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jueves, 6 de agosto de 2026

El Retablo del Salvador, en la sala II del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo del Salvador, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy, 6 de agosto, Fiesta de la Transfiguración del Señor, en la que Jesucristo, el Unigénito, el amado del Eterno Padre, manifestó su gloria ante los santos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, con el testimonio de la Ley y los Profetas, para mostrar nuestra admirable transformación por la gracia yen la humildad de nuestra naturaleza asumida por Él, dando a conocer la imagen de Dios, conforme a la cual fue creado el hombre, y que, corrompida en Adán, fue renovada por Cristo [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo del Salvador, en la sala II, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala II del Museo de Bellas Artes podemos contemplar el Retablo del Salvador, anónimo, siendo una serie de pinturas en óleo sobre tabla en estilo renacentista, realizado hacia 1530, con unas medidas de 2'08 x 1'46 m., y procedente de la Desamortización (1840).
     Retablo compuesto por ocho escenas de la vida de Cristo y varios santos. La principal representa la bajada de Cristo Resucitado al seno de Abraham. Debajo de esta escena se encuentra el Nacimiento. En menor tamaño, a la izquierda vemos, de arriba a abajo, a Jesús y la samaritana, a Jesús apareciéndose a la Virgen después de la resurrección y, finalmente, a santo Domingo de Guzmán. En la parte derecha se han presentado las siguientes escenas: Job rechazando los consejos de su mujer de maldecir a Dios, Tobías y el ángel, y san Francisco de Asís.
     Esta obra está realizada en un solo soporte de madera de castaño, sobre el que se han pintado ocho escenas, separadas por unas sencillas molduras de madera de cedro clavadas a la obra y doradas. La tabla está compuesta por cinco paneles verticales, a unión viva ¿encolados por su canto- y reforzados con espigas de hierro a media madera y barrotes al dorso, clavados desde el anverso.  A la madera se encuentra adherida algo de estopa y una tela que cubre toda la superficie sobre la que se aplicó el aparejo. La técnica utilizada es óleo, y pan de oro para los nimbos y cenefas de los ropajes. La reflectografía muestra la existencia del dibujo subyacente preparatorio.
     Los daños sufridos son diversos y de importancia, como el fuerte ataque de insectos xilófagos que ha debilitado el soporte y producido considerables pérdidas de materia. También encontramos varias fendas o rajas naturales provocadas por los movimientos de la madera o por clavos, y las más grandes fueron sujetadas con grapas de hierro. La zona inferior de la Natividad fue mutilada de antiguo y se reforzó toscamente por el dorso con pasta de madera y yeso coloreado, además de sustituir los barrotes debilitados por otros atornillados. Debido a la pérdida de soporte, la capa pictórica muestra una superficie irregular y tiene muchas faltas, más abundantes en la parte inferior, y también mostraba barridos por una antigua limpieza muy agresiva. Estos problemas estaban enmascarados con gruesas capas de estucos y repintes. 
     Los trabajos comenzaron por la eliminación de toda la capa que enmascaraba el reverso y se procedió a su consolidación, añadiendo en las aperturas chirlatas o pequeñas piezas de refuerzo de la misma madera de castaño, adaptadas a las pérdidas de mayor profundidad.
     Se sustituyeron los barrotes por otro sistema de travesaños que no necesitan ser atornillados y mantienen la estabilidad del conjunto. Una vez consolidada la capa pictórica, se eliminaron todas las intervenciones anteriores, tanto de estucos como de pintura y barniz. Posteriormente se estucaron las faltas de policromía y fueron reintegradas cromáticamente. En el caso de las escenas con santo Domingo y la Natividad, se han reintegrado con una tinta plana como criterio de diferenciación, debido a la abundancia de pérdidas. 
     Restaurado por  Alfonso Blanco López de Lerma. Ebanistería: Miguel Domínguez Jiménez. Dorado: Ignacio Bolaños Figueredo.
     La inclusión de esta obra en el inventario del Museo del año 1845 hace suponer que ingresó tras la Desamortización de 1835. La presencia de los santos Domingo de Guzmán y Francisco de Asís en el cuerpo bajo, podrían señalar su pertenencia a algún convento Franciscano o Dominico.
     El conjunto está compartimentado en ocho escenas a modo de retablo, distribuidas en tres cuerpos horizontales y tres calles verticales. El tema principal es poco frecuente en la pintura sevillana: la bajada de Cristo resucitado al seno de Abraham. Vemos a Cristo con Adán, arrodillado y de aspecto avejentado, como patriarca del género humano. A la izquierda, la Virgen acompañada por una de las santas mujeres, y a la derecha se encuentran Eva y San Juan Bautista, que porta el lábaro. Ocupando las hornacinas de la arquitectura italianizante y en perspectiva, se encuentran Moisés, con las tablas de la Ley, y Aarón, con la vara y el fuego, antecedentes bíblicos de la salvación.
     La Natividad, en la parte inferior, alude a la venida de Jesús como augurio de la redención. A la izquierda del cuerpo central está la escena de Jesús y la mujer cananea, y arriba, Cristo con la samaritana. A la derecha en el cuerpo superior, aparece el Santo Job con su mujer, y debajo, Tobías y el ángel.
     El conjunto muestra que el descenso de Jesús a los infiernos cumple el anuncio evangélico de la salvación universal. Como manifiestan las escenas circundantes a la central, la misión mesiánica de Jesús se amplía a los hombres y mujeres justos de todos los tiempos y de todos los lugares sin distinción, siendo todos los partícipes de la Redención (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     La boyante economía sevillana a lo largo del siglo XVI produjo una favorable repercusión en al actividad artística, siendo la pintura una de las manifestaciones más favorecidas. En una época en que hubo gran demanda de pinturas es lógico que al lado de grandes maestros aparecieran artistas menores que, por no haber firmado ninguna obra ni poseer documentos que avalen la autoría de alguna de ellas, permanecen totalmente en el anonimato. Un grupo de interesantes obras de artistas desconocidos se conservan en el Museo, aunque en alguna de ellas puede sugerirse o esbozarse alguna atribución para aproximarse a su posible estilo.
     En primer lugar y por imperativo cronológico comentaremos entre los anónimos del siglo XVI un pequeño retablo compuesto por ocho pinturas cuya ejecución puede situarse en el primer tercio de dicho siglo. Se denomina a este conjunto pictórico el Retablo del Salvador en cuya tabla central aparece una iconografía poco común en la historia de la pintura sevillana: es La bajada de Cristo resucitado al seno de Abraham, mostrándose en la composición la posterior presentación de los redimidos ante la Virgen. El resto de las tablas tienen interesante iconografía puesto que en la calle lateral izquierda aparecen Cristo y la Samaritana, Cristo apareciéndose a su madre después de la resurrección y Santo Domingo, mientras que a la derecha aparecen Job rechazando los consejos de su mujer de maldecir a Dios, Tobías, el ángel y San Francisco. En el centro y bajo la tabla principal aparece la escena de la Natividad (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de la Solemnidad de la Transfiguración del Señor;
   En los Evangelios sinópticos y en la liturgia de la Cuaresma, la Transfiguración está presentada como un acontecimiento de la vida pública de Jesús que habría ocurrido durante su ministerio en Galilea, antes de la Pasión. Se trataría entonces de una Cristofanía «ante mortem».
   Pero esta escena no parece estar en su sitio. Se integra mal en la vida de Jesús donde da la  impresión de ser una interpolación. Todo parece indicar que esta visión estaba originalmente, al igual que la Pesca milagrosa, entre las Apariciones de Cristo resucitado.
   En cualquier caso, desde el punto de vista iconográfico, corresponde clasificar el tema en el ciclo de la Glorificación, antes de la Ascensión, de la que es una suerte de anticipo o de bosquejo, y con la cual acaba confundiéndose.
     l. El tema
     Mateo, 17: 1-13; Marcos, 9: 1-12; Lucas, 9: 28-36.
   La Transfiguración de Cristo sobre el monte, donde su divinidad se revela a lo ojos deslumbrados de sus discípulos, se narra más o menos en los mismos términos en los tres Evangelios sinópticos.
   « (...) después tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él.
   «Tomando Pedro la palabra dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías. Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandenciente, y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle.»
   La fuente de este relato se encuentra en el Antiguo Testamento.
   La Transfiguración  de Cristo está copiada de la que experimenta Moisés descendiendo del monte  Sinaí (Éxodo, 24: 9; 34: 29). Esta filiación está indicada por la Aparición del Redentor entre Moisés y Elías, que simbolizan la Ley y los profetas. Y, además, porque ambos se consideran arrebatados hacia el cielo. Se trata de un nuevo ejemplo de la consumación de la Antigua Ley en el Mesías.
   Para los teólogos como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, la transfiguración presenta otro aspecto: es una teofanía, como el Bautismo, una manifestación de la Santísima Trinidad. Dios Padre hace oír nuevamente su voz para proclamar que Jesús es su Hijo, en medio de una nube luminosa que simboliza al Espíritu Sanie (Spiritus fuit nubes lucida in die Transfigurationis).
   La Transfiguración  no sólo recuerda la Revelación del Sinaí y la Teofanía del Bautismo, sobre todo hace juego con la Oración en el monte de los Olivos. En ambos casos, Jesús lleva con él a los tres apóstoles que prefería: Pedro, Juan y Santiago, para orar retirados. En el Tabor, como en Getsemaní, los discípulos se durmieron mientras el Maestro hablaba con Dios. Las dos escenas son absolutamente paralelas, como la estrofa y la antistrofa, con esta única diferencia, que una pertenece al ciclo de la Pasión y la otra al de la Glorificación. Después de la Agonía, la Apoteosis.
   Los exegetas racionalistas niegan, como es natural, la historicidad de la Transfiguración, que sólo consideran una visión extática de san Pedro. La Aparición de Cristo resucitado en una mandorla -in gloriae- más tarde habría sido transformada por los evangelistas en una manifestación del carácter mesiánico de Jesús, que se sitúa a continuación de la que corresponde al Bautismo.
     2. El culto
   En la Iglesia griega, la Transfiguración o Metamorfosis de Cristo se ha clasificado a partir del siglo VI entre las Doce grandes Fiestas y nunca ha perdido popularidad.
   La Iglesia principal, o Protaton del monte Athos, está consagrada a ella. Por eso en el arte bizantino este tema es mucho más precoz y difundido.
   En Occidente, por el contrario, la fiesta de la Transfiguración, probada por primera vez en España, en el siglo IX, difundida por la orden de Cluny, debió esperar hasta mediados del siglo XV, hasta 1457, para que el papado la declarase universal. El 21 de julio de 1456, el húngaro Janos Hunyadi había liberado Belgrado sitiada por el sultán Mahomed II. La noticia llegó a Roma el 6 de agosto, y el papa Calixto III, para conmemorar la victoria de la cristiandad sobre los turcos, decretó que la fiesta de la Transfiguración se celebraría en esta fecha a partir de entonces.
   La orden de los carmelitas se empeñó en popularizar esta fiesta en especial, porque su pretendido fundador, el profeta Elías tenía un papel en la Transfiguración, junto a Cristo.
   En la Edad Media, la corporación de los tintoreros había adoptado el patronato del Cristo de la Transfiguración, sin duda porque éste había cambiado de color y su rostro había adquirido tono dorado.
     3.Iconografía
   Dificultades de la traducción plástica. Este tema imaginado en Oriente, país de los espejismos, era difícil de traducir plásticamente.
   La descripción imprecisa de los Evangelios no simplificaba la tarea de los artistas. El lugar de la Transfiguración ni siquiera está determinado. Se habla sólo de «un monte alto» (mons excelsus). La aparición ha sido localizada por la tradición cristiana en el Tabor, monte sagrado de Galilea, cercano a Nazaret, donde los franciscanos construyeron una basílica; y por la crítica moderna, en el Hermón, cuya cima está cubierta de un blanco manto de nieves eternas. El epíteto de excelsus no se co­rresponde con el Tabor, un «globo» de sólo quinientos sesenta metros de altura. La cima nevada del Hermón, que se eleva hasta los dos mil ochocientos metros, parece un decorado más a la medida de una teofanía.
   Estas localizaciones conjeturales fueron evidentemente sugeridas por el Salmo 89, donde se dice, hablando de Dios: «el Tabor y el Hermón saltan (al oír) tu nombre.»
   Las expresiones Metamorfosis, que emplean los griegos, o Transfiguración, que emplean los latinos, son ambiguas. En verdad no se trata de un cambio de forma o de figura. El cuerpo y el rostro de Cristo conservan su apariencia terrenal, su cuerpo mantiene las mismas dimensiones y su fisonomía los mismos rasgos. No hay sustitución de persona sino cambio de sustancia. El cuerpo del Hombre Dios se envuelve durante un momento en un esplendor desacostumbrado; escapa a las leyes de la gravedad, se desmaterializa o espiritualiza. Se convierte en eso que los místicos llaman un cuerpo glorioso, cuyas carnes, que se han vuelto transparentes, pierden sus contornos y se diluyen en la luz. El problema consistía en crear la ilusión de un cuerpo «desencarnado».
   Los recursos de la pintura medieval sólo permitían dos soluciones: la aureola y el dorado.
   En una miniatura del manuscrito bizantino de las Homilías de Gregorio Nacianceno (B.N., París), el cuerpo de Cristo está rodeado por una aureola amari­llo rosada, de acuerdo con la expresión de San Crisóstomo, que compara a Cristo con «el sol naciente» .
   Como resultaba complicado expresar la transmutación de un cuerpo humano en un cuerpo astral, los artistas de la Edad Media se contentaron, en la mayoría de los casos, con la copia de la puesta en escena de los Misterios.
   Sabemos, en efecto, que en el teatro, Cristo transfigurado aparecía en la escena cubierto con una túnica blanca y el rostro de color amarillo dorado. La Pasión de Gréban y la de Jean Michel dan a este tema indicaciones concordantes. «Aquí, las ropas de Jesús deben ser blancas y su rostro resplandeciente  como el oro.»
   «Aquí, entra Jesús en el monte para vestir la túnica más blanca que se pueda y tener la cara y las manos de oro bruñido.»
   Los pintores del siglo XV se adecuaron a estas indicaciones de director escénico con tanta docilidad como los actores. Hubo que esperar a los grandes maestro del Renacimiento, virtuosos del color y del claroscuro, para superar esta fase primitiva.
   Los evangelistas no dicen que Jesús fuera visto planeando en el aire. Pero muy temprano se produjo una contaminación entre el tema de la Transfiguración y el de la Ascensión. El célebre cuadro de Rafael en la Pinacoteca Vaticana sólo consagra un tradición  que se remonta a Giotto.
   Observemos, además, que a causa de la influencia del Evangelio de Mateo, donde los dos relatos son sucesivos, Rafael, y después de él. Rubens, agregaron a la Transfiguración el Milagro de la curación de un joven poseído, que operó Cristo al descender del monte. Se trata de un medio de corregir la superposición de dos grupos de tres figuras.
     La evolución del tema
   En la evolución histórica del tema pueden distinguirse tres fases:
   1. La Transfiguración simbólica. Al igual que la Crucifixión, la Transfiguración ha sido en principio evocada de manera indirecta, en forma simbólica.
   En el mosaico del ábside de San Apolinar in Classe, cerca de Ravena (siglo VI), Cristo no aparece in figura sino mediante el emblema de una cruz gemmada aérea, inscrita en un gran círculo y destacándose sobre un campo de estrellas que simbo­liza el cielo. Encima de la cruz se lee Ikhtus, en los extremos del travesaño, Alfa y Omega, debajo, en latín, Salus Mundi. A derecha e izquierda, los bustos de Moisés y de Elías emergen de las nubes. Los tres apóstoles están simbolizados por tres corderos.
   Este ejemplo es único. A partir del siglo VI, en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla y en el convento de Santa Catalina, en el monte Sinaí, Cristo transfigurado y sus tres discípulos están representados en persona.
   2. Jesús está de pie sobre la cima del monte. Está rodeado por una mandorla. Es la fórmula que se impondrá en el arte de Occidente hasta el siglo XIV.
   3. Jesús planea encima del monte con las manos extendidas. Esta nueva versión que se explica por una contaminación con los temas de la Resurrección y de la Ascensión, también es de origen bizantino. Se introdujo en la pintura italiana a partir de Giotto. Pero no triunfó sin resistencia. La primera fórmula se mantuvo en la escuela veneciana (Giovanni Bellini)  hasta finales del siglo XV. 
   La actitud de los otros cinco personajes, los dos profetas, Moisés y Elías, y los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, puede  ser brevemente bosquejada.
   Moisés y Elías a veces aparecen en busto o medio cuerpo. Cuando planean flanqueando a Cristo transfigurado, no suelen estar envueltos en la misma aureola (Tetraevangelio de lviron); generalmente la mandorla se reserva a Cristo, y los dos profetas están iluminados por los rayos que emite ésta. A finales de la Edad Media, Moisés se representaba con dos cuernos luminosos en la frente.
   Los tres apóstoles, despertados con brusquedad, cegados por la luz deslumbrante que irradia la Aparición y como «fundidos por el fuego», se aplastan contra el suelo. Juan y Santiago se protegen los ojos con la mano en visera. Sólo Pedro se atreve a levantar la cabeza un momento después, y se enardece hasta el punto de proponer al Señor la construcción de tres tiendas de ramas.
   En conmemoración de esas tres tiendas (tria tabernacula), los cruzados habían edificado sobre el Tabor tres pequeñas basílicas recordatorias, son los tres edículos que se ven representados en un capitel románico de Saint Nectaire (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo del Salvador, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la sala II del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 31 de julio de 2026

La pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.          
     Hoy, 31 de julio, es la Memoria de San Ignacio de Loyola, presbítero, el cual, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje hasta que, herido gravemente, se convirtió a Dios. Completó los estudios teológicos en París y unió a él a sus primeros compañeros, con los que más tarde fundó la Orden de la Compañía de Jesús en Roma, donde ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios (1556) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
        En la sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses podemos contemplar la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez (1688-1749), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco de escuela sevillana, pintada hacia 1740, con unas medidas de 1,68 x 1,21 mts., y procedente del mismo lugar que hoy ocupa, aunque originalmente se remataba en semicírculo.
     Constituye, junto a su pareja, uno de los lienzos más logrados de Domingo Martínez de entre los realizados para el noviciado de San Luis. Originalmente, según parece, ocuparían la pared frontal de la sacristía de la capilla doméstica, sobre las cajoneras. En momento indeterminado, tras hacerse cargo del inmueble las Hijas de la Caridad, habrían sido reemplazadas por sendos espejos, para mayor conveniencia del sacerdote y demás ministros del altar, puesto que hasta aquel momento dicho recinto carecía de aquellos. En el año 1975 se inventariaron ya en el ámbito de la iglesia pública, concretamente en la sacristía de la izquierda. De aquí pasaron a la iglesia del Hospital de las Cinco Llagas, donde Salud Soro pudo estudiarlos y atribuirlos certeramente. Más tarde, fueron restaurados e instalados en la Casa de la Provincia, en uno de los corredores de la planta alta. Afortunadamente, regresan ahora al inmueble para el que fueron concebidos, completando el conjunto de la producción de Domingo Martínez en San Luis.
     San Ignacio de Loyola (1491-1556) aparece con vestidura propia de jesuita, correspondiendo sus facciones con las derivadas de la máscara mortuoria, cuya difusión propició el carácter de verdadero retrato de gran parte de sus representaciones. A sus pies el orbe, con una espada, simbolizando por un lado la universalidad de la Compañía de Jesús, y por otro, su desprecio de las glorias seculares, significada por aquella arma, que Ignacio habría entregado en Montserrat. Con su mano derecha agarra un ostensorio en el que aparece el símbolo de los jesuitas. Con la otra, ayuda a sostener un libro, que a modo de atril carga un angelote desde su parte inferior. En las hojas se refleja el lema de la Societas Iesu: "AD MAIOREN DEI GLORIAM", "Para la mayor gloria de Dios". Los angelotes del lado izquierdo sostienen un flagelo, una calavera, y una cruz, elementos iconográficos relacionados con el paso de Loyola por la Cueva de Manresa.
     La iconografía y la composición, más estática que la de San Francisco Javier, puede derivar de las estampas rubensianas de Bolswert, donde aparece como aquí, junto al Libro de los Ejercicios, y portando el anagrama de la Compañía, aunque en aquellas aparece revestido con los ornamentos de la misa. Sin embargo, tanto su actitud como la disposición del libro es semejante. Será la peana de nubes y angelotes la que dé al conjunto el tono barroco e inmaterial que necesitaba Martínez para vincularla a su pareja (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Ignacio de Loyola, presbítero;
HISTORIA
   Nacido hacia 1491 en el castillo de Loyola, en la provincia vasca de Guipúzcoa, Íñigo López adoptó en Roma, en 1537, el nombre de pila italiano Ignazio, que correspondía, más o menos, a su nombre español, tomado de San Íñigo, abad de San Salvador de Oña, cerca de Burgos.
   Las armas parlantes de su familia son dos lobos de sable (negros) enfrentados sobre campo de plata.
   En principio fue soldado, y esta primera vocación militar ha dejado una marca indeleble en la combativa orden religiosa que fundaría más tarde. Una herida grave que recibió en Pamplona, cuando los franceses sitiaban la ciudad, decidió su conversión. En el lecho de hospital leyó la Vida de Jesús. Cuando hubo curado, hizo un retiro en Cataluña; primero en la gruta de Manresa, donde escribió sus Ejercicios Espirituales, y luego en la cercana abadía de Montserrat.
   Cuando había decidido emprender una peregrinación a Tierra Santa, antes de embarcar en Barcelona se desprendió de sus últimas monedas, llegó a Venecia, donde por caridad se le concedió un pasaje en un navío que zarpaba hacia Chipre, y llegó a Jerusalén en 1523.
   De vuelta en España, completó sus estudios en las universidades de Alcalá y de Salamanca. Luego, en 1528, partió a pie hacia París. El 15 de agosto de 1534, pronunció los votos junto a seis compañeros en la cripta de la capilla de Saint Denis, en Montmartre. Es lo que se llama el Voto de Montmartre.
   Puso a su pequeña tropa, organizada militarmente, bajo las órdenes de un general y a disposición del papa, que en 1540 aprobó la regla de la nueva orden, llamada la Compañía de Jesús. Suprimida en Francia por el Parlamento de París, en 1761, y luego por el papa Clemente XIV, en 1773, fue restablecida por Pío VI en 1814.
   Durante los dieciséis años que le quedaban por vivir, San Ignacio de Loyola contribuyó poderosamente al éxito de la Contrarreforma, organizando la predicación, la educación de la juventud, distribuida en numerosos colegios, y finalmente la evangelización de las comarcas más remotas del Lejano Oriente que aún no habían sido alcanzadas por el proselitismo de las misiones.
   La primera edición de sus Ejercicios Espirituales fue impresa en 1548.
   Murió en 1556 y fue enterrado en Roma, en la iglesia que lleva su nombre. En el siglo XVII se edificó una basílica de cúpulas en el sitio de su nacimiento, en Loyola, según los planos del arquitecto romano Fontana.
CULTO
   Beatificado en 1609, fue canonizado en 1622.
   Su culto, en principio localizado en las provincias vascas y también en Navarra, se irradió y difundió gracias a los progresos de la orden jesuítica en el mundo entero, que en la actualidad cuenta con alrededor de treinta mil miembros.
   Se lo invocaba para la curación de los poseídos, contra la fiebre y contra los lobos (juego de palabras con su apellido López).
ICONOGRAFÍA
   Su tipo iconográfico, caracterizado por una frente calva, nariz fugitiva y barba mal rasurada, deriva de un retrato de Alonso Sánchez Coello ejecutado en el siglo XVI según su máscara mortuoria. De ahí sus ojos inmóviles, que parecen no ver.
   Está vestido con el hábito negro de los jesuitas, o, cuando oficia en el altar, con una casulla. Los pintores barrocos, especialmente Rubens, que encontraban el oscuro uniforme de los jesuitas poco pictórico, prefieren vestirlo con prendas litúrgicas ricamente bordadas.
   Sus atributos son un corazón inflamado, la sigla de la Compañía de Jesús IHS rodeada de rayos, y la divisa de la orden: AMDG (Ad Majoren Dei gloriam) e incluso el Libro de su regla. 
 Está representado escribiendo sus Exercitia spiritualia, ya pisoteando la herejía luterana, ya en éxtasis, con los ojos elevados al cielo y la mano apoyada sobre el corazón.
   En los ciclos barrocos de la Contrarreforma su imagen suele adornar los púlpitos rodeada por las alegorías de las Cuatro partes del mundo, que aluden a la expansión universal de su orden (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Ignacio de Loyola, personaje representado en la obra reseñada;
     San Ignacio de Loyola, (Loyola, Guipúzcoa, 1 de junio de 1491 sup. – Roma, Italia, 31 de julio de 1556). Fundador y primer general de la Compañía de Jesús, santo.
    Su patrono era el abad san Íñigo (Enneco, fiesta el 1 de junio). En un proceso de 1515 se le llama Ynigo (pronúnciese Íñigo) y Enecus de Loyola; en el registro de la Universidad de París (1531) es ya Ignatius de Loyola (¿descubrimiento de las inflamadas cartas del obispo de Siria?: conjetura de H. Rahner, cf. MHSI, Epp. Ign., I: 529). Pero en el trato familiar y amistoso será Íñigo hasta finales de la década de 1540. Íñigo López de Loyola fue hijo de Beltrán Ibáñez o Yáñez (II) de Oñaz, señor de la casa y solar de Loyola, y de Marina Sánchez o Sáenz de Licona, casados en 1467. La madre ya había muerto en 1508; quizá bastante antes, si puede ser indicio de poca salud haber confiado la lactancia de Íñigo a María Garín, del caserío de Eguíbar, a poca distancia de la casa-torre.
     Su padre falleció el 23 de octubre de 1507 o pocos días después. Los testigos coetáneos coinciden en que Íñigo fue el último de ocho hijos varones; para los del proceso eclesiástico de 1595, el último de trece hermanos.
     En torno a 1507 fue confiado Íñigo a Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de Castilla, y a su mujer, María de Velasco, hija de María de Guevara, pariente de la madre de Íñigo. Como uno más de los doce hijos del matrimonio, residió en el palacio de Arévalo, que había sido real con Juan II, y sin duda acompañó a su tutor en la Corte itinerante. Fueron diez años vividos en plena Castilla, tan distinta en todo de su valle natal; en un ambiente aristocrático, enriquecido con las alhajas y objetos preciosos provenientes de la almoneda de la reina Isabel (1504), que tasaba el contador y testamentario, y adquiría luego su esposa. Durante esos años, el rey Fernando se hospedó siete veces en el palacio del contador, en ocasiones por más de una semana, y cinco de los hijos de éste fueron pajes reales. Del “paje Loyola” consta que se sirvió el contador, en mayo de 1510, para enviar de Madrid a Alcalá una carta de pago por 80.000 maravedís al cronista Antonio de Nebrija.
     Su educación sería caballeresca y cortesana, completada en lo literario con la lectura de los cancioneros y, más tarde, de los libros de caballerías, y la iniciación a la música, para la que mostró muy pronto excepcional sensibilidad, que le duraría toda la vida. Adquirió también fama de “buen escribano”. Su vida moral quedará condensada por Alfonso de Polanco, uno de los hombres de su máxima confianza y de indiscutida devoción al fundador: “No vivió nada conforme [a la fe], ni se guardaba de pecados, antes especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres, y en revueltas y cosas de armas”. En este contexto, más que la polisemia de la voz “travieso”, se puede recordar que su padre tuvo dos hijos naturales; sus hermanos Juan (muerto en 1496) y Martín, el mayorazgo (fallecido en 1538), dos cada uno; Pedro (muerto en 1526), clérigo y su compañero de acechanzas nocturnas durante el carnaval y en la cárcel episcopal de Pamplona, dos; y el sobrino Beltrán, todavía soltero, cuatro.
     Esta vida “desgarrada y vana” se quebró brusca y dramáticamente, cuando en 1516 el joven rey Carlos decidió desde Flandes traspasar a la reina viuda, Germana de Foix (hasta entonces íntima amiga de María de Velasco), la tenencia de las villas que poseía su marido por firmes y perpetuas decisiones de la reina Isabel. El contador —bajo el influjo quizá de razones muy personales de su esposa— se rebeló y se hizo fuerte en el castillo de Arévalo; finalmente, la muerte del hijo mayor y las amenazas del enviado de Cisneros le llevaron a la rendición y a retirarse a Madrid con todos los suyos; una profunda melancolía acabó con su vida en agosto de 1517. Íñigo quedaba súbitamente sin protector y sin porvenir cierto; la generosa viuda le proporcionó dos caballos y 500 escudos para ponerse al servicio del duque de Nájera, virrey de Navarra, como gentilhombre, no como capitán.
     Allí mostraría su capacidad de “hombre ingenioso y prudente”, al contribuir a la pacificación de algunas villas guipuzcoanas, renuentes a las disposiciones del virrey, y a la pacificación de la misma villa de Nájera, sublevada con ocasión de las Comunidades.
     ¿Qué huellas dejó en su espíritu, tan tenazmente reflexivo, esta prueba flagrante de ingratitud real, con la ruina económica y social de una vida, consagrada a la devoción y servicio de la Corona? Los “veintiseis años dados a las vanidades del mundo” lo sitúan precisamente en 1517, como primer acto —muy vago sin duda— de mutación espiritual.
     Cuando en 1521 el ejército francés invadió Navarra y puso cerco a Pamplona, Íñigo —que con su hermano Martín había acudido al frente de milicias guipuzcoanas— se negó a retirarse hacia Logroño con su hermano y el representante del virrey; con un puñado de leales entró en la ciudad y se encerró en el castillo. El domingo de Pentecostés, 19 de mayo, los franceses ocuparon la ciudad; los del castillo se inclinaban a la capitulación, pero Íñigo, elegido para discutirla, no la creyó honrosa y convenció al alcaide y a sus compañeros a la resistencia. El lunes 20 se preparó a la lucha confesando sus pecados a un compañero de armas; en el duelo de artillería, una bala le destrozó la tibia derecha e hirió la otra pierna. El alcaide, privado de su apoyo más decidido, entró en tratos, que duraron tres días.
     Después de las primeras curas, cortésmente procuradas por los vencedores, fue transportado hasta Loyola por un equipo de amigos, reunido por Esteban de Zuasti, primo de Francisco Javier. Los médicos juzgaron necesario reajustar los huesos de la pierna, mal ensamblados o descompuestos por el camino; el herido soportó la nueva carnicería en silencio, a puños cerrados. En el postoperatorio se agravó; fue sacramentado, y en la fecha límite calculada por los médicos (víspera de San Pedro), comenzó la mejoría.
     Pronto se advirtió que un hueso quedaba encabalgado, lo que acortaba y afeaba la pierna, impidiéndole calzar las altas y ajustadas botas de caballero; esto bastó para que se sometiera a una segunda carnicería, que prolongó por largos meses la convalecencia.
     Paralelamente, se desarrollaba en su conciencia una profunda crisis espiritual. A falta de los libros de caballería que había pedido, le entregaron “una Vita Christi del Cartujano en romance” (J. Nadal), y el Flos Sanctorum o Leyenda dorada, del dominico Jacobo de Varazze o Voragine. Estas lecturas, pronto absorbentes, conmovieron en sus fundamentos los valores que hasta entonces habían vertebrado sus esperanzas. El ímpetu heroico, esencial constitutivo de su personalidad, el apetito de superación y excelencia se enfrentaron de pronto a nuevos horizontes. Los proyectos de imitación y aun de superación de los santos alternaron en las largas horas con las hazañas soñadas por amor a su dama, “mucho más alta que condesa o duquesa”; pero con el resultado, descubierto por introspección, de alegría, confianza y paz, después de los primeros; y de insatisfacción y vacío pasadas las segundas. Una meta inmediata se imponía obsesivamente con la lectura del Vita Christi: la peregrinación y la permanencia indefinida en Jerusalén, dado a la oración y penitencia. Una a modo de visión o imaginación nocturna de Nuestra Señora y el divino Niño borró de su mente toda especie sensual, y le dio el impulso definitivo para una decisión, que nunca será ya cuestionada.
     En febrero de 1522, y con la excusa de presentarse al duque de Nájera, salió de Loyola, con intención de embarcarse en Barcelona y alcanzar en Roma la necesaria licencia pontificia para la peregrinación. El temor a ser reconocido le forzó a no acudir a Vitoria, donde el regente Adriano había recibido el 5 de febrero la confirmación de su elección al pontificado, y comenzaba el 12 de marzo el lento desplazamiento, rodeado de la nobleza eclesiástica y civil castellanas, a lo largo del valle del Ebro. En el santuario de Aránzazu hizo voto de castidad y llegó a Montserrat, quizá no el 21 de marzo, como se ha calculado para el triduo de confesión general, sino a principios de ese mes, lo que hace verosímil unos quince o veinte días de retiro en algún lugar de la montaña, y de trato más prolongado con el que sería su confesor, dom Chanon; éste le inició en la “oración metódica” según el Exercitatorio del abad García de Cisneros, de lo que nada había podido aprender con la lectura del Cartujano loyoleo. Y la necesidad de profundizar en esta nueva vida fue muy probablemente lo que le decidió a renunciar por aquel año a la peregrinación. Después de la confesión y de la vela de armas del 24 al 25 de marzo, continuó hacia Manresa.
     En los once meses siguientes se sucedieron períodos de calma, de terribles dudas y escrúpulos —que le llevaron a la tentación del suicidio— y de consolaciones e ilustraciones espirituales sobre los fundamentos mismos de la fe. Especialmente iluminadora fue la recibida a orillas del río Cardoner, de la que comentó en su vejez —él, tan poco inclinado a la hipérbole— que todo lo aprendido en el resto de su vida “no le parecía haber alcanzado tanto como de aquella vez sola”. De aquí sacó las líneas maestras de sus Ejercicios espirituales, que vivió y practicó en esos meses.
     En febrero de 1523 emprendió el viaje a Roma; recibió la licencia pontificia el 31 de marzo y, pasada la Pascua, se dirigió a Venecia, donde embarcó el 14 de julio. Por dos peregrinos centroeuropeos se conocen las peripecias del viaje. Íñigo deseaba quedarse, pero los superiores de la Custodia franciscana le conminaron con penas eclesiásticas al regreso. De nuevo, llegaba a Barcelona a principios de marzo de 1524.
     De las iluminaciones de Manresa brotó un nuevo proyecto: estudiar para “ayudar a las ánimas”. En Barcelona encontró antiguas bienhechoras —Inés Pascual, Isabel Roser y otras— que aseguraron su sustento, y el maestro Ardévol, que se ofreció de balde a guiarle en el aprendizaje latino. En marzo de 1526, el maestro y un doctor teólogo juzgaron que podía comenzar la Filosofía en Alcalá. Comenzó mendigando hasta que fue recogido en el Hospital de la Misericordia o de Antezana. A los tres compañeros de Barcelona se había añadido un joven francés, Juan de Reinalde (de una mala lectura de copista saldrá “Íñigo López de Recalde”, un craso error). Las conversaciones espirituales con mujeres devotas levantaron sospechas de iluminismo entre los inquisidores toledanos; los autos del interrogatorio se transmitieron al vicario episcopal Figueroa. Se les notaba de hacer “vida exemplar a manera de apóstoles”. Íñigo estuvo en la cárcel cuarenta y dos días. La sentencia de junio de 1527 les imponía el abandono de los vestidos no comunes y la abstención de enseñanzas teológicas o morales hasta el fin de sus estudios. Determinaron trasladarse a Salamanca, confiados en las vagas promesas que le había hecho a Íñigo el arzobispo Fonseca, visitado en Valladolid.
     Otras sospechas se suscitaron en Salamanca, consecuencia de las conferencias sobre el erasmismo que los mejores teólogos acababan de mantener en Valladolid.
     Los dominicos de San Esteban (con uno de ellos se confesaba) le interrogaron sobre esto, y le mantuvieron en el convento hasta que el provisor lo encarceló con cadenas mientras estudiaba con otros tres letrados “sus papeles, que eran los Exercicios”. La sentencia reconocía su plena ortodoxia, pero imponía las mismas restricciones. Íñigo pensó en la Universidad de París, donde estaría aislado por la lengua y a la que acudían los mejores estudiantes. Llegó el 2 de febrero, en plena guerra franco-española, y, tras algunos tanteos, se acomodó en el austero colegio de Monteagudo.
    Consciente de sus carencias, decidió comenzar los estudios desde el principio, pero antes tuvo que atender a cuestiones elementales. Un español había dilapidado el depósito de lo que había recibido de sus protectoras barcelonesas; mendigar o servir a un maestro era reincidir en los impedimentos pasados. Siguiendo un consejo, viajó tres años consecutivos a Flandes (una vez hasta Londres), para recoger en dos meses lo que le permitía, además, socorrer a otros. Mostró en esto un conocimiento no vulgar del mundo financiero, de los tiempos de mayor circulación de instrumentos crediticios manejados por españoles (quizá conocidos en los años de Arévalo), y la escrupulosa “asepsia” espiritual con la que recibía y transmitía limosnas que no tocaba con sus manos.
     Cursó la Filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde sus contactos con los estudiantes suscitaron inicialmente las iras del rector, el portugués Diogo de Gouveia, pronto aplacadas; allí ganó a los que serían puntales de su obra futura: el saboyano Pedro Fabro (nacido en 1505) y el navarro Francés o Francisco de Jassu o Javier (nacido en 1506), a los que se añadieron poco después otros condiscípulos que le habían visto en Alcalá. Obtuvo el grado de bachiller en 1532 y la licenciatura en 1533; para el doctorado, que no requería especiales estudios, pero sí numerosos gastos, esperó hasta 1535. Paralelamente, dedicó año y medio al estudio de la Teología con los dominicos de Saint-Jacques. Aún sin acudir a las eximias ilustraciones manresanas, su connatural animus theologicus y su felicísima memoria le concitaron un prestigio cierto entre sus contemporáneos.
    En el torbellino religioso e ideológico que sacudió a Francia y especialmente a París en los años 1530- 1534, Ignacio fue un espectador atento y reflexivo, que ayudó a sus compañeros —Javier lo reconoció sinceramente— a mantener el rumbo en la vía media de la ortodoxia. El 15 de agosto de 1534, reunidos Ignacio, Fabro (único sacerdote), Javier, Laínez, Salmerón, Rodrigues y Bobadilla en la cripta de una vieja capilla de Montmartre, emitieron tres votos: de pobreza —condicionado al fin de sus estudios—, de castidad perpetua y de peregrinación a Jerusalén; en caso de no poder realizar ésta tras un año de espera en Venecia, se pondrían a la disposición del Sumo Pontífice, vicario de Cristo. Por primera vez se menciona la estrella polar que orientará sus vidas. No se habla de voto de obediencia, porque aquellos “amigos en el Señor” no pensaban en corporación religiosa estable. Los votos se renovaron en los dos años siguientes, con tres nuevos voluntarios: el saboyano Le Jay, el picardo Broët y el provenzal Codure. Otro estudiante rechazó por un tiempo las invitaciones de Ignacio: el mallorquín Jerónimo Nadal, decidido firmemente a ser “cristiano del Evangelio”, pero nada inclinado a hacerse “iñiguista”.
     Diez años más tarde, una de las primeras cartas de Javier le dará el impulso para llegar a identificarse como pocos con el pensamiento y el espíritu del fundador.
     Puesta la piedra fundamental de su obra, Ignacio decidió volver a España. Además del cuidado de su salud, deseaba visitar a las familias de sus compañeros y dar en su tierra de Loyola una reparación social por su escandalosa juventud. En Azpeitia se alojó por tres meses en el hospital, desoyendo las apremiantes invitaciones de su hermano; con su voz aguda y clara —recordaba una oyente distante— habló a todo el pueblo; promovió prácticas piadosas colectivas, enseñó la doctrina a los niños, condenó el juego y el amancebamiento, promovió el socorro de los pobres vergonzantes y compuso las disensiones del clero local.
     A su paso por Madrid, visitó a su gran admiradora y protectora, la portuguesa Leonor Mascareñas, aya del joven príncipe. Cuando en 1586, el pintor de Corte, Sánchez Coello, presentó a Felipe II el retrato de Ignacio, el anciano Rey recordó el encuentro y las ponderaciones de santidad, que le hacía su aya; elogió el parecido, “pero entonces —¡memoria de un niño de ocho años!— traía más barba”.
     El año 1536 lo dedicó al estudio privado en Venecia y a sus habituales conversaciones y Ejercicios. Sus compañeros salieron de París en noviembre y llegaron a Venecia en enero de 1537; en marzo continuaron, sin Ignacio, a Roma, para obtener la licencia de peregrinación y las necesarias para la ordenación sacerdotal. Venecia era en aquel momento un potente foco de reforma católica: de la floreciente “Compagnia del Divino Amore” había nacido la Orden de los Teatinos (1524), en la que la amable espiritualidad de san Gaetano de Thiene atemperaba el ímpetu inquisidor de Gianpietro Caraffa, obispo dimisionario teatino (de Teate) y futuro papa Pablo IV. Los dos grupos de clérigos regulares parecían nacidos para entenderse y fundirse; Ignacio mantuvo un contacto con Caraffa, seguido de una larga carta, probablemente no enviada, en la que marcó las distancias con la vida cuasi eremítica que imponía a los suyos el terrible napolitano. Había otras coincidencias, lo que explica que, durante muchos años, se identificase a los jesuitas como “teatinos”.
    Reunidos de nuevo en Venecia, recibieron el sacerdocio el día de san Juan de 1537. Ignacio retrasó la primera misa hasta la Navidad del año siguiente, en Roma. La guerra con los turcos había cortado, el único año, toda la navegación. Se abría el período de espera; para llenarlo, se repartieron en binas por las ciudades del Véneto. Antes de dispersarse, deliberaron sobre la respuesta que debían dar a los que les preguntasen por su nombre y profesión. Unánimemente decidieron llamarse “Compañía de Jesús” (al principio “Compañía del Nombre de Jesús”): el genérico no tenía primariamente una connotación militar; de todos modos, para Ignacio, lo esencial —y en lo que no estaba dispuesto a ceder— era lo especificativo.
    Con Fabro y Laínez, Ignacio se dirigió a Roma.
     A catorce kilómetros de la capital, en la aldea de La Storta, entraron en una capilla a hacer oración. Ignacio, en su larga preparación para la primera misa, venía pidiendo insistentemente a Nuestra Señora que se dignase “ponerle con su Hijo”, y a éste, que le recibiese bajo su bandera. A lo que vio o sintió en esos momentos se refirió siempre con su sobriedad acostumbrada, incluso en su diario privado; todo lo resumía en la certeza que adquirió de que “el Padre le ponía con su Hijo”, y que éste le decía, “quiero que tú nos sirvas” o “Yo os seré propicio en Roma”. Fue un momento central en su vida, que resumía todo su pasado y lo orientaba hacia un futuro, incierto en lo concreto, pero asegurado con la protección divina.
    Llegados a Roma, se presentaron a Pablo III. Fabro y Laínez se ofrecieron a dar lecciones gratis en La Sapienza, la Universidad romana. Ignacio se entregó a dar Ejercicios: el doctísimo cardenal laico Gasparo Contarini, el embajador de Siena, Lactancio Tolomei y el catedrático de Salamanca y agente imperial en Roma, Pedro Ortiz. No todo el mundo los veía con agrado.
    Comenzaron las insinuaciones sobre antiguos procesos, las sospechas de heterodoxia, las calumnias abiertas de un fraile apóstata. Ignacio obtuvo del Papa —tras una audiencia personal de una hora, en latín— la incoación de un proceso, en el que declararon los antiguos jueces de Alcalá, París y Venecia, presentes providencialmente en Roma. La sentencia fue plenamente absolutoria e Ignacio procuró su amplia difusión.
    Pocos días después se ofrecieron colectivamente al Papa, quien les señaló como campo apostólico la ciudad de Roma. Pero pronto llegaron invitaciones de otras diócesis italianas. En previsión de la dispersión inminente, deliberaron en la primavera de 1539 sobre sus relaciones futuras. Dos cuestiones fundamentales quedaron resueltas: establecer una congregación durable y hacer voto de obediencia a uno de ellos como a superior. Con sucesivas resoluciones fue perfilándose una Fórmula del Instituto de la Compañía en cinco capítulos, que redactó Ignacio en Roma por delegación de sus compañeros. El cardenal Contarini la presentó al Papa, quien la aprobó el 3 de septiembre y ordenó que se preparase la bula correspondiente. No fue fácil convencer a los dos cardenales encargados de hacerlo; uno desaprobaba las novedades que se pedían: omisión de hábito propio y del rezo coral, voto de obediencia al Papa, supresión de penitencias obligatorias...; otro propugnaba la reducción de las órdenes religiosas a los cuatro tipos existentes, dos de monjes y dos de mendicantes.
     Ignacio ofreció por esta intención tres mil misas y movilizó a los más eficaces intercesores. La aprobación definitiva se dio el 27 de septiembre de 1540, pero limitando el número de profesos a sesenta.
     Un proyecto de Constituciones fue aprobado por los seis cofundadores presentes en Roma y en abril se procedió a la elección del general (los ausentes habían dejado sus votos por escrito). Por dos veces recayó el voto unánime sobre Ignacio, quien se resistió y pidió que se dejase al arbitrio de su confesor franciscano, con el que hizo una confesión de tres días. Su parecer, expresado por escrito, fue decisivo, y la elección se verificó el 19 de abril. El 22 hicieron todos la profesión en San Pablo Extramuros.
    La actividad de Ignacio en los quince años de generalato se repartió entre el apostolado directo en Roma y su función de gobernante. Entre lo primero destaca la promoción de una asociación para acoger a los catecúmenos provenientes del judaísmo; la Casa de Santa Marta para las pecadoras arrepentidas; el apoyo a la Inquisición, fundada por Pablo III, y la apertura y sostenimiento de los dos colegios, el Romano, dedicado a los estudios sacerdotales, y el Germánico, que alojaba a los estudiantes centroeuropeos. Como fundador, tenía dos metas esenciales: la aprobación por la Santa Sede del libro de los Ejercicios (caso único entre los libros de devoción) y su publicación en 1548 (el texto castellano no se publicará hasta 1615, y en Roma), y la redacción definitiva de las Constituciones (texto a), precedidas de un Examen, que propicia un conocimiento mutuo entre la Orden y el candidato. A mediados de 1550 se había concluido, aunque se añadieron unas doscientas cincuenta enmiendas (texto A). Entonces convocó a todos los profesos para someterles la obra y su propia renuncia al generalato (30 de enero de 1551), que no fue aceptada. De 1552 es el texto B, llamado autógrafo por las correcciones añadidas. En 1550, Julio III había dado su aprobación, y suprimido la limitación de los sesenta profesos. Pero Ignacio quiso expresamente que las Constituciones quedaran “abiertas”, y sólo la primera congregación general (1558) las hará obligatorias.
    Del texto de hizo un Sumario, con los grandes principios espirituales, y se dieron Reglas comunes y de varios oficios.
    La múltiple expansión —geográfica y funcional— de la Orden fue rápida, forzando con frecuencia el límite de la escasez de sujetos. La visión sobrenatural del fundador quedó expresada en una brevísima carta a Francisco Javier fechada el 31 de enero de 1552: “Las cosas de la Compañía, por sola bondad de Dios, van adelante, y en continuo aumento por todas partes de la cristiandad; y sírvese de sus mínimos instrumentos el que sin ellos y con ellos es autor de todo bien”.
    Los diversos colegios y casas —unos para estudiantes, otras para novicios y operarios apostólicos— se agrupaban en once provincias: Portugal (1546), España (1547), dividida en tres (1554); India (1549), Italia (1551), Sicilia (1553), Brasil (1553), Francia (1555), Germania del Sur y del Norte (1556). El número de jesuitas en 1556 giraba en torno al millar.
     Se ha presentado a Ignacio como el anti-Lutero.
     Oposición más retórica que real. Sin duda, era consciente de la crisis abierta en la cristiandad centroeuropea.
     Tres de los cofundadores —Fabro, Bobadilla y Le Jay— trabajaron allí. El fiel discípulo Nadal dirá más tarde que la Compañía avanzaba con dos alas, la India y Germania. Fabro pretendió encontrarse con el discípulo de Lutero, Melanchton; pero su mejor logro fue la vocación del joven holandés Pedro Canis o Canisio. Para obtener bases estables, se fundaron colegios: Colonia (1554), Ingolstadt (1549-1556), Viena (1551), Praga (1556). Las consignas que daba a los moradores, supuesta la “unión del instrumento con Dios”, se cifraban en la ejemplaridad de vida, la predicación positiva de las verdades de la fe, más que la discusión de puntos controvertidos; y los métodos de contacto personal. A las autoridades eclesiásticas y civiles les recordaba la importancia de los maestros en las escuelas y la prohibición de libros heréticos o sospechosos. No fue partidario de introducir la Inquisición en el Imperio. Coincidía aún literalmente con Lutero y san Juan de Ávila al afirmar que “la educación de la juventud es la renovación del mundo”.
    Los problemas europeos no le ocultaban más amplios horizontes. Las esperanzas de reunión de los cristianos de Etiopía con Roma —una primera etapa hacia Jerusalén, nunca olvidada— atrajeron su atención preferente. Para ello, hizo la excepción de admitir el nombramiento de un jesuita como patriarca, con dos obispos que aseguraran la sucesión, y dirigió al Negus todo un tratado del más acendrado ecumenismo. Al mismo tiempo, sostuvo la epopeya de Javier; pero no vaciló para asegurarla y remediar la profunda crisis por la que atravesaba la provincia portuguesa, vivero de misioneros, en darle la sorprendente orden perentoria de regresar a Portugal; el santo misionero había ya fallecido a las puertas de China.
     En la estructura de la Orden introdujo importantes novedades: dos años de noviciado, profesión retrasada al menos por diez años y entretanto votos particulares o simples, perpetuos para el sujeto, pero no incondicionalmente para la Orden; distinción de grados entre los incorporados; generalato vitalicio, pero supremo poder legislativo en la congregación general, compuesta por los provinciales en función y dos vocales elegidos por el cuerpo de la provincia; el cuarto voto de los profesos, que informa de algún modo de todas las relaciones con la Santa Sede; exclusión de una rama femenina o dirección habitual de religiosas. Tampoco dignidades eclesiásticas, salvo imposición pontificia.
     Ignacio fue hombre de acción y profundamente contemplativo. Su vida mística, prácticamente ignorada durante siglos, hoy es universalmente reconocida.
     Amaba paternalmente —con detalles maternales— a sus súbditos, y era correspondido por ellos; intuía el valor oculto de las personas y potenciaba su libertad, nunca sojuzgada despóticamente. Fue capaz de transmitir, a caracteres muy diversos, su experiencia esencialmente personal.
     Su salud se resintió toda la vida de las penitencias y fatigas de los años de peregrinación. Las indisposiciones, que le retenían en cama, fueron frecuentes; en 1555 nombró vicario al padre Nadal, con plenos poderes.
     Murió inesperadamente y solo en la madrugada del 31 de julio de 1556. La autopsia reveló grave litiasis biliar y cirrosis epática secundaria. Fue sepultado en la iglesia de Santa María de la Strada; beatificado el 27 de julio de 1609, y canonizado el 12 de marzo de 1622.
     En cuanto a su iconografía, hay que anotar que, ante el cadáver, hizo un boceto el retratista Giacopino del Conte, que dejó un modelo muy rejuvenecido. Se sacó una mascarilla en yeso y de ella varios positivos en cera; uno trajo a España el padre Ribadeneira, y en él se inspiró Sánchez Coello. Hacia 1600, varios jesuitas belgas, que lo habían conocido, lograron una miniatura que trata de reproducir la irradiación de su semblante, atestiguada por san Felipe Neri, y el aspecto juvenil que mantuvo en vida (en Alcalá, un franciscano lo había descrito como “hombre de poca edad, que podría tener hasta veinte años”, cuando contaba treinta y cinco) (José Martínez de la Escalera, SI, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Domingo Martínez, autor de la obra reseñada;
    Domingo Martínez, (Sevilla, 1688 – 1749). Pintor.
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del ámbito de la pintura sevillana a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII; fueron sus maestros Lucas Valdés y Juan Antonio Osorio. Las escasas noticias biográficas que de él se poseen lo presentan como hombre de buen temperamento, ingenioso y emprendedor al tiempo que culto y estudioso, poseedor de una amplia biblioteca. Tuvo numerosos discípulos, entre los que sobresalieron Juan de Espinal, Andrés de Rubira y Pedro Tortolero.
     La labor pictórica de Martínez le revela como uno de los mejores pintores hispanos en la época en que le correspondió vivir, circunstancia que le fue reconocida en su propia existencia. En efecto, en 1733 cuando la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio dio por concluida en Sevilla una estancia que se había iniciado en 1729, Martínez fue invitado a viajar a Madrid para trabajar allí como pintor real. Esta propuesta debió de estar motivada por la estrecha amistad que Martínez mantuvo en Sevilla con el pintor francés Jean Ranc, quien debió de realizarle la oferta de trabajar en Madrid. Sin embargo, el artista sevillano declinó esta proposición y optó por continuar su actividad artística en su ciudad natal.
     El estilo artístico de Domingo Martínez presenta características perfectamente definidas y en ellas se constata en primer lugar una base fundamental que se apoya en la pervivencia en él del influjo de Murillo, que es general en todos los pintores sevillanos activos en el primer cuarto del siglo XVIII. En segundo lugar, Martínez, a partir de 1729, fue receptivo a los efluvios estilísticos que emanan de la pintura francesa con la cual conectó durante los años en que la Corte residió en Sevilla; su amistad con Ranc, con quien convivió estrechamente durante cinco años, fue fundamental en este sentido. Finalmente, en la época postrera de su vida, a partir de 1745, Martínez asimiló en su arte referencias estilísticas procedentes del estilo Rococó, que en aquellos momentos comenzaba a difundirse por España.
     Como artista prolífico que fue, se advierte en la producción de Domingo Martínez una gran diferencia entre las pinturas realizadas por él personalmente y las que ejecutó contando con la colaboración de los discípulos y ayudantes que trabajaban en su obrador.
     En las creaciones efectuadas mayoritariamente por él mismo se constata una gran facilidad compositiva, un dibujo fácil y virtuoso y un marcado dominio del color, estando todos estos factores puestos al servicio de un arte amable, vistoso y decorativo que plasma un gusto totalmente coincidente con el espíritu de su época. Dominó, además, el arte de la perspectiva, aspecto que le permitió dedicarse con éxito a la pintura mural, modalidad en la que realizó excelentes creaciones.
     La amplitud del repertorio de obras conocidas de Domingo Martínez evidencia que fue un artista prolífico, ampliamente solicitado por la clientela civil y eclesiástica sevillana y también demandado por foráneos que llevaron las obras adquiridas a lugares tan alejados de Sevilla como Madrid, Jaén, Burgos, Soria y Cuenca.
    Entre sus realizaciones artísticas más importantes destaca en primer lugar su participación en 1718, con Gregorio Espinal, en la decoración mural de la capilla sacramental de la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, donde ejecutó obras de simbología eucarística que han llegado muy mal conservadas hasta hoy. Posteriormente, en 1724 llevó a cabo el amplio conjunto pictórico que decora el interior de la capilla del colegio de San Telmo de Sevilla, entidad dedicada a educar a niños que en el futuro serían marinos de la flota española. Allí pintó, por lo tanto, un repertorio de lienzos donde los niños son protagonistas, como La presentación del Niño en el templo, Cristo discutiendo con los doctores en el templo, Cristo bendiciendo a los niños y Cristo entrando en Jerusalén.
    En 1727, Martínez aparece realizando la decoración al temple de la bóveda del presbiterio de la iglesia de la Merced de Sevilla, con personajes bíblicos y escenas alegóricas de la misión redentora de los mercedarios.
     También hacia 1727 decoró con dos grandes lienzos el presbiterio de la iglesia del convento de Santa Paula de Sevilla en los que se representa La partida de santa Paula a Oriente y La muerte de santa Paula y hacia 1733 ejecutó los treinta y dos pequeños lienzos que se integran en el retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla y también las pinturas que se encontraban en los altares laterales de la nave de la iglesia. De 1733 es también la hermosa Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lesmes de Burgos, y en torno a esta fecha realizaría también La Sagrada Familia con san Francisco y santo Domingo que fue adquirida por la reina Isabel de Farnesio, quien la donó después al convento de Santa Isabel de Madrid.
     En torno a 1735, al servicio del arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo y Azcona, ejecutó para la iglesia parroquial de Umbrete dos pinturas de excelente calidad y de gran formato en las que representó a Santa Bárbara y a San Juan Bautista. Al servicio también del mismo arzobispo, Martínez decoró también con lienzos de gran formato la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla, narrando los principales milagros que dicha Virgen había realizado durante la conquista de Sevilla por san Fernando. La vinculación de Martínez con el arzobispo Salcedo culminó con la realización por parte del artista del magnífico Retrato que representa a dicho prelado y que se conserva actualmente en el palacio arzobispal de Sevilla.
      Otras obras importantes de Martínez son La apoteosis de la Inmaculada, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, obra que puede fecharse en torno a 1735. De 1740 es la representación de La Virgen de los Reyes con san Hermenegildo y san Fernando, que se conserva en la capilla del Alcázar de Sevilla; en torno a esta misma fecha puede situarse El nacimiento del profeta Elías, que pertenece al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en Madrid. También obras importantes de esta época son la representación de San Ignacio en la cueva de Manresa, que pertenece al convento de Santa Isabel de Sevilla y La Coronación de la Virgen, que se conserva en la iglesia de la Hermandad de las Cigarreras de esta misma ciudad. Hacia 1675 finalizó en Sevilla el proceso decorativo llevado a cabo en los muros de la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se representa una Apoteosis de la Orden jesuítica y de estos mismos años debe de ser la pintura de La Divina Pastora que se guarda en el convento de los capuchinos de Sevilla.
     Obras realizadas para Jaén hacia 1745, son La Transfixión de la Virgen, conservada en la catedral de dicha ciudad y El Niño Jesús pasionario que figura en la portezuela de un sagrario en la parroquia de San Mateo de Baños de la Encina.
     Importante es también el conjunto pictórico realizado por Martínez para decorar la iglesia del Antiguo Hospital de Mujeres de Cádiz, obra ejecutada hacia 1748 y que es, por lo tanto, una de las últimas realizaciones artísticas de este pintor.
     Fue también Martínez excelente intérprete de temas profanos, como reflejo de la existencia en Sevilla en el segundo tercio del siglo XVIII de un intenso ambiente cultural que proporciona a los artistas referencias literarias o mitológicas; así lo constata el precioso conjunto de cuatro pinturas que representan las estaciones del año y que se conservan en una colección particular de Vigo, o El Niño pastor flautista, que pertenece a una colección de Hamilton (Canadá). Sin embargo, la obra culminante de asunto profano de Martínez fue la realización de ocho pinturas en las que se representan otros tantos Carros alegóricos que la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla le encargó para que sirvieran de testimonio y recuerdo de las fiestas y desfiles celebradas en esta ciudad con motivo de la exaltación al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Constituyen estas pinturas una extraordinaria aportación para el conocimiento del ambiente urbano de la Sevilla de aquella época y también de la fisonomía de las distintas clases sociales que participaron o contemplaron los citados festejos (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Ignacio de Loyola", de Domingo Martínez, en la Sala VII-B (antigua Sacristía principal) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sala VII-B (antigua Sacristía secundaria) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 26 de julio de 2026

La pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.     
     Hoy, 26 de julio, Memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, cuyos nombres se conservaron gracias a la tradición de los cristianos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Sacristía de los Cálices [nº 090 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; No se ha hecho general el nombre de "sacristía" hasta después del primer cuarto del siglo XVII, siendo denominada desde su construcción "Capilla de los Cálices"; la pre­sidía un retablo con la Adoración de los Reyes Magos; en 1845 ya estaba colocado en su lugar el cuadro que había pintado Goya en 1817. Posteriormente fue sustituido por el Cristo de la Clemencia, que ha pasado a la Capilla de San Andrés en 1992 (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     De Alejo Fernández son cuatro tablas de grandes dimensiones que se destinaron en principio a la viga del altar mayor. Fueron realizadas entre 1508 y 1512, siendo sus temas el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana, el Nacimiento de la Virgen, la Adoración de los Reyes y la Presentación del Niño en el Templo (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El primero de esos maestros [foráneos] en trabajar para el Cabildo fue Alejo Fernández, quien entre 1509 y 1512 pinta las tablas de la Viga del altar mayor. Remitiéndome en todo lo concerniente a la historia de esas tablas al reciente trabajo de Palomero Páramo sobre La viga de imaginería del retablo mayor, sólo añadiré unas breves notas. A través de la primera quiero destacar, como lo hiciera Angulo, la importancia que la venida de Alejo Fernández a Se­villa para pintar estas tablas tuvo para el posterior desarrollo de la pintura sevillana. Si ésta evolucionó rápi­damente a partir de Alejo Fernández, el mérito no fue, sin embargo, sólo de éste, sino del Cabildo catedralicio, quien, dejando a un lado pruritos localistas, llamó a quien consideraba el mejor y más idóneo de los pintores. Pudo haber requerido los servicios de algunos de los maestros locales, lo que seguramente le hubiera supuesto un menor desembolso económico, pero apostó fuerte y ganó. De no haber actuado así, los fondos dorados hubieran cerrado las composiciones de los cuadros sevillanos hasta la llegada en 1537 a Sevilla de Campaña y Esturmio. Con Alejo Fernández en la ciudad, el tránsito del tardío cuatrocentismo al clasicismo renacentista se hizo posible en un breve plazo de tiempo. De hecho, cuando Alejo Fernández muere, a fina­les de 1545 o principios de 1546, la pintura sevillana había cerrado ya todo un ciclo. Ciclo que se inició con la pintura de las tablas de la Viga del altar mayor de la Catedral.
     Por medio de la segunda, y última nota, pretendo resaltar el cuidado con que Alejo Fernández compuso estas tablas, cuyas composiciones planteó de acuerdo a la altura en que se colocarían y a la ordenación que seguirían en la Viga. Todas ellas están compuestas te­niendo en cuenta que serían contempladas a gran distancia y desde un punto de vista bajo. De ahí que ordenara las figuras siguiendo ritmos claros y sencillos, de marcado acento vertical y fácilmente aprehensibles. Por las mismas razones adoptó para las figuras un canon esbelto, renunciando al pluritematismo que em­pleará en las escenas pintadas para ser contempladas de cerca, entre otras la tabla central del retablo de la Piedad de esta Catedral. Partiendo del hecho de que formarían una narración continua, los enmarques ar­quitectónicos de todas las escenas son similares, ha­biéndose inspirado para ellos en el grabado de Bramante que siguió para la Flagelación del Prado y la Anunciación del Museo de Sevilla. Al repetir en todas las tablas las mismas pilastras y capiteles, acentúa la relación compositiva y temática de las escenas, cuyas luces guardan una perfecta armonía. En la del Nacimiento de la Virgen, situada la primera a la izquierda, el foco lumínico lo sitúa a la izquierda, manteniendo esa misma disposición hasta la última, la Presentación en el templo. En ésta desplaza hacia la derecha el nú­cleo temático y compositivo, sirviendo la puerta avenerada que en ella aparece como cierre y límite espacial de toda la narración. Con todo ello Alejo Fernández consigue que la Viga tuviera una perfecta y correc­ta lectura lumínica y temática, de izquierda a derecha (Juan Miguel Serrera, Pinturas y pintores del siglo XVI en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
     La pintura, realizada entre 1509 y 1512, de acusada verticalidad, representa el momento en que San Joaquín se encuentra con Santa Ana delante de una de las puertas de Jerusalén. La escena se representa en mitad de un paisaje abierto en profundidad, de suaves entonaciones, en cuyo plano posterior se dejan entrever algunas construcciones arquitectónicas, destacando una torre de ritmo ascendente y vanos geminados. A la izquierda de la obra se muestra un sencillo pórtico columnado que se presenta como la Puerta Dorada ante la que se encuentran los dos esposos, que toman sus manos para abrazarse. La madre de la Virgen queda a la derecha, tocada por un velo blanco de bellos pliegues matizados, con túnica corinto y un manto de profundos tonos verdes que se remata en una cenefa con motivos cuadrilobulares. San Joaquín, representado con más edad que Santa Ana, toca su cabeza de blancos cabellos con un turbante y viste una riquísima sobretúnica de tonos áureos, mostrando el matrimonio un gesto de satisfacción y reposo, que traduce claramente el amor que se profesan. Sobre ellos vuela un ángel que viste una túnica de tonos rosados, delicadamente degradados, cuyos pliegues se agitan con gracia y extiende sus brazos hacia los esposos para subrayar la protección divina.
     Flanquean a la pareja dos personajes que asisten ensimismados al encuentro. En la zona izquierda, bajo la Puerta Dorada, un soldado que porta una lanza, mira cabizbajo el corderillo que le ha entregado San Joaquín para poder abrazar a Santa Ana. A la derecha una doncella de mirada entornada, cruza las manos en señal de respeto y oración ante el hecho que se ofrece ante sus ojos, justo en el límite de la composición.
     En 1508 el Cabildo de la Catedral hispalense solicita la presencia de los hermanos Alejo y Jorge Fernández, residentes en Córdoba, para hacerse cargo de las obras del retablo mayor catedralicio. Jorge realizaría las figuras de talla y Alejo se dedicaría fundamentalmente a su policromado. Pero en el proyecto que se manejaba constaba la realización de una viga de imaginería en cuyo envés se situaría un ciclo pictórico destinado a representar escenas de la vida de la Virgen. De este conjunto se han conservado cuatro tablas que seguramente, a raíz de la ruina del cimborrio en 1511, no llegaran a subirse nunca a su destino, lo que provocó una fragmentación del conjunto por el recinto catedralicio. Así, parece que entre 1512 a 1515 sirvieron como retablo en la capilla del Cristo de Maracaibo, que se habilitó como principal mientras duraban las obras en el cimborrio. Poco después (1515-1519) se colocaron para el mismo fin en la Mayor y, posteriormente y siempre de forma provisional, en la puerta del coro (1520-1526). Llegaron incluso a serle ofrecidas a fray Diego de Deza para su capilla particular en 1513, aunque esto no se llevó nunca a cabo y se intentó repetidamente la subida al envés de la viga del retablo mayor.
     Las cuatro tablas que se conservan representan los episodios de la Adoración de los Magos, el Abrazo ante la Puerta dorada, el Nacimiento de la Virgen y la Presentación en el Templo. En base al retablo de la Virgen de la Colegiata de Osuna, obra de Juan de Zamora, se ha sugerido que los restantes temas que completarían este conjunto serían la Anunciación, la Asunción de María y su Coronación y el Nacimiento de Jesús. Con las lógicas reservas, cabe pensar que las tablas catedralicias sirvieran de modelo iconográfico a este conjunto fechado sobre 1530, debido a las grandes similitudes que se muestran entre las obras conservadas, como ya advirtieron Mayer y Angulo. Si esto fuera así, se glorificaría la Asunción a la que está consagrada la catedral, quedando en el lado de la Epístola los misterios de la Virgen previos al nacimiento de Cristo y en el del Evangelio aquellos referentes a la figura de Jesús.
     Alejo Fernández, de origen alemán, debió nacer sobre 1475 aunque las primeras noticias sobre él lo sitúan en Córdoba en las postrimerías del siglo XV. En 1508, como ya vimos anteriormente, se instala en Sevilla donde pronto alcanzará una notable posición dentro de los artistas locales. Su taller de pintura, dorado y policromado será uno de los más importantes y alcanzará importantes encargos que le dotarán de un desahogo económico y le harán respetar por los otros artistas locales.
     En los primeros años de la década de los años 20 de ese siglo, fallece su mujer María Fernández con la que había contraído matrimonio en Córdoba, si bien en 1525 se casará con Catalina de Avilés. En 1539 también morirá su hijo Sebastián Alejo, uno de sus más estrechos colaboradores y pocos años después, en 1542, enfermará gravemente él mismo de modo que casi fallece. De todos modos, su óbito no tardará en producirse, ya que muere en 1545.
     Probablemente el mayor mérito de Alejo Fernández pueda ser el haber servido de revulsivo para la escuela pictórica sevillana, introduciendo el clasicismo renacentista y desterrando los fondos dorados. Nórdico de formación, puede rastrearse sin embargo una asimilación del espíritu pictórico italiano que pudo adquirir en algún viaje a aquellas tierras, que, como se ha sugerido, pudiera haberse hecho en los años finales del siglo XV. Estas innovaciones tienen su punto de partida en estas tablas de la viga de imaginería.
     Esta magistral obra emana un profundo sentimiento de trascendencia y serenidad, que otorga a toda la composición una majestuosa solemnidad. Como sus compañeras, muestra como Alejo Fernández tuvo muy presente el lugar donde iban a estar situadas, por lo que se han compuesto para ser vistas a gran altura y desde abajo. Todas presentan un sobrio marco arquitectónico de similares características (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor el Ciclo de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
EL CICLO DE ANA Y JOAQUÍN
Las fuentes apócrifas
   Los Evangelios canónicos no nos dicen nada del nacimiento ni de los años de infancia y juventud de la Virgen María con anterioridad a la Anunciación, que es lo único que que les interesa. Ni siquiera registran el nombre de sus padres.
   Para satisfacer la curiosidad de los fieles, esas lagunas de la crónica oficial han sido colmadas por los Evangelios apócrifos. Los mejor informados acerca del tema son:
1. El Protoevangelio de Santiago.
2. El Evangelio del Seudo Mateo (Liber de ortu beatae Mariae Virginis et infantia Salvatoris).
3. El Evangelio de la Natividad de la Virgen.
   Estos relatos fueron popularizados en el siglo XIII por Vincent de Beauvais, en su Speculum  Historiae y por el arzobispo hagiógrafo Santiago de Vorágine en la Legenda aurea (Leyenda Dorada). Pero los que se refieren a los padres de la Virgen inspiraron a los artistas occidentales hacia las postrimerías  de la Edad Media, gracias al culto tardío de santa Ana.
La formación de la leyenda
   La piadosa novela de los Evangelios apócrifos puede resumirse así: Después de veinte años de matrimonio con Ana, Joaquín seguía sin descendencia. Ahora bien, la esterilidad entre los judíos se consideraba una maldición divina. Además, el sumo sacerdote se negó a aceptar la ofrenda que Joaquín quería dedicar al templo. Desesperado por esa afrenta, éste se retiró en soledad, junto  a sus pastores.
   Pero enseguida el arcángel Gabriel se le apareció, al igual que a su mujer que estaba sola en Jerusalén, para predecir a ambos el nacimiento de un niño.
   Los viejos esposos se encontraron en la Puerta Dorada y se abrazaron llenos de alegría: del beso que se dieron nacería la Virgen Inmaculada, madre del Redentor.
   La falta de historicidad de esta fábula se anuncia en numerosos indicios.
   En principio, los nombres Ana y Joaquín no designan, como ya lo observara Lenain de Tillemont en el siglo XVII, a personajes reales, se trata de denominaciones simbólicas: Ana significa Gracia en hebreo, y Joaquín, Preparación del Señor.
   Por otra parte, todos los elementos de esta historia de los Evangelios apócrifos fueron tomados del Antiguo Testamento. La leyenda de Ana no es más que una ampliación de la historia de su homónima Hanna, madre de Samuel, de los dos primeros capítulos del Libro de los Reyes. El tema de los viejos esposos que después de largos años de matrimonio estéril son gratificados con un niño por la gracia divina, reaparece muchas veces en la Biblia que a su vez lo ha tomado de la leyenda universal. Es la historia de Abraham y de Sara, padres tardíos de Isaac, de Manuc, padre de Sansón, de Zacarías e Isabel, padres de Juan Bautista. Los Evangelios apócrifos se limitaron a copiarlo aplicándolo a los padres simbólicos de la Virgen.
Iconografía
   En las representaciones de la leyenda pueden distinguirse los ciclos y los episodios aislados.
   1. La ofrenda de San Joaquín rechazada
   Protoevangelio de Santiago. El sumo sacerdote dijo a Joaquín: «No te está permitido ser el primero en depositar tus ofrendas, porque no has engendrado en Israel.»
   La ofrenda rechazada de Joaquín es, ya un cordero, ya una suma de dinero. A veces, el donante estéril es brutalmente expulsado por el sumo sacerdote que lo hace rodar por los peldaños de la escalera. Pero casi siempre se retira con una tristeza llena de dignidad, seguido por su criado que lleva el cordero.
   2. Joaquín entre los pastores
   3. Anunciación a San Joaquín
   Un ángel le anuncia que su mujer parirá una hija de la cual nacerá el Mesías. 
    Esta escena corre el riesgo de ser confundida con la Anunciación a los Pastores. Pero Joaquín está solo con su rebaño y se arrodilla frente al ángel que se le aparece.
   A causa de un error la Zarza ardiendo de Nicolas Froment ha sido interpretada como la Anunciación a Joaquín. En realidad se trata de Moisés, como lo prueba, la inscripción.
   4. Anunciación a Santa Ana
   Abandonada por su esposo, Ana entristece en su jardín donde está con su criada Judit. Envidia la fecundidad de una pareja de pájaros que ve en las ramas de un laurel y pide angustiosamente a Dios que le conceda un hijo como a Sara, la vieja esposa estéril del patriarca Abraham.
   Un ángel se le aparece súbitamente y le anuncia que el Señor satisfará su ruego: parirá una hija que se llamará María. Ana promete consagrarla a Dios.
   De acuerdo con otra versión, una paloma habría besado los labios de Ana y por ese beso del Espíritu Santo habría sido concebida la Santa Virgen. En el arte copto, la historia de Ana y de la paloma se confunde con la leyenda pagana de Leda y el cisne.
   La Anunciación a Ana no puede confundirse con la Anunciación a María, porque la primera ocurre al aire libre, bajo un laurel.
   5. El encuentro en la puerta dorada
   Los dos viejos esposos, avisados separadamente, se encuentran en la Puerta Dorada de Jerusalén y se abrazan tiernamente, «de mutua visione et de prole promissa laetati», dice la Leyenda Dorada.
   Esta escena es, con gran ventaja, la más popular del ciclo de Ana y de Joaquín, porque en la Edad Media se veía en ella no sólo el preludio del Nacimiento de la Virgen, sino, además, el símbolo de la Inmaculada Concepción. Los teólogos enseñaban que la Virgen «Concebida por un beso sin semen de hombre (ex osculo concepta, sine semine viri)» había nacido por ese beso compartido frente a la Puerta Dorada, asimilada a la Puerta cerrada de la visión de Ezequiel.
   Así interpretado, el Encuentro en la Puerta Dorada, coincidente con la concepción de la Virgen, aparece como la redención del Pecado original, la reparación de la falta de Eva. Este episodio adquiere por ello una importancia capital en el misterio de la Salvación.
   Por ello, el Encuentro de Ana y Joaquín en la Puerta Dorada frecuentemente se asocia con la Natividad de la Virgen, porque la concepción señala el principio del proceso que conduce al nacimiento o Natividad de la Virgen. Por eso en un fresco de Ghirlandaio en S. Maria Novella, se ve a los dos esposos abrazarse en lo alto de una escalera que desciende a la habitación de la parturienta donde santa Ana acaba de parir a la Virgen.
   La Puerta Dorada tiene en sí misma un significado simbólico. Según una Biblia en verso del siglo XIV, es el emblema de la Puerta del Paraíso.
          Cette porte qui fut dorée, 
          Sur les autres plus honorée, 
          Signifiait, si com je cuide,
          Que la filie qu 'engendreraient 
          Et que Marie nomeraient 
          Serait porte de Paradis
   (Esta puerta que fue dorada / Es de todas la más honrada / Significaba, como creo / Que la hija que engendrarían / Y que María llamarían / Sería la puerta del Paraíso.)
Iconografía
   El arte de la Edad media representa el Encuentro de Ana y Joaquín de acuerdo con el modelo de la Visitación de la Virgen. Como María y su prima Isabel, lo dos viejos esposos se arrojan cada uno en brazos del otro y se felicitan mutuamente por el feliz acontecimiento anunciado por el ángel Gabriel. A veces Ana cae de rodillas frente a Joaquín, como Isabel frente a María.
   En el dintel de la portada Santa Ana de Notre Dame de París, Joaquín llega a caballo a la Puerta Dorada de Jerusalén, que se asemeja a la puerta fortificada de una ciudad medieval. Se ha creído reconocer allí, erróneamente, a san José a quien jamás se ha representado a caballo. Ese rasgo vuelve a encontrarse en una miniatura alemana del siglo XII que ilustra la Vida de la Virgen de Wernher (Biblia de Berlín): en vez de abrazar a Ana, Joaquín se echa a sus pies.
   Un rasgo común es la presencia de un ángel alado que conduce a Joaquín hacia Ana, o bien planea por encima de los dos esposos a quienes convocó por separado, quienes acercan sus labios para el beso procreador. Ese detalle se encuentra en Italia, en Giottino, Nardo di Cione, y en Vivarini, y también en un cuadro de la Escuela provenzal del siglo XV (hacia 1499) del Museo de Carpentras. En la escuela española del siglo XVI este tema aún se trataba con frecuencia.
   Puede observarse que el beso en los labios no está representado casi en ninguna parte más, en el arte de la Edad Media; ni siquiera en el arte profano de los marfiles. Así, por ejemplo, en las valvas de espejos y cofrecillos, la ternura de los esposos se expresa más discretamente, mediante una caricia en el mentón o la coronación del amante. En el siglo XVI el beso adquirió derecho de ciudadanía en el arte. El beso de los dos viejos esposos, representado desde principios del siglo XIV por Giotto, es una anticipación que se volvió tan común que ya no asombra a nadie, salvo a quienes están familiarizados con la iconografía medieval.
   A partir de la Contrarreforma, la popularidad de este tema se arruinó por la competencia con el nuevo símbolo de la Inmaculada Concepción, evocada por la Virgen de las Letanías descendiendo del cielo.
La ofrenda aceptada
   6. Joaquín y Ana, rehabilitados entregan al sumo sacerdote un cofrecillo
   Esta escena de la Ofrenda aceptada, muy infrecuente, forma pareja con la Ofrenda rechazada. Santa Ana, de rodillas, ofrece al sumo sacerdote un cofrecillo lleno de oro y joyas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto de Iconografía de San Joaquín. padre de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
   Esposo de Santa Ana y padre de la Virgen María.
   Es el patrón del León X (Giocchino Pecci) quien elevó su fiesta al doble ri­tual de 11ª clase.
   Su atributo habitual es un cesto con dos palomas, la ofrenda ritual en el templo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Ana, madre de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
Los Evangelios canónicos ni siquiera citan su nombre (en la Biblia sólo se habla de Ana, madre de Samuel y de Ana la profetisa que asiste al viejo Simeón a la Presentación del Niño en el templo). Sólo la mencionan los Apócrifos: el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio o Tradiciones de Matías.
CULTO
   El culto de Santa Ana en Occidente ha sido tardío y efímero: se desarrolló a finales de la Edad Media, en relación con la creencia en la Inmaculada Concepción de la Virgen. Entró en decadencia y se extinguió, salvo en Bretaña y en Canadá, a partir del siglo XVI.
   Sus orígenes deben buscarse en Oriente. En Jerusalén se puso bajo la advocación de Santa Ana una iglesia edificada en el presunto lugar del nacimiento de la Virgen. Según Procopio, el emperador Justiniano le habría dedicado otra en Constantinopla, en el siglo IV.
   Pero Occidente la ha ignorado durante mucho tiempo. Ni San Agustín ni San Jerónimo mencionan a Santa Ana. En el siglo XII, Bernardo de Claraval, que tanto contribuyó a la expansión del culto de la Virgen, no habla de su madre.
   El culto de Santa Ana apareció en Occidente en la época de las cruzadas, gracias a las pretendidas reliquias traídas desde Tierra Santa o de Constantinopla. Una de las más célebres era el velo de Santa Ana del cual se enorgullecía la catedral de Apt, en las proximidades de Aviñón, que pretendía poseer el cuerpo de la madre de la Virgen llevado a Provenza por Magdalena y su hermano Lázaro. En verdad se trata, como lo prueban y atestiguan las inscripciones descifradas que se observan en la tela, de un tejido árabe de lino y seda fabricado en Egipto a finales del siglo XI, por encargo de un califa de la dinastía de los fatimitas.
   En Chartres, que después de Apt y antes de Sainte Anne d'Auray fue el principal centro de su culto en Francia, se veneraba la 
cabeza de Santa Ana traída por el conde Luis de Blois desde Constantinopla en 1204, después de la cuarta cruzada, y que se donó a la catedral de Notre Dame, "con el objeto de que la cabeza de la madre reposara en la casa de la hija".
   Si se creyese en las pretensiones de las diferentes iglesias de la cristiandad, la madre de la Virgen habría tenido tantas cabezas como la hidra de Lerna. Una segunda cabeza de Santa Ana se veneraba en Cluny, una tercera en la abadía de Ourscamp, cerca de Noyon, una cuarta entre los capuchinos de Colonia, una quinta en Düren, Renania, una sexta en Annaberg, Baja Austria.
   A falta de cabeza, se contentaban con los menores huesos, divididos en múltiples fragmentos. El rey Renato donó a la catedral de Angers una costilla de Santa Ana. Sus brazos estaban embutidos en relicarios conservados en Génova y Tréveris; su mano derecha había caído en suerte a la iglesia de Santa Ana en Viena, el pulgar, traído de Rodas, fue donado por el elector de Sajonia Federico el Sabio a la iglesia de Annaberg, en 1493.
   En el siglo XIV, Santa Brígida llevó reliquias de la abuela de Jesús a Suecia, desde Roma y el convento de Vadstena, casa matriz de las órdenes de santa Brígida, se convirtió en el centro escandinavo del culto de Santa Ana.
   La princesa Ana de Lituania fundó en Wilno una iglesia de Santa Ana.
   La devoción a Santa Ana que se desarrolló en esta época es un corolario de la Mariolatría: se basa en la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, sostenida a partir del siglo XIII por la orden de los franciscanos y que, a pesar de la oposición de los dominicos, fue aprobada en 1439 por el concilio de Basilea, y ratificada más tarde, en 1483, por el papa Sixto IV.
   Los carmelitas han tenido un papel igualmente importante en la difusión del culto de Santa Ana.
   El más ardiente propagador de la devoción a Santa Ana a finales del siglo XV fue el humanista alemán Tritemio, es decir, de Trittenheim, cerca de Tréveris, donde naciera en 1462. Cuando se convirtió en abad del monasterio benedictino de Sponheim, publicó en Maguncia, en 1494, un tratado cuyo título es De laudibus sanctissimaes matris Annae tractatus (Tritemio sostiene que Santa Ana es tan inmaculada como su hija: concepit sine originali macula, peperit sine culpa ¿Por qué olvidar a la madre si honramos a la hija? Beatus venter qui Coeli domina portavit). A este libro, al cual se debe el impulso de un culto hasta entonces poco difundido (quasi novum), aludía Lutero cuando en 1523, en uno de sus sermones, declaraba: "Se ha comenzado a hablar de Santa Ana cuando yo era un muchacho de quince años, antes no se sabía nada de ella."
   Desde entonces, las cofradías de Santa Ana se multiplicaron. Un curioso indicio de su popularidad fue que Ana se convirtió, igual que María, en un nombre de pila masculino muy frecuente en el siglo XVI: basta recordar al condestable Ana de Montmorency. El nombre de María Ana, o Mariana, es una combinación del nombre de la Virgen con el de su madre.
   Dos reinas de Francia, Ana de Bretaña "bis regina" y Ana de Austria, favorecieron el culto de su patrona, al igual que la hija de Luis XI, Ana de Beaujeu, que se casó con el duque Pedro de Borbón.
   Después del concilio de Trento esta devoción entró en decadencia, aunque no se extinguió todavía, puesto que la famosa peregrinación de Sainte Anne d'Auray en Bretaña, se remonta al siglo XVII. En 1623 un campesino bretón desenterró en su campo una estatua pagana de la Bona Dea (la comparación entre la Bona Dea del Museo de Rennes y la Santa Ana de la puerta de Saint Malo en Dinan, demuestra que una deriva de la otra) amamantando dos niños que los carmelitas hicieron pasar por una imagen de Santa Ana con la Virgen y el Niño sobre las rodillas. El recuerdo de la buena duquesa Ana, última soberana de la Bretaña independiente, que se casó con Carlos VIII y luego con Luis XII, favoreció el nacimiento de esta devoción, localizada por las romerías populares en La Palud, cerca de Douarnenez, y sobre todo en Sainte Anne d'Auray, en la región de Morbihan. Un conocido refrán dice "Muerto o vivo, a Sainte Anne d'Auray todo bretón debe ir alguna vez".
   Los bretones se llevaron consigo a Canadá el culto de su patrona, en dicho país se organizó la peregrinación de Sainte Anne de Beaupré.
   Puede señalarse una última oleada de esta devoción a principios del siglo XVIII. Santa Ana fue adaptada en 1703 por los habitantes de Innsbruck, en el Tirol, porque la ciudad fue liberada de los bábaros el día de su fiesta.
Patronazgos
   El número de patronazgos de Santa Ana es la mejor prueba de su popularidad.
   Algunos de estos patronazgos, de escasa justificación a primera vista, necesitan de una explicación.
   Era patrona de los carpinteros, ebanistas, torneros, que quizá veneraban en ella a la suegra de su colega San José, pero es más probable que se la haya considerado el tabernáculo vivo de la Virgen, concebida en su vientre.
   Cabe preguntarse por qué la reclamaban los mineros, y por qué tantos centros mineros de Alemania se bautizaron Annaberg (Mons divae Annae). Fue porque a Santa Ana se había aplicado este versículo del Evangelio de Mateo: "Es semejante al reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo...". y al parir a la madre del Redentor, había dado a la humanidad su mayor tesoro, y como los mineros extraían los tesoros ocultos en el vientre de la tierra, se pusieron, al igual que los carpinteros, bajo la protección de Santa Ana.
   Se comprende con menor facilidad por qué se convirtió en la patrona de los caballerizos y palafreneros (la pequeña iglesia de Santa Ana, en Roma, próxima al Vaticano, se llama Santa Anna dei Palafrenieri), toneleros, tejedores, orfebres y fabricantes de escobas.
   En cambio resulta más comprensible que haya recibido el homenaje de las madres de familia preocupadas por la buena crianza de sus hijos ¿Acaso ella no había formado a la más perfecta de las hijas? Se la invocaba para tener niños, por ello Ana de Austria hizo una peregrinación a Sainte Anne d'Apt para tener un príncipe heredero. Se la creía capaz de facilitar los partos laboriosos. Como había enseñado a coser a la Virgen, era la patrona de las costureras, costureras de ropa blanca y encajeras. También es la patrona de los guanteros, porque según la leyenda, tejía guantes.
   Hombres y mujeres se dirigían a ella con tanta confianza como a San José, para obtener la gracia de una buena muerte, porque Santa Ana, en su lecho de agonizante, pudo contar con la asistencia de su nieto Jesús, que habría suavizado su deceso y evitado las angustias de la agonía. De ahí que la capilla funeraria de los ricos banqueros Fugger de Ausburgo estuviese dedicada a Santa Ana.
   En Bretaña se la invocaba para las cosechas de heno, a causa del color verde de su manto.
   El martes le estaba especialmente consagrado porque según la tradición ella habría nacido y muerto ese día.
ICONOGRAFÍA
   Tiene el aspecto de una matrona. Está representada con manto verde porque lleva en su vientre la esperanza del mundo, y el verde es el color de la esperanza.
   Es infrecuente que se la represente sola. Casi siempre suele vérsela asociada con la Virgen María (grupo de Santa Ana enseñando a leer a su hija), con la Virgen María y el Niño (grupo trinitario) e incluso con las tres Marías y toda su parentela (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Alejo Fernández, autor de la obra reseñada; 
     Alejo Fernández, (Alemania, c. 1475 – Sevilla, 1545). Pintor.
     No existen referencias documentales que indiquen el lugar de nacimiento de Alejo Fernández, que según sus propias declaraciones era de origen alemán (conocido también como Fernández Alemán). Las primeras noticias de su actividad artística se constatan en Córdoba, donde consta su estancia en los últimos años del siglo xv; en Córdoba, antes de 1497, contrajo matrimonio con María Fernández, hija de uno de los principales artistas de la ciudad en aquellos momentos; fue entonces cuando debió de adoptar el apellido de su esposa para denominarse en el ambiente artístico.
     El gran auge comercial y económico que Sevilla alcanzó desde los inicios del siglo xvi, hubo de mover a Alejo Fernández a trasladarse a dicha ciudad instado sobre todo por la importante oferta que le hizo el cabildo de la catedral para realizar trabajos de dorado y estofado en el retablo mayor. La actividad artística de Fernández destacó pronto en el ambiente sevillano, por lo que paulatinamente fue adquiriendo numerosos encargos laborales tanto en la ciudad como en lugares circundantes, situación que le permitió ir adquiriendo progresivamente una saneada economía que le hizo posible adquirir casa propia, tener varios criados y esclavos a su servicio y comprar una sepultura en el convento de San Pablo. Entre 1520 y 1523 aconteció el fallecimiento de su esposa y pocos años después se casó en segundas nupcias con Catalina de Avilés. En estos momentos, el artista debía de tener alrededor de cincuenta años y disponer de la plenitud de sus facultades y mantener su buen nivel económico.
     En 1526 participó con relevancia en la ejecución de los arcos efímeros del triunfo realizados con motivo de las bodas en Sevilla del emperador Carlos con Isabel de Portugal; su primacía artística en la ciudad era indudable y se prolongó en décadas sucesivas hasta los últimos años de su vida, constatándose entonces síntomas de debilidad tanto en él mismo como en su ambiente familiar; así, en 1539 vio morir a su hijo Sebastián que había sido destacado colaborador suyo y luego en 1542 él mismo padeció una grave enfermedad que le tuvo a las puertas de la muerte. En adelante su salud quedó ya muy mermada y tres años después en 1545 murió en su casa de la parroquia de San Pedro, donde había pasado los últimos veinte años de su existencia.
     Aunque no se poseen datos explícitos que lo manifiesten, puede sospecharse que la formación de Alejo Fernández tuvo lugar en los años de su primera juventud en Alemania, en un área artística impregnada de influencias flamencas y holandesas. También puede pensarse que en su juventud pudo haber viajado a Italia, puesto que en su actividad pictórica, realizada primero en Córdoba y después en Sevilla, se constatan características de estilo que muestran claras referencias italianizantes.
     De la etapa cordobesa de Alejo Fernández se poseen escasos testimonios, pudiendo señalarse tan sólo que permaneció en dicha ciudad poco más de doce años entre 1495 y 1508. De su producción no se conoce ninguna obra que pueda señalarse como realizada con total seguridad en Córdoba, aunque se sabe que pintó allí varios retablos para el monasterio de San Jerónimo que no se conservan. En el museo de Córdoba se encuentra una representación de San Pedro orando ante Cristo atado a la columna que pudiera haber sido realizada en dicha ciudad y en la que se advierten claras referencias estilísticas que proceden a la vez del ámbito flamenco e italiano. En esta obra, el artista describe un espacioso escenario interior abierto a un dilatado fondo de paisaje; los elementos arquitectónicos que ha descrito son de clara raigambre clásica, acertando a describir el lujo y el esplendor del Palacio de Pilatos, donde Cristo fue azotado. Es notoria en esta obra la diferencia de proporciones entre la figura de Cristo y de San Pedro, captadas ambas en tamaño normal y las de los tres donantes que aparecen en la parte inferior, a escala más reducida y en diferentes planos de profundidad. En esta obra, Fernández muestra ya sus preocupaciones de escenógrafo en las que la arquitectura es una parte esencial de la composición, efecto éste que mantuvo a lo largo de su futura producción artística.
     Las mismas constantes descriptivas de la obra antes mencionada se advierten en una segunda pintura de Fernández que puede ser considerada como obra temprana y, por lo tanto, realizada en su etapa cordobesa; se trata de un tríptico de La Santa Cena, que pertenece a la basílica del Pilar de Zaragoza. La tabla central de este tríptico representa el cenáculo con un admirable efecto de perspectiva; igualmente, predomina en esta escena la descripción de los elementos arquitectónicos, lo mismo que en la tabla lateral izquierda en la que se representa La entrada de Cristo en Jerusalén; en la tabla de la derecha se describe La oración en el huerto, en la que el artista capta una intensa profundidad espacial, perfectamente conseguida a través de la disposición de las figuras en distintos planos de profundidad, estando todo cerrado por un fondo de paisaje en lejanía. 
   Obra probable también de Alejo Fernández, o al menos próxima a su estilo, es La flagelación de Cristo, que se conserva en el Museo del Prado, en la que el artista recrea también un espectacular escenario arquitectónico en perspectiva.
     La etapa sevillana de Alejo Fernández se inicia a partir de 1508, año en el que se vinculó a la catedral de Sevilla junto con su hermano Jorge, que era escultor. Alejo se dedicó a policromar las imágenes que previamente habían esculpido otros artistas y al mismo tiempo adquirió el compromiso de ejecutar el conjunto de tablas, con temas de la vida de la Virgen, que habían de colocarse en la viga que cruzaba la parte alta de la capilla mayor de la catedral. Al parecer estas pinturas, que en principio debieron de ser siete, nunca llegaron a colocarse allí y, por otra parte, sólo se han conservado cuatro de ellas: El abrazo de San Joaquín con Santa Ana, El nacimiento de la Virgen, La Adoración de los Reyes, y La presentación del Niño en el templo. La lejanía con que inicialmente habrían de contemplarse estas pinturas hubo de mover al artista a incluir en ella figuras de gran tamaño y a simplificar los monumentales escenarios arquitectónicos que a pesar de ello otorgan a estas obras un carácter solemne y monumental. Además, se observan en ellas marcados efectos de perspectiva que se acentúan cuando los escenarios se abren a dilatados fondos de paisaje.
     Entre 1510 y 1515 Alejo Fernández, al servicio de Sancho Matienzo, canónigo de la catedral de Sevilla, realizó dos retablos para la iglesia del convento de franciscanas de Villasana de Mena (Burgos). Desgraciadamente, estos retablos ardieron en 1936 en la Guerra Civil española y por ello sólo viejas fotografías permiten conocer su fisonomía y sus principales composiciones pictóricas. Así se sabe que uno de estos retablos se dispuso en el altar mayor de la iglesia, estando dedicada su iconografía a la concepción de María; en él se incluía un conjunto de doce pinturas entre las cuales destacaban las que representaban La Anunciación, El Nacimiento de Cristo, San Cristóbal y San Jerónimo, advirtiéndose que a los pies de este último se encontraba el retrato del propio Sancho de Matienzo. El segundo retablo estuvo situado en un lateral de la iglesia y estaba presidido por una imagen pictórica de La Virgen de la leche, obra en la cual el artista plasmó en la figura de María un modelo dulce, ensimismado y melancólico.
     También en torno a 1515, Alejo Fernández debió de realizar una de sus obras más conocidas: La Virgen de la rosa, que se conserva en la iglesia de Santa Ana de Sevilla en la que captó un modelo expresivo, próximo a la desaparecida Virgen de Villasana de Mena; la Virgen se encuentra sentada en un trono, bajo un dosel y ofrece una rosa al Niño Jesús que está sentado en su regazo; a los lados, dos ángeles contemplan la escena ensimismados, mientras que al fondo se abren sendas ventanas que dejan ver paisajes captados en una profunda lejanía.
     Un espléndido conjunto pictórico se alberga en el retablo mayor de la capilla del colegio de Santa María de Jesús en el que sus tablas están enmarcadas por tracerías goticistas; sin embargo, la distribución de las pinturas está claramente ordenada siguiendo una traza de carácter renacentista. La fecha de este conjunto pictórico puede situarse en torno a 1520, siendo patrocinada su ejecución por Maese Rodrigo Fernández de Santaella, quien aparece retratado al pie de la tabla central en la que se representa a la Virgen de la Antigua; de esta manera, este ilustre personaje encomendaba a la Virgen la protección y patrocinio de dicho colegio. La segunda pintura en importancia de este retablo se encuentra en el ático y representa La venida del Espíritu Santo como exaltación de la sabiduría espiritual que había de imperar en las enseñanzas impartidas en dicho colegio. En las calles laterales del retablo se representan a Los cuatro padres de la Iglesia como inspiradores de dicha sabiduría, recogida en sus escritos y también a san Pedro, san Gabriel, san Miguel y san Pablo.
     Notable por su belleza de conjunto es el retablo de la iglesia de San Juan de Marchena que Alejo Fernández contrató en 1521, formando compañía con otros pintores o, en todo caso, con la ayuda de sus colaboradores, puesto que en las pinturas que en él se integran se advierten intervenciones de muy desigual calidad.
     Este retablo está destinado a narrar pasajes de la vida de San Juan Bautista y de Cristo. Dos obras de interés dentro de la producción de este artista pueden situarse en torno a 1525; son La Virgen con el Niño y un donante, obra firmada que se encuentra en el Palacio Arzobispal de Sevilla, y La duda de Santo Tomás, que se encuentra actualmente en la parroquia de Hinojos (Huelva) y que debe de proceder probablemente del convento de San Pablo de Sevilla.
     En la catedral de Sevilla se conserva un altar dedicado a La Piedad documentado en 1527 como obra de Alejo Fernández, quien realizó esta obra con la ayuda del pintor Pedro Fernández de Guadalupe.
     Acompañando a La Piedad aparecen en los laterales representaciones de San Andrés, San Miguel, Santiago y San Francisco, mientras que en el banco aparece San Pedro orando ante Cristo atado a la columna y los retratos de los donantes Don Alonso Pérez de Medina y Doña Mencía de Salazar.
     En una fecha próxima a 1530 Alejo Fernández debió de realizar dos pinturas que proceden de un desaparecido retablo de la iglesia de San Gil de Écija, donde se conservan, representan a San Gil liberando a un poseso del demonio y al Rey Wamba descubriendo a San Gil herido; son obras mal conservadas, aunque en ellas se reconoce con evidencia el estilo de este pintor. También hacia 1530 pintó Alejo Fernández en Écija para la iglesia de Santiago un retablo igualmente realizado con la ayuda de colaboradores; en este retablo se narran distintos episodios de la Pasión y muerte de Cristo.
     Obra de gran fama dentro de la producción de Alejo Fernández es La Virgen de los Navegantes, pintada hacia 1535. Fue ejecutada para presidir el retablo de la Casa de Contratación de Sevilla y actualmente se encuentra depositada en el Alcázar. La composición de esta pintura está presidida por la monumental figura de la Virgen que flota ingrávida sobre los mares, desplegando su manto en actitud protectora sobre distintos personajes vinculados a la navegación, hacia tierras americanas; entre estos personajes, se ha querido identificar a Cristóbal Colón y Hernán Cortés (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sacristía de los Cálices de la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.