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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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martes, 21 de octubre de 2025

El edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 21 de octubre, es el aniversario del nacimiento (21 de octubre de 1728) de José Moñino, Conde de Floridablanca, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Edificio perteneciente al núcleo de la antigua Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide, ejemplo de arquitectura del Movimiento Moderno que constituye una expresión de vanguardia en el contexto andaluz por el grupo de arquitectos OTAISA. El edificio es concebido a partir de una volumetría simple y racionalista, su materialidad original exterior fue la del mampuesto cerámico o ladrillo visto. Sin embargo, en el presente dicha textura se ve cubierta por un revoco pintado, de cromatismo variable según partes del mismo. El lenguaje formal adoptado, por tanto, es de  alta abstracción e identidad con el discurso racionalista propio de los años en que se construyó. 
     El edificio se ordena de acuerdo a un eje longitudinal, del cual dependen las circulaciones principales en sus cuatro niveles (planta baja y tres niveles superiores) y los distintos espacios servidos (despachos, aulas, depósitos). Tres líneas de circulación vinculan verticalmente los distintos pisos del edificio: una exterior -próxima al ingreso- y dos interiores. 
     Sólo una de dichas circulaciones se vincula a un sistema mecánico de ascensor. La respuesta funcional de esta arquitectura tiene una gran correspondencia con la disposición general en planta, estando también en directa relación con los espacios ajardinados exteriores. Al igual que las demás construcciones (edificios 2 al 14) se vincula en forma de peine con el pasillo central o llamado Pasaje de la ilustración, que hace las veces de columna vertebral del conjunto. 
     Los actuales edificios Conde de Floridablanca, José Moñino (edificio 3) y José María Blanco White (edificio 5) de la Universidad Pablo de Olavide conformaban el Colegio Fernando de Herrera de la antigua Universidad Laboral de Sevilla. 
     Este edificio albergaba salas de entretenimiento, en la planta baja, y residencia, en las cuatro restantes, para los estudiantes que cursaban Formación Profesional Industrial del grado de Maestría de Industrial.
      En la actualidad se localizan aulas para la docencia en diversas áreas del conocimiento, mientras que las antiguas habitaciones de los estudiantes han pasado a ser los despachos de los profesores de la actual universidad.
     Los Jardines están situados entre el Edificio 01. Cafetería y el Edificio 03. José Moñino, Conde de Floridablanca. Este patio es de planta rectangular y se configura en dos alturas. Está compuesto por diversas especies de arbustos, plantas, árboles, así como por una especie de palmera.
     Se distingue un rectángulo central, con terreno plano y base de hierba/tierra, que se encuentra delimitado por una hilera de adoquines que sobresalen del nivel del suelo. Desde aquí, el terreno se eleva en una suave pendiente, también con base de hierba/tierra y delimitado por una hilera de adoquines, que sobresalen del nivel del suelo.
     En los extremos oeste y este se localizan dos escaleras de piedra que dan acceso a la parte central del patio. Por todo el perímetro, a excepción del lado sur, se extiende un arriate construido con adoquines, que sirve para separar el jardín del acerado que lo rodea y en el que se localizan algunos setos. 
     Situado junto al edificio 1 y separado del patio por un tramo de acerado se encuentra otro arriate, que se extiende por todo el lateral del mismo.
     En cuanto a las especies presentes, en la cara sur se distinguen ejemplares de Adelfa (Nerium oleander), Tuya oriental (Thuja orientalis), Palmera canaria (Phoenix canariensis), Palmera mexicana (Washingtonia robusta), Pino australiano (Casuarina equisetifolia), Ciprés (Cupressus sempervirens) y Olivo (Olea europaea).
     La Adelfa presenta hojas simples y lanceoladas de color verde, con frutos pardo-rojizos, y flores agrupadas normalmente de color rosa, aunque también las hay blancas, rojas y amarillas; se trata de una planta muy tóxica, cuya ingesta produce la muerte. 
     La Tuya oriental es un árbol de talla pequeña. Sus hojas son de color verde claro, estrechas y escamosas, las flores se encuentran agrupadas y florecen en primavera; los frutos tiene forma de piña, son ovoides y algo carnosos.
     La Palmera canaria tiene un tronco de hasta 1 m de diámetro y puede crecer hasta los 20 metros de altura, sus hojas son de color verde brillante y están arqueadas, las flores pueden ser masculinas o femeninas y están presentes en ejemplares distintos; las flores femeninas producen frutos en forma de bayas de color naranja.
     La Palmera mexicana llega a superar los 30 m de altura, tiene un tronco fino, hojas muy grandes de color verde brillante, flores hermafroditas de color blanco y frutos pardos de menos de 1 cm.
     El Pino australiano tiene una altura de entre 25-30 m de altura y es un árbol perenne. Sus hojas son finas y escamosa, parecidas a las acículas de los pinos; se multiplica por semillas, las cuales son en forma de sámara.
     El Ciprés es una conífera que puede alcanzar los 30 metros de altura, con porte compacto y estrecho. Presenta hojas escamiformes, delgadas, aplanadas, de color verde oscuro y sin glándulas resiníferas. 
     El Olivo es un árbol que no suele superar los 10 metros de altura, sus hojas son verde oscuro en el haz y blanquecinas en el envés, las flores son blancas y se agrupan en racimos, y su fruto son las aceitunas.
     Ejemplares de Fresno de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia) son visibles en la fachada oeste, junto con otros de Olivo (Olea europaea), Adelfa (Nerium oleander) y Tuya oriental (Thuja orientalis). El Fresno de hoja estrecha es un árbol caduco, con hojas opuestas, alternas, de borde dentado, y glabras por ambas caras, que puede alcanzar los 20 metros de altura; las flores son apétalas y el fruto es una sámara en forma de lengüeta aplastada.
     En la cara norte hay individuos de Cinamomo (Melia azedarach), Granado (Punica granatum), Palmera Canaria (Phoenix canariensis) y Palmera Mexicana (Washingtonia robusta). El Cinamomo es un árbol que puede crecer hasta los 12 metros de altura, con hojas de color verde claro. Sus flores son de color lila azulado, de unos 2 cm de ancho y se agrupan en racimos. El fruto es una drupa globosa de color amarillo que se mantiene en el árbol todo el invierno y resulta venenoso para personas y animales. El Granado es un pequeño árbol caducifolio que crece hasta los 6 metros de altura; presenta un tronco retorcido, hojas verde brillantes, flores solitarias o en grupo, de color rojo y tamaño grande; su fruto es la granada, una baya esférica de color rojo brillante y uno 6 cm de diámetro, en cuyo interior hay numerosas semillas.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA) recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados de proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones, que van desde espacios verdes pequeños a jardines de mayor envergadura y trazado geométrico, pasando por grandes arboledas que limitan con las zonas de cultivo cercanas a la universidad.
     Actualmente estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de José Moíno, Conde de Floridablanca, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     José Moñino y Redondo, I Conde de Floridablanca. (Murcia, 21 de octubre de 1728 – Sevilla, 30 de diciembre de 1808). Estadista, político y jurista.
     Al ser bautizado, en la parroquia de San Bartolomé de Murcia, el 24 de octubre de 1728, le fueron impuestos los nombres de José Antonio Nolasco.
     Su padre, José Moñino y Gómez, que también había nacido y sido bautizado en Murcia, el 3 de abril de 1702, y que en esa misma ciudad murió el 10 de marzo de 1786, estaba empleado en el obispado de Cartagena, como oficial mayor de visita, hasta que, en 1735, fue nombrado notario mayor y archivero de la Audiencia episcopal. De progenie de ilustre abolengo, que se remontaba al año 1272, cuando fueron repartidas tierras, en Orihuela, a un tal Benito Pérez Moñino, sus rentas familiares no se hallaban parejamente desahogadas. Había contraído matrimonio, también en Murcia, el 4 de febrero de 1728, con Josefa Francisca Redondo y Bermejo, natural de Sigüenza (Guadalajara), donde había nacido el 5 de enero de 1701.
     Fue José el primogénito de cinco hijos, al que seguirían Manuela, Gregoria, Fulgencio y Francisco, todos ellos nacidos en la ciudad de Murcia.
     Su hermano Fulgencio (1740-1778) llegó a ser prebendado racionero de la iglesia catedral de Murcia, en 1770. La hermana mayor, Manuela, nacida en 1732, se casó con Carlos Salinas y Moreno, natural de Hellín.
     Su hijo, Francisco Salinas y Moñino, sería el sobrino predilecto del futuro conde de Floridablanca, apodado por él, cariñosamente, el Soldado, puesto que siguió la carrera militar, y también la diplomática, gracias al eficaz patrocinio de su tío. La segunda de sus hermanas, Gregoria Moñino y Redondo, contrajo matrimonio con Antonio Robles Vives, nacido en Lorca en 1735, tesorero administrador de la Bula de la Santa Cruzada en Murcia, fiscal de la Real Chancillería de Valladolid (1769) y consejero togado de Hacienda (1779). Una especial mención merece el hermano pequeño, Francisco Moñino y Redondo, cuya carrera debería mucho, igualmente, a la protección de su encumbrado hermano mayor.
     A los ocho años de edad, en 1736, José Moñino y Redondo ingresó en el seminario conciliar de San Fulgencio de Murcia. Prosiguió sus estudios en la Universidad de Orihuela, desde 1740, graduándose en Leyes el 30 de mayo de 1744. De regreso en su ciudad natal, pasó a desempeñar, entre 1745 y 1748, la Cátedra de Derecho Civil del seminario de San Fulgencio. Fue su primer catedrático de Instituta, al tiempo que trabajaba, desde el 12 de junio de 1744, como pasante en el bufete de un abogado murciano, Pedro Marín Alfocea. Ese último año, de 1748, con veinte de edad, se trasladó a Madrid, donde fue recibido como abogado de los Reales Consejos el 3 de agosto de 1748, y donde permaneció durante otros dieciocho, ejerciendo la abogacía. También desempeñó algunas comisiones, confiadas por el Consejo Real de Castilla, como, en 1752, la de juez pesquisidor en La Mancha y La Puebla de Don Fadrique, encargado de procesar a los agresores de un alcalde ordinario, y a los que causaban daños en los montes. Se encargó de la defensa letrada de los asuntos del duque de Arcos, en la Corte, desde 1755; y de este mismo año datan dos alegaciones jurídicas, ambas impresas, en pleitos de cierta envergadura, sobre posesión de mayorazgos y disfrute de vínculos por parte de familias originarias de Orihuela: las de Molins y Carrasco, y las de Masqueta y Rosel.
     Su talento y talante como abogado serían sintetizados por Alberto Lista (1775-1848), en un Elogio histórico póstumo, como de una elocuencia más penetrante que viva, más inclinada a la insinuación que a la vehemencia.
     Un carácter que le sería atribuido, como personal y distintivo, a lo largo de toda su carrera política. Fue mereciendo, paulatinamente, el apoyo y la protección de algunas otras poderosas familias nobiliarias, como la del duque de Osuna o la de la marquesa de Perales. En reconocimiento de sus méritos, Carlos III le otorgó honores de alcalde de Casa y Corte el 13 de julio de 1763.
     Más que esta distinción honorífica, contribuyó a su posterior ascenso profesional, y político, su apoyo al Tratado de la Regalía de Amortización, publicado, en 1765, por Pedro Rodríguez Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla. Bajo el seudónimo de Antonio José Dorre, escribió Moñino una Carta apologética sobre el tratado de Amortización del Señor Campomanes, que dirigía a un innominado fray M., con fecha de 28 de agosto de 1765, defendiendo la facultad regia de limitar la adquisición de bienes raíces por parte de las manos muertas eclesiásticas. Tras los graves acontecimientos del motín contra Esquilache, de la primavera de 1766, y el nombramiento del conde de Aranda como presidente del Consejo de Castilla, Lope de Sierra y Cienfuegos, también fiscal del Consejo Real, fue ascendido a consejero el 9 de agosto de 1766. Quedaba, de esta forma, expedito el camino para que el anónimo —pero, bien conocido— apologista del Tratado campomanesiano accediese a la segunda fiscalía, que estaba vacante. Y así es como José Moñino fue nombrado fiscal de lo criminal del Consejo Real de Castilla, en virtud de título despachado por Real Provisión, expedida en San Ildefonso, de 31 de agosto de 1766. Al ser creada una tercera plaza de fiscal, por Real Decreto de 9 de junio de 1769, dada la acumulación de negocios y procesos pendientes, Campomanes, como fiscal más antiguo, se reservó el distrito territorial de Castilla la Vieja, lo que suponía entender de todos los negocios (criminales, contenciosos y gubernativos), pero sólo de los procedentes de la Chancillería de Valladolid, y de las Audiencias de Galicia y Asturias. Por su parte, a Moñino le correspondió el distrito de Castilla la Nueva, que abarcaba la Chancillería de Granada, y las Audiencias de Sevilla y Canarias.
     Una circunscripción, la castellana y manchega, que Moñino conocía muy bien, dado que, además de las mencionadas comisiones de sus tiempos de joven abogado, tras los motines provinciales de la primavera de 1766, había sido enviado por el Consejo de Castilla, el 9 de mayo de 1766, como corregidor interino y juez comisario a Cuenca, con el cometido de inquirir sobre los autores de la revuelta, restablecer la paz, y arreglar el gobierno municipal. Tomó posesión de su cargo el 15 de mayo de 1766, y, el 29 de mayo, ordenó la detención de los principales implicados en los tumultos.
     A continuación, de acuerdo con sus instrucciones, inició las operaciones de división de la ciudad en distritos (cuarteles y barrios), a cargo de regidores y diputados del común, la puesta en marcha de un hospicio, y el restablecimiento del orden público.
     Toda esta labor de reorganización municipal se vio interrumpida con su designación como fiscal de lo criminal del Consejo de Castilla, el 31 de agosto de 1766. En los seis años siguientes, a la sombra de Campomanes, cimentaría Moñino una sólida fama de regalista, prudente, ponderado en las formas, pero firme en el fondo.
     Como tal le calificaría José Nicolás de Azara, agente de Preces en Roma, en carta dirigida al primer secretario de Estado y del Despacho, Jerónimo Grimaldi, el 29 de noviembre de 1772: recogiendo, en ella, una expresión italiana, decía que poseía testa fredda e cuore caldo.
     Buena prueba de lo cual son varias de sus respuestas o alegaciones fiscales. En la primera de ellas, evacuada, con ocasión del llamado Expediente del Obispo de Cuenca, el 12 de abril de 1767, le recordaría Moñino a este prelado, Isidro Carvajal y Lancáster, una serie de regalías que no podían ser desconocidas por la Iglesia: que a la Corona le asistía el derecho de exigir tributo de los bienes adquiridos por las manos muertas; que el número excesivo de clérigos reclamaba una reducción de los beneficios eclesiásticos, y una mayor disciplina interna; o que era la jurisdicción real la atropellada por la jurisdicción eclesiástica, y no a la inversa. Mayor eco tuvo su participación en la redacción de la segunda versión (de 1769) del llamado Juicio Imparcial sobre el Monitorio de Parma, atribuido a Campomanes. Dispuesta, por Real Provisión de 16 de marzo de 1768, la recogida del breve pontificio con el que Clemente XIII había fulminado censuras, el 30 de enero, contra ciertas disposiciones regalistas del Duque de Parma, Grimaldi solicitó de Campomanes, el 23 de febrero, la elaboración de una réplica fundamentada. Así nació la primera versión del Juicio Imparcial, impresa en agosto de 1768.
     Calificada de excesivamente regalista por los prelados que integraban el Consejo extraordinario o Sala especial del Consejo de Castilla encargada del conocimiento y resolución de los expedientes relacionados con la expulsión de la Compañía de Jesús de España y las Indias, acaecida desde la promulgación de la Pragmática Sanción de 2 de abril de 1767, Carlos III resolvió, el 19 de noviembre de 1768, su censura y corrección oficial. Tal labor de revisión fue llevada a cabo por dichos prelados, junto con Moñino, hasta el mes de julio de 1769.
     Sólo entonces fue posible la impresión de esta segunda edición, y la recogida y eliminación de los ejemplares de la primera. Algunas ideas radicales, sostenidas por Campomanes en materia de historia eclesiástica, fueron suprimidas. Mantuvo Moñino, empero, la estructura campomanesiana del Juicio Imparcial, y sus ideas esenciales, sólo que expresadas más sutilmente: la sumisión de los eclesiásticos al poder civil en asuntos temporales, la carencia de jurisdicción temporal por parte de la Iglesia, el origen regio de las inmunidades eclesiásticas, etc.
     Unos argumentos regalistas que fueron apareciendo en otros dictámenes fiscales suyos, sobre cuestiones más o menos conexas: acerca de la libre disposición regia sobre los bienes ocupados a los jesuitas (1768) y la reivindicación del dominio, señorío y vasallaje del Estado de Montaragut (1768); o sobre los recursos de nuevos diezmos en Cataluña (1770) y las primicias de Aragón (1770). Sin olvidar los que eran de materia no necesariamente eclesiástica: sobre los presidios de África (1769), el acopio de trigo para el abasto de Madrid (1769), en el Expediente de la Provincia de Extremadura contra la Mesta (1770), o sobre el método de estudios de la Universidad de Granada (1772).
     Para cubrir la vacante ocasionada por el fallecimiento de Tomás de Azpuru, arzobispo de Valencia, José Moñino fue nombrado, por Carlos III, el 24 de marzo de 1772, ministro plenipotenciario interino ante la Santa Sede. En tal destino se requería a un buen y firme regalista, pero, además, el Monarca quería a alguien que estuviese persuadido de la conveniencia de la extinción de la Compañía de Jesús. Y, de eso, había dado probadas muestras en el dictamen fiscal que, acerca de su necesaria extinción, en cooperación con las Cortes de Versalles y Lisboa, había elaborado, conjuntamente con Campomanes, el 26 de noviembre de 1767. Ambos fiscales habían acusado a los jesuitas de obstinados defensores de doctrinas contrarias al poder temporal y real, y de desobedientes a la autoridad civil, dada su dependencia absoluta del Sumo Pontífice. Para acabar con la Compañía de Jesús era aconsejable, no la celebración de concilios generales o nacionales, sino la directa decisión de su extinción, adoptada por el Romano Pontífice, al igual que había hecho Clemente V para suprimir la Orden del Temple, en 1312. Con tal convencimiento, y cometido principal, partió Moñino de Madrid el 16 de mayo de 1772. Pocos días antes, mediante un Real Decreto de 5 de mayo, y posterior Real Provisión, expedida en Aranjuez, de 9 de mayo de 1772, le había sido concedida una plaza de consejero de Castilla; que se unía a la previa merced regia, el 22 de abril, de una cruz pensionada de la Orden de Carlos III. Llegó a Roma y tomó posesión de su cargo, el 4 de julio, y fue recibido en su primera audiencia, por el papa Clemente XIV, el domingo, 16 de julio de 1772. Con persuasiva firmeza, en sucesivas audiencias, Moñino fue minando la capacidad de resistencia del Papa, reiterando una y otra vez las acusaciones formuladas contra los jesuitas, acompañadas del plan de su extinción. Hasta conseguir ésta, ganándose la voluntad, mediante recompensas económicas, prebendas y provisiones beneficiales, del confesor y secretario del Papa, el franciscano Buontempi, y de monseñor Zelada, redactor de la minuta del breve y futuro cardenal, en la audiencia de 29 de noviembre de 1772. La expedición del breve de supresión fue acordada por Moñino con el cardenal Andrea Negroni, e impresa, en secreto, en el palacio de España, sede de la legación. Suscribió Clemente XIV dicho breve, Dominus ac Redemptor noster, de extinción de la Compañía de Jesús, el 21 de julio de 1773. En él, sin condenar su doctrina, ni sus costumbres, ni su disciplina, era suprimida como cuerpo religioso. Al morir Clemente XIV, el 22 de septiembre de 1774, tuvo Moñino que intervenir activamente en la elección del nuevo Papa, para asegurar que fuese afecto a las Cortes borbónicas, y enemigo de la Compañía de Jesús. Durante los cuatro meses de cónclave, que culminarían el 15 de febrero de 1775 con la proclamación, como Sumo Pontífice, del cardenal Angelo Braschi, Pío VI, impuso Moñino, no sólo su estrategia negociadora, dirigiendo los pasos y las voluntades de los cardenales pro-españoles, franceses, napolitanos, portugueses y austríacos (Solís, Bernis, Luynes, Orsini, Conti, Migazzi), sino también los criterios jurídico-canónicos que justificaban los intereses políticos y diplomáticos de dichos Monarcas europeos.
     Así, examinando cánones antiguos y las bulas primitivas, logró convencer al Sacro Colegio cardenalicio de que la elección de Papa correspondía al clero, pero, debiendo concurrir también el consentimiento del pueblo.
     Siendo los reyes, de España, Francia, Nápoles, etc., cabezas y representantes del pueblo cristiano, había de preceder su consentimiento, bajo la amenaza de nulidad, en caso contrario, y de un cisma en la Iglesia.
     En reconocimiento de sus servicios a la corona, y particularmente de los prestados en Roma, Carlos III otorgó a José Moñino y Redondo, el 7 de noviembre de 1773, la gracia de un título de Castilla, para sí y sus descendientes, el de conde de Floridablanca. Un título que el agraciado quiso que derivase de una de sus heredades murcianas, la de Floridablanca, en Alquerías, de unas ciento sesenta tahúllas de extensión, arrendada y dedicada al cultivo de la morera. Una posterior Real Cédula, de 10 de noviembre de 1773, le concedió la exención perpetua, para él y sus sucesores, en el pago de los derechos de lanzas y media anata. Además de la gracia regia, otras mercedes reales le fueron añadidas, y nada menos que la de ministro de la Real Cámara de Castilla, por Real Decreto de 10 de septiembre de 1773 (y Real Provisión, expedida en San Lorenzo de El Escorial, de 17 de octubre). Permaneció, sin embargo, desempeñando sus funciones en Roma, hasta que, al presentar Grimaldi su dimisión como secretario del Despacho de Estado, el 7 de noviembre de 1776, fue llamado Floridablanca para sucederle, el 12 de noviembre de ese mismo año. A través de José Antonio de Armona y Murga, corregidor de Madrid, autor de unas memorias o Noticias privadas de casa, útiles para mis hijos, escritas entre 1787 y 1789 (e inéditas hasta 1989), se sabe que Grimaldi siempre tuvo a Floridablanca por hechura suya, a quien había enviado a Roma sin conocerle, sólo por haber leído sus escritos, impresos de oficio, y que, después, se propuso traerle a la inmediación del Rey. Esta inmediación se concretó, en efecto, en la titularidad de la primera Secretaría de Estado y del Despacho, por Real Provisión de 19 de febrero de 1777. Se produjo, de esta forma, una curiosa permuta de cargos, puesto que Grimaldi, a su vez, pasó a Roma, como embajador extraordinario del Rey Católico, de donde Floridablanca partió, definitivamente, el 26 de diciembre de 1776. Pronto se ganaría la confianza y el afecto de Carlos III, dada su energía y capacidad para el despacho de los negocios. Anejos a su nuevo cargo, le fueron conferidos los de superintendente general de Correos (20 de febrero de 1777), superintendente general de Caminos (8 de octubre de 1777), superintendente general de Bienes Mostrencos y Vacantes (27 de noviembre de 1785), superintendente general de Pósitos (20 de mayo de 1790); amén de los honores y tratamiento de consejero de Estado, libre de media anata (25 de enero de 1777), que se convirtió en plaza efectiva de consejero de Estado desde el 28 de octubre de 1777. Entre otras distinciones, le fueron otorgadas la Gran Cruz de la Orden de Carlos III (28 de marzo de 1783), y la de caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro (28 de febrero de 1791). Al morir Manuel de Roda y Arrieta, secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia, el 30 de agosto de 1782, pasó a desempeñar Floridablanca, desde el día siguiente, 31 de agosto, dicha Secretaría con carácter interino, hasta que fue sustituido en ella, el 25 de abril de 1790, por Antonio Porlier y Sopranis, futuro I marqués de Bajamar.
     La dimisión de Grimaldi supuso la desaparición de los extranjeros (Wall, Esquilache) de los ministerios o secretarías durante el reinado de Carlos III, que pasaron a estar ocupados íntegramente por españoles. Como secretario del Despacho de Estado, Floridablanca se encargó, principalmente, de la dirección de la política exterior española durante quince años, entre 1777 y 1792. Desde un principio, hubo de aplicarse al despacho de graves asuntos, pues, ya para entonces, los colonos ingleses de Norteamérica habían proclamado su Declaración de Independencia en el Congreso de Filadelfia, el 4 de julio de 1776. Antes, tuvo que resolver el largo conflicto mantenido con Portugal, con motivo de la enconada disputa fronteriza en el Río de la Plata, alcanzando un beneficioso tratado de límites, el de El Pardo, de 24 de marzo de 1778. En virtud del cual España quedó como dueña absoluta del Río de la Plata y de la colonia de Sacramento, y adquirió las islas africanas de Fernando Poo y Annobón. Más difícil habría de resultar la cuestión de la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica. La renovación con Francia del Tercer Pacto de Familia, de 1761, mediante la Convención de Aranjuez, de 12 de abril de 1779, situó a España al borde de la guerra con Inglaterra.
     Lo que trató de evitar Floridablanca por todos los medios, al temer el perturbador ejemplo que dicha independencia supondría para las posesiones españolas en América. Sin querer perder, tampoco, la oportunidad de frenar la expansión inglesa en el Nuevo Mundo, tras ayudar económicamente a los insurrectos, adoptó una actitud prudente y distante, que le granjeó duras críticas por parte del conde de Aranda, embajador en París, y de su facción de partidarios en la Corte, denominada “partido aragonés”, proclive a una política más beligerante. No pudo mantener Floridablanca su posición de neutralidad, ni el papel que deseaba de árbitro internacional, y, a instancias de Francia con el apoyo de Carlos III, hubo de suscribir dicha Convención de Aranjuez, que llevó a la declaración de guerra contra Inglaterra, y que concluiría, sin embargo, con la ventajosa Paz de Versalles, de 2 de septiembre de 1783, firmada por Aranda, por la que España recuperó la isla de Menorca y ambas Floridas, oriental y occidental. El éxito final dejó al descubierto, no obstante, las profundas diferencias que separaban a Floridablanca y Aranda, no sólo en materia de política exterior, sino también de gobierno interior, y aun de constitución política de la Monarquía (concretadas en un Plan de Gobierno, que Aranda remitió al príncipe heredero Carlos el 22 de abril de 1781), y que, con el transcurso del tiempo, habrían de derribar del poder a Moñino.
     A pesar de todo, durante los últimos años del reinado de Carlos III, Floridablanca fue consolidando su predominio político. El Monarca confió plenamente la dirección de la política exterior en él, convirtiéndose, de facto, en una especie de primer ministro: en un influyente primus inter pares, supervisor y coordinador de la labor de sus restantes colegas, los secretarios de Estado y del Despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias. Una preponderancia ministerial y política que desembocaría, en 1787, en la constitución de la Junta Suprema de Estado. Mientras tanto, amparó e impulsó numerosas reformas generales de política interior: la mejora en el servicio de correos y postas, con particular atención a la puesta en vigor de la Real Ordenanza del correo marítimo, de 26 de enero de 1777; la apertura de diversos puertos peninsulares al comercio libre con las posesiones de América (que culminaría con el Reglamento y Aranceles Reales de 12 de octubre de 1778), y la creación de compañías privilegiadas de comercio, como la Real Compañía de Filipinas (en virtud de una Real Cédula de 10 de marzo de 1785); el desarrollo de las Sociedades Económicas de Amigos del País, que mantenían, por suscripción, montepíos para proporcionar trabajo a los pobres (de hilazas, tejidos, estampados), e impulsaban la libertad en la fabricación de tejidos, al margen de las restricciones contenidas en las ordenanzas gremiales; la regeneración social de los vagos, ociosos y malentretenidos, así como también su persecución y castigo, constituyendo una Superintendencia General de Policía, directamente dependiente de la primera Secretaría de Estado, en Madrid, por Real Cédula de 30 de marzo de 1782; la fundación del Banco Nacional de San Carlos (por Real Cédula de 2 de junio de 1782), encargado del descuento de los vales reales; la declaración de honradez de diversos oficios mecánicos (de curtidor, herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros análogos), por Real Cédula de 18 de marzo de 1783; la construcción de canales de riego y navegación (el Imperial de Aragón, de Tortosa, de Lorca, de Manzanares y Guadarrama), y de puertos terrestres (de la Cadena, entre Astorga y Galicia, entre Málaga y Antequera, del Rey en Sierra Morena), puentes (de Tolosa, de Zaragoza, de Talavera sobre el río Alberche, de Alcolea sobre el Guadalquivir) y caminos (de Extremadura a Portugal, de Andalucía, de Castilla a Francia, de Barcelona por Valencia); la aplicación de medidas de reforma fiscal, como el establecimiento de la contribución de frutos civiles, por Real Decreto de 29 de junio de 1785; el fomento de la agricultura, facultando a los dueños, por ejemplo, a cercar sus heredades, según una Real Cédula de 15 de junio de 1788; la organización provincial, recogida en la España dividida en Provincias e Intendencias (1789), de acuerdo con los informes remitidos por los intendentes del reino; la limitación o prohibición, según los casos, en la fundación de mayorazgos, de acuerdo con su respectiva cuantía, titularidad y modo de transmisión (por Real Cédula de 14 de mayo de 1789); la regeneración educativa y cultural, también institucionalizada (como fue el proyecto de una Academia de Ciencias y Buenas Letras, en 1791, unido a otros organismos científicos anejos, como el Observatorio Astronómico, el Real Gabinete de Máquinas, el Gabinete de Historia Natural y el Jardín Botánico), etc.
     El período culminante de ejercicio del poder político, por parte de Floridablanca, se extendió, en efecto, entre 1787 y 1792, a partir de la creación de la Suprema Junta ordinaria y perpetua de Estado, prevenida en un Real Decreto de 8 de julio de 1787. Carente la Administración central de la Monarquía de un despacho periódico y colectivo, de sus diferentes ministros o secretarios del Despacho, que institucionalizase una política global coordinada, Floridablanca puso en marcha, y consiguió implantar, una asamblea o junta a la que pudiesen asistir, con regularidad, todos los ministros, a fin de adoptar colegiadamente los acuerdos oportunos.
     Erigida con carácter de ordinaria y perpetua, la Junta Suprema se reunía una vez por semana, en la sede de la primera Secretaría del Despacho, a fin de entender de todos los asuntos de interés general, actuando como secretario el del Consejo de Estado. Sin presidente previsto, en la práctica, su función fue desempeñada por el secretario del Despacho de Estado, que, como ministro encargado de los asuntos exteriores, disfrutaba desde principios del siglo XVIII de un rango principal.
     Es decir, de hecho, su presidente fue Floridablanca, lo que permitió a sus enemigos acusarle de querer monopolizar el poder. En cualquier caso, la Junta Suprema de Estado atendió a tres finalidades principales: tratar de aquellos negocios de los que pudiera resultar regla general, resolver los conflictos de competencias que se suscitasen entre las distintas Secretarías del Despacho, Consejos y demás tribunales superiores, y decidir en las propuestas de empleos que afectasen a diferentes departamentos (de virrey, gobernador, capitán general, intendente de provincia o de ejército). Por lo demás, el mencionado Real Decreto de 8 de julio de 1787 fue acompañado, con esa misma fecha, de una Instrucción reservada. Redactados sus trescientos noventa y cinco capítulos o apartados por Floridablanca, y revisada minuciosamente —e incluso enmendada de su puño y letra— por Carlos III, a lo largo de tres meses, con la asistencia del príncipe Carlos, y finalmente aprobada por el Soberano, constituyen un completo programa de gobierno, interior y exterior, de la Monarquía española de la segunda mitad del siglo xviii. También, al mismo tiempo, la síntesis del programa político de su autor, el conde de Floridablanca. Por lo que se refiere a la política exterior, sus objetivos fueron: el mantenimiento de estrechas relaciones diplomáticas, mediante alianzas por separado, con Francia y Nápoles; amistosas con Portugal, Rusia, Prusia, Turín, Venecia, Génova, la Toscana, los Cantones suizos, Dinamarca, Suecia, la Puerta Otomana (el Imperio Turco), Marruecos y algunas regencias berberiscas (Trípoli, Túnez); menos amistosas con Austria; y de abierta desconfianza, cuando no plena hostilidad, en actitud de vigilancia permanente, con Inglaterra. Los intereses ingleses, comerciales y estratégicos, en América, el Atlántico y el Mediterráneo occidental menoscababan, cuando no arruinaban directamente, los españoles en dichas áreas geográficas.
     Sin embargo, anclado en la tradicional doctrina del equilibrio europeo, vigente desde la Paz de Westfalia de 1648, Floridablanca tampoco quería la derrota total del poder inglés, que dejaría libre a Francia para imponer su voluntad sobre España.
     Las reticencias de Floridablanca por independizar a la diplomacia española de la francesa sufrieron un giro radical tras la Revolución Francesa, desde 1789. Aunque creyó, en un principio, que el movimiento revolucionario habría de ser temporal, y que se truncaría, finalmente, el incidente de Nutka, en 1790, que enfrentó nuevamente a España con Inglaterra, marcó el definitivo punto de inflexión: la Francia revolucionaria no acudió a la petición de auxilio de España, que quedó aislada internacionalmente. Los Pactos de Familia habían quedado rotos. Por otra parte, la propagación de las ideas revolucionarias en España coincidió, en sus inicios, con la gran crisis económica de 1789, provocada por la mala cosecha de cereales de 1788. El alto precio del pan originó tumultos en algunos pueblos y ciudades, ocasionando graves problemas de abastecimiento en el verano de 1789. En vista de la situación, Floridablanca adoptó medidas de precaución, con objeto de aislar a España del temido “contagio” revolucionario.
     De ahí que, con posterioridad, se haya hablado del “pánico” de Floridablanca, y de su política de “cordón sanitario”. Una política de control de los impresos, folletos y periódicos revolucionarios franceses para la que contó con la estrecha colaboración del Santo Oficio, desde un primer edicto inquisitorial de 13 de diciembre de 1789, que prohibía la introducción de cualquier papel sedicioso.
     La transformación diplomática y política del mapa europeo que la Revolución Francesa ocasionó estuvo acompañada, y precedida, en el caso de Floridablanca, de una clara pérdida de su prestigio y poder. El conde de Aranda, que se hallaba en Madrid desde octubre de 1787, de regreso de su embajada en París, dentro del complicado mundo de las intrigas y facciones cortesanas, había iniciado una ofensiva de descrédito contra la persona y la política de su máximo rival, lo que originó sucesivos panfletos y sátiras: una Conversación que tuvieron los Condes de Floridablanca y de Campomanes el 20 de junio de 1788; una fábula publicada en el Diario de Madrid el 4 de agosto de 1788, titulada El raposo, en la que ese raposo, envanecido por su privanza, no era otro que el ministro de Estado; o la Carta de un vecino de Fuencarral a un abogado de Madrid sobre el libre comercio de los huevos, aparecida en octubre de 1788.
     Estos ataques, muy explícitos para su destinatario, explican su Memorial de renuncia al ministerio, que presentó a Carlos III en El Escorial, el 10 de octubre de 1788, en el que incluía un balance de su gestión. No aceptó el Monarca la petición de relevo, pero fallecería a las pocas semanas, el 14 de diciembre de 1788. Por expresa recomendación de su padre, Carlos IV mantuvo a Floridablanca al frente de las dos Secretarías de Estado y del Despacho. Su situación se tornó, pese a todo, precaria. Al descrédito popular, y la oposición de Aranda y de sus partidarios, se unieron nuevos factores sobrevenidos: la reina María Luisa de Parma, que se constituyó en la verdadera árbitro del poder, que hizo recaer en Manuel Godoy; y el triunfo, ya anticipado, de los acontecimientos revolucionarios en Francia, en cuya procelosa complejidad naufragaría la política de firmeza de Floridablanca, al empeñarse en la defensa de los intereses de Luis XVI, pero, sin decidirse a una alianza con Inglaterra. La campaña de calumnias prosiguió, si cabe, con más fuerza, hasta el extremo de que, el 6 de noviembre de 1789, al día siguiente de la clausura de las Cortes, en las que tuvo una decidida participación a través de quien las presidía, en nombre del Soberano, el conde de Campomanes, redactando la proposición regia de derogación de la llamada ley sálica o principio de agnación impuesto por Felipe V en el conocido como Auto Acordado de 10 de mayo de 1713, en las Cortes de 1712-1713, además de presentar, para su aprobación, cuatro reales decretos y cédulas de restricción de los vínculos y mayorazgos, Floridablanca volvió a presentar, también en El Escorial, su dimisión, esta vez a Carlos IV. Tampoco ahora le fue concedido el retiro, y, con la autoridad quebrantada, continuó al frente de los destinos políticos de la Monarquía. El trance más peligroso, físicamente, estaba por llegar. En el palacio de Aranjuez, el 18 de junio de 1790, fue herido por Juan Pablo Peret, un cirujano francés que llevaba en España desde 1765, y que le agredió con una lezna. Aunque Peret se negó a confesar el móvil de su acción, planeó la sospecha de que era un agente de los jacobinos.
     La estrategia inflexible de Floridablanca, que culminaría con la negativa a admitir que Luis XVI había aceptado, libre y voluntariamente, la Constitución de 1791, hizo temer a los reyes, Carlos IV y María Luisa, por la vida del monarca francés, al esperar los revolucionarios una intervención armada de España, para restaurar el viejo orden absolutista. La destitución del sexagenario ministro murciano resultaba inminente. Su relevo no constituyó una simple exoneración ministerial, sino que adoptó la forma de una más compleja reforma institucional, consistente en la supresión de su gran obra de gestión administrativa, la Junta Suprema de Estado, y el restablecimiento efectivo del Consejo de Estado, en virtud de un Real Decreto, expedido en Aranjuez, de 28 de febrero de 1792. Por otro Real Decreto, de ese mismo día, 28 de febrero de 1792, el conde de Aranda fue nombrado decano del Consejo de Estado, y secretario interino del Despacho de Estado, en sustitución de Floridablanca.
     Desterrado fulminantemente de la Corte, Floridablanca fue obligado a abandonar el Real Sitio de Aranjuez en la madrugada del mismo 28 de febrero, trasladándose a Hellín, donde permaneció tres meses en casa de su hermano Francisco. Iniciada una enconada persecución política contra él, en junio de 1792, Floridablanca se trasladó a Murcia, donde fue acogido con solemnidad y afecto por el Ayuntamiento de su ciudad natal, pero, al retornar a Hellín, en la madrugada del 11 de julio de 1792, fue detenido por Domingo Codina, alcalde de Casa y Corte, y, cumpliendo órdenes del gobernador del Consejo de Castilla, Juan Acedo Rico, conde de la Cañada, conducido prisionero a la ciudadela de Pamplona, donde tendría ocasión de extender una prolija Defensa legal.
     Por cierto que, en el camino de destierro, de Aranjuez a Hellín, y en esta última villa, Floridablanca fue pergeñando lo que sería bautizado después como su “testamento político”. Se trata de trece cartas o extensas relaciones, dirigidas al conde de Aranda y escritas de memoria, sin apoyo documental alguno, desde la primera fechada en Corral de Almaguer, del mismo 28 de febrero, hasta la última, datada en Hellín el 14 de abril de 1792, que contienen información sobre los negocios pendientes y sus directrices políticas generales, hasta el día de su exoneración de la primera Secretaría de Estado.
     Acusado de abuso de poder, y de malversación de caudales públicos (en la financiación del Canal Imperial de Aragón), Floridablanca tuvo que responder a un proceso global de responsabilidad política. Le favoreció, no obstante, la rápida caída del poder de Aranda, el 15 de noviembre de 1792. Prisioneros Floridablanca y Aranda, el primero en Pamplona y el segundo en el alcázar de la Alhambra de Granada, luego desterrados ambos, aquél en Murcia y éste en sus villas aragonesas de Aranda y de Épila, Godoy había pasado a manejar los hilos del poder.
     La situación de Floridablanca mejoró a partir de un Real Decreto de 4 de abril de 1794, que le permitió regresar a Murcia, si bien con la obligación de responder a sus cargos. Con la celebración de la Paz de Basilea, el 25 de septiembre de 1795, quedó absuelto de toda responsabilidad política, siendo levantado el embargo de sus bienes. Pero, hasta la abdicación de Carlos IV, no recuperó su libertad, pese a que, para entonces, le había sido confiada la inspección de las obras y riegos de Lorca, Totana y Murcia. El nuevo Soberano, Fernando VII, declaró, el 28 de marzo de 1808, siendo Pedro Ceballos ministro de Estado, que su confinamiento había sido arbitrario, sobreseyendo su proceso, por lo que podía elegir libremente lugar de residencia.
     Decidió Floridablanca permanecer en Murcia, donde no tardó en llegarle la noticia de la invasión napoleónica, así como del levantamiento en armas del pueblo español contra los ocupantes franceses. La Revolución le había descabalgado del poder años antes, pero, ahora, su hijo más famoso, Napoleón Bonaparte, le ayudó a ascender, de nuevo, a él. Designado representante de la Junta provincial de Murcia, el octogenario ex ministro se trasladó a Aranjuez, el mismo Real Sitio donde había comenzado su destierro, y, el 1 de octubre de 1808, fue elegido presidente de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, depositaria de la autoridad soberana hasta la restitución a España de Fernando VII, cautivo en Francia. Pese a lo avanzado de su edad, y a su pronto fallecimiento, no sería una figura simbólica, ni un fugaz presidente. Trasladada la Junta Suprema Central a Sevilla, ante el avance enemigo, hizo público su primer Manifiesto a la Nación Española, datado el 26 de octubre de 1808. Previamente, Floridablanca había impulsado la aprobación de la Circular de 22 de junio de 1808, con la que la Junta de Murcia había convocado a la unidad y necesaria reunión, en nombre de Fernando VII, de todas las Juntas provinciales en un Gobierno central. Después, en su posada de Aranjuez, había impuesto la fórmula de una Junta Suprema, frente a las tesis de Jovellanos o del general Cuesta, más proclives a proclamar una Regencia. También habría de inspirar el contenido del póstumo Reglamento para el régimen de las Juntas provinciales, publicado por la Central el 1 de enero de 1809, donde aquéllas fueron despojadas de su apelativo de supremas, lo que preservaba la indisoluble unidad de la soberanía nacional, y el éxito de una instancia central de gobierno. E igualmente debe serle atribuido, si no la letra, al menos sí el espíritu del Reglamento para el gobierno interior, de finales de septiembre de 1808, que, a modo de ordenanzas de la Central, prevenía que sus vocales no representaban a una provincia concreta, sino a la nación entera.
     Ahora bien, esta intensa actividad, en el breve lapso de tiempo de tres meses, debió agotar la resistencia física del anciano Floridablanca, quien, enfermo, falleció en Sevilla, a las seis de la mañana del día 30 de diciembre de 1808. En razón del rango que ostentaba en el momento de su fallecimiento, asimilado al de miembro de la Familia Real, este ministro murciano, de origen modesto, fue enterrado en la iglesia catedral de Sevilla, al día siguiente, viernes, 31 de diciembre, a las diez de la mañana, con honores de infante de Castilla y no lejos de donde descansaban los restos mortales de Alfonso X el Sabio, conquistador y repoblador del reino de Murcia.
     El condado de Floridablanca recibiría la Grandeza de España, otorgada por la Junta Suprema Central, en nombre de Fernando VII, el 5 de enero de 1809, recayendo, ya con el título despachado el 3 de marzo de 1809, en su sobrina, Vicenta Moñino y Pontejos, V marquesa de Pontejos y II condesa de Floridablanca, hija de su difunto hermano Francisco (José María Vallejo García-Hevia, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

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lunes, 14 de julio de 2025

La sede de la Compañía Sevillana de Electricidad (actual Endesa), de Ángel Orbe Cano, Felipe Medina Benjumea, Fernando Villanueva Sandino, Luís Gómez Estern, Manuel Trillo de Leyva, y OTAISA

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la sede de la Compañía Sevillana de Electricidad (actual Endesa), de Ángel Orbe Cano, Felipe Medina Benjumea, Fernando Villanueva Sandino, Luís Gómez Estern, Manuel Trillo de Leyva, y OTAISA, de Sevilla.  
     La sede de la Compañía Sevillana de Electricidad (actual Endesa), se encuentra en la avenida de la Borbolla, 5; en el Barrio Huerta de la Salud, del Distrito Sur.
      En el sector Sur de la ciudad de Sevilla, en una de las principales vías que la articulan, la Avenida de la Borbolla, en el entorno más próximo al antiguo Puente de la Enramadilla, junto a la gran mole del hotel Meliá, y constituyendo uno de sus elementos principales, se levanta la Sede Social de la Compañía Sevillana de Electricidad (hoy, Endesa), sobre el solar ocupado anteriormente por la Antigua Central Térmica del Prado de San Sebastián Solar, de forma aproximadamente rectangular y prácticamente horizontal alineando uno de sus lados paralelo a la avenida de la Borbolla.
     El proyecto contempla un edificio principal de 5 plantas y semisótano dedicado a sede social y otro secundario de una planta y sótano destinado a comedores y almacenes.
     El gran volumen, de una hermosa neutralidad lograda gracias a su geometría rotunda, de forma cuadrada, con 48 metros de lado, preside una amplia parcela, en la que queda exento y en posición centrada, con aspecto de cierta monumentalidad, jugando un significativo papel sus espacios libres con importante vegetación, cuidados jardines (que penetran en la circulación rodada hasta el edificio) y lograda relación con las calles adyacentes (de las que inicialmente no se encontraba aislada con el vallado actual) y el espacio urbano (Parque de María Luisa, barrio de El Porvenir) y con el interior del edificio, mediante un acceso central con una gran marquesina.
     El edificio construye un núcleo central de comunicaciones verticales (3 ascensores de 8 personas y uno independiente para jefes, además de un montapapeles), aseos, servicios, instalaciones y despachos, dejando el resto de la amplia planta como espacio libre, salas diáfanas exteriores donde se sitúan las zonas de trabajo, en las que la continuidad espacial contribuye a resolver la funcionalidad que se reclamaba al proyecto. El proyecto supuso por tanto un interesante estudio tipológico sobre la oficina de planta libre, para lo que se estudia con detenimiento la capacidad de la estructura de conformar espacios y de mostrarse potente al exterior: "Se ha buscado una solución de estructuralismo nacional. Una síntesis estructural al servicio de unas exigencias bien definidas que constituyen el programa a desarrollar, se manifiesta como un armazón de gran fuerza plástica.
     Conservar íntegramente este armazón, dándole una plena proyección exterior es dar auténtico sentido al carácter del edificio. Su presencia externa responderá con sencillez a un orden coordinado y pensado siempre desde dentro".
     En otros párrafos de esta memoria del proyecto que acabamos de reproducir se destaca que el edificio sigue el esquema "de oficinas abiertas en las que las secciones de trabajo no están absolutamente aisladas, sino por mamparas acústicas", resultando una cifra inicial de 19 m2 de superficie por empleado.
     El edificio considera preferible la comunicación horizontal a la vertical y tiene la "estimación de que no interesan las orientaciones, debiéndose disponer de un buen sistema de acondicionamiento de aire".
     El programa acogido en la pieza de cinco plantas es el siguiente: 
    Semisótano: aparcamientos e instalaciones
    Planta baja: contactos con el público, oficinas
    Planta primera: oficinas de dirección
    Plantas superiores: oficinas generales 
     En la parcela se levantan otras edificaciones: una pieza menor, de control de accesos, que fue construida con posterioridad al conjunto, y plantea una formalización cercana en su lenguaje al volumen principal; otra, de comedores y almacenes, que se sitúa al sur del edificio representativo, apuesta por la discreción como nota dominante de su forma, evitando competir con la pieza de verdadero interés del conjunto. 
     La estructura mixta utilizada permite construir la libertad interior buscada, que es trasladada a unas fachadas construidas con acero y vidrio, en una demostración de renovación tecnológica que se utilizaba por vez primera en nuestra ciudad, y que tan bien respondía a los criterios de modernización de una empresa tecnológica de importante y tradicional implantación en Sevilla.
     La cimentación del edificio es por pilotes a 15 m. de profundidad con 100 Tn. de carga cada uno, para dar respuesta al terreno arcilloso blando sobre el que se levanta..
     La estructura mixta de hormigón armado y metálica se componía en el Proyecto de vigas de hormigón en fachada, jácenas metálicas, pilares de hormigón del núcleo central, pilares metálicos de fachada y forjados de losas de hormigón armado sobre sistemas de vigas ortogonales metálicas.
     Como cerramientos, además de la propia estructura y el acristalamiento en el exterior, se recurre a cerramientos interiores de madera, acristalados en oficinas y de fábrica en servicios.
     Las carpinterías son metálicas en exteriores, y de madera con chapado de nogal en zonas nobles del interior.
     El Anteproyecto se redacta en agosto de 1967. El presupuesto de las obras en el Proyecto fue de 50.000.000 ptas (1 de marzo de 1968), y se visa el citado Proyecto con el nº 94566.
     El certificado Fin de Obra se emite el 30 de diciembre de 1970, y lo firman Manuel Trillo y Luis 
Fernando Gómez-Estern.
     OTAISA, las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería, es un referente obligado en la ciudad de Sevilla por haber proyectado algunos de los mejores ejemplos de su arquitectura racionalista. La asociación de Felipe y Rodrigo Benjumea, Luis Gómez Estern y Alfonso Toro tuvo como resultado la fundación de OTAISA a finales de la década de los cuarenta. En la Oficina destaca la capacidad de realizar proyectos en equipo, por parte de un grupo de profesionales que enlazaban varias generaciones, aportando los jóvenes de la segunda generación de OTAISA (Manuel Trillo, Luis Fernando Gómez Estern y Fernando Villanueva) la capacidad de renovación, formal e ideológica, a unos veteranos que bajo el control de Felipe Medina, las aceptaban, capaces como habían sido de proyectar edificios tan interesantes como la Estación de autobuses y viviendas de El Prado de San Sebastián (1938-44), la Casa Lasarte en la Palmera (1939-43), la Universidad Laboral o los bloques de La Estrella. Julio Tirado, Juan Luis Trillo, Gonzalo Díaz Recaséns, Francisco Barrionuevo, Víctor Pérez Escolano y Fernando Mendoza se incorporan más tarde como casi una tercera generación de arquitectos de la Oficina.
     En el entorno de la Sevillana se proyecta por parte de OTAISA el Sevilla 1 (en cuya última planta se instalan las Oficinas tras el traslado desde Diego de Riaño), la Facultad de Económicas y Empresariales, las viviendas de SAIRU que cierran El Prado de San Sebastián, los apartamentos Huerta del Rey y actuaciones en la Fábrica de Cruzcampo.
     El profesor Francisco Montero, en el artículo "Conversaciones sobre OTAISA, de los sesenta a los setenta" explica que el equipo del delineante proyectista Manuel Macías Migue se encargaba de los encargos industriales entre los que destacaban los proyectos para la Compañía Sevillana de Electricidad, de la que probablemente era accionista la Oficina, y que les permitía realizar cualquiera de las obras de Sevillana, como las oficinas de Granada, obra de Manuel Trillo, o las Subestaciones de La Cruz del Campo, de la Carretera de la Esclusa, la de calle Joaquín Morales Torres o la más tardía en Santiponce.
     Medina Benjumea, Felipe (1910- titulado 1934-1993)
     Trillo de Leyva, Manuel (1941- titulado 1966-2006)
     Villanueva Sandino, Fernando (1943- titulado 1968-1992)
     Gómez-Estern Sánchez, Luis Fernando (1942- titulado 1967)
     Orbe Cano, Ángel ("- titulado 1960-")  (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la sede de la Compañía Sevillana de Electricidad (actual Endesa), de Ángel Orbe Cano, Felipe Medina Benjumea, Fernando Villanueva Sandino, Luís Gómez Estern, Manuel Trillo de Leyva, y OTAISA, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 9 de julio de 2025

El edificio de oficinas Sevilla I, de Felipe Medina Benjumea, Fernando Villanueva Sandino, Luis Gómez Estern, Manuel Trillo de Leyva, OTAISA (Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería, SA)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Edificio de Oficinas Sevilla I, de Felipe Medina Benjumea, Fernando Villanueva Sandino, Luis Gómez Estern, Manuel Trillo de Leyva, OTAISA (Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería, SA), de Sevilla.  
     El edificio de oficinas Sevilla I, se encuentra en la avenida San Francisco Javier, 24; en el Barrio de La Buhaira, del Distrito Nervión.
     Es probablemente el edificio de oficinas que más impacto causó en la Sevilla que despertaba al desarrollismo de la década de los setenta, por su inusual modernidad en la concepción estructural, tipológica y constructiva de la edificación. 
     Con una planta libre, en la que sus autores definían los lugares que ocupaban los espacios necesarios de circulaciones y los recorridos precisos para el trazado de las redes de infraestructuras que necesitaban estos edificios, el resto de la planta quedaba a la libre disposición de los futuros ocupantes del mismo (1000 empleados, con una superficie por empleado de 14,43 m2), que aprovechando la versatilidad del proyecto podían delimitar la superficie que precisaban a base de la ordenación del módulo. La propiedad solicitó a OTAISA luz natural Norte y Sur, y que la edificación se cerrase a Este y Oeste.
     La edificación que alcanza los 34,98 metros en su cubierta plana, con fachada principal a Ramón y Cajal de 55 metros de longitud, tiene 11 plantas de 3,18 metros de altura (2,75 metros libres), con una crujía de 21,60 metros de anchura, con oficinas orientadas Este-Oeste en planta diáfana con 7 metros de luz, y con un local en su fachada Sur de menos de 12 metros de ancho, que llega a unos cinco metros de la línea de fachada, siendo ciego a la misma según exigían las ordenanzas municipales. En este núcleo Sur se establecieron las comunicaciones verticales (tres ascensores de 10 personas y 1,5 m/sg, con un recorrido total de 38,40 m.) y los servicios sanitarios, así como los conductos verticales de instalaciones. La superficie total de oficinas es de 10.830,00 m2; la de espacios generales de 699,67 m2; de 1.871,00 m2 la superficie de espacios comunes y de 5.615,30 m2 la de aparcamientos.
     La planta baja se situó a 1,50 metros sobre la cota de la acera de la Avenida Ramón y Cajal, para resguardar cierta privacidad de vistas en dicha planta. Un semisótano y un sótano dedicado a zonas generales de la comunidad de oficinas y aparcamientos completan la superficie construida.
      El acceso público se realiza por la zona Sur, al nivel de la planta baja. El de vehículos se proyectó en semisótano por una calzada de servicio paralela a Ramón y Cajal. Entre semisótano y sótano hay 204 puestos de aparcamientos, junto a las 83 plazas en la urbanización (se buscó la proporción de una plaza por cada tres trabajadores).
     El espectacular juego rítmico que ofrece la fachada (con modulación de 1,75 metros), estudiada en Inglaterra por Manuel Trillo (por petición expresa de Felipe Medina) antes de decidirse a utilizarla en esta construcción, es sin duda el elemento más definitorio del éxito logrado en el edificio, con unos paneles prefabricados de hormigón, que sirven de encofrado a la propia estructura, cuya forma posibilitaba ubicar los elementos de instalaciones que precisaban los diferentes módulos de oficinas. El acristalamiento doble de los huecos disminuye el aporte calorífico de unas ventanas correderas de 3,5 metros con hojas de 1,75 alternadas con cuerpos fijos de 1,75 metros. 
     El edificio, con su imponente presencia en el cruce de las Avenidas de San Francisco Javier y Ramón y Cajal, sabe labrar el espacio de su amplia parcela con el acertado quiebro con el que da respuesta diferenciada a las zonas indefinidas de su planta que conforman el paralelepípedo perforado con respecto al cuerpo cerrado que aloja los elementos invariables de las circulaciones verticales.
     La liberación de la pieza de los límites de la parcela, la ligera elevación de su planta baja respecto a la rasante de las calles y la potencia de un bloque de once plantas de alturas, hablan del compromiso de sus autores por generar un edificio capaz de marcar distancias de una avenidas convertidas en principales ejes de la Sevilla terciaria que nacía en la expansión al Este de la ciudad. Los espacios libres de la parcela reconocen las diferencias de su entorno: se ajardinan hacia la avenida de San Francisco Javier y resuelven los aparcamientos en su lado opuesto.
     La estructura es un sistema reticular de placas aligeradas nervadas en dos direcciones ortogonales, cuyo aligeramiento se consigue mediante la inclusión de elementos prefabricados, prescindiéndose totalmente de la utilización de jácenas como elementos de apoyo. Los pilares son de hormigón armado. La cimentación se proyectó mediante zapatas armadas arriostradas sobre pilotaje y con muros de contención.
     Las delimitaciones entre oficinas se proyectaron para ser resueltas con prefabricados ensamblados de hormigón blanco con aislamiento acústico incorporado. La carpintería exterior, en módulo independiente de 175 cm, de correderas basculante-deslizantes en perfiles de aluminio anodizado en su color. La carpintería interior igualmente prefabricada, con tableros normalizados chapados de laminados plastificados de color liso y bastidor metálico.
     En el exterior los pavimentos se proyectaron de losas de hormigón prefabricado en los accesos de público, con pavimento de goma tipo industrial en las zonas comunes y de paso, y de adoquines de hormigón prefabricado en las zonas de rodadura; los techos, absorbentes acústicos en zonas de paso y comunes.
     El edificio es obra de Manuel Trillo bajo el control de Felipe Medina, aunque por motivos fiscales, en OTAISA firmaban los proyectos profesionales que no habían intervenido en su realización, por lo que aparecen citados.
     OTAISA, las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería, es un referente obligado en la ciudad de Sevilla por haber proyectado algunos de los mejores ejemplos de su arquitectura racionalista. La asociación de Felipe y Rodrigo Benjumea, Luis Gómez Estern y Alfonso Toro tuvo como resultado la fundación de OTAISA a finales de la década de los cuarenta. En la Oficina destacaba la capacidad de realizar proyectos en equipo, por parte de un grupo de profesionales que enlazaban varias generaciones, aportando los jóvenes de la segunda generación de OTAISA (Manuel Trillo, Luis Fernando Gómez Estern y Fernando Villanueva) la capacidad de renovación, formal e ideológica, a unos veteranos que bajo el control de Felipe Medina, las aceptaban, capaces como habían sido estos arquitectos de proyectar edificios tan interesantes como la Estación de autobuses y viviendas de El Prado de San Sebastián (1938-44), la Casa Lasarte en la Palmera (1939-43), la Universidad Laboral o los bloques de La Estrella. Julio Tirado, Juan Luis Trillo, Gonzalo Díaz Recaséns, Francisco Barrionuevo, Víctor Pérez Escolano y Fernando Mendoza se incorporan más tarde como casi una tercera generación de arquitectos de la Oficina.
     En el entorno del edificio Sevilla I, en cuya última planta se instalan las Oficinas tras el traslado desde su anterior ubicación en calle Diego de Riaño, se proyecta también por parte de OTAISA la sede social de la Compañía Sevillana de Electricidad, la Facultad de Económicas y Empresariales, las viviendas de SAIRU que cierran El Prado de San Sebastián, los apartamentos Huerta del Rey y diversas actuaciones en la Fábrica de Cruzcampo.
     El Anteproyecto se redacta en julio de 1969. El Presupuesto total del proyecto era de 46.379.396,05 ptas (noviembre de 1969). El Fin de obra se firma el 11 de septiembre de 1972.
     Medina Benjumea, Felipe (1910- titulado 1934-1993)
     Trillo de Leyva, Manuel (1941- titulado 1966-2006)
     Villanueva Sandino, Fernando (1943- titulado 1968-1992)
     Gómez-Estern Sánchez, Luis Fernando (1942- titulado 1967)
     Orbe Cano, Ángel ("- titulado 1960-") (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El edificio Sevilla 1 se constituye como un hito a varias escalas.
     Por un lado, como hito empresarial e inmobiliario, al tratarse de un modelo de oficinas inusual en la ciudad de Sevilla, basado en la posibilidad de disponer de espacios profesionales modulados de diferente tamaño, adaptados a las necesidades de cada empresa interesada, con zonas de servicio de uso común adecuadas al desarrollo de la actividad que contenía.
     Por otro lado, un hito urbano, una pieza reconocible como referente, con un nuevo concepto de barrio donde el sector terciario cogía fuerza frente a la predominancia del uso exclusivamente residencial, en torno a un nuevo e importante eje urbano, generador de una de las trasformaciones más importantes de la ciudad de la segunda mitad del siglo XX, donde se produce un nuevo modelo de ciudad.
     Por último, supone un hito desde el punto de vista de su diseño y construcción, ya que introduce modelos de ejecución importados desde Europa y los EE.UU. El edificio es un contundente volumen de once plantas, cuyo eje se orienta de norte a sur y sus fachadas principales a este y oeste. Su planta es diáfana, modulable y flexible, con un posible pasillo de distribución central y un núcleo de comunicaciones y servicios en su lado sur que, como elemento volumétrico diferenciado, configura la esquina de cruce de dos importantes vías y el acceso al edificio desde ese punto.
     El aspecto más reconocible del edificio es sin duda el sistema constructivo de las fachadas, realizadas con una pieza repetitiva de hormigón prefabricado que alberga el hueco tipo y que genera un juego rítmico modulado en todas las fachadas. Este módulo sirve, además, de encofrado para la estructura, realizada con un sistema de placas aligeradas nervadas en dos direcciones, sobre pilares de hormigón que se apoyan en zapatas arriostradas sobre pilotes y muros de sótano.
     En este sentido, la influencia de modelos basados en la prefabricación usados en los EE.UU., en especial por Marcel Breuer en algunos de sus edificios de oficinas, así como en arquitecturas brutalistas británicas, sirven para introducir un sistema de industrialización arquitectónica no conocido hasta ese momento en Sevilla y poco usado en España, salvo por Miguel Fisac o Moreno Barberá en algún edificio (Juan Manuel García Nieto, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Edificio de Oficinas Sevilla I, de Felipe Medina Benjumea, Fernando Villanueva Sandino, Luis Gómez Estern, Manuel Trillo de Leyva, OTAISA (Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería, SA), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 14 de marzo de 2023

Las Viviendas de Cerro Alegre, en San Juan de Aznalfarache (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte las Viviendas de Cerro Alegre, en San Juan de Aznalfarache (Sevilla)
     El diseño de estos edificios, construidos en 1966, hay que adjudicarlos a los arquitectos Felipe Medina Benjumea, Alfonso Toro Buiza, Rodrigo Medina Benjumea, y Luis Gómez Estern.
     El Aljarafe está hoy asociado a una imagen de densa ocupación de viviendas adosadas que no han sabido leer sus condiciones topográficas y de situación respecto a Sevilla. En otros años se produjeron otras arquitecturas que sí tuvieron en cuenta esas circunstancias. Escondidas entre las actuales urbanizaciones son ejemplos olvidados de una adecuada interpretación de este paisaje.
     Las viviendas en Cerro Alegre en San Juan de Aznalfarache, es una operación que combina un implantación racionalista con la idea de incorporar a la residencia colectiva las teorías de la ciudad-jardín. El conjunto está compuesto por seis edificios: dos torres de nueve plantas de altura y planta cuadrada, situadas en la cota inferior; tres bloques lineales de viviendas unifamiliares en dúplex en la parte más alta; en medio una casa existente de una planta. El conjunto disponía además de estación de servicio y transformador. La ordenación combinaba accesos rodados que llegan hasta el centro donde se encontraba la casa existente, con caminos peatonales que iban salvando la diferencia de cotas, uniendo unos bloques con otros. Los aparcamientos se situaban en superficie y en hilera.
     Una imagen de volúmenes prismáticos, blancos de cubierta plana, que incorporan detalles próximos a la arquitectura local que se pueden observar en las persianas, en las correderas de madera color verde o en las barandillas. Los dos edificios lineales más largos se levantan del suelo mediante unos pilares, sobrevolando el edificio sobre el perfil natural del terreno. El tercero se ajusta a la topografía desarrollando un dúplex con la planta baja al nivel del suelo. Los tipos se estudiaron para conseguir el máximo aprovechamiento de superficie útil, manteniendo su vigencia, y en muchos casos, no es superado por intervenciones residenciales más recientes.
     Aunque algunos balcones y terrazas se han cerrado con carpinterías de aluminio y techado con chapa de fibrocemento, se posible reconocer los valores y las características antes comentadas, y frente a las fuerte especulación de la zona, pervive como ejemplo de intervención de un paisaje cuyo entorno está siendo muy alterado (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El Grupo Residencial Cerro Alegre de Viviendas de Renta Limitada Grupo 1º, se halla situado a la entrada de San Juan de Aznalfarache, Municipio de unos 12.000 habitantes, en la orilla derecha del río Guadalquivir. Ocupa parte de la falda del monte que da sobre Sevilla de manera que la visión de la ciudad es ideal, máxime estando limitado el crecimiento urbano por la extensa zona inundable del río Guadalquivir, situada entre Sevilla y San Juan de Aznalfarache.
     El desplazamiento desde el centro de lo ciudad al grupo residencial Cerro Alegre puede efectuarse en 15 minutos, con lo que las ventajas que supone el vivir fuera de la trama ciudadana, cada vez menos agradable, no se ven hipotecadas por el inconveniente de las dificultades horarias en los desplazamientos.
     El conjunto residencial ocupa una superficie de 10.000 metros cuadrados y está formado por dos bloques de viviendas y tres agrupaciones de viviendas dúplex en hileras de 3, 5 y 6, con una cubicación de 1 m3/m2, ocupando un 10% de la superficie total; el resto se destina a jardines y amplias zonas.
     Los bloques de viviendas son de diez plantas, con 4 pisos por planta, de 90 m2 construidos. Las agrupaciones en hileros suman 14 viviendas de 99 metros cuadrados construidos.
     Ciertamente la propia topografía del terreno hubiera favorecido un estudio menos convencional.
     Una búsqueda de un conjunto más ágil, más en línea con los trabajos e investigaciones que actualmente se realizan (Neumann, Suzuki, Moshe, Safdie, etc).
     De cualquier modo es plausible el intento de conectar con la más sana tradición del movimiento moderno mediante el estudio de viviendas dúplex unifamiliares en hileras, que cuenta con las originarias realizaciones de Oud de los años veinte (los grupos de  Hoek  von  Holland, "De Kiefhoek" de Rotterdam y en "Weissenhofsiedlung" de Sttugart) y del GATEPAC en 1932 en San Andrés-Barcelona.
     Las hileras de Cerro Alegre, al igual que las de San Andrés, desarrollan su sistema dúplex mediante el esquema aproximado de cocina, comedor-estar y un dormitorio en planta baja y cuarto de baño y dos dormitorios en lo alto. Pero la diferencia fundamental radica en el planteamiento social de los posibles habitantes de las hileras; mientras en San Andrés, son el producto de la búsqueda de una solución de viviendas para obreros, en la línea de las realizaciones de Oud en Cerro Alegre el usuario del producto arquitectónico es la clase media y profesional. De una necesidad de vivienda digna mínima (segundo CIAM de Francfürt, 1929), en un solar mínimo, a una vivienda pequeña siguiendo un esquema  similar en un solar desahogado y agradablemente acondicionado. Del pequeño jardín delante de la vivienda y el pequeño patio atrás (según el tipo ciudad-jardín) a los amplios espacios verdes comunes (Víctor Pérez Escolano, en www.idus.es).

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miércoles, 25 de enero de 2023

La antigua Universidad Laboral, actual Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la antigua Universidad Laboral, actual Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 25 de enero, aniversario del nacimiento (25 de enero de 1725) de Pablo de Olavide, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la antigua Universidad Laboral, actual Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla).
   La antigua Universidad Laboral, actual Universidad Pablo de Olavide, se encuentra en la ctra. de Utrera, km. 1; en Dos Hermanas (Sevilla).
     A la hora de caracterizar el proyecto franquista de las Universidades Laborales, hacemos referencia a la utopía de manera intencionada: no en vano, la fundación de todos los centros buscó siempre la separación física de sus instalaciones respecto de las contradicciones de la sociedad urbana. Las grandes ciudades, contempladas siempre con recelo por el régimen franquista por la amenaza obrera, constituían una realidad con la cual se pretendían cortar lazos. Por esta razón, todos los establecimientos que se construyeron en España se encontraban a una distancia media de entre dos y cinco kilómetros del núcleo de población, buscando el deseado aislamiento en el que desarrollar su programa de refundación
social.
     Este era el caso de la Universidad Laboral de Sevilla, que se situó en terrenos al Sur de la ciudad, sobre antiguas fincas de labor que, con una extensión total de 310 hectáreas, habrían de procurar abastecimiento a los residentes, así como terrenos para prácticas agropecuarias y de cultivo. Pero este aislamiento no implicaba incomunicación, y como operación urbanística de gran envergadura, tuvo claras resonancias con la ciudad. Desde sus orígenes, su fundación lanzaba lazos simbólicos con la historia urbana reciente de la capital, conectando de manera directa la utopía burguesa regionalista de la Plaza de América del Parque de María Luisa con la utopía moderna que habría de alzarse al sur de la ciudad como centro universitario de los trabajadores.
     En respuesta a las pretensiones utópicas de la fundación de la Universidad Laboral, las infraestructuras se pusieron al servicio de la creación de una escenografía del tránsito que, no olvidemos, formaba parte de las imágenes de modernización que el Régimen deseaba transmitir. De esta manera, la construcción del campus ofreció el argumento definitivo para la apertura de la avenida de Felipe II, prevista en el plan de 1947, así como de la avenida General Merry, prolongación de la anterior y que servía de enlace con la Avenida de la Paz.
     A través de este cordón umbilical, y a lo largo de una década, se desplegó una escenografía a la que se sumaron otros elementos de la modernidad, como serían el conjunto de viviendas de los Diez Mandamientos (Luis Recasens Méndez y Queipo de Llano, 1958-1964), el primer centro comercial periférico de la ciudad, actualmente perteneciente a la cadena Carrefour (Alberto Donaire y Ramón Montserrat Ballesté, 1965), hasta llegar a la plaza principal de la Universidad Laboral en una estudiada escenografía monumental.
     Un leve giro en la orientación de la carretera conducía por debajo de un arco parabólico de entrada, finalmente no construido, como bienvenida al espacio principal de la Universidad, presidido por la iglesia (finalmente no construida), su torre (construida, con una altura del 67 metros), y edificios de gobierno que componían la cabeza de la organización.
     No de manera casual, la imagen sesgada que se ofrecía al acceso desde la carretera de Utrera constituía una carta de presentación, a modo de manifiesto, de su programa arquitectónico. Carta de presentación en la que la disposición de las masas arboladas vecinas a la carretera reforzaba el carácter de originario y literal de campus, entendido desde la perspectiva pastoral americana que a partir de la Universidad de Virginia (Thomas Jefferson, 1817-26) constituyó un modelo de interacción con la naturaleza que se mantuvo como referente ideal para la arquitectura docente contemporánea.
     Junto a ese espacio de transición, más allá de su carácter natural, hemos de incidir en la componente propagandística que tenían los usos deportivos que en él se desarrollaban. Piscinas y pistas de deporte se convertían en escenarios colectivos del culto al cuerpo en los que habrían de exhibirse los logros sociales del Régimen: mentes y brazos unidos, como expresión de la ansiada resolución definitiva de la lucha de clases.
     La ordenación de la antigua Universidad Laboral de Sevilla ocupa una extensión total de 310 Ha, de las cuales 96 fueron destinadas a edificación. Se trata de una ordenación que, en analogía con el carácter de ciudad que se pretendía, cabe ser descrita en dos claves fundamentales:
     En primer lugar, un conjunto "central", de enorme protagonismo formal y funcional y marcado carácter lineal, compuesto por la plaza principal, los edificios de rectorado y administración, más la galería que une los siete Colegios que componen el conjunto, hasta llegar a la central térmica que se sitúa en su extremo Norte.
     En segundo lugar, una "periferia" dispersa, constituida por serie de piezas que cambian su orientación respecto al conjunto central, destinadas a pabellones deportivos, pistas deportivas, frontones y piscinas, más las naves de prácticas y talleres.
     La adopción de esta división no es baladí, ya que es posible distinguir cómo a lo largo de su existencia, el conjunto de la antigua Universidad Laboral de Sevilla ha reproducido las vicisitudes y las contradicciones que han acontecido a mayor escala en el desarrollo de las ciudades contemporáneas. Por un lado, un "centro", perfectamente reconocible a nivel formal y simbólico, sobre el que se centran las miradas y cuidados disponibles, en coexistencia con una "periferia" perteneciente al dominio de lo casual y de la contingencia, a modo de cajón de sastre en el que las sucesivas demoliciones y nuevas aportaciones se han sucedido como en cuestionables áreas de impunidad.
     En vistas a la futura intervención patrimonial en el conjunto, se considera necesario dar un paso adelante que deshaga la dialéctica nefasta entre "centro" congelado y "periferia" desregulada, incidiendo más allá de esos elementos reconocibles que forman el "centro", para cargar las tintas en la "periferia", proponiendo para ella una ordenación conceptualmente coherente.
     En ese sentido, y en primer lugar, habremos de ampliar la visión que se centra exclusivamente en el objeto arquitectónico.
     Cabe, por tanto, hacer una crítica a la inscripción en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz del conjunto, pues en su delimitación se centra exclusivamente en las masas edificadas, reproduciendo con estrechez de miras la mencionada dialéctica, y obviando de forma lamentable otros valores presentes en la ordenación y en el paisaje de la antigua Universidad Laboral.
     La antigua Universidad Laboral de Sevilla, más allá de la indudable calidad de su arquitectura, ofrece ejemplos de una cuidadosa atención a cuestiones relacionadas con la transición entre la masa edificada y los espacios abiertos a través del control de su uso. Sin ir más lejos, la singular organización de su viario responde a los planteamientos más avanzados de jerarquización que se empleaban en Europa y Norteamérica: el ejemplo de la manzana Radburn, desarrollado por Clarence Stein y Henry Wright para la Regional Planning Association of America en 1928, se muestra de manera evidente en la antigua Universidad Laboral de Sevilla.
     Un esquema que deriva las circulaciones rodadas al borde del elemento "central", y que localiza puntualmente los accesos a los diferentes Colegios en espacios abiertos entre los mismos, permitiendo al área central del conjunto disfrutar de un carácter peatonal en el que se desarrolla la vida de la comunidad universitaria.
     El carácter de playas de aparcamiento que tienen actualmente estos espacios abiertos requiere, a nuestro entender, de una actuación que mantenga su intención inicial de servir de puntos de acceso controlado, más que de estacionamiento extensivo. De esta manera, innovaciones urbanísticas que generalmente pasan desapercibidas tras el protagonismo de la arquitectura, recibirían un tratamiento adecuado y justo a su condición avanzada.
     La arquitectura de la antigua Universidad Laboral de Sevilla constituye una de las principales señas de identidad de la Sevilla contemporánea, a partir de que en los años 50 empezase a producirse una apertura hacia nuevos paradigmas de modernidad. En esta condición renovadora será necesario insistir a la hora de abordar la futura intervención en el campus, a fin de que la Universidad Pablo de Olavide se confirme como centro de excelencia en la atención a su patrimonio.
     Atendiendo al esquema Radburn como ordenación de los accesos rodados, el área central liberada se mostraba como espacio propicio para el desarrollo de actividades comunitarias. En la transposición al caso de la Laboral de Sevilla, habremos de hacer mención al carácter singular que tiene el espacio ¿central¿ del conjunto, organizado a través de una galería cubierta que sirve de auténtica espina dorsal, a partir de la superposición de diferentes funciones: infraestructurales, circulaciones y logísticas, de la que disfrutan los Colegios que a ella se anexan.
     La galería porticada ofrece sombra y cobijo a los residentes y estudiantes, que hacen uso de este espacio como lugar privilegiado de interrelación. Anexos a esta galería, siete diferentes Colegios repiten un mismo esquema, basado en el funcionamiento de los colleges de las universidades anglosajonas, con claras resonancias monásticas que iban acordes con la gestión religiosa de estos centros, que en el caso de Sevilla, correspondía a la orden de los Salesianos. 
   La organización de los Colegios participaba del ideal de la construcción comunitaria, contando cada uno de ellos con un espacio abierto propio, a modo de claustro ligeramente deprimido y anexo a la espina dorsal del conjunto, al cual se asoman los dos edificios de dos plantas, originariamente destinados a aulas y comedor.
     Haciendo una transcripción literal de los paradigmas modernos de la zonificación, en torno a este claustro se desarrollaba la vida pública de cada Colegio, mientras que el edificio de residencia, de cuatro plantas de altura, se situaba al extremo, en proximidad inmediata a los accesos rodados perimetrales.
     El sumatorio de los diferentes Colegios producía, por efecto de repetición, un marcado carácter monumental que caracteriza al conjunto, cercano a las imágenes sobre la Hochhausstadt (ciudad de los rascacielos) que el arquitecto alemán Ludwig Hilberseimer creó en 1924 para describir a la metrópolis moderna. Sin embargo, con objeto de suavizar esa imagen abstracta y gris de la vida en la sociedad industrial, la arquitectura intentaba dar respuesta, a través del control de la escala, a las exigencias de control y fomento de la vida comunitaria.
     Así, el pequeño tamaño de las piezas de aulas y comedores, vinculadas a los espacios libres propios de los Colegios, era una concesión de amabilidad en un conjunto de una escala implacable. Por otro lado, la asociación de diferentes colores para los edificios de residencias era una nueva apuesta de naturalidad, que sigue constituyendo, hoy día, una seña de identidad del conjunto que sería interesante recuperar a través de estudios cromáticos de la época.
     Mención aparte dentro de este proceso merece el área representativa de la Universidad Laboral. En primer lugar, no renunciaba a representar su cometido representativo de cara a la sociedad urbana, en base al cambio de orientación, que abría su espacio principal hacia el acceso al conjunto desde la ciudad de Sevilla. Pero al mismo tiempo, se fijaban referentes inmemoriales propios de la pequeña escala de las comunidades rurales, hecho reflejado en el proyecto inicial, que muestra cómo el conjunto debiera haber contado inicialmente con una iglesia, que finalmente no se construyó por la existencia de capillas en cada Colegio.
     Como testimonio del carácter simbólico que dicho elemento debiera haber tenido, sí contamos con la presencia singular de la torre de 67 metros de alto, ¿giralda mutualista¿ que servía de referencia visual inmediata a la Universidad Laboral, albergando además otras funciones más prosaicas, como los depósitos de agua del conjunto, o las antenas de comunicaciones al servicio de la emisora de radio que diariamente emitía desde la institución.
     Junto a estos casos, el abandono y el descuido amenazan también a piezas singulares del conjunto, tal es el caso de la antigua central térmica, situada en el extremo norte de la galería porticada, que sigue reclamando una intervención creativa y responsable.
     Una atención singularizada merecen los edificios que formaron parte de la "periferia" del conjunto, sometidos, tal vez por su mal entendida condición apartada, a operaciones de transformación completamente inasumibles para el mantenimiento del carácter singular de la Universidad Laboral como patrimonio contemporáneo. Es en este punto donde hemos de hacer mención aparte a elementos ya desaparecidos como eran los frontones, el trampolín de tres palancas de la piscina principal, o el magnífico edificio de vestuarios de las piscinas, que por su singularidad constituían apuestas enormemente valerosas por una formalidad moderna.
     En el mismo sentido hemos de volver a insistir en el carácter negativo de intervenciones como la señalada conversión de la nave de talleres en biblioteca, que de manera absolutamente falta de criterio, compromete la espacialidad singular conseguida en el proyecto original a través del contundente mecano de su cubierta, que cubría de manera airosa una superficie de 45x165 metros a través de siete formidables cerchas.
     En último lugar, pero no por ello con menor importancia, es necesario hacer mención a las estructuras singulares de los tres pabellones deportivos, que por las osadas dimensiones de sus cubiertas de hormigón armado, son un ejemplo singular de las experiencias que en la época se realizaron sobre este material. Lamentablemente, en la actualidad, las excepcionales características espaciales de estos pabellones quedan escamoteadas del disfrute del conjunto, debido, de nuevo, a intervenciones faltas de reflexión patrimonial y que debieran ser revertidas a través del futuro proyecto de intervención.
     La antigua Universidad Laboral de Sevilla, como conjunto urbano y arquitectónico de primer orden, constituye una muestra destacada del legado de la modernidad arquitectónica en Andalucía. La Universidad Pablo de Olavide, encontrándose en la encrucijada de su futura ampliación, debe encontrar en su patrimonio arquitectónico y urbano contemporáneo las claves para su consolidación como referente entre las instituciones educativas de España.
     La construcción de la Universidad Laboral de Sevilla participaba de los ideales que desde finales del siglo XVIII, abogaban por aunar la ciencia, las artes y la tecnología, que caracterizó el desarrollo de la sociedad industrial, y de la que surgieron instituciones del prestigio del Conservatoire National des Arts et Métiers de Francia (1794) el Massachusetts Institute of Techology (MIT), fundado en 1861.
     Como se ha señalado frecuentemente, el antecedente primero de las Universidades Laborales españolas se encuentra en Bélgica, donde el gobierno socialista de inicios del siglo XX auspició la iniciativa del filántropo Paul Pastur para crear la Universidad del Trabajo de Charleroi en 1903. A partir de entonces, la cuestión de la mejora de la educación de la clase obrera se convirtió en una aspiración irrenunciable y fundamental de las sociedades occidentales.
     Dentro de ese espíritu, y a pesar de la ideología del régimen franquista, la creación de las Universidades Laborales españolas trataba de resolver la paradoja de unas reivindicaciones de la población obrera a las que había que dar respuesta, aunque anulando absolutamente la lucha de clases, a través de lo que algunos autores han llamado un proyecto de "desclasización", artificial y utópico, de la sociedad española llevado a cabo por los vencedores de la Guerra Civil.
     Partiendo de la propia terminología, que sustituía el término "obrero" por el de "productor", la cuestión obrera fue soslayada a través del adoctrinamiento político y religioso dentro del cuerpo institucional del régimen, y en los centros educativos en particular.
     Por estas razones, el conjunto de las 21 Universidades Laborales que se construyeron en España entre 1955 y 1978 ha pasado a la historia como uno de los programas ideológicos y arquitectónicos más ambiciosos promovidos por el régimen de Franco. Una condición emblemática que motivó que sus cuatro primeras realizaciones, en los años 1955 y 1956, estuviesen impregnadas de una pesada carga simbólica, aunque con caracteres completamente diferentes. 
     La Universidad Laboral de Gijón, con el espectacular conjunto diseñado por Luis Moya, se encargó de ofreció una respuesta al reto lanzado por el ministro de trabajo, José Antonio Girón, en claves monumentales y nostálgicas, si bien la construcción del edificio respondió a una función, la de Orfanato Minero, que originariamente no se correspondía con un uso universitario.
      Sin embargo, esa apuesta por la monumentalidad en Gijón, a modo de Escorial obrero, no tuvo continuidad. En el lapso de tiempo que transcurrió entre la constitución del Orfanato Minero de Gijón (1945) y la llamada "segunda oleada" de Universidades Laborales (1952), con los centros pioneros de Tarragona, Córdoba y Sevilla, los postulados ideológicos del régimen franquista empezaron a tornar desde la defensa a ultranza de la autarquía a nuevas palabras como eran "modernización", "eficiencia", y "cambio", que se incorporaron de forma decidida al discurso de la arquitectura oficial.
     Construida de 1942 a 1954 por Felipe y Rodrigo Medina Benjumea, Luis Gómez Estern y Alfonso Toro Buiza. Sufrió un largo periodo de abandono, tras usarse como Universidad Politécnica, que afectó a sus condiciones de mantenimiento. Si bien no se han producido modificaciones en su estructura esencial, en los últimos años ha hecho frente a obras de rehabilitación, para su conversión en sede de la Universidad Pablo de Olavide (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El complejo destinado a Universidad Laboral, desplegado en un amplio paisaje y con generosos espacios libres, consta de una serie de siete módulos de edificios conectados entre sí por una espina de circulación de orientación aproximada norte-sur, a ambos lados de la cual se disponen simétricamente. Cada módulo, constituido por dos volúmenes de dos y cinco plantas y otro edificio, también de dos plantas, separado de los anteriores, debía albergar un grupo escolar con aulas y laboratorios, dormitorios, comedores, recreos y vestuarios. El edificio ubicado en el extremo norte se destinaba a cocina, almacén, lavandería y otros servicios generales.
     En el extremo opuesto, el de mayor cota, se erigen edificios enlazados por galerías cubiertas que conforman una gran plaza y constituyen el «centro cívico», que contenía, entre otros espacios, los de salón de actos, locales de dirección y claustro de profesores, biblioteca central e iglesia. A ésta, aunque no llegó a construirse, pertenece la bella torre que constituye el elemento vertical que caracteriza el complejo (Ignacio Capilla Roncero, Amadeo Ramos Carranza e Ignacio Sánchez-Cid Endériz, en DOCOMOMO).
Conozcamos mejor la Biografía de Pablo de Olavide, personaje que da nombre al edificio reseñado;
     Pablo Antonio de Olavide y Jáuregui, Anastasio Céspedes y Monroy. (Lima, Perú, 25 de enero de 1725 – Baeza (Jaén), 25 de febrero de 1803). Fundador de las nuevas colonias de Sierra Morena y Andalucía y autor de informes sobre la reforma agraria y educativa durante el reinado de Carlos III y de escritos religiosos y novelas moralizantes a final de su vida.
     Su padre, Martín de Olavide, navarro de nacimiento, se dedicó al comercio y desempeñó diversos cargos en la administración del virreinato del Perú. Su madre, María Ana de Jáuregui, limeña, pertenecía a una familia principal del citado virreinato cuyos miembros desempeñaron importantes puestos en la administración del mismo. En su ciudad natal recibió una educación escolástica, que luego criticó. Estudió en los Colegios de San Felipe y de San Martín, regentado este último por los padres de la Compañía de Jesús y vinculado a la Universidad de San Marcos. A los dieciséis años era profesor en la citada universidad y se había asegurado la interinidad de la segunda Cátedra de Teología (Vísperas de Teología). A los diecisiete, opositó y obtuvo la Cátedra del Maestro de las Sentencias. Esta carrera docente fue acompañada de una rápida ascensión en la jerarquía oficial: en julio de 1741 fue admitido como abogado en la Audiencia de Lima, un año antes de terminar el doctorado en ambos Derechos y previa dispensa de la pasantía. En la misma fecha, el tribunal del Consulado de Lima le nombró asesor, y pasó a ejercer las funciones de asesor general del Cabildo de dicha ciudad, durante la ausencia del titular de este cargo. Finalmente, en los últimos meses de 1745, Fernando VI le nombró oidor de la Audiencia de Lima.
     Esta vertiginosa carrera pública se interrumpió al descubrirse su dedicación a diversas actividades fraudulentas, como la ocultación de la herencia de su padre a los acreedores con el fin de frustrar el pago de las deudas de éste o la falsificación de escrituras notariales. Estas actividades, junto a la relajación en el cumplimiento de sus obligaciones como oidor de la Audiencia, provocaron la apertura de un expediente en el Consejo de Indias sobre su conducta y su destitución en dicho cargo en 1750, hasta que explicase por completo las inculpaciones en que aparecía envuelto. Un año antes de su destitución, partió hacia la metrópoli, a la que no llegó hasta 1752, y se dedicó durante este período al comercio.
     Desde su partida de Lima y su posterior destitución como oidor de la Audiencia, hasta 1766 no desempeñó ningún cargo público. No obstante, hay en este período ciertos hechos que merecen destacarse: el encarcelamiento debido a las acusaciones de proceso de destitución (1754); la boda con una viuda millonaria (1755), María Isabel de los Ríos, lo que le permitió realizar nuevas operaciones comerciales, introducirse en el círculo social más ilustrado de Madrid —compuesto por Campomanes, Múzquiz y Aranda, entre otros— y viajar a Europa; el ingreso en la Orden de Santiago (1756); la obtención de una sentencia de olvido en el proceso que se inició a raíz de su destitución como oidor de la Audiencia de Lima (1757); y, por último, entre 1757 y 1765 la realización de tres grandes viajes a Europa. Visitó, entre otros lugares, Francia, Ginebra, la península itálica y, por supuesto, París, donde entró plenamente en contacto con la cultura del continente, pero sin olvidar su formación española.
     De estos años en los que estuvo alejado de la actividad pública, hay que destacar la publicación, en el año de 1764 y en un entreacto de sus viajes a Europa, de la zarzuela en un acto titulada El celoso burlado. Esta obra fue dispuesta para venderla en el teatro y fue representada en el Teatro del Buen Retiro con motivo de los esponsales de la infanta Luisa con el gran duque de Toscana.
     La dirección del Hospicio de San Fernando en mayo de 1766 y la del Hospicio de Madrid, en junio del mismo año fueron los primeros cargos que desempeñó después de diecisiete años lejos de la actividad pública. El Hospicio de San Fernando, creado tras el Motín contra Esquilache, para recoger a los vagos de la Corte, intentó plasmar la idea sobre beneficencia del conde de Aranda. El aragonés, según sus propias palabras, confió a Olavide la dirección de estas importantes instituciones, que debían ser “modelo” para el resto de las provincias de España, “por su talento, por lo que ha visto en los países forasteros y por la inclinación a establecimientos públicos” de este género.
     Unos meses más tarde, en enero de 1767, fue elegido personero del común del Ayuntamiento de Madrid, desde donde trabajó en defensa del libre comercio. Así, en un informe, firmado junto a José Antonio Pinedo, “sobre licencias y aranceles que se dan a los tenderos, confiteros y demás vendedores de comestibles de Madrid” (inéd., 1767), propone el “ilustrado sistema del Consejo [de Castilla] que en la libertad del comercio funda la esperanza de la concurrencia” en contraposición a la “monstruosa” tasa.
     Apenas llevaba un año en la dirección de los hospicios y seis meses en la personería del común, cuando fue nombrado, en junio de 1767, intendente del Ejército de los cuatro reinos de Andalucía, intendente de rentas provinciales del Reino de Sevilla, asistente de la ciudad de Sevilla y superintendente de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, y también se le concedió un año después la Superintendencia de las Nuevas Poblaciones de Andalucía. Al frente de estos nuevos encargos estuvo hasta 1776, año en el que fue detenido y encarcelado por el Santo Oficio.
     La principal empresa llevada a cabo a partir de su llegada a Andalucía fue la colonización de Sierra Morena —iniciada en los despoblados de La Peñuela en 1767— y Andalucía —iniciada en los despoblados de La Parrilla y de La Moncloa en 1768— con seis mil alemanes. El objetivo principal de la colonización, según Olavide, era servir de “modelo” al resto de España. De los nuevos pueblos se debían adoptar las reformas económicas con el fin de “racionalizar” la infraestructura artesanal y agraria de la sociedad estamental y eliminar los factores limitativos que impedían el aumento de la producción agraria e industrial. Olavide defendía la sociedad estamental en la que vivió, y nunca, a diferencia de muchos utopistas, estuvo a favor de un patrón de vida colectivo, sino que la base de sus reformas fue siempre el fomento del interés propio de los individuos y la aplicación de los adelantos vistos en las poblaciones “mejor ordenadas” y “más felices” de España y de Europa. Su apoyo a la sociedad estamental, no significa renunciar a la crítica de hechos como los siguientes: los excesivos privilegios de la nobleza y su absentismo, los mayorazgos, la existencia de numerosos eclesiásticos de costumbres relajadas, la especulación de los grandes arrendadores profesionales, la situación precaria de los jornaleros y de los pequeños arrendadores, la concentración de la población en pocos lugares, el sistema de arrendamiento y de cultivo, la falta de desarrollo de todos los ramos de la agricultura y de la manufactura y las precarias vías de comunicación.
     La base de la colonización olavideña la constituyeron pequeños labradores dispersos por el campo que tenían el dominio útil de la tierra gracias a un censo enfitéutico; labradores que estaban dotados por el Estado de los medios para explotar adecuadamente la tierra y que cercaban su heredad y estabulaban su ganado. Esta situación era la adecuada para que el pequeño labrador mejorara su tierra (aplicara los nuevos sistemas y métodos de cultivos practicados en Europa y regiones más prósperas de España), sembrara diversos granos y semillas, mantuviera adecuadamente cuidado su ganado y desarrollara el resto de los ramos de la agricultura (la horticultura y el plantío de árboles, principalmente). Además, los agricultores tenían una actividad complementaria que los ocupaba en los ratos de ocio, así como a su familia: la industria popular. Junto con esta industria doméstica, se propuso el establecimiento de fábricas dirigidas por particulares, que utilizasen las máquinas y los métodos de producción más adelantados de Europa y España. En definitiva, cuatro son los rasgos básicos de su empresa colonizadora: admisión exclusivamente de población útil (es decir, en edad de trabajar y conocedora de un oficio), primacía de la agricultura y del pequeño labrador, desarrollo de la industria “popular” y dispersión de la población por el campo.
     Olavide no sistematizó en un escrito los rasgos de esta sociedad modelo, sino que aparecen esparcidos en la Real cédula que contiene la instrucción y fuero de población, que se debe observar en las que se formen de nuevo en Sierra Morena con naturales y extranjeros católicos (1767), redactada por Campomanes con la colaboración de Olavide y la supervisión de Miguel de Múzquiz; en un escrito redactado al final de su vida (el Evangelio en triunfo, tomo cuarto); y en los informes, representaciones y otra documentación oficial sobre la colonización depositados principalmente en el Archivo Histórico Nacional y en el Archivo General de Simancas y cuyos destinatarios nos muestran la relación directa o indirecta de los miembros más importantes de la Ilustración y, en general, de la sociedad española del setecientos con la empresa colonizadora (el conde de Aranda, el duque de Alba, el marqués de Almodóvar, Miguel Arredondo y Carmona, Francisco de Bruna, Antonio Capmany, José Cicilia Coello Borja y Guzmán, Manuel Ventura Figueroa, el duque de Grimaldi, Miguel de Gijón, Juan Lanes y Duval, Carlos Lemaur, Miguel de Múzquiz, Miguel de Ondeano, Antonio Ponz, Manuel de Roda, Pedro Rodríguez Campomanes y José Moñino, entre otros).
     Olavide, como intendente de Sevilla, se ocupó principalmente de la navegación del río Guadalquivir entre Sevilla y Córdoba, de la reforma de los gremios comerciales y del fomento de la agricultura. Uno de los escritos más célebres del intendente es el Informe al Consejo sobre la Ley Agraria (1768), al que su autor llamaba “código de agricultura”, que influyó tanto a Romà i Rosell, Cicilia Coello Borja y Guzmán, Bruna, Sisternes i Feliu y Jovellanos, entre otros economistas de los reinados de Carlos III y Carlos IV, como en las reales provisiones de 11 de abril de 1768 y 26 de mayo de 1770 sobre reparto de tierras concejiles y baldíos.
     Para la confección de este Informe contó con un nutrido grupo de especialistas en el tema. Aunque se desconocen sus nombres, los “expertos colaboradores” del intendente pudieron ser los miembros de la Junta de Propios y Arbitrios de la ciudad de Sevilla, que elevaron una representación al Consejo de Castilla, fechada también en 1768, sobre el modo de repartir las tierras de propios de la ciudad de Sevilla. Dicha representación expone las mismas ideas que el Informe: formación de pequeños propietarios, labradores y ganaderos a un mismo tiempo, dispersos a lo largo del campo. Aparece firmada por Pablo de Olavide, Juan Antonio de Zuloeta, Joseph Luis de los Ríos, el marqués de Vallehermoso, el conde de Gerena, el marqués de Grañina, el marqués de Dos Hermanas, Joseph de Santa María y Pardo, el conde de Mejorada y Pedro Joseph Pérez de Guzmán el Bueno. También, hay razones para suponer que los miembros de esta Junta no fueron los colaboradores en la elaboración del Informe. La Junta de Propios y Arbitrios puso continuos obstáculos a los repartos de las tierras de propios de Sevilla realizados según las ideas contenidas en el Informe y es más, uno de los miembros de la Junta, el conde de Mejorada, llegó a declarar que había firmado la representación por imposición de Olavide.
     Vicente Palacio Atard (1964: 153-155) avanzó la hipótesis de que un colaborador del intendente en la elaboración del Informe pudo ser José Cicilia en contra de lo mantenido por Defourneaux (1965: 122-124). José Cicilia era personero del Común de la ciudad de Écija y uno de los escasos sujetos que apoyaba la empresa colonizadora en el seno del Cabildo de dicha ciudad y que, cuando abandonó este cargo, trabajó junto a Olavide en las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía. Cicilia presentó la Memoria sobre los medios de fomentar sólidamente la agricultura al concurso convocado por la Real Sociedad Matritense de Amigos del País en 1776 sobre “cuáles son los medios de fomentar sólidamente la agricultura de un país, sin detrimento de la cría de ganado y el modo de remover los obstáculos que puedan impedirlos” y obtuvo el primer premio. Defourneaux fue el primero que se percató de la semejanza entre el Informe de Olavide y la Memoria de Cicilia, tras una minuciosa confrontación de ambos textos. Palacio Atard señala que esta semejanza “no haría sino describir el origen de una colaboración [de Cicilia] en el proyecto olavideño”. Defourneaux, en cambio, mantiene que Cicilia copia literalmente la mayor parte del Informe. En primer lugar, argumenta el hispanista francés que la Memoria de Cicilia no sólo tiene el mismo contenido que el Informe del intendente de Sevilla, sino que además plagia la forma y las frases, el estilo y el tono propios de Olavide. Añade Defourneaux que cuando la Matritense concedió el premio a Cicilia en 1777, Campomanes conocía la semejanza entre ambos textos; queriendo premiar de esta manera al intendente que, desde noviembre de 1776, permanecía en las cárceles de la Inquisición. Por lo tanto, Cicilia, más que plagiar a Olavide, hizo un favor a su infortunado amigo al presentar el informe a la Sociedad Matritense y conseguir el primer premio. En suma, Olavide contó con la colaboración de un nutrido grupo de expertos para la elaboración del Informe al Consejo sobre la Ley Agraria, de los que se desconocen sus nombres.
     En el Informe se describe la situación del campo andaluz y sus problemas, se aporta numerosa información y se esboza un plan de reforma completo. Su pensamiento sobre la reforma agraria recogido en este informe y en otros escritos del período 1767-1776 ofrece dos líneas bien diferenciadas dependiendo de las tierras en que se fuera a aplicar la reforma. Si eran tierras estatales (baldíos, principalmente) o concejiles (propios y comunales) se debían aplicar inmediatamente las reglas maestras de la empresa colonizadora de Sierra Morena y Andalucía, que eran un modelo para el resto del país. Si eran tierras particulares, el fin era el mismo pero mediante el empleo de la persuasión, de métodos indirectos, “sin revoluciones”. Es decir, las “demostraciones oculares” de un nuevo método de cultivo o tipo de arado, los ejemplos dados por las nuevas poblaciones de Sierra Morena y Andalucía o una legislación “suave”. La principal medida de la reforma agraria, que parte del rechazo de una tasa para la renta de la tierra, se basa en crear pequeños labradores y poner más tierra en cultivo o mejorar su labor. Propone estimular a los grandes propietarios para que enajenen a canon en frutos o arrienden a largo plazo sus tierras, y más aún a los que lo hagan dividiendo su tierra en pequeñas suertes. Otras medidas serían la educación de los nobles y eclesiásticos, que los inclinará al bien público, el establecimiento de sociedades económicas orientadas a fomentar todos los sectores económicos productivos, y la libertad de comercio interior que beneficia tanto al consumidor como al productor, al conseguir la abundancia y baratura y un “buen precio” de los productos agrícolas, respectivamente.
     Su labor como intendente del Ejército de los cuatro Reinos de Andalucía se centró en el suministro de alimentos, utensilios y vestuario a los soldados y oficiales y, en particular, en ubicar el asiento del vestuario del Ejército en el Reino de Castilla y León con el fin de fomentar la industria en Andalucía. Fue más sobresaliente su labor como asistente de la ciudad de Sevilla. En este cargo emprendió diversas reformas, que van desde una ordenación urbanística de la ciudad, hasta una nueva política de abastos, pasando por una reglamentación para la limpieza semanal de las calles. Los tres frentes en los que Olavide trabajó con mayor energía fueron en la ordenación de las diversiones públicas, en la creación de nuevas poblaciones en las tierras de propios de la ciudad (dehesas de Armajal y Prado del Rey, principalmente) y, sobre todo, en la reforma educativa.
     En 1768 redactó el Plan de estudios para la Universidad de Sevilla, junto a seis informes sobre la formación de un hospicio general, un seminario clerical, un seminario de educandas, otro de alta educación para niños y un colegio para estudios de Gramática. Al igual que el Informe sobre la Ley Agraria, el Plan de Estudios es un documento que refleja sus ideas y las de sus amigos. Para su elaboración contó con la colaboración de un nutrido y selecto grupo de intelectuales sevillanos. La Biblioteca Colombina de Sevilla conserva una copia del Plan de estudios con una nota minuciosa del conde del Águila que dice: “De D. José Cevallos es el Plan de Estudios Teológicos, y muchos materiales para la formación del Seminario clerical y lista de Autores. De D. Domingo Morico, la Planta de dicho Seminario Conciliar o Clerical; y toda la parte Matemática y la Médica, esta última con consulta de algunos profesores. Del abogado D. Bartolomé Romero la parte legal. D. Antonio Cortés hizo de Secretario y extendió el informe. El Asistente ingirió [sic] en todas sus ideas y formó los proyectos del Seminario de Nobles, Colegio de Señoritas y Hospicio, siendo originalmente suya la elección de Casas jesuitas para estos destinos. Los médicos consultados fueron D. Cristóbal Nieto y D. Bonifacio Lorite, por el P. Morico D. Antonio Anguita fue preguntado en algo por el Asistente. Todos dijeron lo que podían decir unos hombres que ignoraban el fin de la consulta pues al que más, se le mostró el Plan en bosquejo, y como idea de un facultativo sobre las mejoras que podía hacerse al estudio de la Medicina, sin objeto alguno”. La colaboración de este nutrido grupo de intelectuales sevillanos dio como fruto la convergencia de diversas influencias en el Plan de estudios, que van desde las del valenciano Gregorio Mayáns y Siscar hasta las de portugués Luis Antonio Verney, el Barbadiño. El Plan influyó a Floridablanca, quien, como primer ministro, intentó llevarlo a la práctica en otras universidades, como Alcalá o Granada.
     Todas estas actividades en Sevilla y en las nuevas poblaciones se vieron interrumpidas en noviembre de 1776 con la detención de Olavide por el Santo Tribunal de la Inquisición y la celebración de un “autillo de fe” en 1778 en el que se le acusó de impiedad, materialismo y herejía. Hay unanimidad entre sus biógrafos en señalar que el “autillo de fe” pretendió quitar de la escena a un fiel ejecutor de las reformas propuestas por el gobierno “ilustrado” y dar un castigo ejemplar que sirviese de escarmiento y aviso al resto de la minoría ilustrada. Sus reformas pudieron fracasar por diversos errores, contradicciones o enemigos, pero lo que se percibe con claridad es que se paralizaron con su encarcelamiento.
     Desde su detención en 1776 hasta su muerte en 1803 no volvió a desempeñar ningún cargo público. Olavide huyó a Francia en 1780 y su imagen fue utilizada por los ilustrados franceses, entre ellos su primer biógrafo Diderot, como prototipo de víctima de la Inquisición por emprender reformas dirigidas a paliar el atraso cultural, social y económico de España. Olavide, aunque aprobó algunas de las primeras medidas de los revolucionarios franceses, no compartió los principios en que se basaba la Revolución Francesa porque destruían los dos pilares de una “buena sociedad”, el Altar y el Trono. A raíz de su desacuerdo con los principios revolucionarios intentó pasar inadvertido y se retiró, huyendo de “los horrores de la Revolución”, al pequeño pueblo de Meung, donde administró el Hotel-Dieu, convertido en “Casa de Socorro”. En esta casa estableció a su costa una manufactura de paño para vestir a ancianos y niños pobres, al igual que años antes hiciera en el Hospicio de San Fernando. Además, fue miembro fundador de la Société Populaire de Meung.
     Coincidiendo con un período en que antiguos y nuevos amigos estuvieron en el poder (Jovellanos, como ministro de Gracia y Justicia, y Luis Mariano Urquijo o Francisco de Saavedra en la Secretaría de Estado), Olavide regresó a España en 1798 para retirarse a la ciudad andaluza de Baeza. Los últimos diez años de su vida dio a luz una extensa producción literaria.
     La obra más conocida, por las numerosas ediciones en castellano y otros idiomas, es el Evangelio en triunfo, o Historia de un Filósofo desengañado (1797- 1798), escrito en Cheverny. El libro consta de cuatro volúmenes, a destacar el último donde desmenuza de nuevo su pensamiento socio-económico, que había expuesto y llevado a la práctica entre 1766 y 1776.
     En cuanto a la reforma agraria, insiste en la formación de pequeños propietarios, poseedores al menos, del dominio útil de la tierra, asociación de la labranza y cría de ganado, introducción de mejoras agrícolas, “industria popular” y el ejemplo para que los propietarios adoptasen estas reformas, “sin revoluciones”. La diferencia más destacable con respecto a sus propuestas anteriores es que la colonización en este caso habría de ser privada, es decir, la tendrían que iniciar los particulares y no el Estado como en 1767. Otras obras de carácter puramente religioso escritas en este período son Los poemas cristianos (1799), el Salterio español o versión parafrástica de los salmos de David, de los cánticos de Moisés, de otros cánticos y algunas oraciones de la Iglesia en verso castellano (1800), y, por último, el incompleto Testimonio de un filósofo conservado en el Archivo Municipal de La Carolina (Jaén).
     Al final de su vida también escribió, con el seudónimo de Anastasio Céspedes y Monroy, novelas recogidas en sus Lecturas útiles y entretenidas (1800-1817). Algunas de estas novelas fueron reeditadas póstumamente en Nueva York en 1828. Se trata de novelas de carácter moralizante e influidas por autores ingleses como Richardson, que critican los vicios que afectan a las sociedades y a las buenas costumbres y cantan las ventajas y pureza de la vida en el campo (Luis Perdices de Blas, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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