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jueves, 21 de mayo de 2026

Un paseo por la calle Conde Negro

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Conde Negro, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Conde Negro es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en el Barrio de Santa Catalina, en el Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Almirante Tenorio, a la calle Guadalupe.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde que se tienen noticias directas de esta calle en la segunda mitad del s. XVI, ha recibido esta denominación, en honor de Juan de Valladolid, a quien los Reyes Católicos nombraron juez de los de su raza, popularmente conocido como Conde Negro y que vivía en esta zona. Desde el s. XV en relación con la fundación de un hospital extramuros, se fueron adosando al lienzo de la muralla comprendido entre la Puerta Osario y la de Carmona casas y corrales de vecindad, que llegaron a constituir una compacta manzana, débilmente urbanizada. Todavía en el plano de Olavide (1771) se aprecia cómo en esa manzana sólo penetra una vía en forma de L, constituida por parte de las actuales Guadalupe y Conde Negro y terminaba en un fondo de saco. En la segunda mitad del s. XIX se van abriendo nuevas vías en dicha manzana, sin que se advierta un proyecto global, sino actuaciones sucesivas: primero se prolonga Conde Negro a su actual trazado; a continuación se abren Almirante Tenorio y San Primitivo, más tarde se prolongan Almirante Tenorio y Guadalupe hasta Navarros, y se ordenan Puñonrostro, Doña Berenguela y Diego de Merlo. Hacia 1890 este sector, extramuros durante cuatro siglos, queda integrado en el Casco histórico, después de derribarse las murallas y proceder a la urbanización de la zona comprendida entre éstas y la "ronda". Su condición de calle extramuros, donde las viviendas alternaban con espacios sin edificar, y la canalización a través de ella de dos caños de agua -uno que pasaba entre el muro y la calle, y otro procedente del Corral del Conde-, explican la frecuencia con que aparecen noticias referentes a su estado de degradación y suciedad, se urja la limpieza de husillos y cloacas, se solicite su empedra­do o la construcción de los solares, convertidos las más de las veces en muladares. A finales del s. XVI los vecinos se expresaban en estos términos quejándose de las molestias que les ocasionaban los caños de agua: "... los quales no solamente por ençima de la tierra les traen daños, sino también sumiendose el agua... viene a salir por debaxo de la tierra y manan sapos y savandixas de las que se crian en los albañale..." (Sec. 13, t. 2, núm. 4). A veces e registran noticias más trágicas, como el hundimiento acaecido en 1859 en el Corral de la Estrella, en el que perecieron cinco personas.
     Como queda dicho, el origen de esta calle se encuentra en un hospital fundado, según parece, por el arzobispo don Gonzalo de Mena para asistencia a esclavos negros, lo que propició el establecimiento de los de su raza en esta zona. J. Hazañas y la Rúa afirmaba en su Historia de Sevilla al respecto: "Aún subsiste, y yo he alcanzado a co­nocer, albergados y recogidos, negros de ambos sexos". Por sus orígenes, pues, no es de extrañar que los vecinos de los corrales de Conde Negro pertenecieran a las capas más bajas de la sociedad, y así lo reflejaba la prensa con ocasión de la riada de 1897: "Es una calle la de Conde Negro, habitada por perdidos de las más bajas estofas, por mendigos de profesión, por gente maleante, desarraigados, tullidos y matones. 'Aquí habemos seis sinverguenzas' (sic), nos decía a las puer­tas de una de aquellas casas un viejo borracho al ser preguntado por las personas que en el corral habitaban. Aquello parecía una Corte de los Milagros". (El Porvenir, 11-1-1897). Actualmente es una calle larga y estrecha, de trazado rectilíneo; cuenta con pavimento de asfalto, aceras de losetas muy deterioradas y se ilumina mediante farolas con brazos de fundición adosados a las fachadas. La destrucción del lienzo de mu­ralla entre esta calle y Navarros propició la ampliación de las parcelas, que hoy aparecen ocupadas en sus bajos por almacenes y garajes, y que en algún caso han dado lugar a la construcción de un núcleo de bloques de viviendas, ordenadas en torno a un patio central que pone en comunicación ambas calles. La edificación presenta un carácter muy desigual, pues alternan viviendas tradicionales de dos plantas, en algunos casos deshabitadas, casas de escaleras de principios de siglo, de cuatro plantas, algunos hoteles unifamiliares con jardín delantero, esquina a Almirante Tenorio, y finalmente bloques de pisos de reciente construcción. Cumple funciones de vía trasera de Recaredo, y sobre todo de Navarros, y apenas registra tráfico rodado [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Conozcamos mejor la época del episcopado de Don Gonzalo de Mena, muy relacionado con la historia de la calle Conde Negro;
     Conviene también señalar que, en aquellos tiempos –finales del siglo XIV, comienzos del XV– una misma lógica estaba en la base de las decisiones de la Corona y de las acciones de las altas jerarquías de la Iglesia, las cuales eran nombradas por el rey y participaban directamente en la cúpula del poder político. En el marco de una sociedad multiétnica –castellanos, judíos, moriscos, negros, mulatos e, incipientemente, gitanos– los trece años de reinado directo de Enrique III de Castilla, entre 1393 y 1406, contemporáneos de los ocho que duró el arzobispado de Don Gonzalo en Sevilla, se caracterizaron por la toma de medidas de gobierno favorecedoras de los sectores populares y limitativas del excesivo poder de los nobles. Concretamente respecto a los esclavos negros, se reglamentó su situación, reconociéndoseles algunos derechos, entre ellos el de poder reunirse los domingos y días de fiesta. En Sevilla, según señalan las crónicas, lo hacían cerca de Santa María la Blanca, en la zona que luego se llamaría de la Puerta de la Carne, con panderos, tambores y otros instrumentos de su tradición cultural autóctona, celebrando grandes bailes ; una tradición que más tarde pasaría a América, donde todavía en el siglo XIX tenían lugar en Cuba estos cabildos o asambleas, con eje central en el baile. Cabildos afroamericanos cuya dirección debieron tenerla, en sus inicios, los negros sevillanos llevados a Cuba como servidores domésticos, tal como afirma en sus trabajos el antropólogo e historiador cubano Fernando Ortiz. Dadas las características de aquellos tiempos, la iniciativa del Arzobispo Don Gonzalo de instituir una fundación para negros tiene una perfecta lógica y se inscribe en un contexto no sólo eclesiástico sino también político que la explica adecuadamente.
     Además, y como ya señalé hace años en un trabajo en el que defendía que fue el modelo de cofradía étnica andaluza el que fue trasplantado a la América colonial para generar las cofradías de indios y de negros que se crean en todas las grandes ciudades y en muchos pueblos a partir del siglo XVI, la institucionalización del asociacionismo en las etnias dominadas, en nuestro caso la etnia negra, a través de su agrupamiento en hermandades o cabildos, rendía dos grandes beneficios a los sectores sociales dominantes: por una parte, integraba a los socialmente marginados en el marco ideológico central de la sociedad global de la época, favoreciendo la interiorización de una ideología común entre amos y esclavos, entre poderosos y menesterosos. El marco común de la religión cristiana, de sus creencias, rituales e instituciones, funcionó como un terreno de consenso entre las etnias, de igualación simbólica entre estas, y favoreció el consentimiento de la etnia dominada respecto a la índole fuertemente asimétrica de las relaciones sociales de poder que se daban en la realidad social. Ofreciendo también el escenario en el que derivar hacia conflictos simbólicos –a la emulación en los rituales, o a la pugna por derechos y prerrogativas en los ceremoniales religiosos– los potencialmente peligrosos conflictos sociales siempre latentes en una estructura social desigualitaria y fuertemente jerarquizada. Incluso, por esta vía, pudo conseguirse que se percibiera una situación de cierta igualdad, cuya realidad se daba exclusivamente en el plano simbólico –la hermandad de los negros, al menos en principio, era una más entre todas las de la ciudad, podía pleitear con las de sus amos, tenía protectores en la Iglesia y luego también en algunos nobles–, a la vez que se mantenía una desigualdad profunda en el plano de la sociedad real.
     Por otra parte, al no limitarse a tolerar sino decidirse a favorecer el asociacionismo organizado de la etnia negra, se conseguía también que los individuos de esta no fueran necesariamente seres aislados, irresponsables, individualmente al margen de la sociedad, plenamente abocados a la picaresca cuando no a la delincuencia; seres asociales, peligrosos para la sociedad por su situación marginada de la vida social. Esto ocurría, más aún que con los esclavos, con el creciente número de negros libertos que había sobre todo en Sevilla, pero también, aunque menos numerosos, en otras ciudades andaluzas. Quienes conseguían su libertad, básicamente por concesión de sus amos al morir o por nacer de negras libres, muy difícilmente obtenían un empleo permanente y, por ello, se veían obligados a vivir de la caridad pública o mediante el robo y otros acciones asociales. Promoviendo su agrupación en una hermandad se conseguía que, como colectivo, tuvieran un medio de integración en la sociedad y, como individuos, pudiera exigírseles mayores responsabilidades. Pero, sobre todo, al estar organizados en asociaciones minuciosamente reguladas y sujetas a la autoridad de los poderes establecidos, se garantizaba el control político sobre ellos de manera más efectiva que si los miembros de la etnia, en especial los negros libres, estuvieran dispersos, incontrolados al relacionarse entre sí solamente mediante formas de sociabilidad no institucionalizada, mucho más difíciles de regular y de controlar.
     A favorecer este control se encaminaron, sin duda, los nombramientos de mayorales de los negros sevillanos que realizaron los reyes desde la época de Enrique III y de Don Gonzalo de Mena, designando jefes de la colectividad negra para que fuesen, a la vez, representantes del poder político dentro de su etnia, para regular sus costumbres y actuar de jueces de paz entre ellos, auxiliando a la Justicia, e interlocutores y representantes de la etnia ante los poderes públicos. Este carácter de mayoral tuvo el que sería famoso Conde Negro, que sigue hoy dando nombre a la calle de detrás de la capilla de la hermandad, antiguamente fondo de saco entre la calle Ancha de San Roque y la muralla de la ciudad. Leamos lo que nos dice al respecto Ortiz de Zúñiga: “Había años que desde los puertos de Andalucía se frecuentaba la navegación a las costas de África y Guinea, de donde se traían esclavos negros, de que ya abundaba esta Ciudad; eran tratados con gran benignidad desde el tiempo del rey Enrique III, permitiéndoseles juntarse a sus bailes y fiestas en los días feriados, cion que acudían después más gustosos al trabajo y toleraban mejor el cautiverio. Sobresaliendo algunos en capacidad, se daba a uno título de Mayoral, que patrocinaba a los demás con sus amos y con las Justicias componía sus rencillas. Hállase así en papeles antiguos y acreditalo una cédula de los Reyes católicos, dada en Dueñas a 8 de Noviembre de este año (1475), en que dieron título a uno llamado Juan de Valladolid, su Portero de Cámara: Por los muchos buenos, é leales, é señalados servicios que nos habeis fecho, y fazeis cada día, y porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición, facemos vos Mayoral e Juez de todos los Negros e Loros (mulatos), libres o captivos, que están é son captivos é horros (libertos) en la muy noble y muy leal Ciudad de Sevilla, é en todo su Arzobispado, é que non puedan facer ni fagan los dichos Negros y Negras, y Loros y Loras, ningunas fiestas nin juzgados entre ellos, salvo ante vos el dicho Juan de Valladolid Negro, nuestro Juez y Mayoral de los dichos Negros, Loros y Loras; y mandamos que vos conozcais de los debates y pleitos y casamientos y otras cosas que entre ellos hubiere é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para ello, o quien vuestro poder hobiere, y sabeis las leyes é ordenanzas que deben tener, é nos somos informados que sois de linage noble entre los dichos negros“.
     Prontos ejemplos tenemos del poder e influencia del Conde Negro sobre los individuos de su etnia, y de su estrecha colaboración con las autoridades políticas y eclesiásticas: cuando aún no han transcurrido dos años de su nombramiento, los negros sevillanos acuden, el 24 de Julio de 1477, colectiva y festivamente, de forma ordenada, al recibimiento que la ciudad hace a la reina Isabel en la puerta de la Macarena. Y participan, asimismo, con asiduidad, en la procesión del Corpus, al igual que lo hacen corporativamente todos los estamentos de la ciudad: se conserva una disposición de 1497 en este sentido, que sería el modelo seguido, décadas más tarde, por otras similares en La Habana (en 1573) y en otras ciudades americanas. En 1504, el cargo de mayoral fue ejercido por otro negro, Juan de Castilla, el cual incluso se tituló “rey de los negros “; también la misma denominación que se otorgarían tiempo después los jefes de las colectividades afroamericanas del Caribe y otros lugares del Nuevo Mundo (Hermandad de los Negritos).
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domingo, 12 de diciembre de 2021

Un paseo por la calle Guadalupe

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Guadalupe, de Sevilla, dando un paseo por ella.    
     Hoy, 12 de diciembre, Memoria de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe en México, cuyo gran maternal auxilio implora con humildad el pueblo en la colina de Tepeyac, cerca de la ciudad de México, donde apareció. Ella brilla como una estrella que invita a la evangelización de los pueblos, y es invocada como protectora de los indígenas y de los pobres [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día, que hoy para Explicarte la calle Guadalupe, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Guadalupe es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de San Bartolomé, y Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo; y va de la  calle Recaredo, a la confluencia de las calles Muro de los Navarros, Santiago, y Juan de la Encina.  
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. 
     En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.   
     Desde el s. XVI el segundo tramo, junto a la calle que hoy conserva el topónimo, ha recibido el nombre de Conde Negro. En fecha indeterminada (s. XVI) parece que am­bas pasaron a denominarse Santa Cecilia, si bien popularmente perduró el topónimo anterior; en la segunda mitad del XVII (1665) se denominó calle de las Torres (o de la Torre); finalmente, en 1859 se rotuló con el nombre que ha conservado hasta hoy, por la imagen de la Virgen que se venera en la cercana iglesia de los Ángeles.
     Desde el s. XV, a raíz de la fundación de un hospital extramuros para asistencia de esclavos negros por el arzobispo don Gonzalo de Mena, se fueron adosando al lienzo de la muralla comprendido entre la Puerta Osario y la de Carmona casas y corrales, que llegaron a formar una compacta manzana. Hasta el primer tercio del s. XIX la única vía de penetración era una calle en forma de L constituida por parte de las actuales Conde Negro y Guadalupe. Esta manzana se irá parcelando en distintas actuaciones urbanísticas de la segunda mitad del XIX, pero Guadalupe mantiene el trazado primitivo, de Recaredo a Conde Negro, y su prolongación hasta Navarros aparece recogida por vez primera en un plano de 1933. Su historia es, pues, la de Conde Negro y participa del carácter de marginalidad descrita para esta vía. Su condición extramuros llevó a la construcción en 1763 de unas tapias y puertas, que se cerraban por las noches.
     Calle relativamente ancha y de trazado rectilíneo, posee calzada de asfalto y aceras de losetas de cemento, y apenas registra tráfico rodado; se ilumina mediante farolas con brazos de fundición adosados a las fachadas. La edificación refleja las distintas fechas del trazado de la calle. En la acera de los impares del primer tramo se ha procedido a la renovación reciente del caserío, formado ahora por bloques de pisos de cuatro plantas. Esta renovación vino exigida por el estado de ruina de las viviendas primitivas, que provocó en 1968 un derrumbamiento de trágicas consecuencias, que afectó a cuatro casas y produjo seis víctimas mortales; hoy sobre las casas derruidas se levanta un bloque de pisos. Por el contrario, el segundo tramo está formado por casas de escaleras, coetáneas a la fecha de prolongación de la vía y con un grado de conservación aceptable; en una esquina a Conde Negro se conserva una vivienda unifamiliar con espacio ajardinado delantero. 
     Hacia 1862 se estableció en el núm. 1 la escuela elemental San Roque, hoy desaparecida. Actualmente, aparte de la función residencial, se registra una cierta actividad por la existencia en sus bajos de comercios y algunos talleres artesanales e industriales [Josefina Cruz Villalón en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, de México;
   El sábado nueve de diciembre de 1531, un indio llamado Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y a oír misa. Al llegar, al amanecer, junto al cerro llamado Tepeyac escuchó una voz que lo llamaba por su nombre.
   Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: "Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo".
   El Obispo, sin embargo, no lo atendió. De regreso a su pueblo, Juan Diego se encontró de nuevo con la Virgen María y le explicó lo ocurrido. La Virgen le pidió que al día siguiente fuera nuevamente a hablar con el obispo y le repitiera el mensaje. Esta vez el Obispo, luego de oír a Juan Diego, le dijo que debía ir y decirle a la Señora que le diese alguna señal que probara que era la Madre de Dios y que era su voluntad que se le construyera un templo.
   De nuevo, Juan Diego halló a María y le narró los hechos. La Virgen le mandó que volviese al día siguiente al mismo lugar, pues allí le daría la señal. Juan Diego no pudo volver al cerro pues su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo. La madrugada del doce del dicho diciembre Juan Diego marchó a toda prisa para conseguir un sacerdote a su tío pues se estaba muriendo. Al llegar al lugar por donde debía encontrarse con la Señora, prefirió tomar otro camino para evitarla.
   De pronto María salió a su encuentro y le preguntó a dónde iba. El indio avergonzado le explicó lo que ocurría. La Virgen dijo a Juan Diego que no se preocupara, que su tío no moriría y que ya estaba sano. Entonces el indio le pidió la señal que debía llevar al Obispo. María le dijo que subiera a la cumbre del cerro donde hallaría rosas frescas para llevarle al prelado.
   Poniéndose la tilma, cortó cuantas pudo y se las llevó envueltas en ella al Obispo. Una vez ante Zumárraga, Juan Diego desplegó su manta y cayeron al suelo las rosas, y en la tilma estaba pintada la imagen de la Virgen de Guadalupe. Viendo esto, el Obispo llevó la imagen santa a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar que había señalado el indio, origen de los templos actuales.
   Empezó a celebrarse en la fiesta de la Natividad de María. Su devoción no sólo se extendió por América, sino que pronto cruzó el Atlántico. El canónigo Francisco de Siles pidió infructuosamente a la Sagrada Congregación de Ritos, en el pontificado de Alejandro VII Chigi, la concesión de un Oficio y misa propios para una festividad dedicada a ella el doce de diciembre, porque faltaba documentación que respaldara dicha petición, por lo que se realizó un proceso jurídico formal para recoger las tradiciones que la avalaran.
   En 1737 la Santísima Virgen María de Guadalupe es elegida como Patrona de la Ciudad de México. En 1746 el patronazgo de Nuestra Señora de Guadalupe es aceptado para toda la Nueva España, la que entonces comprendía las regiones desde el norte de California hasta El Salvador.
   Por bula del veinticinco de mayo de 1754 Benedicto XIV Lambertini aprueba el patronazgo de Nueva España y otorga una Misa y Oficio para la celebración de la fiesta el doce de diciembre. En 1757 la Virgen de Guadalupe fue declarada Patrona de los ciudadanos de Ciudad Ponce en Puerto Rico. En 1895 se lleva a cabo la Coronación canónica de la imagen por un legado pontificio ante gran parte del Episcopado del continente.
   Pío X Sarto en 1910 la proclamó Patrona de toda la América Latina; Pío XI Ratti, de todas las Américas, extendiendo su patronazgo a Filipinas en 1935; el Venerable Pío XII Pacelli, Emperatriz de las Américas en 1946, y San Juan XXIII Roncalli, la Misionera Celeste del Nuevo Mundo y la Madre de las Américas en 1961. La imagen de la Virgen de Guadalupe se sigue venerando en México con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe son extraordinarios.
   La celebración litúrgica de Nuestra Señora de Guadalupe del doce de diciembre fue elevada al rango de fiesta en todas las diócesis de los Estados Unidos en 1988. El Venerable Juan Pablo II, en 1999, durante su tercera visita al santuario, le otorgó el mismo rango litúrgico de fiesta para todo el continente de las Américas. En el resto de la Iglesia Latina es memoria libre.
   El doce de febrero de 2004 el mismo papa quiso que se añadiese a la fiesta de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe el grado de memoria libre en el calendario general, y que se añadiese también la celebración de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, nacido de la raza de los indígenas del territorio que se llama hoy México, el cual dio testimonio del gran amor de la Madre de Jesús, beatificado en 1990 y canonizado en el 2002, para que, todos los años, sea también celebrada el nueve de diciembre, con el grado de memoria libre (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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