Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

Mostrando entradas con la etiqueta San Gil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Gil. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2026

La Hermandad del Rocío de la Macarena

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad del Rocío de la Macarena, de Sevilla.  
     Hoy, 25 de mayo (cincuenta días después del domingo de Resurrección), es la Solemnidad de Pentecostés, día en el que se concluyen los sagrados cincuenta días de la Pascua y se conmemoran, junto con la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos en Jerusalén, los orígenes de la Iglesia y el inicio de la misión apostólica a todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      También se celebra hoy la Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, a quien Cristo encomendó sus discípulos para que, perseverando en la oración al Espíritu Santo, cooperaran en el anuncio del Evangelio [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Hermandad del Rocío de la Macarena, de Sevilla, que celebra hoy su Solemnidad, en la Aldea del Rocío, en Almonte (Huelva).
     La Hermandad del Rocío de la Macarena, tiene su sede canónica en la Iglesia de San Gil, abad [nº 49 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 71 en el plano oficial de la Junta de Andalucía]; se encuentra en la plaza San Gil, s/n (aunque la entrada habitual se efectúa por la portada lateral, situada en la misma plaza San Gil, 10); y la Casa de Hermandad, se encuentran en la calle Parras, 32; ambas en el Barrio de San Gil, del Distrito Casco Antiguo.
    La Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sevilla - Macarena; es ésta una corporación fundada en 1986, filial nº 83 de la Hermandad Matriz de Almonte y con sede canónica en la iglesia parroquial de San Gil Abad, siendo su Simpecado obra del taller de Carrasquilla en 1990, y la Carreta obra de Orfebrería Triana a partir de 1991.
     El escudo de la corporación lo forman dos cartelas ovaladas, la de la derecha con el anagrama de María, y la de la izquierda con escudo de San Gil Abad. Encima de ellos, y bajo la Corona Real que lo remata, un haz de rayos Y el Espíritu Santo en forma de Paloma Blanca. En la parte inferior el distintivo de la Casa Real representado por tres flores de lis. Todo ello rodeado de una artística orla.
     En el barrio de La Macarena devoción a la Virgen del Rocío motivó que en 1961, en una casa de la calle Parras se organizase un viaje económico al Rocío, en un camión, para ver a la reina de las Marismas en su romería, con la fatalidad de que tuvo un accidente en la Cuesta de las Doblas el 21 de mayo de ese año, originando el fallecimiento de 22 rocieros y el “aletargamiento” de la posible creación de una hermandad rociera en el barrio.
     En 1986 se estaba ejecutando el simpecado del Rocío de Santiponce en el taller de Carrasquilla y en visitas al verlo nacer, se despertó en unos rocieros la inquietud de crear una Hermandad del Rocío en el barrio de la Macarena. Empezaron con reuniones en el bar Azahar de San Julián para constituir una asociación rociera con fecha 23 de junio de 1986 (25 años más tarde de aquel fatal accidente) y alquilando un local como sede en el nº 31 de la calle Parras, precisamente la casa desde donde partió aquel camión. Igualmente, fueron acogidos en San Gil, cuyo párroco y primer hermano de honor, Manuel Domínguez Bermejo, abrió las puertas de la sede canónica. En 1987 hace su primera romería como asociación, acompañando a la Hermandad de Dos Hermanas.
     Con el tiempo, mucho trabajo y amor, los once fundadores, incluido José Guillermo Carrasquilla Perea, primer presidente de la Asociación Rociera Macarena, consiguieron llegar a las metas de erección canónica como hermandad (8 de diciembre de 1989), previamente habían sido aprobadas las reglas el 23 de febrero de 1989. El 17 de febrero de 1990 fue bendecido el simpecado y el 31 de enero de 1991 admitida como hermandad filial.
     Es, por tanto, en 1991 cuando la hermandad hace su primer camino. En esa primera salida la Hermandad del Rocío de Triana es la que amadrina. Al regreso de esa romería, el simpecado macareno pasó por delante de su casa hermandad, treinta años después de aquel accidente, y en el techo de su carreta brillaban 22 estrellas de plata en recuerdo de los que consideramos verdaderos fundadores de esta hermandad. El 14 de diciembre se inaugura la nueva casa-hermandad, que es bendecida por fray Carlos Amigo Vallejo (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Solemnidad de Pentecostés:
La Pentecostés 

      Puede parecer ilógico a primera vista incluir la Venida del Espíritu Santo en el cielo de la Glorificación de Cristo, puesto que Cristo está ausente en esta escena, y los Apóstoles se reúnen alrededor de la Virgen.
      Pero es Cristo resucitado quien envía el Espíritu Santo a los apóstoles, y la Virgen, a pesar del lugar que se le atribuye en el centro del grupo, sólo tiene un papel secundario en esta escena de glosolalia, donde ella es la única que se mantiene en silencio. El protagonista invisible es Cristo, quien infunde el Espíritu Santo en los apóstoles, para permitirles hablar todas las lenguas necesarias para la predicación del Evangelio entre los gentiles, aunque no las hayan estudiado nunca.
   Por otra parte, basta leer el Evangelio de san Juan para comprender cuál era el pensamiento de los apóstoles. Jesús les promete que una vez desaparecido de esta tierra, no los dejará huérfanos, sino que les enviará de parte del Padre otro consolador, el Paracleto o el Espíritu de verdad, que estará con ellos eternamente (Juan, 14: 16 y 15: 26). Y en otra conversación que se sitúa después de la Resurrección (20: 21 - 22), vuelve aún más explícitamente acerca de esta  misión: «Como me envió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.» La misma idea está expresada en el Evangelio de Mateo, a propósito de la predicación de San Juan Bautista  (3: 11): «Yo, cierto, os bautizo en agua con vistas a la penitencia; pero en pos de mí viene otro más fuerte que yo ( ...) él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.»
   De manera que es Cristo quien en verdad otorga el Espíritu Santo, y el principal personaje de la Pentecostés; pero no aparece en la escena. Salvo raras excepciones está, como los muertos, presente e invisible.
La Misión encomendada a los apóstoles
   Es por un error de interpretación, en efecto, que Émile Mâle creyó reconocer la Pentecostés en el célebre tímpano del nártex de Vézelay, donde un Cristo gigantesco extiende los brazos y muestra las palmas agujereadas de las que irradia luz que ilumina a los apóstoles.
   No es el único ejemplo del tema en el arte francés del siglo XII. Aparece por primera vez en Borgoña, hacia el 1100, en una miniatura del Leccionario de Cluny (B.N., París) que ha podido inspirar al escultor de Vézelay. Pero no es particular de esa región, puesto que en la misma época se lo encuentra en una miniatura del Sacramentario de Limoges (B.N., París) y en un fresco de la iglesia de Saint Gilles de Montoire (Loir et Cher), donde pueden verse claramente los rayos rojos que brotan de las llagas sangrantes de Cristo, que se fijan sobre las cabezas de los apóstoles.
   El tema representado no es en absoluto la escena que tiene lugar en el cenáculo cincuenta días después de la Pascua, y que es la única que merece, estrictamente, el nombre de Pentecostés; se trata de la Aparición de Cristo resucitado a los apóstoles, quienes reciben de su Señor la misión de evangelizar el mundo.
   La fuente no es el relato de los Hechos de los Apóstoles, sino un pasaje del Evangelio según San Mateo (28: 19), reproducido en el suplemento del Evangelio de Marcos (16: 15), donde Cristo dice a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Ite et docete omnes gentes).»
   Las naciones cuya evangelización constituye la misión de los apóstoles, están evocadas de manera pintoresca en el dintel y en los marcos del tímpano de Vézelay, y en las obras similares del siglo XII que son seudos Pentecostés.
   También debe procurarse no confundir con la Pentecostés el Descenso del Espíritu Santo sobre los fieles, tema muy infrecuente, cuyo ejemplo más conocido es una página del Libro de Horas de Étienne Chevalier, de Jean Fouquet.
La Pentecostés propiamente dicha
1. Fuentes e Interpretación

   A diferencia de los temas precedentes, el relato del milagro no está en los Evangelios sino en los Hechos de los Apóstoles (2: 1 - 41).
   «Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos juntos en el lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse.»
   Estupefactos al oír a esos galileos hablar tantos idiomas que les resultaban incomprensibles, los judíos supusieron en principio que se habían embriagado, y que esa súbita glosolalia era el efecto de la borrachera. Pero Pedro replicó que a las nueve de la mañana era demasiado temprano para estar ebrios, y explicó que ese milagro realizaba la profecía de Joel (2: 28): «( ....) derramaré mi espíritu sobre toda carne ( ...)»
   Así, en el origen de la Pentecostés encontramos la consumación de una profecía del Antiguo Testamento. Pero la manifestación del Espíritu en forma de soplo, e incluso de tormenta acompañada de relámpagos, es en verdad una creencia común a todas las sectas espiritistas de la antigüedad y de los tiempos modernos. La llama del relámpago en la lengua hebrea se compara con una lengua de fuego, de allí procede la idea de que el Espíritu Santo se había manifestado por el don de lenguas, y que así había dotado a los apóstoles con las habilidades políglotas indispensables para la evangelización de los gentiles.
   La Pentecostés aparece como la continuación necesaria de la Misión de los apóstoles y el preludio de su acción, que sin ese milagro les habría resultado imposible. Por ello, esta escena inicia lógicamente el relato de los Hechos de los Apóstoles. Por una curiosa inversión de ideas, la Confusión de las lenguas, que en el Génesis se presenta como un castigo del orgullo humano, aquí se convierte en una gracia concedida por el Espíritu Santo.
   En la interpretación prefigurativa de la Biblia, la Venida del Espíritu Santo, que confiere el don de lenguas a los apóstoles, se compara con la Confusión de las lenguas que detiene la construcción de la Torre de Babel.
   El don de lenguas acordado a los apóstoles debe reunir a aquellos a quienes la «torre de la confusión» volviera extranjeros. Por sus esfuerzos se elevará un edificio que sin presunción ni locura podrá pretender subir hasta el cielo, y en lugar de desafiar al Señor, aportará la reconciliación del mundo con su Creador. La nueva torre espiritual de la Gracia ya no será construida, como la de Babel, símbolo de la desmesura y el orgullo humanos, con piedras o ladrillos, sino con las virtudes de Cristo Redentor (non lapidibus, sed de virtutibus Christi).
2. Culto
   La Pentecostés estaba considerada la fiesta colectiva de los apóstoles. Y se celebraba muy especialmente en Saint Sernin de Toulouse, que se jactaba de poseer reliquias del colegio apostólico.
   Además, señalaba la fecha de nacimiento de la Iglesia cristiana (Natale della Chiesa).
   En la Edad Media, en Notre Dame de París y en Saint Jacques la Boucherie, se reconstruía el milagro haciendo descender desde lo alto de la bóveda una paloma y trozos de estopa encendida.
3. Iconografía
   Se distinguen tres tipos principales, con y sin la Virgen.
l. La Pentecostés con la Virgen
   Bizantinos y occidentales coinciden en atribuir a la Virgen el lugar central, aunque no el papel principal.
    El hecho no deja de ser sorprendente, puesto que María, al haber recibido en su persona el Espíritu Santo, el día de la Anunciación, no necesitaba recibirlo una segunda vez, tanto más por cuanto no participaba del apostolado. Además, su presencia no se menciona explícitamente en los Hechos de los Apóstoles.
   La única justificación de esta tradición iconográfica es un pasaje del capítulo que precede al relato de la Pentecostés (Hechos, 1: 13), donde se dice que los apóstoles reunidos en Jerusalén, en el piso alto, es decir, en la habitación principal de la casa, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús...». De ello no debe deducirse en modo alguno que la Virgen estuviese con ellos el día de la Pentecostés. Su presencia es una simple suposición que los teólogos admitieron, y que luego se impuso a los artistas, tanto más fácilmente por cuanto éstos tenían la costumbre de representarla en medio de los apóstoles en la escena de la Ascensión.
   Madre adoptiva de San Juan y Reina del cielo, fue considerada muy pronto la reina y la madre espiritual de los doce apóstoles (regina et mater Apostolorum). También puede admitirse que la Virgen sea aquí, como en la escena de la Ascensión, sólo el símbolo de la Iglesia.
   Los apóstoles forman un círculo alrededor de la Virgen que preside la asamblea sin participar en el milagro. Encima de las cabezas planea la paloma del Espíritu Santo, que deja caer sobre ellos una lluvia de pavesas o de lenguas de fuego.
   De inmediato los doce comienzan a hablar todos a la vez, y gesticulan, convirtiendo el cenáculo en una pequeña torre de Babel. Tienen el gesto de alocución, para indicar que están en condiciones de conversar en diversos idiomas.
2. La Pentecostés con los apóstoles solos
   Existen representaciones de la Pentecostés donde los doce apóstoles reunidos en la habitación alta y sobrevolados por la paloma del Espíritu Santo están representados sin la Virgen, cuya presencia no está clara mente señalada en los Hechos de los Apóstoles.
   Además del grupo de los apóstoles deben tenerse en cuenta dos elementos iconográficos importantes: la irradiación del Espíritu Santo y la representación del Mundo, que los apóstoles, convertidos súbitamente en políglotas,  podrán evangelizar.
     1. La irradiación o el don de lenguas
   En las representaciones de la Pentecostés se han empleado, como es natural, los motivos solares o planetarios que ya hemos visto en la iconografía de los Siete Dones del Espíritu Santo.
   El Libro de los Perícopes de la Biblioteca de Munich (siglo XI), simboliza la efusión del Espíritu Santo mediante una rueda inflamada en torno a la cual se agrupan los apóstoles. En la Biblia de Floreffe (siglo XII), los apóstoles están sentados en las molduras inferiores de un enorme disco, y reciben los rayos emitidos por las siete palomas del Espíritu Santo.
   A veces la paloma emisora está reemplazada por la Mano de Dios cuyos dedos separados irradian.
   La inspiración divina generalmente está simbolizada por una lluvia de lenguas de fuego. Muchas veces, esas lenguas inflamadas toman la forma de cintas o cuerdas que descienden sobre la cabeza de cada uno de los apóstoles (Capitel de la Daurade, en Toulouse).
   En ciertas miniaturas bizantinas (Homilías de San Gregorio Nacianceno, B.N., París) se advertirá que el Espíritu Santo no desciende directamente sobre los apóstoles, sino sobre el Trono Venerable (Vacua Sedes, Trono vacío del Juicio Final), donde reposa el libro del Evangelio, y es allí donde rebrotan o rebotan los rayos.
     2. El Cosmos
   Lo que caracteriza a las representaciones bizantinas de la Pentecostés es que los diferentes pueblos que serán evangelizados en sus respectivas lenguas, están personificados colectivamente por la figura del Cosmos, es decir, del mundo con el aspecto de un rey coronado de pie ante la puerta del cenáculo, que tiene en las manos un lienzo con los doce rollos, que corresponden a las predicaciones de los doce misioneros. Esta alegoría del Cosmos, que traduce el pasaje de las Escrituras acerca del Espíritu de Dios llenando el mundo (Spiritus Domini replevit Orbem terrarum), ha permanecido extraña a la iconografía occidental.
   Por error se había creído que ese misterioso personaje representaba al rey David, e incluso al profeta Joel, que hace decir a Yavé (2: 28): «Después de esto derramaré mi espíritu sobre toda carne».
     Catálogo
   Las representaciones de la Pentecostés son numerosas, tanto en el arte paleocristiano (miniaturas y mosaicos) como en el románico y el gótico; pero se multiplicaron sobre todo a finales de la Edad Media, a consecuencia de la fundación de las cofradías del Espíritu Santo, y luego, en el siglo XVI, a causa de la institución de la orden del Espíritu Santo por Enrique III (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad del Rocío de la Macarena, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre las Hermandades y Cofradías de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial de la Hermandad del Rocío de Sevilla Sur: www.hermandaddelrociodelamacarena.org

La Hermandad del Rocío de la Macarena, al detalle:
- Sede canónica: - Iglesia de San Gil
- Día de Salida Procesional: - Miércoles anterior al Domingo de Pentecostés
- Imágenes Titulares:    - Simpecado

jueves, 16 de abril de 2026

Un paseo por la calle Antonio Susillo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Antonio Susillo, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 16 de abril, es el aniversario del nacimiento (16 de abril de 1855) de Antonio Susillo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Antonio Susillo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Antonio Susillo es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Gil, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Torres, a la calle Peral.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
    Está integrada por dos calles que tuvieron nombres propios. El tramo entre Peral y Feria se conoce desde comienzos del s. XVI como Quesos, y el comprendido entre Feria y Torres como Gallinas desde mediados del s. XV hasta 1845, en que quedó unida a Quesos. En 1889, a petición de la Sociedad Económica de Amigos del País, se la rotula con el nombre actual, en memoria de este escultor sevillano (1867-1896). En el Libro Protocolo del convento de San Clemente se identifica la calle Gallinas con otros nom­bres; los de Pila del Relator, Anadones y Dormitorio de San Basilio, son topónimos que parecen corresponder a otros espacios.
     Recta y de mediana anchura, está cruza­da por Feria y Faustino Álvarez y desembocan en ella, en el primer tramo, Teide y Es­cuderos, por la derecha e izquierda respectivamente. Desde finales del s. XVI hay peticiones al Ayuntamiento para que sea empedrada, sistema que se mantuvo hasta que se adoquinó a comienzos del presente siglo, hoy está asfaltada sobre aquel adoquinado. Las aceras son de cemento y están muy degradadas en algunos tramos. En 1921 se sustituyó la iluminación de gas por la eléctrica, que hoy cuenta con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. El caserío está integrado por casas, cuyas alturas oscilan entre una y cuatro plantas. Las de una y dos plantas corresponden al s. XIX; las de tres se levantan en el primer tercio del s. XX fundamentalmente; y las de cuatro son de las últimas décadas. Cabe destacar la núm. 17, esquina a Feria, de estilo racionalista, de Rafael Arévalo (1931). Algunas del comienzo y del final de la calle se encuentran abandonadas. Presenta alguna actividad de talleres y pequeños comercios, sobre todo en las proximidades del cruce con Feria, que va desapareciendo hacia sus extremos, especialmente en su arranque, por comunicar con calles y zonas poco valora­das, debido a su escaso tránsito. Parece que en 1888 existía en ella un teatro, denominado Casimiro, pues solicita licencia para el baile de carnaval. Un azulejo en el núm. 11 recuerda que allí vivió y tuvo su estudio el imaginero Antonio Illanes (1903-1976) [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Antonio Susillo Fernández, personaje que da nombre a la vía reseñada
;
     Antonio Susillo Fernández (Sevilla, 16 de abril de 1855 - 22 de diciembre de 1896) fue uno de los escultores españoles más famosos de la segunda mitad del siglo XIX.
     La precocidad y el talento de Antonio Susillo hicieron que la crítica artística de la época se ocupara muy pronto de él, trazando las líneas fundamentales de su biografía, a la par que analizaba su estilo y más señeras obras. El aparente rigor de estas fuentes determinó que en posteriores aproximaciones a su figura se repitiesen los datos y rasgos ya formulados, pero sin que ello hubiera estado precedido de la necesaria e inexcusable confrontación documental. 
     La condena a la que se han visto sometidos los artistas decimonónicos, especialmente los de sus últimas décadas, los pertenecientes a la etapa del Realismo, ha motivado que este escultor, el más importante de la plástica sevillana de su época y figura destacada en el panorama nacional, no haya tenido una monografía histórico-artística rigurosa y científica. Tan sólo se le han dedicado breves comentarios en estudios generales del periodo y algún que otro artículo que repetía lo sabido o analizaba alguna de sus obras. 
     Esta situación planteaba un reto a la historiografía artística hispana, pero especialmente a la hispalense, puesto que Antonio Susillo nació y vivió en esta ciudad. Un primer y reciente intento ha sido los trabajos desarrollados por los miembros de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, con motivo del centenario de la muerte del escultor. En la senda iniciada por ellos van estas líneas, con las que pretendemos dar algunas respuestas a tres cuestiones que consideramos fundamentales en el apartado biográfico del escultor: su nacimiento, sus matrimonios, así como su muerte y enterramiento.
     El primero de los temas a enfrentar es el del nacimiento de Antonio Susillo. Con respecto a él no hay unanimidad de criterios en cuanto a la fecha, el lugar y la condición socioeconómica de su padre. Luis Montoto y Pereyra señala, en 1885, que nació el 18 de abril de 1856, siendo su padre un modesto comerciante de aceitunas aderezadas. A este respecto, Ossorio y Bernard, indicaba que su profesión era la de almacenista de aceitunas, actividad que Comas y Blanco, en 1890, adjetiva como "rico comerciante dedicado al negocio en gran escala de la aceituna. Cascales Muñoz, el más importante de sus biógrafos, altera en un año la fecha de su nacimiento, posponiéndola al 18 de abril de 1857, sin embargo, mantiene el negocio de aceitunas como dedicación paterna, aunque en 1896 su condición era la de rico comerciante y en 1929 tan sólo la de modesto. Los datos reseñados por Cascales Muñoz han venido siendo mantenidos por la mayoría de cuantos historiadores, críticos y artistas se han acercado a su figura. Quizá las novedades más importantes fuesen las aportadas por Antonio Manes, que en 1975 señaló como lugar del nacimiento del escultor la casa número 55 de la sevillana Alameda Vieja; Fausto Blázquez, que en 1989 altera la fecha de su llegada al mundo, apuntando la del 18 de junio de 1857; y Juan Miguel González Gómez, que en 1997 da los nombres y naturaleza de sus padres: Manuel Susillo, de Sevilla, y Josefa Fernández, de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).
     Las evidentes contradicciones exigían una constatación documental del lugar y fecha de nacimiento de Antonio Susillo. De entrada, esta tarea planteaba la dificultad, o mejor dicho, casi imposibilidad, derivada del incendio, y consiguiente destrucción de sus fondos documentales, durante los prolegómenos de la Guerra Civil Española, de la iglesia de Onnium Sanctorum, la parroquia en cuya demarcación las referencias bibliográficas situaban su nacimiento, y por tanto, en la que podría haberse hallado su acta de bautismo y, en consecuencia, la fecha exacta en la que aquél se produjo. Afortunadamente, para esos años ya estaban en funcionamiento los registros civiles municipales, puesto que los judiciales no se inician hasta 1880. No obstante, un primer acercamiento a ellos nos puso en evidencia que en las fechas indicadas para el natalicio del escultor éste no se había producido. Se hizo necesaria, entonces, la consulta sistemática de los libros de nacimientos anteriores y posteriores, hasta que finalmente la hallamos.
     Antonio Susillo Fernández nació en Sevilla el 16 de abril de 1855, a las once de la noche, en el número 11 de la calle Renovada, siendo sus padres Manuel Sucillo (sic), de profesión tonelero, y Josefa Fernández, ambos naturales de Sevilla. Sus abuelos paternos fueron José Sucillo (sic) y María Dolores Pérez, ambos naturales de Sevilla, y sus abuelos maternos José Fernández y Antonia Pabón, también sevillanos. Y fue bautizado en la parroquia del Sagrario.
     La indemne conservación de los archivos de esta parroquia permitió la documentación de su bautismo, cuestión que antes parecía imposible. Tuvo lugar el 20 de abril de 1855. Recibió los nombres de Antonio María de los Dolores, Toribio y Margarita de la Santísima Trinidad. Fueron sus padrinos Antonio y Margarita Silva, naturales de Villanueva del Ariscal, provincia de Sevilla, solteros y de profesión labrador, el primero. Actuaron de testigos José Borge y Juan Vázquez, sevillanos y empleados de la iglesia del Sagrario.
     Por lo que se refiere a los datos del 'nacimiento, el acta de bautismo confirmaba los ya reseñados en el registro civil, es decir, que vino al mundo a las once de la noche del día 16 de abril de 1855, siendo hijo legítimo de Manuel Sucillo (sic), tonelero de profesión y de Josefa Fernández, naturales de Sevilla; y que sus abuelos fueron, por parte de padre, José Sucillo (sic) y María Dolores Pérez, y por parte de madre, José Fernández y Antonia Pavón (sic), todos ellos de Sevilla. La única novedad fue el cambio ortográfico en el apellido de la abuela materna, que de Pabón pasó a Pavón.
     Este conjunto de datos, tanto los del registro civil como los del libro de bautismos, además de documentamos con exactitud el nacimiento de Antonio Susillo y su condición de hijo legítimo, nos aclaran algo acerca de las circunstancias sociolaborales de su padre.
     Manuel Susillo, de profesión tonelero, vivía consecuentemente en el barrio de los toneleros. La casa donde nació su hijo estaba ubicada en la calle Renovada, nombre que le fue cambiado en 1859 por el de Toneleros, precisamente como consecuencia del oficio de sus vecinos. Al respecto convendría señalar que la presencia de estos artesanos en esa zona de la Carretería se remontaba al S. XV, cuando ya existía una plazuela llamada de Toneleros.
     Por tanto, la primitiva profesión de Manuel Susillo no fue la de mayorista de aceitunas aderezadas, sino la de tonelero. Sin embargo, ambas actividades estaban muy relacionadas, pues la preparación, transporte, almacenaje y comercialización de las aceitunas aliñadas se hacía en bocoyes. Esta vinculación se vio acentuada en su caso por la circunstancia de que su padre, José Susillo, era propietario de un almacén de aceitunas de mesa en la calle Varflora, n.° 32. De manera que resulta bastante verosímil, teniendo en cuenta el contexto socioeconómico de la época, su colaboración en el negocio familiar, atendiendo, quizá, entre otros menesteres, al mantenimiento de los barriles. A confirmarlo parece contribuir la circunstancia de vivir en las inmediaciones del comercio paterno, puesto que las calles Varflora y Renovada eran perpendiculares.
     Sin embargo, no habrían de pasar muchos antes de que dejara de trabajar en el almacén familiar de Varflora n.° 32, abandonase su domicilio en la calle Renovada n.° 11, y se instalara en el barrio de la Alameda, concretamente en el n.° 20 de la calle Relator, donde nacería su hijo Ignacio a las tres de la tarde del 31 de mayo de 1858. Por su experiencia en el comercio mayorista de aceitunas aderezadas, debió ver unas buenas expectativas comerciales avecindándose en las proximidades del mercado de la calle Feria y convirtiéndose en abastecedor de los puestos que allí las vendían.
     Por estas fechas, también advertimos una cierta variación en la grafía de su apellido, que puede ser testimonio de otros cambios en su contexto vital. Mientras fue un simple tonelero, empleado en un almacén de aceitunas ajeno y con una vida más o menos privada, no parecieron importarle las negativas connotaciones que podían aportarle su apellido: Sucillo, a fin de cuentas un diminutivo de sucio. Ahora, como comerciante de actividad eminentemente pública, le pareció que la "C" sobraba de él, y la sustituyó por una "S". Ello se comprueba al comparar la inscripción en el registro civil, así como el acta de bautismo de su hijo Antonio, de 1855, con la inscripción en el registro civil de su hijo Ignacio, de 1858. En el primer caso podemos leer siempre Sucillo, mientras que en el segundo, y desde él en adelante, y para todos los miembros de la familia con este apellido, aparecerá ya Susillo.
     Volviendo al negocio de Manuel Susillo Pérez, no pueden suponerse unas grandes ganancias en este comercio mayorista, pues de otro modo, con los arios, hubiera trasladado su residencia a una zona más noble de la ciudad o al menos no hubiera vivido en la misma casa donde tenía el almacén. Sin embargo, su condición no debió ser humilde, ni siquiera, como adjetiva Cascales Muñoz, la de un "modesto almacenista de aceitunas aderezadas", sino más bien la de un próspero comerciante, sobre todo en los últimos arios de su vida. Ello parecen corroborarlo algunas circunstancias que intentaremos exponer.
     En primer lugar, la esmerada educación que dio a sus hijos, en una época donde poseer estudios era privilegio de muy pocos. Para ello, los envió a algunos de los mejores colegios del momento. El joven Antonio fue matriculado en el colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María, y aunque por cuestiones de salud permaneció poco tiempo en él, es de suponer que tras regresar a Sevilla continuaría sus estudios en otro de parecidas características.
     En segundo lugar, su presencia en la "Guía de Sevilla" de Vicente Gómez Zarzuela, especie de anuario local en el que se pormenorizaban aspectos de la vida económica, social y cultural de la ciudad, permite hacernos una idea, no sólo de su posición social y económica, sino también de la evolución que ésta tuvo a lo largo de los arios.
     Entre las diferentes secciones de esta guía, se contaba una llamada "Indicador general del comercio, la industria, profesiones y establecimientos". Analizando las referencias que en ella se hacen a Manuel Susillo Pérez podemos conocer, aunque de manera superficial, la marcha de su negocio.
     Dentro de este "Indicador General" no aparecen referencias a los almacenes de aceitunas de aderezar hasta 1867. No obstante, mientras que desde ese ario se cita a su padre, José Susillo, con comercio abierto en Varflora n.° 32, que a partir de 1869, por cambios de numeración sería el 12, de Manuel Susillo Pérez, que por aquel entonces estaba instalado en la calle Relator n.° 20, no se hace la más mínima mención. Podemos suponer, en consecuencia, que estuviese encargado de una sucursal del negocio paterno en los aledaños del mercado de la calle Feria. Hay que esperar hasta 1871 para encontrar la primera mención de él. La buena marcha de su negocio le permitiría instalarse por su cuenta, de tal manera que en ese año figura como almacenista de aceitunas aderezadas con domicilio comercial en la Alameda de Hércules n.° 48, que desde 1879, por cambios en la numeración viaria será el 42. En aquella casa mantendría el negocio y la vivienda hasta su muerte, pasando entonces a su hijo Rafael, quien continuaría con aquella actividad durante muchos arios.
     Mientras que el "Indicador General" sólo nos ofrece la titularidad y ubicación del almacén de aceitunas, de sus rendimientos puede informarnos otra de las secciones de la referida "Guía": la del "Vecindario de Sevilla". En ella figuraban cuantos sevillanos tenían la suficiente trascendencia social como para que se necesitara localizarlos, es decir, las personas destacadas de la ciudad. En ella no figurará Manuel Susillo Pérez hasta 1874, aunque al año siguiente desaparecerá, para no volver a ser mencionado hasta 1878. Desde entonces, se le citará ininterrumpidamente en ella hasta su muerte en 1884. Al año siguiente, le sustituye su hijo Rafael, quien se había hecho cargo del negocio. Estas entradas y salidas de la lista de los vecinos notables de Sevilla, incluida la inmediata inscripción de su hijo o la permanente ausencia de su padre José Susillo, evidenciaban que su presencia en ella no obedecía a otro factor que la rentabilidad de su negocio, por lo que podemos conocer con cierto detalle su evolución, confirmándonos que a partir de 1878 producía unos beneficios que convirtieron a su dueño en un importante vecino de Sevilla.
     En resumen, la "Guía de Sevilla" de Gómez Zarzuela nos pone de manifiesto que Manuel Susillo Pérez poseyó un almacén dedicado al aderezo y comercialización mayorista de aceitunas de mesa, con la suficiente rentabilidad como para hacer de él un prospero industrial y comerciante.
     Y en tercer lugar, cuando falleció el 4 de marzo de 1884, a los 68 años y por una lesión cardiaca, además de citarse su defunción en la sección necrológica de la mencionada "Guía" de Gómez Zarzuela, lo que sólo ocurría si el finado tenía una cierta proyección socia1, no fue inhumado en una tumba modesta, sino todo lo contrario, en una sepultura de primera clase, las que sólo eran asequibles a personas pudientes.
      Así pues, podríamos concluir que la especie sobre el humilde origen de Antonio Susillo respondía más a una fabulación romántica e interesada de la intelectualidad oficial y burguesa que a la verdad. Buscaba mostrarle como el ejemplo de un artista que desde la nada y con su propio esfuerzo había conseguido triunfar y llegar hasta las más altas cotas sociales. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Había nacido en el seno de una familia de la mediana burguesía, que en el caso sevillano y durante la segunda mitad del Diecinueve, era una situación casi de privilegio. Circunstancia que explica, unida indudablemente a su enorme talento, el que llegara a ser un gran escultor prácticamente desde el autodidactismo. Si hubiera tenido que ganarse el sustento diario no le hubieran quedado fuerzas ni tiempo para aprender los secretos de su arte. La única opción hubiera sido la de trabajar como aprendiz en el taller de otro escultor, donde además de aprender el oficio habría tenido resuelto el mantenimiento. Sin embargo, ese no fue su caso.
     La segunda de las cuestiones a enfrentar es la referida a los matrimonios de Antonio Susillo. Se trata de un tema perteneciente a la vida privada del escultor, razón por la que apenas fue destacado por sus biógrafos contemporáneos. Tan sólo Sedano, en 1896, señala de pasada sus recientes esponsales. Algunos datos más aporta el Dr. Roquero, quien en 1897 indica como se casó dos veces. La primera vez con una joven, de la que únicamente refiere su muerte al ario de matrimonio, víctima de la tuberculosis, y la segunda con María Luisa Huelin. No mucho más explícitos han resultado los estudios posteriores. Antonio Manes, que en 1975 apunta como se desposó joven con una alegre mocita de las Lumbreras, que falleció al corto tiempo, y como poco antes de su suicidio se había vuelto a casar con una doncella malagueña de buen linaje, pero de vanas minucias. De este enlace destaca la falta de entendimiento entre la pareja, consecuencia de la disparidad de temperamentos: espiritual y realista, soñador y frívolo. Y pone de manifiesto el deterioro de la relación a través de una escena contada por Castillo Lastrucci. En cierta ocasión, a la hora de la comida, viniendo el maestro del taller a la casa, sucio de barro y yeso, al verle la esposa le increpó: "¡Bah; creí que me había casado con un artista y no con un albañil!". Por último, en 1997 González Gómez apunta el nombre y naturaleza de su primera esposa, Antonia Huerta (sic) Zapata, nacida en Carmona (Sevilla); así como el segundo apellido de su segunda esposa, Sanz.
     Se planteaba la necesidad de documentar aquellos matrimonios, tarea de fácil resolución si se hubiera conservado el archivo de la parroquia de Omnium Sanctorum, pero su desaparición hacía la cuestión algo más complicada. Los únicos datos relevantes con que contábamos sólo hacían referencia a los nombres y lugares de nacimiento de ambas esposas.
     En primer lugar, intentamos documentar las nupcias del escultor en el Archivo Arzobispal de Sevilla, pero con resultado negativo. A continuación, ya que María Luisa Huelin era malagueña, emprendimos lo propio en el Archivo Diocesano de Málaga, pero en esta ocasión nos acompañó la suerte. Hallamos el expediente matrimonial de Antonio Susillo, y como en él se consignaba su condición de viudo, con indicación del nombre de la primera esposa y de la fecha de su defunción, pudimos proceder a documentar sus dos casamientos.
     En primer lugar, puesto que teníamos confirmado el nombre de su primera esposa, Antonia Huertas Zapata, y señalada la fecha de su fallecimiento, el 13 de marzo de 1880, intentamos documentar el óbito. La ausencia de los libros de defunciones para ese ario en la sección de registro civil del Archivo Municipal de Sevilla, nos llevó a intentar lo propio en los libros de partes de inhumación, donde sí tuvimos algo más de suerte. Dedicada a su casa, murió a la edad de 22 años, como consecuencia de una lesión de corazón, estadio terminal de la tisis que venía padeciendo. Fue enterrada el 14 de marzo de 1880 en el cementerio sevillano de San Fernando, en una sepultura de tercera clase.
     Documentada la fecha de su muerte y tomando como referencia al Dr. Roquero, quien indicaba que el matrimonio sólo duró un año, buscamos en el registro civil la fecha en la que éste se celebró. Allí comprobamos que tuvo lugar en Sevilla, en la parroquia de Ómnium Sanctorum el día 22 de junio de 1878. Para aquellas fechas Antonio Susillo contaba años y su esposa. Aunque ella era natural de Cazalla de la Sierra, vivía en el n.° 48 de la Alameda de Hércules. Su padre, Manuel Huertas era de profesión carpintero y oriundo de Cazalla, mientras que su madre Josefa Zapata era sevillana. Fueron testigos del matrimonio José Pedro Soria y Luis Garcilaso de la Vega.
     Señalemos que en esta inscripción registral se indicaba "el comercio" como la ocupación del contrayente. Ello pone de manifiesto que por estas fechas Antonio Susillo todavía no se dedicaba profesionalmente a la escultura, manteniéndose laboralmente vinculado al negocio paterno. También podríamos anotar como en esta ocasión la madre del escultor aparece nacida en Sanlúcar de Barrameda, y no en Sevilla, según figuraba en anteriores documentos. Finalmente, cabría destacar la circunstancia de que los novios tuvieran el mismo domicilio: Alameda de Hércules, 48. Las razones de esta coincidencia (acogimiento, hospedaje, trabajo, amistad, parentesco, etc.), nos resultan desconocidas, pero el hecho nos explica el que se conocieran y se enamoraran.
     Corto y triste matrimonio, envuelto en el dolor y la enfermedad. Tan aciaga experiencia y sus muchísimos compromisos laborales hicieron que el escultor dilatara "sine die" una futura relación amorosa. Hubieron de transcurrir quince arios para que volviera a contraer nuevas nupcias. Sería su segunda esposa una joven malagueña, perteneciente a una distinguida familia local: María Luisa Huelin Sanz.
     Había nacido en esa ciudad el 10 de junio de 1869. Era hija legítima de Eduardo Huelin y Amalia Sanz, naturales de Málaga. Sus abuelos paternos fueron Guillermo Huelin y María Luisa Reissig, oriundos de esta misma ciudad. Sus abuelos matemos fueron José Sanz, nacido en Copons, provincia de Barcelona, y Antonia Crucet, natural de Málaga. Fue bautizada el 16 de aquel mismo mes, en la parroquia de San Juan, de esa ciudad, recibiendo los nombres de María Luisa, Josefa, Rafaela, Antonia, Ramona, Amadora y Restituta. Sus padrinos fueron Amador y Josefa Sanz, esposos; y los testigos Francisco Villena y Salvador Galiano Cuando contrajeron matrimonio Antonio Susillo y María Luisa Huelin, tenían cuarenta y veintiséis arios, respectivamente. Ella, que por aquellas fechas estaba huérfana de padre, vivía en la Alameda, n.° 9, feligresía de la parroquia del Sagrario, mientras que él residía en Sevilla, en la Alameda de Hércules, n.° 42, parroquia de Omnium Sanctorum.
     Los ineludibles compromisos laborales del escultor le impidieron estar presente en Málaga para la resolución de los trámites matrimoniales. Ello motivo la demanda de exención de las amonestaciones. Estas se suplieron y justificaron con un atestado de libertad, viudedad y voluntad, evacuado por el Provisor y Vicario General del Arzobispado de Sevilla, en el caso de Antonio Susillo; y en el caso de María Luisa Huelin con un expediente de libertad, soltería y voluntad, debidamente justificado con testigos ante el Provisor y Vicario General del Obispado de Málaga. El 28 de septiembre éste otorgó la solicitada dispensa y autorizó al párroco de la iglesia del Sagrario para que, resueltos los previos requisitos civiles, pudiera celebrar el matrimonio, quedando así concluido el expediente matrimonial.
     La boda tuvo lugar al día siguiente, el domingo 29 de septiembre de 1895. Desposó a los contrayentes el P. Fray Diego de Valencina, guardián del convento capuchino de Sevilla y buen amigo de Antonio Susillo, quien se desplazó al efecto hasta Málaga. Aunque el acta matrimonial no hace ninguna indicación al respecto, lo que hubiera sido de esperar, la prensa sevillana al informar del acontecimiento señala que la ceremonia se llevó a cabo en casa de la madre de la novia.
     Los recién casados se instalaron en el domicilio sevillano del escultor, quien para dedicarle más tiempo a su esposa dimitió de su puesto como profesor de escultura en la Escuela Provincial de Bellas Artes, donde había impartido clases durante los años 1892, 1893, 1894 y 1895.
     La última cuestión a enfrentar con respecto a la biografía de Antonio Susillo presenta una doble vertiente, pero que por su íntima conexión obliga a un tratamiento conjunto. Es la relativa a su muerte, que la leyenda popular ha rodeado de apócrifas anécdotas, y a su irregular enterramiento. Con respecto al primero de los asuntos, la mayoría de sus biógrafos han preferido no entrar en detalles, limitándose a dar la fecha del suceso. Tan sólo tres de ellos lo tratan con mayor atención: Cascales Muñoz, quien con fría objetividad extracta de la prensa madrileña los datos del suicidio; Antonio Illanes, quien más que narrar los detalles de su fallecimiento, pone de manifiesto el fracaso de su segundo matrimonio como posible causa del suicidio, para después reconstruir, haciendo uso de referencias periodísticas y testimonios personales, el patético momento en el que se le saca la mascarilla al cadáver; y González Gómez, quien da cuenta del óbito enmarcándolo en una crisis depresiva y transcribiendo los datos periodísticos señalados por Cascales Muñoz. En relación con el segundo de los temas, resulta tremendamente llamativo el hecho de que un suicida fuese sepultado en un cementerio católico. Será González Gómez el único de sus biógrafos que ha intentado darle respuesta. Partiendo del certificado de defunción de Antonio Susillo y de los datos de su enterramiento consignados en el Archivo del Cementerio de San Fernando de Sevilla, subraya el que no se hiciera constar, a instancias de sus amistades y en virtud de su prestigio social, el suicidio como causa de la muerte, sino heridas y hemorragias cerebrales, para que de esta manera pudiera recibir cristiana sepultura. Completa sus noticias señalando que fue enterrado el 23 de diciembre de 1896 en una sepultura de 1ª clase situada en el n.° 83 de la calle Virgen María, desde la que sus restos fueron trasladados, el 22 de abril de 1940, a la cripta situada bajo el calvario sobre el que se yergue el "Cristo de las Mieles".
     Dado que la historiografía ha tratado de manera sumaria el suicidio y posterior sepelio de Antonio Susillo, se establece la necesidad de pormenorizar documentalmente las circunstancias que rodearon aquellos sucesos, intentando comprender como la sociedad sevillana no se escandalizó ante el flagrante quebranto de los preceptos eclesiásticos. A continuación, resulta inexcusable determinar las causas por las que el escultor se quitó la vida. Por último, se hace preciso el averiguar los motivos por los que fueron exhumados y reubicados los despojos del artista.
     Comenzando por el primero de los asuntos, señalemos que, de manera totalmente insospechada, contando tan sólo cuarenta y un años, y cuando todo parecía irle bien: estaba en el culmen de su carrera y apenas habían pasado quince meses de su matrimonio; el 22 de diciembre de 1896 Antonio Susillo se quitó la vida.
     A las ocho y media de aquel luctuoso martes de diciembre, salió el escultor de su casa dispuesto a suicidarse arrojándose al tren. Ya lo había intentado dos días atrás, en la estación de la Puerta de la Barqueta. Algunos testigos le vieron acercarse a las vías al paso del tren correo, vacilar y marcharse con la faz blanca. Pero estaba obsesionado y de nuevo volvía a insistir en su macabro propósito.
     Una vez más se dirigió a la estación de la Puerta de la Barqueta, se colocó junto a los railes y esperó al paso del tren correo ascendente. Sin embargo, no pudo hacerlo. Aún así, estaba decidido. Caminando junto a las vías llegó hasta la estación del Empalme. Por allí le vieron desde las doce y media. Una y otra vez se acercaba a las vías al paso de los trenes, pero tras varias tentativas comprendió que jamás podría lanzarse bajo ellos. Se dirigió entonces al embarcadero de reses, sacó una pistola de su bolsillo izquierdo y se pegó un tiro bajo la barbilla. Eran las cuatro y media, pasaba en aquellos instantes el tren correo descendente. Sus pasajeros pudieron ver el hecho, y entre ellos la pareja de la Guardia Civil, que al oír el disparo detuvo la marcha y se bajó para ver lo ocurrido. Tras confirmar el suicidio ordenó continuar y llamó a la autoridad judicial.
     Se encargó del caso el juez del distrito de El Salvador, Sr. Fernández Amaya, quien llegó al lugar a las siete de la tarde. Tras identificar el cadáver, se comprobó que era el de Antonio Susillo. Yacía tendido en el suelo a la altura del Km. 125, hacia el lado izquierdo de la vía. Vestía traje negro, con chaleco y sombrero del mismo color. Junto a él, bajo la mano izquierda, una pistola niquelada de cinco cápsulas, de la que sólo se había disparado una bala. Presentaba una herida bajo la barba, con los bordes
quemados, por la que salía sangre, al igual que por la boca y la nariz. Entre sus ropas se encontraron, además de objetos personales: una carta de José María de Pereda, fechada en Santander, con un recorte de prensa en el que había un artículo titulado "El busto de Pereda"; dos cartas dirigidas, una a Nicolás Luca de Tena y otra a Enrique F. Pineda; y dos tarjetas escritas a lápiz, una para el juez y otra para su esposa. La primera decía: "Al Sr. Juez: Me mato yo; mi mujer, D. María Luisa Huelin, es mi única heredera./ Antonio Susillo". Y la segunda: "Perdóname, María de mi alma. Me he convencido de que mi carrera no produce para ganar la vida./ Adiós, mi vida".
     Tras el levantamiento del cadáver, éste fue conducido al Departamento Anatómico Forense para practicársele la autopsia. La llevaron a cabo los Drs. León Escolar y Ricardo Filpo. Concluida ésta y en presencia de algunos amigos del escultor, los Srs. Nicolás y Cayetano Luca de Tena, Caballero y Rueda, Rafael León, así como L. y A. Murga, y de su hermano pequeño, Ignacio Susillo, un operario de su taller procedió a sacarle la mascarilla al rostro del escultor.
     Antonio Illanes añade a este grupo de amigos sus discípulos: Joaquín Bilbao, Francisco de la Cuadra, Joaquín Gallego, Miguel Sánchez Dalp, Lorenzo Coullaut Valera, Gustavo Luca de Tena y Viriato Rull, quien sería el encargado de realizar la mascarilla funeraria.
     El 23 de diciembre de 1896, pasadas las cuatro de la tarde, el cadáver de Antonio Susillo fue trasladado al cementerio de San Fernando. El entierro, con un marcado tono privado e íntimo, tuvo lugar a las cinco. A él asistieron, además de los ya señalados, otros allegados, como los Srs. Balgañón, Romero, Salas y Aguilar. Desde el coche fúnebre, el ataúd fue llevado a hombros hasta la sepultura, por sus amigos Enrique Valdivieso, Nicolás Luca de Tena, Caballero y Rueda, y Ramón Aguilar. Quedó inhumado en una tumba de primera clase, junto a la del malogrado pintor Ricardo Villegas.
     La circunstancia de que Antonio Susillo fuese enterrado en sagrado y recibiese honras fúnebres católicas, sólo es explicable desde la piadosa actuación de sus amigos, quienes consiguieron de las autoridades judiciales y eclesiásticas, como señala González Gómez, que se omitiera el suicidio como causa de la muerte. Estaban convencidos de que se había quitado la vida en el último y más trágico episodio de una larga enfermedad mental.
     Para defender esta idea ante la sociedad sevillana, en evitación de que se escandalizara por el tan anómalo enterramiento, lo mismo que a limpiar la imagen de Antonio Susillo, un personaje querido y admirado, de la mancha que suponía el suicido, en un contexto de moral cristiana y burguesa, sus amigos hicieron valer sus relaciones con el diario sevillano "El Porvenir", que el 24 de diciembre, al día siguiente del entierro publicó el artículo titulado "El suicidio de Susillo". En él se hablaba de una "monomanía" que nublaba su inteligencia, al menos en algunos momentos, y que le había llevado a dispararse un tiro en el muelle de Málaga, afortunadamente desviado por su acompañante, Pedro Balgañón; a sentirse tentado de lanzarse al Guadalquivir desde el puente de Triana, lo mismo que a arrojarse al tren en las vías de la Puerta de la Barqueta, entre las que frecuentemente paseaba.
     Estos juicios tranquilizaron las conciencias de los católicos más estrictos y ante la ausencia de críticas, la prensa sevillana no registra ninguna, se decidió precipitadamente la celebración de unos solemnes funerales católicos por el eterno descanso de Antonio Susillo. Prueba de ello es que no se repartieron las acostumbradas esquelas funerarias, ya que no debió dar tiempo a imprimirlas, y que la prensa anunciara los actos con un día de antelación, aunque quizá por ello se pospusieron a la jornada siguiente, quebrantando la costumbre de celebrarlos a los ocho días de la defunción. De todas formas, tuvieron lugar a las diez y media del 31 de diciembre de 1896, en la iglesia de Omnium Sanctorum. El duelo estuvo formado por el Gobernador Civil, Sr. Leguina, el Alcalde de Sevilla, Sr. Rodríguez de Rivas, los amigos del finado y en representación de su familia, de manera algo extraña, pues debería haberlo sido alguno de sus hermanos, su cuñado el Sr. Huelin.
     Gracias a la piedad y cariño de sus amigos más íntimos, así como a la tolerancia de que la sociedad sevillana siempre ha hecho gala, especialmente para con sus hijos, Antonio Susillo quedó católicamente sepultado.
     Como señalamos, el siguiente tema a tratar en torno a la muerte de este escultor es el relativo a las causas que determinaron su suicidio. De nuevo, resulta llamativa la aparente contradicción existente entre la certeza, mostrada por sus más allegados, de que fue la consecuencia de una enfermedad mental, y la presumible cordura que se deriva de la lectura de las notas halladas en su cadáver, donde se habla de razones económicas, motivos que parecen subrayar los testimonios conservados en el círculo de sus discípulos, en los que se hace referencia a una conflictiva relación con su esposa. Ello demanda el que intentemos aclarar cuales fueron los verdaderos factores que llevaron a Antonio Susillo a quitarse la vida.
     La historiografía actual, representada por Santos Calero y González Gómez, apunta a desequilibrios emocionales y a la depresión como causas de la tragedia. La verosimilitud de estas opiniones se vería plenamente confirmada si pudiera contarse con un diagnóstico médico realizado a partir de un estudio directo del paciente, lo que parece bastante dificultoso por cuanto falleció hace más de un siglo.
     Afortunadamente, éste diagnóstico científico sí fue llevado a cabo y lo hizo el Dr. D. José Roquero y Martínez, prestigioso médico sevillano y amigo del escultor, quien lo dio a conocer, aunque expresado de una manera divulgativa y algo retórica, en su artículo "Por qué se mató Susillo", publicado en la "Revista Médica de Sevilla", durante las primeras semanas de 1897.
     Comenzaba su artículo indicando que había llegado el momento de despejar las dudas y el horror que el suicidio, propio de infames y desesperados, sembró sobre la memoria de Antonio Susillo. A continuación, hacía un análisis de la personalidad del escultor, con el que quería confirmar su tesis de que el suicidio era consecuencia de la enfermedad, puesto que en el hombre sano siempre prima el instinto de conservación y porque los suicidas, invariablemente, muestran lesiones orgánicas que alteran
su equilibrio mental.
     Según su diagnóstico clínico, Antonio Susillo era un neurótico patológico. Padecía una astenia que no le quitaba la razón, pero si le anulaba la voluntad. Aparentemente, era una persona extravagante, como es común en los artistas. Bueno, soñador, apasionado en todas las manifestaciones del amor (familia, esposa, amigos), irascible, artista vehemente que vivía sumido en una semi-somnolencia fantástica, en la que, arrastrado por sus impulsos creativos, trabajaba infatigablemente, lo que desarreglaba sus costumbres cotidianas. Amaba la poesía, pero odiaba la música, la filosofía positivista, los números y las cuentas. Y era muy supersticioso. Sin embargo, sus amigos más allegados, como José María de Pereda o él que suscribía, intuyeron un enfermizo desequilibrio.
     Las causas de aquella enfermedad se iniciaron para el Dr. Roquero en la infancia y siguieron actuando toda su vida: pobreza, contrariedades, obstáculos y el enorme desgaste de la creación artística; hasta que en un momento indeterminado surgió. Fue cursando lenta y progresivamente, pero en los últimos años se vio acentuada por la muerte de su madre y de su hermana, así como por una pasión amorosa desmedida y patológica. Arrastrado por su mal, magnificó problemas de honor, sentimientos y economía. Llegó a creer que estaba arruinado y sumido en la pobreza, cuando no era así, pues a su muerte dejó 350.000 pesetas. Ello le llevó a cuatro intentos de suicidio: en septiembre de 1894, por una calumnia, se arrojó al tranvía en la madrileña calle de Serrano, aunque Pedro Balgañón logró sujetarlo; en septiembre de 1895, parece que tuvo de nuevo en mente el quitarse la vida pues escribió una carta, no enviada, a Balgañón, señalándole sus últimas voluntades; en febrero de 1896, por cuestiones económicas se disparó un tiro en el muelle de Málaga, que fue desviado, una vez más por su íntimo Balgañón; y el último, en diciembre de ese mismo año, consumado. En ellos siempre pareció tener la razón clara, pero la voluntad vencida, como lo probaban las tarjetas encontradas en su cadáver, donde con lucidez dejaba zanjado cualquier problema jurídico derivado de su suicidio.
     El Dr. Roquero vio en Susillo a la víctima de un proceso de envejecimiento prematuro, que situaba en su primer estado de astenia simple, y para confirmarlo clínicamente se personó en la autopsia. Pudo comprobar que, aun no mostrando degeneración en la piel o más envejecimiento que el normal en los cadáveres, presentaba un cráneo duro como el de un sexagenario y la grasa amarillenta en las vísceras propia de los ancianos. Además descubrió la existencia en las meninges de una gruesa placa de tejido condensado, adherida al parietal derecho, precisamente en la zona donde el escultor se quejaba de que le nacían sus frecuentes y terribles jaquecas. Su intuición médica quedaba confirmada por pruebas anatomopatológicas. Antonio Susillo padecía una enfermedad mental.
     Aunque el escaso desarrollo de la Psiquiatría en 1897 obligó al Dr. Roquero a forzar en algo sus razonamientos y argumentaciones clínicas, las conclusiones que obtuvo son perfectamente admisibles desde la perspectiva psicopatológica actual. Antonio Susillo se quitó la vida como consecuencia de un trastorno afectivo distímico, lo que más comúnmente se conoce como una neurosis depresiva, y por tanto no fue dueño de sus actos. Pero, lo que no enfrentó, porque no la consideró de buen tono o porque no tenía un conocimiento exacto de ello fue la causa inmediata del suicidio: el fracaso de su matrimonio.
     Mientras vivió su madre, con su afecto y consejos, logró mantener el equilibrio emocional. Ella era la tabla a la que se aferraba para no ahogarse en el mar de la existencia. Sin embargo, su muerte le dejó solo en un momento crucial de su vida, cuando estaba en relaciones con la que iba a ser su segunda esposa. Sentía por ella un apasionamiento amoroso enfermizo. Era un sentimiento incompatible con la realidad de una relación interpersonal. Desde que la conoció, comenzaron sus intentos de quitarse la vida, como única salida para los problemas que surgían. Y éstos parece que se agravaron tras la boda. No encontró en María Luisa Huelin el apoyo emocional que necesitaba, sino todo lo contrario. Ella rechazaba la profesión artística de su esposo, tanto por la vulgaridad artesanal del trabajo escultórico, como por los escasos rendimientos económicos que producía. Antonio Susillo no supo enfrentar aquello, se derrumbó y sintiendo que había defraudado a su amada se suicidó.
     El último asunto a tratar es la explicación de, por qué los restos de Antonio Susillo fueron trasladados el 22 de abril de 1940 a los pies del Crucificado que preside la rotonda central del sevillano Cementerio de San Fernando.
     Para hallarla hemos de remontarnos a los momentos inmediatos a la muerte del escultor, cuando Mariano Benlliure, su colega y amigo, comprendiendo que con él desaparecía la figura más importante de la escultura sevillana reciente, dirigió una carta, fechada el 23 de diciembre de 1896, a Rafael e Ignacio Susillo, pidiéndoles su opinión acerca de la idea de llevar a cabo una obra que perpetuara su memoria y su genio. En ella, también les informaba que la elaboración del proyecto y su financiación correrían por cuenta de él mismo, de sus hermanos José y Juan Antonio y de algunos amigos, como José Moreno Carbonero y José Villegas.
     De manera bastante comprensible, pues no era demasiado conveniente remover el tema de la muerte, y suicidio, de Antonio Susillo, esta propuesta de Benlliure fue desestimada, cayendo en el olvido durante muchos años.
     Habría que esperar hasta 1926, cuando el diario hispalense "El Noticiero Sevillano", en la primera página de su edición del 22 de diciembre, dentro de la sección "Treinta años hace... Tal día como hoy", recordó la muerte de Susillo y la grandeza de su figura'''. Aquel artículo actuó como revulsivo en ciertos sectores del ambiente artístico local, que sacaron a la luz pública una deuda que la ciudad de Sevilla mantenía con el escultor: dar un noble y definitivo enterramiento a sus restos.
     A través de la prensa se dio a conocer a los sevillanos el carácter temporal de la sepultura de Antonio Susillo y los riegos que ello entrañaba, si no se le daba una solución digna y permanente. Su cadáver fue depositado en una tumba situada en el n.° 83 izquierda de la calle Virgen María, junto a la del pintor Ricardo Villegas, y allí permanecía desde hacía treinta arios. Pero aquello era posible, y muy pocos lo sabían, gracias al cariño y la generosidad de un amigo que, periódicamente, conforme se agotaban los plazos, renovaba el alquiler de la tumba. No obstante, se trataba de una solución provisional para sus restos, que corrían el riesgo de acabar en la fosa común. Era necesario resolver para siempre la cuestión del enterramiento de tan notable artista sevillano, y los llamados a hacerlo eran el Ayuntamiento y cuantos aún mantenían vivo su recuerdo. A ellos se les señalaba como posible ubicación de la tumba el calvario pétreo sobre el que se erigía, en el centro del cementerio hispalense, el Crucificado que en vida realizara el escultor. Además, se les recordaban los ofrecimientos que para trazarla habían hecho artistas como Aníbal González y Mariano Benlliure.
     El Ayuntamiento sevillano se hizo eco de esta demanda y, en la sesión de la Comisión Municipal Permanente del 9 de marzo de 1927, su Alcalde y Presidente presentó la moción de trasladar los restos de Susillo desde la sepultura en la que descansaban a un mausoleo en la rotonda central del Cementerio de San Fernando. Para ello se pondría de acuerdo con la familia del escultor y con los artistas que tenían proyectado el monumento funerario. Una vez aceptada se inició el oportuno expediente, aunque sólo resolvió la cuestión del beneplácito familiar, quedando paralizado el asunto a la espera de tiempos mejores.
     Estos no llegaron hasta el 20 de agosto de 1939, cuando desde la alcaldía se puso en marcha la ejecución del acuerdo tomado aquel 9 de marzo de 1927, para lo que solicitó del arquitecto de vías, parques y jardines que proyectase la construcción del oportuno mausoleo. Antonio Delgado Roig fue encargado de llevar a cabo el proyecto, que estuvo concluido el 28 de diciembre de 1939. Consistía en un pequeño osario excavado en la base del pétreo calvario que diseñara el arquitecto municipal José Sáez López y sobre el que se dispuso en 1904 el Crucificado, obra realizada por Antonio Susillo en 1895. Al exterior estaría cubierto por una losa de piedra de Luque, sobre la que iría una inscripción en letras de bronce. El presupuesto de su ejecución lo valoraba en 2.510'74 pesetas.
     Durante la tramitación administrativa del proyecto y presupuesto, Delgado Roig aconsejó que las obras fuesen ejecutadas por el personal del Ayuntamiento y bajo la dirección de un técnico, a fin de evitar daños en el conjunto artístico formado por el calvario y el Crucificado. Ello obligó a prescindir del exigido concurso público y cargar los costos en el presupuesto municipal. Lo que fue aprobado, junto al proyecto y presupuesto, en la sesión ordinaria de la Comisión Municipal Permanente del 19 de enero de 1940.
     Los trabajos se iniciaron el 16 de febrero de 1940, aunque por la empresa Manuel Álvarez Construcciones, y debieron concluir antes del 22 de abril de 1940, fecha en la que los restos del escultor fueron depositados en el osario-mausoleo. Con ello Antonio Susillo quedó definitiva y dignamente enterrado cuarenta y cuatro años después de su fallecimiento (Joaquín Manuel Álvarez Cruz, Notas biográficas sobre el escultor Antonio Susillo, en Laboratorio de Arte, 10-1997). 
     Se inició tardíamente en la escultura, pero gracias a la protección de un príncipe ruso, Romualdo Giedroik, (citado en otras ocasiones como Giedroyc, Giedroye, Giodroge Giedroik o Gredeye), consiguió en 1883 viajar a París, donde alcanzó notables éxitos. En 1884 regresó a Sevilla y en 1885 recibió una ayuda económica del Ministerio de Fomento para ampliar sus estudios en Roma, donde vivió tres años. Especializado sobre todo en el trabajo en barro cocido, realizó un importante número de relieves, y a lo largo de su carrera, destacados retratos, estatuas y monumentos en Sevilla. Sus composiciones destacan por su sentido del ritmo y del movimiento, consiguiendo que tuvieran una gran fuerza expresiva. Falleció con solo 41 años, suicidándose al parecer por una depresión, en el cenit de su carrera. La fecha de nacimiento, 16 de abril de 1855, está contrastada en su partida de bautismo, facilitada por Manuel Martín (Museo del Prado).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Antonio Susillo, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Antonio Susillo, al detalle:
Azulejo conmemorativo a Antonio Illanes, en la fachada del edificio de c/ Antonio Susillo, 11.
Edificio c/ Antonio Susillo, 17; de Rafael Arévalo.

viernes, 10 de abril de 2026

Un paseo por la calle Yuste

     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Yuste, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La calle Yuste es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de San Gil, y San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Vascongadas, a la calle Santa Clara.
      La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde la segunda mitad del s. XVI es conocida como San Clemente o Compás de San Clemente, por formar parte de este convento. Es posible que en el s. XVIII también lo sea como San Juan o San Bernardo, según el Libro de Protocolos del referido convento. En planos y documentos de este siglo aparece inmediata al barrio de Portugalete. Sin embargo en 1868, al rotularse oficial­mente con el nombre actual, se dice que se la identificaba por el nombre primitivo. La nueva designación, Yuste, está referida al monasterio extremeño donde murió Carlos V. Inicialmente, este nombre comprendía las calles colindantes. Transitoriamente se la denominó Monasterio de Yuste, en el primer tercio del presente siglo. 
     Se forma en 1568, cuando el convento decide parcelar una huerta que se extendía por todo este sector, para construir viviendas, con cuyo motivo se abren una serie de calles. Es recta y relativamente estrecha. Desembocan por la derecha Reposo y por la izquierda Vascongadas. A fines del s. XVI se enladrilló; este sistema, más o menos degradado, parece que se man­tiene hasta que en 1942 se aprueba su ado­quinado; hoy se ha vertido sobre éste la capa asfáltica. Las aceras son de cemento, en mal estado en algunos tramos. La iluminación se efectúa por medio de farolas de fundición adosadas a las fachadas. En su arranque existe un gran solar en la acera de los pares, producto del derribo, hace unos años, de unas casas y naves industriales. Las casas oscilan entre una y tres plantas, siendo las más numerosas las de dos, en su mayoría de la primera mitad de esta centuria. Las de tres plantas son de reciente construcción [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Yuste, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 9 de abril de 2026

Un paseo por la calle Reposo

     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Reposo, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La calle Reposo es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de San Gil, y San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Yuste, a la calle Calatrava.
      La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Como otras colindantes, fue conocida desde fines del s. XVI como San Clemente y Compás de San Clemente, al estar en el interior de este convento. En 1740 debe ser la que el Libro Protocolo del citado convento denomina San Bernardo, figura más destacada de la Orden Cisterciense, a la que pertenece la institución, aunque también es posible que se llame Belén. En 1868 se le dio el actual. Desde antiguo existía un acceso a la portada que daba paso a la iglesia. En 1568 se parcela la gran huerta colindante para levantar casas, y entonces se debió pro­longar esta calle en dirección a la actual Yuste. Frente a la citada portada existía una barreduela que daba acceso a la mencionada huerta. 
     En el s. XIX se produjeron impor­tantes cambios, con la construcción de naves industriales, en gran parte desaparecidas; por lo que hoy en la acera de los pares no existen edificios, sino un solar y el ángu­lo de unas naves de propiedad municipal en espera de su rehabilitación. En la frontera existen casas de dos plantas y una nave almacén. En su centro hay un entrante, al que se abre la portada monumental del s. XVII de acceso al compás de la iglesia del convento. El pavimento es de asfalto sobre los adoquines instalados en 1942. Las aceras son de cemento, muy estrechas, que apenas permiten caminar a una persona, están muy degradadas. La iluminación eléctrica se instaló en 1949, y hoy cuenta con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Reposo, 9. PORTADA DEL CONVENTO DE SAN CLE­MENTE. Consta de un cuerpo central avanzado y dos laterales. El central lo forma un arco de medio punto flanqueado por pilastras almohadilla­das, como todo el conjunto. Los cuerpos laterales poseen sendos vanos adintelados ciegos, sobre los que se abren ojos de buey. En la parte superior, una hornacina con el azulejo de San Clemente remata en frontón curvo partido [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Reposo, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Reposo, al detalle: