Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Laureano, de los Mercedarios, de Sevilla.
Hoy 4 de julio, Conmemoración en Vatan, cercana a Bourges, en Aquitania, actualmente Francia, de San Laureano, mártir (s. III/IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Laureano, de los Mercedarios, de Sevilla.
El desaparecido Colegio de Laureano, de los Mercedarios, se encontraba en la manzana formada por las calles San Laureano, Liñán, Locomotora, Barca, Goles, y plaza de la Puerta Real; en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo.
Hoy 4 de julio, Conmemoración en Vatan, cercana a Bourges, en Aquitania, actualmente Francia, de San Laureano, mártir (s. III/IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Laureano, de los Mercedarios, de Sevilla.
El desaparecido Colegio de Laureano, de los Mercedarios, se encontraba en la manzana formada por las calles San Laureano, Liñán, Locomotora, Barca, Goles, y plaza de la Puerta Real; en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo.
La Orden de Nuestra Señora de la Merced fue fundada en Barcelona en 1218 por Pedro Nolasco, un activo mercader, dedicado en parte al rescate de cautivos en zona musulmana. Cada vez más entregado a la causa, junto con otros compañeros recoge limosnas por Aragón y Cataluña para tal fin. Es el momento en el que se introduce el elemento sobrenatural de la aparición de la Virgen encomendándole la fundación, aparición de la que se hacen partícipes el rey Jaime I de Aragón y Raymundo Peñafort, canónigo de la catedral de Barcelona y su confesor, por lo que son considerados cofundadores, de ahí que el escudo de la Orden esté formado por la corona real, la cruz catedralicia y las barras de Aragón. La regla escogida fue la de San Agustín, y la bula de confirmación y concesión fue expedida por Gregorio IX el 17 de enero de 1235. Nolasco acompañó a Jaime I en la toma de Valencia y Mallorca según los antiguos cronistas, y también junto a Femando III en la conquista de Sevilla en 1248. Hasta su muerte llevó su obra redentora por Aragón, Cataluña, Perpiñán, Mallorca y Andalucía. Permaneció siempre caballero lego, siendo canonizado por Urbano VIII en 1628.
Hay que señalar que la Merced nació con un carácter religioso-militar, que aunaba el ideal caballeresco medieval de lucha contra el infiel y el sentimiento de caridad cristiana de liberar al cautivo, voto con el que sus integrantes se obligaban, dándose en prenda si fuera necesario para consumar la liberación. Los cautivos fueron siempre una parte importante del botín de guerra, que dio además lugar al desarrollo de una auténtica piratería organizada, con ciudades que acabaron viviendo del pillaje, como Argel; fenómeno que ha quedado reflejado en nuestra literatura más prestigiosa de mano de los insignes Cervantes y Góngora. El propio Miguel de Cervantes padeció cautiverio en la referida ciudad de Argel.
En 1317, durante el mandato de fray Ramón Albert, la Orden comienza una nueva etapa al desligarse del sentido militar con el que nació. Se aprobaron nuevas constituciones que la acercaban al espíritu de las órdenes mendicantes, a las que acabarán asimilándose canónicamente en 1723; muchos de sus miembros legos pasaron a la orden militar de Montesa.
Tras la primera etapa de fundación y consolidación, esta Orden eminentemente española, se expande por la Península con la progresiva constitución de nuevas casas, a lo que se sumó la irradiación hacia América. Desde el punto de vista institucional, vivirá en su seno, al igual que la mayoría de órdenes religiosas, la reforma, propiciada por algunos de sus miembros, en un deseo de volver a la primitiva observancia de la regla. Fue fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento, desde Madrid, el promotor de dicha reforma, que se concretó el 8 de abril de 1603, dando lugar al nacimiento de la rama descalza de espíritu más riguroso y austero, frente a la calzada, continuadora del estilo de vida persistente.
Una vez culminada la reconquista de la Península y la expulsión de los musulmanes, el trabajo de la redención de cautivos cristianos hubo de descender. Sin embargo, los intereses de Castilla en enclaves de la costa norteafricana como Ceuta, Melilla y Orán, entre otros, y las razzias practicadas por los corsarios berberiscos, hizo necesaria la continuación de la práctica del rescate que se constata hasta el siglo XVIII. En este sentido, en junio de 1759 tuvo lugar en Sevilla una procesión formada por ochenta y ocho cautivos redimidos por los mercedarios en Marruecos que ha quedado recogida en un grabado de la época. No obstante, los religiosos supieron evolucionar con el nuevo espíritu de los tiempos. El descubrimiento de América supuso un nuevo cauce apostólico en la redención, "rescatando al indio" del paganismo. Asimismo, participaron en el nuevo rumbo emprendido por la Iglesia católica en lucha contra el hereje protestante, integrándose plenamente en el espíritu contrarreformista y la religiosidad barroca, acontecimientos que dieron como resultado una intensa actividad intelectual, misional y teológica.
En 1588 se producía la creación de la Provincia de Andalucía, antes dependiente de Castilla, para una mejor organización y gestión de los numerosos conventos y miembros mercedarios. En seguida se planteó la necesidad de fundar un colegio donde formar a los religiosos de la nueva provincia, evitando así que fueran enviados a alejados centros de estudios. El Provincial fray Francisco de Veaumont, exponía en el capítulo general de 1593 esta necesidad "... que por averse dividido [la provincia] de la de Castilla y, por el consiguiente, no serle permitido enviar, sino un pequeño y limitado número de estudiantes a nuestros colegios salmantino y complutense, juzgaba necesario que en la suya se fundase otro con los mismos privilegios, para que, tratando sólo de los exercicios literarios, luciesen los ingenios, que se ahogaban entre las obligaciones conbentuales... y que si al reverendissimo y capitulares le daban facultad para ello... el dicho padre Veaumonte... haría en Sevilla dicha fundación... otorgosele lo que pidió". Acogida con entusiasmo, la primera financiación vino del propio Veaumont, verdadero promotor del Colegio, quien aportó 1.000 ducados, patronazgo que se hizo extensivo a algunos miembros de su familia como su sobrino fray Alonso Henríquez de Toledo y Armendáriz que aportó 420 ducados, el padre de éste y hermano de Veaumont, Juan de Castellanos y Toledo, quien fue nombrado patrón perpetuo del Colegio.
El lugar elegido para el establecimiento fueron las llamadas "Casas de Colón", situadas a la salida de la ciudad por la puerta de Goles o Real a la derecha, en el barrio de los Humeros. Estas amplias propiedades compuestas por casa-palacio, jardín y huertas fueron de don Hernando Colón, hijo del Almirante, las cuales tras su muerte en 1539 y contraviniendo las disposiciones testamentarias fueron subarrendadas y casi abandonas, siendo cedidas por deudas en 1563 al banquero Franco Leardo, pasando a la Corona tras la quiebra de éste. El 14 de marzo 1594 Veaumont, en nombre de la Orden de la Merced, compra "una casa principal con sus accesorios, llamada de Colón... por el precio de mil ochocientos sesenta y tres ducados". La propiedad estaba ocupada en arrendamiento vitalicio, al menos desde 1578, por el genovés y ceramista Tomás Pessaro en donde tenía su fábrica, y la Hermandad del Santo Entierro que desde 1587 estaba establecida en lo que hubo de ser el oratorio de don Hernando y parece tenía parte del jardín y los corrales. Los mercedarios negociaron con los hermanos la cesión de la capilla, lo que se llevó a efecto en 1600 mediante el pago de un tributo perpetuo; los religiosos se comprometían a labrar dicho colegio en el plazo de ocho años, el cual estaría destinado sólo para colegiales "porque para ello le azemos la dicha dazión". La iglesia se llamaría del Monte Calvario y Entierro de Cristo y no se admitirían otras cofradías "ni de luz ni de sangre ni ottro ayuntamiento de hermanos so pena de lanzamiento". Hay que señalar, que el camino hasta culminar la fundación en 1600 hubo de resultar difícil para la Orden ya que tanto el estamento civil y religioso de la ciudad como la Corona se resistían a autorizar nuevas fundaciones en una ciudad saturada de institutos religiosos, como se recoge en el informe del veinticuatro de Sevilla Francisco Maldonado de Saavedra de 1597: "se ha de advertir que los dichos frailes de la merced no an de edificar en este sitio el colegio que pretendieren supuesto que su majestad [el rey] no quiere que en esta ciudad se funden más conventos de los que agora ay". Finalmente, obtenidos los correspondientes permisos, tuvo lugar la fundación en 1601.
El Colegio tomó la advocación del antiguo arzobispo y mártir de Sevilla San Laureano, de gran devoción popular en aquellas fechas por considerarse protector en las epidemias y riadas, catástrofes por otra parte, muy frecuentes en la ciudad. Su construcción hubo de ser lenta, no avanzando mucho "por la cortedad de medios". Decisiva fueron las ayudas económicas del Provincial de fray Diego de Gatica, enterrado en el Colegio en 1667. Aunque en 1649 San Laureano "ha ido creciendo en comunidad y edificación, á que el sitio eminente al río y á la ciudad autoriza mucho, aunque le falta aún el principal de la Iglesia", parece que hasta fines del XVII o principios del XVIII no estuvo terminado en su totalidad.
Sin duda el establecimiento de los mercedarios en el barrio de los Humeros hubo de resultar un motor de dinamización del arrabal, marginal y de precaria actividad de tipo rural. Su crecimiento a costa de los amplios terrenos liberados de la huerta y jardines de las Casas de Colón, supuso un aumento de su población cuya asistencia religiosa fue asumida en parte por los frailes, quienes por escritura de 13 de diciembre de 1600 se comprometían a dispensar el viático a los vecinos tras el cierre nocturno de la puerta Real. Por otro lado hay que señalar, que entre 1604 a 1614 el Colegio estuvo compartido con la rama descalza mercedaria que, ante la dificultad de fundar en Sevilla, se instaló en el Colegio hasta obtener las preceptivas licencias. En 1766 la comunidad sufrió una importante merma al decretarse ese año la reducción de religiosos, pasando de veintidós a ocho miembros. Pero el peor golpe acaeció en 1810 cuando fueron desalojados por las tropas francesas, a lo que siguió el expolio de sus enseres y la ruina del edificio. En 1814 los mercedarios hacen el intento de restaurar la fundación, pero el desafortunado incendio acaecido en 1817 en unos almacenes de madera y jabón colindantes, que afectó considerablemente al Colegio, determinó su definitivo abandono, estado en el que fue visto por algunos viajeros románticos quienes llegaron a hacer algún apunte de él. Con la desamortización de 1835 se perdía el título de propiedad, pasando a manos del Estado que lo dedicó a presidio correccional y almacén de provisiones del ejército. Más tarde y hasta la actualidad se sucederían los propietarios particulares y usos varios. En 1848 el general Lara compró el ex-colegio y edificó sobre sus ruinas un almacén en cuya renovación preservó la nave de la iglesia aunque sustituyendo su destrozada bóveda. Los dos claustros fueron unificados eliminando la doble galería de columnas para formar un gran patio central al que fueron anexionadas las galerías perimetrales. Ya en siglo XX se instalaron sobre el complejo resultante de las transformaciones decimonónicas, denominado patio de San Laureano, casas de vecindad, bares y tabernas, talleres, garajes y un cine de verano. Aunque los restos del edificio se encuentran incluidos dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, régimen de protección ampliado por R. D. de 12 de noviembre de 1990, hoy se está remodelando para viviendas.
San Laureano se situó extramuros de la ciudad, en el ángulo derecho de uno de sus ejes principales de comunicación -calle Armas- con salida por la puerta de Goles o Real, en el entonces arrabal de los Humeros perteneciente a la collación de San Vicente. Conformaba una gran manzana cuyo perímetro quedaba definido al sureste por la calle San Laureano, en donde hubo de tener su entrada principal, la trasera por un callejón que a principios del XIX es denominado de Ánimas, formado actualmente por la calle Barca y plaza de la Locomotora. El noreste lindaba con la muralla de la ciudad sobre la que recaía el muro lateral de la iglesia; el suroeste limitaba con el callejón llamado de San Laureano o callejón de los Humeros, rotulada desde 1859 corno Liñán.
Muy escasa es la información sobre el Colegio. La historiografía local casi no trata sobre a él, siendo muy poco lo conservado. En principio y durante bastantes años los religiosos debieron acomodarse a las construcciones preexistentes de las llamadas Casas de Colón, pues los escasos recursos económicos no permitían por el momento levantar ex-novo todo el conjunto. Sí parece que ya desde los primeros años fundacionales se proyecta globalmente el colegio, no siendo su configuración el resultado de un proceso de adiciones sucesivas, como sucedió en otros conventos sevillanos, sino el de un planteamiento unitario que pudo tener lugar en 1600 con la firma de la escritura de cesión del lugar entre la Orden y la Hermandad del Santo Entierro, momento en el que se deslindaría la propiedad, hipótesis apoyada por la gran exactitud del cuadrado en que se inserta el Colegio, de 73 varas de lado, que evidencia que es fruto de una tirada de cordel unitaria y global. Se ha propuesto como hipótesis de restitución que sobre la esquina sur occidental de la casa de Colón calzaba el edificio mercedario, aprovechando así parte de la cimentación del palacio de don Hernando.
El Colegio se articulaba en torno a dos patios claustrados columnados de amplias dimensiones, derribados para establecer en su solar un extenso almacén. Sólo quedan algunas arcadas correspondientes al claustro oriental, el más próximo a la iglesia, que ya fueron dibujadas sin el resto del claustro por David Roberts en 1835. Según fray Juan Guerrero, que escribe a mediados del siglo XVII, el claustro principal estaba "acabado y enlucido... tiene sus cuatro lienzos sustentados sus arcos en veinticuatro columnas de mármol blanco y por lo alto cerrado con sus ventanas y en ellas veinticuatro balcones de hierro hermosísimos, tiene sus cornisas muy preciosas de ladrillo cortado colorado que hace vistosísimo". Los patios eran geminados con doble galería de columnas, cuyo modelo tipológico se relacionan con el dibujo anónimo de la Biblioteca Nacional que reproduce la planta del convento de la Merced.
En el claustro principal se hallaba "... una espaciosa escalera real en todo por su fabrica y grandeza, espacioso sitio y descansada subida, con su media naranja de bóveda, esculpida de yeso blanco con escudos relevantes de la religión y muchos lazos y florones todo dorado y matizado dale asimismo gran luz y claridad ocho balcones de hierro que tiene dos por cada lienzo que lo hace todo ostentativo y grandioso... tiene dos miradores cubiertos a los dos extremos del, sobre pilares de mármol blanco y balcones de hierro, de tres baras de largo y una y media de ancho, dorado y esmaltado de colores", así como buenos dormitorios y clases de estudio, que ya estaban ruinosos y abandonados en la década de los cuarenta del siglo XIX.
Respecto a la iglesia hay que señalar que durante muchos años los mercedarios utilizaron la capilla cedida por la Hermandad del Santo Entierro, capilla que ocupaba lo que fue el oratorio de don Hernando Colón. En ella los cofrades hicieron reformas y ampliaciones, en las que gastaron "... mil cien ducados", costo que incluía además mejoras en "las casas", obras que debieron estar terminadas hacia 1697, año en que fueron tasadas -para una proyectada compra por el municipio que no llegó a efectuarse- por el veinticuatro Francisco Maldonado en 800 ducados. Sobre esta primera capilla / iglesia, los religiosos también actuaron, "lo primero que se labró fue la iglesia muy acomodada al sitio, muy aseada y graciosa con dos capillas y una buena sacristía, que aunque no ha de ser esta la iglesia principal que ha de permanecer, se a dorado y gastado en ella como si ubiera de serlo... ".
Se desconoce el autor y ritmo constructivo del templo de nueva planta, que si comenzó realmente a edificarse en 1601, tras la fundación del Colegio, su desarrollo y culminación fueron muy dilatados en el tiempo, pues se "concluyó y estrenó este año [1714] con solemnes fiestas". Sabemos que el cantero Lorenzo Fernández de la Iglesia concertaba el 28 de agosto de 1695 con la Hermandad del Santo Entierro la ejecución de la portada de la iglesia, por estar en ruinas. Realizada en piedra del Puerto de Santa María, formando arco de medio punto con los escudos de la corporación encima, su costo ascendió a 4.000 reales de vellón, a terminar el 1 de noviembre de dicho año. Otra referencia documental de 1771 nos dice que el maestro de obras Sebastián de León cobra un recibo de la Hermandad del Santo Entierro, el 28 de abril de ese año, por materiales y jornales por las obras que hizo en dependencias de la referida Hermandad.
La iglesia es de planta de cajón, de una nave muy alta, y su muro noreste carga sobre la muralla de la ciudad. La cubierta, perdida y sustituida con una moderna, era de bóveda de cañón como prueban los vestigios de arranque de los muros, y al exterior a dos aguas de teja árabe.
RETABLOS Y ESCULTURAS
Las imágenes de la Hermandad del Santo Entierro siempre presidieron el altar mayor de la iglesia, de cuyo retablo mayor sólo sabemos que "era de mala construcción, aunque bien dorado". Junto con las imágenes de la Hermandad pasó a la iglesia del convento de la Merced, en el brazo del crucero del lado del Evangelio, en donde se instaló la cofradía en 1818. El retablo no se ha conservado y sí los titulares de la Cofradía; el Cristo yacente, adjudicado antiguamente a Martínez Montañés, hoy se atribuye a Juan de Mesa, por la semejanza estilística con obras documentadas del artista. Realizado hacia 1620, se halla en posición de decúbito supino, mide 198 cm. de largo, y sigue los modelos castellanos de Gregorio Fernández pero interpretado de forma serena y elegante. Su rigidez cadavérica se matiza con el modelado suave y los minuciosos detalles anatómicos del tórax, cabellera y barba, y sudario. La Virgen con la advocación de Nuestra Señora de Villaviciosa, fue realizada por Antonio de Quirós, quien parece también ejecutó las figuras de los Varones y la Muerte, estrenadas en 1693. Los Varones se perdieron, siendo encargados unos nuevos a Juan de Astorga en 1829 quien además restauró la Virgen y bajo su dirección se hicieron andas nuevas por destrucción de las antiguas. Sobre los orígenes de esta hermandad hay que señalar que en 1582, el alfarero genovés Tomás Pesaro funda una de luz dedicada a Nuestra Señora de Villaviciosa, en un hospital existente en la calle Colcheros; con la unificación de hospitales de 1587 se traslada al llamado oratorio de Colón, en donde constaba ya la hermandad del Santo Entierro, aunque algo decaída, fusionándose y reactivándose el culto de ambos titulares.
En el sagrario del templo estuvo un San José, "obra primorosa de escultura, baste decir es de Juan Martínez Montañés" encargada por los mercedarios descalzos cuando residían en San Laureano, siendo posteriormente llevada a su convento de San José. También a Montañés se atribuyen una Virgen y un Niño Jesús, obras todas sin identificar. Existió un San Laureano vestido de pontifical, con capa y mitra, "... por la fama es de escultura y aunque antigua primorosa y devota no ay memoria de su proncipio, ay tradición de que en ese sitio avía una hermita dedicada a su nombre desde el tiempo de los moros y allí se conservó esta imagen hasta el tiempo presente...", obra igualmente en paradero desconocido. En un altar colateral del lado del evangelio se refiere la existencia de una Virgen de la Merced, y en el correspondiente de la epístola Nuestra Señora de la Salud, de las que no existen más noticias.
En 1663 Valdés Leal se comprometía a realizar gratuitamente para el refectorio del Colegio un lienzo que representaba "un convite de panes y peces", título un tanto impreciso para poder identificar correctamente la obra, ya que puede relacionarse con varios pasajes evangélicos como la "multiplicación de los panes y los peces" o "Cristo servido por los ángeles", tema éste frecuente en los refectorios conventuales sevillanos del que se conservan algunos ejemplares. Es obra no recogida en la bibliografía antigua sin embargo, en 1960 ingresó en el museo Goya de Castres un Cristo servido por los ángeles, adjudicado a Valdés Leal, cuya ejecución se sitúa entre 1660-1665. Es un lienzo de grandes dimensiones que quizás pueda corresponder a San Laureano. Representa el pasaje evangélico de San Mateo, 4.11, en el que Jesucristo, después de ser tentado por el diablo fue atendido por ángeles que le sirvieron de comer. Cristo aparece sentado ante una mesa, en medio de un paisaje que se diluye en la lejanía, ofrendado por dos bellos ángeles que se aproximan por los lados, mientras que en el rompimiento de gloria grupos de querubines portan cestos de flores.
El 6 de abril de 1716 el pintor Juan de Godoy Camero otorga testamento, en el que señala haber realizado una serie de diecisiete lienzos sobre la vida de San Pedro Nolasco "de a sinco baras cada uno", para el claustro de San Laureano, y veintitrés más "de a bara y quarta", sin especificar para qué lugar. El trabajo se concertó el 17 de mayo de 1715 y especifica además que pintó "un biombo de berde y blanco y con figuras en los tableros"; en su última voluntad pide que se ajuste el precio de todo ello porque "el padre y rector y los religiosos de dicho collejio me pidieron que la pintura fuese más relevante y con muchas más figuras de las que avian ajustado", para lo cual "quiero que se aprecien por maestros de inteligencia y lo que bieren baler más se cobren por mis albaceas". De este casi desconocido pintor sevillano no se conoce hasta el momento ninguna obra, siendo ésta la única referencia de su actividad pictórica de la que por otra parte, no existe más noticia y se ignora su paradero (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Laureano, mártir;
Santo cefalóforo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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