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domingo, 4 de diciembre de 2022

La Capilla de Santa Bárbara, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de Santa Bárbara, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 4 de diciembre, Conmemoración de Santa Bárbara, de la cual se dice que fue virgen y mártir en Nicomedia, en la actual Turquía (s. III / IV) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de Santa Bárbara, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Iglesia del Sagrario, que pertenece a la Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede [nº 154 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], que ocupa dos naves de ocho tramos de las galerías de Poniente del patio de la aljama, concretamente la que se llamó "claustra de los Caballeros", "nave de la Granada" y las capillas que abrían a ella, podemos contemplar la Capilla de Santa Bárbara [nº 156 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, la última capilla del muro de la epístola es la dedicada a Santa Bárbara, con imagen titular de la segunda mitad del siglo XVII, que porta la torre como atributo iconográfico que recuerda el lugar de su encierro y martirio. Se completa el conjunto con imágenes de Santa Elena y un relieve de Santa Ana con la Virgen en el ático.  (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Las estructuras compositivas y la articulación espacial del Sagrario apenas cuentan con la integración de las capillas laterales en el efecto de conjunto. Relegadas a los espacios compartimentados por los grandes pilares compuestos de sustentación, se mantuvo a toda costa la jerarquía espacial dominante de la nave única. La indudable grandeza del Sagrario deriva de las nobles proporciones de sus dos cuerpos, de la espaciosa cúpula del crucero y de la elegante curvatura de arcos y bóvedas. El cuerpo de las capillas laterales es fundamentalmente el sustento de los muros que cargan, sin conexiones visuales que alivien la acusada oclusión de aquéllas. A subrayar esta impresión, además, contribuye el uniforme trazado de las rejas, cuya compacta malla lineal anula cualquier sugestión de ensanche lateral. 
     Los espacios interiores asignados a los laterales son muy bajos y en los arcos del cubrimiento aparecen decorados con tramas geo­ métricas de monótona regularidad, claramente afines al restante sistema ornamental del cuerpo bajo. Al ser tan reducidos los espacios, y al carecer de iluminación natural directa, difícilmente pudieron acoger las capillas ensambladuras elevadas o desarrollar vistosos procedimientos orna­ mentales (yeserías o pinturas) acordes con el pleno barroco. Así pues, los tipos de retablos de casi todas las capillas se repiten; casi siempre son arcosolios poco profundos en los cuales se insertan hornacinas centrales flanqueadas por soportes. La mayor parte de éstos son columnas salomónicas y estípites; sólo en una de las capillas se construyó un buen retablo neoclásico de mármoles. 
     Como es habitual, la evolución de las necesidades devocionales motivaron las con­ sabidas transformaciones de las ensambladuras, de manera que prácticamente todos los retablos del Sagrario fueron transformados —preferentemente en su calle central— para enriquecer anteriores hornacinas o para tratar de forzar el escaso espacio disponible y habilitar nuevos huecos en los cuales alojar imágenes. Por ello el trasiego de éstas ha sido frecuente; recientemente hemos presenciado cómo en el retablo de la capilla de las Santas Justa y Rufina se trasladó a las titulares al crucero para acomodar en su altar a un Sagrado Corazón de Jesús anteriormente en la vecina catedral.
    La última capilla del lado derecho es la dedicada a Santa Bárbara. Está protegida por una reja de hierro en cuyo medio punto sobre­ sale una vistosa labor de hojarasca forjada. Es uno de los retablos mejor conservados del Sagrario y responde con toda claridad al tipo ya comentado del arcosolio con hornacina central, perfil cóncavo y dos entrecalles laterales. La talla de la madera es muy tupida, particularmente densa y de riquísimas labores caladas en el panel correspondiente al tramo central del banco. Su fecha puede situarse en trono a 1690, así como las asignables a las dos esculturas laterales y al relieve que remata la ensambladura. La imagen titular es una Santa Bárbara que ostentosamente muestra la torre relacionada con su prisión y martirio. Se trata claramente de una maqueta que reproduce la sevillana Torre de Oro. La santa aparece con vestiduras rozagantes, y tanto por la riqueza de planos quebrados en la talla, la abigarrada policromía y el inequívoco aspecto de gracia mundana, nos parece pertenecer a tendencias expresivas del siglo XVIII. Las santas de las entrecalles son dos: a la derecha, Santa Elena que muestra reverentemente la Cruz de Cristo y, a la izquierda, una santa de ambigua identificación. Aparece en un rapto místico provocado por la cruz; se ha pensado en Santa Teresa y en Santa Rita (Emilio Gómez Piñol y María Isabel Gómez González. El Sagrario de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla. Cuadernos de restauración de Iberdrola VIII. Madrid, 2004).
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de Santa Bárbara, virgen y mártir:
LEYENDA
   Compilada tardíamente por Simeón Metafrasto en el siglo X, la Pasión de esta santa oriental se popularizó en Occidente en el siglo XIII, gracias al arzobispo de Génova, Santiago de Vorágine, y a su Leyenda Dorada.
   Hija del sátrapa Dióscuro, habría nacido en Nicomedia, a orillas del mar de Mármara. Para sustraerla al proselitismo cristiano, su padre la encerró en una torre iluminada sólo por dos ventanas.
   No obstante, gracias a un subterfugio, ella  encontró el medio de recibir las enseñanzas de un sacerdote enviado por Orígenes, que se hacía pasar por médico, y quien, después de haberla instruido en la religión cristiana le administró el bautismo. Para expresar su fe en la Santísima Trinidad, ella perforó en el muro de la torre una «tercera ventana».
   Al saber que a pesar de todas sus precauciones su hija se había convertido, el feroz Dióscoro la amenazó con la espada. Ella consiguió huir y se refugió en un peñón que se abrió milagrosamente para darle asilo. Pero fue denunciada por un pastor chivato que fue castigado por su traición con la metamorfosis de sus corderos en langostas.
   Presa, santa Bárbara se negó a abjurar del cristianismo y a casarse con un pagano. Por ello la entregaron al juez Marciano que le hizo padecer los peores tormentos. Estirada en un potro fue azotada con vergajos, desgarrada con peines de hierro, rodada sobre fragmentos de cerámica, quemada  con hierros candentes; y al fin los verdugos le arrancaron los pechos con tenazas.
   Cuando la paseaban desnuda por la ciudad, un ángel le cubrió el cuerpo martirizado con un velo.
   Para terminar, su padre, desnaturalizado, la llevó hasta la cima de una mon­taña y le cortó la cabeza con sus propias manos. El castigo del cielo no se hizo esperar: el monstruo fue fulminado por un rayo. «Fue asaeteado y consumido de tal manera que de su cuerpo no quedaron polvo ni cenizas.»
CULTO
   El culto de la "partenomártir" de Bitinia nació en Oriente.
   Fue la patrona del monasterio de Edesa a partir del siglo IV, y en el VII se convirtió en titular de una basílica construida por los coptos en El Cairo. León el Filósofo puso bajo su advocación una iglesia de Constantinopla.
   En Occidente, su popularidad se remonta al siglo XV. No obstante, en Roma se la representó a partir del siglo VIII, tal como se ve en un pilar de Santa María la Antigua, acompañada por un pavo real, símbolo de inmortalidad. Se ha imaginado que en ciertos casos su culto sustituyó al de una divinidad celta: Borbo o Borvo (Borbón), dios de las fuentes. Por otra parte, corno protegía contra el rayo, se le edificaron santuarios en las cumbres golpeadas por el fuego del cielo. 
 Se la veneraba sobre todo en Francia, en las provincias de Normandía y Bretaña, como lo prueban la fundación de un priorato de Sainte Barbe en Auge, a orillas del Dive y la advocación de la capilla de Sainte Barbe en Faouet . 
    En Italia, es la patrona de las ciudades de Ferrara, Guastalla y Mantua.
   En España se la invoca contra los truenos, rayos e incendios (abogada contra los truenos e incendios).
   La extensión de su culto en Alemania, a finales de la Edad Media, se debía sobre todo al hecho de que figurase en la cohorte de los Catorce Intercesores (vierzehn Nothelfer), en compañía de santa Catalina y santa Margarita. Las tres santas gozaban de envidiables privilegios en la devoción popular, ilustrada por este refrán:
   Barbara mit dem Thurm,
   Margarethe mit dem Wurm, 
   Katharina mit dem Räddel
   Sind die drei heiligen Mädel.
   La liturgia les sumó a santa Dorotea, para formar el grupo del Cuarteto de vírgenes capitales que se invocaba en estos términos en la colecta de la Missa de Sanctis quattuor capitalibu s virginibus:
   «Deus qui sanctissimas virgines tuas Catharinam, Barbaram, Margaretham et Dotoheam per martyrii palmam ad coelos pervenire fecisti, praesta, quaesumus, ut earum intervenientibus meritis a peccatorum nostrum maculis mereamus absolvi.»
   A Santa Bárbara suele asociársela  sobre todo con santa Catalina. Protectora de los militares, simboliza la vida activa, mientras que santa Catalina, patrona de los clérigos, es la imagen de la vida contemplativa.
Patronazgos
   Si el culto de santa Bárbara suele adquirir en Alemania una forma colectiva, sus patronazgos tienen un carácter muy individual. Y son tan numerosos que para esclarecerlos, deben clasificarse en dos series: l. La protección contra el rayo y la muerte súbita; 2. Los patronazgos de corporaciones y oficios.
1. Protección contra el rayo y la muerte súbita
   Uno de los privilegios más apreciados de santa Bárbara era el de proteger contra el rayo porque  su verdugo, que fue su propio padre, fue fulminado por el fuego del cielo. Se la llamaba la «conjuradora del rayo».
   Los viejos refranes populares prueban que hasta la invención del pararrayos por Franklin, ella tenía la tarea a su cargo:
   Quand le tonnerre grondera, 
   Sainte Barbe nous gardera. 
   Quand le tonnerre tambera,   
   Sainte Barbe le retiendra.
   Partout où Barbe passera, 
   Le tonnerre ne tambera.
   (Cuando el trueno rugirá,/ Santa Bárbara nos guardará./ Cuando el rayo caerá, / Santa Bárbara lo retendrá./ Por donde Bárbara pasará, /El rayo no caerá.)
   Las iglesias cuyos campanarios y techos protegía de los incendios, invocaban su protección. Por ello el nombre de la santa suele estar inscrito en las campanas, que durante las tormentas solían echarse a vuelo.
   La capilla de Sainte Barbe au Faouet fue edificada en 1489 a causa de una promesa formulada por un noble, quien sorprendido durante una cacería por una violenta borrasca, se salvó gracias a la santa que alejó de su cuerpo una gran roca desprendida que rodara hacia él.
   Como protege del rayo, se considera que santa Bárbara también preserva de la muerte fulminante, y del deceso sin confesión ni comunión, particularmente temido por los creyentes. Así, pertenece a la categoría de los santos eucarísticos.
   Esos dos patronazgos estaban estrechamente ligados en el espíritu de los cristianos de finales de la Edad Media. En un Libro de Horas de 1490, un devoto ruega a santa Bárbara «guardarle del rayo y de la tormenta / como de la muerte súbita, vil y deshonesta / puesto que Dios le ha dado poder».
   Sin duda es esa una de las fuente principales de la popularidad de santa Bárbara, versión  femenina de san Cristóbal a quien también se invocaba contra «la muerte súbita». Los agonizantes recurrían a su intercesión para no expirar antes de haberse confesado. Por ese motivo se la llamaba Mater confessionis. Las cofradías de la Buena Muerte se ponían bajo su advocación.
2. Patronazgos de corporaciones y oficios
   Por el hecho de proteger contra el rayo y la mala muerte, santa Bárbara se convirtió en el siglo XV en la patrona de los artilleros, cuyos cañones tonantes lanzan el rayo, y que están expuestos a explosiones accidentales en tiempos de paz, y a la muerte súbita en tiempos de guerra. Los artificieros también la adoptaron como patrona. 
  Los arcabuceros, bombarderos, cañoneros y culebrineros nunca olvidaban situar su imagen protectora en los escudos de armas o piezas. La cofradía de santa Bárbara en París agrupaba a los salitreros, fabricantes de pólvora y oficiales de artillería. Se da el nombre de santa Bárbara a los polvorines, arsenales y fuertes; en los barcos de guerra, el  habitáculo del maestro artillero se denomina cámara de santa Bárbara.
   Por la misma razón, o tal vez a causa de la montaña que se abrió ante ella, santa Bárbara se convirtió en patrona de los mineros y canteros particularmente expuestos a los peligros del grisú y a los derrumbes. Muchos pozos de minas se bautizaron con el nombre de la santa. Su fiesta, el 4 de diciembre, era feriado para los mineros, y quienes trabajaban ese día se arriesgaban a sufrir accidentes mortales. Por extensión, también la adoptaron como patrona los obreros que perforan pozos petrolíferos, sobre todo en Pechelbronn, Alsacia.
   En el siglo XV, los mineros de Kutna Hora, Kuttenberg, (Bohemia) pusieron bajo su advocación una magnífica iglesia.
   Como en las tormentas se echaban a vuelo las campanas para prevenir los rayos, santa Bárbara también es patrona de los campaneros y carrilloneros. Otros patronazgos se explican por diferentes circunstancias de su leyenda. Puesto que era una virgen estudiosa que se inició en las verdades de la fe cristiana siendo muy joven, junto a santa Catalina comparte el patronazgo de los escolares y estudiantes. De ahí, el nombre del Colegio de Sainte Barbe sobre la colina de Sainte Genevieve, en París.
   La torre donde fue encerrada la santa y en la que ella perforó «una tercera ventana»  en honor de la Santísima Trinidad, le valió convertirse en la patrona no sólo de los presos sino también de los arquitectos y albañiles.
   En conmemoración de la metamorfosis de los ovinos del pastor que la denunciara, era invocada por los agricultores contra las plagas de langosta. Quizá el patronazgo de los canteros o pedreros se explique por la milagrosa apertura de la peña, que le sirviera de refugio. En cualquier caso, es por esa razón que ella curaba la enfermedad de la piedra (cálculos).
   La etimología popular le consiguió aún más clientes. A causa de un mal juego de palabras con su nombre, que evoca la idea de pelos, santa Bárbara era invocada por los tapiceros, fabricantes de brochas, sombrereros, fabricantes de verguetas y de raquetas. En Saone et Loire las mujeres visitan la capilla de Santa Bárbara en peregrinación, para tener hijos con pelo rizado.
   Puede apreciarse la extraordinaria diversidad de la clientela de santa Bárbara, a quien se recurría  no sólo a la hora de la muerte sino también  en la vida diaria, para infinidad de oficios. Era la protectora y abogada  celestial de los artilleros, mineros, campaneros, arquitectos, fabricantes de brochas y sombrereros.
   Ello explica la riqueza  de su iconografía.
ICONOGRAFÍA
Atributos
   Además de la palma del martirio y la corona, santa Bárbara se caracteriza por numerosos atributos que le pertenecen en propiedad exclusiva y permiten reconocerla fácilmente.
   Algunos se han tomado de su leyenda, otros de sus patronazgos.
1. La torre con tres ventanas
   Es el atributo más constante, y por decirlo así, obligatorio. En un auto sacramental del siglo XV puede leerse:
   Aussi faut qu 'elle ait une tour 
   En une main et puis en l 'autre
   Une palme; puis sans nulle faute 
   Ait sur la tête une couronne.
   (También es necesario que tenga una torre/ En una mano y luego en la otra/ Una palma; y luego sin falta alguna /  Que tenga una corona en la cabeza.)
   En vez de la pequeña torre simbólica en la mano, puede estar sentada al pie de una gran torre en construcción: así la representa Jan van Eyck en su célebre grisalla del Museo de Amberes (1437).
   Lo que caracteriza a la torre de santa Bárbara es que está abierta en tres Ventanas que simbolizan su adoración a la Santísima  Trinidad.
   A veces la torre, reducida a una pequeña escala, es sólo un simple ornamento aplicado como una insignia a su diadema o su tocado.
   En un cuadro del Museo de Bruselas, se ve a santa Bárbara cubierta con un vestido lleno de torres bordadas, formando pareja con santa Catalina que lleva el suyo constelado de ruedas.
2. La pluma de pavo real
   Las varas con que la azotaba su padre se habrían cambiado en plumas de pavo real.
   No obstante, puede que se trate de un símbolo de inmortalidad, como en el fresco de Santa María la Antigua, en Roma. Se trataría de una alusión a su patronazgo contra la muerte súbita.
3. Su padre y perseguidor hollado a sus pies
   Así forma pareja con el emperador Majencio a quien se ve a los pies de santa Catalina de Alejandría.
4. Un cáliz rematado con una hostia
   Este atributo que la señala como preservativo de la muerte repentina sin comunión, es menos universal que el precedente. Es particular del arte germánico, alemán y flamenco, e infrecuente en el francés.  
   Al tiempo que la torre alude a su leyenda, el cáliz la señala como patrona de la buena muerte (patronin eines seligen Todes).
   Los dos atributos suelen aparecer combinados: el cáliz está apoyado sobre una ménsula en saledizo, encima de las tres ventanas de la torre.
   Hasta se ha emitido la hipótesis de que en origen eran uno, es decir, que el cáliz sería una duplicación, una simple variante de la torre que a veces tenía la forma de un pimentero, bastante parecida a las píxides en que se conservaban las hostias consagradas para administrar a los agonizantes, en el siglo XV. De la torrecilla se habría pasado a la píxide, y luego al copón o cáliz sin tapa, encima del cual planea una hostia.
5. Un cañón o una bala de cañón
   Este atributo la señala como patrona de los artilleros.
   Resulta poco creíble que el cañón derive, como lo pretende Hourticq,  de la torre mal interpretada. La semejanza de formas es muy ligera, y además, los tubos de los cañones no se erigen según la vertical.
   Palma Vecchio la representa con un cañón a sus pies. Un alabastro inglés del siglo XV (Victoria & Albert Museum, Londres), la muestra con una bala de cañón en  la mano.
   La semejanza entre una bala de artillería y una pelota de frontón sin duda explica la elección de santa Bárbara como patrona de los fabricantes de pelotas y de raquetas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).      
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sábado, 12 de noviembre de 2022

La Capilla de San Millán, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de San Millán, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   Hoy, 12 de noviembre, en los montes de la región de la Cogolla, no lejos de la ciudad de Logroño, en España, Memoria de San Millán o Emiliano, presbítero, que después de llevar vida eremítica y clerical abrazó la monástica, y se hizo famoso por su generosidad para con los pobres y el don de profecía (574) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de San Millán, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Iglesia del Sagrario, que pertenece a la Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede [nº 154 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], que ocupa dos naves de ocho tramos de las galerías de Poniente del patio de la aljama, concretamente la que se llamó "claustra de los Caballeros", "nave de la Granada" y las capillas que abrían a ella, podemos contemplar la Capilla de San Millán [nº 149 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Contiene también una imagen de San Roque y durante un tiempo albergó la de San José y la Virgen del Madroño. En 1845 tenía una imagen de "Ntra. Sra. de las Virtudes" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, la capilla dedicada a San Millán, con retablo del siglo XVIII donde aparecen las tallas de Santa Catalina y la rueda de su tormento, la Inmaculada, San Roque y Santa Gertrudis la Magna. En el ático aparece un relieve de la Trinidad y en el banco un relieve con el martirio de San Pedro de Arbués. Del siglo XVIII es la imagen del santo titular que preside el retablo (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Las estructuras compositivas y la articulación espacial del Sagrario apenas cuentan con la integración de las capillas laterales en el efecto de conjunto. Relegadas a los espacios compartimentados por los grandes pilares compuestos de sustentación, se mantuvo a toda costa la jerarquía espacial dominante de la nave única. La indudable grandeza del Sagrario deriva de las nobles proporciones de sus dos cuerpos, de la espaciosa cúpula del crucero y de la elegante curvatura de arcos y bóvedas. El cuerpo de las capillas laterales es fundamentalmente el sustento de los muros que cargan, sin conexiones visuales que alivien la acusada oclusión de aquéllas. A subrayar esta impresión, además, contribuye el uniforme trazado de las rejas, cuya compacta malla lineal anula cualquier sugestión de ensanche lateral. 
     Los espacios interiores asignados a los laterales son muy bajos y en los arcos del cubrimiento aparecen decorados con tramas geo­ métricas de monótona regularidad, claramente afines al restante sistema ornamental del cuerpo bajo. Al ser tan reducidos los espacios, y al carecer de iluminación natural directa, difícilmente pudieron acoger las capillas ensambladuras elevadas o desarrollar vistosos procedimientos orna­ mentales (yeserías o pinturas) acordes con el pleno barroco. Así pues, los tipos de retablos de casi todas las capillas se repiten; casi siempre son arcosolios poco profundos en los cuales se insertan hornacinas centrales flanqueadas por soportes. La mayor parte de éstos son columnas salomónicas y estípites; sólo en una de las capillas se construyó un buen retablo neoclásico de mármoles. 
     Como es habitual, la evolución de las necesidades devocionales motivaron las con­ sabidas transformaciones de las ensambladuras, de manera que prácticamente todos los retablos del Sagrario fueron transformados —preferentemente en su calle central— para enriquecer anteriores hornacinas o para tratar de forzar el escaso espacio disponible y habilitar nuevos huecos en los cuales alojar imágenes. Por ello el trasiego de éstas ha sido frecuente; recientemente hemos presenciado cómo en el retablo de la capilla de las Santas Justa y Rufina se trasladó a las titulares al crucero para acomodar en su altar a un Sagrado Corazón de Jesús anteriormente en la vecina catedral.
    La segunda capilla del costado izquierdo es la dedicada a San Millán. Se trata de un retablo de madera en su color, sin policromar, de hacia 1740, con buenos estípites y notables detalles ornamentales de acantos escarolados y flores; repertorio ornamental nacido en el retablo mayor de este templo. Abundan las esculturas, de mediano interés, en la ancha calle central. Desde el banco hacia arriba aparecen: el martirio de San Pedro de Arbués, el titular San Millán, Santa Catalina y Santa Gertrudis y San Roque. Debe notarse que una Dolorosa arrodillada de mediados del siglo XVIII se encuentra en la actualidad sobre la mesa de altar, delante del citado relieve de San Pedro de Arbués (Emilio Gómez Piñol y María Isabel Gómez González. El Sagrario de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla. Cuadernos de restauración de Iberdrola VIII. Madrid, 2004).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Millán, presbítero
   Santo Español del siglo VI cuya Vita ha sido escrita por san Braulio, obispo de Zaragoza.
     Nació hacia 474 en Logroño (Rioja), y habría muerto centenario en 574. Aragón y Castilla se disputan el honor de haber sido su cuna.
     Antes de convertirse en ermitaño, en una montaña llamada Cuculle (Cogolla o Cogulla), porque se asemejaba a la cogulla de un hábito monástico, era un simple pastor. Mientras cuidaba el ganado tocaba el laúd para sobreponerse al sueño.
     Se le atribuían numerosos milagros: bendijo una jarra que se llenó de vino; predijo la rendición de Cantabria; igual que el apóstol Santiago, habría combatido a caballo contra los moros; unos malhechores que pretendía incendiar su cama acabaron matándose; quienes robaron su caballo perdieron la vista; el aceite de la lámpara encendida ante su relicario curaba la ceguera.
CULTO
     El culto de San Millán de la Cogolla, que se difundió mucho en el norte de la península ibérica, tiene dos centros principales: el monasterio de San Millán de la Cogolla (o de la Cogulla) en La Rioja, y la localidad de Torrelapala en la provincia de Zaragoza.
ICONOGRAFÍA
     Las principales obras de arte donde aparece representado, proceden del monasterio de San Millán (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Millán de Cogolla, presbítero;
     San Millán de la Cogolla, Emiliano (Berceo, La Rioja, c. 470-473 – San Millán de la Cogolla, La Rioja, 12 de noviembre de 574). Sacerdote, eremita, santo.
     La vida de este santo ermitaño es conocida únicamente por un relato hagiográfico, la Vita Sancti Emiliani, compuesta por Braulio, obispo de Zaragoza, hacia el año 640. En realidad, la Vita se compone de dos partes bien diferenciadas; la primera es una carta de Braulio a su hermano Fronimiano, en la que explica las vicisitudes por las que pasó para componer la obrilla.
     Según dicha carta, Braulio supo del eremita a través de sus hermanos Juan y Fronimiano. Éste le envió un memorial donde testificaban el abad Citonato, los presbíteros Sofronio y Geroncio y la virgen Potamia acerca de la vida de Millán. Con este material, Braulio puso manos a la obra, pero al poco perdió las notas y no pudo continuar su trabajo. La casualidad quiso que tiempo después, hojeando un códice, tropezara con ellas y así dio remate a la Vita con la intención de que pudiera ser usada en los divinos oficios del que ya era venerado como santo. Sin embargo, no contento con su trabajo, pidió a Fronimiano que corrigiera la obra y la mostrara a Citonato y Geroncio, que aún vivían, para que comprobaran su exactitud.
     La Vita propiamente dicha es una biografía de san Millán intercalada, como era lo propio del género hagiográfico, con reflexiones piadosas y relatos milagrosos efectuados durante su vida y post mortem. Millán (Emilianus en latín) era un pastor que, a los veinte años de edad, decidió dejarlo todo y ponerse bajo la dirección de un venerado ermitaño, de nombre Félix, que vivía in castellum Bilibium. Convenientemente informado de la vida solitaria, se retiró a un lugar no lejos de su villa natal, villa Vergegio, pero pronto la gran afluencia de devotos le obligó a adentrarse en lo más profundo del monte, ad remotiora Dircetii montis secreta, donde consumió en la soledad casi cuarenta años de su vida. La fama de su santidad llegó finalmente al obispo Dídimo de Tarazona, en cuya diócesis se encontraba, y fue ordenado obispo, encargado de la parroquia de Vergegio. Movido por su radicalidad evangélica distribuyó los bienes de la iglesia entre los pobres, por lo que fue denunciado al obispo por los otros clérigos y desprovisto de su parroquia, acusado de dilapidar sus riquezas. Se retiró entonces de nuevo a la soledad, pero esta vez a un lugar no muy lejano, viéndose pronto rodeado de hermanos y hermanas deseosos de llevar su misma forma de vida.
     Cuidado por ellos murió ya centenario, no sin antes haber profetizado la destrucción de la ciudad de Cantabria, que llevaría a cabo Leovigildo.
     San Millán fue enterrado en su propio oratorio, germen de lo que posteriormente fue el célebre monasterio que lleva su nombre. Sin embargo, la topografía de la Vita plantea problemas de difícil solución ya que si, por un lado, exige un ambiente riojano, por otro la dependencia de este territorio del obispo de Tarazona, y no del de Calahorra, como hubiera sido lo más lógico, está lejos de resolverse, aunque todo parece indicar que, inexplicablemente, Braulio cometió un error de atribución de jurisdicción eclesiástica.
     Las reliquias de san Millán permanecieron en su oratorio hasta el año 1076, en que fueron trasladadas al Monasterio de San Millán de Yuso. La magnífica arca de oro, marfil y piedras preciosas, fabricada en 1067, fue destruida por las tropas francesas en 1809, aunque muchos de sus marfiles pudieron ser recuperados.
     El culto a san Millán se generalizó ya en época visigoda, convirtiendo posteriormente su sepulcro en un concurrido lugar de peregrinación (Miguel C. Vivancos Gómez, OSB, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de San Millán, en la Iglesia del Sagrario, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 26 de marzo de 2020

El Trascoro, en la Catedral de Santa María de la Sede


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Trascoro, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar el Trascoro [nº 005 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]. Ha alternado este nombre con el de "Altar de la Virgen de los Remedios" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).

   La historia del Trascoro de la Catedral se inicia en 1515 cuando el Cabildo acordó derribar "los paredones del coro" para que se construyeran las capillas que habían existido en aquel mismo lugar en la mezquita-catedral. Tras efectuarse esta tarea se le encomendó al aparejador de la obra Gonzalo de Rozas que indicase la piedra más conveniente para edificar las mencionadas capillas y el trascoro. Para dichas capillas se decidió utilizar el alabastro. Nada se hizo con respecto al trascoro, dudándose aún en 1519 del material a emplear. El 19 de enero de dicho año se acordó "enviar a Génova e aotras partes... por piedra e marmoles e losas para el trascoro desta dicha santa yglesia". Dicho acuerdo tiene de interesante el señalarnos que la construcción no se había iniciado, y sobre todo, que el Cabildo pretendía que fuese una obra de estilo renacentista, ya que estaba dispuesto a encargarla a talleres italianos. A ello le habría llegado seguramente la contemplación del sepulcro del cardenal Hurtado de Mendoza que unos años antes había levantado Fancelli en la Capilla de la Antigua. Desgraciadamente nada se resolvió al respecto. En 1533 se presentaron al Cabildo "ciertos modelos para el trascoro", entre los que seguramente habría alguno del maestro mayor, Diego de Riaño. Tampoco entonces se tomó ninguna decisión. Es más, al año siguiente se pidieron al escultor genovés Antonio María nuevos modelos para esta obra, así como otros para las gradas del altar mayor. Aunque dichos proyectos se realizaron y se pasaron a lienzo por el pintor Juan Ramírez, no se seleccionó ninguno de ellos. 

  En un manuscrito anónimo y sin fecha que se conserva en la catedral se indica que "en Nuestra Señora de los Remedios se ha de hazer un ornato de pilar a pilar, revistiendo los medios de los pilares con su marmol y sus historias y sus puertas del coro y las puertas de las tribunas". Dicho texto, por las noticias que aporta, debe corresponder a Martín de Gaínza, pudiendo relacionarse con el mismo un acuerdo de 1553 sobre la construcción de un altar de piedra para la Virgen de los Remedios. En una reunión posterior se decidió forrar de alabastro dicho altar. Gracias a esta obra podría haberse avanzado en la solución del trascoro, pero no es seguro que se llevase a efecto. Algo si se debió hacer unos diez años después, pues consta que la pintura sobre tabla de la Virgen fue profundamente retocada y dorada por el pintor de la catedral Antón Pérez. 
   Debido tal vez a la pobreza o inadecuación de este antiguo trascoro se decidió en 1619 sustituirlo por otro. Una de las razones que se adujeron era la necesidad que tenía la iglesia de ofrecer a los reyes, cuya visita se esperaba, un lugar digno desde el que seguir los oficios. Se pensaba para ello levantar una tribuna en el espacio del trascoro. El arquitecto Miguel de Zumárraga hizo unas trazas para la obra y se concertó el 10 de junio con el cantero de Cabra, Luis González su construcción. Esta fue iniciada con rapidez como se demuestra por diversos pagos. El 23 de marzo de 1620 el mercader Gabriel de Escuda vendió cierta cantidad de latón y cobre para las basas y capiteles de las columnas. Cuatro días más tarde se pagaron a Domingo de Ibarbia, en nombre de Luis González, los jaspes que enviaba, repitiéndose los pagos por igual concepto en abril, mayo, junio y julio del mismo año. Otras partidas de latón se compraron en julio y septiembre, pagándose en el mes de noviembre al platero Lucas Valdés "la hechura de cuatro serafines que hizo para el trascoro". A pesar de este ritmo acelerado muy pronto surgieron detractores de la obra. El primero en presentar inconvenientes fue el canónigo Gaspar Rodríguez de Herrera, quien la estimaba innecesaria y no ajustada a las capillas de alabastro, por lo que conveniente desmontarla. En defensa de la obra salió el arcediano don Félix de Guzmán, quién no sólo no veía en ella inconveniente alguno, sino que, por el contrario, la consideraba apropiada a la magnificencia del templo y ajustada a buen arte, como habían certificado los arquitectos Miguel Sánchez, Juan de Oviedo, Juan Martínez Montañés y Diego López Bueno, después de reformar algunos aspectos del diseño de Zumárraga. Señalaba el arcediano la elevada cantidad que se había gastado en la obra y la imposibilidad de utilizar los materiales en otra edificación puesto que se dañarían las piezas ya asentadas al desmontarlas. Consideraba por lo tanto oportuno que siguiese la edificación a pesar de las opiniones en contra porque incluso "algunas obras que sehan hecho en esta santa yglesia a el principio fueron contrastadas, y se alegaron muchas raçones contra ellas, comofue el blanqueado dela iglesia y las varandas de entrecoros, y an salido acertadas" Sus argumentos, sin embargo, no tuvieron gran acogida, porque el Cabildo ordenó cesar la obra. Algún tiempo después de acudió a Vermondo Resta, maestro mayor de los Reales Alcázares, para solucionar el problema, acordándose en cabildo que siguiendo su parecer se procediese a tabicar el trascoro y a pintarlo para ver como resultaría.

   Llegada la Semana Santa de 1621 debido al aspecto que presentaba la obra se acordó acondicionar el trascoro "sinquitarse los palos y tablados que están en el" para que estuviese "con la authoridad y decencia que conviene". Además se decidió evaluar lo gastado y lo que se habría de gastar para concluirlo, si es que así se decidía, o donde se podría aprovechar lo realizado, en caso de que se desmontara. El 7 de mayo se reunió de nuevo el Cabildo para tratar el tema, presentándose a los capitulares los informes redactados por Miguel de Zumárraga, Vermondo Resta, Diego López Bueno y Andrés de Oviedo. En un informe conjunto, el 27 de abril, aconsejaban los arquitectos eliminar la tribuna construida. Las razones para hacerlo se indicaban en otro escrito, que no firmó Zumárraga. A la vista de ello, el tesorero de la catedral don Gaspar Rodríguez de Herrera solicitó que se derribase el trascoro por las razones ya conocidas y porque "va errado... en la travazon, en la desconformidad del altura, que es tal que quitara vista al coro; en las colunas que son demasiado gruessas y de muy mal xaspe, como lo diran los que han visto xaspes en Italia. En la calidad y colores dela demas piedras". Además de estos motivos incluía otros de carácter económico como eran la carestía de la obra y la necesidad de destinar los fondos de la catedral a la construcción del Sagrario. Asimismo indicaba que no era conveniente que se hiciese "tribuna sobre altar dose a de dezir misa y sobre imagen detanta devocion; y no aviendo de aver tribuna, no ay necesidad de colunas ni arcos sino de quese adorne la pared como dizen los maestros mayores". Diversos canónicos expresaron sus opiniones favorables y contrarias a lo expuesto por el tesorero, hasta que por votación se decidió "que se quite lo que esta puesto en la obra del trascoro y se guarda para que quando el Cabildo determinare lo que se aya de hazer dello". Tal resolución se llevó a cabo y la obra del trascoro se desmontó, dejándose libre el altar de la Virgen de los Remedios.

   Así siguió la trasera del coro hasta que en septiembre de 1631 el mayordomo de fábrica don Fernando de Quesada expuso al Cabildo que ante el abandono y lamentable estado en que se encontraban los jaspes desmontados de la obra del trascoro habían mandado limpiarlos y ordenarlos para que se viesen y se determinase que hacer con ellos. Algunos días más tarde se volvió a tratar el tema, expresándose opiniones contrarias, pues algunos canónigos eran partidarios de no hacer nada en el trascoro y otros, por el contrario, pensaban que debían aprovecharse los jaspes labrados, para cuya obra ofrecieron dinero propio. Al final triunfaron estos últimos decidiéndose la construcción del trascoro. Aunque se contaba con el material procedente de la antigua obra, era necesario ajustarlo a un nuevo proyecto, ya que era fundamental eliminar la tribuna, elemento causante de la paralización y posterior desmonte de la obra. Al carecer la catedral en aquellos momentos de maestro mayor, parece lógico que se recurriese al superintendente de las obras, el arquitecto Pedro Sánchez Falconete. Pienso que a él hay que atribuir, en buena medida, el diseño del trascoro. La solución adoptada por este fue la de mantener el trazado de muro existente acoplándole unas estructuras arquitectónicas que permitiesen el acceso al coro y a las tribunas de los órganos. Centrando la composición, a modo de eje de simetría, se ubicó el altar de los Remedios. Tres estructuras de orden toscano, coronadas por frontones, sobresalen en la composición, siendo uno de los valores fundamentales del conjunto su riqueza cromática, lograda por la combinación de mármoles de diverso colorido y por la incorporación de piezas de bronce. Como elementos decorativos se incorporan algunas esculturas y relieves, de distinto origen y cronología, unos escudos del Cabildo, bustos en chapa de las santas Justa y Rufina, y una pintura sobre cobre con la entrega de las llaves de Sevilla a San Fernando, realizada por Francisco Pacheco.

   Algunos de los elementos constructivos eran aprovechados de la obra antigua. Tal es el caso de los jaspes labrados por Luis González y de los florones del remate, que pueden corresponder a los ejecutados por Juan de Segura en 1620. Otros, sin embargo, se realizaron de nuevo. Así, en el dorado de las basas, capiteles y triglifos intervino Juan Machado, en la pintura y dorado de los remates y puertas Baltasar Quintero, en el fundido y dorado de los bronces Manuel Perea y Mateo Gutiérrez y en la ejecución de las puertas el ensamblador Luis de Figueroa. Todas estas labores se realizaron en 1633, año en el que se decidió incorporar a la decoración los escudos del Cabildo, colocándose al siguiente la pintura de Pacheco y realizándose entre 1635 y 1636, por el cerrajero Juan Sánchez, las barandas que separan el trascoro del resto de la nave. El resultado final fue la plasmación de una obra cuya vinculación con las soluciones manieristas es evidente (Alfredo J. Morales, La Arquitectura en los siglos XVI, XVII y XVIII en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).

   Ocupa toda la anchura de la nave central.
   Es una suntuosa composición manierista, polemizada en su tiempo y determinada por la necesidad de situar cuatro vanos de acceso al coro y a las tribunas del órgano. 
 La ordenación principal es tripartita con sendos retablos marmóreos de orden toscano, distribuidos en banco y cuerpo con columnas de fustes retallados, entablamentos y frontones triangulares y curvos. En el central se venera la imagen pictórica de la Virgen de los Remedios y en los laterales se inscriben cuatro relieves procedentes de Génova -según Ceán- con escenas no fácilmente identificables, pero sin duda temas bíblicos en función alegórica de la Eucaristía [Melquisedec entregando los panes, Aarón recibiendo los panes de la propiación, La caída del Maná y La Cena Pascual] y unos niños en pequeños áticos. Como acróteras, cuatro figuras de bulto redondo, representando a los Evangelistas, sedentes sobre frontones laterales.

   Encima de las puertas del coro, bustos broncíneos dorados de las Santas Justa y Rufina, en finos recuadros.
   La traza fue de Miguel de Zumárraga y su fecha 1619; terminándose unos quince años después, tras varias vicisitudes. La obra fue concertada con el cantero Luis González. Las Santas Patronas de Sevilla, las ejecutó el platero Lucas Valdés, quien también labró cuatro serafines. En la ornamentación Juan de Segura y Gabriel de Escuda. Los Evangelistas corresponden al siglo XVI (José Hernández Díaz, Retablos y Esculturas de la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991).
   Después de las pinturas murales de la Virgen, que son una manifestación del arte pictórico medieval  sevillano (Virgen de la Antigua, Virgen de Rocamador y Virgen del Coral), y como expresión de lo que se conoce como gótico internacional, está la tabla de la Virgen de los Remedios, en el altar del trascoro de la Catedral de Sevilla. Es al comienzo del siglo XV, cuando aparecen las últimas influencias italianas y empiezan a manifestarse las del norte, antes del arte hispanoflamenco. Aquí se sitúa la tabla de la Virgen de los Remedios, en la que todavía aparece la influencia de la pintura sienesa. 
   La Virgen aparece sentada en un trono, cubierta con un amplio manto ricamente recamado; en su regazo acuna al Niño, que deja de tomar el pecho de su Madre para volver la cara al espectador: este gesto es ya un signo del naturalismo más acentuado del arte sevillano. Al lado de la Virgen está un obispo, y a sus pies la figura del donante. Todo el conjunto es de una belleza deslumbrante, en el que destacan los rostros llenos de suavidad de la Madre y el Niño.
   La actitud acogedora de la Virgen, con el gesto vuelto del Niño, señalan la expresión de la advocación de la obra: Virgen de los Remedios. La misma situación que está actualmente colocada esta tabla, sirve como acogida a los que entran en la Catedral y se encuentran, desde el primer momento, con este remedio a sus necesidades.
   Las pocas manifestaciones que se conservan de la pintura medieval en Sevilla son suficientes para indicar la altura que se alcanzó, ya desde entonces, en el campo del arte (Fernando G. Gutiérrez, S.J. en www.archisevilla.org).
   Hacia 1547 Antón Pérez inicia la policromía del Altar de la Virgen de los Remedios, en el que trabaja hasta septiembre de 1548. Su sucesor, Juan de Salcedo, hizo lo mismo en 1596, ambas intervenciones hay que entenderlas como restauraciones. La primera de estas restauraciones la llevó a cabo Antón Pérez durante las dos primeras semanas del mes de enero de 1548. En unión de uno de sus hijos y de un oficial repintó el altar en que por entonces figuraba la pintura, tarea en la que emplearía, entre otros materiales, la libra y media de azul que para tal fin le pagó el Cabildo y los ciento trece panes de oro con que se dice acabó de dorar los dos "romanos", es decir, paneles con grutescos, que lo enmarcaban. Especial interés tiene el que en otro de los pagos que se le efectuaron por tal trabajo se diga que se la hacía por los setenta y cinco panes de oro con que doró la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, ya que a través de este asiento se prueba que Antón Pérez actuó directamente sobre la imagen. Casi veinte años después, en 1564, volvió Antón Pérez a operar sobre ella. Desde el 1 hasta el 19 de agosto pintó y doró, en unión de su criado y de cinco oficiales, las figuras situadas detrás del coro, trabajando desde el 20 de ese mismo mes hasta el 23 del siguiente en la restauración del altar e imagen de la Virgen de los Remedios, al parecer situada ya en su actual emplazamiento. Que interviniera de nuevo sobre la pintura creo que lo prueba el que en uno de los pagos que con tal motivo se efectúan a él y a sus oficiales se diga que les libraban 870 maravedíes "por lo que han pintado en la ymagen de Nuestra Señora de los Remedios, con los colores que en ello han gastado".
   Transcurridos unos treinta años, consta que Juan de Salcedo repolicromó en 1596 el altar de la Virgen de los Remedios. En su caso no se dice que interviniera sobre la Virgen, aunque dada la costumbre no resulta improbable que así fuera. Es más, parece que fue entonces cuando se le añadieron a la tabla en que está pintada la Virgen dos franjas, seguramente para adecuarla a su actual enmarque. Una, rectangular, se colocó en la parte inferior, pintándose en ella una cartela con el nombre de la Virgen. Otra, semicircular, se situó en la parte superior, continuándose en ella el dibujo del fondo (Juan Miguel Serrera, Pinturas y Pintores del siglo XVI en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991)
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sábado, 23 de noviembre de 2019

El Convento de San Clemente


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de San Clemente, de Sevilla. 
   Hoy, 23 de noviembre, Memoria de San Clemente I, papa y mártir, tercer sucesor del apóstol San Pedro, que rigió la Iglesia Romana y escribió una espléndida carta a los corintios, para fortalecer entre ellos los vínculos de la paz y la concordia. Hoy se celebra el sepelio de su cuerpo en Roma (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Convento de San Clemente, de Sevilla.
   El Convento de San Clemente [nº 55 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 66 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Reposo, 9; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   Pocas calles tienen un nombre tan apropiado para acoger un monasterio como la antigua calle del reposo de las monjas, acceso a un recinto que fue históricamente superior al tamaño actual, como así demuestran los restos de una antigua casa de acceso que se conservan en la calle Santa Clara. Un convento medieval en un extremo de la antigua ciudad almohade que llegó a funcionar como una pequeña ciudad dentro de la ciudad. San Clemente resume la historia de la ciudad: un antiguo palacio musulmán, la antigua puerta musulmana de Vib-Rangel, la Orden del Císter que reformó a la Iglesia medieval, una fundación repobladora de la Reconquista, la tumba de reinas, madres de reyes y de infantas; el refugio de un don Juan Tenorio, el patrocinio de Felipe II, un rey en cuyos dominios no se ponía el sol; la ciudad donde gobernaba una abadesa con báculo, mitra y anillo; los otros del Barroco repartidos por retablos y cálices, los cuadros y las rejas expoliados por las tropas del mariscal Soult, las dificultades de la desamortización, la acogida a otras monjas que en el siglo XIX sufrieron peor suerte, el refugio de escritores, el lugar de ensayo de toreros, una de las sedes sevillanas de la exposición universal de 1992, la llegada de nuevas vocaciones procedentes de Hispanoamérica, el nuevo esplendor, la sala de exposiciones… Custodiado por los azulejos de San Clemente con su ancla y San Fernando con su espada, un monasterio que compendia la historia y el arte de la ciudad.

   La historiografía tradicional adjudicaba su fundación al mismo San Fernando tras la reconquista de la ciudad en 1248. Precisamente su nombre se debería a la fecha de rendición de la ciudad, el 23 de noviembre de 1248, día de San Clemente, uno de los primeros papas de la historia de la iglesia que fue martirizado y arrojado con un ancla al mar por negarse a adorar a Júpiter. Llegaba así a Sevilla la austera rama femenina del Císter, la orden fundada por San Roberto, San Esteban y San Alberico en el año 1098. Su origen se sitúa en tierras francesas, en torno a la gran abadía de Citeaux, cerca de Dijon, en 1098. El impulsor del nuevo movimiento, Roberto de Molesmes, buscó una vuelta a la absoluta pobreza, el rechazo de los bienes temporales y la valoración del trabajo manual como medio de vida. Para conseguir la conciliación entre oración y trabajo la opción ideal sería la vuelta al monacato primitivo, instalándose en lugares aislados y solitarios. Fue el papa Calixto II en 1120 el que confirmó definitivamente la orden con la aprobación de la Charta Charitatis, iniciándose una espectacular expansión por Europa, que aportaría a la Iglesia personalidades de la talla intelectual de Esteban Harding o Bernardo de Claraval. A la península llegó pronto la nueva orden con fundaciones como Poblet, Huerta o Cardeña, creándose paulatinamente monasterios que irían adquiriendo gran vinculación con la monarquía, siendo especialmente significativo el real monasterio de las Huelgas de Burgos.

   Aunque la documentación conservada nos remite a una posible fundación posterior a la tradicional fecha de 1248, la arqueología sí ha demostrado la existencia de un recinto anterior, el legendario palacio musulmán que estaría ubicado cercano a la puerta de la muralla conocida como Vib-Ragel. Poco se conserva de la primitiva edificación medieval, que tuvo una extensión menor a la actual, aunque parece que la primitiva iglesia original pudo estar situada en el mismo sitio que la actual. La vinculación de la monarquía con las Huelgas de Burgos se mantuvo durante siglos en el monasterio sevillano, ya que contó con la protección directa de numerosos monarcas a lo largo de los siglos. En San Clemente recibirían sepultura doña María de Portugal, viuda de Alfonso XI, en una tumba situada en un lateral del presbiterio; en el coro se enterraron doña Berenguela, hija de Alfonso X y doña Leonor y doña Beatriz, hijas de Enrique II. El monasterio recibió concesiones reales desde tiempos de Alfonso X, renovándose dichas concesiones por Sancho IV, Fernando IV, Alfonso XI, los Reyes Católicos y por los diferentes reyes de la Casa de Austria y la Casa de los Borbones.
   San Clemente conoció importantes reformas en el siglo XVIII, tras el terremoto de Lisboa, y momentos de decadencia tras la invasión francesa. El 22 de julio de 1811 las tropas francesas expulsaron a las monjas y emplearon las dependencias conventuales como cuartel, convirtiendo a la histórica iglesia en un almacén. Las monjas cistercienses fueron acogidas en el cercano convento de franciscanas de Santa Clara. El 7 de octubre de 1812 pudo regresar la comunidad cisterciense, perdiendo el monasterio obras de arte como el lienzo de Francisco Pacheco que representaba a Cristo servido por los ángeles. Durante el siglo XIX la comunidad resistió el proceso desamortizador, ya que el convento no fue suprimido, aunque sí perdió una parte importante de sus posesiones, especialmente las tierras de labor fuera de la ciudad. Quedaron mermadas sus primitivas huertas y desaparecieron las edificaciones que llegaban hasta el arquillo de Santa Clara. Era el último tramo de la actual calle Santa Clara, en su confluencia con la calle Lumbreras, sector que era conocido como calle del Arquillo de San Clemente y que llegó a albergar hasta dieciséis casas y un hospital también llamado de San Clemente.
   En el siglo XX San Clemente sobrevivió a los recortes económicos y se convirtió en lugar y fuente de inspiración de artistas y escritores. Hacia 1914 el pintor Joaquín Sorolla instalaría en el compás un estudio para realizar uno de los grandes lienzos destinados a la Hispanic Society de Nueva York, tomando como modelos a los populares vecinos del compás. También fue motivo de inspiración para los hermanos Álvarez Quintero, que situaron a los porteros del convento y a su compás como telón de fondo de su obra Las calumniadas. En la segunda mitad del siglo, a partir de 1971, intervino el arquitecto Rafael Manzano en la restauración del claustro y de algunas cubiertas. Ya a partir de 1985 se procedió a una restauración integral del edificio con vistas a su empleo como uno de los pabellones de la ciudad en la Exposición Universal de 1992. El proyecto corrió a cargo del arquitecto Fernando Villanueva Sandino y su resultado final fue la puesta en valor de uno de los conjuntos más monumentales de la ciudad. En años posteriores continuó el proceso de restauración de numerosas piezas del patrimonio conventual con el patrocinio de la Fundación el Monte (que usó durante algunos años algunas de sus dependencias como sala expositiva) y el posterior de la Obra Social de Cajasur.
   El acceso actual al conjunto se realiza por la calle Reposo, a través de una portada de comienzos del siglo XVII inspirada en los libros de grabados tardomanieristas de la época, estando coronada por un notable azulejo de San Clemente del siglo XVIII. También se puede acceder al conjunto a través de una portada similar desde la calle Santa Clara, coronada en este caso por un azulejo de San Fernando, del siglo XVIII. Ambas portadas se suelen relacionar con la obra del arquitecto de origen milanés Vermondo Resta, que intervino a comienzos del siglo XVII en diversos edificios sevillanos como los Reales Alcázares, siendo reconstruidas en 1771 en su parte superior por José Álvarez.

   La actual iglesia fue consagrada el 30 de septiembre de 1588, siendo bendecido el templo por el cardenal don Rodrigo de Castro. Se accede a ella por un elegante pórtico construido en 1596 por el maestro carpintero Juan Martín, mostrando un friso neoclásico que debió realizarse en las intervenciones posteriores al terremoto de Lisboa. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por Miguel Ángel Tabales constatan que se edificó sobre la primitiva iglesia medieval, que debió realizarse a finales del siglo XIII. Aunque no conste oficialmente, se ha apuntado la posible dirección de las obras por parte de Pedro Díaz Palacios, maestro mayor de obras de la Catedral. Analogías estructurales con las iglesias conventuales del convento de franciscanas de Santa María de Jesús o del convento de dominicas de Madre de Dios, donde intervino el citado arquitecto, permiten darle la autoría de la fábrica de San Clemente. El templo presenta una única nave con planta de cajón. De gran profundidad, tanto en planta como en alzado, se estructura en una sola nave cubierta con excelente artesonado de madera de cinco paños, probablemente realizado por los mismos artífices que el refectorio de la Cartuja, Diego de Cerezo y Lucas de Cárdenas. Sobre el presbiterio aparece una cúpula semiesférica tras un gran arco toral que sirve de transición entre ambos espacios. La bóveda, pechinas y muros se hallan decorados con pinturas al temple, imitando una decoración de yeserías, con motivos geométricos, vegetales y figurativos, especialmente escudos de órdenes militares. En las pechinas aparecen los Evangelistas. En el estreno de la iglesia la decoración pictórica correspondió al portugués Vasco Pereira, que firmaba el pago de “una pintura que hizo en la capilla mayor de los cuatro evangelistas, del renuevo que hizo en el retablo grande del altar mayor, de la hechura y pintura del Cristo de bulto que está encima del antepecho del coro alto y de la pintura de las armas que están pintadas en el altar de la reina”. Todas estas pinturas fueron posteriormente renovadas por Valdés Leal, Lucas Valdés y, las correspondientes a los muros de la iglesia, por Francisco Miguel Jiménez.
   Aunque en la última reforma la comunidad trasladó el rezo de las horas a una nueva sillería junto al presbiterio, arquitectónicamente sigue manteniendo el coro a los pies de la iglesia, cerrado por una austera reja. Sobre ésta se sitúa una pintura mural (aunque enmarcada por una rica talla de madera) realizada por Valdés Leal en 1682; representa a San Fernando presidiendo la solemne procesión de la Virgen de los Reyes en la Sevilla recién reconquistada. Son perceptibles diversas órdenes religiosas que conforman el cortejo, una estampa del proceso repoblador de la ciudad por órdenes militares y religiosas. La obra es un ejemplo de la vinculación del pintor con el monasterio, ya que su hija María profesó como monja. El pago de la dote incluyó la decoración pictórica del templo. Al morir Valdés Leal su labor fue culminada por su hijo Lucas Valdés, que concluyó las pinturas murales del presbiterio. El resto de la compleja decoración de los muros laterales muestra un programa de glorificación de la Orden del Císter, con numerosos santos y reinas relacionados con la orden y un estilo y técnica atribuibles a Francisco Miguel Ximénez, hacia 1770.
   El retablo mayor es pieza fundamental del siglo XVII, cronistas del mismo siglo como Ortiz de Zúñiga lo catalogaron ya como “de los más admirables de Sevilla”. Tiene una larga historia que comienza en 1624 cuando la comunidad decide sustituir el retablo anterior y acude al afamado Juan Martínez Montañés para la realización de una nueva obra. Problemas en los pagos motivaron un complicado pleito que acabó con la renuncia del maestro a la realización del retablo al año siguiente, rescindiéndose el contrato en septiembre de 1625. En 1639 la abadesa del convento, Ana de Santillán y la priora, Juana de León, firmaron un documento solicitando la autorización para retirar el viejo retablo, firmaron un documento solicitando la autorización para retirar el viejo retablo, que por su mal estado llegaba a ser peligroso para la integridad de la comunidad. Tras la experiencia frustrada de Montañés y la salida de Alonso Cano de la ciudad, el mejor retablista de Sevilla era Felipe de Ribas, con quien las monjas entablarán contacto en breve plazo de tiempo. Era una oportunidad que el artista no podía desaprovechar por lo que el 12 de marzo de 1639 firma, junto a Gaspar de Ribas, un meticuloso contrato en el que se estipulan de forma pormenorizada las condiciones de realización de la obra.

   Los dos autores realizarían la obra en borne y cedro, según estipulaba el contrato, concluyéndose al final de la década de 1640. La policromía y dorado son de Valdés Leal y fueron realizadas en fecha más tardía (hacia 1680), en una obra que rompe el planismo de los retablos realizados hasta la fecha e inicia una nueva concepción escenográfica plenamente barroca. A este pintor se atribuye la interesante iconografía de Cristo como fuente de vida que aparece en la puerta del Sagrario. La magna obra se estructura en un banco, dos cuerpos con tres calles y ático. Destacan, sobre todas, las esculturas de la calle central que nos muestran a San Clemente con el ancla como símbolo de su martirio (fue arrojado al mar con un ancla al cuello).  La Inmaculada y un excepcional Crucificado. En los laterales del primer cuerpo aparecen San Benito de Nursia (de negro), como creador del monacato occidental, y San Bernardo (de blanco), como el gran reformador medieval de ese monacato. El segundo cuerpo recoge las tallas de San Hermenegildo (con un hacha que recuerda su martirio) y San Fernando (vestido según la estampa de Bernardo del Toro que se anticiparía a la iconografía de su posterior canonización), como símbolos de la vinculación del monasterio con la monarquía y Sevilla. El retablo se estructura siguiendo el canon tardorrenacentista, empleándose columnas pareadas, decoración de cartones recortados en sus fustes y ángeles en los frontones que barroquizan la estructura original. En la zona del presbiterio aparece el enterramiento de doña María de Portugal, esposa de Alfonso XI y algunos restos de las primitivas pinturas de Vasco Pereira (siglo XVI) que decoraron inicialmente la iglesia. Hasta hace algunos años era costumbre la colocación sobre el féretro de un cojín, un cetro y una corona como símbolos del enterramiento real.
   En el muro izquierdo, el retablo de la Virgen de los Reyes es obra de mediados del XVII, cercana al taller de los Ribas. La escultura de la Virgen es una imagen fernandina de mediados del siglo XIII, aunque el Niño Jesús es del siglo XVIII. A los lados aparecen dos esculturas de San Francisco de Asís (fundador de los franciscanos) y San Esteban Harding (uno de los artífices de la reforma cisterciense), coetáneos del retablo. En la restauración de la iglesia se comprobó que tras esta estructura se conservan unas pinturas murales con una alegoría de la Inmaculada que se aparece a los Reyes de Israel, posiblemente las originales de Pereira. El siguiente es un retablo dedicado a una excelente talla de la Virgen de los Dolores, de cierto aire castellano, que, al igual que el retablo, se podría fechar en el siglo XVIII. A los lados aparecen dos bustos relicarios de comienzos del siglo XVII, estando coronada por un San Juan Evangelista escribiendo el Apocalipsis en la isla de Patmos, que podría  estar reaprovechado de un retablo anterior. A los pies del muro aparece un retablo dedicado a San Fernando que podemos fechar en la década de 1670. De esta fecha serían las pinturas y la escultura del titular, que es atribuible al taller de Pedro Roldán. Es probablemente una obra realizada con motivo de la canonización del rey en 1674, ya que estaba representado con anterioridad en el retablo mayor de la iglesia.

   En el muro derecho, el retablo más cercano a la capilla mayor es el dedicado a San Juan Bautista. Arquitectónicamente se estructura en torno a un arcosolio que cobija una estructura de banco, piso principal y ático, estando dividido en tres calles y siguiendo las formas de los grandes tratadistas italianos como Sebastián Serlio y Leon Batista Alberti. Este retablo fue encargado en 1605 a Gaspar Núñez Delgado que realizó los relieves que representan escenas del santo del primer cuerpo, el Nacimiento del Bautista y la Visitación, así como la escultura de bulto redondo del titular, obra maestra de su autor. En 1610 interviene Francisco de Ocampo, que completó la decoración, terminando con un relieve de más profundidad las escenas superiores que representan el Bautismo de Jesús al centro y la predicación y la degollación del Bautista en las dos escenas laterales. La policromía de las tablas del retablo correspondió a Francisco Pacheco en 1613, con escenas que representan a los Evangelistas y a los cuatro Padres de la Iglesia: San Agustín, San Jerónimo, San Gregorio y San Ambrosio. En los laterales, el mismo autor representó a los profetas del Antiguo Testamento, Malaquías, Davíd, Isaías y Elías. Junto a la puerta de acceso al coro, el retablo de Santa Gertrudis, la monja que anticipó la devoción al Corazón de Jesús, es obra de fines del XVII. La pintura de la titular es obra atribuible a Lucas Valdés, apareciendo a sus pies una imagen de Cristo Yacente dentro de una urna, obra del siglo XVII. Toda la iglesia se halla decorada por un espectacular zócalo de azulejos del siglo XVI (aparece la fecha de 1588 en algunos de ellos) con motivos de grutescos, santos, profetas, puttis, decoración floral y puntas de diamante. Se suele atribuir a Cristóbal de Augusta, autor de los azulejos del llamado palacio cristiano en los Reales Alcázares, aunque también se apunta la participación de su suegro Roque Hernández. La visita a la iglesia es recomendable en algunas de las horas litúrgicas en las que se permite el acceso (rezo de completas, al atardecer), en las celebraciones especiales (Corpus, día de San Clemente, Triduo Sacramental) y, sobre todo, durante la novena a Santa Gertrudis, en noviembre, momento para contemplar el espectacular altar efímero que se instala, resumen vivo de la estética conventual sevillana.
   A los pies de la iglesia, a ambos lados de la pintura mural de San Fernando, se encuentran las puertas de acceso al coro, enmarcadas por yeserías arquitectónicas de comienzos del siglo XVII. La puerta lateral derecha es el antiguo comulgatorio, lugar por donde las monjas recibían la comunión antes de la reforma litúrgica que trasladó el coro a la zona del presbiterio. Presenta un suntuoso recargamiento decorativo de estilo rococó, con una hornacina donde aparecen pintadas una Inmaculada y un Niño Jesús, obras anónimas del siglo XVIII. La puerta derecha permite acceder al coro bajo, amplia estancia rectangular con numerosos retablos barrocos de diversa factura. Destaca uno de mediados del siglo XVII con pinturas que representan la Visitación, el Nacimiento de San Juan, el Bautismo de Cristo y las cabezas cortadas de San Pablo y de San Juan Bautista, pinturas que se suelen atribuir a Lucas Valdés, hijo de Juan de Valdés Leal. De la primera mitad del siglo XVII es un retablo que acoge a la Virgen de la Esperanza. Otro retablo del siglo XVIII está presidido por una imagen de San José con el Niño y tiene alrededor pinturas que representan a Santa Matilde, Santa Umbelina, Santa Escolástica, Santa Lutgarda y Santa Ana enseñando a leer a la Virgen. Del siglo XVII, pero policromado en época neoclásica, es un retablo dedicado a San Fernando y a Santiago Apóstol. Llama la atención la duplicidad de advocaciones representadas en la iglesia y al mismo tiempo en el coro, explica por sí misma la tajante separación que antaño existía entre la zona pública y la clausura conventual. El órgano es obra neoclásica de comienzos del siglo XIX, realizado por el maestro Otín Calvete. En el coro cuelga una pieza excepcional de la orfebrería sevillana, una lámpara de bronce adornada con elementos vegetales y geométricos  unos esmaltes con los escudos de los Guzmán. Datable hacia 1400, se suele identificar como una donación de doña Beatriz de Castilla, la viuda del conde de Niebla que fue monja en el convento en cuyo coro fue enterrada en 1409.

   El monasterio se organiza en torno al gran claustro principal, obra realizada a partir de 1615 según el diseño de Diego López Bueno, maestro mayor de Fábricas del Arzobispado que dirigiría las obras, y de Miguel de Zumárraga, maestro mayor de obras de la Catedral. También intervino posteriormente en su ejecución, como maestro alarife, Juan de Segarra, a quien tradicionalmente se había atribuido su ejecución. Es un gran claustro cuadrado (no perfecto en sus medidas) que se realizó sobre el antiguo claustro mudéjar, teoría que quedó confirmada con las últimas excavaciones arqueológicas. Sus frentes, de aproximadamente 25 metros de largo, presentan dos pisos, con siete artos en cada frente que descansan en elegantes columnas pareadas, solución poco habitual en los conventos sevillanos (presenta esta tipología el claustro de la Casa Grande la Merced). Los arcos del piso inferior son semicirculares y los del piso inferior carpaneles, siendo las columnas de orden toscano y sosteniendo cimacios con ménsulas gallonadas. Ésta es una solución que también empleó Diego López Bueno en el claustro de Santa Paula. Una de las galerías altas del claustro está cerrada, es el fruto de la intervención del siglo XVIII realizada por el arquitecto neoclásico José Álvarez. Una actuación importante en el claustro se realizó tras la inundación que afectó al edificio en 1626, cuando el cercano Guadalquivir acabó anegando el monasterio. Las obras conllevaron la elevación del jardín central, la colocación de una fuente y el revestimiento de las paredes del claustro por un zócalo de azulejos, obras que se comenzaron siendo abadesa doña Petronila de Sandi  que se terminaron bajo la dirección del monasterio por doña Brianda de Guzmán.  Tuvo el claustro, por tanto, un revestimiento de azulejos perfectamente documentado compuesto por más de nueve mil piezas. Fueron realizadas por Benito de Valladares entre 1627 y 1628, siendo expoliados casi en su totalidad con la ocupación de las tropas francesas en el siglo XIX. En las cuatro esquinas del claustro se abren cuatro retablos-hornacinas dedicadas al Nacimiento, la Dolorosa, la Piedad y los Desposorios Místicos de Santa Catalina. Desde el claustro se puede contemplar una de las mejores vistas de la espadaña marienista del monasterio, con una estructura de arcos y dinteles inspirado en Sebastián Serlio y Andrea Palladio que se hizo muy popular entre los conventos sevillanos del siglo XVII. Fue diseñada por Diego López Bueno y por Miguel de Zumárraga.
   Entre las dependencias que se abren al claustro destaca el refectorio, notable estancia rectangular reformada a comienzos del siglo XVII. Estuvo presidida desde ese siglo por el lienzo que representaba a Cristo servido por los ángeles, de Francisco Pacheco, lienzo de notables proporciones que fue expoliado por los franceses y que hoy se conserva en el museo Goya de Castres, en Francia. La estancia tuvo diversas reformas a lo largo de su historia, siendo destacable la de 1729, en la que se le abrieron unos óculos en uno de sus frentes para mejorar su iluminación. Su aspecto actual debe corresponder a la intervención de Diego Antonio Díaz entre 1730-40. En esa época se debieron realizar los retablos que la presiden en la actualidad, que representan al jesuita San Estanislao de Kostka y a San José con el Niño, ambas atribuidas al pintor Domingo Martínez y relacionables con el retablo pictórico de la sala de ordenación del convento de Santa María de Jesús. En un lateral se mantiene el púlpito desde el que una monja lee textos sagrados durante las comidas en comunidad.

   Contiguo al claustro principal se sitúa el llamado patio grande o claustro de la Abadesa, que fue el centro del monasterio original. Su aspecto actual es el fruto de numerosas intervenciones entre los siglos XV y XVIII, siendo de planta trapezoidal. Del siglo XVI son las columnas genovesas de su piso bajo, con curiosos capiteles de castañuelas. La planta alta parece del siglo XVII y sigue modelos de Diego López Bueno. La otra estancia de interés es el llamado patio angosto, obra fundamentalmente del siglo XVI, estancia que se sitúa entre las galerías de los antiguos dormitorios y el ala sur del claustro principal. Vuelve a tener capiteles de castañuelas en sus columnas, configurándose definitivamente entre 1627-28, época en la que se hicieron nuevas arquerías y se colocaron azulejos con cabezas de querubines de Benito de Valladares cuyas reproducciones venden las monjas en la actualidad en el torno. Con este patio comunicaba la iglesia primitiva cuya hermosa portada, de ladrillos bícromos gótico-mudéjares, se conserva todavía. 

   Del amplio patrimonio que todavía conserva el monasterio se podrían destacar numerosas piezas escultóricas como un San Juan y una imagen de la Virgen con el Niño atribuidos a Montañés, la Virgen de Belén, pieza en alabastro de comienzos del siglo XVI, y diversas imágenes del Niño Jesús o de diversos santos. A pesar de los expolios, todavía conserva la comunidad lienzos de interés como el que representa los Desposorios místicos de Santa Catalina, San Fernando con los maceros (siglo XVI), las cabezas de San Pablo y San Juan atribuidas a Sebastián de Llanos Valdés (siglo XVII), la Piedad atribuida a Meneses Osorio o diversos lienzos cercanos al estilo de Domingo Martínez. En la notable colección de orfebrería destaca por su originalidad el llamado salero de San Fernando, copón medieval de formas góticas que presenta escenas relacionadas con la leyenda de San Jorge. Excepcional es el archivo del monasterio, perfectamente catalogado, que acoge documentos de gran interés desde la fundación del monasterio en el siglo XIII.
   Desde el siglo XIII, la comunidad de monjas más cercana al río Guadalquivir comienza su jornada mucho antes de la salida del sol, al son de la campana comunitaria. Las monjas comienzan a las 5.15 h y, tras un tiempo para el estudio, llega el momento de la eucaristía a las 8.00 h (los festivos, la misa se celebra a las 10 de la mañana). Todo el Oficio Divino –invocación inicial, himno, antífonas, salmos, verso, lectura de las Sagradas Escrituras- se realiza cantado. En los domingos y festividades solemnes es especialmente hermoso la interpretación en gregoriano. Tras el desayuno sigue un tiempo de oración personal y otro de rezo comunitario, ya que a las diez menos cuarto se rezará tercia. En una perfecta adecuación a la regla benedictina, el ora es seguido por el labora, el gran principio que San Benito ofreció al monacato cristiano. El Císter, como movimiento monástico benedictino, ha seguido estos principios y la comunidad de San Clemente es un ejemplo. Sus religiosas laboran, trabajan para procurarse lo necesario para su propio sustento. Las monjas elaboran dulces y mermeladas con productos de la huerta del monasterio, realizando también tareas administrativas de ordenación de cartas y documentación bancaria. Entre los dulces conventuales destacan los cortadillos especiales, los pestiños de miel, las piñonadas, las llamadas dulzuras clementinas o las pastas de almendra. En época navideña están disponibles los llamados corazones de Santa Gertrudis, una original tarta de almendra en forma de corazón o las llamadas dulzuras de Navidad, caja surtida. Recomendable es el llamado bizcocho cisterciense, done el escudo de la orden se transforma en azúcar sobre fondo de bizcocho. Además, las monjas elaboran mermeladas de naranja (dulce o amarga), limón o miel de la sierra.
   Tras el tiempo de trabajo llegará el rezo de la hora sexta a las 13.15 h. Le sigue un breve examen de conciencia personal y el rezo del ángelus. Después, 13.30 h, es el momento del almuerzo en comunidad, en el refectorio, que se lleva a cabo en silencio, mientras se escucha la palabra de Dios que leerá una monja desde el púlpito del refectorio. También se podrán leer diversos artículos sobre la actualidad del mundo y de la Iglesia. El rezo de nona, a las 15.15, la quinta de las horas canónicas, pone fin a este periodo de oración.
    Por las tardes se combinará de nuevo el trabajo, el estudio y la oración. Tras un tiempo de compartir fraterno trabajo cotidiano y estudio, a las 18.00 h comienza el último tiempo de rezo del día, iniciado con el canto de vísperas, al que le siguen treinta minutos de oración personal y la cena. La intensa jornada acaba con la última de las horas litúrgicas, completas, y con el canto de la salve cisterciense en honor de la Santísima Virgen. “Muéstrame Señor propicio, protégenos mientras dormimos”. Es el cántico que realizan las monjas antes de pasar de forma individual ante la abadesa del monasterio, que las despide y bendice en el último acto comunitario de la jornada. A las 21.00 el día concluye y se inicia el descanso. Silencio mayor en San Clemente. La calle hace honor a su nombre. Se inicia el reposo de las monjas (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     Escasos restos guarda la iglesia de este monaste­rio, pertenecientes a la época de su primitiva fundación por Alfonso X el Sabio, puesto que en el siglo XVI y en el XVIII profundas reformas hicieron perder al templo su fisonomía primitiva. Un pórtico del siglo XVII, reformado en época de Carlos III, da acceso al templo por el muro lateral derecho. El interior es de una sola nave, que se cubre con una magnífica techum­bre mudéjar de mediados del siglo XVI. La parte inferior de los muros está revestida de un zócalo de azulejería, obra de finales del siglo XVI atribuida a Roque Hernández. Pinturas murales recubren las paredes de la iglesia apareciendo en ellos figuraciones de santos de la orden cisterciense. Estas pinturas están atribuidas a Miguel Francisco Ximénez. La capilla mayor de esta iglesia se cubre con bóveda semiesférica que descansa sobre pechinas. En ella se alberga el magnífico retablo mayor realizado por Felipe de Ribas, entre 1639 y 1647. Su estructura arquitectónica presenta dos cuerpos y un ático, articulándose en vertical con columnas corintias pareadas. En las hornacinas de este retablo, aparecen esculturas de San Clemente, en la principal, flanqueado por San Benito y San Bernardo. En el segundo cuerpo figura en el centro la Inmaculada Concepción y a sus lados San Fernando y San Hermenegildo; un Calvario remata todo el conjunto. En la policromía del retablo intervino Juan de Valdés Leal.
     En los muros laterales del presbiterio aparece una decoración de carácter geométrico y vegetal, que fue realizada por Lucas Valdés en 1689 después de la muerte de su padre Juan de Valdés Leal. Igualmente son obras de Lucas Valdés, documentadas en el año citado e impresionadas por su padre, las cuatro grandes pinturas que figuran en la parte alta de estos muros laterales del presbiterio, en algunas de las cuales se representan episodios de la vida de San Clemente.
     A los pies de la Iglesia y sobre el muro del coro, aparece una pintura mural realizada por Valdés Leal que representa la entrada de San Fernando en Sevilla, obra que puede fecharse hacia 1683. Interesantes por su traza son las dos puertas que comunican el coro con la iglesia, que por su estilo pueden datarse en  el primer cuarto del siglo XVII.
     A los pies del muro izquierdo de la iglesia, aparece un retablo fechable hacia 1670, con pinturas coetáneas que narran episodios de la vida de San Fernando; una escultura de este santo figu­ra en la hornacina central. Aparece a continuación un retablo de hacia 1780 con una escultura de la Virgen de los Dolores y dos bustos relicarios del primer cuarto del siglo XVII.
     Mayor interés tiene el retablo de la Virgen de los Reyes, fechable a mediados del siglo XVII, y presidido por una imagen de vestir de la titular, del siglo XIII. El Niño fue tallado en el siglo XVIII. A los lados de la Virgen de los Reyes, aparecen esculturas de San Francisco de Asís y San Francisco Solano. En el intradós del arco figuran pinturas con ángeles que portan atributos de las letanías. Junto al presbiterio se abre una hornacina que alberga el modesto sepulcro de la Reina Dª María de Portugal, que había sido esposa de Alfonso XI y madre de D. Pedro I el Cruel.
     En el muro derecho de la nave y comenzando desde el presbiterio, figura en primer lugar un buen retablo, construido en 1606 y reformado en 1610 por Francisco de Ocampo. La magnífica escultura que representa a San Juan Bautista y que preside el retablo es obra de Gaspar Núñez Delgado, al igual que los relieves que figuran en el mismo, que tratan los temas de la Visitación, la Predicación de San Juan Bautista, el Bautismo de Cristo y el Nacimiento de San Juan Bautista. El conjunto de pinturas de este retablo fue realizado por Francisco Pacheco, quien firma una de ellas, en 1613. Sus temas son los profetas Malaquías, David, Isaías, Elías, los Evangelistas y los Cuatro Padres de la Iglesia.
     Al final de esta nave se dispone un retablo de finales del siglo XVII modificado en el XVIII, que está presidido por una pintura de Santa Gertrudis, de buena calidad, que presenta características propias del estilo de Lucas Valdés. En el banco del retablo figura un Cristo yacente en una urna del siglo XVII.
     Muy rica es la orfebrería del convento. Como obra excepcional hay que destacar un copón de plata dorada, en forma de mitra episcopal, que se apoya sobre tres patas de león. El cuerpo de la vasija va tallado, cincelado y decorado con esmal­tes, representándose a Daniel en la fosa de los leones, San Jorge luchando con el dragón y una figura femenina. En la tapa aparecen figuras femeninas y masculinas coronadas y en el interior una M coronada en esmalte. Parece obra del siglo XIV que algunos autores han atribuido a una donación de María de Portugal, muerta en 1357 y enterrada en el templo. También de estilo gótico, pero  un siglo posterior, es un cáliz con representación del Calvario y temas de flor de lis. Bellísimas son las piezas renacentistas representadas por un cáliz del segundo tercio del siglo XVI y un excepcional copón con relieves de los Evangelistas en la peana y figuras de Hermes rodeando la copa. Se remata por un templete circular sostenido por columnas y, vinculado a la escuela de Alfaro, puede fecharse en el último tercio del siglo XVI. Obra muy interesante por su rareza es una lámpara de bronce y latón que se halla en el coro, formada por astil con esferas y cabeza piramidal calada, donde aparecen arcos de herradura. El plato lleva una decoración de lacería y ataurique con escudos esmaltados de los Guzmán. Algunos investigadores la han situado a principios del siglo XV, mientras otros consideran que es una bandeja mameluca adaptada a lámpara y fechable un siglo antes. Digno de men­ción es un ostensorio neoclásico de la primera mitad del XIX cuyo astil está formado por una figura femenina sobre la que van dos corazones, adornándose el viril con perlas y piedras precio­sas. Esta lleva la marca de Guerrero, y la peana, las de Palomino, Flores y Sevilla. Finalmente hemos de mencionar una gran custodia procesional formada por dos cuerpos y adornada con esculturas de los Evangelistas, la Inmaculada y la imagen de la Fe. Es obra neoclásica del siglo XIX (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El convento se enclava en el extremo noroeste de la manzana definida por las calles Torneo, Calatrava, Reposo, Yuste, Santa Clara, Arte de la Seda, Lumbreras, aunque en el pasado seguramente ocupara toda la manzana.
     Un primer examen de sus plantas nos sorprende por su falta de tipicidad en comparación con la de otros conventos cistercienses, y es que la distribución se encuentra aquí muy mediatizada por la superposición de actuaciones en los distintos períodos históricos y la acumulación de permanencias.
      El monasterio posee dos compases, uno con entrada desde la calle Reposo y la calle Santa Clara, donde también existe otra puerta que da acceso al segundo compás. El primero nos introduce en la iglesia y en el espacio dedicado anteriormente a huertas, y el segundo da paso al torno y a la puerta seglar.
     Sus dependencias se estructuran en torno a dos zonas presididas una por el claustro principal, que es la que posee una estructura más clara, y otra por el compás de la calle Santa Clara, que posee una estructura más confusa y edificaciones con un carácter menos unitario.
     De lo que parece que fue huerta en los últimos momentos de esplendor del monasterio (siglos XVII- XVIII) queda sólo un pequeño espacio libre en la esquina de las calles Torneo y Calatrava.
     Alrededor del claustro principal se sitúan las dependencias más significativas: iglesia y refectorio, una muy poco importante y marginal sala capitular y los dormitorios, todo ello edificado en dos plantas.
Su planta es casi cuadrada, con dos alturas y arquerías de columnas pareadas, abajo de medio punto y arriba de arcos carpaneles en tres de sus frentes; el cuarto es ciego con balconeras entre pilastras. En la construcción del mismo intervienen Diego López Bueno y Miguel de Zumárraga a partir de 1617, finalizándose su construcción en 1632.
     La iglesia se sitúa en el lado este del patio y se orienta en sentido norte-sur. Es de una sola nave, un gran arco toral que descansa sobre dos columnas dóricas empotradas en los muros da paso al presbiterio, y los coros, bajo y alto, se sitúan a los pies. Delante de la misma existe un atrio, fechable hacia 1615, formado por arcos sobre columnas de mármol.
     La nave se cubre con un magnífico techo de alfarje de cinco paños que se puede fechar en torno a los años de culminación de la iglesia y es uno de los más interesantes de la carpintería sevillana de la segunda mitad del siglo XVI, el presbiterio con cúpula de media naranja y el coro bajo por un artesonado a base de casetones serlianos con decoración de temas vegetales, de principios del siglo XVII. En cuanto a la decoración, toda la nave tiene un zócalo de azulejos del siglo XVI, y el coro bajo unas vidrieras de principios del XVIII de Antonio de la Fuente.
     El norte se ocupa con el sobrio refectorio, tras él, la cocina y los restos de la huerta conventual. El ala sur incorpora la sala capitular, la entrada al coro bajo y el llamado "patio angosto". Tras ellos se sitúa la soberbia nave de los dormitorios antiguos y el "patio de la abadesa".
     Entre el coro y la nave de dormitorios encontramos el más antiguo de los patios del monasterio; el "patio mudéjar", que se compone de dos frentes de sencillas arquerías que se cegaron posteriormente.
     La portada a la calle Reposo, la que da al compás grande de la iglesia, consta de un cuerpo central avanzado y dos laterales. El central lo forma un arco de medio punto flanqueado por pilastras almohadilladas. Los cuerpos laterales poseen sendos vanos adintelados ciegos sobre los que se abren ojos de buey. En la parte superior, una hornacina con el azulejo de San Clemente remata el frontón curvo partido.
     La portada del nº 91 de la calle Santa Clara es una puerta sencilla sobre cuyo dintel se conservan restos de un azulejo con la fecha 1771. La del nº 92 da entrada al jardín que precede a la iglesia, es almohadillada y en la parte superior posee una hornacina con un azulejo de San Fernando.
     El Real Monasterio de San Clemente supone la primera fundación conventual de religiosas que se crea tras la incorporación de la ciudad de Sevilla a la corona castellana en 1248, realizada por las tropas de San Fernando.
     El primer documento histórico del que se tiene noticia es un privilegio de Alfonso X fechado en 1255, en el que se refiere la circunstancia de la construcción del establecimiento cisterciense en Sevilla. El arzobispo de Sevilla don Remondo funda la comunidad en un destacado enclave, por razones históricas y morfológicas. Concretamente se situó sobre los terrenos del que fue palacio de Bib-Ragel, residencia de verano del monarca abbadita Almutamid I. La situación del palacio permitía la defensa del sector noroeste de la ciudad.
     De las obras del primitivo monasterio, desde su fundación hasta el siglo XV, no nos quedan apenas vestigios; la portada de la antigua iglesia, emplazada junto a la sala capitular, o los pilares y pórticos de un claustro conocido como "patio mudéjar". En los siglos XVI y XVII se produce un intenso período de reformas que proporcionó al convento su actual estructura. El monasterio sufrió restauraciones generalizadas en el siglo XVIII. La iglesia fue edificada bajo el patrocinio de Felipe II y consagrada en 1588.
     El 22 de Julio de 1811 las tropas francesas expulsan a las monjas y las dependencias conventuales servirán para cuartel y la iglesia para almacén. Las religiosas fueron acogidas en el cercano convento de Santa Clara, regresando en Octubre de 1812, si bien la pujanza de la comunidad se vería ahogada por la desamortización.
     El monasterio fue restaurado para la Exposición Universal de 1992, en que formó parte del Pabellón de la ciudad. Las obras fueron patrocinadas por el Ayuntamiento de Sevilla con el concurso de una entidad de ahorros y dirigidas por el arquitecto Fernando Villanueva Sandino (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El monasterio inicia su construcción entre 1255 y 1260 sobre los solares que en época musulmana ocupaban a orillas del Guadalquivir, los palacios de los monarcas abbaditas, llamados de Vib-Ragel; palacios y heredades que fueron cedidos al arzobispo don Remondo por Fernando III tras la conquista de Sevilla.
     El edificio se organiza en torno a un gran claustro, de proporciones casi cuadradas, construido en 1632 y atribuido a Juan de Segarra. Está formado por dobles arquerías sobre columnas pareadas en sus dos plantas. Los grandes espacios cubiertos de la iglesia, el refectorio y la sala de dormitorios acotan este magnífico patio central.
     Esta última construcción se quiebra en ángulo configurando básicamente el segundo claustro, de menor tamaño, construido en el siglo XVI y ampliado posteriormente en el  XVII.
     Un tercer claustro -próximo al principal y fechable en torno al siglo XV- termina por configurar, junto al amplio compás, esta sucesión de espacios abiertos, en torno a los cuales se instalan las numerosas construcciones que componen este edificio.
     El acceso al convento se produce desde dos calles: Santa Clara y Reposo a través de dos magnificas portadas manieristas -reformadas, sobre todo en sus cuerpos superiores, en el siglo XVIII-. El compás del convento, de grandes dimensiones, quedó vinculado al edificio tras el permiso otorgado por Alfonso XI en 1334, creándose así este vasto espacio cerrado en torno al cual vivían los vecinos depen­dientes de la abadesa.
     La iglesia, que cubre uno de los lados del claustro grande, ofrece su fachada principal al compás de entrada a través, de un pórtico del siglo XVII, reformado en época de Carlos III.
     Escasos son los restos que aún conserva la iglesia de la época de su primitiva fundación por Alfonso X el Sabio, ya que las severas reformas de los siglos XVI y XVII se encargaron de cambiar su fisonomía primitiva. La que hoy presenta corresponde básicamente a la reforma que se hace bajo el reinado de Felipe II, inaugurada en 1588. Resuelta con bóveda de cañón, se cubre con un artesonado mudéjar de mitad del siglo XVI. Los muros están revestidos con zócalos de azulejos -atribuidos a Roque Hernández- fechados a finales del siglo XVI. La capilla mayor se cubre con bóveda semiesférica sobre pechinas (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
     En el número 49 de la calle Santa Clara nació en 1920 el poeta Rafael Montesinos, mientras que en el número 63 vivió entre 1923 y 1934 el celebérrimo bailarín Antonio. Ahora bien, la calle Santa Clara, tan larga, tan bella y tan sevillana, carece de salida, acaba justo ante la por­tada del venerable monasterio de San Clemente, que ocupa los números 91 y 92 de la calle. Este monasterio, de monjas cistercienses, debe su fundación a Alfonso X el Sabio, en cuya época se realiza su construcción, aunque ha sufrido un par de reformas muy amplias, una de ellas en el siglo XVI y la otra en el XVIII. Parte del convento se dedica en la actualidad a sala de exposiciones. Para entrar en la iglesia hay que pasar a la calle Reposo, rodeando por Yuste. Aquí se encuentra la entrada a un delicioso compás sembrado de naranjos, de damas de noche y de jazmines, con un atrio porticado del siglo XVII, reformado en tiempos de Carlos III. La iglesia tiene una sola nave, cuyo artesonado mudéjar es uno de los mejores de Sevilla. Lleva un alto y bellísimo zócalo de azulejos y sus muros se encuentran enteramente cubiertos de pinturas con adornos de roleos y vegetales y santos cistercienses, decoración que se extiende a la magnífica cúpula de media naranja sobre pechinas que cubre el presbiterio. Bajo esta cúpula se sitúa el soberbio retablo mayor que realizara Felipe de Riba entre 1639 y 1647. Consta de banco, dos cuerpos organizados en calles por suntuosas columnas corintias pareadas y un ático doble que se interna audazmente en la cúpula. La calle central acoge dos hornacinas; en una, la principal, situada en el cuerpo bajo y avenerada, preside el conjunto la imagen de San Clemente; en la otra, en el segundo cuerpo, está la Inmaculada. El Padre Eterno corona el conjunto. Bajo él aparece un Crucificado que tiene a sus pies al Espíritu Santo. Tanto el dorado del altar como las pinturas que aparecen en los muros del presbiterio, incluidos los cuatro grandes cuadros con escenas de la vida de San Clemente, fueron ejecutados por Lucas Valdés. Del mismo pintor es el mural que se encuentra sobre el muro del coro, con la escena de la Entrada de San Fernando en Sevilla, fechado en 1683. En el muro izquierdo del presbiterio, sin mayores lujos, se encuen­tra el sepulcro de Doña María de Portugal, esposa de Alfonso XI y madre de Pedro I. Muy buena es la Virgen de los Reyes que preside el altar a ella dedicado en el muro del evangelio. Se trata de una imagen de vestir de autor anónimo, datable en el siglo XIII, aunque el Niño que lleva en sus brazos es del siglo XVIII. Muy bueno es también el primer retablo del muro de la epístola, a contar desde el presbiterio. Su autor fue Francisco de Ocampo, quien lo dio por concluido en 1610. Tanto el San Juan Bautista que preside el conjunto como los relieves que en él aparecen son obra de Gas­par Núñez Delgado, mientras que las pinturas se deben a Francisco Pacheco (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Clemente I, papa y mártir;
   Papa y mártir del siglo I (92-101).
   De origen judío, habría sido convertido al cristianismo por san Pedro.  
   Sisinio, a cuya mujer había convertido, quiso perseguirlo pero fue castigado con la ceguera. Enfurecido, ordenó a sus esclavos que ataran a Clemente a quien acusaba de ser mago. Pero también éstos fueron cegados: amarra­ron una columna a la que tomaron por el santo y que intentaban desplazar en vano.
   El emperador Trajano lo desterró al Quersoneso (Crimea) donde fue condenado a partir piedras en una cantera. Para calmar la sed de sus compañeros que estaban muriéndose por la falta de agua, invocó al Cordero de Dios quien, rascando el suelo, hizo brotar una fuente de la roca.
   Finalmente fue ahogado en el mar Negro con un ancla al cuello. Los ángeles le construyeron una magnífica tumba de mármol en el fondo del mar. Todos los años, el dia del aniversario de su martirio, las aguas se retiran para permitir a los cristianos llegar a pie seco hasta la capilla submarina. Sucedió una vez que cierta madre demasiado devota olvidó a su hijo alli, al año siguiente lo recuperó vivo cerca del altar.
   Se trata del tipo de leyenda que se origina en un atributo. En su origen, el ancla simbolizaba su firmeza en la fe, su esperanza cristiana. Para explicar este atributo se imaginó que había sido arrojado al mar con un ancla en el cuello.
CULTO
   En 867 los apóstoles de los eslavos, Cirilo y Metodio, transportaron sus reliquias desde Crimea hasta Roma, donde se le dedicó una basílica. Venecia le reservó una capilla en la catedral de San Marcos. La ciudad de Velletri lo adoptó como patrón y otro tanto hizo Pescara, en la costa del Adriático. En Francia, la iglesia de Arpajon (antiguamente Charres) está puesta bajo su advocación. También lo invocaban las madres nodrizas en Saint Lactansin (Indre), que se hacía derivar de lac in sinu, y en Saint Euphrone (Cüte d'Or). Inglaterra, país de marinos, puso bajo su advocación cuarenta y siete iglesias, entre ellas la de San Clemente de Terrington. Una iglesia de Londres, en el Strand, a orillas del Támesis, también está consagrada a él. El emblema de la parroquia es un ancla que los sacristanes llevan sobre los botones y que, paradójicamente, remata la veleta del campanario. Quizá sea el úni­co caso en que se haya elegido el ancla, símbolo de estabilidad, para decorar una veleta que es la imagen de la movilidad por excelencia.
   En Colonia, el obispo Cuniberto le dedicó una iglesia que más tarde adoptó el nombre de San Cuniberto. También era venerado en Schwarz Rheindorf, frente a Bonn.
   Cirilo y Metodio difundieron su culto en los países eslavos. Era el patrón de los marmolistas, sobre todo en Sablé, Anjou, a causa de sus trabajos forzados en una cantera; y también de los barqueros y marineros a causa de su ancla. Curaba a los gotosos.
ICONOGRAFÍA
   San Clemente, que está representado sin atributos en los mosaicos de San Apolinar il Nuovo de Rávena, en el arte de la Edad Media se reconoce no sólo por la tiara pontificia y la cruz de triple travesaño, sino por el ancla, instrumento supuesto de su martirio, en la que se apoya, o que lleva atada al cuello.
   Las escenas más populares de su leyenda son el prodigio de la fuente que el cordero hace brotar en una cantera del Quersoneso, los milagros de la capilla funeraria construida por los ángeles en el fondo del mar Negro y el niño extraviado y recuperado por su madre en esa capilla acuática (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Horario de apertura del Convento de San Clemente:
            De Lunes a Sábados: de 10:00 a 12:45, y de 16:15 a 18:00

Horario Litúrgico del Convento de San Clemente:
            De Lunes a Sábados: 07:45 (Laudes - Oración)
                                               08:45 (Eucaristía - Tercia)
                                               18:30 (Vísperas - Oración) (Jueves Exposición del Santísimo)
            Domingos: 07:45 (Laudes)
                               10:00 (Eucaristía)
                               18:30 (Vísperas y Exposición del Santísimo)

Página web oficial del Convento de San Clemente: www.sanclementesevilla.es

Más sobre la calle Reposo, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Santa Clara, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la avenida Torneo, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Puerta de la Barqueta, en ExplicArte Sevilla.

El Convento de San Clemente, al detalle:
     Retablo de San Estanislao de Kostka
                    San Antonio abad
     Retablo de San José
                    Santa Escolástica y Santa Lutgarda
                    Santa Matilde y Santa Humbelina
     Retablo de San Juan Evangelista
                    Santa Escolástica     
                    Santa Humbelina
      Retablo de la Virgen del Císter
                   Santa Humbelina

Iglesia                     
Retablo de San Fernando
Retablo de San Juan Bautista
    Santa Escolástica    
Retablo de la Virgen de los Reyes

          Pinturas Murales
                  San Alberico, de Francisco Miguel Ximénez
                  San Plácido, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Columba, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Edita, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Franca, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Juliana, de Francisco Miguel Ximénez       
                  Santa Lutgarda, de Francisco Miguel Ximénez
                  Santa Matilde, reina, de Francisco Miguel Ximénez