Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 13 de febrero de 2026

La Caja para llaves del Sagrario, de los Talleres Granda, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Caja para llaves del Sagrario, de los Talleres Granda, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar la Caja para llaves del Sagrario, de los Talleres Granda, en plata en su color, cincelada, repujada y grabada, realizada en el primer tercio del siglo XX, en Madrid, y con unas medidas de 0,03 x 0,08 x 0,07 mts., y procedente del Hospicio de San Luis.
     Tiene forma de caja rectangular con el cuerpo bulboso sobre patas lenticulares y cubierta plana culminada en cruz. Su decoración vegetal es propia de un neobarroco muy tardío. De hecho, sus marcas confirman que se trata de la plata de ley de 916ººº que entró en vigor según una disposición madrileña de 1907 ratificada por R.O. de 28 de septiembre de 1910. Además, estas marcas concretas fueron utilizadas antes de 1935 por los Talleres de Arte Granda donde se labró la pieza (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Caja para llaves del Sagrario, de los Talleres Granda, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 11 de febrero de 2026

La Caja para llaves del Sagrario, de Víctor Pérez, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Caja para llaves del Sagrario, de Víctor Pérez, en la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala V (antigua Sala de Profundis) del Conjunto Monumental podemos contemplar la Caja para llaves del Sagrario, de Víctor Pérez, en plata en su color, repujada, cincelada y grabada, realizada hacia 1879, en Madrid, y con unas medidas de 0,13 x 0,14 x 0,08 mts., y procedente del Hospital de Expósitos de San José, vulgo Casa Cuna.
     Simula una urna de plata de planta rectangular, cuerpo bulboso, patas de garra sobre una salvilla oval y cubierta convexa que culmina en pequeña cruz. Ornamentación vegetal neo-barroca a base de palmetas, tallos y flores sobre fondos lisos. La marca nominativa debe ser la del artífice madrileño Víctor Pérez (1820-1878). Las de Madrid Corte (castillo/79) y Madrid Villa (oso y madroño/76) confirman el lugar y la fecha de ejecución en torno a 1876 (Enrique Muñoz Nieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
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martes, 7 de octubre de 2025

La Capilla de la Virgen del Rosario, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Virgen del Rosario, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 7 de octubre, Memoria de la Santísima Virgen María del Rosario. En este día se pide la ayuda de la Santa Madre de Dios por medio del Rosario o corona mariana, meditando los misterios de Cristo bajo la guía de aquella que estuvo especialmente unida a la Encarnación, Pasión y Resurrección del Hijo de Dios [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de la Virgen del Rosario, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Iglesia del Sagrario, que pertenece a la Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede [nº 154 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], que ocupa dos naves de ocho tramos de las galerías de Poniente del patio de la aljama, concretamente la que se llamó "claustra de los Caballeros", "nave de la Granada" y las capillas que abrían a ella, podemos contemplar la Capilla de la Virgen del Rosario [nº 160 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; cuya imagen fue donada por el arzobispo don Pedro de Tapia (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, si comenzamos el recorrido por el muro de la epístola, la capilla más cercana al crucero es la dedicada a la Virgen del Rosario. Su retablo es del XVII y en su hornacina central se sitúa la titular, obra también de Manuel de Pereira en el siglo XVII, aunque su policromía parece corresponder a un periodo más tardío. En los laterales se sitúan tallas de San Juan Evangelista y Santo Domingo de Guzmán. Corona el ático la escena de la Aparición de la Virgen a Santo Domingo de Guzmán (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Las estructuras compositivas y la articulación espacial del Sagrario apenas cuentan con la integración de las capillas laterales en el efecto de conjunto. Relegadas a los espacios compartimentados por los grandes pilares compuestos de sustentación, se mantuvo a toda costa la jerarquía espacial dominante de la nave única. La indudable grandeza del Sagrario deriva de las nobles proporciones de sus dos cuerpos, de la espaciosa cúpula del crucero y de la elegante curvatura de arcos y bóvedas. El cuerpo de las capillas laterales es fundamentalmente el sustento de los muros que cargan, sin conexiones visuales que alivien la acusada oclusión de aquéllas. A subrayar esta impresión, además, contribuye el uniforme trazado de las rejas, cuya compacta malla lineal anula cualquier sugestión de ensanche lateral. 
     Los espacios interiores asignados a los laterales son muy bajos y en los arcos del cubrimiento aparecen decorados con tramas geo­ métricas de monótona regularidad, claramente afines al restante sistema ornamental del cuerpo bajo. Al ser tan reducidos los espacios, y al carecer de iluminación natural directa, difícilmente pudieron acoger las capillas ensambladuras elevadas o desarrollar vistosos procedimientos orna­ mentales (yeserías o pinturas) acordes con el pleno barroco. Así pues, los tipos de retablos de casi todas las capillas se repiten; casi siempre son arcosolios poco profundos en los cuales se insertan hornacinas centrales flanqueadas por soportes. La mayor parte de éstos son columnas salomónicas y estípites; sólo en una de las capillas se construyó un buen retablo neoclásico de mármoles. 
     Como es habitual, la evolución de las necesidades devocionales motivaron las con­ sabidas transformaciones de las ensambladuras, de manera que prácticamente todos los retablos del Sagrario fueron transformados —preferentemente en su calle central— para enriquecer anteriores hornacinas o para tratar de forzar el escaso espacio disponible y habilitar nuevos huecos en los cuales alojar imágenes. Por ello el trasiego de éstas ha sido frecuente; recientemente hemos presenciado cómo en el retablo de la capilla de las Santas Justa y Rufina se trasladó a las titulares al crucero para acomodar en su altar a un Sagrado Corazón de Jesús anteriormente en la vecina catedral.
    La primera capilla lateral del lado derecho —antiguo costado de la epístola— a contar desde el crucero, es la de la Virgen del Rosario. Su titular es una bella escultura del portugués Manuel Pereira entregada al templo en 1657 en el legado del arzobispo dominico Pedro de Tapia. El retablo es de los mejores del templo; probablemente de fecha en torno a 1670-1680. Responde claramente al tipo de arcosolio tan apropiado a las condiciones espaciales de las capillas. Los modelos de salomónicas son finos y de buena talla, así como los paneles situados en el banco y en las restantes zonas ornamentadas. La imagen titular, que fue realzada en la segunda mitad del XVIII con abundante ajuar plateado y un vistoso camarín de rocalla y espejos incrustados, en sustitución de la primitiva hornacina, aparece flanqueada por una buena imagen de fines del XVII, de San Juan Evangelista, a la izquierda, y de Santo Domingo a la derecha. Digno de mención, por su evidente calidad y clara afinidad con los relieves de P. Roldán y su amplia escuela, es la escena de la entrega del Rosario a Santo Domingo que figura en el ático de remate. La presencia de iconografía dominica se justifica sin duda por la pertenencia a dicha Orden del donante de la imagen principal (Emilio Gómez Piñol y María Isabel Gómez González. El Sagrario de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla. Cuadernos de restauración de Iberdrola VIII. Madrid, 2004).
     Parroquia del Sagrario. En la primera capilla del lado de la Epístola. Hermosa talla completa, algo menor que el natural, poco divulgada y fotografiada hasta hoy, a pesar de su evidente interés. Está representada en pie, sobre peana de cabecitas de querubines, llevando al Niño en el brazo izquierdo. Gesto grave, hierático, majestuoso. Es obra de mediados del siglo XVII, donada a la iglesia por el arzobispo D. Pedro de Tapia, y ha sido relacionada con la obra del escultor portugués Manuel Pereira. En el siglo XVIII fue repolicromada con ricas labores de oro, entonces se le puso también nueva hornacina de rocallas y espejuelos al retablo de hacia 1660 que la enmarca, todo lo cual puede inducir a cierta confusión a la hora de clasificar estéticamente a esta imagen (Juan Martínez Alcaide. Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Santísima Virgen María del Rosario;
   La devoción de la Virgen del Rosario, esencialmente de los dominicos, está muy vinculada con el culto de la Virgen de Misericordia del cual, en ciertos aspectos, no es más que una prolongación.
   El rosario (rosarium) etimológicamente designa una corona de rosas: es una variedad de sarta de cuentas, chapel o chapelet en francés arcaico, usual hasta el siglo XVI, con el mismo sentido. Las cuentas estaban representadas como rosas blancas y rojas que luego se reemplazaron por bolas de dos clases, las más grandes para los Pater que comienzan cada decena, y las más pequeñas para los Ave. El gran rosario se compone de ciento cincuenta Ave María que se llamaba Patenostre Damedie (en francés arcaico, Patenôtre es una corrupción de Patrenostre -Pater Noster-), al tiempo que el pequeño rosario, que es un tercio de grande, sólo tiene cincuenta.
   En suma, es un instrumento para contar, un ábaco, como aquéllos que empleaban los comerciantes y que usan los musulmanes, aunque en este caso sirvan para contar plegarias y no dinero.
   Los dominicos hacían remontar el origen de esta devoción al fundador de la orden, en consecuencia, al siglo XIII. Alrededor de 1210 la Virgen se habría aparecido a Santo Domingo y le habría entregado un rosario que éste llamó corona de rosas de Nuestra Señora, y fue gracias a ese talismán que habría triunfado contra la herejía albigense.
   En realidad, como lo demostraron los bolandistas, el rosario no es una intervención de Santo Domingo sino de un santo bretón de su orden, personaje poco edificante, y hasta de una lujuria desvergonzada, que se llamaba Alain de la Roche (Alanus de Rupe) que vivió a finales del siglo XV. Hacia 1470 escribió una obra titulada De Utilitate Psalterii Mariae, que fue traducido a todas las lenguas.
   En 1475, Sprenger, el prior de los dominicos de Colonia, especie de Torquemada alemán, autor del famoso Malleus Maleficarum (Martillo de las brujas), instituyó en esta ciudad la primera cofradía del Rosario, que fue aprobada por una bula pontificia. La Virgen del Rosario no apareció sobre ningún documento figurativo anterior al último cuarto del siglo XV (no obstante, en algunos pequeños bajorrelieves ingleses de alabastro, que normalmente datan del siglo XIV, se ve aparecer, junto al arcángel San Miguel que pesa las almas en la balanza, a la Virgen que intenta engañar, como Satán, pero en sentido opuesto, esforzándose en inclinar la balanza en favor de un alma en peligro, colocando un rosario sobre el extremo del astil). Se trata entonces de una devoción tardía, más o menos contemporánea del culto de la Virgen de los Siete Dolores o de las Siete Espadas, y muy posterior a las Vírgenes de la Piedad y de Misericordia.
   Gracias a la propaganda de los dominicos que patrocinaron cofradías del Rosario en todas partes, esta nueva devoción se difundió con asombrosa rapidez. El papa le atribuyó en 1571 el mérito de la victoria de Lepanto sobre la flota turca.
Iconografía
   Para representar a la Virgen del Rosario, los dominicos tomaron en principio el tipo de la Virgen de Misericordia. En un tríptico de la iglesia de San Andrés de Colonia, fechado en 1474, que es la primera representación conocida del tema, la Virgen sólo se distingue de la Schutzmantelmadonna porque su manto está estirado como una cortina por dos santos dominicos, Santo Domingo y San Pedro Mártir, y porque dos ángeles sostienen una triple corona de rosas sobre su cabeza.
   Una segunda fórmula, que no tardó en sustituir a esta imitación, no fue mucho más original: esta vez los dominicos tomaron el modelo de la Virgen de los Siete Gozos o de los Siete Dolores, rodeada por una aureola de tondos. La Virgen del Rosario se inscribe en una sarta en forma de mandorla, compuesta por grandes rosas historiadas que se intercalan entre cada decena. La Salutación Angélica de Veit Stoss, suspendida de la cúpula de la iglesia de San Lorenzo de Nuremberg, es uno de los ejemplos más conocidos de este tipo: el grupo mariano se inscribe en un rosario de cincuenta pequeñas rosas separadas por tondos.
   Por último, se vio aparecer un tercer tipo iconográfico que excluye definitivamente estas contaminaciones. La Virgen se representó sentada, con el Niño Jesús sobre las rodillas, y es ella o el Niño quienes presentan el rosario a Santo Domingo.
   A la Virgen dominica del Rosario, los carmelitas opusieron la Virgen del Escapulario. Nuestra Señora del Carmelo se habría aparecido al general de la orden San Simón Stock, y le habría entregado un escapulario, prometiéndole que quienquiera lo llevase estaría al abrigo de las penas del Infierno e incluso de las del Purgatorio (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la sobre el Significado y la Iconografía de la Virgen con el Niño;
   Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
   Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
   En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
   Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
   Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
   Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
   Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
   En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón
   Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
   Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
   Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
   A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
   La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones.
   El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
   Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
   A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
   Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo del alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor.
   A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
   Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Historia de la Festividad del Rosario;   
   Esta fiesta, ligada al ejercicio piadoso del rezo del salterio mariano, tiene su origen en las Cofradías del Rosario, que florecieron en la segunda mitad del siglo XV, las cuales acostumbraban a solemnizar el primer domingo de octubre con la misa de la Virgen Salve radix sancta del Rito Dominicano.  El diecisiete de marzo de 1572 inscribió San Pío V Ghislieri en el Martirologio Romano en el día siete de octubre el título de Santa María de la Victoria para conmemorar la victoria de Lepanto, que había acaecido el domingo siete de octubre del año anterior, 1571.  Dos años más tarde, Gregorio XIII Boncompagni, por la Bula Monet Apostolus de uno de abril de 1573, permitió que se celebrase una fiesta en honor del Santísimo Rosario el primer domingo de octubre en las iglesias o capillas que venerasen tal advocación mariana en memoria de la intercesión mariana en la victoria naval. 
     Fue extendida a toda la Iglesia Latina el tres de octubre de 1716 por Clemente XI Albani tras la victoria sobre los turcos en Peterwardein. Benedicto XIII Orsini, dominico, le introdujo lecciones propias. León XIII Pecci, gran devoto y propagador del rosario le concedió Oficio propio en 1888. Fue fijada en la fecha actual el año 1913 en la reforma del calendario de San Pío X Sarto y en el 1969 figura como memoria obligatoria (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).      
Conozcamos mejor la Biografía de Manuel Pereira, autor de la Virgen del Rosario, imagen que preside el Retablo de la Capilla reseñada;
     Manuel Pereira. (Oporto, Portugal, 1588 – Madrid, 29 de enero de 1683). Escultor portugués.
     Ese artista, a pesar de haber nacido en Portugal, es una de las figuras más importantes de lo que la moderna historiografía ha definido como la escuela castellana de escultura barroca. Era hijo de Andrés Gómez Pereira y Gumar de Resende, una familia que posiblemente se trasladó a España durante la infancia de Manuel, aunque este segundo dato no ha podido ser confirmado todavía. Antonio Palomino, uno de los biógrafos de la época, le definió como un insigne escultor de ascendencia noble y señaló su nombramiento como familiar del Santo Oficio, un título del que presumió durante su larga vida. Pereira contrajo matrimonio con María González de Estrada en Madrid en el año 1625, aunque enviudó cuando todavía era joven y no volvió a casarse. Su presencia en la capital le permitió establecer una estrecha relación de amistad con los principales artistas del momento, de hecho, se tiene constancia de sus vínculos con los pintores Luis Fernández y Juan de Lanchares, así como con Juseppe Leonardo, Francisco Camilo, Manuel Correa o el ensamblador Juan Bautista Garrido.
     Estos contactos todavía no han sido suficientemente analizados, una circunstancia que sólo puede ser comprendida a la luz de la extensa producción de Manuel Pereira y la ausencia, a día de hoy, de un estudio completo de su trayectoria profesional que revise su vasta producción en diversas provincias españolas.
     Durante su larga vida reinterpretó, con gran maestría, los principales episodios de la literatura hagiográfica tanto en madera como en alabastro. En este sentido, su dominio de la técnica de la talla de piedra le proporcionó una gran fama en los medios eclesiásticos.
     Una circunstancia que favoreció su participación en los proyectos decorativos de las iglesias construidas en Madrid y sus alrededores en el barroco, aunque lamentablemente muchas de sus obras desaparecieron durante la Guerra Civil. Pereira inició su andadura profesional en su país natal, aunque se dispone de pocas noticias acerca de este período de formación, en cambio, su presencia en España está documentada desde la década de 1620. Su primer proyecto conocido fue la decoración de la fachada exterior de la iglesia de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares, un templo en donde realizó cuatro estatuas en piedra: San Pedro, San Pablo, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Esta intervención favoreció su presencia en la ornamentación del Convento de las Bernardas, en donde se le atribuye la realización de una imagen de San Bernardo y el trabajo que le encomendaron en la iglesia de San Antonio de los Portugueses, en el año 1631. El éxito de estas obras repercutió notablemente en su carrera, y en el año 1635 la cartuja de Miraflores de Burgos le encargó una impresionante talla de San Bruno, una de las esculturas de mejor factura de toda su producción que además evidencia el vínculo que en ese momento Pereira mantenía con Juan Martínez Montañés, otro de los grandes escultores del momento que residía también en Madrid. Recientemente se han dado a conocer una serie de datos sobre su participación en el programa decorativo del Convento de Santo Domingo de Benfica, de hecho, es la única obra realizada en territorio portugués de la que se tiene constancia. Un conjunto encargado por el hermano de João de Vasconcelos, un importante miembro de la nobleza portuguesa que ingresó en la Orden de los dominicos y fue nombrado a mediados del siglo XVII prior de de Santo Domingo de Benfica, un Convento construido entre 1624 y 1632. Este personaje también mantuvo un estrecho contacto con la Monarquía española puesto que en el año 1637 fue enviado a Madrid como inquisidor apostólico, en donde su hermano Francisco de Vasconcelos, I conde de Figueiro, trabajaba como mayordomo de la Reina. El propio Francisco contrató a Manuel Pereira para que realizara dos imágenes escultóricas en piedra destinadas al arco triunfal de la iglesia, en donde representó a Santo Domingo y San Pedro. La crítica ha planteado la posibilidad de que también realizara una imagen de un Cristo en la Cruz y una Virgen del Rosario en una de las capillas del transepto. En la decisión tomada por la familia Vasconcelos influyó posiblemente las notables críticas que Pereira y otros profesionales habían recibido por su trabajo en el retablo de la iglesia madrileña de San Antonio de los Portugueses.
     Este encargo le proporcionó una gran fama y le abrió las puertas para la realización de una serie de obras muy importantes en la hospedería de El Paular, una de ellas una imagen de San Bruno, hoy conservada en el Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y que el profesor Jesús Urrea considera que se trata de la mejor escultura madrileña del siglo XVIII. Asimismo, también trabajó en una de las capillas de la iglesia de San Isidro en la capital y en los Conventos de San Felipe y San Plácido. En este sentido, para la puerta principal del Convento de San Felipe realizó, en el año 1638, una escultura en piedra con la imagen de San Agustín, así como una representación del Apóstol san Felipe para la portada lateral del mismo convento. En el año 1654 firmó un contrato para realizar dos esculturas de San Pedro y San Pablo para la capilla del Convento de Santo Tomás en Madrid. Menos conocidas resultan, en cambio, sus intervenciones en el retablo de la capilla mayor de la iglesia de Montserrat en Madrid o en la parroquia de San Andrés de la misma localidad, en cuyo proyecto también participó Alonso Cano. Por desgracia, ambos conjuntos decorativos han desaparecido, aunque las fuentes documentales refieren que el encuentro con el escultor Alonso Cano fue decisivo para que Pereira realizase unas obras más delicadas, equilibradas y curvilíneas. Menores datos existen acerca de la realización de una imagen de Neptuno, hoy en paradero desconocido, que se colocó en el humilladero de San Francisco de la capital. La introducción de un ideario estilístico renovado resulta más que evidente en las expresivas imágenes de Cristos tallados para el Convento de los dominicos del Rosario de Madrid, hoy en paradero desconocido, y cuya iconografía se conoce gracias a las réplicas que realizó para la iglesia parroquial de Comillas en Cantabria y para el Oratorio del Olivar en Madrid. La crítica también ha destacado la utilización de la misma iconografía en el retablo de la capilla mayor de la iglesia románica de San Juan de la Rabanera en Soria así como en el denominado Cristo de la Agonía, una talla que los marqueses de Lozoya donaron a la Catedral de Segovia a mediados del siglo XX.
     Una de las provincias en las que más trabajó fue en Toledo, de hecho, la historiografía ha señalado que Pereira realizó las esculturas de la fachada de la antigua iglesia de la Trinidad, hoy desaparecidas, así como la imagen de la Inmaculada Concepción y los escudos del cardenal Aragón que decoran la fachada del Monasterio de las madres capuchinas, un conjunto decorativo que le abrió las puertas de la iglesia de Santo Tomé y del Monasterio de las benedictinas. Las últimas investigaciones acerca de Pereira han sacado a la luz una serie de obras realizadas en provincias, como la imagen de una Inmaculada Concepción en las agustinas recoletas de Pamplona, un Ecce Homo conservado en las carmelitas de Larrea en Vizcaya o una imagen de San Marcos para el retablo de la iglesia parroquial de Martinmuñoz de las Posadas en Segovia.
     Su obra revela un perfecto conocimiento de la anatomía clásica así como su predilección por las expresiones sobrias, contenidas y portadoras de un patetismo muy sereno, y, aunque alcanzó el éxito con sus tallas de piedra, también demostró que era capaz de ejecutar en madera imágenes cargadas de realismo e intensidad expresiva, entre las que destaca, sobre todo, la imagen de San Bruno, comisionada por el cardenal Zapra para la Cartuja de Miraflores. El perfecto conocimiento del ideario tridentino le llevó a ejecutar con idéntica maestría tanto las obras talladas en madera como las realizadas en alabastro. En cierto modo, su lenguaje artístico, sereno y elegante, se convirtió en un perfecto reflejo del misticismo de la literatura de la época, y en ocasiones, totalmente alejado de la crudeza de ciertos artífices de la escuela castellana (Macarena Moralejo Ortega, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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jueves, 19 de junio de 2025

Procesiones de hoy, jueves 19 de junio, Solemnidad del Corpus Christi

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el traslado del Señor de la Sagrada Cena, de la Hermandad de La Cena para presidir el altar efímero para la procesión del Corpus Christi, la propia procesión del Corpus Christi de la Catedral, y las procesiones de vuelta a sus templos del Señor de la Sagrada Cena de la Hermandad de La Cena, de Santa Teresa de la Hermandad del Carmen del Santo Ángel, y de la Virgen de la Hiniesta Gloriosa de la Hermandad de La Hiniesta, en Sevilla.      
     Hoy, jueves 19 de junio, la Iglesia celebra la Solemnidad del Corpus Christi. Un milagro eucarístico del siglo XIII fue el origen de la Fiesta del Corpus Christi, que la Iglesia celebra el jueves siguiente a la Solemnidad de la Santísima Trinidad, celebrándose en Sevilla la gran procesión del Corpus Christi, junto a otras procesiones: 

     Hdad. de La Cena (Corpus Christi): La Antigua, Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad Sacramental Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación y Cofradía de Nazarenos de la Sagrada Cena, Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora del Subterráneo; es ésta una corporación fundada en el siglo XVI, con sede canónica en la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación (vulgo de "Los Terceros"), siendo sus imágenes titulares el Señor de la Sagrada Cena, obra de Sebastián Santos Rojas en 1955; el Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia, obra anónima del siglo XVI; Nuestra Señora del Subterráneo, obra atribuida Juan de Astorga en el siglo XIX; y Nuestra Señora de la Encarnación, obra anónima atribuida a Juan de Mesa en el siglo XVII.
Enlace a la web oficial de la Hermandad de la Cena: www.sagradacenadesevilla.org

    Cabildo Catedral - Hdad. Sacramental del Sagrario: La Pontificia e Ilustre Archicofradía del Santísimo Sacramento del Sagrario de la Santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia Catedral de Sevilla; es ésta una corporación fundada en 1511, con sede canónica en la Iglesia parroquial del Sagrario, siendo su imagen titular el Niño Jesús, obra de Juan Martínez Montañés en 1606.
     En la procesión oficial del Corpus Christi participan las siguientes imágenes y custodias de asiento  de la Catedral de Santa María de la Sede, sobre andas: Santa Ángela de la Cruz, obra de José Antonio Navarro Arteaga en 2010; Santas Justa y Rufina, obra de Pedro Duque Cornejo en 1728; San Isidoro, obra de Pedro Duque Cornejo en 1741; San Leandro, obra de Pedro Duque Cornejo en 1741; San Fernando, obra de Pedro Roldán en 1671; Inmaculada Concepción, obra de Alonso Martínez de mediados del siglo XVII; Niño Jesús (de la Hdad. Sctal. del Sagrario), obra de Martínez Montañés en 1606; Custodia de la Santa Espina, obra de Francisco de Alfaro en 1593, y la Sagrada Custodia, obra de Juan de Arfe entre 1580 y 1587.   
Enlace a la web oficial de la Hermandad Sacramental del Sagrario: No tiene.

     Hdad. del Carmen - Santo Ángel (Santa Teresa de Jesús): La Archicofradía de Nuestra Señora del Carmen, Milagroso Niño Jesús de Praga, Esclavitud del Glorioso Patriarca San José y Santa Teresa de Jesús; es ésta una corporación fundada en 1588, con sede canónica en la iglesia conventual del Santo Ángel, siendo sus imágenes titulares Nuestra Señora del Carmen, obra anónima del siglo XVIII (probablemente de 1748); el Milagroso Niño Jesús de Praga es obra de Fernando Aguado en 2007; la imagen del Patriarca San José es talla anónima de 1806; y Santa Teresa de Jesús junto con el Ángel (representando el misterio de la Transverberación), son obra de Francisco Romero Zafra en 2007.
Enlace a la web oficial de la Hermandad del Carmen del Santo Ángel: www.carmensantoangel.com

     Hdad. de La Hiniesta (Hiniesta Gloriosa - Corpus): La Real e Ilustre Hermandad Sacramental de la Inmaculada Concepción y Primitiva y Franciscana Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, Santa  María Magdalena y María Santísima de la Hiniesta Dolorosa y Gloriosa Coronada; es ésta una corporación fundada en 1412, con sede canónica en la iglesia parroquial  de  San Julián,  siendo  sus imágenes titulares el Santísimo Cristo de la Buena Muerte, obra de Antonio Castillo Lastrucci en 1938; Santa María Magdalena, obra de Antonio Castillo Lastrucci en 1944; María Santísima de la Hiniesta Dolorosa, obra de Antonio Castillo Lastrucci en 1937; María Santísima de la Hiniesta Gloriosa, obra de Antonio Castillo Lastrucci en 1945; la Inmaculada Concepción, atribuida a Juan Martínez Montañés y a Alonso Cano en el primer tercio del siglo XVII; y la Piedad de Nuestra Señora, obra de Antonio Castillo Lastrucci en 1949.
Enlace a la web oficial de la Hermandad de la Hiniesta: www.hermandaddelahiniesta.es
 
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el traslado del Señor de la Sagrada Cena de la Hermandad de La Cena para presidir el altar efímero para la procesión del Corpus Christi, la propia procesión del Corpus Christi de la Catedral, y las procesiones de vuelta a sus templos del Señor de la Sagrada Cena de la Hermandad de La Cena, de Santa Teresa de la Hermandad del Carmen del Santo Ángel, y de la Virgen de la Hiniesta Gloriosa de la Hermandad de La Hiniesta, en Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

viernes, 11 de abril de 2025

La Hermandad del Cristo de la Corona

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad del Cristo de la Corona, de Sevilla.  
     Hoy, 11 de abril, es Viernes de Dolores, y qué mejor día que hoy para ExplicArte la Hermandad del Cristo de la Corona, de Sevilla, que efectúa su estación de penitencia en la tarde del Viernes de Dolores.
     La Hermandad del Cristo de la Corona, tiene su sede canónica en la Iglesia Parroquial del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, que se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     La Hermandad y Cofradía del Santísimo Cristo de la Corona y Nuestra Señora del Rosario, es una corporación muy antigua de la ciudad, refundada en 1994, con residencia canónica en la parroquia del Sagrario, siendo sus imágenes titulares el Santísimo Cristo de la Corona, obra anónima del último cuarto del siglo XVI, y Nuestra Señora del Rosario, de Manuel Pereira, anterior a 1683, de carácter letífico.
     El 4 de agosto de 1631 es erigida con aprobación real la Hermandad de la Corona. Un año antes habíia abierto el libro de cargos. En una referencia de 1632 se la ubica en el antiguo Sagrario de la catedral, ya constituida y con un notable patrimonio. Igualmente los anales eclesiásticos de Diego Ortiz de Zúñiga (1677) la sitúan en esa misma capilla. El traslado a su actual emplazamiento se produjo en 1716. En relación a ello, los cabildos de la hermandad tratan en numerosas ocasiones el tema de la adjudicación de su actual capilla por parte del cabildo catedralicio. De hecho, en uno de los libros se resume un acuerdo en el que se encarga a los alcaldes y diputados la compra de la capilla, y en los documentos posteriores se afirma que la hermandad tenía capilla propia en el Sagrario “nuevo”.
     En la documentación existente la hermandad es denominada como Hermandad, Cofradía o Archicofradía del Santísimo Cristo de la Corona, y en los documentos más antiguos como del Santísimo Cristo de la Corona y Cruz a cuestas. En el libro de acuerdos más reciente aparece como Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Corona. Todo indica que la cofradía tiene su origen en esta imagen, aunque el instituto sea la veneración y culto a la Santa Corona de Cristo, reliquia que conservaba la catedral. 
     La fiesta de la Corona de Cristo tiene una larga tradición en la Iglesia. Se remonta a 1239, cuando el rey san Luis IX de Francia trajo la reliquia de Tierra Santa. Al principio fue colocada en la capilla de San Nicolás de Paria, aunque dos años después fue trasladada a la Sainte-Chapelle. En 1248 ésta toma la advocación de la Corona y se establece la fiesta anual el 26 de abril. En el siglo siguiente en España aparece vinculada a la celebración de la Santa Cruz el 4 de mayo. A Sevilla llega un fragmento de la corona a finales del XVI y Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla, la dona a la catedral. 
     Durante los siglos XVII y XVIII la cofradía mantuvo una estrecha relación con la parroquia. Así, en 1660 la Hermandad del Cristo de la Corona, junto con la de las Ánimas Benditas del Purgatorio y la del Rosario, costearon las fiestas con motivo del estreno del retablo mayor del Sagrario. De igual forma, llevó a cabo un préstamo al cabildo catedralicio para “socorro de la fábrica de la catedral”.
     Esta misma época se corresponde con una etapa de bonanza económica, perteneciendo a ella ilustres personajes de la historia de Sevilla como Pedro Roldán, José Montes de Oca, Matías de Arteaga, numerosos canónigos de la catedral, el marqués de Paradas o los condes de Cantillana. En dichos años se acumulan la mayoría de las adquisiciones, tanto en enseres como en casas y rentas (algunos corrales de vecinos de Triana, fincas en Rascaviejas, algunas casas cedidas por vía testamentaria, varias capellanías, destacando una en la iglesia de la O y otra en la Magdalena, etc.). Según los «Anales de las Cofradías Sevillanas» de Juan Carrero, tomando como referencia la revista «Calvario» de 1942, se puede leer: “La Hermandad de la Corona de Cristo y la del Santo Entierro solicitan, en este año de 1641, de su Majestad Felipe IV la concesión de alguna merced para acercentar sus fondos. El Rey les otorgó facultad para que perpetuamente pudiesen lucrarse taginando con doce carros, cada uno con una mula, aplicados a cada Cofradía seis carros. En reciprocidad a tal gracia, ambas Hermandades ofrecieron a Su Majestad mil quinientos ducados, a pagar la tercera parte de ellos el mismo día de recibidos los carretones, y los mil ducados restantes, en los seis meses siguientes a dicho día de la procesión, mas el ocho por ciento al año de todo el tiempo que se retardase cualquiera de los pagos, después de cumplidos los plazos”.
     De igual forma, es de destacar la relación con la Hermandad de Jesús Nazareno, la cual ofreció a la de la Corona que sus miembros, por el mero hecho de serlo, fueran admitidos en dicha hermandad de forma automática y sin el pago de su entrada correspondiente, según documentación para favorecer la concordia entre ambas hermandades.
     A principios del Siglo XIX comenzó a pasar por dificultades. Se observa una menor proliferación de enseres y propiedades que llega a su culmen en 1806, año en el que se venden todas las pertenencias de plata (incluyendo las cantoneras de la cruz) a la Casa de la Moneda para sufragar los gastos de la realización del nuevo altar en jaspe. El libro de inventario acaba en la citada fecha, sin embargo, no ocurre así con el de acuerdos de cabildos. Éste continua narrando la vida de una hermandad no exenta de problemas hasta el cese de las noticias en 1860.
     En lo referente a tiempos más cercanos, el culto al Santísimo Cristo de la Corona fue restablecido a la llegada de José Gutiérrez Mora como nuevo párroco al Sagrario en el año 1989. Después de varios viacrucis en colaboración con la Hermandad de las Aguas y jóvenes de la parroquia, en 1991 comenzó a gestarse la asociación parroquial del Santísimo Cristo de la Corona y Nuestra Señora del Rosario, que fue aprobada por el arzobispado en 1994, y posteriormente erigida como hermandad de penitencia en 2000. En 1992 la imagen del Santísimo Cristo de la Corona participó en la exposición Magna Hispalensis, celebrada en la catedral, como exponente de los momentos de transición al Barroco sevillano. Ese mismo año comenzó a realizar su viacrucis por las calles de su feligresía, así como la procesión de Nuestra Señora del Rosario en el mes de octubre. En el año 2006 se sustituyen las andas por el actual paso procesional, y desde el año 2009 realiza su estación de penitencia con nazarenos de ruan morado cada Viernes de Dolores, con la peculiaridad – durante algunos años – de haber accedido durante la estación de penitencia al interior del palacio arzobispal (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Solemnidad de los Dolores de la Virgen María
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     En primer lugar debemos decir que la advocación de los Dolores de María se encuentra entre los títulos soteriológicos de la Madre de Dios, vividos a lo largo de toda su vida, en torno a los misterios de su Maternidad Divina (nacimiento, infancia y vida pública de Jesús) y de su Compasión (Pasión y Muerte del Señor).  Aunque los dolores de María aparecen en las Sagradas Escrituras y la reflexión sobre ellos se remonta a la época patrística, esta devoción sólo ha tenido un desarrollo litúrgico en Occidente.  En Oriente sólo los Católicos Rutenos tienen una fiesta de la Madre Dolorosa el Viernes posterior a la Octava del Corpus Christi, aunque en la iglesia bizantina el recuerdo de la Dolorosa está muy presente en el oficio del Viernes Santo y todos los miércoles y jueves del año, en que se conmemora el sacrificio del Calvario de una manera especial, y se reza una antífona mariana llamada staurotheotókion, que canta a María al pie de la Cruz. Esta memoria mariana se gestó en el corazón de Europa. Fue preparada por la literatura ascético-mística renana de los siglos XII y XIII, en la que, insistiendo en la humanidad de Cristo, revaloriza también la figura de María, indisolublemente unida a Él, sobre todo en lo referente a la pasión: junto al Varón de Dolores, se contempla a la Reina de los Mártires. 
     La conmemoración litúrgica de los dolores de Nuestra Señora, en la opinión más extendida, se remonta al siglo XIV, con Alemania como foco principal. En principio fue colocada en diversas fechas y recibió distintos nombres: Angustias, Compasión, Conmiseración, Desmayo, Lamentación de María, Llanto de María, Martirio del Corazón de María, Pasmo, Piedad, Siete Dolores, Transfixión, Traspaso... Mas los testimonios más antiguos de una fiesta litúrgica anual provienen de Iglesias locales. Los encontramos en la Fiesta de la Transfixión, establecida por el Obispo Lope de Luna en Zaragoza el año 1399, y en el Concilio Provincial de Colonia, presidido por el Arzobispo Teodorico de Meurs, que el veintidós de abril de 1423 instituye la Commemoratio angustiae et doloris B. Mariae Virginis, para el viernes posterior al domingo Jubilate, actual cuarta semana de Pascua, por decreto sinodal, como desagravio de los sacrílegos ultrajes de los herejes husitas a las imágenes de Cristo y de la Virgen, y para venerar exclusivamente los dolores de María en el Calvario.  En 1482 el Papa Sixto IV della Rovere introdujo en el rito romano una misa centrada en los sufrimientos de María al pie de la cruz, denominada de Nuestra Señora de la Piedad, que se fue extendiendo por todo Occidente. 
     A fines de la Edad Media una fiesta de María Dolorosa estaba establecida en las diócesis del norte de Alemania, Escandinavia y Escocia, con diferentes denominaciones y fechas, la mayoría movibles (durante el tiempo pascual o poco después de Pentecostés), aunque algunas eran fijas (sobre todo en julio: el dieciocho en Merseburg; el diecinueve en Halberstadt, Lübeck o Meissen, el veinte en Naumberg). Sus textos eucológicos son variados, limitándose desde la consideración de las angustias de María durante la Pasión hasta extenderla a todos los dolores de la vida de la Madre de Dios. Durante el siglo XVI, esta memoria de la Compasión de la Virgen se va extendiendo por toda la Iglesia Occidental con sus varias denominaciones y fechas. En 1506 fue confirmada a las monjas de la Anunciación bajo el título de Pasmo de la Bienaventurada Virgen María para el lunes siguiente al Domingo de Pasión. En el Breviario de Erfurt, impreso en Mainz (Maguncia) en 1518, encontramos la fiesta con el título de Commendatio B. Mariae Virginis el viernes después del Domingo in Albis (actual Segundo de Pascua). En algunos lugares se le asignó el día que luego se extendería, el viernes anterior al Viernes Santo, como el caso de la concesión en 1600 a las monjas servitas de Valencia bajo el título de Bienaventurada Virgen María al pie de la Cruz; en otros se coloca el sábado siguiente, día por excelencia de la Virgen, o incluso un día fijo, el dieciocho de marzo, ocho días antes del veinticinco, que es el día en que la Tradición señala la muerte de Cristo.  En Francia se hizo popular esta fiesta en el siglo XVII, y la llamaban de Nuestra Señora del Pasmo o Nuestra Señora de la Piedad, celebrándose el viernes de la Semana de Pasión. Clemente X Altieri (1670-6) concedió esta memoria de los Dolores de Nuestra Señora a toda España. Esta misma fecha fue asignada a todo el Imperio Alemán en 1674.  El dieciocho de agosto de 1714 el Papa Clemente XI Albani la concede a los Siervos de María. El Papa Benedicto XIII Orsini, a petición de éstos, el veintidós de agosto de 1727, la extendió a toda la Iglesia Romana, con el nombre de Fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María, fijándola el Viernes de la Semana de Pasión o Quinta de Cuaresma. 
     En este día la celebraban la fiesta los servitas y los dominicos, Orden a la que pertenecía el Pontífice, así como los franceses, españoles y alemanes. Esta jornada acaba recibiendo el nombre popular de Viernes de Dolores. A pesar del título de la fiesta, contempla la compasión de María al pie de la cruz. Suprimida como una duplicación en la reforma del calendario de 1969 en beneficio de la del quince de septiembre, aunque fuera más antigua para no oscurecer la austeridad cuaresmal, en la última edición del Misal Romano se ha rescatado esta memoria, tan arraigada en nuestra tierra, en una colecta alternativa a la del día. “Señor Dios, que en este tiempo ayudas con bondad a tu Iglesia: concédenos imitar a la Santísima Virgen María en la contemplación de la Pasión de Cristo, con un corazón sinceramente entregado. Te pedimos, por la intercesión de la misma Virgen, unirnos en estos días con firmeza a tu Hijo Unigénito, y así poder llegar a la plenitud de su gracia”. Los servitas la siguen celebrando como fiesta con el título de Santa María al pie de la Cruz (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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Más sobre las Hermandades y Cofradías de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial de la Hermandad del Cristo de la Corona: www.cristocorona.blogspot.com

La Hermandad del Cristo de la Corona, al detalle:
- Sede Canónica: Iglesia parroquial del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede
- Heráldica: Escudo de la Hermandad
- Día de Salida Procesional: Viernes de Dolores
- Imágenes Titulares: Santísimo Cristo de la Corona
                                     Nuestra Señora del Rosario

miércoles, 19 de marzo de 2025

La Capilla de la Virgen de los Reyes, o de San José, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Virgen de los Reyes, o de San José, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 19 de marzo, Solemnidad de San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María, varón justo, nacido de la estirpe de David, que hizo las veces de Padre para con el Hijo de Dios, Cristo Jesús, el cual quiso ser llamado hijo de José, y le estuvo sujeto como un hijo a su padre. La Iglesia lo venera con especial honor como patrón, a quien el Señor constituyó sobre su familia [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de la Virgen de los Reyes, o de San José, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Iglesia del Sagrario, que pertenece a la Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede [nº 154 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], que ocupa dos naves de ocho tramos de las galerías de Poniente del patio de la aljama, concretamente la que se llamó "claustra de los Caballeros", "nave de la Granada" y las capillas que abrían a ella, podemos contemplar la Capilla de la Virgen de los Reyes, o de San José [nº 150 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; donde existió una "tabla de la Antigua" y que en 1845 correspondía a San Nicolás de Tolentino (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, tras la puerta lateral de acceso, sigue la Capilla de San José, con un retablo de estilo barroco realizado y dorado entre 1694 y 1698. De 1738 es el grupo escultórico del Buen Pastor situado en el banco. La imagen del titular del retablo se suele atribuir al taller de Pedro Roldán. Los muros laterales muestran imágenes de San Pedro y San Pablo, de finales del XVII. La decoración se completa con diversos lienzos con escenas alusivas a San Nicolás, en su iconografía tradicional sin "disfraces" de Papá Nöel, conjunto datable en los años centrales del siglo XVIII (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Las estructuras compositivas y la articulación espacial del Sagrario apenas cuentan con la integración de las capillas laterales en el efecto de conjunto. Relegadas a los espacios compartimentados por los grandes pilares compuestos de sustentación, se mantuvo a toda costa la jerarquía espacial dominante de la nave única. La indudable grandeza del Sagrario deriva de las nobles proporciones de sus dos cuerpos, de la espaciosa cúpula del crucero y de la elegante curvatura de arcos y bóvedas. El cuerpo de las capillas laterales es fundamentalmente el sustento de los muros que cargan, sin conexiones visuales que alivien la acusada oclusión de aquéllas. A subrayar esta impresión, además, contribuye el uniforme trazado de las rejas, cuya compacta malla lineal anula cualquier sugestión de ensanche lateral. 
     Los espacios interiores asignados a los laterales son muy bajos y en los arcos del cubrimiento aparecen decorados con tramas geo­ métricas de monótona regularidad, claramente afines al restante sistema ornamental del cuerpo bajo. Al ser tan reducidos los espacios, y al carecer de iluminación natural directa, difícilmente pudieron acoger las capillas ensambladuras elevadas o desarrollar vistosos procedimientos orna­ mentales (yeserías o pinturas) acordes con el pleno barroco. Así pues, los tipos de retablos de casi todas las capillas se repiten; casi siempre son arcosolios poco profundos en los cuales se insertan hornacinas centrales flanqueadas por soportes. La mayor parte de éstos son columnas salomónicas y estípites; sólo en una de las capillas se construyó un buen retablo neoclásico de mármoles. 
     Como es habitual, la evolución de las necesidades devocionales motivaron las con­ sabidas transformaciones de las ensambladuras, de manera que prácticamente todos los retablos del Sagrario fueron transformados —preferentemente en su calle central— para enriquecer anteriores hornacinas o para tratar de forzar el escaso espacio disponible y habilitar nuevos huecos en los cuales alojar imágenes. Por ello el trasiego de éstas ha sido frecuente; recientemente hemos presenciado cómo en el retablo de la capilla de las Santas Justa y Rufina se trasladó a las titulares al crucero para acomodar en su altar a un Sagrado Corazón de Jesús anteriormente en la vecina catedral.
    La siguiente capilla es la de San José. Su retablo perteneció inicialmente a la tantas veces comentada tipología del arcosolio con tres calles articuladas por dos pares de columnas salomónicas. Se transformó profundamente la calle central ensanchándola e introduciendo unas molduras dieciochescas, de potentes inflexiones principalmente en el nicho que ocupa el titular. Se trata de una buena imagen que sigue el modelo de San José con el Niño itinerante, tal como se aprecia en una escultura análoga, documentada, de P. Roldán en el nicho que remata el altar del Cristo del Amor, en el Salvador. En las entrecalles laterales figuran dos imágenes de San Simón y San Judas que figuran en una inscripción en el banco del retablo salomónico que lo fecha entre 1694 y 1698. En el siguiente nicho hacia abajo, se encuentra una pequeña imagen de la Virgen de los Reyes en el sitial tachonado de castillos y leones de su altar catedralicio. Apoyando directamente sobre la mesa de altar se halla un fanal con un Buen Pastor niño y nutrido rebaño de ovejas que componen una empalagosa escena de piedad sentimental. Nótese, por último, que la capilla estuvo dedicada a San Nicolás, como se indica en la mencionada inscripción y en el medio punto de la reja en el cual figura la mitra del santo oriental. Dos escenas de su vida se conservan pintadas al temple en las paredes late­rales. Las respectivas escenas aparecen enmarcadas por una excelente orla decorativa de estípites laterales y abultadas tarjas con ángeles, obra indudable de un hábil pintor ornamentador de la segunda mitad del siglo XVIII (Emilio Gómez Piñol y María Isabel Gómez González. El Sagrario de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla. Cuadernos de restauración de Iberdrola VIII. Madrid, 2004).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San José;
LEYENDA
   José, esposo de la Virgen y padre nutricio de Jesús, apenas es mencionado en los Evangelios canónicos; y el de san Marcos ni siquiera lo nombra.
   Los Evangelios Apócrifos, especialmente el Protoevangelio de Santiago y la Historia de José el carpintero, escritos coptos del siglo IV, se dedicaron a colmar esta laguna con detalles pintorescos copiados en su mayoría del Antiguo Testamento.
   Relatan que José, descendiente de la estirpe de David, a pesar de sus orígenes reales, ejercía el humilde oficio de carpintero (faber lignarius), que fabricaba yugos, arados y hasta ratoneras. Según otra tradición, menos difundida, que se explica por el significado habitual de la palabra faber (obrero, artesano), habría sido herrero.
    Este pretendido descendiente «proletarizado» de los reyes de Israel habría tenido más de ochenta años cuando se casó con  la Virgen que tenía catorce. El milagro del florecimiento de la vara gracias al cual se impuso a los otros pretendientes más jóvenes, es una copia evidente del relato de la designación de Aarón como sumo sacerdote, que está en el Pentateuco (Números, 17).
     Del mismo libro (Números, 6:11-29) los Evangelios Apócrifos copiaron la historia de María bebiendo el agua probática en el templo, Juicio de Dios infligido a José y a la Virgen, después del descubrimiento de su embarazo.
     Las revelaciones de las místicas María de Ágreda y Catalina Emmerich, lo asimilan a su homónimo, José de Egipto. Igual que éste, habría sido perseguido por sus hermanos. Demás está decir que estas novelas piadosas sólo tienen un objetivo edificante.
   Los teólogos de la Edad Media han discutido interminablemente acerca de la naturaleza del matrimonio de José: ¿Ha sido el marido, o sólo el protector de la Virgen?¿El vínculo que les unía debe calificarse de copula carnalis o de maritatis societas?¿Puede llamarse esposos a quienes viven juntos sin te­ner relaciones carnales?
   Los doctores de la Iglesia opinan con la afirmativa. Explican que ese matrimonio casto (virginale conjugium) era indispensable para que la Virgen no fuera acusada de haberse dejado seducir, lo cual la habría expuesto a ser lapidada, y sobre todo para dar el pego al demonio, siempre al acecho, y ocultarle el misterio de la Encarnación (Huic Maria desponsatur ne Diabolo prodatur ratio mysterii).
   La virginidad de María no basta a los teólogos de la Edad Media: además, pretenden establecer, por añadidura, la virginidad de José antes y después de su boda. La tradición le atribuía numerosos hijos de su primera mujer, pero a santo Tomás de Aquino le repugna admitirlo. Según éste, debe creerse que así como la madre de Jesús permaneció virgen, lo mismo ocurrió con José. «Credimus quod, sicut Mater Jesu fuit virgo, sic Joseph.» Un hagió­grafo contemporáneo lo califica de padre virgen de Jesús.
     José acompaña al Niño Jesús a Egipto y lo trae de nuevo a Nazaret tras la muerte de Herodes. Después de lo cual desaparece de la escena. Ignoramos la fecha de su muerte, aunque la leyenda lo haya convertido en un pa­triarca centenario, se supone que murió antes de la Pasión de Jesús, puesto que no aparece en las Bodas de Caná, adonde sin duda habría sido invitado en compañía de la Virgen. En cualquier caso, está ausente en la Crucifixión y reemplazado en el Descendimiento de la Cruz y en el Enterramiento,  por otro José, José de Arimatea.
   Casi no se puede dudar -escribió san Francisco de Sales-que el gran san José falleció antes de la muerte del Salvador quien, de no ser por ello, no hubiese encomendado su madre a san Juan.
CULTO
   No existen reliquias personales de san José, de lo cual se creyó poder concluir, al igual que en el caso de la Virgen, que su cuerpo había sido elevado al Cielo.
   La colegiata de Saint Laurent de Joinville, en Champaña, se jactaba de poseer el verdadero cinturón de san José, que habría sido confeccionado por la  Santísima Virgen y llevado a la cruzada de 1254 por el Señor de Joinville. Nada más singular que la curva o representación gráfica del culto de José, quien después de haber sido escarnecido durante la Edad Media como un personaje menor, e incluso cómico, a partir del siglo XVII se convirtió en uno de los santos más venerados de la Iglesia católica, asociado con la Virgen y con Jesús en una nueva Trinidad que se llama la Trinidad jesuítica (Jesús, María y José) y promovido en 1870 a la jerarquía de patrón de la Iglesia universal. En los anales de la devoción existen pocos ejemplos de un ascenso se­mejante y de un retorno tan completo.
El escarnio de José
   Puede decirse que en la Edad Media san José también ha sido sistemáticamente rebajado al tiempo que se exaltaba a la Virgen. En verdad, se trataba de probar la divinidad de Cristo, nacido de una Virgen y del Espíritu Santo, y de no permitir que se creyera que José pudiera ser su verdadero padre. De ahí la tendencia auspiciada por la Iglesia de reducirlo a la condi­ción de un mero figurante.
   Los autos sacramentales del teatro de los Misterios le asignaban un papel ridículo de anciano pasmado, tenía el empleo del «bufón» de los dramas shakespearianos. En el momento del parto, la Virgen lo envía a buscar una linterna; como si se hubiera resfriado en la gruta, José estornuda y apaga la luz. María le pide que caliente la sopa, pero él vuelca el caldero con torpeza. Como no tenían pañales para arropar al recién nacido, él ofrece unos viejos cal­zones agujereados.
   Su torpeza sólo se iguala con su avaricia de roñoso. Se apresura a meter en el cofre las ofrendas de los Reyes Magos, y cuando se trata de pagar un óbolo para la Presentación de Jesús en el templo, mete la mano en la bolsa re­funfuñando.
   Durante la Huida a Egipto, su comportamiento es aún más indigno. Un ángel le anuncia los malos designios de Herodes y le ordena evacuar hacia Egipto a la Virgen con el Niño. Ejecuta la orden de muy mala gana, des­pués de haber empeñado el velo de la Virgen y su propio turbante para conseguir dinero que le permita comprar vino (o cerveza, según un auto de fe alemán).
   Se queja porque debe cargar el equipaje en solitario, y recomienda a la Virgen María que llene bien su cantimplora, puesto que es viejo y necesita reconfortarse con tragos frecuentes. E incluso invita a la Virgen a beber un trago con él, y ésta le reprocha que haya vaciado la botella que debiera durar al menos tres días más.
   Los versos del poeta Eustache Deschamps muestran hasta qué punto «el bueno de José» era poco respetado a finales de la Edad Media:
   En Égypte s'en est alié,
   Tout lassé,et troussé
   D'une cotte et d'un baril.
   Viel, usé
   C'est Joseph le rassoté.
   (A Egipto se fue / Cansado y provisto / De un sayal y un barril. / Viejo, gastado / Está José, el tonto.)
   Auténtica «cabeza de turco», es el blanco de los versificadores del teatro de los Misterios, que lo acribillan con burlas irreverentes, al igual que a otro personaje de los Evangelios, Nicodemo, el «descendedor» de Cristo, cuyo nom­bre abreviado dio el sustantivo nigaud (bobo).
   Aún en la época del concilio de Trento, el teólogo Molano confirma que a José se le endilgó reputación de tonto que apenas podía contar hasta cinco (Qui vix quinque numerare possit).
   En el siglo XVIII, Gentileschi lo muestra durmiendo a pierna suelta, parece oírsele roncar mientras la Virgen amamanta al Niño.
La Glorificación de José
   ¿Cómo semejante personaje de comedia pudo convertirse en uno de los santos favoritos de la devoción popular? El mérito corresponde a las campañas de sus defensores franceses, el más ardiente de los cuales fue el canciller de la universidad de París, Jean Gerson; a las órdenes especialmente dedicadas a la Virgen (carmelitas, servitas) ya los predicadores  populares. Los Martirologios lo llaman gemma mundi, nutritor Domini. El anillo de boda de ónice que habría dado a la Virgen, era venerado en Perusa, en la Capilla del Anillo (Cappella dell' Anello). Su bastón se conservaba en la iglesia de los camaldulenses de Florencia. A principios del siglo XV, el teólogo Juan Gerson compuso en su honor un poema latino de tres mil versos titulado Josephina: en él se solicita al concilio de Constanza la institución de la fiesta de los Desposorios de san José. En el año 1489, Tritemio (Trithemius) compuso un tratado que se titula De Laudibus S. Josephi. Por último, el papa franciscano Sixto IV (1471-1484) introdujo la fiesta de san José en la liturgia de la iglesia romana.
     En el siglo XVI, el dominico Isolano redactó en Pavía, en 1522, un Sumario de los dones de san José, a quien atribuye los siete dones del Espíritu Santo. Fue él quien popularizó el relato apócrifo de la Muerte de José.
   La corporación de los carpinteros de obra y carpinteros, edificó en 1958 la primera iglesia romana que se puso bajo la advocación de san José: San Giuseppe dei Falegnami. En Bolonia se le había dedicado otra, más antigua.
   Su creciente popularidad después del concilio de Trento, sobre todo se debe a santa Teresa, reformadora de la orden carmelita, a los fundadores de la orden jesuítica y de la orden salesiana: san Ignacio de Loyola y san Francisco de Sales.
   Santa Teresa adoptó como patrón al glorioso san José a quien llamaba «El padre de su alma», le atribuía su curación y le dedicó su primer convento de Ávila. La iglesia de los carmelitas de París también fue puesta bajo la ad­vocación de Saint Joseph.
   Los jesuitas le concedieron un sitio en su Trinidad: J. M. J.(Jesús, María, José), popularizada por esta oración:
   O veneranda Trinitas
   Jesus, Joseph et Maria.
   En el siglo XVII, Francisco de Sales, quien consideraba a José como el mayor de todos los santos, lo convirtió en patrón de las religiosas salesianas (de la orden de la Visitación). Las ursulinas siguieron el ejemplo de las salesianas y de las carmelitas.
   La nueva devoción a san José es una copia de la que se profesaba a la Virgen. Los Siete Dolores y los Siete Gozos de san José están simbolizados por un cordón de siete nudos que los devotos llevaban bajo la ropa.
Patronazgos
   Las únicas corporaciones que lo reivindican son las de los trabajadores de la madera: carpinteros de obra y carpinteros, a las cuales se asocia la de los zapa­dores, porque  colocaban el maderamen de los puentes. En nuestra época se lo convirtió en el patrón de los obreros en general.
   Como en Belén no encontró alojamiento para la Virgen y él, se convirtió además en el patrón de los mal alojados o sin casa, clientela singularmente im­portante en nuestros días de crisis de la vivienda.
   Su fama de virgen le valió el ser invocado por los laicos, y sobre todo por los religiosos, para conservar su castidad. Se recurría a él para reprimir los impulsos de la carne (carnis motus refrenare) o para enfriar los ardores lle­vando el cordón de san José (pro castitate servanda) sobre la piel.
   O sancte Joseph, propera.
   Aestum carnis refrigera.
   Los himnos compuestos en su honor lo glorifican por haber sido: senex expers libidinis, sponsus pudicissimus, e incluso hasta «eunuchus puerperae».
   San Bernardo lo comparaba con su homónimo José de Egipto, tanto por su castidad como por la frecuencia con que Dios lo advertía en sueños.
   Al mismo tiempo, se convirtió en el patrón de la buena muerte. En efecto, se contaba  que Jesús lo había asistido durante su agonía y le había enviado a los arcángeles Miguel y Gabriel para recoger su alma acechada por el demonio. De ahí deriva el hecho de que su intercesión sea invocada por los moribundos, con preferencia a la de los ángeles que tienen la misma función en el Ars bene moriendi.
   El nombre de pila José era practicamente desconocido en la Edad Media. Fue a partir del siglo XVII que se dio a los grandes señores, e incluso a los reyes de Portugal o a los emperadores de la dinastía de los Habsburgo.
   En 1621, el papa Gregorio XV decidió que la Iglesia entera celebrara la fiesta de san José el 19 de marzo.
     En el siglo XIX se consagró oficialmente  su triunfo. En 1847, Pío IX instituyó el culto del Patronazgo de san José. En 1870 el papa elevó el rito de su fiesta (19 de marzo) y lo proclamó patrón de la Iglesia universal. El mes de marzo se convirtió en el mes de san José, para formar pareja con el mes de María.
   El culto del santo se difundió tanto que la Santa Sede se vio obligada a cal­mar el fervor de los devotos. La Congregación de los Ritos condenó el culto al corazón de San José copiado del profesado al Sagrado Corazón de Jesús, en 1873; al igual que la plegaria Ave José, que es un calco del Ave María.
   A pesar de dichas advertencias y  frenos, la devoción a san José adquirió en Canadá un auge prodigioso. Ya en 1624 los primeros habitantes de Quebec lo habían elegido como patrón. En 1904, F. André construyó cerca de Montreal un modesto oratorio de madera que en 1941 se convirtió en una majestuosa basílica de piedra blanca cuya cúpula rivaliza en amplitud con la de San Pedro de Roma. Es el mayor santuario del mundo dedicado a san José. Montreal se convirtió en un centro de Joselogía.
ICONOGRAFÍA
   La iconografía de san José es paralela a la evolución de su culto; es tardía, y alcanzó su apogeo con posterioridad al concilio de Trento.
   Comporta dos tipos muy diferentes. En el arte de la Edad Media, el esposo virginal de la Virgen (virgineus sponsus Virginis) está representado casi siempre con los rasgos de un anciano de cabeza calva y barba blanca. A partir del siglo XVI, los artistas lo rejuvenecieron y le confirieron el aspecto de un hombre de cuarenta años, con todo el vigor de esa edad. Los teólogos habían tomado la delantera, desde  principios del siglo XV, en el concilio  de Constanza, el canciller de la universidad de París, Juan Gerson, sostenía que san José no tenía ni cincuenta años cuando se casó con la Virgen María.
   Además, mientras el arte medieval casi nunca lo representa aisladamente, sin duda por temor de justificar mediante imágenes la herejía de la concepción natural de Cristo, después de la Contrarreforma se lo honró representándolo por sí mismo, ya como carpintero de obra, ya como padre nutricio de Jesús.
   l. En el primer caso, tiene como atributos los utensilios de su oficio: un hacha, una sierra, una garlopa o una escuadra.
   2. En el segundo caso, se lo reconoce por su vara florecida, que alude a su victoria sobre los otros pretendientes de la Virgen, transformada en tallo de lirio, símbolo de su matrimonio virginal. Tiene un cirio o una linterna durante la noche de la Natividad. Lleva al Niño Jesús en los brazos o le conduce de la mano como el arcángel Rafael acompañando al joven Tobías. Excepcionalmente, está caracterizado como Judío por el cuchillo de circuncisión y el sombrero puntiagudo de la judería.
   A veces forma pareja con su homónimo, José de Arimatea. Los dos José del Nuevo Testamento forman de esa manera una pareja hagiográfica análoga a la de los dos santos Juanes.
   Gracias a la propaganda de su defensora, santa Teresa, se hizo singularmente popular en el arte español. Es, junto a la Virgen de la Inmaculada Concepción, el tema preferido de Murillo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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