Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

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viernes, 27 de febrero de 2026

El sitio arqueológico Las Arcas, en Las Cabezas de San Juan (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico Las Arcas, en Las Cabezas de San Juan (Sevilla).  
     El yacimiento se emplaza en una ladera que mira hacia el este y que tiene como límite por esta zona oeste un arroyo. En superficie podemos observar material cerámico como TSAA, TSCD, también abundante material de construcción y almacenaje de época romana como los dolium. También aparece en superficie cerámica de época almohade. Ponsich dice del yacimiento que a 300 metros del cortijo de las Arcas, aparecieron numerosos bloques de piedra, fragmentos de tejas, fragmentos de sigillata hispánica y cerámica común, todo ello indica la presencia de una villa romana cuya ocupación se prolonga hasta los siglo V-VI aproximadamente (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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viernes, 16 de enero de 2026

Los Jardines y Murallas del Valle

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte los Jardines y Murallas del Valle, de Sevilla.
      Los Jardines y Murallas se encuentran en la calle María Auxiliadora, 31-33; y en la calle Sol, entre los números 94, y 96; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
Jardines del Valle.-
     Los Jardines del Valle constituyen un espacio ajardinado de forma trapezoidal situado en el barrio de Santa Catalina. Sus lados mayores están delimitados, al este, por un lienzo de la antigua muralla almohade, y al oeste, por la Avenida de María Auxiliadora. En sus lados menores se levantan el colegio Jardines del Valle y varios bloques de viviendas de concepción moderna.
     El espacio se halla completamente cerrado por una verja de hierro, de modo que el acceso ha de realizarse por una de las dos puertas del recinto. La principal tiene un carácter monumental,  con una fachada de estética clásica rematada con frontón y adornada con volutas y motivos geométricos, pilastras encajonadas y el escudo identificativo de la Hermandad del Sagrado Corazón. Esta portada da paso a un espacio porticado con doble hilera de arcos de medio punto sobre columnas de mármol que sostienen un techo plano. Dicho acceso tiene su homólogo en el otro extremo de la verja con una puerta en hierro forjado que imita su silueta externa.
     El jardín, de aproximadamente una hectárea, presenta dos espacios claramente diferenciados. El situado más al sur se ordena en torno a una calle central y varias vías adyacentes en paralelo. Todas ellas presentan suelo de albero y sus límites están fijados por parterres con especies vegetales muy variadas. La vía central tiene la particularidad de estar interrumpida por un retablo cerámico perteneciente al antiguo Colegio de las Hermanas del Sagrado Corazón, que da indicios del origen de este jardín. Esta zona de abundante vegetación se contrapone con el otro espacio del jardín, más soleado y desornamentado, salpicada de árboles y presidido por un espacio de juegos infantiles.
     El elemento que confiere unidad al conjunto ajardinado es el lienzo de la muralla almohade situado en el extremo oeste, en el que toman gran protagonismo las torres de planta cuadrada, algunas almenadas y otras desmochadas.
     El conjunto se completa con bancos de hierro, farolas de gran altura, papeleras y una fuente.
     El origen de estos jardines debemos hallarlo en relación al desaparecido Convento Franciscano del Valle, edificado en el siglo XV y reconvertido en fábrica de salitre en 1757. Concretamente, el edificio que antiguamente habitaban los franciscanos pasó a ser ocupado por oficinas y zona de producción de sal por la cercanía al arroyo Tagarete y la presencia de nitro de los alrededores, razón por la que Fernando VI aprobó su configuración como Real Hacienda hasta que en 1818, incapaz de asumir los gastos, la traspasa a la familia Cárdenas, que no será capaz de mantenerla a flote durante mucho más tiempo por la brutal competencia británica.
     En pleno proceso de Desamortización, el espacio es transformado con el fin de adaptarlo a fines educativos. La Marquesa de Villanueva compra los terrenos en 1866 y cede su uso a las Hermanas del Sagrado Corazón, quienes dirigen el colegio religioso "El Valle" durante ciento nueve años. En 1975 los asuntos económicos vuelven a hacer mella en este recinto. La conservación del edificio requiere una inversión económica que las monjas no pueden asumir, razón por la cual acaban vendiendo el terreno a una inmobiliaria afiliada al Banco de Granada y trasladando la sede religiosa al Aljarafe. A partir de entonces comienza un litigio entre el Ayuntamiento y la inmobiliaria por la licencia de construcción de viviendas en el  solar, obteniendo como resultado el abandono del espacio durante años.
     Del antiguo convento poco o nada se ha conservado. Tanto de lo mismo ocurre con el colegio, que reunía varios edificios con corredores en torno a patios y jardines, todos ellos desaparecidos en el último tercio de la pasada centuria. Sí se han conservado la iglesia del Valle (hoy de los Gitanos), la puerta de acceso principal y un retablo cerámico ubicado en el interior del jardín, gracias a la iniciativa de unos ecologistas (cuya labor se reconoce en una placa en la fachada interior de la puerta principal) y a los esfuerzos llevados a cabo por la Comisión de Patrimonio por salvar los últimos restos de este primitivo recinto, incluyendo el lienzo de muralla almohade. 
     No será hasta el año 2010 cuando se decida recuperar este espacio para el disfrute de los ciudadanos proyectando unos jardines a imitación de los que existieron en el convento en el siglo XV. Con tal fin se plantan numerosos árboles frutales y se derriba el muro levantado en los años ochenta para evitar acciones vandálicas, abriendo el espacio a la ciudadanía a través de una verja de hierro. En 2013 se incluyó un azulejo en la puerta de acceso principal con el poema "Colegialas del Valle" del sevillano Aquilino Duque, donde se recuerda el uso histórico de este espacio como colegio.
Murallas de los Jardines del Valle.-
     Lienzo de muralla almorávide-almohade conservado en 315 metros con varias torres. El lienzo de muralla conservado en los Jardines del Valle forma parte del recinto que rodeaba la ciudad construido en el periodo almorávide en torno al año 1134, bajo el reinado del sultán Ali Ben Yusuf por mandato de cadí de Sevilla Abu Bark.
     Las murallas están construidas con cajones de tapial de medidas más o menos regulares, distinguiéndose perfectamente los huecos agujas de separación de las tablas del encofrado. El espesor de la muralla es de 1,90 metros, coronada con almenas que disponen de saeteras abiertas a tramos regulares. Las torres de que dispone son rectangulares, de 4 metros de anchura proyectadas hacia afuera del paramento 4,5 metros, separadas entre ellas por una distancia variable entre 40 y 50 metros. Son macizas hasta el Paseo de Ronda, que pasa a través de ellas, presentando departamento abovedado desde el que se accede a la azotea superior almenada, a través de una escalera.
     La longitud del lienzo conservado es de unos 320 metros. En cuanto al estado de conservación es magnífico, pues recientemente se ha realizado una importante restauración. Con motivo de esta intervención, se realizó una completa investigación arqueológica que tuvo como resultado un adecuado conocimiento del conjunto (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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viernes, 19 de diciembre de 2025

La desaparecida Puerta de la Barqueta

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta de la Barqueta, de Sevilla.
      La Puerta de la Barqueta, se encontraba en la avenida Torneo, en su confluencia con la calle Puerta de la Barqueta; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Estaba situada en la calle Torneo, a la altura de la calle Blanquillo.
     A esta puerta se le han aplicado hasta tres topónimos diferentes a lo largo de su historia, como son los de Bibarragel en sus múltiples variantes, de la Almenilla y de la Barqueta.
     El primero de ellos no aparece documentado en las fuentes musulmanas, aunque su etimología árabe evidente y el hecho de figurar en la documentación castellana del siglo XIII, permiten suponer que tras la conquista cristiana, tal y como ocurrió en las puertas de la Macarena, Triana y Carmona, se castellanizó su nombre árabe de bab al-Ragwal, el cual haría referencia a la población a la que conducía el camino que de ella partía y, que según F. Hernández, sería Qalat Ragwal, es decir Alcalá del Río, aunque hay quien considera que el nombre árabe de la puerta sería el de bab al-Rayyal o "de los peones".
     El topónimo de la Almenilla aparece ya registrado en un documento de los Papeles del Mayordomazgo fechado en 1386, si bien hace referencia a una torre albarrana cercana a la puerta, y que en el siglo XVI todavía menciona Peraza. Sin embargo, no lo encontramos designando a esta puerta hasta este siglo.
     Por su parte, el de la Barqueta es mucho más moderno, ya que no aparece hasta el siglo XVII, aunque será el que se imponga definitivamente.
     En cuanto al origen del primero de los topónimos, es decir el de Bibarragel, los historiadores sevillanos lo explican a partir de una plaza del mismo nombre que estaba junto a la puerta.
     Sólo Peraza intenta explicar su etimología, aunque duda entre dos posibilidades: que signifique "puerta de huésped", y a que este sería el significado de Ragel en árabe, o "puerta de Ragel o Laget", nombre del individuo a quien estaría dedicada. Sin embargo, este autor utiliza este topónimo para referirse a la que el resto de la historiografía designa con el de San Juan o del Ingenio, en lo que coincide con Palomo y, en un primer momento, con Ortiz de Zúñiga, puesto que este último duda a la hora de identificar este topónimo con la puerta de San Juan o la de la Almenilla, si bien finalmente se decide por ésta.
     En cuanto al topónimo de la Almenilla, casi todos los autores coin­ciden a la hora de explicar su origen en virtud de una que coronaba la puerta y servía para medir la altura alcanzada por el Guadalquivir en sus crecidas, cuya existencia tenemos documentada al menos desde 1485, aunque hay quien lo relaciona con la torre "del Almenilla".
     Por último, la historiografía sevillana es unánime a la hora de explicar el origen del topónimo de la Barqueta a partir de la presencia junto a esta puerta de una barca que posibilitaba atravesar el Guadalquivir, cuya existencia tenemos documentada al menos desde 1437.
     El único dato que tenemos acerca de la primitiva estructura de la puerta islámica data de 1386, y en él queda patente, en contra de lo que sostiene algún investigador, que la torre de la Almenilla nada tiene que ver con esta puerta: "la obra que se a de fazer en la torre del almenilla, et despues buelve fasta la torre de la puerta de bilbarrejel". Por lo tanto, se tra­taría de una torre-puerta con acceso en recodo único y protegida por barbacana.
     La historia de este punto de la muralla es extremadamente compleja debido a las numerosísimas obras que se realizaron en ella, puesto que así lo requerían los continuos daños que ocasionaban las crecidas del Guadalquivir.
     Ahora bien, de estas obras debe destacarse la que tuvo lugar durante los años 1627 y 1628, puesto que ante el estado de ruina en la que se encontraba la puerta a consecuencia de la inundación de 1626, "tan baxa, que casi quedaba inferior a la madre del río (...), aplicándose con gran zelo el Asistente Conde de la Puebla del Maestre (...) y arbitrando medios, á que exhaustos los propios de la Ciudad no podian contribuir", debió levantarse "(...) tanto, que su umbral baxo quedó donde estaba el alto de la antigua, con que quedó superior, no solo al río en su ordinario curso, sino en sus mayores crecientes". En términos muy similares se expresan González de León y Palomo.
     Según parte de la historiografía, las obras también habrían consistido en la construcción de dos torreones que flanqueaban la puerta, tal y como figura en un dibujo de Tovar. Sin embargo, Ortiz de Zúñiga se refiere a estas obras en los siguientes términos: "embebiéndola (la puerta) en un robusto y alto torreón escarpado", en lo que coincide con el testimonio de Espinosa y Cárcel, así como con la planta de la puerta que figura en los planos y proyectos de obras de los siglos XVIII y XIX.
     Por lo tanto, tras estas obras la puerta de la Barqueta adquirió el aspecto con el que permaneció, salvo las modificaciones hechas a finales del XVIII, hasta su derribo a mediados del siglo XIX.
     En lo que a las inscripciones se refiere, en 1617 se colocó una lápida con inscripción en castellano, conmemorativa de las obras que se iniciaron en 1604 y concluyeron aquél año y que fue redactada por el humanista Francisco de Rioja.
     En 1628 se colocó otra lápida de mármol con inscripción latina en conmemoración de las obras que se realizaron tras la inundación de 1626. Conocemos su emplazamiento gracias a la historiografía, puesto que los tres autores que la recogen coinciden en situarla en la torre que flanqueaba la puerta.
     Otra lápida con inscripción en castellano en conmemoración de las obras que se efectuaron entre 1773 y 1779 se colocó en 1780. Sabemos a través de la historiografía y del dibujo de Tovar, que se encontraba colocada en en el muro exterior del Blanquillo.
     La inscripción de 1617 debió perderse tras la inundación de 1626, puesto que la práctica totalidad de la historiografía no la recoge y Llaguno y Amirola afirma que la localizó "en un códice antiguo".
     La de 1627 se conserva en los fondos del Museo Arqueológico Provincial, donde ingresó el 12 de marzo de 1880 entregada por la Comisión de Monumentos (R.E. 273).
     Por su parte, la de 1780 pertenece a la Colección Arqueológica Municipal, cuyo número de inventario es el 21, encontrándose expuesta en la galería de acceso de la Torre de Don Fadrique (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
     No todas las puertas de la vieja muralla de Sevilla daban a un camino principal. Algunas se abrían, como hemos visto, al viento y la nada. Mas también hubo otras que conducían al mis­terio o la ensoñación; al enigma que corre a ocultarse bajo las aguas verdes del río cuando una esquila conventual se oye anunciando el amanecer. O a una tumba que debería haber estado aquí pero que no está.
     Un monasterio cisterciense y un edificio abandonado que aguarda tiempos mejores para ser demolido y sustituido por vaya usted a saber qué invento, encuadran las esquinas de la calle Calatrava; la arteria que conduce hasta el interior de la ciudad desde este lugar que en 1992 volvió a llamarse la Barqueta, después de haber permanecido durante casi un siglo convertido en una sórdida esquina, entablada frente a la tapia que guardaba las vías del ferrocarril. Nadie pudo imaginar durante todos esos años de grisura, tráfico, atascos, hollín y grafitis -«Tonto el que lo lean- que este lugar hubiera sido en el pasado un sitio de esparcimiento y recreo; el hermoso y romántico rincón donde la ciudad se encontraba con el río que le dio el ser y también con más de un quebradero de cabeza. Porque aquí era precisamente por donde primero se colaban las aguas del Guadalquivir cuando los temporales las hacían salirse de madre.
     Esta también pudo ser la apartada orilla de Don Juan, el román­tico enclave donde hasta Gustavo Adolfo Bécquer quiso tener su tumba, deseo que el poeta expresó en una de las cartas que escribió desde su celda del monasterio de Veruela; un sepulcro desgastado por el tiempo, lleno de verdín y oculto por la hojarasca de un otoño eterno, sobre el que se proyectase la sombra triste de un sauce. Al final, la ciudad contravino los deseos del poeta y destinó sus huesos a reposar en un lugar mucho más olvidado que este: el Panteón de los Sevillanos Ilustres. Lo cierto es que los poetas parecen demostrar una misteriosa querencia funesta por este lugar, pues acaso fue también en este recodo del río donde a punto estuvieron de ahogarse varios de los más egregios integrantes de la generación del 27. Con ocasión de su estancia en Sevilla para participar en el homenaje a Góngora organizado por el Ateneo donde se harían la famosa e histórica foto, Federico, Alberti, Dámaso, Guillén, Chabás, Bacarisse y Bergamín decidieron cruzar el río de noche en una barca guiándose de una maroma que hacía de catenaria entre orilla y orilla. La que pretendía ser una más de las muchas aventuras que vivieron en aquellos días del diciembre sevillano a punto estaría de costarles la vida. El viento empezó a soplar, el río a agitarse, la maroma a tensarse describiendo un violento arco y la barca a parecerse a la de Caronte. Al evocar el suceso, Dámaso Alonso recuerda cómo las risas que llevaban de tierra se les fueron poco a poco apagando, conforme la crecida del río iba acrecentando la amenaza. "El Guadalquivir, inmenso toro oscuro, empujaba la barca, la que­ría para sí y para el mar". Y al llegar a la mitad del camino, García Lorca entró en pánico. "Tanto y con tanta ponderación lamentaba haberse embarcado, que primero creí que se trataba de una broma más, entre sus bromas. No, era auténtico terror; le salía de la carne, al contacto de aquella fuerza negra, mugidora, fría,.. Por fortuna, los poetas ganarían la orilla sanos y salvos sin que nada les pasara, bien es cierto que el destino le tendría reservada a Federico García Lorca una prueba aun peor. No está claro, sin embargo, el punto exacto donde tal episodio aconteció. Si fue donde cruzaba el río la barqueta que dio nombre a la puerta, no se ha podido averiguar, pero no es descartable. En todo caso, se non e vero, e ben trovato.
     Todavía entonces no podía ser más a propósito este recodo del Betis para que en él aconteciera una tragedia de tantísima trascendencia literaria. Ciertamente, para que Bécquer soñara con tener aquí su tumba, el paisaje debió de parecerse bastante poco al que tuvo durante la mayor parte del siglo XX. Y así fue. El río Guadalquivir ascendía hasta aquí formando una perfecta línea paralela con la vieja muralla de la ciudad, que en este punto viraba para dirigirse hacia la puerta de la Macarena, mientras el río continuaba hasta la hacienda de Buenavista, donde se erigía el monasterio de los Jerónimos. Justo en este rincón de la cerca era donde se alzaba la vieja Puerta de Vib Arragel, que andando el tiempo sería llamada de la Almenilla y más tarde de la Barqueta, adoptando el de la embarcación que durante años se halló en este punto del cauce fluvial para conducir a la otra orilla a los viajeros que se encaminaran hacia Santiponce y, más allá, a Extremadura. Tenía este rincón de la ciudad un punto bucó­lico, conferido por la presencia del río y la fronda del bosque de rivera que lo festoneaba, y también ese punto entre melancólico y enigmático que tienen los sitios donde las ciudades acaban, yendo a perderse en una nada incierta, pues no había camino más allá de la vieja Puerta de la Barqueta, sino la enigmática y voluble senda verde del milenario Guadalquivir.
     Tal vez por todo ello el halo misterioso de la leyenda acabaría haciendo presa en este rincón donde la ciudad se encontraba con el río, provocando que lo que al principio fuera el escenario para el esparcimiento y recreo de las gentes, pasara de los gozos a las sombras y se convirtiese andando el tiempo en una sórdida y oscura trampa donde mejor resultaba no aventurarse, pues allí merodeaban randas peligrosos que el común tomó por fantasmas -los fantasmas del Blanquillo-, aunque de fantasmas tenían más bien poco.
     Cuando a principios de los años noventa del siglo pasado fueron demolidas las últimas construcciones ferroviarias que aún existían al final de la Resolana, quedaron al descubierto los restos de una enorme construcción de argamasa que inmediatamente fueron relacionados con restos de la muralla. En efecto, guardaban esa relación, pues tales restos eran a buen seguro lo único que aún se conservaba de lo que en tiempos se denominó el Patín de las Damas. Cuenta Ortiz de Zúñiga que en el año de 1383, para hacer frente a las avenidas del río, y como defensa de la ciudad en el punto donde más combatían sus aguas, se determinó construir una especie de malecón de argamasa, terraplenando la zona que había entre la muralla y el río a la altura de la puerta de la Barqueta, llamada entonces de la Almenilla. Aquella obra daría lugar a una gran planicie junto al río que pronto empezó a ser frecuentada por los sevillanos, que disfrutaban allí de agradables paseos; de ahí su nombre origi­nal. Las cosas, sin embargo, se irían torciendo poco a poco, conforme el Guadalquivir fue devorando aquel potente malecón de argamasa que hubo de ser reforzado en varias ocasiones, hasta la definitiva de 1773. Claro que para entonces, Sevilla ofrecía otros lugares de esparcimiento, como la Alameda de Hércules, que la población tenía más a mano. Tal fue la causa de que el patín dejara de serlo y el lugar de las damas fuera ocupado por unos fantasmas que, en realidad, eran algo bastante peor, pues aquellos que el pueblo tomaba por almas en pena, ánimas del purgatorio que buscaban en vano la salvación, no eran sino malhechores que se amparaban en las sombras y la desolación que se habían adueñado del antiguo lugar de recreo y esparcimiento para cometer sus sangrientas fechorías; bandidos que cuando no tenían para desvalijar a un infeliz que hubiera cometido la temeridad de aventurarse en sus dominios se dedicaban al contrabando, introduciendo en la ciudad mercancías sin abonar los correspondientes derechos de puerta, para lo cual se disfrazaban del modo más grotesco simulando ser espectros que, como apuntaba Álvarez-Benavides, volaban luego a las tabernas para repartirse "los dones que alcanzaban en la tierra procedentes de manos que muchas veces terminaban de hacer milagros cuando aparecían clavadas en las escarpias por las calles de la ciudad y caminos vecinales". 
     Claro que el bueno de Álvarez-Benavides, pese a su afán de evaporar la superchería y falsas creencias que se habían instalado entre los sevillanos de su época, también nos legó a propósito de la Puerta dela Barqueta y su anexo Patín de las Damas, luego llamado el Blanquillo, un increíble relato que parece sacado de la novela de Las minas del rey Salomón. Cuenta que al ser demolida "se hizo un descubrimiento muy curioso. En el costado izquierdo de la misma y cerca de las escaleras que conducían al Blanquillo, apareció la entrada de un subterráneo. Esta bajada de boca cuadrangular dirigía primero sus escalones hacia el río, después continuaba en dirección paralela al mismo tiempo, a continuación aparecía una mina que se dirigía a la izquierda y, por último, tornaba a ser paralela al Guadalquivir y daba entrada a un espacio cuadrado y abovedado que contenía una gran piedra en su centro y parecía haber servido de mesa. En uno de los ángulos de este espacio aparecían señales de una puerta con dirección al sur, y otra también que se descubrió tapiada, cerraba el paso de una distinta galería colocada en dirección hacia el este. La construcción de aquella misteriosa obra indicaba ser de origen romano y, al ser descubierta, lejos de practicar un detenido examen de ella, se apresuraron a rellenarla de escombros proceden­tes del derribo y la vía férrea extendió por encima su raíl sin que nadie se preocupara en hacer más averiguaciones sobre el particular... ¿Realidad o ficción? Imposible ya averiguarlo.
     Todo ello empezó a cambiar cuando en 1858 la Puerta de la Barqueta, protomártir de las puertas de la muralla de Sevilla, fue demolida. También Álvarez-Benavides cuenta que por aquel tiempo un señor inglés que vivía en Sevilla, con la guasa propia de la tierra que por lo visto había ya adquirido, aunque también con una ironía y un gusto por lo realmente valioso que son genuinamente británicos, solicitó permiso para levantar en el lugar donde estuvo la puerta un monolito que pusiera: "Hércules te edificó, Julio César te cercó de muros y torres altas y un alcalde me mandó derribar con otras cuantas". Esta, lamentablemente, ha sido la historia de Sevilla desde hace muchas décadas. La historia de una ciudad que fue a parar a manos de gentes con un concepto torvo, cejijunto e ignorante del progreso. Así, la Barqueta, que una vez fue lugar de recreo y esparcimiento, acabó siendo arrasada por las vías del tren. Y con ella, toda esta orilla del río. 
   La Exposición Universal de 1992 nos hizo descubrir muchas cosas del mundo, pero también de la propia Sevilla. En particular, este rincón que, desplazado el tren y demolida la ominosa tapia que lo oculta, volvió a ser el mismo. O, por decirlo más exactamente, volvió a llamarse igual que antiguamente. Ahora no es una barcaza, sino un puente lo que lleva hasta ese otro camino, también de alguna manera incierto, que es el barrio de la Cartuja. Algo, no obstante, permanece igual desde hace ya casi ocho siglos: mucho antes del amanecer, mientras las oscuras aguas del río se llenan de ondas que dibujan con sus saltos los fantasmagóricos peces que nadan en ellas, una esquila suena llamando a la primera oración del día a las monjas del monasterio de San Clemente. Es lo único que logró man­tenerse intacto, más allá de los siglos y los avatares desde que el rey San Fernando conquistara la ciudad. Mientras el eco de esa campana siga irrumpiendo en el misterio negro de la noche para disolver sus sombras y abrir el camino a la luz, en algún lugar de la memoria pétrea de la ciudad seguirá estando en pie la Puerta de la Barqueta. Y allá cerca, inclinado junto al río, habrá también un sauce derramando eternamente lágrimas secas sobre el musgo que oculta el sepulcro de un poeta cuyo nombre el tiempo borró (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024). 
        Estuvo erigida en la actual esquina de las calles Calatrava y Vib Arragel (nombre que también tuvo en su día la puerta, luego llamada de la Almenilla y finalmente de la Barqueta). Aquel lugar era donde entonces más combatían las aguas del Guadalquivir, pues en él la corriente se encontraba con los muros de la ciudad; no pocas veces de forma violenta. Para cruzar el río hubo también en este lugar del cauce una barcaza que le daría finalmente nombre a la puerta. Como todas las demás puertas, había sido renovada en la segunda mitad del siglo XVI, pero en 1626 resultó muy dañada por la mayor inundación que sufrió Sevilla a lo largo de toda su historia. El Asistente Lorenzo de Cárdenas ordenó reconstruir­la, tarea que se completó en 1628. La puerta fue recrecida 'tanto que su umbral baxo quedó donde estaba el alto de la antigua, con que quedó superior no sólo al río en su ordinario curso, sino en sus ma­yores crecientes'. La puerta quedó embebida en un 'alto y robusto' torreón escarpado, 'desde el cual se corrió un través de muralla en parte retirada de la antigua, con bastante fondo y fuertes cubos que del todo dexaron segura en incontrastable aquella par­te'. La Puerta de la Barqueta fue la primera en ser demolida, hecho que ocurrió el año 1858. Cuentan que un inglés que vivía por la zona propuso que en el lugar del derribo se levantase un monolito con la inscripción: 'Hércules te edificó, Julio César te cercó de muros y torres altas y un alcalde me mandó derribar con otras cuantas' (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
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martes, 16 de diciembre de 2025

La desaparecida Puerta Real, o de Goles

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta Real, o de Goles, de Sevilla.
      La Puerta Real, o de Goles, se encontraba en la plaza Puerta Real, en su confluencia con la calle San Laureano; en los Barrios del Museo, y de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Estaba situada al final de la calle Alfonso XII -antigua calle de las Armas-, en la confluencia de las calles Gravina, Goles y San Laureano, en la plaza que conserva en su nombre el recuerdo de su existencia, y donde en el año 1995 se realizaron excavaciones.
     El topónimo Goles no aparece documentado en las fuentes musulmanas, aunque sí en el Libro del Repartimiento y en otros documentos castellanos de los siglos XIII, XIV y XV. Por su parte, el topónimo Real sólo aparece mencionado a partir del siglo XVI.
     Esta puerta se ha  identificado con la bab al-Kuhl y la bab al­ Muaddin de las fuentes musulmanas.
     En cuanto al origen del primero de los topónimos, es decir el de Goles, es unánime la historiografía sevillana al considerarlo como una corrupción del nombre de Hércules, a quien estaría dedicada.
     Sin embargo, hay historiadores modernos que consideran que el nombre obedecía al primer núcleo de población al que conducía el camino que de esta puerta partía.
     En cuanto al origen del segundo, también es prácticamente unánime la historiografía, relacionándolo con la entrada en la ciudad, el 10 de mayo de 1570, de Felipe II. Sin embargo, algún autor considera que el origen del nombre reside en la entrada que por ella hizo San Femando tras la conquista castellana.
     Acerca de la primitiva estructura de la puerta islámica, todas las referencias que he localizado coinciden en la existencia de una torre. Así, en los Papeles del Mayordomazgo del siglo XIV, a propósito de la reparación ge­neral de la muralla en 1386, figuran como elementos a reparar una "torre que está dentro en la puerta de goles", así como una "torre que está sobre la puerta de goles". En los del siglo XV, encontramos también noticias de esta torre: en 1406 y en 1421. Por último, tal y como veremos más adelante, en los documentos relativos a las obras que en ella tuvieron lugar en el siglo XVI vuelve a hacerse alusión a una torre.
     Por lo tanto, no creo, como sostiene algún investigador, que estuviese flanqueada por una torre, sino que se trataba de una torre-puerta con acceso en recodo único y protegida por barbacana.
     En este sentido, creo que la puerta representada en uno de los relieves del retablo mayor de nuestra Catedral no puede identificarse con la de Goles, sino con la de la Macarena, puesto que en el mencionado retablo se representa a la ciudad desde el norte y no, como se sostiene habitualmente, desde poniente.
     Por otra parte, conocemos la intervención de Hernán Ruíz en esta puerta gracias a documentos conservados en nuestro Archivo Municipal y fechados en 1561 y 1563. A través de este último sabemos que se debía proceder a "derribar la puerta de goles o la mayor parte della y la bóveda y torre y tornarse a edificar-conque si se derribare la torre no se torne a façer", así como "derribar quales quier edificios si hubiere arrimados al muro" y "empedrar la salida de la puerta y la plazuela questa delante de la puerta de manera que quede en corriente hacia Cantarranas".
     También nos queda constancia de esta intervención en la obra de Mal Lara: "(...) don Francisco Chacon, Asistente, que fue desta ciudad, mando con orden de Sevilla, que se edificasse, y se alçasse de el suelo, y asi se alço de piedra labrada, con sus frontispicios y remates de unos grandes globos, y puntas (...) y empedrase todo aquel espacio".
     La nueva puerta constaba de dos cuerpos, en el primero de los cuales se abría un arco de medio punto flanqueado por dos pilastras corintias que sostenían un entablamento, sobre el que se levantaba un segundo cuerpo, coronado por un frontón rematado por acróteras.
     En lo que a las inscripciones se refiere, en la primitiva puerta de Goles se leía un dístico en latín en honor de San Fernando que habría sido puesto por don Hernando Colón en 1535. Quizás estos versos debieron ser renovados cuando Hernán Ruiz reedificó la puerta, y a que según la historiografía sevillana el dístico se leía en el frontispicio de la puerta nueva de Goles, aunque con el transcurso del tiempo habría desaparecido, y figura en el dibujo que de ella hizo Tovar.
     Por otra parte, las obras de Hernán Ruíz concluyeron con la colocación de una lápida con inscripción en castellano, fechada en mayo de 1565, en conmemoración de su reedificación y que estaba colocada en el friso del entablamento del primer cuerpo de su fachada interior.
     Esta inscripción se conservaba en los fondos del Museo Arqueológico Provincial, donde fue depositada el 12 de marzo de 1880 por la Comisión de Monumentos (R.E. 269). En el año 1995 fue colocada por la Gerencia Municipal de Urbanismo en el lienzo de muralla contiguo a donde estuvo emplazada la puerta.
     En cuanto a los escudos, a través de la historiografía, de los dibujos de Ford y Tovar y de una fotografía, sabemos que dos de ellos decoraban los frentes de su segundo cuerpo: uno con las armas de la ciudad al interior, y otro con las armas reales al exterior. En este sentido, creo que es muy posible que uno de los tres escudos de piedra con las armas de la Ciudad esculpidas conservados en los fondos del Museo Arqueológico Provincial sea el que hemos visto decoraba esta puerta (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
     Apenas un muñón gris y unas desdentadas almenas quedan de la majestuosa fábrica que aquí se erigió para recibir al hombre más poderoso del mundo. También por este lugar regresó la cruz a la ciudad. Hoy, sin embargo, es solo una triste esquina; un rincón que afean garabatos y meadas. La gloria del mundo siempre pasa. Y cuando lo hace, su lugar se apresta a ocuparlo la miseria.
     La Piedra Llorosa, la casa de Hernando Colón, el Señor de Pasión, la calle de las Armas, el Campo de Marte, la estación de Córdoba, el barrio de los Humeros, la Virgen de las Aguas, el capitán Marcos Cabrera, los obispos de la iglesia del Palmar de Troya, las futbolísticas calles Goles y Redes discurriendo en paralelo... todos estos personajes, todos estos lugares, con sus respectivas historias, crepitan alrededor de la esquina donde se alzaba una de las puertas de la vieja muralla de la ciudad. Mas no una puerta cualquiera: la puerta por la que un día entró en Sevilla el hombre más poderoso del mundo. Sus constructores almohades la llamaron de algún modo que a los castellanos que vinieron luego les dio por tradu­cir, más bien adaptar, como Puerta de Goles, nombre que nada tiene que ver con el fútbol que varios siglos después inventarían los ingleses. Su origen, según apunta el cronista Luis de Peraza y sistemáticamente aceptaron todos los que luego vinieron, procedía de una incomprensible corrupción del nombre de Hércules, con el que los musulmanes habrían denominado la puerta, lo cual de entrada parece poco probable. Pero menos lo es aún que la palabra Harqal, que es como se dice Hércules en árabe, se transforme en Goles al ser pronunciada por los castellanos que conquistaron la ciudad, como sostiene la teoría. De Harqal a Goles va un trecho. No obstante, Peraza se muestra contumaz en la defensa de tal hipótesis, que trata de argumentar con una de las habituales piruetas de los historiadores de la época, de la cual, eso sí, podemos deducir que en sus tiempos -siglo XV- los sevillanos ya transformaban en ere la ele del artículo el. Sevillanos para quienes el tal Hércules, en lugar de un héroe mitológico, el legendario fundador de la ciudad, fue en realidad un hortelano al que apodaban uer Coles". Lean atentamente a Peraza: "Creo que ha sido por vicio del tiempo mudarse la C en G, por lo que yo sin duda creo que se ha de decir de Coles, que es nombre propio de Hércoles (sic), que el Her que anteponemos en este nombre, sobrenombre es, según en las Questiones Annias dice el sapientísimo Juan Annio Viterviense". Claro que lo de "Her" lo mismo es un germanismo, vaya usted a saber. Quede, en fin, a juicio del lector la conclusión sobre el rigor de esta teoría, que a pesar de todo fue aceptada por la generalidad de los cronistas que vinie­ron luego.
     Más lógica se nos antoja la teoría sostenida por el historiador Jacinto Boch Vilá, quien en su obra sobre la Sevilla Islámica (colección de bolsillo de la Universidad de Sevilla) especula con que el nombre de esta puerta provenga del nombre de la Puerta del Alcohol, con el que fue bautizada una de las que en la cerca abrieron sus constructores. En árabe el nombre era Bab al-Kuhl, cuyo sonido se antoja bastante más proclive a corromperse en la len­gua de un castellano para acabar convertido en Gol o Goles que Hércules o Harqal. Explica Boch Vilá que la puerta en cuestión llevaba ese nombre -del alcohol o del sulfuro de plomo porque daba al barrio donde se asentaban los vidrieros y ceramistas, o fuera de la cual tenían establecidos sus hornos, cuyas luces, por la noche, se divisaban desde al alcázar donde residía Al Mutamid", dice Boch Vilá. Bien, contra esto hay quien dice que la Puerta del Alcohol era en realidad la Puerta de Jerez, bastante más cercana del palacio del célebre monarca sevillano. Como verán, disquisiciones históricas no faltan al respecto, aunque las especulaciones del profesor Boch parecen tener más apoyo en la lógica que la teoría que se ha venido reiterando con papagayesca contumacia sobre el nombre antiguo de esta puerta.
     Años después de la conquista castellana y, por tanto, cristiana, la puerta mudaría de nombre, pasando de Goles a Real, cambio que fue debido a una razón en la que los historiadores tampoco termi­nan de coincidir. Parece constatado que a través de esta puerta entró en Sevilla el rey Fernando III el 22 de noviembre de 1248 para tomar definitivamente la plaza y poner fin en ella a más de medio milenio de dominación y hegemonía musulmana. Si bien, la ocupación oficial de la Isbiliya islámica por las huestes del rey castellano no se verificaría hasta un mes más tarde, una vez que la ciudad fuera desalojada por la mayor parte de sus habitantes en cumplimiento de los términos para la capitulación acordados entre el conquistador y el derrotado rey local Axafat. Muy curiosa es la descripción que, seis siglos más tarde, haría de aquella entrada Álvarez-Benavides, en un épico alarde de imaginación desbordada: "El sol radiante de Andalucía, reflejado sobre las armaduras e invencibles espadas de tan heroicos soldados, les hacía aparecer aquel día como masas de fuego que, extendiéndose por la orilla izquierda del Guadalquivir, penetraban en la ciudad por la Puerta de Goles, semejando extensa columna de candente lava".
     Según el analista Ortiz de Zúñiga, el nombre de Real se le impondría precisamente a raíz de aquel episodio. La realidad, sin embargo, parece ser diferente. Otras fuentes, da la impresión que más fiables, atribuyen el origen de la denominación con la que esta puerta pasaría definitivamente a la historia (en todos los sentidos) a otro acontecimiento ocurrido tres siglos y medio más tarde. Exactamente el 1 de mayo de 1570, cuando a través de la entonces todavía llamada Puerta de Goles entraría en Sevilla el rey Felipe II, en aquel momento el hombre más poderoso de la Tierra, titular de un imperio donde jamás se ponía el sol, pero sí en cambio se ponían muchas manos; seguramente demasiadas. Y ello fue causa de que, precisamente durante su reinado, el imperio comenzara a experimentar la decadencia que lo llevó, primero, a ver cómo sobre él iban extendiéndose las sombras de la noche, hasta, más adelante, descomponerse definitivamente en un histórico ocaso.
     La entrada en la ciudad de Felipe II por la Puerta de Goles (en lo sucesivo, Real) supuso poner fin a la costumbre, hasta entonces seguida por los monarcas castellanos, de entrar en Sevilla a través de la Puerta de la Macarena, que era, de las cuatro principales, la situada al norte y, por tanto, la más inmediata al "arrecife de Extremadura", a través del que se llegaba a la ciudad desde la meseta. Era, por tanto, el acceso lógico y, digamos, natural a la ciudad. De hecho, todos los reyes castellanos habían entrado en ella por esa puerta, recorriendo luego la calle San Luis, que por tal motivo llevaba el nombre de Real.
     La decisión de cambiar en esta ocasión la puerta de entrada a la ciudad fue de Francisco Duarte de Mendicoa, caballero veinticuatro, juez oficial y factor de la Casa de la Contratación, quien, avezado en estas lides, se encargó de la organización del fasto. Estimó Duarte, no sin razón, demasiado angostas las calles que rodeaban la Puerta de la Macarena para acoger la concurrencia que previsiblemente acudiría en masa a contemplar la llegada de la comitiva imperial, que además era notablemente más aparatosa que la de todos sus antecesores, incluida la del emperador Carlos.
     En la víspera de su entrada en la ciudad, Felipe II hizo noche en el Monasterio de San Jerónimo, desde donde a la mañana siguiente, bien temprano, tomaría una barcaza que lo llevaría a través del río hasta la finca de la Bellaflor, ubicada en los actuales Jardines de las Delicias. Allí acudirían a cumplimentarlo las autoridades civiles, religiosas, militares y académicas de la ciudad. A las dos y media de la tarde, al frente de una comitiva de casi cuatro mil hombres, el monarca se encaminaría hacia la ciudad siguiendo en su recorrido los pasos que siglos antes había dado el Rey Santo para entrar en ella una vez consumada la conquista. Discurrió el cortejo del Rey Prudente entre el río y la muralla, pasando junto a la Torre del Oro y el puente de barcas, también ante los postigos del Carbón y el Aceite y las puertas del Arenal y Triana, que dejaría sucesiva­mente atrás hasta llegar al fin a la entonces todavía llamada Puerta de Goles, ante la cual se había levantado un arco triunfal para recibirlo con más boato si cabía. Bajo él, Fernando Carrillo, conde de Priego y asistente de la ciudad, suplicó al rey que jurase los privilegios concedidos a Sevilla, a lo cual este accedió. Ante un crucifijo de esmeraldas y con la mano puesta en los Evangelios, Felipe II hizo el juramento. El asistente le entregó entonces las llaves de la ciudad y con ellas en la mano, el regio visitante pasaría bajo el vano de la Puerta Real, avanzando por la calle de las Armas, desde la que se dirigió a la Catedral a través de un itinerario -Sierpes, Plaza de San Francisco, Génova- que inauguraba solemnemente la futura carrera oficial de la Semana Santa.
     Las crónicas antiguas describen la Puerta Real como una edificación que consistía en un gran arco romano ornado con pilastras, sobre cuyas cornisas se alzaba un segundo cuerpo, en el que destacaba un frontispicio terminado en airosas pirámides. Aspecto que le confirió la reforma realizada sobre la puerta primitiva cinco años antes, en 1565, de la cual daba fe una lápida con la siguiente inscripción literal: "Reinando en Castilla el muy alto poderoso católico rey Felipe Segundo, mandaron hacer esta obra los muy ilustres S.S. Sevilla, siendo asistente de ella el muy ilustre Sr. Don Francisco Chacón, Señor de las villas de Casarubios é Arvio Molinos y Alcalde de los Arcazares i Cimorrio de Avila. Acabase en el mes de maio de 1565".
     La decoración de la Puerta Real estaba presidida por un relieve donde aparecían las figuras del rey san Fernando, flanqueado por los santos Isidoro y Leandro. También se refiere que en su frontispicio hubo durante algún tiempo una pintura donde el Rey Santo aparecía triunfante a caballo, junto a la cual se labró una inscripción en latín que lo exaltaba de esta rimbombante y solemne manera: "Ferrea Ferrandus perfregit claustra sibillae, Ferrandi, nomen splendet, ut astra Pollin", lo cual traducido a román paladino venía a querer decir: "Fernando quebrantó las puertas de hierro de Sevilla, y el nombre de Fernando brilla como los astros del cielo".
     La Puerta Real era, así lo refieren las crónicas y lo demuestran las fotografías, majestuosa y monumental. Nada que ver con otros postigos de la ciudad que hemos recorrido antes, como las Puertas de San Juan, Córdoba o, incluso, la del Sol, u otras que veremos más adelante. De ella, refiere el cronista González de León que, por su cara de intramuros, tenía en ambos extremos sendas capillas. Una, la de la derecha, dedicada a Nuestra Señora de la Merced, que aún existe, y la otra, la de la izquierda, a San Antonio de Padua, encon­trándose esta en un piso superior al que ocupaba la casetilla de los guardas de la puerta. Entre el arco de la puerta y la capilla de la Merced también hubo una fuente que, según el referido cronista, manaba agua procedente de la famosa fuente del Arzobispo, lo cual se antoja complicado puesto que dicha fuente se hallaba en lo que hoy es el parque de Miraflores y eso habría exigido una larga canalización que cruzara casi toda la ciudad de entonces.
     Mas, ni su gloriosa historia ni su imperial empaque fueron motivo suficiente para evitar que fuera demolida en el "tremebundo" -como lo califica nuestro omnipresente Álvarez-Benavides- año de 1862. En realidad, más que demolida, parece que fue desmontada, pues el citado autor detalla que durante algún tiempo sus piezas se conservaron en el cementerio de San Fernando, que por aque­lla época apenas llevaba ocho años abierto, donde incluso se pensó instalarla a modo de gran y monumental pórtico para la mansión de los muertos. El proyecto, como tantas veces ha ocurrido y sigue ocurriendo en esta ciudad, se llevó unos años madurando en la placenta consistorial, pero al final la gestación terminó en aborto. La idea fue descartada y los peñascos a los que se redujo la Puerta Real sabe Dios dónde fueron a parar una vez distinguidos con el marchamo de "cosa que no sirve para nada".
     Hoy en día, de la Puerta Real apenas queda el recuerdo de un azulejo colocado junto a un exiguo resto de la muralla a la que estuvo adosada y que se halla al final de la antigua calle de las Armas, la actual Alfonso XII; en esa esquina que, no se sabe muy por qué, es tan sórdida y apagada, tan lumpen y siniestra. Porque en ese halo de siniestra decadencia que envuelve este rincón de la ciudad, parece haber todavía algo de aquel ambiente enrarecido que envolvía, como los de todas las estaciones ferroviarias, los alrededores de la antigua estación de Córdoba. De ella, de la puerta, quedó, sin embargo, su nombre, que ahora lo lleva todo ese barrio cuyas fronteras tampoco están claras del todo. Desde el Museo hasta San Laureano (desde la Piedra Llorosa, hasta las lágrimas de la Virgen de las Aguas) y desde las pensiones de Gravina, hasta los silencios de las viejas calles del barrio de los Humeros: Goles, Alfaqueque, Redes, Bajeles, Barca... nombres marineros que parecen evocar los pecios que, olvidados, reposan en el fondo del océano de aquellas naves que, persiguiendo un destino fatal, partieron de este lugar para no volver jamás; nombres que sugieren historias tristes para una Sevilla triste, apagada, solitaria y, sobre todo, callada y silenciosa. Un hecho en el que tal vez haya una cierta lógica, pues solo el silencio podía adueñarse de este lugar después de que lo hiciera el último emperador de Castilla. El último dueño del mundo (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024). 
        Se encontraba al final de la antigua calle de las Armas, hoy de Alfonso XII, y de ella tomó su nombre el barrio que hay entre el Museo y el antiguo convento de San Laureano. Su primitiva denominación, Goles, es atribuida a una corrupción del nombre de Hércules, el mítico fundador de Sevilla. El nombre de Real le fue otorgado con ocasión de la llegada a Sevilla del Rey Felipe II en mayo de 1570, haciendo entrada en la ciudad a través de esta puerta. La misma fue reconstruida en 1565 por orden del Asistente Francisco Chacón. Su demolición tuvo lugar en 1862, destinán­dose sus restos al cementerio, donde permanecieron muchos años a la espera de ser reconstruida para servir de entrada al camposanto, proyecto que jamás se haría (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta Real, o de Goles, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 11 de diciembre de 2025

Los Baños de la Reina Mora

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte los Baños de la Reina Mora, de Sevilla.
     Los Baños de la Reina Mora se encuentran en la calle Baños, 23; en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Las excavaciones arqueológicas realizadas en Sevilla durante la última década nos permiten plantear, desde el punto de vista del historiador del arte, el desarrollo de la fase final del arte almohade en al-Andalus en la primera mitad del siglo XIII. Nuestra intención en las páginas que siguen es aunar ciertos datos proporcionados por la arqueología con otros restos que, si bien no son desconocidos para algunos investigadores, por otra parte, permanecen inéditos hasta la fecha, con objeto de presentar el último momento creador del arte andalusí, capaz de generar en Sevilla monumentos tales como la Torre del Oro.
     Hace unos años Pavón Maldonado afirmaba que el problema de los edificios mudéjares sevillanos del siglo XIV es que, a diferencia de los granadinos coetáneos, no cuentan con un firme respaldo del siglo XIII, dejándonos la duda de si lo que hemos llamado regresión para el siglo XIV está ocultando ejemplares edificios desaparecidos de la ciudad, árabes o mudéjares, de los reinados de Fernando III y Alfonso X.
     Ciertamente esos edificios existen aunque, en algunos casos, aparecen encubiertos por construcciones modernas que reutilizaron, ulteriormente, las estructuras medievales. No suelen ser conocidos por lo general y la mayoría de las veces resultan difíciles de visitar.
      En este sentido hay que recordar asimismo dos fundaciones monásticas parte de cuyos muros se sospecha que procedían de anteriores edificios almohades, como se ha podido constatar en el muro exterior del refectorio del convento de San Agustín de Sevilla  o en los muros exteriores de la sala capitular del monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce.
      No obstante, a pesar de lo mucho excavado en los últimos años, como afirma Magdalena Valor, uno de los problemas más graves que afectan a la arqueología urbana en Sevilla consiste no sólo en la falta de centralización de datos obtenidos sino también en la excesiva inexperiencia de algunos arqueólogos, lo que les hace difícil interpretar sus resultados.
     En primer lugar, comenzando por los denominados Baños de la Reina Mora, cuya ubicación al NO de la ciudad avala su cronología tardía, hemos de mencionar, previamente, su situación urbana ya que la trama ortogonal del barrio de San Vicente abona la hipótesis de un trazado posterior a la conquista de la ciudad en 1248, debido concretamente al repartimiento alfonsí, sin embargo, las distintas intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en la zona se inclinan por la formación de su trama regular en retícula durante el período almohade.
     Hay que destacar que esta zona se distinguía del núcleo urbano tradicional por un marcado carácter rural entre huertas y jardines en un ambiente con edificios que nos podrían recordar las ilustraciones del libro Bayad wa-Riyad, no obstante, no se ha podido determinar exactamente la cronología de su diseño ortogonal. El barrio de San Vicente contaba con la presencia del mayor edificio balneario de la Sevilla islámica, el hamman conocido desde antiguo como Baños de la Reina Mora, en calles aledañas a la parroquia de San Vicente, donde se situaba probablemente el masjid o mezquita de este barrio aun cuando no existan datos arqueológicos al respecto. 
     Los llamados Baños de la Reina Mora poseen una larga historia de ocupación, reutilización, abandono y lamentable olvido. Este gran edificio, que ocupaba toda una manzana, se encuentra en la calle Baños s/n, contiguo a la capilla de la Vera Cruz de la calle Jesús y colindante con las casas núms. 14-16 de la calle Miguel del Cid. Según Julio González, es posible que estos baños sean los mismos que los llamados de don Fadrique, donados por Alfonso X a la catedral en 1278, pues en 1398 seguían llamándose así y estaban en la collación de San Vicente, junto a unas tiendas y calle.
     La primera referencia histórica se halla en la relación que hace el cronista Morgado. Fueron monjas agustinas las que ocuparon el edificio transformándolo en el convento del Dulce Nombre de Jesús, destinado a recoger mujeres públicas desde 1550 hasta que fue suprimido por orden gubernamental en 1837. El edificio sirvió de casa de vecinos para devenir finalmente en Comandancia General de Ingenieros desde 1876 hasta 1976 en que fue derribado parcialmente, dejando el patio principal y dependencias anejas, que hasta la década de 1990 fue refugio de marginados.
     Con objeto de dar licencia a la construcción de un grupo de viviendas, la Comisión Provincial de Patrimonio Histórico-artístico encargó a Fernando Fernández Gómez y a Juan Campos Carrasco en 1984 unos trabajos de prospección en el solar por si se encontraban restos dignos de ser conservados.
     Entonces fue localizado en un aceptable estado de conservación un aljibe formado por una serie de depósitos abovedados en forma de U, entre cuyos brazos se abría un pozo que debió sostener la noria que lo surtía. Una escueta descripción del edificio y un plano del mismo daban a conocer la importancia del singular hamman.
     El núcleo central del edificio lo constituía el patio central, antiguo claustro del convento, rodeado de galerías cubiertas por bóvedas de cañón rebajadas con luceras estrelladas y ha sido siempre interpretada como la sala intermedia o al-bayt al-wastani, sala del agua templada. La primitiva bóveda –posiblemente esquifada de cuatro paños- se derribaría originando este espacio que se convirtió en exótico claustro monacal conformado por cuatro arcos de medio punto al N y tres del mismo tipo a E y O en los lados menores, sostenidos por columnas de mármol con capiteles de mocárabes.
     Exceptuando tres columnas las once restantes tienen una base consistente en un toro y una moldura cóncava en escocia. En total son catorce capiteles de mármol iguales en el patio central y otros dos semejantes de ábaco más desarrollado y entregados al muro en la entrada a una de las dependencias contiguas. Salvo tres, estos capiteles muestran collarino, astrágalo liso y ocho concavidades o alvéolos –los llamados mocárabes- que constituyen el cuerpo del capitel que queda rematado por un ábaco con salientes rectos en medio de sus cuatro lados y perfil en nacela que le da aspecto de cimacio corintio al cuerpo cuadrado superior, y que pueden datar del primer tercio del siglo XIII. Aunque no de las mismas características existe otro capitel parecido en el patio de una casa de la calle Rodríguez Marín, frontera a la parroquia de San Ildefonso, que se trata probablemente de uno de los baños donados en el Repartimiento de la ciudad a la reina doña Juana, en uso en el siglo XVI, y mencionados por Ortiz de Zúñiga.
     En el primer estudio completo del edificio que se realiza en 1995 ya se destaca la carencia de un volumen importante de información para interpretar y comprender correctamente el baño y el funcionamiento de cada uno de sus elementos.
     No obstante, señalaban en el sector septentrional lo que constituiría, probablemente, la sala del agua caliente o al-bayt al-sajun, en una de cuyas bóvedas se encuentra un paño de sebka de diseño similar a los de la Giralda y el Patio del Yeso del Alcázar, lo cual permite darle al edificio una data posterior a 1198, aun cuando no estamos de acuerdo en que esta habitación norte haya sido la sala fría o al-bayt al-barid, pues su situación facilitaría el abastecimiento de leña para el horno mientras que la entrada se haría por el sector oriental. Suponen estos autores que los arcos originales de la sala del agua templada convertida en patio fueran túmidos, siendo reformados al transformarse en claustro del convento, sin tener en cuenta que en muchos baños andalusíes los arcos que conforman el bayt al-wastani son también como estos, de medio punto.
     La propia disposición del hamman en ángulo vertebrado por la sala del agua templada como el baño de la judería de Baza nos confirma que la actual iglesia fuese el lugar donde se encontraba el bayt al-maslaj. Más aún si recordamos la descripción antes mencionada de Morgado, quien al hablarnos de aquel suntuoso y magnífico edificio de baños, refiere en su primera forma una alcoba que por su curiosidad y galana obra mosaica sirve de graciosa iglesia.
     A ello se añade el arco de yeserías que apareció durante la restauración del tejado de la iglesia. Estas yeserías no han sido nunca estudiadas ni publicadas. Se encuentran en la parte superior del muro de la cabecera plana de la iglesia a la altura de la escalera que accede al piso alto de las dependencias de la Hermandad de la Vera Cruz. Constituyen un arco angrelado que se adentra bajo la superficie del muro y que por su altura nos inclina a pensar en una composición parecida a la del acceso al salón norte de Santa Clara de Murcia. Es decir, la que Navarro Palazón denomina fachada unipartita, compuesta por dos cuerpos netamente diferenciados, el inferior, constituido por un arco con su correspondiente alfiz y el superior, formado por una galería enana enmarcada asimismo en su alfiz. Resto de esta supuesta galería sería el arco con yeserías conservado. Siendo así tiene mayor explicación la descripción de Morgado respecto a la antigua iglesia, que recordaría algo semejante al presbiterio de la primitiva iglesia del convento de San Francisco en la Alhambra de Granada. Sin embargo, la prolongada moldura lobulada del arco podría entenderse como perteneciente al arco principal mientras el resto de la mayor parte de yesería conservada que se adentra bajo la superficie del muro, significaría el paño correspondiente a la colateral albanega. De cualquier modo, la moldura lobulada que corre sobre el angrelado recuerda el que existió en el arco de la alcoba occidental del salón sur de Santa Clara de Murcia. No obstante lo fragmentario del arco y su ocultación bajo el muro, parece ser que estuvo policromado en rojo y verde, y el diseño y composición de sus palmetas almohades en curvas y contracurvas que se enroscan entre sí para unir sus puntas en una forma de conopio recuerda sobremanera las yeserías del paño central en el cuerpo superior de la portada de acceso al salón norte del mencionado convento murciano.
     Curiosamente, dentro del Alcázar del rey Don Pedro I, en la bóveda de espejos del pasillo que comunica el vestíbulo con el Patio de las Doncellas, podemos contemplar unas yeserías del estilo de las que hemos comentado con similar diseño y organización, arrancando de pequeñas veneras que superpuestas a una cadeneta de lazo almohade sobre friso de inscripción nesjí, delimitan el arranque de la bóveda. Este espacio rectangular formando un ángulo en L en conexión con dos espacios cuadrados cubiertos por bóvedas de mocárabes es considerado por Rafael Manzano como vestigio del antiguo edificio almohade.
     Este tipo de yeserías almohades tardías debió proliferar en la decoración de las casas sevillanas a partir del momento de expansión urbana de fines del siglo XII y sólo tiene un buen ejemplo aunque sea disminuido en los pequeños fragmentos procedentes de la mezquita aljama de Sevilla, hallados durante la excavación arqueológica del Pabellón de Oficinas de la catedral de Sevilla, en el lugar conocido como Patio de los Limoneros, formando parte de los rellenos de colmatación y subida de cotas entre la qibla y la muralla de la mezquita. A pesar de lo fragmentario de este hallazgo puede comprobarse el diseño de los lóbulos, las palmetas digitadas y emparejadas que fueron relacionadas con las yeserías antes mencionadas del salón norte de Santa Clara de Murcia.
     Por otra parte, las excavaciones realizadas en el monasterio de San Clemente de Sevilla proporcionaron también restos de unas yeserías constituidas por palmetas dobles en una disposición semejante a la que hemos descrito en los Baños de la Reina Mora y como vemos también en el convento de Santa Clara de Murcia, además de caracteres epigráficos en nesjí almohade. Aun cuando fue clasificada en época cristiana, en cualquier momento entre los siglos XIV y XV, parece evidente que estos restos pertenecían al palacio almohade allí ubicado antes de la fundación del monasterio.
     Abundando en estos restos islámicos del último arte almohade en Sevilla, hemos de recordar un arco angrelado que, perdida la decoración de sus albanegas, apareció en la galería sur del convento de Santa Clara de Sevilla, es decir, en el ámbito del palacio almohade donado en el Repartimiento al infante don Fadrique. Y por otra parte, un arco del mismo tipo, clasificado en el siglo XIII, con decoración de lazo en la albanega izquierda y una mano de Fátima en la contraria −que fue desmontado de una casa del centro de Sevilla a principios del siglo XX− sin que tengamos más información sobre ello, se conserva en el Museo Arqueológico de Sevilla (Rafael Cómez Ramos, en Huellas artísticas de la Sevilla Almohade).
     Se encuentran situados en pleno corazón del barrio de San Vicente, situados entre la calle Baños, Miguel Cid y Jesús de la Vera Cruz, colindante con la Capilla del Dulce Nombre de Jesús, perteneciente a la Hermandad de la Vera Cruz, que es copropietaria de los Baños.
     El desarrollo histórico del inmueble ha supuesto que, por los diversos usos a los que ha sido destinado, haya sufrido numerosas modificaciones de adaptación en su estructura primitiva. Actualmente, los baños se encuentran incluidos dentro de un inmueble dedicado a viviendas. El cuerpo principal está formado por cuatro grandes salas abovedadas, dispuestas en torno a un patio central rodeado por columnas. Las salas están cubiertas por bóvedas de cañón rebajados con sus correspondientes lucernas estrelladas para salida de vapor. Las columnas que rodean el patio son almohades del siglo XII, de mármol con capiteles de mocárabes muy esquemáticos. El patio central estaría cubierto con una gran bóveda esquifada, que posiblemente cuando el edificio se convirtió en convento, la bóveda, tal vez ruinosa, se demolió quedando convertido en el claustro del convento. Esta estancia sería el «al-bayt al wastani», sala central de ambiente templado que se correspondería con el «tepidarium» romano. El  "tepidarium" o baño de agua caliente, es la pieza fundamental que sería el espacio del actual patio, rodeado por sus respectivas galerías con lucernas para la salida del vapor e iluminación; varias habitaciones abovedadas dispuestas alrededor donde se ubicarían los baños de agua fría; otras dependencias cubiertas por distintos servicios, muchas de las cuales se han perdido, y un corral o espacio abierto en el que se localizarían el pozo o aljibe y la noria, a través de la cual y por medio de las convenientes canalizaciones se conduciría el agua hasta los baños propiamente dichos. Este aljibe y noria deben ser los localizados en las últimas excavaciones. 
     También en este corral estarían instalados almacenes con la leña necesaria para calentar el agua.
     Paralela a la sala Norte, se levanta otra de dimensiones mayores que la de la estancia anterior, pero de las mismas características. 
     Por el lado occidental de la última estancia, se accede a una mucho más pequeña pero también cubierta por bóveda de medio cañón rebajada con lucernas, que se abre a un patio a través de un arco rebajado. En su parte posterior conserva restos de pintura, que por el tipo de mortero utilizado como soporte de los pigmentos y la naturaleza de éstos parecen corresponder a una decoración realizada en las postrimerías de la Edad Media.  
     Enfrente de esta sala existe otra estructura similar, también abierta en arco rebajado de ladrillo sobre columnas. En la bóveda de medio cañón se observan apliques de yeserías renacentistas, compuestas por casetoncillos con rosetas, que arrancan de una cornisa corrida con friso cuya temática gira en tomo a la exaltación de la Eucaristía.  En el intradós de la bóveda se observan «paños de sebka» de raigambre almohade, labrados en ladrillo que fueron posteriormente ocultados. 
     Las excavaciones realizadas en el solar pusieron de manifiesto, además de las estructuras del baño, otras estructuras relacionadas con el mismo, el aljibe y la noria, que servirían para abastecerlos de agua. El aljibe está compuesto por una serie de depósitos con cubierta abovedada, dispuestas en batería, en forma de U, comunicados entre sí y los baños. Entre los brazos de la U, se localizó un pozo, cuya embocadura rectangular sostendría una noria.  Esta zona se ubica en la parte Sur del solar y actualmente está cubierta por la solería del patio.  La fábrica del edificio es de argamazón, tapial muy fuerte compuesto por cal, arena y guijarros de naturaleza similar a la que se ha utilizado en la construcción de la muralla almohade. 
     Los resultados de las excavaciones demuestran que esta zona fue ocupada en época taifa, manteniendo su uso agrícola; incorporándose al trazado urbanístico en época almohade con la construcción de los baños.
     Se tiende a identificar estos baños con los conocidos por la documentación con el nombre de Hamman-al Sattara
     Algunos autores apoyan la teoría, correspondida por los caracteres estilísticos almohades, de que en tiempos de Almutamid pertenecían al patrimonio de la reina madre, de lo cual se derivaría el nombre popular de "Baños de la Reina Mora" con el cual tradicionalmente se viene conociendo. 
     Existe disparidad de opiniones sobre el destino de los baños tras la reconquista de la ciudad por San Fernando. Sea como fuere, lo que parece claro es que pronto pasarían a poder de la Iglesia de Sevilla y esta a su vez la vendería a distintos particulares, que instalarían aquí probablemente una casa nobiliar.
     Al parecer a finales del siglo XV el inmueble pasa a  ser "Convento de Dueñas" de la orden carmelita. Pero de nuevo a comienzos del siglo XVI hay noticias de que se hallaba en poder de particulares. A mediados de esta centuria el edificio era propiedad de  Don Pedro de Córdoba, Antonio Jerónimo de Montalván y Ana Henríquez,. Estos, donaron el inmueble a un "recogimiento de mujeres arrepentidas" conocido como el "Dulce Nombre de Jesús", que a partir de esa fecha se instalaron en la antigua construcción. Aquí, permanecieron hasta 1837, cuando por orden del Gobierno se suprimió el establecimiento y sus religiosas se agregaron a las del Convento de San Leandro. Entonces el inmueble se destinó a casa de vecinos, excepto su pequeña iglesia que continuó abierta al culto hasta la Revolución de 1868. No obstante se debió reabrir pronto, pues en 1870 se sabe que se  trasladó allí la cofradía del  Cristo del Amor. 
     En la actualidad esta iglesia, es sede de la Cofradía sevillana del Cristo de la Vera Cruz. Después de los hechos relatados, el edificio del convento transformado en casa de vecinos se habilitó como cuartel hasta 1974, cuando en el mes de Diciembre se anuncia la subasta del edificio, comprándose por parte de una inmobiliaria que inmediatamente solicita licencia de derribo al Ayuntamiento de Sevilla. Iniciadas las obras, el Arquitecto Rafael Manzano redacta un informe señalando que en el solar existen los restos de unos antiguos baños árabes. Entonces por requerimiento de la Comisión de Patrimonio se ejecuta el derribo conservándose dichos baños y proyectándose la edificación de un edificio que integrase dentro de sí los antiguos restos. Pero de acuerdo con las instrucciones dadas por la Comisión, previamente a las obras de construcción se llevan a cabo en 1983 excavaciones dirigidas a delimitar perfectamente el ámbito del antiguo monumento. Tras la excavación y después de variadas vicisitudes, las obras de nueva planta se inician. Los restos de los baños aparecen integrados dentro de las estructuras del nuevo inmueble. Tanto por las tónicas estilísticas de los capiteles como por algunas referencias documentales islámicas parece que la etapa a que corresponden estos baños es a la almohade en Sevilla, que abarca como es sabido la transición entre los siglos XII y XIII. No obstante, el reaprovechamiento de algunos fustes de impronta califal y la tradición que acostumbraba a aprovechar establecimientos de este tipo para labrar nuevos baños, ha dado pie a pensar que estos no sean sino una pervivencia remozada de uno más antiguo que marcase el emplazamiento de una de las mozarabías de Sevilla. 
     El carácter anárquico en la organización de lo conservado en los Baños vendría a abonar esta idea de reaprovechamiento. 
     Sin embargo en las excavaciones realizadas no se han hallado datos certeros en este sentido. Es difícil determinar la configuración original de estos baños dadas las distintas ocupaciones de que han sido objeto y sin duda del carácter fragmentario de lo conservado, no obstante asombra la magnitud de sus estructuras. Por lo demás, mantiene las constantes de otros establecimientos de este tipo en el mundo árabe, probablemente partiendo de una planta centrada (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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