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martes, 3 de diciembre de 2024

El relieve de San Francisco Javier, atribuido a Duque Cornejo, en el Retablo de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, en la Capilla Sacramental, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relieve de San Francisco Javier, atribuido a Duque Cornejo, en el Retablo de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, en la Capilla Sacramental, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador, de Sevilla.   
     Hoy, 3 de diciembre, Memoria de San Francisco Javier, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, evangelizador de la India, el cual, nacido en Navarra, fue uno de los primeros compañeros de San Ignacio que, movido por el ardor de dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo a innumerables pueblos en la India, en las Molucas y otras islas, y después en Japón. Convirtió a muchos a la fe y, finalmente, murió en la isla de San Xon, en China, consumido por la enfermedad y los trabajos (1552) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relieve de San Francisco Javier, atribuido a Duque Cornejo, en el Retablo de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, en la Capilla Sacramental, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador, de Sevilla
     La Iglesia Colegial del Divino Salvador [nº 19 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 44 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza del Salvador, 3 (también tiene acceso por la calle Córdoba, s/n); en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
   En el muro del evangelio se sitúa el acceso a la Capilla Sacramental, un retablo-portada apoteosis del Barroco sevillano, realizado por Cayetano de Acosta entre 1756 y 1764, con un resultado final tan espectacular que le valió el encargo del retablo mayor. En su abigarrada decoración de rocalla y estípites destaca la alegoría de la Eucaristía del ático, las figuras de San Carlos Borromeo y San Felipe de Neri del primer cuerpo y, en el banco bajo, la talla de la Virgen del Voto (imagen del siglo XVII titular de la hermandad sacramental) y San José con el Niño (talla realizada por Blas Molner en 1781). El conjunto sirve de marco y acceso a la capilla sacramental, realizada por Francisco Bengoechea entre 1750-56, con zócalos y basas de jaspes negros y rojos. Un recinto que ardió en 1905, perdiéndose su retablo original, corriendo la restauración a cargo del arquitecto Juan Talavera. Tras el incendio, se adecuó un nuevo retablo en plata procedente de la casa profesa de los jesuitas, un espectacular conjunto del siglo XVIII con relieves de San Francisco Javier y de San Ignacio de Loyola atribuidos a Pedro Duque Cornejo y con una amplia muestra de reliquias en vitrinas y expositores. Preside la soberbia imagen de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, atribuible con todo fundamento a Juan Martínez Montañés, y datable hacia 1615. Es obra de talla completa, cima del arte barroco español realizada en cedro y con excelente policromía de Francisco Pacheco. Procesiona el Jueves Santo en rico paso de plata cincelado por el orfebre Cayetano González, andas que permiten contemplar la serenidad y la inestabilidad de una figura que apenas apoya el pie derecho en el suelo.   
   En los laterales, sobre peanas de plata se hallan la Virgen de la Merced, obra de Sebastián Santos, y San Juan, de Gabriel Astorga. Estas imágenes pertenecen a la conocida hermandad de Pasión, que fue fundada hacia 1531 en el desaparecido convento de la Merced Calzada, (Museo de Bellas Artes), por devotos procedentes de Valladolid que quisieron tener en Sevilla una cofradía como las de su tierra. En 1840 la hermandad se trasladó a la iglesia de San Vicente, después a San Miguel, y, desde 1868, al Salvador, por el derribo del templo anterior en la Revolución "La Gloriosa" de 1868. Su fusión con la histórica hermandad sacramental de la parroquia conllevó el agrupamiento de un espectacular patrimonio artístico (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Francisco Javier, presbítero jesuita;
   El mayor santo de la orden de los jesuitas, después de san Ignacio de Loyola, apóstol de La India y Japón (Indorumac Japonum Apostolus). San Ignacio y él eran dos soles gemelos de la Compañía de Jesús (Societatis Jesu Soles gemini). Nació en 1506 en el castillo de Javier, cerca de Sangüesa, Navarra. Debió llamarse Francisco de Javier, puesto que este último es el nombre de su lugar de origen, una alteración castellana del vasco Etchaberri (Casanueva),  con­vertido en Jaberri, Javerri, Xaver, Javier.
   En París se vinculó con su compatriota, san Ignacio de Loyola, en cuyas manos prestó juramento en Montmartre.
   En 1540 fue enviado a La India como misionero, de allí viajó a Goa y a Japón, fiel a su divisa: Amplius.
   Abandonado por los portugueses (abomnibus desertus), murió en 1552 en una choza de ramas en la isla de Sancián, a la vista de la costa china (Cantón), donde se había hecho dejar por un barco mercante y mientras apretaba contra el pecho un crucifijo que le regalara san Ignacio.
   Gracias a su apostolado en el Lejano Oriente, adquirió muy pronto fama de taumaturgo, halagüeña para los jesuitas, y mucho mayor que la de san Ignacio de Loyola, cuya vida se prestaba menos para la leyenda.
   Se le atribuían numerosos milagros, sobre todo la resurrección de un muerto en La India. Pero la historia más popular es la de su crucifijo caído al mar que le fue devuelto por un cangrejo.
   Cuando san Francisco, como se dice en la bula de canonización, navegaba en el archipiélago de Las Molucas, se desató una gran borrasca. El santo hundió en el mar el crucifijo que llevaba. La fuerza de las olas se lo arrancó de las manos, y, para su gran desesperación, lo llevó a las profundidades. Pero Dios quiso devolver la alegría al alma de su siervo: después del desembarco, cuando caminaba por la orilla del mar, un enorme cangrejo salió súbitamente de las aguas y se detuvo ante los pies del santo, presentán­dole en las pinzas el crucifijo que se había abismado en las profundidades. Esta fábula derivaría de un cuento japonés recogido por Mitford en Tales of old Japan (Londres,1871).
CULTO
   Su cuerpo, transportado a Goa, fue sepultado en la iglesia del Bom Jesus. Su canonización se pronunció en 1622, tres años después de su beatificación. La primera iglesia de la orden de los jesuitas que se puso bajo su advocación es la de Burdeos. París le dedicó una iglesia moderna cerca de la Residencia de los Inválidos.
   La iglesia de Radrnirje, cerca de Gorny Grad (Oberburg) en Eslovenia, po­see una imagen milagrosa de san Francisco Javier.
   Apóstol de La India, es el patrón de los jesuitas, de los misioneros, de la Obra de la Propaganda de la Fe (De Propaganda Fide) y de los marinos que navegan en el Lejano Oriente. Se lo invocaba contra las tempestades y la peste.
ICONOGRAFÍA
   Aprieta un crucifijo contra su corazón, o entreabre la sotana para mostrar su corazón inflamado. Un cangrejo grande se arrastra a sus pies.
   A veces se lo representa en una choza, en el islote Sancián, donde murió, siguiendo con la vista una nave que se aleja.
   En la decoración de las iglesias de la orden jesuita, san Francisco Javier suele aparecer asociado con san Ignacio. Así puede verse en las iglesias de Gesu (Roma), o de Gesu nuovo (Nápoles), donde las estatuas de ambos santos for­man pareja en las fachadas. Rubens recibió el encargo de pintar dos grandes cuadros para la iglesia de los jesuitas de Amberes: los Milagros de san Ignacio y los de san Francisco Javier que se turnaban sobre el altar mayor.
   Un escultor de la orden de los jesuitas, Charles Belleville, que residió en China entre 1698 y 1708, diseñó un modelo de pirámide y un altar en forma de mausoleo para su tumba.
   En la iglesia de los jesuitas de Mendelheim (Baviera), san Francisco Javier lleva a un indio sobre los hombros, y forma pareja con Jesús, como Buen Pastor, devolviendo a la oveja descarriada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000). 
Conozcamos mejor la Biografía de San Francisco Javier, a quien está dedicada esta obra;
     San Francisco Javier, (Javier, Navarra, 7 de abril de 1506 – Shangchuan, China, 3 de diciembre de 1552). Santo, cofundador de la Compañía de Jesús (SI), misionero en Oriente.
     Nació en el castillo de Javier, ubicado en un lugar estratégico frente al reino de Aragón. Era el último hijo del matrimonio formado por el doctor Juan Jasso y María de Azpilcueta. El padre, doctor por Bolonia, era un destacado y principal servidor de la dinastía del reino de Navarra, ejerciendo el cargo de presidente del Consejo Real. Su hermana Magdalena, a la que conoció solamente de oídas, había sido dama de la reina Isabel la Católica y, antes de 1506, había ingresado en el convento de las clarisas de Gandía, donde murió en 1533. Sus hermanos mayores, Miguel y Juan, con los que se llevaba once y nueve años respectivamente, fueron muy destacados en el bando opositor a la anexión efectuada por Fernando el Católico.
     El conflicto político de Navarra se había convertido para los Jasso en familiar, viviendo la división de los navarros entre agramonteses y beamonteses.
     El rey Fernando ponía el pretexto de la necesidad de pasar por aquel viejo reino para atacar a su enemigo francés. En julio de 1512 se produjo la llamada “pacífica unión” y diez días después los monarcas navarros huyeron hacia Francia pasando antes por Javier.
     Tres años después, Navarra había desaparecido como reino independiente, tras muchos siglos de existencia, siendo incorporada a la Corona de Castilla. Poco tiempo después moría el doctor Jasso, cuando su hijo Francisco contaba con nueve años.
     En el castillo de Javier se reunieron los que “conspiraban” tras la muerte del rey Fernando en 1516.
     Fracasado el intento, el regente de Castilla, el cardenal franciscano Ximénez de Cisneros, mandó demoler parcialmente esa fortaleza donde vivía Francisco.
     Desde esos intentos por recuperar el reino, se entiende la construcción de la ciudadela de Pamplona, en cuya defensa cayó un joven vasco, vinculado al duque de Nájera, virrey de Navarra. Se llamaba Íñigo de Loyola. Por aquellos años, el futuro san Ignacio y la familia del que habría de ser san Francisco Javier, estaban enfrentadas por una cuestión de identidad nacional. Todavía los hermanos mayores de Francisco de Jasso tardaron en normalizar su situación política. Sus bienes fueron confiscados y sus personas condenadas a muerte por alta traición. Habrían de negociar una rendición honrosa, que pasaba por conservar la posesión sobre el castillo de Javier. Llegaba así, con el perdón del Emperador, el final de las consecuencias sombrías que la anexión de Navarra había ocasionado a esta familia de los Jasso.
     Tras las primeras letras a la sombra de su madre y los latines de la mano de su primo sacerdote, Miguel de Azpilicueta, en el horizonte de su formación apareció París, con su Universidad, por la cual ya habían pasado otros miembros de su familia. Hacia allí se dirigió en otoño de 1525. Se matriculó en Artes como clérigo de la diócesis de Pamplona. Empezó a vivir en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo celda con un saboyano, llamado Pedro Fabro y con un profesor, el maestro Peña. La vida colegial contaba con su propia cotidianidad, además de su método académico, el llamado “modus parisiensis”, después adoptado con matices por la propia Compañía de Jesús.
     Pero no era todo disciplina, sino que también escapadas nocturnas y vida de ocio. No obstante, a Francisco le impresionaron vivamente las marcas de sífilis que contempló en el rostro de uno de los profesores.
     En 1530, se había licenciado en Artes, obteniendo el grado de magister e incorporándose al cuerpo de docentes. Ese mismo otoño inició su vida docente, pasando al colegio de Beauvais, por lo que recibía a cambio la comida y alojamiento. Desde esa nueva posición intelectual, solicitaba al emperador Carlos el reconocimiento público de su hidalguía, junto con la de sus hermanos. Al mismo tiempo, escribía a su hermano para que le consiguiese alguna prebenda en la catedral de Pamplona. No obstante, en aquellos momentos fue cuando apareció en su vida un vasco llamado Íñigo de Loyola.
     Había llegado este último a París, tres años después de Francisco, cuando era un hombre maduro de treinta y ocho años. No contaba con muy buena fama. Unos decían que había huido de la Inquisición, tribunal que le había perseguido en las ciudades universitarias castellanas de Alcalá y Salamanca. Otros destacaban la fascinación que nacía del uso de la palabra.
     Al principio, vivió en el colegio de Monteagudo; después se acogió a la caridad en el hospital de Saint Jacques e, incluso, se decía que había viajado a Flandes y Londres en busca de la ayuda de los mercaderes españoles. Cuando inició sus estudios en Filosofía, ingresó en el colegio de Santa Bárbara, compartiendo estancia y morada con el mencionado Pedro Fabro y Francisco Javier. Comprobó el maestro Peña la capacidad de atracción que demostraba aquel vasco, pues faltando a las disputas dominicales, se llevaba consigo a estudiantes, para que confesasen y comulgasen en la cartuja. Sin embargo, lo que antes fue oposición y acusaciones de “seducción de estudiantes”, concluyó en reconocimiento por parte del rector Gouvea.
     Parece ser que el encuentro entre Íñigo y Francisco puede ser definido por la indiferencia del segundo hacia el primero. Se puede decir, pues, que el maestro Francisco era recio, resistente y “duro de pelar”, pero Íñigo, a menudo, le recordaba que de nada servía al hombre triunfar en el mundo, si perdía su alma. Por fin, Francisco se unió a aquel grupo que acudía cada domingo a la cartuja, empezando a compartir ideales con unos compañeros que pensaban en la pobreza.
     Pasó por su cabeza la posibilidad de renunciar a su cátedra. Un proceso prolongado, ni momentáneo, ni espectacular, que se ha venido conociendo como conversión.
     Era la primavera de 1533.
     Si Francisco conoció una Navarra en ebullición en su infancia y adolescencia, la Europa religiosa de su tiempo era la del estallido de las diferentes reformas.
     En medio de aquellas circunstancias, el grupo de los “iñiguistas” se consolidaba. Ya eran seis: el mencionado saboyano Pedro Fabro, el navarro Francisco Javier, los castellanos Diego de Laínez, Alonso de Salmerón y Nicolás de Bobadilla y el portugués Simón Rodrigues. Todos ellos se habían acercado a Íñigo de Loyola a través de los ejercicios espirituales, siendo todos ellos seglares, salvo Fabro, que fue el primer sacerdote.
     El grupo se consagraba a la vida apostólica, aunque antes habrían de comprometerse en peregrinar a Tierra Santa, añadiendo el voto de pobreza y castidad.
     En el horizonte de Palestina, algunos de estos hombres ponían el fin de su vida, incluso a través del martirio.
     Eso sí, conociendo las circunstancias del Mediterráneo, sabían que podía ser imposible esa misión.
     Por ello, consideraron la posibilidad de que, pasado un tiempo, pudiesen ponerse a disposición del papa Pablo III en Roma y del trabajo apostólico que él considerase encomendarles. Unas decisiones que se plasmaron en el voto del día de la Asunción que pronunciaron en Montmartre, en una capilla que se llamaba, precisamente, “de los mártires”. Era el año 1534. Un gesto, intrascendente para sus contemporáneos que vivían en París en aquellos momentos pero que motivó, según subraya José Ignacio Tellechea, el nacimiento del grupo “internacional, más cohesionado afectivamente y guiado por un mismo ideal”.
     Pretendían finalizar los estudios de Teología, y así, acordaron salir de París el 25 de enero de 1537, camino de Venecia, para esperar a embarcarse hacia Tierra Santa. Este nuevo horizonte rompía las expectativas que había generado Francisco en su familia y las causas de este cambio se las detallaba en una carta que puso en manos de su hermano Juan Jasso, el propio Ignacio de Loyola cuando hubo de retirarse momentáneamente a su tierra para reponerse de su salud. Los primeros compañeros se disponían a dirigirse hacia Roma con el fin de solicitar licencia al Papa para su peregrinación. Entonces, ya eran doce, aunque Ignacio se quedó en Venecia. Francisco y los demás entraron en la Ciudad Eterna un Domingo de Ramos, 25 de marzo de 1537. Gracias al doctor Pedro Ortiz fueron recibidos en audiencia pontificia, sentándose a su mesa, donde discutieron sobre Teología con otros hombres de Iglesia. Pablo III no solamente les concedió la licencia, sino que les otorgó una limosna de 60 ducados. En el tiempo del regreso a la República Serenísima, los hagiógrafos de Francisco situaron aquel extraño sueño que le había dejado “molido” en su descanso: “Soñaba que llevaba a las espaldas un indio y que no lo podía llevar”. No solamente resulta una premonición de lo que iba a ser la memoria y la existencia de Francisco Javier, sino una muestra de que estos clérigos reformados eran hombres inquietos del Renacimiento y de sus nuevos horizontes.
     Mientras esperaban su embarque, Francisco vivía con Alonso Salmerón en Monselice, asistiendo después en el hospital de los incurables de Venecia.
     Juan III de Portugal había recibido información del rector del colegio de Santa Bárbara, Diego de Gouvea, acerca de la idoneidad de ciertos “sacerdotes reformados”, maestros parisienses, que ofrecían un apostolado activo, muy propio para los objetivos espirituales de este Monarca para con sus Indias. Con este fin, escribió a Mascarenhas, su embajador ante la Santa Sede: “De París eran partidos ciertos clérigos letrados y hombres de buena vida, los cuales por servicio de Dios tenían prometida pobreza y solamente vivir de las limosnas de los fieles cristianos y que andan predicando dondequiera que van, y hacen mucho fruto”. El papa Pablo debía conceder la licencia oportuna para permitir esta misión, aunque también consideró el Pontífice que era menester la opinión de Ignacio de Loyola. El embajador habló con él, solicitándole a seis de sus jesuitas cuando apenas habían sobrepasado la decena. La reacción fue contundente y refleja las intenciones y el proyecto con el que contaba la Compañía: “Jesús, señor embajador, y ¿qué me dejáis para el resto del mundo?”. La mies era mucha, todo el mundo geográficamente, aunque los obreros en un principio, tan escasos. Finalmente, Ignacio designó para tal misión al portugués Simón Rodrigues y al castellano Nicolás de Bobadilla.
     El primero se encontraba enfermo y, a pesar de ello, embarcó hacia Lisboa. Bobadilla se hallaba en Nápoles, afectado por las fiebres de Malta. Los médicos impidieron su salida. El único disponible en el tiempo en que el diplomático portugués emprendía camino hacia Lisboa era Francisco Javier, el cual trabajaba hasta entonces como secretario de Ignacio. Aquella escena ha sido numerosas veces recreada, por las artes plásticas, la literatura, e incluso por la ópera. Existió poco tiempo para pensar aquel ofrecimiento que le hacía quien actuaba como su superior y menos aún fue el necesario para preparar lo poco que para Francisco era imprescindible llevar. La despedida, para siempre, entre Ignacio y Francisco, se presentó como otra de las escenas más cantadas y retratadas.
     Cuando Francisco abandonó Roma, la Compañía de Jesús solamente estaba aprobada verbalmente por Pablo III. Estaban presentándose una serie de dificultades que fueron discutidas por diferentes cardenales antes de la aprobación solemne que habría de llegar por la bula que recibió el título de “Regimini militantes Ecclesiae” (1540). Con este fin, Francisco redactó dos documentos para fijar su posición en la futura Compañía: “Prometo de estar a todo aquello que ordenaren los que se pudieren juntar”. No iba a participar en el proceso de elaboración de las Constituciones, mostrando su plena confianza en lo que los demás decidiesen. Al mismo tiempo, había aprobado la permanencia en la unidad, incluso en la dispersión, dándose una cabeza de carácter vitalicia que les gobernase. Francisco, para el supuesto día de la elección, dejó también su voto escrito: “Que sea el perlado nuestro antiguo y verdadero padre don Ignacio, el cual, pues nos juntó a todos con no pocos trabajos”.
     Emprendía camino, dentro de la comitiva del embajador Mascarenhas, hasta Lisboa, alcanzándola a finales de junio de 1540. El camino fue aprovechado para el ejercicio de sus trabajos apostólicos. Aquella ciudad era una puerta abierta hacia un mundo de comercio, de las inquietudes descubridoras, de las mercancías desconocidas. Allí se encontró con su compañero Simón Rodrigues; conoció a Juan III y a su esposa Catalina de Habsburgo, hermana pequeña del emperador Carlos V. Ya mostró el Monarca su entusiasmo por el “modo de proceder” de los maestros de París, aunque en Portugal se les conoció como los “apóstoles”. Todavía era temprana la acepción de jesuitas.
     Gozando de la protección de la Corte, desde el principio los de la Compañía trataron de romper con esa imagen de clérigos relajados, desarrollando ministerios que sorprendían: los trabajos entre los presos en las cárceles o los “herejes” de las condenas inquisitoriales.
     El invierno de 1540 lo pasaron acompañando a la Corte en Almeirim. Desde allí conocieron la aprobación pontificia de la Compañía, aunque con algunas limitaciones de número. Algunos de los cardenales que rodeaban a Pablo III desconfiaban de ciertas novedades planteadas por el documento presentado por Ignacio de Loyola, la “Fórmula del Instituto”. Limitaciones que desaparecieron posteriormente.
     El interés real se intentó canalizar en la fundación de un colegio temprano, el de Coimbra, cantera para la formación de misioneros destinados a los lejanos territorios de la metrópoli. Quizás era mejor que estos misioneros renunciasen a la empresa de Indias y se estableciesen en Portugal. Era la misma filosofía que les había planteado Pablo III cuando les había dicho que buena Jerusalén era Roma cuando aquéllos manifestaron su deseo de peregrinar a Tierra Santa.
     La pelota estaba en el tejado del monarca portugués.
     Finalmente, se decidió que Francisco Javier viajaría a India, mientras que Simón Rodrigues permanecería en Portugal con el objetivo de poner en marcha el colegio de Coimbra. El jesuita navarro había viajado mucho, había probado los caminos polvorientos de Europa, pero no se había hecho nunca a la mar, no se había enfrentado jamás a sus peligros. Le intentaron convencer a Francisco Javier que era conveniente que le fuese asignado un criado, pues éste le confería el prestigio que era menester para dirigir su palabra de predicación. Esa evangelización de la apariencia fue contestada por el jesuita navarro: “El adquirir crédito y autoridad por ese medio que V. S. dice, ha traído a la Iglesia de Dios al estado en que ahora ella está y a sus prelados”. Quizás era la misma línea de la sublimitas evangelica que había defendido Erasmo de Rotterdam, asociada a los primeros apóstoles. Un gesto que demuestra, como indica Tellechea, que Francisco Javier era un misionero y no un funcionario o un político.
     En su despedida, Juan III le entregó los breves pontificios que el jesuita le había traído desde Roma. Era su nombramiento pontificio como nuncio apostólico, con competencias sobre tierras tan amplias como desconocidas y diversas. El medio de comunicarse, tanto con el Monarca —exponiéndole sus quejas y los abusos de los portugueses— como con sus compañeros y su superior Ignacio, iba a ser a través de la carta, auténtico cordón umbilical para conseguir la unidad en la dispersión: “Escribidnos largo”. Se embarcó en el pesado galeón Santiago, en el cual iba el nuevo virrey de aquellas tierras, zarpando el 7 de abril de 1541, fecha de su trigésimo quinto cumpleaños. Le acompañaban los también jesuitas Micer Paulo y el portugués Mansilha.
     Pasó la flota por el archipiélago de las Azores, se aproximó a las costas del Brasil tomando rumbo hacia el cabo de Buena Esperanza. Daba muestras el jesuita de una actitud servicial hacia sus compañeros de navegación: atendía a los enfermos, ayudaba a morir a los que alcanzaban sus últimos instantes en alta mar, siempre aplicando ese principio de adaptabilidad a las circunstancias que le tocase vivir en cada uno de los momentos. Recalaron en Mozambique, una importante factoría portuguesa surgida en 1507.
     En medio de un clima sofocante esperaron los vientos adecuados para proseguir a India. El virrey Sousa tuvo que adelantar su viaje ante las amenazas de los turcos frente a la ciudad de Goa. Llevaría consigo al padre Francisco. Pronto descubrió el jesuita, en las escalas que realizaba, la presencia de cristianos, descendientes de aquellas cristiandades primitivas y que habían permanecido aisladas. Divisaban Goa el 6 de mayo de 1542, en la India, un año después de haber zarpado de Lisboa. “Es una ciudad toda de cristianos —escribía Francisco en la primera carta que dirigió a Roma—, cosa de ver”, sede del obispo Alburquerque, un fraile franciscano que colaboró ampliamente con el padre Francisco. Era esta ciudad el principal apoyo del imperio portugués en Asia.
     Esperando un tiempo más propicio para navegar, evitando los monzones, inició sus labores catequéticas, visitando los domingos la leprosería y haciendo una realidad la frecuencia de los sacramentos. Estaba cercano el momento, en septiembre de 1542, en que el virrey habría de mandarle entre “moros y gentiles”, para la predicación del Evangelio y con este efecto solicitaba a Roma instrucciones precisas para ello. Antes, gracias al apoyo del virrey Sousa, propició el nacimiento del colegio de los jesuitas en Goa, con la pretensión de ser un seminario para la formación del clero indígena. Su condición de misionero le hizo exigente en las cualidades que debían mostrar los jesuitas que acudiesen en un futuro a estas tierras.
     El primer destino, pensado por el virrey, era el trabajo entre los indios paravas, en el extremo sur de la India y desde el cabo Comorín. Vivían en pequeños poblados costeros, dedicados de manera temporal a la extracción de perlas en el fondo del mar. Bajo la protección de Portugal habían sido bautizados en masa y sin ninguna doctrina o catequesis previa. Al padre Francisco le acompañaban tres indios paravas que se estaban preparando para el sacerdocio en el colegio de Goa, con el fin de servirle de introductores lingüísticos en la lengua tamil. Fue recorriendo todos los poblados de la costa, hasta alcanzar la capital de la Pesquería, Tuticorín. Empezó a combatir una religiosidad del terror, dialogó con los brahmanes más formados y se percató de la repelencia que le causaba la presencia de los ídolos. Con todo, el padre Francisco no profundizó en el alma india, como asevera Tellechea. Recorriendo estos poblados, surgió también su fama de hombre milagrero. En Goa, además, había preparado un catecismo con pronunciación figurada, poniendo en marcha estrategias de catequización que alcanzarían éxito: “Muchas veces me acaece —escribe en enero de 1544— tener los brazos cansados de tanto bautizar y no poder hablar de tantas veces decir el credo y los mandamientos en su lengua de ellos”. Se lamentaba en sus cartas de las inútiles controversias en las que se enfrascaban los hombres en los ámbitos intelectuales y teológicos europeos y la falta de intención de los que no se preparaban adecuadamente: “Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!”.
     El impacto de lo que afirmaba Francisco Javier en su epistolario empezó a contar con gran repercusión en toda Europa. Sus cartas comenzaron a ser editadas, en ocasiones de manera aislada, en otras convenientemente agrupadas, lo que generó fascinación misionera en algunas vocaciones y, por tanto, prestigio, incremento y expansión en la Compañía de Jesús. La primera colección fue preparada por Tursellinus en 1596, aunque en el siglo XVII Possino reunió ya noventa de ellas. Cuando regresó a Goa, le entregaron un mazo de cartas retrasadas que le habían ido escribiendo desde Roma. Conociendo que sus compañeros habían realizado la profesión solemne, la pronunció igualmente, recortando sobre el texto latino la firma con la que Ignacio de Loyola había concluido una de sus cartas. Una copia del texto de su profesión llevó siempre colgada al cuello dentro de una bolsita, como si se tratase de una auténtica reliquia.
     Volvió a las misiones del sur mucho más acompañado.
     Pasaron por la isla de Ceilán. Después empezó a confiar misiones a sus compañeros. Mansilha, por ejemplo, fue destinado a Manapar. Les insistía en la necesidad de que el pueblo amase a los misioneros, mostrando éstos de manera constante paciencia. Conocía el padre Francisco los enfrentamientos entre los reyezuelos de la zona, provocando tanta desolación y muerte en el pueblo, lo que generaba agonía en el misionero jesuita. “Su vida —afirmaba su compañero Mansilha— era más de hombre santo que de persona humana”. Prosiguió su camino hacia la isla de Santo Tomé, cerca de la actual Madrás, donde se decía que se encontraba el sepulcro del “apóstol Mellizo”. Decidió salir hacia Malaca, al tiempo que escribía una larga carta a Juan III. Afirmaba en ella con contundencia que los mayores impedimentos para la expansión del Evangelio eran los oficiales reales portugueses.
     Era un misionero a la sombra de esa Monarquía y autoridad de Portugal, pero padecía el influjo de los malos ejemplos de los portugueses.
     Se despedía momentáneamente de la India. Le esperaba, desde la costa oriental, el destino de Malaca.
     Era ésta la capital de las posesiones de los portugueses en el ámbito malayo, donde habría de incluir las Molucas, Java, Borneo y las islas Célebes, donde se encontraba el Macassar, que era el último destino en el horizonte del misionero. Se trataba este último de un emporio, donde llegaban manufacturas muy diversas.
     Con la ayuda de algunos portugueses tradujo su catecismo a lengua malaya, aunque escrito con caracteres latinos. En enero de 1546, prosiguió su viaje a Macassar, atravesó el estrecho de Singapur, arribando tras mes y medio al sur de las Molucas. Se sintió dispuesto a acabar con la ferocidad de unos hombres que eran cazadores de cabezas humanas —los alfuros—. Estuvo apunto de ahogarse en medio de aquella tempestad que calmó con un crucifijo que llevaba colgado en el cuello, deslizándose esta pieza entre los dedos en su contacto con el agua y cayéndose en el mar. Se libraron del naufragio, pero, de repente, un cangrejo sacaba ese crucifijo tan apreciado a la playa de entre las aguas con sus patas delanteras. Pasó ocho días entre aquellos hombres, no consiguiendo ninguna conversión.
     Cuando regresó a Amboina encontró buques de guerra portugueses que conducían a ciento treinta españoles que habían sido apresados y que habían intentado llegar desde México a las Molucas en la flota de Ruiz de Villalobos. Aquellas islas eran causa de litigio tras el reparto del tratado de Tordesillas. Entre ellos se encontraba un sacerdote llamado Cosme Torres, que decidió su entrada en la Compañía. Después, sería su colaborador en la misión de Japón.
     Le hablaron del reino de Ternate —enclave para el dominio del archipiélago de las Malucas— y decidió el padre Francisco visitarlo, consiguiendo pocas conversiones, sin faltar después en las islas del Moro, en septiembre de 1546. Su viaje de regreso a la India fue muy prolongado y con etapas intermedias. En los cuatro meses que permaneció en Malaca, mercaderes portugueses le hablaron de unas islas de gran tamaño llamadas Japón y que serían muy adecuadas para la predicación del Evangelio, pobladas por “gente deseosa de saber en gran manera”, con un mundo intelectual más atractivo que el de la India. Hasta el padre Francisco llegó un japonés que le buscaba para obtener la tranquilidad espiritual. Se llamaba Angino y será después el encargado de traducir el catecismo al japonés. Pero antes de alcanzar aquel horizonte, cumpliría con labores de gobierno entre los misioneros.
     Redactó unas “Instrucciones para los que trabajan en Pesquería y Travancor”. En Goa desde abril de 1548 escribió una doctrina cristiana, una declaración de los artículos de la fe y un orden o régimen de vida cristiana que podía ser entregado a los que se confesaban.
     Su balance sobre la propagación de la fe en este imperio portugués de factorías costeras no era del todo optimista, mostrando su esperanza en el Japón para la perpetuación del cristianismo. Al padre Barzeo, enviado a Ormuz, le dirigió una instrucción, que se convirtió en un manual del misionero, reflejando en sus palabras lo que había experimentado hasta el momento.
     Sus “libros vivos” no eran otros que los hombres que se había encontrado.
     Partieron de Cochín el 25 de abril de 1549 hacia Japón. Le acompañaba el mencionado padre Cosme Torres, el hermano Fernández y tres japoneses que habían hecho los ejercicios en el colegio de Goa. Alcanzaban Japón el 15 de agosto. Habían navegado en la nao de un mercader chino, al que tuvo que obligar Francisco Javier a culminar el trayecto, ante los deseos de la marinería de invernar en el puerto chino de Cantón. Arribaron, precisamente, en la tierra del mencionado Angino, Kagoshima. En sus cartas describe con la admiración del viajero, pero sobre todo con las coordenadas del misionero, el impacto que le fue causando el mundo japonés. Se producía el primer contacto de un europeo con el shintoísmo; conocía la forma de vida de aquellos bonzos que se convirtieron en enemigos de su predicación; contactó con gobernantes locales; obtuvieron los primeros pequeños éxitos pero vivieron las burlas también de los que les oían predicar. La intención del padre Francisco era caminar hasta la ciudad de Meako —la actual Kyoto— para poderse entrevistar con el Rey, proyecto que terminó en fracaso. Ni se presentaba de manera suntuosa, ni había preparado los convenientes regalos. Atraído por las universidades que había oído que existían allí, visitó además monasterios budistas donde pudo conversar, preguntar y responder.
     Mayores éxitos cosechó en la gran ciudad de Yamaguchi, sobre todo en su segunda visita, cuando se presentó como enviado del Papa y del rey de Portugal, con las oportunas credenciales y regalos, rodeado de una pomposidad que gustaba mucho en Japón. El duque le otorgó la licencia para predicar, autorizando a los súbditos para que se convirtiesen al cristianismo.
     Los que conformaban un embrión de reducida comunidad intentaron aminorar las dificultades lingüísticas, contribuyendo a compendiar mejor la doctrina cristiana. Todavía más boato desarrolló ante la llamada del príncipe de Bungo, vistiendo una sobrepelliz blanca sobre su sotana y una lujosa y bonita estola verde para presentarse ante él. Tras dos años sin saber nada de sus compañeros en India, Malaca y Molucas, era la hora de regresar. Era mediados de noviembre de 1551.
     Al recibir noticias del cierre de China a los extranjeros, por parte del capitán Pereira, Francisco Javier empezó a soñar con este nuevo horizonte. Decidió que al año siguiente viajaría hasta allí, siempre que el mencionado Pereira fuese nombrado embajador por el virrey. De nuevo, pretendía presentarse al rey de Pekín, con el objeto de pedirle permiso para predicar el Evangelio. Existía la necesidad de poner el catecismo japonés en caracteres chinos. En Singapur, en diciembre de 1551, tuvo conocimiento por un carta retrasada firmada por Ignacio de Loyola, que había sido nombrado provincial de la India, desmembrando estos territorios de la de Portugal. En las cartas con las que respondió, el misionero se mostró entusiasmado por China, “tierra muy grande, pacífica y sin guerras”.
     En esa impaciencia constante por abrir nuevos horizontes sin haber empezado ni siquiera a culminar los anteriores se entienden los sentimientos del padre Francisco Javier. Si triunfaba en China, el futuro de la misión de Japón tornaría a mejores resultados. Mientras que confesaba su incapacidad para hacerse cargo del provincialato, consideraba que había llegado la hora de enviar jesuitas a las universidades del Japón, personas que se arriesgasen a sufrir duras persecuciones.
     Pensó, incluso, que los alemanes y flamencos que conociesen el castellano o el portugués eran los más adecuados para llevar a cabo esta misión. Pero antes de China, debía de pasar por Goa como provincial. A finales de febrero de 1552 se encontraba allí con cuarenta jesuitas, algunos obrando por su cuenta, como el padre Gomes, el cual había optado por hacer de aquel colegio una universidad al estilo de Coimbra.
     Una acción que le había condenado, por parte de este provincial, a la expulsión. Cuando Gomes trató de dar cuenta en Roma y a Ignacio de Loyola del modo que tenía Francisco Javier de gobernar, murió en un naufragio en el cabo de Buena Esperanza.
     Tras redactar instrucciones destinadas a distintos jesuitas, iniciaba su viaje hacia China en abril de 1552. Por Malaca, llevaba consigo un amplio matalotaje con numerosos regalos para ofrecer a los más distinguidos. No pudo llevar desde aquel punto a Diego Pereira como embajador, gesto que truncaba mucho los planes. Partía Francisco Javier en la nao Santa Cruz, acompañado por el hermano Ferreira, Antonio China —educado en el colegio de Goa— y el criado Cristóbal. A fines de agosto llegaban al archipiélago de Cantón, en la isla de Sanchán. En una de las chozas que habían levantado los portugueses, celebraba el padre Francisco misa a diario, adoctrinaba a los niños y esclavos e intentaba buscar comerciantes chinos que le adentrasen en su país, aunque fuese oculto. Ante la falta de resultados de sus planes, pensó en otras posibilidades, como unirse en Siam a la comitiva de la embajada que su Monarca iba a enviar a China e, incluso, intentarlo de nuevo con Diego Pereira.
     Si confiaba en un desconocido comerciante chino, movido solamente por el soborno de lo que le pagase, podía ser abandonado en medio del mar o ser engañado y padecer martirio por orden del gobernador de Cantón. Al fin llegó el esperando mercader, aunque anunciando que habían sido apresados más portugueses.
     El hermano Ferreira no se atrevió a acompañar al padre Francisco, lo que le valió la expulsión. Los portugueses abandonaban la isla de Sanchán, llevando consigo las últimas cartas que escribió el misionero jesuita.
     Todavía en ellas manifestaba su esperanza en el éxito. Quedaba solo, con la única compañía de Antonio el Chino y del mencionado criado Cristóbal, cuando llegaron a Roma sus deseos, expresados anteriormente por carta, de reunirse con sus hermanos europeos. Ignacio de Loyola le llamó a su lado en la Ciudad Eterna. Sin embargo, cuando aquella carta del superior, fechada en mayo de 1552, llegó a su destino, el padre Francisco ya había fallecido. Padeció pulmonía en los últimos días de noviembre. Agonizaba delante de las costas de China, expirando, cuando amanecía el 3 de diciembre, día en el que la Iglesia recuerda su memoria y ejemplo, desde su canonización en 1622 por Gregorio XV y tras su beatificación por Pablo V en 1619. Subía a los altares junto a san Ignacio de Loyola. Precisamente, aquella jornada, el 12 de marzo, se recuerda a través de la celebración de la “Novena de la Gracia”, rememorando además uno de sus milagros más celebrados, el obrado en 1634 sobre el padre Marcello Mastrilli, mártir después en el Japón.
     Su sepultura se fijó, al principio, en esta pequeña isla, trasladándose después a Malaca y más tarde a la India, dando muestras su cuerpo de incorrupción. Se expandió y consolidó su fama, sus milagros, sus cartas y su vida. Fue declarado por Benedicto XV en 1927 Patrono de las Misiones junto con una contemplativa, la carmelita santa Teresa de Lisieux. Cada 3 de diciembre, su tierra celebra el Día de Navarra y el castillo de Javier es la meta de las famosas marchas de la juventud conocidas como las “Javieradas” (Javier Burrieza Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Duque Cornejo, autor al que se le atribuye la obra reseñada;
     Pedro Duque Cornejo, (Sevilla, 14 de agosto de 1678 – Córdoba, 1757). Escultor y arquitecto.
     Perteneciente a una de las estirpes de artistas más importantes del barroco andaluz, Duque Cornejo, representa el máximo exponente y culmen de las escuelas sevillana y granadina en la escultura barroca.
     Además de escultor de tallas, trabajará como arquitecto de retablos, fundamentalmente realizando el diseño o traza, y también conociéndose obras suyas en pintura y grabado. Se le considera el imaginero y entallador más destacado del siglo XVIII en Andalucía.
     En su figura confluyen factores importantes, como es una rica formación en varias disciplinas artísticas, que le permiten no dedicarse exclusivamente a la talla; y la culminación de la idea de artista que ejerce las tres artes, que está presente en la tradición andaluza desde la figura singular de Alonso Cano. Conocedor de su propia valía, siempre tuvo un alto concepto de sí mismo, e intentó por ello la consecución del título de escultor de cámara del rey, que no logró nunca, aunque sí obtuvo el de escultor de la reina, así como privilegio de hidalguía, concedido por la Real Chancillería de Granada en 1751. Dejó muestra de su trabajo por gran parte de Andalucía, fundamentalmente Sevilla, Granada y Córdoba, y también trabajó en Madrid. Sus esculturas se van a caracterizar por las poses afectadas y el impulso barroco conseguido con las grandes ondulaciones de las telas, en sus retablos va a ser constante la aparición del estípite, como elemento definitorio de las arquitecturas.
     Sus padres fueron el escultor de origen granadino José Felipe Duque Cornejo y Francisca Roldán Villavicencio, pintora de oficio e hija a su vez del escultor Pedro Roldán. Pedro Duque Cornejo se formará en el entorno del taller familiar de su abuelo, al que hay que considerar su maestro, ya que su padre fue un escultor mediocre. El taller de Pedro Roldán era el más activo de la Sevilla del último cuarto del siglo XVII, y estaba nutrido por toda la saga familiar dedicada a oficios artísticos, como su tía Luisa Roldán, la Roldana. En este ambiente aprendería todo lo concerniente a la escultura y a la pintura y policromía de las imágenes. Su dedicación a la arquitectura vendrá algo más tardía, por el trabajo conjunto con dos arquitectos importantes, Jerónimo Balbás en Sevilla y Francisco Hurtado Izquierdo en Granada, figuras importantes para entender la obra retablística de Duque Cornejo.
     Sus primeras obras se fechan en torno a 1702, dedicándose en estos primeros momentos a la escultura de tallas y a los grabados. Empieza a granjearse cierta fama en Sevilla, lo que hace que se le encarguen las esculturas del retablo mayor de la iglesia del Sagrario de Sevilla (desaparecido en el siglo XIX), la parte arquitectónica corrió a cargo de Jerónimo Balbás, insistiendo el cabildo catedralicio en la participación de Duque Cornejo, esta empresa ocupó al escultor entre 1706 y 1709.
     En 1709 contrae matrimonio en Sevilla con Isabel de Arteaga, con la que tendrá un total de siete hijos, algunos de ellos dedicados a la pintura y escultura, van a destacar Enrique, José y María, que trabajarán como ayudantes en el taller paterno.
     Este trabajo junto a Balbás le anima a emprender su carrera como arquitecto y en 1711 contrata su primera obra como maestro arquitecto y escultor, el también desaparecido retablo de la iglesia parroquial de San Lorenzo de Sevilla; en sus retablos va a hacer gala de un barroquismo exaltado. Durante este período no deja de realizar también encargos propiamente escultóricos.
     En 1714 está documentado su traslado a Granada, ciudad en la que permanecerá hasta 1719. Su principal encargo es para la iglesia de la Virgen de las Angustias, donde va a realizar la transformación de la imagen titular y añade en la nave de la iglesia esculturas monumentales de tamaño superior al natural.
     También se le encarga la realización del retablo de la Virgen de la Antigua en la catedral granadina, donde se va a ocupar del diseño y ejecución de la arquitectura y escultura. Su diseño es deudor de Hurtado Izquierdo.
     De vuelta en Sevilla, recibe el encargo de dos retablos para la cartuja de Santa María de las Cuevas, primer contacto con la Orden cartuja, que le proporcionará otros dos encargos importantes: la realización de las esculturas para la cartuja de Granada y para la de El Paular en Madrid. Las esculturas de Granada las realizará en su segunda estancia en la ciudad entre 1723 y 1728, trabajando junto con los mejores escultores granadinos del momento. Mientras realiza el encargo granadino, recibe el de Madrid, donde viajará en 1725, alternando los dos proyectos. En ambos, la arquitectura corre a cargo de Hurtado Izquierdo. Las esculturas para las cartujas de Granada y El Paular son consideradas el mejor exponente de la escultura de Duque Cornejo.
     En estos años alternará su estancia en Granada y Madrid, con estancias también en Sevilla, donde realizará encargos importantes en la catedral.
     Durante la permanencia de la Corte de Felipe V en Sevilla, el llamado “Lustro Real”, entre 1729 y 1733, Duque Cornejo intenta entrar en la órbita de los artistas cortesanos, consiguiendo el nombramiento de escultor de la reina Isabel de Farnesio, gran aficionada a las Bellas Artes. La intención del artista es conseguir el nombramiento de escultor de cámara, que no logrará.
     En 1731 recibe su encargo más ambicioso: la realización de la arquitectura y las esculturas de los retablos de la iglesia de San Luis de los Franceses de Sevilla y de la capilla de los Novicios, para los Jesuitas. El retablo de la capilla de los Novicios es considerado su mejor intervención en el campo de la retablística.
     A partir de este momento, Duque Cornejo recibirá multitud de encargos de retablos, como los sevillanos de San Leandro o el de la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación de Umbrete (Sevilla). En 1734 se ocupa del encargo de la realización del retablo de la Virgen de la Antigua de la catedral y del sepulcro del arzobispo Salcedo y Azcona, para situarlo en la misma capilla. El retablo es una realización en piedra.
     La obra que va a ocupar los últimos años en la vida del maestro es el encargo del coro de la catedral de Córdoba. Primero se le encomendará la ejecución de los laterales y luego el frente a modo de retablo, concertando lo primero en 1747 y el frente en 1752.
     Duque Cornejo diseña tanto la arquitectura como la escultura de esta inmensa obra repleta de ornamentación, relieves y esculturas de bulto. Cuando el coro se inauguró el 17 de septiembre de 1757, Duque Cornejo había fallecido unos meses antes, siendo enterrado en la misma catedral cordobesa (Cipriano García-Hidalgo Villena, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relieve de San Francisco Javier, atribuido a Duque Cornejo, en el Retablo de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, en la Capilla Sacramental, de la Iglesia Colegial del Divino Salvador, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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domingo, 16 de octubre de 2022

Un paseo por la plaza Jesús de la Pasión, popularmente plaza del Pan

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Jesús de la Pasión, popularmente plaza del Pan, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 16 de octubre, es el Día Internacional del Pan, así que hoy, es el mejor día para ExplicArte la plaza Jesús de la Pasión, puesto que popularmente se la conoce como plaza del Pan
   La plaza Jesús de la Pasión, popularmente plaza del Pan es, en el Callejero Sevillano, una plaza que se encuentra en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo; y a la que confluyen las calles Córdoba, Lineros, Siete Revueltas, Alcaicería, Herbolarios, y Huelva; y limita con las calles Cuesta del Rosario y Villegas.
   La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario, y está dedicada a Nuestro Padre Jesús de la Pasión, titular de la Hermandad de Pasión.
     Hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Según Ballesteros (Sevilla en el s. XIII), detrás de la iglesia del Salvador existía en 1301 una plaza de las Atahonas; sin embargo, el documento en el que se apoya para hacer esta afirmación no ha podido ser loca­lizado. En los siglos medievales se la denomina de San Salvador, por la inmediata colegial del mismo nombre. Ahora bien, como dicha denominación además se le daba a la de la Pescadería y a la actual, a fin de diferenciarla también fue conocida por Abajo de San Salvador o simplemente de Abajo, formas que se encuentran ya en 1361, y que en el s. XVI aún recoge Peraza (Historia de Sevilla), aunque no van más allá del primer tercio del siglo. Otra variante es la forma Baja o Baja del Salvador, que se data tanto en el s. XIV como en el XVI. Durante éste, por tanto, el topónimo San Salvador se emplea indistintamente para designar las dos plazas que flanquean la iglesia. Sin embargo, al dar la fachada principal a la actual de este nombre, tenderá a consolidarse dicho topónimo en ella, de ahí que, para diferenciarlas, a comienzos del s. XVII haga su aparición el de plaza del Pan para referirse a la que aquí se analiza. No obstante, este topó­nimo, al menos durante la primera mitad del siglo, coexiste con el primitivo, que parece haber desaparecido en su segunda mitad. Además, en algunos documentos de 1642 se la llama Alta de San Salvador, aunque no hay que confundirla con la de Arriba (Pescadería).
     El nuevo topónimo obedecía a que allí estaban radicados los puestos de venta de pan. De ahí que lo conservase hasta entrado el s. XIX. En 1839 todavía era conocida así, según González de León, pero Moreno Gálvez (Callejero...), en 1845 dice que se la llamaba del Pan Vieja, también Vieja del Pan, forma que adopta porque en 1820 fueron desalojados los panaderos. En el mencionado año se la rotula oficialmente del Pan. En 1868 lo cambia el Ayuntamiento revolucionario por el de Comercio, al encontrarse en el centro de una zona eminentemente comercial y tener esa función. Sin embargo, el cambio duró poco; en 1871 ya se le vuelve a encontrar con el topónimo anterior. En 1914, a petición de una serie de vecinos, se denominará Jesús de la Pasión, por esta imagen, atribuida a Martínez Montañés, que recibe culto en la parroquia. Las protestas de los comerciantes, por los perjuicios que les causaba el cambio de denominación, no prosperaron. En 1931 se volvió a rotular del Pan, y, finalmente, en 1939 se repuso el actual. Popularmente el nombre de plaza del Pan sigue vigente, al igual que en numerosos textos literarios, en vez del oficial. Otros topónimos se identifican con ella. Un documento de 1667 la cita como plaza de la Fruta, aunque es posible que se refiriese a un sector de la misma, el inmediato a Siete Revueltas; no se ha encontrado más que esta mención.
     La configuración de su espacio parece no haber cambiado, al menos desde que se poseen referencias gráficas (plano de Olavide, 1771). Tiene forma trapezoidal, con la base más ancha hacia el norte y la más estrecha en la desembocadura en la Cuesta del Rosario. Existen noticias sueltas de operaciones, o de intentos de operaciones de reforma: la compra de unas casas para su derribo en l581; el proyecto de Echamo­rro, tras el desalojo delos panaderos, en 1820; y otro de alineación de casas en 1863. En 1497 ya estaba enladrillada, y a lo largo de la siguiente centuria aparecen denuncias sobre el estado del pavimento y sobre la necesidad de reparaciones. A comienzos del s. XVII este sistema fue sustituido por el empedrado. que se mantiene hasta el s. XIX, a mediados del cual estaba embaldosada. En 1913 hay un proyecto para adoquinarla, que se hizo realidad en los años siguientes; debe ser el que hoy subsiste, con una tonalidad rojiza. Las aceras son también de la presente centuria; las primeras, de cemento, se fechan en 1918, y en 1921 se hace un proyecto de acerado del conjunto; en la actualidad son de losetas. La iluminación se efectúa por medio de farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas, que se instalan en 1971. Intermitentemente ha estado cortada al tránsito de carruajes; en 1786, 1857 y 1913 hay noticias de la existencia de marmolillos. Entre otras dotaciones hay que señalar el que aquí se ubica en 1857 uno de los seis buzones enviados por Correos, y en 1861 uno de los seis quioscos construidos por el Ayuntamiento. En la actualidad se suele instalar en verano uno de helados. Parece que es en esta plaza donde se debe ubicar un proyecto, de fines del s. XVI, para construir sobre los portales un altar a fin de que los días de fiesta pudieran cumplir el precepto de oír misa los vendedores y compradores.
     Por lo que se refiere a la edificación, desde los siglos medievales al menos una parte de la plaza estuvo porticada, y con el paso de los siglos debió llegar a estarlo en su totalidad; hay noticias de la sustitución de postes de madera de algunas casas por otros de mármol en el s. XVIII. Los soportales del lado de poniente, que corresponden a la trasera de la iglesia del Salvador, fueron derribados y reconstruidos en varias ocasiones. Los que hoy se conservan se levantaron en diversas etapas entre los siglos XVII y XIX, en parte por la citada iglesia y en parte por el municipio. Aquélla solicitaba autorización en 1672 para sustituir los postes de madera por mármoles, con el fin de levantar sobre ellos la sacristía de la nueva iglesia. Cada arco era una tienda, independizada de la inmediata por un muro; todas con guardapolvos y aisladas del exterior por medio de una reja. Salvo en la parte central, en que aparecen decorado con tres remates de fábrica, al resto se le superpuso un segundo cuerpo. Cuando en 1820 se trasladaron los panaderos se reutilizaron y las arquerías se cerraron con tabiques, hasta adquirir la forma que hoy poseen. Obras de reforma han permitido poner a la vista, en algunos casos, las columnas y arcadas. Sin duda, este frente es hoy el más significativo por motivos estilísticos, históricos y de juego de volúmenes, ya que sobre las arcadas o tendezuelas se eleva la masa de la iglesia, con diversas alturas, y en la esquina de Lineros y Córdoba un complejo de tejados y azoteas a distintas alturas permite ver la torre de la iglesia. En el s. XIX y en el actual se han efectuado importantes cambios en las otras aceras. En la frontera se derriban unos palenques o portales que acogían a los panaderos, entre Herbolarios y Cuesta del Rosario, y se levantan casas de tres y cuatro plantas, mientras que en la fachada norte destaca, por su estilo y remate, la casa Pedro Roldán (J. Espiau Muñoz, 1930).
     Lo que ha caracterizado a esta plaza durante siglos ha sido su valor de centralidad, al estar ubicada en un espacio estratégico, entre la que fuera mezquita aljama o principal de la ciudad desde el s. VIII al XII, y la alcaicería, una de cuyas puertas daba a la plaza. El zoco inmediato a la mezquita, a que se refiere Ibn Abdun, podría estar aquí o en la otra plaza. Tras la conquista castellana seguiría desempeñando ese papel. Desde el s. XIV, en que aparecen los primeros datos sobre este espacio, está relacionado con una actividad comercial que mantendrá durante siglos: de un lado, mercado del pan y, de otro, de pescado, de fruta y de otros artícu­los de primera necesidad. En el s. XVI Peraza describía este mercado en los siguientes términos: "Otra plaza es la que dicen de Abajo, donde están las panaderas de Sevilla en su poyo: están en otro frontero deste los panaderos que traen las mui blancas y mui sabrosas roscas de Utrera y hogazas de Alcalá y de Gandul y Marchenilla. Véndense en esta plaza todo el año peros y camuesas, cermeñas y peras; todas frutas secas. Así mismo, a su tiempo, cerezas comunes y guindas y mui gruesas cerezas roales, higos verdes y brevas; finalmente, todo género de frutas que suelen dar apetito y sabor."
     Para los primeros, se construirán unos poyo y los pórticos que darán su imagen característica a la plaza. Hasta el s. XIX allí radicará la venta casi exclusiva de pan a los consumidores, y estaban separadas las vendedoras del pan confeccionado con la harina de la Alhóndiga, que parece se ubicaban en los arcos más próximos a Francos, de los panaderos que venían de Alcalá, Mairena y otros lugares, cuyos puestos estaban más próximos a Lineros; incluso en un plano dc 1734 aparecen unos armenios entre los panaderos. A veces los portales no eran suficientes y la mercancía se vendía en medio de la plaza, en unos palenques o al aire libre, como lo refleja Blanco White: "Unos sesenta hombres y doble número de mulas salen de Alcalá todos los días al amanecer en dirección a Sevilla, donde permanecen hasta la tarde en la plaza del Pan, colocados en dos hileras cercadas con barandillas." (Cartas de España). En 1820, al construirse el mercado de abastos de la Encarnación, todos los vendedores fueron trasladados allí.
     El otro artículo es la fruta. Según disposiciones del s. XIV sólo allí se podían establecer las regatonas que revendían al por me­nor frutas y hortalizas. En las siguientes centurias seguirán acompañando a los panaderos, a veces ocupando el espacio reservado a éstos. Diversos documentos aluden a la venta de pescado, ya sea crudo o cocido, y de mariscos; parece ser que estos puestos estuvieron próximos a Siete Revueltas. Tam­bién se alude a freidoras y vendedores de quesos. En el s. XVII se citan además puestos de melones, y en el XVIII mantequeros, vinculados con los obradores de la inmediata calle de Confiterías (actual Huelva).
     Toda esta actividad originaba una ocupación intensiva, a lo que contribuía la construcción de tenderetes de madera en el espacio público, haciendo difícil la circulación y originando una gran confusión, como de­nuncian en l589 los jurados. Confusión producida además, por el hecho de ser un mercado que atraía gran cantidad de personas por la índole de los productos que se vendían, y por ser paso principal en la dirección norte-sur. El padre León lo describe en los siguientes términos, en el tránsito de los siglos XVI y XVII: "... es grande el concurso de gente que va por allí por las mañanas a comprar pan y fruta, y la que pasa por allí a otra parte, por ser paso muy público" (P. de León, Grandeza y miseria...). Todo ello producía un ambiente abigarrado, propicio para los escándalos y los robos, como denuncia el administrador del Hospital de la Paz, en 1589: "... la multitud de gente que concurre a comprar el pan en la plaça de San Salvador es tanta, que mezclados unos con otros ay ladrones y suçeden muertes cada día, por ser plaça pequeña" (Sec. 16). Cervantes lo reflejó en Rinconete y Cortadillo, como recuerda un azulejo. Para controlar esta actividad la ciudad tenía un portal donde acudían diariamente los fieles ejecutores.
     Con el traslado de este comercio al mercado de la Encarnación, la plaza cambió de aspecto, aunque no tanto de función. En el último cuarto del siglo XIX Álvarez-Benavides la cataloga de primer orden; en ella se celebraba un mercado de calzado usado los días de fiesta. Los portales se van cerrando y convirtiendo en tiendas, cuyo ambiente es descrito por Cernuda en los siguientes términos: "Eran unas covachas abiertas en el muro de la iglesia, a veces defendidas por una pequeña cristalera, otras de par en par sobre la plaza el postigo, que sólo a la noche se cerraba. Dentro, tras el mostrador, silencioso y solitario, aparecía un viejo pulcro, vestido de negro, que lleno de atención pesaba algo en una minúscula balanza, o una mujer de blancura lunar, el pelo levantado en alto rodete y sobre él una peina, abanicándose lentamente. ¿Qué vendían aquellos mercaderes? Apenas si sobre el fondo oscuro de la tienda brillaba en alguna vitrina la plata de un vaso entre complicadas joyas de filigranas y las lágrimas purpúreas de unos largos zarcillos de corales. Otras la mercancía eran encajes: liras sutiles de espuma tejida, que sobre papel celeste o amarillo colgaban a lo largo de la pared" (Ocnos). La mayor parte de éstas son hoy relojerías, tiendas de bisutería o modestas joyerías. En las restantes aceras las plantas bajas están ocupadas por comercios diversos entre los que predominan el tejido y la confección, así como una ferretería, con muchos años de existencia. Pero también acudían, en el cambio de siglo, como recogen Laffón y Cernuda, los gallegos o porteadores, que esperaban en ella y en sus tabernas a que requiriesen sus servicios. 
     La desaparición del mercado de abasto no significó la pérdida de valor de la plaza, sino una transformación de sus funciones, pues al comercio de distinto tipo que suponen las tiendas se une en la segunda mitad del XIX el hecho de ser un lugar de encuentros. El Porvenir la describe en 1860 como uno de los lugares más concurridos, frecuentados y paseados de la ciudad, mientras que Álvarez-Benavides (1873) la considera de mucho tránsito. En diversas ocasiones a lo largo de los siglos entrará en los itinerarios de procesiones y cofradías, así como de manifestaciones. Durante los años de ocupación francesa algunos de sus portales acogieron un cuerpo de guardia, y más tarde se estableció un vivac de soldados En la actua­lidad el paseo y el encuentro son imposibles, al estar convertido su espacio publico en un aparcamiento (ya eliminado); y carece de tranquilidad, por ser lugar de carga v descarga de lo numerosos comercios que existen en todas las calles inmediatas, que, por ser peatonales, no permiten el acceso de vehículos. La popularidad de esta plaza queda además reflejada en el hecho de que haya sido citada por diversos autores, bien para describirla, o para situar en ella alguna escena de sus obras, como Muñoz y Pabón, Palacio Valdés, Cela o Burgos, además de los más arriba citados [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Jesús de la Pasión, plaza de. En la fachada posterior de la parroquia del Salvador, antiguamente llamada "Plaza del Pan", existe una hilera de soportales, actualmente enmascarados por pequeños locales comerciales, donde tenían asiento los vendedores de pan y otros productos. Junto a éstos, un edificio de dos plantas, del siglo XVIII, también destinado en la inferior a comercios [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, a quien está dedicada esta vía;
     «Lo sacaron para crucificarle, y requisaron a un transeúnte, un cierto Simón de Cirene que venía del campo, el padre de Alejandro y Rufo, para que tomara la cruz». (Mc 15, 21).
     Sin duda alguna, la mayor joya que venera la Archicofradía es la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, que recibe culto en la hornacina principal del altar de plata de la capilla sacramental del Divino Salvador. Hacia 1610-1615, la hermandad debió encargar la hechura de su titular al escultor Juan Martínez Montañés, aunque no se ha encontrado, ni probablemente se halle nunca, documento contractual que acredite su autoría. Si tenemos, por contra, el testimonio contemporáneo del mercedario fray Juan Guerrero afirmando que el Nazareno de Pasión «…es obra de aquel insigne maestro Juan Martínez Montañés, asombro de los siglos presentes y admiración de los por venir…»; afirmación que parece hacer irrefutable que el Señor de Pasión es obra de Montañés, máxime si tenemos en cuenta el enorme predicamento de que gozaba en la Orden mercedaria fray Juan de Salcedo y Sandoval, a la sazón cuñado del escultor, quien pudo servir de intermediario entre éste y la corporación.
     Además, desde que Antonio Palomino en 1725 confirmara esta misma atribución, extendiendo incluso la leyenda de que «…el mismo artífice, cuando sacaban esta sagrada imagen en la Semana Santa, salía a encontrarla por diferentes calles, diciendo que era imposible que él hubiese ejecutado tal portento», ningún historiador del arte ha osado desmentirla hasta el presente; antes bien, han añadido argumentos estilísticos e iconográficos que refuerzan la paternidad de Montañés sobre la escultura.
     Sobre su cronología, sí sabemos con certeza que la imagen ya estaba conclusa en 1619, pues en enero de ese año el escultor Blas Hernández Bello había concertado un crucificado para el pueblo sevillano de Los Palacios, cuya corona de espinas había de ser «de la materia y hechura de la que tiene el Christo Nazareno de la Cofradía de Pasión dentro de la Merced». Podemos, por tanto, suscribir la autorizada opinión de Hernández Díaz, quien sitúa la ejecución del Nazareno entre 1610 y 1615.
     La imagen de Nuestro Padre Jesús de la Pasión es una escultura realizada en madera policromada para vestir, con la cabeza, manos, antebrazos, piernas y pies tallados pormenorizadamente, mientras que los brazos y el torso quedan tan sólo desbastados. Hombros y codos se articulan para permitir la sujeción de los brazos a la cruz. La cabeza del Señor de Pasión nos asombra por su prodigiosa expresión y belleza formal. Nobleza y mansedumbre son dos de los muchos calificativos que podrían aplicarse al soberano rostro de este Nazareno. Las yemas de sus dedos apenas rozan el madero. Su cuerpo describe una suave curvatura, mientras que la cabeza se ladea hacia la derecha, inclinándose dulcemente. El peso de la figura recae sobre la pierna y pie izquierdo, flexionando la rodilla; por su parte, el pie derecho deja al descubierto el calcañal, apoyando en la peana tan sólo el dedo primero.
     Hemos de felicitarnos porque, hasta el momento presente, los retoques y restauraciones que hemos documentado no han logrado alterar substancialmente la primigenia morfología de la imagen. Cesáreo Ramos en 1841, Manuel Gutiérrez Reyes y Cano en 1900 y Carlos González de Eiris en 1916, se limitaron a subsanar pequeños desperfectos.
     En 1974 fue restaurado por Francisco Peláez del Espino, quien llevó a efecto algunas labores discutibles, como el reencarnado del torso o la introducción de elementos metálicos; estos últimos han sido retirados y sustituidos por espigas de madera en la restauración que le han practicado los hermanos Cruz Solís en 1995, quienes además han reforzado las falanges de algunos dedos, han consolidado el soporte y resanado grietas, y han procedido a la limpieza superficial de la policromía en manos y pies.
     Su portentoso rostro, su prodigiosa hechura, y la hondura teológica y reflexiva que desprende el Señor de Pasión, han hecho de esta imagen centro de devoción, alabanza y admiración unánimes en Sevilla, al tiempo que ha inspirado las más hermosas leyendas e historias que se conocen en la ciudad. De entre ellas, destaca la que protagonizó el Arzobispo de Sevilla, D. Antonio Despuig y Dameto, quien, tras rezar largamente ante la imagen del Señor de Pasión, hizo el siguiente comentario para sorpresa de quienes le acompañaban: «Le noto un defecto…»; a lo que concluyó rotundo: «…le falta respirar» (Hermandad de Pasión).
Conozcamos mejor la Historia del Pan;
     El pan que hoy conocemos y degustamos con tanto placer, se remonta a las más antiguas culturas que han habitado la Tierra. Desde tiempos antiguos, este exquisito alimento ha sido elaborado utilizando el trigo.
     Para su preparación, era muy común machacar los granos y que al mezclarse con agua formaban una pasta, que luego era usada para fabricar el pan. Con el paso de los años y el uso de nuevos inventos, se pudo procesar el trigo para la fabricación de este alimento en hornos.
     Los egipcios fueron los primeros en descubrir cómo se producía la levadura para darle un mejor sabor al pan y fue simplemente dejando que la masa se fermentara.
     Los griegos introdujeron el uso de la miel y nueces en su elaboración y los romanos innovaron nuevas técnicas a través de ingeniosos equipos como máquinas de amasar y es a partir de este imperio, donde nace de forma oficial, el primer colegio de panaderos.
     A partir de entonces, el pan ha ganado fama y aceptación en todas las sociedades del mundo. Hoy es una gran industria con mucha demanda, ya que puede adquirirse a muy bajo costo y con un alto valor nutritivo.
     A través de la historia el pan siempre ha sido un alimento que ha estado presente en la mesas de las familias alrededor del mundo. Un exquisito y nutritivo producto elaborado a base de trigo que tiene orígenes antiquísimos.
     Cada país tiene su propia manera y estilo de elaboración, sin embargo, en su preparación se utilizan algunos ingredientes básicos como la harina de trigo, la levadura, agua y sal que dan como resultado final un crujiente pan, del cual se desprende un exquisito aroma y que termina siendo una verdadera delicia para el paladar.
     Desde tiempos remotos el hombre ha tenido que buscar su propio sustento y para ello se valió de la caza y la pesca de animales, así como de la recolección de frutos que provenían directamente de la naturaleza.
     Sin embargo, a medida que fue avanzando y evolucionando pudo introducir a su dieta grandes inventos, uno de ellos, el exquisito y suculento pan, el cual ha servido para saciar el hambre, incluso en momentos difíciles que ha atravesado la humanidad como grandes catástrofes y guerras.
     Hoy, afortunadamente este rico y popular alimento sigue tan vigente como ayer en las tradiciones culinarias de los pueblos, pero también es usado de manera simbólica para ciertos rituales religiosos en algunos países y junto al vino, está considerado como la máxima expresión de la eucaristía cristiana representada a través de la hostia.
     Por todo lo anteriormente dicho, no cabe ninguna duda de que el pan seguirá vigente dentro de la dieta del consumidor. Son millones de personas que en todo el planeta que sienten verdadera fascinación por este versátil alimento, que es una verdadera obra del arte culinario.
     Sí quieres celebrar un día tan especial, nuestra mejor propuesta es que te atrevas a elaborar tu propio pan, utilizando la técnica y los ingredientes que te permitan degustar de una alimento cien por ciento elaborado en casa y donde puedes hacer volar tu imaginación, además, a los peques y a la familia en general le puede resultar una actividad muy divertida, así como enriquecedora (diainternacionalde.com)
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Jesús de la Pasión, popularmente plaza del Pan, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La plaza Jesús de la Pasión, al detalle:
Edificio Pedro Roldán
Placa conmemorativa a Luis Cernuda
Azulejo conmemorativo Rinconete y Cortadillo