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lunes, 10 de noviembre de 2025

La desaparecida Puerta de la Carne

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta de la Carne, de Sevilla.
      La Puerta de la Carne, se encontraba en la confluencia de las calles Santa María la Blanca, Cano y Cueto, y Puerta de la Carne; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Estaba situada al final de la calle Santa María la Blanca -antigua calle Açuayca-, en su confluencia con la calle Cano y Cueto -anteriormente muro de la Puerta de la Carne y calle del Retiro.
     Este topónimo no aparece documentado en las fuentes musulmanas y ni siquiera en el Libro del Repartimiento y otros documentos castellanos de los siglos XIII y XIV, en los que se la denomina de la Judería. En el siglo XV, esta puerta recibe los nombres de Minjoar, desde 1403, y de la Carne, desde 1426, que será el que finalmente prevalezca en el XVI.
     Por lo general, se ha identificado la puerta de la Carne con la bab Yahwar que las fuentes musulmanas sitúan frente a los palacios de la Buhayra, dando acceso al cementerio de los emires y en relación a la cons­trucción del muro homónimo, a partir del capítulo 1.107 de la Primera Crónica General, aunque también hay quien considera que este topónimo designa a  la puerta que estaría al pie de la torre del  Agua, en la medida en que estaría frente a la Buhayra y constituiría un acceso directo al Alcázar.
     Por mi parte, creo que efectivamente la bab Yahwar de las fuentes mu­sulmanas no es la puerta de la Carne cristiana, la cual debe identificarse con la que se situaba al pie de la torre del Agua, identificada erróneamente por R. Valencia con la bab al-Najil de las fuentes islámicas.
     En relación a este punto, creo que la confusión entre los historiadores sevillanos a la hora de adscribir el topónimo Bib Johar/Minjoar -que parece una corrupción del bab Yahwar islámico- a la puerta de la Carne debe rela­cionarse con la ambigüedad del pasaje del capítulo 1.107 de la Primera Crónica General.
     En este sentido, otro elemento que contribuyó a dicha confusión lo constituye el cierre de una puerta entre el Alcázar y la puerta de la Carne -y que creo que debió de tratarse de la que estaba emplazada al pie de la torre del Agua-, puesto que algunos autores tienen sus dudas a la hora de identificar los topónimos de la Carne, de la Judería y Minjoar con una misma puerta, sugiriendo que la de la Carne no sería la misma que la de Bib Johar/Ahoar/Minjoar, ya que ésta se localizaría más cercana al Alcázar y se habría cerrado, opinión con la que, como ya he señalado, coincido con A. Jiménez.
     En cuanto al origen del topónimo de la Carne, la historiografía sevi­llana coincide en relacionarlo con la existencia en sus inmediaciones del Matadero.
     Además, la historiografía ha aplicado a esta puerta otros dos topónimos, como son el de la Judería y el de Bib Johar/Ahoar/Minjoar. En cuanto al primero, todos los autores que vengo citando coinciden en que por esta puerta se accedía a la antigua Judería. En cuanto al segundo, también es unánime la opinión de que con este topónimo de filiación islámica se designaría al individuo que la construyó, aunque hay quien sostiene un origen judío para el mismo. Acerca de la primitiva estructura de la puerta islámica, en el grabado de Hoefnagle, que representa la ciudad vista desde el este, figura flanqueada por dos torres, tal y como lo hacen la práctica totalidad de las puertas que figuran en él, por lo que creo que se trata de una representación convencional. En relación a este punto, creo que la puerta que figura en uno de los relieves del retablo mayor de la Catedral, en el que se representa a la ciudad desde el sur, debe identificarse con la que se emplazaba al pie de la torre del Agua, aunque tradicionalmente se identifica con la de la Carne.
     Por el contrario, al figurar en el documento de 1560 entre los accesos que tenían puertas por las que "se ba rodeando para salir desta ciudad" y "rebellines", creo que se trataría de una puerta con acceso en recodo protegida por barbacana.
     Por otra parte, figura en ese mismo documento en la relación de puertas a las que Hernán Ruíz debía eliminar el acceso en recodo y la barbacana, ex­tremo que no me es posible determinar si llegó a realizar. En este sentido, sabemos, puesto que así nos lo dice Benvenuto Tortelo en un memorial autógrafo de servicios realizados por encargo del Cabildo en 1571, que este arquitecto realizó unas trazas para esta puerta: "antes que moriese hernán Ruis, predecessor mio, por su ausencia me mandaron que yo fiçiese una traça de la puerta de la Carne; y fue diputado eneste negocio el señor don Manrique de Zuniga".
     De cualquier manera, la intervención fundamental en esta puerta se realizaría bajo el mandato del conde de Barajas, puesto que figura en el memorial presentado por el Mayordomo Diego de Postigo en el que se recogen las intervenciones que se realizaban en 1576. Las obras consistieron en la construcción de una nueva puerta, cuya traza pertenecía a Asensio de Maeda -aunque hay quien la atribuye erróneamente a Hernán Ruíz-, y cuyo aspecto conocemos gracias a diversas representaciones que de ella conservamos. A través de la inscripción que se colocó en ella, sabemos que se concluiría en 1577, aunque todavía en 1579 se pagaron 200,623 maravedís.
     Todavía debió producirse otra intervención, que algunos historiadores fechan en 1696 y otros en 1796.
     En lo que a la epigrafía se refiere, en esta puerta se colocaron en 1577 varias lápidas con inscripciones. Una de ellas, que honraba en latín la memoria del Asistente don Francisco de Zapata, se colocó al interior de la ciudad.
     En la fachada exterior se colocaría otra inscripción latina en honor de Felipe II que, según Espinosa y Cárcel, estaría situada "en dos targetas quadrilongas" y, según González de León, "en dos obalos que forman las labores del adorno". En este sentido, una observación detallada de una fotografía de la puerta de la Carne demuestra que en uno de los óvalos de la fachada exterior se leía una inscripción latina que no recoge la historiografía, por lo que el emplazamiento correcto sería el que indica Espinosa y Cárcel.
     Además, en la fachada interior estaba situada otra inscripción latina en honor de San Leandro y San Isidoro, "en dos obalos iguales a los ante­riores" según González de León.
     Por último, se procedió también a renovar la inscripción que contenía los versos más típicos de nuestra ciudad, en los que se glosa en latín la historia de Sevilla, y que, a través de la historiografía, tenemos la certeza que se colocó en el frontispicio de la puerta, al exterior.
     No he localizado ninguna noticia acerca del paradero de estas inscripciones, por lo que es muy probable que desaparecieran cuando en junio de 1864 se concluyó el derribo de la puerta.
     En lo que a los escudos se refiere, también la puerta de la Carne figura, en el documento de 1560, en la relación de accesos a los que Hernán Ruíz debía decorar con escudos de piedra con las armas de la Ciudad y las reales, los cuales desaparecieron cuando se procedió a la construcción de la puerta en 1577. Sin embargo, a través de su fotografía sabemos que un escudo con las armas reales decoraba el segundo cuerpo de su fachada exterior, el cual debió colocarse aquél año (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
     Aquí sí que no hay lugar para las elucubraciones. La Puerta de la Judería, durante los años que la judería de Sevilla existió como tal, fue esta puerta que entonces daba a una ciudad encerrada dentro de otra ciudad. Aunque, en realidad, más que otra ciudad era otro mundo. Uno de los infinitos mundos que Sevilla oculta dentro de sí. A varios de ellos conducía la Puerta de la Carne.
     Para contar la historia de esta puerta, mejor no empezar por el principio, sino por donde la curiosidad más pica. "Intelijencia -con jota de Judería y de Jiménez- dame el nombre de las cosas", dejó escrito Juan Ramón. Así que a eso vamos, a detallar las razones por las que la Puerta de la Carne fue así llamada, que a buen seguro es la primera pregunta que se hará el lector, como también fue la primera que se hizo quien esto escribió. La puerta se alzaba frente a donde hoy sigue -gracias al celo de la Hermandad de San Bernardo- el puente mal llamado de los bomberos. Si bien es cierto que el puente y la puerta jamás se encontraron pues para cuando Juan Talavera erigió el elegante viaducto que salvaba las antiguas vías del ferrocarril, hacía ya muchos años que la puerta no existía. Una pena, pero bueno, estamos en Sevilla y no es raro que estas cosas pasen aquí.
     La Puerta de la Carne comenzó a recibir tal denominación en el siglo XVI, cuando el Ayuntamiento instala frente a ella el matadero municipal. Tenía el Consistorio en aquellos tiempos el monopolio de la carne, a consecuencia de lo cual, y a decir de Blanco White, que es quien lo cuenta, el Ayuntamiento era el único carnicero que había en la ciudad. Sin embargo, también cuenta Blanco White que por culpa de ello la carne que se consumía en Sevilla era la peor de toda España, lo cual a estas alturas de la historia no debería extrañar a nadie, vistos los resultados que han solido arrojar los monopolios públicos de ese tipo.
     Mas, insistamos en el relato del ilustre ilustrado, pues también nos cuenta Blanco que la instalación del matadero cerca del barrio de San Bernardo hizo que muchos vecinos de este arrabal extramuros encontrasen en él una entretenida diversión. Cada vez que llegaba una partida de ganado, allí se congregaba un buen número de gente que agitaba sus capas y silbaba para separar de la manada la res más brava y torearla. Detalla B. W. que aquel juego, al que eran muy aficionados «todos los vecinos de San Bernardo, hombres, mujeres y niños", fue denominado el "capeo", de lo que cabría colegir que de ahí también provenga el término "capea". Como para que alguien ose poner en duda que San Bernardo sea la cuna de la tauromaquia. Quizá esto, junto a otras razones, también explique por qué Joselito quiso levantar a pocos metros de aquí su Plaza Monumental de toros, de la cual hoy en día apenas queda una puerta cegada. En fin, lo de antes. Estas cosas pasan en Sevilla.
     Ya en el interior del matadero también se daba cierta actividad toreril, pues en sus corrales se entrenaban los matadores profesionales, bajo la supervisión, eso sí, de un capitular del Ayuntamiento, quien solía invitar a sus amistades a contemplar el espectáculo; y entre esas amistades no habrían de faltar señoras, acaso de buena posición y rancio abolengo, a pesar de las inmundicias que se acumulaban en un recinto a buen seguro de higiene discutible. Blanco White abunda en el caso, explicando, para rematar la faena, que la consideración del matadero como escuela de tauromaquia estuvo tan asentada que acabó siendo conocido entre el pueblo como el Colegio. Resuelta la cuestión de la denominación de la puerta que ha llegado hasta nuestros días, rebobinemos en el tiempo para viajar, ahora sí, hasta el principio del todo. La Puerta de la Carne fue una de las que se abrieron en la muralla erigida por los almorávides; es decir, fue una de las puertas originales de la cerca, recibiendo en su tiempo el nombre de Bah Yahwar, aunque también aparece citada en algunos textos con el de Bib Johar, denominación esta que, en opinión del arabista Rafael Valencia, obedecería a una derivación dialectal del nombre original. Valencia explica que la palabra árabe bab, que significa puerta, se pronunciaba bib en el dialecto hablado en el siglo XIII por los musulmanes de Isbiliya. En cuanto al signifi­cado del nombre de la puerta, Yahwar, la opinión más extendida es que sería el del nombre de su autor, aunque el profesor Valencia se decantaba por la teoría de que fuera el nombre de una familia noble sevillana. Valencia considera una confusión la traducción que algunos han hecho del nombre Bah Yahwar como «Puerta de las Perlas». Algo que a su juicio obedecería a un error ortográfico. Perlas en árabe se escribe Yawhara no Yahwar. Palabras que se parecen, pero no significan lo mismo. De modo que debe descartarse el nombre de Puerta de las Perlas como traducción del nombre original.
     Sucedió que, con el paso de los años, el nombre original experi­mentó una singular evolución, especialmente cuando el idioma que se comenzó a hablar en la ciudad dejó de ser el árabe. Así, de Bab o Bib Yahwar y Bib Johar, pasó a Minjoar y, finalmente, a Minjao. Aunque mucho más curiosa que esta evolución fonética es la explicación que a la última versión del nombre le daría la leyenda, tan inherente e imbricada en la historia de Sevilla. Cuentan Justino Matute y José María Montero de Espinosa que eso de "Minjao" era en realidad el nombre de un judío rico que vivía cerca de allí. Ya hemos visto que no, pero, claro, si consideramos la hipótesis del profesor Valencia que se citaba más arriba, se comprueba que la leyenda no iba del todo descaminada. El nombre de la puerta correspondería al de una familia de buena posición, si bien no exactamente judía. Y ya que hablamos de judíos, vamos con otro de los momentos estelares, quizá el que más, de esta historia.
     La Puerta de Yahwar, luego de la Carne, tuvo, entre una y otra denominación, un tercer nombre que llevó durante gran parte de la Edad Media: el de Puerta de la Judería. Y es que, durante casi un siglo, esta puerta de la muralla no condujo exactamente al interior de la ciudad, sino a un mundo aparte que existió dentro de ella. Tan aparte que estaba separado del resto por otra muralla: se trataba del gueto donde vivían los judíos; es decir, la aljamía o judería de Sevilla.
     La relación entre los judíos y Sevilla es larga y antigua. Y su huella, aunque imperceptible para muchos, ha permanecido indeleble en algunas de las señas de identidad de la ciudad, incluso siglos después de que tuviera que irse el último de los hebreos que en el Medievo la habitó. Según la investigadora de la Universidad de Sevilla Isabel Montes, la presencia de este colectivo en la penín­sula ibérica se remonta a tiempos inmemoriales. Tanto que aquí ya había judíos antes incluso de que existiera el cristianismo. Se cree que su llegada coincidió con la diáspora de 586 a. C. cuando Nabucodonosor destruyó el templo de Salomón, obligando a la población de Judea a exiliarse a Mesopotamia, aunque algunos parece que cogieron otro camino en sentido opuesto. En la Biblia parece haber una referencia a ello. Libro de Abdías I, 20:
          La multitud de los deportados de Israel ocupará Canaán hasta Sarepta, y los deportados de Jerusalén que están en Sefarad ocu­parán las ciudades del Negueb.
     Sefarad es precisamente el nombre con el que el pueblo judío identifica la península Ibérica, a la que, más de quinientos años des­pués, en torno al año 70 d. C., llegaron más judíos, esta vez a causa de una nueva diáspora decretada en tiempos del emperador Tito. El hecho de que llevasen más de mil años habitando en estas tierras no facilitó su convivencia con sus vecinos cristianos. Ya en el año 694, los visigodos, que definitivamente habían abjurado del arrianismo, sometiéndose a Roma, promulgaron leyes antijudías para lograr la unificación religiosa de la península Ibérica, tras haber conseguido, en tiempos de Leovigildo, su unificación política. Estas leyes moverán a la comunidad hebrea a apoyar a los musulmanes cuando estos invadan la península tres lustros más tarde: el año 711.
     Los judíos que habitaban en Sevilla colaboraron en efecto con los musulmanes en la conquista de la ciudad. Según la versión más sólida, los árabes llegaron a Sevilla en torno a julio o agosto del 712, provocando que los defensores de la ciudad huyeran en gran número. Tras tomar Sevilla sin apenas esfuerzo, continuaron avanzando por la península dejando la ciudad confiada precisamente a los judíos. No obstante, los huidos regresaron para enfrentarse a los árabes y estos enviaron un ejército al mando de Abd al Aziz que sofocó el contraataque a sangre y fuego en torno a julio del 713. Consumada al fin la conquista, los judíos permanecieron en la ciudad, dedicándose al comercio de exportación y actividades artesanas. Conformaban entonces una comunidad con fuerza económica, que alguna vez contribuyó al resurgir del esplendor de la Sevilla islámica tras períodos de crisis. No estuvieron integrados en la sociedad, pero sí intervinieron activamente en su vida diaria a todos los niveles, incluso en el campo de la música y la poesía. Además, su dominio de los idiomas hebreo, hispanoárabe y romance, hacía que los gobernantes recurriesen a ellos como intérpretes en las relaciones diplomáticas con los reinos cristianos. Lo que no se sabe es en qué zona de la ciudad estaban asentados. Se conoce muy poco, por no decir casi nada, de cómo era Sevilla en tiempos de la conquista musulmana. De ella, lo único que sabemos es lo que las crónicas refieren y que es algo muy parecido a lo que se dice de la Sevilla actual: que era de las ciudades más importantes y hermosas de la península. Así que importante y hermosa, pero ¿cómo? ¿Cuánto? No se sabe.
     La convivencia entre árabes y judíos en la entonces llamada Isbiliya solo duró hasta las invasiones de almorávides y almoha­des, que eran pueblos bastante más fundamentalistas. Los primeros expulsarán de Sevilla a los judíos, que tendrán que irse a otros puntos de la península, preferentemente Castilla, la sierra de Huelva o Portugal.
     Los judíos vuelven a Sevilla con la reconquista, enrolados esta vez en el otro bando, aunque siempre bajo sospecha. Fernando III y Alfonso X el Sabio les otorgan un distrito donde instalarán la aljamía o judería. Se estima que en ella llegaron a vivir entre tres mil y cuatro mil personas. Tras la de Toledo, era la principal judería de Castilla. Se le cedieron tres mezquitas para que instalasen en ellas sus sinagogas, si bien, el número de estas parece que acabó siendo bastante mayor. Los judíos de Sevilla estaban protegidos por el rey, del que eran sus tesoreros. Se ordenó respetar la práctica de su religión y se les autorizó a tener jueces propios que entendiesen de los asuntos internos de la comunidad.
     La judería ocupaba los actuales barrios de Santa Cruz y San Bartolomé, extendiéndose desde el Alcázar a la Puerta de Carmona. Estaba separada del resto por una muralla de la que todavía se conserva un lienzo en la calle Fabiola. Dicha muralla discurría por la plaza de la Alianza, Mateos Gago, Federico Rubio, Conde de Ibarra, plaza de las Mercedarias y Vidrio. Tenía tres puertas, una estaba delante de la actual iglesia de San Nicolás, y daba a su calle princi­pal, la actual de San José. Otra estaba en Mesón del Moro y la tercera era la Puerta de la Carne, que daba al exterior de la ciudad, lo cual constituía todo un privilegio para la comunidad. Estaba también la puerta de las cadenas, que todavía existe, y daba al recinto del Alcázar. La judería de Sevilla contaba con unos baños públicos, que estaban frente a la sinagoga de Santa María la Blanca y de los que se conservan restos en el sótano de un local actualmente ocupado por un restaurante. En esta calle estaba también el mercado o azucaica, palabra de la que deriva "zoco", usada por los árabes.
     En la judería de Sevilla vivieron figuras relevantes como Zulema Pintadura, almojarife (una especie de ministro de Hacienda ) de Alfonso X, Yucaf Pichón, de Juan II y Solomon Ibn Radock, almoja­rife del Reino, embajador y dueño del Cortijo el Judío en Carmona. Otro judío sevillano ilustre fue Samuel Leví, tesorero de Pedro I, que poseía un gran palacio en la calle donde vivía y que hoy aún lleva el nombre de su saga familiar: los Levíes. Eso sí, no todos los judíos de Sevilla eran influyentes potentados, como los citados. La mayoría de ellos se dedicaba a la artesanía. Abundaban los médicos, sastres, tejedores, plateros, sederos, mercaderes y artesanos de diverso tipo. Propia de la judería era un tipo de edificación que se acabaría convirtiendo en una seña de identidad de la ciudad: los corrales. Se trataba de construcciones cerradas con una única entrada donde se vivía en torno a un gran patio. Este diseño buscaba la seguridad de los moradores, algo muy necesario en una comunidad permanentemente amenazada como la hebrea.
     La historia de la judería de Sevilla terminó de forma sangrienta en 1391 cuando, a consecuencia de las predicaciones antisemitas del arcediano de Écija Fernando Martínez, la aljamía es asaltada por una turba sedienta de sangre y venganza que mata a un número considerable de sus vecinos y expolia buena parte de sus bienes. La mortandad tal vez no fuera tan grande como algunas fuentes aseguran, eso al menos dicen otras fuentes, pero la consecuencia fue rotunda y demoledora: la judería, como tal, desapareció. Los judíos se marcharon. O, más exactamente, huyeron. Primero a otros luga­res de la ciudad y, posteriormente, lejos de ella.
     A partir de ahí, comenzó otra historia para la puerta que siglo y medio después, como ya quedó dicho, comenzó a ser llamada por el nombre con el que aún se conoce el lugar donde se hallaba. Su derribo tuvo lugar en 1864. Cosas del progreso. El mismo alcalde, García de Vinuesa, que años antes había ordenado hacerle una costosa reparación, dada su catalogación como importante monumento, decretó su demolición. La causa fue la decisión de levantar no muy lejos de ella la estación de Cádiz. Hubo quienes pensaron que la puerta constituiría un estorbo para el trasiego que originaría el tráfico ferroviario en la zona, así que mejor tirarla. En corto y por derecho. De nada sirvieron las quejas del entonces teniente de alcalde Francisco Pagés del Corro, que protestó por la decisión, tan inútilmente como siempre suele ocurrir cuando se protesta por estas cosas en Sevilla. Así que dicho y hecho. La Puerta de la Carne fue demolida y sus hojas, esas hojas que nunca cerraban por el mucho entrar y salir de gente que diariamente bajo su arco pasaba, fueron a parar al Asilo de Capuchinos, donde se les perdería la pista para siempre. El símbolo que alguna vez representó aquella puerta vino a ser sustituido años más tarde por el puente de San Bernardo -nunca el de los Bomberos, por favor- que diseñó Juan Talavera; puente que también el progreso quiso derribar en vísperas de la Exposición Universal de 1992, aunque en esa ocasión, excep­cionalmente, primó la cordura y el buen gusto.
     No obstante, la Puerta de la Carne sobrevive aún incorrupta en el imaginario colectivo, a través del nomenclátor popular, ese ente extraoficial que muchas veces se impone al rigor ortopédico del oficialismo otorgando victorias morales a los derrotados. No importa que ya no exista ni la puerta, ni el matadero, ni el monopolio de la carne. Ni siquiera el mercado que se levantó donde estuvo el "Colegio" de los toreros. La Puerta de la Carne sigue en pie y cada Miércoles Santo espera al Cristo de la Salud y a la Virgen del Refugio que, acompañados de su extensa comitiva de elegantes nazarenos, continúan entrando y saliendo de la ciudad a través de ella en uno de esos pequeños milagros sevillanos que vencen al tiempo, al espacio y a lo incomprensible (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024). 
        La puerta antiguamente llamada de Vib Ahoar recibió el nombre de Puerta de la Carne a raíz de haberse establecido frente a ella y extramuros de la ciudad el mercado de la Carne que, monopoli­zado por el Ayuntamiento, abastecía de este producto a la ciudad. Se dice que debido a ese mono­polio, la carne que se consumía en Sevilla era la de peor calidad del reino. La puerta fue reconstruida en 1577 por orden del Asistente D. Francisco de Zapata, Conde de Barajas. Así lo proclamaba en ella una placa de mármol con la siguiente inscripción en latín: "QVOD FOELIX FAVSTVMQUE SIT PORTAM CARNARIAM VETUSTATE RVINOSA IN MELIOREM FORMAN V.C. FRANCISC ZAPATA COMES ILLVSTRISS PRAEF. VRG. INSTAVRANDAM CVRAVIT A DLXXVIL
     "O fausto y feliz suceda: el varón clarísimo Don Francisco Zapata, Conde ilustrísimo, Asistente de Sevilla, cuidó de restaurar a mejor forma la puerta de la Carne, arruinada de la antigüedad en el año de 1577". No sin que se opusiera a ello el concejal Francisco Pagés del Corro, la Puerta de la Carne sería demolida por decisión municipal en 1864 (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
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Más sobre el Recinto Amurallado de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

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jueves, 16 de enero de 2025

El antiguo Mercado de la Puerta de la Carne, de Aurelio Gómez Millán, Gabriel Lupiáñez Gely, Rafael Arévalo Carrasco, y Ramón Balbuena Huertaso

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el antiguo Mercado de la Puerta de la Carne, de Aurelio Gómez Millán, Gabriel Lupiáñez Gely, Rafael Arévalo Carrasco, y Ramón Balbuena Huertaso, de Sevilla.  
     El antiguo Mercado de la Puerta de la Carne, se encuentra en la calle Demetrio de los Ríos, 11; en el Barrio de La Florida, del Distrito Nervión.
     Extramuros de la ciudad histórica, junto al antiguo arrabal de San Bernardo y la estación de ferrocarril de Cádiz, se construye el Mercado Municipal de Abastos Puerta de la Carne. El Mercado es uno de los más tempranos proyectos de la arquitectura racionalista en España, junto al Roncón de Goya de Zaragoza y la estación de petróleos de Porto Pí en Madrid. Tiene además carácter pionero en Sevilla junto al edificio de Auto Ibérica de calle Sierpes, y es resultado de un concurso convocado para su construcción por el Ayuntamiento, ganado por Gabriel Lupiáñez y Antonio Gómez Millán. 
     Se trata de un zócalo de planta irregular de dos alturas y una tercera retranqueada, que en el frente hacia la calle Demetrio de los Ríos se transforma en volumen exento que localiza la fachada. La descomposición del zócalo da pie a que el edificio establezca una adecuada relación escalar con los edificios de su entorno, si bien, la excesiva proximidad a la fachada principal del Puente de San Bernardo, construido poco antes, quita presencia al mercado, restando la posibilidad de centralidad que un equipamiento público de esta naturaleza genera, y dificultando al mismo tiempo las tareas de abastecimiento de mercancías.
     Sobre este zócalo surge la cubierta a dos aguas, de planta rectangular, construida sobre cuatro arcos de hormigón armado. Este sistema estructural tiene un papel característico en la formalización del espacio interior. Al confiar en las capacidades resistentes y técnicas del hormigón armado, libera la planta que queda diáfana para la distribución de los distintos cuarteles y calles interiores. Mientras tanto, el edificio perimetral absorbe el programa funcional que precisa una compartimentación estanca recorriéndose en su interior con galerías continuas que refuerzan visualmente la descomposición estructural del recinto.
     La cubierta que sostienen los cuatro arcos, elevada respecto al zócalo, deja pasar la luz en su perímetro a través de huecos de generosas dimensiones. Al no ejecutarse mediante faldones continuos, sino mediante riostras escalonadas de hormigón armado, la luz pasa entre ellas convirtiendo la cubierta en una más liviana celosía. Los frontones que quedan definidos por esta cubierta a sur y norte se caracterizan por la presencia de un gran lucernario, de directriz curva, que por la presencia de dos parteluces intermedios recuerda a los huecos termales de la arquitectura romana.
     El proyecto apuesta por una expresión racional y moderna en la disposición de los volúmenes y el trazado de los huecos, sin quedar mediatizada por los lenguajes historicistas que a través del regionalismo representaban las tendencias arquitectónicas de este lugar en ese momento.
     El programa original del proyecto presentado al concurso del mercado constaba de 128 puestos. El programa definitivo del proyecto consta de un total de 125 puestos, repartidos entre 26 perimetrales y 99 centrales. Además del programa principal del mercado se incluyeron aseos en planta baja y una vivienda en planta segunda. Las reformas que se produjeron en el edificio afectaron inicialmente a la superficie comercial, con la sustitución de las divisiones verticales de madera de los puestos de verduras en 1935 por dificultades para el baldeo. Posteriormente, la necesidad de espacio administrativo llevó a la construcción en 1936 de unas no muy acertadas oficinas municipales según proyecto de Juan Talavera y Heredia, que desdibujan la línea de cornisa definida por la coronación del zócalo en su segunda planta.
     El edificio se encuentra cerrado y sin uso desde 1999, además de haber sido vandalizado, lo que ha producido un deterioro continuado debido a la falta de mantenimiento. Actualmente, se localizan problemas estructurales puntuales, revestimientos de fachada en mal estado, humedades y pérdida de los vidrios de las ventanas exteriores. El edificio requiere una urgente intervención, y aunque esté previsto destinarlo a sede del Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS), su futuro es incierto.
     Los movimientos precursores de las vanguardias modernas que se produjeron en la arquitectura europea a partir de la segunda década del s. XX no se dieron en Sevilla por la resistencia a asumir sus preceptos por parte de la sociedad. Esto motivó que la arquitectura no dio el salto hacia la debida modernización que la hubiera equiparado a otras ciudades españolas y extranjeras.
     La apuesta sevillana fue por una arquitectura basada en técnicas constructivas más tradicionales, con la consolidación de sus aspectos formalmente más conservadores, lo que dificultó la puesta en escena de los ideales de la arquitectura moderna y sus teorías, que fueron puntualmente consideradas como destructoras de los valores y los ambientes tradicionales. 
     En este contexto, tanto desde el punto de vista geográfico, como cultural y político, la ciudad se sitúa en una posición periférica al no disponer de los medios adecuados para el progreso. Las instituciones intentaron impedir continuamente el desarrollo de otras arquitecturas que no fuesen el regionalismo sevillano. La estricta aplicación a la arquitectura sevillana del término "racionalista" daría como resultado una selección escasa. Podríamos considerar al Mercado de la Puerta de la Carne como una de estas contadas muestras de arquitectura racionalista.
     La construcción del Mercado de la Carne respondió a la necesidad de dar solución desde la municipalidad al déficit numérico y las condiciones de falta de higiene y accesibilidad de los mercados de abastos existentes. La elección de su emplazamiento periférico respondió a un estudio desarrollado a nivel municipal, consecuencia del cual se propuso la construcción de nuevos mercados como soporte del abastecimiento comercial de diferentes barrios: Borbolla, Nervión, Santa Cruz, San Nicolás,...
     El proyecto del Mercado de la Carne pretendió dar respuesta a lo que se buscaba desde mediados del siglo XIX, una nueva arquitectura para una nueva sociedad industrial, que sirva para solucionar problemas tecnológicos, higiénicos,... En Sevilla, el lenguaje historicista convivió con una arquitectura tendente a la abstracción, formalmente pura y plásticamente transparente, resuelta de manera pulcra, técnicamente avanzada, sin ornamentos ni añadidos innecesarios. Según cita del concurso: "Deberá proyectarse de modo que ofreciendo un aspecto decoroso, cual corresponde a un edificio público, sea diáfano y sencillo, con lo que podrá resultar de menos costo" Gabriel Lupiáñez Gely proyectó junto a Aurelio Gómez Millán el mercado Puerta de la Carne en diciembre de 1926, realizándose el edificio entre 1927 y 1929. Un proyecto tan marcadamente racionalista se abre paso en una ciudad en plena efervescencia del regionalismo predominante en torno a la Exposición Iberoamericana de 1929. Tras su finalización en 1929, el 17 de Febrero de 1930 la obra se entregó al Ayuntamiento.
     El edificio fue durante décadas el corazón comercial de este sector de la ciudad, a pesar de los condicionantes infraestructurales anteriormente mencionados. El entorno del barrio de San Bernardo, donde se localiza el edificio, ha experimentado grandes transformaciones desde que a mediados de la década de los ochenta se iniciase el desmantelamiento de las infraestructuras ferroviarias que rodeaban el este del centro de Sevilla. 
     En la actualidad, el mercado se encuentra rodeado por manzanas residenciales consolidadas, así como vestigios industriales de la Fábrica de Harinas de Manuel Borrero, desmantelada en 1990, y de la que queda la ampliación proyectada por Aníbal González en 1926, así como el quiosco de carga del ferrocarril. En el entorno próximo del mercado existe una serie de edificios industriales en desuso de gran envergadura que se prevé que sufran transformaciones próximamente, como son la antigua estación de ferrocarril de Cádiz y la antigua fábrica de artillería. Las viviendas para militares vinculadas a la fábrica de Artillería han sido recientemente rehabilitadas para uso administrativo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Extramuros de la ciudad histórica, junto al antiguo arrabal de San Bernardo y la Estación de Cádiz de ferrocarril se construye el Mercado Municipal de Abastos Puerta de la Carne. Se trata de un temprano proyecto de arquitectura racionalista en España, pionero en Sevilla, junto al edificio de la AutoIbérica en calle Sierpes, resultado de un concurso convocado a tal efecto y ganado por Lupiáñez y Gómez Millán.
     Se trata de un zócalo de planta irregular de dos alturas y una tercera retranqueada que en el frente se transforma en volumen exento que localiza la fachada. Sobre él surge la cubierta a dos aguas, de planta rectangular, construida sobre cuatro arcos de hormigón armado. El sistema estructural libera la planta que queda diáfana para la distribución de los distintos cuarteles y calles interiores, mientras que el edificio perimetral absorbe el programa funcional que precisa una compartimentación estanca recorriéndose en su interior con galerías continuas que refuerzan visualmente la descomposición estructural del recinto.
     La cubierta, elevada respecto al zócalo, deja pasar la luz en su perímetro a través de huecos de generosas dimensiones. Al no ejecutarse mediante faldones continuos, si no mediante riostras de hormigón escalonadas, la luz pasa entre ellas convirtiendo la cubierta en una más liviana celosía.
     El proyecto utiliza con habilidad las posibilidades del hormigón armado para conseguir una planta libre de condicionantes estructurales, apostando con firmeza por una expresión nítidamente racional y moderna en volúmenes y trazado de huecos (Ignacio Capilla Roncero, Amadeo Ramos Carranza y Ignacio Sánchez-Cid Endériz, en DOCOMOMO).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el antiguo Mercado de la Puerta de la Carne, de Aurelio Gómez Millán, Gabriel Lupiáñez Gely, Rafael Arévalo Carrasco, y Ramón Balbuena Huertaso, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la calle Demetrio de los Ríos, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 28 de octubre de 2022

La antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo, de F. Frilhe y Agustín Jubera (actualmente Mercado Puerta de la Carne y Gimnasio Enjoy San Bernardo)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo, de F. Frilhe y Agustín Jubera (actualmente Mercado Puerta de la Carne y Gimnasio Enjoy San Bernardo), de Sevilla
     Hoy, 28 de octubre, es el "Día del Tren" en España, una efeméride en la que se conmemora la puesta en marcha de la primera línea férrea peninsular, entre Barcelona y Mataró, un 28 de octubre de 1848, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo (actualmente Mercado Puerta de la Carne y Gimnasio Enjoy San Bernardo), de Sevilla.
    La antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo (actualmente Mercado Puerta de la Carne y Gimnasio Enjoy San Bernardo), se encuentra en la avenida de Cádiz, 33; en el Barrio de San Bernardo, del Distrito Nervión.
   La red ferroviaria se dividía al norte de la ciudad para acometer a dos estaciones: la de Plaza de Armas y la de Cádiz situada en el barrio de San Bernardo. En este caso, la explotación del trazado correspondía a la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces, llamada también de Cádiz, por ser la línea que conectaba Sevilla con la ciudad gaditana.
     La estación completa una zona donde se combinan infraestructuras de transportes y actividades industriales con las viviendas del histórico arrabal de San Bernardo: en el año 1924 J. Talavera y J. L. de Casso construirán el puente de San Bernardo y a la Real Fundición de Cañones del siglo XVIII, se le unirá otras naves industriales para este uso y otras destinadas al mantenimiento y servicio que se derivan de la estación ferroviaria. La localización de la estación quedó fijada en el año 1859. Con la estación situada en el barrio de San Bernardo se iba a consagrar una barrera que mutilará durante algo más de un siglo la relación del barrio con la ciudad y con los espacios abiertos más próximos, como el Prado de San Sebastián o los Jardines de Catalina de Ribera y de Murillo. Como la estación Plaza de Armas, el edificio del año 1859 era provisional, situación que se prolongó hasta 1901 cuando se construyó la estación definitiva.
     Se ajusta al modelo de estación de paso, con edificio principal con entrada y fachada a plaza delantera y una nave de andenes que se adosa en paralelo. Construida por Les Ateliers Metalúrgiques Sociétes Anónymes y proyectada por los ingenieros F. Frilhe y Agustín Jubera, mantiene similitudes con la Estación del Norte de Madrid. Al ser una estación de paso, los viajeros tenían que cruzar los andenes para subida o bajada de los trenes, denotando el modelo ciertos problemas funcionales.
     Todo el programa de servicio y uso administrativo de la estación se resuelve en el edificio principal, de clara composición clásica, con un cuerpo central que se destaca levemente del plano de fachada. La nave de estructura de hierro adosada presenta una construcción más simple que la de Plaza de Armas. Entre los pilares de la nave, se diseñaron unas vidrieras que cerraban parcialmente el espacio de los andenes. Actualmente en desuso se estudia por parte del Ayuntamiento la incorporación de esta inmueble como equipamiento para el barrio de San Bernardo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo, de F. Frilhe y Agustín Jubera (actualmente Mercado Puerta de la Carne y Gimnasio Enjoy San Bernardo), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura de la antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo, actualmente Mercado Puerta de la Carne:
           De Lunes a Sábado: de 08:00 a 15:00

Página web oficial de la antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo, actualmente Gimnasio Enjoy San Bernardo: www.mercadosevilla.com/el-mercado/

Horario de apertura de la antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo, actualmente Mercado Puerta de la Carne:
           De Lunes a Viernes: 07:00 a 23:00
           Sábados y Domingos: 9:00 a 21:00
           Festivos de Apertura: 9:00 a 15:00

Página web oficial de la antigua Estación del Ferrocarril de Cádiz-San Bernardo, actualmente Gimnasio Enjoy San Bernardo: www.enjoy.es/center/enjoy-san-bernardo/

viernes, 18 de febrero de 2022

Un paseo por la calle Alejo Fernández

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Alejo Fernández, de Sevilla, dando un paseo por ella.
       La calle Alejo Fernández es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de La Florida, del Distrito Nervión, y va de la avenida Menéndez Pelayo, a la calle Demetrio de los Ríos.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
      La vía, en este caso una calle, está dedicada al pintor Alejo Fernández;
     En 1926, que es cuando se forma, se le dio este nombre para recordar al pintor de origen alemán afincado en Sevilla (1475 - 1545). Desde finales del s. XV esta zona estuvo afectada por la instalación del Matadero. Será su desaparición y la subsiguiente operación de remodelación del sector, en vísperas de la Exposición Iberoamericana, lo que motive su  formación. Tiene un trazado quebrado y desigual: es relativamente estrecha en su primera parte, a partir de Pedro Roldán se ensancha notablemente, y  es utilizada como aparcamiento; también desemboca en ella Atanasio Barrón, por la izquierda. La calzada está adoquinada, y la iluminación se efectúa por medio de farolas de báculo adosadas a las fachadas. Los edificios oscilan entre las cuatro y las seis plantas, éstas correspondientes a un reciente núcleo residencial. Destaca la fachada lateral y posterior del mercado de abastos, obra racionalista de Aurelio Gómez Millán y Gabriel Lupiáñez (1927), levantado sobre el antiguo matadero. En los bajos existen numerosos comercios y una galería comercial. Por las mañanas registra un gran movimiento de personas y vehículos debido al citado mercado [Alida Carloni Franca, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Alejo Fernández, pintor, a quien está dedicada esta vía del callejero sevillano
     Alejo Fernández, (Alemania, c. 1475 – Sevilla, 1545). Pintor.
     No existen referencias documentales que indiquen el lugar de nacimiento de Alejo Fernández, que según sus propias declaraciones era de origen alemán (conocido también como Fernández Alemán). Las primeras noticias de su actividad artística se constatan en Córdoba, donde consta su estancia en los últimos años del siglo xv; en Córdoba, antes de 1497, contrajo matrimonio con María Fernández, hija de uno de los principales artistas de la ciudad en aquellos momentos; fue entonces cuando debió de adoptar el apellido de su esposa para denominarse en el ambiente artístico.
     El gran auge comercial y económico que Sevilla alcanzó desde los inicios del siglo xvi, hubo de mover a Alejo Fernández a trasladarse a dicha ciudad instado sobre todo por la importante oferta que le hizo el cabildo de la catedral para realizar trabajos de dorado y estofado en el retablo mayor. La actividad artística de Fernández destacó pronto en el ambiente sevillano, por lo que paulatinamente fue adquiriendo numerosos encargos laborales tanto en la ciudad como en lugares circundantes, situación que le permitió ir adquiriendo progresivamente una saneada economía que le hizo posible adquirir casa propia, tener varios criados y esclavos a su servicio y comprar una sepultura en el convento de San Pablo. Entre 1520 y 1523 aconteció el fallecimiento de su esposa y pocos años después se casó en segundas nupcias con Catalina de Avilés. En estos momentos, el artista debía de tener alrededor de cincuenta años y disponer de la plenitud de sus facultades y mantener su buen nivel económico.
     En 1526 participó con relevancia en la ejecución de los arcos efímeros del triunfo realizados con motivo de las bodas en Sevilla del emperador Carlos con Isabel de Portugal; su primacía artística en la ciudad era indudable y se prolongó en décadas sucesivas hasta los últimos años de su vida, constatándose entonces síntomas de debilidad tanto en él mismo como en su ambiente familiar; así, en 1539 vio morir a su hijo Sebastián que había sido destacado colaborador suyo y luego en 1542 él mismo padeció una grave enfermedad que le tuvo a las puertas de la muerte. En adelante su salud quedó ya muy mermada y tres años después en 1545 murió en su casa de la parroquia de San Pedro, donde había pasado los últimos veinte años de su existencia.
     Aunque no se poseen datos explícitos que lo manifiesten, puede sospecharse que la formación de Alejo Fernández tuvo lugar en los años de su primera juventud en Alemania, en un área artística impregnada de influencias flamencas y holandesas. También puede pensarse que en su juventud pudo haber viajado a Italia, puesto que en su actividad pictórica, realizada primero en Córdoba y después en Sevilla, se constatan características de estilo que muestran claras referencias italianizantes.
     De la etapa cordobesa de Alejo Fernández se poseen escasos testimonios, pudiendo señalarse tan sólo que permaneció en dicha ciudad poco más de doce años entre 1495 y 1508. De su producción no se conoce ninguna obra que pueda señalarse como realizada con total seguridad en Córdoba, aunque se sabe que pintó allí varios retablos para el monasterio de San Jerónimo que no se conservan. En el museo de Córdoba se encuentra una representación de San Pedro orando ante Cristo atado a la columna que pudiera haber sido realizada en dicha ciudad y en la que se advierten claras referencias estilísticas que proceden a la vez del ámbito flamenco e italiano. En esta obra, el artista describe un espacioso escenario interior abierto a un dilatado fondo de paisaje; los elementos arquitectónicos que ha descrito son de clara raigambre clásica, acertando a describir el lujo y el esplendor del Palacio de Pilatos, donde Cristo fue azotado. Es notoria en esta obra la diferencia de proporciones entre la figura de Cristo y de San Pedro, captadas ambas en tamaño normal y las de los tres donantes que aparecen en la parte inferior, a escala más reducida y en diferentes planos de profundidad. En esta obra, Fernández muestra ya sus preocupaciones de escenógrafo en las que la arquitectura es una parte esencial de la composición, efecto éste que mantuvo a lo largo de su futura producción artística.
     Las mismas constantes descriptivas de la obra antes mencionada se advierten en una segunda pintura de Fernández que puede ser considerada como obra temprana y, por lo tanto, realizada en su etapa cordobesa; se trata de un tríptico de La Santa Cena, que pertenece a la basílica del Pilar de Zaragoza. La tabla central de este tríptico representa el cenáculo con un admirable efecto de perspectiva; igualmente, predomina en esta escena la descripción de los elementos arquitectónicos, lo mismo que en la tabla lateral izquierda en la que se representa La entrada de Cristo en Jerusalén; en la tabla de la derecha se describe La oración en el huerto, en la que el artista capta una intensa profundidad espacial, perfectamente conseguida a través de la disposición de las figuras en distintos planos de profundidad, estando todo cerrado por un fondo de paisaje en lejanía. 
   Obra probable también de Alejo Fernández, o al menos próxima a su estilo, es La flagelación de Cristo, que se conserva en el Museo del Prado, en la que el artista recrea también un espectacular escenario arquitectónico en perspectiva.
     La etapa sevillana de Alejo Fernández se inicia a partir de 1508, año en el que se vinculó a la catedral de Sevilla junto con su hermano Jorge, que era escultor. Alejo se dedicó a policromar las imágenes que previamente habían esculpido otros artistas y al mismo tiempo adquirió el compromiso de ejecutar el conjunto de tablas, con temas de la vida de la Virgen, que habían de colocarse en la viga que cruzaba la parte alta de la capilla mayor de la catedral. Al parecer estas pinturas, que en principio debieron de ser siete, nunca llegaron a colocarse allí y, por otra parte, sólo se han conservado cuatro de ellas: El abrazo de San Joaquín con Santa Ana, El nacimiento de la Virgen, La Adoración de los Reyes, y La presentación del Niño en el templo. La lejanía con que inicialmente habrían de contemplarse estas pinturas hubo de mover al artista a incluir en ella figuras de gran tamaño y a simplificar los monumentales escenarios arquitectónicos que a pesar de ello otorgan a estas obras un carácter solemne y monumental. Además, se observan en ellas marcados efectos de perspectiva que se acentúan cuando los escenarios se abren a dilatados fondos de paisaje.
     Entre 1510 y 1515 Alejo Fernández, al servicio de Sancho Matienzo, canónigo de la catedral de Sevilla, realizó dos retablos para la iglesia del convento de franciscanas de Villasana de Mena (Burgos). Desgraciadamente, estos retablos ardieron en 1936 en la Guerra Civil española y por ello sólo viejas fotografías permiten conocer su fisonomía y sus principales composiciones pictóricas. Así se sabe que uno de estos retablos se dispuso en el altar mayor de la iglesia, estando dedicada su iconografía a la concepción de María; en él se incluía un conjunto de doce pinturas entre las cuales destacaban las que representaban La Anunciación, El Nacimiento de Cristo, San Cristóbal y San Jerónimo, advirtiéndose que a los pies de este último se encontraba el retrato del propio Sancho de Matienzo. El segundo retablo estuvo situado en un lateral de la iglesia y estaba presidido por una imagen pictórica de La Virgen de la leche, obra en la cual el artista plasmó en la figura de María un modelo dulce, ensimismado y melancólico.
     También en torno a 1615, Alejo Fernández debió de realizar una de sus obras más conocidas: La Virgen de la rosa, que se conserva en la iglesia de Santa Ana de Sevilla en la que captó un modelo expresivo, próximo a la desaparecida Virgen de Villasana de Mena; la Virgen se encuentra sentada en un trono, bajo un dosel y ofrece una rosa al Niño Jesús que está sentado en su regazo; a los lados, dos ángeles contemplan la escena ensimismados, mientras que al fondo se abren sendas ventanas que dejan ver paisajes captados en una profunda lejanía.
     Un espléndido conjunto pictórico se alberga en el retablo mayor de la capilla del colegio de Santa María de Jesús en el que sus tablas están enmarcadas por tracerías goticistas; sin embargo, la distribución de las pinturas está claramente ordenada siguiendo una traza de carácter renacentista. La fecha de este conjunto pictórico puede situarse en torno a 1520, siendo patrocinada su ejecución por Maese Rodrigo Fernández de Santaella, quien aparece retratado al pie de la tabla central en la que se representa a la Virgen de la Antigua; de esta manera, este ilustre personaje encomendaba a la Virgen la protección y patrocinio de dicho colegio. La segunda pintura en importancia de este retablo se encuentra en el ático y representa La venida del Espíritu Santo como exaltación de la sabiduría espiritual que había de imperar en las enseñanzas impartidas en dicho colegio. En las calles laterales del retablo se representan a Los cuatro padres de la Iglesia como inspiradores de dicha sabiduría, recogida en sus escritos y también a san Pedro, san Gabriel, san Miguel y san Pablo.
     Notable por su belleza de conjunto es el retablo de la iglesia de San Juan de Marchena que Alejo Fernández contrató en 1521, formando compañía con otros pintores o, en todo caso, con la ayuda de sus colaboradores, puesto que en las pinturas que en él se integran se advierten intervenciones de muy desigual calidad.
     Este retablo está destinado a narrar pasajes de la vida de San Juan Bautista y de Cristo. Dos obras de interés dentro de la producción de este artista pueden situarse en torno a 1525; son La Virgen con el Niño y un donante, obra firmada que se encuentra en el Palacio Arzobispal de Sevilla, y La duda de Santo Tomás, que se encuentra actualmente en la parroquia de Hinojos (Huelva) y que debe de proceder probablemente del convento de San Pablo de Sevilla.
     En la catedral de Sevilla se conserva un altar dedicado a La Piedad documentado en 1527 como obra de Alejo Fernández, quien realizó esta obra con la ayuda del pintor Pedro Fernández de Guadalupe.
     Acompañando a La Piedad aparecen en los laterales representaciones de San Andrés, San Miguel, Santiago y San Francisco, mientras que en el banco aparece San Pedro orando ante Cristo atado a la columna y los retratos de los donantes Don Alonso Pérez de Medina y Doña Mencía de Salazar.
     En una fecha próxima a 1530 Alejo Fernández debió de realizar dos pinturas que proceden de un desaparecido retablo de la iglesia de San Gil de Écija, donde se conservan, representan a San Gil liberando a un poseso del demonio y al Rey Wamba descubriendo a San Gil herido; son obras mal conservadas, aunque en ellas se reconoce con evidencia el estilo de este pintor. También hacia 1530 pintó Alejo Fernández en Écija para la iglesia de Santiago un retablo igualmente realizado con la ayuda de colaboradores; en este retablo se narran distintos episodios de la Pasión y muerte de Cristo.
     Obra de gran fama dentro de la producción de Alejo Fernández es La Virgen de los Navegantes, pintada hacia 1535. Fue ejecutada para presidir el retablo de la Casa de Contratación de Sevilla y actualmente se encuentra depositada en el Alcázar. La composición de esta pintura está presidida por la monumental figura de la Virgen que flota ingrávida sobre los mares, desplegando su manto en actitud protectora sobre distintos personajes vinculados a la navegación, hacia tierras americanas; entre estos personajes, se ha querido identificar a Cristóbal Colón y Hernán Cortés (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Alejo Fernández, al detalle:
Mercado de la Puerta de la Carne