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lunes, 20 de abril de 2026

El edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 20 de abril, es el aniversario (20 de abril de 1702) del nacimiento del Marqués de la Ensenada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). 
     Edificio perteneciente al núcleo de la antigua Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide, ejemplo de arquitectura del Movimiento Moderno que constituye una expresión de vanguardia en el contexto andaluz por el grupo de arquitectos OTAISA. El edificio es concebido a partir de una volumetría simple y racionalista, su materialidad original exterior fue la del mampuesto cerámico o ladrillo visto. Sin embargo, en el presente dicha textura se ve cubierta por un revoco pintado, de cromatismo variable según partes del mismo. El lenguaje formal adoptado, por tanto, es de alta abstracción e identidad con el discurso racionalista propio de los años en que se construyó. 
     El edificio se ordena de acuerdo a un eje longitudinal, del cual dependen las circulaciones principales en sus cuatro niveles (planta baja y tres niveles superiores) y los distintos espacios servidos (despachos, aulas, depósitos). Tres líneas de circulación vinculan verticalmente los distintos pisos del edificio: una exterior -próxima al ingreso- y dos interiores. 
     Sólo una de dichas circulaciones se vincula a un sistema mecánico de ascensor. La respuesta funcional de esta arquitectura tiene una gran correspondencia con la disposición general en planta, estando también en directa relación con los espacios ajardinados exteriores. Al igual que las demás construcciones (edificios 2 al 14) se vincula en forma de peine con el pasillo central o llamado Pasaje de la ilustración, que hace las veces de columna vertebral del conjunto.
     Los actuales edificios Marqués de la Ensenada (edificio 4) y Antonio de Ulloa (edificio 2) de la Universidad Pablo de Olavide conformaban el Colegio Mayor Bartolomé Murillo de la antigua Universidad Laboral de Sevilla. Este edificio albergaba aulas para las enseñanzas teóricas y prácticas de los estudiantes de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, mientras que la residencia se ubicaba en el cercano edificio que hoy conocemos como Antonio de Ulloa. 
     En la actualidad se mantiene la función docente en diversas áreas del conocimiento de la Universidad Pablo de Olavide (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El jardín se conforma en un único espacio de apariencia rectangular rodeado por el acerado. Se sitúa en la cara este del edificio, y en él pueden observarse tres individuos de tres especies distintas: Álamo negro (Populus nigra), Brachichito (Brachychiton populneum) y Tipuana (Tipuana tipu).
     Su base se encuentra recubierta de hierba y el perímetro se delimita con una hilera de adoquines al mismo nivel del suelo. 
     El terreno presenta una leve pendiente conforme se aleja del edificio, y en la zona más elevada se encuentra un arriate que se extiende a lo largo de todo el lateral del jardín, y cuyo borde se encuentra por encima del nivel del suelo.
     En cuanto a los árboles, el Álamo negro (Populus nigra) es un árbol caducifolio que puede alcanzar los 30 metros de altura, sus hojas son verdes por ambas caras, presenta flores rojizas (masculinas) y amarillo verdosas (femeninas), y su fruto tiene forma de cápsula.
     El Brachichito (Brachychiton populneum) es un árbol de entre 8-10 metros de atura, con hojas entre ovales y lanceoladas de color verde brillante, y flores acampanadas de color crema, punteadas de rojo en el interior. Los frutos son leñosos y de color negro una vez que maduran; las semillas se encuentran en el interior, son amarillas y están cubiertas de pelitos.
     El último ejemplar es una Tipuana (Tipuana tipu), un árbol de tamaño medio, con flores amarillas y frutos con forma de legumbre alargada.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA), recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados de proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones, que van desde espacios verdes pequeños a jardines de mayor envergadura y trazado geométrico, pasando por grandes arboledas que limitan con las zonas de cultivo cercanas a la universidad.
     Actualmente estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía del I Marqués de la Ensenada, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     Zenón de Somodevilla y Bengoechea, I Marqués de la Ensenada. (Hervías, La Rioja, 20 de abril de 1702 – Medina del Campo, Valladolid, 2 de diciembre de 1781). Estadista.
     Su nacimiento lo reclaman dos pueblos vecinos a causa de la existencia de dos partidas de bautismo, la primera, la de Hervías, de 25 de abril —cinco días después del día de san Zenón, seguramente la fecha del nacimiento—, y la segunda, la de Alesanco, del 2 de junio, un documento fabricado con el propósito de justificar los derechos a la hidalguía que la familia del padre tenía reconocidos en este pueblo, y cuya transmisión exigía el agua de la pila de su parroquial como prueba de vecindad efectiva.
     El padre de Zenón, Francisco de Somodevilla y Villaverde, hidalgo pero pobre, tenía muy buenas relaciones con los eclesiásticos de estos pequeños pueblos de las cercanías de Santo Domingo de la Calzada —la madre tenía incluso algún familiar cura—, lo que debió de facilitar el segundo bautismo y la segunda acta (redactada por el “teniente de cura” de la parroquia de Alesanco, “en ausencia” de su titular). En cualquier caso, la hidalguía no le salvaba de la precariedad, que paliaba ocasionalmente con el desempeño de algunos oficios menores al servicio de las parroquias, yendo de un pueblo a otro. Fue notario apostólico, un cargo escasamente retribuido; llevó las cuentas de algunas cofradías y del Arca de Misericordia —por lo que cobraba algunas fanegas de trigo al año—, y en los últimos años de su vida, viviendo ya en Santo Domingo de la Calzada adonde se trasladó con la familia en 1706, llegó a ser maestro de primeras letras y doctrina cristiana en la escuela establecida en la catedral.
     En este entorno rural y pobre vivió Zenón de Somodevilla hasta algunos años después de la muerte del padre, ocurrida cuando él no contaba todavía los diez años. La madre viuda y sus cinco hijos siguieron residiendo en Santo Domingo de la Calzada —aquí dio testimonio la madre en 1742 para las pruebas de calatravo del ya flamante marqués—, y de aquí, en una fecha desconocida, Zenón salió con destino a Madrid para no volver jamás a su tierra natal.
     De su paso por Madrid no se sabe nada, pero se puede asegurar que nunca pisó una universidad, ni fue profesor de matemáticas, ni “catedrático de uno de los colegios reales”, como algunos biógrafos le atribuyeron antes de que Antonio Rodríguez Villa, el archivero que publicó en 1878 su más documentada biografía, afirmara con razón: “lo cierto es que hasta la entrada de Don Zenón al servicio del Estado no se tienen de él noticias verídicas y realmente históricas”, es decir, hasta que Patiño lo encontró en Cádiz, en 1720, sirviendo ya en la Marina, destacando por su buena letra, seguramente aprendida en el entorno escolar catedralicio, al lado de su padre. Contaba entonces dieciocho años, y Patiño le distinguió ya con el primer nombramiento, el de oficial supernumerario del Ministerio de Marina (1 de octubre de 1720).
     Desde aquí hasta que conoce al duque de Montemar, su siguiente protector, y se embarca en expediciones militares, Somodevilla recorre todo el escalafón civil de la Marina. En 1725 es nombrado oficial primero y comisario de matrículas en Cantabria; al año siguiente se le destina a Guarnizo, el astillero próximo a Santander que dirige José del Campillo. En 1728, Patiño le nombra comisario real de Marina con destino en Cádiz, desde donde pasa a Cartagena y luego, en 1730, a Ferrol. Su misión de mejorar la organización de los astilleros se hace explícita en la orden de Patiño de 6 de octubre de ese año, en la que se reconoce “el conocimiento y experiencias con que se halla el referido ministro (Somodevilla) de lo que se observa en el arsenal de Cádiz, cuyas reglas quiere Su Majestad se sigan en todo en el Ferrol”. En julio de 1731, de nuevo vuelve a Cádiz, al ser destinado a las labores de organización de la escuadra que, a las órdenes de Montemar, reconquistará Orán al año siguiente. Es el primero de sus éxitos y la ocasión de conocer a muchos de los que cuando llegue a ministro formarán parte de su red de parciales, como por ejemplo, sus leales amigos el general marqués de la Mina o el conde de Superunda (luego, virrey del Perú). La victoria le supone el ascenso a comisario ordenador, el cargo en el que destaca por lograr la coordinación de Marina y Ejército.
     A partir de 1733, Somodevilla se ocupó de organizar la potencia naval que culminará en la conquista de los Reinos de Nápoles y Sicilia al año siguiente, el gran éxito de la casa de Borbón que a él le valió el título de marqués. El infante don Carlos, coronado en Nápoles como Carlos VII, le nombró marqués por “merced espontánea” el 8 de diciembre de 1736. Probablemente la elección de “la Ensenada” para el título se debe a un juego de palabras que don Zenón fue el primero en manejar: él era un “En sí nada”, un “Adán” (al revés “Nada”); “en un accidente seré nada”, le dijo a su amigo el cardenal Valenti; en fin, en 1754 sería desterrado a Granada, la “Gran Nada”...
     Su humilde origen —del que siempre conservó memoria— contrastaba con el encumbramiento sorprendente y vertiginoso que experimentó su carrera, pues inmediatamente después del título nobiliario le llegó el encargo de servir al infante Felipe, una señal inequívoca de la confianza que depositaba en él la reina Isabel Farnesio, que le abrió las puertas de la Corte. El 21 de junio de 1737, Ensenada era nombrado secretario del Almirantazgo, un organismo a cuya cabeza, como almirante de España e Indias, figuraba el infante Felipe, la nueva pieza de negociación para completar la recuperación española en Italia tan brillantemente iniciada en Nápoles.
     La ocasión la traerá una nueva guerra, la que estallaba en octubre de 1740, al morir el Emperador Carlos VI. El joven infante Felipe, ya casado con una hija de Luis XV y almirante, encabezaría las tropas españolas, igual que su hermano unos años antes, pero ahora Ensenada sería mucho más que un comisario, incluso más que intendente de Marina, el cargo que le fue otorgado el 5 de julio de 1737: antes de partir, era nombrado secretario de Estado y Guerra del Infante e “intendente general del Ejército y la Marina de la expedición a Italia” (noviembre de 1741). Durante cuatro años había sido su secretario en el Almirantazgo, así que “por lo mismo será vuestra persona grata al infante”, decía el nombramiento. Además, en 1741, recibía el hábito de la Orden de Calatrava, la primera de las muchas distinciones honoríficas que iba a recibir antes de conseguir el preciado Toisón de Oro (1751).
     Como secretario del Almirantazgo, Ensenada desarrolló una gran actividad, continuando la labor de Patiño —por ejemplo, la famosa Ordenanza del Infante Almirante, antecedente de las Ordenanzas de Marina de 1748—, pero fue aún más importante la que le permitió entrar de lleno en el mundo de la diplomacia.
     Como secretario del Infante, fue corresponsal del marqués de Villarías, secretario de Estado de Felipe V, y del príncipe de Campoflorido, embajador en París, entre otros; mientras, seguía ampliando su círculo de lealtades políticas, también entre el personal de la Corte, donde aumentaba su reputación. Conoció a uno de sus íntimos, Pablo de Ordeñana, su mano derecha en el futuro, y también a quien le ocasionará la gran desgracia de su vida, el duque de Huéscar (luego, duque de Alba), entonces brigadier de infantería y ayudante de campo del Infante. Cuando Ensenada fue nombrado ministro en 1743 no todos se sorprendieron: los franceses sabían que desde 1737 Ensenada había entrado en el restringido círculo de los reyes por la vía segura del servicio a dos hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio, y que además era un perfecto cortesano, la más perfecta “creatura” de los “vizcainos” de Villarías.
     La noticia del nombramiento la recibió Ensenada en Chamberí el 25 de abril de 1743 poco después de conocer la de la muerte de su antecesor, José Campillo.
     En medio de una guerra y entre los militares del ejército del Infante, recibía el encargo de dirigir cuatro secretarías (Hacienda, Guerra, Marina e Indias), una carga pesada que, protocolariamente, rechazó con pretextos de humildad extrema: “yo no entiendo una palabra de Hacienda; de Guerra, lo mismo con corta diferencia; el comercio de Indias no ha sido de mi genio, [...]”; pero su resistencia al nombramiento era más aparente que real. En cuanto llegó el correo oficial a Chamberí, salió camino de Aranjuez a besar la mano a los reyes, lo que tuvo lugar el 8 de mayo.
     Su papel como ministro de Felipe V e Isabel Farnesio se limitó a “pagar la guerra” y a ser un servicial peón de la reina a través de su mayordomo Scotti y del ministro Villarías. Durante los tres años de vida que le quedaban al viejo Rey, Ensenada no brilló por proponer ninguna medida. Como casi todos, esperó la llegada del nuevo rey (julio de 1746), lo que, sin embargo, para él, iba a suponer un gran riesgo. Ensenada no había podido dejarse ver demasiado en el “cuarto del Príncipe”, que vigilaba estrictamente la Farnesio; tampoco congeniaba con la postura de Villarías, opuesta a la nueva reina, Bárbara de Braganza, en quien se vio enseguida que dominaba la situación y que infundía una sorprendente entereza en su marido, Fernando VI. El embajador portugués, Vilanova de Cerveira, muy próximo a la Reina, sospechaba de Ensenada, mientras todo en la Corte se inclinaba hacia el nuevo ministro, José de Carvajal y Lancáster, el sustituto de Villarías en la secretaría de Estado desde el 4 de diciembre. En una situación tan adversa, Ensenada dejó hacer e incluso fingió estar al lado del nuevo ministro poderoso. Así, presenció el destierro de la reina viuda —primero al palacio de los Afligidos, luego a San Ildefonso— y fue haciéndose un hueco al lado de Bárbara, de quien logró ser nombrado secretario en 1747. Para ello le hicieron falta los apoyos de un “carvajalista” como fue inicialmente el nuevo confesor, el padre Rávago, que pronto fue captado por Ensenada, y de un hombre versátil, sensible y cultivado, de quien llegaría a ser gran amigo, Carlo Broschi, Farinelli. Con astucia y tenacidad, a mediados de 1747, Ensenada había conseguido evitar el “efecto” de “primer ministro” que pretendía ser Carvajal.
     Los dos ministros, opuestos en todo —Carvajal era un grande de España, universitario, colegial y togado—, se complementaron. El padre Rávago logró que el Rey confiara en que su “desunión” no fuera del todo perjudicial, pues así no “se tapaban uno a otro”; además, Carvajal, poco dado a hacer mudanza, sostuvo a Ensenada, seguro de que, a pesar de sus “machiaveladas”, la eficacia política del marqués era evidente.
     Mientras el ministro de Estado explotaba la nueva diplomacia que había creado nada más firmar la paz de Aquisgrán (1748), proponiendo a España como “lancilla” de la balanza de un equilibrio europeo “constructivo y vigilante”, Ensenada desplegaba su proyecto reformista en Hacienda y sus planes de reforzamiento de la Marina: una consecuencia de la paz, que Ensenada interpretó como “paz a la espera”, es decir, una “paz armada”.
     La paz de 1748 permitía poner en práctica los proyectos que los ministros soñaban, muchos de los cuales rondaban desde hacía tiempo por las secretarías; incluso habían pasado por la imprenta. A su manera, Ensenada también había escrito sus proyectos. Les llamó “representaciones”, pues su objetivo era “representar” al Rey sus ideas y proyectos de la manera más sencilla, incluso didáctica, pues como decía el padre Rávago, confesor de Fernando VI, “el rey se aflige con papeles largos”.
     Todo debía empezar por la Hacienda —“ el fundamento de todo es el dinero”, le decía Ensenada a su amigo el cardenal Valenti—, y también por convencer a Fernando VI de que no bastaba con ser un rey pacífico: se le exigía también ser un reformador. En la representación de 1747, Ensenada sintetizaba la reforma de la Hacienda en dos acciones complementarias: una, “irla descargando”; la otra, “aumentar su entrada”. La descarga, sin minorar sueldos ni pensiones, y atendiendo a “la decencia” del Rey y de su servicio; el aumento, “con alivio y no con gravamen del vasallo”, pues “la monarquía más opulenta es la más rica, y por eso las bien gobernadas cuidan, con preferencia a todo, del Real Erario y de que los vasallos no sean pobres”. En la misma representación, Ensenada anunciaba también el Catastro, la Única Contribución, la abolición de las rentas provinciales, el fin de los intermediarios, así como muchas de las reformas que aliviaron el gasto suntuario, entre ellas, la de las Casas Reales. Todo parecía sencillo: se trataba de ahorrar en gastos superfluos y de aplicar el sentido común a la recaudación: “Que pague cada vasallo a proporción de lo que tiene, siendo fiscal uno de otro para que no se haga injusticia ni gracia”. Pero había muchos riesgos.
     Lo que más preocupó al ministro, la abolición de las rentas y la supresión de intermediarios, se logró en medio de una gran tranquilidad, lo contrario de lo que produjo la reforma de las Casas Reales, una de las heridas que algunos nobles tenían abiertas todavía cuando cayó el marqués el 20 de julio de 1754.
     Algunos resentidos, como el conde de Montijo, que había sido desplazado al llegar Fernando VI al trono, vieron engrosar sus filas con los que no pudieron sufrir la reforma y presentaron su dimisión. Era la primera advertencia seria contra el “En sí nada”. Pero el marqués estaba en el cenit del poder, y además tenía dinero, lo que ya pudo exponer al Rey, eufórico, en la magna representación de 1751. La Hacienda tenía fondos —“ ni sé como los hubo, ni como los hay ahora para lo necesario”, decía el marqués—, y los tenía también el mismo Ensenada, convertido por “este arbitrio que descubrió la casualidad a impulsos de la economía” —así calificó a su invento, el Real Giro— en el primer banquero de España.
     Al crear el Real Giro, en 1749, para pagar las deudas en el extranjero, Ensenada pretendía evitar los beneficios de los intermediarios —la “tiranía de los banqueros”—, a quienes, como a los arrendadores de rentas provinciales, censuraba por sus ganancias, pero también por la inseguridad que suponían para el comercio exterior, pues “los hombres acaudalados y acreditados [...] han sido algunas veces engañados porque el cambista con poco dinero suyo gira mucho sobre el ajeno”. Con el tiempo, las sucursales del Real Giro —París, Roma, Ámsterdam, etc.—, dirigidas por ensenadistas de la máxima confianza, fueron verdaderas agencias al servicio del marqués. Igual eran utilizadas para “ayudar” a estudiosos, espías industriales, pensionados, en sus viajes por Europa; que para gratificar a un ministro, a un periodista o a un sicario; tanto para llenar el bolsillo del nepote del Papa, como para pagar el importe de unos diamantes, una sortija, unas perlas, regalo de los reyes en su cumpleaños (o de algún cortesano a quien se pagaba un favor, fuera en París o en San Petersburgo).
     Como él, que era ya inmensamente rico, la Monarquía opulenta de Fernando VI asombraba a Europa.
     El de Madrid era el mejor teatro de Europa —a decir del embajador Keene—, las joyas destinadas a Fernando VI y a Bárbara de Braganza llegaban de todo el mundo —encargadas por el experto Ensenada—; la villa y Corte se remozaba, y los Sitios Reales —el palacio Nuevo sobre todo— seguían siendo un Babel de artistas. La misma actividad se notaba en algunas reales fábricas, el “ramo” al que se dedicaba más tenazmente Carvajal; y en la construcción y arreglo de caminos —el de Madrid a Barcelona, o los que se abrían en Navarra y en Santander—, así como el del puerto de Guadarrama, que le hacía decir a Rávago que parecía obra de romanos. También se trabajaba en el canal de Castilla, en el canal de Lodosa, y pronto se reanudarían las obras en el Canal Imperial de Aragón, visitadas en tiempo del marqués de la Ensenada por un jovencísimo conde de Aranda que empezaría la revitalización de la célebre “acequia” antes que Pignatelli, su definitivo ejecutor.
     Era el cenit del poder ensenadista: a principios de 1753, el marqués podía blasonar también de haber logrado el Concordato, una pieza maestra de la negociación secreta, tan secreta que no se enteraron ni el cardenal Portocarrero, embajador en Roma, ni el nuncio Enríquez, ni el mismísimo ministro de Estado, Carvajal. Lo habían negociado en Roma dos acérrimos ensenadistas, Ventura Figueroa, y el cardenal Valenti, con el solo conocimiento del padre confesor.
     Fieles al estilo de Ensenada, no escatimaron gastos.
     Pagaron de golpe 1.148.333 escudos, además de 174.000 que se concedieron a Valenti, y otras sumas que fueron a parar a la bolsa de algunos cardenales.
     Sin embargo, las rentas que cedía Roma a la Hacienda del Rey pronto compensaron estas cantidades. En definitiva, el que parecía derrochador Concordato fue también un negocio y, desde luego, un nuevo mérito a sumar a los muchos que acumulaba el marqués de la Ensenada, del que su amigo el padre Isla decía que era el “secretario de todo”.
     Pero era en los arsenales donde se notaba especialmente la mano del marqués. Miles de artesanos y obreros, amén de vagos y gitanos, mano de obra barata apresada en las redadas —la cara más negra de Ensenada—, habían logrado poner en servicio más de cuarenta navíos artillados a la altura de 1752. En su célebre misión de espionaje en Londres, iniciada en marzo de 1749, Jorge Juan había conseguido hacer llegar a los arsenales de Cádiz, Cartagena y Ferrol más de cincuenta técnicos en diferentes artes náuticas, entre ellos los ingenieros Rooth, Mullan, Sayers, Clark, etc. Además, copió planos, compró instrumentos y libros, e informó de la estrategia naval inglesa, encaminada, como intuía Ensenada, al dominio de la América española. A la vez, el ministro había ido propiciando el entramado legal que orientaría su obra: la Ordenanza de Montes (31 de enero de 1748), que imponía la primacía de la Armada en el aprovechamiento de las maderas de los bosques; la Ordenanza de matrícula (1 de enero de 1751), que pretendía el aumento de la marinería, uno de los problemas que martirizaban a Ensenada, y, en fin, las célebres Ordenanzas Generales de la Armada, redactadas en 1748.
     A la altura de 1752, faltaban algunos años para conseguir la Marina de guerra que había planeado el ministro, pero ya podía hacer alguna demostración, y de hecho, iba a empezar a hacerla en la bahía de Mosquitos, hostigando a los ingleses que burlaban el monopolio español, sacando ilegalmente el palo de Campeche y fortificando posiciones en contra de todos los tratados firmados entre las dos naciones. Las protestas de los comerciantes ingleses llegaron al gobierno y al embajador Keene, que empezó a cambiar de opinión sobre el rearme ensenadista. Al principio lo consideró inviable, pero a partir de 1752 le pareció tan inquietante que ya sólo se dedicó a vigilar al que luego llamaría “enemigo de Inglaterra”. Conocedor de la permanente conspiración que había montada por los resentidos que envidiaban los éxitos del “En sí nada” —entre ellos Huéscar—, el embajador se sumó a ella, siempre pensando en impedir el rearme naval ensenadista, que no podía tener otro objeto, como él mismo advirtió, que el de “perjudicar a Inglaterra”.
     El sagaz Keene se convertía así en una nueva pieza desestabilizadora, pero habría otra más, también extranjera: el nuevo embajador francés, Enmanuelle Felicité, duque de Duras, tan excesivo en el cumplimiento de su misión de reforzar la alianza francesa —con Ensenada al frente—, que acabó dejando al ministro al descubierto frente al “Rey neutral”. Ensenada tenía que librarse de muchos enemigos —toda la facción carvajalista, con Huéscar y Wall a la cabeza—, pero debía cuidarse a la vez de aduladores tan torpes como Duras, que podían llegar a preocupar al Rey, convencido y gozoso de ser amigo de todos. Los dos embajadores, el inglés activamente, el francés por su simpleza, contribuyeron a preparar la conspiración que haría caer a Ensenada el 20 de julio de 1754; pero hacía falta algo más, un detonante. Éste fue la desaparición de Carvajal, que murió repentinamente el día 8 de abril de 1754. En ausencia de esta pieza clave ya nadie podrá parar los golpes contra el “hidalguillo medrado”.
     Con el nombramiento interino de Huéscar y luego el definitivo de Wall, que llegó de Londres el 17 de mayo, los conjurados se crecieron. Quizás hasta rumorearon que el “pícaro” Ensenada había querido colocar a su criatura Ordeñana para aumentar su poder; incluso que el marqués aspiraba al cardenalato o que era sospechosamente rico. Con éstos y otros “cargos”, verdaderos, abultados o falsos, fueron “tocando” todas las piezas. Primero cedió Wall, que pasó de respetar a Ensenada —el marqués intentó su amistad por todos los medios— a prestar su apoyo a Huéscar y Keene abiertamente; luego cedió Valparaíso, y por último, la Reina. Sólo se mantuvo en su lugar Rávago; luego pagaría su lealtad al marqués con la destitución (30 de septiembre de 1755).
     En este escenario ya dominado, los conjurados buscaban la manera de dar el golpe final, para lo que les hizo falta el embajador inglés, que aportó “la prueba”, o mejor dicho, prometió que la podía aportar. Keene divulgó que Ensenada había dado órdenes ofensivas a la escuadra de La Habana para que atacara a los ingleses en Mosquitos; dijo que tenía una copia —que nunca mostró—, y con la complicidad de Wall, lo comunicó a su gobierno, a sabiendas de que Su Majestad Británica presentaría una durísima queja en la embajada española, la que Abreu —el encargado que Wall había dejado en la embajada de Londres al venir a hacerse cargo del ministerio— enviaría a su ministro en el primer correo. Así fue. Abreu lo declara explícitamente: “Luego que el rey se enteró de mi carta del 9 pensó Su Majestad se asegurase al Sr. marqués de la Ensenada”. La carta llegó el 18 de julio y se la mostraron al Rey el 19. Al día siguiente, el Rey ya no recibió a Ensenada, que le estuvo esperando todo el día; al atardecer, tras despedir al marqués —que se dirigió a su casa, en la calle del Barquillo, sospechando ya lo peor—, el Rey tomó la decisión. Wall tenía todo preparado: las tropas, las órdenes de arresto, los destinos de los tres reos —Granada para Ensenada, Valladolid para Ordeñana, Burgos para Mogrovejo—, y desde luego, la (dis)culpa: hacer la guerra sin conocimiento del Rey, un delito de alta traición.
     Pero en realidad, la traición era la que cometían los conjurados, que necesitaron la ayuda de una potencia extranjera y de su hábil embajador. El propio Keene, que recibió en premio la orden del Baño, contó luego cómo sucedió: “Por fortuna —escribe el inglés en carta de 31 de julio— llegó en la mañana del 19 el correo portador de vuestros pliegos del 8, lo que dio nuevo vigor a las operaciones ya concertadas”. También se declaró el ministro de Estado Wall, al felicitar al embajador en la conocida carta del mismo 20 de julio, minutos después de enviar la tropa a prender a Ensenada: “Esto está hecho, mi querido Keene, por la gracia de Dios, el rey, la reina y mi bravo duque, y cuando leas esta nota, el mogol estará a cinco o seis leguas camino de Granada. Esta noticia no desagradará a nuestros amigos en Inglaterra. Tuyo, querido Keene, para siempre, Dik. A las doce de la noche del sábado”.
     Diez días después, el 30 de julio, el “preso” Ensenada llegaba a Granada, donde le recibía el presidente de la Chancillería, Manuel Arredondo, que debía vigilar sus movimientos y censurarle la correspondencia. Wall se valió también de un espía, que le informaba constantemente de todo. Pero pronto el marqués y el presidente se hicieron amigos, para desconcierto de Wall, que llegó a temer una conspiración de los ensenadistas. Lo mismo ocurrió en El Puerto de Santa María, el pueblo al que Ensenada solicitó ser trasladado, en 1757, a causa de sus achaques, reales o fingidos: también logró la amistad de sus guardianes, y el ayuntamiento le visitó oficialmente. Como se había propuesto desde el primer día, el desterrado observó silencio, esperanzado sólo por la ansiada llegada de Carlos III, el rey amigo que le había hecho marqués —del que el padre Isla esperaba “una feliz revolución”—, cuya aclamación, con Ensenada en primer plano, se celebró en El Puerto con toros y fiesta el día 15 de septiembre de 1759.
     Las demostraciones de lealtad a Carlos III continuaron hasta el 4 de noviembre, en que se celebró en casa de Ensenada el santo del Rey con un gran banquete.
     Poco después, el desterrado escribía a Esquilache solicitando su mediación ante Carlos III, a lo que el ministro respondió el 28 de diciembre trasladando la negativa regia: “es su Real voluntad que deje yo pasar algún tiempo y después le haga memoria”. Ensenada debería esperar casi cinco meses más hasta ver en la Gaceta de Madrid de 13 de mayo de 1760 la noticia del indulto regio, lo que ya debía conocer pues estaba en Madrid desde el día 6. En acudir a besar la mano del Rey se apresuró tanto ahora como cuando recibió en Chamberí la noticia de su nombramiento de ministro diecisiete años antes. El 21 se presentó en Aranjuez ante el Rey, luego fue a Madrid, donde se alojó en casa de su viejo amigo Nicolás de Francia, en la que esperó a sus amigos desterrados y exonerados.
     La cúpula del ensenadismo estaba ya en Madrid, sin embargo, lo que le interesaba a Ensenada no iba por buen camino. Carlos III parecía prevenido contra los ensenadistas; Tanucci le había sugerido que el regalo de los caballos que había enviado a Carlos III por su santo “no es regalo que pueda ni deba hacer un ministro”.
     De creer a Ferrer del Río, el Rey “luego que penetró el sistema del marqués, que no tardó mucho, no volvió a hablarle ni una palabra”. El marqués estaba “falto de subalternos y del poder, que eran los medios que le hacían brillar, y reducido a sí solo”. Conocido su triste papel en la Corte, se le incluyó entre los descontentos ante la primacía que el Rey concedía a sus ministros italianos. Cuando se produjo el motín contra Esquilache, en la primavera de 1766, el pueblo de Madrid le vitoreó, lo que hizo aumentar las sospechas sobre su participación en los alborotos. Marginado de los escenarios políticos impuestos por la nueva Corte, en la que ya no tenía amigos, sólo le quedó acatar la orden de destierro que le llegaba de manos del Rey, quien nunca le dio explicaciones sobre esa terrible decisión.
     Esta vez su destino era Medina del Campo, la ciudad que, como la “Gran nada”, permitía de nuevo el trampantojo barroco: la otrora opulenta ciudad mercantil floreciente, ahora triste y decaída, recibía al que lo fue todo y ahora de nuevo era nada. Allí murió Zenón de Somodevilla el 2 de diciembre de 1781, tras haber declarado a su amigo el conde de Ricla que nada entendía de política, que él sólo se preparaba para “vivir lo más que pueda” y “gozar del Altísimo”. En su retiro, habló con el padre Luengo, ante el que hizo sorprendentes revelaciones: Ensenada pensaba que eran las envidias que despertó el rumor de que le harían cardenal lo que le había perdido en julio de 1754.
     El que fue propuesto en el siglo XIX como “modelo de estadista” ha tenido fama siempre de hombre tenaz, hábil político y gran organizador. Goza de un enorme prestigio en la Marina y se le reconoce un acendrado catolicismo, pues fue amigo de eclesiásticos, como el padre Benito Marín, obispo de Jaén, el confesor Rávago, su hombre de confianza Isidro López, o el padre Isla, quien dijo del marqués los más exagerados elogios (le llamó “el mayor ministro que ha tenido la monarquía desde su erección”). A pesar de su fama de protector de los jesuitas, logró el Concordato más regalista de la historia; un pasquín decía “parecía buen cristiano, pero no se le conoció confesor”. Fue hombre barroco en sus apariencias, en extremo pragmático, pero autoritario; su obra más ilustrada fue el catastro; su proyecto más despótico, la persecución de los gitanos, que pretendió exterminar tras la “prisión general” del verano de 1749, llegando a poner en práctica la separación de hombres y mujeres para “impedir su generación”.
     Su primer biógrafo, Fernández de Navarrete, también riojano y de familia de marinos, hizo de él, en 1831, el primer panegírico, lo contrario que W. Coxe, cuya obra traducida, publicada en 1846, llevó a la opinión pública española la primera imagen negativa del marqués, que habría sido “codicioso de dinero”, intrigante y pérfido, opuesto a un Carvajal modélico.
     Las etiquetas de afrancesamiento de Ensenada y de probritánicos de sus enemigos que repartió Coxe fueron contestadas en la obra más documentada sobre Ensenada, la publicada en 1787 por el archivero A. Rodríguez Villa, que seguía manteniendo una evidente intención laudatoria hacia el hombre honesto y tenaz, al que atribuía ya la “españolización” de la política entreguista borbónica, la idea que retomará casi un siglo después M. D. Gómez Molleda.
     Menéndez Pelayo recreó estas ideas, católicas y nacionales, y sus seguidores, Joaquín M. Aranda, A. G. Amezúa y Mayo, por ejemplo, las exageraron hasta hacer de Ensenada el modelo de conservador.
     El sagastino, Amós Salvador, también riojano, intentó traer a sus filas al marqués, al que atribuyó nada menos que “el alivio de la clase jornalera”, pero, obviamente, su folleto, publicado en Logroño en 1885, no tuvo relevancia alguna. Más importancia ha tenido la obra de C. Fernández Duro, centrada en la Marina, que definitivamente proponía a Ensenada como el más grande organizador de la Armada española: el autor titulaba el capítulo relativo al marqués con un “¡Paso al genio!”. También han de ser destacados en ese apartado, los trabajos de Julio F. Guillén Tato, que glosó con brillantez, en 1936, la relación de Ensenada con Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
     Ensenada ha sido destacado como hacendista —precisamente, al cumplirse su tercer centenario y el 250 aniversario del catastro, el Ministerio de Hacienda patrocinó una magna exposición y una no menos importante publicación—, pero es en la Marina donde su obra es universalmente reconocida. Un buque de la Armada Española lleva su nombre, mientras sus restos descansan en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando, en la bahía de Cádiz. Allí empezó de escribiente el joven y pobre hidalgo riojano que en el cenit de su poder le decía a su amigo M. Ventura Figueroa: “Dios por su infinita misericordia ha querido que de algunos pares de años a esta parte conozca que este mundo es una pura vanidad opuesta a gozar en gracia el Eterno, y su Divina Majestad me lo demuestra bien claramente en este caso con la memoria que permite conserve de mi humilde nacimiento y de la monstruosa fortuna que he hecho” (José Luis Gómez Urdáñez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 4 "Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada", de Rodrigo y Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, y Luis Fernando Gómez-Stern Sánchez, y sus jardines, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

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viernes, 16 de enero de 2026

Los Jardines y Murallas del Valle

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte los Jardines y Murallas del Valle, de Sevilla.
      Los Jardines y Murallas se encuentran en la calle María Auxiliadora, 31-33; y en la calle Sol, entre los números 94, y 96; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
Jardines del Valle.-
     Los Jardines del Valle constituyen un espacio ajardinado de forma trapezoidal situado en el barrio de Santa Catalina. Sus lados mayores están delimitados, al este, por un lienzo de la antigua muralla almohade, y al oeste, por la Avenida de María Auxiliadora. En sus lados menores se levantan el colegio Jardines del Valle y varios bloques de viviendas de concepción moderna.
     El espacio se halla completamente cerrado por una verja de hierro, de modo que el acceso ha de realizarse por una de las dos puertas del recinto. La principal tiene un carácter monumental,  con una fachada de estética clásica rematada con frontón y adornada con volutas y motivos geométricos, pilastras encajonadas y el escudo identificativo de la Hermandad del Sagrado Corazón. Esta portada da paso a un espacio porticado con doble hilera de arcos de medio punto sobre columnas de mármol que sostienen un techo plano. Dicho acceso tiene su homólogo en el otro extremo de la verja con una puerta en hierro forjado que imita su silueta externa.
     El jardín, de aproximadamente una hectárea, presenta dos espacios claramente diferenciados. El situado más al sur se ordena en torno a una calle central y varias vías adyacentes en paralelo. Todas ellas presentan suelo de albero y sus límites están fijados por parterres con especies vegetales muy variadas. La vía central tiene la particularidad de estar interrumpida por un retablo cerámico perteneciente al antiguo Colegio de las Hermanas del Sagrado Corazón, que da indicios del origen de este jardín. Esta zona de abundante vegetación se contrapone con el otro espacio del jardín, más soleado y desornamentado, salpicada de árboles y presidido por un espacio de juegos infantiles.
     El elemento que confiere unidad al conjunto ajardinado es el lienzo de la muralla almohade situado en el extremo oeste, en el que toman gran protagonismo las torres de planta cuadrada, algunas almenadas y otras desmochadas.
     El conjunto se completa con bancos de hierro, farolas de gran altura, papeleras y una fuente.
     El origen de estos jardines debemos hallarlo en relación al desaparecido Convento Franciscano del Valle, edificado en el siglo XV y reconvertido en fábrica de salitre en 1757. Concretamente, el edificio que antiguamente habitaban los franciscanos pasó a ser ocupado por oficinas y zona de producción de sal por la cercanía al arroyo Tagarete y la presencia de nitro de los alrededores, razón por la que Fernando VI aprobó su configuración como Real Hacienda hasta que en 1818, incapaz de asumir los gastos, la traspasa a la familia Cárdenas, que no será capaz de mantenerla a flote durante mucho más tiempo por la brutal competencia británica.
     En pleno proceso de Desamortización, el espacio es transformado con el fin de adaptarlo a fines educativos. La Marquesa de Villanueva compra los terrenos en 1866 y cede su uso a las Hermanas del Sagrado Corazón, quienes dirigen el colegio religioso "El Valle" durante ciento nueve años. En 1975 los asuntos económicos vuelven a hacer mella en este recinto. La conservación del edificio requiere una inversión económica que las monjas no pueden asumir, razón por la cual acaban vendiendo el terreno a una inmobiliaria afiliada al Banco de Granada y trasladando la sede religiosa al Aljarafe. A partir de entonces comienza un litigio entre el Ayuntamiento y la inmobiliaria por la licencia de construcción de viviendas en el  solar, obteniendo como resultado el abandono del espacio durante años.
     Del antiguo convento poco o nada se ha conservado. Tanto de lo mismo ocurre con el colegio, que reunía varios edificios con corredores en torno a patios y jardines, todos ellos desaparecidos en el último tercio de la pasada centuria. Sí se han conservado la iglesia del Valle (hoy de los Gitanos), la puerta de acceso principal y un retablo cerámico ubicado en el interior del jardín, gracias a la iniciativa de unos ecologistas (cuya labor se reconoce en una placa en la fachada interior de la puerta principal) y a los esfuerzos llevados a cabo por la Comisión de Patrimonio por salvar los últimos restos de este primitivo recinto, incluyendo el lienzo de muralla almohade. 
     No será hasta el año 2010 cuando se decida recuperar este espacio para el disfrute de los ciudadanos proyectando unos jardines a imitación de los que existieron en el convento en el siglo XV. Con tal fin se plantan numerosos árboles frutales y se derriba el muro levantado en los años ochenta para evitar acciones vandálicas, abriendo el espacio a la ciudadanía a través de una verja de hierro. En 2013 se incluyó un azulejo en la puerta de acceso principal con el poema "Colegialas del Valle" del sevillano Aquilino Duque, donde se recuerda el uso histórico de este espacio como colegio.
Murallas de los Jardines del Valle.-
     Lienzo de muralla almorávide-almohade conservado en 315 metros con varias torres. El lienzo de muralla conservado en los Jardines del Valle forma parte del recinto que rodeaba la ciudad construido en el periodo almorávide en torno al año 1134, bajo el reinado del sultán Ali Ben Yusuf por mandato de cadí de Sevilla Abu Bark.
     Las murallas están construidas con cajones de tapial de medidas más o menos regulares, distinguiéndose perfectamente los huecos agujas de separación de las tablas del encofrado. El espesor de la muralla es de 1,90 metros, coronada con almenas que disponen de saeteras abiertas a tramos regulares. Las torres de que dispone son rectangulares, de 4 metros de anchura proyectadas hacia afuera del paramento 4,5 metros, separadas entre ellas por una distancia variable entre 40 y 50 metros. Son macizas hasta el Paseo de Ronda, que pasa a través de ellas, presentando departamento abovedado desde el que se accede a la azotea superior almenada, a través de una escalera.
     La longitud del lienzo conservado es de unos 320 metros. En cuanto al estado de conservación es magnífico, pues recientemente se ha realizado una importante restauración. Con motivo de esta intervención, se realizó una completa investigación arqueológica que tuvo como resultado un adecuado conocimiento del conjunto (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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martes, 13 de enero de 2026

La Fuente de Catalina de Ribera, de Juan Talavera y Heredia

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Fuente de Catalina de Ribera, de Juan Talavera y Heredia, de Sevilla.
     Hoy, 13 de enero, es el aniversario del fallecimiento (13 de enero de 1505) de Catalina de Ribera, a quien está dedicado esta fuente, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Fuente de Catalina de Ribera, de Juan Talavera y Heredia, de Sevilla.
     La Fuente de Catalina de Ribera, de Juan Talavera y Heredia se encuentra en el Paseo de Catalina de Ribera, en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En 1920 se construyó la glorieta, situada en su entrada desde la calle San Fernando, y los arriates longitudinales, jardines geométricos y bancos de azulejos; en 1921, también sobre diseño de Talavera, se realizó el monumento de Catalina de Ribera, adosado al muro del Alcázar, con el retrato laureado de la dama en su parte central y el escudo de la ciudad en el frontón; al pie del monumento se colocó una fuente de mármol, del s. XVI, que anteriormente estuvo en la plaza del Duque de la Victoria y en la del Pumarejo [Josefina Cruz Villalón en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
     Su procedencia hay que remontarla al siglo XVI, cuando las teorías de los grandes tratadistas como Serlio -con la que se relaciona- estaban en vigor. De tipología mural, está formada por un frontis de la que perteneció al palacio del Marqués del Pumarejo (que ya en el siglo XVIII se ubicó en la plaza homónima), y que en 1921 el arquitecto municipal Juan Talavera y Heredia dispuso en su nuevo destino de la muralla del Alcázar, en los terrenos ajardinados que se abrieron en parte de la Huerta del Retiro, cedidos por S. M. el Rey Alfonso XIII.
     La adaptación, simula con lenguajes eclécticos -fundamentalmente el neo-manieriesta- un pórtico monumental tripartito que mezcla los repertorios clásicos (arcos de medio punto, pilastras con grutescos y almohadillado, remates apiramidados, frontones curvos, friso de triglifos y metopas), con elementos -como el frontis- procedentes de la fuente original.
     Dedicada a Catalina de Ribera y Mendoza, la fundadora del Hospital Real -cuyo retrato, en cerámica ejecutada en la fábrica de Manuel García Montalván, sustituye al fresco pintado por Manuel de la Cuesta y preside el conjunto- está integrada por un brocal que recibe las aguas del surtidor, los relieves simétricos de dos figuras de Tritón a ambos lados de un balaustre con remate frutal, tarjas y flameros, todo en mármol blanco. Desde 1965 se acompaña de otras pinturas murales de Francisco Maireles Vela, en sustitución de las anteriores de Manuel Cuesta, representando -en los intercolumnios- sendas cestas de azucenas; en el ático, el escudo de la ciudad entre jarrones con flores; en las enjutas, dos leones enfrentados; y en las hornacinas, dos figuras alegóricas de la fundación del Hospital. Obra en lamentable estado de conservación, que aconsejaría una restauración íntegra (Teresa Laffita, Sevilla turística y cultural, Fuentes y monumentos públicos. ABC de Sevilla, 1998).
Conozcamos mejor la biografía de Catalina de Ribera y Mendoza, personaje a quien está dedicada la fuente reseñada;
     Catalina de Ribera y Mendoza, Señora de Las Aguzaderas y El Coronil. (?, m. s. XV – Sevilla, 13 de enero de 1505). Noble, fundadora de hospitales.
     Hija segundogénita de Per Afán de Ribera, I conde de los Molares y III adelantado y notario mayor de Andalucía, que había casado en 1443 con María de Mendoza.
     Fueron sus abuelos paternos, Diego Gómez de Ribera, II adelantado mayor de Andalucía, y Beatriz de Portocarrero y los maternos, Íñigo López de Mendoza, I marqués de Santillana y Catalina de Figueroa.
     Casó finalizando el año 1474 con su cuñado Pedro Enríquez, señor de Tarifa y segundogénito de Fadrique Enríquez de Mendoza, II almirante de Castilla y de Teresa de Quiñones, condesa de Melgar. Pedro Enríquez había casado en 1460 con la primogénita, Beatriz de Ribera, matrimonio que había concertado su madre, María de Mendoza, viuda ya de Per Afán de Ribera, con el apoyo de su progenitor, Íñigo López de Mendoza. En dicho enlace, Pedro aportaba el señorío de Tarifa y Beatriz el oficio de adelantado mayor de Andalucía que, por merced real, María de Mendoza había conseguido conservar para quien desposara a su primogénita. Al fallecimiento de Beatriz de Ribera y Mendoza heredó la casa su hijo Francisco Enríquez de Ribera que no dejó descendencia, por lo que pasaría a sucederle la línea de su tía Catalina de Ribera y Mendoza.
     El matrimonio de Pedro Enríquez con Catalina reforzaba por tanto la alianza de ambos linajes, si bien, en un principio, Pedro se había decidido a contraer nuevas nupcias con la hermana de su difunta esposa por presiones paternas, obteniendo dispensa pontificia para ello en diciembre de 1474, y a pesar de la oposición de su suegra, María de Mendoza. Por estos dos enlaces de Pedro Enríquez con las dos hermanas herederas de la casa de Ribera, entró en ésta la línea masculina de los Enríquez, almirantes de Castilla.
     Gracias a una mezcla de azar, de poderosos apoyos políticos y a la obtención de importantes ingresos de la Hacienda Regia vinculados a los oficios del Adelantamiento, Pedro y Catalina lograron reconstruir y acrecentar el patrimonio del linaje Ribera que diversos conflictos sucesorios habían dispersado a lo largo del siglo XV. Los apoyos políticos eran consecuencia de la calculada estrategia matrimonial de ambos linajes: Pedro era tío del rey Fernando el Católico y hermano del almirante mayor de Castilla, Catalina era sobrina del duque del Infantado y del gran cardenal Mendoza, y cuñada del duque de Medinasidonia. De hecho, durante esa época, Pedro Enríquez comenzó una activa política de apoyo en Sevilla al duque de Medinasidonia, ya que los Reyes Católicos le habían apartado de la guerra con Portugal para encargarle la pacificación de la región andaluza. Después colaboró en las guerras de Granada, hasta que enfermó durante un duro invierno de guerra, cuyas dolencias le llevaron a la muerte el 8 de febrero de 1492.
     Tras el fallecimiento de su esposo, Catalina se dedicó intensamente a acrecentar y administrar sus bienes muebles e inmuebles concentrándose especialmente en la adquisición de haciendas de olivar en las cercanías de Sevilla (Huerta del Rey, Quintos, Gómez Cardeña y otras) para servir la creciente demanda de aceite de las Reales Almonas, monopolio del que fue adquiriendo sucesivas cuotas hasta controlar aproximadamente la mitad de las rentas del estanco del jabón en el Reino de Sevilla. 
     En 1493 obtiene licencia real para instituir sendos mayorazgos a favor de sus dos hijos, Fadrique y Fernando y a ambos les procuró nuevas “casas mayores”.
     Para el primogénito continuó adquiriendo nuevas casas que añadir a la que, desde 1483, había sido su residencia y que con el paso del tiempo se conocerá como Casa de Pilatos. Y, para el segundo, compró, en 1496, la casa de Pedro Pineda, germen del Palacio de Dueñas.
     Los últimos años de su vida los dedicó a obras piadosas, entre las que destaca la fundación del Hospital de las Cinco Llagas, en memoria de su madre María de Mendoza, al que dotó de fabulosas rentas que permitieron a su hijo encargar un edificio, el mayor de la Sevilla de su tiempo, hoy sede del Parlamento de Andalucía.
     Falleció en 1505 y fue enterrada en la Cartuja de Santa María de las Cuevas, patronato del linaje Ribera y su sepulcro, encargado por su hijo en Génova en el taller de Pace Gaggini, fue una de las primeras obras de arte renacentistas que vio Sevilla. Su hijo primogénito, Fadrique Enríquez de Ribera sucedería además en el condado de los Molares y en los principales bienes de la casa, así como en el oficio de adelantado mayor de Andalucía, incluida la notaría, a la muerte de su hermanastro Francisco Enríquez de Ribera sin herederos en 1509. Fadrique Enríquez de Ribera recibiría además el título de marqués de Tarifa en 1514 (Juan José Larios de la Rosa y Juan Manuel Albendea Solís, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Fuente de Catalina de Ribera, de Juan Talavera y Heredia, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Paseo Catalina de Ribera, en ExplicArte Sevilla.

martes, 21 de octubre de 2025

El edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 21 de octubre, es el aniversario del nacimiento (21 de octubre de 1728) de José Moñino, Conde de Floridablanca, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Edificio perteneciente al núcleo de la antigua Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide, ejemplo de arquitectura del Movimiento Moderno que constituye una expresión de vanguardia en el contexto andaluz por el grupo de arquitectos OTAISA. El edificio es concebido a partir de una volumetría simple y racionalista, su materialidad original exterior fue la del mampuesto cerámico o ladrillo visto. Sin embargo, en el presente dicha textura se ve cubierta por un revoco pintado, de cromatismo variable según partes del mismo. El lenguaje formal adoptado, por tanto, es de  alta abstracción e identidad con el discurso racionalista propio de los años en que se construyó. 
     El edificio se ordena de acuerdo a un eje longitudinal, del cual dependen las circulaciones principales en sus cuatro niveles (planta baja y tres niveles superiores) y los distintos espacios servidos (despachos, aulas, depósitos). Tres líneas de circulación vinculan verticalmente los distintos pisos del edificio: una exterior -próxima al ingreso- y dos interiores. 
     Sólo una de dichas circulaciones se vincula a un sistema mecánico de ascensor. La respuesta funcional de esta arquitectura tiene una gran correspondencia con la disposición general en planta, estando también en directa relación con los espacios ajardinados exteriores. Al igual que las demás construcciones (edificios 2 al 14) se vincula en forma de peine con el pasillo central o llamado Pasaje de la ilustración, que hace las veces de columna vertebral del conjunto. 
     Los actuales edificios Conde de Floridablanca, José Moñino (edificio 3) y José María Blanco White (edificio 5) de la Universidad Pablo de Olavide conformaban el Colegio Fernando de Herrera de la antigua Universidad Laboral de Sevilla. 
     Este edificio albergaba salas de entretenimiento, en la planta baja, y residencia, en las cuatro restantes, para los estudiantes que cursaban Formación Profesional Industrial del grado de Maestría de Industrial.
      En la actualidad se localizan aulas para la docencia en diversas áreas del conocimiento, mientras que las antiguas habitaciones de los estudiantes han pasado a ser los despachos de los profesores de la actual universidad.
     Los Jardines están situados entre el Edificio 01. Cafetería y el Edificio 03. José Moñino, Conde de Floridablanca. Este patio es de planta rectangular y se configura en dos alturas. Está compuesto por diversas especies de arbustos, plantas, árboles, así como por una especie de palmera.
     Se distingue un rectángulo central, con terreno plano y base de hierba/tierra, que se encuentra delimitado por una hilera de adoquines que sobresalen del nivel del suelo. Desde aquí, el terreno se eleva en una suave pendiente, también con base de hierba/tierra y delimitado por una hilera de adoquines, que sobresalen del nivel del suelo.
     En los extremos oeste y este se localizan dos escaleras de piedra que dan acceso a la parte central del patio. Por todo el perímetro, a excepción del lado sur, se extiende un arriate construido con adoquines, que sirve para separar el jardín del acerado que lo rodea y en el que se localizan algunos setos. 
     Situado junto al edificio 1 y separado del patio por un tramo de acerado se encuentra otro arriate, que se extiende por todo el lateral del mismo.
     En cuanto a las especies presentes, en la cara sur se distinguen ejemplares de Adelfa (Nerium oleander), Tuya oriental (Thuja orientalis), Palmera canaria (Phoenix canariensis), Palmera mexicana (Washingtonia robusta), Pino australiano (Casuarina equisetifolia), Ciprés (Cupressus sempervirens) y Olivo (Olea europaea).
     La Adelfa presenta hojas simples y lanceoladas de color verde, con frutos pardo-rojizos, y flores agrupadas normalmente de color rosa, aunque también las hay blancas, rojas y amarillas; se trata de una planta muy tóxica, cuya ingesta produce la muerte. 
     La Tuya oriental es un árbol de talla pequeña. Sus hojas son de color verde claro, estrechas y escamosas, las flores se encuentran agrupadas y florecen en primavera; los frutos tiene forma de piña, son ovoides y algo carnosos.
     La Palmera canaria tiene un tronco de hasta 1 m de diámetro y puede crecer hasta los 20 metros de altura, sus hojas son de color verde brillante y están arqueadas, las flores pueden ser masculinas o femeninas y están presentes en ejemplares distintos; las flores femeninas producen frutos en forma de bayas de color naranja.
     La Palmera mexicana llega a superar los 30 m de altura, tiene un tronco fino, hojas muy grandes de color verde brillante, flores hermafroditas de color blanco y frutos pardos de menos de 1 cm.
     El Pino australiano tiene una altura de entre 25-30 m de altura y es un árbol perenne. Sus hojas son finas y escamosa, parecidas a las acículas de los pinos; se multiplica por semillas, las cuales son en forma de sámara.
     El Ciprés es una conífera que puede alcanzar los 30 metros de altura, con porte compacto y estrecho. Presenta hojas escamiformes, delgadas, aplanadas, de color verde oscuro y sin glándulas resiníferas. 
     El Olivo es un árbol que no suele superar los 10 metros de altura, sus hojas son verde oscuro en el haz y blanquecinas en el envés, las flores son blancas y se agrupan en racimos, y su fruto son las aceitunas.
     Ejemplares de Fresno de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia) son visibles en la fachada oeste, junto con otros de Olivo (Olea europaea), Adelfa (Nerium oleander) y Tuya oriental (Thuja orientalis). El Fresno de hoja estrecha es un árbol caduco, con hojas opuestas, alternas, de borde dentado, y glabras por ambas caras, que puede alcanzar los 20 metros de altura; las flores son apétalas y el fruto es una sámara en forma de lengüeta aplastada.
     En la cara norte hay individuos de Cinamomo (Melia azedarach), Granado (Punica granatum), Palmera Canaria (Phoenix canariensis) y Palmera Mexicana (Washingtonia robusta). El Cinamomo es un árbol que puede crecer hasta los 12 metros de altura, con hojas de color verde claro. Sus flores son de color lila azulado, de unos 2 cm de ancho y se agrupan en racimos. El fruto es una drupa globosa de color amarillo que se mantiene en el árbol todo el invierno y resulta venenoso para personas y animales. El Granado es un pequeño árbol caducifolio que crece hasta los 6 metros de altura; presenta un tronco retorcido, hojas verde brillantes, flores solitarias o en grupo, de color rojo y tamaño grande; su fruto es la granada, una baya esférica de color rojo brillante y uno 6 cm de diámetro, en cuyo interior hay numerosas semillas.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA) recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados de proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones, que van desde espacios verdes pequeños a jardines de mayor envergadura y trazado geométrico, pasando por grandes arboledas que limitan con las zonas de cultivo cercanas a la universidad.
     Actualmente estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de José Moíno, Conde de Floridablanca, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     José Moñino y Redondo, I Conde de Floridablanca. (Murcia, 21 de octubre de 1728 – Sevilla, 30 de diciembre de 1808). Estadista, político y jurista.
     Al ser bautizado, en la parroquia de San Bartolomé de Murcia, el 24 de octubre de 1728, le fueron impuestos los nombres de José Antonio Nolasco.
     Su padre, José Moñino y Gómez, que también había nacido y sido bautizado en Murcia, el 3 de abril de 1702, y que en esa misma ciudad murió el 10 de marzo de 1786, estaba empleado en el obispado de Cartagena, como oficial mayor de visita, hasta que, en 1735, fue nombrado notario mayor y archivero de la Audiencia episcopal. De progenie de ilustre abolengo, que se remontaba al año 1272, cuando fueron repartidas tierras, en Orihuela, a un tal Benito Pérez Moñino, sus rentas familiares no se hallaban parejamente desahogadas. Había contraído matrimonio, también en Murcia, el 4 de febrero de 1728, con Josefa Francisca Redondo y Bermejo, natural de Sigüenza (Guadalajara), donde había nacido el 5 de enero de 1701.
     Fue José el primogénito de cinco hijos, al que seguirían Manuela, Gregoria, Fulgencio y Francisco, todos ellos nacidos en la ciudad de Murcia.
     Su hermano Fulgencio (1740-1778) llegó a ser prebendado racionero de la iglesia catedral de Murcia, en 1770. La hermana mayor, Manuela, nacida en 1732, se casó con Carlos Salinas y Moreno, natural de Hellín.
     Su hijo, Francisco Salinas y Moñino, sería el sobrino predilecto del futuro conde de Floridablanca, apodado por él, cariñosamente, el Soldado, puesto que siguió la carrera militar, y también la diplomática, gracias al eficaz patrocinio de su tío. La segunda de sus hermanas, Gregoria Moñino y Redondo, contrajo matrimonio con Antonio Robles Vives, nacido en Lorca en 1735, tesorero administrador de la Bula de la Santa Cruzada en Murcia, fiscal de la Real Chancillería de Valladolid (1769) y consejero togado de Hacienda (1779). Una especial mención merece el hermano pequeño, Francisco Moñino y Redondo, cuya carrera debería mucho, igualmente, a la protección de su encumbrado hermano mayor.
     A los ocho años de edad, en 1736, José Moñino y Redondo ingresó en el seminario conciliar de San Fulgencio de Murcia. Prosiguió sus estudios en la Universidad de Orihuela, desde 1740, graduándose en Leyes el 30 de mayo de 1744. De regreso en su ciudad natal, pasó a desempeñar, entre 1745 y 1748, la Cátedra de Derecho Civil del seminario de San Fulgencio. Fue su primer catedrático de Instituta, al tiempo que trabajaba, desde el 12 de junio de 1744, como pasante en el bufete de un abogado murciano, Pedro Marín Alfocea. Ese último año, de 1748, con veinte de edad, se trasladó a Madrid, donde fue recibido como abogado de los Reales Consejos el 3 de agosto de 1748, y donde permaneció durante otros dieciocho, ejerciendo la abogacía. También desempeñó algunas comisiones, confiadas por el Consejo Real de Castilla, como, en 1752, la de juez pesquisidor en La Mancha y La Puebla de Don Fadrique, encargado de procesar a los agresores de un alcalde ordinario, y a los que causaban daños en los montes. Se encargó de la defensa letrada de los asuntos del duque de Arcos, en la Corte, desde 1755; y de este mismo año datan dos alegaciones jurídicas, ambas impresas, en pleitos de cierta envergadura, sobre posesión de mayorazgos y disfrute de vínculos por parte de familias originarias de Orihuela: las de Molins y Carrasco, y las de Masqueta y Rosel.
     Su talento y talante como abogado serían sintetizados por Alberto Lista (1775-1848), en un Elogio histórico póstumo, como de una elocuencia más penetrante que viva, más inclinada a la insinuación que a la vehemencia.
     Un carácter que le sería atribuido, como personal y distintivo, a lo largo de toda su carrera política. Fue mereciendo, paulatinamente, el apoyo y la protección de algunas otras poderosas familias nobiliarias, como la del duque de Osuna o la de la marquesa de Perales. En reconocimiento de sus méritos, Carlos III le otorgó honores de alcalde de Casa y Corte el 13 de julio de 1763.
     Más que esta distinción honorífica, contribuyó a su posterior ascenso profesional, y político, su apoyo al Tratado de la Regalía de Amortización, publicado, en 1765, por Pedro Rodríguez Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla. Bajo el seudónimo de Antonio José Dorre, escribió Moñino una Carta apologética sobre el tratado de Amortización del Señor Campomanes, que dirigía a un innominado fray M., con fecha de 28 de agosto de 1765, defendiendo la facultad regia de limitar la adquisición de bienes raíces por parte de las manos muertas eclesiásticas. Tras los graves acontecimientos del motín contra Esquilache, de la primavera de 1766, y el nombramiento del conde de Aranda como presidente del Consejo de Castilla, Lope de Sierra y Cienfuegos, también fiscal del Consejo Real, fue ascendido a consejero el 9 de agosto de 1766. Quedaba, de esta forma, expedito el camino para que el anónimo —pero, bien conocido— apologista del Tratado campomanesiano accediese a la segunda fiscalía, que estaba vacante. Y así es como José Moñino fue nombrado fiscal de lo criminal del Consejo Real de Castilla, en virtud de título despachado por Real Provisión, expedida en San Ildefonso, de 31 de agosto de 1766. Al ser creada una tercera plaza de fiscal, por Real Decreto de 9 de junio de 1769, dada la acumulación de negocios y procesos pendientes, Campomanes, como fiscal más antiguo, se reservó el distrito territorial de Castilla la Vieja, lo que suponía entender de todos los negocios (criminales, contenciosos y gubernativos), pero sólo de los procedentes de la Chancillería de Valladolid, y de las Audiencias de Galicia y Asturias. Por su parte, a Moñino le correspondió el distrito de Castilla la Nueva, que abarcaba la Chancillería de Granada, y las Audiencias de Sevilla y Canarias.
     Una circunscripción, la castellana y manchega, que Moñino conocía muy bien, dado que, además de las mencionadas comisiones de sus tiempos de joven abogado, tras los motines provinciales de la primavera de 1766, había sido enviado por el Consejo de Castilla, el 9 de mayo de 1766, como corregidor interino y juez comisario a Cuenca, con el cometido de inquirir sobre los autores de la revuelta, restablecer la paz, y arreglar el gobierno municipal. Tomó posesión de su cargo el 15 de mayo de 1766, y, el 29 de mayo, ordenó la detención de los principales implicados en los tumultos.
     A continuación, de acuerdo con sus instrucciones, inició las operaciones de división de la ciudad en distritos (cuarteles y barrios), a cargo de regidores y diputados del común, la puesta en marcha de un hospicio, y el restablecimiento del orden público.
     Toda esta labor de reorganización municipal se vio interrumpida con su designación como fiscal de lo criminal del Consejo de Castilla, el 31 de agosto de 1766. En los seis años siguientes, a la sombra de Campomanes, cimentaría Moñino una sólida fama de regalista, prudente, ponderado en las formas, pero firme en el fondo.
     Como tal le calificaría José Nicolás de Azara, agente de Preces en Roma, en carta dirigida al primer secretario de Estado y del Despacho, Jerónimo Grimaldi, el 29 de noviembre de 1772: recogiendo, en ella, una expresión italiana, decía que poseía testa fredda e cuore caldo.
     Buena prueba de lo cual son varias de sus respuestas o alegaciones fiscales. En la primera de ellas, evacuada, con ocasión del llamado Expediente del Obispo de Cuenca, el 12 de abril de 1767, le recordaría Moñino a este prelado, Isidro Carvajal y Lancáster, una serie de regalías que no podían ser desconocidas por la Iglesia: que a la Corona le asistía el derecho de exigir tributo de los bienes adquiridos por las manos muertas; que el número excesivo de clérigos reclamaba una reducción de los beneficios eclesiásticos, y una mayor disciplina interna; o que era la jurisdicción real la atropellada por la jurisdicción eclesiástica, y no a la inversa. Mayor eco tuvo su participación en la redacción de la segunda versión (de 1769) del llamado Juicio Imparcial sobre el Monitorio de Parma, atribuido a Campomanes. Dispuesta, por Real Provisión de 16 de marzo de 1768, la recogida del breve pontificio con el que Clemente XIII había fulminado censuras, el 30 de enero, contra ciertas disposiciones regalistas del Duque de Parma, Grimaldi solicitó de Campomanes, el 23 de febrero, la elaboración de una réplica fundamentada. Así nació la primera versión del Juicio Imparcial, impresa en agosto de 1768.
     Calificada de excesivamente regalista por los prelados que integraban el Consejo extraordinario o Sala especial del Consejo de Castilla encargada del conocimiento y resolución de los expedientes relacionados con la expulsión de la Compañía de Jesús de España y las Indias, acaecida desde la promulgación de la Pragmática Sanción de 2 de abril de 1767, Carlos III resolvió, el 19 de noviembre de 1768, su censura y corrección oficial. Tal labor de revisión fue llevada a cabo por dichos prelados, junto con Moñino, hasta el mes de julio de 1769.
     Sólo entonces fue posible la impresión de esta segunda edición, y la recogida y eliminación de los ejemplares de la primera. Algunas ideas radicales, sostenidas por Campomanes en materia de historia eclesiástica, fueron suprimidas. Mantuvo Moñino, empero, la estructura campomanesiana del Juicio Imparcial, y sus ideas esenciales, sólo que expresadas más sutilmente: la sumisión de los eclesiásticos al poder civil en asuntos temporales, la carencia de jurisdicción temporal por parte de la Iglesia, el origen regio de las inmunidades eclesiásticas, etc.
     Unos argumentos regalistas que fueron apareciendo en otros dictámenes fiscales suyos, sobre cuestiones más o menos conexas: acerca de la libre disposición regia sobre los bienes ocupados a los jesuitas (1768) y la reivindicación del dominio, señorío y vasallaje del Estado de Montaragut (1768); o sobre los recursos de nuevos diezmos en Cataluña (1770) y las primicias de Aragón (1770). Sin olvidar los que eran de materia no necesariamente eclesiástica: sobre los presidios de África (1769), el acopio de trigo para el abasto de Madrid (1769), en el Expediente de la Provincia de Extremadura contra la Mesta (1770), o sobre el método de estudios de la Universidad de Granada (1772).
     Para cubrir la vacante ocasionada por el fallecimiento de Tomás de Azpuru, arzobispo de Valencia, José Moñino fue nombrado, por Carlos III, el 24 de marzo de 1772, ministro plenipotenciario interino ante la Santa Sede. En tal destino se requería a un buen y firme regalista, pero, además, el Monarca quería a alguien que estuviese persuadido de la conveniencia de la extinción de la Compañía de Jesús. Y, de eso, había dado probadas muestras en el dictamen fiscal que, acerca de su necesaria extinción, en cooperación con las Cortes de Versalles y Lisboa, había elaborado, conjuntamente con Campomanes, el 26 de noviembre de 1767. Ambos fiscales habían acusado a los jesuitas de obstinados defensores de doctrinas contrarias al poder temporal y real, y de desobedientes a la autoridad civil, dada su dependencia absoluta del Sumo Pontífice. Para acabar con la Compañía de Jesús era aconsejable, no la celebración de concilios generales o nacionales, sino la directa decisión de su extinción, adoptada por el Romano Pontífice, al igual que había hecho Clemente V para suprimir la Orden del Temple, en 1312. Con tal convencimiento, y cometido principal, partió Moñino de Madrid el 16 de mayo de 1772. Pocos días antes, mediante un Real Decreto de 5 de mayo, y posterior Real Provisión, expedida en Aranjuez, de 9 de mayo de 1772, le había sido concedida una plaza de consejero de Castilla; que se unía a la previa merced regia, el 22 de abril, de una cruz pensionada de la Orden de Carlos III. Llegó a Roma y tomó posesión de su cargo, el 4 de julio, y fue recibido en su primera audiencia, por el papa Clemente XIV, el domingo, 16 de julio de 1772. Con persuasiva firmeza, en sucesivas audiencias, Moñino fue minando la capacidad de resistencia del Papa, reiterando una y otra vez las acusaciones formuladas contra los jesuitas, acompañadas del plan de su extinción. Hasta conseguir ésta, ganándose la voluntad, mediante recompensas económicas, prebendas y provisiones beneficiales, del confesor y secretario del Papa, el franciscano Buontempi, y de monseñor Zelada, redactor de la minuta del breve y futuro cardenal, en la audiencia de 29 de noviembre de 1772. La expedición del breve de supresión fue acordada por Moñino con el cardenal Andrea Negroni, e impresa, en secreto, en el palacio de España, sede de la legación. Suscribió Clemente XIV dicho breve, Dominus ac Redemptor noster, de extinción de la Compañía de Jesús, el 21 de julio de 1773. En él, sin condenar su doctrina, ni sus costumbres, ni su disciplina, era suprimida como cuerpo religioso. Al morir Clemente XIV, el 22 de septiembre de 1774, tuvo Moñino que intervenir activamente en la elección del nuevo Papa, para asegurar que fuese afecto a las Cortes borbónicas, y enemigo de la Compañía de Jesús. Durante los cuatro meses de cónclave, que culminarían el 15 de febrero de 1775 con la proclamación, como Sumo Pontífice, del cardenal Angelo Braschi, Pío VI, impuso Moñino, no sólo su estrategia negociadora, dirigiendo los pasos y las voluntades de los cardenales pro-españoles, franceses, napolitanos, portugueses y austríacos (Solís, Bernis, Luynes, Orsini, Conti, Migazzi), sino también los criterios jurídico-canónicos que justificaban los intereses políticos y diplomáticos de dichos Monarcas europeos.
     Así, examinando cánones antiguos y las bulas primitivas, logró convencer al Sacro Colegio cardenalicio de que la elección de Papa correspondía al clero, pero, debiendo concurrir también el consentimiento del pueblo.
     Siendo los reyes, de España, Francia, Nápoles, etc., cabezas y representantes del pueblo cristiano, había de preceder su consentimiento, bajo la amenaza de nulidad, en caso contrario, y de un cisma en la Iglesia.
     En reconocimiento de sus servicios a la corona, y particularmente de los prestados en Roma, Carlos III otorgó a José Moñino y Redondo, el 7 de noviembre de 1773, la gracia de un título de Castilla, para sí y sus descendientes, el de conde de Floridablanca. Un título que el agraciado quiso que derivase de una de sus heredades murcianas, la de Floridablanca, en Alquerías, de unas ciento sesenta tahúllas de extensión, arrendada y dedicada al cultivo de la morera. Una posterior Real Cédula, de 10 de noviembre de 1773, le concedió la exención perpetua, para él y sus sucesores, en el pago de los derechos de lanzas y media anata. Además de la gracia regia, otras mercedes reales le fueron añadidas, y nada menos que la de ministro de la Real Cámara de Castilla, por Real Decreto de 10 de septiembre de 1773 (y Real Provisión, expedida en San Lorenzo de El Escorial, de 17 de octubre). Permaneció, sin embargo, desempeñando sus funciones en Roma, hasta que, al presentar Grimaldi su dimisión como secretario del Despacho de Estado, el 7 de noviembre de 1776, fue llamado Floridablanca para sucederle, el 12 de noviembre de ese mismo año. A través de José Antonio de Armona y Murga, corregidor de Madrid, autor de unas memorias o Noticias privadas de casa, útiles para mis hijos, escritas entre 1787 y 1789 (e inéditas hasta 1989), se sabe que Grimaldi siempre tuvo a Floridablanca por hechura suya, a quien había enviado a Roma sin conocerle, sólo por haber leído sus escritos, impresos de oficio, y que, después, se propuso traerle a la inmediación del Rey. Esta inmediación se concretó, en efecto, en la titularidad de la primera Secretaría de Estado y del Despacho, por Real Provisión de 19 de febrero de 1777. Se produjo, de esta forma, una curiosa permuta de cargos, puesto que Grimaldi, a su vez, pasó a Roma, como embajador extraordinario del Rey Católico, de donde Floridablanca partió, definitivamente, el 26 de diciembre de 1776. Pronto se ganaría la confianza y el afecto de Carlos III, dada su energía y capacidad para el despacho de los negocios. Anejos a su nuevo cargo, le fueron conferidos los de superintendente general de Correos (20 de febrero de 1777), superintendente general de Caminos (8 de octubre de 1777), superintendente general de Bienes Mostrencos y Vacantes (27 de noviembre de 1785), superintendente general de Pósitos (20 de mayo de 1790); amén de los honores y tratamiento de consejero de Estado, libre de media anata (25 de enero de 1777), que se convirtió en plaza efectiva de consejero de Estado desde el 28 de octubre de 1777. Entre otras distinciones, le fueron otorgadas la Gran Cruz de la Orden de Carlos III (28 de marzo de 1783), y la de caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro (28 de febrero de 1791). Al morir Manuel de Roda y Arrieta, secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia, el 30 de agosto de 1782, pasó a desempeñar Floridablanca, desde el día siguiente, 31 de agosto, dicha Secretaría con carácter interino, hasta que fue sustituido en ella, el 25 de abril de 1790, por Antonio Porlier y Sopranis, futuro I marqués de Bajamar.
     La dimisión de Grimaldi supuso la desaparición de los extranjeros (Wall, Esquilache) de los ministerios o secretarías durante el reinado de Carlos III, que pasaron a estar ocupados íntegramente por españoles. Como secretario del Despacho de Estado, Floridablanca se encargó, principalmente, de la dirección de la política exterior española durante quince años, entre 1777 y 1792. Desde un principio, hubo de aplicarse al despacho de graves asuntos, pues, ya para entonces, los colonos ingleses de Norteamérica habían proclamado su Declaración de Independencia en el Congreso de Filadelfia, el 4 de julio de 1776. Antes, tuvo que resolver el largo conflicto mantenido con Portugal, con motivo de la enconada disputa fronteriza en el Río de la Plata, alcanzando un beneficioso tratado de límites, el de El Pardo, de 24 de marzo de 1778. En virtud del cual España quedó como dueña absoluta del Río de la Plata y de la colonia de Sacramento, y adquirió las islas africanas de Fernando Poo y Annobón. Más difícil habría de resultar la cuestión de la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica. La renovación con Francia del Tercer Pacto de Familia, de 1761, mediante la Convención de Aranjuez, de 12 de abril de 1779, situó a España al borde de la guerra con Inglaterra.
     Lo que trató de evitar Floridablanca por todos los medios, al temer el perturbador ejemplo que dicha independencia supondría para las posesiones españolas en América. Sin querer perder, tampoco, la oportunidad de frenar la expansión inglesa en el Nuevo Mundo, tras ayudar económicamente a los insurrectos, adoptó una actitud prudente y distante, que le granjeó duras críticas por parte del conde de Aranda, embajador en París, y de su facción de partidarios en la Corte, denominada “partido aragonés”, proclive a una política más beligerante. No pudo mantener Floridablanca su posición de neutralidad, ni el papel que deseaba de árbitro internacional, y, a instancias de Francia con el apoyo de Carlos III, hubo de suscribir dicha Convención de Aranjuez, que llevó a la declaración de guerra contra Inglaterra, y que concluiría, sin embargo, con la ventajosa Paz de Versalles, de 2 de septiembre de 1783, firmada por Aranda, por la que España recuperó la isla de Menorca y ambas Floridas, oriental y occidental. El éxito final dejó al descubierto, no obstante, las profundas diferencias que separaban a Floridablanca y Aranda, no sólo en materia de política exterior, sino también de gobierno interior, y aun de constitución política de la Monarquía (concretadas en un Plan de Gobierno, que Aranda remitió al príncipe heredero Carlos el 22 de abril de 1781), y que, con el transcurso del tiempo, habrían de derribar del poder a Moñino.
     A pesar de todo, durante los últimos años del reinado de Carlos III, Floridablanca fue consolidando su predominio político. El Monarca confió plenamente la dirección de la política exterior en él, convirtiéndose, de facto, en una especie de primer ministro: en un influyente primus inter pares, supervisor y coordinador de la labor de sus restantes colegas, los secretarios de Estado y del Despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias. Una preponderancia ministerial y política que desembocaría, en 1787, en la constitución de la Junta Suprema de Estado. Mientras tanto, amparó e impulsó numerosas reformas generales de política interior: la mejora en el servicio de correos y postas, con particular atención a la puesta en vigor de la Real Ordenanza del correo marítimo, de 26 de enero de 1777; la apertura de diversos puertos peninsulares al comercio libre con las posesiones de América (que culminaría con el Reglamento y Aranceles Reales de 12 de octubre de 1778), y la creación de compañías privilegiadas de comercio, como la Real Compañía de Filipinas (en virtud de una Real Cédula de 10 de marzo de 1785); el desarrollo de las Sociedades Económicas de Amigos del País, que mantenían, por suscripción, montepíos para proporcionar trabajo a los pobres (de hilazas, tejidos, estampados), e impulsaban la libertad en la fabricación de tejidos, al margen de las restricciones contenidas en las ordenanzas gremiales; la regeneración social de los vagos, ociosos y malentretenidos, así como también su persecución y castigo, constituyendo una Superintendencia General de Policía, directamente dependiente de la primera Secretaría de Estado, en Madrid, por Real Cédula de 30 de marzo de 1782; la fundación del Banco Nacional de San Carlos (por Real Cédula de 2 de junio de 1782), encargado del descuento de los vales reales; la declaración de honradez de diversos oficios mecánicos (de curtidor, herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros análogos), por Real Cédula de 18 de marzo de 1783; la construcción de canales de riego y navegación (el Imperial de Aragón, de Tortosa, de Lorca, de Manzanares y Guadarrama), y de puertos terrestres (de la Cadena, entre Astorga y Galicia, entre Málaga y Antequera, del Rey en Sierra Morena), puentes (de Tolosa, de Zaragoza, de Talavera sobre el río Alberche, de Alcolea sobre el Guadalquivir) y caminos (de Extremadura a Portugal, de Andalucía, de Castilla a Francia, de Barcelona por Valencia); la aplicación de medidas de reforma fiscal, como el establecimiento de la contribución de frutos civiles, por Real Decreto de 29 de junio de 1785; el fomento de la agricultura, facultando a los dueños, por ejemplo, a cercar sus heredades, según una Real Cédula de 15 de junio de 1788; la organización provincial, recogida en la España dividida en Provincias e Intendencias (1789), de acuerdo con los informes remitidos por los intendentes del reino; la limitación o prohibición, según los casos, en la fundación de mayorazgos, de acuerdo con su respectiva cuantía, titularidad y modo de transmisión (por Real Cédula de 14 de mayo de 1789); la regeneración educativa y cultural, también institucionalizada (como fue el proyecto de una Academia de Ciencias y Buenas Letras, en 1791, unido a otros organismos científicos anejos, como el Observatorio Astronómico, el Real Gabinete de Máquinas, el Gabinete de Historia Natural y el Jardín Botánico), etc.
     El período culminante de ejercicio del poder político, por parte de Floridablanca, se extendió, en efecto, entre 1787 y 1792, a partir de la creación de la Suprema Junta ordinaria y perpetua de Estado, prevenida en un Real Decreto de 8 de julio de 1787. Carente la Administración central de la Monarquía de un despacho periódico y colectivo, de sus diferentes ministros o secretarios del Despacho, que institucionalizase una política global coordinada, Floridablanca puso en marcha, y consiguió implantar, una asamblea o junta a la que pudiesen asistir, con regularidad, todos los ministros, a fin de adoptar colegiadamente los acuerdos oportunos.
     Erigida con carácter de ordinaria y perpetua, la Junta Suprema se reunía una vez por semana, en la sede de la primera Secretaría del Despacho, a fin de entender de todos los asuntos de interés general, actuando como secretario el del Consejo de Estado. Sin presidente previsto, en la práctica, su función fue desempeñada por el secretario del Despacho de Estado, que, como ministro encargado de los asuntos exteriores, disfrutaba desde principios del siglo XVIII de un rango principal.
     Es decir, de hecho, su presidente fue Floridablanca, lo que permitió a sus enemigos acusarle de querer monopolizar el poder. En cualquier caso, la Junta Suprema de Estado atendió a tres finalidades principales: tratar de aquellos negocios de los que pudiera resultar regla general, resolver los conflictos de competencias que se suscitasen entre las distintas Secretarías del Despacho, Consejos y demás tribunales superiores, y decidir en las propuestas de empleos que afectasen a diferentes departamentos (de virrey, gobernador, capitán general, intendente de provincia o de ejército). Por lo demás, el mencionado Real Decreto de 8 de julio de 1787 fue acompañado, con esa misma fecha, de una Instrucción reservada. Redactados sus trescientos noventa y cinco capítulos o apartados por Floridablanca, y revisada minuciosamente —e incluso enmendada de su puño y letra— por Carlos III, a lo largo de tres meses, con la asistencia del príncipe Carlos, y finalmente aprobada por el Soberano, constituyen un completo programa de gobierno, interior y exterior, de la Monarquía española de la segunda mitad del siglo xviii. También, al mismo tiempo, la síntesis del programa político de su autor, el conde de Floridablanca. Por lo que se refiere a la política exterior, sus objetivos fueron: el mantenimiento de estrechas relaciones diplomáticas, mediante alianzas por separado, con Francia y Nápoles; amistosas con Portugal, Rusia, Prusia, Turín, Venecia, Génova, la Toscana, los Cantones suizos, Dinamarca, Suecia, la Puerta Otomana (el Imperio Turco), Marruecos y algunas regencias berberiscas (Trípoli, Túnez); menos amistosas con Austria; y de abierta desconfianza, cuando no plena hostilidad, en actitud de vigilancia permanente, con Inglaterra. Los intereses ingleses, comerciales y estratégicos, en América, el Atlántico y el Mediterráneo occidental menoscababan, cuando no arruinaban directamente, los españoles en dichas áreas geográficas.
     Sin embargo, anclado en la tradicional doctrina del equilibrio europeo, vigente desde la Paz de Westfalia de 1648, Floridablanca tampoco quería la derrota total del poder inglés, que dejaría libre a Francia para imponer su voluntad sobre España.
     Las reticencias de Floridablanca por independizar a la diplomacia española de la francesa sufrieron un giro radical tras la Revolución Francesa, desde 1789. Aunque creyó, en un principio, que el movimiento revolucionario habría de ser temporal, y que se truncaría, finalmente, el incidente de Nutka, en 1790, que enfrentó nuevamente a España con Inglaterra, marcó el definitivo punto de inflexión: la Francia revolucionaria no acudió a la petición de auxilio de España, que quedó aislada internacionalmente. Los Pactos de Familia habían quedado rotos. Por otra parte, la propagación de las ideas revolucionarias en España coincidió, en sus inicios, con la gran crisis económica de 1789, provocada por la mala cosecha de cereales de 1788. El alto precio del pan originó tumultos en algunos pueblos y ciudades, ocasionando graves problemas de abastecimiento en el verano de 1789. En vista de la situación, Floridablanca adoptó medidas de precaución, con objeto de aislar a España del temido “contagio” revolucionario.
     De ahí que, con posterioridad, se haya hablado del “pánico” de Floridablanca, y de su política de “cordón sanitario”. Una política de control de los impresos, folletos y periódicos revolucionarios franceses para la que contó con la estrecha colaboración del Santo Oficio, desde un primer edicto inquisitorial de 13 de diciembre de 1789, que prohibía la introducción de cualquier papel sedicioso.
     La transformación diplomática y política del mapa europeo que la Revolución Francesa ocasionó estuvo acompañada, y precedida, en el caso de Floridablanca, de una clara pérdida de su prestigio y poder. El conde de Aranda, que se hallaba en Madrid desde octubre de 1787, de regreso de su embajada en París, dentro del complicado mundo de las intrigas y facciones cortesanas, había iniciado una ofensiva de descrédito contra la persona y la política de su máximo rival, lo que originó sucesivos panfletos y sátiras: una Conversación que tuvieron los Condes de Floridablanca y de Campomanes el 20 de junio de 1788; una fábula publicada en el Diario de Madrid el 4 de agosto de 1788, titulada El raposo, en la que ese raposo, envanecido por su privanza, no era otro que el ministro de Estado; o la Carta de un vecino de Fuencarral a un abogado de Madrid sobre el libre comercio de los huevos, aparecida en octubre de 1788.
     Estos ataques, muy explícitos para su destinatario, explican su Memorial de renuncia al ministerio, que presentó a Carlos III en El Escorial, el 10 de octubre de 1788, en el que incluía un balance de su gestión. No aceptó el Monarca la petición de relevo, pero fallecería a las pocas semanas, el 14 de diciembre de 1788. Por expresa recomendación de su padre, Carlos IV mantuvo a Floridablanca al frente de las dos Secretarías de Estado y del Despacho. Su situación se tornó, pese a todo, precaria. Al descrédito popular, y la oposición de Aranda y de sus partidarios, se unieron nuevos factores sobrevenidos: la reina María Luisa de Parma, que se constituyó en la verdadera árbitro del poder, que hizo recaer en Manuel Godoy; y el triunfo, ya anticipado, de los acontecimientos revolucionarios en Francia, en cuya procelosa complejidad naufragaría la política de firmeza de Floridablanca, al empeñarse en la defensa de los intereses de Luis XVI, pero, sin decidirse a una alianza con Inglaterra. La campaña de calumnias prosiguió, si cabe, con más fuerza, hasta el extremo de que, el 6 de noviembre de 1789, al día siguiente de la clausura de las Cortes, en las que tuvo una decidida participación a través de quien las presidía, en nombre del Soberano, el conde de Campomanes, redactando la proposición regia de derogación de la llamada ley sálica o principio de agnación impuesto por Felipe V en el conocido como Auto Acordado de 10 de mayo de 1713, en las Cortes de 1712-1713, además de presentar, para su aprobación, cuatro reales decretos y cédulas de restricción de los vínculos y mayorazgos, Floridablanca volvió a presentar, también en El Escorial, su dimisión, esta vez a Carlos IV. Tampoco ahora le fue concedido el retiro, y, con la autoridad quebrantada, continuó al frente de los destinos políticos de la Monarquía. El trance más peligroso, físicamente, estaba por llegar. En el palacio de Aranjuez, el 18 de junio de 1790, fue herido por Juan Pablo Peret, un cirujano francés que llevaba en España desde 1765, y que le agredió con una lezna. Aunque Peret se negó a confesar el móvil de su acción, planeó la sospecha de que era un agente de los jacobinos.
     La estrategia inflexible de Floridablanca, que culminaría con la negativa a admitir que Luis XVI había aceptado, libre y voluntariamente, la Constitución de 1791, hizo temer a los reyes, Carlos IV y María Luisa, por la vida del monarca francés, al esperar los revolucionarios una intervención armada de España, para restaurar el viejo orden absolutista. La destitución del sexagenario ministro murciano resultaba inminente. Su relevo no constituyó una simple exoneración ministerial, sino que adoptó la forma de una más compleja reforma institucional, consistente en la supresión de su gran obra de gestión administrativa, la Junta Suprema de Estado, y el restablecimiento efectivo del Consejo de Estado, en virtud de un Real Decreto, expedido en Aranjuez, de 28 de febrero de 1792. Por otro Real Decreto, de ese mismo día, 28 de febrero de 1792, el conde de Aranda fue nombrado decano del Consejo de Estado, y secretario interino del Despacho de Estado, en sustitución de Floridablanca.
     Desterrado fulminantemente de la Corte, Floridablanca fue obligado a abandonar el Real Sitio de Aranjuez en la madrugada del mismo 28 de febrero, trasladándose a Hellín, donde permaneció tres meses en casa de su hermano Francisco. Iniciada una enconada persecución política contra él, en junio de 1792, Floridablanca se trasladó a Murcia, donde fue acogido con solemnidad y afecto por el Ayuntamiento de su ciudad natal, pero, al retornar a Hellín, en la madrugada del 11 de julio de 1792, fue detenido por Domingo Codina, alcalde de Casa y Corte, y, cumpliendo órdenes del gobernador del Consejo de Castilla, Juan Acedo Rico, conde de la Cañada, conducido prisionero a la ciudadela de Pamplona, donde tendría ocasión de extender una prolija Defensa legal.
     Por cierto que, en el camino de destierro, de Aranjuez a Hellín, y en esta última villa, Floridablanca fue pergeñando lo que sería bautizado después como su “testamento político”. Se trata de trece cartas o extensas relaciones, dirigidas al conde de Aranda y escritas de memoria, sin apoyo documental alguno, desde la primera fechada en Corral de Almaguer, del mismo 28 de febrero, hasta la última, datada en Hellín el 14 de abril de 1792, que contienen información sobre los negocios pendientes y sus directrices políticas generales, hasta el día de su exoneración de la primera Secretaría de Estado.
     Acusado de abuso de poder, y de malversación de caudales públicos (en la financiación del Canal Imperial de Aragón), Floridablanca tuvo que responder a un proceso global de responsabilidad política. Le favoreció, no obstante, la rápida caída del poder de Aranda, el 15 de noviembre de 1792. Prisioneros Floridablanca y Aranda, el primero en Pamplona y el segundo en el alcázar de la Alhambra de Granada, luego desterrados ambos, aquél en Murcia y éste en sus villas aragonesas de Aranda y de Épila, Godoy había pasado a manejar los hilos del poder.
     La situación de Floridablanca mejoró a partir de un Real Decreto de 4 de abril de 1794, que le permitió regresar a Murcia, si bien con la obligación de responder a sus cargos. Con la celebración de la Paz de Basilea, el 25 de septiembre de 1795, quedó absuelto de toda responsabilidad política, siendo levantado el embargo de sus bienes. Pero, hasta la abdicación de Carlos IV, no recuperó su libertad, pese a que, para entonces, le había sido confiada la inspección de las obras y riegos de Lorca, Totana y Murcia. El nuevo Soberano, Fernando VII, declaró, el 28 de marzo de 1808, siendo Pedro Ceballos ministro de Estado, que su confinamiento había sido arbitrario, sobreseyendo su proceso, por lo que podía elegir libremente lugar de residencia.
     Decidió Floridablanca permanecer en Murcia, donde no tardó en llegarle la noticia de la invasión napoleónica, así como del levantamiento en armas del pueblo español contra los ocupantes franceses. La Revolución le había descabalgado del poder años antes, pero, ahora, su hijo más famoso, Napoleón Bonaparte, le ayudó a ascender, de nuevo, a él. Designado representante de la Junta provincial de Murcia, el octogenario ex ministro se trasladó a Aranjuez, el mismo Real Sitio donde había comenzado su destierro, y, el 1 de octubre de 1808, fue elegido presidente de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, depositaria de la autoridad soberana hasta la restitución a España de Fernando VII, cautivo en Francia. Pese a lo avanzado de su edad, y a su pronto fallecimiento, no sería una figura simbólica, ni un fugaz presidente. Trasladada la Junta Suprema Central a Sevilla, ante el avance enemigo, hizo público su primer Manifiesto a la Nación Española, datado el 26 de octubre de 1808. Previamente, Floridablanca había impulsado la aprobación de la Circular de 22 de junio de 1808, con la que la Junta de Murcia había convocado a la unidad y necesaria reunión, en nombre de Fernando VII, de todas las Juntas provinciales en un Gobierno central. Después, en su posada de Aranjuez, había impuesto la fórmula de una Junta Suprema, frente a las tesis de Jovellanos o del general Cuesta, más proclives a proclamar una Regencia. También habría de inspirar el contenido del póstumo Reglamento para el régimen de las Juntas provinciales, publicado por la Central el 1 de enero de 1809, donde aquéllas fueron despojadas de su apelativo de supremas, lo que preservaba la indisoluble unidad de la soberanía nacional, y el éxito de una instancia central de gobierno. E igualmente debe serle atribuido, si no la letra, al menos sí el espíritu del Reglamento para el gobierno interior, de finales de septiembre de 1808, que, a modo de ordenanzas de la Central, prevenía que sus vocales no representaban a una provincia concreta, sino a la nación entera.
     Ahora bien, esta intensa actividad, en el breve lapso de tiempo de tres meses, debió agotar la resistencia física del anciano Floridablanca, quien, enfermo, falleció en Sevilla, a las seis de la mañana del día 30 de diciembre de 1808. En razón del rango que ostentaba en el momento de su fallecimiento, asimilado al de miembro de la Familia Real, este ministro murciano, de origen modesto, fue enterrado en la iglesia catedral de Sevilla, al día siguiente, viernes, 31 de diciembre, a las diez de la mañana, con honores de infante de Castilla y no lejos de donde descansaban los restos mortales de Alfonso X el Sabio, conquistador y repoblador del reino de Murcia.
     El condado de Floridablanca recibiría la Grandeza de España, otorgada por la Junta Suprema Central, en nombre de Fernando VII, el 5 de enero de 1809, recayendo, ya con el título despachado el 3 de marzo de 1809, en su sobrina, Vicenta Moñino y Pontejos, V marquesa de Pontejos y II condesa de Floridablanca, hija de su difunto hermano Francisco (José María Vallejo García-Hevia, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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