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lunes, 22 de junio de 2026

El desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     Hoy, 22 de junio, en el monte Ararat, el triunfo de diez mil santos Mártires [entre ellos San Acacio], que fueron crucificados, según el Martirologio Romano, vigente hasta 1956.
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de San Acacio, de los Agustinos, se encontraba en la manzana formada por las calles Pedro Caravaca, Velázquez, Rioja, y Sierpes; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Los historiadores de la Orden hacen remontar sus orígenes al periodo de los ermitaños del norte de África que, aglu­tinados en torno a la figura de Agustín de Hipona, forman una pequeña comunidad, en una continuidad sin interrupción difícil de demostrar con la Orden constituida en 1256. Aurelio Agustino (354-430) nació en Tagaste, actual Túnez, hijo de un pagano, Patricio, y una cristiana, Mónica, quien ejerció sobre él una poderosa influencia. Entregado a los estudios clásicos, se adhirió a la secta de los maniqueos, tuvo una juventud licenciosa y se dedicó a la enseñanza de retórica en Cartago, Roma y Milán, donde su vida espiritual evoluciona por las plegarias de su madre y las instrucciones del arzobispo San Ambrosio, cuyo ejemplo y palabras le llevan a su conversión al cristianismo, bautizándolo el 25 de abril del 387. Deseoso de difundir la filosofía cristiana regresa a su tierra, vende sus bienes entregando el producto a los pobres y se establece en Hipona donde es ordenado sacerdote el 391 por el obispo Valerio, a quien sucederá en la cátedra episcopal en el año 395. En su abundante producción literaria expuso sus ideas filosóficas, teológicas, su antropología y su teoría del conocimiento, en una constante búsqueda de Dios a través del mundo y en un esfuerzo por incorporar el pensamiento platónico a la tradición filosófica cris­tiana; sus obras han ejercido una gran influencia en la esco­lástica, y se granjeó el título de primer legislador y patriarca del monacato latino siendo considerado uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia. La comunidad creada por San Agustín tras su conversión al cristianismo tuvo un fecundo desarrollo, propagándose por el norte del África romana rápidamente, de tal manera que a la muerte del Santo, en el 430, existían alrededor de cincuenta monasterios, incluidos los de mujeres. La invasión de los vándalos en el siglo V y de los árabes en el VII supuso una fuerte persecución de estas comunidades, pasando muchos de sus miembros al sur de Italia, Francia y España, a donde exportaron la tradición monástica agustiniana. Sin embargo, la legislación carolingia, que impuso con carácter exclusivo la profesión de la regla benedictina en todo el imperio, significó un freno a la propagación del ideario agustino. Habrá que esperar al renacimiento de la vida monástica de los siglos X y XI para asistir al resurgimiento de la Regla de San Agustín en los numero­sos eremitorios que se originaron. En 1244 el papa Inocencio IV, en un deseo de unificar a todos los ermitaños, promovió la fusión de los abundantes cenobios de dentro y fuera de Italia, en los que se incluían los de inspiración agustina, dando lugar a la llamada Gran Unión que fue confirmada el 9 de abril 1256 por el papa Alejandro IV. Se constituyó una gran familia religiosa que recibió el nombre de Orden de los Frailes Ermitaños de San Agustín, en el convento romano de Santa María del Pópulo, con un superior general al frente y una subdivisión en doce provincias, siete para Italia y las cinco restantes para Francia, Alemania, Inglaterra, Hungría y España. A fines del siglo XIII ya existían diecisiete y en 1329 el número de provincias ascendía a veinticuatro. Asimismo, la Orden adopta los ideales y organización de los mendicantes, conciliando el apostolado activo con la vida contemplativa monacal, siendo considerada la tercera de las órdenes mendicantes tras franciscanos y dominicos.
     Hay que señalar que San Agustín nunca escribió una regla monástica, son sus libros, sermones y sobre todo sus cartas en donde hablaba de la vida religiosa y el modo de practicarla, los que inspirarán un conjunto de normas y una forma de vida que serán adoptadas por numerosos institutos religiosos antiguos y modernos como guía a seguir. Las familias religiosas tituladas como Orden de San Agustín abarcarán diversos institutos de religiosos y de monjas. Entre los masculinos se hallaban los Ermitaños de San Agustín, instituidos canónicamente en 1256, que tras la reforma de 1505 son denominados Observantes; y los Ermitaños Recoletos de San Agustín, llamados Recoletos o Descalzos, surgidos en algunos conventos que desaprobaban la actividad intelectual, el estudio y la docencia universitaria, y deseaban entregarse más a la oración, a la contem­plación, a la vida retirada y recoleta como medio de santifi­cación; la nueva rama agustina fue a probada en el Capítulo General de Toledo el 3 de diciembre de 1588.
     En España se constata la presencia de eremitorios en época visigoda, en zonas de Valencia y Mérida, cuya proliferación quedó frenada con la llegada de los musulmanes a la península. Los avances de las tropas cristianas de Fernando III, Jaime I y Alfonso X, liberarán nuevos territorios en cuyas principales ciudades fundan los agustinos sus casas; en 1278 había nueve conventos y en 1300 dieciséis en España y Portugal. Con la Gran Unión de 1256 la Península se trans­forma en la Provincia Hispaniae, la que a su vez, más tarde por Capítulo reunido en Dueñas en 1527 se divide en cuatro: Lusitana, Catalano-aragonesa, Castilla, que llegaba hasta el río Tajo, y Andalucía o Bética, al sur de esta línea fluvial. Por otro lado, gracias al permiso otorgado por el papa Adriano VI a las órdenes mendicantes por el que podían pasar a las Indias para su evangelización, los agustinos llegaron a tierras americanas en 1533, en donde crearon la provincia de Nueva España, consiguiendo fundar la Universidad de México; un hito importante en su creciente expansión será la presencia de la Orden en Filipinas, a donde llegaron sus religiosos acompañando al conquistador Legazpi, fundando misiones y el colegio mayor de Iloco.
     Al igual que el resto de Europa, los conventos agustinos de España padecieron a mediados del siglo XV la relajación y deterioro de la observancia de la regla, conocida como claustra. Para atajar el mal surgió un movimiento de reforma a favor de la restauración de la disciplina monástica primitiva, siendo fray Juan de Alarcón quien desde el convento de Villanubla (Valladolid) emprenda el camino del reformismo, que será aprobado en 1438; las casas que se acogían a la reforma pasaron a denominarse Congregaciones de la Observancia, que a fines del XV eran un buen número de conventos. En este sentido, los Reyes Católicos obtienen del papado la aprobación para incorporar obligatoriamente todos los conventos agustinos a la observancia, lo que se verá cumplido en 1504, en el capítulo interprovincial cele­brado en Toledo. Por otro lado, en el último tercio del siglo XVI algunos conventos promovieron la vuelta al rigor primitivo de la Orden, desaprobando la actividad intelectual, el cultivo de los estudios y la docencia universitaria que tan intensa y efectivamente realizaban los agustinos. Este nuevo movimiento, más interesado por la vida contemplativa y la oración, dio lugar al nacimiento de la rama descalza agustina o de los Ermitaños Recoletos cuya aprobación se produjo en el capítulo provincial de Toledo del 3 de diciembre de 1588, abriéndose el primer convento en Talavera de la Reina al año siguiente, siendo elaboradas sus Constituciones por fray Luis de León. En 1605 el papa Clemente VIII autoriza la creación de la provincia de Recoletos, cuyo rápido crecimiento propició su elevación a Congregación en 1621, por bula de Gregorio XIV, celebrando en ese mismo año su primer Capítulo General en el que fue nombrado vicario general fray Jerónimo de la Resurrección y autorizándose la división en cuatro provincias: San Agustín de Castilla, Pilar de Aragón, Santo Tomás de Villanueva de Andalucía y Nicolás de Tolentino de Filipinas.
     En suma, la expansión y consolidación de la Orden en sus diferentes ramas fue constante y se mantuvo durante los siglos XVII y XVIII; una Orden que se caracterizó por la gran importancia que dio al estudio y la cultura, preocupada por la buena formación de sus religiosos bien cualificados para el apostolado y la enseñanza en sus más altos niveles, (en las universidades), con figuras tan destacadas y conocidas como fray Luis de León. La estima por el conocimiento y la cultura forjó la formación de centros docentes, los llamados Estudios Generales, adscritos a universidades, y valiosas bibliotecas conventuales que contribuyeron al progreso del saber, ganando por ello la Orden la reputación de docta. Sin embargo, este estado de cosas se vino abajo con los aconteci­mientos políticos-legislativos del XIX que culminaron en la desamortización de 1835, fecha en la que se contabilizaban en la península doscientos cinco conventos, de los que sólo quedó abierto el Colegio-Seminario de Valladolid, que por su carácter misionero quedó excluido de la desamortización por la influencia y prestigio que su trabajo misional en el extranjero daba al país.
COLEGIO DE SAN ACACIO
     Al igual que las otras grandes órdenes religiosas venían haciendo desde comienzos del siglo XVI de disponer de centros de estudios segregados del convento principal en donde mejor acomodar e instruir a sus religiosos, lo que condujo a la creación de los correspondientes colegios dedicados exclusivamente a la formación de los novicios, la Orden agustina da los pasos para proceder a la fundación de un colegio en Sevilla que albergara al ya crecido número de estudiantes que tenía la Casa Grande, en donde poder llevar a cabo los estudios y las prácticas religiosas. La primera intención fue intentar fundar en la cercana localidad de Castilleja de la Cuesta, pero parece que los escasos recursos con los que contaban para conseguir un local adecuado y medios para dotarlo, no lo hizo posible. La oportunidad para desarrollar el proyecto fundacional del colegio se materializará con la generosa aportación de la piadosa dama sevillana Leonor de Virués, viuda del veinticuatro Gaspar Ruiz de Montoya, quien en su testamento otorgado el 4 de abril de 1593 dispuso la entrega a los agustinos de unas casas con jardín, huerta y tierra calma, que su difunto marido había comprado y edificado en las afuera de la ciudad, junto a la Cruz del Campo. A lo que se sumó la asignación de dos mil ducados en metálico. La correspondiente autorización arzobispal se dio el 8 de mayo de 1593, quedando así fundado el Colegio bajo la advocación de San Acacio, uno de los legendarios mártires del monte Ararat del siglo II. Con el transcurrir del tiempo se convertiría en un acreditado centro de estudios teológicos, cuyo ingreso en sus aulas se hacía mediante rigurosa oposición según establecía en su testamento la bienhechora, quien quedó como fundadora y se reservaba para sí, su marido y herederos el derecho de enterramiento en la capilla mayor de la futura iglesia. Por su parte los religiosos se obligaban a colocar perpetuamente sobre las sepulturas un paño negro, decir cada día una misa de réquiem, hacer dos sufragios, uno en el día de la Santísima Trinidad y otro en el de San Acacio con sermón, responso cantado y aniversario por sus almas. Hay que señalar que los agustinos hubieron de sortear un ingrato trance, cuando el albacea de doña Leonor, don Miguel Jerónimo de León no cumplió con la manda testamentaria, entablándose el pleito correspondiente, que se resolvió a favor de los religiosos, a quienes se les entregó finalmente la finca, los dos mil ducados y la cosecha de trigo y cebada del año 1593 que igualmente les había donado la fundadora. Por otra parte, era condición testamentaria no poder entrar en posesión de estos bienes hasta que no estuviese colocado Santísimo en la capilla mayor en la pieza que había de servir de iglesia, pasando varios años hasta que el 12 de marzo de 1601 no se colocó el Santísimo Sacramento, siendo nombrado primer rector fray Agustín Vallejo; previamente, el 4 de marzo de ese año se había llevado en solemne procesión el Santísimo desde el convento de San Agustín, según recoge Montero de Espinosa, autor que corrige a Ortiz de Zúñiga quien da la fecha de 4 de abril pero de 1594.
     El Colegio permaneció en este lugar 32 años, pues a fines de diciembre de 1633 se trasladaron en régimen de alquiler a unas casas propiedad de don Luis de Tapia y Paredes, situadas frente al convento de jerónimas de Santa Paula, en donde estuvieron hasta el 1 de julio de 1634 en que pasaron a la céntrica calle Sierpes, a las casas compradas por 8.740 ducados a Francisco Pérez de Meñaca, según escritura pública firmada el día siguiente en que tuvo lugar la primera misa, inaugurándose de nuevo el Colegio con el mismo título, permaneciendo aquí sin ninguna otra mudanza hasta 1810, año en que fueron exclaustrados por los franceses. Según recoge Montero de Espinosa, la lejanía del lugar, los incómodos medios de comunicación para trasladarse los estudiantes a la universidad, lo insano y solitario del lugar y el estado ruinoso de la casa, fueron motivos poderosos para abandonar el sitio de la Cruz del Campo, que fue vendido al genovés Lelio Levanto, y donde posteriormente, en 1641 la Orden del Carmen Calzado fundó una casa bajo el título de Santa Teresa de Jesús.
     Sucedió en el patronato del Colegio Melchor de León Garavito, familiar inmediato del marido de la fundadora doña Leonor, quien lo siguió beneficiando con sus bienes, con cuyos recursos se llevarían a cabo la construcción de la iglesia y reorganización de la casa para centro de estudios. Parece que la dotación decayó con el tiempo, lo que frenó el desarrollo de la fundación, no concluyéndose las obras de la iglesia y colegio según Montero de Espinosa hasta 1660. El templo se convirtió, al igual que ocurriera con el de la Casa Grande, en lugar de enterramiento de varios bienhechores entre los que se encontraban Martín de Andújar y sus herederos, Cristóbal de Velasco y Mendoza, Juan de Pinares, don Pedro Agustín de Valenzuela, etc. Asimismo, se hallaba establecida en la iglesia la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Rosario, corporación que se originó en 1670 en el claustro del convento de San Francisco por unos niños que se dedicaban al rezo del rosario y que con el tiempo formaron regla, aprobada el 10 de septiembre de 1672 por el arzobispo don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán. En 1680 se traslada a San Acacio en donde los agustinos le concedieron capilla propia y lugar de enterramiento para los hermanos. Por otro lado consta la estancia en la iglesia del Colegio la Cofradía del Santo Cristo del Gran Poder y la Santísima Virgen del Traspaso, en donde permaneció provisionalmente desde 1697 a 1703 en que se trasladó a la parroquia de San Lorenzo. Otra nota religiosa del Colegio fue el rezo del santo rosario, que desde 1728 salía en las primeras horas de la noche en procesión formada sólo por hombres al que se agregarían las mujeres en 1758, en honor de Nuestra Señora del Buen Aire, imagen existente en la iglesia desde al menos 1728.
     Mención especial merece la acreditada biblioteca pública fundada a raíz de la donación realizada por el cardenal fray Gaspar de Molina y Oviedo, agustino ilustre, que al morir en 1744 dejó su abundante colección bibliográfica a San Acacio para que aquí se estableciera una biblioteca pública de la que carecía la ciudad. El Cardenal había sido religioso del Colegio, en donde estudió, detentando diversos y destacados cargos como regente de estudios, general de la Orden, obispo y cardenal, entre otros. El hecho de morir sin testar provocó un litigio entre sus parientes, la Provincia Agustina y el Cabildo municipal, por creerse todos con derecho sobre la herencia de los libros. Una vez resueltas las dificultades del legado, según la sentencia definitiva de 13 de septiembre de 1746, los días 17, 18 y 19 de octubre de ese año se firmaban las escrituras de entrega de la librería, estableciéndose el plazo de un año para traer desde Málaga los volúmenes y estantes que los contenían, labrar una sala competente donde instalarlos y establecer el equipamiento necesario para el funcionamiento de la biblioteca, quedando a cargo de ella el provincial fray Miguel de Medina. Los religiosos estaban obligados a decir una misa cantada de aniversario por el alma del Cardenal Molina, cuyo retrato de cuerpo entero presidiría la sala principal de la biblioteca. Por su parte, el Cabildo de la ciudad velaría por el cumplimiento de todo lo anteriormente expresado, aportando 1.000 ducados para ayudar al transporte de los libros, a pagar las costas del pleito y las obras del recinto. Pese a ello, el plazo establecido no se cumplió ante la carencia de medios para poner en marcha la biblioteca, que no abrió sus puertas oficialmente hasta el 6 de octubre de 1749, siendo su primer bibliotecario fray Juan del Pino y rector del Colegio fray Tomás de Yepes, quien antes de un año y ante la proverbial pobreza del Colegio, solicitaba al Cabildo municipal una asignación para compra de material como tinta, plumas, además de una retribución para sus bibliotecarios, dotarla de un mozo que cuidara de su aseo, proveerla de mesas, asien­tos, estantes y comprar algunos libros para completar y aumentar la colección, ante lo cual el Ayuntamiento por acuerdo de 5 de diciembre de 1749 resolvió entregar anualmente 150 ducados, lo que por desavenencias no siempre se llevó a efecto. La primera compra de libros data de 1757 y el primer arreglo de 1775, año en que el Cabildo nombró al Conde del Águila diputado para la biblioteca. Al año siguien­te se arreglaron más de doscientos libros que estaban apolillados, se hizo obra en la escalera de acceso, y se colocaron vidrieras y estantes, todo ello por valor de 15.000 reales. Hay que señalar que el aumento de libros se garantizaba en parte con la obligación impuesta a los editores de entregar a la biblioteca un ejemplar de cada obra impresa que hicieran. Por otra parte, las sucesivas donaciones supusieron un caudal que la enriqueció, como la donación en 1784 de los fondos pertenecientes a don Luis Germán y Ribón, la donación de doña María Antonia Indart, viuda de del Asistente Domezain, el legado de don Agustín Guerrero, y ya en el siglo XIX la biblioteca del agustino fray Antonio Fabré, desde el convento de Cádiz, entre otras, llegando a contener 7.700 volúmenes repartidos en dos salas. El Cabildo municipal intentó hacerse con los fondos bibliográficos y manuscritos de las distintas casas de la extinguida Compañía de Jesús, dirigiendo una petición en este sentido a la Academia de Buenas Letras de Sevilla en enero de 1881, lo que no tuvo efecto. Por otra parte, los trabajos de catalogación de las obras dieron como resulta­do la publicación de un Índice en 1749 de autor desconocido, del que se conservan varios ejemplares, en el que se sigue un orden alfabético de autores y dentro de éste por materias, omitiendo lugar y fecha de edición, sin embargo inserta el horario de apertura al público de la biblioteca: todos los días del año a excepción de las fiestas de precepto y Semana Santa, de siete a once de la mañana y por la tarde desde las cuatro al toque del Ave María, desde el 1 de mayo a fin de septiembre, y de 1 de octubre a final de abril de ocho a doce de la mañana y por la tarde desde las tres hasta el toque del Ave María. De 1783 consta un nuevo Índice realizado por el bibliotecario fray Pedro Garrido que solventaba las lagunas del anterior e incluía las nuevas obras que habían ingresado.
     Durante los años de ocupación francesa en que el Colegio estuvo cerrado, el entonces bibliotecario fray José Govea y el Ayuntamiento evitaron su saqueo, para lo que se nombró otro bibliotecario que recayó en el agustino fray Luis Rodríguez, que ayudase y velase por su custodia. El Colegio ya no volvió a abrir sus puertas y la biblioteca conforme pasaba el tiempo quedaba más desasistida, sin ayuda de la Orden ni del Ayuntamiento. El padre Govea se dirige al Consistorio en carta fechada el 3 de junio de 1820 solicitando ayuda para mantenerla abierta, librándose entonces 800 reales. Finalmente, la desamortización de 1835 y la exclaustración de los religiosos pusieron fin a la administración de la biblioteca de San Acacio por los agustinos. En 1878 por acuerdo del Ayuntamiento sus fondos, o lo que quedaba de ellos, pasaron a la Biblioteca de la Universidad. 
     Volviendo a lo que fue el Colegio, su actividad docente también se vio quebrada con la llegada de los franceses, quienes expulsaron a los religiosos y establecieron en el inmueble las oficinas del Crédito Público hasta 1812 en que se fueron de Sevilla. Se ponía fin a tres siglos y medio de existencia de San Acacio, pues a pesar de los decretos favorables a los religiosos promulgados por Femando VII, la comunidad agustina ya no volvió a establecerse en el Colegio, salvo alguno de sus miembros para regentar la Biblioteca que, como hemos visto, permaneció abierta algunos años más. El 10 de julio de 1813 la Regencia concede el edificio a la Escuela de las Tres Nobles Artes para sede de sus enseñanzas artísticas, tomando posesión el 9 de agosto de ese mismo año; una parte del inmueble se utilizó además como archivo de Hacienda. No obstante, los agustinos reclamaron su antiguo colegio en 1819 y 1825, pero se llegaron a acuerdos que posibilitaron la permanencia de la Escuela a la que, previa petición, se le entrega en 1821 la iglesia para servir de sala de juntas y lugar de exposición de sus obras artísticas. Hasta 1850 permaneció esta institución en San Acacio en donde posteriormente se instalarían las oficinas de Correos y Telégrafos, que se mantuvieron hasta los años veinte del siglo XX. Desde mediados de ese siglo hasta la actualidad, lo que fuera Colegio de San Acacio es sede del Círculo de Labradores, permaneciendo solamente el claus­tro principal, que está incluido dentro de Conjunto Histórico de Sevilla por Decreto de 27 de agosto de 1964.
ARQUITECTURA
     Del establecimiento primitivo de San Acacio "junto a la Cruz del Campo" no existe una referencia exacta que pueda determinar su ubicación precisa, que hubo de ser en descampado, pues las casas donadas tenían un carácter de finca semi-agrícola. Cuando en 1633 se trasladan al interior de la ciudad, se sitúa durante apenas un año en régimen de alquiler en unas casas frente al monasterio de Santa Paula. El 1 de julio de 1634 pasa a otras, compradas a Francisco Pérez de Meñaca por 8.740 ducados, situadas en la calle León o de los Leones, en la collación de la Magdalena, que iba de Sierpes a la confluencia de la calle de la Muela (actual O'Donnell) y Triperos (actual Tetuán), y que tras establecerse el Colegio comenzó a denominarse de San Acacio, como aparece en el plano de Sevilla de 1771 (hoy rotulada Pedro Caravaca). Así pues, el Colegio se insertaba en una gran manzana en pleno corazón de la ciudad, ocupando el ángulo entre Sierpes y León, por donde tenía su entrada.
     Muy poco se sabe de la configuración arquitectónica que tuvo San Acacio, cuya utilización para diversos fines, como hemos referido, dio lugar a sucesivas y variadas reformas, ventas parciales y demoliciones como la de la iglesia, que lo fueron desfigurando, conservándose en la actualidad solamente el patio principal. Por las escuetas notas que escribe González de León sabemos que al exterior sus muros eran de gran solidez, con grandes y adornados ventanales que iluminaban el interior. De la primitiva fachada a la calle San Acacio sólo se rastrean algunos moldurajes reutilizados y otros que los imitan, en la composición de la nueva crujía tras la adaptación del edificio a nuevos usos. Tanto el colegio como la iglesia eran de modestas dimensiones. En concreto sobre la iglesia señala este autor que "era pequeña y ni en su construcción ni en sus adornos tenía nada que observar con respecto a las bellas artes". El templo estuvo situado en el ángulo con la calle Sierpes por donde corría el muro del lado del evangelio, con entrada por la calle San Acacio, indicando este autor que no tenía portada. Empotrado en el muro exterior que miraba a Sierpes, a los pies de la torre se hallaba una losa sepulcral romana procedente de Itálica en posición acostada, en la que se leía la siguiente inscripción: "Q. FABIUS Q. QURIN. / FABIANUS ILURCO­ NEN / SIS IDEM PATRICIEN / SIS ANN. XXXXIIII JUST. / IN SUIS. H.S.E.S.T.T.L." (Quinto Fabio Fabiano, de la tribu Quirina, natural de Ilurco y ciudadano de Córdoba, hijo de Quinto, de edad de 44 años, junto con los suyos aquí está ente­rrado: séate la tierra ligera). En 1845 el Ayuntamiento acordó extraerla para depositarla en el Museo provincial, procediéndose a ello el miércoles 26 de marzo. La Academia de las Tres Nobles Artes que en aquel momento ocupaba el ya ex-colegio, manifestó su oposición, siendo finalmente restituida la lápida a su sitio el sábado 29 de marzo, colocándose en posición derecha para que se pudiera leer.
     Una de las escasas referencias documentales que hasta el momento existen sobre San Acacio es la firmada en julio de 1768 por el maestro carpintero de lo blanco Jacinto de Morales quien alquila por veinte años, a razón de noventa reales anuales, un solar propiedad de San Acacio situado en la calle Sierpes a espaldas del altar mayor del templo. De los datos de la escritura se desprende que hasta esa fecha los agustinos no habían podido edificar la sacristía por falta de medios económicos, "ninguna había para el uso y servicio de la referida iglesia lo qual se había tratado de hacer con el dicho Jacinto de Morales". En efecto, éste, en compensación por la parte del solar que se le otorgaba donde establecer su obrador "para su exercicio con vivienda alta y baxa", se obligaba a labrar a su costa la sacristía, en la restante parte del solar que tenía "un colgadizo y sitio cubierto con su suelo hollado de cinco a seis varas quadradas"; si verdaderamente se llegó a construir hubo de ser un rectángu­lo de ocho varas de largo por cinco de ancho y cinco de alto, con dos claraboyas con vidrio y dos puertas con sus correspondientes postigos de madera de caoba y clavos de metal, con una salida a la iglesia y otra al claustro.
     El claustro, en donde se distribuían los dormitorios y demás estancias precisas para la comunidad, es el único elemento conservado y constituye un bello y singular ejemplo de patio barroco conventual sevillano. Es obra de Leonardo de Figueroa, cuya fecha de ejecución se ha situado en torno a 1690 y cuya organización arquitectónica, elementos estructurales y decorativos recuerdan al claustro de San Pablo que por estas fechas labraba este arquitecto. Es de planta cuadrada y dos pisos de altura, el bajo presenta cuatro arcos de medio punto en cada frente sobre pilares rectangulares con pilastras de ladrillos rojizos avitolados, con decoración de mascarones en la zona superior que enmarca las enjutas del arco en las que se insertan adornos vegetales. El segundo cuerpo presenta los característicos balcones de Figueroa, ricamente decorados con guarniciones vegetales y moldurajes mixtilíneos, jarrones, ménsulas, cabezas de niños, etc.; en correspondencia con los pilares de la planta baja, los balcones se hallan flanqueados por semicolumnas con traspilastras de ladrillo avitolado, semicolumnas que son salomónicas en sus dos tercios superiores decoradas con labor de trépano y hojas de vides y laurel. Esta riqueza ornamental elaborada con ladrillo, barro cocido y yeso favorece el rico juego de texturas y colores que contrasta con el blanco de los muros, cromatismo que a su vez potencia los elementos estructurales que articulan este patio, magnífico ejemplo del barroco polícromo sevillano practica­do por Leonardo de Figueroa en sus numerosas obras, en las que el arquitecto se manifiesta como un gran decorador.
     La documentación manejada apenas trata de la configuración arquitectónica de la Biblioteca, sobre la que sólo podemos hilvanar algunos datos bastante imprecisos. La generosa donación del cardenal Molina hubo de instalarse en una sala alta del Colegio a la que el público accedía por la calle Triperos (actual Velázquez). En 1775 el Conde del Águila fue nombrado por el Ayuntamiento comisionado para la Biblioteca y gracias a sus diligencias se realizaron en ella obras de mejoras según se recogen en el reconocimiento y aprecio que el 9 de septiembre de 1776 realizaron el maestro mayor de los Alcázares Ignacio Moreno y el maestro de obras de carpintería Manuel Nicolás Vázquez. En el informe se dice haberse abierto la puerta a la calle Triperos, entrada directa a la biblioteca para el público que evitaba pasar por el interior del Colegio, "de tres varas de alto y dos tercias de ancho" y arriba de la pared "que según parece, se labró de nuevo, de tres varas de alto y cinco de ancho", se colocó el escudo de armas de la Ciudad, labrado en piedra y adornado con algunas guarni­ciones. A la derecha de esta entrada había un "lugar común de tres varas de largo y una y media de ancho con cubierta de colgadizo de madera de segura, tablazón de flandes encintado y tejado de canal y redoblón todo nuevo", a lo que seguía la caja de escalera, hecha igualmente nueva, "de nueve varas de largo y dos tercia de ancho, con media mesa en su principio y otra entera al fin, soldada con losas de Génova, y en ellas dos ventanas con sus rejas, bastidores y trece cristales, cuya escalera se compone de quince peraltes y catorce huellas". Algunas de las ventanas del refectorio quedaron tapadas con la construcción de la nueva escalera por lo que se abrieron nuevos vanos en el testero de éste que daba a la calle. Se hizo nueva la puerta de acceso a la biblioteca, situada a mano derecha del descansillo superior de la escalera, "de madera de flandes de tableros y forrada con tablas corridas y clavos de metal". En la sala principal de la biblioteca se hicieron tres claraboyas protegidas con rejillas y cristales y a la ventana que abría a la calle se le pusieron puertas de cristales; asimismo se arreglaron los estantes. Un tránsito que comunicaba con la escalera principal del colegio se aprovechó para colocar estantes y poner postigos con cristales a la ventana. A mano izquierda de esta pieza estaba el gabinete en el que se arreglaron tanto la ventana que daba a la calle como otras que quedaban en su testero derecho. El costo de la obra ascendió a un total de 14.765 reales de vellón, cantidad en la que se incluía el nuevo mobiliario compuesto por dos mesas de caoba con herrajes, nueve escaños, diecisiete sillones y dos cuadros con sus molduras, una para un lienzo de la Virgen de Guadalupe y otra para las Armas de la ciudad. (el desglose de esta cantidad era 7.320 reales por los trabajos de albañilería, 5.431 por los de carpintería y 2.014 por los muebles). Los maestros peritaron las obras como satisfactorias y propusieron ampliar la angosta escalera anexionando parte de la despensa del Colegio contiguo al lugar común, como queda recogido en el dibujo que realizaron, formando un tramo mayor con meseta en escuadra; asimismo se amplió la puerta principal de acceso de la calle Triperos, con portada con cornisa, frontón y remate, anulándose la puerta actual que se convertiría en ventana dejando el escudo donde estaba.
     En 1788 el Cabildo de la ciudad acordó comprar el sitio contiguo para realizar esta propuesta de ampliación, para lo que parece se había hecho suscripción pública, encargando al arquitecto Félix Caraza la realización del proyecto. Pero las reformas no se llevaron a cabo pues en 1790 aún se menciona la proyectada ampliación, y que parece nunca se llevó a efecto, lo que estuvo determinado por las desavenencias entre la Orden y el Ayuntamiento, que en el cabildo celebrado el 19 de octubre de 1791 acordó suspender la asignación de los ciento cincuenta ducados anuales que otorgaba para ayuda de la biblioteca y sus bibliotecarios. Este estado de cosas continuó hasta 1803 en que se reanudaron las relaciones; la biblioteca, que había permanecido cerrada, se reabrió al público, se nombró a fray Antonio Ruiz bibliotecario y se colocó el 13 de noviembre de ese año una lápida conmemorativa en la fachada con la siguiente inscripción: D.O.M. / HISPALENSI AMPLISSIMO XXIV VIRO / RUM ORDINI CL QUE FRANCISCO / MANSO MARCHIONI DE RIBAS GENE / RALI PROCURAT BIBLIOTECA AB / EMM. CARDINALI DE MOLINA ERECTA / MODO CONTENTIONIBUS INTERCLUSA / SALUBERRIMO S.C. RENOVATA LAR / GIORI­ BUS AUCTA REDITIBUS PATE FAC / TA QUE UNIU AUGUSTINIANORUM / PROVINCIA VOTI COMPOTE SIBI QUE / GRATULANTES IN CONCORDIAE PUBL. / FELICITATIS ET GRATOS ANIMORUM / TESTIMONIUN F. ANTONIUS RUIZ / BIBLIOTHECAE PRAEFECTUS HOC MO / NUMENTUM POSUIT IDIBUS NOVEMB. / ANNO M.D.CCCIII. (A Dios Óptimo Máximo. Al ilustrísimo Ayuntamiento de veinticuatros de Sevilla, y al esclarecido Francisco Manso, marqués de Rivas, su procurador mayor. La biblioteca erigida por el eminentísimo cardenal de Molina, cerrada en este tiempo por disgustos, ahora fue abierta con rentas, renovada y aumentada con dones por muy saludable acuerdo del Senado, con gozo y satisfacción de la provincia de los Agustinos, en testimonio de cuya concordia, de deseo por la pública felicidad y de su agradecimiento. Puso esta memoria el bibliotecario fray Antonio Ruiz, en 13 de noviembre de 1803).
RETABLOS Y ESCULTURAS
     No se conocen hasta el momento los retablos y esculturas que hubo de poseer, en mayor y menor medida San Acacio. Solamente hemos hallado la referencia a una Nuestra Señora del Buen Aire existente en la iglesia desde al menos 1728, imagen de vestir en cuyo honor se consagró el rezo del Rosario en pública procesión formada por hombres, en las primeras horas de la noche, a lo que se agregarían devotas mujeres en 1758, que lo rezaban todas las tarde de los días festivos. La imagen pasó en fecha desconocida a la parroquia de San Bernardo, colocándose en un retablo moderno en la nave del evangelio hasta su destrucción en el incendio de 1936.
PINTURAS
     Sobre el patrimonio pictórico del Colegio de San Acacio nada queda recogido en las obras de Antonio Ponz, Ceán Bermúdez o González de León, ni en las referencias documentales que hemos manejado. Sólo Montero de Espinosa refiere la existencia en la Biblioteca de los retratos del Cardenal Molina, de Nicolás Antonio, de Diego Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo y Juan Lucas Cortés. Salvo el último que no ha sido identificado, todos se conservan en el Ayuntamiento de Sevilla, a donde pasarían tras el cierre de la Biblioteca en 1836. A esta serie de ilustres sevillanos vinculados con las artes y las letras se añade el retrato de Diego Ortiz de Zúñiga que igualmente se halla en el consistorio. El retrato del Cardenal don Gaspar de Molina presidía la sala principal de la Biblioteca, como quedó estipulado en la donación, y está representado a tamaño natural, de pie, mirando de frente al espectador y respaldado por anaqueles repletos de libros, en clara alusión a la rica librería que llegó a reunir y que donó a la ciudad. Sostiene un papel con la mano derecha que a la vez apoya sobre una vistosa mesa que deja ver una de sus patas ricamente tallada. En el ángulo inferior derecho se sitúa una doble cartela barroca con el escudo del cardenal en la zona superior y en la inferior una larga inscripción que refiere su trayectoria vital con sus méritos y destacados cargos. La obra, cuya ejecución hay que situar a mediados del XVIII, es de correcta factura pero su dibujo seco y poco expresivo hacer pensar que sea una copia de taller del original pintado por Alonso Miguel Tovar, actualmente en paradero desconocido.
     Sobre el retrato de Juan Martínez Montañés hay que señalar que pese a no estar firmado, su atribución a Francis­co Varela resulta segura desde que ya fuera referida por el Conde del Águila, quien lo donó a la biblioteca en los años que estuvo comisionado por el Ayuntamiento para gestionarla. El escultor está representado sobre un fondo oscuro, de medio cuerpo, vuelto tres cuartos hacia la izquierda y vestido con traje negro con golilla rizada y blanca en el cuello y bocamangas. Sostiene una gubia y una pequeña estatuilla que como según manifestó el Conde del Águila, corresponde al boceto del Santo Domingo de Guzmán penitente, realizado por el artista para el convento dominico de Porta Coeli de Sevilla, obra de la que se preciaba su autor. Su rostro, con barba corta y bigote mira de frente al espectador y está realizado con el habitual dibujo firme y sobrio de expresión de Varela, recogiendo la que hubo de ser la fisonomía real del escultor. Hay que señalar que en el reverso del cuadro aparece la inscripción "Original de Varela, año de 1646", año en el que el pintor había fallecido -murió en 1645- y en el que Montañés tendría setenta y ocho. Se trata sin duda un error de transcripción de la leyenda original cuando la obra fue reentelada, en que se puso 1646 en vez de 1616, año en que se hizo el retrato y en el que efectivamente el escultor contaba con 47 años de edad, tal y como aparece recogido en la inscripción de la parte superior del lienzo. El retrato de Bartolomé Estaban Murillo es una réplica del Autorretrato original de Murillo que se conserva en la Natio­nal Gallery de Londres, en la que se ha suprimido el marco fingido en el que se inserta la figura que sostiene la paleta de pintor. Según la inscripción que se lee en el reverso del cuadro fue copiado por Domingo Martínez, si bien la endeble factura hace dudar de su adscripción a este artista, para cuya ejecución el autor anónimo hubo de valerse de la estampa grabada por R. Collins en 1682. Posee el comple­mento escrito en la parte superior que identifica al retratado; su fecha de ejecución es de mediados del XVIII.
     El bibliófilo y escritor sevillano Nicolás Antonio se halla representado de medio cuerpo, sentado en un amplio sillón y mirando al espectador. Está vestido con sotana y manto con la Cruz de Santiago bordada en el lado izquierdo, por su pertenencia a esa Orden que le fue otorgada por Felipe IV en 1645, quien además le nombró su agente en Roma. El perso­naje señala con la mano derecha una filacteria en la que se lee: "NOSCENTA EST MENSURA SUI". A la izquierda, en una mesa con tapete se disponen una campanilla y elementos alusivos a su actividad literaria como tintero, pluma y un grupo de cinco libros apilados, en cuyos lomos se leen sus títulos. La composición se completa con un cortinaje rojo recogido a la derecha, y en el ángulo superior izquierdo una puerta por la que se ve un patio en último término. El lienzo presenta unas calidades muy sumarias, de dibujo seco e inex­presivo que lleva a pensar que sea copia anónima del último tercio del XVIII de un original más antiguo. En el ángulo superior izquierdo lleva una inscripción con su nombre.
     El retrato de Diego de Silva y Velázquez es un busto de tamaño natural, copia del autorretrato del pintor que se conserva en el Museo de Valencia. Se halla representado a la edad de cuarenta años aproximadamente, con melena corta y bigote, y está vestido con traje negro y la típica golilla blanca en el cuello. Dirige su mirada directamente al espectador y en la parte superior del lienzo se lee la siguiente inscripción: "DN. DIEGO VELAZQUEZ DE SILVA CAVº / DE LA ORDEN DE SN TIAGO PINTOR DE FELIPE IV NATURAL DE SEVILLA". Es igualmente obra anónima del último tercio del XVIII.
     Por último se conserva en el Ayuntamiento, procedente de la Biblioteca de San Acacio, el retrato del analista y veinti­cuatro de Sevilla D. Diego Ortiz de Zúñiga, cuya representa­ción sigue prácticamente el esquema de los anteriores, al representarlo en busto a tamaño natural, vestido con el hábito de Santiago, con melena corta y bigote y mirando al espectador. Está inserto dentro de una gran cartela oval barroca que imita el mármol blanco, que es sostenida por dos niños, y con el escudo de su linaje en la parte superior, consistente en un lucero rodeado de rosas, partido con banda orlada de las cadenas de Navarra, sobre la cruz de la Orden de Santiago. En el pedestal aparece la siguiente inscripción: "D. DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA CAV.ro DE ORDE.n DE SANT.go 24 DE / SEV.a Y AUTOR DE LOS ANALES ECLESIAST.os Y SECUL.res DESTA CIUD.ad Y DEL / DISC.os GENEAL.cos DE LOS ORTIZES Y MANUEL.es DE SU UN.ge FALLE.do Aº. DE 1680 Alas. 44 DE EDD." En el reverso del lienzo se lee: "DON DIEGO ORTIZ DE ZÚÑIGA. LO PUSO EN ES/TA LIBRERÍA DEL SR. SN. ACACIO. A SU COS/TA DON JOSE ORTIZ DE ZÚÑIGA. MAR / QUES DE MONTE FUERTE, 24 DE / SEVILLA. SU NIETO AÑO DE 1751", año en que se puede situar su ejecución por un maestro anónimo que se pudo basar en un probable original de Murillo (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Acacio y los diez mil mártires del monte Ararat
LEYENDA
     Centurión cristiano en Capadocia, Acacio habría sido el jefe de diez mil legionarios mártires quienes, al negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos, fueron empalados sobre el monte Ararat.
     Los emperadores Adriano y Antonino habían salido en campaña contra los rebeldes de la región del Éufrates, cuyo número alcanzaba los cien mil hom­bres, con un ejército de nueve mil, en el cual servía Acacio. La lucha era de­sigual, pero un ángel se apareció a Acacio y a sus soldados para anunciarles que si invocaban al verdadero Dios, Jesucristo, conseguirían la victoria. El pequeño ejército, dispuesto a huir, se convirtió y pudo derrotar a sus enemigos.
     El ángel los condujo al monte Ararat. Los dos emperadores, asistidos por siete reyes paganos, intentaron forzar a los nueve mil soldados cristianos a renegar de su fe. Los hicieron flagelar, coronar de espinas, lapidar; pero las piedras se volvían contra los verdugos cuyas manos se secaban. Sin dejarse espantar por las torturas, otros mil hombres de los ejércitos paganos se unieron a los mártires cuyo número alcanzó los diez mil.
     Al fin, todos fueron crucificados o empalados. Hacia la sexta hora los már­tires pidieron a Dios que todos aquellos que celebraran su memoria pudieran gozar de salud en cuerpo y alma; una voz del cielo les aseguró que su plegaria sería satisfecha. Los ángeles enterraron los cadáveres que un seísmo había hecho caer de la selva de cruces.
     La fábula de este martirio colectivo se forjó en el siglo XII, de acuerdo con el modelo de la leyenda de los mártires de la Legión de Tebas, para inspirar valor y confianza a los cruzados. Es una duplicación de la leyenda de san Mauricio y sus compañeros, e incluso forma pareja con santa Úrsula y la ma­tanza de las once mil vírgenes por los hunos.
     El nombre de Acacio explica el género de suplicio que padecieron los már­tires del monte Ararat.
     En la Edad Media esa palabra designaba al árbol espinoso que en la actualidad llamamos acacia, según una forma tomada del latín en el siglo XVII. Acacio evocaba la idea de punta, espina (griego akis). De ahí que se imaginara que el santo y sus compañeros fueran flagelados con espinas, que habían sido condenados a caminar descalzos sobre puntas de hierro y empalados sobre ramas de acacia aguzadas.
     En consecuencia, la leyenda habría sido engendrada por la etimología popular, al igual que las de san Cristóbal, san Hipólito y tantas otras.
CULTO
     Las reliquias de san Acacio y sus comártires se veneraban en Roma, Bolonia, Colonia y Praga. Pero su popularidad, que se remonta a la época de las cruzadas, alcanzó su apogeo en el siglo XV y comienzos del XVI, y está probada sobre todo en Suiza, después de las batallas de Granson y Moral, y en Alemania, donde san Acacio fue incluido entre los Catorce Intercesores (vierzehn Nothelfer), a causa de la promesa que le hiciera un án­gel en la hora de su muerte. Se lo invocaba sobre todo para socorrer a los agonizantes.
ICONOGRAFÍA
     Así se explica la riqueza de su iconografía en el arte germánico de finales de la Edad Media, sobre todo en Franconia y en Baviera, cunas del culto de los Catorce Intercesores.
     Está representado con una armadura de legionario romano o de caballero, ya con la espada y el crucifijo para señalar su condición de soldado cristiano (miles christianus), ya con una rama espinosa de acacia aguzada que se puede interpretar como armas parlantes y al mismo tiempo como el instrumento de su martirio, e incluso con una corona de espinas.
     De manera excepcional está transformado en obispo, aunque sólo se hable de su episcopado en la leyenda.
     Al margen de las representaciones aisladas de San Acacio, con frecuencia los pintores se han ocupado del martirio colectivo de los diez mil legionarios arro­jados desde lo alto de un peñón a un precipicio donde se clavan en estacas, o crucificados sobre el monte Ararat (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Colegio de San Acacio, de los Agustinos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 27 de junio de 2023

La pintura de la Virgen del Perpetuo Socorro, de Antonio Cavallini, en el Retablo de San Expedito, de la Iglesia del Santo Ángel

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura de la Virgen del Perpetuo Socorro, de Antonio Cavallini, en el Retablo de San Expedito, de la Iglesia del Santo Ángel, de Sevilla.
     Hoy, 27 de junio, se celebra la Solemnidad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura de la Virgen del Perpetuo Socorro, en el Retablo de San Expedito, de la Iglesia del Santo Ángel, de Sevilla.
     La Iglesia del Convento del Santo Ángel se encuentra en la calle Rioja, 19; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
   Uno de los altares más visitados de este templo es el de San Expedito, abogado de las causas difíciles y urgentes, situado a los pies de la nave del Evangelio. 
     De estilo neogótico, costeado por Dª Margarita Lugo de Viñas, viuda de Power, en 1894. Es obra del tallista y dorador Rossy, junto con el pintor Antonio Cavallini, autor de la pintura de la Virgen del Perpetuo Socorro y de las pinturas del intradós del arco de entrada. Presenta la pintura de la Virgen del Perpetuo Socorro en el centro, a los lados las imágenes de San Nicolás de Bari y el Beato Francisco Palau y Quer, Carmelita Descalzo (antes estaba una imagen del Sagrado Corazón, conservada en la clausura, realizada en París) (Iglesia del Santo Ángel).
     Corona el retablo una pintura del Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Se trata de un icono bizantino que ya era muy venerado en el siglo XV, siendo trasladado a Roma en 1.499 por la iglesia de los Redentoristas, que fueron los responsables de su difusión por todo el mundo. La imagen de la Virgen del Santo Ángel es una copia del icono original que se venera en Roma, en la casa principal de esta orden (Leyendas de Sevilla).
     Pintura sobre tabla (madera de cedro), donación de un argentino en 1890. Va enmarcada por convencional altar neogótico, que se venera a los pies de la nave del Evangelio. Su único rasgo notable es la presencia de una advocación muy universal dentro de un templo muy mariano, el cual abarca numerosos títulos conocidos mundialmente, tales como Carmen, Inmaculada, Lourdes, Fátima, Dolorosa, Pilar,... (Juan Martínez Alcalde. Sevilla Mariana, Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Solemnidad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro;
     El veintisiete de junio es la conmemoración de esta hermosa advocación de la Santísima Virgen María relacionada con un antiguo icono oriental, del siglo XIII o XIV, de autor desconocido, y que se ciñe al modelo iconográfico de la Stratsnaya o Virgen de Pasión, y que los Redentoristas celebran como fiesta.  Se muestra a la Virgen y al Niño Jesús, quien observa, aterrado, a dos ángeles que le muestran los instrumentos de su futura pasión. Se agarra fuerte con las dos manos de su Madre que lo sostiene en sus brazos y lo observa con mirada melancólica. Esta imagen nos recuerda la maternidad divina de la Virgen y su amor y cuidado por Jesús desde su concepción hasta su muerte en Cruz.
       Durante siglos, la imagen original se veneró en Constantinopla, hasta la toma de los turcos en 1453, durante la que fue destruida. En ese siglo XV, una bella copia de la pintura perdida de Nuestra Señora se encontraba en manos de un comerciante cretense, cristiano piadoso y devoto de la Virgen María, que deseaba evitar a toda costa que el icono mariano se destruyera como tantas otras imágenes religiosas que corrieron con esa suerte durante la expansión musulmana hacia occidente. Para escapar con ella, se embarcó rumbo a Roma; pero ya en el mar se desató una violenta tormenta que puso en grave peligro al barco en que viajaba. Cuando ya todos a bordo se preparaban para lo peor, el mercader sostuvo en alto el icono de Nuestra Señora implorando socorro. La Virgen respondió a su oración con un milagro: la tormenta cesó de inmediato y las aguas se calmaron. Todos llegaron a Roma sanos y salvos. Luego, este devoto comerciante profetizaría que llegaría el tiempo en que en todo el mundo se veneraría a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, tal como sucede hoy en día. Pasado un tiempo, el mercader se enfermó de gravedad. Al sentir cercana la muerte, desde su lecho llamó a su amigo de más confianza y le rogó que le prometiera que se encargaría de colocar la pintura de la Virgen en una iglesia ilustre para que fuera venerada públicamente.  
     La cosa fue que el amigo no cumplió la promesa por complacer a su esposa que se había encariñado con la imagen, pero la Divina Providencia no había llevado la pintura a Roma para que fuese propiedad de una familia, sino para que fuera venerada por todo el mundo.  Nuestra Señora se le apareció al hombre en tres ocasiones, diciéndole que debía poner la pintura en una iglesia. El hombre discutió varias veces con su esposa para cumplir con la Virgen, pero ella se salió con la suya burlándose de él, diciéndole que alucinaba.  Un día, después de la muerte del esposo, la hijita de la familia, de seis años, vino hacia su madre apresurada con la noticia de que una hermosa y resplandeciente Señora se le había aparecido mientras estaba mirando la pintura. La Señora le había dicho que les dijera a su madre y a su abuelo que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro deseaba ser puesta en una iglesia. La madre de la niña prometió obedecer a la Señora, pero una vecina ridiculizó todo lo ocurrido e intentó convencer a su amiga de que se quedara con el icono, animándola a no hacer caso de sueños y visiones. En cuanto terminó de decir esto, comenzó a sufrir dolores tan terribles, que creyó que moriría allí mismo. Entonces invocó a Nuestra Señora pidiendo perdón y ayuda. La vecina tocó la pintura con corazón contrito, y la Virgen escuchó su oración, por lo que fue sanada instantáneamente. Ahora urgía a la viuda para que obedeciera a Nuestra Señora de una vez por todas. Con la intención de cumplir, ahora sí, con el mandato de Nuestra Señora, la viuda se preguntaba en qué iglesia debería poner la pintura. Entonces volvió a aparecérsele la Virgen a la niña y le dijo que quería que la pintura fuera colocada en la iglesia que queda entre la Basílica de Santa María la Mayor y la de San Juan de Letrán. Esa iglesia era la de San Mateo Apóstol. Los frailes agustinos, encargados de dicho templo, después de investigar todos los milagros y circunstancias relacionadas con la imagen, dispusieron que fuera llevada a la iglesia en procesión solemne el veintisiete de marzo de 1499. Durante la procesión, un hombre tocó la pintura y le fue devuelto el uso de un brazo que tenía paralizado. Colocaron la pintura sobre el altar mayor de la iglesia, en donde permaneció casi trescientos años. Amada y venerada por todos los fieles de Roma, sirvió como medio de incontables milagros, curaciones y gracias.
       En 1798, Napoleón y su ejército tomaron la ciudad de Roma. Exilió a Pío VII Chiaramonti y fueron destruidas treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo, que quedó completamente arrasada. Junto con la iglesia, se perdieron muchas reliquias y estatuas venerables. Uno de los agustinos, justo a tiempo, logró poner a salvo el icono.  Cuando el Papa regresó a Roma, le dio a los agustinos el monasterio de S. Eusebio y después la casa y la Iglesia de Santa María in Posterula. Una pintura famosa de Nuestra Señora de la Gracia estaba ya colocada en dicha iglesia por lo que la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue puesta en la capilla privada de los Padres agustinos. La imagen permaneció allí sesenta y cuatro años, casi olvidada, hasta que, a instancias del Papa, el Superior General de los Redentoristas estableció su sede principal en Roma, para lo que fueron construidas una casa y la Iglesia de San Alfonso. Uno de los Padres, el historiador de la casa, realizó un estudio acerca del sector de Roma en que vivían. En sus investigaciones, se encontró con múltiples referencias a la vieja Iglesia de San Mateo, sobre cuyas ruinas se elevaba la de San Alfonso, y a la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.  El Padre Michael Marchi, al hilo de ello, le comunicó que se acordaba de haber servido muchas veces en la Misa de la capilla de los agustinos de Posterula cuando era niño. Ahí, en la capilla, había visto la pintura milagrosa. Un viejo hermano lego que había vivido en San Mateo, y a quien había visitado a menudo, le había contado muchas veces relatos acerca de los milagros de Nuestra Señora y solía añadir: "Ten presente, Michael, que Nuestra Señora de San Mateo es la de la capilla privada. No lo olvides".
       Así los redentoristas supieron de la existencia de la pintura. Ese mismo año, a través del sermón inspirado de un jesuita acerca de la antigua pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, conocieron los redentoristas la historia del icono y del deseo de la Virgen de que esta imagen suya fuera venerada entre la Iglesia de Santa María la Mayor y la de San Juan de Letrán.  El jesuita lamentaba que el icono, que había sido tan famoso por milagros y curaciones, hubiera desaparecido sin revelar ninguna señal sobrenatural durante los últimos sesenta años. A él le pareció que se debía a que ya no estaba expuesto públicamente para ser venerado por los fieles. Les imploró a sus oyentes que, si alguno sabía dónde se hallaba la pintura, le informaran al dueño lo que deseaba la Virgen. Los redentoristas desearon ver el milagroso cuadro nuevamente expuesto a la veneración pública y que, de ser posible, sucediera en su propia Iglesia de San Alfonso. Así que instaron a su Superior General, Nicolás Mauron, para que tratara de conseguir el famoso cuadro para su Iglesia. Después de un tiempo de reflexión, decidió solicitarle la pintura al Papa Beato Pío IX Mastai Ferretti.  Como era muy mariano y había orado de niño ante la imagen, dictaminó que el cuadro milagroso de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera devuelto a la Iglesia entre Santa María la Mayor y San Juan de Letrán. También encargó a los Redentoristas que hicieran que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera conocida en todas partes. Así apareció y se veneró, por fin, de nuevo, el cuadro de Nuestra Señora.  Ninguno de los agustinos de ese tiempo había conocido la Iglesia de San Mateo. Una vez que supieron la historia, gustosos accedieron a la petición papal. Habían sido sus custodios y ahora se la devolverían al mundo bajo la tutela de otros custodios.
       A petición del Papa, los redentoristas obsequiaron a los agustinos con una buena pintura para reemplazar a la milagrosa. La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue llevada en procesión solemne a lo largo de las vistosas y alegres calles de Roma antes de ser colocada sobre el altar, construido especialmente para su veneración en la Iglesia de San Alfonso. Empezó a venerarse de una manera especial el dieciséis de junio. El veintitrés de junio de 1867, la imagen fue coronada canónicamente por el Deán del Capítulo Vaticano.  El veintiuno de abril de 1866, el Superior General Redentorista había ya dado uno de los primeros ejemplares de copia del icono al Beato Pío IX. Se fijó su fiesta, como doble de segunda clase, el domingo antes de la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista, en conmemoración de su coronación canónica, y por un decreto de mayo de 1876, se aprobó su Oficio y misa para la Congregación del Santísimo Redentor. Este favor más adelante se fue extendiendo, a la par que su Archicofradía, fundada en la Ciudad Eterna ese mismo año de 1876.  En 1913 se señaló su fiesta el veintisiete de junio, la fecha más cercana a su coronación libre en el calendario litúrgico, aunque en muchos lugares siguieron conservando por privilegio la celebración dominical, hasta que éste cesó definitivamente en 1973.
       Hoy en día, la devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se ha difundido por todo el mundo. Se han construido iglesias y santuarios en su honor, y se han establecido archicofradías. Su retrato es conocido y amado en todas partes (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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lunes, 12 de abril de 2021

La pintura "Santa Teresa de Jesús (Juana) Fernández Solar", de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Teresa de Jesús (Juana) Fernández Solar", de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.      
     Hoy, 12 de abril, Festividad en la ciudad de Los Andes, en Chile, de Santa Teresa de Jesús (Juana) Fernández Solar, virgen, que, siendo novicia en la Orden de Carmelitas Descalzas, consagró, como ella misma decía, su vida a Dios por el mundo pecador, y a la edad de veinte años murió consumida por el tifus (1920) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy para explicarte la pintura "Santa Teresa de Jesús (Juana) Fernández Solar", de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.
      La Iglesia del Convento del Santo Ángel se encuentra en la calle Rioja, 19; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     En la iglesia conventual del Santo Ángel encontramos una monumental tabla de dos metros de alto y una de ancho pintada por Chema Rodríguez en 2011 para la nave central de este templo carmelitano, reflejando a la santa en una pincelada realista moderna, obteniendo la psicología de la santa, informándose para ello con un abundante trabajo fotográfico y documental.
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Teresa de Jesús (Juana) Fernández Solar, virgen;
   La joven que hoy es glorificada en la Iglesia con el título de Santa, es un profeta de Dios para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. TERESA DE JESUS DE LOS ANDES, con el ejemplo de su vida, pone ante nuestros ojos el evangelio de Cristo, encarnado y llevado a la práctica hasta las últimas exigencias.
  Ella es para la humanidad una prueba indiscutible de que la llamada de Cristo a ser santos, es actual, posible y verdadera. Ella se levanta ante nuestros ojos para demostrar que la radicalidad del seguimiento de Cristo es lo único que vale la pena y lo único que hace feliz al hombre.
   Teresa de Los Andes, con el lenguaje de su intensa vida, nos confirma que Dios existe, que Dios es amor y alegría, que El es nuestra plenitud.
   Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900. En la pila bautismal fue llamada Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar. Familiarmente se la conocía, y todavía se la conoce hoy, con el nombre de Juanita.
   Su niñez se desarrolló normalmente en el seno familiar: sus padres, don Miguel Fernández y Lucía Solar; sus tres hermanos y dos hermanas; el abuelo materno, tíos, tías y primos.
   La familia gozaba de muy buena posición económica y conservaba fielmente la fe cristiana, viviéndola con sinceridad y constancia.
   Juana recibió su formación escolar en el colegio de las monjas francesas del Sagrado Corazón. Entre la vida estudiantil y la vida familiar se desarrolló su corta e intensa historia. A los catorce años de edad, inspirada por Dios, decidió consagrarse a El como religiosa, en concreto, como carmelita descalza.
   Su deseo se realizó el 7 de mayo de 1919, cuando ingresó en el pequeño monasterio del Espíritu Santo en el pueblo de Los Andes, a unos 90 kms. de Santiago.
   El 14 de octubre de ese mismo año vistió el hábito de carmelita, iniciando así su noviciado con el nombre de Teresa de Jesús. Sabía desde mucho antes que moriría joven. Más aún, el Señor se lo había revelado, pues ella misma lo comunicó a su confesor un mes antes de su partida.
   Asumió esa realidad con alegría, serenidad y confianza. Segura de que continuaría en la eternidad su misión de hacer conocer y amar a Dios.
   Después de muchas tribulaciones interiores e indecibles padecimientos físicos, causados por un violento ataque de tifus que acabó con su vida, pasó de este mundo al Padre al atardecer del 12 de abril de 1920. Había recibido con sumo fervor los santos sacramentos de la Iglesia y el 7 de abril había hecho la profesión religiosa en el artículo de la muerte. Aún le faltaban 3 meses para cumplir los 20 años de edad y 6 meses para acabar su noviciado canónico y poder emitir jurídicamente su profesión religiosa. Murió como novicia carmelita descalza.
   Esa es toda la trayectoria externa de esta joven santiaguina. Desconcierta, y crece en nosotros el gran interrogante: ¿y qué hizo? Para tal pregunta hay una respuesta igualmente desconcertante: Vivir, creer, amar.
   Cuando los discípulos preguntaron a Jesús qué debían hacer para vivir según Dios quiere, El respondió: "La obra de Dios es que creáis en quien El ha enviado" (Jn. 6, 28-29). Por lo tanto, para conocer el valor de la vida de Juanita, es necesario mirar hacia dentro, donde está el Reino de Dios.
   Ella despertó a la vida de la gracia siendo todavía muy niñita. Asegura que a los seis años atraída por Dios empezó a volcar su afectividad totalmente en El. "Cuando vino el terremoto de 1906, al poco tiempo fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para sí" (Diario, n. 3, p. 26). Juanita poseyó una enorme capacidad de amar y ser amada junto con una extraordinaria inteligencia. Dios le hizo experimentar su presencia, la cautivó con su conocimiento y la hizo suya a través de las exigencias de la cruz. Conociéndolo, lo amó; y amándolo se entregó a El con radicalidad.
   Desde niña comprendió que el amor se demuestra con obras más que con palabras, por eso lo tradujo en todos los actos de su vida, empezando por la raíz. Se miró con ojos sinceros y sabios y comprendió que para ser de Dios era necesario morir a sí misma y a todo lo que no fuera El.
   Su naturaleza era totalmente contraria a la exigencia evangélica: orgullosa, egoísta, terca, con todos los defectos que esto supone. Como nos sucede a todos. Pero lo que ella hizo, a diferencia nuestra, fue librar batalla encarnizada contra todo impulso que no naciera del amor.
   A los 10 años era una persona nueva. La motivación inmediata fue el Sacramento de la Eucaristía que iba a recibir. Comprendiendo que nada menos que Dios iba a morar dentro de ella, trabajó en adquirir todas las virtudes que la harían menos indigna de esta gracia, consiguiendo en poquísimo tiempo transformar su carácter por completo.
   En la celebración de este sacramento recibió de Dios gracias místicas de locuciones interiores que luego se mantuvieron a lo largo de su vida. La inclinación natural hacia Dios, desde ese día se transformó en amistad, en vida de oración.
   Cuatro años más tarde recibió interiormente la revelación que determinó la orientación de su vida: Jesucristo le dijo que la quería carmelita y que su meta debía ser la santidad.
   Con la abundante gracia de Dios y con la generosidad de joven enamorada se dio a la oración, a la adquisición de las virtudes y a la práctica de la vida según el evangelio, de tal modo que en cortos años llegó a un alto grado de unión con Dios.
   Cristo fue su ideal, su único ideal. Se enamoró de El, y fue consecuente hasta crucificarse en cada minuto por El. La invadió el amor esponsal y, por tanto, el deseo de unirse plenamente al que la había cautivado. Por eso a los 15 años hizo el voto de virginidad por 9 días, renovándolo después continuamente.
   La santidad de su vida resplandeció en los actos de cada día en los ambientes donde se desarrolló su vida: la familia, el colegio, las amigas, los inquilinos con quienes compartía sus vacaciones y a quienes, con celo apostólico, catequizó y ayudó.
   Siendo una joven igual a sus amigas, éstas la sabían distinta. La tomaron por modelo, apoyo y consejera. Juanita sufrió y gozó intensamente, en Dios, todas las penas y alegrías con que se encuentra el hombre.
   Jovial, alegre, simpática, atractiva, deportista, comunicativa. En los años de su adolescencia alcanzó el perfecto equilibrio síquico y espiritual, fruto de su ascesis y de su oración. La serenidad de su rostro era reflejo de Aquel que en ella vivía.
   Su vida monacal desde el 7 de mayo de 1919 hasta su muerte fue el último peldaño de su ascensión a la cumbre de la santidad. Sólo once meses fueron suficientes para consumar su vida totalmente cristificada.
   Muy pronto la comunidad descubrió en ella un paso de Dios por su historia. En el estilo de vida carmelitano-teresiano, la joven encontró plenamente el cauce para derramar más eficazmente el torrente de vida que ella quería dar a la Iglesia de Cristo. Era el estilo de vida que, a su modo, había vivido entre los suyos, y para el cual había nacido. La Orden de la Virgen María del Monte Carmelo colmó los deseos de Juanita al comprobar que la Madre de Dios, a quien amó desde niña, la había traído a formar parte de ella.
   Fue beatificada en Santiago de Chile por Su Santidad Juan Pablo II, el día 3 de abril de 1987. Sus restos son venerados en el Santuario de Auco-Rinconada de Los Andes por miles de peregrinos que buscan y encuentran en ella el consuelo, la luz y el camino recto hacia Dios.
   SANTA TERESA DE JESÚS DE LOS ANDES es la primera Santa chilena, la primera Santa carmelita descalza fuera de las fronteras de Europa y la cuarta Santa Teresa del Carmelo tras las Santas Teresas de Ávila, de Florencia y de Lisieux (www.vatican.va)
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Teresa de Jesús (Juana) Fernández Solar", de Chema Rodríguez, en la iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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sábado, 7 de marzo de 2020

La pintura "Santa Teresa Margarita Redi", de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Teresa Margarita Redi", de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.         
   Hoy, 7 de marzo, Festividad en Florencia, población de Toscana, en Italia, de Santa Teresa Margarita Redi, virgen, que, habiendo entrado en la Orden de las Carmelitas Descalzas, avanzó por el arduo camino de la perfección y murió siendo aún joven (1770) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Santa Teresa Margarita Redi, de Chema Rodríguez, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.
     La Iglesia del Convento del Santo Ángel se encuentra en la calle Rioja, 19; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
   En la iglesia conventual del Santo Ángel encontramos una monumental tabla de dos metros de alto y una de ancho pintada por Chema Rodríguez en 2011 para la nave central de este templo carmelitano, reflejando a la santa en una pincelada realista moderna, obteniendo la psicología de la santa, informándose para ello con un abundante trabajo fotográfico y documental.
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Teresa Margarita Redi" en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 11 de febrero de 2020

La Capilla de Nuestra Señora de Lourdes, en la Iglesia conventual del Santo Ángel


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de Nuestra Señora de Lourdes, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.   
     Hoy, 11 de febrero, Nuestra Señora la Bienaventurada Virgen María de Lourdes. Cuatro años después de la proclamación de su Inmaculada Concepción, la Santísima Virgen se apareció en repetidas ocasiones a la humilde joven Santa María Bernarda Soubirous en los montes Pirineos, junto al río Gave, en la gruta de Massabielle, cerca de la población de Lourdes, en Francia, y, desde entonces, aquel lugar es frecuentado por muchos cristianos, que acuden devotamente a rezar (1854) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
        Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de Nuestra Señora de Lourdes, en la Iglesia conventual del Santo Ángel, de Sevilla.
     La Iglesia del Convento del Santo Ángel se encuentra en la calle Rioja, 19; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
   En la Iglesia conventual del Santo Ángel, en la nave de la Epístola, encontramos el retablo de Nuestra Señora de Lourdes.
   La Capilla de Lourdes fue bendecida e inaugurada en su actual configuración estética en 1902, aunque desde 1880 recibía culto en este espacio de la Iglesia la Imagen de Nuestra Señora de Lourdes. No en vano, durante el proceso de intervención se ha documentado una pintura mural (realizada al temple) bajo la pintura actual, subyacente, probablemente de finales del siglo XVIII. La Capilla fue diseñada por el afamado pintor costumbrista Gonzalo Bilbao Martínez (Sevilla, 1860- Madrid, 1938), y fue ejecutada por el propio Bilbao (probablemente) y por Antonio Cavallini Casinelli, un artista que ya trabajó para los Carmelitas Descalzos en otra pintura mural, la del arco de acceso a la actual Capilla de San Expedito, firmada por él mismo en 1897. Realizada al temple, óleo y dorado sobre yeso, el estilo de la misma es modernista, con un marcado carácter oriental- propio de ese estilo-. Destacan ricos dorados que imitan la musivaria, profusos motivos ornamentales vegetales, cabezas de querubines, fondo que imita, en relieve, un cielo estrellado, y filacterias con leyendas alusivas a la Advocación de la Titular de la Capilla. Estos trabajos fueron costeados en su totalidad por Doña Gloria Palacios de Recur, benefactora de la Comunidad.
   La capilla cuenta con un magnífico retablo de mármoles, donde destaca el mármol de ágata. Gonzalo Bilbao pintó dos grandes lienzos de medio punto (Stella Matutina y Regina Virginum), cuando la Capilla estaba cerrada en sus costados, que ahora, tras la apertura de la nave de la epístola, se conservan en el Protectorado de la Infancia de Triana.

   La Capilla reproduce la Gruta de Massabielle, cerca de Lourdes, donde la Santísima Virgen se apareció a la joven Bernardita Soubirous en el año 1858, un total de 18 veces, la última el día 16 de julio del mismo año, Solemnidad del Carmen, donde exclamó: "Nunca la vi tan hermosa". En la aureola lleva las palabras que la Virgen dijo a Bernardita en la apareición del 25 de marzo de 1858: "Yo soy la Inmaculada Concepción".
   Bernardita nos cuenta la visión, el 11 de febrero de 1858: "Vi a una señora vestida de blanco. Tenía un vestido blanco, un velo también blanco, un cinturón azul y una rosa de oro en cada pie. La señora tomó el rosario que tenía en el brazo e hizo la señal de la cruz. Traté de hacerlo yo también y lo logré. Me arrodillé y recé el rosario junto la hermosa Señora"
   La imagen de Nuestra Señora de Lourdes, proviene de Francia y fue traída hasta Sevilla en 1887 (la talla de Santa Bernardita es de 1948), como podemos leer en una de las placas conmemorativa que ornamentan el arco de acceso a la capilla: "En el año 1887  se instaló aquí, a expensas de su Asociación y devotos esta Imagen de Ntra. Sra. de Lourdes tocada en la roca de Massabielle  siendo capellán de esta Iglesia D. Manuel Cáceres y Zornoza  Pro."   Hay que aclara que "tocada" es que esta Virgen fue llevada o visitó Massabielle. La roca en que se encuentra la Gruta se llama Massabielle, que significa peña vieja.
   En la otra placa, que se encuentra frente a la anterior, se nos amplia la información: "El año 1902 fue costeada en memoria de los insignes favores recibidos de la Stma. V. de Lourdes por los Excmos. Sres. D. Francisco Recur y su esposa Dª Gracia F. Palacios de Recur esta suntuosa capilla, rigiéndose esta Iglesia D. Jose Mª Molina y Rivero Pro.".

  Grupo escultórico formado por las figuras de la Virgen (1,57 m. sin peana, 1.75 con ella) y de Sta. Bernardita arrodillada (1,12 m.). Parece obra hecha en pasta, por talleres catalanes o franceses, y su interés radica sólo en lo devocional, cometido que cumple dignamente. Debe ser de las primeras representaciones de este título en Sevilla, como se deduce de uan placa marmórea que dice: "El año 1887 se instaló aquí, a expensas de su Asociación y devotos, esta imagen de Ntra. Sra. de Lourdes, tocada en la roca de Massabielle, siendo capellán de esta iglesia D. Manuel de Cáceres y Zornoza Pro". Hay otra placa gemela a la anterior donde se lee: "El año 1902 fue costeada, en memoria de insignes favores recibidos de la Stma. Virgen de Lourdes, por los Excmos. Sres. Don Francisco Recur y su esposa Dña. Gracia F. Palacios de Recur, esta suntuosa Capilla, rigiendo esta iglesia D. José Mª Molina y Rivero Pro". Antes el camarín formaba la consabida gruta; desaparecida aquélla, ha vuelto recientemente a reconstruirse. 
   Aspectos curiosos sobre esta Mariofanía de Lourdes:
   1º) El nombre de la vidente. Aunque nos hemos acostumbrado a decir "Bernardita" (y es algo que no queda mal, porque ella era "el más vivo ejemplo de humildad que ha dado el mundo del siglo XIX"), ya que en su día hubo confusión entre la partida de bautismos y el registro civil: en aquélla se la llamó María Bernarda, en ésta se la inscribió como Bernarda María. Por otra parte, el nombre original francés no implica necesariamente diminutivo, y Bernardita sería más bien "la petite Bernardette" (otra traducción harto incorrecta es la de "Canal de la Mancha", que en realidad debía ser en español "Canal de la Manga"). Así pues, a la niña la llamaban sus contemporáneos Bernarda, y luego, al hacerse religiosa, recobró su hermoso nombre de María Bernarda. Por respeto a la santa, en la familia Soubirous no se volvió a usar el nombre de Bernardette, que ha quedado como denominación exclusiva de la afortunada niña que vio a la Virgen.
   2º) La primera imagen de Nuestra Señora en la gruta. Hecha de mármol de Carrara en 1863 por el profesor de escultura de la escuela de Bellas Artes de Lyon, José Fabisch (en otra parte hemos leído Fabioch), bendecida e inaugurada solemnemente en 1864. Costeada por las hermanas Lacour, las castellanas de Chasselay. El artista trató de seguir las indicaciones de la Soubirous, pero no lo hizo al pie de la letra, pues si bien atiende a no poner la cabeza levantada, "sino sólo los ojos vueltos hacia el cielo", no tiene en cuenta que la Señora "era más bien pequeña que grande, y parecía muy joven", así como tampoco el detalle de que cuando juntaba las manos lo hacía "adaptando por completo una a otra toda la longitud de las dos palmas". Cuando María Bernarda contempló estatua, dijo estas significativas palabras: "Es muy hermosa... muy hermosa... pero... ¡No es Ella!".
   3º) Las rosas. Nuestra Señora se dejaba ver por la chiquilla en la gruta de Massabielle junto a un rosal silvestre. En la primera aparición la describe así: "Sobre cada pie vi una rosa amarilla".
   4º) El título iconográfico. Así como la Virgen de Fátima, propiamente hablando, es "Nuestra Señora del Rosario de Fátima", la de Lourdes, sin dejar de ser tampoco del Rosario (que la misma Señora portaba como emblema identificador y que Santa Bernarda le rezaba), es realmente una Inmaculada, pues con ese nombre se definió Ella: "Yo soy la Inmaculada Concepción". (Diríase que allí, en aquel departamento francés de los Altos Pirineos, junto al río Gave, la propia Reina de los Cielos quiso confirmar de forma definitiva el título de Inmaculada, tan querido para el pueblo católico en general y para el sevillano en particular) (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana. Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor el significado de la festividad de Nuestra Señora de Lourdes;
  En este día, once febrero, del año 1858, la Virgen se apareció a Santa Bernardette Soubirous, cuando ésta tenía catorce años, la primera de las dieciocho apariciones que tuvieron lugar durante los seis meses siguientes, hasta el dieciséis julio de ese mismo año.  El mensaje de Lourdes es un mensaje para la conversión de los pecadores que, estando apartados de Dios, se encuentran fuera de su amor y, por consiguiente, no pueden ser objeto de la bondad divina. La Virgen repitió continuamente a Bernardette que había que hacer penitencia y orar por los pecadores, y le pidió que hablara con los sacerdotes para que construyeran una capilla en aquel mismo lugar, adonde la gente acudiera en procesión para rezar por los pecadores. El sacerdote del lugar, el Padre Peyramale, no quiso dejarse engañar y reclamó a Bernardette que preguntara a la Visión su nombre: “Soy la Inmaculada Concepción”, responde la Santísima Virgen. Ante esta respuesta, considerando el sacerdote que Bernardette, sin ninguna instrucción, no podía comprender el significado de las palabras pronunciadas por la Virgen, quedó plenamente convencido del carácter sobrenatural divino de las apariciones. Es necesario recordar que el dogma de la Inmaculada Concepción había sido definido por el Beato Pío IX Mastai-Ferretti sólo cuatro años antes, mediante la bula Ineffabilis Deus del ocho diciembre 1854.  El carácter sobrenatural de las apariciones se puso de manifiesto casi de inmediato con la realización de milagros. Pero lo decisivo del mensaje de Lourdes es la necesidad de penitencia y oración por los pecadores. Esta fiesta fue concedida por León XIII Pecci a Francia y a algunos lugares y familias religiosas en 1891, con misa y Oficio propios con el título Aparición de la Bienaventurada Virgen María Inmaculada.
   Su celebración se extendió a la Iglesia Latina el trece de noviembre 1907 por San Pío X Sarto, con ocasión del L aniversario de las apariciones de Lourdes (1858), y se fijó el once de febrero, fecha de la primera aparición.  En el calendario actual es memoria libre y se le ha mudado el título a Nuestra Señora de Lourdes. Es, por un lado, una fiesta menor de la Inmaculada, en que junto a su perfección ejemplar como prototipo de la criatura de la Nueva Creación, une su mensaje de la necesidad de oración y penitencia para una auténtica conversión (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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