Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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lunes, 11 de diciembre de 2023

El edificio de la calle Viejos, 1

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el edificio de la calle Viejos, 1; de Sevilla.  
     El edificio de la calle Viejos, 1; se encuentra en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
        Casa de tres plantas y torreón en la esquina a calle Don Pedro Niño, construida a finales del siglo XVII para la familia de Gómez de Barreda. 
     Se ordena en torno a un patio central, insta­lándose las habitaciones en una crujía perime­tral. La crujía de fachada -más corta que las restantes-, además del zaguán de entrada, cuenta con una pieza pequeña que ocupa la esquina de la casa.
     El patio, porticado en tres de sus frentes, tiene arquerías de arcos semicirculares sobre columnas de mármol en planta baja y balcones separados por pilastras en la alta. Los balcones, con una curiosa ornamentación de molduras quebradas, se acotan, por arriba, por una imposta sobre la que apoya la segunda planta -de menor altura- resuelta con vanos adinterales.
     La escalera, de buen tamaño, con azulejos de cuerda del siglo XVIII en sus tabicas se sitúa en el ángulo izquierdo del patio.
     La corta anchura de la parcela no permite que el patio se instale de forma exenta, de manera que pudiera ser recorrido por las galerías en sus cuatro lados, y termina adosándose a la crujía lateral situada a su derecha.
     La fachada cuenta con una portada flanqueada por pilastras toscanas, que recoge el vuelo del balcón principal, decorada con yeserías en época posterior a la construcción de la casa. El torreón, cubierto a cuatro aguas, tiene dos huecos rectangulares en cada frente, decorados con molduras que dibujan un doble arco y pilastras en las esquinas.
     La casa ocupa en planta baja una superficie de 325 m2. La superficie total construida (excluyendo el patio) es de 900 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
Viejos, 1. Casa que perteneció a la familia de los Gómez de Barreda, construida a finales del siglo XVII. Consta de tres plantas, cuya portada, flanqueada por pilastras toscanas, se decoró más tarde con yeserías, al igual que el balcón. El patio tiene columnas en tres de sus lados con arcos semicirculares en la planta inferior, y balcones, separados por pilastras, en la segunda. La escalera tiene en las contrahuellas azulejos de cuerda, del siglo XVIII [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984]. 
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jueves, 23 de diciembre de 2021

Un paseo por la calle Amparo

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Amparo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Amparo es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo, y va de la plaza del Pozo Santo, a la confluencia de las calles Viriato, Aposentadores, y Madre María de la Purísima de la Cruz.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. 
     En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     No se conoce con exactitud ni la fecha en que se le asigna el nombre ni las razones del mismo, aunque tanto Álvarez-Benavides como Santiago Montoto lo relacionan convincentemente con la función caritativa del hospital de San Bernardo situado en la calle. Justino Matute afirma que antes de llamarse Amparo se llamó Vieja de San Andrés, y Álvarez-Benavides indica que ya en época árabe se conocía como Paso del Baño, por su proximidad a los baños que existieron en la actual Aposentadores. 
     También se conoció, al parecer, como Hospital de San Bernardo y Hospital de los Viejos. Ninguna de estas denominaciones está, sin embargo, suficientemente documentada, y es el plano de Olavide (1771) la primera referencia histórica clara del actual nombre de Amparo, que desde entonces ha mantenido sin alteración. Antes de Olavide sólo se encuentran alusiones muy imprecisas a la "calle que va al Hospital de los Viejos" o a la que "va desde el Pozo Santo hasta San Juan".
     Es de configuración sinuosa, con una curvatura más pronunciada a partir de la confluencia con Don Pedro Niño. Parten de ella, por la izquierda, ésta última y Viejos. Su pavimento actual, asfáltico, y con aceras muy estrechas de losetas, ha pasado históricamente por el habitual proceso de empedrado (al menos desde 1859) y sucesivos adoquinados y readoquinados (1876, 1907, 1923...). En 1906 se autorizó el tendido de cable de alta tensión, y en 1943 la instalación del alum­brado eléctrico, suministrado por farolas sobre brazos de fundición. Abundan en la calle las casas tradicionales sevillanas, algunas de carácter muy popular, fachada encaladas y en algún caso, como la núm. 6, con estructura interior de pequeño patio de vecindad. Otras son de reciente construcción, como la núm. 12, que aparece retranqueada, generando una especie de plaza privada con árboles y farolas. Buena parte de la acera izquierda está ocupada por la fachada del Hospital de San Bernardo, en particular la zona correspondiente a la iglesia del edificio. La casa núm. 20 es del s. XVIII.
     Amparo cumple funciones preferentemente residenciales, aunque posee pequeños comercios especializados, como una librería y un taller de encuadernación en la casa núm. 20 y otro de dorado en la núm. 9. Como nota curiosa del pasado, hay que reseñar informaciones de prensa del XIX sobre la existencia de casas de prostitución. Así El Porvenir del 28-VII-1857 escribe; "Nos dicen que hay una en la del Amparo con la agravante circunstancia de hallarse cerca de un colegio de enseñanza de niñas... Cuídese, pues, de vigilarla mucho... para que no continúen las diarias escenas que con disgusto de los vecinos se ven representar". Y dos días después: "Antes de anoche se disgustaron dos mujeres de las del honor desgraciado en uno de los colegios del placer que existen en la calle del Amparo". Otra información interesante, aportada por el poeta Juan Sierra, es que en el núm. 20 estaba la redacción de la importante revista ultraísta Grecia, dirigida por Isaac del Vando, quien tenía un negocio de antigüedades en la cercana Casa de los Artistas [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Amparo, 13. HOSPITAL DE LOS VIEJOS. Este Hospi­tal de San Bernardo o de los Viejos nació en el siglo XIV, y es la única fundación de este tipo que ha llegado hasta nuestros días.  
   El edificio, que apenas tiene interés, ocupa la manzana delimitada por las calles Amparo, Viriato y Viejos. Solamente la iglesia merece la atención. Es de una sola nave y el presbiterio se cubre con bóveda de nervadura. Su portada, en calle Amparo, es almohadillada, flanqueada por pilastras con sus correspondientes entablamentos, y remata en un frontón partido con pináculos que da paso a una ventana.
Amparo, 20Casa del siglo XVIII [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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La calle Amparo, al detalle:
El edificio de la calle Amparo, 20.

domingo, 7 de noviembre de 2021

La pintura "Descendimiento", del Tríptico del Calvario, de Frans Francken I, en la sala II del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Camino del Calvario", del Tríptico del Calvario, de Frans Francken I, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy, domingo 7 de noviembre, como todos los domingos, ha de considerarse como el día festivo primordial para la Iglesia. Es el primer día de cada semana, llamado día del Señor o domingo, en el que la Iglesia, según una tradición apostólica que tiene sus orígenes en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual.
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Descendimiento", del Tríptico del Calvario, de Frans Francken I, en la sala II, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala II del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Descendimiento", de Frans Francken I (1542-1616), siendo un óleo sobre tabla en estilo manierista de la escuela flamenca, pintado hacia 1585, con unas medidas de 2,85 x 2,83 m., y procedente del Hospital de las Bubas, de Sevilla, tras la Desamortización, en 1840.
     Monumental tríptico en el que en la tabla central se representa un Calvario en el que, además de Cristo crucificado, aparecen los dos ladrones, Dimas y Gestas, la Virgen, San Juan Evangelista y María Magdalena abrazada a la cruz. En las tablas laterales encontramos el Camino del Calvario y el Descendimiento. Finalmente, en el reverso de ambas escenas laterales se representan la Virgen con el Niño y San Bernardo (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Frans Francken I nació en Herenthal en 1542, siendo hijo del pintor Nicolás Francken y a su vez padre y abuelo de una larga dinastía de pintores que prolongó su apellido hasta muy avanzado el siglo XVII. Fue aprendiz de Frans Floris y obtuvo el título de maestro pintor en 1567 en Amberes, ciudad en la que desarrolló toda su actividad y en la que murió en 1616. Sus obras le acreditan como uno de los pintores más importantes en el desarrollo de la pintura flamenca en el último tercio del siglo XVI.
     El Museo de Sevilla conserva un magnífico y gran tríptico que procede del Hospital de las Bubas; en él se representa como tema central el Calvario y en las tablas laterales, a la izquierda el Camino del Calvario y el Descendimiento a la derecha. Además en el anverso de estas tablas laterales se encuentran representadas la Virgen con el Niño y San Bernardo respectivamente.
     Esta obra es uno de los trípticos del siglo XVI más importantes que se conservan en España. Sin embargo, hasta fechas relativamente recientes su autoría no estaba debidamente fijada, ya que desde 1800, cuando lo hiciera Ceán Bermúdez, venía siendo atribuida a Francisco Frutet. Este artista, que nunca ha existido, fue el resultado de una mala transcripción que debía de figurar en unos documentos consultados por Ceán en el Convento de la Merced de Sevilla. Dichos documentos mencionaban probablemente a Frans Floris como autor de un retablo pictórico allí existente. En efecto dicho retablo, que posteriormente fue adquirido por el museo de Bruselas en 1879 está firmado por Frans Floris, siendo por lo tanto posible que Ceán Bermúdez encontrase escrito "Francisco Frutet" como transcripción de Frans Floris, creando así un pintor inexistente.
     Ciertamente hay que pensar que en la Merced ya se conocía, aunque de forma imprecisa, al autor del tríptico porque cuando Ponz en 1876 visitó el convento cita en él, sin mencionarla una obra de "Juan Flores o Frutet". Adviértase como Ponz transcribe Juan de Frans, que el apellido Flores es una castellanización de Floris, ya que da la variante de Frutet que luego consagraría Ceán Bermúdez.
     Al mismo tiempo que Ceán Bermúdez creó la falsa personalidad de Frans o Frutet, realizó una serie de atribuciones a nombre de este pintor en un conjunto de obras de escuela flamenca de finales del siglo XVI. Y al encontrar en Sevilla este magnífico tríptico en el Hospital de las Bubas no dudó en atribuírselo también a su Frutet, atribución que ha durado prácticamente hasta nuestros días, en los que el profesor Bruyn en 1962 lo ha restituido a Frans Francken I, al encontrar que el estilo de las figuras del tríptico es totalmente coincidente con las que aparecen en otras obras de este artista, especialmente el Cristo Niño entre los doctores de la catedral de Amberes, firmado por Frans Francken en 1587. También por sus características de estilo señala que este tríptico del Museo de Sevilla puede haber sido ejecutado entre 1581 y 1585.
     De vuelta ya esta obra a su verdadero autor, hay que señalar sin embargo el buen ojo de Ceán Bermúdez, ya que aunque no acertó creando la personalidad de Frutet, sí se acercó a intuir la pertenencia de esta obra a la escuela flamenca de finales del siglo XVI. Tampoco hay que olvidar que Frans Francken I fue discípulo de Frans Floris y que por lo tanto posee un estilo que deriva de él, aspecto que disculpa en parte el error de Ceán Bermúdez (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del tema del Descendimiento y la Deposición de la Cruz;
EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ
A) El tema
     El Descendimiento de la cruz apareció en el arte cristiano en el siglo IX. La demora se explica porque se trata de un episodio puramente narrativo, sin importancia desde el punto de vista litúrgico, por eso fue postergado en beneficio de la Crucifixión y de la Resurrección.
     Esta escena está brevemente relatada en los cuatro Evangelios. Se dice en ellos que José de Arimatea, que había solicitado a Pilato permiso para retirar el cuerpo de Jesús, descendió el cadáver de la Cruz con la ayuda de Nicodemo.
     Los Evangelios apócrifos no agregan nada a los canónicos. Puesto que la Virgen y San Juan asistieron a la Crucifixión, se supone que permanecieron en el Calvario hasta el Descendimiento de la Cruz.
Los orígenes bizantinos
     El iconógrafo de Baden, Karl Künstle intentó probar que este tema había sido creado a finales del siglo X por los miniaturistas alemanes del scriptorium de Reichenau, a orillas del lago de Constanza. Esta tesis que no tuvo eco, no es más que una manifestación patriótica pueblerina. El motivo del Descendimiento de la Cruz, con todas sus variantes, es en realidad de origen bizantino.
     Un manuscrito griego de Florencia, iluminado en el siglo X, ya presenta la composición en su forma perfecta: «José de Arimatea sostiene el cuerpo de Cristo mientras Nicodemo arranca el clavo de la mano izquierda. El brazo derecho ya está desclavado y pendería inerte si la Virgen, en un  movimiento donde se unen la ternura y el respeto, no lo cogiese con las manos veladas y lo acercara a su boca. San Juan, inmóvil, expresa su dolor a la manera antigua, llevándose la mano a la cara".
     Una composición tan «evolucionada» no puede ser un punto de partida y es necesario remontarse hasta un prototipo sirio donde los personajes, de acuerdo con el Evangelio, están reducidos a tres: Jesús, José de Arimatea y Nicodemo.
     El Descendimiento de la Cruz del manuscrito bizantino de Florencia representa entonces una segunda o tercera «fase». Se comenzó por asociar a la Virgen y a San Juan con los dos «descendedores», pero sin hacerles desempeñar una función activa.
     La primera innovación, inspirada por los sermonarios místicos del siglo X, como el  de Jorge de Nicomedia, consistió en devolver a las manos de la Virgen el brazo desclavado de Cristo. En un fresco de Toqale, en Capadocia, la Virgen recibe y estrecha entre sus manos los dos brazos del cadáver de su Hijo.
     Todos esos rasgos vuelven a encontrarse en las obras francesas del siglo XII. Un capitel de la Daurade (Museo de Toulouse), los frescos de Vic (Indre) y de Liget (Indre et Loire) muestran a la Virgen sosteniendo un brazo de Jesús; en una vidriera de Chartres, sostiene los dos brazos. La única diferencia con los modelos bizantinos es que en el arte de Occidente las manos de la Virgen no están veladas.
     En este punto de la evolución, San Juan era el único personaje que seguía pasivo se limitaba a llorar, apoyando la cabeza inclinada sobre la palma de la mano. Como los dos brazos de Cristo estaban desclavados, se tuvo la idea de confiarle uno de ellos para que formara pareja con la Virgen. Estos dos personajes, que al principio eran espectadores, se convirtieron en actores y se integraron en la composición que de esa manera adquirió mayor unidad.
     En el bajorrelieve del claustro de Silos, en Castilla (1130), al igual que en el tímpano de Sainte Marie d' Oloron, San Juan, situado junto a Nicodemo, tiene un martillo en la mano.
El enriquecimiento del tema
     A finales de la Edad Media, por la influencia de las Meditaciones del Pseudo Buenaventura, y la puesta en escena de los autos sacramentales -salvo que los místicos y los directores escénicos de los Misterios se hayan inspirado en las obras de arte anteriores- el tema se enriqueció con rasgos nuevos.
     Se le reservó un lugar a la Magdalena, que abraza con fervor los pies Cristo tal como besara en casa de Simón los del Redentor vivo.
     El papel de los dos «descendedores», José de Arimatea y Nicodemo, fue establecido muy pronto, de acuerdo con las indicaciones de los evangelistas Marcos y Lucas, que califican a José, no sólo de hombre rico, sino de «ilustre consejero del sanedrín». Por ello, es siempre José de Arimatea quien tiene el privilegio de recibir el cuerpo de Cristo en sus brazos, al tiempo que su compañero, más humilde desclava la mano izquierda o los pies del Redentor. Este orden de prelación está muy bien marcado en el teatro de la Pasión. En un auto sacramental del siglo XIII Nicodemo se desdibuja con modestia ante aquél a quien considera su superior: «Señor José -dice- usted es el primogénito, vaya a la cabeza, yo voy a los pies." ¿Habrá que admitir, como se lo ha conjeturado, que el arte haya recibido este ordenamiento de la escena? Es muy dudoso, porque en el fresco románico de Vic en Berre que data del siglo XII, esta jerarquía ya se traduce muy claramente hasta en las ropas: José está majestuosamente cubierto por una larga toga senatorial, mientras que Nicodemo lleva la ropa corta de la gente del pueblo.
     La semejanza del arte con el teatro se explica entonces, en este como en otros casos, por una fuente común.
     Puede resumirse que en la mayoría de las obras figurativas de la Edad Media, la escena del Descendimiento de la Cruz, que el simbolismo prefigurativo vinculó con el Descolgamiento del rey de Aín decidido por Josué, se ordena de la siguiente manera:
     José de Arimatea y Nicodemo apoyan dos escaleras sobre el travesaño de la Cruz, y ascienden a ellas para extraer los clavos de las manos. Luego, mientras José sostiene el torso de Cristo, Nicodemo desciende y desclava  los pies.
     Por lo tanto, pueden diferenciarse dos operaciones: el Desclavamiento y el Descendimiento de la Cruz propiamente dicho.
     La Virgen besa la mano derecha inerte de su Hijo, salvo que se desmaye, como en el momento de la Crucifixión. Poco a poco, fue despojando a José de su envidiable privilegio: es ella quien recibe el cuerpo en sus brazos y acerca los labios al divino  rostro.
     Juan llora, inmóvil, al tiempo que la Magdalena besa apasionadamente los pies atormentados que lavara con sus lágrimas.
La iconografía de la Contrarreforma
     Pero este esquema clásico evolucionó en el transcurso de los siglos y son las variantes lo que interesa precisar, estudiando en primer lugar, los personajes; y en segundo, la  maniobra de las escaleras.
1. Los personajes
     En las realizaciones más antiguas, el número de personajes se reduce a tres: Cristo muerto, José de Arimatea y Nicodemo. José coge el torso inerte por el centro, Nicodemos arranca el clavo de los pies con una tenaza. José siempre está a la derecha de Cristo, y Nicodemo a la izquierda.
     Luego los personajes se multiplicaron. Se introdujo en la composición a la Virgen "que se eleva para recibir el cuerpo de Cristo entre sus brazos-, San Juan y la Magdalena. Se aumentó el número de los «descendedores», suministrando ayudantes a José y a Nicodemo.
2. La Cruz y las Escaleras
     Este aumento del «personal» empleado en desclavar y descender el cadáver se explica por la mayor elevación de la cruz y el número de escaleras.
     En las representaciones más antiguas de esta escena, la cruz es tan baja que una escalera resulta inútil (Codex Egberti, siglo X). Pero la cruz se vuelve cada vez más alta y sobre los brazos, simétricamente, a derecha e izquierda, se apoyan dos escaleras, de manera que la composición se inscribe en un triángulo.
     Después del Concilio de Trento, el arte de la Contrarreforma adoptó un nuevo ordenamiento cuyo creador es Daniel de Volterra (1541). El esquema triangular fue reemplazado por una composición con mayor movimiento en diagonal. Al mismo tiempo, la puesta en escena se complicó. En adelante se necesitarán cuatro escaleras para desclavar a Cristo: José y Nicodemo se hacen asistir por ayudantes, dos de los cuales se inclinan por encima de los brazos de la cruz. El «miguelangelismo» de Daniel de Volterra se traduce en la acentuación del contraste entre el cadáver inerte y los esfuerzos musculares de quienes lo descienden, que se arquean.
     El tema, largamente madurado, alcanzó su apogeo fuera de Italia, en la pintura barroca del siglo XVII, en los Países Bajos.
     En su célebre Tríptico de la catedral de Amberes (1614), Rubens supo conseguir un efecto prodigioso con el deslizamiento del cuerpo del Redentor que desciende sobre un sudario en los brazos de la Virgen, de la Magdalena y de san Juan, listos para recibirlo. Ese lienzo blanco ilumina la tela como una corriente de luz sobrenatural.­
     Con menor amplitud, pero con una emoción más penetrante, Rembrandt repitió el tema a su vez, en una pintura de 1633, que se encuentra en la Pinacoteca de Munich, y más aún en una admirable aguafuerte donde lo envuelve en el misterio del anochecer iluminado por el fulgor de las antorchas. Esta transposición en nocturno está de acuerdo con la liturgia, por otra parte, que sitúa el Descendimiento de la Cruz en la hora de vísperas.
     Cabe preguntarse si este constante perfeccionamiento de la puesta en escena señala, desde el punto de vista religioso, un verdadero progreso. El Descendimiento de la Cruz de Fra Angélico es, en su simplicidad, más conmovedor que el de Rubens. Sin duda puede reprocharse a los artistas primitivos la falta de destreza, y hasta la inverosimilitud de sus composiciones, que no tienen en cuenta las leyes del equilibrio y de la gravedad. Desclavar un cuerpo humano no es cosa fácil, y los dos voluntarios, benévolos e inexpertos, que lo hacen con una sola escalera, correrían el riesgo de recibir el cuerpo sobre la cabeza o derrumbarse bajo su peso que es visiblemente superior a sus fuerzas. Los pintores más sabios de los siglos XVI y comprenden mejor, evidentemente, los aspectos mecánicos del problema. La técnica adecuada para descolgar el cuerpo no tiene secretos para ellos; las cargas son mejor repartidas, y el equilibrio mejor asegurado; los porteadores, más numerosos ya no corren peligro de caer. En vez de ser desclavado por partes, el cuerpo se desliza sobre un paño para descender hasta el suelo sin golpearse.
     Todo es más satisfactorio para la razón ¿pero la emoción aumenta? Arrastrados y como embriagados por su virtuosismo, los pintores modernos parecen interesarse más en los músculos tensos de los porteadores -los mozos de cuerda, podría decirse- que en el cadáver inerte de Cristo. El Descendimiento de la Cruz para muchos de ellos ya no es más que un espectáculo bien reglamentado que les permite hacer valer sus conocimientos anatómicos y su ciencia de los escorzos.
   ¿Debemos concluir entonces que el arte no progresó sino a expensas del sentimiento religioso? 
LA DEPOSICIÓN DE LA CRUZ
     La Deposición no es, como suele creerse, sinónimo de Descendimiento  de la cruz. Se trata de dos acciones sucesivas que los iconógrafos cometen el error de confundir bajo el mismo nombre. La Deposición, hablando estrictamente, designa el segundo acto en que el cadáver desclavado del Redentor es extendido sobre la piedra de la Unción, antes de que comience la Lamentación.
     En el Descendimiento de la Cruz, el cadáver de Cristo está suspendido verticalmente; en la Deposición, está extendido horizontalmente al pie de la Cruz (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Descendimiento", del Tríptico del Calvario, de Frans Francken I, en la sala II del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la sala II del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 20 de agosto de 2020

La Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina), atribuida a Juan de Oviedo


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina), de Sevilla.
     Hoy, 20 de agosto, Memoria de San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, el cual, habiendo ingresado junto con treinta compañeros en el nuevo monasterio del Císter, fue después fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux, donde dirigió sabiamente, con la vida, la doctrina y el ejemplo, a los monjes por el camino de los mandamientos del Señor. Recorrió una y otra vez Europa para restablecer la paz y unidad e iluminó a toda la Iglesia con sus escritos y sus sabias exhortaciones, hasta que descansó en el Señor cerca de Langres, en Francia (1153) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina), de Sevilla.
     La Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina), se encuentra en la calle Amparo, 13; en el Barrio de la Encarnación - Regina, del Distrito Casco Antiguo.
   Entre las calles Amparo, Viriato y Viejos se conservan los restos del antiguo hospital de San Bernardo, conocido como el hospital de los Viejos, una de las primeras instituciones geriátricas de Europa, erigida en el silo XIV por la labor de varios sacerdotes que fueron anexionando casa con fin asistencial. Fue fundado en 1355 como “sustento y regalo de la venerable ancianidad y honrada vejez”. Dirigía la institución una hermandad compuesta de 30 sacerdotes naturales de Sevilla, de los cuales al menos 4 de ellos debían ser canónigos o prebendados de la Catedral. A finales del siglo XIV, la hermandad se fusionó con otra existente en la parroquia de San Juan de la Palma. Según las reglas establecidas para ser admitido en este hospital, hombres o mujeres, era necesario tener cumplidos los 60 años, ser natural de Sevilla, persona honrada y pobre vergonzante. Durante cinco siglos permaneció abierto el hospital, hasta su desaparición como tal en el siglo XIX. Se extinguió la institución pero el conjunto y su capilla se conservaron en un aceptable estado hasta comienzos de la década de los setenta, época en la que fue expoliado  el valioso retablo que presidía la capilla, una obra de arte que añadir a otras que se perdieron, como los cuadros de Juan de Roelas que se conservan en manos particulares. En la cercana iglesia de San Andrés permanece el lienzo que representa la Lactación mística de San Bernardo.
   La llegada al edificio de la primitiva hermandad de la Pastora de Santa Marina frenó el deterioro de la capilla. El resto del edificio, que apenas conserva parte de sus muros y de un patio interior, ha sido restaurado en los últimos años para convertirse en un centro de atención diurna.

   La capilla se sitúa en una de las esquinas del edificio, tradicionalmente atribuido al arquitecto Juan de Oviedo y de la Bandera (siglo XVIII). Tiene una portada manierista de dos cuerpos, con vano de acceso de medio punto en la parte baja, y vano adintelado enmarcado con frontón partido en la parte superior, una curiosa muestra de portada-ventana única en el arte sevillano. El interior presenta planta rectangular, estando formada por dos naves paralelas irregulares que conservan parte de una interesante armadura de madera. En la nave principal, donde se conservan algunos restos de la antigua bóveda de cubrimiento, se encuentra el retablo mayor diseñado por José Luis Asián Cano, de estilo manierista y realizado en el año 2001. En el camarín se sitúa la talla de la Divina Pastora de las Almas, atribuida tradicionalmente a Francisco Ruiz Gijón. Fue la primera representación escultórica de la aparición que tuvo el fraile capuchino fray Isidoro de Sevilla. Su hermandad nació en 1703, en la parroquia de San Gil, pero pronto alcanzó gran devoción en la parroquia de Santa Marina, donde tuvo capilla propia. Tras el incendio del templo mudéjar en 1936 pasó por varias iglesias, hasta asentarse definitivamente en esta capilla en 1992. En el ático del retablo se sitúa un lienzo moderno de San Miguel Arcángel realizado por Manuel Lobato.
   El templo presenta diversas obras en sus muros, destacando el primitivo lienzo de la Divina Pastora, en un retablo moderno de Asián, obra de comienzos del siglo XVIII atribuida tradicionalmente a Alonso Miguel de Tovar que ahora se considera realizada por Domingo Martínez. En otro retablo lateral se conserva el Santísimo Cristo del Amparo, obra moderna de Gamero Viñau que se encargó originalmente para una exposición sobre el Corpus de la Caja San Fernando. La talla académica de Santa Marina fue modelada por Palao Baños y policromada pro Berlanga.
   La hermandad ha contado a lo largo de su historia con notables hermanos e ilustres patronos. La familia real, con Felipe V a la cabeza, formó parte de su nómina durante su estancia en Sevilla durante el llamado Lustro Real (1729-1733). También recibió la hermandad a Fernando VII en 1823. De su larga historia conserva un interesante patrimonio en el que destaca el ajuar y los aderezos de la imagen, el célebre simpecado donado por el duque de Osuna, un regio ostensorio de plata, juego de varas y la cruz alzada con ornamentación de querubines que procesionan en la anual salida de la hermandad (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010). 
     La fundación de la entidad hospitalaria data de 1355 en que comenzó a funcionar en unas casas de la collación de Santa Catalina. En 1395 otra hermandad, que tenía un hospital con la advocación de San Bernardo en el mismo sitio que hoy ocupa, cedió a la primera sus casas, que se encontraban ruinosas por carecer de medios económicos para restaurarlas. Este grupo de casas se demolieron y en su lugar se construyó en el siglo XVI el edificio actual, cuya traza es atribuida, aunque sin confirmación documental, a Juan de Oviedo.
     El hospital estaba compuesto por las edificaciones que ocupan la manzana triangular, comprendida entre las calles Viejos, Amparo y Viriato, y, además, una casa que fue residencia del Administrador y sala de juntas, situada en la calle Viejos, frente al hospital, unida a ésta por un arquillo demolido después de la prohibición de 1852 y una galería subterránea que aún permanece.
     La entrada al hospital se hace por la calle Viejos a través de un patio triangular, y a la iglesia por la calle Amparo, donde se sitúa la portada, que muestra características cultas propias del XVI o principios del XVII. La Iglesia es de una sola nave, casi rectangular, con cabecera recia y con una capilla lateral situada a su derecha. Se cubre con techo raso hasta el espacio ocupado por el presbiterio, que cuenta con una bóveda de arco rebajado sostenida por herraduras ojivales de principios del XVI.
     El edificio tiene dos plantas, ocupa la manzana completa y sus trazas responden a los esque­mas de construcción sevillanas en donde los patrones responden a dos factores interrelacionados: el patio y las fachadas. El patio adopta una forma trapezoidal, con arquerías en dos de sus frentes, de arcos ligeramente rebajados sobre columnas corintias en su planta baja y galería cerrada con balcones en la planta superior. Está situado en segunda crujía respecto de las calles Viejos y Viriato.
     Las dependencias del hospital se distribuyen en torno a este patio, el de mayores dimensiones, y el triangular, al que ya nos referimos. El edificio cuenta con dos escaleras importantes situadas a un lado y otro de este último patio, que cumple las funciones de zaguán o compás.
     El hospital ocupa en planta baja una superficie de 693 m2. La superficie total construida en sus dos plantas es de 1.108 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
    Edificio atribuido a Juan de Oviedo, constituido en un antiguo solar dedicado a albergar ancianos desamparados, su fundación data de 1355. Ocupa toda una manzana entre las calles Viejos, Amparo y Viriato. Las estancias del Hospital se configuran en torno aun patio trapezoidal con arquerías en dos de sus frentes, columnas corintias en planta baja y galería cerrada en la planta alta a las que se acceden por dos escaleras situadas en un pequeño patio triangular que hace función de zaguán.
     La portada más interesante es la de la iglesia que responde a las formas manieristas de fines del XVI. La planta de la iglesia es rectangular de una nave y capilla lateral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Viejos, 2. HOSPITAL DE LOS VIEJOS. Este Hospital de San Bernardo o de los Viejos nació en el siglo XIV, y es la única fundación de este tipo que ha llegado hasta nuestros días. El edificio, que apenas tiene interés, ocupa la manzana delimitada por las calles Amparo, Viriato y Viejos. Solamente la iglesia merece la atención. Es de una sola nave y el presbiterio se cubre con bóveda de nervadura. Su portada, en calle Amparo, es almohadillada, flanqueada por pi­lastras con sus correspondientes entablamentos, y remata en un frontón partido con pináculos que da paso a una ventana [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia;
HISTORIA Y LEYENDA

   Monje borgoñón que en el siglo XII reformó la orden de los cistercienses. Su nombre de origen germánico (Bernhard) significa fuerte como un oso (Bär).
   Nacido en 1090 en Fontaine les Dijon, después de la muerte de su madre abandonó la casa paterna para entrar en la abadía del Cister (Citeaux). En 1115, arrastrando algunos monjes en la secesión, fundó el monasterio de Claraval (Clairvaux, Clara vallis: el valle claro), que gobernó hasta su muerte en 1153.
   Como los grandes abades de Cluny, fue uno de los más firmes apoyos del papado, a cuyo servicio puso toda su autoridad que era considerable en todo el mundo cristiano. Hizo campaña por el papa Inocencio II contra el antipapa Anacleto. En 1146 predicó la segunda cruzada sobre la acrópolis de Vézelay. Al año siguiente, en 1147, el papa Eugenio III asistió con él al capítulo general de Claraval.
   Era amigo del cisterciense inglés San Esteban Harding y del cisterciense irlandés San Malaquías quien murió en sus brazos en Claraval.
   Desde el punto de vista iconográfico, lo que debe recordarse de la acción que desarrolló, es sobre todo su devoción a la Virgen.
   San Bernardo fue uno de los más fervientes difusores del culto de María, de quien se llamaba el fiel capellán (Beatae Mariae capellanus) o el caballero sirviente. En su tratado De Laudibus Virginis celebra con efusión su maternidad virginal (gaudia matris habens cum virginitatis honore), aunque sin aceptar la doctrina de la Inmaculada Concepción, sin embargo. Se lo había motejado el citarista de la Virgen (citarista Mariae).
   Fue por su iniciativa que los cistercienses pusieron todas sus iglesias bajo la advocación de Nuestra Señora.
   En su sermón acerca de la Natividad de María, declaró que la Virgen es el acueducto por el que descienden hasta nosotros todas las aguas del cielo. La recomienda a los fieles como la mediadora más misericordiosa y la más poderosa. “Si la majestad divina os espanta, recurrid a María. El Hijo concederá a su Madre y el Padre concederá a su Hijo. Ella es la escala de los pecadores.”
   Durante toda la Edad Media, el nombre de San Bernardo permaneció indisolublemente unido al culto de la Virgen. Es por él que en la Divina Comedia (Paradiso, 31), Dante se hace introducir ante el trono de la Reina del Cielo. Si San Bernardo ha enriquecido de esa manera la iconografía de la Virgen, en cambio declaró la guerra al arte, especialmente a la escultura que consideraba como un lujo pernicioso que proscribió en las iglesias cistercienses. “Las obras de arte –decía- son ídolos que separan de Dios.” Desde este punto de vista la reforma de San Bernardo parece un anticipo de la reforma de Lutero y de Calvino, hostiles a las imágenes. Su Apología de Guillermo de San Teodoro, citada con tanta frecuencia, es una violenta invectiva contra el lujo insolente de los cluniacenses, que consideraba incompatible con la vida monástica.

   La leyenda que cristalizó muy pronto en torno a la brillante personalidad de San Bernardo, es rica en milagros que fueron popularizados por la Leyenda Dorada. Casi todos se reparten en dos series: las Tentaciones del demonio y las Apariciones de Cristo y de la Virgen.
   Se cuenta que había arrojado a su hermana al agua helada de un estanque para aplacar el ardor culpable de ésta, que le había inspirado deseos incestuosos.
   Según el Pèlerinage de la Vie humaine (Peregrinación de la Vida humana), compuesto hacia 1358 en imitación del Roman de la Rose por Guillaume de Guillerville, se habría cubierto con una armadura y guanteletes para imponerse la continencia y rechazar las tentaciones de una mujer “que estaba acostada en su cama, desnuda junto a él; no obstante cuando una vez hacía ella volvióse no sintió su tacto. Sus manos estaban tan enguantadas y armadas que ella creyó que él fuese hombre de hierro, del cual se alejó confusa, sin sobarlo.”
   La famosa Leyenda de los nueve versos de San Bernardo también se refiere a sus altercados con el demonio. Para conservar su ingenuo sabor, lo mejor es reproducir la versión original: “El diablo le dijo una vez que sabía nueve versos del Salterio y que aquel que los dijera una vez cada día no dejaría de conseguir la salvación. San Bernardo le preguntó cuáles eran esos nueve versos; pero el diablo no los quería decir. Entonces San Bernardo le respondió que el recitaría a diario del Salterio entero. A lo cual el diablo le dijo cuáles eran, para que no tuviese más mérito recitando todo el Salterio.”
   Las Apariciones de Cristo y de la Virgen son las que más inspiraron a los artistas.
   Un día en que San Bernardo estaba en adoración ante el crucifijo, Cristo, desclavando las manos, se inclinó sobre él y lo estrechó contra su pecho. Siguiendo la costumbre del plagio, tan frecuente en la literatura hagiográfica, los franciscanos atribuyen la misma visión mística a San Francisco de Asís (los dominicos han procedido exactamente de la misma manera con otro milagro de la leyenda de San Bernardo. Su madre habría soñado que paría un perro blanco que ladraba vigorosamente contra los enemigos de Dios. El mismo perro reaparece en el nacimiento de Santo Domingo, salvo que en vez de tener la túnica blanca de los cistercienses, la tenía con manchas blancas y negras, como los dominicos).
   Más ferviente aún era la devoción de San Bernardo hacia la Virgen. Por ello no resulta sorprendente que ella lo haya colmado de gracias. La Virgen no se limitó a aparecérsele, como a los otros santos, sino que habría humedecido sus labios con algunas gotas de la leche que alimentara al Niño Jesús. Es lo que se llama el milagro de la Lactancia.

   La escena había ocurrido en la iglesia de Saint Vorles, en Chatillon sur Seine, donde San Bernardo oraba ante una estatua de la Virgen amamantando al Niño Jesús. En el momento en que pronunciaba las palabras Monstra te esse matrem, la estatua se animó y la Virgen, apretándose un pecho, hizo saltar algunas gotas de leche sobre los labios de su adorador que estaban resecos a fuerza de haber cantado sus alabanzas. Según la tradición local de Chatillon, “Bernardo habría recibido leche no sólo encima de la boca sino sobre los ojos y la túnica, que se volvió blanca.”
   Esta leyenda mística, desconocida para el autor de la Leyenda Dorada, que se escribió por primera vez en un texto del siglo XIV, quizá sea, como tantas otras fábulas hagiográficas, la puesta en escena de una simple metáfora acerca de la elocuencia “dulce como la leche” de San Bernardo a quien habían motejado “Doctor melliflus”. La leche de la Virgen tiene aquí el papel de la miel depositada por las abejas sobre los labios de San Juan Crisóstomo y de San Ambrosio. San Bernardo era el caballero de la Virgen y se consideraba que su elocuencia tenía la dulzura de la leche. Combinando esos datos, un hagiógrafo ingenioso habría forjado el milagro de la Lactancia. El recuerdo de la Virgen mostrando a su Hijo los pechos que lo amamantaran, para interceder a favor de los pecadores en el Juicio Final, ha podido inspirar tanto a los hagiógrafos como a los artistas (el milagro de la Lactancia no permaneció mucho tiempo como el monopolio de San Bernardo. A causa de los plagios hagiográficos se volvió tan contagioso como la cefaloforia. Fueron gratificados con él San Agustín, San Fulberto de Chartres, Santo Domingo, San Alano de La Roche y Santa Catalina de Ricci).
   Como contrapartida, puede recordarse y consignarse aquí una leyenda que pusieron en circulación los adversarios de San Bernardo. Un monje del monasterio de Claraval lo habría visto aparecer en sueños con una mancha negra sobre el pecho, sobre la tetilla (ad mamillam pectoris). Dicha mancha era el castigo que se le había infligido por haber sostenido que la Virgen María no estaba exenta del pecado o de la mácula original.
   Entre las escenas de la vida de San Bernardo que presentan un carácter histórico, hay pocas que hayan llamado la atención de los artistas. Asombra, por ejemplo, que ni en la Edad Media ni en los tiempos modernos ni uno sólo se haya aplicado a evocar la predicación de la cruzada sobre la acrópolis de Vézelay.
   El episodio más popular es el papel que tuvo en Parthenay, en calidad de legado pontificio, para quebrar la rebelión de Guillermo de Aquitania, duque de Guyenne y conde del Poitou, que había tomado partido por el antipapa Anacleto, contra el papa Inocencio II.
   Después de haber celebrado la misa en la iglesia donde no podía entrar el duque excomulgado, San Bernardo habría avanzado hacia él presentándole la hostia consagrada: “He aquí el Hijo de la Virgen, el Jefe y el Señor de la Iglesia que viene a ti. He aquí a tu Juez, y tu alma estará pronto ante él.” Al oir esas palabras, el duque fue acometido por un terror tal que cayó al suelo soltando espuma por la boca como un loco furioso, sin poder articular ni una palabra. Sólo se pudo levantar cuando Bernardo lo hubo tocado con el pie. Entonces Guillermo de Aquitania, como duque de Guyenne y conde del Poitou, prometió reconocer a Inocencio II como auténtico y legítimo papa, y reinstalar a los obispos en la posesión de sus sedes episcopales y restituirles los bienes que les había confiscado.
   Después de esa sumisión, el duque se habría convertido en ermitaño para expiar sus pecados: habría llevado el resto de su vida un cilicio sobre el cual habría hecho remachar una armadura. Pero en este punto se vuelve a caer en la leyenda hagiográfica provocada por una confusión entre el duque Guillermo, padre de Leonor de Aquitania, y el ermitaño Guillermo de Maleval.
CULTO
   Canonizado en 1174, San Bernardo se convirtió naturalmente en uno de los patrones de Borgoña, su provincia natal.
   Su cuerpo fue colocado en 1178 en una magnífica tumba detrás del altar mayor de la iglesia  de Claraval. Una parte de su cabeza se conserva en el tesoro de la catedral de Troyes.
   Por la intermediación de la orden internacional  de los cistercienses, que enjambró en toda la cristiandad, su culto se difundió a gran distancia, sobre todo en Italia, en Chiaravalle, en España hasta Gibraltar y en Alemania, especialmente en las abadías cistercienses de Fürstfelfenbruck, en la Alta Baviera, y Altenberg, en Renania. Los cistercienses y las cistercienses, que en su honor se llamaron bernardinas no eran la única orden religiosa que se reclamaba de él, puesto que la orden de los templarios, monástica y militar a la vez, también había adoptado su regla.
   Además, era particularmente honrado por los apicultores y los fabricantes de cirios, a causa de su mote “Doctor melliflus”, que le había valido una colmena como atributo. Protege no sólo a los apicultores sino también a las abejas.
   En algunos pueblos de Borgoña era patrón de los viticultores. Sin embargo su figura no cuenta entre los santos populares.
ICONOGRAFÍA

   No existe ningún retrato natural del santo. Sus imágenes tardías no tienen valor documental alguno.
   Según sus contemporáneos, era delgado, espiritualizado por el ayuno y las austeridades. Era pelirrojo de cabellera y barba. Está representado como abad mitrado de la orden del Císter, envuelto en una cogulla blanca (alba cuculla) con el báculo abacial.
   Sus atributos son muy numerosos: un perro blanco en alusión a la visión de su madre, una colmena o un enjambre de abejas, que traduce su calificativo de Doctor melliflus, una mitra puesta en el suelo porque habría rechazado la dignidad episcopal por humildad (las tres mitras puestas en el suelo designan a San Bernardino de Siena), una hostia que le presenta al duque de Aquitania excomulgado, los Instrumentos de la Pasión que aprieta contra su corazón, porque decía que se había tejido un ramo con los sufrimientos de Cristo, una rueda porque forzó al diablo a reparar el eje roto de una carreta, y un demonio encadenado.
   A pesar de haber despreciado al arte “que aleja de Dios”, su iconografía es bastante rica (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Oviedo, a quien está atribuido la obra reseñada;
     Juan de Oviedo y de la Bandera, (Sevilla, 21 de mayo de 1565 – Bahía, Brasil, 25 de marzo 1625). Ingeniero militar, arquitecto, matemático y escultor.
     Se formó posiblemente con su padre, Juan de Oviedo y Fernández, y con el prestigioso imaginero Miguel Adán en Sevilla. Autor de los retablos de Azuaga (Badajoz, en 1588), Cazalla de la Sierra (1592) y el de la iglesia del Salvador en Sevilla, en 1601. Fue maestro mayor de construcciones y arquitectura en la provincia de León y posteriormente en Sevilla. Como arquitecto, llevó a cabo en esta última ciudad una amplia labor constructiva, realizando en la misma, entre otros, los templos San Benito, donde recurre a las columnas pareadas ya empleadas por el arquitecto milanés Vermondo Resta, y San Leandro, y los conventos de la Asunción (1615) y de la Encarnación de Belén. 
     Su obra más emblemática es la iglesia y el convento de Nuestra Señora de la Merced, actual Museo de Bellas Artes de Sevilla, comenzada en 1606 y terminada, en su parte más importante, en 1612. A él se debe, igualmente, el túmulo erigido en 1598, en la catedral sevillana al rey Felipe II (obra de las denominadas efímeras), elogiado por Cervantes, y en la que colaboró el famoso imaginero Martínez Montañés y más adelante, el correspondiente a la reina Margarita de Austria en 1611.
     Como ingeniero civil llevó a cabo las obras del encauzamiento del río Guadalquivir, estableciendo, para prevenir las riadas, un sistema de desagüe por husillos, obras para el abastecimiento de agua, y para la restauración de edificios, entre los que se encuentra el del propio ayuntamiento de la ciudad. 
   El contacto directo con personajes como el duque de Alcalá o el conde-duque de Olivares, le promocionan en la Corte, como ingeniero militar de la corona de España. Parece que era nombrado en 1600 Ingeniero del Rey, y en 1604 se encontraba en Sevilla, donde recibía instrucciones del ingeniero Tiburcio Spannochi (ingeniero mayor de las fortificaciones de los reinos de España). También a principios de siglo, era enviado a Almería para que estudiara sus fortificaciones. Resultaba que la ciudad había desbordado el perímetro defensivo construido a finales del siglo anterior, incluso la catedral se había construido fuera del recinto. Oviedo, para solucionar el problema, realizaba unas trazas e iniciaba las obras de unas nuevas murallas que englobaban las zonas extrarradio, e incorporaban a la vez las fortificaciones ya materializadas anteriormente.
     En el sur de España realizó numerosas obras de fortificación, fundamentalmente las torres vigías del litoral, de las que terminó o construyó cuarenta, poniendo en “estado de defensa” toda la costa de la baja Andalucía, así como los castillos de Puerto Real, el Puntal y Matagorda. Realizaciones determinas por el concejo sevillano, el cual, por intereses defensivos, le había encargado la dotación de construcciones militares y equipos de artillería en localizaciones estratégicas de la costa andaluza.
     En 1614, la corona le ordenaba la recuperación, restauración y fortificación de la plaza africana de La Marmora (Túnez) tras el ataque turco. Por otro lado, la actuación de Oviedo en Málaga no es fácil de concretar, pudiendo haber intervenido en las torres costeras y las defensas del muelle de Málaga preparando la visita de Felipe III. Su intervención en el antiguo reino de Granada sí está documentada. Más tarde, en 1621 visitaba la costa de Almería, informando al Consejo de Guerra de la necesidad de reparar la torre llamada de “La Garrucha”, en la citada costa.
     En marzo de 1621 presentaba un proyecto para la reparación de los daños sufridos en la costa almeriense, tras el ataque de los turcos, ofreciendo soluciones de mejora alternativas en sus informes. Posteriormente, reparaba y fortificaba el lienzo de muralla de la ciudad de Almería, para el que tuvo que trazar un tramo abaluartado completamente nuevo. Tanto el proyecto citado, como los informes, estaban relacionados con el Informe sobre la visita de Íñigo Briceño de la Cueva (capitán general de la costa del reino de Granada) a las fortificaciones de la costa del Reyno de Granada, fechado en Almería en marzo de 1621. Briceño iba acompañado de Juan de Oviedo, y en él mismo señala que “la planta del reducto y murallas desta ciudad de Almería ymbió a V.M. hecha por mandato del Jurado Juan de Oviedo […]”. También y con respecto a Níjar, señala Briceño que “El Casillo de Rodalquilar … de Don Fadrique de Bargas Manrique, … el qual tiene obligación a su reparo, como V.M. mandará ver, por la relación del Jurado Juan de Oviedo […]”. 
   Fuera de las fronteras andaluzas, de nuevo a las órdenes de Tiburcio Spanoqui, trabajaba en las fortificaciones de la cornisa cantábrica y de la frontera con Francia.
     En 1625, era nombrado ingeniero militar de la Armada de Felipe IV y asignado con 40 ducados a la flota del capital general don Fadrique Álvarez de Toledo Osorio, que partió hacia Brasil para recuperar Salvador de Bahía, ocupada por los holandeses. Oviedo partía con la misión de reconstruir y acrecentar las fortificaciones de Bahía una vez recuperada, pero murió antes de que se tomara. Cuando replanteaba una batería en el puesto de vanguardia de San Benito, recibió un cañonazo que le voló la pierna y murió desangrado en muy poco tiempo, a la edad de sesenta años.
     Trabajó también, como Cristóbal de Rojas, en la fortificación de Gibraltar y en la de Cádiz.
     Era caballero del Hábito de Montesa (1617), maestro mayor de Sevilla y “familiar” de la Inquisición (Juan Carrillo de Albornoz y Galbeño, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina), de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura de la Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina):
            De Domingos a Viernes: de 18:00 a 20:00.

Horario de Misas de la Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina):
            Domingos: 18:30.

Página web oficial de la Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina): No tiene

La Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina), al detalle:

sábado, 2 de mayo de 2020

La imagen de la Divina Pastora de Nuestras Almas, Emperatriz de Cielos y Tierra (de Santa Marina), en la Capilla del Hospital de los Viejos


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de la Divina Pastora de Nuestras Almas, Emperatriz de Cielos y Tierra (de Santa Marina), en la Capilla del Hospital de los Viejos, de Sevilla.
    Hoy, 2 de mayo (sábado anterior al IV Domingo de Pascua), es la Solemnidad Litúrgica de la Madre del Buen Pastor, fiesta instituida por S. S. Pio VI en 1795 gracias al empeño de los padres capuchinos, especialmente el Beato Diego José de Cádiz, que se celebra anualmente el sábado anterior a la dominica del Buen Pastor.
      Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la imagen de la Divina Pastora de Nuestras Almas, Emperatriz de Cielos y Tierra (de Santa Marina), en la Capilla del Hospital de los Viejos, de Sevilla.
     La Capilla del Hospital de San Bernardo, o de los Viejos (Capilla de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina), se encuentra en la calle Amparo, 13; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
      La  imagen  de  talla  de  la  Divina Pastora, es un icono celebérrimo, de incalculable significación religiosa, histórica e iconográfica, en razón de su primacía universal. Constituye el eslabón inicial de gigantesca cadena de copias, variantes y nuevas creaciones, esparcidas por Andalucía, España y por el mundo entero.
      Está realizada en madera de incorruptible ciprés hasta el busto, y el resto en madera de cedro. De tamaño natural (127 cms), en actitud sedente. Aunque está concebida para ser ataviada con ricas telas, es de talla completa, excepto la cabellera postiza, y los brazos articulados. Estos últimos también estofados y policromados, al igual que el resto del cuerpo. Dicho estofado, oculto bajo los ropajes superpuestos, es de grandes flores multicolores, simbolizando las virtudes y prerrogativas marianas, como así mismo, a la altura del pecho una gran cartela con un sol radiado, también estofado en oro, con el símbolo mariano.
      Posee un inefable rostro, de los más bellos en la escultura sevillana del Siglo XVIII, según el sentir de muchos tratadistas, en estos tres siglos de devoción pastoreña. Su cronología puede fecharse en torno a 1704-1705, pues fue bendecida el día de la Epifanía del Señor de 1705, en el antiguo Monasterio de las Madres Agustinas Ermitañas de la Encarnación, cuyo solar lo ocupa a día de hoy la actual Plaza de la Encarnación.
      Con respecto a su autor, los últimos estudios e investigaciones universitarias se decantan por considerarla obra de Francisco Antonio Ruiz de Gijón. El cual se cree, está enterrado en la Iglesia de Santa Marina, justo a los pies donde se encontraba el retablo de la Divina Pastora.
      Las manos también son muy hermosas, al igual que el rostro, jugando con refinamiento en postura y dedos, que acentúan su gracia femenil y sevillana.
      Se han llegado a descubrir hasta tres capas de policromías en el rostro, y siete en las manos, todas ellas de buena calidad. La actual, tanto en manos y rostro, de matiz cristalino y aporcelanado, parece ser obra de finales del Siglo XIX. En 1991-1992 el profesor Juan Manuel Miñarro López hizo una profunda restauración con criterio científico y conservador.
      Durante ella eliminó postizos interiores de escasa consistencia que formaban el cuerpo desde la cintura hasta los pies, y prolongó la talla desde el busto hasta los pies, completando e igualando la parte que le faltaba, extendiendo e igualando su rico estofado. Asimismo hizo una nueva base o peña de aspecto rocoso, para dejar mejor trabajada la figura del cordero que lleva a su diestra.
      Como complementos escultóricos además del citado cordero, que representa al mismo cristo Jesús, como Cordero de Dios y que permanece junto a la sagrada imagen permanentemente, hay dos ovejas más, una de menor tamaño, que mira al espectador con cierto descaro (es por ello llamado "el descarao") y otra la más grande de todas, en actitud de comer las hierbas del campo, el cual también tiene su gracioso apodo, "el comilón".

      Dichas ovejas, son todas ellas talladas en madera, doradas y estofadas en oro fino de la mejor calidad. Sin duda son el conjunto escultórico de tres ovejas que regaló a la corporación el Doctor Don Manuel Fernández Silva, Mayordomo de la Hermandad por los años de 1907.
      Igualmente existen tres ovejas más,la primera y más importante de ellas, es la que talló Francisco Antonio Ruiz de Gijón, junto a la Imagen de la Virgen, igualmente estofada y dorada en oro. Las otras dos, las más pequeñas del conjunto, una en pié y la otra sentada en el monte. Esta última realizada en porcelana y dorada. Donada por un devoto de la Santísima Virgen en 2005.
      Para diferenciar al Cordero Divino, que se sitúa junto a la Imagen de la Virgen, de las demás figuras oviles, tiene la particularidad de poseer los ojos de cristal en azul-celeste.
      Apenas ofrece explicación, y puede considerarse casi como milagroso, que esta efigie mariana escapara del incendio de su templo de Santa Marina en 1936. Quizá la reja de su capilla actuó como aislante, pero nunca hubiera podido impedir la entrada de cualquier insignificante chispa o pavesa, con las consecuencias imaginables. En cualquier caso la Divina Providencia dispuso la conservación de tan señero y sacrosanto Icono, gloria de Sevilla y del Mundo, para que ahora todos los pastoreños celebráramos llenos de gozo los trescientos años de su advocación (web oficial de la Hermandad de la Divina Pastora de Santa Marina).
      La Divina Pastora de Nuestras Almas, Emperatriz de Cielos y Tierra, titular de la hermandad de Gloria del mismo nombre, que poseía capilla propia en la iglesia de Santa Marina. Tiene un incalculable valor histórico e iconográfico, por haber sido la primera escultura de la Madre de Dios que se veneró en el universo con el traje y nombre de Pastora. Según las crónicas fue esculpida en 1705 por Bernardo Gijón, artista enigmático a quien la moderna investigación tiende a identificar con Francisco Antonio Gijón, autor del "Cachorro". Es de vestir, en postura sedente, y mide 1,27 m. Delicado semblante con mejillas arreboladas, resplandeciente de ternura, mostrando angélico candor y celestial belleza, no superada por ninguna de las innumerables copias que de tal advocación se han hecho. En realidad, puede decirse que responde a una concepción mística o supraterrena, puesto que la efigie fue encargada por el venerable padre Isidoro para representar plásticamente la inefable visión que él había recibido del cielo, como medio eficaz y segurísimo para hacer un amable apostolado de tipo popular. Difícil sintetizar la historia y prerrogativas de su hermandad, a la cual Felipe V acogió bajo su regio patrimonio, y que goza del excepcional privilegio de haber sido la primera corporación sevillana que votó defender con juramento la Asunción de Nuestra Señora (6-9-1903). También ha defendido la Realeza de la Virgen.
      Procesión en otoño, sobre bonito paso estilo rocalla, haciendo estación en varias iglesias y conventos.
      Orgullo de Sevilla y honra sublime de nuestro marianismo, la Divina Pastora de Santa Marina es uno de esos firmísimos puntales o valores que justifican que esta ciudad sea llamada "Tierra de María Santísima". Nada importa que la imagen ya no esté en su primitiva sede, pues frente a ella hay una calle, Divina Pastora, cuyo nombre dice más que cualquier testimonio. Además, la hermandad ha tenido el inteligente rasgo de incluir a Santa Marina como co-titular, en señal de respeto y continuidad histórica. El 13 de septiembre de 1992 se inauguró el nuevo santuario de calle Amparo, en el antiguo Hospital de los Viejos, que desde entonces actúa como un sentido foco de devoción popular. Entre otras piezas se guarda aquí el importante Simpecado donado por el Duque de Osuna, que hasta el siglo XIX sólo podía ser llevado, en nombre del Rey, por un Grande de España. El trabajo que los fieles realizaron para acondicionar la nueva capilla, es una empresa que ha asombrado al mundo cofradiero, y todo hace suponer que, a partir de ahora, la hermandad volverá a estar donde debe: en avanzada línea dentro del fecundo e inagotable marianismo hispalense. Durante el mismo año 1992, el prestigioso escultor Miñarro mejoró sensiblemente la imagen, al restaurar el maniquí (que forma una túnica interior tallada y estofada); sin embargo, respetó escrupulosamente la fisonomía de Nuestra Señora, para que siga siendo lo que es: No sólo la primera Pastora del mundo, sino también la más dulce, la más bonita y angélica. Rostro sublime de la Sevilla Eterna. Gracia pura y bendita, sobre la ciudad de la gracia (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).

Conozcamos mejor la Solemnidad Litúrgica de la Madre del Buen Pastor
     El ocho de septiembre de 1703, en la Alameda de Hércules hispalense, el Venerable Padre Fray Isidoro de Sevilla, capuchino, presentó al pueblo sevillano una novedosa y consoladora advocación mariana que, desde la Ciudad del Betis, como el más precioso tesoro que esta ciudad ha hecho a la Iglesia, había de arraigar en todo el orbe católico: la Divina Pastora. Indisolublemente unido al origen de este venerado título mariano está el de su Primitiva y Real Hermandad, que habría de ser el cauce escogido por el capuchino fundador para consolidarlo y difundirlo: arzobispos, reyes, nobles, junto al pueblo de Sevilla, la honrarían y se honrarían desde entonces al inscribirse en sus filas. En un principio, el Padre Isidoro escogió la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María como la memoria litúrgica más apropiada para conmemorar a la Divina Pastora: María, plenamente glorificada y coronada, ejerce su pastorado sobre el cuerpo místico de su Hijo.  Consciente de la ventaja de tener una fiesta propia, en 1781 el Beato Diego José de Cádiz terminó un Oficio entero de la Divina Pastora, que envió al Ministro Provincial, José Félix de Sevilla, para que lo presentara en el Capítulo General de 1782 y se acordase pedir su aprobación y uso a la Sagrada Congregación de Ritos. Pero la gestión quedó infructuosa. Seis años después, en 1788, habiendo repasado sus textos eucológicos, que componen un segundo Oficio, decidió presentarlos a la Sagrada Congregación de Ritos para su aprobación, acompañados de un documento postulatorio razonando la oportunidad de la nueva fiesta, para lo que buscó el apoyo regio, pero la muerte primero del Confesor del Rey y a continuación la de este mismo frustró sus proyectos. Habiendo de celebrarse en Roma Capítulo General de la Orden Capuchino en mayo de 1789, por lo que les hace llegar a los vocales de su Provincia de Andalucía el expediente completo. El Padre Definidor de Lengua Española, Nicolás de Bustillo, se encargó de gestionarlo ante la Santa Sede, pero el asunto se quedó estancado. Intentó de nuevo el Beato Diego conseguir el apoyo regio, que se presentaba casi indispensable, presentando un memorial a la Reina María Luisa, fechado en Ronda, el siete de junio de 1793, en el que amplió su petición: no sólo a los capuchinos, sino a todo el clero secular y regular de España. La Reina debió consultar con el Rey Carlos IV, su marido, y remitieron el expediente a su primer ministro Manuel Godoy, que lo pasó al Inquisidor General, Manuel Abad y Lasierra, para que diera su parecer, que aconsejó desestimar la petición.
      La actitud regia debió cambiar a raíz de su Memorial a Carlos IV de 1794, sobre los medios espirituales necesarios en la guerra entablada contra la Francia revolucionaria en 1793, que resultó favorable a España. Fue finalmente Pío VI Braschi el que por el rescripto del uno de agosto de 1795, gracias al impulso del Beato Fray Diego José de Cádiz como vemos, el segundo gran apóstol de la Pastora, concedió a los capuchinos de España una fiesta con Oficio y Misa propios como Patrona de sus misiones para la Segunda Dominica de Pascua titulada Bienaventurada Virgen María, Madre del Buen Pastor Jesucristo con rito doble mayor, a los que se les dio rápidamente el regium exequátur. Este Oficio fue ampliado, a instancias del P. Nicolás de Bustillo, entonces General de la Orden, por rescripto de Pío VII Chiaramonti de once de enero de 1806 con las lecciones del primero y tercer nocturno de maitines como también la misa, si no obra del Beato Diego sí dependiente de su doctrina, todo revisado por el Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos y por el Promotor de la Fe.  De los textos, sabemos que la oración colecta fue compuesta por el citado capuchino Nicolás de Bustillo, y las lecciones son de San Bernardo, y no de San Ildefonso o de San Antonino como en los textos del Beato Diego, y en 1817 se nos transmite una noticia de que los Oficios del Beato Diego están pendientes de aprobación en Roma desde 1796; quedan por lo tanto en el anonimato.

      Por decreto de diez de enero de 1801 el mismo Pío VII citado concedió al episcopado del Gran Ducado de Toscana para el primer domingo de mayo con el rito de doble mayor que se pudiera rezar de la Bienaventurada Virgen María con el título de Madre del Pastor Divino. Esta devoción había arraigado la devoción gracias a uno de los oradores capuchinos italianos más importantes de su época, el P. Claudio de la Pieve, que la había adquirido en un viaje suyo a España.  La súplica al Papa había sido dirigida el uno de diciembre de 1800 por el Obispo de Colle di Val di Elsa, provincia de Siena y diócesis sufragánea de Florencia, en representación de los obispos del Estado de Toscana, en acción de gracias por haberse librado del traumático azote napoleónico. El Oficio y misa propios presentados por el episcopado toscano fueron revisados también por el Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos y por el Promotor de la Fe, y se extendieron a casi todos los sitios que celebraban la fiesta, incluidos los capuchinos, que abandonaron los suyos. El Beato Pío IX Mastai Ferretti concedió la fiesta a muchas diócesis y congregaciones: a los alcantarinos de Nápoles por el Breve Omnibus de doce de junio de 1849, que fue extendida a petición de Fernando II Rey de las Dos Sicilias a todo su reino, fijándola en veintiuno de mayo; a las religiosas del Buen Pastor y a las benedictinas de Campo Marzio, en Roma, en 1859; al Obispado de Bagnoreggio, Italia, en 1860; a los de Linares y Guadalajara, Méjico, en 1861. Por decreto de ocho de enero de 1863 de la Sagrada Congregación de Ritos, con la anuencia del citado Beato Pío IX, tras petición firmada por diez cardenales, seis patriarcas, treinta arzobispos, noventa y cinco obispos, dieciocho generales de órdenes y congregaciones religiosas, nueve procuradores y tres comisarios apostólicos de otras tantas, fue establecido que se concediera esta fiesta con rito de doble mayor a todas las diócesis y familias religiosas que lo solicitaran, con los textos eucológicos toscanos. Entre las concesiones a partir de entonces podemos citar las siguientes: a los monasterios cistercienses de Francia en 1863; a la Diócesis de Alatri, Italia, en 1866; a los Misioneros de la Preciosísima Sangre para el primer viernes de junio; a los Mínimos para el primer domingo de octubre; a los Redentoristas y a las Religiosas del Buen Pastor para el tres de septiembre, pero con el Oficio de los capuchinos españoles; a los Euditas, que lo habían pedido en 1874, en 1895. No habiéndose instaurado la fiesta todavía en Sevilla, la cuna de la devoción, el presbítero José de la Fuente y Zabalegui, comisionado por el cabildo de oficiales del veintidós de mayo de 1875 de la Primitiva Hermandad de la Divina Pastora, dirigió una petición al Cabildo Catedral el dos de febrero de 1876 para que instara al Arzobispo lo solicitara de Roma.  Tras haber sido examinada la petición por la Diputación de Ceremonias, acordó el Cabildo elevarla al Cardenal Arzobispo de la Lastra y Cuesta para el domingo segundo después de Pascua con rito de doble de segunda clase. El prelado expidió sus letras para ello al Papa el ocho de abril de 1876. Pero menos de un mes después, el cinco de mayo, murió dicho cardenal, por lo que hubo de esperarse al plácet de su sucesor.  Habiendo tomado posesión su sucesor, Joaquín Lluch y Garriga, y obtenido de él el plácet, en este caso se extravió en Roma la petición citada, y fue preciso enviar un certificado de ella. El decreto fue expedido por fin el uno de febrero de 1878. Aunque se pidieron y fueron concedidos el Oficio y la misa de los capuchinos españoles aprobados en 1806, los textos que finalmente se instauraron fueron los toscanos. Por fin en 1882, se celebró el veintitrés de abril en Sevilla la Fiesta de la Madre del Divino Pastor, señalada en el II Domingo después de Pascua, con rito de segunda clase.  El veintinueve de octubre de 1885 el Procurador General de los Menores Capuchinos, Bruno de Vinay, a instancias del que hasta entonces había sido Comisario Apostólico de España, en nombre de sus súbditos, pidió al Papa la concesión a toda su Orden de la fiesta de la Madre del Pastor Divino para el segundo domingo después de Pascua con el rito mayor de segunda clase, con la misa y Oficio aprobados para los capuchinos españoles y de otras provincias. Fue aprobada la petición por rescripto de León XIII Pecci de diecinueve de noviembre de dicho año 1885, que el cuatro de diciembre de 1894 concedió a la Orden Capuchina, pero con el Oficio y misa de Toscana. En el actual Propio de la Diócesis de Sevilla, aprobado el diecisiete de junio de 1977 por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, está inserta como memoria libre para el sábado anterior al Domingo IV de Pascua, del Buen Pastor, La Bienaventurada Virgen María, Madre del Buen Pastor. Los textos eucológicos actuales se encuentran en el Misal Franciscano en español, aprobado por Decreto de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino el 17 de junio de 1980 para uso de las familias franciscanas hispanas (Prot. N. CD 892/79). 

      Éste señala para el sábado anterior al Domingo IV de Pascua para la Orden Capuchina la Fiesta de la Divina Pastora, Madre del Buen Pastor (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de la Divina Pastora de Nuestras Almas, Emperatriz de Cielos y Tierra (de Santa Marina), en la Capilla del Hospital de los Viejos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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