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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 18 de septiembre de 2025

Un paseo por la calle Chile

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Chile, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 18 de septiembre, se celebra en Chile las Fiestas Patrias, que conmemoran el establecimiento de la Primera Junta Nacional de Gobierno (18 de septiembre de 1810), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Chile, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Chile es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Heliópolis, del Distrito Bellavista-La Palmera; y va de la calle Tajo, a la calle Ifni.
     La calle, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Rotulada en 1935, a propuesta del Patronato Político Social, con el nombre esta república sudamericana. Trazada para la Exposición de 1929, en el plano de 1945 aparece con su actual trazado recto, cruzada por Ebro y Júcar. Parte de ella Baleares y linda con la plaza de los Andes y Chica (actual Inmaculado Corazón de María) respectivamente. Su pavimento es de asfalto con acerado de losetas de cemento. El arbolado se planta en alcorques en ambas aceras, alternándose naranjos y robinias. El alumbrado actual, llevado a cabo en 1958, se compone de farolas de jardín. Las edificaciones son el tipo de chalets característicos del barrio, encontrándose bastante deterioradas en su último tramo, junto a la calle Ifni. Su funcionalidad es residencial. Es de destacar en el núm. 12 la vivienda que habitó Rafael Laffón, que habla de la misma en su obra Vigilia del jazmín y que conserva en su entrada un banco de cerámica con un texto de don Quijote [María del Carmen Medina, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Chile, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Chile, al detalle:
El retablo cerámico de las Santas Justa y Rufina, en el edificio de la c/ Chile, 6

miércoles, 18 de septiembre de 2024

El Pabellón de Chile, de Germán del Sol, y José Cruz, para la Exposición Universal de 1992

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Chile, de Germán del Sol, y José Cruz, para la Exposición Universal de 1992, de Sevilla.
     Hoy, 18 de septiembre, es el aniversario del Día Nacional (18 de septiembre de 1992) de Chile en la Exposición Universal de 1992, de Sevilla, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Pabellón de Chile, para la Exposición Universal de 1992, de Sevilla.
     El Pabellón de Chile para la Exposición Universal de 1992 [nº 226 en el plano oficial de la Exposición Universal de 1992], se ubica en la Avenida 4 o del Ombú, actual calle Albert Einstein, y se emplazaba entre los pabellones del Caribe, y los de Rumanía, Yugoslavia, y de La Promesa; en el Barrio de Triana Oeste, del Distrito Triana.   
     Chile, nuevas proposiciones para el mundo de hoy:
     Su privilegiada geografía, sus enormes riquezas naturales, su democracia recién reconquistada, el vigor y modernismo de su economía y el talento y capacidad de su gente, hacen de Chile una nación llena de atractivas posibilidades.
     Las sensaciones de Chile envolverán al visitante:
     Los sonidos de Chile; la calidez de lo moderno; las imágenes de la vida al sur del mundo; y un sorprendente mercado que expone, en objetos de diseño, los méritos de Chile, se suman o la magia sobrecogedora de una enorme instalación de hielo antártico, una potente llamada a la conciencia ecológica de la humanidad.
     Nuevas tendencias en la arquitectura:
     El pabellón chileno, todo de madera y cobre, es una gran obra arquitectónica que propone una nueva tendencia en el uso de tecnologías apropiadas y materiales naturales. La economía de sus formas y sus líneas simples y bellas abren un gran espacio interior que atenúa el sol sevillano y matiza la luz (Guía Oficial Expo '92. Sevilla, 1992).
     El Pabellón de Chile se encuentra en la calle Albert Einstein, antigua Avenida 4 o del Ombú durante 1992, entre la parcela que ocupaba el Pabellón del Caribe, actualmente ocupado por el edificio del ABC de Sevilla, y las parcelas que ocuparon durante la Muestra los pabellones de Rumanía, de Yugoslavia y de La Promesa.
     El edificio se compone de una galería de madera de pino laminada con contornos levemente ondulantes, y cubierto por un techo de color rojizo fabricado con placas de cobre, principal mineral producido por la nación chilena. Está orientado de norte a sur al igual que el país que representó durante la Expo '92. Su arquitectura, que rompía con las formas rectas y los paralelepípedos que abundaban en las formas de los pabellones de la Expo, lo convirtió en uno de los pabellones más laureados en cuanto a su arquitectura, estando al nivel de Japón, Kuwait o la Navegación.
     Entre los contenidos que se exponían, todas las miradas fueron acaparadas por el gran iceberg que se mostró en el interior del pabellón. Para la Muestra se decidió llevar como principal espectáculo del pabellón un iceberg antártico de 60 toneladas, proveniente de Bahía Paraíso. Éste fue transportado por partes, por el buque Galvarino de la Armada de Chile, dentro de contenedores especialmente refrigerados. Aunque la idea de los organizadores era mostrar a Chile como un país eficiente en el intercambio comercial, la decisión fue muy criticada y cuestionada debido al efecto negativo que ello conllevaría para el medio ambiente. A pesar de que en un principio se pensó que el iceberg sería lanzado al Lago de España o al Guadalquivir tras la clausura de la Muestra, finalmente los organizadores decidieron llevarlo de regreso a la Antártida.
     Entre el resto de contenidos, el visitante podía entrar en "El túnel de los sonidos de Chile" donde podía escuchar las olas del mar, las voces de las gentes del país, la melodía de instrumentos autóctonos y distintos murmullos. Muchos de sus contenidos eran estanterías llenas de cajas que, mediante unas fotos y unas breves líneas, representaban distintos aspectos de su historia, cultura, industria, paisajes, etc. y podían adquirirse por el módico precio de 200 pesetas junto a un ejemplar de lapislázuli, mineral muy común en la región.
     Tras la clausura, el pabellón sufrió reformas en su interior para acondicionarlo para sus nuevos usos y se restauró en 1999, ocasionando que la madera exterior se policromara de un tono más oscuro pero recientemente se le han aplicado tratamientos diversos que recuperaron el color original.
     Hasta hace poco era sede del grupo DETEA, especializado en el campo de la construcción y la ingeniería, energía y medioambiente, pero al abandonar el edificio, se encuentra a la venta desde hace un tiempo (Blog Pasaporte Expo 92).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Chile, de Germán del Sol, y José Cruz, para la Exposición Universal de 1992, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Exposición Universal de 1992, en ExplicArte Sevilla.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Un paseo por la avenida de Chile

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida de Chile, de Sevilla, dando un paseo por ella.    
     Hoy, 18 de septiembre, se celebra en Chile las Fiestas Patrias, que conmemoran el establecimiento de la Primera Junta Nacional de Gobierno (18 de septiembre de 1810), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida de Chile, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La avenida de Chile es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la avenida de María Luisa, a la confluencia del Paseo de las Delicias y la calle La Rábida, y que durante la Exposición Iberoamericana de 1929, fue la VIII Avenida de Chile.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. 
     Fue rotulada en 1928 con este nombre por haberse construido en ella el pabellón de la República de Chile para la Exposición Iberoamericana de 1929. Este espacio, junto a las avenidas de Honduras, Uruguay y Perú, formó parte de los jardines del palacio de San Telmo hasta 1920, siendo posteriormente enajenado por la Iglesia y destinado a la construcción de algunos pabellones de la Exposición (La Rábida). Amplio paseo de albero, aunque recientemente se le ha dotado de una capa de asfalto central y de aceras en los tramos correspondientes a las fachadas de los pabellones de Perú y Uruguay, careciendo el resto de ellas. Se ilumina con fa­rolas de fundición de base hexagonal. En ambas márgenes hay grandes eucaliptos y algunas palmeras. Confluye la avenida de Uruguay. 
     Las únicas edificaciones son los pabellones de Perú, Chile y Uruguay. El primero es obra del arquitecto español, profesor de la Escuela de Bellas Artes de Lima, Manuel Piqueras Cotolí, realizado entre 1927 y 1928. Su estilo se ha llamado "neoperuano", sincretismo del mestizaje entre lo español e indígena. El resultado es un edificio con magnificencia palaciega, y uno de los más interesantes de la muestra, en el que destacan los excelentes cierres limeños. Se encuentra en buen estado de conservación y ha sido restaurado recientemente para albergar la Estación Biológica de Doñana (actual Museo de la Ciencia). En la fachada posterior está localizado el Consulado de Perú. El pabellón de Chile se debe al arquitecto Juan Martínez Garrido, edificio de una gran originalidad sobre la base de volúmenes y atrevidas formas arquitectónicas en diversos planos, que culminan en una alta y fuerte torre. En él estuvo alojado el Instituto de bachillerato San Isidoro y actualmente tiene su sede la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos. Por la fachada a la Rábida tenía acceso el Consulado de Chile, que compartía el edificio. El pabellón de Uruguay, situado frente al anterior, es obra del arquitecto Mauricio Cravotto. De menores dimensiones y de aspecto exterior sobrio, concentra la decoración en la fachada. Su estética nacionalista, compartida con otros países del Río de la Plata. Desde hace más de veinte años ha estado dedicado a servicios de los estudiantes universitarios, comedores del SEU (Sindicato Español Universitario) y actualmente acoge las dependencias de alumnos de la Universidad de Sevilla. 
     Al costado de este pabellón existían unas estructuras metálicas provisionales, restos de la Feria de Muestras Iberoamericana, que albergaban los carros de la Cabalgata de los Reyes Magos, y que afeaban esta zona de los jardines de San Telmo (actualmente ocupado por la Biblioteca Pública Provincial Infanta Elena). En la confluencia con la avenida de las Delicias hay instalado un bar y en el lado opuesto una caseta de transformación eléctrica. Es un lugar relativamente tranquilo, aunque comienza a estar frecuentado por los cen­tros de enseñanza e investigación allí instalados. Está experimentando un proceso de remodelación no coordinado e incompleto, que debería acelerarse, dada la importancia de estos jardines [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida de Chile, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la Exposición Iberoamericana de 1929, en ExplicArte Sevilla.

La avenida de María Luisa, al detalle:

viernes, 18 de septiembre de 2020

El Pabellón de Chile, de Juan Martínez Gutiérrez, para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede de la Escuela de Arte de Sevilla)


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Chile, de Juan Martínez Gutiérrez, para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede de la Escuela de Arte de Sevilla), de Sevilla.
      Hoy, 18 de septiembre, se celebra en Chile las Fiestas Patrias, que conmemoran el establecimiento de la Primera Junta Nacional de Gobierno (18 de septiembre de 1810), así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Pabellón de Chile para la Exposición Iberoamericana de 1929, de Sevilla.
      El Pabellón de Chile para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede de la Escuela de Arte de Sevilla) [nº 75 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 25 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929] se ubica en la Avenida de Chile, s/n, en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
EL SIMBOLISMO DEL PABELLÓN DE CHILE
   La República de Chile estuvo representada en la Exposición con un gran edificio permanente obra del joven arquitecto Juan Martínez Gutiérrez, sin duda el más atrevido y original de los pabellones internacionales, pues en relación con el resto, tanto desde el punto de vista arquitectónico como del constructivo, éste resultaba insólito: con esta edificación de hormigón armado, su autor, Martínez Gutiérrez, presentaba un proyecto nacionalista, como señala Alberto Villar "de gran carga simbólica e influencias constructivistas" que mediante volúmenes agrupados, esculturas y pinturas, simbólicamente evocaba la Raza chilena y la orografía andina.
   Como indica Villar, en Chile el nacionalismo arquitectónico contaba con los postulados teóricos de Rodolfo Amargós, para quien los arquitectos sudamericanos debían iniciar un arte nuevo, que respondiera a la idiosincrasia de la raza y a las necesidades y condiciones peculiares de cada país, con objeto de terminar con la desorientación que reinaba en la arquitectura de la época.
   Para el autor, esa desorientación se producía bien porque el arquitecto diseñaba sus obras en base a unos modelos exóticos, procedentes de otros lugares, o a unos "tipos impersonales de arquitectura internacional que en todos los países se realizan, pero que ninguno reivindica para sí porque no son de nadie". Amargós consideraba que el arquitecto debía mantener lo que él llamaba "la personalidad racial''. Insistiendo en el concepto de raza, hablaba de los edificios del pasado como obras de "los arquitectos de la raza", en las cuales los contemporáneos tenían que inspirarse para conseguir renovar su arquitectura.
   En cualquier caso, no se trataba de copiar edificios coloniales. De hecho, Amargós se oponía a la tendencia tan habitual en los años veinte (según él por el gran arraigo de la tradición en Chile) de rendir culto a la arquitectura del pasado colonial, construyendo casas españolas "con iguales elementos y procedimientos análogos", que no eran más que "reflejo de la tradición, la belleza y la virilidad hispánica". Por el contrario, proponía abandonar el criterio arqueologizante del neocolonial hasta el momento existente y buscar en él el concepto de lo nacional.
Gestiones hacia la concurrencia
   Aunque cuando se planteó por primera vez la idea de celebrar una Exposición Hispanoamericana, la República de Chile se había mostrado a favor de intervenir, no hubo por parte de este Gobierno un interés evidente hasta 1925, fecha a partir de la cual diversos colectivos manifestaron un gran deseo por asistir a la Muestra sevillana. Así, auspiciado por la Cámara Española de Comercio, con motivo del cumpleaños de Alfonso XIII, el 17 de mayo de 1925 un prestigioso periódico de gran difusión en Hispanoamérica, "El Mercurio" de Santiago, dedicó una edición especial a España, en la que incluía un interesante artículo sobre la Exposición; iniciaba así este diario una auténtica campaña en favor del Certamen y en pro de la concurrencia no sólo chilena sino del resto de los países, que continuaría de forma sostenida al menos hasta 1927.
   No obstante, a pesar de que urgía la respuesta de si Chile asistiría y, sobre todo, de cuál sería el alcance y la extensión con que en tal caso tomaría parte en la Sección Agrícola Ganadera a la que, de forma oficial, tanta importancia se había otorgado, ni siquiera las insistentes invitaciones del Comité hispalense o las presiones interiores (de la Cámara Española de Comercio o de dicho diario) fueron suficientes para convencer al Gobierno chileno de la necesidad de concurrir, aunque fuera -al menos- en un pabellón provisional. Sólo unos meses más tarde, en noviembre de 1925, la República decidió asistir al Certamen, a inaugurar en marzo de 1927. Igualmente, el Ministerio de Instrucción Pública y la Facultad de Humanidades se comprometieron a tomar parte en el Colegio Mayor Hispanoamericano. Las razones que motivaron la concurrencia chilena, así como el modo de participación, se recogerían más tarde en El Liberal de Sevilla:
     "... Desde luego, España ha querido contribuir al torneo en una exhibición internacional a fin de dar ocasión para que el mundo aprecie los adelantos de los pueblos iberoamericanos.
     Más que una Exposición Comercial, se trata pues de un muestrario de países donde pueda apreciarse el porte con que cada uno de ellos contribuye a la civilización y a la cultura mundiales.

     Además se trata de aprovechar esta oportunidad para que los Estados del Nuevo Mundo se conozcan mejor entre ellos, aprovechen las relaciones y lleguen así a provechar las ventajas de un intercambio comercial activo, atendidas las diferencias que existen en sus producciones e industrias.
     En resumen España llama a América y ofrece su generosa hospitalidad para que en sus tierras de mejor belleza, se inicie una nueva era de amistad y de acercamiento práctico y efectivo entre sus hijas ameri­canas".
   El Gobierno de la nación aceptaba el local que se le había reservado en el Plan General de la Exposición, designando un Comité ad honorem para organizar los trabajos preparatorios, en el cual quedaban representadas la historia, la industria y el comercio nacional. Lo constituían Julio Prado Amor como Presidente, Camilo Carrasco Bascuñán, Ramón Lueje, Alberto Edwards, Francisco Rojas Huneus, Luis Larrain Prieto, Pedro Prado y, en calidad de Secretario, Nicolás Novoa Valdés, Director de los Servicios Diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores. Esta Comisión fue provisional y honorífica, pues en octubre de 1927, la concurrencia chilena pasó a estar auspiciada por la Sección Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores y, de forma muy especial, por Félix Nieto del Río, a quien se otorgaban amplios poderes. Concretamente, se ocupó de ello una Comisión especial, integrada por subcomisiones a cargo de los distintos comités provinciales.
   Pese a que con la determinación de concurrir y el nombramiento de esta comisión se había avivado la actitud oficial y el interés público hacia la Muestra, durante el año siguiente, 1926, apenas se adoptó otra decisión que los nombramientos de Adolfo Johe y de Antonio Huneeus como Cónsul de Chile en Sevilla y Ministro de Relaciones Exteriores, respectivamente. Además, quedaba por fijar el crédito para la participación chilena, lo que se había encomendado a Huneeus; los deseos del Gobierno de concurrir en la forma más brillante posible, la difícil situación del Tesoro Público con la organización de nuevos y numerosos servicios sociales y administrativos, así como el aumento de los sueldos de los funcionarios públicos y la reforma de las pensiones de retiro y jubilación, impidieron incluir la partida correspondiente en el presupuesto anual. Los gastos de la participación no se votaron hasta noviembre de 1927, fijándose en dos millones de pesos para la concurrencia aunque a poco de la inauguración de la Muestra, concretamente en febrero de 1929, la cifra se elevó en 1.300 ptas.
   Y es que 1927 fue un año básico en lo concerniente a la agilización de las gestiones para la participación chilena. Por ejemplo, se establecieron las piezas a exponer, al organizar la concurrencia chilena en trece secciones: Salitre, Agricultura, Industria, Bellas Artes y Buenas Letras, Industria y Folklore, Música y Teatro, Publicaciones, Bellezas regionales, Obras públicas y privadas, Cinematografia, Propaganda, Carteles y Affiches.
   Además, se solucionó la cuestión de los terrenos, cuando en mayo, el Gobierno de Chile decidió construir su pabellón en el solar número 2 de los Jardines de San Telmo, junto a la puerta del mismo nombre. El predio primitivo no tenía fachada al río, que adquirió en junio, a raíz de los cambios de distribución de los jardines. Finalmente, el Ayuntamiento cedió 3.100 m2 de terreno a condición de que se respetaran las palmeras en él existentes. La entrega de éstos a Rodríguez Mendoza, Ministro de Chile, y la firma del acta de cesión tuvo lugar el 29 de noviembre de 1927 ante el Cardenal Ilundain. Concretamente, los trámites se estimularon gracias a Emilio Rodríguez Mendoza, quien hizo frecuentes viajes a Sevilla durante 1927, y Carlos Campos Rencoret, que -en febrero de ese año- llegó a la capital hispalense en calidad de Cónsul. La importancia de la tarea de Rodríguez Mendoza condujo a su nombramiento, a un año del Certamen, como nuevo Embajador de Chile en Sevilla, siendo sustituido en su cargo, ya durante la celebración de la Muestra, por el Cónsul Alfonso Lastarria Lavero. En el Certamen el Comisario General de la participación chilena fue Alberto Edwards, ex Ministro de Hacienda, ex Director General de Estadística y notable hombre de letras.
Análisis arquitectónico
   Auspiciado por la Sociedad de Arquitectos de Chile, para la realización de su pabellón permanente el Gobierno convocó un concurso público para arquitectos chilenos y extranjeros que estudiaran en Chile. El plazo finalizaba el 1 de julio de 1927.
   El Comité chileno fue el único que no impuso condiciones estilísticas. Sin embargo, sí determinó que habría de ser de piedra o ladrillo. Dicha comisión sólo sugirió a los proyectistas que considerasen que el edificio habría de situarse en una Exposición donde, entre las obras ya realizadas, predominaba el Historicismo. Proponía, no obstante, una evocación nacionalista, de marcado simbolismo, sin duda por el desarrollo que las ideas de Amargós adquirían en el país:
     "... Quedará a criterio del proyectista su ubicación, número de pisos así como su expresión estética, la que sin pretender coartar su fantasía, deberá reflejar nuestro ambiente y origen ibero-americano, de acuerdo con el plan general de edificaciones ya levantadas en Sevilla".
   También se resaltaba que debía simbolizar la raza chilena y sobre todo adecuarse a sus fines ulteriores. Además de sus grandes salones de exhibición, constaría de:
     "... una parte pública y otra para oficinas y habitaciones para el cónsul y los servicios higiénicos indispensables, jardines para fuentes y esculturas que simbolizaran la raza chilena ..."
   Actuaron como jurado un miembro del Directorio de la Asociación de Arquitectos, un profesor de taller de la Universidad de Chile y otro de la Católica y dos arquitectos elegidos por los concursantes. Al concurso para el pabellón de Chile concurrieron tan sólo siete proyectistas, es decir un número considerablemente menor a los celebrados en otras Repúblicas.
   El jurado de la comisión consideró que las diversas obras respondían "al deseo de presentar un trabajo acabado, verdadero valor arquitectónico", fruto de "un estudio madurado, trabajo y concepción técnica y artística". Pese a reconocer "los esfuerzos desplegados por los concursantes, que acusan un verdadero progreso en la arquitectura nacional", el comité chileno objetaba que no se interpretaba la finalidad perseguida por el Gobierno. Por ello, se eliminaron tres anteproyectos, volviendo a solicitarse un segundo concurso tras hacer las observaciones correspondientes a los restantes.

   Finalmente, el anteproyecto ganador fue el de Juan Martínez Gutiérrez (1900-1976). Martínez Gutiérrez había nacido en Bilbao el 8 de febrero de 1901, nacionalizándose chileno. Entre 1917 y 1922 estudió Arquitectura en la Escuela de Arquitectura de Santiago de Chile. Cuando en 1927 se convocó el concurso para el pabellón, sus trabajos habían sido ya premiados con varias medallas de oro en Congresos Panamericanos de Arquitectura, concretamente en Montevideo, Buenos Aires y Santiago. Hasta la fecha, Martínez había destacado por su brillante carrera, siendo -ya en 1927- profesor agregado de Composición Decorativa en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Santiago. En 1928, viajó a Europa donde permaneció hasta 1931, estudiando a los arquitectos más importantes del momento como Mies Van der Rohe, Meter Behrens, Le Corbusier y Gropius, quienes marcarían su arquitectura y donde asistió también a la segunda Bauhaus. En opinión de León Prieto: "Sus obras están fundamentadas en su profundo conocimiento de la Teoría de la Arquitectura, ciencia que se enriqueció con sus esquemas de funcionamiento cuando en Europa formó parte del grupo de creadores de la arquitectura contemporánea".
   A su vuelta a Chile en 1931, se incorporaría como Profesor de Taller en dicha Escuela. La valía de Martínez le llevaría a hacerse cargo de la Dirección de ésta ya en 1932 y de la Presidencia del Colegio de Arquitectos de Chile (1952). Durante el período comprendido entre 1959 y 1963 sería Decano de la Facultad de Arquitectura de Santiago, obteniendo, pocos años antes de su muerte el Premio de Honor del Colegio de Arquitectos de Chile (1969). Sus obras más importantes serían, además del pabellón de Sevilla, el Templo Votivo de Maipú, la Escuela Militar y la sede de dos de las facultades más tradicionales de la Universidad, las de Derecho y Medicina. Juan Martínez llegaría a ser Premio Nacional de Arquitectura de 1969.
   En el pabellón de Chile en la Iberoamericana, el arquitecto pretendía interpretar y traducir arquitectónicamente el carácter nacional, según establecía la convocatoria. La prensa chilena e internacional alabó en gran manera el proyecto de Martínez por su armonía en la distribución de los volúmenes y el movimiento del ala izquierda del edificio, logrado por los techos escalonados y superpuestos. Para los críticos, era una expresión arquitectónica de la granítica formación de la patria:
     "... Su autor ha tratado de expresar la agrupación de las masas constructivas, con esa torre que penetra entregando su peso a otros cuerpos, la granítica formación de su patria ..."
   Sobre el carácter que en su obra quería transmitir, el propio autor decía:
     "... Esto será la casa de Chile en Sevilla, sin prejuicios de ninguna clase y sin formas extrañas en su exteriorización con el fin de que en ella se albergue todo cuanto allá tenemos referente a los progresos, científicos y culturales, al desarrollo constante de nuestra industria y nuestro comercio, de nuestra minería y de nuestra agricultura; en una palabra, lo que ha hecho Chile por aparecer ante el mundo como un país digno del crédito y del respeto del que goza".
   Para Martínez el edificio era un símbolo de la procedencia ibérica de la raza:
     "... La casa de Chile en el certamen español tiene una característica bien marcada del estilo arquitectónico más usado entre nosotros: denota la procedencia ibérica de nuestra raza y de sus obras".
   Pese a esta concepción de conjunto, no faltaron detalles evocadores de la arquitectura del país ni elementos tomados de edificios famosos. Así por ejemplo, en el patio abierto que quedaba ante el pabellón, se ubicó una reproducción de la pila del Cerro de Santa Lucía. No obstante, una vez fallado el concurso, Martínez Gutiérrez hubo de hacer algunas modificaciones en su proyecto. Estos cambios, que ya constan en septiembre de 1928, consistieron en una reducción del cuerpo izquierdo del edificio y una ampliación del teatro en el extremo de este lado.
   Por no conservarse el proyecto del pabellón entre los Fondos Documentales de la Exposición, las fuentes para su estudio son, además de las referencias en prensa, unas fotografías de los bocetos y planos que Martínez realizara para el edificio y que, pertenecientes al Laboratorio Central de Fotografía y Microfilms de la Universidad de Chile, fueron expuestas en 1977 con motivo de una muestra sobre el arquitecto.
   El pabellón respondía al estilo de obras posteriores del autor como la Ciudad Hospitalaria de San Luis España (1930), la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile (1938), el Templo Votivo de Maipú (1943) y la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile (1952). Con él Martínez Gutiérrez anticipaba dos de las que luego serían sus notas constantes: el carácter funcionalista y la monumentalidad de los edificios a base de grandes masas, con estructuras de hormigón armado y muros de fábrica de ladrillo. Pese a su magnitud, todos ellos fueron trabajos realizados de forma individual, sin equipo alguno aunque recurriendo a profesionales de diversas especialidades como al arquitecto Raúl Veliz Montoya, quien colaboró con él en los cálculos estructurales.
   En planta y alzados, el pabellón era bastante complejo. Su distribución respondía a un circuito exposicional establecido, estando pensado para ser visto desde múltiples perspectivas. De hecho, Martínez Gutiérrez fue uno de los primeros profesores de la Escuela de Arquitectura de Santiago que insistiría en el aspecto funcional de las plantas de los edificios y en la necesidad de zonificar y marcar bien las circulaciones.
   Tras un patio de honor y franquear la portada principal, se dispuso un vestíbulo, que habría de estar decorado con elementos de arte aborigen "armonizados con el creacionismo actual chileno".

   Después, el hall de grandes dimensiones. Tras el vestíbulo de acceso, estaba la sala de minería de exposición de salitres, desde la cual se baja al principal patio interior del jardín que, quedaba frente a la portada, donde se practicaría el cultivo del salitre.
   Otras salas de la misma planta fueron la de Industria y de las Secciones de Pintura, Escultura y Artes Decorativas. Atravesando el patio, se accedía al salón de industrias manufactureras, desde el que se accedía inmediatamente a la Exposición de Bellas Artes que constaba de dos salas y una galería.
   Terminada la Sección  de Arte Puro y tras descender algunas gradas, se iniciaba la Sección de Arte Aplicado, cuya sala daba al patio princi­pal, porticada con potentes y gruesas columnas de mármol rojo de Ereño, en las cuales las basas y los capiteles (estos últimos a modo de zapata) tomaban formas rectilíneas. Una vez aquí, un visitante estaría obli­gado a dirigirse al vestíbulo de las escaleras al piso de oficinas y Consulado, que desde este nivel comunicaba con la Sala del Casino. Hacia la izquierda, en planta baja estaba el teatro, que por su plano inclinado tenía aspecto de anfiteatro. Desde el mismo vestíbulo del teatro, se accedía al patio de honor. La escalera de acceso al piso siguiente quedaba a la izquierda, desarrollándose en el mismo arranque de la torre. En este segundo piso se ubicaban las ofici­nas de informaciones y del consulado, las secciones de artes aplicadas y la biblioteca, que entre sus dos pisos disponía de escalera independiente
   El piso tercero estaba destinado a recreación. En él había un gran casino y salas de reuniones. Sobre éste, a 21 m. de altura, se extendía una amplísima terraza a 21 m. de altura para fiestas y reuniones, desde la que se podía acceder a la torre que, por sus 40 m. de altura, destacaba sobre el resto del edificio.
   En el extremo Norte del pabellón, con entrada por la nueva calle abierta a los jardines del seminario, se dispuso el Consulado, con comunicación directa al núcleo de exposiciones; ante él, en un pequeño jardín un estanque reflejaba el pórtico monumental del edificio y la torre. Para el trazado de los jardines que rodeaban el pabellón se respetaron los árboles que ya existían en el terreno.
   Entre las  modificaciones  habidas en la planta del edificio con objeto de adaptarla a los distintos usos que este ha tenido, hay que destacar la reforma y ampliación realizada en 1970 por Aurelio Gómez Millán. El arquitecto recibió el encargo del Ministerio de Educación y Ciencia de ampliar el número de aulas de la Escuela de Artes y Oficios. Para ello, en la fachada Sur del pabellón, sobre el ala derecha -que sólo tenía planta baja- añadió un cuerpo de 17'20 m. de longitud y 8'30 m. de anchura que se abría al exterior con huecos similares a los existentes en el resto del conjunto. Según el autor, el proyecto había sido estudiado dentro de la línea chilena sobre la base del estilo colonial español en la parte constructiva y del aborigen en la decorativa. Sin embargo, la diferencia en el tratamiento de los vanos denota la intervención de Gómez Millán.
   En las dos puertas de acceso a las salas de exposición de escultura y pintura, la interior que daba al patio y la exterior, había un detalle muy nacional: una entrada que llevaba una barra que servía de marco superior a las murallas con tejas laterales. También lo era la escalinata de acceso al segundo piso, por la parte de atrás, que terminaba en un amplio corredor con balaustrada cubierta de un telón criollo con varias antorchas pegadas al exterior del muro. Este mismo detalle del telón y las antorchas se repetía en la terraza del piso, que daba a la derecha de la fachada.
   Otros elementos evocadores eran las arquerías que servían de entrada a las salas del ala izquierda, que -dándole un carácter criollo- se repetían en el resto del edificio. También lo era el balcón del segundo piso, del lado izquierdo de la fachada principal, con su oreja y su marco en arcada. El estilo del pabellón de Chile correspondería al que en 1980, con motivo de la Exposición sobre el Barroco Latinoamericano que tuvo lugar en Roma, Héctor Velarde denominaría Barroco Andino, y del cual -según expone el autor- existen ejemplos en Perú como son la Iglesia de San Ancón y las residencias de San Isidro en las Avenidas de Orrantia y Arequipa en Lima.
Los problemas durante el proceso constructivo
   Las obras, precedidas por una visita del arquitecto para hacer los primeros estudios sobre el terreno, se iniciaron en el último trimestre de 1927, estando previsto que terminaran a finales de 1928. De ellas se ocupó la casa constructora de los Hermanos Anduiza, S.A., de Bilbao, especializada en hormigón armado, siendo el costo inicial dos millones de pesetas. Como refiere la prensa de la época, en un principio, las obras marcharon según lo previsto pues en apenas un año, ya estaban muy avanzadas, pese a la complejidad que suponía la edificación del pabellón y la huelga de albañiles que hubo en Sevilla.
 ... Las obras se hallan al presente en un período de actividad extraordinaria y muy adelantadas aunque el conjunto de ellas, apreciado exteriormente, parezca una obra de romanos. La gigantesca armadura de cemento en sus distintos planos estará totalmente terminada dentro de muy pocos días. En este trabajo de fábrica, quedan solamente por concluir algunos techos en los planos más reducidos y el último tramo de la torre que la elevará en nueve metros sobre los treinta y uno de altura que hoy tiene".

   "
   Así, gracias a la abundante mano de obra empleada (dos mil quinientos hombres), en noviembre de 1928, ya casi terminada su estructura, se habían estucado 2.200 m2 del interior, habiendo ya comenzado la labor decorativa: los obreros estaban trabajando los 60 m3 de mármol rojo de Ereño destinados a las columnas del patio de honor y se procedía a la ornamentación de la monumental puerta de entrada.
   Todo hacía pensar que el edificio, cuya ejecución había adquirido una gran dimensión por la cantidad no sólo de operarios sino también de ladrillos empleados (un millón de ladrillos de doble hueco), estaría a punto para la inauguración o que, en todo caso, faltarían algunos detalles decorativos en el extremo interior de la torre o en algún local de uso no inmediato.
   Sin embargo, la confluencia de factores de muy diversa índole referentes a una gestión anó­mala del pabellón -en relación al pago de las certificaciones- o los inconvenientes puestos a la labor arquitecto por parte del Comité de Santiago, los representantes del país y la colonia chilena en Sevilla, interrumpieron la buena marcha de las obras. Veamos cuáles fueron los hechos.
   En primer lugar, parece que, pese a su insistencia, el arquitecto carecía de ciertas orientaciones que le eran indispensables. Así, al faltar un programa definitivo para la exposición chilena, y desconocerse la organización del material que se pensaba exhibir, las obras tuvieron que iniciarse a partir del anteproyecto ganador del concurso, sin que pudiera hacerse un estudio arquitectónico-museográfico del recorrido, iluminación o dimensiones del edificio. A medida que se definían las necesidades, se fueron pidiendo modificaciones en el pabellón, las cuales Martínez realizaba con dificultad, "por no ser el hormigón armado lo elástico que se imaginan". La obstrucción de la tarea del arquitecto por la Secretaría General del Comité Chileno en Santiago, era -en opinión del interesado- voluntaria, al dejar incontestadas sus consultas.
   El descontento del arquitecto se acentuó cuando el Comité de Santiago decidió acometer la decoración del pabellón, sin intervención ni control alguno por parte de éste. Martínez se opuso, no sólo a no tomar parte activa en el proyecto decorativo -ya habiendo él planteado uno- sino también a la prohibición gubernamental de que colaborasen autores españoles en la ornamentación. Tal medida ocasionó la pérdida del apoyo de dos artistas chilenos de gran prestigio en la época, Victoria Macho y Amelio Cartela, así como grandes retrasos en la decoración del edificio que, en relación con el proyecto inicial de Martínez, en octubre de 1928 estaba aún bastante atrasada. Además, el arquitecto se quejaba de haber sido víctima de manipulaciones y calumnias por parte de la colonia chilena en Sevilla, de falta de armonía un criterio uniforme entre él y el Comité Organizador Santiago, y de que desde hacía más de un año no se hubiera contado con la colaboración de algunos representantes chilenos.
   A pesar de todos estos inconvenientes, el ritmo de las obras se mantuvo hasta que surgieron los problemas económicos: la disminución de la partida presupuestaria del pabellón y el incumplimiento de las certificaciones a la constructora Hermanos Anduiza, S.A. de Bilbao.
   Respecto a la primera cuestión, hay que decir que cuando ya se había realizado el esquema de hormigón y estando muy avanzada la construcción en ladrillo, y la madera, la piedra, el mármol de Ereño y los artesonados a pie de obra, se ordenó al arquitecto reducir la suma destinada a la construcción a una cantidad que éste consideraba insuficiente para las proporciones del conjunto y que apenas alcanzaba a cancelar lo que hasta el momento se había hecho. Aunque antes de salir de Chile se había acordado que el presupuesto se modificaría según las circunstancias, el importe general de la exposición y de los países sudamericanos, el Gobierno había aceptado el coste del anteproyecto presentado por el arquitecto. Martínez se opuso a finalizar el edificio con un nuevo presupuesto que perjudicaría su solidez y estética:

     "No he de ser yo quien termine de mala forma el pabellón, ni me presto para estas soluciones de última hora, por patrióticas que fuesen, que no lo son."
   El último factor que entorpeció el proceso de las obras fueron los problemas con la constructora, que surgieron a mediados de 1928. Hasta esa fecha, a pesar del exagerado retraso por satisfacer las liquidaciones de la empresa, las relaciones entre ésta y el Gobierno de Chile eran cordiales.
   A mitad de noviembre, el Cónsul General y el Delegado del país en la E.I.A. empezaron a hostigarlas; el 1 de diciembre comunicaron que se haría efectiva una multa por incumplimiento del plato de ejecución, pese a que el Arquitecto Director de la obra, Martínez, -única persona que, según el contrato podía aplicarla- había notificado a la Casa Constructora su complacencia en la buena marcha (celeridad) y calidad de la obra.
   Además, por distintos motivos, el Cónsul se negó a firmar la sexta liquidación pese a haberla dado por buena -según el contrato exigía- el Arquitecto Director; argumentaba que incluía materiales acopiados (madera y piedra) que, según contrato, habían de estar incorporados al precio. De esta forma, la obra ejecutada desde el 4 de agosto al 31 de diciembre estaba sin pagar, aproximándose el total importante a 430.000 ptas.
   Por la morosidad en el pago de las certificaciones, el 31 de diciembre, se paralizaron las obras. En enero, llegó a Sevilla un técnico chileno para hacer la liquidación general de la obra y un informe, que fue ignorado por el Cónsul por ser favorable a los constructores y proponer continuar la obra con los mismos arquitectos y contratistas.  Los Anduiza valoraron la construcción total en 800.000 ptas., cifra inferior a la obtenida por el técnico chileno.
   Para solventar los problemas, el Comité de la Exposición proponía aprovechar la organización existente y terminar lo poco que quedaba según el contrato vigente y con los mismos contratistas, quienes recibirían un 15 % del monto neto por materiales. Un nuevo contratista tardaría en organizarlo unas dos semanas como mínimo y además tendría dificultades para la obtención de materiales porque la producción estaba acaparada por esta firma. Además los Anduiza tenían en su mano un recurso dilatorio que dificultaba el nuevo contrato. De esta forma se llegó a una situación tensa entre los representantes del Gobierno de Chile y la Comisaría Rodríguez Mendoza, quien, dirigiéndose a Cruz Conde, dirá:

     "Mire usted, mi querido Director, que acusa de retrasos inexplicables al país que no ha faltado jamás a ninguno de sus compromisos.
     "... tantas dificultades, absolutamente extrañas al deseo y a la voluntad del gobierno de mi país y a la república más industrial de Sudamérica, dicho sea sin jactancia, extraña a nuestro modo de ser, estará en Sevilla en la fecha fijada ..."
   El Comité planteó la necesidad de nombrar como árbitro en el conflicto a Vicente Traver y Tomás; esta idea fue rechazada por el embajador, quien por indicación del arquitecto de La Foundation, propuso a Modesto López Otero, Director de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el cual fue aceptado por los contratistas. López Otero practicó la liquidación general de la obra, con las siguientes bases:
   l. Incluirían en las liquidaciones los materiales ya acopiados (madera y mármol de Ereño) como cualquier otro especialmente encargado para la obra.
   2. Se abonarían los pluses satisfechos por el aumento de jornales por horas extraordinarias y obras realizadas por la administración y las reformas ordenadas por el arquitecto.
   3. Incluiría las instalaciones eléctricas de alumbrado y fluido consumido.
   A raíz de la situación creada, en enero de 1929, los retrasos en la edificación se hacían evidentes. Pese a ello, los Anduiza se comprometieron  a acabar el pabellón para la fecha de la inauguración, que tendría lugar el 15 de febrero, aunque quedarían sin terminar algunos interiores que, no siendo de inmediato uso exposicional, se concluirían durante la Exposición, probablemente antes de la semana oficial de Chile.
   El 25 de enero de 1929 la Cancillería de Chile emitió un Decreto referente a la paralización de las obras, en el cual -sin fomular cargo alguno contra él, se exoneraba a Martínez del cargo de arquitecto del pabellón, quedando vacante su puesto. En febrero, el Embajador encargó a Castó Fernández Shaw verificar las operaciones de medición y valoración de lo construido, y solucionándose la cuestión, se reiniciaron las obras. Fernández Shaw actuaría como arquitecto de la empresa americana contratada en Santiago para la continuación de las obras, la Foundation Company, cuya concesionaria en España y Portugal era la Constructora General Iberia. El arquitecto no introduciría cambio alguno en la concepción primitiva del proyecto, para que el edificio pudiera, en todo momento, reconocerse como obra de Martínez. Fernández Shaw se ocuparía sólo se realizar la medición de lo efectuado hasta entonces. Esta medida coincidió con un aumento en el presupuesto, que alcanzó los 1.300.00 pesos.

   El edificio no se concluyó hasta agosto de 1929, es decir, cuatro meses después de inaugurarse la Exposición. Ello no se debió únicamente a "la prolongada paralización que impuso el temporal de lluvias" sino a que continuaron los problemas entre los representantes diplomáticos, la Casa Constructora y el arquitecto, pese a que el contratista saliente ofreciera toda clase de facilidades. Así, el Embajador pretendía que el contratista despedido permitiera la entrada en la obra y la continuación de la misma a la nueva empresa sin que se le pagase lo adeudado. Ello requirió la intervención de Cruz Conde -no sólo como Director de la Exposición sino también en calidad de Gobernador Civil­ así como la presencia en Sevilla de Adolfo Ortúzar Figueroa, Secretario General de la Legación de Chile en la Exposición y del Comisario General de la Sección Chilena, Alberto Edwards.
Análisis decorativo y exhibición artística
   Poseemos pocos datos sobre la decoración del pabellón de Chile, aunque consta que el vestíbulo y algunas salas, por ejemplo, la Sala de Industrias y Maquinaria, estuvieron ornamentados con lienzos de paisajes y escenas costumbristas, de autores chilenos, entre los que destacaron Arturo Gordon Vargas, Laureano Guevara y Guillermo Schidt. Las fuentes refieren que dos autores de gran prestigio en la época, Victorio Macho y Amelio Cartela, rehusaron asistir a pesar de las presiones del Gobierno; no obstante, finalmente Macho debió consentir, pues consta que a finales de 1928 llegó a Sevilla, Vitorio Macho,junto con Arturo Gordon, habiendo sido ambos enviados por el Gobierno de Chile a las órdenes del arquitecto para pintar escenas representativas de las actividades chilenas. También consta que, meses antes, a finales de agosto de 1928, acompañado por Guevara, Gordon había partido a Sevilla desde Buenos Aires, para preparar sus obras.
   De hecho, la decoración obedecería a un complejo programa dirigido por Martínez, si bien durante la Exposición, una vez destituido éste, Julio Restat actuó como Consultor Artístico.
   De los referidos artistas, el más importante fue el pintor e ilustrador chileno Arturo Gordon Vargas. Gordon, quien realizó un panneaux decorativo para la Sala de Industrias y Maquinaria, era en aquellos años profesor de la Academia de Bellas Artes de Valparaiso. Gordon, el más personal y expresionista de los miembros de la denominada Generación del 13, se caracterizaba por sus escenas de costumbristas y temas populares urbanos, con figuras tensas y distorsionadas, recortadas a contraluz, con espesas y alargadas sombras, de modo que la luz cobraba un papel fundamental en su pintura. Cuando se le encomendó trabajar en el pabellón de Chile, Gordon contaba con experiencia exposicional; de hecho, en 1919 su cuadro La meica (La médica) había obtenido la segunda medalla en el Salón Internacional de Buenos Aires. El artista venía destacando, especialmente, por sus monumentales lienzos; por ejemplo, El Sarao, con el que en 1921, en Chile, había ganado la medalla de oro y el premio en el Certamen Edwards y, sobre todo, con los que, por encargo gubernamental, ejecutó para decorar las escaleras y el segundo piso de la Biblioteca Nacional (1926).
   En concreto, Gordon (1883-1944) realizó tres lienzos titulados Frutos de la Tierra (Museo Regional de Rancagua, 160 x 660 cm.), La Vendimia (Museo O'Higginiano y de Bellas Artes de Talca, 162,5 x 654 cm.) y La industria araucana (en el Centro de Extensión de la Universidad de Talca, sede Curicó, 210 x 550 cm.), por los que el autor obtuvo el Primer Premio y la Medalla de Oro del Certamen. Estos lienzos, recientemente restaurados y estudiados por Porras, Maturana y Ossa, son considerados documentos de incalculable valor estético e innovador para el arte nacional; constituyen además una de las pocas obras de gran formato del autor que se han conservado hasta nuestros días y  "una de las primeras tentativas muralistas de la región".
   La forma de los lienzos se adapta al emplazamiento de destino ya que habrían de colocarse en la parte superior del muro, por lo que que contemplan un escalonamiento generado por la viguería de la estructura. Estas pinturas, que no son especialmente detallistas, resultan un tanto idealizadas, imponiéndose en ellas el color y la luz como elementos fundamentales.
   Laureano Guevara (1889-1969) realizó cuatro lienzos, titulados La agricultura, Tejidos de Arauco, La minería y La pesca. A última hora debieron incorporarse nuevos autores como Guillermo Schidt, al que las fuentes de época sólo refieren una vez que el arquitecto había sido destituido.
   En éstas se indica que las salas y patios del pabellón estuvieron decorados con esculturas; entre ellas está documentada una representando al cacique araucano El Toqui, que simbolizaba la virtud del pueblo chileno. También hay referencias en la prensa acerca de que uno de los salones del edificio estuvo ornamentado con retratos de los gobernadores chilenos de la época colonial y que en uno de los muros de la sala de acceso, se expusieron cuatro marinas de Casanova que representaban la llegada de Magallanes, la Independencia, la Guerra del Pacífico y una de la época.
   La sección de Bellas Artes del Pabellón chileno contaba también con variadas obras pertenecientes al Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago, veinticinco de las cuales fueron entregadas por el Gobierno a Alberto Serrano, Comisario General de la organización de dicha Exposición en Chile, en mayo de 1929, previo seguro contratado a la Compañía La Alemana por $ 188.000.
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Conclusiones sobre el pabellón de Chile
   Aunque desde el punto de vista iconográfico e iconológico y en cuanto a su contenido artístico, la intervención de Chile en la Exposición parezca de menor interés, de las internacionales es una de las más significativas por su carácter anómalo en relación al estilo y los materiales empleados, por la grandiosidad del edificio y los numerosos problemas ocasionados durante la ejecución de las obras.
   El pabellón tiene de interés, al margen de su valor per se, el ser una de las primeras obras de un arquitecto de gran prestigio en Chile durante las décadas posteriores.
   El pabellón corresponde a una arquitectura nacionalista que pretende exaltar el valor de la patria y la raza, que encaja dentro de la estética por Velarde denominada Barroco Andino (Amparo Graciani García, La participación internacional y colonial en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Ayuntamiento de Sevilla, 2010).
     El Pabellón de Chile, posiblemente el artefacto arquitectónico más interesante de cuantas construcciones de la E.I.A. aún se mantienen, fue proyectado por el arquitecto chileno Juan Martínez Gutiérrez en 1927.
     De planta compleja y bien articulada, de resonancias expresionistas -influencias de las que participa igualmente su potente volume­tría-, a la que el autor, según expresa en la memoria del proyecto, fiará las referencias figu­rativas de su país de origen: "El conjunto encuadrado en los jardines interpretará el espíritu chileno, sin recurrir para ello a motivos coloniales, sino a agrupaciones de volúmenes, trozos de escultura y pintura capaces de sugerir el ambiente de un pueblo y hacernos adivinar su cultura". La compleja volumetría del edificio habría de proponer la imagen analógica de la geo­grafía del país chileno. En este sentido hablaríamos de expresionismo e incluso en su propuesta figurativa -sobre todo en elementos como el salón de actos-, donde no faltan recursos formales de clara inspiración mendelsohniana.
     Por otra parte, en este espléndido edificio de múltiples referencias historicistas, en el que abundan numerosas muestras de una cuidada elaboración de los detalles, está presente una cierta actitud progresista, enmarcada, sin embargo, en las condiciones formales del eclecticismo. Se trata del pabellón de la EIA, más ex­ tenso en superficie: consta de tres plantas de al­tura, en buena parte de la totalidad del edificio, y la torre, de 50 m. de altura.
     El pabellón ocupa en planta baja una superficie aproximada a los 3.500 m2, estimándose una superficie total construida de alrededor de los 5.000 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Chile, de Juan Martínez Gutiérrez, para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede de la Escuela de Arte de Sevilla), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Exposición Iberoamericana de 1929, en ExplicArte Sevilla.

martes, 25 de agosto de 2020

El Pabellón de Uruguay, de Mauricio Cravotto Schiavon, para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede del Servicio de Asistencia a la Comunidad Universitaria, de la Universidad de Sevilla)


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Uruguay, de Mauricio Cravotto Schiavon, para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede del Servicio de Asistencia a la Comunidad Universitaria, de la Universidad de Sevilla), de Sevilla.
      Hoy, 25 de agosto, se celebra en Uruguay el día de la Independencia (25 de agosto de 1825), así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Pabellón de Uruguay para la Exposición Iberoamericana de 1929, de Sevilla.
      El Pabellón de Uruguay para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede del Servicio de Asistencia a la Comunidad Universitaria, de la Universidad de Sevilla) [nº 76 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 26 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929], se encuentra en la Avenida de Chile, 3; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
   La Exposición Iberoamericana de 1.929 supone la transformación urbana más importante de la ciudad en época contemporánea hasta 1992. El recinto se desarrolla en un entorno ajardinado en el que se disponen arquitecturas singulares que lo monumentalizan: apoyado en el curso del río y en edificios existentes de la importancia de la Fábrica de Tabacos o del Palacio de San Telmo, da forma al deseo de crecimiento hacia el sur que la ciudad ya había manifestado en proyectos como el trazado del Salón de Cristina o El Jardín de las Delicias de Arjona.
   El escenario fundamental es el del sector segregado de los jardines del Palacio de los Montpensier y que constituyeron el Parque de María Luisa en honor de la cesión por la infanta María Luisa de Orleáns, prolongado en el Jardín de las Delicias y a lo largo de la Avenida Reina Victoria (hoy Paseo de las Delicias y de la Palmera) hasta el Sector Sur. Otros edificios dispersos se situaron en los jardines de San Telmo o, en el caso singular del Gran Hotel "Hotel Alfonso XIII- en el Jardín de Eslava.
   El trazado inicial surge como consecuencia del concurso de anteproyectos celebrado en 1911 y del que se eligió la propuesta de trazado unitario presentada por el arquitecto Aníbal González y que, en los que le siguieron (1913, 1924, 1925 y 1928), se fue desfigurando en aras de una implantación dispersa con la intervención de un número más amplio de profesionales. El arquitecto dimitió falleciendo poco antes de inaugurarse el certamen.
   El Pabellón de Uruguay se encuentra, junto al de Chile, en los terrenos de los jardines de San Telmo, espacio desestructurado en su configuración actual que ha quedado descontextualizado de los edificios que aún componen el legado de la Exposición Iberoamericana y el de los Jardines que los albergaban. En estos jardines, además del pabellón de Uruguay, se situaron el casino-teatro de la Exposición (actual Teatro Lope de Vega), y los pabellones de Perú, Chile y Estados Unidos. A ellos se vino a sumar, a finales de los años 90 del pasado siglo, la biblioteca pública Infanta Elena.
   Se trata, por tanto, de un entorno enormemente cualificado, tanto en lo arquitectónico como en lo urbano y lo paisajístico, en el que el pabellón de Uruguay ocupa una posición central, en un solar de forma triangular que se traduce de manera inmediata en la geometría del edificio. Desde un punto de vista paisajístico, su composición encaja dentro del programa de fantasía arquitectónica y nostalgia cultural que marcó la Exposición, compartiendo con el resto de pabellones ciertos rasgos de lenguaje arquitectónico y tipología que resultan característicos de la época.
   La fachada principal del edificio se ofrece hacia la avenida de Chile, vía interior a la manzana, hacia la bifurcación de la calle Uruguay, perpendicular a la mencionada avenida, un espacio urbano caótico, por ser usado fundamentalmente como lugar de estacionamiento de vehículos, en el que no existe atisbo alguno de sensibilidad paisajística, ni siquiera apoyada por una mínima y coherente ejecución material de la urbanización.

   Esta fachada se abre al Norte y corresponde al lado largo del volumen principal del pabellón. Este volumen tiene planta en cruz truncada, con sus dos brazos mayores orientados en dirección Este- Oeste, que se caracteriza por su mayor escala y carga de ornamentación, mientras que el brazo que apunta hacia el Sur se encuentra ocupado por una sala de conferencias. Al volumen principal se acopla el volumen complementario, de dos plantas de altura y planta triangular, apuntando su vértice curvo en dirección Sur, y colocándose uno de sus lados paralelo a la alineación definida por el Paseo de las Delicias. El acople entre ambos volúmenes se realiza al abrazar el volumen de planta triangular el brazo Sur del volumen principal.
   La distinción entre ambos volúmenes también es funcional, albergándose en el principal originalmente los espacios expositivos, de generosas dimensiones, y en el secundario el programa más menudo y compartimentado, fundamentalmente de oficinas. En la actualidad, solamente es posible percibir una idea de la escala generosa del edificio en el vestíbulo central, de planta cuadrada que en la linterna se vuelve octogonal para una resolución de la cubierta en faldones sustentados por vigas de hormigón armado. Las pechinas de esta transición del cuadrado al octógono son de un interesante diseño art decó. En el extremo Este del volumen principal, con acceso desde este vestíbulo, se encuentra una gran sala que sirvió de gimnasio del SADUS en su primera ocupación y que actualmente es utilizada como salón de actos informal. En este espacio se percibe la estructura del edificio, ejecutada en arcos apantallados de hormigón armado, entre los cuales se extienden correas que sostienen la cubierta a dos aguas. La resolución estructural de este brazo, de enorme sencillez, recuerda de manera poderosa a la adoptada en el sevillano Mercado de la Carne. El brazo Oeste, ocupado actualmente por oficinas, se encuentra cubierto interiormente por un falso techo que impide ver la estructura.
   Igualmente, las diferencias en el tratamiento del lenguaje arquitectónico a ambos volúmenes son notorias: el secundario de planta triangular se compone con cánones próximos a la arquitectura racionalista, con huecos simplemente recortados en el paramento. El revoco basto de este paramento, pintado en blanco, así como el empleo de la teja curva en la cornisa intermedia impiden adscribirlo al
movimiento moderno, al que por otra parte también es próximo en su organización completamente pragmática de la planta, y en la resolución curva de su vértice Sur.
   El contraste es notorio con la fachada Norte, donde la composición se atiene a las recomendaciones estilísticas del concurso convocado originalmente. Se encuentra marcada por la predominancia de la portada neobarroca realizada en piedra, en la que se abre un arco rebajado sostenido por dos pares de columnas estilizadas. A ambos lados de cada par de columnas, esta portada se cierra mediante potentes pilastras. La portada queda coronada por un frontispicio mixtilíneo, rematado en su vértice superior por el escudo de la República de Uruguay, bajo el que se encuentra la inscripción ¿URUGUAY?.
   El efecto de monumentalidad de la portada no va acompañado por la simetría de la fachada Norte: en el brazo Oeste, se añade una nave de menor altura que conecta con el espacio de entrada, al término de la cual se sitúa una pieza de vivienda, de una planta de altura con clara organización y volumetría racionalista. Los huecos de esta nave y de la vivienda se abren con arcos de medio punto, y quedan cerrados con rejas de forja de cuidado diseño. En el brazo Este, los huecos del ala son, por el contrario, adintelados.
   Vista desde el exterior, tras la portada se eleva una linterna, de arranque de planta cuadrada que a una altura intermedia pasa a octogonal. Esta linterna se encuentra perforada por huecos de pequeñas dimensiones, con arcos de medio punto, y se cubre mediante una cubierta de teja curva, con faldones convergentes a una cima desprovista de remate. Una crestería corona la cornisa del edificio, si bien se encuentra degradada y ha perdido importantes tramos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
EL PABELLÓN DE URUGUAY: UNA SOLUCIÓN DE COMPROMISO
   Uruguay concurrió a la Exposición Iberoamericana con un pabellón permanente obra de Mauricio Cravotto Schiavon. Pese al escaso presupuesto dispuesto para su construcción, este edificio presenta un doble interés; por una parte el histórico pues hasta la fecha la República contaba con pocas experiencias exposicionales, pero sobre todo el arquitectónico considerando que, de los pabellones internacionales realizados en Sevilla, era éste el que mejor expresaba el conflictivo panorama arquitectónico de Iberoamérica al no corresponder a un Neocolonial puro sino a un compromiso estético entre la tradición y las nuevas tendencias, incorporando incluso algunos elementos de la arquitectura española.
   En aquellos momentos, en Uruguay el Neocolonial tan sólo tenía una fuerza marginal; después de un tímido aunque interesante Art Nouveau, había penetrado muy lentamente en los medios intelectuales y las aulas universitarias y se había propuesto como opción en el Primer Congreso Panamericano de Arquitectura, celebrado en Montevideo en 1920. Por el contrario, en la República la arquitectura racionalista alcanzaba niveles notables ya en la década de los treinta, sobre todo en comparación con la evolución arquitectónica de otras naciones del continente. Quizás -como indica Mariano Arana- se debiera al poco arraigo de la tradición y la casi inexistencia del movimiento Neocolonial, a lo que contribuyó -según Torres Balbás- el ardiente afán de novedades aportado por la migración italiana. Pensemos que, ya en 1926, Juan A. Scasso diseñaba escuelas públicas en estilo racionalista, así como edificios Art Decó (por ejemplo, el Palacio Ranaldini de Montevideo). Eran los años en que se gestaba el llamado Grupo de Montevideo.


 En cualquier caso, el Neocolonial uruguayo era muy distinto al argentino pues no sólo carecía de la fuerza teórica que el movimiento allí si tenía sino que tampoco había existido en Uruguay una arquitectura colonial característica. Por el contrario, dados los orígenes militares de la capital, era ésta una arquitectura demasiado simple, de fachadas lisas, casi sin más ornamentación que las cornisas y las voladas rejas de sus ventanas. Todo ello contribuyó a que, cuando existió el movimiento neocolonialista del país éste fuera demasiado pintoresco lo que, como veremos, quedaría patente en algunos de los trabajos presentados al concurso de proyectos.
Gestiones hacia la concurrencia
   Las gestiones hacia la concurrencia de Uruguay a la Exposición resultaron una de las más problemáticas por no haber participado con anterioridad en otros certámenes. La intervención de Uruguay en la Iberoamericana viene a confirmar un cambio de actitud en la República ante el fenómeno exposicional, sin duda motivado por el esplendor de la muestra de Río de Janeiro donde tampoco había tomado parte.
   En ellas se pueden establecer tres grandes periodos. Como la mayoría de las naciones invitadas en un primer momento, el Gobierno uruguayo se mostró a favor de concurrir. Sin embargo, cuando a partir de 1923, coincidiendo con la agilización de los trámites por parte de Primo de Rivera la cuestión se volvió a plantear, las dificultades económicas dieron pie a unos años de titubeos y manifestaciones muy diversas, durante los cuales los diferentes colectivos se mostraron unos en pro y otros en contra, ante la necesidad de concurrir o no a la Exposición, entonces ya Iberoamericana. Esta segunda fase abarcará desde 1923 hasta junio de 1925 en que el Gobierno decida estar representado en Sevilla. Finalmente el tercer periodo corresponderá los años comprendidos entre 1925 y 1929 durante los cuales las instituciones encargadas de ella, primero el Consejo Nacional de la Administración y más tarde el Comité Organizador, tratarán dos cuestiones que resultaron bastante problemáticas: el carácter y el crédito asignado al pabellón. Sólo una vez solventadas fue convocado el concurso de proyectos. El punto cumbre de esta fase sería la semana uruguaya en Sevilla, celebrada del 15 al 22 de octubre de 1929.
Los primeros trámites (1909-1925)
   Igual que sucedió en la mayoría de los casos restantes, las primeras manifestaciones del Gobierno uruguayo fueron a favor del Certamen Hispanoamericano pues, como señala Eduardo Rodríguez Bernal, en febrero de 1911 el Encargado de Negocios español en Montevideo informó que la República aceptaría la invitación una vez fuera concretado el carácter de la Muestra. Dos años más tarde, las gratas impresiones que el Gobierno nacional obtuvo de la celebración del Centenario de las Cortes de Cádiz en dicha ciudad, le hicieron reiterar su optimismo al respecto. No obstante, la actitud hacia la Exposición cambiará radicalmente cuando en 1923. tras el paréntesis de la Guerra Mundial y con la subida al poder de Primo de Rivera, se retomen las gestiones.
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   Algo más de dos años se tardó en decidir la participación de Uruguay a la Iberoamericana desde que, como las otras naciones iberoamericanas en 1923 la Legación Española invitase al país a exponer de forma oficial o particular los productos de su industria, comercio y ganadería, en un pabellón propio en la Avenida de la Palmera, sin más canon que la tarifa cobrada a exposiciones, o en las galerías construidas al efecto, previo pago de una cantidad en razón directa a a extensión ocupada. No obstante en la República hubo una gran oposición a que la nación estuviera representada en Sevilla pues si en un principio los miembros del Ministerio de Hacienda y las Cámaras uruguayas se oponían a votar los recursos que fueran necesarios para la concurrencia, también se mostraron reacias aquellas instituciones a las que el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República debía pedir un dictamen antes de proponer a las Cámaras los créditos correspondientes: el Ministerio de Industria, la Cámara de Industria de la Unión Industrial Uruguaya y el Consejo Nacional de la Administración.
   De una parte, el Ministerio de Industria, a pesar de reconocer la importancia de la celebración, consideraba que la decisión de concurrir debía posponerse al no existir partidas disponibles para atender de inmediato la participación que, además, no tendría lugar hasta 1927. Por otro lado, para los representantes de la Cámara de Industria de la Unión Industrial Uruguaya, la Ibero-Americana, a la que apoyarían si el Gobierno decidiera participar, como el resto de los certámenes internacionales no tendría fin práctico alguno más que para aquellos países que basasen su exportación en las industrias fabriles y manufactureras y no para Uruguay, que lo hacía en materias primas de demanda universal. Además, era ésta una República de muy poca -por no decir ninguna- tradición exposicional. Incluso dejó de estar presente "pese a la importancia que revistió por su vecindad y el influjo político derivado" en la Exposición Brasileña Internacional de Río de Janeiro en 1922. Finalmente, el Consejo Nacional de la Administración, el más alto poder administrativo del país, decidió no participar, limitándose a exponer "como por compromiso" en las instalaciones generales.

   Ante esta negativa, la colonia española en Montevideo con el embajador al frente organizó una campaña en pro de la concurrencia protagonizada por el español A. Salavarri, que era un redactor de El Día, diario de mucha circulación e influencia en la capital. Al interés de este periódico, se sumaba el del Presidente de la República, José Batlle y Ordóñez (+1929). Sin duda alguna, este hombre, que marcó la vida política del Uruguay durante el primer tercio del siglo como principal protagonista de la democratización y las reformas sociales, comprendía que la modernización económica que su país venía experimentando podía verse estimulada con la participación en un certamen de esta índole que, al tiempo, ofrecía grandes perspectivas para la ampliación de mercados. También favoreció la participación de Uruguay en la Exposición la corriente antipositivista que especialmente en torno a José Enrique Rodó (1871-1917) se desarrollaba en el primer cuarto de siglo, buscando una nueva identidad hispanoamericana, cercana a España y, por el contrario, alejada del mundo anglosajón.
   Gracias a las publicaciones de Salavarri y a los contactos que estableció con legisladores y personas influyentes, el Ministro de Estado consiguió que el 25 de junio de 1925 el Consejo Nacional volviera sobre su acuerdo y considerara conveniente la participación pese al gasto que ello supondría. Como dirá algún miembro del Comité Organizador:
   "El Uruguay, tan estrecha y directamente vinculado a España, no puede estar ausente de una fiesta de tal magnitud, máxime cuando ella le presenta una envidiable oportunidad de hacer propaganda en pro de la producción, ya que serán justamente las poblaciones de los países que pueden hacer mercados a nuestros productos los que formarán el núcleo principal de los visitantes del importante torneo".
   Se había dado un paso adelante. Además de reconocer la importancia de la Exposición, se caía en la cuenta de la oportunidad comercial que se brindaba, sobre todo para ampliar el mercado de la carne en España, exponiendo los progresos de la moderna ganadería uruguaya en unos momentos en que se estaba produciendo el nacimiento de la que sería la principal industria del país, la conservación frigorífica, que empezaba a aplicarse a principios del siglo XX y cuyo pilar básico era la ganadería extensiva de ovino y bovino. Curiosamente, una actitud tan opuesta a la inicial, hace pensar que lo que interesaba a "las conveniencias nacionales en el terreno económico, social e institucional", según se expresaba en la memoria elaborada por la comisión uruguaya a la conclusión el Certamen, no fuese más que un pretexto, fruto de "los intereses particulares de ciertos hombres de empresa" y de personalidades importantes que se beneficiarían de la participación. En ese momento, se encargara a la Comisión Nacional de Defensa de la Producción presentar un informe sobre el modo de concurrir, el cual habría de aprobar el Poder Ejecutivo, es decir el Consejo de Estado y el Presidente del Gobierno. Es a raíz de la decisión de asistir cuando se inicia un período en el que se estrechan las relaciones entre Uruguay y España.
La labor del Consejo Nacional de la Administración y del Comité Organizador (1925-1929): carácter y crédito del pabellón
   De todo lo relacionado con la participación se ocupó el Consejo Nacional de la Administración. Su primer paso fue constituir un Comité Organizador de la Concurrencia que estuvo presidido por Oscar Orozco, con Francisco Torres Insargarat como Comisario General hasta su renuncia en junio de 1929, fecha en que le sustituyó Segismundo López Rueda. Sin embargo, dicho Comité no funcionó con plena autonomía hasta noviembre de 1925. Así pues, la labor del Consejo Nacional de la Administración abarcó un corto período de tiempo, de junio a noviembre, lo suficiente para determinar el carácter permanente del pabellón, los productos a exponer y la cantidad que habría de emplear en sus construcción.
   El 20 de noviembre, casi simultáneamente al inicio de las gestiones para la constitución del Comité, el Consejo solicita al Parlamento recursos para un pabellón definitivo. Con anterioridad, por los problemas económicos de la República, se había pensado levantar un pabellón provisional 50.000 pesos. Pero cuando el Comité trató la cuestión se acordó que éste fuera permanente, más que por razones estéticas porque se consideraba que de esta forma la presencia uruguaya tendría mayor relevancia por la ubicación especial que dentro del recinto de la Exposición se destinaría a los pabellones de carácter definitivo. Además de potenciar el orgullo nacional, la cuestión económica; incluso a la larga, interesaría más el gasto en un pabellón permanente que tras el Certamen pudiera destinarse a "exhibir productos nacionales o a cualquier otra manifestación de propaganda o a otros muchos usos de interés para el país". El edificio sería una construcción económica pero airosa, de pequeñas proporciones (25 x 40 m.), que habría de edificarse con 40.000 pesos de oro uruguayos de los 80.000 pesos que, con un retaceo de 30.000 unidades, el Comité solicitaba para la Exposición en el proyecto  de ley enviado a las Cámaras. Es decir, para el pabellón definitivo se destinarían 10.000 pesos menos de lo que inicialmente se había pensado destinar a uno provisional.
   En estos primeros momentos, al Gobierno uruguayo le despreocupaba la cuestión artística de su participación sin manifestarse respecto al estilo en que habría de levantarse el pabellón. Parecía suficiente una pequeña instalación que, a pesar de su escaso coste, tuviese cierta relevancia. En ella se expondrían una selección de obras de arte, productos rurales, industriales y manufacturados y todo lo que contribuyese a dar una imagen de la administración uruguaya, del aparato militar, la enseñanza y la Iglesia del país. El centro de la muestra lo constituirían los productos pecuarios, no sólo en el pabellón permanente, sino en los dos cobertizos para productos vacunos y laneras que el Consejo Nacional de la Administración se proponía levantar.
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   Una vez determinado el carácter definitivo, el coste del que sería el pabellón uruguayo y los productos a exponer en él, en noviembre de 1925 el Consejo Nacional de la Administración delegó todo lo relacionado con la participación en manos del Comité Organizador de la Concurrencia. A pesar de ello, no fueron éstos las proporciones ni el costo del pabellón definitivo.
   Hasta mayo de 1927, en sesión extraordinaria, el Congreso no aprobó la cantidad establecida. A la indiferencia y oposición hacia la concurrencia mostrada ya desde el principio por muchos de sus miembros se el hecho de que antiguos entusiastas del proyecto, movidos por su orgullo nacional, temían desmerecer frente al pabellón de Argentina; argumentando que el terreno asignado no estaba a la altura que correspondía a Uruguay, insistían en solicitar un local lo suficientemente destacado "para no desmerecer ni desairar sus productos frente a los tan similares de Argentina, su principal rival". Por primera vez, se planteaba que Uruguay no había de conformarse con la mera asistencia. Las opiniones sobre la participación se hicieron eco de las tensiones entre los partidos políticos. Determinados grupos se mostraron siempre reacios a la intervención en el Certamen. Así, en la Cámara Alta los comunistas, consideraban que las exposiciones eran fruto de los intereses de la burguesía y un gasto inútil para la economía nacional, sobre todo cuando al campesino uruguayo le faltaban tierras y medios de trabajo. Oposición ésta que se venció con los argumentos de la importancia moral y la actitud noble y desinteresada de España en cierto incidente sufrido por aviadores uruguayos, cuando en realidad existían fuertes intereses económicos a favor de la participación. Finalmente, en mayo de 1927 el Congreso aprobó la cantidad de 80.000 pesos establecida, que quedó arbitrada por ley de 19 de agosto de 1927. El progresivo interés del Comité por levantar un pabellón de cierta categoría se mostró cuando, un mes más tarde de haberse lanzado la convocatoria de anteproyectos del pabellón éste decide solicitar al Parlamento un refuerzo de 20.000 pesos más, destinándose 75.000 pesos al pabellón permanente que en un futuro se emplearía como Consulado en Sevilla y Biblioteca de América del Uruguay. Pese a su incremento, el Comité se impuso un riguroso plan de economía y cumplió el compromiso inicial ajustando los gastos de su programa a los 80.000 pesos iniciales sin recurrir a los nuevos créditos. Sólo invirtió 70.000 pesos en la construcción, decoración e instalación, de los cuales 65.000 fueron el coste máximo del proyecto arqui­tectónico, según establecía el artículo 22º del concurso de planos para el pabellón.
   En julio de 1927, el Comité Organizador de la Concurrencia gestionó la asignación a Uruguay de 2.300 m2 en los Jardines de San Telmo, concretamente, el espacio triangular que en 1925 se había ofrecido a Méjico como posible ampliación de su solar y que en la propuesta de estructuración de dichos Jardines que se había realizado en marzo de 1927, formaban parte del terreno de los Estados Unidos. Puesto que las bases del concurso de proyectos se habían emitido con anterioridad, en ellas no se contemplaba dicho emplazamiento sino la ubicación del pabellón en una importante avenida de la Exposición (La Palmera); la Comisión uruguaya pretendía ocupar el solar número 7 del recinto a pesar de que el Ministro brasileño, Alves de Araujo, había firmado el contrato de cesión de dicho solar. Sólo quedaban disponibles dos predios del parcelario de San Telmo, los correspondientes a los solares número l (junto al pabellón de Perú, frente al de Estados Unidos y lindante con el de Chile) y 3 (el triángulo terminal finalmente escogido).
El concurso de proyectos
   El 1 de julio de 1927, el Comité Organizador para la Concurrencia convocó a los arquitectos residentes en el país a un concurso de anteproyectos para su pabellón permanente en la Muestra hispalense, a pesar de que aún no se había aclarado la cuestión del crédito. El sistema del concurso público se había iniciado en Uruguay en 1910, siendo calurosamente apoyado en el Congreso Panamericano de Arquitectos celebrado en Montevideo en 1920.
   El pabellón, que habría de destinarse a la exhibición del comercio, la industria y el arte nacional, se destinaría tras la Exposición a Consulado del país en Sevilla (artículo 2º). Instigada por los gerentes de las cuatro empresas frigoríficas del país, la comisión determinó que de los 1.200 m2., construidos que habría de tener el edificio, la sala de mayor proporción -situada en el centro del pabellón- fuera de 192 m2., destinándose a industria frigorífica de carne. Una superficie algo menor, 180 m2., tendrían las dependencias de la Sección de Ganadería e Industrias Afines y la de Agricultura, mientras los cuatro salones restantes (Industria Pedrera, Bellas Artes, Manufacturas y Arquitectura y Arqueología) serían de 120 m2. cada uno. Además, habría que contar con unos espacios destinados a administración e información (90 m2.) y servicios higiénicos (72 m2.). Igualmente, se proyectaría un pequeño local en el sótano para la industria frigorífica.
   Según el artículo 23 de las bases del concurso, a esta cláusula referente a la distribución del conjunto, se añadía una limitación presupuestaria de 65.000 pesos uruguayos. Con relación a la ubicación, se establecía que el pabellón estaría emplazado en una avenida importante. Como la asignación de sus terrenos a Uruguay, no tuvo lugar hasta después haber sido emitida la convocatoria del concurso, el plazo de entrega de los proyectos hubo de ser pospuesto del 3 al 15 de septiembre.
   En las bases (artículo 19º) el Comité Organizador expresaba su deseo de que el edificio armonizara con "los estilos predominantes en el Sur de España, tales como Mudéjar, Morisco, Plateresco, Barroco del siglo XVII, etc. sin excluir por esto aquellos proyectos inspirados en las transformaciones sufridas por los estilos españoles al adaptarse a nuestro medio en la época colonial". No obstante, se premiaría el empleo de materiales originarios del país americano para "exhibirlos formando parte de la construcción" (artículo 23º). Es decir, el carácter Iberoamericano de la Exposición hizo desechar la opción racionalista ya que con esta cláusula se imponía el Historicismo, dando opción a dos estilos: de un lado, un eclecticismo hispánico, de otro el Neocolonial. Como ya señalamos en el análisis de conjunto, la primera de las propuesta (eclecticismo hispánico) vino posibilitada al ser Uruguay un país joven, de escasa independencia intelectual donde apenas existía una arquitectura nacional y por la presión que la colonia española en Montevideo había ejercido.
   Pero la inadecuación entre la arquitectura que se realizaba en Uruguay y la propuesta estilística planteada motivó que esta cláusula del artículo 23º fuera muy criticada por algunos de los arquitectos concurrentes cuyas opiniones acerca de que la elección del estilo había sido errónea fueron recogidas en la prensa:
   "Llama la atención que la precitada comisión imponga como obligatorios unos cuantos estilos originarios del Sur de España, cuando no sólo varios de éstos no se prestan para un pabellón, sino que preci­samente es en España donde se encuentran las maravillosas obras arquitectónicas de esos estilos, entre los cuales, nuestro pabellón, por bueno que fuese no haría sino desmerecer. Así nos lo han expresado varios arquitectos que no piensan presentarse al concurso y por ello lo ponemos en conocimiento de la Comisión ad hoc".
   También la posibilidad de recurrir a un eclecticismo hispánico motivó cierta oposición por parte de arquitectos nacionalistas -como Raúl Lerena Acevedo- que abogaban por "una cultura propia que fortificase e hiciera indestructible el sentimiento de la nacionalidad", propugnando realizar "nuestras obras sin imitar escuelas y modos exóticos, sin renegar de nuestro pasado y sin abatir nuestros espíritus obligándolos a admitir maneras de sentir contrarias a las nuestras". A pesar de las quejas de los arquitectos, el criterio estilístico se mantuvo. Parece que ello se debió a la presión ejercida por la colonia española en Montevideo, que -como tuvimos ocasión de referir- actuó como propulsora y fiel abogada de la participación de la República y a la falta de una corriente arquitectónica definida con fuerza y entidad suficiente.
Los trabajos presentados: opciones neocoloniales
   El jurado, reunido en Montevideo el 24 de septiembre de 1927, estuvo constituido por dos Delegados del Comité Organizador de Uruguay, el Decano de la Facultad de Arquitectura, el Director de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas, un delegado de la Sociedad de Arquitectos, el Jefe de la División de Arquitectura de la Municipalidad y un miembro designado por los participantes. Concretamente, lo integraban Óscar Orozco, los arquitectos Eugenio P. Baroffio, Felisberto Gómez Ferrer, J. Vázquez Varela, Elzeario Boix, José Gimeno y Leopoldo Carlos Agorio. El proyecto ganador, premiado con mil pesos uruguayos, fue el presentado por Mauricio Cravotto bajo el lema Maona. El arquitecto, además, participó con otros dos, denominados Pallota y Pelusa.
   El segundo puesto, con una recompensa de 500 pesos, se otorgó al que trabajo, con que, bajo el lema Teruteru, concurrían Alberto Muñoz del Campo y Carlos García Arocena. Todos ellos eran neocoloniales.
   Como sucedió en las convocatorias realizadas por otros países, la uruguaya resultó de gran éxito. A ella concurrieron diecinueve proyectos. Sin embargo, sólo conocemos el estilo de alguno de ellos a través de la Revista Arquitectura de Montevideo pues, a parte de los tres proyectos presentados por Cravotto no seleccionados que se conservan en el archivo del arquitecto, y el de Alberto Muñoz del Campo y Carlos García Arocena (ganadores del segundo premio), ignoramos la autoría de los restantes proyectos que en su momento también fueron devueltos a sus propietarios. De ellos, no hay más noticia que el lema con el que concu­rrieron: así, se mencionan Eurindia, Tres Marías, dos como Torre del Oro y Chulo.
   Para el análisis de los trabajos pre­sentados por Cravotto contamos con los documentos que se conservan en el Archivo del arquitecto (A.M.C., sección L. l a, Carpeta 17), los cuales fueron puestos a nuestra disposición por el hijo del autor, Antonio Luis Cravotto.
   Cabría plantearse ¿Cómo compatibilizaron los distintos arquitectos su disconformidad con las bases estilísticas del concurso? Por lo que conocemos hubo dos soluciones, en cualquier caso correspondientes a un Neocolonial sin convencimiento ni fundamento teórico. Mientras unos optaron por un Neocolonial aparente y pintoresco como fue el caso de Muñoz del Campo y García Arocena, otros prefirieron enmascarar su nueva arquitectura con leves recursos formales historicistas. Esto sucedió en los tres trabajos de Mauricio Cravotto, Maona, Pallota y Pelusa, y el que, bajo la denomi­ nación de Chulo, "presentaba una interesante adaptación a las líneas estructurales de la arquitectura moderna". Tengamos en cuenta que el pabellón de Uruguay en la Iberoamericana fue la única obra historicista de M. Cravotto, sin duda por imposición programática del Comité.
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   El pintoresco proyecto de Muñoz del Campo y García Arocena estaba inspirado en una casa colonial. La composición de su planta originaba una circulación bien dispuesta, apropiada para un edificio exposicional: un patio central porticado, con cubierta de teja a un agua, servía por tres de sus frentes para distribución de las restantes dependencias del conjunto mientras el otro, se abría a la fachada principal del pabellón. El patio estaba porticada por arcos de medio punto con columnas sobre podio corrido; al fondo, sobresaliente del conjunto, quedaba una sala de testero ochavado destinada a Industrias Frigoríficas, a su izquierda, la Sala de Ganadería y, en el pórtico Norte del patio, la Sala de Agricultura, con idénticas proporciones a la anterior. En el Sur, se dispuso un cuerpo de dos plantas para Salas de Manufacturas e Industrias Pétreas, dos de las dependencias menores que habían de tener 120 m2. de superficie; quedaba la primera de ellas volcada a la fachada principal, la otra a los jardines traseros. El ángulo NO del conjunto, destinado a la Sección Artística (Bellas Artes y Arquitectura y Arqueología), era el más variado en alzados: tras la portada principal de dos cuerpos, sobresalía del conjunto una alta torre-mirador, estaba abierto con arcadas y balconaje por sus cuatro lados. Mediante este juego de volúmenes y disimetrías en planta, consiguieron romper la monotonía característica del estilo colonial en Uruguay. 
   En el proyecto Teruteru de Muñoz del Campo y García Arocena el pintoresquismo de los alzados se lograba no sólo yuxtaponiendo de forma abigarrada múltiples elementos arquitectónicos sino también, mediante un excesivo decorativismo, especialmente en su fachada principal que estaba volcada al Paseo de las Delicias, lo que le valió ser calificado por el tribunal como "un estudio irreprochable de detalle".
   El que un proyecto más avanzado como era el de Cravotto fuera votado por cinco de los siete miembros del jurado y que, resultando el ganador, quedara por delante del de Muñoz del Campo y García Arocena, que estilísticamente encajaba más en la propuesta (o mejor dicho la imposición historicista) del Comité Organizador, no quiere decir que el jurado viera con mejores ojos la propuesta de Cravotto.
   En realidad, algunos de sus miembros que optaron por el proyecto Maona concretamente E. Boix y J. Vázquez Vareta, consideraron que el denominado Teruteru presentaba una composición arquitectónica más acertada "ofreciendo en la diversidad de aspectos y carácter de sus fachadas más armonía con el sitio al que estaba destinado". Concretamente, en opinión de Jacobo Vázquez Varela, el trabajo de Muñoz del Campo y García Arocena:
   "era el mejor de los presentados al concurso, por tener buena composición arquitectónica, bien comprendida la finalidad del edificio, belleza exterior y carácter y que por él votaría para el primer premio si no fuera porque en ese proyecto no se han respetado algunas cláusulas del programa, ...".
   Así  pues, parece que lo que hizo ganar al trabajo de Cravotto no fueron las características arquitectónicas de su edificio, es decir esa combinación de elementos modernos e historicistas, sino el ser el que se ajustaba de forma más estricta a las exigencias del programa frente al incumplimiento de ciertas normas del concurso por parte del proyecto Teruteru.
   Por ejemplo, en contra de lo que establecían las bases, a la Sección Frigorífica no se le había dado una localización central ni la más importante dentro del conjunto; el área edificada era superior a la exigida, dada la profusión de pasillos, pórticos escaleras y pisos. Este último aspecto, así como una excesiva ornamentación, originaba que el proyecto Teruteru excediera considerablemente el monto económico fijado en las bases (65.000 pesos), el límite. Era esto lo que ocurría con la mayoría de los diecinueve proyectos presentados, entre los que el jurado calificó a "seis o siete como reprochables y algunos francamente buenos", pero que en general "pecaban de excesivos, es decir de reclamar más dinero del que hay votado, a los cuales hay que traer a la realidad".
   Por el contrario, el jurado no alabó la combinación estilística que el proyecto de Cravotto sino que insistió en que el presentado bajo el lema de Chulo conseguía adaptarse a las líneas estructurales de la arquitectura contemporánea. Considerando que en la Revista Arquitectura de Montevideo, al mencionar los proyectos presentados se omitió todo comentario sobre aquellos proyectos que no obtuvieron mención alguna, esta alusión puede resultar bastante significativa del interés que había en Uruguay por las nuevas tendencias. Lo que se alabó del proyecto Maona fue el ser éste el único de los presentados que, sin sobrepasar los recursos asignados, conseguía:
   ..."una mayor monumentalidad en su distribución interior, con una planta clara y bien compuesta, de circulación simple, tan necesaria en este género de edificios y con una ordenación de locales, desarrollados todos en una sola planta, que ha llevado al límite el aprovechamiento del terreno impuesto".
   De hecho, la diferencia fundamental entre el proyecto Pallota, también presentado por Cravotto, y el ganador era la distribución de la planta; incluso en ambos se repetía el mismo volumen de cubrición que, tras la portada principal se alzaba, coronaba el espacio central que se destinaba a industrias frigoríficas. El proyecto ganador cumplía también las cláusulas materiales exigidas pues el edificio habría de construirse en hormigón armado (con zonas mixtas de muros de fábrica) y, en ciertos elementos de la fachada, piedra procedente de Uruguay. 
   En cualquier caso, el Comité uruguayo planteó a Cravotto la necesidad de introducir algunas modificaciones en su proyecto, aunque ignoramos cuáles fueron; en enero de 1928 el Comité uruguayo aprobó los planos definitivos del pabellón, a los cuales la Dirección de Obras y Proyectos del Comité hispalense no dio luz verde hasta junio de ese año. Ya en octubre de 1927 se habían iniciado los preparativos para la concurrencia con la llegada de Secades y Caces, Secretario del Consejo Nacional de Uruguay y el Canciller del Consulado de Uruguay en Sevilla.
   Durante la segunda semana de junio de 1928 dieron comienzo las obras que, según lo previsto, se concluyeron en febrero de 1929. La construcción del pabellón, que se realizó en seis meses, fue encomendada a Emilio Conforte, Director de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas de Uruguay. Al principio se pensó utilizar mármoles nacionales, pero pese a las facilidades ofrecidas por la Compañía de Materiales de Construcción, Francisco Piria y Manuel Naranco, no fue posible porque para el transporte se necesitaba una cantidad superior a la que disponía el Comité.
Autoría: Antonio Mauricio Cravotto Schiavon (1893-1962)
   Antonio Mauricio Rodrigo Cravotto Schiavon, autor del pabellón de Uruguay en la Exposición Iberoamericana, nació en Montevideo el 26 de septiembre de 1893, ciudad donde falleció, a la edad de sesenta y nueve años, el 14 de octubre de 1962, tras una intensa -y como diría su amigo Violich- versátil vida profesional como arquitecto, urbanista y profesor  universitario. Mauricio Cravotto tuvo en vida -y aún hoy- gran renombre en su patria y en América por su labor arquitectónica, urbanística y docente en las asignaturas de Urbanismo y Composición Arquitectónica.
   Hijo de Antonio Cravotto y Angelina Schiavon, ambos naturales de Padua, la tradición cultural que Cravotto y sus hermanos adquirieron ya desde su niñez le hicieron ser hombre de gran sensibilidad la cual evidenció en su producción arquitectónica y literaria (era un excelente prosista) así como en su vastísima cultura plástica, filosófica y musical. Una vinculación con el país mediterráneo que, sin duda favorecida por las buenas relaciones políticas, comerciales y culturales entre ambas Repúblicas, Cravotto mantuvo durante toda su existencia.
   Durante seis años estudió en las Facultades de Arquitectura y Matemáticas de la capital uruguaya, finalizando en abril de 1918 con la obtención del título de arquitecto y la correspondiente Medalla de Oro de la de Arquitectura. Su brillante periplo como profesional de la Arquitectura se había ido evidenciando ya durante su etapa estudiantil, especialmente desde el último año (1917) en que destacó frente al resto de sus compañeros al ganar con su trabajo "Apuntes de Perspectiva Lineal y de Sombras" el deseado Premio Estímulo, que la Facultad de Arquitectura otorgaba a sus estudiantes más brillantes, y obtener una beca de estudios a la Colonia del Sacramento y Buenos Aires.
   Una vez finalizado el período universitario, Cravotto dedicó unos cuatro a continuar su formación en un sinfin de viajes de estudios al extranjero, no sólo por América Latina -concretamente por Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Panamá- sino por Estados Unidos y Europa. Allí visitó Inglaterra, España, Bélgica, Italia y Francia, nación esta última donde realizó unos cursos de Arquitectura y Urbanismo en la Escuela de Bellas Artes de París bajo la dirección de Joseph Pierre Carré; contactos todos ellos, que se fueron incrementando con posterioridad, especialmente a raíz de los viajes de estudios realizados en 1938 a Italia, Alemania y Austria y en 1951 a Italia, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Dinamarca, Suecia, Suiza y España.
   A su vuelta a Uruguay, Cravotto inició su fecunda carrera docente que, desde 1921 hasta 1952, como profesor de Urbanística, Composición Decorativa y Proyectos de Arquitectura, llevó a cabo en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República de Montevideo, donde llegó a alcanzar cargos directivos en unos años en que según Violich dicha Facultad se convertía en la mejor escuela de Arquitectura y Urbanismo de Latinoamérica. A partir de la segunda mitad de los años treinta, precisamente a raíz de la fundación del llamado Instituto de Urbanismo que en dicha Facultad el creó y dirigió, Cravotto fue también adquiriendo un reconocimiento como urbanista en los restantes países de América del Sur, que quedó manifiesto en distintas conferencias y cursos que impartió en Argentina  y Brasil.
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   Era el estilo arquitectónico de Cravotto muy peculiar, quizás gracias a su formación con el profesor francés Joseph Pierre Carré, academicista convencido pero hombre de gran amplitud mental y de excepcional capacidad docente que concedía a sus mejores alumnos grados crecientes de libertad y posiblemente también debido a la atracción que manifestó por lo dados sus orígenes, los continuos viaje que realizó y los contactos que estableció con otros colectivos de arquitectos. Por ejemplo, mantuvo correspondencia e intercambio de información con destacados colegas y amigos como Femando García Mercadal, Enrique Colás Hontán y Gabriel Alomar, españoles; Alberto Sartoris, Luciano Baldessari, Pier Luigi Nervi y Dardo Battaglini, italianos; Gastón Bardet y Robert Auzelle, franceses; Eugen Steinhof y Wemer Hegemann, austroalemanes; Richard Neutra, Francis Violich y Cloethiel Wooddard Smith, estadounidenses y muchísimos iberoamericanos, entre ellos Fermín Bereterbide, Carlos della Paolera, Cortés Pla, Daniel Ramos Correas y Ricardo Humbert, argentinos; Emilio Harth-Terré, peruano; Edvaldo Paiva, Tasso Corréa y Adolfo Morales de los Ríos, brasileños; Carlos Raúl Villanueva, venezolano; Leopoldo Artucio y Rodolfo Amargós, uruguayos en el exterior. Entre tantos, había nombres bien conocidos.
   Cravotto incorporaba en la disposición y el diseño de sus obras sutiles pero evidentes referencias de muy variada procedencia arquitectónica, especialmente italianas, pero también francesas y españolas. Su conocimiento e interés por la Historia de la Arquitectura, también patente en un proyecto de Restauración Ideal de una abadía de la Auvernia, de los siglos XI y XIII y en un famoso ciclo que, sobre la Arquitectura veneciana, en distintas ocasiones repitiera en la Escuela de Arquitectura, no impidieron que Cravotto -quien se autoconsideró hombre de su tiempo y ciudadano de un país nuevo- optara por convertirse en pionero de la nueva arquitectura y del moderno urbanismo, aunque sin ser, precisamente, un racionalista nato. De hecho, hoy, a treinta años de su muerte, es considerado dentro y fuera de las fronteras uruguayas, junto con su rival y amigo Julio Vilamajó (+1948), precursor y maestro de la arquitectura renovadora del país y uno de los principales integrantes del llamado Grupo de Montevideo.
   Como arquitecto, a parte de las numerosas viviendas que realizó, en gran mayoría en Montevideo -aunque también en otras localidades, algunos edificios para instituciones y empresas privadas como el Rowing Club de Montevideo (1933), fábricas (Hnos. Barrera, Montevideo, 1930), hoteles (H. Rambla, Pocitos, 1931-1936) y estaciones de servicio (Ipata, Montevideo, 1926 y 1930).
   La principal obra de Cravotto, aunque quedara inconcluso y alterado con mucho el proyecto inicial, fue el Palacio Municipal de Montevideo, edificio que, iniciado en 1936, no se finalizó hasta bastantes años más tarde, en 1962. En realidad, en el concurso público internacional que para otorgar el proyecto se celebrara en mayo de 1924 Cravotto obtuvo el segundo premio, quedando el primero desierto, pero, años más tarde (noviembre 1929 - septiembre 1930), en convocatoria de segundo grado, fue su trabajo el que obtuvo el máximo galardón. Incluía, no sólo los detalles puramente constructivos del edificio sino el tratamiento de calles, plazas y el área ajardinada de su entorno. Al fin y al cabo, como señala Violich, el entendimiento entre la Arquitectura, el Urbanismo y los espacios ajardinados era una característica común al llamado Grupo de Montevideo.
   La producción de este arquitecto y urbanista, incluyendo sus proyectos irrealizados merecería un detallado estudio que no es nuestro objetivo realizar; no olvidemos que Cravotto presentó sus trabajos a la mayor parte de los concursos -algunos internacionales- convocados en Uruguay durante esas fechas, obteniendo varios segundos y terceros premios, recompensas y menciones honorífica. Ello sucedió en el Palacio Salvo (recompensa, agosto, 1922), donde curiosamente luego la Comisión Uruguaya del Certamen convocó a los expositores nacionales que concurrirían a la Muestra hispalense, la Aduana de Montevideo (mención, marzo de 1923, con R. Amargós y J.A. Rius) o la misma Facultad de Arquitectura (tercer premio, 1938).
   Entre los proyectos de edificios, que concebidos para la capital no fueron finalmente realizados, cabe señalar la Tienda London París (París, 1920), el edificio Sanz (1924) y la vivienda de C. A. Colombo (1922).
   Como urbanista, Cravotto destacó por ser el primer gran profesor de esta materia en Iberoamérica y fundador, en 1922 del primer curso regular de Trazado de ciudades y Arquitectura Paisajista en el que incorporó las nuevas doctrinas del "Urbanismo Técnico" de su maestro en la Escuela de Bellas Artes de París, el arquitecto Léon Jaussely. Sus cursos, constantemente actualizados y enriquecidos, fueron seguidos por treinta generaciones de estudiantes, arquitectos e ingenieros, de lo cuales muchos tuvieron luego destacadísima actuación como arquitectos y urbanistas en Argentina, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, Filipinas, Paraguay, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela. Entre ellos podríamos destacar a B. Jones-Odriozala, Martínez Serra, Lucchini, Gatto, de los Campos, Puente, Tournier y Barañano.
   Cravotto fue uno de los más importantes impulsores del Instituto de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura. Desde su creación en 1939, esta institución que Cravotto dirigió durante mucho tiempo consiguió exponer de forma clara, especialmente mediante la publicación de un boletín regular, los problemas urbanísticos más significativos del país, tales como la necesidad de mejorar el programa de viviendas para toda la República.
   En opinión de Violich, para quien Mauricio Cravotto demostró tener un conocimiento excepcional de las ciudades de ambas partes del mundo, era éste uno de los técnicos y maestros del Urbanismo de más nivel. Consideraba fundamental los estudios de Geografía en sus variantes Humana, Social y Política; Cravotto coincidía con Juan Scasso en que, además de la topografía, el análisis de la evolución de los asentamientos urbanos, la Geografia Humana y los efectos de la actuación del hombre sobre el terreno, eran elementos fundamentales para cualquier estudio urbanístico y, por tanto, para el de Montevideo. Sus ideas se basaban en el pensamiento de Lewis Munford, que el autor expusiera en su obra The Culture of Cities, en la Geografia Humana de Pierre Deffontaine (Libraire Gallimard, París) y París y son Evolution Creative de Marcel Poéte.
   Entre los muchos trabajos y proyectos urbanísticos realizados por Cravotto, destaca -ya en sus primeros años- el Centro de Artes del Parque de los Aliados en Montevideo (1922- 1928). Su labor en el campo de la urbanística hizo que en 1930 fuera, junto a otros arquitectos, el encargado de realizar el Anteproyecto del Plan Regulador de Montevideo, encomendándosele, tres años más tarde, el posterior informe sobre dicho plan, y -ya en la década de los cuarenta, fuera de las fronteras nacionales- el Plan Regulador de la Ciudad de Mendoza, en Argentina. Un año antes de su muerte, Cravotto había esbozado el Plan Regulador de la ciudad de Mercedes, en el Departamento de Soriano (1960-1961).
   Sus experiencias, opiniones y concepción de la Arquitectura y el Urbanismo quedaron plasmados en una serie de conferencias y artículos que Cravotto publicó en revistas de Montevideo (como Revista Nacional, I. U -Revista del Instituto de Urbanismo-, Anales de la Facultad de Arquitectura, Anales de la Universidad, Arquitectura, Boletín de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay), Buenos Aires (Summa y Revista de Arquitectura), Nueva York (The Architectural Forum) y una gran cantidad de periódicos de Uruguay, Argentina, Brasil, etc.
Análisis arquitectónico
   Las estrictas condiciones económicas del proyecto llevaron a Cravotto a concebir el pabellón de una sola planta, para lo cual hubo de llevar al límite el aprovechamiento del terreno disponible y adoptar una extraña forma casi triangular que se adaptara lo más posible a la estructura del terreno. Por ello, el pabellón constaba de un cuerpo central con hall y dos salas laterales por su frente; al fondo, otras dos salas, unidas por un hemiciclo. Es decir, la planta del pabellón de Uruguay yuxtaponía dos piezas bien diferenciadas. Una longitudinal y transversal, en sentido paralelo a la fachada que estaba constituida por un cuerpo bajo que, con frente a la fachada principal y a la derecha de la entrada, lo integraban dependencias secundarias y menores y, además por las salas más importantes del edificio.
   Tras la Sala de Informes, que paralela al eje de la fachada se habría al exterior por triple ventana, quedaba un cuerpo de proporciones cúbicas, con doble vano, destinado a Administración del edificio. La monumental entrada al pabellón comunicaba directamente con la sala central de Industrias Frigoríficas.
   Pese a no ser el elemento central del edificio la cubierta del vestíbulo, que iba sobre trompas, era la parte más sobresaliente del conjunto, actuando como su coronamiento. A la izquierda, en forma con su vértice angular para adaptarse a la disposición del solar asignado, quedaba la Sala de Ganadería, abierta a la fachada principal por cuatro parejas de altas ventanas adinteladas.
   Aunque sin llegar a perder esa sensación de simetría, supo Cravotto realizar una hábil combi­nación de las salas de distintas proporciones. El último módulo de la Sala de Manufacturas, que quedaba a eje de la de Industria Frigorífica, en el lado opuesto a la de Ganadería, fue sustituido por un pórtico o mirador abierto sobre cuatro pilares.
   La segunda pieza del conjunto consistía en un cuerpo trasero en forma de triángulo equilátero, cuyo centro lo ocupaba un local en forma de hexágono irregular destinado a productos agrícolas. Como bien señala José Carlos Babiano, este espacio apuntaba un patio central que no existía como tal pero que se señalaba tímidamente en las cubiertas.
   En tomo a él quedaba un deambulatorio perimetral, formado por dos largos e idénticos salones, de siete metros de crujía, el de la derecha para bellas artes, el de la izquierda para arqueología. En el espacio final del triángulo, que terminaba en proa, quedaba la Sala de la Industria Pétrea. Hábilmente, Cravotto logró aprovechar incluso los espacios resultantes de la unión de ambos trazados, colocando  los aseos en los ángulos originados por el cruce de la diagonal de las galerías perimetrales y la horizontalidad de la fachada principal del edificio.
   No cabe duda de que, junto a la asimétrica distribución  de sus salas, lo más conseguido de la planta proyectada por Cravotto fue la existencia de una circulación simple que, como era tan necesa­ria a este tipo de edificación, respondiera a una ordenación lógica. Un último aspecto de interés era la sabia combinación de líneas rectas -diagonales horizontales-y curvas. La línea curva, en el extremo final del edificio y en el pequeño cuerpo lateral anexo a la entrada, pudiera ser un intento por parte del arquitecto de dar, como señala J. C. Babiano, una cierta gracia a la composición introduciendo ese volumen que termina en un cuerpo semicilíndrico para conseguir un efecto de arquitectura improvisada o popular que le acerca a las haciendas coloniales del Uruguay. No obstante, por lo que ya se ha indicado, parece demasiado aventurada la afirmación de este autor para quien ese cuerpo fue "lo único que hizo ganar el primer premio al Sr. Cravotto, al adaptarse a los gustos de un Comité que no era, ciertamente, de expertos en la materia".
   Por imposición del programa del concurso (artículo 19 de las bases), Cravotto hubo de introducir algunas referencias historicistas en los tres proyectos que presentó. A diferencia del proyecto de Muñoz del Campo y de García Arocena no eran éstas únicamente neocoloniales, sino que también las había a la arquitectura española. Por tanto era la suya una situación de compromiso entre el Eclecticismo y el Neocolonial propuesto en las  bases  del  concurso y sus preferencias racionalistas mediante la cual Cravotto, como arquitecto renovador, quiso señalar sutilmente su desacuerdo con la imposición historicista.
   Estos escasos detalles se centraban en la fachada principal del pabellón, la parte más decorada del conjunto, especialmente en la portada y las dependencias auxiliares que había junto a ella. Su arco de medio punto quedaba flanqueado por sendas columnas corintias a cada lado con sus correspondientes ábacos, las cuales delimitaban dos pilastras vegetales.
   Las ventanas con rejas con las iniciales de la República Uruguaya (RU), daban una nota de sabor colonial al conjunto, convirtiendo -a nuestro parecer- este ángulo en el foco más evocador de la tradición del conjunto. En todo el perímetro del pabellón, sobre las cornisas, dispuso unas cresterías de evidente recuerdo tardogoticista. Estos rasgos y elementos hacían que tan leve Historicismo no fuera en el pabellón más que una máscara de vanguardia y modernidad, puesto que las referencias a lo hispánico no aparecían en el interior, donde domina una fuerte estructura de hormigón armado. Incluso, podríamos decir que la volumetría externa del edificio tiene poco de historicista a pesar de sus cubiertas de tejas.
   Por una solución de compromiso similar optaría años más tarde, cuando en 1929-30 al presentar sus proyectos para el Palacio Municipal (Ayuntamiento) de Montevideo, en cuyo programa de segundo grado recomendaba emplear para las fachadas ''formas de arraigo", para no quedar fuera en un concurso en el que competían proyectos "modernos" y académicos (en la línea del Municipio de Nueva York), se resignó a adaptarle a su primer proyecto una fachada mucho más convencional, proponiéndose si ganaba el concurso -y así lo hizo- regresar a su primera concepción que, aunque incluía una columnata central, en cuanto a su volumetría y tratamiento formal no se refería en modo alguno a un estilo histórico determinado.
   Podemos concluir diciendo que es el pabellón un edificio ecléctico, lo que -como señala Ramón Gutiérrez- era una constante en Cravotto y en otros autores racionalista de la época, entre ellos Vilamajó, o Palanti-. Resulta fruto de "una actitud creativa diversa que carece de prejuicios para el diseño formal y se basa en las primicias de la búsqueda de la funcionalidad y la necesidad expresiva y, en último caso, en la monumentalidad y la grandilocuencia".
Contenido expositivo
   No cabe duda de que la Muestra hispalense vino a fomentar los intercambios culturales entre ambos países. Prueba de ello es que, poco antes de la inauguración de la Iberoamericana, desde el 23 de abril al 7 de mayo, es decir a sólo dos días de la apertura, se exhibieron en el Hotel Alfonso XIII: las obras del escultor uruguayo Amadeo Rossi Magliano en una exposición que, auspiciada por el Excmo. Ateneo de Sevilla, recorrió varias ciudades de España. Entre las piezas expuestas la prensa de la época destacaron dos alegorías femeninas presentadas bajo el título Serenidad, Mi madre y Espíritu, esta última realizada en mármol.
   Según lo dispuesto en el programa exposicional aprobado por el Comité uruguayo ya desde su creación, una de las trece secciones de la exhibición era la denominada "de Arte Nacional", que comprendía escultura, pintura y dibujos de artistas del pasado o contemporáneos.
   Las secciones fueron las siguientes: 1. Exhibición de carnes frigoríficas y subproductos en cámara frigorífica especial; 2. Exhibición de un lote de novillos en pie seleccionados y de fotografías de grandes rodeos. Se exponían también vistas cinematográficas de grandes estancias y de todas las operaciones que se realizan en el campo, embarque de ganado, etc.; 3. Industrias derivadas de la ganadería; 4. Lanas; 5. Agricultura. Demostración de la producción cerealista; 6. Servicios oficiales de fomento y defensa de la ganadería y la agricultura; 7. Films cinematográficos; 8. Industria de mármol nacional y granitos; 9. Desarrollo de la instrucción pública y la enseñanza industrial; 10. Obras públicas; 11. Asistencia pública y servicios de legislación social; 12. Arte Nacional: escultura. pintura y dibujos; 13. Manufacturas nacionales.
   Parece que el Comité encontró dificultades a la hora de disponer de expositores porque la Exposición parecía no ofrecer a los industriales suficiente interés económico para compensar su esfuerzo. Con objeto de facilitar la concurrencia de los industriales, el Ministerio de Industrias organizó una gran exposición en el Palacio Salvo, donde el Comité seleccionó gran parte del material. Gracias a esta iniciativa y a la intensa y activa propaganda de los miembros de este Comité, se pudo obtener una concurrencia tan amplia como la que se recoge en la memoria de la participación uruguaya.
   Para la selección de las piezas de la época se abrió un concurso público, cuyo jurado fue también el encargado de indicar qué obras de las ya adquiridas con anterioridad por el Estado y las existentes en dependencias del Consejo Nacional, se exhibirían en Sevilla. El Director Artístico del pabellón fue el escultor Rossi Magliano.
   La memoria del pabellón uruguayo recoge los artistas que expusieron en el edificio, aunque sin indicar con qué obras lo hicieron. Entre los pintores, se mencionan a: Pedro Blanes Viale, Ernesto Laroche, Alberto Dura, César Pesce Castro, C. R. Rúffao, Mario Angélice Alvarez, Domingo Puig, Romeo Paletti, Carmelo de Arzadum, Alfredo Francisco Collazo, Carlos W. Aliseris, Luis Setembri, Dolcey Schenone Puig, Carlos Castells, Alfredo de Simone, Angel A. Flangini, Domingo Bazzurro, Agustín Escurra, Nicolás J. Urta, Pascasio Odiozabal, Ana Obiol de Muñoz, Juan Peluffo, Eduardo Gerona, Alba Padilla, Luis Queriolo Repetto y Antonio Pena. Como escultores se refieren los siguientes: J. Luis Zorrilla de San Mrtín, Federico de Escalada (hijo), José Belloni, Ema Náceres, Alberto Marino Chan y Carlos W. Aliseris. El pabellón estuvo ambientado con las piezas musicales de Eduardo Fabini, Luis Cluzeau Mortet, Alfonso Brocqua y Luis Sambucetti.
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Conclusiones sobre el pabellón de Uruguay
   Tras 1925 se observa también en Uruguay una revalorización de la Iberoamericana, especialmente impulsada por la colonia española en Montevideo, el periódico El Día y el Presidente Batlle. Hasta el momento las gestiones habían sido bastante lentas por la escasa experiencia exposicional del país y su difícil situación económica.
   Los problemas económicos de Uruguay son básicos para comprender cómo fue la concurrencia de la República a la Exposición, motivando la tardía respuesta sobre la participación, la oposición de diversos colectivos nacionales a construir un pabellón propio, dificultades al establecer el presupuesto de la edificación, la selección del proyecto de Cravotto y el enfoque eminentemente económico dado a la asistencia uruguaya, despreocupando, por el contrario, la cuestión artística.
   En la participación uruguaya, hubo un desinterés por los aspectos artísticos frente a los económicos; si finalmente Uruguay optó por concurrir en un edificio permanente y no provisional fue tan sólo para asegurarse su presencia dentro del área de edificaciones permanentes y para no tener que pagar canon de ocupación por los terrenos al dar a sus instalaciones un uso posterior de Consulado. Esta primacía de los económico justifica que en las bases del concurso se exigiera que en el centro del edificio se ubicara la Sala de Industria Frigorífica de Carne, mientras que la de Bellas Artes sería una de las cuatro menores.
   Pese al desarrollo alcanzado por la nueva arquitectura en Uruguay, la Comisión nacional impuso construir un pabellón historicista por el carácter iberoamericano de la Exposición, la presión de la colonia española en Montevideo y por ser éste el estilo general de la Muestra. Se impuso un Historicismo sin propósitos nacionalistas pues se ofrecían dos posibilidades: Un revival de cualquier estilo español o, en todo caso, un pabellón ecléctico que incorporara rasgos neocoloniales. La preferencia de la Comisión por un Historicismo hispánico frente a un Neocolonial en consecuencia de tres hechos. De una parte, la escasa tradición arquitectónica nacional de Uruguay que, a diferencia de lo que sucedía en otros países, propiciaba el mantenimiento de historicismo extranjerizante sin dar paso, a un estilo nacionalista. En segundo lugar, la poca fuerza que el Neocolonial tenía en Uruguay, donde éste carecía de fundamentos teóricos y sólo se producía por influjo de Argentina un estilo muy pintoresco. Finalmente, el papel que la colonia española de Montevideo jugó en la participación de Uruguay en la Iberoamericana y en el Comité Organizador. La imposición no correspondía a la arquitectura que se realizaba en Uruguay como demuestran las críticas de algunos de los arquitectos concurrentes y las propuestas de compromiso que ofrecían proyectos como los de Cravotto y el presentado bajo el lema Chulo.
   La convocatoria uruguaya resultó un gran éxito en cuanto al número de proyectos presentados. En líneas generales hubo dos tipos de proyectos, los neocoloniales aparentes y pintorescos (Teruteru de Muñoz del Campo y García Arocena) y los que enmascaraban una nueva arquitectura con recursos formales historicistas (Maona, Pallota y Pelusa de Cravotto y Chulo).
   Lo que hizo ganar al trabajo Maona (presentado por Cravotto) y no al proyecto Teruteru (de García Arocena y Muñoz del Campo) que, por el contrario se adecuaba más a las bases estéticas, fue el ser éste el único que se ajustaba a las restantes cláusulas del programa y, especialmente, que no sobrepasaba los límites económicos. Junto al factor económico, la principal aportación del trabajo premiado fue la distribución y no cuestiones estéticas pues de hecho existían múltiples similitudes entre los tres proyectos de Cravotto.
   El pabellón de Uruguay fue realizado en un neocolonial de compromiso por las siguientes razones: a) en su conjunto no es una ora historicista pura pues sólo incorpora algunos detalles en la fachada, sin haber ninguna referencias en el interior, donde domina una estructura de hormigón armado; b) Es la única obra de Cravotto con alusiones historicistas y no lo fue más que por imposición de las bases del concurso y; c) Auna las dos posibilidades estilísticas ofrecidas en ellas para enmascarar el pensamiento estético del autor pues, a diferencia de Muñoz y García Arocena, Cravotto introdujo referencias no sólo neocoloniales sino también a la arquitectura española (Amparo Graciani García, La participación internacional y colonial en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Ayuntamiento de Sevilla, 2010).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Uruguay, de Mauricio Cravotto Schiavon, para la Exposición Iberoamericana de 1929 (actual sede del Servicio de Asistencia a la Comunidad Universitaria, de la Universidad de Sevilla), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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