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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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martes, 9 de enero de 2024

Los principales monumentos (Arquitectura civil; plaza de la Paz; antiguo Convento de los Jesuitas; antigua Casa Cilla; Arquitectura bodeguera; Muralla medieval; Almona; Casa del Marqués de Casa Arizón; plaza de la Salle; plaza de los Cisnes y Paseo de la Calzada; Jardín histórico de Las Piletas; y Fuerte San Salvador) de la localidad de Sanlúcar de Barrameda (y VI), en la provincia de Cádiz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Arquitectura civil; plaza de la Paz; antiguo Convento de los Jesuitas; antigua Casa Cilla; Arquitectura bodeguera; Muralla medieval; Almona; Casa del Marqués de Casa Arizón; plaza de la Salle; plaza de los Cisnes y Paseo de la Calzada; Jardín histórico de Las Piletas; y Fuerte San Salvador) de la localidad de Sanlúcar de Barrameda (y VI), en la provincia de Cádiz.


Arquitectura civil doméstica
     Las calles aledañas al palacio Orleáns-Borbón son soporte de uno de los más destacados ámbitos de arquitectura civil doméstica del Barrio Alto. En este entorno perviven una serie de casas de los siglos XVII y XVIII, cuyas fachadas fueron reformadas en su mayoría durante el XIX según las ordenanzas academicistas. Este caserío se dis­tingue por la elegancia y sobriedad propias de la casa-patio del barroco sevillano. Siguiendo tales coordenadas, estas edificaciones se desarrollan en planta regular distribuyendo sus dependencias alrededor del patio principal, al que se suele agregar un segundo patio secundario y jardín.
     En ocasiones sobresale en el tejado la torre-mi­rador propia de las casas de cargadores a Indias, que en su mayor parte pertenecen al siglo XVII y se cubren con tejados a cuatro aguas, aunque también se localizan algunos ejemplos del tipo de sillón.
     Cerradas al exterior a través del recio portón, estas casas mantienen la tradición hispano-árabe de vivir hacia el patio interior, quedando cerradas hacia la calle por las altas tapias de los jardines. Divididas en dos plantas y, a veces, ático o soberao superior de menor altura, destaca la equilibrada composición de sus huecos en fachada, tratándose con mayor riqueza decorativa la puerta principal, cuyo balcón superior se suele cubrir con el tradicional guardapolvo de origen musulmán. La decoración se concentra en la portada, en ocasiones de sillería tallada, cuyo acceso queda enmarcado con molduras casi siem­pre quebradas, completándose la ornamentación con herrajes, barandillas y tornapuntas. En origen estas blancas fachadas estuvieron revestidas con pintura mural de motivos geométricos y vegetales, de la que se conservan algunos restos (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

Plaza de la Paz
     Su origen se encuentra en el alcázar hispano­ árabe edificado en este lugar, por lo que se denominó plaza del Alcázar Viejo y luego plaza Alta o plaza de Arriba. Se convirtió en el centro cívico, comercial y festivo de la villa medieval. El prota­gonismo urbano quedaba avalado por su estratégica situación, prácticamente en el centro de las antiguas Puertas de la muralla. De ella partieron las principales calles cristianas y en su confluen­cia se levantaron los edificios más significativos, como la Iglesia Mayor, Palacio Ducal, Casa del Cabildo, Alhóndiga, Pósito, Cárcel o despachos de los escribanos. Actualmente la plaza conserva parte de su vieja fisonomía, conservándose la iglesia mayor, el palacio ducal, la amplia fachada almenada del reconstruido Pósito, edificado en 1736 y ampliado en 1753; y la academicista fachada de la Real Cárcel, reedificada en 1716 y reformada en el siglo XIX que hoy es conservatorio de música. Estos edificios siguen prestando cierta relevancia arquitectónica al antiguo cora­zón urbano de Sanlúcar (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

antiguo Convento de los Jesuitas
     Situado en la calle Luis de Eguílaz, se conserva la portada principal y los tres antiguos claustros. El conjunto de convento, iglesia y colegio fue realizado en 1717. Tras marcharse la comunidad jesuita, en 1767, el edificio tuvo diversos usos hasta que fue rehabilitado para viviendas en 1987. La iglesia, de nave rectangular, se mantuvo abierta al culto, pero durante la invasión francesa sufrió un incendio que provocó la pérdida de su cubierta principal, aunque se conserva la bóveda de la capilla sacramental, añadida en el lado de la epístola, siendo propiedad actual de Bodegas Barbadillo. La portada adintelada del convento está flanqueada por dobles columnas adosadas que reposan en elevado basamento y se corona con agudo entablamento sobre el que se abrió un balcón con posterioridad. El depurado claustro principal está configurado por dos cuerpos, formado el primero por arquerías de medio punto sobre esbeltas columnas de mármol blanco y cerrado el superior con balcones moldurados entre pilastras (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

antigua Casa Cilla (Bodegas Barbadillo)
     El Arzobispado edificó en 1782 esta nueva Casa de Diezmos. El edificio sirvió a su primer destino hasta que se abolieron los diezmos en 1841, siendo adquirida en 1939 por la empresa vinatera Barbadillo que instaló aquí su sede administrativa y bodegas. La edificación presenta planta casi rectangular distribuyéndose las dependencias en torno a dos patios. La fachada con portada adintelada se encuentra muy transformada.
     El amplio patio principal se configura en planta baja mediante arquerías de medio punto sobre columnas de mármol blanco, cerrándose el piso alto mediante balcones entre pilastras. En un lateral se sitúa una escalera monumental con azulejería de la época. También se conservan en planta alta unas armaduras de madera de lima bordón con lacerías estrelladas que parecen de un edificio anterior del siglo XVII (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

Arquitectura bodeguera
     El entorno próximo al castillo de Santiago presenta una fisonomía urbana caracterizada por el predominio de bodegas. Configurado en pa­ralelo a una época de auge comercial del vino, producido a mediados del siglo XIX, este frente bodeguero del Barrio Alto se extiende desde la calle Luis de Eguílaz hasta la Avenida de la Constitución, diseminándose hacia el interior. Estas bodegas se sitúan al filo de la barranca y se orientan hacia los vientos de poniente, necesarios para la crianza de la manzanilla de Sanlúcar.
     Algunas de estas bodegas se instalaron en antiguos edificios eclesiásticos desamortizados, como la capilla de los jesuitas, el convento de San Agustín o la Casa Cilla, aunque un buen número se construyó de nueva planta. Las bodegas que se insertan en la trama urbana del interior del Barrio Alto son muy pequeñas y más antiguas, de las llamadas moriscas, que se adosaron a las casas de los comerciantes durante el siglo XVII, situándose en algunos casos graneros en la plan­ta superior. En el siglo XVIII aparecen pequeñas bodegas exentas cuyas fachadas dibujan el perfil escalonado de las cubiertas, asemejándose a las iglesias mudéjares. Características del siglo XIX son las bodegas medianas, cuyo interior se estructura bien en dos naves mediante arquería central sobre pilares rectangulares, bien recayen­do la cubierta directamente sobre los pilares a través de una viga madre y zapatas de transición. Este sencillo módulo se multiplica en las bodegas más grandes que cuentan con múltiples naves hasta alcanzar las grandes proporciones de las bodegas llamadas «catedrales».
     Los rasgos arquitectónicos de las bodegas están en función de establecer un microclima interior de temperatura y humedad constantes. Se edifican altas y diáfanas naves, que pueden contener grandes volúmenes de aire, cuyas cubriciones son a dos aguas con viguería al interior y teja árabe al exterior. Los blancos y reflectantes paramentos se aperturan en su tercio superior con pequeñas ventanas  apaisadas que impiden la entrada del sol, al tiempo que permiten la aireación a través de celosías o esterones de esparto. En las fachadas principales se suelen abrir huecos de acceso de medio punto moldurados  y  un  frontón  superior cierra el ángulo de las cubiertas, en cuyo tímpano se sitúa un gran vano circular (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

Muralla medieval
     En la calle Gitanos se conserva el único lienzo de la muralla  medieval que ha permanecido exento. El recinto murado fue construido por Guzmán el Bueno entre 1297 y 1309, el cual di­bujaba la forma de un polígono de cuatro lados casi rectangular. Con un perímetro total de unos 1.550 metros, poseía cuatro lienzos con torres y torreones y cuatro puertas. Todos los lados eran rectos, excepto el lienzo que miraba al mar si­tuado al filo de la barranca, que era el más largo y corría desde el Castillo de Santiago hasta la calle Almonte. Aún quedan restos de la muralla integrados en las casas del Barrio Alto. De las antiguas puertas sólo se conserva la Puerta de Rota, situada en la plaza de la Fuente Vieja. Aun­que muy reformada, se estructura mediante un gran arco de medio punto abierto en un muro de cantería irregular, coronándose en el centro con penacho lobulado y almenado piramidal (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     El recinto formaba un cuadrilátero en el que había cuatro puertas; la única que se conserva hoy día es la Puerta de Rota, por la que se bajaba a la Cuesta del Ganado.
     Debido a los ataques de los musulmanes a Sanlúcar, tanto por mar como tierra, D. Alonso Pérez de Guzmán dispuso la construcción de las nuevas murallas de la ciudad para resguardarla de estos ataques. Aunque no se sabe exactamente el año en que se ejecutó la obra, es probable que fuera en el siglo XII (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

La Almona
     La plaza de la Divina Pastora está protagonizada por esta antigua fábrica de jabón, que fue construida a finales del siglo XVII y ampliada en el siglo XVIII, siglo al que pertenece la crujía de fachada. Pertenecía a los Duques de Medina Sidonia, que la traspasaron en 1757 a la Casa de Medinaceli, hasta que se abolió este monopolio de la nobleza, vendiéndose en 1855 para bodegas. Es una de las pocas almonas andaluzas conservadas en su estructura original. Su amplia fachada presenta dos plantas donde se abren ventanas y balcones de forma simétrica, destacando la decoración geométrica de rombos y elipses de las pilastras que flanquean  la adintelada portada principal, presidida por escudo nobiliario. En el interior se conservan dos inte­resantes naves industriales donde se fabricaba el jabón, pues una tercera, del siglo XVII, ha sido demolida en 2002. Una de estas naves se cubre con armadura de madera a dos aguas que recae mediante encinchado en una arquería central de medio punto sobre sendos pilares rectangulares y cinchas de madera en los extremos; y la otra presenta planta rectangular y se cubre con bóvedas de cascarón, siendo ambas del siglo XVII (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

Casa del Marqués de Casa Arizón
     Situada entre las calles Divina Pastora y Banda de la Playa, este conjunto fue edificado por los Arizón, notable familia de cargadores a Indias. El abandonado recinto reviste una importancia excepcional por conservarse el conjunto completo de dependencias específicas de su doble vertiente residencial y comercial. La planta casi rectangular se organizó alrededor de un núcleo residencial del siglo XVII, al que se accede a través de la puerta del apeadero, estructurada mediante vano carpanel entre pilastras cajeadas que se corona con frontón curvo y roto donde se aloja el escudo de Arizón. En la crujías aledañas a la calle Banda Playa se ubicaban las bodegas, almacenes y demás dependencias propias del tráfico comercial.
     Estilísticamente, las dos zonas residenciales adoptan las trazas propias de las casas-palacio del barroco sevillano mediante cuatro crujías preferentes en torno a un patio central columnado. La fachada de la casa del siglo XVII ofrece una doble galería porticada con arcos de medio punto sobre pilares en el cuerpo inferior y arcos rebajados sobre pilares en el superior. La fachada de la casa edificada en 1730, abierta a la calle Divina Pastora, se resuelve en dos plantas y ático. En disposición simétrica se abren carce­leras en planta baja y cierros con balcón central en la superior, el cual recae sobre tornapuntas de forja. La portada adintelada está flanqueada con pilastras y clásico friso en el entablamento. El ornamental ático, de menor altura, se ordena mediante una sucesión de vanos de medio punto entre pilastras, situándose en las zonas intermedias decoración de dobles óculos ciegos elípticos y octogonales. Por encima del tejado sobresale una esbelta torre-mirador del tipo de sillón. Tanto el exterior de la torre como el ático y oratorio presentan decoración geométrica de lacería incisa en mortero bicolor almagra y blanco.
     Del interior destaca el espacioso zaguán con poyo lateral corrido y solería de ladrillo a sardinel; el portón de madera americana ricamente tallado en su cara interna; el brocal del pozo octogonal de mármol blanco y probable origen genovés; el mármol rojo de las columnas del patio; la escalera con barandilla salomónica y bóveda esquifada con yeserías de cartón recortado; y las formas conventuales de portajes y celosías. En la planta alta se sitúa un oratorio abovedado, que está totalmente pintado al fresco con iconografía de signo mariano y estilo rococó (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     Edificada entre el último tercio del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, el inmueble constituye el único conjunto urbano de la ciudad que contiene y conserva, tipológicamente, todos los elementos propios que configuraron las típicas casas de los cargadores de Indias y que, en líneas generales, responden a una doble funcionalidad: Residencia familiar y almacenaje. De autor desconocido, debió ser en el siglo XVIII cuando se edificaron, o al menos rehabilitaron en estilo barroco, las zonas más monumentales del conjunto arquitectónico.
     Arquitectónicamente, la Casa Arizón conjuga una superposición de elementos, que o responden a una unidad arquitectónica homogénea, sino que fueron el resultado de sucesivas ampliaciones, transformaciones y agregaciones, realizadas en el transcurso del tiempo, y que se traducen, entre otros, en la existencia de dos viviendas familiares y numerosos patios interiores, almacenes y bodegas.
     La casa tenía bien diferenciada la zona de vivienda y la de utilización comercial, ya que son perceptibles espacios funcionalmente distintos, dando pie a una disposición irregular; dos zonas de residencia entre las que se distribuyen espacios de almacén de bóvedas altas y arquerías. Esta disposición podría deberse a que las distintas partes que la integran no son contemporáneas. Las huellas de la función comercial de la casa son perceptibles incluso en las señales que ha dejado en el mármol el continuo trasiego de carretas. Además, dada la buena relación que existía entre los Arizón y la Corona, parte de la casa fue cedida para ser convertida en almacenes reales en tiempos de Felipe V. La construcción se remata con un mirador de perfecta orientación para divisar la llegada de las embarcaciones. 
     Desde principios de este siglo la casa de los Arizón comenzó a ser abandonada, por lo que a su función residencial se refiere. En la actualidad parte del edificio se encuentra alquilado para uso industrial y parte sigue conservando un uso residencial como vivienda veraniega. La Casa Arizón se distingue por conservar aún hoy la totalidad de las características de una casa de comerciante de Ultramar, contando con dependencias residenciales, de almacenaje, patios y mirador. La finca se compone de una serie de edificaciones agrupadas entre sí que constituyen el conjunto del inmueble, pudiéndose distinguir la edificación principal o zona destinada a la habitación de la familia, dependencias destinadas a almacenes y la zona de servicio. 
     La zona noble se desarrolla en torno a un patio cuadrado con galería circundante en planta baja y alta con arcos y columnas de mármol rojo en planta baja y balcones en planta alta. En una esquina de la galería se sitúa la escalera que comunica ambas plantas. Se accede al resto de las dependencias desde la galería situada en torno a ésta. También adosada a la galería se sitúa el torreón desde el que se divisa la llegada de los barcos. El sector destinado a almacenes se sitúa de forma opuesta con acceso desde la banda de la Playa, destacando una zona abovedada de gran altura en planta baja que se adosa a un segundo patio cuadrado con galería en ambas plantas, de arcos y columnas en la baja y balcones en la superior. De la fachada destaca la puerta principal con dos pilastras planas, con capitel dórico y amplio dintel moldurado sobre el que descansa un amplio balcón de la planta superior. Se completa con carceleras en planta primera, todas ellas protegidas como guardapolvos de madera y balcones con huecos de medio punto en planta segunda intercalándose con ojos de buey ochavados.
     La estructura portátil vertical se resuelve mediante muros de carga de espesores entre 60 y 70 centímetros ejecutados con ladrillo y tapial. Los forjados de madera con alfajías del mismo material y ladrillo portabla. La cubierta del patio es de azotea accediéndose desde la torre. El resto es de cubierta a dos aguas de teja árabe construida mediante cerchas de madera y tablazón. En la zona de los almacenes se emplean pilastras y bóvedas de aristas en piedra ostionera. La edificación se conserva con muy pocos cambios salvo la zona de almacenes que fue acondicionada para acuartelamiento de la guardia civil. Aparece la edificación principal como casa-palacio de magníficas proporciones y gran calidad de composición, aunque es de difícil percepción.
     El origen histórico de este inmueble aparece íntimamente ligado a la familia de los Arizón, pertenecientes a la burguesía comercial catalana que, a principios del siglo XVIII, se instaló en Sanlúcar de Barrameda para ejercer el comercio con las Indias.
     El propietario de esta casa pertenecía a una familia que procedía de Irlanda, de donde había huido por razones de índole religioso, y que se asentaría en Cataluña. Desde aquí el padre de Salvador Jacinto Arizón se trasladaría a Sanlúcar, iniciándose la presencia de una familia que jugó un papel importante en la vida comercial de la ciudad. La construcción de la casa se va a realizar sobre un solar que en esos momentos se encuentra más próximo al mar que en la actualidad y en una calle de denominación distinta, la acalle de la Bolsa. La amplísima superficie actual del edificio, de unos cinco mil metros cuadrados, es producto de una actuación en el entorno, ya que en su origen el solar se encontraba cruzado por una calle (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Plaza de la Salle (Plaza del Pradillo)
     Se formó delante de la antigua ermita de San Juan Bautista, transformada luego en iglesia de San Juan. En un edificio situado en uno de los ángulos de la plaza, se conserva la bóveda del altar mayor, fechable hacia 1615. Junto al anti­guo templo, haciendo esquina, existe una casa del siglo XVII, donde estuvo la Casa de Expósitos, en cuya fachada barroca se produce un efectista juego entre las molduras y frontones rectos que enmarcan los numerosos vanos. La fuente de mármol que centra la plaza fue donada por el Duque de Montpensier en 1858.
     El mayor protagonismo de este espacio urbano lo acapara la antigua casa de Moreda, que ocupa todo un frente de la plaza. Fue edificada en 1662 y reformada en el siglo XVIII. La amplia fachada se organiza en dos plantas y ático, abriéndose en las dos primeras una serie de vanos simétricos cerrados en su mayoría con rejas de forja, mientras que el ático está recorrido por una sucesión de balconcillos rebajados entre pilastras. Por la clasicista portada principal se accede al patio por una puerta lateral situada en el zaguán, el cual se articula mediante arquerías de medio punto sobre columnas de mármol blanco en el primer cuerpo y balcones entre pilastras en el segundo (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

Plaza de los Cisnes y Paseo de la Calzada
     La Calzada es el paseo por excelencia de Sanlúcar y uno de los ámbitos urbanos más emblemáticos de la ciudad. Durante el primer tercio del siglo XX fue el centro de la vida veraniega. En el año 1794 se configuró como un paseo, pero la fisonomía actual deriva del ensanche realizado en 1901.
     De la época dorada de este paseo se conserva el antiguo Círculo Mercantil, rehabilitado como Oficina Municipal de Turismo; y el pequeño pa­bellón frontero conocido como «La Rifa», que fue edificado en el año 1929 para celebrar sorteos de beneficencia y está construido en ladrillo visto con decoración cerámica. Son dos huellas del importante arraigo que la estética regionalista tuvo en la ciudad.
     Además, en el frente izquierdo del paseo han pervivido algunas casonas de la época, entre las que cabe destacar las dos gemelas de tipo casticista edificadas en el año 1921 por Vicente Tra­ver y Tomás.
     El inicio del paseo de La Calzada está presidido por tres destacados edificios, ocupando uno de ellos el frente principal de la plaza de los Cis­nes. Se trata del antiguo hotel Los Cisnes, hoy rehabilitado para oficinas y apartamentos. En su exterior, de carácter romántico, se combinan los polícromos azulejos con los encajes que dibujan las rejerías decorativas de pretiles y balcones, acercándose ya a las formas modernistas.
     Aledaños a esta plaza y abriendo el paseo se encuentra una antigua villa edificada por Patricio Garvey en el año 1902, hoy oficinas municipales; y el actual Hotel Tartaneros, del año 1914 y corte modernista, en cuyas fachadas la decoración ce­rámica y la rica rejería se entreteje sobre el ritmo apilastrado que estructura el exterior, destacan­do los balcones esquineros, el pórtico de entrada y la terraza superior con pretiles abalaustrados (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   

Jardín histórico de Las Piletas
     En lugar próximo a la playa, este jardín tiene su origen en los preexistentes manantiales de aguas ferruginosas con propiedades medicinales. El conjunto dibuja una planta de cruz latina, en cuya cabecera semicircular se concentran los elementos más significativos. Las primeras obras de embellecimiento fueron realizadas en 1809 por el Duque de Osuna, quien patrocinó la formación del paseo y la construcción de la glorieta, centrada por un brocal de pozo y las tres estatuas neoclásicas de La Fama, Hipócrates y Galeno, junto a dos Pegasos desaparecidos. En los primeros años del siglo XX el Ayuntamiento concedió a Torcuato Luca de Tena la explotación de esta agua, quien edificó el pabellón alto que rodea a la glorieta con forma semicircular, al que se accede mediante un par de rampas escalonadas ubicadas en los laterales, cubriéndose el mirador con una pérgola de cerrajería decorada con motivos vegetales. También en esta época se colocaron los bancos en el paseo y se amplió la zona plantándose frondosos jardines y vegeta­ción autóctona de interés botánico (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     El jardín se sitúa a las afueras de la localidad, al abrigo de la Barranca del Espíritu Santo, en un entorno antiguamente poblado por huertos de mar o navazos, característicos de la zona. Su origen se encuentra en los manantiales de agua fresca que manan del lugar.
     Las características ambientales óptimas del paraje en que se encuentra motivaron que el Jardín de las Piletas adquiriesen una relevancia social importante en la localidad, convirtiéndose en lugar de paseo de la población de Sanlúcar a lo largo de los siglos XIX y XX.
     El jardín se sitúa al Este de la Barranca del Espíritu Santo, que se contempla como telón de fondo, poblado de vegetación, a la sencilla composición del conjunto. Éste se constituye como recinto cerrado desde la intervención que experimenta a inicios del siglo XX, y se inicia en un portal de acceso marcado por cuatro pilastras y rejas de fundición, desde el cual se aprecia una perspectiva del pequeño paseo que conduce a la glorieta final.
     Este paseo está bordeado por dos parterres poblados de arbustos y especies forales, y está marcado por la presencia de plátanos de gran porte a ambos lados, entre los cuales se colocan bancos de fundición que invitan a la contemplación del paisaje y los visitantes. El recorrido longitudinal culmina en una glorieta de trazado irregular, aunque próximo a la elipse, con dos niveles unidos por dos escalinatas simétricas a Norte y Sur.
     En esta glorieta se localiza la gran pilastra que preside el conjunto, sobre la cual se elevaba una estatua dedicada a la Fama, hoy ausente, a cuyos pies se encuentra el brocal de la fuente originaria. A ambos lados de este elemento central, otras dos pilastras que antaño sostenían sendas esculturas de Hipócrates y Galeno, también hoy desaparecidas. 
     En la trasera de la pilastra principal, y aprovechando el desnivel de terreno, una galería cubierta por un emparrado sostenido por una estructura de fundición ofrece un lugar apartado para la reflexión. Este recorrido a dos niveles que circunda el espacio de la glorieta está marcado por muros bajos de mampuestos de piedra ostionera sin desbastar, que le confieren un aspecto pintoresco.
     La reforma que desde 2010 se ejecuta en el Jardín tiene como objeto sustituir la pavimentación de albero compactado original por un solado de ladrillo de barro cocido, así como la introducción de una fuente longitudinal en el paseo y la dotación de iluminación al conjunto.
     El origen del jardín se sitúa en el año 1809, cuando el Duque de Osuna ordena la construcción de la glorieta y el paseo de acceso al conjunto, para marcar la primera fuente del manantial conocida como "Las Piletas Viejas". En 1862 tuvo lugar el descubrimiento de un nuevo manantial, conocido como "Pozo Escolapio".
     La mayor transformación del conjunto hasta nuestros días tuvo lugar a inicios del siglo XX, cuando Torcuato Luca de Tena, que había obtenido del Ayuntamiento de Sanlúcar la cesión del jardín, incorporó el recorrido elevado de la glorieta, así como el ajardinamiento del paseo de acceso. También se ordenó la construcción de una lápida sobre el tercer manantial descubierto en el lugar, que fue bautizado como "San Fernando"
     Tras años de abandono y descuido, el jardín se encuentra en proceso de reformas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Fuerte de San Salvador
     Un poco más allá de Bajo de Guía, en el camino de Bonanza, se encuentra esta fortaleza semienterrada bajo las dunas litorales. Fue edificado en 1627 por orden de Felipe II, y sus trazas corrieron a cargo de Juseppe Gómez de Mendo­za, ingeniero real y maestro mayor de las fortificaciones de Cádiz.
     El fuerte pasó a la Corona en 1645, aunque quedó abandonado poco después de su construc­ción por resultar pequeño para cumplir sus fun­ciones, pues no podía contener más que cuatro piezas de artillería. El edificio tiene planta rectangular abaluartada con terraplén y cañoneras, situándose en los vértices de los baluartes traseros sendas garitas de sillería cubiertas con bóvedas semiesféricas de ladrillo.
     La puerta de entrada se ubica en la retaguardia hallándose actualmente cubierta por las dunas. El revestimiento de mortero exterior presenta decoración de esgrafiados geométricos y otras diversas figuras (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     Se compone de un cuadrado, y por el frente del río está abaluartado con terraplen, cañoneras, y en el interior cuerpo de guardia, repuesto y almacenes. Es de piedra de sillería, pero demasiado pequeño para el objetivo con que se hizo, por no poder contener más que cuatro piezas.
     Para la defensa del puerto de Bonanza mandó, en el año 1627, el VIII Duque de Medina Sidonia, D. Manuel Guzmán el Bueno, construir este castillo en la playa (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Arquitectura civil; plaza de la Paz; antiguo Convento de los Jesuitas; antigua Casa Cilla; Arquitectura bodeguera; Muralla medieval; Almona; Casa del Marqués de Casa Arizón; plaza de la Salle; plaza de los Cisnes y Paseo de la Calzada; Jardín histórico de Las Piletas; y Fuerte San Salvador) de la localidad de Sanlúcar de Barrameda (y VI), en la provincia de Cádiz. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia gaditana.

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miércoles, 23 de agosto de 2023

Los principales monumentos (Puerta del Arroyo; Catedral; y Alcázar-Mezquita y baños árabes) de la localidad de Jerez de la Frontera (II), en la provincia de Cádiz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Puerta del Arroyo; Catedral; y Alcázar-Mezquita y baños árabes) de la localidad de Jerez de la Frontera (II), en la provincia de Cádiz.

     
Puerta del Arroyo
     El arco o puerta del Arroyo es uno de los vestigios de los nuevos postigos que se abrieron en la muralla jerezana siglos después de su construcción y con anterioridad a la época almohade, motivo por el cual fue conocido durante mucho tiempo como Puerta Nueva. El Arco del Arroyo fue levantado en el año 1500, con posterioridad fue reformado en 1588 bajo el reinado de Felipe II y reedificado en 1763.
    Adosada a la parte izquierda de la puerta, se encuentra una de las capillas más diminutas de la ciudad, la de la Virgen de la Antigua. Esta capillita inició su construcción en el año 1719 y presenta las características propias de la arquitectura barroca jerezana, pilastras adosados, baquetón mixtilíneo y entablamento con entrantes y salientes. Tuvo altar con una imagen pintada de la Virgen, y posee una pequeña dependencia anexa. En 1837, tras la desamortización de Mendizábal, fue vendida, quedando desde entonces cerrada y abandonada, En la última reforma efectuada en el Arco del Arroyo hace unos años se restauró pero continuando sin uso alguno.
   Esta puerta, enmarcada en los restos de la vieja muralla, junto con su evocadora ermita, la nueva plazoleta  surgida de los solares resultantes de la demolición de edificaciones que se situaban sobre el muro, junto a las bodegas de Domecq y González Byass, han dado como resultado un pintoresco rincón en una zona monumental muy frecuentada por el turismo. Para completar la belleza del este singular enclave de la ciudad queda aún pendiente de reurbanizar un proyecto de ordenación de la bodega Domecq y sobre todo el gran desnivel que linda con González Byass que actualmente ofrece un aspecto poco acorde con el entorno.
    La zona del Arco del Arroyo una vez urbanizada al completo  podría convertirse en un gran reclamo turístico, tanto por sus construcciones, como por su enclave, su historia y su sabor. Espacios similares los encontramos, por ejemplo, en Sevilla donde, junto a la Catedral, se alza el arco del Postigo con su capillita de la Pura y Limpia, abierta al culto, sus típicos mesones, sus tiendas de artesanías, su puesto de churros y sobre todo su trasiego de sevillanos y visitantes por tan emblemático lugar del barrio del Arenal. Como este lugar existen muchos otros en nuestros pueblos y ciudades de Andalucía, espacios que uniendo la historia, la monumentalidad y el pintoresquismo se convierten en atractivo para nativos y visitantes, estampa de una Andalucía que se resiste a perder sus señas de identidad.
    En las vísperas de un nuevo 28 de febrero, en el Arco del Arroyo se une mucho a la Andalucía de siempre, ya dejó escrito el recordado poeta Diego Campoy, con su destacado lirismo, al definir este enclave jerezano como pura artesanía saturada de clásico tipismo, naturaleza pródiga en sensibilidades de espíritu y arrebol forjado en plumaje albo de cisne enamorado en la noche tejida de candores (Artículo publicado en Jerez Información el 27 de febrero de 2010)

Catedral
     Colegial hasta que en 1980 el papa Juan Pa­blo II creó la diócesis de Jerez-Asidonia, se trata del templo de mayores dimensiones de la ciudad y cabeza del obispado.
     En su construcción in­tervinieron desde el siglo XVII al XIX diversos arquitectos, que, si bien introdujeron pequeñas modificaciones, continuaron las trazas originales dadas por Diego Moreno Meléndez en 1695. El tem­plo se asienta sobre el espacio que ocuparía la mezquita mayor aljama del Jerez musulmán y posteriormente la primitiva colegiata de los siglos XV-XVI; de ambas construcciones nada queda en la actualidad a excepción del primer cuerpo del campanario.
     Tras la iniciación de las obras por parte de Moreno Meléndez hasta 1700 y la lenta continuación a partir de esta fecha de Rodrigo del Pozo, fueron reanudadas en 1715 gracias al patrocinio del cardenal de Sevilla Manuel de Arias y Porres con la dirección de Ignacio Díaz y supervisión de Diego Antonio Díaz, maestro mayor de obras del arzobispado hispalense. Tras ellos, abovedada ya la mayor parte del templo, intervino Juan de Pina entre 1749 y 1778 que volteó la bóveda central y levantó el tambor de la cúpula. Las trazas de ésta, que concluyó Miguel de Olivares en 1773, se debieron al arquitecto Torcuato Cayón de la Vega.
     El aspecto exterior de la catedral es el de una obra gótica, que como trasunto barroco de la catedral de Sevilla, incorpora contrafuertes y arbotantes que reciben los empujes de sus escalonadas naves. La fa­chada principal denota las cinco naves con las que cuenta el templo, teniendo tres portadas, la principal de mayor tamaño y dos laterales. La portada principal se halla inserta entre las dos cajas de escalera de acceso a las bóvedas; se compone de un arco de medio punto casetonado que cobija una imagen de la Inmaculada del escultor José de Mendoza, de hacia 1738. A un lado y otro, dos columnas de orden compuesto sobre plinto sostienen un entablamento sobre el que se dispone el grupo escultórico de la Transfiguración llevado a cabo por José de Mendoza entre 1737 y 1739; estas figuras de gran calidad de ejecución estuvieron policromadas originalmente por Diego de Mendoza, hermano del autor.
     Las portadas laterales, a un lado y otro de la principal, concluidas en lo arquitectónico en 1725, son de dintel recto enmarcadas por pilas­tras almohadilladas y frontones semicirculares. En éstos se encuentran relieves de la Natividad en el lado de la epístola y la Epifanía en el del evangelio, sobre los frontones aparecen sibilas re­costadas. La calidad de estas esculturas contrasta con la de las existentes en la portada central y aunque fueron concertadas con José de Mendoza debieron de ser ejecutadas por su taller en el primer tercio del siglo XVIII.
     Las portadas del crucero son casi gemelas; am­bas se enmarcan por columnas de orden compuesto, los vanos se flanquean por pilastras de orden jónico y están remarcados por baquetón mixtilíneo que acogen sobre el dintel el emblema del cardenal Arias, promotor de la obra.
     En la parte superior, dentro del frontón curvo que remata las portadas se encuentran sendos frontones triangulares que acogen los relieves de la Visitación, en la portada del lado del evangelio y la Anunciación en la de la epístola; ésta además se ve flanqueada por las esculturas de Santo Domingo y San Francisco, mientras que a un lado y otro del relieve de la Visitación se encuentran las imágenes de San José y Zacarías. En la parte superior, sobre ambos frontones circulares aparecen figuras de virtudes recostadas y coronándolo todo el escudo del cabildo.
     El programa escultórico debió de ser realizado a partir de los años 40 del siglo XVIII por José de Mendoza y su taller.
     La torre, exenta del templo, es en su parte inferior obra gótica de finales del siglo XV, hecho que ejemplifican las tracerías cegadas del segundo cuerpo; los cuerpos superiores son obras de los siglos XVI y XVII y la linterna fue rehecha en el siglo XVIII por Juan de Pina. El reducto es obra de Miguel de Olivares, que lo ejecutó asistido por Bartolomé Ximénez, siguiendo planos que Torcuato Cayón de la Vega había dado en 1772.
     Al interior, el templo  cuenta con cinco naves de alturas escalonadas; la nave central se distri­buye a partir de pilares en los que se asientan medias columnas de orden gigante que soportan una voluminosa cornisa de la que nacen las bóvedas; éstas son de crucería simple y cuentan con una rica decoración de hojarasca tallada en piedra en sus plementos. Las naves laterales, se cubren asimismo con crucería simple, si bien sus nervios se prolongan en baquetones adosados a los pilares a la manera gótica.
     El altar mayor de la hoy catedral es producto de las lamentables intervenciones llevadas a cabo a lo largo del siglo XX. En la década de los sesenta, el arquitecto José Menéndez-Pidal trasladó el coro del tercer tramo de la nave central al quinto, estableciendo un nuevo altar bajo la cúpula. En esta reforma se perdieron muchos elementos como rejas, vía sacra, etc., además de haberse desmantelado el altar mayor, un templete en mármol que había sido realizado por Francisco Hernández-Rubio en 1896. Aún peor si cabe fue la reciente reforma del año 1999, cuando se despedazó el coro, reinstalándose sus cerramientos pétreos en ubicaciones inadecuadas y sólo parte de la sillería en el último tramo de la nave central. Esta sillería coral, de estilo barroco, fue llevada a cabo durante la segunda mitad del siglo XVIII. Las sillas bajas fueron he­chas por Bernardo Serrano entre 1757 y 1768, mientras las de estilo rococó de la parte alta son obra de Jácome Vaccaro en 1778. Son muy interesantes los relieves escultóricos de once de los respaldos de las sillas altas realizados por éste  último. La central representa la Transfiguración, a su derecha la Visitación, el Sueño de San José, la Anunciación y Jesús con la Samaritana; las del lado izquierdo representan la Epifanía, la Huida a Egipto, la Curación de la Hemorroisa y Cristo tentado en el desierto. Perteneciente al coro, el facistol, que actualmente se encuentra desplazado de su lugar original, es obra del siglo XVIII. 
   A los pies del templo, se encuentran dos nuevos espacios creados tras la última intervención. Se trata de los dos últimos tramos que han sido inexplicablemente cegados con los neoclásicos muros de cerramiento del antiguo coro que diseñó Torcuato Cayón y labró Jácome Vaccaro en 1778. La capilla así creada en el lado de la epístola, antiguo baptisterio, sirve ahora de sacris­tía, y en ella se conserva una cajonera rococó de la segunda mitad del siglo XVIII y un lienzo de Cristo con la cruz de Joaquín Domínguez Béc­quer de 1844. La capilla de Ánimas también ha sido cerrada con otro de los lados del cerramien­to del coro.
     En ella destacan su zócalo de mármoles intarsiados realizado en 1765 y el retablo de Ánimas, una pieza barroca en piedra de 1756, cuya pin­tura original con la representación de las ánimas del purgatorio se encuentra en la sacristía menor. Aloja actualmente este retablo un interesante crucificado de tamaño académico del siglo XVII, que se ha relacionado con el círculo de José de Arce. También en esta nueva capilla se halla el pequeño retablo del trascoro, una obra de Jácome Vaccaro de 1778 que alberga una pintura de San Cristóbal.
     Adosados al muro de este lado del evangelio se encuentran además los altares de San Juan Nepomuceno, en el segundo tramo, obra probable de Jácome Vaccaro de hacia 1765, cuya imagen titular se conserva en el Tesoro del templo. En el tercer tramo se encuentra el altar de San Pedro, un  retablo rococó del tercer cuarto del siglo XVIII, también de Vaccaro.
     Tras el crucero, se sitúa un retablo de ánimas que procede del desaparecido Convento de la Vera Cruz. Se trata de una pieza barroca de la primera mitad del siglo XVIII que contiene, entre dos estípites, un relieve que representa a San Francisco alado redimiendo las ánimas del Pur­gatorio, atribuido al escultor Francisco Cama­cho de Mendoza. Junto al retablo de ánimas se encuentra el de Jesús Caído, neoclásico, de finales del siglo XVIII, aunque el lienzo que contiene es obra del siglo XVII.
     En el lado del evangelio de la cabecera se conservan dos retablos de estípites de la primera mitad del siglo XVIII reformados por Jácome Vaccaro en 1778. En esta fecha se les dotó a ambos de decoración de rocalla y sendos pabellones en saco y yeso. El de menor tamaño albergaba la imagen de San José, escultura que hoy se halla sobre un pilar del crucero y en su lugar se encuentra la imagen de la Virgen del Socorro, copatrona de la ciudad procedente de la desaparecida iglesia de San Agustín; se trata de una imagen del siglo XVI aunque se advierten en ella intervenciones posteriores. El retablo del Cristo de la Viga, fue realizado por el entallador Agustín de Medina y Flores en 1741 para la capilla del Cristo en la antigua colegiata, en 1756 se trasladó al nuevo templo y en 1778 fue renovado por Jácome Vaccaro.  La imagen  del Cristo de la Viga es una talla de crucificado de reminiscencias góticas que ha sido atribuido al escultor Francisco de Heredia en 1532, aunque también habría sido retocado por Vaccaro en el siglo XVIII. La cabecera del lado de la epístola la preside el retablo de la Inmaculada, una obra de la segunda mitad del siglo XVII quizás obra de los hermanos Fernando Delgado y Bernardo Martín de la Guardia. Es de un solo cuerpo dividido en tres calles por columnas salomónicas. Las esculturas laterales de San Juan Bautista y San Sebastián, patronos del cabildo colegial, son obras de Remando Lamberto de 1592. El ático lo preside una pintura de la Asunción atribuida a Pablo Legot. La hornacina central la ocupa una imagen de 1900 de San Juan Grande realizada por el escultor Damián Pastor; la imagen de la Inmaculada, obra de Vaccaro de 1782, originaria de este retablo, se asienta sobre una peana de ángeles del siglo XVII en uno de los pilares junto al presbiterio.
     Adosados al muro de la epístola se encuentran algunos retablos de escaso mérito; cabría destacar el neoclásico, de los años veinte del siglo XIX, que alberga la pintura de San Caralampio, obra de Juan Rodríguez García, hijo de Juan Rodríguez «El Tahonero». Junto a éste se ubica el antiguo retablo del Señor de la Flagelación, un altar del tercer cuarto del siglo XVIII, atribuido a Jácome Vaccaro, que acoge la imagen sedente de la Virgen de Belén, una talla de mediados del siglo XVII, atribuida a Alonso Martínez y procedente del desaparecido Convento de Belén. Jun­to a este retablo, se conserva la pila bautismal desplazada del primitivo baptisterio. Se trata de una pieza de mármol de mediados del siglo XVI, donada a la antigua colegiata por el canónigo Fernando Flores.
     Las vidrieras de los vanos del templo son obras francesas realizadas en Tours (Francia), en los años ochenta del siglo XIX; las de la nave central y del crucero representan el apostolado; sobre los testeros de la nave del evangelio y la epístola, un «Ecce Homo» y la Inmaculada respectivamente; en los pies del templo se encuentran San Miguel, la Visitación y la Encarnación. Los canceles del crucero y los remates de los canceles de los pies son obras barrocas contratadas en 1780 a Manuel Ruiz Gallardo. El órgano que se adosa, tras la última reforma, sobre el dintel de la puerta principal, es obra de 1850 del organero inglés John Bishop.
     El Sagrario está situado en el testero de cabecera de la segunda nave de la epístola, fue llevado a cabo a partir del último tercio del siglo XVIII y concluido en 1801, aunque no adquirió sus funciones propias hasta 1820. Exteriormente presenta fachada de estilo neoclásico, articulada por pilastras jónicas y está dotada de un ingreso independiente que data de 1868. Su traza se ha atribuido a Juan de Bargas y presenta planta rectangular en dos tramos divididos por pilas­tras adosadas de orden corintio y bóvedas vaí­das. Su primitivo altar mayor, neoclásico y obra de Manuel Rodríguez Barreño, de entre 1822 y 1824, conserva -aunque en la Sala de Sesiones-­ el lienzo que lo presidía, una obra de Juan Rodríguez «El Tahonero» con la representación del Buen Pastor. También obra suya es el tondo del Cordero Místico, en la parte superior del testero. La configuración actual del altar responde a la renovación llevada a cabo en 1892 por la mar­quesa de Domecq D'Usquain, quien mandó desmontar el retablo para instalar el templete neomedieval, hecho en Toulouse (Francia), que hoy se conserva. Muy interesante es el tabernáculo, una obra del segundo tercio del siglo XVIII, donado en 1771 por María Josefa López de Padilla. Se trata de una obra del platero jerezano Pedro Rendón, de 1756, cuya puerta es una obra de platería mexicana de mediados del siglo XVIII, encargada por un notario del Santo Oficio. Con­tiene en sus paramentos la escena de Jesús en el desierto y la imagen de San Antonio de Padua.
     Las dependencias auxiliares, conjunto de estancias, que quedó inconcluso, fueron trazadas por Pedro Ángel Albisu a finales del siglo XVIII. Se encuentran tras el testero de la cabecera y se accede a ellas a través de una portada neoclásica llevada a cabo por  Miguel de Olivares en 1779 y labrada en mármol por Simón Tintorel y Pedro Vaccaro. A Jácome Vaccaro corresponden el relieve superior, que representa la Transfigura­ción y las esculturas de los apóstoles Pedro, Juan, Santiago y Pablo. La Antesacristía es una sala cuadrada cubierta por bóveda vaída, sus obras fueron dirigidas por José de Vargas. Aquí se conservan las imágenes en mármol de Carrara de los cuatro evangelistas, procedentes del templete del altar mayor desaparecido; son obras del escultor Angelo Rocca, de 1907. En los muros se conservan además dos obras del pintor Antonio de Lara, el Descendimiento y Jesús Camino del Calvario, copias de Franz Franken; un lien­zo de San Lorenzo, firmado por el Tahonero en 1810 y una pintura de Santa Catalina de Juan Rodríguez García de mediados del siglo XIX. A derecha e izquierda de la antesacristía se hallan dos estancias gemelas, cuadradas y cubiertas por bóvedas vaídas; la sacristía menor, a la derecha, donde se hallan algunos ternos y textiles de va­lor y la sala del Tesoro, a la izquierda.
     La Sacristía Mayor fue concluida en 1816 por Pedro Ángel Albisu; se trata de una sala cuadrada cubierta por bóveda vaída en cuyos ángulos se encuentran  cuatro cabezas de león realizados por Cosme Velázquez en 1817. Las cajoneras son obra de Manuel Rodríguez Barreño de 1818. Muy interesante es el Apostolado y el Salvador situados en la parte alta de los muros; éste fue llevado a cabo por los seguidores de Zurbarán, Bernabé de Ayala y los hermanos Miguel y Francisco Polanco. También se conservan un Descendimiento de principios del siglo XVII, un Santo Tomás de Aquino, también de comienzos del siglo XVII del círculo de Clemente de Torres. Otras dos obras son la Inmaculada de mediados del siglo XVII, atribuida a Pedro Núñez de Villavicencio y un interesante crucificado de finales del siglo XV, de pequeño tamaño, del círculo de Pedro Fernández Alemán.
     El Patio de los Naranjos, inconcluso, fue levantado por José Esteve y López en 1885. Su fuente central se corona con la imagen del Salvador, obra de Angelo Rocca de principios del siglo XX y copia de la que originariamente coronaba el «cogollo» barroco del antiguo altar mayor. En uno de los lados se conserva también un relieve en piedra de la Adoración de los Pastores del siglo XVIII, procedente del desaparecido Convento de Belén.
       La pieza más extrema se encuentra dividida en dos alturas, correspondiendo la superior a la Biblioteca y la inferior, dividida a las Salas Capitular y de Sesiones. La Sala Capitular conserva parte de la sillería coral de la parroquia de San Lucas, en la que destacan los relieves de los evangelistas y el apostolado, atribuidos a Diego Roldán. Preside la sala una pintura de la Inma­culada de escuela sevillana de finales del siglo XVII. También se conserva una pintura de San Esteban de El Tahonero de hacia 1822.
     En el Salón de Sesiones se conservan varias obras de El Tahonero, un Buen Pastor, que procede del antiguo retablo del sagrario, un San Caralampio y el lienzo oval del Resucitado, que en origen presidía la Sala Capitular.
     La Biblioteca, en la parte superior, conserva un importante fondo bibliográfico, en su mayor parte procedente de la donación de 1793 del que fue obispo de Mallorca y Sigüenza, el jerezano don Juan Díaz de la Guerra. De los cuatro mil volúmenes, además del monetario, se conservan la mitad de los fondos. De entre todos  destaca el Missale Maioricense, un códice miniado, realizado en vitela en Venecia por Juan Eymerich y Lucantonio de Giunta en 1506. Cabe también destacar la interesante colección de cartas en clave del Cardenal Cisneros a su secretario, que da­tan de 1516.
     El Tesoro conserva un grupo interesante de obras de pintura, escultura y orfebrería. Se en­cuentra además en esta sala el trascoro en piedra, obra de Torcuato Cayón de la Vega a la que ya nos referimos. En lo relativo a la pintura se conserva una Inmaculada del primer cuarto del siglo XVII, obra de Francisco Pacheco procedente de la donación Díez Lacave. También de gran calidad es la pintura de Francisco de Zurbarán denominada la Virgen Niña, que representa a la Virgen en meditación, esta obra se encuentra en este templo desde 1756, año en que llegó con la donación de Catalina de Zurita y Riquelme. Del siglo XVI es la pintura de la Virgen de Guía, procedente del antiguo Convento de San Agustín.
     En el capítulo de la escultura, destaca la denominada Virgen del Voto, una talla pequeña de escuela sevillana del siglo XVII que ocupaba anteriormente el altar mayor. De singular interés son el crucificado llamado «de Bertemati», una escultura de pequeño tamaño de escuela castellana del siglo XVII, y las dos imágenes de San José, una del círculo de Cristóbal Ramos y otra de escuela napolitana, ambos del siglo XVIII. Del escultor Jacome Vaccaro se conserva asimis­mo dos esculturas, un Niño Jesús que en origen coronaba el facistol y un San Juan Nepomuceno procedente de un retablo de la iglesia.
     En cuanto a las piezas de platería que conser­va el tesoro, merecen ser destacadas las de origen americano. El manifestador, obra anónima mexicana del siglo XVIII, procede, como el citado tabernáculo del sagrario, de la donación de doña Josefa López de Padilla. También mexicanas son unas interesantes lámparas de los años treinta del siglo XVIII del platero Diego Gon­zález de la Cueva. De orfebres jerezanos son un grupo de atriles, portapaces y cetros de Francisco Montenegro, del siglo XVIII. A Eusebio Pa­redes corresponde la arqueta del monumento, obra barroca de 1792. La custodia procesional del Corpus Christi sigue los diseños que dieron en 1947 Aurelio Gómez Millán y Cayetano Gon­zález, habiendo estado su ejecución a cargo de Manuel Gabella Baeza; se trata de una custodia de torre que fue estrenada en 1952, siendo costeada por Ignacio de Soto Domecq (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     Es un templo de planta cuadrangular, dividido en cinco naves por gruesas pilastras, más una sexta nave que es el llamado transepto. En la intersección de la nave mayor y del transepto se alza la cúpula octogonal que se asoma a la nave por amplísimo anillo y se corona con un cupulín. Sobre las aristas del octógono hay hermosas estatuas pétreas, de tamaño mayor al natural y que representan a los santos doctores de la Iglesia.
     Sus cubiertas con bóvedas de crucería sencillas en las naves laterales y de una gran riqueza decorativa en la central y el crucero, combinan elementos del barroco dieciochesco con otros neoclásicos bajo estructura propia del gótico. Entre otras dependencias de interés destaca el Sagrario, distribuido en dos tramos, cubierto por bóvedas vaídas y la sacristía a la que se accede por una gran portada de estilo neoclásico, formada por columnas pareadas.
     El templo tiene tres fachadas, todas ellas con columnas corintias y gran profusión de bajorrelieves tallados en la piedra.
     La más espectacular es la fachada principal que realza su aspecto por encontrarse en alto y a la que se ha de acceder por escaleras. Esta fachada posee tres puertas adinteladas con óculos circulares y una rica amalgama de columnas y decoraciones barrocas. El ingreso al templo se hace por cinco puertas, tres en la fachada principal y dos en las laterales, teniendo además en el lado de la Epístola otra entrada al Sagrario de estilo neoclásico.
     El edificio es todo de piedra procedente de la Sierra de San Cristóbal, salvo las bóvedas de las naves laterales, que son de rosca de ladrillo.
     Del templo anterior, derruido en 1695, solamente queda la torre campanario separada del templo y que se organiza en dos cuerpos: el inferior obra del siglo XV, de estilo gótico-mudéjar y superior, realizado por Juan Pina en el siglo XVIII.
     La antigua Colegiata o Iglesia Colegial de Jerez de la Frontera, elevada a la dignidad catedralicia en 1980, es hoy su catedral. La Catedral se alza sobre una primitiva mezquita que fue posteriormente la Iglesia del Salvador. Es una construcción del siglo XVII, en la que se mezclan los estilos gótico, barroco y neoclásico.
     En el año 1695 se acometió la obra de la nueva Catedral encargándosele las trazas al maestro mayor de obras de Jerez, Diego Moreno Meléndez por parte del Cabildo Colegial. La obra se prolongó a lo largo de más de ochenta años, hasta que la totalidad del templo se bendijo el 6 de diciembre de 1778, habiéndose puesto al culto la mitad del templo el 16 de junio de 1756. Directores de las obras fueron los maestros Ignacio Díaz de los Reyes, Juan de Pina y Miguel de Olivares, que actuó bajo las órdenes de Torcuato Cayón de la Vega. Del templo anterior, derruido en 1695, solamente queda la torre separada del templo y que se organiza en dos cuerpos: el inferior obra del siglo XV, de estilo gótico-mudéjar y el superior, realizado por Juan de Pina en el siglo XVIII.
     La larga obra del templo fue costeada en su gran parte por los reyes de España Carlos II, Luis I y Carlos III. Contribuyeron también los papas Inocencio XIII y Benedicto XIII con la llamada gracia "de las misas alcanzadas" (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En la plaza de la Encarnación, donde se levanta el templo de San Sal­vador, erigido catedral en 1980 por el papa Juan Pablo II, momento en que la ciudad se convirtió en sede de la diócesis Jerez-Asidonia. Se trata del mayor templo de la ciudad, un conjunto arquitectónico compuesto además por el reducto del Cardenal Bueno Monreal y de la torre, exenta y situada al pie de una escalinata. En el lugar en el que se levanta el templo se encontraba la mezquita aljama o mayor de los musulmanes.
     Elevado sobre una plataforma, a la que se llega a través de una ancha escalinata, presenta un aspecto imponente, con una mezcla de estilos que van desde el gótico al grecorromano y al renacentista. A los pies, muestra tres portadas, dos laterales de factura sencilla y una central, mucho más complicada, con abundancia de columnas, imágenes y relieves que se reparten por el entablamento y los intercolumnios. Tiene otras dos portadas a los lados del crucero.
     El interior se organiza en cinco naves escalonadas en altura. La nave central lleva gruesos pilares con medias colum­nas corintias de orden gigante adosadas, sobre los que carga una amplia cornisa a partir de la cual asciende la bóveda. Tanto ésta como las de las naves laterales son de crucería. En el siglo XX el templo ha sufrido diversas intervenciones bastante controvertidas que han alterado tanto el altar mayor como el coro y algunas de las capillas. Entre éstas, destaca la capilla de Ánimas por el valioso retablo labrado en piedra, así como por un Crucificado del siglo XVII, atribuido al círculo de José de Arce. Junto al crucero, en el lado del evangelio, figura otro interesante retablo de ánimas, gran relieve en el que, bajo la Trinidad, se ve a san Francisco alado sacando, junto a dos ángeles, las almas del purga­torio. En la cabecera de este mismo lado aparecen dos retablos. En el más pequeño se venera a la Virgen del Socorro, copatrona de Jerez. Aquí está también el Cristo de la Viga, impresionante crucificado de estilo gótico tardío atribuido a Francisco de Heredia, quien debió tallarlo hacia 1532.
     La catedral tiene una buena biblioteca, donada en su mayor parte por el jerezano Juan Díaz de la Guerra, que fue obispo de Mallorca y de Sigüenza. Entre sus fondos destaca una colección de cartas cifradas del cardenal Cisneros dirigidas a su secretario y el Missale Maioricense, precioso códice realizado en Venecia en 1506. El tesoro es también muy rico. En él sobre­salen, entre las pinturas, una Inmaculada de la escuela de Murillo y, más aún, la Vir­gen Niña, de Zurbarán (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Cádiz, Costa de la Luz. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2008). 

Alcázar-Mezquita y baños árabes
     El conjunto monumental del Alcázar comprende el ángulo Sur del intramuros jerezano sobre una zona elevada. Se trata de un conjunto murado articulado por torres que encierra varias edificaciones de diversa cronología, estilo y función. Los orígenes del recinto se remontan a mediados del siglo XI, fecha en que la ciudad juró fidelidad a la taifa de Arcos y de cuya época sólo se conservan algunos cimientos y pozos. La mayor parte de los vestigios arquitectónicos, son ya de época almohade, cuando este recinto sirvió de residencia al wali del rey musulmán de Sevilla. A partir de 1255, con la primera conquista de la ciudad y posteriormente tras 1264 con la definitiva toma de Jerez por parte cristiana, el Alcázar pasó a propiedad del rey de Castilla y comenzó a ser habitado por un alcaide. En 1470, el marqués de Cádiz acometió reformas en los edificios y las murallas creando un nuevo foso y erigiendo una nueva torre.
     A partir de 1478, en que los Reyes Católicos desalojaron a don Rodrigo Ponce de León del Alcázar,  éste cayó en una etapa de decadencia y abandono que duró hasta que en el siglo XVII Felipe IV concedió a perpetuidad la alcaidía a la familia Villavicencio, que lo repararon y adaptaron como residencia palaciega.
     Los Villavicencio permanecieron en el recinto hasta 1926, en que la familia lo cedió a Salvador Díez, que realizó igualmente algunas reformas dirigidas por el arquitecto Teodoro de Anasagasti. Las primeras excavaciones y restauraciones no llegaron sin embargo hasta 1970, cuando el arquitecto José Menéndez-Pidal intervino en la iglesia de Santa María del Alcázar. A partir de 1995, por iniciativa municipal se vienen acometiendo nuevas restauraciones y estudios arqueo­lógicos que llegan a la actualidad.
     De entre las torres que componen el conjunto merecen ser destacadas la torre Octógona, una construcción almohade del siglo XII de planta octogonal, que presenta decoración de arquillos ciegos en la parte superior. En el ángulo contrario se encuentra la torre del Rayo, también del periodo islámico y junto a ella la de Ponce de León, una construcción cristiana levantada hacia 1471 por iniciativa del marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, alcaide del alcázar en esos momentos.
     Esta torre, que estuvo en origen separada del resto del alcázar por un foso sobre el que se dispondría un puente levadizo, constituía un «donjon» o torre del homenaje con varias salas, hornos y cocinas. En el costado noroeste, intra­muros de la ciudad, se conserva la puerta más antigua de las conservadas; se trata de un arco de herradura de cantería, con despiece de sillares e impostas de mármol.
     En el lado contrario se encuentra la llamada puerta del Campo, situada bajo la torre del Mirador y desarrollando en su interior un pasillo en recodo, cubierto con bóveda de cañón. Ya del siglo XVII, y fruto de las intervenciones llevadas a cabo por la familia Villavicencio, es la portada de acceso al patio de armas.
     Uno de los elementos más interesantes que albergan los muros del Alcázar es la Capilla de Santa María del Alcázar. Ésta, en su mayor par­ te corresponde con la antigua mezquita palatina almohade que tras la Reconquista cristiana sería convertida en iglesia cristiana.
     Se trata de una planta cuadrada cubierta por una interesante bóveda de ocho paños sobre cuatro trompas en los ángulos. En el frente sudeste se encuentra el reconstruido nicho del mihrab y a cada lado, las trompas presentan en su interior pequeñas cúpulas, lo que justifica que se trata del muro de la quibla.
      La capilla presenta otros elementos que en su mayor parte fueron reconstruidos o son fruto de la creación de José Menéndez-Pidal en los años setenta del siglo XX; el patio descubierto delantero, identificable como de las abluciones, el alminar; cuadrado y con escalera alrededor de un machón central y el pórtico, de arcos de herradura sobre pilares ochavados.
     Otro elemento de interés, que conserva el Alcázar, son los llamados baños árabes. De origen almohade del siglo XII, han llegado hasta nuestros días tras haber tenido diversas funciones, como iglesia, escuela o vivienda. Se trata de una construcción realizada en ladrillo que cuenta con varias salas originalmente destinadas a aguas frías y calientes entre las que cabe destacar la sala templada, cubierta con bóveda ochavada sobre trompas.
     Otras salas son las destinadas a calderas y a guardar la leña, el pozo, así como la noria y el aljibe.
     Destacan en todo el conjunto restos de pinturas que en origen decorarían todos los paramentos. Junto a los baños y sobre el lienzo de muralla, se conservan restos de una construcción neoclásica levantada por José de Vargas a finales del siglo XVIII.
     También cercana a los baños, junto a la torre octógona, se encuentra la sala de las Conchas; se trata de la única construcción originaria del palacio almohade.
     Es un pabellón de planta cuadrada cubierto por bóveda de arista de ocho paños sobre pechinas; desde esta sala se accede a sendas alcobas a través de arcos de herradura con alfiz.
     En el centro del recinto del Alcázar se halla el Palacio de los duques de San Lorenzo de Vallermoso, una obra levantada a partir de 1661 tras haber tomado posesión del Alcázar Bartolomé de Villavicencio. 
   El grueso de la obra data de la segunda mi­tad del siglo XVII, aunque también continuaron las reformas durante la centuria siguiente, hasta alcanzar un notable grado de sofisticación palaciega, hasta el punto de que llegó a albergar un teatro doméstico para la representación de óperas. Del siglo XVIII son las reformas visibles del lado Sur, como el balcón corrido y la decoración barroca que presenta (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).   
     El Alcázar de Jerez de la Frontera es el elemento fundamental de las fortificaciones de la ciudad. Ocupa en ellas el ángulo sureste y es el punto más prominente y estratégico. Las obras principales habría que datarlas en época almohade, a juzgar por la cubrición, aunque algunos vestigios aislados permiten asignarle mayor antigüedad.
     El alcázar propiamente es un recinto cuadrangular adosado a las murallas que debió contar con al menos 11 torreones defensivos, incluidos la torre principal o del homenaje y la torre, hoy llamada, octogonal y antes "del oro". Se conocen tres puertas de acceso: al norte, al este y al sur.
     La construcción es sencilla, pero, aparte de los muros, apenas cuenta con otras defensas más allá de una barbacana y las dos torres almenadas: De entre éstas, la Torre Octogonal, es memorable en los anales jerezanos por haberse alzado en ella, por vez primera, el estandarte real de Castilla, y la otra, llamada Torre del Homenaje, que se adorna con la torres reales y el blasón de los Ponce de León.
     Este alcázar fue testigo de las hazañas de su alcaide Garci-Gómez Carrillo y del alférez Fortún de Torres (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).     
     Enfrente de la catedral, sobre un leve altozano, única altura que existe en la ciudad, se sitúa, muy bien conservado, el antiguo alcázar de los mahometanos. Aunque existen vestigios, incluso romanos, puede afirmarse que la edificación actual es casi enteramente almohade. Fue residencia de los walíes y reyezuelos agarenos y, más tarde, en tiempos cristianos, del alcaide de la ciudad.
     El conjunto del alcázar, incluida la extensa explanada en la que se asienta la edificación, ofrece un aire sereno y majestuoso. En el ángulo sur se destaca la poderosa torre Octogonal, almenada y con decoración de arquillos ciegos en el último tramo. En el lado opuesto se encuentra la torre del Rayo. A su lado está la de Ponce de León, levantada en el siglo XV por el marqués de Cádiz cuando se apoderó de la ciudad. Estuvo separada del resto de la edificación y contó con un foso que el marqués llenó de agua, cuyas filtraciones estuvieron a punto de afectar a los cimientos de la construcción. Hacia el centro se sitúa la torre del Homenaje, por donde se entra actualmente al recinto. Igualmente almenada, en ella se produjeron diferentes hechos memorables, como la defensa que de ella hizo el alcaide Garci Gómez junto con otros cien caballeros tras la conquista inicial de la ciudad.
     Lo mejor del interior es la capilla de Santa María, una antigua mezquita musulmana reconvertida en oratorio cristiano, verdadera maravilla arquitectónica a la que Alfonso X, lleno de asombro, prohibió tocar ni siquiera una piedra. Tiene una sola nave octogonal cuyos muros, con fábrica de ladrillo, soportan una bóveda con linterna y una ventana por cada una de sus caras. El muro frontero a la puerta es la qibla, y en él se encuentra el mihrab, minúscula capillita también octogonal desde la que el imán dirigía las oraciones. El alcázar conserva también los baños originales, de factura más que notable, almohades y con salas para el agua fría, caliente y templada (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Cádiz, Costa de la Luz. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2008).

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