Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 20 de septiembre de 2026

La imagen de San Eustaquio, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Eustaquio, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.  
     Hoy, 20 de septiembre, en Roma, Conmemoración de San Eustaquio, mártir, cuyo nombre se venera en una antigua iglesia diaconal de la Urbe (s. inc.) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la imagen de San Eustaquio, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar el Coro [nº 004 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede] No ha cambiado de nombre, aunque las sillas han estado, al menos, en cuatro lugares diferentes; el actual, salvo las interrupciones debidas a obras o accidentes, es el que posee desde 1514. En el antiguo estaban sepultados los arzobispos don Remondo y don Pedro Gómez Barroso (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La Catedral de Santa María de la Sede; encontramos el coro, cerrado por una reja realizada por Francisco Salamanca (1518-23). Su sillería consta de 117 sitiales de madera, con esculturas de santos y relieves del Antiguo y Nuevo Testamento. Es un conjunto realizado por Nufro Sánchez, comenzado en 1478 y acabado en el siglo XVI (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Entre ellos se encuentra San Eustaquio, mártir, talla anónima renacentista de hacia 1470-1550, con unas medidas de 34 x 14 x 7'5 cms. La imagen representa a una figura masculina de pie con su mirada dirigida al frente. Su rostro barbilampiño presenta su cabello recogido en bandas en la nuca. Las vestiduras del personaje están formadas por la casulla que levanta con sus brazos y la túnica que se ve bajo la primera. En su mano derecha porta un objeto que parece ser una llave, mientras que en la izquierda se apoya un ave que pudiera ser un halcón como atributo de san Eustaquio (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Eustaquio; 
LEYENDA
     Según una fábula novelesca popularizada por la Leyenda Dorada, Placidas (o Plácidos), general del emperador Trajano, un día vio aparecer el crucifijo resplandeciente como un sol «entre los cuernos» de un ciervo que perseguía en la caza.
     Convertido por el milagro, se hizo bautizar con su mujer y dos hijos y adop­tó el nombre de "Eustaquio", traducción griega de Plácido.
     Entonces comenzaron las pruebas. En su Vita, que fue versificada por P. de Beauvais, Dios lo previene acerca de lo que le espera: De ti haré otro Job. Degradado y despojado de sus bienes, se embarcó hacia Egipto. Como no te­nía con qué pagar el precio del viaje, el dueño del barco lo arrojó al mar y se quedó con su mujer, Teóspita, como prenda.
     A pesar de todo, Eustaquio consiguió llegar a Alejandría con sus dos hijos. A orillas del Nilo, cruzó al mayor de ellos a la orilla opuesta; luego fue a buscar al menor. Pero cuando estaba en mitad de la corriente, en una de las riberas apareció un lobo y en la otra un león, que se llevaron a los dos niños al mismo tiempo.
     Después de haberlos llorado muchos años, los recuperó milagrosamente, al igual que a su madre.
     Pero su felicidad duró poco. El emperador Adriano, al saber que Eustaquio se había convertido al cristianismo, le prometió la gracia si a cambio ofrendaba sacrificios a los ídolos. Como el santo se negó, lo hizo quemar vivo junto a su mujer y sus dos hijos en el interior de un toro de bronce colocado encima de un brasero. Al tercer día los sacaron sin huella alguna de quemadura.
     Las fuentes de esta novela hagiográfica son fáciles de descubrir: sus diversos elementos se copiaron de la Biblia, los relatos populares y el teatro latino. La aparición de la cruz radiante recuerda la conversión de san Pablo desmontado en el camino de Damasco.
     Las tribulaciones de Eustaquio son la réplica de las Pruebas de Job, quien después de haber perdido sus bienes e hijos acaba recuperándolos.
     En cuanto al ciervo cruciforme, es un tema muy difundido de la tradición popular, que se retomó en las leyendas de san Huberto y de san Menulfo. El reconocimiento de su mujer e hijos recuerda las comedias de Plauto y de Terencio, donde dicho procedimiento dramático es el recurso habitual para resolver el nudo de la intriga.
     La cocción en el toro de bronce es el suplicio practicado por Falaris, tirano de Agrigento. San Eustaquio y su familia habrían salido de su interior sin quemadura alguna, igual que los tres jóvenes hebreos del horno (Daniel) y que san Eusicio de su horno de panadero.
CULTO
     El culto de san Eustaquio se difundió en Francia en el siglo XIII, a causa de la traslación de fragmentos de sus reliquias a la abadía de Saint Denis, y luego, en 1190, a París donde se puso bajo su advocación la iglesia parroquial del barrio des Halles.
     Es patrón de los cazadores, de los guardamontes, de los guardas forestales, de los peleteros, de los pañeros y de los fabricantes de calcetines. El patronazgo de los peleteros se explica porque su leyenda comienza con un relato de caza.
     En Alemania se cuenta entre los Catorce Intercesores, lo cual ha contribuido mucho a su popularidad.
     Pero a partir de finales de la Edad Media, la competencia con san Huberto, cuya leyenda es una copia de la suya, lo relegó al olvido.
ICONOGRAFÍA
     San Eustaquio, con frecuencia confundido con san Huberto, tiene como atributo una cabeza de ciervo cruciforme: un crucifijo luminoso se yergue entre las dos puntas de la cornamenta del animal. Con frecuencia está representado a caballo.
     Como patrón de los monteros, los artistas le atribuyen un cuerno de caza (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de San Eustaquio, en la sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sillería del Coro de la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

martes, 18 de agosto de 2026

La imagen "Santa Elena", anónima, en la sillería del Coro, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Santa Elena", anónima, en la sillería del Coro, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla
     Hoy, 18 de agosto, en Roma, en la vía Labicana, Santa Elena, madre del emperador Constantino, que, entregada con singular empeño a ayudar a los pobres, acudía piadosamente a la iglesia mezclada entre los fieles, y habiendo peregrinado a Jerusalén para descubrir los lugares del nacimiento de Cristo, de su Pasión y Resurrección, honró el pesebre y la cruz del Señor con veneradas basílicas (c. 329) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la imagen "Santa Elena", anónima, en la sillería del Coro, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar el Coro [nº 004 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; No ha cambiado de nombre, aunque las sillas han estado, al menos, en cuatro lugares diferentes; el actual, salvo las interrupciones debidas a obras o accidentes, es el que posee desde 1514. En el antiguo estaban sepultados los arzobispos don Remondo y don Pedro Gómez Barroso (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La Catedral de Santa María de la Sede; encontramos el coro, cerrado por una reja realizada por Francisco Salamanca (1518-23). Su sillería consta de 117 sitiales de madera, con esculturas de santos y relieves del Antiguo y Nuevo Testamento. Es un conjunto realizado por Nufro Sánchez, comenzado en 1478 y acabado en el siglo XVI (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Pues bien en uno de los sitiales encontramos la imagen de Santa Elena, obra anónima, de hacia 1470-1550, realizada en estilo gótico-renacentista, en madera tallada y con unas medidas de 0'36 x 0'13 x 0'08 mts. La imagen de la santa ha sido representada de pie vistiendo las ropas de las emperatrices romanas, pues se debe recordar que Santa Elena fue la esposa del emperador Constancio y madre de Constantino. Su cabeza esta cubierta por una corona real sobre la toca de viuda. En su mano izquierda porta una gran cruz, atributo personal que recuerda el hallazgo de la cruz en el Monte Calvario (Guía digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía, de Santa Elena;
LEYENDA
   Madre del primer emperador cristiano, Constantino, fundador de Constantinopla, debes su popularidad sobre todo a la Invención de la Vera Cruz.
   Nació en Bitinia hacia 250 y fue convertida por Luciano de Antioquía. Se casó con Constancio Cloro a quien había conocido en Asia Menor cuando sólo era tribuno militar. Acompañó a su marido en las campañas de Serbia, donde nació Constantino, y en la de Tréveris y York.
   Pero como Elena no era de origen romano, Constancio Cloro debió repudiarla cuando fue designado gobernador de las Galias por Diocleciano, en 293. No obstante, y aunque Cloro haya tenido tres hijos de su segundo matrimonio, fue al hijo de Elena, la repudiada, a quien nombró sucesor.
   En 312 Constancio, que combatió en Italia contra el emperador Majencio, vio en el crepúsculo una cruz luminosa que se elevaba por encima del horizonte, presagio de la victoria que le abriría las puertas del imperio romano.
   Elena se reunió con él en Roma, algún tiempo después de su triunfo sobre el puente Milvio. Ella hizo construir allí la basílica de la Santa Cruz después de haber sido recibida por el papa.
   En 324 Constantino conquistó el Oriente. Elena lo siguió a Asia Menor, luego fue a Palestina para buscar allí las reliquias de Cristo. Cuando llegó a Jerusalén, en 327, sobre el emplazamiento de la gruta de Belén hizo edificar la basílica de la Natividad y sobre el Santo Sepulcro el templo de la Anastasis o Resurrección.
   Acerca de la Invención de la Santa Cruz existen muchos relatos divergentes. Según San Ambrosio, que habla de ello en un discurso pronunciado en los funerales de Teodosio el Grande, en 395, Elena encontró las tres cruces del Gólgota o Calvario en una cisterna, y reconoció la de Cristo por la inscripción trilingüe del titulus. Además, encontró los clavos de la Crucifixión; con uno de ellos hizo fundir el freno del caballo del emperador (el santo bocado) y con el otro su diadema.
   El relato de Rufino de Aquilea ofrece una versión diferente, que en la traducción de Claude Seyssel (1567), se presenta de esta manera:
   "Cuando llegó al lugar que le fuera revelado en la visión, lo hizo purificar y limpiar. Luego ordenó que cavaran, y encontró tres cruces semejantes, que estaban enterradas juntas.
   Por ello no podía conocer ni discernir cuál de las tres era la de Nuestro Señor.
   Por esta causa, al ver que los sentidos humanos no podrían conocer la mencionada Cruz, se recurrió a la gracia divina. Ocurrió que en esa ciudad había una mujer atacada de una enfermedad tan grave que casi la había matado El obispo Macario, al ver perpleja a la reina y a quienes con ella estaban, les dijo: "Aportadme esas tres cruces, espero que Nuestro Señor nos revele cuál de las tres lo sostuvo y lo llevó".
   Fue a la casa de la mujer enferma... acercó primero una de las dos cruces de los ladrones, pero no ocurrió nada, y luego la otra, y todo siguió igual. Por último, al aplicarle la de Nuestro Señor, sin poder contenerse, ella abrió los ojos y se levantó súbitamente."
   Según una tercera versión, no fue una mujer enferma que curó sino un muerto que resucitó.
   Por último, de acuerdo con una cuarta versión, popularizada por la Leyenda Dorada, el emplazamiento de la Vera Cruz fue revelado por un judío llamado Judas: puesto que un Judas había entregado a Cristo, correspondía a otro Judas reparar el daño restituyendo la Cruz del Redentor. Como se negaba a revelar su secreto, la emperatriz Elena le impuso seis días de ayuno en el fondo de un pozo. Atormentado por la sed y el hambre, Judas se decidió a confesar.
   La emperatriz murió en Tracia en 329, dos años después de la Invención de la Vera Cruz.
CULTO
Lugares de culto
   Las reliquias de Santa Elena fueron transportadas a la basílica de San Pedro de Roma. Además, se la veneraba en una capilla subterránea de la basílica de la Santa Croce in Gerusalemme, en Ascoli Piceno y en Pesaro.
   En la Alemania renana era objeto de veneración, sobre todo en Colonia (iglesia de San Gereón), en Bonn, Tréveris y Xanten.
   En Francia ha dado su nombre a la antigua ciudad episcopal de Elne en el Rosellón, que llevaba en la época galoromana el nombre Castrum Helenae. En el siglo IX, en 842, un monje benedictino de la abadía de Hautvillers, en la diócesis de Reims, se habría llevado sus restos de Roma hacia su monasterio. De esa manera Santa Elena se convirtió en una Santa de Champaña, por ello en la catedral de Reims puede verse su estatua y un altorrelieve que representa la Invención de la Vera Cruz.
   Después de la Revolución, sus reliquias se transportaron a París, a la iglesia de Saint Leu, donde se encontraba la capilla de la cofradía de la Santa Cruz.
Patronazgos
   Patrona de los Caballeros del Santo Sepulcro, también lo era de la corporación de fabricantes y vendedores de clavos, porque al mismo tiempo que la madera de la Cruz encontró los clavos de la Crucifixión. Los fieles se dirigían a ella para encontrar los objetos perdidos, y como la Cruz tenía la virtud de expulsar los demonios, se la invocaba contra los maleficios y las enfermedades que éstos inoculables, tales como el cáncer y la epilepsia.
   En Rusia se siembra el lino el día de su fiesta, para que crezca tan largo como su cabellera.
ICONOGRAFÍA
   Sus atributos son la corona y el manto imperial, pero los más característicos son los instrumentos de la Pasión: la cruz que lleva en los brazos o ante la cual está de pie, formando pareja con el emperador Constantino que lleva la corona de espinas y los tres clavos.
   En las iglesias de Moldavia y de Bucovina se acostumbra representar a la derecha de la puerta a San Constantino y a Santa Elena, simétricamente de pie a cada lado de la cruz (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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martes, 4 de agosto de 2026

El Púlpito de la Granada, en el Patio de los Naranjos, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Púlpito de la Granada, en el Patio de los Naranjos, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 4 de agosto, Memoria de San Juan María Vianney, presbítero, que durante más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la parroquia que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia, con asidua predicación, oración y ejemplos de penitencia. Diariamente catequizaba a niños y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad, alimentada en la fuente de la santa Eucaristía, brilló de tal modo que difundió sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa, y con su sabiduría llevó a Dios a muchísimas almas (1859) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].  
     Fue proclamado por Pío XI "patrón de los sacerdotes" en su canonización en 1925, de ahí que sea hoy el mejor día para ExplicArte el Púlpito de la Granada, en el Patio de los Naranjos, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar el Patio de los Naranjos [nº 118 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Hay abundantes datos, desde el siglo XIII hasta el XVII, de que se le llamaba "Corral", alternando desde entonces con "Patio"; desde comienzos del siglo XV es "de los Naranjos".
     Y en el Patio de los Naranjos, podemos contemplar el Púlpito [nº 139 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Por sus características este elemento de comienzos del siglo XVI parece que servía a la "capilla abierta" que llegó a ser el Patio de los Naranjos (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
      La disposición de un púlpito en un espacio abierto, anexo a una iglesia, tuvo como principal objetivo el permitir la asistencia masiva de fieles a la predicación. Este fue el caso del púlpito que encontramos en el patio de los Naranjos de la catedral de Sevilla, adosado al exterior de los arcos de la nave del Lagarto o de la Granada y sostenido por una columna de mármol, el cual la tradición remonta al siglo XIV, sin que haya podido determinarse a ciencia cierta el momento de su instalación. La fuente más temprana que recoge esa tradición, en la que se relata que en este lugar predicó San Vicente Ferrer, son los Anales Eclesiásticos y Seculares de la ciudad de Sevilla, de Diego Ortiz de Zúñiga (Madrid, 1677), el cual, al referirse al santo valenciano dice: “y que el púlpito de la nave de Nuestra Señora de la Granada en esta Santa iglesia fue su más repetido lugar a la predicación de la Doctrina Evangélica y de la sagrada penitencia”. La biografía de este santo, redactada por fray Francisco Vidal (1735), lo sitúa en Sevilla en 1407, basando su paso por la ciudad en la obra citada de Ortiz de Zúñiga. Otras fuentes lo sitúan en 1408 o en 1410.
     El púlpito del patio de los Naranjos está cubierto con un sólido tornavoz pétreo que protege al predicador de los rayos del sol y de la lluvia y favorece la difusión del sonido. Su acceso aparece cerrado con una reja que se adapta al arco conopial que adorna la entrada de la escalera y veta el acceso a los que no estuvieran autorizados a predicar desde él. 
     José Gestoso nos proporciona la referencia más antigua y fiable que conocemos de este púlpito, la cual procede de un Libro de Fábrica de la catedral de 1497, en el que se recoge el siguiente libramiento: “Pagué a Gonzalo Díaz, pintor, porque pintó una imagen de Nuestra Señora para poner en el púlpito del corral de los Naranjos, 10 reales”. Con ella, probablemente una escultura, se sacralizaba este espacio y se trasmitía al auditorio la presidencia divina del sermón y la autoridad eclesiástica del que lo impartía. 
     Gabriel de Aranda, en su Vida del siervo de Dios exemplar de sacerdotes el venerable Padre Fernando de Contreras (Sevilla, 1692), hace alusión también al púlpito del patio de los Naranjos, al que se refiere como púlpito de la Granada, así como a algunos de sus predicadores más destacados. Debía conocerlo desde antes de 1650, ya que estudió en el colegio jesuítico de San Hermenegildo, en Sevilla, ciudad en la que volvió a residir años después. Lo califica: “de fábrica muy antigua”. 
     Menos crédito merece la referencia que encontramos en la obra Vida chronologica de S. Ignacio de Loyola: con notas marginales eclesiásticas de lo acaecido en Sevilla en los mismos años / por uno de la Compañía de Jesús... que se lo dedica, ofrece y consagra año 1754 (En Sevilla: en la imprenta de la Universidad de José Navarro y Armijo), donde se dice que, en 1556: 
     “Predicó S. Francisco de Borja en el púlpito de la Granada, en la catedral, si bien para poderlo oír mejor el cabildo mudaron el púlpito (no era de piedra ni fijo como hoy sino portátil) a la puerta del coro y acabado el sermón lo volvieron a su lugar”. No conozco otra referencia que confirme que, a mediados del siglo XVI, fuera una estructura móvil, y el traslado al que se refiere el texto no tiene mucho sentido, ya que, desde su instalación en 1532, la catedral hispalense contaba con los dos ricos púlpitos situados a ambos lados del altar mayor, construidos por fray Francisco de Salamanca. 
     Justino Matute y Gaviria, en sus Noticias relativas a la Historia de Sevilla (1828, pp. 147-148), nos proporciona el testimonio de la renovación del púlpito en 1692: 
     “D. Juan de Loaysa, canónigo de nuestra catedral, y gran devoto del venerable Fernando de Contreras, trató este año [1692] de renovar el púlpito en que este virtuoso varón había predicado, en el Patio de los Naranjos, el cual anteriormente habían santificado San Vicente Ferrer y San Francisco de Borja, cuya obra, como al presente se ve, se concluyó el 18 de septiembre de este año, no habiendo quedado del antiguo más que la techumbre, que era de piedra negra. Para perpetuar esta memoria, mandó fijar en el suelo la siguiente inscripción en mármol blanco, que así lo refiere, la cual rodeó con reja de hierro para mayor conservación: 
     "D.O.M. / EN ESTE SITIO PREDICABAN Sn / VICENTE FERRER, Sn FRANCISCO DE / BORJA, EL V.P. FERNANDO DE CON / TRERAS, EL V.P. JUAN DE ÁVILA, / Y EL V.P. FERNANDO DE MATA, / Y OTROS GRANDES VARONES QUE CON / SU APOSTÓLICO ZELO LOGRARON MA / RAVILLOSOS FRUTOS DE ESTA CIUDAD". 
     A esta misma lápida hacen alusión Gestoso y Mariano de la Cuesta Paulín, en su Descripción del templo catedral de Sevilla y de las principales festividades que en él se celebran (Sevilla, 1850, p. 170), el cual, además, nos dice que este pulpito: “de mármol blanco, rodeado de rejas, sirve para predicar la doctrina el domingo de Pasión y cuando hay misiones”. 
     En la lápida actual, la cual está colocada verticalmente debajo del púlpito, se añadió, probablemente en el siglo XX: Y EL BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ, DIGNIDAD HONORARIO DE LA CATEDRAL. 
     Desde este púlpito de la Granada, además de las prédicas extraordinarias, se catequizaba a lo largo de todo el año, siendo especialmente significativos los sermones de los lunes, miércoles y viernes de cuaresma, para los cuales el cabildo de la catedral contrataba a reputados predicadores a los que pagaba las cantidades establecidas. José Antonio Ollero Pina nos proporciona el nombre de algunos de los predicadores a los que el cabildo pagó estos sermones de cuaresma a mediados del siglo XVI, entre los que encontramos a destacados personajes de los círculos reformistas sevillanos: Francisco de Vargas (1544), Pedro de Córdoba (1544), Constantino de la Fuente (lunes, 1552; nombrado para el viernes 1554; lunes, 1555, 1556), Hernán Rodríguez Pinal (miércoles, 1552; miércoles, 1555), Francisco Meléndez (nombrado para el miércoles, 1554), Gonzalo Millán (nombrado para el lunes, 1554), fray Nicolás de Salas (viernes 1555), fr. Luis de Medina, dominico (1556), fr. Cristóbal de Alderete, trinitario (1556).
     Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea (alias Fernán Caballero) en su cuento Un sermón bajo naranjos, publicado en Madrid, en 1863, nos trasporta al ambiente de uno de los sermones del domingo de Pasión, predicados en este púlpito, a los que debió acudir en más de una ocasión durante sus largas estancias en Sevilla. Evoca el sonido del agua de la fuente y el olor de los naranjos, sicomoros y cipreses que en su tiempo daban sombra a este espacio. Hace referencia a la losa de mármol, en la que no estaba grabado el nombre de Diego José de Cádiz, pero que indica que está: “colocada a espaldas del púlpito”. Al sermón, que sitúa el 17 de marzo, llegan los niños del Hospicio de San Luis y las niñas del de Santa Isabel: “cantando salmos o el Rosario”. Estos ocuparán las primeras filas, colocándose detrás las autoridades civiles y eclesiásticas, y el resto de los que acuden a este evento. Identifica al predicador, el jesuita Tomás Fausto Esclapés Huerta. La escritora nos proporciona unas referencias muy precisa a algunos elementos propios de la predicación a los que me referiré más adelante:
     “[Esclapés] de continente severo sin tiesura, y de un timbre de voz tal, que sin esforzarla llegaba a oídos de la mayor parte del auditorio… y teniendo presente el orador que se dirigía a ánimas juveniles, que era necesario tanto convencer como conmover… Hubo entonces un bello y solemne momento. Aquel en que al excitar el orador a sus oyentes a pedir a Dios perseverancia en nuestra santa fe y resignación, se arrodilló espontáneamente todo el auditorio bajo los naranjos, y unió su oración a la del sacerdote. Cuando nos pusimos en pie, el púlpito estaba vacío, y los niños emprendían la vuelta a sus hospicios en el mismo orden, y con los mismos cantos que traían a la venida”.
     El pintor sevillano José Jiménez Aranda, en su obra Un sermón en el patio de los Naranjos (c. 1876), nos ofrece una colorida visión de un sermón predicado por un franciscano desde este púlpito –cuya cesta aparece revestida de una rico tejido–, el cual gesticula ostensiblemente frente a un nutrido auditorio presidido por los miembros de una cofradía cuyo guión sugiere su carácter mariano, antes de iniciarse o al finalizar una de sus procesiones. Podría tratarse igualmente del sermón del domingo de Pasión, ya que era organizado por la congregación del Pecado Mortal que tenía su sede en el convento de San Francisco y, exclaustrado este, en las iglesias de San Ildefonso y luego de San Buenaventura. Tenían por patronos a la Virgen de la Esperanza y al Cristo coronado de espinas. Faltarían en esta representación pictórica los niños huérfanos que acudían, como hemos visto, a esta predicación, cuya presencia sigue siendo una constante de la que dan testimonio las fotografías que se han conservado de las primeras décadas del siglo XX, en las que también se aprecian los faroles y el guión mariano.
     La gestualidad y una elaborada articulación y modulación de la voz –integrantes de la actio-pronunciatio–, eran y son herramientas fundamentales para cualquier orador en la compleja tarea de adoctrinar a un auditorio de procedencias sociales y culturales muy diversas. El proceso se iniciaba con la composición de un sermón, para el que los predicadores contaban con numerosos tratados retóricos que se remontaban a la antigüedad clásica y a la Doctrina christiana de San Agustín y que se multiplicaron a lo largo de toda la Edad Moderna para ayudarles en la compleja tarea de su elaboración. La proliferación de estos discursos generó toda una extensa literatura impresa en la que esos discursos llegaban ya pulidos para servir tanto de lectura piadosa como de modelos a estudiar e imitar. 
     Enfrente del predicador, se disponía un nutrido auditorio, al que hay que convencer y conmover pero también entretener, es decir, poner en práctica la célebre tríada ciceroniana: docere, delectere y movere. Según los preceptos de la oratoria clásica, reflexionado el contenido que se quería trasmitir (inventio), seleccionadas y ordenadas las ideas (dispositio), elegido el estilo (elocutio) y memorizado el discurso (memoria), quedaba la pronunciación ante los fieles, la puesta en escena (actio), la cual se conjugaba con la modulación de la voz (pronunciatio) para formar un tándem indisoluble.
     La oratoria sacra durante el Siglo de Oro mantuvo numerosos puntos de contacto con el género teatral. No podemos olvidar que una de las claves del éxito en la predicación reside, sin duda, en la eficacia de la actio. Desde el mundo clásico se recoge la idea del aprendizaje que los oradores podían adquirir de los actores tanto en la gestualidad como en la proyección de la voz. En la máxima barroca de “mover los afectos”, esta vertiente dramática adquiere especial relevancia, pero también genera una ardiente polémica sobre los trasvases entre sus facetas profana y sacra. Valentín de Céspedes (alias Juan de la Encina), en su sátira Treze por dozena (redactada entre 1649 y 1651), nos proporciona un ejemplo de la posición favorable a esa permeabilidad: “… el predicador es un representante a lo divino, y solo se distingue del farsante en las materias que trata; en la forma muy poco… mudando materia, dándose a la virtud, al estudio, fueran aventajadísimos predicadores”. 
     Palmadas y golpes con los pies solían ser recursos sonoros usados en la predicación. El predicador deberá tener un perfecto control del “tono” de la voz, entendido este término en la doble acepción con la que se usa en la época, a veces de forma bastante confusa: intensidad y altura. En este sentido, como señala Luis Robledo Estaire: “los predicadores de la Compañía de Jesús dedicaron una especial atención al tono de la voz y a su empleo diferenciado atendiendo a los lugares del sermón y a las diferentes emociones suscitados en ellos”. La modulación de la voz será pues un instrumento esencial al servicio de la persuasión en la declamación del mensaje y de las emociones que se quieren transmitir, la cual deberá adecuarse al tipo de público al que se pretende exhortar o reprender. Para completar la escenografía, los predicadores se ayudaban con frecuencia de iconos y objetos que reforzaban las imágenes mentales que trataban de comunicar a la feligresía.
     El auditorio también participaba sonoramente en el transcurso del sermón si el orador lograba realmente manipular sus emociones, induciendo, en ocasiones, “aplausos gritados”, como señala el propio Céspedes en la obra citada, llantos con suspiros y otras expresiones que podían hacer imposible seguir el discurso, risas, en fragmentos jocosos de aproximación a la audiencia, pero también con réplicas al predicador cuando este criticaba sus costumbres.
     Las prédicas del patio de los Naranjos se constituyeron en una de las señas de identidad de su particular paisaje sonoro, el cual tendría como contrapunto el sonido del agua de la antigua fuente de las abluciones de la Mezquita Mayor que ocupa su parte central. Desde el exterior se accedía a este espacio a través de la puerta del Perdón, pórtico de ingreso en la catedral de numerosas procesiones y entradas reales, las cuales iban acompañadas de una pléyade de elementos acústicos que resonaban en este reducto de la antigua mezquita almohade (Juan Ruiz Jiménez, Sermones en el Patio de los Naranjos de la catedral de Sevilla (c.1400-c.1920). 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Juan María Vianney, presbítero
     Jean Marie Baptiste Vianney o Viannay, párroco de Ars, localidad situada al norte de Lyon, modelo de todas las virtudes sacerdotales.
     Nació en 1786, y en 1818 fue designado cura párroco del pueblo de Ars, en la región de Dombes (Ain), perteneciente a la diócesis de Belley, donde mu­rió en 1859. Se le debe la introducción en Francia del culto de santa Filomena, personaje desprovisto de todo fundamento histórico y que pertenece al conjunto  de las supercherías hagiográficas .
     La popularidad de Vianney atraía hacia su confesionario a multitudes de peregrinos, más numerosos que los visitantes cosmopolitas y mundanos que en el Siglo de las Luces se concentraban en la antesala de Voltaire, «el patriarca de Ferney», localidad esta última, próxima a Ars.
     Fue beatificado en 1905 por el papa Pío X, quien lo propuso como ejemplo al clero secular. Canonizado por el papa Pío XI, es el santo patrón de los curas párrocos.
     Sus imágenes en yeso pintado, fabricadas en serie en los talleres de Saint Sulpice, se prodigaron en las iglesias. Al igual que Bernardita (Bernadette) de Lourdes, no interesa tanto desde el punto de vista del arte religioso como desde el relativo a la devoción e imaginería popular (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Púlpito de la Granada, en el Patio de los Naranjos, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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domingo, 26 de julio de 2026

La pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.     
     Hoy, 26 de julio, Memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, cuyos nombres se conservaron gracias a la tradición de los cristianos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Sacristía de los Cálices [nº 090 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; No se ha hecho general el nombre de "sacristía" hasta después del primer cuarto del siglo XVII, siendo denominada desde su construcción "Capilla de los Cálices"; la pre­sidía un retablo con la Adoración de los Reyes Magos; en 1845 ya estaba colocado en su lugar el cuadro que había pintado Goya en 1817. Posteriormente fue sustituido por el Cristo de la Clemencia, que ha pasado a la Capilla de San Andrés en 1992 (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     De Alejo Fernández son cuatro tablas de grandes dimensiones que se destinaron en principio a la viga del altar mayor. Fueron realizadas entre 1508 y 1512, siendo sus temas el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana, el Nacimiento de la Virgen, la Adoración de los Reyes y la Presentación del Niño en el Templo (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El primero de esos maestros [foráneos] en trabajar para el Cabildo fue Alejo Fernández, quien entre 1509 y 1512 pinta las tablas de la Viga del altar mayor. Remitiéndome en todo lo concerniente a la historia de esas tablas al reciente trabajo de Palomero Páramo sobre La viga de imaginería del retablo mayor, sólo añadiré unas breves notas. A través de la primera quiero destacar, como lo hiciera Angulo, la importancia que la venida de Alejo Fernández a Se­villa para pintar estas tablas tuvo para el posterior desarrollo de la pintura sevillana. Si ésta evolucionó rápi­damente a partir de Alejo Fernández, el mérito no fue, sin embargo, sólo de éste, sino del Cabildo catedralicio, quien, dejando a un lado pruritos localistas, llamó a quien consideraba el mejor y más idóneo de los pintores. Pudo haber requerido los servicios de algunos de los maestros locales, lo que seguramente le hubiera supuesto un menor desembolso económico, pero apostó fuerte y ganó. De no haber actuado así, los fondos dorados hubieran cerrado las composiciones de los cuadros sevillanos hasta la llegada en 1537 a Sevilla de Campaña y Esturmio. Con Alejo Fernández en la ciudad, el tránsito del tardío cuatrocentismo al clasicismo renacentista se hizo posible en un breve plazo de tiempo. De hecho, cuando Alejo Fernández muere, a fina­les de 1545 o principios de 1546, la pintura sevillana había cerrado ya todo un ciclo. Ciclo que se inició con la pintura de las tablas de la Viga del altar mayor de la Catedral.
     Por medio de la segunda, y última nota, pretendo resaltar el cuidado con que Alejo Fernández compuso estas tablas, cuyas composiciones planteó de acuerdo a la altura en que se colocarían y a la ordenación que seguirían en la Viga. Todas ellas están compuestas te­niendo en cuenta que serían contempladas a gran distancia y desde un punto de vista bajo. De ahí que ordenara las figuras siguiendo ritmos claros y sencillos, de marcado acento vertical y fácilmente aprehensibles. Por las mismas razones adoptó para las figuras un canon esbelto, renunciando al pluritematismo que em­pleará en las escenas pintadas para ser contempladas de cerca, entre otras la tabla central del retablo de la Piedad de esta Catedral. Partiendo del hecho de que formarían una narración continua, los enmarques ar­quitectónicos de todas las escenas son similares, ha­biéndose inspirado para ellos en el grabado de Bramante que siguió para la Flagelación del Prado y la Anunciación del Museo de Sevilla. Al repetir en todas las tablas las mismas pilastras y capiteles, acentúa la relación compositiva y temática de las escenas, cuyas luces guardan una perfecta armonía. En la del Nacimiento de la Virgen, situada la primera a la izquierda, el foco lumínico lo sitúa a la izquierda, manteniendo esa misma disposición hasta la última, la Presentación en el templo. En ésta desplaza hacia la derecha el nú­cleo temático y compositivo, sirviendo la puerta avenerada que en ella aparece como cierre y límite espacial de toda la narración. Con todo ello Alejo Fernández consigue que la Viga tuviera una perfecta y correc­ta lectura lumínica y temática, de izquierda a derecha (Juan Miguel Serrera, Pinturas y pintores del siglo XVI en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
     La pintura, realizada entre 1509 y 1512, de acusada verticalidad, representa el momento en que San Joaquín se encuentra con Santa Ana delante de una de las puertas de Jerusalén. La escena se representa en mitad de un paisaje abierto en profundidad, de suaves entonaciones, en cuyo plano posterior se dejan entrever algunas construcciones arquitectónicas, destacando una torre de ritmo ascendente y vanos geminados. A la izquierda de la obra se muestra un sencillo pórtico columnado que se presenta como la Puerta Dorada ante la que se encuentran los dos esposos, que toman sus manos para abrazarse. La madre de la Virgen queda a la derecha, tocada por un velo blanco de bellos pliegues matizados, con túnica corinto y un manto de profundos tonos verdes que se remata en una cenefa con motivos cuadrilobulares. San Joaquín, representado con más edad que Santa Ana, toca su cabeza de blancos cabellos con un turbante y viste una riquísima sobretúnica de tonos áureos, mostrando el matrimonio un gesto de satisfacción y reposo, que traduce claramente el amor que se profesan. Sobre ellos vuela un ángel que viste una túnica de tonos rosados, delicadamente degradados, cuyos pliegues se agitan con gracia y extiende sus brazos hacia los esposos para subrayar la protección divina.
     Flanquean a la pareja dos personajes que asisten ensimismados al encuentro. En la zona izquierda, bajo la Puerta Dorada, un soldado que porta una lanza, mira cabizbajo el corderillo que le ha entregado San Joaquín para poder abrazar a Santa Ana. A la derecha una doncella de mirada entornada, cruza las manos en señal de respeto y oración ante el hecho que se ofrece ante sus ojos, justo en el límite de la composición.
     En 1508 el Cabildo de la Catedral hispalense solicita la presencia de los hermanos Alejo y Jorge Fernández, residentes en Córdoba, para hacerse cargo de las obras del retablo mayor catedralicio. Jorge realizaría las figuras de talla y Alejo se dedicaría fundamentalmente a su policromado. Pero en el proyecto que se manejaba constaba la realización de una viga de imaginería en cuyo envés se situaría un ciclo pictórico destinado a representar escenas de la vida de la Virgen. De este conjunto se han conservado cuatro tablas que seguramente, a raíz de la ruina del cimborrio en 1511, no llegaran a subirse nunca a su destino, lo que provocó una fragmentación del conjunto por el recinto catedralicio. Así, parece que entre 1512 a 1515 sirvieron como retablo en la capilla del Cristo de Maracaibo, que se habilitó como principal mientras duraban las obras en el cimborrio. Poco después (1515-1519) se colocaron para el mismo fin en la Mayor y, posteriormente y siempre de forma provisional, en la puerta del coro (1520-1526). Llegaron incluso a serle ofrecidas a fray Diego de Deza para su capilla particular en 1513, aunque esto no se llevó nunca a cabo y se intentó repetidamente la subida al envés de la viga del retablo mayor.
     Las cuatro tablas que se conservan representan los episodios de la Adoración de los Magos, el Abrazo ante la Puerta dorada, el Nacimiento de la Virgen y la Presentación en el Templo. En base al retablo de la Virgen de la Colegiata de Osuna, obra de Juan de Zamora, se ha sugerido que los restantes temas que completarían este conjunto serían la Anunciación, la Asunción de María y su Coronación y el Nacimiento de Jesús. Con las lógicas reservas, cabe pensar que las tablas catedralicias sirvieran de modelo iconográfico a este conjunto fechado sobre 1530, debido a las grandes similitudes que se muestran entre las obras conservadas, como ya advirtieron Mayer y Angulo. Si esto fuera así, se glorificaría la Asunción a la que está consagrada la catedral, quedando en el lado de la Epístola los misterios de la Virgen previos al nacimiento de Cristo y en el del Evangelio aquellos referentes a la figura de Jesús.
     Alejo Fernández, de origen alemán, debió nacer sobre 1475 aunque las primeras noticias sobre él lo sitúan en Córdoba en las postrimerías del siglo XV. En 1508, como ya vimos anteriormente, se instala en Sevilla donde pronto alcanzará una notable posición dentro de los artistas locales. Su taller de pintura, dorado y policromado será uno de los más importantes y alcanzará importantes encargos que le dotarán de un desahogo económico y le harán respetar por los otros artistas locales.
     En los primeros años de la década de los años 20 de ese siglo, fallece su mujer María Fernández con la que había contraído matrimonio en Córdoba, si bien en 1525 se casará con Catalina de Avilés. En 1539 también morirá su hijo Sebastián Alejo, uno de sus más estrechos colaboradores y pocos años después, en 1542, enfermará gravemente él mismo de modo que casi fallece. De todos modos, su óbito no tardará en producirse, ya que muere en 1545.
     Probablemente el mayor mérito de Alejo Fernández pueda ser el haber servido de revulsivo para la escuela pictórica sevillana, introduciendo el clasicismo renacentista y desterrando los fondos dorados. Nórdico de formación, puede rastrearse sin embargo una asimilación del espíritu pictórico italiano que pudo adquirir en algún viaje a aquellas tierras, que, como se ha sugerido, pudiera haberse hecho en los años finales del siglo XV. Estas innovaciones tienen su punto de partida en estas tablas de la viga de imaginería.
     Esta magistral obra emana un profundo sentimiento de trascendencia y serenidad, que otorga a toda la composición una majestuosa solemnidad. Como sus compañeras, muestra como Alejo Fernández tuvo muy presente el lugar donde iban a estar situadas, por lo que se han compuesto para ser vistas a gran altura y desde abajo. Todas presentan un sobrio marco arquitectónico de similares características (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor el Ciclo de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
EL CICLO DE ANA Y JOAQUÍN
Las fuentes apócrifas
   Los Evangelios canónicos no nos dicen nada del nacimiento ni de los años de infancia y juventud de la Virgen María con anterioridad a la Anunciación, que es lo único que que les interesa. Ni siquiera registran el nombre de sus padres.
   Para satisfacer la curiosidad de los fieles, esas lagunas de la crónica oficial han sido colmadas por los Evangelios apócrifos. Los mejor informados acerca del tema son:
1. El Protoevangelio de Santiago.
2. El Evangelio del Seudo Mateo (Liber de ortu beatae Mariae Virginis et infantia Salvatoris).
3. El Evangelio de la Natividad de la Virgen.
   Estos relatos fueron popularizados en el siglo XIII por Vincent de Beauvais, en su Speculum  Historiae y por el arzobispo hagiógrafo Santiago de Vorágine en la Legenda aurea (Leyenda Dorada). Pero los que se refieren a los padres de la Virgen inspiraron a los artistas occidentales hacia las postrimerías  de la Edad Media, gracias al culto tardío de santa Ana.
La formación de la leyenda
   La piadosa novela de los Evangelios apócrifos puede resumirse así: Después de veinte años de matrimonio con Ana, Joaquín seguía sin descendencia. Ahora bien, la esterilidad entre los judíos se consideraba una maldición divina. Además, el sumo sacerdote se negó a aceptar la ofrenda que Joaquín quería dedicar al templo. Desesperado por esa afrenta, éste se retiró en soledad, junto  a sus pastores.
   Pero enseguida el arcángel Gabriel se le apareció, al igual que a su mujer que estaba sola en Jerusalén, para predecir a ambos el nacimiento de un niño.
   Los viejos esposos se encontraron en la Puerta Dorada y se abrazaron llenos de alegría: del beso que se dieron nacería la Virgen Inmaculada, madre del Redentor.
   La falta de historicidad de esta fábula se anuncia en numerosos indicios.
   En principio, los nombres Ana y Joaquín no designan, como ya lo observara Lenain de Tillemont en el siglo XVII, a personajes reales, se trata de denominaciones simbólicas: Ana significa Gracia en hebreo, y Joaquín, Preparación del Señor.
   Por otra parte, todos los elementos de esta historia de los Evangelios apócrifos fueron tomados del Antiguo Testamento. La leyenda de Ana no es más que una ampliación de la historia de su homónima Hanna, madre de Samuel, de los dos primeros capítulos del Libro de los Reyes. El tema de los viejos esposos que después de largos años de matrimonio estéril son gratificados con un niño por la gracia divina, reaparece muchas veces en la Biblia que a su vez lo ha tomado de la leyenda universal. Es la historia de Abraham y de Sara, padres tardíos de Isaac, de Manuc, padre de Sansón, de Zacarías e Isabel, padres de Juan Bautista. Los Evangelios apócrifos se limitaron a copiarlo aplicándolo a los padres simbólicos de la Virgen.
Iconografía
   En las representaciones de la leyenda pueden distinguirse los ciclos y los episodios aislados.
   1. La ofrenda de San Joaquín rechazada
   Protoevangelio de Santiago. El sumo sacerdote dijo a Joaquín: «No te está permitido ser el primero en depositar tus ofrendas, porque no has engendrado en Israel.»
   La ofrenda rechazada de Joaquín es, ya un cordero, ya una suma de dinero. A veces, el donante estéril es brutalmente expulsado por el sumo sacerdote que lo hace rodar por los peldaños de la escalera. Pero casi siempre se retira con una tristeza llena de dignidad, seguido por su criado que lleva el cordero.
   2. Joaquín entre los pastores
   3. Anunciación a San Joaquín
   Un ángel le anuncia que su mujer parirá una hija de la cual nacerá el Mesías. 
    Esta escena corre el riesgo de ser confundida con la Anunciación a los Pastores. Pero Joaquín está solo con su rebaño y se arrodilla frente al ángel que se le aparece.
   A causa de un error la Zarza ardiendo de Nicolas Froment ha sido interpretada como la Anunciación a Joaquín. En realidad se trata de Moisés, como lo prueba, la inscripción.
   4. Anunciación a Santa Ana
   Abandonada por su esposo, Ana entristece en su jardín donde está con su criada Judit. Envidia la fecundidad de una pareja de pájaros que ve en las ramas de un laurel y pide angustiosamente a Dios que le conceda un hijo como a Sara, la vieja esposa estéril del patriarca Abraham.
   Un ángel se le aparece súbitamente y le anuncia que el Señor satisfará su ruego: parirá una hija que se llamará María. Ana promete consagrarla a Dios.
   De acuerdo con otra versión, una paloma habría besado los labios de Ana y por ese beso del Espíritu Santo habría sido concebida la Santa Virgen. En el arte copto, la historia de Ana y de la paloma se confunde con la leyenda pagana de Leda y el cisne.
   La Anunciación a Ana no puede confundirse con la Anunciación a María, porque la primera ocurre al aire libre, bajo un laurel.
   5. El encuentro en la puerta dorada
   Los dos viejos esposos, avisados separadamente, se encuentran en la Puerta Dorada de Jerusalén y se abrazan tiernamente, «de mutua visione et de prole promissa laetati», dice la Leyenda Dorada.
   Esta escena es, con gran ventaja, la más popular del ciclo de Ana y de Joaquín, porque en la Edad Media se veía en ella no sólo el preludio del Nacimiento de la Virgen, sino, además, el símbolo de la Inmaculada Concepción. Los teólogos enseñaban que la Virgen «Concebida por un beso sin semen de hombre (ex osculo concepta, sine semine viri)» había nacido por ese beso compartido frente a la Puerta Dorada, asimilada a la Puerta cerrada de la visión de Ezequiel.
   Así interpretado, el Encuentro en la Puerta Dorada, coincidente con la concepción de la Virgen, aparece como la redención del Pecado original, la reparación de la falta de Eva. Este episodio adquiere por ello una importancia capital en el misterio de la Salvación.
   Por ello, el Encuentro de Ana y Joaquín en la Puerta Dorada frecuentemente se asocia con la Natividad de la Virgen, porque la concepción señala el principio del proceso que conduce al nacimiento o Natividad de la Virgen. Por eso en un fresco de Ghirlandaio en S. Maria Novella, se ve a los dos esposos abrazarse en lo alto de una escalera que desciende a la habitación de la parturienta donde santa Ana acaba de parir a la Virgen.
   La Puerta Dorada tiene en sí misma un significado simbólico. Según una Biblia en verso del siglo XIV, es el emblema de la Puerta del Paraíso.
          Cette porte qui fut dorée, 
          Sur les autres plus honorée, 
          Signifiait, si com je cuide,
          Que la filie qu 'engendreraient 
          Et que Marie nomeraient 
          Serait porte de Paradis
   (Esta puerta que fue dorada / Es de todas la más honrada / Significaba, como creo / Que la hija que engendrarían / Y que María llamarían / Sería la puerta del Paraíso.)
Iconografía
   El arte de la Edad media representa el Encuentro de Ana y Joaquín de acuerdo con el modelo de la Visitación de la Virgen. Como María y su prima Isabel, lo dos viejos esposos se arrojan cada uno en brazos del otro y se felicitan mutuamente por el feliz acontecimiento anunciado por el ángel Gabriel. A veces Ana cae de rodillas frente a Joaquín, como Isabel frente a María.
   En el dintel de la portada Santa Ana de Notre Dame de París, Joaquín llega a caballo a la Puerta Dorada de Jerusalén, que se asemeja a la puerta fortificada de una ciudad medieval. Se ha creído reconocer allí, erróneamente, a san José a quien jamás se ha representado a caballo. Ese rasgo vuelve a encontrarse en una miniatura alemana del siglo XII que ilustra la Vida de la Virgen de Wernher (Biblia de Berlín): en vez de abrazar a Ana, Joaquín se echa a sus pies.
   Un rasgo común es la presencia de un ángel alado que conduce a Joaquín hacia Ana, o bien planea por encima de los dos esposos a quienes convocó por separado, quienes acercan sus labios para el beso procreador. Ese detalle se encuentra en Italia, en Giottino, Nardo di Cione, y en Vivarini, y también en un cuadro de la Escuela provenzal del siglo XV (hacia 1499) del Museo de Carpentras. En la escuela española del siglo XVI este tema aún se trataba con frecuencia.
   Puede observarse que el beso en los labios no está representado casi en ninguna parte más, en el arte de la Edad Media; ni siquiera en el arte profano de los marfiles. Así, por ejemplo, en las valvas de espejos y cofrecillos, la ternura de los esposos se expresa más discretamente, mediante una caricia en el mentón o la coronación del amante. En el siglo XVI el beso adquirió derecho de ciudadanía en el arte. El beso de los dos viejos esposos, representado desde principios del siglo XIV por Giotto, es una anticipación que se volvió tan común que ya no asombra a nadie, salvo a quienes están familiarizados con la iconografía medieval.
   A partir de la Contrarreforma, la popularidad de este tema se arruinó por la competencia con el nuevo símbolo de la Inmaculada Concepción, evocada por la Virgen de las Letanías descendiendo del cielo.
La ofrenda aceptada
   6. Joaquín y Ana, rehabilitados entregan al sumo sacerdote un cofrecillo
   Esta escena de la Ofrenda aceptada, muy infrecuente, forma pareja con la Ofrenda rechazada. Santa Ana, de rodillas, ofrece al sumo sacerdote un cofrecillo lleno de oro y joyas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto de Iconografía de San Joaquín. padre de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
   Esposo de Santa Ana y padre de la Virgen María.
   Es el patrón del León X (Giocchino Pecci) quien elevó su fiesta al doble ri­tual de 11ª clase.
   Su atributo habitual es un cesto con dos palomas, la ofrenda ritual en el templo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Ana, madre de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
Los Evangelios canónicos ni siquiera citan su nombre (en la Biblia sólo se habla de Ana, madre de Samuel y de Ana la profetisa que asiste al viejo Simeón a la Presentación del Niño en el templo). Sólo la mencionan los Apócrifos: el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio o Tradiciones de Matías.
CULTO
   El culto de Santa Ana en Occidente ha sido tardío y efímero: se desarrolló a finales de la Edad Media, en relación con la creencia en la Inmaculada Concepción de la Virgen. Entró en decadencia y se extinguió, salvo en Bretaña y en Canadá, a partir del siglo XVI.
   Sus orígenes deben buscarse en Oriente. En Jerusalén se puso bajo la advocación de Santa Ana una iglesia edificada en el presunto lugar del nacimiento de la Virgen. Según Procopio, el emperador Justiniano le habría dedicado otra en Constantinopla, en el siglo IV.
   Pero Occidente la ha ignorado durante mucho tiempo. Ni San Agustín ni San Jerónimo mencionan a Santa Ana. En el siglo XII, Bernardo de Claraval, que tanto contribuyó a la expansión del culto de la Virgen, no habla de su madre.
   El culto de Santa Ana apareció en Occidente en la época de las cruzadas, gracias a las pretendidas reliquias traídas desde Tierra Santa o de Constantinopla. Una de las más célebres era el velo de Santa Ana del cual se enorgullecía la catedral de Apt, en las proximidades de Aviñón, que pretendía poseer el cuerpo de la madre de la Virgen llevado a Provenza por Magdalena y su hermano Lázaro. En verdad se trata, como lo prueban y atestiguan las inscripciones descifradas que se observan en la tela, de un tejido árabe de lino y seda fabricado en Egipto a finales del siglo XI, por encargo de un califa de la dinastía de los fatimitas.
   En Chartres, que después de Apt y antes de Sainte Anne d'Auray fue el principal centro de su culto en Francia, se veneraba la 
cabeza de Santa Ana traída por el conde Luis de Blois desde Constantinopla en 1204, después de la cuarta cruzada, y que se donó a la catedral de Notre Dame, "con el objeto de que la cabeza de la madre reposara en la casa de la hija".
   Si se creyese en las pretensiones de las diferentes iglesias de la cristiandad, la madre de la Virgen habría tenido tantas cabezas como la hidra de Lerna. Una segunda cabeza de Santa Ana se veneraba en Cluny, una tercera en la abadía de Ourscamp, cerca de Noyon, una cuarta entre los capuchinos de Colonia, una quinta en Düren, Renania, una sexta en Annaberg, Baja Austria.
   A falta de cabeza, se contentaban con los menores huesos, divididos en múltiples fragmentos. El rey Renato donó a la catedral de Angers una costilla de Santa Ana. Sus brazos estaban embutidos en relicarios conservados en Génova y Tréveris; su mano derecha había caído en suerte a la iglesia de Santa Ana en Viena, el pulgar, traído de Rodas, fue donado por el elector de Sajonia Federico el Sabio a la iglesia de Annaberg, en 1493.
   En el siglo XIV, Santa Brígida llevó reliquias de la abuela de Jesús a Suecia, desde Roma y el convento de Vadstena, casa matriz de las órdenes de santa Brígida, se convirtió en el centro escandinavo del culto de Santa Ana.
   La princesa Ana de Lituania fundó en Wilno una iglesia de Santa Ana.
   La devoción a Santa Ana que se desarrolló en esta época es un corolario de la Mariolatría: se basa en la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, sostenida a partir del siglo XIII por la orden de los franciscanos y que, a pesar de la oposición de los dominicos, fue aprobada en 1439 por el concilio de Basilea, y ratificada más tarde, en 1483, por el papa Sixto IV.
   Los carmelitas han tenido un papel igualmente importante en la difusión del culto de Santa Ana.
   El más ardiente propagador de la devoción a Santa Ana a finales del siglo XV fue el humanista alemán Tritemio, es decir, de Trittenheim, cerca de Tréveris, donde naciera en 1462. Cuando se convirtió en abad del monasterio benedictino de Sponheim, publicó en Maguncia, en 1494, un tratado cuyo título es De laudibus sanctissimaes matris Annae tractatus (Tritemio sostiene que Santa Ana es tan inmaculada como su hija: concepit sine originali macula, peperit sine culpa ¿Por qué olvidar a la madre si honramos a la hija? Beatus venter qui Coeli domina portavit). A este libro, al cual se debe el impulso de un culto hasta entonces poco difundido (quasi novum), aludía Lutero cuando en 1523, en uno de sus sermones, declaraba: "Se ha comenzado a hablar de Santa Ana cuando yo era un muchacho de quince años, antes no se sabía nada de ella."
   Desde entonces, las cofradías de Santa Ana se multiplicaron. Un curioso indicio de su popularidad fue que Ana se convirtió, igual que María, en un nombre de pila masculino muy frecuente en el siglo XVI: basta recordar al condestable Ana de Montmorency. El nombre de María Ana, o Mariana, es una combinación del nombre de la Virgen con el de su madre.
   Dos reinas de Francia, Ana de Bretaña "bis regina" y Ana de Austria, favorecieron el culto de su patrona, al igual que la hija de Luis XI, Ana de Beaujeu, que se casó con el duque Pedro de Borbón.
   Después del concilio de Trento esta devoción entró en decadencia, aunque no se extinguió todavía, puesto que la famosa peregrinación de Sainte Anne d'Auray en Bretaña, se remonta al siglo XVII. En 1623 un campesino bretón desenterró en su campo una estatua pagana de la Bona Dea (la comparación entre la Bona Dea del Museo de Rennes y la Santa Ana de la puerta de Saint Malo en Dinan, demuestra que una deriva de la otra) amamantando dos niños que los carmelitas hicieron pasar por una imagen de Santa Ana con la Virgen y el Niño sobre las rodillas. El recuerdo de la buena duquesa Ana, última soberana de la Bretaña independiente, que se casó con Carlos VIII y luego con Luis XII, favoreció el nacimiento de esta devoción, localizada por las romerías populares en La Palud, cerca de Douarnenez, y sobre todo en Sainte Anne d'Auray, en la región de Morbihan. Un conocido refrán dice "Muerto o vivo, a Sainte Anne d'Auray todo bretón debe ir alguna vez".
   Los bretones se llevaron consigo a Canadá el culto de su patrona, en dicho país se organizó la peregrinación de Sainte Anne de Beaupré.
   Puede señalarse una última oleada de esta devoción a principios del siglo XVIII. Santa Ana fue adaptada en 1703 por los habitantes de Innsbruck, en el Tirol, porque la ciudad fue liberada de los bábaros el día de su fiesta.
Patronazgos
   El número de patronazgos de Santa Ana es la mejor prueba de su popularidad.
   Algunos de estos patronazgos, de escasa justificación a primera vista, necesitan de una explicación.
   Era patrona de los carpinteros, ebanistas, torneros, que quizá veneraban en ella a la suegra de su colega San José, pero es más probable que se la haya considerado el tabernáculo vivo de la Virgen, concebida en su vientre.
   Cabe preguntarse por qué la reclamaban los mineros, y por qué tantos centros mineros de Alemania se bautizaron Annaberg (Mons divae Annae). Fue porque a Santa Ana se había aplicado este versículo del Evangelio de Mateo: "Es semejante al reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo...". y al parir a la madre del Redentor, había dado a la humanidad su mayor tesoro, y como los mineros extraían los tesoros ocultos en el vientre de la tierra, se pusieron, al igual que los carpinteros, bajo la protección de Santa Ana.
   Se comprende con menor facilidad por qué se convirtió en la patrona de los caballerizos y palafreneros (la pequeña iglesia de Santa Ana, en Roma, próxima al Vaticano, se llama Santa Anna dei Palafrenieri), toneleros, tejedores, orfebres y fabricantes de escobas.
   En cambio resulta más comprensible que haya recibido el homenaje de las madres de familia preocupadas por la buena crianza de sus hijos ¿Acaso ella no había formado a la más perfecta de las hijas? Se la invocaba para tener niños, por ello Ana de Austria hizo una peregrinación a Sainte Anne d'Apt para tener un príncipe heredero. Se la creía capaz de facilitar los partos laboriosos. Como había enseñado a coser a la Virgen, era la patrona de las costureras, costureras de ropa blanca y encajeras. También es la patrona de los guanteros, porque según la leyenda, tejía guantes.
   Hombres y mujeres se dirigían a ella con tanta confianza como a San José, para obtener la gracia de una buena muerte, porque Santa Ana, en su lecho de agonizante, pudo contar con la asistencia de su nieto Jesús, que habría suavizado su deceso y evitado las angustias de la agonía. De ahí que la capilla funeraria de los ricos banqueros Fugger de Ausburgo estuviese dedicada a Santa Ana.
   En Bretaña se la invocaba para las cosechas de heno, a causa del color verde de su manto.
   El martes le estaba especialmente consagrado porque según la tradición ella habría nacido y muerto ese día.
ICONOGRAFÍA
   Tiene el aspecto de una matrona. Está representada con manto verde porque lleva en su vientre la esperanza del mundo, y el verde es el color de la esperanza.
   Es infrecuente que se la represente sola. Casi siempre suele vérsela asociada con la Virgen María (grupo de Santa Ana enseñando a leer a su hija), con la Virgen María y el Niño (grupo trinitario) e incluso con las tres Marías y toda su parentela (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Alejo Fernández, autor de la obra reseñada; 
     Alejo Fernández, (Alemania, c. 1475 – Sevilla, 1545). Pintor.
     No existen referencias documentales que indiquen el lugar de nacimiento de Alejo Fernández, que según sus propias declaraciones era de origen alemán (conocido también como Fernández Alemán). Las primeras noticias de su actividad artística se constatan en Córdoba, donde consta su estancia en los últimos años del siglo xv; en Córdoba, antes de 1497, contrajo matrimonio con María Fernández, hija de uno de los principales artistas de la ciudad en aquellos momentos; fue entonces cuando debió de adoptar el apellido de su esposa para denominarse en el ambiente artístico.
     El gran auge comercial y económico que Sevilla alcanzó desde los inicios del siglo xvi, hubo de mover a Alejo Fernández a trasladarse a dicha ciudad instado sobre todo por la importante oferta que le hizo el cabildo de la catedral para realizar trabajos de dorado y estofado en el retablo mayor. La actividad artística de Fernández destacó pronto en el ambiente sevillano, por lo que paulatinamente fue adquiriendo numerosos encargos laborales tanto en la ciudad como en lugares circundantes, situación que le permitió ir adquiriendo progresivamente una saneada economía que le hizo posible adquirir casa propia, tener varios criados y esclavos a su servicio y comprar una sepultura en el convento de San Pablo. Entre 1520 y 1523 aconteció el fallecimiento de su esposa y pocos años después se casó en segundas nupcias con Catalina de Avilés. En estos momentos, el artista debía de tener alrededor de cincuenta años y disponer de la plenitud de sus facultades y mantener su buen nivel económico.
     En 1526 participó con relevancia en la ejecución de los arcos efímeros del triunfo realizados con motivo de las bodas en Sevilla del emperador Carlos con Isabel de Portugal; su primacía artística en la ciudad era indudable y se prolongó en décadas sucesivas hasta los últimos años de su vida, constatándose entonces síntomas de debilidad tanto en él mismo como en su ambiente familiar; así, en 1539 vio morir a su hijo Sebastián que había sido destacado colaborador suyo y luego en 1542 él mismo padeció una grave enfermedad que le tuvo a las puertas de la muerte. En adelante su salud quedó ya muy mermada y tres años después en 1545 murió en su casa de la parroquia de San Pedro, donde había pasado los últimos veinte años de su existencia.
     Aunque no se poseen datos explícitos que lo manifiesten, puede sospecharse que la formación de Alejo Fernández tuvo lugar en los años de su primera juventud en Alemania, en un área artística impregnada de influencias flamencas y holandesas. También puede pensarse que en su juventud pudo haber viajado a Italia, puesto que en su actividad pictórica, realizada primero en Córdoba y después en Sevilla, se constatan características de estilo que muestran claras referencias italianizantes.
     De la etapa cordobesa de Alejo Fernández se poseen escasos testimonios, pudiendo señalarse tan sólo que permaneció en dicha ciudad poco más de doce años entre 1495 y 1508. De su producción no se conoce ninguna obra que pueda señalarse como realizada con total seguridad en Córdoba, aunque se sabe que pintó allí varios retablos para el monasterio de San Jerónimo que no se conservan. En el museo de Córdoba se encuentra una representación de San Pedro orando ante Cristo atado a la columna que pudiera haber sido realizada en dicha ciudad y en la que se advierten claras referencias estilísticas que proceden a la vez del ámbito flamenco e italiano. En esta obra, el artista describe un espacioso escenario interior abierto a un dilatado fondo de paisaje; los elementos arquitectónicos que ha descrito son de clara raigambre clásica, acertando a describir el lujo y el esplendor del Palacio de Pilatos, donde Cristo fue azotado. Es notoria en esta obra la diferencia de proporciones entre la figura de Cristo y de San Pedro, captadas ambas en tamaño normal y las de los tres donantes que aparecen en la parte inferior, a escala más reducida y en diferentes planos de profundidad. En esta obra, Fernández muestra ya sus preocupaciones de escenógrafo en las que la arquitectura es una parte esencial de la composición, efecto éste que mantuvo a lo largo de su futura producción artística.
     Las mismas constantes descriptivas de la obra antes mencionada se advierten en una segunda pintura de Fernández que puede ser considerada como obra temprana y, por lo tanto, realizada en su etapa cordobesa; se trata de un tríptico de La Santa Cena, que pertenece a la basílica del Pilar de Zaragoza. La tabla central de este tríptico representa el cenáculo con un admirable efecto de perspectiva; igualmente, predomina en esta escena la descripción de los elementos arquitectónicos, lo mismo que en la tabla lateral izquierda en la que se representa La entrada de Cristo en Jerusalén; en la tabla de la derecha se describe La oración en el huerto, en la que el artista capta una intensa profundidad espacial, perfectamente conseguida a través de la disposición de las figuras en distintos planos de profundidad, estando todo cerrado por un fondo de paisaje en lejanía. 
   Obra probable también de Alejo Fernández, o al menos próxima a su estilo, es La flagelación de Cristo, que se conserva en el Museo del Prado, en la que el artista recrea también un espectacular escenario arquitectónico en perspectiva.
     La etapa sevillana de Alejo Fernández se inicia a partir de 1508, año en el que se vinculó a la catedral de Sevilla junto con su hermano Jorge, que era escultor. Alejo se dedicó a policromar las imágenes que previamente habían esculpido otros artistas y al mismo tiempo adquirió el compromiso de ejecutar el conjunto de tablas, con temas de la vida de la Virgen, que habían de colocarse en la viga que cruzaba la parte alta de la capilla mayor de la catedral. Al parecer estas pinturas, que en principio debieron de ser siete, nunca llegaron a colocarse allí y, por otra parte, sólo se han conservado cuatro de ellas: El abrazo de San Joaquín con Santa Ana, El nacimiento de la Virgen, La Adoración de los Reyes, y La presentación del Niño en el templo. La lejanía con que inicialmente habrían de contemplarse estas pinturas hubo de mover al artista a incluir en ella figuras de gran tamaño y a simplificar los monumentales escenarios arquitectónicos que a pesar de ello otorgan a estas obras un carácter solemne y monumental. Además, se observan en ellas marcados efectos de perspectiva que se acentúan cuando los escenarios se abren a dilatados fondos de paisaje.
     Entre 1510 y 1515 Alejo Fernández, al servicio de Sancho Matienzo, canónigo de la catedral de Sevilla, realizó dos retablos para la iglesia del convento de franciscanas de Villasana de Mena (Burgos). Desgraciadamente, estos retablos ardieron en 1936 en la Guerra Civil española y por ello sólo viejas fotografías permiten conocer su fisonomía y sus principales composiciones pictóricas. Así se sabe que uno de estos retablos se dispuso en el altar mayor de la iglesia, estando dedicada su iconografía a la concepción de María; en él se incluía un conjunto de doce pinturas entre las cuales destacaban las que representaban La Anunciación, El Nacimiento de Cristo, San Cristóbal y San Jerónimo, advirtiéndose que a los pies de este último se encontraba el retrato del propio Sancho de Matienzo. El segundo retablo estuvo situado en un lateral de la iglesia y estaba presidido por una imagen pictórica de La Virgen de la leche, obra en la cual el artista plasmó en la figura de María un modelo dulce, ensimismado y melancólico.
     También en torno a 1515, Alejo Fernández debió de realizar una de sus obras más conocidas: La Virgen de la rosa, que se conserva en la iglesia de Santa Ana de Sevilla en la que captó un modelo expresivo, próximo a la desaparecida Virgen de Villasana de Mena; la Virgen se encuentra sentada en un trono, bajo un dosel y ofrece una rosa al Niño Jesús que está sentado en su regazo; a los lados, dos ángeles contemplan la escena ensimismados, mientras que al fondo se abren sendas ventanas que dejan ver paisajes captados en una profunda lejanía.
     Un espléndido conjunto pictórico se alberga en el retablo mayor de la capilla del colegio de Santa María de Jesús en el que sus tablas están enmarcadas por tracerías goticistas; sin embargo, la distribución de las pinturas está claramente ordenada siguiendo una traza de carácter renacentista. La fecha de este conjunto pictórico puede situarse en torno a 1520, siendo patrocinada su ejecución por Maese Rodrigo Fernández de Santaella, quien aparece retratado al pie de la tabla central en la que se representa a la Virgen de la Antigua; de esta manera, este ilustre personaje encomendaba a la Virgen la protección y patrocinio de dicho colegio. La segunda pintura en importancia de este retablo se encuentra en el ático y representa La venida del Espíritu Santo como exaltación de la sabiduría espiritual que había de imperar en las enseñanzas impartidas en dicho colegio. En las calles laterales del retablo se representan a Los cuatro padres de la Iglesia como inspiradores de dicha sabiduría, recogida en sus escritos y también a san Pedro, san Gabriel, san Miguel y san Pablo.
     Notable por su belleza de conjunto es el retablo de la iglesia de San Juan de Marchena que Alejo Fernández contrató en 1521, formando compañía con otros pintores o, en todo caso, con la ayuda de sus colaboradores, puesto que en las pinturas que en él se integran se advierten intervenciones de muy desigual calidad.
     Este retablo está destinado a narrar pasajes de la vida de San Juan Bautista y de Cristo. Dos obras de interés dentro de la producción de este artista pueden situarse en torno a 1525; son La Virgen con el Niño y un donante, obra firmada que se encuentra en el Palacio Arzobispal de Sevilla, y La duda de Santo Tomás, que se encuentra actualmente en la parroquia de Hinojos (Huelva) y que debe de proceder probablemente del convento de San Pablo de Sevilla.
     En la catedral de Sevilla se conserva un altar dedicado a La Piedad documentado en 1527 como obra de Alejo Fernández, quien realizó esta obra con la ayuda del pintor Pedro Fernández de Guadalupe.
     Acompañando a La Piedad aparecen en los laterales representaciones de San Andrés, San Miguel, Santiago y San Francisco, mientras que en el banco aparece San Pedro orando ante Cristo atado a la columna y los retratos de los donantes Don Alonso Pérez de Medina y Doña Mencía de Salazar.
     En una fecha próxima a 1530 Alejo Fernández debió de realizar dos pinturas que proceden de un desaparecido retablo de la iglesia de San Gil de Écija, donde se conservan, representan a San Gil liberando a un poseso del demonio y al Rey Wamba descubriendo a San Gil herido; son obras mal conservadas, aunque en ellas se reconoce con evidencia el estilo de este pintor. También hacia 1530 pintó Alejo Fernández en Écija para la iglesia de Santiago un retablo igualmente realizado con la ayuda de colaboradores; en este retablo se narran distintos episodios de la Pasión y muerte de Cristo.
     Obra de gran fama dentro de la producción de Alejo Fernández es La Virgen de los Navegantes, pintada hacia 1535. Fue ejecutada para presidir el retablo de la Casa de Contratación de Sevilla y actualmente se encuentra depositada en el Alcázar. La composición de esta pintura está presidida por la monumental figura de la Virgen que flota ingrávida sobre los mares, desplegando su manto en actitud protectora sobre distintos personajes vinculados a la navegación, hacia tierras americanas; entre estos personajes, se ha querido identificar a Cristóbal Colón y Hernán Cortés (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Abrazo de San Joaquín y Santa Ana", de Alejo Fernández, en la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sacristía de los Cálices de la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.