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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 20 de mayo de 2022

Un paseo por el paseo de Cristóbal Colón

Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el paseo de Cristóbal Colón, de Sevilla, dando un paseo por él
     Hoy, 20 de mayo, es el aniversario del fallecimiento (20 de mayo de 1506) de Cristóbal Colón, a quien se le dedica esta vía, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el paseo de Cristóbal Colón, de Sevilla, dando un paseo por él.
   El paseo de Cristóbal Colón es, el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en los Barrios del Arenal, Museo, y Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la confluencia de las calles Arjona, y Reyes Católicos, a la confluencia de la calle Almirante Lobo, y paseo de las Delicias
   El Paseo es un espacio público con predominio de la linealidad que invita a la confusión, al menos actualmente, cuando muchos de ellos han perdido la funcionalidad que les dio nombre. El origen de esta denominación genérica se encuentra en su función como espacio de relación y esparcimiento. Tal sería el caso del Paseo de Catalina de Ribera; pero más difícil resulta encontrar hoy tal funcionalidad en el Paseo de la Palmera o en el Paseo de Cristóbal Colón, a consecuencia del intenso tráfico rodado. Hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Se formó sobre el eje del Arenal. Con la denominación de Paseo y Paseo del Arenal es identificada desde el s. XVII. En el s. XIX se la conoce con varios nombres: como Larga del Rio, paseo de la Orilla del Río; como Triunfo la parte más próxima al puente, por un monumento allí existente dedicado a la Santísima Trinidad, pero también de la Charanga. Al comenzar a edificarse la acera frontera al río, el tramo correspondiente al barrio de la Carretería aparece como Acera del Malecón en el plano de 1848, aludiendo al muro de defensa contra las inundaciones. En 1869 se rotuló oficialmente como Paseo de la Marina, por la evidente relación de este espacio con ella, aunque la parte final parece que se llamó durante algún tiempo Pilotos. De todas formas, en la década de 1870 todavía se sigue conociendo como paseo del Arenal. En 1892, con ocasión del centenario del Descubrimiento de América, se le dio el de Cristóbal Colón (+1506), su descubridor. Popularmente se le conoce como Paseo de Colón.
     Arenal se denominó desde el s. XII el espacio existente extramuros de la ciudad hacia el río, quedando cerrado al sur por la muralla que unía la Torre del Oro al recinto de la ciudad, y por el norte hasta la Almenilla; si bien, en sentido estricto, se identificaba como tal el tramo comprendido entre la citada torre y el puente de barcas. Ambos elementos condicionarían dicho espacio. El puente impediría en lo sucesivo que los barcos remontasen más el río y, por tanto, atracasen allí; la Torre del Oro, con su muralla, defendía y aislaba dicho ámbito. La ubicación del centro económico de la ciudad en el sector de la Catedral, comunicado a través de la puerta almohade de bab al-Ram­bla, luego del Arenal, afirmaba el papel de este espacio. Ya en época andalusí aparecen algunas construcciones: dos mezquitas, una en cada extremo del Arenal, de las que la situada junto al puente será utilizada, tras la conquista, para guardar los pertrechos del mismo; y posiblemente una atarazana. Inmediatamente después de la entrada de los castellanos se levantan las Atarazanas, por orden de Alfonso X, y se sitúa una capilla en sus proximidades. La actividad portuaria, ya intensa desde estos momentos, fue originando una creciente ocupación. En el s. XIV comienzan a mencionarse sendos barrios, cuyas actividades están estrechamente relacionadas con el tráfico: los de la Carretería y de la Cestería; ambos irán creciendo a pesar de la oposición inicial del Consejo, debido a las dificultades de policía urbana y a las consecuencias de los periódicos desbordamientos. A fines del s. XV se detectan operaciones constructivas de casas, tiendas y almacenes adosados a la muralla que se abre a este Arenal, y a comienzos del s. XVII todo el muro, desde la Torre del Oro hasta la Puerta de Triana, ha quedado oculto por dichas edificaciones. A este conjunto de obras de fábrica hay que sumar otras instalaciones y tinglados más o menos permanentes, destinados a almacenar artículos procedentes de los navíos o a su embarque, que se dispersan por este inmenso espacio vacío. De esta manera el anchuroso Arenal se irá compartimentando en sectores, que recibirán nom­bres propios: Resolana, Bara­tillo.
     Al fundarse en 1634 el convento de Nuestra Señora del Pópulo, entre la Cestería y el río, aparece el primer edificio de gran volumen que rompía las escalas dominantes hasta ese momento en todo el Arenal, caracterizado por casas pequeñas, ya que las construcciones importantes en cuanto a volúmenes se localizaban en las antiguas Atarazanas. Posteriormente, desde fines de esta centuria surgirán las capillas del Baratillo y del Rosario, ésta frente a las citadas Atarazana. La pérdida del monopolio del comercio de Indias y el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz debió repercutir en el Arenal, deteniendo el proceso de ocupación comercial del mismo. En el s. XVIII se construye fundamentalmente otro tipo de edificios: un juego de pelota junto al convento del Pópulo y una plaza de toros de madera, provisional, hasta que en 1757 se inicia la de fábrica. También se conocen peticiones de solares para levantar almacenes en la zona del Baratillo. Sin embargo, a fines de esta centuria sigue siendo el Arenal un espacio vacío, como lo reflejan los planos de Olavide (1771) y de López de Lerena (1788). Será en la segunda mitad del s. XIX cuando, mediante la construcción masiva, se vaya definiendo el paseo actual, al amparo de la especulación urbana, apoyada en la revitalización del puerto y en las disposiciones desamortizadoras y especulativas oficiales. El plano de Sartorius (1848) es el primer hito en dicho proceso. En él aparece formada la manzana entre Adriano y la plaza de toros, y unos almacenes frente a la Maestranza de Artillería. En el de 1868, las manzanas entre Reyes Católicos y Adriano, y desde la plaza de toros a la Caridad, están levantadas, quedando consolidada la línea de fachada del paseo. Paralelamente se ha ido colmatando todo el espacio interior hasta la muralla. A comienzos del s. XX el proceso está concluido. Se ha formado un paseo ancho, paralelo al río, en el que desembocan Almansa, Arenal, Adriano, Antonia Díaz, Real de la Carretería, Dos de Mayo, Núñez de Balboa y Santander.
     Por lo que se refiere a la infraestructura, el Arenal estaba recorrido por una serie de caminos, algunos convertidos en arrecifes, que lo atravesaban en varias direcciones. Unos lo cortaban perpendicularmente, comunicando las distintas puertas con el río; otro corría paralelo a éste; y otro lo atravesaba en diagonal para unir la Puerta del Arenal con el puente, siendo quizás uno de los más importantes al poner en comunicación dos puntos vitales de la zona: el único lugar por el que se podía cruzar el río a pie con el centro económico de la ciudad; a esto habría que añadir que era la única puerta en el sector que permanecía abierta de noche en los siglos XVI y XVII. Otro elemento característico fueron lo malecones o muros levantados para evitar a la ciudad los efectos de las inundaciones. Este tipo de defensa ya se venía empleando desde el s. XV como mínimo, pero limitado a algunas zonas. En el s. XVIII es cuando aparece plenamente conformado, mediante la construcción de varios muros paralelos, con aberturas para poder pasar de un lado a otro; el último venía a coincidir con la línea de fachada actual aproximadamente. Entre ellos se forman paseos para coches y peatones y vías de comunicación para transporte, unos empedrados y terrizos otros, dotados de árboles e incluso bancos en la mencionada centuria, que es cuando más intervenciones se detectan. En 1803 se le describe como formado por cinco calles, dos para coches, y la central dotada de bancos para paseo. Dichos malecones se mantienen hasta la segunda mitad del s. XIX, como reflejan los planos. En el primer tercio de dicha centuria había tenido lugar el derribo de la muralla que unía la Torre del Oro a la ciudad, facilitando la comunica­ción hacia el sur, pues desde hacía siglos estaba perforada para permitir dicha comunicación. Desde mediados de siglo, tras las obras de los muelles y el trazado del ferrocarril, se fue elevando el nivel del paseo, se diseñan varias líneas de arrecife y paseos flanqueados por hileras de árboles, estructura que se mantendrá hasta entrado el s. XX, durante el cual se completa el proceso de adoquinado y de dotación de acerado, en parte enlosado y en parte terrizo, con arbolado. Este diseño se alterará a partir de la década de 1970, al asfaltarse la calzada y reformarse las aceras, dotándolas de jardi­nes en ambas márgenes, y se conservan en la del río algunos de los quioscos del primer tercio del siglo, al tiempo que se enlazan con el recién creado paseo Alcalde Marqués de Contadero, que corre paralelo a éste, sobre los antiguos muelles. Al final, se instaló una fuente. Desde los siglos medievales, el Arenal estuvo cruzado por varias atajeas o canales, a través de los cuales desaguaban en el río las aguas residuales. Dichas con­ducciones eran salvadas por puentecillos o alcantarillas, que refleja la documentación gráfica y escrita de los siglos XVI al XVIII. Básicamente eran tres, que corrían por la actual Antonia Díaz, otro por las inmediaciones de la plaza de toros y el tercero por las proximidades del Pópulo. Dichas canalizaciones tardarán en ser entubadas; la primera operación en este sentido tiene lugar a raíz de la construcción de la plaza de toros, ya que hubo que desviar el que por allí pasaba, pero hasta las realizaciones urbanísticas del s. XIX no se cubrirían todas ellas.
     La funcionalidad del Arenal estuvo estrechamente relacionada con el río, como lugar de atraque de los navíos que ascendían por el Guadalquivir, integrados en la ruta del comercio marítimo atlántico-mediterráneo. La construcción de las Atarazanas en el periodo andalusí y en el castellano ponen de relieve dicho papel. A partir del s. XIII, las disponibilidades  documentales permiten ver la progresiva implantación de actividades más o meno relacionadas con aquel, desde palenques o instalaciones para la venta de pescado, pasando por oficios como la tonelería, la carretería, la cestería, que dieron vida a los barrios ya citados, los primeros y únicos que durante siglos existieron fuera de la muralla, excepción hecha de Triana, barrios que irán creciendo a lo largo de los siglos XIV y XV. En las afueras de la Puerta del Arenal, al menos desde el s. XV, comienzan a instalarse nuevas actividades, como artesanos del hierro, por lo que un sector próximo a ella se conoció como Hierro Viejo, topónimo que se mantiene hasta el s. XVII; a pesar de las protestas que contra su instalación aparecen de vez en cuando, dicha actividad existió hasta el siglo pasado. También surgirán unas carnicerías, luego transformadas en pescaderías, a fines del s. XV; en lo que hoy es Antonia Díaz se encon­traban talleres de cordoneros y junto a la muralla tenderetes y casas de madera arrendadas a comerciantes y tenderos. A comienzos del s. XVIII, en las inmediaciones del convento del Pópulo, estaba el perneo o mercado de cerdos, pegado a un cementerio que se había habilitado en 1649, con ocasión de la epidemia de peste que diezmó a la población. Desde la Puerta del Arenal a la Cestería se abría un espacio sin urbanizar, ocupado en algunas zonas por cañaverales; de ahí, probablemente, el nombre de sitio de las Eneas con que se conocía. En este espacio se levantaban tinglados, instalaciones provisionales de madera o chozas para las necesidades de carga y descarga. Tanto la documentación escrita como la gráfica abunda en referencias a depósitos de madera como una de las ocupaciones más reiteradas del mismo, aunque no la única. Nada mejor que los versos de Lope de Vega, en su Arenal de Sevilla, para tener una imagen de este Arenal cubierto de mercancías de todo tipo y de las procedencias más variadas:


"Famoso está el Arenal.
¿Cuándo lo dejó de ser?
No tiene, a mi parecer,
todo el mundo vista igual.

Tanta galera y navío
mucho al Betis engrandece.
Otra Sevilla parece
que está fundada en el río.

Como llegan a Triana,
pudieran servir de puente.
No lo he visto con más gente.
¿Quieres que me siente, Urbana?

Mejor será que lleguemos
hasta la Torre del Oro,
y todo ese gran tesoro
que va a las Indias veremos.

Como cubierto se embarca,
no mueve mis pasos tardos.
¿De qué sirve el ver en fardos
tanta cifra y tanta marca?

Notable es la confusión.
Lo que es más razón que alabes
es ver salir de estas naves
tanta diversa nación;
las cosas que desembarcan
al salir y entrar en ellas
y el volver después a vellas
con otras muchas que embarcan.

Por cuchillos el francés, 
mercería y ruán 
lleva aceite; el alemán,
trae lienzo; fustán llantes;
carga vino de Alanís.

Hierro trase el vizcaíno,

el cuartón, el tiro, el pino; 
el indiano, el ámbar gris, 
la perla, el oro, la plata,
palo de Campeche, cueros.
Toda esta arena es dinero 
Un mundo en cifras retrata.
Los barcos de Gibraltar
traen pescado cada día
aunque suele Berbería
algunos de ellos pescar.

Es cosa de admiración
ver los que vienen y van".

     La vitalidad de este espacio unida a su carácter abierto y semidespoblado, lo convirtió en ámbito apropiado para la existencia de marginados sociales, realidad recogida por la picaresca, siendo uno de los temas más reiterados de la documentación manejada la denuncia de los delincuentes y gente de mal vivir allí radicada. Esa proliferación de instalaciones provisionales dará paso siglos más tarde, en el XIX, a la construcción de almacenes e instalaciones industriales relacionadas con dicha actividad portuaria, tanto en los barrios antiguos como en la zona de nueva construcción, algunos de cuyos ejemplares todavía se pueden identificar en el barrio. Paralela a la función económica se fue consolidando la función lúdica. Ya desde comienzos del s. XVII hay noticias de que la gente acude al Arenal a pasear, a pie o en coche, detectándose una preocupación por acondicionar dicho paseo y dotándosele de arbolado; preocupación que parece acentuarse en la siguiente centuria. Se sabe de la plantación de álamos blancos y negros, de la instalación de bancos, de la existencia de una noria para regar los paseos, etc. A comienzos del s.. XIX sigue gozando de gran vitalidad y próximo al puente se levanta un monumento a la Santísima Trinidad, conocido como el Triunfo, según proyecto de Félix Caraza (1795), que no llegó a rematarse y sería derribado en 1868; en él se instalaría durante toda la segunda mitad del siglo un mercado de artículos navideños coincidiendo con dicha fiesta. La revitalización del puerto en este periodo fue acentuando su función económica y, sobre todo, su papel como eje de comunicaciones, y desapareciendo su función de paseo, que se traslada a otras zonas de la ciudad. En la actualidad, lo que lo caracteriza es el ser una vía de intenso tráfico, al quedar integrado en la red de circunvalación del casco y ser, además, tramo de acceso a dos de las salidas o entradas de la ciudad: hacia Cádiz, a través del paseo de las Delicias, y hacia Huelva y Extremadura, a través de Arjona. Asimismo, por su amplitud, es lugar de aparcamiento de numerosos vehículos, especialmente autobuses.
     La actividad lúdica está representada fundamentalmente por la existencia de la plaza de toros, tema y objeto de mención de numerosos escritores, ensayistas y literatos, al aludir a este paseo, o al inmediato Guadalquivir; para corroborar dicha atracción baste reseñar la instalación, frente a la Puerta del Príncipe, del monumento al personaje literario de Carmen, obra de Nicomedes. Las tardes de toros adquiere una dimensión distinta este paseo. Aparte de esta actividad, a comienzos del siglo existía un cinematógrafo junto al puente, y en la actualidad los tablados flamencos constituyen una de las atracciones, más algunos bares, como el desaparecido de La Marina, que se fundó en el siglo pasado, tan vinculado a la vida del muelle y a la noche sevillana. Los tablados flamencos llenan las tardes-noches de autobuses de turistas los laterales del paseo entre la plaza de toros y Adriano, tramo en el que se encuentran unos talleres de coches, por lo que la acera esta siempre invadida por éstos. En los últimos años los ciclos musicales y un cine de verano en el solar de la Maestranza de Artillería completaban el panorama de las actividades del paseo, que se ha culminado con la reciente inauguración del Teatro de la Maestranza. Sin embargo, la función que da nombre a esta vía, el paseo, se ha trasladado al paralelo del Alcalde Marqués de Contadero. Los edificios que forman la acera edificada presentan una gran diversidad tanto en alturas como en estilos, ya que van desde los de dos hasta los de cinco plantas, predominando los de altura. Entre ellos destacan algunos ejemplares del estilo regionalista, como los núm. 16-19, obra de Pedro Sánchez Núñez, y los núm. 24-25, de Aníbal González; en la esquina con Almirante Lobo la nueva sede de la Previsión Española, obra de Moneo; y el citado Teatro de la Maestranza de Luis Marín de Terán y Aurelio del Pozo (1991). Además, hay que destacar el edificio de la plaza de toros, iniciada, a partir del proyecto de Vicente San Martín, en 1757 y rematada a fines del pasado siglo, completada con el edificio de la Real Maestranza, de Aníbal González; y la Torre del Oro, construcción del período almohade, fechada hacia 1220, con el último cuerpo añadido en el s XVIII [Antonio Collantes de Terán Sánchez en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Cristóbal Colón, paseo de. TORRE DEL ORO
. El recinto del Alcázar terminaba en el río en esta torre llamada del Oro (Bery-al-dsayed, en árabe), nombre que hacía alusión al revestimiento exterior de azulejos do­rados. Fue edificada por el gobernador almohade de Sevilla Abu-1-Ola hacia 1220, siendo el final de una coracha, que servía para cerrar el puerto mediante una cadena que se fijaba en la ribera opuesta del río.
     Consta de tres cuerpos, el último de los cuales fue añadido en 1760. La to­rre es de planta dodecagonal, construida de argamasa, y el basamento y las esquinas de sillería. El segundo cuerpo está decorado a base de arcos ciegos, ultrasemicirculares, lobulados y de herradura apuntados y algún paño de lacería Es notable la decoración cerámica de cintas verdes recuadrando los arcos.
Cristóbal Colón, paseo de. MAESTRANZA DE ARTILLERÍA.
Cristóbal Colón, paseo de. PLAZA DE TOROS. Desde comienzos del siglo XVIII poseía la Real Maestranza de Caballería de Sevilla una plaza cuadrangular de madera en el Baratillo, que en 1730 sufrió profunda reforma. En 1737 se acuerda la construcción de una de fábrica, pero hasta el año 1761 no se  lleva a la práctica, encargándose la traza al arquitecto Vicente de San Martín, quien construye, en 1763, el cuerpo del Balcón del  Príncipe, dedicado por la Real Maestranza al Infante don Felipe de Borbón. La construcción se prolonga hasta la segunda mitad del siglo XIX.
     La fachada principal tiene por eje la gran puerta de piedra, flanqueada por grandes columnas, sobre pedestales, que sostienen el balcón; éste remata en frontón recto. A am­bos lados de esta portada, otras puertas más pequeñas con frontones, y sobre ellas grandes óculos. El resto de la fachada se compone de dos cuerpos; el inferior con azotea y antepecho calado, y el segundo, remetido, de arquerías, que se corresponden con las del interior. Este se distribuye en dos zonas, la inferior, descubierta, comprende los tendidos, y la superior, cubierta, con arcos sobre columnas de mármol (234 y 235) [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor a Cristóbal Colón, a quien se dedica esta vía de la capital hispalense;
   Cristóbal Colón, (Génova, Italia, 1451 – Valladolid, 20 de mayo de 1506). Descubridor del Nuevo Mundo en 1492, primer almirante, virrey y gobernador de las Indias.
     La historia de Colón ha sido contemplada no como la de un simple mortal, sino como la de un mitológico semidiós capaz de gestas extraordinarias. Porque su empresa es, por antonomasia, uno de los acontecimientos trascendentales de la Historia de la Humanidad. Nadie pondrá en duda que el viaje de las tres carabelas es la primera de las palancas en la trasformación de la Historia mundial que se llama tránsito a la Edad Moderna.
     Como además hay en la trayectoria vital de Cristóbal Colón multitud de puntos oscuros y su misma propuesta descubridora está signada por el misterio —a pesar de que su hijo Hernando tratara de establecer una explicación satisfactoria a la génesis del proyecto—, no tiene nada de particular que en torno al gran navegante, a su figura y sus obras se hayan multiplicado las polémicas. Ya en la Historia de las Indias, Bartolomé de las Casas afirma que sólo se sabe con seguridad que el marino ligur procedió como si él poseyera la llave de un cofre de cuyo contenido sólo Dios sabía la verdad.
     Como contrapunto de aquellas oscuridades, cabe recordar que el gran navegante no fue sólo un hombre de personalidad gigantesca en sus hechos e ideaciones, fue al mismo tiempo un expositor caudaloso y de fuerza extraordinaria del proceso que impulsó y presidió. Sobre ciertos puntos capitales, su palabra es la única que queda de amplio y verdadero valor informativo. Sus subordinados e interlocutores, aquellos que con él tuvieron conversación amigable o antagónica, no nos han dejado nada que sea comparable a los escritos del Descubridor. Y los personajes de autoridad superior a la suya, es decir, los Reyes Católicos, guardaron una mayestática y lacónica compostura al manifestar algo que no fuesen elogios para “su” almirante, a excepción de aquel dramático momento en el que decidieron sustituirle como virrey-gobernador. Además, de puño y letra del Descubridor conservamos unas apostillas en las márgenes de dos códices que fueron su aliento estudioso como proyectista del Gran Viaje: los Tratados del cardenal de Ailly y la Historia rerum del papa Pío II.
     Pero es en la Historia del Almirante, escrita por su hijo natural Hernando Colón, donde se nos brinda el mayor número de precisiones acerca del itinerario vital del personaje, salvo que toda la obra, concebida conforme al canon hagiográfico, no es otra cosa que un tributo devoto a la memoria del gran navegante.
     Orígenes Colombinos y sus Navegaciones Mediterráneas: De modo que el primero de los esfuerzos apologéticos de Hernando fue el relativo a la cuna paterna.
     De cualquier manera, las cortinas de humo que tiende Hernando sobre sus abuelos no dejan de apuntar a Génova como asiento de los Colombo. Pero a las presunciones nobiliarias de una familia con títulos —almirante— parejos a los de los Enríquez y que ha enlazado en la persona del segundo almirante Diego, con la Casa de Alba mal le convenían los perfumes de queso, vino y taller de lana que acompañaban a los hijos de Domenico Colombo. No es eso todo, Hernando intentaba además garantizar la formación intelectual del primer almirante Colón, de ahí que haga cursar a su padre, en Pavía, unos estudios de los cuales nadie haya tenido noticia hasta ahora. Y lo que es más, que reaccione con virulencia contra los cronistas genoveses que impusieron a don Cristóbal la nota infamante de sujeto obligado en su juventud a laborar con sus propias manos.
     Al cobijo de las brumas hernandinas se abrió, pues, paso la primera polémica. Los suelos que se disputaron ser cuna de Cristóbal Colón fueron múltiples.
     Pero para los efectos biográficos y de interpretación, dos han sido los principales contendientes: de un lado, Italia —claro es—, a cuyo favor militan todas las noticias dignas de crédito, y de otra parte, España, donde el tránsito de patriotismo a patrioterismos más emotivos que razonantes “exigió” completar la gloria española del descubrimiento, haciendo español a su protagonista. Ahora bien; el primer requisito para españolizar al Descubridor es el de descalificar como pura superchería las fuentes más próximas a la vida del almirante.
     Fueron muchos los estudiosos que trataron de buscar a Colón cunas en la Península Ibérica. Galicia, Extremadura y Cataluña, entre otras regiones españolas, se disputaron el honor de contar entre sus naturales a tan eminente personaje. También en el debe de las ocultaciones de Hernando hay que anotar el empeño de Salvador de Madariaga por radicar a Colón en el seno de una familia judeoconversa.
     Frente a esas pretensiones se alza un argumento incontestable: los testimonios de la época —incluido el del propio Descubridor en el documento fundacional del mayorazgo a favor de su hijo Diego— son unánimes a la hora de fijar en Génova el solar de los Colombo. Además, investigadores genoveses han probado fehacientemente que el almirante fue hijo de Doménico Colombo y de Susana Fontanarosso (Fontanarrubea), pertenecientes ambos a familias ligures dedicadas a la fabricación textil, padres, igualmente, de Bartolomeo y Giacomo. La opinión más generalizada es que el futuro almirante vino al mundo en 1451. 
   Ya se ha dicho que Hernando, en su afán de hacer del almirante un profundo conocedor de astrología, cosmografía, geometría y navegación, le hace cursar estudios en Pavía, pero ni en aquella universidad se impartían esas disciplinas, ni en sus registros queda huella del paso de Cristóbal.
     Lo que se sabe a ciencia cierta es que el futuro descubridor pasó su juventud en la costa ligur, navegando desde muy joven por aquellos mares —como él mismo refiere en carta a los Reyes Católicos— al tiempo que atendía los negocios de su padre.
     Muy probablemente entre los años 1470 y 1472 se dedicó a actividades corsarias al servicio de la Casa de Anjou y en contra, por lo tanto, de los intereses que Aragón tenía en Italia, más concretamente en Nápoles. Estas correrías pudieran haber contribuido también a la política de ocultamientos familiares aplicada por los Colón.
     Colón en Portugal y el Proyecto Colombino de Descubrimiento: Igualmente se sabe con seguridad que en la primavera de 1477 el futuro almirante estaba en Portugal. Al año siguiente aparece como agente de la casa genovesa Centurione comprando azúcar en Madera. Algo más tarde, en el verano de 1479, se encuentra en su Génova natal, de cuyo puerto salió rumbo a Lisboa el 26 de agosto de ese año.
     Por estas fechas hay que situar su matrimonio con Felipa Moniz de Perestrello, hija de Bartolomé Perestrello, capitán donatario de la isla de Porto Santo (del archipiélago de Madeira), y de su segunda esposa, Isabel Moniz, emparentada con la casa real de Braganza. Entre 1480 y 1482, en la isla de Porto Santo, nació Diego, hijo primogénito del marino ligur y heredero de sus títulos.
     Entre esos años y 1484 la vida de Cristóbal transcurrió en el Atlántico, en viajes a Guinea —concretamente estuvo en el fuerte de San Jorge da Mina—, e incluso más al sur.
     En 1484 Cristóbal Colón ha madurado su proyecto de Gran Viaje y está en disposición de proponerlo a los príncipes europeos.
     La originalidad del proyecto del inventor genovés estribaba en un doble postulado consistente en afirmar, de una parte, la existencia de tierras, ignotas y pobladas, muy extensas a Poniente, alcanzables por el salto de un velero y que esas tierras estaban ligadas al Asia conocida. Ahora bien, esos postulados eran inaceptables para los saberes teóricos e incluso para las experiencias más avanzadas de su época. O dicho en otros términos, eran absurdas para todo aquel que no hubiese hecho una reducción del globo terráqueo tan radical como la que practicó Colón, con osadía ignorante del verdadero valor del grado de meridiano y frente a autoridades venerandas que se remontaban a Eratóstenes. Fue en el texto del profeta Esdras —no admitido como tal en el canon de la Iglesia— donde Colón encontró el único dato de aproximación métrica a la anchura del Océano que pueda servir a la ilusión de cruzar directamente de Europa hasta el fin del Oriente en una singladura sin escalas intermedias. Y se explica así el amplio ejercicio de pluma que el proyectista Colón dedicó en sus apostillas al seudoprofeta, para quien la relación existente entre la extensión de las aguas y la de las tierras emersas es de 1 a 6.
     Es cierto que asimismo el sabio polígrafo florentino Paolo del Pozzo Toscanelli, por esas mismas fechas, concebía la existencia de un océano único y apuntaba la posibilidad de alcanzar el Cipango (Japón) de Marco Polo navegando desde Lisboa, pero lo hacía gracias a la existencia de la isla Antilia que, según sus cálculos, distaba 625 leguas de la gran isla de Cipango. Igualmente, hay que hacer notar que, desde la segunda mitad del siglo XV, los portugueses habían buscado hacia Poniente, con incansable denuedo, esa isla u otras míticas —como la de las Siete Ciudades—, pero lo cierto es que ni habían sido vislumbradas, ni se sabía a qué latitud podían encontrarse.
     En resumen, los cálculos más optimistas con respecto a la anchura del Océano —los Toscanelli que situaban el Catay (China) distante no menos de 1.600 leguas de los finisterres de Occidente, y Cipango del orden de 1.200— requerían de forma imperiosa contar con un eslabón intermedio para alcanzar las Indias conocidas, ya que no pasaba de 800 leguas el límite sensato que debía imponerse a un internamiento oceánico hacia el Ocaso. Por consiguiente, la clave del proyecto de alcanzar los ámbitos conocidos de Oriente navegando hacia Occidente estaba en ese eslabón de tierras intermedio. Sólo que, como lo constituía un rosario de islas, en exclusiva podía realizar el proyecto la persona poseedora del secreto relativo a la latitud precisa en que se encontraban las susodichas islas.
     Pero, como se ha señalado arriba, la originalidad de Colón estaba en asegurar un viaje cuyas metas escalonadas se ofrecen diáfanas a través de todos los datos que existen: unas islas situadas a cuatrocientas leguas al oeste de las Canarias; una tierra continental incógnita aunque al mismo tiempo y sin duda alguna es tierra “indiana” y que debe salir al paso de las carabelas por aquel mismo rumbo y latitud, a distancia entre 700 y 800 leguas del mismo archipiélago Afortunado y, arrumbada hacia el noroeste, la tierra firme del Catay y al sur de ella el inmenso seno de los Seres y los Sinas. Es de notar la diferencia en las distancias entre las propuestas toscanellianas y las colombinas, pero además cabe advertir que aquel estribo mágico de las tesis de la época —el de la Antilia y Siete Ciudades— se ha convertido en la ideación del genovés en archipiélago de “entrada a las Indias”.
     Naturalmente, para garantizar el éxito de su empresa el inventor genovés debía mantener en secreto, hasta el final y a ultranza, el paralelo por el que se iban a conducir sus singladuras.
     Colón y el Predescubrimiento: Ahora bien, dadas las diferencias entre la propuesta colombina y las previsiones de Toscanelli, cabe preguntarse de dónde ha sacado el reflexivo genovés las determinaciones tanto sobre la distancia y el carácter de esas islas ciertas como de las otras etapas. Sólo hay una respuesta racional a esa interrogante: información de personas que para Colón vienen de las Indias. Porque aquella información sí pudieron facilitarla los amerindios llegados al centro del Atlántico, los cuales, procedentes del ámbito Caribe y expresándose en un idioma en el fonema “cani” que es frecuentísimo al final de los vocablos, pueden inducir la imagen de una relación suya con el Magnus Kan. Y aún mucho más en particular, cabe advertir que si aquellos argonautas caribeños fueron mujeres del ámbito insular, denominaron a su propia etnia con el nombre de calliponam, y que sonaría caníbales al oído europeo. En apoyo de esa respuesta, se puede añadir que Colón declara de su puño y letra en una apostilla a la Historia rerum de Pío II, al margen de una noticia relativa a la llegada de indios a Europa en dos ocasiones, que él mismo ha tenido noticia o visión directa de la llegada al ámbito occidental de gente amerindia viajera en sus propias embarcaciones. Esto es, Colón ha afirmado que tenía certidumbres empíricas sobre tierras alcanzables en la latitud de las Canarias.
     Pero la resolución de los enigmas del Gran Viaje en clave de providencial encuentro oceánico obliga a repasar, siquiera brevemente, la cuestión del “preconocimiento” de América. Un “preconocimiento” que, negado por Hernando Colón, no mereció la consideración del colombinismo clásico, a pesar de ser de común aceptación entre los coetáneos del marino genovés.
     En efecto; por los mentideros de la época circuló una “conseja de marineros”, según la cual Colón debía sus conocimientos a un navegante portugués que le confió su secreto estando en trance de muerte. Cuenta Bartolomé de las Casas que en los parloteos de los veteranos de las Indias se daba por cosa cierta que la empresa de Colón se había cifrado en el conocimiento previo que tuvo de la existencia de las islas antillanas por la confidencia que recibió de un piloto que habiendo sido arrastrado por las tempestades hasta las Antillas, logró después retornar con su gente e ir a dar en la isla de Madera, para morir en brazos de Colón, no sin haberle comunicado antes el gran secreto de su hallazgo. Aquella solución “popular” al misterioso triunfo del navegante no quedó circunscrita a los cotilleos baquianos, sino que circuló cumplidamente por España, como lo acreditan las versiones que sobre el hoy llamado “piloto anónimo” (o “protonauta” de la teoría sostenida por Juan Manzano y Manzano) nos comunican los otros cronistas primeros de las Indias comenzando por Fernández de Oviedo. En rudo contraste con esas seguridades están, en cambio, las circunstancias tan poco verosímiles que postula la explicación: absoluto desconocimiento sobre la personalidad y nombre del piloto en cuestión, por parte de tantos y tan bien enterados del caso; invencible silencio en una tripulación por oportuna y terminante que fuese la “moribundia” con que llegó a Madera; y, en fin, la rareza de este desvelamiento tardío.
     Aun así, no cabe ignorar que eran muchos los que pensaban que Colón llevaba en su cofre secretos que un día quiso el océano entreabrir acerca de su otra orilla. También él mismo se presentó siempre como sujeto elegido por la Santísima Trinidad, para “llegar a perfecta inteligencia que podría navegar e ir a las Indias desde España, passando el mar Océano al Poniente”.
     De modo que en la invención del ligur se conjugaban causas y datos de orden diverso; pero entre los cuales el dictado profético tenía un desempeño de primerísimo orden, en apoyo de lucubraciones que se reclamaban de lo sacro y de lo maravilloso. Y qué otra cosa podía ser más maravillosa que el logro de certidumbres irrefutables a partir de un conocimiento empírico proporcionado por el encuentro con hombres —o mejor mujeres— llegados de la otra orilla del océano.
     A tenor de lo anterior, no puede extrañar que hayan sido cinco las metas de la Gran Travesía señaladas de una forma u otra por la pluma de Colón: la isla de las Amazonas; el archipiélago de la entrada indiana, habitado por gentes desnudas que esperan la voz de Cristo; el Paraíso Terrenal; el Tarsis y el Ofir de las Sagradas Escrituras y el Magnus Kan presidencial en el Catay. Todo ello se desprende del análisis de lo único pero precioso que nos dejó escrito como proyectista estudioso de su Gran Viaje, es decir, las apostillas puestas por él a aquellas dos obras que constituyeron la base de sus conocimientos e ideas ilustrados, la Historia rerum del papa Pío II y los Tratados o Imago Mundi del cardenal Ailly. Y es que, en su ideación, esas Amazonas oceánicas, habitantes de la última de las islas del Archipiélago de entrada a las Indias son identificadas con las antiguas del Caspio y el Ponto. Ellas pueden estar relacionadas en el confín del mundo con un Magnus Kan que domina desde las riberas del Caspio hasta las del océano escítico. Ellas, en fin, siguen efigiando un primitivismo irreductible capaz de ser frontero del Paraíso y a la vez de los emporios urbanos, y que guarda los valores de una vocación hacia la virtud heroica, que espera la hora de su ascenso al nombre cristiano.
     Volviendo a la biografía del gran navegante, el primer ofrecimiento lo hizo el año de referencia en Lisboa al rey Juan II de Portugal, el príncipe Perfeito.
     El monarca luso no rechazó a Colón, sino que lo entretuvo con el expediente de una Junta consultiva. Es probable que tratara de sonsacarle la única clave que cabía sonsacar: la latitud en la que el inventor haría su internamiento. Porque de lo que no caben dudas es del interés del Perfeito por las cuestiones de la Descubierta antes incluso de acceder al trono en 1481. Sólo que las pretensiones de Colón —las mismas, en esencia, que luego figurarían en las capitulaciones de Santa Fe— le debieron parecer desmedidas. Se sabe que optó por realizar sus propias pesquisas porque, a fin de cuentas, Colón no era sino uno más de los buscadores de islas ciertas pero no encontradas, que proliferaron por aquellos años. Bien es verdad que su plan era más ambicioso, ya que en él la misteriosa isla era sólo la condición indispensable para la Gran Travesía que permitiría alcanzar las costas del Magnus Kan.
     Negociaciones en la Corte de Castilla: Al año siguiente, en 1485, Colón, acompañado por su hijo Diego, se instaló en Castilla. Probablemente desembarcara en Palos de la Frontera y, de camino hacia Huelva, pudiera haber tenido ocasión de visitar el monasterio franciscano de La Rábida, donde encontraría los primeros y, de eso no caben dudas, los últimos y definitivos apoyos a la empresa que venía a proponer. Lo que sí está confirmado es que desde el 20 de enero de 1486, día en el que se entrevistó con los monarcas en Alcalá de Henares, el genovés es el formal protegido de los Reyes Católicos y que a partir de ese momento se iniciaron unas negociaciones, largas de seis años, durante las cuales, en varias ocasiones, los monarcas le hicieron llegar estimables cantidades de dinero para su sustento. Además gozó pronto de la simpatía y comprensión de personajes destacados. La nómina es bien conocida: Medinaceli, Quintanilla, el cardenal Mendoza, Santángel, fray Diego Deza, Juan Cabrero y fray Hernando de Talavera. 
   En ese tiempo en el que Colón se movió en la órbita cortesana, durante una estancia en Córdoba, conoció a Beatriz Enríquez de Arana, una joven huérfana de humilde condición social, con la que nunca llegó a casarse a pesar de ser madre de su segundo hijo, el geógrafo e historiador Hernando Colón.
     Ante las demoras que los Católicos van dando al postulante, con excusas de varia índole, éste decidió explorar nuevas posibilidades en otros reinos europeos y el año 1488 envió a su hermano Bartolomé a entrevistarse con Enrique VII de Inglaterra. En aquella corte es visto en el mes de febrero. Tal vez él mismo viajara a Portugal a finales de 1488.
     La espera del inventor genovés en la corte de los Católicos, y el tiempo y modo en que se resolvió se han venido explicando por una doble y escalonada causa: primero, la sanción contraria al proyecto colombino emitida por la Junta consultiva; y luego las urgencias de la guerra de Granada, reconocidas como causa dilatoria, en forma solemne por las bulas de Alejandro VI. Pero esa explicación no concuerda con la lógica de unos hechos donde lo que decide en las resoluciones de los Católicos no es desde luego el parecer de la Junta; ni los costes de un par de navíos se nos ofrecen como operación inasequible para Castilla antes de la rendición de Granada. Lo inasequible era entrar en conflicto con Portugal, para mantener lo que se descubriera en ultramar cuando los castellanos mantenían simultáneamente la empresa de Granada y el enfrentamiento con Francia. Por ello, los Católicos tenían que acometer el proyecto, particularmente por lo que se refiere a Portugal, con todas las reservas, o, si se quiere, recurriendo al secretismo más riguroso y simulando que el viaje que les ofrecía el misterioso inventor no les merecía especial interés ni confianza.
     En 1491, totalmente desanimado, Cristóbal Colón decidió abandonar Castilla pasando por Huelva, donde residía el matrimonio Muliart, sus cuñados —Miguel Muniart estaba casado con Violante Moniz—. Fue entonces cuando realizó esa visita al monasterio de La Rábida que resultaría trascendental para el futuro de la empresa descubridora. En ella se entrevistó con fray Juan Pérez, confesor de la reina, quien, movido por desconocidos resortes, no dudó en movilizar toda su influencia frente a doña Isabel a fin de vencer las reticencias de la Señora. No se conoce el contenido de la entrevista entre el fraile y la Reina, pero cabe dentro de lo congruente imaginar que fray Juan se presentara ante doña Isabel como poseedor de las claves del proyecto de navegación confiadas a él con las garantías de reserva que ofrece el confesionario.
     A partir de ahora el camino se allanó para el genovés que viajó a Santa Fe y fue testigo presencial de la caída de Granada el 2 de enero de 1492. Había comenzado un período de arduas negociaciones con la Corona que sólo culminó el 17 de abril de ese año con la firma de las Capitulaciones de Santa Fe. En esta última fase, el postulante contará con los apoyos de dos aragoneses: Luis de Santángel y Juan Cabrero, fieles servidores del rey Fernando, el primero como escribano de ración y el segundo como camarero.
     Gracias a ellos se salvaron las reticencias de la Reina y el marino ligur vio confirmadas sus demandas: El título de almirante de la Mar Océana en todas aquellas tierras que por su industria se descubrieran; igualmente para éstas el nombramiento de virrey y gobernador. También se le reconocía el derecho a cobrar la décima parte de las ganancias del comercio realizado en ese espacio. Al mismo tiempo, podía participar en todas las iniciativas que la corona allí llevase a cabo aportando la octava parte del monto de las mismas y cobrar en idéntica proporción. 
   El 30 de abril, por una real provisión, los monarcas otorgaron a Colón la merced de transmitir sus oficios —almirante, virrey y gobernador— a sus herederos.
     También los reyes le autorizaron a utilizar el Don antepuesto a su nombre desde el momento en que se materializaran los descubrimientos.
     El Gran Viaje Descubridor: La firma de las capitulaciones permitió al almirante abordar los asuntos relativos a la preparación del viaje. De esa primera travesía hay dos piezas historiográficas esenciales: el Diario colombino de la expedición, junto con la carta a Santángel, y las noticias que se contienen en los Pleitos. Por ellas, y algún otro documento de carácter administrativo, se sabe que los preparativos se llevaron a cabo en la villa de Palos, condenada por ciertos “deservicios” a armar a su costa dos carabelas y navegar durante dos meses a beneficio de la corona y que se dispusieron tres naves; dos de ellas —la Pinta mandada por Martín Alonso Pinzón y la Niña por Vicente Yáñez Pinzón— eran carabelas andaluzas, mientras que la nao Santa María, la nave capitana, había sido armada en los astilleros del Cantábrico. De igual modo se tiene constancia de que todos los hombres iban a sueldo de la corona que había pagado cuatro meses de anticipo y de que el clima entre capitanes y tripulación era de gran confianza en el almirante que ha debido transmitir a unos y otras sus certidumbres sobre las metas de la travesía. Metas que, como ya se sabe, no eran otras que hallar islas a 400 leguas de las Canarias y tierras indianas a 700 o poco más de ese mismo archipiélago.
     Al fin, tras oír misa, se hicieron a la mar el 3 de agosto de ese año. Tocaron en La Gomera para reparar el timón de la Pinta y alcanzaron el mar de los Sargazos el 16 de septiembre. Durante los primeros días de octubre, cuando se habían superado ya las 700 leguas de navegación, el malestar creció entre las tripulaciones que contemplaban cómo la realidad oceánica estaba defraudando las promesas de Colón. Ante la tensa situación, el almirante debió cambiar el rumbo —hasta aquí había navegado siguiendo invariablemente el paralelo de las Canarias— y recurrir a un procedimiento tan escasamente cosmo-matemático como era seguir la dirección que le señalaban las aves viajeras. Ellas y el sentido del honor de los marinos españoles —personificados en los Pinzón y Juan de la Cosa— que accedieron a proseguir la marcha aún tres días más, propiciaron el éxito de la empresa en la que el Descubridor verá, de nuevo, la “mano del Señor que da las victorias”. Lo cierto es que a las dos de la madrugada del viernes 12 de octubre Rodrigo de Triana avistó tierra. Al amanecer llegaron a una isla de las Lucayas (Bahamas) que los indios llamaban Guanahaní y el genovés rebautizó con el nombre de San Salvador. Colón resolvió entonces explorar el archipiélago, decisión que contradice categóricamente que su programa estuviese sometido, en exclusiva, a los dictados de Toscanelli. Pues de haberse atenido a las sugerencias del geógrafo, lo aconsejable hubiera sido continuar hacia poniente en busca de las tierras continentales.
     Concluido el reconocimiento de las Bahamas en las que el almirante creyó ver la antesala del mundo paradisíaco, emprendió una travesía en dirección sureste que le permitió alcanzar Cuba o la tierra de Juana en la designación del Descubridor. Allí creyó —bien es cierto que por poco tiempo— encontrarse en el Cipango. Luego supo que se trataba de tierra insular, bien extensa por cierto, distante de la tierra firme —donde él colocó el Imperio del Gran Can por asociación con la voz “cani” que oyó a los nativos— diez jornadas de navegación.
     Tras dedicar noviembre a la exploración de Cuba, el 6 de diciembre avistó Haití que bautizó como isla Española. En ella descubrió una sociedad en la que no sólo existían “reyes” (caciques) sino que se comportaba además con un disciplinado sentido de la jerarquía, manifiesto en las formas refinadas del respeto que se tributaba a los superiores. El 25 de diciembre la nao Santa María encalló al norte de la Española; con sus restos se construirá el fuerte de Navidad, donde el almirante dejó un reducido número de sus hombres bajo el mando de Diego de Arana, persona de su confianza.
     El 16 de enero se emprendió el regreso.
     El periplo por el Caribe, sorprendente en sus derrotas, sólo puede obedecer a la falta de un único norte en el programa colombino e indica que el Inventor se manejaba, en realidad, con tres brújulas: las nociones de la ciencia geográfica relativa a lo conocido; la interpretación que procura hacer de lo que ve y de lo que oye, y su propia construcción ideológica hecha a partir de la información de las indias caribeñas que cruzaron medio atlántico.
     El viaje de retorno lo hicieron los dos navíos por separado, de modo que Martín Alonso, capitaneando la Pinta, arribó a Bayona de Galicia tan enfermo que murió a poco. Por su parte, el almirante, a bordo de la Niña, entró en Lisboa el 4 de marzo de 1493. El 13 de ese mismo mes, volvió a hacerse a la mar rumbo a Sevilla, para desembarcar en Palos. Desde allí se dirigió a Barcelona a fin de comunicar personalmente a los monarcas el extraordinario valor de sus hallazgos.
     A partir de este momento, el proyecto de los Reyes Católicos con relación a la empresa de las Indias se organiza en torno a dos exigencias irrenunciables: implantar allí una colonización y proseguir el Descubrimiento. A ellas se sumaron muy pronto los apremios del enfrentamiento diplomático con Portugal. Un enfrentamiento que condujo primero a la promulgación de las Bulas de Alejandro VI y luego a la conclusión del tratado de Tordesillas.
     El Segundo Viaje: Para atender las exigencias del triple proyecto se organizó una segunda expedición que salió del puerto de Cádiz el miércoles 25 de septiembre de 1493. Se trataba de una armada de cinco naos y doce carabelas en la que se embarcaron labradores del reino de Granada y clérigos, aparte de marineros y soldados. En Canarias la flota cargó cabezas de ganado —becerros, cabras, ovejas, puercos y gallinas—, productos frutícolas —naranjas, limones, melones, etc.— y hortalizas. El cargamento de las naves anunciaba ya cuáles iban a ser las claves del programa colonizador de España en las tierras recién descubiertas. El almirante llevaba además el encargo de proseguir la descubierta. De modo que cuando, tras una travesía de veinte días a partir de la isla del Hierro, llegó el 3 de noviembre al archipiélago de las Pequeñas Antillas se dedicó a su exploración. No será pequeño el balance de lo destapado por el genovés en esta expedición, pues incluye un ámbito que va desde las Pequeñas Antillas hasta la isla de Pinos en Cuba pasando por Boriquen —que llamó de San Juan Bautista—, Jamaica y la costa meridional de la Española. Pero como pronto supo por los indígenas que en las latitudes australes se situaban las riquezas mineras, botánicas y zoológicas más considerables, son de imaginar las ansias que le impulsarían a aquellas tierras del sur. Probablemente el Descubridor mandará ahora naves a confirmar la existencia de los mencionados territorios —como defendió Juan Manzano—, pero tampoco parece imposible que tal conocimiento —al menos en el sentido personal— lo haya adquirido con ocasión de emprender su regreso a España; regreso cuyas singladuras no están demasiado claras.
     Sin embargo, frente a los logros del programa descubridor hay que colocar los fracasos de la empresa colonizadora. En la Española —donde Colón encontró arrasado el fuerte de Navidad— se van a fundar entre 1494 y 1496 varias ciudades, entre las que destacan la Isabela y Santo Domingo que pronto se convertirá en capital de las Indias. Pero en la isla la situación es cada vez más grave, al hambre y las enfermedades se sumarán inmediatamente las primeras deserciones de los españoles. Ante tal situación, Colón mandó a la Península a Antonio de Torres con algo de oro e indios para vender en el mercado de esclavos. Los indios se venderán con el consentimiento de los Reyes, aunque poco después, ya bien asesorados, los monarcas revoquen la autorización inicial.
     Desde estas primeras experiencias se pone de manifiesto la disparidad de criterios, de finalidad e instrumentación que contraponen a las colonias de signo mercantilista las de signo terrícola. De un lado está el provecho de un tráfico marítimo, que busca inexorablemente el monopolio estatal-colombino y que se basa en la posesión de un enclave de dominio militar-mercantil. Del otro, la instancia que lleva a los grupos a organizar su avance ocupando tierras y trasplantando a ellas cuanto les caracteriza como comunidad cultural y mediante la sujeción o expulsión de los naturales del territorio. Pues bien, Colón representaba el primer modelo, y los españoles —a la cabeza los Reyes— el segundo.
     En junio de 1496, Colón está de vuelta de su segundo viaje con cartas de triunfo, sólo que con anterioridad —en noviembre de 1494— han llegado a la Península los desertores de La Española acusando a los Colón de desgobierno y los Reyes han enviado allí a Juan de Aguado con cuatro carabelas, más bastimentos y el encargo de informarse de la situación. De modo que don Cristóbal se verá obligado a explicarse ante los monarcas. Los Reyes Católicos lo recibieron como si no hubiera pasado nada, le confirmaron sus privilegios —el 23 de abril de 1497— y le autorizaron a instituir un mayorazgo en la persona de su hijo mayor Diego. Además sufragaron una tercera expedición pero dando a entender que no era otra cosa sino una última oportunidad de relanzamiento por cuenta oficial de lo que debía alimentarse en adelante de sus propios beneficios.
     El Tercer Viaje: Bajo estos presupuestos, se organizó el tercer viaje. El almirante partió de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498 con seis navíos, hizo escala primero en la isla de Porto Santo y luego en La Gomera, donde dividió la flota: tres barcos se dirigieron directamente a La Española y otros tres, bajo su mando, prosiguieron la empresa de la Descubierta. Esta vez navegó más al sur, por el paralelo de Sierra Leona. El 31 de julio avistó la primera tierra a la que puso por nombre Trinidad. Resultó ser tierra insular, pero adyacente a otra de enormes proporciones en cuyas profundidades, a tenor de la grandeza de los cursos de agua que desembocaban en el mar, el Descubridor supuso se encontraba el Paraíso Terrenal. Había alcanzado, por tanto, suelo asiático. Dedicó los primeros días de agosto a recorrer aquella costa que el llamó de las Perlas y que era el golfo de Paria en la desembocadura del Orinoco. El marino ligur había culminado una nueva hazaña: el hallazgo de un “cielo nuevo y mundo” —como dirá en carta a Sus Altezas— enteramente ignoto al europeo. Pero para él significaba algo más, porque esa hazaña al estar inscrita potencialmente en su “invención” del Fin del mundo, y atenerse a la métrica de Esdras, le confirmaba en sus presunciones de ser encarnación de las promesas isaíacas.
     Con muy distinto semblante se presentó el asunto de La Española, porque durante la ausencia de don Cristóbal, se habían sentado en la colonia las bases de una escisión —la rebeldía de Francisco Roldán contra la autoridad del adelantado Bartolomé Colón— que amenazó con convertirse de un día para otro en guerra civil. En las exigencias de Roldán frente al adelantado se dieron la mano los dos motivos mayores para acusar de inhumana y tiránica la construcción factorial de los Colón; es a saber, el requerimiento de que se les asignaran tierras en las que asentarse y mantenerse y el de poner fin a la guerra contra los indios. Ante esta situación el almirante cometió tres grandes errores: describió a los Reyes la situación como un peligro para la soberanía, por lo que debía ser saneada a sangre y fuego; retuvo las pagas de los asalariados en la medida en que le pareció bien y siguió enviando cargamentos de indios esclavos cuando ya Sus Altezas habían decidido someter a examen jurídico-teológico la legitimidad de aquel trato.
     En respuesta al conflicto, los Católicos enviaron a La Española a Francisco de Bobadilla con el título de juez pesquisidor. En agosto de 1500 llegó Bobadilla a Santo Domingo y un mes después, ante la resistencia de los Colón a aceptar su autoridad, tomó una medida que a muchos pareció excesiva: aherrojar a los tres hermanos y mandarlos de vuelta a España. Y aunque los Reyes desencadenaron al almirante con muestras de afecto, es el caso que no lo restituyeron en la gobernación de las Indias.
     A la larga, pues, lo trascendental no fueron los hierros bobadillanos, sino la decisión inamovible de los Católicos de dar por prescritas las Capitulaciones de Santa Fe como compromiso intocable. Y es que igual que la contextura moral de Colón se puso pronto en contraste con la de la hueste española a sus órdenes, sus proyectos colonizadores terminaron por entrar en conflicto con los de los Reyes que auspiciaron sus empresas.
     Hasta que vuelva a hacerse a la mar en mayo de 1502, para emprender el cuarto viaje, Cristóbal Colón permanecerá en España dedicado, probablemente, a escribir el Libro de las Profecías. Si las apostillas nos abren ventanas insustituibles a la invención del Gran Viaje, esa compilación profética constituye una larga oración declaratoria sobre por qué el almirante se firma Cristóferens. Un Cristóferens que ahora se propone enlazar en un todo argumental sus promesas primeras, sus realizaciones y su destino futuro.
     El Cuarto Viaje Colombino o Alto Viaje: Por lo que se refiere a la cuarta travesía, la que él califica de Alto Viaje, un relato de Colón —la célebre Carta de Jamaica— nos brinda la versión más directa, apasionada y apasionante que se pueda imaginar. Colón partió del puerto de Cádiz el 11 de mayo de 1502 con cuatro navíos y la compañía de su hermano Bartolomé y su hijo Hernando que tenía por entonces trece años. Fue ésta la travesía más rápida de cuantas hizo, pues tras abastecerse en Maspalomas, llegaba a la entrada de las Indias el 15 de junio. Ya en tierras americanas, una serie de circunstancias le aconsejaron, en contra de su primer proyecto, encaminarse a La Española. Una vez allí y ante las evidencias de la proximidad de un gran huracán, pidió autorización para fondear en puerto, al tiempo que recomendaba retrasar el retorno a España de la flota en la que regresaba Francisco de Bobadilla —sustituido en el cargo de gobernador por frey Nicolás de Ovando recién llegado—. Ni se le concedió el permiso ni se le aceptó el consejo y las consecuencias fueron dramáticas al menos para la flota: se hundieron en torno a veinticinco buques, se ahogaron más de quinientos hombres y se perdieron más de cien mil castellanos de oro de la Corona. Los Colón, por el contrario, salvaron sus cuatro navíos.
     Don Cristóbal pudo así zarpar el 14 de julio en dirección a Centroamérica. A finales de mes, fondeaba en Punta Caxinas (Honduras). Desde aquí, con enormes dificultades por el viento en contra, siguió costeando en dirección Este hasta alcanzar un punto en que el litoral giraba bruscamente hacia el sur y que él llamó cabo de Gracias a Dios. Prosiguió la descubierta ahora ya en condiciones de navegación algo más favorables y dedicó los meses que quedaban del año a recorrer las costas de Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Con todo no faltaron las dificultades derivadas, esta vez, del clima y las resistencias indígenas. Todavía continuará explorando estas costas hasta que el día de Pascua (16 de abril de 1503), decidió el regreso a España sin haber encontrado lo que tan afanosamente buscaba: el estrecho que, en su ideación, separaba las tierras continentales encontradas al sur, en viajes anteriores, y éstas situadas al norte.
     El camino de vuelta no será menos azaroso. Al almirante sólo le quedaban dos navíos y con ellos llegó a Jamaica el 24 de junio. Pero es allí donde aún le esperaban las mayores penalidades del viaje. En efecto, tratando de solucionar los problemas de aguada, encallaron los susodichos barcos sin que sirvieran de nada todos los esfuerzos para reflotarlos. Ante lo apurado de la situación no se encontró más salida que enviar dos canoas a Santo Domingo en busca de auxilio. Lograrán su propósito de alcanzar La Española tras superar graves inconvenientes, pero tardaron meses en poder adquirir un navío que cargado de pertrechos fuera a rescatar a los náufragos de Jamaica. Durante el tiempo de espera, Colón, por su parte, debió vencer reveses tales como una rebelión de españoles, resistencias indígenas, enfermedades y falta de bastimentos.
     Al fin, el 28 de junio de 1504 —cuando ya se había cumplido un año de su llegada— pudo el almirante abandonar la isla de Jamaica. Puso rumbo a Santo Domingo, donde permaneció algún tiempo y el 12 de septiembre salió con dirección a España. No sin enfrentarse a nuevos retos, llegó a Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504.
     Una vez de regreso en España, y gravemente enfermo, Colón tuvo tiempo aún de escribir a amigos y valedores, y dirigirse a los Reyes. En primer lugar, se entrevistó con don Fernando en Segovia, pues la Reina había fallecido a poco de desembarcar él. En segundo lugar, escribió a los nuevos reyes, doña Juana y Felipe el Hermoso, en la pretensión de recuperar sus derechos. Aunque don Cristóbal reclamaba a la Corona sumas abultadísimas —las que correspondía al “tercio, décimo y ochavo” —, no es cierto, de ninguna manera, que estuviera en la pobreza, ni menos aún en la marginación social. El vertiginoso ascenso de la familia llevó al segundo almirante a enlazar con la Casa de Alba en un matrimonio que estaba procurando en estos meses el rey Fernando.
     Y, tras redactar un nuevo testamento el 19 de mayo de 1506 y recibir los últimos sacramentos, el Descubridor murió en Valladolid al día siguiente, siendo enterrado en el monasterio de San Francisco de esa ciudad.
     Poco tiempo permanecieron sus restos en Valladolid, porque en 1509 fueron trasladados al monasterio sevillano de Santa María de las Cuevas. A partir de estas certidumbres, las polémicas que acompañaron a Colón en vida vuelven a encenderse, ahora con relación a sus restos mortales, pues hay historiadores que admiten un traslado de los cuerpos de los dos primeros almirantes a la Española en 1544 y otros que se inclinan a pensar que el proyecto de enterramiento en la catedral de Santo Domingo nunca llegó a realizarse. Pero de lo que no hay duda es de que en diciembre de 1795 se exhumaron unos huesos atribuidos a don Cristóbal de su sepultura dominicana y se trasladaron a Cuba, adonde llegaron el 5 de enero de 1796. Algo más tarde, en diciembre de 1898, los susodichos huesos volvieron a España para ser depositados en la catedral de Sevilla. Pero hay más; en 1877, se descubrió en el presbiterio de la catedral de Santo Domingo una urna de plomo con una inscripción que se interpretó como alusiva al primer almirante. Así pues, sus restos mortales, convertidos en especie de símbolo de un destino cruzado por el misterio, vendrían con el tiempo a ser disputados, como lo son, por los sepulcros catedralicios nada menos que de Sevilla y Santo Domingo (Juan Pérez de Tudela y Bueso, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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El Paseo de Cristóbal Colón, al detalle:
Real Maestranza de Caballería
Monumento a Dª María de las Mercedes
Glorieta de Curro Romero
Monumento a Carmen la cigarrera
Placa cerámica a la ópera "Carmen"
Monumento a Pepe Luis Vázquez
Edificio paseo de Cristóbal Colón, 16-19.
Monumento a Mozart
Edificio paseo de Cristóbal Colón, 24-25.
Edificio Previsión Española

martes, 5 de abril de 2022

Un paseo por la calle Almirante Lobo

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Almirante Lobo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 5 de abril, es el aniversario del fallecimiento (5 de abril de 1876) de Miguel Lobo y Malagamba, Contraalmirante de la Armada y polígrafo, a quien está dedicada esta vía del callejero, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Almirante Lobo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Almirante Lobo es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz; en el Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de los paseos de Cristóbal Colón, y de las Delicias, a la confluencia del paseo de Cristina con plaza Puerta de Jerez.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
    Este espacio fue conocido como sitio del Tagarete porque por allí corría, próximo a su desembocadura junto a la Torre del Oro, el citado arroyo. A partir de 1864 fue conocida como Jerez porque arrancaba de la puerta del mismo nombre, demolida en esta fecha. En 1869 se rotuló como Pilotos, en recuerdo de las enseñanzas de náutica impartidas en el cercano edificio de San Telmo, y en 1876 se acordó denominada Almirante Lobo en honor de Miguel Lobo y Malagamba que se distinguió en las operaciones de la Armada durante las guerras de Marruecos (1859-60) y del Pacífico (1864-66). En un plano de 1919 relativo a Reformas y Ensanches de Sevilla se cita sólo como Almirante.
     La demolición en 1828 de un tramo del lienzo de muralla que unía la Torre del Oro con la Puerta de Jerez y el posterior derribo de ésta en l864, junto al embovedamiento del Tagarete, permitió la construcción de viviendas apoyadas en la muralla. Esta operación alineó la calle eliminando el entrante que hacia aquélla. Con anterioridad habían existido algunas casas próximas a la Puerta de Jerez que fueron demolidas hacia 1874 para ampliar la plaza de Maese Rodrigo. Alrededor de 1914 se abrió comunicación con Habana y Matienzo, aunque ésta última debió cerrarse posteriormente. Confluye Habana y durante algún tiempo en el primer tercio del s. XX Matienzo. Sobre el arroyo Tagarete existió al menos en el s. XIII una alcantarilla o puentecillo que permitía el paso por la ribera izquierda del Guadalquivir; en el s. XVIII ya había dos, construyéndose posteriormente una tercera, y entre 1864 y 1866 fue cubierto este tramo del arroyo. Sobre él se colocó un arrecife con arbolado y, más tarde, hacia 1903, se le dotó de amplías aceras de losas de Tarifa y pavimento de adoquines. Fue readoquinado en 1915 y nuevamente en 1952. Actualmente ofrece capa asfáltica sobre éste, y amplias aceras de losetas de cemento en la que están plantados castaños de Indias en alcorques. Fue dotada de alumbrado eléctrico en 1948, modernizado en 1960; actualmente luce farolas de báculo.
     Del caserío primitivo construido entre 1864 y 1876 se conservan algunos edificios de dos, tres y cuatro plantas, que han sido restaurados en su mayoría. Otros son de reciente construcción. Entre 1928 y 1931 los arquitectos José y Aurelio Gómez Millán construyeron la casa de estilo neobarroco situada en la confluencia con la Puerta de Jerez. En la esquina opuesta ha sido edificada la sede central de la Previsión Española, obra del arquitecto Rafael Moneo. A través de una puerta de este edificio puede verse la torre de la Plata y un lienzo de la muralla almohade que están siendo restaurados. En este solar existió hasta hace unas décadas instalaciones militares de la Maestranza de Artillería. La acera frontera, que se formó a partir de la segregación de los jardines de Cristina, de los que formaba parte hacia 1929, estaba ocupada totalmente por el Hotel Cristina, obra regionalista de Modesto López y Ricardo Magdalena, construido en 1929 y parcialmente reconstruido en los años 70 para conseguir una planta más en la misma altura y transformarlo en edificio de viviendas y oficinas.
     Tuvo este espacio hasta mediados del s. XIX carácter marginal por su situación extramuros. Esta vía formó parte hasta 1846 de la cañada real del Juncal que proveniente del Prado atravesaba por San Fernando trasladándose en esta fecha a Palos de la Frontera. A partir de entonces y como consecuencia del derribo de la Puerta de Jerez, la prolongación del arrecife y jardines de las Delicias, la construcción del salón del Cristina, y la ocupación del palacio de San Telmo por los duques de Montpensier, comenzó a ser muy frecuentado, especialmente en primavera. A pesar de ello, todavía a principios del presente siglo era lugar donde se trasegaban las basuras de los recogedores de la ciudad. Fue dotada de un evacuatorio público en 1926 y de un surtidor de gasolina y de la parada más amplia de coches de punto de la ciudad, con ocho vehículos. En la actualidad es una vía de mucha actividad, con establecimientos comerciales muy frecuentados tales como el bar Nuevo Coliseo y varias empresas de servicios y hostelería. Existe también un quiosco de prensa. Desde hace varias décadas está establecida la terminal de Iberia [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Almirante Lobo, 3. Por el fondo de esta vivienda corre la muralla de la Ciudad que iba a enlazar con la Torre del Oro [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía del Almirante Lobo, a quien está dedicada esta vía;
     Miguel Lobo y Malagamba, (San Fernando, Cádiz, 26 de noviembre de 1821 – París, Francia, 5 de abril de 1876). Contraalmirante de la Armada y polígrafo.
     Hijo de Manuel Lobo y Campo, brigadier de la Armada, caballero de la Orden de Alcántara y director del Colegio Naval de Guardias Marinas, y de Juana Malagamba Guarderas, de ilustre familia andaluza, pronto sintió la atracción de la carrera de la mar, en la que servían o habían servido tantos miembros de su familia. Después de aprobar los exámenes en el departamento de Cádiz, fue nombrado guardia marina (26 de mayo de 1835), cinco años después que su hermano Ramón José.
     Los empleos subalternos los pasó navegando por todos los mares, lo que contribuyó al desarrollo de sus notables cualidades innatas. En el bergantín Jassón, que mandaba Francisco Sevilla (1835), marchó a la costa del Cantábrico, donde la Primera Guerra Carlista estaba en todo su apogeo, y se encontró en diversas operaciones de guerra: en la toma del puerto de Pasajes, en el levantamiento del sitio de Bilbao, cooperando al transporte del ejército del Norte a San Sebastián y Santander, guarneciendo la torre del convento de la Antigua con un destacamento de la dotación y en un reconocimiento nocturno del puerto de Pasajes; todo ello con gran celo y actividad. Después de estar un mes en el Manzanares, volvió al Jassón, ahora mandado por José María Bustillo, y una vez terminado el tercer sitio de Bilbao y tomados Hernani, Irún y Fuenterrabía (1837), regresó en él a Cádiz. Salió de este puerto para La Habana al año siguiente y en este apostadero embarcó en la fragata Esperanza y luego trasbordó al navío Soberano, que le restituyó a la Península, fondeando en la ría de Ferrol (2 de abril de 1838). A bordo del vapor Isabel II (antes Royal William), que mandaba Baltasar Vallarino, volvió a la costa cántabra interviniendo en las operaciones de Ondárroa y Motrico; en el apresamiento de varias lanchas sobre Bermeo y en otros puntos ocupados por los carlistas, hasta que, firmado el Convenio de Vergara, y por desarme de aquellas fuerzas navales, regresó a Cádiz a fines de año, ya ascendido a guardia marina de 1.ª Clase (1839). Al año siguiente, pasó destinado al apostadero de La Habana y allí, después del examen reglamentario, fue promovido a alférez de navío (1841). Embarcó sucesivamente en la fragata Isabel II, bergantines Marte y Laborde y, tras un mes de licencia por enfermedad, mandó la goleta Clarita, navegando por aguas del Caribe.
     Al ascender a teniente de navío (1845), regresó a la Península y embarcó en la fragata Isabel II, con la que hizo varias navegaciones frente a las costas de Galicia y Portugal en unión de las corbetas Colón y Villa de Bilbao, que formaban la división del brigadier José María de la Cruz y Moya, del que fue oficial de órdenes. Una vez pacificado el reino lusitano, volvió a Cádiz a mediados de septiembre de 1846. Embarcado en el vapor Reina de Castilla, pasó a Filipinas nombrado para mandar el vapor de ruedas Magallanes (ex Basco), que se encontraba en Manila (1847), con el que recorrió aquel vasto territorio y participó en el asalto y toma del muy bien fortificado fuerte Sipac y de otros tres fuertes más que tenían los piratas en la isla de Balanguingui (16 de febrero de 1848), centro y madriguera de la piratería malaya, integrado en la división naval del brigadier Juan José Ruiz de Apodaca. Rescataron en esta operación sesenta y seis cañones y un inmenso botín. Obtuvo por su actuación la Cruz de Marina de la Diadema Real.
     En febrero de 1850, tras un breve permiso en Madrid por enfermedad, se le destinó de nuevo a La Habana, donde, de dotación de la fragata Cortés, navegó por el mar de las Antillas. Regresó a Cádiz en diciembre de ese año y durante dos meses se encargó de los guardias marinas del arsenal; el resto de 1851 fue comandante del bergantín Patriota, que pasó largo tiempo de estación en el puerto de Lisboa. Al año siguiente embarcó en el navío Soberano y fue nombrado oficial de órdenes de la división naval del Mediterráneo, que mandaba el brigadier Joaquín Gutiérrez de Rubalcava, hasta que, disuelta la división, fue nombrado comandante de la corbeta Mazarredo (1854), con la que navegó por el Mediterráneo los años siguientes, siéndole agradecidos los servicios prestados durante los lamentables sucesos que tuvieron lugar en Barcelona del 18 al 22 de julio de 1856. Al ser nombrado 2.º ayudante de la Mayoría General de la Armada (13 de diciembre de 1856), entregó el mando y se trasladó a Madrid. Luego se le nombró 1.er ayudante.
     Ya con el empleo de capitán de fragata (1857), se trasladó a Francia para comprar las dragas de vapor que iban a utilizarse en la limpieza de los caños del arsenal de La Carraca. Entre tanto, se le concedió la Cruz de San Hermenegildo. Después, en 1859, marchó a Londres para establecer la Comisión de Marina que debía adquirir buques de hélice para la flota española. Propuso también al Gobierno la compra del Great Eastern. Este año, el gobierno del general O’Donnell adquirió nueve transportes; eran los años de la Unión Liberal, que dio a la política cierta estabilidad. A su regreso a España consiguió impulsar un programa de salvamento en algunos puntos del litoral y se le nombró comandante de las fuerzas sutiles de la división de operaciones fondeada en Algeciras, al mando del almirante Díaz Herrera; participó con ella en la guerra de África (1860) y en el bloqueo y vigilancia de costas; y su brillante participación en aquella campaña no sólo fue naval, sino que en la batalla de los Castillejos estuvo al mando de las fuerzas de desembarco de Marina que tomaron parte muy activa en ella, distinguiéndose por su arrojo. Por estas acciones fue premiado con la Cruz de San Fernando de 1.ª Clase y obtuvo el grado de coronel de Infantería del Ejército de Tierra.
     A mediados de 1860, pasó Lobo a Madrid, tras disfrutar de una licencia de dos meses por enfermo, y poco después, con motivo de las construcciones que se proyectaban, dio a la imprenta un folleto que tuvo mucha difusión, titulado La Marina española tal como ella es. Ascendió a capitán de navío (1863) y continuó en Madrid como miembro de la Comisión que proyectó la organización para el gobierno de la isla de Mindanao, hasta que en junio de 1864 fue nombrado mayor general de la escuadra del Pacífico a bordo de la fragata Numancia; con ella participó en la guerra contra Perú y Chile (1865-1866). Después de la muerte del general Pareja, tomó el mando de la escuadra Casto Méndez Núñez, quien, después de bombardear Valparaíso, decidió hacer lo mismo en Callao. Miguel Lobo, tras vacilar, apoyó sin reservas la acción. Y cuando cayó herido en sus brazos el comandante general, de acuerdo con Antequera, se hizo cargo del mando, interinamente, continuando el combate hasta dejar el fuego del enemigo reducido a tres cañones, sin comunicar a los demás buques esta importante baja, y, por tanto, sin arriar o cambiar su insignia, retirándose a la isla de San Lorenzo.
     A los pocos días, se dividió la escuadra en dos agrupaciones para volver a la Península; una, a las órdenes de Manuel de la Pezuela, puso rumbo a las islas Filipinas. La otra (Blanca, Villa de Madrid, Resolución y Almansa), con Lobo como mayor general, dobló el cabo de Hornos y se dirigió al Río de la Plata, llegando a Montevideo con las tripulaciones diezmadas por las penalidades y el escorbuto. Recibió por ello de Su Majestad el ascenso a brigadier (1866), la Cruz del Mérito Naval de 2.ª Clase y la Medalla de Callao; las Cortes lo declararon Benemérito de la Patria. Al poco, marchó a las Malvinas en comisión por haber arribado a aquellas islas la fragata Resolución, que había perdido el timón a causa de un fuerte temporal. Por su buen servicio se le otorgó la Cruz del Mérito Naval de 3.ª Clase. Pasó después a Río de Janeiro, y en 1867 hizo con la escuadra varios cruceros por el mar de las Antillas y costas de Cuba realizando trabajos cartográficos. En la estación del Río de La Plata, en noviembre de 1868, relevó a Méndez Núñez en el mando de la escuadra, y al poco se le otorgó la insignia de preferencia. Fue entonces (1869) cuando a bordo de la fragata Blanca escribió desde Río de Janeiro un detallado estudio titulado El Brasil. Por sus merecimientos se le recompensó con la Real Orden Americana de Isabel la Católica.
     Mientras tanto en España las cosas habían cambiado: la Revolución septembrina provocó el destierro de la Reina; se formó un Gobierno provisional presidido por Serrano; Topete, uno de los líderes de la Revolución, fue nombrado ministro de Marina y pidió a Méndez Núñez que regresara a España para ponerlo al frente del Almirantazgo y que “entregase el mando de esas importantes fuerzas a nuestro amigo Lobo”, quien habría de permanecer allí dos largos años más. Al ascender a contralmirante (1869), continuó al frente de la escuadra, y en 1871, al ser relevado por el brigadier Polo de Bernabé volvió a España en la Blanca y se le dio el mando del departamento de Ferrol. Allí, por efecto de sus disposiciones, evitó un alzamiento republicano, que tuvo lugar más adelante en el arsenal. “Sin saber por qué —dice el vicealmirante Pavía—, se le relevó del mando de dicho departamento en el mes de julio de 1872, sustituyéndole por el contralmirante Valentín de Castro. Bien pronto sintió el Gobierno esta precipitada disposición, pues el 11 de noviembre se sublevó el Arsenal a favor de la República, y aunque el movimiento, que dirigía el brigadier Bartolomé Pozas, fue sofocado en pocos días, ocasionó empero algunas víctimas, estragos en el Arsenal y males sin cuento a los intereses de la Marina y del país”. Por estar así prescrito, en 1872 se le concedió la Gran Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco.
     En julio de 1873, al estallar la sublevación cantonalista, se hallaba en Cádiz, sin mando, disfrutando de una licencia en Chiclana. Amadeo I había abdicado en febrero y la Primera República hacía agua por todas partes. Se trasladó a Algeciras y embarcó en un vapor, el Alerta, que se encontraba allí, arbolando en él su insignia; reunió en torno a sí todos los buques que pudo situándolos en la desembocadura del Guadalquivir, y con gran lealtad pudo ofrecer al Gobierno constituido una escuadrilla organizada. Entró en la bahía de Cádiz con sus buques, desembarcó y se hizo cargo del mando interino de aquella ciudad, impidiendo que fuera víctima de la anarquía de los cantonales. Por esas fechas estalló también la insurrección cantonal en el levante de la Península, con más virulencia en la capital departamental, Cartagena, en la que ondeaba la bandera negra del cantonalismo en todas las fortalezas. Los buques surtos en ese puerto hicieron causa común con el cantón murciano (las fragatas blindadas Numancia, Vitoria, Tetuán, Méndez Núñez, y las de madera fragata Almansa, corbeta Ferrolana y el vapor de ruedas Fernando el Católico; además de otras unidades menores) apoyando la guerra civil. El día 12 fue proclamado el Cantón de Cartagena dentro de la República Federal Española. Las fragatas Almansa y Vitoria, al mando del general del Ejército Contreras, arbolando la bandera tricolor, se presentaron ante Almería (29 de julio) para solicitar una contribución económica a la guerra, petición que al ser rechazada provocó el bombardeo de la ciudad. A continuación, ambas fragatas emprendieron la marcha hacia Málaga, momento en que fueron apresadas por la alemana Friedrich Carl y la británica Swiftsure y conducidas a Cartagena, cuando ya el Gobierno de Madrid, ante la rebelión consumada, había declarado piratas a los buques cantonales y, siendo ministro de Marina Jacobo Oreyro, reconoció el mando de Lobo y le nombró comandante general de la llamada escuadra del Mediterráneo (9 de agosto). Así pudo éste reunir en Alicante los vapores de ruedas Ciudad de Cádiz (ex Isabel II), Ulloa, Lepanto y Colón y la goleta Prosperidad, venciendo dificultades sin cuento para atender sus necesidades. Con estos medios inició el bloqueo de Cartagena. El 1 de septiembre salieron las dos fragatas apresadas con dotaciones inglesas, escoltadas por la fragata HMS Lord Warden, insignia del vicealmirante sir Hastings R. Yelverton, quien las condujo a Gibraltar. Retirada la flotilla de Lobo a Gibraltar, pudo éste incorporar allí las fragatas Navas de Tolosa y Carmen y las apresadas Vitoria y Almansa, que fueron devueltas al Gobierno español gracias a su intervención decisiva en las deliberaciones.
     El día 11 de octubre, la escuadra del Mediterráneo, con estas cuatro fragatas, más los vapores de ruedas Ciudad de Cádiz y Colón y las goletas de hélice Diana y Prosperidad, a la altura de Portman, a la vista de Cartagena, hacía frente a la escuadra cantonal que intentaba una salida protegida por las baterías de tierra, en presencia de buques extranjeros. Un combate entre fragatas de madera y fragatas acorazadas, en el que estas últimas eran superiores en potencia de fuego y tenían una base logística detrás, pero que fueron obligadas a retirarse, después de dos horas y cuarto de combate. La intención de Lobo era bloquear el puerto, y así lo hizo, batiendo a los buques cantonalistas, entre ellos a la fragata blindada Numancia, la mejor española, para imponer el orden y la disciplina, pero sin infligirles daños graves deliberadamente para no destruirlos, y apoyando al ejército poner fin a la intentona secesionista (12 de enero de 1874). Fue el éxito de la disciplina. Lobo pudo hundir a la fragata Tetuán, pero no lo hizo, entre otras cosas, por lo ya dicho. Ante la falta de base de apoyo y por la imposibilidad de hacer un bloqueo efectivo, decidió levantar el bloqueo y retirarse a Gibraltar; la presión de la prensa provocó su relevo por el contralmirante Nicolás Chicarro. Marchó Lobo a Madrid, donde permaneció algunos meses y aprovechó para redactar el folleto de 74 páginas titulado Un hijo de Inglaterra a quien ha dado por viajar a las regiones americanas que fueron de España y por escribir sendos dislates sobre ellas y sus antiguos dominadores. Durante este período republicano, uno de los momentos más tormentosos y difíciles de la historia de España, la Armada española, que siempre se había mantenido apartada de la política de partidos, se vio también arrastrada por este torbellino. Las propagandas subversivas, favorecidas por el ambiente y el caos, no dejaron libre de sus influencias a ningún sector español, incluida la Marina de Guerra, y en Cádiz y en Cartagena se produjeron motines, como los de los vapores Lepanto y Ulloa, los de las fragatas Almansa y Vitoria y las sublevaciones de las escuadras de Cádiz y de Cartagena.
     Capitulada Cartagena, Lobo fue nombrado capitán general de ese departamento por el poder ejecutivo presidido por el general Serrano. En esta ciudad no quedaba nada en pie tras el violento sitio sostenido durante los casi seis meses que duró la existencia del Cantón: la destrucción reinaba por doquier, casas derruidas, cañones tirados por las defensas, almacenes vacíos, personal huido y un barco hundido en medio del puerto, la fragata Tetuán incendiada por un saboteador. En pocos meses, con su inteligencia, su celo y, sobre todo, su incansable actividad, logró recomponer el arsenal y organizarlo como en sus mejores tiempos. En abril de 1875 se le concedió la Placa y Gran Cruz de San Hermenegildo, con antigüedad de abril de 1873. La opinión pública le era favorable y así lo expresó eligiéndole diputado a Cortes en 1875. Más tarde se publicó un folleto ensalzando su gestión, titulado Apuntes sobre el mando en Cartagena de D. Miguel Lobo. En Cartagena escribió una obra importante, Historia general de las antiguas colonias hispanoamericanas. Con ella mostró su nivel intelectual y su merecida ejecutoria de historiador.
     Miguel Lobo y Malagamba murió en París (5 de abril de 1876), adonde había ido en busca de remedio para una enfermedad mortal que sufría, a la edad de algo más de cincuenta y cinco años y cuarenta de servicios. Estaba casado con Elena Ravina y Quiroga y no tuvo descendencia. El Gobierno dispuso enseguida su embalsamamiento y traslado de sus restos a España, para lo cual se mandó el vapor León a Marsella, que los llevó a Cádiz, donde fue enterrado en el cementerio de San Fernando, mientras transcurría el plazo sanitario para su inhumación en el Panteón de Marinos Ilustres sito en esta ciudad, panteón tan elogiado por él y a la vez analizado y criticado como relicario de la Marina Militar. Su tumba ocupa la segunda capilla de la derecha (oeste) y tiene las siguientes inscripciones: “Aquí yacen los restos mortales del contralmirante Don Miguel Lobo Malagamba, mayor general de la Escuadra del Pacífico en 1866, capitán general del Departamento de Cartagena y su reorganizador en 1874. Militar bizarro, publicista distinguido, marino eminente. Consagró a la Patria espada y pluma en honrosa vida que terminó en París el 5 de abril de año 1876, a los 54 años de edad. R. I. P. A.”. Laudemus viros gloriosos et parentes nostros, corpora eorum in pace sepulta sunt; et nomem eorum vivit in generationem et generationem (ex libro eclesiastici cap. 44).
     La Armada puso su nombre a dos buques transporte, el primero un vapor botado en 1909 y el segundo (antes Torrelaguna), mercante transformado, en 1954.
     Miguel Lobo y Malagamba fue un hombre de la marina romántica que desde muy temprano sintió fuertemente la atracción de la Historia y estaba dotado de raras y brillantes cualidades, que ilustraron su vida, como marino y como militar; general notable en su época por su talento, energía y capacidad organizativa. Viajero observador, de una gran cultura, pluma ágil, vasta erudición; estudioso de los clásicos y familiarizado con los autores modernos, conocía varios idiomas y estaba al tanto de los adelantos de la ciencia contemporánea; sus mayores goces eran el estudio y la lectura. Destacó como publicista e historiador. Bousset dijo de él cuando ya había muerto: “La Patria, siendo tan grandes los servicios prestados por él, aguardaba de él mucho más, considerándolo como la más legítima esperanza para la regeneración de la Marina. Muy pocos de entre los generales de Marina de todos los países habrán reunido la ilustración, la energía, el golpe de vista infalible, las dotes de mando que atesoraba aquel español benemérito”. Y Antonio Cánovas del Castillo, refiriéndose a él por su gran erudición y no menor energía, decía: “No cabemos él y yo en un Ministerio”. Pero Lobo era además individualista, de carácter fuerte y autoritario, con tendencia a ser irascible; legalista y meticuloso, no dejaba nada al azar. Una de sus preocupaciones, en su faceta de historiador, fue América y el papel que les tocó jugar allí a los españoles; de ello dejó abundante constancia escrita. Cesáreo Fernández Duro, autor de la monumental obra La Armada Española, no le regatea sus elogios, e incluso reconoce haber seguido preferentemente su narración extensa en la redacción de uno de los capítulos de su tomo octavo. Fue uno de los que levantaron la voz contra el decreto relativo a los ascensos en el Cuerpo General, que volvía a las antiguas ordenanzas de 1793, en las que se prescribía que los hechos de armas y los servicios relevantes primasen sobre la antigüedad; “méritos profesionales”, diría el propio presidente Pi y Margall.
     Lobo fue el primer oficial de la Armada española que en aquella época había descendido diez metros en el aparato llamado Nautilus inventado por el norteamericano Alstilt. En abril de 1860, cuando Narciso Monturiol hacía una demostración de su buque sumergible ante el jefe del Gobierno, escribió un elogio del invento en el n.º 45 de la revista El Museo Universal. Tuvo fama de bibliófilo, a la manera de su tiempo. Muchos de sus escritos están recogidos en una larga lista de revistas y periódicos de su época. Cedió generosamente en su testamento su escogida biblioteca al Ayuntamiento de San Fernando (Cádiz), su ciudad natal, con la condición de que hubiera de servir de base para el establecimiento de una biblioteca pública que se titulase “Biblioteca Lobo”. En el Museo Naval de la Armada en Madrid existe la colección “Lobo Malagamba” de arqueología americana que contiene quince objetos de las culturas andinas y del área del Caribe, donada por él (José Antonio Ocampo Aneiros, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Almirante Lobo, al detalle:
Edificio La Previsión Española
Antiguo edificio Hotel Cristina