Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta de San Juan, de Sevilla.
Hoy, 24 de junio, Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando aún en el seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo exultó de gozó por la próxima llegada de la salvación del género humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su existencia brilló con tal esplendor de gracia que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan el Bautista [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy para Explicarte la Puerta de San Juan, de Sevilla.
La Puerta de San Juan, se encontraba al final de la calle Pérez de Garayo, en su confluencia con la avenida de Torneo; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
Tradicionalmente se situaba al final de la calle Guadalquivir -antigua de la Estrella-, en la plaza de Santiago de la Espada. Sin embargo, recientemente se ha propuesto, a partir de un plano de la compañía MZA de 1856 y de las excavaciones en c/Torneo 26, que su emplazamiento correspondería al espacio de la calle Pérez de Garayo.
Hoy, 24 de junio, Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando aún en el seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo exultó de gozó por la próxima llegada de la salvación del género humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su existencia brilló con tal esplendor de gracia que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan el Bautista [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy para Explicarte la Puerta de San Juan, de Sevilla.
La Puerta de San Juan, se encontraba al final de la calle Pérez de Garayo, en su confluencia con la avenida de Torneo; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
Tradicionalmente se situaba al final de la calle Guadalquivir -antigua de la Estrella-, en la plaza de Santiago de la Espada. Sin embargo, recientemente se ha propuesto, a partir de un plano de la compañía MZA de 1856 y de las excavaciones en c/Torneo 26, que su emplazamiento correspondería al espacio de la calle Pérez de Garayo.
Esta puerta no aparece documentada en las fuentes musulmanas, ni en los documentos castellanos del siglo XIII y ni siquiera en los de los siglos XIV y XV, en los que figura con el nombre del "engenno", de manera que no será hasta el siglo XVI cuando se la denomine con el nombre de San Juan.
En cuanto al origen del primero de los topónimos, la historiografía sevillana se muestra prácticamente unánime al relacionarlo con la existencia, a su altura, de un ingenio del antiguo muelle de la ciudad, y que tenemos documentado al menos desde 1418. Peraza es el único autor que se aparta de esta etimología, al sostener que el origen del nombre obedecía a lo "ingeniosamente" que la puerta estaría hecha para detener las inundaciones, a la vez que con este topónimo designa a la última puerta del lado del río, a la que el resto de la historiografía denomina de la Almenilla o Barqueta.
En relación al topónimo San Juan, la unanimidad es total entre los historiadores sevillanos al considerar que obedecía a la proximidad de la iglesia de San Juan de Acre.
Acerca de su primitiva estructura islámica, contamos con testimonios contradictorios. Por una parte, la descripción que de ella hace Peraza: "tiene esta puerta una torre sobre sí con quatro ventanas", que podría coincidir con un documento de los Papeles del Mayordomazgo fechado en 1422, en el que se recoge el importe de unas obras en las casas que estaban encima de esta puerta.
Sin embargo, testimonios más tardíos hacen referencia a dos torres que la flanqueaban. Así, González de León afirma que "sólo tiene dos castillos para su defensa", mientras que Álvarez- Benavides la describe como "un arco de poco radio y elevación (...) colocado entre dos torreones almenados". De la misma manera en el plano de Olavide y en el de la compañía MZA, la puerta figura flanqueada por dos torres.
Por mi parte, creo que la puerta primitiva es la que describe Peraza, mientras que la que describen González de León y Álvarez-Benavides podría ser el resultado de las obras que se efectuaron en 1758 en los lienzos de muralla contiguos y que, en lo que a la puerta se refiere, debieron consistir en la apertura de una nueva, puesto que las avenidas del Guadalquivir la habrían hecho intransitable. Por lo tanto, no coincido con quienes consideran que la primitiva puerta estaría flanqueada por dos torres y sería de acceso directo, puesto que a través del testimonio de Peraza parece intuirse que se trataría de una puerta similar a las de Córdoba o del Sol, es decir una torre-puerta, con acceso en recodo único y protegida por barbacana.
En este sentido, en un documento contenido en los Papeles del Mayordomazgo y fechado en 1386, encontramos una referencia que confirma que esta puerta era de acceso en recodo: "en las puertas del engenno".
En cuanto a las inscripciones, sobre esta puerta sabemos que estuvo situada una en árabe.
Además, en 1758 se colocó una lápida con inscripción en castellano, conmemorativa de las reparaciones que en ella y en los lienzos adyacentes se habían efectuado como consecuencia de la inundación que había tenido lugar ese mismo año, y que estuvo sobre su arco.
No he localizado noticia alguna de esta lápida, por lo que es muy posible que fuera destruida cuando entre los años 1863 y 1864 se procedió al derribo de la puerta (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
Determinados a perseguir los fantasmas de las viejas puertas de la ciudad, decidimos recorrer el perímetro de la desaparecida muralla en sentido inverso al de las agujas del reloj para invocar así el prodigio que nos permitiera viajar atrás en el tiempo. El empeño fue imposible, pero también es verdad que algunos de los fantasmas acabaron apareciendo.
Un adefesio característico de los años setenta del siglo pasado y un solar donde, mientras se construyen y no los apartamentos que allí anuncia la valla instalada por su promotor, ha crecido una espesa y selvática vegetación, enmarcan hoy en una de las bocacalles que dan a la avenida Torneo (avenida que en el habla popular sevillana nunca dejó de ser calle) las esquinas del lugar donde antaño se cree que estuvo la Puerta de San Juan, también llamada anteriormente del Ingenio; una de las más enigmáticas y desconocidas puertas que tuvo la muralla de Sevilla. Tan desconocida que de ella no quedó más recuerdo que la somera descripción dejada por el inevitable Álvarez-Benavides, pues fue de las pocas que no retrató Bartolomé Tovar en su, no menos inevitable, colección de litograf ías realizadas en 1878. Una omisión a la que acaso contribuyera el hecho de que para entonces hiciera ya catorce años de su demolición, pasando definitivamente al extenso archivo de pérdidas irreparables sufridas por el patrimonio de Sevilla so pretexto del progreso. Claro que también es cierto que cuando Tovar hizo sus litografías la mayoría de las puertas había corrido ya la misma suerte. La misma mala suerte.
«La arquitectura de la Puerta de San Juan ofrecía bien poco de notable -dice el referido Álvarez-Benavides- pues solo estaba compuesta de un arco de poco radio y elevación, colocado entre dos almenados torreones cuadrangulares». No son, evidentemente, las mejores referencias como para considerar la de este postigo como una pérdida irreparable, si bien cabe apreciar cierta parcialidad en la fuente, ya sabemos lo que pasa con el libro de los gustos.
Otro autor, Ortiz de Zúñiga, refiere en sus Anales la existencia junto a la puerta de una inscripción en árabe, la cual fue traducida por el erudito Rodrigo Caro. Dicha inscripción, que según cuenta Ortiz de Zúñiga, sería robada, decía así: «En el nombre de Dios, piadoso de piedad. Alabanzas de Dios sobre Mahomad. Mandado quedó de mano del señor Mahomad la puerta que hizo el año de la tribulación de los Moros, por agua convenció la ley sobre el hijo de Iuseph Alcafer: Venza su mandado y la tregua entre los Fieles. Después dijo el señor Ali, a quien Dios dé larga vida y lugar venturoso: Mandado fin el bendito con la alabanza de Dios y amparo de su ayuda. Vencedor de la ley, y largueza de vida de ellos, y el mandado de Dios el alto. De mano de Alaziz. Rueguen a él que le dé Dios victoria. Todos quantos entraren de esta puerta hecha de mano del Santo el Peregrino de la casa de Meca. Yo el siervo del temeroso Ellaratene, cumpla con la alabanza de Dios y el amparo de su ayuda, siervo del amoroso, saludo a todos". El que quiera entender, que entienda.
Álvarez-Benavides nos ofrece otro detalle interesante en relación no tanto con la Puerta de San Juan, sino con la muralla en el sector donde la puerta se abría: "Esta puerta -dice- y su inmediata de la Barqueta estaban unidas por un lienzo de muralla, dándose el detalle de ser circulares los doce torreones que aparecían en los intermedios de aquella mole de granito". O sea, que entre una y otra puerta hubo una interesante colección de torreones, lo cual debió de constituir un curioso espectáculo arquitectónico en este tramo de la muralla que discurría junto al cauce del Guadalquivir.
El nombre del río lleva precisamente la calle que conduce hasta donde se cree que se hallaba esta puerta, la cual antaño se abría de par en par a un paraje silvestre de la ribera que durante siglos debió de parecerse bastante a esa anárquica y dejada fronda que la crisis hizo brotar en el solar abandonado de su esquina izquierda, entre fachadas recubiertas con pasta impermeabilizante de un estridente color amarillento, que el tiempo hizo virar en dorado, matizando su estridencia.
Existe, sin embargo, una cierta controversia en torno a la ubicación exacta de la Puerta de San Juan. Hay teorías que discuten que estuviera, como muchos aseguran, al final de la calle Guadalquivir. Por ejemplo, la que sostiene Daniel Jiménez Maqueda, basada en trabajos arqueológicos realizados por Fernando Amores en la parcela del número 26 de la calle Torneo, que la sitúan a la altura de la actual calle Pérez de Garayo, en realidad un callejón sin salida, que se abre a la derecha de la calle Guadalquivir unos metros más al norte. Claro que por unos metros no nos vamos a pelear, así que, haciendo esta salvedad, convengamos, como hizo el Ayuntamiento al bautizar con su nombre esta esquina, que la Puerta de San Juan estaba exactamente aquí. Y si no exactamente, más o menos.
Imaginando el paisaje al que se abría tan ignota puerta, un nuevo enigma se suscita: ¿cuál era entonces su función sino daba a ningún sitio? En primer lugar, eso de que no diera a ningún sitio tampoco es del todo exacto. En realidad, si la puerta estuvo aquí es porque hubo algo antes que ella con lo que la ciudad precisó comunicarse. Ese algo era el antiguo muelle y, en concreto, un artefacto del mismo, denominado engenno, cuya presencia está documentada a partir de 1418. Este ingenio, como podría traducirse, y de hecho se tradujo, prestaría su nombre a la puerta, después de haber motivado su propia existencia, pues de ella no existen noticias hasta bien entrado el siglo XIV, de lo cual se infiere que la Puerta de San Juan se abrió varios siglos después de la conquista de la ciudad por las tropas castellanas. Algo que extraña si se tiene en cuenta que ya en la época musulmana los historiadores ubican el muelle principal del río a esta altura del cauce; ubicación que tiene bastante consistencia, pues lo que hoy en día es la calle Torneo fue durante siglos el sector del casco urbano más próximo al cauce del Guadalquivir. Raro es, por eso, que los musulmanes no abriesen puerta alguna en la muralla que diese a este lugar. Las noticias que nos proporciona Ortiz de Zúñiga refuerzan este parecer: "La (...) llamaban del ingenio (engeño decía el vulgar), porque cerca estaba el antiguo muelle donde se descargaban las mercaderías".
El tiempo pasó, la ciudad creció, el puerto acabaría siendo trasladado y la muralla en este punto apenas quedó para servir como muro de defensa contra las avenidas del río, reduciendo la importancia y el papel de la Puerta de San Juan a la condición de un mero postigo que comunicaba el ahora solitario páramo selvático de la ribera del Guadalquivir con el infranqueable barrio de San Juan de Acre, una especie de estado libre asociado surgido en este intrincado confín de la ciudad, por el que no era obligado pasar para a ir a ningún sitio, que fue donde vino a establecerse la orden militar que daría nombre a la puerta y el barrio, del que haría su particular predio, radicado en torno a un templo dedicado al santo que dio nombre a la orden.
Tal fue la autonomía de que gozó la collación de San Juan de Acre que sus habitantes se otorgaron un fuero particular que incluía leyes, impuestos y policía propia. La guardia real no podía atravesar las fronteras de la collación sin una autorización expresa de sus gobernantes. Los habitantes del barrio de San Juan eran en general gentes dedicadas a la fabricación y manufactura de la seda, hecho que hoy en día todavía allí recuerda una calle denominada Arte de la seda. Durante años, aquel fue un negocio próspero, pero cuando decayó, los vecinos de San Juan de Acre vieron acabarse su particular mundo. Ida la prosperidad, no tardarían en caer las fronteras que separaban tan peculiar y reservado universo del resto de la ciudad. De todo aquello hace ya mucho tiempo, demasiado. Tanto que nadie se acuerda; como nadie se acuerda ya, desde hace más de un siglo, de cómo era la Puerta de San Juan. La puerta del fin del mundo. La puerta que daba a ninguna parte. Algo, empero, nos dice hoy que tal vez quede algo de ella aquí debajo, en este promontorio que desciende hasta el lugar donde se encuentran las calles Guadalquivir, San Vicente (a estas alturas ya Vicentillo) y Pizarra, donde aún se puede aspirar el aroma de las virutas de cedro desbastadas por el maestro arquitecto de retablos Guzmán Bejarano, que aquí labró, con la misma paciencia que los viejos artesanos de la seda, la mayor parte de sus grandes obras. A este, también devastado, paraje se asoman las curiosas trazas del colegio de la Merced, un edificio con demasiadas adherencias pero entre las que son claramente perceptibles unos detalles mudéjares que se antojan coetáneos de la vecina Torre de Don Fadrique.
Ajena a todo ello y a las órdenes de los semáforos que regulan el escaso tráfico que por aquí sigue pasando, la maleza de la esquina continúa lenta e imperceptiblemente su proceso de anárquica multiplicación, evocando con su selvática estampa el paisaje al que durante siglos dio este vomitorio de la ciudad por el que ahora, como hace desde que fuera demolida la puerta que aquí se alzó, solo regurgita nostalgia por lo que fue una vez y no volverá a ser nunca más, condenada -tal le ocurrió cuando se celebró la Exposición Universal de 1992- a contemplar la vida desde lejos (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024).
Ubicada en un lugar impreciso en la actual confluencia de las calles Guadalquivir y Torneo, su denominación más antigua fue Puerta del Ingenio al encontrarse frente a ella junto a la orilla del río un artefacto -un ingenio- que se utilizaba para cargar y descargar los barcos, pues en este lugar estuvo el muelle de Sevilla hasta el año de 1574. El nombre de San Juan le viene pues junto a ella estuvo el templo y la collación de San Juan de Acre. Su construcción era muy simple. Apenas un arco y sin ornato alguno. A lo largo de la historia sufrió varias transformaciones, la última tuvo lugar el año 1757 por mandato del Asistente D. Pedro Samaniego, Marqués de Monterreal. En 1850 fue objeto de unas obras de reparación a cargo del arquitecto municipal Balbino Marrón. Catorce años después, en 1864, fue demolida para facilitar la construcción de la vía férrea (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Juan Bautista, precursor del Señor:
EL ÚLTIMO DE LOS PROFETAS DE ISRAEL Y EL PRECURSOR DEL MESÍAS
San Juan Bautista (en su traducción de los Cuatro Evangelios -1943-, Hubert Pernot sustituyó la denominación usual de San Juan Bautista por la de San Juan el Inmersor, pero la innovación no tuvo eco), el Precursor o, como dicen los griegos, el Prodromos del Mesías, es la "fíbula" viva que une el Antiguo con el Nuevo Testamento. Pertenece al reino de la Ley y al mismo tiempo al reino de la Gracia: ha vivido sub lege y sub gratia.
Aunque su historia sea contada en el Nuevo Testamento, no se podría separar de los profetas de la Antigua ley: es el último y el más grande de la estirpe ¿Acaso el propio Cristo no lo ha llamado profeta y más que un profeta? "Hic est enim propheta et plus quam propheta." Pasa por ser la reencarnación del profeta Elías: "Delante del cual irá él, con el espíritu y la virtud de Elías", dice Lucas (1: 17).
La piedad popular y el arte cristiano siempre le han reservado un lugar aparte de los apóstoles y de los santos. En la Coronación de la Virgen, del primitivo artista de Aviñón Enguerrand Quarton (1453), San Juan esta en las filas de los profetas, en el lado opuesto a San Pedro y a los apóstoles. En la Asunción del Libro de Horas de Étienne Chevalier, Jean Fouquet lo sitúa junto a Moisés. A principios del siglo XVI, en su pintura La Adoración de la Santísima Trinidad por todos los santos o de la Santísima (Allerheiligenbild) en el Museo de Viena, A. Durero, fiel a la tradición, sitúa a Juan el Bautista en la cohorte de los justos del Antiguo Testamento, junto a Moisés y el rey David.
Pero si Juan Bautista es el último de los profetas, también es el primero de los mártires de la fe de Cristo. Merecería, más que el díácono Esteban, el título de protomártir. La Iglesia le rinde el mismo culto que a los santos. En la hagiografía ocupa un lugar análogo al de San Miguel, venerado como arcángel y como santo al mismo tiempo.
Así se explica que pueda figurar dos veces en un mismo programa iconográfico, donde representa simultáneamente el Antiguo y el Nuevo Testamento. Es el caso de la portada de la iglesia de San Servais, de Maastrich, donde se encuentra en los dos derrames: a la izquierda, pisoteando a Herodes y a Herodías, y a la derecha, bautizando a Cristo en el Jordán.
HISTORIA
La historicidad de San Juan ha sido discutida tanto como la de Cristo. Ciertos mitólogos lo identifican, como a Jonás, con el dios pez babilonio Oannes.
El historiador judío Josefo dice sólo que su predicación inspiraba gran esfervecencia en el pueblo, lo cual provocó su detención (Antigüedades judías, Lib. XVIII). Ese relato no concuerda con las fuentes cristianas.
Brevedad de los Evangelios canónicos. Lo que las Sagradas Escrituras nos enseñan acerca de su vida puede resumirse en pocas palabras.
Hijo del sacerdote Zacarías y de Isabel, prima de la Virgen María, recibió el nombre de pila Johanan o Jochanaan. Se retiró muy joven al desierto de Judea para llevar allí una vida ascética y predicar la penitencia. En Jesús, que se hizo bautizar por él en el Jordán, reconocía al Cordero de Dios, al Mesías anunciado por los Profetas. Ese acontecimiento capital habría ocurrido en el año 28.
Arrestado en el 29, en la fortaleza transjordana de Macarea o Macerón (Mekavar) por el tetrarca de Galilea Herodes Antipas, cuyo matrimonio con Herodías, que era su sobrina y su cuñada a la vez (Herodes no podía justificarse por la ley judía de los levitas puesto que Herodías tenía cuatro hijos de su primer matrimonio), se había atrevido a censurar, fue decapitado sin que Jesús interviniese para salvarlo.
Sólo en Marcos y en Mateo encontramos el relato de la Pasión de Juan desde su detención hasta su decapitación. El cuarto Evangelio no hace ninguna alusión al hecho, y San Pablo calla al respecto.
Las adiciones de los Apócrifos. Sobre ese delgado cañamazo bíblico la leyenda bordó innumerables anécdotas que inspiraron al arte cristiano durante siglos.
Los hagiógrafos desprovistos de imaginación recurrieron a otras fuentes mal disfrazadas. El evangelista Lucas ya había dado un ejemplo en tal sentido, contando el anuncio del nacimiento de San Juan Bautista según el modelo de los nacimientos de Isaac (Gen. 18: 10), de Sansón (Jue. 13:2) y de Samuel (I Rey. :1). El ángel Gabriel se apareció a Zacarías y le anunció el nacimiento de un hijo que se llamaría Juan. Zacarías, tan escéptico como la vieja Sara, respondió que era demasiado anciano, al igual que su mujer, como para creer en esta buena noticia. Para castigarlo por su incredulidad, el ángel le declaró que permanecería mudo hasta el día en que se realizara la promesa divina.
La Virgen embarazada fue a visitar a su prima Isabel. Al acercarse Jesús, el niño se estremeció de alegría en el vientre de su madre.
El mismo día de su nacimiento, contrariando la costumbre judía, recibió el nombre de Juan: tan pronto como su padre Zacarías, que hasta entonces permaneciera mudo, lo escribió sobre una tabla, recuperó la palabra; su lengua se liberó y se repuso de su largo silencio profetizando.
De acuerdo con una tradición que se remonta Orígenes y a San Ambrosio, y que ha sido recogida por Pedro Comestor y por Jacopo de Vorágine en la Leyenda Dorada. el futuro precursor habría sido recibido en su nacimiento por la Virgen María. Buenaventura cuenta que María tomó en sus brazos al hijo de Isabel. El niño fijaba la mirada en ella como si hubiese comprendido quién era y cuando ella quiso devolverlo a su madre, él inclinaba la cabeza hacia la Virgen y sólo parecía encontrar placer en ella.
Lucas no dice nada acerca de la infancia de Juan Bautista, pero los Apócrifos colman la laguna. Ahí se inventa la huida de Isabel con su hijo en el momento de la Matanza de los Inocentes, fuga poco motivada puesto que habitaban lejos de Belén.
Retirado en el desierto (o en los bosques), Juan, vestido con una túnica de pelo de camello, se contenta con alimentarse de langostas (este alimento no tiene nada de anormal para un habilitante del desierto. Todavía en la actualidad los árabes comen sin asco alguno langostas secas, limpias de élitros, que se venden a espuertas en los mercados al aire libre o en los zocos. Han seguido "acridófagos". No obstante, numerosos comentaristas piensan que un asceta sólo podía ser vegetariano y pretenden que la palabra akrides ha sido traducida por langostas pero que debería interpretarse como brotes tiernos o frutas silvestres, quizás algarrobas , que en alemán se llaman Johannessbrotfrüchte -panes de San Juan-. Cf. Henri Grégoire, Les sauterelles de saint Jean-Baptiste, 1930. En inglés el algarrobo se denomina locust-tree, y las algarrobas locust-beans) y miel silvestre (locustae et mel sylvestre). Exhorta a la penitencia a sus discípulos, que lo toman por el Mesías, anunciándoles que el Reino de los Cielos está próximo.
Después del Bautismo de Cristo deja de predicar. Como Natán censurando el adulterio de David, reprocha al tetrarca de Galilea Herodes Antipas el incesto con su cuñada. Para vengarse, Herodías aconseja a su hija Salomé, que había embrujado al tetrarca con su danza, que le pida como recompensa la cabeza de San Juan Bautista.
Según el Evangelio de Nicodemo, habría precedido a Cristo en los Infiernos, donde habría servido de anunciador, igual que en la tierra.
El profeta fue perseguido aún después de su muerte: se contaba que el emperador Juliano el Apóstata, para poner fin al culto que se le rendía, hizo desenterrar y quemar sus huesos.
Puede advertirse lo que agregan los Apócrifos al relato de los Evangelios canónicos: la presencia de la Virgen en el nacimiento de Juan, la leyenda de la montaña que se abre frente a la madre y al niño, su descenso a los Infiernos donde precede y anuncia a Cristo, la incineración de sus reliquias.
La ciencia moderna. El descubrimiento de los manuscritos hebreos en el desierto de Judá, al fondo de las grutas cavadas en los cantiles del mar Muerto, en 1947, ha renovado nuestro conocimiento de los orígenes del monacato cristiano. Sobre todo se descubrió que las prácticas y enseñanzas de los Esenios había ejercido profunda influencia en la predicación del Bautista. La traducción de los rollos del mar Muerto sin duda confirmará esta filiación espiritual.
CULTO
San Juan Bautista es el primero en la jerarquía de los santos. Su primado es reconocido por la liturgia. En las Letanías se lo invoca inmediatamente después de los arcángeles, antes que a San José, esposo de la Virgen. En el Confiteor, su nombre es enunciado antes que el de San Pedro, príncipe de los Apóstoles. San Pedro Crisólogo lo glorifica como un superhombre, el igual de los ángeles: major homine, par angelis.
FIESTAS
Por un privilegio excepcional, la Iglesia celebra el día de su nacimiento y el de su muerte: su Natividad es el 24 de junio, su Decapitación el 29 de agosto. Ahora bien, sólo hay otras dos Natividades inscritas en el calendario litúrgico, la del Mesías y la de la Santa Virgen.
Antiguamente había incluso otra fiesta de San Juan Bautista, la de la Concepción de San Juan Bautista. Celebrada en Oriente, en el calendario romano ha sido reemplazada por la Visitación, que conmemora implícitamente la santificación de San Juan en el vientre de su madre.
La fiesta de la Natividad de San Juan, fijada en junio, seis meses antes de la Natividad de Jesús, se llamaba en otros tiempos Navidad de verano. Durand de Mende nos enseña en su Rational (VII, 14) que entonces, como en la Nochebuena, se cantaba un doble oficio: el primero al anochecer y el segundo a medianoche.
Más popular todavía, la Pasión o Decapitación, celebrada en agosto, reemplaza fiestas paganas que el cristianismo, consciente de la fuerza de su tradición, supo desviar en su provecho. Los fuegos encendidos en las cimas durante el solsticio de verano, después de la puesta de sol, se convirtieron en los fuegos de San Juan.
RELIQUIAS
El culto de los santos generalmente está fundado en sus milagros y sus reliquias. Ahora bien, los judíos nunca han atribuido al Bautista un solo milagro y sus reliquias habrían sido reducidas a cenizas.
Un panegirista de San Juan que escribiera en el siglo XII, se alegra de que éste no haya sido elevado al cielo como Cristo, la Virgen y San Juan Evangelista, porque si hubiese resucitado -agrega, ingenuamente- estaríamos privados de sus reliquias.
A decir verdad, la historia de la combustión de los huesos de San Juan por órdenes de Juliano el Apóstata resultaba muy molesta porque parecía quitar a los santuarios de la cristiandad toda esperanza de conquistar las reliquias del primero de los santos. En verdad, quedaban las cenizas que los genoveses se jactaban de haber recogido. Pero se las arreglaron para sortear el obstáculo: se supuso que la combustión no había sido total y que un discípulo había conseguido sustraer al fuego huesos que fueron transportados a Alejandría y se difundieron y multiplicaron a través del mundo.
Numerosas iglesias se disputaban la gloria y las ventajas de poseer las reliquias del Precursor. A causa de una confusión de nombre, se considera que la tumba de San Juan Damasceno en la mezquita de los Omeyas de Damasco contiene el cuerpo de San Juan Bautista.
Los Juanistas o Caballeros de San Juan habrían recogido un brazo en su iglesia de Malta.
Las pequeñas iglesias se contentaron, modestamente, con los dedos del Precursor. San Juan de Maurienne poseía su pulgar y San Juan del Dedo -en Bretaña- el índice, todavía más precioso, que señaló al Cordero de Dios a orillas del Jordán.
El duque Juan de Berry legó a los cartujos de París el mentón y las sandalias de su santo patrón contenidos en un relicario de plata.
Pero la reliquia más codiciada era la cabeza del decapitado que Constantinopla pretendía poseer en el monasterio de Studios.
Sólo en Italia se conocían cinco ejemplares de su cabeza. En dos iglesias de Roma, S. Silvestre in capite y S. Juan de los Florentinos, en S. Lorenzo de Génova, en S. Marcos de Venecia y en la catedral de Anagni.
A las pretensiones italianas se oponían las reivindicaciones francesas. En 1204, después de la cuarta Cruzada, un canónigo de Picardía habría llevado desde Constantinopla a Amiens la parte anterior de la cabeza de San Juan Bautista con la marca del cuchillo de Herodías. La parte posterior de la "cabeza del Señor San Jehan" había quedado en Constantinopla. San Luis la adquirió a precio de oro para la Sainte Chapelle; era la pieza más preciosa del tesoro, después de las reliquias de la Pasión.
Otra cabeza (de otro San Juan), encontrada en 1014 y conservada en un magnífico relicario, atraía a los peregrinos a San Juan de Angély, en Saintonge (Calvino se burla en su Tratado de las Reliquias: "Los de Amiens se jactan de tener el rostro y la máscara que muestran hay una marca de una cuchillada sobre el ojo que dicen que le asestó Herodías. Pero los de San Juan de Angély los contradicen y muestra la misma parte."). Santa Verónica habría aportado a Bazas una "mappula" con la cual habría secado la sangre del Precursor en la prisión.
En España, la iglesia de San Isidoro de León se jactaba de poseer la mandíbula del Precursor.
A causa de esta multiplicación, a finales de la Edad Media se contaba doce cabezas y sesenta dedos del Bautista, lo cual es evidentemente excesivo. Pero como sólo se presta a los ricos, se han atribuido al Bautista huesos que pertenecían a sus homónimos, tales como San Juan de Edesa.
LUGARES DE CULTO
La popularidad de San Juan está probada no sólo por el número paradójico de sus reliquias que parece haber tenido, como el fénix, el privilegio de renacer de sus cenizas, sino además por la multitud de iglesias puestas bajo su advocación.
Roma no le consagró menos de ocho, la más célebre de las cuales es San Juan de Letrán, madre de todas las iglesias, "omnium ecclesiarum mater et caput", fundada por Constantino, el primer emperador cristiano. En Italia era, además, patrón de Génova, de Florencia -que estampaba en sus florines la imagen de San Juan Bautista- y de Turín, que le dedicó su catedral.
En Venecia, la iglesia de San Giovanni Decollato se llama en dialecto San Zan Degola.
En Francia, le están dedicadas numerosas catedrales, especialmente la de Lyon, sede del Primado de las Galias. Además, era venerado en Perpiñán, que le dedicó dos iglesias: San Juan el Viejo y San Juan el Nuevo, en Bazas; San Juan de Angély en Saintonge; San Juan del Dedo en Bretaña, San Juan de Maurienne en el Delfinado y la abadía de San Juan de las Viñas en Soissons.
A ello hay que agregar que los baptisterios que en otros tiempos se levantaban junto a las catedrales, estaban obligatoriamente consagrados al Bautista: tal es el caso del baptisterio San Juan de Poitiers; de San Giovanni in Fonte, en Ravena, y los baptisterios de Parma, Pisa y Florencia. En Francia se los llamaba San Juan de las Fuentes o San Juan el Redondo, a causa de su planta circular.
Numerosas órdenes religiosas o militares se vindican de San Juan Bautista: Los caballeros de San Juan de Jerusalén expulsados a Rodas por la reconquista musulmana, que luego pasaran a Malta; los cartujos, cuya devoción se repartía entre San Juan, patrón de los ascetas y San Bruno, fundador (Claus Sluter lo ha representado en la portada de la Cartuja de Dijon como patrón de los Cartujos, protegiendo a Felipe el Atrevido. La cartuja del Valle de la Bendición, fundada por el papa Inocencio VI en Villeneuve de Aviñón, originalmente estaba consagrada a San Juan Bautista; por ello los frescos de la capilla ilustran escenas de su vida. En España, Fernando Gallego pintó para la Cartuja de Miraflores un ciclo de la historia del Bautista) de la orden.
En 1310, en Haarlem, se fundó una Encomienda de la orden de San Juan. Para ella fue ejecutado el gran retablo de Geertgen Tot sint Jans, uno de cuyos paneles se encuentra en el Museo de Viena.
CULTO POPULAR
Numerosos santos nunca han recibido más que un culto litúrgico y, por así decir, oficial, pero San Juan Bautista es, por el contrario, el tipo del santo popular.
Los fuegos de San Juan, las hierbas de San Juan (las verbenas) son una herencia del paganismo que sobrevive en el folklore cristiano.
Las corporaciones y las cofradías se disputaban el patronato de tan poderoso intercesor: por ello su imagen es tan frecuente en los báculos procesionales de las cofradías.
San Juan Bautista era el patrón de los sastres porque se vistió a sí mismo en el desierto; de los peleteros, a causa de la túnica de pelo de camello; de los fabricantes de cinturones, zurradores y talabarteros porque llevaba cinturón de cuero; de los cardadores de lana porque tenía un cordero como atributo.
En Florencia había adquirido la clientela del Arte di Calimala, es decir, del gremio de comerciantes de paño francés.
En memoria del festín de Herodes, era venerado por los posaderos. La prisión le valió la clientela de los pajareros porque también él había sido metido en una jaula y su decapitación la de los cuchilleros y afiladores porque le habían cortado la cabeza.
A causa de su prisión y decapitación también era el patrón de los prisioneros y condenados a muerte. Las cofradías de la Misericordia que se habían fijado como misión acompañar a los condenados al suplicio y sepultarlos, habían elegido como emblema la cabeza de San Juan en una bandeja. Por eso la capilla de los Penitentes Negros de Aviñón, adosada a la prisión, está dedicada a San Juan Bautista, y los bajorrelieves de la fachada representan a dos ángeles que llevan su cabeza en una bandeja.
Sin embargo, a primera vista se explica difícilmente, que también sea el patrón de cantores y músicos. En este sentido, es necesario recordar que los nombres de las notas de la escala han sido tomadas por el monje benedictino Guido d'Arezzo de un himno en su honor: ut (luego do), re, mi, fa, sol, la son las sílabas iniciales de los versos donde se lo celebraba, y la nota si está compuesta por la S y la I de San Juan (Sancte Iohannes), invocada al final de la estrofa.
Como todos los santos populares, el Bautista era también un santo curador.
La cabeza de San Juan en una bandeja (Johannischüsse) era objeto de una particular devoción por parte de los fieles que sufrían de migraña o jaqueca: se les presentaba la bandeja de San Juan, y a veces incluso se les colocaba su cabeza de metal hueco para "aspirar" la enfermedad.
En Amiens, la cabeza de San Juan curaba la epilepsia (se llamaba a la epilepsia el mal de San Juan). En San Juan de las Viñas de Soissons, a donde los pacientes acudían en peregrinación, se lo invocaba contra las enfermedades de garganta, las anginas y los ahogos.
En el Tirol, los campesinos conseguían la curación de los dolores de cabeza dando tres vueltas en torno al altar con una "Johannisschüssel" (algarroba). Arrojada al agua, la cabeza de San Juan ayudaba a a encontrar los cuerpos de los ahogados.
A causa del Bautismo en el Jordán, tradicionalmente se consideraba a San Juan protector de las fuentes.
En Rusia, los popes recomendaban abstenerse de todo fruto o legumbre, pera o calabaza cuya forma pudiera recordar la de la cabeza humana en el día de la fiesta de la Decapitación del Prodromo.
Si a todas esas creencias populares se suma el hecho de que los nombres de San Juan y Juana eran extremadamente usuales en todos los países y que su empleo hacía que quienes lo eligieran se hicieran pintar bajo la protección de su santo patrón, se explica fácilmente la profusión de imágenes de San Juan en el arte cristiano.
ICONOGRAFÍA
Tipos. La mayoría de los santos no tienen más que un tipo iconográfico. A nadie se le ocurriría representar un San Pedro o un San Pablo niños. Pero San Juan Bautista aparece en el arte cristiano, por el contrario, con dos aspectos diferentes: como niño y como adulto, como compañero de juegos del Niño Jesús y con los rasgos de un predicador ascético. Desde este punto de vista puede compararse con David, representado ya como joven pastor vencedor de Goliat, ya como rey coronado tocando el arpa.
San Juanito
Fue el Renacimiento italiano el que popularizó el tipo del bambino de cabellos rizados jugando respetuosamente con el Niño Jesús bajo la tierna vigilancia de la Madona.
El tema del pequeño San Juan asociado con el Niño Jesús no tiene fundamentos alguno en la Biblia, porque si hay que creer en el testimonio de San Juan Evangelista (1: 31), el Bautista habría dicho al ver a Jesús avanzar hacia él para ser bautizado en las aguas del Jordán: "Yo no le conocía".
Pero se explica sin dificultad el atractivo que un tema semejante debía ejercer sobre los pintores de la maternidad y de la infancia. Según Botticelli, fue Leonardo da Vinci quien en su Virgen de las Rocas ha ofrecido el modelo más perfecto de esas Sagradas Familias ampliadas que luego inspiraron a Rafael (bastará recordar la Madonna della Tenda en la Pinacoteca de Munich; la Virgen del velo y la Sagrada Familia de Francisco I, en el Museo del Louvre) y a Murillo tantas obras maestras de gracia conmovedora.
Señalemos sólo que desde el punto de vista iconográfico ese tema se presta a las variaciones más delicadas: San Juanito es ya el compañero del Niño Jesús al que entrega su cordero, ya el adorador de Aquél a quién, a la sazón, confusamente, siente "mayor que él" ¡Pero cuántos matices entre la camaradería y la adoración!
Aunque los dos niños hayan nacido con algunos meses de intervalo, la diferencia de edades está muy marcada: Juan aparece siempre muy claramente como el mayor.
Los artistas florentinos del Quattrocento representaron a San Juan adolescente con los rasgos de un efebo imberbe de nerviosa elegancia (Donatello, Verrocchio) o de gracia andrógina (da Vinci).
En el siglo XVII, Murillo lo transformó en muchacho andaluz.
En el siglo XIX, los escultores franceses Paul Dubois y Dampt enriquecieron el tema.
San Juan adulto
Por encantador que resulte el tipo pueril o juvenil del Giovannino italiano, San Juan aparece en el arte cristiano casi siempre con los rasgos de un asceta demacrado "alimentado con langostas y miel silvestre", predicando la penitencia en el desierto de Judea.
El arte realista de finales de la Edad Media y del Renacimiento lo representa de buena gana como un faquir esquelético, uno yogui hindú o un beduino nómada macilento y quemado por el sol, de barba descuidada y cabellos hirsutos.
No obstante, ese San Juan ascético de origen oriental estuvo precedido por representaciones de tipo pastoral o sacerdotal en las manifestaciones paleocristianas de Ravena.
Vestimenta. Según los Evangelios de Mateo (3, 4) y de Marcos (1, 6), está vestido con una túnica corta (exomis). Pero su vestidura característica es un sayo de pelo de camello (trikhinon himation) ajustado en la cintura mediante un cinturón de cuero. (Joannes erat vestitus pilis cameli et zona pellicea circa lumbos ejus.) En el arte pictórico del siglo XV, la piel de la cabeza del camello pende entre sus piernas. La piel manchada de un tigre que viste en un mosaico bizantino de Parenzo, en Istria, es una excepción. El sayo tejido con pelo de camello se reemplazó en Occidente con una piel de oveja o de cabra que le deja los brazos, las piernas y hasta una parte del torso desnudos. El palio púrpura que tiene encima en la escena de la intercesión del Juicio Final, alude a su martirio.
Atributos. En el arte bizantino, está representado como un ángel con grandes alas (alígero). Esta concepción del Prodromo alado se remonta a una profecía de Malaquías (3:1): "He aquí que envío a mi mensajero para preparar mi camino, el ángel de la Alianza que deseáis." En el principio del Evangelio de San Marcos (1:2), se lo califica de mensajero celestial; no es otra cosa que la traducción literal de las palabras de Cristo que lo glorifica como "el igual de un ángel".
En su mano, como los santos "cefalóforos", tiene una bandeja con su cabeza cortada: con frecuencia esa bandeja es reemplazada por un cáliz donde reposa como una hostia viva el Niño Jesús desnudo.
Sus atributos son muy diferentes en el arte de Occidente. El más frecuente es el cordero cruciforme que presenta en un tondo, en un pliegue de su manto, apoyado sobre un libro o derramando su sangre en un cáliz, a sus pies. Ese símbolo es el que conviene más a un Precursor, puesto que saluda a Jesús diciendo: "He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo."
Con frecuencia tiene una cruz de cañas en la que una filacteria lleva la inscripción: Ecce Agnus Dei. Un panal de miel alude a su alimento en el desierto.
Por el índice elevado expresa, como el arcángel Gabriel, su misión de Anunciador (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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