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lunes, 26 de julio de 2021

La Capilla de Santa Ana, o de Maracaibo, en la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de Santa Ana, de Maracaibo, en la Catedral de Santa María de la Sede.
   Hoy, 26 de julio, Memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, cuyos nombres se conservaron gracias a la tradición de los cristianos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de Maracaibo, o de Santa Ana, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Maracaibo, o de Santa Ana [nº 045 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Esta capilla tiene un retablo, del patronato de los Marmolejo, fechado en 1486, cuyo titular es san Bartolomé; en ella se reunieron en el siglo XV las advocaciones de este santo y santa Ana. En 1791 se instaló en ella un altar (el del "Santo Crucifijo", que estaba en otra dependencia, y que había dotado María Vejarano en 1561) que recibe el nombre de Cristo de Maracaibo y que en su apariencia actual data de 1913 sustituyendo a otro de estuco de fines del siglo XVIII. Bajo el retablo asoma el pasadizo del "Postigo de la Oficina", que ya se denominaba así en tiem­pos de Loaysa (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La Capilla de Santa Ana, se encuentra en el muro de la Epístola, cercana a los pies de la Catedral, y fue realizada por el Maestre Carlín (Charles Gauter de Ruan), entre 1436-1449.
Retablo pictórico. Virgen de los Marmolejos
   Llamo así a la que se halla en el retablo principal de la Capilla de Santa Ana, San Bartolomé o del Cristo de Maracaibo, dotada ésta en 1486 y mandado ejecutar dicho retablo tres años después por Diego Hernández Marmolejo y Ruy Barba Marmolejo, acabándose en 1504.
   La escultura de la Virgen con el Niño, que preside dicho retablo pictórico es gótica con influjos franceses o flamencos, y de cierto interés. Colocada a gran altura, no se pudo estudiar debidamente.
   Lógicamente la imagen debió ejecutarse en los primeros años del siglo XVI, atendida la cronología  expuesta.
Sepulcro del Cardenal D. Luis de la Lastra y Cuesta
   Se halla en la Capilla de Santa Ana o del Cristo de Maracaibo .
   Sobre un gran podio, marmóreo como todo el conjunto, con escudo y ángeles sedentes en los ángulos, se alza la figura del Prelado, revestido de pontifical con Capa pluvial y Mitra abatida sobre el basamento, de rodillas ante el reclinatorio, las manos puestas oracionalmente.
   Tan importante obra (excelente de dibujo, modela­do, talla y composición) es tarea destacada de Ricardo Bellver -artista ecléctico de romanticismo y naturalismo modernista- y fechable en 1880.
   Es de destacar su adecuación al medio, entonando en el ambiente catedralicio.
Retablo y esculturas del Cristo de Maracaibo
   Se halla en la Capilla de Santa Ana, conocida también por la advocación del Crucificado. 
   Es un retablo  sencillo, de madera con balaustres, por la pintura del Cristo, hallándose en ambos lados las figuras de la Virgen dolorida y el Evangelista San Juan, talladas en bajo relieve .
   Es obra de Joaquín Bilbao Martínez, quien lo ejecu­tó en 1912 ó 14. Los citados relieves están firmados por su autor (José Hernández Díaz, Retablos y Esculturas, en La Catedral de Sevilla. Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
   El Crucificado "Cristo de Maracaibo", del tercer cuarto del siglo XVI, en la actualidad en la Capilla de Maracaibo, cuyo paisaje de fondo, de los más bellos de la pintura sevillana, muestra el conocimiento por parte de su autor de los de Rafael.
   En la capilla del Cristo de Maracaibo figura expues­to un gran lienzo que representa a Cristo servido por los ángeles que durante mucho tiempo se ha venido considerando como anónimo y que sin embargo ahora puede atribuirse con cierta convicción al pintor Juan de Uceda. Nació este artista en Sevilla hacia 1570 y murió en esta misma ciudad en 1631. Uceda se formó lógicamente dentro de la tradición del estilo manierista que imperaba en Sevilla en los últimos años del siglo XVI; esta formación fue decisiva en su arte, aunque progresivamente fue decantando su pintura hacia formas de carácter naturalista.  
    La producción de Uceda era hasta ahora casi desconocida, estando la mayor parte de sus obras considera­das como anónimas. Sin embargo los recientes estudios realizados sobre este artista nos permiten ahora considerar la pintura del Cristo servido por los ángeles de la Catedral como una de las obras más im­portantes de su producción de las que hay una variante en la Iglesia de San Lorenzo. Representa esta pintura el pasaje del Evangelio de San Mateo 4, 1-2, en el que Cristo, después de haber sido tentado por el diablo fue atendido por una corte de ángeles que le sirvió de comer y de beber. Es ésta una obra que por sus características de estilo puede fecharse hacia 1630, pudiéndose señalar que tiene como precede la representación con el mismo tema realizada en 1616 por Francisco Pacheco, pintura que actualmente se conserva en una colección particular en Francia.
   De mediados del siglo XVIII y quizás de escuela romana­ hay que considerar una Anunciación que figura en la capilla del Cristo de Maracaibo y que lleva un magnífico marco con incrustaciones de espejo de la misma época de la pintura. También de mediados del siglo XVIII es una representación de La Edificación del templo de Jerusalén, que muestra influjos de la es­cuela italiana, pero que también pudiera ser obra de algún pintor hispano influenciado por los artistas de dicha escuela que en esa fecha trabajaban en la Corte de los Barbones. La pintura describe el momento en que ante el rey Salomón se desembarcan las maderas que procedentes del Líbano se iban a utilizar en la construcción del templo, cuyo perfil aparece al fondo de la escena.
   Uno de los más destacados seguidores de Caravaggio en Nápoles fue Gian Battista Caracciolo, nacido en dicha ciudad hacia 1570 y muerto allí en 1637. A este artista corresponde la Santa Ana, la Virgen y el niño, que se conserva en el basamento del retablo de la capilla del Cristo de Maracaibo. Es obra de excelente calidad, aunque hay que considerarla como réplica del original que se conserva en el Museo de Viena. Destaca en ella el naturalismo intimista que vincula las espontáneas figuras que protagonizan la escena, en la que el pintor ha recreado un ambiente sereno y armonioso. Estos aspectos de carácter sentimental aparecen reforzados por el tratamiento lumínico que el artista ha dado a la composición, en la que los personajes aparecen iluminados dentro de un ambiente sumido en la penumbra.
   En la capilla del Cristo de Maracaibo figuran dos cobres que representan episodios de la vida de Cristo y que probablemente formaron parte de una serie más amplia. Son Las bodas de Caná y La Multiplicación de los panes y los peces, obras ambas de mediana calidad fechables en la segunda mitad del siglo XVII. 
   En la capilla del Cristo de Maracaibo se conserva una representación de Abraham y los tres Ángeles que puede atribuirse a Abraham van Diepenbeck. Nació este artista en Bois le Duc en 1595 y murió en Amberes en 1675. Realizó su formación en el taller de Rubens, de quien fue amigo y colaborador, manteniendo siempre en su estilo la impronta del gran maestro flamenco. La pintura mencionada es una réplica del original firmado por este artista que se conserva en la Pinacoteca de Munich y es obra de armoniosa composición. El tema narra el momento en que los tres ángeles, huéspedes de Abraham, le anuncian el nacimiento de un hijo. Las figuras de los ángeles muestran el elegante dibujo de filiación rubeniana que caracterizó a este pintor, siendo también de gran calidad el tratamiento descriptivo de los elementos de bodegón que figuran sobre la mesa (Enrique Valdivieso, La Pintura en la Catedral de Sevilla. Siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla. Ed. Guadalquivir. Sevilla, 1991).
   En la nave lateral de la Epístola, sobre la Capilla de San Ana, podemos contemplar la vidriera realizada por Enrique Alemán hacia 1478-1479, y que representa a Santa Águeda, Santa Lucía, Santa Cecilia ?¿ y Santa Inés [nº 7 en el Plano de la distribución de las vidrieras en la Catedral de Santa María de la Sede], dispuesta en cuatro vanos alargados terminados en forma de arco lobulado con sus claraboyas, con unas medidas de 7'82 x 3'45 mts. 
   En el interior de la propia Capilla de Santa Ana, podemos contemplar la vidriera anónima realizada en 1797, y que representa La Sagrada Familia [nº 67 en el Plano de la distribución de las vidrieras en la Catedral de Santa María de la Sede], dispuesta en un vano alargado terminado en forma de arco apuntado, con unas medidas de 6'50 x 2'70 mts. (Víctor Nieto Alcalde, Las vidrieras de la Catedral, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor el Ciclo de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
EL CICLO DE ANA Y JOAQUÍN
Las fuentes apócrifas
   Los Evangelios canónicos no nos dicen nada del nacimiento ni de los años de infancia y juventud de la Virgen María con anterioridad a la Anunciación, que es lo único que que les interesa. Ni siquiera registran el nombre de sus padres.
   Para satisfacer la curiosidad de los fieles, esas lagunas de la crónica oficial han sido colmadas por los Evangelios apócrifos. Los mejor informados acerca del tema son:
1. El Protoevangelio de Santiago.
2. El Evangelio del Seudo Mateo (Liber de ortu beatae Mariae Virginis et infantia Salvatoris).
3. El Evangelio de la Natividad de la Virgen.
   Estos relatos fueron popularizados en el siglo XIII por Vincent de Beauvais, en su Speculum  Historiae y por el arzobispo hagiógrafo Santiago de Vorágine en la Legenda aurea (Leyenda Dorada). Pero los que se refieren a los padres de la Virgen inspiraron a los artistas occidentales hacia las postrimerías  de la Edad Media, gracias al culto tardío de santa Ana.
La formación de la leyenda
   La piadosa novela de los Evangelios apócrifos puede resumirse así: Después de veinte años de matrimonio con Ana, Joaquín seguía sin descendencia. Ahora bien, la esterilidad entre los judíos se consideraba una maldición divina. Además, el sumo sacerdote se negó a aceptar la ofrenda que Joaquín quería dedicar al templo. Desesperado por esa afrenta, éste se retiró en soledad, junto  a sus pastores.
   Pero enseguida el arcángel Gabriel se le apareció, al igual que a su mujer que estaba sola en Jerusalén, para predecir a ambos el nacimiento de un niño.
   Los viejos esposos se encontraron en la Puerta Dorada y se abrazaron llenos de alegría: del beso que se dieron nacería la Virgen Inmaculada, madre del Redentor.
   La falta de historicidad de esta fábula se anuncia en numerosos indicios.
   En principio, los nombres Ana y Joaquín no designan, como ya lo observara Lenain de Tillemont en el siglo XVII, a personajes reales, se trata de denominaciones simbólicas: Ana significa Gracia en hebreo, y Joaquín, Preparación del Señor.
   Por otra parte, todos los elementos de esta historia de los Evangelios apócrifos fueron tomados del Antiguo Testamento. La leyenda de Ana no es más que una ampliación de la historia de su homónima Hanna, madre de Samuel, de los dos primeros capítulos del Libro de los Reyes. El tema de los viejos esposos que después de largos años de matrimonio estéril son gratificados con un niño por la gracia divina, reaparece muchas veces en la Biblia que a su vez lo ha tomado de la leyenda universal. Es la historia de Abraham y de Sara, padres tardíos de Isaac, de Manuc, padre de Sansón, de Zacarías e Isabel, padres de Juan Bautista. Los Evangelios apócrifos se limitaron a copiarlo aplicándolo a los padres simbólicos de la Virgen.
Iconografía
   En las representaciones de la leyenda pueden distinguirse los ciclos y los episodios aislados.
   1. La ofrenda de San Joaquín rechazada
   Protoevangelio de Santiago. El sumo sacerdote dijo a Joaquín: «No te está permitido ser el primero en depositar tus ofrendas, porque no has engendrado en Israel.»
   La ofrenda rechazada de Joaquín es, ya un cordero, ya una suma de dinero. A veces, el donante estéril es brutalmente expulsado por el sumo sacerdote que lo hace rodar por los peldaños de la escalera. Pero casi siempre se retira con una tristeza llena de dignidad, seguido por su criado que lleva el cordero.
   2. Joaquín entre los pastores
   3. Anunciación a San Joaquín
   Un ángel le anuncia que su mujer parirá una hija de la cual nacerá el Mesías. 
    Esta escena corre el riesgo de ser confundida con la Anunciación a los Pastores. Pero Joaquín está solo con su rebaño y se arrodilla frente al ángel que se le aparece.
   A causa de un error la Zarza ardiendo de Nicolas Froment ha sido interpretada como la Anunciación a Joaquín. En realidad se trata de Moisés, como lo prueba, la inscripción.
   4. Anunciación a Santa Ana
   Abandonada por su esposo, Ana entristece en su jardín donde está con su criada Judit. Envidia la fecundidad de una pareja de pájaros que ve en las ramas de un laurel y pide angustiosamente a Dios que le conceda un hijo como a Sara, la vieja esposa estéril del patriarca Abraham.
   Un ángel se le aparece súbitamente y le anuncia que el Señor satisfará su ruego: parirá una hija que se llamará María. Ana promete consagrarla a Dios.
   De acuerdo con otra versión, una paloma habría besado los labios de Ana y por ese beso del Espíritu Santo habría sido concebida la Santa Virgen. En el arte copto, la historia de Ana y de la paloma se confunde con la leyenda pagana de Leda y el cisne.
   La Anunciación a Ana no puede confundirse con la Anunciación a María, porque la primera ocurre al aire libre, bajo un laurel.
   5. El encuentro en la puerta dorada
   Los dos viejos esposos, avisados separadamente, se encuentran en la Puerta Dorada de Jerusalén y se abrazan tiernamente, «de mutua visione et de prole promissa laetati», dice la Leyenda Dorada.
   Esta escena es, con gran ventaja, la más popular del ciclo de Ana y de Joaquín, porque en la Edad Media se veía en ella no sólo el preludio del Nacimiento de la Virgen, sino, además, el símbolo de la Inmaculada Concepción. Los teólogos enseñaban que la Virgen «Concebida por un beso sin semen de hombre (ex osculo concepta, sine semine viri)» había nacido por ese beso compartido frente a la Puerta Dorada, asimilada a la Puerta cerrada de la visión de Ezequiel.
   Así interpretado, el Encuentro en la Puerta Dorada, coincidente con la concepción de la Virgen, aparece como la redención del Pecado original, la reparación de la falta de Eva. Este episodio adquiere por ello una importancia capital en el misterio de la Salvación.
   Por ello, el Encuentro de Ana y Joaquín en la Puerta Dorada frecuentemente se asocia con la Natividad de la Virgen, porque la concepción señala el principio del proceso que conduce al nacimiento o Natividad de la Virgen. Por eso en un fresco de Ghirlandaio en S. Maria Novella, se ve a los dos esposos abrazarse en lo alto de una escalera que desciende a la habitación de la parturienta donde santa Ana acaba de parir a la Virgen.
   La Puerta Dorada tiene en sí misma un significado simbólico. Según una Biblia en verso del siglo XIV, es el emblema de la Puerta del Paraíso.
          Cette porte qui fut dorée, 
          Sur les autres plus honorée, 
          Signifiait, si com je cuide,
          Que la filie qu 'engendreraient 
          Et que Marie nomeraient 
          Serait porte de Paradis
   (Esta puerta que fue dorada / Es de todas la más honrada / Significaba, como creo / Que la hija que engendrarían / Y que María llamarían / Sería la puerta del Paraíso.)
Iconografía
   El arte de la Edad media representa el Encuentro de Ana y Joaquín de acuerdo con el modelo de la Visitación de la Virgen. Como María y su prima Isabel, lo dos viejos esposos se arrojan cada uno en brazos del otro y se felicitan mutuamente por el feliz acontecimiento anunciado por el ángel Gabriel. A veces Ana cae de rodillas frente a Joaquín, como Isabel frente a María.
   En el dintel de la portada Santa Ana de Notre Dame de París, Joaquín llega a caballo a la Puerta Dorada de Jerusalén, que se asemeja a la puerta fortificada de una ciudad medieval. Se ha creído reconocer allí, erróneamente, a san José a quien jamás se ha representado a caballo. Ese rasgo vuelve a encontrarse en una miniatura alemana del siglo XII que ilustra la Vida de la Virgen de Wernher (Biblia de Berlín): en vez de abrazar a Ana, Joaquín se echa a sus pies.
   Un rasgo común es la presencia de un ángel alado que conduce a Joaquín hacia Ana, o bien planea por encima de los dos esposos a quienes convocó por separado, quienes acercan sus labios para el beso procreador. Ese detalle se encuentra en Italia, en Giottino, Nardo di Cione, y en Vivarini, y también en un cuadro de la Escuela provenzal del siglo XV (hacia 1499) del Museo de Carpentras. En la escuela española del siglo XVI este tema aún se trataba con frecuencia.
   Puede observarse que el beso en los labios no está representado casi en ninguna parte más, en el arte de la Edad Media; ni siquiera en el arte profano de los marfiles. Así, por ejemplo, en las valvas de espejos y cofrecillos, la ternura de los esposos se expresa más discretamente, mediante una caricia en el mentón o la coronación del amante. En el siglo XVI el beso adquirió derecho de ciudadanía en el arte. El beso de los dos viejos esposos, representado desde principios del siglo XIV por Giotto, es una anticipación que se volvió tan común que ya no asombra a nadie, salvo a quienes están familiarizados con la iconografía medieval.
   A partir de la Contrarreforma, la popularidad de este tema se arruinó por la competencia con el nuevo símbolo de la Inmaculada Concepción, evocada por la Virgen de las Letanías descendiendo del cielo.
La ofrenda aceptada
   6. Joaquín y Ana, rehabilitados entregan al sumo sacerdote un cofrecillo
   Esta escena de la Ofrenda aceptada, muy infrecuente, forma pareja con la Ofrenda rechazada. Santa Ana, de rodillas, ofrece al sumo sacerdote un cofrecillo lleno de oro y joyas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto de Iconografía de San Joaquín padre de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
   Esposo de Santa Ana y padre de la Virgen María.
   Es el patrón del León X (Giocchino Pecci) quien elevó su fiesta al doble ri­tual de 11ª clase.
   Su atributo habitual es un cesto con dos palomas, la ofrenda ritual en el templo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Ana, madre de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios;
   Los Evangelios canónicos ni siquiera citan su nombre (en la Biblia sólo se habla de Ana, madre de Samuel y de Ana la profetisa que asiste al viejo Simeón a la Presentación del Niño en el templo). Sólo la mencionan los Apócrifos: el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio o Tradiciones de Matías.
CULTO
   El culto de Santa Ana en Occidente ha sido tardío y efímero: se desarrolló a finales de la Edad Media, en relación con la creencia en la Inmaculada Concepción de la Virgen. Entró en decadencia y se extinguió, salvo en Bretaña y en Canadá, a partir del siglo XVI.
   Sus orígenes deben buscarse en Oriente. En Jerusalén se puso bajo la advocación de Santa Ana una iglesia edificada en el presunto lugar del nacimiento de la Virgen. Según Procopio, el emperador Justiniano le habría dedicado otra en Constantinopla, en el siglo IV.
   Pero Occidente la ha ignorado durante mucho tiempo. Ni San Agustín ni San Jerónimo mencionan a Santa Ana. En el siglo XII, Bernardo de Claraval, que tanto contribuyó a la expansión del culto de la Virgen, no habla de su madre.
   El culto de Santa Ana apareció en Occidente en la época de las cruzadas, gracias a las pretendidas reliquias traídas desde Tierra Santa o de Constantinopla. Una de las más célebres era el velo de Santa Ana del cual se enorgullecía la catedral de Apt, en las proximidades de Aviñón, que pretendía poseer el cuerpo de la madre de la Virgen llevado a Provenza por Magdalena y su hermano Lázaro. En verdad se trata, como lo prueban y atestiguan las inscripciones descifradas que se observan en la tela, de un tejido árabe de lino y seda fabricado en Egipto a finales del siglo XI, por encargo de un califa de la dinastía de los fatimitas.
   En Chartres, que después de Apt y antes de Sainte Anne d'Auray fue el principal centro de su culto en Francia, se veneraba la cabeza de Santa Ana traída por el conde Luis de Blois desde Constantinopla en 1204, después de la cuarta cruzada, y que se donó a la catedral de Notre Dame, "con el objeto de que la cabeza de la madre reposara en la casa de la hija".
   Si se creyese en las pretensiones de las diferentes iglesias de la cristiandad, la madre de la Virgen habría tenido tantas cabezas como la hidra de Lerna. Una segunda cabeza de Santa Ana se veneraba en Cluny, una tercera en la abadía de Ourscamp, cerca de Noyon, una cuarta entre los capuchinos de Colonia, una quinta en Düren, Renania, una sexta en Annaberg, Baja Austria.
   A falta de cabeza, se contentaban con los menores huesos, divididos en múltiples fragmentos. El rey Renato donó a la catedral de Angers una costilla de Santa Ana. Sus brazos estaban embutidos en relicarios conservados en Génova y Tréveris; su mano derecha había caído en suerte a la iglesia de Santa Ana en Viena, el pulgar, traído de Rodas, fue donado por el elector de Sajonia Federico el Sabio a la iglesia de Annaberg, en 1493.
   En el siglo XIV, Santa Brígida llevó reliquias de la abuela de Jesús a Suecia, desde Roma y el convento de Vadstena, casa matriz de las órdenes de santa Brígida, se convirtió en el centro escandinavo del culto de Santa Ana.
   La princesa Ana de Lituania fundó en Wilno una iglesia de Santa Ana.
   La devoción a Santa Ana que se desarrolló en esta época es un corolario de la Mariolatría: se basa en la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, sostenida a partir del siglo XIII por la orden de los franciscanos y que, a pesar de la oposición de los dominicos, fue aprobada en 1439 por el concilio de Basilea, y ratificada más tarde, en 1483, por el papa Sixto IV.
   Los carmelitas han tenido un papel igualmente importante en la difusión del culto de Santa Ana.
   El más ardiente propagador de la devoción a Santa Ana a finales del siglo XV fue el humanista alemán Tritemio, es decir, de Trittenheim, cerca de Tréveris, donde naciera en 1462. Cuando se convirtió en abad del monasterio benedictino de Sponheim, publicó en Maguncia, en 1494, un tratado cuyo título es De laudibus sanctissimaes matris Annae tractatus (Tritemio sostiene que Santa Ana es tan inmaculada como su hija: concepit sine originali macula, peperit sine culpa ¿Por qué olvidar a la madre si honramos a la hija? Beatus venter qui Coeli domina portavit). A este libro, al cual se debe el impulso de un culto hasta entonces poco difundido (quasi novum), aludía Lutero cuando en 1523, en uno de sus sermones, declaraba: "Se ha comenzado a hablar de Santa Ana cuando yo era un muchacho de quince años, antes no se sabía nada de ella."
   Desde entonces, las cofradías de Santa Ana se multiplicaron. Un curioso indicio de su popularidad fue que Ana se convirtió, igual que María, en un nombre de pila masculino muy frecuente en el siglo XVI: basta recordar al condestable Ana de Montmorency. El nombre de María Ana, o Mariana, es una combinación del nombre de la Virgen con el de su madre.
   Dos reinas de Francia, Ana de Bretaña "bis regina" y Ana de Austria, favorecieron el culto de su patrona, al igual que la hija de Luis XI, Ana de Beaujeu, que se casó con el duque Pedro de Borbón.
   Después del concilio de Trento esta devoción entró en decadencia, aunque no se extinguió todavía, puesto que la famosa peregrinación de Sainte Anne d'Auray en Bretaña, se remonta al siglo XVII. En 1623 un campesino bretón desenterró en su campo una estatua pagana de la Bona Dea (la comparación entre la Bona Dea del Museo de Rennes y la Santa Ana de la puerta de Saint Malo en Dinan, demuestra que una deriva de la otra) amamantando dos niños que los carmelitas hicieron pasar por una imagen de Santa Ana con la Virgen y el Niño sobre las rodillas. El recuerdo de la buena duquesa Ana, última soberana de la Bretaña independiente, que se casó con Carlos VIII y luego con Luis XII, favoreció el nacimiento de esta devoción, localizada por las romerías populares en La Palud, cerca de Douarnenez, y sobre todo en Sainte Anne d'Auray, en la región de Morbihan. Un conocido refrán dice "Muerto o vivo, a Sainte Anne d'Auray todo bretón debe ir alguna vez".
   Los bretones se llevaron consigo a Canadá el culto de su patrona, en dicho país se organizó la peregrinación de Sainte Anne de Beaupré.
   Puede señalarse una última oleada de esta devoción a principios del siglo XVIII. Santa Ana fue adaptada en 1703 por los habitantes de Innsbruck, en el Tirol, porque la ciudad fue liberada de los bárbaros el día de su fiesta.
Patronazgos
   El número de patronazgos de Santa Ana es la mejor prueba de su popularidad.
   Algunos de estos patronazgos, de escasa justificación a primera vista, necesitan de una explicación.
   Era patrona de los carpinteros, ebanistas, torneros, que quizá veneraban en ella a la suegra de su colega San José, pero es más probable que se la haya considerado el tabernáculo vivo de la Virgen, concebida en su vientre.
   Cabe preguntarse por qué la reclamaban los mineros, y por qué tantos centros mineros de Alemania se bautizaron Annaberg (Mons divae Annae). Fue porque a Santa Ana se había aplicado este versículo del Evangelio de Mateo: "Es semejante al reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo...". y al parir a la madre del Redentor, había dado a la humanidad su mayor tesoro, y como los mineros extraían los tesoros ocultos en el vientre de la tierra, se pusieron, al igual que los carpinteros, bajo la protección de Santa Ana.
   Se comprende con menor facilidad por qué se convirtió en la patrona de los caballerizos y palafreneros (la pequeña iglesia de Santa Ana, en Roma, próxima al Vaticano, se llama Santa Anna dei Palafrenieri), toneleros, tejedores, orfebres y fabricantes de escobas.
   En cambio resulta más comprensible que haya recibido el homenaje de las madres de familia preocupadas por la buena crianza de sus hijos ¿Acaso ella no había formado a la más perfecta de las hijas? Se la invocaba para tener niños, por ello Ana de Austria hizo una peregrinación a Sainte Anne d'Apt para tener un príncipe heredero. Se la creía capaz de facilitar los partos laboriosos. Como había enseñado a coser a la Virgen, era la patrona de las costureras, costureras de ropa blanca y encajeras. También es la patrona de los guanteros, porque según la leyenda, tejía guantes.
   Hombres y mujeres se dirigían a ella con tanta confianza como a San José, para obtener la gracia de una buena muerte, porque Santa Ana, en su lecho de agonizante, pudo contar con la asistencia de su nieto Jesús, que habría suavizado su deceso y evitado las angustias de la agonía. De ahí que la capilla funeraria de los ricos banqueros Fugger de Ausburgo estuviese dedicada a Santa Ana.
   En Bretaña se la invocaba para las cosechas de heno, a causa del color verde de su manto.
   El martes le estaba especialmente consagrado porque según la tradición ella habría nacido y muerto ese día.
ICONOGRAFÍA
   Tiene el aspecto de una matrona. Está representada con manto verde porque lleva en su vientre la esperanza del mundo, y el verde es el color de la esperanza.
   Es infrecuente que se la represente sola. Casi siempre suele vérsela asociada con la Virgen María (grupo de Santa Ana enseñando a leer a su hija), con la Virgen María y el Niño (grupo trinitario) e incluso con las tres Marías y toda su parentela (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de Santa Ana, o de Maracaibo, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

lunes, 24 de agosto de 2020

El Retablo de San Bartolomé, en la Capilla de Santa Ana, o de Maracaibo, de la Catedral de Santa María de la Sede


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de San Bartolomé en la Capilla de Santa Ana de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 24 de agosto, Fiesta de San Bartolomé, apóstol, a quien generalmente se identifica con Natanael. Nacido en Caná de Galilea, fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle, agregándolo a los Doce. Después de la Ascensión del Señor, es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo de San Bartolomé en la Capilla de Santa Ana de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Maracaibo, o de Santa Ana [nº 045 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Esta capilla tiene un retablo, del patronato de los Marmolejo, fechado en 1486, cuyo titular es san Bartolomé; en ella se reunieron en el siglo XV las advocaciones de este santo y santa Ana. En 1791 se instaló en ella un altar (el del "Santo Crucifijo", que estaba en otra dependencia, y que había dotado María Vejarano en 1561) que recibe el nombre de Cristo de Maracaibo y que en su apariencia actual data de 1913 sustituyendo a otro de estuco de fines del siglo XVIII. Bajo el retablo asoma el pasadizo del "Postigo de la Oficina", que ya se denominaba así en tiem­pos de Loaysa (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La Capilla de Santa Ana, se encuentra en el muro de la Epístola, cercana a los pies de la Catedral, y fue realizada por el Maestre Carlín (Charles Gauter de Ruan), entre 1436-1449.    

   El retablo de San Bartolomé, ubicado en la Capilla de Santa Anao, o de Maracaibo, está constituido por un banco y dos cuerpos superiores, divididos verticalmente en cinco calles, siendo la central más ancha y alta que las laterales. La pieza está enmarcada por un guardapolvo decorado con motivos vegetales.
   En el banco se desarrollan cinco pinturas que representan diferentes episodios de la Pasión y Muerte de Jesús: La Flagelación, Cristo camino del Calvario, La Crucifixión, El Descendimiento y La Piedad. En el primer cuerpo se disponen cinco tablas que duplican en tamaño a las del banco y en las que se representa a Santiago el Mayor, San Blas, San Bartolomé, San Nicolás y San Sebastián; situándose en la calle central San Bartolomé, de mayor tamaño que las demás figuras. En el segundo cuerpo figuran cuatro tablas que flanquean una representación escultórica de la Virgen con el Niño; se trata de San Juan Bautista, Santa Ana, Santa Marta y San Miguel. En este segundo cuerpo figuran seis esculturas sobre peanas y muestran a la Virgen, San Juan (estas dos piezas, reaprovechadas de un Calvario del siglo XVII), un Apóstol, Santa Catalina, San Juan Evangelista y una Santa mártir. En la zona inferior, a ambos lados del retablo, figura una inscripción en la que se alude al patronazgo ejercido por la familia Hernández de Marmolejo para la ejecución de la pieza.

   En 1486, don Diego Hernández de Marmolejo, arcediano de Écija y canónigo de la catedral de Sevilla, y su hermano Nicolás, arcediano y canónigo en Sevilla, encargaron para la Capilla de Santa Ana, donde se ubicaría sus enterramientos, este retablo.
   El retablo fue colocado en la capilla cuando fue finalizado, en el año 1504, época en que los artistas sevillanos se debatían entre la pervivencia del estilo gótico tardío y el incipiente estilo Renacentista que comienza a imponerse paulatinamente, prueba de ello son las pinturas de este retablo. Se pueden diferenciar dos autores en la realización de las pinturas, que se fechan entre 1500 y 1504; las cinco pinturas que constituyen el banco fueron realizadas por un pintor, mientras las pinturas de los cuerpos superiores se atribuyen a una mano diferente. Post señalaba como autores a los denominados "Maestro de Diego" (debido a Diego Hernández de Marmolejo, donante del retablo) y al "Maestro de Moguer", de quien se conservan obras en dicha localidad onubense. Por su parte, Diego Angulo atribuye las pinturas al denominado "Maestro del Descendimiento" y al "Maestro de los Marmolejos".

   El día 3 de diciembre de 1986, Don José María Benjumea, presidente de la Asociación Amigos de la Catedral de Sevilla, emite un informe sobre el estado de conservación de este retablo. Finalmente, entre el 9 de febrero de 1990 y el 6 de junio de 1991 se llevan a cabo las labores de restauración de la pieza, bajo el patrocinio de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla y dirigidas por don Juan Luis Coto Cobo.
   Analicemos las distintas pinturas e imágenes que componen el Retablo de San Bartolomé:
   La Flagelación; se trata de una de las cinco pinturas que constituyen el banco del retablo y en las que se narran distintos episodios de la Pasión y Muerte de Cristo.
   Esta pintura, -como todas aquellas que constituyen este retablo, exceptuando la pintura central del banco- sigue un esquema compositivo que viene dado por la introducción de las figuras en un espacio marcado por un suelo en perspectiva elevada y un fondo de pan de oro que las respalda; en la zona superior, las tracerías caladas del retablo le otorgan un perfil mixtilíneo.

   La pintura representa el momento de la Pasión de Jesús conocido como la flagelación, que es narrado en Mat., 27, 26; Mc., 15, 15 y Jn., 19, 1. En la flagelación, Cristo se encuentra atado a la columna de la residencia de Pilatos y varios sayones azotan su cuerpo con fustas y látigos, tal y como es representado en esta pintura. La columna -una columna de fuste completo que se contrapone a la columna truncada que se impone a partir del siglo XVII- se constituye en el eje central de la escena; junto a ella, se dispone la figura de Cristo, cubierto únicamente por un paño de pureza, mostrando su
anatomía pálida, mientras sus pies, manos y cuello están atados con sogas, su cabeza detenta la corona de espinas y, rodeándola, se dispone un halo áureo; muestra en su rostro un profundo sufrimiento de carácter espiritual más que físico. En torno a este grupo central aparecen tres sayones ataviados a la moda del siglo XVI y portando instrumentos de tortura como fustas y látigos; muestran en sus rostros el interior de personajes perversos y grotescos.
   El espacio se construye a partir de un suelo de perspectiva elevada marcada por un enlosado de diagonales marcadas; la luz procede de una estancia contigua, situada a la izquierda de la composición, aunque las sombras que las fi guras reflejan en el suelo son muy sutiles y concisas.

   Se observa en esta pintura la transición desde presupuestos gotizantes - como el fondo de pan de oro- hacia presupuestos renacentistas que se observan en el interés por representar a las figuras de manera naturalista, el expresionismo de los rostros, la representación espacial basada en estudios de perspectiva lineal o matemática o el intento de recrear una atmósfera vivida a partir de los recursos lumínicos.
   Cristo camino del Calvario; la pintura representa el momento de la Pasión de Jesús narrado en Jn., 19, 17; Mt., 27,31; Mc., 15, 20 y Lc., 33, 23, en el que Jesús sale con la cruz a cuestas camino de monte Gólgota, donde será crucificado. La escena se desarrolla en un paisaje al aire libre, del que se percibe, en la zona inferior una monumental roca, mientras en la zona superior se desarrolla el característico fondo dorado que aparece en la mayoría de las pinturas que forman el retablo.
   En el centro de la composición se muestra a la figura de Cristo, caracterizado como nazareno, es decir, vistiendo amplia túnica, y cargando sobre su hombro derecho con la cruz; muestra un rostro doliente rodeado por la corona de espinas y, en torno a su cabeza, un halo dorado. En la zona izquierda de la composición figuran personajes allegados a Jesús como Su Madre, la Virgen María Dolorosa -ataviada con manto negro que cubre su cabeza en señal de luto y con un pañuelo blanco entre sus manos-, una de las santas mujeres y San Juan Evangelista vistiendo túnica roja. En la zona de la derecha aparecen dos figuras de sayones romanos, ataviados a la moda del siglo XVI, portando fustas y mostrando en sus rostros el carácter grotesco y sin compasión que caracteriza a los verdugos de Jesús.
 La Crucifixión; esta pintura, frente a las demás piezas que constituyen este retablo, presenta una novedad fundamental como es la sustitución del pan de oro que configura el fondo de las composiciones por un dilatado paisaje de influencia renacentista flamenca. Este aspecto otorga a la pintura un carácter de superación de los presupuestos gotizantes a favor de la asimilación de la estética renacentista que irá imponiéndose de forma paulatina durante el siglo XVI.

   La pintura muestra la representación del episodio narrado en Jn., 19, 17-30; Mt., 27, 32-56; Mc., 22, 21-41 y Lc., 23, 39-49, en los que se describe la Crucifixión y Muerte de Jesús. Así, en el centro de la composición -y constituyendo el eje vertical de la misma- se yergue la cruz donde está crucificado Jesús. Éste muestra una anatomía pálida y débil casi desnuda, cubiertas sus caderas por un paño de pureza, se trata aún de Cristo vivo ya que sus ojos están abiertos y la llaga infligida por Longinos en su costado aún no figura. A los pies de la cruz se dispone María Magdalena, arrodillada y gesticulando de manera expresiva y doliente; junto a ella, se encuentra la Virgen María Dolorosa, que aparece desmayada en los brazos de San Juan Evangelista; detrás de este grupo se sitúa una de las santas mujeres. Alrededor del grupo central aparecen cinco figuras de sayones romanos, tres de ellas, ecuestres, que portan lanzas; están ataviadas de manera anacrónica, como pajes y caballeros del siglo XVI, mientras las dos figuras de la derecha llevan sendos turbantes en sus cabezas que aluden a la lucha contra los árabes que se efectúa de manera contemporánea a la realización de las pinturas.

   Respaldando esta escena se desarrolla un dilatado paisaje naturalista, protagonizado por árboles, matorrales, montañas,... y que desemboca en la visión del templo de Jerusalén, representado como una fortificación del siglo XVI; todos los elementos están representados de manera minuciosa, con un dibujo miniaturista y un sentido del color armonioso que se deriva de la influencia del renacimiento flamenco.
   El Descendimiento; la pintura representa el momento de la Pasión de Jesús narrado en Mat., 27, 57-61; Mc., 15, 42-47; Luc., 23, 50-56 y Jn., 19, 38-42. La pintura muestra el momento en el que el cuerpo sin vida de Jesús es descendido de la cruz mediante el esfuerzo de José de Arimatea y Nicodemus -quienes utilizan una escalera para tal labor-, mientras la Magdalena se afana en sostener con sus manos el torso de Cristo. Junto a este grupo central se sitúa una de las santas mujeres, con su cabeza cubierta por un velo en señal de luto y enjugando sus lágrimas con un pañuelo. A la izquierda de la composición se muestra a la Virgen María Dolorosa sostenida por San Juan Evangelista, ambas figuras inmersas en un profundo dolor y patetismo en sus gestos.

   La escena se desarrolla en un paisaje naturalista que se corresponde con el Monte Gólgota donde fue crucificado Jesús; así, se muestra un paisaje árido y desértico, sólo cubierto el suelo por piedras, mientras como fondo compositivo se desarrolla una superficie de pan de oro.
   La Piedad; la pintura representa el momento de la Pasión de Jesús que se desarrolla inmediatamente después del Descendimiento y que se remite a las descripciones formuladas por los místicos del siglo XV; San Bernardino de Siena escribe: "La Virgen creyó que habían retornado los días de Belén; se imaginó que Jesús estaba adormecido y lo acunó en su regazo; y el sudario en que le envolvió le recordó los pañales".
   La escena sigue marcada en su eje de simetría por el tramo más largo de la cruz; bajo los pies de ésta se dispone el grupo de figuras, protagonizado por la Virgen María y Jesús, quienes están acompañados por las dos santas mujeres -María Cleofás y María Salomé-, María Magdalena -quien besa la mano de Jesús- y San Juan Evangelista, quien sostiene Su cabeza.

   En el centro y adoptando una estructura piramidal, aparece la Virgen María Dolorosa, sedente, su cabeza cubierta por su manto, sosteniendo en su regazo al cuerpo sin vida de su Hijo; Éste muestra su anatomía casi al desnudo - un paño de pureza cubre sus caderas-, pálida, débil e inerte y acusando una carencia de flexibilidad en su ejecución, aunque intentando emular el carácter naturalista que anticipa al Renacimiento.
   La escena se desarrolla en el paisaje desértico del Monte Gólgota, del que se aprecia la curvatura de su horizonte, mientras respalda a las figuras el característico fondo dorado que muestran las pinturas de este retablo.
   Santiago el Mayor; la pintura representa a Santiago el Mayor, quien adopta este apelativo indicando que fue uno de los primeros llamados por Jesús para convertirse en su seguidor; era hijo del pescador galileo Zebedeo y hermano mayor de San Juan Evangelista, constituyendo junto a éste y a San Pedro, el grupo de tres discípulos más próximo a Jesús, asistiendo al momento de la Transfiguración en el Monte de los Olivos.

   Santiago está representado siguiendo su iconografía de peregrino. Así, porta en su mano derecha el cayado de peregrino y su cabeza está cubierta por un sombrero de ala ancha en el que figura la concha -venera jacobea- característica; no obstante, en esta ocasión se le muestra descalzo y portando
un libro abierto en su mano izquierda. El personaje viste túnica roja decorada profusamente con motivos vegetales y forales dorados y un amplio manto igualmente rojo que cubre sus hombros. Muestra un rostro barbado y con cabellos largos castaños, en el que se percibe un rictus de espiritualidad y profundo misticismo.
   San Blas; la pintura representa a San Blas, santo que fue obispo de Sebaste en Armenia y que falleció en el año 316, cuando, en tiempos de Diocleciano, fue martirizado desgarrándosele su cuerpo con un rastrillo y siendo, posteriormente, decapitado. La presencia de este santo en este retablo se debe a la petición del donante del mismo, Diego Hernández de Marmolejo, quien profesaba profunda devoción hacia San Blas.
   La figura está representada, siguiendo su iconografía tradicional, ataviada como obispo, tocado con una mitra, portando en su mano derecha el báculo episcopal, vistiendo alba y casulla suntuosamente ornamentada con elementos vegetales dorados y portando en su mano izquierda un libro abierto en el que concentra su atención. Como elemento característico, sus manos están enfundadas en guantes blancos, diferenciándose así de otros obispos. Su rostro, enjuto y austero, centra su interés en la lectura del libro sagrado y muestra el profundo sentido espiritual del santo.

   La figura se sitúa en un espacio configurado mediante un suelo muy inclinado, cuya perspectiva viene dada por líneas oblicuas que desarrollan un enlosado de formas estrelladas; respaldando a la figura se sitúa un fondo dorado con formas de estrellas y bandas entrelazadas.
   San Bartolomé; en la zona más importante del retablo se sitúa la representación de San Bartolomé, ejecutada por deseo expreso del donante del mismo, don Diego Hernández de Marmolejo. El protagonismo que detenta la figura se ve potenciado por el mayor tamaño que presenta respecto a los santos que le acompañan, así como por su disposición frontal y por el carácter monumental con que es descrito. La figura vista túnica verde y manto dorado decorado profusamente con motivos vegetales y forales que, en la zona interna, adquiere la brillantez cromática de un encendido rojo. Siguiendo su iconografía característica, porta en su mano derecha un cuchillo con el que, según la leyenda, fue desollado vivo - resulta, por lo tanto, una cristianización del mito de Marsias desollado por Apolo; igualmente, como es tradicional en sus representaciones españolas, lleva atado con una soga a un demonio que se sitúa a sus pies y que alude al episodio en el que liberó a la hija del rey de Armenia de un demonio; esta figurilla adquiere dos rostros -uno, en su cabeza, otro, en su torso- y numerosos ojos que se sitúan en codos y rodillas, dando lugar a una figura fantástica en la que se pone de manifiesto la inventiva del autor. El santo muestra un rostro sereno y reflexivo, de largos cabellos y barbas oscuros, tal y como es descrito en la Leyenda Dorada.

   La figura se sitúa en un espacio solemne construido a partir de dos columnas que le respaldan dando lugar a un baldaquino con tres arcos, mientras el suelo se desarrolla con líneas diagonales muy inclinadas dando lugar a losas en forma de cruces y octógonos; como fondo, se dispone un tapiz dorado de trama ortogonal y formas forales en su interior.
   San Nicolás; la pintura representa a San Nicolás de Bari (270-342), quien fue obispo de Mira y firme luchador contra la herejía arriana. La presencia de este santo en uno de los lugares más importantes del retablo viene dada por deseo expreso de uno de los donantes, don Nicolás Hernández de Marmolejo.
   El santo aparece representado, siguiendo su iconografía tradicional, ataviado como obispo; así, porta capa pluvial decorada profusamente con motivos vegetales dorados y una orla de roleos forales; sostiene con su mano izquierda el báculo episcopal y en su cabeza sostiene la mitra. El santo se muestra concentrado y reflexivo en la lectura de un libro sagrado que sostiene abierto entre sus manos.
   El santo se encuentra en un espacio configurado, en la zona inferior, por un suelo de inclinada perspectiva en el que losas de formas geométricas acentúan el efecto de profundidad espacial; respaldando a la figura se sitúa un fondo dorado que da lugar a una trama ortogonal con formas florales en el interior de los cuadrados.

   San Sebastián; la pintura representa a San Sebastián, quien fuera centurión de la primera cohorte del emperador Diocleciano y condenado por éste a ser asaeteado mientras se encontraba atado a un árbol en el Campo de Marte; no obstante, santa Irene lo salvó de las heridas de las lanzas para, posteriormente, sufrir martirio en el circo romano al ser golpeado y echado a las cloacas. Su iconografía fue difundida durante la Edad Media, al ser considerado patrón contra la peste.
   El santo aparece representado según la iconografía medieval -diferente de la renacentista que suele mostrarle semidesnudo-; es por ello que aparece ataviado como un caballero -abrigo verde con motivos vegetales y ribeteado con piel de armiño, cabeza cubierta por un pequeño sombrero rojo con
broche dorado-, portando su espada, y ataviado lujosamente. En el pecho muestra su símbolo característico como es una fecha de las que sirvieron para su martirio; asimismo, en su mano derecha sostiene una cruz, símbolo de su fe incondicional. Su rostro es el de un hombre maduro, de cabellos largos, barba y bigote elegante, frente a su iconografía posterior que le muestra como un joven barbilampiño y de rasgos andróginos.

   El santo se encuentra en un espacio configurado, en la zona inferior, por un suelo de inclinada perspectiva en el que losas de formas geométricas acentúan el efecto de profundidad espacial; respaldando a la figura se sitúa un fondo dorado que da lugar a una trama ortogonal con formas forales en el interior de los cuadrados.
   San Juan Bautista; la pintura representa a San Juan Bautista, hijo de Isabel y Zacarías, por lo tanto, primo de Jesús, que se constituye en precursor del Mesías del que predica su venida en el desierto. Es por ello que aparece representado ataviado de manera extremadamente austera - generalmente, una piel de camello cubre su anatomía- que acentúa el carácter espiritual del santo.
   En esta ocasión, se le muestra ataviado con túnica marrón -que alude a la piel de camello- atada con cinturón blanco y manto rojo que cubre la zona inferior de su cuerpo; sus pies están descalzos potenciando la vida de privaciones y austeridad que eligió. En su mano izquierda porta sus atributos iconográficos característicos como es el Agnus Dei con banderola que alude a su labor anunciadora de Cristo, sostenido sobre un libro. Muestra su rostro hermosas proporciones próximas a las que describen el rostro de Jesús, así como largos cabellos castaños y barbas.

   Santa Ana, la Virgen y el Niño; la pintura representa una iconografía desarrollada fundamentalmente durante la Edad Media como es la Santa Ana triple, que se deriva de la leyenda según la cual, la Santa fue viuda en tres ocasiones, naciendo tres hijas llamadas María de los tres matrimonios y desarrollándose una iconografía que hacía alusión a esta tradición; no obstante, la Iglesia combatió esta iconografía, terminado por imponerse una visión de la Santa Ana triple, en la que se representaba a la santa con María, madre de Jesús, y Éste en su regazo.
   La pintura muestra a Santa Ana, esposa de Joaquín, de pie, ataviada con suntuosa túnica dorada decorada con roleos vegetales y forales dorados y manto verde con interior rojo; porta en su mano derecha un ramo de azucena que alude a la pureza con la que fue concebida María y, en su mano izquierda, sostiene a su hija María -ataviada con túnica negra y manto exuberante con motivos forales dorados, quien detenta una fisonomía juvenil que enlaza con la imagen de una Virgen aún adolescente-; en los brazos de María aparece la figura desnuda de Jesús, su cabeza rodeada por nimbo, mostrando un estudio con interés naturalista de la anatomía infantil.
   Santa Marta; la pintura representa a Santa Marta, hermana de María Magdalena y de Lázaro quien, tras la Ascensión de Cristo marchó con sus hermanos a predicar en la zona francesa de Marsella. En Tarascón -la Provenza- se enfrentó con un dragón llamado Tarasca -similar al Leviatán del Libro de Job- a quien venció rociándole con agua bendita mediante un hisopo, lo cual amansó a la fiera, quien siguió a la santa con su cabeza atada por el cinturón de ella hasta llegar a Arlés, donde fue sacrificado.

   La santa está representada siguiendo su iconografía tradicional que la muestra como una mujer madura; está ataviada con túnica gris y manto azulado mientras una toca blanca cubre su cabeza. En su mano derecha porta el hisopo que le sirvió para derrotar al dragón Tarasca, mientras con la mano derecha sujeta un cinturón en cuyo extremo aparece atado el dragón, quien muestra en su boca abierta la cabeza de una de sus víctimas.
   Como elemento diferenciador respecto al resto de pinturas que componen este retablo, es de referir que la santa se sitúa en un ámbito espacial natural que alude al paisaje en el que se enfrentó al dragón; por ello, a sus pies se extiende una alfombra de verde vegetación. En el fondo se desarrolla el
característico respaldo de pan de oro que muestra formas romboidales con motivos forales en su interior.
   San Miguel; la pintura representa al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales y encargado de llevar a cabo el pesaje de las almas que serán conducidas hacia la Gloria o hacia el Inferno. Es por ello que aparece representado como un guerrero, vistiendo coraza o peto, con una suntuosa capa rojiza y dorada sobre sus hombros, armado con una espada en su cinto y portando en su mano derecha una lanza rematada en una cruz que le sirve para vencer al demonio situado a sus pies; adquiere una fisonomía elegante y andrógina, con semblante de rasgos delicados y cabellos dorados y largos mientras sus alas, flexibles y fantásticas, se despliegan a su espalda. En su mano izquierda porta la balanza de platillos con la que pesa las almas humanas determinando su salvación o condena; en uno de los platos aparece un hombre y en el otro una mujer arrodillada y en actitud de oración; ambos platos están siendo arrastrados por las garras del demonio que se sitúa a los pies del arcángel, que intenta romper su cadena; se trata de un animal híbrido con patas de gallo, y cuerpo cubierto por coraza, cuyas fauces abiertas y ojos desorbitados ofrecen una imagen horripilante del Mal (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   La Virgen de los Marmolejos es la que se halla en el retablo principal de la Capilla de Santa Ana, San Bartolomé o del Cristo de Maracaibo, dotada ésta en 1486 y mandado ejecutar dicho retablo tres años después por Diego Hernández Marmolejo y Ruy Barba Marmolejo, acabándose en 1504.
   La escultura de la Virgen con el Niño, que preside dicho retablo pictórico es gótica con influjos franceses o flamencos y de cierto interés. Colocada a gran altura, no se pudo estudiar debidamente.
   Lógicamente la imagen debió ejecutarse en los primeros años del siglo XVI, atendida la cronología expuesta (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991).
   De los retablos que se conservan, el más antiguo es el de San Bartolomé, pintado entre el 20 de mayo de 1489, día en que el canónigo de la Catedral hispalense y arcediano de Écija Don Diego Hernández de Marmolejo ordena en su testamento que se ejecute, y septiembre de 1504, fecha en que se asienta, según testimonia una leyenda situada en el banco.
   En su ejecución intervinieron diversos maestros, apreciando Angulo hasta tres estilos distintos y advirtiendo Post la mano de dos pintores. Sometidos todos ellos a unas mismas directrices compositivas, éstas es de suponer que las daría, como se solía hacer, el maestro que seguramente dibujó las trazas y redactó las condiciones técnicas del contrato. Maestro al que hay que atribuir el que, como señala Angulo, todas las tablas presenten el mismo plano de base, preocupación espacial evidente, asimismo en el templete bajo el que se intenta hacer que aparezca San Bartolomé, titular del conjunto. Estilísticamente afines, unos, como el que Angulo denomina el Maestro del Descendimiento, saben interpretar y reelaborar mejor que otros los modelos flamencos de los que todos ellos parten. Influjo que no hace olvidar a otros, como el que Angulo llama el Maestro de los Marmolejos, el peso de la tradición artística local, apreciable en las lacerías que se dibujan en los fondos dorados de algunas de sus tablas, en especial las de San Nicolás y Santiago (Juan Miguel Serrera, Pinturas y pintores del siglo XVI en la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla. Ed. Guadalquivir, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Bartolomé, apóstol
LEYENDA
   Los Evangelios sólo mencionan su nombre, que es un patronímico, Bar Tolmaï (hijo de Tomaï o de Tolomeo). Quizá sea Natanael a quien menciona San Juan (1:45), como uno de los doce apóstoles. No se lo mencionan en los Evangelios ni en los Hechos de los Apóstoles.
   Según la leyenda, después de la muerte de Cristo habría evangelizado Arabia, Mesopotamia y Armenia. Fue allí donde, según el martirologio romano, lo habrían desollado vivo (vivus decoriatus) por orden del rey Astiajer, furioso porque Bartolomé había convertido al cristianismo a gran número de sus vasallos.
   Esta versión resulta contradictoria con las tradiciones orientales que aseguran que habría sido crucificado, ahogado o decapitado.
   Pero como había muchos decapitados y crucificados entre los apóstoles, los hagiógrafos optaron por un martirio menos trivial y convirtieron a Bartolomé en un Marsias cristiano.
CULTO
Lugares de culto
   Sus reliquias fueron trasladadas desde Armenia a una de las islas Lipari en el siglo VI, más tarde, en 809, a Benevento y por último en 963, a Roma, a la isla Tiberina, donde el emperador de Alemania Otón III puso una iglesia bajo su advocación, que llamó San Bartolomeo all’Isola y que sustituyó la de San Adalberto.
   Se pretendía que su piel se conservaba en Pisa. Tenía otras iglesias italianas dedicadas, en Venecia, Foligno, Pistoia y Benevento. La catedral de Frankfurt del Meno que heredara en 1238 su bóveda craneana, se puso bajo su advocación. El día de la celebración de su fiesta señalaba el comienzo de la feria de otoño. La cartuja de Colonia se jactaba de poseer una de sus reliquias, al igual que la abadía benedictina de Lüne, cerca de Lüneburgo.
   San Eduardo el Confesor, de Inglaterra, ofreció el brazo del santo a la catedral de Canterbury y la más bella iglesia románica de Londres se llama de St. Bartholomew the Great.
   Su culto está probado también en Francia. Hay una iglesia puesta bajo su advocación en París, en la isla de la Cité, y otra en Taverny. Bénévent l’Ababaye (Creuse), adoptó ese nombre porque en el siglo XI se llevó hasta allí, desde Benevento, una reliquia del santo desollado.
Patronazgos
   Su martirio le valió la clientela de todas las corporaciones que se ocupaban de la preparación de pieles y manufactura o empleo del cuero: carniceros, curtidores, zurradores, guanteros, encuadernadores. Tal es lo que revela la advocación de las iglesias italianas como San Bartolomeo dei vaccinari (de los zurradores), dei pizziagnoli (de los chacineros).
   Lo reivindicaban los sastres porque lleva su piel bajo el brazo, como un abrigo.
   También tenía prestigio de santo curador. Se lo invocaba contra los espasmos, convulsiones y enfermedades nerviosas en general.
ICONOGRAFÍA
   De ahí procede la riqueza de su iconografía que contrasta con lo poco que se sabe de su persona.
   Se lo representa tanto cubierto como despojado de su piel, como el sátiro Marsias, víctima de los celos de Apolo.
   Sus atributos, en el primer caso, son el cuchillo grande con el cual lo desollaron, en el segundo caso su propia piel suspendida del brazo. Esa piel de recambio recuerda la cabeza de recambio de San Dionisio y de los cefalofóros.
   Los primeros estudios de Desollado (Écorché, Scorticato, Muskelmann) que servían de modelos en las academias de dibujo, se consideraban representaciones de San Bartolomé.
   En la pintura española, tiene además un demonio encadenado (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
          Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de San Bartolomé, en la Capilla de Santa Ana, o de Maracaibo, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Catedral de Santa María de la Sede, en ExplicArte Sevilla.

miércoles, 5 de febrero de 2020

"Santa Águeda", de Enrique Alemán, en la vidriera sobre la Capilla de Santa Ana, en la Catedral de Santa María de la Sede


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte "Santa Águeda", de Enrique Alemán, en la vidriera sobre la Capilla de Santa Ana, en la Catedral de Santa María, de Sevilla.
     Hoy, 5 de febrero, Memoria de Santa Águeda, virgen y mártir, que en Catania, ciudad de Sicilia, en Italia, siendo aún joven, en medio de la persecución mantuvo su cuerpo incontaminado y su fe íntegra en el martirio, dando testimonio en favor de Cristo Señor (c. 251) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Maracaibo, o de Santa Ana [nº 045 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Esta capilla tiene un retablo, del patronato de los Marmolejo, fechado en 1486, cuyo titular es san Bartolomé; en ella se reunieron en el siglo XV las advocaciones de este santo y santa Ana. En 1791 se instaló en ella un altar (el del "Santo Crucifijo", que estaba en otra dependencia, y que había dotado María Vejarano en 1561) que recibe el nombre de Cristo de Maracaibo y que en su apariencia actual data de 1913 sustituyendo a otro de estuco de fines del siglo XVIII. Bajo el retablo asoma el pasadizo del "Postigo de la Oficina", que ya se denominaba así en tiem­pos de Loaysa (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La Capilla de Santa Ana, se encuentra en el muro de la Epístola, cercana a los pies de la Catedral, y fue realizada por el Maestre Carlín (Charles Gauter de Ruan), entre 1436-1449. Sobre la Capilla de Santa Ana, encontramos una vidriera realizada por Enrique Alemán hacia 1478-79, en la que aparecen, de izquierda a derecha, Santa Águeda, Santa Lucía, Santa Cecilia ¿?, y Santa Inés, en cuatro vanos alargados terminados en forma de arco lobulado con sus claraboyas, con unas dimensiones de 7,82 x 3,46 m.
   La representación de Santa Águeda (al igual que el resto de las santas de esta vidriera) se destaca de pie, en la mitad inferior de cada vano del ventanal, perfilándose sobre un fondo de damasco que pende  de un templete proyectado con elementos arquitectónicos de carácter gótico, en la que la técnica de Enrique Alemán se pliega a una concepción de la vidriera que intenta cada vez más aproximarse a la pintura. Se trata del abandono de soluciones que fueron específicamente vidrieras en favor de otras que hacen de estas obras una auténtica pintura sobre vidrio. Los efectos perspectivos producidos por los solados y los templetes, el modelado de las figuras a través de una aplicación difuminada de las grisallas, los intentos por "ocultar" los plomos de engarce convirtiéndolos en trazos del dibujo, unido al dominio de todos los procedimientos cromáticos, sitúan la obra de este maestro como una de las más notables, renovadoras y maduras de la vidriera española de la época de los Reyes Católicos.
   En las proporciones de las figuras, así como en algunos elementos de las indumentarias y del modelado, Enrique Alemán logra una monumentalidad que parece impregnada de los recursos de un escultor (Víctor Nieto Alcaide, Las Vidrieras de la Catedral, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).


Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Águeda, virgen y mártir;
LEYENDA
   Virgen siciliana nacida en Catania, al pie del Etna. El prefecto Quintiano, al no poder someterla a sus deseos y persuadirla para que ofreciera sacrificios a los dioses, la hizo conducir a un prostíbulo administrado por la cortesana Afrodisia, para que se la sometiera a una violación ritual. Pero al igual que santa Inés, conservó la virginidad milagrosamente.
   Después, en prisión, el prefecto la amenazó con azotes, la ató a una columna cabeza abajo, le hizo retorcer y luego arrancar los pechos o los pezones (pectoris papillatollitur) con tenazas. Fue curada por san Pedro que se le apareció en el calabozo, compareció ante el tirano, éste ordenó que alfombraran su celda con una capa de trozos de vidrio y brasas y que la acos­taran allí, desnuda.
   En el momento de su muerte, que habría tenido lugar en 251, y cada año, el día de su aniversario, el Etna vomita torrentes de lava. Un ángel colocó en su tumba una placa de mármol con la promesa de que a partir de entonces santa Águeda sería protectora de Sicilia.
   Según los mitologistas de la escuela de Usener, santa Águeda sería una divinidad pagana: Agathé Thea, Bona Dea, heredera de Perséfone, venerada en Enna, Sicilia, que habría sido cristianizada. La Bona Dea ya tenía mamas, emblema de fecundidad, como atributos.
   La tradición popular le aplicaba la leyenda griega de Penélope. Ella había pro­metido casarse cuando hubiese acabado una tela que tejía. Consiguió retrasar el plazo de manera indefinida destejiendo por las noches lo tejido de día.
CULTO
   Sus reliquias, que habían sido transportadas a Constantinopla, fueron devueltas a Catania en 1126, en cuya catedral se conservan un seno y su re­licario.
   En su ferviente devoción por la patrona, la ciudad de Catania puso bajo su advocación al menos tres iglesias: Santa Agata la Vetere, la antigua catedral donde se encuentra su sarcófago, Santa Agata alla Fornace y Santa Agata al Carcere, levantada en el antiguo emplazamiento de la cárcel donde estuvo presa.
   En Sicilia occidental, sobre todo en Palermo, el culto de santa Águeda com­pite con el de santa Rosalía.
   Desde Catania, la veneración de la mártir siciliana se difundió por toda Italia. En Roma, el papa Símaco le dedicó una basílica y san Gregorio Magno, en 591, puso bajo su advocación una iglesia llamada Santa Águeda de los Godos, en conmemoración de sus antiguos poseedores. A esa iglesia se su­man S. Agata al faSuburra y Santa Agata in Trastevere. Rávena puso una de sus basílicas bajo la advocación de Santa Agata Maggiore. 

 Después de Catania, el centro de culto más importante de esta santa es Cremona. La iglesia de Santa Águeda de esa ciudad poseía, además de su omóplato, la famosa Tavola angelica que depositara la mano de un ángel sobre su tumba. Sobre esa insigne reliquia se leía la inscripción: Mentem sanctam, ho­norem Deo et patriae liberationem.
   Además, Santa Águeda era patrona de Malta. Se atribuía a su intercesión el mérito de una victoria contra la flota turca.
   Francia, España y Alemania también adoptaron a la Buena Diosa o la Buena santa de Catania. En Francia, su culto puede probarse en Crépy en Valois, Longuyon (Lorena) y Salins (Franco Condado), donde hay colegiatas puestas bajo su advocación. La iglesia de Saint Merry, en París, poseía uno de sus senos conservados en un relicario de plata. Pero no era el único exhibido.
   Como las mamas de santa Águeda eran muy estimadas, los comerciantes de reliquias falsas las multiplicaron. Debía creerse que tenía muchas, alineadas como la Isis egipcia o la Artemisa de Éfeso, puesto que si se tenían por bue­nas las que conservaban las diferentes iglesias cristianas, se contaban por lo menos seis.
   En Barcelona se le dedicó la capilla palatina de santa Águeda, y en Alemania, iglesias en Colonia, Maguncia y Munich.
PATRONAZGOS
   Los numerosos patronazgos de santa Águeda se dividen en dos apartados, según se refieran a su martirio mamario o a su atribuido poder de frenar las erupciones del Etna.
1. Patronazgos mamarios
   Como los verdugos le arrancaron los senos que después san Pedro volvió a pegarle al torso, se convirtió en patrona de las nodrizas y de las madres que amamantan a sus hijos. Se la invoca para la curación de abcesos, mastitis y cáncer de mama. En España se la llamaba «abogada del dolor de pechos». En Catania, su busto relicario está recubierto de exvotos de plata o cera con forma de senos.
2. Patronazgos ignífugos
   La ostensión del relicario de santa Águeda había detenido en el acto una erupción del Etna que vomitaba torrentes de lava hacia Catania. La intercesión de la santa se consideró por ello muy eficaz contra las erupciones volcánicas y los seísmos que las acompañan. En Catania ella tiene el mismo papel contra las erupciones del Etna que san Jenaro en Nápoles contra las del Vesubio.
   Por un fenómeno de extensión muy corriente en hagiografía, pronto se invocó su protección contra toda forma de fuego: incendios, rayos, llamas del Purgatorio... Como protectora contra los incendios, en el sur de Alemania se la asocia con san Floriano. En un amuleto llamado Agathazett el estaba inscrita esta plegaria: «Ignisalaesura protegenos, o Aghatapia.» Se la llamaba «die Feuermagd». En Italia, su velo, que se conserva en el tesoro de la catedral de Florencia, se llevaba en procesión para apagar los incendios.
   A veces los dos géneros de patronazgos se confunden, como en el caso de las campanas. Se ha observado que el nombre de santa Águeda, o su epitafio angelical (Mentem sanctam) se encuentra en gran número de ins­cripciones grabadas en las campanas, los fundidores de campanas la adoptaron como patrona.
   Se han propuesto numerosas explicaciones válidas para el fenómeno: la colada del bronce fundido recuerda las corrientes de lava del Etna, y además los fundidores estaban expuestos a las quemaduras; pero también, sin duda, porque la forma de las campanas recuerda la de los senos cortados a la santa. No debe olvidarse tampoco que durante la Edad Media era costumbre ha­cer sonar las campanas para alertar a la población cuando se desataba un in­cendio.
   En la región de Toulouse estaba prohibido hilar o hacer la colada el día de su fiesta. Quizá porque santa Águeda había reemplazado a una divinidad pagana que personificaba la mala estación: se creía que la rotación del huso provo­caba torbellinos de viento y la agitación del agua de las fuentes llamaba a la lluvia.
ICONOGRAFÍA
   Santa Águeda carece de atributos en la procesión de los santos de San Apolinar il Nuovo de Rávena, al igual que en los mosaicos de Monreale. Durante largo tiempo sólo se le concedió el atributo impersonal de la palma del martirio.
   Una antorcha o un cirio encendido en la mano aluden a su poder contra el fuego. Dicho cirio con frecuencia se ha tomado por un cuerno de unicornio, símbolo de la virginidad.
   Para aludir a la protección de la santa contra los incendios, el pintor suabo Fr. Herlin la representa, formando pareja con san Floriano, con una casa en llamas sobre la palma de la mano.
   Pero el emblema habitual que permite reconocerla son sus dos senos arrancados con una tenaza o puestos sobre una bandeja. Esos pechos se han confundido con panes; el día de su fiesta, los fieles llevan al altar panes sobre una bandeja.
   Para que los senos queden más visibles, un escultor portugués del siglo XIV los representa ingenuamente aplicados sobre una bandeja vertical, despre­ciando las leyes del equilibrio.
   Las dos escenas que se encuentran representadas aisladamente son el Martirio y la Curación de santa Águeda por san Pedro.
Martirio de santa Águeda: Los pechos cortados
   Un verdugo le arranca los senos con tenazas o los corta con cizallas en pre­sencia de Quinciano, a quien ella grita: «¿No te avergüenza amputar del pecho de una mujer lo que has mamado cuando tu madre te amamantaba?» (Non es confusus amputare in femina quo dipses uxisti in matri?)
Curación de los senos de santa Águeda por san Pedro
   Durante la noche, san Pedro, acompañado por un ángel que lleva una antorcha, visita a la santa en la cárcel. Le aplica un bálsamo sobre el pecho en­sangrentado que cicatriza y recupera su forma. A veces, quien opera la cu­ración y vuelve a pegar los senos arrancados es un ángel (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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