Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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lunes, 5 de julio de 2021

Un paseo por la plaza Nueva

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Nueva, de Sevilla, dando un paseo por ella.
   Hoy, 5 de julio, es el aniversario de la Ley de 5 de julio de 1856, en la que se establecía la elección de los alcaldes a través de los mismos habitantes del pueblo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Plaza Nueva, de Sevilla, puesto que en ella se ubica el Ayuntamiento de la capital andaluza.
   La plaza Nueva es, en el Callejero Sevillano, una plaza que se encuentra en los Barrios de la Alfalfa, y del Arenal, del Distrito Casco Antiguoentre las calles Granada, Tetuán, Jaén, Méndez Núñez, Bilbao, Madrid, Badajoz, Barcelona, y Joaquín Guichot, 
   La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario, y está dedicada a lo reciente de su construcción, en el momento en el que se rotuló, de ahí el calificativo de Nueva.
   Lo que en un principio fue un calificativo que aludía a su reciente formación, se transformaría en el nombre propio y oficial de esta plaza, pues, aunque ha tenido diversas denominaciones, ha acabado por consolidarse y oficializarse la expresión popular. En 1857 se la rotula Infanta Isabel, por la primogénita de los duques de Montpensier; en 1868, con el triunfo de la revolución, se le bautiza Libertad; en 1873, se le da el de República y, transitoriamente, el de Repú­blica Federal, al advenimiento de ésta; en 1875 se le cambia por el de San Fernando, y en 1931 recibió el de plaza Nueva; no obstante, se siguió usando aquél en las décadas posteriores.
   Se abre sobre el solar del convento de San Francisco, fundado en el s. XIII, y uno de los más importantes de la ciudad por sus dimensiones, obras de arte y vínculos con instituciones y estamentos. En 1810 sufrió un incendio del que no se recuperó. Por esos años ya se proyecta la apertura de una plaza, pero no se hará efectiva. En la década de 1840 la iniciativa privada retoma la idea con una intención especulativa; sin embargo, la demora en la tramitación le lleva a renunciar, y a comienzos de la década de 1850 la asume el municipio, siguiendo los planos de Ángel de Ayala, modificados posteriormente por Balbino Marrón. La estructura básica con que fue concebida la conserva: un rectángulo en dirección este-oeste, con un espacio central como paseo, bordeado por calzadas para la circulación de vehí­culos, con sus correspondientes aceras. Ha perdido, sin embargo, la uniformidad de las fachadas, que fue otra de sus características iniciales.
   El espacio central fue concebido como salón, y ya en los primeros años se plantaron naranjos y palmeras, y se le dotó de tres hileras de bancos de mármol con respaldos de hierro en todo el contorno, y en el centro un quiosco para la música. El crecimiento del tráfico rodado llevó, ya en el presente siglo, a su remodelación. En 1920 se reduce el espacio central, para dar mayor anchura a la calzada perimetral, y se suprime la hilera exterior de bancos. En 1924 se instalan artísticas farolas de hierro, y en la década de 1930 se produce otra remodelación: un nuevo estrechamiento del espacio central, que ahora se rodea de parterres y se cierra con una balaustrada de mármol, la cual desaparecerá años más tarde. Se pavimenta de losas de mármol y recuadros de chino lavado, con diversos motivos figurativos. En las últimas décadas se han reducido las aceras que bordean el espacio central a fin de disponer andenes para autobuses. Las obras de apertura de una boca de metro en los últimos años de la década de 1970, han hecho que la mitad del mismo haya sido desmontado y rodeado de una tapia ya levantada con ocasión de estas obras, apareció en el subsuelo un lecho arenoso y los restos de un barco de época medieval,  confirmando la existencia de un antiguo brazo del Guadalquivir en esta zona.
   La calzada perimetral o arrecife, inicialmente empedrada, fue adoquinada en la década de 1880; dicho sistema experimentó reformas en distintas ocasiones, siendo sustituidas las grandes piezas originarias por otras más pequeñas; en 1961 se pavimentó con la capa asfáltica actual. Las aceras pri­mitivas eran de baldosas, que fueron sustituidas por una capa de cemento en la primera década del presente siglo, y posteriormente por las actuales losetas; están dotadas de alcorques con naranjos. Pronto se instaló la luz de gas; en distintas fechas se adquirieron farolas artísticas para colocarlas ante el Ayuntamiento y para completar el mobilia­rio del "salón"; allí se efectúan, en fechas señaladas, las primeras iluminaciones eléc­tricas en la década de los 60, pero el alum­brado público con electricidad no llegaría hasta el cambio de siglo. En la década de 1960 se instaló el nuevo sistema fluorescente con farolas de báculo, que fue sustituido en la siguiente por las actuales fernandinas.
   Poco después de su formación existió una propuesta para levantar en su centro un monumento a Murillo; más tarde se propuso otro en honor de Isabel II, coincidiendo con la inauguración oficial de la plaza (1862), pero la reina desistió para que se erigiese en honor de San Fernando, patrón de la ciudad. La idea fue aceptada, en 1877 se colocó la primera piedra, pero el monumento no se realizó hasta 1924, según proyecto de Juan Talavera; Joaquín Bilbao es el autor de la figura ecuestre, y las esculturas del pedestal son de Sánchez Cid, Pérez Comendador, López Rodríguez, y Lafita Díaz
   En la segunda mitad del pasado siglo se completó la dotación de la plaza con urina­rios y quioscos destinados a diversos usos. Mientras aquéllos desaparecieron con el tiempo, éstos han persistido, aunque evolucionando formalmente. Hoy existen dos de la empresa de transportes urbanos, otro tantos de periódicos, uno de flores y otro de chucherías, más varias cabinas telefónicas. Completan este equipamiento las marquesinas de las paradas de autobuses.
   Una de las características iniciales de la plaza fue un caserío uniforme con edificios de tres plantas, fachadas de piedra y remata­dos por azoteas, que no siempre contó con el beneplácito general, levantándose voces denunciando su monotonía y poca calidad artística. Dicha uniformidad se conservó hasta 1917, en que se plantea la ruptura de la misma. No obstante, en la década de los 60 aún se conservaba la mayor parte de la edificación primitiva, que hoy casi ha desaparecido. Sólo se conserva la fachada de las casas entre la calle Barcelona y la Telefónica, que también fueron las últimas en levantarse. La uniformidad primitiva ha sido sustituida por la diversidad de estilos y alturas, que llegan a las siete plantas, aunque predominan las de cinco. Destacan el edificio regionalista neobarroco de Telefónica, de Juan Talavera (1925); el también regionalista, esquina a Badajoz, de Vicente Traver (1917), y la fachada neoclásica del Ayuntamiento, diseñada por Balbino Marrón (1858). Inmediata al edificio de Telefónica se encuentra la pequeña capilla barroca, de una nave, de San Onofre, único resto del antiguo convento franciscano, que quedó integrada en el caserío, sin ningún signo externo de su función. 
    Desde sus orígenes, la nueva plaza aparece como una "plaza mayor", sobre todo por el valor de centralidad que pronto ad­quiere, especialmente en sus funciones de sociabilidad. Síntoma de esta realidad es el intento de sustituir a la plaza de San Francisco en la "carrera oficial" de las cofradías, que se hizo en 1874, pero que no prosperó. En ella tienen lugar numerosos actos patrióticos o políticos: proclamaciones de cam­bios de régimen, celebración de las fiestas regias, con exposición del retrato del monarca. Esta ceremonia anual fue descrita por Hans Christian Andersen, en los siguientes términos: "...el balcón del Ayuntamiento fue colgado con coloristas reposteros galonados de oro, encima del mismo se dispuso un retrato de la reina con un marco dorado. Dos soldados -gente real que vive- rindieron honores, bajo órdenes de permanecer firmes, inmóviles como soldados de madera, durante más de una hora... El sol daba directamente sobre el rostro de los dos hombres desdichados, quienes no se atrevieron a mo­ver un músculo ni apenas pestañear. Esta era una ceremonia tradicional y en lo que a este tipo de cosas concierne España está aún viviendo en el pasado". (A visit to Spain, 1862).
   También los acontecimientos políticos repercutieron en ella; quizás el más importante, el que fuese escenario de uno de los escasos enfrentamientos armados que tuvieron lugar el 18 de julio de 1936, incluso con emplazamiento de piezas artilleras. Pero sobre todo, concentraciones patrióticas y militares, en especial con ocasión de cambios de régimen, o como las celebradas durante la guerra civil de 1936 a 1939. En fin, punto de confluencia de manifestaciones reivindicativas o de solidaridad, etc.; entre las más recientes y multitudinarias, la que el 4 de diciembre de 1978 reclamó un referéndum sobre el nivel de autonomía de Andalucía. Pero, sobre todo, fue un centro de reunión y paseo de la sociedad sevillana. La plaza Nueva suplantará a los otros que existían hasta ese momento, en especial al del Duque. Desde los primeros momentos se instalaron sillas, que se alquilaban a los que iban a ella a descansar y pasar el rato; ya en l 855, El Porvenir alude a la concentración de personas en las noches veraniegas que acuden al paseo, amenizado por bandas de música; y la Guía de Sevilla, de 1866, señala que la clase más elegante asiste en esas noches al paseo, en el que actúan bandas de la guarnición. La temporada veraniega se abría el día del Corpus. A partir de dicha fecha, los días de fiesta y otros acudían dichas bandas, más tarde la de la "sopa", llamada así por estar integrada por niños del Hospicio, la municipal, y otras orquestas, para amenizar el citado paseo. Al mismo tiempo, a todo lo largo de la segunda mitad de la centuria decimonónica proliferan las más diversas actuaciones de saltimbanquis, funambulistas, circos, ejercicios gimnásticos y otras diversiones, y cuando el cine haga su aparición, también tendrán lugar pases al aire libre. 
   Todo ello contribuía a la existencia de quioscos de bebidas y aguaduchos, al pulular de aguadores, heladeros y de vendedores de otros comestibles; "por una perra gorda los puestos de agua ofrecían horchatas de almendras, refrescos de corteza de sidra y de zarzaparrilla y agua con panales de todos los colores; y el carrillo de las gaseosas brindaba frescas y estomacales naranjadas y de limón por una perrilla y hasta por una diminuta moneda de dos céntimos se podían gustar los barquillos de canela, los almen­drados y corrucos, los cangrejos y camarones y pepitas tostadas de calabazas" (A. Palacios Miniño, Estampas de mi tierra. Sevilla y provincia en sus manos). Aunque acudían de todas las clases sociales, no se mezclaban. Como señala Muñoz San Román, las familias acomodadas se concentraban en el lado norte, y en el opuesto las demás; aquéllas "formando corros, juntándose según su mayor amistad y conocimiento. Y eran de ver las niñas puestas de sombrerillos con adornos de uvas y flores; las señoras dándoles que las dan a los pericones y los muchachos con sus sombreros de paja y sus chalecos blancos de piqué y solapas cruzadas, discurriendo, éstos últimos, por la vera del mejor sector y entablando batallas con los ojos hasta llegar al asalto de los corazones. Porque muchachos y muchachas tomaban el fresco a distancia segura, como correspondía al más extremado deco­ro." ("El veraneo en la plaza Nueva", ABC, 7-VIII-1942). En ambos lados se formaban estos corros o "peñas" de contertulios. El cuadro se completaba con los niños jugando entre dichos corros, con las consiguientes molestias, que denuncia la prensa. Juan Sierra recuerda la plaza de su infancia: "Nuestros juegos en aquella hora tan honda del verano, cuando se encendían los prime­ros faroles, y los cascos de los caballos de los landós eran como teclas de oro en la perla calurosa del anochecer" (Sevilla en su cielo).
   La animación se incrementaba en diversos momentos, coincidiendo con fiestas, como la del Corpus, solemnizada con iluminación especial y con fuegos de artificio; en otros casos, con motivo de la proclamación de la República o la de la Monarquía, u otros acontecimientos. El Ayuntamiento promovió una velada en la festividad de San Fernando en 1878, que no volvió a celebrarse. El Carnaval será la fiesta popular más ligada a la plaza, como refleja la prensa de estas décadas. El Ayuntamiento la engalana­ba para los tres días del Carnaval y el Domingo de Piñata; en ella se concentraban las máscaras y las sociedades que desfilaban en las cabalgatas o en el entierro de la sardina. Además, tenían lugar conciertos y otras diversiones. Así se mantuvo hasta 1891, en que, con motivo de la decadencia de la fiesta, el Ayuntamiento dejó de exornarla, según la Guía de Gómez Zarzuela. La animación y esa función de paseo debió ir perdiéndose con el cambio de siglo, pues en un escrito dirigido al Ayuntamiento por varios sevillanos (1914), se la describe como lugar triste y abandonado. Muñoz San Román hacía la misma apreciación en 1942, atribuyéndolo a la proliferación de la práctica del veraneo y a la costumbre de pasear en coche por la Palmera. Sin embargo, José Andrés Vázquez ofrece una imagen distinta para la siguiente década, aunque ya ha he­cho su aparición uno de los peligros que amenazan a dicha función: "Ahora no faltan ruidos, no. El centro de la plaza -el salón propiamente dicho- es acogedor y apacible; pero los arrecifes circundantes mantienen una circulación intensa que, en realidad, debiera ser menos ruidosa y menos maloliente a gasolina y grasa quemadas. Un sofocante estacionamiento -líbrenos Dios de emplear la palabrota de 'aparcamiento', pues nos lo impide nuestra buena crianza- achica el espacio y hasta lo inficciona. Así y todo, con la seguridad de que no hay peligro algu­no, la ilustre plaza acoge tertulias de hombres mayores; de señoras de toda edad que, al terminar sus cotidianos quehaceres, salen a respirar cerca de casa; niñeras al cuidado de la grey infantil, mientras los soldados francos de servicio las galantean como es de su tradicional incumbencia; niños que allí hacen sus deberes escolares o juntan sellos o estampitas; y niñas que abrieron escuela de baile 'por sevillanas' o se reunieron en rueda para cantar, como flores animadas que hubiesen salido de los arriates". ("Horas en la plaza Nueva", ABC, VIII-1954). En estos tiempos es más frecuentado por jubilados, aparte de que la reducción del espacio por las obras del metro ha restado capacidad y estética a la misma, y la intensificación del tráfico ha restado tranquilidad. También se han celebrado diversas ferias del libro, y mercados de temas navideños, y en las últimas décadas se viene instalando un "nacimiento"; a ella, en fin, han acudido los sevillanos a festejar el cambio de año.
   Toda esta actividad y el papel desempeñado por la plaza, contribuyó a la aparición en su entorno de fondas y hoteles. Algunos serán de los más importantes de la ciudad, a los que acudía la élite de los visitantes, como los príncipes de Gales y Rotschild, en el caso del Cuatro Naciones (1876), la Fonda de Londres, en la que se aloja H. Ch. Andersen, o el Inglaterra. A mediados de la presente centuria había cuatro, entre ellos el Cecil-Oriente y el Inglaterra, que ha cumplido los cien años y es el único superviviente. También se instalaron círculos, como el Casino Liberal (1897), el Sevillano (1899), el Círculo de Recreo (1862) y el Nuevo Círculo (1865). Un importante punto de reunión du­rante décadas fue el Café la Perla, en la es­quina con Tetuán.
   En la actualidad, las funciones que pre­ dominan siguen estando relacionadas con el sector servicios, pero con un importante cambio cualitativo: casi absoluto dominio de las oficinas públicas (Consejería de Gobernación, Telefónica, Ayuntamiento) y privadas, algún banco, y sólo en el frente norte existen comercios, en su mayoría de lujo. 
   Se ha consolidado como parada terminal de numerosas líneas de autobuses, que ocupan casi todo el perímetro de la plaza, a lo que hay que añadir una parada de taxis. Por otro lado, el ser lugar de paso hacia el norte por el centro de la ciudad, y la existencia en ella y en su entorno de numerosos edificios públicos, contribuye a que se encuentre con frecuencia colapsada de tráfico. De todas formas este movimiento de personas y vehí­culos, en el que el Ayuntamiento tiene una especial importancia, por el volumen de personas que a él acuden, decrece considerablemente por la tarde, al estar cerradas las oficinas, al tiempo que su fachada se convierte, como hace décadas, en punto de cita de la juventud, para iniciar el paseo a la caída de la tarde. Son numerosos los autores que citan esta plaza en sus escritos, entre otros M. Chaves Rey, M. Chaves Nogales, J. Sierra; o sitúan aquí escenas de sus obras, como Pérez Lugin, Blasco lbáñez, A. Palacios Valdés, A. Grosso, A. Burgos. También ha sido objeto de ensayos o artículos (S. Montoto, J. A. Vázquez, M. Sánchez del Arco) [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
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Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La plaza Nueva, al detalle:
Edificio de Telefónica, de Juan de Talavera y Heredia
Casa Longoria, de Vicente Traver
Monumento a San Fernando

martes, 18 de mayo de 2021

Un paseo por la plaza del Museo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza del Museo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 18 de mayo, es el Día Internacional de los Museos, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la plaza del Museo.
     La plaza del Museo es, en el Callejero Sevillano, una plaza que se encuentra entre las calles Alfonso XII, Monsalves, Rafael Calvo, Miguel de Carvajal, y Cepeda, en el Barrio  del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario, y está dedicada al Museo de Bellas Artes, edificio emblemático que centra la plaza, a la que está dedicada. 
      El espacio actual de la plaza, resultado de una importante operación urbanística decimonónica, estuvo ocupado desde la Edad Media por el desaparecido convento de la Merced, que dio nombre, al menos desde principios del s. XV, a la llamada calle y también plazuela de la Merced, topónimos referidos só1o a la pequeña zona próxima a Alfonso XII, la que hoy se conoce como Cepeda. En esa zona debió estar la calle del Dormitorio de la Merced, cuya ubicación exacta se ignora, pero que se documenta en la segunda mitad del s. XVII. Por ese mismo flanco norte el edificio conventual lindaba con Armas (actual Alfonso XII), y por el este con la calle de los Pasos (Rafael Calvo), también llamada desde fines del XVII Sacramento. 
      Por el lado sur el límite era la antigua Narcisos (Miguel de Carvajal). Derribada en 1840 buena parte del convento y urbanizado como nueva plaza el espacio resultante, pasó a designarse con diversos nombres, que aparecen indistintamente en informes, documentos y noticias de prensa de mediados del XIX: paseo de la Merced, jardines de la Merced, paseo del Museo, alameda del Museo y plaza del Museo, que es el que termina por consolidarse en los años 60, pues tras la desamortización de 1835 el convento había sido habilitado como museo de pinturas por orden del jefe político de la ciudad, el escritor Serafín Estébanez Calderón. En 1900 ese nombre se sustituye por el de Conde de Casa Galindo, en homenaje a Andrés Lasso de la Vega Quintanilla, jefe del partido liberal conservador en la provincia de Sevilla y presidente de la Academia Provincial de Bellas Artes, que habitaba en el palacio de su nombre en la calle Alfonso XII, frontero a la plaza. En 193l se acuerda reponer la denominaci6n de plaza del Musco.
     Tras la parcial demolición del convento, se acordó en 1846 trazar un paseo según los planos del arquitecto municipal Balbino Marrón. Las obras avanzaron con rapidez y en ese mismo año se inauguran tanto el paseo como la plaza que, al decir de un contemporáneo, quedaron como "elevado terraplén, cuyas bellas y elegantes formas han cambia­do la faz de aquel insuperable  laberinto de calles cortas, ahogadas y tortuosas. Se halla circuido de elevadas verjas...", con "ricas estatuas y cabezas que lo decoran, posadas sobre caprichosos pedestales. Los bustos son de emperatrices y emperadores romanos, extraídos del vetusto palacio que existe en la villa de Umbrete, asilo de los arzobispos de Sevilla. 
     La figura circular pero prolongada por su frente tiene 80 pies de largo por 90 de ancho. Súbese a el por dos espaciosas escalinatas y dos más pequeñas laterales. Está plantado de una doble hilera de arboles, cuyo follaje ofrecerá con el tiempo a los paseantes una agradable sombra. Alzase sobre el centro una fuente que representa un genio sobre delfín, cuya boca lanza un cañón de agua. Este capricho, también traído de Umbrete, es de mucho mérito" (A. Jiménez, Semanario Pintoresco Español, año 12, 1847).
     Una vez abierto el paseo, se sintió la necesidad de dotar al edificio del convento, cuyo entramado interior quedaba a la vista, de una fachada acorde con la dignidad urbanística del nuevo espacio. El proyecto, también de Balbino Marrón, se presentó en 1851 y las obras, iniciadas en 1859, se culminaron en 1860, quedando una fachada de corte clásico con tres cuerpos, que más adelante sería a su vez sustituida por la actual del museo. 
     La construcción de la fachada propició la remodelación de toda  la plaza, que había quedado cerrada por el paño de poniente. En 1862 se desmontan las estatuas, trasladadas a los jardines de las Delicias, y a la verja a los de Cristina, y se derriba una casa en la esquina con las actuales Rafael Calvo y Miguel de Carvajal, con el objeto de ampliar la plaza y colocar la estatua de Murillo, obra del escultor Sabino Medina, que se inaugura en 1864 sobre un alto pedestal trazado por Demetrio de los Ríos. El resultado fue una plaza casi elíptica con una gran rotonda en el centro y elegantes asientos y jardines. No sería esta la ultima remodelación de este espacio, que sufrirá nuevas transformaciones en 1888 (jardines, nuevos asientos, candelabros, adoquinado de las vías limítrofes...); en 1921, con nuevos arriates del arquitecto Juan Talavera Heredia; en 1929, con rectificaciones de líneas en las calles laterales, y en la década de los 40, en que se remodela la fachada del museo, con la incorporación de la antigua portada principal del convento, antes situada en Bailen.
     La plaza, pues, ha ido ganando amplitud desde su creación, y en la actualidad se configura como un espacio de forma trapezoidal, con una marcada angulación lateral en el flanco de poniente, delante de la Capilla del Museo. Está ligeramente elevada sobre la calzada y ajardinada con setos, palmeras, grandes ficus, adelfas y naranjos. Posee bellos bancos de mampostería y fundición, y en el centro la mencionada estatua de Murillo. Está equipada con cabinas telefónicas y un interesante quiosco construido en 1936, uno de los pocos ejemplares del movimiento moderno en Sevilla. Los urinarios públicos de su flanco sur no están en funcionamiento [ya desaparecidos]. El pavimento del espacio central es de chino lavado, y el de la calzada que lo bordea, de asfalto, con acercas de losetas. Por tratarse de un lugar urbanístico noble, siempre se cuidó su iluminación, que en 1847 se aplica con "seis farolas con seis pilares de hierro". Un periódico de 1850 escribe que "de pocos días a esta parte el bonito vergel de la Merced se abre de noche al público, y los bustos de los genios de la mitología... están alumbrados con hermosas farolas de reverbero. Aunque el capricho no haya favorecido a este paseo, no por eso deja de ser uno de los más bonitos y mejor decorados de la población" (El Porvenir, 7-VII-1850). En 1900 se dota a la plaza de candelabros, y en 1942 las farolas de gas de la fachada del museo se sustituyen por eléctricas. Hoy posee farolas de fundición de pie en la zona central, y adosadas a las fachadas de las casas en el resto.
     Tiene pocas casas, que se reducen exclusivamente a la acera de levante, ya que el frontal está ocupado en su totalidad por el Museo de Bellas Artes y la capilla del Cristo de la Expiración. Se trata de buenos ejemplares de la primera mitad de nuestro siglo, de dos y tres plantas, con patios, cancelas y cierros a la calle, algunos recientemente reconstruidos. El edificio del Museo de Bellas Artes se sitúa en el antiguo convento de la Merced Calzada, construido en la Edad Media y profundamente renovado a principios del XVII por Juan de Oviedo. Se ordena en torno a tres grandes patios, con la antigua iglesia en uno de sus extremos. Posee dos claustros y una gran escalera con bóveda sobre trompas. La iglesia, también obra de Juan de Oviedo, tenía una portada dieciochesca que hoy preside la fachada del museo, en cuyo interior hay numerosos azulejos de los siglos XVI, XVII y XVIII procedentes de edificios religiosos sevillanos desaparecidos. 
     Está considerada la segunda pinacoteca de España, por ser magnífico exponente de la pintura sevillana del Siglo de Oro. A mediados del siglo XIX el viejo convento mercedario fue también sede de la Sociedad Patriótica de Amigos del País y más tarde de las Reales Academias de Bellas Artes y de Buenas Letras, Comisión de Monumentos y Escuela de Bellas Artes. Las academias han permanecido allí hasta su reciente traslado a la casa de los Pinelos. Para instalar el museo en 1839, la iglesia había sido desocupada de altares e imágenes, entre ellas las de las cofradías del Cristo de la Pasión, que se trasladó a la también desaparecida parroquia de San Miguel, y del Santo Entierro. Contigua a la fachada del Museo se halla la capilla del Cristo de la Expiración, titular de llamada popularmente Hermandad del Museo, que hace su estación penitencial la noche del Lunes Santo y que congrega en este lugar a numeroso público.
     Desde su apertura, la plaza del Museo fue un lugar apacible y tranquilo, sólo alterado por juegos de niños, tránsito de turistas y entras y salidas de los alumnos de Bellas Artes. La prensa decimonónica se queja, sin embargo, de suciedades y sobre todo del mal trato dado a estatuas y jardines, lo que obliga a cerrar las verjas de acceso en las noches de verano, pues los niños apedrean las esculturas o se roban  "pedazos de hierro colado de los espaldares" (1854). 
      En 1875 el Ayuntamiento acuerda celebrar allí una velada con motivo de una fiesta religiosa de la cercana parroquia de San Vicente. Desde esta fecha hubo paradas de carruajes, urinarios y puestos de agua, pero nunca fue un espacio agitado. Este tono recogido y apacible y su condición de sitio umbrío y acogedor en las horas diurnas, lo conserva hoy sólo parcialmente, pues hay movimiento de coches y se usa, como otras muchas plazas sevillanas, para aparcamientos, si bien su función casi exclusivamente residencial reduce el tránsito de peatones. Por la noche se limita aún más ese tránsito y se convierte en un punto silencioso y bastante solitario. El descuido, la suciedad y el mal trato siguen contrastando, hoy día con la belleza de sus edificios e instalaciones, que han suscitado siempre el interés y la admiración de artistas y escritores. En su Sevilla del buen recuerdo, Rafael Laffón la evoca a principios de siglo como "oscura y desértica" durante la noche. José Andrés Vázquez resalta la belleza de la plazoleta delantera a la capilla del Cristo de la Expiración "fuera del tránsito general y cubierta por un musgillo esmeralda que asoma tímido por los intersticios del pavimento. Es una plazoleta que si no fuera por la vecindad de la casa que cobija los espíritus de Murillo, Zurbarán, Valdés Leal y otros, pareceríanos  una vulgar placita puebleña, sin otro encanto que el de su soledad" ("El Cristo del Museo"). Y Alfonso Grosso recuerda su ambiente por los años 50 del siglo XX: "Calle de San Vicente, plaza del Museo de Bellas Artes de Sevilla-Murillo en bronce y el coro de las niñas de las canciones de rueda (¿qué quieres amor/coronado de flores?/seis reales dan por el tordo de Juana...)-jarchas que nunca ella había escuchado-. Lasos de muselina, sandalias de goma y hambre reflejada en sus ojos tan negros" (La buena muerte). En la casa núm. 2 tuvo su despacho Blas Infante [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
plaza del Museo, 9. MUSEO PROVINCIAL DE BELLAS  ARTES. Instalado en el antiguo Convento  de la Merced. Fue obra del arquitecto Juan de Oviedo, finalizada a comien­zos del siglo XVII. Sufrió algunas reformas en el siglo XVIII, en las que interviene Leonardo de Figueroa, autor del patio principal. La portada actual del edificio fue trasladada a este lugar cuando se realizaron las obras de adaptación para museo, ya que dicha portada era la de la iglesia. Esta es de una sola nave y planta de cruz latina. Se halla adosada al claustro principal, que consta de dos plantas, la inferior con arquerías sobre columnas pareadas y en la superior balcones. La escalera, cubierta por una bóveda, se encuentra en la crujía que separa dicho claustro de otro patio de características más modes­tas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984]
Conozcamos mejor a el significado del Día Internacional de los Museos, puesto que al Museo de Bellas Artes, está dedicado esta vía;
     Desde 1977 el ICOM (siglas en inglés del Consejo Internacional de los Museos) organiza todos los años el Día Internacional de los Museos (DIM), una ocasión única para la comunidad museística internacional. Ese día los museos que participan en el DIM planifican eventos y actividades creativas relacionadas con el lema del Día Internacional de los Museos, conectan con su público y subrayan la importancia del rol de los museos como instituciones al servicio de la sociedad y de su desarrollo.
     El objetivo del Día Internacional de los Museos es sensibilizar al público sobre el hecho de que “los museos son un medio importante para los intercambios culturales, el enriquecimiento de culturas, el avance del entendimiento mutuo, la cooperación y la paz entre los pueblos”. Se celebra cada año el 18 de mayo o alrededor de esta fecha y los eventos y actividades organizados para la celebración pueden durar un día, un fin de semana o toda una semana.
     El Día Internacional de los Museos reúne cada vez más museos en todo el mundo. En 2020, a pesar de las limitaciones impuestas por un formato exclusivamente digital, las actividades de El Día Internacional de los Museos 2020 llegaron a más de 83 000 usuarios en las redes sociales, ¡sólo el 18 de mayo!
La cruzada de los museos
     Antes de crear oficialmente el Día Internacional de los Museos, en 1951 el ICOM reunió a la comunidad museística internacional en torno a un encuentro llamado La cruzada de los museos para debatir sobre “Museos y Educación”. La idea del Día Internacional de los Museos partió de la intención de mejorar la accesibilidad a los museos surgida en dicho encuentro.
La resolución de 1977
     El Día Internacional de los Museos se estableció oficialmente en 1977, tras la adopción de una resolución durante la Asamblea General del ICOM en Moscú (Rusia) para crear un evento anual “con el objetivo de unificar más las aspiraciones creativas y los esfuerzos de los museos y llamar la atención del público mundial sobre su actividad”. El objetivo del Día Internacional de los Museos era transmitir el mensaje de que “Los museos son un medio importante para los intercambios culturales, el enriquecimiento de culturas, el avance del entendimiento mutuo, la cooperación y la paz entre los pueblos”.
La comunidad se reúne en torno a un tema
     Puesto que el acontecimiento reunía cada vez a más museos y, con el objetivo de favorecer la diversidad en la unidad, en 1992 el ICOM propone por primera vez un tema: Museos y medio ambiente.
Se crea una identidad universal
     En 1997 el ICOM lanzó el primer cartel oficial del acontecimiento sobre el tema de la lucha contra el tráfico ilícito de bienes culturales. 28 países lo adaptaron.
Se refuerza la comunicación
     El año 2011 fue un momento clave para el Día Internacional de los Museos, pues se introdujeron varias novedades, como los socios institucionales, un sitio web y un kit de comunicación. El ICOM patrocinó por primera vez la Noche Europea de los Museos, un evento que se celebra cada año el sábado más próximo al 18 de mayo (página web oficial de ICOM).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza del Museo, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La plaza del Museo, al detalle:
El monumento a Murillo
   La placa del Instituto Geográfico Nacional
El crucero

domingo, 1 de diciembre de 2019

La Capilla de la Hermandad del Museo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Hermandad del Museo, de Sevilla.  
   Hoy, 1 de diciembre, Conmemoración en Noyon, lugar de Neustria, asimismo en Francia, a San Eloy, obispo, que siendo orfebre y consejero del rey Dagoberto edificó monasterios y construyó monumentos a los santos con gran arte y elegancia, y más tarde fue elevado a las sedes de Noyon y Tournai, donde se dedicó con gran celo al trabajo apostólico (660) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de la Hermandad del Museo, de Sevilla, corporación fundada en 1575 por el gremio de plateros que tienen por patrón a San Eloy.
   La Capilla de la Hermandad del Museo, se encuentra en la plaza del Museo, 10; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   Cuenta el Abad Gordillo que la hermandad del Cristo de la Expiración "tuvo su institución por devoción de unos mancebos oficiales de la platería, los cuales se propusieron, el día de Domingo de Ramos oyendo la Pasión en el dicho monasterio de la Merced, y se aficionaron en atender el particular paso y tiempo en que Cristo Nuestro Señor esperó las aflicciones que refiere el Santo Evangelista y consideraron que levantaba la cabeza al cielo en llamamiento de su Padre Eterno". Nacía así la hermandad del Cristo de la Expiración, fundada en 1575 en la parroquia de San Andrés, hoy conocida por la "del Museo", al residir junto al antiguo convento mercedario desde comienzos del siglo XVII. Antes pasaron unos años de desencuentro con los mercedarios, periodo en el que residieron en la parroquia de la Magdalena y, tras pasar por otra capilla, erigir definitivamente en 1613 el templo actual.
  Se trata de una iglesia de una sola nave, rectangular, contigua a la principal del antiguo convento mercedario, hoy Museo de Bellas Artes. Tiene acceso por una sencilla portada realizada en 1883, una actuación obligada tras la reforma a la que sometió Balbino Marrón a la antigua fachada monástica. Al derribarse el antiguo compás, la capilla se hizo visible desde el exterior, realizándose un nuevo diseño que parecer corresponder al académico Joaquín Fernández Ayarragaray. Decora su muro un excelente retablo cerámico firmado por Antonio Morilla Galea en 1963 y que representa al Cristo de la Expiración  a la Virgen de las Aguas. 
   El interior de la iglesia presenta un cubrimiento de madera acasetonado, que corresponde a una reforma posterior a la obra inicial, donde se estipulaba una cubrición por bóveda de cañón. Preside la alargada nave un retablo neoclásico, dorado en fecha posterior a su ejecución, que se sitúa hoy en el lado contrario al que estuvo originalmente. Los preside la impactante imagen del Cristo de la Expiración, realizada en pasta de madera por el escultor Marcos Cabrera en 1575 aunque durante mucho tiempo se creyó en la vieja leyenda de un tal capitán Cepeda, un soldado que estuvo en Italia y que tiró los moldes de la obra al río para que no se repitiera. La realidad nos habla de un impactante crucificado expirante que sigue los modelos del manierismo de la alargatura y, muy especialmente, del dibujo que Miguel Ángel realizó para Victoria Colonna, todo un compendio del arte convulso y crispado que se realizó en el último tercio del siglo XVI. La obra debió suponer todo un éxito ya que se citó como modelo para diversos crucificados posteriores. En 1895 fue levemente reformado por Gutiérrez Cano, que quiso imprimir un aire más dramático al añadir un paño de pureza  realizado con telas encoladas de acusado dinamismo. Menos afortunada fue la intervención de 1978 de Peláez del Espino: a los pocos años la talla sufrió un proceso de ennegrecimiento que motivó una feliz restauración en 1991 por los hermanos Cruz Solís. La otra titular de la hermandad es la Virgen de las Aguas, situada a los pies del Cristo, una obra realizada en barro policromado por Cristóbal Ramos en 1772. Originalmente genuflexa, debió cambiarse su posición en alguna intervención del siglo XIX. Ya en 1922, Infantes Reina le cambió el juego de manos entrecruzadas por unas separadas, al estilo del resto de las dolorosas sevillanas. En 1962, Sebastián Santos intervino de nuevo sobre la mascarilla de la imagen y le realizó un nuevo candelero. Aunque procesiona sobre elegante palio de malla, obra de Sobrinos de Caro, y con manto azul liso en el que antiguamente se colocaban las alhajas de las familias acomodadas del barrio, antaño procesionó a los pies del crucificado en posición de Stabat Mater. Completan el retablo principal las tallas que flanquean el paso de Cristo, cuatro excepcionales esculturas de Francisco Antonio Gijón que representan a los Evangelistas, con un sentido del dinamismo y de la expresión propios de uno de los mejores artistas del barroco. Del notable patrimonio  del resto de la capilla destaca, a los pies de la nave, la imagen sedente de la Virgen de la Merced, conocida como la Comendadora, que debió pertenecer al patrimonio del convento, donde presidiría el coro de los mercedarios. Es obra atribuida a Benito Hita del Castillo (h. 1750), aunque también se ha relacionado con el estilo de José Montes de Oca. Varios tallas destacan en el muro de la Epístola. Primero el Cristo atado a la columna de Jerónimo Hernández, pieza procedente de la sala de profundis del antiguo cenobio mercedario y que debe fecharse hacia 1580. Le sigue el santo del candado, San Ramón Nonato, el mercedario que fue martirizado con un candado que le cerró la boca (aunque dicen que "aún así evangelizaba"), una talla muy cercana a las obras de Juan de Mesa. Sus manos son un añadido posterior de peor calidad. Excelente talla es la imagen de la Virgen del Rosario, atribuida también a Jerónimo Hernández por su similitud con otras obras documentadas del mismo autor. Está sentada, con el aire romano que el autor imprimía a tallas como la Virgen de la Paz conservada en la Parroquia de Santa Cruz. A sus pies se sitúa una miniatura de un nazareno con los mismos rasgos que el Cristo de Pasión, considerado por algunos como un boceto y que, probablemente, sea una copia de la imagen que estuvo situada en los muros contiguos. Otras imágenes destacables son una talla de Santa Lucía, un grupo romántico de San José con el Niño y un buen grupo de Santa Ana y la Virgen del siglo XVIII.   
 Con la invasión francesa la capilla perdió dos obras pictóricas fundamentales: el lienzo de la Resurrección de Cristo, de Bartolomé Esteban Murillo, que hoy se expone en la Academia de San Fernando de Madrid y un San Miguel, firmado por Francisco Varela en 1626, hoy conservado en una colección particular (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Eloy, obispo;
HISTORIA Y LEYENDA
   Según su Vita, redactada por su amigo san Audoeno, nació en Chaptelat, Limousin, hacia 590. Después de haberse formado como aprendiz en el taller de Abbon, orfebre de Limoges, se relacionó en París con Bobbon, tesorero de ClotarioII, y obtuvo el cargo de monedero. El rey Dagoberto lo convirtió más tarde en tesorero y le confió misiones más importantes.
   Después de la muerte del rey Dagoberto se hizo ordenar sacerdote.
   En 632 fundó el monasterio de Solignac cerca de Limoges. Pero la última parte de su vida transcurrió en el norte de Francia, donde en 640 fue nombrado obispo de Noyon, cuya diócesis comprendía Tournai y todo el país de Flandes. Habría fundado la iglesia de las Dunes (las Dunas), cuna de Dunkerque. Murió en 659.
   Sus obras de orfebrería más importantes son los relicarios de san Martín de Tours, san Dionisio, san Severino -en Chateau Landon-, de los santos Crispino y Crispiniano en Soissons, que han desaparecido, al igual que el cáliz de la abadía de Chelles que fue fundido en 1792. La única obra que subsiste y que se le atribuye es el trono de Dagoberto, conservado en la Sala de las Medallas de la Biblioteca Nacional de Francia. En realidad se trata de una silla curul de bronce de la época románica, reformada  en la abadía de Saint Denis en el siglo XII.
   Según la leyenda, antes de convertirse en orfebre y luego en obispo, habría sido herrador. El milagro del caballo herrado y la historia del diablo metamorfoseado en mujer a quien cogió de la nariz con la tenaza, contribuyeron mucho a su popularidad.
   Con el objeto de herrar con mayor comodidad un caballo arisco, san Eloy le habría cortado una pata delantera, la habría puesto sobre el yunque, y después de haber herrado el casco, habría vuelto a colocar el miembro en el animal. Una variante de la historia asegura que ese milagro habría sido consumado por su  ayudante, que no  era otro que Cristo disfrazado.
   Un día, el diablo disfrazado de mujer (impudica femina) se presentó en su taller. San Eloy lo reconoció y le apretó la nariz con la tenaza de herrero calentada al rojo. Esta leyenda del diablo cogido por las narices puede ser una copia de la de san Apeles, herrero genovés. En Inglaterra se atribuye a San Dunstano. Gaidoz ha supuesto que el orfebre y el herrero eran dos personas diferentes y que hubo sincretismo y contaminación entre la leyenda del obispo de Noyon, Eloy, y los vestigios sobrevivientes del culto de un dios herrero. No se necesita esta hipótesis para explicar que un orfebre representado con un instrumento como el martillo haya podido confundirse con un herrero.
   Esta leyenda sólo pudo nacer mucho tiempo después de la muerte de san Eloy, puesto que éste vivió en la primera mitad del siglo VII, y la práctica de herrar los caballos no apareció en Occidente antes del siglo XI. Por lo tanto el milagro del caballo herrado es un anacronismo.
   San Hilonio, monje de Solignac a quien se considera su discípulo, quizá no sea más que una duplicación. En Bretaña, a causa de la semejanza fónica, suele confundírselo con san Alar, obispo de Quimper y con san Telo o Elo, que como él, es protector de los caballos.
CULTO
   Hay pocos santos más populares que san Eloy. Su fiesta se celebraba dos veces por año: en invierno y en verano (para la traslación de sus reliquias).
1. Lugares de culto
   El culto de san Eloy tiene como centros principales Limousin, su provincia natal, y el norte de Francia donde fue obispo de Noyon y de Tournai. Desde allí se expandió hacia Alemania e Italia.
   El monasterio que san Eloy había hecho construir en la isla de la Cité de París, bajo la advocación de san Marcial, patrón de Limousin, se puso bajo su patronazgo. La catedral de Notre Dame de París poseía un brazo de san Eloy que  donó en 1212 el capítulo de Noyon. Los barnabitas conservaban entre otras reliquias preciosas, un cobertor de cama manchado de sangre "que se cree fue de san Eloy que solía sangrar por la nariz". En el siglo XIV, el rey de Francia Carlos V ofreció reliquias del santo orfebre al emperador Carlos IV de Bohemia.
   La iglesia de Saint Éloi de Ruán fue dedicada al culto protestante.
   La principal iglesia de Dunkerque se puso bajo la advocación de san Eloy (Saint Éloi), a quien se considera el fundador de la ciudad. 
 Roma tiene tres iglesias consagradas al santo: San Eloy dei Ferrari, San Eloy deglo Orefici y San Eloy dei Sellai. En los tiempos de la dinastía angevina en Nápoles, se puso una iglesia bajo su advocación. Y también era venerado en Bolonia.
2. Patronazgos
   San Eloy había sido elegido como patrón por numerosas corporaciones: los orfebres, batidores de oro, doradores de cobre, fabricantes de campanillas, cuchilleros, cerrajeros, herreros, herradores, fabricantes de espuelas y guarnicioneros, los tratantes de caballos (a causa del caballo cuya pata repegara milagrosamente el santo después de haberla herrado), los carreteros y arrieros, los arrendadores de carrozas y los cocheros. En nuestros días, en la época del automóvil, los mecánicos y los arrendadores de cocheras o estacionamientos reemplazan en su clientela a los herradores y cocheros.
   Por la misma razón era el protector de los caballos a los cuales solían llevarse en peregrinación a las capillas de san Eloy, adornados con guirnaldas y empavesados con pequeños banderines de forma triangular sujetos a la collera. El clero participaba en esta procesión montando a caballo, y se bendecía a los animales con el martillo de san Eloy. El día de la fiesta del santo se eximía de trabajo a los caballos. La ceremonia de la bendición de los caballos todavía subsiste en numerosas provincias francesas, al igual que en Flastrolf, en Sarre.
   Su patronazgo de los caballos y el milagro del caballo herrado le habían valido también los sufragios de los palafreneros y la consideración de los veterinarios. A causa de la curación de un lisiado, se lo consideraba patrón de los hospitales. También se demandaba su intercesión para el tratamiento de las úlceras, y los cólicos o gastroenteritis infantil.
   Se lo invocaba contra los incendios porque había salvado del fuego la iglesia de Saint Martial de París.
ICONOGRAFÍA
   Los tejos de plomo historiados que se encontraron en los dragados del Sena, cerca del antiguo priorato de Saint Éloi, presentan siete tipos diferentes de la imagen del santo.
   Pero todos ellos pueden reducirse a tres tipos iconográficos: el herrador, el orfebre y el obispo.
   La mayoría de las obras de arte: estatuas, pinturas y vidrieras que lo representan, fueron donadas por corporaciones de herradores o de orfebres.
1. El herrador o herrero
   Está representado con tenaza y martillo rematado en una corona. Sus otros atributos son un yunque, una herradura o un caballo, del cual a veces tiene en la mano una pata cortada, en alusión al milagro del caballo herrado, y una vela enrollada cuyo significado no está claro.
2. San Eloy orfebre
   Ya realiza el trabajo de artesano como el de comerciante en su tienda.
   Sostiene un cáliz o un anillo de boda, símbolos de la orfebrería religiosa y laica.
3. San Eloy obispo
   Está tocado con la mitra y lleva el báculo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Horario de Misas de la Capilla de la Hermandad del Museo:
     Lunes a Sábados: 20:30.
     Domingos: 11:30.

Página web oficial de la Capilla de la Hermandad del Museo:  www.hermandaddelmuseo.org/patrimonio/

martes, 9 de julio de 2019

El Ayuntamiento


  Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Ayuntamiento de Sevilla.       El Ayuntamiento [nº 17 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 45 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza Nueva, 1 (aunque la antigua entrada antigua se efectuaba por la plaza de San Francisco, s/n); en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
   Hasta mediados del siglo XVI el Concejo de Sevilla tuvo su sede en unas casas situadas en el Corral de los Olmos, a espaldas de la catedral. El edificio, de reducidas dimensiones, se compartía con el Cabildo eclesiástico y era poco representativo del poder e importancia de la ciudad. Por eso a raíz de la visita de Carlos V en 1526, para celebrar su matrimonio con la emperatriz Isabel, se vio la necesidad de un nuevo emplazamiento. Esta idea, sin duda patrocinada por el propio emperador, se puso en práctica de inmediato, eligiéndose para la construcción el lugar de las antiguas Pescaderías, inservibles desde el tiempo de los Reyes Católicos. Al frente de las obras estuvo, desde 1527 hasta 1534, Diego de Riaño, a quien hay que considerar el autor de las trazas y el constructor no sólo del Apeadero, sino también de la Sala de Cabildo baja y de la fachada de la Plaza de San Francisco.

   El sector antiguo del edificio, que se intentó continuar en el pasado siglo, siguiendo un proyecto de Demetrio de los Ríos, presenta un trazado en línea quebrada. Cada uno de sus paramentos está compuesto por dos plantas, a excepción del cuerpo correspondiente al arquillo que posee tres, siendo el último producto de las intervenciones del siglo XIX. La fachada de la plaza de San Francisco se distribuye en cinco módulos por medio de pilastras y columnas que presentan su fuste cubierto por decoración de grutescos. Motivos de esta misma naturaleza aparecen en las jambas y dintel de los vanos y en los entablamentos, distribuyéndose por el zócalo, remates y enjutas, una serie de medallones con personajes históricos y mitológicos entre los que se reconoce a Hércules y Julio César. La ingente labor de talla que esta obra supuso fue llevada a cabo por artistas procedentes de diversas regiones españolas e incluso del extranjero: Juan de Begines, Diego Guillén, Hernando de la Teja, Pedro de Pamanes, Pedro de Guadalupe, Toribio de Liébana, Tomás Francés, Juan de Trujillo, Germán Francés y otros muchos. El arquillo, que daba paso al desaparecido convento de San Francisco, y la contigua Sala de Fieles Ejecutores, fueron construidos bajo la dirección de Juan Sánchez, arquitecto sucesor de Riaño, entre 1535 y 1540. Las esculturas de Hércules y Julio César, situadas en las hornacinas que flanquean el arco, se realizaron durante las campañas de restauración emprendidas en el siglo XIX. 

   El Apeadero es una sala rectangular, paralela a la fachada de la Plaza de San Francisco, cuyos muros presentan elementos góticos, en armónica unión con otros renacentistas. Este carácter poseen los escudos y emblemas imperiales, la decoración de las bóvedas y las inscripciones latinas que, junto a las situadas en las puertas y en la Sala Capitular, indican que el edificio fue concebido como un Templo de Justicia. La mencionada Sala Capitular está rodeada por una doble fila de bancos y se cubre por una bóveda muy rebajada de casetones, en cada uno de los cuales aparece esculpida la imagen de un rey. Los muros presentan un friso con medallones y grutescos, unas inscripciones latinas alusivas a la Justicia, imágenes heráldicas, de virtudes, un Calvario y un gran escudo de la ciudad, siendo este último obra del escultor Roque Balduque. Sobre una de las paredes se sitúa un lienzo representando a Santa Justa y Santa Rufina, que fue realizado por el pintor sevillano Juan de Espinal en 1760. En otro frente se dispone una pintura con una Vista de Sevilla desde Triana, que está fechado en 1726. También es del siglo XVIII el lienzo que representa el Curso del Río Guadalquivir desde Sevilla hasta su desembocadura.

   La escalera de acceso al piso alto surge del Apeadero y está constituida por dos tramos diferenciados, uno con bóveda casi plana y otro cubierto por una elegante cúpula. Ambos se ejecutaron bajo la dirección del maestro mayor de las obras Juan Sánchez, trabajando en el primero el entallador Toribio de Liébana e interviniendo en el segundo el ya citado Roque Balduque. Las dependencias superiores fueron terminadas en torno a 1562, destacando entre ellas la Sala Capitular, cubierta con un hermoso artesonado de casetones, que fue dorado por los pintores Antón Velázquez y Miguel Vallés, unos diez años después de aquella fecha. En la actualidad se exponen en este espacio algunas de las principales pinturas de la colección municipal. Es el caso de la Inmaculada y del retrato de Fray Pedro de Oña, de Francisco de Zurbarán; del Tríptico de la Mendicidad, obra del siglo XVI, y de la Procesión de Santa Clara y la Derrota de los Sarracenos, que fueron pintados entre 1652 y 1653 por Juan de Valdés Leal para el Convento de Santa Clara de Carmona y que donó al Ayuntamiento Mr. Archer Huntington.

   Por haberse construido la zona alta del arquillo en fecha más avanzada, sus muros manifiestan una clara filiación manierista, sensible tanto estructural como decorativamente. En este sentido hay que resaltar el empleo de esquemas compositivos y motivos ornamentales extraídos de los tratados arquitectónicos del momento, concretamente del redactado por Sebastián Serlio. Los lados sur y oeste de la zona del arquillo se remodelaron durante la construcción de las fachadas de la Plaza Nueva, llevada a cabo en el siglo pasado por el arquitecto Balbino Marrón. Aunque el diseño pretendía dotar al edificio de un sentido clásico, el resultado no fue muy feliz, especialmente en la unión con el núcleo renacentista. Con motivo de las actuaciones realizadas en el XIX, que pretendían la uniformidad del edificio, se derribó la galería porticada situada a continuación de la fachada del Apeadero en la Plaza de San Francisco, que había sido diseñada por Hernán Ruiz, en torno a 1563. En estas tareas intervino el arquitecto Demetrio de los Ríos, autor de la monumental escalera de tipo imperial, que centraliza el nuevo sector del edificio hacia la fachada de Plaza Nueva.

   Tras las obras efectuadas en el Ayuntamiento entre 1990 y 1992, en una primera etapa por el arquitecto Aurelio de Pozo y en la última por Luis Fernando Gómez-Stern, el edificio ofrece una imagen  renovada. Al eliminarse casi por completo las dependencias y los servicios administrativos, diferentes salas han sido acondicionadas para exhibir parte de las riquísimas y variadas colecciones municipales. Otras, aunque aún mantienen su uso administrativo, también son escenario de actos protocolarios, que resultan ennoblecidos por la calidad de los objetos y las obras artísticas que constituyen su decoración.
   Ha vuelto a presidir la monumental escalera de mármol antes mencionada el lienzo pintado por Joaquín Domínguez Bécquer en 1870 que representa la Paz de Wad-Ras. En varias dependencias de la planta superior con vistas sobre la Plaza de San Francisco se han situado recientemente algunos de los objetos y elementos simbólicos del patrimonio artístico del Ayuntamiento. Allí se exhiben el Pendón de la Ciudad, obra textil del siglo XV que presenta en sus dos caras la imagen sedente de San Fernando y una orla de castillos y leones; el llamado Pendón Chico, realizado a fines del siglo XVI; las dalmáticas de los reyes de armas, de la misma fecha, y las espléndidas mazas de plata dorada que Francisco de Valderrama terminó en los primeros años del siglo XVII. También se exponen algunas piezas del riquísimo monetario municipal, así como varios de los regalos y otros presentes ofrecidos a la ciudad por visitantes ilustres. 

   En el antiguo comedor se ha agrupado una numerosa serie de pinturas de dispar procedencia, si bien en su mayoría proceden de la extinguida Biblioteca Pública de San Acacio y de la donación efectuada en 1898 por los herederos de los Duques de Montpensier. A la primera pertenecen los retratos de Martínez Montañés, firmado por Varela en 1616, el de Murillo, pintado por Domingo Martínez, y los de Velázquez, Ortiz de Zúñiga y Nicolás Antonio, pintados a mediados del siglo XVIII, entro otros. La segunda estaba integrada por cincuenta y un retratos de personajes vinculados a la historia de la ciudad. Así incorporaba los de Fernando III, Alfonso X, Pedro I, los Reyes Católicos, San Fernando, San Hermenegildo, San Isidoro, San Leando, Santa Justa, Santa Rufina, Santa Teresa de Jesús, Miguel de Mañara, la Venerable Madre Dorotea, el Venerable Padre Contreras, Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Roelas, Pacheco, Zurbarán, Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Hernando Colón, etc. Estos retratos se deben a pintores que trabajaron en la corte de los Duques de Montpensier, caso de Joaquín Domínguez Bécquer, Francisco Cabral Bejarano, Andrés Cortés, Manuel Alonso, Augusto Manuel de Quesada, Ignacio Verdeja y Alfred Dehodencq, quienes lo realizaron entre 1856 y 1862.

   En el llamado Salón Colón, modernamente también denominado Salón de los Borbones, se ha agrupado una serie de retratos reales, destacando los de Felipe V e Isabel de Farnesio, Fernando VI y Bárbara de Braganza, obras anónimas del siglo XVIII, y los de Fernando VII y María Cristina, obras de Luis de la Cruz. Copia de Vicente López es el de Isabel II. Al pintor Manuel Wsell de Guimbarda se debe el retrato de Alfonso XII, existiendo dos de la reina María de las Mercedes, uno de tipo oficial realizado por Manuel Cabral Bejarano y otro de carácter más íntimo pintado por José María Romero. En 1890 pintó Gonzalo Bilbao el retrato de Doña María Cristina y el Rey Alfonso XIII niño. 

   En distintas dependencias y en las galerías se han distribuido algunas otras pinturas de interés. El lienzo titulado La Reina Isabel II visita la Quinta de San Antonio de Córdoba es obra que se ha relacionado con Antonio Gisbert. En 1845 está fechado el retrato que Antonio María Esquivel hizo del General don Baldomero Espartero. El pintor José María Romero fue el autor en 1852 del retrato de Don Luis Daoiz y de los comprados en 1883, el Rey Alfonso XII contemplando en la Capilla Real el cuerpo incorrupto de San Fernando y El Rey don Alfonso XII firmando el acta de la colocación de la primera piedra del monumento a San Fernando en Sevilla. En 1852 pintó Andrés Cortés el lienzo titulado Feria de Sevilla. La pintura titulada Pompeyanas y Vestales es obra fechada en Roma en 1890 por Rico Cejudo. El mismo año y en la misma ciudad pintó José Villegas Cordero su Viriato. El pintor Alfonso Grosso es el autor del lienzo Misa ante el Cristo tendido [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
   El edificio se compone de dos módulos diferentes, renacentista y neoclásico, el primero debido a la construcción original y el segundo debido a la ampliación del siglo XIX.
   De planta rectangular, presenta cuatro fachadas en línea quebrada y tres plantas. El edificio renacentista ocupa las dos primeras plantas en la zona sur y este del conjunto. La ampliación del siglo XIX se desarrolla en la tercera planta y comprende el espacio entre la Plaza Nueva y la Plaza San Francisco.
   Dicha ampliación se divide en dos fases, la primera corresponde a 1861 y la ejecutó Balbino Marrón en estilo neoclásico, y la segunda, de 1868, se atribuye a Demetrio de los Ríos, que la ejecutó imitando la construcción original.
   En el interior destaca La Sala Capitular Baja, cubierta con bóveda vaída acasetonada de carácter renacentista, decorada con figuras de reyes y emblemas del emperador Carlos V.
   De la escalera destaca la cúpula de remate que la cubre, ya que en su época representó un avance artístico y técnico, atribuido a Hernán Ruiz II.
   En la planta alta encontramos otra Sala Capitular que dispone de un notable artesonado de madera, dorado y estofado, que guarda cierta relación con el del techo del Salón de Carlos V del Alcázar. Lateralmente a esta sala se halla el Archivo del Ayuntamiento y Contaduría, que constituye una pieza alargada hacia la Plaza de San Francisco y la Avenida. En su decoración encontramos las hornacinas, las pilastras de grutescos al oeste y dos parejas de columnas como vestigios de la obra renacentista que persistieron al siglo XIX.
   En la fachada a la Plaza de San Francisco encontramos dos plantas ejecutadas en distinto momento pero con igual esquema compositivo, desarrollando en su decoración todo el repertorio plateresco.
   La primera planta se resuelve con zócalo y pilastras con decoración a candieleri articulando los entrepaños, en el cuerpo alto el esquema es similar pero se ubican columnas en los laterales y pilares en la zona del centro. Los entrepaños son todos de igual tamaño, excepto el central donde se ubica la puerta que es de mayor anchura, en la segunda planta este vano se resuelve con ventana geminada.
   Las ventanas son de distinto tamaño, más anchas en la zona de la puerta y más estrechas a ambos lados. La decoración de las mismas se diversifica según su tamaño, disponiéndose en las de mayores dimensiones emblemas heráldicos. En el apeadero, de planta rectangular y cubierto con bóvedas vaídas decoradas con nervios corvados, cabe destacar los detalles góticos de su decoración, los frisos, tondos y tenantes que se integran dentro del repertorio plateresco que Pissano introdujera con su obra del retablo del Alcázar.
   El alzado se desarrolla según un esquema de arco triunfal, con figuras decorativas de Hércules y Julio César, coronándose en la planta alta con un vano adintelado decorado por heráldica. El mensaje iconográfico alude a la concepción del edificio como templo de la justicia y como testigo y reflejo de la historia de la ciudad.
   Antes se encontraba unido al Convento Casa Grande de San Francisco y es posiblemente por el arquillo existente por donde se permitía el acceso al compás del convento.
   Las trazas del edificio y su esquema decorativo son de 1528 y las realizó Diego de Riaño quien no pudo finalizar su construcción que se retrasó hasta 1532. La ejecución en el periodo comprendido entre 1535 y 1560 la continuó uno de sus discípulos, Juan Sánchez, quien realizó la fachada a la Plaza de San Francisco y la escalera.
   Posteriormente, entre 1561 y 1569 la dirección de la obra corrió a cargo de Hernán Ruiz II. A él se le atribuyen la planta sobre el arquillo, por similitudes en su uso decorativo habitual, y la cúpula de la escalera del archivo. También se encuentran indicios de su actuación en la planta alta de la fachada a la Plaza de San Francisco.
   A Hernán Ruiz II le sucedió Benvenuto Tortello entre 1569 y 1571, atribuyéndose al mismo la Capilla del Concejo.
   Durante el siglo XIX sufrió un proceso de ampliación y reforma, elevándose una nueva planta. De este periodo es la Fachada a la Plaza Nueva, 1861, de Balbino Marrón, y la ampliación hacia la Plaza de San Francisco en 1868 de Demetrio de los Ríos. Las últimas reformas y restauraciones datan de 1989-1992 a cargo de Aurelio del Pozo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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Horario de visitas del Ayuntamiento:
             De Lunes a Jueves: 17:00 y 19:30
             Sábados: 10:00

Página web oficial del Ayuntamiento: www.sevilla.org 

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El Ayuntamiento de Sevilla, al detalle:

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