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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 5 de mayo de 2023

Las Casas para Laureano Montoto, de Aníbal González, en las calles Alfonso XII, 27-29, y Almirante Ulloa, 4

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las Casas para Laureano Montoto, de Aníbal González, en las calles Alfonso XII, 27-29; y Almirante Ulloa, 4, de Sevilla.  
     Las Casas para Laureano Montoto, de Aníbal González, se encuentran en las calles Alfonso XII, 27-29, y Almirante Ulloa, 4; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     Se trata de un proyecto unitario de tres vi­viendas unifamiliares situadas en Alfonso XII, 27 y 29, y Almirante Ulloa, 4. Esta obra, mandada construir en 1905-06 por don Laureano Montoto, forma parte de la producción modernista de Anibal González. Se inscribe, como todas aquellas obras del arquitecto que van de los años 1902 a 1906, en los cánones más ortodoxos de las corrientes estilísticas de la vanguardia figurativa de 1900, cuyas referencias más próximas habría que buscarlas en el modernismo catalán.
     Una de  las componentes básicas que informaba esta tendencia -posiblemente la más conservadora de las vanguardias de principios de siglo- residía en la puesta en valor de las artes decorativas y en cuanto a lo formal. en el empleo de una figuración con resonancias medievalistas.
     Las tres casas mantienen una disposición, en planta, análoga y son idénticas en cuanto al tratamiento de sus fachadas, que muestran una copiosa decoración en piedra o en los elementos metálico de flores, estrellas, tallos serpenteantes, elementos zoomórficos, etc.
     La casa, a que nos referimos, consta de dos plantas de altura en toda la extensión de la parcela, y una segunda en las dos crujías de fachada y en la del fondo de la edificación. Se dispo­ne sobre una parcela muy alargada, con un patio principal, centrado, en tercera crujía y otro de mayor extensión al fondo de la parcela. La escalera, de tres tramos, se sitúa en segunda crujía, en la medianera de la casa colindante, a su derecha. El patio principal lo circundan dos crujías en L y aún existe otra de tres plantas, situada en el fondo, que incluye una escalera de servicio.
     La casa ocupa en planta baja una superficie de 360 m2, estimándose una superficie total construida de 650 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
     Situada en la calle del casco histórico que completa el frustrado eje este-oeste, comunicando la Plaza del Duque con la Plaza del Museo para finalmente llegar hasta Puerta Real. Se mantiene la sección de la calle que confiere la imagen característica de zona histórica, con fachada continua que completan las parcelas que pertenecen a unas manzanas irregulares de gran tamaño, alternando viviendas entre medianeras con edificios de carácter singular, público o privado.
     Dentro del intervalo que se acepta como desarrollo del Art Nouveau "entre 1893, año en que se construye la casa Tassel, y 1914, inicio de la primera Guerra Mundial- esta casa queda dentro del periodo en el que se producen las principales producciones arquitectónicas españolas de estilo modernista. Como ocurre con otras obras que se construyeron en Andalucía, e incluso en otras ciudades y regiones, se trata de un modernismo que se aproxima más a las corrientes europeas que al que se desarrollara en Cataluña, con características propias y conocido internacionalmente, aunque tampoco puede negarse cierta referencia a las obras que años antes estuviese ya realizando Lluís Doménech i Montaner.
     Aníbal González que se había titulado en 1902, proyecta esta casa, con códigos compositivos propios de la vanguardia de principios del siglo XX. De ella cabe valorar especialmente la construcción del plano de fachada con ladrillo visto como fondo de la composición de los distintos motivos forales realizados en bloques de hormigón de cemento y del trabajo de la forja en hierro en barandillas y cierres. Este uso del ladrillo en fachada acota convenientemente toda la decoración, que se muestra sencilla en su conjunto si se compara con otras manifestaciones modernistas del momento.
     Atendiendo a los detalles, se observa una decoración muy trabajada, con un sistema foral complejo a pesar de utilizar el bloque de hormigón de cemento, lo que también podría aplicarse a los herrajes que distinguen a las barandillas y a los cierres de la planta principal.
     La estructuración de la fachada reconoce tras la decoración modernista una composición clásica, con tres huecos en planta baja y primera dispuestos simétricamente, que se coronan con una tercera planta tratada con cinco huecos de menores dimensiones. La decoración floral se dispone entre forjados, rodeando los huecos de fachada y construyendo el pretil de la azotea que se trata en continuidad con los machones que separan los cinco huecos de la última planta. El color rojo de los ladrillos de fachada significan aún más la singularidad que alcanza la decoración modernista, consiguiendo Aníbal González una arquitectura que acaba conjugando una tendencia de vanguardia con un sistema constructivo y compositivo que posteriormente caracterizará a la arquitectura sevillana en los años siguientes (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de Aníbal González, autor de la obra reseñada;
     Aníbal González y Álvarez-Ossorio, (Sevilla, 10 de junio de 1876 – 31 de mayo de 1929). Arquitecto.
     Fue el primero de los tres hijos del matrimonio formado por José González Espejo y Catalina Álvarez- Ossorio y Pizarro. Se tituló como arquitecto en 1902 en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, superando la reválida de sus estudios con el número uno de su promoción. Su formación respondió a los fundamentos tradicionales entonces imperantes, provenientes del origen académico de ese título, y que se puede constatar por la naturaleza de sus trabajos escolares que se han conservado. Figuras clave de esa formación fueron Ricardo Velázquez Bosco y Vicente Lampérez y Romea, arquitectos esenciales del panorama español de entonces.
     Su vocación arquitectónica se manifestó tempranamente y se vio acrecentada con los años. Daban prueba de ello tanto su biblioteca como sus viajes, siempre vinculados a los intereses disciplinares, y se aprecia con plena nitidez en el éxito de sus estudios y en su temprana actividad, aun cuando era estudiante, en el pabellón que llevó a cabo en la Exposición de Pequeñas Industrias que, en 1901, se celebró en el Retiro madrileño. Al siguiente año realizaría un anteproyecto para Palacio de Exposiciones de Bellas Artes en los sevillanos jardines del Cristina. También en ese año de 1902 redactó una Memoria acerca de la reorganización del servicio de incendios de Sevilla, que presentó al alcalde de la ciudad, siendo acompañado por Nicolás Luca de Tena, a cuya familia estaba ligado por lazos familiares, lo que resultaría ser decisivo para su vinculación tanto a la sociedad y las instituciones sevillanas como a los gobiernos del reinado de Alfonso XIII. Por otra parte, su matrimonio con Ana Gómez Millán, hija del constructor y maestro de obras José Gómez Otero, significaría su conexión con una de las sagas arquitectónicas más prolíficas de Sevilla. 
   Los arquitectos activos entonces eran pocos, y la disposición y cualidades que adornaban al joven González, le habilitaron, junto con las circunstancias referidas, para una pronta fortuna en el ejercicio de la arquitectura. De inmediato se le encargó llevar a término un proyecto de cárcel celular, y estuvo en disposición de iniciar sus primeros encargos privados de diverso tipo, especialmente viviendas, que le ocuparon ya durante la primera década del novecientos. Así, las casas de la calle Alfonso XII y Almirante Ulloa; la reforma del edificio de la calle Monsalves, la de Martín Villa esquina a Santa María de Gracia; la desaparecida central térmica del Prado de San Sebastián y la subcentral de la calle Feria, para la naciente Compañía Sevillana de Electricidad, o la fábrica de la calle Torneo, hoy rehabilitada como Instituto de Fomento de Andalucía; el grupo escolar Reina Victoria en Triana; panteones en el cementerio de San Fernando, o sus primeros proyectos en Aracena debidos a su vínculo con la familia Sánchez-Dalp, como el casino Arias Montano.
     En esa primera década no permaneció ajeno a las corrientes innovadoras que entonces afloraban en Europa, y que en España se reconocen en el modernismo catalán. Algunas de las obras citadas lo manifiestan, pero tal experimentación estilística se inscribía dentro de las habilidades que su formación y la cultura predominante configuraban bajo un eclecticismo historicista, en el que, como un estilo más, llevó a muchos de los arquitectos jóvenes de entonces a ensayar formas que pudieran identificarse con el espíritu de los tiempos nuevos. No obstante, el carácter conservador de las ideas subyacía, y la obra de Aníbal González estaba destinada a figurar destacadamente dentro del panorama nacional de la arquitectura de intención tradicional que, más allá del historicismo, contribuyó a procurar una salida a la crisis del noventa y ocho en el filón de las identidades diversas de los pueblos de España, dando lugar a lo que se conoce como regionalismo, teniendo en la arquitectura una de sus manifestaciones más notables, especialmente en la dualidad del norte y del sur de la Península, la arquitectura montañesa y vasca, por una parte, y por otra lo que vino en denominarse “estilo sevillano”, en el que Aníbal González se reconoció y fue reconocido en toda España, por más que otros arquitectos locales, como Juan Talavera o José Espiau, contribuyeran igualmente a fortalecerlo.
     Esa construcción cultural, si fuera de Sevilla produjo admiración, en la ciudad propició una rara identificación social con la arquitectura. Y para ello, el acontecimiento que lo canalizó fue la Exposición Iberoamericana, celebrada en 1929 pero iniciada como objetivo ciudadano veinte años antes, tras los festejos “España en Sevilla”, organizados en la primavera de 1909, y a cuya conclusión lanzaría la idea Luis Rodríguez Caso. El objetivo de una Exposición Hispano- Americana, como fue originalmente denominada, se traduciría en un concurso convocado en 1911, y del que resultaría ganador Aníbal González, bien es cierto que con una muy escasa participación, ausentes los demás arquitectos sevillanos.
     Su vida, que se vio truncada poco antes de que tuviera lugar la inauguración del certamen, el 31 de mayo de 1929, quedó vinculada al proyecto general y a las obras que resultarían más relevantes: la plaza de América y la plaza de España. Supo compaginar una amplísima actividad profesional, centrada en Sevilla, pero con ejemplos diseminados por distintas poblaciones, especialmente de la baja Andalucía, aunque también fuera de ella, como el edificio proyectado para ABC en la Castellana de Madrid, cuya fachada sobrevive como muestra definitiva de la admiración y apoyo que siempre encontró en la familia Luca de Tena.
     Su trayectoria en Sevilla es difícil de resumir: proyectos urbanísticos (como el del cortijo Maestrescuela, que originaría el barrio de Nervión); viviendas aisladas en áreas de crecimiento de la ciudad (en el Porvenir o en la Palmera); casas familiares urbanas (por ejemplo, en la calle de San José esquina a Conde de Ibarra, calle de Almansa esquina a Galera o calle de Monsalves esquina a Almirante Ulloa); numerosas casas de renta (paseo de Colón, cuesta del Rosario, calles Cuna, Cuesta del Rosario, Tetuán, Francos o actual avenida de la Constitución); “casas baratas” (Portaceli, Ramón y Cajal o avenida de Miraflores); edificios religiosos (para la Compañía de Jesús en la calle de Trajano, la capillita de la Virgen del Carmen en el Altozano o la basílica de la Inmaculada Milagrosa cuya construcción se interrumpió tras su fallecimiento); panteones (como los de los Luca de Tena, Peyré o González) y otros muchos proyectos y obras, que se pueden cerrar con la referencia a la reforma de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería y su sede en el paseo de Colón. Una serie ingente que, junto a la de otros arquitectos regionalistas, cambió la fisonomía de Sevilla, en ocasiones mediante las alteraciones de aperturas interiores, desde la Campana a la Avenida, en incrementos de alturas y cambios de tipos formales del caserío que, en conjunto, significó una renovación intensa de la ciudad.
     Hay que volver a la Exposición Iberoamericana para comprender sintéticamente la evolución producida en la arquitectura de Aníbal González y completar la glosa de este sevillano. Basta comparar el proyecto premiado en 1911 con los desarrollados posteriormente, incluido el frustrado de la Universidad Hispano Americana, tercera de las grandes obras que se pretendió vincular a la Exposición. Sobre todo, basta comparar la arquitectura de la plaza de América (1911-1919: Pabellón de Arte Antiguo, Pabellón Real y Pabellón de Bellas Artes, con sus jardines) con la de la plaza de España (1914-1928), para apreciar la transición de una concepción pintoresca a otra más monumental; por más que en ambas se contengan las habilidades del dominio ecléctico de los estilos del pasado español y en ambas se desarrollen las aplicaciones múltiples de los oficios y artesanías tradicionales recuperados y potenciados al amparo de las prolongadas obras de la Exposición. De manera que si tuviésemos que elegir un desenlace de su evolución, quizá éste radicara en el virtuosismo con que se desenvolvieron las obras de Aníbal González, en especial las aplicaciones del ladrillo en limpio y su talla.
     La donación a la ciudad de la mayor parte de los jardines desarrollados por los duques de Montpensier y la acertadísima intervención de J. C. N. Forestier, renombrado jardinero y urbanista parisino, en la configuración del parque de María Luisa, constituyen el acontecimiento matriz para el desencadenamiento de la transformación urbana que comportó la Exposición Iberoamericana. Lo que finalmente fue el certamen, por el impulso final producido bajo la dictadura de Primo de Rivera, contravino la idea unitaria que Aníbal González había soñado completar. Pero, por más que aquella quiebra trajera la desilusión, la enfermedad y la muerte de nuestro arquitecto, al apreciar hoy el interés de muchas de las obras proyectadas por otros arquitectos (el casino de la Exposición y el teatro Lope de Vega, de Vicente Traver, o varios pabellones americanos, como los de Argentina de Noel, Chile de Martínez, Perú de Piqueras o México de Amábilis), ello no impide percibir la identidad sustancial que se reconoce a la Exposición de 1929 tres cuartos de siglo después.
     En años de fuerte convulsión social, el fallido atentado contra Aníbal González en 1920 debe ser leído en clave de su extraordinaria relevancia como figura pública. Lamentable en cualquier caso, ese acto respondía a la rara popularidad del arquitecto, intensificándose la identificación de la ciudad con él durante la década final de su vida. Poco antes de morir pronunciaba su conferencia, impresa entonces, sobre La Giralda; el máximo símbolo arquitectónico de Sevilla era descrito con su verbo comedido. La manifestación de duelo popular que le acompañó a su muerte, sólo comparable entonces con la de los ídolos de la tauromaquia, contribuyó a otorgarle la aureola de mito contemporáneo de la ciudad.
     Puede afirmarse que Aníbal González es el arquitecto más estimado en Sevilla a lo largo del siglo XX.
     La consideración popular por sus obras, especialmente las de la Exposición Iberoamericana de 1929, se manifiesta en el modo como se han integrado en el paisaje urbano comúnmente reconocido, y en la valoración que de ellas hacen tanto los sevillanos como los forasteros que visitan la ciudad (Víctor Pérez Escolano, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte los edificios de las calles Alfonso XII, 27-29; y Almirante Ulloa, 4; de Aníbal González, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la calle Alfonso XII, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Almirante Ulloa, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 23 de octubre de 2022

La placa conmemorativa a Antonio de Ulloa, en la fachada del edificio de la calle Almirante Ulloa, 1

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa a Antonio de Ulloa, en la fachada del edificio de la calle Almirante Ulloa, 1; de Sevilla.
     Hoy, 23 de octubre, es el aniversario de la colocación (23 de octubre de 1995) de la placa conmemorativa a Antonio de Ulloa, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la placa conmemorativa Antonio de Ulloa, en la fachada del edificio de la calle Almirante Ulloa, 3; de Sevilla
     La calle Almirante Ulloa es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Alfonso XII, a la calle Monsalves.
     En el número 1 de la calle Almirante Ulloa podemos contemplar una placa que fue dedicada por el Ayuntamiento de Sevilla para conmemorar el II centenario de la muerte de Antonio de Ulloa, destacado científico, militar y escritor español.
     Es una placa de mármol blanco que se sujeta a la pared con cuatro clavos dorados. Presenta el emblema del Ayuntamiento de Sevilla en relieve y una leyenda que dice lo siguiente: 
"EN ESTA CASA NACIÓ EL ALMIRANTE
DON ANTONIO DE ULLOA 
(1716- 1795)
INSIGNE CIENTÍFICO DE LA ILUSTRACIÓN
DESCUBRIDOR DEL PLATINO Y SEVILLANO
DE RENOMBRE UNIVERSAL.
EL EXCMO. AYUNTAMIENTO HONRA SU MEMORIA
EN EL II CENTENARIO DE SU MUERTE.
SEVILLA. 23 DE OCTUBRE DE 1995". 
Esta placa está colocada en una vivienda particular donde nació este personaje y en la calle de su mismo nombre. Es una calle corta y rectilínea adoquinada y con aceras de loseta. Predomina la función residencial. Se trata de una pieza que recuerda y rinde tributo a esta figura histórica, señalando un punto clave de su biografía, el lugar de su nacimiento (Ayuntamiento de Sevilla).      
Conozcamos mejor la Biografía de Antonio de Ulloa, personaje a quien está dedicada la placa conmemorativa, y la calle;
     Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, (Sevilla, 12 de enero de 1716 – Isla de León (Cádiz), 5 de julio de 1795). Científico y marino de la Ilustración.
     Segundo de los diez hijos de Bernardo y Josefa. Formaban parte los Ulloa, oriundos de Galicia, de la nobleza hidalga sevillana y estaban radicados en la ciudad desde la época de la conquista de Granada. Antonio nació en la casa esquina de la calle del Clavel (hoy Almirante Ulloa) con la de Armas (hoy Alfonso XII), desarrollándose su vida, que abarca el reinado de cinco borbones, entre el Tratado de Utrecht y la Revolución Francesa. En la fachada de la casa donde nació fue colocada una lápida en la efemérides del segundo centenario de su muerte por el Ayuntamiento para honrar la memoria de este “sevillano de renombre universal, descubridor del platino”.
     Inició Antonio de Ulloa sus estudios de Latín y Matemáticas en el vecino Colegio de los Dominicos de Santo Tomás, para enrolarse como “aventurero”, es decir, voluntario, cuando sólo tenía catorce años, en la Armada de Galeones. En el galeón San Luis hizo, efectivamente, su primer viaje a América, volviendo a Cádiz en 1732 con conocimientos que le permitieron realizar lúcidos exámenes y obtener en 1733 plaza en la Real Academia de Guardias Marinas, recién creada por Patiño, ministro de Felipe V, cuya Corte residió en Sevilla de 1729 a 1733. Este mismo año, Ulloa se embarcó de nuevo en Cádiz como guardia marina en el navío Santa Teresa, que intervino con éxito contra las fuerzas del emperador de Austria en la campaña de Italia para defender la causa del infante don Carlos —más tarde Rey de España— en sus aspiraciones a ocupar el Trono de Nápoles. 
     En 1734, la Academia de Ciencias de París decidió organizar, en colaboración con la Corona de España, una expedición geodésica a Quito para medir la longitud del arco de un grado del meridiano en tierras del ecuador y dilucidar la cuestión de la figura de la Tierra, una de las controversias científicas más apasionadas y de más fuerte impacto social del siglo XVIII. De hecho, se trataba también de establecer la primacía de la ortodoxia cartesiana versus la newtoniana, pues los defensores de Newton defendían frente a los de Descartes que la Tierra era un esferoide, con un diámetro ecuatorial mayor que el eje polar. Voltaire comentó con su proverbial ironía que la expedición tenía como objeto determinar si la forma de la Tierra era la de un melón o la de una sandía. Los expedicionarios franceses eran todos científicos de primera fila: Bouguer (astrónomo e hidrógrafo), De la Condamine (geodesta y naturalista), Godin (astrónomo) y Jussieu (botánico), entre otros. El ministro Patiño tomó la decisión, muy atrevida en principio pero muy acertada en su desenlace, de elegir como miembros españoles de la expedición a dos inteligentes y prometedores guardia marinas: el alicantino Jorge Juan y el sevillano Antonio de Ulloa, de veintiuno y dieciocho años, respectivamente. 
     Para que no desentonaran de sus colegas franceses, ambos fueron ascendidos de golpe cuatro grados en la escala de la Marina (alférez de fragata, alférez de navío, teniente de fragata y teniente de navío). Fue esta exitosa expedición al virreinato del Perú, comandada por el académico Godin, la primera expedición científica al continente americano; a ella seguirían otras cuarenta, fundamentalmente botánicas, dirigidas para orgullo de la España de la Ilustración por científicos españoles. 
     Durante su estancia en Quito se inició un proceso contra Ulloa y Juan con motivo de un pintoresco episodio por desacato en el trato al presidente de la Audiencia Araujo (“merced”, no “señoría”). También tuvo resonancia el “pleito de las pirámides”, pues los marinos españoles consideraron una cuestión de prestigio y un agravio al honor de la Nación española que en la inscripción latina propuesta por La Condamine y Bouguer para perpetuar la gesta de la expedición hispano- francesa no figurase junto a la flor de lis el emblema de la Corona real de España y que les quisiesen incluir como assistentibus; tampoco aceptaron los términos alternativos de auxiliantibus ni de cooperantibus. La polémica fue enconada y se prolongó hasta 1747, ya que los españoles pugnaron defendiendo su tesis de equipararse a los franceses como astrónomos e incluso académicos, figurando, al fin, como oficiales de Marina y matemáticos. Juan y Ulloa fueron encargados en 1740 de la defensa del Mar del Sur contra las incursiones de la armada inglesa del vicealmirante Anson. Cumplidas sus misiones militares, regresaron a Quito en 1744 para terminar, junto con Godin, las mediciones geométricas y observaciones astronómicas y retornar a España desde Callao por la vía del cabo de Hornos en 1745, diez años después de su salida de Cádiz. Si los dos marinos navegaron en distintas naves a su ida a América (Juan en El Conquistador y Ulloa en El Incendio), lo mismo hicieron a su vuelta. Juan regresó sin problemas en la fragata francesa Lys, pero Ulloa embarcó en la Dèlivrance, que fue apresada por los ingleses en Louisbourg. Conducido prisionero a Portsmouth, se le concedió permiso para trasladarse a Londres en 1746 con objeto de recuperar los documentos científicos que le habían sido incautados, pues los más comprometedores (“todos los planos y noticias que pudieran ser de perjuicio si la desgracia los ponía en manos de enemigos”) habían sido arrojados al mar por el precavido marino. A instancias del presidente de la Royal Society, fue elegido miembro de esta prestigiosa sociedad, y el mismo presidente, Martin Folkes, le dedicó el famoso libro de Newton Principia Mathematica. Ulloa llegó a Madrid, vía Lisboa, el mismo año, encontrándose con la agradable sorpresa de haber sido ascendido a capitán de fragata. 
   Ulloa y Juan se reunieron en Madrid en 1746, fecha de la muerte de Felipe V, y durante tres años desarrollaron un ímprobo trabajo escribiendo y publicando conjuntamente tres obras de gran categoría científica y literaria, de cuya trascendencia dan una idea las numerosas ediciones, traducciones, comentarios y estudios de que fueron y siguen siendo objeto: Relación histórica del viage a la América Meridional (1748), Observaciones astronómicas y phísicas en los reynos del Perú (1748) y Dissertación histórica y geográphica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal (1749). La cuarta de las obras escritas por los marinos ilustrados fue un reservado informe crítico sobre la realidad de Hispanoamérica, ejecutado en 1747 a instancias del marqués de la Ensenada.
     Curiosamente no fue hecho público hasta 1826, en que un inglés del que no se conoce mucho, David Barry, lo sacó tendenciosa y morbosamente a la luz en Londres y en castellano con el título de Noticias secretas de América. La obra, como en el siglo xvi la de fray Bartolomé de Las Casas, tuvo un tremendo impacto en Europa y América, con numerosas ediciones y traducciones, y contribuyó a ennegrecer la imagen de la colonización española, así como a realzar la fama de sus fidedignos y leales autores. El reinado de Fenando VI estuvo marcado por la paz —de hecho, se inicia con la firma de la Paz de Aquisgrán— y por el desarrollo de la industria, el comercio, la Marina y el Ejército, gracias sobre todo al marqués de la Ensenada, artífice del reformismo ilustrado.
      Para salir de la situación de atraso en que se encontraba España, Ensenada recurrió al expeditivo método del espionaje industrial, enviando al extranjero misiones de hombres capacitados con objeto de visitar arsenales, canales, puertos, fundiciones, manufacturas textiles, minas, para recabar información sobre las nuevas técnicas y contratar especialistas (ingenieros, cartógrafos, relojeros, impresores, naturalistas, químicos, cirujanos, etc.). Ensenada escogió a los capitanes de navío Juan, que viajó a Inglaterra, y Ulloa, que, después de inspeccionar el arsenal de Cartagena, la industria de la seda de Valencia y las obras del puerto de Barcelona, visitó durante más de dos años (1749-1752) Francia, Suiza, los Países Bajos, Dinamarca, Suecia y Alemania. Ulloa quedó impresionado en su recorrido por el canal de Languedoc, la más importante obra de ingeniería hidráulica de Francia, lo que le influyó decisivamente a su regreso a España en la gestación y ejecución del Canal de Castilla, en que estuvo directa e intensamente implicado. Las familias reales de Suecia y Prusia distinguieron a Ulloa con especial deferencia. A su vuelta, Ulloa, hombre de pensamiento y de acción, convencido como todos los ilustrados de que las reformas eran el mejor medio y remedio para conseguir el despegue y la modernización de España como potencia mundial, desarrolló en nuestro país una actividad tan intensa como variada: Canal de Castilla, Casa de Geografía, Gabinete de Historia Natural, Laboratorio Metalúrgico, Jardín de Plantas de Madrid, minas de azogue de Almadén, fábrica de paños de Ezcaray, Navarra y Segovia, dedicándose a partir de 1755 en su querida Cádiz —donde sufrió y dio cuenta de los efectos del devastador terremoto de Lisboa— a tareas docentes y científicas, junto a Godin y Juan, en la Academia de Guardias Marinas y en el Observatorio Astronómico.
     Por su honestidad y voluntad de servicio y por sus ideas renovadoras y profundos conocimientos técnicos, Ulloa fue nombrado por Fernando VI gobernador de Huancavelica en el Perú y superintendente de sus minas de azogue, cargos que desempeñó desde 1758 a 1764 con autoridad y responsabilidad y en difíciles circunstancias, por tratarse de un centro minero en franca decadencia y dominado por fuertes intereses locales. La firma de la Paz de París, que puso fin a la Guerra de los Siete Años (1756-1763), supuso para España la pérdida de Florida en beneficio de Inglaterra y la cesión de Luisiana por parte francesa. Carlos III encargó a Ulloa (residente desde 1765 en La Habana, adonde había llegado procedente de Perú, vía Panamá) el gobierno de la recién incorporada colonia. Ulloa, con perfecto dominio del francés, desempeñó la gobernación de la nueva colonia con su habitual probidad y autoridad desde 1766 a 1768, pero tuvo que hacer frente bajo grandes tensiones a una economía deficitaria y a la oposición de los pobladores franceses. 
     Víctima de una revuelta, se vio obligado a zarpar con destino a La Habana para regresar finalmente a Cádiz en 1769, siendo entonces distinguido con el nombramiento de jefe de escuadra. El año 1767 —fecha de la expulsión de los jesuitas de España— fue muy importante en la vida de Ulloa, pues pudo reunirse en Nueva Orleans con su mujer, la limeña Francisca Remírez de Laredo, hija del conde de San Javier y treinta y cuatro años más joven que él, con quien se había casado por poderes en la capital de Perú el año anterior. En la capital de La Luisiana nació la primera hija del gobernador, que fue también la primera criolla española. Sus otros ocho hijos nacerían uno en Cádiz y siete en la Isla de León. A su regreso a Cádiz, Ulloa ejerció de nuevo como profesor en la Academia de Guardias Marinas de 1770 a 1776 y tuvo ocasión de comprobar la falta de información que existía sobre el potencial de las armadas europeas, así como sobre la realidad geofísica, geográfica y antropológica de América. Esto le llevó a escribir La marina. Fuerzas navales de la Europa y costas de Berbería, inédita hasta la edición de Helguera en 1995, y Noticias Americanas (1772), que despertó enorme interés y, como la Relación histórica, ha sido objeto de numerosas ediciones y traducciones. Las Noticias tratan de los territorios, climas, minerales, plantas, animales, fósiles, poblaciones, etc. de la América Meridional y Septentrional Oriental. Con fundamento se ha considerado a Antonio de Ulloa —conocido en la historia como Ulloa, el estudioso— precursor del incansable y gran explorador científico, geofísico y geógrafo de la América hispana Alexander von Humboldt, de quien se decía que era el hombre más famoso de Europa después de Napoleón. El año 1773 se iniciaron en Sevilla, dirigidas por Ulloa, las obras de fortificación de la Barqueta para defender la ciudad de las riadas del Guadalquivir. Al acabar las obras se colocó en 1780 en la parte externa de la muralla una lápida conmemorativa, que hubo de ser retirada a mediados del siglo pasado cuando se emprendieron los trabajos de la vía férrea a Córdoba.
     Ulloa, un marino al que le gustaba serlo, demostró su pericia y habilidad náuticas al dirigir la última flota de Indias en 1776. Su elección como comandante de la flota de la Nueva España suponía completa confianza en sus dotes de mando y en su larga experiencia y reputación. Si bien eran tiempos de paz, había asechanza de guerra con Inglaterra por la insurrección de sus colonias norteamericanas. Ulloa hizo la travesía Cádiz-Veracruz “sin el menor quebranto”. Su estancia en México durante dos años le permitió colaborar de forma activa con el virrey Bucareli, sevillano como él, así como obtener amplia información sobre la realidad mexicana, que recogió en su obra Descripción geográfico-física de una parte de la Nueva España, elaborada tras su regreso a Cádiz en 1778 y que ha permanecido inédita hasta la edición de Solano en 1979. La travesía de la última flota de Indias concluyó con el éxito añadido de la observación y estudio de un eclipse de sol a bordo de la nave capitana España, cuyos resultados fueron publicados un año después (El eclipse de sol, 1779) y tuvieron amplia repercusión científica. Ulloa vio premiada en 1778 la gloria conseguida al mando de la flota de la Nueva España con su ascenso a teniente general. En 1779, en plena Guerra de Independencia de los Estados Unidos, estuvo al mando de una escuadra en la campaña de corso contra Inglaterra en las islas Terceras de las Azores. Su actuación en esta campaña, que no tuvo resultados positivos y fue severamente juzgada, fue justificada por él mismo en un precioso texto autógrafo, titulado Justa vindicación de mi honor, que en 1782 ordenó que se guardase en la biblioteca del Convento Agustino de San Acacio en la calle Sierpes, primera biblioteca pública de Sevilla y hoy Círculo de Labradores. Un siglo después, el manuscrito pasó a la biblioteca de la Universidad y fue editado por Pérez-Mallaína con el título La campaña de las Terceras en 1995.
     El último período de la vida de Antonio de Ulloa transcurrió en paz y sosiego en Cádiz y la Isla de León y abarca desde 1783, final de su Consejo de Guerra, hasta 1795, el año de su muerte. Durante estos años serenos redactó Conversaciones de Ulloa con sus tres hijos en servicio de la Marina, que fue publicado póstumamente en 1795, y Neptuno instructivo, que permanece aún inédito. La fama del ilustre marino, afanosamente perseguida y merecidamente conseguida, fue reconocida por numerosas sociedades y academias españolas y extranjeras: Reales Sociedades de Amigos del País de Vascongadas y Sevilla, Real Sociedad de Londres, Academias de Bellas Artes de Madrid, de Ciencias de París, Estocolmo y Berlín, e Instituto de Bolonia. Fue también Antonio de Ulloa comendador de Ocaña en la Orden de Santiago. En su retiro gaditano escribió sobre el metal platino, el precioso metal que él fue el primero en traer a España en 1748. En efecto, Ulloa estuvo siempre, hasta el final de su vida, interesado en la platina, y con el fin de investigar un método de purificación para hacer el metal dúctil y maleable logró que se destinase a este propósito un Laboratorio Metalúrgico en el Gabinete de Historia Natural fundado por él, durante el reinado de Fernando VI, en 1752 en Madrid. Previamente, durante su periplo de espionaje industrial por Europa, Ulloa había ya gestionado en París la contratación del científico irlandés, nacionalizado español, Bowles, que inició sus investigaciones sobre la platina en 1753, si bien no las publicó hasta 1775 en su libro Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España. En esta obra, Bowles escribió una larga disertación sobre la platina, “que ha ocupado después a todos los mayores químicos de Europa, [...] para incitar a algún español a que examine esta singular materia [...] librándonos así de la tacha de ignorantes y descuidados en nuestras propias cosas”. Este mismo año, el malogrado Ramón María de Munibe, primogénito del conde de Peñaflorida, publicó en los Extractos de la Sociedad Vascongada de Amigos del País un ensayo sobre la platina en que recogió los conocimientos adquiridos en Europa sobre este elemento, también conocido como “oro blanco” y el “octavo metal”. Una fecha importante en la “edad de la platina” fue la del descubrimiento en 1786 en el Seminario Patriótico de Vergara de un método para su purificación por el químico Chavaneau, llegado de Francia en 1778, que dedicó su logro a Ulloa entregándole una placa de platino con la siguiente inscripción: “Al Excmo. Sr. don Antonio de Ulloa, el primero que trajo la platina a Europa en 1748, se la devuelve perfecta en 1786 don Francisco Chavano”. El éxito de Chavaneau motivó que fuera reclamado a Madrid por la Secretaría de Indias, donde Carlos III le encomendó una Cátedra de Mineralogía y le creó una Real Fábrica de Platina. Chavaneau llegó a Madrid en 1787 y fue generosamente retribuido, pues a su sueldo se añadió otro tanto en mérito a sus descubrimientos sobre la maleabilidad del platino. Con diligencia se inició la fabricación de utensilios de platino, y el conocido platero Alonso elaboró, entre otras piezas, un juego de cáliz, patena y cucharilla para el Rey y otro para el papa Pío VI. Durante su estancia en Madrid, que se prolongó hasta 1797, Chavaneau escribió el libro Elementos de Ciencias Naturales (1790) y se dedicó con ahínco a la purificación del platino, llegando a obtener distintas preparaciones que él creyó puras, pero que le desconcertaban porque mostraban propiedades enigmáticas; en realidad eran aleaciones del platino con los cinco metales de su grupo descubiertos más tarde (rutenio, rodio, paladio, osmio e iridio).
     La Secretaría de Indias requirió a Ulloa en 1787 para que emitiese su opinión sobre la situación de los yacimientos de Nueva Granada y el modo de explotar en ellos la platina. Al año siguiente, Ulloa cumplió el encargo y escribió Juicio sobre el metal platina, un brillante informe que se conserva en el Archivo del Palacio Real de Madrid. En este memorial, el científico ilustrado demuestra un amplio y profundo conocimiento sobre todo lo concerniente a la minería de la platina y su beneficio, así como sobre la naturaleza del metal y sus propiedades. Estimulado sin duda por el interés despertado por el platino, Antonio de Ulloa solicitó en 1787 al rey Carlos III como merced que las Leyes de Indias previenen a los que descubren nuevas minas de metales preciosos, “una renta fija para sí y para su posteridad [...] y juntamente algún distintivo honorífico que perpetúe esta honrosa memoria”, alegando como “servicio particularísimo haber sido el primero que trajo a España y dio noticia del metal de platina en el año 47”. En respuesta, el almirante fue informado en 1789, ya reinando Carlos IV, que “S. M. aprecia sus trabajos y servicios, pero no considera el descubrimiento de la platina de la clase que tratan las Leyes para descubridores de minas” (Manuel Losada Villasante, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa a Antonio de Ulloa, en la fachada del edificio de la calle Almirante Ulloa, 1; de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 12 de enero de 2022

Un paseo por la calle Almirante Ulloa

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Almirante Ulloa, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 12 de enero, es el aniversario del nacimiento (12 de enero de 1716) del Almirante Ulloa, a quien está dedicada esta vía del callejero de Sevilla, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Almirante Ulloa, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Almirante Ulloa es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Alfonso XII, a la calle Monsalves.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. 
     En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Ya en el s. XVI este espacio se nombra en algunos documentos municipales como la "calle que va de Armas a... la de las casas de Monsalve" (1516) o la "que va de las espaldas de las casas de don Andrés Monsalve a la calle de las Armas". Al menos desde principios del XVIII se conocía como calle del Clavel, quizás porque "muy de antiguo había pintado en ella, en una de sus paredes, un brazo de un hombre con un gran clavel en la mano" (González de León, Las calles...). En 1848 se rotula Almirante Ulloa, en honor del marino y físico Antonio de Ulloa (1716-1795), que había nacido en una de sus casas. En un nomenclátor de 1869 el topónimo se reduce a Ulloa, para volver a reponerse con el nombre completo en 1875. Según la explicación del citado nomenclátor, la reducción del titulo se hizo "para abreviarlo y no por desconocerse su jerarquía". 
   Es corta y rectilínea, adoquinada (1941) y con aceras de losetas. Se ilumina con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. Su fisonomía actual debe distar bastante de la que ofrecía en el pasado, pues un documento de la primera mitad del XVI la describe como un espacio angosto y residual, donde "suelen y acostumbran echar estiércol, perros y gatos muertos y otras inmundicias con lo qual ordinario está ocupada y de que resultan humos y vapores podridos... y se impide el paso de una parte a otra..." (Sec. 16). Por ello algunos vecinos piden que se cierre de noche con puertas. A fines del s. XIX se somete a un plan de alineación que habrá determinado en buena parte su configuración actual. Cumple una función residencial y su caserío es noble, si bien en los últimos años se ha derribado alguna de sus casas tradicionales. La más valiosa, sin duda, la núm. 4, una bella casa de fachada modernista construida a principios del XX por el arquitecto Aníbal Gonzá­lez. Hoy residen en ella miembros del grupo religioso del Palmar de Troya. En el núm. 3 de la calle tenía el arquitecto citado su domicilio cuando en 1920, junto a la cancela de entrada al jardín, fue objeto de atentado fallido por un individuo que le hizo dos disparos (El Liberal, 10-1-1920) [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía del Almirante Ulloa, personaje a quien está dedicada la calle;
     Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, (Sevilla, 12 de enero de 1716 – Isla de León (Cádiz), 5 de julio de 1795). Científico y marino de la Ilustración.
     Segundo de los diez hijos de Bernardo y Josefa. Formaban parte los Ulloa, oriundos de Galicia, de la nobleza hidalga sevillana y estaban radicados en la ciudad desde la época de la conquista de Granada. Antonio nació en la casa esquina de la calle del Clavel (hoy Almirante Ulloa) con la de Armas (hoy Alfonso XII), desarrollándose su vida, que abarca el reinado de cinco borbones, entre el Tratado de Utrecht y la Revolución Francesa. En la fachada de la casa donde nació fue colocada una lápida en la efemérides del segundo centenario de su muerte por el Ayuntamiento para honrar la memoria de este “sevillano de renombre universal, descubridor del platino”.
     Inició Antonio de Ulloa sus estudios de Latín y Matemáticas en el vecino Colegio de los Dominicos de Santo Tomás, para enrolarse como “aventurero”, es decir, voluntario, cuando sólo tenía catorce años, en la Armada de Galeones. En el galeón San Luis hizo, efectivamente, su primer viaje a América, volviendo a Cádiz en 1732 con conocimientos que le permitieron realizar lúcidos exámenes y obtener en 1733 plaza en la Real Academia de Guardias Marinas, recién creada por Patiño, ministro de Felipe V, cuya Corte residió en Sevilla de 1729 a 1733. Este mismo año, Ulloa se embarcó de nuevo en Cádiz como guardia marina en el navío Santa Teresa, que intervino con éxito contra las fuerzas del emperador de Austria en la campaña de Italia para defender la causa del infante don Carlos —más tarde Rey de España— en sus aspiraciones a ocupar el Trono de Nápoles. 
     En 1734, la Academia de Ciencias de París decidió organizar, en colaboración con la Corona de España, una expedición geodésica a Quito para medir la longitud del arco de un grado del meridiano en tierras del ecuador y dilucidar la cuestión de la figura de la Tierra, una de las controversias científicas más apasionadas y de más fuerte impacto social del siglo XVIII. De hecho, se trataba también de establecer la primacía de la ortodoxia cartesiana versus la newtoniana, pues los defensores de Newton defendían frente a los de Descartes que la Tierra era un esferoide, con un diámetro ecuatorial mayor que el eje polar. Voltaire comentó con su proverbial ironía que la expedición tenía como objeto determinar si la forma de la Tierra era la de un melón o la de una sandía. Los expedicionarios franceses eran todos científicos de primera fila: Bouguer (astrónomo e hidrógrafo), De la Condamine (geodesta y naturalista), Godin (astrónomo) y Jussieu (botánico), entre otros. El ministro Patiño tomó la decisión, muy atrevida en principio pero muy acertada en su desenlace, de elegir como miembros españoles de la expedición a dos inteligentes y prometedores guardia marinas: el alicantino Jorge Juan y el sevillano Antonio de Ulloa, de veintiuno y dieciocho años, respectivamente. 
     Para que no desentonaran de sus colegas franceses, ambos fueron ascendidos de golpe cuatro grados en la escala de la Marina (alférez de fragata, alférez de navío, teniente de fragata y teniente de navío). Fue esta exitosa expedición al virreinato del Perú, comandada por el académico Godin, la primera expedición científica al continente americano; a ella seguirían otras cuarenta, fundamentalmente botánicas, dirigidas para orgullo de la España de la Ilustración por científicos españoles. Durante su estancia en Quito se inició un proceso contra Ulloa y Juan con motivo de un pintoresco episodio por desacato en el trato al presidente de la Audiencia Araujo (“merced”, no “señoría”). También tuvo resonancia el “pleito de las pirámides”, pues los marinos españoles consideraron una cuestión de prestigio y un agravio al honor de la Nación española que en la inscripción latina propuesta por La Condamine y Bouguer para perpetuar la gesta de la expedición hispano- francesa no figurase junto a la flor de lis el emblema de la Corona real de España y que les quisiesen incluir como assistentibus; tampoco aceptaron los términos alternativos de auxiliantibus ni de cooperantibus. La polémica fue enconada y se prolongó hasta 1747, ya que los españoles pugnaron defendiendo su tesis de equipararse a los franceses como astrónomos e incluso académicos, figurando, al fin, como oficiales de Marina y matemáticos. Juan y Ulloa fueron encargados en 1740 de la defensa del Mar del Sur contra las incursiones de la armada inglesa del vicealmirante Anson. Cumplidas sus misiones militares, regresaron a Quito en 1744 para terminar, junto con Godin, las mediciones geométricas y observaciones astronómicas y retornar a España desde Callao por la vía del cabo de Hornos en 1745, diez años después de su salida de Cádiz. Si los dos marinos navegaron en distintas naves a su ida a América (Juan en El Conquistador y Ulloa en El Incendio), lo mismo hicieron a su vuelta. Juan regresó sin problemas en la fragata francesa Lys, pero Ulloa embarcó en la Dèlivrance, que fue apresada por los ingleses en Louisbourg. Conducido prisionero a Portsmouth, se le concedió permiso para trasladarse a Londres en 1746 con objeto de recuperar los documentos científicos que le habían sido incautados, pues los más comprometedores (“todos los planos y noticias que pudieran ser de perjuicio si la desgracia los ponía en manos de enemigos”) habían sido arrojados al mar por el precavido marino. A instancias del presidente de la Royal Society, fue elegido miembro de esta prestigiosa sociedad, y el mismo presidente, Martin Folkes, le dedicó el famoso libro de Newton Principia Mathematica. Ulloa llegó a Madrid, vía Lisboa, el mismo año, encontrándose con la agradable sorpresa de haber sido ascendido a capitán de fragata. 
   Ulloa y Juan se reunieron en Madrid en 1746, fecha de la muerte de Felipe V, y durante tres años desarrollaron un ímprobo trabajo escribiendo y publicando conjuntamente tres obras de gran categoría científica y literaria, de cuya trascendencia dan una idea las numerosas ediciones, traducciones, comentarios y estudios de que fueron y siguen siendo objeto: Relación histórica del viage a la América Meridional (1748), Observaciones astronómicas y phísicas en los reynos del Perú (1748) y Dissertación histórica y geográphica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal (1749). La cuarta de las obras escritas por los marinos ilustrados fue un reservado informe crítico sobre la realidad de Hispanoamérica, ejecutado en 1747 a instancias del marqués de la Ensenada.
     Curiosamente no fue hecho público hasta 1826, en que un inglés del que no se conoce mucho, David Barry, lo sacó tendenciosa y morbosamente a la luz en Londres y en castellano con el título de Noticias secretas de América. La obra, como en el siglo xvi la de fray Bartolomé de Las Casas, tuvo un tremendo impacto en Europa y América, con numerosas ediciones y traducciones, y contribuyó a ennegrecer la imagen de la colonización española, así como a realzar la fama de sus fidedignos y leales autores. El reinado de Fenando VI estuvo marcado por la paz —de hecho, se inicia con la firma de la Paz de Aquisgrán— y por el desarrollo de la industria, el comercio, la Marina y el Ejército, gracias sobre todo al marqués de la Ensenada, artífice del reformismo ilustrado.
      Para salir de la situación de atraso en que se encontraba España, Ensenada recurrió al expeditivo método del espionaje industrial, enviando al extranjero misiones de hombres capacitados con objeto de visitar arsenales, canales, puertos, fundiciones, manufacturas textiles, minas, para recabar información sobre las nuevas técnicas y contratar especialistas (ingenieros, cartógrafos, relojeros, impresores, naturalistas, químicos, cirujanos, etc.). Ensenada escogió a los capitanes de navío Juan, que viajó a Inglaterra, y Ulloa, que, después de inspeccionar el arsenal de Cartagena, la industria de la seda de Valencia y las obras del puerto de Barcelona, visitó durante más de dos años (1749-1752) Francia, Suiza, los Países Bajos, Dinamarca, Suecia y Alemania. Ulloa quedó impresionado en su recorrido por el canal de Languedoc, la más importante obra de ingeniería hidráulica de Francia, lo que le influyó decisivamente a su regreso a España en la gestación y ejecución del Canal de Castilla, en que estuvo directa e intensamente implicado. Las familias reales de Suecia y Prusia distinguieron a Ulloa con especial deferencia. A su vuelta, Ulloa, hombre de pensamiento y de acción, convencido como todos los ilustrados de que las reformas eran el mejor medio y remedio para conseguir el despegue y la modernización de España como potencia mundial, desarrolló en nuestro país una actividad tan intensa como variada: Canal de Castilla, Casa de Geografía, Gabinete de Historia Natural, Laboratorio Metalúrgico, Jardín de Plantas de Madrid, minas de azogue de Almadén, fábrica de paños de Ezcaray, Navarra y Segovia, dedicándose a partir de 1755 en su querida Cádiz —donde sufrió y dio cuenta de los efectos del devastador terremoto de Lisboa— a tareas docentes y científicas, junto a Godin y Juan, en la Academia de Guardias Marinas y en el Observatorio Astronómico.
     Por su honestidad y voluntad de servicio y por sus ideas renovadoras y profundos conocimientos técnicos, Ulloa fue nombrado por Fernando VI gobernador de Huancavelica en el Perú y superintendente de sus minas de azogue, cargos que desempeñó desde 1758 a 1764 con autoridad y responsabilidad y en difíciles circunstancias, por tratarse de un centro minero en franca decadencia y dominado por fuertes intereses locales. La firma de la Paz de París, que puso fin a la Guerra de los Siete Años (1756-1763), supuso para España la pérdida de Florida en beneficio de Inglaterra y la cesión de Luisiana por parte francesa. Carlos III encargó a Ulloa (residente desde 1765 en La Habana, adonde había llegado procedente de Perú, vía Panamá) el gobierno de la recién incorporada colonia. Ulloa, con perfecto dominio del francés, desempeñó la gobernación de la nueva colonia con su habitual probidad y autoridad desde 1766 a 1768, pero tuvo que hacer frente bajo grandes tensiones a una economía deficitaria y a la oposición de los pobladores franceses. Víctima de una revuelta, se vio obligado a zarpar con destino a La Habana para regresar finalmente a Cádiz en 1769, siendo entonces distinguido con el nombramiento de jefe de escuadra. El año 1767 —fecha de la expulsión de los jesuitas de España— fue muy importante en la vida de Ulloa, pues pudo reunirse en Nueva Orleans con su mujer, la limeña Francisca Remírez de Laredo, hija del conde de San Javier y treinta y cuatro años más joven que él, con quien se había casado por poderes en la capital de Perú el año anterior. En la capital de La Luisiana nació la primera hija del gobernador, que fue también la primera criolla española. Sus otros ocho hijos nacerían uno en Cádiz y siete en la Isla de León. A su regreso a Cádiz, Ulloa ejerció de nuevo como profesor en la Academia de Guardias Marinas de 1770 a 1776 y tuvo ocasión de comprobar la falta de información que existía sobre el potencial de las armadas europeas, así como sobre la realidad geofísica, geográfica y antropológica de América. Esto le llevó a escribir La marina. Fuerzas navales de la Europa y costas de Berbería, inédita hasta la edición de Helguera en 1995, y Noticias Americanas (1772), que despertó enorme interés y, como la Relación histórica, ha sido objeto de numerosas ediciones y traducciones. Las Noticias tratan de los territorios, climas, minerales, plantas, animales, fósiles, poblaciones, etc. de la América Meridional y Septentrional Oriental. Con fundamento se ha considerado a Antonio de Ulloa —conocido en la historia como Ulloa, el estudioso— precursor del incansable y gran explorador científico, geofísico y geógrafo de la América hispana Alexander von Humboldt, de quien se decía que era el hombre más famoso de Europa después de Napoleón. El año 1773 se iniciaron en Sevilla, dirigidas por Ulloa, las obras de fortificación de la Barqueta para defender la ciudad de las riadas del Guadalquivir. Al acabar las obras se colocó en 1780 en la parte externa de la muralla una lápida conmemorativa, que hubo de ser retirada a mediados del siglo pasado cuando se emprendieron los trabajos de la vía férrea a Córdoba.
     Ulloa, un marino al que le gustaba serlo, demostró su pericia y habilidad náuticas al dirigir la última flota de Indias en 1776. Su elección como comandante de la flota de la Nueva España suponía completa confianza en sus dotes de mando y en su larga experiencia y reputación. Si bien eran tiempos de paz, había asechanza de guerra con Inglaterra por la insurrección de sus colonias norteamericanas. Ulloa hizo la travesía Cádiz-Veracruz “sin el menor quebranto”. Su estancia en México durante dos años le permitió colaborar de forma activa con el virrey Bucareli, sevillano como él, así como obtener amplia información sobre la realidad mexicana, que recogió en su obra Descripción geográfico-física de una parte de la Nueva España, elaborada tras su regreso a Cádiz en 1778 y que ha permanecido inédita hasta la edición de Solano en 1979. La travesía de la última flota de Indias concluyó con el éxito añadido de la observación y estudio de un eclipse de sol a bordo de la nave capitana España, cuyos resultados fueron publicados un año después (El eclipse de sol, 1779) y tuvieron amplia repercusión científica. Ulloa vio premiada en 1778 la gloria conseguida al mando de la flota de la Nueva España con su ascenso a teniente general. En 1779, en plena Guerra de Independencia de los Estados Unidos, estuvo al mando de una escuadra en la campaña de corso contra Inglaterra en las islas Terceras de las Azores. Su actuación en esta campaña, que no tuvo resultados positivos y fue severamente juzgada, fue justificada por él mismo en un precioso texto autógrafo, titulado Justa vindicación de mi honor, que en 1782 ordenó que se guardase en la biblioteca del Convento Agustino de San Acacio en la calle Sierpes, primera biblioteca pública de Sevilla y hoy Círculo de Labradores. Un siglo después, el manuscrito pasó a la biblioteca de la Universidad y fue editado por Pérez-Mallaína con el título La campaña de las Terceras en 1995.
     El último período de la vida de Antonio de Ulloa transcurrió en paz y sosiego en Cádiz y la Isla de León y abarca desde 1783, final de su Consejo de Guerra, hasta 1795, el año de su muerte. Durante estos años serenos redactó Conversaciones de Ulloa con sus tres hijos en servicio de la Marina, que fue publicado póstumamente en 1795, y Neptuno instructivo, que permanece aún inédito. La fama del ilustre marino, afanosamente perseguida y merecidamente conseguida, fue reconocida por numerosas sociedades y academias españolas y extranjeras: Reales Sociedades de Amigos del País de Vascongadas y Sevilla, Real Sociedad de Londres, Academias de Bellas Artes de Madrid, de Ciencias de París, Estocolmo y Berlín, e Instituto de Bolonia. Fue también Antonio de Ulloa comendador de Ocaña en la Orden de Santiago. En su retiro gaditano escribió sobre el metal platino, el precioso metal que él fue el primero en traer a España en 1748. En efecto, Ulloa estuvo siempre, hasta el final de su vida, interesado en la platina, y con el fin de investigar un método de purificación para hacer el metal dúctil y maleable logró que se destinase a este propósito un Laboratorio Metalúrgico en el Gabinete de Historia Natural fundado por él, durante el reinado de Fernando VI, en 1752 en Madrid. Previamente, durante su periplo de espionaje industrial por Europa, Ulloa había ya gestionado en París la contratación del científico irlandés, nacionalizado español, Bowles, que inició sus investigaciones sobre la platina en 1753, si bien no las publicó hasta 1775 en su libro Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España. En esta obra, Bowles escribió una larga disertación sobre la platina, “que ha ocupado después a todos los mayores químicos de Europa, [...] para incitar a algún español a que examine esta singular materia [...] librándonos así de la tacha de ignorantes y descuidados en nuestras propias cosas”. Este mismo año, el malogrado Ramón María de Munibe, primogénito del conde de Peñaflorida, publicó en los Extractos de la Sociedad Vascongada de Amigos del País un ensayo sobre la platina en que recogió los conocimientos adquiridos en Europa sobre este elemento, también conocido como “oro blanco” y el “octavo metal”. Una fecha importante en la “edad de la platina” fue la del descubrimiento en 1786 en el Seminario Patriótico de Vergara de un método para su purificación por el químico Chavaneau, llegado de Francia en 1778, que dedicó su logro a Ulloa entregándole una placa de platino con la siguiente inscripción: “Al Excmo. Sr. don Antonio de Ulloa, el primero que trajo la platina a Europa en 1748, se la devuelve perfecta en 1786 don Francisco Chavano”. El éxito de Chavaneau motivó que fuera reclamado a Madrid por la Secretaría de Indias, donde Carlos III le encomendó una Cátedra de Mineralogía y le creó una Real Fábrica de Platina. Chavaneau llegó a Madrid en 1787 y fue generosamente retribuido, pues a su sueldo se añadió otro tanto en mérito a sus descubrimientos sobre la maleabilidad del platino. Con diligencia se inició la fabricación de utensilios de platino, y el conocido platero Alonso elaboró, entre otras piezas, un juego de cáliz, patena y cucharilla para el Rey y otro para el papa Pío VI. Durante su estancia en Madrid, que se prolongó hasta 1797, Chavaneau escribió el libro Elementos de Ciencias Naturales (1790) y se dedicó con ahínco a la purificación del platino, llegando a obtener distintas preparaciones que él creyó puras, pero que le desconcertaban porque mostraban propiedades enigmáticas; en realidad eran aleaciones del platino con los cinco metales de su grupo descubiertos más tarde (rutenio, rodio, paladio, osmio e iridio).
     La Secretaría de Indias requirió a Ulloa en 1787 para que emitiese su opinión sobre la situación de los yacimientos de Nueva Granada y el modo de explotar en ellos la platina. Al año siguiente, Ulloa cumplió el encargo y escribió Juicio sobre el metal platina, un brillante informe que se conserva en el Archivo del Palacio Real de Madrid. En este memorial, el científico ilustrado demuestra un amplio y profundo conocimiento sobre todo lo concerniente a la minería de la platina y su beneficio, así como sobre la naturaleza del metal y sus propiedades. Estimulado sin duda por el interés despertado por el platino, Antonio de Ulloa solicitó en 1787 al rey Carlos III como merced que las Leyes de Indias previenen a los que descubren nuevas minas de metales preciosos, “una renta fija para sí y para su posteridad [...] y juntamente algún distintivo honorífico que perpetúe esta honrosa memoria”, alegando como “servicio particularísimo haber sido el primero que trajo a España y dio noticia del metal de platina en el año 47”. En respuesta, el almirante fue informado en 1789, ya reinando Carlos IV, que “S. M. aprecia sus trabajos y servicios, pero no considera el descubrimiento de la platina de la clase que tratan las Leyes para descubridores de minas” (Manuel Losada Villasante, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Almirante Ulloa, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La calle Almirante Ulloa, al detalle:
Edificio de la calle Almirante Ulloa, 1