.500 antes de Cristo. Más tarde, los fenicios le dieron el nombre de "Escua", que en lengua púnica quiere decir "cabeza principal" y se cree que fueron estos los que iniciaron el trazado de las murallas, convirtiendo este núcleo en uno de los más difíciles de conquistar a lo largo de la historia bajo la dominación romana, Archidona fue denominada "Arx Dómina", y por último, los árabes la llamaron "Medina Arxiduna", de donde deriva el nombre actual.
     Precisamente, es en Archidona, donde tiene lugar el comienzo de una de las épocas más brillantes y cultas de la historia de España con la implantación de la dinastía Omeya en Andalucía. Otros de los hechos destacados de la historia de este municipio es que fuera centro de la rebelión de los muladíes y bereberes, más conocida como la sublevación de los mozárabes, a finales del siglo IX y principios del X, encabezada por el muladí Omar IBM Hafsun. De esta época es el complejo defensivo que se alza en una ladera de la sierra (Diputación Provincial de Málaga).

Ermita-Mezquita de la Virgen de Gracia

      Los más que relevantes valores arquitectónicos e históricos de este templo se ven incrementa­dos por la singularidad de su emplazamiento, en el interior del castillo, constituido en atalaya sobre el pueblo de Archidona, la vega de Antequera y los sistemas montañosos que la circundan. El santuario es una de las dos únicas mezquitas conservadas en la provincia de Málaga, la segunda recientemente descubierta en un cortijo de Antequera. Las obras de rehabilitación acometidas por el arquitecto César Olano en los años ochenta del siglo XX deja­ron al descubierto las columnas originales cubiertas por una gruesa capa de estuco -hoy visible a través de testigos acristalados-, y la conformación de la mezquita, con cinco naves perpendiculares al muro de la quibla, con el mihrab, orientado al sur, como en las mezquitas de la península. En la parte trasera se disponía el patio. Es de gran interés por su tipología y cronología, y data del periodo califal, entre los siglos IX-X.
     Al tomarse Archidona fue consagrada al culto cristiano con la advocación de Nuestra Señora de Gracia constituyendo la primera parroquia, y apenas debió experimentar reformas salvo el cambio de su orientación hacia el Este y la instalación de altares. En 1634 la pequeña capilla fue ampliada en dos nuevos tramos por la cabecera, para dar cabida al actual presbiterio y la sacristía. El aprovechamiento de columnas de la mezquita obligó a engrasarlas y a recrecerlas en altura, para así igualar todos los arcos. Durante el siglo XVIII, el muro sur de la ermita -que fue de la quibla-, se desplomó parcialmente, obli­gando a reconstruirlo y a reforzarlo al exterior con poderosos contrafuertes en talud, que pueden observarse hoy. También du­rante esta centuria se realizaron las bóvedas y la decoración de yeserías que hoy se pueden apreciar en el templo. Entre 1771 y 1774 se documenta la construcción del patio, que funciona como atrio de la ermita, que anteriormente fue vivienda de Leonor de Morales y Cárdenas, pues no olvidemos que la primera población de Archido­na habitó dentro de los muros de su castillo. Es obra de los alarifes Francisco de Astorga y Francisco Berrocal, quienes emplearon un estilo, materiales y aparejos muy similares a los de la Plaza Ochavada y a la fachada de las Mínimas. El campanario de la ermita, alminar de la mezquita cons­truido durante el periodo nazarí, hacia los siglos XIII-XIV, en el XVIII fue recrecido y rematado en forma de azotea con pretil metálico. En los años sesenta del siglo XX la eliminación de unas filtraciones dio pie a su remate mediante el chapitel de azulejo metálico y la veleta en forma de jinete.
    Hacia 1980 se intervino nuevamente en el edificio, descubriéndose el mihrab de la mezqui­ta, hasta entonces oculto tras el retablo de San Francisco; se suprimió el camarín de la Virgen, se sustituyeron las vidrieras por celosías, y otros elementos que desvirtuaban su singular carácter y se construyó un cupulín inspirado en el de las Mínimas.
     La ermita tiene tres naves y cabecera plana. Los tramos más próximos a la entrada corresponden a los de la mezquita y los dos más cercanos al presbiterio a la ampliación cristiana. Los soportes primitivos son columnas, sogueadas o de fuste liso, dotadas de capiteles apiramidados de yeso, con muescas excavadas en las aristas, probablemente reaprovechados. Sustentan arcos de medio punto peraltados y cada tramo se cubre al exterior a dos aguas de forma independiente. Los tramos correspondientes a la adición se cubren con bóveda de arista, excepto los de la nave central más cercanos al altar mayor, que lo hacen con casquetes esféricos alargados sobre pechinas decoradas con yeserías, que represen­tan frutas, cartelas y puntas de diamante. Al exterior el edificio presenta un limpio volumen po­liédrico blanco, horadado por ventanas, que se engrosa por el lado de poniente para acoger al patio de ingreso, y se refuerza con contrafuertes inclinados por el lado en que declina el terreno. A través de un zaguán, un arco de medio pun­to da paso a un patio trapezoidal, construido en tres de sus lados, correspondiendo el cuarto a la ermita. En dos de sus lados es porticado con arcos de medio punto con la clave resaltada sobre pilares de ladrillo, advirtiéndose el uso de verdugadas de ladrillo visto combinado con el muro encalado, de forma similar a como aparece en otros edificios religiosos de Archidona.
     Dentro de la ermita, la pieza de mayor valor es la Virgen de Gracia, que preside desde un re­tablo dieciochesco con estípites y talla dorada sobre fondo verde  procedente del altar mayor de la iglesia de la Victoria. La importancia de la Virgen trasciende de su valor artístico por la intensa devoción que genera en toda la comarca, especialmente desde que en el siglo XVII fue nombrada patrona de Archidona. Es una pintura sobre sarga, procedente de un pendón militar, siguiendo la costumbre de la época, que según la tradición era portado por  Pedro Téllez Girón, primer conde de Ureña, cuando tomó la ciudad en 1462. Lo entregó a su primer alcaide pronunciando la fórmula "En Gracia os la doy", que dio origen a su  advocación. Es, por tanto, pintura de la mediación del siglo XV -aunque con repintes posteriores-, de estilo italogótico que re­presenta a la virgen según el modelo iconográ­fico de Teótocos bizantino, como trono-soporte para el Niño, con el que no mantiene contacto visual aunque le ofrece una fruta. Por encima de la imagen, una pareja de ángeles sustentan un cortinaje a modo de dosel. La obra está resuelta con gran parquedad en la paleta cromática y los convencionalismos de perspectivas propios de la época -como se aprecia en el asiento-, aunque con el tratamiento volumétrico de las piernas de la Virgen se ha querido sugerir la idea de profundidad.
     Su carácter de obra pictórica generó la necesi­dad de dotarla de mayor prestancia y una tridimensionalidad real, que se consiguió con la urna de plata que la custodia como si de tratase de una reliquia. Realizada en 1747, probablemente por el platero cordobés Juan Sánchez Izquierdo, constituye una pieza sumamente interesante por la singularidad de su tipología. De planta trape­zoidal, dispone columnas corintias que susten­tan un baldaquino trilobulado, del que sobresa­le una corona, rematando el conjunto una jarra con azucenas que completa el simbolismo. En el expositor, bajo la Virgen, una cruz de altar de plata de base triangular y cruz plana, es pieza de 1744 procedente de un juego y acoplada al retablo.
     También en la cabecera, en el lado del Evangelio, se expone el cuadro, del siglo XVIII, de la Virgen en rompimiento de gloria entregando el rosario a Santo Domingo de Guzmán, acompa­ñado de Santa Rosa de Lima, quien muestra los estigmas en sus manos, En el extremo opuesto, un lienzo caracterizado por cierto ingenuísmo y fechado, en una inscripción inferior, en 1687, representa al conquistador de Archidona montando un caballo en corbeta y portando el lienzo de la Virgen.
     En el lado del Evangelio, junto al acceso al alminar-campanario, un lienzo de Cristo Varón de Dolores con marco de talla dorada del siglo XVIII. A continuación, el retablo del Niño de la Espina, de tres calles con columnas de fuste decorado con cartelas y corbatas, es de estilo rococó, de fondo verde con talla y rocalla doradas.
    En las hornacinas laterales se exponen pequeñas tallas de dos santos franciscanos y en la central, la interesante imagen del Niño de la Espina, sedente sobre un trono de madera dorada. De la misma época que el resto del retablo, hubo de ser restaurado tras el asalto que sufrió la ermita en 1989. También del XVIII es el lienzo de San José con el Niño, obra de buena calidad. En el ángulo entre el muro lateral y el presbiterio, junto a la puerta de la sacristía, suele exponerse el guión de la hermandad de la Virgen de Gra­cia, con bordados de aplicaciones y pintado a comienzos del siglo XX por el pintor malagueño Burgos Oms. En el lado de la Epístola, en la cabecera, se dispone una valiosa pila bautismal de barro cocido y vidriado en verde, con fuste ci­líndrico y taza decorada en relieve con soles, flores de lis, niños y motivos florales, realizada en talleres trianeros a finales del siglo XV, que nos recuerda que ésta fue la primera parroquia de la localidad. En el inicio de la nave se custodian el trono procesional de la Virgen, con templete del siglo XVII con las marcas de M. Merino, León y Ripio, sobre unas andas posteriores enriquecidas con candeleros, también de plata, donados por la duquesa de Osuna en 1750. Hacia el presbi­terio, un retablo de madera en verde con talla dorada, de finales del siglo XVIII, enmarca un lienzo de la Virgen de la Leche.
     En la sacristía, junto a la entrada y a la izquier­da, talla de San Agustín del siglo XVIII sobre una peana, obra de calidad que muestra en las vestimentas un buen trabajo de esgrafiado y policromado, que hace pareja con otro santo en el extremo opuesto. Entre ellos se dispone una cruz con el crucifijo pintado. En el testero frontero a la entrada, entre dos espejos enmarcados con penachos de talla, se ubica un cuadro devocional representando a la Virgen con la Santísima Tri­nidad, con marco dorado del XVIII, así como un benditera de mármol. En el testero contiguo, un armonium fabricado en París en 1865 y en el co­rrespondiente a la entrada, escultura tallada de San Juan Bautista perteneciente a la misma serie de las anteriores y talla del Niño Jesús del siglo XVIII, de buena calidad y reducido tamaño, revestido con ropajes clericales.
     En la actualidad se culminan unas obras para acondicionar unas dependencias en la planta superior de una de las crujías del patio, donde se expondrá la valiosa colección de exvotos de­dicados a la virgen de Gracia, provisionalmente custodiada en el Ayuntamiento. Entre ellos, 96 pequeños cuadros o pinturas sobre tabla o cartón, fechados entre 1671 y 1879, aunque la ma­yoría son del siglo XIX. No se trata de obras de gran mérito artístico, pues no fueron realizados por profesionales del arte sino que su producción pertenece al campo de las artes populares, sin embargo, además del devocional, presentan un extraordinario valor antropológico, y aportan una importante información acerca de mobiliarios, vestimentas y costumbres. Casi todos ellos siguen una misma fórmula en la que se combina una imagen que representa el milagro y un texto que aporta datos concretos, como nombres y fe­chas, y que tiene la misión de aportar veracidad al testimonio (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     La Ermita tiene una primera parte, por donde se accede, formada por tres naves paralelas entre sí, que constituyen los restos de la mezquita. La siguen tres naves separadas perpendicularmente a las anteriores, obra del siglo XVII de la escuela antequerana. La mezquita tiene arcos de herradura apenas insinuada, levantados sobre gruesas columnas reaprovechadas lisas, y dos de ellas sogueadas, procedentes de algún monumento romano tardío o quizás visigodo. Los capiteles son de perfil cúbico, cuya única moldura son muescas en los ángulos. Desde 1634 se documenta la necesidad de construir una capilla a la Virgen de Gracia, y se hará prolongando el espacio de la mezquita con tres naves perpendiculares a las ya existentes. Se levantaron sobre columnas toscanas, con bóvedas de arista, y en el centro ovalada, en el estilo arquitectónico del primer tercio del siglo XVIII, remodelándose su exterior con soportales de ladrillo, arcos de ladrillo y arcos de medio punto (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En este lugar se alzaba la antigua mezquita que fue consagrada como iglesia tras la reconquista y en cuyo interior quedan importantes restos de aquella, como las columnas y la propia configuración del espacio.
     Las primeras referencias sobre la mezquita la datan en el siglo IX, y ésta tiene el privilegio de ser la única que se conserva en la provincia de Málaga. Es en el siglo XVII cuando se remodela y amplía para su adaptación al culto cristiano. Entre 1771 y 1774 se procede a una nueva ampliación.
     Está consagrada a la Virgen de Gracia, patrona de Archidona, cuya imagen de estilo italo-gótico data de finales del siglo XV. En ella se encuentran diversos lienzos y retablos, así como una pila bautismal del siglo XV.
     La Ermita tiene una primera parte, por donde se accede, formada por tres naves paralelas entre sí, que constituyen los restos de la mezquita. La siguen tres naves separadas perpendicularmente a las anteriores, obra del siglo XVII y escuela antequerana. La mezquita tiene arcos de herradura apenas insinuada, levantados sobre gruesas columnas reaprovechadas lisas, y dos de ellas sogueadas, procedentes de algún monumento romano tardío o quizás visigodo. Los capiteles son de perfil cúbico, cuya única moldura son muescas en los ángulos.
     Desde 1634 se documenta la necesidad de construir una capilla a la Virgen de Gracia, y se hará prolongando el espacio de la mezquita con tres naves perpendiculares a las ya existentes. Se levantaron sobre columnas toscanas, con bóvedas de arista, y en el centro ovalada, en el estilo arquitectónico del primer tercio del siglo XVIII, remodelándose su exterior con soportales de ladrillo, arcos de ladrillo y arcos de medio punto.
     Sobre la ermita y parte del recinto se levanta el Centro de Interpretación de la Cultura Mozárabe en la primera planta.
     El Centro se integra físicamente en el inmueble del actual Santuario de la Virgen de Gracia, ubicado intramuros del recinto amurallado medieval de la Archidona árabe (Arsiduna), en la parte alta del Cerro de Gracia. Concretamente, se ubicará en el inmueble construido entre 1771 y 1774, correspondiente a la remodelación efectuada esos años por los alarifes locales Francisco Berrocal y Francisco de Astorga en el patio que antecede a la Ermita de la Virgen de Gracia: el patio quedó porticado en tres de sus lados y dotado de una planta superior sobre ellos, actualmente compartimentada en diversas dependencias. En dicha planta superior se ubican las salas del Centro de Interpretación.
     El discurso temático-expositivo del Centro de Interpretación se despliega en un itinerario lineal articulado en torno al eje de un pasillo desde el que se accede a las salas laterales. Desde el propio patio del Santuario se accede al Centro: una puerta da acceso al pequeño zaguán desde el que una escalera y un ascensor conducen a la Sala Mirador que inaugura el recorrido. En un punto intermedio de esta planta otra escalera aporta otra posibilidad de comunicación con el exterior (patio del Santuario).
     Por lo que respecta a la instalación museográfica, está se basa en buena parte en paneles de texto ilustrados con imágenes: paneles con tipografía adecuadamente legible, de texto claro y con una terminología accesible a un público no especializado, acompañados de imágenes gráficas e ilustraciones que amplíen la información y sumen valor didáctico y estético. Las imágenes incorporadas a ellos tendrán un carácter protagonista en ciertos casos y en otros servirán simplemente de iluminación evocadora (Diputación Provincial de Málaga).
     
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