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domingo, 10 de mayo de 2026

El Relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 10 de mayo, Memoria de San Juan de Ávila, presbítero, que, nacido en Montilla, lugar de Andalucía, en España, recorrió toda la región de la Bética predicando a Cristo, y después, habiendo sido acusado injustamente de herejía, fue recluido en la cárcel, donde escribió la parte más importante de su doctrina espiritual (1569) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, calle Cardenal Carlos Amigo, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de Santiago [nº 061 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Ha tenido la misma advocación desde 1477, o la variante de "Santiago Matamoros", aunque alojó a las santas Justa y Rufina y al "Jesús de la Columna con la Virgen y San Pedro llorando", grupo que también rodó mucho antes de desaparecer en el siglo XIX y que había dotado el canónigo Luis de Soria en 1512; hoy muestra el relieve de la "Virgen del Cojín", una Piedad y un san Lorenzo en el ático del retablo; también fue su patrono Gonzalo Sánchez de Córdoba. En ella se enterraron los arzobispo don Alonso de Toledo y don Gonzalo de Mena, en la catedral mudéjar, y también don Femando Tello (concretamente ante el altar de santa Bárbara), por lo que también se la denominó "de los Arzobispos", como su simétrica en el costa­do meridional (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     En la Capilla de Santiago de la Catedral de Santa María de la Sede encontramos el relicario de San Juan de Ávila, pieza anónima sevillana del siglo XIX, adscrita al movimiento artístico del Neoclasicismo, realizado mediante la técnica del cincelado, con unas medidas de 21 x 10 x 7,5 cms. Sobre una base de planta circular sin decoración, figura un angelote de pie que soporta en sus brazos el relicario, el cual presenta ráfagas y cruz como remate (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de San Juan de Ávila, presbítero;
     San Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía (Almodóvar del Campo, Ciudad Real, 6 de enero de 1500 – Montilla, Córdoba, 10 de mayo de 1569). Eminente predicador y promotor de la Reforma Católica en España.
     “Sus padres eran de los más honrados y ricos de este lugar, y, lo que más es, temerosos de Dios”. Se crió, pues, en un ambiente muy familiar y cristiano.
     El nombre de Juan de Ávila está unido a su obra más significativa, la célebre Audi, filia, que es libro de magisterio interior. Precede a la Filotea, obra, en cierto sentido, análoga a la de otro santo, Francisco de Sales, y a toda una gama de libros religiosos que imprimieron profundidad y sinceridad a la formación espiritual católica, desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. También en esto es maestro singular.
     En 1513 fue a estudiar Derecho a la Universidad de Salamanca, de donde regresó a los cuatro años —abandonando, como él mismo dijo, las “negras leyes”— para llevar vida retirada en su casa. Estudió Artes y Teología en la Universidad de Alcalá (1520-1526), donde tuvo por maestro al dominico Domingo de Soto y trabó íntima amistad con Pedro Guerrero, futuro padre del Concilio de Trento y arzobispo de Granada, y tan afín al espíritu y a los trabajos del maestro Ávila. Era entonces Alcalá un hervidero de ideas erasmistas, de las que Juan de Ávila pudo haberse impregnado durante los años en que allí estuvo estudiando. Erasmo, que no había aceptado la cátedra que le ofreciera Cisneros para su Universidad recién establecida, ejerció en ella un amplio magisterio a través de sus escritos. Precisamente, cuando Juan de Ávila cursó en ella los estudios teológicos, dieron a luz las prensas complutenses buena parte de la producción erasmiana. Erasmo era considerado como el maestro del humanismo cristiano, artífice de una espiritualidad interior, el profeta de una nueva “paz cristiana”, heraldo de la auténtica reforma por la que clamaban desde hacía tiempo, también en España, todos los innovadores; y dotado, para colmo, de atractivos, de un caudal nunca visto de erudición clásica, con un estilo maravillosamente moderno, al que no faltaba el saborcillo picante de la crítica del rutinarismo religioso. Alguna de estas ideas erasmistas se veían reflejadas en la obra predilecta de san Juan de Ávila, el Audi, filia.
     Ordenado sacerdote en 1526, vendió su hacienda y se ofreció como misionero para el Nuevo Mundo. Fue para ello a Sevilla, donde “vivió en unas casillas con un padre sacerdote”, dedicándose a la predicación y a dar testimonio de su vida sacerdotal. No pudo pasar a América y, por consejo del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, empezó a ejercer su ministerio por el sur de España; de aquí que en adelante le llamaban el “Apóstol de Andalucía”.
   Se dedicó a la predicación por diversas ciudades, organizando misiones populares, dirigiendo espiritualmente a muchas personas, visitando los hospitales, cárceles y escuelas, formando grupo con otros sacerdotes en una vida de estudio, oración y pobreza. Por este tiempo predicó y vivió principalmente en Écija.
    En 1531 lo denunciaron, por doctrina sospechosa, a la Inquisición de Sevilla. La vigilancia inquisitorial, alerta ante el peligro de la infiltración luterana, amparó la ocasión. Se abría el proceso informativo. Los acusadores se ratificaron, y otras acusaciones llegaron de Alcalá de Guadaira. Los inquisidores decretaron la detención del predicador y los oficiales del Santo Oficio lo llevaron preso a Sevilla. A finales de 1532, Juan de Ávila respondió hábilmente a los cargos que se le hacían. Por otro lado, la vida que llevó en la cárcel y la prudencia y ortodoxia con que respondió a dichos cargos convencieron pronto a los inquisidores de que no había razón para condenarlo. Muchas acusaciones procedían de envidias y no es menor prueba el que los testigos que declararon a su favor fueran más numerosos que los que lo hicieron en contra. No puso Ávila mucho empeño en defenderse de las acusaciones; más dedicó su tiempo a esbozar su obra escrita principal, el Audi, filia (tratado sobre la perfección cristiana) y una introducción y traducción de la Imitación de Cristo. Según su biógrafo y discípulo fray Luis de Granada, aprendió el “Misterio de Cristo” en la cárcel “en pocos días más que en todos los años de su estudio”. El 16 de junio de 1533, vistos los autos, los inquisidores absolvieron al acusado, que salió del juicio sin nota ni mancha alguna. Como aquéllos le mandaran predicar un día de fiesta en la iglesia de San Salvador de Sevilla, anotó también fray Luis que, “en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la ciudad”. En 1535 marchó a Córdoba, invitado por el obispo fray Juan Álvarez de Toledo, y allí se incardinó.
     Se encargó de la formación del clero creando dos centros de estudio, explicaba al pueblo la Escritura, y desde Córdoba organizó las célebres misiones de Andalucía (con Extremadura, parte de La Mancha y Sierra Morena). Recorrió en su predicación y apostolado las principales ciudades andaluzas. Convirtió en Granada a Juan Ciudad (san Juan de Dios), quien fue dirigido espiritual suyo. Asimismo, influyó en el cambio de vida del marqués de Lombay, duque de Gandía (san Francisco de Borja).
     Mientras tanto, el número de sus discípulos crecía con la conquista de elementos valiosos y con ellos se dispuso a llevar a cabo uno de sus principales objetivos, que era el de fundar colegios para la educación de la juventud y seminarios o convictorios para clérigos.
     Consta la fundación de quince de esos colegios, sin contar los convictorios sacerdotales. De estas fundaciones, tres eran colegios mayores o Universidades (Baeza, Jerez, Córdoba). La fundación más célebre fue la de la Universidad de Baeza, cuyos clérigos, con fama de santidad y ciencia, llegaron a casi toda España. Sus principales colaboradores en este centro fueron Diego Pérez de Valdivia (después profesor de Escritura de la Universidad de Barcelona y célebre escritor espiritual) y Bernardino de Carleval. La línea de formación que se seguía en estos colegios era la que él mismo dejó explicada en los Memoriales que escribió y mandó al Concilio de Trento.
     Fueron años de incesantes correrías apostólicas: de Granada a Córdoba, de Zafra a Baeza, de Baeza a Montilla, otra vez a Granada y a Córdoba. Aquí hubo un momento en que parece que iba a cuajar, al fin, la fundación de “una congregación de sacerdotes operarios y santos”; fue el momento en que llegó a tener juntos “más de veinte compañeros en el Alcázar viejo, para principio de una religión que quería fundar”.
     Este centro misional, creado en Córdoba, retuvo al maestro Ávila en esta ciudad, como su sede habitual, por espacio de unos ocho o nueve años, sin que tal permanencia se deba considerar como una residencia inmóvil. Solo o acompañado de sus discípulos, predicó con gran fruto, tanto en la ciudad como en los alrededores; se adelantó por la serranía cordobesa, por Fuenteovejuna, y llegó en una ocasión hasta los límites del Campo de Calatrava y arzobispado de Toledo, a la vista de Almadén. Subió hasta la ermita de Nuestra Señora del Castillo, desde donde se divisan allá lejos Sierra Nevada, el puerto del Pico, Guadalupe, etc.
     Confesó allí a muchas personas que le habían seguido desde los lugares donde había predicado. Deseó llegarse a Almadén, para hablar a aquella muchedumbre de forzados de todas partes que allí trabajaban en las minas y en los hornos. Vio algunos azogados, y se quejó de que no hubiera hospital para atenderlos. A este propósito, escribió el conocido Daniel Rops en el volumen que dedicó a La Reforma: “Tuvo como centro (la Reforma en España) a un sorprendente personaje, Juan de Ávila, autor del admirable Audi, filia, y apóstol de palabra infatigable. En las ciudades y hasta en las más pobres aldeas de Andalucía, él y sus compañeros, antecesores de nuestras misiones rurales y obreras, se entregaron sin medida, mostrando en todas partes sus sotanas raídas, sus rostros macerados de ojos ardientes, avergonzando a los cristianos por la dureza de los ricos y aun a los prelados por sus debilidades, y conduciendo en su zurrón de cazador de Cristo piezas logradas, tales como Luis de Granada, Juan de Dios y Francisco de Borja; levantando en Sierra Morena las iglesias que vemos todavía hoy verdaderos precursores que anuncian, unos quince años antes, los primeros ensayos de San Ignacio de Loyola y sus compañeros”.
     Por ciudades, pues, pueblos y aldeas fue ejerciendo el ministerio de la predicación que, con el de la pluma, fue el principal y más importante de los ministerios que ejerció en su vida. Predicaba a toda clase de personas y aprovechaba el fruto de sus sermones para la dirección espiritual. Preparaba siempre la predicación con oración y estudio. De gran contenido paulino y con expresiones profundas, muy asequibles y asimilables, los temas principales eran: el misterio de Cristo, Eucaristía, Espíritu Santo, la Virgen María y tiempo litúrgico. Formó en torno a sí una verdadera escuela de predicadores y misioneros.
     En san Juan de Ávila se encuentra una síntesis sapiencial de la doctrina de la Iglesia y de toda la labor teológica hasta su época (Escritura, padres de la Iglesia, liturgia, magisterio, autores espirituales...), con una gran apertura al futuro y con unas cualidades de actualidad todavía para nuestra época. Se puede decir, sin exageración, que conociendo a Juan de Ávila, se conoce la doctrina eclesial por entero hasta el siglo XVI, con grandes y profundas indicaciones doctrinales para una labor teológica de futuro, así como para una vivencia de la fe en sus tiempos y en los tiempos actuales.
     En efecto, la doctrina del santo maestro abarca todos los campos del saber eclesial, y aún gran parte de materias humanísticas. En todos los campos teológicos, por ejemplo, presentó una doctrina sólida, amplia, fundamentada en la revelación y en toda la historia.
     Donde podría encontrarse su especialidad sería sobre todo en el campo de la predicación (de todos los puntos del mensaje cristiano), en la doctrina espiritual y en la doctrina sobre el sacerdocio. Sus puntos de vista teológicos no pertenecen con exclusividad a una escuela particular, sino que se pueden colocar en la esfera de la sabiduría cristiana que supera toda escuela y sintetiza lo mejor de ellas. Tratándose de un sacerdote diocesano (patrono de los sacerdotes diocesanos españoles), en caso de llegar a ser declarado doctor de la Iglesia, sería el primer sacerdote diocesano que consiguiera tal título, y esto en unos momentos en que la Iglesia necesita tener a la mano, con facilidad, seguridad y profundidad, la doctrina sobre el sacerdocio.
     En Juan de Ávila se notaba una cuidada formación tanto en los aspectos humanos e intelectuales como en los espirituales y pastorales. Era gran conocedor de la Sagrada Escritura, que continuamente citaba de memoria, de los padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Estudió y difundió la doctrina de Trento para salir al paso de las opiniones de los reformadores, de las que estaba al tanto. Pero la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde encendía su ardiente corazón. El magisterio personal de san Juan de Ávila por la palabra hablada se encerró dentro de los límites de la España de su tiempo; pero su magisterio por la pluma trascendió los linderos de la nación española, y de su siglo, difundiéndose por todo el mundo y por los siglos venideros a través de sus escritos.
     Predicador incansable y director de almas incomparable, el Apóstol de Andalucía fue también fecundísimo escritor de obras ascéticas y místicas. Una edición moderna de las Obras completas de san Juan de Ávila, por L. Sala y F. Martín Hernández, fue hecha en seis volúmenes en la Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1970-1971), que ahora se acaba de reeditar, en cuatro extensos volúmenes y con nuevas aportaciones, en la misma Editorial (Madrid, BAC, 2000-2003). Se sabe que otras muchas páginas rellenó el maestro Ávila, pero sólo las que se conservan constituyen un fondo riquísimo y de un valor inapreciable.
     De sus obras se hicieron anteriormente no menos de catorce ediciones generales españolas. En otras lenguas, tres. De obras distintas son también numerosas las ediciones que se han hecho, ya en la lengua originaria, ya en versiones a distintos idiomas; pero sobre todo del Epistolario. Nada menos que nueve españolas y veintitrés extranjeras se han contado.
     La simple enumeración de estas obras, que hoy se conservan, hace concebir una idea grandiosa del maestro, del apóstol; crece este concepto, teniendo en cuenta sus numerosas ediciones y versiones a otras lenguas, junto con la calidad de los escritos. De entre ellos sobresalen las Cartas, que debieron de ser millares, a juzgar por alusiones que se hacen en los procesos de beatificación y en otros documentos y cartas hoy desaparecidas; la correspondencia epistolar fue, sin duda, una de las principales y más eficaces ocupaciones del maestro Ávila. Cuenta su amanuense el padre Juan de Villarás que, “con frecuencia, estando comiendo, llegaban cartas y consultas de diversas partes, y, en acabando de comer, sin más estudio ni más premeditación, sino sólo ex abundantia cordis, le mandaba escribir y forjaba estas cartas, que impresas ahora asombran al mundo”. Fray Luis de Granada, su admirador, escribe: “Espanta más la facilidad y presteza con que estas cartas se escribían, porque, con ser ellas tales y tan acomodadas, era tan fácil en escribirlas que, sin borrar ni enmendar nada, porque no le daban sus ocupaciones, como salían de la primera mano las enviaba”.
     Pondera el mismo padre Granada la rara virtud y especial gracia del maestro en adaptarse tan bien a todas las necesidades de las almas: “Consuela los tristes, anima los flacos, despierta los tibios, esfuerza los pusilánimes, socorre a los tentados, llora a los caídos, humilla a los que de sí presumen. Y es cosa de notar ver cómo descubre las artes y celadas del enemigo, qué avisos da contra él, qué señales para conocer los hombres su aprovechamiento o desfallecimiento, ¡Cómo abate las fuerzas de la naturaleza! ¡Cómo levanta las de la gracia! ¡Con qué palabras declara la vanidad del mundo y la malicia del pecado y los peligros de nuestra vida! ¡Cuán copioso es en exhortarnos a la confianza en la providencia paternal de Dios y en los méritos y sangre de Cristo! Concluyendo, pues, esta materia digo que cualquier hombre prudente que leyera estas cartas [...], luego entenderá que el dedo de Dios está aquí”.
   Sus cartas eran de una maravillosa variedad y de una gracia deliciosa. Consultor nato de varios prelados, como Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, y del patriarca san Juan de Ribera y de santo Tomás de Villanueva, ambos arzobispos de Valencia, no faltan cartas a prelados, a fundadores de órdenes religiosas, como san Ignacio y san Juan de Dios; a sacerdotes, religiosos, monjas, señores de título, señoras, doncellas...
     Gran empeño tenía santa Teresa en que el Apóstol de Andalucía leyera el libro de su Vida; que de hacerlo, quedaría tranquila. Juan de Ávila le escribió dos cartas, en las cuales le dio a conocer la veracidad y solidez de su doctrina. Aunque enemigo de entremeterse en negocios seculares —su epistolario es espiritual—, no falta alguna carta que pertenece al buen gobierno de la república cristiana, como la que menciona el mismo padre Granada, escrita al asistente de Sevilla, “en la cual le da tantos avisos y documentos para buen gobierno della, como si toda la vida hubiese gastado en negocios de república”.
   Junto a las cartas, los Sermones. El sermonario del maestro Ávila abarca toda clase de temas: sermones de tiempo y de los santos, dogmáticos y morales, pláticas a sacerdotes y a monjas..., pero había materias que trataba con especial cariño, y fiestas en que no dejaba de predicar por enfermo que estuviera, a no ser que la enfermedad le rindiese por completo. “Cuando venía alguna fiesta grande, particularmente del Santísimo Sacramento o de Nuestra Señora —escribe el padre Granada—, luego se levantaba de la cama [...] y predicaba de ordinario ocho sermones, uno en cada día de la Octava del Santísimo Sacramento, y esto con tan buena disposición corporal, que parecía del todo sano”.
     Hoy se puede admirar la copia y solidez de su doctrina, aquellas expresiones tan felices, tan vivas, y que son como proverbios; y saborear los dulces efectos de devoción, que brotan de las páginas de sus tratados del Santísimo Sacramento, del Espíritu Santo, de Nuestra Señora... ¿Qué sería gustarlos de la misma boca del predicador? ¡Cuántos predicadores de todo el mundo han venido a sacar agua de doctrina y afecto de corazón de estas fuentes saludables! Se puede recordar lo que de sí mismo escribió san Antonio María Claret en el siglo XIX: “He tenido mucho afán en leer autores predicables, singularmente de materia de misiones. He leído a S. Juan Crisóstomo, S. Ligorio... y el V. Juan de Ávila. De éste he leído y he anotado que predicaba con tanta claridad, que lo entendían todos y nunca se cansaban de oírle, siendo así que sus sermones duraban a veces dos horas, y era tanta la afluencia y multitud de especies que le ocurrían, que le era dificultoso ocupar menos tiempo.
     Cualquiera puede comprobar hoy la abundancia y la solidez de doctrina de este predicador evangélico, leyendo los sermones que de él se han impreso. El insigne escritor Marcelino Menéndez Pelayo, en su conocida Historia de los Heterodoxos Españoles, refiriéndose a los tiempos del padre Ávila, se expresó de esta manera: “¿Qué había de lograr el protestantismo [...], cuando recorrían los campos y ciudades misioneros como el Venerable Apóstol de Andalucía Juan de Ávila, orador de los más vehementes, inflamados y persuasivos que ha visto el mundo?”.
     Pero existe un testigo mayor de toda excepción, su discípulo el venerable fray Luis de Granada: el amor de Dios “le hacía predicar con tan grande espíritu y fervor, que movía grandemente los corazones de los oyentes; porque las palabras, que salían como saetas encendidas del corazón que ardía, hacían también arder los corazones en los otros”.
     Célebre es aquel texto de este insigne escritor ascético: “Un día oíle yo encarecer en un sermón la maldad de los que, por un deleite bestial, no dudaban en ofender a Nuestro Señor, alegando para esto aquel lugar de Hieremías: obstupescite coeli super hoc, etcétera.
     Y en verdad, cierto, que dijo esto con tan grande espanto y espíritu, que me parecía que hacía temblar las paredes de la iglesia” Pero no solamente ponía corazón y fuego en sus sermones, sino que, “como persona de letras e ingenio, llevaba el sermón muy enhilado”.
     Cierto que no manejaba muchos libros: “Estudiaba los sermones que predicaba, de rodillas puesto en oración” Él mismo confesó a fray Luis de Granada “que en el tiempo que predicaba, cercado de tantos negocios, tenía cada día dos horas de oración por la mañana, y otras dos en la noche”. “Predicar —decía el mismo maestro Ávila— no es estar razonando una hora con Dios, sino que venga el otro hecho un demonio y salga hecho un ángel”.
   Y una cosa que agranda el mérito de tan excelso predicador es que formó escuela en el arte de predicar, de la que salieron conocidos oradores sagrados. El más eminente predicador que tuvo la Compañía de Jesús en España durante el siglo XVI fue el padre Juan Ramírez.
     “Amaestrado en la predicación, antes de entrar en la Compañía, por el Maestro Juan de Ávila, comenzó muy luego a conseguir en Granada notabilísimos triunfos”.
     Su fama de “maestro” se iba acrecentando, pues, cada día más, y parecía natural, Ávila fundaba un instituto de clérigos regulares, una orden de sacerdotes apostólicos. Pero la humildad del “Apóstol”, los achaques de salud que cada día se le recrecían, la generosidad con que iba entregando, uno a uno, sus mejores discípulos a otras órdenes religiosas, especialmente a la Compañía de Jesús, hicieron irrealizable el proyecto.
     Al mismo Ávila parece que le pasó por la mente entrar él mismo en la recién fundada Compañía. Se cruzaron cartas entre san Ignacio y el maestro. Aquél se había dado cuenta del valor personal de éste y había reparado en lo semejante de las empresas que ambos tenían entre manos. Convenía, pues, inclinarle a que entrase en la Compañía, porque “traería tras sí mucha cosa el Ávila”. Pero el maestro no se decidió: tenía muchos años y muchas enfermedades, aunque siguió respondiendo con generosidad, con discípulos y con ofertas. El 6 de diciembre de 1552 escribió san Francisco de Borja a san Ignacio: “Como verá V. P. por una carta nuevamente recibida del P. Mtro. Ávila, por la cual se entiende que, estando muy enfermo, quiere dejar por heredera a la Compañía de sus discípulos en los colegios, y así, por el fruto que se espera, escribe al P. Provincial que, ‘si no puede ir en persona, envíe (otra) tan calificada cuanto el negocio requiere’”.
     Ya muy enfermo, Ávila se retiró a Montilla (Córdoba) hacia el año 1554 y allí permaneció hasta su muerte (1569), viviendo pobremente. La marquesa de Priego lo hubiese querido alojar en su palacio, pero Ávila se negó. En la calle de la Paz, n.º 8, propiedad de la marquesa, se instaló, al fin, acompañado de su fiel discípulo el padre Juan de Villarás. “Un pequeño zaguán y una habitación de no grandes dimensiones ocupan la planta baja; y en el piso superior, al que da acceso una estrecha y rústica escalera, tres modestísimas habitaciones de techo no muy alto y de rústico pavimento”.
     Aparte de una intensa vida interior, Juan de Ávila siguió, en cuanto le daban de sí las fuerzas, trabajando en sus tareas apostólicas. Visitó con mucha frecuencia, para predicar y confesar, el monasterio de Santa Clara. Escribió cartas de dirección espiritual. Recibió consultas, noticias. Revisó la edición definitiva del Audi, filia, escribió el Tratado del sacerdocio, los Memoriales al Concilio de Trento, las Advertencias al Concilio de Toledo y otros escritos menores, además de numerosos sermones. Y, sobre todo, llevó las riendas de sus colegios y de su escuela sacerdotal. Especialmente por el epistolario se relacionaron con él en demanda de consejo: santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Francisco de Borja, san Juan de Dios, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ribera, fray Luis de Granada y otros. A él se referían comúnmente con el apelativo de “Maestro Ávila”.
     San Juan de Ávila, a semejanza de san Pablo, al que se propuso seguir como modelo, fue con toda verdad un apóstol, o como se ha escrito de él, “una clara imagen de la predicación evangélica” y al mismo tiempo “una copia fiel del Santo Apóstol”. En la línea del Concilio de Trento, al que mandó sus memorables Tratados de Reforma, puso todo su empeño en la reforma de las costumbres clericales, estableciendo colegios, parecidos en alguna manera a los seminarios, y haciendo que los sacerdotes, como soldados preparados para todo, saliesen bien preparados en toda ciencia y virtud.
     Fue amigo de todos y padre en Cristo de muchos hombres de toda condición, nobles y humildes, sacerdotes y seglares; y maestro, a la vez, de santos, tales como san Juan de Dios, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara, Ignacio de Loyola, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Teresa de Jesús, quien al enterarse de su muerte, dijo, afligida, que la Iglesia “había perdido una gran columna”.
     El magisterio de Juan de Ávila no terminó con su vida. Sus abundantes escritos han influido notablemente en la historia de la espiritualidad y de la renovación eclesial. En la Biblioteca de Autores Cristianos sus obras conocidas ocupan varios volúmenes.
     Se enumeran no menos de catorce ediciones y tres en otras lenguas en distintas épocas. De obras por separado son numerosas las ediciones y versiones a distintos idiomas. De su Epistolario hay al menos veinticinco ediciones extranjeras. El tratado Audi, filia es un clásico de la espiritualidad. Se tradujo muy pronto al italiano, francés, alemán e inglés. Su influencia en el Concilio de Trento ha sido puesta de manifiesto por los especialistas. No pudo asistir a él a causa de sus enfermedades; pero allí se dejó sentir el eco de su doctrina. El papa Pablo VI pudo decir en la homilía de canonización que “el Concilio de Trento adoptó decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes”. El Maestro Ávila pertenece a ese grupo de verdaderos reformadores que intentaron e iluminaron la renovación de la Iglesia en aquellos tiempos recios del siglo XVI.
     Sus escritos fueron fuente de inspiración para la espiritualidad sacerdotal. Se le copia y se le cita, por ejemplo, en las obras del clásico Antonio de Molina; en las de san Francisco de Sales, Bérulle, los autores de los Píos Operarios Evangélicos, san Antonio M.ª Claret, beato Manuel Domingo y Sol... Ya en nuestro tiempo, Juan de Ávila ha sido una referencia continuada para el clero diocesano, no sólo en España, sino también en otros países, particularmente en América. “Maestro de evangelizadores” —Apóstol de Andalucía le llamaban, por la evangelización que en ella realizara—, Juan de Ávila puede servir de modelo para llevar a cabo la nueva evangelización que necesita nuestro mundo de hoy. En el campo de la catequesis es un buen modelo. Supo transmitir con seguridad el núcleo del mensaje cristiano y formar en los misterios centrales de la fe y en su implicación en la vida cristiana, provocó la adhesión a Jesucristo y llamó a la conversión. Respecto a la pastoral de la educación y de la cultura, Juan de Ávila fue un pionero.
     Fundó una universidad, dos colegios mayores, once escuelas y tres convictorios para formación permanente e integral de los clérigos. Varias de estas escuelas y colegios eran para niños huérfanos y pobres.
     Para dar ejemplo, él mismo encarnó en su vida la pobreza y el amor a los pobres.
     La dimensión sacramental fue central en su predicación y en sus escritos; la clave de la vida cristiana y de toda la espiritualidad la hizo consistir en la vida divina y la filiación adoptiva recibida en el bautismo.
    En medio de su actividad apostólica aparece siempre, como base, la oración. En ella templaba su alma para la predicación. La pastoral vocacional era igualmente otra de sus grandes realizaciones. Decía que la recta formación de los sacerdotes era la clave de la verdadera reforma de la Iglesia, sacerdotes a los que había que formar desde la niñez. Igualmente, se interesaba ardientemente por las vocaciones a la vida consagrada.
    Había renunciado a prebendas y obispados (Segovia y Granada), así como al capelo cardenalicio ofrecido por Pablo III. Murió en Montilla el 10 de mayo de 1569. Santa Teresa, al enterarse de su muerte, dijo: “Lo que me da pena es que pierde la Iglesia de Dios una gran columna”. Fue beatificado por León XIII el 4 de abril de 1894. Pío XII, el 2 de julio de 1946, le declaró patrono del clero diocesano español. Pablo VI le canonizó el 31 de mayo de 1970. Precisamente en la homilía de canonización hizo resaltar del nuevo santo las siguientes características: figura y doctrina sacerdotal excelsa, modelo de predicación y dirección de almas, influencia histórica, paladín de la reforma eclesiástica. Entre las afirmaciones del Sumo Pontífice resalta la siguiente: “La figura y la doctrina de San Juan de Ávila, ha dejado, pues, en la Iglesia una impronta especial y extraordinaria que hoy es reconocida por todos. Su influencia histórica sigue siendo la de una gran Maestro o Doctor, pues tal ha sido siempre el título que acompaña a su nombre desde que, todavía en vida, se lo dieron sus contemporáneos”.
     A los pocos días de su canonización, la XII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (5-11 de julio de 1970) acordó solicitar a la Santa Sede la declaración de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia Universal. Igualmente, en 1989 acuerda la LI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (20-25 de noviembre de 1989) enviar preces a la Santa Sede, acompañando a la nueva Positio que se había redactado, en la que se ponía de relieve la solidez de la doctrina de san Juan de Ávila, su rica espiritualidad y su perenne actualidad (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relicario de San Juan de Ávila, en la Capilla de Santiago, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 23 de julio de 2025

Los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba.


Santuario de San Juan de Ávila (La Encarnación).-

     Esta iglesia perteneció al Colegio de la Com­pañía de Jesús, fundado en esta villa al mediar el XVI. El templo que hoy se ve es el fruto de la ampliación del edificio, hecha en el siglo XVIII. Se reformó de nuevo en el siglo XX, abriéndose al culto en 1944. Se ha renovado en 2005. La planta sigue el modelo jesuítico de nave con capillas intercomunicadas y tribunas sobre ellas, crucero que no se acusa al exterior, y testero plano. El retablo mayor se hizo en los talleres Granda de Madrid en 1949 y guarda el relicario de San Juan de Ávila. En los pilares del crucero hay esculturas de San Francisco Javier y San Ignacio, de estética granadina, del siglo XVII.
     El brazo izquierdo tiene de interés dos lienzos del XVII, con la Coronación de Espinas y Noli me tangere, y el de la Inmaculada, de hacia 1800, que se atribuye a Vicente López. En el brazo derecho hay un retablo de segundo cuarto del XVIII, con la imagen de la Inmaculada y santos jesuitas. Destaca también una imagen de San José, de mediados del XVIII. Entre las buenas pinturas que el templo conserva, pueden mencionarse la Virgen de la Paz, del XVI, un Santo dominico, del XVII, el bello Ángel de la guarda, de un seguidor de Valdés Leal de segunda mitad del XVII, y, por su valor iconográfico, el Bautismo de la Virgen, de fines del XVII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La planta sigue el modelo jesuítico, rectangular con capillas intercomunicadas y tribunas sobre ellas, crucero que no se acusa al exterior y testero plano. Tiene traza neoclásica con fachada esbelta con tres puertas recercadas de ladrillo y pilastras verticales y cornisa con frontón triangular con dos torres rematadas con cornisa en el interior. Destacan retablos e imaginería barroca. 
     Para sustituir la primitiva iglesia, la construida en el siglo XVI, se decidió en el siglo XVIII montar otra mayor que pudiera albergar a fieles y colegiales. Su construcción comenzó en 1726.
     Las obras quedaron sin finalizar, siendo ocupada por los franciscanos, que continuaron con las obras de la iglesia, paralizadas con la exclaustración de 1835. El templo fue concluido en 1944.  Se ha renovado en 2005 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Castillo Gran Capitán/Alhori Ducal.-
     Hoy sería el monumento más importante de la población de no haber sido demolido. Los cronistas locales mencionan la existencia de treinta torres que el Catálogo Artístico y Monumental de la provincia de Córdoba incluye dentro de ellas a las de la cerca de la villa, y relatan sobre su capacidad y lujo. De esta fortaleza por el Norte y oeste aún se conservan algunas torres redondas de argamasa que rodean el edificio de los graneros. 
     En los planos de construcción de estos graneros, realizados por Juan Antonio Camacho, que se conservan en el Archivo de Medinaceli de Sevilla, se mencionan que fueron construidos sobre las ruinas del castillo siguiendo su perímetro el de la Plaza de Armas, y que sus torres se rehacen sobre ruinas de las antiguas. 
     La ubicación del castillo-palacio correspondería a la actual parcela de la familia García, con la inclusión del monumento al Corazón de Jesús y antiguo cementerio de la Vera Cruz, aunque es posible que la portadita sita en la esquina de la calle Costal con arco gótico y escudo de los Aguilares sea resto de este Alcázar. En el extremo oriental de la plataforma existente delante de los graneros se ha encontrado lo que parece una sala semisótano de este castillo, con una escalera que comunicaría el nivel de entrada con el del patio más alto y donde existe un arco conopial. 
     Tras su demolición, las ruinas debieron ser una importante cantera para la población en crecimiento. En la casa de porteros de la actual finca del castillo existe una ventana gótica de fina perfilería con arco conopial, que es una muestra del estilo de la fortaleza del s. XV. De este castillo partían algunos pasadizos subterráneos de los que se tiene noticia y debía contar con aljibes que aún deben conservarse.
     Sobre las ruinas del castillo se construyó en el siglo XVIII un alhorí o granero según traza de Juan Antonio Camacho, edificio de carácter utilitario, de poderosa fábrica con planta rectangular y cinco naves interiores abovedadas en planta baja y con armadura de madera en la alta. El alhorí o Graneros del Duque un edificio de planta rectangular, con fachada orientada hacia el SE y cuyo muro perimetral se asienta sobre los del antiguo castillo aprovechando algunas de sus torres y construyéndose otras de nueva planta, semejantes a las antiguas, entre 1722 y 1723. Se trata de un total de nueve torres, de planta cuadrada en las esquinas y de traza rectangular el resto. Está coronadas con almenas. 
     Acerca de los materiales empleados para la construcción del granero, podemos ver que en la fachada presenta hiladas de sillares bien cortados y aparejados, y en el resto de muros luce mampostería o sillarejo con verdugadas de ladrillo. En los arranques de los muros se aprecian grandes sillares que pueden corresponder al castillo derruido y que fueron aprovechados como cimentación del granero. 
     El edificio tiene planta basilical. La planta inferior cuenta con cinco naves, la central más ancha y sin comunicación con las laterales, las cuales se hallan separadas entre sí por cinco grandes machones exentos y dos adosados a los lados más cortos. La nave central se cubre con una e bóveda de cañón con lunetos, compartimentada mediante potentes arcos fajones que arrancan casi desde el suelo a partir de unos placajes geométricos barrocos. 
     Las naves laterales se cubren con bóvedas de arista en seis tramos, multiplicados por dos, al tratarse de dos naves, a cada lado de la central, lo que suma un total de veinticuatro bóvedas. Por su carácter de almacén, apenas existen vanos de iluminación, salvo uno al fondo de la nave central que puede, incluso, que se abriera con posterioridad, puesto que en los planos de Camacho no aparece. Cada bóveda de arista estaba soportada por arcos de medio punto, de ancho intradós, enjalbegados y soportados por machones muy potentes, de forma que se constituía una especie de parrilla, a base de tramos cuadrados con arcos formeros y fajones, de tal manera que el resultado es el de unas naves laterales de una estructura realmente potente, diseñada con toda probabilidad para soportar el tremendo empuje de la nave central, cuando estuviera llena de trigo, además de los empujes venidos de la planta superior.
     La construcción del castillo debió comenzar por la elevación de una torre rodeada por muralla a manos de don Gonzalo Yáñez Dovinal, convertido por Fernando III el Santo en I señor de Aguilar en recompensa por su apoyo en la campaña de reconquista. Él va a ser, por tanto, el fundador del mayorazgo que, con el tiempo, se convertirá en uno de los más poderosos del reino de Córdoba, si bien, no precisamente en sus descendientes, pues, tras varias generaciones, estas tierras pasaron a ser de realengo, al quedar sin un heredero directo. Transcurría el año de 1343 y Alfonso XI otorga estas tierras a doña Leonor de Guzmán, su amante.
     El castillo de El Gran Capitán fue derribado en 1508 por orden del rey Fernando el Católico. Sobre las ruinas del castillo se construyó en 1722 como reza la inscripción de la fachada, un alhorí o granero según traza de Juan Antonio Camacho, edificio de carácter utilitario, de poderosa fábrica con planta rectangular y cinco naves interiores abovedadas en planta baja y con armadura de madera en la alta.
     Desde entonces, el monumento ha venido siendo objeto de numerosos estudios arqueológicos y de actuaciones centradas en la consolidación estructural del alhorí. 
     El inmueble permaneció en manos de la familia marquesal durante siglos, hasta que en el fue vendido a otros particulares. Tras la Guerra Civil pasó a depender del Servicio Nacional del Trigo, hasta que fue adquirido por los García Cobos, quienes lo tuvieron en propiedad hasta 1999, fecha en que fue comprado por el Ayuntamiento de Montilla. A lo largo del tiempo tuvieron lugar varias restauraciones, algunas con más fortuna que otras, hasta llegar a la actualidad, en que siguen los trabajos emprendidos, bajo proyecto del arquitecto don Juan Cuenca para restaurar este conjunto, con el fin de convertirlo en Museo de los Vinos de Andalucía (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Iglesia de Santiago.-
    La fundación de la parroquia de Santiago tuvo lugar a principios del siglo XVI, gracias al apoyo del marqués de Priego. Es un templo de tres naves, la central más alta y ancha, con capillas en ambos lados, crucero y presbiterio. Carece de retablo mayor, y en su lugar, realzado sobre tribuna, se ha dispuesto el órgano; en el centro se halla la Inmaculada, talla granadina del XVII que procede de los jesuitas. Alrededor se ha colocado la sillería de coro. De las paredes cuelgan lienzos de estética barroca que muestran a Santa Ana, Santa Rosa de Lima, Jesús recogiendo las vestiduras y San Francisco. En los pilares del presbiterio se ven las esculturas de San Antonio de Padua, de barro cocido y atribuida a las hermanas Cueto, y de San Pedro de Alcántara, atribuida a Pedro de Mena, procedente del desaparecido convento de San Lorenzo. En ambos lados del presbiterio se disponen púlpitos de hierro forjado, obras del XVIII, elevados sobre pedestales marmóreos.
     El frente de la nave izquierda lo ocupa un retablo procedente de la iglesia de la Compañía, obra de Alonso Matías de 1617. En el centro se halla la imagen del Ecce Homo, obra manierista de Juan de Mesa el Mozo, de 1597; a los lados se ven imágenes de San Estanislao de Kostka y San Luis Gonzaga y en el ático, San Ignacio. En el muro cuelga un lienzo de Santa Teresa, del siglo XVII, de buena factura.
     De las capillas que abren a este lado cabe citar la del Sagrario, antes dedicada al Buen Pastor, que es hoy panteón de la familia Alvear. El original retablo es obra de Lope de Medina Chirinos, realizada entre 1632 y 1640, y se adorna con relieves y esculturas. La capilla del Bautista tiene un retablo, concertado en 157l con el escultor Francisco Castillejo y el pintor Pedro Delgado. Se halla sobre un frontal de azulejos trianeros, realizado en 1914. El centro lo ocupa una talla del titular de la misma fecha del retablo, y en el banco se disponen tres relieves de la infancia de Cristo. El resto se decora con pinturas sobre tabla del Bautismo de Jesús y la Visitación en el primer cuerpo, y la Degollación del Santo, la Coronación de la Virgen y la Imposición de la casulla a San Ildefonso, en el segundo; en el ático, el Calvario entre dos bustos en relieve de San Pedro y San Pablo.
     En el muro de la nave hay dos lienzos con San Juan Evangelista y Santiago, parte de un apostolado del siglo XVIII. La capilla de Belén se adorna con imágenes de época contemporánea, y la del Bautismo, antes dedicada a las Ánimas, fue reformada en el siglo XX por los hermanos Garnelo. La reja es obra del XVII y se trajo del convento de San Lorenzo; guarda un retablo del XVIII, próximo al estilo de Gaspar Lorenzo de los Cobos, con un San Miguel de la misma época.
     En la cabecera de la nave derecha está el antiguo retablo del Cristo de la Yedra, realizado en 1720 por Francisco Jiménez y Juan Villegas para la Encarnación. Ahora lo ocupa el Cristo de Zacatecas, traído de México en 1576 por fray Andrés Fernández de Mesa. En el muro hay un lienzo que representa el Entierro de Cristo, de escuela cordobesa, del primer tercio del siglo XVII. Por la nave hay otros lienzos, entre los que destacan la Virgen del Carmen, obra de fines del Seiscientos, y San Francisco Solano en el barrio de Tenerías, realizado en 1910 por José Garnelo, autor también del Apostolado en 1929.
     De las capillas del lado derecho merece citarse la de la Virgen del Rosario, antes de la Cabeza, terminada en 1698, en cuyo camarín trabajó en el siglo XVIII el lucentino Pedro de Mena. El retablo es obra documentada de Pedro José de los Cobos y se realizó en 1705. Luce imágenes de Santo Domingo y Santa Teresa, de la misma fecha. A los pies de la nave puede verse una una pintura de Jesús camino del Calvario, copia del XVII del Pasmo de Rafael.
     Del importante ajuar litúrgico de esta parroquia pueden destacarse las crismeras de Rodrigo de León, de 1576, un ostensorio fechado en 16l4, de Juan de Ledesma, la cruz parroquial, de Jerónimo de la Cruz, de 1616, algunos cálices y vinajeras de Damián de Castro, y, sobre todo, la custodia de asiento de Manuel de Aguilar, de 1808 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
      El inmueble situado en la calle Iglesia, s/n, de la localidad de Montilla (Córdoba) ocupa la zona más alta y más antigua de la población de Montilla, muy cerca de lo que fue el Castillo de la Casa de Aguilar, dentro del recinto amurallado. Ha sido siempre la parroquia mayor y principal de la localidad, por lo que guarda la historia de los sucesivos templos principales del pueblo, desde una posible mezquita, consagrada al culto cristiano en el año 1240, tras la conquista de la ciudad, hasta su fábrica gótico-mudéjar del siglo XVI, cuando se amplió el templo y se edificaron las capillas. Durante los siglos XVII y XVIII sufrió diversas transformaciones que modificaron su aspecto gótico-mudéjar hacia un barroco clásico andaluz ya a lo largo de los siglos XIX y XX posteriores modificaciones le han proporcionado el aspecto que hoy presenta.
     Es un templo con planta de tres naves con crucero, coro y capillas laterales. A diferencia de lo normal en la época, tiene un desarrollo similar en longitud y en anchura. En alzado, las naves se separan por cuatro amplios arcos apuntados con pilares de base rectangular, de sencilla y lisa configuración con una simple moldura en la línea de imposta. La nave central se cubre por cuatro tramos de bóvedas de aristas, marcados por fajones terminados en placas geométricas. Las naves laterales se cubren por bóvedas rebajadas de medio cañón, también con fajones para señalar sus tramos.
     El crucero se monta en potentes arcos torales de medio punto y pechinas, donde se eleva una cúpula elíptica con tambor, articulado por cuatro pilastras y abierto en otras tantas ventanas. Se decora por un  anillo con tacos, de inspiración neoclásica, enriquecida por un florón central de madera dorada. Los brazos laterales presentan  planta cuadrada con cúpulas semiesféricas, separados del centro y nave por arcos de medio punto.
     En el extremo opuesto se encuentra la actual sacristía, de planta rectangular, cubierta con una bóveda rebajada de medio cañón similar a las de las naves laterales. A través de un cuerpo de edificación anejo, comunica con el coro, con su tribuna y con una cripta.
     El presbiterio tiene el suelo alzado respecto a las naves con una escalinata y está delimitado por una cancel y dos púlpitos octogonales sobre columnas abalaustradas con escaleras.
     El coro, de planta cuadrada, con bóveda de aristas idénticas a las de la nave central, dispone de facistol y sillería de nogal y tiene una tribuna corrida con pretil  de forja y madera en tres de sus lados.
     La mayor parte de las capillas que se abren  a las naves laterales son originarias del siglo XVI, aunque aparecen muy transformadas. Recorriendo el perímetro de la iglesia desde los pies de la nave del Evangelio, de izquierda a derecha, se encuentran las siguientes:
     Capilla del Bautismo. Consta de dos tramos. El primero es de planta cuadrada, cubierto por una cúpula sobre pechinas con linterna: Su decoración exalta la figura de San Francisco Solano. En este espacio se sitúa una pila bautismal gótica de piedra, donde según la tradición debió bautizarse el santo; la cubre una tapa en forma de cúpula neogótica de madera rematada por una esculturilla de metal del apóstol Santiago. El segundo tramo, de planta rectangular, también denominado capilla de San Miguel, está cubierto por un cielo raso y presenta un zócalo de azulejos de cuerda seca. La capilla del Bautismo se cierra a la nave por una reja del XVII procedente del convento de San Lorenzo.
     Capilla del Nacimiento o de Belén. Su aspecto obedece a una reforma de principios del siglo XX. Dispone de un nicho en su frente donde se alija un portal de Belén moderno.
     Capilla de San Juan Bautista. Se cubre con un artesonado ochavado de almizate cuadrado y casetones octogonales, obra de Alonso Ramiro, fechable hacia 1571. El altar tiene un frontal de azulejos trianeros de estilo neorrenacentista con la escena del Bautismo que data de 1914.
     Antigua capilla del Señor de la Columna. Se encuentra tapiada, afectada por la humedad de un aljibe.
     Capilla actual del Sagrario, panteón de la familia Alvear. Su aspecto actual es fruto de las reformas realizadas por dicha familia en 1932. Se concibe como un amplio recinto rectangular con un presbiterio elevado al que se accede por una escalera lateral. Se cubre con una falsa armadura de yeso de estilo neomudéjar. Cierra la capilla una reja de madera de los talleres Granada rematada por un relieve con la escena de la Crucifixión.
     Capilla de la Virgen del Carmen. Es de planta cuadrada y se cubre con una cúpula ciega de comienzos de siglo.
     Capilla de San José. Tiene planta cuadrada y cúpula  decorada con yeserías, sobre pechinas con relieves con historias de la vida de San José. En el anillo inferior de la cúpula se encuentra una inscripción relativa a una reedificación de la capilla en 1916. Entre esta capilla y la siguiente existe un espacio que corresponde con la antigua puerta a la lonja, hoy cerrada.
     Capilla de la Virgen del Rosario, antes de la Cabeza. Consta de capilla, camarín, sacristía, escalera y panteón. La capilla de planta cuadrada, tiene sus muros decorados con pinturas ce carácter historicista realizadas por José Garnelo a principios del siglo XX. Se cubre con una cúpula sobre pechinas decorada con pinturas murales de 1698, según consta en una inscripción. En las pechinas se representan los Padres de la Iglesia y en la media naranja, símbolos marianos rodeados por motivos vegetales. El camarín es una  cámara cuadrada cubierta por cúpula, revestida totalmente por madera tallada y dorada de estilo rococó con querubines y angelotes casi exentos, símbolos marianos y cuatro pequeñas tallas. A este recinto se accede desde la capilla a través de una dependencia lateral con escalera, que arranca de dos medios puntos sobre un pilar central de planta octogonal. La escalera, que también accede a la cripta, tiene una barandilla de madera torneada con balaustres de discos. Todo este espacio se cubre con una falsa bóveda en forma de pirámide truncada. Las puertas de madera del camarín están decoradas con motivos vegetales desarrollados longitudinalmente en zigzag; a ambos lados se localizan dos lápidas con inscripciones en las que figura la fecha de 1740.
     Al exterior, la fachada principal situada a los pies de la iglesia, está formada por un muro rectangular, al que se adosa una torre, construido en sillería arenisca, que apenas  llega a tapar el hastial de la nave central. Sobre este destaca una portada de piedra blanca, con dos cuerpos; uno bajo, dominado por una arco de medio punto flanqueado por pilastras toscanas de fuste acanalado, sobre las que monta un entablamento con friso neoclásico, rematado con dos fragmentos de frontón curvo, envuelto  en volutas coronadas por pirámides. El cuerpo alto, tiene una hornacina en su centro, encuadrada por medias columnas jónicas que soportan un tímpano alabeado rematado por tres perinolas. El interior de la hornacina alberga la escultura de Santiago, titular de la parroquia.
     La torre se alza a la derecha de la portada y se estructura sobre un pedestal de sillería, como un prisma de base cuadrada, presentando cuatro cuerpos decrecientes de ladrillo. Es obra de José Vela realizada entre 1771 y 1789 sobre una anterior, de 1576, obra de Hernán Ruiz II dañada en el terremoto de Lisboa. La ornamentación es simple, constituida por unas pilastras próximas a las esquinas, cajeadas en el primer cuerpo y almohadilladas en los restantes, que se coronan por cornisas que separan los pisos. Los tres primeros pisos presentan una ventana en cada cara, adornada con un marco exterior de pilastras y frontón. El cuarto cuerpo de campanas presenta cada frente con dos arcos de medio punto, flanqueados por pilastras que soportan un entablamento y una cornisa corrida de ladrillo achaflanada en las esquinas. 
     El resto de las fachadas son difíciles de observar, debido a las numerosas construcciones anejas a la iglesia.
     El origen del templo se remonta a los días mismos de la conquista de la ciudad, estableciéndose en la mezquita mayor que fue consagrada al culto cristiano en 1240.
     En 1437 está documentada su existencia por la lectura en el templo de una carta por el Obispo Don Fernando González de Deza, referente a la obligación del pago de diezmos.
     Se puede confirmar que de 1500 a 1550 se realizaría la fábrica gótico-mudéjar. Durante el siglo XVI se irían configurando las diferentes capillas, que hoy nos parecen muy transformadas.
     Durante el siglo XVII y XVIII el templo sufriría diversas transformaciones que modificaron su aspecto gótico-mudéjar hacia un barroco clásico andaluz. En 1755 se arruina la torre de la iglesia, obra trazada por Hernán Ruiz, a causa del terremoto de Lisboa. En 1779 se comienzan las obras de la torre encargándose de la construcción los maestros Agustín de Estepa y su hijo, concluyéndose esta en 1789. En este mismo año se construye la actual fachada por Agustín de Estepa. 
     A lo largo del siglo XIX y XX la iglesia sufrirá algunas modificaciones y sobre todo restauraciones de algunas de las capillas que le han dado el aspecto moderno que hoy presentan (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Ubicada en la antigua zona del castillo, en el actual barrio de la Escuchuela, su origen se remonta a la primera mitad del siglo XV, reconstruida en el XVI con los materiales procedentes del derribo del castillo, en el XVII y XVIII es reformada y ampliada, lo que dio lugar a la aparición de numerosas capillas laterales, que combinan elementos renacentistas y barrocos, con su originaria decoración gótico-mudéjar.Del s. XVIII data la portada y la torre de ladrillo obra del montillano José de Vela (1790) que sustituyó a la anterior realizada por Hernán Ruiz III en 1579. Fue el único templo parroquial de Montilla hasta finales del siglo XIX.Su estructura es de tres naves, con arcos apuntados cubiertas por bóvedas de aristas que en la reforma de 1780 sustituyeron a los artesonados primitivos.
     Dirección: c/ Iglesia, Montilla.
     Horario de culto: M-V:11:00-13:00; V(mayo y junio):20:00; D:12:00 (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa del Inca Garcilaso de la Vega.-
    La Casa del Inca Garcilaso es actualmente Biblioteca y Archivo municipal y notarial (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Casa solariega del siglo XVI con fachada de piedra desnuda de gran sobriedad y con balcón de forja sobre la puerta de acceso. Cuenta con diversas estancias, como biblioteca o despacho y una pequeña bodega al final del patio interior de piedra.
     Con cubierta de teja y estructura de muros de carga. Destaca por conservar su estructura interior y fachada, además de albergar interesante colección de pintura y escultura. 
     Esta casa fue cedida por el conde de la cortina como casa museo y  esta identificada como la casa donde viviera Alonso de Vargas, tío y protector del Inca Garcilaso, quién vivió en Montilla gran parte de su vida. En los años 50 se llevaron a cabo reformas que variaron su interior.
     Esta casa fue cedida por su propietario, el Conde de la Cortina, como casa museo al ser identificada, por el estudioso embajador del Perú, don Raúl Porras, como la casa donde viviera Alonso de Vargas, tío y protector del Inca Garcilaso, quien vivió en Montilla gran parte de su vida.
     Hoy, restaurada, alberga la biblioteca municipal y algunos recuerdos numismáticos y americanos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Casa del Inca Garcilaso va más allá de la recreación del ambiente propio de una casa señorial del siglo XVI, es el símbolo de una reivindicación hacia la figura del Inca Garcilaso de la Vega. En esta casa estuvo viviendo el Inca Garcilaso durante 30 años, durante los cuales escribió algunas de sus obras, Comentarios Reales, La Florida, Historia General del Perú, o la traducción de Diálogos de Amor, de León Hebreo. Todo comienza cuando a principios del siglo XX, Raúl Porras historiador y embajador del Perú, y el montillano José Cobos encontraron la que sería la primera firma como Inca Garcilaso de la Vega datado en 1563, un punto de partida decisivo para concretar la antigüedad Casa del Inca Garcilaso de la Vega. La casa se divide en tres plantas, destacando la zona de la bodega con las Botas Reales o el despacho. Entre las obras pictóricas de gran relevancia se encuentra el retrato del Inca Garcilaso, obra de Francisco Gómez Gamarra.
     En quechua el término Cusco, Qusqu o Qosqo significa “ombligo del mundo”, y así era como se conocía antes de la conquista. Pero con la llegada de los españoles, se empezó a conocer otra palabra parecida, Cozco, que significa “cola de perro”, de ahí que para los quechua sea un término peyorativo.
     En un primer momento firmará como Garcilaso de la Vega, y más tarde añadiría Inca, pero no con el significado de “procedente de los países andinos”, sino por el significado de “Príncipe”, acto de reivindicación y rebeldía.
     La bodega no es espacio original del siglo XVI, sino que ha sido una construcción posterior y se ubica en lo que originalmente estarían las caballerizas.
     Horario de visitas:
     Lunes a viernes 10:00-14:00 horas
     Sábado 12:15-14:15 horas/ 17:00-19:00 horas
     Domingo 12:15-14:15 horas.
     Martes CERRADO (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa de San Juan de Ávila.-

    El oratorio de San Juan de Ávila, en la que fue casa del ilustre jesuita, con el retablo de Nuestra Señora de la Paz, de fines del XVIII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     En esta humilde casa vivió San Juan de Ávila los últimos 17 años, donde muere en 1569. A su llegada a Montilla, llamado por los Marqueses de Priego, se negó a instalarse en el palacio de Medinaceli junto con los marqueses, de ahí que estos le cedieron una casa fuera de palacio pero cercana a ellos. Hoy encontramos la casa prácticamente intacta, como era en el sigo XVI. Un lugar importante e imprescindible para comprender su obra escrita, con la que consiguió que lo nombraran Doctor de la Iglesia.
     San Juan de Ávila fue el confesor de la propia condesa, y a él se le debe la fundación del Colegio de los Jesuitas en Montilla. Es en esta casa donde se dedica por completo a sus Cartas, a la edición definitiva de Audi Filia, Sermones, así como a los escritos que enviará para el Concilio de Trento. La casa alberga reliquias, esculturas y pinturas de los siglos XVI, XVII y XVIII.
     Horario: Previa cita con un día de antelación (Diputación Provincial de Córdoba).

Palacio de los Duques de Medinaceli.-
     Con la desaparición del castillo en el siglo XV, residencia habitual de la casa de Aguijar, estos decidieron construir un palacio acorde con las ideas renacentistas en un llano de la localidad, eligiendo uno de los extremos de la villa, húmedo y fresco.
     Las obras se iniciaron en el siglo XVI, y de ellas destaca especialmente la hermosa fachada principal. Ofrece un sencillo pero monumental proyecto que todavía es deudor de la tradición manierista, aunque puede datarse en el siglo XVII. Sus dos cuerpos de sillería, bien proporcionados, tienen vanos rectos con marcos planos, que en el segundo piso corresponden a balcones. En un extremo se localiza una interesante portada-balcón, acompañada de pilastras acanaladas y fragmentos de frontones envolutados, además de motivos ornamentales como ristras de frutos o mascarones. Al otro extremo queda un pasadizo en arco de medio punto que comunica con el vecino convento de Santa Clara. La fachada destaca por su piedra de color amarillento.
     Junto al palacio se encuentra el pintoresco compás de Santa Clara, que comunica el edificio señorial con el convento clariso. 
     Desde la Calle Gran Capitán, y bajando al Llano del Palacio, encontramos el palacio de los duques de Medinaceli, levantado entre de los siglos XVI - XVII. Actualmente es propiedad privada y, por lo tanto, no es visitable. 
     Una vez demolido su castillo y residencia, en 1508, los duques de Priego y Medinaceli construyeron el palacio en el denominado Llano, es decir, en la parte baja del casco antiguo de la ciudad y a espaldas de la antigua villa (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Residencia de los marqueses de Priego tras la destrucción del Castillo en 1508 por orden del Rey Fernando el Católico, destacando la figura de Catalina Fernández de Córdoba, mujer de gran relevancia en la historia de Montilla, gran mecenas de las artes.
     El palacio es un edificio de sencillo y sobrio aspecto, que sufrió una fase de ampliación durante el siglo XVI, posteriormente fue restaurado y en la actualidad, tras haber sido  está dividido en dos casas de uso particular. Su fachada en dorada piedra se articula en doble planta con numerosos vanos en posiciones paralelas y un acceso principal en el lateral diestro, el cual aparece ricamente ornamentado y cuyo balcón superior está flanqueado por los escudos de la Casa de Priego y Feria. Al lado izquierdo se halla el compás que conecta el palacio y el convento de clarisas, dando lugar al paso que conduce a la calle Benedicto XIII.
     La fachada, la única parte visible, es de estilo muy sobrio manierista. La portada principal situada en uno de los extremos de la fachada y en el lado opuesto se encuentra el arco de medio punto, conocido como el Arco de Santa Clara, pasadizo que comunicaba directamente con el convento (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa de Don Diego de Alvear.-

      Es, sin duda, la casa solariega de más valor artístico de las que se conservan en la población. Fue mandada construir por el marino D. Diego de Alvear a fines del siglo XVIII en un estilo neoclásico no exento de ciertas reminiscencias barrocas, que lo alegran. 
     Dispone de un patio claustreado en dos plantas con columnas de caliza y arcos con roscas y enjutas de ladrillo moldeado. Cuenta con capilla y una pequeña escalera de estilo imperial con bóveda elíptica columnas y buena rejería de forja.
     La decoración de paramentos es sobria y elegante y la carpintería muy bien labrada. La casa dispone de un segundo patio más austero, donde se abrían las dependencias de servicio y bodegas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Casa solariega del siglo XVIII de estilo neoclásico pero con elementos barrocos, mandada a construir por Don Diego de Alvear y Ponce de León, y que años mas tarde será donada por su nieto, el VI Conde de la Cortina, Don Francisco Alvear y Gómez. Como espacios que mantienen su imagen original destacamos el patio principal, que mantiene el esquema de patio porticado entorno al cual se distribuyen las estancias, un segundo patio, donde encontramos una gruta, y la capilla de pequeñas dimensiones, en el primer piso.
     Don Diego de Alvear y Ponce de León fue un personaje importante dentro de las expediciones científicas llevadas a cabo por la corona española durante el siglo XIX. Es uno de los protagonistas que encierran la historia del naufragio de la Fragata de las Mercedes, en la que se hundió no solo parte importantísima de su patrimonio, sino casi la totalidad de su familia, su mujer y sus hijos, sobreviviendo solamente uno, precisamente el que viajaba con él en otra nave.
     Horario: Exteriores (patio en horario escolar) (Diputación Provincial de Córdoba).

Edificio de la Tercia.-
     Posee un importante fachada historicista que toma modelo del palacio de Monterrey de Salamanca. En la esquina con la calle Beato Juan de Ávila presenta un torreón-mirador de tres plantas de altura con loggia en la planta última. Presenta arquerías bajas, cuerpo de balcones y galería alta en arcos rebajados, todo ello centrado por una portada de columnas.
     Estructura de muros de carga y cubierta de teja. La planta baja se ocupa con locales comerciales. A través de un gran portalón en la mitad de la fachada se accede a un gran patio interior que presenta una fachada de ladrillo visto de menor entidad.
     El VII Conde de la Cortina, don Francisco de Alvear y Gómez, edificó en 1921 un inmueble destinado a viviendas,  sobre el lugar que ocupó la antigua tercia y donde tuvo el marquesado unas antiguas bodegas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      La familia Alvear además de una importante actividad económica en Montilla destaca por impulsar la construcción de edificios, como es este gran edificio. Sobre el solar que ocuparon las antiguas bodegas de la familia así como el granero, el VII Conde de la Cortina, Francisco de Alvear y Gómez, inició la construcción de este edificio destinado a viviendas.
     Su estructura es similar a la del Palacio de Monterrey de Salamanca, es decir, un gran cuerpo rectangular y una torre en uno de los laterales. Sus dimensiones hacen que protagonice todo un lateral de la Plaza en la que se encuentra.
     En la parte inferior encontrarás tabernas y bares en los que poder disfrutar de este rincón con encanto (Diputación Provincial de Córdoba).

Ermita de la Rosa.-

    Se terminó esta ermita en 1763, siendo sus autores Agustín y Cristóbal de Estepa. Presenta nave única de cañón y presbiterio con cúpula sobre pechinas. El retablo mayor es obra anónima de mediados del Setecientos. Lo preside la Vir­gen de la Rosa, bella imagen de hacía 1720 atribuida sin fundamento a Pedro Duque Cornejo; va rodeada por resplandor y luce corona de plata del siglo XVII, con reformas del XVIII. Por en­cima hay una hornacina con un Crucificado pequeño del XVII; en los laterales se sitúan esculturas de San Lorenzo y San Román, anónimas, ocupando el ático un relieve de la Anunciación. A los lados del presbiterio hay dos retablos de estética neoclásica en el de la izquierda se halla la Virgen de la Esperanza, retocada en 1942 por Manuel Leña; el del lado derecho aloja una imagen del Nazareno, llamado Jesús Preso, tallada en 1954 por Amadeo Ruíz Olmos.
     En el muro izquierdo cuelga un lienzo de San Andrés, de comienzos del XVIII. Le sigue un pequeño retablo de caracteres neoclásicos con la imagen de Jesús atado a la Columna, obra de Juan de Mesa el Mozo, de 1601. Después puede verse un lienzo barroco representando a San Sebastián. En el muro derecho se sitúa otro de San Jerónimo,  obra del Setecientos. Junto a  éste e encuentra el retablo de San Francisco Javier, realizado en 1617 por Alonso Matías para el colegio de la Compañía. Ocupa el centro Jesús en el Huerto, imagen anónima de vestir procedente del desaparecido convento de San Juan de Dios; la flanquean San Juan Goto y San Diego Kisai, ocupando el ático San Pablo Miki. A los pies de la nave se hallan una Sagrada Cena, de estética manierista de hacia 1600, una talla de la Virgen de los Dolores, de finales del XVII, dos pinturas barrocas de la Magdalena y San Francisco de Paula, y un cuadro votivo del siglo XIX (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
      El edificio es de una sola nave rectangular. Se accede a la misma a través de una portada de cantería, ubicada en el muro del evangelio, con vano de medio punto entre pilastras toscanas acanaladas, y remate en el frontón triangular partido. 
     Presenta además tres ventanas y una interesante espadaña con arcos de medio punto en el primer cuerpo y frontón triangular como remate. Como cubierta posee tejas a dos aguas. 
     El interior se cubre con bóveda de cañón con leve  yesería y el presbiterio con bóveda sobre pechinas. En la ermita residen cuatro hermandades de penitencia procesionando una de ellas el Viernes de Dolores.
     La ermita de la Virgen de la Rosa fue construida con la aportación que hizo el pueblo de Montilla. Enclavada en la Plaza Mayor fue iniciada su edificación por Agustín de Estepa y concluida por su hijo Agustín en 1763 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de San José.-
    Levantada en el primer tercio del XVI. Tiene ésta un retablo de Gaspar Lorenzo de los Cobos, de hacia 1735, con relieve de la Muerte de San José y tallas y pinturas de la misma época (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Pequeña ermita con acceso a través de una sencilla portada, con arco rebajado, decorada con rombos y cornisa  y con pequeño jardín delantero. Remata la fachada una espadaña de dos vanos peraltados y frontón triangular. Se organiza en dos naves de distinta altura, separadas por dos arcos de medio punto que apoyan en una columna.
     El interior se organiza en dos naves de distinta altura, separadas por dos grandes arcos de medio punto que apoyan en una gran columna toscana. La nave principal se cubre con bóveda de cañón rebajada, presentando en los pies un coro sobre cancel. A este se accede por medio de una escalera situada a los pies de la nave lateral, la cual presenta bastantes similitudes entre cancel y coro.
     Remata la fachada en una espadaña Exteriormente la cubierta a dos aguas.
     La ermita de San José, edificada durante el primer tercio del siglo XVI y ampliada hacia 1703, perteneció a la cofradía del gremio de carpinteros (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de Belén.-
     A la ermita se accede a través de una sencilla portada adintelada de ladrillo. Presenta cubierta a dos aguas y una espadaña a la derecha del presbiterio. Su interior es de una sola nave, con cubierta de madera (artesonado). Tras el presbiterio se abre el camarín de la Virgen, al que se accede a través de una escalera. En este lugar es donde se colocan los exvotos. 
     Diversas son las celebraciones que tienen lugar en esta ermita, además de todos los segundos domingos de cada mes, festividades de la Inmaculada, de todos los Santos, Navidades y Reyes. En el mes de junio tienen lugar los encuentros con la Iglesia y se tiene previsto celebrar la Romería. Durante septiembre, desde el día 4 al 12, tiene lugar la fiesta de Ntra. Sra. de Belén.
     La ermita fue erigida en el año 1662 por el vecino de Montilla, Florencio Mazuelo. Debido a su precario estado de conservación hubo de ser reedificada entre 1808 y 1812, encargándose de ello el "sangrador" José Adamuz quien con su aportación y la ofrecida por el pueblo creó incluso la cofradía de su nombre, recordando una de las advocaciones vinculadas al claustro franciscano de Santa Clara de Montilla. La imagen alcanzó gran fervor popular a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, siendo prueba de ello la gran cantidad de exvotos que se encuentran en el camarín (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Arco de San Lorenzo.-
     El convento de San Lorenzo, que la comunidad franciscana ocupó hasta 1794 en que debió abandonarlo por problemas de conservación, se hallaba dentro del perímetro delimitado por una cerca de mampostería con partes recrecidas en tapial, que en la actualidad se conserva fragmentariamente.  
     El ingreso al complejo conventual se efectuaba por una portada de piedra arenisca, adosada a la cerca. El vano de dicha portada es un arco de medio punto abocinado flanqueado por pilastras cajeadas a las que se adosan columnas abalaustradas. Sobre el arco corre un entablamento con un friso esculpido con bajorrelieves de roleos y jarrones centrando en el cual se disponía un escudo nobiliario de la familia fundadora, portado por un águila e inscrito en una corona floral, actualmente fuera de su ubicación. Las enjutas se decoran con relieves de delfines y roleos. En el intradós del arco, cuya clave se destaca por una ménsula, los relieves, de talla muy minuciosa, son símbolos de la Pasión como esponja y lanza con flagelos o tenazas y martillo. 
     Dentro del recinto delimitado por la cerca, como resto emergente, se conserva la alberca de grandes dimensiones que se utilizaba para el riego de las huertas.  
     Situada junto a donde estuvo la iglesia, existe una casa de labor y a su lado una torre de cuatro plantas de estética neomudéjar, construcciones presumiblemente realizadas empleando la fábrica conventual.
     La fundación del convento franciscano de San Lorenzo de Montilla se remonta a 1512, a las disposiciones testamentarias de don Pedro Fernández de Córdoba, primer marqués de Priego, y su construcción debió estar concluida a fines del primer tercio del siglo XVI, época de esplendor de la ciudad.
     Históricamente, el convento es referencia en la vida de San Francisco Solano (1549-1610), el montillano evangelizador de Perú y otros territorios americanos, que tomó en él sus hábitos. En la iglesia conventual, en 1647, se adoptó el compromiso de que sería patrón de la ciudad cuando se produjese su canonización, evidencia del arraigo histórico de la devoción popular al santo, aún vigente. En él permanecieron los franciscanos hasta finales del siglo XVI, cuando por problemas de humedades y filtraciones se trasladaron al casco urbano, perdurando la comunidad hasta la exclaustración.
     De los restos conservados, la portada de acceso, atribuida a Hernán Ruiz I, de cuidado diseño y delicada ornamentación, posee notables valores artísticos como muestra del primer Renacimiento en la provincia (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El convento de San Lorenzo, que la comunidad franciscana ocupó hasta 1794 en que debió abandonarlo por problemas de conservación, se hallaba dentro del perímetro delimitado por una cerca de mampostería con partes recrecidas en tapial, que en la actualidad se conserva fragmentariamente.
     El ingreso al complejo conventual se efectuaba por una portada de piedra arenisca, adosada a la cerca. El vano de dicha portada es un arco de medio punto abocinado flanqueado por pilastras cajeadas a las que se adosan columnas abalaustradas.
     Sobre el arco corre un entablamento con un friso esculpido con bajorrelieves de roleos y jarrones centrado en el cual se disponía un escudo nobiliario de la familia fundadora, portado por un águila e inscrito en una corona floral, actualmente fuera de su ubicación. Las enjutas se decoran con relieves de delfines y roleos. En el intradós del arco, cuya clave se destaca por una ménsula, los relieves, de talla muy minuciosa, son símbolos de la Pasión como esponja y lanza con flagelos o tenazas y martillo.
     Dentro del recinto delimitado por la cerca, como resto emergente, se conserva la alberca de grandes dimensiones que se utilizaba para el riego de las huertas.
Situada junto a donde estuvo la iglesia existe una casa de labor y a su lado una torre de cuatro plantas de estética neomudéjar, construcciones presumiblemente realizadas empleando la fábrica conventual.
     Dirección: c/ Batalla de Garellano (Diputación Provincial de Córdoba).

Bodegas Cruz Conde.-
     Fundada en el año 1902, esta centenaria bodega es muy fácil de reconocer por el cuadro de «La mujer Cordobesa» que Julio Romero de Torres pintara en homenaje a la firma allá por 1930. Sus instalaciones cuentan con la única bodega subterránea de la denominación, que presenta una arquitectura de excelencia.
     Personajes insignes del mundo de la cultura, las artes y la política del siglo XX dejaron huella a su paso por la bodega,  tales como Alfonso XIII, quien la reconociera Proveedora Oficial de Palacio.
     Actividades y Servicios:
            – Visitas guiadas  con degustación de vinos.
            – Degustaciones y Catas dirigidas.
            – Banquetes de celebraciones, eventos sociales y de empresa.
            – Espectáculos flamencos.
            – Paquetes especiales: Maridajes, desayunos molineros, enoterapia.
            – Enotienda, con una amplia gama de vinos y destilados.
     Abierto de lunes a viernes: 9.00 a 14.00 h y de 16.00 a 19.00 h y de 8.00 a 15.00 h (del 1 mayo a 31 de agosto).
     Fines de semana y festivos: Previa cita (Diputación Provincial de Córdoba).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

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