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viernes, 25 de abril de 2025

El Monumento a la Feria Antigua, de Antonio y Jesús Gavira Alba, en Mairena del Alcor (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento a la Feria Antigua, de Antonio y Jesús Gavira Alba, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     Hoy, 25 de abril, es uno de los días en los que se celebra la Feria de Mairena del Alcor, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Monumento a la Feria Antigua, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     El Monumento de la Feria Antigua, se encuentra en la avenida de la Feria, 89; en Mairena del Alcor (Sevilla).
     El "Monumento a la Feria Antigua" de Mairena del Alcor es una obra escultórica que se encuentra dentro del recinto ferial de la ciudad.
     Este monumento es obra de los hermanos y artistas locales Antonio y Jesús Gavira Alba, y fue creado en 1982.
     Está inspirado en un paisaje de la obra de Serafín Estébanez Calderón (1799-1867), el máximo representante del costumbrismo andaluz y autor, entre otros, de la obra La feria de Mairena donde el autor describe una escena de dicha feria y su importancia en la época.
     La figura central del monumento es una escultura ecuestre realizada en bronce que representa a una pareja, hombre y mujer, montando a caballo y vestidos con trajes de época. Con esta obra, sus autores rinden homenaje a la antigua feria local para contrastarla con la de nuestro tiempo.
     Al fondo aparece el inicio de un arco, con el que se hace mención a los antiguos molinos de la fértil vega de Mairena, que fueron tan importantes en la época dorada de la Feria. Al inicio de este arco se representa en relieve el comercio de caballos, que era el medio de negociar y regatear el precio del ganado. Por último, la fuente de ocho caños simboliza la confluencia en Mairena de las ocho provincias andaluzas durante su celebración (Turismo de la Provincia de Sevilla).
     “En tu feria oh Mairena, es donde se compendia, cifra y encierra toda Andalucía, su ser, su vida, su espíritu, su quinta esencia”. Inspirados por los pasajes de la obra “Escenas andaluzas” del escritor romántico Serafín Estébanez Calderón, los hermanos Jesús y Antonio Gavira Alba, concibieron un monumento en el que sintetizar el carácter abierto, y pionero de la feria local como referente de las del resto de Andalucía. Toma protagonismo la indumentaria de la pareja retratada a caballo a la manera tradicional del siglo XIX. Los trajes de majo fueron muy apreciados, por los viajeros y turistas y la moda flamenca en Mairena se erigió como un referente. Richard Ford se hizo retratar por José Domínguez Becquer en un tríptico donde lucía el atuendo que todo majo serio debía lucir cada uno de los tres días estipulados de feria y Washigton Irving se unió a la gente que se agolpaba a la entrada de Sevilla para ver a los grupos de personas que volvían de la feria mairenera, porque tal y como relata Estébanez: “En ti Mairena, es donde se fija cada año el uso que han de regir los adornos que más privan, el corte que han de tener las diversas partes del traje andaluz” (Ayuntamiento de Mairena del Alcor).
Conozcamos mejor la Feria Antigua de Mairena del Alcor;
     La Feria de Abril, declarada Fiesta de Interés Turístico de Andalucía,  constituye una de las señas de identidad más significativas de Mairena del Alcor, ocasión única en que la villa se identifica, se reconoce a sí misma dotada de personalidad propia. De la importancia, alcance y antigüedad de nuestra feria tenemos abundantes testimonios en los textos de los diferentes escritores e investigadores que a ella han dedicado su esfuerzo. Desde Washington Irving y Estébanez Calderón, pasando por Jorge Bonsor, Marcelino Pérez Calvo, Rogelio Marín, Eusebio Pérez Puerto, Andrés Morales, Antonio Oviedo y muchos otros, los textos publicados nos confirman en la importancia alcanzada por la feria de Mairena.  
     Fue fundada en 1441 por concesión del rey Juan II de Castilla a Juan Ponce de León, señor de Mairena, para facilitar la repoblación del lugar facilitando el abastecimiento de productos y la movilidad de los ganados en la comarca. En 1757 por Real Provisión, se reforma su estructura estableciéndose las fechas definitivas de celebración los días 25, 26 y 27 de abril.
     Su celebración en fecha tan temprana le permitía inaugurar el ciclo de ferias de la Baja Andalucía y servir de punto de concentración de ganados de toda la península para abastecer otros mercados posteriores.    Su lugar de celebración fue la calle Mesones y la explanada del Mercado situada delante de la ermita de S. Sebastián, abarcando todo el actual Paseo y  la Barriada. A ella acudían ganaderos y comerciantes de casi toda España. En este espacio se disponían varios centenares de puestos en los que se vendía una gran variedad de productos, desde alimentos (dulces, verduras, carnes, platos cocinados), ropas y adorno personales, hasta arreos para animales, herramientas y quincallerería, armas y juguetes.
     El gran número de ganados y feriantes que acudían y el abundante dinero fácil que corría de mano en mano, atraía a jugadores, ladrones y prostitutas, que daban su buen trabajo a las fuerzas de seguridad. Para mantener el orden en el real se precisa la presencia de las fuerzas de justicia de la villa, un cuerpo de resguardo de una veintena de hombres dirigidos por el corregidor, y una fuerza semejante de tropas del ejército que todos los años era solicitada a la autoridad militar.
     De su fama ofrecen buen testimonio los numerosos escritores y artistas que la visitaron,  entre los que destacaremos a los españoles Serafín Estébanez Calderón, Tomás Rubí, Manuel M. de Santa Ana, Gustavo Adolfo Bécquer y a los extranjeros Richard Ford, Standisch y W. Irving. Los artistas de la escuela costumbrista sevillana nos dejaron importantes obras inspiradas en la feria, como Valeriano Bécquer, Villaamil, Cabral Bejarano, Lameyer, Andrés Cortés, y el francés Blanchard.
     En todos ellos encontramos descrito el alegre ambiente de la fiesta, en la que se consumían cientos de arrobas de ricos caldos, la brillantez de los bailes, los paseos de caballos y la riqueza de los ricos trajes lucidos, que en palabras de Estébanez, marcaban la moda en el vestir andaluz. Una feria que sabía ser la más alegre y bullanguera de las fiestas amén de excelso mercado.
     La administración de la feria corrió a cargo del duque de Arcos durante la segunda mitad del s. XVIII y del Ayuntamiento en el s. XIX. A lo largo de los años se fue desarrollando toda una legislación específica de la feria recogida en numerosas reales disposiciones, autos y bandos que constituye un modelo legislativo preciso. Desde la segunda mitad del s. XVIII la reglamentación de Mairena alcanza unos niveles de eficacia y flexibilidad que le permiten dirigir el complejo entramado comercial y festivo de una feria de gran envergadura, aunando los intereses de ganaderos, vendedores, Cabildo Municipal y Real Hacienda, siempre difíciles de conciliar. 
     Hasta tal punto esta fórmula, especialmente en su apartado fiscal, llegó a tener éxito, que garantizó la primacía de Mairena durante un siglo, hasta la creación de la feria de Sevilla, sirviendo como modelo para la creación o reforma de otras ferias. Esta estructura se fue extendiendo poco a poco siendo aplicado en poblaciones como Villamartín, Écija o Sevilla.
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martes, 8 de abril de 2025

El Monumento al Cante Grande Gitano, de Antonio Gavira Alba, en Mairena del Alcor (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento al Cante Grande Gitano, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     Hoy, 8 de abril, es el Día Internacional del Pueblo Gitano, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Monumento al Cante Grande Gitano, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     El Monumento al Cante Grande Gitano, de Antonio Gavira Alba, realizado en 1968, se encuentra en la calle Cervantes, 37; de Mairena del Alcor (Sevilla).
   “Al cante grande gitano llevado a la más alta cumbre en alas del maestro Antonio Mairena.” Esta inscripción resumiría tan notable monumento, realizado en piedra caliza y bronce.En el relieve, aparece la figura de una mujer con alas, Andalucía, que victoriosa ha conseguido que el Cante llegue hasta nuestros días. Extiende su brazo izquierdo, y en su mano sostiene la Llave del Cante obtenida por Antonio Mairena, y que está encima de la estrella de los vientos, como símbolo de expansión de los cantes de Antonio Mairena por todo el planeta. Al lado, una antorcha iluminando todo el poder, genialidad, creatividad y riqueza del célebre cantaor. La mujer apoya su pie sobre un escalón, el mismo que aporta Antonio Mairena en el Cante Jondo. El sol aparece brillando a toda la escena, influyendo en el ánimo y espíritu de toda Andalucía.
     En el monolito, todos los palos que se dan en el Cante, y la figura de perfil de Antonio Mairena. (Conoce Mairena).
Conozcamos mejor la Conmemoración del Día Internacional del Pueblo Gitano;
     El Día Internacional del Pueblo Gitano se conmemora el 8 de abril. Esta fecha recuerda el Primer Congreso Mundial romaní/gitano celebrado en Londres el 8 de abril de 1971 en el que se instituyó la bandera y el himno gitano.
     La bandera es verde y azul, simbolizando el cielo y el campo, con una rueda de carro roja en el centro, que simboliza el camino desde la India y la libertad. El himno gitano, Gelem, gelem (Anduve, anduve), fue compuesto por Jarko Jovanovic y recuerda a los gitanos y gitanas víctimas del nazismo.
     En el 4º Congreso Internacional Gitano en Serok, Polonia se designó el 8 de abril como Día Internacional del Pueblo Gitano en recuerdo de aquel Congreso de Londres.
     Desde hace unos años la fecha del 8 de abril está adquiriendo gran notoriedad, sirviendo de ocasión para distintas celebraciones y comunicaciones por parte de múltiples instituciones nacionales e internacionales.
     La Ceremonia del Río es una de estas celebraciones que se realiza en muchas localidades. En ella las mujeres arrojan pétalos de flores en los ríos y los hombres encienden velas en recuerdo de los antepasados (Fundación Secretariado Gitano).
Conozcamos mejor la Biografía de Antonio Gavira Alba, autor de la obra reseñada;
     El pasado 11 de octubre de 2020 falleció el escultor y pintor Antonio Gavira Alba, artista cuya profunda fe se refleja en gran parte de su prolífica obra. De su producción sobresalen esculturas muy queridas y populares, como el monumento de Santa Ángela de la Cruz, en la calle del mismo nombre en Sevilla.
     Nacido en 1929 en Mairena del Alcor, realizó sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla, hoy facultad, de la que llegó a ser catedrático y en la que fueron profesores suyos escultores destacados como Juan Luis Vassallo o Antonio Cano. Su estilo se enmarca dentro del denominado clasicismo mediterráneo y se caracteriza por la simplificación de las formas, los ritmos ondulantes y el suave tratamiento de las superficies.
     Su obra presenta una gran variedad tanto en materiales como en temas, destacando especialmente sus esculturas en barro o bronce de pequeño formato que suelen presentar el tema de la maternidad, expresión de su compromiso activo en la defensa del no nacido y en la lucha contra el aborto. Igualmente fue autor de numerosos monumentos públicos, algunos realizados en colaboración con su hermano Jesús, también escultor. Entre ellos subrayamos el mausoleo de Antonio Mairena o el monumento a la Feria de Mairena, ambos en dicha localidad de los Alcores. Mención aparte merece el monumento a Santa Ángela de la Cruz, realizado en 1965, que se encuentra junto a la Parroquia sevillana de San Pedro.
     Su honda fe, concebida “como un ejercicio de apostolado, de realización de actos benéficos para los demás y de practicar las enseñanzas evangélicas en el trabajo y la vida diaria”, según reconocía él mismo, se traduce en diversas obras de gran unción y belleza, como la Virgen del Amparo que recibe culto en la Capilla del Cristo de la Cárcel. Entre ellas sobresale también el Cristo de la Paz, crucificado de gran tamaño realizado en bronce que preside el cementerio de Mairena, realizado en memoria de su madre fallecida muy joven, cuyos brazos abiertos son una permanente invitación a la Vida eterna para todos aquellos que visitan el camposanto y cuya fuerza constituye un anuncio de la Pascua.
     Destacamos por último de su producción religiosa, la imagen del Resucitado de la Hermandad Sacramental a la que pertenecía, que se encuentra en la Parroquia de la Asunción. Él mismo expone que intentó dotar a esta imagen “de un sublime gesto repleto de serenidad, magnificencia y bondad”. Concebido como un Cristo triunfante, alejado de cualquier dramatismo teatral, presenta su mano derecha alzada en actitud de bendecir, invitándonos al cielo, según su autor, mientras que su brazo izquierdo hacia abajo es una llamada que nos hace Jesús Resucitado a su encuentro.
     Fue autor igualmente de Jesús orando en el Huerto de Sanlúcar la Mayor, de Jesús Cautivo de Estepa y del San Juan de la Hermandad de la Paz de Sevilla, por citar solamente otras imágenes de nuestra Archidiócesis (Archidiócesis de Sevilla).
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domingo, 23 de abril de 2023

El Monumento a Cervantes, de Antonio Gavira, en Mairena del Alcor (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el monumento a Cervantes, de Antonio Gavira, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     Hoy, 23 de abril, Día de la Lengua Española y Día del Libro, es el mejor día para ExplicArte el el monumento a Cervantes, en Mairena del Alcor (Sevilla).
     El monumento a Cervantes, se encuentra en la calle Cervantes, 11; en Mairena del Alcor (Sevilla).
     Inaugurado en 1.961, es obra del escultor local Jesús Gavira autor, junto a su hermano Antonio, de muchas de las esculturas que podrás contemplar en tu paseo por Mairena del Alcor. En este caso recreó el busto de Cervantes suponemos inspirado en el supuesto retrato del escritor realizado por Juan de Jáuregui en 1.600. A principios del siglo XX esta imagen se hizo muy popular en Sevilla gracias a la copia del lienzo realizada por Joaquín Sorolla por encargo de la Junta organizadora de los fastos del III Centenario de la muerte de Cervantes en la capital.
     El monumento se completa con tres azulejos en los que se recrea el famoso pasaje donde cita Berganza a Mairena como primera localidad de referencia tras su huida de Sevilla en el “Coloquio de los perros”: “Y antes de que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que está a cuatro leguas de Sevilla”. Dada su importancia literaria hace escasas fechas su ubicación se incluyó en el portal del World Literay Atlas. Con motivo de la celebración del IV centenario de la muerte de Cervantes el Ayuntamiento remozó el monumento siguiendo las indicaciones de su propio autor (Ayuntamiento de Mairena del Alcor).
     El monumento a Cervantes de Mairena del Alcor es una obra escultórica que se encuentra situada en la plaza de Miguel de Cervantes, al pie de la calle del mismo nombre de esta localidad.
     Este monumento se levanta en esta plaza en el año 1961 en honor al célebre escritor castellano Miguel de Cervantes, que dejó escrito el nombre de la localidad en un breve párrafo de su obra El coloquio de los perros.
     Su autor es el artista mairenero Antonio Gavira Alba, escultor y catedrático de escultura de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. El monumento consta de dos partes bien diferenciadas: una inferior a modo de pedestal, y otra superior donde aparece una escultura con la efigie del escritor Miguel de Cervantes. El conjunto se presenta en el centro de un pequeño espacio ajardinado de la plaza, alfombrado de césped, cerrado por un sencillo cercado bajo de hierro, y entre dos altas palmeras.
     El citado pedestal está formado a su vez por tres bloques de ladrillo visto, adosados entre sí y escalonados en una composición simétrica, más alto y ancho el central y más estrecho y bajos los dos laterales. Sobre los laterales existen unas placas cerámicas con dibujos de pasajes de su obra, mientras que sobre el central se inscribe un panel cerámico de mayores dimensiones donde puede leerse: «Ya antes de que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que está a cuatro leguas de Sevilla. Cervantes, Coloquio de los perros».
     Sobre el bloque central se asienta una escultura de su autor, Miguel de Cervantes, realizado en bronce y realzado sobre una sencilla base de piedra blanca (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía de Cervantes, a quien está dedicado el monumento reseñado;
     Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, Madrid, 9 de octubre de 1547 [bautizo] – Madrid, 22 de abril de 1616). Escritor, novelista, dramaturgo, poeta y militar.
     Hijo de Rodrigo de Cervantes y de Leonor de Cortinas, fue bautizado en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares el 9 de octubre de 1547. Es probable que hubiese nacido el 29 de septiembre, día de san Miguel. Descendían los Cervantes de un linaje gallego que se había establecido en Córdoba, ciudad en la que disfrutó de cierto prestigio el licenciado Juan de Cervantes, abuelo del escritor y que fue abogado de la Inquisición y familiar del Santo Oficio, cargos para los que evidentemente no hubiera sido designado si sobre la familia pesara sospecha de que tuviera antecedentes “conversos” y se dudara de su limpieza de sangre. Fue Miguel el cuarto de los siete hijos del matrimonio, pues mayores que él eran sus hermanos Andrés, Andrea y Luisa; siguieron a Miguel otros dos hermanos, Rodrigo y Magdalena. El padre, Rodrigo de Cervantes, era un modesto cirujano que, con toda su familia, se trasladó a Valladolid en 1551, donde la suerte no le fue propicia, ya que, por deudas, sus bienes fueron embargados y estuvo encarcelado varios meses, a pesar de sus protestas de hidalguía, que al final fueron atendidas. La familia residió luego en Córdoba y Sevilla, y en 1566 se estableció en Madrid.
     Nada seguro se sabe sobre los primeros estudios de Miguel de Cervantes que no parece que llegaran a ser lo que hoy se llamarían universitarios, pues su presencia en Salamanca como estudiante no pasa de ser una hipótesis. También lo es, aunque más probable, que estudiara en la Compañía de Jesús, pues en la novela El coloquio de los perros (1613), el perro Berganza hace una descripción evocadora de un colegio de jesuitas, al que pudo asistir en Valladolid, en Córdoba o en Sevilla. Lo único probado es que Miguel es alumno en Madrid del catedrático de Gramática Juan López de Hoyos, quien en 1569 publicó un libro sobre la enfermedad, muerte y exequias de la reina doña Isabel de Valois (tercera esposa de Felipe II), fallecida el 3 de octubre del año anterior, que incluye tres poesías de circunstancias escritas por “Miguel de Cervantes, nuestro caro y amado discípulo”. Son las primeras manifestaciones literarias conocidas de Cervantes.
     En 1569, Cervantes está en Roma, fugitivo de España por haber causado ciertas heridas a un tal Antonio de Sigura, por lo cual fue condenado en rebeldía según un mandamiento judicial hecho público, en nombre del Rey, el 15 de septiembre de 1569. El 22 de diciembre, Cervantes solicitó que en Madrid se le hiciera información de limpieza de sangre, que en efecto se practicó, sin duda para menguar el rigor de la sentencia de los alcaldes de Corte que lo condenaban “a que, con vergüenza pública, le fuese cortada la mano derecha, y en destierro de nuestros reinos por un tiempo de diez años, y en otras penas contenidas en la dicha sentencia”. Presentado por su pariente, monseñor Gaspar de Cervantes y Gaete, entra al servicio de monseñor Giulio Acquaviva (que será cardenal en 1570), a quien sirvió como camarero, pero lo deja pronto para sentar plaza de soldado en la compañía del capitán Diego de Urbina, del tercio de Miguel de Moncada, en 1571. En Nápoles, su compañía se embarcó en la galera Marquesa —dentro de las mandadas por el marqués de Santa Cruz— que, unidas a las escuadras veneciana y pontificia, el 7 de octubre de 1571 se hallaron en la acción de Lepanto, formando parte de la armada cristiana a las órdenes de Juan de Austria. Consta en una información legal hecha en Madrid en 1578, en la que a petición del padre, prestó declaración, entre otros testigos, el alférez Gabriel de Castañeda, quien manifestó “que al tiempo y sazón que se reconoció el armada del turco por nuestra armada española, el dicho Miguel de Cervantes estaba malo y con calentura, y este testigo vio que su capitán y otros amigos suyos le dijeron que, pues estaba malo, no pelease y se retirase y bajase debajo de cubierta de la dicha galera, porque no estaba para pelear; y entonces vio este testigo que el dicho Miguel de Cervantes respondió al dicho capitán y a los demás, que le habían dicho lo susodicho, muy enojado: ‘Señores, en todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra Su Majestad, y se me ha mandado, he servido muy bien, como buen soldado; y ansí agora no haré menos, aunque esté enfermo y con calentura; más vale pelear en servicio de Dios y de Su Majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta’ y que el capitán le pusiese en parte y lugar que fuese más peligrosa, y que allí estaría o moriría peleando, como dicho tenía. Y ansí, el dicho capitán le entregó el lugar del esquife con doce soldados, adonde vio este testigo que peleó muy valientemente como buen soldado contra los dichos turcos, hasta que se acabó la dicha batalla, de donde salió herido en el pecho de un arcabuzazo, y en una mano, de que salió estropeado. Y sabido por el dicho señor don Juan [de Austria] cuán bien lo había hecho, le acrescentó cuatro o seis escudos de ventaja de más de su paga”. Se trata de la mano izquierda, que no le fue cortada, sino que le quedó anquilosada; pero tales heridas no debieron revestir mucha gravedad, ya que Cervantes, una vez curado, volvió a ser soldado y participó en otras acciones militares. Durante toda su vida, Cervantes se mostrará orgulloso de haber luchado en la batalla de Lepanto, que decía ser “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros” (prólogo a la segunda parte del Quijote, 1615).
     En abril de 1572, se incorporó a la compañía de Manuel Ponce de León, del tercio de Lope de Figueroa —inmortalizado por Calderón de la Barca en El alcalde de Zalamea—, tomó parte en las expediciones navales de Navarino (o Pilos, en el Peloponeso), la Goleta de Túnez (1573) y en otras varias acciones. Luego, el tercio hizo vida de guarnición en Cerdeña, Lombardía, Nápoles y Sicilia.
     Regresaba de Nápoles a España en la galera Sol, con cartas de recomendación de Juan de Austria y del duque de Sessa, cuando, el 26 de septiembre de 1575, a la altura de Palamós, frente a la costa catalana, les salió al encuentro una flotilla turca mandada por el famoso corsario Arnauti Mamí —renegado de origen albanés—, que, tras un combate, en el que murieron el capitán de la galera y varios soldados españoles, hizo prisioneros entre otros, a Miguel de Cervantes y a su hermano Rodrigo, que hacía tiempo era también soldado en Italia. Llevados a Argel, nuestro escritor es adjudicado como esclavo al corsario de origen griego Dali Mamí. El hecho de haberse encontrado en su poder las cartas de recomendación de Juan de Austria hizo creer que Cervantes era persona de elevada condición de la que se podría conseguir un buen rescate. Los cinco años de cautiverio en Argel fueron una durísima prueba para Miguel de Cervantes. Intentó fugarse cuatro veces arriesgadamente y, para evitar más daños a sus compañeros de cautiverio, se hizo responsable de todo ante sus enemigos y prefirió la tortura a la delación. Gracias a las informaciones oficiales y al libro de fray Diego de Haedo, Topografía e historia general de Argel (1612), se poseen importantes noticias sobre el cautiverio de Cervantes que, en transposición literaria, complementan las comedias del propio Cervantes, Los tratos de Argel y Los baños de Argel y el relato de la historia del cautivo interpolada entre los capítulos 39 a 41 de la primera parte del Quijote (1605). El primer intento de fuga fue en enero de 1576 y fracasó porque el moro que debía guiar a los hermanos Cervantes y a sus compañeros a Orán (plaza española) los abandonó en la primera jornada, y los cautivos se vieron precisados a regresar a Argel, donde fueron encadenados y vigilados más estrechamente que antes.
     Los padres de Cervantes, mientras tanto, habían reunido, a base de préstamos y de vender parte de sus bienes, cierta cantidad de ducados, con la esperanza de rescatar a sus hijos. Pero cuando en 1577 se concertaron los tratos, resultó que la suma no era suficiente para rescatar a los dos, y Miguel prefirió que fuera puesto en libertad su hermano Rodrigo, el cual efectivamente regresó a España. Pero Rodrigo llevaba un plan trazado por Miguel a fin de libertarlo a él y a catorce o quince cautivos más. Se puso en ejecución el plan, y Cervantes se reunió con sus compañeros en una cueva oculta en espera de la llegada de una galera española que debía recogerles. Llegó, en efecto, la galera, y dos veces intentó acercarse a la playa, pero fue apresada y los cristianos escondidos en la cueva fueron descubiertos, debido a la traición de un cómplice, llamado “el Dorador”, natural de Melilla, que denunció todo el plan. Cervantes afirmó ante el bey de Argel, el veneciano Hasán Bajá, que era el único organizador de la fuga y que sus compañeros habían procedido inducidos por él. Hasán Bajá lo encerró en un “baño”, o presidio, cargado de cadenas, donde permaneció varios meses.
     El tercer intento de fuga, en marzo de 1578, lo trazó Cervantes con las esperanzas puestas en llegar por tierra hasta Orán. Envió allí un moro fiel con cartas para Martín de Córdoba, general de aquella plaza, exponiéndole el proyecto y pidiéndole guías. Pero el mensajero fue preso y empalado y las cartas leídas. En ellas se demostraba que quien lo había tramado todo era Cervantes, que fue condenado a recibir dos mil palos, sentencia que no se cumplió porque muchos fueron, tanto cristianos como mahometanos, los que intercedieron por él.
     El cuarto intento de fuga lo realizó Cervantes en mayo de 1580 gracias a una suma en metálico que entregó un mercader valenciano que estaba en Argel, con la cual Cervantes compró una fragata capaz de llevar en ella a sesenta cautivos. Cuando todo estaba a punto, uno de los que debían ser liberados, el ex dominico doctor Juan Blanco de Paz, delató todo el plan a Hasán Bajá, quien por toda recompensa le dio un escudo y una jarra de manteca, y trasladó a Cervantes a una prisión más rigurosa, en su mismo palacio, y decidió llevarlo a Constantinopla, donde la fuga se haría casi imposible. Cervantes, como las otras veces, y tras varios meses de estar escondido, asumió toda la responsabilidad del intento.
     Por entonces, llegaron a Argel los padres trinitarios fray Antonio de la Bella y fray Juan Gil. El primero partió con una expedición de rescatados; y el segundo, que sólo disponía de trescientos escudos que la familia de Cervantes había reunido, intentó rescatar a Miguel, por el cual se exigían quinientos. En vista de ello, el fraile se dedicó a recolectar entre los mercaderes cristianos la cantidad que faltaba, que reunió cuando ya Cervantes estaba con dos cadenas y un grillo en una de las galeras en que Hasán Bajá partía para Constantinopla. Gracias a los quinientos escudos, tan angustiosamente reunidos, Cervantes quedaba libre el 19 de septiembre de 1580. Se embarcó con otros cautivos rescatados, y el 27 de octubre, con treinta y tres años y tras once de ausencia, llegó a España, por Denia, desde donde se trasladó a Valencia. En noviembre o diciembre estaba ya en Madrid con su familia: su padre, ya viejo, aquejado de sordera; su madre, y sus hermanas Andrea y Magdalena. Su otra hermana, Luisa de Cervantes, era monja carmelita descalza en Alcalá, y su hermano Rodrigo estaba en Portugal, incorporado otra vez al tercio de Lope de Figueroa. Agravado por los esfuerzos para reunir el rescate de los dos hermanos, la familia estaba en una triste situación económica.
    Cervantes tenía que rehacer su vida y empezar de nuevo; no podía ser soldado por las heridas recibidas y su edad ya no era apropiada para la milicia, y las letras no podían ser solución económica para alguien como él, desconocido, sin ningún grado universitario y sin ningún libro publicado.
     En mayo de 1581, Cervantes se trasladó a Portugal, donde estaba la Corte de Felipe II, con el propósito de pretender algo con que organizar su vida y pagar las deudas que había contraído su familia para rescatarlo. En Portugal recibió cincuenta ducados y se le encomendó una misión secreta en Orán, sin duda por ver en él un hombre con profunda experiencia de las costumbres del norte de África. Realizada esta comisión, regresó por Lisboa, y ya estaba de nuevo en Madrid a fines de año. En febrero de 1582 solicita, un empleo en América, pero fracasa en su pretensión, pues no hay ninguno vacante y por carta a Antonio de Eraso, del Consejo de Indias, agradece el interés tomado en la frustrada aspiración. Gracias a esta carta se sabe que en febrero de 1582 estaba escribiendo su novela pastoril La Galatea. Firmaba entonces ya con el apellido compuesto de Cervantes Saavedra, que ya usaban algunos de los Cervantes establecidos en Andalucía, como el insignificante poeta cordobés Gonzalo de Cervantes Saavedra.
     Se ignora la vida de Cervantes en los años 1582 y 1583, durante los cuales, sin duda, tuvo relaciones amorosas con Ana Villafranca (o Franca) de Rojas, mujer de un tal Alonso Rodríguez, de la cual reconoció tener una hija que se llamó Isabel de Saavedra.
     El 14 de junio de 1584 cobra Cervantes del mercader de libros Blas de Robles 1.336 reales por el privilegio reimpresión de La Galatea, que aparecerá al año siguiente en Alcalá de Henares. Seis meses después, el 12 de diciembre de 1584, Miguel de Cervantes, con treinta y siete años, se casó en Esquivias con Catalina de Salazar y Palacios (o Palacios y Salazar), joven de diecinueve y que aportó una pequeña dote. En Esquivias tuvo Cervantes su primer hogar propio y es de creer que por aquel entonces escribiera obras de teatro que se representaron en Madrid.
     Hasta la aparición de La Galatea sólo podía considerarse a Cervantes un mero aficionado a la poesía, que había publicado algunas composiciones en libros ajenos y en romanceros y cancioneros, que recogían producciones de diversos poetas.
     La Galatea apareció dividida en seis libros y en calidad de “primera parte”. Toda su vida prometió Cervantes su continuación, que jamás llegó a imprimirse. En el prólogo, la obra es calificada de “égloga” y se insiste en la afición y gusto que Cervantes siempre ha tenido a la poesía. Se trata, de hecho, de una novela pastoril, género que había instaurado en España la Diana de Jorge de Montemayor. Después de sus experiencias de Lepanto y de Argel quizá se esperase de Cervantes otra cosa, algo más real, más personal y de mayor originalidad, pero en él pesan todavía las lecturas hechas cuando fue soldado en Italia (son numerosas las influencias italianas en La Galatea) y, deseoso de olvidar sus recientes penalidades y enzarzado en problemas sentimentales (Ana Franca, Catalina de Salazar), transfigura la intimidad de sus confidencias en el ideal mundo pastoril. La prosa de La Galatea es bella, matizada y artificiosa; y sus numerosas poesías intercaladas, la mayoría de las cuales son lamentaciones amorosas, revelan el influjo de Garcilaso, Herrera y fray Luis de León, principalmente. Entre los muchos versos de La Galatea, por lo general discretos, hay momentos en que apuntan verdaderos aciertos. Gran interés para la historia literaria encierra el poema titulado “Canto de Calíope”, inserto en el libro sexto, donde Cervantes celebra y enjuicia epigramáticamente un gran número de escritores de su tiempo.
     En 1587, Cervantes fija su residencia en Sevilla, y se gana la vida ejerciendo el humilde oficio de comisario real de abastos, al servicio de Antonio de Guevara, proveedor de las galeras reales, concretamente con destino a la expedición naval que Felipe II proyectaba enviar contra Inglaterra, lo que le obliga a recorrer gran parte de Andalucía con la desagradable misión de requisar cereales y aceite.
     Seguía ejerciendo este cargo cuando, en mayo de 1590, Cervantes presenta su brillante hoja de servicios a Felipe II con un memorial en el que solicita, otra vez, “un oficio en las Indias, de los tres o cuatro que al presente están vacos”. El deseo de marchar a América para salir de la estrechez acucia todavía a Cervantes, que el 6 de junio de aquel año encontró una lacónica y seca negativa: “Busque por acá en qué se le haga merced”. Cervantes siguió teniendo su residencia en Sevilla, lejos de su mujer, que se había quedado en su nativa Esquivias.
     Sus tareas en el desempeño de su misión por villas y pueblos andaluces le acarrean desagradables incidentes. En dos ocasiones, por lo menos, embargó partidas de trigo de propiedad eclesiástica que le valieron sendas excomuniones. Constantemente se elevaban protestas contra él, muchas veces exageradas, por parte de los municipios, que se resistían a hacer entrega de las cantidades de trigo y de aceite que Cervantes, cumpliendo con su obligación, exigía, apremiado por sus superiores.
     El 19 de septiembre de 1592, acusado de que, en el ejercicio de su comisaría, había vendido trescientas fanegas de trigo sin autorización, un corregidor de Écija encarceló a Cervantes en Castro del Río. Pronto fue puesto en libertad bajo fianza, hizo sus apelaciones y fue declarado inocente. Desde 1594 se le encargó la misión de cobrar los atrasos de tercias y alcabalas que se debían en el reino de Granada —que ascendían a cerca de dos millones y medio de maravedís—, cargo para el que le fue preciso depositar una gruesa fianza, que en parte aprontó su mujer. En septiembre de 1597, habiendo depositado lo recaudado en un banco de Sevilla, el banquero quebró, y Cervantes, que se vio imposibilitado de hacer efectivas las sumas recogidas, fue recluido en la cárcel sevillana, donde pasó unos tres meses del año 1597 hasta salir a principios de diciembre bajo fianza. Otro encarcelamiento de Cervantes en la misma cárcel real de Sevilla, a finales de 1602 o en 1603, que aceptan algunos biógrafos, no está probado. A ello se refiere Cervantes, sin duda, cuando dice que el Quijote fue engendrado en una cárcel. Allí debió de convivir con toda suerte de maleantes y gente fuera de la ley, que retratará en el famoso patio de Monipodio del Rinconete y Cortadillo (1613).
     En mayo de 1600 se documenta por última vez a Cervantes como residente en Sevilla. A partir de 1604, se encuentra de nuevo en Valladolid, donde se ha establecido la Corte, y rodeado ahora de su familia, compuesta exclusivamente por mujeres. Viven con Cervantes su mujer, de treinta y nueve años; sus hermanas Andrea y Magdalena; Constanza, hija natural de Andrea, e Isabel de Saavedra, hija natural de Miguel, que tiene veinte años. Ana Villafranca de Rojas, antigua amante de Cervantes, había muerto ya, así como el hermano del escritor, Rodrigo, que pereció de un arcabuzazo, en 1600, en la batalla de las Dunas.
     La primera parte del Quijote debería de estar muy adelantada cuando Cervantes se instaló en Valladolid, y allí sin duda la terminó. El ambiente en que se escribieron las postreras páginas y se dieron los últimos retoques de esta novela es deprimente y afrentoso. El hogar de Cervantes dista mucho de ser un modelo de honor y dignidad. La hermana mayor, Andrea, de unos sesenta años, desde los veinticuatro recibió donaciones y presentes por parte de señores y había tenido a su hija Constanza de un tal Nicolás de Ovando, con quien no se llegó a casar. La hermana pequeña, Magdalena, de unos cincuenta años, desde los veinte aceptaba donaciones de jóvenes de su edad y en 1581 recibió 300 ducados de Juan Pérez de Alcega como compensación a la negativa de éste a cumplir su palabra de matrimonio. Constanza de Ovando, por su parte, de alrededor de cuarenta años, recibió, en 1596, 1.400 ducados de Pedro de Lanuza, hermano del famoso justicia de Aragón, en reparación por el incumplimiento de la palabra de matrimonio que le había dado. En 1614 recibió otra deuda de 1.000 reales, sin duda de antiguos amoríos, de un tal Gregorio de Ibarra, que estaba en el Perú.
     En el verano de 1604, Cervantes ya tenía acabado el Quijote y, siguiendo la costumbre de la época, debió de dirigirse a varios escritores y personajes pidiéndoles que escribieran poesías de elogio de su libro para insertarlas en sus preliminares. Debió de recibir muchas negativas, pues Lope de Vega, que le tenía ojeriza y lo menospreciaba, escribió el 4 de agosto en una carta: “De poetas no digo, buen siglo es éste; muchos en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote”. Esto explica que en el prólogo de la primera parte del Quijote, Cervantes se burle de las poesías laudatorias de los libros y satirice cómicamente tal costumbre insertando una serie de poesías burlescas firmadas por fabulosos personajes de los mismos libros de caballerías que se propone parodiar (Amadís de Gaula, Belianís de Grecia, Orlando furioso, el Caballero del Febo, Urganda la Desconocida, etc.).
     En septiembre de 1604 obtiene el privilegio real para publicar el Quijote, que se editaría muy pronto. La primera parte de la novela, dedicada al duque de Béjar —personaje que no se interesó ni por el Quijote ni por Cervantes—, se publicó con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La edición más antigua de las conocidas de la primera parte fue impresa en Madrid por Juan de la Cuesta en 1605, aunque se ha supuesto una edición de 1604, de la que no queda rastro.
     La acción principal del Quijote está constituida por la narración de tres viajes por la parte oriental de España (La Mancha, Aragón y Cataluña) realizadas por el héroe del relato. Es, pues, una novela itinerante, como ocurre en algunos libros de caballerías y en la picaresca. No hay en el Quijote una trama propiamente dicha, sino un constante sucederse de episodios; una acción expuesta en riguroso orden cronológico que se ve suspendida, sobre todo en la primera parte, por otros relatos intercalados en el texto. Tres veces don Quijote sale de su aldea en busca de aventuras y tres veces regresa a ella. Cada una de estas salidas tiene una estructura, unas características y un itinerario propios; las dos primeras se narran en la primera parte del Quijote —dividida en cuatro partes— y la tercera, en la segunda. La primera salida tiene lugar en solitario tras el enloquecimiento del protagonista por la lectura de los libros de caballerías; una vez es cogido su nombre de caballero (Don Quijote de la Mancha), el de su caballo (Rocinante) y el de su dama (Dulcinea del Toboso, para nombrar a Aldonza Lorenzo, una moza labradora “de muy buen parecer”), tiene lugar en una venta la grotesca ceremonia de armarle caballero; en su primera acción de armas, tras su apaleamiento por unos mercaderes toledanos, un labrador vecino suyo, Pedro Alonso, lo socorre y lo devuelve a casa, donde el cura y el barbero proceden al escrutinio de la biblioteca. En la segunda salida, a partir del capítulo séptimo, ya se hace acompañar por Sancho Panza, otro labrador vecino suyo que decide ser su escudero animado por la promesa de ganancias y el gobierno de una “ínsula”. Tras un largo periplo por diferentes lugares en que se suceden algunos de los episodios más célebres de la obra, al final de la primera parte de la novela, Cervantes afirma que no ha podido encontrar más noticias sobre don Quijote, pero que en La Mancha es fama que salió de su aldea una tercera vez y fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas. Solamente, en cierta caja de plomo, hallada en los escombros de una ermita, encontró unos versos escritos por “Los Académicos de la Argamasilla, lugar de la Mancha”, en elogio de don Quijote, Dulcinea, Rocinante y Sancho. A lo largo de esta primera parte, tanto don Quijote como Sancho Panza quedan perfectamente perfilados, al tiempo que van evolucionando. A Sancho Panza, por ejemplo, se le va pegando el ingenio de don Quijote e incluso llegará a contagiarse de su locura, mientras que hay momentos, sobre todo en la segunda parte, en que don Quijote invierte su idealismo inicial. Con la inmortal pareja aparece el constante y sabroso diálogo; gracias a este diálogo, se entra a fondo en el alma de don Quijote, y su departir con Sancho será un eficaz contraste entre el sueño caballeresco y la realidad tangible, la locura idealizadora y la sensatez elemental, la cultura y la rusticidad y también la ingenuidad y la cazurra picardía. La figura física de ambos se presta también al contraste: don Quijote, seco y delgado, montado en su escuálido caballo, y Sancho, gordo y chaparro, siempre acompañado de su asno.
     Nada más publicarse, el Quijote constituyó un fulgurante y rapidísimo éxito, como lo prueba el hecho de que en los brillantes festejos celebrados en Valladolid el 10 de junio de 1605 con motivo del nacimiento del príncipe don Felipe (el futuro Felipe IV), en los entremeses figuraban caballeros disfrazados de don Quijote y Sancho. Sin embargo, ese mismo año de la publicación de la primera parte de su obra maestra, una nueva desgracia cae sobre Cervantes. La noche del 27 de junio de 1605, es herido mortalmente por un desconocido, ante la puerta de la casa del escritor, el caballero navarro Gaspar de Ezpeleta, que en las referidas fiestas fue derribado del caballo en una corrida de toros, incidente que suscitó una poesía satírica de Góngora. El propio Cervantes —que se levantó de la cama al oír los gritos de “¡Ah, ladrón, que me has muerto! ¿No habrá quien socorra a un caballero que viene herido?”— acudió a auxiliarle, y lo atendieron en su casa con solicitud hasta que murió, dos días después. Entonces, un arbitrario juez, para favorecer a un escribano que tenía motivos para odiar a Ezpeleta y que quería desviar de sí toda sospecha, ordena la detención de todos los vecinos de la casa donde había sido acogido, entre ellos Cervantes y parte de su familia. El encarcelamiento debió de durar sólo un día; pero en las declaraciones del proceso sobre el caso se manifiesta la opinión que se tenía de la familia del escritor. Los testigos declararon que en aquella casa “viven algunas mujeres que en sus casas admiten visitas de caballeros y de otras personas de día y de noche”, y, con referencia explícita a la de Cervantes, “que entran de noche y de día algunos caballeros [...] de que en ello hay escándalo y murmuración, y especialmente entra un Simón Méndez, portugués, que es público y notorio que está amancebado con doña Isabel, hija del dicho Miguel de Cervantes”. Por las declaraciones de este proceso se sabe también que a las mujeres que vivían con el escritor se las llamaba despectivamente “las Cervantas”.
     En 1606, la Corte se trasladaba de Valladolid a Madrid. Cervantes la siguió con su familia; y allí cambió varias veces de residencia hasta establecerse definitivamente en la calle del León. A poco —a fines de 1608—, se casó su hija Isabel con Diego Sanz del Águila, de quien tuvo una hija, llamada también Isabel, pero pronto enviudó y contrajo nuevo matrimonio con un hombre de negocios llamado Luis de Molina. En 1609 y 1611 murieron sus hermanas Andrea y Magdalena —quien pasó sus últimos años llevando una vida casi monjil— y la familia de Cervantes quedó reducida a su esposa y a su sobrina Constanza de Ovando. En junio de 1610 pretendió acompañar al conde de Lemos, que había hecho escala en Barcelona, a Nápoles, donde iba con el cargo de virrey y con una lucida corte de escritores, pero sus aspiraciones quedaron frustradas. No le fue posible entrevistarse con él y su secretario, Lupercio Leonardo de Argensola, le hizo vagas promesas de una posterior llamada a la Corte napolitana. Cervantes residió en Barcelona, pues, probablemente de junio a septiembre de 1610.
     En su vejez, la producción literaria de Cervantes, se divulga con asiduidad. Desde que en 1585 había publicado La Galatea no había aparecido ningún libro suyo hasta veinte años después, cuando se imprimió la primera parte del Quijote. El éxito de este libro movió a Cervantes a publicar otros y a los editores a imprimirlos. En 1613 aparecen las Novelas ejemplares; en 1614, el Viaje del Parnaso; en 1615, la segunda parte del Quijote y las Comedias y entremeses; y en 1617, póstumamente, el Persiles y Sigismunda. O sea, que la gran época de aparición de las obras de Cervantes, prescindiendo de la primera parte del Quijote, corresponde a la etapa que va de los sesenta y seis a los sesenta y ocho años del escritor.
     En esos años, Cervantes frecuenta la vida literaria madrileña y consta que asistía a las reuniones de la Academia del conde de Saldaña, pues Lope de Vega, en una carta de marzo de 1612, escribe, refiriéndose a esta agrupación: “Las academias están furiosas; en la pasada se tiraron los bonetes dos licenciados; yo leí unos versos con antojos de Cervantes que parecían huevos estrellados mal hechos”. Por esta indicación, se sabe que Cervantes, en los últimos tiempos de su vida, por lo menos, usó anteojos, lo que está en contradicción con sus presuntos retratos.
     El tomo titulado Novelas ejemplares es, después del Quijote, el libro de Cervantes de interés más permanente. Tras el prólogo y la dedicatoria, se publican las siguientes novelas: La Gitanilla, El amante liberal, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. El casamiento engañoso constituye la introducción de El coloquio de los perros, al paso que las demás novelas son independientes entre sí. Las novelas Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño se han transmitido, independientemente de la edición de 1613, en un manuscrito (llamado de Porras de la Cámara) que ofrece notables variantes de redacción respecto al texto impreso y en el que figura otra novela, titulada La tía fingida, que una parte de la crítica se inclinó a atribuir a Cervantes, lo que detallados estudios sobre las características gramaticales de su prosa hacen infundado.
   Hay que advertir que con la palabra “novela”, Cervantes traducía la italiana novella, que significa narración breve imaginada, y que jamás se le ocurrió dar el nombre de novelas a sus narraciones largas, como La Galatea, el Quijote o el Persiles y Sigismunda. Cervantes tenía el convencimiento de haber introducido un nuevo género, pues en el prólogo afirmó: “Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana”, ya que las anteriores novelas que habían aparecido en España eran traducciones del italiano. De hecho, algunas de las Novelas ejemplares son de tipo italiano.
     Por su parte, El Viaje del Parnaso es un poema en tercetos inspirado, como el mismo Cervantes confiesa, en cierto Viaggio in Parnaso del escritor italiano Cesare Caporale, aunque en el desarrollo del tema, ambas obras difieren bastante. El poema de Cervantes, que dista mucho de tener un valor literario intrínseco, es interesante por la información y juicios que da sobre escritores de la época y los datos personales que brinda. Su apéndice en prosa, titulado “Adjunta al Parnaso”, tiene tal vez mayor interés, porque Cervantes habla de sus obras literarias, algunas de ellas perdidas, y se defiende contra ciertas críticas de que fue objeto el Quijote.
     En el Viaje del Parnaso hace Cervantes una afirmación cuyo alcance tal vez se ha desmesurado: “Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”. Aunque Cervantes ha escrito estos versos en tono humorístico, no deja de haber en ellos cierta amargura de quien, sabiéndose un gran prosista, comprende que no puede compararse con los grandes poetas de su tiempo. Ya se ha visto que inició su carrera literaria con poesías de circunstancias; también tendrán este carácter su elegía en tercetos al cardenal Espinosa y varios sonetos y composiciones breves suyas que aparecerán en los preliminares de libros ajenos, en elogio de sus autores (como en el Romancero y el Jardín espiritual de Pedro Padilla, en La Austríada de Juan Rufo, en el Cancionero de López Maldonado, en la Tercera parte de las rimas de Lope de Vega y hasta en un libro tan insospechado como es el Tratado de todas las enfermedades de los riñones del médico Francisco Díaz).
     En un manuscrito de principios del siglo XVII, se conservan dos canciones sobre la Armada Invencible, que una mano distinta y más moderna que la del copista ha atribuido a Cervantes. Es posible que estas dos canciones, de solemne empaque y que recuerdan a la de Herrera sobre la victoria de Lepanto, sean de nuestro escritor. Más suspecto es el caso de la famosa Epístola a Mateo Vázquez, en tercetos y en la que en primera persona se narran la acción de Lepanto, la prisión de la galera Sol y el cautiverio. Esta epístola se publicó en una revista en el año 1863 como procedente de un manuscrito cuyo paradero se ignora, lo que suscita fundadas dudas respecto a su autenticidad, sobre todo si se tiene en cuenta que se dio a conocer en los tiempos en que se polemizaba sobre el fraude cervantino llamado El Buscapié.
     La poesía grave de Cervantes hay que buscarla principalmente en las composiciones intercaladas en La Galatea y en algunas del Quijote, como la “Canción de Crisóstomo”. En esta dirección, nuestro escritor aparece como un poeta discreto que, entre versos anodinos y poco personales, tiene momentos de evidente belleza y gran decoro. Pero hay tantos poetas españoles buenos en el paso del siglo XVI al XVII que Cervantes se empequeñece en cuanto se lo compara con los grandes líricos de su tiempo. Destacan, no obstante, los sonetos “¿Quién dejará del verde prado umbroso?” (inserto en La Galatea) y “Mar sesgo, viento largo, estrella clara” (en el Persiles).
     Mayor es la dimensión de Cervantes como poeta si se repara en algunas de sus composiciones de tipo tradicional o en las burlescas. Intercaladas en algunas de sus Novelas ejemplares y en su teatro aparecen de vez en cuando cancioncillas en las que ha sabido reproducir con verdadero acierto la gracia de lo popular. En Pedro de Urdemalas, en La Gitanilla, Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño y La ilustre fregona se insertan romances y canciones de verdadera calidad y desenvuelta gracia.
     Las poesías burlescas de Cervantes son siempre muy personales y divertidas, y no raramente su gracia estriba en la ingeniosa repetición de rimas de asonancia grotesca o cómica. Uno de sus mayores aciertos, en este sentido, es la canción que cantan el sacristán y el barbero al final del entremés La cueva de Salamanca, en la que la asonancia en-anca hace aparecer conceptos graciosamente disparatados. En el Viaje del Parnaso se muestra satisfecho de una de sus poesías burlescas: “Yo el soneto compuse que así empieza, / por honra principal de mis escritos: / ‘Voto a Dios, que me espanta esta grandeza’”. Se trata, en efecto, de uno de los sonetos más conocidos de nuestra literatura clásica, y que fue tan celebrado que circulaba en numerosas copias manuscritas. Lo escribió con motivo del suntuoso túmulo que se hizo en Sevilla en 1598 para celebrar las honras fúnebres de Felipe II, y pinta, en términos achulados y desgarrados, la admiración que ello produjo a un soldado y a un valentón.
     En 1615 se publicó la segunda y última parte del Quijote, dedicada al conde de Lemos, con el título de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Un año antes había aparecido un libro con pie de imprenta de Felipe Roberto, de Tarragona, con el título de Segundo Tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, cuyo autor, como el propio Cervantes dirá en 1615, encubrió su nombre y fingió su patria, con lo que revela que ni se llamaba Alonso Fernández de Avellaneda ni era natural de Tordesillas. Debido al Quijote de Avellaneda, Cervantes, en la segunda parte de la obra, cambió la ruta de su protagonista, que había anunciado que iba a Zaragoza, y de la segunda parte apócrifa tomó el personaje de don Álvaro Tarfe, precisamente para desmentir su fábula. De todos modos, gracias al Quijote de Avellaneda, Cervantes se apresuró a continuar la redacción de su obra, que apareció cinco meses antes de su muerte. Al final de su tercera salida, don Quijote es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna (en realidad, el bachiller Sansón Carrasco) en Barcelona. Tras una convalecencia en cama, debilitado por el vencimiento, don Quijote regresa a casa. Mientras el escudero trata de alentar el ánimo abatido de su amo hablándole de trances de libros de caballerías y de nuevas aventuras, don Quijote planea entregarse a la vida pastoril. Melancólico y apesadumbrado por su derrota, y esperando vanamente el desencanto de Dulcinea, cae enfermo. Tras seis días de calentura, al final muere diciendo haber recuperado la cordura y Cide Hamete Benengeli se despide de su pluma con nuevas pullas a Avellaneda, y acaba la novela con las siguientes palabras: “No ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna”.
     Cuando Cervantes acaba la segunda parte de la novela, tiene ya sesenta y ocho años, está en la miseria, ha padecido —como se ha visto— desdichas de toda suerte en la guerra, en el cautiverio, en su propio hogar, y ha recibido humillaciones y burlas en el cruel ambiente literario; a pesar de todo ello, su buen humor y su agudo donaire inundan el Quijote, aunque sólo sea externamente y aunque tales bromas encubran amargas verdades y reales desengaños. Lo cierto es que la adversidad no había agostado su buen humor ni amargado su espíritu.
     El Quijote es una novela satírica y burlesca, y como tal fue recibida por los contemporáneos de Cervantes. El autor parodia los absurdos y las peregrinas fantasías de los libros de caballerías; Cervantes ataca, pues, un género literario determinado; lo que Cervantes se propone es desacreditar la caricatura del heroísmo que aparece en las degeneraciones de la novela caballeresca medieval y evitar la confusión entre el héroe de veras y el héroe fabuloso; frente al caballero “literario”, Cervantes opone el caballero real. Lo importante y decisivo del Quijote es que, siendo una novela que se propone satirizar una moda literaria española de su época, que actualmente no significa casi nada para nosotros, tenga una validez perenne y constante no tan sólo en España sino en todo el mundo. Lo que pudo ser un libro de mera crítica literaria de circunstancias adquirió, gracias al genio y al arte perfectamente conscientes de Cervantes, una categoría superior, un sentido permanente y una trascendencia universal.
     También en 1615 publicó Cervantes un tomo titulado Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados. El éxito del Quijote permitía a nuestro escritor dar al público estas obras dramáticas que había compuesto en diferentes épocas de su vida literaria. Las comedias son: El gallardo español, La casa de los celos, Los baños de Argel, El rufián dichoso, La gran sultana doña Catalina de Oviedo, El laberinto de amor, La entretenida y Pedro de Urdemalas. Los entremeses, por su parte, se titulan: El juez de los divorcios, El rufián viudo llamado Trampagos, La elección de los alcaldes de Daganzo, La guarda cuidadosa, El vizcaíno fingido, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso. La producción de Cervantes como autor teatral tuvo una primera etapa, aproximadamente entre los años 1582 y 1587, que se define dentro del amplio panorama de la escena española por su carácter de transición. Entonces estrenó varias obras “con general y gustoso aplauso de los oyentes”, según él mismo afirma, e intentó dar más lógica y racional estructura a la tragedia de tipo clásico, allegándose al estilo de Juan de la Cueva, Cristóbal de Virués y Lupercio Leonardo de Argensola. Estos intentos de teatro de empaque, que hubieran podido conducir a una tragedia similar a la neoclásica francesa, se derrumbaron ante el ímpetu de Lope de Vega, que introdujo en la escena española una nueva fórmula que fue de general agrado y que se aceptó sin reservas. El mismo Cervantes da fe de este hecho al escribir, no sin cierta melancolía en el prólogo de Comedias y entremeses: “Dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica”.
     De la primera época del teatro cervantino solamente se conservan dos obras (que no se incluyeron en el tomo de 1615): El trato de Argel, que ofrece impresionantes datos del cautiverio, y El cerco de Numancia, hábil síntesis de los datos que sobre este heroico hecho han conservado los historiadores clásicos, leyendas de carácter tradicional (como es la escena final, en la cual el último superviviente de la ciudad, un muchacho, se suicida tirándose desde una torre cuando entran los romanos) y abstracciones o figuras morales (España, el Duero, la Guerra, la Fama). Ello da a la tragedia una real intensidad y un gran valor emotivo y patriótico (es de notar que, dos siglos más tarde, su representación enardeció el espíritu de los sitiados en Zaragoza por lo ejércitos de Napoleón).
     El mayor de los aciertos del teatro cervantino se halla, sin duda, en sus ocho entremeses, breves cuadros de vida española, con trama tenue y poco consistente, pero de variada matización en cuanto a los personajes, su habla y su viveza. Todo un mundillo de tramposos, vividores, sablistas, casadas casquivanas, criadas enredosas y maridos estúpidos desfila en estas ocho piezas en las que Cervantes perfecciona el estilo de los pasos de Lope de Rueda, por quien sentía gran admiración.
     Se atribuyen a Cervantes algunos entremeses que no se publicaron en el tomo aparecido en 1615, y entre ellos los que tienen más posibilidades de haber sido escritos por él son los titulados Los habladores y El hospital de los podridos.
     La religiosidad de Cervantes se manifiesta, además de en sus escritos y en cierta documentación, en su profesión en cofradías y congregaciones. En 1609 pertenecía a la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento del Olivar, en la que eran cofrades otros escritores como Lope de Vega, Quevedo, Espinel, Salas Barbadillo. Pertenecía también, junto a su mujer y a sus hermanas, a la Venerable Orden Tercera de San Francisco, en la que profesó ya gravemente enfermo diecinueve días antes de morir.
     El 19 de abril de 1616 firmó Cervantes la dedicatoria al conde de Lemos de su obra Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en que afirma haber recibido el día anterior la extremaunción cuando —como dice— “el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir [...]. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos”. En esa misma página incluye los versos: “Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, / gran señor, ésta os escribo”. El 22 (no el 23) de abril de 1616 murió Miguel de Cervantes en Madrid, en su casa de la calle del León, esquina a la de Francos, seguramente atendido por su esposa y por su sobrina Constanza de Ovando.
     Debido a su pobreza, la Venerable Orden Tercera se encargó del sepelio de Cervantes, cuyo cadáver, con la cara descubierta y vestido del sayal franciscano, fue sepultado en el convento de las Trinitarias Descalzas de la calle de Cantarranas (hoy Lope de Vega), donde sin duda reposan todavía sus restos, sin que haya posibilidad de identificarlos.
     Los trabajos de Persiles y Sigismunda se publicó en 1617 con privilegio a favor de la viuda de Cervantes, Catalina de Salazar.
     Cervantes afirma en el prólogo de sus Novelas ejemplares (1613) que Juan de Jáuregui, conocido pintor y poeta, había pintado su retrato. La Real Academia Española posee un discutido retrato de un hombre con golilla, en cuya parte superior se lee “D. Miguel de Ceruantes Saauedra” y en la inferior “Iuan de Iaurigui pinxit año 1600”, sobre cuya autenticidad se han emitido fundadas dudas. En la colección del marqués de Casa Torres existe el retrato de otro hombre, también con golilla, que se ha supuesto que es el que pintó Juan de Jáuregui, porque corresponde con la descripción que de éste da Cervantes en el prólogo aludido (Martín de Riquer Morera, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor el Día de la Lengua Española;
     La ONU también habla con Ñ
     El 23 de abril se celebra el "Día de la lengua española" en las Naciones Unidas para concienciar al personal de la Organización, y al mundo en general, acerca de la historia, la cultura y el uso del español como idioma oficial.
     La elección del día atiende al aniversario de la muerte del gran genio de las letras españolas, Miguel de Cervantes. Casualmente, la fecha de su fallecimiento coincide con la del más prestigioso dramaturgo inglés, William Shakespeare. De ahí que ambas lenguas compartan el día.
Creciente interés de los hispanohablantes por las Naciones Unidas
     Las Naciones Unidas siempre han buscado maneras creativas de promover los idiomas oficiales en todas las esferas de su labor, entre las que por supuesto no podría faltar el español.
     La Secretaría utiliza medios formales e informales para llegar tanto al público mundial como a su personal. Desde los servicios de interpretación y traducción, pasando por los programas de lenguas y comunicación para sus empleados o los servicios de comunicación externa multilingües (web, noticias y redes sociales).
     En el caso del español también se cuenta con otra herramienta extraordinaria: el Grupo de Amigos del Español, un equipo fundado en 2013 por los 20 Estados miembros de habla hispana para coordinar y realizar actividades dirigidas a promocionar el uso y la difusión del español en la labor de la ONU.
     Dicho grupo se creó por el creciente interés de los pueblos de habla hispana en la misión de las Naciones Unidas, lo cual ha venido impactando en las actividades de la Organización a través de mayores y sostenidas consultas, interacciones y demandas del público hispanoparlante de todo el planeta (Naciones Unidas).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el monumento a Cervantes, de Antonio Gavira, en Mairena del Alcor (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de Mairena del Alcor (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

martes, 2 de noviembre de 2021

La escultura "Cristo de la Paz", de Antonio Gavira Alba, en el Cementerio de San José, en Mairena del Alcor (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la escultura "Cristo de la Paz", de Antonio Gavira Alba, en el Cementerio de San José, en Mairena del Alcor (Sevilla).
   Hoy, 2 de noviembre, Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La Santa Madre Iglesia, después de su solicitud en celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado y asociados a los ciudadanos celestes, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y qué mejor día que hoya para ExplicArte la escultura "Cristo de la Paz", de Antonio Gavira Alba, en el Cementerio de San José, en Mairena del Alcor (Sevilla)
   El Cristo de la Paz, se encuentra en el Cementerio de San José, en la calle Julián de Galo, 1; en Mairena del Alcor (Sevilla).
   El Cristo de la Paz es obra de Antonio Gavira Alba.
   Se inauguró en el 2.008 coincidiendo con el día de todos los santos. Es una copia con ligeras modificaciones de una talla en caoba de 1.962 del mismo artista. Se encuentra en el cementerio de San José de Mairena del Alcor. Desde que su madre murió él le había hecho la promesa de modelarle un cristo crucificado para todos los que descansan en este campo santo.
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Crucifixión
¿Por qué Jesús fue condenado a la crucifixión?
   Si sólo hubiese sido justiciable para sus correligionarios, como blasfemo debió sufrir el suplicio específicamente judío de la lapidación, el que padeció el protomártir san Esteban. Ciudadano romano, como san Pablo, habría sido condenado a la decapitación por hacha o espada. Pero al no ser ni una ni otra cosa, se le infligió el suplicio que correspondía a los esclavos fugitivos o en rebelión contra su amo (supplicium servite): la crucifixión.
   Este suplicio espantoso era esencialmente romano, pero de origen persa. Habría sido inventado para que el condenado no ensuciara la tierra, consagrada a Ormuz y por ello, sacrosanta.
La historicidad de la crucifixión
   La Crucifixión de Jesús sobre la colina del Gólgota es el hecho mejor probado de su vida; según los historiadores que se apoyan en el texto de Tácito (Anales, XV) hasta sería el único acontecimiento probado. «Nada en los relatos evangélicos, escribía Alfred Loisy -tiene consistencia de hecho, salvo la crucifixión de Jesús por sentencia de Poncio Pilato en virtud  de una causa  de agitación mesiánica.»
   No obstante, ese hecho fundamental que constituye la base del cristianismo también ha sido cuestionado. Ninguno de los textos citados constituye una prueba histórica incontrovertible, los mitologistas han tomado argumentos de ellos para emitir la hipótesis de que en ese caso, como en muchos otros, los evangelistas simplemente habían puesto en escena profecías mesiánicas cuya consumación les interesaba mostrar.
   Las fuentes de la Crucifixión de Jesús serían los Salmos 22 y 69.
   En el primero, el reparto de las vestiduras y la perforación de manos y pies están claramente anunciados:
          «¡Dios mío, Dios mio! ¿Por qué me has abandonado? 
          ( ...) me cerca una turba de malvados;
          han taladrado mis manos y mis pies ( ...)
          Se han repartido mis vestidos
          y echan suertes sobre mi túnica.»
   En cuanto a la hiel y al vinagre que bebe Cristo en la cruz, parecen tomados del Salmo 69.
          "(...) esperé que alguien se compadeciese, y no hubo nadie; 
          (...) Dierónme hiel en la comida
          Y en mi sed me abrevaron con vinagre."
   Según esta interpretación, la Crucifixión no sería más que una ficción destinada a dar la razón a las profecías de la Biblia, puesto que todas ellas debían consumarse.
   En la tragedia de la Muerte de Cristo deben distinguirse tres actos: Cristo con la Cruz a cuestas, Cristo esperando la muerte, y la Crucifixión en el Calvario.
La Crucifixión
   Es necesario distinguir dos fases:
   1. Jesús está clavado en la cruz.
   2. Jesús muere en la cruz.
   Sería conveniente dar a la primera operación el nombre de Crucificamiento y a la segunda, que es un estado y no una acción, el nombre de Crucifixión; pero en el lenguaje usual no se ha hecho esta distinción.
2. Jesús muere en la Cruz
   La imagen de Cristo en la cruz se impone al pensamiento de todo cristiano no sólo como la figura del sacrificio del Dios Redentor, sino como el emblema y la garantía de su propia salvación. Es el tema central de la iconografía cristiana, cuyo lugar tradicional es el eje del coro de las iglesias, el centro del trascoro o la vidriera axial del presbiterio.
   Para analizar los elementos de este tema tan complejo, estudiaremos en principio a Cristo crucificado cuya representación ha variado mucho a través de los siglos, reflejando al mismo tiempo la evolución de las doctrinas teológicas y el sentimiento religioso -la representación simbólica o pictórica que lo acompaña- y finalmente la leyenda de la Vera Cruz antes y después de Cristo.
A) Cristo en la cruz
   Si se quiere resumir en pocas palabras la evolución de este tema esencial del cristianismo, puede decirse que durante los primeros siglos cristianos, la Crucifixión fue eludida o evocada indirectamente mediante símbolos. Cristo aparece en la cruz con forma humana, sólo en el siglo VI. Hasta mediados del siglo XI, Cristo en la cruz está representado vivo, con los ojos abiertos. A partir de esta época se osó representarlo muerto, con los ojos cerrados. 
    Por lo tanto, deben diferenciarse tres fases en la iconografía de Cristo crucificado, que se han empleado sucesivamente: mediante símbolos, vivo en la cruz, y finalmente, muerto.
1. El cordero simbólico
   A los artistas paleocristianos les repugnaba poner ante los ojos de los fieles la muerte ignominiosa del Mesías, clavado en la cruz entre dos delincuentes rebeldes como si fuese un esclavo. Esta imagen fue erradicada al mismo tiempo por el arte de las catacumbas, que se inspira sólo en la esperanza de la salvación eterna, y por el arte triunfal de la época de Constantino, que sólo apunta a glorificar a Jesucristo.
   En los frescos de las catacumbas, el sacrificio de Cristo siempre está simbolizado mediante el tema pastoral del Cordero místico. Cuando se acabó la era de las persecuciones y el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio, Constantino y Helena levantaron sobre la colina del Gólgota una gran cruz gemmada cuyo reflejo nos deslumbra en Roma, en el mosaico del ábside de Santa Pudenciana. Esa cruz, que simboliza la Crucifixión, es una crux nuda, desprovista de la imagen de Jesús.
   El arte paleocristiano se atrevió, cuando más, a inscribir en la intersección del asta con los brazos de la cruz, un tondo con la imagen de Cristo (Salterio Barberini). Todavía en el siglo VI, en los mosaicos de San Apolinar il Nuovo, en Rávena, el ciclo de la Pasión se detiene claramente en Cristo con la Cruz a cuestas.
   A falta de una imagen cristiana de Cristo crucificado se ha creído reconocer su caricatura pagana en un dibujo hecho a mano, que representa un Crucificado con cabeza de asno, descubierto en 1856 por Garrucci, en un muro del palacio imperial del Palatino. La existencia de esta caricatura autorizaría, lógicamente, a suponer la existencia de representaciones análogas en el arte cristiano.
   Sin embargo, no es seguro que el autor del garabato haya querido ridiculizar a Cristo. Ciertos arqueólogos se preguntan si no se trataría más bien del dios egipcio Set -que los griegos llamaron Typhon- adoptado por la secta gnóstica de los setianos, divinidad que, justamente, estaba dotada de una cabeza de asno. En tal caso habría que erradicar ese célebre graffito de la iconografía cristiana. Pero por ingeniosa que sea esta hipótesis, debe admitirse que si bien explica la cabeza de asno, no da cuenta de la presencia de la cruz.
2. El crucificado vivo y triunfal
   A partir del siglo V el suplicio de la cruz perdió su carácter infamante y se corrió el riesgo de representar a Cristo clavado en el patibulum entre los dos ladrones.
   Las obras que representan la Crucifixión se volvieron de golpe muy numerosas. Las más conocidas, algunas de las cuales están fechadas con precisión, son una placa de marfil que se encuentra en el Museo Británico, el bajorrelieve de madera de la puerta de Santa Sabina, en el Aventino, una miniatura del Evangeliario sirio de Rabbulos (586), una ampolla palestina del tesoro de Monza y un fresco del siglo VIII de la iglesia romana de Santa María la Antigua, al pie del Palatino.
   Además de las realizaciones que han perdurado hasta hoy, hay otras señaladas por los textos. Gregorio de Tours informa hacia 590 (In Gloria Martyrum) que una pintura que representaba a Cristo en la cruz existía en su tiempo en la iglesia Saint Gènes, de Narbona, y que su desnudez escandalizó.
   Esas primeras Crucifixiones pertenecen a dos tipos muy diferentes.
   En Santa Sabina de Roma, Cristo está representado en actitud de orante, sus pies no están clavados y se apoyan en el suelo, está representado igual que en el marfil del Museo Británico, desnudo, apenas cubierto con un estrecho ceñidor. Ese tipo perduraría en las miniaturas carolingias, donde la desnudez de Cristo imberbe y juvenil sólo está velada por un ceñidor.
   Por el contrario, en las Crucifixiones del tipo sirio, que son las más numerosas. Cristo siempre está vestido con una larga túnica sin mangas llamada colobium. El ejemplo más antiguo es la famosa miniatura del Evangelio sirio de Rabbulos, donde se ven aparecer por primera vez los elementos simbólicos y realistas de todas las Crucifixiones posteriores: el Sol y la Luna, el Lancero, el Portaesponja,  los soldados echando a suertes la túnica sin costuras. En ese modelo se inspira el fresco de la iglesia románica de San Maria la Antica, que en el siglo VII estaba a cargo de monjes sirios. Este tipo de Cristo barbudo y con faldas se popularizaría en Occidente a causa de la Santa Faz (Volto Santo) de Lucca.
   ¿Por qué la Crucifixión realista reemplazó al símbolo del Cordero a partir del siglo VI? La única explicación válida para ese cambio de fundamental importancia es el triunfo de las nuevas doctrinas teológicas elaboradas en Bizancio para luchar contra las herejías.
   El docetismo monofisita, que absorbía la naturaleza humana de Cristo en su naturaleza divina, sólo adjudicaba a sus sufrimientos en la cruz un valor simbólico. Para refutar esta herejía mediante la parábola y la imagen, la Iglesia se vio obligada a insistir en el dogma de la Encarnación: recordó a los fieles engañados por el docetismo que los sufrimientos del Redentor no fueron vana  apariencia, que él fue realmente clavado en la cruz, en carne y hueso, en la forma humana en la que se había encarnado.
   Por ello el concilio de Trullo o Quinisexto,  que se realizó en Constantinopla en 692, recomendó a los artistas que en adelante representaran a Cristo no con el símbolo del Cordero, sino «con su forma humana». Así, no hacían más que confirmar una transformación de la iconografía operada desde hacía un siglo.
3. Cristo muerto
   Todas estas representaciones de Cristo en la cruz, sean cuales fueren las diferencias de detalles entre los tipos griegos y orientales, tuvieron durante mucho tiempo un rasgo común de fundamental importancia.  Sea juvenil  o barbudo, desnudo o vestido, Cristo siempre está representado vivo en la cruz, con los ojos bien abiertos. Pero no sólo está vivo, sino triunfal: en vez de la corona de espinas, lleva en la frente una diadema real. Con la cabeza erguida, el pecho recto, los brazos extendidos horizontalmente, se yergue sobre el madero de la infamia con la misma majestad que sobre un trono.
   A partir del siglo XI se comenzó a representar a Cristo muerto. Sus ojos se cierran, su cabeza cae sobre el hombro derecho, su cuerpo se desploma y flexiona: ya no es más que el cadáver de un hombre muerto en el suplicio que ha perdido toda majestad real y que sólo inspira compasión.
    ¿Cómo explicar esta extraordinaria revolución iconográfica? Se ha intentado hacerlo mediante consideraciones estéticas, por el empuje de una moda naturalista.
   Según Dom Hesbert, esta innovación procedería de una interpolación del Evangelio de San Mateo, que sustituyó al relato del Evangelio de san Juan.
   Si se osó representar a Cristo muerto, fue porque los teólogos enseñaban que su muerte se debió no a un proceso orgánico sino a un acto de su voluntad divina.
   Tal es lo que implica el rito griego del zeon, es decir, la comunión térmica con el vino calentado por agua caliente (zeon udor), símbolos de la sangre y del agua que brotaron calientes del costado de Cristo. Este rito está vinculado con la creencia en la incorruptibilidad del cuerpo de Jesús.
   Por ello, Teodoro Balsamón, patriarca de Antioquía, condenó como una herejía el rito de la Iglesia romana que emplea vino no calentado en el sacramento de la comunión, puesto que para él, ello equivale a creer que la divinidad ha abandonado el cuerpo de Cristo después de su muerte, de manera que el cadáver del Hombre Dios no se diferenciaría en nada de los cadáveres de los ladrones.
   Así, Cristo muerto conserva en su cuerpo incorruptible el calor de la vida, y el arte bizantino lo representaría a partir de entonces de acuerdo con esta doctrina teológica. El arte de Occidente sólo habría imitado a aquél.
   Esta tesis seductora, a decir verdad, promueve ciertas objeciones.
   ¿Por qué el rito del zeon, introducido en la liturgia de Constantinopla a partir del siglo VI no habría producido efectos en la iconografía de la Crucifixión hasta el siglo XI?
   Por otra parte, ¿cómo explicar la aparición simultánea en el arte de Occidente del tipo de Cristo muerto con los ojos cerrados? Italia lo adoptó en el siglo XIII, pero apareció mucho antes en Renania y en el norte de Francia. Se lo encuentra a partir del siglo XI en una miniatura del Sacramentario de San Gereón de Colonia, en el siglo XII en una vidriera de Chartres, en los misales de la abadía de Anchin (Biblioteca de Douai), de Saint Corneille de Compiegne (B.N., París) ¿Se dirá que esas miniaturas y esas vidrieras se inspiran en la teología y la liturgia bizantinas, formalmente condenadas por la Iglesia de Roma como una doctrina perniciosa, y una diabólica suggestio? ¿No resulta más verosímil atribuir el cambio a una transformación profunda de la sensibilidad cristiana cuyos inicios son éstos, y que se acentuaría a finales de la Edad Media?
   El misticismo sentimental que se desarrollará a partir del siglo XIII por la influencia de san Francisco de Asís, las Meditaciones del Pseudo Buenaventura y las Revelaciones de santa Brígida, revela, por otra parte, un espíritu muy diferente al de la teología bizantina. Ya no se trata de glorificar a Cristo manteniéndolo vivo en la muerte, sino de conmover  a los fieles con  el espectáculo  de sus padecimientos.
   Santa Brígida describe así a Jesús crucificado. «Estaba coronado de espinas. La sangre le corría por los ojos, orejas y barba; tenía las mandíbulas distendidas, la boca abierta, la lengua sanguinolenta. El vientre hundido le tocaba la espalda como si ya no tuviese intestinos.»
   El arte de la Edad Media representó a Cristo en la cruz con este aspecto lastimoso. E incluso superó en horror a la alucinante visión de santa Brígida. En su retablo del convento hospital de los antonitas de Isenheim, donde se atendía a los apestados y sifilíticos, el pintor alemán Mathis Nithart (Grünewald) no vaciló en presentar a los ojos de los enfermos un Cristo no sólo muerto sino ya pútrido. Lo muestra cubierto de heridas sangrantes y verdosas a causa de la descomposición, de un realismo tan desmedido que es un horror casi insostenible; todo lo contrario del dogma bizantino de la incorruptibilidad del cuerpo del Redentor.
   Después de haber mostrado la evolución del tipo de Cristo en la cruz, al principio simbolizado por el Cordero, después representado in natura, ya vivo, ya muerto o incluso presa de la descomposición,  nos queda por examinar de qué manera está vestido y fijado a la cruz.
   Ni por la ropa ni por el modo de fijación a la madera de la cruz el arte cristiano ha demostrado la menor preocupación por la verdad histórica.
   Los esclavos romanos condenados al suplicio de la cruz estaban completamente desnudos. Méliton dice de Jesús: Nudus erat in cruce. A pesar de esa tradición, siempre se ha representado a Cristo crucificado, vestido ya con una larga túnica sin mangas, ya con un ceñidor anudado alrededor de la cintura. El colobium sirio o el perizonium helénico también son, uno y otro, poco «históricos». Estas convenciones indumentarias sólo se justifican por un escrúpulo de decencia del cual pocos artistas se han atrevido a liberarse.
   Antes que el colobium sin mangas que vemos en el Evangelio sirio de Rabbulos, el fresco de Santa María la Antigua y la Santa Faz de Lucca, el arte de Occidente prefirió el perizonium, que a veces se transforma en tema decorativo. Por la influenciad de los grabados de Schongauer, los pintores alemanes de los siglos XV y XVI, Durero y Lucas Cranach por ejemplo, hacen tremolar al viento, como una oriflama , los extremos de ese «Lendenschurz», calificado con el nombre pictórico de "Herrgotts-röcklein", cuyas volutas se vuelven tan complicadas como las líneas de un párrafo caligráfico.
   Sólo con el Renacimiento la pasión del desnudo se impuso a las conveniencias. Miguel Ángel, en su Cristo de la Minerva y en su Juicio Final de la capilla Sixtina, Benvenuto Cellini en su Crucifix de marfil de El Escorial, que escandalizó no sin razón la púdica devoción del rey de España Felipe II, se atrevieron a suprimir el ceñidor tradicional y representar a Cristo completamente desvestido. Pero estos casos de neo paganismo son excepcionales en el arte cristiano.
   ¿Jesús fue crucificado con la cabeza desnuda o tocado con la corona de espinas? Acerca de este punto reina la misma incertidumbre. En las Crucifixiones triunfales de la alta Edad Media, lleva la corona real. En el siglo XVII, Rubens y Van Dyck lo representan ya coronado, ya sin corona.
   En cualquier caso, la cruz casi siempre está rematada por el titulus o inscripción trilingüe, a veces tan ancha que parece un segundo travesaño .
¿Cómo fue fijado a la cruz el cuerpo de Cristo?
   Sabemos que en el antigüedad romana, los crucificados estaban sentados a horcajadas sobre una clavija de madera (sedile), especie de «misericordia », mucho me­nos confortable que la ménsula que aliviaba la fatiga de los canónigos de pie en las sillas del coro; esta clavija pasaba entre los muslos y sostenía el peso del cuerpo, prolongando así el suplicio con el pretexto de hacerlo menos inhumano. En la iconografía cristiana, este banquillo es reemplazado por una tablilla colocada bajo los pies (suppedaneum). Para emplear la terminología alemana, el Sitzpflock se ha transformado en Fusspflock. También aquí, esta derogación de la historia se jutifica por el decoro.
Los clavos de las manos y los pies
   Aunque no se hable de clavos más que en el relato del Evangelio de Juan, donde se narra la aparición de Cristo resucitado a santo Tomás, es una tradición universalmente recibida que Jesús fue fijado a la cruz no mediante cuerdas, sino con clavos. No obstante, su número nunca fue establecido de manera invariable. En las obras de la alta Edad Media, el cuerpo de Cristo está fijado por cuatro clavos, a partir del siglo XIII, con tres clavos solamente, porque los dos pies están puestos uno sobre otro.
   A partir de la Contrarreforma ya no se observa regla alguna. El teólogo Molanus (Vermeulen), en su tratado de las Santas Imágenes que registra la teoría del concilio de Trento, deja a los artistas toda la libertad en este detalle. Guido Reni pintó un Cristo crucificado con tres clavos (iglesia de San Lorenzo in Lucina, Roma).
   Simon Vouet retornó al empleo de cuatro clavos (Museo de Lyon). En cuanto al escultor Montañés, que se inspira en las Revelaciones de santa Brígida, cruza los pies de Cristo uno sobre el otro perforándolos ilógicamente con dos clavos.
   Se ha querido saber si los dos clavos de las manos habían sido hundidos en las palmas o en los puños del crucificado. Los anatomistas han observado que el peso del cuerpo habría desgarrado inexorablemente los tejidos de las palmas, incapaces de soportar un esfuerzo de tracción tan grande, y que en consecuencia, los verdugos debieron hundir los clavos entre los huesos de la muñeca, más resistentes. Pero si, como es probable, el cuerpo suspendido estaba sostenido por una clavija insertada entre los muslos, la objeción cae. En todo caso, los artistas siempre han colocado las heridas de Cristo, al igual que los estigmas de san Francisco de Asís, en el medio de las palmas.
El Cristo de los brazos estrechos
   La actitud de Cristo suspendido de la cruz es muy variable: la posición de los brazos oscila entre la horizontal y la perpendicular.
   Cristo con los brazos ampliamente extendidos, significa que murió por todos los hombres, es el Cristo católico, al tiempo que el Crucificado con los brazos poco abiertos o estrechos, sería el jansenista, que reserva la gracia a unos pocos elegidos. Esta denominación es errónea, puesto que los brazos en posición perpendicular aparecen a finales de la Edad Media, mucho antes que Jansenio y su doctrina de la gracia, y suele encontrárselos en los pintores del siglo XVII auténticamente católicos y hasta vinculados con los jesuitas, tales como Rubens (Museo de Toulouse), Van Dyck y Le Brun.
Las diferentes formas de la cruz
   Los Evangelios no dicen nada preciso acerca de la forma de la cruz. La palabra griega stauros puede designar un simple poste y no implica, como la palabra latina crux, el cruzamiento de dos vigas. Según parece, originalmente se representó a Cristo fijado a un poste. Pero la tradición que asegura que Cristo tuvo las manos clavadas y los brazos extendidos sobre el madero, hizo prevalecer la forma de una cruz de travesaño, compuesta  de dos elementos ensamblados.
   Si este fue el tipo adoptado, ello también se debe a que la cruz ofrece a los fieles la imagen emblemática de un orante estilizado. Ella se convertía también en el símbolo de la oración.
   Ya sea muy baja o muy alta, la cruz ofrece en la iconografía cristiana numerosas variantes que se pueden reducir a tres tipos:
l. La cruz escuadrada.
2. La cruz verde o Árbol de vida (Lignum Vitae).
3. La cruz viva o braquial.
1. La cruz escuadrada
   Es el tipo más común, constituido por el ensamblaje de dos vigas escuadradas.
   Sus brazos (segmentos horizontales) pueden ser iguales o desiguales al pie y a la cabeza (segmentos verticales inferior y superior): en el primer caso se la llama cruz griega y en el segundo, cruz latina.
   a) Cruz griega. Entre las cruces de segmentos iguales, se distingue, de acuerdo con la forma de sus extremos, la cruz ansada (cruz ansata, Henkelkreuz), cuya ex­tremo superior termina en un pequeño anillo; la cruz gamada (crux gammata, Hakenkreuz), también designada con el nombre hindú de svástika, cuyos cuatro segmentos terminados en gancho se asemejan a la letra griega gamma.
   El origen de estas cruces es muy anterior al cristianismo. La cruz ansada es de origen egipcio. En cuanto a la gamada, puede encontrársela en épocas tan remotas que su primitivo significado resulta oscuro ¿Era un emblema solar o de fecundidad? Lo cierto es que se asemeja a un embrión estilizado y se ha comprobado que se aplicaba, en la alfarería antropomórfica o en los ídolos esculpidos, en el lugar de los órganos genitales. Sea como fuere, durante siglos estuvo reducida a la condición de simple ornamento, y sólo recuperó una vida temible en época reciente, al convertirse en el símbolo del nacionalismo racista de los alemanes, oponiéndose por ello a la cruz de Cristo.
   La cruz potenzada es una cruz griega cuyos extremos se acaban en caveto, seguido de un ángulo recto.
   La cruz de Malta tiene los extremos ensanchados. La cruz de san Andrés o de Borgoña tiene los travesaños cruzados en forma de X, por ello en latín se la denomina cruz desussata (de decem, "diez", escrito en cifra romana: X).
   b) Cruz latina. Se caracteriza por la desigualdad de sus segmentos, los verticales o asta son más largos que el travesaño horizontal, o brazos.
   También comporta numerosas variedades.
   La crux commissa o patibulata  (con forma de horca), que se llama cruz de San Antonio, adopta la forma de la letra griega tau.
   La crux immisa tiene un asta que sobrepasa el travesaño.
   La cruz patriarcal o cruz de Anjou, que se convirtió en la cruz de Lorena, se diferencia por tener doble travesaño. La Cruz papal tiene tres, igual que la tiara, es una triple corona. Esta multiplicación de los travesaños se explica por la adición a los brazos de la cruz del titulus inscripción y del suppedaneum que sirve de soporte a los pies de Cristo. Puede que se trate también de la superposición de los dos emblemas de la Salvación en el Antiguo y Nuevo Testamento: la tau y la cruz.
   La Cruz horquillada (Gabelkreuz) es excepcional.
   Estas cruces multiformes varían, además, por su ornamentación.
   La cruz triunfal cubierta de piedras preciosas que el emperador Constantino hizo erigir en Jerusalén y que se reproduce en el mosaico del ábside de la iglesia de Santa  Pudenciana, en Roma, se llama cruz gemmada  (Gemmenkreuz).
   En la época gótica se adornó la cruz de tau o potenzada, recortando sus extremos en forma de trébol o de flor de lis (trebolada y flordelisada).
2. La cruz verde o Árbol de Vida (Lignum vitae)
   Por la virtud vivificadora de la Santa Sangre, el árbol muerto al que Cristo fuera sujeto, vuelve a la vida. Una popular antífona comenzaba por O crux, viride lignum. Esta idea mística, popularizada por san Buenaventura en su Lignum Vitae, ha inspirado un cierto número de obras de arte.
   Una variante del Árbol de Vida es la cruz podada (Kreuz mit Aststümpfen), compuesta por dos troncos de árbol no descortezados, a los cuales simplemente se han quitado las ramas. Con frecuencia el travesaño se curva por el peso del cuerpo del crucificado (Crucifixión de Isenheim), igual que un arco sometido a la tensión de la cuerda, para sugerir así la idea de un cuerpo que será proyectado hacia el cielo como una  flecha que dispara  un arquero.
   Pero el arte simbólico prefiere a la cruz podada, la cruz arborescente, de la que parten ramas floridas. Con frecuencia esas ramas llevan los frutos místicos que corresponden a los acontecimientos de la vida de Cristo. Y a veces son discos (tondos) en los que están inscritos los nombres de las virtudes del Redentor, o bien grandes hostias de blancura deslumbrante con el sello de la imagen del Crucificado entre la Virgen y san Juan.
   Este árbol de la Redención (Albero della Redenzione) es el atributo habitual de San Buenaventura.
3. La cruz viva o braquial
   Se ha llegado aún más lejos en esta «animación» de la cruz del Redentor: no satisfechos con darle una vida vegetal, con transformar la madera muerta en un tallo arborescente, el arte simbólico la convirtió en una criatura humana. Además del Árbol de la Vida, se imaginó una cruz viva o braquial, cuyas ramas están reemplazadas por brazos.
   De los cuatro segmentos de la cruz se ven salir y moverse brazos humanos.
   El brazo superior, erguido en medio de la cabeza de Cristo, abre con una llave la puerta de la Jerusalén Celestial.
   El brazo inferior, bajo los pies de Cristo, hunde a martillazos la puerta de los Infiernos, detrás de la cual aparece Satán encadenado y los justos del Antiguo Testamento que esperan su liberación.
   El brazo lateral derecho sostiene una corona encima de la cabeza de la Iglesia, que recoge la sangre de Cristo en un cáliz. A veces está montada sobre un león y rodeada por los cuatro evangelistas: san Mateo, san Juan, san Lucas y san Marcos, cada uno con sus atributos.
   Finalmente, el brazo izquierdo está armado con una espada que hunde en el cuerpo de la Sinagoga ciega montada en un asno. La Sinagoga tiene los ojos vendados y lleva en la mano un estandarte con el asta partida, donde hay un escorpión pintado, símbolo de la perfidia de los judíos.
   A los pies de la cruz está el esqueleto de Adán extendido horizontalmente, como en la Crucifixión esculpida en el tímpano de la portada central de la catedral de Estrasburgo.
   El arte francés, italiano y alemán nos ofrece numerosos ejemplos de este curioso tema: una miniatura del Hortus Deliciarum, pinturas anónimas del Museo de Cluny, en París, del Museo de Beaune, de San Petronio de Bolonia y de la Pinacoteca de Ferrara, el tímpano esculpido de San Martín de Landshut (1432); un fresco en Insbruck (Tirol); un cuadro de Hans Fries, en Friburgo (Suiza), xilografías... A estos ejemplos se agrega un fresco ruso del siglo XVII, en la  iglesia de San Juan Bautista de Iaroslav, sobre el río Volga.
   El fresco de Iaroslav -escribe Paul Perdrizet, que lo comentó en 1923 en una revista alsaciana- es una representación «completamente única». Y agrega: «El brazo izquierdo de la cruz se termina en un brazo humano que detiene la Muerte y la desmonta en el momento en que sobre un caballo negro del Erebo (sic) se lanza contra el Crucificado.»
   Allí hay un doble error. Ese motivo está lejos de ser único, puesto que se pueden citar al menos una  decena de ejemplos anteriores en el arte de Occidente. Además, la interpretación que hace Perdrizet es pura fantasía. La Muerte que se precipitaría contra el Crucificado es simplemente la Sinagoga a la cual el brazo de Cristo parte el cráneo con un mandoble, y el «caballo negro del Erebo» que le sirve de montura es, más prosaicamente, un asno que encarna, al igual que el macho cabrío, uno de los símbolos tradicionales del judaísmo.
   Para convencerse de que ese es el significado de esta representación, basta observar que la figura que hace juego con la Sinagoga es la Iglesia, encima de la cual el otro brazo de la cruz braquial suspende una corona.
   Lo cierto es que el fresco de Iaroslav, que combina los temas del Árbol de vida y de la cruz viva no es una creación original. El pintor moscovita la ha calcado de un prototipo occidental. probablemente un grabado tomado de la Biblia holandesa de Piscator. Pero tuvo la precaución de rusificar el modelo introduciendo en el decorado una iglesia de cinco cúpulas bulbosas.
   Cualquiera sea el sentido de esta alegoría, debe admitirse que la cruz braquial es una monstruosidad estética cuya desaparición no lamentará nadie.
El color de la cruz
   Los relatos de los evangelistas resultan poco explícitos tanto acerca del color como de la forma de la cruz de Cristo.
   En las vidrieras francesas del siglo XII está pintada ya de verde, ya de rojo. En la fachada occidental de la catedral de Chartres, en la vidriera de la Pasión, el Crucificado está clavado en una cruz verde. Es la traducción plástica de la antífona que comienza con estas palabras: O crux, viride lignum.
   El color verde de la cruz, tanto si es escuadrada o podada, significa que la cruz salvadora no es una madera muerta sino el Árbol de Vida. 
   Por el contrario, en el coro rectangular de la catedral de Saint Pierre de Poitiers, la magnífica vidriera de la Crucifixión nos muestra a Cristo clavado a una cruz roja del color de la sangre. Se adivina la intención del pintor vidriero para quien esta "cruz más roja que herida que sangra" simboliza no el Árbol de Vida, sino el sangriento sacrificio del Redentor.
B) La representación simbólica
   A diferencia del crucifijo donde Cristo se representa aislado, la Crucifixión siempre se acompaña con una representación simbólica o pictórica.
   Antes de convertirse en un cuadro vivo y espectacular que reúne en la cima del Gólgota a todos los protagonistas y actores de reparto del drama, como sobre la escena de un teatro, la Crucifixión ha sido concebida como la unión simbólica del Antiguo y el Nuevo Testamento.
   En las miniaturas y en las vidrieras prefigurativas, Cristo en la cruz está flan­queado por sus cuatro prefiguraciones bíblicas inscritas en tondos: Abel, que fue ases­inado por su hermano Caín, como Jesús por los judíos; la Serpiente de bronce curadora que Moisés hizo elevar sobre una pértiga, como lo fuera el Redentor sobre la cruz; la Fuente de agua viva que brotó de la roca golpeada por la vara de Moisés, como el agua del flanco de Jesús abierto por la herida de la lanza de Longinos; el Racimo de uvas de la Tierra Prometida suspendido de una pértiga, como Jesús crucificado cuya sangre roja llena el cáliz de la Iglesia.
   Aún con mayor frecuencia, Cristo aparece enmarcado en el cielo por el Sol y la Luna, en la tierra por la Iglesia y la Sinagoga, al tiempo que la calavera de Adán recuerda que la muerte del Mesías redimió el pecado Original.
1. El Sol y la luna.
   Fuentes en las Escrituras
   Los Evangelios  (Mateo, 27: 45; Marcos, 15: 33; Lucas, 23:44) informan que entre la sexta y la novena hora, es decir, desde el mediodía  hasta las tres de la tarde, el momento en que Cristo expiró, el sol se oscureció y las tinieblas cubrieron la tierra.
   Este eclipse simbólico recuerda una profecía del Antiguo Testamento (Amós, 8:9): "Aquel día, dice el Señor Yavé, / haré que se ponga  el sol al mediodía, / y en pleno día tenderé tinieblas sobre la tierra."
   El texto no explica por qué al sol se agregó la luna que no podía resultar visible al mediodía. Pueden darse tres razones de ello. La primera, es que se produjo una confusión entre los signos que acompañan la Muerte de Cristo y los que se producirán en el Juicio Final. En el Evangelio de san Mateo (24: 27 - 29) se lee: « ... así será la venida del Hijo del hombre ( ...) después de la tribulación de aquellos días, se oscurecerá el sol, y la luna no dará su luz...». Ese pasaje fue aplicado a la Crucifixión.
   La luna también convenía al arte simbólico que se complacía en ver en los dos sitios que se eclipsan no sólo la imagen de la naturaleza en duelo por la muerte del Redentor, sino también los emblemas del Antiguo y Nuevo Testamento. San Agustín compara explícitamente el Antiguo Testamento, inexplicable sin la intermediación del Evangelio, con la Luna, que toma su luz del Sol.
   Finalmente -y esta  explicación  tal vez nos exima  de las otras- los artistas que no pueden prescindir de la  simetría,  necesitaban  la  luna,  simplemente para  hacer pareja con el sol y equilibrar sus composiciones.
Orígenes paganos
   Los orígenes orientales y helénicos de estas representaciones astrales son indudables. Los monumentos dedicados en Persia al dios Mithra ofrecen cantidad de ejemplos de esta asociación del sol y la luna con una divinidad superior.
   Cinco siglos antes de la era cristiana, en el frontón del Partenón, Fidias había enmarcado entre el Sol que asciende y la Luna que desciende en el horizonte, el Nacimiento de Atenea, divinidad epónima de Atenas.
   Por otra parte, la Antigüedad pagana atribuía al Sol y a la Luna, consideradas residencias de los muertos, un significado funerario: así se comprende que el arte cristiano haya aplicado este simbolismo a la muerte de Cristo.
Iconografía
   Las representaciones de los dos astros tienen por otra parte un carácter pagano muy marcado. Y se clasifican en dos series: anicónica y antropomórfica.
   A veces el Sol está representado por un disco radiado, la Luna por un creciente inscrito en un círculo; pero en la mayoría de los casos los dos astros están personificados por divinidades paganas que no se tomaron el trabajo de cristianizarse. Son tanto bustos de Helios y de Artemisa sosteniendo una antorcha, como el Sol que conduce una cuadriga tirada por caballos al tiempo que la Luna se contenta más modestamente con una biga tirada por dos vacas.
   A veces ocurre que la Luna, transformada en Lunus, esté representada por un personaje masculino.
   El lugar que ocupan los dos astros simétricos encima de los brazos de la Cruz está regido por una especie de ceremonial planetario: al Sol siempre corresponde el lugar de honor, a la derecha de Cristo; la Luna está a su izquierda.
   Este ordenamiento, aunque tradicional, registra sin embargo algunas excepciones. En ciertas portadas de Evangeliarios, el Sol y la Luna están reemplazados por los animales del Tetramorfos. En una placa de oro repujado del Evangeliario Ashburnham (Margan Library, Nueva York) que procede de la abadía de Saint Denis, los astros están superpuestos encima de la cabeza de Cristo.
   Para dar la idea de un eclipse, los artistas recurrieron a procedimientos muy ingenuos: las nubes tapan un segmento de los discos del Sol y de la Luna o toda su superficie está cubierta de color oscuro.
   Para expresar la tristeza al mismo tiempo que el oscurecimiento, los dos astros personificados se tapan el rostro con las manos.
   En la Crucifixión del Salterio Jludov, el Sol da vuelta la cabeza.
   Al mismo tiempo que se eclipsa el Sol, el velo del templo se desgarra por el centro (velum Templi scissum est.). Esos dos símbolos tienen el mismo carácter antropomórfico. De la misma manera que los hombres de la Antigüedad expresaban su duelo no sólo velándose la cara, sino, además, desgarrando sus vestiduras, la ruina del templo de Jerusalén se anuncia por el desgarramiento del velo del santuario.
   El Sol y la Luna forman pareja con la Tierra y el Mar (Terra et Oceanus), que están al pie de la cruz.
2. La iglesia v la sinagoga
   Estos símbolos cósmicos no están solos.
   La Iglesia y la Sinagoga, que volveremos a encontrar en la iconografía del Juicio Final, donde simbolizan a los Elegidos y a los Réprobos, en las crucifixiones tienen la misma función antitética que el Sol y la Luna.
   En el momento en que Cristo expiró, el velo del templo se rasgó por el centro, desde arriba hasta abajo (Mateo, 27: 51). Dicha ruptura señala simbólicamente el fin del reinado de la Sinagoga a la cual sucederá la Iglesia de Cristo.
   A la derecha, la Iglesia, apoyada con orgullo en el asta de un estandarte, recoge la sangre de Cristo en un cáliz. A la izquierda, la Sinagoga, con los ojos vendados por un velo o una serpiente, empuña los fragmentos de su lanza quebrada, y, renunciando a la lucha, deja caer las Tablas de la Ley.
   A veces se observan curiosas variantes. En una miniatura del Hortus Deliciarum (siglo XII), la Iglesia reina sobre un animal de cuatro cabezas que simboliza a los Evangelistas, al tiempo que la Sinagoga está sentada sobre un asno que tropieza. En otras representaciones, monta un macho cabrío. En algunas miniaturas francesas del siglo XIII (Misal de la Biblioteca de Lyon, Misal de san Vanne en la Biblioteca de Verdun), se ve a la Sinagoga ciega golpear con su lanza al Cordero de Dios.
   En el Descendimiento de la cruz de B. Antelami, un ángel obliga a la Sinagoga a bajar la cabeza.
   Este tema ya aparece con frecuencia en el arte carolingio, y se lo encuentra en los marfiles y en las miniaturas (Sacramentario de Drogon, hacia 850); en el siglo XII pasó a la escultura monumental.
3. Adán al pie de la cruz
   El primer hombre por medio del cual entró el pecado en el mundo está representado simbólicamente al pie de la cruz redentora.
   Aparece en diversas formas, la mayoría de las veces, reducido a una cabeza o a una calavera; pero en ciertas ocasiones, con el esqueleto entero e incluso resucitado por la sangre divina.
     1. La calavera de Adán
   Los cuatro evangelistas recuerdan (Mateo, 27: 34; Marcos, 15: 62; Lucas, 23: 31; Juan, 19: 17), que la colina del Gólgota sobre la cual fuera crucificado Jesús, en arameo significa «calavera», sin duda porque la colina pelada tenía esa apariencia.
   Por eso casi siempre los artistas de la Edad Media incluyen la representación de una calavera al pie de la cruz, que parece ser, simplemente, un signo toponímico, el jeroglífico del Calvario.
   Al principio sólo se vio en ella, indudablemente, el símbolo de la muerte solar, la cual se yergue triunfal la cruz, símbolo de vida.
   Pero no se trata de una calavera cualquiera. La leyenda la identifica con la de Adán, que habría sido enterrado en el Gólgota, en el mismo lugar donde se plantó la cruz de Jesús. En el momento en que el Salvador expiró, «la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos, y muchos cuerpos de santos que dormían, resucitaron» (Mateo, 27: 52), por eso la calavera del primer hombre, enterrada desde hacía milenios, volvió a salir a la luz.
   En verdad, los evangelistas no hablan de Adán, la inclusión de éste es una pura invención de los teólogos que deseaban establecer una relación entre el pecado Original y la Muerte redentora de Cristo. La Cruz, construida con la madera procedente de una vara del árbol de la Ciencia plantado sobre la tumba de Adán, se consideraba brotada en su cráneo. La misma idea se expresa con una serpiente enrollada al pie de la cruz, que tiene en sus fauces el fruto de perdición.
   Ocurre que a la calavera de Adán se le agregue la costilla de la que saliera Eva, o bien se sustituya aquélla por ésta, emblema de la principal culpable del pecado Original.
   En Dafni, la calavera de Adán está rociada por la sangre que sale de las heridas de los pies de Cristo. Incluso a veces, como ocurre en un cuadro de la escuela de la Kunsthaus de Zurich del siglo XIV, la calavera puede estar colocada al revés bajo la cruz, y cumple la función de cáliz donde gotea la sangre del Redentor.
     2. El esqueleto de Adán
   En el arte de la Edad Media se conocen pocos ejemplos con el cuerpo de Adán extendido al pie de la cruz.
   El más antiguo es una miniatura del Apocalipsis del Beato que se encuentra en la Biblioteca Capitular de la catedral de Gerona (975). Al pie de la cruz donde la Sangre de Cristo gotea en un cáliz, reposa en un sarcófago el cuerpo de Adán, envuelto en fajas como una momia.
   Un dibujo a la pluma del Hortus Deliciarum iluminado en el siglo XII por los soldados de la abadesa alsaciana Herrada de Landsberg, muestra bajo la cruz ya no el cadáver sino el esqueleto de Adán acostado en un ataúd.
   Es probable que en este dibujo se haya inspirado el escultor anónimo del tímpano de la portada central de la catedral de Estrasburgo. La exactitud de la anatomía de las mandíbulas, de los huesos de la pelvis y de las articulaciones del codo, sorprende en una obra del siglo XIII, permite suponer que el artista copió un esqueleto que vio en una tumba abierta, ya en un osario medieval, ya en una necrópolis prehistórica.
   Esta innovación  no creó escuela, sin embargo puede advertirse la influencia de esta obra en el Juicio Final de la catedral de Friburgo, Brisgau (Suiza), donde al contrario de lo que ocurre en la tradición francesa, aparecen esqueletos entre los muertos resucitados.
     3. El Resurgimiento de Adán
   Después de la descripción de las señales que acompañaron la muerte de Cristo, en el Evangelio de Mateo (27: 52) se lee que "muchos cuerpos de santos que dormía, resucitaron".
   Los teólogos concluyeron que Adán fue devuelto a la vida por la virtud vivificadora de la sangre de Cristo.
   A partir del siglo X, en la miniatura del Apocalipsis de Gerona, Adán, nuevo Lázaro, abre los ojos bajo el rocío redentor de la sangre de Cristo, fuente de vida.
   Este tema era conocido por los bizantinos, porque en el siglo XII, en un mosaico de San Lucas en Fócida, se ve a Adán resucitado por la sangre divina, que abre los ojos al pie de la cruz.
   Pero los honores del enriquecimiento del tema se deben al arte Occidente.
   No se limitaron a representar a Adán al pie de la cruz y con los ojos abiertos, éste sale de su tumba. Ya elevando las manos unidas hacia el Redentor, ya recogiendo su sangre en un cáliz.
   Este tema se ha representado con frecuencia, a partir del siglo XII, en las cruces medievales de orfebrería. Citemos, por ejemplo, la bella cruz procesional de la iglesia de Tredos, en el valle de Arán (Lérida ): Adán sale semidesnudo de su tumba y une las manos.
   En Saint Michel de Lüneburg, en Westfalia, esta representación está acompañada por una inscripción explicativa: Adae morte novi, redit Adae vita priori. Por la muerte del nuevo Adán (Jesucristo), la vida regresa al primero.
   Es lo que muestra también una miniatura del siglo XIII en el Misal de Saint Remi (Biblioteca de Reims) donde la resurrección del primer hombre viene acompañada de esta inscripción explicativa: Ecce resurgit Adam cui dat Deus in cruce vitam.
   Una miniatura del siglo XIV, del Salterio de Robert de Lisle (Museo Británico), representa a Adán saliendo de la tumba.
   En el retablo de madera labrada de Saint Thibault en Auxois, que también se remonta al siglo XIV (hacia 1320), Adán resucitado se yergue al pie de la cruz del Redentor.
   La evolución de este tema comporta también una tercera y última etapa.
   En un Misal del Mont Saint Éloi (Biblioteca de Arras), iluminado hacia 1360, una miniatura evoca a Adán saliendo de su tumba para recoger en un cáliz la sangre de Cristo. El mismo tema se encuentra en el manuscrito Arundel del Museo Británico en una vidriera de la catedral de Beauvais y en el monumental crucifijo del municipio de Wechelburg, en Sajonia, que se remonta, aproximadamente a 1335.
   De esa  manera  se atribuye a Adán  resucitado el papel que habitualmente desempeña la figura alegórica de la Iglesia o los ángeles que planean alrededor del Crucificado.
4. Dios Padre
   Dios Padre aparece excepcionalmente en busto, encima de la cruz, para bendecir a su Hijo en el momento en que entrega el alma.
5. Los ángeles recogen la sangre de Jesús
   Este tema, que aparece en el siglo XIV, está inspirado en la creencia en los ángeles psicopompos que recogen en un lienzo inmaculado las almas de los muertos. Nada más gracioso que esos ángeles que vuelan alrededor de Cristo como golondrinas alarmadas y quejumbrosas.
   Su número es variable, a veces hay cinco, uno por cada herida, en ese caso cada cual lleva un cáliz en la mano. Casi siempre son tres, porque habría que hacerlos volar muy bajo para recoger la sangre de los pies: es la mejor solución plástica. Cuando su número se reduce a dos, el mismo ángel, con un santo Grial en cada mano, debe recoger la sangre de la mano derecha y de la herida del costado, lo cual no es una solución muy feliz.
   Los ángeles no se limitan a esa función  de recolectores de la sangre de las heridas en los cálices. Los hay que se lamentan, o se velan el rostro como si fuesen incapaces de soportar el horror del espectáculo. En un fresco italiano del siglo XIII que se encuentra en la capilla de San Silvestre, en Roma, un ángel quita la corona de espinas y la reemplaza por una corona real. Duccio inventa el gesto ingenuo de dos angelitos que, en los dos extremos del travesaño de la cruz, besan tiernamente las manos del Crucificado.
   Además hay un ángel delegado para recibir el alma del Buen Ladrón, al tiempo que un demonio coge el alma que escapa de la boca convulsa del Mal Ladrón.
6. El pelícano simbólico
   El simbolismo animal de los Bestiarios también tiene un papel en la Crucifixión.
   El pelícano que se abre el pecho para alimentar con su sangre a sus polluelos hambrientos, se considera un emblema de Jesucristo sangrando en la cruz para redimir a la humanidad. El arte se limita a ilustrar las palabras del Salmo l02: 7, que en la Vulgata están traducidas así: Similis factus sum pelicano (Me parezco al pelícano).
   El pájaro simbólico posado en lo alto de la cruz ha sido representado de dos maneras diferentes. En las obras más antiguas, se ve brotar de la cima del Árbol de la Cruz una rama verde en cuyo follaje ha anidado el pelícano. A partir del siglo XV, aparece simplemente posado sobre la madera de la cruz.
7. David y San Juan Bautista
   Para terminar con la representación simbólica de la Crucifixión, todavía se debe mencionar la introducción de personajes muertos antes que Cristo o nacidos muchos siglos después que él, y que en consecuencia no han podido asistir a su sacrificio.
   A veces se representan a cada lado de la cruz, al rey David y al precursor San Juan Bautista, a título de profetas de la Crucifixión.
   A David se atribuye, en efecto, el Salmo 22, donde se dice: «... han taladrado mis manos y mis pies (Forerunt manus et pedes meos).»
   En cuanto a san Juan Bautista, señala y saluda a Cristo en la cruz como lo hiciera ante el pueblo de Jerusalén cuando Jesús fuera a hacerse bautizar en el Jordán, diciendo: Ecce Agnus Dei.
   Este tema, bastante infrecuente, sólo se encuentra con cierta asiduidad en la pintura alemana de principios del siglo XVI.
   Con el mismo espíritu los pintores introdujeron en la escena de la Crucifixión santos e incluso donantes que se asocian anacrónicamente a ella por medio oración, de la misma manera que se los encuentra agrupados alrededor de la Virgen en una Santa Conversazione.
   Fra Angelico arrodilla al pie de la cruz al fundador de su orden, santo Domingo. En las Crucifixiones franciscanas, es san Francisco de Asís, naturalmente, a quien se reserva el privilegio. También se ve aparecer a san Jerónimo.
     C) La representación histórica
   En las Crucifixiones que buscan representar la realidad del acto de la Redención y no el símbolo, Cristo en la cruz aparece rodeado de personajes que tuvieron un papel activo o pasivo en el acontecimiento. Su número creció sin cesar entre el siglo XII y finales de la Edad Media, luego, se volvió un tema infrecuente.
   Según el número de personajes, pueden distinguirse numerosos tipos de Crucifixiones:
1. La Crucifixión con un solo personaje: Cristo está solo en la cruz.
2. La Crucifixión con tres personajes. A cada lado de la cruz están la Virgen y Juan. Es el tema de las cruces triunfales erigidas sobre mástiles o en los trascoros.
3. La Crucifixión con cuatro personajes. María Magdalena arrodillada al pie del crucifijo se suma a la Virgen y san Juan.
4. La Crucifixión como gran espectáculo, con la multitud invadiendo el Calvario.
   Este último es el que prevalece en el arte de finales de la Edad Media y el Renacimiento.
   Por la influencia de la puesta en escena de los autos sacramentales de la Pasión, los elementos simbólicos tienden a desaparecer para dejar su lugar a un «cuadro que no tiene nada de reconstrucción histórica (porque los anacronismos abundan en él), pero donde se juntan desordenadamente todos los actores y espectadores de la triple ejecución.
   Para el pueblo de la Edad Media, una ejecución era una diversión. Las horcas de los patíbulos atraían tantos curiosos como las portadas reales. Por ello se explica que la Crucifixión tendiera a convertirse en un espectáculo, como el cortejo de los Reyes Magos.
   Lo pictórico gana con ello, pero en detrimento de la unción, y a veces hasta de la decencia. Ciertas Crucifixiones del siglo XV hacen pensar involuntariamente en una "feria callejera", o en una ruidosa verbena en el Calvario.
   La nueva fórmula toma el principio de ordenación simétrica del tema simbólico enriqueciéndolo. En la multitud que pulula en el Gólgota destacan parejas simétricas que conforman la armadura inmutable de la composición: el Buen y el Mal Ladrón, el Lancero y el Portaesponja, la Virgen y San Juan, que corresponden respectivamente al Sol y a la Luna, a la Iglesia y a la Sinagoga, a David y a san Juan Bautista.
   Todos estos personajes pueden repartirse en dos categorías: actores y espectadores apiadados, indiferentes u hostiles.
1. Los Actores
   Los actores de reparto del drama  que protagoniza Jesús, son los dos Ladrones, el Lancero y el Portaesponja y finalmente los soldados que sortean las vestiduras del Redentor.
     1. Los dos ladrones
   Muy pronto la iconografía se esforzó en diferenciar al Buen del Mal Ladrón, llamados Dimas y Gestas, oponiéndolos, por una parte a Cristo, y por otra, entre sí.
   Para diferenciarlos del Redentor, a veces se los representa con los ojos vendados. 
   Pero sobre todo se diferencian por la forma de la cruz y el modo en que están fijados a ella. Al tiempo que en el arte bizantino y en la pintura italiana que deriva de éste, los Ladrones están crucificados de la misma manera que Cristo, en cruces semejantes y clavados, los países del norte adoptaron otra fórmula: en vez de estar clavados como Cristo sobre una crux immissa, están atados con cuerdas a una crux commisa en forma de tau (T). Resulta de ello que los brazos de Cristo están extendidos, mientras que los Ladrones los tienen pasados por detrás del travesaño. En el tímpano de la iglesia de Saint Pons de Thomieres, al igual que sobre el Arca Santa de la catedral de Oviedo, aparece una curiosa variante: el travesaño de la cruz tiene dos perforaciones en las que están metidos los brazos de los Ladrones.
   Cabe señalar, de paso, que esta diferencia entre los instrumentos del suplicio es irreconciliable con la leyenda de la Invención de la Santa Cruz de santa Helena. No se habría necesitado un milagro para reconocer a la verdadera Cruz (Vera Cruz), es decir, la de Cristo, si las de los Ladrones eran de otra clase que la suya.
   Además, los verdugos les parten las piernas a golpes de maza, mientras que Cristo es atravesado por una lanzada.
   También se cuidó diferenciar al Buen del Mal Ladrón. El Buen Ladrón siempre se sitúa a la derecha de Cristo, es joven e imberbe, lo cual se corresponde con el ideal griego de belleza y de bondad, al tiempo que su compañero es barbudo. El bueno es calmo y resignado, mientras que el malo se retuerce entre las ligaduras como un Laocoonte apresado por serpientes. El primero eleva los ojos confiados hacia Cristo, mientras que el otro los baja o vuelve la cabeza. Un ángel recoge el alma del Ladrón arrepentido a quien Jesús ha prometido el Paraíso (Lucas, 23:43), al tiempo que un negro demonio con alas de murciélago se apodera del alma del impenitente.
   A título de curiosidad iconográfica, debe señalarse la manera del todo anormal en que los hermanos de Limbourg han representado al Mal Ladrón en las Muy Ricas Horas del duque de Berry. Está sujeto a la parte posterior de la cruz, de tal manera que da la espalda a los espectadores.
   En su Crucifixión del Museo de Amberes, Antonello da Mesina  imaginó un Mal Ladrón enardecido por el dolor, cuyo cuerpo está tenso como un arco.
     2. La lanzada del centurión
   El relato del Evangelio de Juan y las fuentes bíblicas. Los Evangelios sinópticos no dicen nada de la transfixión de Cristo por el lancero. Sólo en el Evangelio de san Juan (19: 28-37) se encuentra un relato circunstanciado de este acontecimiento: "Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la escritura, dijo: Tengo sed. ( ...) Fijaron en una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la llevaron a la boca. Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
   "Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua. (...) esto sucedió para que se se cumpliese la Escritura: No romperéis ni uno de sus huesos."
   De ese relato resulta en principio, con evidencia, que los episodios de la esponja empapada en vinagre y de la transfixión por la lanza (aceto potatus, lancea perforatus) han sido inventados por el evangelista sólo para justificar la consuma­ción de las profecías del Antiguo Testamento. En los Salmos 69 y 22 estaba escrito "... y en mi sed me dieron a beber vinagre." Por otra parte, la Ley mosaica (Éxodo, 12:10, Números, 9: 12) prescribe que en ningún caso los huesos del cordero pascual deben quebrarse. Y como Cristo crucificado está asimilado al Cordero pascual, de allí deriva que las piernas de Cristo tampoco podían quebrarse. Por ello no se le inflige el crurifragium, que era la regla en la Antigüedad para asegurarse de la muerte de los condenados, y se la reemplazó por la lanzada.
   Según San Juan, Jesús ya estaba muerto cuando recibió la lanzada. Pero en la iconografía y la liturgia se encuentran las huellas de la otra tradición que se inspira en un pasaje interpolado del Evangelio de san Mateo, que dice que Jesús aún estaba vivo cuando el soldado le dio el golpe de gracia. Esta  tradición sobrevive en el responso Tenebrae del Oficio del Viernes Santo; y además, el erudito benedictino D. Hesbert de la abadía de Solesmes,  ha encontrado una serie de obras de toda naturaleza: miniaturas, frescos, baldaquino de oro de San Ambrosio de Milán, repartidas entre los siglos VI y XII, que representan incuestionablemente la Transfixión de Cristo vivo.
   Por lo tanto nos encontramos en presencia de dos tradiciones contradictorias: según el Evangelio interpolado de san Mateo, la transfixión del Redentor habría tenido lugar antes de su muerte; de acuerdo con san Juan, que se dice testigo ocular, habría ocurrido después.
   Interpretaciones fisiológica y simbólica del agua y de la sangre que corren de la herida de Cristo. La medicina moderna explica a su manera, sin recurrir al milagro, el humor sanguinolento, mezcla de sangre y de agua, que brotó de la herida de Cristo Jesús, que tenía predisposición a la  tuberculosis, simplemente habría contraído una pleuresía durante la noche de su arresto.
   Esta interpretación patológica parece pueril si se piensa que en el espíritu del autor del cuarto Evangelio y de los teólogos de la Edad Media, ese fenómeno cuenta menos como hecho real que como símbolo bautismal y eucarístico. El agua simboliza el bautismo, y la sangre, la eucaristía.
   En el arte prefigurativo, la Lanzada está enmarcada por dos prefiguraciones bíblicas: Eva, imagen de la Iglesia, sale de la costilla de Adán y Moisés hace brotar una fuente de la roca con ayuda de su vara.
   La Leyenda popular de Longinos y de Stephaton. La devoción de la Edad Media no podía contentarse con textos, auténticos o interpolados de los Evangelios canónicos y con símbolos imaginados por los clérigos. Lo que el pueblo quería conocer, sobre todo, eran los nombres del lancero y del portaesponja. De acuerdo a los Acta Pilati, se llamaban Longinos y Stephaton.
   La fuente del nombre Longinos es transparente: en griego, «lanza» se longke. Longinos sólo sería una lanza personificada.
   Pero desgraciadamente no había acuerdo acerca de la personalidad de Longinos. Juan sólo habla de un soldado anónimo que atravesó con su lanza el costado de Cristo. Pero los Evangelios sinópticos (Mateo, 27: 54; Marcos, 15: 39; Lucas, 23: 47) mencionan el testimonio de un centurión, quien, convertido por la muerte de Cristo, habría exclamado: «Verdaderamente, éste era Hijo de Dios (Vere Filius Dei erat iste)». Ese centurión inscrito en el Menologio griego en la fecha 16 de octubre, fue identificado con el lancero y bautizado Longinos, aunque sea poco razonable admitir que el mismo hombre haya podido atravesar el costado de Jesús y confesar su divinidad.
   La Leyenda Dorada lo convirtió en un héroe de novela. Se imaginó que era ciego: habría sido curado milagrosamente por una gota de sangre que brotó de la herida del Redentor.
   Ese es el fabuloso Longinos (puesto que resulta difícil de creer que los romanos hayan empleado soldados ciegos para asestar el golpe de gracia a los condenados a muerte) que adoptó la Iglesia católica. Y hasta lo convirtió en un santo figura en el Martirologio romano, en la fecha 15 de marzo: su lanza se convirtió en una de las más insignes reliquias de la basílica de San Pedro de Roma.
   El resultado de esta combinación hagiográfica es que en el arte cristiano se encuentran dos Longinos que parecen excluirse, pero que, cosa curiosa, a veces han sido yuxtapuestos. En el gran retablo de Conrad de Soest. en Niederwildungen (1404) Westfalia, esos personajes duplicados forman pareja, a cada lado de la cruz: el centurión convertido tiene una filacteria en la cual está inscrito su "testimonio verídico" (Vere filius Dei erat iste) y el ciego, guiado por un escudero, hunde su lanza en el costado de Cristo, cuya sangre ha de devolverle la vista.
   La iconografía de san Longinos es bastante rica. Mantegna lo representó entre los patrones de Mantua en la Madonna della Vittoria (Louvre). Mathis Nithart (Grünewald) le hace un lugar, a título de heraldo de la divinidad de Cristo, en su pequeña Crucifixión de Basilea.
   En la pintura barroca, la obra más poderosa inspirada por este tema es el célebre cuadro Lanzada, de Rubens, que se encuentra en el Museo de Amberes.
   La Edad Media se interesó mucho menos en el portaesponja que en el lancero, llamado generalmente Stephaton, según los Acta Pilati, en el arte bizantino se le llamó Esopo, simple deformación de hisopo, de la misma manera que Longinos deriva de longke (la lanza). Los teólogos lo convirtieron en el símbolo de los judíos recalcitrantes, para oponerlo al lancero, que simboliza a los gentiles convertidos. Por eso es siempre es situado a la izquierda de Cristo (el flanco de la Sinagoga). Se conocen muy escasas excepciones a esa regla. No obstante, en un Evangeliario irlandés del siglo VIII que se conserva en la Biblioteca de San Galo, en contra de la tradición, es el lancero el representado a la izquierda de Cristo.
   En cierto número de esculturas prerrománicas, en piedra o en orfebrería, Longinos y Stephaton están representados a cada lado de Cristo crucificado, con una rodilla en tierra.
3. Los soldados echan suertes sobre la túnica de Cristo
   Juan, 19: 23. «Los soldados, una vez que hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costuras, tejida toda desde arriba. Dijéronse, pues, unos a otros: No la rasguemos, sino echemos suertes sobre ella para ver a quién le toca, a fin de que se cum­pliese la Escritura: 'Dividiéronse  mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes.'»
   Esta referencia al Salmo 22: 19, es la mejor prueba de que el Evangelio ha tomado esta escena, como las precedentes, del Antiguo Testamento. Por otra parte, es muy verosímil, porque la ropa de los condenados pertenecía por derecho a los verdugos y a sus ayudantes, que obtenían con ello pequeños beneficios suplementarios.
   Los artistas eligieron tanto uno como el otro de los dos episodios indicados en el Evangelio según san Juan. A veces los soldados cortan las ropas de Cristo con un cuchillo (Partiuntur vestimenta); en la mayoría  de los casos, por el contrario juegan a los dados o a la murra (italiano morra) la túnica sin costuras que constituye un lote indivisible.
   Por lo general, en número de cuatro, están acuclillados en un rincón, en primer plano, y disputan con encono el pobre botín.
   Esos truhanes, que estarían más en su sitio alrededor de la mesa de una taberna, en la puesta en escena de la Crucifixión aportaron una nota picaresca que apreciaba mucho el público poco exigente del teatro de los Misterios.
2. Los espectadores
   Entre los espectadores, unos son parientes o discípulos que se lamentan y los otros simples curiosos que asisten con indiferencia a la Crucifixión del Redentor.
     1. Los Llorosos
         La Virgen
   En todas las Crucifixiones anteriores a finales del siglo XIII, la Virgen y San Juan, la madre y el discípulo preferido a quien Cristo agonizante había confiado y como encomendado uno al otro (Juan, 19: 26), forman pareja, uno a cada lado de la cruz, como el Sol y la Luna, el Buen y el Mal Ladrón, el Lancero y el Portaesponja. El lugar tradicional de la Virgen es a la derecha de su Hijo crucificado, mientras que san Juan se sitúa a la izquierda.
   En el siglo XIV se introdujo la costumbre de agruparlos a ambos del mismo lado.
          El segundo desmayo de la Virgen
   Este desplazamiento comporta un cambio radical en la actitud de la Virgen. Hasta entonces la Madre en duelo se mantenía estoicamente de pie bajo la cruz, puesto que no había nadie para sostenerla.
   En lo que expresan los tres primeros versos de la admirable endecha franciscana atribuida al hermano Jacopone di Todi:
          Stabat mater dolorosa
          Juxta crucem lacrimosa
          dum pendebat filius.
   A partir de entonces, se la ve desfallecer o caer hacia atrás en los brazos de San Juan o de las Santa Mujeres; con frecuencia se desmaya. El Desmayo reemplaza el Stabat.
   La Iglesia protestó energícamente contra esta manera de representar a la Virgen desfalleciente, que contradecía la tradición evangélica y que, además, era indecorosa ¿Convenía que la Madre de Dios fuera menos valiente que la madre de los siete hermanos Macabeos, que asistió a la tortura de sus siete hijos sin mostrar el menor síntoma de debilidad? Ciertos teólogos llegaron a calificar el Desmayo de la Virgen de indecencia.
   Desde el punto de vista artístico habría podido agregarse que este motivo presentaba además el grave inconveniente de crear un segundo centro de interés en la escena de la Crucifixión, y de quitarle unidad, desviando la atención de Cristo agonizando en la cruz.
   Pero todas estas objeciones resultaron ineficaces. Ese motivo más patético triunfó en el arte de la Edad Media, e incluso en el de la Contrarreforma (Lanfranc, Simon Vouet).
   El culto mariano, siempre invasor, exigía que en todos los temas evangélicos se precediera a la Virgen un lugar cada vez más importante, y que la Compasión de la Madre fuese mostrada al mismo tiempo que la Pasión del Hijo.
   Esta invención, más emotiva que racional, concuerda tanto con la sensibilidad religiosa de los siglos XV-XVII, que se la multiplicó de manera desmedida. María se desmaya en tres oportunidades, en el momento en que está Cristo con la cruz a cuestas, en ocasión de la Crucifixión y en el Descendimiento.
   No obstante, parece que se dudó largo tiempo antes de representar a la Virgen desfalleciendo y perdiendo el conocimiento al pie de la cruz. Si se sigue de cerca la evolución de este motivo, puede comprobarse que existe toda una gama de transiciones o gradaciones entre el Stabat y el Spasimo. En el arte del siglo XIV, la Virgen, que se siente desfallecer y necesita ser sostenida, todavía está de pie y tiene fuerzas como para mirar a Cristo. Sólo en las pinturas del siglo XV se la ve sentarse o caer al suelo.
   Más tarde, por la influencia de los jesuitas y de la nueva devoción de los Siete Dolores, el motivo del Desmayo fue reemplazado por la espada simbólica que atraviesa el corazón de la Madre dolorida.
   En las obras que acusan la tradición oriental, la Virgen se lleva la mano izquierda a la mejilla: el arte antiguo expresaba el dolor con ese gesto. En otra parte, cruza las manos sobre el pecho. En Aquileia, su mano derecha se apoya sobre la de una de las Santas Mujeres, compasiva, que quiere consolarla.
   Ciertos rasgos legendarios o simbólicos que se encuentran en la pintura de los siglos XIV y XV no son más que curiosidades iconográficas.
   a) La Virgen, asistida por San Juan, suplica al centurión que no rompa las piernas de su Hijo como lo hiciera a los dos Ladrones. Esta escena conmovedora pirada por las Meditaciones del Pseudo Buenaventura, fue ilustrada en el siglo XIV, en un manuscrito sienés de Juana de Evreux, y en el siglo XV en las Horas de Rohan (B.N., París).
   b) La Virgen recibe en pleno pecho el chorro de sangre que brota del costado del Crucificado y que parece atravesarla como una lanzada. Díptico parisino de marfil de Kremsmünster (siglo XIV).
   c) La Virgen extiende su manto azul para recibir la lluvia de sangre que cae desde los pies de su Hijo clavado en la cruz.
   Este detalle aparece en un tríptico español del Museo de Valencia, dedicado a la Santa Cruz y procedente de la cartuja de Porta Coeli.
   d) La Virgen adorando la cruz. Tema bastante infrecuente del cual se puede citar un ejemplo en el trascoro de la catedral de Chartres.
   San Juan permanece solo para representar a los apóstoles que se dispersaron después de haber traicionado, negado o abandonado a su Maestro.
   La Magdalena, que había perfumado y secado con su pelo los pies de Cristo vivo, siempre tiene su lugar habitual al pie de la cruz. A veces enjuga con su cabellera rubia la sangre que fluye de las heridas de Cristo muerto.
   Su desesperación siempre estalla con mayor violencia que en la Virgen quien estoica o desmayada, invariablemente mantiene en su dolor mudo la dignidad que corresponde a la Madre de Dios.
   Los pintores de Colonia de finales del siglo XV la representaron de buena gana arrodillada entre la Virgen y san Juan de pie, al pie de la cruz que abraza llorando.
   En una Crucifixión del pintor alemán G. Mälesskircher se la ve arrastrarse, literalmente.
   A estos tres personajes que conducen el duelo se agrega la compañía doliente de las Santas Mujeres, María Cleofás y María Salomé, que están mucho menos individualizadas y que tienen el papel del coro fúnebre en una tragedia.
          Los Indiferentes
   No corresponde insistir demasiado en los otros espectadores, que sólo son compaña. Están allí apenas para hacer número y amenizar la composición con la colorida diversidad de los justillos, los reflejos de las corazas, las plumas de los cascos, las grupas encaparazonadas de los caballos (Pfenning, 1449. Museo de Viena).
   Esos elementos pictóricos resaltan sobre un paisaje de fondo que en general está concebido en armonía con el tema. En el siglo XV Fra Angelico levanta la cruz contra un cielo azul. Pero en la obra de Lucas Cranach, las nubes de tormenta propinan sombra sobre el drama. Después del concilio de Trento, Guido Reni, Philippe de Champaigne, Rubens y sobre todo Rembrandt, retornaron al texto del Evangelio que muestra las tinieblas invadiendo la tierra en la hora en que muere Cristo.
Reacción de la Contrarreforma contra los excesos pictóricos
   La Contrarreforma no podía dejar de reaccionar contra esta multiplicación de personajes que quitaba a la Crucifixión toda nobleza y dignidad.
   El "primer pintor" de Luis XIV, Charles Le Brun, expresó el pensamiento de toda su generación cuando postuló como principio que una Crucifixión,  para ser conmovedora, debe comportar sólo un pequeño número de personajes. La  que no tiene más que tres -según este artista- es la más perfecta.
   La nueva iconografía sólo admite a la Virgen de pie, a San Juan que está frente a la cruz y a la Magdalena  arrodillada  que abraza los pies de su amado Maestro.
   Más austero que el solemne Le Brun, el jansenista Philippe de Champaigne excluye a la pecadora de Magdala cuya presencia le resulta chocante en semejante sitio y momento (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Antonio Gavira Alba, autor de la obra reseñada;
     El pasado 11 de octubre de 2020 falleció el escultor y pintor Antonio Gavira Alba, artista cuya profunda fe se refleja en gran parte de su prolífica obra. De su producción sobresalen esculturas muy queridas y populares, como el monumento de Santa Ángela de la Cruz, en la calle del mismo nombre en Sevilla.
     Nacido en 1929 en Mairena del Alcor, realizó sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla, hoy facultad, de la que llegó a ser catedrático y en la que fueron profesores suyos escultores destacados como Juan Luis Vassallo o Antonio Cano. Su estilo se enmarca dentro del denominado clasicismo mediterráneo y se caracteriza por la simplificación de las formas, los ritmos ondulantes y el suave tratamiento de las superficies.
     Su obra presenta una gran variedad tanto en materiales como en temas, destacando especialmente sus esculturas en barro o bronce de pequeño formato que suelen presentar el tema de la maternidad, expresión de su compromiso activo en la defensa del no nacido y en la lucha contra el aborto. Igualmente fue autor de numerosos monumentos públicos, algunos realizados en colaboración con su hermano Jesús, también escultor. Entre ellos subrayamos el mausoleo de Antonio Mairena o el monumento a la Feria de Mairena, ambos en dicha localidad de los Alcores. Mención aparte merece el monumento a Santa Ángela de la Cruz, realizado en 1965, que se encuentra junto a la Parroquia sevillana de San Pedro.
     Su honda fe, concebida “como un ejercicio de apostolado, de realización de actos benéficos para los demás y de practicar las enseñanzas evangélicas en el trabajo y la vida diaria”, según reconocía él mismo, se traduce en diversas obras de gran unción y belleza, como la Virgen del Amparo que recibe culto en la Capilla del Cristo de la Cárcel. Entre ellas sobresale también el Cristo de la Paz, crucificado de gran tamaño realizado en bronce que preside el cementerio de Mairena, realizado en memoria de su madre fallecida muy joven, cuyos brazos abiertos son una permanente invitación a la Vida eterna para todos aquellos que visitan el camposanto y cuya fuerza constituye un anuncio de la Pascua.
     Destacamos por último de su producción religiosa, la imagen del Resucitado de la Hermandad Sacramental a la que pertenecía, que se encuentra en la Parroquia de la Asunción. Él mismo expone que intentó dotar a esta imagen “de un sublime gesto repleto de serenidad, magnificencia y bondad”. Concebido como un Cristo triunfante, alejado de cualquier dramatismo teatral, presenta su mano derecha alzada en actitud de bendecir, invitándonos al cielo, según su autor, mientras que su brazo izquierdo hacia abajo es una llamada que nos hace Jesús Resucitado a su encuentro.
     Fue autor igualmente de Jesús orando en el Huerto de Sanlúcar la Mayor, de Jesús Cautivo de Estepa y del San Juan de la Hermandad de la Paz de Sevilla, por citar solamente otras imágenes de nuestra Archidiócesis (Archidiócesis de Sevilla).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la escultura "Cristo de la Paz", de Antonio Gavira Alba, en el Cementerio de San José, en Mairena del Alcor (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

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