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martes, 23 de junio de 2026

La Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.    
     Hoy, 23 de junio, es el aniversario (23 de junio de 1712) de la Bendición de la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     Formando parte de las dependencias del antiguo noviciado jesuita se encuentra la Capilla Doméstica. Consta de una sola nave, cubierta con bóveda de cañón entre arcos fajones, presentando en el presbiterio una bóveda elíptica. La sacristía se encuentra tras el altar mayor. Su retablo se debe al escultor Pedro Duque Cornejo quien lo hizo en torno a 1733 y presenta una amplia iconografía de santos jesuitas. En el banco existen dos pequeñas vitrinas con esculturas de San Francisco Javier y San Estanislao de Kostka, siendo esta última copia de la realizada por Gross para la iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma. En el Manifestador, que remata el Sagrario, se sitúa una escultura de la Inmaculada, que sigue el tipo creado por Gregorio Fernández. Ocupando las calles laterales y el ático, encontramos imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao de Kostka, San Francisco de Borja con San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Francisco Javier. En dos pequeños óvalos pintados por Domingo Martínez se representa a San Juan Bautista y San Juan Evangelista.
   Por los muros laterales de la capilla se distribuyen una serie de relicarios y de pinturas de los apóstoles, fechables a principios del siglo XVIII, así como un conjunto de cobres flamencos del XVII con escenas de la Vida de la Virgen. Para completar esta serie, Domingo Martínez realizó en el XVIII la pintura que representa el Nacimiento de San Juan Bautista. Al mismo corresponde la decoración de las bóvedas, tarea en la que debieron colaborar sus discípulos. Las pinturas situadas en el presbiterio representan la Asunción y los cuatro arcángeles, correspondiendo a alegorías marianas, las de la nave, a San Ignacio en la cueva de Manresa, la de la tribuna del coro, y una alegoría del JHS con los Evangelistas, las que ocupan la bóveda de la sacristía [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
     En contra de lo que se ha venido afirmando tradicionalmen­te, la capilla de los novicios conforma un conjunto arquitectónico y decorativo independiente que, como hemos visto, se concluyó con anterioridad a la finalización del templo principal. Está documentada su bendición el 23 de junio de 1712, y se había construido según los analistas (MATUTE, T. 1, 1997, 96) "para los ejercicios propios de su instituto y destino". La bendijo Pedro F. Levanto Vivaldo, obispo de Lacedemonia, auxiliar del arzobispado, y hermano del benefactor del centro, Francisco L. Levanto, estrenándose al día siguiente con muy solemne función.
     Las excavaciones previas a su reciente rehabilitación, dirigi­das por Marco Antonio Gavira Berdugo han demostrado, que en realidad esta pequeña capilla fue el primer templo de la institución, como sospechábamos ya en 2010, y que, como se desprende de la historia manuscrita, es el resultado de la adaptación del antiguo salón principal del palacio de los Ribera, una qubba o salón cuadrado mudéjar, luego ampliado por una de sus caras para hacerlo rectangu­lar y finalmente remodelado por Figueroa en los primeros años del siglo XVIII. Tres de los muros de la capilla aprovecharon los muros medievales y mudéjares, como se puede comprobar todavía por las celosías mudéjares de ventilación que se conservan en el dintel de la entrada.
     Esta coqueta capilla está formada por una sola nave rectangu­lar cubierta de bóveda de medio cañón con lunetos haciendo honor a su nombre con una escala pequeña tanto en extensión como en altura. Una bóveda elíptica marca el presbiterio y tras el retablo mayor transparente se encuentra la sacristía de planta rectangular y bóveda de paños. Su estructura sencilla pero muy elegante muestra unas proporciones algo limitadas, sobre todo en la vertical, debidas a la reutilización de la antigua capilla del noviciado y recuerda la estructura de la capilla de San Telmo realizada por Figueroa, que por cierto repite prácticamente las mismas proporciones. Por lo que es posible atribuir la obra de remodelación al mismo maestro que estaba ejecutando desde cimientos el templo principal. Por otra parte, la decoración de la capilla a base de reliquias, estuvo prevista desde el principio por voluntad del rector Acevedo que las trajo de Roma para disponerlas por toda la capilla, logrando que todo el recinto sea, como dice la Noticia Breve, un "Conjunto bello, noble Relicario". Su origen nos lo explica el panegirista del padre Acevedo (SÁNCHEZ, 1712. AHPCCJ, C. 185).
          Al P. Azevedo debe este noviciado muchas y preciosas alajas que solicitó para su iglesia y para la capilla de nuestros novicios y sobre todo el cuerpo de San Máximo que consiguió en Roma y colocó en la misma capilla como preciosa reliquia.
     Francisco Acevedo murió en 1712 y aunque la capilla de novicios estuviese ya inaugurada, la decoración se demoraría, al mismo tiempo las obras arquitectónicas inmediatas a esta zona del noviciado debieron realizarse en torno a de 1717, pues a la muerte del arzo­bispo Arias en esa fecha, estaba acabada una capilla de ejercitantes donde se ponía en práctica el método ignaciano. Todos estos datos apoyan una remodelación arquitectónica importante en la zona del noviciado, previa a la conclusión del templo principal.
          Al P. (Acevedo) se le debe y a su trabajo la fábrica del quarto de exercitantes que a su costa y con inimitable zelo ha fabricado nuestro grande y excelentísimo prelado el Sr. D. Manuel Arias para el mayor bien espiritual de sus ordenantes súbditos (SÁNCHEZ, 1712).
     Esta "capilla de ejercitantes" y unas dependencias propias para cuando el arzobispo quisiera retirarse a hacer ejercicios en el noviciado fueron dedicados a la formación del clero secular. Utilizando el plano de 1784 podemos precisar la localización de esta capilla de ejercicios. Debía tener acceso directo al exterior y estar comunicada con la iglesia pública. En dicho plano aparece una capilla ocupada por la orden tercera franciscana en la crujía inmediata y paralela a la calle que cumple estas condiciones, igualmente su portada aparece todavía en algunas fotografías de finales del XIX. En buena lógica debe ser la primitiva capilla de ejercitantes, por lo que podemos sospechar que en toda esta zona, crujía de la capilla y estancias anexas y fachada, deben ser fruto de la intervención inicial del tanden que formaron el rector Acevedo y el arzobispo Arias, debiéndose datar entre 1701 y 1717. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, esta capilla fue despojada de su mobiliario funcional, y de los cuadros que fueron a parar a la casa de ejercicios de los filipenses como ya comentamos. Todavía se conserva la lápida conmemorativa de tal aportación en uno de los patios del antiguo noviciado:
          Excellentiss(mus) D.D.D. Emmanuel Arias, His/ pal. Praesul./ Hos, In titulum suae, & pietatis, &muni/ficienttiae, lapides,/ Spi­ritualibus S. Ignatii Patris Nri. Exerctiis./ Eorum maxime utilitati, qui sacris/ Ordinibus initientur,/ Salubriter destinatis, erexit./ Hic non aliud, nisi Domus Dei. & Porta Coe/li conspicitur./ Anno 17.
          (El excelentísimo Sr. Dn. Manuel Arias, Arzobispo de Sevilla, en manifestación de su piedad y munificencia, construyó esta sala (li­teralmente estas piedras), para que en ella se practicaran los ejercicios espirituales de Nuestro Padre San Ignacio, de gran utilidad para los que desean ser promovidos a las sagradas ordenes, aquí no se ve otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo.....Año/ 17)
          Además, sabemos que para la inauguración de la iglesia de San Luis se trajo la Eucaristía en procesión desde esta capilla domésti­ca, lo que implicaría que estaba en uso con anterioridad, debiendo suplir las funciones de culto durante buena parte del proceso de construcción. Esta hipótesis la corroboran igualmente los rasgos estilísticos del retablo, las pinturas murales y la decoración de los relicarios de la capilla.
El retablo
     Las indudables y estrechas relaciones de este retablo con el de la Virgen de la Antigua de la Catedral de Granada (1716-19) fueron subrayadas por Taylor, Hernández y Herrera y, sin embargo, se le han otorgado cronologías distanciadas, olvidando la certera apreciación de Taylor y suponiendo que el retablo de la capilla doméstica se planteó con posterioridad a la conclusión de la iglesia principal y sus retablos. Hay razones de peso para pensar lo contrario. Gracias a una carta autógrafa conservada en el archivo diocesano de Huel­va Huelva (ADH; Justicia, An. Leg. 361, f.31) sabemos que Duque Cornejo residía en San Luis en 1716, Al parecer, tuvo ciertos problemas con la justicia por impago de un préstamo de 1000 reales a cuenta de la obra escultórica recientemente concluida de San Felipe Neri. El prepósito sevillano de la orden filipense, Juan Sedeño le reclamó los 1000 reales y al no pagarlos, la justicia ordenaba embargarle y encarcelarlo, consiguió escaparse y refugiarse en San Luis en setiembre de ese año, alegando injusticia por haber sido perdonada su deuda con anterioridad por el propio Sedeño. En la carta se queja de que no podía trabajar porque no tenía oficiales ni ayudantes, pero si podría diseñar, buen momento para hacer las trazas de este retablo, en fecha más acorde al estilo que las que se le han dado tradicionalmente (CARRASCO, 1985).
     Parece igualmente que a raíz de esta protección en San Luis se consolidó una relación que no decaería nunca y mantendría toda su vida con los jesuitas. Se había iniciado antes, con el retablo del colegio de la Concepción o de las Becas de 1709, que no se conserva, siguió con el encargo de la Inmaculada de Carmona en 1719, se continuará luego con la imagen de la Gran Madre del Colegio de San Hermenegildo fechada en 1721, las esculturas para el retablo del colegio de Córdoba en 1724 y con el diseño de las fiestas de San Estanislao de Kostka en 1727, culminándose con la traza del conjunto del templo principal de San Luis. Creemos que ya en 1716 iniciaría sus primeros bocetos y trabajos, pues no pudo estar recluido en San Luis siendo ajeno a lo que allí se estaba fraguando y no concluirá su estrecha colaboración, al menos, hasta los años 30 ó 40.
     Estilísticamente los soportes y el diseño general del retablo remiten a modelos que el artista trabajaba antes de que concluyera el primer cuarto de siglo. Bajo el amparo de los hombres de la Compañía conoció tempranamente los libros del hermano Pozzo, influjo que es evidente tanto en la traza granadina como en la sevillana. Como apuntó el profesor Herrera, ambos retablos están inspirados en la figura 71 del primer libro del hermano jesuita, en especial la distribución de los soportes y de los vanos así como su carácter de escenografía transparente y de contraluz que permite multiplicar los efectos de sorpresa y de maravilla del espectacular retablo. Además, como ya apuntó René Taylor, tanto el tipo de soporte como los elementos decorativos y el tratamiento naturalista de los adornos, hacen pensar en una ejecución temprana. Por lo que no repugna hablar de una cronología cercana a 1719-25. La rica y menuda talla, también apunta a esta cronología, es muy elegante, con temas eucarísticos, espigas y racimos, y hoja de cardo, muy detallada, próxima en cuanto a turgencia a la del retablo de la capilla sacramental de San Isidoro, aunque asumiendo ya la necesidad de una estructura arquitectónica más lógica, al estilo del retablo granadino. La vinculación de ambos retablos se nota en las calles laterales, en los tipos de estípites y en sus formas bulbosas, en las ménsulas que soportan a estos estípites, en el desarrollo de las volutas y de las cornisas y en la ubicación de las esculturas laterales, así como el remate y el pabellón central a base de cortinajes.
     Las esculturas de San Estanislao y San Luis fueron realizadas seguramente con anterioridad a la canonización de 1726, y responden a la voluntad de Tamariz y Acevedo, que fueron propagadores de la devoción a estos novicios antes de su canonización, fervor que ellos habían experimentado previamente en Roma. Son obras con reminiscencias del taller de Roldán y con un cierto aplomo que con­servan otras esculturas como las de San Felipe Neri, las de Trigueros y sobre todo las equivalentes del retablo de Granada San Cecilio y San Gregorio.
     El interés por mostrar las últimas tendencias del arte jesuítico en Roma se comprueba también en las pequeñas urnas del tránsito de Javier y Kostka, ésta una versión a pequeño formato de la que hizo Gross para San Andrés del Quirinal. Aunque donde destaca el buen hacer de Duque es en el relieve del ático y en las espléndidas figuras de las virtudes, muy cercanas a las obras realizadas en Granada con anterioridad a los años 30.
          Esquema iconográfico retablo capilla doméstica C. 1719-25 Duque Cornejo y taller.
          A) Muerte de San Francisco Javier. B) Sagrario: Niño Jesús y San Juan. C) Muerte de San Estanislao. D) San Estanislao. E) San Luis Gonzaga. F) Inmaculada / Virgen del Pópulo/ Eucaristía.
          G) San Juan Evangelista. H) San Juan Bautista. (Pinturas sobre tabla atribuidas a Duque Cornejo por Manuel García Luque).
          I) San Francisco de Borja recibe a San Estanislao en el noviciado romano.
          J) Predicación de San Francisco Javier. K) Predicación de San Francisco de Borja.
          L) Cuatro virtudes.
          M) San Joaquín. N) San José con el Niño. (Pinturas sobre tabla atribuidas a Duque Cornejo por Manuel García Luque).
La bóveda del presbiterio
     La pintura de la Asunción es probablemente la obra menos reseñada de todo el noviciado y, sin embargo, resulta ser una de las más atractivas, pues en su composición mezcla elementos de la pintura naturalista de tradición andaluza y de la cuadratura italiana, al modo como lo hizo Juan Valdés y su taller en los Venerables, fórmula que desarrollaría con acierto su hijo Lucas. Así la figura de la Virgen está cercana al modelo de la Asunción del padre que se conserva en la Galería Nacional de Washington, aunque también se vincula con la del Pozo Santo, obra de Lucas, mientras que la teoría de ángeles mancebos están en relación con la Asunción de Valdés padre procedente del convento de San Agustín, conservada en el Museo de Bellas Artes sevillano y con los del Triunfo de la Santa Cruz de los Venerables. Las figuras monumentales de los apóstoles situados en la base de la bóveda tienen la gestualidad grandilocuente, la fisonomía general del taller de Valdés y cierta dureza de dibujo propia de Lucas. Evidentemente si esta obra fue realizada o dirigida por Lucas Valdés tuvo que hacerse antes de 1719, lo que vendría a confirmar nuestras sospechas de que el edificio del noviciado inclu­yendo la capilla se reformó con el mecenazgo del arzobispo Arias y debió estar concluido al poco tiempo de su muerte.
     En el conjunto se observan rasgos de valentía compositiva, enérgica ejecución y entonaciones en la línea de Valdés hijo, incluso la composición deslavazada apuntaría a éste, aunque también hay elementos chocantes que resultan probablemente de los repintes o de la escasa pericia de los ayudantes. Hay zonas en las que se aprecia el dibujo preparatorio y se nota una ejecución apresurada, casi inacabada. El conjunto ha sido completado por cuatro arcángeles en las pechinas obras de Domingo Martínez.
La pintura y la decoración en la nave, bóveda y muros
     En contraste con la arrebatada composición del presbiterio, Domingo Martínez ha dispuesto, en la bóveda de la nave una de­coración más sosegada, con figuras en actitudes muy acompasadas y una compartimentación muy arquitectónica, con una sencilla estructura mixtilínea de trazo geométrico, orlada en su interior con roleos, y complementada con modelos decorativos a base de cartelas derivados de las yeserías seiscentistas. Aunque muestra ya un estilo perfectamente consolidado, los marcos, orlas y cartelas delatan que se trata de una obra del mismo momento que San Telmo o la Iglesia de la Misericordia. Los arcos fajones están decorados con unas divisiones geométricas y unos roleos y grutescos muy similares a los empleados en en las pilastras de San Telmo fechadas en 1723.
     El despliegue iconográfico de toda la bóveda y parte de los muros pone en evidencia la eficacia decorativa, narrativa y simbólica de la pintura de Domingo Martínez cuando iniciaba el camino de la madurez. La variedad de tipos angélicos, de composiciones, la multiplicidad de escorzos y de actitudes, evitan la monotonía de una composición basada en las letanías. Por otra parte, el encaje de las inscripciones, la perfección del dibujo hacen del conjunto una de sus obras más acabadas. Partiendo de los modelos angelicales murillescos y de la tradición de la escuela sevillana, ha creado toda una corte de príncipes del empíreo, mucho más cortesanos y dieciochescos, logrando otorgar una gran belleza y coherencia formal a todo el conjunto. Para no hacerlo monótono procura combinar los ángeles mancebos con grupos de angelotes y querubines. Algunos dibujos relacionados con la serie se encontraban en la antigua colección Brauer de Zurich. Se nota, por tanto, un empeño por hacer un trabajo muy estudiado, coherente y de gran carga simbólica que servía al mismo tiempo de recordatorio didáctico y de información patrística sobre el culto y el papel corredentor de la Virgen. No olvidemos que el rezo de las letanías era una práctica cotidiana entre los jesuitas y fundamental en la vida del novicio.
          Programa icnográfico. Pintura mural Capilla doméstica
          Bóveda elíptica (Lucas Valdés) y pechinas ( Domingo Martínez)
          l. Asunción de la Virgen. 2. Arcángel San Miguel. 3. Arcángel San Gabriel. 4. Arcángel San Rafael. 5. Ángel de la Guarda.
          Bóveda de la capilla (Domingo Martínez):
     El esquema compositivo e iconográfico se repite en los 4 tramos de la bóveda. En cada tramo la composición se centra y se origina en un círculo con el anagrama de la Virgen cuyo perímetro desarrolla una inscripción y en torno a ella se establecen otras seis, tres a cada lado por registro en dirección a los lunetos, en donde se coloca un emblema con su mote y dos ángeles mancebos que portan los atributos correspondientes a las dos inscripciones laterales.
          Primer tramo
          1. Cabezas de querubes y estrellas rodeando el Anagrama de María con inscripción: CIRCA EAM OMNIS FRECVENTIA COELESTIVM AGMINVM INVIGILABAT / VT  POTEST QVAM SVPRA SE EXALTANDAM MINIME AMBIGEBANT Ful. De Nat. V.
          A su alrededor toda la multitud de los ejércitos celestiales, no dudaban de que ella hubiera de ser elevada a lo más alto
          2. FAX FIDELIVM. Method de Hypop. Luz de los fieles. [Ángel con cirio].
          3. FONS FONTIS VIVI. S. Damián. Ser. de Nat Virg. Fuente de agua viva. [emblema: fuente flanqueada por  dos ángeles]
          4. ROSA SALVTIFERA. S. Bern. Ser. de B. V. Rosa salutífera [ángel mancebo y querubines con rosas]
          5. OLIVA SPECIOSA IN CAMPIS. Eccl. Hermoso olivo en los campos [grupo de querubines con ramas de olivo]
          6. TVRRIS SAPIENTIAE NOSTRAE. S. Ber. Nat. M. Torre de nuestra sabiduría. [emblema: torre flanqueada por dos ángeles]
          7. PLATANVS IVXTA AQVAM Ecl. 24. Plátano junto al agua. [Ángel mancebo y querubines con rama].
          Segundo tramo
          1. [grupo de querubines con palmas portando una corona de laurel con el Anagrama de María]. Leyenda: VIDEBIS IN SVNAMITE CASTRA PRO VERITATE PVGNATIVM S. Bonav. August Verás en tierra sunamita el campamento de los que luchan por la verdad. / ET NON MARCESCIT PALMA O(B)VIA(M) MARTYRI VICTORIA NON MARCESCIT. S. Ambrosius in cant. 20. Y no se marchita la palma al encuentro del mártir, la victoria no se marchita
          2. LAMPAS INEXTINGVIBILIS. S. Cyril. bom. Lámpara inextinguible. [ángel mancebo con lumbre y querubines]
          3. ARCA TESTAMENTI S. Cypr. de Coen Dom. Arca de la Alianza. Emblema: [arca, flanqueada por dos ángeles]
          4. ARCUS FOEDERIS. S. Bonav. / in Spec cap. 14. Arca del pacto. [grupo de querubines y arco iris]
          5. LILIVM CANDENS. S. Bonav in Spec. C. 10. Lirio blanco y brillante. [ángel mancebo y querubines con azucenas]
          6. PVTEVS AQVARVM VIVENTIVM. Cant. S. Jan 18. Pozo de aguas vivas. Emblema: [cartela con pozo, flanqueada por dos ángeles]
          7. CLAVIS COELORVM . S. Eubrem. Orat. Ad Virg. Llave de los cielos. [ángel mancebo con llave y querubines con flores].
          Tercer tramo
          l. Grupo de querubines que portan una corona de flores con el Anagrama de María I leyenda: DVX VIRGINITATIS MEAE TV ES. Yer 3.8. Tu eres la guía de mi virginidad. VIRGO DE CVJVS PLENITVDINE OMNES ACCEPIMVS. S. Bernard. Ser de Nativ. 27. Virgen de cuya plenitud todos hemos recibido
          2. STELLA VITAE. Hesych. Ser. 2. de Virg. Estrella de la vida [ángel mancebo con estrella y querubines]
          3. PORTA VITAE. S. Anselm. Deprac. Virg. Puerta de la vida Emblema: [cartela con una puerta, flanqueada por dos ángeles] 
          4. PALMA FLORENS. S. Bonav. in Spec. C. 2. Palma floreciente. [ángel mancebo con palma y querubines con flores] 
          5. TVRIBVLVM AVREVM. Greg Nicomed. Incensario de oro. [ángel mancebo con incensario y querubines con flores] 
          6. SCALA JACOB IN QVA DEVS REQUIEVIT. Damasc. de dormit. M. Escalera de Jacob en la que Dios ha descansado. Emblema: [cartela con una escalera, flanqueada por dos ángeles].
          7. SPECVLVM SINE MACVLA DEI MAIESTATIS. Sap.7 26.26. Espejo sin mancha de la majestad de Dios. [ángel mancebo con espejo y querubines con flores]
          Cuarto tramo
          1. [Grupo de querubines que portan una corona de flores con el Anagrama de María].: SEXAGINTA SVNT REGINAE ET ADOLESCENTVLARVM NON EST NVMERVS, VNA EST PERFECTA MEA Cant 6.7 Sesenta son las reinas e incontable la cantidad de doncellas, solo la mía es perfecta. QVAE IN COELIS REGINA SANCTORVM IN TERRIS REGINA REDEMPTORVM. Rupert. Lib. 3 in Cant. La que en el cielo es reina de los santos en la Tierra es reina de los redimidos
          2. LIBER OBSIGNATUS . Greg. Nicomed / De obit V. Libro sellado. [ángel mancebo con libro y querubines con flores]
          3. TEMPLVM PVDORIS. S. Ambros. de insti V.C.S. Templo de modestia. Emblema: [cartela con un templo, flanqueada por dos ángeles]
          4. VAS DEI ELECTVM. Ephren 30. Vaso elegido por Dios. [ángel mancebo con copa y querubines con flores]
          5. CANDELABRVM AVREVM. S. Epiph. Orat. Ad V. Candelabro de oro [ángel mancebo con candelabro y querubines con flores] 31.
          6. RVBVS ARDENS INCOMBVSTVS (Líber de Vit M.). Zarza ardiente incombustible. [zarza ardiente]
          7. COLVMBA ELECTA. Rupert. In 6 Cant. 33. Paloma elegida I
     Se trata, por tanto, de un conjunto de alabanzas o letanías dedi­cadas a la Virgen escogidas de diversos padres de la Iglesia o extractadas de diferentes libros bíblicos. No se corresponden exactamente con la Letanía Lauretana, aunque tiene algunas coincidencias, más bien constituye una selección especialmente hecha por los respon­sables del programa iconográfico con una intención didáctica. Tras esta selección debe estar uno de los eruditos padres que rigieron el noviciado, seguramente Juan de Arana, aunque pudo basarse en un esquema previo del rector Acevedo, pues fue autor precisamente de un tratado sobre la naturaleza de los ángeles, los principales compañeros celestiales de los novicios que rezaban cada día en este recinto. La división entre tramos, sectores y lunetos se ha hecho siguiendo los modelos habituales en el taller de Domínguez, fileteando la arquitectura con azul y oro y con decoración en grisalla, bastante simple, que imita las yeserías de diseño barroco todavía seiscentista. Probablemente esta serie constituya la primera aportación de D. Martínez al Noviciado y serviría de carta de presentación para su trabajo en la Iglesia principal y en la sacristía.
     El conjunto decorativo y el programa iconográfico se completan con una serie de cobres flamencos del siglo XVII enmarcados para la ocasión con marcos que narran escenas de la vida de María, alternándose con cornucopias tachonadas de reliquias. Todas las escenas están pintadas al óleo sobre cobre, salvo la escena del nacimiento de la Virgen, obra de calidad realizada por Domingo Martínez, sobre tabla para completar la serie:
          Escenas de la vida de María: l. Natividad de la Virgen, 2. Presentación de María en el templo, 3. Jesús entre los doctores, 4. Desposorios, 5. Anunciación, 6.Visitación, 7. Nacimiento del Bautista, 8. María y José buscando posada en Belén, 9. Adoración de los pastores, 10. Adoración de los Reyes, 11. Huida a Egipto, 12. El regreso de Egipto, 13. Presentación de Jesús en el templo, 14. Sagrada Familia (regreso de Jerusalén), 15. Tránsito de la Virgen, 16. Asunción.
          Bajo estos marcos y alternando con relicarios se sitúan una serie de apóstoles y Evangelistas con sus respectivas leyendas que los identifican:
          l. San Pablo, 2. San Pedro, 3. San Matías; 4. Santiago el Mayor; 5. Santo Tomás; 6. Santiago el Menor, 7. San Felipe, 8. San Bartolomé, 9. San Bernabé, 10. San Andrés, 11. San Judas Tadeo, 12. San Simón, 13. San Juan, 14. San Mateo, 15. San Marcos, 16. San Lucas.
     El apostolado de la capilla doméstica ha sido identificado como serie perteneciente al taller de Domingo Martínez, en la que se copian diseños de Rubens y Van Dyck a través de grabados. El Santiago el Mayor sigue el grabado de N. Ryckerman a partir de un original de Rubens y el San Mateo de Van Dyck. El resto de los apóstoles se basan en los modelos de Van Dyck grabados por Cornelis van Caukercken. La presencia de los apóstoles a la altura de los ojos se explica en este programa eminentemente mariano, porque son modelos para los novicios en su trabajo apostólico y en su relación de veneración y respeto hacia la Virgen a la que acompañaron hasta su tránsito.
     Todo este programa mariano se cierra con un colofón que re­ sume la actitud del novicio jesuita ante María, que debe imitar en todo a la de Ignacio de Loyola. En efecto, "la Aparición de la Virgen a San Ignacio en la cueva de Manresa" se sitúa bajo la tribuna cerrando todo el conjunto. La escena es de una gran belleza plástica y con un colorido más rico y brillante que la versión del mismo tema que se conserva, pintada sobre lienzo, en el cercano convento de Santa Isabel, procedente de la capilla de ejercicios del oratorio de los Filipenses, posiblemente uno de los lienzos que pasaron a esta orden procedente de la capilla de ejercitantes de este noviciado.
     Tanto los marcos como los relicarios que los complementan y las galerías para cortinas forman parte del mismo conjunto decorativo, cuyo diseño debió correr a cuenta del propio taller de Duque Cornejo o, en todo caso, de Domingo Martínez pues responden al mismo plan decorativo que se plasma en muros, cornucopias y retablos. Los marcos relicarios, están relacionados formalmente con las cartelas de Duque para el sagrario de San Bernardo, por lo que su ejecución debió ser relativamente temprana. Aunque durante el proceso de restauración apareció un papel que se aprovechó para fijar uno de los cristales, datado en 1752, que pudo incluirse en una restauración posterior.
     Las pinturas laterales que enmarcan dos vanos junto al presbiterio hacen alusión a la venida del Redentor.
     QVONIAM ANGELIS SVIS MANDAVIT DE TE, UT CVSTODIANT TE IN OMNIBVS. VIIS TVIS
     IN MANIBVS SVIS PORTABUNT TE, NE FORTE OFFENDAS AD LAPIDEM PEDEM EDIAN TVVM. EX SALMO 90
          Que él ha dado orden sobre ti a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos te llevarán en sus manos, para que no hagas daño a tu pie contra la piedra.
Las pinturas de la sacristía
     El noviciado de San Luis fue uno de los centros en que más tempranamente se difundió la devoción al Corazón de Jesús en España. Ya en 1736 por iniciativa del Provincial Antonio del Puerto, se impusieron una serie de prácticas propias de esta devoción en la capilla doméstica. En este contexto de innovación litúrgica y de efervescencia devocional hay que entender la pintura mural de la sacristía de la capilla, cuya bóveda de paños se decora con unas pinturas estrechamente relacionadas con la obra de Domingo Martínez, adaptándose de nuevo a las exigentes novedades de la iconografía jesuítica, en una fase más avanzada de su estilo, la década de los años 40.
     Los paños del perímetro muestran las figuras de los cuatro evangelistas y dos cartelas con leyendas alusivas al emblema central: Dos ángeles arrodillados adoran el anagrama de JHS rematado por el Corazón, coronado de espinas, y culminado por la cruz. Las leyendas alusivas se encuentran en sendas cartelas:
          BONVS THESAVRVS / COR TVVM / BONE / JESVS / S. Ber.
          (Tu corazón es un buen tesoro. Oh buen Jesús)
          RESPICE AD COR / MEVM: HOC ERIT / TIBI TEMPLVM / Liber.3 / Revel. / S. Gertr. C. 28
          (Mira mi corazón este será un buen templo para ti)
          ET DABO UOBIS / COR NOUVM / ET SPIRITVM / MEVN EFUNDAM IN MEDIO UESTRI / E. c. H. 38.16. (y os daré un corazón nuevo y derramaré un espíritu nuevo en medio de vosotros).
     En este conjunto Domingo Martínez ha querido conjugar el ilusionismo de la arquitectura que se insinúa mediante grisalla en el plano del fondo y el preciosismo de las yeserías pintadas que se plasman en primer plano, creando un conjunto de gran capacidad plástica. Los roleos se mezclan con los querubines siguiendo el esquema básico del dibujo ornamental atribuido a Martínez, que se conservaba en la antigua colección Brauer de Zurich (Archivo Mas, nº 6598). El emblema central está ilustrado con el anagrama de Jesús fundido con el corazón coronado de espinas y rematado por la cruz inflamada rodeado de cabezas de querubín posiblemente fue extraído de la portada de las "Evangelicae Historiae Imagines" de Jerónimo Nadal como apuntó la profesora Camacho. Los evange­listas centran el resto de las cartelas. La combinación de yeserías pintadas en grisallas, profusión de guirnaldas doradas y figuras po­lícromas, aproxima estas pinturas al momento de la ejecución de los últimos murales de la iglesia principal, alejándose del estilo más ordenado y perfilado de la Capilla, unos 20 años anterior (Juan Luis Ravé Prieto, San Luis de los Franceses, Arte Hispalense. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2018).
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La Capilla Doméstica del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, al detalle:
Retablo Mayor
        San Luis Gonzaga

domingo, 21 de junio de 2026

La imagen de San Luis Gonzaga, de Duque Cornejo, en el Retablo Mayor de la Capilla Doméstica, del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Luis Gonzaga, de Duque Cornejo, en el Retablo Mayor de la Capilla Doméstica, del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     Hoy, 21 de junio, Memoria de San Luis Gonzaga, religioso, que, nacido de nobilísima estirpe y admirable por su pureza, renunció a favor de su hermano el principado que le correspondía e ingresó en Roma en la Orden de la Compañía de Jesús. Murió, apenas adolescente, por haber asistido durante una grave epidemia a enfermos contagiosos (1591) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo de San Luis Gonzaga, de Duque Cornejo y Felipe Fernández del Castillo, en la Iglesia de San Luis de los Franceses, de Sevilla
   El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     La Capilla Doméstica la preside su Retablo Mayor, que se debe al escultor Pedro Duque Cornejo quien lo hizo en torno a 1733 y presenta una amplia iconografía de santos jesuitas. En el banco existen dos pequeñas vitrinas con esculturas de San Francisco Javier y San Estanislao de Kostka, siendo esta última copia de la realizada por Gross para la iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma. En el Manifestador, que remata el Sagrario, se sitúa una escultura de la Inmaculada, que sigue el tipo creado por Gregorio Fernández. Ocupando las calles laterales y el ático, encontramos imágenes de San Luis Gonzaga, San Estanislao de Kostka, San Francisco de Borja con San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, San Juan Francisco de Regis y San Francisco Javier. En dos pequeños óvalos pintados por Domingo Martínez se representa a San Juan Bautista y San Juan Evangelista [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
     Las esculturas de San Estanislao y San Luis fueron realizadas seguramente con anterioridad a la canonización de 1726, y responden a la voluntad de Tamariz y Acevedo, que fueron propagadores de la devoción a estos novicios antes de su canonización, fervor que ellos habían experimentado previamente en Roma. Son obras con reminiscencias del taller de Roldán y con un cierto aplomo que con­servan otras esculturas como las de San Felipe Neri, las de Trigueros y sobre todo las equivalentes del retablo de Granada San Cecilio y San Gregorio (Juan Luis Ravé Prieto, San Luis de los Franceses, Arte Hispalense. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2018).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Luis Gonzaga, religioso:
   Nació el 9 de marzo de 1568, cerca de Mantua, residencia de la familia principesca de los Gonzaga. Recibió la primera comunión de manos del arzobispo de Milán, san Carlos Borromeo.
   A los dieciocho años de edad declaró su vocación religiosa, y después de un cursillo en el convento de los capuchinos de Florencia, en 1585 eligió la Compañía de Jesús donde se lo recibió en noviciado.
   Enviado a Roma para curar a los apestados, murió en la epidemia a los veintitres años, en 1591.
   Sus biógrafos exaltan su recelosa castidad: tenía un miedo tan grande al sexo femenino, que ni siquiera se atrevía a mirar a su madre.
CULTO
   Beatificado en 1605, sus reliquias fueron  trasladadas en 1620 bajo  el altar de la capilla puesta bajo su advocación en la iglesia de San Ignacio de Roma. En el siglo XVIII, en 1726, fue canonizado por el papa Benedicto XIII. Es el patrón de la ciudad de Mantua, de la orden de los jesuitas y de la juventud estudiosa, porque se decidió a muy temprana edad por la vocación sacerdotal. Benedicto XIII lo había dado como patrón a los alumnos de los jesuitas. En 1926 Pío XI, lo proclamó «patrón celestial de toda la juventud cristiana».
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa en hábito de novicio de la orden de los jesuitas, con la sotana, pero sin estola.
   Sus atributos son un lirio, símbolo de pureza, un crucifijo, una calavera y una disciplina, que alude a su vida ascética (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Duque Cornejo, autor de la obra reseñada;
     Pedro Duque Cornejo, (Sevilla, 14 de agosto de 1678 – Córdoba, 1757). Escultor y arquitecto.
     Perteneciente a una de las estirpes de artistas más importantes del barroco andaluz, Duque Cornejo, representa el máximo exponente y culmen de las escuelas sevillana y granadina en la escultura barroca.
     Además de escultor de tallas, trabajará como arquitecto de retablos, fundamentalmente realizando el diseño o traza, y también conociéndose obras suyas en pintura y grabado. Se le considera el imaginero y entallador más destacado del siglo XVIII en Andalucía.
     En su figura confluyen factores importantes, como es una rica formación en varias disciplinas artísticas, que le permiten no dedicarse exclusivamente a la talla; y la culminación de la idea de artista que ejerce las tres artes, que está presente en la tradición andaluza desde la figura singular de Alonso Cano. Conocedor de su propia valía, siempre tuvo un alto concepto de sí mismo, e intentó por ello la consecución del título de escultor de cámara del rey, que no logró nunca, aunque sí obtuvo el de escultor de la reina, así como privilegio de hidalguía, concedido por la Real Chancillería de Granada en 1751. Dejó muestra de su trabajo por gran parte de Andalucía, fundamentalmente Sevilla, Granada y Córdoba, y también trabajó en Madrid. Sus esculturas se van a caracterizar por las poses afectadas y el impulso barroco conseguido con las grandes ondulaciones de las telas, en sus retablos va a ser constante la aparición del estípite, como elemento definitorio de las arquitecturas.
     Sus padres fueron el escultor de origen granadino José Felipe Duque Cornejo y Francisca Roldán Villavicencio, pintora de oficio e hija a su vez del escultor Pedro Roldán. Pedro Duque Cornejo se formará en el entorno del taller familiar de su abuelo, al que hay que considerar su maestro, ya que su padre fue un escultor mediocre. El taller de Pedro Roldán era el más activo de la Sevilla del último cuarto del siglo XVII, y estaba nutrido por toda la saga familiar dedicada a oficios artísticos, como su tía Luisa Roldán, la Roldana. En este ambiente aprendería todo lo concerniente a la escultura y a la pintura y policromía de las imágenes. Su dedicación a la arquitectura vendrá algo más tardía, por el trabajo conjunto con dos arquitectos importantes, Jerónimo Balbás en Sevilla y Francisco Hurtado Izquierdo en Granada, figuras importantes para entender la obra retablística de Duque Cornejo.
     Sus primeras obras se fechan en torno a 1702, dedicándose en estos primeros momentos a la escultura de tallas y a los grabados. Empieza a granjearse cierta fama en Sevilla, lo que hace que se le encarguen las esculturas del retablo mayor de la iglesia del Sagrario de Sevilla (desaparecido en el siglo XIX), la parte arquitectónica corrió a cargo de Jerónimo Balbás, insistiendo el cabildo catedralicio en la participación de Duque Cornejo, esta empresa ocupó al escultor entre 1706 y 1709.
     En 1709 contrae matrimonio en Sevilla con Isabel de Arteaga, con la que tendrá un total de siete hijos, algunos de ellos dedicados a la pintura y escultura, van a destacar Enrique, José y María, que trabajarán como ayudantes en el taller paterno.
     Este trabajo junto a Balbás le anima a emprender su carrera como arquitecto y en 1711 contrata su primera obra como maestro arquitecto y escultor, el también desaparecido retablo de la iglesia parroquial de San Lorenzo de Sevilla; en sus retablos va a hacer gala de un barroquismo exaltado. Durante este período no deja de realizar también encargos propiamente escultóricos.
     En 1714 está documentado su traslado a Granada, ciudad en la que permanecerá hasta 1719. Su principal encargo es para la iglesia de la Virgen de las Angustias, donde va a realizar la transformación de la imagen titular y añade en la nave de la iglesia esculturas monumentales de tamaño superior al natural.
     También se le encarga la realización del retablo de la Virgen de la Antigua en la catedral granadina, donde se va a ocupar del diseño y ejecución de la arquitectura y escultura. Su diseño es deudor de Hurtado Izquierdo.
     De vuelta en Sevilla, recibe el encargo de dos retablos para la cartuja de Santa María de las Cuevas, primer contacto con la Orden cartuja, que le proporcionará otros dos encargos importantes: la realización de las esculturas para la cartuja de Granada y para la de El Paular en Madrid. Las esculturas de Granada las realizará en su segunda estancia en la ciudad entre 1723 y 1728, trabajando junto con los mejores escultores granadinos del momento. Mientras realiza el encargo granadino, recibe el de Madrid, donde viajará en 1725, alternando los dos proyectos. En ambos, la arquitectura corre a cargo de Hurtado Izquierdo. Las esculturas para las cartujas de Granada y El Paular son consideradas el mejor exponente de la escultura de Duque Cornejo.
     En estos años alternará su estancia en Granada y Madrid, con estancias también en Sevilla, donde realizará encargos importantes en la catedral.
     Durante la permanencia de la Corte de Felipe V en Sevilla, el llamado “Lustro Real”, entre 1729 y 1733, Duque Cornejo intenta entrar en la órbita de los artistas cortesanos, consiguiendo el nombramiento de escultor de la reina Isabel de Farnesio, gran aficionada a las Bellas Artes. La intención del artista es conseguir el nombramiento de escultor de cámara, que no logrará.
     En 1731 recibe su encargo más ambicioso: la realización de la arquitectura y las esculturas de los retablos de la iglesia de San Luis de los Franceses de Sevilla y de la capilla de los Novicios, para los Jesuitas. El retablo de la capilla de los Novicios es considerado su mejor intervención en el campo de la retablística.
     A partir de este momento, Duque Cornejo recibirá multitud de encargos de retablos, como los sevillanos de San Leandro o el de la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación de Umbrete (Sevilla). En 1734 se ocupa del encargo de la realización del retablo de la Virgen de la Antigua de la catedral y del sepulcro del arzobispo Salcedo y Azcona, para situarlo en la misma capilla. El retablo es una realización en piedra.
     La obra que va a ocupar los últimos años en la vida del maestro es el encargo del coro de la catedral de Córdoba. Primero se le encomendará la ejecución de los laterales y luego el frente a modo de retablo, concertando lo primero en 1747 y el frente en 1752.
     Duque Cornejo diseña tanto la arquitectura como la escultura de esta inmensa obra repleta de ornamentación, relieves y esculturas de bulto. Cuando el coro se inauguró el 17 de septiembre de 1757, Duque Cornejo había fallecido unos meses antes, siendo enterrado en la misma catedral cordobesa (Cipriano García-Hidalgo Villena, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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domingo, 10 de mayo de 2026

El Relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 10 de mayo, Memoria de San Juan de Ávila, presbítero, que, nacido en Montilla, lugar de Andalucía, en España, recorrió toda la región de la Bética predicando a Cristo, y después, habiendo sido acusado injustamente de herejía, fue recluido en la cárcel, donde escribió la parte más importante de su doctrina espiritual (1569) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Santiago [nº 061 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Ha tenido la misma advocación desde 1477, o la variante de "Santiago Matamoros", aunque alojó a las santas Justa y Rufina y al "Jesús de la Columna con la Virgen y San Pedro llorando", grupo que también rodó mucho antes de desaparecer en el siglo XIX y que había dotado el canónigo Luis de Soria en 1512; hoy muestra el relieve de la "Virgen del Cojín", una Piedad y un san Lorenzo en el ático del retablo; también fue su patrono Gonzalo Sánchez de Córdoba. En ella se enterraron los arzobispo don Alonso de Toledo y don Gonzalo de Mena, en la catedral mudéjar, y también don Femando Tello (concretamente ante el altar de santa Bárbara), por lo que también se la denominó "de los Arzobispos", como su simétrica en el costa­do meridional (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En la Capilla de Santiago de la Catedral de Santa María de la Sede encontramos el relicario de San Juan de Ávila, pieza anónima sevillana del siglo XIX, adscrita al movimiento artístico del Neoclasicismo, realizado mediante la técnica del cincelado, con unas medidas de 21 x 10 x 7,5 cms. Sobre una base de planta circular sin decoración, figura un angelote de pie que soporta en sus brazos el relicario, el cual presenta ráfagas y cruz como remate (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de San Juan de Ávila, presbítero;
     San Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía (Almodóvar del Campo, Ciudad Real, 6 de enero de 1500 – Montilla, Córdoba, 10 de mayo de 1569). Eminente predicador y promotor de la Reforma Católica en España.
     “Sus padres eran de los más honrados y ricos de este lugar, y, lo que más es, temerosos de Dios”. Se crió, pues, en un ambiente muy familiar y cristiano.
     El nombre de Juan de Ávila está unido a su obra más significativa, la célebre Audi, filia, que es libro de magisterio interior. Precede a la Filotea, obra, en cierto sentido, análoga a la de otro santo, Francisco de Sales, y a toda una gama de libros religiosos que imprimieron profundidad y sinceridad a la formación espiritual católica, desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. También en esto es maestro singular.
     En 1513 fue a estudiar Derecho a la Universidad de Salamanca, de donde regresó a los cuatro años —abandonando, como él mismo dijo, las “negras leyes”— para llevar vida retirada en su casa. Estudió Artes y Teología en la Universidad de Alcalá (1520-1526), donde tuvo por maestro al dominico Domingo de Soto y trabó íntima amistad con Pedro Guerrero, futuro padre del Concilio de Trento y arzobispo de Granada, y tan afín al espíritu y a los trabajos del maestro Ávila. Era entonces Alcalá un hervidero de ideas erasmistas, de las que Juan de Ávila pudo haberse impregnado durante los años en que allí estuvo estudiando. Erasmo, que no había aceptado la cátedra que le ofreciera Cisneros para su Universidad recién establecida, ejerció en ella un amplio magisterio a través de sus escritos. Precisamente, cuando Juan de Ávila cursó en ella los estudios teológicos, dieron a luz las prensas complutenses buena parte de la producción erasmiana. Erasmo era considerado como el maestro del humanismo cristiano, artífice de una espiritualidad interior, el profeta de una nueva “paz cristiana”, heraldo de la auténtica reforma por la que clamaban desde hacía tiempo, también en España, todos los innovadores; y dotado, para colmo, de atractivos, de un caudal nunca visto de erudición clásica, con un estilo maravillosamente moderno, al que no faltaba el saborcillo picante de la crítica del rutinarismo religioso. Alguna de estas ideas erasmistas se veían reflejadas en la obra predilecta de san Juan de Ávila, el Audi, filia.
     Ordenado sacerdote en 1526, vendió su hacienda y se ofreció como misionero para el Nuevo Mundo. Fue para ello a Sevilla, donde “vivió en unas casillas con un padre sacerdote”, dedicándose a la predicación y a dar testimonio de su vida sacerdotal. No pudo pasar a América y, por consejo del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, empezó a ejercer su ministerio por el sur de España; de aquí que en adelante le llamaban el “Apóstol de Andalucía”.
   Se dedicó a la predicación por diversas ciudades, organizando misiones populares, dirigiendo espiritualmente a muchas personas, visitando los hospitales, cárceles y escuelas, formando grupo con otros sacerdotes en una vida de estudio, oración y pobreza. Por este tiempo predicó y vivió principalmente en Écija.
    En 1531 lo denunciaron, por doctrina sospechosa, a la Inquisición de Sevilla. La vigilancia inquisitorial, alerta ante el peligro de la infiltración luterana, amparó la ocasión. Se abría el proceso informativo. Los acusadores se ratificaron, y otras acusaciones llegaron de Alcalá de Guadaira. Los inquisidores decretaron la detención del predicador y los oficiales del Santo Oficio lo llevaron preso a Sevilla. A finales de 1532, Juan de Ávila respondió hábilmente a los cargos que se le hacían. Por otro lado, la vida que llevó en la cárcel y la prudencia y ortodoxia con que respondió a dichos cargos convencieron pronto a los inquisidores de que no había razón para condenarlo. Muchas acusaciones procedían de envidias y no es menor prueba el que los testigos que declararon a su favor fueran más numerosos que los que lo hicieron en contra. No puso Ávila mucho empeño en defenderse de las acusaciones; más dedicó su tiempo a esbozar su obra escrita principal, el Audi, filia (tratado sobre la perfección cristiana) y una introducción y traducción de la Imitación de Cristo. Según su biógrafo y discípulo fray Luis de Granada, aprendió el “Misterio de Cristo” en la cárcel “en pocos días más que en todos los años de su estudio”. El 16 de junio de 1533, vistos los autos, los inquisidores absolvieron al acusado, que salió del juicio sin nota ni mancha alguna. Como aquéllos le mandaran predicar un día de fiesta en la iglesia de San Salvador de Sevilla, anotó también fray Luis que, “en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la ciudad”. En 1535 marchó a Córdoba, invitado por el obispo fray Juan Álvarez de Toledo, y allí se incardinó.
     Se encargó de la formación del clero creando dos centros de estudio, explicaba al pueblo la Escritura, y desde Córdoba organizó las célebres misiones de Andalucía (con Extremadura, parte de La Mancha y Sierra Morena). Recorrió en su predicación y apostolado las principales ciudades andaluzas. Convirtió en Granada a Juan Ciudad (san Juan de Dios), quien fue dirigido espiritual suyo. Asimismo, influyó en el cambio de vida del marqués de Lombay, duque de Gandía (san Francisco de Borja).
     Mientras tanto, el número de sus discípulos crecía con la conquista de elementos valiosos y con ellos se dispuso a llevar a cabo uno de sus principales objetivos, que era el de fundar colegios para la educación de la juventud y seminarios o convictorios para clérigos.
     Consta la fundación de quince de esos colegios, sin contar los convictorios sacerdotales. De estas fundaciones, tres eran colegios mayores o Universidades (Baeza, Jerez, Córdoba). La fundación más célebre fue la de la Universidad de Baeza, cuyos clérigos, con fama de santidad y ciencia, llegaron a casi toda España. Sus principales colaboradores en este centro fueron Diego Pérez de Valdivia (después profesor de Escritura de la Universidad de Barcelona y célebre escritor espiritual) y Bernardino de Carleval. La línea de formación que se seguía en estos colegios era la que él mismo dejó explicada en los Memoriales que escribió y mandó al Concilio de Trento.
     Fueron años de incesantes correrías apostólicas: de Granada a Córdoba, de Zafra a Baeza, de Baeza a Montilla, otra vez a Granada y a Córdoba. Aquí hubo un momento en que parece que iba a cuajar, al fin, la fundación de “una congregación de sacerdotes operarios y santos”; fue el momento en que llegó a tener juntos “más de veinte compañeros en el Alcázar viejo, para principio de una religión que quería fundar”.
     Este centro misional, creado en Córdoba, retuvo al maestro Ávila en esta ciudad, como su sede habitual, por espacio de unos ocho o nueve años, sin que tal permanencia se deba considerar como una residencia inmóvil. Solo o acompañado de sus discípulos, predicó con gran fruto, tanto en la ciudad como en los alrededores; se adelantó por la serranía cordobesa, por Fuenteovejuna, y llegó en una ocasión hasta los límites del Campo de Calatrava y arzobispado de Toledo, a la vista de Almadén. Subió hasta la ermita de Nuestra Señora del Castillo, desde donde se divisan allá lejos Sierra Nevada, el puerto del Pico, Guadalupe, etc.
     Confesó allí a muchas personas que le habían seguido desde los lugares donde había predicado. Deseó llegarse a Almadén, para hablar a aquella muchedumbre de forzados de todas partes que allí trabajaban en las minas y en los hornos. Vio algunos azogados, y se quejó de que no hubiera hospital para atenderlos. A este propósito, escribió el conocido Daniel Rops en el volumen que dedicó a La Reforma: “Tuvo como centro (la Reforma en España) a un sorprendente personaje, Juan de Ávila, autor del admirable Audi, filia, y apóstol de palabra infatigable. En las ciudades y hasta en las más pobres aldeas de Andalucía, él y sus compañeros, antecesores de nuestras misiones rurales y obreras, se entregaron sin medida, mostrando en todas partes sus sotanas raídas, sus rostros macerados de ojos ardientes, avergonzando a los cristianos por la dureza de los ricos y aun a los prelados por sus debilidades, y conduciendo en su zurrón de cazador de Cristo piezas logradas, tales como Luis de Granada, Juan de Dios y Francisco de Borja; levantando en Sierra Morena las iglesias que vemos todavía hoy verdaderos precursores que anuncian, unos quince años antes, los primeros ensayos de San Ignacio de Loyola y sus compañeros”.
     Por ciudades, pues, pueblos y aldeas fue ejerciendo el ministerio de la predicación que, con el de la pluma, fue el principal y más importante de los ministerios que ejerció en su vida. Predicaba a toda clase de personas y aprovechaba el fruto de sus sermones para la dirección espiritual. Preparaba siempre la predicación con oración y estudio. De gran contenido paulino y con expresiones profundas, muy asequibles y asimilables, los temas principales eran: el misterio de Cristo, Eucaristía, Espíritu Santo, la Virgen María y tiempo litúrgico. Formó en torno a sí una verdadera escuela de predicadores y misioneros.
     En san Juan de Ávila se encuentra una síntesis sapiencial de la doctrina de la Iglesia y de toda la labor teológica hasta su época (Escritura, padres de la Iglesia, liturgia, magisterio, autores espirituales...), con una gran apertura al futuro y con unas cualidades de actualidad todavía para nuestra época. Se puede decir, sin exageración, que conociendo a Juan de Ávila, se conoce la doctrina eclesial por entero hasta el siglo XVI, con grandes y profundas indicaciones doctrinales para una labor teológica de futuro, así como para una vivencia de la fe en sus tiempos y en los tiempos actuales.
     En efecto, la doctrina del santo maestro abarca todos los campos del saber eclesial, y aún gran parte de materias humanísticas. En todos los campos teológicos, por ejemplo, presentó una doctrina sólida, amplia, fundamentada en la revelación y en toda la historia.
     Donde podría encontrarse su especialidad sería sobre todo en el campo de la predicación (de todos los puntos del mensaje cristiano), en la doctrina espiritual y en la doctrina sobre el sacerdocio. Sus puntos de vista teológicos no pertenecen con exclusividad a una escuela particular, sino que se pueden colocar en la esfera de la sabiduría cristiana que supera toda escuela y sintetiza lo mejor de ellas. Tratándose de un sacerdote diocesano (patrono de los sacerdotes diocesanos españoles), en caso de llegar a ser declarado doctor de la Iglesia, sería el primer sacerdote diocesano que consiguiera tal título, y esto en unos momentos en que la Iglesia necesita tener a la mano, con facilidad, seguridad y profundidad, la doctrina sobre el sacerdocio.
     En Juan de Ávila se notaba una cuidada formación tanto en los aspectos humanos e intelectuales como en los espirituales y pastorales. Era gran conocedor de la Sagrada Escritura, que continuamente citaba de memoria, de los padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Estudió y difundió la doctrina de Trento para salir al paso de las opiniones de los reformadores, de las que estaba al tanto. Pero la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde encendía su ardiente corazón. El magisterio personal de san Juan de Ávila por la palabra hablada se encerró dentro de los límites de la España de su tiempo; pero su magisterio por la pluma trascendió los linderos de la nación española, y de su siglo, difundiéndose por todo el mundo y por los siglos venideros a través de sus escritos.
     Predicador incansable y director de almas incomparable, el Apóstol de Andalucía fue también fecundísimo escritor de obras ascéticas y místicas. Una edición moderna de las Obras completas de san Juan de Ávila, por L. Sala y F. Martín Hernández, fue hecha en seis volúmenes en la Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1970-1971), que ahora se acaba de reeditar, en cuatro extensos volúmenes y con nuevas aportaciones, en la misma Editorial (Madrid, BAC, 2000-2003). Se sabe que otras muchas páginas rellenó el maestro Ávila, pero sólo las que se conservan constituyen un fondo riquísimo y de un valor inapreciable.
     De sus obras se hicieron anteriormente no menos de catorce ediciones generales españolas. En otras lenguas, tres. De obras distintas son también numerosas las ediciones que se han hecho, ya en la lengua originaria, ya en versiones a distintos idiomas; pero sobre todo del Epistolario. Nada menos que nueve españolas y veintitrés extranjeras se han contado.
     La simple enumeración de estas obras, que hoy se conservan, hace concebir una idea grandiosa del maestro, del apóstol; crece este concepto, teniendo en cuenta sus numerosas ediciones y versiones a otras lenguas, junto con la calidad de los escritos. De entre ellos sobresalen las Cartas, que debieron de ser millares, a juzgar por alusiones que se hacen en los procesos de beatificación y en otros documentos y cartas hoy desaparecidas; la correspondencia epistolar fue, sin duda, una de las principales y más eficaces ocupaciones del maestro Ávila. Cuenta su amanuense el padre Juan de Villarás que, “con frecuencia, estando comiendo, llegaban cartas y consultas de diversas partes, y, en acabando de comer, sin más estudio ni más premeditación, sino sólo ex abundantia cordis, le mandaba escribir y forjaba estas cartas, que impresas ahora asombran al mundo”. Fray Luis de Granada, su admirador, escribe: “Espanta más la facilidad y presteza con que estas cartas se escribían, porque, con ser ellas tales y tan acomodadas, era tan fácil en escribirlas que, sin borrar ni enmendar nada, porque no le daban sus ocupaciones, como salían de la primera mano las enviaba”.
     Pondera el mismo padre Granada la rara virtud y especial gracia del maestro en adaptarse tan bien a todas las necesidades de las almas: “Consuela los tristes, anima los flacos, despierta los tibios, esfuerza los pusilánimes, socorre a los tentados, llora a los caídos, humilla a los que de sí presumen. Y es cosa de notar ver cómo descubre las artes y celadas del enemigo, qué avisos da contra él, qué señales para conocer los hombres su aprovechamiento o desfallecimiento, ¡Cómo abate las fuerzas de la naturaleza! ¡Cómo levanta las de la gracia! ¡Con qué palabras declara la vanidad del mundo y la malicia del pecado y los peligros de nuestra vida! ¡Cuán copioso es en exhortarnos a la confianza en la providencia paternal de Dios y en los méritos y sangre de Cristo! Concluyendo, pues, esta materia digo que cualquier hombre prudente que leyera estas cartas [...], luego entenderá que el dedo de Dios está aquí”.
   Sus cartas eran de una maravillosa variedad y de una gracia deliciosa. Consultor nato de varios prelados, como Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, y del patriarca san Juan de Ribera y de santo Tomás de Villanueva, ambos arzobispos de Valencia, no faltan cartas a prelados, a fundadores de órdenes religiosas, como san Ignacio y san Juan de Dios; a sacerdotes, religiosos, monjas, señores de título, señoras, doncellas...
     Gran empeño tenía santa Teresa en que el Apóstol de Andalucía leyera el libro de su Vida; que de hacerlo, quedaría tranquila. Juan de Ávila le escribió dos cartas, en las cuales le dio a conocer la veracidad y solidez de su doctrina. Aunque enemigo de entremeterse en negocios seculares —su epistolario es espiritual—, no falta alguna carta que pertenece al buen gobierno de la república cristiana, como la que menciona el mismo padre Granada, escrita al asistente de Sevilla, “en la cual le da tantos avisos y documentos para buen gobierno della, como si toda la vida hubiese gastado en negocios de república”.
   Junto a las cartas, los Sermones. El sermonario del maestro Ávila abarca toda clase de temas: sermones de tiempo y de los santos, dogmáticos y morales, pláticas a sacerdotes y a monjas..., pero había materias que trataba con especial cariño, y fiestas en que no dejaba de predicar por enfermo que estuviera, a no ser que la enfermedad le rindiese por completo. “Cuando venía alguna fiesta grande, particularmente del Santísimo Sacramento o de Nuestra Señora —escribe el padre Granada—, luego se levantaba de la cama [...] y predicaba de ordinario ocho sermones, uno en cada día de la Octava del Santísimo Sacramento, y esto con tan buena disposición corporal, que parecía del todo sano”.
     Hoy se puede admirar la copia y solidez de su doctrina, aquellas expresiones tan felices, tan vivas, y que son como proverbios; y saborear los dulces efectos de devoción, que brotan de las páginas de sus tratados del Santísimo Sacramento, del Espíritu Santo, de Nuestra Señora... ¿Qué sería gustarlos de la misma boca del predicador? ¡Cuántos predicadores de todo el mundo han venido a sacar agua de doctrina y afecto de corazón de estas fuentes saludables! Se puede recordar lo que de sí mismo escribió san Antonio María Claret en el siglo XIX: “He tenido mucho afán en leer autores predicables, singularmente de materia de misiones. He leído a S. Juan Crisóstomo, S. Ligorio... y el V. Juan de Ávila. De éste he leído y he anotado que predicaba con tanta claridad, que lo entendían todos y nunca se cansaban de oírle, siendo así que sus sermones duraban a veces dos horas, y era tanta la afluencia y multitud de especies que le ocurrían, que le era dificultoso ocupar menos tiempo.
     Cualquiera puede comprobar hoy la abundancia y la solidez de doctrina de este predicador evangélico, leyendo los sermones que de él se han impreso. El insigne escritor Marcelino Menéndez Pelayo, en su conocida Historia de los Heterodoxos Españoles, refiriéndose a los tiempos del padre Ávila, se expresó de esta manera: “¿Qué había de lograr el protestantismo [...], cuando recorrían los campos y ciudades misioneros como el Venerable Apóstol de Andalucía Juan de Ávila, orador de los más vehementes, inflamados y persuasivos que ha visto el mundo?”.
     Pero existe un testigo mayor de toda excepción, su discípulo el venerable fray Luis de Granada: el amor de Dios “le hacía predicar con tan grande espíritu y fervor, que movía grandemente los corazones de los oyentes; porque las palabras, que salían como saetas encendidas del corazón que ardía, hacían también arder los corazones en los otros”.
     Célebre es aquel texto de este insigne escritor ascético: “Un día oíle yo encarecer en un sermón la maldad de los que, por un deleite bestial, no dudaban en ofender a Nuestro Señor, alegando para esto aquel lugar de Hieremías: obstupescite coeli super hoc, etcétera.
     Y en verdad, cierto, que dijo esto con tan grande espanto y espíritu, que me parecía que hacía temblar las paredes de la iglesia” Pero no solamente ponía corazón y fuego en sus sermones, sino que, “como persona de letras e ingenio, llevaba el sermón muy enhilado”.
     Cierto que no manejaba muchos libros: “Estudiaba los sermones que predicaba, de rodillas puesto en oración” Él mismo confesó a fray Luis de Granada “que en el tiempo que predicaba, cercado de tantos negocios, tenía cada día dos horas de oración por la mañana, y otras dos en la noche”. “Predicar —decía el mismo maestro Ávila— no es estar razonando una hora con Dios, sino que venga el otro hecho un demonio y salga hecho un ángel”.
   Y una cosa que agranda el mérito de tan excelso predicador es que formó escuela en el arte de predicar, de la que salieron conocidos oradores sagrados. El más eminente predicador que tuvo la Compañía de Jesús en España durante el siglo XVI fue el padre Juan Ramírez.
     “Amaestrado en la predicación, antes de entrar en la Compañía, por el Maestro Juan de Ávila, comenzó muy luego a conseguir en Granada notabilísimos triunfos”.
     Su fama de “maestro” se iba acrecentando, pues, cada día más, y parecía natural, Ávila fundaba un instituto de clérigos regulares, una orden de sacerdotes apostólicos. Pero la humildad del “Apóstol”, los achaques de salud que cada día se le recrecían, la generosidad con que iba entregando, uno a uno, sus mejores discípulos a otras órdenes religiosas, especialmente a la Compañía de Jesús, hicieron irrealizable el proyecto.
     Al mismo Ávila parece que le pasó por la mente entrar él mismo en la recién fundada Compañía. Se cruzaron cartas entre san Ignacio y el maestro. Aquél se había dado cuenta del valor personal de éste y había reparado en lo semejante de las empresas que ambos tenían entre manos. Convenía, pues, inclinarle a que entrase en la Compañía, porque “traería tras sí mucha cosa el Ávila”. Pero el maestro no se decidió: tenía muchos años y muchas enfermedades, aunque siguió respondiendo con generosidad, con discípulos y con ofertas. El 6 de diciembre de 1552 escribió san Francisco de Borja a san Ignacio: “Como verá V. P. por una carta nuevamente recibida del P. Mtro. Ávila, por la cual se entiende que, estando muy enfermo, quiere dejar por heredera a la Compañía de sus discípulos en los colegios, y así, por el fruto que se espera, escribe al P. Provincial que, ‘si no puede ir en persona, envíe (otra) tan calificada cuanto el negocio requiere’”.
     Ya muy enfermo, Ávila se retiró a Montilla (Córdoba) hacia el año 1554 y allí permaneció hasta su muerte (1569), viviendo pobremente. La marquesa de Priego lo hubiese querido alojar en su palacio, pero Ávila se negó. En la calle de la Paz, n.º 8, propiedad de la marquesa, se instaló, al fin, acompañado de su fiel discípulo el padre Juan de Villarás. “Un pequeño zaguán y una habitación de no grandes dimensiones ocupan la planta baja; y en el piso superior, al que da acceso una estrecha y rústica escalera, tres modestísimas habitaciones de techo no muy alto y de rústico pavimento”.
     Aparte de una intensa vida interior, Juan de Ávila siguió, en cuanto le daban de sí las fuerzas, trabajando en sus tareas apostólicas. Visitó con mucha frecuencia, para predicar y confesar, el monasterio de Santa Clara. Escribió cartas de dirección espiritual. Recibió consultas, noticias. Revisó la edición definitiva del Audi, filia, escribió el Tratado del sacerdocio, los Memoriales al Concilio de Trento, las Advertencias al Concilio de Toledo y otros escritos menores, además de numerosos sermones. Y, sobre todo, llevó las riendas de sus colegios y de su escuela sacerdotal. Especialmente por el epistolario se relacionaron con él en demanda de consejo: santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Francisco de Borja, san Juan de Dios, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ribera, fray Luis de Granada y otros. A él se referían comúnmente con el apelativo de “Maestro Ávila”.
     San Juan de Ávila, a semejanza de san Pablo, al que se propuso seguir como modelo, fue con toda verdad un apóstol, o como se ha escrito de él, “una clara imagen de la predicación evangélica” y al mismo tiempo “una copia fiel del Santo Apóstol”. En la línea del Concilio de Trento, al que mandó sus memorables Tratados de Reforma, puso todo su empeño en la reforma de las costumbres clericales, estableciendo colegios, parecidos en alguna manera a los seminarios, y haciendo que los sacerdotes, como soldados preparados para todo, saliesen bien preparados en toda ciencia y virtud.
     Fue amigo de todos y padre en Cristo de muchos hombres de toda condición, nobles y humildes, sacerdotes y seglares; y maestro, a la vez, de santos, tales como san Juan de Dios, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara, Ignacio de Loyola, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Teresa de Jesús, quien al enterarse de su muerte, dijo, afligida, que la Iglesia “había perdido una gran columna”.
     El magisterio de Juan de Ávila no terminó con su vida. Sus abundantes escritos han influido notablemente en la historia de la espiritualidad y de la renovación eclesial. En la Biblioteca de Autores Cristianos sus obras conocidas ocupan varios volúmenes.
     Se enumeran no menos de catorce ediciones y tres en otras lenguas en distintas épocas. De obras por separado son numerosas las ediciones y versiones a distintos idiomas. De su Epistolario hay al menos veinticinco ediciones extranjeras. El tratado Audi, filia es un clásico de la espiritualidad. Se tradujo muy pronto al italiano, francés, alemán e inglés. Su influencia en el Concilio de Trento ha sido puesta de manifiesto por los especialistas. No pudo asistir a él a causa de sus enfermedades; pero allí se dejó sentir el eco de su doctrina. El papa Pablo VI pudo decir en la homilía de canonización que “el Concilio de Trento adoptó decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes”. El Maestro Ávila pertenece a ese grupo de verdaderos reformadores que intentaron e iluminaron la renovación de la Iglesia en aquellos tiempos recios del siglo XVI.
     Sus escritos fueron fuente de inspiración para la espiritualidad sacerdotal. Se le copia y se le cita, por ejemplo, en las obras del clásico Antonio de Molina; en las de san Francisco de Sales, Bérulle, los autores de los Píos Operarios Evangélicos, san Antonio M.ª Claret, beato Manuel Domingo y Sol... Ya en nuestro tiempo, Juan de Ávila ha sido una referencia continuada para el clero diocesano, no sólo en España, sino también en otros países, particularmente en América. “Maestro de evangelizadores” —Apóstol de Andalucía le llamaban, por la evangelización que en ella realizara—, Juan de Ávila puede servir de modelo para llevar a cabo la nueva evangelización que necesita nuestro mundo de hoy. En el campo de la catequesis es un buen modelo. Supo transmitir con seguridad el núcleo del mensaje cristiano y formar en los misterios centrales de la fe y en su implicación en la vida cristiana, provocó la adhesión a Jesucristo y llamó a la conversión. Respecto a la pastoral de la educación y de la cultura, Juan de Ávila fue un pionero.
     Fundó una universidad, dos colegios mayores, once escuelas y tres convictorios para formación permanente e integral de los clérigos. Varias de estas escuelas y colegios eran para niños huérfanos y pobres.
     Para dar ejemplo, él mismo encarnó en su vida la pobreza y el amor a los pobres.
     La dimensión sacramental fue central en su predicación y en sus escritos; la clave de la vida cristiana y de toda la espiritualidad la hizo consistir en la vida divina y la filiación adoptiva recibida en el bautismo.
    En medio de su actividad apostólica aparece siempre, como base, la oración. En ella templaba su alma para la predicación. La pastoral vocacional era igualmente otra de sus grandes realizaciones. Decía que la recta formación de los sacerdotes era la clave de la verdadera reforma de la Iglesia, sacerdotes a los que había que formar desde la niñez. Igualmente, se interesaba ardientemente por las vocaciones a la vida consagrada.
    Había renunciado a prebendas y obispados (Segovia y Granada), así como al capelo cardenalicio ofrecido por Pablo III. Murió en Montilla el 10 de mayo de 1569. Santa Teresa, al enterarse de su muerte, dijo: “Lo que me da pena es que pierde la Iglesia de Dios una gran columna”. Fue beatificado por León XIII el 4 de abril de 1894. Pío XII, el 2 de julio de 1946, le declaró patrono del clero diocesano español. Pablo VI le canonizó el 31 de mayo de 1970. Precisamente en la homilía de canonización hizo resaltar del nuevo santo las siguientes características: figura y doctrina sacerdotal excelsa, modelo de predicación y dirección de almas, influencia histórica, paladín de la reforma eclesiástica. Entre las afirmaciones del Sumo Pontífice resalta la siguiente: “La figura y la doctrina de San Juan de Ávila, ha dejado, pues, en la Iglesia una impronta especial y extraordinaria que hoy es reconocida por todos. Su influencia histórica sigue siendo la de una gran Maestro o Doctor, pues tal ha sido siempre el título que acompaña a su nombre desde que, todavía en vida, se lo dieron sus contemporáneos”.
     A los pocos días de su canonización, la XII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (5-11 de julio de 1970) acordó solicitar a la Santa Sede la declaración de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia Universal. Igualmente, en 1989 acuerda la LI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (20-25 de noviembre de 1989) enviar preces a la Santa Sede, acompañando a la nueva Positio que se había redactado, en la que se ponía de relieve la solidez de la doctrina de san Juan de Ávila, su rica espiritualidad y su perenne actualidad (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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