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miércoles, 10 de junio de 2026

La pintura "El mercedario Alonso de Sotomayor y Caro", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "El mercedario Alonso de Sotomayor y Caro", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy, 10 de junio, es el aniversario del fallecimiento (10 de junio de 1682) de Fray Alonso de Sotomayor, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "El mercedario Alonso de Sotomayor y Caro", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala VIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "El mercedario Alonso de Sotomayor y Caro", de Juan de Valdés Leal (1622-1690), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco de escuela sevillana, realizado en 1657, con unas medidas de 2'25 x 1'75 m., adquirido por la Junta de Andalucía, en 1990.
   La figura de Fray Alonso aparece sentada en un sillón frailero, mirando fijamente al espectador, en el coro alto de la Iglesia del Convento de la Merced de Sevilla. La mitad derecha de la composición, detrás del personaje, aparece cubierta por un espeso cortinaje de tonalidades tierras - ocres, la parte izquierda aparece abierta a una perspectiva de la Iglesia que nos lleva hasta el crucero. Al fondo se vislumbra la parte izquierda del retablo mayor realizado por Francisco de Ribas, siendo las esculturas de Alonso Martínez. En la parte superior de los paramentos de la nave se observan pinturas, que según el Inventario de la Merced realizado en 1732, serían obras de Juan Camacho, discípulo de Francisco de Herrera el Viejo. En estas pinturas se representaban pasajes de la vida de la Virgen. En un primer plano aparece una mesa cubierta con un tapete de tonalidades carmesí, sobre ésta una mitra alusiva a su condición de obispo y dos libros realizados a su instancia: "La Sacra Dei Ara" del maestro Saavedra y "Los Comentarios" del maestro Prudencio. En la parte inferior del tapete y de frente al espectador figura el escudo de armas de la familia Sotomayor y Caro junto al emblema de la Merced. Obra ésta interesante como documento histórico ya que es una de las pocas veces que en la historia de la pintura sevillana aparece representada la Iglesia del convento de la Merced (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Juan de Valdés Leal nació en Sevilla en 1622 y en esta misma ciudad murió en 1690. Realizó su aprendizaje con un maestro desconocido y en 1647, después de contraer matrimonio, se instaló en Córdoba donde inició su carrera artística. De esta época cordobesa son importantes conjuntos pictóricos como el realizado para la iglesia de Santa Clara de Carmona y el retablo del Carmen Calzado de la ciudad de la mezquita.
   En 1656 abandonó Córdoba para regresar definitivamente a Sevilla, donde aparte de una numerosa producción de obras individualizadas realizó grandes conjuntos de pinturas, como los del Monasterio de San Jerónimo, la iglesia de San Benito de Calatrava, y la Casa Profesa de la Compañía de Jesús.
   En 1664 Valdés Leal realizó un viaje a Madrid donde conoció las colecciones pictóricas de los palacios reales y también colecciones privadas, en las que estudió obras de maestros flamencos e italianos de las que obtuvo numerosas novedades para su arte.
   En 1672 Valdés Leal ejecutó sus famosas pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla en las que representó las más impresionantes imágenes de la muerte que se han realizado en la Historia, y que han constituido la base de su fama. En los últimos años de su vida, víctima de achaques y enfermedades, sus necesidades económicas le obligaron a tener que seguir trabajando, en ocasiones en circunstancias poco favorables, subido en altos andamios para pintar bóvedas en la iglesia de la Santa Caridad, en la de los Venerables o en la del monasterio de San Clemente.
   La necesidades económicas obligaron a Valdés Leal a aceptar muchas veces trabajos a escaso precio, por lo que en ocasiones hubo de trabajar rápidamente ayudado por su hijo Lucas, lo que a veces hace que la calidad de sus pinturas se resienta y que éstas sean muy irregulares.
   El temperamento de Valdés Leal ha sido descrito como el de un hombre violento y orgulloso, amante de representar pictóricamente escenas desagradables y repugnantes. Estas descripciones son resultado de leyendas sin fundamento y tópicos generalizados sobre su persona, que sin embargo a la luz de documentos fidedignos emerge como espléndida y generosa, dotada de un talante enérgico y decidido.
   Valdés Leal practicó desde su juventud una pintura de corte naturalista y de recia expresión en la que plasmó un dibujo firme y un potente colorido; progresivamente su dibujo fue adquiriendo mayor fluidez y su colorido fue adoptando mayor riqueza de matices y llegando a adquirir transparencias. Una técnica dinámica y vitalista, merced a la aplicación de una pincelada rápida y fogosa que otorga a sus obras un sentimiento apasionado y vehemente. La emoción espiritual que reflejan sus personajes se traduce en ocasiones en expresiones bruscas y en rostros tensos y anhelantes, que incurren deliberadamente en la estética de lo feo, que otorga a sus expresiones un notorio dramatismo.
     Pocos son los retratos que se conservan de Valdés Leal. Uno de ellos ha sido recientemente adquirido por el Museo y representa a don Alonso de Sotomayor y Caro, obra firmada en 1657. Este personaje fue un célebre mercedario oriundo de Carmona que llegó a ser provincial de la orden en Andalucía y obispo de Barcelona. La pintura tiene el interés de representar al retratado en el desaparecido coro alto de la iglesia de la Merced de Sevilla, actual recinto del Museo; la iglesia se ve parcialmente desde el coro llegándose a percibir una parte de su retablo y la configuración de los muros laterales, siendo éste el único testimonio gráfico que de ella poseemos en el pasado (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991). 
Conozcamos mejor la Biografía de Fray Alonso de Sotomayor, personaje representado en la obra reseñada;
Alonso de Sotomayor. (Carmona, Sevilla, c. 1607 – Barcelona, 10 de junio de 1682). Mercedario (OdeM), teólogo, general de la Orden, arzobispo de Oristano y de Barcelona.
     Nació en Carmona, diócesis y provincia actual de Sevilla, hacia el año 1607, de familia noble. Los Sotomayor eran originarios de la nobleza gallega, que siguió al Rey de Castilla, y emigró a las principales ciudades del reino. Aunque Guillermo Vázquez y Carlos Oviedo escriben “Alfonso”, y el Episcopologio de Barcelona lo denomina “Ildefonso”, se seguirá la tradición y los manuscritos conocidos, que le llaman siempre “Alonso”. Ingresó en el convento grande de la Merced de Sevilla, donde profesa el 4 de noviembre de 1623, ante fray Andrés de Portes, por comisión de fray Jorge de Arriola, provincial de Andalucía.
     Estudia Artes y Teología en la Merced, y recibe, después de prolongada enseñanza conventual, los títulos de presentado y de maestro. Fue nombrado comendador de Jerez de la Frontera (diócesis de Sevilla, y hoy diócesis propia y provincia de Cádiz). Desempeñó también el cargo de definidor general por Andalucía, nombrado en el capítulo general. Asimismo, visitador general por los conventos de Ronda (Málaga) y Gibraltar, donde la Merced tuvo convento, y juez conservador con ejercicio del Cabildo de la Catedral de Cádiz.
     Definidor general por Andalucía, y elegido provincial en el capítulo de Sevilla el 29 de enero de 1649.
     Finalizado el trienio, es elegido maestro general, en el capítulo celebrado en Barbastro (Huesca) el 30 de enero de 1652, siendo confirmado por el papa Inocencio X. De los treinta y un votos, le dieron treinta, y el suyo se lo dio al padre Diego Gatica, después obispo titular de Utica, nombrado por Alejandro VII y auxiliar del arzobispo de Sevilla, el franciscano fray Pedro de Urbina (29 de julio de 1658). Entre los acuerdos tomados en dicho capítulo destaca el de reforma de las Constituciones, incorporando lo legislado en los últimos setenta años, el final de cuya tarea le correspondería al reverendísimo Asensio (1664).
     Fue su generalato distinguido por su prudencia y afabilidad con los frailes, y fomentó la observancia regular y los estudios. Hizo imprimir las obras de dos ilustres mercedarios: las del maestro Silvestre de Saavedra, gran mariólogo, y las del padre Juan Prudencio, catedrático de Alcalá. Subraya Guillermo Vázquez que con ello “dio a la Orden más gloria que si edificara media docena de conventos”. Le ayudó económicamente a dichas ediciones fray Andrés de Sola, murciano, organizador de la provincia mercedaria de Quito (Ecuador). Era entonces cronista general el padre fray Luis de Salcedo, y dio orden de que los conventos le enviasen los datos históricos existentes en sus archivos, lo que logró salvar ciertas noticias, que, de lo contrario, hubieran desaparecido con el correr de los años.
     Otro de sus reconocidos aciertos fue el saber elegir vicarios para el Nuevo mundo. Mandó a Nueva España al padre Juan de la Calle (1652), que sería nombrado luego obispo de Trujillo (Perú) y de Arequipa.
     No logró el mismo acuerdo unánime con el padre fray Nicolás de Colmenares —fraile, con todo, de gran valía, que había sido comendador de Madrid y provincial de Castilla (1648-1651)—, que salió para el Perú como vicario, pasando a Lima en octubre de 1653.
     Luego residió en Quito (Ecuador) un año y presidió el Capítulo “en que fue elegido Provincial el P. Presentado Fray Gabriel de Martos, natural de Alcaudete (Jaén), que hacía 20 años que estaba en Quito” (Pedro Nolasco Pérez). Después regresó a España, y vivía todavía en 1664, con destacado prestigio.
     Eligió como secretario a fray Martín de Allué, joven aragonés, que le sucede en el generalato. Durante su etapa de general se hicieron tres redenciones de cautivos: una por franceses mercedarios de ciento treinta y dos cautivos; otra por Aragón, que redimió ochenta y dos, y finalmente, la de Castilla y Andalucía, con trescientos dos redimidos. Sotomayor también se consagró a las obras conventuales: reconstruyó la iglesia de la Merced de Roma, junto al Coliseo; restauró el convento de Barcelona y amplió el de Madrid, y “redimió un censo de 210 escudos que el convento de Sevilla pagaba a la familia Sotomayor” (G. Vázquez).
     Felipe IV le presentó, en 1657, para el arzobispado de Oristano (Cerdeña), según tradición con los demás generales de la Merced, pero lo hizo antes de finalizar el sexenio. Obligó, en esta ocasión, a que presentase al nuncio la renuncia del generalato (verano de 1657). Alejandro VII lo eligió, pues, arzobispo de Oristano el 24 de septiembre de dicho año. Fue consagrado poco después. Se le confirió el palio el 18 de marzo de 1658. Sucede a Pedro Vico, trasladado a Cagliari (Cerdeña). El Rey y Alejandro VII lo promueven a Barcelona (9 de junio de 1664). El mercedario Linás en su Bullarium, 337, indica que fue en el año 1663, lo que no parece exacto.
     Celebró tres sínodos diocesanos: el 19 de septiembre de 1669, el 18 de mayo de 1677 y el 23 de mayo de 1680. El Diccionario de Historia Eclesiástica de España, escribe, confusamente: “1669, 1671 —lo cual es erróneo—, Alfonso Sotomayor, ed. Barcelona 1673; 1677, 1680, Alfonso Sotomayor” —reiteración del nombre y apellido—, señalado ya por Carlos Oviedo (1981). En Barcelona, fue Sotomayor quien introdujo el toque de ánimas después de anochecer, extendido luego a Cataluña entera y más tarde a España.
     Fue diputado primero y virrey y capitán general del principado de Cataluña. También preside, delegando, un capítulo de los Trinitarios en Barcelona. Publicó las Sinodales del Obispado (1682): en su portada reproduce sus armas, las de las familias Sotomayor y Caro, con las de la Merced en jefe.
     A él se debe haber logrado de la Santa Sede que el oficio de san Pedro Nolasco se extendiera a toda la Iglesia, con rito doble. Después del Vaticano II, sin comunicación a la Orden, mientras conservaron otros fundadores, la Comisión de Liturgia lo eliminó del Misal y Breviario Romanos, aunque su efigie persiste en la basílica vaticana y en lo alto de la columnata de Bernini. Sotomayor buscó sus reliquias en Barcelona, sin ningún resultado, y costeó la edición de su vida, en realidad “hagiográfica”, escrita por Colombo. Fallece en la Ciudad Condal el 10 de junio de 1682.
     Fue sepultado en la Catedral de Barcelona.
     El año en que se le nombró obispo, Valdés Leal hizo su retrato —muy posiblemente por encargo de la familia—, conservado en Carmona. Pasó más tarde a posesión de la señora marquesa de las Torres de la Presa (en el año 1932 estaba en su posesión). Figura como maestro general, con su hábito blanco, y está sentado en lo alto de la escalera del convento de Sevilla, cuya belleza cautivó a Felipe IV. Los libros que figuran sobre su mesa son la Sacra Deipara, del maestro Saavedra, y los Comentarios, del maestro Prudencio, autores mercedarios de gran prestigio, por él editados. Guillermo Vázquez tuvo, y reprodujo, la foto de dicho cuadro, por gentileza del señor marqués del Saltillo, su condiscípulo en la Universidad Complutense, y luego catedrático en Oviedo, según afirma en escrito del año 1932 (Luis Vázquez Fernández, OdeM, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Valdés Leal, autor, de la obra reseñada;  
   Juan de Valdés Leal (Sevilla, 4 de mayo de 1622 [bautismo] – 9 de octubre de 1690), pintor.
   Quien, después de Murillo, es con seguridad la segunda personalidad más importante dentro del ámbito de la pintura barroca sevillana, fue bautizado en Sevilla el 4 de mayo de 1622, hijo de Fernando de Nisa, noble portugués, y de Antonia de Valdés Leal, sevillana.
   Se ignora con quién pudo realizar su aprendizaje, que hubo de llevarse a cabo aproximadamente entre 1637 y 1642. Una vez concluida su formación marchó, a Córdoba, donde inició su carrera artística y donde en 1647 contrajo matrimonio. Allí permaneció hasta 1656, fecha en la que regresó definitivamente a su ciudad natal, y allí, pocos años después, en 1660, aparece citado entre los artistas que fundaron la academia de pintores de Sevilla, en la que llegó a ser primero diputado, y finalmente presidente. 
    Referencias fidedignas indican que, en 1664, Valdés Leal viajó a Madrid, donde permaneció cerca de medio año, y donde hubo de mantener contacto con otros pintores y pudo visitar seguramente las colecciones reales, circunstancias que hubieron de repercutir favorablemente en la mejora de sus principios artísticos. Regresado a Sevilla, prosiguió su trayectoria artística, que se desarrolló siempre en un plano secundario, detrás de Murillo, con quien ingresó en 1667 como hermano de la Santa Caridad de Sevilla, institución para la que trabajó largamente hasta los momentos finales de su vida. En 1672, se sabe que realizó un viaje a Córdoba, posiblemente vinculado a encargos pictóricos.
   A partir de 1680, la salud de Valdés Leal se debilitó notablemente pero, pese a ello, como quiera que su situación económica nunca había sido boyante, hubo de ocuparse de trabajos que suponían grandes esfuerzos físicos, como la realización de decoraciones murales en el interior de recintos religiosos, subido a altos andamios. A partir de 1689, su hijo Lucas fue sustituyéndole paulatinamente en este tipo de trabajos, y finalmente, después de un ataque de apoplejía, en octubre de 1690, tuvo lugar su fallecimiento. Había redactado su testamento el 9 de octubre y el 15 siguiente fue enterrado en la iglesia de San Andrés (Sevilla).
   La historiografía del arte ha sido totalmente injusta con Valdés Leal, y al mismo tiempo ha desfigurado su personalidad, caracterizándole como una persona iracunda y orgullosa, quizás como contrapunto al carácter de Murillo, al que se presenta como hombre bueno y humilde. Sin embargo, Palomino, que le conoció personalmente dijo que “fue hombre de mediana estatura, grueso, pero bien hecho, redondo de semblante, ojos vivos y color trigueño claro [...] fue espléndido y generoso en socorrer con documentos a cualquiera que solicitaba su corrección [...] al paso que era altivo y sacudido con los presuntuosos y desvanecidos”.
    Pese a estas precisas palabras, que son las únicas contemporáneas referidas a Valdés Leal, en torno a él se ha forjado una leyenda que le define como un necrófilo, obsesionado por la muerte y por todo lo repugnante y desagradable. Estas falsas apreciaciones se deben sin duda a que se le considera como el responsable de la ideología que emana de las pinturas de Las Postrimerías de la iglesia del Hospital de la Santa Caridad, que, sin embargo, son fruto de las intenciones y del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de dicha institución en el momento en que se ejecutaron dichas obras. Pero ello no ha librado a Valdés Leal de ser llamado “el pintor de los muertos”, y a él se han atribuido sistemáticamente de forma errónea todo tipo de pinturas con tema mortuorio realizadas en la pintura barroca española. Ciertamente no fue la muerte la obsesión que agobió a Valdés Leal, sino al contrario las circunstancias de su vida, presidida siempre por los continuos problemas económicos que le acuciaban.
   No se conoce quién fue el maestro de Valdés Leal, y por lo tanto, no puede precisarse el espíritu artístico que presidió su formación. De todas formas, con quien más puntos de contacto tiene su pintura, al menos en sus inicios, es con Francisco de Herrera el Viejo, quien pudo ser su preceptor. También puede señalarse que, residiendo en Córdoba en torno a 1650, su pintura adquiriese referencias estilísticas procedentes de Antonio del Castillo.
   Progresivamente y con el paso del tiempo, el dibujo de Valdés Leal, firme y preciso, y su colorido terroso y compacto se fueron aligerando, sobre todo después de su estancia en Madrid en 1664, donde recibió influencias procedentes de la pintura veneciana y flamenca, y también de la madrileña. De esta última se constata cómo referencias pertenecientes a Ricci, Coello, y también a Herrera el Joven, incidieron en la progresiva adquisición de soltura y agilidad en su técnica.
   La pintura de Valdés Leal posee desde su época de madurez un marcado sentido de ímpetu y de fogosidad que le convierten en uno de los más aparatosos pintores de su época. Su arrebato creativo alcanza a veces a captar matices expresionistas en los gestos de sus personajes, tensos y crispados, con semblantes hoscos y anhelantes, que en ocasiones inciden de forma voluntaria en la estética de lo feo.
   La producción de Valdés Leal se inicia en Córdoba en torno a 1647, reflejándose en estos momentos una cierta rudeza en las actitudes físicas de sus personajes y una notoria solemnidad moral. Su primera obra fechada aparece en dicho año y es el San Andrés que pertenece a la iglesia de San Francisco de dicha ciudad.
   De estos años es también El arrepentimiento de San Pedro en cuya plasmación reflejó un profundo sentimiento, dramático y doliente; con este tema se conocen tres versiones casi exactas, una en la iglesia de San Pedro de Córdoba y las otras dos en Madrid, en colección particular y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En estas obras, aparte del influjo de Herrera el Viejo, se advierten también recursos técnicos derivados de José de Ribera.
   Muy importante debió de ser para Valdés Leal la obtención en 1652 del encargo de decorar con pinturas los muros laterales del presbiterio de la iglesia del Convento de Santa Clara de Carmona, conjunto actualmente disperso entre la colección March en Palma de Mallorca y el Ayuntamiento de Sevilla. En esta serie pictórica se describe la vida de Santa Clara y en sus distintos episodios se narra La profesión de Santa Clara, El milagro de Santa Clara con su hermana Santa Inés, La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma y La retirada de los sarracenos del convento de Asís, obra esta última que hay que considerar como uno de los testimonios más claros que nos ha dejado Valdés Leal en la descripción de escenas tumultuosas y caóticas; la serie finaliza con La muerte de Santa Clara.
   Del periodo cordobés de Valdés Leal es un amplio grupo de pinturas, realizado entre 1654 y 1656, entre las que figura La Virgen de los Plateros del Museo de Córdoba, obra que estuvo repintada casi totalmente y que en la actualidad presenta aún la cara de la Virgen muy desfigurada por la mano inexperta de un antiguo y vulgar restaurador. De este momento es también La Inmaculada con Felipe y Santiago, que pertenece al Museo del Louvre de París, y la pareja de los arcángeles San Miguel y San Rafael, que pertenecen a la colección Caja Sur de Córdoba. A este grupo puede añadirse una bella representación de Santa Bárbara, que pertenece al Museo Municipal de Rosario en Argentina.
   Trabajo de gran empeño por parte de Valdés Leal fue la realización entre 1655 y 1656 del retablo mayor de la iglesia de las carmelitas de Córdoba, cuyo patrono fue Pedro Gómez de Cárdenas. Este importante conjunto pictórico está presidido por una dinámica y aparatosa representación de El rapto de Elías, imbuida de un espíritu decididamente barroco. Figura también en el retablo La Virgen de los carmelitas, situada en el ático del mismo, mientras que en los laterales aparecen San Acisclo, Santa Victoria, San Miguel y San Rafael; en el banco se sitúan cuatro santas carmelitas formando dos parejas, Santa María Magdalena de Pazzis con Santa Inés y Santa Apolonia con Santa Syncletes. Completan el retablo dos cabezas cortadas de San Juan Bautista y de San Pablo más dos magníficas representaciones de Elías y los profetas de Baal y Elías y el ángel, estando estas dos últimas pinturas realizadas con posterioridad a la primera fase del retablo, puesto que ambas están firmadas y fechadas en 1658, cuando Valdés Leal residía ya definitivamente en Sevilla.
   A partir de 1656 Valdés Leal se estableció en su ciudad natal, siendo su primer trabajo importante la realización del conjunto decorativo que recubría las paredes de la sacristía del Convento de San Jerónimo de esta ciudad, actualmente disperso. Allí se narraba la vida de San Jerónimo, y también se exaltaba a los principales religiosos de la orden, algunos de los cuales habían estado vinculados a la historia del propio convento. Así, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se guardan El Bautismo, Las Tentaciones y La flagelación de San Jerónimo. En una colección particular de Dortmund se conserva la representación de San Jerónimo discutiendo con los rabinos, mientras que otro episodio que representa La muerte de San Jerónimo se encuentra en paradero desconocido, si no es que se ha perdido.
   Un conjunto de frailes y monjas de la orden jerónima completaba la decoración de la mencionada sacristía, estando igualmente disperso en la actualidad. De él, en el Museo del Prado se conservan representaciones de San Jerónimo y de Fray Diego de Jerez; en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se exponen Fray Pedro Fernández Pecha, Fray Fernando Yáñez de Figueroa, Fray Pedro de Cabañuelas, Fray Alonso Fernández Pecha, Fray Juan de Ledesma y Fray Hernando de Talavera. En el Museo de Grenoble se encuentra Fray Alonso de Ocaña, y en el de Dresde Fray Vasco de Portugal. Las dos principales figuras femeninas de la orden jerónima, Santa Paula y Santa Eustoquio, se guardan respectivamente en el Museo de Le Mans y en el Bowes Museum de Bernard Castle.
   Hasta fechas recientes se venía creyendo que la última pintura realizada por Valdés Leal en su trayectoria artística era la representación de Cristo disputando con los doctores en el templo, obra que se conserva en el Museo del Prado y firmada en 1686. Sin embargo, el estilo de esta obra no encaja con la forma de pintar que Valdés poseía en los años finales de su vida, y por el contrario es totalmente afín al que tenía en los años inmediatos a su llegada a Sevilla, procedente de Córdoba. Esta circunstancia nos movió en 1992 a examinar detenidamente la firma y la fecha que lleva la pintura, pudiendo advertir que está totalmente repintada, y advirtiéndose de forma clara que la tercera cifra —actualmente un “ocho”—, fue inicialmente un “cinco”, con lo que la pintura posee la fecha de 1656, año justo y apropiado para situar esta obra dentro de la producción del artista.
   Otra obra de notoria calidad y empeño, ejecutada además con vibrante pincelada y espléndido colorido, fue realizada por Valdés Leal en 1657. Se trata de Los desposorios de la Virgen con San José de la catedral de Sevilla, escena en al que impera ya un marcado ímpetu barroco. De fecha aproximada es también la pintura que representa a Santa María Magdalena, San Lázaro y Santa Marta, también conservada en la catedral sevillana, y que muestra intensos y arrebatados sentimientos espirituales en la expresión de los personajes. De estos momentos es también El Sacrificio de Isaac, perteneciente en la actualidad a una colección particular madrileña, en la que el artista capta espléndidos estudios anatómicos de desnudo. Otras pinturas, fechables en torno a 1657 y 1658, son La Virgen con San Juan Evangelista y las tres Marías camino del Calvario, del Museo de Bellas Artes de Sevilla, La Piedad del Museo Metropolitano de Nueva York, El Descendimiento de la Cruz, de colección particular en Pontevedra, y La liberación de San Pedro, de la catedral de Sevilla. En todas estas obras se refleja una intensa dinámica expresiva imbuida en un profundo patetismo.
   Entre 1659 y 1660, Valdés Leal realizó un amplio conjunto pictórico para un retablo principal y dos colaterales, destinados a la iglesia de San Benito de Calatrava de Sevilla. En los retablos colaterales se disponía una sola pintura en cada uno de ellos, una monumental Inmaculada y un patético Calvario. En el retablo principal y con pinturas de mediano tamaño, figuraban, en el primer cuerpo, San Juan Bautista, San Andrés, San Sebastián y Santa Catalina, además de una representación de La Virgen con San Benito y San Bernardo que se ha perdido. En el segundo cuerpo aparecían San Antonio de Padua, San Miguel Arcángel y San Antonio Abad. Todo este conjunto pictórico se conserva actualmente en la iglesia de la Magdalena de Sevilla, en la capilla de la hermandad de la Quinta Angustia.
   Para el patio de la Casa Profesa de los jesuitas de Sevilla realizó Valdés Leal en torno a 1660 una serie de pinturas sobre la vida de San Ignacio de Loyola, que por haber estado durante dos siglos al aire libre han llegado hasta nuestros días en mal estado de conservación, por lo que han tenido que ser intensamente restauradas, a parte de que alguna de las escenas integrantes de dicha serie se ha perdido. Estas pinturas, excepto la que representa a San Ignacio convirtiendo a un pecador, que se encuentra en la iglesia del Convento de Santa Isabel de Sevilla, pertenecen actualmente al Museo de Bellas Artes de esta ciudad. Las pinturas que integran esta serie son La aparición de San Pedro a San Ignacio en Pamplona, La aparición de la Virgen con el Niño a San Ignacio, San Ignacio haciendo penitencia en la cueva de Manresa, El trance de San Ignacio en el hospital de Manresa, San Ignacio curando a un poseso, Aparición de Cristo a San Ignacio camino de Roma y San Ignacio recibiendo la bula de fundación del Papa Pablo III. La serie se completa con representaciones de San Ignacio y San Francisco de Borja contemplando una alegoría de la eucaristía y San Ignacio contemplando el monograma de la compañía de Jesús.
   En 1660 Valdés Leal realizó dos obras fundamentales dentro de la tradición española de la pintura de vanitas, en cuyo contenido manifiesta la vanidad de la existencia como consecuencia de la fugacidad del tiempo y la brevedad de la vida; alude también en estas pinturas a la inmediata llegada de la muerte, que arrebata a los humanos todo tipo de placeres y riquezas mundanas. Ante esta situación irremediable que, después de la muerte conduce a las circunstancias del juicio del alma con su dilema de salvación o condenación, es necesario llevar antes una existencia piadosa en la que la oración, la penitencia y la castidad sean méritos acumulados para poder conseguir la salvación. Estas consideraciones se recogen en dichas pinturas, que inicialmente formaban pareja, pero que en la actualidad se conservan separadas, una en el Wadsworth Ateneum de Hartford y otra en la Galería de Arte de York, representándose en ellas respectivamente La alegoría de la vanidad y La alegoría de la salvación.
   A estas dos pinturas siguieron otras no menos extraordinarias firmadas en 1661 como La Inmaculada Concepción con dos donantes, que pertenece a la Galería Nacional de Londres, donde aparte de la bella figura de la Virgen, Valdés Leal incluyó a sus pies los magníficos retratos de Un clérigo joven y de Su madre anciana, ambos de muy notable calidad. También de 1661 es La Anunciación que se conserva en el Museo de Arte de la Universidad de Michigan, obra de gran ímpetu barroco en la que contrastan la enfática e impulsiva figura del ángel con la recatada e íntima presencia de la Virgen. Otras obras importantes de 1661 son El camino del Calvario conservado en la Hispanic Society de New York y La imposición de la casulla a San Ildefonso, obra de la que el artista realizó una primera versión para ser situada en el ático de la capilla de San Francisco de la catedral de Sevilla y que debió de ser rechazada por los canónigos de la catedral por su excesiva tensión dramática y atormentada espiritualidad. Para reemplazarla Valdés Leal realizó otra versión del mismo tema más atemperada y recogida; de estas dos pinturas, la rechazada por el cabildo debe de ser probablemente la que hoy se conserva en la colección March de Palma de Mallorca.
   Poco después de 1663, también para la Catedral de Sevilla y esta vez para el retablo de la capilla de Santiago, Valdés Leal realizó un Martirio de San Lorenzo en el que acertó a describir en la figura de su protagonista una emotiva expresión en su actitud de levantar los ojos al cielo, aceptando con serenidad los tormentos de su martirio. En torno a 1663 puede fecharse también la representación de María Magdalena, que se conserva en la casa palacio de Villa Manrique de la Condesa, obra en la que Valdés Leal supo hacer gala de su destreza en la plasmación de la belleza física y espiritual.
   En los años que oscilan entre 1665 y 1670 puede situarse la ejecución de otras pinturas de Valdés Leal de notoria calidad. Son el San Antonio de Padua con el Niño que se conserva en una colección particular de Madrid y La Asunción de la Virgen que pertenece a la Galería Nacional de Washington, obra de gran ímpetu barroco plasmado en la dinámica figura de la Madre de Dios, que es impulsada hacia lo alto por ángeles de forma impetuosa y arrebatada.
   Procedentes de la iglesia del convento de San Agustín de Sevilla se conservan en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad dos excepcionales composiciones que hubieron de ser pintadas por Valdés Leal hacia 1670. Son La Inmaculada Concepción y La Asunción de la Virgen, obras ambas espectaculares y aparatosas cuando no trepidantes y convulsas, alcanzado a plasmar en ellas el máximo nivel expresivo que en el Barroco español se dio a estos temas.
   Valdés Leal es conocido de forma tópica en la historia del Arte europeo por ser el pintor de los dos famosos Jeroglíficos de las postrimerías, conservados en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. Ambas obras han forjado la leyenda de un Valdés Leal macabro, necrófilo y obsesionado por la muerte, aunque es necesario precisar que la ideología que impera en ellas es fruto del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de la Santa Caridad, quien quiso plasmar en ellas la idea de que la salvación eterna sólo es posible obtenerla a través de la renuncia de los bienes y goces terrenales que logrará en el momento del juicio del alma el beneplácito divino que otorga la salvación eterna. Estas pinturas son denominadas, merced a los rótulos que en ellas figuran In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi. En la primera un esqueleto apaga de un manotazo la vela encendida que alegoriza la existencia señalando al mismo tiempo el triunfo de la muerte sobre las complacencias mundanas. En la segunda, aparece un osario con dos cadáveres en primer plano agusanados y corroídos por repugnantes insectos, mientras esperan la hora del juicio y la decisión divina de obtener la salvación o la condenación del alma.
   Estas dos pinturas constituyen el preámbulo del mensaje que Miguel de Mañara introdujo en la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, puesto que su parte más importante se desarrolla a través de un conjunto de seis pinturas de Murillo que narran las obras de misericordia y que señalan que su práctica es indispensable para la salvación del alma. El colofón del programa de Mañara se refleja en la gran pintura realizada también por Valdés Leal en el coro alto de la iglesia en 1684. La simbología de esta pintura señala que ningún rico podrá entrar en el Reino de los Cielos, de la misma manera que el emperador Heraclio no pudo entrar en Jerusalén cuando portaba la cruz de Cristo en medio de la pompa y esplendor de su corte. Al ser Jerusalén la ciudad simbólica del Cielo, Mañara, en esta pintura, a través de Valdés Leal, insiste en señalar que los ricos habrán de emplear sus bienes en el ejercicio de la caridad, para así obtener la gloria eterna.
   Una de las obras más espectaculares de Valdés Leal, por sus dimensiones y efecto compositivo es La visión de San Francisco en la Porciúncula, firmada y fechada en 1672, que se conserva en la iglesia de los antiguos capuchinos de Cabra (Córdoba), donde alcanzó a configurar una escena imbuida en un alto nivel de dramatismo espiritual. En años sucesivos el artista realizó algunas pinturas de notable importancia como La Visitación, de colección particular de París, firmada y fechada en 1673. De esta misma fecha es el conjunto de seis pinturas que perteneció a un retablo del palacio arzobispal de Sevilla y que fue encargado por el obispo de dicha ciudad, Ambrosio de Espínola; en él se narraba la vida de San Ambrosio. Estas pinturas fueron robadas por el mariscal Soult y actualmente se encuentran dispersas entre el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Museo de Arte de Saint Louis (Estados Unidos) y el Young Memorial Museum de San Francisco (Estados Unidos). Estas pinturas, realizadas para ser vistas de cerca, muestran una técnica fogosa y vitalista y en ellas se describen personajes de vivaz expresión que se albergan bajo espectaculares fondos arquitectónicos.
   En 1674, Valdés Leal concluyó la aparatosa y triunfal representación de San Fernando ejecutada para la Catedral de Jaén, donde se conserva. El santo aparece captado de forma apoteósica y triunfal, portando atributos que le acreditan como vencedor de los musulmanes en la conquista de dicha ciudad. En torno a 1675 hubo de pintar Valdés Leal una serie de ocho representaciones de la vida de San Ignacio de Loyola que se conservan en la iglesia jesuítica de San Pedro de Lima, y que están ejecutados con la técnica suelta y deshecha que se constata en la mayoría de las pinturas realizadas en su madurez.
   En los últimos años de su vida, pese a su mal estado de salud, Valdés Leal hubo de realizar labores artísticas que, por su dificultad, mermaron paulatinamente sus facultades físicas. Se trata de pinturas realizadas al temple en lo alto de los muros de edificios religiosos sevillanos como la iglesia del Monasterio de San Clemente, la iglesia del Hospital de los Venerables y la iglesia del Hospital de la Santa Caridad. Para esta última institución, realizó también el retrato de Miguel de Mañara en actitud de estar presidiendo el cabildo de la hermandad y explicando algún pasaje de la regla de la misma. Fue esta obra, probablemente, una de las últimas que el artista realizó en su vida (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "El mercedario Alonso de Sotomayor y Caro", de Valdés Leal, en la sala VIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la sala VIII del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

martes, 24 de marzo de 2026

La pintura "Retrato del Beato Fray Diego José de Cádiz", de Andrés Cánovas, en la Casa de Hermandad (Tesoro) del Gran Poder

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Beato Fray Diego José de Cádiz", de Andrés Cánovas, en la Casa de Hermandad (Tesoro) del Gran Poder, de Sevilla.
   Hoy, 24 de marzo, Memoria, en Ronda, población de Andalucía, en España, del Beato Fray Diego José de Cádiz (Francisco José) López-Caamaño, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, predicador insigne y propugnador intrépido de la libertad de la Iglesia (1801) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Retrato del Beato Fray Diego José de Cádiz", de Andrés Cánovas, en la Casa de Hermandad (Tesoro) del Gran Poder, de Sevilla.
   La Casa de Hermandad (Tesoro) del Gran Poder, se encuentra en la calle Hernán Cortés, 6; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la representación, el artista ha seguido la iconografía tradicional del fraile capuchino que fue divulgada a partir del retrato grabado por Vicente Galcerán en 1787. Conforme a dicha iconografía, el personaje, representado de algo más de medio cuerpo, muestra una larga y tupida barba gris, amplias cejas pobladas y en su cabellera se advierte una dilatada tonsura. Viste el característico hábito marrón de estameña con capucha de los frailes capuchinos y sostiene, entre sus manos, un crucifijo, ante el que adopta, con sus ojos entornados, una actitud de oración y recogimiento. La profunda espiritualidad del personaje se encuentra intensificada por el halo dorado que rodea su cabeza.
     La figura apenas destaca sobre el fondo en penumbras que le respalda, y aparece envuelta por una densa atmósfera, cuya oscuridad acentúa su intensa concentración espiritual. 
     En el ángulo inferior derecho de la composición reza una dedicatoria del autor de la pintura a la hermandad del Gran Poder, que dice: 
     "NTRO. HNO. EL BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ, INSIGNE RESTAURADOR / DE ESTA COFRADÍA, CELOSO PROPAGADOR DE LA DEVOCIÓN Y CULTO DE / JESÚS DEL GRAN PODER Y AUTOR DEL ADMIRABLE LIBRO DE SU NOVENA//".
     La pintura representa al Beato Fray Diego José de Cádiz (1743-1801), misionero y predicador capuchino que promovió la devoción al Señor del Gran Poder e ingresó como hermano de la hermandad el 13 de abril de 1786, trece años antes de que redactara, en 1799, la difundida novena a Jesús del Gran Poder. 
     Es una obra realizada en 1895 por Andrés Cánovas, en óleo sobre lienzo, con unas medidas de 0,87 x 0,66 mts., en estilo academicista.
     La obra hubo de ser ejecutada un año después de la beatificación del Beato por el Papa León XIII, acaecida el 22 de abril de 1894. La hermandad conserva, además de este retrato, otra pintura que efigia al fraile capuchino.
     La pieza podría ser la inventariada con el nº 250 en el Inventario general de bienes de la Pontificia y Real Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, fechado el 11 de febrero de 1974, y en el inventario homónimo fechado el 17 de julio de 1979, señalándose en ambos inventarios: "Un cuadro al Oleo, Fray Diego de Cádiz" (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Beato Fray Diego José de Cádiz en la Historia de la Iglesia de Sevilla
     Nacido en Cádiz en 1743, entró de muy joven en la orden capuchina. Ordenado de sacerdote en Carmona, se dedicó a las misiones populares, convirtiéndose en el predicador más famoso de su época. Predicó muchas veces en Sevilla y en la archidiócesis. El Ayuntamiento le nombró miembro honorario y el cabildo eclesiástico canónigo con asiento y voto entre los capitulares. Murió en Ronda en 1801 (Carlos Ros, dir., Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992).
Conozcamos mejor la Biografía del Beato Fray Diego José de Cádiz, presbítero;
     José Francisco López-Caamaño Ocaña y García, Beato Diego José de Cádiz. (Cádiz, 30 de marzo de 1743 – Ronda, Cádiz, 24 de marzo de 1801). Capuchino (OFMCap.), predicador, misionero popular y beato.
     José Francisco Juan María López-Caamaño Ocaña y García nació en el seno de una ilustre familia emparentada con la nobleza. Sus padres fueron José, natural de Tuy, y María, de Ubrique, que dieron vida a otros dos hijos (después todavía tuvo dos hermanastros). Cuando tenía nueve años murió su madre, quedando huérfano, pues la segunda mujer de su padre fue para él una auténtica madrastra, que lo trató sin piedad colmándolo de desprecios. Sus primeros estudios los hizo en Ubrique, pasando después al colegio de los dominicos de Ronda para el estudio de la Filosofía, pero sus éxitos fueron nulos. Él mismo cuenta que sentía repugnancia por el estado religioso y más por el capuchino. Pero un día (1756), repentinamente, todo cambió cuando oía misa en la iglesia de los capuchinos de Ubrique: empezó a sentir un gran afecto por la religión y por la Orden Capuchina. Después de leer la vida de algunos santos y de confesarse varios domingos con un sacerdote de aquel convento, deseoso de vivir la vida de retiro y austeridad capuchina, cuando todavía no tenía ni quince años, el 12 de noviembre de 1757 vestía el hábito en el convento de Sevilla, aunque no comenzó el noviciado hasta el 31 de marzo del año siguiente, justo al alcanzar la edad canónica, emitiendo sus votos el mismo día del año 1759. De Sevilla pasó a Cabra y Jerez para el estudio de las materias preparatorias de la Filosofía, decayendo notablemente su fervor religioso y aficionándose a la poesía. En 1761 comenzó los estudios filosóficos en Écija, y posteriormente, en 1764, los teológicos en Cádiz. Fue durante el segundo año de Teología, mientras se explicaba el tratado De Deo et eius attributis, que, comenzó a sentir una profunda transformación interior, haciendo propósito de cambiar definitivamente de vida e imponiéndose un método riguroso de perfección basado en la oración, retiro y penitencia. El 24 de mayo de 1766 fue ordenado sacerdote en Carmona, y en 1768 concluyó sus estudios. Ese mismo año fue nombrado maestro de estudiantes en Cádiz, grado anterior al de lector, pero renunció, retirándose al convento de Ubrique, donde se siguió dedicando a la oración y al estudio, alcanzando, a pesar de su deficiente aprovechamiento en el estudio de la Filosofía, un conocimiento nada despreciable de la Sagrada Escritura, los santos padres, teólogos, el Derecho Canónico y la Historia Eclesiástica, materias en las que siguió profundizando durante toda su vida, como preparación para la predicación.
     Por aquellos mismos años en los que finalizó los estudios, cuando todavía era un desconocido novel sacerdote, fueron publicadas algunas de las obras más emblemáticas del siglo ilustrado, ante las que el padre Cádiz pronto tomó postura, oponiéndose netamente, sin distinciones, a ellas (incluso echó al fuego el Febronio), y tomando la defensa de las doctrinas tradicionales de la Iglesia, hasta el final de su vida, como una misión recibida de Dios. Ésa fue ciertamente una de las notas más sobresalientes de su predicación, que le ha llevado a ser tildado como uno de los mayores exponentes del pensamiento reaccionario español, de cuño eclesiástico. Sobre la aparición de las obras aludidas, dice él mismo: “Por este tiempo se empezaron a hacer públicas las cosas del siglo ilustrado contra la santa Iglesia. Salió el Febronio, el Bossuet, el Juicio imparcial, etc. Me instaban los leyese para salir de mis ignorancias, etc. No es decible [...] cuánto fue el ardor que sentí en mi corazón para remediar esos males. Neguéme a leer esos papeles, no quise aprender a leer el francés, por el horror que concebí a los libros que de allí venían de estos asuntos. ¡Qué ansias de ser santo para, con la oración, aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos! ¡Qué inclinación a predicar a la gente culta e instruida! ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!”. Para afrontar ese tipo de predicación de forma eficaz se dio cuenta de que debía “ser muy santo para conseguir de Dios el remedio de estos males, y muy docto para oponerme a estas nuevas fatales doctrinas que, desde luego, me pensaba serían reproducción de errores antiguos”. Por eso su apostolado estaría siempre enraizado en la oración, el estudio y la penitencia.
     Residiendo en el convento de Ubrique, comenzó a predicar al pueblo un punto de doctrina, en la plaza, los domingos por la tarde; pero fue en Estepona, en 1771, durante la predicación de la cuaresma, por la que consiguió pacificar las graves discordias de aquella población, donde se comenzó a revelar como predicador de dotes oratorias arrebatadoras extraordinarias. Durante un decenio recorrió varias veces las capitales y pueblos grandes de Andalucía, predicando misiones, cuaresmas, novenas y otros sermones. Su predicación, acompañada de signos extraordinarios y milagros, atraía multitudes enormes de gentes, que incluso le cortaban trozos del hábito, dejando una huella profunda de renovación en la vida moral, religiosa y pública de las poblaciones. En ella no faltaba nunca la condena de las comedias, los toros y los bailes agarrados, sobre todo en aquellos lugares en los que no existían instituciones dedicadas a los pobres y huérfanos, lo que le fue granjeando la oposición de algunas elites ilustradas. Así, en el sermón que dirigió a la Universidad de Granada el 5 de mayo de 1779, con ocasión de haberle concedido el doctorado en Teología y Cánones (más tarde lo sería por la de Baeza —1782—, Osuna —1794— y Oviedo —1795—), se debió oponer con tal claridad a las ideas ilustradas, hablando contra las regalías del Monarca, que fue denunciado al Consejo de Castilla y a la Inquisición (el arzobispo de Granada era considerado favorable a las nuevas ideas); pero el favor del arzobispo de Sevilla, que lo admiraba mucho, y del inquisidor mayor, le valieron el verse libre de un proceso enojoso.
     Por otra parte, hay que decir que en la predicación, sobre todo de misiones, seguía los esquemas propios del tiempo: procesiones, predicación a la masa del pueblo (muchas veces en las plazas por el gran concurso de gente), ejercicios por separado, y a puerta cerrada, a distintos estamentos sociales, como el clero, religiosas, magistrados y ayuntamientos, universidades, sociedades, cárceles. También es de señalar que su oratoria se centraba fundamentalmente en la palabra de Dios, subrayando mucho más la misericordia divina que el castigo. Estaba convencido de que la suavidad y la dulzura llevaban con mucha mayor facilidad al pecador a la conversión que la amenaza de las penas. Intentaba seguir al gran predicador franciscano del quinientos italiano, Bernardino de Siena, porque se adaptaba a su estilo. Un aspecto importante a resaltar es que el padre Cádiz experimentaba casi siempre, y así lo comunicaba constantemente a sus directores espirituales, una insuficiencia grande cuando preparaba sus sermones, no creía tener método de oratoria ni lograba formar un discurso ordenado; pero cuando subía al púlpito todo cambiaba, sintiendo una transformación tal y como manifestaba él mismo: “Antes de predicar, no acierto a formar un sermón. Estudio cuanto puedo, revuelvo los libros, singularmente santos padres y expositores, más, si me dedico algunos días a prevenir el sermón, gasto inútilmente el tiempo hasta que el mismo día o, cuando más, el anterior van ocurriendo el modo y el rumbo que ha de tener, según las especies que he visto o me ocurren para el asunto. Son muchos los casos en que he subido al púlpito con la angustia imponderable de no haber podido formar ni menos vestir la idea, en sermones de empeño y de materias intrincadas. Pero poniendo mi corazón con humilde resignación en la voluntad de Dios [...], siempre he visto como de bulto, su soberana asistencia”. decía de sí mismo que era naturalmente muy escaso de discurso y para formar ideas, y que “sólo en el púlpito no se advierte este natural defecto”. El tiempo libre que le dejaban sus correrías, predicando de un lugar a otro, lo pasaba en Ronda, con permiso de los superiores, retirado en casa de Manuel Moreno y Tabares y Teresa Rivera, evitando así la afluencia masiva de gente a los conventos donde se encontraba. 
   Una faceta muy relevante de la vida del beato Diego, de la que ha quedado un epistolario riquísimo, que es fuente principal para trazar el itinerario de su vida física y espiritual, es la relación constante que mantuvo con sus dos directores espirituales. En 1775 se puso bajo la dirección del padre Francisco Javier González, religioso mínimo, que tuvo un influjo muy grande en la actividad apostólica del beato y en su condena de las ideas del siglo ilustrado, aunque le aconsejara moderación, que no debilidad, llegando a una compenetración muy grande con él. A la muerte del padre González en 1784, el padre Diego escogió como director al canónigo Juan José Alcober, con quien ya la relación no alcanzó la sintonía a la que había llegado con el anterior.
     En 1782 comenzó a predicar misiones fuera de Andalucía, requerido por su popularidad. Toledo, donde se encontró con el cardenal Lorenzana, Ocaña y el Real Sitio de Aranjuez, fueron los escenarios de su verbo encendido. En Aranjuez se hallaba presente el rey Carlos III con su Corte, quedando todos conmovidos por la predicación del beato, pero al mismo tiempo aquélla supuso un duro golpe a la clase ilustrada dirigente del país. Al año siguiente predicó en Madrid, encontrando una fuerte oposición entre los enciclopedistas. A continuación emprendió una nueva campaña de misiones por Andalucía, siendo el hecho más sonado el sermón que pronunció el día de Viernes Santo, 9 de abril de 1784, en la catedral de Sevilla, en el que, al hablar del despojo de las vestiduras de Cristo, salió en defensa de los bienes de la Iglesia, puestos en cuestión por los ilustrados, lo que se interpretó como una ofensa al Gobierno de la nación. No se le hizo un proceso, pero se le ordenó el confinamiento durante unos meses, y el poderoso Campomanes le reconvino, en nombre del Rey, para que en su predicación no se mezclara con cuestiones atinentes al Gobierno. En 1786 emprendió sus misiones por el Levante, donde las multitudes se agolpaban para escucharle, pasando después a Cuenca y Zaragoza, donde asistían a sus pláticas más de cuarenta mil personas, Albalate, Alcañiz y Caspe.
     En Zaragoza tuvo lugar uno de los sucesos más conocidos de la vida del padre Cádiz: la delación ante la Inquisición, en un sermón al clero a puerta cerrada en la iglesia del Seminario de San Carlos, los días 1 y 3 de diciembre de 1786, de cuatro proposiciones publicadas en sendos escritos del doctor Lorenzo Normante, profesor de Economía Civil y Comercio en la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País. Las proposiciones afirmaban que el celibato era un obstáculo para el desarrollo de la población civil; que ni al Estado ni a la Iglesia convenía que los religiosos profesaran antes de los veinticuatro años; la licitud y bondad del lujo; y la también licitud de los préstamos a interés. Parece que desde la publicación en 1785 y 1786 de las Conclusiones en que figuraban las proposiciones, defendidas en la Universidad cesaraugustana, existía en la ciudad una polémica, convertida en hostilidad, entre los defensores de Normante y sus detractores, entre los que se encontraban el arzobispo, Agustín de Lezo y Palomeque, y gran parte del clero y el pueblo. La misión fue ciertamente el momento en que estalló con virulencia la disputa, aunque no se sabrá nunca si la delación fue por iniciativa propia, o bien fue aconsejada al predicador por algún clérigo o por el arzobispo, en cuyo palacio se alojó todo el tiempo el padre Cádiz. Es preciso decir que el prelado y el clero apoyaron en todo momento al beato. Normante apeló al Consejo de Castilla y de ese modo se inició un doble proceso, ante dicho Consejo y ante la Inquisición, que se cerró en 1790. Por parte de la Inquisición se absolvió al padre Cádiz, adhiriéndose el Santo Tribunal a lo que había dicho el beato, que había considerado las proposiciones heréticas, próximas a la herejía, ofensivas y contrarias a la doctrina de la Iglesia, según los casos. El Consejo, del que era gobernador Campomanes (preocupado también por la crisis en la que habían caído las Sociedades de Amigos del País), en cambio dio la razón a Normante, imponiendo silencio, de parte del Rey, sobre el tema, tanto al beato como a sus defensores y reconviniendo duramente al predicador.
     En el mes de enero de 1787 llegó a Barcelona, pero fue tal la conmoción de toda la región que se congregaron más de cincuenta mil personas en la plaza del Palacio, y se esperaban más, por lo que se decidió suspender la misión, programada para cuarenta días, ante los peligros que podía acarrear una multitud de tal magnitud. De Barcelona pasó a predicar misiones a Valencia, Alicante, Orihuela, Murcia, Cartagena y otros lugares. A continuación y durante varios años fue obligado al silencio, parece que por órdenes superiores, recluyéndose en el convento de Casares, en la serranía de Ronda, hasta el año 1792, en que volvió a predicar por Andalucía (Sevilla, Córdoba, Jerez —tercera vez—, y por cuarta en Málaga). Entre 1794 y 1795 recorrió Galicia, dando misiones en Tuy, Vigo, Pontevedra, Santiago, La Coruña, Ferrol, Lugo y Mondoñedo, pasando posteriormente a Oviedo y Salamanca. Los últimos años todavía predicó en Andalucía (Málaga de nuevo), llegando en 1799 a Ceuta.
     Un hecho nada desdeñable, por la repercusión posterior que tuvo durante la Guerra de la Independencia contra el francés, fue la publicación en 1794 del opúsculo El soldado católico en guerra de religión, en el que animaba a los jóvenes en edad de alistarse en las milicias, a participar en la guerra de la Convención, contra la Francia revolucionaria, símbolo de las ideas ilustradas contrarias a la religión y a la Iglesia. La vida del beato Diego se apagó prematuramente en Ronda el martes 24 de marzo de 1801, a las seis y cuarto de la mañana, siendo enterrado en la ciudad en la que tanto tiempo había vivido. El proceso de beatificación se inició en 1825, concluyéndose en 1894, cuando el papa León XIII lo inscribió en el elenco de los beatos.
     La historiografía reciente ha considerado al beato Diego José de Cádiz como claro representante del pensamiento reaccionario español, opuesto a las ideas del Siglo de las Luces (principalmente J. Sarrailh y J. Herrero). Él representaría además el paso de la reacción del plano teórico al práctico, de la predicación de la intolerancia a la eliminación de las teorías ilustradas, sobre todo con la publicación de El soldado católico, que tanto influyó en la dirección ideológica de la Guerra de la Independencia por parte del clero. Será difícil que la historiografía posterior consiga cancelar del beato esa etiqueta, que quizá no se le ajusta en toda su significación. Siendo cierto que combatió con gran vehemencia las ideas del siglo ilustrado, es necesario decir que la Iglesia de toda Europa se opuso también, mayoritariamente, a esas mismas ideas, mezcladas luego ineluctablemente con la violencia que la Revolución Francesa ejerció contra ella. Por otra parte, el beato, que fue un talento notable, no fue un ilustrado en el sentido técnico, ni un profesor de Filosofía, incluso podemos afirmar que no tuvo una formación cultural filosófica que le permitiera captar lo que de positivo aportaban las nuevas ideas. Con todo, hay que decir que no se opuso al progreso, ya que apoyó algunas sociedades de nuevo cuño (por ejemplo, la Sociedad de Amigos del País de Motril, a la que el 28 de mayo de 1787 recordó su finalidad de servir al bien común y de socorrer a los pobres). Al beato Diego, del que falta una biografía crítica que profundice en su predicación, hay que verlo bajo el prisma del predicador que fundamentalmente fue. Su elocuencia, nada común, fácilmente se inflamaba y enardecía, traduciéndose su vehemencia en expresiones exageradas que no buscaban sino la conversión de los pecadores y atraer las almas a Dios. Los vicios y pecados siempre se han fustigado con mucho dramatismo y exageración, y las expresiones vertidas en una pieza de oratoria sacra nunca podrán ser consideradas como las desarrolladas en la cátedra o en un tratado filosófico (José Ángel Echeverría, OFMCap., en Biografías de la Real Academia de la Historia). 
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Beato Fray Diego José de Cádiz", de Andrés Cánovas, en la Casa de Hermandad (Tesoro) del Gran Poder, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Casa de Hermandad (Tesoro) del Gran Poder, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 5 de marzo de 2026

La pintura "Retrato del Cardenal Rodrigo de Castro", de Manuel de la Portilla, en la Sala II del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Cardenal Rodrigo de Castro", de Manuel de la Portilla, en la sala II del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     Hoy, 5 de marzo, es el aniversario del nacimiento (5 de marzo de 1523) del Cardenal Rodrigo de Castro, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Retrato del Cardenal Rodrigo de Castro", de Manuel de la Portilla, en la sala II del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala II del Conjunto Monumental podemos contemplar la pintura "Retrato del Cardenal Rodrigo de Castro", de Manuel de la Portilla y García (activo entre 1855 y 1895), en óleo sobre lienzo, realizada en 1859, con unas medidas de 0,96 x 0,79 mts., procedente del Hospital de las Cinco Llagas.
     Procede del Hospital de las Cinco Llagas, donde a finales del XIX se hallaba en la sala de San Vicente, ocupada por las Hijas de la Caridad y donde se localizaba todavía en 1975. Tiene el interés documental de recordar al impulsor de la primera centralización hospitalaria de Sevilla en la Edad Moderna, concentrando unos 75 hospitales gremiales y de cofradías en los hospitales de Amor de Dios y del Espíritu Santo. Reuniendo sus rentas y sus empleados procuraba aumentar la eficiencia de su función asistencial.
     Manuel de la Portilla fue un pintor activo en Sevilla al menos entre 1855 y 1895, se había formado en el taller de los Cabral Bejarano, alternando el arte de la pintura y la fotografía. Como pintor participó en varias exposiciones como la organizada por la Academia en 1856 en el museo. Al principio de su actividad, el artista indicaba en los reversos de sus tarjetas de presentación: "FOTOGRAFÍA SEVILLANA. MANUEL DE LA PORTILLA, PINTOR Y FOTÓGRAFO. RETRATOS DE DOBLE FONDO Y COLORIDO INSTANTÁNEO. SAN ELOY, 47. VISTAS Y REPRODUCCIONES DE CUADROS. SEVILLA" lo que podría indicarnos que esta obra pudo realizar una reproducción de un cuadro antiguo utilizando medios ópticos y fotográficos. Abrió taller de pintura en el nº 25 de la calle San Eloy, donde a partir de 1865 ubicaría también su galería fotográfica, realizando fotos de excelente calidad, verdaderos hitos en la historia de la fotografía sevillana.
     En nuestra obra el hábil autor ha sabido reconstruir el tono y la dignidad del retrato barroco sevillano, logrando un tipo de pintura historicista que se vendía muy bien en el siglo XIX. La composición se ha inspirado directamente en un retrato del siglo XVII como el que se conserva en la galería del prelado del palacio arzobispal de Sevilla, pues tiene los mismos rasgos distintivos, así el tipo humano, como las vestiduras y el capelo, aunque ha tratado de que el rostro sea más verosímil. A partir de 1869, Portilla emprendió una "guerra de precios" que bajaron la calidad y el nivel de exigencia de la clientela. Sin embargo, nuestra obra pertenece al periodo anterior, en que la calidad y el perfeccionismo del artista todavía predominaban. Esta pintura ha sido restaurada por ECRA (Juan Luis Ravé Prieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
Conozcamos mejor la Biografía del Cardenal Rodrigo de Castro, personaje representado en la obra reseñada;
     Rodrigo de Castro Osorio. (Valladolid, 5 de marzo de 1523 – Sevilla, 18 de septiembre de 1600). Obispo de Calahorra (sin posesión) y Zamora, arzobispo de Sevilla, inquisidor, consejero de estado, cardenal.
     Undécimo hijo de la tercera condesa de Lemos, Beatriz de Castro, y de su segundo marido y pariente, Álvaro Osorio. Nació el 5 de marzo de 1523 en la ciudad de Valladolid, donde entonces solía residir su madre. Estudió Humanidades, Leyes, Moral y Filosofía en la universidad de Salamanca, para cuyo rectorado fue elegido en 1545, jurando el grado de licenciado en Cánones ya en 1552.
     Cuando contaba con diecisiete años murió su padre.
     Por propia iniciativa y siguiendo una costumbre común en el siglo xvi el propio cardenal hizo prevalecer su apellido materno, de ahí que se le conozca por Rodrigo de Castro Osorio.
     A partir de 1546, Rodrigo de Castro vivió bajo la protección de su hermano, Pedro, que había sido promovido al obispado de Salamanca y que en 1548 fue designado capellán del todavía príncipe Felipe. Esta segunda circunstancia permitió a Rodrigo de Castro formar parte del séquito del futuro monarca, que en aquel año inició su gran periplo triunfal por los territorios del Imperio. Volvió a hacerlo en 1554, cuando el viaje a Inglaterra, con motivo del matrimonio de aquél con la reina María Tudor. Al año siguiente marchó a Roma, comisionado —en calidad de secretario de la cifra— para ayudar a su otro hermano, Fernando Ruiz de Castro, marqués de Sarria, en su difícil pero exitosa embajada ante Paulo IV. En 1559, acreditado como hábil diplomático, regresó a España y recibió las órdenes sacerdotales en Cuenca. Disfrutó primero de diversos beneficios en Galicia, que eran de presentación de la Casa de Lemos, y poco después participó directamente, como consejero del Supremo de la Inquisición, en el largo proceso contra el arzobispo Carranza, arzobispo de Toledo y, a fines de 1564, fue comisionado por Felipe II para gestionar en Roma la autorización que permitiera dictar la sentencia a la propia Inquisición.
     Tras varios meses de gestiones estériles, Rodrigo de Castro optó por sugerir una solución intermedia: el envío de un legado especial con amplios poderes, que sentenciara a Carranza en España.
     Cuando contaba cincuenta años y tras figurar como canónigo y chantre de la iglesia de Cuenca, Rodrigo de Castro fue designado para el obispado de Calahorra, del que no llegó a tomar posesión, pues de inmediato fue promovido al de Zamora, siendo consagrado solemnemente en San Jerónimo el Real, en Madrid, el 7 de noviembre de 1574. Cuatro años después, en 1578, fue preconizado para el obispado de Cuenca, que por entonces era uno de los principales de España. Desde aquí desempeñó un papel de especial importancia en los debates planteados en aquellos años por la sucesión al trono portugués, una cuestión especialmente enojosa para él, por los lazos de parentesco y proximidad afectiva que le unían a los Braganza. Sin embargo, sus buenos oficios resultaron determinantes para alcanzar la concordia otorgada en Elvas, en la víspera de Navidad de 1580. Poco después, Rodrigo fue propuesto para regir la archidiócesis de Sevilla; pero antes de posesionarse de la misma debió atender una nueva comisión real: recibir en Barcelona a la infanta María, viuda del emperador Maximiliano II, y acompañarla después hasta Lisboa, donde Felipe II había previsto esperarla. Tras cumplir el encargo, en el que invirtió buena parte del año, Rodrigo todavía permaneció en Lisboa por espacio de nueve meses, interviniendo como testigo al propio tiempo en el proceso que se le siguió a Antonio Pérez, antiguo secretario real.
     A fines de 1582 hizo su entrada pública y solemne en Sevilla, haciéndose acompañar de un gran séquito de clérigos gallegos que con él harían carrera allí: el doctor Juan García de Vaamonde, García Álvarez de Sotomayor, Álvaro de Losada y Quiroga, Fernando de Maseda, Alonso Buján de Somoza, Pedro de Olea, Francisco de Aguiar, Felipe Osorio de Castro, Alonso de Salves Mariño... y tres sobrinos suyos, Diego, Álvaro y Alonso de Ulloa y Osorio, arcedianos respectivamente de Écija, Reina y Jerez, quienes no siempre se condujeron con prudencia; en particular el último, que fue —al decir de Cotarelo— hombre un tanto desgarrado. Rodrigo parece tomó buena nota del caso y, en adelante, puso el mayor cuidado en la elección y provisión de los cargos. En diciembre de 1583, poco más de un año después de su llegada, Gregorio XIII promovió a Rodrigo de Castro al cardenalato con el título de los Doce Apóstoles. Recibió el capelo el 7 de marzo de 1585, en el curso de una solemne ceremonia en la Seo de Zaragoza, de manos de monseñor Ludovico Taberna, nuncio papal en España, y ante el propio Felipe II, el arzobispo de Zaragoza y el influyente cardenal Granvela.
     En el verano de 1598, Rodrigo de Castro se trasladó a la Corte, atendiendo a la llamada de Felipe II, quien falleció al poco de su llegada. En Madrid permaneció todavía varios meses y a comienzos de año se trasladó a Valencia, pues el difunto monarca le había comisionado para recibir en Vinaroz a la futura reina Margarita. El de Castro regresó a Sevilla a mediados de mayo, después de haber asistido a las bodas reales, a cuyo término tuvo confirmación de que no sería promovido a la sede toledana, que él había pretendido al fallecer el arzobispo electo García de Loaisa.
     El cardenal Rodrigo de Castro, cuya vida se apagaría al poco de su regreso a Sevilla, destacó como desprendido protector de literatos y artistas, pero su memoria pervivió sobre todo por sus gestos y fundaciones, todas generosamente dotadas. Son bien conocidas en Sevilla las del Recogimiento de niñas perdidas y la Limosna anual para presos pobres, así como el amparo que prestó a los colegios de San Hermenegildo y San Gregorio y a otras fundaciones jesuitas en Jerez y Écija. Pero más que éstas destacaron las que beneficiaron a su Monforte natal; aquí concluyó el convento franciscano fundado por su abuelo, el conde Rodrigo Osorio, y continuado por su madre, la condesa Beatriz, que falleció sin verlas rematadas.
     En 1593 fundó además del magnífico Colegio de Nuestra Señora de la Antigua —más conocido como del Cardenal—, que fue su gran proyecto y cuya gestión dejó confiada a la Compañía de Jesús. Falleció el 18 de septiembre de 1600. Fue enterrado en la catedral de Sevilla y posteriormente, en 1603, de acuerdo con lo expresado en su testamento, que había otorgado el 12 de agosto de 1598, sus restos fueron trasladados a la iglesia del colegio monfortino que había dejado fundado (Eduardo Pardo de Guevara y Valdés, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Cardenal Rodrigo de Castro", de Manuel de la Portilla, en la sala II del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 16 de febrero de 2026

La pintura "Retrato de Josefa Ana Fraile", de Valeriano Bécquer, en la Sala VII-A (antigua Sacristía secundaria), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato de Josefa Ana Fraile", de Valeriano Bécquer, en la Sala VII-A (antigua Sacristía secundaria), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.    
     Hoy, 16 de febrero, es el aniversario del fallecimiento (16 de febrero de 1858) de Josefa Ana Fraile, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Retrato de Josefa Ana Fraile", de Valeriano Bécquer, en la Sala VII-A (antigua Sacristía secundaria), del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
        En la sala VII-A (antigua Sacristía secundaria) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses podemos contemplar la pintura "Retrato Josefa Ana Fraile", de Valeriano Bécquer (1833-1870), siendo un óleo sobre lienzo en estilo romántico de escuela sevillana, pintada en 1859, con unas medidas de  x  mts., y procedente del Hospital de las Cinco Llagas.
     María Josefa Agustina Rosa Fraile Pliego (Jalapa 1797 - Sevilla 1858), fue una mexicana de padre español que al igual que su marido Juan Fontecha Izedo, llegaron a la península, vía Cuba, desembarcando en Cádiz en 1822 poco después del fin de la guerra de la independencia mexicana. Fontecha fue uno de los más inquietos emprendedores en la Sevilla del primer tercio de 1800, quien además de conservar sus propiedades de Ultramar fue comerciante, banquero, prestamista, director de las minas del Pedroso, naviero y empresario de ópera. Después de un complejo proceso hereditario, su viuda pudo disponer de un importante patrimonio. Así pudo donar un potente legado para el Hospital Central, otro para el Asilo de Mendicidad de San Fernando, dotado con 20.000 reales invertidos en la mejora del edificio bajo la dirección del arquitecto municipal Manuel Galiano. Pudo construirse una enfermería con 32 camas y una escuela para niños en la planta baja. También consta que financió la capilla bautismal en la Casa Cuna. Por todo lo cual podemos considerar un paradigma de benefactora de la sanidad hispalense de este periodo.
     A finales del XIX el lienzo se hallaba en la sala de San Vicente del Hospital de las Cinco Llagas, en el área de las Hijas de la Caridad, en un espacio que comunicaba con el despacho de la superiora, en 1936 se hallaba en la ropería  en 1975 se inventarió en la Sala de San Carlos. Obra inédita de Valeriano Bécquer fechada en 1859, de gran interés tanto por su calidad como por permitir ampliar el escaso catálogo de pinturas de su etapa sevillana. En el conjunto de su labor esta pintura se encuadra entre dos obras maestras: la del Interior Isabelino del Museo de Cádiz de 1856 y la del maravilloso retrato de su hermano Gustavo Adolfo Bécquer, de 1862 actualmente en el museo sevillano, lo que también aumenta su atractivo. Es una pintura llena de recia y sintética plasticidad, melancólica sensibilidad romántica, potente iluminación contrastada y tiene una gran capacidad de plasmar con veracidad la psicología individual de su retratada.
     A estar fechada tras la muerte de la retratada, el pintor debió basarse en una pintura anterior, propia o ajena o también en una fotografía, quizás a esto se deba cierta sequedad y falta de volumen. En cualquier caso, se trataría de un encargo y homenaje del propio Hospital Central y del resto de instituciones asistenciales beneficiadas por su patronazgo. Como reza en la inscripción, Josefa Fraile fue una firme benefactora de los hospitales sevillanos de la primera mitad del siglo XIX, coincidiendo con el momento del traspaso de competencias de los hospitales históricos a la Administración Provincial y con la llegada de las Hijas de la Caridad a Sevilla para hacerse cargos de su atención (Juan Luis Ravé Prieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
     Tres fueron los pintores sevillano con este apellido y juntos protagonizaron una de las más atractivas páginas de la pintura romántica. 
   El nombre de Valeriano Bécquer traspasó los límites de la fama en el ambiente sevillano para convertirse en un pintor romántico de resonancia nacional. Fue hijo de José Bécquer y utilizó al igual que su hermano el segundo apellido para denominarse en el ambiente artístico. Nació en 1833 y realizó su aprendizaje con tío Joaquín. Desde los veinte años trabajó como pintor independiente, realizando temas populares sevillanos con admirable soltura de dibujo y vivo colorido. En 1862 se trasladó a Madrid, reuniéndose con su hermano Gusto Adolfo al cual acompañó a un largo viaje realizado por tierras de Aragón y Cataluña. En este recorrido ejecutó numerosos apuntes de tipos populares y escenas costumbristas que le sirvieron para efectuar numerosas y excelentes pinturas (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Valeriano Bécquer, autor de la obra reseñada;
     Valeriano Domínguez Bastida, Valeriano Bécquer. (Sevilla, 15 de diciembre de 1833 – Madrid, 23 de septiembre de 1870). Pintor e ilustrador.
     Oriundo de la familia de origen flamenca apellidada Bécquer, asentada en Sevilla en el siglo XVII y más tarde emparentada con los Domínguez, fue el penúltimo miembro de una dinastía de artistas, en la que destacan: José, su padre; Joaquín, su tío, y Gustavo Adolfo, su hermano menor. 
   Huérfano a los ocho años de edad, fue acogido por su tío junto a su hermano, quien les sirvió de tutor y maestro en su formación intelectual y pictórica, allanándoles los primeros pasos por la difícil senda de las artes, ya que Joaquín gozaba de prestigio en la Sevilla de los Montpensier. Precisamente, en una de las estancias veraniegas con él en la costa gaditana, Valeriano conoce a quien, después de tener dos hijos con ella, sería su esposa en 1861, Winnefred Coghan, hija de un marino irlandés establecido en El Puerto de Santa María. Poco tiempo después, la pareja se separa y el pintor marcha a Madrid con sus hijos (Alfredo y Julia) junto a su hermano, también separado de su esposa, que se hallaba en la capital desde 1854.
     La vida paralela de ambos, desde entonces irremisiblemente unidas hasta el final, se desenvuelve como en un desierto, las dificultades arreciaban, hasta que Valeriano contacta con el círculo de amistades de Gustavo Adolfo. Artistas como Casado del Alisal y aristócratas como el marqués de Valmar facilitaron algunos trabajos a Valeriano. La vida de ambos mejora ostensiblemente cuando se vinculan a la causa política conservadora. El poeta tiene amistad con el culto y gaditano ministro González Bravo, quien en 1865 proporciona a Valeriano una pensión de 2.500 pesetas anuales con cargo al Ministerio de Fomento para estudiar los tipos, los trajes y las costumbres españolas, con la obligación de pintar dos cuadros anuales con destino al Museo Nacional de Pintura (de la Trinidad). Con tal motivo, viaja por Castilla y Aragón. Sin embargo, en 1868 la caída de Isabel II provoca el ocaso de la actividad hasta ahora garantizada de los Bécquer. Comienzan los dos años itinerantes de los hermanos hasta su muerte. En Toledo consiguen trabajar como director literario y dibujante, respectivamente, en La Ilustración de Madrid. 
   Hay en la existencia vital de los hermanos un capítulo ciertamente relevante: sus vidas errantes en busca de la salud perdida y del ánimo para seguir trabajando. Recorren, en lo que algunos llaman la ruta becqueriana de máxima inspiración: Aragón, Castilla, Navarra y las Vascongadas. Se detienen un año en el monasterio de Veruela, en donde especialmente dan riendas suelta a sus ímpetus románticos.
     Después, finalmente, la vida de ambos se extingue en 1870.
     La formación artística de Valeriano se produjo junto a su padre en los primeros años sevillanos. De él aprendió los pasos iniciales por la senda del costumbrismo romántico, que sería la temática común de su obra posterior. Plasmará en sencillas tablitas al óleo, o en acuarelas, tipos y tradiciones populares de escenas pletóricas de encanto por su majeza y donaire. Por entonces, también, el joven artista comienza a ejercitarse en el género del retrato, en el que hay que ver, además, la huella de las enseñanzas de su tío Joaquín, maestro en este género y propiciador de numerosos encargos que le hizo a Valeriano una burguesía local enriquecida tras la Desamortización. Cultivó por entonces la modalidad de retrato infantil, de pura cepa romántica, así como de adultos, en los que se aprecia, junto a un cierto rigor académico, una prestancia muy atractiva. Precisamente, como colofón a su etapa sevillana, o tal vez, inicio de la madrileña, debe situarse el magnífico retrato, digno del flamenco Van Dyck, que hizo a su hermano Gustavo Adolfo en 1862 (Museo de Bellas Artes de Sevilla), en el que ha quedado plasmada la imagen más popularizada del poeta de las rimas. Precisamente, de este último año hay noticias de la compra que le hizo Isabel II durante su estancia en Sevilla, consistente en seis estudios al óleo sobre papel.
     La etapa madrileña del pintor, la de madurez, se inicia tres años antes del disfrute de la pensión para pintar, a la que se hacía referencia más arriba. Su buena suerte viene acompañada de un entusiasmo personal por trabajar férreamente, tanto en diversidad temática (escenas costumbristas, alegorías, retratos) como técnica (óleos, acuarelas, grabados...).
     Al poco de su llegada, y en unión de Gustavo Adolfo como escritor, decora el palacio del marqués de la Remisa. Se trataba de composiciones de carácter mitológico e histórico, que hay que relacionar con la publicación en Sanlúcar de Barrameda de la novela, de Romero de la Borbolla, titulada Andrómeda o la emancipación de la mujer, ilustrada con cinco láminas dibujadas por Valeriano.
     Tiene lugar después, el recorrido de los hermanos por diversas regiones españolas. Al tiempo, la amistad de ambos con Leopoldo Augusto de Cueto, marqués de Valmar, propicia el encargo a Valeriano de pintar para su residencia de Deva (Guipúzcoa) seis alegorías de los grandes clásicos del teatro universal.
     Se relacionan con esta empresa, entre otras, las representaciones de la shakesperiana Ofelia, una escena del drama de Don Álvaro, asuntos extraídos del Edipo Rey, de Sófocles, Calderón, Alfieri, duque de Rivas, y algún otro procedente del repertorio de Goethe o Molière.
     La pensión obtenida por Valeriano en 1865 le posibilitó viajar en busca de motivos pintorescos por buena parte de la geografía española. Pudo plasmar así una suerte de pintura etnográfica, en tiempos de estudios antropológicos y como precedente de la temática regionalista de Sorolla, y que sin duda tenía mucho del espíritu de su hermano-compañero, para quien “el pueblo ha sido y será siempre el gran poeta de todas las edades y de todas las naciones”. Sin embargo, el sino de los Bécquer jugaría una nueva pasada, pues transcurrido un año, Valeriano enfermó, por lo que no pudo hacer, en el tiempo exigido, la primera entrega de su obra, que efectuó más tarde tras una prórroga concedida. Poco después, hacía entrega de su segunda obra. Entre 1866 y el siguiente presentó tres cuadros y lo mismo hizo en el bienio 1867- 1868, último del percibo de la pensión. Son todas ellas escenificaciones de un sano folclorismo español, llenas de gracia y espontaneidad en los gestos y actitudes de los sencillos y populares personajes representados.
     Visten sus más variopintos y atractivos atuendos y danzan al compás de vivos bailes regionales, a cuyo fondo se divisan espléndidos paisajes en los que se evidencia la calidad de un pintor moderno también avezado en esta temática.
     Mas, en esta etapa madrileña, Valeriano tuvo tiempo también para insistir en la práctica del retrato, que lleva a su máxima expresión por sus buenas disposiciones para un género en el que se había iniciado desde muy joven.
     Capítulo interesante en la producción becqueriana es el relativo a los dibujos y grabados, resultado de la extraordinaria fecundidad de un artista de vida breve pero intensa, que tuvo una sólida formación en su infancia y juventud dibujando insistentemente.
     También aquí se refleja el carácter inseparable de los dos hermanos (“Él dibujaba mis versos y yo le versificaba sus cuadros”, diría el poeta). Pese a la dificultad que entraña el estudio de este capítulo, se puede cifrar en más de un millar los dibujos ejecutados, en los que hay que distinguir los de la etapa sevillana y los castellanos. Entre los primeros, conservados en el Museo de Arte Moderno de Barcelona, hay que citar una serie datada en 1854. Son ejemplares sobre papel hechos con minas de lápiz: El contrabandista, La castañera gitana, El vendedor ambulante y Serenata.
     Al propio tiempo, fue realizando una colección de dibujos de los Murillos del Museo de Bellas Artes hispalense. Después viene la serie de ejemplares que efectuó durante su estancia en Aragón, Navarra y las dos Castillas, muchos de los cuales se publicaron en La Ilustración Española y Americana. También existen otros dibujos, algunos publicados en revistas de la época, como El Museo Universal y La Ilustración de Madrid.
     Respecto a los grabados, se sabe por Gustavo Adolfo que su hermano se había iniciado en la variedad xilográfica.
     Colaboró en publicaciones como las citadas El Museo Universal (1865 y 1869) y La Ilustración de Madrid (1870), así como en La Ilustración Española y Americana (1872-1876), El Arte en España (1862) y Gil Blas (1865 y 1966). Eran ejemplares de temática variada: folclórico-costumbristas, de escenas de costumbres, tipos y trajes de diversas provincias españolas, monumentos, temas contemporáneos, escenas satíricas, paisajes, fantasía poética y otros temas diversos (Gerardo Pérez Calero, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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