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sábado, 20 de junio de 2026

El Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla
     Hoy, sábado 20 de junio, como todos los sábados, se celebra la Sabatina, oficio propio del sábado dedicado a la Santísima Virgen María, siendo una palabra que etimológicamente proviene del latín sabbàtum, es decir sábado
        Y que mejor día que hoy para ExplicArte el Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa María la Blanca [nº 22 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 12 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa María la Blanca, 7 (con portada lateral a la calle Archeros, 18); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En la nave del Evangelio podemos contemplar el Retablo de la Piedad, excelente pintura renacentista sobre tabla realizada por Luis de Vargas en 1564. Se inserta en retablo reformado en el siglo XVIII pero que conserva sus originales balaustres manieristas, figurando en los laterales dos tablas con  San Juan Bautista y San Francisco de Asís, también realizados por Luis de Vargas (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Se trata de un retablo compuesto por tres calles y un cuerpo rematado por ático, realizado en dos fases: 1564 (manierismo), y 1774 (barroco), con unas medidas de 4,76 x 3,40 x 0,65 m. En los laterales se disponen a cada lado dos pinturas sobre tablas que representan a san Juan Bautista a la izquierda, y a san Francisco de Asís recibiendo los estigmas, a la derecha. Se encuentran inscritos en dos medios puntos flanqueados por dos columnas con medio fuste estriado y el otro medio con decoración vegetal. En la parte superior e inferior, presenta cartelas con roleos y decoración floral.
     Al centro se encuentra la pintura de la Piedad, dispuesta del mismo modo que los anteriores, salvo el listón superior que sobresale y se apoya en el exterior de dos de las columnas. Presenta tres cartelas con rocallas y las enjutas sobresalen dos relieves alegóricos de la Fe y la Caridad. En la parte superior, la composición de Dios Padre con los brazos abiertos, de medio cuerpo, y dos ángeles pasionarios acompañándolo. 
     El retablo se cierra en la parte superior con un medio punto abocinado que recoge una serie de cartelas recortadas con motivos vegetales y rocallas, producto de su transformación en el siglo XVIII, que también descienden a ambos lados a modo de guirnaldas.
     En el banco del altar aparece la inscripción: "Se hizo este Altar. Año de 1564 Y se renovó el de 1774".
Piedad. Tabla central al óleo sobre madera, con unas medidas de 2,43 x 1,68 mts., en estilo manierista, con el grupo de las Marías con san Juan se arraciman en torno al cuerpo de Cristo, dispuesto siguiendo un ritmo diagonal, a cuyo extremo aparece la figura de la Magdalena besando sus pies. Un fondo de tinieblas inunda el paisaje que respalda la escena, advirtiéndose en la parte superior una descripción del Calvario y a la izquierda una representación del Entierro de Cristo. A la izquierda de la escena un grupo de hombres asiste al momento de la apertura del sepulcro. En el ángulo inferior derecho aparece la inscripción de autoría: "LUIS DE VARGAS FACIEBAT".
     Esta tabla, junto con otras dos dedicadas a San Juan Bautista y San Francisco, forman el retablo de la Piedad de la Iglesia de Santa María la Blanca. 
     Se trata de la última obra conocida de Luís de Vargas, pintor nacido y formado en Sevilla. Su obra, muy influenciada por los maestros italianos de la época, es el mejor ejemplo de la tendencia rafaelista en la pintura hispalense durante el segundo tercio del siglo.
     Esta obra formó parte de la Exposición "Velázquez y Sevilla", en el Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, salas del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, de Sevilla, del 1 de octubre al 12 de diciembre de 1999.
     En ese mismo año 1999, la obra se sometió a un estudio e intervención en el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH).
     Los estudios realizados fueron: estudio biológico, estudio fotográfico y estudio gráfico.
     El estado de conservación era bueno a excepción de los daños producidos por la humedad del muro, que había provocado movimientos de las tablas y consecuentemente, levantamientos y pérdidas de los estratos de preparación y color en las uniones. Se detectó además un fuerte ataque de insectos xilófagos apreciándose orificios tanto por el anverso como por el reverso. 
     La propuesta de intervención fue la siguiente:
     Limpieza superficial del reverso. Relleno de orificios producidos por xilófagos en la estructura y en el soporte. Fijación de estratos. 
     Estucado de lagunas, grietas, desuniones de piezas y orificios producidos por insectos. Limpieza superficial de polvo y hollín. 
     Reintegración de las lagunas estucadas. Reintegración con pigmentos al barniz. Barniz final pulverizado.
     Y la intervención consistió en las siguientes actuaciones:
     Se procedió a la desinsectación de la obra en cámara de gases inertes. El reverso se trató superficialmente, eliminando los depósitos de cal y arena así como el polvo que lo cubría. El resto de la intervención se concentró principalmente en: fijación de los levantamientos, limpieza generalizada del polvo y hollín, relleno de los orificios producidos por los insectos con resina, estucado de las pequeñas pérdidas y orificios, reintegración cromática con técnica acuosa y posteriormente pigmentos al barniz, finalizando con la aplicación de barniz pulverizado (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Iglesia de Santa María la Blanca. En retablo de la nave del Evangelio. Magnífica y extraordinaria pintura sobre tabla, obra del romanista Luis de Vargas, en 1564. Además de la Virgen y Cristo difunto, figuran en la escena San Juan y las Marías, lo cual hace que algunas veces sea identificada como un Descendimiento. La composición muestra un eje diagonal en torno al cuerpo del Redentor. Al fondo, entre dramáticas y evocadoras tinieblas, aparece el Calvario, y a un lado se efigian los preparativos para el Santo Entierro. Todo ello supone una descripción completísima, de ritmo progresivo y cinematográfico: el "antes", el "durante" y el "después"; y, lo que tiene más mérito... ¡sin repetir los gestos ni los personajes! (Juan Martínez Alcaide. Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del tema de la Piedad;
LA VIRGEN DE LA PIEDAD

   El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes: María y su Hijo desclavado de la cruz, cuyo cuerpo inanimado ella sostiene sobre las rodillas.
   A veces ocurre que la Virgen esté rodeada o enmarcada por san Juan, Magdalena, las tres Marías e incluso por los donantes; pero casi siempre está sola con el cadáver de su Hijo, y esta concentración refuerza el poder emotivo del tema. Así es como se distingue de la escena de la Lamentación al pie de la Cruz (Beweinung Christi) que comporta numerosas figuraciones.
   Se ha querido ver en este grupo conmovedor un fragmento separado de la Lamentación, reducida a dos personajes esenciales por un procedimiento análogo que permitió extraer del grupo de la Cena el de Jesús con su discípulo preferido. Pero esa hipótesis no puede probarse, al menos en el arte alemán cuyos Vesperbilder son muy anteriores a los bajorrelieves de la Beweinung que se hizo popular en el siglo XVI. Según parece, la Virgen de la Piedad deriva más bien del tipo tradicional de la Virgen sentada, por simple sustitución del Niño Jesús por el Crucificado.
Fuentes místicas
   La Virgen de la Piedad, que en italiano se llama Pietà y en alemán Vesperbild, -porque la hora de vísperas, de cinco a siete de la tarde, corresponde en el Breviario al Descendimiento de la Cruz-, es la flor más delicada del misticismo de finales de la Edad Media, una flor de la Pasión, una pasionaria que hizo eclosión en los jardines de monjas.
   El tema ni siquiera está esbozado en los Evangelios ni procede tampoco del culto oficial: es una creación de la imaginación  mística que surgió a principios del siglo XIV, al mismo tiempo que los temas de la Virgen de Misericordia y del Varón de Dolores.
   Basta referirse a las Meditaciones franciscanas del Seudo Buenaventura, mejor aún a las Efusiones del beato Enrique de Berg y a las Revelaciones de Santa Brígida, para comprender en qué ambiente nació este tema realista y visionario a la vez. Las descripciones de Cristo muerto sobre las rodillas de su madre (in sinu matris) que se leen allí, donde parecía más cercano y accesible al corazón de los fieles que levantado sobre la madera de la cruz, concuerdan rasgo tras rasgo con las realizaciones plásticas de los artistas.
   El Minnebüchlein atribuido a Enrique de Berg, llamado Suso, también describe a Cristo muerto en una suerte de treno lírico: «Sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz que pueden contarse todos sus huesos.»
   Santa Brígida de Suecia atribuye a la propia Virgen esta descripción emotiva de su Hijo descendido de la Cruz: «Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda.»
   La mayoría de los historiadores del arte no resistieron la tentación de establecer una relación no sólo de paralelismo sino de filiación entre dichos textos y las obras de arte que parecen derivar de ellos, sin preocuparse por la cronología. Pero las investigaciones recientes condujeron a una inversión del orden de los factores. En la actualidad se admite, en general, que las descripciones realistas de Enrique de Berg y de Santa Brígida, lejos de haber inspirado las obras de arte son sólo la transcripción poética de éstas. Esos textos son para  nosotros un muy precioso comentario de las Vírgenes de Piedad, y nos informan acerca del «clima» místico que les dio nacimiento; pero debe renunciarse a ver programas plásticos en ellos.
Orígenes en el arte alemán y francés del siglo XIV
   Lo que prueba esta teoría es que los primeros Vesperbilder alemanes se remontan a 1320, es decir, son muy anteriores a las Visiones del Seudo Buenaventura y de Santa Brígida.
   Nacido en los conventos de monjas místicas del valle del Rin, ese tema tan femenino y maternal de la Virgen de la Piedad, se difundió algo más tarde en Francia gracias a las numerosas cofradías de Nuestra Señora de la Piedad que encargaron grupos para la decoración de sus capillas, que en los libros de contabilidad se designa con los nombres La Compasión de la Virgen, Imagen de Nuestra Señora la cual sostiene abrazado a Nuestro Señor, Imagen de Nuestra Señora sosteniendo en su regazo otra Imagen de un Dios de Piedad, Dios estando en brazos de Nuestra Señora.
   En todo caso, aunque el nombre italiano de Pietà haya sustituido abusivamente a esas viejas expresiones francesas, es muy cierto que el tema es una creación del arte gótico germano francés y no del arte italiano. En las pinturas del Trecento que cita Mâle, la Virgen está sentada al lado del cadáver de Cristo: ella no lo sostiene sobre las rodillas, en su regazo. Ese tema penetró tardíamente en Italia, donde nunca gozó de la misma popularidad que en Alemania y en Francia. Es interesante recordar en tal sentido que la célebre Pietà de Miguel Ángel, esculpida en 1496 para una capilla de la antigua basílica de San Pedro de Roma, fue encargada por un cardenal francés.
Clasificación  y evolución de los tipos iconográficos 
   La evolución de la iconografía de la Virgen de la Piedad prosiguió entre los siglos XIV y XVI.
   Tanto en Alemania como en Francia e Italia se encuentran dos tipos principales, el primero de los cuales comporta numerosas variantes: entre los siglos XIV y XV Cristo está acostado sobre las rodillas de su madre; en el siglo XVI, influenciado por el nuevo ideal del Renacimiento, más preocupado por la belleza formal, está extendido a sus pies, y sólo tiene apoyada la cabeza sobre las rodillas maternales.
A) Cristo sobre las rodillas de la Virgen

   En los monumentos más antiguos (Grupo de madera de Coburgo, hacia 1330; Vesperbild del convento de las ursulinas de Erfurt, hacia 1340), Cristo sentado sobre las rodillas de su madre tiene el torso echado hacia atrás y la cabeza inerte, caída.
   A veces está representado con la estatura de un niño, como la propia Virgen en los brazos de Santa Ana (Anna selbdritt). En ese caso, la Virgen que tiene la ilusión de acunar a su Hijo en brazos, como en los felices tiempos de la infancia, está representada más joven. Esta desproporción no se debe a la torpeza de los escultores, sino a una concepción de los místicos franciscanos. Según San Bernardino de Siena, la Virgen, extraviada por el dolor, sueña que tiene a su Hijo sobre las rodillas, y que lo acuna envuelto en la mortaja como antes en los pañales.
   En el siglo XV se volvió a la representación de Jesús adulto, en la edad en que murió en la cruz. El grupo se desarrolla en la dimensión horizontal, crece en ancho. A veces el cadáver de Cristo está dispuesto horizontalmente, como el cuerpo de un nadador que flota de espaldas, con la herida del costado bien visible; otras, por el contrario, se presenta oblicuamente, en diagonal, apoyando los pies magullados en el suelo.
   Es difícil determinar el lugar de origen de estas variantes. No obstante, parece que la escultura  alemana haya tomado el tipo de Cristo horizontal de la escuela de Bohemia y el Cristo en diagonal, del cual se ven numerosos ejemplos en Westfalia de la escuela de pintura de los Países Bajos, especialmente de Van der Weyden y de Dirk Bouts que habían, uno y otro, adoptado esta preceptiva. Es también el concepto que prima en la Pitié de Villeneuve de Aviñón (Louvre), la más monumental del arte de la Edad Media.
B) Cristo a los pies de la Virgen
   Este grupo de la madre y el hijo adulto que ella apenas puede sostener sobre sus rodillas, fue abandonada a partir del Renacimiento por un arte más preocupado por las proporciones y la lógica. A partir de ese momento casi siempre se ve el cuerpo de Cristo simplemente apoyado contra las rodillas de su madre. El grupo pierde así su profunda unidad, el acento de intimidad y ternura desgarradora, pero gana en verosimilitud y en armonía estructural.
   Esta preceptiva que reemplaza el esquema gótico no es -tal como lo creyera Mâle- una innovación introducida después del concilio de Trento por la iconografía revisada y corregida por la Contrarreforma. Pueden citarse ejemplos a partir del siglo XV, como el Vesperbild de la iglesia San Cristóbal, en Maguncia. Lo cierto es que esta fórmula ha sido adoptada por el arte barroco italiano (Correggio, Carracci) del cual pasó enseguida a España y a los Países Bajos.
   Aunque no pueda  servir como principio  de clasificación,  porque su actitud siempre la misma, el personaje de la Virgen no es menos importante que el de Cristo: la verdad de la expresión del dolor maternal la convierte en uno de los más bellos temas de estudio de la historia de la plástica.
   Es sobre todo el arte francés de los siglos XV y XVI el que ha sacado partido de este tema con una admirable delicadeza en la expresión de los sentimientos, que contrasta con las exageraciones germánicas.
   A veces María observa llorando el cuerpo inerte de su Hijo desfigurado, cuyos brazos rígidos no consigue cruzar; otras, lo abraza con todas sus fuerzas para impedir que los sepultureros se lo quiten.
   El arte español gótico y barroco introdujo en este tema vesperal un ardor más sombrío, y una suerte de voluptuosidad del dolor que está de acuerdo con el carácter de este pueblo.
   Muchas veces la Piedad suele combinarse con el motivo de la Dolorosa (Nuestra Señora de las Angustias) o Virgen de los cuchillos, que España tomó de los Países Bajos. Se encuentran ejemplos de esta amalgama en Sigüenza y en Calatayud (colegiata de Santa María).
   Subrayemos finalmente que en el arte de la Edad Media se encuentra una variante menos difundida de la Piedad de Nuestro Señor (Not Gottes): en vez de estar extendido sobre las rodillas de su Madre, Cristo muerto está sobre las rodillas de Dios Padre.
   A diferencia de numerosos temas religiosos de la Edad Media de los cuales se ha retirado la vida, éste, tan profundamente humano, ha conservado hasta nuestros días su conmovedora eficacia. Todavía se descubren bellos ejemplos en el arte francés de los tres últimos siglos. (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la historia de la Sabatina como culto mariano; 
    Semanalmente tenemos un culto sabatino mariano. Como dice el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, en el nº 188: “Entre los días dedicados a la Virgen Santísima destaca el sábado, que tiene la categoría de memoria de santa María. Esta memoria se remonta a la época carolingia (siglo IX), pero no se conocen los motivos que llevaron a elegir el sábado como día de santa María. Posteriormente se dieron numerosas explicaciones que no acaban de satisfacer del todo a los estudiosos de la historia de la piedad”. En el ritmo semanal cristiano de la Iglesia primitiva, el domingo, día de la Resurrección del Señor, se constituye en su ápice como conmemoración del misterio pascual. Pronto se añadió en el viernes el recuerdo de la muerte de Cristo en la cruz, que se consolida en día de ayuno junto al miércoles, día de la traición de Judas. Al sábado, al principio no se le quiso subrayar con ninguna práctica especial para alejarse del judaísmo, pero ya en el siglo III en las Iglesias de Alejandría y de Roma era un tercer día de ayuno en recuerdo del reposo de Cristo en el sepulcro, mientras que en Oriente cae en la órbita del domingo y se le considera media fiesta, así como se hace sufragio por los difuntos al hacerse memoria del descenso de Cristo al Limbo para librar las almas de los justos.  
     En Occidente en la Alta Edad Media se empieza a dedicar el sábado a la Virgen. El benedictino anglosajón Alcuino de York (+804), consejero del Emperador Carlomagno y uno de los agentes principales de la reforma litúrgica carolingia, en el suplemento al sacramentario carolingio compiló siete misas votivas para los días de la semana sin conmemoración especial; el sábado, señaló la Santa María, que pasará también al Oficio. Al principio lo más significativo del Oficio mariano, desde Pascua a Adviento, era tres breves lecturas, como ocurría con la conmemoración de la Cruz el viernes, hasta que llegó a asumir la estructura del Oficio principal. Al principio, este Oficio podía sustituir al del día fuera de cuaresma y de fiestas, para luego en muchos casos pasar a ser añadido. En el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, encontramos ya un Oficio de Beata suplementario, con los textos eucológicos que Urbano II de Chantillon aprobó en el Concilio de Clermont (1095), para atraer sobre la I Cruzada la intercesión mariana.
     De éste surgió el llamado Oficio Parvo, autónomo y completo, devoción mariana que se extendió no sólo entre el clero sino también entre los fieles, que ya se rezaba en tiempos de Berengario de Verdún (+962), y que se muestra como práctica extendida en el siglo XI. San Pedro Damián (+1072) fue un gran divulgador de esta devoción sabatina, mientras que Bernoldo de Constanza (+ca. 1100), poco después, señalaba esta misa votiva de la Virgen extendida por casi todas partes, y ya desde el siglo XIII es práctica general en los sábados no impedidos. Comienza a partir de aquí una tradición devocional incontestada y continua de dedicación a la Virgen del sábado, día en que María vivió probada en el crisol de la soledad ante el sepulcro, traspasada por la espada del dolor, el misterio de la fe.  
      El sábado se constituye en el día de la conmemoración de los dolores de la Madre como el viernes lo es del sacrificio de su Hijo. En la Iglesia Oriental es, sin embargo, el miércoles el día dedicado a la Virgen. San Pío V, en la reforma litúrgica postridentina avaló tanto el Oficio de Santa María en sábado, a combinar con el Oficio del día, como el Oficio Parvo, aunque los hizo potestativos. De aquí surgió el Común de Santa María, al que, para la eucaristía, ha venido a sumarse la Colección de misas de Santa María Virgen, publicada en 1989 bajo el pontificado de San Juan Pablo II Wojtyla (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
Conozcamos mejor la Biografía de Luis de Vargas, autor de las pinturas del Retablo reseñado;
     Luis de Vargas (Sevilla, c. 1505 – diciembre de 1567). Pintor.
     El primer artista sevillano de gran altura en el ámbito de la pintura renacentista es Luis de Vargas, quien llegó a adquirir una hegemonía que anteriormente a él habían tenido artistas foráneos como Alejo Fernández, Pedro de Campaña y Hernando de Esturmio.
     Fue Vargas hijo de un pintor de segundo orden llamado Juan del que apenas tenemos noticias, aunque es lógico pensar que con él realizase su aprendizaje.
     Cuando su proceso formativo concluyó, contaba con veintiún años y en ese momento tuvo la afortunada idea de viajar a Italia para aumentar allí el caudal de sus conocimientos; se instaló en Roma, donde permaneció en fechas que aproximadamente pueden situarse entre 1527 y 1534. En esta última fecha debió de regresar a Sevilla y allí estuvo hasta 1541, año en que emprendió un segundo viaje a Italia, donde de nuevo vivió en la Ciudad Eterna hasta 1550, año en que regresó definitivamente a Sevilla residiendo allí al menos hasta 1567, puesto que en diciembre de dicho año se tiene la constancia de que había fallecido.
     Existen testimonios ofrecidos por Francisco Pacheco, quien debió de recoger en Sevilla noticias referentes a la personalidad de Vargas, varias décadas después de su muerte. Señala Pacheco que Vargas fue “hombre humilde y sobre todo gran pintor”, añadiendo que el maestro que le influenció en Italia fue Pierino del Vaga. Lamentablemente Pacheco no menciona las obras que Vargas pudo realizar en Roma, a lo largo de los quince años en los que el artista permaneció allí.
     En la actualidad seguimos sin conocer obra alguna de su estancia italiana, que sin duda se han conservado, pero que permanecen sin identificar formando parte del amplio número de pinturas que en nuestros días se consideran como anónimas y pertenecientes al círculo de imitadores y seguidores de Rafael.
     Las únicas obras conocidas de Luis de Vargas pertenecen al último período de su vida, transcurrido en Sevilla de 1550 a 1567. Son ciertamente muy escasas pero suficientes para poder constatar su personalidad artística. En ella se reconoce la influencia del estilo de Pierino del Vaga, ya señalada por Pacheco pero también influencias procedentes de otros artistas italianos como Salviati y Vasari. Estas influencias pueden advertirse en la primera obra conocida de Vargas, iniciada en 1552 y finalizada en 1555. Se trata del retablo que hizo para la Catedral de Sevilla con el tema central del Nacimiento de Cristo; en esta pintura se constata efectivamente una filiación de carácter italianizante pero también un sentido creativo propio y personal que le otorga un peculiar e individualizado estilo. En el mismo retablo aparecen en las calles laterales pinturas con representaciones de los cuatro evangelistas y en la predela escenas de la Anunciación, la Presentación y la Adoración de los Reyes.
     La Catedral de Sevilla acoge, en otra de sus capillas, un segundo e importante conjunto pictórico de Luis de Vargas. Se trata de un retablo conocido tradicionalmente como de la Genealogía de Cristo, cuya tabla central representa efectivamente esta iconografía que, sin embargo, en otras ocasiones se denomina Alegoría de la Inmaculada Concepción. Pacheco, al referirse a este retablo, deja intuir que fue iniciado por Vargas, a raíz de la fecha de dotación de la capilla donde se alberga, en el año 1536, pero que su realización fue interrumpida por el artista a causa de su segundo viaje a Italia, siendo concluido cuando regresó definitivamente a Sevilla. Lo cierto es que el retablo está firmado y fechado por Vargas en 1561 y que se trata de un conjunto excepcional presidido por la pintura de la Alegoría de la Inmaculada Concepción, obra para cuya composición Vargas se inspiró en una escena del mismo título, realizada por Vasari en varias ocasiones y cuya primera versión se encuentra en la iglesia de los Santos Apóstoles de Florencia, para donde fue pintada hacia 1540. Vargas pudo haber visto dicha pintura en Florencia, o en todo caso haber utilizado un grabado que la reproducía, describiendo en su parte inferior las figuras de Adán y de Eva, padres de la Humanidad y transmisores del pecado original, a través de las sucesivas generaciones que señala el árbol de Getsé y que llegan hasta la Virgen María. Esta última fue concebida sin el pecado original, concepto que se recoge en una cartela que un ángel sostiene al lado de la Virgen y que recoge una frase del Cantar de los Cantares que señala: “Como lirios entre cardos así es mi amada entre las doncellas”. El conjunto de este retablo se completa con la aparición en la predela del retrato de su donante El chantre Juan de Medina, junto con su escudo de armas y una representación de la iglesia triunfante; en los laterales del retablo aparecen representaciones de San Pedro y San Pablo.
     También en la catedral de Sevilla se encuentra otra importante obra de Vargas, a pesar de su pequeño tamaño; se trata de una tabla que representa El Calvario, en la cual aparece la firma del artista. Aunque no está fechada, por su estilo puede datarse hacia 1560 y en ella el crucificado aparece sobre un fondo de tinieblas con la Virgen y san Juan al pie, a los que acompaña la presencia de un anónimo clérigo que será el donante de la pintura y que está acompañado por san Francisco.
     Igualmente en la Catedral de Sevilla, se encuentra un retrato de El venerable Juan de Contreras, cuya atribución al artista fue al parecer realizada por el pintor Bartolomé Esteban Murillo, quien es posible que fuese el que pusiera en ella la firma de Vargas y la fecha de 1541. Dicha atribución sin embargo no es segura.
     En el Museo de Arte de Filadelfia se conserva firmada por Luis de Vargas una interesante pintura que representa Los preparativos para la Crucifixión, obra de gran empeño compositivo en la que contrasta la recogida y serena actitud de Cristo, que espera paciente a que sus verdugos terminen de barrenar el madero donde será crucificado, con la agitada movilidad de los soldados, sayones y caballos, que impiden a un grupo de Santos Varones que se acerquen a contemplar la escena. A la derecha, se constata la presencia de un clérigo que será el donante de la pintura y que aparece retratado en actitud orante.
     Procedente de una colección particular madrileña ha ingresado hace unos años en el Museo de Bellas Artes de Sevilla una representación de La Purificación de la Virgen, que debe de proceder de un desaparecido retablo. Es obra en la cual se describe el momento en que María lleva al Niño al templo de Jerusalén y le presenta ante el sacerdote Simeón. Es obra no firmada, pero que presenta claramente el estilo de Vargas.
     En la Fundación Rodríguez Acosta de Granada, procedente de la colección Gómez Moreno se conserva firmada por este artista una representación de El Juicio Final, obra que Vargas debió de realizar teniendo en cuenta la composición con este mismo tema realizada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina de Roma, aunque interpretando libremente y sin condicionamientos la desbordante obra original del genio italiano.
     La última obra de la que queda constancia dentro de la producción de Vargas es el retablo de La Piedad, que firmó y fechó en 1564 y que fue realizada para la Iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla. En el tema principal de este retablo la Virgen aparece teniendo a Cristo Muerto en su regazo y acompañada de las Marías y de San Juan. Al fondo se abre un dilatado paisaje, sumido en la penumbra y presidido por la orografía del monte Calvario. La iconografía de este retablo se completa con la aparición en sus calles laterales de representaciones de San Juan Bautista y San Francisco.
     Pacheco, al referirse a Vargas en su libro de los Retratos, señala que este artista tenía pintada una Virgen del Rosario en un pilar de la iglesia de San Pablo de Sevilla que desapareció con motivo de las reformas realizadas en este templo hacia 1700. Igualmente han desaparecido las pinturas murales que Luis de Vargas realizó en los muros de la Giralda entre 1553 y 1558, aunque una pintura de Miguel de Esquivel firmada en 1621 y que se conserva en la catedral de Sevilla nos permite adivinar la situación e iconografía de dichas obras. Otras pinturas murales vinculadas a la catedral de Sevilla han desaparecido igualmente; así ocurrió con el Cristo camino del Calvario que pintó en 1561 en un altar situado en las gradas de la Catedral que dan a la calle de Alemanes, que fue sustituido en el siglo XVIII por una copia, la cual por haber estado al aire libre lo mismo que el original está ya también prácticamente perdida. En el interior de la Catedral y en el arco de ingreso a la capilla del Sagrario estuvieron dos representaciones realizadas por Vargas con el tema de Daniel en el foso de los leones y Elías en el desierto, que tampoco han llegado hasta nuestros días (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de la Piedad, de Luis de Vargas, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de Santa María la Blanca, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 14 de junio de 2026

Un paseo por la calle Descalzos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Descalzos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Descalzos es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en los Barrios de la Alfalfa, y San Bartolomé; en el Distrito Casco Antiguo; y va de la plaza del Cristo de Burgos, a la plaza de San Ildefonso.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
      El tramo comprendido entre la plaza del Cristo de Burgos y Alhóndiga era conocido al menos desde mediados del s. XVII, por Sopa, pues los frailes del convento de los Trinitarios Descalzos acostumbraban a re­partirla entre los necesitados que se acercaban; desde mediados de la siguiente centuria recibe la denominación de Campanas o Campanas de los Descalzos, por la torre de la iglesia del convento que todavía se conserva. El segundo tramo es conocido, al me­nos desde 1575, como Sucia, nombre que compartía con otras de Sevilla, por razones que serían obvias. En 1845 ambas calles se unifican bajo la denominación que hoy conserva. Santiago Montoto recoge también las denominaciones de Zapatería Vieja y Morería, pero no ha podido ser comprobado documentalmente. La calle es estrecha y posee un irregular trazado, con frecuentes entrantes y salientes. Por su angostura generalmen­te ha estado cerrada al tráfico, pero en 1882 se eliminaron los marmolillos y se abrió al tránsito de carruajes, lo que inmediatamente suscitó la quejas del vecindario, ya que rozaban y destrozaban las fachadas. Su pavimentación es de cemento extendido directamente, carece de aceras, está cerrada al tráfico rodado por medio de marmolillos de hierro colocados a la entrada de Alhóndiga y San Ildefonso. Cuenta con farolas de brazos de fundición adosadas a las fachadas. En el primer tramo se ha procedido en buena parte a la renovación del caserío primitivo por casas de pisos de cuatro plantas, a costa de la demolición de algunas de cierto interés; en cambio, en el segundo tramo predominan las viviendas tradicionales de patio de dos y tres plantas. Al principio de la calle se conservan restos de la antigua iglesia de los Descalzos y el campanario, oculto por una construcción reciente y de difícil perspectiva debido a la estrechez de la vía. En conjunto es una calle tranquila, que cuenta incluso con poco tránsito peatonal y que no cumple otra función que la residencial [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Descalzos, 1 acc. y 3
. En estos números se conservan restos de la antigua iglesia del convento de los Descalzos, destacando la torre.
Descalzos, 4 (derribada). En esta casa existe una cancela fe­chada en 1846.
Descalzos, 6 (derribada). Esta casa posee un patio de colum­nas en planta baja, y balcones separados por pilastras en la superior.
Descalzos, 10. Casa de dos plantas y ático, de tipo popular [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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La calle Descalzos, al detalle:

viernes, 12 de junio de 2026

El Retablo del Sagrado Corazón, en la Iglesia de Santa María la Blanca

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo del Sagrado Corazón, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.  
     Hoy, 12 de junio (viernes posterior al Corpus Christi), Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús, que, siendo manso y humilde de corazón, exaltado en la cruz fue hecho fuente de vida y amor, del que se sacian todos los hombres [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo del Sagrado Corazón, en la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa María la Blanca [nº 22 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 12 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa María la Blanca, 7 (con portada lateral a la calle Archeros, 18); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En la nave del Evangelio podemos contemplar el Retablo del Sagrado Corazón, una pieza compuesta por dos cuerpos y tres calles, con penacho como remate. Data del siglo XVII, aunque reformado en el siglo XVIII, añadiéndole una decoración de hojarasca rococó que no se ha adaptado bien en el lateral derecho. Bajo el primer cuerpo, dos ménsulas con frutos sirven de base a las esculturas de san Francisco Javier y un santo mercedario, y sobre estos hay otros dos santos sobre peanas con palmetas del siglo XVIII, terminando cada calle con dos querubines. En el centro, una basa neobarroca con volutas y frutos, que sirve de apoyo, al Sagrado Corazón.
     Una moldura compuesta con volutas, querubines y palmetas desemboca en el segundo cuerpo, donde figura un óleo de San Carlos Borromeo (el santo tiene un crucifijo, y detrás de san Carlos Borromeo aparece una Virgen del Pópulo y una tiara. Está representado de medio cuerpo, mirando al espectador. Viste de arzobispo, con el rosario a la izquierda y un anillo a la derecha. El santo está escribiendo con pluma en un libro que sostiene con la mano izquierda. El Espíritu Santo aparece en forma de paloma, con un rayo de luz que ilumina al santo), del siglo XIX, flanqueado por guirnaldas florales. A ambos lados, dos círculos con florones. Sobre el óleo se erige el penacho, sobre volutas, con una cartela y frontón curvo abierto en su parte inferior.
     Recompuesto en el siglo XVIII con materiales del siglo XVII y otros nuevos. La peana y la imagen del Sagrado Corazón son del siglo XX.
     Sobre una bola del mundo entre nubes, figura el Sagrado Corazón de Jesús, imagen "de Olot", de h. 1950-60, con unas medidas de 2,35 x 0,60 x 0,43 mts., de pie, con el pie izquierdo ligeramente retrasado y doblado hacia su izquierda. Mira hacia delante, con expresión benévola. Tiene barba recortada y la melena le cae a ambos lados. Lleva nimbo metálico. Viste túnica blanca y manto rojo, ambos ricamente decorados en dorado. Lleva cinto y sobre su pecho figura un corazón rojo, con la cruz 
encima. Adelanta la mano derecha y la izquierda se la lleva al pecho. Ambas manos están llagadas. La basa tiene decoración de flores, palmetas y círculos, rodeado por un rectángulo, todo punzonado.
     La Peana dorada, dividida en tres secciones en horizontal. A ambos lados, dos cartelas rectangulares que alojan motivos de flores de lis y ces. En el centro una moldura central mixtilínea con dos volutas yuxtapuestas sobre cuatro frutos en dos niveles, y que a su vez es flanqueada por dos cartelas mixtilíneas, que alojan dos volutas en forma de L.
     La Mesa de altar del Retablo.- Se trata de una mesa del último 1/4 del siglo XVIII, con unas medidas de 1 x 2,22 x 0,53 mts., compuesta por basamento pintado de negro simulando jaspes. Sobre éste, se levanta un registro con tres ramos de tres flores cada uno, pintado sobre fondo blanco. El cuerpo superior presenta una cartela de rocallas en su parte central, en relieve, que en su interior muestra una pintura de flores rosas. A ambos lados, diversas flores rodean las rocallas doradas en relieve, estando flanqueadas a su vez por una moldura de rocallas en relieve y, sobre ella, otra pintada sobre fondo rojo. En la tapa de la mesa figura el ara, en jaspe de tonos ocres.
     Una de las peanas, está ocupada por la imagen de San Bartolomé, del siglo XVIII, con unas medidas de 62 x 36 x 16 cms., representado de pie, de frente al espectador, vestido con túnica roja y manto verde, que recoge sobre su brazo izquierdo. Con la mano izquierda sostiene un libro, y extiende la derecha hacia delante. Lleva la barba abierta en la barbilla. A sus pies aparece la cabeza de un demonio.
     Otra talla es la de San Jerónimo, del siglo XVIII, con unas medidas de 53 x 24 x 15 cms., que está de pie, de frente al espectador, con el león a su derecha, vestido con indumentaria de arzobispo. Con la izquierda sostiene un libro, y extiende la derecha. Lleva nimbo y la barba abierta en la barbilla.
     También podemos contemplar un Santo mercedario sobre peana, del siglo XVII, y con unas medidas de 53 x 24 x 15 cms. De frente al espectador. Viste túnica blanca decorada con bordados dorados y capa negra, con la capucha quitada. Gira levemente su cabeza hacia su derecha. Mira con gesto introvertido, de reflexión. Está tonsurado y lleva amplia barba. Extiende su mano derecha, mientras que con la izquierda sostiene un libro.
     Finalmente, en otra peana, contemplamos la imagen de San Francisco Javier, del siglo XVII, con unas medidas de 53 x 20 x 12 cms., que aparece de pie, dirigiendo su mirada hacia arriba, en expresión de meditación y oración. Viste hábito negro, ricamente decorado con palmetas y tallos dorados. Flexiona ligeramente la rodilla izquierda, mientras las manos se las lleva al pecho. Sobre su cuello cuelga una cadena. Tiene barba interpretada a base de mechones sueltos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía). 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del Sagrado Corazón de Jesús
:
     Aunque no se trate más que de una devoción  tardía que, a diferencia de la Inmaculada Concepción de la Virgen, no ha engendrado ninguna obra de arte de primer orden, hay que decir aquí algunas palabras acerca de este tipo iconográfico de Cristo que en el culto católico ha acabado por suplantar a todos los otros.
     Los precedentes de esta devoción pueden buscarse muy lejos. El corazón humano siempre ha sido un símbolo de amor carnal o místico. En sus sermones San Bernardo habla sin cesar del «muy dulce corazón de Jesús (cor Jesu dulcissimum)», a partir del siglo XII. Del culto de las cinco llagas, y especialmente de la llaga del costado, que se desarrolló hasta finales de la Edad Media, debía naturalmente pasarse al culto del corazón. Bajo la influencia de éste, la herida del costado de Cristo crucificado se trasladó de derecha a izquierda, es decir al sitio del corazón, que se supone fue atravesado por la punta de la lanza de Longinos.
     Una curiosa xilografía de Lucas Cranach de 1505 representa la Adoración de Jesús crucificado e inscrito en un corazón, por la Virgen, San Juan, San Sebastián y San Roque.
     No obstante, fue a finales del siglo XVI cuando afloró en la imaginería popular el corazón de Jesús atravesado por tres clavos y engastado en una corona de espinas. A principios del siglo XVII, el grabador flamenco A. Wierix representó rosarios de corazones abiertos o cerrados, de gusto deplorable. Esas imágenes ilustraban los libros de mística piedad para uso de los conventos. No nacieron de la devoción del Sagrado Corazón sino que, por el contrario, las imágenes engendraron el culto por el bien conocido mecanismo de las visiones inspiradas, más o menos inconscientemente, por imágenes grabadas en la memoria
     Al contrario de lo que postula una opinión muy difundida, no fueron las visiones de la borgoñona Marguerite, llamada Marie Alacocque, del convento de las salesas de Paray le Monial, las que constituyeron el origen de esta devoción, patrocinada sobre todo por los jesuitas. El verdadero iniciador del culto litúrgico del Sagrado Corazón de Jesús y de María es un normando: el Bienaventurado Jean Eudes, fundador de los eudistas.
     Las fechas no dejan duda alguna acerca de su prioridad. El P. Eudes compuso en 1668 el Oficio del Sagrado Corazón y en 1670 publicó La Dévotion au coeur adorable de Jésus. En cuanto a Marie Alacocque, profesó más tarde, en 1672, en el convento de la Visitación, donde tuvo su primera revelación en 1673. Por lo tanto, es necesario reconocer orígenes eudistas a la devoción del Sagrado Corazón.
     Todo cuanto se puede conceder a la visionaria salesa es que el padre Eudes no separaba el Corazón de Jesús del Corazón de María, al tiempo que el fervor femenino de Marie Alacocque se orientó hacia el de Cristo solo. Ella contó que durante el ofertorio del Santo Sacramento, Cristo se le apareció en el altar con sus cinco llagas brillantes como cinco soles. Su pecho se abrió dejando al descubierto el corazón, que era la fuente viva de esas llamas. Cristo la mentó la ingratitud de los hombres que ignoraban  su  amor, y le pidió que tomara la iniciativa de un culto de reparación.
     Esta nueva devoción, consagrada oficialmente en 1685, acordaba con la política del catolicismo romano que quería afirmar por medio de ese símbolo del corazón abierto, al encuentro del protestantismo y del jansenismo, el amor de Dios hacia todos los hombres, sin excepciones. El culto contó con las mujeres, especialmente con la piadosa reina María Leczynska, que lo hizo introducir por la asam­blea episcopal en todas las diócesis de Francia, y que lo recomendó a los obispos de Polonia, propagandistas ardientes de esta devoción, que en 1765 aprobó el papa Clemente XIII.
     A partir del siglo XVIII, las custodias de cristal de roca que servían para exponer el Santo Sacramento, ya no tuvieron la forma redonda, tradicional, de una hostia, sino la de un corazón.
     Se conoce la brillante fortuna que tuvo el culto en Francia, en el siglo XIX. Después de los desastres de 1870, los católicos pusieron la reconstrucción bajo la égida del Sagrado Corazón y levantaron en su honor, en la cumbre de la colina de Montmartre, la basílica del Exvoto nacional. Montmartre se convirtió así, después de Paray le Monial, en el centro mundial de la devoción al Sagrado Corazón.
     En España, después de la guerra civil, Barcelona siguió el ejemplo de París y edificó en la cima del Tibidabo una iglesia expiatoria del Sagrado Corazón.
Iconografía
     A pesar de los progresos de este culto a partir del reinado de Luis XIV, fue necesario esperar a finales del siglo XVIII para que el tema del Sagrado Corazón de Jesús entrara definitivamente en el repertorio de la iconografía católica.
     Fue por una mujer, la reina de Portugal, que se pintó la primera imagen del Sagrado Corazón, obra del italiano Pompeo Batoni en 1780. Ésta representa a Cristo cardióforo que tiene un corazón en llamas en la mano izquierda rematado por una pequeña cruz y rodeado por una corona de espinas.
     Esta fórmula ha sido rechazada, y hasta prohibida, por la Congregación de Ritos, de manera que en la actualidad los editores de estatuas de yeso pintado del barrio Saint Sulpice sólo pueden elegir entre dos modelos:
       1. El corazón en llamas de Jesús es aplicado exteriormente sobre su pecho.
       2. Rayos de luz emanan de una incisión practicada en el pecho de Jesús, del lado del corazón.
     Las estatuas del Sagrado Corazón que se multiplicaron a partir del siglo XIX, proceden casi todas de la figura de Cristo esculpido por el danés Thorvaldsen para la iglesia de Nuestra Señora de Copenhague.
     Esas imágenes «cordícolas» son de gusto dudoso, y muchos fervientes católicos no dejaron de lamentar su vulgaridad o insipidez. Lo menos que puede decirse, es que honran poco al arte religioso moderno. No obstante, debe hacerse una excepción con el Sagrado Corazón del pintor G. Desvalieres, que evoca al Cristo coronado de espinas arrancándose con las dos manos el corazón del pecho, en la gigantesca vidriera de la catedral del Cristo Rey, en Casablanca (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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martes, 9 de junio de 2026

Un paseo por la plaza de Curtidores

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza de Curtidores, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La plaza de Curtidores es, en el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo, y formada por la confluencia de las calles Verde, Nardo, Juan de la Cueva, Juan Hispalense, y Cano y Cueto
     La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario. 
     Hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Recibe esta denominación con seguridad desde 1579, por localizarse en ella establecimientos dedicados al trabajo de las pieles. La proximidad de la plaza de Zurradores y la semejanza de ambos topónimos ha originado que en ocasiones hayan sido confundidos, de forma que tanto en el plano de Olavide (1771), como en el de Sartorius (1848) o en Las calles... de González de León, sus nombres aparecen cambiados.
     Esta plaza poseía una posición excéntri­ca en la Sevilla histórica. ya que la misma muralla marcaba uno de sus flancos; de ahí la localización en ella de actividades fabriles molestas como es la de la industria de la piel, por los malo olores que desprenden en el proceso del curtido. También son frecuentes las alusiones a la existencia de mu­ladares y estercoleros en las proximidades de la muralla, que dan asimismo idea de su marginalidad. La muralla permaneció exen­ta, como mandaban las ordenanzas, hasta su demolición en la década de los sesenta de la pasada centuria, si bien se produjeron reiterados intentos de adosarle edificaciones, y el ayuntamiento en alguna ocasión tuvo que detener la construcción de unas casas (1622), o incluso mandar demolerlas (1619), porque se habían construido sin autorización; los peticionarios, en su deseo de conseguir el permiso para edificar, afirman que "los adarves se conservan mejor estando cubiertos con que sea condición que la ciudad pueda derribarse cada y quando quisiere, las edificaciones fechas sobre las murallas" (Sec. 10, 1578, f 295). Una cañería de agua corría paralela al muro entre Curtidores y Zurradores, lo que ocasionó algunos problemas al llevarse a cabo el derribo de la muralla, y no deja de ser curiosa la noticia que recogía la prensa, en 1855, al solicitar "...que se coloque un grifo o llave en el muro de la plaza de Curtidores, por donde pasa el conducto de agua. De ese modo el vecindario podrá surtirse con comodidad, evitando al propio tiempo el que suceda como ahora, que para recoger aquel líquido practican en la pared agujeros por donde luego continúa desperdiciándose". (El Porvenir, 30-X-1855).
     La plaza, tal como reflejan los primeros planos de la ciudad, poseía una planta irregular, con un frente más corto en el interior y abierta hacia la muralla, prolongada además por una barreduela, la actual Nardo. Al derribarse la muralla, se procedió a la construcción de una nueva manzana en el costado oriental y se realizó un proyecto de alineación en 1875 que, unido a otro de 1917, han dado como resultado una planta prácticamente cuadrangular y flancos alineados; el único recuerdo que conserva de su trazado medieval es una estrecha barreduela en uno de sus frentes interiores, pervivencia de una antigua calleja que comunicaba con Archeros (v. Canarios). Enmarcada por una calzada de adoquines, en buen estado de conservación, se inscribe la plaza propiamente dicha, de planta ovalada y suelo terrizo, salvo una franja exterior pavimentada en parte con losetas de cemento. Sobre esta franja externa se sitúan árboles, de buen porte de distintas especies y un quiosco de madera pintado a rayas blancas y verdes. El resto de la plaza queda totalmente libre, salvo un largo palo de madera que se yergue justo en el centro y cuya funcionalidad o valor ornamental se ignora; en general ofrece un estado de abandono, que no invita a su utilización como espacio de recreo. Se ilumina mediante farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. A principios del s. XVII allí se alzaba una gran cruz de hierro sobre peana de material, y todavía a principios del s. XX (1910) se mandó reparar su fuente pública, hoy también inexistente. En las edificaciones alternan las casas de escaleras de tres plantas con pisos de reciente construcción de cuatro, por lo que si la tipología constructiva resulta dispar, al menos mantienen una altura similar y no se produ­cen rupturas de escala.
     Históricamente la función más característica de la plaza fue la elaboración y curtido de pieles, y todavía en 1875 se recogía la existencia de una casa-tenería; hoy esta función de carácter industrial ha desaparecido, y además de la residencial, sólo es de destacar la existencia de varios hostales y casas de huéspedes. Su condición de espacio abierto ha propiciado la localización en ella de fiestas y actividades lúdicas. Como al otro lado de la muralla, delante del Matadero, se corrían toros, en 1579 Rodrigo de Jerez, jurado y correo mayor, "pide que se le de licencia para que en unas casas que tiene en la plazuela de Curtidores pueda haser un sitio para ver los toros cargando sobre las pilas de las almenas (Sec. 10. 1579, f. 295). A principios de siglo se levantaba en la plaza una Cruz de Mayo, pero quizás la anécdota más curiosa sea la que se produjo con ocasión del eclipse ocurrido el 29 de mayo de 1900, cuando los vecinos levantaron un telescopio casero para observarlo: "En la plaza de Curtidores colocaron los vecinos uno, compuesto de unas escaleras, un tubo de lata y varios cristales ahumados. Los del aparato fueron recibidos con aplausos y risas disputándose el mirar por el novísimo telescopio de su invención" (El Liberal, 29-V-1900) [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza de Curtidores, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La plaza de Curtidores, al detalle:
Retablo cerámico de la Esperanza Macarena, en el edificio plaza Curtidores, 1.

sábado, 16 de mayo de 2026

La Hermandad de la Alegría

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad de la Alegría, de Sevilla.          
     Hoy, 16 de mayo, es el aniversario (16 de mayo de 1672) de la aprobación de las primeras reglas de la Hermandad de la Virgen de la Alegría, y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Hermandad de la Alegría, de Sevilla.
     La Hermandad de la Alegría tiene su sede canónica en la Parroquia de San Bartolomé, que se encuentra en la calle Virgen de la Alegría, 5 (aunque la entrada al templo se efectúa por la calle San Bartolomé, 5, o por el lateral de la calle Virgen de la Alegría); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     La Real e Ilustre Hermandad del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora María Santísima de la Alegría, Ánimas Benditas y San Manuel González García; es ésta una corporación fundada en 1672, con sede canónica en la iglesia parroquial de San Bartolomé, siendo sus imágenes titulares Nuestra Señora María Santísima de la Alegría, obra atribuida a Roque Balduque en el siglo XVI; el Santísimo Cristo de las Ánimas, obra de Fernando de Uceda en 1593; y San Manuel González García. 
     En 1672 aparece la primera asociación en honor a Nuestra Señora de la Alegría, con el título de Congregación de la Madre de Dios de la Alegría, cuyas reglas fueron aprobadas por Gregorio de Bastán y Aróstegui, provisor vicario general de Sevilla, y por Ambrosio de Spínola y Guzmán, arzobispo de Sevilla, en decreto del 16 de mayo de 1672.
     El abandono en la conservación de la capilla por parte de los sucesores de Hernando de Almansa, hace que la misma, por donación explícita de sus propietarios, pase a la propiedad de la congregación, la que realiza grandes obras de ornato y conservación. En 1678 la Virgen de la Alegría pasa definitivamente al lugar preferente de la misma, quedando constituida como la patrona del popular barrio de San Bartolomé, antiguo de la judería.
     La gran devoción al santo Rosario, que siempre demostraron los hermanos y devotos de Nuestra Señora de la Alegría, le hace figurar en el puesto más destacado en esta devoción, que tanto alentó en Sevilla Pedro de Santa María Ulloa, dominico del convento de San Pablo, fallecido el día 6 de junio de 1690. El 17 de junio de dicho año, fecha en la que se celebraron sus solemnes honras fúnebres, la Hermandad de la Alegría sale cantando públicamente el Rosario por las calles. Portaban cruz de guía con grandes faroles encendidos y el simpecado llamado del Rosario. Es la primera hermandad que en España sale públicamente cantando estas plegarias en honor a la Virgen, popularizándose a partir de entonces. En 1735 había cuarenta y siete Rosarios de mujeres.
     En 10 de diciembre de 1731, bajo el título de «Cofradía y Hermandad del Santísimo Rosario de Nuestra Señora», Luis de Salcedo Azcona, arzobispo de Sevilla aprueba nuevas reglas. En 1736 se instituye la Asociación de Señoras – dentro de la misma hermandad – para rezar diariamente el Rosario, al igual que el sermón de pasión en la tarde del Domingo de Ramos y el viacrucis hasta la Cruz del Campo.
     Hay un periodo de decaimiento, coincidiendo con los hechos políticos del siglo XIX, resurgiendo con gran fuerza en los años veinte, por la inolvidable labor del que llegó a ser hermano mayor y gran benefactor, Joaquín Llorente, que realzó enormemente el culto, hizo grandes e inigualables obras a sus expensas, que hoy son tesoros de la hermandad y la llenó de incontables gracias espirituales y agregaciones a otras congregaciones y órdenes religiosas. A propuesta de él, con fecha 29 de julio de 1827, el cabildo general de la hermandad aprueba nuevas reglas bajo el título de «Hermandad de Nuestra Señora María Santísima de la Alegría», las que con la aprobación del arzobispado de Sevilla, son presentadas al Real y Supremo Consejo de Castilla, que las aprueba por Real Decreto de fecha 23 de febrero de 1828.
     La salida procesional siempre ha sido por las calles de feligresía y limítrofes, pero en el año de 1950, con motivo de la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen, que hizo Pío XII, el cardenal Segura y Saez, arzobispo de Sevilla, organizó una procesión magna con imágenes dolorosas y de Gloria, siendo una de las designadas la de Nuestra Señora María Santísima de la Alegría. Celebrándose el 12 de noviembre en la catedral de Sevilla.
     Con fecha 13 de mayo de 1972 se fusiona a todos los efectos con la hermandad sacramental, aprobándose las nuevas reglas el 2 de noviembre del mismo año, bajo el título de «Ilustre Hermandad del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora María Santísima de la Alegría y Ánimas Benditas», quedando de esta forma, reunidas en una sola, todas las hermandades que sucesivamente se han fusionado con la hermandad sacramental y de Nuestra Señora de la Alegría.
     El cabildo general extraordinario, reunido en el 13 de mayo de 1986, aprueba las nuevas reglas, bajo el título de «Real e Ilustre Hermandad del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora María Santísima de la Alegría y Ánimas Benditas», las que son aprobadas definitivamente por decreto del vicario general del arzobispado el 14 de noviembre de 1987 (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad de la Alegría, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre las Hermandades y Cofradías de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial de la Hermandad de la Alegría: www.hermandaddelaalegria.org 

La Hermandad de la Alegría, al detalle:
    - Sede Canónica: Parroquia de San Bartolomé
    - Día de Salida Procesional: Tercer domingo del mes de mayo
    - Imágenes Titulares:  - Nuestra Señora María Santísima de la Alegría
                                          - Santísimo Cristo de las Ánimas
                                          - San Manuel González

jueves, 7 de mayo de 2026

Un paseo por la plaza de los Zurradores

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza de los Zurradores, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La plaza de los Zurradores es, en el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo, y formada por la confluencia de las calles Tintes, Estella, Irún, y Sanclemente
     La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario. 
     Hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Recibe esta denominación con seguridad desde 1588, por la existencia de manufacturas de pieles en ella y sus aledaños. Por su proximidad a la plaza de Curtidores y similitud de sus topónimos, a veces se ha producido una confusión entre ambos. Así en un documento de 1628 se dice: "... que en una plazuela que llaman de los Zurradores o Curtidores..." (Sec. 10, t. 39); asimismo tanto en el plano de Olavide (1771) como en el de Sartorius (1848) y en Las calles... de González de León figuran cambiados los nombres de ambas plazas.
     Pequeña plaza situada junto a la muralla, poseía una posición excéntrica en la Sevilla histórica, de ahí la ubicación en ella de actividades molestas como son las curtidurías, por los malos olores que desprenden; de igual modo hay noticias en 1622 de la existencia de un muladar en la misma plazuela, que los vecinos solicitan que se traslade extramuros. Por otra parte, son reiterados los intentos de ir ocupando este espacio con construcciones adosadas a la muralla (1619, 1628), pero el Ayuntamiento exige su demolición. La muralla ha perdido ya su función de defensa y protección para la que fue construida, de modo que en 1717 varios vecinos de Zurradores solicitan que se tapie una torrecilla, que es "ocasión de muchas questiones y ofensas a Dios" (Sec. 10, 1717, fol. 168) probablemente la misma que, tras el terremoto de 1755 y dado el estado en que quedó, se mandaría derribar al año siguiente. A partir de 1864 se procedería a la destrucción del lienzo de muralla, quedando la plaza abierta hacia el exterior, como puede apreciarse en el plano de 1868. No mucho más tarde, en 1878, se construiría una nueva manzana entre Zurradores y la actual Menéndez Pelayo, que daría lugar a la formación de dos nuevas calles, Estella e Irún, y a la configuración que hoy presenta la plaza.
     Posee planta cuadrangular y pavimento de adoquines en buen estado de conservación y su iluminación se apoya sobre farolas con brazos de fundición adosados a las fachadas. Carece del mobiliario urbano propio de las plazas, aunque al menos hasta 1918 contó con una fuente pública de agua, pues una de las principales cañerías de agua entraba en la ciudad desde la Huerta de Espantaperros, por Zurradores y Garci-Pérez. Hoy, tanto los laterales como el centro de la plaza están ocupados por vehículos aparcados, que parece ser su principal función. Históricamente sirvió al parecer como picadero de caballos, lo que da idea también de su posición excéntrica en la ciudad: "Ley un memorial de... de exercicio picador de cavallos en que dize que necesitando para el manejo dellos citio cómodo, a encontrado serlo la plazuela de los Zurradores en la parroquia de San Bartolomé y siendo preciso hallanar algunos citios para el mejor juello de los cavallos cuios dueños a su costa estan promptos a hazer..." (Sec. 10, 1751, fol. 84). Las edificaciones son de carácter desigual, tanto por su fecha de construcción como por su tipología y alturas. Existen algunas vi­viendas unifamiliares de tres plantas, una de ellas fechada en 1878; casas de escalera de igual altura, una de 1893 y otra de 1914. en este último caso bastante deteriorada, pero habitada, y también se ha producido en parte la sustitución del caserío tradicional por bloques de viviendas de cuatro alturas; la manzana que dio lugar a la formación de Estella e Irún constituye una edificación única, propiedad de una entidad bancaria, de ladrillo visto y tres plantas hacia Zurradores, pero se eleva hasta seis en el frente que da a Menéndez Pelayo. Predomina la función residencial, pero junto al establecimiento bancario, existen otros bajos comerciales ocu­pados por un taller de confección de trajes de flamenca y un garaje de automóviles [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
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