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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 15 de enero de 2026

Un paseo por la calle Puerta de Córdoba

     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Puerta de Córdoba, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La calle Puerta de Córdoba es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de las calles Madre Dolores Márquez y San Julián, a la calle Morera
      La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. 
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Vía intramuros próxima a la Puerta de Córdoba, permanece innominada hasta mediados del s. XIX, si bien en cierta medida puede identificarse con la plaza de San Hermenegildo (Callejero de Moreno y Gálvez, 1845, y plano de Álvarez-Benavides, 1868). A partir de 1870 se le conoce como Córdoba, y al menos desde 1910 (plano de Poley y Poley) recibe la denominación que actualmente conserva. En ningún punto de su recorrido figura el rótulo de la calle. Todavía en el plano de Álvarez-Benavides puede apreciarse cómo la muralla se encuentra exenta en este sector de la ciudad, y el espacio que actualmente corresponde a Puerta de Córdoba aparece abierto, sin constituir calle en sentido estricto. 
     El tramo de muralla comprendido entre la Puerta de la Macarena y la de Córdoba fue el que mejor se conservó, y así lo relata González de León en Las Calles...: "Este trozo, el anterior y el siguien­te, son los que tienen las murallas más altas y bien tratadas de toda la circunferencia de la ciudad, conserva aún la contramuralla, la barbacana, y el foso o caba que tuvo todo, y esto y todos los demás por estas calles tie­nen de trecho a trecho escalinatas de doble subida para llegar al adarbe o piso alto". Por esta razón, una vez que se había iniciado la demolición de las murallas, se tomó el acuerdo de conservar este trozo "como monumento histórico-artístico, digno de pasar a las futuras generaciones" (La Andalucía, 19-11-1870). Simultáneamente se empie­za a conformar la calle como puede apreciarse en la planimetría de finales del siglo pasado (1890).
     Actualmente, Puerta de Córdoba es una calle, rectilínea, corta y relativamente am­plia, con pavimento de asfalto y aceras de losetas en buen estado de conservación; su iluminación se apoya en farolas con brazos de fundición adosados a las fachadas. En la acera de los impares se sitúa un edificio de reciente construcción, de finales de la década de 1970, de siete plantas, cuyos bajos comerciales están ocupados por una entidad bancaria y centros asistenciales de la Seguridad Social y oficinas del Instituto Nacional de Empleo, que da lugar a un elevado movimiento de las personas que requieren sus servicios. La acera de los pares es ocu­pada por la fachada de los pies de la iglesia de San Hermenegildo, que realmente es la propia puerta de la muralla almohade, y las murallas, recientemente ornamentadas con una zona ajardinada con cipreses, adelfas y otros arbustos [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Puerta de Córdoba. MURALLAS DE LA CIUDAD. En esta calle se conservan los restos visibles más importantes de la cerca musulmana, conocida vulgarmente como "Murallas de la Macarena"'. Este muro fue construido por los almorávides en el siglo XII y ampliado y reforzado por los almohades. El material utilizado es el tapial, y constan de un ante­ mural y el muro propiamente dicho. En este trozo destaca una de las to­rres conocida con el nombre de "Torre Blanca". Otro lienzo importante se conserva en el jardín del Colegio del Valle [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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La calle Puerta de Córdoba, al detalle:
Iglesia de San Hermenegildo

martes, 19 de agosto de 2025

Los principales monumentos (Iglesia de San Antonio abad, Yacimiento de las Minas de Cobre de Cerro Muriano, Piedra Horadada, Museo del Cobre, Castillo de Ubal, y Ermita de San Benito) de la localidad de Obejo, en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de San Antonio abad, Yacimiento de las Minas de Cobre de Cerro Muriano, Piedra Horadada, Museo del Cobre, Castillo de Ubal, y Ermita de San Benito) de la localidad de Obejo, en la provincia de Córdoba.
     Su blanco y pintoresco caserío se asienta, humilde y altivo, sobre una alargada loma, protegido por la verde serranía. Las umbrías del Guadalbarbo, con su profundo foso de rápidas pendientes, guardaron siempre este lugar de la curiosidad ajena, escribió el andariego Juan Bernier del "viejo Obejo". Y así es: el aislamiento preserva a Obejo de nocivas contaminaciones. Su blanco y pintoresco caserío se asienta, humilde y altivo, sobre una alargada loma, protegido por la verde serranía.
     Villa situada en Sierra Morena, a 17 Km. de la N-432 y a 45 de Córdoba.
     Altitud: 702 m.
     Extensión: 214,6 Km2
     Habitantes: 1.791.
     Gentilicio: Obejeños.
     Mancomunidad: Valle del Guadiato.
     Los historiadores identifican Obejo con la población árabe de Ubal -topónimo derivado de uballa, nombre mozárabe de una uva silvestre-, vigilante del antiguo camino de Córdoba a Toledo. Fernando III conquistó la villa en 1237, y seis años más tarde la donó a Córdoba, en cuya jurisdicción quedó integrada (Diputación Provincial de Córdoba).
     Enclavada en plena Sierra Morena, tuvo origen musulmán, siendo reconquistada según unos en 1237 y según otros en 1248. Por decisión real quedó adscrita al término de Córdoba y durante la época moderna permaneció siempre como villa de realengo. A las afueras se halla una ermita dedicada a San Benito, del XIX, decorada con pinturas de J. Montes Suárez, de 1981 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     
Iglesia de San Antonio abad.-

     Es un edificio sobrio y rústico de aspecto a causa del aparejo visto de sillarejo y ladrillo y de la total ausencia de ornamento  En  su origen  fue un templo mudéjar del siglo XIV, de tres naves con cubierta a dos aguas. Son notables algunos capiteles de acarreo empleados en la construcción. En el XVI se reformó la cabecera con arco de triunfo y bóveda sobre pechinas y se hizo la torre, de un cuerpo y campanario. En 1984 fue sometida a una fuerte reforma dirigida por Arturo Ramírez Laguna.
     Tiene imágenes devocionales del Cristo de la Confianza, Nuestra Señora de los Dolores y Jesús Nazareno, comprado en Olot en 1989. A la derecha se ve un cuadro de 1984 con la aparición de San Benito a un pastor, leyenda ligada a la tradición de Obejo, que dio origen a la ermita del  patrón. Nuestra Señora de la Esperanza es obra de Miguel Arjona Navarro, de 1991 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
       El templo se encuentra situado en el punto más elevado y antiguo de la población, junto a los restos de lienzos y torres defensivas que pertenecieron al antiguo castillo. 
     A manera de hipótesis, se podría apuntar la posibilidad de que la propia cabecera del templo estuviese aprovechando una dependencia del castillo o al menos sus muros, pues sus dimensiones son desproporcionadamente grandes respecto al pequeño templo.
     Exteriormente la iglesia ofrece una superposición de volúmenes sencillos, destacando en altura la nave central, crucero, cabecera y el chapitel a cuatro aguas que remata la torre, todo ello realizado en sillarejo y ladrillo.
     El edificio que se encuentra orientado al noreste, consta de tres naves divididas en cuatro tramos, la central más ancha y alta, separadas entre sí por arcos de medio punto peraltados enmarcados por alfiz y sustentados por columnas con basas y capiteles de acarreo, de origen visigodo y califal. Los arcos de la cabecera terminan sobre pilastras de granito de molduraje clásico unidas por arcos transversales. Este primer tramo crea un espacio similar a un crucero, poniendo en comunicación directa las naves con el presbiterio de planta cuadrada.
     La nave central esta cubierta a dos aguas con armadura de madera de par e hilera con tirantas y las laterales en colgadizo. La prolongación de las naves o crucero se cubre con bóvedas de ladrillo baída entre arcos de desigual altura, hoy día se encuentran enlucidas. El presbiterio lo hace con cúpula de ladrillo sobre pechinas de sillares de granito.
     Delante de la puerta de entrada, situada en el muro de la Epístola, existe un espacio a modo de crujía paralela a las naves. 
     Este espacio pudo haber sido el atrio o pórtico de entrada. A la izquierda de este lugar de tránsito se sitúa la capilla bautismal a través de la cual se accede a la torre. Este espacio actualmente sirve  de zaguán al templo y ha sido compartimentado, relegando el espacio de la derecha para el uso de sacristía.
     La torre, situada a los pies de la iglesia, concretamente en el ángulo sureste, es de planta cuadrada en dos cuerpos, realizados en mampostería con fuertes refuerzos de ladrillo. El primer cuerpo es un alto prisma liso con troneras que alija en su interior la escalera de caracol realizada piedra. Éste se encuentra coronado pretil de piedra labrada de granito sobre canes y cornisa de nacela, donde se aprecian las formas de transición entre el gótico y el renacimiento, que aportan al conjunto cierto aire defensivo. El segundo cuerpo es un prisma de planta cuadrada rematado por cornisa y chapitel piramidal a cuarto aguas. Es de menor tamaño que el anterior, estructurado a modo de arco cuadrifonte, donde se ubican las campanas. 
     La fachada al sureste, donde se abre la entrada, da a una plazuela delimitada con baranda en su perímetro abierto se encuentra cerrada hacia el norte con la casa del párroco adosada al templo.
     La fortaleza de Obejo fue reconquistada por Fernando III El Santo en 1237, siendo donada seis años después a Córdoba, en cuya jurisdicción quedó integrada.
     Parece ser que la fábrica del templo pudo realizarse entre 1248 y 1251 durante el obispado de D. Pascual. Según el investigador local Eulogio Ricardo Quintanilla, en 1260 la Iglesia de Obejo contribuía con sus diezmos al obispado de Córdoba, constatando que se encontraba plenamente delimitada su feligresía en 1271. Esta primitiva iglesia debe corresponder a la estructura de tres naves que forma hoy la parte destinada a los fieles, siendo ampliada posteriormente, seguramente en el siglo XVI, con la construcción y añadido de un presbiterio de planta cuadrada, reformándose la antigua cabecera para conectar lo nuevo con lo antiguo. 
     La actual sacristía está alojada en lo que parece ser una torre del castillo cuyo lienzo limita con el presbiterio, lo que explica el giro de éste respecto a la estructura primitiva. Con el tiempo, la fábrica ha sido objeto de sucesivas transformaciones que han ido distorsionando y ocultando su primitiva estructura y organización.
     La primera mención documental que se tiene de la parroquia de de Obejo se realiza el 22 de enero de 1461 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En el punto más alto de la villa se alza la parroquia de San Antonio Abad.
     Data del siglo XIII y tiene tres recoletas naves separadas por arcos peraltados, cuyas columnas incorporan capiteles califales.
     Al exterior ostenta una torre de rojizo ladrillo, con balaustrada de piedra (Diputación Provincial de Córdoba).
 
Yacimiento de las Minas de Cobre de Cerro Muriano.-
      Ubicadas en la vertiente sur del Cerro de la Coja, estas tolvas del tipo todo-uno formaron  parte del complejo de las fundiciones y lavaderos de la Cordoba Coppeer Company Ltd. y debieron estar integradas en la planta de recepción y molienda de mineral.
     En la actualidad, de estas infraestructuras sólo quedan restos pertenecientes a las tolvas todo-uno que se comunicarían con las cintas transportadoras (hoy día inexistentes) y otras estructuras murarias próximas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   Las Minas de Cobre de Cerro Muriano conforman un yacimiento, conocido desde la época del calcolítico.
     Se encuentra ubicado entre los términos municipales de Obejo y Córdoba, al noroeste de Cerro Muriano y al sureste de Obejo.
     El conjunto de restos de las fundiciones, de estas minas de cobras explotadas por compañías inglesas, son fiel testigo de uno de los principales conjuntos industriales de Córdoba de finales de s. XIX y principios del s. XX.
     En breve será nombrado Bien de Interés Cultural, con la categoría de Sitio Histórico (Diputación Provincial de Córdoba).

Piedra Horadada.-

     Ubicada en la falda de la vertiente meridional del Cerro de la Coja, se accede a ella a través del camino de Pañeros. 
     La Piedra Horadada es un crestón de cuarzo que pudo verse sometido a la explotación en la Prehistoria Reciente, ya que presenta sudoraciones de malaquita y azurita en su interior. No obstante, otros autores consideran que se trata de un elemento geológico, producto de procesos erosivos naturales. 
     En la actualidad, independientemente de su origen, la Piedra Horadada se ha convertido en un hito paisajístico de Cerro Muriano (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Piedra Horadada está situada a un lado del Camino de Pañeros, en las proximidades del municipio de Obejo.
     La Piedra Horadada de Cerro Muriano se ha erigido en el símbolo más emblemático de la localidad.
     En realidad, se trata de un crestón de cuarzo con restos de cobre, aún reconocibles mediante las típicas sudoraciones de azurita y malaquita que tanto abundaron en los yacimientos cupríferos de Cerro Muriano (Diputación Provincial de Córdoba).

Museo del Cobre.-
     El Museo del Cobre tiene su sede en el edificio que fue sede de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de la localidad, que ha sido rehabilitado y adaptado para su uso como museo.
     Este inmueble que, ya aparece en el Plano de 1918 y en la fotografía de la Colección Pearce, contaba en su origen con más dependencias de las actuales en su parte trasera. Se construyó con ladrillo y mampuesto: una obra mixta hoy bajo la pintura exterior. En él, también fueron empleados grandes sillares de calcarenita miocénica que originariamente formaron parte de las estructuras y edificaciones romanas del entorno. 
     El inmueble es de forma rectangular de 17,15 metros de fachada por 9,05 metros de fondo. Cuenta con dos plantas de altura: planta baja a nivel de la rasante de vial y una segunda, en semisótano, con fachada a la parte posterior y laterales de la parcela. La primera tiene una superficie de 155,20 metros cuadrados y el semisótano de 120,55 metros cuadrados. 
     Ambas poseen tres salas de exposición permanente que dan a conocer al visitante la historia de la metalurgia del cobre en Cerro Muriano desde la Prehistoria reciente, hasta el período de explotación inglés. 
     Además de las salas de exposición, el museo está dotado de una recepción, un punto de información, rampas de acceso para minusválidos, aseos y una dependencia de administración/dirección.
     En el lugar que hoy ocupa el Museo se han hallado partes de un yacimiento romano: un fondo de cabaña ovalada y un pilar cuadrangular del siglo I a.C., y restos de un muro opus cuadratum y tegulaes. 
     En estratos superiores y sobre éstos se hallan materiales de finales del XIX y principios del XX, pertenecientes a la explotación mineral inglesa (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Castillo de Ubal.-

      Se trata de una antigua fortaleza levantada con rocas del entorno y tapiales de origen hispanomusulmán, de la que se conservan emergentes restos de cuatro torreones en forma de muñón y en estado muy lamentable. Uno aún conserva el zócalo de piedra y parte del alzado del tapial. El interior de la fortaleza está muy enmascarada por las parcelaciones actuales, aunque se observan restos de elementos hidráulicos que en su día pertenecieron al castillo hispanomusulmán.
     La actual localidad de Obejo se asienta sobre una loma alargada que podría corresponderse con aquella que al-Udri y otros autores denominan como Ubal, situada en el camino de Córdoba a Toledo. Podría tratarse de un asentamiento de cierta importancia erigido para controlar la ruta que discurría por Mogávar y Pedroche hasta La Alcudia.
     Los testimonios arqueológicos localizados sugieren que este castillo debió existir desde época califal (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de San Benito.-
      La ermita de San Benito está  a unos 2 kilómetros del pueblo, en el fondo de un valle, donde se cree que apareció milagrosamente el santo, que es el patrón de la localidad. Es un santuario típico de la sierra, que data del siglo XVIII. 
     Su construcción presenta planta de una sola nave cubierta por bóveda de medios cañones, rematada en la cabecera con un tramo cubierto por bóveda vaída, que recibe su apoyo de un arco de sección cóncava. Por su parte baja, el edificio aparece rematado por un pórtico de tres arcos levantado sobre arcos prismáticos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

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lunes, 17 de febrero de 2025

Los principales monumentos de la localidad de Córdoba (I), en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos de la localidad de Córdoba (I), en la provincia de Córdoba.
     De cada uno de los períodos históricos se conservan importantes testimonios materiales en la ciudad. Puentes, murallas, torres, puertas de muralla, molinos, vestigios de mezquitas, iglesias, conventos, palacios, etc., engrosan el vasto y rico patrimonio de bienes inmuebles de Córdoba, a lo que habría que sumar un patrimonio mueble integrado por piezas de pintura, escultura e imaginería, platería y artes decorativas en general de extraordinario valor.
     Desde el punto de vista de su estructura urbana, cabe decir que el casco histórico de Córdoba esta constituido por dos partes físicamente diferenciadas, que son la Villa o antigua Medina musulmana, al oeste, y la Axerquía o barrio oriental. 
     Esta división es herencia musulmana que se va a perpetuar con el paso de los siglos. Durante el período bajomedieval se dotará de mayor impulso a la zona de la Axerquía, poco poblada en el momento de la conquista cristiana, procediéndose a su ordenamiento en siete parroquias o collaciones. En el siglo XVI se abren plazas o se ensanchan algunas existentes, pero la estructura urbana no conoce transformaciones profundas, como tampoco se van a conocer en los siglos XVII y XVIII. Ya en el siglo XIX se producen actuaciones urbanísticas drásticas, como la demolición de las puertas y la mayor parte de la muralla, la creación de paseos y avenidas y la apertura de nuevas vías, que se completan a principios del siglo XX hasta configurar definitivamente el cinturón de rondas que rodea al casco histórico.
     Por lo que respecta a la Villa, dentro de ésta se encuentran los restos de la ciudad romana al norte, la Medina andalusí al sur, con la Gran Mezquita Aljama, actual Catedral, y en el extremo suroccidental un barrio de expansión cristiana del siglo XIV surgido al amparo del Alcázar de los Reyes Cristianos. La heterogeneidad de toda esta zona permite dividir la Villa en tres partes: el centro comercial, el entorno de la Mezquita-Catedral y el barrio de San Basilio. Por su parte, en el caso de la Axerquía, la división es mucho más difícil dada su mayor homogeneidad, pese a lo cual se puede llevar a cabo una zonificación basada en la primitiva división en siete parroquias o collaciones. En la Axerquía se conservan la mayor parte de los templos cristianos bajomedievales, tanto las parroquias -de la que sólo una ha desaparecido- como las fundaciones conventuales.
     En la trama urbana, las estrechas e irregulares calles determinan unas manzanas irregulares de herencia medieval, dentro de las cuales se ajusta un parcelario cuyo tamaño depende de la tipología que alberga, resultando amplio en el caso de conventos, residencias palaciegas o edificios institucionales y menor en viviendas, las cuales suelen responder a una tipología heredada de la casa musulmana, deudora a su vez de la romana de casa patio y cuya imagen más pintoresca son sus patios.
     Los elementos de borde que definen la delimitación del Conjunto Histórico de Córdoba están formados por las vías de comunicación que coinciden con la antigua muralla, lo que en gran medida ha salvaguardado el centro histórico de los ensanches urbanísticos de finales del siglo XIX y principios del XX, pues éstos transcurren por el perímetro del mismo (Avenida Conde Vallellano, Paseo de la Victoria, Ronda de los Tejares, Avenida de las Ollerías), creándose así un anillo de espacios libres que protege al Conjunto Histórico de Córdoba.
     La UNESCO (https://whc.unesco.org/en/list/313), en la descripción del conjunto histórico que está declarado como patrimonio mundial dice, que el período de mayor gloria de Córdoba comenzó en el siglo VIII después de la conquista musulmana, cuando se construyeron unas 300 mezquitas e innumerables palacios y edificios públicos para rivalizar con el esplendor de Constantinopla, Damasco y Bagdad. En el siglo XIII, bajo Fernando III, el Santo, la Gran Mezquita de Córdoba se convirtió en una catedral y se erigieron nuevas estructuras defensivas, particularmente el Alcázar de los Reyes Cristianos y la Torre Fortaleza de la Calahorra. 
     La ciudad, en virtud de su extensión y planificación, su significado histórico como expresión viva de las diferentes culturas que han existido allí, y su relación con el río, es un conjunto histórico de extraordinario valor. Representaba un paso obligatorio entre el sur y la "meseta", y era un puerto importante, desde el cual se exportaban productos mineros y agrícolas de las montañas y el campo. 
     El Centro Histórico de Córdoba,, crea el entorno urbano y paisajístico perfecto para la Mezquita. Refleja miles de años de ocupación por diferentes grupos culturales: romanos, visigodos, musulmanes, judíos y cristianos, que dejaron huella. Esta área refleja la complejidad urbana y arquitectónica alcanzada durante la época romana y el esplendor de la gran ciudad islámica, que, entre los siglos VIII y X, representó el principal foco urbano y cultural en el mundo occidental. Destaca su riqueza monumental y su arquitectura residencial única. Todavía hay muchas casas antiguas y casas tradicionales. Las casas comunales construidas alrededor de patios interiores (casa-patio) son el mejor ejemplo de casas cordobesas. Son de origen romano con un toque andaluz, y aumentan la presencia de agua y plantas en la vida cotidiana.
     La Gran Mezquita de Córdoba representa un logro artístico único debido a su tamaño y la altura de sus techos. Es un testimonio insustituible del Califato de Córdoba y es el monumento más emblemático de la arquitectura religiosa islámica. Fue el segundo más grande en superficie, después de la Mezquita Sagrada en La Meca, anteriormente solo alcanzada por la Mezquita Azul (Estambul, 1588), y era un tipo de mezquita muy inusual que atestigua la presencia del Islam en Occidente. 
     En cuanto a la arquitectura, ha representado un campo de pruebas para las técnicas de construcción, que han influido tanto en la cultura árabe como en la cristiana desde el siglo VIII. Es un híbrido arquitectónico que une muchos de los valores artísticos de Oriente y Occidente e incluye elementos hasta ahora desconocidos en la arquitectura religiosa islámica, incluido el uso de arcos dobles para sostener el techo. Posteriormente, esto tuvo una gran influencia en toda la arquitectura española. Asimismo, la combinación de la bóveda de crucería, con un sistema de arcos de polilobulados entrelazados, proporciona estabilidad y solidez al conjunto.
     Entre los criterios que han primado para su declaración como patrimonio mundial, están:
        I.- La Gran Mezquita de Córdoba, con sus dimensiones y su altura interior, que nunca se imitaron, la convierten en una creación artística única.
        II.- A pesar de su singularidad, la mezquita de Córdoba ha ejercido una influencia considerable en el arte musulmán occidental desde el siglo VIII. Influyó también en el desarrollo del estilo Neomudéjar del siglo XIX.
        III.- El Centro Histórico de Córdoba es el testimonio de la relevancia del Califato de Córdoba (929-1031): esta ciudad, que, según se dice, incluyó 300 mezquitas e innumerables palacios, y fue el rival de Constantinopla y Bagdad.
        IV.- Es un ejemplo sobresaliente de la arquitectura religiosa del Islam.
     El poblamiento de Córdoba se remonta a la Edad del Bronce, si bien la fundación de la ciudad tiene lugar a mediados del siglo II a.C. por el pretor Claudio Marcelo, convirtiéndose en capital de la Hispania Ulterior y más tarde de la Bética, llegando a tomar el título de Colonia Patricia, lo que pone de manifiesto la prosperidad y prestigio de que ya entonces gozaba. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, la ciudad cayó bajo poder del Imperio Bizantino hasta que fue conquistada en el año 572 por el rey visigodo Leovigildo. Hacia finales del siglo VII, las luchas civiles y las intrigas políticas debilitaron el poder visigodo, lo que facilitó la penetración de los musulmanes en la península en el año 711 y la rápida conquista del país, que permanecería bajo la dependencia del Emirato de Damasco. 
     En el año 717 Córdoba se convirtió por sus características geográficas y sus posibilidades estratégicas en capital de Al-Andalus; en 756 el príncipe omeya Abd al-Rahman I logra erigirse con el poder en Al-Andalus y establece el Emirato Independiente de Córdoba; en 929 Abd al-Rahman III proclama el Califato de Córdoba. La ciudad alcanza entonces el cenit de su esplendor. Tras la caída del Califato, ya a principios del siglo XI, Córdoba entra en decadencia política, aunque no cultural. En 1236, el rey Fernando III de Castilla conquista la ciudad, que jugaría desde entonces un papel trascendental en las luchas contra Granada y se convertiría por ello en residencia habitual de los reyes de Castilla. 
     En el siglo XVII Córdoba se sumerge en una profunda crisis que incide negativamente en el desarrollo de la ciudad. En el siglo XVIII se asistirá a una recuperación y cobrará impulso la renovación urbana, si bien en la segunda mitad de esta centuria se llevarán a cabo algunas actuaciones negativas, como la ruptura de la muralla medieval, que vaticinan la vocación destructiva del siglo XIX. El notable crecimiento demográfico del siglo XX potenció el nacimiento de nuevos barrios, que a partir de la segunda década del siglo han ido rodeando la ciudad (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).     
     La gran ciudad califal se levanta a orillas del Guadalquivir y a los pies de Sierra Morena, por cuyas suaves faldas trepan graciosas villas que constituyen lo más reciente y alegre de su caserío.
Historia
     Poblada desde épocas muy antiguas, pro­bablemente desde hace unos trescientos mil años, a la llegada de los romanos en el 206 a.C. existía un poblado indígena en la zona que hoy ocupa el parque de Cruz Conde de nombre Corduba, que vendría a significar "altozano junto al río". Lucio Mario, el conquistador romano, permite que la ciudadela continúe con su organización íbera. Pero 37 años más tarde, en el 169 a.C., el pretor Claudio Marcelo, observando la extraordinaria situación y las características estratégicas del enclave, decide refun­darlo como colonia. Este hecho tiene como consecuencia un rápido desarrollo de la ciudad lo que, unido al establecimiento en ella de un gran número de ciudadanos roma­nos principales, la convierten muy pronto en colonia patricia y en la capital de la Hispania Ulterior. Más tarde, cuando durante la época de Augusto se produzca una nueva división de Hispania, Corduba pasará a ser la gran capital de la Bética. De esta época data la Gran Vía Augustal que unía directamente Córdoba con Roma.
     En los años 77-76 a.C. fue cuartel de invierno de las tropas de Cecilio Metelo en sus luchas contra Sertorio. La guerra civil entre César y Pompeyo le acarreó muy graves consecuencias. Dominada por los partidarios de Pompeyo, fue prácticamente destruida por éstos tras la derrota de Munda y antes de emprender su huida ante la inminente llegada de César. No obstante, la ciudad no perdió sus privilegios. El gobierno central mantuvo excelentes relaciones con los cordobeses, entre los que se contaba la familia Anneus, a la que pertenecieron los dos Sénecas, el retórico y el filósofo. Este último, que llegó a ser preceptor de Nerón, fue la figura más importante de la Córdoba romana, a la que seguiría la del poeta Lucano.
     Durante el siglo I de nuestra era, la ciudad se recupera por completo de sus heridas, reconstruyendo la totalidad de sus antiguos edificios y levantando otros nuevos. Esta situación de continuo desarrollo y prepon­derancia se desvanece con los primeros síntomas de la decadencia romana. En el siglo III, el emperador Diocleciano traslada la capitalidad de la Bética a Sevilla. Durante la época romana se produce la irrupción del cristianismo, que llega a Córdoba con prontitud. Entre los años 294 y 357 ocupa la sede episcopal cordobesa Osio, primer obispo de la diócesis, figura de capital importancia en la Iglesia cordobesa y universal y uno de los padres del Concilio de Nicea, el primero ecuménico de la Iglesia. En el siglo V sufre España la invasión de las tribus bárbaras del norte, invasión que al llegar a Córdoba produjo su ruina y su destrucción casi completa. La ciudad pretendió mantenerse independiente del nuevo poder, incluso intentó unirse al imperio bizantino, pero al fin fue conquistada por Leovigildo en el año 572. La guerra civil que éste sostuvo con su hijo Hermenegildo contribuyó más aún al deterioro de la población.
     En el año 711, tras la derrota de don Rodrigo, los árabes al mando de Mughit el-Rumí hacen su entrada en Córdoba, no por la fuerza de las armas, sino mediante un pacto con sus habitantes. Comienza de este modo una nueva época de esplendor para la ciudad. De nuevo su situación estratégica junto a las peculiares características de su territorio vuelven a imponerse en el curso de la historia. En el año 716, el emir Al-Hurr tras­ lada la capitalidad de Al-Ándalus desde Sevilla a Córdoba. En un primer momento, los musulmanes andalusíes permanecieron fieles al califato de Damasco. Pero el 14 de mayo del 756 el emir Yúsuf el-Fihrí fue derrotado a las puertas de la ciudad por el príncipe omeya Abd al-Rahmán ibn Moawyya el­ Dajil (el Inmigrado), quien, con el nombre de Abderramán I, se convirtió en emir independiente de Al-Ándalus.
     Los árabes rehicieron enteramente la ciudad, renovando su antiguo urbanismo, ennobleciéndola y engrandeciéndola bajo los patrones de una nueva civilización y resca­tando sólo algunas de sus ruinas, como el viejo puente romano. En la época de su mayor desarrollo, en el siglo X, Córdoba llegó a contar con casi un millón de habitantes y el foco de su cultura, en la que cohabitaban por igual las tradiciones árabe, judía y cristiana, se extendían por todo el mundo conocido, desde el norte de África hasta la lejana China. Abderramán III, primer califa de Córdoba a partir del 16 de enero de 929, es la figura política más significativa de este largo periodo, como el árabe lbn Rusch, más conocido como Averroes, y el judío Ben Mai­món o Maimónides, aunque algo posteriores, son los sabios más relevantes. En el año 1009, tras la muerte de Almanzor, ocurrida en el 1002, da comienzo una guerra civil que finaliza con la caída del califato en el 1031 y el comienzo de los reinos de taifa, uno de los cuales tiene su sede en Córdoba bajo el dominio de los Banu Chawar. El 29 de junio de 1236, Fernando III conquista para la causa cristiana una ciudad sumida en una profunda decadencia, con buena parte de sus grandes casas, palacios y fin­cas destruidos o abandonados.
     La conquista cristiana produjo numerosos cambios en la ciudad, aunque ya nada pudo frenar su continua decadencia. Fernando III fundó 14 parroquias, de las llamadas precisamente fernandinas y que se caracterizan por su aspecto de fortalezas, sus arcos en ojiva y sus artesonados mudéjares, estilo que supone una transición del románico al gótico. Durante dos siglos, Córdoba se vio envuelta en todas las contiendas civiles que afectaron a la monarquía castellana y a las que sólo los Reyes Católicos consiguieron poner fin. Isabel y Fernando residieron en la ciudad en diversas ocasiones. Aquí nació su hija doña María y aquí, mientras preparaban el asalto final al reino de Granada, les expuso Colón repetidamente sus proyectos para el descubrimiento de nuevas tierras allende los mares, mientras se enamoraba de la cordobesa Beatriz Enríquez, con la que vivió un largo idilio en Santa María de Trassierra y con la que tuvo a su hijo Her­nando Colón.
     Los siglos posteriores acentúan la deca­dencia de la ciudad. En el XIX la invasión francesa y los conflictos entre absolutistas y liberales tienen un gran protagonismo. En la revolución de 1868, Córdoba fue base militar de los liberales, quienes derrota­ron al ejército realista junto al puente de Alcolea, derrota que a la postre supuso la salida del país de Isabel II. Córdoba ha de esperar a la segunda mitad del siglo XX para iniciar una tan lejana como ansiada recu­peración. La ciudad crece y se moderniza, surgen nuevos barrios, se crea la Universidad y algunos polígonos industriales y un nuevo aire, innovador pero también respetuoso con muchas de las viejas tradiciones, invade las lejanas callejuelas rescatándolas de su polvoriento olvido.
Gastronomía
     La cocina cordobesa se nutre fundamen­talmente de los productos del campo, pero no rechaza en absoluto los de la mar para los que su situación estratégica permite una fácil recepción. La sierra pone en el hogar cordobés la carne procedente de animales domésticos -ovinos, bovinos y cerda- y de la abundante caza. La campiña suministra cereales, leguminosas y, principalmente, la suave delicadeza de sus acei­tes y de sus vinos. Las huertas de los alrededores, muchas de las cuales se han ido perdiendo desgraciadamente, las hortalizas, entre las que destacan por encima de todas, las exquisitas habas tempranas. A esta variedad de excelentes productos habría que añadir la gracia de las hierbas, que ponen ese punto de olor y de picardía en los guisos cordobeses. La albahaca, la hierbabuena, el perejil, el laurel, el estragón, el orégano no faltan nunca en la cocina de Córdoba.
     Una cocina, por otra parte, que en la composición de sus recetas responde a las influencias culturales de su rico pasado, principalmente a la tradición árabe y a la cristiana. Árabe es el gusto por las mezclas agridulces, como por ejemplo en el cordero a la miel; la utilización de la verdura para componer platos completos y no sólo guar­niciones, como en la boronía, un frito de calabacín y berenjenas al que modernamente se le añade pimientos y tomates, y el uso frecuente de las almendras y de las pasas -el gazpacho propio de Córdoba se hace con almendras machacadas y lleva pasas y trozos de manzana-. Los cristianos, principalmente leoneses y castellanos, aportaron a la cocina cordobesa el gusto por la carne. El valle de los Pedroches nutre la despensa de Córdoba con una magnífica carne de vacuno y de cordero, pero, sobre todo, con el cerdo ibérico, del que se aprovecha todo, pero del que cabe destacar el jamón y los embutidos. Platos fundamentales de la ciu­dad compuestos de carne son el rabo de toro, un estofado que suele servirse con patatas fritas; el flamenquín, un filete de ternera que envuelve a otro de jamón, empanado y frito, y el cordero a la caldereta, guiso con abundante tomate, pimiento, cebolla y jamón.
     La cocina cordobesa no es de horno, es de olla y de sartén. La carne suele pasar siempre por la olla, por la sartén lo que pasa es el pescado. El excelente aceite y las manos de los cocineros dan al pescado ese toque característico de la cocina del sur al que Cór­doba pone, de su propia cosecha, la especialidad del adobo. La japuta, el cazón, los boquerones pasan largas horas en el adobo antes de pasar por la sartén. Hasta con las sardinas y las caballas se preparan unos escabeches que no son otra cosa sino una variedad del adobo. Un plato autóctono con una antigüedad de más de cien años es el salmorejo, consistente en la masa de un gazpacho hecho con tomate a la que se le añaden picatostes, taquitos de jamón y huevo duro. En los postres reaparecen de nuevo las dos culturas tradicionales. Las perrunas, los pestiños y los polvorones son de origen cristiano. Por el contrario, todos los dulces de almendra, como los alfajores, tienen un origen árabe, aunque el dulce musulmán por excelencia es el pastel cordobés, gran torta de hojaldre rellena de cabello de ángel y, en algunos casos, lonchas de jamón serrano.
Artesanía
     Desde tiempo inmemorial, Córdoba ha destacado por sus labores artesanales de platería. Los plateros cordobeses, más de 25.000 en la actualidad, tienen una bien ganada fama de artistas, especialmente en trabajos de filigrana y joyería. El cuero repu­jado es un trabajo artesanal que se prac­tica en Córdoba desde la época árabe. Hay dos especialidades fundamentales, el guadamecí y el cordobán, cuya única diferencia estriba en que la labor vaya o no pintada y coloreada.
     La cerámica tradicional de uso cotidiano ha desaparecido prácticamente. En su lugar, un grupo de jóvenes artistas está haciendo valer una cerámica de diseño de gran interés. Los trabajos en cobre y en hierro forjado, la construcción de guitarras y la fabricación de muebles tienen una larga tradición y siguen practicándose profusamente.
Fiestas
     La Semana Santa cordobesa goza de un gran prestigio por la calidad de sus imágenes, por su seriedad y por el marco que constituye el recorrido de la mayoría de las procesiones. El Rescatado, el Esparraguero, la Virgen de las Angustias, la de Los Dolores y la de La Paz, el Cristo de la Misericordia y el de Ánimas son imágenes que despiertan una gran devoción entre los cordobeses.
     El mes de mayo es el gran mes festivo cordobés. Se abre con la festividad de la Cruz, que dura los tres primeros días y que llena las plazas de Córdoba de grandes cruces floridas. Entre el 10 y el 20 tiene lugar el Festi­val de los Patios Cordobeses, fiesta de exal­tación del patio tradicional cordobés, en la que éste, principalmente en su versión popular, se adorna con macetas en flor, manto­nes, cacharros de cobre, etc. y es visitado por una muchedumbre que canta, baila y bebe el buen vino de la tierra. Finalmente, en la última semana se celebra la feria de Nuestra Señora de la Salud que en los últimos años ha adquirido un esplendor extraordinario. 
     La feria de Córdoba tiene la virtud, a diferencia de la de Sevilla, de ser abierta, es decir, la mayoría de sus casetas son de entrada libre, lo que favorece la convivencia en su mayor extensión y el que nadie se sienta forastero en ella. El traslado del recinto a los terrenos de El Arenal, una gran explanada a la orilla del río, ha mejorado sustancialmente las instalaciones de la feria, haciéndola aún más luminosa. El 24 de octu­bre se celebra San Rafael, Custodio de Córdoba, día grande en el que un buen número de cordobeses salen al campo a degustar el clásico perol cordobés, arroz con carne lige­ramente caldoso.
Vida urbana
     La zona comercial se encuentra en el centro de la ciudad, en la plaza de las Tendillas y sus alrededores, en una red arterial que se extiende por Cruz Conde, Gondomar, Claudio Marcelo, Tejares y Gran Capitán, aunque últimamente están surgiendo algu­nas zonas interesantes en barrios distantes del centro, como el ángulo que forman las avenidas de Jesús Rescatado y de la Viñuela, en el barrio de Cañero Viejo.
     Aunque muy castigadas por la piqueta, toda­vía son abundantes las prestigiosas tabernas de Córdoba. A ellas acude el cordobés a beber el vino de la tierra con su reconocida mesura y sabiduría. La mayoría se encuentra en los aledaños del centro y en el casco histórico. La Sociedad de Plateros de la calle Romero Barros, la del Pisto en la de San Miguel, Casa Salinas en Tundidores, Casa Paco Acedo, junto a la Torre Malmuerta; Casa Rubio en la puerta de Almodóvar son algunas de las más visitadas. La juventud suele acudir a los pubs y disco bares que últimamente se concentran en los alrededores del Gran Capitán y en la calle Osario, aunque en los últimos años se ha puesto de moda convertir para la larga temporada de verano chalés de la sierra en pubs. En la zona de El Arenal se están instalando igualmente, después del traslado de la feria, un buen número de pubs que están empezando a sus­tituir a los de la sierra.
VISITA
     Córdoba es ciudad de amplios y variados registros que requiere una visita pausada. Si el viajero dispone de tiempo puede adentrarse por sus barrios y empaparse de los múltiples atractivos de la vida cotidiana. Para ello puede seguir el itinerario que se detalla a continuación. No obstante, si la visita es breve, puede limi­tarse a escoger aquello que le resulte más interesante.
La ruta del corazón
     Desde finales del siglo pasado, con la inauguración del ferrocarril, el corazón de la ciudad viene siendo la plaza de las Tendillas, donde se encuentra la estatua ecuestre del Gran Capitán a la que, a falta del modelo original, Mateo Inurria puso la cara del torero Lagar­tijo. En sus alrededores se encuentran algunas de las 14 parroquias que mandara fundar Fernando III tras la conquista de la ciudad.
     A la entrada de la calle Concepción se levanta la de San Nicolás, terminada en 1496 y en la que destaca su bella torre octogonal rematada en un campanario con tejado vidriado. En la plaza de su nombre se alza la de San Miguel, con su precioso rosetón en la fachada principal y la puerta mudéjar del Evangelio. Bajando por la calle Claudio Marcelo se alcanza la plaza de la Corredera*, plaza castellana con soportales, única en su género en Andalucía, mandada construir por el corregidor Ronquillo Briceño en el siglo XVII. Las mañanas de los días laborables, esta plaza se convierte en un pintoresco zoco de clarísimas resonancias árabes.
     Desde San Miguel es muy fácil llegar a la plaza de Capuchinos*, donde se encuentra el Cristo de los Faroles, uno de los lugares con mayor encanto y sabor de la geografía cor­dobesa que debe ser visitado preferentemente al anochecer.
     Muy cerca de aquí está el Campo de la Merced, donde se localiza el palacio de la Diputación, antiguo convento de Mercedarios, posteriormente hospicio y único gran ejemplo de arquitectura barroca con que cuenta la ciudad. Fue restaurado hace algunos años por el arquitecto Rafael de la Hoz y en la actualidad ofrece el mismo aspecto que en la construcción primitiva. De él sobresalen la fachada, los patios y la gran escalera principal. En el extremo opuesto de los jardines se levanta la torre de la Malmuerta, torre albarrana de la antigua muralla, cuyo nombre responde a una antigua leyenda de crímenes y de venganzas. Próxima a ella, por la avenida de las Ollerías, se abre la puerta del Colodro, que da paso a los antiguos barrios de Santa Marina* y San Lorenzo*, en los que se encuentran las dos bellas iglesias fernandinas que le dan nombre.
     Desde la plaza de la Corredera, pasada la calle de Armas, tras cruzar la plaza de las Cañas, se alcanza la plaza del Potro*, uno de los lugares más pintorescos de Cór­doba. Centro neurálgico de la ciudad cuando aún no se había construido el ferrocarril, la plaza fue lugar de encuentro de tratantes y de mercaderes, de labriegos que venían a ofrecer el producto de sus tierras y de pícaros que se ganaban la vida trapicheando de acá para allá. En el centro se encuentra la bella fuente coronada por el potro que da nombre a la plaza. En un lateral se alza la antigua posada del Potro, mencionada en diversos lugares por Miguel de Cer­vantes que vivió durante algún tiempo en la calle de la Sillería, hoy Romero Barros, situada en una esquina de la plaza. En la fachada de enfrente está el Museo Provincial y, sobre todo, el Museo de Julio Romero de Torres, el gran pintor de la mujer cordobesa, muerto en los años treinta de este siglo. Tanto uno como otro museo se encuentran ubicados en el antiguo Hospital de la Caridad, un sólido edificio renacentista del que se sigue conservando el pórtico.
     Al Museo Provincial se accede a través de un romántico jardín adornado con numerosas esculturas de carácter clásico. Posee una magnífica colección de pinturas principalmente tardomedievales y de pintores cordobeses del barroco, aunque no son nada desdeñables las obras posteriores. En sus diversas salas pueden contemplarse, entre otros muchos, trabajos de Alejo Fernández, de Juan de Valdés Leal, de José Sarabia, de Zurbarán, de Antonio del Castillo, de Regoyos, de Rusiñol o de Zuloaga. Entre los numerosísimos cuadros cabría destacar un Cristo atado a la columna, de Alejo Fernández, un San Pedro y San Pablo de Antonio del Castillo, los retratos de Carlos IV y María Luisa de Goya y la Virgen de los Plateros de Valdés Leal. El museo cuenta además con una sala dedi­cada íntegramente al escultor cordobés Mateo Inurria, figura cumbre de la escultura española del siglo XIX y principios del XX.
     El Museo de Julio Romero de Torres** fue en vida del artista su casa particular y su estudio y guarda una buena colección de sus obras, entre las que hay que mencionar la Chiquita Piconera, cuyo nombre ha corrido en romances que han cantado las mejores cupletistas del país; el Poema de Córdoba, el Cante Jondo, una alegoría del cante flamenco y de su ambiente tal y como los veía el artista; la Magdalena, la Nieta de la Trini, Viva el Pelo y Naranjas y limones, título irónico, si se tiene en cuenta que el cuadro repre­senta a una mujer con el busto desnudo y con unas naranjas en la mano.
La ciudad medieval
     El gran centro histórico de Córdoba se loca­liza en la mezquita** y sus alrededores. La mezquita, convertida en catedral tras la conquista cristiana, es el principal legado arquitectónico que dejaron los árabes en la ciudad. Con sus 24.000 m2 es el mayor edificio religioso del mundo musulmán. Se levantó en varias fases. La mezquita inicial fue construida entre los años 780 y 785 por Abderramán I en el solar que había ocupado la basílica cristiana de San Vicente, que en un primer momento habían utilizado conjuntamente cristianos y musulmanes y que, finalmente, Abderramán I compró a aquellos por la elevada suma de 100.000 dinares.
     La característica más llamativa de esta mezquita era su orientación. Todas las mezquitas árabes están orientadas hacia La Meca; ésta, en cambio, en lugar de mirar hacia el este, como debiera, mira hacia el sur. Esta orientación pervivió a lo largo de las sucesivas ampliaciones que se produjeron, la primera entre el 833 y el 852, bajo el mandato de Abderramán II; la segunda entre el 961 y 966, siendo califa Alhaken II y, por último, la tercera, entre el 987 y el 990, siguiendo las órdenes de Almanzor. El exterior del edificio tiene aspecto de fortaleza, con sus muros de cantería rematados en almenas. Como todas las mezquitas, la de Córdoba tiene también un patio -llamado de los Naranjos-, para las abluciones y una parte cubierta destinada a la oración. Al patio se accede por diversas puertas, la mayoría de ellas de construcción cristiana. La más importante es la del Perdón, situada junto a la torre, puerta monumental de estilo mudéjar construida en 1377 bajo el reinado de Enrique II y cuyo nombre se debe al hecho de que era aquí donde se otorgaba el perdón a los penitentes.
     El interior del templo es un océano de columnas que sirven de soporte a la cubierta apoyada en arcos dobles de herradura y de medio punto y, en algunos casos, lobulados. El conjunto se compone de 11 naves longitudinales y 12 transversales formadas por más de 1.000 columnas de diversa procedencia, en las que se observan capiteles bizantinos, visigodos, corintios, etc. En la construcción de la mezquita, los árabes no inventaron nada. Su mérito consistió en fundir en un solo edificio una variedad de estilos arquitectónicos hasta conseguir el califal o árabe cordobés. En el muro sur o qibla, se encuentra el mihrab, capilla hacia la que se orientaban los fieles durante la plegaria. Es ésta la zona más sun­tuosa y espectacular de la mezquita musulmana. Arcos trilobulados cierran el conjunto, mosaicos de oro recubren las paredes de la habitación ochavada, cuyo techo se abre en una espléndida venera o concha marina con caracteres cúficos que dan diversas noticias de su construcción.
     En medio de la mezquita, tras prolongadas disputas que estuvieron a punto de costar el derribo del templo musulmán, los cristianos construyeron la catedral. Es ésta una sólida obra encastrada perfectamente en el edificio árabe. Su construcción comenzó en 1523 bajo el patrocinio del obispo Alonso Manríquez y las obras se prolongaron hasta el 1617. Este largo espacio de 94 años propició la adopción de diversos estilos, gótico, en una primera fase, herreriano y, finalmente, barroco. En esta obra sobresale por encima de todo el coro, talla de Pedro Duque Cornejo en madera de caoba traída expresamente de la isla de Santo Domingo.
     Con antelación a la catedral, los cristianos habían construido una serie de capillas que fueron ocupando los muros laterales y algu­nas otras zonas del edificio musulmán. Entre ellas destacan la Capilla Real y la de Villa­viciosa, ambas adyacentes y situadas entre la catedral y el mihrab.
     A la izquierda de la mezquita, conforme se sale por la puerta del Perdón, se extiende el barrio de la Judería*, que sigue con­servando en la actualidad la conformación y prácticamente el aspecto que tuvo en la época musulmana. Por Deanes y Romero se sale a la plaza del Cardenal Salazar, donde se encuentra actualmente la Facultad de Filosofía, en el antiguo hospital de Agudos, gran edificio del siglo XVIII con un bello patio central al que se adosa la capilla de San Bartolomé, de estilo gótico mudéjar. Esta capilla mira hacia la plazuela de Maimónides.
     Aquí se localiza el Museo Municipal Taurino, que guarda una amplia colección de recuerdos de los más afamados toreros cordobeses, entre ellos Machaquito, Lagartijo y Manolete .A la izquierda del museo, la calle de los Judíos lleva a la sinagoga*. Fue construida en 1315, reinando en Castilla Alfonso XI. Tiene una clara influencia mudé­jar y es una de las tres que se conservan en España y la única que existe en Andalucía. La calle muere en la puerta de Almodóvar, por donde discurre la muralla, una buena parte de cuyo lienzo se mantiene aún en pie y en buen estado de conservación.
     Todas estas callejuelas de laberíntico tra­zado se abren en inesperadas plazoletas de gran encanto. Frente a la de Tiberiades, en la misma calle de los Judíos, donde hay una estatua del gran filósofo hebreo Maimónides, se encuentra el Zoco, mercado de artesanía que se extiende a través de los patios de una antigua casa de esencias mudéjares. Desde la plazuela de Maimónides, por Tomás Conde, se desemboca en el Campo Santo de los Mártires, donde hay unos baños árabes, desde hace largo tiempo en restauración.
     Enfrente, a espaldas del río y mirando a los jardines, se levanta el suntuoso alcázar de los Reyes Cristianos*, residencia en diversas ocasiones de los Reyes Católicos. Fue construido en 1328 por orden de Alfonso XI, aunque sobre cimientos de otro muy anterior, probablemente romano. Posee unos bellísimos jardines con cinco albercas mudéjares, una amplia zona amurallada y una magnífica torre del homenaje. Tras ser residencia real, el lugar fue sucesivamente sede de la Inquisición y cárcel militar y civil. Posteriormente pasó a depender del Ayuntamiento, restaurándose y reservándose para la celebración de acontecimientos de importancia. En su interior se guarda un bellísimo sarcófago romano del siglo III y, en el salón de los Mosaicos, varios de ellos igualmente romanos, entre los que sobresalen los de Polifemo y Galatea y Psique y Cupido. Junto al alcázar se encuentra el edificio de las Caballerizas Reales que da entrada al barrio del Alcá­zar Viejo* o de San Basilio, antiguo barrio cordobés en el que pueden encontrarse algunos de los patios populares más característicos de la ciudad.
     Atravesando el barrio y saliendo por la puerta de Sevilla, al otro lado de la avenida del Conde de Vallellano, en la de Linneo, a la orilla del río, se localiza el jardín botánico, lugar delicioso, de visita obligada sobre todo por su colección de flora iberoamericana.
     En la fachada norte de la mezquita, junto a la puerta del Perdón, hay una capillita con la Virgen de los Faroles, copia de una pintura de Julio Romero de Torres realizada por su hijo Rafael. Frente a ella se abre la calle de Veláz­quez Bosco, el arquitecto director de las impor­tantes obras de restauración que se llevaron a cabo en la mezquita a principios del presente siglo. A pocos pasos de esta calle, a la derecha, se encuentra la calleja de las Flores*, callejita sin salida que termina en una recoleta plazuela y que constituye uno de los rincones más emblemáticos de la ciudad. Pasada la imagen de la Virgen, frente al ángulo que forman los muros de la mezquita, está la calle de la Encarnación, al final de la cual se levanta el convento cisterciense de monjas de clausura. Fundado en 1503, es uno de los numerosos conventos con que cuenta Córdoba. Su iglesia barroca, construida en el siglo XVII, posee un hermoso retablo mayor.
     Desde aquí, por la calle Rey Heredia y por la del Horno del Cristo, se llega a la bella y silenciosa plaza de Jerónimo Páez, rincón habi­tualmente solitario y acogedor, en uno de cuyos ángulos, en el que fuera palacio de Jerónimo Páez, se alza el Museo Arqueológico*. Es éste un gran edificio renacentista de sólida belleza, en el que destaca la fachada, obra de Francisco Jato y Francisco de Linares siguiendo el diseño de Hernán Ruiz el Viejo, y los patios, remansos de luz y de paz. Guarda el museo espléndidas colecciones de todo tipo de objetos desde la prehistoria hasta la época medieval: leones ibéricos, fíbulas, puntas de flecha, vasos, sarcófagos, estatuas y mosaicos romanos bellísimos, así como una variadísima gama de reliquias árabes. De esta enorme riqueza cabe destacar un león ibérico hallado en Nueva Carteya, una estatua del dios Mithra, un busto del emperador Commodo, cruces visigodas del tesoro de Torredonji­meno y un cervatillo de bronce encontrado en Medina Azahara.
     Frente al muro sur de la mezquita se alza el triunfo de San Rafael más ostentoso de los muchos con que cuenta Córdoba, una columna votiva asentada sobre un pedregal, en la cumbre de la cual aparece la imagen del arcángel peregrino. Es obra de Michel de Verdiguier.
     Cruzando el río se tiende el puente romano, de cuya obra original sólo se conservan los cimientos y cuya entrada sur pro­tege la torre de la Calahorra, antigua fortaleza musulmana que en la actualidad es sede del Instituto para el Diálogo de las Tres Culturas. En el río se ven aún algunos moli­nos árabes, entre los que sobresale el de la Albolafia, situado junto a la margen derecha y muy próximo al alcázar. Frente al muro de poniente de la mezquita, en la calle Torrijos, se levanta el Palacio Episcopal, que cobija el Museo Diocesano de Bellas Artes, y el antiguo hospital de San Sebastián, ocupado hoy en parte por el Palacio de Congre­sos y en el que sobresale su bellísima fachada* del siglo XVI, en estilo gótico florido.
ALREDEDORES
     Desde el Campo de la Merced, por el viaducto que cruza la red del ferrocarril, se toma la avenida del Brillante que conduce a la espléndida cornisa serrana que rodea por el norte a la ciudad. En esta cornisa se encuentran muchos lugares de serena belleza y algunos de los parajes más carismáticos de Córdoba.
     Siguiendo la avenida del Brillante, que a la altura de la Huerta de los Arcos se convierte en la carretera de Villaviciosa, se llega a través de un paisaje serrano de encinas y de monte bajo en el que sobresale el madroño al Lagar de la Cruz, a unos 7 km de la ciudad. A la derecha, una desviación conduce a la carretera de los Villares y al santuario de Scala Coelis o de Santo Domingo.
     Es éste un pequeño monasterio fundado por San Álvaro de Córdoba en el siglo XIV, en el que vivió durante algún tiempo Fray Luis de Granada. Consta de una pequeña iglesia repleta de frescos y de imágenes barrocas, del convento propiamente dicho, de algunas ermitas que sirven de retiro y de una hermosa huerta.
     A la izquierda del Lagar de la Cruz otra desviación conduce a las Ermitas*, gran referente místico de la ciudad. Se trata de un eremitorio compuesto por 13 pequeñas ermitas y una iglesia enclavado en un agreste paisaje con magníficas vistas de Córdoba y de la cam­piña. Fueron fundadas en el siglo XVIII, pero responden a la larga tradición cenobítica que existía en la zona.
     Desde las ermitas sale una carretera que lleva a Santa María de Trassierra y que con­fluye, unos 4 km adelante, con la que sube directamente desde Córdoba. En este cruce, un ramal que lleva a la carretera de Palma del Río, conduce al monasterio de San Jerónimo de Valpa­raíso, convento de monjes jerónimos fundado en el siglo XV, en el que vivió Ambrosio de Morales, cronista de la ciu­dad y hombre de vasta cultura. Posee un bellísimo claustro ojival y una terraza con magníficas vistas de la ciudad. En la actualidad es propiedad privada de los marqueses del Mérito y no puede visitarse, pero sí que puede con­templarse el bello paisaje en el que se encuen­tra y el conjunto su edificación.
     Debajo del monasterio se encuentran las ruinas de Medina Azabara*, la ciudad de las Mil y una noches que mandara construir Abderramán III para su favorita en el año 936 de nuestra era.
     Las ruinas de la que fue bellísima ciudad musulmana se localizan en la falda de Sierra Morena, a los pies del convento de San Jerónimo.
Historia y visita
     Abd er-Rahmán III al Nasir (891-961), octavo emir independiente y primer califa de Córdoba, reinó durante cuarenta y nueve años, desde el 912 hasta su muerte. Durante su dilatado reinado, el dominio musulmán en España alcanzó el grado de máximo esplendor. Fue un monarca extraordinario y una de las figuras más importantes de la España hispano-árabe. Pacificó y unificó Al-Ándalus, engrandeció Córdoba, embelleciéndola y convirtiéndola en la primera capital política, científica y cultural del mundo occidental.
     Entre sus esposas y concubinas destacó Zahra, su favorita, alrededor de la cual se tejió la leyenda de la fundación de la ciudad. Zahra murió dejando una gran fortuna que, de acuerdo con su testamento, debía destinarse a rescatar musulmanes cautivos en tierras cristianas. El califa mandó emisarios a los reinos cristianos, no pudiendo encontrar ni un solo moro preso. Entonces decidió utilizar aquellos caudales para fundar una ciudad que llevaría el nombre de su amada. Esta ciudad fue Madinat al-Zahra, que en notación castellana se escribe Medina Azahara y que en árabe significa "la ciudad de flor".
     La ciudad se levantó a 8 km al este de Córdoba, al pie del monte que llamaban de la Novia. Su construcción duró veinticinco años, pero mucho antes de su finalización ya se había convertido en uno de los lugares más portentosos del mundo y en sede de la corte. Embajadores bizantinos hablan de las bellezas sin parangón que encerraban sus muros. Tuvo planta rectangular y se construyó en terrazas, aprovechando la falda del monte. En lo más alto estaba el palacio del califa; a continuación se extendía un enorme terreno de jardines y huertos y, por último, en lo más bajo, los salones de recepción, mezquita, viviendas para el personal de servicios y el resto de los departamentos de la administración.
     La riqueza con la que se realizó la edificación es inconmensurable. A título de ejemplo, el salón del Califato, lugar en el que habrían de llevarse a cabo los actos de proclamación y elevación al trono de los califas, tenía los muros cubiertos de mármo­les transparentes de diversos colores; las puertas, ocho en cada lado, estaban formadas por arcos de marfil y ébano apoya­dos en columnas de jaspe y cristal de roca, con gran profusión de perlas y rubíes engas­tados. En el centro del salón había una fuente de mercurio cuyas irisaciones deslumbraban a los invitados.
     Como todo lo hermoso, la ciudad tuvo una vida efímera. A los setenta y cuatro años de su construcción, en el 1010, fue destruida por los bereberes. En 1236, a la conquista de Córdoba por Fernando III, no quedaba de Medina Azahara más que un enorme montón de ruinas y el recuerdo de su grandiosidad.
     Desde esta fecha son incalculables las piedras, las columnas, los mármoles, los objetos de todo tipo que se han ido sacando de entre los escombros para emplearlos en construcciones cordobesas. El convento de San Jerónimo, por ejemplo, que se encuentra sobre el rectángulo que ocupó la ciudad, fue construido casi enteramente con materiales sacados de aquellas ruinas.
     En la actualidad y desde hace bastantes años se están llevando a cabo trabajos de excavación y, en la medida de lo posible, de restauración. Se han recuperado partes sumamente valiosas que dan idea de la anti­gua grandiosidad de la urbe.
     Desde la entrada, un caminillo en pendiente lleva hasta el salón de Audiencias, estancia rectangular con fabulosas labores de atauriques, preciosas colum­nas y delicados arcos, que se abre a una explanada en la que aparece una piscina en otro tiempo llena de mercurio. Desde aquí desciende el terreno hasta la cerca que linda con la carretera. Han aparecido restos de la mezquita y por doquier, ordenados y clasificados, se descubren arcos, columnas, fustes, cimientos inclu­so, que permiten rehacer teóricamente estancias y dependencias, todo ello de una belleza formidable.
     En estos momentos está en ejecución un proyecto consistente en rehacer tal y como se sabe que eran los espléndidos jardines, a los que se pretende regar con el sistema que montaron los árabes, cuyas canalizaciones y galerías a través de la serranía se han mantenido en pie (Rafael Arjona. Guía Total, Andalucía. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2005).

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martes, 11 de febrero de 2025

Los principales monumentos (Barrio de los Chirimeros, Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, Casa-Museo, y Mirador natural) de la localidad de Castil de Campos, en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Barrio de los Chirimeros, Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, Casa-Museo, y Mirador natural) de la localidad de Castil de Campos, en la provincia de Córdoba.
     Castil de Campos está situado a 10 Km. al NE. de Priego de Córdoba y a 2 Km. al S. de Fuente Tójar, totalmente inmerso en la comarca de la Subbética Cordobesa. Su término, en épocas pasadas, lindaba con los municipios de Priego, Fuente Tójar, Alcaudete, Alcalá la Real y Almedinilla. Este pequeño pueblo, ubicado en una zona de montañas suaves y rodeado de olivares, se abre, por el N. Y NE., al llano, uno de los valles más fértiles de la zona, que concluye en el río o arroyo de Caicena.
     Está asentado en la ladera norte de la Torre Serbal, a unos 700 metros de altitud, desde donde los días claros se divisa un espléndido y extenso panorama. Al E. la carretera de Almedinilla le abre paso hacia sierras más elevadas en las provincias de Jaén y Granada.
     El viajero que quiera llegar a Castil de Campos procedente de Córdoba, tomará dirección Baena por la carretera N-432. Al pasar de la Estación de Luque y a unos 2 Km. tomará el desvío hacia Zamoranos. Sin entrar en esta localidad, cogerá dirección Priego, 1,5 Km. más adelante se desviará hacia Fuente Tójar y 2 Km. más adelante, dirección Almedinilla, encontrará Castil de Campos . Si el viajero procede de Jaén o Granada, al llegar a la altura de Alcaudete, tomará la N-432 dirección a Córdoba. Justo al pasar el Río San Juan, girará a la izquierda con dirección Priego. 6 ó 7 Km. más adelante tomará el desvío hacia Fuente Tójar – Almedinilla. A dos Km. de Fuente Tójar encontrará Castil de Campos.
     Los restos arqueológicos más antiguos aparecidos en el casco urbano de Castil de Campos sitúan su origen en época hispanomusulmana, siglos X al XIII aproximadamente. Sin embargo, los documentos más antiguos conocidos que hacen referencia a Castil de Campos son del siglo XVI, y se refieren a la Dehesa de Castil de Campos, lo que plantea el problema de si el nombre de Castil de Campos es anterior o posterior a dicha dehesa.
     Puesto que durante la Baja Edad Media, estas tierras pasaron en sucesivas ocasiones y de forma alternativa por manos cristianas y musulmanas, hemos de suponer que el asentamiento islámico originario (cuyo nombre desconoceríamos), sufriría un proceso de despoblación y abandono -debido a la inseguridad que esta zona fronteriza presentaba-, del que no se recuperaría hasta que Priego (Baguh) fue conquistado por Alfonso XI en 1341, fecha a partir del cual, se iniciaría la repoblación de estas tierras. Lo que no podemos precisar es el momento en el que se asentaron los nuevos pobladores en Castil de Campos. La próxima referencia documental de la tenemos noticias es de principios del siglo XVII, y en ella se habla de los cortijos de Castil de Campos. (Ayuntamiento de Castil de Campos).
     
Barrio de los Chirimeros.-
     Desde la Plaza del Rosario y subiendo por la calle La Fuente, se accede a la "Fuente de los Chirimeros".
     Fuente que  da acceso al barrio del mismo nombre. Sus empinadas cuestas, sus primorosos rincones, sus casas típicas hacen que el visitante evoque otras épocas otros lugares y otras vivencias del pasado. La visita a este barrio realmente merece la pena (Ayuntamiento de Castil de Campos).

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario.-

     El templo parroquial de Castil de Campos, consagrado a su Patrona, la Virgen del Rosario, se encuentra situado en la plaza central del pueblo, prácticamente equidistante de los puntos que definen su perímetro urbano. De este modo testifica su papel central en la vida de la población. Así lo observa el visitante desde el primer momento en que accede: el pueblo aparece construido en torno a una primera ermita que sirvió de enlace entre los dos núcleos fundacionales formados junto a las fuentes de los Chirimeros y del Otro Ejido. Y asimismo lo confirma también la historia desde sus orígenes.
     Aunque se pueden rastrear los orígenes del pueblo hasta la segunda mitad del siglo XIV, época de la repoblación de estas tierras por colonos castellano-leoneses después de su conquista a los musulmanes, como dicen los historiadores locales Máximo Ruiz-Burruecos, Francisco Ruiz y Antonio Manuel Molina, “no hay duda de que la primera vertebración institucional de Castil de Campos como pueblo se debe al establecimiento de una iglesia con culto y dependencias propias (aunque dependiente, en un principio de la Abadía de Alcalá la Real) y de las instituciones que en torno a ella se fueron creando (…) Esto sucedió en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX”.
     Dicha iglesia –una pequeña ermita en sus orígenes- fue levantada por iniciativa de los habitantes de esta zona agrícola y construida con sus manos y sus aportaciones el año 1798. Habían obtenido para ello la autorización de la Abadía de Alcalá la Real –que por entonces detentaba la autoridad eclesiástica en esta comarca- y la cesión de terrenos del Ayuntamiento de Priego de Córdoba. La ermita, dedicada desde su fundación a Nuestra Señora del Rosario, no alcanzaría hasta 1820 estatuto de “ayuda de parroquia” y, a efectos de administración de sacramentos y otros ritos parroquiales, dependió hasta esa fecha de la iglesia vecina de Fuente Tójar.
     Con la ermita tomaron cuerpo inmediatamente -el año 1800- dos cofradías o hermandades que han dado durante muchos años muestras del espíritu corporativo de sus habitantes: la de Nuestra Señora del Rosario que ha perdurado hasta nuestros días y la de las Ánimas, que se perdió a mediados del pasado siglo.
     Desde el punto de vista arquitectónico, templo y pueblo han convivido en perfecta armonía hasta hoy. Si calles y casas se han ido modificando al ritmo de los tiempos, la iglesia también lo ha venido haciendo, pasando de su primera configuración de humilde ermita a la actual de templo parroquial a través de sucesivas reformas. Encontrándose ya muy deteriorada la vieja construcción, fue reconstruida y adquirió su estructura actual el año 1954, gracias de nuevo a la iniciativa y colaboración del pueblo con su párroco al frente, Don Antonio Aranda. Hoy como siempre –e insistimos en ello- el edificio de la iglesia, al ser obra del pueblo, ha mantenido un diálogo arquitectónico perfecto con las formas y blancura de las casas y con el verde plateado de los olivares que las rodean.
     Sobre la parte más elevada de la inclinada plaza, se impone hoy la fachada alta y blanca de la iglesia, coronada por un airoso y sencillo campanil de tres cuerpos con reloj; este campanil se eleva sobre dos ventanales gemelos, como si fueran dos ojos que enfocan su vigilante mirada por encima de la gran puerta de acceso. Con tejado a dos aguas, es visible desde el exterior su división en tres naves, una mayor y más elevada y dos laterales más bajas.
     El espacio interno es amplio, suficiente para el número de sus feligreses, y luminoso, como es frecuente en las iglesias de las poblaciones y barrios más jóvenes de la campiña cordobesa. La nave central, que aproximadamente duplica la anchura de las laterales, está separada de éstas mediante amplias arcadas sobre pilares, y culmina en un altar mayor enmarcado por un precioso retablo barroco. Las dos naves laterales rematan en sendas capillas al fondo: la de la derecha dedicada al Sagrario y a imágenes de la Virgen de los Dolores y la Divina Pastora; la de la izquierda, con un sencillo retablo, alberga habitualmente la imagen de Jesús Nazareno y San Antón. El muro lateral derecho da a la calle y recoge la luz solar a través de unas ventanas con vidrieras de reciente confección y motivos geométricos simbólicos; por la izquierda, en la dirección hacia la cabecera del templo, éste se comunica con dependencias auxiliares y la casa vivienda del párroco.
     Mención especial merece el retablo que preside el templo. Fue colocado en la  parroquia de Castil de Campos, tras arduas labores de limpieza y restauración, el año 1954, fecha de la reconstrucción definitiva del templo. Proviene de la ciudad de Priego, donde se encontraba en una capilla de la Orden Tercera de San Francisco y anteriormente, al parecer, había presidido la ermita de Nuestra Señora de las Mercedes. Es una bella muestra de los retablos barrocos, casi rococó, que abundaron en estas tierras como reflejo de cierta bonanza económica allá por la segunda mitad del siglo XVIII; su autor parece ser el artista prieguense Juan de Dios Santaella. En la actualidad, restaurado en 1992 por la Escuela Taller de Priego dirigida por D. Antonio Serrano, brilla con renovados motivos escultóricos y constituye un encendido marco dorado para la imagen de Nuestra Señora del Rosario que lo preside desde su camarín.
     Finalmente, y por lo que se refiere a la imaginería, señalaremos aquellas imágenes que nos parecen más destacables por su valor escultórico y por la devoción popular que suscitan. No hay duda de que, sobre todas, destaca la de la Virgen del Rosario, de rostro bellísimo, enriquecida con extraordinarios vestidos y alhajas, Patrona del pueblo desde sus orígenes y que tiene además la difícil fortuna de ser la misma imagen que se entronizó en la primera ermita construida allá en el año 1798. Síguenle y ocupan con ella el primer plano las imágenes de Jesús Nazareno, del Santo Entierro y de la Virgen de los Dolores, que concentran toda la devoción popular en las celebraciones procesionales de la Semana Santa.
     Llegados a este punto, y conscientes de que nos queda mucho por decir, nos parece habernos acercado a un tema que será objeto de particular desarrollo en otro capítulo de esta misma “web” informativa: el que tratará sobre las Fiestas Populares, religiosas y civiles, de todo tipo. Nosotros cerramos aquí lo que se refiere a la Iglesia Parroquial en su historia y la descripción de su templo, remitiendo a nuestros lectores a otros apartados que completarán sin duda su conocimiento de Castil de Campos. (Ayuntamiento de Castil de Campos).

Casa Museo.-

     La Casa-Museo se encuentra en el número 9 de la Calle Arco de Castil de Campos (Priego de Córdoba), alberga una exposición permanente de carácter etnográfico y es propiedad de la Asociación Cultural «Amigos de la Casa-Museo de artes y costumbres populares de Castil de Campos».
     Se trata de una pequeña vivienda perteneciente a la arquitectura popular campeña que se ha restaurado para recrear el ambiente del Castil de Campos de finales del XIX y a mediados del XX. Su espacio se articula en dos plantas distribuidas de la siguiente manera:
     Planta baja: cocinilla con chimenea y despensa aprovechando el hueco de las escaleras, sala de estar con cantareras y chimenea de campana, cuarto (dormitorio), cuadra con pesebres, y patio con zahúrda y piletas para las aves de corral. 
     Planta alta: pajar para encerrar la paja, y tres cámaras (habitaciones), una de ellas de reducidas dimensiones, y la más grande con su saladero para salar la carne procedente de la matanza y las trojes para almacenar el grano (Ayuntamiento de Castil de Campos).

Mirador Natural.-
     Construido en los meses de junio, Julio y Agosto de 1994 por Iniciativa del Centro de Educación de Adultos de Castil de Campos y con la colaboración de vecinos e instituciones se culminó la construcción de la Ermita y Mirador de Castil de Campos. Desde él se divisan un buen número de sierras, incluida Sierra Nevada, extraordinarios paisajes y excelentes vistas del pueblo y alrrededores de Castil de Campos.
     Los detalles sobre su ubicación, diseño, construcción y señalización de accesos, los describe el maestro de Educación de Adultos de aquella época, D. Francisco Córdoba en su "Blog de Paco Córdoba sobre el Mirador de Castil de Campos" (Ayuntamiento de Castil de Campos).

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