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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 13 de septiembre de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, Museo Casa Alpujarreña, y Ermita de San Antonio) de la localidad de Bubión, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, Museo Casa Alpujarreña, y Ermita de San Antonio) de la localidad de Bubión, en la provincia de Granada.
     Enclavado en el corazón de la Alpujarra, el municipio de Bubión cuelga del barranco de Poqueira, que desciende desde el pico Veleta de Sierra Nevada. Junto con las cercanas poblaciones de Pampaneira y Capileira ha sido declarado Conjunto Histórico Artístico. Su arquitectura es la propia de los poblados beréberes, paisaje de calles empinadas y viviendas escalonadas con tejados planos de pizarra y adaptadas a los escarpados perfiles del terreno.
     El máximo exponente del turismo rural es la Villa Turística, alojamiento construido por la Junta de Andalucía, desde el que los visitantes pueden iniciar rutas a pie, a caballo o en coche todo terreno. Su orientación hacia el mar Mediterráneo consigue que, incluso en invierno, sus temperaturas sean suaves. La arquitectura morisca, la tranquilidad y pureza de su ambiente y un agradable clima mediterráneo han hecho de Bubión un refugio de quienes buscan una manera alternativa de vivir.
     Región: Alpujarra y Valle de Lecrín
     Código Postal: 18412
     Distancia desde Granada: 78 Km
     Gentilicio: Bubioneros
     Acceder a su website: www.bubion.es (Diputación Provincial de Granada).
     Es una de las tres localidades que se emplazan en el Barranco del Poqueira. Si bien su origen es preislámico, se consolida como localidad en el período musulmán, cuando formaba parte de la tahá de Po­queira. De esta época conserva un torreón nazarí, baluarte de los seguidores de Abén Humeya, caudillo que lideró la sublevación de Las Alpujarras. De la etapa posterior a la conquista conserva la denominada Casa Alpujarreña, muy transformada, y sede de un museo de costumbres alpujarreñas (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Bubión se ubica al sur de Sierra Nevada, sobre la vertiente izquierda del Barranco de Poqueira. Estructuralmente su territorio forma parte del gran sinclinal alpino que separa las Sierras de Lújar y la Contraviesa de Sierra Nevada, conocido como Alpujarra. Los alrededores de su núcleo urbano, de complejo relieve, se hayan ocupados por un gran número de bancales cultivados. La mayor parte del término municipal está compuesto por parajes de gran belleza.
     El municipio de Bubión pertenece a la Demarcación Paisajística de las Alpujarras y el Valle de Lecrín.
     El asentamiento se sitúa en una ladera orientada al Sur-Sureste, en las estribaciones de la vertiente Sur de Sierra Nevada, dominando el profundo barranco que forma el Río Poqueira. Está enclavado en plena Comarca de las Alpujarras, rodeado de cultivos en terrazas. La edificación se desarrolla entre los 1.280-1.410 m. Como altitud significativa podemos señalar la de la Plaza de la Iglesia, aproximadamente a 1.295 m.
     El núcleo urbano posee forma irregular producto de un crecimiento apoyado en los caminos rurales. Los pequeños núcleos así constituidos se han unido, colmatándose los espacios intermedios entre ellos.
     Su trama urbana se adaptada a los importantes desniveles topográficos existentes, que llegan a tener una pendiente uniforme del 25-30 %. Las calles se desarrollan paralelas a las curvas de nivel, conectadas entre sí por otras perpendiculares con inclinaciones más acusadas. Todo ello hace que su estructura sea de forma irregular. Los crecimientos, como hemos dicho, se han  apoyados en los caminos agrícolas, por lo que existen importantes vacíos interiores ocupados por huertos. Las calles son estrechas, tortuosas y de amplitudes variables, y por supuesto en pendiente. La mayoría de ellas sólo son para peatones y animales de carga. También es importante la presencia de "adarves" y numerosos casos de calles que cruzan bajo edificios.
     La tipología residencial predominante responde a la vivienda tradicional de la Alpujarra con crujías perpendiculares o paralelas a fachada, según pendiente y cubiertas terminadas en los peculiares "terraos". Las alturas del caserío oscila entre una y dos plantas (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
Historia.-
     Los orígenes de Bubión se remontan posiblemente a la época de los romanos, pues en el siglo XIX se hallaron restos de enterramientos de esta civilización. No obstante, es con los árabes cuando alcanzó una mayor relevancia. Desde el siglo XIII el pueblo era la cabeza de la Taha de Poqueira, que abarcaba los pueblos de Capileira, Pampaneira, el mismo Bubión y el desaparecido poblado de Alguastar.
     Durante la sublevación de los moriscos sus habitantes se pusieron de lado del caudillo amotinado Fernando de Válor, 'Abén Humeya', pero fueron derrotados por Juan de Austria. Los moriscos fueron expulsados en su mayoría y el pueblo tuvo que ser repoblado con colonos de otros reinos españoles (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario.-

     Templo de una sola nave y capilla mayor, se cubre la nave con una armadura de madera y el presbiterio con bóveda baída. Se construye entre los años 1565 y 1568, siendo quemada en las revueltas moriscas y rehecha a principios del siglo XVII. Con posterioridad conoce otras reconstrucciones, siendo la última la realizada en el XIX, al quedar su estructura muy dañada por algunos terremotos registrados en la zona. Al ex­terior destaca una portada a los pies, realizada en ladrillo y abierta con un arco de medio punto con ménsula central y pilastras toscanas a ambos lados (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Es una iglesia con planta de cajón rectangular con entrada principal a sus pies y con acceso más reciente por la sacristía. 
     La nave cuenta con cuatro tramos según la disposición de las hornacinas laterales. La nave principal se cubre con armadura moderna y la capilla mayor de testero plano y bóveda vaída.
     Fundada en el siglo XVI aunque se reconstruyó en el XVII, fue destruida por los terremotos en el XIX, volviéndose a levantar la actual fábrica. En 1954 se reconstruyó la cubierta, según consta en el "Proyecto de reconstrucción de la Iglesia Parroquial de Bubión" conservado en el Archivo Parroquial de Capileira. En 1992 se volvió a consolidar su fábrica (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Construcción mudéjar del siglo XVI, se encuentra ubicada en la zona más baja del núcleo urbano, al borde del barranco y sobre el río. Junto a ella se conservan restos de un antiguo torreón nazarí (Diputación Provincial de Granada).

Museo Casa Alpujarreña.-
     Se trata de una casa típica de la comarca, alzada directamente sobre la piedra del subsuelo. Actualmente es un museo etnográfico que ofrece a los visitantes la posibilidad de adentrarse en las tradiciones alpujarreñas (Diputación Provincial de Granada).
     Ubicada en el corazón de la Alpujarra, la Casa Museo Alpujarreña de Bubión es una joya etnográfica que preserva la vida y las tradiciones de la región. Con más de 500 objetos, ofrece una inmersión única en la cultura rural de la zona, mostrando cómo se vivía en la Alpujarra hace siglos.
     Si de verdad quieres sumergirte en la cultura alpujarreña, no puedes dejar de visitar nuestra Casa Museo Alpujarreña, te sorprenderá. El precio de la entrada es solo de 1,80 € por persona, y de 1,50 € por persona para grupos a partir de 10 componentes (Ayuntamiento de Bubión).

Ermita de San Antonio.-
     La Ermita de San Antonio, está situada en el camino de la Ermita, margen derecho del barranco del Cerezo. Tras su derrumbamiento, la ermita estuvo en ruinas hasta el año 2006 en el que fue restaurada, abriendo nuevamente sus puertas a los vecinos de Bubión. Los bubioneros y buibioneras la recuerdan con mucho agrado, ya que en torno a la década de los años 40 los niños y niñas hacían la primera comunión y después lo celebraban con chocolate y buñuelos. Las últimas comuniones que se celebraron en ella fueron en 1.953.
     Actualmente, en la ermita se encuentran las imágenes de San Antonio y San Sebastián (Ayuntamiento de Bubión).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, Museo Casa Alpujarreña, y Ermita de San Antonio) de la localidad de Bubión, en la provincia de Granada. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia granadina.

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viernes, 11 de septiembre de 2026

El relieve con el Escudo de Carlos III, en la Sala VI (antigua Trasacristía) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relieve con el Escudo de Carlos III, en la Sala VI (antigua Trasacristía) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.      
     Hoy, 11 de septiembre, es el aniversario (11 de septiembre de 1759) de la proclamación como rey de España, de Carlos III, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el relieve con el Escudo de Carlos III, en la Sala VI (antigua Trasacristía) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Sala VI (antigua Trasacristía) podemos contemplar el Escudo de Carlos III, obra probable del taller de Cayetano de Acosta, realizado en 1767, en mármol, con motivo de la expulsión de los Jesuitas para sustituir a los escudos de la orden.
     El escudo es el siguiente: Armas de la dinastía de Carlos III de España, con collar de la Orden del Toisón y Collar Gran Cruz de la Orden de San Carlos: Partido de uno y cortado de dos: I: En campo de oro, cuatro palos de gules, que es de Aragón moderno, partido de Sicilia que trae, jefe y punta de oro y cuatro bastones de gules, flancos de plata y un águila de sable, coronada, de oro, picada y membrada de gules. II: En campo de gules, una faja, de plata, partido de Borgoña moderna que trae, de azur, sembrado de flores de lis de oro y bordura componada de plata y gules. III: En campo de oro, seis flores de lis de azur, una, dos, dos, una, que es de los Farnesio o ducado de Parma. IV: En campo de oro, cinco roeles o bolas de gules que es de los Médicis, y un tortillo de azur en jefe, cargado de tres flores de lis de oro de oro, que es del ducado de Toscana. V: Bandado de oro y azur con la bordura de gules, que es de Borgoña antigua. VI: En campo de sable, un león de oro, coronado de lo mismo, lampasado y armado de gules, que es de Flandes. Entado en punta, de oro y un león de sable, armado y lampasado de gules, que es de Flandes, partido del Tirol que carga, en plata una águila de gules, coronada, picada y membrada de oro, cargado el pecho de un creciente trebolado de lo mismo.
     Sobre el todo, escudete cuartelado en cruz: 1º y 4º de gules y un castillo de oro, almenado de tres almenas, mazonado de sable y aclarado de azur, que es de Castilla; 2º y 3º de plata y un león de gules, coronado de oro, lampasado y armado de lo mismo que es de León, entado en punta de Granada, que trae de plata, una granada al natural, rajada de gules, tallada y hojada de dos hojas de sinople.
     Sobre el todo del todo, escudete oval de azur con tres flores de lis de oro y bordura de gules, que es de la Casa de Borbón-Anjou.
     Escusón timbrado con corona real, y en derredor de él, el collar del Toisón de Oro y el de la Orden de Carlos III.
Conozcamos mejor la Biografía de Carlos III, personaje por el que se conoce el monumento reseñado;
     Carlos III (Madrid, 20 de enero de 1716 – 14 de diciembre de 1788). Rey de Nápoles y de España.
     Nació el infante don Carlos entre las tres y las cua­tro de la madrugada del 20 de enero de 1716, en el viejo Alcázar de Madrid. Era hijo de Felipe V (1683-1746) y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio (1692-1766). El bautizo público y solemne tuvo lugar cinco días después, el 25 de enero de 1716, en el Real Monasterio de los Jerónimos, oficiado por el arzobispo de Toledo, Francisco Valero y Losa. El primogénito de Isabel de Farnesio llegaba al mundo con la todavía reciente paz, alcanzada tras la Guerra de Sucesión a la Corona de España, y, a las pocas sema­nas de la muerte, en Versalles, el 1 de septiembre de 1715, de su poderoso bisabuelo, Luis XIV de Fran­cia. Sin embargo, aunque era hijo de reyes, nada hacía presagiar que reinaría en España. En la línea de suce­sión al trono le precedían dos hermanos, Luis (1707-1724) y Fernando (1713-1759), hijos de la primera esposa de su padre, María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714). Viudo Felipe V a los treinta y un años, el 14 de febrero de 1714, después de trece de matri­monio, contraería nuevas nupcias apenas siete meses después, el 16 de septiembre de 1714, con Isabel de Farnesio, hija única de Eduardo III, duque de Parma, y de Dorotea Sofía, condesa palatina del Rin y du­quesa de Baviera.
     Desde un principio, Isabel de Farnesio impulsó una compleja política dinástica, dirigida a evitar que su primogénito fuese un infante sin herencia. Contaba, para ello, con sus derechos sucesorios, aunque incier­tos, como miembro perteneciente a dos poderosos linajes italianos, entonces en vías de extinción: el de los Farnesio y el de los Medici. Como hija y única here­dera de Eduardo III, fallecido en 1693, aspiraba a la sucesión en los ducados de Parma y Piacenza (Plasen­cia), cuyo titular era su tío, el duque Francisco, pero cuyo heredero, su hermano Antonio, padecía una monstruosa obesidad, no siendo previsible, ni que disfrutase de una larga vida, ni que tuviese sucesión. Más lejanos eran sus derechos sucesorios al Gran Du­cado de Toscana, a pesar de que Cosme III de Medici, al morir sin descendencia su primogénito Fernando, y no tener esperanzas de que su segundogénito, Juan Gastón, consiguiera descendencia, se mostrase favo­rable a que le sucediese un hijo del Monarca español. Y ello porque Isabel de Farnesio era hija del primogé­nito descendiente de Margarita de Medici, hermana del padre del gran duque, Cosme III.
     Siendo costumbre en la Corte de España que los infantes estuviesen, hasta los siete años, a cargo de mujeres, no siéndoles puesto cuarto separado y ser­vicio de hombres hasta cumplir dicha edad, a los tres días de nacer el infante don Carlos recibió su nombramiento la aya, María Antonia de Salcedo, mar­quesa de Montehermoso. La tarea de enseñarle a leer y a escribir correspondió a su maestro, el francés Joseph Arnaud, junto con el padre Ignacio Laubru­sel y el padre Saverio de la Conca, maestro de Mo­ral, desde 1723. Al comunicar su alumbramiento, la Gazeta de Madrid de 21 de enero de 1716 destacó que el infante recién nacido era robusto de cuerpo. Una excelente salud sería, desde luego, principal ca­racterística del futuro Rey. También fue calificado, entonces, de hermoso. Su más destacado biógrafo, Carlos José Gutiérrez de los Ríos, VI conde de Fer­nán-Núñez (1742-1795), que fue su gentilhombre de cámara con ejercicio entre 1764 y 1772, precisa, a este respecto, que “había sido en su niñez muy ru­bio, hermoso y blanco”. Con el paso del tiempo, su rostro perdería la armonía, con el desarrollo de una muy prominente y distintiva nariz, y su tez se ha­ría muy morena, como consecuencia del ejercicio de la caza, hasta el punto de que, sin camisa, “parecía que sobre un cuerpo de marfil se había colocado una cabeza y unas manos de pórfido”. Muy niño aún, el infante don Carlos acompañaría a su padre, y a su hermano Fernando, en una primera cacería real, que tuvo lugar en El Escorial, el 23 de noviembre de 1722. Pronto comenzó, por tanto, su inquebran­table afición cinegética.
     Cumplidos ya los siete años de edad, el 1 de agosto de 1723, al frente de su cuarto personal fue colocado, como ayo, el duque de San Pedro, y, como te­niente de ayo, Francisco Antonio de Aguirre, hijo de la marquesa de Montehermoso. Junto al aprendizaje de las primeras letras, comenzaron a serle imparti­das otras materias: Geografía, Cronología, Historia General y Sagrada, Historia de España y de Francia, Táctica Militar y Náutica. Bien dotado para los idio­mas, además del castellano, llegó a hablar el francés y tres dialectos italianos (florentino, lombardo y na­politano), y a escribir en latín. Después de casado, en Nápoles, para complacer a la reina María Amalia, aprendería algo de alemán. La educación cortesana también incluía la equitación y el baile, y, en general, la música. Por esta última, en cambio, nunca sintió inclinación alguna. Siempre mostró, por el contra­rio, gran habilidad e interés por los oficios manua­les (la relojería, la imprenta), y por los juegos, como el billar. Supo manejar el torno, llegando a fabricar diversos objetos personales, como el puño de su bas­tón. Destacó, asimismo, en el estudio de la Geome­tría y las Matemáticas, por su afición a las flores y los árboles, y por sus conocimientos de táctica militar y de fortificaciones.
     En marzo de 1724, tras el fallecimiento del gran duque de Toscana, Cosme III, fue reconocida la investidura eventual de don Carlos sobre dicho ducado, en virtud de los acuerdos de la Cuádruple Alianza (de 1718, entre Austria, Francia, Inglaterra y Holanda, para vigilar el cumplimiento, por España, del Tratado de Utrecht de 1713), por parte del emperador aus­tríaco, Carlos VI. También por aquellas fechas se pro­dujo un doloroso acontecimiento, directamente favo­rable para sus expectativas sucesorias, en este caso, en España. Felipe V había abdicado en favor de su her­manastro, Luis I, el 10 de enero de 1724, retirándose al recién construido palacio de San Ildefonso. Una decisión sorprendente, incluso dentro de los círculos cortesanos y diplomáticos, que no resultaría defini­tiva. Al fallecer Luis I, víctima de la viruela, el 31 de agosto, apenas transcurridos ocho meses, en el que sería bautizado después como reinado relámpago, Fe­lipe V resolvió retornar al trono, y no que le sucediese el segundogénito de su matrimonio con María Luisa de Saboya, el infante don Fernando. Mientras tanto, la Familia Real iba haciéndose más numerosa, puesto que Isabel de Farnesio daría a luz siete veces: Fran­cisco, en 1717, que sólo sobreviviría un mes; María Ana Victoria, el 31 de marzo de 1718, que llegaría a ser reina de Portugal, al casarse con José I; Felipe, el 15 de marzo de 1720, que contraería matrimonio, en 1739, con Luisa Isabel, primogénita de Luis XV de Francia, y que terminaría como duque de Parma, Plasencia y Guastalla, y cabeza de una nueva rama rei­nante, los Borbón-Parma, de la extensa familia bor­bónica; María Teresa, el 11 de junio de 1726, que llegaría a desposarse con el delfín de Francia; Luis An­tonio, el 25 de julio de 1727, consagrado a la Iglesia, arzobispo de Toledo (1735) y cardenal (1741), una carrera que abandonaría, empero, para instalarse en la Corte, en 1754, y casarse morganáticamente con María Teresa Villabriga y Rozas, hija del conde de Torreseca, en 1776, lo que le alejaría del ya rey Car­los III, quien le obligó a residir en la villa abulense de Arenas de San Pedro; y, por último, el 17 de noviem­bre de 1729, María Antonia Fernanda, que obtendría el título de reina de Cerdeña al enlazar con Víctor Amadeo II de Saboya, en 1750.
     En 1728, cuando fray Jerónimo Benito Feijoo rea­lizó su primer viaje a la Corte, para presentar el se­gundo tomo de su Teatro Crítico Universal, don Car­los, apenas un adolescente de doce años, le recibió en audiencia. El encuentro dejó patente huella en Feijoo, puesto que, en sus Cartas eruditas y curio­sas (la número XXV), comenzadas a publicar desde 1742, no dejó de anotar un comentario sobre el ca­rácter firme del infante, en el que había podido “ob­servar mal avenida la apacibilidad del semblante con el rigor de la sentencia”. Con trece años de edad, en enero de 1729, acompañaría a sus padres en un viaje a Badajoz, cuyo destino era celebrar los despo­sorios de su hermana María Ana con José, príncipe del Brasil y heredero de la Corona de Portugal, y del infante Fernando, príncipe de Asturias y futuro Fer­nando VI, con Bárbara de Braganza (1711-1758), hija de Juan V de Portugal. Desde Extremadura, la Corte española no regresó a Madrid, sino que se en­caminó hacia Andalucía, donde habría de permanecer aproximadamente un lustro. Aunque la excusa oficial era visitar la flota de las Indias, lo cierto es que Isabel de Farnesio quería distraer al Rey de sus ataques de melancolía, y aliviar sus desarreglos mentales. A Se­villa llegarían el 3 de febrero de 1729, alojándose en los Reales Alcázares. Precisamente en la capital his­palense fue firmado el tratado de 9 de noviembre de 1729, entre Inglaterra, Francia, Holanda y España, que expresamente reconocía los derechos sucesorios de don Carlos a los ducados de Parma y Plasencia. En este estado de cosas, diplomático, político y militar, el día en el que el infante don Carlos cumplía quince años, el 20 de enero de 1731, falleció sin descenden­cia el duque de Parma, Antonio de Farnesio. Su hora había sonado. En Sevilla, la Corte aprestó la ceremo­nia de solemne despedida del joven Soberano para el 20 de octubre de 1731. Contaba con Casa propia desde el 10 de octubre, al frente de la cual, como ayo y mayordomo mayor, estaba Antonio de Benavides, conde de Santisteban del Puerto, del que dependían más de sesenta servidores, entre ellos, como gentil­hombre de cámara, José Miranda, duque de Arion, y futuro duque de Losada. La comitiva recorrió los pueblos y ciudades de España, y la costa mediterrá­nea francesa, durante casi dos meses. En el puerto de Antibes le esperaba una poderosa escuadra anglo-es­pañola, bajo el mando conjunto del almirante Carlos Wagger y de Esteban Mari Centurione, marqués de Mari. Se hizo a la mar el 23 de diciembre, desembar­cando en el puerto de Livorno (Liorna) el 26 de di­ciembre de 1731. El infante don Carlos pisaba tierra italiana, y, con casi dieciséis años, concluía su infancia y adolescencia políticas.
     Por medio de la Convención de Florencia, de 25 de julio de 1731, José Patiño, secretario de Estado y del Despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias, y Juan Bautista de Orendain, secretario del Despacho de Estado, habían conseguido que el gran duque de Toscana, Juan Gastón de Medici, reconociese como príncipe heredero al infante don Carlos. Por eso, cuando entró en Florencia, el 9 de marzo de 1732, fue recibido por la Electriz Palatina viuda, Ana Luisa María, hermana de Juan Gastón, quien, enfermo en la cama, no permitió simbólicamente que le besara pri­mero la mano, en señal de reconocimiento. En Pisa conoció a Bernardo Tanucci (1698-1783), lector de Derecho Público en la Universidad y asesor de los tri­bunales, a quien Felipe V nombraría asesor de cámara del infante don Carlos, y que éste, convertido aquél en su mentor y confidente, distinguiría con una rela­ción de particular amistad, que culminaría con su de­signación como ministro de Gracia y Justicia, y de Es­tado, en Nápoles, la concesión del título de marqués, y el de regente del reino napolitano durante la mino­ría de edad de su hijo, Fernando I. Seis meses después de su llegada a Florencia, el 6 de septiembre de 1732, el infante don Carlos partió para la ciudad de Parma, a fin de tomar allí posesión de los ducados de Parma y Plasencia, que estaban gobernados, en su nombre, por la duquesa Dorotea de Neoburgo, abuela ma­terna y tutora suya. La entrada solemne tuvo lugar el 9 de septiembre, haciendo lo mismo en el ducado de Plasencia el 22 de octubre de 1732.
     Como consecuencia de una nueva Guerra de Su­cesión, ahora de Polonia (1733-1735), la península italiana se habría de convertir, muy pronto, en es­cenario bélico. Con ocasión de la misma, Felipe V y Luis XV suscribieron el Primer Pacto de Familia, en El Escorial, el 7 de noviembre de 1733. Con die­ciocho años, el 20 de enero de 1734, el infante don Carlos fue declarado generalísimo de los ejércitos es­pañoles en Italia, bajo la asistencia efectiva del recon­quistador de la plaza de Orán, José Carrillo de Albor­noz, III conde de Montemar. En febrero de 1734, las tropas borbónicas se encaminaron hacia Florencia, y después a Nápoles. Encabezando a los representantes napolitanos, el príncipe de Centola, el 9 de abril, hizo entrega de las llaves de la ciudad a don Carlos, quien, a su vez, proclamó a su padre como Monarca de aquel reino. Por su parte, Felipe V cedió solemnemente a su hijo, el 30 de abril de 1734, el reino conquistado de Nápoles, contando con el favor y aceptación del pueblo. Y ello, en teoría, porque el joven rey Carlos reunía en su persona los derechos sucesorios históri­cos de Fernando el Católico y de Luis XII de Francia, lo que significaba poner término formal a más de dos siglos de sometimiento, desde 1504, ora a España, ora a Austria. La entrada triunfal en la ciudad de Nápoles tuvo lugar el 10 de mayo de 1734, siendo multitudi­nario el recibimiento del pueblo, que prefería un Rey considerado propio, y no a simples virreyes enviados desde Madrid o Viena. Una vez conquistada la isla de Sicilia, en Palermo, el 3 de julio de 1735, en su igle­sia catedral, fue coronado rey de Nápoles y de Sicilia. Nacía una Monarquía independiente, el reino de las Dos Sicilias, en la que su titular, Carlos VII de Nápo­les y V de Sicilia, contaba sólo con diecinueve años.
     Durante los veinticinco años, entre 1734 y 1759, que Carlos fue rey de las Dos Sicilias, que le proporcionaron, por otro lado, una experiencia decisiva para su posterior labor de Rey en España, mantuvieron su autonomía ambos reinos, junto con sus respectivas leyes, instituciones y privilegios. Un reinado, el suyo, que ha sido considerado como el punto de partida de la historia moderna en la Italia meridional. Aunque Nápoles fue elegida como capital del nuevo reino, Car­los III (también así conocido en tierras napolitanas) se mostró siempre atento a los problemas de gobierno en Sicilia. Prueba de ello fue su protección a los co­merciantes sicilianos, su decidida lucha contra el bandidaje, la provisión en sus naturales de los beneficios abaciales y episcopales, la construcción del Instituto del Buen Pastor, destinado a ejercer la caridad con los niños desamparados, o su respeto hacia el Parlamento de Sicilia. En el reino de Nápoles no había Inquisi­ción, pero el feudalismo poseía gran fuerza, frente a un poder central debilitado. La Iglesia, rica y pode­rosa, veía acrecentada su influencia por la proximidad de la Corte pontificia. La triple inmunidad (personal, local o derecho de asilo, y real o amortización) de los eclesiásticos generaba continuos conflictos de jurisdic­ción, acogiéndose a lugar sagrado miles de delincuen­tes. De ahí que un primer éxito del rey Carlos fuese el Concordato de 1741, concluido con el papa Bene­dicto XIV, que permitió contener algo dichos excesos, reducir el número de conventos, y controlar la asigna­ción de beneficios eclesiásticos. Menos afortunada fue su política de limitar, en 1738, las jurisdicciones de los numerosos señores feudales (barones) existentes. Cuantiosas sumas de dinero fueron gastadas, en 1736, para hacer más seguro y capaz el puerto de Nápoles, y la capital se benefició de la incontestable vocación edilicia y constructora del Monarca, bajo la dirección del arquitecto Luigi Vanvitelli. Entre los edificios pú­blicos destacaron el teatro de San Carlos y el hospicio (Albergo dei Poveri). Y, entre los palacios reales, los de Capodimonte, Portici y Caserta. También fomentó el comercio y algunas industrias (de cerámica, vidrio, armas, tejidos), e impulsó los primeros trabajos de es­tablecimiento del catastro. Sin olvidar su permiso a los judíos, otorgado por un edicto de 13 de febrero de 1739, para retornar al reino de Nápoles, de donde habían sido expulsados por Carlos V, pese a que su­pondría un fracaso, puesto que fueron pocos los que se acogieron a tal medida, revocada en 1742. El pro­grama reformista alentado por el rey Carlos no tuvo adecuada expresión, pese a todo, en el Código caro­lino, una magna recopilación legislativa promulgada, con limitados alcances, en 1749.
     Obediente siempre a sus progenitores, don Carlos dejó en sus manos la elección de esposa. La elegida, joven y católica, fue María Amalia Walburga (1724-1760), hija primogénita de Federico Augusto III, elec­tor de Sajonia y rey de Polonia, y de la archiduquesa austríaca María Josefa, hija, a su vez, del emperador José I de Austria. La boda se celebró, por poderes, el 9 de mayo de 1738, en la ciudad de Dresde. Para conmemorar su enlace matrimonial, el rey Carlos fundó la Real Orden de San Jenaro, patrón de Nápoles; al igual que, en 1772, para conmemorar el nacimiento del primer hijo varón del príncipe de Asturias, el fu­turo rey Carlos IV, crearía la Real y Distinguida Or­den Española de Carlos III. La reina María Amalia, de hondas convicciones religiosas, daría a luz en trece ocasiones, seis varones y siete mujeres: María Isabel (1740-1742), que no llegó a cumplir los dos años de vida; tampoco María Josefa Antonia (1742), que mu­rió a los dos meses; ni María Isabel (1743-1750), que falleció a los siete años; María Josefa Carmela (1744), en cambio, aunque pequeña y contrahecha, sobrevi­vió, permaneciendo soltera hasta que murió, en Ma­drid, en 1808; María Luisa Antonia (1745) resultó más afortunada, puesto que se casó, en 1764, con el emperador Leopoldo II de Austria, hijo de la empe­ratriz María Teresa y de Francisco I de Lorena; mu­rió en Viena, en 1792; Felipe Pascual (1747-1777), el primer varón, pero, deficiente físico y mental, que nunca pudo hablar, por lo que sería incapacitado; Carlos Antonio (1748-1819), que llegaría a ser rey de España, bajo el nombre de Carlos IV, y se casaría, en 1765, con María Luisa de Parma; tras María Teresa (1749-1750), muerta a los pocos meses, volvieron a nacer más varones, Fernando (1751-1825), que sería el sucesor de su padre en el reino de Nápoles, aunque no siempre mantuvo buenas relaciones con la Corte de España, y que contraería matrimonio con María Carolina, hija de María Teresa, emperatriz de Aus­tria; Gabriel Antonio (1752-1788), hijo predilecto del rey Carlos, que acabaría casándose con María Ana Victoria, hija mayor de los reyes de Portugal; María Ana (1754-1755), que no sobreviviría un año; An­tonio Pascual (1755), que se casaría con una sobrina suya, hija de su hermano Carlos IV, falleció en Ma­drid, en 1817; y Francisco Javier (1757-1771), que moriría a los catorce años.
     El mecenazgo artístico del rey Carlos alcanzó su más perdurable expresión en las excavaciones de Her­culano y Pompeya. Aunque su emplazamiento ya era conocido, le corresponde el mérito de haber organi­zado, de forma sistemática, las tareas de recuperación de las ciudades sepultadas por el Vesubio en su fa­mosa erupción del año 79 d. C. Con ocasión de la construcción de su palacio de Portici, en la ladera del Vesubio, comenzaron oficialmente las excavaciones de Herculano el 22 de octubre de 1738, bajo la di­rección del ingeniero aragonés Roque Joaquín de Al­cubierre. Los hallazgos fueron sucediéndose a ritmo creciente: arquitrabes de mármol, estatuas, trozos de bronce dorado, fragmentos de inscripciones, pintu­ras murales, mosaicos, papiros. Las excavaciones en Pompeya nada tuvieron de casuales, puesto que, a di­ferencia de Herculano, no había sido sepultada por la avalancha de fango volcánico, sino por la ceniza que cayó en gran abundancia sobre ella, que, apelma­zada con el tiempo, dejó al descubierto las partes al­tas de algunos edificios. Comenzaron el 30 de marzo de 1748, siendo excavadas notables construcciones, como el anfiteatro, el teatro grande, el teatro pequeño u Odeón, el templo de Isis, o el cuartel de los gladia­dores y su gran palestra. También dirigidas por Alcu­bierre, fueron iniciadas las excavaciones de Estabia, el 7 de junio de 1749. Para acoger los valiosos tesoros encontrados (monedas, joyas, lucernas, vasijas), el rey Carlos fundó en Portici dos importantes institucio­nes: la Real Academia Herculanense, en 1755, con la finalidad de estudiar e ilustrar tales descubrimien­tos arqueológicos, lo que se hizo publicando, entre otros, ocho tomos sobre las Antigüedades de Hercu­lano, impresos, desde 1757, en la Real Imprenta de Nápoles; y el Real Museo Herculanense, creado en 1758, para exponer los diversos objetos encontrados, siendo el predecesor del posterior Museo Arqueoló­gico de Nápoles. Bajo su patrocinio se había iniciado, conscientemente, el estudio de aquellas antigüedades romanas, que se convertirían en el modelo neoclásico de la cultura artística europea del siglo XVIII.
     Con la desaparición del emperador Carlos VI, el 20 de octubre de 1740, comenzó la Guerra de Sucesión a la Corona de Austria, puesto que algunas potencias europeas no querían reconocer como heredera a su hija, María Teresa de Austria. La alianza francoes­pañola cristalizaría en el Tratado de Fontainebleau, de 28 de octubre de 1743, el llamado Segundo Pacto de Familia, y, aunque en su articulado se preveía la neutralidad del reino de las Dos Sicilias, don Carlos no quiso mantenerse al margen de la contienda. A punto de ser hecho prisionero, en Velletri, el 11 de agosto de 1744, por las tropas austríacas, a la postre, sin embargo, la Paz de Aquisgrán, de 30 de abril de 1748, terminaría entronizando a su hermano Felipe como duque de Parma, Plasencia y Guastalla. Por lo que respecta al gobierno interior del reino de las Dos Sicilias, la reforma fiscal emprendida terminó por fracasar, consiguiéndose sólo la reversión de algunas rentas reales al patrimonio regio, y una gestión más directa de la real hacienda en el cobro de los tribu­tos. Fue fundado, en 1751, el Banco de Nápoles, al tiempo que se intentaba unificar el sistema moneta­rio. La agricultura, por el contrario, siguió siendo de mera subsistencia, y la ganadería, trashumante. Fue­ron los claroscuros del reinado carolino napolitano, tímidamente reformista.
     Un reinado que, para entonces, en 1759, iba ya a concluir. En España, la reina Bárbara de Braganza ha­bía muerto el 27 de agosto de 1758. Desde entonces, comenzó la lenta y terrible agonía de Fernando VI, recluido en el castillo de Villaviciosa de Odón. Su­mido en la depresión y la locura, el Monarca estaba incapacitado, de hecho, para gobernar. No tenía su­cesión, y no había previsión de que pudiese tenerla. Paralizado el gobierno, y hasta la administración or­dinaria de la Monarquía española, el rey Carlos se mantenía, sin querer intervenir públicamente, infor­mado de todo, a través de su embajador ante la Corte del Rey Católico, el príncipe de Yacci; del secreta­rio del Despacho de Estado, Ricardo Wall; y de su madre, Isabel de Farnesio. Al fin, se decidió a dictar una Real Orden, el 5 de agosto de 1759, dirigida a los Reales Consejos de la Monarquía española, y, en especial, al de Castilla y al Tribunal del Santo Ofi­cio de la Inquisición, instando a ser informado de los asuntos de mayor gravedad, en los que fuese precisa resolución soberana. No en vano, Fernando VI le ha­bía reconocido, en un testamento otorgado el 10 de diciembre de 1758, como heredero universal suyo, al tiempo que nombraba como gobernadora provisio­nal a la Reina madre. Todo concluyó, no obstante, al morir Fernando VI, en Villaviciosa de Odón, el 10 de agosto de 1759. La noticia llegó a Nápoles el 22 de agosto. Con sesenta y seis años, Isabel de Far­nesio salió de su forzado retiro en el Real Sitio de San Ildefonso, y se encaminó a Madrid, para asumir su cargo de gobernadora interina. Carlos III fue procla­mado rey de España y las Indias, en una ceremonia simbólica celebrada en Madrid, el 11 de septiembre de 1759. Puesto que diversos tratados (de Aquis­grán, de Aranjuez) habían establecido que don Carlos no podía unir las dos Coronas, de España y las Dos Sicilias, tras inhabilitar a su primogénito, el infante Felipe Pascual, duque de Calabria, incapacitado física y mentalmente para reinar, como se ha dicho, cedió la segunda a su hijo, el infante Fernando, un menor de ocho años que había de quedar bajo la tutela de un Consejo de Regencia, encabezado por Tanucci, el 6 de octubre de 1759.
     En una escuadra comandada por Juan Navarro, marqués de la Victoria, Carlos III de España se embarcó, rumbo al puerto de Barcelona, el 7 de octubre de 1759. El pueblo napolitano acudió masivamente a despedir a su rey, a su Carluccio. En lugar de apor­tar en Cartagena o Alicante, Carlos III quiso desem­barcar en Barcelona, lo que hizo el 17 de octubre de 1759, como gesto político de reconciliación de la di­nastía borbónica con los catalanes, a fin de borrar el recuerdo de la Guerra de Sucesión. Llegó Carlos III finalmente a Madrid, el 9 de diciembre de 1759, bajo una lluvia torrencial. La entrada solemne y oficial en la capital de la Monarquía no tuvo lugar, sin em­bargo, hasta seis meses después, el domingo, 13 de julio de 1760. A los pocos días, el 19 de julio, fueron celebradas Cortes en la iglesia de los Jerónimos, cuyo objetivo primordial fue el de que el reino prestase ju­ramento de fidelidad a su nuevo Rey, al tiempo que éste se comprometía a defender las libertades y fran­quezas de sus ciudades y villas. Reconocido así, públi­camente, como Soberano, mayor importancia tuvo que fuese proclamado su hijo, Carlos Antonio, que había nacido en Nápoles, príncipe de Asturias y here­dero del trono, a pesar de que la llamada Ley sálica, establecida por su padre, Felipe V, en las Cortes de 1712-1713, luego recogida en el denominado Auto Acordado de 10 de mayo de 1713, preveía que el he­redero debería nacer en España. Quedaba subsanado, así, este defecto de capacidad para reinar del futuro Carlos IV. Poco habría de durar la alegría del regreso para el nuevo Monarca, que contaba con cuarenta y cuatro años, ya que, cuando apenas llevaba once me­ses, falleció prematuramente la reina María Amalia de Sajonia, el 27 de septiembre de 1760, a los treinta y siete de edad. Hasta su muerte, Carlos III se man­tendría viudo. Su madre, ya anciana, que no había logrado mantener tampoco buenas relaciones con la difunta Reina, también permanecería apartada del poder, en el palacio de La Granja, hasta su falleci­miento en julio de 1766. De inmediato, el Soberano perfiló algunas modificaciones, pequeñas, en el régi­men de gobierno. Decisiones simbólicas suyas fue­ron la puesta en libertad de Melchor Rafael de Ma­canaz (1670-1760), que había sido fiscal del Consejo Real de Castilla con su padre, Felipe V, entre 1713 y 1715, y que se hallaba prisionero en el castillo de San Antón, en La Coruña; y de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada (1702-1781), que había sido secretario de Estado y del Despacho de Guerra, Marina, Hacienda e Indias con su her­mano, Fernando VI, entre 1743 y 1754, desterrado en Granada y en el Puerto de Santa María. Aceptando la herencia administrativa del anterior reinado, úni­camente fue sustituido el titular de la Secretaría del Despacho de Hacienda por Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, su ministro de Hacienda en Nápoles, que el Monarca había traído consigo, el 8 de diciembre de 1759. Permanecieron los restantes secretarios del Despacho, en cambio, en sus anterio­res cargos. En este primer equipo ministerial de Carlos III, fueron Wall y Esquilache los que asumieron el protagonismo político.
     Su política inicial, y la de sus ministros, se proyectó sobre tres campos principales: la Hacienda, el Ejército y la Marina. La política financiera partió del recono­cimiento de las deudas de la Corona en el reinado de su padre, Felipe V, que Fernando VI se había negado a asumir. Las reformas en el Ejército y la Marina, la reorganización de sus cuerpos armados, y el fomento de la Marina, venían reclamadas por la situación internacional, en plena Guerra de los Siete Años (1756-1763). De la correspondencia que Carlos III man­tuvo con Tanucci, a través de la cual estuvo siempre informado de los asuntos napolitanos, aconsejando u ordenando lo que se debía hacer, sobre todo, durante la minoridad de su hijo, Fernando I, se desprende que su propósito inicial era el de sostener una neutralidad armada. No resultaría posible. En vista de los éxitos militares británicos en el Canadá, Francia consiguió quebrantarla, ayudada por la actitud hostil inglesa. El Tercer Pacto de Familia fue suscrito el 15 de agosto de 1761, e Inglaterra declaró la guerra a España en diciembre de 1761. Con un ejército y una marina todavía no preparados, las consecuencias fueron de­sastrosas: fracaso en el asedio de Gibraltar, pérdida de la Florida, y ocupación de las plazas de La Ha­bana y de Manila. El único éxito apreciable sería la toma de la colonia portuguesa de Sacramento, en la orilla oriental del Río de la Plata. El tratado de paz de París, de 10 de febrero de 1763, consagró a Gran Bretaña como la gran potencia hegemónica europea: España tuvo que devolver a Portugal la colonia de Sa­cramento, recuperar La Habana y Manila a cambio de entregar a Inglaterra ambas Floridas, oriental y oc­cidental, y aceptar el corte del palo de tinte en Hon­duras. En compensación por tales pérdidas, Francia cedió a España la Luisiana.
     Comenzaba el reinado en España, por tanto, con una derrota exterior. Quizá, por eso mismo, los proyectos de reforma de la Monarquía española, tanto en el interior como en el exterior, como base de su recu­peración, recibieron un impulso todavía más firme, con nuevos protagonistas. En sustitución de Wall, Jerónimo Grimaldi, futuro marqués de Grimaldi, fue nombrado secretario del Despacho de Estado el 1 de septiembre de 1763, al tiempo que Esquilache unía a su Secretaría de Hacienda la de Guerra. No mucho después, el 16 de enero de 1765, Manuel de Roda y Arrieta accedió a la Secretaría de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia. Con anterioridad, en 1762, Pedro Rodríguez Campomanes (1723-1802), futuro conde de Campomanes, había obtenido la fis­calía del Consejo Real de Castilla, al igual que, en 1766, José Moñino y Redondo (1728-1808), fu­turo conde de Floridablanca. Un italiano, Félix Gaz­zola, conde de Gazzola, fue designado, en 1764, para organizar y modernizar las enseñanzas en el Colegio de Artillería de Segovia. Las reformas interiores fue­ron propugnadas, principalmente, por Campomanes, aunque también por otros ministros y oficiales de la Monarquía (Aranda, Olavide), en muy diversos ámbi­tos: reducción del número de fueros o jurisdicciones exentas, y máxima expansión de la jurisdicción real u ordinaria; proyecto (junto con Francisco Carrasco, fiscal del Consejo de Hacienda) de una ley general de amortización, o de limitación de la adquisición de bienes raíces por parte del clero secular y regular; in­corporación de señoríos y rentas a la Corona; esta­blecimiento del derecho regio de retención de bulas y breves pontificios (regium exequatur), y restricción del derecho de asilo eclesiástico; reforma de la orga­nización y funcionamiento de la administración de justicia, tanto en la Administración Central (Salas de Provincia y de alcaldes de Casa y Corte del Consejo de Castilla, Alcaldías de cuartel y de barrio), como en la Administración territorial (creación de la Audien­cia Real de Extremadura, de una carrera de corregi­mientos y varas), y la Administración municipal (los nuevos oficios de diputados y procuradores síndicos personeros del común implantados en 1766, la me­jora del abastecimiento de la Corte, la creación de la Contaduría General de Propios y Arbitrios); elimina­ción de las trabas que encorsetaban la producción gre­mial; implantación de la libertad del comercio de gra­nos desde 1765, proyecto de una ley agraria, control de los privilegios del Honrado Concejo de la Mesta en la provincia de Extremadura, e introducción del comercio libre con los dominios de América, en 1765 y 1778; pretensión de conseguir una industria popu­lar que permitiese compatibilizar la labranza con los oficios artesanos; fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, en cuyo fuero, de 1770, quedó recogido el ideal de una nueva organi­zación municipal; atención de los marginados socia­les (gitanos, chuetas, mendigos, vagos y ociosos, pre­sidiarios, mujeres), a fin de convertirlos en súbditos útiles y productivos, incluyendo proyectos de erra­dicación de la mendicidad, y de consecución de una beneficencia organizada; mejora del reemplazo anual del ejército y de la matrícula del mar; organización y reforma de los planes de estudios de las Universida­des (Salamanca, Valladolid, Alcalá), y supresión de los Colegios Mayores; fundación de Sociedades Eco­nómicas de Amigos del País, así como del Banco Na­cional de San Carlos, en 1782, etc.
     Por otra parte, su reconocida afición edilicia, tam­bién en España, le mereció el sobrenombre de “mejor alcalde de Madrid”, en homenaje a la política de construcciones y de policía que caracterizó su reinado. Particularmente destacable fue el mejoramiento ur­bano de la Corte (empedrado de las calles, construc­ción de desagües y pozos ciegos, colocación de faro­las), encargado al arquitecto panormitano Francesco Sabattini. Procuró convertir a Madrid, en fin, en la gran capital de la Monarquía española, embellecién­dola con diferentes monumentos y edificios (Museo de Historia Natural, Hospital General, Colegio de Ci­rugía, Observatorio Astronómico, Jardín Botánico). Gozaron las artes industriales, por igual, de su aprecio y protección. De ahí que instalase, en 1759, su fábrica de porcelana de Capodimonte en el Buen Retiro; que impulsase la Real Fábrica de Paños superfinos de Sego­via, en 1762; o que velase por la fábrica de cristal de La Granja, fundada por Felipe V, y reacondicionada en 1773. También le interesó el fomento de la ciencia y la técnica, en especial, de la Botánica y la Medicina, para lo que envió a América varias expediciones científicas: la de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón por el Perú y Chile (1777-1786), la de José Celestino Mutis por Nueva Granada (1782-1808), o la de Martín de Sessé y Lacasta y el mexicano José Mariano Mociño por la Nueva España (1787-1803).
     Indudablemente, cabe realizar una división en el reinado de Carlos III en España, tomando como año axial el de 1766. Y, más concretamente, la primavera de dicho año, cuando se produjo el llamado motín de (“contra”, en realidad) Esquilache, acompañado de los múltiples motines de provincias (Zaragoza, Bil­bao, Guipúzcoa, Alicante, Cartagena, Guadalajara, Cuenca, Palencia, Córdoba), nacidos con ocasión del acaecido en la Corte. El aparente fútil pretexto para el estallido del motín madrileño fue la publicación, el 10 de marzo de 1766, de un bando que pro­hibía el uso de los tradicionales embozos, capas largas y sombreros redondos, que debían ser sustituidos por la capa corta o redingot y el sombrero de tres picos, a todos los habitantes de la Corte y los Sitios Reales, a fin de facilitar la identificación de quienes delin­quiesen. En la tarde del Domingo de Ramos, 23 de marzo, estalló la revuelta popular, que reunió a una gran multitud. Desde la Plaza Mayor, el gentío se en­caminó a la conocida como casa de las Siete Chime­neas, donde residía Esquilache, a quien se le culpaba de todo. Ausente el ministro, la casa fue saqueada, dirigiéndose luego los congregados al Palacio Real, al grito de “¡Viva el rey y muera Esquilache!”. Descar­tando la represión violenta, Carlos III terminó por salir al balcón del Palacio Real, y aceptar las condi­ciones de los amotinados: mantenimiento de la indu­mentaria española, cese de los ministros extranjeros (sobre todo, Esquilache), rebaja del precio del pan. Humillado, el Monarca decidió abandonar Madrid y marchó al Real Sitio de Aranjuez, donde permaneció ocho meses; no retornó a la capital hasta que su Ayuntamiento, los nobles y los gremios le roga­ron formalmente que volviese, y hasta que el Consejo de Castilla declaró, mediante un Auto Acordado de 5 de mayo de 1766, revocados todos los indultos lo­cales otorgados en los diversos motines provinciales, excepción hecha del particular concedido por el Rey al pueblo de Madrid. Desde entonces, Carlos III se aplicó a restablecer el principio de autoridad. Des­tituido Esquilache, en primer lugar, Pedro Pablo Abarca de Bolea, X conde de Aranda, fue designado capitán general de Castilla la Nueva y presidente del Consejo de Castilla y fue destituido el anterior gober­nador, Diego de Rojas y Contreras, obispo de Car­tagena. Desde su llegada a la Corte, procedente de Valencia, el 8 de abril de 1766, Aranda, junto con Campomanes y Moñino, se dedicó a restablecer el orden público, lo que desembocó en la Real Cédula de 6 de octubre de 1768 que disponía la división de la capital en cuarteles y barrios, al frente de los cuales estarían, para velar por la seguridad, los alcaldes de Casa y Corte.
     Ante el creciente número de pasquines, papeles anó­nimos y sátiras que inundaron la Corte, en los cuales se denunciaban los males y excesos del gobierno, un Real Decreto de 21 de abril de 1766 ordenó a Aranda que procediese a averiguar quiénes eran los autores del motín, mediante una pesquisa secreta. Así fue constituido el llamado “Consejo extraordinario”, o Sala particular del Consejo de Castilla, encargada de conocer y resolver sobre dicha pesquisa. En ella el protagonismo correspondió a Campomanes como fiscal. Aunque las causas de los motines de la prima­vera de 1766 siguen siendo confusas (coincidencia de una serie de malas cosechas con la supresión de la tasa del grano, lo que originó típicos motines de subsistencia; unido, en la Corte, al rechazo de los mi­nistros extranjeros, y la actitud conspiradora de parte de la nobleza y del clero), lo cierto es que la víctima propiciatoria, como en Portugal (1759) o en Francia (1764), fue la Compañía de Jesús, muy influyente en la Iglesia, las Universidades e incluso en América, y a la que se acusaba de obstinada defensora de las doctrinas contrarias al poder temporal de los Reyes, dada su absoluta dependencia del Romano Pontífice. En un dictamen fiscal datado el 31 de diciembre de 1766, Campomanes solicitaba a Carlos III el extrañamiento del reino de los jesuitas y la ocupación de sus temporalidades en España y las Indias. Así se llevó a cabo, en virtud de una Real Pragmática de 2 de abril de 1767, que culminó con la extinción de la Compañía de Jesús, obtenida por Moñino del papa Cle­mente XIV, mediante el breve Dominus ac Redemptor noster, de 21 de julio de 1773. Pese a todo, aunque acusados (y castigados) oficialmente los jesuitas de ha­ber instigado al pueblo a amotinarse, lo cierto es que los ministros de Carlos III fueron conscientes de que el hambre y la escasez de alimentos habían sido, en realidad, la causa principal, económica y no sólo po­lítica. Era necesario producir más cereales y fabricar más bienes, lo que explica sus posteriores medidas de política agraria, que culminaron en el Memorial ajus­tado sobre el establecimiento de una Ley Agraria, im­preso en 1784, precedido de los intentos de mejorar la agricultura, recortando los excesivos privilegios del ganado mesteño (Memorial ajustado entre la Diputa­ción de Extremadura y la Mesta, de 1771). Urgía abrir a la labranza más montes y dehesas, cediendo terre­nos baldíos, de propios y concejiles, a nuevos labrado­res, como se procuró hacer con una Real Provisión de 26 de mayo de 1770, cuya aplicación constituyó un fracaso, acompañada de otras disposiciones con simi­lar propósito. Igualmente representativa es una Real Cédula, de 18 de marzo de 1783, que declaró honra­dos diversos oficios mecánicos, como los de curtidor, herrero, zapatero, sastre, carpintero y otros análogos. Finalmente, la configuración de un ejército moderno se estimó imprescindible, también en aras de la segu­ridad interior, lo que originó las longevas Reales Or­denanzas Militares, promulgadas en 1768.
     Durante el decenio de 1766 a 1776, marcado por el motín y la caída de Esquilache, el gobierno de la Monarquía descansó en una serie de hombres y nom­bres: Grimaldi, como primer secretario del Despacho; Aranda y Campomanes en la presidencia y la fisca­lía, respectivamente, del Consejo de Castilla; y, ac­tuando coordinadamente con los dos anteriores en todo lo relativo a la política regalista, Roda, secretario del Despacho de Gracia y Justicia. La rivalidad entre Grimaldi y Aranda, máximos exponentes del poder enfrentado de las secretarías, ministerios o vía reser­vada al de los Consejos o vía colegiada, se tradujo en la disputa, dentro del mundo de las facciones cortesa­nas, de los “golillas” o letrados frente al denominado “partido aragonés”, que aglutinaba a quienes no eran juristas sino ministros u oficiales de capa y espada, pero, también, a los partidarios de Aranda. Una lu­cha por el poder que terminó con la designación de Aranda, el 13 de junio de 1773, como embajador ante el Rey cristianísimo, en París. La crisis que de­fenestró al primer secretario de Estado se fraguó, sin embargo, con el fracaso de la expedición a Argel, en el verano de 1775, promovida por Grimaldi y dirigida por Alejandro O’Reilly. Al dimitir Grimaldi, el 7 de noviembre de 1776, le sustituyó Floridablanca como secretario del Despacho de Estado. La marcha de Grimaldi supuso la desaparición de los extranjeros del gobierno de la Monarquía. Nada más tomar posesión de su cargo, Floridablanca hubo de aplicarse al despa­cho de graves asuntos, como el de la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica. La re­novación del Tercer Pacto de Familia, de 1761, lle­vada a cabo con Francia mediante la Convención de Aranjuez, de 12 de abril de 1779, situó a España al borde de la guerra con Inglaterra. No pudo mantener Floridablanca el papel que deseaba, de árbitro internacional, y, a instancias de Francia y con el apoyo de Carlos III, hubo de suscribir dicha Convención, que llevó a la declaración de guerra, y que concluyó, sin embargo, con la ventajosa Paz de Versalles, de 2 de septiembre de 1783, por la que España recuperó de Gran Bretaña la isla de Menorca y ambas Floridas, oriental y occidental. Una pésima consecuencia de la guerra fue, en cualquier caso, la emisión de deuda pública, cuyos títulos se denominaban vales reales, desde 1780, y que, a la larga, provocaron un endeu­damiento crónico.
     A pesar de todo, durante los últimos años del rei­nado de Carlos III fue consolidando Floridablanca su predominio político, al confiarle el Monarca la di­rección de la política exterior, e incluso la supervi­sión de la interior, con lo que se convirtió, de facto, en una especie de primer ministro. Una situación de preponderancia ministerial y política que desembocó, en 1787, en la creación de la Junta Suprema de Es­tado, prevenida en un Real Decreto de 8 de julio, acompañado, con esa misma fecha, de una Instruc­ción reservada. Redactada por Floridablanca, y re­visada minuciosamente, e incluso enmendada de su puño y letra, por Carlos III, a lo largo de tres me­ses, con la asistencia del príncipe Carlos, y finalmente aprobada por el Soberano, constituye un completo programa de gobierno, interior y exterior, de la Monarquía española en la segunda mitad del siglo XVIII. La puesta en funcionamiento de la Suprema Junta de Estado, por parte de Floridablanca, parece ser la so­lución lógica para un Monarca que, tras casi treinta años de reinado en España y América, y, en total, casi cincuenta y cinco, contando los de Nápoles y Sicilia, se hallaba ya próximo a la muerte, cansado de sobre­llevar sobre sus hombros la responsabilidad del poder. Sus últimos meses de vida resultaron, por lo demás, particularmente penosos. La enfermedad y la muerte hicieron presa en sus familiares más queridos. En el Real Sitio de San Ildefonso falleció de sobreparto, el 2 de noviembre de 1788, su nuera, esposa de su muy amado hijo Gabriel, la infanta portuguesa María Vic­toria, a causa de un ataque de viruelas. Contagiado de la misma enfermedad, sin haber cumplido los treinta y seis años, murió el infante don Gabriel el 23 de no­viembre de 1788. Carlos III se resintió de tanta des­gracia y, el 7 de diciembre de 1788, amaneció con ca­lentura, que ya no remitió. Otorgó testamento ante el conde de Floridablanca, en su condición de secretario interino de Gracia y Justicia, en la mañana del sábado 13 de diciembre, sin poderlo firmar, dada su extrema debilidad. Dispuso que se le sepultase al lado de su esposa, la reina María Amalia. Le fue administrada la extremaunción a las cinco de la tarde y murió pa­sada la medianoche, en el domingo 14 de diciembre de 1788. El martes, 16 de diciembre, sus restos mor­tales fueron trasladados al monasterio de El Escorial, adonde llegaron al día siguiente, 17 de diciembre de 1788. Carlos III fue el primer Borbón español que quiso reposar junto a los reyes de la Casa de Austria, en señal de continuidad dinástica de la Monarquía hispana, y el primero, también, que se opuso, en sus disposiciones testamentarias, a que su cuerpo fuese embalsamado. Fue, en suma, el último Monarca es­pañol, cronológicamente hablando, del Antiguo Ré­gimen, puesto que falleció antes de la Revolución Francesa de 1789.
     El retrato más íntimo de Carlos III que se conserva es el que dejó escrito el conde de Fernán-Núñez. Ase­vera que nada sentía más que el que le dejasen, pues, aseguraba que “él no abandonaba, ni dejaba a nadie, y que así no quería [que] lo dejasen”. De trato fami­liar y sencillo, y modesto vestido (de caza siempre, cuando se hallaba en el campo), procuraba mostrar un carácter muy contenido, dominio de sí mismo, sencillez y hasta campechanería en ocasiones. Muy religioso, devoto de la Inmaculada Concepción y de San Jenaro, de castas costumbres, austeras y rutina­rias, Fernán-Núñez hace especial hincapié en su afa­bilidad con todos, también con las gentes humildes o con los criados. Célebre se hizo su frase de “pri­mero Carlos que rey”, en referencia a su modo de entender los deberes de un soberano. Cabe recor­dar, por último, los juicios globales que mereció su reinado a tres espíritus críticos contemporáneos, de indisputable talla intelectual. En su Elogio de Car­los III (1788), Jovellanos concluía que había sido “la mano sabia y laboriosa que esclareció y entresacó a la nación de la influencia de los errores políticos”. Cabarrús, por su parte, en otro Elogio de Carlos III (1789), sostuvo que no había tenido “más norte que el de la felicidad de sus vasallos”. Y, en su Elogio fú­nebre (1789), José Nicolás de Azara afirmó que ha­bía sido “en el trono lo que, siendo vasallo, hubiera querido que fuera su monarca” (José María Vallejo García-Hevia, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
         Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relieve con el Escudo de Carlos III, en la Sala VI (antigua Trasacristía) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Sala VI (antigua Trasacristía) del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, en ExplicArte Sevilla.

martes, 1 de septiembre de 2026

La pintura "Retrato de María Belén Delgado Llorach", de Alfonso Grosso, en la sala XIII, del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato de María Belén Delgado Llorach", de Alfonso Grosso, en la sala XIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 1 de septiembre, es el aniversario del nacimiento (1 de septiembre de 1893) de Alfonso Grosso Sánchez, autor de la pintura "Retrato de María Belén Delgado Llorach", así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Retrato de María Belén Delgado Llorach", de Alfonso Grosso, en la sala XIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla
     El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala XIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Retrato de María Belén Delgado Llorach", obra de Alfonso Sánchez (1893-1983), siendo un óleo sobre lienzo en estilo costumbrista, de escuela sevillana, pintado en 1944, con unas medidas de 1'44 x 1'14 m., y procedente de la donación de los Hermanos Oyarzábal, en 2018.
     Alfonso Grosso realiza este retrato de María Belén Delgado Llorach en 1944, meses antes de que contrajese matrimonio con el barón de Andilla, Gonzalo Santa Cruz. La elegancia de la mujer, sofisticadamente ataviada con un vestido de fiesta negro con transparencias y un chal de piel, refleja perfectamente su elevada posición social.
     Esta obra estuvo expuesta en 1948 en la desaparecida galería Velázquez de Sevilla, en una muestra monográfica de las obras recientes del pintor.
     De gran interés son las dos fotografías que se han aportado en la propia donación, donde vemos a la modelo y al pintor mientras este da los últimos toques al retrato. 
     En 2018 ingresaba en el Museo de Bellas Artes de Sevilla la donación realizada por los hermanos Oyarzábal, compuesta  por tres obras  pictóricas y dos esculturas. Todas ellas habían pertenecido a sus ascendientes, por la línea del escultor  Manuel  Delgado Brackenbury.
     Conscientes de la importancia de donarlas a una institución pública, Ignacio, Miguel y María aportaron además fotografías y documentos que enriquecían la historia  material  de  las obras, como dos fotografías del pintor Alfonso Grosso ultimando en su estudio uno de los retratos aquí expuestos . La vinculación a la ciudad de Sevilla de los artistas y la modelo que protagoniza esta pequeña muestra, hizo que la donación tuviera como destino este museo.
     María Belén era la hija pequeña del matrimonio compuesto por el escultor Manuel Delgado Brackenbury, nacido en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, y Mercedes Llorach Dolsa, perteneciente a la burguesía catalana, a quien había retratado Ramón Casas en su juventud (obra en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía). Manuel y Mercedes habían perdido a sus dos hijos varones en 1936: Manuel, retratado por Santiago Martínez en otra de las obras de la donación, y Pablo.
     Alfonso Grosso pinta a María Belén el mismo año de su boda con Gonzalo Santa Cruz, barón de Andilla, en 1944. De gran interés documental es la fotografía que acompaña al retrato, donde vemos a la modelo posando para el pintor, que da los últimos toques a la obra con el pincel. 
     El pintor realizó el retrato de María Belén en 1944, meses antes de que contrajese matrimonio con el barón de Andilla. La elegancia de la mujer, sofisticadamente ataviada con un vestido de fiesta negro con transparencias y un chal de piel, refleja perfectamente su elevada posición social. Esta obra estuvo expuesta en 1948 en la desaparecida galería Velázquez de Sevilla en una muestra monográfica de las obras recientes del pintor. El retrato ha sido restaurado para esta ocasión.
     Otras obras de Alfonso Grosso en las colecciones del museo son El monaguillo (1920), Retrato de José García Ramos (1924), Virgen de los Reyes (antes de 1948), La comunión de la novicia (hacia 1950) y Los patronos del museo (1951).
     Notable interés documental tiene la fotografía aquí expuesta, en la que se observa a la retratada posando junto al artista en su estudio. Está realizada por el fotógrafo sevillano Ángel Amores Riedel (Sevilla, 1902-1969) en abril de 1944. La técnica utilizada es emulsión al gelatina-bromuro de plata (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
      Muy fecunda ha sido la escuela sevillana del siglo XX aunque lógicamente los artistas que están representados en el Museo pertenecen todos a su primera mitad. También ha de señalarse que faltan algunos importantes artistas de este período, porque cuando estos pintores estuvieron vivos no repararon que no tardando mucho serían historia y que el momento en que pintaba quedaría muy pronto atrás.
     Gracias a las donaciones de los propios artistas conserva el Museo un aceptable grupo de obras que permite definir las características de este período.
     La trayectoria de la pintura costumbrista sevillana se prolongó largamente en el siglo XX merced a la actividad de Alfonso Grosso (1893-1983) del cual el Museo posee un notable grupo de pinturas características de su producción. Son estas El Monaguillo, La comunión de la novicia, el Retrato de José García Ramos y el famoso Retrato de los patronos del Museo donde utiliza un recurso  de origen velazqueño (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
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miércoles, 26 de agosto de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Ermita de San Torcuato, Museo del Pueblo) de la localidad de Benalúa, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Ermita de San Torcuato, Museo del Pueblo) de la localidad de Benalúa, en la provincia de Granada.
     El municipio de Benalúa está asentado en la zona occidental de la vega de Guadix, a 870 metros de altitud. El terreno que lo rodea es arcilloso, característica que ha facilitado la excavación de cuevas a lo largo de toda su historia.
     De la mano de Manuel Fernández-Fígares, gran propietario agrícola e ingeniero, en la primera mitad del siglo XX nace un entramado industrial cuyo buque insignia es la fábrica azucarera Nuestra Señora del Carmen (1913). Tras ésta se crean la fábrica de pasta de esparto para papel Ntra. Sra. de las Angustias, la fábrica Harinas de Benalúa con los hornos anexos, la almazara El Carmelo, la fábrica de aceite de orujo Ntra. Sra. de la Esperanza, la fábrica de aguardientes León Vega, una fábrica de jabones y otros pequeños negocios, que constituyeron un próspero tejido industrial.
     Benalúa modifica su imagen con la construcción de los grandes volúmenes fabriles, el hábitat cuevero se expande aprovechando las excelentes condiciones del terreno y la población se multiplica por cuatro debido a la necesidad de mano de obra.
     Ya en la segunda mitad del siglo XX la economía local vive un segundo impulso con la creación de la fábrica Pastalfa -antecesora de Celsur-, Cerámica El Carmelo y una fábrica de conservas. La depresión económica vivida a principios de la década de 1980 fue el punto de inflexión del sector industrial, que supo salir adelante con la fórmula del cooperativismo.
     Región: Geoparque de Granada
     Código Postal: 18510
     Distancia desde Granada: 61 Km
     Gentilicio: Benaluenses
     Acceder a su website: www.benalua.es (Diputación Provincial de Granada).
     Los primeros datos documentales de esta población los tenemos en época romana, denominándose Pa­gus Minor, junto a la Vía Hercúlea. En sus proximidades, cuenta la tradición que fue martirizado y enterrado San Torcuato, en lo que se conocería como la Ermita del Sepulcro. A lo largo de la etapa musulmana se consolida como población. Tras la conquista se incluyó en los bienes del mayorazgo de los Condes de Alcudia, los Fernández Contreras. Hoy destaca su caserío, conformado mayoritariamente por casas-cueva. Como monumento más significativo destaca Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen, templo de planta de cruz latina con cubiertas lignarias que repiten los esquemas mudéjares de otras parroquiales de la zona, realizada en el siglo XVI, pero con aportaciones neomudéjares del siglo XIX (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Benalúa (antes conocido como Benalúa de Guadix) está localizado sobre la depresión elevada de la Hoya de Guadix en la falda norte de Sierra Nevada, al norte de la capital comarcal. Su territorio, con una altitud media de 865 metros, es atravesado por el río Verde o Guadix, estando ocupados los fondos de las vegas por cultivos de regadío mientras las tierras más externas son el dominio del secano. El núcleo de Benalúa presenta un irregular paisaje urbano debido al gran desarrollo que en él poseen las viviendas trogloditas, dando el aspecto de un inmenso termitero que bordea la vega. Estos hábitats excavados se caracterizan por sus grandes propiedades térmicas. Al norte y oeste, junto a las vías de comunicación que acceden al núcleo, se sitúan hábitats construidos, ubicándose las principales fábricas en las cercanías de la línea férrea (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
Historia.-
     En los alrededores de Benalúa se localizan varios yacimientos arqueológicos que evidencian el poblamiento antiguo y más o menos continuado de esta zona de la Hoya de Guadix. Entre las distintas interpretaciones del topónimo “Benalúa”, la más certera apunta al nombre del propietario musulmán de la alquería andalusí.
     A principios del siglo XVIII Benalúa es ya una gran cortijada. En 1752 contaba con 170 habitantes, 55 cuevas distribuidas en dos cañadas, una fuente pública y un molino harinero. Se trata de una comunidad agrícola y ganadera en la que ningún vecino es propietario de las tierras.
     En la década de 1830 se crea la Hermandad de Ánimas -origen de la devoción a la Virgen del Carmen- y se constituye el ayuntamiento. A mediados de siglo Benalúa cuenta ya con 146 vecinos y 663 almas. Los cultivos agrícolas principales son cereales, cáñamo, lino y judías, y se cría ganado diverso (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de Nuestra Señora del Carmen.-

     Cerca de la actual iglesia hubo desde el siglo XVII hasta mediados del XIX una ermita que dependía de la parroquia de Fonelas. En 1832 se constituyó la Hermandad de Ánimas y del Santísimo Sacramento, que explica la devoción en Benalúa a la Virgen del Carmen por la vinculación que siempre ha existido entre ésta y las ánimas del purgatorio.
     La iglesia que conocemos hoy en día -construida entre 1858 y 1864- se consagró bajo el título de Nuestra Señora del Carmen el 6 de febrero de 1864. Fue obra del arquitecto granadino Francisco Contreras, de planta basilical y estilo neomudéjar con muros de aparejo de ladrillo y cajones de tapial o piedra, además de una modesta cubierta de madera. Junto al campanario, detrás del presbiterio, se ubicó la sacristía y en los lados dos altares. Para dar cabida a la numerosa feligresía, en 1965 se añadió una nave en sentido perpendicular al eje de la primera con lo cual la nave decimonónica pasó a convertirse en un gran presbiterio.
     En 1868 se llevó a cabo una reestructuración parroquial en la diócesis accitana. La iglesia de Benalúa consigue la categoría de parroquia y queda bajo la advocación de Santa María de la Anunciación. Esa denominación perdurará hasta 1988, año en que se concede por parte del Obispado el título originario de Nuestra Señora del Carmen (Diputación Provincial de Granada).

Ermita de San Torcuato.-
     Se trata de una construcción simple, que alberga una imagen y varias reliquias de San Torcuato, patrón de Guadix (Diputación Provincial de Granada).
     En el paraje conocido como Face Retama se encuentra el complejo cultual de San Torcuato formado por las ermitas antigua y nueva y por un complejo monacal subterráneo de veinticinco salas. Se trata de una construcción de composición arquitectónica simple, que alberga en su interior una ima.gen y varias reliquias de San Torcuato, patrón de Guadix. La primera mención escrita de la ermita y las cuevas de Face Retama data del año 1696 (Ayuntamiento de Benalúa).

Museo del Pueblo de Benalúa.-
     La llamada Cueva del Centro, o Museo de Benalúa, fue excavada durante la II República por trabajadores del pueblo organizados en sindicatos, como centro de reunión y actividades culturales, de ahí su nombre, que no fue olvidado en el pueblo. Se trata de un centro expositivo que ha sido concebido con criterios actuales, y que se apoya en el uso intensivo de los recursos audiovisuales. Su contenido está basado en la historia y en los rasgos de la identidad de la localidad (Diputación Provincial de Granada).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Ermita de San Torcuato, Museo del Pueblo) de la localidad de Benalúa, en la provincia de Granada. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia granadina.

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La pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.        
     Hoy, 26 de agosto, es el aniversario del nacimiento de José Villegas Cordero (26 de agosto de 1844), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala XII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Retrato de Lucía Monti", de José Villegas Cordero (1848 - 1921), realizado hacia 1880, siendo un óleo sobre lienzo en estilo romántico, con unas medidas de 1,12 x 0,72 m., y procedente de la donación de Dª Lucía Monti (1921).
     En este retrato de Lucía Monti, esposa del pintor, con perro, el centro de la composición está dominado por la figura de la retratada con un elegante y ceñido vestido gris plata, en una seductora y relajada actitud, apoyándose, desenfadada, sobre un gran cortinaje. Villegas utiliza en la composición una paleta de tonos cálidos y una marcada verticalidad enfatizada por la figura de Lucía Monti y el gran cortinaje sobre el que se apoya. Como contrapunto a la misma, el diván y el galgo, que aparecen a ambos lados de Lucía. 
     Mujer del pintor, nacida en 1852, parece tener en este retrato algo más de 25 años por lo que se puede fechar la obra hacia 1880.
     Datada hacia 1880, esta obra es reflejo de un momento en que Villegas se movía entre el preciosismo elegante que plasma en este ambiente y en el traje de la retratada, y una pincelada más rápida y descuidada propia del tableautin (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Célebre en vida y pronto olvidado es frase que puede aplicarse a la circunstancia de la fama de muchos pintores. Uno de ellos es Villegas quien después de conocer la gloria en vida pasó a ser ignorado durante mucho tiempo, hasta que en las últimas décadas ha vuelto a recibir la atención que sus méritos artísticos merecen.
     Nacido en Sevilla en 1844 y fallecido en Madrid en 1921, Villegas repartió su formación entre Sevilla y Madrid. A los veinte años marchó a Roma, que había de ser para él la ciudad definitiva en su vida tanto en sus aspectos artísticos como en los humanos. En sus primeros años de estancia en la capital italiana se esforzó en aprender y perfeccionar su formación, para después sentar plaza de pintor de categoría y hacerse una clientela de carácter internacional que fue adquiriendo sus pinturas sin reparar en el precio. Su carrera en Roma culminó con el nombramiento de director de la Academia española; años más tarde en Madrid fue nombrado director del Museo del Prado, cargo que desempeñó hasta 1918.
     La temática pictórica tratada por Villegas es muy amplia y con técnica magistral recreó temas históricos, escenas costumbristas, retratos y paisajes. Entre sus pinturas de tema histórico destaca un amplio conjunto que tiene como ámbito a Venecia, ciudad de la que supo extraer numerosas evocaciones del pasado. En Venecia transcurrieron numerosas estancias de Villegas y allí obtuvo una fecunda inspiración para recrear escenas que evocan el esplendoroso pasado de la ciudad. Al lado de escenas historicistas Villegas también plasmó temas que proceden del ámbito hispano, siendo un excepcional pintor de temas taurinos y también de asuntos vinculados al carácter popular.
     Un conjunto de dieciséis obras de Villegas se guardan en el Museo de Sevilla. La mayoría de ellas fue legada por Dª Lucía Monty, viuda del pintor quien había guardado los retratos que a lo largo de su vida le había realizado su marido. Es ésta una colección espléndida porque en ella y a través de los años el artista había empleado sus mejores virtudes técnicas junto con su más profundo sentimiento (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de José Villegas Cordero, autor de la obra reseñada;
     José Villegas Cordero (Sevilla, 26 de agosto de 1848 – Madrid, 10 de noviembre de 1921). Pintor.
     Hijo de un modesto barbero, José Villegas recibió una sumaria educación orientada en su adolescencia hacia la pintura, pese a la oposición paterna, ya que su progenitor no veía futuro para su hijo en el ejercicio de dicha actividad. En 1862 entró como aprendiz en el taller de José María Romero pintor de retratos de la burguesía y aristocracia sevillana y también creador de escenas costumbristas y de pinturas religiosas; al mismo tiempo, se inscribió como alumno de la escuela de Bellas Artes sevillana donde destacó enseguida merced a sus innatas dotes artísticas. Convencido de la angostura de los criterios artísticos que se impartían en dicha escuela, Villegas aspiró muy pronto a marcharse a Madrid para complementar su formación, lo que llevó a cabo en 1867, después de cuatro años de estudios sevillanos. En Madrid acudió de inmediato al Museo del Prado donde se entusiasmó con el arte de Velázquez, al que se dedicó a copiar con especial delectación. La pincelada suelta y espontánea reflejada sobre todo en las postreras obras velazqueñas y también su sentido de la luz y del color le subyugaron especialmente y contribuyeron a elevar su técnica de forma muy sensible.
     Después de una breve estancia madrileña, Villegas regresó a Sevilla, pero lo hizo ya con la idea determinada de abandonar pronto su ciudad natal para viajar a Roma donde aspiraba a culminar sus conocimientos y a iniciarse en el ejercicio de la pintura con grandes pretensiones. Tras otra breve estancia en Madrid, donde siguió copiando en el Prado a los grandes maestros de la historia de la pintura, tomó camino de la ciudad eterna.
     La estancia de Villegas en Roma se inicia a mediados de 1868 y allí fue bien recibido por artistas españoles como Eduardo Rosales, que le ofreció compartir su estudio y que un año después, al regresar el maestro madrileño a España, pasó a ocupar él solo. El tener estudio propio en Roma, facilitó la carrera artística de Villegas, quien muy pronto intentó alcanzar una fama pareja a la que allí disfrutaba Mariano Fortuny, a quien admiraba profundamente y a quien había conocido años antes en Madrid.
     Muy pronto Villegas obtendría en Roma la recompensa a sus aspiraciones, puesto que enseguida encontró a coleccionistas y anticuarios que se interesaron por sus obras, lo cual le permitió forjar una clientela internacional que compraba directamente sus pinturas en su estudio a precios satisfactorios, que se elevaban a medida en que sus creaciones eran premiadas en las sucesivas exposiciones internacionales a las que se fue presentando. Todo ello movió a los principales marchantes parisinos a ofrecerle ventajosos contratos para trabajar para ellos. Villegas siguió residiendo en Roma aplicándose desde entonces al ejercicio de una pintura de moda en aquellos momentos, generalmente de pequeño formato, ejecutada con una técnica preciosista en la que trataba temas históricos, escenas costumbristas, paisajes o retratos. 
     La muerte de Fortuny en 1874 le convirtió en el pintor español más popular en Roma, merced, sobre todo, a que en 1898 fue nombrado director de la Academia Española de Bellas Artes de esta ciudad, perdurando su prestigio allí hasta su regreso a España en 1901. Al regresar a Madrid fue nombrado director del Museo del Prado y también de inmediato académico de Bellas Artes de San Fernando. En la capital se incorporó al mundo literario y artístico, convirtiéndose en una de las principales figuras de la intelectualidad, al tiempo que se le consideró el pintor de moda. En efecto, la alta sociedad madrileña y especialmente las damas suspiraban porque Villegas llegase a inmortalizarlas en retratos, elevándose notablemente su prestigio cuando, primero en 1902 y luego en 1906, retrató al monarca Alfonso XIII. En los últimos años de su vida Villegas padeció una afección visual que le apartó de la práctica de la pintura desde 1918 hasta la fecha de su muerte en 1921.
     La producción pictórica de Villegas es muy numerosa y en ella trató todos los géneros pictóricos como los temas de historia, el paisaje, escenas costumbristas, casacones y retratos. En el ámbito de la pintura de historia han de citarse obras relevantes como La Paz de las Damas y La última entrevista entre Don Juan de Austria y Felipe II, obras ejecutadas en 1879. Dentro de la retórica habitual que todos los artistas españoles de esta época introducían en la pintura de asunto histórico, Villegas se destaca por su esfuerzo en obtener en sus obras una máxima naturalidad en la descripción de los gestos y actitudes de los personajes. Al mismo tiempo, fue minucioso y preciso en la descripción arquitectónica de los escenarios de sus obras, de los vestuarios y de los objetos. Notable es en su producción la escena que representa a Pietro de Aretino en el taller de Tiziano, ejecutada en 1890 en homenaje al gran maestro de la pintura veneciana del Renacimiento. Villegas sintió siempre una especial predilección por la ciudad de Venecia, a la que viajó en numerosas ocasiones y en la que permaneció durante largas estancias que le proporcionaron numerosos temas de inspiración. Su mejor pintura de tema veneciano es El Triunfo de la Dogaresa, ejecutada en 1892 y que es un entusiasta homenaje a la elegancia y belleza de la figura femenina. Otras composiciones con argumento veneciano son La fiesta de las Marías y La procesión del redentor.
     El subyugante ambiente urbano de la ciudad de Venecia fue también motivo de inspiración para Villegas, quien plasmó allí atractivos paisajes como El canal de la Zatera, La Ca d’Oro, La iglesia de la Salute y El ponte della Paglia.
     Sin duda, la modalidad pictórica que más renombre proporcionó a Villegas fue la de asuntos costumbristas, con la que alcanzó un notable éxito de crítica y de público y la que fue adquirida con entusiasmo por su clientela. La moda por temas de inspiración española estuvo en boga en Europa en el último tercio del siglo xix y Villegas alcanzó con ella un excepcional resultado, merced a la calidad y el virtuosismo que plasmaba en este tipo de pinturas. Esta circunstancia le permitió ejecutar con prodigalidad numerosos temas protagonizados por toreros, bailaoras, pícaros o mendigos que por su acertada descripción fueron intensamente valorados. Al tiempo que temas de raigambre hispana, Villegas realizó también con gran fortuna temas populares de inspiración italiana, que igualmente interpretó con singular acierto. De esta índole son obras como La fiesta del quince de agosto en Nápoles y Al mercado en las cuales recrea especialmente hermosos prototipos femeninos que muestran un sentido elegante y refinado en su expresividad.
     Bien relacionado con los altos estamentos eclesiásticos de Roma, Villegas alcanzó a captar en varias ocasiones escenas protagonizadas por personajes pertenecientes a las jerarquías superiores de la Iglesia, como obispos o cardenales. En estas obras, que tuvieron una gran acogida entre la clientela, destacan La antesala de su Eminencia y El cardenal penitenciario. También con asunto religioso representó escenas que describen ceremonias o procesiones como La fiesta de las palmas en San Juan de Letrán que puede ser considerada como una de las mejores obras que el artista realizó en Roma.
     De forma inevitable Villegas incidió en la práctica de pintura de “casacones”, puesto que la clientela seguía demandando este tipo de obras; en esta modalidad su obra maestra es la representación de El bautizo del nieto del general, seguida de otra denominada El barbero de Sevilla. También siguiendo la moda vigente en su época, realizó representaciones de carácter orientalista, que recreó gracias a la experiencia visual que tenía de este ámbito y que obtuvo en un viaje a Marruecos que había realizado en su juventud. Como ejemplo de este tipo de pinturas puede señalarse La tienda del vendedor de babuchas.
     Uno de los temas hispanos de mayor éxito dentro del repertorio de Villegas fue el taurino, que recreó en obras como El descanso de la cuadrilla, Toreros en la capilla de la plaza, Toreros en la taberna y sobre todo La muerte del maestro, obra de grandes dimensiones de la cual realizó dos versiones diferentes (en 1893 y en 1910).
     Otras pinturas de inspiración popular fueron El jaleo, Los monaguillos, Matilde la gitana, Soledad la cantaora y Encarna. En todas estas pinturas Villegas supo captar atractivos modelos que recrean progresivamente una técnica fluida y diestra que hace lamentar que no se dedicase a una pintura más comprometida y trascendente, circunstancia que le hubiera otorgado un puesto de mayor preeminencia entre los artistas que marcaron la transición entre el siglo XIX y el XX.
     Muy notable, aunque minoritaria dentro de su producción, fue su dedicación al retrato, que practicó en repetidas ocasiones ejecutando varias versiones de su propio autorretrato y pintando también a su esposa Lucía Monti y a otros personajes familiares. Numerosos clientes quisieron también ser efigiados por Villegas, destacando entre ellas Las señoritas de San Gil y el Marqués de Polavieja, en el ámbito aristocrático, aunque quizás su mejor retrato fue el de Pastora Imperio, rebosante de gracia y desenfado.
     En los últimos años de su vida, Villegas se sintió captado por el espíritu artístico del simbolismo, al que llegó sin duda con notable retraso; sin embargo, con este espíritu artístico, llegó a concebir en los últimos años de su vida un magno proyecto en el que intentó reflejar la trascendencia del ser humano y los impulsos que mueven sus acciones y sentimientos. Todo ello lo recogió en su Decálogo, conjunto de doce pinturas en las que representó los diez mandamientos de la ley de Dios más un prólogo y un epílogo. En estas pinturas aparecen el hombre y la mujer, generalmente al desnudo y vinculados a la naturaleza, logrando efectos de una gran belleza que refuerzan el contenido narrativo de estas escenas (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato de Lucía Monti", de Villegas, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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