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miércoles, 21 de enero de 2026

La pintura de Santa Inés, de Roelas, en el Retablo de San Juan Evangelista, de la Iglesia del Convento de Santa Paula

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de Santa Inés, de Roelas, en el Retablo de San Juan Evangelista, de la Iglesia del Convento de Santa Paula, de Sevilla.
     Hoy, 21 de enero, Memoria de Santa Inés, virgen y mártir, que, siendo aún adolescente, ofreció en Roma el supremo testimonio de la fe y consagró con el martirio el título de la castidad. Victoriosa sobre su edad y sobre el tirano, suscitó una gran admiración ante el pueblo y adquirió una mayor gloria ante el Señor. Hoy se celebra el día de su sepultura [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura de Santa Inés, de Roelas, en el Retablo de San Juan Evangelista, de la Iglesia del Convento de Santa Paula, de Sevilla.
     El Convento de Santa Paula [nº 36 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 74 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] se encuentra en la calle Santa Paula, 3-5-7-9; en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro izquierdo, en la parte más cercana al presbiterio se sitúa el retablo de San Juan Evangelista, con un excelente diseño protobarroco de Alonso Cano (1635) y talla principal de Martínez Montañés (1637). Muestra al Evangelista en la isla de Patmos, con actitud de inspiración para la escritura del Apocalipsis, teniendo el águila como símbolo iconográfico propio a sus pies y una pluma de plata en sus manos. El retablo, articulado mediante hornacinas y columnas estriadas, estaba decorado originalmente por pinturas realizadas por Alonso Cano, que, tras ser robadas por el mariscal Soult durante la invasión francesa en 1810, se diseminaron por diversos museos europeos como la Colección Wallace de Londres. Las pinturas actuales son de origen diverso, lo cual se constata en su variada iconografía, pudiéndose identificar a Santa Inés, Santa Rosa de Viterbo, Santa Catalina, Santa Teresa o San Juan de la Cruz. Algunas parecen provenir del primitivo retablo mayor, con atribución a Alonso Vázquez. El retablo se corona con un curioso altorrelieve que muestra el tema de San Juan ante Porta Latina, en su libre interpretación como San Juan en la tina, una apócrifa interpretación de un martirio aplicado a San Juan del que no se tiene constancia histórica (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     La santa aparece de pie vestida con túnica blanca y manto de tonos rojos que cae sobre los hombros y que recoge con sus manos. Entre éstas sostiene un pequeño cordero, a la vez que con su mano derecha lleva la palma de martirio. La imagen se representa con un celaje de fondo y algunas pequeñas hierbas en su zona inferior.
     Las pinturas originales del retablo fueron realizadas por Alonso Cano, siendo éstas arrancadas de allí por orden del Mariscal Soult, encontrándose en la actualidad dispersas en distintos museos. Las actuales fueron recortadas para adecuarse a los huecos dejados en 1810, tras la citada pérdida de los originales.
     Esta pintura hasta ahora anónima, ha sido recientemente atribuida al pintor Juan de Roelas por Antonio Gómez Arribas en la publicación, Dos pinturas de Juan de Roelas en el retablo de San Juan Evangelista del Monasterio de Santa Paula de Sevilla, realizándose en el primer cuarto del siglo XVII, con unas medidas de 0,84 x 0,43 mts, en estilo barroco sevillano, en óleo sobre lienzo. [consulta 23/09/2025]. https://www.safecreative.org/work/2509042975553-dos-pinturas-de-juan-de-roelas-en-el-retablo-de-san-juan-evangelista-del-monasterio-de-santa-paula-de-sevilla?4 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Inés, virgen y mártir;
LEYENDA
   Virgen y mártir romana.
   Su nombre se tomó del adjetivo griego agnê que al igual que Catalina (Katharos), significa «pura», «casta». Por otra parte, los romanos lo vincu­laron con el sustantivo latino agnus (cordero), aunque no haya relación eti­mológica alguna  entre agnê y agnus. Como escribe san Agustín: «Agnes latine agnam significar, graece castam.»
   De esta etimología popular deriva la leyenda de la santa, de quien se ha hecho un modelo de castidad y dulzura. La Leyenda Dorada  no pierde la oportunidad de jugar con las semejanzas de Agnès y Agna: «Agnes dicta est agna, quia mitis et humilis tanque magna fuit.» Inés es la Agna Dei, es de­cir, la personificación femenina del Cordero de Dios.
   Como es natural, se ha creído que semejante nombre podía ser un símbolo (virgo casta) antes que una persona real, tanto más por cuanto la existen­cia histórica de santa Inés resulta dudosa.
   El documento más antiguo que la concierne es el Cronógrafo del año 354, según el cual, el 21 de enero se celebraba la fiesta de Agnê (la Casta) en la catacumba de la Vía Nomentana.
   Al principio existían dos tradiciones distintas que se referían a dos mártires homónimas, que luego resultaron confundidas.
   Según san Ambrosio y san Dámaso, Inés sería una niña martirizada a los doce años de edad, no por decapitación sino por degüello. Su martirio habría ocurrido hacia 305, durante la persecución de Diocleciano.
   La tradición griega, diferente, concierne a una virgen adulta. Según el Menologio de Basilio, Inés, que se había negado a ofrecer sacrificios a los dioses, fue conducida a  un prostíbulo. Un joven libertino quiso aprovechar la situación violándola, pero cayó sin conocimiento. El prefecto la hizo comparecer ante su tribunal y le preguntó qué sortilegio había empleado para matar a ese hombre. Ella respondió que un ángel vestido de blanco le ha­bía servido de guardaespaldas para preservarla de todo ultraje. «Si quieres que te creamos -respondió el prefecto- invoca a tu Dios y resucita a este joven.» Inés oró y el muerto resucitó enseguida.
   El episodio del prostíbulo es un tópico en los relatos de la vida de las santas. La violación ritual era una costumbre entre los romanos porque la ley prohibía condenar a muerte a una virgen, de manera que se hacía violar a las vír­genes antes de enviarlas al suplicio, aunque todavía no fuesen núbiles.
   Tertuliano habla de cristianas condenadas «ad lenonem potius quam ad leonem», juego de palabras de bastante mal gusto para subrayar que antes de ser expuestas a los leones del anfiteatro, las mártires solían ser encerradas en lugares de mala fama.
   Las dos tradiciones, latina y griega, no demoraron en fundirse y enriquecerse con nuevos rasgos legendarios, entre otros, el milagro de los cabellos y el manto blanco que entregara un ángel, que fue popularizado en el siglo V por las Gesta, y en el XIII por la Leyenda Dorada (Legenda aurea).
   El hijo del prefecto se enamoró de Inés que se dirigía a la escuela en compañía de su nodriza, y le ofreció joyas. Ella rechazó el regalo con desdén, diciendo que ya tenía un novio que le había ofrecido adornos más bellos: "Ha adornado mi mano con una pulsera inestimable, ha puesto en mi cuello un collar de piedras preciosas, ha puesto en mis orejas perlas de infinito precio". Rechazado por la joven virgen, el pretendiente cayó enfermo de pena. Su padre, el prefecto, citó a la rebelde ante su tribunal, y al no poder obligarla a casarse con su hijo, la dejó elegir entre un sacrificio a los dioses o el deshonor.
   Al negarse a abjurar de su fe, fue conducida por las calles de Roma desnuda, al «fornix» (lenocinio). Pero sus cabellos se alargaron al instante para cubrir su desnudez con un sedoso vestido. El joven que la siguió para satisfacer su pasión, fue estrangulado por el demonio, ella lo resucitó.
   Condenada a la hoguera como maga, las llamas se alejaron de ella y se echaron sobre los verdugos. Entonces fue degollada.
   La Leyenda Dorada agrega detalles más precisos a esta novela llena de tópicos hagiográficos. El prefecto, que se llamaba Sempronio (Symphronius) dijo a Inés que si quería seguir virgen debía consagrarse a Vesta, de otra manera, la entregaría a los excesos de un prostíbulo. Ella respondió: «Tengo conmigo un ángel de Dios que guardará mi cuerpo de toda mancha.» El prefecto la hizo desnudar y conducir al burdel; pero de inmediato sus cabellos cayeron como una cortina para convertirse en un velo impermeable a las miradas. Como si esa melena no bastase, un ángel la envolvió en un manto luminoso de blancura deslumbrante. El joven que la deseaba resultó cegado y cayó de espaldas.
   Se advierte el progresivo enriquecimiento de la leyenda: al milagro de los cabellos, tomado de santa María Egipcíaca, se sumó el milagro del manto angélico: doble defensa que protege contra las codicias carnales el cuerpo incontaminado de Inés, «la casta».
   La leyenda no se detuvo, como es natural, en la muerte de la santa, degollada después de la extinción de la hoguera. Se la enterró en la Vía Nomentana. Los fieles que asistían a las exequias fueron asaltados por los paganos que les arrojaron piedras. Todos huyeron, salvo Emerenciana, pretendida hermana de leche de santa Inés, que se quedó en su sitio con valentía y fue lapidada. Los asesinos fueron tragados por un seísmo.
   La hija del emperador Constantino, Constantina o santa Constancia, enferma de úlceras que le cubrían el cuerpo, pasó toda una noche en oración cerca de la tumba de Inés. Cuando se durmió tuvo una visión: la santa le de­cía que creyese en Cristo que la curaría. Y así fue, al despertar, Constancia se encontró purificada de la lepra. En reconocimiento, hizo edificar una basílica a santa Inés. Esta leyenda no es más que una duplicación de la de Constantino, curado de la lepra por el papa san Silvestre.
CULTO
   Roma, cuna del culto de santa Inés, consagró a ésta dos iglesias. La primera , la de S. Agnese in Agone, en la Plaza Navona, señala, de acuerdo con los Mirabilia Romae, el emplazamiento del prostíbulo (fornices) donde su castidad fue salvaguardada por un milagro; la segunda, la basílica extramuros de S. Agnese fuori le mura se edificó sobre su tumba. El día de su fiesta (21 de enero), se celebraba allí la de la bendición de los corderos cuya lana, hilada por las monjas, servía para la confección de las pallia (mantos griegos) que en­tregaba el papa a los arzobispos.
   En Milán, era la patrona de los Visconti.
   Su culto pasó desde Italia a Francia, los Países Bajos y Alemania.
   Tres templos de Francia, las catedrales de Amiens y de Cambrai y la iglesia abacial de Saint Ouen, pretendían poseer la «chief sainte Agnes» (cabeza de santa Inés). Si se cree en la tradición, sus reliquias, ocultas por el temor a los piratas normandos, habrían sido confiadas en 965 a Baldric, obispo de Utrecht, quien las depositó en el tesoro de su catedral. La iglesia de Saint Eustache de París estuvo en su origen puesta bajo la advocación de santa Inés que siguió como patrona secundaria.
   En Alemania, el asiento principal de la devoción a santa Inés era Colonia, que en su iglesia de San Pantaleón creía conservar uno de sus brazos y uno de sus dedos.
   El culto de la joven mártir romana recibió los beneficios de la fundación de la orden de los trinitarios que habiendo sido aprobada por el papa el día de la octava de su fiesta, la adoptó como patrona. Su martirio se representaba en la mayoría de las iglesias de la orden.
   Era la patrona de las vírgenes romanas, de las novias porque eligió a Cristo como novio y de los jardineros porque la virginidad está simbolizada por un jardín cercado o cerrado (hortus conclusus).
ICONOGRAFÍA
   En los mosaicos bizantinos, santa Inés está representada como orante, adornada con ricos vestidos, una diadema de perlas en la cabeza y una larga estola de oro sobre los hombros: así se habría aparecido ocho días después de su muerte.
   En las realizaciones posteriores, sólo está vestida por su larga cabellera.
   Aunque los Padres de la Iglesia latina la hacen morir a los doce años, los pintores la representan adulta.
   La joven mártir romana es la primera santa que haya sido dotada con un atributo (siglo VI).
   Sus armas parlantes son el cordero blanco (o más bien la cordera), símbolo de su pureza. El animal está acostado a sus pies o apoya contra ella los remos delanteros, a menos que esté acurrucado, minúsculo, en el hueco de su mano. El cordero no es sólo una alusión a su nombre. Es también un recuerdo de la visión de sus padres, quienes, ocho días después de su muerte, vieron aparecer a su hija con un cordero a su derecha: ella los exhortó a no entristecerse sino a alegrarse con ella. Por otra parte, el cordero místico del Apocalipsis, símbolo de Cristo, está considerado como el novio celestial de Inés.
   Se la reconoce también por la hoguera encendida cuyas llamas se alejan sin tocarla siquiera, por la espada, instrumento del suplicio, y por la palma del martirio.
Escenas
Los Desposorios místicos de Santa Inés

   El Niño Jesús le coloca un anillo de oro en el dedo, igual que a Santa Catalina. Tema muy infrecuente, inspirado por un párrafo de la Leyenda Dorada. Al hablar de su novio celestial, ella dice: me ha puesto el anillo en el dedo.
El Milagro de Santa Inés
   Sus cabellos rubios se alargaron milagrosamente y la recubrieron con un manto opaco como una coraza. Por añadidura, un ángel la cubrió con una blanca vestidura.
   El diablo torció el cuello al hijo del prefecto que se acercó para violarla; ella lo resucitó.
El Martirio de Santa Inés
   Las llamas se alejan de ella. El verdugo la degüella sobre la hoguera apagada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Roelas, autor de la obra reseñada;
     Juan de Roelas, (Bélgica, c. 1570 – Olivares, Sevilla, ¿1625?) Pintor.
     Fue el clérigo Roelas una de las figuras más importantes de la pintura sevillana en el primer cuarto del siglo XVII. Nació hacia 1570 en Flandes en un lugar desconocido y las primeras noticias suyas aparecen en Valladolid en 1597, donde trabajaba al servicio del duque de Lerma. Antes debió de haberse formado como pintor en su patria y también es posible que estuviese algunos años en Italia, concretamente en Venecia, ya que en sus pinturas se constatan numerosas referencias artísticas procedentes de dicha ciudad.
     En 1603 ya debía de haber recibido órdenes sacerdotales, puesto que en dicho año aparece ejerciendo como capellán en la Colegiata de Olivares (Sevilla); en 1604 ya trabajaba en Sevilla como pintor y a partir de 1606 figura como capellán en la iglesia del Salvador de dicha ciudad. Desde estas fechas emprendió una brillante carrera como artista que le llevó a acaparar los principales encargos pictóricos que se realizaban en Sevilla. En 1616, Roelas se trasladó a Madrid, donde aspiró a obtener el nombramiento de pintor del Rey, al tiempo que también ejerció como capellán.
     Sin embargo, no obtuvo el nombramiento al que aspiraba y, pasados varios años, desanimado, optó por regresar en 1621 a su antigua capellanía en Olivares, donde permaneció hasta el año de su fallecimiento.
     La pintura de Roelas fue decisiva en el desarrollo del arte sevillano en las primeras décadas del siglo XVII, aportando un considerable cúmulo de novedades que se inician con la práctica de un dibujo suelto, de una pincelada restregada y de la aplicación de un colorido basado fundamentalmente en tonos cálidos. Por otra parte, Roelas se especializó en la realización de grandes cuadros de altar, de amplio formato, en los que acertó a introducir una potente intensidad expresiva en sus personajes que aparecen imbuidos en sentimientos y afectos procedentes de la vida cotidiana.
     Provisto de estos recursos, Roelas acertó a humanizar el contenido de sus obras, en las que los aspectos populares poseen un gran protagonismo. Sus pinturas son a la vez grandiosas en lo espiritual y sencillas en lo material, percibiéndose en ellas que su condición de clérigo le permitía equilibrar con perfección la trascendencia religiosa con la normalidad de la existencia cotidiana. Los personajes que protagonizan sus composiciones muestran comúnmente fisonomías amables, tanto si pertenecen al mundo celestial como al terrenal y presentan siempre semblantes y actitudes que suscitan la atención y la confianza del espectador. Aspectos sublimes y anecdóticos se funden de manera espontánea en sus obras, sin que nunca pueda constatarse una vulgarización de su contenido.
     La aceptación que la pintura de Roelas tuvo en el ámbito sevillano estaba también motivada por el acierto de traducir aspectos naturalistas que, procedentes de la realidad, alternan con sensaciones y efectos místicos.
     Todos estos factores fueron motivo suficiente para que, durante el tiempo en que vivió en Sevilla, fuese sin duda el pintor más importante de la ciudad.
     Las primeras obras de Roelas realizadas en Sevilla debieron de llevarse a cabo entre 1604 y 1606 y son las que figuran en el retablo de la iglesia de la Casa Profesa de los Jesuitas. Allí realizó el lienzo principal donde se representa La circuncisión, momento que coincide con la imposición al Niño del nombre de Jesús, que es el mismo de la Compañía jesuítica y por ello su anagrama figura triunfante en la parte superior de la composición. En el mismo retablo pintó La adoración de los pastores, San Juan Bautista, San Juan Evangelista y El Niño Jesús, éste en la portezuela del tabernáculo; la fisonomía de este Niño muestra un modelo infantil mofletudo y sonriente que anticipa en medio siglo los modelos que había de crear Murillo en el futuro. El novedoso y sorprendente efecto de las pinturas de este retablo debió de mover a los jesuitas a encargarle también la terminación de las pinturas del retablo de la iglesia de la Compañía en Marchena, obra que había quedado inconclusa por la marcha a México en 1603 del primer encargado de realizarlas, que fue Alonso Vázquez. Roelas prosiguió en 1607 la conclusión de las pinturas que fueron San Joaquín, Santa Ana, la Virgen y el Niño, situada en el centro del retablo mientras que en la parte superior dispuso La anunciación, flanqueada por San Luis rey de Francia y San Rodrigo.
     En 1608, Roelas acometió en Sevilla la ejecución de una pintura de singular importancia: es El triunfo de san Gregorio, que se conserva actualmente en el Colegio de Ushaw en Durham, pero que fue destinada inicialmente a presidir el retablo del Colegio Inglés de Sevilla; en esta pintura se representa al santo presidiendo una asamblea compuesta por los principales obispos de la primitiva Iglesia española. Un año después para la Catedral de Sevilla Roelas realizó otro gran lienzo de altar, resuelto en una composición movida y aparatosa; es la escena que representa a Santiago en la batalla de Clavijo; en este mismo año ejecutó también una Piedad que se conserva igualmente en la Catedral, en la capilla de los Jácomes, en precario estado de conservación.
     Entre 1610 y 1611 puede situarse La visión de san Bernardo que, procedente del Hospital de los Viejos de Sevilla, se conserva actualmente en el Palacio Arzobispal.
     En esta obra se narra el premio de la lactación de su pecho, que la Virgen otorgó a san Bernardo, advirtiéndose en esta pintura logrados estudios en la expresión psicológica de los personajes. Otro cuadro importante de Roelas se documenta en 1612 y es La liberación de san Pedro, pintado para la capilla que la Hermandad de sacerdotes tenía en la iglesia de San Pedro; en esta pintura, el artista empleó marcados efectos de claroscuro que refuerzan un ambiente dramático, directo y emotivo.
     En torno a 1610-1612 pueden fecharse otras obras importantes de Roelas como La Inmaculada con santos, actualmente conservada en la residencia de los jesuitas sevillanos y La Inmaculada con el retrato de Fernando de Mata, que procedente del Convento de la Encarnación, se conserva actualmente en el Museo del Estado de Berlín; el retratado fue un importante clérigo sevillano que falleció el año citado y que fue un entusiasta defensor del dogma de la Inmaculada.
     Otra obra capital en la producción de Roelas es el Tránsito de san Isidoro, que preside el retablo mayor de la parroquia dedicada a este santo en Sevilla y que fue ejecutado en 1613. En esta pintura se narra la muerte de san Isidoro, rodeado de un cortejo de clérigos que, conmovidos y emocionados, le asisten en su postrer momento, advirtiéndose que muchos de estos personajes son retratos que Roelas tomaría del ambiente civil y religioso de Sevilla. También importante es La venida del Espíritu Santo, obra documentada en 1615 y que, procedente del Hospital del Espíritu Santo de Sevilla se encuentra actualmente en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad. En esta obra Roelas acierta a plasmar un conjunto de gozosas expresiones en las figuras de los apóstoles y de la Virgen, al sentir que sus sencillas almas se revestían de la sabiduría que el Espíritu Santo les enviaba desde el Cielo.
     En el Museo Nacional de Escultura de Valladolid se conserva una Alegoría de la Inmaculada Concepción que Roelas pintó en 1616, con motivo de una procesión celebrada en Sevilla en honor a la Virgen; en esta pintura el artista intentó recoger todas las referencias que en la historia de la Iglesia se habían pronunciado a favor de la Inmaculada. También en torno a 1616, puede situarse la ejecución de una de las mejores obras de este artista; se trata de El martirio de san Andrés, que ejecutó para la capilla de los Flamencos del Colegio de Santo Tomás de Aquino de Sevilla. Como oriundo de Flandes que era, Roelas logró que sus paisanos residentes en Sevilla, que constituían una numerosa y próspera colonia, le encargasen esta obra que admira por el poderoso contraste que en ella se percibe entre la trascendencia espiritual que muestra el santo martirizado en la cruz, con la vulgaridad expresiva y de carácter popular de los numerosos testigos que presencian la escena.
     Igualmente hacia 1616, puede situarse la ejecución de la pintura que representa a Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, que, procedente del Convento de la Merced de Sevilla, se conserva actualmente en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad. La pintura muestra una escena imbuida de una belleza intimista y doméstica en un ambiente en el que madre e hija aparecen vinculadas en la hermosa tarea de enseñar y aprender.
     La misma fecha que las pinturas anteriores puede otorgarse a la representación de La Gloria, que se conserva en la Catedral de Sevilla, en la que se refleja claramente el venecianismo pictórico practicado por Roelas en el que se incluyen claras referencias estilísticas procedentes de Tintoretto.
     Entre 1616 y 1621, Roelas residió en Madrid con motivo de su fallido intento de recibir el título de pintor real. En estos años realizó algunas pinturas para Felipe IV, como Cristo flagelado y el alma cristiana que el Monarca donó al Convento de la Encarnación madrileño junto con una Oración en el huerto también de Roelas. Obra de esta etapa madrileña es también La resurrección de santa Leocadia, que pertenece al Hospital del Niño Jesús en Madrid. Pero la mayor creación pictórica que Roelas realizó en la Corte fue la que emprendió en 1619 al servicio del duque de Medina Sidonia destinada al retablo mayor de la iglesia de la Merced de Sanlúcar de Barrameda. El retablo se encuentra actualmente desmontado y sus pinturas están recogidas en el palacio de la duquesa de Medina Sidonia en dicha población. El conjunto pictórico estaba presidido por una representación de La Virgen de la Merced entregando el hábito de la orden a don Manuel Alonso, duque de Medina Sidonia; en los dos cuerpos del retablo La adoración de los Reyes, La adoración de los pastores, La predicación de san Juan Bautista, San Antonio Abad, El martirio de san Lorenzo, El martirio de santa Catalina, El martirio de san Ramón Nonato, estando todo el conjunto presidido por la Trinidad que figuraba en el ático.
     Obras pertenecientes al último período de la actividad de Roelas en Sevilla, trascurrido de 1621 a 1625, parecen ser La Sagrada Familia, conservada en la Diputación de Sevilla y también el Cristo con la cruz a cuestas del Museo de Bellas Artes de dicha ciudad y La Virgen de la Merced, que procedente del Convento sevillano de esta denominación se conserva actualmente en la Catedral de Sevilla, obra esta última en la que se exalta la grandeza histórica de esta Orden, al tiempo que su heroica dedicación a la redención de cautivos.
     Obra también de su período final debe de ser La conversión de san Pablo, perteneciente hasta fecha reciente a una colección privada en la República Checa.
     En 1624 Roelas volvió a trabajar para la iglesia de la Merced de Sanlúcar de Barrameda al servicio del duque de Medina Sidonia, realizando la pintura de un retablo lateral donde se representaba a Santa Úrsula y las once mil vírgenes. Para adornar los muros de la nave de dicha iglesia y también la sacristía, ejecutó también un amplio conjunto de lienzos entre los que destaca un Cristo en la cruz, que probablemente fue una de las últimas obras que realizó el artista. Todo este repertorio de obras se encuentra actualmente en el palacio de la duquesa de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre el Convento de Santa Paula, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 17 de enero de 2026

La pintura de San Antonio abad, en el Convento de Santa Inés

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de San Antonio abad, en el Convento de Santa Inés, de Sevilla.
     Hoy, 17 de enero, Memoria de San Antonio, abad, quien, habiendo perdido a sus padres, distribuyó todos sus bienes entre los pobres, siguiendo la indicación evangélica, y se retiró a la soledad de la región de Tebaida, en Egipto, donde llevó vida ascética. Trabajó para reforzar la acción de la Iglesia, sostuvo a los confesores de la fe durante la persecución desencadenada bajo el emperador Diocleciano, apoyó a San Atanasio contra los arrianos y reunió a tantos discípulos que mereció ser considerado padre de los monjes (356)  [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura mural de San Antonio abad, anónima, en el Convento de Santa Inés, de Sevilla.
     El Convento de Santa Inés [nº 29 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 50 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Doña María Coronel, 5; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
      En los muros del Monasterio de Santa Inés, encontramos una pintura mural al fresco renacentista de autoría anónima, con unas medidas de 0,90 x 0,51 mts., y fechable entre 1545 y 1550 en una escena que se compone con un pequeño templete formado por un arco de medio punto que apoya sobre columnas toscanas en el que se ubica la imagen de San Antón, que se representa de pie vestido con el hábito marrón, propio de los monjes antonianos al ser su fundador. Su cabeza se cubre con un gorro del mismo color portando en su mano derecha un rosario, mientras en la izquierda lleva un báculo. Bajo este, pese a que la pintura está muy deteriorada se puede apreciar un pequeño animal que pudiera ser el cerdito que le acompaña en casi todas sus representaciones (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Antonio, abad; 
   Patriarca de los cenobitas de la Tebaida cuya vida, contada por san Atanasio y san Jerónimo, se hizo popular en el siglo XIII por la Leyenda Dorada.
LEYENDA
   Nació hacia 251 en el Alto Egipto y muy joven se retiró en soledad.
   Habría sido asaltado por tentaciones diabólicas en el desierto, que en general se interpretan como alucinaciones de un solitario agotado por el ayuno y la vela.
   ¿Puede creerse que este tema tradicional tenga origen hindú? Las semejanzas con la leyenda de Buda, quien, como san Antonio, fue hostigado por monstruos y después tentado por mujeres que desnudaban sus pechos, son más ingeniosas que probatorias. Se trata más bien de paralelismo que de copia.
   Hacia el final de su vida, visitó a Pablo ermitaño, superior de los anacoretas de la Tebaida, milagrosamente alimentado por un cuervo que ese día llevó en su pico doble ración de pan. Algún tiempo después, al enterarse de la muerte de su venerable hermano, fue a enterrarlo ayudado por dos leo­nes.
   Además, en Cataluña se le atribuyeron aventuras que sirvieron de tema a Jaume Huguet para su gran retablo de san Antonio, en Barcelona.
   El rey de Aragón suplicó a san Antonio que exorcizara a su esposa e hijos poseídos por demonios. El santo abandonó la Tebaida viajando sobre una nube, como los apóstoles advertidos de la muerte inminente de la Virgen, y desembarcó en Barcelona. Se dirigió a la casa del preboste Andrés. En el momento de atravesar el umbral, una marrana le acercó un lechoncillo monstruoso que llevaba en las fauces, y que había nacido sin ojos ni patas. Andrés quiso expulsar a la intrusa, pero san Antonio se lo impidió dicién­dole que después de todo la pobre bestia quería implorar, igual que lo hacía el rey, la curación de su progenie.
   Después tomó la mano de Andrés y para transmitirle su poder de exorcis­mo, hizo con ella el signo de la cruz sobre el cochinillo que milagrosamente adquirió la vista y los miembros que le faltaban de nacimiento. Después de ello, Andrés exorcizó de la misma manera a la reina de Cataluña arrodillada a sus pies.
   La invención del cuerpo de san Antonio, que moriría más que centenario en 356, había hecho nacer otras leyendas popularizadas en el siglo XV por una traducción del latín al francés de Pierre de Lanoy.
   El obispo Teófilo descubrió su cuerpo envuelto en una túnica de fibras de palma que le había regalado san Pablo ermitaño. Los restos fueron desenterrados por dos leopardos. Antes, un pájaro blanco de pico rojo indicó el sitio que el santo había elegido para su sepultura.
   Para dar cuerpo a su leyenda póstuma, los hagiógrafos le atribuyeron un mi­lagro del apóstol Santiago: habría sostenido durante muchos días el cuerpo de un joven condenado a la horca por una acusación falsa.
CULTO
   En el desierto del Mar Rojo hay dos monasterios coptos vecinos del siglo IV, dedicados, uno a san Antonio y el otro a Pablo ermitaño: son los más anti­guos del mundo cristiano.
   El cuerpo del célebre asceta, transportado en principio a Constantinopla, en 1050 habría sido trasladado a una abadía del Delfinado, que tomó el nom­bre de Saint Antoine en Viennois.
   Esta pretensión era resistida por los pobladores de Arles, en Provenza, que poseían otro cuerpo de san Antonio cuya autenticidad afirmaban. El humanista Henry Estienne se burla del «gran combate» que libraron los de la ciudad de Arles con los antonitas de Vienne del Delfinado por esa causa: «Al final san Antonio se quedó con dos cuerpos enteros, y además, numerosos miembros en diversos lugares, y al menos con media docena de rodillas.» En Florencia, en la iglesia de San Antonio dei Francesi, también hay frag­mentos de reliquias que se consideran suyas.
La orden de los antoninos 
   Los monjes de Saint Antoine en Viennois, que se llamaban antoninos o antonitas, salieron victoriosos del duelo. La orden hospitalaria, fundada en el siglo XI bajo la advocación de san Antonio convertido en santo curador, se especializó en el tratamiento de enfermedades contagiosas: fuego sagrado o fuego de San Antón, peste, y más tarde, la sífilis. Como esas terribles enfermedades estaban muy difundidas, la peregrinación de San Antonio en el Delfinado se volvió muy frecuente y concurrida, hasta el punto de rivalizar con Santiago de Compostela y San Nicola di Bari.
   Gracias a las numerosas filiales o encomiendas creadas por la casa matriz, el culto de san Antonio se difundió en toda la cristiandad a finales de la Edad Media. La orden tenía veinticinco establecimientos en Francia, diseminados en Lyon, Toulouse, Albi, París -donde el convento del Petit Saint Antoine ha dado su nombre a un barrio-. Alsacia poseía dos encomiendas antonitas en Estrasburgo y en Issenheim, cerca de Colmar. En la Suiza alemana, vecina del Delfinado, los antonitas se habían establecido en Basilea y Berna; en Alemania, enjambraron a todo lo largo del valle del Rin, en Constanza, Friburgo, Maguncia, Frankfurt,Colonia.
   Sólo Italia se mostró refractaria a esta propaganda, sin duda porque el culto de San Antonio entró en competencia con su homónimo san Antonio de Padua.
   En el siglo XVI Borgoña se convirtió en un feudo de san Antonio a causa de la particular devoción del duque Felipe el Atrevido hacia este santo cuya fies­ta había coincidido con el día de su nacimiento.
   Otra circunstancia contribuyó a reforzar el prestigio del santo ermitaño; en 1382 Alberto de Baviera, conde de Hainaut, Holanda y Zelanda, fundó una orden de caballería en honor de san Antonio que a partir de 1420 se transformó en cofradía piadosa. El collar de la orden imitaba un cinturón de ermitaño y la insignia de los caballeros era la tau u horca de san Antonio de la que estaba suspendida una campanilla de oro o plata, de una onza de peso.
Los recursos de la orden
   Para mantener sus encomiendas y hospitales, los antonianos recurrían a la crianza de cerdos. Gozaban del privilegio de dejar vagar sus animales, reconocibles por la campanilla que tintineaba en sus cuellos, por las calles de los pueblos, hozar en la basura y en los terrenos comunales. Era un derecho muy envidiado por las otras órdenes monásticas que no se privaban de enviar a sus monjes a competir acompañados de un cerdo con esquila, lo cual dio lugar a muchos procesos.
   Las colectas les proveían también amplios recursos. El papa los había autorizado a servirse de una campanilla para reunir a los transeúntes en las pla­zas públicas o en las calles, y solicitar limosnas.
Patronazgos de corporaciones
   Además, san Antonio se había convertido en patrón de numerosas corpo­raciones: los cesteros porque los solitarios de la Tebaida ocupaban su tiempo ocioso en trenzar cestos, los sepultureros, porque san Antonio enterró a san Pablo ermitaño en el desierto.
   La mayoría de los patronazgos los debe al cerdo, que se convirtió en su atributo más popular. De ahí que fuera devotamente honrado por los porquerizos, vendedores de cerdos, carniceros, chacineros, fabricantes de cepillos -que em­pleaban cerda porcina-campaneros a causa de la esquila de los cerdos. Además, en Bretaña era patrón de los alfareros, en Saint Omer de los curtidores, y en Reims de los arcabuceros.
Patronazgos contra el fuego de san Antón, la lepra, la peste y la sífilis
   Pero la extraordinaria popularidad de san Antonio se debía sobre todo a su fama como santo curador, hábilmente explotada por los antonitas.
1. Se lo invocaba contra el llamado mal de los ardientes, que había recibido el nombre de fuego san Antón. Esta enfermedad ha sido asimilada por los médicos con la erisipela gangrenosa, cuya causa era una mala alimentación con pan de centeno atizonado, es decir, contaminado por un parásito llamado tizón. El efecto del fuego de san Antón era un desecamiento de las extremidades que obligaba a su amputación.
   En su forma convulsiva, el ergotismo se caracteriza por alucinaciones visuales y auclitivas. Con frecuencia, el delirante se cree presa de seres espantosos, diablos o animales salvajes. Tal vez sea dicho síntoma la fuente de la le­yenda de las Tentaciones de san Antonio.
   El tratamiento era simple. El enfermo recibía un santo vino encabezado, ela­borado en el viñedo del convento donde todos los años, en la Ascensión, se hacían macerar las reliquias del santo en el caldo. Tan pronto como el pa­ciente llegaba, se le daban algunas gotas a beber.
   Si el medicamento se mostraba inoperante y la gangrena continuaba royendo los miembros del paciente, un hermano cirujano procedía a la am­putación.
   Cuando desapareció esa modalidad de erisipe la gangrenosa, o fuego de San Antón, se aplicó la misma terapia al lumbago.
   Esa causa del fuego de san Antón, su atributo habitual, que se recurría a él contra las llamas del infierno y los incendios. En España se lo representaba en las escaleras o en los rincones oscuros, como un coco y con una antorcha encendida en la mano, no para iluminar sino para impedir que allí se arrojas en basuras.
2. San Antonio también era invocado contra la peste: junto a san Sebastián y san Roque, es uno de los principales santos antipestosos (Pestheiligen) ¿De dónde procede ese privilegio que en su leyenda nada parece justificar?
   Es posible que la iconografía haya engendrado el culto. Uno de los atributos usuales de san Antonio es una muleta u horca con forma de tau. Pues bien, en el momento del Éxodo de Egipto, Aaron marcó con ese signo, dibujado con la sangre del cordero pascual, las casas de los judíos a quienes debía respetar el ángel exterminador, y el profeta Ezequiel (9: 4) dice que Dios ordenó a un ángel marcar a los justos con el mismo signo sobre la frente. La tau de san Antonio se asimiló a ese amuleto apotropaico y fue considerada como un preservativo contra las enfermedades contagiosas y la muerte súbita.
   Cuando las epidemias de peste se volvieron más infrecuentes y menos mortíferas, los antonitas se dedicaron a la lucha contra la sífilis, bautizada «mal de Nápoles» o «mal francés» (morbus gallicus), pero que en verdad era una enfermedad universal. Se la creía provocada por el aliento envenenado de un gallo negro de pico venenoso: el basilisco de los Bestiarios, símbolo de la lujuria.
3. La sarna, pruritos, comezones, furúnculos, várices y, de manera general, todas las enfermedades de la piel, eran de la competencia de san Antonio. Era el patrón del Hospicio de Beaune.
   El poder curativo de san Antonio se extendía a los animales: estaba clasifi­cado entre los santos protectores del ganado, y sobre todo de la especie por­cina. Para preservar la salud de los cerdos, les daban bolitas de pan frotadas contra la estatua del santo.
   Además, como san Eloy, era el patrón de los caballos.
ICONOGRAFÍA
   San Antonio está representado usualmente como un anciano barbudo, que viste el sayal con capucha prenda común de los monjes de su orden. Sus atributos habituales más característicos son la tau, la esquila, el cerdo y las lla­mas del «fuego de san Antón».
l. La tau o cruz potenzada (crux commissa, tau-shapedcrutch) ya era el símbolo de la vida futura en el antiguo Egipto. Ese bastón le sirve de báculo abacial; está bordado en azul sobre su hombro.
2. La esquila (Antoniusglocklein) está suspendida del travesaño de la tau. A veces la lleva en la mano. Era el atributo de los ermitaños, que la empleaban para rechazar los ataques de los demonios, quienes se espantaban por el ruido de las esquilas igual que por la luz de los cirios.
3. El cerdo es el inseparable compañero del santo. En Italia se lo llamaba Antonio del parco, en Suiza Säu Antoni. El cerdo no es la personificación del demonio, de las tentaciones de la carne de las cuales san Antonio fuera blanco: el animal se frota contra él con familiaridad, como un buen perro, y alude a su patronazgo sobre los puercos cuyo tocino se consideraba un remedio eficaz contra el fuego de san Antón.
   Esta intimidad con semejante animal debía parecer comprometedora y hasta escandalosa a los orientales, sobre todo a los judíos, pueblo violenta­mente porcófobo.
   Por ello el «Cerdo de san Antonio» pertenece en exclusiva a la iconografía occidental. Es desconocido en el arte bizantino, lo que prueba que su sig­nificado nada tiene de simbólico.
   El animal casi siempre lleva una esquila (pig with bell) pendiente del cue­llo. Era la insignia de los «cerdos de san Antonio» que gozaban del privilegio de libre pastoreo, y que en los pueblos, como en otros tiempos los pe­rros de Constantinopla, cumplían los servicios de limpieza y recolección de las basuras domésticas. A veces dos esquilas cuelgan de sus orejas como pendientes sonoros. Una estatua del siglo XV, que se conserva en el Museo de Troyes, representa a un porcino rascándose la oreja con una de sus pa­tas traseras.
4. Las llamas del fuego de san Antón (fuóco di S. Antonio). Las llamas salen de sus pies o del libro que tiene en la mano: alusión a la enfermedad curada por los antonitas. A veces las llamas salen de los dedos de los enfermos.
   A causa de una confusión, este emblema también fue atribuido a san Antonio de Padua.
   A estos atributos a veces se suma un rosario de gruesas cuentas y el Libro de la regla de los antonitas.
   Una estatua de piedra del siglo XV en la residencia Vauluisant de Troyes, agrega al cerdo y a las llamas el león, con cuya asistencia cavó la tumba de san Pablo ermitaño.
   San Antonio está representado ya solo, ya asociado con los otros santos «antipestosos», sobre todo san Sebastián y san Roque.
   La mayoría de las realizaciones donde se lo encuentra se remontan al siglo XV y a principios del XVI, que marcan el apogeo de su culto (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de San Antonio abad, anónima, en el Convento de Santa Inés, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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domingo, 28 de diciembre de 2025

El Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de Ordenación, del Convento de Santa Inés

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de Ordenación, del Convento de Santa Inés, de Sevilla.  
     Hoy, 28 de diciembre, Fiesta de la Sagrada Familia (domingo que cae entre la Octava de Navidad -25 de diciembre al 1 de enero-, o el 30 de diciembre, si no hay un domingo entre estos dos días), Jesús, María y José, desde la que se proponen santísimos ejemplos a las familias cristianas y se invocan los auxilios oportunos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de Ordenación, del Convento de Santa Inés, de Sevilla.
     El Convento de Santa Inés [nº 29 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 50 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Doña María Coronel, 5; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
   Al piso bajo del patio intermedio se abre la llamada sala de ordenación, estancia cuadrada rodeada por un banco corrido que vuelve a estar decorado con azulejos de tipo cuenca del siglo XVI y que sirve de transición entre los claustros. Su nombre parece aludir a otros tiempos en los que la comunidad era muy numerosa, siendo la estancia en la que se procedía a ordenar cortejos en actos comunitarios. Preside la habitación un retablo de pinturas realizado por Domingo Martínez en el siglo XVIII y relacionable con otras piezas similares del autor como las del refectorio del monasterio de San Clemente. Representa a la Sagrada Familia a cuyos pies se sitúa un angelito con una cartela y la inscripción en latín "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad". Enmarcan a la escena central, a modo de cuerpos de un retablo, las figuras de los arcángeles San Miguel, San Gabriel, San Rafael y el Ángel de la Guarda custodiando a un niño. Se corona con los escudos de la Orden Franciscana y de la Orden Dominica, coronando la estructura una representación de la paloma del Espíritu Santo. Es una de las obras más representativas de su autor, con evidentes influencias murillescas en pleno siglo XVIII, siendo poco conocida por su ubicación en la clausura conventual (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     La capilla de la Ordenación la preside el Retablo dedicado a la Virgen del Rosario, representada junto a su Sagrada Familia y custodiada por los arcángeles, fechable entre los años de 1730 y 1750, fecha discutida por Pleguezuelo debido a la decoración de la rocalla, datándolo en la segunda mitad de esa centuria. La pintura se atribuye al prolífico pintor conventual Domingo Martínez. El retablo está dividido en tres calles, siendo de mayor envergadura la central, inscritas cada una de ellas en un arco de medio punto peraltado. Su estructura, queda enmarcada por una moldura de madera de perfiles mixtilíneos, decorada con guirnaldas de flores y roleos vegetales en oro. En la calle central, se representa a la Sagrada Familia, destacando la figura de la Santísima Virgen con el Salvador entre sus brazos. A sus pies, dos ángeles portan la cartela que alude al "Gloria in Exelcis Deo et in terra Paz Hominibvs Volvntatis". En las calles laterales se disponen individualmente los arcángeles Rafael, Gabriel, Miguel y el ángel de la guarda. Bajo el retablo se ubica una tarja con la alusión a la interpretación del Belén como "casa de pan": "Bethelem Domun Panis interpretatur. Si es Belén casa de pan se verifica en María donde se amasó el pan vivo de su virginal harina. Lleguen pues las devotas con alegría a catar el pan vivo que es pan de vida" (Salvador Guijo Pérez y Estefanía Medina Muñoz, El Real Monasterio de Santa Inés de Sevilla. Notas histórico-artísticas del Monasterio y su iglesia. Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Sevilla, 2024)
     Convento de Sta. Inés. Sala llamada "de Ordenación", dentro de la clausura. Hermoso retablo de pintura atribuible al pintor sevillano del s. XVIII Domingo Martínez. Su tema principal son las figuras de la Virgen con el Niño y San José, a cuyos pies se encuentra una pareja de angelitos sujetando una cartela asimétrica de rocalla, donde figuran escritas en latín las palabras iniciales del Gloria. A los lados se disponen los tres Arcángeles y el Ángel de la Guarda. Según comenta el libro "Sevilla Oculta": "La dulzura de los rostros, especialmente de los infantiles, la suavidad del modelado y la riqueza cromática hacen de esta obra una de las más significativas de su autor, profundo conocedor y divulgador del estilo murillesco". Mide la tabla central 2,44 x 1,70 mts; y cada arcángel, 0,87 x 0,47. Nótense los escudos de la orden Franciscana y Dominicana sobre ellos (Juan Martínez Alcalde. Sevilla Mariana, Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
     El retablo presenta una protección de tres puertas de vidrio que se rematan en medio punto. A su alrededor se desarrolla un marco con rocallas. En su centro aparece una cartela en forma de pinjante con una inscripción. Sobre el retablo se ha colocado una cornisa al modo de galería posiblemente para ocultar el retablo. Las pinturas representan a la Sagrada Familia en la tabla principal y a los arcángeles en las laterales (Guía Digital del patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e  Iconografía de la Sagrada Familia;
     En el verdadero sentido de la expresión, la Sagrada Familia constituye un grupo mucho más restringido que La Parentela de María. Sólo incluye a los parientes más próximos del Niño Jesús, es decir madre y abuela o madre y padre nutricio. En los dos casos, ya sea santa Ana o san José quienes lo lleven, es un grupo de tres figuras, un grupo trinitario.
     Desde el punto de vista artístico, la disposición de esta Trinidad terrestre (Trias humana), como se la ha llamado muy justamente, plantea los mismos problemas y sugiere las mismas soluciones que la Trinidad celestial.
     No obstante, las dificultades son menores. Ya no se trata de un único Dios en tres personas del cual deba expresarse la unidad esencial al mismo tiempo que la diversidad. Los tres personajes están unidos por vínculos de sangre, ciertamente; pero no constituyen un bloque indivisible. Cada uno de ellos tiene su propia vida y pueden disociarse sin inconvenientes. Además, los tres están representados con forma humana mientras que la paloma del Espíritu Santo introduce en la Trinidad divina un elemento zoomórfico difícil de amalgamar con dos figuras antropomórficas.
1. Santa Ana con la Niña María y el Niño Jesús
     Este tipo de Sagrada Familia que agrupa a las tres generaciones, abuela, madre e hijo, está estrechamente ligado con La Parentela de María de la cual no es más que un fragmento separado.
     También ha encontrado los mayores favores en Alemania, hasta el punto que la expresión Anna selbdritt (santa Ana triple, en tres, trinitaria) se emplea corrientemente en otras lenguas para designar brevemente este grupo.
     Se encuentran ejemplos de este tipo a partir del siglo XIV; pero fue en los siglos XV y XVI cuando el tema se hizo realmente popular, no sólo en los países germánicos sino hasta en Italia y España.
      Agrupar de una manera satisfactoria dos mujeres adultas y un niño no era tarea fácil. Al igual que con la Trinidad divina, los artistas intentaron la superposición, la yuxtaposición, el agrupamiento vertical y el horizontal. En el primer caso, santa Ana lleva a la Virgen y al Niño Jesús, en el segundo, el Niño está sentado entre santa Ana y la Virgen.
   a) Santa Ana lleva a la Virgen y al niño
     Esta disposición vertical puede ser realizada de dos maneras: santa Ana de pie lleva a la Virgen y al Niño sobre cada uno de sus brazos, o bien ella está sentada y tiene sobre las rodillas a su hija que a su vez sostiene al Niño Jesús.
     El inconveniente de esta solución está a la vista: comporta una desproporción chocante entre madre e hija que normalmente deberían ser de la misma talla: la Virgen en brazos o sentada sobre las rodillas de santa Ana se encuentra reducida a la estatura de una niñita.
     Leonardo da Vinci, en su admirable cuadro del Louvre que señala el apogeo del tema, permaneció fiel a este esquema arcaico; aunque consiguió aligerarlo y animarlo. La Virgen está esviada sobre las rodillas de su madre y tiende los brazos al Niño, de pie en el suelo, a horcajadas del cordero simbólico. Esta composición en diagonal, que confiere vida a las figuras y las libera de la frontalidad, indudablemente comporta un progreso. El conjunto gana en unidad y también en dinamismo, y es una de las últimas y más bellas expresiones de un tema iniciado en Alemania que tomó forma en la Italia del Renacimiento.
   b) El niño Jesús sentado entre su madre y su abuela
     Para respetar las proporciones reales de las figuras, se imaginó sentar a las dos mujeres, madre e hija, sobre un banco, a cada lado del Niño que las separa, pero que en verdad les sirve de vínculo.
     Es cierto que ese agrupamiento horizontal es la solución más feliz desde el punto de vista estético, porque permite restablecer las proporciones y la separación bien clara de las tres figuras yuxtapuestas no presenta el mismo inconveniente que en la Trinidad divina cuyas tres personas son consustanciales. También es natural que el horizontalismo haya primado a partir del siglo XV en las representaciones de la Trinidad humana, mientras que en la Trinidad divina la Iglesia imponía el agrupamiento según el esquema vertical del «Trono de Gracia».
     Puede destacarse una variación bastante graciosa en un cuadro de Holbein el Viejo, en Augsburgo, es el Primer paso del Niño Jesús: en vez de estar tranquilamente sentado entre su madre y abuela, el Niño intenta caminar. Este matiz de intimidad es mucho más frecuente en las Sagradas Familias donde san José reemplaza a santa Ana.
     Al grupo de la Familia trinitaria se suma a veces un cuarto personaje, santa Emerenciana, madre de santa Ana. Así, se encuentran cuatro generaciones reunidas en este grupo que fue bautizado Santa Ana cuaternaria (Anna selbviert). Pero no es más que una curiosidad iconográfica uno de cuyos más notables ejemplares es un grupo escultórico en madera del Museo de Hannover.
     El arte de la Contrarreforma introdujo en este tema desgastado una última va­riante. En un cuadro de Caravaggio se ve a la serpiente aplastada al mismo tiem­po por la Virgen y por el Niño Jesús, quien apoya el pie sobre el de su madre.
     La Trinidad de santa Ana con la Virgen y el Niño Jesús está excepcionalmente asociada en un mismo cuadro con La Parentela de María o Estirpe de Santa Ana, con las dos santas María Cleofás y Salomé, sus maridos e hijos. El ejemplo más conocido de esta amalgama es el retablo de Perugino del Museo de Lyon.
2. José, la Virgen y el Niño
     Lo que comúnmente se entiende por Sagrada Familia es el grupo formado por el Niño Jesús, su madre y su padre nutricio.
     Este motivo, que se hizo tan popular a partir del Renacimiento, ya existe en germen en las Natividades de la Edad Media; pero puede decirse que resulta extraño al arte de la época que no conoció la devoción a la Sagrada Familia.
     El tema sólo se difundió en el arte de la Contrarreforma que estimuló el culto de la Trias humana, Jesús, María y José: es lo que se llama la Trinidad jesuítica.
   Las dos trinidades
     Esta Trinidad terrestre (Trinitas terrestris) está concebida según el mismo modelo que la Trinidad celestial de la cual es un reflejo. «María, Jesús y José -escribe san Francisco de Sales en sus Conversaciones espirituales- es una Trinidad en tierra que en cierta forma representa a la Santísima Trinidad.» San José es la imagen de Dios Padre, y la Virgen sustituye al Espíritu Santo del cual es el templo vivo.
     A veces la Trinidad terrestre está puesta bajo la protección de la Trinidad celeste. En el siglo XVII, el tema de las dos trinidades superpuestas era corriente en la decoración de los retablos franceses, por ejemplo en Saint Sernin de Toulouse.
     En la misma época se lo encuentra en la escuela española, en Murillo, por ejemplo, que agrupó a las dos trinidades en un cuadro expuesto en la National Gallery de Londres.
     También el arte de los Países Bajos pudo complacerse representando la unión de las dos trinidades, celestial y terrenal.
     En una xilografía de Christoffel van Sichem, el Niño Jesús es el punto de intersección de las dos trinidades. La Virgen y san José lo tienen de la mano, por encima de su cabeza planea la paloma del Espíritu Santo con las alas desplegadas, y Dios Padre extiende los brazos en doble gesto de bendición.
     Un cuadro de Jan van Cleef en Gante, combina los dos motivos de una manera aún más ingeniosa: en el centro de la composición, el Niño Jesús, desnudo, de pie sobre los peldaños, coloca una corona de rosas sobre la cabeza de san José arrodillado frente a él. A la derecha, está sostenido por la Virgen que sirve de vínculo entre ambas trinidades y eleva los ojos hacia el Espíritu Santo y hacia Dios Padre quien aparece en medio de un enjambre de ángeles para bendecir a la Sagrada Familia.
   La Sagrada Familia ampliada
     Esa Sagrada Familia trinitaria ha sido muchas veces «ampliada» por los artistas a quienes gustó agrupar alrededor de la Virgen y de Jesús a santa Isabel y al niño san Juan Bautista.
     Esta adición no está en modo alguno justificada por los Evangelios, según los cuales san Juan conoció a Cristo cuando lo bautizó en el Jordán. Pero las meditaciones del Seudo Buenaventura (cap. XI), cuentan que de vuelta en Belén, después de la Huida a Egipto, la Sagrada Familia se detuvo en casa de Isabel: «Los dos niños jugaban juntos y el pequeño san Juan, como si ya hubiera comprendido, demostraba respeto a Jesús».
     Tal es la fuente de la que derivan en el siglo XVI los idilios tan populares de Rafael: La Sagrada Familia de Francisco I, La Bella Jardinera; y en el XVII, los de Murillo y sus imitadores, con frecuencia insulsos a causa de su sentimentalismo dulzón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Domingo Martínez, autor de la obra reseñada;
    Domingo Martínez, (Sevilla, 1688 – 1749). Pintor.
     Fue este artista la personalidad dominante dentro del ámbito de la pintura sevillana a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII; fueron sus maestros Lucas Valdés y Juan Antonio Osorio. Las escasas noticias biográficas que de él se poseen lo presentan como hombre de buen temperamento, ingenioso y emprendedor al tiempo que culto y estudioso, poseedor de una amplia biblioteca. Tuvo numerosos discípulos, entre los que sobresalieron Juan de Espinal, Andrés de Rubira y Pedro Tortolero.
     La labor pictórica de Martínez le revela como uno de los mejores pintores hispanos en la época en que le correspondió vivir, circunstancia que le fue reconocida en su propia existencia. En efecto, en 1733 cuando la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio dio por concluida en Sevilla una estancia que se había iniciado en 1729, Martínez fue invitado a viajar a Madrid para trabajar allí como pintor real. Esta propuesta debió de estar motivada por la estrecha amistad que Martínez mantuvo en Sevilla con el pintor francés Jean Ranc, quien debió de realizarle la oferta de trabajar en Madrid. Sin embargo, el artista sevillano declinó esta proposición y optó por continuar su actividad artística en su ciudad natal.
     El estilo artístico de Domingo Martínez presenta características perfectamente definidas y en ellas se constata en primer lugar una base fundamental que se apoya en la pervivencia en él del influjo de Murillo, que es general en todos los pintores sevillanos activos en el primer cuarto del siglo XVIII. En segundo lugar, Martínez, a partir de 1729, fue receptivo a los efluvios estilísticos que emanan de la pintura francesa con la cual conectó durante los años en que la Corte residió en Sevilla; su amistad con Ranc, con quien convivió estrechamente durante cinco años, fue fundamental en este sentido. Finalmente, en la época postrera de su vida, a partir de 1745, Martínez asimiló en su arte referencias estilísticas procedentes del estilo Rococó, que en aquellos momentos comenzaba a difundirse por España.
     Como artista prolífico que fue, se advierte en la producción de Domingo Martínez una gran diferencia entre las pinturas realizadas por él personalmente y las que ejecutó contando con la colaboración de los discípulos y ayudantes que trabajaban en su obrador.
     En las creaciones efectuadas mayoritariamente por él mismo se constata una gran facilidad compositiva, un dibujo fácil y virtuoso y un marcado dominio del color, estando todos estos factores puestos al servicio de un arte amable, vistoso y decorativo que plasma un gusto totalmente coincidente con el espíritu de su época. Dominó, además, el arte de la perspectiva, aspecto que le permitió dedicarse con éxito a la pintura mural, modalidad en la que realizó excelentes creaciones.
     La amplitud del repertorio de obras conocidas de Domingo Martínez evidencia que fue un artista prolífico, ampliamente solicitado por la clientela civil y eclesiástica sevillana y también demandado por foráneos que llevaron las obras adquiridas a lugares tan alejados de Sevilla como Madrid, Jaén, Burgos, Soria y Cuenca.
    Entre sus realizaciones artísticas más importantes destaca en primer lugar su participación en 1718, con Gregorio Espinal, en la decoración mural de la capilla sacramental de la iglesia de San Lorenzo de Sevilla, donde ejecutó obras de simbología eucarística que han llegado muy mal conservadas hasta hoy. Posteriormente, en 1724 llevó a cabo el amplio conjunto pictórico que decora el interior de la capilla del colegio de San Telmo de Sevilla, entidad dedicada a educar a niños que en el futuro serían marinos de la flota española. Allí pintó, por lo tanto, un repertorio de lienzos donde los niños son protagonistas, como La presentación del Niño en el templo, Cristo discutiendo con los doctores en el templo, Cristo bendiciendo a los niños y Cristo entrando en Jerusalén.
    En 1727, Martínez aparece realizando la decoración al temple de la bóveda del presbiterio de la iglesia de la Merced de Sevilla, con personajes bíblicos y escenas alegóricas de la misión redentora de los mercedarios.
     También hacia 1727 decoró con dos grandes lienzos el presbiterio de la iglesia del convento de Santa Paula de Sevilla en los que se representa La partida de santa Paula a Oriente y La muerte de santa Paula y hacia 1733 ejecutó los treinta y dos pequeños lienzos que se integran en el retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla y también las pinturas que se encontraban en los altares laterales de la nave de la iglesia. De 1733 es también la hermosa Inmaculada que se conserva en la iglesia de San Lesmes de Burgos, y en torno a esta fecha realizaría también La Sagrada Familia con san Francisco y santo Domingo que fue adquirida por la reina Isabel de Farnesio, quien la donó después al convento de Santa Isabel de Madrid.
     En torno a 1735, al servicio del arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo y Azcona, ejecutó para la iglesia parroquial de Umbrete dos pinturas de excelente calidad y de gran formato en las que representó a Santa Bárbara y a San Juan Bautista. Al servicio también del mismo arzobispo, Martínez decoró también con lienzos de gran formato la capilla de la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla, narrando los principales milagros que dicha Virgen había realizado durante la conquista de Sevilla por san Fernando. La vinculación de Martínez con el arzobispo Salcedo culminó con la realización por parte del artista del magnífico Retrato que representa a dicho prelado y que se conserva actualmente en el palacio arzobispal de Sevilla.
      Otras obras importantes de Martínez son La apoteosis de la Inmaculada, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, obra que puede fecharse en torno a 1735. De 1740 es la representación de La Virgen de los Reyes con san Hermenegildo y san Fernando, que se conserva en la capilla del Alcázar de Sevilla; en torno a esta misma fecha puede situarse El nacimiento del profeta Elías, que pertenece al Banco Bilbao Vizcaya Argentaria en Madrid. También obras importantes de esta época son la representación de San Ignacio en la cueva de Manresa, que pertenece al convento de Santa Isabel de Sevilla y La Coronación de la Virgen, que se conserva en la iglesia de la Hermandad de las Cigarreras de esta misma ciudad. Hacia 1675 finalizó en Sevilla el proceso decorativo llevado a cabo en los muros de la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se representa una Apoteosis de la Orden jesuítica y de estos mismos años debe de ser la pintura de La Divina Pastora que se guarda en el convento de los capuchinos de Sevilla.
     Obras realizadas para Jaén hacia 1745, son La Transfixión de la Virgen, conservada en la catedral de dicha ciudad y El Niño Jesús pasionario que figura en la portezuela de un sagrario en la parroquia de San Mateo de Baños de la Encina.
     Importante es también el conjunto pictórico realizado por Martínez para decorar la iglesia del Antiguo Hospital de Mujeres de Cádiz, obra ejecutada hacia 1748 y que es, por lo tanto, una de las últimas realizaciones artísticas de este pintor.
     Fue también Martínez excelente intérprete de temas profanos, como reflejo de la existencia en Sevilla en el segundo tercio del siglo XVIII de un intenso ambiente cultural que proporciona a los artistas referencias literarias o mitológicas; así lo constata el precioso conjunto de cuatro pinturas que representan las estaciones del año y que se conservan en una colección particular de Vigo, o El Niño pastor flautista, que pertenece a una colección de Hamilton (Canadá). Sin embargo, la obra culminante de asunto profano de Martínez fue la realización de ocho pinturas en las que se representan otros tantos Carros alegóricos que la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla le encargó para que sirvieran de testimonio y recuerdo de las fiestas y desfiles celebradas en esta ciudad con motivo de la exaltación al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Constituyen estas pinturas una extraordinaria aportación para el conocimiento del ambiente urbano de la Sevilla de aquella época y también de la fisonomía de las distintas clases sociales que participaron o contemplaron los citados festejos (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo-Vitrina de la Virgen del Rosario junto a su Sagrada Familia y custodiada por los Arcángeles, de Domingo Martínez, en la Sala de la Ordenación, del Convento de Santa Inés, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 19 de agosto de 2025

La pintura de San Luis de Tolosa, en el Convento de Santa Inés

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de San Luis de Tolosa, en el Convento de Santa Inés, de Sevilla.     
     Hoy, 19 de agosto, en Brignoles, en Provenza, región de Francia, muerte de San Luis, obispo, el cual, sobrino del rey San Luis, prefirió la pobreza evangélica a las alabanzas y honores del mundo y, aún joven en años pero maduro en virtud, fue elevado a la sede de Tolosa, mas debido a su delicada salud, descansó prontamente en la paz del Señor (1297) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura mural de San Luis de Tolosa, en el Convento de Santa Inés, de Sevilla.
     El Convento de Santa Inés [nº 29 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 50 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Doña María Coronel, 5; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
      En los muros del Monasterio de Santa Inés, encontramos una pintura mural al fresco renacentista de autoría anónima, con unas medidas de 85 x 56 cms., y fechable entre 1545 y 1550. San Luis de Tolosa se representa de pie vestido con el hábito franciscano portando en su mano derecha una vara de azucenas y en la izquierda un crucifijo al cual dirige su mirada. El santo se ubica como el resto en un pequeño edículo formado por un arco de medio punto que apoya en su lado derecho en una columna toscana decorada con hojas de acanto en su base y fuste. El flanco izquierdo deja ver tan sólo el arranque de la columna por estar ocupado por las yeserías de la puerta (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de San Luis de Tolosa, obispo;
HISTORIA
     Nacido en 1274, era el primogénito de Carlos II de Anjou, rey de Nápoles, y sobrino de san Luis Rey. Por su madre, María de Hungría, descendía de Santa Isabel. Por lo tanto, tenía a quien salir.
     Conducido a Barcelona como rehén, fue criado por los franciscanos. Renunció a la corona de Nápoles en favor de su hermano Roberto de Anjou, para entrar en la orden de san Francisco en 1296.
     Su carrera episcopal fue tan breve como la del cardenal Pedro de Luxemburgo. Consagrado arzobispo de Toulouse contra su voluntad, por orden del papa Bonifacio VIII, murió de consunción seis meses después, a la edad de veintitrés años, el 19 de agosto de 1297, y fue inhumado en la iglesia de los franciscanos de Marsella.
CULTO
     Canonizado veinte años después de su muerte, en 1317, de inmediato se volvió muy popular en el sur de Francia y en Italia. Su culto, introducido en Italia meridional por su hermano Roberto de Anjou, que le debía la corona, y por la dinastía de los angevinos de Nápoles, se difundió hasta en Toscana y Umbría.
     También se lo honra en Cataluña, a causa de su cautiverio en Barcelona. En 1433, el rey Alfonso V de Aragón hizo trasladar las reliquias del santo a la catedral de Valencia. Es patrón de la orden franciscana y de las ciudades de Toulouse, Marsella, Nápoles y Valencia.
ICONOGRAFÍA
 
     Está representado con los rasgos de un joven  obispo. Encima de su sayal franciscano, ajustado con el cordón de la orden, lleva una capa constelada de flores de lis doradas, que recuerdan su parentesco con la Casa real de Francia.
     Está tocado con la mitra que dos ángeles a  veces colocan sobre su cabeza.
     La corona tirada a sus pies recuerda que renunció al trono de Nápoles en favor de su hermano.
     A veces lleva un tonelillo, como san Otmaro y san Wilibrordo, sin que epi­sodio alguno de su vida parezca justificar dicho atributo (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de San Luis de Tolosa, en el Convento de Santa Inés, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 21 de enero de 2025

La imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas"

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla.
     Hoy, 21 de enero, Memoria de Santa Inés, virgen y mártir, que, siendo aún adolescente, ofreció en Roma el supremo testimonio de la fe y consagró con el martirio el título de la castidad. Victoriosa sobre su edad y sobre el tirano, suscitó una gran admiración ante el pueblo y adquirió una mayor gloria ante el Señor. Hoy se celebra el día de su sepultura [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla.
     El Convento de San José del Carmen (Las Teresas), se encuentra en la calle Santa Teresa, 5; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En el banco del Retablo Mayor, en las hornacinas situadas a ambos lados del Sagrario se encuentran las figuras de pequeño tamaño de Santa Inés y Santa Catalina; el primer cuerpo de  la calle central está ocupado por la bellísima imagen de la Inmaculada Carmelitana, mientras que en las calles laterales se encuentran las imágenes de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y el grupo escultórico de San José con el Niño ocupa el último cuerpo del retablo.
     El Sagrario que actualmente vemos en el retablo parece corresponder al mismo estipulado en el contrato y su puerta posee un magnífico relieve del Cordero Místico sobre el libro de los Siete Sellos. En las hornacinas que lo flanquean se encuentran las imágenes de Santa Inés y Santa Catalina con sus atributos: la palma, símbolo de su martirio en la mano derecha, y el cordero o el libro en la izquierda, así como la corona que corresponde a la hija del rey de Alejandría. En ambas figuras el manto deja al descubierto el brazo derecho, cayendo por la espalda graciosos pliegues y se recoge con el otro brazo dando al conjunto una gran elegancia. Las cabezas descubiertas llevan los cabellos retirados de las sienes y recogidos en la nuca con un bello y artificioso peinado. 
     Es muy posible que la escritura notarial del retablo mayor se refiera a estas esculturas cuando al describir la custodia -el sagrario- y las hornacinas que han de ir a su lado, especifica que «la escultura que llevare esta custodia ha de ser del mejor oficial de Sevilla fuera de Juan Martínez Montañés». Por otro lado, la disposición del cabello, túnica y manto de la imagen de Santa Inés ofrece notables analogías con la de la misma Santa del retablo mayor del Convento de Santa Clara, obra de Montañés. En la fecha en que se hace la escritura del retablo ya se había producido el fallecimiento de Juan de Mesa, por lo que estas obras, de notable calidad pueden estar relacionadas con los escultores del momento, discípulos de Montañés y Mesa [María Luisa Cano Navas, El Convento de San José del Carmen de Sevilla. Estudio histórico-artístico. Universidad de Sevilla, 1984].
     Santa Inés, con unas medidas de 0,67 x 0,30 x 0,30 mts, realizada en 1630-32, en estilo barroco,  aparece representada de pie, con la pierna derecha ligeramente flexionada. La mano derecha, separada del cuerpo, sostiene la palma de martirio y, en la izquierda, apoyado a su costado, una oveja. Viste túnica de cuello redondo y manto que le cubre el hombro izquierdo. Éste cae por la espalda y le cruza la cintura para ser recogido en el costado izquierdo, bajo la oveja. El pelo está tallado en mechones y ondulado. La cabeza, la inclina ligeramente hacia abajo, con la mirada baja (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   El retablo principal ha conocido diversos cambios en la colocación de sus imágenes aunque en los últimos años se ha vuelto a estructurar según su primitiva disposición. Fue concertado el 15 de febrero de 1630 con el ensamblador Jerónimo Velázquez, costando algo más de cuatro mil ducados. Junto al contrato del retablo se estipuló un dibujo en el que se perfilaban sus trazas, documento que no se conserva en la actualidad. Se estructura según los modelos tardomanieristas de Montañés y se inspira claramente en modelos como el de Alonso Cano en la parroquia de Lebrija y, de forma más lejana, en el retablo principal de la iglesia jesuita de la Anunciación. Alterna columnas estriadas con frontones rectos de corte clásico, pinturas y esculturas y una sencilla decoración geométrica que incluso fue repetida, en época más tardía, en otros conventos carmelitas como el de San José en Sanlúcar la Mayor. La fuente fundamental de alternancia del orden gigante de las columnas con espacios decorados con frontones aparece en los Libros de arquitectura del italiano Jacoppo Vignola. En el banco, flanqueado el sagrario, se sitúan las tallas de Santa Inés con el cordero que hace alusión a su nombre y Santa Catalina, con la rueda alusiva a su martirio. Ya en el primer cuerpo aparece el grupo de San José con el Niño, iconografía habitual de los conventos carmelitas, con una disposición en la que el Niño aparece de pie conduciendo a San José, forma de representación habitual en la primera mitad del siglo (en la segunda mitad del siglo el Niño será portado por su padre). Es obra de Juan de Mesa, con algunas dudas en su cronología, al parecer existía con anterioridad al retablo. Estilísticamente se acerca mucho a la plástica de Martínez Montañés y a las piezas del retablo mayor de San Isidoro del Campo, por lo que no sería imposible la participación conjunta del taller. Se acompaña por dos imágenes laterales, de autoría anónima, representan a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, los creadores de la reforma del Carmelo. Todas las tallas fueron policromadas por el pintor de origen luxemburgués Pablo Legot en 1632 una vez finalizada la obra de talla del conjunto. En décadas pasadas se alteró la concepción de la Inmaculada de Juan de Mesa de un retablo lateral, situándose al grupo de San José en la parte superior. Completan el retablo dos lienzos de la primera mitad del siglo XVII representando al profeta Elías, considerado origen de la orden, vestido con pieles y con su espada de fuego, y San Juan de la Cruz, reformador de la orden, con hábito carmelita y capa blanca y en actitud de oración ante la aparición de Cristo llevando la Cruz. El cuerpo superior está presidido por un Calvario en su parte central y se flanquea por otras dos pinturas anónimas que representan dos apariciones milagrosas a Santa Teresa de Jesús, la de Cristo atado a la columna y la de la Virgen María (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).         
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Inés, virgen y mártir
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LEYENDA
   Virgen y mártir romana.
   Su nombre se tomó del adjetivo griego agnê que al igual que Catalina (Katharos), significa «pura», «casta». Por otra parte, los romanos lo vincu­laron con el sustantivo latino agnus (cordero), aunque no haya relación eti­mológica alguna  entre agnê y agnus. Como escribe san Agustín: «Agnes latine agnam significar, graece castam.»
   De esta etimología popular deriva la leyenda de la santa, de quien se ha hecho un modelo de castidad y dulzura. La Leyenda Dorada  no pierde la oportunidad de jugar con las semejanzas de Agnès y Agna: «Agnes dicta est agna, quia mitis et humilis tanque magna fuit.» Inés es la Agna Dei, es de­cir, la personificación femenina del Cordero de Dios.
   Como es natural, se ha creído que semejante nombre podía ser un símbolo (virgo casta) antes que una persona real, tanto más por cuanto la existen­cia histórica de santa Inés resulta dudosa.
   El documento más antiguo que la concierne es el Cronógrafo del año 354, según el cual, el 21 de enero se celebraba la fiesta de Agnê (la Casta) en la catacumba de la Vía Nomentana.
   Al principio existían dos tradiciones distintas que se referían a dos mártires homónimas, que luego resultaron confundidas.
   Según san Ambrosio y san Dámaso, Inés sería una niña martirizada a los doce años de edad, no por decapitación sino por degüello. Su martirio habría ocurrido hacia 305, durante la persecución de Diocleciano.
   La tradición griega, diferente, concierne a una virgen adulta. Según el Menologio de Basilio, Inés, que se había negado a ofrecer sacrificios a los dioses, fue conducida a  un prostíbulo. Un joven libertino quiso aprovechar la situación violándola, pero cayó sin conocimiento. El prefecto la hizo comparecer ante su tribunal y le preguntó qué sortilegio había empleado para matar a ese hombre. Ella respondió que un ángel vestido de blanco le ha­bía servido de guardaespaldas para preservarla de todo ultraje. «Si quieres que te creamos -respondió el prefecto- invoca a tu Dios y resucita a este joven.» Inés oró y el muerto resucitó enseguida.
   El episodio del prostíbulo es un tópico en los relatos de la vida de las santas. La violación ritual era una costumbre entre los romanos porque la ley prohibía condenar a muerte a una virgen, de manera que se hacía violar a las vír­genes antes de enviarlas al suplicio, aunque todavía no fuesen núbiles.
   Tertuliano habla de cristianas condenadas «ad lenonem potius quam ad leonem», juego de palabras de bastante mal gusto para subrayar que antes de ser expuestas a los leones del anfiteatro, las mártires solían ser encerradas en lugares de mala fama.
   Las dos tradiciones, latina y griega, no demoraron en fundirse y enriquecerse con nuevos rasgos legendarios, entre otros, el milagro de los cabellos y el manto blanco que entregara un ángel, que fue popularizado en el siglo V por las Gesta, y en el XIII por la Leyenda Dorada (Legenda aurea).
   El hijo del prefecto se enamoró de Inés que se dirigía a la escuela en compañía de su nodriza, y le ofreció joyas. Ella rechazó el regalo con desdén, diciendo que ya tenía un novio que le había ofrecido adornos más bellos: "Ha adornado mi mano con una pulsera inestimable, ha puesto en mi cuello un collar de piedras preciosas, ha puesto en mis orejas perlas de infinito precio". Rechazado por la joven virgen, el pretendiente cayó enfermo de pena. Su padre, el prefecto, citó a la rebelde ante su tribunal, y al no poder obligarla a casarse con su hijo, la dejó elegir entre un sacrificio a los dioses o el deshonor.
   Al negarse a abjurar de su fe, fue conducida por las calles de Roma desnuda, al «fornix» (lenocinio). Pero sus cabellos se alargaron al instante para cubrir su desnudez con un sedoso vestido. El joven que la siguió para satisfacer su pasión, fue estrangulado por el demonio, ella lo resucitó.
   Condenada a la hoguera como maga, las llamas se alejaron de ella y se echaron sobre los verdugos. Entonces fue degollada.
   La Leyenda Dorada agrega detalles más precisos a esta novela llena de tópicos hagiográficos. El prefecto, que se llamaba Sempronio (Symphronius) dijo a Inés que si quería seguir virgen debía consagrarse a Vesta, de otra manera, la entregaría a los excesos de un prostíbulo. Ella respondió: «Tengo conmigo un ángel de Dios que guardará mi cuerpo de toda mancha.» El prefecto la hizo desnudar y conducir al burdel; pero de inmediato sus cabellos cayeron como una cortina para convertirse en un velo impermeable a las miradas. Como si esa melena no bastase, un ángel la envolvió en un manto luminoso de blancura deslumbrante. El joven que la deseaba resultó cegado y cayó de espaldas.
   Se advierte el progresivo enriquecimiento de la leyenda: al milagro de los cabellos, tomado de santa María Egipcíaca, se sumó el milagro del manto angélico: doble defensa que protege contra las codicias carnales el cuerpo incontaminado de Inés, «la casta».
   La leyenda no se detuvo, como es natural, en la muerte de la santa, degollada después de la extinción de la hoguera. Se la enterró en la Vía Nomentana. Los fieles que asistían a las exequias fueron asaltados por los paganos que les arrojaron piedras. Todos huyeron, salvo Emerenciana, pretendida hermana de leche de santa Inés, que se quedó en su sitio con valentía y fue lapidada. Los asesinos fueron tragados por un seísmo.
   La hija del emperador Constantino, Constantina o santa Constancia, enferma de úlceras que le cubrían el cuerpo, pasó toda una noche en oración cerca de la tumba de Inés. Cuando se durmió tuvo una visión: la santa le de­cía que creyese en Cristo que la curaría. Y así fue, al despertar, Constancia se encontró purificada de la lepra. En reconocimiento, hizo edificar una basílica a santa Inés. Esta leyenda no es más que una duplicación de la de Constantino, curado de la lepra por el papa san Silvestre.
CULTO

   Roma, cuna del culto de santa Inés, consagró a ésta dos iglesias. La primera , la de S. Agnese in Agone, en la Plaza Navona, señala, de acuerdo con los Mirabilia Romae, el emplazamiento del prostíbulo (fornices) donde su castidad fue salvaguardada por un milagro; la segunda, la basílica extramuros de S. Agnese fuori le mura se edificó sobre su tumba. El día de su fiesta (21 de enero), se celebraba allí la de la bendición de los corderos cuya lana, hilada por las monjas, servía para la confección de las pallia (mantos griegos) que en­tregaba el papa a los arzobispos.
   En Milán, era la patrona de los Visconti.
   Su culto pasó desde Italia a Francia, los Países Bajos y Alemania.
   Tres templos de Francia, las catedrales de Amiens y de Cambrai y la iglesia abacial de Saint Ouen, pretendían poseer la «chief sainte Agnes» (cabeza de santa Inés). Si se cree en la tradición, sus reliquias, ocultas por el temor a los piratas normandos, habrían sido confiadas en 965 a Baldric, obispo de Utrecht, quien las depositó en el tesoro de su catedral. La iglesia de Saint Eustache de París estuvo en su origen puesta bajo la advocación de santa Inés que siguió como patrona secundaria.
   En Alemania, el asiento principal de la devoción a santa Inés era Colonia, que en su iglesia de San Pantaleón creía conservar uno de sus brazos y uno de sus dedos.
   El culto de la joven mártir romana recibió los beneficios de la fundación de la orden de los trinitarios que habiendo sido aprobada por el papa el día de la octava de su fiesta, la adoptó como patrona. Su martirio se representaba en la mayoría de las iglesias de la orden.
   Era la patrona de las vírgenes romanas, de las novias porque eligió a Cristo como novio y de los jardineros porque la virginidad está simbolizada por un jardín cercado o cerrado (hortus conclusus).
ICONOGRAFÍA
   En los mosaicos bizantinos, santa Inés está representada como orante, adornada con ricos vestidos, una diadema de perlas en la cabeza y una larga estola de oro sobre los hombros: así se habría aparecido ocho días después de su muerte.
   En las realizaciones posteriores, sólo está vestida por su larga cabellera.
   Aunque los Padres de la Iglesia latina la hacen morir a los doce años, los pintores la representan adulta.
   La joven mártir romana es la primera santa que haya sido dotada con un atributo (siglo VI).
   Sus armas parlantes son el cordero blanco (o más bien la cordera), símbolo de su pureza. El animal está acostado a sus pies o apoya contra ella los remos delanteros, a menos que esté acurrucado, minúsculo, en el hueco de su mano. El cordero no es sólo una alusión a su nombre. Es también un recuerdo de la visión de sus padres, quienes, ocho días después de su muerte, vieron aparecer a su hija con un cordero a su derecha: ella los exhortó a no entristecerse sino a alegrarse con ella. Por otra parte, el cordero místico del Apocalipsis, símbolo de Cristo, está considerado como el novio celestial de Inés.
   Se la reconoce también por la hoguera encendida cuyas llamas se alejan sin tocarla siquiera, por la espada, instrumento del suplicio, y por la palma del martirio.
Escenas
Los Desposorios místicos de Santa Inés

   El Niño Jesús le coloca un anillo de oro en el dedo, igual que a Santa Catalina. Tema muy infrecuente, inspirado por un párrafo de la Leyenda Dorada. Al hablar de su novio celestial, ella dice: me ha puesto el anillo en el dedo.
El Milagro de Santa Inés
   Sus cabellos rubios se alargaron milagrosamente y la recubrieron con un manto opaco como una coraza. Por añadidura, un ángel la cubrió con una blanca vestidura.
   El diablo torció el cuello al hijo del prefecto que se acercó para violarla; ella lo resucitó.
El Martirio de Santa Inés
   Las llamas se alejan de ella. El verdugo la degüella sobre la hoguera apagada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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