Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Díaz Palacios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Díaz Palacios. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de enero de 2020

El Convento de Madre de Dios de la Piedad

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de Madre de Dios de la Piedad, de Sevilla.     
     Hoy, 1 de enero, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, en la octava de la Natividad del Señor y en el día de su Circuncisión. Los Padres del Concilio de Éfeso la aclamaron como Theotokos, porque en ella la Palabra se hizo carne, y acampó entre los hombres de el Hijo de Dios, príncipe de la paz, cuyo nombre está por encima de todo otro nombre [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Convento de Madre de Dios de la Piedad, de Sevilla
   El Convento de Madre de Dios de la Piedad, se encuentra en la calle San José, 4; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
   Al igual que otras muchas ciudades europeas, Sevilla mantuvo un barrio judío desde la Edad Media, atravesando diferentes situaciones que fueron desde la convivencia pacífica hasta el enfrentamiento y la persecución. Especialmente grave fue el asalto al barrio promovido en 1391 por el arcediano de Écija Ferrán Núñez, con más de mil muertos y una destrucción tras la que los judíos sevillanos nunca volvieron a su antiguo esplendor. La definitiva expulsión en 1492 dejó importantes solares vacíos. Uno de ellos, correspondiente a una de sus sinagogas, transformó su uso como convento de monjas, las monjas de Madre de Dios, una comunidad que ha sobrevivido casi a todo: a las inundaciones, a los incendios, a las desamortizaciones y a las revoluciones. Un convento que llegó a organizar un Corpus propio y que tuvo como protectora nada menos que a la reina Isabel la Católica, y que vio cómo parte de su patrimonio terminó en el Museo de Bellas Artes y se asentaba una escuela de comercio en uno de sus antiguos claustros.
   Las monjas dominicas son la rama femenina de la conocida como Orden de Predicadores (del latín ordo praedicatorum u O.P.) conocida también como Orden Dominicana, una orden mendicante de la Iglesia que fundó Santo Domingo de Guzmán en Toulouse durante la cruzada albigense, y que fue confirmada por el papa Honorio III en diciembre de 1216. Cincuenta años más tarde eran 10.000 los monjes dominicos que se expandían por Europa.
   Confirmada la Orden de Predicadores, fray Domingo fundó un monasterio de monjas de Madrid (año 1218), reunió en el monasterio de San Sixto a las monjas procedentes de otras comunidades monásticas romanas (año 1221) y algunos le atribuyen la incorporación a la orden de las monjas de San Esteban de Gormaz que después se establecieron en el monasterio de Caleruega. De forma paralela nacería la Milicia de Jesucristo, después conocida como Tercera Orden de la Penitencia de Predicadores, que sería la rama seglar de la organización. En la actualidad es conocida como Orden Seglar Dominicana, y sus miembros como seglares de la orden de predicadores. Fueron los primeros pasos de una orden que destacó en el campo de la teología de la doctrina, con nombres fundamentales como Alberto Magno o Tomás de Aquino. Fundadora de la Escuela de Salamanca, muchos de sus miembros fueron dirigentes de la Inquisición, aspecto que contrasta con la labor misionera llevada a cabo en América, África o Asia, donde la labor ejercida por personajes como fray Bartolomé de las Casas es fundamental para entender el desarrollo de los derechos humanos.

   En Sevilla llegaron a existir hasta 11 conventos de la Orden de los dominicos, entre fundaciones masculinas y femeninas. Fundaciones masculinas fueron San Pablo (actual parroquia de la Magdalena), San Jacinto (en Triana), Porta Coeli (en los actuales terrenos del centro educativo del mismo nombre), Santo Tomás de Aquino (junto al Archivo de Indias), Regina Angelorum (en el sector de la actual calle Regina) y Monte-Sión. De la rama femenina, además de Madre de Dios, coexistieron los conventos de Santa María de Gracia (en las cercanías a la Campana), de las Monjas de la Pasión (en la calle Sierpes), de Santa María la Real (en la calle San Vicente, hoy en Bormujos) y de Santa María de los Reyes (calle Santiago).
   La fundación de Madre de Dios se remonta al año 1472, siendo la promotora Isabel Ruiz de Esquivel, viuda del alcaide mayor de Sevilla, Juan Sánchez de Huete, en un edificio propiedad del hospital de San Cristóbal y Santiago junto a la puerta vieja de Triana. Esta primera casa hay que entenderla como un beaterio, comunidad de mujeres, llamadas beatas, que se recogían siguiendo la regla de determinada congregación, generalmente masculina y cercana, en este caso, de los dominicos de San Pablo en 1476 recibirían el hábito de la orden y la regla de Santo Domingo. La comunidad sufrió constantes inundaciones en 1485, que dejaron en estado ruinoso el edificio conventual. Las monjas acudieron a la reina doña Isabel la Católica en demanda de auxilio, petición que fue atendida por la reina por el especial afecto que profesaba a la comunidad, ya que había convivido con ellas en alguna de sus estancias en Sevilla. Intervino en la petición el propio inquisidor general, el dominico fray Tomás de Torquemada, para "que les hiciesen merced de unas casas principales a la collación de San Nicolás que habían sido confiscadas a judaizantes...". La reina concedía a las monjas dominicas unas casas en la antigua judería sevillana en la que se había situado una de las antiguas sinagogas principales de la ciudad (las otras ocuparon los actuales emplazamientos de Santa María la Blanca, San Bartolomé y la Plaza de Santa Cruz). El traslado se produjo en 1486 y las obras comenzaron gracias a generosas aportaciones de particulares y a contribuciones como la del que fuera arzobispo de la ciudad, fray Diego de Deza, muy vinculado al convento desde sus orígenes. Sería un largo proceso constructivo que se prolongaría hasta el siglo XVI. A partir de mediados del siglo XVI comenzaron a añadirse nuevas dependencias, realizándose entre 1551 y 1580 la edificación de la mayor parte del templo. Tan costosa inversión motivó que la priora del convento solicitará nuevas concesiones económicas al rey Felipe III en 1598, recién llegado al trono. La acumulación de donaciones, capellanías, tierras o explotaciones diversas se vio acompañada de la vinculación de la casa con algunos de los más señeros linajes de la ciudad. Desde la familia de Hernán Cortés, que sería patrona de la capilla mayor en la cual sería enterrada, hasta apellidos ilustres como los Venegas o los Neve. Como curiosidad representativa de una época, el convento acogió como monja a una hija de Bartolomé Esteban Murillo, sor Francisca de Santa Rosa, que profesó en el convento en 1671, sin haber cumplido los dieciocho años. Algunos años más tarde el pintor donaría al convento una esclava berberisca para la atención de su hija, un dato que explica la elevada posición social que podía alcanzar una monja en los siglos XVI y XVII. De la vinculación con la monarquía destaca otro dato: en 1692 una real provisión concedía al convento la facultad de colocar cadenas y armas reales en la puerta del edificio, toda una confirmación de la condición de real que se otorgaba al monasterio. El esplendor de la época queda confirmado por la existencia desde 1688 de una hermandad del Santísimo Sacramento que con ayuda del mecenazgo del capitán Andrés Bandorne llegó a organizar una suntuosa procesión sacramental que recorría las calles de la feligresía.

 La comunidad se mantuvo estable hasta el siglo XVIII, periodo en el que descendió el número de vocaciones, aunque la gran crisis de la casa llegaría en el siglo XIX, con los procesos desamortizadores y con la Revolución de 1868. Un dato: no hubo profesión alguna de monjas desde 1832 hasta 1854, ni en el periodo entre 1868 y 1881.
   El proceso desamortizador de 1835 conllevó en Sevilla la supresión de nueve conventos de monjas, entre ellos dos de monjas dominicas, el de Santa María de Gracia y el de Santa María de la Pasión, yendo a parar a Madre de Dios las monjas de éste último. El convento de Madre de Dios sobrevivió al proceso pero perdió, definitivamente, numerosas tierras e importantes rentas que recibía de tributos, censos, donaciones, etc., un quebranto del sostén económico de la casa del que ya nunca se recuperarían.
   Más graves, si cabe, fueron las consecuencias de la llamada Revolución Gloriosa de 1868, que destronaría a Isabel II mandándola al exilio. La junta revolucionaria decretó la incautación del convento y el consiguiente traslado de la comunidad, llegando a proyectarse el derribo del edificio, algo que afortunadamente se pudo evitar, entre otras cuestiones, por la decidida intervención del erudito Francisco Mateos Gago, miembro de la Comisión de Monumentos de la ciudad. Se llegó a plantear la construcción de un mercado de abastos siguiendo un proyecto del arquitecto municipal Juan Talavera. La comunidad pasó por uno de los peores momentos de su historia al ser incautado el edificio, teniendo que refugiarse en el monasterio de San Clemente, lugar que habitaron durante nueve largos años. El abandono conllevó la ocupación del edificio por la Escuela Libre de Medicina y Cirugía, iniciándose un proceso de derribo de algunas dependencias y de adaptación a los nuevos usos. El resultado fue demoledor, no solo en la pérdida patrimonial (algunos lienzos y notables ejemplares de azulejería se pueden contemplar hoy en el Museo de Bellas Artes), sino en la misma extensión del conjunto, que vio reducido su tamaño a una cuarta parte de la superficie original. Además del sector perdido en detrimento de la Escuela de Medicina, las monjas perdieron definitivamente otro sector del edificio en la actual calle Muñoz y Pabón, frente a la portada de la iglesia de San Nicolás El sector del antiguo claustro principal pasó por diversos usos; siendo escuela de Medicina sufrió un importante incendio en 1931 que obligó a su restauración, siendo ocupado posteriormente por la Escuela de Comercio o la Facultad de Ciencias del Trabajo. En la actualidad es sede del CICUS, organismo cultural de la Universidad de Sevilla. El regreso de la comunidad supuso el inicio de un lento programa de restauraciones y labores de mantenimiento, apenas apoyado por benefactores particulares, que se prolongó durante el siglo XX. En la década de los sesenta la comunidad abordó el necesario trabajo hacia el exterior, concretado en la actualidad en la realización una amplia variedad de dulces conventuales y de algunos recuerdos alusivos a una de las grandes devociones del convento, la del dominico San Martín de Porres.

   En el aspecto patrimonial destaca la espectacular iglesia del conjunto, terminada en el año 1572, es de una sola nave, quizás una de las altas y profundas de las iglesias conventuales sevillanas. Presenta portada de acceso lateral y coro (alto y bajo) a los pies. Se ignora la autoría de las trazas de la iglesia aunque las obras fueron dirigidas en algún momento por Juan de Simancas y Pedro Díaz Palacios, el primero era maestro de obras del Alcázar y el segundo había sucedido a Hernán Ruiz II como maestro mayor de la Catedral de Sevilla.
   La portada, abierta en el muro izquierdo, debe fecharse en torno a 1590-1600. Se labra en piedra y presenta los escudos dominicos y de la casa real, símbolo del patronazgo de la monarquía. Su esquema arquitectónico se basa en el Cuarto Libro de Arquitectura del italiano Sebastián Serlio. En la parte superior, en una hornacina, aparece la imagen de la Virgen entregando el Rosario a Santo Domingo, con el Padre Eterno en el ático. A sus pies aparece un pequeño perro con una antorcha en la boca, una alusión al sueño que tuvo Juana de Aza, la madre del santo, que vio en sueños a un perro con una antorcha, imagen que fue interpretada como la luz de la palabra salida por la boca del fundador. El relieve es obra de Juan de Oviedo relacionable con la portada del monasterio de Santa María de Jesús.
   Tras acceder al interior, destaca el excelente cancel barroco que sirve de transición al templo, una obra fundamental en la carpintería sevillana cuya carta de pago fue firmada en noviembre de 1775 por el tallista Manuel Barrera. Ya en el interior, llama la atención un suelo de barro cocido y pintado en almagra salpicado de enterramientos y un excepcional artesonado, solo comparable en la ciudad al del monasterio de San Clemente. Sigue las características formas mudejáricas aunque presenta cinco paños, frente a la tradicional compartimentación en tres paños en forma de artesa, lo que le da una importante altura. Se sabe que fue contratado en 1564 por Francisco Ramírez, Alonso Ruiz y Alonso Castillo. En la zona del presbiterio forma una cúpula ochavada.
   Respecto a los enterramientos destacan los sepulcros de doña Juana de Zúñiga, la viuda de Hernán Cortés y de sus hijas Catalina y Juana, todos en los muros laterales del presbiterio. Parece que las tallas pétreas originales fueron realizadas por Diego de Pesquera y corresponderían a las esculturas orantes que hoy se conservan en el monasterio sevillano de la Cartuja. También se conservan los sepulcros de religiosas como la venerable Bárbara de Santo Domingo o personajes de la vida sevillana como el licenciado Diego Venegas, Beltrán de Cetina, Cristóbal de Fonseca o Juan Pérez de Armijo, por citar tan solo algunos ejemplos, ya que la iglesia acogen un número de veintitrés enterramientos a los que se pueden añadir los diez que se sitúan en el coro bajo.

   El imponente retablo mayor es obra de Francisco de Barahona por orden del capitán Andrés Bandorne y fue realizado entre 1702-1704. Sustituyó a otro anterior que había realizado Juan de Oviedo y de la Bandera entre 1570-73 con imaginería de Jerónimo Hernández y con dorado y policromía de Antonio Alfián y de Luis Fernández Valdivieso. De este antiguo retablo se conservan la monumental Virgen del Rosario (también conocida como Madre de Dios de la Piedad), el escenográfico relieve de la Última Cena y el Calvario del ático (con dudas en torno a la autoría de la Magdalena). En la zona de la clausura se conserva también una talla de un Resucitado que coronaba el primitivo retablo conventual. Del retablo actual destaca su gran estructura compartimentada por columnas salomónicas de gran profusión en la Sevilla de comienzos de 1700. A esta estructura se añade una profusa decoración vegetal. En las calles laterales pueden distinguirse a San Andrés con la cruz en forma de aspa, San Pedro con las llaves, Santo Tomás de Aquino como doctor y a San Vicente Ferrer como predicador, completándose con diferentes santos de iconografía dominica, destacando la talla de Santo Domingo del tercer cuerpo, imágenes realizadas por Barahona y sus colaboradores. Las labores de dorado y estofado de las imágenes fueron contratadas en 1705 con José López, realizándose su cobro también del fondo donado por el capitán Andrés Bandorne.
   En el muro izquierdo, junto al acceso, un retablo recompuesto en 1620 muestra pinturas de Pedro Villegas Marmolejo (San Andrés, Santiago y la Visitación), datables hacia 1575, otras son pinturas del XVII. La central es una interesante tabla del siglo XVI con el tema del entierro de Cristo, de clara influencia flamenca, atribuida por algunos autores a Juan Gui. La estructura del retablo parece corresponder a Miguel Adán. De interés es el frontal de azulejos del altar, con zócalo de azulejos que muestran a la Virgen con la luna a sus pies. El retablo de San Juan Evangelista se encaja en un arcosolio siguiendo los esquemas anárquicos del Manierismo del siglo XVI de MIguel Adán (1580-82), con un esquema arquitectónico inspirado en el libro Medidas del Romano de Diego de Sagredo, posteriormente desarrollado por Hernán Ruiz en algunas de sus obras. Muestra al santo titular en el momento de escribir el Apocalipsis en la isla de Patmos, también aparecen escenas de la vida del santo, la representación de la Última Cena y el Apocalipsis. En el ático se muestra un Calvario rodeado por las figuras de los apóstoles. De gran interés son los paños de azulejos del banco, del siglo XVI, de tema apocalíptico. Se pueden diferenciar las escenas que representan a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, el dragón con las siete cabezas y con las llaves de los abismos. Los estudios realizados a este excelente conjunto atribuyen con seguridad su autoría a Cristóbal de Augusta, autor que realizó numerosas piezas para los Reales Alcázares en el último tercio del siglo XVI.

   Tras pasar el presbiterio, en el muro derecho aparece el retablo de San Juan Bautista, también de Miguel Adán, policromado por el pintor Agustín Colmenares. En el gran arco central se narra la escena del Bautismo de Cristo, una representación muy habitual en los conventos sevillanos para mostrar la figura del Bautista como precursor de Cristo. Alrededor aparecen diversas escenas de la vida del titular en relieves planos con una llamativa policromía característica del Manierismo de finales del siglo XVI, pudiendo datarse entre 1575 y 1585. Tras superar el acceso al torno interior  del convento se nos muestra el retablo de la Virgen del Rosario, obra anónima de finales del siglo XVI que acoge las figuras de Santo Domingo de Guzmán, la Virgen titular y Santo Tomás. Diferentes relieves con pasajes de la vida de Cristo inspirados en los libros de grabados del Renacimiento se sitúan en los laterales y en los cuerpos del ático superior. Al final de la nave está una pequeña capilla de origen particular, la de don Rodrigo Jerez, correo mayor de Sevilla, que la patrocinó en 1570. Su retablo, deteriorado y excesivamente repintado muestra una interesante pintura con el tema de la Sagrada Lanzada y suele atribuirse al círculo de Pedro de Campaña. En sus muros laterales se conservan unos paneles de azulejos del siglo XIV del gran originalidad en su diseño de motivos vegetales.
   La única pieza sin interés artístico es una imagen moderna de San Martín de Porres, colocada en un sencillo altar a los pies de la nave de la iglesia, el "fray escoba" que concentra la devoción de muchos fieles que todos los jueves del año visitan el convento de dominicas de la calle San José.
   De la decoración pictórica mural de la iglesia destacan los frescos de la capilla mayor, con una técnica mixta de pintura al fresco y retoques con óleo que era habitual en Lucas Valdés (hacia 1700), a quien se atribuye el conjunto. A pesar de su mal estado de conservación, gracias a las inscripciones inferiores se pueden identificar a San Pío V, San Alberto Magno, San Antonio de Padua y San Agustín. La zona del arco toral y sus columnas presenta una abigarrada decoración de roleos, ángeles, elementos de orfebrería, etc. Entre los lienzos dignos de destacar entre las paredes de la iglesia están el que representa el tema de Santo Domingo in Soriano, obra barroca de Juan del Castillo, la barroca Santa Rosa de Lima, copia de Murillo, que se sitúa en la capilla mayor; un lienzo de San Juan Bautista (siglo XVII) que se sitúa a los pies de la nave de la iglesia o el situado sobre la puerta de acceso a la sacristía, que representa la escena del Martirio de San Lorenzo y que suele atribuirse al flamenco Pieter van Lint.

   A los pies de la nave se sitúa la doble reja que separa el coro bajo del resto de la iglesia. Es una estancia de planta rectangular cubierta con un gran artesonado de comienzos del siglo XVII de grandes vigas de madera que se decoran con rosetas. En el muro de la reja se conservan pinturas murales de comienzos del siglo XVIII en las que se puede intuir un tema inmaculadista, con representaciones de San Joaquín y Santa Ana. Tanto la sencilla sillería de coro, con ochenta asientos, como el facistol (lugar donde se colocan los libros corales en la parte central) son piezas de finales del siglo XVI. En esta estancia destacan especialmente dos notables tallas en madera que representan a Santo Domingo orante con el perro y la antorcha a sus pies y a Santa Catalina con el Rosario, también arrodillada. Ambas formaban parte del retablo mayor, siendo por tanto obras de Jerónimo Hernández que formaban un conjunto con la Virgen del Rosario que preside el camarín central. Al centro se sitúa ahora el antiguo Crucificado de la Enfermería, excepcional talla datada hacia 1500 y que algunos autores sitúan en el círculo de Pedro Millán. Con elementos tardogóticos e indicios de las primeras notas naturalistas del XVI, su restauración para una exposición del V Centenario de la Universidad permitió la revalorización de una talla que, quizás, formó parte de una primitiva viga de imaginería. Otra pieza notable es la llamada Virgen de Copacabana, imagen de comienzos del siglo XVII que se suele atribuir al escultor boliviano Acostopa Inca. Se sitúa en la vitrina de un altar lateral, decorado con profusas yeserías barrocas, a cuyos pies se sitúa la tumba de sor Bárbara de Santo Domingo (1842-1872) la conocida como "Hija de la Giralda" hija del campanero que nació en la torre mayor de Sevilla. Una aproximación a su biografía la sitúa como una de las monjas más destacadas que dio la ciudad de Sevilla en el fecundo siglo XIX. Su nacimiento en la Giralda vino motivado por el oficio de su padre, Casimiro Jurado, que junto a su mujer, Josefa Antúnez, notaron desde la infancia las ansias de santidad de aquella niña que "nunca lloraba" y que, desde muy joven, se complacía en ayunos y oraciones. A medio camino entre el juego y la devoción, cuentan que ya invitaba a sus amigas a subir las rampas de la Giralda de rodillas, como una forma de mortificación. Quiso orientar en principio su vocación como monja capuchina, aunque finalmente ingresó en el monasterio de dominicas, donde fue recibida según las crónicas "como un ángel" que contaba con solo 17 años. Su ingreso en el convento supuso la recuperación de la vida contemplativa en unos tiempos de crisis, en los que la decadencia económica llegó a afectar la vida diaria de las comunidades de monjas. Su vida en la clausura se caracterizó por su austeridad, su humildad, sus mortificaciones y su acentuado misticismo. Orientada por el padre Torres Padilla, fueron numerosas las apariciones milagrosas que llegó a vivir, en la línea de las grandes místicas del siglo de oro, siendo también llamativas sus continuas penitencias espirituales y físicas (conserva la comunidad su túnica de lana con cilicios o sus duras disciplinas). De carácter enfermizo pero con eterna alegría, sufrió el traslado forzoso a San Clemente en 1868, monasterio en el que su multiplicó su fama de santidad y donde destacó su atención en la enfermería del monasterio. Probablemente contagiada de tifus por una enferma, falleció a la temprana edad de 30 años, permaneciendo su cuerpo incorrupto durante días en el monasterio que las acogía, donde se acumularon numerosos devotos para darle su último adiós. Su cuerpo fue definitivamente trasladado al coro bajo de la iglesia dominica el 16 de noviembre de 1877, tras la recuperación del edificio por la comunidad dominica. A pesar del tiempo transcurrido, sus restos no dieron muestra alguna de descomposición en el traslado de su féretro, volviendo a ser expuesta durante unos días antes de su descanso definitivo junto a la reja del coro bajo. Sus escritos y su fama de santidad la colocan como una de las grandes religiosas que dio la ciudad en el siglo XIX, estando en la actualidad en proceso de canonización.
   De forma provisional está situado en el suelo del coro bajo el Crucificado de Jerónimo Hernández que formaba parte del retablo mayor, a la espera de una restauración de una imponente obra que debió realizar el artista castellano hacia 1573.

   En el piso superior, el coro alto presenta menor interés artistico, estando presidido por una imagen de la Virgen del Rosario de candelero, pieza del siglo XVI que se acompaña por un San José con el Niño de comienzos del siglo XVII. Muy interesante es la imagen de un Resucitado que se sitúa en una pequeña sala que funciona como antecoro, imagen de Jerónimo Hernández que formó parte del retablo mayor original de la iglesia, situándose en la elevada zona del ático. Esto puede explicar las imperfecciones de su acabado, a lo que habría que añadir la policromía que mantiene, muy posterior a la cronología original de la talla. En el acceso al coro superior, en una pequeña estancia con algunas piezas menores de escultura, se conserva la imagen de la Magdalena que formaba parte del ático del retablo mayor y que fue descendida junto a la imagen del Crucificado. La otra gran pieza escultórica de la clausura es una imagen de la Virgen con el Niño situada en el antecoro bajo, de origen gótico y atribuida generalmente a la plástica de Lorenzo Mercadante de Bretaña, aunque su rica policromía corresponde a época barroca.
   La pérdida de terrenos en el siglo XIX explica la modesta extensión del interior conventual, estructurado fundamentalmente en torno a un claustro cuadrangular, adintelado, con columnas de mármol sobre pedestales y con vigas de madera en sus dos pisos. Es un ejemplo de patio doméstico del siglo XIX que no sigue los habituales modelos monumentales de otros conventos y en cuyos frentes se sitúan las celdas de las monjas, el refectorio y el acceso a los locutorios. También cuenta la clausura con un patio jardín de la segunda mitad del siglo XVI con varias galerías desiguales, mezclándose los arcos de medio punto, los arcos carpaneles y las galerías adinteladas en el último piso.

   Este monasterio hace dulces desde hace relativamente poco tiempo, pues antes se dedicaban a la confección de flores de flamenca y trabajos bancarios. En sencillas cajas con la inconfundible marca de "La Hija de la Giralda" destacan sus naranjitos sevillanos, los almendrados de chocolate, las delicias de almendra, las tradicionales magdalenas, los llamados bocaditos árabes, los cordiales, las perrunillas, los bocaditos de almendra o la excelente gallina de leche, torta a caballo entre la técula extremeña y la tarta de Santiago. El título de bienmesabe que se da a una de sus elaboraciones podría aplicarse no solo a sus dulces sino a la degustación de todo el tesoro patrimonial y devocional que ha conservado a lo largo de los siglos, a pesar de las calamidades vividas, la comunidad de dominicas de la calle San José (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     Iglesia de planta rectangular de  una  sola nave con capilla mayor cuadrada. La nave  se cubre con una espléndida armadura mudéjar de cinco paños y la cabecera con otra ochavada sobre trompas. Esta fue ejecutada por Francisco Ramírez, Alonso Ruiz y Alonso Castillo en 1564. A los pies de la nave se sitúan dos coros, uno alto y otro bajo. En el muro derecho se abrió hacia 1570 la capilla del Correo Mayor de Sevilla. Es de planta cuadrada, decorándose con yeserías de temas eucarísticos.
     La portada de la iglesia se encuentra en el muro izquierdo. Está labrada en piedra y es de forma adintelada. En el friso figuran los escudos de la orden dominica y en el ático aparecen relieves en piedra de la Virgen del Rosario y Santo Domingo, y del Padre Eterno que fueron esculpidos por Juan de Oviedo hacia 1590. La construcción del edificio data de principios del XVI, habiéndose concluido en los años finales del mismo siglo.
     El retablo mayor es obra de Francisco de Barahona, quien lo ejecutó entre 1700 y 1704. El dorado fue obra de José López Chico en 1705. Este conjunto vino a sustituir a otro anterior que Jerónimo Hernández llevó a cabo entre 1570 y 1573, del cual se conservan, integradas en el nuevo retablo, algunas figuras. Éstas son la Virgen del Rosario, que aparece en la hornacina central, el relieve de la última Cena y las figuras del Calvario en el ático. Del mismo conjunto, y por lo tanto de Jerónimo Hernández, son las imágenes orantes de Santa Catalina y Santo Domingo, del coro bajo, y el Resucitado, muy restaurado, del antecoro alto. El resto de las esculturas que aparecen en el actual retablo son de la misma época de su ejecución. A ambos lados del presbiterio se encuentran las esculturas yacentes en mármol de Doña Juana de Zúñiga y de Doña Catalina Cortés, mujer e hija de Hernán Cortés, labradas en 1590 por Juan de Oviedo y Miguel Adán. En los muros del presbi­terio se hallan lienzos de Santo Domingo en Soriano, del primer tercio del XVII, obra de Juan del Castillo y la Predicación de San Vicente Ferrer de finales de ese mismo siglo.
     En el muro izquierdo de la nave hay un retablo­ hornacina de madera policromada dedicado a San Juan Evangelista, cuya escultura aparece en la hornacina central. En los laterales y en el exte­rior se desarrollan escenas de la vida de ese santo y del Apocalipsis. Es obra de Miguel Adán, de hacia 1580. Por la parte inferior corre un zócalo de azulejos con temas apocalípticos, de finales del siglo XVI. A continuación se encuentra un retablo fechado en 1620 con pinturas sobre tabla, siendo la central, que representa el Entierro de Cristo, obra de escuela flamenca de hacia 1525. A ambos lados hay cuatro pequeñas tablas. Las dos superiores, San Andrés y Santiago, y la Visitación, son obras de Villegas Marmolejo de hacia 1575. Las inferiores son del momento del retablo y representan la Imposición de la casulla a San Ildefonso y el Martirio de Santa Catalina. El cancel de la puerta principal es obra tallada por Manuel de la Barrera en 1755.
     Al inicio del muro derecho vemos un retablo de estructura similar al del Evangelista, dedicado a San Juan Bautista, con escultura del santo titu­lar en la hornacina central y relieves de su vida en el resto; es obra de Miguel Adán, de hacia 1580. El zócalo de azulejos que bordea el retablo, de fines del XVI, se atribuye a Roque Hernández. Sobre la puerta que comunica con la sacristía cuelga una pintura del Martirio de San Lorenzo, de mediados del XVII, obra del flamenco Pieter van Lint. A continuación va un retablo de madera policromada, de fines del XVI, que acoge en la hornacina central una escultura de la Virgen del Rosario y, en las calles, relieves con los Misterios del Rosario, los Evangelistas y otros santos. Es obra de Miguel Adán en 1593. Delante del retablo se halla una reja fechada en 1593, y en 1573 se fecha la que cierra la última capilla de la nave. En su interior hay un retablo compuesto por banco, cuerpo y ático, contemporáneo de la reja, con una pintura muy retocada del Calvario en el centro, que puede vincularse con Pedro de Campaña y datarse hacia 1555. El tabernáculo es obra de Juan Bautista Vázquez el Viejo, de hacia 1571. A los pies de la nave, sobre la reja del coro, se sitúa un lienzo de San Juan Bautista firmado y fechado en 1653 por el pintor granadino Pedro Atanasio Bocanegra.
     El coro bajo es una pieza magnífica en el aspecto decorativo, pues se cubre con un artesonado del primer cuarto del XVII. Azulejos pintados y de cuenca de los siglos XVI y XVII ocupan sus zócalos; pinturas murales del XVIII forman la ornamentación del muro de la reja. Hay que destacar también en el coro las esculturas de Santa Catalina y Santo Domingo, de Jerónimo Hernández, realizadas entre 1570 y 1573, una escultura de la Virgen con el Niño de finales del XV, muy restaurada en el XVIII, de Lorenzo Mercadante de Bretaña, y una escultura de la Virgen de Copacabana, de principios del XVII.
     El convento posee algunas piezas de orfebrería de gran calidad. Muy interesante es una cruz relicario de plata dorada, con pie triangular, que se apoya en veneras, y remates en los extremos de sus brazos, compuestos por bolas y pirámides. Es obra sin marca de comienzos del siglo XVII. De delicada ejecución es una arqueta de carey con incrustaciones de plata, de estilo imperio, que se conoce con el nombre de "joyero de Isabel II". Son también obras de calidad dos cálices platerescos, uno de ellos con escenas en relieve que representan el Nacimiento, la Crucifixión y la Resurrección. Las tres escenas van separadas por rosarios de auténticas perlas. Los dos cálices pueden situarse en el tercer cuarto del siglo XVI. De la primera mitad del siglo XIX existe un gran ostensorio de metal plateado, con pelícano en el astil, y en la primera mitad del XVII está datado un rico viril, adornado con piedras preciosas (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     En 1496 Isabel la Católica cede a las religiosas Dominicanas una manzana de casas que fueron confiscadas a los judíos y cuya sinagoga fue transformada en oratorio cristiano. La manzana estaba delimitada por las calles San José, Madre de Dios y la actual Federico Rubio.
     A partir de 1551 comienza la construcción de las dependencias conventuales transformando las primitivas casas; trabajos que se desarrolla a lo largo de varios años.
     La iglesia se concluye en 1572. No se tiene documentación que permita asegurar quién rea­lizó las trazas, pero se sabe que en distintas fases de la construcción la dirigieron los arquitectos Juan de Simancas y Pedro Díaz de Palacios. Es de planta rectangular, de tipo cajón puro, de una sola nave sin capillas laterales y cabecera y con capilla mayor cuadrada, separada de la nave por un gran arco toral.
     La nave se cubre con artesonado mudéjar de cinco paños y la cabecera con otro artesonado ochavado en trompas, ejecutado éste por Francisco Ramírez, Alonso Ruiz y Alonso Castillo en 1564. A los pies de la nave se sitúan dos coros, alto y bajo. El coro bajo se cubre con artesonado de comienzos del siglo XVII y los muros late­rales están revestidos con paños de azulejo liso y de cerámica de los siglos XVI y XVII. La portada, labrada en piedra y de forma adintelada, se abre en el muro izquierdo de la iglesia, con fachada a San José.
     La gran extensión del edificio conventual se redujo considerablemente en 1868 con la ex­claustración de las religiosas. Posteriormente les fue devuelto, pero sensiblemente reducido, destinando el Estado el resto a dependencias públicas. Actualmente, la primitiva manzana conventual la comparten, además del convento, la Escuela de Estudios Empresariales (esquina San José y Federico Rubio) y el colegio de Nuevas Profesiones (actual edificio del CICUS). Por ello, parte de las piezas aún existentes en estos edificios -patios, grandes salas, etc.- pertenecieron al convento, que hoy reduce su clausura a una pequeña extensión construida en torno a dos patios, uno de ellos cuadrado, adintelado con columnas de mármol sobre pedestales de fábrica en sus dos plantas, y el otro, de forma irregular, ajardinado, con galerías desiguales en tres de sus frentes, que data de la segunda mitad del siglo XVI.
     El convento e iglesia ocupan en planta baja. incluyendo patios y jardines, una superficie aproximada a los 2.500 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
     Madre de Dios está situado en uno de los ejes históricos de penetración a la zona más antigua de la ciudad, en el barrio de San Bartolomé.
     El conjunto de edificaciones que constituyen el convento se organizan en torno a tres elementos que son datables en el siglo XVI: la iglesia, un pequeño patio que hace de claustro y otro de mayores dimensiones que sirve de jardín.
     El templo contó con la supervisión de los arquitectos Juan de Simancas y Pedro Díaz de Palacios. Es del tipo de cajón rectangular de nave única, se remata con cabecera cuadrada y coro alto y bajo a los pies, que se emplean también como capítulo al perderse la primitiva sala capitular.
     La portada a la calle San José se debe a Juan de Oviedo (c. 1590) y destaca sobre la sobriedad de la fachada. En su interior sobresalen los magníficos artesonados de la nave, capilla mayor y forjado del coro.
     La clausura gira alrededor de un pequeño patio que hace las veces del claustro perdido, siendo uno de sus lados medianero con el coro de la iglesia. Es de planta cuadrada, adintelado con columnas de mármol sobre pedestales de fábrica en las dos plantas y vigas de madera en la planta baja. Alrededor de él se ubican, entre otras dependencias, el refectorio y el despacho de la abadesa en la planta baja y celdas en la planta alta, además de servir de cementerio de la comunidad, según prescriben sus reglas.
     El otro patio es de planta irregular. Consta de tres galerías a tres alturas en algunos de sus tramos y alrededor de él se distribuyen parte de la antigua nave de dormitorios, la enfermería baja y algunas celdas. Este patio sirve de jardín y es el resto que ha quedado del primitivo huerto. El espesor y los materiales de su cerramiento exterior indican que éste probablemente formaría parte de la antigua cerca interior de la Judería.
     El noviciado ocupa el espacio existente tras el muro de la iglesia paralelo a la fachada, y que se conecta con el resto de dependencias a través de un estrecho pasillo. 
   La fachada del convento la componen la nave de la iglesia, y una crujía edificatoria lineal en la que se sitúa el acceso al convento y las zonas de contacto con el exterior, torno locutorios, puerta reglar y de obras y vivienda del portero. Esta edificación data de finales del siglo pasado y es de un peculiar estilo neogótico-mudéjar.
     El Convento de la Madre de Dios pertenece a la orden dominica. La reina Isabel la Católica otorga en 1496 a las religiosas una manzana completa de casas junto a la parroquia de San Nicolás, en plena judería.
     Las edificaciones sobre las que se funda el convento habían sido requeridas a miembros de la comunidad judía por el Santo Oficio. Significativamente, el primitivo oratorio se ubicará en lo que fue una sinagoga.
     La remodelación del convento se inicia en 1551. La concesión de privilegios por parte de Felipe II hicieron que numerosas aristócratas ingresaran en la orden como por ejemplo la viuda e hijas de Hernán Cortés.
     En 1868 las religiosas fueron exclaustradas, volviendo al convento a finales del siglo XIX aunque para esa fecha el convento había sido ya dividido, alojando algunas de sus estancias entidades públicas. Fueron segregados la huerta, parte de la nave de dormitorios, el claustro, las escaleras principales del convento, el refectorio y el capítulo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
          Al final de Levíes, a la izquierda, está la plaza de las Mercedarias, en las que, además del colegio de estas monjas, se encuentra el con­ vento de las Salesas, de traza reciente. De aquí parte la calle Conde de Ibarra, que lleva de nuevo a San José, pero más arriba, prácticamente enfrente del torno del convento Madre de Dios. Un poco más abajo se encuentra la entrada a la iglesia, única zona visitable. Lo único destacable en la portada son los relieves del Padre Eterno, la Virgen del Rosario y Santo Domingo, debidos al cincel de Juan de Oviedo en 1599. Tiene una sola nave de planta rectangular, separada de la cabe­cera por un gran arco triunfal. Las armaduras son mudéjares y magníficas, plana en la nave y ochavada sobre trompas en la cabecera, con una preciosa lacería en estrella policromada. El retablo mayor, de estilo barroco, presenta dos cuerpos, banco y ático, ensamblado y tallado por Francisco Barahona en 1704, siendo el dorador José López Chico. Preside el con­junto una hornacina con la Virgen del Rosario y, debajo, el relieve de la Santa Cena. Ambas piezas, junto con el Calvario del ático, son obra de Jerónimo Hernández y datan de 1573. A un lado y a otro del presbiterio se ven las estatuas yacentes de doña Juana de Zúñiga, viuda de Hernán Cortés, y de su hija doña Catalina Cortés. Corresponden a sus sepulcros y fueron esculpidas en mármol en 1590 por Juan de Oviedo y Miguel Adán. De este último artista hay en el templo varias obras de mérito. Así, el retablo de San Juan Evangelista, en el lado de la nave correspondiente al evangelio, y el de San Juan Bautista, en el lado de la epístola, los dos de hacia 1580. El retablo de la Virgen del Rosario, en este último lado, lo talló Adán en 1593. Al lado del retablo de San Juan Evangelista hay otro con pinturas sobre tabla. La más llamativa es el Entierro de Cristo, maravilloso trabajo flamenco de hacia 1525. Memo­rable resulta el coro bajo, por los elementos decorativos que lo adornan. Para empezar, el precioso artesonado y el zócalo de azulejos, ambos de principios del siglo XVII. Hay una escultura con la Virgen y el Niño, realizada por Lorenzo Mercadante de Bretaña a finales del siglo XV; otras dos, de Jerónimo Hernández, con las imágenes de Santa Catalina y Santo Domingo, fechadas en 1570 y 1573, y una buena colección de pinturas cubriendo los muros. De éstas, la más interesante es el San Juan Bautista que cuelga en el exterior, sobre la reja, obra del granadino Pedro Atanasio Bocanegra, terminada en 1563 (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
   La primitiva memoria litúrgica de Santa María giraba en torno a su maternidad divina, juntamente con su perpetua virginidad, y en la Iglesia de Roma, antes de la introducción de las cuatro primitivas fiesta marianas orientales (Natividad, Anunciación, Purificación y Asunción), se celebraba el uno de enero, Octava de la Navidad19, a mediados del siglo VI, como Natale sanctae Mariae. Posteriormente pasó a centrarse esta jornada en la Circuncisión del Señor, por influencia galicana, en la segunda mitad del siglo VII, lo que justifica la estación en Sancta Maria ad Martyres (Panteón), referida en el Sacramentario Gregoriano, y el tinte mariano de los textos pese al cambio de conmemoración, rastreable ya en el Gelasiano. No podía ser de otra manera: como reacción ante las grandes herejías cristológicas, que ponían en tela de juicio la maternidad divina, se fue desarrollando, a la par que la teología sobre María, la Virgen Madre, una eucología propia derivada de ella.
   En Occidente, con posterioridad, se empezó a celebrar, por lo menos, a partir del siglo XI, una fiesta particular de la maternidad divina y se extendió en los siglos XIII-XIV. El veintiuno de enero de 1751 Benedicto XIV Lambertini la concedió a Portugal, fijándola en el primer domingo de mayo y componiéndole Oficio y Misa. A partir de aquí se extendió a otros lugares, como Nápoles, Perugia, Toscana, Inglaterra… y a institutos religiosos. En 1914 empezó a celebrarse el once de octubre en vez de el segundo domingo de dicho mes. En 1932 fue extendida para toda la Iglesia Latina para esa fecha esta fiesta de la Maternidad de María por Pío XI Ratti, en conmemoración del XV centenario del Concilio de Éfeso (año 431), en que se definió como dogma dicha verdad teológica.  En la reforma del calendario de 1969 se reubicó en la Octava de Navidad, rescatando esa fiesta mariana de la primitiva liturgia romana. No podemos olvidar, como nos recuerda el Papa Pablo VI Montini en su Marialis Cultus nº 5, que “el tiempo de Navidad constituye una prolongada memoria de la maternidad divina, virginal, salvífica de aquélla cuya virginidad intacta dio a este mundo un Salvador […]” (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de Madre de Dios de la Piedad, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura del Convento de Madre de Dios de la Piedad 
     Jueves (INVIERNO): 09:00 a 13:30 y de 16:00 a 19:00
     Domingos y festivos: Mañanas y tardes antes de la Misa y cierre a su término.

Horario de misas del Convento de Madre de Dios de la Piedad 
     De Lunes a Viernes: 08:00
     Sábados: 09:00
     Domingos y festivos: 10:30

Página web oficial del Convento de Madre de Dios de la Piedad: www.sites.google.com/site/dominicassevillaop/

El Convento de Madre de Dios de la Piedad, al detalle:
Iglesia:
Retablo Mayor
Retablo del Descendimiento
Retablo de la Virgen del Rosario
               Relieve de San Gregorio Magno
               Relieve de San Zacarías, profeta

sábado, 23 de noviembre de 2019

El Convento de San Clemente


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de San Clemente, de Sevilla. 
   Hoy, 23 de noviembre, Memoria de San Clemente I, papa y mártir, tercer sucesor del apóstol San Pedro, que rigió la Iglesia Romana y escribió una espléndida carta a los corintios, para fortalecer entre ellos los vínculos de la paz y la concordia. Hoy se celebra el sepelio de su cuerpo en Roma (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Convento de San Clemente, de Sevilla.
   El Convento de San Clemente [nº 55 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 66 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Reposo, 9; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   Pocas calles tienen un nombre tan apropiado para acoger un monasterio como la antigua calle del reposo de las monjas, acceso a un recinto que fue históricamente superior al tamaño actual, como así demuestran los restos de una antigua casa de acceso que se conservan en la calle Santa Clara. Un convento medieval en un extremo de la antigua ciudad almohade que llegó a funcionar como una pequeña ciudad dentro de la ciudad. San Clemente resume la historia de la ciudad: un antiguo palacio musulmán, la antigua puerta musulmana de Vib-Rangel, la Orden del Císter que reformó a la Iglesia medieval, una fundación repobladora de la Reconquista, la tumba de reinas, madres de reyes y de infantas; el refugio de un don Juan Tenorio, el patrocinio de Felipe II, un rey en cuyos dominios no se ponía el sol; la ciudad donde gobernaba una abadesa con báculo, mitra y anillo; los otros del Barroco repartidos por retablos y cálices, los cuadros y las rejas expoliados por las tropas del mariscal Soult, las dificultades de la desamortización, la acogida a otras monjas que en el siglo XIX sufrieron peor suerte, el refugio de escritores, el lugar de ensayo de toreros, una de las sedes sevillanas de la exposición universal de 1992, la llegada de nuevas vocaciones procedentes de Hispanoamérica, el nuevo esplendor, la sala de exposiciones… Custodiado por los azulejos de San Clemente con su ancla y San Fernando con su espada, un monasterio que compendia la historia y el arte de la ciudad.

   La historiografía tradicional adjudicaba su fundación al mismo San Fernando tras la reconquista de la ciudad en 1248. Precisamente su nombre se debería a la fecha de rendición de la ciudad, el 23 de noviembre de 1248, día de San Clemente, uno de los primeros papas de la historia de la iglesia que fue martirizado y arrojado con un ancla al mar por negarse a adorar a Júpiter. Llegaba así a Sevilla la austera rama femenina del Císter, la orden fundada por San Roberto, San Esteban y San Alberico en el año 1098. Su origen se sitúa en tierras francesas, en torno a la gran abadía de Citeaux, cerca de Dijon, en 1098. El impulsor del nuevo movimiento, Roberto de Molesmes, buscó una vuelta a la absoluta pobreza, el rechazo de los bienes temporales y la valoración del trabajo manual como medio de vida. Para conseguir la conciliación entre oración y trabajo la opción ideal sería la vuelta al monacato primitivo, instalándose en lugares aislados y solitarios. Fue el papa Calixto II en 1120 el que confirmó definitivamente la orden con la aprobación de la Charta Charitatis, iniciándose una espectacular expansión por Europa, que aportaría a la Iglesia personalidades de la talla intelectual de Esteban Harding o Bernardo de Claraval. A la península llegó pronto la nueva orden con fundaciones como Poblet, Huerta o Cardeña, creándose paulatinamente monasterios que irían adquiriendo gran vinculación con la monarquía, siendo especialmente significativo el real monasterio de las Huelgas de Burgos.

   Aunque la documentación conservada nos remite a una posible fundación posterior a la tradicional fecha de 1248, la arqueología sí ha demostrado la existencia de un recinto anterior, el legendario palacio musulmán que estaría ubicado cercano a la puerta de la muralla conocida como Vib-Ragel. Poco se conserva de la primitiva edificación medieval, que tuvo una extensión menor a la actual, aunque parece que la primitiva iglesia original pudo estar situada en el mismo sitio que la actual. La vinculación de la monarquía con las Huelgas de Burgos se mantuvo durante siglos en el monasterio sevillano, ya que contó con la protección directa de numerosos monarcas a lo largo de los siglos. En San Clemente recibirían sepultura doña María de Portugal, viuda de Alfonso XI, en una tumba situada en un lateral del presbiterio; en el coro se enterraron doña Berenguela, hija de Alfonso X y doña Leonor y doña Beatriz, hijas de Enrique II. El monasterio recibió concesiones reales desde tiempos de Alfonso X, renovándose dichas concesiones por Sancho IV, Fernando IV, Alfonso XI, los Reyes Católicos y por los diferentes reyes de la Casa de Austria y la Casa de los Borbones.
   San Clemente conoció importantes reformas en el siglo XVIII, tras el terremoto de Lisboa, y momentos de decadencia tras la invasión francesa. El 22 de julio de 1811 las tropas francesas expulsaron a las monjas y emplearon las dependencias conventuales como cuartel, convirtiendo a la histórica iglesia en un almacén. Las monjas cistercienses fueron acogidas en el cercano convento de franciscanas de Santa Clara. El 7 de octubre de 1812 pudo regresar la comunidad cisterciense, perdiendo el monasterio obras de arte como el lienzo de Francisco Pacheco que representaba a Cristo servido por los ángeles. Durante el siglo XIX la comunidad resistió el proceso desamortizador, ya que el convento no fue suprimido, aunque sí perdió una parte importante de sus posesiones, especialmente las tierras de labor fuera de la ciudad. Quedaron mermadas sus primitivas huertas y desaparecieron las edificaciones que llegaban hasta el arquillo de Santa Clara. Era el último tramo de la actual calle Santa Clara, en su confluencia con la calle Lumbreras, sector que era conocido como calle del Arquillo de San Clemente y que llegó a albergar hasta dieciséis casas y un hospital también llamado de San Clemente.
   En el siglo XX San Clemente sobrevivió a los recortes económicos y se convirtió en lugar y fuente de inspiración de artistas y escritores. Hacia 1914 el pintor Joaquín Sorolla instalaría en el compás un estudio para realizar uno de los grandes lienzos destinados a la Hispanic Society de Nueva York, tomando como modelos a los populares vecinos del compás. También fue motivo de inspiración para los hermanos Álvarez Quintero, que situaron a los porteros del convento y a su compás como telón de fondo de su obra Las calumniadas. En la segunda mitad del siglo, a partir de 1971, intervino el arquitecto Rafael Manzano en la restauración del claustro y de algunas cubiertas. Ya a partir de 1985 se procedió a una restauración integral del edificio con vistas a su empleo como uno de los pabellones de la ciudad en la Exposición Universal de 1992. El proyecto corrió a cargo del arquitecto Fernando Villanueva Sandino y su resultado final fue la puesta en valor de uno de los conjuntos más monumentales de la ciudad. En años posteriores continuó el proceso de restauración de numerosas piezas del patrimonio conventual con el patrocinio de la Fundación el Monte (que usó durante algunos años algunas de sus dependencias como sala expositiva) y el posterior de la Obra Social de Cajasur.
   El acceso actual al conjunto se realiza por la calle Reposo, a través de una portada de comienzos del siglo XVII inspirada en los libros de grabados tardomanieristas de la época, estando coronada por un notable azulejo de San Clemente del siglo XVIII. También se puede acceder al conjunto a través de una portada similar desde la calle Santa Clara, coronada en este caso por un azulejo de San Fernando, del siglo XVIII. Ambas portadas se suelen relacionar con la obra del arquitecto de origen milanés Vermondo Resta, que intervino a comienzos del siglo XVII en diversos edificios sevillanos como los Reales Alcázares, siendo reconstruidas en 1771 en su parte superior por José Álvarez.

   La actual iglesia fue consagrada el 30 de septiembre de 1588, siendo bendecido el templo por el cardenal don Rodrigo de Castro. Se accede a ella por un elegante pórtico construido en 1596 por el maestro carpintero Juan Martín, mostrando un friso neoclásico que debió realizarse en las intervenciones posteriores al terremoto de Lisboa. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por Miguel Ángel Tabales constatan que se edificó sobre la primitiva iglesia medieval, que debió realizarse a finales del siglo XIII. Aunque no conste oficialmente, se ha apuntado la posible dirección de las obras por parte de Pedro Díaz Palacios, maestro mayor de obras de la Catedral. Analogías estructurales con las iglesias conventuales del convento de franciscanas de Santa María de Jesús o del convento de dominicas de Madre de Dios, donde intervino el citado arquitecto, permiten darle la autoría de la fábrica de San Clemente. El templo presenta una única nave con planta de cajón. De gran profundidad, tanto en planta como en alzado, se estructura en una sola nave cubierta con excelente artesonado de madera de cinco paños, probablemente realizado por los mismos artífices que el refectorio de la Cartuja, Diego de Cerezo y Lucas de Cárdenas. Sobre el presbiterio aparece una cúpula semiesférica tras un gran arco toral que sirve de transición entre ambos espacios. La bóveda, pechinas y muros se hallan decorados con pinturas al temple, imitando una decoración de yeserías, con motivos geométricos, vegetales y figurativos, especialmente escudos de órdenes militares. En las pechinas aparecen los Evangelistas. En el estreno de la iglesia la decoración pictórica correspondió al portugués Vasco Pereira, que firmaba el pago de “una pintura que hizo en la capilla mayor de los cuatro evangelistas, del renuevo que hizo en el retablo grande del altar mayor, de la hechura y pintura del Cristo de bulto que está encima del antepecho del coro alto y de la pintura de las armas que están pintadas en el altar de la reina”. Todas estas pinturas fueron posteriormente renovadas por Valdés Leal, Lucas Valdés y, las correspondientes a los muros de la iglesia, por Francisco Miguel Jiménez.
   Aunque en la última reforma la comunidad trasladó el rezo de las horas a una nueva sillería junto al presbiterio, arquitectónicamente sigue manteniendo el coro a los pies de la iglesia, cerrado por una austera reja. Sobre ésta se sitúa una pintura mural (aunque enmarcada por una rica talla de madera) realizada por Valdés Leal en 1682; representa a San Fernando presidiendo la solemne procesión de la Virgen de los Reyes en la Sevilla recién reconquistada. Son perceptibles diversas órdenes religiosas que conforman el cortejo, una estampa del proceso repoblador de la ciudad por órdenes militares y religiosas. La obra es un ejemplo de la vinculación del pintor con el monasterio, ya que su hija María profesó como monja. El pago de la dote incluyó la decoración pictórica del templo. Al morir Valdés Leal su labor fue culminada por su hijo Lucas Valdés, que concluyó las pinturas murales del presbiterio. El resto de la compleja decoración de los muros laterales muestra un programa de glorificación de la Orden del Císter, con numerosos santos y reinas relacionados con la orden y un estilo y técnica atribuibles a Francisco Miguel Ximénez, hacia 1770.
   El retablo mayor es pieza fundamental del siglo XVII, cronistas del mismo siglo como Ortiz de Zúñiga lo catalogaron ya como “de los más admirables de Sevilla”. Tiene una larga historia que comienza en 1624 cuando la comunidad decide sustituir el retablo anterior y acude al afamado Juan Martínez Montañés para la realización de una nueva obra. Problemas en los pagos motivaron un complicado pleito que acabó con la renuncia del maestro a la realización del retablo al año siguiente, rescindiéndose el contrato en septiembre de 1625. En 1639 la abadesa del convento, Ana de Santillán y la priora, Juana de León, firmaron un documento solicitando la autorización para retirar el viejo retablo, firmaron un documento solicitando la autorización para retirar el viejo retablo, que por su mal estado llegaba a ser peligroso para la integridad de la comunidad. Tras la experiencia frustrada de Montañés y la salida de Alonso Cano de la ciudad, el mejor retablista de Sevilla era Felipe de Ribas, con quien las monjas entablarán contacto en breve plazo de tiempo. Era una oportunidad que el artista no podía desaprovechar por lo que el 12 de marzo de 1639 firma, junto a Gaspar de Ribas, un meticuloso contrato en el que se estipulan de forma pormenorizada las condiciones de realización de la obra.

   Los dos autores realizarían la obra en borne y cedro, según estipulaba el contrato, concluyéndose al final de la década de 1640. La policromía y dorado son de Valdés Leal y fueron realizadas en fecha más tardía (hacia 1680), en una obra que rompe el planismo de los retablos realizados hasta la fecha e inicia una nueva concepción escenográfica plenamente barroca. A este pintor se atribuye la interesante iconografía de Cristo como fuente de vida que aparece en la puerta del Sagrario. La magna obra se estructura en un banco, dos cuerpos con tres calles y ático. Destacan, sobre todas, las esculturas de la calle central que nos muestran a San Clemente con el ancla como símbolo de su martirio (fue arrojado al mar con un ancla al cuello).  La Inmaculada y un excepcional Crucificado. En los laterales del primer cuerpo aparecen San Benito de Nursia (de negro), como creador del monacato occidental, y San Bernardo (de blanco), como el gran reformador medieval de ese monacato. El segundo cuerpo recoge las tallas de San Hermenegildo (con un hacha que recuerda su martirio) y San Fernando (vestido según la estampa de Bernardo del Toro que se anticiparía a la iconografía de su posterior canonización), como símbolos de la vinculación del monasterio con la monarquía y Sevilla. El retablo se estructura siguiendo el canon tardorrenacentista, empleándose columnas pareadas, decoración de cartones recortados en sus fustes y ángeles en los frontones que barroquizan la estructura original. En la zona del presbiterio aparece el enterramiento de doña María de Portugal, esposa de Alfonso XI y algunos restos de las primitivas pinturas de Vasco Pereira (siglo XVI) que decoraron inicialmente la iglesia. Hasta hace algunos años era costumbre la colocación sobre el féretro de un cojín, un cetro y una corona como símbolos del enterramiento real.
   En el muro izquierdo, el retablo de la Virgen de los Reyes es obra de mediados del XVII, cercana al taller de los Ribas. La escultura de la Virgen es una imagen fernandina de mediados del siglo XIII, aunque el Niño Jesús es del siglo XVIII. A los lados aparecen dos esculturas de San Francisco de Asís (fundador de los franciscanos) y San Esteban Harding (uno de los artífices de la reforma cisterciense), coetáneos del retablo. En la restauración de la iglesia se comprobó que tras esta estructura se conservan unas pinturas murales con una alegoría de la Inmaculada que se aparece a los Reyes de Israel, posiblemente las originales de Pereira. El siguiente es un retablo dedicado a una excelente talla de la Virgen de los Dolores, de cierto aire castellano, que, al igual que el retablo, se podría fechar en el siglo XVIII. A los lados aparecen dos bustos relicarios de comienzos del siglo XVII, estando coronada por un San Juan Evangelista escribiendo el Apocalipsis en la isla de Patmos, que podría  estar reaprovechado de un retablo anterior. A los pies del muro aparece un retablo dedicado a San Fernando que podemos fechar en la década de 1670. De esta fecha serían las pinturas y la escultura del titular, que es atribuible al taller de Pedro Roldán. Es probablemente una obra realizada con motivo de la canonización del rey en 1674, ya que estaba representado con anterioridad en el retablo mayor de la iglesia.

   En el muro derecho, el retablo más cercano a la capilla mayor es el dedicado a San Juan Bautista. Arquitectónicamente se estructura en torno a un arcosolio que cobija una estructura de banco, piso principal y ático, estando dividido en tres calles y siguiendo las formas de los grandes tratadistas italianos como Sebastián Serlio y Leon Batista Alberti. Este retablo fue encargado en 1605 a Gaspar Núñez Delgado que realizó los relieves que representan escenas del santo del primer cuerpo, el Nacimiento del Bautista y la Visitación, así como la escultura de bulto redondo del titular, obra maestra de su autor. En 1610 interviene Francisco de Ocampo, que completó la decoración, terminando con un relieve de más profundidad las escenas superiores que representan el Bautismo de Jesús al centro y la predicación y la degollación del Bautista en las dos escenas laterales. La policromía de las tablas del retablo correspondió a Francisco Pacheco en 1613, con escenas que representan a los Evangelistas y a los cuatro Padres de la Iglesia: San Agustín, San Jerónimo, San Gregorio y San Ambrosio. En los laterales, el mismo autor representó a los profetas del Antiguo Testamento, Malaquías, Davíd, Isaías y Elías. Junto a la puerta de acceso al coro, el retablo de Santa Gertrudis, la monja que anticipó la devoción al Corazón de Jesús, es obra de fines del XVII. La pintura de la titular es obra atribuible a Lucas Valdés, apareciendo a sus pies una imagen de Cristo Yacente dentro de una urna, obra del siglo XVII. Toda la iglesia se halla decorada por un espectacular zócalo de azulejos del siglo XVI (aparece la fecha de 1588 en algunos de ellos) con motivos de grutescos, santos, profetas, puttis, decoración floral y puntas de diamante. Se suele atribuir a Cristóbal de Augusta, autor de los azulejos del llamado palacio cristiano en los Reales Alcázares, aunque también se apunta la participación de su suegro Roque Hernández. La visita a la iglesia es recomendable en algunas de las horas litúrgicas en las que se permite el acceso (rezo de completas, al atardecer), en las celebraciones especiales (Corpus, día de San Clemente, Triduo Sacramental) y, sobre todo, durante la novena a Santa Gertrudis, en noviembre, momento para contemplar el espectacular altar efímero que se instala, resumen vivo de la estética conventual sevillana.
   A los pies de la iglesia, a ambos lados de la pintura mural de San Fernando, se encuentran las puertas de acceso al coro, enmarcadas por yeserías arquitectónicas de comienzos del siglo XVII. La puerta lateral derecha es el antiguo comulgatorio, lugar por donde las monjas recibían la comunión antes de la reforma litúrgica que trasladó el coro a la zona del presbiterio. Presenta un suntuoso recargamiento decorativo de estilo rococó, con una hornacina donde aparecen pintadas una Inmaculada y un Niño Jesús, obras anónimas del siglo XVIII. La puerta derecha permite acceder al coro bajo, amplia estancia rectangular con numerosos retablos barrocos de diversa factura. Destaca uno de mediados del siglo XVII con pinturas que representan la Visitación, el Nacimiento de San Juan, el Bautismo de Cristo y las cabezas cortadas de San Pablo y de San Juan Bautista, pinturas que se suelen atribuir a Lucas Valdés, hijo de Juan de Valdés Leal. De la primera mitad del siglo XVII es un retablo que acoge a la Virgen de la Esperanza. Otro retablo del siglo XVIII está presidido por una imagen de San José con el Niño y tiene alrededor pinturas que representan a Santa Matilde, Santa Umbelina, Santa Escolástica, Santa Lutgarda y Santa Ana enseñando a leer a la Virgen. Del siglo XVII, pero policromado en época neoclásica, es un retablo dedicado a San Fernando y a Santiago Apóstol. Llama la atención la duplicidad de advocaciones representadas en la iglesia y al mismo tiempo en el coro, explica por sí misma la tajante separación que antaño existía entre la zona pública y la clausura conventual. El órgano es obra neoclásica de comienzos del siglo XIX, realizado por el maestro Otín Calvete. En el coro cuelga una pieza excepcional de la orfebrería sevillana, una lámpara de bronce adornada con elementos vegetales y geométricos  unos esmaltes con los escudos de los Guzmán. Datable hacia 1400, se suele identificar como una donación de doña Beatriz de Castilla, la viuda del conde de Niebla que fue monja en el convento en cuyo coro fue enterrada en 1409.

   El monasterio se organiza en torno al gran claustro principal, obra realizada a partir de 1615 según el diseño de Diego López Bueno, maestro mayor de Fábricas del Arzobispado que dirigiría las obras, y de Miguel de Zumárraga, maestro mayor de obras de la Catedral. También intervino posteriormente en su ejecución, como maestro alarife, Juan de Segarra, a quien tradicionalmente se había atribuido su ejecución. Es un gran claustro cuadrado (no perfecto en sus medidas) que se realizó sobre el antiguo claustro mudéjar, teoría que quedó confirmada con las últimas excavaciones arqueológicas. Sus frentes, de aproximadamente 25 metros de largo, presentan dos pisos, con siete artos en cada frente que descansan en elegantes columnas pareadas, solución poco habitual en los conventos sevillanos (presenta esta tipología el claustro de la Casa Grande la Merced). Los arcos del piso inferior son semicirculares y los del piso inferior carpaneles, siendo las columnas de orden toscano y sosteniendo cimacios con ménsulas gallonadas. Ésta es una solución que también empleó Diego López Bueno en el claustro de Santa Paula. Una de las galerías altas del claustro está cerrada, es el fruto de la intervención del siglo XVIII realizada por el arquitecto neoclásico José Álvarez. Una actuación importante en el claustro se realizó tras la inundación que afectó al edificio en 1626, cuando el cercano Guadalquivir acabó anegando el monasterio. Las obras conllevaron la elevación del jardín central, la colocación de una fuente y el revestimiento de las paredes del claustro por un zócalo de azulejos, obras que se comenzaron siendo abadesa doña Petronila de Sandi  que se terminaron bajo la dirección del monasterio por doña Brianda de Guzmán.  Tuvo el claustro, por tanto, un revestimiento de azulejos perfectamente documentado compuesto por más de nueve mil piezas. Fueron realizadas por Benito de Valladares entre 1627 y 1628, siendo expoliados casi en su totalidad con la ocupación de las tropas francesas en el siglo XIX. En las cuatro esquinas del claustro se abren cuatro retablos-hornacinas dedicadas al Nacimiento, la Dolorosa, la Piedad y los Desposorios Místicos de Santa Catalina. Desde el claustro se puede contemplar una de las mejores vistas de la espadaña marienista del monasterio, con una estructura de arcos y dinteles inspirado en Sebastián Serlio y Andrea Palladio que se hizo muy popular entre los conventos sevillanos del siglo XVII. Fue diseñada por Diego López Bueno y por Miguel de Zumárraga.
   Entre las dependencias que se abren al claustro destaca el refectorio, notable estancia rectangular reformada a comienzos del siglo XVII. Estuvo presidida desde ese siglo por el lienzo que representaba a Cristo servido por los ángeles, de Francisco Pacheco, lienzo de notables proporciones que fue expoliado por los franceses y que hoy se conserva en el museo Goya de Castres, en Francia. La estancia tuvo diversas reformas a lo largo de su historia, siendo destacable la de 1729, en la que se le abrieron unos óculos en uno de sus frentes para mejorar su iluminación. Su aspecto actual debe corresponder a la intervención de Diego Antonio Díaz entre 1730-40. En esa época se debieron realizar los retablos que la presiden en la actualidad, que representan al jesuita San Estanislao de Kostka y a San José con el Niño, ambas atribuidas al pintor Domingo Martínez y relacionables con el retablo pictórico de la sala de ordenación del convento de Santa María de Jesús. En un lateral se mantiene el púlpito desde el que una monja lee textos sagrados durante las comidas en comunidad.

   Contiguo al claustro principal se sitúa el llamado patio grande o claustro de la Abadesa, que fue el centro del monasterio original. Su aspecto actual es el fruto de numerosas intervenciones entre los siglos XV y XVIII, siendo de planta trapezoidal. Del siglo XVI son las columnas genovesas de su piso bajo, con curiosos capiteles de castañuelas. La planta alta parece del siglo XVII y sigue modelos de Diego López Bueno. La otra estancia de interés es el llamado patio angosto, obra fundamentalmente del siglo XVI, estancia que se sitúa entre las galerías de los antiguos dormitorios y el ala sur del claustro principal. Vuelve a tener capiteles de castañuelas en sus columnas, configurándose definitivamente entre 1627-28, época en la que se hicieron nuevas arquerías y se colocaron azulejos con cabezas de querubines de Benito de Valladares cuyas reproducciones venden las monjas en la actualidad en el torno. Con este patio comunicaba la iglesia primitiva cuya hermosa portada, de ladrillos bícromos gótico-mudéjares, se conserva todavía. 

   Del amplio patrimonio que todavía conserva el monasterio se podrían destacar numerosas piezas escultóricas como un San Juan y una imagen de la Virgen con el Niño atribuidos a Montañés, la Virgen de Belén, pieza en alabastro de comienzos del siglo XVI, y diversas imágenes del Niño Jesús o de diversos santos. A pesar de los expolios, todavía conserva la comunidad lienzos de interés como el que representa los Desposorios místicos de Santa Catalina, San Fernando con los maceros (siglo XVI), las cabezas de San Pablo y San Juan atribuidas a Sebastián de Llanos Valdés (siglo XVII), la Piedad atribuida a Meneses Osorio o diversos lienzos cercanos al estilo de Domingo Martínez. En la notable colección de orfebrería destaca por su originalidad el llamado salero de San Fernando, copón medieval de formas góticas que presenta escenas relacionadas con la leyenda de San Jorge. Excepcional es el archivo del monasterio, perfectamente catalogado, que acoge documentos de gran interés desde la fundación del monasterio en el siglo XIII.
   Desde el siglo XIII, la comunidad de monjas más cercana al río Guadalquivir comienza su jornada mucho antes de la salida del sol, al son de la campana comunitaria. Las monjas comienzan a las 5.15 h y, tras un tiempo para el estudio, llega el momento de la eucaristía a las 8.00 h (los festivos, la misa se celebra a las 10 de la mañana). Todo el Oficio Divino –invocación inicial, himno, antífonas, salmos, verso, lectura de las Sagradas Escrituras- se realiza cantado. En los domingos y festividades solemnes es especialmente hermoso la interpretación en gregoriano. Tras el desayuno sigue un tiempo de oración personal y otro de rezo comunitario, ya que a las diez menos cuarto se rezará tercia. En una perfecta adecuación a la regla benedictina, el ora es seguido por el labora, el gran principio que San Benito ofreció al monacato cristiano. El Císter, como movimiento monástico benedictino, ha seguido estos principios y la comunidad de San Clemente es un ejemplo. Sus religiosas laboran, trabajan para procurarse lo necesario para su propio sustento. Las monjas elaboran dulces y mermeladas con productos de la huerta del monasterio, realizando también tareas administrativas de ordenación de cartas y documentación bancaria. Entre los dulces conventuales destacan los cortadillos especiales, los pestiños de miel, las piñonadas, las llamadas dulzuras clementinas o las pastas de almendra. En época navideña están disponibles los llamados corazones de Santa Gertrudis, una original tarta de almendra en forma de corazón o las llamadas dulzuras de Navidad, caja surtida. Recomendable es el llamado bizcocho cisterciense, done el escudo de la orden se transforma en azúcar sobre fondo de bizcocho. Además, las monjas elaboran mermeladas de naranja (dulce o amarga), limón o miel de la sierra.
   Tras el tiempo de trabajo llegará el rezo de la hora sexta a las 13.15 h. Le sigue un breve examen de conciencia personal y el rezo del ángelus. Después, 13.30 h, es el momento del almuerzo en comunidad, en el refectorio, que se lleva a cabo en silencio, mientras se escucha la palabra de Dios que leerá una monja desde el púlpito del refectorio. También se podrán leer diversos artículos sobre la actualidad del mundo y de la Iglesia. El rezo de nona, a las 15.15, la quinta de las horas canónicas, pone fin a este periodo de oración.
    Por las tardes se combinará de nuevo el trabajo, el estudio y la oración. Tras un tiempo de compartir fraterno trabajo cotidiano y estudio, a las 18.00 h comienza el último tiempo de rezo del día, iniciado con el canto de vísperas, al que le siguen treinta minutos de oración personal y la cena. La intensa jornada acaba con la última de las horas litúrgicas, completas, y con el canto de la salve cisterciense en honor de la Santísima Virgen. “Muéstrame Señor propicio, protégenos mientras dormimos”. Es el cántico que realizan las monjas antes de pasar de forma individual ante la abadesa del monasterio, que las despide y bendice en el último acto comunitario de la jornada. A las 21.00 el día concluye y se inicia el descanso. Silencio mayor en San Clemente. La calle hace honor a su nombre. Se inicia el reposo de las monjas (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     Escasos restos guarda la iglesia de este monaste­rio, pertenecientes a la época de su primitiva fundación por Alfonso X el Sabio, puesto que en el siglo XVI y en el XVIII profundas reformas hicieron perder al templo su fisonomía primitiva. Un pórtico del siglo XVII, reformado en época de Carlos III, da acceso al templo por el muro lateral derecho. El interior es de una sola nave, que se cubre con una magnífica techum­bre mudéjar de mediados del siglo XVI. La parte inferior de los muros está revestida de un zócalo de azulejería, obra de finales del siglo XVI atribuida a Roque Hernández. Pinturas murales recubren las paredes de la iglesia apareciendo en ellos figuraciones de santos de la orden cisterciense. Estas pinturas están atribuidas a Miguel Francisco Ximénez. La capilla mayor de esta iglesia se cubre con bóveda semiesférica que descansa sobre pechinas. En ella se alberga el magnífico retablo mayor realizado por Felipe de Ribas, entre 1639 y 1647. Su estructura arquitectónica presenta dos cuerpos y un ático, articulándose en vertical con columnas corintias pareadas. En las hornacinas de este retablo, aparecen esculturas de San Clemente, en la principal, flanqueado por San Benito y San Bernardo. En el segundo cuerpo figura en el centro la Inmaculada Concepción y a sus lados San Fernando y San Hermenegildo; un Calvario remata todo el conjunto. En la policromía del retablo intervino Juan de Valdés Leal.
     En los muros laterales del presbiterio aparece una decoración de carácter geométrico y vegetal, que fue realizada por Lucas Valdés en 1689 después de la muerte de su padre Juan de Valdés Leal. Igualmente son obras de Lucas Valdés, documentadas en el año citado e impresionadas por su padre, las cuatro grandes pinturas que figuran en la parte alta de estos muros laterales del presbiterio, en algunas de las cuales se representan episodios de la vida de San Clemente.
     A los pies de la Iglesia y sobre el muro del coro, aparece una pintura mural realizada por Valdés Leal que representa la entrada de San Fernando en Sevilla, obra que puede fecharse hacia 1683. Interesantes por su traza son las dos puertas que comunican el coro con la iglesia, que por su estilo pueden datarse en  el primer cuarto del siglo XVII.
     A los pies del muro izquierdo de la iglesia, aparece un retablo fechable hacia 1670, con pinturas coetáneas que narran episodios de la vida de San Fernando; una escultura de este santo figu­ra en la hornacina central. Aparece a continuación un retablo de hacia 1780 con una escultura de la Virgen de los Dolores y dos bustos relicarios del primer cuarto del siglo XVII.
     Mayor interés tiene el retablo de la Virgen de los Reyes, fechable a mediados del siglo XVII, y presidido por una imagen de vestir de la titular, del siglo XIII. El Niño fue tallado en el siglo XVIII. A los lados de la Virgen de los Reyes, aparecen esculturas de San Francisco de Asís y San Francisco Solano. En el intradós del arco figuran pinturas con ángeles que portan atributos de las letanías. Junto al presbiterio se abre una hornacina que alberga el modesto sepulcro de la Reina Dª María de Portugal, que había sido esposa de Alfonso XI y madre de D. Pedro I el Cruel.
     En el muro derecho de la nave y comenzando desde el presbiterio, figura en primer lugar un buen retablo, construido en 1606 y reformado en 1610 por Francisco de Ocampo. La magnífica escultura que representa a San Juan Bautista y que preside el retablo es obra de Gaspar Núñez Delgado, al igual que los relieves que figuran en el mismo, que tratan los temas de la Visitación, la Predicación de San Juan Bautista, el Bautismo de Cristo y el Nacimiento de San Juan Bautista. El conjunto de pinturas de este retablo fue realizado por Francisco Pacheco, quien firma una de ellas, en 1613. Sus temas son los profetas Malaquías, David, Isaías, Elías, los Evangelistas y los Cuatro Padres de la Iglesia.
     Al final de esta nave se dispone un retablo de finales del siglo XVII modificado en el XVIII, que está presidido por una pintura de Santa Gertrudis, de buena calidad, que presenta características propias del estilo de Lucas Valdés. En el banco del retablo figura un Cristo yacente en una urna del siglo XVII.
     Muy rica es la orfebrería del convento. Como obra excepcional hay que destacar un copón de plata dorada, en forma de mitra episcopal, que se apoya sobre tres patas de león. El cuerpo de la vasija va tallado, cincelado y decorado con esmal­tes, representándose a Daniel en la fosa de los leones, San Jorge luchando con el dragón y una figura femenina. En la tapa aparecen figuras femeninas y masculinas coronadas y en el interior una M coronada en esmalte. Parece obra del siglo XIV que algunos autores han atribuido a una donación de María de Portugal, muerta en 1357 y enterrada en el templo. También de estilo gótico, pero  un siglo posterior, es un cáliz con representación del Calvario y temas de flor de lis. Bellísimas son las piezas renacentistas representadas por un cáliz del segundo tercio del siglo XVI y un excepcional copón con relieves de los Evangelistas en la peana y figuras de Hermes rodeando la copa. Se remata por un templete circular sostenido por columnas y, vinculado a la escuela de Alfaro, puede fecharse en el último tercio del siglo XVI. Obra muy interesante por su rareza es una lámpara de bronce y latón que se halla en el coro, formada por astil con esferas y cabeza piramidal calada, donde aparecen arcos de herradura. El plato lleva una decoración de lacería y ataurique con escudos esmaltados de los Guzmán. Algunos investigadores la han situado a principios del siglo XV, mientras otros consideran que es una bandeja mameluca adaptada a lámpara y fechable un siglo antes. Digno de men­ción es un ostensorio neoclásico de la primera mitad del XIX cuyo astil está formado por una figura femenina sobre la que van dos corazones, adornándose el viril con perlas y piedras precio­sas. Esta lleva la marca de Guerrero, y la peana, las de Palomino, Flores y Sevilla. Finalmente hemos de mencionar una gran custodia procesional formada por dos cuerpos y adornada con esculturas de los Evangelistas, la Inmaculada y la imagen de la Fe. Es obra neoclásica del siglo XIX (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El convento se enclava en el extremo noroeste de la manzana definida por las calles Torneo, Calatrava, Reposo, Yuste, Santa Clara, Arte de la Seda, Lumbreras, aunque en el pasado seguramente ocupara toda la manzana.
     Un primer examen de sus plantas nos sorprende por su falta de tipicidad en comparación con la de otros conventos cistercienses, y es que la distribución se encuentra aquí muy mediatizada por la superposición de actuaciones en los distintos períodos históricos y la acumulación de permanencias.
      El monasterio posee dos compases, uno con entrada desde la calle Reposo y la calle Santa Clara, donde también existe otra puerta que da acceso al segundo compás. El primero nos introduce en la iglesia y en el espacio dedicado anteriormente a huertas, y el segundo da paso al torno y a la puerta seglar.
     Sus dependencias se estructuran en torno a dos zonas presididas una por el claustro principal, que es la que posee una estructura más clara, y otra por el compás de la calle Santa Clara, que posee una estructura más confusa y edificaciones con un carácter menos unitario.
     De lo que parece que fue huerta en los últimos momentos de esplendor del monasterio (siglos XVII- XVIII) queda sólo un pequeño espacio libre en la esquina de las calles Torneo y Calatrava.
     Alrededor del claustro principal se sitúan las dependencias más significativas: iglesia y refectorio, una muy poco importante y marginal sala capitular y los dormitorios, todo ello edificado en dos plantas.
Su planta es casi cuadrada, con dos alturas y arquerías de columnas pareadas, abajo de medio punto y arriba de arcos carpaneles en tres de sus frentes; el cuarto es ciego con balconeras entre pilastras. En la construcción del mismo intervienen Diego López Bueno y Miguel de Zumárraga a partir de 1617, finalizándose su construcción en 1632.
     La iglesia se sitúa en el lado este del patio y se orienta en sentido norte-sur. Es de una sola nave, un gran arco toral que descansa sobre dos columnas dóricas empotradas en los muros da paso al presbiterio, y los coros, bajo y alto, se sitúan a los pies. Delante de la misma existe un atrio, fechable hacia 1615, formado por arcos sobre columnas de mármol.
     La nave se cubre con un magnífico techo de alfarje de cinco paños que se puede fechar en torno a los años de culminación de la iglesia y es uno de los más interesantes de la carpintería sevillana de la segunda mitad del siglo XVI, el presbiterio con cúpula de media naranja y el coro bajo por un artesonado a base de casetones serlianos con decoración de temas vegetales, de principios del siglo XVII. En cuanto a la decoración, toda la nave tiene un zócalo de azulejos del siglo XVI, y el coro bajo unas vidrieras de principios del XVIII de Antonio de la Fuente.
     El norte se ocupa con el sobrio refectorio, tras él, la cocina y los restos de la huerta conventual. El ala sur incorpora la sala capitular, la entrada al coro bajo y el llamado "patio angosto". Tras ellos se sitúa la soberbia nave de los dormitorios antiguos y el "patio de la abadesa".
     Entre el coro y la nave de dormitorios encontramos el más antiguo de los patios del monasterio; el "patio mudéjar", que se compone de dos frentes de sencillas arquerías que se cegaron posteriormente.
     La portada a la calle Reposo, la que da al compás grande de la iglesia, consta de un cuerpo central avanzado y dos laterales. El central lo forma un arco de medio punto flanqueado por pilastras almohadilladas. Los cuerpos laterales poseen sendos vanos adintelados ciegos sobre los que se abren ojos de buey. En la parte superior, una hornacina con el azulejo de San Clemente remata el frontón curvo partido.
     La portada del nº 91 de la calle Santa Clara es una puerta sencilla sobre cuyo dintel se conservan restos de un azulejo con la fecha 1771. La del nº 92 da entrada al jardín que precede a la iglesia, es almohadillada y en la parte superior posee una hornacina con un azulejo de San Fernando.
     El Real Monasterio de San Clemente supone la primera fundación conventual de religiosas que se crea tras la incorporación de la ciudad de Sevilla a la corona castellana en 1248, realizada por las tropas de San Fernando.
     El primer documento histórico del que se tiene noticia es un privilegio de Alfonso X fechado en 1255, en el que se refiere la circunstancia de la construcción del establecimiento cisterciense en Sevilla. El arzobispo de Sevilla don Remondo funda la comunidad en un destacado enclave, por razones históricas y morfológicas. Concretamente se situó sobre los terrenos del que fue palacio de Bib-Ragel, residencia de verano del monarca abbadita Almutamid I. La situación del palacio permitía la defensa del sector noroeste de la ciudad.
     De las obras del primitivo monasterio, desde su fundación hasta el siglo XV, no nos quedan apenas vestigios; la portada de la antigua iglesia, emplazada junto a la sala capitular, o los pilares y pórticos de un claustro conocido como "patio mudéjar". En los siglos XVI y XVII se produce un intenso período de reformas que proporcionó al convento su actual estructura. El monasterio sufrió restauraciones generalizadas en el siglo XVIII. La iglesia fue edificada bajo el patrocinio de Felipe II y consagrada en 1588.
     El 22 de Julio de 1811 las tropas francesas expulsan a las monjas y las dependencias conventuales servirán para cuartel y la iglesia para almacén. Las religiosas fueron acogidas en el cercano convento de Santa Clara, regresando en Octubre de 1812, si bien la pujanza de la comunidad se vería ahogada por la desamortización.
     El monasterio fue restaurado para la Exposición Universal de 1992, en que formó parte del Pabellón de la ciudad. Las obras fueron patrocinadas por el Ayuntamiento de Sevilla con el concurso de una entidad de ahorros y dirigidas por el arquitecto Fernando Villanueva Sandino (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El monasterio inicia su construcción entre 1255 y 1260 sobre los solares que en época musulmana ocupaban a orillas del Guadalquivir, los palacios de los monarcas abbaditas, llamados de Vib-Ragel; palacios y heredades que fueron cedidos al arzobispo don Remondo por Fernando III tras la conquista de Sevilla.
     El edificio se organiza en torno a un gran claustro, de proporciones casi cuadradas, construido en 1632 y atribuido a Juan de Segarra. Está formado por dobles arquerías sobre columnas pareadas en sus dos plantas. Los grandes espacios cubiertos de la iglesia, el refectorio y la sala de dormitorios acotan este magnífico patio central.
     Esta última construcción se quiebra en ángulo configurando básicamente el segundo claustro, de menor tamaño, construido en el siglo XVI y ampliado posteriormente en el  XVII.
     Un tercer claustro -próximo al principal y fechable en torno al siglo XV- termina por configurar, junto al amplio compás, esta sucesión de espacios abiertos, en torno a los cuales se instalan las numerosas construcciones que componen este edificio.
     El acceso al convento se produce desde dos calles: Santa Clara y Reposo a través de dos magnificas portadas manieristas -reformadas, sobre todo en sus cuerpos superiores, en el siglo XVIII-. El compás del convento, de grandes dimensiones, quedó vinculado al edificio tras el permiso otorgado por Alfonso XI en 1334, creándose así este vasto espacio cerrado en torno al cual vivían los vecinos depen­dientes de la abadesa.
     La iglesia, que cubre uno de los lados del claustro grande, ofrece su fachada principal al compás de entrada a través, de un pórtico del siglo XVII, reformado en época de Carlos III.
     Escasos son los restos que aún conserva la iglesia de la época de su primitiva fundación por Alfonso X el Sabio, ya que las severas reformas de los siglos XVI y XVII se encargaron de cambiar su fisonomía primitiva. La que hoy presenta corresponde básicamente a la reforma que se hace bajo el reinado de Felipe II, inaugurada en 1588. Resuelta con bóveda de cañón, se cubre con un artesonado mudéjar de mitad del siglo XVI. Los muros están revestidos con zócalos de azulejos -atribuidos a Roque Hernández- fechados a finales del siglo XVI. La capilla mayor se cubre con bóveda semiesférica sobre pechinas (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
     En el número 49 de la calle Santa Clara nació en 1920 el poeta Rafael Montesinos, mientras que en el número 63 vivió entre 1923 y 1934 el celebérrimo bailarín Antonio. Ahora bien, la calle Santa Clara, tan larga, tan bella y tan sevillana, carece de salida, acaba justo ante la por­tada del venerable monasterio de San Clemente, que ocupa los números 91 y 92 de la calle. Este monasterio, de monjas cistercienses, debe su fundación a Alfonso X el Sabio, en cuya época se realiza su construcción, aunque ha sufrido un par de reformas muy amplias, una de ellas en el siglo XVI y la otra en el XVIII. Parte del convento se dedica en la actualidad a sala de exposiciones. Para entrar en la iglesia hay que pasar a la calle Reposo, rodeando por Yuste. Aquí se encuentra la entrada a un delicioso compás sembrado de naranjos, de damas de noche y de jazmines, con un atrio porticado del siglo XVII, reformado en tiempos de Carlos III. La iglesia tiene una sola nave, cuyo artesonado mudéjar es uno de los mejores de Sevilla. Lleva un alto y bellísimo zócalo de azulejos y sus muros se encuentran enteramente cubiertos de pinturas con adornos de roleos y vegetales y santos cistercienses, decoración que se extiende a la magnífica cúpula de media naranja sobre pechinas que cubre el presbiterio. Bajo esta cúpula se sitúa el soberbio retablo mayor que realizara Felipe de Riba entre 1639 y 1647. Consta de banco, dos cuerpos organizados en calles por suntuosas columnas corintias pareadas y un ático doble que se interna audazmente en la cúpula. La calle central acoge dos hornacinas; en una, la principal, situada en el cuerpo bajo y avenerada, preside el conjunto la imagen de San Clemente; en la otra, en el segundo cuerpo, está la Inmaculada. El Padre Eterno corona el conjunto. Bajo él aparece un Crucificado que tiene a sus pies al Espíritu Santo. Tanto el dorado del altar como las pinturas que aparecen en los muros del presbiterio, incluidos los cuatro grandes cuadros con escenas de la vida de San Clemente, fueron ejecutados por Lucas Valdés. Del mismo pintor es el mural que se encuentra sobre el muro del coro, con la escena de la Entrada de San Fernando en Sevilla, fechado en 1683. En el muro izquierdo del presbiterio, sin mayores lujos, se encuen­tra el sepulcro de Doña María de Portugal, esposa de Alfonso XI y madre de Pedro I. Muy buena es la Virgen de los Reyes que preside el altar a ella dedicado en el muro del evangelio. Se trata de una imagen de vestir de autor anónimo, datable en el siglo XIII, aunque el Niño que lleva en sus brazos es del siglo XVIII. Muy bueno es también el primer retablo del muro de la epístola, a contar desde el presbiterio. Su autor fue Francisco de Ocampo, quien lo dio por concluido en 1610. Tanto el San Juan Bautista que preside el conjunto como los relieves que en él aparecen son obra de Gas­par Núñez Delgado, mientras que las pinturas se deben a Francisco Pacheco (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Clemente I, papa y mártir;
   Papa y mártir del siglo I (92-101).
   De origen judío, habría sido convertido al cristianismo por san Pedro.  
   Sisinio, a cuya mujer había convertido, quiso perseguirlo pero fue castigado con la ceguera. Enfurecido, ordenó a sus esclavos que ataran a Clemente a quien acusaba de ser mago. Pero también éstos fueron cegados: amarra­ron una columna a la que tomaron por el santo y que intentaban desplazar en vano.
   El emperador Trajano lo desterró al Quersoneso (Crimea) donde fue condenado a partir piedras en una cantera. Para calmar la sed de sus compañeros que estaban muriéndose por la falta de agua, invocó al Cordero de Dios quien, rascando el suelo, hizo brotar una fuente de la roca.
   Finalmente fue ahogado en el mar Negro con un ancla al cuello. Los ángeles le construyeron una magnífica tumba de mármol en el fondo del mar. Todos los años, el dia del aniversario de su martirio, las aguas se retiran para permitir a los cristianos llegar a pie seco hasta la capilla submarina. Sucedió una vez que cierta madre demasiado devota olvidó a su hijo alli, al año siguiente lo recuperó vivo cerca del altar.
   Se trata del tipo de leyenda que se origina en un atributo. En su origen, el ancla simbolizaba su firmeza en la fe, su esperanza cristiana. Para explicar este atributo se imaginó que había sido arrojado al mar con un ancla en el cuello.
CULTO
   En 867 los apóstoles de los eslavos, Cirilo y Metodio, transportaron sus reliquias desde Crimea hasta Roma, donde se le dedicó una basílica. Venecia le reservó una capilla en la catedral de San Marcos. La ciudad de Velletri lo adoptó como patrón y otro tanto hizo Pescara, en la costa del Adriático. En Francia, la iglesia de Arpajon (antiguamente Charres) está puesta bajo su advocación. También lo invocaban las madres nodrizas en Saint Lactansin (Indre), que se hacía derivar de lac in sinu, y en Saint Euphrone (Cüte d'Or). Inglaterra, país de marinos, puso bajo su advocación cuarenta y siete iglesias, entre ellas la de San Clemente de Terrington. Una iglesia de Londres, en el Strand, a orillas del Támesis, también está consagrada a él. El emblema de la parroquia es un ancla que los sacristanes llevan sobre los botones y que, paradójicamente, remata la veleta del campanario. Quizá sea el úni­co caso en que se haya elegido el ancla, símbolo de estabilidad, para decorar una veleta que es la imagen de la movilidad por excelencia.
   En Colonia, el obispo Cuniberto le dedicó una iglesia que más tarde adoptó el nombre de San Cuniberto. También era venerado en Schwarz Rheindorf, frente a Bonn.
   Cirilo y Metodio difundieron su culto en los países eslavos. Era el patrón de los marmolistas, sobre todo en Sablé, Anjou, a causa de sus trabajos forzados en una cantera; y también de los barqueros y marineros a causa de su ancla. Curaba a los gotosos.
ICONOGRAFÍA
   San Clemente, que está representado sin atributos en los mosaicos de San Apolinar il Nuovo de Rávena, en el arte de la Edad Media se reconoce no sólo por la tiara pontificia y la cruz de triple travesaño, sino por el ancla, instrumento supuesto de su martirio, en la que se apoya, o que lleva atada al cuello.
   Las escenas más populares de su leyenda son el prodigio de la fuente que el cordero hace brotar en una cantera del Quersoneso, los milagros de la capilla funeraria construida por los ángeles en el fondo del mar Negro y el niño extraviado y recuperado por su madre en esa capilla acuática (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de San Clemente, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura del Convento de San Clemente:
            De Lunes a Sábados: de 10:00 a 12:45, y de 16:15 a 18:00

Horario Litúrgico del Convento de San Clemente:
            De Lunes a Sábados: 07:45 (Laudes - Oración)
                                               08:45 (Eucaristía - Tercia)
                                               18:30 (Vísperas - Oración) (Jueves Exposición del Santísimo)
            Domingos: 07:45 (Laudes)
                               10:00 (Eucaristía)
                               18:30 (Vísperas y Exposición del Santísimo)

Página web oficial del Convento de San Clemente: www.sanclementesevilla.es

Más sobre la calle Reposo, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Santa Clara, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la avenida Torneo, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Puerta de la Barqueta, en ExplicArte Sevilla.

El Convento de San Clemente, al detalle:
     Retablo de San Estanislao de Kostka
                    San Antonio abad
     Retablo de San José
                    Santa Escolástica y Santa Lutgarda
                    Santa Matilde y Santa Humbelina
     Retablo de San Juan Evangelista
                    Santa Escolástica     
                    Santa Humbelina
      Retablo de la Virgen del Císter
                   Santa Humbelina

Iglesia                     
Retablo de San Fernando
Retablo de San Juan Bautista
    Santa Escolástica    
Retablo de la Virgen de los Reyes

          Pinturas Murales
                  San Alberico, de Francisco Miguel Ximénez
                  San Plácido, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Columba, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Edita, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Franca, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Juliana, de Francisco Miguel Ximénez       
                  Santa Lutgarda, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Matilde, reina, de Francisco Miguel Ximénez