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martes, 26 de mayo de 2026

El desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, de los Filipenses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, de la Congregación de San Felipe Neri, de Sevilla.  
     Hoy, 26 de mayo, Memoria de San Felipe Neri, presbítero, que, consagrándose a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, fundó el Oratorio en Roma, en el cual se practicaban constantemente las lecturas espirituales, el canto y las obras de caridad. Resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica, su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente a Dios (1595) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     El desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, ocupaba la manzana formada por las calles San Felipe, Doña María Coronel, Gerona, y Feijoo; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
     La Congregación de San Felipe Neri fue fundada en 1575 en Roma por Felipe Neri (Florencia 1515-Roma 1595), siendo confirmadas sus Constituciones en 1612 por Paulo V mediante la bula Christi fidelium. Hijo de un abogado florentino, Neri se estableció en su juventud en Roma donde estudió teología y fue ordenado sacerdote, creando una hermandad laica dedicada a la realización de obras de caridad. No iba a ser una orden religiosa en la que sus miembros se comprometen con unos vínculos de votos, juramentos o promesas, sino una agrupación de sacerdotes seculares y hermanos legos que viven unidos en torno al fundador, dedicados al socorro y cuidado de los pobres y a la conversión de los pecadores, practicando la caridad y la predicación entre los más nece­sitados. Es pues una sociedad de vida apostólica y colegial cuyos miembros viven a sus propias expensas. El lugar donde la primitiva comunidad se reunía era el oratorio romano de Santa María in Vallicella, por lo que serán conocidos como oratorianos y sus futuras casas llevarán el nombre de Oratorios que tuvieron, por otra parte, una rápida expansión.
     Pronto se fundan en España congregaciones filipenses, siendo la de Valencia la primera en instituirse en la Península, en el año 1645. Hay que señalar que los Orato­rios se constituyen independientes entre sí, no están centralizados con la casa matriz romana, sino que cada comunidad se rige y gobierna por sí misma, con independencia y separación de las demás y según sus propios estatutos y constituciones. Así pues no existen ni superiores generales ni provinciales pues cada casa elige y nombra a sus autoridades que según las Constituciones filipenses son tres: la primera, la asamblea de todos los padres legítimamente convocada, la segunda la constituyen el Padre Prepósito con sus cuatro diputados o consultores, y la tercera el Prepósito o "Padre de todos", que es elegido por la congregación.
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI
     La fundación en Sevilla de la Congregación del Oratorio resulta algo tardía si se compara con otras de España (Valencia 1645, Villena 1650, Madrid 1660, Soria 1670, Granada 1671, Cádiz 1672, Barcelona 1677, Zaragoza 1690, Alcalá de Henares y Córdoba 1696, etc.), lo que no ha de extrañar en una ciudad saturada de comunidades religiosas y sumida en una profunda crisis económica que desaconsejaba tal empresa. Es a instancia del arzobispo Jaime Palafox y Cardona quien, conociendo y frecuentando el Oratorio de Valencia, y el de Palermo en los años de estancia como arzobispo, junto con otros sacerdotes conocedores de la figura de San Felipe Neri y su institución -muy promovida con ocasión del primer centenario de su muerte en 1695- solicitó a la congregación de Granada viniera a fundar a Sevilla un Oratorio. Fueron enviados los padres Francisco Navascués Pérez y Félix de Rivera y Arroyal, quienes llegaron a Sevilla el 8 de febrero de 1698, consiguiéndose el 18 de marzo de ese año la licencia del arzobispado, y el 22 del mismo mes y año la del ayuntamiento, aunque no sin serias dificultades. Sus deseos de instalarse en las casas del Coliseo en la calle del mismo nombre, hoy rotulada Alcázares, al haberse prohibido las representaciones teatrales en la ciudad, quedaron frustrados pues la petición realizada el 16 de junio de 1698 al Ayuntamiento sevillano fue denegada. Con la pequeña limosna de un piadoso sacerdote de doce reales y la donación de unas casas por Dª Josefa Antonia de Alverro, el padre Navascués dio principio a la fundación en la calle Costales, en la collación de Santa Catalina donde quedó instituida la congregación el 27 de noviembre de 1698 con la bendición de la casa y capilla bajo la advocación de María Santísima de los Dolores. Vista por el arzobispo Palafox en la visita que hizo en los días de Cuaresma del año 1699 la pobreza y pequeñez en que vivían los seis miembros del Oratorio, les compró otra casa contigua en el mismo solar, que aunque amenazaba ruina buena parte de ella, en cuatro meses estuvo incorporada a la ya existente, siendo bendecida por el propio arzobispo el 30 de octubre de ese año. Unos días antes, el 19 de octubre el Oratorio sevillano fue confirmado por bula de Inocencio XII.
     La insuficiencia de la casa y la amenaza de ruina movieron al nuevo prepósito y compañero del padre Navascués, muerto en 1702, Félix de Rivera y Arroyal a solicitar por dos veces en el año 1703, ayuda económica al también nuevo arzobispo de la ciudad Manuel Arias, para comprar una vivienda por valor 22.000 ducados. La ayuda no llegó quedando el Oratorio de momento en la misma situación. El impulso definitivo para el acrecentamiento y renovación de la casa e iglesia se produjo en 1708 cuando Juan Rodríguez de los Ríos, secretario del rey y administrador general de la Renta de la Sal, que vino a vivir a Sevilla y que era afecto al Oratorio, nombró el 9 de noviembre de ese año, albacea de todos sus bienes a su confesor, el prepósito Juan Martín Sedeño y Sotomayor. A expensas del acaudalado caballero se iba a edificar la nueva y definitiva iglesia, cuya primera piedra se puso el 5 de agosto de 1709, estando terminada el 2 de julio de 1711, en que se bendijo por el obispo auxiliar de Sevilla, Pedro Levanto, y cuyo coste ascendió a 17.400 reales. Y aunque el piadoso benefactor no pudo verla acabada por fallecer el 13 de noviembre de 1710, su generosidad continuó tras su muerte al otorgar en su testamento a los filipenses "las casas que al presente vivo u otras que puedan servir para dilatar la habitación de dicha Congregación y labrar en ellas lo que fuera necesario". Con esta herencia los filipenses compraron por 16 ducados unas casas pertenecientes al conde de Luna, situadas en la calle Sardinas (hoy Gerona) para ampliar la vivienda de los padres, que eran trece, trasladándose a ella el 21 de julio de 17105.
     Pronto el Oratorio se enraíza en la vida de la ciudad, desarrollando una activa asis­tencia espiritual. Un fuerte impulso en la actividad apostólica de los filipenses supuso la expulsión de los jesuitas en el año 1767, al convertirse en los continuadores de la dirección cristiana del clero y de la sociedad en general, que acudían al Oratorio, antes encauzada por la Compañía de Jesús y sus notorios ejercicios espirituales. El padre Antonio Castaño desde 1769, impuso a los padres y hermanos del Oratorio la obligación de realizar los ejercicios. Va a ser el padre Teodomiro Ignacio Díaz de la Vega (1736-1805), de sólida formación jesuítica y devoto practicante de los Ejercicios de San Ignacio, quien tras ingresar en la Congregación en 1757 y ante la gran demanda de personas que solicitaban este servicio religioso, el que funde y construya la Casa de Ejercicios, unida al Oratorio pero con dependencias separadas. Para ello la comunidad cedió una finca contigua a la portería, en la calle Sardina (actual Gerona) a la que se sumaron otras, entre ellas dos que fueron propiedad del frontero convento de Santa María de las Dueñas. Se construyó casa con cuarenta habitaciones dobles, capilla propia -en cuya cripta fue enterrado el fundador- refectorio y demás dependencias necesarias. Iniciada su construcción en 1781, se terminó y bendijo el 3 de diciembre de 1783. El padre Vega alegando un antiguo mandato del rey Felipe V que encargaba a todos los prelados de España erigiesen en su Diócesis casas de ejercicios, buscó la protección real, solicitando a Carlos IV tomara a la Casa de Ejercicios bajo su protección. El monarca expidió cédula en Aranjuez el 6 de junio de 1791, inscribiéndose desde entonces como Real Casa de Ejercicios y se colocó sobre sus puertas los escudos reales. Durante el mandato del padre Vega se hicieron importantes mejoras en el contiguo Oratorio: ampliación del presbiterio de la iglesia, merced a la incorporación de dos casas de su propiedad, un retablo mayor, nuevos confesionarios, tribunas y órgano, camarín alto y bajo para la Virgen, cuarto de sacristanes, "... y ricas alhajas y preciosos ornamentos", mejoras en las que se gastó 27.000 pesos.
     A fines del XVIII Oratorio y Casa de Ejercicios eran uno de los centros más desta­cados de la ciudad, tanto desde el punto de vista físico con sus dos inmuebles, la Casa de Ejercicios y el Oratorio (ambos en el mismo recinto pero separados y con accesos independientes), como espiritual, como recogió José María Blanco White en su Cartas de España, quien realizaba los Ejercicios en San Felipe desde la edad de quince años por ser costumbre en la diócesis de Sevilla esta práctica para los que se preparaban para el sacerdocio, como era el caso de White.
     El convulso siglo XIX produjo constantes procesos de destrucción y restauración del complejo filipense, pérdidas de valiosas obras artísticas, para ser finalmente derribado en 1868. En efecto, el Oratorio va a soportar durante esa centuria cuatro supresiones, la primera en 1810 con la llegada de los franceses que supuso la expulsión de la comunidad y el secuestro de sus bienes. De nada sirvieron las alegaciones de los fili­penses ante los decretos josefinos de supresión de las órdenes religiosas, de que ellos eran sacerdotes seculares y no religiosos regulares. La orden de extinción de la Congregación y Casa de Ejercicios llegó de Madrid el 26 de agosto y el 10 de septiembre se efectuó la confiscación de sus fincas y otros bienes. Contaba entonces San Felipe con cuatro padres: el Prepósito Gabriel de Castañeda, Lucas de Tomás y Asensio, Rafael del Rey y Joaquín García, y un número no especificado en la documentación de coadjuto­res, quienes elaboraron un falso inventario de bienes para así poder esconder de los franceses algunos objetos de valor como la plata y libros de propiedad, ornamentos, cuadros y muebles, "dejando solamente lo muy preciso para que no conociesen los franceses lo mucho que se había ocultado". Los propios padres se ocultaron en domicilios particulares, siendo enviado el padre Rey con las alhajas y plata a Cádiz. Para evitar el alojamiento de las tropas en el inmueble o su posible derribo, el entonces canónigo y afecto al Oratorio, Francisco Javier Cienfuegos y Jovellanos, que ejercía en ese momento como arzobispo por ausencia del titular el cardenal Luis María de Borbón, solicitó a las autoridades francesas la cesión del edificio para sede del Seminario Conciliar de la Diócesis, lo que le fue concedido el 11 de septiembre. Pese a ello no pudo evitarse el expolio, sobre todo de pinturas, por los comisionados franceses. Terminada la ocupación francesa de Sevilla a finales de agosto de 1812, se restaura la comunidad y el nuevo prepó­sito Lucas de Tomás y Asensio -fundador de la Casa de Ejercicios Espirituales- consigue de Fernando VII una asignación anual de 20.000 reales durante diez años, para ayudar a reparar los destrozos. En 1830 se contrataba la construcción de un nuevo retablo, desmontando el antiguo que pasó al convento franciscano de San Antonio de Sevilla, donde permanece en su altar mayor.
     Con la Desamortización de 1835, el Oratorio sufre su segunda supresión, siendo sacado a subasta el 19 de febrero de 1836. Pero una nueva estrategia del entonces Cardenal Cienfuegos, solicitando a las autoridades el edificio para prisión especial de clérigos o "Casa de Corrigendos", conocida vulgarmente como "la Parra", instalada en edificio anejo al palacio arzobispal, permitió salvarlo, por el momento, de su venta en subasta. Desde 1848, gracias a la protección del arzobispo Judas José Romo los filipenses comenzaron a resurgir, constando que en 1851 ya estaban reunidos en San Felipe.
     La firma del Concordato entre España y la Santa Sede en 1852 supuso la reposición oficial de la Congregación en toda España. Hay que señalar que el levantamiento de Espartero contra el gobierno de la nación provocó un bombardeo en Sevilla por el general Van Halen durante el mes julio de 1843, afectando seriamente a San Felipe Neri. En la mañana del jueves 27 una granada cayó en la Casa de Ejercicios y otras dos en la iglesia del Oratorio "que entre sus destrozos cuenta el del altar mayor... obra de arte que sucumbió a los furores del ejército sitiador".
     En un constante hacer y deshacer, en el año 1854 la implantación de un gobierno progresista que duró hasta 1856, supuso la tercera disolución del instituto, siendo la Junta Popular Revolucionaria de Sevilla la encargada el 2 de agosto de 1854 de expul­sar a sus miembros, secuestrar sus bienes y cerrar la iglesia, quedando la casa convertida en cuartel de la milicia urbana. Dos años después y por real orden será nuevamente restablecida la comunidad a su casa y devueltos sus bienes. A continuación se sucederán unos años de relativa paz social en la que, pese a la fuerte corriente anticlerical, los oratorianos continúan su labor apostólica tanto entre las clases populares como entre las más altas, entre ellas los propios Duques de Montpensier, residentes en esta época en Sevilla, a quienes atendía espiritualmente el prepósito José María Alonso y Elena, también preceptor de sus hijos. En estos años se amplia la familia filipense en la ciudad con la fundación de la rama femenina, que tras varias sedes pasa al antiguo convento de Santa Isabel, donde permanece.
     La cuarta y última supresión del Oratorio y su final demolición, tuvo lugar en los días de la revolución de septiembre de 1868, conocida corno "la Gloriosa", que supuso en el orden político el destronamiento de la reina Isabel II y la promulgación de una nueva Constitución, y en el religioso la reducción de conventos monasterios y colegios, parroquias y capillas. Consta que unos años antes, el 24 de junio de 1865 el Oratorio padeció un voraz incendio que afectó principalmente a la parte alta de la casa, gastándose en su reparación "más de once mil duros". Tres años más tarde, el 19 de septiem­bre de 1868 se constituyó en Sevilla la Junta Revolucionaria que destituye al ayuntamiento y nombra otro al que faculta para llevar a cabo las supresiones que se dictami­nen, "pudiendo también dicha municipalidad verificar enseguida la demolición de los conventos cuando así convenga al ornato de la nación". Y este será el triste final del conjunto monu­mental filipense. El acuerdo de demolición se toma en los primeros días, alegando el ayuntamiento la necesidad del derribo para proceder "al ensanche de las calles adyacentes y al propósito de mejorar las condiciones higiénicas de aquel sitio". Los dieciséis filipenses que componían la comunidad fueron expulsados de la casa y desterrados de España, embarcando algunos en un barco fletado por la propia Junta Revolucionaria, rumbo a Gibraltar. En sucesivos trabajos de demolición y en poco más de un mes, el Oratorio, la iglesia y la Real Casa de Ejercicios Espirituales de San Felipe quedaron borrados literalmente del plano de la ciudad; el patrimonio mueble que no fue expoliado fue depo­sitado en el Museo o llevado a otras iglesias, siendo devuelto en parte a los filipenses, en 1877 al constituirse de nuevo la comunidad y conseguir nueva casa e iglesia en Sevilla. En efecto, tras la Restauración monárquica en 1875, los oratonianos daban los pasos para reorganizarse y volver sus dispersos miembros a vivir en comunidad; al año siguiente toman unas casas en la calle Toqueros (actual Conde de Ibarra), pasando en 1879 a otra en la calle Fabiola. En 1876 el arzobispo Lluch y Garriga les cede temporalmente la iglesia del ex-convento de San Alberto, pasando a ser propiedad por concesión del papa León XIII en diciembre de 1893. La comunidad, de nuevo afianzada en la ciudad, compra una casa en 1916 en la calle San Isidoro, al lado de la iglesia con la que se comunica, y en 1944 consigue adquirir el edificio conventual de San Alberto a donde, tras obras de restauración, se trasladan en 1982, permaneciendo hasta hoy.
ARQUITECTURA
     El conjunto de San Felipe abarcaba toda una manzana cuadrangular, cuyo períme­tro estaba delimitado por las calles San Felipe, Sardinas, Huevos y Costales, actuales Doña María Coronel, Gerona, Feijoo y San Felipe, respectivamente. En tan amplio espacio se insertaban la iglesia, el Oratorio y la casa de Ejercicios Espirituales. El Oratorio tenía su entrada por la calle Sardinas (Gerona) y la iglesia tenía fachadas y accesos por Costales (actual San Felipe) y San Felipe (hoy Doña María Coronel).
     La iglesia tenía su acceso principal por los pies, en la entonces calle San Felipe, hoy Doña María Coronel, corriendo su lateral derecho por la calle Costales (actual Feijoo), en donde tenía otra portada. Estaba bajo la advocación de María Santísima de los Dolores, no existiendo constancia documental sobre quién pudo ser el autor de su traza y construcción. Sabemos que el patronato de la capilla mayor se concedió a Antonio de Pontejos por escritura de 3 de julio de 1719. El 4 de octubre de 1709 el arquitecto Lorenzo Fernández de Iglesias en su testamento solicita se le liquide lo que se le adeuda por cuenta de "una portada que se está acabando para la iglesia, y cuatro colum­nas que me mandaron hacer para dentro del templo". Esta escueta noticia no nos permite establecer de qué portada se trata, lo que se complica más teniendo en cuenta que la construcción de la nueva iglesia comenzó el 5 de agosto de ese año. En efecto, la colocación de la primera piedra tuvo lugar el día 5 de agosto de 1709, estando terminada para el 2 de julio de 1711 en que fue bendecida por el obispo auxiliar de Sevilla Pedro Levanto, invirtiéndose en su construcción 17.400 reales. Entre los años 1780-90 se amplió la cabecera del templo que "no tenía presbiterio y como se había extendido por los pies necesitaba de crucero para su perfección", para lo que se anexionaron dos casas conti­guas por la espalda del altar mayor "y en este sitio se labró un magnífico presbiterio con amplitud proporcionada arrancando dos grandes arcos, y subiendo sobre ellos las robustas paredes que se cerraron con bóveda y se pintaron para acompañar el adorno de la Iglesia". La planta era basilical de una sola nave y de proporciones bastante alargadas en relación con su anchura, debido a las ampliaciones reseñadas, (36 varas x 14 1/2 varas = 29,497 x 12,122 m., aproximadamente). La capilla mayor "diáfana y cuadrada", era de testero plano y cubierta abovedada, estando separada del cuerpo de la iglesia por unas baran­das semicirculares de hierro dorado ricamente labradas, "de vara y media de alto, con balaustres, cornisa y entrecalles, muy bien ejecutada por el artífice sevillano Márquez, y con atrileras de lo mismo y seis bolas de bronce agallonadas, obra de Reinoso", con la siguientes inscripciones: en el trozo correspondiente al lado de la epístola "Me fecit el maestro Juan Marques natural de la ciudad de Sevilla, año 1771" y en del evangelio "cura et labore P.D. Theodomiro de la Vega, Presbytiri hijus Congregationis". Actualmente se conservan en el presbiterio de la iglesia del convento femenino de Carmelitas calzadas de Santa Ana, de Sevilla.
     Por tres gradas de mármol rojo se bajaba al crucero cubierto por cúpula sobre cuatro arcos torales. El cuerpo de la nave se cubría con bóveda de cañón con arcos fajones sobre pilastra, y cubierta al exterior con techumbre de madera y tejas. A ella abrían pequeñas capillas, cuatro a cada lado, enmarcadas con arcos sobre columnas de mármol, y encima corrían tribunas voladas con barandas de hierro, cubiertas de visto­sas cancelas, pintadas de verde y oro con caprichosos y movidos motivos de estilo churrigueresco. También hubo cuatro tribunas en los ángulos del crucero del presbiterio. La iglesia estaba pavimentada con losetas de mármol de Génova de colores azul y blanco y sobre los pilares del templo se colocaron doce cruces de jaspe rojo, perfiladas de oro y azul, sobre basamentos redondos de mármol blanco. A los pies del templo estaba la entrada principal que abría a la calle San Felipe (actual Doña María Coronel) y el coro alto, amplia tribuna que salía del cuerpo de la iglesia para prolongarse hacia la calle, cabalgando sobre dos grandes arcos que cargaban en el muro de enfrente perteneciente al monasterio femenino de Santa Inés, dejando debajo el paso libre y conformando un atrio porticado de acceso, con umbral de mármol blanco y tres gradas para bajar a la calle, todo ello cerrado con una verja alta de forja. Este atrio fue consecuencia de dos ampliaciones, la primera costeada por un devoto anónimo, cuya aprobación por parte del cabildo de la ciudad se produjo en 1757, para lo que el 10 de febrero de ese año el maestro mayor de obras de la ciudad Pedro de San Martín emitió informe positivo, declarando que dicha ampliación a costa del viario "no resultaba perjuicio al público ni tráfico de coches", dándose al día siguiente el permiso de obras que sin embargo, se demoraron pues hasta el 13 de septiembre de 1764 no se inició "la utilísima obra de agregar el pórtico de nuestra Iglesia". En 1765 consta la solicitud una nueva parcela de terreno de sesenta y tres varas cuadradas.
     En el muro frontero perteneciente a Santa Inés sobre el que entibaban los arcos del pórtico, estuvo un retablo de azulejos polícromos enmarcado con moldura de estuco, que representaba a Cristo con la cruz a cuestas que salvado del derribo pasó al Museo de Bellas de Sevilla, donde se conserva, colocado en el vestíbulo de entrada. Representa el pasaje de Jesús en la calle de la amargura camino del Calvario, en el que rendido por el peso de la cruz, cae en tierra de rodillas, apoyando su mano sobre una roca, mientras que detrás se sitúa Simón de Cirene que le ayuda a sostener la cruz. Un fondo de arqui­tectura y un amplio cielo azul, completan la escena que presenta un rico colorido de tonos azules, amarillos, verdes, morados y blancos. El fino dibujo de cabezas, manos y paños de las vestimentas, es igualmente de gran calidad, constituyendo un magnífico ejemplar de esta singular manifestación artística que aúna pintura y cerámica, en ricos y populares paneles polícromos, que situados en el exterior de los edificios movían a devoción al viandante a la vez que sacralizaban los espacios donde se ubicaban. Su ejecución se sitúa en torno a 1770, y Gestoso atribuyó, aunque con reservas, esta obra al ceramista José de las Casas.
     El acceso lateral de la iglesia se situaba en el muro del lado de la epístola, que daba a la calle Costales (hoy rotulada San Felipe como único recuerdo onomástico de la Congregación que en esa manzana tuvo su casa). Sabemos que estaba flanqueado por dos cañones fundidos y pintados de negro en las jambas y una escultura de San Felipe Neri de mármol negro, con manos y cara pintadas de color natural y vestido con manteo y bonete, libro sobre el pecho y vara de azucenas; es la que actualmente se conserva en una de las dependencias del convento de San Alberto, actual sede de la comunidad filipense. En correspondencia con este vano pero en el muro del evangelio, estaba la puerta de salida a la galería que comunicaba con la casa. La iglesia no poseía torre­ campanario y sí una espadaña de tres huecos para sendas campanas. Doce ventanas proporcionaban luz natural al interior del templo.
     Desde el lado del evangelio del crucero y a través de unas pequeñas puertas del retablo se accedía a la antesacristía, cubierta con elevada bóveda; fue el lugar donde estuvo el antiguo presbiterio, antes de la reforma de la iglesia en 1786-88. De aquí se pasaba a la sacristía, cuya construcción fue promovida por el padre Vega, en el año 1788. Era de planta rectangular y cubierta plana, "con molduras dobles de madera dorada y florón, del que pendía una araña con 12 mecheros"; por tres escalinatas se subía al presbite­rio y por otra puerta se accedía al trasagrario del altar mayor. Una tercera puerta daba paso a una escalera que conducía al piso alto de la Casa, abriendo a la derecha del primer descanso una pequeña capilla u oratorio privado, llamado "el reclinatorio", donde acudían los padres convalecientes. Estaba cubierta con media naranja decorada con yeserías.
     La Casa de la Comunidad donde habitaban los padres "muy capaz, alegre y bien repartida", tenía su entrada por la calle Sardinas, (actual Gerona), con una gran puerta con un retablo de azulejos que representaba a San Felipe Neri "de buen tamaño, con la bandera de patriarca en su diestra mano", que se conserva en una de las galerías del Museo de Bellas Artes de Sevilla. El interior se articulaba en torno a una serie de patios; desde el portal de entrada se accedía a un pequeño patio cuadrado sin columnas, con galería alta sostenida por tornapuntas de hierro y rodeada con barandas también de hierro. En él se situaban la portería, sala de visitas y tránsito con varias habitaciones; bajando tres gradas se pasaba al claustro principal, articulado mediante cuatro columnas toscanas de mármol y arcos de medio punto en la planta baja y en el superior balcones adintelados entre pilastras dobles de ladrillo. Parte de este patio se halla hoy incluido en el inmueble número 7 de la calle Feijoo. En uno de los ángulos estuvo una amplia escale­ra con un único descanso y artesonado en el techo. En este claustro se repartían las principales habitaciones de la comunidad: el refectorio que comunicaba con la cocina a través de un torno, dormitorios, "y dos habitaciones muy principales, relativamente para cámara del P. Prepósito y para biblioteca, en la que la Comunidad tenía la quiete o recreación, después de ambas comidas". Había otros tres patios menores y tres tránsitos, por uno de ellos se pasaba al piso alto de la Casa de Ejercicios y por otro, se bajaba a la iglesia por una puerta situada en el muro del evangelio; además por esta galería se iba al cuarto de sacristanes, a la tribuna del órgano y al campanario.
     La construcción de la Real Casa de Ejercicio fue promovida por el padre Teodomiro Díaz de la Vega para albergar a los numerosos practicantes de los Ejercicios Espirituales que se celebraban en el Oratorio, y fue iniciada en 1781 en una finca contigua a la portería, a la que se añadieron dos más colindantes que ampliaban el solar. Tenía entrada independiente al Oratorio, por la calle Sardinas (actual Gerona), aunque con comunicación interior por el claustro principal. Poseía varios patios, alrededor de los cuales se ubicaban los dormitorios, capilla, sacristía, jardín, refectorio, etc. Fue bendecida el 3 de diciembre de 1783 por el canónigo de la catedral Antonio Salinas, siendo la única casa de ejercicios que dirigieron los filipenses en Andalucía, para la que el padre Vega en su deseo de fundamentarla y realzarla, buscó la protección real de Carlos IV. En efecto, argumentando que la fundación de la Casa se establecía según una antigua Real Cédula de Felipe V que ordena a todos los prelados de España erigiesen en sus diócesis casas de ejercicios. Por real cédula de 6 de junio de 1791 el monarca toma la casa sevillana bajo su protección, en cuya puerta se pusieron los escudos reales.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Lo primero que tuvo la iglesia en su altar mayor fue un tabernáculo dorado que el 21 de febrero de 1709 fue donado al convento de monjas capuchinas de Sevilla. El 25 de junio de 1706 los filipenses habían contratado con Lorenzo Bernardo González y Mateo Bermudo y Pardo la realización del retablo del altar mayor por el precio de 4.200 reales de vellón, estando prevista su finalización "para el día de pascua de Navidad deste presen­ta año". Se entregaron a cuenta 1.500 reales de vellón, sin embargo, parece que esta obra no se llevó a cabo pues el 18 de febrero de 1711 el padre Juan Sedeño, prepósito de la Congregación, firma con Jerónimo Balbás la ejecución del retablo mayor, por 27.000 reales de vellón, cantidad que se aumentó en 8.000 reales más por la subida del precio de la madera, que significó la paralización de los trabajos por parte de Balbás: "... empezado lo suspendi en atensión de que la madera estaba en muy subido presio y que la obra balia mucha mas cantidad todo lo cual visto y considerado y el dicho Padre preposito y padres de la dicha congregación an venido en darme y aumentarme ocho mil Reales de vellón que es lo que verdaderamente faltava al verdadero presio de la dicha obra que eran treynta y quatro mil reales en que oy a quedado con el dicho aumento". La finalización de la obra estaba prevista para el 31 de diciembre de ese año, y actuó como fiador Pedro Duque Cornejo, quien ejecu­ tará las esculturas del retablo excepto la Virgen de los Dolores, imagen titular que ya existía. De la autoría de Jerónimo Balbás de la traza del retablo y programa escultórico del mismo no cabe ninguna duda, al quedar claramente manifestada por éste en el documento citado, en donde se reajusta el precio de la obra: "nos obligamos a haser y fabricar el retablo de la capilla Mayor de la dicha Yglesia de San Phelipe Neri desta ciudad, todo de madera de flandes de buena calidad, con las figuras de escultura que estan demostradas en una demostración y modelo, que yo el dicho principal e fecho para ello, que esta firmado de mi nombre y el dicho padre preposito, y queda en su poder". El retablo fue sustituido en 1829 por otro de estilo neoclásico, más acorde con los gustos estéticos imperantes; por suerte no fue destruido como otros muchos otros de estilo barroco, algunos de ellos del propio Balbás como el del Sagrario de la Catedral, sino que fue trasladado y ensamblado en el presbiterio de la iglesia conventual de los franciscanos de San Antonio de Padua, de Sevilla -que había perdido el suyo durante la ocupación francesa- en donde permanece. El cambio de ubicación ha conllevado algunas reformas: añadido de las pilastras laterales para cubrir la totalidad de la cabecera del templo, sustitución del tabernáculo central por una hornacina flanqueada por columnas, supresión de parte de la talla decorativa, sobre todo en el ático, para aligerar su estructura, y múltiples repintes en tono oscuro imitando jaspeados. Sin embargo, aún podemos advertir en su contempla­ción actual la traza de su autor. El retablo, de monumental estructura, se asienta en su nuevo emplazamiento sobre un basamento cerámico, sobre el que monta el banco de cuidado tallado, con sagrario en el centro y peanas con angelotes que a modo de atlan­tes sustentan parejas de estípites que flanquean la amplia calle central del cuerpo principal, en donde se abren dos hornacinas. Las calles laterales, con dos peanas para sostener esculturas, se enmarcan con sendos estípites de orden gigante y una peana en el tercio inferior de cada uno de ellos con profusa decoración. Este gran cuerpo remata en ancha cornisa en donde se mezclan los perfiles mixtilíneos con fragmentos de frontones enrollados a modo de volutas, dando paso al ático con hornacina semicircular enmar­cada por pilastras y variadas molduras, con un sol por remate en el centro del último resalte.
     Buena parte de las esculturas de Duque Cornejo pasaron a decorar el nuevo retablo mayor de estilo neoclásico y orden corintio que en 1829 fue realizado por Juan de Astorga siguiendo un diseño neoclásico del arquitecto municipal Melchor Cano, y cuyo paradero se desconoce: "El gran retablo, o sea el altar mayor, construido por Astorga y estre­nado en 1829, constaba de cuatro gruesas columnas corintias, las cuales sostenían la muy salien­te cornisa". En los intercolumnios del lado del evangelio se hallaban San Félix de Nola y Santa María Magdalena, el primero sin identificar y la Magdalena actualmente en el retablo mayor de la iglesia de San Alberto, en el intercolumnio lateral del evangelio. Es una conmovedora interpretación de la Santa penitente, que con rostro afligido mira a la cruz que originariamente tenía en su mano izquierda, mientras que la derecha sostiene el manto contraído sobre su pecho. Presenta larga cabellera como es habitual en su iconografía, de pie, con la pierna derecha ligeramente adelantada y flexionada, dinamizando la imagen, y envuelta en amplio ropaje de profundos pliegues, de color rojo y estofado en oro con motivos vegetales. En los intercolumnios del lado de la epístola del retablo decimonónico se situaban San Eusebio, desaparecido, y Santa Rosalía, hoy también en San Alberto en el lado de la epístola del altar mayor, que algunos autores identifican como Santa María Egipcíaca. Su disposición anatómica arqueada hacia la izquierda se contrapone con la Magdalena, con la que hubo de hacer pareja en el retablo de Balbás, con la que comparte igualmente su carácter penitente. En actitud de abrazar un crucifijo hoy desaparecido, resulta menos dramática y de formas más sosegadas que la anterior, destacando el rico estofado de la túnica de color verde y del manto rojo drapeado recogido sobre el brazo derecho. El retablo realizado por Astorga se depositó tras los episodios revolucionarios de 1868 en el monasterio de San Clemente hasta que solicitado por las monjas mercedarias fue colocado en la capilla mayor de su iglesia conventual, siendo finalmente destruido en 1936.
     Otra imagen de Duque Cornejo para el retablo de 1711 es el San Felipe Neri que hubo de ocupar su cuerpo principal, sobre la titular de la iglesia, la Virgen de los Dolores. En el retablo realizado por Astorga estaba colocado en el centro de la gran cornisa "se alzaba en globo de nubes, entre ráfagas y dorados rayos, la efigie escultural de San Felipe, quedando a la espalda el remate o medio punto apechinado: a sus lados dos ángeles, y más abajo, sobre la cornisa, otros dos, de estatura más que natural, teniendo en sus manos los emblemas o atributos del Santo". Los ángeles no han sido identificados, y el San Felipe se encuentra situado en un retablo del lado del evangelio del crucero de la iglesia conventual de Santa Isabel, de Sevilla, regentado por madres filipenses. Se halla efectivamente, arro­dillado sobre una bola de nubes, representado con rasgos maduros, barba corta y canosa, sus ojos miran anhelantes al cielo y sus brazos se abren en expresivo gesto. Viste sotana y manteo negros de profundos pliegues, decorados con un fino estofado. Dos obras más de Duque Cornejo llegaron a decorar el retablo neoclásico de Astorga, colo­cados sobre ménsulas bajo los arcos laterales, los presbíteros San Juan y San Valentín, que no se han conservado.
     La imagen titular de los sucesivos retablos filipenses, que no salió de la gubia de Duque Cornejo como a veces se ha considerado, es Nuestra Señora de los Dolores, actualmente en la hornacina principal del retablo mayor de la iglesia de San Alberto. Su ejecución se vincula a Pedro Roldán, quien pudo realizarla a fines del XVII principios del XVIII, seguidamente a la fundación del Oratorio, como se desprende de antiguas noticias según las cuales las primeras esculturas de la primitiva y modesta iglesia filipense eran de Roldán, conservándose aún algunas en poder de la comunidad. Originariamente de talla completa, en 1796 se convierte en imagen de candelero, como hoy la vemos, conservando del original cabeza y manos. Es una expresiva dolorosa en posición genuflexa y con las manos unidas. En el retablo construido por Astorga la imagen se exponía en el camarín central, "En el centro del altar y entre las columnas, abríase un arco moldurado y dentro del mismo, un bello y anchuroso camarín con cielo raso de estuco pintado, como las paredes, con buen gusto, y donde había varias imágenes, pinturas y primorosos objetos que servían de adorno... En este sitio principal del camarín y ante el arco del retablo ...la imagen de vestir de Nuestra Señora de los Dolores, a quien estaba dedicado el templo; la actitud ...era de rodillas sobre cojín de plata con borlas de lo mismo, como el corazón y los siete cuchillos que tenía sobre el pecho, descansando todo sobre bellas repisa o peana de torno, de madera tallada y dorada con cuatro ángeles ...Rodeaba, al aire, todo el cuerpo un resplandor o ráfaga de metal dorado; y servían de adorno, a su cabeza, corona imperial de plata, y a su cuello y pecho no pocas alhajas: resto de las muchas y muy valiosas, que le fueron robadas en Diciembre de 1828".
     A los pies del camarín de la Virgen y sobre la mesa de altar se hallaba el sagrario y manifestador, tallado en 1788 por el ensamblador Manuel Barrera y Carmona. El sagrario remataba con esculturas de los evangelistas y sobre su cúpula la figura de la Fe. Tenía forma de templete circular rodeado por ocho columnas, con figuras de los cuatro doctores de la Iglesia sobre la cornisa y la Caridad sobre la media naranja. Este cuerpo se completaba con la figura de dos ángeles en actitud de adorar al Santísimo cuando este se exponía en un rico viril, ocupando su lugar en los demás días un Niño Jesús. Quizás corresponda al de la iglesia de San Alberto, por semejanza, de estilo con obras del referido Manuel Barrera.
     En 1788 y durante los días 24, 25 y 26 de mayo la congregación festejó las mejoras y estrenos del Oratorio y su iglesia, entre cuyas obras se encontraba la realización de un trasaltar o camarín, que a modo de capilla reservada se destinaba para orar en ella "lejos de toda distracción y ruido". Hubo de ser una valiosa pieza según queda recogido en aquellos que la vieron: "bien adornado con puertas de cristales cerrado, y su pavimento de madera de acana y plata de martillo estucada con su bóveda, consumiéndose en la obra más de dos años", "sus puertas de tableros de caoba y pino... sus ochavadas paredes, formadas de cristales y caprichosos pabellones de madera jaspeada, su plegado cortinaje de seda amarilla; las magnificas custodias que adornaban la mesa del altar, de bronce dorado, llenas de muy insignes reliquias vistosamente prendidas sobre tisú y raso blanco; los dos hermosos fanales, contenien­do, respectivamente, el uno un relicario de plata sobredorada con reliquias de las entrañas del Santo Padre, y el otro un anuario santo, o sea reliquias de todos los Santos del año; el divino Niño Jesús, de medio relieve, con el lábaro de la cruz de plata, que resaltaba sobre la puertecita de un sagrario, que comunicaba con el del altar mayor, y su magnifico suelo de ácana con dibujo e incrustaciones de plata... conducía a esta escondida morada el callejón de las perchas, que tenía su entrada por la sacristía, y llevaba también a la escalera por donde se subía al camarín de Ntra. Madre". En la sesión municipal de 21 de noviembre de 1868, el ayuntamiento acordó "se arrancase inmediatamente el pavimento de madera existente con incrustaciones de plata contrastada en un cuarto reservado del Oratorio de San Felipe y se condujera a las Casas Consis­toriales para darle una aplicación provechosa en este edificio".
     La decoración del presbiterio de la iglesia se completa con dos ángeles lampareros que colgaban del arco toral, actualmente ubicados en la parroquia sevillana de Nuestra Señora de la O, a donde pasaron en 1868. Forman una bella pareja angélica, de expresión llorosa, cuya ejecución se ha adscrito al maestro Pedro Duque Cornejo, hacia 1711.
     Retablos laterales. En 1844 González de León indica en su Noticia que "Todos los altares de esta iglesia son modernos, y muy arreglados, bien jaspeados y dorados y así presen­tan un aspecto brillante y primoroso. Todos están ejecutados por D. Manuel Carmona ensam­blador muy acreditado de esta ciudad"; se refiere a Manuel Barrera y Carmona, maestro local activo desde al menos 1764 a 1790. Ninguno de estos retablos se han conservado, sin embargo, hay referencia de ellos y de las esculturas que contuvieron. En el brazo del evangelio del crucero hubo un retablo dedicado a San Felipe Neri, "jaspeado y con perfiles de oro", con sagrario adornado con cuatro columnillas y puerta dorada con un cobre que efigiaba a la Virgen de los Dolores. Sabemos que el 12 de febrero de 1711 los maestros Francisco Pérez de Pineda y José de la Barrera conciertan por 2.100 reales el aumento del retablo de San Felipe, de lo que se deduce que este retablo es resultado de la referida ampliación sobre otro más antiguo. El San Felipe Neri que lo presidía, acompañado con dos ángeles a sus pies que mostraban en sus manos mitra, capelo, azucena y corazón de plata, se conserva en la iglesia de San Alberto, en el retablo del crucero del lado de la epístola. Está realizado en madera policromada, de 170 cm. de altura y representa al Santo como un anciano, con barba corta y gris, abriendo sus brazos en expresiva actitud. Viste alba blanca y casulla roja decorada con motivos vegetales; un relicario en el pecho con algunas de sus reliquias. Ha sido atribuido al taller Pedro Roldán, realizado entre 1698-1711. En las entrecalles y sobre pedestales se situaban las pequeñas esculturas de San Ignacio de Loyola y de Santa Teresa de Jesús, que pueden ser las que hoy vemos en las calles laterales del retablo de Nuestra Señora del Socorro de la iglesia de San Alberto, dispuesto en una de las capillas del lado de la epístola. Sobre las dos pequeñas puertas situadas a los lados de este retablo dedicado a San Felipe, por las que se accedía a la antesacristía, había dos repisas con espaldar terminadas en resplandores de madera que sostenían las imágenes de San Pedro y San Pablo, también conservadas en San Alberto, flanqueando a San Felipe en el retablo anteriormente indicado. Atribuidas de antiguo a Roldán, hoy se consideran anónimas de fines del XVII principios del XVIII. Se trata de dos buenas tallas en madera policromada, que presentan a los Apóstoles con sus característicos atributos parlantes, las llaves y la espada respectivamente, y que muestran una gran fuerza expresiva y acer­tado dinamismo corporal a lo que se une una rica policromía. Finalmente hay que señalar que el altar de San Felipe de la iglesia del Oratorio que estamos analizando, se completaba con una baranda de cortadillos de hierros entrelazados que lo protegía, y con una cortina blanca bordada.
     En correspondencia con el retablo anterior, en el lado de la epístola, hubo otro, cuya ejecución se adjudicó a Juan de Astorga, y que quizás sustituyó a otro anterior del referido Barrera. Estaba dedicado a San Francisco de Sales, cuya escultura hoy se sitúa en uno de los retablos laterales del lado de la epístola de la iglesia de San Alberto. Su autoría se adscribe al taller de Roldán y su fecha de ejecución entre 1698-1711. Con barba oscura y calvo, con mirada absorta hacia el cielo y brazos abiertos con la mano derecha en actitud de sostener un crucifijo que hoy no posee. Viste túnica, sobrepelliz blanco y esclavina corta abotonada en el pecho, ropajes de profundos y volados plega­dos, y cuidada policromía que contribuye a realzar la figura del santo obispo italiano. Las figuras colaterales que lo acompañaban eran San Joaquín y Santa Ana, también conservadas en San Alberto en el retablo del Nacimiento. Son dos interesantes tallas anónimas, fechables hacia 1700, de gran expresividad y movimiento, y rica policromía. Dos esculturitas más en las entrecalles dedicadas a Santa Gertrudis y Santa Juana Francisca Fremiot, completaban la parte escultórica de este retablo, hoy localizadas en los intercolumnios del retablo de San José de la iglesia de San Alberto.
     A lo largo de la nave de la iglesia se distribuían ocho capillas, cuatro a cada lado, con retablos similares, "jaspeados y perfil de oro, formando entre dos columnas un ancho espacio", y defendidas por barandas de hierro fundido y doradas. La primera del lado del evan­gelio más cercana al presbiterio era la del Nacimiento, grupo escultórico a tamaño natural del que destaca el Niño Jesús, tradicionalmente considerada obra napolitana de mediados del XVII; actualmente se conserva en el convento San Alberto. La Virgen y San José pueden ser las situadas en uno de los retablos laterales de la epístola de esa iglesia, la segunda muy repintada y con un Niño Jesús moderno de producción seriada. También conservan los filipenses un Nacimiento con figuras de menor tamaño que se atribuyen a La Roldana. El retablo del Nacimiento se completaba con un Corazón de Jesús con ráfagas doradas, no localizado. El retablo, cuya ejecución se adjudica Manuel Barrera, fue traslado en 1868 a la iglesia sevillana de la O, que dañado en los sucesos del julio de 1936 fue muy alterado en su fisonomía original, siendo desmantelado en el año 2001.
     El retablo siguiente albergaba una buena imagen de la Virgen con la advocación de Nuestra Señora del Buen Consejo con el Niño en brazos y sobre peana con cabezas de querubines, actualmente en la parroquia de la O. Su adscripción a Pedro Roldán ha sido descartada, siendo obra dieciochesca de autor anónimo. Entre las columnas de las calles laterales se situaban un San Francisco Javier y un San Antonio Abad de pequeño tamaño, conservándose sólo el primero en la iglesia de San Alberto en el retablo de San Francisco de Sales. Está realizado en barro y tela encolada y se adscribe al maestro Cristóbal Ramos, en la segunda mitad del XVIII. Bajo la Virgen y formando parte de la estructura del retablo, había una urna cerrada con cristales que contenía el busto en yeso de San Felipe Neri, que según la tradición es el vaciado que se sacó en Roma del cadáver del Santo, yeso que aún conservan los filipenses en su convento de San Alberto.
     La tercera capilla, al lado de la puerta que daba paso a la galería que comunicaba con la casa, tenía un retablo similar a los anteriores, con dos grandes columnas dóricas, al que se le había quitado otras dos para colocar una imagen de candelero de la Purísi­ma Concepción flanqueada por San Estanislao de Koska y San Luis Gonzaga. Hoy se locali­zan en el retablo del Sagrado Corazón de la iglesia de San Alberto; su mal estado de conservación hace difícil establecer una posible autoría, antiguamente considerada obra granadina o de Juan de Astorga. Sobre la mesa de altar una urna cerrada de cristales y decorada con columnillas, contenía una cabeza del Bautista, "de singular mérito" en paradero desconocido.
     La última capilla del lado del Evangelio tuvo un retablo articulado con cuatro columnas jónicas, realizado por Manuel Barrera y Carmona, que contenía un Cristo atado a la columna con un San Pedro Penitente arrodillado a sus pies, imágenes atribuidas a Pedro Duque Cornejo, no conservadas. En las calles laterales se situaban San Antonio de Padua con el Niño en brazos y Santa Rita de Casia, esculturas de mediano tamaño, localizadas en la iglesia de San Alberto, el San Antonio muy repintado. Santa Rita está realizada en barro y tela encolada, y se adjudica a Cristóbal Ramos en la segunda mitad del XVIII. El plan del retablo poseía una urna de columnillas, cerrada por delante con cris­tales, que albergaba en su interior una Dolorosa con Jesucristo en los brazos al pie de la cruz. A derecha e izquierda había dos urnas pequeñas más, con un Calvario y un Descendimiento, respectivamente, obras en paradero desconocido. El retablo pasó a la iglesia de la O en 1868, siendo desmantelado en 2001 por su muy mal estado.
     En el lado de la epístola y comenzado por la cabecera del templo se disponía un retablo similar a los anteriores, adjudicado a Barrera, que fue llevado a la iglesia de la O en 1868 y en 1936 fue destrozado, siendo finalmente desmantelado en 2001. Tuvo un Sagrado Corazón de Jesús, que puede corresponder al conservado hoy en San Alberto obra decimonónica que carece de interés artístico, al que acompañaba dos ángeles en actitud de adorarle. Bajo éstos una urna de cristales guardaba un Niño Jesús "sentado sobre una peña, a la sombra de un árbol, mostrando su corazón y acariciando a una ovejita", en paradero desconocido.
     A continuación estaba el retablo dedicado a San José con su imagen de barro y tela encolada sobre peana de nubes y querubines, atribuida a Cristóbal Ramos y fechada en la segunda mitad del siglo XVIII, que actualmente preside uno de los retablos colaterales del evangelio de la iglesia de San Alberto. A los lados y sobre pedestales en el lugar que había columnas que se le quitaron al retablo, se situaban un San Ignacio aplastando al demonio con un libro abierto entre sus manos, expresiva escultura de gran dinamis­mo en el vuelo de sus paños, y el Beato Sebastián Valfré con crucifijo en las manos y en actitud de predicar, ambas conservadas en el convento de San Alberto. En la parte baja del retablo se distribuían tres urnas que albergaban pequeñas estatuillas: la del centro una Inmaculada sobre peana de querubines y bordeada con ráfagas de plata, y las laterales con los bocetos del San Felipe Neri y San Francisco de Sales, obras no localizadas. El retablo remataba con las abreviaturas JHS.
     Contigua a la portada lateral de la iglesia estaba la capilla de Santa Bárbara, "imagen del célebre Roldán, también concluida como todo lo de su mano, y es extraordinariamente dulce y afinada", que hoy se encuentra en la parroquia de la O, en una de las calles del retablo mayor, cuya calidad la acerca a la estética roldanesca. Estuvo flanqueda por San Rafael coronado de flores y San Francisco de Paula, esculturas dieciochescas a menor tamaño, hoy en la iglesia de San Alberto. Del retablo sabemos que su ejecución se adjudicaba al maestro Barrera y Carmona, que en 1868 fue llevado a la iglesia de la O en donde sufrió destrozos con los sucesos de julio del año 1936. En el 2001 y ante su precario estado de conservación, fue desmantelado.
     La última capilla del lado de la epístola estaba dedicada a San Juan Nepomuceno, cuya imagen presidía el retablo y que fue realizada por Juan de Astorga, "con Crucifijo y cinco estrellas de plata". Estaba flanqueada por San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de menor tamaño y de autor desconocido. Sobre la mesa de altar y formando parte del retablo una urna cerrada con cristales contenía una Virgen del Carmen, otras más peque­ñas a la izquierda y derecha albergaban pequeñas figuras del Niño Jesús pastoreando ovejas y un Ángel de la Guarda. El San Juan Bautista puede ser el situado en el ático del retablo de la iglesia de San Alberto dedicado a San José, y el San Juan Nepomuceno, en muy mal estado de conservación, se halla en San Alberto retirado del culto. Su atribu­ción a Astorga se ha descartado.
     En la ante-sacristía y sobre el cancel de la puerta que comunicaba con un pequeño patio, se situaba un Calvario de buena factura con figuras del natural, que puede corres­ponder con el de la sacristía de San Alberto, compuesto por un Crucificado de mediados del siglo XVII y la Virgen y San Juan dieciochescos.
     En la sacristía y en el tránsito que comunicaba con el presbiterio de la iglesia, existió un medio relieve de la Virgen imponiendo la casulla a San Ildefonso, que no se ha conservado. Sobre una de las cajonerías, una urna de caoba albergaba una "bellísima" escultura del Buen Pastor llevando la oveja descarriada en sus hombros, que no hemos podido localizar; se conserva el retablo dorado con estatua de cuerpo entero del Señor con la cruz a cuestas que se situaba encima de otra cajonería frontera a la anterior.
     En la galería que comunicaba la casa con la iglesia y sobre unas mesas de caoba, existieron en unas urnas de cristal una Dolorosa atribuida a Cristóbal Ramos y una Coronación de la Virgen por la Santísima Trinidad, en barro, adjudicadas a Juan de Astorga, ambas en paradero desconocido.
     En la capilla del Oratorio hubo un retablo neoclásico de jaspe, realizado en Cádiz parece que por Torcuato Benjumeda. Constaba de mesa de altar, un cuerpo entre pilastras y cuatro columnas jónicas y ático, y correspondiente sagrario-manifestador, rodeado por seis columnillas jónicas y coronado por sendos ángeles de plomo con corazón de bronce. En su hornacina principal se situaba un Crucificado realizado por Ángel Iglesia en 1791, a imitación del Cristo de la Clemencia de Martínez Montañés. Se trata del Cristo del Perdón que actualmente preside el retablo mayor de la iglesia de San Alberto, con fecha y firma en el stipes: "EN /SE/VILLA/ANGEL Y Gª ESPA/ÑOL/1791". Es de madera policromada a tamaño natural. En los intercolumnios del retablo estaban San Pedro y San Pablo, no identificados.
     En el oratorio privado de los padres, llamado "el reclinatorio", situado en el rellano de la escalera que subía a la parte alta de la casa, existió "en su altar sobre ancha peana, una urna de caoba de hueso con ocho columnas de ébano muy bien trabajada y cerrada de cristales por todos sus lados: sobre ella había cuatro ángeles de cuerpo entero; en su remate un Crucifijo y en su centro, como imagen principal, Nuestra Madre Dolorosa arrodillada sobre tarimita de madera. En ambos extremos del plan del altar, formábanse dos rinconeras, sobre las cuales había dos hermosas cabezas de tamaño natural, del Hecce Homo, la de la derecha, y de la Dolo­rosa, la de la izquierda: esculturas romanas de ponderado mérito". Se han conservado en San Alberto, sobre la cajonería de la sacristía el Hecce Homo y la Dolorosa, magníficos bustos que efectivamente se atribuyen hoy a Pedro Roldán.
PINTURAS
     La iglesia estuvo decorada con pinturas murales al temple, en la que intervinieron varios maestros. En la cúpula de la capilla mayor Vicente Alanís pintó en 1788 un rompimiento de gloria con San Felipe Neri vestido de sacerdote, entrando en el reino de los cielos de la mano de ángeles y rodeado de resplandores y una nutrida corte de querubines. En las pechinas de la cúpula se representaban escenas de la Pasión: La coronación de espinas, Cristo con la cruz a cuestas, La Crucifixión y El Descendimiento. "A lo largo de los grandes pilares, lo mismo que de los pequeños, veianse pinturas de Santos y Ángeles, alternando, a trechos, con el decorado general de la iglesia"; y la bóveda del cuerpo de la iglesia brillando en su centro una preciosa María, pintada en lienzo, con dos ángeles o mancebos, obra ejecutada por el padre Morico". Entre los artistas que participaron en esta deco­ración se citan a Cristóbal Ramos, quien "pintó con libertad y buen gusto al temple los adornos y paxaros de la iglesia de San Felipe Neri", Juan de Espinal y Pedro de la Fayeta y Suárez (Martín Suárez y Orozco).
     En los muros laterales de la capilla mayor y encima de las portadas colgaban dos grandes lienzos; el de la izquierda el Martirio de San Pedro atribuido dudosamente a José de Ribera, que puede corresponder al cuadro tenebrista que hoy se halla en una dependencia conventual de San Alberto en muy mal estado de conservación. A la derecha y como obra de Francisco de Zurbarán un San Pedro orando, "en el mismo lienzo había otra figura, la de Jesús atado a la columna, que no era del mismo autor". Zurbarán realizó varias versiones de este tema; en el Palacio Arzobispal de Sevilla se conserva un magnifico San Pedro Orando ante Cristo atado a la columna procedente de la iglesia del ex convento de San Alberto, que se ha puesto en relación con la de San Felipe Neri. Sin embargo, la indicación de que el lienzo fue cortado nos hace pensar en el San Pedro orando, de la colección particular de Bilbao, en el que se aprecia claramente cómo ha sido cortada en su lado derecho, en donde se ve una parte de la columna. Es de una gran calidad artística y muy similar al del Palacio Arzobispal, con una mayor fuerza expresiva y calidad en el tratamiento de los ropajes si cabe. Su ejecución se sitúa entorno a 1650.
     Otras pinturas citadas en el ámbito de la iglesia son: en el ático del retablo dedicado a San Felipe, situado en el lado del evangelio del crucero, un Ángel de la Guarda, copia de Murillo, actualmente en la sacristía de San Alberto. En el correspondiente del lado de la epístola un Descendimiento de la Cruz, copia de Van Dyck, en cobre, desaparecido. En un altar colateral del lado del evangelio un San Felipe Neri y San Félix Cantalicio atribuido al pintor italiano Matías Preti, actualmente en la sacristía de San Alberto, adscrip­ción que se considera acertada. Representa el encuentro entre ambos santos en un ambiente urbano, a los que acompañan algunos personajes en cuyos expresivos rostros se manifiesta el estilo de Preti. En el ático del último retablo del lado del evangelio de la nave dedicado a Cristo atado a la columna, una Santísima Trinidad en un óvalo, de autor indeterminado, desaparecido. También en paradero desconocido Nuestra Señora de Belén que se situaba en el tercer retablo del lado de la epístola y debajo de la escultura de Santa Bárbara que lo presidía. Sobre los dos relicarios laterales de este mismos retablo estaban San Felipe Neri con San Carlos Borromeo y Santo Tomás de Aquino, que damos por perdidos. En el ático del último retablo del lado de la epístola se cita una Santísima Virgen, de autor y paradero desconocidos. Ceán Bermúdez refiere "dos quadros historia­ dos que están a los pies de la iglesia" de Francisco Miguel Ximénez (1717-1793), quien se retrató en uno de ellos. En el coro de la iglesia de San Alberto se hallan en muy mal estado de conservación, ambas pinturas con formato de óvalos apaisados que representan a San Felipe Neri iniciando la construcción de la Chiesa Nuova del Oratorio de Roma y San Felipe ve a la Virgen sostener el techo que se derrumba, cuyo estilo coincide con obras firma­das por Ximénez, pintor secundario formado en el taller de Domingo Martínez. Representa escenas con figuras menudas y afables aunque poco expresivas.
     La galería que ponía en comunicación la iglesia con la casa y la sacristía, cubría sus paredes con una amplia colección de retratos de miembros de la congregación y del propio fundador, atribuidos a Juan Ruiz Soriano y Cristóbal de León. Del primero no existe otra constancia y sí de Cristóbal de León de quien Ceán Bermúdez afirma que realizó, además de los frescos de la iglesia, "unos diez y ocho quadros de venerables de la misma congregación del tamaño del natural al óleo, que están en la galería y antesacristía de la propia casa todo bastante bien dibuxado y pintado con espíritu". Buena parte de ellos se conserva en la iglesia y sacristía del convento de San Alberto, y representan a San Felipe Neri, San Francisco de Sales, Padre Vega, Padre Navascués, Beato Posadas y Belluga, Beato Juvenal Alcina, Beato Simón Valfré, Padre Antonio Gallonio, Venerable Tomás Bosio, Padre Ángel Belli, Padre Flaminio Ricci, Flaviano Justiniani, Alejandro Fedeli y Cardenal Francisco Tarugi.
     Debajo de estos cuadros se disponía una colección de grabados romanos, no conservados, que narraban la vida de San Felipe. Eran sesenta estampas dibujadas por Pietro Antonio Novelli y abiertas por Inocente Alessandris, más un grabado de San Felipe Neri realizado por Manuel Navarrio hacia 1795, y otro de Nuestra Señora de los Dolores de M. Brandi de 1802.
     En esta galería y sobre la puerta de acceso a la sacristía estuvo el lienzo de Cristóbal de León, con la escena de La aprobación de las Constituciones del Oratorio por Paulo V. Es un medio punto hoy en el coro alto de la iglesia de San Alberto, cuya autoría se mantiene a este pintor, fechable en el primer cuarto del siglo XVIII. Frontero a este lienzo hubo otro medio punto con Santa Teresa de Jesús, de autor y paradero desconocidos.
     En la antesacristía "especie de vestíbulo, adornado también de buenos cuadros", se cita un San Felipe adorando a la Virgen de Meneses Osario, no identificado. En la sacristía y entre sus dos ventanales, había "un hermoso cuadro de Valdés con Jesús Crucificado y la Magdalena a los pies", en paradero desconocido. De los muros de la sacristía colgaban las siguientes pinturas de autor desconocido: una Purísima Concepción, un San Pedro Peni­tente, seis apaisadas con la vida de San Nicolás de Bari, un San Cosme y San Damián y cuatro con pasajes de la vida de la Virgen. Además cuatro cobres sobre la cajonería menor que representaban los Desposorios de la Virgen, la Presentación de Jesús en el templo, y de menor tamaño la Oración en el huerto y Cristo resucitado. De todas ellas, sólo se ha identificado como posible la Concepción conservada en la sacristía de San Alberto.
     En el claustro principal de la Casa de la Congregación se cita de Lorenzo Quirós La aprobación de las Constituciones del Oratorio, conservada actualmente en San Alberto. Esta pintura hubo de formar parte de una serie dedicada a narrar el proceso de aprobación y construcción de la iglesia de la Congregación en Roma, llamada de Santa María in Vallicela, correspondiendo la "Aprobación de las Constituciones" al momento de "Aprobación de la erección del Oratorio por Gregorio XIII". De esta serie se han identificado en San Alberto, en la escalera: Traslado de San Felipe y sus seguidores a la iglesia nueva de Santa María in Vallicela y San Felipe Neri en el Oratorio. Todas presentan las mismas características de estilo y adjudicadas a Lorenzo de Quirós, pintor local de modestas cualidades artísticas.
     En la escalera que partiendo del patio principal comunicaba con la segunda planta, se situaba en su único descanso una Asunción de la Virgen, que puede ser la que se conserva en la sacristía de San Alberto, de buena factura, fechable en el primer tercio del siglo XVIII. Estaba flanqueada por dos óvalos con las efigies de San Carlos Borromeo y San Felipe Neri que igualmente pueden ser los que se hallan hoy en San Alberto. En el refectorio existió una Santa Cena apaisada, de autor desconocido, quizás la que ahora decora el comedor de San Alberto, obra de mediados del siglo XVIII.
     En la capilla de la Casa de Ejercicios hubo "un quadro apaisado que representa a San Ignacio escribiendo en la cueva de Manresa, con la Virgen que se le aparece", perteneciente a Domingo Martínez. Se conocen dos versiones del tema realizadas por el artista, una en una colección particular sevillana y otra en el convento de Santa Isabel, de Sevilla, regentado por hermanas filipenses, a donde hubo de pasar tras algunas de las supre­siones que padeció el Oratorio. Está firmada, y su fecha de ejecución se sitúa hacia 1740; presenta una equilibrada composición de efluvios murillescos.
     En el ámbito de la capilla de la Casa de Ejercicios se cita por varios autores un San Felipe diciendo misa, de Francisco Varela, obra hasta el momento sin identificar.
     En 1868 pasaron al Museo de Bellas Artes de Sevilla, procedentes de San Felipe Neri, dos lienzos de la Sagrada Familia, uno atribuido a Andrés Rubira, y el otro a Juan Simón Gutiérrez. A la parroquia de la O pasó la pintura de Simón Gutiérrez en la que se incluía al Padre Eterno, siendo las figuras de tamaño natural, y que fue colocada a la derecha del cancel y posteriormente destruida en el incendio del año 1936. La pintura de Rubira del Museo sin embargo, resulta ser la que el artista presentó a un concurso convocado por la Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla, en el que obtuvo el primer premio, por lo que no podemos afirmar que se trate de la misma obra. Finalmente, en lugar no determinado del Oratorio, hay referencia a una Adoración de los pastores, en cobre copia de Rubens, un David también en cobre, de escuela flamenca, no identificados, y un Martirio de San Pedro, de escuela italiana de mediados del XVII, que puede corresponder al que se halla hoy en el convento de San Alberto.
OTROS ENSERES
     En la iglesia y en el centro del presbiterio se formaba el coro, "con diez hermosos bancos de caoba de cómodos respaldos y perfectamente concluidos". En el lado de evangelio se situaba el púlpito y por este lado, sobre la puerta de paso a la galería de la Casa, había una tribuna sobre la que montaba el órgano que "sin duda alguna era el mejor de Sevilla, aparte de los dos incomparables de la Catedral. Tenía el nuestro escogidísimos registros, suaves y fuertes, dulces y estrepitosos, comunes y bastante raros, con sus correspondientes contras, por todos en número de 20. La caja era de pino con sobre puntas de talla, pintada y dorada. Los que lo oyeron no podrán olvidar nunca aquellos melodiosas meditaciones, ofertorios y elevaciones...". Considerado uno de los mejores construidos por el maestro Antonio Otín Calvete, tras la Desamortización fue llevado a la parroquia de la O en donde se conserva. Es un mueble barroco pintado en verdes y dorados, con tres ángeles cantando pintados sobre el teclado manual. Reparaciones y reformas, como la efectuada en las prime­ras décadas del siglo XX probablemente por Domingo Florenzano, lo desfiguraron en parte, sobre todo en lo que se refiere a sus singularidades musicológicas. Hay que señalar la importancia que los filipenses daban y dan a la música y al canto en la celebración de la liturgia, cuya tradición ha llegado a nuestros días con la conocida forma­ción vocal "Coral de San Felipe Neri", de larga trayectoria y reconocido prestigio.
    A lo largo de la iglesia se disponían un total de doce confesionarios, "dos de los cuales eran de caoba con incrustaciones de marfil y los restantes de caoba y pino entrelazados y con sobrepuestos de talla". Tras la revolución septiembre de 1868, cuatro pasaron a la iglesia de El Salvador y dos a la Catedral, así como un cancel, varias puertas talladas de caoba y cedro. El cancel principal de los pies de la iglesia era "de caoba y pino con embutidos y sobrepuertas de naranjo. Tenía dos caras: la de la parte exterior, tableada de enlazados; y la parte interior de tableros grandes, a la italiana en la que se veían juguetes y arbotantes tallados y dorados: combinación ingeniosa de pintura y oro; y en medio un óvalo con dos rojos capelos cardenalicios y una mitra; en los lados cuatro ángeles y cuatro flameros. Era un cancel de dos hojas, con dos postigos y especial cerradura de singular mérito". En la sesión municipal de 18 de marzo de 1870 consta que se le concedió a la Hermandad de Montserrat a solicitud de su mayordomo un cancel procedente de San Felipe, y otro le fue concedido a la Hermandad del Silencio para colocarlo en la puerta nueva que se había levantado en su capilla.
     Sobre las ricas y variadas piezas de orfebrería con que contó el Oratorio y la Casa de Ejercicios, el profesor Roda Peña ha realizado un reciente catálogo pormenorizado al que nos remitimos, algunas de las cuales se han localizado en San Alberto, actual sede de la comunidad filipense (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Felipe Neri, presbítero:
     Fundador de la congregación del Oratorio.
     Nació en Florencia en 1515. Instaló a los oratonianos en Roma, junto a la iglesia de Santa María in Vallicella que tomó el nombre de Chiesa Nuova (Iglesia Nueva). De los intermedios musicales que organizó en el Oratorio de Roma nació el oratorio como género musical.
     Durante una de sus enfermedades se le apareció la Virgen con el Niño en medio de los ángeles.
     Murió en Roma en 1595, donde se lo conocía familiarmente con el mote de Pippo buono (Felipe el bueno).
     Fue canonizado en 1622. A partir de entonces, los oratorios, para rendir homenaje al nuevo San Felipe, adoptaron el nombre de Filippini (Felipinos). Es patrón de Florencia, Mantua y Roma. Se lo invocaba contra el reumatismo.
ICONOGRAFÍA
     Está representado en hábito de oratoniano, con un rosario.
     Un ángel le presenta un libro abierto en el cual lee las palabras del Salmo: Dilatasti cor meum.
     Sus otros atributos son una mitra y un capelo cardenalicio arrojados a sus pies. El arte italiano del siglo XVII lo ha representado muchas veces en éxtasis, y con sus visiones, sobre todo la Aparición de la Virgen (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, de los Filipenses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 30 de junio de 2025

Los principales monumentos (Castillo de Miramontes, Plaza de Toros, Ermita de San Blas, Ermita de Ntra. Sra. de la Aurora, Ermita de Santiago, Ermita de Ntra. Sra. del Rosario, Oratorio particular, Iglesia de Ntra. Sra. de la Merced, Iglesia de Ntra. Sra. de la Consolación, Iglesia del Cristo del Humilladero, Pozo Santo, Fuente Atenor, Pilar Viejo, Pilar de Spínola, y Norias tradicionales) de la localidad de Azuaga, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Castillo de Miramontes, Plaza de Toros, Ermita de San Blas, Ermita de Ntra. Sra. de la Aurora, Ermita de Santiago, Ermita de Ntra. Sra. del Rosario, Oratorio particular, Iglesia de Ntra. Sra. de la Merced, Iglesia de Ntra. Sra. de la Consolación, Iglesia del Cristo del Humilladero, Pozo Santo, Fuente Atenor, Pilar Viejo, Pilar de Spínola, y Norias tradicionales) de la localidad de Azuaga, en la provincia de Badajoz.
     Encontramos Azuaga al Sur-Este de Extremadura, a una distancia de 145 kilómetros de Badajoz, 128 de Mérida y 125 de Sevilla o Córdoba. Está dentro de las coordenadas 38º 15' 30'' de latitud Norte, 1º 59' 20'' de longitud 0.
     Localizada en las estribaciones de Sierra Morena, su término es uno de los más extensos de la provincia de Badajoz con una superficie de 497'31 kilómetros cuadrados y una altitud de en torno a los 600 metros. Comprende la villa de Azuaga y la aldea de La Cardenchosa.
     La demarcación linda con los siguientes municipios:
     Hacia el Norte encontramos Campillo de Llerena y Peraleda del Zaucejo, ambos de la provincia de Badajoz.
     Desplazándonos al Sur llegamos a la localidad pacense de Malcocinado y a los municipios sevillanos de Alanís de la Sierra y Guadalcanal.
     Al Este se sitúa la vecina Granja de Torrehermosa (Badajoz) y la cordobesa Fuente Ovejuna.
     En dirección Oeste todos los pueblos con los que limita son de la provincia de Badajoz: Valverde de Llerena, Berlanga y Maguilla.
     Localizamos La Cardenchosa al Sur-Este de Azuaga, muy próxima a los pequeños núcleos de Los Rubios, Argallón y La Coronada, estas dos últimas poblaciones cordobesas.
     Azuaga disfruta de un clima mediterráneo con matices continentales: escasas precipitaciones a lo que se unen fuertes oscilaciones térmicas entre inviernos y veranos. La estación invernal es relativamente corta pero de ella son características las intensas heladas; el estío es caluroso y seco. Durante la primavera y el otoño las temperaturas son suaves.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 497,9 Km2
     Altitud: 593 m.
     Distancia Capital: 145 Km.
     Partido Judicial: Llerena
     Comarca: Campiña Sur
     Otras Entidades:
         La Cardenchosa (aldea a 12 Km. de Azuaga)
     Gentilicio: Azuagueño
Ayuntamiento de Almendralejo
     Plaza de la Merced, 1
     06920 Azuaga (Badajoz)
     Teléfono: 924890307
     Fax: 924891550
     Web: www.azuaga.es
Historia.-
    Azuaga cuenta con una larga trayectoria histórica que se remonta hasta etapas prehistóricas, cuando el fenómeno megalítico era un proceso cultural caracterizado por la edificación de grandes sepulturas de piedra y por la práctica generalizada del enterramiento colectivo. Los asentamientos de población en esta época debieron ser importantes tal y como lo evidencian los restos hallados en las proximidades a la aldea de La Cardenchosa. Como ejemplos representativos conservamos un menhir realizado sobre una fina lancha de pizarra, emplazada en pleno centro de la aldea, y un dolmen de identidad eminentemente funeraria.
     Del tercer milenio antes de Cristo se poseen algunos restos de cerámica como platos de borde engrosado o también algunos ejemplos de microlitos que se unen culturalmente a toda una serie de yacimientos encontrados en el término municipal de la localidad.
     Procedentes de la Edad de los Metales (2.000 antes de Cristo), también se conservan restos de ajuares que actualmente están depositados en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz. Y ya del período del bronce final fue recuperado en Azuaga un torques de oro que se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional.
     La presencia romana en Azuaga está documentada desde los primeros momentos de penetración en la Península Ibérica. Con la romanización, el desarrollo y expansión de la población se debió producir a partir del siglo I, siendo en la década de los años 70 después de Cristo cuando a la localidad se le concede el título de municipio, es decir, ciudad cuyos habitantes solían gozar del derecho de ciudadanía romana.
     La campiña azuagueña conserva la huella de aquellas villas romanas, verdaderos poblados de colonos, esclavos, artesanos y administradores que fueron los núcleos de su economía agrícola y ganadera. Existe la posibilidad de que el "Municipium Iulium Ugultuniacum" se correspondiera con la actual Azuaga, desprendiéndose de él una cultura material que se manifiesta en los yacimientos que delatan una clara influencia urbana, plasmada en la aparición de vasijas, mosaicos... y cómo no unos monumentales cipos con inscripciones epigráficas latinas. Están realizados en noble mármol y son de tipo honorífico, dedicados a Nerva, Herennio y una sobrina de Trajano, Matidia; supuestamente su hallazgo se realizara a finales del siglo XVIII. En la actualidad, los tres están presentes en el vestíbulo del Ayuntamiento.
     La inestabilidad económico militar del Imperio y su consiguiente depresión cristalizó en el siglo V con las invasiones bárbaras y la llegada de los visigodos; pero fue en la posterior etapa islámica cuando encontramos el antecedente más próximo a la que sería la denominación de Azuaga, designación que viene ligada al nombre de la tribu beréber norteafricana de los Zuwaga. Este pueblo edificó una impresionante fortaleza en el cerro de Miramontes sobre restos de origen romano.
     Azuaga fue reconquistada a los musulmanes por el maestre de la Orden de Santiago, Pelay Pérez Correa, quien la incorporó al reino de Castilla - León en 1236, reinando Fernando III El Santo.
     Al producirse el tránsito entre el dominio musulmán y el cristiano, la localidad desempeñó su papel como encrucijada de poderes civiles, jurisdiccionales y eclesiásticos. Después fue declarada Encomienda.
     La Encomienda de Azuaga se consideraba bastante rentable y codiciada por muchos, entre otras cosas porque su topografía es ideal para la actividad agrícola y ganadera. Era por eso por lo que la localidad figuraba al lado de ricas poblaciones mineras de la época como Cartagena, Lorca o Cuenca.
     El siglo XV se puede considerar (junto con el XIX) como una de las mejores épocas para Azuaga. Testimonio de este importante pasado histórico es el conjunto de notables edificios, tanto religiosos como civiles, que alberga el pueblo en su casco urbano y entorno. Significa ello el relevante papel desempeñado por esta ciudad en la historia de la Orden de Santiago y cuya información aparece recogida en los libros confeccionados por los "visitadores", designados temporalmente para supervisar de forma personal las villas, bienes y propiedades bajo la jurisdicción de la Orden Militar.
     El siglo XVI va a suponer un empobrecimiento paulatino en todos los órdenes. En primer lugar, se da una constante enfeudación del régimen económico con una agricultura arcaica y en manos de una reducida clase aristocrática, asentada en la población durante los primeros momentos de la conquista romana. En segundo lugar, como indicativo del estancamiento económico, se producirá un descenso muy acusado de la población a causa de las continuas guerras, las crisis alimentarias cíclicas y las pestes.
     El estancamiento demográfico, sólo comenzaría a conocer una ligera recuperación en las últimas décadas de 1700; mientras la estructura económica estaba ralentizada debido al enorme poderío de la Mesta, que impedía la explotación de las riquezas naturales prohibiendo cualquier tipo de cultivo. No obstante y puesto que la economía era esencialmente rural, con el freno puesto al campo, surgen pequeños talleres familiares que se reparten por toda la región.
     Telares de lana y lino se ubican en Azuaga junto con artesanías de cuero y alfarería, que constituyeron pequeñas fuentes de riqueza complementarias a la producción agraria. En su conjunto dieron vida a ferias y mercados regionales.
     El siglo XVIII, con el advenimiento de los Borbones, se suele considerar como un período de desarrollo y expansión para el conjunto de España pero no sucederá lo mismo en el caso de Extremadura, que siguió sufriendo a lo largo de este transcurso de tiempo las consecuencias negativas de la crisis anterior.
     Sin embargo, la centuria del XIX trajo grandes transformaciones estructurales que afectaron a todos los aspectos del devenir histórico. Desde el punto de vista político, fue una época de continuas revoluciones bajo la influencia del racionalismo dieciochesco y las modernas ideas de reforma y desamortización, pero es, sin duda alguna, un siglo de gran auge económico en el que juega un papel muy importante la rentabilidad de las explotaciones mineras.
     Los yacimientos de plomo explotados desde mediados del XIX originaron un aumento considerable de la población. Esta producción de mineral de plomo (galena) contratada por la Sociedad Minera de Peñarroya dio lugar en Azuaga, entre 1887 y 1897, al mayor crecimiento demográfico de toda Extremadura, convirtiendo a nuestro pueblo en uno de los principales núcleos de la provincia. El auge económico proporcionado por la actividad minera provocó la ampliación del casco urbano, paralelamente a la necesidad de crear más viviendas.
     Lo que no se desarrolló junto a la minería fue la industria, debido a la necesidad de comunicaciones, pues el ferrocarril no llega a la localidad hasta 1894. Respecto al proceso desamortizador, ganaderos y labradores acomodados en la zona consiguieron apropiarse de la mayor parte de los bienes desamortizados.
     El siglo XIX supuso para Azuaga un gran avance también desde el punto de vista cultural. En 1836 se crea la Sociedad Económica Amigos del País de Azuaga, cuyo objetivo fue impulsar la cultura y el progreso que llegaron de manos de las explotaciones mineras, el crecimiento demográfico y la ruptura del aislamiento a través del ferrocarril.
     La existencia de una fuerte masa proletaria de mineros, determinó el fortalecimiento del asociacionismo obrero, con lo que Azuaga pasó a ser uno de los más potentes focos del movimiento obrero extremeño. En esta villa apareció a comienzos del XX el periódico La Verdad Social, destinado a convertirse en el principal órgano de la prensa obrera pacense.
     Con el nuevo siglo la crisis llegó a las explotaciones mineras, siempre con graves problemas de rentabilidad. Así, durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1931), el declive de la minería azuagueña genera el paro de más de un millar de obreros.
     El espíritu combativo de los mineros se hizo oír a través de El Amigo del Pueblo, publicación local de aparición quincenal. También con matiz reivindicativo y de asociación se constituyó en Azuaga la Sociedad Obrera "Los amantes de la tierra".
     Durante la II República (1931-1936) la conflictividad fue constante. El paro alcanzó cifras alarmantes, la situación del campo era crítica y el descontento social creciente. A la cuestión agraria se unió la crisis de la minería del plomo, con sus problemas de rentabilidad que dificultaban la competitividad. Sólo la ayuda oficial impedía el cierre de las explotaciones.
     Los miembros del Gobierno Municipal tenían constancia de estos problemas e intentaron encontrar soluciones pero pronto se verían interrumpidas por el desarrollo de la Guerra Civil. Azuaga se vio metida en la guerra desde sus primeros días: El 19 de julio de 1936 se produjeron enfrentamientos entre la Guardia Civil y un grupo de vecinos que reclamaban armas. El pueblo permaneció dos meses en poder de las fuerzas republicanas hasta que fue conquistada por el Ejército Nacional el 25 de septiembre de 1936. La represión, tanto republicana como nacionalista, provocó no pocas víctimas.
     Al igual que en todo el país, la postguerra fue dura. Los problemas de índole económico y social vuelven a incidir en la población azuagueña. Como ejemplo se da un fuerte absentismo escolar, producido porque muchos niños en edad escolar abandonaron las aulas para dedicarse a trabajar en ayuda de la penosa situación económica en la que se encontraban sus familias.
     A finales de la década de los cuarenta y principio de los cincuenta se asiste a una efímera recuperación económica y demográfica. La minería atraviesa un pasajero esplendor. Al comenzar los años cincuenta todavía trabajaban en las minas más de 500 personas, aunque los métodos de explotación seguían siendo rudimentarios y artesanales.
     A partir de 1955 comienza en Azuaga el fenómeno migratorio. El cierre de minas y la introducción de maquinarias en las explotaciones agrícolas provocaron el aumento del paro y la emigración de muchos azuagueños hacia zonas industrializadas como Madrid y Barcelona. Este movimiento social se hizo aún más patente en la década de los años sesenta.
     Con la llegada de la Democracia, tras la muerte del General Franco en 1975, se frena este proceso migratorio y asistimos al retorno de muchos de los que se habían visto obligados a salir del Partido Judicial en otras décadas.
     Actualmente, los ciudadanos de Azuaga podemos participar en el devenir de nuestro pueblo gracias a la democratización de la vida municipal (Diputación Provincial de Badajoz).
     El término de Azuaga ha estado habitado desde muy antiguo, como lo atestiguan los restos hallados cerca dela aldea de La Cardenchosa, como un menhir y dólmenes; de otros tiempos también se atesoran ajuares de la Edad de los Metales que se conservan en el Museo Arqueológico de Badajoz o el torques de oro que se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional.
     Entre sus monumentos destacan el castillo de Miramontes, las iglesias de Nuestra Señora de la Merced y del Cristo del Humilladero y, sobre todo, la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación, el templo mas grande de la provincia, tras la Catedral de Badajoz. Bien de Interés Cultural, la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación se levantó a finales del siglo XV, principios del XVI. Responde a los últimos momentos del gótico, con influencias de "manuelino" y mezcla del incipiente renacimiento. Es, sin duda, uno de los más bellos y monumentales ejemplos de la arquitectura religiosa del sur de Extremadura.
     Y si quieres conocer más sobre la historia socio-cultural que esconde esta particular región, visita su fantástico Museo Etnográfico, fruto de una amplia colección aportada por los mismos ciudadanos del municipio y la comarca.
     A través de la practica turismo rural y de las actividades en la naturaleza, podrás descubrir todos los rincones y secretos que se hallan en la villa de Azuaga y la aldea de La Cardenchosa. Entre las actividades que se ofrecen están: las rutas naturales y las caminadas por las fuentes y pilares. Además podrás disfrutar de la riqueza de la flora y la fauna de la zona, destacada por una magnifica diversidad de aves propias del territorio. Observa el vuelo de un águila imperial o un buitre leonado o deléitate con las vistas de centenares de aves sobrevolando la campiña: grullas, garzas o avutardas. Todo ello podrás contemplarlo acercándote al Parque periurbano de conservación y ocio Sierra de Azuaga
     Uno de los recursos medioambientales más significativos de la zona es su aprovechamiento cinegético de ciertas especies autóctonas como: perdices, liebres, palomas, conejos, ciervos o jabalíes.
     Así pues, algunas de las mejores rutas naturales que te proponemos hacer son: la Sierra de Azuaga, el cordel de Guadalcanal, la Ruta de Arroyo Peinado de la Cardenchosa o senderismo por el río Bembézar. O bien date un paseo y descubre las fuentes y pilares, a través de los que conocerás parte de la cultura antigua y popular, paseando por las sendas y recorriendo los puntos de interés, como los manantiales.
     Además de historia y naturaleza, la cultura de este municipio es rica por sus fiestas y tradiciones, descubre algunas de las mejores festividades, como por ejemplo:
        o La Feria de Muestras de la Campiña Sur de Exuemadura (FECSUR)
        o Ruta Nocturna (último viernes del mes de julio)
        o Feria de Agosto (del 14 al 18)
        o Feria Intercomarcal del Comercio Tradicional (noviembre)
        o Belén Viviente (domingo antes de Nochebuena) (Turismo de Extremadura).
     Antiguo foco minero situado en los límites con las provincias de Córdoba y Sevilla. El trazado de sus calles muestra una clara influencia musulmana.
Historia
     El asentamiento bereber de los Al Zugawa, tras la invasión musulmana, da origen al topónimo actual. No obstante, debía de existir un núcleo de población en la época romana, según se deduce de lápidas conmemorativas dedicadas, entre otros, al emperador Trajano. La expulsión de los árabes (1236), bajo el reinado de Fernando III, fue realizada por el maestre de la Orden de Santiago Pelay Pérez Correa. En el siglo XVI Azuaga, era junto con Cáceres, la ciudad más poblada de Extremadura. A finales del siglo XIX experimentó un notable impulso económico y demográfico basado en la minería del plomo, que posteriormente entró en crisis.
Gastronomía
     El cerdo está presente en la sopa porquera y el cordero en la sabrosa caldereta. Notables son los escabeches de pollo o bacalao. Y destacan los roscos blancos y flores.
Artesanía
     Trabajos de carpintería y forja.
Fiestas
     Se celebran las fiestas patronales de la Virgen de la Consolación (en torno al 15 de agosto) con verbenas y campeonatos deportivos; las Pascuas, con salida al campo el domingo de Resurrección; el Carnaval, con su día grande el domingo de Piñata; la festividad de los Santos y Difuntos, con degustación de castañas asadas y chocolate con churros; Nochebuena, en donde se canta compartiendo vino, anís y dulces típicos. A ellas se añaden la romería de San Isidro (15 de mayo) y las velás (veladas) de la noche de San Juan (23 de junio), de Santiago (24 de julio) y del Cristo del Humilladero (a primeros de septiembre).
Vida urbana
     La calle Estalajes es la arteria comercial por excelencia. El tapeo, en torno al parque Cervantes, mientras que el ambiente nocturno se concentra en Muñoz Torrero con Constitución. A final de mayo, la feria anual con una muestra agrícola y comercial de la Campiña Sur de Extremadura (FECSUR).
VISITA
     Coronando una elevación rocosa al oeste del casco urbano se yergue el castillo de Miramontes, reconstruido en el siglo XV por la Orden de Santiago sobre una antigua alcazaba árabe, y del que hoy sólo quedan varias torres. A sus pies se ubica la ermita de San Blas (s. XVIII), barroca con trazas renacentistas. En la parte más alta y oriental de la población, iglesia de Nuestra Señora de la Consolación*, templo del siglo XV y XVI en gótico isabelino con influencias del gótico portugués o manuelino y trazas renacentistas. Monumento Nacional, es quizás la construcción religiosa más sobresaliente de Badajoz en cuanto a su decoración y sus dimensiones. La torre se compone de tres cuerpos rematados por el campanario y un templete. El primero, gótico conopial. En el segundo y el tercero las ventas son de estilo isabelino y plateresco. Contrasta la rica decoración tardogótica de la portada septentrional con la austeridad de la opuesta. El interior, de tres naves y cabecera ochavada, se cubre con bóvedas de crucería. Es interesante la pila bautismal, de barro vidriado y de estilo morisco (siglo XVI). A embellecer aún más esta iglesia contribuye el bello marco mudéjar que la rodea, compuesto por un conjunto de casas con ventanas de arcos conopiales y polilobulados enmarcados en alfiz. En el centro del casco urbano (plaza de la Merced) e inmediata al Ayuntamiento, que guarda cipos marmóreos de época romana, se eleva la iglesia de la Merced (siglo XV), de estilo gótico mudéjar con añadidos barrocos. Dos contrafuertes semicilíndricos flanquean el arco de herradura de la portada, en tanto que la cabecera, poligonal, está coronada por almenas que le imprimen un aire de fortaleza. Entre la plaza anterior y la de Cristo, donde se halla la parroquia de Cristo del Humilladero (s. XVIII), magnífico ejemplo de barroco extremeño tardío con grandes influencias andaluzas, se encuentran la Casa de Cultura, instalada en una casona decimonónica con un bonito balcón de claras influencias andaluzas, y Central Cinema, edificio emblemático que acoge el museo etnográfico comarcal de La Sierra y La Campiña.
     Recorriendo las calles y plazas salen al paso casas nobiliarias del siglo XIX, con amplios balcones de cerrajería, así como austeras ermitas de los siglos XVI y XVII.
ALREDEDORES
     11 km al nordeste está Granja de Torrehermosa. La torre* (s. XV) de la iglesia de la Purísima Concepción es una de las más bellas construcciones gótico-mudéjares de Extremadura. De interés es el Casino y el Ayuntamiento, de inspiración modernista (Alfredo J. Ramos, y Santiago Llorente. Guía Total, Extremadura. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2005).

ARQUITECTURA MILITAR
Castillo de Miramontes.-

      El origen de esta fortaleza está relacionado con la tribu islámica de los Zuwaga, que desde el Norte de África se diseminaron por buena parte de la geografía peninsular. Su ubicación elevada y rocosa le otorgó posteriormente el nombre de Miramontes. Multitud de restos y fragmentos obtenidos de sus inmediaciones han sido piezas determinantes a la hora de desvelar sus secretos, aunque otras fuentes escritas también nos ofrecen constancia de la valía que tuvo el enclave.
    A mediados del siglo XII el geógrafo Al-Idrisi confeccionó un itinerario Córdoba - Badajoz, incluyendo el Castillo Miramontes de Azuaga como zona segura dentro de este recorrido. De otro lado, el primer documento sobre la fortaleza data de 1331 y hace referencia a la obligación que tiene el comendador de mantenerlo en buen estado.
     Una vez fue reconquistada la localidad, el castillo pasó a convertirse en casa de la Encomienda, bajo la Orden de Santiago, abandonándose y sustituyéndose por otro edificio más cómodo y habitable algunas décadas después.
     Desde 1400 no se había hecho ningún arreglo en los muros de la fortaleza, por lo que en 1494 estos se aprecian en malas condiciones: "todas las tapias comidas del ostigo del agua". En esta última fecha, se da orden a D. Luis Portocarrero, comendador de Azuaga, de reparar todo el castillo acometiéndose, a partir de entonces, obras de mantenimiento en los muros y de reestructuración en los interiores.
     La fortaleza tenía una barbacana con su cava, cuya puerta estaba defendida por un cubo. La segunda puerta se encontraba en una torre que formaba parte de un muro almenado, delimitando un espacio adaptado a la configuración del terreno. Una tercera puerta se hallaba entre dos cubos, únicos vestigios que quedan de la edificación; ambos formaban parte de una barrera que defendía el recinto principal, donde estaba la torre del homenaje.
     Pasada la segunda puerta había un corral que, a la derecha, tenía una caballeriza grande, de dos naves separadas por una arquería. Sobre ella se levantaban tres habitaciones destinadas para servicio de los mozos. En 1576 se divide la caballeriza y una parte de ella se emplea como bastimento de pan.
     A la izquierda del citado corral se encontraba un huerto cercado y un cortinal que tenía dos aljibes. Junto al huerto estaba la casa del portero.
     El último recinto de la fortaleza disponía de patio principal, situado en la cota más alta del terreno, y una serie de servicios. En el patio, se hizo una reestructuración de sus edificios a partir de 1486, fecha en que el comendador D. Luis Portocarrero hace de nueva planta la torre del homenaje.
     Los arcos y pilares de los corredores eran de ladrillo y la columna del aljibe de mármol. Las techumbres del ala izquierda, a excepción de las bóvedas de la torre del homenaje, eran sencillos alfarjes de pino. Las habitaciones del ala derecha unas eran de pino, otras de castaño.
     Entre 1576 y 1734 no hay prácticamente ningún dato documental aunque, a partir de esta última fecha, el castillo que señoreaba la villa de Azuaga entra en su fase de plena devastación: "se declaró hallarse muy arruinado, sin habitación alguna y sumamente imperfectas y demolidas sus torres y almenas...".
     De tan ilustre monumento sólo se han conservado dos cubos, unas saeteras, restos de los muros de contención, así como los cimientos de alguna dependencia interior.

ARQUITECTURA CIVIL
     Eminentemente significativa es la influencia mudéjar y gótica de los siglos XIV, XV y XVI, que se evidencia en la arquitectura popular de Azuaga.
     Son muestra de ella los numerosos ejemplos de vistosas ventanas conservadas en las calles Pío XII, Teodoro de Vera, Alconchel y Mesones.
     El empleo del ladrillo, la presencia de alfiz y el encalado son los principales rasgos definitorios del estilo.
     En lo que al Barroco se refiere, dejó su huella en fachadas diseminadas por distintas calles de la villa de Azuaga: Muy abundantes resultan estos exteriores de los siglos XVII y XVIII en el entorno de Mesones, Juan Ortiz, Llana y Espirilla.
     Presentan los gustos clásicos del Barroco que se adornan con frontones curvos o triangulares, óculos, aleros pronunciados o molduras dobles y triples, entre una amplia gama de recursos que definieron el estilo. Estas viviendas hidalgas conforman un área arquitectónica distinguida como "Monumento Singular", según comunicado de la Consejería de Educación y Cultura con fecha de 29 de abril de 1986.
     El siglo XIX va a marcar una época de auge en la arquitectura. En este momento se van a erigir una serie de casas que en cuanto a su estructura arquitectónica no van a obedecer a un estilo concreto, sino que en ellas se va a dar una simbiosis entre los elementos decorativos y estructurales de periodos anteriores y los actuales; combinación que va a derivar en lo que se ha dado en llamar Eclecticismo.
     Uno de los ejemplos más notables de esta arquitectura del siglo XIX o decimonónica es la "Casa palacio" situada en la calle Llana, número 12, conocida por los vecinos como el "Antiguo Centro de Salud". Su proyecto original data de 1896 aunque hasta 1898 no llegaría a ejecutarse, con algunas modificaciones en la traza original. La fachada en conjunto es de un Eclecticismo clasicista, siendo la parte constructiva que más se cuida por el hecho de ser una forma de exteriorización de la posición social y económica de los propietarios. Esta construcción está declarada "Monumento Singular" por la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Junta de Extremadura, mediante comunicado oficial de 29 de abril de 1986.
     Sobresale también el céntrico Teatro Cine "Capitol" de singular volumetría y de intenso valor plástico. Fue edificado bajo la favorable coyuntura económica de principios del XX, y explicable por el enriquecimiento de la burguesía agraria, que comenzó a demandar nuevos lugares de ocio y diversión. La diferencia con el resto de edificaciones tradicionales se centra, fundamentalmente, en la decoración de carácter erudito e intelectual. Rescata elementos y motivos de la antigüedad clásica, al tiempo que introduce materiales innovadores y revolucionarios propios del periodo: hormigón, hierro y grandes superficies acristaladas.
     Vinculado a la época está además el Parque Cervantes, con su quiosco en estructura metálica y cubierta plana.
Plaza de Toros.-
     A finales del pasado siglo, en 1892, se construyó en Azuaga una plaza de toros que sustituía a una existente en la zona de "Fundición"; como estaba ejecutada a base de madera y de forma provisional se realizó ésta, a la que ahora nos referimos, excavada en un promontorio.
     Apunta José A. Torquemada Daza en un trabajo de investigación sobre el ferrocarril en Azuaga, que recoge la revista Feria y fiestas Azuaga 99, que existió cierta relación entre la construcción de la plaza de toros y la línea de ferrocarril con que contaría el pueblo. El autor en su reportaje citaba lo siguiente:
     "En cuanto al asunto del ocio habría que decir, como primera curiosidad, que fue el establecimiento del ferrocarril lo que impulsó la construcción de la plaza de toros de Azuaga, pues según un texto de 1892:
     '(...) cuando Victoriano Gómez, a principios de 1892 se decide a construir en Azuaga una plaza de toros fija era por algo: era conocedor de la inminente colocación de la vía férrea de Peñarroya a Fuente del Arco, trabajos que en el término de Azuaga comenzarían dos años después, en 1894, y de los efectos multiplicadores que una arteria vial genera'.
     La plaza de toros se inauguró en mayo de 1894, casi al mismo tiempo que las obras de construcción del ferrocarril. No es casual que las mejores plazas del entorno se encontraran todas unidas por el ferrocarril de Fuente del Arco a Puertollano, pues además de la de Azuaga, en esta línea se encuentran las de Bélmez, Pozoblanco y Villanueva de Córdoba, todas ellas de gran capacidad y a donde se fletaban trenes especiales con ocasión de la celebración de festejos taurinos".
     El estreno del coso se hizo lidiando toros el matador Emilio Torres Reina "Bombita". La singularidad de la plaza levanta opiniones encontradas: hay quien mantiene que se edificó sobre un circo romano, basándose en la forma del ruedo y la textura de la misma.
     Arquitectos como el alemán Heribert Hamann, profesor de proyectos de la Escuela Superior de Arquitectura de Munich, se han interesado en el estudio del coso y en formular propuestas para la restauración del mismo; proponiendo, en este caso, soluciones tan originales como experimentar con estructuras ligeras de madera y velas deslizantes, simulando los estudios por él realizados sobre las velas y toldos que cubrían el teatro y anfiteatro de Itálica, "El velamen neo-romano de Azuaga".
     El arquitecto Gonzalo Díaz y Recasens publica en 1992 el libro Plazas de toros, donde aparece la de Azuaga.
     En agosto de 1996, el pleno del Ayuntamiento de Azuaga convoca un concurso de méritos e ideas para la restauración del coso, resultando ganadores del mismo los arquitectos José Manuel Jaureguibeitia Olalde y Gonzalo Díaz y Recasens.
     Ante la incertidumbre de las vías de financiación para llevar a cabo la propuesta planteada, los gestores municipales propusieron la creación de una escuela taller que permitiera la restauración del recinto taurino.
     Está siendo la Escuela Taller "San Martín" la encargada de acometer las obras de rehabilitación, realizando faenas de limpieza y descombro, derribo de antiguos corrales, perfilado de graderíos, levantamiento de paredes de mampostería, restauración de gradas, adaptación de dependencias y recuperación del entorno natural colindante.

ARQUITECTURA RELIGIOSA
     Entre 1494 y 1604 existieron seis ermitas en Azuaga, distribuidas en su núcleo urbano y término jurisdiccional. Eran éstas: San Sebastián, Santiago, Santa Olalla, Santa Catalina, San Bartolomé y Nuestra Señora de la Paz. Al día de hoy, unas desaparecieron y otras cambiaron su denominación, manteniendo solamente el título la de Santiago y la de Nuestra Señora de la Paz. Relacionamos a continuación una pequeña síntesis de aquellas que podemos encontrarnos inmersas en el itinerario histórico artístico de Azuaga.
Ermita de San Blas.-
     Está situada en la ladera del Castillo Miramontes, próxima a la desaparecida ermita de Santa Olalla o Eulalia. La fachada es amplia en contraste con el pequeño campanario, mientras la puerta de entrada se protege por un frontón triangular sobre cornisa dispuesta encima de pilastras.
     Su iluminado interior es de planta cuadrada y cabecera plana. La cubierta, de madera y a dos aguas, fue reformada durante 1890 al tiempo que se mejoraron y encalaron muros interiores y exteriores. También sufrió rehabilitaciones en la década de 1990, respetando la configuración original de su techumbre.
     Conserva dos esculturas: Santa Olalla y el Sagrado Corazón de Jesús. Santa Olalla fue tallada en los últimos años del siglo XVI y realizada por el gran artífice Andrés de Ocampo. Por su parte, el Sagrado Corazón de Jesús es una obra atribuida a Pío Mollar Franch, presentándose como un Cristo colosal, con amplia túnica plegada y pies descalzos dispuestos sobre una esfera rodeada de nubes. Pesa alrededor de los 3.000 kilos y su altura alcanza los 3 metros.

Ermita de Nuestra Señora de la Aurora.-
     Situada en la calle Retamalejo, el pórtico de entrada está compuesto por pilastras y un remate con tres almenas. Sobre la entrada se dispone una atractiva espadaña, con un campanario de vano único rematado por otras tres almenas. En el centro de la nave, un gran cimborrio cubre internamente una bóveda esférica; un sistema similar de cerramiento caracterizará a la cabecera.

Ermita de Santiago.-
     También conocida como de Nuestra Señora de los Dolores, se sitúa en la plaza del mismo nombre muy próxima a la Parroquia de la Consolación.
     Fue iniciada su construcción a comienzos del siglo XVI y durante un largo periodo de tiempo no fue más que una capilla reducida y abovedada hasta que, a mediados de esa misma centuria, se ordenó tejarla y alzar sus muros para evitar las goteras y humedad que amenazaban la solidez de su fábrica. Su origen es modesto y humilde pues durante el último tercio del XVI sus rentas eran mínimas, debiendo hacerse cargo de su mantenimiento la cofradía de los Dolores.
     Su aspecto contemporáneo es el de una pequeña ermita de planta rectangular y única, cubierta a dos aguas.
     La fachada exterior tiene espadaña, una bella cruz en relieve y una monumental puerta de acceso enmarcada por un frontón partido, asentado sobre dos potentes pilastras. En el centro del frontón, un óculo sirve para iluminar el interior.

Ermita de la calle El Rastro o Ntra. Sra. del Rosario.-
     Está ubicada en una vía peatonal que une dos de las calles más importantes desde el punto de vista artístico cultural: Llana y Mesones. La ermita, a la que supuestamente se atribuye el nombre de Nuestra Señora del Rosario, es de pequeñas dimensiones, de una sola nave rectangular, cubierta por cúpula sobre pechinas sustentadas por dos arcos de medio punto. La fachada exterior ha sido recientemente restaurada.
     Su portada adintelada está flanqueada por pilastras, quedando rematada con una cornisa. El interior está decorado con restos de pintura mural y algún que otro lienzo, en los que se evidencia el inexorable castigo por el paso de los años.

Oratorio particular.-
     Construido en la calle Mesones, número 24, puede estar designado como del Cristo de la Humildad y la Paciencia. El exterior es simple pues tan sólo sobresale la portada concebida con un arco carpanel, recorrido por varias molduras y enmarcado por un gran alfiz sobre pilastras. Además, cuenta con una ventana adintelada con guardapolvos y una espadaña que rompe la monotonía y pronunciada horizontalidad de la fachada. Esta superficie acoge, al igual que la de la Aurora, tres almenas y una cruz en la cima.

Iglesia de Nuestra Señora de la Merced.-
     Antiguamente fue conocida como ermita de San Sebastián y los Santos Mártires, datándose del último cuarto del siglo XV. Aquí tuvo lugar la celebración del Capítulo General de la Orden de Santiago en 1477, donde se eligió como Maestre General de la Orden a D. Alonso de Cárdenas, quien contribuyó al enriquecimiento de Azuaga y de todas las localidades que pertenecían a la Orden. Poseyó la categoría de ermita hasta el año 1590, fecha en la que pasó a convertirse en capilla de un convento de frailes mercedarios.
     Su planta es rectangular, con cuerpo de nave única dividida en cinco tramos a través de arcos de ladrillo encalados que servían de soporte a la desaparecida techumbre de madera de castaño. Las sucesivas transformaciones que fue registrando en su interior alteraron su antiguo aspecto sobre todo en lo que se refiere a techos, coro, capillas y campanario.
     El interior acoge algunos retablos y tallas de interés aunque la mayoría de sus obras fueron destruidas durante la Guerra Civil del 36.
     Las dos puertas de acceso están construidas en ladrillo: La del lado Oeste o principal está formada por un arco de herradura con triple moldura apoyado en pilastras y flanqueado por dos gruesos machones semicirculares, que proporcionan a la entrada aspecto de fortaleza. La puerta del muro Sur se caracteriza por su arco apuntado, enmarcado por un alfiz.
     El alzado se completa con la presencia del campanario o torre, afortunado ejemplo de la tipología definida como torre-fachada, situada a los pies del templo e integrada en su estructura.
      En 1981, según resolución de 23 de marzo, de la Dirección General de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas, se acuerda tener por incoado expediente de declaración de monumento histórico artístico a favor de esta iglesia. En abril de 1986, la Dirección General de Patrimonio Cultural denomina a la Iglesia de la Merced como "Monumento Singular".

Parroquia de Nuestra Señora de la Consolación.-
     Esta iglesia se considera como la más importante de la provincia en cuanto a decoración en su estilo y la segunda en extensión, siguiendo a la magna Catedral de Badajoz. Así se recogió, ya en 1926, por José Ramón Mélida en el Catálogo Monumental de España, provincia de Badajoz. Según Decreto 30/1993 de 23 de marzo, fue declarada Bien de Interés Cultural con categoría de monumento por la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Extremadura.
     El solemne templo se erigió entre finales del siglo XV y la primera mitad del XVI, en un momento que responde estilísticamente a los últimos momentos del gótico, un gótico isabelino con influencias del gótico portugués o manuelino, que se mezcla con incipientes trazas renacentistas.
     El edificio responde a una concepción de planta rectangular y alargada, con tres naves y ábside en forma poligonal al que se adosa la sacristía por el lado de la Epístola y otras tres capillas por el del Evangelio, respetándose la belleza formal de la traza originaria ideada por el arquitecto.
     Estos espacios se cubren con diferentes soluciones de bóvedas de crucería entre las que destacan, por su belleza, las estrelladas del tramo de la nave próxima a la cabecera, las del sotocoro o las de la sacristía. Diez columnas, con un diámetro superior al metro y medio, separan las tres naves.
     La piedra arenisca y el ladrillo son los materiales básicos empleados en la construcción: Los sillares se utilizan en pilares, contrafuertes, torre y nervios de bóvedas; mientras que se recurre al ladrillo para las bóvedas y algunas superficies de los paramentos. Aparte, resulta exquisito el tratamiento ornamental a base de hojas de parra, racimos de uvas, flores, cuadrúpedos y reptiles.
     La portada principal se compone de cinco cuerpos, incluidos el de las campanas y el remate final, un conjunto que alcanza los treinta y cuatro metros de altura. Aparte existen otras dos portadas: una orientada al Norte, llamada la del Perdón, y otra dispuesta hacia el Sur o lado de la Epístola.
     Es destacable del recinto la excelente balaustrada pétrea del coro, el púlpito, el tesoro parroquial y la pila bautismal. Esta última es el único ejemplo comarcal realizado en barro cocido y vidriado en tono verdoso, cuyo exterior está decorado con multitud de figuras y motivos.
     Las riquezas que componen el tesoro o ajuar artístico son espléndidas suntuosidades elaboradas en su mayoría en plata entre las que cabe destacar: cálices, copones, coronas, cruces procesionales, vinajeras, un incensario, un cuenco, lámparas y seis varas de palio. De incalculable valor es, sin duda, la custodia - sagrario; un magnífico ejemplar de plata en su color y sobredorada, obra del siglo XVI con basamento añadido en el XVIII, de estilo rococó. Su traza es de templete.
     Además de estas piezas hay en el templo tres lámparas de plata, de las cuales dos son barrocas, una del siglo XVII y otra del XVIII. La tercera, de plata en su color y sobredorada, es de estilo purista del siglo XVII.
     El mobiliario de esta iglesia ha sufrido en dos ocasiones grandes pérdidas. La primera en un incendio ocurrido el 7 de agosto de 1888 y la segunda durante la depredación de la Guerra Civil. Nada queda del zócalo de azulejos mudéjares y renacentistas que decoraba la Capilla Mayor, así como de su Retablo Mayor. El que hoy podemos contemplar es una reconstrucción a la que se incorporaron algunas piezas originales del primitivo.
     Se trata de un retablo de planta ochavada, estructurado en banco, tres cuerpos, tres calles, seis entrecalles y ático sobre la calle central. Los relieves del cuerpo inferior representan la Anunciación y los desposorios de María; los del cuerpo central la Epifanía y la Natividad; los del cuerpo superior la Asunción, la Quinta Angustia y la Ascensión. El centro del retablo se dedica a la imagen titular de Nuestra Señora de la Consolación, el ático a la Crucifixión, rematándose éste con el relieve del Padre Eterno entre nubes. Las entrecalles están destinadas a los Apóstoles y otros Santos.
     El retablo tipificado como tríptico y mariano, técnicamente es de talla o escultórico y de casillero por los recuadros donde se alojan los relieves y las esculturas de bulto redondo. Fue calificado por Banda y Vargas como "[...] la obra más importante que el Bajo Renacimiento sevillano dejó en tierras extremeñas".
     En suma, la sabia composición de elementos góticos y renacentistas en la decoración de la torre y en la ejecución del templo, ponen de manifiesto que el maestro que la realizó era un gran conocedor de la tradición gótica y de las nuevas tendencias renacentistas; configurando uno de los más bellos y monumentales ejemplos de la arquitectura religiosa de la Baja Extremadura, que fue objeto de una acertada restauración a comienzos de la década de los noventa.

Iglesia del Cristo del Humilladero.-
     Obra terminada en 1752 cuya fábrica de mampostería y ladrillo presenta las características propias del estilo arquitectónico barroco tardío extremeño, con grandes influencias andaluzas. Los numerosos estudios realizados sobre los monumentos más relevantes de Extremadura la definen como una solemne arquitectura típicamente encalada y de alto valor plástico.
     La fachada principal se podría dividir en cuatro cuerpos en los que la decoración se presenta con un sentido ascendente. Destacables resultan también las dos torres: la del camarín; de mayor altura, y la del crucero.
     El interior presenta planta de cruz latina y nave única, recorrida por un doble entablamento del que arranca la bóveda que la cubre. Tras el altar mayor se dispone un camarín y una pequeña cripta en la que descansan los restos de muchos caídos en la Guerra Civil.
     El edificio guarda perfectamente la esencia popular bajo la que fue ideada por su arquitecto, que decidió repetir el mismo repertorio estructural y decorativo en el exterior y en el interior de la construcción, con intensos juegos de volúmenes a distinta altura.
     Sobresale en su interior una magnífica talla del Cristo del Humilladero, realizada por Francisco de Ocampo, discípulo de Martínez Montañés; que fue donada en 1615 por el capitán Don Juan de la Guardia. Se trata del crucificado comarcal más notable del siglo XVII, cuyo proceso de restauración, relativamente reciente, le devolvió el brillo y la calidad perdidos por el paso de los años.
     La Iglesia del Cristo del Humilladero fue denominada "Monumento Singular" en abril de 1986 por la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Junta de Extremadura.

FUENTES Y PILARES
     Además de los recursos histórico artísticos que seguramente acapararán la atención de todo aquel que sepa apreciar la majestuosidad de la cultura antigua y popular, los momentos de ocio y tiempo libre pueden emplearse en recorrer puntos alternativos de interés que, como los manantiales, cuentan con gran tradición y arraigo entre los vecinos.
     Refiriéndonos a este conjunto arquitectónico de fuentes y pilares, el Ayuntamiento constantemente intenta velar por las infraestructuras e higiene de estos enclaves y de sus aguas, declarados como "monumentos singulares" del entorno de Azuaga.
     A continuación hacemos de ellos una rápida recopilación que ayude a su identificación así como a matizar los usos que se hacían de ellos.
Pozo Santo.-
     De la época mudéjar se conserva el denominado Pozo Santo, un aljibe que presenta una galería cubierta por falsa bóveda de mampostería. Para acceder a la fuente es necesario descender por unos peldaños.
     Su agua se calificaba como de muy buena, aunque su manantial no es muy abundante. Es uno de los más antiguos de la localidad y está ubicado próximo al Castillo Miramontes.

Fuente Atenor.-
     Se encontraba justamente a las afueras de la población, dispuesta en uno de sus ejes más importantes, al final de la calle Fuente. Cuenta con un amplio receptáculo, utilizado como abrevadero para el ganado local y el trashumante en siglos anteriores.
     Respecto a sus aguas, se calificaban como óptimas para el consumo humano aunque poco finas. Destacaba por su salubridad y se empleaba como bálsamo para los males de estómago. La fuente también era lugar de cita para faenas domésticas como el lavado de la ropa.

Pilar Viejo.-
     Está situado al final de la calle Nueva. También dispuesto a la salida del núcleo urbano pues era utilizado hace décadas por el ganado cuando se disponía a salir o entrar del pueblo. El abrevadero presenta unas amplias dimensiones para intentar acoger el mayor número posible de cabezas de ganado.

Pilar de Spínola.-
     El agua de esta fuente está calificada como de agua gorda, es por ello por lo que solía emplearse para regar al igual que se hacía con el agua del Pilar Viejo. Está localizado en la confluencia de las calles Olleros, Viriato y Córdoba.
     El Pozo Meón, adjunto a la calle Carrera, el Pilar de los Borrachos y el Pilar del Pocito, cercanos al Parque de Caganchas y contiguos al final de la calle Sevilla, y Pilar Nuevo completan la que puede entenderse como la ruta del agua en Azuaga.

Norias Tradicionales.-
     Son ejemplos representativos del aprovechamiento rural, sostenible y tradicional de los recursos naturales. Estas infraestructuras fueron introducidas en Occidente por los islámicos que las importaron desde Oriente, sociedad con una tecnología más avanzada que la nuestra.
     Funcionan a base de unas ruedas unidas a través de unos engranajes giratorios que permiten que el agua del subsuelo sea recogida en unos recipientes que la llevan a la superficie para el riego u otros usos. Su disposición y entornos pueden apreciarse en buena parte de huertas y cortijos, que hacían de las norias herramientas fundamentales en la vida y el trabajo rural (Ayuntamiento de Azuaga).

LA CARDENCHOSA.-
    Localizamos La Cardenchosa al Sureste de Azuaga, muy próxima a los pequeños núcleos de Los Rubios, Argallón y La Coronada, estos dos últimos municipios cordobeses.
     El nombre de Cardenchosa deriva del vocablo "cardencha" (del latín cardinculus). La cardencha no es otra cosa que una especie de cardo de gran altura, una planta bianual que puede alcanzar dos metros, con flores de color púrpura que usaban antiguamente los cardadores para sacar el pelo a los paños.
     La abundancia dio lugar a la denominación de cardenchal o cardenchosa a aquellos lugares donde nacían y se criaban las cardenchas.
     Una de las tradiciones con más arraigo en la población es la del cultivo de las huertas. Generación tras generación se van transmitiendo el saber hacer y los pequeños trucos que hacen de estas tierras algo verdaderamente valioso en cuanto a la agricultura rural.
     Tomates, pimientos, pepinos, lechugas,... dan un colorido especial a los alrededores de la localidad, contribuyendo así a crear un paisaje muy atractivo para visitantes y residentes.
     Dependiente de la gestión de Azuaga, cuenta además con una agencia de lectura, un consultorio médico y el Colegio Público Nuestra Señora de la Paz.
     Sobre su historia sabemos que los asentamientos de población de la época prehistórica debieron ser importantes en la aldea, tal como evidencian los restos neolíticos hallados: un menhir realizado sobre una fina lancha de pizarra, en pleno centro, y varios dólmenes en los alrededores de la población. Su cronología data de finales del Neolítico, conviviendo con el Calcolítico y la Edad del Bronce (milenios V - IV antes de Cristo).
     En cuanto a sus recursos artísticos cabe destacar la iglesia de Nuestra Señora de la Paz, fechada en 1550 y ampliada a finales del siglo XVI a causa del elevado número de visitantes con que contaba. De estilo gótico mudéjar, la parroquia tiene una sola nave, con cabecera que se reduce y sobresale del resto de la construcción. El arco que da acceso a la cabecera se encuentra modificado pero debió ser de medio punto peraltado. La nave está dividida en dos tramos por un arco transversal apuntado. Fue declarada "Monumento Singular" por la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Junta de Extremadura en 1986.
     El retablo que hoy ocupa la cabecera con las pinturas de S. Pedro y S. Pablo, y coronado por la crucifixión, podría datarse del siglo XVII. También de este siglo son las pinturas murales que ilustran buena parte de los muros del edificio (Diputación Provincial de Badajoz).

          Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Castillo de Miramontes, Plaza de Toros, Ermita de San Blas, Ermita de Ntra. Sra. de la Aurora, Ermita de Santiago, Ermita de Ntra. Sra. del Rosario, Oratorio particular, Iglesia de Ntra. Sra. de la Merced, Iglesia de Ntra. Sra. de la Consolación, Iglesia del Cristo del Humilladero, Pozo Santo, Fuente Atenor, Pilar Viejo, Pilar de Spínola, y Norias tradicionales) de la localidad de Azuaga, en la provincia de Badajoz. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia pacense.

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