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sábado, 8 de agosto de 2026

El Cortijo Santo Domingo, en Carmona (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los sitios arqueológicos Cortijo de Santo Domingo, en Carmona (Sevilla).
           Hoy, 8 de agosto, Memoria de Santo Domingo, presbítero, que, siendo canónigo de Osma, se hizo humilde ministro de la predicación en los países agitados por la herejía albigense y vivió en voluntaria pobreza, hablando siempre con Dios o acerca de Dios. Deseoso de una nueva forma de propagar la fe, fundó la Orden de Predicadores, para renovar en la Iglesia la manera apostólica de vida, y mandó a sus hermanos que se entregaran al servicio del prójimo con la oración, el estudio y el ministerio de la Palabra. Su muerte tuvo lugar en Bolonia, en Italia, el día seis de agosto (1221) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
       Y que mejor día que hoy, para ExplicArte los sitios arqueológicos Cortijo de Santo Domingo, en Carmona (Sevilla)
        Cortijo distribuido en torno a un patio y anexos independientes de construcción más reciente. Graneros, nave para maquinaria, señorío, casa encargado, cuadras y pozo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santo Domingo, presbítero;
   Fundador de la orden de los hermanos predicadores o dominicos. Nació en 1170 en Calahorra, La Rioja, de una familia oriunda de Osma, Castilla. Pasó la mayor parte  de su vida en Francia e Italia. Después de haber predicado en Toulouse contra los herejes albigenses, en 1216 obtuvo del papa la autorización para fundar la orden de los Hermanos Predicadores. Murió en Bolonia en 1221, localidad que visitara para presidir el capítulo general de su orden.
   Su leyenda, muy adornada, copia en parte a las de San Bernardo y San Francisco de Asís, a quienes habría conocido en Roma. A causa de un error intencionado se le concedió el honor de la Aparición de la Virgen del Rosario, cuando se sabe fehacientemente que la devoción del Rosario fue inventada y difundida a finales del siglo XV por el dominico bretón Alain (Alano) de la Roche.
   Su nacimiento, al igual que el de Cristo, habría estado acompañado de presagios. Cuando su madre fuera a rezar ante las reliquias de Santo Domingo de Silos, éste le anunció que ella tendría un hijo, al cual, en reconocimiento, dio el nombre de pila Domingo. Además, la embarazada habría visto en sueños al hijo que debía nacer de ella con una estrella sobre la frente, y bajo el emblema de un perro blanco y negro que tenía en sus fauces una antorcha encendida, lo cual significaba que estaba llamado a defender la fe amenazada por la herejía, como un buen perro guardián. Esta leyenda parece que tiene como origen un juego de palabras con dominico, perro del Señor (domini canis) o Dominicus (Domini custos).
   En Toulouse, donde había acudido para batallar contra los albigenses, defendió su causa mediante la ordalía del fuego, como San Francisco de Asís ante el sultán de Egipto. Dos libros se arrojan al fuego, uno herético, el otro ortodoxo: el primero se quema mientras que el segundo permanece intacto.
   Dominicos y franciscanos atribuyen a los fundadores de sus órdenes, contradictoriamente, una visión del papa Inocencio III, quien, mientras dormía en su palacio vio en sueños la basílica de Letrán a punto de derrumbarse, pero un santo sostenía la fachada vacilante. Dicho santo, que aportaba al papa el refuerzo de su orden es, para los franciscanos, San Francisco de Asís, y para los dominicos, Santo Domingo de Guzmán.
   A Santo Domingo se atribuían otros muchos milagros: salvó del naufragio a los peregrinos que atravesaban el Garona con rumbo a Santiago de Compostela, resucitó al joven Napoleón que había muerto al caer del caballo; derrotó al demonio que en forma de mono lo hostigaba mientras leía, y aun lo puso en penitencia haciéndole sostener la vela que le iluminaba, hasta que el diablo se quemó los dedos y el santo lo echó a latigazos; cuando una comunidad de su orden estaba falta de pan, los ángeles, en respuesta a sus ruegos, trajeron dos canastos llenos a la mesa del prior.
CULTO
   Canonizado en 1234, diez años después de su muerte, Santo Domingo era particularmente venerado en Toulouse donde predicó contra los albigenses y en Bolonia, donde murió y donde se le edificó una magnífica tumba.
   Sus patronazgos son escasos y nunca fue un santo popular, como San Martín o San Francisco de Asís. Pero las innumerables iglesias y monasterios de su orden difundieron su iconografía en toda la cristiandad.
   Las principales fundaciones dominicas en Italia, además de la de Bolonia, eran la iglesia de la Minerva, los conventos de Santa Sabina y de San Sixto en Roma, la basílica de Santa María Novella y el convento de San Marco en Florencia, y la iglesia de los Santos Giovanni e Paolo en Venecia. Además, tenía iglesias puestas bajo su advocación en Pisa, Fiésole, Siena, Orvieto y Nápoles.
   En Bolsena se lo invocaba contra el granizo.
ICONOGRAFÍA
   Santo Domingo está vestido con el hábito bicolor de su orden: túnica blanca y manteo negro, colores simbólicos de la pureza y de la austeridad. Su ancha tonsura está rodeada por una corona de pelo. Casi siempre lleva una barba en collar, pero a veces se lo ha representado imberbe.
   Tiene numerosos atributos. El libro, cerrado o abierto, que tiene en las manos, no bastaría para diferenciarlo. El tallo de lirio lo comparte con San Francisco de Asís y San Antonio de Padua: es el símbolo de su castidad, o más bien, alude a su veneración a la Virgen Inmaculada. Sus atributos realmente personales son la estrella roja y el perro manchado que su madre viera en sueños antes de su nacimiento, a los cuales, a finales de la Edad Media, se sumó el rosario.
   La estrella brilla sobre su frente o encima de su cabeza.
   A sus pies está sentado un perro blanco y negro que lleva una antorcha encendida en las fauces (portans ore faculam). Ese perro del Señor (Domini canis) es al mismo tiempo que el atributo individual de Santo Domingo, el emblema de todos los dominicos. "El predicador -dijo Daniel de París- es el perro del Señor encargado de ladrar contra los malhechores, es decir, los demonios que rondan en torno a las almas."
   No se comprende muy bien, por cierto, cómo podría ladrar con una antorcha encendida en las fauces.
   Santo Domingo recibió más tarde el rosario, que se considera obtuvo de manos de la Virgen. Uno de los ejemplos más antiguos de ese atributo usurpado es el cuadro de Cosimo Rosselli, que pertenece a la Colección Johnson de Filadelfia.
   Según el modelo del Árbol de Jesé, los dominicos crearon su propio árbol genealógico. Del pecho del fundador de la orden salen ramas sobre las cuales se alinean los dominicos ilustres, en media figura (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santo Domingo de Guzmán, presbítero;
     Santo Domingo de Guzmán y Aza, (Caleruega, Burgos, 1170 – Bolonia (Italia), 6 de agosto de 1221). Fundador de la Orden de Predicadores o Dominicos (OP).
     A pesar de ser uno de los personajes españoles de la Edad Media mejor estudiado y mimado por la literatura, la escultura y sobre todo por la pintura, santo Domingo sigue siendo poco conocido y menos aún popular. Se le recuerda más por frailes y monjas de su Orden (Tomás de Aquino, Alberto Magno, Catalina de Siena, Vicente Ferrer, Martín de Porres, Rosa de Lima, Juan Macías, Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Luis de Granada, cardenal Zeferino, Arintero, Getino y tantos otros) que por él mismo, o por la popular estrofa rosariana “viva María, viva el Rosario, viva Santo Domingo que lo ha fundado”.
     Este preclaro personaje fue hijo de Félix de Guzmán y de Juana de Aza y nació en la villa burgalesa de Caleruega, cerca de Silos, hacia el año 1170. Sus padres eran nobles y por su matrimonio se unieron los linajes Guzmán y Aza, bien conocidos a lo largo de la Edad Media, participantes en la Reconquista española y señores de Caleruega.
     Los Guzmán-Aza se distinguieron por su acendrada fe, generosidad, valor, espíritu emprendedor y audaz, energía tenaz y un alto grado de servicio al Estado y a la Iglesia, características a las que Domingo juntaría la vocación de su vida y su obsesión “ganar almas para Cristo”.
     El nacimiento de Domingo estuvo precedido de una visión que su madre Juana tuvo cuando estaba embarazada. Le pareció ver un cachorro con una tea encendida en la boca que iluminaba el mundo. Aquella luz, resplandor o especie de estrella que muchos testigos verían después en el rostro de Domingo y que atraía el respeto, la admiración y el amor de todos, era como la constatación de una vida singularmente santa vivida a imitación de los apóstoles y puesta enteramente al servicio del Evangelio y de la Iglesia. Fue bautizado en la iglesia románica de San Sebastián, todavía en uso, en una pila bautismal que aún se conserva y en la que desde hace siglos son bautizados miembros de la Familia Real española. Le pusieron de nombre Domingo (hombre del Señor), nombre no raro en la comarca y en la misma Caleruega, en recuerdo y agradecimiento al santo abad Domingo, cuyo cuerpo se conservaba en la cercana abadía de Silos. A ésta había acudido Juana de Aza, embarazada de Domingo, y allí, como a otras abadías y monasterios cercanos, en los que florecía la santidad y la ciencia, habría llevado alguna vez al niño. Su infancia transcurrió en Caleruega al calor del hogar familiar, que era al mismo tiempo casa, iglesia y escuela, y al refugio del torreón de los Guzmanes, todavía en pie aunque bastante transformado. Desde su atalaya, como desde la cima de la peña de San Jorge, en la misma villa natal, es seguro que Domingo mirase y admirase más de una vez el amplio y lejano horizonte que se abría a sus ojos. Su madre, conocida en la Orden dominicana o de Predicadores como “la santa abuela” se ocupó de enseñarle las primeras letras, pero sobre todo las sencillas oraciones cristianas y de inculcarle la recia fe de cristianos viejos que ella y su familia vivían, una fe alimentada por la caridad, virtud que Domingo llegaría a vivir intensamente. Infancia normal, sin acontecimientos extraordinarios a excepción del que en una ocasión vivió con su madre y que conocemos por los primeros biógrafos del santo.
     Doña Juana había dado el vino a los pobres, y cuando su marido, Félix de Guzmán regresó de improviso de una expedición militar y se enteró del hecho pidió a su mujer que le sirviera vino a él y sus hombres. Juana y Domingo rezaron a Dios en la bodega de la casa-palacio y el milagro se produjo; don Félix y sus soldados pudieron beber un excelente vino. El hecho se ha conservado en la memoria histórica y es importante recordarlo, porque probablemente esa fue la primera vez que Domingo, todavía niño, tuvo experiencia del valor y del poder de la oración, otra de las virtudes en las que llegaría a ser tan aventajado que sus biógrafos dicen de él que dedicaba noches enteras a la oración y que de día siempre hablaba con Dios o de Dios: “Cum Deo vel de Deo semper loquebatur”.
     Hacia los siete años de edad y encauzada su vida a la clerecía, Domingo vivió con un tío suyo arcipreste de Gumiel de Hizán (Burgos) y con él aprendió la cultura básica para prepararse a dar el salto a la Escuela diocesana de Palencia, por entonces muy floreciente y antesala de lo que poco después sería el embrión de la primera universidad de España. Allí, hacia 1185-1186, se presentó el adolescente Domingo de Guzmán y en Palencia permanecerá hasta, más o menos, cumplir los veinticuatro años de edad dedicado a estudiar y a rezar. Estudió letras, dialéctica, teología, sagrada escritura, especialmente el Nuevo Testamento, del que llegará a aprender de memoria gran parte del evangelio de san Mateo y de las epístolas paulinas, que siempre llevaba consigo. En Palencia creció y se desarrolló ya su gran personalidad humana y espiritual, de la que han quedado rasgos indelebles y de exquisita calidad.
     Domingo era reservado por naturaleza, meditabundo, estudioso, amante de la soledad, contemplativo. Pero esas cualidades no le hacen cerrarse al mundo y huir de él, sino todo lo contrario. Es un joven “adulto” abierto, alegre, permeable y caritativamente solidario con las desgracias y penurias de sus semejantes. Lo puso bien de manifiesto cuando Palencia sufrió una terrible hambruna de las que azotaban de cuando en cuando a España. En tal ocasión, Domingo llegó a vender hasta sus valiosos libros anotados de su propia mano, al tiempo que decía: “No puedo estudiar en pieles muertas [los pergaminos] mientras las vivas [las personas] se mueren de hambre”. Vivía el Evangelio de la caridad, la parte de él que mejor conocía: “Porque tuve hambre y me diste de comer” (Mateo 25, 35). Y todavía, años después, su caridad se convertirá en heroica, cuando en cierta ocasión estuvo dispuesto a cambiarse por uno al que en una incursión sarracena habían hecho esclavo. La levítica Palencia fue para él como un Nazaret y un desierto donde recibió mucho para después seguir dándolo a los demás.
     Terminada su experiencia palentina, Domingo se trasladó a Osma (1196) para formar parte de su Capítulo catedralicio y hacerse canónigo regular. Allí conocerá al que después será su entrañable amigo y obispo Diego de Acebes (o Acebedo), por entonces prior del cabildo, y al obispo de la diócesis Martín de Bazán. En Osma, Domingo recibe el sagrado orden del sacerdocio envuelto en un gozo espiritual extraordinario.
     Desde entonces, cuando celebre casi a diario la santa misa, será favorecido con “el don de lágrimas”. Comenzaba el segundo gran desierto de Domingo: silencio, contemplación, estudio aunque también la actividad ministerial. En Osma pasará los próximos años, hasta 1203, desempeñando los cargos de sacristán del cabildo, de subprior a pesar de ser muy joven y participando activamente en la reforma que se había iniciado dentro de la comunidad y cuyo objetivo era recuperar el ideal de vida de los apóstoles con una sola alma y un solo corazón (cfr. Hechos, 4, 32). Sin saberlo aún con exactitud, Domingo se preparaba en Osma para la que sería su futura y principal misión en medio de la Iglesia: predicar insistente e incansablemente, con la vida y la suave fuerza de la palabra, hasta la misma víspera de su muerte, a Jesucristo muerto y resucitado (cfr. 2 Timoteo, 4, 2).
     La ocasión de ver de cerca cuánta era la mies y cuán pocos los operarios (cfr. Mateo 9, 37) se le iba a presentar bien pronto. Corría la primavera de 1203 y una circunstancia imprevista, pero sin duda providencial, obligó a Domingo a abandonar la tranquila y recoleta soledad del claustro osmense. Alfonso VIII de Castilla encargó al obispo Diego de Acebes una misión real con destino a Dinamarca y el obispo quiso que su amigo Domingo lo acompañara. Aquellos mundos de horizontes misteriosos e infinitos que hacía años vislumbró desde el torreón de Caleruega se abrían ya para Domingo como una realidad llena de atractivo y de un inmenso trabajo apostólico.
     Concertada la boda real, objetivo del viaje, al final no pudo realizarse por haber muerto poco después la princesa elegida. Pero antes de regresar a España la comitiva regia, Domingo y su obispo Diego visitaron el corazón de la cristiandad. Los viajes realizados a  través de Francia y de otras tierras hasta llegar a las del norte de Europa, habían lacerado los corazones y las almas de ambos apóstoles. Habían visto a millares de ovejas sin pastor (cfr. Mateo 9, 36) y peor aún, a muchas de ellas rodeadas y acorraladas por lobos feroces. Estremecidos ambos, decidieron que era urgente informar detalladamente al papa Inocencio III (1198-1216), quien ya sabía algo, e intentar poner remedio evangélico lo antes posible, pues en el sur de Francia lobos rapaces devoraban a la Iglesia. El corazón apostólico de Domingo se quedó prendido del Mediodía francés cuando vio con sus propios ojos hasta dónde hacía mella la herejía cátara.
     Después de una larga y fatigosa caminata de regreso a España, Domingo descubrió que el dueño de la posada en la que se albergaron era hereje. Le faltó tiempo para iniciar una conversación que duró toda la noche, un diálogo agudo, razonado, claro, suavemente  persuasivo, y al despuntar el alba el hospedero recuperó la fe y regresó al seno de la verdadera Iglesia. Era el primer triunfo de Domingo en tierra de herejes y contra la herejía, preludio de la cosecha que iría recogiendo no tardando mucho. Pero había que esperar, conocer la situación política, social y religiosa, que era una mezcla casi inseparable, comprender la magia de la herejía, la razón de su éxito en tantas personas y el porqué del fracaso hasta entonces de los evangelizadores. Los cátaros que poblaban el sur de Francia eran descendientes doctrinales del evangelismo del siglo XI, de los valdenses y de otras deformaciones doctrinales más antiguas. Estaban protegidos por nobles (Raimundo VI de Tolosa y otros), y atraían a masas de personas alejándolas de la Iglesia y volviéndolas contra ella. Sus obispos y diáconos, los llamados perfectos itinerantes (predicadores que formaban una capa superior) y sus comunidades edificantes se autollamaban y creían ser los auténticos herederos de los apóstoles y de la Iglesia primitiva. Con una liturgia muy simple y un modo de vida aparentemente pobre intentaban erróneamente revivir el ideal de las primeras comunidades cristianas  atacando y queriendo suplantar a la Iglesia católica romana. Había mucha apariencia en sus vidas y sobre todo demasiado error en su doctrina como para que el teólogo y vir evangelicus que era Domingo de Guzmán no se percatase de la falsedad y los fallos de aquellos descarriados. En realidad, los cátaros (o albigenses, por estar muy presentes en la región de Albí) no comprendían el sentido cristiano del pecado que aborrecían, de la penitencia externa que hacían, de la castidad de que alardeaban, de la salvación a la que se creían predestinados. ¿Quién era realmente Cristo para ellos? ¿qué significaba la Cruz? ¿no rechazaban la materia, lo creado, el mundo, el matrimonio, por creerlo todo ello pecaminoso e imperfecto? Eran gnósticos dualistas y, por lo tanto, incapaces de comprender y de vivir lo esencial del Evangelio, del que sólo imitaban la apariencia. Domingo vio el error y se apenó del estrago espiritual y social que aquella ambigüedad doctrinal producía en masas enteras de gentes sencillas e ignorantes.
     No regresaría a España dejando a aquella multitud a la deriva. Era cierto que algo se venía haciendo desde tiempo atrás, pero sin resultados positivos. Los buenos monjes cistercienses, legados pontificios, no habían dado con la clave del éxito; les faltaba la pedagogía adecuada para convertir a los herejes: mejor preparación doctrinal y un poco más de ejemplo, justo todo lo que tenían Diego y Domingo. En junio de 1206, en Montpellier, ambos misioneros se encontraron con tres de aquellos legados y les dieron la fórmula para vencer a los herejes. Era muy sencilla; se trataba de unir vida y doctrina, palabras y hechos, hacer sencillamente y con verdadera humildad lo que Cristo recomendó a los apóstoles. “No llevéis con vosotros oro, ni plata, ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mateo 10, 9-10). La suerte estaba echada.
     Aquel encuentro fue decisivo. Domingo se convierte entonces y para siempre en predicador de la gracia, en vocero de Jesucristo, imitando en todo el modo de vida de los apóstoles. Las conversiones se multiplican y la noticia de la nueva predicación corre de ciudad en ciudad: Montpellier, Servian, Béziers, Carcasonne, Toulouse y otras se benefician de la presencia de los nuevos predicadores. Destaca Domingo, que ya ha protagonizado un hecho extraordinario. Un libro escrito por él conteniendo doctrina verdadera fue sometido al juicio del fuego y aunque fue arrojado tres veces a las llamas no se quemó. La gente va recuperando la fe y algunos herejes se convierten. La doctrina y el ejemplo de vida de Domingo y su grupo son incontestables.
     En 1207, se instala en Prouille (Prulla), a los pies de Fanjeaux, que era uno de los focos principales del catarismo, para desde allí continuar la predicación de Jesucristo. El obispo Diego tiene que regresar a su diócesis y la muerte le sorprende en Osma el 30 de diciembre de ese año; otros compañeros se vuelven a sus abadías y Domingo queda prácticamente solo en medio de un nido infectado por la herejía y revuelto por los intereses políticos de los señores feudales de la región, que luchaban entre sí (Pedro de Aragón, Raimundo de Toulouse, Raimundo-Roger Trencavel). Para colmo de males el legado pontificio Pedro de Castelnau es asesinado en 1208 por un familiar del conde de Toulouse y el papa Inocencio III entró en acción estallando la cruzada de 1209, que puso en llamas a la región de Albí. Simont de Monfort será el encargado de pacificar los ánimos, aunque fuera a costa de sangre y fuego. En poco más de tres años, este cruzado, tan intrépido como ambicioso, puso orden en el caos del Mediodía francés muriendo muchos herejes en la hoguera. Aquel método de “pacificar” y de “convencer” a los herejes repugnaba y le era totalmente contrario a Domingo de Guzmán, cuya predicación y evangelización se veía frenada por el furor de las huestes cristianas de Simón de Monfort.
     El método evangelizador de Domingo, como hizo con el hospedero, era el de la suave persuasión, el de la paciencia que todo lo alcanza con la gracia de Dios, el de la paz, el de convencer con razones y hechos a los extraviados para atraerlos a la fe verdadera y a la Iglesia única de Jesucristo. ¿Cómo se podía matar en nombre de Cristo y de su Iglesia? Pero a pesar de tantas contradicciones y peligros, él continuó en la brega.
     En circunstancias tan adversas, Chesterton escribe que Domingo hubo de ponerse y seguir al frente de una formidable campaña para la conversión de los herejes, y que consiguiera hacer volver a lo antiguo a masas de personas tan alucinadas con sólo hablarles y predicarles supone un enorme triunfo digno de colosal trofeo.
     Mientras mantuvo su centro de operaciones en Prulla (1207-1213) a Domingo se le unió un grupo de mujeres jóvenes, casi todas nobles, a quienes sus padres habían entregado a los cátaros para que las educasen, pero que ellas, de origen enteramente católico, habían conseguido escapar de la herejía. El grupo fue creciendo y Domingo, que demostrará tener un tacto especial en el trato y ministerio con las mujeres, como atestiguarán después las beatas dominicas Cecilia y Diana, se convirtió en el protector y alma de aquel grupo, embrión y corazón de lo que más tarde serían las monjas dominicas de clausura. Al propio Domingo se deben las fundaciones de los monasterios Prulla, Fanjeaux, Toulouse, Roma, Bolonia y Madrid.
     A partir de la fundación de Prulla, y al menos en la oración, la alabanza, el sacrificio y el afecto, Domingo no estará ya nunca solo; sus hijas serán su ejército de retaguardia.
     A las de Prulla les procuró rentas necesarias con las que vivir dignamente y sin preocupaciones y les escribió una Regla para que vivieran conforme a ella en caridad y comunión; algo parecido haría más tarde con las dominicas de Madrid.
     Pero ¿quién le acompañaría y ayudaría en el duro y cotidiano bregar de la santa predicación itinerante? Domingo va gestando la idea de formar una familia religiosa dedicada al estudio para la evangelización y viviendo, como él, al estilo de los apóstoles. El obispo Fulco de Toulouse le confía la parroquia de Fanjeaux y poco a poco se le van uniendo algunos compañeros animados del mismo espíritu. ¿Por qué no formar con ellos la comunidad de Hermanos Predicadores, que tanto le rondaba en la cabeza y le latía en el corazón? Meditando y rezando en Toulouse (1215) Domingo perfila, renueva y refuerza su idea. No se trataba de una empresa provisional y localista, sino de una perdurable y universal; quería fundar una nueva y original Orden religiosa en la que el binomio monje-apóstol fuera inseparable. Pedro Seila, vecino distinguido y acomodado de Toulouse, visitó con otro compañero a Domingo y le dio unas casas para comenzar el proyecto. La fundación de los futuros dominicos se puso en marcha en la primavera de aquel año de gracia.
     En junio, el obispo Fulco aprobó la nueva familia de predicadores diocesanos. Sus miembros, dirigidos por Domingo, vivirían en comunidad, pobreza, castidad y obediencia dedicados con ahínco a predicar a Jesucristo. No sólo predicarán contra la herejía y a los herejes, sino la totalidad de la doctrina y a todas las gentes participando así de la entera y misión pastoral del obispo. Pero la Predicación de Toulouse, como se llamó a la nueva fundación en sus primeros años, no satisface aún plenamente a Domingo. Acogido él y los suyos a la protección del obispo, la subsistencia de la comunidad estaba demasiado asegurada, mientras que el fundador prefiere la pobreza radical, vivir de la mendicidad. Por otro lado, ser predicadores y pastores sólo de una diócesis ¿no recortaba las miras universales de evangelización que Domingo llevaba dentro de sí? ¿no había herejes en otras partes? ¿y los paganos que vio en sus viajes camino de Escandinavia y los de otros mundos de los que había oído hablar? ¿y qué sería de tantas otras ovejas que aún estando dentro de la Iglesia parecían no tener pastores? Domingo estaba contento, pero no satisfecho. Su plan apostólico de evangelización debería llegar a toda la Iglesia y rebasar sus fronteras.
     ¿Cómo conseguirlo? En 1215, el Papa convocó el IV Concilio de Letrán y el obispo Fulco y Domingo se dirigieron a Roma; hablarían con Inocencio III para pedirle que confirmase lo ya hecho por el obispo Fulco y ampliase las competencias del grupo fundado por Domingo, que quiere ser y llamarse Orden de Predicadores. La predicación era precisamente por entonces uno de los problemas más acuciantes para el Papa y para la Iglesia, como recordará el canon 10 del mismo concilio.
     Lo aprobado por Fulco fue ratificado por Inocencio y mandó a Domingo que eligiera una Regla de vida ya aprobada y que después de un tiempo prudencial volviera a verle.
     Regresado a Francia y apoyado siempre por Fulco, Domingo establece comunidades de predicadores en Toulouse (iglesia de San Román), Pamiers y en Puylaurens, comenzando así la red de casas de la santa predicación, que pronto se extendería por toda la región de Albí. La Regla de vida que adoptaron fue la de san Agustín, añadiendo una serie de prescripciones o de régimen de vida que regulara la vida cotidiana de la comunidad (liturgia, ayunos, vestido, alimentación); se estaban poniendo las bases de la legislación dominicana, de la Orden de Predicadores que estaba a punto de ser aprobada por el Papa.
     Domingo regresa a Roma cuando Inocencio III acababa de morir el 16 de julio de 1216. Pero no hay por qué alarmarse; el nuevo papa Honorio III (1216-1227), aconsejado por el amigo de Domingo el cardenal Hugolino, -futuro Gregorio IX (1227-1241)- se mostró tanto o más favorable a la idea que su antecesor.
     Fue, pues, este Papa quien el 22 de diciembre de 1216 y el 21 de enero de 1217 confirmó la Orden de Domingo dándole a él y a sus frailes el título de Predicadores. La Rota del Papa, con su firma y la de dieciocho cardenales, fue llevada por Domingo a San Román de Toulouse, cuna de la Orden, en el invierno de 1217. Todos rebosaban de gozo. En el texto papal se recoge manifiesta y bellamente la idea y el ideal de Domingo. Se lee en la bula de aprobación: “Aquél que insistentemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos, queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso propósito de abrazar la pobreza y profesar la vida regular para consagraros a la predicación de la palabra de Dios, evangelizando a través del mundo el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. (Constitución fundamental, I, 1). Lo que quería Domingo era seguir anunciando a Jesucristo, al estilo de un nuevo san Pablo, a todas las gentes, lenguas, razas y naciones (cf. Mateo 28, 29; Marcos 16, 15; Lucas 24, 47), en toda la Iglesia apoyado en la autoridad de su Pastor universal.
     La Orden de Predicadores está fundada y aprobada; ahora hay que expandirla. Domingo se atreverá a dispersar ya a su minúsculo grupo de frailes. Y a los que asombrados y con cierto temor dudan de la oportunidad les dice con resolución: “No queráis contradecirme, yo sé bien lo que me hago”. El hecho se conoce en la Orden como “el Pentecostés dominicano”. A mediados de 1217, un puñado de frailes marcha a París, otro más pequeño a España, dos van a atender a las monjas de Prulla y otros dos o tres se quedan en Toulouse. Domingo, otra vez solo, ha tomado esta resolución porque sabe que el trigo sembrado fructifica, pero amontonado se corrompe. Le quedan pocos años de vida y quiere ver a su Orden implantada cuanto antes en los centros más importantes de la cristiandad, allí donde se estudia (París, Bolonia, Oxford, Salamanca) y bulle la vida, en los burgos; quiere ver a sus frailes enseñando en las cátedras y predicando en las iglesias. “Ve y predica” es el santo y seña que resuena constantemente en el corazón y alma de Domingo.
     En 1218 parte para Roma y obtiene bulas papales que le irán abriendo a él y a sus frailes las puertas de las diócesis para poder predicar y fundar conventos. Recluta vocaciones (Reginaldo de Orleans) y abre convento en Bolonia; después pasa por Prulla y luego, siempre a pie, mendigando el pan y predicando por donde pasaba, se encamina hacia España, la querida tierra natal que no veía desde hacía trece años. ¿Dónde estuvo y por dónde pasó? Los conventos más primitivos de España quieren ser todos fundación del propio Domingo; los de Segovia, Salamanca, Brihuega, Vitoria y otros quieren hundir sus cimientos en la visita del fundador. En diciembre llega a la futura capital de España y tiene la dicha de ver que fray Pedro de Madrid ha trabajado bien. Se abre un monasterio de monjas, que servirá, además, de punto de apoyo de la labor de los frailes; era como una copia de Prulla. En Madrid queda su hermano Manés, y Domingo deja a las monjas una bella carta, uno de los poquísimos escritos y a la vez reliquia que de él se conservan. La Navidad la pasa en Segovia y en una cueva a las afueras de la ciudad vive experiencias espirituales de alta mística. Desde entonces el lugar se denomina “la santa cueva”. Se duda si pasó por Caleruega y se detuvo en el Burgo de Osma, lugares tan queridos y llenos de recuerdos para él. Pero lo que vino a hacer a España lo hizo: implantar su Orden en su propia tierra.
     En marzo de 1219 está ya en Toulouse y antes de terminarse la primavera se encuentra en París. Rebosó de gozo al encontrar a treinta frailes jóvenes viviendo en el convento de Santiago bajo la paterna autoridad de fray Mateo de Francia, uno de los primeros compañeros del fundador. Los comienzos habían sido muy difíciles, pero París bien valía algún sacrificio. Antes de abandonar la ciudad del Sena envía frailes a Orleans, Limoges y Poitiers y atrae a la Orden a Jordán de Sajonia, su primer biógrafo y sucesor al frente de la Orden. Su recibimiento en Bolonia, en agosto de 1219, fue de profunda veneración. La comunidad, regida por fray Reginaldo de Orleans es numerosa, viva, estudiosa, fraterna, viviendo alrededor de la iglesia de San Nicolás. Reginaldo, antiguo profesor en París, predicaba como un nuevo Elías y atraía a muchos estudiantes al convento. ¿Qué más podía pedir Domingo? Rebosa de gozo pensando en las grandes empresas evangelizadoras que podrán realizar aquellos futuros atletas de la fe. A unos los envía al norte de Italia, donde también había herejía y él mismo irá pronto; a otros los manda a fundar conventos a Hungría (para evangelizar a los cumanos, deseo ardiente de Domingo), Escandinavia, Alemania.
     Permanece en Bolonia un tiempo, ultimando la formación espiritual de la comunidad y preparando los pasos sucesivos que había que dar, y después baja a Viterbo, donde se encontraba el Papa. Honorio III le encarga que organice la vida religiosa de ciertos grupos de monjas en Roma (de donde nacerá el monasterio de San Sixto, evocador de recuerdos del santo) y la organización de una campaña evangelizadora en Lombardía. El Papa dona a Domingo la magnífica basílica de Santa Sabina, actual curia general de la Orden y donde se conserva y venera la celda del santo fundador.
     El día de Pentecostés de 1220, que ese año cayó a 17 de mayo, preside el primer Capítulo General de la Orden, en el convento de Bolonia. Acudieron frailes de España, Provenza, Francia, Lombardía, Hungría, Roma. Domingo quiere renunciar a dirigir la Orden, pero los frailes no lo permiten. Con los capitulares, Domingo –que reunidos son la máxima autoridad de la Orden– el fundador quiere regularizar lo ya hecho y fundamentar y legislar el futuro de la Orden de Predicadores: hacer unas Constituciones por las que los frailes y los conventos se rijan, unas leyes sencillas y animadas por una inspiración común y básica: el espíritu del Evangelio a imitación de los apóstoles.
     Ésta era la norma fundamental, lo demás se iría adaptando según las circunstancias y las necesidades de la misión. El segundo y último Capítulo General al que asistió Domingo se celebró en 1221, también en Bolonia y por Pentecostés, y en él se completó la legislación anterior y se crearon varias Provincias de la Orden, entre otras la de España.
     Domingo siente debilitado su cuerpo, al que ha sometido a disciplinas y rigores durísimos, y siente que se muere. Pero ha creado y cimentado sólidamente su obra. Deja a la Iglesia una familia religiosa apostólica e intelectual presente y activa en las ciudades más importantes de Europa y a punto de traspasar sus fronteras, dirigida por un Maestro general, cabeza de la Orden, y perfectamente articulada por una legislación flexible y dinámica. Domingo de Guzmán, cargado de méritos y de santidad, hacedor de milagros, varón evangélico, murió rodeado del cariño y de las lágrimas de sus hijos, en Bolonia, a 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración del Señor. Fue canonizado por Gregorio IX el 3 de julio de 1234 y sus restos descansan y se veneran en un magnífico sepulcro en la basílica dominicana de San Domenico, en Bolonia. Su fiesta se celebra el 8 de agosto (José Barrado Barquilla, OP, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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viernes, 7 de agosto de 2026

El desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados

     Por Amor a Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla.          
     Hoy, 7 de agosto, se celebra en Mesina, en la región de Sicilia, en Italia, Memoria de San Alberto degli Abbate, presbítero de la Orden de Carmelitas, que con su predicación convirtió a muchos judíos a la fe en Cristo y proveyó de víveres a la ciudad en su asedio (c. 1306 / 1307) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].  
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla.
     El desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, se encontraba delimitado por la manzana formada por las calles San Isidoro, Estrella y Manuel Rojas Marcos; en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo.
   La Orden Carmelita, de lejanas resonancias bíblicas y eremíticas, toma su nombre del lugar donde tuvo sus orígenes: el Monte Carmelo, cordillera de Palestina asociada al recuerdo del profeta Elías quien llevó allí una vida eremítica junto con sus discípulos, narrada en el Antiguo Testamento (Libro II de los Reyes, 2), lugar que fue considerado santo según la más antigua tradición cristiana apoyada por los Padres de la Iglesia (San Gregorio, San Jerónimo, San Agustín, San Basilio). Las masivas peregrinaciones a Tierra Santa de los cruzados y la conquista de ésta a los musulmanes con la tercera cruzada a fines del siglo XII, posibilitó la instauración del Reino Latino de Jerusalén y el establecimiento de grupos de ermitaños latinos en el Monte Carmelo, en donde el recuerdo de Elías estaba vivo gracias a las narraciones bíblicas y a la tradición patrístico-eremita. Con el paso del tiempo y especialmente en la época de la Contrarreforma, los carmelitas sintieron la necesidad de tener a una figura santa que personificase su forma de vida, toda vez que no poseían un fundador al estilo de las otras órdenes religiosas, lo que propició el desarrollo de la conciencia eliana, ante el hecho de habitar en el Monte Carmelo, integrándose en la espiritualidad carmelitana como nota específica e individualizante. Según la narración de un peregrino francés que escribe en 1231, sabemos que existía un oratorio en medio de las lauras de los ermitaños, dedicado a la Virgen, por lo que fueron conocidos como Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, título que aparece ya en una bula pontificia de 1252. Estos eremitas que mantenían vivo el "espíritu" de Elías, solicitaron a principios del siglo XIII a Alberto, patriarca latino de Jerusalén, una regla o norma de vida para organizarse, que quedó redactada en 1209 y es conocida como Regla Primitiva o Regla de San Alberto, que se caracteriza por su esencia eremítica con algunas concesiones a la vida comunitaria, insistiendo en el silencio, la oración, el ayuno riguroso, la abstinencia, y el trabajo manual como medio de subsis­tencia, a lo que se añadían los tres tradicionales votos de pobreza, obediencia y castidad. La aprobación pontificia fue dada por Honorio III en 1226 y confirmada por Gregorio IX tres años más tarde en la bula Ex Offici Nostri.
     Pero los conventos o eremitorios de Oriente vivían bajo la amenaza constante de los ataques de los musulmanes, lo que hizo que muchos de sus miembros se trasladasen a Europa, considerándose la primera fundación carmelita en el continente la de Valenciennes en 1235, experimentando a lo largo de todo el siglo XIII un notable crecimiento. Finalmente, con la conquista sarracena de San Juan de Acre en 1291 y la matanza de los carmelitas que quedaban en el Monte Carmelo se pone fin a la Orden en Tierra Santa, rompiéndose las raíces orientales e inaugurándose definitivamente su ciclo europeo. El establecimiento en Europa coincidió con la proliferación de las órdenes mendicantes, que planteó a los ermitaños de Santa María del Monte Carmelo la alternativa de adaptarse a la forma de vida mendi­cante o continuar con su estilo eremítico y contemplativo. Se resolvió hacer una adaptación de la Regla, siendo el inglés Simón Stock, prior general durante veinte años, quien puso las bases de la nueva espiritualidad. Fue aprobada en 1247 por el papa Inocencia IV y aunque conservaba su espíritu contempla­tivo, se encamina hacia el apostolado característico de los mendicantes, se mitigaba el silencio y el ayuno, y se podía fundar con libertad, constituyéndose provincias con sus priores provinciales y sus capítulos, centralizadas todas en un Capítulo General como órgano supremo de gobierno con un prior general al que estaban sometidos todos los frailes. El papa Juan XXII extendió a los carmelitas en el año 1317 los privilegios que gozaban franciscanos y dominicos, con lo que alcanzaron plenamente la condición de mendicantes.
     El Capítulo General celebrado en el año 1256 autorizó la fundación de conventos en España, comenzando la expansión en la Península por Cataluña y Aragón y extendiéndose rápi­damente a lo largo del XIV. Durante el siglo XV el Carmelo padeció, al igual que el resto de las órdenes, la relajación de la vida espiritual y el desgobierno en sus conventos, surgiendo movimientos de observancia que insistían en la pobreza, el espíritu contemplativo y en la devoción mariana. Fundamental movimiento reformista en España fue el llevado a cabo por Santa Teresa de Jesús, quien habiendo reformado la rama femenina promovió la del Carmelo masculino. Con licencia del padre Rubeo, General de la Orden, en 1567, los padres Alonso González, provincial de Castilla, y Ángel Salazar, prior de los carmelitas de Ávila fundan las dos primeras casas de descalzos, manteniéndose aún la Orden unida. Rápidamente, a pesar de la austera vida adoptada, comenzaron a crecer las vocaciones y aumentar el número de monasterios que se reformaron. Este nuevo estado de cosas creó problemas de jurisdicción que determinaron la intervención papal, que nombró a tres dominicos para solucionar las fricciones entre calzados y descalzos. Pero la realidad fue otra, creándose un clima de conflicto y protesta que duró varios años. Con la mediación de Felipe II, el Papa Sixto V otorgó un breve en 1586 por el que concedía la separación de los calzados como Orden independiente, que fue ratificado posteriormente por Clemente VIII. Poco después se produciría una nueva disgregación en los conventos italianos que dará lugar a la separación por congregaciones de la gran familia carmelita, por un lado los conventos italianos y europe­os con su propio general superior, y por otro los de España, Portugal y América. En el siglo XVIII la Orden alcanzó su mayor desarrollo en número de casas y de miembros; sin embargo, tras la revolución francesa vinieron las sucesivas supresiones de instituciones religiosas. En la actualidad los Carmelitas tanto calzados como descalzos cuentan con un extenso número de conventos en todo el mundo.
COLEGIO DE SAN ALBERTO DE SICILIA (CARMELITAS CALZADOS)
     En el siglo XVII la Orden carmelita se halla plenamente afianzada en la Península contando, sólo en Andalucía en el año 1602, con veinte casas. En un deseo de perfeccionar la formación de los religiosos pera mejor capacitarlos en su tarea evangelizadora no exclusivamente entre los feligreses locales sino en la labor misionera de evangelizar el Nuevo Mundo, los prelados de la congregación deseaban, al igual que el resto de las órdenes venían haciendo desde el XVI, segregar los estudios de teología, filosofía y artes de los conventos que tenían asumidas tales enseñanzas -los denominados "studia" de Osuna, Córdoba, Granada y la Casa Grande de Sevilla-, y crear un colegio en el que concentrar esta actividad y en donde formar gran número de carmelitas bien instruidos para tal fin. La oportunidad para desarrollar este proyecto vino de la mano de fray Benito Enríquez, religioso de la Casa Grande del Carmen de nuestra ciudad y confesor de Dª Bernardina de Salazar, acaudalada dama, viuda del jurado Luis Álvarez de Soria, quien deseosa de realizar una obra piadosa y conocedora por fray Benito de los anhelos de la Orden, ayudó con parte de sus bienes a fundar el Colegio. El prior del Carmen fray Fernando Suárez (1563-1610) que llegaría a ser rector de San Alberto, previo permiso del provincial, pidió la licencia correspondiente para fundar al cardenal D. Fernando Niño de Guevara, arzobispo de Sevilla, quien la concedió el 19 de diciembre de 1602. Por escritura pública ante el escribano Simón de Pineda, el 2 de diciembre de ese mismo año se había procedido a la compra por parte de fray Benito Enríquez de unas casas en la collación de San Isidoro, propiedad y mayorazgo de D. Juan Manuel de León y Lando, hijo de D. Francisco Manuel de León y de Dª Elvira de Guzmán, quien las vendía por 13.000 ducados. Doña Bernardina aportaba la cantidad de 8.000 ducados y los 5.000 restantes fueron completados por los carmelitas. La señora quedaba como fundadora y se comprometía a labrar a su costa la capilla mayor que sería su enterramiento y de los herederos que ella designase, "con rexa de hierro, lámpara de plata, tres cálices, incensario, naveta y los ornamentos necesarios para toda las festividades", quedando el padre Enríquez como rector perpetuo. Los hechos se desarrollaban rápidamente, pues el 20 de diciembre por la mañana en el oratorio existente en la casa, "que estaba donde hoy hace fachada el refectorio en el asiento rectoral", se celebraba la primera misa y por la tarde el referido cardenal visitaba la nueva institución que quedaba establecida con la advocación de San Alberto de Sicilia, en la que se cursarían los estudios completos de Teología y Filosofía, estableciéndose en los estatutos que los escolares serían seleccionados para su ingreso en el Colegio mediante una oposición además de contar con la aprobación del padre provincial, rector y lectores para dicho ingreso.
     El 2 de febrero de 1603 consta la bendición de "la iglesia formada por crecidísimas limosnas", y la celebración al día siguiente de la solemne misa de pontifical oficiada por el cardenal arzobispo, iglesia que, en contra de lo que se viene señalando, no es la que existe hoy, sino un primer templo que con carácter provisional fue levantado en el patio mientras se construía el definitivo cuyos trabajos parece dieron comienzo seguidamente a la fundación de San Alberto. Será el 4 de febrero de 1626 cuando se diga la primera misa en la nueva y definitiva iglesia, que fue bendecida solemnemente el 15 de marzo por don Diego Guzmán, Patriarca de las Indias y Arzobispo de Sevilla. Sin embargo, según Ortiz de Zúñiga en 1649 la capilla mayor aún no estaba construida a causa de problemas con el heredero de Dª Bernadina, don Antonio Laredo, quien a pesar de los requerimientos judiciales no cumplió con la obligación de patronazgo de la fundadora. Finalmente, por ejecución de la sentencia, en agosto de 1632 la capilla pasó a mano de los carmelitas quienes hubieron de buscar un nuevo patrono o levantarla a sus expensas.
     Por el protocolo testamentario de Dª Bernardina de Salazar en el que fray Benito Enríquez, a instancias del albacea de ésta, hace relación de los bienes recibidos de la benefactora, conocemos la primera dotación del Colegio entre los que destacan un censo de 2.000 ducados mientras ella viviese -murió en agosto de 1604-, numerosos ornamentos religiosos, vasos sagrados, manteles y frontales para el altar, ajuar doméstico y ropas. Entre las piezas de valor artístico se señala una imagen de la Virgen "que está en el altar mayor y dos vestidos para la misma imagen el uno de tela morada guarnecido con unas bordaduras y el otro de rraso blanco de la Ozina guarnecido con unos pasamanos de oro", un Cristo atado a la columna "que lo enbió de Nueva España Gil Verdugo Dávila por quenta de la dicha fundadora que según parezio por sus cartas costo allá zinquenta y quatro pessos de ocho rreales cada uno sin el fiete".
     El Colegio de San Alberto prosiguió su andadura conso­lidándose como centro destacado de enseñanza de la ciudad, del que se hallan referencias sobre la participación de sus colegiales en actos piadosos, justas literarias y eventos de carácter conmemorativo, como el que tuvo lugar tras la canonización de Santa Teresa el 12 de marzo de 1622, por la que se hicieron fiestas durante cinco días en su honor, actividades de las que se formó relación escrita, siendo rector del centro fray Diego de Miranda. Asimismo, las instalaciones y dotación se iban mejorando gracias a donaciones de particulares y de los propios carmelitas, como la de fray Francisco de Ojeda, lector de filosofía, maestro de novicios de la Casa Grande y Provincial de la Orden, quien a su muerte hizo donación de su valiosa librería a San Alberto. La comunidad fue creciendo progresivamente en calidad y cantidad; de veinticuatro miembros en 1606 pasó a tener cuarenta y cuatro en el año 1664, y el número de colegiales se mantuvo casi constate en cuarenta alumnos hasta el último tercio del XVIII en que un acelerado descenso hizo pensar en 1771 al General de la Orden fray José Alberto Ximénez el suprimir el Colegio y reunir a sus miembros en la Casa Grande de El Carmen, lo que finalmente no se llevó a efecto.
     En la iglesia residían, según Ortiz de Zúñiga, algunas cofradías y hermandades, señalando el analista como más notable la de Nuestra Señora de la Encarnación, fundada en 1411 en la parroquia de San Pedro por los "porteros de emplazar'', que habiendo decaído en sus cultos y celebraciones se restableció por los porteros del cabildo de la ciudad y otros oficiales y escribanos, corporación que desapareció en fecha desconocida.
     Se inició el 12 de septiembre de 1735 por unos niños el rezo del Santo Rosario, para lo que contaban con una imagen de la Virgen del Carmen que veneraban en una capilla labrada contigua a la puerta de acceso a la iglesia del Colegio. A este acto piadoso se unieron los adultos, saliendo en la madrugada del 5 de noviembre por las calles de la collación para a la vuelta oír misa en el templo. La congregación se formalizó e 16 de mayo de 1736, siendo aprobadas sus reglas por el arzobispo D. Luis de Salcedo el 28 de junio del mismo año, asignándoles el provincial carmelita fray Diego Tomás de los Ríos una capilla.
     El 26 de mayo de 1768 y de acuerdo con las ideas ilus­tradas del momento se decretaba por el Supremo Consejo de Castilla el plan para la reforma de la enseñanza, que se hacía recaer en profesores seculares y suprimiendo las escuelas de Teología en manos de las órdenes religiosas, siendo éstas y otras disciplinas absorbidas por la Universidad Hispalense. Sin embargo, la fuerte oposición de la Iglesia y la intervención del Santo Oficio que llevó al procesamiento del asistente Pablo de Olavide, uno de los promotores de estas medidas, hizo que éstas quedasen en suspenso y posibilitó la continuidad de la actividad docente de los centros religiosos, como parece el caso de San Alberto, que se mantuvo abierto aunque con un número menor de colegiales.
     Con la llegada de los franceses en 1810 San Alberto padeció no pocos estragos, la iglesia fue expoliada y el convento se destinó a cuartel de la milicia nacional, padeciendo numerosos destrozos el patrimonio artístico del templo que fue, en buena medida, reparado por los carmelitas a su regreso, siendo nuevamente consagrada la iglesia el 16 de mayo de 1815. El 2 de septiembre de 1835 serían definitivamente exclaustrados, la iglesia continuó abierta al culto a cargo de sucesivos capellanes y en el ya ex-colegio se instaló la Academia Sevillana de Buenas Letras hasta que sacado el inmueble a licitación por las Oficinas del Crédito Público en 1840, fue comprado por D. Matías Ramos Calonje, fabricante de tisúes y cordonería de oro y plata; durante unos años se acomodó en el inmueble un colegio de segunda enseñanza.
     El 28 de noviembre de 1877 el arzobispo de Sevilla D. Joaquín Lluch y Garriga cede la iglesia de San Alberto a la comunidad filipense, que desde el año anterior celebraba sus cultos en ella; estos padres realizan los primeros trabajos de reparación que se presupuestaron en esta primera fase en 12.000 reales. En julio de 1878 se colocaba la solería de mármol, que aún subsiste, sufragada por la familia de D. Francisco Bocanegra. Se instalan imágenes y cuadros procedentes, algunas del primitivo Oratorio, se redecora la iglesia con nuevas pinturas en sus muros y en el camarín del altar mayor. En los años noventa se coloca el alto zócalo de azulejos en todo el perímetro interior del templo. Los filipenses intentan comprar la casa-colegio pero el alto precio pedido por su entonces propietario D Matías Ramos -340.000 reales- hizo que desistieran en e empeño. El 16 de noviem­bre de 1893, previa autorización del papa León XIII el arzo­bispo Sanz y Forés entrega en propiedad la iglesia a los oratorianos, con el mandato "que en breve plazo se haga entrega por el P. Prepósito al R.P. Provincial de los Carmelitas Calzados de todas las imágenes, alhajas y ornamentos que pertenecieron a la misma iglesia y son propiedad de la Orden". Finalmente, en 1944 consiguen la adquisición de la zona conventual en donde permanecen actualmente.
     El régimen de protección de inmueble es el de edificio incluido dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, por Decreto de 27/VIII/1964.
ARQUITECTURA
     Tanto el colegio como la iglesia de San Alberto han llegado hasta nuestros días prácticamente íntegros en lo que a su estructura arquitectónica se refiere. Está situado en la collación de San Isidoro inserto en una manzana entre las calles San Isidoro, Estrella y Manuel Rojas Marcos -estas dos calles se citan en el momento de la fundación como Alta por ser una de las zonas más elevadas de la ciudad, y posterior­mente "Alta de San Alberto"-. No es de los conventos más grande que hubo en la ciudad pero contó con todas las piezas necesarias para sus fines, en una ya habitual distribución en torno a unos patios en donde se disponen las estan­cias, con la iglesia adosada a uno de los lados del claustro principal. El acceso al Colegio se realiza por la calle Estrella, en origen llamada Alta, por el que se llega a un pequeño zaguán que da paso a un espacio que hace las veces de reci­bidor y que cae debajo de la escalera, comunicando con el patio principal claustrado, de planta rectangular, formado en planta baja por una arquería de medio punto que apea sobre seis columnas de mármol blanco en los lados mayores y cinco en los menores, toscanas las de los ángulos y las restantes con capiteles corintios estilizados, todas ellas con peralte cúbico. Como únicos elementos decorativos, unos sencillos círculos y cartabones en las enjutas de los arcos. Un friso corrido y una comisa dan paso al segundo piso en donde abren ventanas y balcones con molduras, separados entre sí por pilastras. En este claustro se situaban las princi­pales estancias del Colegio, en la planta baja el refectorio, la sala de profundis, etc. y en la alta los dormitorios, la librería y sala de estudios. En el costado sur se sitúa la escalera, de un solo tiro y tres tramos, cuya caja se cubre con una bóveda esquifada, adornada con yeserías barrocas policromadas. Por este patio se pasa a otro más pequeño y doméstico, que en origen tenía puerta a la calle San Isidoro -hoy inexistente- en donde se disponían la cocina y otras salas de servicios, como se declara en el documento fechado el 4 de noviembre de 1779 en el que Francisco Tirado y Nicolás González aprecian una pared medianera que ha labrado María Sánchez de Aguilera, en una casa de la calle San Isidoro "... y que caen a las cocinas y cuarto del dicho colegio". 
     La iglesia, situada en el ala este del patio principal y calle Manuel Rojas Marcos, fue consagrada el 15 de marzo de 1626 por el arzobispo don Diego de Guzmán aunque su capilla mayor fue concluida en la década de los cuarenta. Como señalamos en el epígrafe anterior, no fue ésta la primera que se levantó, sino que los carmelitas construyeron provisionalmente otra en "un ángulo del claustro", consagra­do el 1 de febrero de 1603 por el cardenal don Fernando Niño de Guevara. Mientras se procedía a la edificación de la definitiva cuyas obras parece comenzaron enseguida tras la fundación del Colegio en 1602, por un autor desconocido hasta el momento, siendo bendecida el 15 de marzo de 1626 por el entonces arzobispo de la ciudad don Diego de Guzmán. El hallazgo de una serie de documentos ha puesto de manifiesto que en agosto de 1626 se buscaban patronos para ayudar "a costear la obra della", y que el 19 de septiem­bre de 1626 se compra una casa anexa para construir sobre ella la capilla mayor, vendida a los religiosos por el capitán Pedro Suárez de Deza, por el precio de 10.400 ducados en moneda de vellón. Las dificultades económicas retrasan la construcción, pues sabemos que en 1629 aún no se había iniciado las obras de la capilla mayor, que como ya señalamos era patronato de doña Bernardina de Salazar, quien muerta en 1604 no pudo ver cumplido su deseo de verla culminada. Su sucesor en el patronato don Alonso de Laredo se desentendió de la obligación de cumplir lo concertado con la dama, y tras una serie de plazos concedidos e incumplidos el colegio deshizo el patronazgo y dispuso de la capilla mayor.
     La iglesia presenta una sencillez estructural en corres­pondencia con los presupuestos manieristas imperantes en la arquitectura local por estas fechas. Es de planta rectangular de amplia nave única de cinco tramos, cubierta con bóveda rebajada con lunetos y arcos fajones, crucero con bóveda elíptica sobre pechinas horadada con ocho óculos circulares en cada uno de sus gallones. Al presbiterio, en alto, se accede mediante tres gradas. En el lado del evange­lio se sitúan cuatro capillas y tres en el de la epístola, que miden 3,50 m. de ancho por unos 7 de alto, y se ordenan mediante arcos de medio punto entre robustos pilares que están recorridos por pilastras toscanas. Sobre las capillas pisan tribunas con antepechos de hierro y con ventanales a la calle. A los pies del templo se dispone el coro alto también con baranda metálica y cubierta abovedada rebajada, para el cual fray Francisco Muñoz, ex provincial que murió en San Alberto en 1782, labró a su costa la hermosa sillería y un facistol. Desde el coro bajo se accede al claustro principal.
     El acceso a la iglesia para los fieles se realiza por la portada situada a los pies del lado de la epístola, sobre el gran paramento de ladrillo que corre paralelo a la calle. Labrada en piedra martelilla y de sencilla traza manierista, se ha relacionado con el arquitecto Diego López Bueno. El vano de entrada es de medio punto adovelado, con pinjante en la clave; está enmarcado por finas pilastras toscanas que sostienen un friso clásico de triglifos y metopas; sobre una cornisa caneada monta un segundo cuerpo o ático con escudos laterales de la Orden carmelita en sendas tarjas sobre el frontón curvo y roto que alberga en su centro una hornacina, coronado el conjunto con un frontón recto con bolas en los extremos y cruz en el vértice superior. La hornacina cobija una imagen de piedra de San Alberto de Sicilia realizada por el escultor jerezano, discípulo de Martínez Montañés, Alonso Álvarez de Albarrán quien el 5 de diciem­bre de 1626 acuerda labrar la imagen con su peana, con Fran­cisco de Herrera Hurtado, quien ha de proporcionar la piedra o la cantidad de 100 reales para su compra. El santo había de tener un crucifijo de cedro encarnado en la mano derecha, los ojos abiertos, un ramo de azucenas en la izquierda y una diadema de hilo de oro, elementos que no se han conservado. El maestro se comprometía terminar y dejar puesta la escultura el día 15 de enero de 1627, "a contento e satisfacción de Marcos de soto" arquitecto que fue Maestro Mayor de la ciudad quien debía supervisar la escultura, y que quizás intervino en la obra de la portada, cobrando por todo ello 850 reales en moneda de vellón. Los restos de policromía que se aprecian corresponden a una intervención decimonónica, al igual que el retablo cerámico de San Felipe y la pintura de la Virgen del Perpetuo Socorro que son obras recientes de los filipenses. La fachada ha sido restaurada en 1993 al igual que la capilla púbica dieciochesca dedicada a la Virgen del Carmen que se sitúa contigua a ella aunque ya en la calle Estrella. Se configura mediante un arco trilobulado entre escuetas pilastras que sostienen la cornisa sobre la que se dispone un segundo cuerpo formado por una hornacina de medio punto (actualmente con un panel cerámico moderno de la Virgen del Perpetuo Socorro) entre pilastras con una cornisa de perfil quebrado rematada por tres pináculos con bolas cerámicas sobre pedestales. La capilla se cierra con una verja de hierro y actualmente está vacía.
     La torre campanario se sitúa a los pies del templo hacia el lado del evangelio, y está formada por un esbelto prisma rectangular de ladrillo sobre el que monta el campanario constituido por un cuerpo rectangular con un vano circular por cada cara, flanqueado por finas pilastras decoradas con ribetes cerámicos de color azul. Tras la cornisa monta un airoso remate apiramidado formado por varios cuerpos en decreciente en el que se suceden formas octogonales y onduladas con decoración cerámica, rematándose el conjunto con una cruz de hierro. El cuerpo de campanas aparece fechado en 1739, año de la posible restauración a que fue sometido al quedar dañado por un rayo el 23 de abril de 1736. También padeció desperfectos en el terremoto de 1755, al igual que la iglesia, en donde hubieron de realizarse trabajos de reparación -a este momento puede corresponder la construcción de la cúpula y el camarín del altar mayor- y también de carácter decorativo como queda de manifiesto en las yeserías que se reparten por las bóvedas siendo la más destacada la situada en el centro de la cúpula del crucero que representa el Éxtasis de Santa Teresa entre San José y San Alberto
     Por el lado del evangelio del crucero de la iglesia se accede a la sacristía, de planta rectangular con tres arcos sobre columnas pareadas, que actualmente se encuentra decorada con esculturas, pinturas, mobiliario y ajuar litúrgi­co procedentes del antiguo Oratorio filipense, como es la rica cajonería tardo-barroca tallada en cedro y caoba. Se guarda en ella un gran ostensorio recubierto de decoración barroca y adornos de perlas blancas en el centro de unas rosas, fechable a fines del XVII, pieza de la que no podemos afirmar con certeza que sea la que costeó fray Agustín de Valderrama junto con la de la casa grande del Carrnen.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Sabemos que la patrona doña Bernardina de Salazar donó al Colegio una "Imagen de Nuestra Señora" que presidió el altar mayor de la iglesia, obra desaparecida. Asimismo, también entregó la piadosa dama a la comunidad carmelita un "Cristo a la columna" que se trajo de Nueva España, que tampoco parece que se halla conservado. Por un contrato firmado el 18 de enero de 1614 entre el sacristán del conven­to fray Antonio de Esquivel y el escultor Francisco de Ocampo, sabemos que el Colegio poseyó una escultura de San Alberto, por la que se debía guiar el maestro para realizar un Santo Ángel, con sus mismas medidas y en madera de cedro. Ocampo se comprometía a finalizarla en el plazo de dos meses, por la que cobraría 600 reales. Ambas obras están sin identificar.
     Tanto el retablo mayor corno los que se distribuyen actualmente por la iglesia son de corte neoclásico y de poco interés artístico, realizados después de 1812 tras la marcha de los franceses. Nada sabemos de primer retablo salvo la escueta y despectiva referencia de Ponz, quien lo califica junto con los del crucero "muy disparatados", aludiendo sin duda al barroquismo de sus formas y decoración; retablos que tuvieron que desaparecer en los aciagos días de la ocupación francesa. El que preside hoy el templo es de autor anónimo y consta de banco con tabernáculo en el centro y postigos laterales para subir al camarín central del cuerpo principal, dividido en tres calles mediante cuatro columnas corintias doradas y jaspeadas que albergan esculturas proce­dentes del Oratorio de San Felipe Neri así como el Crucificado realizado en 1791 por Ángel Iglesias y la Dolorosa dieciochesca del camarín que en origen estuvo presidido por una imagen de candelero de la Virgen del Carmen que no se ha conservado. El retablo remata en un gran ático con dos volutas en los laterales que dan cabida a las imágenes de San Elías y Santa Teresa, y en el centro un relieve que representa la Apoteosis de San Alberto. Estas tres piezas son del periodo carmelita del templo y quizás del anterior retablo mayor. El camarín central es de planta trilobulada cubierto con cúpula ovoidal, está decorado con pinturas de fines del XIX realiza­das a instancias de los filipenses, en donde aparecen símbolos pasionistas, efigies de santos y santas y siete escenas de la vida de Cristo. En las calles laterales del primer cuerpo del retablo se disponen dos esculturas de Santa María Magdalena y Santa María Egipcíaca, realizadas por Duque Cornejo para el retablo del Oratorio de San Felipe Neri, de donde proceden. 
     Dos espléndidos ángeles lampareros decoran la capilla mayor suspendidos de los pilares laterales, que se asientan sobre onduladas peanas con ornamentación  de rocallas rococó sostenidas por un niño y tres cabezas de querubines. Su parecido con obras documentadas de Cayetano de Acosta (ángeles de la colegiata del Salvador o del convento de Santa Rosalía, de Sevilla) los adscribe a la producción de este artista, pudiéndose situar su ejecución a mediados del XVIII.
     Las capillas laterales de la iglesia poseyeron una serie de retablos pictóricos y escultóricos de calidad, realizados por artífices de primera fila, los cuales no se han conservado aunque sí algunas de sus pinturas y esculturas. En el lado del evangelio del crucero González de León dice que el antiguo retablo, en ese momento presido por un Cristo de la Veracruz, estaba dedicado a San Elías, sin detallar si el santo estaba efigiado en una escultura o pintura, de cuya imagen no conocemos ninguna otra referencia. Actualmente vemos una escultura de la Virgen de Valvanera. Sobre el retablo que existió en este lado del crucero hay que señalar que las antiguas referencias adjudican su ejecución a Alonso Cano, así como las pinturas que lo adornaron, de lo que daremos cuenta en el capítulo correspondiente. Igualmente se atribuye a este maestro el retablo correspondiente al lado de la epístola del crucero, que tampoco se ha conservado, sobre el que señala González de León que estaba presidido por una escultura de San Alberto de Sicilia realizada por Cano y que actualmente se conserva en la iglesia del Buen Suceso de Sevilla, muy alterada con repintes dieciochescos que desvirtúan su fisonomía original; la historiografía actual mantiene reservas con tal atribución. Fue el primer santo de la Orden y, considerado como el padre de la misma, se le profesaba gran devoción, estando en este caso representado de pie con el hábito del Carmelo ricamente policromado, los brazos abiertos, con crucifijo en la mano derecha y azucenas en la izquierda alusivas a su pureza, y con rostro de expresiva mirada.
     Las capillas de cuerpo de la iglesia tienen unas dimen­siones de 3,50 metros de ancho por unos 7 de alto, por lo que los retablos que las decoraban debieron de tener similar tamaño. En la primera capilla de la nave en el lado del evangelio, más próxima al presbiterio, destinada a comulgatorio cuando es citada por González de León, se ubicaba un retablo que adjudica a Alonso Cano con pinturas en las calles laterales de su mano y del que hoy sabemos que fue concertado en 1633 por los albaceas de Francisco Bernardino Palacios, propietario de la capilla, con el ensamblador Matías Cardoso, y el dorado y estofado con Alberto Montero. La hornacina central cobijaba el grupo escultórico de Santa Ana con la Virgen realizado entre 1632-33 por Juan Martínez Montañés, quien el 9 de octubre de 1632 concierta con los albaceas testamentarios de Francisco Bernardino Palacios estas imágenes, de madera de cedro, "en pie que puedan traerse en procesión por ser así la voluntad del dicho patrono". Montañés se compromete terminarlas para mayo de 1633, siendo firmada la carta de finiquito el 11 de julio de ese año, y su costo ascendió a 600 ducados. El retablo no se conser­va y del grupo escultórico, actualmente en la iglesia del Buen Suceso, sólo la Santa Ana es de mano de Montañés pues la imagen de la Virgen fue destruida en 1931, siendo la actual una copia realizada por el maestro Barbero. Montañés realiza en esta composición una interpretación bastante barroquizante de Santa Ana como guía y conductora de la Virgen, representadas de pie en actitud de caminar y dándose la mano El tratamiento de los ropajes resulta cierta­mente espectacular, con pliegues y caídas profundos y abul­tados que crean un intenso claroscuro realzado por la policromía con decoración en rojo y oro, otorgando a las figuras una voluminosa corporeidad. El expresivo rostro de Santa Ana de mirada baja, está enmarcado por una toca blanca de bellos pliegues que subraya su serenidad anímica de aires melancólicos.
     Hay que señalar que en San Alberto hubo de existir otra Santa Ana con la Virgen realzada por Francisco de Ocampo, no identificada, y cuya única referencia la hallamos en el contrato que firma el artista con el padre trinitario fray Gaspar de Vargas el 10 de abril de 1631 para realizar una Santa Ana con la Niña para el convento de esta Orden, "...conforme a una imagen questá fecha de mi mano en el convento de san Alberto desta ciudad y del mismo tamaño y modelo". Ceán Bermúdez al mencionar la Santa Ana del Colegio de San Alberto situada en uno de los retablos realizados por Alonso Cano la describe como "sentada dando lección a su hija santísima", descripción que no concuerda con la realizada por Montañés que está de pie, por lo que si no es una equi­vocación debe tratarse de la realizada  por Francisco de Ocampo que hasta la fecha no ha sido identificada.
     La capilla siguiente era de patronato de D. Melchor del Pozo, miembro del Santo Oficio y quien a su vez la traspasó a la Hermandad de San Pedro Mártir, formada por miembros de la Inquisición, uno de ellos el consultor Jorge de la Peña encarga en 1629 un retablo para dicha capilla con Luis Ortiz de Vargas por 600 ducados y a terminar en el plazo de un año. El dorado fue concertado con Juan del Castillo el 13 de mayo de 1631 por 2.500 reales. El retablo no se ha conservado desconociéndose sus características estructurales y decorativas, aunque sí sabemos que estuvo presidido por una Adoración de los Reyes atribuida a Pacheco, en paradero desconocido. El retablo hubo de completarse con cinco pinturas más realizadas por Angelino de Medoro, quien actuó como fiador en el contrato del retablo. Hay que señalar que el referido patrono del Pozo había concertado anterior­mente la realización de un retablo con Cristóbal Ortiz, que no se llevó a efecto.
     En las dos capillas siguientes de este lado de la iglesia menciona González de León "una pintura de San Ildefonso colocada en el retablo, de mediano mérito. En la siguiente sólo está en su retablo el simpecado o estandarte del Rosario", obras de las que no se vuelve a tener noticia. La tercera capilla del lado del evangelio del cuerpo de la iglesia de San Alberto tuvo como patrono desde 1629 a Gregorio de Ribera y su mujer doña Violante de Ayrolo, quienes realizaron el correspondiente retablo y altar, cuya autoría y características se desconocen, y que estuvo adornado por pinturas realizadas por Francisco Pacheco, formada por una Coronación de la Virgen, los cuatro Evangelistas y la Misa de San Gregorio que lo presidía, pinturas de las que daremos cuenta en el próximo apartado.
     Hoy sabemos que la última capilla del evangelio era patronato de mercader Pedro de la Faja y su esposa Antonia de Antiñaque, que se adornó con el correspondiente retablo que Ceán adjudicó a Alonso Cano y adornado con pinturas de este artista entre ellas el Cristo en la calle de la Amargura o Vía Dolorosa de los eruditos decimonónicos. El retablo no se ha conservado y se desconocen sus características arquitectónicas y ornamentales.
     La primera capilla de la nave de la iglesia del lado de la epístola estaba dedicada a Santa Teresa de Jesús, con retablo, escultura y pinturas de Alonso Cano, quien el 27 de noviembre de 1628 concierta la ejecución del retablo, todas sus pinturas, que estaría presidido por una escultura de la Santa en su nicho principal, comprometiéndose el artista a terminar los trabajos para Pascua de Resurrección de 1629. El retablo y parte de las pinturas se perdieron durante la ocupación francesa o la desamortización de 1835, y la talla se conserva en la iglesia del Buen Suceso a donde pasó en el año 1892. Por el número de pinturas contratadas y su distribución en el retablo sabemos que éste se componía de banco con sagrario en el centro y cuatro tableros para pinturas, dos cuerpos divididos en tres calles y ático con relieve del Espíritu Santo y tarjas con los escudos de los patronos Francisco de Ortega y Sebastiana de Aldarete, su mujer. Era un retablo de carácter pictórico cuyas obras conservadas analizaremos en el próximo epígrafe. La imagen de la Santa Teresa ya existía antes de la construcción del retablo, ya que fue cedida por la comunidad carmelita al referido patrono Francisco Ortega para presidir el retablo que hiciera en su capilla, por lo que la ejecución de esta talla de Cano habrá que retrotraerla a 1628, año del concierto del retablo. Actualmen­te se encuentra en la iglesia sevillana del Buen Suceso; es una escultura de bulto que constituye, por otra parte, una buena muestra de las primeras obras escultóricas ejecutadas por Alonso Cano. Realizada en madera de cedro policromada, mide 1,49 m. de altura, la Santa está plasmada como Doctora de la Iglesia, de pie, con hábito carmelita de pliegues verticales ricamente decorado con un brocado negro y marrón sobre pan de oro, vestimenta con la que el artista consigue una gran solidez plástica que se refuerza con el vuelo de la capa que se recoge en su brazo derecho, cuya mano sostiene una pluma alusiva a su actividad literaria. En su expresivo rostro los ojos se elevan al cielo en actitud de recibir inspiración divina para escribir sus bellas obras. Padeció algunos daños en las revueltas anticlericales en 1931, siendo posteriormente restaurada; es cuando se le retiran añadidos anteriores: las falsas pestañas y las cejas, el esmalte de rostro aproximándose más a cómo la ideó Cano; las manos son nuevas, como puede apreciarse comparando fotografías de 1948 y 1929.
     De la capilla contigua González de León refiere que se había instalado en ella la Hermandad de los castellanos de San Antonio de Padua, al haber sido derribado el convento de San Francisco donde residía. En la siguiente capilla menciona el mismo autor "un Crucifijo de poco mérito". Quizás a una de ellas pueda corresponder la que fuera "comulgatorio" o sagrario que en 1633 pasó a ser patronato de Rodrigo Matías, cuyo retablo no conservado, tuvo dos cuerpos que acogían dos pinturas, parece las citadas por los eruditos como un Nacimiento y una Presentación vinculadas a la escuela flamenca. Sobre el retablo hoy sabemos que el patrono lo concertó ese mismo año de 1633, el 14 de mayo, con el maestro Luis de Figueroa, por 2.400 reales y a terminar en el plazo de un año. Se articulaba mediante columnas corintias de fuste estriado, decoración de frutas con niños, y constaba de banco dos cuerpos y ático. En el banco se situaba el sagrario con seis columnas dóricas entorcha­das.
     El contrato para realizar un retablo en el convento sevillano de San José del Carmen (las Teresas) informa de manera indirecta de la existencia de un retablo, hoy perdido, en el coro bajo de la iglesia de San Alberto, perteneciente a los herederos de Miguel de Noguera. En el citado documento fechado el 24 de noviembre de 1633, Bartolomé de la Puerta concierta con el racionero Antonio de Cepeda un retablo para su capilla en el citado convento, declarando el artista que "... por sí acaso la trasa del dicho retablo se perdiere que el dicho arco el asunto es conforme a el retablo que los herederos de miguel noguera tienen en el convento de san alberto desta ciudad debajo del coro". El concierto del retablo carmelita pudo efectuarse entre 1631 año en que se adjudica el sitio al referido Bartolomé Noguera y el año 1633. Por Matute sabemos que contaba con un tabernáculo o sagrario en su basamento de buen gusto, desconociéndose otros datos sobre sus características estructurales y decorativas, estando presidido por un lienzo del Arcángel San Miguel y otros en el banco, que analizaremos en el apartado corres­pondiente a pinturas.
     Por la carta de finiquito fechada el 11 de abril de 1633 conocemos la existencia de otro retablo en la iglesia del Colegio realizado por Ortiz de Vargas, para la capilla del doctor Andrés Salcedo de Cuervas, por cuyo trabajo cobró 400 ducados.
     Hay que señalar que en el presbiterio de la antigua capilla del Patrocinio, actualmente capilla sacramental de la iglesia del Cachorro, se sitúa un retablo procedente de San Alberto, de alguna de sus capillas laterales, a donde pasó tras la incautación del colegio por los franceses. Se trata de un retablo formado por banco con postigos, gran cuerpo de tres calles estructurado mediante estípites de gran tamaño y ático formado por un medallón de perfil mixtilíneo con relieve en su interior representando la muerte de San José, rematado por una corona sostenida por ángeles; dos esculturas de santos carmelitas completan este cuerpo La hornacina central del cuerpo principal alberga hoy una pequeña imagen vestida de Nuestra Señora del Patrocinio, y se articula igualmente mediante estípites de menores dimensiones. En las calles laterales se sitúan las esculturas, sobre abultadas peanas con cabezas de querubines, de San Isidoro y San Leandro y sobre estos sendos óvalos con los bustos de San Francisco y San Lorenzo. Todo el retablo posee una profusa decoración a base de flores y frutos, hojas de cardo, estípites, pinjantes, etc. En el XIX hubo de ser repintado, y dorado como evidencia la tonalidad verdosa, y también alterada en parte su estructura para adaptarse a su nueva ubicación. Hasta el momento se desconoce su autor; su fecha de ejecución se sitúa en el segundo cuarto del XVIII.
PINTURAS
     Las paredes y bóvedas de la iglesia de San Alberto se encontraban decoradas además de con yeserías de corte barroco, con pinturas al fresco de las que sólo existe la referencia proporcionada por Ceán Bermúdez, quien escuetamente dice que "los lunetos de la iglesia del colegio de San Alberto" fueron realizados por Andrés Rubira. Con los avatares padecidos en el siglo XIX, el templo perdió su ornamentación primitiva, siendo la actual, alusiva a pasajes y emblemas de la vida de la congregación filipense, realizada en el último tercio del XIX cuando dicha comunidad adquie­re San Alberto.
     Ninguna referencia existe sobre pinturas en el retablo mayor y colaterales del presbiterio, y sí de las que adornaban las capillas laterales de la iglesia.
     El retablo dedicado a Santa Ana se completaba con una serie de pintura que de antiguo se adjudicaban a Alonso Cano; de este retablo se hacía proceder la Santa Inés de este maestro, destruida en 1945 por un incendio en el Museo de Berlín donde se conservaba. Recientes investigaciones han resuelto que las pinturas de este retablo fueron realizadas por Francisco de Herrera "el Viejo", quien las concertó el 8 de mayo de 1633, por la cantidad de 2.000 reales debiendo estar terminada la serie en el plazo de un mes y medio. Los temas representados era: La Presentación de la Virgen en el templo, San Ambrosio, San Carlos Borromeo, San Juan Bautista y San Juan Evangelista, un Dios Padre para el ático, un San Francisco y San Bernardino, y cinco retratos de medio cuerpo para el banco del retablo. De todos ellos lo único identificado hasta ahora es La Presentación de la Virgen en el templo, conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cuyas medidas delatan que debió presidir el referido retablo. Se cree que debe corresponder a la inventariada en el Alcázar de Sevilla en 1810 con el número 58 como perteneciente a Cano. Para la ejecución de esta pintura Herrera hubo de valerse de estampas grabadas, como evidencia la composición algo forzada de las figuras y el fondo arquitectónico. No obstante el maestro desarrolla una ambiciosa escena, en la que los personajes en distintos planos reflejan emotivas actitudes, con el complemento cromático de un rico y equilibrado colorido.
     A continuación de la capilla de Santa Ana estuvo el retablo encargado por el patrono Melchor del Pozo a Luis Ortiz de Vargas, retablo que estuvo presidido por una Adoración de los Reyes atribuida por Ponz, que la califica de "bellísima", Arana y Ceán a Francisco Pacheco y que hasta la fecha se encuentra en paradero desconocido. El exorno de este retablo se completaba con cinco lienzos más realizados por Angelino de Medoro, quien en una carta de pago de 24 de noviembre de 1631 declara haberlos realizado, desconociéndose los temas representados; obras que hemos de dar por perdidas.
     La tercera capilla del lado del evangelio del cuerpo de la iglesia, con patronazgo de Gregorio Ribera, contó con un retablo pictórico cuyos lienzos fueron adjudicados a Francisco Pacheco por los antiguos eruditos y que los profesores Valdivieso y Serrera los citaron como de Juan del Castillo. El cuerpo principal lo presidía un "santo diciendo misa" que corresponde iconográficamente a la Misa de San Gregorio, la única que no se ha conservado. El resto permanecen en su lugar en un retablo decimonónico. Son pinturas de mediana calidad a lo que contribuye su mal estado de conservación. Los temas representados son La Coronación de la Virgen (1 x 1,10 m. aproximadamente) en el ático, y Los Cuatro Evangelistas en las calles laterales. El lienzo de la Coronación resulta bastante convencional, en el que la Virgen arrodillada sobre un cúmulo de nubes sostenidas por angelotes, recibe en actitud recogida la corona que se disponen a colocarle Jesucristo y Dios Padre, situados a derecha e izquierda respectivamente, mientras que en la parte superior, inmersa en una aureola de nubes, aparece la paloma del Espíritu Santo. San Mateo (0,98 x 0,42) se dispone en el lateral superior izquierdo del retablo, y aparece sentado escribiendo un libro y acompañado por el ángel que le simboliza, situado en un segundo plano. San Marcos está en correspondencia con el anterior en el lateral superior derecho del retablo, la figura se vuelve hacia la izquierda y sentado aparece en actitud de escribir sobre el gran libro que sostiene. San Juan Evangelista se sitúa en lateral inferior izquierdo y está vuelto tres cuartos hacia la derecha, sentado, en actitud de escribir en un libro y respaldado por un fondo de paisaje. San Lucas ocupa el lateral inferior derecho del retablo y sentado casi frontalmente al espectador, igualmente escribe en el gran libro que sostiene sobre sus rodillas; asimismo está respaldado por un fondo de paisaje.
     La última capilla del lado del evangelio tuvo un retablo adjudicado a Alonso Cano, maestro al que también se le adscriben las pinturas que lo adornaban. Según las antiguas referencias constaba de varios santos, de los que no se conocen número ni iconografía, una Concepción y Cristo en la calle de la Amargura, en el centro .del retablo, tema también denominado Vía Dolorosa (1,66 x 1,01 m), siendo ésta la única obra identificada hasta ahora, que lleva la firma en monograma de Cano. Se conserva en el Museo de Arte de Worces­ter, en el estado de Massachussets (EE.UU). En 1810 figuraba depositada en el Alcázar de Sevilla clasificada como obra del artista, con el nº 55. En 1811 es citada de nuevo en la iglesia, de donde salió en fecha incierta pasando a la colección de Max Rotheschild de Londres, en la que permaneció hasta que el 22 de octubre de 1920 en que fue adquirido por el pequeño museo norteamericano. Alterado su colorido por espesas capas de barniz que la desvirtúan, en esta obra Cano sigue los antiguos esquemas compositivos usuales en la plasmación de este tema, con un primer plano ocupado casi exclusivamente con la figura postrada de Cristo con la cruz al hombro, y el contundente Simón de Cirene que intenta aliviarle la carga, en un acentuado escorzo de cabeza, hombros y brazos. La composición se completa con figuras distantes de pequeño tamaño en un segundo nivel, algunas de ellas muy repintadas. Respecto a la Concepción fue citada por Arana de Varflora y Ponz, que puede ser la que estuvo inventariada en el Alcázar a continuación de la Vía Dolorosa con el nº 60, y que desde entonces se encuentra en paradero desconocido, al igual que los "varios santos" que la acompañaban.
     Las pinturas del retablo de Santa Teresa, situado en la primera capilla de la epístola, comenzando por el presbiterio, fueron igualmente realizadas por Alonso Cano, artista que igualmente hizo el retablo y la escultura de la Santa, como ya quedó expuesto en el epígrafe anterior. Según el contrato fechado el 27 de noviembre de 1628, Alonso Cano convenía con Francisco de Ortega, quien poseía la capilla, la ejecución de los siguientes lienzos: en el banco un sagrario en el centro, con una pintura del Niño Jesús en la puerta y a los lados San Sebastián y San Roque y los retratos de los donantes Francisco de Ortega y su mujer Sebastiana de Aldarete; en las calles laterales del primer cuerpo el Milagro del dardo, y el alabo (?) que le dio Cristo; encima de éstos San Juan Bautista y San Francisco de Asís en un lado y en el otro San Blas y San Francisco de Padua (sic), en el centro se situaba la escultura de Santa Teresa; en el centro del segundo cuerpo el desposorio de Cristo y santa Teresa y en los lados "la historia que el dicho Francisco de Hortega me dixere". El conjunto se remataba con los escudos de la familia y el Espíritu Santo. Las pinturas se dispersaron con la invasión francesa y la desamortización, constando tres de ellas en la subasta de la colección Louis Philippe en 1853. Hasta el momento sólo han sido identificadas tres de las pinturas de este conjunto. La Aparición de Cristo crucificado a Santa Teresa y la Aparición de Cristo resucitado a Santa Teresa, que de la colección José Gudiol de Barcelona han pasado a la Funda­ción Forum Filatélico. Son lienzos de formato estrecho y vertical (0,98 x 0,42 m), apropiados a la estructura de las calles laterales del retablo y en ambos la figura de la Santa destaca fuertemente iluminada sobre un fondo de densa penumbra en el que se presenta Jesucristo a menor tamaño en el ángulo superior, todo ello resuelto con actitudes solem­nes y estáticas. En la pintura en que se aparece Cristo crucifi­cado, Santa Teresa se halla sentada ante una mesa en donde escribe sus trascendentales obras y mira anhelante al Crucificado en busca de inspiración para sus escritos religiosos. En la Aparición de Cristo resucitado, la Santa está arrodillada con los brazos entreabiertos en actitud contemplativa ante la celestial visión. En 1998 apareció en el comercio de arte de Londres una Santa María Magdalena de Pazzi, considerada como de Alonso Cano aunque sin referencia de su proceden­cia e identificada erróneamente como Santa Catalina de Siena, y que actualmente se halla en una colección particular londinense. Técnicamente relacionada en lo que a configuración de volúmenes y expresividad se refiere con los anteriores cuadros de Santa Teresa, se la considera perteneciente a este retablo. La Santa de origen florentino está representada de cuerpo entero, de pie y vestida con el sobrio hábito carmelita que le otorga una fuerte volumetría. Ciñe su cabeza con corona de espinas y sostiene los instrumentos de la pasión de Cristo: los clavos, la lanza, la caña y el flagelo alusivos a su visión en la que le desclavaba de la cruz y bebía la sangre de sus llagas.
     La capilla contigua a la de Santa Teresa debió corres­ponder a la que se cita como "comulgatorio" o sagrario, que cuando es referida por González de León se había instalado en ella la Hermandad de los Castellanos a causa del derribo del convento de San Francisco donde radicaba. Sabemos que la capilla del Comulgatorio tuvo como patrono a Rodrigo Matías desde 1633, con un retablo realizado por Luis de Figueroa que acogía un Nacimiento del Señor y una Presenta­ción que se adscribían a la escuela flamenca. Ponz, años antes, indica que en ella había una bella pintura del Naci­miento del Señor y otra de la Presentación que seguía el estilo de Rubens, aunque considera que fueron pintadas por Juan Niño de Guevara quien imitaba el estilo del artista flamenco; Ceán sólo hace referencia al Nacimiento del Señor y también lo atribuye a Niño de Guevara. Estos cuadros fueron lleva­dos al Alcázar por los franceses, pudiendo corresponder a los atribuidos a Rubens con los números 100 y 101, y que desde entonces se les pierde la pista.
     En la siguiente capilla y última del lado de la epístola del templo de San Alberto Ponz dice que hay "porción de bellas pinturas de Zurbarán". Arana de Varflora señala la existencia de pinturas de Zurbarán pero en el coro bajo según se entra a la derecha, mientras que Ceán Bermúdez indica que son de Zurbarán "los lienzos del primer retablo que está a mano derecha por la puerta de la iglesia". González de León lamenta la pérdida de valiosas pinturas de diferentes autores, entre ellos Zurbarán, sin especificar número, temas ni lugar en que se situaban. En cualquier caso, en la tercera y última capilla del lado de la epístola de la iglesia y contigua a la puerta de entrada al templo existió un retablo del que se desconoce su autor, y que contuvo una serie de pinturas realizadas por Zurbarán, de la que no se ha hallado documento contractual hasta el momento. Las pinturas fueron confiscadas en 1810 por el mariscal Soult y llevadas al Alcázar en donde parece que al menos parte de la serie permaneció agrupada con la siguiente numeración, medidas y títulos: "268 un quadro de 1 v.ª de alto y 1/3 de ancho S. Blas, 269 otro igual tamaño, Sto.Tomás, 270 Otro id. Sto. Cirilo, 271, otro id. Sn. Francisco, 272 dos de ? de alto y ? de ancho, San Pedro y San Pablo". Los cuadros del Alcázar salieron del país y pronto fueron vendidos y desper­digados por diferentes colecciones. El San Pedro Tomás y el San Cirilo (0,91 x 0,32 ambos) que permanecían en la colección Soult de París, fueron vendidos antes de 1836 pasando por varios propietarios hasta su donación en 1922 al Museum of Fines Arts, de Boston en donde se conservan. Su fecha de ejecución la sitúan algunos autores entre 1630-34 mientras se hallaba la iglesia en pleno proceso decorativo, para otros son posteriores a esta fecha. Ambos llevan una inscripción abajo con los nombres que los identifican, "S. Pº THOMAS y S. CIRILLO", y están representados en pie sobre un fondo oscuro en que se recortan las figuras intensamente iluminadas. A San Pedro Tomás, notable carmelita francés que vivió en la primera mitad del siglo XIV y ardiente defensor de la Inmaculada Concepción, como queda plasmado en sus escritos, Zurbarán lo representa en actitud de atenta lectura del libro que sostiene en sus manos. Situado de perfil al espectador, con rostro maduro y barbado, y sombrero oscuro, presentan­do una lograda sensación volumétrica merced al contraste lumínico sobre los pliegues de la sobria capa. El San Cirilo, que sólo poseía la dignidad de beato y que llegó a ser patriarca de Constantinopla en el siglo XIII, está representado frontalmente, de rostro juvenil tocado con sombrero, la mirada hacia lo alto y con un gran libro abierto entre las manos. Revestido igualmente con hábito gris oscuro y manto blanco con capucha, el tratamiento lumínico es similar al anterior.
     En la venta de la colección Soult figuraba un San Blas con las mismas dimensiones que los anteriores, representado de perfil hacia la izquierda en clara correspondencia con el San Pedro Tomás, y que actualmente se conserva en el Museo de Arte de Bucarest. Y un San Francisco de Asís con las mismas medidas, que se halla en el Museo de San Luis, en Missouri, representado frontalmente y sosteniendo una calavera. Hay que señalar la dificultad que hoy por hoy presenta la reconstrucción de este retablo por la escasez de datos que sobre él se poseen, la pérdida de obras de carácter pictórico o escultórico que sin duda lo completaban y las dudas que nos asaltan sobre algunas obras identificadas hasta la fecha, que algunos autores suponen pudieron pertenecer a él, por lo que hemos de dejar en suspenso la completa reconstrucción de dicho retablo.
     En el coro bajo existió un altar de patronazgo de la familia Noguera desde 1631, cuyo retablo estaba dedicado a San Miguel, con una pintura de este arcángel "derrocando al demonio" firmada y fechada en 1637 por Francisco Pacheco, sobre la que el propio autor habla en su libro Arte de la Pintura, señalando que fue de las últimas obras que realizó. La pintura se mantuvo en su lugar hasta la revolución de 1868 en que fue llevada a Londres para ponerla en venta por los patronos de la capilla. A principios del siglo XX se encontraba en el comercio del arte de Barcelona, en 1954 fue ofre­cida al Museo del Prado y actualmente está en paradero desconocido. Por una antigua foto se aprecia que está inspirada en el San Miguel de Rafael que se conserva en el Museo de El Louvre, y que pese a ser una obra de madurez, Pacheco se mantiene fiel a las formas manieristas pretéritas por él utilizadas a lo largo de toda su trayectoria artística, con formas y esquemas rigurosos y esquemáticos, y un colorido frío y convencional. Según Ceán Bermúdez el retablo lo completaba "un crucifixo en la cruz de la mesa de altar" y en el banco San Vicente Mártir y San Vicente Ferrer, de medio cuerpo. Este último santo se ha vinculado con el que se conserva en una colección particular madrileña, cuyas carac­terísticas estilísticas son muy similares a las del artista, de dibujo seco y anguloso como se aprecia en el rostro, manos y en el tratamiento de los pliegues del hábito análogo a su Santo Domingo de Museo de Bellas Artes de Sevilla. El Crucificado que se cita en la mesa de altar podría relacionarse con el que conservado en una colección particular sevillana, pintado sobre tabla recortada en forma de cruz.
     Hay que señalar que en el coro se cita por algunos autores la existencia de otra pintura de San Miguel Arcángel realizada hacia 1632 por Francisco de Herrera "el Viejo", de la que según el conde del Águila existió un dibujo firmado y fechado por el artista en esa fecha, que se conservaba en la colección del Conde de Bruna. Ni la pintura, si es que alguna vez existió, ni el dibujo están identificados (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Alberto degli Abbate, presbítero;
   Carmelita siciliano nacido en Trápani hacia 1240 y muerto en 1306.
   Provincial de la orden, con frecuencia confundido con Alberto de Vercelli o de Jerusalén, quien murió a principios del siglo XIII.
   Salvó a los habitantes de Mesina de la hambruna, haciendo entrar al puerto sitiado tres barcos cargados de víveres.
   Canonizado en 1476. Patrón de Mesina, donde se lo invoca contra los seísmos, también se recurre a él en los casos de esterilidad matrimonial, para curar fiebres y exorcizar poseídos.
   Su atributo es un crucifijo entre dos tallos de lirio.
   A veces se lo representa, como a tantos otros santos, recibiendo al Niño Jesús en las manos e incluso dominando a un diablo encadenado, alusión a la liberación de endemoniados (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Alberto de Sicilia, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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