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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 28 de junio de 2026

La pintura "Carro del Agua", de Domingo Martínez, en la sala XI del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Carro del Agua", de Domingo Martínez, en la sala XI del Museo de Bellas Artes.      
     Hoy, 28 de junio, es el aniversario (28 de junio de 1747) de la exaltación al trono de Fernando VI y Bárbara de Braganza, como reyes de España, acontecimiento festejado en la celebración representada en la pintura reseñada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Carro del Agua", de Domingo Martínez, en la sala XI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
    En la sala XI del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Carro del Agua", de Domingo Martínez (1688-1749), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco de la escuela sevillana, realizado hacia 1748-49, con unas medidas de 1,35 x 2,91 m., y procedente de la Real Fábrica de Tabacos, de Sevilla, mediante la donación del Estado, en 1896.
     Este tercer cuadro de la Máscara cuyo plan era de marítimas olas con pequeños escollos donde se sentaban las personas que iban en él. Estaba presidido por el elemento del Agua al que acompañaban: el dios Neptuno con su tridente, el anciano Betis, la ninfa Nereida y las Nayades. Cerca de la proa estaba la América, parte del mundo representada en este carro. Como fondo del cuadro vemos el Sagrario, la punta del Diamante y la Catedral.
     Abren el cortejo animales marinos como galápagos, gansos, dos hermosos delfines seguidos de dos nereidas y dos náyades, todos montados por personajes vestidos a la burlesca. Tras ellos aparecen el gremio: los pescadores, vendedores y fabricantes de redes, seguidos de monaguillos con aguamaniles y acetres asperjando agua. A estos seguía un acompañamiento de gala a caballo formado por ocho cuadrillas de cuatro soldados cada una vestidos en representación de las provincias de América, parte del mundo a las que iba dedicado este triunfo. Seguían representaciones de la Amistad, la Náutica, la Hidrografía...
     El carro triunfal iba tirado por seis mulas enjaezadas en tono azul, color que dominaba todas las superficies lisas del carro. Las ruedas iban decoradas con pinturas de temas marinos. En la parte delantera se colocaron dos delfines que simulaban tirar del mismo mientras que la parte trasera la ocupaba una sirena desnuda. En la zona principal figuraba un monte con una fuente de alabastro de la que manaba un continuo caño de agua. En la fachada del monte iba sentada una alegoría del Agua representada por una bella ninfa. Ponía fin a la comitiva, arrastrando cadenas y llorando, las figuras de la Mala Voluntad, el Vicio, la Avaricia...
     Como fondo arquitectónico del lienzo aparece una vista de la fachada posterior de la iglesia del Sagrario, las Gradas de la Catedral con muros del Patio de los Naranjos adornados con cuatro magníficos tapices y el lugar conocido como Punta de Diamante.
     Pertenece a una serie formada por ocho grandes lienzos de igual tamaño que representan los carros triunfales que desfilaron en Sevilla en la Máscara que los obreros de la Real Fábrica de Tabacos de esta ciudad celebraron con motivo de la exaltación al trono de los reyes Fernando VI y Bárbara de braganza, en 1747.
     Los cuadros se pueden fechar entre 1748 y 1749 aproximadamente y fueron pintados a la vez que el libro que sobre esta fiesta de la máscara escribió D. Ramón Cansino Casafonda en 1748, siendo costeados tanto los cuadros como sus marcos y el citado libro a expensas de D. José Antonio de Losada, director entonces de la Fábrica de Tabacos.
     La autoría de la serie no está documentada y tradicionalmente se venía atribuyendo a Juan de Espinal, hasta que Sánchez Pineda estableció la de Domingo Martínez actualmente aceptada (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del panorama de la pintura sevillana en la primera mitad del siglo XVIII, merced a su estilo amable y elegante de fondo y forma. Había nacido en Sevilla en 1688 y se formó con Juan Antonio Osorio y Lucas Valdés. De sus características personales sabemos que fue hombre de buen temperamento y de agudo talento, virtudes que le permitieron tener permanente trabajo y abundante clientela a lo largo de toda su vida, que fue tranquila y holgada.
     En la definición de su estilo pictórico se advierte primero una buena asimilación del espíritu artístico de Murillo y posteriormente una intuitiva adaptación a su estilo de la estética de la pintura francesa de su época, que pudo asimilar durante la estancia de la corte de Felipe V en Sevilla entre 1729 y 1733. En estos años trató a los pintores franceses que acompañaban al rey especialmente a Jean Ranc, con el que intimó notablemente hasta el punto que éste le propuso integrarse como pintor del Rey cuanto la corte retornó a Madrid. Martínez rehusó tal proposición, permaneciendo en Sevilla el resto de su vida, que se prolongó hasta 1749, año en el que falleció.
     Uno de los conjuntos decorativos más interesantes realizados en España en el siglo XVIII lo constituyen sin duda las ocho pinturas que representan los carros alegóricos que desfilaron por las calles de Sevilla en 1747 con motivo de la exaltación al trono de España de Fernando VI y Bárbara de Braganza. Estos carros y las numerosas comparsas que los acompañaban participaron en una mascarada que patrocinó la Real Fábrica de Tabacos sevillana. Su paso por las calles de la ciudad constituyó un desbordante éxito de público, por lo que para dejar testimonio de tan particular acontecimiento se decidió imprimir un libro donde todo el festejo se describió de forma pormenorizada y exacta y también se encargó la realización de un conjunto de seis pinturas que perpetuasen tan excepcional acontecimiento. 
     En efecto, en 1748 se publicó dicho libro, cuyo texto fue realizado por Ramón Casino Casafonda, quien alude sin mencionar a su autor a la ejecución de las pinturas que quedaron en propiedad de la Fábrica de Tabacos. La autoría de Domingo Martínez de estas pinturas es evidente, aunque hay que señalar que, dada la premura de tiempo con que se efectuó el encargo, debió de intervenir como ayudante de ellas Andrés Rubira, quien fue frecuente colaborador de Martínez.
     Los carros desfilaron siguiendo un orden muy preciso, figurando en primer lugar el denominado carro del pregón de la máscara, que iba acompañado de un séquito de funcionarios de la Real Fábrica de Tabacos, al frente de los cuales marchaba Don José Antonio de Losada, director de esta Institución. En segundo lugar figuraba el carro de la común alegría dedicado a Baco y Pan. Tercero era el carro del fuego, presidido por Vulcano y el cuarto el carro del aire, con Eolo a su frente. 
     En quinto lugar iba el carro del agua con Neptuno, seguido por el sexto carro dedicado a la tierra, presidido por la diosa Ceres. El séptimo lugar estaba ocupado por el carro homenaje de Apolo y las tres nobles artes a los nuevos monarcas, mientras que en último lugar se describía la entrega de los retratos de los nuevos monarcas al Ayuntamiento (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Domingo Martínez, autor de la obra reseñada;
     Domingo Martínez, (Sevilla, 1688 – 1749). Pintor.
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del ámbito de la pintura sevillana a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII; fueron sus maestros Lucas Valdés y Juan Antonio Osorio. Las escasas noticias biográficas que de él se poseen lo presentan como hombre de buen temperamento, ingenioso y emprendedor al tiempo que culto y estudioso, poseedor de una amplia biblioteca. Tuvo numerosos discípulos, entre los que sobresalieron Juan de Espinal, Andrés de Rubira y Pedro Tortolero.
     La labor pictórica de Martínez le revela como uno de los mejores pintores hispanos en la época en que le correspondió vivir, circunstancia que le fue reconocida en su propia existencia. En efecto, en 1733 cuando la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio dio por concluida en Sevilla una estancia que se había iniciado en 1729, Martínez fue invitado a viajar a Madrid para trabajar allí como pintor real. Esta propuesta debió de estar motivada por la estrecha amistad que Martínez mantuvo en Sevilla con el pintor francés Jean Ranc, quien debió de realizarle la oferta de trabajar en Madrid. Sin embargo, el artista sevillano declinó esta proposición y optó por continuar su actividad artística en su ciudad natal.
   El estilo artístico de Domingo Martínez presenta características perfectamente definidas y en ellas se constata en primer lugar una base fundamental que se apoya en la pervivencia en él del influjo de Murillo, que es general en todos los pintores sevillanos activos en el primer cuarto del siglo XVIII. En segundo lugar, Martínez, a partir de 1729, fue receptivo a los efluvios estilísticos que emanan de la pintura francesa con la cual conectó durante los años en que la Corte residió en Sevilla; su amistad con Ranc, con quien convivió estrechamente durante cinco años, fue fundamental en este sentido. Finalmente, en la época postrera de su vida, a partir de 1745, Martínez asimiló en su arte referencias estilísticas procedentes del estilo Rococó, que en aquellos momentos comenzaba a difundirse por España.
     Como artista prolífico que fue, se advierte en la producción de Domingo Martínez una gran diferencia entre las pinturas realizadas por él personalmente y las que ejecutó contando con la colaboración de los discípulos y ayudantes que trabajaban en su obrador. 
   En las creaciones efectuadas mayoritariamente por él mismo se constata una gran facilidad compositiva, un dibujo fácil y virtuoso y un marcado dominio del color, estando todos estos factores puestos al servicio de un arte amable, vistoso y decorativo que plasma un gusto totalmente coincidente con el espíritu de su época. Dominó, además, el arte de la perspectiva, aspecto que le permitió dedicarse con éxito a la pintura mural, modalidad en la que realizó excelentes creaciones.
     La amplitud del repertorio de obras conocidas de Domingo Martínez evidencia que fue un artista prolífico, ampliamente solicitado por la clientela civil y eclesiástica sevillana y también demandado por foráneos que llevaron las obras adquiridas a lugares tan alejados de Sevilla como Madrid, Jaén, Burgos, Soria y Cuenca.
     Entre sus realizaciones artísticas más importantes destaca en primer lugar su participación en 1718, con Gregorio Espinal, en la decoración mural de la capilla sacramental de la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, donde ejecutó obras de simbología eucarística que han llegado muy mal conservadas hasta hoy. Posteriormente, en 1724 llevó a cabo el amplio conjunto pictórico que decora el interior de la capilla del colegio de San Telmo de Sevilla, entidad dedicada a educar a niños que en el futuro serían marinos de la flota española. Allí pintó, por lo tanto, un repertorio de lienzos donde los niños son protagonistas, como La presentación del Niño en el templo, Cristo discutiendo con los doctores en el templo, Cristo bendiciendo a los niños y Cristo entrando en Jerusalén. 
   En 1727, Martínez aparece realizando la decoración al temple de la bóveda del presbiterio de la iglesia de la Merced de Sevilla, con personajes bíblicos y escenas alegóricas de la misión redentora de los mercedarios.
     También hacia 1727 decoró con dos grandes lienzos el presbiterio de la iglesia del convento de Santa Paula de Sevilla en los que se representa La partida de santa Paula a Oriente y La muerte de santa Paula y hacia 1733 ejecutó los treinta y dos pequeños lienzos que se integran en el retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla y también las pinturas que se encontraban en los altares laterales de la nave de la iglesia. De 1733 es también la hermosa Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lesmes de Burgos, y en torno a esta fecha realizaría también La Sagrada Familia con san Francisco y santo Domingo que fue adquirida por la reina Isabel de Farnesio, quien la donó después al convento de Santa Isabel de Madrid.
     En torno a 1735, al servicio del arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo y Azcona, ejecutó para la iglesia parroquial de Umbrete dos pinturas de excelente calidad y de gran formato en las que representó a Santa Bárbara y a San Juan Bautista. Al servicio también del mismo arzobispo, Martínez decoró también con lienzos de gran formato la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla, narrando los principales milagros que dicha Virgen había realizado durante la conquista de Sevilla por san Fernando. La vinculación de Martínez con el arzobispo Salcedo culminó con la realización por parte del artista del magnífico Retrato que representa a dicho prelado y que se conserva actualmente en el palacio arzobispal de Sevilla.
     Otras obras importantes de Martínez son La apoteosis de la Inmaculada, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, obra que puede fecharse en torno a 1735. De 1740 es la representación de La Virgen de los Reyes con san Hermenegildo y san Fernando, que se conserva en la capilla del Alcázar de Sevilla; en torno a esta misma fecha puede situarse El nacimiento del profeta Elías, que pertenece al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en Madrid. También obras importantes de esta época son la representación de San Ignacio en la cueva de Manresa, que pertenece al convento de Santa Isabel de Sevilla y La Coronación de la Virgen, que se conserva en la iglesia de la Hermandad de las Cigarreras de esta misma ciudad. Hacia 1675 finalizó en Sevilla el proceso decorativo llevado a cabo en los muros de la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se representa una Apoteosis de la Orden jesuítica y de estos mismos años debe de ser la pintura de La Divina Pastora que se guarda en el convento de los capuchinos de Sevilla.
     Obras realizadas para Jaén hacia 1745, son La Transfixión de la Virgen, conservada en la catedral de dicha ciudad y El Niño Jesús pasionario que figura en la portezuela de un sagrario en la parroquia de San Mateo de Baños de la Encina.
     Importante es también el conjunto pictórico realizado por Martínez para decorar la iglesia del Antiguo Hospital de Mujeres de Cádiz, obra ejecutada hacia 1748 y que es, por lo tanto, una de las últimas realizaciones artísticas de este pintor.
     Fue también Martínez excelente intérprete de temas profanos, como reflejo de la existencia en Sevilla en el segundo tercio del siglo XVIII de un intenso ambiente cultural que proporciona a los artistas referencias literarias o mitológicas; así lo constata el precioso conjunto de cuatro pinturas que representan las estaciones del año y que se conservan en una colección particular de Vigo, o El Niño pastor flautista, que pertenece a una colección de Hamilton (Canadá). Sin embargo, la obra culminante de asunto profano de Martínez fue la realización de ocho pinturas en las que se representan otros tantos Carros alegóricos que la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla le encargó para que sirvieran de testimonio y recuerdo de las fiestas y desfiles celebradas en esta ciudad con motivo de la exaltación al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Constituyen estas pinturas una extraordinaria aportación para el conocimiento del ambiente urbano de la Sevilla de aquella época y también de la fisonomía de las distintas clases sociales que participaron o contemplaron los citados festejos (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Carro del Agua", de Domingo Martínez, en la sala XI del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 8 de junio de 2026

La Ópera "La Fábrica de Tabacos de Sevilla", ambientada en Sevilla, de José Sánchez Albarrán, y Mariano Soriano Fuertes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la ópera "La Fábrica de Tabacos de Sevilla", ambientada en Sevilla, de José Sánchez Albarrán, y Mariano Soriano Fuertes.
     Hoy, 8 de junio, es el aniversario del estreno (8 de junio de 1850) de la ópera "La Fábrica de Tabacos de Sevilla", en el Teatro de San Fernando, de Sevilla, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la ópera "La Fábrica de Tabaco de Sevilla", ambientada en Sevilla, con libreto de José Sánchez Albarrán, y música de Mariano Soriano Fuertes.
     "La Fábrica de Tabacos de Sevilla", es una ópera cómica en dos actos y en verso, con libreto de D. José Sánchez Albarrán, y música de D. Mariano Soriano Fuertes
     El reparto lo componen:
        La chavala, cigarrera
        Doña Rita, maestra
        Jacoba, cigarrera
        Tomas, portero
        Salivitas cigarrero
        Bartolo, aguador 
        Cigarreras; cigarreros, soldados; mozos de la fábrica; boleras y boleros.
     La obra se centra en el ambiente costumbrista andaluz y gira en torno a los amores, celos y enredos de una sensual cigarrera gitana, es decir que bebe directamente de su antecesora "Carmen".
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la ópera "La Fábrica de Tabacos de Sevilla", ambientada en Sevilla, de José Sánchez Albarrán, y Mariano Soriano Fuertes. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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sábado, 7 de marzo de 2026

Experiencia Explicarte Sevilla, por la Plaza de España y el Barrio de Santa Cruz, con la Promoción de Enfermería '89 de la Universidad Laboral de Cáceres - Reencuentro Sevilla 2026

       Otra Experiencia ExplicArte Sevilla de la visita organizada para la Promoción de Enfermería '89 de la Universidad Laboral de Cáceres - Reencuentro Sevilla 2026, que nos contactó a través de Marisol, amiga de la usuaria Marián Calero del Taller 15 "Conocer Sevilla" del Distrito Bellavista - La Palmera del curso 2025-2026, realizando una Ruta por la Plaza de España y el Barrio de Santa Cruz, porque con ExplicArte Sevilla tenemos la posibilidad de organizarte la visita que tu quieras.
       La ruta, siempre enfocada en los aspectos arquitectónicos, artísticos e históricos, se inició en la Plaza de España, núcleo principal de la Exposición Iberoamericana de 1929, donde cada miembro del grupo buscó el banco de su provincia de procedencia, y de allí partimos por el Parque de María Luisa, haciendo una pequeña parada en las Glorietas de Aníbal González, y la de Bécquer, y en la antigua Fábrica de Tabacos, para adentrarnos por el paseo de Catalina de Ribera hacia el Barrio de Santa Cruz, donde paseamos por la plaza Alfaro, plaza de Santa Cruz, c/ Santa Teresa (Convento de San José del Carmen "Las Teresas", Casa de Murillo), c/ Ximénez de Enciso, c/ Pasaje Andreu, c/ Rodrigo Caro, plaza de la Alianza, c/ Joaquín Romero Murube, plaza Patio de Banderas, c/ Judería, c/ Vida, plaza de Doña Elvira, c/ Gloria, plaza de los Venerables (Hospital de los Venerables Sacerdotes), c/ Jamerdana, c/ Pasaje Vila, c/ Mateos Gago, plaza de la Virgen de los Reyes, c/ Cardenal Carlos Amigo, c/ Alemanes, c/ García de Vinuesa, y c/ Fernández y González, donde finalizó la ruta. 
     Si quieres vivir una experiencia privada y personalizada a tu gusto, sólo tienes que contactar con ExplicArte Sevilla en Contacto, y a disfrutar del patrimonio e historia del lugar que elijas.









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domingo, 3 de agosto de 2025

Un paseo por la calle Palos de la Frontera

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Palos de la Frontera, de Sevilla, dando un paseo por ella.
    Hoy, 3 de agosto, es el aniversario (3 de agosto de 1492), de la partida de Colón del puerto de Palos de la Frontera, en el viaje del Descubrimiento del Nuevo Mundo, así que hoy es el mejor día para Explicarte la calle Palos de la Frontera, de Sevilla, dando un paseo por ella.
       La calle Palos de la Frontera es, en el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la avenida de Roma, a la glorieta de San Diego. 
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Aunque los planos históricos no dan nombre a este camino, es posible que se usara como término de referencia el convento de San Diego, establecido allí a finales del s. XVI. A comienzos del s. XX ya hay alusiones al arrecife del Foso por el que bordea el lado sur de la Fábrica de Tabacos. En 1928 se rotula como Palos de Moguer, por ser el nombre más usual al referirse en la época a Palos de la Frontera, villa desde donde partió Colón en 1492 y en clara relación con la Exposición Iberoamericana. En 1966 por iniciativa del ayuntamiento de esa localidad se rectificó, dándole su actual de­nominación.
     Desde la Edad Media existió un camino que, antes de la construcción de los jardines de la Eslava sobre los que se edificó el Hotel Alfonso XIII, en el último tercio del s. XIX, cruzaba diagonalmente desde la Puerta de Jerez a la esquina del foso junto a San Telmo. Con la construcción en 1592 del convento de San Diego, en 1682 de la Universidad de Mareantes (Palacio de San Telmo) y en 1728 de la Fábrica de Tabacos, queda conformado casi en su totalidad el camino o arrecife que tras salir alineado con la fachada principal de San Telmo, gira en ángulo recto antes de alcanzar este edificio y continuar paralelo junto al foso hasta alcanzar la fachada del convento.
     Es ancha y describe dos curvas muy pronunciadas. Las aceras son también amplias y están embaldosadas con losetas de cemento. El tramo de acera contigua al parque se ensancha, dando lugar a una amplia franja de albero sobre la que se sitúan dos hileras de castaños de Indias. La presencia de arboles a ambos lados del antiguo camino o arrecife será una constante a través de los siglos. Ya en 1614 los franciscanos de San Diego fueron autorizados a plantarlos en el camino que conducía desde el convento a la Puerta de Jerez. Confluyen Doña María de Padilla por la izquierda y La Rábida por la derecha. Es una vía muy singular, pues está delimitada por las verjas de los tres únicos edificios que la conforman: un tramo de los jardines de San Telmo, conocidos popularmente como la Madrina; parte del foso de la antigua Fábrica de Tabacos (hoy Universidad), y un lienzo de pared de los jardines del palacio de San Telmo. Este edificio ofrece en su fachada norte doce esculturas de sevillanos ilustres realizadas en 1895 por Antonio Susillo (v. Avenida de Roma). La Fá­brica de Tabacos, obra de Sebastián Van der Borcht, terminada en 1771, y el Hotel Alfonso XIII,  obra  del  arquitecto José Espiau (1928), ofrecen sus fachadas posteriores a esta calle junto con un tramo del foso que bordea a la Universidad y que fue el último en ser terminado. En los años sesenta se construyó un puente sobre el mismo que da acceso a la que fue Facultad de Ciencias, hoy de Filología. Frente a este edificio y rodeado de frondosa arboleda se encuentra un sencillo pabellón conocido corno de la Madrina, que fue colegio de niñas ciegas y posteriormente Hemeroteca Municipal, hasta el traslado a su actual sede en Almirante Apodaca.
     Hay referencias en 1726 de autorizaciones para depositar escombros en esta zona a los cargadores que salieran por la Puerta de Jerez y los postigos del Aceite y del Carbón y noticias de arreglos en el arrecife en el s. XIX. En 1830 fue pavimentada de piedra, adoquinada en 1904 y readoquinada en los años setenta. Es una de las pocas avenidas de la ciudad que no ha sido cubierta de asfalto. El alumbrado sobre farolas de báculo fue sustituido en 1975 por farolas fernandinas de fundición con tres brazos. Esta vía que originalmente no era sino el comienzo del camino a Jerez, adquirirá su carácter de vía urbana en función de la reforma del viario con motivo dela Exposición Iberoamericana de 1929. Con anterioridad, en el úl­timo tercio del s. XIX, fue terminal de una de las líneas de tranvías que partía de la calle Hernando Colón y atravesaba la Puerta de Jerez. Hasta 1946 formó parte de la cañada del Juncal que hasta esa fecha pasaba por San Fernando. Desde la década de los seten­ta soporta un intenso tráfico, proveniente del centro y oeste de la ciudad, en una sola dirección. La doble curva y el exceso de velocidad ha provocado en ocasiones la caída al foso de la Universidad de vehículos [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Palos de la Frontera, s/n. HOTEL ALFONSO XIII
. Obra del arquitecto José Espiau Muñoz, dentro del llamado "estilo sevillano". Utiliza los materiales típicos de la región, como ladrillo en limpio, azulejos, zó­calos y otros elementos decorativos de azulejos y patio de columnas.
Palos de la Frontera, 2. PALACIO DE SAN TELMO. Fue construido para Colegio de Mareantes; en el siglo XIX lo adquirieron los Duques de Montpensier para su residencia y, finalmente, por donación de la infanta Luisa, destinado a Semi­nario.
     Su construcción se inicia a fines del siglo XVII y se continúa en el siguiente con algunas detenciones. Las obras de reforma y adaptación continuaron hasta este siglo. La fisonomía actual se la da en el siglo XVIII el arquitecto Leonardo de Figueroa. La fachada principal se inspira en la del Archivo de Indias, y destaca en ella la gran portada de tres cuerpos. La fachada norte se corona por una galería de estatuas de figuras de sevillanos, obra de Antonio Susillo.
Palos de la Frontera, s/n. FÁBRICA DE TABACOS. Se inicia su construcción en 1726 por el ingeniero militar Ignacio Salas, al que sucedió el coronel Diego Bordick, y encargándose del proyecto, en 1750, Sebastián van der Borch; terminó la obra, en 1766, Juan Vicente Catalán. Los cuatro remates de las esquinas fueron labrados por Cayetano Acosta, así como la portada principal. Esta consta de dos cuerpos con columnas corintias y está rematada por la Fama. El amplio vestíbulo, la hermosa escalera y los más bellos lucernarios de las azoteas son obras de Van der Borch, y el patio primero, así como la torre del reloj se deben a Lucas Cintora. En la actualidad este edificio está destinado a Universidad, para lo cual ha sufrido importantes transformaciones internas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor el hecho histórico que se conmemora en el día de hoy
     El 23 de mayo de 1492 los vecinos de Palos de la Frontera escucharon en la iglesia de San José la orden de los reyes para que colaboraran, sin ambages, en la empresa colombina. Debían suministrar a sus expensas dos carabelas, que habían de servir o entregar a los reyes durante doce meses y, además, tenían que partir a las órdenes de Cristóbal Colón «...rumbo a ciertas regiones de la Mar Oceana». La orden dejó estupefactos a los «expertos marinos» habitantes de la villa marinera onubense, ya que se trataba de alcanzar Las Indias por Occidente, bajo el mando de un capitán prepotente, extraño y desconocido. 
     La cuestión se suavizó sobremanera cuando la principal familia marinera de la villa, la de los Pinzón, se sumó a la aventura con su jefe Martín Alonso Pinzón (tenía cerca de 50 años) a la cabeza, que también había concebido la idea de ir a Japón por Occidente; este hecho sería utilizado en 1515, por los testigos de los pleitos de los Colón con el Emperador Carlos V, para desmerecer a Cristóbal Colón enalteciendo a Martín Alonso Pinzón; Vicente Yáñez Pinzón, el hermano menor, también se enroló. En Moguer la familia de los Niños también aportó hombres (Juan, el cabeza de familia, con su carabela la Niña, y dos de sus hermanos) y los Quintero proporcionarían la Pinta. La nao Santa María fue alquilada a un patrón cántabro, de Santoña, Juan de la Cosa que también se embarcaría.
     La cadena de mando en las naves hispanas del momento era piramidal. El capitán o máximo responsable, el maestre que solía ser el propietario del barco, mandaba a los marineros y dirigía todas las operaciones, y el piloto que como segundo en el mando de la marinería se encargaba de trazar la carta de navegación y la marcha de la nave; bajo sus órdenes se encontraba el contramaestre que tenía el control directo de las tareas que motivaban el buen orden a bordo de los barcos. Fueron 87 los hombres enrolados, marinos avezados, ni aventureros ni proscritos. 
     Colón mandaba la Santa María con Juan de la Cosa como maestre y era, además, el capitán general de la flota. Martín Alonso Pinzón (1440-1493) mandaba La Pinta con su hermano Francisco Pinzón como maestre, y su hijo Vicente Yáñez Pinzón La Niña con Juan Niño como maestre. Todos los marineros eran españoles salvo tres genoveses y un portugués, la mayoría andaluces del ducado de Niebla, pero había varios del norte o cántabros como el mencionado Juan de la Cosa y el contramaestre vizcaíno Chachu. Sólo había cuatro fugitivos de la justicia alistados, uno condenado a muerte por homicidio en una riña y sus tres cómplices. Nadie fue obligado a embarcarse y se pagaron 600 maravedís a los marineros noveles, 1.000 a los veteranos, 1.500 a los contramaestres y 2.000 para los pilotos; podían incrementar su salario cambiando su «pacotilla» con los indígenas. Luis de Torres, hebreo converso era el intérprete; Diego de Harana, primo de la amante de Cristóbal Colón, era el alguacil de la flota con carácter policial. Además iban un escribano para levantar actas de las tierras descubiertas, tres médicos y dos funcionarios regios: un «veedor real», agente fiscal para controlar los gastos y reservar la parte de la Corona (antiguamente era un funcionario público encargado de la inspección y control de las actividades de los gremios y sus establecimientos; a partir de las Cortes de Toledo de 1480, los Reyes Católicos le atribuyeron una jurisdicción por la que debería rendir una visita anual de control de los oficiales regios) y un «repostero de estrados del rey» sin misión específica y embarcado motu proprio. No había soldados a bordo, ya que la misión era de exploración.
     La Niña y La Pinta tenían 20 metros de eslora, 6´5 de manga y 3 de calado con una capacidad de 60 toneladas; la Santa María (llamada «La Gallega» y dedicada a Santa María la Grande, que es la patrona de los pontevedreses; texto del padre Sarmiento del siglo XVIII) poseía unos 25 metros de eslora, 8 de manga, 4 de calado y 100 toneladas de capacidad. Eran naves de altas bordas y redondeadas, con un velamen complejo de tres mástiles, capaces para soportar tempestades en alta mar, pero que por su calado reducido les era posible acercarse mucho a la costa, aún en aguas poco profundas. Su coste era escaso, dos millones de maravedís y un cuarto de millón al mes para el pago de la tripulación. La leyenda de la reina Isabel I La Católica de León y de Castilla empeñando sus joyas no tiene ningún fundamento. 
     Colón aportó la octava parte prestada por el duque de Medinaceli y el resto fue aportado por Luis de Santangel con fondos de la Santa Hermandad, cofradía armada que se encargaba de mantener el orden público en los reinos de León y de Castilla. Se embarcaron víveres para un año y en diez semanas todo estuvo aparejado. Al amanecer del 3 de agosto de 1492 la flota se hizo a la mar. «Vuestras Altezas como católicos cristianos y príncipes amadores de la Santa Fe Cristiana y acrecentadores de ella y enemigos de la secta de Mahoma y de todas las idolatrías y herejías, pensaron en enviarme a mí, Cristóbal Colón a las dichas partidas de India para ver los dichos príncipes y los pueblos y las tierras y la disposición de ellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión de ellos a nuestra fe.» (José María Manuel García-Osuna y Rodríguez, Anales críticos sobre Cristóbal Colón, el Gran Almirante de la Mar Océana).
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martes, 1 de julio de 2025

Un paseo por la calle Doña María de Padilla

     Por Amor al Arte
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     Hoy, 1 de julio, se inicia el mes en el que la historiografía tradicional fecha el fallecimiento de Doña María de Padilla, así que hoy es el mejor día que hoy para Explicarte la calle Doña María de Padilla, de Sevilla. dando un paseo por ella.
     La calle Doña María de Padilla es, el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle San Fernando, a la calle Palos de la Frontera
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde su formación en 1928 fue rotulada con su actual nombre, en recuerdo de la amante de Pedro I y luego mujer legítima, según reconoció el propio rey y las cortes reunidas en Sevilla. Murió en 1361 y está enterrada en la Capilla Real de la Catedral. "Prototipo de la mujer amante", la llamó el cronista de la ciudad, Luis Montoto, cuando elevó su informe de rotulación al Ayuntamiento. En 1922 se había acordado rotularla Daniel Zuloaga, destacado ceramista, pero no debió llevarse a efecto. Surge cuando se decide dotar a Sevilla de un gran hotel, con ocasión de la Exposición Iberoamericana que se preparaba; éste había de construirse en los jardines de Eslava, junto a la Fábrica de Tabacos. La idea había nacido en 1912 y tras un concurso de proyectos se inicia su construcción en 1916 para concluirse en 1928. La ocupación de los jardines de Eslava que tenían servidumbre de paso hacia la puerta de la fachada oeste de la Fábrica de Tabacos, obligó a la apertura de esta calle de sólo seis metros de anchura. La calzada está asfaltada sobre el adoquinado y carece de imbornales en uno de los lados. Tiene aceras muy estrechas de losetas de cemento. Se dotó de iluminación eléctrica en 1940 aprovechando las farolas del Hotel. Hace pocos años se instalaron otras de tipo fernandino de un solo farol. Está jalonada en su margen derecha por la verja y construcciones auxiliares del Hotel Alfonso XIII. Por su margen izquierda corre la barandilla de hierro apoyada en banco corrido de piedra caliza que aisla el foso de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy sede central dela Universidad de Sevilla. Con ella se comunicaba a través de un puente levadizo construido en 1770, siendo rey Carlos III. según reza una inscripción grabada en el mismo, que ha sido ampliado y convertido en fijo en una reforma realizada en la década de los setenta. La calle, dada su estrechez y aparcamiento en línea, resulta molesta para transitar; por ello los estudiantes que son los usuarios más frecuentes, acceden y salen del edificio universitario por la puerta más próxima a San Fernando. A pesar de ello no resulta inhóspita, dada la distancia de los edificios que la delimitan y los setos y árboles que adornan los respectivos jardines [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
FÁBRICA DE TABACOS
. Se inicia su construcción en 1726 por el ingeniero militar Ignacio Salas, al que sucedió el coronel Diego Bordick, y encargándose del proyecto, en 1750, Sebastián van der Borch; terminó la obra, en 1766, Juan Vicente Catalán. Los cuatro remates de las esquinas fueron labrados por Cayetano Acosta, así como la portada principal. Esta consta de dos cuerpos con columnas corintias y está rematada por la Fama. El amplio vestíbulo, la hermosa escalera y los más bellos lucernarios de las azoteas son obras de Van der Borch, y el patio primero, así como la torre del reloj se deben a Lucas Cintora. En la actualidad este edificio está destinado a Universidad, para lo cual ha sufrido importantes transformaciones internas.
HOTEL ALFONSO XIII. Obra del arquitecto José Espiau Muñoz, dentro del llamado "estilo sevillano". Utiliza los materiales típicos de la región, como ladrillo en limpio, azulejos, zó­calos y otros elementos decorativos de azulejos y patio de columnas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984] 
Conozcamos mejor la Biografía de Doña María de Padilla, personaje a quien está dedicada esta vía:
       María de Padilla. (?, 1337 – Sevilla, 1361). Amante de Pedro I.
     María de Padilla era hija de Diego García de Padilla y de su esposa María González de Hinestrosa. Pertenecía, por lo tanto, a una familia de la nobleza intermedia que tenía diversas posesiones en las tierras de la cuenca del Duero, y ante todo cerca de la localidad de Astudillo. No obstante, se ignoran tanto la fecha exacta de su nacimiento como el lugar preciso en el que vino a este mundo. En los primeros años de su vida se la conocía con el nombre de Mari Díaz. Sin duda, se trataba de una mujer que destacaba por su hermosura, su talento y su indudable gracia. Las fuentes de la época la presentan como una mujer “de buen entendimiento”, pero a la vez como “la más apuesta doncella que por entonces se hallaba en el mundo”. María de Padilla era, por otra parte, pequeña de cuerpo pero de nobles sentimientos, discreta, afable y compasiva. En el año 1352 fue presentada por su tío, Juan Fernández de Hinestrosa, al rey de Castilla, Pedro I, en la localidad de Sahagún. Aquélla fue, al parecer, una hábil maniobra de Juan Alfonso de Alburquerque, que al mismo tiempo preparaba el matrimonio del monarca castellano con la infanta francesa Blanca de Borbón, con el objeto de afianzar su poder en el ámbito de la Corte regia.
     Conviene recordar que María de Padilla se había criado en la casa de Isabel de Meneses, que era la esposa del magnate nobiliario Juan Alfonso de Alburquerque. Lo cierto es que el rey de Castilla, Pedro I, debió de sentir desde aquel momento una ciega pasión por María de Padilla, de la que, según todos los indicios, se enamoró profundamente. Un texto de la época afirma que el monarca Pedro I “enamoróse mucho della, é non pudo estar en sí hasta que la uvo é durmió con ella”. Las fuentes de la época afirman que en junio del año 1352 Pedro I ya tenía en su compañía a María de Padilla. Como premio, María recibió en ese año de 1352 del rey de Castilla el señorío de Huelva. El historiador Juan Bautista Sitges indicó en su día que María de Padilla fue “el ángel bueno de Don Pedro, y con su dulzura, sus gracias é su paciencia pudo sujetar a aquel carácter fiero e indómito”. Eso explica que, en junio de 1353, poco después de casarse en Valladolid el monarca castellano con la infanta francesa Blanca de Borbón, abandonara a su esposa para reunirse con su amante. Sin duda, María de Padilla había aceptado sin protesta el casamiento del Rey con Blanca de Borbón, ocupando ella, como en el anterior reinado Leonor de Guzmán, el papel de manceba. Hubo, no obstante, un ligero retroceso, en el año 1354, en las relaciones de Pedro I con María de Padilla, lo que explica que, ese mismo año, el rey de Castilla se casara con Juana de Castro. Este acontecimiento causó un gran dolor a María de Padilla, la cual pensó incluso en retirarse a un convento. De todos modos, al poco tiempo Pedro I volvió nuevamente con ella.
     Hay que señalar, asimismo, que María de Padilla llevó una vida de carácter nómada, cambiando continuamente de residencia. Entre 1353 y 1354 estuvo, entre otros lugares, en Córdoba, en Montalbán, en Toledo, en Olmedo, en Castrogeriz, en Tordesillas, en Urueña, etc. Por otra parte, en una carta escrita a Pedro I en el año 1356 por el Pontífice romano, éste llamaba a María de Padilla adúltera y concubina. En el año 1358 María se encontraba en la ciudad de Sevilla, demostrando a Fadrique, hermanastro del rey Pedro I, la tristeza que sentía porque estaba convencido de que iba a ser asesinado por el monarca castellano. No mucho más tarde, en el año 1361, María de Padilla, que sólo contaba veinticuatro años de edad, murió en la ciudad hispalense. El cronista Pedro López de Ayala cuenta que falleció “de su dolencia”, aunque se ignora de qué enfermedad se trataba. Pedro I, que se encontraba ausente de Sevilla, al enterarse de la muerte de María de Padilla “la lloró amargamente”, según relata el historiador Juan Bautista Sitges, y “mandó hacer en Castilla grandes duelos”.
     Al año siguiente, en unas supuestas Cortes celebradas en la ciudad de Sevilla, Pedro I intentó legalizar, a título póstumo, sus relaciones con María de Padilla. De ahí que declarara que se había casado con María, aun cuando mantuvo secreto aquel matrimonio, antes de casarse con la infanta francesa Blanca de Borbón. Incluso dio los nombres de los que habían sido testigos de la boda. Es más, el cronista Pedro López de Ayala afirma que en esas Cortes de Sevilla del año 1362, el arzobispo de Toledo, Gómez Manrique, pronunció un discurso con el que intentaba demostrar la legitimidad del matrimonio de Pedro I con María de Padilla. Sin embargo, la más rigurosa investigación histórica ha puesto de manifiesto que no existió ese matrimonio. En esa misma sesión se declaró herederos de Pedro I a los hijos que había tenido con María de Padilla. Éste parece que fue el objetivo básico que buscaba el rey Pedro I al declarar una supuesta boda con María de Padilla. Esos hijos fueron los siguientes: un varón, Alfonso, que murió antes de cumplir un año, y tres hembras, Beatriz, Constanza e Isabel. Beatriz terminó marchándose al Convento de las clarisas de la localidad de Tordesillas. Constanza contrajo nupcias con el destacado personaje de la Corte inglesa Juan de Gante, duque de Lancaster. Isabel se casó con otra figura de la nobleza inglesa, Edmundo de York.
     María de Padilla fue enterrada inicialmente en el Convento de las clarisas de la localidad palentina de Astudillo, denominado de Nuestra Señora de los Ángeles, que había sido fundado por ella en el año 1354. Pero con posterioridad sus restos mortales, considerados propios de una reina, fueron trasladados a la Catedral de Sevilla (Julio Valdeón Baruque, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Doña María de Padilla, al detalle:
La antigua Fábrica de Tabacos, actual Universidad de Sevilla

miércoles, 10 de julio de 2024

Un paseo por la avenida del Cid

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida del Cid, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 10 de julio, es el aniversario (10 de julio de 1099) del fallecimiento de Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid Campeador", así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida del Cid, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La avenida del Cid es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur, y va de la plaza Don Juan de Austria, a la glorieta de San Diego.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.  
        Desde el s. XVI este espacio extramuros fue conocido como Quemadero de la Inquisición, por estar allí situado el lugar de ejecución del Santo Oficio. En la década de 1920 se rotuló con su actual nombre, en recuerdo del caballero castellano Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid Cam­peador (1043-1099). Desde al menos el s. XVI existió un camino que unía el convento de San Diego y el camino de Eritaña con el Prado de San Sebastián. Este quedó claramente delimitado al construirse en el s. XVIII la Fábrica de Tabacos (1728-1771). En el s. XIX se traza un arrecife desde la Puerta de la Carne hasta el citado convento, transformándose en amplia avenida de acceso a la Exposición Iberoamericana en los años vein­te del presente siglo. Confluyen Infanta Luisa de Orleans e Infante Carlos de Borbón (calles desaparecidas en el Parque del Prado de San Sebastián). Sobre el pavimento de piedra del arrecife se construyó otro de adoquines para la Exposición, siendo renovados la calzada y el andén central, donde se sitúa la estatua del Cid, con losas de granito y enchinados en 1947. En la década de los setenta se cubrió el adoquín con capa de asfalto. Las aceras son muy amplias y están formadas por una franja de losetas de cemento en el centro y albero a los lados, en las que están plantadas dobles hileras de acacias. El alumbrado eléctrico que se montó para la Exposición sobre farolas de fundición de dos brazos, fue modificado en 1961, y en la actualidad se ilumina con farolas de báculo.
     Está flanqueada en su margen derecha por el foso de la Fábrica de Tabacos, actual edificio central de la Universidad (v. San Fernando). Hacia la segunda mitad del s. XIX y hasta los años 70 del presente siglo, estuvo instalada en esta fachada del edificio una unidad militar, primero de artillería y luego de carros. En esta misma acera, junto a la plaza Don Juan de Austria, existían en 1935 evacuatorios públicos. En la margen izquierda se levanta el pabellón de Portugal de la Exposición, construido en  1928-29; surgió como consecuencia del carácter ibe­roamericano que se le dio al Certamen en 1922, incluyendo a Portugal y Brasil, pues hasta entonces fue Hispano-Americana. Este edificio fue construido con carácter perma­nente por los arquitectos Carlos y Guillermo Rebello de Andrade, y fue destinado para consulado y oficina de turismo. Entre Infante Don Carlos de Borbón e Infanta Luisa de Orleans (calles desaparecidas en el Parque del Prado de San Sebastián) existió hasta el traslado de la Feria a Los Remedios, en 1973, la caseta del Círculo de Labradores, única de carácter permanente, que anteriormente fue del Casino Sevillano. En el centro, sobre plataforma ovalada de granito con fuente, surtidor y parterres, se levanta la estatua ecuestre del Cid Campea­dor, modelada y donada a la ciudad en 1929 por la señorita Hunttington. En el basamento cúbico, también de granito, hay tres inscripciones con los siguientes textos:

     "Sevilla, dorada corte del rey poeta Motamid, hospedó a Mio Cid embajador de Alfonso VI y le vio volver victorioso del rey de Granada"
Año MCXXX.

"El Campeador, terrible calamidad para el Islam, fue por la viril firmeza de su carác­ter y por su heroica energía uno de los gran­des milagros del Creador"
(Ben Bassam).

"The Hispanic Society of América ofrece este monumento a España".

     Esta estatua está levantada sobre el Que­madero de la Inquisición, construido en la primera mitad del s. XVI y demolido en 1809; la siniestra construcción, según nos cuenta Matute, "era una mesa cuadrada co­mo de 30 varas y dos de alto, en cuyas esquinas sobresalían los postes de 3 varas de alto sobre las que había cuatro columnas, en una de las cuales había una inscripción en árabe... En medio de él estaba una concavi­dad donde encendían la hoguera". Lugar de paso extramuros de la ciudad, fue luego en 1893 continuación de la avenida de la In­dustria (hoy Menéndez Pelayo) hacia la ave­nida de María Luisa, uniéndose al muelle y al paseo de la Palmera. Formó durante muchos años parte de las calles de la Feria de Abril, ocupándose en los últimos ambas aceras. En la confluencia con la Pasarela se alzaba la tradicional portada de la Feria. La estatua del Cid era lugar de cita para muchas personas durante estas fiestas. De aquí partió en 1932 una gran parada militar que conmemoró el segundo aniversario de la II República. A partir de 1975, en los años de la transición democrática, se han iniciado marchas o realizado concentraciones políticas, sindicales y estudiantiles, así como los ya veteranos maratones de Sevilla. En los últimos años la amplia acera contigua a la Universidad se ha deteriorado sensiblemente y ha sido convertida en aparcamiento (afortunadamente ya desaparecido). En la confluencia con Palos de la Frontera hay una gasolinera [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid Campeador", quien da nombre a la vía reseñada;
     Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. (¿Vivar?, Burgos, 1048-1050 – Valencia, 10 de julio de 1099). Guerrero, héroe celebrado en El Cantar de Mío Cid.
     Sobre el hombre que fue Rodrigo Díaz de Vivar existen dos biografías: una, la más conocida y popularizada, la tejida con los datos de la creación literaria, esto es, con el Poema de Mío Cid y el romancero; y otra muy distinta, la única verdaderamente histórica, construida con el Carmen Campidoctoris, canto coetáneo en loa de Rodrigo; con la Historia Roderici, una extensa e informada biografía escrita tan sólo algún decenio tras la muerte del héroe y cuyo autor utilizó documentos del archivo familiar del biografiado; con las crónicas y noticias árabes, especialmente las obtenidas de las obras de Ibn ‘Alqama e Ibn Bassªm, y con los documentos y diplomas coetáneos que otorga o confirma Rodrigo Díaz de Vivar. Naturalmente aquí sólo nos ocuparemos de esta segunda, dejando la primera para el mundo de la literatura y de la leyenda.
     Ninguna fuente histórica o diplomática consigna el lugar o la fecha de nacimiento de Rodrigo Díaz de Vivar; probablemente vio la luz del mundo en Vivar del Cid, pequeño lugar sito nueve kilómetros al norte de Burgos, ya que todas las fuentes épicas designan a Rodrigo como “el de Vivar”, y este dato parece pertenecer al núcleo mínimo de veracidad de esas fuentes. En la aldea de Vivar, sita entonces en el extremo límite de Castilla, sería su padre un noble fronterizo, que el año 1054, tras la muerte en Peñalen del rey Sancho de Pamplona recuperaría de manos de los navarros las fortalezas de Ubierna, Úrbel y La Piedra. En cuando a la fecha de su nacimiento Menéndez Pidal la situó entre los años 1041 y 1047, mientras Ubieto Arteta prefería retrasarla hasta 1054-1057; nosotros creímos en su día deber colocarla entre los años 1048-1050 basados en el dato del Carmen Campidoctoris que califica a Rodrigo de “aún adolescente” cuando en 1067 en “su primer combate singular venció al navarro” y en su tardío matrimonio en 1074, pues, si hubiera nacido el año 1043, una soltería prolongada hasta los 31 años de edad resultaría difícil de admitir.
     La ascendencia del Cid, especialmente el linaje paterno nos viene dado en la Historia Roderici remontándose hasta la séptima generación representada por Laín Calvo, aunque no sea posible probar documentalmente la exactitud de esos datos genealógicos. El linaje arranca de Laín Calvo, que no es citado en la Historia Roderici como juez de Castilla; como la leyenda de los jueces es posterior a la Historia Roderici es bien posible que la leyenda haya tomado el nombre del juez del linaje del Campeador; en todo caso es evidente que la familia paterna del Campeador no se contaba entre la más alta nobleza de Castilla. En cambio sí que pertenecía a esa alta nobleza la familia materna: el abuelo materno del Cid, Rodrigo Álvarez, fue tenente nada menos que de cinco importantes alfoces, y su hermano Nuño Álvarez subscribe asiduamente los diplomas de Fernando I, desempeñando además las tenencias de Amaya y Carazo.
     Dada la categoría social de la familia materna de Rodrigo Díaz, nada tiene de extraño que éste fuera a completar su formación humana y militar en la corte de Fernando I al lado de algunos de los vástagos regios, y así la Historia Roderici nos dirá que Rodrigo fue “criado diligentemente por Sancho, rey de toda Castilla y dominador de España, que le ciñó el cinto militar”. El término nutriuit o crió excluye una relación de compañerismo o igualdad y más bien supone una diferencia de edad y de posición; en la pequeña Corte del infante Sancho crecería Rodrigo y se formaría en las artes militares y también en las letras, dentro de los límites de la época, esto es, en la escritura, y asistiendo a las actuaciones de la Curia Regia en su aspecto consultivo o judicial.
     Acompañando al infante don Sancho, enviado por su padre a Zaragoza en 1063 para cobrar las parias, fue Rodrigo, quizás como paje o ya armado caballero, cuando por las mismas fechas el rey aragonés Ramiro I estaba atacando Graus. El infante don Sancho con su hueste castellana acudió en ayuda de su tributario al-Muqtadir, resultando muerto en el encuentro el rey Ramiro. La Historia Roderici no atribuye ninguna participación especial al joven Rodrigo, sólo nos dice que acompañaba al infante castellano.
     El 27 de diciembre de 1065 moría Fernando I, e inmediatamente asumía Sancho el gobierno de la parte del reino paterno que le había correspondido, Castilla. A su lado estaba el joven Rodrigo que “era querido por el rey Sancho con mucho cariño e inmenso amor y que le puso al frente de toda su mesnada; Rodrigo crecía y se hacía un guerrero fortísimo y un campeador en el palacio del rey Sancho” (Historia Roderici). Según el Carmen Campidoctoris el título de Campeador le fue atribuido a nuestro Rodrigo con ocasión de su victoria en combate singular sobre un guerrero navarro, combate que creemos poder datar el año 1067. Otra lid singular del Campeador aparece recogida en la misma Historia Roderici; se trata de un sarraceno de Medinaceli, que no sólo fue vencido, sino también muerto.
     No sabemos si en estas acciones bélicas de 1067 actuaba ya Rodrigo como alférez o abanderado de la hueste castellana; tenemos como más probable la negativa, pues nada nos dice sobre ello la Historia Roderici, que en cambio nos informa cómo “en todas las guerras que el rey Sancho hizo contra el rey Alfonso en Llantada (1068) y en Golpejera (1072) venciéndolo, Rodrigo era el portador de la insignia real de Sancho, prevaleciendo y destacando entre todos los guerreros del ejército castellano”.
     Las victorias del rey Sancho lo condujeron a su coronación en León el 12 de enero de 1072 como rey emperador de todo el reino leonés de Fernando I, Galicia incluida; únicamente en Zamora su hermana Urraca se negaba a obedecer sus órdenes, por lo que al fin del verano de ese año 1072 Sancho, llevando a Rodrigo en su ejército, puso sitio a la plaza. Durante el asedio Bellido Dolfos dio muerte a traición al rey Sancho; nada sabemos de la intervención del Campeador en este episodio, que atribuimos más bien a la invención juglaresca. Lo que sí haría, sería acompañar al cuerpo de su Rey hasta el monasterio de Oña (Burgos) elegido por el difunto para su sepultura.
     En el rey Sancho había perdido Rodrigo al señor que le había criado y que tanto le había distinguido; pero según la Historia Roderici no parece que el Campeador entrara con mal pie con el nuevo Monarca, ya que el rey Alfonso lo recibió con todo honor como vasallo y lo conservó a su lado con todo amor y respeto. Ni una sola palabra sobre la jura de Santa Gadea, emotiva escena de invención juglaresca. Alfonso VI, al aceptar el vasallaje de Rodrigo Díaz, lo unía a sí con el vínculo personal del homenaje y fidelidad, al mismo tiempo que se obligaba a protegerlo y favorecerlo; Rodrigo no era un súbdito más del nuevo rey, sino que era recibido en el círculo mucho más íntimo y reducido de los fideles y vasallos personales de Alfonso VI.
     Obligación especialísima del señor era procurar un buen matrimonio a sus vasallos y a fe que Alfonso cumplió espléndidamente este deber señorial en relación con Rodrigo Díaz al procurarle el enlace con una dama asturiana, Jimena Díaz, hija de Diego, el conde de Asturias y hermana de otros tres condes, y descendiente, exactamente biznieta, del rey leonés Alfonso V, abuelo del rey Alfonso VI, del que era por lo tanto sobrina en sentido medieval como hija de prima carnal del Rey. Jimena Díaz pertenecía a un linaje de la más alta nobleza del reino. La carta de arras, datada el 19 de julio de 1074, se conserva en la catedral de Burgos, y por ella Rodrigo otorga a fuero de León a doña Jimena la mitad de todos sus bienes; esta mitad comprendía cuatro villas íntegras y parte de otras 39 sitas entre Burgos y Torquemada.
     Celebrado el enlace Rodrigo acompañará el año 1075 al rey Alfonso VI en un viaje por Asturias, la tierra de su esposa, donde por delegación del Rey actuará como juez en dos famosos pleitos, uno entre el obispo y el conde y otro entre un grupo de infanzones y el mismo obispo.
     Tras tres años de residencia en Castilla, el año 1079 surgirá el primer incidente grave que pudo dañar la imagen de Rodrigo ante el Rey; ese año Alfonso VI enviaba dos embajadas a cobrar las parias anuales que los reyes taifas solían abonar al Rey leonés; una presidida por el Campeador se dirigió a Sevilla, otra dirigida por el conde García Ordóñez y otros importantes nobles navarros tuvo como destino Granada. Ambos reyes taifas, de Sevilla y de Granada estaban en pugna; el de Granada, aprovechando la presencia de la embajada de Alfonso VI y con el auxilio de esta, penetra en los dominios del taifa sevillano; este reclama el auxilio de Rodrigo, que se encontraba en Sevilla.
     El Campeador envió cartas a los intrusos rogándoles que por respeto al rey Alfonso desistan de su ataque, pero ellos confiando en su superioridad numérica no sólo no acceden a estos ruegos, sino que se burlaron de ellos y continuaron su avance saqueando toda la tierra hasta alcanzar el castillo de Cabra. Informado de ello Rodrigo parte de Sevilla y se enfrenta con el ejército granadino al que deshace, apresando al conde García Ordóñez y a los nobles que le acompañaban, a los que tras mantenerlos tres días como prisioneros y despojarlos de las tiendas y demás pertrechos como legítimo botín de guerra les permitió marchar libres sin rescate, mientras él victorioso regresaba a Sevilla. De este episodio, sin necesidad de que Rodrigo aumentara la derrota con afrentas innecesarias, nacería una perdurable enemistad entre el Campeador y García Ordóñez, que no dejaría de acusarlo ante el Rey de haberse quedado con parte de los regalos del Rey de Sevilla. El año 1081 el rey Alfonso había salido en campaña por tierras toledanas. Rodrigo alegando enfermedad se había quedado en su casa, cuando los musulmanes atacaron por sorpresa Gormaz obteniendo un importante botín; ante la noticia de este percance, reacciona Rodrigo y reuniendo rápidamente una mesnada sale a perseguir a los atacantes, penetra en el reino toledano y regresa trayendo consigo hasta 7.000 cautivos entre hombres y mujeres. De nuevo este segundo episodio es presentado ante el Rey como una grave imprudencia o más aún como una traición destinada a provocar a los musulmanes toledanos para que estos reaccionaran violentamente, atacaran y dieran muerte al rey Alfonso, que se encontraba entre ellos. El Rey irritado por esta cabalgada del noble de Vivar decreta su destierro; es bien posible que no le faltaran razones al Monarca, y que la cabalgada hubiera ido más allá de lo oportuno y que hubiera violado alguno de los pactos que el Monarca mantenía con los moros toledanos.
     La expulsión del Reino era la pena usual cuando un vasallo incurría en la “ira del rey”; no llevaba consigo la pérdida de los bienes ni afectaba a los familiares próximos del desterrado. El Campeador podía dejar a Jimena y a sus hijos en su casa o en cualquiera de sus propiedades esparcidas a través de casi 80 villas y aldeas; en cambio sus vasallos debían extrañarse con él hasta “ganarle el pan o señor que le hiciera bien”. Por la Historia Roderici sabemos que marchó en primer lugar a Barcelona a ofrecer sus servicios a los condes de aquella ciudad, los hermanos Ramón II y Berenguer II, sin duda atraído por las aspiraciones reconquistadoras de aquellos magnates catalanes; pero no habiendo llegado a un acuerdo con los mismos, a continuación se dirigió a Zaragoza, donde reinaba el taifa al-Muqtadir, de la familia de los Ibn Hñd, que acogió a Rodrigo con gran satisfacción, pensando que los servicios del desterrado podrían ahorrarle las parias que su reino venía pagando a los cristianos desde hacía más de veinte años, ya a Castilla, ya a Aragón, ya a Barcelona.
     Pero apenas llegado a Zaragoza muere el rey al-Muqtadir, dividiendo el reino entres sus dos hijos: al hijo mayor, Yñsuf al-Mu’tamin, le deja Zaragoza, y a su hermano Alfagit el Reino de Denia con Tortosa y Lérida. La guerra que se enciende entre los dos hermanos va a revalorizar los servicios militares de Rodrigo, que sigue a las órdenes de al-Mu’tamin. A su vez Alfagit recabará y conseguirá la ayuda del rey de Aragón Sancho I Ramírez y del conde Berenguer Ramón II de Barcelona. El choque de Rodrigo con los cristianos aliados del Rey moro de Lérida se hace inevitable; primeramente con Sancho Ramírez al socorrer Rodrigo con éxito a Monzón (Huesca) y luego al reforzar el castillo de Almenar, 20 kilómetros al norte de Lérida donde el Campeador se enfrenta con el Rey de Lérida a cuyo lado se encuentran el conde de Barcelona Berenguer Ramón II, el conde de Cerdaña, el hermano del conde de Urgel y los gobernantes de los condados de Besalú, del Ampurdán, del Rosellón y aún de Carcasona. Enfrentadas las dos huestes la de Zaragoza y la de Lérida con sus respectivos auxiliares, Rodrigo convence a al-Mu’tamin a que curse propuestas de paz y acceda a pagar un censo por el castillo de Almenara, pero los aliados del Rey de Lérida con una superioridad numérica aplastante rechazan todas las propuestas. No queda otra salida que el combate en el que la hueste cidiana resulta vencedora poniendo en fuga a todo el ejército de Alfagit y sus auxiliares catalanes, que sufrieron importantes bajas dejando tras de sí un inmenso botín; entre los cautivos se contaba el conde de Barcelona y muchos de sus caballeros, que fueron entregados por Rodrigo a al-Mu’tamin, que a los cinco días los dejó volver libres a su tierra.
     La gran victoria de Almenar, datable el año 1082, pondrá fin a la primera campaña de Rodrigo al servicio del Rey moro de Zaragoza; al volver triunfador a la ciudad fue acogido con grandes honores y muestras de agradecimiento y respeto por el Rey y la población musulmana. Algún historiador ha querido rebajar al Campeador a la simple categoría de un mercenario; ese mismo criterio habría que aplicar al rey de Aragón Sancho Ramírez y a todos los condes catalanes que prestaban sus servicios al Rey moro de Lérida, y a los condes castellanos que aparecen en la historia participando en las discordias musulmanas luchando al lado de una de las facciones contra la otra. Ese mismo año el alcaide del castillo de Rueda (Zaragoza) se substrajo a la obediencia de al-Mu’tamin y ofreció la entrega de la fortaleza a Alfonso VI; este acudió a tomar posesión de Rueda el 6 de enero de 1083, pero las fuerzas leonesas cayeron en una terrible celada en la que murieron muchos nobles y caballeros, llegando a peligrar la propia vida del Rey. Rodrigo, que se encontraba en la región de Tudela, al tener noticia del desastre acude rápidamente en auxilio de su Rey, que lo recibe con los brazos abiertos y lo invita a regresar con él a Castilla; el Campeador inicia el regreso con Alfonso, pero pasada la emoción del encuentro Rodrigo observa ciertas reticencias, que le decidieron a no continuar el camino hacia Castilla y regresar a Zaragoza. Creemos que a partir de este momento el Campeador ya no es un desterrado, sino un caballero que no quiere cambiar la envidiable situación de que gozaba en Zaragoza por un destino incierto en Castilla.
     En este su segundo período al servicio de al-Mu‘tamin, el Campeador, siguiendo las órdenes de aquel, realizará desde Monzón (Huesca) una algara de cinco días por tierras de Sancho I Ramírez sin que este monarca llegara a enfrentarse con él; otra campaña de Rodrigo se dirigirá contra las tierras de Morella, sometidas al Rey de Denia-Lérida. Estas dos campañas contribuirán a estrechar todavía más los lazos entre el Rey de Aragón y el musulmán de Lérida, hasta el punto que unidos ambos se deciden a marchar a tierras de Morella para acabar con el Campeador. Éste no rehúsa la batalla campal que tuvo lugar el 14 de agosto de 1084 y dio el triunfo total a la hueste cidiana, que puso en fuga y persiguió largo trecho a ambos monarcas, haciendo numerosos prisioneros entre los que se encontraban el obispo de Roda Raimundo Dalmacio, el conde Sancho Sánchez de Pamplona, el conde Nuño de Portugal, y otros tres notables que la Historia Roderici enumera por su nombre. Tras la victoria, el recibimiento apoteósico en Zaragoza; al-Mu‘tamin, sus hijos y los habitantes de la ciudad salieron al encuentro del vencedor hasta Fuentes de Ebro, a unos 22 kilómetros de camino, que entró en Zaragoza entre las aclamaciones de la población. El año 1085 fallece el rey al-Mu‘tamin; le sucede su hijo al-Musta‘Ìn II, pero la posición de Rodrigo no sufre ningún cambio.
     El 25 de mayo de 1085 Alfonso VI incorporaba a su territorio el reino musulmán de Toledo; los reyes de taifas se alarman ante el avance cristiano y reclaman el socorro de los almorávides africanos; que pasarán el Estrecho y el 23 de octubre de 1086 se enfrentarán con Alfonso VI en Zalaca o Sagrajas (Badajoz), infligiéndole una severa derrota y poniendo en peligro las nuevas conquistas del reino de Toledo. Noticioso el Campeador de la crítica situación de su rey, abandona el servicio del taifa de Zaragoza y se presenta en 1086 ó 1087 en Toledo para ponerse a las órdenes de su señor, que le otorga el gobierno de siete alfoces: Dueñas (Valladolid), Ordejón (Burgos), Ibia (Palencia), Campoo (Palencia), Iguña (Santander), Briviesca (Burgos) y Langa (Soria).  Será ahora, 1087, cuando Alfonso VI envíe al Campeador a Valencia con órdenes de asegurar en el trono de aquella ciudad a al-Qªdir, el antiguo rey de Toledo, al que el cristiano había ofrecido Valencia a cambio de Toledo. El Campeador pasa por Zaragoza donde refuerza su mesnada y se le añade el rey al-Musta‘in que también aspiraba a adueñarse de Valencia; la llegada de Rodrigo obliga a retirarse a Berenguer Ramón II que estaba sitiando la ciudad; al-Musta‘in quiere apoderarse de Valencia, pero el Campeador se lo impide alegando que sólo obedece órdenes de su rey Alfonso. Al-Qªdir honra a Rodrigo como a su salvador.
     El año 1088 Alfonso VI ordenará a Rodrigo que una su mesnada valenciana al ejército real en marcha hacia Aledo (Murcia) para levantar el asedio que habían puesto los almorávides a la guarnición cristiana; la reunión entre ambos ejércitos no tuvo lugar por algún mal entendido acerca de las rutas a seguir. Este fallo fue aprovechado por los enemigos de Rodrigo para culparlo de traición y de haber abandonado al Rey en peligro; el Monarca dio oídos a estas acusaciones y declaró reo de este delito al Campeador, confiscando sus bienes y apresando a su mujer e hijos. De nada sirvieron las exculpaciones de Rodrigo y sus ofertas de probar su inocencia mediante un juramento solemne o un duelo como juicio de Dios. Lo único que consiguió fue la liberación de doña Jimena y de sus hijos. Declarado traidor por Alfonso, a partir de este momento el Campeador tendrá que sobrevivir en territorio musulmán mediante su espada; tampoco volverá a servir a ningún otro príncipe taifa, como había hecho antes durante cinco años, entre 1081 y 1086, cuando se puso al servicio del Rey de Zaragoza.
     En enero de 1089 ataca por sorpresa el castillo de Polop (Alicante) apoderándose del tesoro del Rey moro de Denia depositado en esa fortaleza; este golpe de mano le permitirá invernar en la región y reforzar y sostener a su mesnada en su marcha hacia Valencia. En el verano de ese mismo año se instala en la huerta de Valencia donde es agasajado por al-Qªdir y recibido por el Rey de Lérida, que se adelanta hasta Sagunto para entrevistarse con él, sin que llegara a establecerse un acuerdo. Rápidamente el Campeador somete a todos los alcaides de las fortalezas de la zona al pago de una tributación o parias.
     El gran poder adquirido por el Campeador en Levante alarmó al Rey de Lérida, que reclamó la ayuda del conde de Barcelona Berenguer Ramón II, que no podía olvidar la afrentosa derrota sufrida a manos del Cid cinco años atrás. Llegada la primavera de 1090 Berenguer se puso en camino con un inmenso ejército; el Campeador buscó el refugio de las montañas de Morella, hasta donde le seguirá el conde catalán, concretamente hasta el Pinar de Tévar Tras cruzarse unas cartas desafiantes, ambos contendientes inician el combate un día de junio de 1090; superados unos primeros momentos difíciles para Rodrigo, que fue derribado del caballo, la lucha acaba con la más estrepitosa derrota de Berenguer II que cayó prisionero de Rodrigo con otros 5.000 guerreros más. La libertad del conde y la de Giraldo Alamán fue convenida mediante el pago de un rescate de 80.000 monedas de oro; los demás cautivos tuvieron que pactar cada uno de ellos el precio de su libertad. Poco después los dos enemigos, Rodrigo y Berenguer Ramón, llegan a un acuerdo de paz por el que este pone en manos de aquel las tierras de su protectorado levantino.
     El año 1091 la reina Constanza que deseaba reconciliar al Rey con el Cid, comunicó a éste cómo el Monarca proyectaba una operación militar contra Granada, sugiriéndole que se sumara a esa campaña para ganarse así el favor del Rey. Rodrigo, que no ansiaba ninguna otra cosa más que la vuelta a la gracia del Rey, partió con su mesnada hacia Granada acompañando a la hueste real, aunque con campamentos separados. La expedición no alcanzó sus objetivos y el resentimiento de Alfonso contra Rodrigo se desató de nuevo; ciertas decisiones del Campeador fueron interpretadas como fanfarronerías, provocando la ira del Rey que trató de apresar al Cid, pero este logró escabullirse, maldiciendo el haber seguido el consejo de la Reina y regresando rápidamente a Levante donde tenía asentado su protectorado. La irritación de Alfonso contra el Cid decidirá al Rey leonés a organizar una coalición para acabar de una vez para siempre con su molesto vasallo. A mediados del verano de 1092 Alfonso VI con todo su ejército se puso en marcha hacia Valencia para atacarla por tierra, al mismo tiempo que 400 naves de Pisa y Génova la aislarían y atacarían por mar. El ataque así planeado fracasó por falta de coordinación entre las fuerzas de tierra y de mar y porque el Cid había abandonado la ciudad en manos de al-Qªdir y de un visir de su confianza, mientras marchaba hacia la comarca de Borja. Desde aquí, tras enviar un mensaje al Rey proclamando su inocencia y fidelidad, manifestaba que no quería luchar contra su Rey, pero que se vengaría en los malos consejeros y enemigos suyos. Cumpliendo su amenaza desencadenó una terrible algara de represalia contra la Rioja, gobernada por su rival y enemigo el conde García Ordóñez, que no osó hacerle frente, asolando y saqueando todas las comarcas desde Alfaro hasta Haro y Nájera.
     El fracaso ante Valencia y el saqueo de la Rioja habían puesto de manifiesto una vez más hasta qué punto Rodrigo sobresalía sobre todos los magnates del reino tanto por su valor y capacidad de reclutar una mesnada imbatida cómo por su habilidad política en crear y mantener un protectorado sobre Valencia y todo el Levante. Había llegado para Alfonso la hora de rendirse a la realidad y, como gran monarca y hombre de estado que era, no lo dudó un instante, y dejando a un lado, si no olvidando, los pasados conflictos, envió a Rodrigo su perdón y vuelta a la gracia real más amplia y generosa, devolviéndole todos sus bienes. El Cid se alegró sobremanera y a partir de este año 1092 ya nunca más se alteró la concordia entre Alfonso y Rodrigo.
     Musulmanes de Valencia, que deseaban acabar con el gobierno de al-Qªdir y el protectorado cidiano, aprovecharon la ausencia de Rodrigo para llamar a los almorávides a los que abrieron las puertas de Valencia, asesinando a al-Qªdir el 28 de octubre de 1092. Esta injerencia de los almorávides en Valencia va dar origen al gran duelo de nuestro héroe con estos hasta entonces imbatidos africanos. Vuelto el Cid a Levante en noviembre, tras restaurar y reforzar su protectorado en toda la región comenzó a hostigar y a preparar el asedio de la ciudad de Valencia, ahora enemiga. Año y medio duraron estas operaciones hasta que finalmente el 16 de junio de 1094, tras un terrible cerco con todos los horrores y espantos del hambre, Valencia se rindió sin condiciones. Mientras el Cid asediaba la ciudad del Turia, el emir almorávide envió en enero de 1094 contra Rodrigo un enorme ejército que llegó hasta Almusafes a la vista de los asediados y que sorprendentemente retrocedió sin atreverse a atacar a la mesnada del Cid, atrapada entre las murallas de Valencia y el ejército almorávide. Este fracaso dolió enormemente al emir Yñsuf b. TªëufÌn, que pocos meses después enviaba otro segundo ejército contra el Cid, cuando éste era ya dueño de la ciudad; Rodrigo se preparó a resistir tras las murallas; las fuerzas almorávides llegaron hasta el arrabal de Cuarte e iniciaron el asedio entre bravatas y amenazas, pero la mañana del 21 de octubre de 1094, sorprendidas por una salida de los sitiados y por una emboscada tendida durante la noche, al ver perdido su campamento, presas del pánico se dieron a la fuga abandonando un inmenso botín.
     Todavía volverían los almorávides sobre Valencia por tercera vez, sufriendo otro descalabro más: fue en la batalla de Bairén, cinco kilómetros al norte de Gandía, en enero de 1097. En esta ocasión al lado del Cid lucharía el infante aragonés, el futuro Pedro I, quedando aniquilado el ejército almorávide que sufrirá enormes pérdidas. Las alegrías del triunfo se verían amargadas pocos meses después el 15 de agosto cuando en la derrota cristiana muera el joven Diego Rodríguez, el único hijo varón del Cid, luchando al lado de Alfonso VI en los campos de Consuegra (Toledo). Dos años más tarde, cuando se hallaba en todo el esplendor de su poder, el 10 de julio de 1099, cinco días antes de la toma de Jerusalén por los cruzados, moriría de muerte natural el insigne guerrero que fue Rodrigo Díaz de Vivar, dejando el señorío de Valencia y su mesnada en manos de doña Jimena. Además del hijo muerto en Consuegra dejó el Cid dos hijas: la mayor, Cristina, casaría con el infante navarro Ramiro Sánchez, y un vástago de este matrimonio sería García Ramírez, el Restaurador, rey de Navarra, y a través de ella se pudo decir “Oy los reyes d’España sos parientes son”. La otra de nombre María enlazaría con el joven conde de Barcelona Ramón Berenguer III el Grande, y las dos hijas de este último matrimonio, María y Jimena, casarían con el conde de Foix y el conde de Besalú respectivamente.
     Tras la muerte del Cid doña Jimena vivió dos años pacíficamente en Valencia, pero el año 1101 de nuevo los almorávides se presentaron ante la ciudad; iniciado el asedio, la mesnada cidiana resistió desde septiembre hasta marzo del año siguiente, en que doña Jimena solicitó el auxilio de Alfonso VI. Llegado este a Valencia fue acogido con la máxima alegría, pero tras analizar la situación juzgó indefendible la plaza y ordenó su evacuación, dejando tras de sí algunos incendios. Con el rey Alfonso abandonaron Valencia doña Jimena, el obispo don Jerónimo y la mesnada cidiana llevando consigo los restos mortales de Rodrigo, que fueron depositados en el monasterio de San Pedro de Cardeña, junto a Burgos (Gonzalo Martínez Díez, S.I., en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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