Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 1 de agosto de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla IV: desde la Puerta Osario hasta la Puerta de la Carne

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla IV: desde la Puerta Osario hasta la Puerta de la Carne, de Sevilla.
     La antigua calle Ancha de San Roque se formó extramuros entre las puertas de Osario y de Carmona, delante de las casas que se apo­yaban en la propia muralla desde el siglo XV, un ámbito que sería reurbanizado tras la demolición de la puerta Osario de acuerdo con los planes urbanísticos municipales elaborados por el arquitecto Balbino Marrón. La calle presenta edificaciones de gran interés arquitectónico, aunque se han derribado otras construcciones modernas. En la esquina con Gonzalo Bilbao se ha conservado la antigua Fábrica de Harinas Santa Ana de Francisco Clavero Hernández, obra del arquitecto Francisco Ortiz Santaella en 1883 en estilo neoclásico-modernista, cuya ejecución supuso el abandono definitivo del proyecto municipal para proporcionar mayor anchura a la nueva ronda. Por su parte, en la otra esquina de la calle Gonzalo Bilbao, se levantaba la antigua cochera de la Compañía de Tranvías de Sevilla, construida en 1897 en el llamado «campillo del Boquete» por iniciativa de su primer director, Otto Engelhardt, el ingeniero alemán a quien se debe la electrificación de este sis­tema de transporte desde su puesto en la Compañía Sevillana de Electricidad fundada en 1894. Estas instalaciones se derribaron en 1972, tras el traslado de los últimos tranvías a las otras cocheras de la compañía en la avenida de Coria en Triana, las cuales acogieron las líneas de Camas y Puebla del Río, las últimas en desaparecer al sustituir el Ayuntamiento el sistema de tranvías eléctricos por el de autobuses de motor de combustión en los años 60.
     En el número 41 actual de la calle Recaredo se levanta el CEIP Jardines del Valle y Centro de Educación Especial Virgen de la Esperanza, antiguo colegio y posteriormente Escuela Normal de Magisterio hasta su traslado a Ciudad Jardín en los años 60. Fue diseñado en 1929-32 por el arquitecto Juan Talavera y Heredia, en el que puede ser su proyecto de edificio escolar más completo en la etapa republicana. De este modo, a lo largo de los primeros decenios del siglo XX, la antigua calle Ancha de San Roque fue transformándose en todo un muestrario de los diferentes estilos arquitectónicos que se estaban desarrollando en la ciudad, aprovechando la libertad que proporcionaban los nuevos espacios urbanos planificados. Así pues, nos encontramos en este tramo urbano con edificios del arquitecto Juan José López Sáez (en los números 3 y 5, 35 y 37 ); de José Espiau y Muñoz en los números 8 y 9; de Antonio Gómez Millán en el número 28; de Antonio Arévalo Martínez (n.º 13 y 33 ); de José Sáez y López, el Colegio Santo Tomás de Aquino en el número 31, y el más alejado Colegio de Carmen Benítez, de Francisco Aurelio Álvarez Millán, entre otros autores presentes en esta avenida. Todo un catálogo de arquitectura ecléctica, neomudéjar y regionalista, característico del momento en que se moderniza esta vía. No obstante, merece la pena destacar el pequeño pero interesante edificio neomudéjar que Antonio Arévalo Martínez diseñó para la Compañía Sevillana de Electricidad en 1912 en el número 30 de la calle, ya que este tipo de construcciones destinadas a albergar los centros de transformación eléctrica, hoy en desuso, se distribuyeron por numerosos puntos del callejero sevillano, como los que aún permanecen en las calles Postigo del Carbón, Carmen, Feria, Pagés del Corro o avenida de Miraflores, entre otros, reconvertidos en viviendas o abandonados.
     Otro aspecto que hay que destacar es la manzana de viviendas que se organizó entre la muralla urbana y la ronda exterior, formando la calle Conde Negro, su eje central. Este arrabal adosado a la muralla surgió en el siglo XV, cuando el arzobispo don Gonzalo de Mena fundó aquí un hospital para esclavos negros, lo que facilitó la ocupación de este espacio por corrales de vecinos ocupados por esta minoría. Esta calle recibe el nombre de un tal Juan de Valladolid, que había sido nombrado juez de negros por los Reyes Católicos. La calle hoy se abre en dos direcciones, pero hasta el siglo XIX, como podemos ver en los planos antiguos, era un callejón sin salida al que se accedía desde la antigua calle Ancha de San Roque (actual Recaredo) por el primer tramo de la calle Guadalupe. Precisamente, la existencia de esta minoría explica la fundación de la Hermandad de los Negritos en la actual capilla de Ntra. Sra. de los Ángeles (1965), documentada en 1554 (aunque puede ser una fundación más antigua) en el hospital mencionado anteriormente.
     Por otro lado, el aumento demográfico de este arrabal originó la fundación de la parroquia de San Roque en 1574 y la construcción del templo por el arquitecto Pedro Silva en 1764, aunque el edificio actual es el fruto de su reconstrucción tras el incendio sufrido en julio de 1936 en el contexto del golpe de Estado que dio inicio a la guerra civil. Más adelante, en dirección a la puerta de Carmona, se encuentran los restos del convento de San Agustín, del que tan solo quedan en pie algunas dependencias en torno al claustro (donde permanece en el suelo, despiezada, la portada renacentista diseñada por Hernán Ruiz), el refectorio gótico y la escalera principal, ya que el conjunto fue desamortizado en 1835 y convertido en cárcel hasta 1880. Después de esta fecha, se utilizó como mercado y posteriormente se parceló y se vendió por lotes cuyas construcciones modernas han acabado por ocultar las dependencias monacales. El convento era la sede principal de la Orden de San Agustín en Andalucía desde su fundación en el siglo XIII y aquí se veneraba, hasta la exclaustración de la orden, la magnífica imagen del Cristo de San Agustín, que lamentablemente también se perdió en el incendio de la iglesia de San Roque, junto con el resto de imágenes y enseres del templo.
Puerta de Carmona
     La antigua puerta de Carmona se localizaba donde ahora confluyen la calle Muro de los Navarros y la actual calle Puerta de Carmona, frontera al convento de San Agustín. Recibía este nombre (Bab Qarmuna) por el camino Real, la antigua vía Augusta, que comunicaba Sevilla con Carmona. Era una de las puertas principales de la ciudad, probablemente el antiguo eje oriental del decumanus de la Híspalis romana, por la que entraban todo tipo de viajeros y mercancías para los mercados intramuros y, sobre todo, el agua que se suministraba a la ciudad desde las minas subterráneas de Alcalá de Guadaíra a través de un acueducto de más de 17 km, los llamados "Caños de Carmona", del que se conservan algu­nos tramos modernos en la barriada de los Pajaritos y en la calle Luis Montoto, el último de ellos descubierto al derribar el antiguo puente sobre el ferrocarril en 1991.
     El acueducto fue construido en el siglo XII durante el mandato del califa almohade Abu Yaqub Yusuf aprovechando los restos de un viejo conducto romano que traía el agua desde la alcalareña fuente de Santa Lucía para su transporte a las huertas extramuros, como la almunia de la Buhayra, a diversos lavaderos y molinos y, sobre todo, para el consumo de la propia ciudad. La conducción era subterránea hasta acercarse a la actual Torreblanca, donde el acueducto se hacía visible y sus aguas discurrían por un canal que abastecía diversas huertas y molinos cuyas rentas pertenecían al Cabildo hispalense por donación de Alfonso X en el siglo XIII. Pero, al acercarse al humilladero de la Cruz del Campo, el acueducto se elevaba progresivamente sobre arca­das con objeto de superar la muralla, hasta alcanzar su mayor altura al llegar a la puerta de Carmona donde el agua se almacenaba en un depósito adosado, el Arca del Agua, para ser repartida posteriormente a diversas fuentes de la ciudad (la fuente de Mercurio en la plaza de San Francisco, por ejemplo), conventos y casas nobiliarias (el palacio de los Medinaceli o Casa de Pilatos, entre otros) y el Alcázar de la ciudad (a través del callejón del Agua).
     Más tarde, en el siglo XIX, el asistente Arjona ordenó la reforma del acueducto y la construcción de un tramo rectilíneo y elevado entre Torreblanca y la Cruz del Campo que evitase el rodeo por las huertas y molinos que podemos ver en el plano del siglo XVII.
     Esta distribución se mantuvo hasta la instalación del suminis­tro de agua por la Seville Water Works a comienzos del siglo XX, a pesar de haber sido demolida la puerta en 1868.
     El otro gran aporte de agua a la ciudad procedía de la cercana Fuente del Arzobispo, la cual abastecía a los barrios del cuadrante septentrional aproximadamente, a lo que habría que sumar otros recursos hídricos de menor calidad como los procedentes de pozos particulares e, incluso, del mismo río Guadalquivir en los espacios recomendados para ello.
     La puerta primitiva de la cerca islámica fue sustituida por otra de carácter monumental, diseñada por Asensio de Maeda en 1578, bajo el mandato del conde de Barajas, dentro de una operación urbanística que buscaba la alineación de la calle San Esteban con la puerta, para lo que fue preciso derribar el viejo Hospital de la Veintena, sin uso desde la reforma hospitalaria del cardenal Rodrigo de Castro en 1586. Los espacios del interior de la puerta fueron utilizados como cárcel de caballeros bajo la autoridad del duque de Alcalá hasta bien entrado el siglo XVII y posteriormente como vivienda para el encargado de la vigilancia del Arca del Agua. Hay noticias acerca del escaso cumplimiento de la normativa de cierre de la puerta en el horario establecido por las ordenanzas, ya que los vecinos del arrabal de San Roque, así como los intereses de los cercanos con­ventos de San Agustín, San Benito, Santo Domingo de la Calzada y del vecindario del área de Santa Justa, reclamaban que la puerta se mantuviera siempre abierta para atender sus diferentes necesidades, lo que se conseguiría finalmente a comienzos del siglo XIX.
     Por otro lado, también era un viario muy utilizado por la pobla­ción sevillana al realizar el vía crucis que partía de la Casa de Pilatos, atravesaba la puerta de Carmona y tras diferentes estaciones concluía en el humilladero de la Cruz del Campo levantado en el siglo XV sobre una pequeña elevación junto al camino y el acueducto. Dicho vía crucis había sido instaurado en 1521 por el primer marqués de Tarifa, don Fadrique Enríquez de Ribera tras su viaje a Tierra Santa, y hoy podemos recordar sus estaciones a través de los paños de azulejos colocados en 1958, los cuales recogen diver­sas escenas de la Pasión según la iconografía cofradiera sevillana. Como ya hemos visto anteriormente, la puerta fue derribada en 1868, pero afortunadamente han llegado hasta nosotros retazos de su historia como los restos de la muralla que podemos observar tras una verja metálica en el número 2 de la calle Puerta de Carmona o el curioso caso de una bomba embutida en el muro exterior del número 1 de la calle Mosqueta, recuerdo del bombardeo que sufrió este sector de la ciudad por las tropas gubernamentales del general Pavía enviadas desde Madrid para aplastar el levantamiento cantonal andaluz iniciado tras instaurarse la I República en 1873.
     Tras el derribo de la puerta todo el área extramuros fue planificada en torno a 1872 con el diseño de nuevas edificaciones que ocultaron la muralla y nuevas calles y manzanas entre esta y el arroyo Tagarete. Entre las nuevas construcciones sobresale la man­zana triangular de la Florida, en cuyo solar la prensa se ha hecho eco de las excavaciones arqueológicas que descubrieron en 2009 los restos de un arrabal islámico y bajomedieval cristiano, quizás el de Benialofar junto al Tagarete mencionado en algunas fuentes. Con posterioridad, nuevos trabajos arqueológicos han sacado a la luz en 2019 restos más profundos que se han interpretado como pertenecientes a un santuario de época republicana romana, almacenes e infraestructuras portuarias junto al Tagarete, así como un tramo de calzada romana, quizás la vía Heraclea, un conjunto que muestra la pujanza de este sector hace más de dos mil años.
     Lamentablemente, del interesante conjunto de hotelitos que ocu­paba la acera frontera de la Florida, obra del arquitecto Jacobo Geli Lassaleta, tan solo uno de ellos ha sobrevivido, modificado y encajonado entre edificaciones recientes que le hacen perder su carácter original.
     A partir de la puerta de Carmona, la muralla discurre entre la calle Tintes y la avenida Menéndez Pelayo, como se puede intuir en un pasaje cerrado a la altura de donde se situaría la puerta. Durante la Baja Edad Media, el espacio de la calle Tintes junto a la muralla estaría sin edificar, debido a las normas municipales que prohibían obstaculizar el libre acceso a los caminos de ronda de la muralla, pero finalmente se ocuparía todo el espacio intramuros de la calle, donde se localizarían industrias molestas para el vecindario, como el trabajo de los caleros o el curtido y tintado de las pieles, lo que explicaría el alejamiento de estas actividades en una zona marginal. Algunos textos mencionan también la existencia en este tramo de la calle del llamado «postigo del Jabón», que comunicaría este espacio con las huertas extramuros, como la de Espantaperros, Mataperros y Mataperrillos, junto al cauce del Tagarete, pero no se ha podido ubicar con exactitud dicho portillo, quizás en las cercanías de la plaza de los Zurradores. El derribo de la muralla en este área, permitió la apertura de nuevas calles en los años 70 del siglo XIX: Estella, Irún, Pasaje Zamora, González de León, Juan de la Cueva, Juan Hispalense y Conquista, las cuales comunican la avenida Menéndez Pelayo con el interior de la ciudad.
     Por otro lado, los trabajos arqueológicos desarrollados en los solares de nueva construcción del tramo de Menéndez y Pelayo hasta la puerta de la Carne, permitieron a sus excavadores confirmar que la liza, el espacio entre la muralla y el antemuro, adquiría en este tramo una distancia entre muros cercana a los 7 metros, mayor que la que presenta regularmente, lo que ha llevado a pensar que en los espacios cercanos a las puertas los arquitectos almohades diseñaron algún tipo de sistema defensivo más complejo para proteger mejor los accesos a la ciudad (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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jueves, 30 de julio de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario, de Sevilla.
Calle Resolana
     Esta vía se formó en los años 70 del siglo XIX tras el derribo de la muralla, la cual discurría bajo las manzanas de viviendas fronteras al parque actual, aunque anteriormente ya existió un paseo de ronda extramuros. Recibió este nombre por ser un espacio abierto y soleado, tras el cual se sucedían una serie de huertas periurbanas y daba comienzo el arrabal de la Macarena. La demolición del área fortificada permitió la urbanización a comienzos del siglo XX de la antigua área intramuros más cercana, las actuales calles Conde de Mejorada y Marqués de Esquivel, formadas sobre una serie de huertas, como la de las Cadenas, que estuvieron vinculadas originalmente a la Encomienda de San Benito de la Orden Militar de Calatrava.
     A partir del patín de las Damas la muralla seguía un tramo recto en dirección este, del que se conservan restos de una torre y de la propia muralla integrados en el sótano del edificio del n.º 41 de esta calle. En este mismo sector, se abrió en 1860 una puerta que comu­nicaba con la antigua calle Linos, hoy Feria, también conocida en algunos documentos como postigo de la Basura, ya que era utilizado para sacar la basura que luego se amontonaba extramuros en la Resolana, aunque hay fuentes que consideran que en tiempos de los Reyes Católicos ya se había abierto la llamada Puerta Nueva, con la misma finalidad de extracción de las basuras, y que pudo cerrarse con ocasión de alguna medida contra la peste. En las proximidades de esta calle se ubicaban unas escaleras dobles que permitían el acceso al camino de ronda de la muralla y que aún se podían advertir en el plano que realizó el arquitecto municipal en 1873, una descripción que nos ayuda a entender la distribución de estos acce­sos intramuros a lo largo del perímetro murado.
     En 1894 la Maestranza de Caballería patrocinó la construcción de los llamados "Altos Colegios", hoy CEIP Macarena, en la esquina con la calle Feria, con un proyecto del arquitecto Francisco Aurelio Álvarez Millán, en el que destacan, entre otros aspectos relevantes, las pinturas murales didácticas realizadas por Francesco Cavallini en las aulas. Por último, el desarrollo del ferrocarril facilitó la instalación de factorías industriales a lo largo de la calle, donde destacaron el almacén de maderas de Luis Ruiz de Rebolledo en el n.º 52 o la fundición de Domingo de la Prida, así como la fundición de plomo de Manuel Mata, 1885, de la que solo permanece la llamada «Torre de los Perdigones», en la que se ha instalado recientemente una cámara oscura.
     Unos metros antes de llegar a la puerta de la Macarena, a la altura de la actual calle Muro, se abrió en torno a 1870 un hueco en la muralla para facilitar el paso hacia el centro de la ciudad de personas y mercancías, la Puerta del Cuco, llamada así por la colonia de cucos que anidaban en esta zona de la muralla.
     La puerta de la Macarena tiene la fortuna de ser la única puerta abierta que conservamos de la ciudad amurallada medieval, tras los numerosos intentos y peticiones de proceder a su derribo. Conocemos su arquitectura original gracias a la descripción realizada por el cronista Luis de Peraza, el cual nos habla de una puerta flanqueada por "dos altas y fuertes torres", precedida por la puerta del antemuro. Sin embargo, el aspecto que presenta actualmente es el fruto de diversas reformas realizadas sobre el primitivo acceso septentrional a la ciudad, la Bab Maqarunna men­cionada en el Libro del Repartimiento.
     Esta puerta debía de presentar un estado ruinoso a mediados del siglo XVI, ya que Hernán Ruiz la incluyó en el grupo de accesos que deberían ser derribados y reconstruidos de nuevo, aunque finalmente Lorenzo de Oviedo acomete la primera reforma de calado en 1588 cuando se sustituyó el acceso acodado por el eje directo que comunicaba el arrabal de la Macarena con la calle San Luis, anteriormente denominada Real, ya que era uno de los accesos principales a la ciudad desde los caminos que venían de Castilla. Por ello, esta puerta constituyó el punto de inicio del cortejo real cuando los monarcas entraban en la urbe, desde Alfonso XI en 1327 a Carlos I en 1526, tras pernoctar habitualmente en el monasterio extramuros de San Jerónimo. En la puerta los reyes eran recibidos por las autoridades municipales y aquí procedían a jurar los fueros y privilegios de la ciudad antes de recibir las llaves de la misma, como recogen algunas lápidas conmemorativas ubicadas en la puerta, las cuales, asimismo, recogen diversas normativas urbanas referidas al acceso a la ciudad. La última reforma importante sobre la puerta la realizó el arquitecto José Echamorro en 1795, quien diseña la decoración del cuerpo superior con el aspecto neoclásico que con­templamos hoy. En la actualidad, los trabajos de restauración de la puerta han sacado a la luz diversos elementos que forman parte de la historia de la puerta: restos del almenado medieval, el color ocre original, los antiguos esgrafiados y otros aspectos decorativos del siglo XVIII, así como una pequeña cámara en el interior del arco que, probablemente, serviría para el cuerpo de guardia encargado de la vigilancia y el cobro del portazgo.
     Traspasada la puerta, se iniciaba la calle San Luis, calle Real, o Hawra Majur en el nomenclátor islámico, quizás una prolongación del antiguo cardo romano a partir del siglo XI. Extramuros, se ubicaba una manzana de casas paralela a la barbacana con fachada a la calle Andueza, como podemos ver en las fotografías y postales antiguas, la cual fue demolida en 1939 dentro de los planes de la gestora municipal franquista para destruir el hábitat conflictivo del llamado «Moscú sevillano». Recientemente se ha levantado un memorial que recuerda los fusilamientos de los defensores de la legalidad republicana producidos junto a las murallas en julio de 1936, por orden del general golpista Gonzalo Queipo de Llano, como represalia por la dura resistencia frente al golpe militar ofrecida por el barrio. Fruto posterior de aquellos tiempos sería la construcción de la basílica de la Macarena en 1948, obra de Aurelio Gómez Millán y patrocinada por Queipo de Llano, sobre el solar de la taberna conocida como casa Cornelio, lugar de encuentro habitual de comunistas y sindicalistas hasta su voladura por orden gubernamental tras la huelga revolucionaria de julio de 1931.
     Frente a la puerta se encontraba la explanada frontera al Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas, actual Parlamento de Andalucía, fundación de doña Catalina de Ribera que inicia su construcción con su hijo don Fadrique en el siglo XVI, bajo la dirección de los arquitectos Martín de Gaínza, Hernán Ruiz, Benvenuto Tortello y Asensio de Maeda. A la izquierda del hospital, la actual calle Don Fadrique enmarcaba la calzada que iba en dirección a Córdoba por la orilla izquierda del Guadalquivir y cuyas primeras paradas de interés se ubicaban en el Hospital de San Lázaro y en el cercano monasterio de San Jerónimo. A la derecha del hospital se distribuía un amplio conjunto de huertas periurbanas (la Barzola, Capuchinos, San Jacinto, la Pintada, etc.) que nutrían los diferentes mercados de la ciudad.
     Desde este punto, el tramo de muralla que discurre en dirección este es el de mayor longitud conservado, tras el derribo generalizado de puertas y murallas en el siglo XIX. Este tramo se preservó gracias al rechazo de las academias sevillanas a dicha demolición, con el apoyo fundamental de la Comisión Provincial de Monumentos y las madrileñas reales academias de la Historia y Bellas Artes de San Fernando, que llevaron a su declaración de monumento nacional en 1908. Comprende 9 lienzos de muro y 7 torres, 6 cuadradas y una hexagonal, la magnífica torre de la Tía Tomasa o Torre Blanca, llamada así por la descripción que hace de ella Luis de Peraza hacia 1535, una tonalidad blanquecina fruto de la cal del tapial utilizado, que ha sido confirmado en los recientes trabajos de restauración.
     En 1870, tras el derribo generalizado de las murallas, se decidió mantener este tramo de muralla porque era el mejor conservado y como memoria histórica del pasado, además de haber sido considerado como el de mayor calidad por Richard Ford y Félix González de León en la primera mitad del s. XIX, una decisión en la que tam­bién influyó el hecho de ser un área con escasa presión urbanística hasta el momento. Este ámbito de la ciudad era un espacio apenas urbanizado, rodeado de huertas extramuros e intramuros, como era el caso de la huerta de los Toribios en la actual calle Macarena. A consecuencia de la urbanización de esta huerta, el promotor, Aniceto Sáenz, solicitó al Ayuntamiento la apertura de portillos en la muralla, que facilitasen la salida y entrada de vecinos y carruajes a las nuevas viviendas, lo que provocó la apertura de dos portillos en 1910, que comunicaban la ronda con la calle Macarena. El hecho de mantener la muralla en este área nos permite contemplar con toda facilidad el antemuro levantado por los almohades tras las Navas de Tolosa en 1212, y la liza entre este y la muralla almorávide del siglo XII, salvo en el área de San Hermenegildo, donde un vivero y un establecimiento hostelero nos lo dificultan. Estamos en la calle Muñoz León, rotulada así en recuerdo de un oficial caído en la guerra de Marruecos.
     La puerta de Córdoba recibe este nombre desde la época del repartimiento, al considerar que daba acceso al camino a Córdoba, aunque Peraza cree que el topónimo recoge la donación del área a las huestes cordobesas que acompañaron al rey Fernando III en la conquista de la ciudad. Es la única puerta que conserva un estado más cercano al original que tuvo la muralla islámica, pero, como el resto de las puertas, ha sufrido notables alteraciones con el paso de los siglos. Presenta la típica estructura de acceso acodado simple, protegido por una torre con patio interior, característica de las fortificaciones almohades, y así se mantuvo este acceso hasta 1569, cuando la Hermandad de San Hermenegildo solicitó al Cabildo municipal la cesión de la torre y puerta para levantar una ermita donde rendir culto al santo en el lugar en el que las leyen­das, erróneamente, situaban la cárcel y martirio del santo visigodo sublevado frente a su padre. Sin embargo, la estrechez del espacio inicial llevó a su sustitución por el templo actual en 1606 gracias al empeño del clérigo fundador don Cristóbal Suárez de Ribera, cuyo retrato realizado por Diego de Velázquez podemos admirar hoy en el Museo de Bellas Artes tras permanecer colgado en la nave principal del templo. El permiso de nueva construcción concedido a la hermandad anuló el acceso original de la puerta, a la vez que se procedió a demoler el antemuro y la barbacana, el rebelín citado en los textos de Rodrigo Caro y Alonso Margado. A su vez, el nuevo proyecto obligó a levantar una nueva puerta en la muralla, recogida en las litografías de B. Tovar y derribada también en el siglo XIX, de la que aún se conservan en el acerado las huellas de la misma y las cárceles para las tablazones que se colocaban ante las puertas para frenar las inundaciones.
     De este modo, la puerta original quedó integrada en el nuevo templo, ejerciendo como portada de los pies de la única nave, hasta que la restauración del espacio por Félix Hernández en 1950 liberó la puerta islámica y trasladó la espadaña del templo desde la puerta a su ubicación actual. Más tarde, la intervención municipal sobre este espacio entre 2006 y 2008 ha permitido reconstruir el perímetro de su barbacana, que también presentaba un acceso acodado que ha quedado reflejado sobre el pavimento y que hoy podemos cono­cer gracias a la recreación infográfica del sistema defensivo de la puerta realizada por la Gerencia de Urbanismo.
     Por otro lado, las intervenciones del siglo XX provocaron la desaparición de los azulejos cervantinos que estaban colocados desde 1916 sobre la fachada de los pies y que podemos ver en las fotos antiguas. Dichos azulejos, promovidos por José Gestoso y Luis Montoto para conmemorar el III centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, fueron colocados en esta ubicación para recordar el episodio del "Alamillo, próximo a este lugar, a orillas del Guadalquivir, en la comedia El rufián dichoso", sin que podamos explicarnos la razón de esta ubicación tan lejana del espacio mencionado, sin duda otro más de los errores de esta serie de azulejos cervantinos que, hasta ahora, no han sido subsanados, a pesar de las reiteradas advertencias sobre ello a la Gerencia Municipal de Urbanismo.
     Frente a la puerta de Córdoba se encuentra el convento de Capuchinos, dedicado a las Santas Justa y Rufina, fundado en 1627 en el solar donde se estableciera brevemente el convento de San Leandro en el siglo XIV. Aquí se encontraban las pinturas que B. E. Murillo realizó en torno a 1665 para el retablo mayor y laterales y que, tras la desamortización de 1836, pasarían al Museo de Bellas Artes, convirtiéndose el edificio en almacén arqueológico y albergue municipal, vendiéndose las huertas progresivamente para levantar espacios fabriles que vendrían a caracterizar esta zona de Sevilla hasta bien entrado el s. XX (Fábrica de Vidrio de la Trinidad, La María, La Unión Industrial y Comercial, Ollero y Rull, etc.), y espacios residenciales y terciarios: las casas del Monte de Piedad, de José Espiau y Muñoz; el Hospital de la Cruz Roja de Antonio Gómez Millán; el antiguo dispensario de enfermedades del tórax, etc. Este espacio extramuros de la ciudad era denominado en la Edad Moderna el «Sitio de las justas», ya que era el área donde los caballeros se ejercitaban en los torneos y juegos a caballo y a pelota. Asimismo, era una zona en la que abundaban las charcas y lagu­nas, provocadas por el desagüe de diversos husillos procedentes de tenerías y almazaras de los barrios intramuros. El tramo de mura­lla existente entre la puerta de Córdoba y la puerta del Sol se derribó en 1870, quedando visible el caserío del barrio de San Julián, el cual también resultó brutalmente demolido en los años 60 del siglo XX, hasta las inmediaciones de la antigua parroquia de Santa Lucía y el beaterio de la Santísima Trinidad, en el marco de una drástica operación urbanística que alteró de manera importante el paisaje urbano de aquella zona de la ciudad.
Puerta del Sol
     Esta puerta se conoce con este nombre desde la conquista castellana, quizás por su orientación al este, a la salida del sol, y de ahí la presencia de la ornamentación solar en el frontispicio de la puerta reformada, como se advierte en la litografía de Tovar. Según las crónicas de Peraza y Margado, era una puerta sencilla, similar a la de Córdoba, una torre-puerta con acceso acodado, cuya ruina y dificultad motivaron su reforma a finales del siglo XVI, abriéndose un acceso directo bajo la torre que le otorgaría un aspecto similar al postigo del Aceite. Fue la última puerta derribada, en torno a 1871, aunque la demolición de los tramos adyacentes había comenzado años atrás.
     En el área intramuros se encuentra, desde 1729, el beaterio de la Santísima Trinidad, una institución religiosa dedicada a la edu­cación de niñas huérfanas y pobres, mientras que extramuros se encontraba el convento de los Trinitarios Calzados, fundado en el siglo XIII en el lugar donde la leyenda situaba la cárcel de las santas Justa y Rufina. Precisamente, recientes excavaciones arqueológicas han sacado a la luz los restos de una necrópolis cristiana tardoimperial romana, integrada en el patio del número 6 de la antigua carretera de Carmona, que podría relacionarse con las leyendas, pero, sobre todo, con el área de enterramientos a lo largo de la vía que saldría de la ciudad por Santa Catalina y que tuvo continuidad durante la etapa islámica. El convento trinitario fue desamortizado y utilizado como cuartel hasta 1882, cuando pasa a convertirse en el actual Colegio de los Salesianos, el cual solo ha mantenido la igle­sia del siglo XVIII.
     También extramuros, en 1758 se fundó la Fábrica Nacional del Salitre (n.º 152 en el plano de Olavide) para la elaboración de explo­sivos, la cual va a estar en uso hasta el siglo XIX, ubicándose las viviendas y oficinas de la fábrica adosadas a la muralla, y la zona fabril en el espacio frontero a la muralla junto al cercano arroyo Tagarete, cuyo abovedamiento dará paso a la actual calle Arroyo. Con posterioridad se ubicaron allí nuevas actividades fabriles, de cuyo recuerdo aún permanecen tres naves industriales de comienzos del siglo XX, aunque dedicadas a usos terciarios en la actualidad. Así pues, la muralla, en dirección a la puerta Osario, quedaba oculta por las dependencias de la fábrica del Salitre, mientras que el área junto al arroyo Tagarete (cuyo cauce fue abovedado a lo largo del siglo XX) fue ocupado en 1858 por un espacio dedicado al mer­cado de ganado porcino y vacuno, proyectado por Balbino Marrón, conocido como el Perneo. Tras su traslado definitivo, se planificó el área con el diseño de nuevas calles y manzanas y en el solar del mercado mayorista se levantó el Laboratorio Municipal, obra del arquitecto Antonio Arévalo en 1912, un edificio que conserva una interesante colección de material e instrumental destinado al cui­dado de la salubridad de las calles de nuestra ciudad.
     Frente al espacio del Perneo, se encuentran los jardines del Valle, recuperados para uso público tras la lucha vecinal iniciada tras el derribo del antiguo colegio de las religiosas del Sagrado Corazón y los intentos de construir núcleos residenciales de nueva planta. Los jardines permiten contemplar un amplio espacio amurallado en torno a los 300 m de longitud, sin barbacana visible, que anteriormente quedaban ocultos y que muestran la peculiaridad de un ángulo de 45° en la muralla, tras el que se encontraba el convento del Valle, fundación de monjas dominicas en 1403, que pasó por varias órdenes religiosas hasta que se instalaron allí los franciscanos observantes o recoletos en 1567, desalojados a su vez por la desamortización en 1835. En 1867 la condesa de Villanueva obtuvo del Ayuntamiento la cesión de los restos del convento, donde se instaló el colegio del Valle, procediendo la comunidad religiosa del Sagrado Corazón a reconstruir la vieja iglesia franciscana en estilo neogótico en 1877, así como a abrir un portillo en la muralla para comunicar el templo con el edificio escolar levantado en los actuales jardines, aunque la idea inicial del ayuntamiento era la mejora de la comunicaciones de este sector urbano. Por último, tras la marcha de las religiosas a Mairena del Aljarafe en 1975, la Hermandad de los Gitanos obtuvo la cesión municipal del templo, adonde se trasladó tras su restauración en 1999.
     Hay diversas hipótesis relacionadas con este topónimo, que mayoritariamente relacionan la puerta con la existencia de un cementerio mudéjar extramuros, el llamado "Osario de los moros", aunque Rodrigo Caro lo relacionó con la deformación del término Onsario o Unciario, por el peso de la harina, mientras que otros recuerdan la aparición del topónimo Bib Alfar o Alfat durante la etapa almohade. En esta puerta se localizaría el llamado peso de la "harina", un instrumento de control creado por las ordenan­zas municipales para fiscalizar que volviera a la alhóndiga del pan la misma cantidad de harina que de grano había salido para su molienda en los molinos del cercano arroyo Tagarete, como el de la Florida en las huertas de Espantaperros, el último de ellos, que fue desafortunadamente derribado a finales del siglo pasado.
     Hay noticias de la destrucción de la puerta islámica y la construcción de la nueva por el conde de Barajas en 1573, como recordaba la lápida sobre el arco exterior, con sucesivas labores de restauración a lo largo del XVIII y XIX, hasta su demolición en 1868. Recientemente, tras el derribo de una vivienda en 2014, se han encontrado los restos de la puerta Osario, en la esquina de las calles Valle y Puñonrostro, aunque posteriormente una desafortunada intervención arquitectónica ha desvirtuado por completo su lectura al construirse un edificio residencial «cabalgando» sobre la propia muralla. 'I
     Los documentos hablan de una puerta poco ornamentada, con dos torreones laterales que la protegían, prácticamente una puerta de servicio, ya que por ella salían gran parte de los escombros procedentes de las obras del interior de la ciudad, escombros que daban origen a los montículos y muladares que se observan en el plano de Olavide. También era un punto de salida del alcantarillado que des­aguaba en el cercano Tagarete. La urbanización realizada a partir de 1869, tras el derribo de la puerta y las murallas, dio paso a la formación de nuevas calles y manzanas de viviendas entre la antigua muralla y la ronda, actualmente la calle Recaredo.
     A partir de aquí, la muralla discurría exenta por la acera izquierda de la actual calle Muro de los Navarros hasta la puerta de Carmona, como podemos ver en la planimetría histórica, mientras que extramuros se había ido adosando a la muralla el arrabal que acogía a la mayor parte de los esclavos negros sevillanos desde el siglo XV. A partir de los años 70 del siglo XIX el Ayuntamiento reurbanizó todo el sector extramuros y autorizó el derribo de este amplio tramo de muralla para facilitar la conexión parcelaria entre esta vía y la calle Conde Negro, desapareciendo de este modo la cerca medieval, cuyo último resto cayó al abrirse la calle Guadalupe (antigua calle de la Torre) hacia Muro de los Navarros en los primeros años del siglo XX. Hacia el final de esta última calle, antes de salir a la puerta de Carmona, podemos ver en la fachada trasera de unos edificios del callejón de Concepción, ubicado a extramuros, los restos de la muralla que dan nombre a esta vía (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 27 de julio de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla II: desde la Puerta de Triana hasta la Puerta de la Barqueta

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla II: desde la Puerta de Triana hasta la Puerta de la Barqueta, de Sevilla.
      La calle Gravina, bautizada así en recuerdo del héroe de Trafalgar, se llamaba anteriormente Cantarranas, por las numerosas char­cas, husillos y lagunas que había a lo largo de la calle hasta que fue empedrada en el siglo XVII. La vía discurre paralela a la mura­lla entre la Puerta de Triana y la Puerta Real, apoyándose en ella las casas de los números pares, como se ha comprobado con cada nueva construcción que debe dejar expedita la cerca islámica. Sin embargo, con anterioridad, la calle discurría sin ninguna salida extramuros hasta la apertura del tramo final de la calle Canalejas en 1926, tras el derribo de un lienzo de muralla, al igual que había ocurrido con las calles Pedro del Toro y el pasaje de Aguiar, en torno a 1889. En nuestro paseo merece la pena una breve parada ante la casa n.º 31, donde un panel de azulejos nos recuerda que allí vivió el historiador José Gestoso (1852-1917), figura imprescindible en el estudio de la cerámica sevillana, como quiso mostrarnos en el propio zaguán de su casa, lamentablemente cerrada y con cierto aspecto de abandono.
     La Puerta Real, también conocida como puerta de Goles, se ubica en la vía que desde el poniente permitía acceder a la ciudad romana, una de cuyas puertas podría estar situada en el área actual de la Campana, donde en el año 2014 la investigación arqueológica dató una estructura de sillares que podrían corresponder a la propia muralla de Híspalis o a instalaciones portuarias asociadas al paleocauce del Guadalquivir. Por otro lado, las fuentes musulma­nas no mencionan la puerta de Goles, aunque algunos autores opinan que podría tratarse de la Bab al-Muaddin citada en las fuentes. A partir del siglo XIII las fuentes documentales recogen el topónimo de Goles, término que la historiografía tradicional relaciona con una deformación del nombre de Hércules o de los gules de la heráldica, aunque hoy en día se considera que el término podría aludir a una alquería cercana con ese topónimo.
     La puerta se localizaba al final de la antigua calle de Armas, hoy de Alfonso XII (en su confluencia con la calle San Laureano), y comunicaba la ciudad con el área del Arenal aguas arriba del puente de barcas y el arrabal de los Humeros. Un elemento característico de esta puerta era su escasa utilidad defensiva, ya que en sus afueras se fue consolidando un potente muladar, un pequeño montículo formado por los aportes sucesivos de las riadas y la acumulación de basuras, que hizo necesaria la construcción de un potente muro de contención que protegiese el camino exte­rior de la puerta. Sobre dicho montículo se fue formando el arrabal de los Humeros, llamado así por la presencia de pescadores dedica­dos a la salazón y ahumado de pescado, espacio en el que Hernando Colón edificó su casa en torno a 1526, cuando se estableció definitivamente en Sevilla, y donde reunió la extensa biblioteca que legó a la catedral de Sevilla al morir. Tras su muerte en 1539, la casa y las huertas pasaron por diversas manos hasta que los Mercedarios Calzados se hicieron con la propiedad y labraron el Colegio de San Laureano (1604-1835), para lo cual se demolió gran parte del antiguo palacio, muy debilitado por las últimas inundaciones y la inestabilidad del muladar sobre el que se asentaba. Del edificio mercedario aún se conservan diversos sectores del mismo, como su iglesia, donde tuvo su sede la Hermandad del Santo Entierro hasta la desamortización, cuando el edificio se transformó en cuartel de Intendencia y se labró la fachada actual. Posteriormente, en el siglo XX el viejo edificio pasó a acoger en torno al patio otros usos que aún recordamos, como talleres, almacenes y bares de copas, que dieron paso más tarde a un conjunto residencial, mientras que la antigua iglesia ha sido restaurada por el Ayuntamiento para su uso como equipamiento público.
     Como podemos observar en la imagen, en el plano de Olavide se advierte un muro paralelo a la muralla frente a la puerta y acodado a ella, del cual aún se conserva el tramo perpendicular a la misma, y que serviría de contención de las frecuentes riadas que asolaban el arrabal. Asimismo, la documentación menciona en este área de la muralla la presencia de huecos abiertos en la cerca para esquivar la vigilancia fiscal presente en las puertas de la ciudad.
     La antigua puerta de la cerca islámica fue reformada en varias ocasiones antes de ser sustituida en 1565 por el nuevo diseño renacentista de Hernán Ruiz II. Esta puerta, más ancha y sin recodo, constaba de un arco de medio punto, flanqueado por dos capillas en su interior, la de la Virgen de las Mercedes, devoción que aún se mantiene, y la de San Antonio de Padua. Estaba coronada por un frontón triangular con el escudo de la ciudad y cuatro grandes esferas pétreas.
     A partir de 1570, se la denominó Puerta Real, con motivo de la entrada del rey Felipe II por dicho acceso, al sustituir el cabildo sevillano la puerta de la Macarena, entrada habitual de los monarcas hasta ese momento, por esta otra que había sido reformada recien­temente. Para la ocasión, el humanista Juan de Mal Lara planificó un complejo programa de actividades coincidente con la presen­cia de la Flota de Indias en el Arenal, por lo que se hizo entrar la comitiva real por el río para acceder desde esta puerta a la calle de Armas y continuar por la plaza del Duque de Medina Sidonia, calle de las Sierpes, plaza de San Francisco, Alcaicería de la Seda y desde la Catedral alcanzar los palacios del Real Alcázar.
     Al pie del antiguo Colegio de San Laureano, el Ayuntamiento colocó en 2008 una lápida para recordar el fusilamiento en el cercano campo de Marte (actual plaza de Armas) de 82 jóvenes liberales levantados contra el Gobierno de Narváez en 1857, un lamentable ejercicio represor contra el que no pudo hacer nada el entonces alcalde de Sevilla, Miguel de Carvajal y Mendieta, quien, según la leyenda, lloró de impotencia sentado en el sillar que desde entonces es conocido como la «piedra llorosa».
     La puerta fue derribada en 1865 para facilitar la conexión de la ciudad, a través de la calle de Armas, con la nueva estación de ferrocarril en la plaza de Armas, el antiguo campo de Marte, un espacio donde las milicias venían realizando sus ejercicios de armas hasta que en 1858 tuvieron que trasladarse al prado de Santa Justa con la llegada del transporte ferroviario. En la plaza de la Puerta Real hay un paño de azulejos que recrea la antigua puerta, de la que se conserva un lienzo de la muralla islámica con una lápida conme­morativa que recuerda la reforma de 1565.
Calle Goles
     La vía discurre casi en paralelo a la muralla de la ciudad, de la que se conserva parcialmente un lienzo que podemos contemplar al ini­cio de la calle tras el templo de San Laureano, en el encuentro con la calle Barca. Es interesante observar desde este punto las diferencias de cota a uno y otro lado de la muralla del sector por las razones comentadas anteriormente, quedando el arrabal de los Humeros a mayor altura respecto a la calle Goles.
     Esta calle no tuvo ninguna apertura al exterior hasta el siglo XIX, cuando la muralla fue demolida para dar paso a la instalación de las vías del ferrocarril en la actual calle Torneo y se abrieron las conexiones con esta vía de las calles Baños, Pascual de Gayangos e Imaginero Castillo Lastrucci, además del pasaje entre Goles y la calle Luis Rey Romero, anteriormente extramuros en el arrabal de los Humeros.
     En la zona de los pares, extramuros, se ubicaría la huerta del humanista Hernando Colón, visible aún en el plano de Olavide, donde se mantuvo hasta comienzos del siglo pasado el zapote traído de América en el siglo XVI. En esta vía es interesante la casa n.º 30, de Juan Talavera, y la n.º 43, del arquitecto Gómez Millán, 1911-13, donde se ubicaba el garaje Laverán, el cual alberga actualmente un depósito de piezas arqueológicas de propiedad municipal. Más adelante, en el n.º 54, se observa un moderno bloque de viviendas que incorpora en su fachada restos de la Fundición Metalúrgica Orta Balbontín, un recuerdo de la gran actividad industrial que tuvo este área hasta bien entrado el siglo XX.
     Salimos por la calle Imaginero Castillo Lastrucci hacia la calle Torneo.
     Esta amplia avenida recibió este nombre en el siglo XIX, aludiendo a una leyenda que hablaba de un torneo en este área en el que habría participado Guzmán el Bueno. Inicialmente, esta calle abarcaba el amplio espacio extramuros entre la puerta Real y la puerta de la Barqueta, recibiendo el topónimo de cada puerta cercana.
     Todo este sector de la muralla fue el más castigado por la acción destructora de las avenidas del Guadalquivir desde los inicios del entramado defensivo, por lo que fue reconstruido en numerosas ocasiones, dotándosele de torres de sección semicircular que ofrecían mayor resistencia a la acción erosiva. En el ámbito extramuros se había construido un arrecife para defender esta parte de la ciudad de las numerosas crecidas del río Guadalquivir, que dañaban especialmente esta zona y en la que vertían numerosos husillos procedentes del interior de la ciudad. Desde la conquista castellana de la ciudad este área mostró una bajísima densidad demográfica y un escaso valor residencial, de ahí la temprana presencia de aquellas actividades especialmente molestas por su pestilencia, tales como las curtidurías o tenerías y las sayalerías, que las ordenanzas municipales ordenaban se ubicasen en áreas alejadas y semivacías del interior amurallado. Más tarde, en el siglo XIX, se ubicó en esta zona la fundición metalúrgica de Narciso Bonaplata en el desamortizado convento de San Antonio, aprovechando los amplios espacios conventuales y el idóneo carácter alejado para una actividad industrial contaminante, ventajas a la que se sumaría en unos años la cercanía del trazado ferroviario una vez derribada la muralla.
     Anteriormente, los monjes franciscanos del convento de San Antonio de Padua, fundado en el siglo XVII, habían abierto en la muralla de la ciudad un postigo para su uso exclusivo, que les per­mitía acceder desde sus huertas hacia la ribera del río Guadalquivir, el postigo de San Antonio mencionado en algunas fuentes.
     El llamado portillo de San Juan, diminutivo que ya nos indica su importancia menor en la ciudad, recibía su nombre del cercano compás de la Encomienda de San Juan de Acre, de la Orden de Malta (jurisdicción desaparecida en 1837 como ya comentamos en un capítulo anterior), aunque también se la conocía como de la Grúa, o del Ingenio, por el que existía en las orillas del río para ayudar a la carga y descarga de las barcazas que transitaban entre el puente de barcas y Córdoba. Además de este tráfico, durante la Edad Media este área también acogió el de las pequeñas embarcacio­nes que podían superar el puente de barcas por la sección levadiza de sus extremos, hasta que una normativa de los Reyes Católicos exigió el traslado definitivo al Arenal de toda actividad portuaria, causado en gran parte por las dificultades que presentaba el curso fluvial para la navegación aguas arriba del puente, a lo que también se sumó el traslado de la Aduana desde este espacio al Arenal en el siglo XVI. Por otro lado, en este espacio intramuros también se encontraba el convento de Santiago de la Espada, perteneciente a la Orden Militar de Santiago, actualmente colegio religioso de las Mercedarias, así como la ermita de la Virgen de la Estrella.
     Las fuentes islámicas no mencionan esta puerta, que debía de ser del tipo torre-puerta, similar a la que aún tenemos en la puerta de Córdoba, aunque su aspecto fue modificándose con las sucesi­vas reformas, entre las que sobresalen las realizadas en 1758, una auténtica reconstrucción del conjunto amurallado de este sector, en estado ruinoso a causa de los embates del Guadalquivir. La puerta se encontraría en el espacio de la actual calle Pérez de Garayo, como han documentado las excavaciones realizadas por Fernando Amores en 1995 y como se advierte en los planos del área que levantó la antigua Cía. de Ferrocarriles MZA para levan­tar la línea Sevilla-Córdoba, que fue la responsable del derribo de esta puerta y de los lienzos de muralla adyacentes. No obstante, años antes del derribo de la muralla, un fotógrafo anónimo consiguió recoger en su cámara un documento excepcional del área, ya que documenta el último estado de la muralla con su almenado, y tras ella la fundición de Narciso Bonaplata, el templo de Santiago de la Espada, el husillo real, el monasterio de San Clemente y el Patín de las Damas en la puerta de la Barqueta, reflejados sobre el Guadalquivir, como podemos advertir en la imagen.
     La puerta fue demolida en 1863 y ya la prensa del momento reco­gía que el espacio exterior era un área de baños fluviales, por lo que hubo que establecer turnos horarios y "cajones" para el baño separado de ambos sexos, como venía ocurriendo en otros espacios del río a su paso por Sevilla. Más allá, en el n.º 26 de la calle actual, Aníbal González diseñó el edificio para la fábrica de mol­duras y espejos, La Moldurera, entre 1908 y 1910, en cuya parte trasera se instaló la fábrica de fósforos de Enrique Ramírez, y que actualmente acoge la sede del Instituto Andaluz de Administración Pública.
     A continuación, llegamos a la calle Lumbreras, llamada así por los registros de la cloaca que discurría bajo la calle para desaguar la Alameda, la cual vertía al río en el llamado Husillo Real, cuyos últimos vestigios fueron lamentablemente demolidos cuando se realizaron obras en la conexión de esta vía con la calle Torneo en 1991, en el contexto de las obras para la Exposición Universal de 1992. En este punto se observa el trazado de la antigua muralla sobre el acerado actual, como resultado de la preceptiva intervención arqueológica en el solar vecino, la cual permitió documentar las obras de defensa de la ciudad frente a las frecuentes crecidas del río, como, por ejemplo, la estructura semicircular adosada a la muralla en torno al siglo XVI y que podemos advertir en el plano de Olavide. Cerca de este punto se encuentra la calle Arte de la Seda, urbanizada en el s. XVI sobre una serie de huertas pertenecientes al cenobio cisterciense de San Clemente, que nos recuerda la presencia de este gremio en el compás viejo del monasterio, donde se labro un hospital bajo la advocación del santo cuya festividad recuerda la conquista de Sevilla por las tropas de Fernando III el 23 de noviembre de 1248.
     En nuestro paseo debemos intuir la muralla bajo el acerado de la calle Torneo, hasta llegar a la puerta de la Barqueta, una vez superados los muros traseros del monasterio de San Clemente.
     El primer topónimo conocido para esta puerta es el de Bibarragel, procedente del término árabe Bab al-Ragwal, que alude al camino que conducía hasta Qalat Ragwal, la actual Alcalá del Río. Sin embargo, a partir del siglo XIV las fuentes la mencionan también como puerta de la Almenilla, que al parecer de los cronistas aludía a la torre albarrana junto a la puerta y a la almena que coronaba la puerta, utilizada para medir la altura de las frecuentes avenidas del Guadalquivir. Posteriormente, también adopta el nombre popular de la Barqueta, por la barca que cruzaba el río hacia el camino de Santiponce, en un punto donde también se ubicaba un vado practicable. La puerta se ubicaría aproximadamente donde hoy se encuentra la isleta central del tráfico frente al puente Mapfre o de la Barqueta.
     Algunos autores opinan que la puerta islámica formaría parte de un complejo sistema de fortificaciones que pretendía asegurar la defensa de la ciudad en su ángulo noroccidental, el menos poblado en el momento, el cual estaría formado por una alcazaba de origen abbadí, cuyos restos se han localizado bajo el monasterio de San Clemente, y una torre albarrana asociada a su correspon­diente coracha, levantada por el poder almohade a comienzos del siglo XIII, en el contexto de reforzamiento de las defensas urbanas ante los avances castellanos, similar al complejo de Atarazanas y torre del Oro.
     Sin embargo, el principal peligro de este área fortificada eran los embates de las crecidas fluviales en la curva que allí formaba el río, por lo que la muralla urbana debía impedir el paso de las ave­nidas hacia el interior de la ciudad por la actual calle Calatrava (por la orden militar que ocupó el solar de la actual parroquia de Belén), por donde discurría el paleocauce del Guadalquivir hasta la Alta Edad Media. En este sentido, una vez consolidado el cauce actual y abandonado el antiguo, se originó la laguna de la Alameda cuyas aguas discurrían por diversos husillos por Amor de Dios, Campana, Sierpes, y Plaza Nueva hasta la laguna de la Mancebía, y desde allí buscaban el cauce principal del río. Esta agresiva actividad fluvial provocó desde la Edad Media las constantes reformas de la muralla, que a duras penas soportaron el fuerte empuje de las aguas, especialmente tras la dura inundación de 1626, que obligó a construir un nuevo muro interior en la plaza de Vibarragel, maci­zándose la superficie entre este, la puerta de la Almenilla y la torre del Gallinote del muro medieval. Se formó así un terraplén elevado sobre el que se dispuso una explanada almenada que funcionaba como un espacio de paseo y esparcimiento con vistas al río, conocido como el patín de las Damas o también el Blanquillo, cuyas huellas se han marcado sobre el pavimento en el inicio de la calle Resolana, junto al parque de los Perdigones.
     Este conjunto fortificado tuvo que ser reforzado nuevamente en numerosas ocasiones, como ocurrió en 1773, cuando el Cabildo ordenó la construcción de una serie de diques y malecones frente al río, desde el llamado husillo del Taco, aguas arriba de la Barqueta junto al lavadero de lanas, hasta el arrabal de los Humeros, con el objetivo de evitar que la fuerza de las aguas erosionasen la orilla y socavaran la muralla. Para ello hubo que demoler la torre del Gallinote, proa de la muralla, y se construyó una potente explanada exterior y una escalinata que bajaba hacia el embarcadero. Se formó así un paseo extramuros que recibió el nombre de paseo de las Delicias, hasta que este topónimo pasó a ser utilizado en el nuevo paseo ordenado por el asistente Arjona al sur de la puerta de Jerez. Este primer paseo de las Delicias será el que vendría a ser ocupado en el proyecto ferroviario de la Compañía Ferroviaria M.Z.A. años más tarde, lo cual provocaría la privatización del espacio extramuros hasta los Humeros y el cierre de los pasos hacia el río, que se mantuvo hasta las obras con motivo de la Expo 92. Así pues, como ya comentamos en otro capítulo anterior, la construcción del ferrocarril Sevilla-Córdoba hizo necesaria la demolición del patín de las Damas y de la puerta de la Barqueta en torno a 1858, ordenándose el espacio resultante entre las actuales calles Puerta de la Barqueta, Vib Arragel y Bécquer que encierra una manzana de viviendas, hoy rehabilitada, obra del arquitecto José Espiau y Muñoz de comienzos del XX (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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sábado, 25 de julio de 2026

La escultura "Santiago el Mayor", de Ricardo Bellver, en la Puerta de la Asunción, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la escultura "Santiago el Mayor", de Ricardo Bellver, en la Puerta de la Asunción, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
    Hoy, 25 de julio, Solemnidad del apóstol Santiago, hijo del Zebedeo y hermano de San Juan Evangelista, que con Pedro y Juan fue testigo de la transfiguración y de la agonía del Señor. Decapitado poco antes de la fiesta de Pascua por Herodes Agripa, fue el primero de los apóstoles que recibió la corona del martirio (s. I) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para Explicarte la escultura "San Juan Evangelista", de Ricardo Bellver, en la Puerta de la Asunción, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Puerta de la Asunción [nº 067 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Ha tenido los nombres de puerta del "Perdón", "Perdón Nueva", "Principal" y "Grande", con obras que van desde 1481 hasta 1884 (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     La Catedral de Santa María de la Sede tiene en el centro del muro de los pies su portada principal, la Puerta de la Asunción, y en ella, encontramos en su lateral izquierdo, en las archivoltas, en su cuerpo inferior, a Santiago el Mayor con atuendo de peregrino. Éste, como toda la decoración escultórica de dicha portada fue realizado (en este caso en 1887) en cemento por Ricardo Bellver.
     La distribución de todas las esculturas se corresponde con un programa iconográfico preestablecido y que, resumidamente, es el siguiente: en el cuerpo inferior de las archivoltas se sitúan los Apóstoles; en los frontales de los apilastrados, también en su cuerpo inferior, los Evangelistas y a continuación de los mismos cuatro Santos Mártires. En el cuerpo superior de las archivoltas centrales, la Familia de la Virgen, (Madre, Padre, y Esposo) así como a María Magdalena. A continuación, a ambos lados, los Padres de la Iglesia, seguidos de los Doctores de la Misma; y por último, en los frontales y laterales exteriores de los apilastrados, se han representado, a los Santos Fundadores de Órdenes Religiosas.
     Señalar que no cabe duda que la envergadura del encargo de esta decoración escultórica puso en una situación difícil al artista, ya que por una parte se le exigía ajustarse al estilo del resto de la fábrica catedralicia, es decir, desarrollar un programa goticista; o bien, la otra solución que le quedaba era elaborar una obra personal, lo cual desentonaría sensiblemente con el conjunto. Ante tal disyuntiva, Bellver optó por una solución intermedia que le condujo hacia una obra ecléctica y un tanto fría, y a pesar de ser un escultor decididamente naturalista no consigue, en esta obra, reflejar tal característica, inclinándose por un particular neogoticismo en la elaboración del relieve central, y no consiguiendo en el resto de la estatuaria la fuerza realista y dramática propia de otras obras por él ejecutadas. Resultado que no es producto de la estilística del escultor, sino de las exigencias, estéticas y materiales, de unas instituciones y de una época que se ancló en el pasado y que, en lo que se refiere al panorama artístico, no destacó especialmente por su nivel creativo [José Antonio García Hernández, La Decoración Escultórica de la Portada Principal de la Catedral de Sevilla (1882-1899)].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santiago apóstol;
HISTORIA Y LEYENDA
   Hijo del pescador galileo Zebedeo, era el hermano primogénito de san Juan Evangelista y no de Santiago el Menor, a quien se suele tomar por su hermano pequeño. Junto con Juan fue llamado por Cristo para convertirse, jun­to a Pedro y Andrés, en uno de los apóstoles. El epíteto el Mayor significa que fue uno de los primeros llamados. Junto a san Pedro y san Juan asistió a la Transfiguración, o Agonía de Cristo en el Monte de los Olivos. No se sabe nada de su actividad apostólica después de la Ascensión. Se suponía que había predicado la fe en Siria y en Judea, y que cuando regresó a Jerusalén, en el año 44, habría sido decapitado por orden de Herodes Agripa. De esa manera, uno de los primeros apóstoles convocados por Jesús habría sido el primer llamado por Dios.
   El principal milagro que se le atribuía era la conversión del mago Hermógenes, evidentemente copiado de la historia de Simón el Mago, derrotado por el apóstol Pedro.
   Hermógenes envió a su discípulo Fileto para que empleara sus sortilegios contra Santiago. Pero éste, al ver que Santiago curaba a los enfermos e incluso resucitaba a los muertos, se convirtió, y de vuelta junto a Hermógenes, intentó convertir a éste. El mago, enfurecido, lo dejó paralítico, y Fileto pudo recuperar el uso de sus miembros gracias al apóstol, quien le prestó su manto milagroso.
   Entonces Hermógenes pidió a los demonios que le entregaran a Santiago y a su neófito encadenados. Pero Santiago ordenó a su vez a los demonios que hicieran a su enemigo el daño que éste quisiera infligirles. Los a gentes de Satanás, subyugados por una fuerza superior, encadenaron a Hermógenes y lo entregaron atado de pies y manos.
   Entonces el mago reconoció su error, y prosternándose a los pies del apóstol Santiago, quien le hizo desatar, solicitó el bautismo y arrojó los libros de magia al mar.
   De acuerdo con la tradición española, que contradice a la leyenda palestina, el apóstol Santiago habría viajado a España para predicar el Evangelio, desembarcó en Cartagena, y luego, en Zaragoza, se le habría aparecido la Virgen en lo alto de una columna de jaspe (Virgen del Pilar), rodeada por un coro de ángeles. Tal sería el origen de la célebre basílica de peregrinación de Nuestra Señora del Pilar, en Zaragoza. En Lérida debió detenerse durante la noche a causa de una espina en el pie. Habría conseguido quitarse dicha espina gracias a los ángeles descendidos del cielo. Más tarde, el cuerpo del apóstol, después de su martirio, habría navegado hasta Galicia en una barca conducida por un ángel.
   Esta leyenda tardía se explica por el ardiente deseo que animó a todos los países de la cristiandad de vincular la fundación de sus iglesias locales con uno de los discípulos de Cristo. Roma vindicaba a san Pedro, Grecia y Rusia a su hermano san Andrés. La España cristiana quiso atribuirse al apóstol Santiago, orgullosa de asegurarse de esa manera el patronazgo de un discípulo directo de Cristo, mientras que Francia debía contentarse con san Dionisio, confundido con san Dionisio Areopagita, e Inglaterra con san Jorge.
   En realidad, el apóstol Santiago nunca estuvo en España y sus reliquias jamás fueron trasladadas a Galicia. Esta leyenda nació de la cruzada contra los moros (Reconquista) y de la peregrinación a Santiago de Compostela.
   Dicha peregrinación, organizada por los monjes de Cluny para socorrer a los cristianos de España en su cruzada contra los moros, se remonta al siglo X. Por tanto, fue en esa época cuando se forjó la leyenda española del apóstol Santiago. Se pretendió antidatarla. Un documento apócrifo, presentado como un texto del siglo VII, afirma que el apóstol Santiago había llegado a España para evangelizarla. Hacia 830 circuló un rumor acerca del descubrimiento de la tumba del apóstol en Galicia, y para exaltar el valor de los cruzados, se contó que en 834, en la batalla de Clavijo, el apóstol Santiago montado en un caballo blanco, había derrotado a los infieles blandiendo su estandarte. Por último, en 860, el Martirologio de Adón certificó que la tumba del santo, que acogió sus huesos enviados desde Jerusalén, se en­cuentra en Galicia.
   Gracias a las investigaciones fundamentales realizadas por Monseñor Duchesne y a excavaciones arqueológicas  recientes (1955), que permitieron a René Louis precisar las indicaciones suministradas por los textos his­tóricos o legendarios, en la actualidad estamos en condiciones de seguir casi paso a paso la génesis de un culto tardío y forjado íntegramente entre los siglos IX y XI.
   Es necesario distinguir entre dos leyendas, que aparecieron sucesivamente: la del apostolado de Santiago en España y la de su Sepultura en Galicia. En vano se buscaría un texto que mencionara el apostolado de Santiago en la península ibérica con anterioridad al siglo VII. Los poetas latinos Prudencio y Fortunato, Isidoro de Sevilla y san Martín de Braga (Galicia), no lo mencionan. La leyenda tiene su fuente fuera de España, en el Breviarum Apostolorum. En España apareció a finales del siglo VIII, en el Comentario del Apocalipsis, del Beato de Liébana.
   En cuanto a la leyenda de la sepultura de Santiago en Galicia, la primera mención apareció en 806, en el Martirologio de Florus de Lyon. La iglesia de peregrinación construida bajo los pretendidos huesos del Apóstol ya existía en 874, puesto que ese año el rey Alfonso III de León,y su esposa Jimena ofrendaron una magnífica cruz de oro. A partir de ese momento los pere­grinos afluyeron hacia la  tumba del apóstol, convertido en el patrón de la España cristiana en guerra contra los moros.
   Textos apócrifos y tradiciones orales al margen de toda prueba contribuyeron, como es natural, a enriquecer y embellecer la leyenda forjada por los clérigos. Era necesario explicar la traslación de las reliquias del apóstol desde Palestina hasta Galicia, y su invención en un sarcófago de mármol (arca marmorica) descubierto en medio de un antiguo cementerio romano. Fue del nombre de dicho cementerio, Compostum ubi ossa componuntur que en el siglo XI se creó el nombre Compostela, que la etimología popular, a base de juegos de palabras, convirtió en Campus stellae (Campo de la Estrella).
   Algunas de estas leyendas de peregrinación o de cruzada deben recordarse aquí, porque han inspirado gran número de obras de arte.
   La primera es la traslación del cuerpo del apóstol desde Joppe (Jafa, Palestina) hasta Santiago de Compostela, en Galicia.
   Conducido por un ángel, el cuerpo santo, transportado sobre un navío, o bien en un sarcófago de mármol flotante, cruzó las Columnas de Hércules o Estrecho de Gibraltar, y recaló en las costas gallegas. La reina Lupa (o Luparia) ordenó uncir al sarcófago toros salvajes, para que se rompiese contra las ro­cas, pero los toros, al punto domesticados con una señal de la cruz, se volvieron mansos como corderos, y arrastraron las reliquias hasta el patio del palacio de la reina, quien se convirtió y transformó su castillo en monaste­rio: ese edificio sería la cuna de la célebre peregrinación de Santiago de Compostela.
   Santiago era el patrón de los peregrinos y de los caballeros: se necesitaban le­yendas especiales para uso de una y otra categoría de devotos.
   Los peregrinos no se cansaban de oír el Milagro de la horca o del Ahorcado desahorcado. A decir verdad, dicho milagro, como el del mago Hermógenes, es un plagio. Pertenece a la leyenda de otro santo Domingo, Domingo de la Calzada, quien había merecido el reconocimiento de los peregrinos com­postelanos porque mejoró el «Camino de Santiago».
   Dos esposos devotos se dirigían en peregrinación a Santiago de Compostela desde Toulouse. Una tarde se alojaron en una posada donde la hija del posadero se enamoró del jovencito. Rechazada por este nuevo José, la mujer, para vengarse, discurrió introducir secretamente en el zurrón de peregrino del joven desdeñoso una copa de plata, para luego acusarle de robo. El juez, convocado de inmediato, comprobó el flagrante delito y condenó a la hor­ca al presunto ladrón.
   Sus padres, consternados, siguieron la ruta hasta Santiago de Compostela, y en su aflicción, rogaron con ardor al apóstol Santiago que demostrase la inocencia de su hijo. En el camino de regreso, cuando pasaron por el sitio donde el joven fuera ahorcado, lo encontraron colgado, pero milagrosamente vivo: él les contó que lo habían sostenido la Santísima Virgen y el apóstol Santiago, quienes le salvaron la vida.
   Los padres fueron a buscar al juez, a quien encontraron sentado a la mesa, cortando un gallo y una gallina asados. Le dijeron que el hijo de ambos, suspendido en la horca desde hacía varias semanas, aún estaba vivo. El juez se negó a creer y respondió con una burla: «Vuestro hijo está tan vivo como el gallo y la gallina que están sobre la mesa». Las aves aludidas echaron a cantar al punto.
   Estupefacto, el juez aceptó entonces seguir a los padres del salvado hasta el cadalso. Luego liberó al inocente, e hizo colgar en su lugar al posadero y a su hija. El gallo y la gallina resucitados se enjaularon y condujeron a la igle­sia donde se los cuidó con mimo hasta que murieron de viejos.
    Al mismo tiempo que la leyenda de la peregrinación se difundió la de la cruzada, que popularizó la orden de Los Caballeros de Santiago. En vísperas de una batalla contra los musulmanes que se libró en Clavijo, en 930, el rey Ramiro I de Asturias, como lo hiciera antes el emperador Constantino, vio aparecer en sueños al santo patrón de España, quien montado en un caballo blanco derrotó a los moros y los puso en fuga. Asistido por el santo Matamoros, Ramiro consiguió la victoria. Fue a partir de entonces que ¡Santiago! se convirtió en el grito de guerra de los ejércitos españoles.
CULTO
   Así, aunque no contase con prueba histórica alguna, Santiago el Mayor se convirtió en el santo nacional de España (lux et decus Hispaniae), y enseguida pasó a la categoría de los santos universales que en la Edad Media ve­neraba toda la cristiandad. En España se le dedicaron centenares de iglesias de las cuales, sólo en la diócesis de Compostela hay cincuenta y cinco.
   Su popularidad se funda en la peregrinación a Santiago de Compostela, que seguía en dignidad a la de Jerusalén y a la de Roma, y que rivalizaba con éxito con San Martín de Tours y con San Nicolás de Bari, y atraía multitu­des comparables a las de Lourdes en la actualidad.
   Todos los caminos conducían a Santiago. Como los Reyes Magos, a quienes guiara la estrella, los peregrinos sólo debían seguir la dirección de la Vía Láctea que señalaba la ruta de Compostela (Campus Stellae: el Campo de la Estrella). La geografía hagiográfica y monumental se abocó a precisar los itinerarios y las principales etapas de los peregrinos. Los franceses pasaban por Tours, Limoges, Conques, Blaye, o salían de Notre Dame du Puy para reunirse en el puerto de Roncesvalles. Los alemanes se daban cita en la abadía de Einsiedeln, en Suiza, y seguían la ruta por Ginebra, Lyon y Saint Gilles. Ya pacíficas, ya guerreras, estas cruzadas internacionales  tuvieron enorme influencia en la literatura de la Edad Media.
   En cada etapa los viajeros encontraron centros de hospedaje ya cogida: capillas, posadas y hospitales organizados por las cofradías de peregrinos de Santiago que pululaban en todos los países de Europa.
   Como la peregrinación a Galicia había sido lanzada por la orden borgoñona de Clun y cuyos abades llevaban en el blasón una concha de Santiago, y como los peregrinos procedentes del norte debían atravesar Francia por fuerza, no debe sorprender que Francia haya sido, después de España, el país donde el culto de Santiago adquirió la mayor extensión.
   En la catedral de Arras se veneraba la cabeza de Santiago (saint Jacques), que Carlos el Calvo habría traído desde Santiago de Compostela y donado a la abadía de Saint Vaast. En la catedral de Amiens existía un altar del mentón de Santiago, llamado así a causa de la reliquia del apóstol que se exponía en dicha basílica.
   París tenía al menos tres iglesias puestas bajo la advocación de Saint Jacques, patrón de los peregrinos (Apostolus Peregrinus): Saint Jacques l'Hopital, Saint Jacques la Boucherie (la Carnicería) de la cual sólo subsiste una torre, y Saint Jacques du Haut Pas, situada en la ribera izquierda del Sena, sobre el camino que a través de Orleans y Cléry, conducía a Galicia.
   Las iglesias dedicadas a Santiago abundan en todas las provincias francesas, se las encuentra en Dieppe, Lisieux, Compiegne, Saint Jacques des Guérets, cerca de Vendome, y Chatellerault, en Poitou. No obstante, no se puso bajo su advocación ninguna catedral. En la iglesia de Saint Pantaléon de Troyes se le dedicó una magnífica capilla.
   Los Países Bajos compartieron esta devoción. Basta recordar a la iglesia de Santiago, en Lieja, que pretendía poseer un brazo del apóstol, enviado a Bruselas desde Santiago de Compostela, y la iglesia de St. Jacques de Coudenberg, en la cima de la Montaña de la Corte, sobre la Plaza Real, al igual que las iglesias flamencas de Amberes, Brujas, Gante, Lovaina e Ypres. En Holanda, Santiago era el patrón de La Haya.
   Inglaterra se había asegurado la posesión de una mano del apóstol y el palacio real de Saint James, en Londres, fue edificado sobre el antiguo emplazamiento de un hospital dedicado a Santiago. A causa de la concha, que es su atributo, se esperaba su fiesta para comer las primeras ostras.
   Alemania pretendía poseer la otra mano de Santiago, una donación del emperador Enrique IV a la ciudad de Bremen, cuyos magistrados formularon la promesa de enviar un peregrino a Santiago de Compostela cada año, y hacerse cargo de los gastos. La devoción germánica al apóstol Santiago también está probada por la fundación de la basílica de Santiago de los Escoceses en Ratisbona y de la Jakobkirche de Rothenburgobder Tauber, en Franconia. También en los países de Europa meridional abundan las pruebas de la devoción a Santiago. En Portugal, San Thiago era el patrón de Coimbra. En Italia, las ciudades de Pesaro y Pistoia se encomendaban a San Giacomo que tenía iglesias puestas bajo esa advocación, generalmente acompañadas por un hospital, en Roma (San Giacomo del Colosseo, detrás del Coliseo, y San Giacomo degli Spagnuoli, sobre la plaza Navone), Bolonia, Venecia y Nápoles. El duque Juan Galeazo Visconti, en 1362 fundó en Milán el hospicio de San Giacomo de'Pellegrini, para recibir a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela o que regresaban de allí.
   Desde España, la devoción a Santiago pasó, como es natural, a las colonias de las Antillas y de América del Sur, como lo prueban los nombres de Santiago de Cuba y Santiago de Chile.
   Es patrón de los peregrinos y de los caballeros, que en la Edad Media constituían dos categorías extremadamente numerosas de fieles ambulantes y militantes. Santiago también era el santo a quien invocaban los agoni­zantes.
   Además, lo vindicaban como protector las corporaciones de farmacéuticos y droguistas y los sombrereros, a causa de su sombrero de peregrino, de ala ancha.
   Los enfermos lo invocaban para la curación del reumatismo y los fruticultores le agradecían la abundancia de las manzanas, cuyas primicias madura­ban para la fiesta de Santiago.
   El culto de Santiago alcanzó su apogeo en los siglos XIV y XV, para disminuir rápidamente a medida que decaía la popularidad de la peregrinación a Santiago de Compostela y el espíritu caballeresco de la cruzada, que eran sus mejores bases.
ICONOGRAFÍA
   Deben diferenciarse tres tipos iconográficos muy diferentes: el apóstol, el pe­regrino y el caballero.
A) El Apóstol (Apostolus)
   En los monumentos más antiguos Santiago está representado como apóstol. Cubierto con una toga y descalzo, lleva un rollo (volumen) del Nuevo Testamento.
   A veces se presenta entre dos troncos de árboles podados (Toulouse, Santiago de Compostela) o dos palmeras (Horas del Mariscal de Boucicaut).
   Sus atributos son la cruz primacial de doble travesaño, porque según la leyenda habría sido el primer arzobispo de España, y la espada con la cual fuera decapitado.
B) El Peregrino (Peregrinus)
   A causa de la influencia de la peregrinación a Santiago de Compostela, a partir del siglo XIII casi siempre Santiago fue representado con ropas de peregrino. En este caso está calzado, en vez de ir descalzo, como los apóstoles. Está tocado con un sombrero de ala ancha guarnecido de conchas, apoyado en un bordón, con el habitual equipaje de los peregrinos, con lo justo para comer y beber: el zurrón y la cantimplora.
   Se lo representa, ya de pie, ya sentado.
   Este tipo fue popularizado por las insignias de peregrinación de azabache (azabache compostelano) que los peregrinos traían desde Santiago de Compostela. Por un curioso fenómeno de contaminación iconográfica con los tipos de la Virgen de la Misericordia y de santa Úrsula, Santiago ha sido representado abrigando a los peregrinos bajo su manto protector.
C) Santiago Matamoros
   Un tercer tipo, más tardío, difundido por la cruzada de la Reconquista y la orden de Santiago, es el tipo ecuestre. Santiago está representado cargando en el aire sobre un caballo blanco, y derrotando a los moros en la batalla de Clavijo. En esta tercera encarnación aparece como «Matamoros».
   En España se ha producido una confusión entre Santiago Matamoros ecuestre y las imágenes del emperador Constantino triunfando sobre los paganos, tan frecuentes en las fachadas de las iglesias del Poitou y de Saintonges (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Ricardo Bellver, autor de la obra reseñada;
     Ricardo Bellver y Ramón, (Madrid, 23 de febrero de 1845 – 20 de diciembre de 1924). Escultor.
     Pertenecía a una famosa dinastía de escultores de origen valenciano. Su abuelo Francisco Bellver y Llop, estudió en la Real Academia de San Fernando y, más tarde, estuvo trabajando en la Corte.
     Su padre, Francisco Bellver, ilustre escultor y académico, fue su primer maestro en el arte de la escultura.
     Posteriormente entró como alumno en la Real Academia de San Fernando, y destacó en las asignaturas de Anatomía Pictórica y Dibujo del Antiguo, copia del Natural y Paños.
     A los diecisiete años presentó su primera obra para la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1862, el cacique Tucapel. Dos años más tarde, en 1864, para esta misma Exposición expuso dos bajorrelieves: Sátiro tocándose las tibias y Faunos jóvenes jugando con una cabra.
     De 1866 es su magnífica obra La Virgen del Rosario, con destino a la iglesia de San José de Madrid, de soberbia ejecución y factura. Para la Exposición Nacional de 1867, realizó su extraordinario grupo de la Piedad, de gran tradición desde el siglo xv, con la que consiguió una mención honorífica de 1.ª clase. Para la Exposición Nacional de 1871, mostró tres bustos en yeso: Goya, José Bellver y Una señora.
     En el año 1874, para el concurso abierto para las plazas de pensionado de Roma, presentó su obra: David teniendo en la mano la cabeza del gigante Goliat.
     En Roma permaneció pensionado los años 1875, 1876 y 1877. En 1875 realizó el magnífico busto del Gran Capitán, copia en yeso de la estatua que talló en madera, en el siglo XVI, el escultor y arquitecto burgalés Diego de Siloé.
     Al año siguiente, en 1876, presentó su segunda obra de pensionado el bajorrelieve titulado: El Entierro de Santa Inés, para el interior de la basílica de San Francisco el Grande de Madrid.
     Finalmente, como trabajo de tercer año de pensionado, en 1877, mostró su obra más famosa y que más gloria le dio: El Ángel Caído, modelada en yeso y más tarde fundida en bronce. Medalla de Oro en la Exposición Nacional de Madrid, y en la Internacional de París. De 2,65 metros de altura, con notables influencias clásicas, helenísticas y barrocas, representa a Lucifer caído sobre unas rocas, retorciéndose por el dolor que le causa una serpiente enroscada en su cuerpo.
     En el año 1880, ejecuta el boceto para el ilustre marino y navegante del siglo XVI: Juan Sebastián Elcano, encargado por el Ministerio de Ultramar, fue presentado en la Exposición Nacional de 1881, obteniendo primera medalla, siendo esculpida en mármol blanco de Carrara.
     Acabado su plazo de pensión en Roma, permaneció en la ciudad, donde continuó vinculado hasta 1882.
     En este intervalo de tiempo esculpió el imponente monumento al Cardenal de la Lastra y Cuesta, Arzobispo de Sevilla, en un purísimo y finísimo mármol de Carrara, con influencias de estilo plateresco.
     Para la portada principal de la catedral de Sevilla realizó en yeso, en 1883, un bajorrelieve de la Asunción de la Virgen, más tarde pasado a piedra de Mónovar (Alicante), de tamaño colosal. Posteriormente para decorar la mencionada fachada talló cuarenta estatuas de apóstoles y santos, en las que trabajó hasta el año 1899, de tamaño mayor que el natural en piedra cemento Portland. 
   Durante los años 1883-1884, esculpió en mármol de Carrara dos colosales estatuas, de 2,65 metros de altura, de los apóstoles San Andrés y San Bartolomé, para la rotonda interior de la basílica de San Francisco el Grande de Madrid; la obra le fue encargada por la Obra Pía de Jerusalén; por sendos modelos cobró la cantidad de tres mil pesetas. Esta obra fue ejecutada en claro estilo neobarroco.
     El día 10 de noviembre de 1879 fue designado en Sesión Ordinaria académico correspondiente de la Academia de San Fernando. En atención a esto y al haber sido nombrado profesor ayudante de la Escuela de Artes invocando Oficios, y que los artículos 7.º y 8.º de los Estatutos, y el 77 y el 78 del Reglamento, los académicos Federico de Madrazo, José Barral, Antonio Ruiz de Salces, Francisco Asejo, Barbieri y los escultores Sabino de Medina y Elías Martín, lo proponen el 5 de mayo de 1884 como académico de número.
     El 20 de octubre de 1884, es elegido académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, su discurso de apertura fue: La Escultura en Miguel Ángel.
     Por estas fechas el obispo de Cádiz, Vicente Calvo, le encarga tres imágenes en madera policromada y de tamaño natural: San Pedro, Santo Tomás de Aquino y San Alfonso María de Ligorio.
     Durante esta época llevó a cabo otro excelente sepulcro de estilo neoplateresco, el del Cardenal Martínez Silíceo, para la iglesia-colegio de Doncellas Jóvenes de Toledo, inspirado en los sepulcros renacentistas del cardenal Tavera y el de Cisneros.
     De 1877 son el Monumento Funerario a Goya, el Monumento a Meléndez Valdés y Donoso Cortés, con la famosa estatua de la Fama, en el cementerio monumental de San Isidro de Madrid.
     A comienzos del siglo XX, esculpió en piedra blanca el Escudo colosal de España, para el Ministerio de Fomento, actual de Agricultura en Madrid.
     A partir de 1904, R. Bellver se dedica casi por entero a su labor docente, en las clases de la Academia de San Fernando, también como jurado calificador en exposiciones nacionales e internacionales. También como jurado calificador en la Academia Española de Bellas Artes de Roma, sustituyendo en 1904 al célebre escultor valenciano Mariano Benlliure, compañero suyo en la Academia.
     Dos días después de su muerte, el 22 de diciembre de 1924, el escultor segoviano Aniceto Marinas se adhiere a las condolencias expresadas por su compañero el también escultor Mariano Benlliure, con motivo de la muerte de nuestro genial artista, ocurrida el 20 de diciembre del citado año.
      Ricardo Bellver ha utilizado a lo largo de su carrera artística todo tipo de materiales para ejecutar su dilatada y extensa labor escultórica: el barro, arcilla, madera de pino, ciprés, policromada, dorada y estofada; el mármol de Carrara, la piedra de Monóvar, Novelda, el cemento Portland, el bronce y otros materiales.
     Sus primeros trabajos de juventud están realizados en barro, arcilla, escayola, yeso y cera. Se trata de estudios preparativos para mostrar a las distintas y variadas Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y a los Concursos a Oposiciones de Pensionados a Roma.
     Desde sus primeros comienzos la obra de Ricardo Bellver ha generado grandes elogios por parte de la crítica especializada de la historia del arte. de fuerte personalidad, realismo libre, notable y crítico, es el más personal y original de los escultores.
     Su estilo es ecléctico, academicista y romántico, y en muchas ocasiones se muestra neobarroco y realista.
     Es creativo y original, con una gran fuerza expresiva en sus obras (José Luis Melendreras Gimeno, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la escultura "San Juan Evangelista", de Ricardo Bellver, en la Puerta de la Asunción, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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